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Universidad de los Andes, Colombia

Chapter Title: La prehistoria en un país letrado

Book Title: La arqueología: entre la historia y la prehistoria.


Book Subtitle: Estudio de una frontera conceptual
Book Author(s): Carlo Emilio Piazzini Suárez
Published by: Universidad de los Andes, Colombia. (2011)
Stable URL: https://www.jstor.org/stable/10.7440/j.ctt18pkdks.8

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IV
La prehistoria en un país letrado

El notable avance de la arqueología contemporánea nos en-


seña nuevas y sorprendentes noticias sobre las costumbres y
adelantos de las civilizaciones precolombinas. Pero todo ello es
para nosotros un pasado a-histórico. Lo fue inclusive para los
navegantes y conquistadores de 1492 y lo seguirá siendo para
nosotros aunque próximas investigaciones proporcionen datos
nuevos y cada vez más sorprendentes… Tan meritorio esfuerzo
no conducirá sino al perfeccionamiento de un relato fantástico y
misterioso que no es, que no fue nunca, nuestra propia historia.

Álvaro Gómez Hurtado


La revolución en América

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Procede en este capítulo efectuar una espacialización crítica de la problemática
hasta ahora tratada sobre el concepto de prehistoria, a propósito de la arqueología
en Colombia. Se trata de indagar por la forma como, en un contexto fronterizo
de los centros de producción de la teoría arqueológica e histórica, fue apropiado
el concepto de prehistoria, cuáles antecedentes existían para su recepción, así
como las consecuencias derivadas de su aplicación.
En Colombia, los restos materiales de las sociedades pretéritas comienzan a
ser objeto de discursos naturalistas, históricos y geográficos durante la segunda
mitad del siglo xix. Desde entonces, se va configurando un campo de conocimiento
que sólo hasta la década de los cuarenta sería institucionalizado como una sub-
disciplina arqueológica, parte de la antropología. A partir de allí se ponen en
marcha los primeros estudios arqueológicos efectuados por colombianos bajo el
carácter de “ciencia”, a la par que la conformación de un cuerpo de datos ligados
a unos procedimientos metodológicos y unos enunciados propios de la arqueo-
logía. Así mismo, se definen unos lugares institucionales en los cuales se imparte
la formación profesional y desde los cuales se dirige la investigación; se generan
publicaciones, eventos y sociedades donde el tema arqueológico es central, y se
crea un marco normativo que regula, desde el Estado, el tratamiento de los vesti-
gios arqueológicos entendidos como parte del patrimonio cultural de la Nación.1


1
La historia crítica de la arqueología en Colombia es un ámbito de interés reciente. Durante
varios años hizo parte de miradas retrospectivas del ejercicio de la antropología, lo cual tenía el
beneficio de poner en contexto social e institucional la práctica arqueológica, pero desdibujaba
su especificidad. Cf. Burcher, Pricilla. Raíces de la arqueología en Colombia. Medellín: Universidad
de Antioquia, 1985. Duque, Luis. Prehistoria. Etnohistoria y arqueología. En: Historia extensa de

131

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13 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Dado que en América la diferencia entre ausencia y presencia de escritura,


más que ser el resultado de un proceso gradual de civilización se relaciona con el
acontecimiento traumático de la conquista española del siglo xvi, conviene ob-
servar en primera instancia cómo era valorada esa diferencia en las crónicas de
la Colonia y cómo sirvió para ordenar la alteridad del mundo no europeo.

Antiguallas, romanzas y escrituras

Tomaremos de forma breve algunos textos elaborados por españoles y crio-


llos, quienes escribieron entre los siglos xvi y xvii en el contexto de la conquista y
establecimiento español en América, tratando de identificar el lugar que ocupan
la escritura y las materialidades en los discursos sobre la antigüedad del Nuevo
Mundo. Tomemos como primer ejemplo la Historia general y natural de las Indias,
islas y tierra-firme del mar océano del militar, funcionario y cronista español Gon-
zalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557).2 Los límites temporales de los
hechos narrados vienen demarcados entre el origen del poblamiento de América
y su descubrimiento y conquista por parte de los españoles, hechos estos últimos
que son contemporáneos a la vida del autor.
Para suministrar un lugar en el calendario al poblamiento originario del Nuevo
Mundo, Fernández de Oviedo, basado en la lectura de autores griegos y romanos
de la Antigüedad clásica (entre ellos Aristóteles, Plinio y Eusebio), así como au-
tores españoles del Medioevo (Isidoro), señaló que América podía corresponder
a las antiguas islas Hespérides, cuyo nombre se habría derivado de Hespero,

Colombia. Tomo 1, Vol. 1. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1965, pp. 41-96. Gnecco,
Cristóbal. Praxis científica en la periferia. Notas para una historia social de la arqueología
colombiana. En: Revista Española de Antropología Americana, vol. 25, 1995, pp. 9-22. Jaramillo,
Gonzalo y Oyuela, Augusto. Colombia: A Quantitative Analysis. En: Oyuela, Augusto. History of
Latin American Archaeology. Avebury: Aldershot, 1994, pp. 49-68. Langebaek, Carl. Arqueología
colombiana. Ciencia, pasado y exclusión. Bogotá: Colciencias, 2003. Piazzini, Emilio. Historias
de la arqueología en Colombia. En: Gnecco, Cristóbal y Piazzini, Emilio. Arqueología al desnudo.
Reflexiones sobre la práctica disciplinaria. Popayán: Universidad del Cauca, 2003, pp. 301-325.

2
Esta obra se escribió aproximadamente entre 1535 y 1557. La primera y la segunda partes se
publicaron en 1557. Fernández de Oviedo, Gonzalo. Historia general y natural de las Indias y
tierra-firme del mar océano. Varios Tomos. Asunción: Guaranía, 1959.

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La prehistoria en un país letrado 133

duodécimo rey de España. Así, a la luz de una genealogía real y una semejanza
lingüística, estableció una datación para el origen del poblamiento de América:

Síguese que agora tres mil é çiento é noventa é tres años España é su rey Hespero
señoreaban estas islas ó Indias Hespérides; é assi con derecho tan antiquíssimo, é
por la forma que está dicha, ó por la que adelante se dirá en la prosecuçion de los
viajes del almirante Chripstóbal Colom, volvió Dios este señorio a España a cabo
de tantos siglos.3

Adquiere aquí pleno sentido el término descubrimiento, en cuanto el Nuevo


Mundo, antiguamente colonizado por los españoles, había permanecido oculto y
olvidado hasta que la providencia divina, siguiendo el “drama escrito por Dios”,4
quiso que los reyes católicos volvieran a reinar allí. En esta Historia general, que
abarca desde “antes que nuestro Redemptor fuesse vestido de nuestra carne hu-
mana mill é seysçientos é çincuenta é ocho años”, hasta los primeros cincuenta
años del descubrimiento y conquista de América, los acontecimientos más re-
cientes son tan históricos y memorables como los más antiguos, y juntos aspiran
a la posteridad:

[…] ocuparé lo que me queda de vivir en dexar por memoria esta dulce agrada-
ble, General é natural historia de Indias, en todo aquello que he visto, y en lo que
á mi noticia ha venido é viniere, desde su primero dscubrimiento, con lo que mas
pudiere ver y alcançar dello en tanto que la vida no se me acabare.5

Entre la escritura y la memoria se establece una relación directa que vincula el


pasado, el presente y el futuro. Historias, crónicas, relaciones y elegías quieren, de
manera expresa, ser memorables, quedar para la posteridad, servir de ejemplo. Se
diría que los autores prefiguran un mundo del lector que es habitado tanto por sus


3
Ibídem, p. 51.

4
Empleamos el término siguiendo a Collingwood, quien lo acota para señalar el sentido provi-
dencial de la historia medieval que, junto con lo universal, lo apocalíptico y la comprensión del
discurso histórico según épocas o períodos, comporta los rasgos básicos de una historiografía
cristiana. Collingwood, Robin. Idea de la historia. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993,
p. 57.

5
Fernández de Oviedo, óp. cit., p. 28.

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13 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

contemporáneos como por las generaciones venideras. Otro escritor que participó
en las empresas españolas del Nuevo Mundo, Pedro Cieza de León (1518-1560),
militar, encomendero y escribano, redactó su Crónica del Perú,6 pensando que:

[…] era justo que por el mundo se supiese en qué manera tanta multitud de
gentes como destos indios había, fue reducida al gremio de la santa madre Iglesia
con trabajo de españoles […] Y también porque en los tiempos que han de venir
se conozca lo mucho que ampliaron la corona real de Castilla […Y] para los que,
viendo en ella los grandes servicios que muchos nobles caballeros y mancebos
hicieron a la corona real de Castilla, se animen y procuren imitarlos.7

De forma similar se expresa el fraile Juan de Castellanos (1522-1607): “Estará


cierta la posteridad (para quien esto principalmente se escribe) que aquí no falta el
principal condimento que historia requiere, que es verdad”.8 Así es que la historia
no parece centrarse en la narración u ocurrencia de acontecimientos humanos del
pasado, no al menos de un pasado que se separa del presente en términos crono-
lógicos. Posee referentes temporales y temáticos muchísimo más amplios, pues
a la descripción de los acontecimientos pretéritos se suma, sin ninguna reserva,
la de los hechos contemporáneos, mientras que es frecuente hallar el propósito
de dejar memoria de lo sucedido para épocas venideras. Así mismo, al lado del
tratamiento de hechos humanos, se narran cuestiones divinas y naturales.
Desde luego que se reconoce una anterioridad, incluso demarcada por la es-
critura. Castellanos pone en boca de Colón las siguientes palabras sobre la anti-
güedad de los pueblos encontrados:

Fueron estas naciones divididas


De las partes do fueron procedentes
Antes de ser las letras entendidas
Ni se comunicaran a todas gentes.9


6
Escrita aproximadamente entre 1541 y 1550, siendo publicada la primera parte en 1553. Cieza
de León, Pedro. La crónica del Perú. Madrid: Espasa-Calpe, 1941.

7
Ibídem, p. xviii.

8
Castellanos, Juan de. Elegías de varones ilustres de Indias. Cali: Fundación FICA, 1997. Esta obra
fue escrita hacia 1586.

9
Ibídem, p. 46.

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La prehistoria en un país letrado 135

Pero la historia es general, no establece diferencias rotundas entre un pasado


remoto y el presente. Se abre, además, al devenir futuro como una promesa pa-
ra el reconocimiento de lo que se narra, sobre todo como ejemplo de vida.10 En
esta generalidad de los tiempos, la escritura, tal como se anticipa en la cita de
Castellanos, tiene una función precisa: asegurar de manera fiel el recuerdo de lo
acontecido. Al respecto dice Cieza: “El tiempo consume la memoria de las cosas
de tal manera, que si no es por rastros y vías exquisitas, en lo venidero no se sabe
con verdadera noticia lo que pasó”.11
Pero, ¿cuáles son estos rastros y estas vías exquisitas? Cieza ve en las formas
del paisaje y las ruinas arquitectónicas signos de valor para escribir su Crónica del
Perú: “Antiguamente había gran poblado en estos valles, según nos lo dan a en-
tender sus edificios y sepulturas”.12 Así mismo, el fraile Bernardino de Sahagún
(1500-1590), en su Historia general de las cosas de Nueva España, dice: “Hay gran-
des señales de las antiguallas de estas gentes, como hoy día se ve en Tula y en
Tulantzinco, y en un edificio llamado Xochicalco, que está en los términos de
Quauhnahuac, y casi en toda esta tierra hay señales y rastro de edificios y alhajas
antiquísimos”.13
Sin embargo, estas silenciosas antiguallas tenían un valor relativamente menor
para la memoria que los sonidos de las voces indígenas. Los españoles no dudaron
en ver los cantos y los relatos orales de los americanos como ciertas “formas de
historiar”. Fernández de Oviedo creía:

Se trata de una perspectiva de la historia magistra vitae que, a partir de considerar la naturaleza
10

humana como algo invariable y repetible, se dedicaba fundamentalmente a narrar historias que
procuraban enseñar a los contemporáneos o a las generaciones futuras a ser más inteligentes
o por lo menos mejores. De esta forma, el papel magistral de la historia era al mismo tiempo
garantía y síntoma para la continuidad que fusionaba el pasado con el futuro. De acuerdo con
Reinhart Koselleck, esta forma de hacer historia predominó desde Grecia clásica hasta mediados
del siglo xviii, cuando emerge la historia en sí y para sí, es decir, cuando el pensamiento histórico
moderno se configura a la par que la conciencia de su propia historicidad. Koselleck, Reinhart.
Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós, 1993, pp. 41 y ss.
Ibídem, p. xxviii.
11

Ibídem, p. 35.
12

Esta obra, escrita presumiblemente entre 1538 y 1575, circuló al inicio entre un reducido círculo
13

de lectores, compuesta por la historia en español, en lengua indígena (méxica) y en códices


mayas. Sólo fue publicada parcialmente en 1829. Sahagún, Bernardino de. Historia general de
las cosas de la Nueva España. México: Alfa, 1955, p. 13.

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13 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

[…] esta manera de cantar en esta y en las otras islas (y aun en mucha parte
de la Tierra-Firme) es una efigie de historia […] Y estos cantares les quedan en la
memoria, en lugar de libros de su acuerdo; y por esta forma resçitan las genealo-
gias de sus caçiques y reyes ó señores que han tenido, y las obras que hiçieron, y
los malos ó buenos temporales que han passado ó tienen; é otras cosas que ellos
quieren que á chicos é grandes se comuniquen é sean muy sabidas é fixamente
esculpidas en la memoria.14

Dice que estos cantos, estas efigies de historia están en lugar de libros, como si
unos y otros fueran intercambiables en la función de guardar las memorias y dar
ejemplo. De hecho, contra la extrañeza que podría producir esta equiparación
entre oralidad y escritura, advierte:

No le parezca al lector que esto que es dicho es mucha salvajez, pues que en Es-
paña é Italia se usa lo mismo, y en las mas partes de los chripstianos (é aun infieles)
pienso yo que debe ser assi. ¿Qué otra cosa son los romançes é cançiones que se
fundan sobre verdades, sino parte é acuerdo de las cosas passadas?15

Coincide con esta apreciación Cieza, quien además está dispuesto a ver en ello
la existencia de otras formas de registrar el paso del tiempo:

[…] usan de una manera de romances o cantares, con los cuales les queda
memoria de sus acaecimientos, sin se les olvidar, aunque carecen de letras […] y
tienen cuenta del tiempo, y conocieron algunos movimientos, así del sol como
de la luna, que es causa que ellos tengan en cuenta al uso de cómo lo aprendie-
ron de tener sus años, los cuales hacen de diez en diez meses.16

Sorprende en primera instancia este reconocimiento por parte de los europeos


de la existencia de ciertas formas de memoria no escrita entre las sociedades
indígenas, e incluso de otras formas de concebir y medir el tiempo. Pero, ¿cuál
es el lugar de la escritura? Es muy frecuente encontrar en las historias generales,

Fernández de Oviedo, óp. cit., p. 233.


14

Ibídem, p. 234.
15

Cieza, óp. cit., p. 295.


16

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La prehistoria en un país letrado 137

relaciones y elegías de las que venimos tratando afirmaciones que permiten iden-
tificar una relación estrecha entre la luz, la verdad, la memoria y la escritura, lo
que estaría indicando la centralidad de esta última. Veamos: “[…] la escriptura:
testigo de los tiempos, maestra de la vida, luz de la verdad”;17 “La verdadera lum-
bre para conocer al verdadero dios, y a los dioses falsos y engañosos, consiste en
la inteligencia de la divina escritura”;18 “[…] sacar a luz [por relatar, historiar]”.19
Y refiriéndose a las dificultades del historiador “hacer las cosas viejas nuevas, é a
las nuevas dar autoridad, y á las que salen de lo acostumbrado dar resplandor, é
a las obscuras luz, é a las enojosas gracia, e a las dudosas fé”.20 Hay una poderosa
metáfora entre la luz y la escritura, que estaría contrapuesta a lo que Cieza llama
“las tinieblas del olvido”.21
Pero retomando el valor relativo que, como hemos anticipado, algunos cronis-
tas habían dado a las ruinas de la antigüedad indígena, así como la relevancia que
se concede a los cantos y relatos orales como “formas de historiar”, se propone
una jerarquía de signaturas que contiene la verdad sobre el pasado, diferenciada
entre sí por su grado de veracidad, comenzando por las antiguallas, siguiendo con
las tradiciones orales y los jeroglíficos, para llegar a las letras. Cada una de ellas
es reconocida como una forma de la memoria, cuya conformidad con la verdad
esencial está sin embargo dispuesta de forma diferencial, dependiendo de su
cercanía a la figura de la historia por excelencia: la escritura como vehículo de la
voz divina. Conviene citar aquí en cierto grado de extensión a Cieza, en virtud del
recorrido que sigue, desde las antiguallas a la tradición oral y de allí a la escritura:

Yo pregunté a los naturales […] si estos edificios se habían hecho en tiempo de


los ingas, y riéronse de esta pregunta, afirmando lo ya dicho, que antes que ellos
reinasen estaban hechos, mas que ellos no podían decir ni afirmar quién los hizo,
mas de que oyeron a sus pasados que en una noche remaneció hecho lo que allí se
vía. Por esto, y por lo que también dicen haber visto en la isla de Titicaca hombres
barbados y haber hecho el edificio de Vivaque semejantes gentes, digo que por

Ibídem, p. 35.
17

Sahagún, óp. cit., p. 78.


18

Ibídem, p. 11.
19

Fernández de Oviedo, óp. cit., p. 32.


20

Cieza, óp. cit., p. xxiii.


