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Las Relaciones Pre-Matrimoniales

Por Antonio Orozco


El del noviazgo es una etapa muy importante -quizá más de lo que parece-
para quienes tienen vocación matrimonial (la inmensa mayoría de los
cristiano). Como todas las relaciones humanas debe estar presidida por el
respeto a la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de
Dios, que es Amor.

Si nos atenemos al sentido etimológico de las palabras, "relación o


relaciones prematrimoniales" significa sencillamente el conjunto de
relaciones que anteceden al matrimonio. Siendo el matrimonio una
institución natural, divina, y, para los bautizados, además un gran
sacramento, forzoso es decir que las relaciones prematrimoniales son
necesarias para todos aquellos que estén llamados al matrimonio.
De otra parte, sucede que las más grandes palabras están sufriendo desde
hace algún tiempo una bárbara manipulación. Amor, que es el nombre de
Dios, se emplea para designar actos de la más baja condición. "Relaciones
prematrimoniales", que habría de significar un tiempo de santificación
previo y de iniciación a la santidad del matrimonio, suena en cambio a
negación de toda norma moral en la relación entre dos personas que
acaso pasen algún día -aunque no esté nada claro- por algo que recuerda
algunos momentos la vida matrimonial.

EL GRAN DESCUBRIMIENTO
Aquí queremos hablar de cómo han de ser las relaciones que anteceden al
matrimonio, para que alcancen su verdadero fin -no demasiado lejano-: la
constitución de una familia edificada sobre la fidelidad de un amor
conyugal abierto a la vida.
Normalmente, a los que tienen vocación matrimonial, un día les sobreviene
el "flechazo". Entonces, la masculinidad del chico y la feminidad de la
chica, se descubren de un modo nuevo, asombrosamente gozoso. El
primer verdadero amor -más o menos, el flechazo-, es ciertamente un
descubrimiento deslumbrante, el primer contacto consciente y agudo con
la belleza de la Creación, transfigurada a la luz del amor. Es algo, que bien
pensado, no puede ser más que un regalo de Dios y que a Él conduce:
"Hoy la he visto, la he visto y me ha mirado: ¡hoy creo en Dios!". Lógico.
Normal.
Pero es preciso no olvidar que todo lo humano ha sido afectado de algún
modo por aquel pecado de origen, que explica el doble lado de todo
acontecimiento histórico: inseparablemente, junto a la "cara", está su
"cruz". Y todo lo humano -nos referimos pues, sobre todo, a lo bueno de la
vida humana- debe ser salvado, necesita salvación. Y, afortunadamente,
Dios lo ha querido salvar: lo ha salvado mediante su Cruz. Y sin cruz no
hay salvación, ni puede haber felicidad, ni alegría duradera. Por eso se ha
dicho que "la alegría en la tierra tiene sus raíces en forma de cruz" .
El amor humano, limpio y noble, entre un hombre y una mujer, para que
siga siendo así y madure, y se ha haga ascua inextinguible, ha de pasar
también por la cruz: ha de gozarse en la cruz, desde la cruz. El "color de
rosa" que el flechazo extiende sobre todas las cosas, no tarda en perderse
de vista. Pero esto no quiere decir que la realidad sea peor de como se ha
visto: es mejor, con tal de abrazarla entera, con su cara y con su cruz: la
primavera, con el verano, el otoño y el invierno... y la eternidad.
En buena medida, la cruz del noviazgo es el sacrificio de la
concupiscencia, que quisiera adelantarse a los acontecimientos y disfrutar
de unos frutos que aún no existen. Es, si se quiere hablar así, una cruz,
pero también una luz, una luz que impide caer en una gran mentira: la que
identifica el amor con la relación genital. Si los novios tienen relaciones
materiales de tipo conyugal eliminan la diferencia esencial entre
matrimonio y cualquier otra especie de unión. Confunden un estado
esencialmente provisional con otro definitivo, al cual no han accedido
todavía legítimamente. Cometen un error de funestas consecuencias, que
la experiencia, desde Adán, enseña.
Lo más grave, desde luego, es la ofensa a Dios, que ha advertido
abundantemente sobre el mal (el daño) que tal comportamiento encierra.
Subrayemos esto.
Pero también suceden otras cosas graves:
Uno de los más prestigiosos psiquiatras contemporáneos, Victor Frankl
-discípulo, primero; y superador, después, del gran retardador del
conocimiento sobre el hombre que ha sido Sigmund Freud-, en su obra
"Psicoanálisis y existencialismo", dice que "hasta en el amor entre los
sexos no es lo corporal, lo sexual, un factor primario, un fin en sí, sino
simplemente un medio de expresión. El amor puede existir
sustancialmente, aun sin necesidad de eso. Donde sea posible lo querrá y
lo buscará; pero, cuando se imponga la renuncia, el amor no se enfriará ni
se extinguirá (...) El amor auténtico no necesita, en sí, de lo corporal ni
para despertar ni para realizarse, pero se sirve de ello para ambas cosas".
Es natural, conforme a la realidad del amor humano este argumento,
puesto que quien "es amor", Dios, principio y fuente de todo amor
verdadero, es puro Espíritu.
El hombre es un compuesto de alma espiritual y cuerpo. La Encíclica
"Humanae vitae" lo recuerda y comprende perfectamente. Pero no deja de
ser cierto, y es una experiencia gozosa, que "para quien de veras ame, la
relación física, sexual, no es sino un medio de expresión de lo que
constituye el verdadero amor, es decir, de la relación espiritual, y, como
medio de expresión recibe su consagración humana, precisamente, del
amor, del acto espiritual a que sirve de exponente" (Ibidem).
Aplazando la satisfacción del impulso sexual se logra algo muy esencial: la
profundización en la dimensión espiritual del amor, que es la que está
llamada a permanecer por encima de todos los avatares físicos o síquicos
que una larga vida puede deparar. El sacrificio que supone la continencia,
enseña a amar con el alma, con la mente y con la voluntad, que es lo más
perfecto y digno que hay en el hombre. Este sacrificio es la primera gran
donación que se debe a la persona amada, la primera manifestación de un
amor verdaderamente personal.

