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El gran dios Pan

M. John Harrison

¿Pero es que acaso puede haber algo aún más horrible


susceptible de convertirse en realidad,
y es ese algo lo que me aterroriza hasta tal punto?

KATHERINE MANSFIELD, Diarios, marzo de 1914


Ann tomaba drogas para controlar su epilepsia. Solían deprimirla y acentuar
su irritabilidad; y Lucas, que era muy nervioso, nunca sabía qué hacer. Después
del divorcio me utilizó cada vez con may or frecuencia como intermediario.
—No me gusta el tono de su voz —me decía—. Sondéala.
Las drogas le provocaban una risa incesante, aguda y falsa. Aunque se había
mostrado comprensivo a lo largo de los años, a Lucas le turbaba y disgustaba la
situación. Creo que estaba asustado.
—A ver si consigues entenderla.
Sospecho que la culpa le estimulaba a suponerme una influencia
determinante; no tanto su culpa como la que los tres compartíamos.
—A ver qué dice.
Lo que dijo en esa ocasión fue:
—Oy e, si me sacas de mis casillas, el maldito Lucas Fisher lo lamentará. En
cualquier caso, ¿qué le importa a él cómo me siento?
Como la conocía bien, respondí con cierta cautela.
—Es el hecho de que no quieras hablar con él.
Le preocupaba que te hubiera sucedido algo. ¿Tienes problemas, Ann? —No
contestó, pero tampoco esperaba que lo hiciera—. Si no quieres verme más —
sugerí—, ¿por qué no me lo dices ahora?
Pensé que iba a colgar, pero al otro extremo de la línea no se produjo otra
cosa que una especie de paroxismo de silencio. La estaba llamando desde una
cabina en el centro de Huddersfield. En el exterior de los grandes almacenes
brillaba un sol pálido y radiante, pero el tiempo era frío y ventoso; la predicción
meteorológica auguraba aguanieve para la última hora del día. Dos o tres
adolescentes pasaron por delante, riendo y charlando. Oí que uno de ellos decía:
—No sé qué importancia tiene la lluvia ácida para mi carrera, pero eso fue lo
que me preguntaron: « ¿Qué sabes sobre la lluvia ácida?» .
Cuando se alejaron escuché la respiración entrecortada de Ann.
—¿Hola? —dije.
—¿Estás loco? —aulló de repente—. No hablo por teléfono. ¡Antes de que te
des cuenta será de dominio público!
A veces dependía de la medicación más que de costumbre; lo sabía porque
tendía utilizar esa frase con insistencia. Una de las primeras cosas que escuché de
sus labios fue « Parece tan fácil, ¿no? Pues antes de que te hay as dado cuenta el
maldito cacharro se te ha escurrido de las manos» , mientras se inclinaba
nerviosamente para recoger los fragmentos de cristal roto. ¿Qué edad teníamos
entonces? ¿Veinte años? Lucas creía que reflejaba en su lenguaje alguna
experiencia de las drogas o de la propia enfermedad, pero no estoy seguro de
que estuviera en lo cierto. Otra frase habitual era « Quiero decir que hay que ser
cuidadoso, ¿no?» , subray o de forma infantil y maravillada « cuidado» y
« ¿no?» , con lo cual deducías de inmediato que se trataba de un latiguillo
adoptado en la adolescencia.
—¡Debes de estar loco si piensas que estoy hablando por teléfono!
—De acuerdo, Ann —respondí al instante—. Iré esta noche.
—Da igual que vengas ahora y lo demos por concluido. No me siento bien.
Epilepsia desde los doce o trece años, regular como un mecanismo de
relojería; y luego, más tarde, la clásica migraña entre un ataque y otro, una
complicación que, acertadamente o no, siempre asociaba con nuestros
experimentos en Cambridge a finales de los años sesenta. No le convenía
enfadarse o excitarse.
—Reservo mi adrenalina —explicaba, observándose con cómico desagrado
—. Es algo físico. No puedo hacer nada.
Sin embargo, tiempo después el dique reventó, y cualquier estímulo menor
(un zapato extraviado, perder el autobús, la lluvia) le causaba alucinaciones,
vómitos y pérdida del control intestinal.
—Ah, y luego euforia. Es maravillosamente relajante —decía con amargura
—. Igual que el sexo.
—De acuerdo, Ann. No tardaré. No te preocupes.
—Vete al infierno. Aquí las cosas se caen a trozos. Ya puedo ver lucecitas
flotantes.
En cuanto colgó, llamé a Lucas.
—No lo haré más —dije—. Lucas, ella no se encuentra bien. Pensé que iba a
tener un ataque mientras hablábamos.
—¿Irás a verla, pese a todo? La cuestión es que sigue colgándome el teléfono.
¿Irás a verla hoy ?
—Ya sabes que sí.
—Bien.
Colgué.
—Lucas, eres un bastardo —comuniqué a los grandes almacenes.
El autobús de Huddersfield recorría el tray ecto de treinta minutos
atravesando exhaustos pueblos fabriles que se dedicaban ahora a la peluquería, la
comida para perros y el turismo pobre. Bajé del autobús a las tres del mediodía.
Parecía mucho más tarde. El reloj de la iglesia y a estaba iluminado, y una
misteriosa luz amarilla parpadeaba detrás de la vidriera de la nave. En el interior
había alguien con una bombilla de cuarenta vatios como única iluminación. Los
coches pasaban sin cesar por la carretera, envenenando el aire oscurecido con
sus gases, mientras esperaba para cruzar. Era un pueblo bastante ruidoso: el siseo
de los neumáticos sobre el asfalto húmedo, el golpeteo de las botellas que
descargaban de un camión, el canturreo monótono de unos niños fuera del
alcance de mi vista. De pronto, dominando los demás sonidos, escuché la pura
nota musical de un tordo y atravesé la carretera.
—¿Estás seguro de que nadie te ha seguido al bajar del autobús?
Ann me retuvo en el umbral de la puerta mientras oteaba la calle en ambas
direcciones, pero, en cuanto estuve dentro, pareció contenta de tener alguien con
quien hablar.
—Será mejor que te quites el abrigo. Siéntate. Te haré un poco de café. No,
ahí, saca el gato de la silla. Ya sabe que no es su sitio.
Era un gato viejo, blanco y negro, de espeso y seco pelaje, y al agarrarlo no
era más que un saco de huesos y carne que casi no pesaba. Lo deposité con
cuidado sobre la alfombra, pero saltó de nuevo sobre mis rodillas y empezó a
frotarse contra mi jersey. Otro animal más joven estaba aovillado sobre el
antepecho de la ventana. Desplazó las patas con dificultades entre las
amontonadas macetas de flores artificiales y contempló la cellisca que caía y el
jardín desierto.
—¡Sal de ahí! —gritó Ann de súbito. El gato la ignoró. Ella se encogió de
hombros—. Se comportan como si la casa fuera suy a —olía como si fuera cierto
—. Los habían abandonado. No sé por qué les permití esos humos —hizo una
pausa y a continuación preguntó, como si siguiera hablando de los gatos—:
¿Cómo está Lucas?
—Sorprendentemente bien —repliqué—. Creo que deberías ponerte en
contacto con él.
—Lo sé —esbozó una breve sonrisa—. Y tú, ¿cómo estás? Nunca te veo.
—Bastante bien. Sufriendo los achaques de la edad.
—No tienes ni idea de lo que es eso —dijo. Estaba de pie en el umbral de la
cocina, sosteniendo un paño en una mano y una taza en la otra—. Ninguno de
vosotros lo sabe. —Era un lamento familiar. Cuando vio que estaba demasiado
preocupado para contestar, se dedicó a disponer cosas en el fregadero. Oí que
llenaba de agua la cafetera; mientras lo hacía dijo algo que no entendí; luego
repitió, cerrando la tapa—: Algo está pasando en el Pleroma. Algo nuevo. Lo
presiento.
—Ann, todo eso terminó definitivamente hace veinte años.