21

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13 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

ventura pudo ser que antes que los ingas mandasen debió de haber alguna gente
de entendimiento en estos reinos, venida por alguna parte que no se sabe, los cua-
les harían estas cosas, y siendo pocos y los naturales tantos, serían muertos en las
guerras. Por estar estas cosas tan ciegas podemos decir que bienaventurada la in-
vención de las letras, que con la virtud de su sonido dura la memoria muchos siglos
y hacen que vuele la fama de las cosas que suceden por el universo y no ignoramos
lo que queremos teniendo en las manos la letura; y como en este Nuevo Mundo de
Indias no se hayan hallado letras, vamos a tino en muchas cosas.22

Cieza va ampliando de manera sucesiva el ámbito de su indagación por el


origen de unas ruinas cuya anterioridad supone inicialmente por la observa-
ción; luego pasa a averiguar entre las voces y tradiciones indígenas y encuentra
el límite de sus recuerdos, pero no una respuesta, con lo cual llega al final a una
conjetura que, no obstante, es insatisfactoria. Entonces se lamenta de no contar
con letras y lectura como aquellas signaturas que con su virtud evitan la ceguera
y el andar a tientas.
Se puede pensar que los límites de la historia se extienden de forma borrosa
desde la verdad de lo acontecido hacia la escritura alfabética; de allí a los jeroglífi-
cos, haciéndose más nítidos en el ámbito de las oralidades, para llegar finalmente
a ser más rotundos frente a las antiguallas. Se trata de un sistema concéntrico en
torno del cual gravitan en sentido centrífugo las cosas materiales hacia el olvido,
y en sentido centrípeto las cosas espirituales hacia la memoria. Pero veamos con
mayor detalle cómo pudieron llegar a valorarse y en qué términos esas otras for-
mas de historiar.
Pocos españoles como Bernardino de Sahagún se propusieron conocer de
forma sistemática las memorias de los indígenas en sus diferentes formas de ex-
presión y contenido. Buena parte de su Historia general de las cosas de Nueva
España se dirige a la exploración de los lenguajes pictográficos y orales de los
mejicanos, en busca de noticias sobre sus dioses, fiestas, ritos, astrologías, agüe-
ros y adivinanzas. Su obra es, por lo tanto, un buen ejemplo de los límites del
pensamiento europeo cuando se arriesgaba a trasegar por las fronteras de la
historia conocida.

Ibídem, p. 303.
22

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La prehistoria en un país letrado 139

Consideraba Sahagún que así como al “buen médico conviene sea docto en
el conocimiento de las medicinas, y en el de las enfermedades […] para predicar
contra estas cosas, [idolatrías, ritos, supersticiones, agüeros, abusiones y ceremo-
nias] y aún para saber si las hay, es menester saber cómo las usaban en tiempos
de su idolatría”.23 Quería así producir una suerte de catecismo a dos voces que
apoyara la tarea de adoctrinamiento, haciendo comprensibles las cosas de los
aztecas a los cristianos y las cosas de los cristianos a los aztecas. Para tal efecto,
logró reunir un selecto grupo de “principales ancianos” del pueblo de Tepepulco
para que, mediante sus pinturas (códices), respondieran un largo cuestionario.
Luego lo hizo examinar por otros principales del pueblo de Tlaltelolco y por último
efectuó la traducción en lengua latina, española e indígena en la ciudad de México,
“[…] de modo que el primer cedazo por donde mis obras cirnieron fueron los de
Tepepulco, el segundo los de Tlaltelolco, el tercero los de México”.24
Aspiraba el autor a que mediante el cuidadoso procedimiento de los “tres ce-
dazos” se pudiera dar veracidad a una escritura que, a diferencia de las historias
generales de la época, no se apoyaba en lo fundamental en la relectura de testi-
monios escritos o en la recitación de noticias provenientes de testigos fidedignos,
sino en símbolos pintados que expresaban lenguajes de gentes desconocidas
(f        igura 1). No obstante, haber establecido este estatuto de verdad, acto seguido
el mismo Sahagún lo socava, al contrastarlo de forma sistemática, término por
término, con las sagradas escrituras. La juiciosa y pormenorizada exposición de
los temas tratados en los códices era seguida por “confutaciones”, en las cuales se
demostraba que se trataba de auténticas mentiras. Al politeísmo desplegado en
las deidades aztecas, Sahagún opone la imagen única del dios cristiano; los calen-
darios múltiples y llenos de fiestas móviles de los primeros, son confutados por
no coincidir con los ritmos de la naturaleza y las cuentas matemáticas del poco
flexible calendario judeocristiano; finalmente, los referentes materiales de los ri-
tuales indígenas son atacados como expresiones de idolatría. En fin, este sistema
de pensamiento que pretende conocer para dominar, busca en primera instancia
explicar las memorias indígenas a la luz de la cosmogonía cristiana, para luego
controlar y suprimir los imaginarios sobre el devenir, a los cuales se encuentran
culturalmente ligados.

Sahagún, óp. cit., p. 9.


23

Ibídem, p. 3.
24

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14 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Fig. 1. Facsímil de la lámina xxiii del códice maya Troano


Fuente: Tomado de Thomas, Cyrus. A Study of the Manuscript Troano. Washington: Government Printing
Office, 1982.

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La prehistoria en un país letrado 141

El siguiente párrafo permite observar la operación de confutación efectuada


por Sahagún a propósito de los rituales aztecas, según dos fases: en primer lugar,
la enunciación de la historia de las sagradas escrituras, y, en segundo lugar, la
explicación que se deriva para la historia indígena:

Oh, mucho más malditos y malaventurados aquellos que después de haber oído
la palabra de Dios y la doctrina cristiana perseveran en su idolatría; y mucho más
dignos de llorar los que después de bautizados y haberse convertido a Dios tornan
a hacer supersticiones, o a idolatrar. Todos los que tal hacen son hijos del diablo y
dignos de gran castigo en este mundo y en el otro de gran infierno. Esta fue la causa
que todos vuestros antepasados tuvieron grandes trabajos, de continuas guerras,
hambres y mortandades, y al fin envió Dios contra ellos a sus siervos los cristianos,
que los destruyeron a ellos y todos sus dioses; y si algunos trabajos hay ahora, es
porque hay algunos idólatras entre vosotros, porque aborrece Dios a los idólatras
sobre todo género de pecadores, por ser el pecado de la idolatría el mayor de todos
los pecados, y los idólatras en el infierno son atormentados con mayores tormentos
que todos los otros pecadores; su lloro y sus lastimeras palabras, sus lamentaciones
y dolor no remediable, en la Sagrada escritura está escrito.25

En última instancia, en relación con la escritura sagrada, se valoran las prác-


ticas y lenguajes de la memoria indígena, y por medio de ella, luego de calificar-
las como idolatrías, se las excluye y condena. Este procedimiento servía además
para invalidar las materialidades de la sociedad azteca; las arquitecturas, los
monumentos, los utensilios rituales son suprimidos a favor de la escritura: “[…]
mal aventurados son, y fundan en cosas muertas sus esperanzas, aquellos que
llamaron dioses a las obras de las manos de los hombres, al oro y la plata, inven-
ción del arte, y a las semejanzas de animales, o a una piedra inútil obra de mano
antigua”.26 En cambio: “La verdadera lumbre para conocer el verdadero dios, y a
los dioses falsos y engañosos consiste en la inteligencia de la divina Escritura”.27

Thomas, Cyrus. A Study of the Manuscript Troano. Washington: Government Printing Office,
25

1982, p. 59. Las cursivas son del original, a fin de distinguir el texto bíblico.
Ibídem, p. 69.
26

Ibídem, p. 78.
27

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14 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

El valor dado a la escritura, aparte de ser la signatura de la palabra divina, es-


triba en que permite asegurar el conocimiento del pasado a los presentes, y del
presente a las generaciones futuras. Pero más allá de esta función mnemotécnica,
la escritura es un dispositivo de poder que, tal como se observa nítidamente en
Sahagún, permite controlar al otro no europeo en su lenguaje, en sus memorias,
en sus rituales, en sus espacialidades, es decir, en casi todo.
En el siglo xvi americano, la diferencia entre ausencia y presencia de escri-
tura es difusa en el tiempo, precisa y eficaz en el espacio. La alteridad pagana es
descrita, amenazada, controlada y separada por medio de la escritura; pero no
existe un interés equiparable por enseñar a leer y a escribir a indígenas y negros.
Entre los españoles mismos, la letra es cosa de unos pocos que no ocupan preci-
samente las jerarquías más bajas en la sociedad. La escritura instaura y mantiene
las distancias sociales. La diferencia es en este punto radical.
La importancia de la escritura se consolidaría en los siguientes dos siglos, en la
medida en que se va construyendo un archivo, un cuerpo documental compuesto
por una cantidad enorme de relaciones, historias y visitas. A partir del siglo xvii,
trabajos como los de Antonio de Herrera, Rodríguez Freyle, Antonio Vásquez de
Espinoza y Lucas Fernández de Piedrahíta tendrían la oportunidad de consultar
las historias anteriores y originar una incipiente crítica de los documentos. Por
contraste, las referencias a las tradiciones indígenas, los jeroglíficos y las ruinas
pocas veces llamarían la atención de los historiadores.28

Arqueología patria

En un ensayo sobre la historiografía de la República, Jorge Orlando Melo dice


que “[e]n estricto sentido, puede sostenerse que la historia, como género lite-
rario y, en opinión de muchos, científico, surge en Colombia sólo después de la
Independencia”.29 Sólo desde entonces existe un “punto de vista unificador” que

Referencias escasas pueden consultarse en Langebaek, Arqueología colombiana, óp. cit.,


28

pp. 18 y ss.
Melo, Jorge. Historiografía colombiana. Realidades y perspectivas. Medellín: Marín Vieco, 1996,
29

p. 45.

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La prehistoria en un país letrado 143

corresponde a la “afirmación nacional”.30 Se trata de la imagen mítica del pa-


triota: “Una imagen mítica que consideraba y llevaba consigo la historia de los
orígenes: el relato de la formación de la nación, del Estado y de la conciencia nacio-
nal; el postulado del amor a la patria y la disposición a morir por ella; la oposición
entre los defensores de la patria, que están en el bien y la causa justa, y los enemi-
gos, que son los portadores de la injusticia y de los males políticos y sociales”.31
El cambio del régimen colonial español a la construcción de la República im-
plicó un giro radical de la mirada sobre el pasado. Las primeras historias nacio-
nales son un comenzar de nuevo, como si la historia empezara con los hechos de
independencia, como si se quisiera borrar lo acontecido en los siglos anteriores.
En la primera narración histórica de carácter nacional, la Historia de la revolución
de la República de Colombia, de José Manuel Restrepo, publicada en 1827, no se
tratan los períodos que anteceden la coyuntura de la independencia.32 Sólo en
un texto posterior, la Historia de la Nueva Granada de Joaquín Acosta, publicado
en 1848,33 se comienza a tener en cuenta el período de Conquista, incluyendo las
características y localización de los pueblos indígenas del siglo xvi, con lo cual
la narrativa de la nacionalidad quiere encontrar su arraigo en el pasado indígena
precolonial.
El vacío representado por el período entre la Conquista y la Independencia
era el más difícil de abordar, en la medida en que implicaba una valoración de
la empresa colonial española, a pocos años de iniciada la descolonización. De
hecho, muchos de los historiadores del siglo xix habían participado en las gestas
de independencia o hicieron parte de los debates que con posterioridad se dieron
entre facciones políticas que condenaban o exaltaban la madre patria. En textos

Ibídem.
30

Tovar, Bernardo. Porque los muertos mandan. El imaginario patriótico de la historia colombiana.
31

En: Ortiz, Carlos Miguel y Tovar, Bernardo. Pensar el pasado. Bogotá: Archivo General de la
Nación-Universidad Nacional de Colombia, 1997, p. 150.
Restrepo, José Manuel. Historia de la revolución de la República de Colombia. Tomos I-VIII. Bogotá:
32

Iqueima, 1950. Obra publicada inicialmente en 1827.


Acosta, Joaquín. Historia de la Nueva Granada. Medellín: Bedout, s. f. Esta obra fue publicada
33

por primera vez en 1848.

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14 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

como el de José Antonio Plaza34 y José María Samper,35 escritos entre 1850 y 1861,
se combinan sentimientos de admiración por la tenacidad de los conquistadores
y de desprecio por sus acciones en América. Esta ambigüedad correspondía con la
doble condición de descendientes de españoles y defensores de la independencia
de las repúblicas americanas.
Cuando el coronel Joaquín Acosta (1800-1852) visitó el Archivo de Indias, en
Sevilla, con el ánimo de hallar documentos para su Historia de la Nueva Granada,
se encontró inicialmente con la negativa impuesta por los funcionarios españoles
a que un “americano-español” pudiera acceder a las colecciones. Dice Acosta:

Si mi ánimo estuviera en la disposición en que se hallaba durante la guerra


con España por la independencia, confieso francamente que no me habría creído
con la suficiente imparcialidad para escribir esta relación; mas al leer los sucesos
de la época a que me refiero, he visto, por las impresiones de mi alma, que no
carecía de los sentimientos de justicia para hacerla al valor, sufrimiento y hero-
icas calidades de los intrépidos castellanos que descubrieron el Nuevo Mundo y
se establecieron en él, y que las simpatías por los indígenas de aquel Continente
que tanta compasión deben inspirar a un corazón humano, no serían parte para
extraviar la pluma dirigida por una mano de origen español.36

Sentimientos encontrados de un americano-español que siente por la po-


blación originaria de América simpatía y compasión, a la vez que admiración por
los españoles; situación ambigua de un americano de origen español que luchó
contra los españoles y se dispone ahora a escribir la historia de una patria nueva.
Perspectiva doble de la historia: unas veces proclive a reconocer a la madre patria;
otras, a criticar de forma rotunda su obra en América, pero que en ningún caso
puede desconocer la diferencia entre la metrópoli y la frontera. Ni americanos

Plaza, José Antonio. Memorias para la historia de la Nueva Granada desde su descubrimiento
34

hasta el 20 de julio de 1810. Bogotá: Incunables, 1984. Publicado originalmente en 1850.


Samper, José María. Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas
35

colombianas (hispano-americanas) [en línea]. Bogotá: Biblioteca Luis Ángel Arango, 2004 [citado
enero de 2006]. Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/revpol/indice.
htm. Texto publicado por primera vez en 1861.
Acosta, óp. cit., p. 16.
36

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La prehistoria en un país letrado 145

puros ni españoles puros, los historiadores del siglo xix narran sus historias nacio-
nales en medio de una diferencia colonial. De acuerdo con Mignolo, la diferencia
colonial, expresada en “[e]sta doble conciencia criolla blanca, de distinta inten-
sidad en el período colonial y en el período nacional, fue la marca y el legado de
la intelectualidad independentista a la conciencia nacional durante el siglo xix.37
Entre finales del siglo xviii e inicios del xix, la diferencia colonial, que hasta
entonces funcionaba según la distinción entre españoles y americanos, derivó
en un colonialismo interno, que distinguía entre una élite criolla y unos grupos
subalternos compuestos por mestizos, mulatos, indígenas y negros. Este es-
quema de construcción de la alteridad se complica con la incorporación de los
pensamientos de la Ilustración, lo que implicó una diferenciación entre moder-
nismo y tradición, progresismo y conservatismo. Así, las historias nacionales
durante el siglo xix se edifican en una complicada rejilla de diferencias geopolí-
ticas entre lo criollo y lo europeo, y más tarde entre el norte y el sur (la diferencia
colonial), las diferencias raciales entre lo criollo y lo mestizo-mulato-negro-indio
(colonialismo interno) y las diferencias políticas entre liberales y conservadores
(bipartidismo).
Veamos con un ejemplo cómo operan estas diferencias en una narrativa sobre
la historia nacional. En el Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social
de las repúblicas colombianas, de José María Samper (1828-1888), se reconocen dos
maneras de diferenciación espacial, en las que descansan los presupuestos sobre
la formación histórica de la nación. La primera corresponde con una diferencia en
el carácter de las razas germánicas del norte y las razas latinas del sur de Europa,
que se habría expresado en las empresas de conquista y colonización de Norte y
Sudamérica, respectivamente. Los europeos del norte eran menos eficientes para
las empresas de conquista que los del sur, pero más eficientes en el proceso de col-
onización. En consecuencia, las colonias establecidas por los ingleses y franceses
en América fueron espacialmente más reducidas que las establecidas por espa-
ñoles y portugueses; pero, así mismo, habían dado lugar a una nación sólida como
los Estados Unidos, en contraste con las naciones hispanoamericanas, donde

Mignolo, Walter. La colonialidad a lo largo y a lo ancho. El hemisferio occidental en el horizonte


37

colonial de la modernidad. En: Lander, Edgardo. La colonialidad del saber. Eurocentrismo y


ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires: Clacso, 2000, p. 70.

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14 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

la fusión entre españoles e indígenas había engendrado sociedades que podían


ser consideradas “verdaderos monstruos”.38 La desigualdad instaurada por los
españoles en sus colonias había conducido a que, a principios del siglo xix, Hispa-
noamérica estuviera compuesta por una “minoría de explotadores” y unas “turbas
estúpidas y paralíticas”, antagonismo que habría conducido a las revoluciones de
independencia.39
Nótese cómo en este momento la diferencia entre el norte y el sur se traslada
de Europa a América, conforme a una geopolítica global que empezaba a extender
su eje de gravedad desde Europa a los Estados Unidos. La especificidad de Hispa-
noamérica o de las “repúblicas colombianas”, como prefiere llamarlas Samper, es
definida en una relación histórica tormentosa entre el sur (lo indígena y lo hispano)
y el norte (lo angloamericano).
Esta geopolítica hemisférica tiene como correlato una segunda diferencia de-
bida a “[l]a distancia que la Naturaleza había determinado en la distribución de
las razas”40 en los países hispanoamericanos. Para la época de la Conquista: “La
región de las altiplanicies había concentrado todas las fuerzas de la civilización en
progreso. La región ardiente de las costas, de los valles profundos, las pampas y los
llanos, era el inmenso imperio de la barbarie”.41 Específicamente para Colombia,
esta jerarquía estaba definida por tres niveles altitudinales correspondientes a
tres niveles de progreso: altiplanicies, vertientes y valles. En las primeras, con un
frío seco y un promedio de 10 °C, se habían desarrollado la agricultura, las artes,
la industria, el comercio, los gobiernos regulares, las teogonías avanzadas; en
suma, la civilización, como era claro en el caso de los muiscas. En las vertientes,
con una temperatura media de 20 °C se encontraban asentadas tribus belicosas,
sin cultura, sin estabilidad, sin ninguna industria seria, invasoras y medianamente
agrícolas. Finalmente, en los valles de clima caliente y temperaturas de 30 °C o más
había ausencia absoluta de la ley, de trabajo regular, de propiedad, de comercio y
arte. Se trataba de un estado de salvajismo.42 De esta distribución se derivaba un

Samper, óp. cit., p. 19.