LA FALSA "PRUEBA" DEL AMOR


A veces uno de los novios - con más frecuencia él- exige del otro la
entrega corporal como "prueba del amor".Ahora bien, un amor que exige
pruebas está pronunciando su propio veredicto, dice J. Fischer (J.
FISCHER, No sexo, sino amor, Ed. Studium, 1969, p. 54). Lo propio del
amor es "dar", no "tomar" o "poseer". Todavía no ha sucedido nunca que
una mujer haya podido acercar a su novio accediendo a peticiones de este
tipo. La única respuesta es aumentar la distancia y poner el supuesto amor
en la verdadera piedra de toque, es decir, el sacrificio.
"La entrega sexual puede ser realización del amor, pero nunca prueba del
mismo, aunque no raras veces se pida precisamente como tal. Es
evidente, sin embargo, que todo el que pretendiera exigir como prueba de
algo intemporal y absolutamente único una cosa que es caduca y en modo
alguno original -sobre todo en la forma de relación sexual prematrimonial,
siempre sobrecargada de ansia, de torpes gestos, de curiosidad
desenfrenada y considerada como prestación extraordinaria - ha
renunciado al derecho de ser tratado y amado como hombre. La
corporeidad, como ya hemos indicado, realiza el amor no sólo por medio
de la relación sexual, sino también por la continencia: son dos modos de
entrega. Todo depende de que el hombre, sacrificando su egoísmo en pro
de la persona amada -hombre o Dios, Dios en el hombre-, llegue a una
oblación de sí mismo sin reservas, que es, al mismo tiempo, su plenitud
existencial. La oblación amorosa realizada en la esfera sexual plasmará
las formas de vida más abiertas, más cercanas a la realidad del mundo,
más ricas, tanto dentro de la condición matrimonial como en la dedicación
a Dios de la castidad" (J. B. TORELLO, médico psiquiatra y teólogo)
Se ha dicho que nada hay tan peligroso para el hombre que pasar en
breve tiempo todas las ilusiones de una larga vida. El que toma lo que no
es todavía suyo sin esperar a que lo sea realmente -no sólo en el deseo-
verá prematuramente agostada la ilusión. Le sucederá lo mismo que a
aquella gente de la que habla Petrarca en su "Triunfo":
para la que se hace de noche
antes de que llegue la tarde.
"¿Pureza? -preguntan. Y se sonríen. -Son los mismos que van al
matrimonio con el cuerpo marchito y el alma desencantada" (B. Josemaría
Escrivá). "Amor es sacrificio -escribía Pemán-, y para ser feliz hay que
saber mirar las flores sin arrancarlas". ¿Qué sucede si se arrancan? Que al
poco tiempo se encuentra en las manos una flor ajada, marchita, sin
misterio y sin encanto, sin aroma y sin color, apolillada.
Muchos pierden la misma posibilidad de encanto antes de hallarlo, la
ilusión antes de tener alguna. Han llegado a viejos antes de conocer el
ímpetu de la juventud. Y van con la mente embotada, con pasiones
enormizadas; sin sensibilidad espiritual ni vigor para superar las más
pequeñas dificultades o sinsabores que la vida lleva consigo. Han huido de
la cruz salvadora y todo se les ha convertido en cruz insufrible. En lugar de
crecer en el amor, crecerá en ellos el hastío, el aburrimiento, la angustia, la
náusea, patrimonio de las filosofías y actitudes sin Dios.