El hecho es que ni en ese momento estaba muy seguro de lo que habíamos


hecho mal. Supongo que les parecerá extraño, pero sucedió en 1968 o 1969, y
todo cuanto recuerdo es una noche de junio bañada en el perfume medio
confitado, medio corrupto, de los espinos. Era tan espeso que daba la sensación
de nadar en él y en la cálida luz del anochecer que se filtraba entre los setos
como oro transparente. Me acuerdo de Sprake porque es imposible olvidarle. Se
me escapa lo que hicimos nosotros cuatro, así como su significado. Hubo, sin
duda, una pérdida; describirla como la pérdida de la « inocencia» sería excesivo,
aunque ésa fue mi impresión. Lucas y Ann se lo tomaron muy en serio desde el
primer momento. Tiempo después, quizás al cabo de dos o tres meses, cuando
estaba claro que algo había fallado, cuando las cosas empezaron a salirse de su
cauce, fueron Ann y Lucas quienes me convencieron para que fuera a hablar
con Sprake, rompiendo la promesa de no ponernos en contacto con él nunca más.
Querían saber si lo que habíamos hecho podía ser anulado o invertido; si lo que
habíamos perdido podía ser recuperado.
—No creo que funcione así —les advertí, pero en seguida comprendí que no
me escuchaban.
—Tendrá que ay udarnos —dijo Lucas.
—¿Por qué lo hicimos? —preguntó Ann. Aunque odiaba el Museo Británico,
Sprake siempre había vivido de una u otra manera a su sombra. Lo encontré en el
Tivoli Espresso Bar, donde sabía que acudía cada tarde. Llevaba un abrigo negro
grueso y pasado de moda (el tiempo de aquel octubre era desapacible y
húmedo), pero por el modo en que sobresalían sus muñecas de las mangas,
largas, frágiles y sucias, cubiertas de profundos arañazos, como si hubiera estado
luchando con algún pequeño animal, sospeché que debajo no llevaba chaqueta o
camisa. Por alguna oscura razón había comprado un ejemplar del Church Times.
La parte superior de su cuerpo se curvaba dolorosamente sobre el periódico que,
unido a su aspecto abatido y a su mal afeitada mandíbula inferior, le daba el
aspecto de un sacristán desengañado. El diario estaba doblado con todo cuidado
para revelar parte de un titular, pero nunca le vi abrirlo.
En aquel tiempo, la radio del Tivoli siempre estaba en funcionamiento. Su
café era aguado y, como casi todos los expresos, demasiado caliente para saber a
nada. Sprake y y o nos sentamos en taburetes junto a la ventana. Apoy amos los
codos en una estrecha barra sembrada de tazas sucias y bocadillos a medio
comer, y contemplamos a los peatones de la calle Museum. Pasados diez
minutos una voz de mujer pronunció con toda claridad a nuestras espaldas:
—El hecho es que los niños no van a intentarlo.
Sprake pegó un brinco y miró a su alrededor hoscamente, como obligado a
dar una respuesta a la frase.
—Es la radio —le aseguré.
Me miró como si y o fuera un loco peligroso, y transcurrió un rato antes de
que reanudara nuestra conversación.
—Ya sabíais lo que estábamos haciendo. Conseguisteis lo que queríais, y
nadie os engañó.
—Sí —admití con desgana.
Me dolían los ojos, a pesar de que había dormido durante el viaje,
despertando, justo cuando el tren de Cambridge se arrastraba por los últimos dos
kilómetros que le separaban de Londres, para ver hojas de periódico
revoloteando ante las plantas más elevadas de un edificio de oficinas como
mariposas cortejando una flor.
—Lo entiendo —dije—. No admite discusión, pero me gustaría ofrecerles
ciertas garantías…
Sprake no escuchaba. Se había desencadenado una fuerte lluvia y el bar se
llenó de clientes procedentes de la calle, en su may oría alemanes y
norteamericanos que visitaban el museo. Todos parecían ir vestidos con trajes
recién salidos de la fábrica. El humo de la cafetera invadió hasta el último rincón
del Tivoli, y el olor a ropa húmeda vició la atmósfera. La gente que intentaba
encontrar un asiento libre nos rozaba constantemente las espaldas, murmurando
excusas. Sprake no tardó en irritarse, aunque y o pensé que la cortesía de los
recién llegados le afectaba más que las propias molestias.
—Cacas de perro —dijo en voz alta con tono indiferente; y luego, cuando
toda una familia, miembro por miembro, le empujó—: Tres generaciones de
conejos. —Ninguno dio muestras de ofenderse, a pesar de que debieron de oírle.
Una mujer empapada, embutida en un abrigo de color púrpura, entró, buscó
ansiosamente con la mirada un asiento vacío y, al ver que y a no quedaban, salió
corriendo—. ¡Puta loca! —le gritó Sprake—. Ve a abrirte de piernas —mirando
con aire de desafío a los parroquianos.
—Creo que sería mejor hablar en privado —sugerí—. ¿Vamos a tu
apartamento?
Durante veinte años había vivido en la misma habitación, situada sobre la
librería Atlantis. En seguida percibí que la idea no era de su agrado, a pesar de
que estábamos muy cerca y y o le había visitado en otras ocasiones. Al principio
pretendió que sería difícil entrar.
—La tienda está cerrada —dijo—. Tendremos que utilizar la otra puerta —
luego admitió—: No puedo volver antes de una o dos horas. Anoche hice algo que
quizá lo convierta en un lugar poco seguro.
Sonrió entre dientes.
—Ya sabes a qué me refiero —dijo.
No pude sonsacarle más. Los cortes de sus muñecas me trajeron a la
memoria el pánico de Ann y Lucas la última vez que hablé con ellos. Tomé la
determinación de entrar en la habitación.
—Si no quieres volver, aunque sea por un rato —insinué—, quizá podríamos
hablar con más tranquilidad en el museo.
Un año atrás, mientras investigaba una tarde en una colección de
manuscritos, había girado una página de las Chroniques d’Angleterre, de Jean de
Wabrin (esa historia oblicua de la que no se conoce la versión completa) y
hallado por sorpresa una miniatura que pintaba, en extraños e irreales verdes y
azules, el desfile de la coronación de Ricardo Corazón de León. Faltaba una parte,
pero ignoraba cuál. « ¿Por qué, si se trata de una coronación —me había escrito
casi con pena en aquel tiempo—, acarrean esos cuatro hombres un ataúd? ¿Y
quién camina bajo palio… si no se ven obispos?» . Desde entonces había evitado
el edificio en la medida de lo posible, a pesar de que siempre que le viniera en
gana podía ver sus altas verjas de hierro al final de la calle. Me dijo que había
empezado a dudar de la autenticidad de algunos ejemplares de la colección
medieval. De hecho, le aterrorizaban.
—Estaremos más tranquilos allí —insistí.
No respondió, sino que siguió sentado, encorvado sobre el Church Times,
mirando la calle con las manos fuertemente enlazadas frente a él. Casi podía leer
sus pensamientos.
—¡Ese jodido montón de porquería! —contestó por fin.
Se puso en pie.
—Está bien, vamos. Es probable que la habitación y a esté vacía.
La lluvia goteaba de la fachada azul y verde de la Atlantis. Había un cartel
descolorido, cerrado por renovación total. El escaparate estaba vacío, a
excepción de unos pocos libros que habían dejado para conservar las apariencias.
Distinguí, entre los volúmenes amontonados en la estantería de cristal, el clásico
Diccionario de símbolos e imágenes, de De Vries. Cuando se lo señalé a Sprake,
se limitó a mirarme con desdén. Manipuló torpemente su llave. El interior de la
librería olía a madera cortada, y eso y pintura, pero en las escaleras predominaba
el olor a cocina. El estudio de Sprake, bastante amplio y situado en el piso más
alto, tenía ventanas de guillotina sin cortinas en paredes opuestas. Pese a ello, no
parecía gozar de buena luminosidad.
Por una ventana se veían las húmedas fachadas de la calle Museum, con
depósitos de un verde brillante en los salientes, volutas de estuco y adornos
cubiertos de una tonalidad grisácea por los excrementos de las palomas; por la
otra se divisaba parte del ennegrecido campanario de St. George’s Bloomsbury,
una reproducción de la tumba de Mausoleo que se alzaba hacia las veloces nubes.
—Una vez oí que el reloj tocaba las veintiuna —dijo Sprake.
—Lo creo —respondí, aunque no era así—. ¿Puedo tomar un poco de té?
Se mantuvo en silencio durante un minuto.
Luego rió.
—No voy a ay udarles —dijo—, y a lo sabes. No me lo permitirían. Lo que
hicisteis en el Pleroma es irreparable.

