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Ricardo Alcántara

¡Huy, qué 01iedo!


Ilustrador: Gusti

edebé
© Ricardo Alcánta
ra. 1992
© Ed. Cast.: Edeb
é 1992
Paseo San Ju an
Bosco, 62
08017 Barcelona
WWw.edebe.com

Diseño de la col
ecc ión: David C
Para una nzna a quien no conozco,
abús.
Ilustraciones int
eriores y portad
a: G
aunque sé que se llama Montserrat.
usti.

10.ª edición

ISBN 84-236-255
9-1
Depósito Legal. B
. 14275-2000
Impreso en Espa
ña
Printed in Spain
EGS - Rosario. 2
- Barcelona

No está permitid
a la reproducció
tamiento informá n total o parcial
tico, ni la trans de este libro, ni
medio, ya sea misión de ninguna su tra­
electrónico, mec forma o por c
métodos, sin el ánico, p or fotocop ualquier
permiso previo ia, por registro
y por escrito del u otros
editor.
7

P ancheta era una bruja normal y co­


rriente. Sin ser demasiado lista,
tampoco era tonta.
Al igual que muchos niños, vivía con
sus padres. Y al igual que otros, no te­
nía hermanos.
«¡Qué lata!», pensaba Pancheta, pues
muchas veces no tenía con quien jugar.
-Cuando vayas a la escuela, tendrás
muchos amigos -la tranquilizaba su
madre.
-¿Y cuándo podré ir? -preguntaba
ella, impaciente.
-Cuando tengas seis años.
Durante el invierno cumplió los seis
años. Pero aún tuvo que esperar a que enorme sombrero. Tampoco quería des­
acabara el verano. peinar su tiesa melena, ni ensuciar su
Entonces, sí. jYa podía ir a la escuela! negra vestimenta.
Pancheta estaba tan nerviosa, que Deseaba tener un aspecto impecable
hasta la nariz le temblaba. el primer día de clase.
Y no era para menos. iAl fin iba a de­ Cuando por fin divisó la escuela, el
jar de jugar sola! corazón le empezó a latir con más fue;­
Su madre le puso en una mochila lá­ za. y sin poder contenerse por mas
pices, libretas y un bocadillo para el _
tiempo, se dirigió veloz hacia el patio.
recreo. ,,
En el patio había un buen numero de
Mientras tanto, Pancheta metió en sus niños. Cuando la vieron aparecer, se
bolsillos canicas, una peonza, la cuerda armó un terrible revuelo.
de saltar y ... jse marchó entusiasmada -¡Mirad! ¡Es una bruja! -dijo uno a
a la escuela! voz en grito.
Se fue sola, montada en su escoba . -¡Anda, es verdad! -exclamó otro.
Aunque deseaba llegar cuanto antes, -¡Qué miedo! Las brujas son muy
_
no voló demasiado deprisa . malas ... -comentó un tercero, muy
Temía que el viento se llevara su asustado.
y antes de que fu
era demasiado tar­
de, echaron todos gos preferidos, rápidamente se dispuso
a correr.
Cuando Pancheta a buscarlos.
puso un pie en ti
rra, p or allí no s e­ y como en estos asuntos era bastan­
e veía a nadie.
,, «iES tán jugan te hábil, no le costó mucho esfuerzo dar
do al escondite!»,
so la bruja, y los pen­ con unos y otros.
ojos le brillaron
alegría. de Pero, cada vez que pillaba a uno, el
P uesto que aquél niño huía espantado.
era uno de sus jue
- -No se juega así -les indicó la bru-
ja, a unque ellos p
arecían no escuch
Y así continuaron, arla. Entonces, Pancheta empezó a darse
hasta que la maes­
tra les hizo entrar cuenta de que hacer nuevos amigos no
en la clase.
Los niños se mostr sería tarea fácil.
aban inquietos. y
la maestra, tambié Pero eso no le importó demasiado.
n, para qué neg
Había sido idea d arlo. Confiaba en que, tarde o temprano, lo
el director acepta
a una br uja en la r conseguiría.
escuela. .
-No temáis. No o También sabía que debía esforzarse s1
s hará daño -dijo
la maestra, pero quería ganarse su simpatía.
la voz le temblab
Por eso, nadie quis a. y la ocasión de mostrarse amable no
o sentarse cerca d
Pancheta . e tardó en presentarse.
Pero, al parecer, a La maestra había explicado cuánto es
Pancheta no le im­
p ortaba y no para uno más uno. Pero nadie le había pres­
ba de sonreír. Qu
mostrarse amigable ería tado atención. Todos estaban pendien­
y simpática.
-Señorita, se burl tes de Pancheta.
a de nosotros -se
quejó una niña. Entonces, la maestra pregu�tó: ?
-Deja ya de hacer -Isabel, ¿cuánto es uno mas uno.
muecas -la re­
gañó la maestra. -Yo ... -dudó la niña.
Pancheta sonrió feliz. ¡Había llegado
el momento de co
mportarse como
buena compañer u na
a.
Con disimulo le s
usurró a Isabel:
-iDos!
La verdad se a dic
ha, no consiguió
pronunciarlo con
demasiada clarid
jCómo iba a hace ad.
rlo, si le faltaban v
rios dientes! a­
Por eso, Isabel en
tendió el mens
a su manera. Se aje
giró decidida hac
maestra y dijo: ia la
-Tos.
-¿Qué? -exclam
ó la maestra, con
el asombro pintad
o en la cara.
-Uno y uno son
... jtos! -repitió
niña. la
-Y tú tienes un cer
o -dijo la ma es­
tra, ya de pésim
o humor.
17

