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Antes de la madurez; después de la

inmadurez
Posted on 18 septiembre, 2018
El espanto de lo mismo
Ni bien termino de leer un libro para Zigurat, busco entrevistas, videos,
biografías de contratapa: cualquier cosa que me involucre con el autor.
Al principio lo hacía por inseguridad, para apoyar mi lectura en algo; ahora lo
hago porque sí.
Es un berretín que ejerzo menos para disponer de material auxiliar que para
entrar en una zona de contacto con la persona que escribe. Para acercarme a
su forma de ver el mundo y limar un poco las púas de mi ego; para permitirme,
contra mi predisposición natural, concebir al libro más como un acto expresivo
de un ser humano que como una obra literaria.
La búsqueda me fue llevando a leer muchas cosas, entre ellas: otras reseñas.
Y si bien primero me sorprendí con lo diferente que mi lectura podía resultar
respecto de las de otros, ahora, después de seis reseñas, la sorpresa cede al
espanto: no porque mi lectura sea más o menos meritoria, sino porque los
demás, todos, parecen leer, siempre, lo mismo.

Los dos Shungas


Shunga, el antiguo género pictórico del Japón, representaba relaciones
sexuales (masturbatorias, de pareja, triples, orgiásticas) que involucraban a
todo el espectro de la sociedad -incluso a monstruos mitológicos. Surgió
enEstablecer imagen destacada el período Edo, alrededor de 1600, y si bien
siempre estuvo acosado por la censura, no fue hasta 1907 que fue legalmente
castigado por el código penal japonés. El lector curioso puede
consultar aquí una breve galería de este género que en occidente supo
cosechar adeptos de la talla de Van Gogh o Picasso que, al parecer, tenía una
colección de más de sesenta shungas.
Shunga, la última novela de Martín Sancia Kawamichi (publicada en una muy
bonita edición de Evaristo Editorial, con triple arte de tapa de Japo Yamasato)
está ambientada en una incierta aldea japonesa en un no menos incierto
tiempo pero que, con seguridad, es un antes.
Kotaro acaba de enviudar de su segunda esposa, Oriko, y como es incapaz de
producir llanto, envía a su criado Taru en busca de Mako, Kohana y Ukemi, las
tres hermanas de la compañía teatral Izumi. El plan es contratarlas para que
vivan en la casa llorando en turnos la muerte de su amada. La cosa se
complica cuando Taru descubre que las Izumi no están en casa, sino que
fueron secuestradas por el usurero Kazuma (antiguo y temible condiscípulo de
Kotaro, de la época en que ambos aprendían a pintar bajo la tutela del maestro
Iguchi Kai). Kazuma tiene a las hermanas en cautiverio, desnudas, en la copa
de un álamo que le sirve de inspiración para escribir su libro ilustrado,
custodiadas por cuatro nihonzaru (unos monos ultraviolentos).
Este es el punto de partida, el universo narrativo que propone Kawamichi en
pocas páginas y del que se van a desprender, como spin-off independientes,
muchos episodios de lejana incidencia en la trama principal pero que ayudarán
a construir un perfil más rico de los protagonistas.
Los personajes se irán nutriendo de estas unidades mínimas y, cada vez que
se retome la trama principal, el lector sabrá de ellos un poco más: podrá
experimentar mejor sus comportamientos e, incluso, atenuar sus reacciones
morales frente a ciertas escenas sexuales o manifestaciones del deseo -en las
que no podrá dejar de percibir, además, cierto halo de belleza.

Un recuerdo
Crónicas del Ángel Gris tal vez haya sido para muchos de mi generación, lo
que para otras hayan sido Rayuela o Historias de Cronopios y de famas. Un
libro puente, un libro nexo. Uno de esos libros que, más allá de su valor
literario, quedan grabados en el alma porque suceden en la vida de uno
mientras esa vida se está construyendo.
Cuando recién empezábamos a interesarnos en la literatura, jóvenes, bebiendo
nuestras primeras Quilmes Bock (que un mozo, convenientemente, llamaba
book), dejando pasar las horas hablando de libros y de nosotros, de nosotros y
de libros, recuerdo un momento: Facundo (el otro Zigurat) y yo aprendimos -o
detectamos- el efecto demoledor que puede tener el blanco del papel después
de un rotundo punto final. Recuerdo un capítulo del libro de Dolina que
terminaba en la mitad de la carilla izquierda y te dejaba enfrentado, después de
esa última frase, a una página y media de blanco.
Tremendo.
Uno de los grandes logros de Shunga es volver a poner al lector frente al efecto
pictórico de la página. La sintaxis y la puntuación usan la página trayendo ecos
de una oralidad pretérita que no es la nuestra: daría la sensación de que
Kawamichi narrara como antes -como en algún antes- se contaban las
historias.
En parte, por eso su novela remite a las grandes tragedias griegas o isabelinas:
si uno mira las páginas como quien pasa revista, percibe una pintura textual
más cercana al guión o a la dramaturgia que a la novela.