—Todo eso terminó definitivamente hace veinte años, Ann.


—Lo sé, lo sé, pero… —se detuvo en seco y luego prosiguió con voz apagada
—. ¿Quieres acompañarme un minuto, sólo un minuto?
La casa, como muchas de los Peninos, había sido construida en la ladera del
valle. Un talud casi vertical de tierra, cortado para acomodarla, era sostenido por
un revestimiento de piedra sin mortero de unos ocho o nueve metros de alto,
negro de humedad incluso a mediados de julio, sembrado de líquenes y cubierto
de helechos como un risco. En diciembre, el agua caía por el revestimiento día
tras día y, al acumularse en una piedra por debajo, hacía un ruido parecido al de
un grifo que se deja abierto por la noche. Paralelo a la parte posterior de la casa
corría un paso de apenas setenta centímetros de ancho, lleno de tejas rotas y
otros desperdicios. Era un lugar deprimente.
—Tienes razón —le dije a Ann, que miraba, ensimismada, la oscuridad, con
la cabeza ladeada y el paño alzado hacia su boca como si pensara que se
encontraba mal.
—Eso sabe quiénes somos —musitó—. A pesar de las precauciones, siempre
se acuerda de nosotros.
Se estremeció, se apartó de la ventana y empezó a verter agua con tanta
torpeza en el filtro de la cafetera que la rodeé con el brazo y dije:
Oy e siéntate antes de que te quemes. Yo me ocuparé de esto, y luego me
cuentas qué sucede.
Ella vaciló.
—Vamos —dije—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Fue a la sala de estar y se dejó caer en una silla. Uno de los gatos corrió hacia
la cocina y me miró.
—No les des leche, y a tomaron esta mañana.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté—. Contigo misma, quiero decir.
—Más o menos como te imaginas —había tomado propranolol, pero no le
producía mucho efecto—. Creo que corta los dolores de cabeza —sin embargo,
la dejaba exhausta, como resultado colateral—. Hace que mi corazón lata más
despacio. Ahora mismo me está sucediendo.
Miró el humo que se desprendía de la taza de café, primero con lentitud,
después con movimientos rápidos y curvos, como agitado por una leve corriente
de aire. Se formaban y desaparecían remolinos al mismo ritmo que en la
superficie de un río profundo y sereno. Una lenta espiral, un veloz giro. Lo que
está sosegado se revela como un montón de complicaciones que sólo pueden
resolverse como movimiento.
Recordé el día en que la conocí: una menuda, nerviosa y atractiva muchacha
de veinte años que llevaba vestidos de malla para exhibir la cintura y las caderas.
Luego, el miedo le prestó un toque de vulgaridad. Tras el divorcio aparecieron
mechones grises en su cabellera rubia, que se tiñó inmediatamente de negro. Se
encerró en sí misma. Su cuerpo se ensanchó hasta adquirir una pesadez obstinada
y musculosa. Hasta sus manos y pies parecieron aumentar de tamaño.
—Envejeces antes de darte cuenta —solía decir—. Antes de darte cuenta.
Separada de Lucas, los contornos la irritaban con facilidad; cambiaba de
domicilio más o menos cada seis meses, aunque nunca muy lejos, y siempre
elegía el mismo tipo de casas ruinosas y tristemente amuebladas que movían a la
sospecha de que buscaba las cosas que la ponían nerviosa y enferma; y trataba
de mantener la marca de cincuenta cigarrillos al día.
—¿Por qué Sprake no nos ay udó nunca? —me preguntó—. Tú debes saberlo.
Sprake sacó dos tazas de una palangana de plástico y puso una bolsita de té en
cada una.
—¡No me digas que tú también estás asustado! —exclamó—. Esperaba más
de ti.
Meneé la cabeza. No estaba seguro de si estaba asustado o no. Ni siquiera lo
estoy hoy. El té tenía un potente regustillo a grasa, como si lo hubiera freído. Me
obligué a beber la mitad mientras Sprake me observaba con cinismo.
—Deberías sentarte —dijo—. Estás agotado. —Cuando rehusé, se encogió de
hombros y retomó el hilo de la conversación anterior, como si aún nos
halláramos en el Tivoli—. Nadie les engatusó o dio a entender que sería fácil. Si
obtienes algo de un experimento semejante, es a base de mantener la cabeza en
su sitio y aprovechar la oportunidad. Si intentas moverte con precauciones, es
posible que no llegues a moverte en absoluto.
Parecía pensativo.
—He visto lo que le sucede a la gente que pierde el control de sus nervios.
—Estoy seguro —dije.
—Algunos quedaron casi irreconocibles.
Posé la taza de té sobre la mesa.
—No quiero saberlo.
—No me extraña.
Sonrió para sí.
—Oh, seguían con vida —dijo con suavidad—, si es eso lo que te preocupa.
—Tú nos metiste en esto —le recordé.
—Pero asumisteis los riesgos.
La may or parte de la luz que entraba desde la calle la absorbía el papel verde
oscuro de la pared y el barniz de aspecto viscoso de los muebles. El resto se diluía
en la suciedad del suelo, las páginas arrugadas y en parte quemadas escritas a
máquina, mechones de pelo, trozos de tiza utilizados la noche anterior para
dibujar en el deteriorado linóleo; allí moría. Aunque sabía que Sprake estaba
jugando conmigo, ignoraba sus intenciones: no las adivinaba. Por fin, me dio un
indicio.
—Un día te cansarás de todo este lío —le dije desde la puerta; se limitó a
sonreír y a mover la cabeza en sentido afirmativo.
—Vuelve cuando averigües lo que quieres. Líbrate de Lucas, es un
aficionado. Trae a la chica, si te apetece.
—Vete al infierno, Sprake.
No me acompañó hasta la calle.
—Nunca más oiremos hablar de Sprake —le dije a Lucas aquella noche.
—Cristo —exclamó, y por un segundo pensé que iba a llorar—. Ann se siente
tan mal… ¿Qué dijo?
—Olvídale. Nunca nos fue de mucha ay uda.
—Ann y y o nos vamos a casar —dijo Lucas precipitadamente.
¿Qué podía hacer y o? Sabía tan bien como él que lo hacían para consolarse el
uno al otro. No ganaría nada si le obligaba a admitirlo. Además, estaba muy
cansado y apenas se sostenía de pie. Una especie de defecto visual, un breve
tramo de escaleras fluorescente, deslumbraba mi ojo izquierdo. Felicité a Lucas
y, al instante, empecé a pensar en otras cosas.
—A Sprake le aterroriza el Museo Británico —dije—. En cierta forma, lo
comprendo.
De niño y o también lo había odiado. Cada conversación, cada eco de una voz,
un paso o el crujir de un vestido retumbaba en sus altos techos como la
combinación de un murmullo y un suspiro —los borrosos y confusos restos del
significado—, causando la impresión de que te habían abandonado en una piscina
desierta. Más tarde, en la adolescencia, me aterrorizaron las inmensas y
deformes cabezas de la Sala 25, así como la vaguedad de las inscripciones. Veía
con claridad lo que tenía delante (« Cabeza de arenisca roja de un rey » …
« Cabeza de granito rojo de la figura colosal de un rey » ), pero ¿qué era lo que
estaba mirando? La figura sin rostro de Ramsés esculpida en madera emergía
perpetuamente de un nicho cercano a la puerta de los lavabos, un Ramsés
obligado a apoy arse en un bastón (cuarteado, sifilítico, devorado por los gusanos
a su paso por el mundo, pero aún condenado a seguir luchando sin cesar).
—Queremos ir a vivir al norte —dijo Lucas—. Lejos de todo esto.

A medida que avanzaba la tarde, Ann se fue inquietando más.