38

Ibídem, p. 20.
39

Ibídem, p. 15.
40

Ibídem.
41

Ibídem, p. 125.
42

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La prehistoria en un país letrado 147

esquema de luchas que, en opinión del autor, permitiría explicar el escenario de


guerra constante descrito por los españoles del siglo xvi. En un proceso ascen-
dente, las tribus salvajes de las tierras bajas habían luchado con las de vertiente,
y éstas con las de las altas montañas, en la medida en que se proponían colonizar
las mejores tierras.43
Esta “escala climatológica y etnográfica”, este “etnómetro”,44 como lo llamó
Samper, era aplicable sin restricciones tanto al período colonial como a la época
contemporánea. Durante la Colonia se habían localizado “arriba la civilización,
hacia el medio el abandono, abajo las violencias y los horrores de la esclavitud”.45
En la República era perceptible “un doble movimiento que resume todo el trabajo
de la civilización en la Nueva Granada”, y conforme al cual se definiría el futuro de
la Nación: ascenso de la barbarie para desaparecer o modificarse; descenso de la
civilización hacia las faldas y los valles, para propagarse.46 El modelo operaba
sobre un principio básico:

Así puede decirse que del mismo modo que las cordilleras son desde sus es-
tribos hasta sus cimas inmensos termómetros naturales, la sociedad forma una
estratificación viviente, cuyas capas o sedimentos son las numerosas y variadas
razas y castas, resultantes de muy complicados cruzamientos, situadas todas en
el medio que mejor conviene a la sangre, las tradiciones, la industria y la energía
de cada una.47

Por último, Samper ve en este comportamiento altitudinal una condición natu-


ral para que los países colombianos acojan una constitución política de carácter
federativo,48 ideal político que por entonces el liberalismo radical oponía a la visión
centralista de los conservadores.

Ibídem.
43

Ibídem, p. 133.
44

Ibídem, p. 127.
45

Ibídem.
46

Ibídem, p. 42.
47

Ibídem, p. 75.
48

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14 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

El esquema de Samper permite observar cómo la narrativa sobre la historia


nacional se estructura en el complicado juego de alteridades geopolíticas, cultu-
rales y partidistas del siglo xix. Pero, sobre todo, cómo opera la naturalización de
las diferencias sociales en el espacio, ordenadas conforme a una temporalidad
lineal de progreso y civilización. Muestra el momento en que el tránsito desde los
esquemas de diferenciación espacial de la alteridad, propios del período colonial,
se trasforman debido a la incorporación de criterios de diferenciación temporal
procedentes del pensamiento europeo del siglo xix, todo ello en el contexto de
un nuevo orden geopolítico de relaciones entre Europa y América, por una parte,
y entre Norte y Sudamérica, por la otra.
La recurrencia con la cual los anticuarios y arqueólogos colombianos han
aplicado este esquema altitudinal para ordenar en términos espacio-temporales
sus descripciones hace pensar que los discursos sobre lo indígena primitivo y,
más tarde, sobre lo prehistórico se encuentran estrechamente ligados con el pro-
ceso de constitución territorial del estado-nación, de ordenamiento de sus es-
pacialidades internas y de sus relaciones con otros estados en el marco de la
geopolítica internacional.
Es necesario recordar, tal como hemos anotado, que la espacialización de la
alteridad fue una operación frecuente durante el período colonial. Bien temprano,
cronistas mestizos como el inca Garcilaso de la Vega (1539-1616) y Guamán Poma
de Ayala (1538?-1620?) efectuaron una diferenciación social en términos de la opo-
sición entre civilizaciones indígenas de las tierras altas de los Andes, donde habían
tenido asiento los incas, y sociedades indígenas de las tierras bajas, consideradas
inferiores.49 Aun cuando parece ser que el etnocentrismo inca precolombino ya
había desarrollado un esquema geopolítico similar, en el contexto de la Colonia
esa diferencia espacial servía a los propósitos de vincular la grandeza del imperio
español con el pasado de los incas. Pero el modelo altitudinal del siglo xix incor-
pora elementos de una temporalidad que antes no existía. Ordena las diferencias
espaciales de acuerdo con un principio progresivo de perfeccionamiento de las
sociedades dentro del proceso de civilización.

Cf. Langebaek, Arqueología colombiana, óp. cit., pp. 33 y 34.


49

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La prehistoria en un país letrado 149

Sin perder de vista los antecedentes del período colonial, y en lo que puede
considerarse una articulación entre diferentes tradiciones de pensamiento, el
esquema altitudinal de valoración de la diferencia que se configura en la Nueva
Granada en el siglo xix tiene entre sus condiciones de posibilidad la apropiación
de la teoría geográfica elaborada por Alejandro von Humboldt (1769-1859). Éste,
basándose en la observación in situ de la vegetación y el relieve americanos,
elaboró una teoría de distribución geográfica de las plantas que dio como resul-
tado una regionalización determinada por la correlación sistemática de factores
climáticos, atmosféricos, edafológicos, de temperatura, humedad, vientos, ex-
posición solar y tensión eléctrica, que expresaban su conjugación en una serie
bien definida de pisos altitudinales. Esta regionalización vegetal ofrecía especial
interés en las montañas del trópico, donde, en pocos kilómetros lineales, se regis-
traban diferencias que en otras partes del planeta sólo era posible observar en
trayectos muy extensos.50
Humboldt planteaba que esta distribución altitudinal era extensiva a los ani-
males en la medida en que interactuaban con las plantas en medios naturales
específicos (figura 2). Además, involucraba a las sociedades humanas:

[…] las plantas interfieren en la historia moral y política del hombre; si cier-
tamente la historia de los objetos naturales sólo se puede considerar como una
descripción de la naturaleza no es menos cierto según la definición de un pen-
sador profundo [Schelling] los mismos cambios de la naturaleza adquieren un
carácter legítimamente histórico, si ejercen influencia sobre los acontecimientos
humanos.51

Cf. Castrillón, Alberto. Alejandro de Humboldt. Del catálogo al paisaje. Medellín: Editorial
50

Universidad de Antioquia, 2000, pp. 23 y ss.


Humboldt, Alejandro de. Ideas para una geografía de las plantas. Más un cuadro de los países
51

tropicales [en línea]. Bogotá: Biblioteca Luis Ángel Arango, 2004 [consulta 4 de febrero de
2006]. Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/geografia/geoplan/indice.htm. Texto
publicado inicialmente en 1805.

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15 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Fig. 2. Geografía física. Distribución de Humboldt de las plantas en América equinoccial


según la elevación sobre el nivel del mar
Fuente: Tomado de General Atlas of the World. Containing Upwards of Seventy Maps. Edinburgh: Adam and
Charles Black-North Bridge, 1854.

De hecho, en su recorrido por América del Sur, Humboldt describió ruinas ar-
queológicas, tratando de explicar las diferencias entre el grado de progreso de las
sociedades que las habían producido y las características del suelo. Planteaba una
relación inversamente proporcional entre la fertilidad de los suelos, la “bondad”
de la naturaleza y el grado de civilización de los pueblos. La pobreza de los suelos
y las condiciones naturales adversas actuaban como estímulo para el desarrollo
de las sociedades, tal como explicó para el caso de América precolombina:

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La prehistoria en un país letrado 151

[…] formaban desde antaño ya los pueblos de las montañas, los Anahuac, los de
Cundinamarca y Antisuyu grandes sociedades, políticamente bien organizadas; ya
tenían una cultura intelectual la cual se acerca a la de la China y el Japón cuando
en las fértiles llanuras bajas al oriente de los Andes, que se extienden desde allá
hasta el mar, los hombres en ellas todavía andaban dispersos y desnudos, llevando
una vida animal.52

Por otra parte, la geografía de las plantas introducía una noción de tiempo
que no era por cierto histórica, sino geológica, basada en una estratigrafía de
superposición de capas litológicas asociada a restos fósiles.53 Decía Humboldt:

Para poder hablar definitivamente sobre el gran problema de las migraciones


de los vegetales, la geografía de las plantas penetra al interior de la tierra para
consultar allí los testigos monumentales del pasado, como madera petrificada,
huellas de plantas, estratos de turba, carbón mineral, otros estratos sedimenta-
rios y antiguos aluviones; los cuales fueron la tumba de la vegetación primaria de
nuestro planeta.54

El componente altitudinal, más que el estratigráfico del modelo, recibió espe-


cial atención por parte de los intelectuales criollos del siglo xix. Francisco José
de Caldas (1768-1816) se refería a éste así: “Sabemos que en nuestra patria no
tiene ningún imperio la latitud […] La altura sobre el océano, la columna mercu-
rial en el barómetro decide de su vegetación, de sus animales, de su agricultura
y de sus hombres”.55 Pensaba Caldas que el calor y el frío, la presión atmosférica,
la carga eléctrica, la disposición de las montañas, los vientos, los ríos, las selvas
y las lluvias, como factores que en su conjunto definían el clima, en conjunción
con los alimentos y la constitución física del hombre, tenían una incidencia

Ibídem.
52

Cf. Castrillón, óp. cit., p. 129.


53

Humbodlt, óp. cit.


54

Caldas, Francisco José de. Del influjo del clima sobre los seres organizados. En: Patria naturaleza.
55

Documentos y mensajes de la Expedición Botánica. Bogotá: Caja de Crédito Agrario, 1973, pp.
69-70. Este documento fue publicado originalmente en 1808.

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15 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

importante en el carácter de los hombres. Pero era en relación con el calor y el


frío, como expresión del clima, donde se hallaba explicación a la distribución
de la diversidad de caracteres de los grupos sociales, lo que le permitía plantear
que “El morador de nuestras cordilleras se distingue del que ésta a sus pies por
caracteres brillantes y decididos”.56
Visto en perspectiva, el etnómetro de José María Samper es el resultado del
ensamblaje entre una tradición colonial de valoración moral de la diferencia cul-
tural, en términos altitudinales; una apropiación local de la geografía de las plan-
tas, que recalca la influencia del medio en el carácter del hombre, y finalmente
las ideas sobre el progreso y la civilización de la humanidad elaboradas en el
tránsito de la Ilustración a la Modernidad en Europa, todo ello en el contexto de
construcción de la historia patria en un país que recientemente había iniciado
el proceso de descolonización.
La funcionalidad política de esta modalidad etnográfica e histórica del es-
quema altitudinal estribaba en dos aspectos. En primer lugar, permitía elevar
a la categoría de civilización algunos de los pueblos precolombinos e indígenas
del siglo xvi y ofrecer con ello la posibilidad de sentar bases antiguas a la historia
patria, en algo que no fuera sólo el salvajismo. De paso, se podía demostrar que el
estudio de las antigüedades indígenas tenía valor para la historia nacional y que
también se podía hacer una “arqueología patria”, como la llamaba el anticuario y
filólogo Ezequiel Uricoechea (1834-1880), uno de los primeros en darse a la tarea
de escribir textos dedicados por completo a las antigüedades indígenas.57 En se-
gundo lugar, y más importante aún, la diferencia resultaba funcional para separar,
negar e invisibilizar al indio vivo, aquel que había logrado resistir y sobrevivir a
las atrocidades del período colonial, y que, en la Colombia del siglo xix, habitaba
sobre todo en las tierras bajas y las vertientes montañosas.
En los textos de los anticuarios colombianos del siglo xix e inicios del xx, el
termómetro cultural sirvió a los propósitos de clasificar en orden ascendente
(en una coincidencia de espacio y tiempo) las antigüedades indígenas y las des-
cripciones de las sociedades indígenas que en el siglo xvi habían efectuado los

Ibídem, p. 76.
56

Uricoechea, Ezequiel. Memoria sobre las antigüedades neogranadinas. Bogotá: Banco Popular,
57

1984, p. 108. Texto publicado en 1854.

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La prehistoria en un país letrado 153

cronistas españoles. Ezequiel Uricoechea apuntaba en 1854: “Cuando tratamos de


la civilización americana, no debemos juzgar ésta por la de los grupos o pueblos
nomádicos que se encontraban en las selvas pero sí por la que habían alcanzado
los moradores de Méjico, Cuzco y Bogotá”.58 Otro anticuario, Liborio Zerda (1834-
1919), hablaba en 1882 de una “geografía etnográfica”, “mediada por el clima, que
define el grado de civilización”.59 De acuerdo con ello, consideraba que en los
valles ardientes y selváticos habitaban en el siglo xvi tribus salvajes, guerreras y
altivas, mientras en las altiplanicies frías se encontraban pueblos relativamente
civilizados, como los muiscas.
Esta imagen, hasta cierto punto estática de tierras altas o bajas, en las cuales
se registra un menor o mayor grado de civilización, fue animada hacia finales del
siglo xix e inicios del xx por medio de algunas tesis sobre la ocurrencia de migra-
ciones precolombinas; oleadas de poblamiento que se sucedían unas a otras en
el espacio y en el tiempo, explicando las discontinuidades que se percibían en los
objetos y rasgos arqueológicos relativos a una misma región. En 1892 el anticuario
Ernesto Restrepo (1862-1948) proponía que las diferencias entre enterramientos
y tamaño de los restos óseos encontrados en las “guacas” del territorio de los
quimbayas se debía a la migración de una raza proveniente de la provincia zenú
que había invadido el territorio ancestral de los indígenas del valle medio del
Cauca.60 Más tarde, en 1902, haría una interpretación en términos similares de lo
que habían representado las invasiones de las tribus caribes en el período anterior
y aun durante la Conquista.61 Los caribes eran los representantes, por excelencia,
de las sociedades indígenas asentadas en las tierras bajas y ardientes del norte de
Sudamérica, nómades y guerreros que, con sus constantes invasiones, habrían
acosado las sociedades más civilizadas de las tierras altas.

Ibídem, p. 30.
58

Zerda, Liborio. El Dorado. Tomo 1. Bogotá: Banco Popular, 1972, pp. 146, 152 y ss. Este texto
59

compila una serie de notas publicadas por Zerda en el Papel Periódico Ilustrado, entre 1882
y 1883.
Restrepo, Ernesto. Ensayo etnográfico y arqueológico de la provincia de los quimbayas en el
60

Nuevo Reino de Granada. En: Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 7, núms. 80, 81 y 82, 1912,
p. 474.
Restrepo, Ernesto. Las invasiones caribes de la conquista española. En: Boletín de Historia y
61

Antigüedades, vol. 1, núm. 5, 1902, pp. 196-211.

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15 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

La tesis de tierras altas y tierras bajas, así como la de las invasiones caribes
—que en realidad es una derivación de la primera—, constituye elaboraciones lo-
cales con amplia repercusión en los discursos arqueológicos que se efectuaron en
Colombia durante el siglo xx, que llegaron a ser incorporados dentro de estudios
efectuados por investigadores extranjeros como Paul Rivet y Donald Lathrap.62 Y
en torno a estas tesis se puede observar el desarrollo de un debate entre los an-
ticuarios colombianos sobre la existencia de indicios de civilización entre los
indígenas precolombinos.
Empleando prácticamente la misma jerarquía concéntrica de acercamiento a
las manifestaciones del espíritu, la verdad y la memoria que hemos identificado
para el período colonial, la presencia de escritura, de jeroglíficos y, por último, de
expresiones de arte eran los indicios de civilización que se trataban de establecer.
No obstante, ahora esta jerarquía de gradación entre el refinamiento del espíritu
y la abyección de la materia se corresponde con un proceso de avance en el pro-
greso de las sociedades hacia la cultura.
Los historiadores del siglo xix coincidían por lo general en efectuar una valora-
ción negativa de las sociedades indígenas contemporáneas, en la medida en que
eran consideradas las exponentes disminuidas en lo social, cultural y biológico,
de lo que habían sido sus ancestros del siglo xvi. Así, en 1860 José Antonio Plaza
planteaba cómo desde el siglo xvi “la degeneración de esta raza ha seguido en
progreso, incluyendo notablemente su carácter moral, tornándose pusilánimes,
suspicaces, desconfiados, supersticiosos i profundamente hebetados, efecto natu-
ral de la grande época de la conquista i cuya historia tradicional ha dejado hondas
i terribles impresiones”.63 Desde luego que para llegar a plantear el “progreso”
de la “degeneración” era necesario valorar, por lo menos en un grado menor de

Cf. Rivet, Paul. La influencia Karib en Colombia. En: Revista del Instituto Etnológico Nacional,
62

vol. 1, núm. 2, 1943, pp. 55-97 y 283-295. Lathrap, Donald. The Upper Amazon. Ancient Peoples
and Places. Londres: Thames and Hudson, 1970. En años recientes la tesis de tierras altas y bajas
seguía siendo un recurso explicativo frecuente, como lo analiza de forma crítica Langebaek,
mientras que las invasiones Karib sirvieron hasta la década de los ochenta para interpretar las
similitudes estilísticas entre cerámica del valle medio del río Magdalena en Colombia, y otras
tierras bajas del noroccidente de Sudamérica. Cf. Langebaek, Carl. Noticias de caciques muy
mayores. Origen y desarrollo de las sociedades complejas en el nororiente de Colombia y norte de
Venezuela. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 1992, p. 205. Castaño, Carlos y Dávila,
Carmen. Investigación arqueológica en el Magdalena Medio. Bogotá: Fundación de Investigaciones
Arqueológicas del Banco de la República, 1984, pp. 101 y ss.
Plaza, óp. cit., p. viii.
63

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La prehistoria en un país letrado 155

inferioridad, las sociedades indígenas del siglo xvi. En efecto, y en lo que consti-
tuye un lugar común en las historias nacionales del siglo xix, la sociedad muisca,
originalmente asentada en el altiplano cundiboyacense, fue catalogada al mismo
nivel que aztecas e incas, como una de las tres únicas civilizaciones existentes en
América a la llegada de los europeos. Las demás sociedades ocupaban la esfera
del salvajismo o de la barbarie.
Esta calificación de los muiscas, independientemente de las características de
complejidad social, económica y política que realmente hayan podido alcanzar,
parece corresponder con el ánimo de distinguir de entre el gran anonimato del
pasado precolombino una sociedad que ocupaba el centro político de la naciente
República, justo el lugar de la capital. Pese a no ser las antigüedades muiscas las
más “monumentales” de entre las que se conocían para la época, esta sociedad
recibió un tratamiento diferencial y destacado entre los demás pueblos que
habían habitado en el territorio de la República. Así, por ejemplo, en las historias
de Joaquín Acosta,64 José Antonio Plaza65 y José María Samper,66 muiscas o chib-
chas, como también se les denominaba, son considerados pueblos civilizados o
en vías de serlo.67
Desde finales del siglo xviii, el cura criollo José Domingo Duquesne (1748-1822)
había efectuado un acercamiento a las antigüedades de la sabana de Bogotá, inter-
pretando los grabados sobre piedra como una escritura simbólica, que expresaba
los cálculos del tiempo que en sus calendarios tenían los indios muiscas ( figura 3).
Incluso llegó a plantear la existencia de signos alfabéticos que decían de una es-
critura que se había desarrollado plenamente.68

Acosta, óp. cit., pp. 218 y ss.