Sin poder evitarl


o, todos se echar
a reír. on Por fin, llegó la hora del recreo.
Eso puso a Isab Como era de esperar, en el patio to­
el más furiosa.
a Pancheta y le Miró dos huyeron de su lado.
dijo muy seria:
-Lo has hecho a pro Acostumbrada a jugar sola, Panche­
pósito. Eres una
br uja mala. ta echó mano de sus canicas. De rodi­
Pancheta se que llas ' en el suelo, se puso a jugar.
dó pálida.
;Menuda la había Cerró un ojo para hacer puntena.
/

armado! Aquello
iba de mal en p Golpeó con fuerza la canica Y··.' ¡zas!
eor.
Sus compañeros Quizá a causa de los nervios, erró el
la observaban co
cara de pocos am n tiro. La canica salió disparada.
igos. y ella no se
vía ni siquiera a atre­ Fue a parar bajo el pie de un niño
sonreír.
Tampoco se sentí que corría a lo loco. y el niño acabó con
a con ánimos de
guir ayudándolo se­ la nariz contra el suelo.
s si no sabían
puesta. la res­ -¡Aaahh! -chilló con todas sus
Así p ues, perm fuerzas y empezó a llorar sin consuelo.
aneció quieta e
asiento, mientras n su -¿Qué ha pasado? -quiso saber la
luchaba contra e
sánimo. l de­ maestra, cuando fue en su ayuda.
-¡Pancheta lo ha tirado! -dijo uno.
-Sí, ha sido ella
-apoyó otro-
la he visto. . Yo El resto de la clase fue un auténtico
.
Incluso aquello
s que no sabían tormento. Sólo respiro . ,, a 1iv1·ada cuando
había pasado ta lo que oyó decir. a la maestra:
mbién la acusar
-iEs muy ma on. -Ya os pode1s ,, . marc har. Hasta
la! -dijeron to
coro. dos a mañana.
Pancheta estuv .
o a punto de co Quieta en su asiento, ag uardó a que
escoba para no ger su
volver más.
-Ve a la clase
-le dijo la ma
en tono severo. estra
Ella obedeció si
n rechistar.
Se que dó sola e
n la clase, hasta
el recreo llegó a q ue
su fin.
Los niños entrar
on muy serios.
deaban al herid Ro­
o y obser vaban
cheta con gest a Pan­
o de enfado.
Pancheta jamás
había imaginado
era posible sen que
tirse tan mal.
todos se marc
haran. Luego,
lento, ella tamb con paso Profundamente ofendida, Pancheta
ién salió.
Para su sorpres les enseñó la lengua. y les hizo una
a, sus compañe
esperaban en ros la mueca, con la ayuda de las manos.
la puerta.
Al verla apare -Cuidado, ¡está tratando de encan­
. cer, comenzar
gritar: on a tarnos! -advirtió uno, y todos huyeron
-Bruja mala, asustados.
no te queremos
jVete! aquí En cuestió n de segundos, no se veía
ni rastro de ellos.
23

Pancheta mo
ntó en su esc
fue a casa . oba y se
«Quizá Pancheta ya no quiera volver
Su madre la a la escuela», pensó, bastante inquieta.
. ,, esperaba imp
-e.Que tal te aciente
ha ido?· - 1e ¡Qué va! Al día siguiente, se marchó
-,·Psse ... ! -re preguntó
s· ,,
m mas explica
spondió panc h
eta .
,,
tan contenta.
Sabía que, sólo si insistía, consegui­
ciones ' se enc
su habitación. erro en
ría tener amigos.
Allí se estuvo rato Y mientras volaba por encima de las
Y rato. Ni. si. qui
tenía ganas d era casas, no dejaba de pensar: «Puede que
e merendar.
Ya era de noc hoy ya no estén tan asustados. »
he cuando
su madre. y . ,, fue a ver a
sm mas, le p Pero se equivocaba de medio a me­
reguntó:
-e.. Todas la b dio. Las cosas no se habían arreglado,
s ujas son malas?
r
-Claro que no. sino que habían empeorado. Y la pe­
-Gracias -d queña bruja no tardó en descubrirlo.
,, ijo Pancheta '
so a su habit y regre-
ación. Junto a la puerta del colegio se ha­
Su madre pront bían reunido unos cuantos padres.
o se di·o cue
que h ab,,ia suc nta de 1o
Hablaban entre ellos y parecían en­
edido Enton
peor. . ces temió lo
fadados. Bastaba con mirarlos para no,
tarlo.
25