—Oy e —me preguntaba—, ¿hay alguien en el pasillo? Nunca me ocultes
nada.
Después de varias promesas vagas (« No puedo enviarte afuera sin comer
algo. Cocinaré cualquier cosa en un momento, si haces un poco más de café» ),
me di cuenta que la asustaba incluso volver a la cocina.
—Por más café que bebo —decía—, sigo teniendo la garganta seca. Es de
tanto fumar.
Insistía en el tema de la edad. Siempre había detestado sentirse vieja.
—Cada vez que te peinas el pelo por las mañanas es como si envejecieras
diez años, cada cabello que se cae, cada mota de caspa, como un puñado de fotos
viejas que se desprenden —meneó la cabeza y dijo, como si y o no tuviera
problema en establecer una relación—: Nos cambiamos muchas veces después
de la universidad, como si y o necesitara dejar algo atrás con frecuencia, como
una especie de sacrificio. Aunque me gustara un trabajo, siempre me marchaba.
¡Pobre Lucas!
Lanzó una carcajada.
—¿Alguna vez sentiste algo parecido? —hizo una mueca—. No lo creo.
Recuerdo que la primera casa en que vivimos estaba cerca de Dunford Bridge.
Era inmensa, y por dentro se caía a pedazos. Siempre estaba en venta, hasta que
la compramos. Todos los que habían vivido antes intentaron nuevos métodos de
distribución para hacerla habitable. Ponían una escalera nueva o juntaban dos
habitaciones. Descuidaban algunas partes porque no podían calentarla toda.
Después lo abandonaban todo antes de terminar y se lo dejaban al siguiente…
Se interrumpió con brusquedad.
—Nunca pude conservarla limpia.
—A Lucas le gustaba.
—¿Eso dice? No le hagas mucho caso —me advirtió—. El jardín estaba tan
lleno de desperdicios de los constructores que no conseguimos plantar nada. ¡Y
en invierno! —se estremeció—. Bueno, y a sabes lo que es esto. Las habitaciones
olían a gas; antes de que pasara una semana, Lucas había comprado toda clase
de estufas eléctricas portátiles. Yo odiaba el frío, pero no tanto como él.
Repitió su nombre con jovial ternura —« Lucas, Lucas, Lucas» —, como si
estuviera en la sala con nosotros.
—¡Cómo lo odiabas, y qué poco cuidadoso te mostrabas!
Ya había oscurecido, pero el gato más joven continuaba mirando el grisáceo
y mojado jardín, tras el cual apenas se podía distinguir el borde del páramo,
como una dilatada línea de sombras cubierta de nubes bajas. Ann seguía
preguntándose que podía ver el gato.
—Hay niños enterrados en el páramo —le dijo al gato. Se levantó con un
suspiro y lo depositó en el suelo—. Éste es tu lugar. El lugar de los gatos es el
suelo. —Algunas flores de papel se habían caído. Se agachó para recogerlas y
dijo—: Si alguna vez hubo un Dios, uno auténtico, hace mucho tiempo que tiró la
toalla. No es tan cruel como indiferente —dio un respingo y se llevó las manos a
los ojos.
—¿Te importa si apago la luz principal? Se ha infiltrado en todo, de modo que
ahora sólo existe esta cosa dilatada, inconsistente, presente en cada átomo, tan
agotada que es incapaz de seguir adelante, tan consumida que sólo mueve a la
pena por ella y sus errores. Eso es el auténtico Dios. Lo que vimos es algo que
usurpó su lugar.
—¿Qué vimos, Ann?
Me miró fijamente.
—Nunca supe lo que Lucas pensaba que quería de mí —la opaca luz amarilla
de una lámpara de mesa iluminó el lado izquierdo de su cara. Encendía un
cigarrillo tras otro, los aplastaba a medio fumar en viejas quemaduras que se
habían acumulado en el plato de su taza—. ¿Te lo imaginas? En todos aquellos
años nunca supe qué quería de mí.
Pareció reflexionar sobre esto un momento. Me miró, estupefacta, y dijo:
—No creo que me amara nunca —sepultó el rostro entre las manos. Me
levanté con la idea de consolarla. Saltó de la silla sin previo aviso y dio unos pasos
hacia mí de un modo confuso y errante.
Allí, en medio de la sala, tropezó con una mesita lacada que alguien había
traído de un viaje a Cachemira veinte años antes. Dos o tres libros de bolsillo y un
jarro de anémonas volaron por los aires.
Las anémonas estaban marchitas. Bajó la vista hacia The last ofcheri y Mrs.
Palfrey at the Claremont, salpicados de grandes pétalos azules y rojos como papel
de seda sucio; los tocó pensativamente con la punta del pie. El olor fétido del agua
de las flores le produjo náuseas.
—Oh, querido —murmuró—. ¿Qué vamos a hacer, Lucas?
—No soy Lucas —le dije con suavidad—. Siéntate, Ann.
Mientras y o recogía los libros y secaba las cubiertas, ella debió sobreponerse
al miedo que le provocaba la cocina (o simplemente lo olvidó, como pensé más
tarde) pues la oí rebuscar bajo el fregadero la escoba y la pala. Imaginé que el
dolor de cabeza le nublaría la visión.
—Ya lo haré y o, Ann —grité con impaciencia—, no seas tonta —escuché un
jadeo, un ruido y mi nombre pronunciado dos veces—. Ann, ¿te encuentras bien?
No hubo respuesta.
—Ann, ¿me oy es?
La encontré junto al fregadero. Había soltado la escoba y la pala y entre sus
manos retorcía con tanta fuerza un paño de cocina que los músculos de sus cortos
antebrazos resaltaban como los de un carpintero. Se había derramado agua sobre
su falda.
—¿Ann?
Miraba por la ventana el estrecho paso donde, iluminado con toda nitidez por
el fluorescente del techo de la cocina, algo grande y blanco colgaba en el aire,
girando de un lado a otro como una crisálida en un seto de aligustres.
—¡Cristo! —exclamé.
Se movía y se quedaba quieto, como si lo que contenía estuviera demasiado
cansado para salir. Al cabo de un momento se ensortijó desde su base cónica,
pareció partirse en dos y se juntó de nuevo. Enseguida me di cuenta de que estos
movimientos eran producidos por dos organismos, dos figuras humanas que
flotaban en el aire, sin sujeción, completamente desnudas, que se retorcían, se
unían, se separaban y volvían a retorcerse, sin presentar nunca el mismo ángulo,
de manera que a veces veías al hombre de espaldas, después a la mujer y luego
a ambos desde uno y otro lado. Cuando los vi por primera vez, la boca de la
mujer estaba pegada a la del hombre. Tenía los ojos cerrados; después reclinó la
cabeza sobre su hombro. Pasado un tiempo dedicaron su atención a Ann. Su piel
era muy pálida, con el curioso tono del chocolate con leche, pero debía de ser un
efecto de luz. Los remolinos de aguanieve que nos separaban no lograban
oscurecerlos.
—¿Qué son, Ann?
—No hay límite para el sufrimiento —dijo con voz sorda y apagada—. Me
siguen a todas partes.
Me costaba apartar la mirada de ellos.
—¿Por eso cambias de domicilio tan a menudo? —fue lo único que se me
ocurrió decir.
—No.
Las dos figuras compartían algo que, si sus ojos hubieran estado más fijos en
ellos mismos que en Ann, podría describirse como amor. Oscilaban y se giraban
con lentitud hacia la pared negra y húmeda como peces en un acuario. Sonreían.
Ann gimió y empezó a vomitar ruidosamente en el fregadero. La sostuve por los
hombros.
—Échalos —susurró—. ¿Por qué me miran siempre? —Tosió, se secó la boca
y abrió el grifo de agua fría. Temblaba con fuertes e inconexos espasmos—.
Échales.
Aunque sabía muy bien que estaban allí afuera, fue un error que no crey era
en su realidad. Pensé que ella se calmaría si no los veía, pero no me permitía
cerrar la luz o correr las cortinas; y cuando traté de animarla a apartarse del
borde del fregadero y venir conmigo a la sala de estar, se limitó a menear la
cabeza y sufrió nuevas arcadas.
—No, déjame, ahora no te necesito —afirmó con el cuerpo rígido,
desmañada como una niña. Era muy fuerte.
—Intenta alejarte, Ann, por favor.
—No tengo nada con qué sonarme la nariz —dijo, desolada. Tiré de ella,
irritado, y caímos al suelo. Mi hombro chocó con la pala y mi boca se llenó de su
cabello, que olía a ceniza de cigarrillo. Sus manos se movieron sobre mí.
—¡Ann, Ann! —grité.
Conseguí desprenderme del peso de su cuerpo (había empezado a gemir y a
vomitar otra vez) y, después de mirar por encima del hombro las dos sonrientes
criaturas del pasillo, salí corriendo de la cocina y de la casa. Me oía decir entre
sollozos « Voy a llamar a Lucas, no puedo más, voy a llamar a Lucas» , como si
continuara hablando con ella. Vagué por el pueblo hasta encontrar la cabina
telefónica que hay frente a la iglesia.