64

Plaza, óp. cit., p. vii.


65

Samper, óp. cit., p. 12.


66

Esta calificación de los muiscas no era nueva, pero resulta sugestivo que Rodríguez Freyle,
67

cronista nacido en Bogotá en 1566, y quien entonces comenzara a hablar del Nuevo Reyno de
Granada como “mi patria”, haya sido quien introdujo dentro de las historia de la Conquista una
descripción detallada de los muiscas, así como narraciones en primera persona, atribuidas a
sus caciques. Cf. Rodríguez Freyle, Juan. El carnero. Medellín: Bedout, 1982. Lo propio puede
observarse en el caso de Lucas Fernández de Piedrahíta, también nacido en Bogotá en 1624,
quien publicó en 1668 su Historia general de la conquistas del Nuevo Reino de Granada. Bogotá:
Imprenta de Medardo Rivas, 1881.
Duquesne no publicó en vida sus escritos, pero fueron conocidos entre algunos intelectuales de
68

finales del siglo xviii, como Álvaro Mutis y Alejando von Humboldt. Cf. Duquesne, José María.

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15 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Fig. 3. Lámina que acompaña la Disertación sobre el calendario de los muiskas, de José
Domingo Duquesne (1795)
Fuente: Tomado de Acosta. Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y conquista de La Nueva Granada
en el siglo décimo sexto. París: Imprenta de Beau, 1848, lámina 1.

Los planteamientos de Duquesne, que fueron alternativamente retomados o


criticados durante el siglo xix y aun en el siglo xx, eran referentes importantes
para anticuarios e historiadores. Pero, independientemente de ello, señalan un

Disertación sobre el calendario de los muiskas, indios naturales de este Nuevo Reino de Granada,
dedicada al Sr. D. D. José Celestino Mutis, Director General de la Expedición Botánica por S. M.
En: Acosta. Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y conquista de la Nueva Granada en
el siglo décimo sexto. París: Imprenta de Beau, 1848, pp. 405-417. Texto escrito en 1795.

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La prehistoria en un país letrado 157

esfuerzo por elevar a la condición de civilización algunos grupos indígenas del


siglo xvi, según argumentos sobre la existencia de indicios de progreso, adelanto
cultural y civilización en sus realizaciones materiales.
En 1854, Uricoechea efectuaba una exhortación al estudio de las antigüedades
neogranadinas, argumentando que si los hombres eruditos de otras partes del
mundo habían valorado la historia de Egipto, de los incas o de los aztecas, viendo
en sus antigüedades “sapientísimos volúmenes escritos”, era preciso “tratar de
buscar un índice tal para resolver la cuestión con respecto a los primitivos habi-
tantes de nuestro suelo patrio”. Si ese camino fuera seguido, los resultados con-
ducirían, tal vez, a encontrar “en vez de seres imbéciles, hombres instruidos; en
vez de estupidez, inteligencia”.69 Los índices que permitían establecer el “grado
de civilización intelectual y material de un pueblo” se referían a la vida social y
privada, los ritos y cultos, el comercio; pero, sobre todo, las “bellas artes, hijas
de lo ideal del hombre, compañeras de sus gustos refinados y de cierto lujo, que
nunca es de bárbaros”.70 En los monumentos que expresan las bellas artes se
tiene, en opinión de Uricoechea, “una historia verdadera e indestructible, guía
fija y seguro consejero de nuestras investigaciones”.71 De manera que, en ausen-
cia de escritura alfabética, las expresiones artísticas más refinadas permiten
reconstruir la historia antigua de los pueblos civilizados que se habían apartado
de la barbarie (f  igura 4).
Una posición similar sostenía Liborio Zerda hacia 1882, quien también reco-
nocía en los muiscas la sociedad más civilizada del territorio colombiano en el
siglo xvi. Éste, contrariando las anotaciones de Duquesne, consideraba no obs-
tante que la orfebrería podía suplir el papel de la escritura: “[…] no teniendo los
habitantes de Cundinamarca un sistema de jeroglíficos que reemplazara la escri-
tura como los antiguos egipcios, ni pinturas simbólicas como los aztecas, ni quipus
como los peruanos, el único medio de que se sirvieron para perpetuar su historia
doméstica, política y religiosa, fueron los metales finos”.72

Uricoechea, óp. cit., pp. 28-29.


69

Ibídem, p. 27.
70

Ibídem.
71

Zerda, óp. cit., p. 68.


72

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15 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Fig. 4. Tunjos neogranadinos representados por Ezequiel Uricoechea (1854)


Fuente: Tomado de Uricoechea, Ezequiel. Memoria sobre las antigüedades neogranadinas. Bogotá: Banco
Popular, 1984, lámina I.

De acuerdo con ello, se dedicó a efectuar una exégesis de piezas arqueológi-


cas de oro, en las que veía símbolos “ideográficos” que expresaban las deidades
y ceremonias indígenas, apoyado para el efecto en la lectura de los cronistas del
siglo xvi. En breve, Zerda consideraba que la fabricación de figuras de oro, cobre
y plata había sido la “base de la historia objetiva”73 de la nación chibcha (f igura 5).
Desde finales del siglo xix, la singularidad de los chibchas como el pueblo más
civilizado de la prehistoria colombiana comenzó a recibir críticas que en ocasiones

Ibídem, p. 71.
73

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La prehistoria en un país letrado 159

Fig. 5. Piezas chibchas de orfebrería representadas por Liborio Zerda (1882)


Fuente: Zerda, Liborio. El Dorado. Tomo 1. Bogotá: Banco Popular, 1972.

implicaban la negación rotunda de escritura u otros indicios por los cuales éstos
hubieran podido transmitir de forma consciente su historia para la posteridad.
Manuel Uribe Ángel (1822-1904), médico e historiador, escribía en 1885 que los
primitivos pobladores de Antioquia, quienes eran caribes de “sangre pura”, esta-
ban dotados “absolutamente hablando, de una organización harto más sólida,
robusta y resistente que la de los muiscas”.74 Aun así, pensaba que el lenguaje de
los indios de Antioquia se hallaba todavía:

Uribe Ángel, Manuel. Geografía general y compendio histórico del estado de Antioquia en Colombia.
74

París: Imprenta de Víctor Goupy y Jourdan, 1885, p. 509.

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16 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

[…] en completa penuria y escasez de voces. Tenían muchos nombres compues-


tos, la mayor parte con significación apenas material, había falta completa o casi
absoluta de palabras de sentido moral y metafísico, abundantes interjecciones, las
imágenes y alegorías, las figuras alusivas á las ideas, los gritos, las gesticulaciones,
los movimientos para la expresión de sus situaciones de ánimo, y los demás giros
de construcción gramatical que en su conjunto revelan el atraso de un lenguaje.75

Pero fue el empresario minero Vicente Restrepo (1837-1899) quien en 1895


efectuó la crítica más radical sobre la exaltación de los muiscas y la búsqueda de
indicios de civilización entre sus expresiones materiales. En su monografía Los
chibchas antes de la conquista española, denunciaba que en lo poco que se sabía
sobre una de las más avanzadas civilizaciones de América, “hay muchos errores
que se tienen hoy por ciertos”. Se proponía en su lugar “escribir la verdadera his-
toria de la civilización chibcha, desembarazándola de las ficciones con que la han
desfigurado los modernos escritores, que han hecho de ella una novela”, refirién-
dose a Duquesne, Humboldt, Acosta y Uricoechea.76 Para Restrepo la realidad era
que los chibchas “no tenían ninguna clase de escritura, ni manera de computar
los tiempos, ni había entre ellos hombres que se ocuparan en guardar el recuerdo
de hechos pasados”.77 Estas aseveraciones las sostiene Restrepo basándose en
una relectura de las crónicas del siglo xvi, así como en un estudio comparativo
de los motivos dispuestos en petroglifos y pictografías de varias regiones del país
(f igura 6), ejercicio este último en el que lo acompañó Ernesto Restrepo Tirado
(1862-1948), su hijo.78 Ello lo lleva a concluir que:

Ibídem, p. 511.
75

Restrepo, Vicente. Los chibchas antes de la conquista española [en línea]. Bogotá: Biblioteca
76

Luís Ángel Arango, 2004 [citado 15 de enero de 2006]. Disponible en: http://www.lablaa.org/
blaavirtual/historia/chibch/indice.htm. Una crítica previa había sido efectuada por el autor a
los trabajos de Duquesne. Cf. Restrepo, Vicente. Crítica de los trabajos arqueológicos del doctor
José Domingo Duquesne. Bogotá: Imprenta de La Luz, 1892.
Ibídem.
77

En la década de 1890, ambos conocieron las mejores colecciones arqueológicas por entonces
78

existentes en Colombia. En 1892 juntos fueron encargados por el gobierno nacional de presentar
una valiosa colección de objetos orfebres en una exposición efectuada en Madrid, con motivo
de los cuatrocientos años del descubrimiento. Una parte de las piezas fue obsequiada a la reina
María Cristina de Habsburgo en agradecimiento a sus buenos oficios para resolver el diferendo

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La prehistoria en un país letrado 161

[…] los aborígenes de Colombia no tuvieron conocimiento de ninguna clase de


escritura, sea figurativa, simbólica o ideográfica. Estamos muy lejos de convenir
con los autores que suponen que representaban en ellas los indios sus migraciones,
sus cacerías y los cataclismos que pudieron presenciar. Las pocas figuras que se
repiten, siempre en desorden y confusión, y sin que se observen caracteres que pue-
dan considerarse como jeroglíficos, ni imágenes simbólicas, prueban que deben
su origen a la fantasía del que los grabó o las pintó con tinta roja. Nuestra opinión
tiene el apoyo de la tradición histórica.79

Fig. 6. Petroglifos de la piedra de Saboyá, representados por Restrepo (1895)


Fuente: Tomado de Restrepo, Vicente. Los chibchas antes de la conquista española [en línea]. Bogotá: Biblioteca
Luis Ángel Arango, 2004 [citado 15 de enero de 2006]. Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/
historia/chibch/indice.htm, lámina XLIII.

limítrofe entre Colombia y Venezuela. El resto de las piezas fueron vendidas a museos de Europa
y Estados Unidos. Cf. Gamboa, Pablo. El tesoro de los quimbayas. Historia, identidad y patrimonio.
Bogotá: Planeta, 2002.
Restrepo, Vicente, Los chibchas antes de la conquista española, óp. cit., capítulo xv.
79

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16 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

El debate sobre la existencia o inexistencia de una escritura indígena se cons-


tituyó en uno de los temas de mayor visibilidad en el tratamiento que durante las
primeras décadas del siglo xx se hizo de la arqueología en el país. Por ejemplo,
en un texto tan relevante para la educación de la historia patria, como fue la His-
toria de Colombia, escrita en 1910 por Jesús María Henao (1870-1944) y Gerardo
Arrubla (1872-1946), en el apartado sobre “Prehistoria de Colombia” se trata del
“inquietante enigma de la escritura de nuestros aborígenes”.80
Pero el debate no estaba cerrado. El general Carlos Cuervo Márquez (1858-
1930), actualizando algunos de sus escritos sobre arqueología y etnografía, em-
prendidos en la última década del siglo xix, presentaba en 1920 una negativa a
la existencia de escritura entre los pueblos indígenas prehistóricos de América
meridional. Por consiguiente, tampoco pensaba que existiera literatura, porque
los acontecimientos históricos se transmitían, de generación en generación, por
tradición oral, con lo cual pronto se olvidaban o eran adulterados o mutilados.81
Propuso Cuervo un esquema de razas originarias que amplió el panorama inicial-
mente centrado en los chibchas, el cual otorgaba poca importancia a los demás
grupos indígenas de la prehistoria colombiana. Así es como supone, basado en la
morfología de cráneos arqueológicos hallados en Bolivia y México, la existencia
de una raza muy primitiva de rasgos negroides que habría desaparecido antes de
las razas pampeanas, caribes y andinas, trilogía que en sus movimientos migrato-
rios, de lucha entre unos y otros, o simplemente de mezcla, otorga una dinámica
diacrónica a su clasificación.
Aun cuando reconoce en los chibchas el “más numeroso y el más adelantado”
de los grupos encontrados por los españoles en el territorio de Colombia, elabora
una crítica similar a la de Vicente Restrepo sobre su lengua: escasez de vocablos,
polisemia y ausencia de referencia a ideas abstractas.82 Se trata de una suerte
de contrarrelato de lo chibcha que presta atención a lo caribe, en términos de
“una raza interesantísima”, con grandes energías, un gran papel en la historia,

Henao, Jesús y Arrubla, Gerardo. Historia de Colombia. Complemento de la historia extensa de


80

Colombia. Volumen XI. Bogotá: Plaza y Janés, 1984, p. 57. Esta obra fue considerada durante
muchos años el texto de referencia para la enseñanza secundaria en los colegios del país. En
1984 iban más de treinta reediciones.
Cuervo, Carlos. Estudios etnográficos y arqueológicos. Bogotá: Kelly, 1956.
81

Ibídem, pp. 242 y ss.


82

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La prehistoria en un país letrado 163

un extraordinario poder de expansión, cuyos individuos se caracterizaban por la


altivez, el valor personal y el amor a la libertad. El descrédito en que los caribes
habían caído se debía al “orgullo europeo, despechado por no poder reducir, ni
por la perfidia ni por las armas, a esta altiva y orgullosa raza, vengaban su impo-
tencia pintándola con los más negros colores, como sumida en el último grado
de abyección y salvajez”.83
Y realiza entonces un paralelo inédito: los caribes son a las altas culturas
americanas lo que los normandos europeos fueron respecto de las civilizaciones
mediterráneas de Europa. “En el mismo período histórico, en los diez primeros
siglos de la era cristiana, desempeñaron los caribes en el Nuevo Mundo un papel
semejante al que a sajones y daneses les tocó desempeñar en el otro continente”.84
La afinidad entre unos y otros es establecida en cuanto ocupaban medios geográ-
ficos similares, ambos pueblos eran “atrevidos navegantes”, “reyes del mar”. Sin
embargo, la suerte de las dos razas sería diferente. Los normandos se civilizaron
porque se pusieron en contacto con los romanos, un pueblo civilizado, mientras
que los caribes no lo hicieron porque se encontraron con pueblos bárbaros.85
Cuervo apelaba así a rescatar el valor de los caribes en la historia antigua de
Colombia, no por la vía de hallar indicios de alguna forma de escritura o de arte
refinado que los acercara a la civilización, sino mediante una imagen romántica
de guerreros indomables, navegantes intrépidos, hombres amantes de la libertad,
imagen que por lo demás resultaba exótica al hacer de los caribes algo así como
unos vikingos americanos.
Casi de manera simultánea, el ingeniero Miguel Triana (1859-1931) efectuaba
una defensa de la existencia de escritura entre los chibchas. En su Civilización
chibcha, publicado en 1921, aspiraba a aportar a la comprensión de las “bases
positivas de la sociología nacional” a partir de una “sociología prehistórica”.86
Triana reconocía que los caribes habían sido considerados “seres de una natu-
raleza demasiado inferior e indignos de la misericordia de la historia”.87 Pero su
atención siguió estando centrada en el pueblo chibcha, viendo en sus petroglifos

Ibídem, p. 200.
83

Ibídem, p. 217.
84

Ibídem, p. 216.
85

Triana, Miguel. La civilización chibcha. Bogotá: Banco Popular, 1970, p. 8.


86

Ibídem, p. 33.
87

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16 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

“símbolos e ideas que indudablemente revelaban un discurso”, la “base de una


escritura ideológica”, de un “alfabeto en formación” que narraba los acontecimien-
tos de su migración y establecimiento definitivo en las tierras del altiplano cundi-
boyacense. Concluía de forma sumaria: “No está pues, mal empleado el nombre
vulgar de ‘jeroglífico’, dado a las piedras pintadas, ni es errónea la creencia muy
generalizada de que los indios chibchas usaban esta forma de escritura no obstante
lo que en contrario y sin ningún discernimiento dijeron los cronistas”88 (f igura 7).

Fig. 7. Pictografía de Ramiriquí que, según Miguel Triana (1921), representaba la biografía
de un cacique
Fuente: Triana, Miguel. La civilización chibcha. Bogotá: Banco Popular, 1970, p. 243.