No entendían p or
qué el director ha­
bía admitido a una Al verlos, Pancheta rápidamente
bruja en la escuel
-jEsa niña es un p a. montó en su escoba. Tras un vuelo ve­
eligro para nues­
tros hijos! - excla loz, aterrizó en el patio. No quería lle­
maban, sin impor
les un comino que tar­ gar tarde.
Pancheta los pu
ra oír. die­ 1·Menuda sorpresa se llevaron sus
Y Pancheta los oy compañeros al verla aparecer.1
ó.
Se asustó tanto, q Tampoco la maestra pudo disimular
ue no se atrevió a
acercarse. Se ocult su disgusto.
ó en la torre del cam
panario y desde ­ «¡Mecachis!», pensó, y las mejillas le
allí los espió.
En vista de que la cambiaron de color.
bruja no se pre­
sentaba, unos y otr -¡Buenos días! -saludó Pancheta,
os fueron recupera
do la calma. Estaban n­ y se sentó en su sitio.
seguros de que y
no volvería. a Allí se estuvo, muy quieta y muy se­
-jQué bien! Nos h ria ' hasta la hora de salir al patio.
emos salido con
la nuestra -se dec Tampoco aquel día sus compañeros
ían victoriosos.
Felices con el triunfo, quisieron jugar con ella.
regresaron a sus
casas. Y los niños Desde un rincón, Pancheta observa- -
entraron en la cla
se. ba cómo los demás se lo pasaban en
grande. jHubiera
dado cualquier co
por ser uno de ell sa
os!
Pero ellos continu
aban enfrascados
en sus juegos. Na
die le hacía caso.
Entonces dos niño
s empezaron una
fuerte discusión.
-Si no te gusta, v
ete -dijo la niña
con gesto de rabia
.
-jVete tú, mando
na! -protestó el
chiquillo y le dio
un empujón.
La niña puso morr
itos y, a grandes
pasos, se separó de
l grupo. Sin dejar
refunfuñar, se ace de
rcó a P ancheta y
sentó a su lado. se
P ancheta sintió q
ue el corazón le
daba un vuelco a
causa de la alegrí
jPensaba que aqu a.
ella niña quería ser
amiga! su
29

-Miguel es un
bravucón. jNo v
a jugar con él! olveré y sin más, se marchó con su enfado
-le dijo muy enf
Pancheta no s adada.
abía qué respon a otra parte.
nía ganas de pr der. Te­ -Vaya ... -dijo Pancheta a media
egun tarle si qu
ería jugar
con ella, pero
no se atrevió. voz, y se cruzó de brazos.
M ien tras pensa Comenzaba a perder las esperanzas.
ba, la otra se le
có m ás. E n un acer­ Para colmo de males, en aquel mo­
1
1 pidió:
tono confiden
cial, le mento un señor pasó por la calle de la
.I - Oye, ¿por qu
é no lo convie
escuela. Era el padre de uno de aque­
un sapo viejo rt es en llos niños.
y feo? jSe lo
m erece!
-Yo ... , yo ... - Se detuvo y, con aspecto de espía,
tartamudeó Pan
-Si lo haces, cheta. observó el patio. Pronto descubrió que
seré tu a miga.
-Pero ..., es q Pancheta estaba allí.
ue no sé có mo
lo -le respondió hacer- Él creía que la bruja no había vuelto
la pequeña bruja
decía la verda y a clase. Pero ... ¡con espanto comprobó
d.
-No quieres a que se había equivocado!
yudar me -pr
niña-. Eres pe otestó la
or que Miguel. Se quedó muy pálido y el corazon le
mala! iEres muy
latió con fuerza. Decidió que era nece- -
sario hacer algo cuanto antes.
1���-
�'�
1r ��.....,������� ..
·-"''!>l�-��ª-���
Rápido como el viento,
se encaminó Minuto a minuto, llegaban más y más
a casa de otros padres
. Con gritos y pro­ personas. Y todos expresaban su des­
testas, alborotó a tod
o el vecindario. contento con grandes gritos.
Por su culpa, aquel
día se organizó ¡Vaya espectáculo!
una manifestación. Tod
os pedían que Fue tal el jaleo que armaron, que tu­
echaran a Pancheta
de la escuela . vieron que suspender las clases.
-¡Es _un� amenaza p
ara nuestros hi­ Detrás de los cristales, los niños ob- ,
jos! -gritaban, reuni
dos ante la puerta. servaban boquiabiertos aquel terrible re-
33