Recuerdo unas frases de Sprake, tan bien elaboradas que no parecen suy as,
sobre Lucas Fisher:
—Es poco alentador sentir que le has dado esquinazo a la vida. Sólo se vive
intensamente al precio de uno mismo. Al final, la resistencia de Lucas a
entregarse con todas sus fuerzas le convertirá en un ser despreciable, ilusorio.
Acabará paseando sin rumbo por las calles de noche y mirando los escaparates
iluminados.
En aquel tiempo pensé que había exagerado. Todavía creía que Lucas poseía
más energía que voluntad, que era más propenso a los altibajos de una
personalidad cíclica que a la deliberada restricción de sus potencialidades.
—Algo horrible está ocurriendo —le dije a Lucas. Permaneció en silencio. Al
cabo de un momento insistí—: ¿Lucas?
—Por el amor de Dios, cuelga y déjame en paz —creo que le oí decir.
—La línea debe de estar estropeada, te oigo muy lejos. ¿Hay alguien contigo?
Silencio de nuevo.
—Lucas, ¿me oy es?
—¿Cómo se encuentra Ann?
—No muy bien, sufre una especie de ataque. No sabes lo que me alivia
hablar con alguien. Lucas, hay dos figuras completamente alucinantes en el
pasillo que se ve desde la cocina. Lo que están haciendo es… Oy e, son de un
color blanco como la cera, y se sonríen todo el rato. Es la cosa más asombrosa…
—Espera un momento. ¿Quieres decir que tú también las ves?
—Es lo que intento decirte. Lo que pasa es que no sé cómo ay udarle. ¿Lucas?
La línea se había cortado. Colgué el auricular y marqué su número de nuevo.
Comunicaba. Más tarde le dije a Ann que otra persona le estaría llamando, pero
sabía que había descolgado el teléfono. Me quedé un rato allí, azotado por el
viento que soplaba desde el páramo, con la esperanza de que cambiaría de idea.
Al fin, muerto de frío, me rendí y regresé. La cellisca abofeteó mi rostro a lo
largo de todo el tray ecto. El campanario de la iglesia dio las seis y media, pero el
pueblo se veía desierto y en tinieblas. Sólo se oía el viento agitando las bolsas de
basura amontonadas alrededor de los cubos.
—Puedes reventar, Lucas —susurré—. Puedes reventar.
La casa de Ann estaba tan silenciosa como las demás. Entré por el jardín del
frente y apreté mi cara contra la ventana, por si podía divisar la cocina a través
de la puerta abierta de la sala de estar, pero desde ese ángulo lo único visible era
un calendario de pared con una fotografía en color de un gato persa: octubre. No
vi a Ann. Permanecí junto al macizo de flores y la cellisca se convirtió en nieve.
El olor que invadía la cocina no era de vómitos sino el de ese regusto amargo
que se siente a veces en el fondo de la garganta. El chorro brillante y suicida de
la luz fluorescente bañaba el pasillo, ahora desierto. Era difícil imaginar que algo
hubiera ocurrido allí, pero, al mismo tiempo, nada parecía tranquilizador, ni la
disposición de las tejas de la techumbre, ni los matojos de helechos que crecían
en el revestimiento, ni la forma en que la nieve se depositaba en los intersticios de
las lajas. Advertí que no quería darle la espalda a la ventana. Si cerraba los ojos e
intentaba visualizar a la pareja blanca, todo lo que podía recordar era su manera
de sonreír. Un aire frío y silencioso penetraba por encima del fregadero, y los
gatos vinieron a frotarse contra mis piernas, entorpeciendo mi paso. Los grifos
seguían manando.
En su confusión, Ann había abierto todos los aparadores de la cocina y
desparramado el contenido en el suelo. Cacerolas, cubiertos y paquetes de
comida deshidratada se mezclaban con un cubo de polietileno y algunos
delantales; había volcado una botella de detergente entre varias latas de comida
para gatos, algunas abiertas, otras sólo a medias, antes de que las dejara caer o se
olvidara de dónde había puesto el abridor. Resultaba difícil averiguar lo que había
tratado de hacer. Lo recogí todo y lo tiré. Le di comida a los gatos para que
dejaran de molestarme. Un par de veces la oí moverse en el piso de arriba.
Estaba en el cuarto de baño, estirada sobre el caduco linóleo de color rosa, y
se esforzaba por sacarse la ropa.
—Por el amor de Dios, lárgate —dijo—. Sé hacerlo sola.
—Oh, Ann.
—Pues echa un poco de desinfectante en el cubo azul.

—¿Quiénes son, Ann? —pregunté.


Eso fue algo más tarde, después de llevarla a la cama.
—Una vez desatado, nunca te liberas.
—¿Te liberas de qué, Ann?
—Ya lo sabes. Lucas dijo que tuviste alucinaciones durante varias semanas.
—¡Lucas no tenía derecho a contar eso! —resultaba absurdo, así que añadí
con mucha suavidad—: Sucedió hace mucho tiempo. Ya no estoy seguro de
nada.
La migraña la había dejado exhausta, aunque mucho más relajada. Se había
lavado el pelo, y entre los dos encontramos un camisón limpio. Tenía un aspecto
indefinido y juvenil, sentada en la alegre alcoba de adornos baratos y papel
pintado moderno; continuaba disculpándose por el diseño de su edredón
Continental, esquemáticas flores negras y rojas sobre fondo blanco cuy os tallos
entrelazados reseguía con el dedo índice de su mano derecha.
—¿Te gusta? No sé por qué lo compré. Las cosas parecen muy atractivas en
las tiendas, pero en cuanto las pones en casa pierden todo su encanto.
El gato más viejo saltó sobre la cama; cuando Ann habló, maulló
sonoramente.
—No debería estar aquí, y lo sabe.
No había comido ni bebido, pero la persuadí de que tomara más propanolol, y
hasta el momento se mostraba tranquila.
—Una vez desatado, nunca te liberas —repitió. Su dedo recorría los motivos
ornamentales del edredón. Tocó sin querer el pelaje seco y gris del gato, y se
miró la mano como si la hubiera extraviado—. Lucas parecía pensar que una
especie de olor te seguía a todas partes.
—Más o menos —asentí.
—No te librarás de ello por ignorarlo. Ambos lo intentamos al principio. Un
perfume de rosas, dijo Lucas —rió y cogió mi mano—. ¡Muy romántico!
Carezco de olfato…, lo perdí hace años, por suerte.
Eso le recordó otra cosa.
—La primera vez que tuve un ataque se lo oculté a mi madre, porque iba
acompañado de una visión. Yo era muy pequeña. Una visión muy clara: una
play a, escarpada y sin arena, con hombres y mujeres echados sobre unas rocas
al sol como lagartos, mirando sin expresión la espuma que rompía frente a ellos,
enormes olas que, por la escasa atención que les prestaba aquella gente, bien
podrían estarse proy ectando en la pantalla de un cine —entornó los ojos, atónita
—. Me intriga su poco sentido común.
Intentó echar al gato de la cama, pero el animal se conformó con enroscar el
cuerpo como si fuera de goma y situarse lejos del alcance de su mano. Ella
bostezó de repente.
—Al mismo tiempo —siguió tras una pausa—, veía que algunas arañas
habían tejido sus telas entre las rocas, sólo a medio metro del agua —aunque
temblaban y la espuma las mojaba hasta hacerlas centellear al sol, las telarañas
no se rompían. Dijo que no podía describir la angustia que esto le causaba—. Tan
cerca de toda aquella violencia… Me intrigaba su poco sentido común. Lo último
que oí fue que alguien decía « Es verdad que se escuchan voces en la marea…» .
Antes de dormirse, apretó mi mano con fuerza y dijo:
—Estoy muy contenta de que sacaras algún provecho. Lucas y y o no lo
conseguimos. ¡Rosas! Sólo por eso valía la pena.
Pensé en cómo éramos veinte años antes. Pasé la noche en la sala de estar y
me desperté muy temprano. No supe dónde estaba hasta que me acerqué,
atontado, a la ventana y contemplé la calle cubierta de nieve.