El nutrido debate de finales del siglo xix e inicios del xx, sobre la preeminencia
de los muiscas y la existencia de escritura entre las sociedades indígenas preco-
lombinas, permite identificar cómo se fue construyendo el umbral que separa
lo histórico de lo prehistórico en los inicios de la arqueología en Colombia. Por
una parte, está una mirada que pretende acercar a los indígenas precolombinos
y de la Conquista al ámbito de la civilización y la historia, mediante la búsqueda
de indicios materiales de escritura, señales jeroglíficas o, por lo menos, de un arte
refinado. Así mismo, rastrea en las fuentes documentales rasgos de organización

Ibídem, p. 247.
88

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La prehistoria en un país letrado 165

política y sistemas de pensamiento que los acerquen a la imagen moderna del


estado. Por otra parte, se conforma una mirada que niega o disminuye la impor-
tancia de cualquiera de estos indicios y rasgos, manteniendo una diferencia ro-
tunda entre el pasado precolombino y la historia de la Colonia y la República.
La primera mirada produce un discurso arqueológico que concede al principal
centro político y administrativo de la Nueva Granada y Colombia un pasado glo-
rioso que se remonta a los orígenes prehispánicos. La segunda es una mirada que
a costa de un aplanamiento de las jerarquías indígenas e incluso de la restitución
de los muiscas a una condición primitiva y bárbara amplía el espectro territorial de
los discursos sobre lo prehispánico, incorporando a los bárbaros y los salvajes
de las tierras bajas, así sea de forma breve o introduciendo una mirada exótica.
Sin embargo, hay dos temas transversales a estas dos miradas: en primer lugar,
una concepción de la escritura como marcador de la diferencia entre lo civilizado
y lo bárbaro, entre lo primitivo y lo moderno; en segundo lugar, una gran preocu-
pación por distribuciones altitudinales, demarcaciones territoriales, migraciones
e invasiones, en suma, por cuestiones espaciales. Respecto del primer tema, no
resulta sorprendente que en los trabajos de los historiadores y los anticuarios la
escritura siga siendo valorada en términos de un logro de la humanidad, que no
sólo permite el ejercicio mismo de la historia, sino que indica el grado de civili-
zación de un individuo o de un pueblo. En este aspecto no hay discontinuidad
respecto de la historia elaborada durante la Colonia. Las primeras letras que apa-
recen impresas en la Historia de la Nueva Granada, del coronel Joaquín Acosta,
publicada en 1848, reproducen un párrafo de las Siete Partidas de Alfonso X, que
datan del Medioevo:

El antigüedad de los tiempos es cosa que faze a los hombres olvidar los fechos
pasados, e por ende fue menester que fuese fallada escritura, porque lo que antes
fue fecho non se olvidase, e supiesen los homes por ella las cosas que eran esta-
blecidas bien como si de nuevo fuesen fechas. E de las escrituras tanto bien viene,
que en todos los tiempos tiene pro, que faze membrar lo olvidado e afirmar lo que
es de nuevo, e muestra carreras por do sé entederezar lo que ha de ser. (Prólogo del
título 18º, Partida 3ª).89

Acosta, óp. cit., p. 11. Las cursivas son del original.


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16 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Sobre fundamentos tan antiguos, la centralidad de la escritura es avivada por


la imagen moderna de la imprenta que, como se sabe, constituye un hito en el
imaginario de la Ilustración, y en Colombia, un elemento indisociable de las gestas
de la independencia.90 A este tenor, José María Samper declaraba en 1861 que “[l]a
conquista y emancipación de este continente son los hechos más trascendentales
que la humanidad ha presenciado después de la invención de la imprenta”.91 Así
mismo, Liborio Zerda pensaba que la imprenta era un elemento poderoso de la
civilización, y que con ésta “nos toca, no solamente levantar la memoria de las
edades y del edificio social de nuestros antepasados sino librar del exterminio
las innumerables tribus que existen degradadas y envilecidas, fuera del alcance
protector de nuestros centros de población”.92 Por su parte, Miguel Triana decía
puntualmente: “El alfabeto civiliza”.93
Esta centralidad de la escritura y los límites que demarca representan en pri-
mera instancia una condición de posibilidad para que se efectuara una apro-
piación directa del concepto de prehistoria en la arqueología del siglo xix en
Colombia. No obstante, la misma centralidad de la letra, reflejada en el alto nivel
de dependencia que tuvieron los anticuarios respecto de los textos escritos para
interpretar las evidencias arqueológicas, impidió la elaboración de miradas au-
tónomas sobre las materialidades. Ello nos conduce al segundo tema. La impor-
tancia dada a las espacialidades se corresponde con un país que apenas construye
sus territorialidades internas y define sus fronteras externas, un país donde la
preeminencia de su centro político y administrativo, evidente durante la Colonia,
se hace por momentos difuso durante el siglo xix, todo ello en medio de proyectos
políticos que entran en pugna por el establecimiento de un esquema centralista
y unitario, o descentralizado y federativo.
Esta importancia de la dimensión espacial se comunica desde sus inicios, ya lo
hemos dicho, con el ordenamiento espacial de las alteridades en términos geopo-
líticos, del colonialismo interno que se configuró luego de la independencia, y de

Nos referimos a la publicación clandestina de la Declaración Universal de los Derechos del


90

Hombre y el Ciudadano, efectuada por el prócer Antonio Nariño en vísperas de la revolución


de la independencia.
Samper, óp. cit., p. 9. Las cursivas son del autor.
91

Zerda, óp. cit., p. 15.


92

Triana, óp. cit., p. 257.


93

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La prehistoria en un país letrado 167

los antagonismos políticos de la vida republicana. Es cierto que, por contraste


con el período colonial, durante el siglo xix se opera una temporalización de las
diferencias espaciales, en la medida en que la distribución geográfica de los gru-
pos sociales y sus movimientos adquieren sentido al hacer parte de trayectorias
de progreso hacia la civilización. No obstante, los anticuarios e historiadores se
conformaron con otorgar poca profundidad temporal y un contenido mínimo
a estas trayectorias, en gran medida por la dependencia que habían sostenido
frente a los documentos escritos en la tarea de avanzar en la interpretación de las
antigüedades indígenas. La estratigrafía, a pesar de estar presente en los trabajos
de Humboldt, nunca fue un recurso aplicado al discernimiento de la variabilidad
temporal de las evidencias arqueológicas, mientras que los cambios en el tiempo
fueron explicados fundamentalmente en términos espaciales: migraciones e
invasiones. De manera que no existían condiciones ni interés para constituir un
tiempo de la prehistoria, aquel que fabrica el arqueólogo basado en lo fundamental
en una observación estratigráfica y tipológica de los artefactos.
En Colombia el término prehistórico se encuentra funcionando desde tem-
prano en los textos sobre antigüedades indígenas, de la mano de las lecturas que
algunos anticuarios efectuaron de la obra de Lubbock y su esquema de períodos
evolutivos. En 1871, el médico Andrés Posada Arango (1839-1923), miembro de la
Sociedad Antropológica de París, presentó ante ésta su Ensayo etnográfico sobre
los aborígenes del estado de Antioquia en Colombia.94 Allí se refiere a los “fósiles
prehistóricos”, a propósito de una crítica al evolucionismo, en la que emplea ar-
gumentos teológicos. Posada había leído a Lubbock y había tratado de ubicar, sin
mucho convencimiento, a los indígenas prehistóricos de Antioquia en un estado
intermedio entre el paleolítico y el neolítico.95
Otro intento fue efectuado por Liborio Zerda, quien elaboró un singular es-
quema, donde las edades de piedra, bronce y hierro de Lubbock estaban antece-
didas por una edad de oro y una edad de plata, referidas a las “edades de los poetas”,
que no son otra cosa que las edades míticas de la antigüedad grecorromana.96

Posada, Andrés. Ensayo etnográfico sobre los aborígenes del estado de Antioquia en Colombia.
94

París: Imprenta de Rouge Hermanos y Compañía, 1871.


Ibídem, pp. 5-6.
95

Cf. Le Goff, Jacques. El orden de la memoria. El tiempo como imaginario. Barcelona: Paidós,
96

1991, p. 18.

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16 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

En la edad de plata, caracterizada por la formación de núcleos sociales entre uni-


dades familiares, sitúa Zerda una larga serie de tribus del siglo xvi, entre las cuales
se mencionan los caribes; pero, además, los grupos indígenas contemporáneos
que estarían en un proceso de “retrogradación”. Por su parte, los chibchas, junto
con los incas y los pueblos mejicanos, son localizados en la edad de bronce, en
virtud del trabajo de los metales.97
La apropiación efectuada de la noción de prehistoria no parece haber intro-
ducido un cambio notable en los discursos sobre las antigüedades indígenas. La
frontera rotunda entre ausencia y presencia de escritura estaba establecida de
forma precisa desde el período colonial, mientras que la temporalización de esa
frontera, introducida fundamentalmente por los discursos del progreso y no del
evolucionismo, no estuvo acompañada de una mirada autónoma sobre las mate-
rialidades y el desarrollo de procedimientos como la estratigrafía o la tipología,
que permitieran establecer unas temporalidades de la prehistoria, independien-
temente de las dataciones derivadas de la lectura de documentos escritos.
En este contexto, la prehistoria funcionaba como antagonismo de la historia
sólo en el orden del devenir de los pueblos, no en el orden de los estudios sobre
ese devenir. Si hay una diferencia espaciotemporal entre prehistoria e historia, no
hay una diferencia entre prehistoriadores e historiadores. En realidad, no existía
un repartimiento de los saberes que impidiera a un ingeniero, un médico, un abo-
gado, un militar o un cura producir discursos sobre temas de historia o arqueo-
logía, situación que no cambiaría hasta bien entrado el siglo xx. Los anticuarios
observaban la exterioridad de lo prehistórico desde la interioridad de la historia.
Se esforzaban por incorporar las materialidades que remitían a lo indígena pre-
colombino dentro de la historia patria, revistiéndolas de los valores espirituales
de la civilización. O bien, reconocían su abyección y las restituían al territorio de
la barbarie, donde sólo adquirían valor por su exotismo.
Algunos de los anticuarios que hemos citado, y otros que efectuarían su trabajo
durante las primeras décadas del siglo xx, harían parte de la Academia Colom-
biana de Historia, fundada en 1902. Entre los objetivos definidos por la entidad
estaba claramente identificado el estudio de las antigüedades indígenas, lo cual se
llevó a cabo, a juzgar por la relativa frecuencia con la cual aparecían textos sobre

Zerda, óp. cit., pp. 11-15.


97

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La prehistoria en un país letrado 169

arqueología en el Boletín de Historia y Antigüedades,98 medio editorial de la Aca-


demia. Así mismo, los temas de arqueología eran incorporados dentro de los tex-
tos de historia general de Colombia, siempre en un capítulo introductorio sobre
prehistoria,99 que por lo general ofrecía un panorama actualizado de los temas y
debates tratados por los anticuarios. No existía una división entre la arqueología
y la historia como campos de comunicación y conocimiento diferentes; antes
bien, compartían la centralidad de la escritura como indicador de civilización,
como herramienta para la formación del ciudadano y como medio por excelencia
para edificar la historia nacional.
Al fin y al cabo, desde finales del siglo xix, se consolidó la idea de que Colom-
bia era, entre las naciones latinoamericanas, una república de letrados. Como ha
anotado Erna von der Walde:

La tendencia generalizada de suponer que la excelencia en las letras es un


reflejo del grado de civilización de un pueblo, y que hay una conexión directa entre
las virtudes de la población y las obras de sus elites letradas, le[s] ha permitido a los
colombianos durante más de un siglo ufanarse de la alta cultura que profesaban
sus prohombres. Bogotá todavía se precia —aunque cada vez más tímidamente—
de haber sido considerada la Atenas sudamericana.100

Arqueología y ciencia del hombre

El surgimiento de la especificidad de los campos del conocimiento social en


Colombia, a la par que el establecimiento de las fronteras disciplinares, tiene lugar
en lo que se ha llamado el proceso de profesionalización de las ciencias sociales.
Entre las décadas de los cuarenta y sesenta se establecieron condiciones institu-
cionales, notablemente la fundación de institutos, escuelas y departamentos,

Cf. Langebaek, Arqueología colombiana, óp. cit., p. 150.


98

Cf. Henao y Arrubla, óp. cit., capítulo 2. Navas, Luis Enrique. Proceso histórico de Colombia.
99

Guayaquil: Imprenta Gutemberg, 1930, capítulo 1.


100
Von der Walde, Erna. Lengua y poder. El proyecto de nación en Colombia a finales del siglo xix.
En: Estudios de Lingüística Española [en línea], núm. 16, 2002 [citada enero de 2006]. Disponible
en: http://elies.rediris.es/elies16/.

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17 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

que diferenciaban, en grado variable, entre unas y otras disciplinas, en correspon-


dencia con una demanda estatal por conocimientos específicos sobre la realidad
social del país. Al principio, estas fronteras no se hicieron muy visibles, como ocurre
con la fundación de la Escuela Normal Superior, en 1938, y el Instituto Etnológico
Nacional, en 1941. Estos primeros centros de formación e investigación acogen
saberes históricos, antropológicos, sociológicos, políticos y económicos, dentro
de una formación integral en ciencias sociales y humanas que sólo al final del ci-
clo académico, y en correspondencia con las investigaciones que desarrollaron
los estudiantes, adquieren un matiz de especificidad. De este esquema se transita
luego a un modelo de formación que diferencia de manera clara entre disciplinas
o departamentos dentro de facultades. Se conforman así, entre 1950 y 1970, los
primeros departamentos de historia, antropología, geografía, economía, filosofía
y sociología, en una distribución institucional de los saberes que aún persiste.101
Las ciencias sociales se profesionalizan en medio de la transición entre un
modelo de educación superior de origen europeo, y más específicamente francés,
y un modelo norteamericano, lo cual se corresponde con el reordenamiento de la
geopolítica mundial de posguerra, cuando el poder económico, político y militar de
los Estados Unidos se consolida en el hemisferio occidental; mientras que Europa
adquiere un lugar secundario. En el contexto nacional, la profesionalización de las
ciencias sociales tiene lugar durante la aplicación de las políticas liberales de mo-
dernización del Estado, llevadas a cabo a partir de 1930, cuando la elección de
Enrique Olaya Herrera (1880-1937) puso fin a la prolongada hegemonía conser-
vadora que se había mantenido en el poder desde finales del siglo xix.
Durante la llamada “Revolución en marcha”, proyecto político de Alfonso
López Pumarejo (1886-1959), en su primera presidencia (1934-1938), se adelantó
una reestructuración del sistema educativo que tuvo cierta continuidad durante
la subsiguiente presidencia de Eduardo Santos (1888-1974). El Estado asumió la
responsabilidad de adaptar la educación —hasta entonces con una injerencia di-
recta por parte de la Iglesia—, al modelo de desarrollo económico e industrializa-
ción que venía siguiendo el país desde la década anterior. En términos generales,

Para una mirada de conjunto sobre la formación de las disciplinas sociales en Colombia, se
101

pueden consultar los artículos publicados en Leal, Francisco y Rey, Germán, editores. Discurso
y razón. Una historia de las ciencias sociales en Colombia. Bogotá: Tercer Mundo, 2000.

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La prehistoria en un país letrado 171

la reforma educativa retomaba las ideas de libre examen, fe en la razón y poder


liberador de la ciencia que había sostenido el liberalismo desde el siglo xix. Una
de las estrategias consistía en el fortalecimiento de educación superior, creando
instituciones e introduciendo modelos educativos considerados avanzados en
Europa.102
En este contexto, la institucionalización de la arqueología en Colombia debe
comprenderse como el establecimiento del control estatal sobre la producción
y reproducción del discurso arqueológico y de su objeto de estudio, mediante la
creación de una serie de entidades encargadas de los procesos de formación e
investigación, así como de la regulación del tratamiento de las evidencias arqueo-
lógicas y su divulgación. En menos de un lustro se sientan las bases institucionales
de la arqueología. Se crea el Servicio Arqueológico Nacional (1938), oficina adscrita
al Ministerio de Educación Nacional, encargada de proteger los monumentos y
parques arqueológicos, organizar exposiciones y promover el conocimiento del
patrimonio arqueológico en Colombia y el exterior.
Las colecciones que aún se conservaban del antiguo Museo Nacional, fundado
en 1823, fueron reunidas en el nuevo Museo Arqueológico y Etnográfico (1939),
como dependencia del Servicio Arqueológico. Se empieza a conformar el Museo
del Oro del Banco de la República (1939), el principal espacio de proyección
pública de muestras arqueológicas colombianas en el país y el exterior. Por último,
fue establecido el Instituto Etnológico Nacional (1941), como una dependencia
de la Escuela Normal Superior. En esta última entidad fue donde se formaron los
primeros científicos sociales con reconocimiento oficial para desempeñarse como
arqueólogos. También desde allí se comenzó a publicar la Revista del Instituto Et-
nológico Nacional, que más tarde cambió su título por el de Revista Colombiana
de Antropología, así como el Boletín de Arqueología.103
Dentro del esquema de formación implementado en el Instituto Etnológico
Nacional, la arqueología fue concebida como una ciencia auxiliar de la antro-
pología, conjuntamente con la antropología física, la etnología y la lingüística.
Este esquema correspondía con el modelo francés que Paul Rivet (1876-1958),

102
Jaramillo, Jaime. El proceso de la educación del Virreinato a la época contemporánea. En: Manual
de historia de Colombia. Tomo III. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1980, pp. 285 y ss.
103
Cf. Duque, óp. cit., pp. 75 y ss.

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17 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

su fundador, quiso introducir en Colombia. De acuerdo con éste, la antropología


constituía una “síntesis de ciencias” encaminada al conocimiento del hombre.
Sus objetivos eran:

[…] determinar los caracteres físicos y biológicos de las distintas razas o pobla-
ciones, desde su origen más lejano hasta nuestros días, su filiación y sus migracio-
nes; seguir el desarrollo de las civilizaciones, precisar sus distintas características
en el transcurso de los siglos y su difusión en toda la tierra; estudiar la organización
social y las instituciones; desde la época de las primeras agrupaciones hasta nues-
tros días, desde las formas más primitivas hasta las formas más complicadas de
las sociedades modernas; investigar todas las manifestaciones religiosas, en todos
los tiempos, bajo todas las latitudes y longitudes; determinar las características
de las lenguas para poder compararlas, clasificarlas y establecer su filiación en el
tiempo y en el espacio.104

En una ciencia de semejantes pretensiones, correspondía a la arqueología,


o prehistoria, como indistintamente la llamaba Rivet, cumplir con una agenda
similar a la fijada por los difusionistas europeos desde finales del siglo xix: estu-
diar el problema de los orígenes del hombre e identificar los procesos de difusión
y migración que habrían conducido a su diversificación y evolución lingüística y
biológica. Aun cuando predominante, la concepción de Rivet sobre la arqueología
no era la única que alimentaba el programa del Instituto Etnológico Nacional.
El profesor alemán Justus Schottelius (1892-1941) traía consigo una visión de la
arqueología de corte histórico-cultural, tal como se venía desarrollando en Ale-
mania.105 Si bien no eran enfoques antagónicos, la arqueología histórico-cultural
hacía hincapié en el levantamiento de secuencias cronológicas locales y la defini-
ción de culturas arqueológicas específicas, que en la búsqueda de regularidades
que pudieran explicar filiaciones biológicas y culturales entre diversas corrientes
de difusión.