vuelo. Y no era para menos, ¡metían Luego, entre varios escribieron: NO


más ruido que ellos a la hora del recreo! QUEREMOS A PANCHETA EN ESTA
También Pancheta los miraba, claro ESCUELA.
está. Pero ella estaba asustada. No Y decidieron colgar el cartel entre los
podía comprender a qué venía todo árboles.
aquello. El dueño de la sábana trepó a uno
Temerosos de que sus protestas no muy alto. Le costó lo suyo, pues no era
fueran oídas, los padres echaron mano precisamente delgado. Finalmente, con­
de un megáfono. Entonces los gritos se siguió encaramarse en lo alto.
oyeron por toda la ciudad . Los de abajo, inquietos, le decían:
Mientras tanto, algunos se fueron a -Ten cuidado.
sus casas para pintar pancartas. -Sujétate. con fuerza.
Al hombre que había organizado -Mira dónde colocas el pie.
todo aquel revuelo se le ocurrió hacer Y él, en lugar de mirar dónde colo­
una bien grande. caba el pie, miró hacia abajo. Grave
Sin pensárselo dos veces, fue en bus­ equivocación, porque entonces resbaló.
ca de una sábana, un bote de pintura -¡Ah! -gritaron todos y se llevarol)
y una brocha. Y regresó a la escuela. las manos a la cabeza.
34

-¡Ah! -gritó él también mientras


caía, y rápidamente cerró los ojos.
No quería mirar lo que estaba a punto
de sucederle.
Por fortuna para él, un pie se le en­
ganchó entre dos ramas. Eso frenó su
terrible caída.
Quedó colgado cabeza abajo, mien­
tras agitaba los brazos como si intentara
alzar el vuelo.
De momento había conseguido sal­
var el pellejo. Pero ..., ¿cuánto tiempo re­
sistirían las ramas?
-No mucho ... -murmuraron los
otros espantados.
No sabían qué hacer. Hasta que uno
dijo:
-Hay que llamar a la policía.
-No, a los bomberos -exclamó -Cójase de la escoba , deprisa.
otro. -¿No será uno de tus trucos? -pre-
-Al ejército -propuso un tercero. guntó él, desconfiado.
Pero tanto unos como otros tardarían Ya harta de tantas tonterías, Panche­
mucho en llegar hasta allí. Y las ramas ta le replicó:
comenzaban a ceder de forma alar­ -Si prefiere usted quedarse colgado
mante. como -una ropa al sol, por mí ...
Al igual que una fruta madura ' el Y se dispuso a marcharse.
hombre estaba a punto de caer. -¡Espera! -le gritó el hombre en
A pesar de ello, a nadie se le ocurría tono suplicante, y se aferró con ambas
subir en su auxilio. Mejor dicho, sólo manos a la escoba.
Pancheta lo pensó. Ante el asombro general, Pancheta lo
En vista de que el tiempo apremia­ llevó sano y salvo hasta el patio. Y allí
ba, salió de la clase, con paso decidido. lo dejó.
Al llegar al patio, montó en su esco­ A través de los cristales, los niños la
ba de un salto. Y en un santiamén se observaban con ojos de asombro.
acercó al hombre. Jamás habían visto nada igual, ni si.­
Se colocó a su lado y le dijo: quiera en la televisión.
38
t�· --·
-¡Es fantástica! -exclamó uno.
Y entonces se miraron unos a otros
con gesto de complicidad.
Aunque nada dijeron, todos estaban
pensando lo mismo.
Antes de que fuera demasiado tarde,
salieron al patio.
Pancheta estaba a punto de marchar­
se. Ya se preparaba a despegar, cuan­
do sus compañeros la rodearon.
-Has estado muy bien, ¿sabes? -la
felicitó uno, en actitud avergonzada.
-¿Bien? ¡Has estado genial! -afirmó
otro con una gran sonrisa.
-Eres formidable -no dudó en de­
cir un tercero.
Y otro que estaba a su lado, pregun­
tó con interés:
-Pancheta, ¿podrías enseñarnos a
montar en tu escoba?
-Pues ... -dudó ella.
-¡Di que sí! -pidieron a coro unos
cuantos.
-Pero ..., si os ven montados en la
escoba, vuestros padres pensarán que
sois brujos --comentó Pancheta con pi­
cardía.
-¡Que se fastidien! -exclamaron to-
dos a una.
En verdad, a ellos ya no les importa­
ba que fuera una bruja.
Al oírlos, Pancheta sonrió llena de
alegría. Sabía que, a partir de entonces,
se lo pasaría en grande en la escuela con
sus nuevos amigos.

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