Un sueño repetido en el que aparecía Sprake me persiguió durante mucho


tiempo después de nuestro último encuentro. Tenía las manos enlazadas
fuertemente sobre el pecho, la izquierda alrededor de la muñeca derecha, y
recorría a toda prisa las salas del Museo Británico. Cada vez que llegaba a una
esquina o a un cruce de pasillos se detenía en seco y miraba la pared de enfrente
durante treinta segundos, antes de girarse con toda precisión para encarar la
dirección correcta y empezar a andar. Lo hacía con el aire de un hombre que,
por alguna razón ha aprendido a caminar con los ojos cerrados por un edificio
perfectamente familiar, pero también, por la manera en que miraba las paredes,
y en particular por la forma tiesa y recta en que movía el cuerpo, con un aire
jerárquico, un aire de premeditación y ritual. Los zapatos y los bajos de sus
gastados pantalones de pana estaban empapados, al igual que aquella mañana
después del ceremonial, cuando nosotros cuatro volvimos a pie por los campos
mojados bañados de sol. No llevaba calcetines.
En el sueño y o siempre corría para alcanzarle. Me detenía de vez en cuando
para escribir algo en un cuaderno, confiando en que no me vería. Recorría el
museo con determinación y examinaba una a una las vitrinas iluminadas que
contenían manuscritos del siglo doce. Se paró de súbito, me miró y dijo:
—Hay semen en esa pintura. Se ve con toda claridad. ¿Por qué hay semen en
una pintura religiosa?
Sonrió y abrió los ojos de par en par.
Señaló un lado de su cabeza con un dedo y empezó a reír y a gritar
incoherentemente.
Cuando se marchó comprobé que había estado examinando una miniatura del
Nuevo Testamento, perteneciente al Salterio de la Reina Melisanda, que
representaba a las « Mujeres ante el Sepulcro» . Un ángel llamaba la atención de
María Magdalena hacia unas extrañas formas luminosas que flotaban en el aire
frente a ella. Recordaban, de hecho, a los espermatozoos que orlan a menudo las
atormentadas pinturas parisienses de Edvard Munch.
Me despertaba bruscamente de este sueño para descubrir que había
amanecido y que había estado llorando.