COMO DEBEN SER LAS RELACIONES QUE ANTECEDEN AL


MATRIMONIO
Antes de llegar al matrimonio, las relaciones entre novios han de ser
evidentemente castas, de continencia total respecto a la relación sexual
plena, y -claro es-, también respecto a los actos que naturalmente llaman a
la plena relación sexual. No se pueden poner unos actos cuya natural
consecuencia sea precisamente aquello que se trata de evitar. Yo no
puedo tirar una piedra enorme contra un cristal si no quiero romperlo, y si
la tiro, por más que proclame que "no quería" romper el cristal, lo quise. De
modo que si se ponen actos que de suyo despiertan una pasión
extemporánea, adúltera o adulterada, es que se quieren sus
consecuencias, o sucede que no se obra racionalmente, es decir a la
altura de la dignidad personal y por tanto de los hijos de Dios.
¿Por qué no es lícito antes del matrimonio lo que en el matrimonio podrá
ser bendito y santo? Esta es una cuestión interesante. No se trata de una
excepción. En muchas cosas de la vida el "qué" depende del "cómo" o del
"cuándo". El "cómo" y el "cuándo" a menudo modifican el "qué" y lo
transforman profundamente.
El discurrir del río por su cauce es plácido y fecundo. Cuando se sale de
ahí, más que río es una potencia desmesurada, un monstruo cruel, que
arrasa cuanto encuentra a su paso. El agua es saludable según "cómo" se
encuentre. Si está contaminada, una gota puede bastar para llevar al
cementerio.
En la conducta humana, "lo que" hacemos, depende en buena parte del
"cómo" y "cuándo" lo hacemos. Concretamente, si se usa la genitalidad en
el contexto que le es propio, al servicio del amor auténtico, ordenado a la
vida, entonces no sólo es algo bueno, sino que puede ser santo.
"Los que buscan el goce físico antes del matrimonio se dejan casi
inevitablemente arrastrar hasta centrar en él sus sentimientos y llegan así
al matrimonio viendo ante todo en el otro un instrumento de placer que el
matrimonio permite siempre utilizar a voluntad. Cambiar de visión después
del matrimonio resulta muy difícil" (LECLERQ). "La búsqueda del goce
sexual antes del matrimonio inclina el espíritu a no ver en ello más que una
satisfacción personal y natural en sí. Con lo cual se le hace a uno mismo
difícil ligarla al conjunto de la vida".
Un informe de la Union Internationel des Organismes Familiaux (München)
decía lo siguiente: "Las relaciones sexuales completas, y también las
caricias que producen el orgasmo, ejercen una fascinación en los
enamorados que les impide normalmente comprobar y apreciar con
exactitud los demás elementos de la armonía matrimonial, en especial los
psíquicos y los espirituales. De ello se desprende frecuentemente el
desengaño después de la boda, que es tanto más grave cuanto que los
factores despreciados apenas pueden recuperarse después. Por el
contrario, cuando la adaptación psíquica y espiritual se produce con plena
conciencia, la base es más sólida, y la experiencia sexual dentro del
matrimonio se enriquece y se rejuvenece cada vez más". Las experiencias
sexuales prematrimoniales lejos de ayudar al amor "lo deforman. El que
llega al matrimonio sin aportar a él la integridad de su impulso emocional,
es como un corredor que se hiere en el pie antes de alinearse para la
carrera" (LECLERQ)
"No hay pues medio de prepararse al matrimonio por experiencias
carnales... Por eso no debe extrañar ni escandalizar que los casados
tengan que comenzar por un aprendizaje, pasen por un período de tanteos
y que su comportamiento sea a veces torpe. Es inevitable y hay que decir
y repetir con insistencia que el aprendizaje del matrimonio es imposible
antes del matrimonio. Hay que decirlo y repetirlo, porque se intenta sin
cesar eludirlo" (LECLERQ)