Rivet, Paul. La etnología, ciencia del hombre. En: Revista del Instituto Etnológico Nacional,
104

vol. 1, núm. 1, 1943, p. 2.


Schottelius, Justus. Estado actual de la arqueología colombiana. En: Boletín de Arqueología,
105

vol. 2, núm. 3, 1946, pp. 201-212.

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La prehistoria en un país letrado 173

La implementación de estas perspectivas representa, en principio, una rup-


tura con relación a los discursos arqueológicos que anticuarios e historiadores
locales venían elaborando desde el siglo xix. Aun cuando tesis como la de las
invasiones caribes fueron habilitadas por Rivet en sus estudios sobre el origen
del hombre americano, el modelo educativo, los enfoques y contenidos curricu-
lares y el sentido político del quehacer científico promovidos desde el Instituto
Etnológico Nacional trazaron una discontinuidad frente a todo lo que se venía
haciendo hasta entonces en materia de arqueología en Colombia. Los discursos
de los americanistas europeos, no los de los anticuarios colombianos, son los que
en última instancia vienen a darle contenido a la profesionalización de la �������
arqueo-
logía en el país. Lo mismo podría ser dicho de otros discursos como el geográfico,
el económico y el antropológico en general, si se considera que la Escuela Normal
Superior y el Instituto Etnológico Nacional, como espacios desde los que se inició
la profesionalización de las ciencias sociales en Colombia, tenían entre sus pro-
fesores un número importante de intelectuales extranjeros.106
La reestructuración de la educación, como parte de la modernización del
Estado, parece haber incluido lo que se pensaba como una suerte de eugenesia
intelectual. No resulta gratuito que Luis López de Mesa (1884-1967) —quien hizo
parte de la “Revolución en marcha” como ministro de Educación y luego de Rela-
ciones Exteriores, cuando fue fundado el Instituto Etnológico Nacional— ��������
conside-
rara en 1934 que la única alternativa para mejorar las características de la fusión
racial que había dado forma a la nación colombiana estaba en la “inmigración
europea de buena calidad”.107 López estimaba necesaria esta mejoría, en la medida
en que las razas del neotrópico eran inferiores y a que, en la mezcla con lo negro

En la Escuela Normal Superior, además de Rivet y Schottelius, impartieron clases europeos de


106

varias nacionalidades, algunos de los cuales habían salido de sus países a raíz de la Segunda
Guerra Mundial o la dictadura franquista. Entre otros, se deben mencionar los alemanes Rudolph
Hommes (economista) y Ernesto Guhl (geógrafo); el ucraniano Juan Friede (economista e
historiador); el austriaco Gerardo Reichel (antropólogo), y los españoles Pablo Vila (geógrafo),
José de Recasens (arquitecto) y José María Ots (historiador). Cf. Arocha, Jaime. Antropología en la
historia de Colombia. Una visión. En: Arocha, Jaime y Friedemann, Nina. Un siglo de investigación
social. Antropología en Colombia. Bogotá: Etno, 1984, p. 50. Chávez Mendoza, Álvaro. Reseña
histórica de la enseñanza de la arqueología en Colombia. En: Boletín de Antropología, vol. 5,
núm. 5, 1990, p. 37.
López de Mesa, Luis. Cómo se ha formado la nación colombiana. Medellín: Bedout, 1970, p. 122.
107

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17 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

y lo indígena, la sangre europea se había visto mermada en su mesura y altivez.


Proponía entonces como fórmula para superar el “complejo de inferioridad” na-
cional promover una migración selecta: “[…] misiones pedagógicas oficiales o
particulares, profesores agregados de la Universidad, profesores de las escuelas
normales, para institutos de especialización, como institutores o institutrices de
familias”.108
Schottelius efectuaba en 1941 un balance que resulta diciente de la mirada que
podía efectuarse desde afuera a lo que había sido la arqueología en Colombia, justo
antes de su institucionalización. Al efectuar una lectura del mapa arqueológico
de Colombia que pocos años antes había confeccionado Gregorio Hernández
de Alba (1904-1973) para celebrar el cuatricentenario de Bogotá (f igura 8),109 se-
ñalaba la ausencia de profundidad temporal y de relaciones entre las diferentes
áreas arqueológicas.110
Con excepción de las excavaciones efectuadas hacía poco por Hernández
de Alba, Schottelius consideraba que los estudios arqueológicos con “métodos
modernos” habían sido emprendidos por extranjeros como Pérez de Barradas,
Gustav Bolinder, Georg Burg y él mismo.111 Hasta entonces, dice, la estratigrafía
era en extremo deficiente. Como solución propone entonces adoptar el enfoque
histórico-cultural, “el más perfecto que existe para la investigación de la cultura
material”,112 y traza una agenda de tareas para la arqueología colombiana en
el futuro:
[…] colección de datos, los cuales son hasta el presente bastante escasos; el
estudio y la clasificación de los depósitos museales y de las ricas colecciones par-
ticulares; la investigación analítica de las noticias etnográficas consignadas en

Ibídem.
108

Hernández de Alba fue el primer director del Servicio Arqueológico Nacional, primer colombia-
109

no en graduarse como antropólogo y en efectuar excavaciones estratigráficas. El mapa al que


se refiere Schottelius fue el resultado de un trabajo de distribución geográfica de las evidencias
agrupadas por zonas arqueológicas e investigadores. Es quizá la primera espacialización grá-
fica de la arqueología colombiana. Cf. Hernández de Alba, Gregorio. Archaeological Guide of
Colombia. Bogotá: Imprenta Nacional, 1941.
Schottelius, óp. cit., p. 202.
110

Ibídem, p. 203.
111

Ibídem, p. 206.
112

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La prehistoria en un país letrado 175

los relatos de los cronistas. Pero la más importante de todas es, seguramente, la
investigación realizada en el campo, toda vez que sin excavaciones sistemáticas
no se hace verdadera arqueología.113

Fig. 8. Mapa de sitios arqueológicos de Colombia, reproducido por Gregorio Hernández de


Alba (1941)
Fuente: Tomado de Hernández de Alba, Gregorio. Archaeological Guide of Colombia. Bogotá: Imprenta
Nacional, 1941.

Ibídem, p. 211.
113

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17 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

El relieve puesto en el trabajo de campo, las excavaciones estratigráficas y


las cronologías permite establecer que la ausencia de estos procedimientos era
lo que separaba las prácticas de los anticuarios colombianos de la arqueología
prehistórica que se realizaba por entonces en Europa. En efecto, y como hemos
anotado ya, la arqueología del siglo xix en Colombia no contaba con condiciones
ni propósitos claros para producir temporalidades prehistóricas, ni para efectuar
un acercamiento a las materialidades que fuera autónomo frente a la lectura de
los cronistas. Lo que critica Schottelius es precisamente ese mosaico de regiones
arqueológicas sin espesor cronológico que se fue construyendo en los debates so-
bre el grado de cultura de las sociedades de tierras altas y bajas, y que finalmente,
como una síntesis, logró mapear Hernández de Alba en 1941 (véase figura 8).
También es posible ver en Rivet una versión de balance sobre lo efectuado
antes de la década de los cuarenta en la arqueología de Colombia. Al referirse al
asunto de los orígenes del poblamiento americano, reconocía un período “cadu-
cado y, esperémoslo, concluido definitivamente para el americanismo”, en el cual
el tema había sido tratado en un “revoltijo histórico que entorpece el comienzo
de las ciencias”.114 Proponía entonces dos reglas para estudiar la antigüedad del
hombre americano: primero, adoptar los métodos ya experimentados por la pre-
historia europea, como eran las investigaciones basadas en datos paleontológicos
y geológicos. “Sólo las condiciones geológicas y paleontológicas del hallazgo —
dice— permiten atribuirle una antigüedad verídica”.115 Y, segundo, “desterrar de
cualquier estudio prehistórico, como de todo estudio científico, el amor propio
nacional”.116 Estas dos reglas indicaban que para hacer arqueología científica
había que retomar, por una parte, la perspectiva de una prehistoria cercana a
los procedimientos de las ciencias naturales —como la que se venía efectuando
en Francia desde el siglo xix— y, por la otra, adoptar una posición aséptica y
neutral que tomara distancia de las finalidades políticas de una arqueología
nacionalista.

Rivet, Paul. Los orígenes del hombre americano. México: Fondo de Cultura Económica,
114

1960, p. 15.
Ibídem, p. 40.
115

Ibídem.
116

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La prehistoria en un país letrado 177

Teniendo en cuenta el perfil teórico y metodológico, así como el tipo de na-


rrativa presente en los estudios arqueológicos realizados en Colombia durante
las décadas siguientes, se podría decir que los lineamientos trazados por Schot-
telius y Rivet fueron aplicados sólo de forma parcial, pero en grado suficiente
como para efectuar una apropiación más sólida del concepto de prehistoria.
En primer lugar, se transitó, aun cuando de forma lenta, hacia la elaboración de
cronologías basadas en métodos estratigráficos, tipologías de artefactos y data-
ciones físico-químicas. En segundo lugar, se estableció una marcada diferencia
entre la arqueología como prehistoria y la historia, en cuanto campos distintos
de conocimiento. En este sentido, se puede decir que la arqueología en Colombia
se institucionaliza al mismo tiempo que logra una articulación más estrecha con
la prehistoria.
Gradualmente, metodologías y enunciados teóricos derivados del enfoque
histórico-cultural y, en menor medida, del evolucionismo antropológico, así
como la aplicación de dataciones de radiocarbono, permitieron que el mosaico
plano de zonas arqueológicas que presentara Hernández de Alba como síntesis de
la arqueología nacional en 1941 fuera adquiriendo espesor temporal. La tarea
de levantar secuencias cronológicas comenzó en firme a finales de la década de
los treinta en la región de San Agustín, con los trabajos del español José Pérez
de Barradas (1897-1981) y luego los de Luis Duque Gómez (1916-2000), discípulo de
Paul Rivet y egresado del Instituto Etnológico Nacional,117 que llevó a plantear que
la famosa estatuaria había sido obra de sociedades anteriores a aquellas que ha-
bían enfrentado la conquista española.
Así mismo, entre las décadas de los cincuenta y sesenta, Gerardo Reichel-Dol-
matoff (1912-1994) y Alicia Dussan construyeron secuencias cronológicas para las
ocupaciones precolombinas de varios sitios de la sierra nevada, las llanuras del
Atlántico y las vertientes y costas del Pacífico, con las cuales demostraron, contra
todo pronóstico, que en las tierras bajas habían tenido lugar algunas de las ocu-
paciones humanas más antiguas, densas y prolongadas, no sólo de Colombia sino

Pérez de Barradas, José. Arqueología agustiniana. Bogotá: Ministerio de Educación Nacional,


117

1943. Duque, Luis. Exploraciones arqueológicas en San Agustín. Bogotá: Instituto Colombiano
de Antropología, 1966.

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17 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

de América.118 Luego, durante la década de los sesenta, excavaciones efectuadas


por investigadores británicos y norteamericanos en Valle del Cauca, Quindío y el
altiplano cundiboyacense permitieron dotar a estas regiones de una temporali-
dad que se remontaba hacia el primer milenio de la era cristiana.119
Según este creciente cuerpo de datos cronológicos y espaciales, durante la
década de los sesenta varios arqueólogos se atrevieron a dibujar de nuevo el
mapa de la arqueología colombiana. En 1965, Reichel-Dolmatoff consideraba que
hasta entonces se había dado mucha importancia a divisiones generales en térmi-
nos de “áreas arqueológicas en un sentido puramente espacial y sin profundidad
temporal”, con lo cual “la ausencia de fechas absolutas y secuencias estratigrá-
ficas claramente definidas” hacía casi imposible establecimiento de un marco
amplio de correlaciones cronológicas entre áreas.120 Entonces se propuso ordenar
en una secuencia cronológica las etapas del desarrollo cultural de las sociedades
precolombinas, de acuerdo con un esquema de periodización similar al que los
arqueólogos norteamericanos venían elaborando en su refinamiento del enfoque
histórico-cultural (cf. tabla 2).
La secuencia de Reichel-Dolmatoff se remontaba en sentido hipotético a unos
trece mil años de antigüedad, aun cuando las evidencias eran incontrovertibles
sólo a partir del tercer milenio antes de Cristo. La definición de etapas arqueo-
lógicas se hizo a partir del establecimiento de patrones o regularidades espacio-
temporales en las formas de asentamiento, distribución de sitios en nichos
ecológicos, actividades económicas, formas de organización social y política y
elementos estilísticos de la cultura material. El resultado fue una serie temporal
de etapas evolutivas que, en algunos casos, se traslapan y coexisten espacialmente,
yendo desde las comunidades de cazadores y recolectores nómadas hasta las
sociedades en vías de organización estatal de la sierra nevada de Santa Marta y
el altiplano cundiboyacense (tabla 4).

Cf. Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Colombia. Londres: Thames and Hudson, 1965.


118

Cf. Bray, Warwick y Moseley, Edward. Una secuencia arqueológica en las vecindades de Buga,
119

Colombia. En: Cespedesia, vol. 5, núms. 17-18, 1976, pp. 55-78. Bruhns, Karen. Ancient Pottery of
the Middle Cauca Valley. En: Cespedesia, vol. 5, núms. 17-18, 1976, pp. 101-196. Broadbent, Sylvia.
Tradiciones cerámicas de las altiplanicies de Cundinamarca y Boyacá. En: Revista Colombiana
de Antropología, vol. 16, 1974, pp. 223-248.
Cf. Reichel-Dolmatoff, óp. cit., p. 25.
120

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La prehistoria en un país letrado 179

Tabla 4. Secuencia de etapas arqueológicas de la prehistoria de Colombia propuesta


por Reichel-Dolmatoff (1965)
Etapa Indicadores culturales
Cazadores y recolectores tempranos (paleoindio) Nómadas
Habitantes de túmulos de concha (arcaico o preformativo) Sedentarios
Horticultores tempranos (f ormativo) Agricultura incipiente
Culturas subandinas Colonización basada en el cultivo de maíz
Jefaturas de tierras bajas Organización política jerarquizada
Federaciones de aldeas (Estados incipientes) Vida urbana
Fuente: Elaborada basándose en Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Colombia. Londres: Thames and Hudson, 1965,
pp. 43 y 45.

La transición de una etapa a otra fue explicada según la adaptación a cambios


climáticos y gracias a la implementación de tecnologías de aprovechamiento de
los recursos de flora y fauna o, más tarde, de estrategias de producción agrícola.
Ya no se trata de una “influencia” del medio sobre el carácter de los pueblos, sino
de una relación ecosistémica y bidireccional entre el hombre y el medio ambiente.
El esquema de tierras bajas y tierras altas no es ya el que define de forma auto-
mática el grado de desarrollo cultural de las sociedades. Ahora se trata de formas
de organización social y política que, en vista de la densidad y nucleación de los
asentamientos, las jerarquías políticas y la magnitud y grado de cohesión territo-
rial, son calificadas como más o menos desarrolladas. Se trata de una arqueología
a medio camino entre el enfoque histórico-cultural y el neoevolucionismo, donde
las “áreas culturales” comienzan a perder importancia frente a las “etapas de desa-
rrollo”. Se trata, además, de una arqueología que requiere establecer una estrecha
relación con conceptos y procedimientos provenientes de la ecología, encamina-
dos a reconstruir procesos de transformación de las condiciones ambientales.121
Reichel consideraba que el estudio de la prehistoria colombiana estaba aún en
sus etapas iniciales. A pesar del largo interés demostrado por los restos arqueoló-
gicos desde finales de la Colonia, sólo a partir de los derroteros trazados por Rivet
habría sido posible emprender “excavaciones sistemáticas”.122 Con todo, creía
que seguía predominando una arqueología dedicada al estudio de monumentos
y tumbas en unas pocas regiones, cuando la mayoría de evidencias arqueológicas

121
Ibídem, p. 26.
122
Ibídem, pp. 23 y ss.

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18 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

que permitían reconstruir el pasado prehistórico de Colombia estaban represen-


tadas por cientos de sitios compuestos sólo de fragmentos de cerámica y restos de
artefactos líticos, dispersos por la complicada geografía del país. Esta situación
hacía la diferencia respecto de la arqueología que podía ser desarrollada en países
como Perú y México, donde abundaban las evidencias de carácter monumental.123
Al mismo tiempo se podían confeccionar otros mapas de la arqueología de
Colombia. Entre 1954 y 1966 se publicaron lujosas ediciones en que se presenta-
ban las colecciones del Museo del Oro del Banco de la República, así como otras
piezas suntuosas que reposaban en los museos de Europa y Norteamérica. Su
autor, José Pérez de Barradas, ofrecía una distribución geográfica de estilos or-
febres diferenciados entre sí por rasgos tecnológicos y estilísticos.124 Los estilos
quimbaya, calima, zenú, muisca, tayrona, nariño, tumaco, darién y tolima eran
la manifestación de otras tantas culturas arqueológicas que habían logrado de-
sarrollar la metalurgia en épocas precolombinas (figura 9).
Aun cuando casi todos los objetos en que se basaba la clasificación provenían
de guaquería y, por lo tanto, no ofrecían datos ciertos de procedencia y contexto,
Pérez de Barradas trató de suministrar una cronología con las fechas de probable
aparición y desaparición de cada estilo orfebre, basándose en la comparación
estilística con artefactos provenientes de excavaciones o en la seriación de los
atributos de acuerdo con una lógica de perfeccionamiento o degradación de
las técnicas y las formas. A diferencia de Reichel-Dolmatoff, las relaciones entre
estilos o fases de un mismo estilo fueron interpretadas en términos de difusiones,
invasiones y catástrofes.
La importancia del mapa arqueológico que ofrecía Pérez de Barradas y de
otros similares que produjo el Museo del Oro desde la década de los sesenta es-
triba en su rol activo en la proyección de una geografía de la prehistoria colom-
biana hacia el público local e internacional. Este esquema de estilos orfebres, que
actualizaba en gran parte las zonas arqueológicas, definidas por Hernández de
Alba veinte años atrás, permitía vincular el discurso arqueológico con la geografía
política del país de una manera impactante (figura 10).