Ann todavía dormía cuando salí de la casa, con una expresión en la cara
como la de la gente que no puede creer lo que recuerda de sí misma.
—Es verdad que se oían voces en la marea, gritos de socorro o de
advertencia —había dicho Ann—. Me vino la regla ese mismo día. Durante años
estuve convencida de que mis ataques también empezaron entonces.
Fue la última vez que la vi.
Un frente cálido había avanzado desde el sudoeste durante la noche; la nieve
comenzaba a fundirse, nubes grises se cernían sobre los páramos. Dos niños se
sentaron frente a mí en el tren hasta Staly bridge, con una expresión esperanzada
en los ojos y los billetes sujetos sobre el regazo. Tendrían unos ocho o nueve años.
Iban vestidos con menudas e impecables chaquetas, pantalones ajustados y botas
« Dr. Marten» . Vistas de cerca, sus cabezas rapadas eran azuladas y vulnerables,
perfectamente formadas. Parecían acólitos de un templo budista: tranquilos,
cándidos, sumisos. Una fina lluvia caía al llegar a Manchester. Me persiguió a lo
largo de toda la calle Market, hasta la misma entrada del Kardomah Café, donde
me había citado con Lucas Fisher.
—¡Mira estos pasteles! —fue lo primero que dijo—. No son de plástico, como
los que hacen ahora. ¡Son de la edad del y eso de los pasteles de café, de la edad
del barro: pasteles de terracota, pintados con todo lujo de detalles, vidriados en
algunos lugares para obtener las grietas e imperfecciones de un auténtico pastel!
¿A que son maravillosos? Me voy a comer uno.
Me senté a su lado.
—¿Qué te pasó anoche, Lucas? Menuda pesadilla.
—¿Cómo está Ann? —preguntó, desviando la mirada.
Percibí que temblaba.
—Puedes reventar, Lucas.
Sonrió a un niño de corta edad embutido en un pasmoso vestido amarillo. El
crío le devolvió la mirada con expresión ausente y disgustada, como si fuera
muy consciente de que pertenecían a especies antagonistas.
—Creo que el domingo irás a cenar a casa de la abuela —dijo una mujer
cerca de nosotros—. ¿Alguna celebración? —Lucas se giró como si hablara con
él—. Si vas a comprar juguetes esta tarde, limítate a mirarlos sin tocarlos, no sea
que te acusen de robo.
Desde algún lugar próximo a la cocina se oy ó un ruido similar al de una
bandeja llena de platos que cae por un corto tramo de escaleras. Un
estremecimiento de disgusto sacudió a Lucas.
—¡Salgamos! —dijo. Parecía irritado y enfermo—. Me afecta tanto como a
Ann. Tú nunca piensas en eso —volvió a mirar al niño—. Si pasas mucho tiempo
en lugares como éste pierdes el humor.
—Vamos, Lucas, no seas aguafiestas. Creí que te gustaban los pasteles de
aquí.
Durante toda la tarde recorrió las calles a grandes zancadas, como abismado
en sus pensamientos. Yo apenas podía mantener el paso. El centro de la ciudad
estaba lleno de sillas de ruedas, ocupadas por ancianas de rostros impacientes y
arrugados, parcialmente calvas, protegidas con delgados impermeables
amarillos. Lucas se había subido el cuello de su chaqueta de lana gris para no
mojarse, aunque la llevaba abierta y con las mangas subidas por encima de las
muñecas. El esfuerzo de seguirle me había dejado sin aliento. Tenía cuarenta
años, pero conservaba el rostro rapaz de un adolescente.
—Lo siento —dijo, aminorando el paso.
No era muy tarde, pero los letreros de neón y a estaban encendidos, así como
las ventanas bajas de los edificios de oficinas. Un brazo del canal apareció de
pronto ante nosotros, cerca de la estación de Piccadilly. Lucas se detuvo y
contempló la superficie salpicada por la lluvia, oscura y aceitosa, sembrada de
condones flotantes como gaviotas a la luz agonizante.
—A veces se ven fuegos en aquella orilla —dijo—. Allí viven muchos
vagabundos. Se les oy e cantar y gritar en el viejo camino de sirga —me dirigió
una mirada de estupor—. Tú y y o no somos muy diferentes, ¿eh? Nunca
conseguimos nada.
No supe qué decirle.
—Lo peor no es que Sprake nos animara a destruir algo de nosotros —
prosiguió—, sino que jamás obtuvimos nada a cambio. ¿Has visto alguna vez a
Juana de Arco arrodillándose para rezar en el Kardomah Café? ¿Y a un niño que
entra después con algo que parece un macho cabrío, que se la folla allí mismo
bajo un ray o de sol?
—Oy e, Lucas —le expliqué—. No voy a hacerlo nunca más. Anoche me
asusté.
—Lo siento.
—Lucas, tú siempre lo sientes.
—No estoy en mi mejor día.
—Por el amor de Dios, abróchate la chaqueta.
—No tengo frío.
Paseó su mirada vaga por el agua, oscurecida hasta convertirse en un cauce
sin fondo, opalino, entre los edificios; tal vez Lucas veía machos cabríos, fuegos,