Unidades mínimas: la periferia de la obra


Como si se tratara de una serie noventosa, cuando el formato respondía aun a
las exigencias televisivas, Kawamichi, con envidiable sentido del timing, puebla
la periferia de su obra de unidades mínimas tanto o más atractivas que la trama
principal: los fragmentos del libro ilustrado de Kazuma, los sueños de Ukemi,
las anotaciones de Kohana e, incluso, cuentos breves y micro-narraciones
auto-conclusivas, pululan por ahí haciendo gala de una belleza singular y a la
vez conocida, que remite un poco a la fábula.
Uno termina conociendo a los personajes, no por las descripciones ni el
desarrollo de sus peripecias, sino por acceder a sus recuerdos, a sus
memorias, a episodios (o documentos, incluso) de sus vidas que tal vez no se
vinculen directamente con la trama pero que hacen que cada diálogo, cada
palabra pronunciada por los personajes, estén cargados de una potencia que,
de otro modo, tal vez no tendría.
El efecto es entrañable.

Agua que sufre


En Shunga todo está al servicio de la imagen como instante eternizable donde
el universo parece caber, entero, en una frase o en un párrafo. Es la
condensación lo que logra el efecto, pero no la condensación de sentido, no la
síntesis que puede dotar de potencia a una frase que encierra al universo por
prepotencia significante: no, las imágenes que construye Kawamichi
condensan posibilidades, se cierran en sí mismas para contener, en sí, todas
las posibilidades.
Por eso, a veces, sobre todo en las primeras páginas, pueda parecer que
incluso el lenguaje ceda al impulso de la imagen poética: que, a veces sufra
ese impulso sacrificando su propia sonoridad o, por ejemplo, relaciones de
concordancia verbal que puedan romper, momentáneamente, el encanto de la
imagen.
Los diálogos son un punto fuerte de la novela y también remiten a lo teatral.
Diríase que tienen la contundencia frasísitica necesaria para la dramaturgia,
pero que a su vez son embellecidos por la literatura:
«-Está llorando -dijo Ukemi, confundida por una gota de rocío que había caído
sobre el ojo derecho de Aneko.
-No, no es llanto -le respondió Mako-. Es agua.
-El llanto también es agua -insistió Ukemi-. Agua que sufre.»

Nieto Senetiner
Shunga es un libro al que uno no puede enfrentarse de un modo prestablecido:
es un libro que impone múltiples experiencias y que se gana su propio modo de
ser leído a fuerza de jugar con la previsibilidad, con lo que uno espera de una
novela. Por eso resulta curioso (y muy desalentador) que nadie haya leído en
Shunga otra cosa que Japón, sexo y fantasía.
En alguna entrevista, Martín dice que nunca sabe si lo que está escribiendo es
para chicos o adultos y que, incluso, el libro de historias de animales que
terminó publicando Sudamericana en su colección infantil, fue concebido por él
como una colección de pequeños textos para adultos.
Esa anécdota puede darnos una idea bastante acabada de la zona en la que
trabaja Sancia Kawamichi. La zona de la que salen sus textos, a caballo entre
la fantasía, la fábula y la tragedia, que es también la zona a la que apela su
lectura. Ese limbo al que alude, por estos días, el nuevo vino de una
reconocida bodega (la zona que está antes de la madurez y después de la
inmadurez) y a la que Shunga nos arrastra para conmovernos.
Que lo logre o no, dependerá, ya, del lector.

Shunga
de Martín Sancia Kawamichi
por Evaristo Editorial (2017)
222 páginas

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