Ibídem, p. 25.
123

Pérez de Barradas, José. Orfebrería prehispánica de Colombia. Estilo calima. Madrid: Talleres
124

Gráficos Jura, 1954. Del mismo autor: Orfebrería prehispánica de Colombia. Estilos tolima y
muisca. Bogotá: Museo del Oro del Banco de la República, 1958, y Orfebrería prehispánica de
Colombia. Estilo quimbaya y otros. Madrid: Heraclio Furnier, 1966.

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La prehistoria en un país letrado 181

Fig. 9. Mapa de distribución de estilos orfebres según José Pérez de Barradas (1966)
Fuente: Pérez de Barradas, José. Orfebrería prehispánica de Colombia. Estilo quimbaya y otros. Madrid: Heraclio
Furnier, 1966.

Fig. 10. Mapa de regiones orfebres de Colombia, elaborado por Clemencia Plazas
y Ana María Falchetti (1978)
Fuente: Tomado de Plazas, Clemencia y Falchetti, Ana María. Orfebrería prehispánica de Colombia.
En: Boletín Museo del Oro, vol. 1, 1978, pp. 1-53.

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18 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Los nombres sonoros de sociedades indígenas del siglo xvi, vinculados con los
diseños característicos de cada estilo —el poporo quimbaya, la balsa muisca, la
máscara calima o la silueta tolima—, todo ello materializado en el precioso metal,
hizo de los estilos orfebres símbolos emblemáticos del “arte” precolombino, que
desde tiempos remotos había dado identidad cultural a las regiones colombia-
nas. Éstos y otros emblemas se reproducían en billetes, monedas y estampillas,
que transmitían hacia adentro y hacia fuera un mensaje simultáneo de identidad
regional y nacional (figuras 11 y 12).

Fig. 11. Billetes emitidos por el Banco de la República entre 1963 y 1983, con
representaciones arqueológicas de la balsa muisca, la estatuaria de San Agustín
y objetos de orfebrería
Fuente: Colección particular del autor.

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La prehistoria en un país letrado 183

Fig. 12. Sellos postales emitidos hacia 1978 con representaciones de las culturas
arqueológicas san agustín, calima, tairona, tolima y muisca
Fuente: Colección particular del autor.

Ejercicios posteriores capitalizaron la funcionalidad de este esquema. Así, por


ejemplo, en la serie de catálogos que el Banco Popular publicó entre 1988 y 1992,
bajo el nombre de Arte de la tierra, las más suntuosas formas cerámicas quieren
mostrar que la perfección artística alcanzada en los objetos metálicos también
estaba presente en las piezas de alfarería de cada cultura arqueológica. En este
caso, detrás de los emblemas artísticos de las culturas muisca, tumaco, quimbaya,
etc. aparecen textos breves en los que se informa sobre la cronología y las carac-
terísticas de las sociedades que producían la cerámica.
Otra variante del esquema —elaborada por Lucía Rojas de Perdomo en 1995—
presenta una visión panorámica de la arqueología colombiana en la que se inte-
gran los artefactos líticos, la cerámica y la orfebrería, para producir un mosaico
de culturas arqueológicas antecedidas por una breve mención de los cazadores y
recolectores (“primeros pobladores de Colombia”) y los inicios de la agricultura.
Lo novedoso reside en que a cada emblema se le añade un rasgo que definiría la
personalidad de cada cultura: los muiscas son filósofos y comerciantes; los tairo-
nas, constructores insignes; los de San Agustín, escultores precolombinos; los de

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18 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Nariño, artistas de la orfebrería y la cerámica; los sinúes, orfebres e ingenieros, y


así sucesivamente. Se trata de una caracterización de las sociedades precolom-
binas en términos de nobles profesiones y oficios modernos. Con este exotismo,
los términos en que había sido efectuada la exaltación de los muiscas por parte
de los anticuarios del siglo xix son ahora aplicados a las demás regiones del país.
Por último, resulta conveniente referirnos a una tercera mirada sobre la arque-
ología de Colombia en la década de los sesenta. En la Historia extensa de Colom-
bia, obra preparada por la Academia Colombiana de Historia, el primer volumen
estuvo dedicado a la prehistoria, a cargo de Luis Duque Gómez.125 A diferencia de
los balances anteriores, aquí se ponen de manifiesto varios aspectos que matizan
la discontinuidad introducida por los enfoques de los arqueólogos europeos en la
década de los cuarenta. Se trata de una síntesis de la arqueología colombiana di-
vidida en dos partes. En la primera, con un estilo narrativo semejante al de los
historiadores académicos,126 Duque ofrece un recuento de lo que habría sido el
interés por los objetos arqueológicos comenzando por los cronistas del siglo xvi,
pasando por los anticuarios del siglo xix e inicios del xx, en quienes reconoce
la figura de “precursores” de una “moderna escuela americanista”, hasta llegar a la
institucionalización de la antropología en Colombia. En esa trayectoria, ofrece
un resumen del tratamiento del problema de los orígenes del hombre americano
en esos mismos períodos, para llegar a puntualizar sobre las ventajas que ofrecía
para su resolución el método de datación por radiocarbono.
Este tema, es en opinión de Duque, el objeto de un debate, cuyas tesis funda-
mentales habían sido planteadas ya desde el siglo xvi. Considera que “fue preci-
samente en la madre patria donde se inició esta discusión, que aún plantea serios
interrogantes después de cuatro siglos, no obstante los evidentes progresos que
ha logrado la ciencia antropológica en lo que va corrido de la presente centuria”.127
Se trata de una visión continuista y acumulativa de la historia de la arqueología,
cuyos progresos recientes son debidos al desarrollo de novedades tecnológicas

Duque, Prehistoria. Etnohistoria y arqueología, óp. cit.


125

Para emplear el término en el sentido que le da Melo, al referirse a la manera rutinaria de concebir
126

la historia que en la mayoría de los casos ha operado en el seno de la Academia Colombiana de


Historia. De hecho, Luis Duque Gómez era miembro de esa corporación. Cf. Melo, Historiografía
colombiana, óp. cit., p. 22.
Duque, Prehistoria. Etnohistoria y arqueología, óp. cit., p. 48.
127

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La prehistoria en un país letrado 185

más que a los cambios de enfoque teórico. Pero, además, es una mirada que esta-
blece una continuidad entre el saber histórico de origen hispano, los anticuarios
del siglo xix y la antropología del siglo xx.
En la segunda parte se presentan “las culturas indígenas de Colombia”. El es-
quema empleado no define etapas evolutivas o períodos históricos. Se trata de un
recuento de los hechos de la Conquista, que sigue la narrativa de los cronistas y la
aprovecha para efectuar apuntes sobre la localización; las formas de organización
jurídica, política, social y religiosa; la disminución demográfica, y la guerra entre
los indígenas. Luego, con apoyo en las mismas fuentes, son enunciadas detallada-
mente las diferentes expresiones culturales: deformaciones corporales, viviendas,
cultivos y alimentos, transporte, arte rupestre, cerámica, textiles y orfebrería.
Aquí las evidencias arqueológicas adquieren el valor de testimonios que com-
plementan lo dicho en las noticias escritas, asumiendo una misma profundidad
temporal entre unos y otros, salvo en el caso de algunas fechas de radiocarbono
que indican una mayor antigüedad.
En síntesis, las miradas a la arqueología de Colombia que estaban en capa-
cidad de hacerse hacia las décadas de los sesenta y setenta, veinte años luego
de iniciado el ejercicio profesional de la arqueología en el país, oscilan entre un
enfoque que combina elementos histórico-culturales y neoevolucionistas,
un enfoque histórico-cultural al estilo europeo y un enfoque que combina ele-
mentos histórico-culturales con la forma particular de apreciación que habían
desarrollado los anticuarios en el siglo xix. El primero (Reichel-Dolmatoff) sitúa
el ejercicio de la arqueología muy cerca del desarrollo de la ecología y los saberes
de las ciencias naturales, y es capaz de producir unas temporalidades prehistóri-
cas no mediadas necesariamente por cronologías históricas; el segundo (Pérez de
Barradas) afilia la arqueología a la historia del arte prehistórico, de tal modo que
la autonomía de la mirada sobre la cultura material llega hasta donde las catego-
rías occidentales de arte monumental y refinado lo permiten; el tercero (Duque
Gómez) se acerca al estudio de la cultura material desde la orilla de la historia
académica, con una fuerte dependencia frente a la documentación escrita, en una
situación similar a la que, en su momento, tuvo la arqueología histórica en Europa.
Ahora bien, desde una perspectiva geopolítica, el primer enfoque demuestra
de manera clara el cambio de gravitación de la arqueología colombiana desde
el modelo académico europeo al norteamericano. Este último sería finalmente

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18 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

adoptado cuando se constituyeron los departamentos de antropología en los que


se imparte la formación en arqueología. El segundo enfoque mantiene el modelo
europeo de una arqueología histórico-cultural, relacionado de forma estrecha
con las finalidades políticas de reconstruir un pasado glorioso como respaldo a
las narrativas nacionales. En el caso de Colombia, la confección de un mosaico
geográfico de emblemas culturales precolombinos fue funcional al propósito de
fortalecer la identidad nacional a la par que las identidades regionales, como una
forma de naturalizar la geografía política del país. Por último, el tercer enfoque
mantiene elementos de continuidad con la diferencia colonial y el colonialismo
interno que se configuró entre las élites criollas e ilustradas del siglo xix. Lo pre-
histórico se constituye en una anterioridad que diferencia lo indígena de lo his-
pano, al tiempo que naturaliza la diferencia en el presente. Con todo, en los tres
casos no existe duda en cuanto a que lo prehistórico en América corresponde a
lo precolombino y que la arqueología tiene unos límites cronológicos precisos de
desempeño, que no van más allá del siglo xvi y que no exceden la esfera social y
cultural de lo indígena.
Estas diversas formas de hacer arqueología en Colombia, cuyos matices hemos
simplificado para efectos descriptivos, pero cuyos límites son en la práctica difu-
sos, se proyectan hasta finales del siglo xx y se suman a nuevas tendencias que
señalan la necesidad de reflexionar de forma crítica sobre el ejercicio de la arqueo-
logía en Colombia, así como la posibilidad de subvertir las fronteras cronológicas
y sociales de la prehistoria, que supone una arqueología histórica.
Durante las décadas de los setenta y noventa, los arqueólogos colombianos
se apropiaron, en grados variables, de los postulados de la arqueología procesual
nortea-mericana o de enfoques próximos que comparten enunciados neoevolu-
cionistas y conceptos y métodos de corte ecológico. En algunos casos, las tesis
de cientificidad basadas en el modelo hipotético-deductivo han sido propuestas
como garantía de seriedad de lo que sería una arqueología objetiva, por contraste
con su ejercicio tradicional, tildado de poco riguroso, especulativo e irreflexivo.128

Cf. Cárdenas, Felipe. La arqueología en Colombia. ¿Inducimos, deducimos o imaginamos?


128

En: Revista de Antropología y Arqueología, vol. 3, núm. 2, 1987, pp. 157-165. Llanos, Héctor. La
objetividad científica de la investigación arqueológica en Colombia. En: Uroboros, núm. 1, 1987,
pp. 22-28.

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La prehistoria en un país letrado 187

No obstante, en la mayoría de los casos, los arqueólogos han aprovechado


más las aplicaciones metodológicas y las técnicas que los enfoques procesuales
y ecológicos dieron a conocer, que su andamiaje teórico. En estos casos, técnicas
con cierta sofisticación —como la identificación y análisis de polen fósil, fitolitos,
otros restos botánicos y arqueozoológicos— se aplican en el marco de estudios
que proceden de acuerdo con criterios de ordenamiento espacio-temporal de las
evidencias, cercanos al enfoque histórico-cultural.
Desde otra perspectiva, tanto las aplicaciones metodológicas como los enun-
ciados derivados de los enfoques ecológicos han llegado a conformar el marco
analítico e interpretativo según el cual se desarrollan las investigaciones. A partir
de correlaciones entre cambios paleoambientales, transformaciones tecnológicas
y funcionales de los artefactos y, en ocasiones, de las modificaciones antrópicas de
los entornos ecológicos, se proponen explicaciones del cambio social en términos
de la adaptación de las sociedades a las condiciones ambientales.129
Frente a esta alternativa externalista de explicación del cambio social, pueden
identificarse otros estudios que, aun cuando basados en modelos provenientes
de la arqueología norteamericana, no pueden considerarse en estricto sentido
como procesuales. Éstos conceden a la dinámica interna de las sociedades la
capacidad de generar transformaciones en sus estructuras políticas, sociales y
económicas. Se trata de investigaciones que adoptan una escala amplia de análi-
sis espacio-temporal, con el ánimo de identificar discontinuidades diacrónicas
en los patrones de jerarquía de los asentamientos, en su distribución respecto de
los recursos bióticos y abióticos, en las dinámicas demográficas y las estrategias
económicas, lo que en su conjunto remite a procesos de cambio social, con espe-
cial atención a la complejización de las estructuras sociopolíticas.130

Cf. Correal, Gonzalo. Evidencias culturales y megafauna pleistocénica en Colombia. Bogotá:


129

Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la República, 1981. Plazas, Clemencia


et ál. La sociedad hidráulica zenú. Estudio arqueológico de 2000 años de historia en las llanuras del
Caribe colombiano. Bogotá: Banco de la República, 1993. Herrera, Luisa. Agricultura aborigen y
cambios de vegetación en la Sierra Nevada de Santa Marta. Bogotá: Fundación de Investigaciones
Arqueológicas del Banco de la República, 1985. Cavelier, Inés et ál. Estabilidad y dinámica
agrícola: las transformaciones de una sociedad amazónica. En: Mora, Santiago. Ingenierías
prehispánicas. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología, 1990, pp. 73-109.
Cf. Drennan, Robert. Las sociedades prehispánicas del Alto Magdalena. Bogotá: Instituto
130

Colombiano de Antropología e Historia, 2000. Langebaek, Carl. Arqueología regional en el


territorio muisca. Estudio de los valles de Fúquene y Susa. En: Latin American Archaeology,
núm. 9, 1995.

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18 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Desde esta última perspectiva, se puede observar un acercamiento a las teorías


de la antropología política, pero en su gran mayoría los estudios arqueológicos
realizados en las últimas décadas en Colombia han efectuado una incorporación
de modelos, enunciados y procedimientos provenientes de las ciencias natu-
rales, notablemente de la ecología. Son pocos los acercamientos a las teorías
sociales. Así, por ejemplo, son escasos los estudios que han empleado modelos
estructuralistas o simbólicos para tratar de interpretar la iconografía presente
en la estatuaria precolombina,131 mientras que las repercusiones locales de la
arqueología social latinoamericana han sido leves en comparación con países
como Venezuela o Perú.132
En Colombia, el modelo de pertenencia de la arqueología a la antropología
mostró un grado importante de coherencia mientras se siguió la agenda de Rivet
y, luego, cuando se introdujeron elementos del neoevolucionismo antropológico
norteamericano a la arqueología. Entonces, se podía aspirar a hacer una antro-
pología total. Pero luego esta coherencia se fue haciendo cada vez más débil por la
falta de interés de los arqueólogos en introducirse en ámbitos centrales del debate
antropológico, como el funcionalismo y el estructuralismo, y, más tarde, por una
cierta renuencia a incorporar derivaciones del marxismo y de las teorías críticas
poscoloniales. Así, la arqueología pronto empezó a ser vista como una práctica
exótica que no participaba de forma activa en la agenda de la antropología.
Por otra parte, se avanzaba en un distanciamiento respecto de la historia. Aun
cuando muchos arqueólogos han seguido remitiéndose a las crónicas y la docu-
mentación de archivo en busca de información sobre la población indígena del
siglo xvi, ello no ha implicado un manejo de conceptos o enunciados provenientes
de las teorías históricas. Este procedimiento, que por lo general es visto como una
articulación entre la arqueología y la etnohistoria, se basa en la extrapolación de
lo dicho en las crónicas y documentos de archivo, a la interpretación de los datos
arqueológicos correspondientes a períodos tardíos de la época precolombina. Se
trata de una aplicación del método histórico directo, que no siempre considera

Cf. Velandia, César. San Agustín. Arte, estructura y arqueología. Bogotá: Banco Popular, 1994.
131

Llanos, Héctor. Los chamanes jaguares de San Agustín. Génesis de un pensamiento mitopoético.
Bogotá: Cuatro y Cía., 1995.
Cf. Angulo, Carlos. La tradición malambo. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas
132

del Banco de la República, 1981.

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La prehistoria en un país letrado 189

las profundas transformaciones sociales que afectaron a las sociedades indígenas


en el primer siglo de la Colonia. No obstante, lo más importante, la interpretación
de las evidencias arqueológicas adquiere un carácter secundario frente la interpre-
tación de las fuentes escritas, lo que reproduce el lugar dado a las materialidades
en la arqueología histórica de corte clásico.
Entonces, mientras en términos generales la arqueología se ha alejado de la
historia, cuando el acercamiento a la documentación escrita se ha hecho impera-
tivo, dada la adyacencia cronológica de los datos, la capacidad de interpretación
de la cultura material ha adquirido un lugar secundario.