Yendo todavía más al fondo de la cuestión, aunque resumidamente:


I. La peculiar estructura biológica manifiesta con deslumbrante claridad
que la relación genital está intrínsecamente ordenada a la procreación.
Incluso en el caso de matrimonios estériles; en éstos sucede algo
semejante a la ceguera: los ojos no pueden ver, pero en todo caso, la
razón de ser del ojo es la vista; toda su estructura y contexto está
ordenado intrínsecamente a la visión.
Como se trata de procreación "humana", conlleva la educación de los hijos
que resulten concebidos. Y, la dignidad de la persona humana, exige que
lo sean en el seno de una verdadera familia, es decir, con garantía de
estabilidad y posibilidades de educación adecuada. Lo cual sólo se cumple
en el matrimonio indisoluble.
Estas propiedades esenciales de la unión sexual humana la hacen
éticamente buena sólo dentro del matrimonio legítimo y con vistas a la
procreación.
II. La significación natural, profunda, unitiva, del acto es el de una entrega
personal plena, sin reservas y, en consecuencia, definitiva. Lo cual sólo
sucede realmente por medio del compromiso matrimonial celebrado según
el plan divino.
En efecto, en el trato entre personas, "dar la mano" no es lo mismo que
"dar la pezuña": dar la mano es un acontecimiento espiritual; es dar algo
del espíritu, la amistad, la comprensión, quizá el perdón, la lealtad,
etcétera. La mano no es simplemente un trozo de carne, de huesos,
nervios, venas y uñas. Dar la mano es dar algo del núcleo personal. Por lo
mismo, la entrega total del cuerpo, es también entrega total de la persona.
Lo cual sólo tiene sentido en el matrimonio.
Claro es que se puede dar la mano sin amistad, pero entonces es un gesto
indigno del hombre, una traición a su esencia que llamamos hipocresía.
Igualmente la unión conyugal puede realizarse con hipocresía, cuando lo
único que se pretende es gozar como cuerpos sin alma, de un modo
infrahumano. Pero no deja de ser verdad lo que dice el Magisterio de la
Iglesia: "los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente
entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente
humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen
mutuamente en un clima de gozosa gratitud" (Vat II, GS 49).
Precisamente por esa significación espiritual y la finalidad del acto
conyugal, la misma unión resulta ilegítima y contraria a la naturaleza del
acto fuera del ámbito de la unión matrimonial indisoluble. La plena unión
sexual significa, en efecto, el hacerse "una sola carne", que en lenguaje de
la Sagrada Escritura significa "como un solo hombre", más literalmente:
"dos en una sola carne" (duo in carne una)
Por lo demás, la garantía de la fidelidad -es clarísimo- no puede fundarse
en la sola voluntad humana, en un simple deseo de fidelidad, por grande y
fuerte que parezca o realmente sea: sólo la fidelidad de Dios es infalible.
Sólo hay una esperanza absolutamente segura: la que se funda en el Amor
de Dios.
Y Dios ha querido, por cierto, ser el garante de la indestructibilidad del
vínculo matrimonial, sellando la unión con el sacramento del matrimonio -o
si es entre no bautizados, con un vínculo menos sagrado, pero también
indisoluble de suyo-, elevándolo a instrumento de gracia salvífica y
santificante.
Antonio Orozco