vagabundos.
—« Trabajamos, pero no obtuvimos paga alguna» —citó. Algo le obligó a
inquirir con timidez—: ¿Sabes algo de Sprake?
Mi propia paciencia me enfermaba, como si colmara todos los poros de mi
cuerpo.
—Hace veinte años que no sé nada de Sprake, Lucas, y a lo sabes. Hace
veinte años que no le veo.
—Sí, lo sé, pero no puedo soportar la idea de que Ann viva sola en un sitio
como aquél. De otra forma, no lo habría mencionado. Dijimos que siempre
permaneceríamos juntos, pero…
—Vete a casa, Lucas, ahora mismo.
Se apartó con aire de desolación y se alejó. Tenía la intención de abandonarle
en el laberinto de irredimidas calles que hay entre Piccadilly y Victoria, las
ruinosas tiendas de pornografía y animales los aparcamientos cubiertos de malas
hierbas que se extienden a la sombra de la mole amarillenta del Arndale Centre,
pero me fue imposible. Había llegado al mercado de fruta de Tib Street cuando
una pequeña figura surgió de una calle lateral y empezó a seguirle muy de cerca
por la acera, imitando su típico paso, la cabeza echada hacia adelante y las
manos en los bolsillos. Cuando se paró para abrocharse la chaqueta, la figura
también se paró. Su chaqueta era tan larga que la arrastraba por la zanja.
Empecé a correr para darles alcance, y entonces la figura se detuvo bajo una
farola de la calle y me miró. A la luz de sodio vi que no se trataba de un niño ni
de un enano, sino de una combinación de ambos, con los ojos y el modo de andar
de un simio grande. Su rostro rosáceo albergaba dos ojos inexpresivos, estúpidos,
implacables. Lucas advirtió su presencia y dio un salto de sorpresa; corrió unos
metros sin rumbo, gritando, y dobló por una esquina, pero la figura le siguió
velozmente. Creo que oí la voz de Lucas suplicar « ¿Por qué no me dejas en
paz?» , y en respuesta sonó otra voz metálica y apagada a la vez, apenas audible
pero estridente, como un chillido. Luego se produjo un terrorífico estruendo y vi
un objeto grande como un cubo de basura de cinc salir volando y rodar hasta el
centro de la calle.
—¡Lucas! —grité.
Cuando di la vuelta a la esquina, la calle estaba llena de cajas de fruta
destrozadas; había verduras podridas esparcidas por todas partes, y una carretilla
caída, como si la hubieran arrojado contra el pavimento. Me resultó imposible
asimilar la sensación de violencia, confusión y necedad. No encontré rastro de
Lucas ni de su perseguidor, y, a pesar de que pasé una hora merodeando y
mirando en los portales, no vi a nadie.

Unos meses más tarde, Lucas me escribió para comunicarme que Ann había
muerto.
—Un perfume de rosas —le recordé decir—. ¡Qué suerte tuviste!
—Era un maravilloso verano para las rosas —le había replicado—. No
recuerdo un año igual —todo aquel junio los setos se llenaron de rosas silvestres,
de sutil y frágil aroma. No las había visto desde niño. Los jardines rebosaban de
gallicas, enormes y restallantes, cuy a fragancia produce los efectos de una droga
—. ¿Cómo podemos afirmar que Sprake tuvo algo que ver con aquello, Ann?
Sin embargo, envié rosas a su funeral, aunque no asistí.
¿Qué hicimos, Ann, Lucas y y o, en los campos de junio, hace tanto tiempo?
« Es fácil interpretar mal al Gran Dios —escribe De Vries—. Si Él representa
el largo y paulatino pánico agazapado en nosotros que nunca termina de
emerger, si Él significa nuestra percepción de lo animal, de lo incontrolable en
nosotros, Él también debe simbolizar esa percepción del mundo sensual y directa
que hemos perdido al crecer…, quizás al convertirnos en seres humanos antes
que nada» .
Poco tiempo después de morir Ann experimenté una súbita e inexplicable
resurrección de mi sentido del olfato. Percibía los olores habituales con tanto
detalle y precisión que de nuevo me sentí como un niño. Cada nueva impresión
era asombrosa y clara, como si mi y o consciente no fuera todavía la hinchazón
dolorosa enquistada en mi cerebro, apretada e inútil como un puño, imposible de
modificar o suprimir, en que se transformó posteriormente. No es lo que se
podría llamar memoria; todo lo que recordaba al oler la piel de una naranja, o el
café molido o un capullo de serbal era que una vez había sido capaz de
experimentar cosas con tanto vigor. Era como si, antes de recobrar una impresión
en particular, tuviera que redescubrir el lenguaje de todas las impresiones. Pero
nada sucedió después. Me quedó un desconcierto, un fantasma, una hiperestesia
de edad madura. Era cruel, turbadora; me hacía enloquecer. Me atormentó
durante uno o dos años, y luego desapareció.