La arqueología en la historia reciente de Colombia

Los términos e implicaciones del alejamiento operado entre la arqueología y


la historia en Colombia durante las últimas décadas se hacen también visibles
cuando se indaga por el lugar que los historiadores han dedicado al período pre-
colombino y al trabajo de los arqueólogos. En 1977, el historiador Jaime Jaramillo
Uribe dedicó un aparte a la “realidad prehispánica” en su libro La personalidad
histórica de Colombia. Allí decía:

A la llegada de los españoles, el territorio que hoy forma la República de Colom-


bia estaba habitado por una pluralidad de pueblos y culturas indígenas ubicadas
en un territorio complejo, de difíciles comunicaciones, formado por un mosaico de
paisajes y climas. En un territorio de más de un millón de kilómetros cuadrados,
situado en pleno trópico, cruzado por tres grandes cordilleras que forman una
abigarrada sucesión de valles, cuencas fluviales, altiplanicies y llanuras, habitaba
también un abigarrado mosaico de comunidades sin unidad política ni cultural.133

Casi de forma simultánea, Jaramillo dirigía la edición del primer tomo del
Manual de historia de Colombia, encargando a Gerardo Reichel-Dolmatoff de ela-
borar el primer capítulo. Este último introduce su “exposición de la prehistoria
colombiana” en los siguientes términos:

Jaramillo, Jaime. La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos. Bogotá: El Ancora, 1994,
133

p. 24. Las cursivas son del autor.

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19 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

Las llanuras, las cordilleras, las costas, y los ríos de Colombia han sido, desde
hace miles de años, el terruño, el sustento y el continuo estímulo de un sinnúmero
de seres humanos que, desde los albores de los tiempos hasta la conquista es-
pañola, han desarrollado aquí sus diversas formas culturales de acuerdo con su
respectivo equipo intelectual y tecnológico. Este lento proceso de adaptación ha
llevado a la acumulación de un gran acervo de experiencias referentes a recursos
naturales, a las ventajas o desventajas de ciertas zonas climáticas y muchos otros
aspectos más que siguen siendo de apremiante importancia para nuestra época.
En este sentido, la arqueología recobra vida palpitante, pues, por donde estemos,
nos vemos en presencia del ingenio humano que, a través de los milenios, trató de
hacer de esta tierra un hogar.134

El contraste es evidente. Para Jaramillo el pasado indígena precolombino es


intemporal, estático y tan abigarrado como la geografía tropical. Para Reichel, es
un proceso de miles de años, dinámico y rico; entre tanto, la geografía es un medio
culturalmente apropiado y sentido. Si bien es cierto que el director del Manual
advertía ya en la introducción sobre la ausencia de un esquema teórico que articu-
lara los diferentes textos que componen la obra,135 la circunscripción espacial al
territorio colombiano y la antecedencia cronológica de la prehistoria son virtual-
mente los únicos vínculos que el texto de Reichel tiene con el resto del libro. Por
lo demás, el título del capítulo “Colombia indígena: período prehispánico” es un
enunciado categórico de la delimitación del objeto de estudio de la arqueología
por oposición a la historia: las evidencias materiales de las sociedades indígenas
durante el período prehispánico.
El Manual fue concebido como una “nueva síntesis del pasado nacional que
no sólo presentará aspectos tratados pasajeramente o marginalmente por la
historiografía tradicional, sino también abordará dichos temas utilizando los
métodos y conceptos que en los últimos años han renovado la investigación

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Colombia indígena. Período prehispánico. En: Manual de historia


134

de Colombia. Tomo I. Bogotá: Procultura, 1984, p. 33. Las cursivas son del autor.
Jaramillo, Jaime. Introducción. En: Manual de historia de Colombia. Tomo I. Bogotá: Procultura,
135

1984, p. 28.

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La prehistoria en un país letrado 191

histórica”.136 Esta nueva historiografía, crítica de la historia académica, intere-


sada por la historia cultural, económica y social, incorporaba planteamientos
de la historiografía alemana de principios del siglo xx, la historia económica y
social británica, el marxismo y la escuela francesa de los Annales. En general,
se trataba de un cambio en la concepción de la realidad histórica misma y en el
tratamiento de los documentos. Se rompía con la identificación entre historia
y acción del Estado, una crítica al culto de los personajes políticos, militares y
eclesiásticos de la historia patria y una matización de la idea de que la realidad
histórica subsiste a la investigación histórica y reposa en los documentos.137
No obstante, en el curso de estas transformaciones, la historiografía colom-
biana no consideró necesario replantear sus relaciones con la arqueología, no
sólo en términos de la valoración dada a lo indígena precolombino dentro del
proceso de formación de la sociedad colombiana, sino en términos del lugar que
podría tener la investigación de la cultura material dentro del estudio de la his-
toria. Tal como había ocurrido en 1910 con la Historia de Colombia, escrita por
Henao y Arrubla, en 1965, con el proyecto académico de La historia extensa de
Colombia, y después con la Nueva historia de Colombia, de 1989, donde aparece
el mismo texto de Reichel elaborado para el Manual,138 la incorporación de un
capítulo dedicado a la arqueología dentro de las obras generales sobre la historia
de Colombia correspondía más a la necesidad de contar con un sustrato prehistó-
rico para fijar los comienzos de la historia, que al propósito de articular los datos
arqueológicos en la tarea de comprender el proceso histórico de conformación
del país. Dicho sustrato, no es de extrañar, es tratado en la misma categoría de
las condiciones geográficas y naturales sobre las cuales comienza la historia pro-
piamente dicha.
Como cosa extraordinaria, en 1966 Jaime Jaramillo Uribe, en uno de sus Ensayos
de historia social, había dejado abierta la posibilidad de que la arqueología terciara
en el debate sobre la densidad de la población indígena precolombina, tema que,
haciendo parte de la historia cuantitativa, resultaba de particular importancia

Ibídem, p. 17.
136

Cf. Melo, Historiografía colombiana, óp. cit., pp. 24 y ss.


137

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Colombia indígena. Período prehispánico. En: Nueva historia de


138

Colombia. Volumen 1. Bogotá: Planeta, 1989, pp. 27-68.

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19 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

para los “nuevos historiadores” colombianos. Después de examinar la información


disponible en las crónicas de Conquista y de confrontar algunos estimativos de
población hechos por arqueólogos e historiadores, Jaramillo llega a la cifra apro-
ximada de un millón de indígenas que habitaban el territorio de Colombia en el
siglo xvi. Entonces dice: “Cualquier modificación de un guarismo semejante sólo
podría venir en el futuro de minuciosas investigaciones arqueológicas, ya que las
fuentes bibliográficas y los documentos de archivo de que disponemos hasta el mo-
mento no parecen brindar apoyo a una conclusión diferente”.139 Sin embargo, los
estudios arqueológicos que se efectuaban por entonces en el país no consideraban
la realización de investigaciones dirigidas de forma expresa a examinar dinámicas
demográficas. Sólo en la década de los noventa esa perspectiva sería considerada,
aun cuando los términos en que serían expresadas las dinámicas demográficas
distarían mucho de poder ofrecer números concretos a los cliometras.140
Salvo la difícil tarea que proponía Jaramillo a los arqueólogos, durante la
segunda mitad del siglo xx no parece haber existido mucho interés por tratar
de articular los trabajos de la arqueología a las nuevas agendas de la historia
colombiana. De hecho, esa posibilidad no aparece en los ejercicios reflexivos
sobre la historiografía del país. En 1979, al efectuar un balance de los estudios
históricos en Colombia, Jorge Orlando Melo iniciaba diciendo: “La historiografía
colombiana comienza con la Conquista”, que remitía inmediatamente al lector a
un pie de página donde aclara: “Hemos excluido aquí la discusión de los trabajos
de historiadores y antropólogos sobre las civilizaciones prehispánicas”. Sin que
medie alguna explicación, el autor remite al lector que eventualmente estuviera
interesado en ese período a explorar las obras de Gerardo Reichel-Domatoff y

Jaramillo, Jaime. Ensayos de historia social. Tomo I. La sociedad neogranadina. Bogotá: Tercer
139

Mundo, 1994, p. 144.


En los estudios ya mencionados de Drennan y Langebaek, la pregunta por la demografía es
140

central. No obstante, las características mismas del registro arqueológico, las metodologías
de muestreo y la resolución temporal que maneja la arqueología hacen difícil llegar a hablar
en términos de un número de población para una época específica. El valor de los datos
demográficos obtenidos en estos estudios es comparativo y, aun cuando tenga una expresión
cuantitativa, es establecido según proporciones relativas de población que aumenta o desciende
en el tiempo. Cf. Drennan, óp. cit. Langebaek, Arqueología regional en el territorio muisca,
óp. cit. Recuérdese cómo este problema ha sido explorado por algunos arqueólogos europeos y
norteamericanos que han querido efectuar un acercamiento a la escuela de Annales.

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La prehistoria en un país letrado 193

Luis Duque Gómez, a las que, no obstante, objeta el contener “bibliografías ade-
cuadas aunque no exhaustivas sobre el tema”.141
Entre tanto, en balances más recientes el problema tampoco merece trata-
miento;142 son frecuentes los reclamos marginales a la capacidad de respuesta que
los arqueólogos tendrían para aportar a la historia. El mismo Melo decía en 1977:

Los estudios sobre los primeros grupos humanos en Colombia y su desarrollo


hasta la época del descubrimiento europeo son aún escasos y pobres. Apenas se
han realizado excavaciones arqueológicas en una parte mínima del territorio donde
podrían encontrarse restos de culturas prehistóricas; los hallazgos de herramien-
tas o cerámicas han sido analizados en forma no muy sistemática y estudios que
podrían llevar a conclusiones más o menos firmes sobre poblaciones muy alejadas
en el tiempo, como los basados en la magnitud de los residuos orgánicos, están por
fuera de las posibilidades de los investigadores colombianos.143

Es claro que esta crítica desconocía muchos de los trabajos efectuados en la


arqueología de Colombia para la época; pero, más que un problema de desinfor-
mación, se trata de una cierta desconfianza frente a la capacidad analítica de los
arqueólogos. Ello se evidencia en un comentario más reciente de Hermes Tovar
Pinzón, a quien se debe una de las producciones más importantes sobre la his-
toria de la Colonia temprana, es decir, justo allí donde arqueología e historia se
encuentran por la forzosa adyacencia de las cronologías. En 1993, a propósito de
lo que debería ser una historia que trabaja de la mano con la antropología y la ar-
queología señalaba: “Los arqueólogos, con su bolsa de miles de años a cuestas, y los
etnólogos, con los 500 años de supervivencia agujereada, ayudarán a la construc-
ción histórica siempre atenta a sus logros, a su imaginación y a su sabiduría”.144
Pero qué tan atenta ya que, en su concepto:

Melo, Historiografía colombiana, óp. cit., p. 15.


141

Cf. Tovar, Bernardo, editor. La historia al final del milenio. Ensayos de historiografía colombiana
142

y latinoamericana. 2 vols. Bogotá: Editorial Universidad Nacional, 1994. Ortiz, Carlos y Tovar,
Bernardo, editores. Pensar el pasado. Bogotá: Archivo General de la Nación, 1997.
Melo, Jorge. Historia de Colombia. La dominación española. Bogotá: Presidencia de la República,
143

1996, p. 39.
Tovar, Hermes. Relaciones y visitas a los Andes. Siglo xvi. Bogotá: Colcultura, 1993, p. 22.
144

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19 4 La arqueología entre la historia y la prehistoria

La arqueología en Colombia debería cambiar sus métodos de investigación,


introduciendo a los futuros arqueólogos en una lectura sistemática de la literatura
histórica de las regiones que aspiran a trabajar. Tal actividad debería realizarse an-
tes de lanzarse al campo a buscar restos materiales, que van bautizando capricho-
samente con cualquier nombre, introduciendo confusión en la comprensión del
mundo que se vivía al momento de la conquista.145

Esta breve referencia, localizada a pie de página, implica varios aspectos co-
yunturales. En primer lugar, la consideración acerca de la consulta de las fuentes
escritas de la historia como condición que debe determinar el curso de las inves-
tigaciones arqueológicas. Una suerte de preeminencia de la escritura sobre la
observación de la materialidad, eco del primado del tiempo y la escritura sobre el
espacio y las materialidades que ha caracterizado el pensamiento occidental, pero
que termina por simplificar la “profundidad temporal” de la historia y acaso in-
vita al anacronismo, en la medida en que parte del enunciado tácito según el cual
las reconstrucciones de la configuración sociocultural y territorial del siglo xvi
deben corresponder con las dinámicas y procesos que la antecedieron, en muchos
casos, durante milenios.
Este reduccionismo es, de forma paradójica, el mismo que ha llevado a que los
denominados estudios etnohistóricos hayan sentado las bases interpretativas de
buena parte de la arqueología de Colombia y resultado en numerosos intentos por
acoplar la diversidad de la cultura material a las categorías de adscripción étnica
que se han querido reconstruir basándose en la mención de provincias, pueblos
y naciones efectuada por los cronistas y escribanos españoles: cultura quimbaya,
cultura tayrona, cultura muisca…
Precisamente el otro tema que preocupa a Tovar es el de las denominaciones
dadas por los arqueólogos a los “restos materiales”. Parecería preferir esta nomen-
clatura de culturas arqueológicas que se llaman como las provincias indígenas
del siglo xvi, frente a esos nombres impersonales y técnicos que los arqueólogos
utilizan cuando quieren escapar al anacronismo etnohistórico: cerámica guata-
vita-desgrasante-de-tiesto en lugar de muisca, cerámica mosquera-rojo-inciso en
lugar premuisca, complejo marrón-inciso en lugar de cerámica quimbaya clásica…

Ibídem, p. 21.
145

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La prehistoria en un país letrado 195

En sentido estricto, el reclamo de Tovar no es contra la arqueología, se queja de


que los arqueólogos no sean historiadores (que no hablen como historiadores
y que no hagan historia antes de hacer arqueología).
Se trata de un problema de jerarquización e inconmensurabilidad entre cam-
pos de comunicación diferentes, atizado por el alejamiento que la arqueología
como ciencia del hombre ha efectuado de la historia y de la centralidad del texto
escrito que algunos historiadores han erigido consciente o inconscientemente,
como estatuto de verdad y relevancia de la historia. Desde la orilla de la historio-
grafía, la arqueología es atisbada por lo general como una disciplina imperfecta
e impertinente. Insuficiente, limitada en sus métodos, en sus avances, en su len-
guaje. Desde la orilla arqueológica, la historia es el límite cronológico y social
donde termina lo indígena prehispánico. Paradójicamente, al acercarse a esos
límites, e incluso franquearlos, se llega por lo general asumiendo una posición
dependiente frente al poder de los textos escritos.

Conclusiones

El examen del proceso de formación e institucionalización de la arqueología


en Colombia permite ver cómo la diferencia entre prehistoria e historia, que en
Europa y Norteamérica es en general vista como una cuestión temporal, adquiere
otras condiciones cuando es considerada en el contexto de un país latinoame-
ricano. En Colombia, los enunciados que comporta el concepto de prehistoria
se fueron articulando entre sí sobre la base de esquemas de ordenamiento de la
alteridad en el período colonial, la construcción de la historia nacional en el siglo
xix y la institucionalización de la arqueología en el siglo xx.
El enunciado de ausencia de escritura encuentra en las colonias americanas
una funcionalidad espacial mucho más robusta que aquella que podría tener en
Europa para la misma época. En América, la diferencia entre ausencia y presencia
de escritura es concomitante a la distinción entre lo cristiano y lo pagano, cuya
expresión espacial es la diferencia entre las ciudades y las villas establecidas por
los españoles y los pueblos de indios, las encomiendas y los territorios no domi-
nados. Además, desde el inicio, la escritura se constituyó en un dispositivo de
dominación de las voces, los cuerpos, los lugares y las materialidades indígenas.
El espíritu, la verdad, la escritura y la memoria conforman un centro desde el

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19 6 La arqueología entre la historia y la prehistoria

cual se van alejando progresivamente, los jeroglíficos, las voces y las materiali-
dades indígenas, hacia el olvido. Estas últimas, situadas en la inferioridad de lo
abyecto, fueron identificadas como evidencia de prácticas satánicas e idólatras,
mientras que la gestualidad y la oralidad de los lenguajes indígenas pretendieron
ser domesticadas mediante el catecismo y la oración. Por su parte, empleando
cédulas reales y demás documentos jurídicos, el territorio —muchas veces desco-
nocido— fue distribuido, dividido y adjudicado. En estricto sentido, la ausencia o
presencia de escritura se mantuvo en un horizonte de contemporaneidad y, en esa
coexistencia de alteridades espaciales, fue donde mejor sirvió al establecimiento
de una geopolítica colonial.
Estas condiciones definieron en buena parte lo que fue el inicio de un interés
continuado por las antigüedades indígenas durante la República. A la imagen
colonial de la escritura como signatura de la verdad divina se superpuso, no sin
antagonismos, la imagen de la imprenta como parte del ideal letrado de las élites
criollas. De este modo, la centralidad de la escritura alfabética resultó exaltada en
su condición de medio por excelencia para edificar las historias nacionales y civi-
lizar al pueblo. Así mismo, el ordenamiento espacial de las alteridades coloniales
se vio fortalecido por la elaboración local de modelos que jerarquizaban las dife-
rencias raciales en virtud del clima y la conformación altitudinal de la geografía.
De forma lenta y sin la eficacia que había demostrado en Europa y Norteamérica,
el segundo enunciado del concepto de prehistoria, esto es, la anterioridad de la
ausencia de escritura, fue incorporado en el proceso de temporalización de las
diferencias espaciales a que conllevó la filosofía del progreso.
En este contexto, el término de prehistoria aparece en la literatura de los anti-
cuarios colombianos relativamente rápido, pero ello no implica una apropiación
cabal como concepto. La diferencia entre ausencia y presencia de escritura no
derivó, como en algunos países europeos, en una acercamiento a las materialida-
des indígenas lo suficientemente autónomo como para producir temporalidades
que no se derivaran de la información escrita. Ello se debe a que las miradas que
observaban las antigüedades lo hacían desde la orilla de la historia. Querían
ver en los jeroglíficos y los objetos indígenas los sustitutos de la escritura y las
bellas artes del mundo occidental. Cuando no se les concedían esos méritos,
las antigüedades eran confinadas, sin ninguna interpretación adicional, al mundo
del salvajismo, la barbarie y lo exótico.

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La prehistoria en un país letrado 197

La falta de preocupación por otorgar a las evidencias prehistóricas una tempo-


ralidad profunda contrasta con la importancia dada a tesis con un alto contenido
espacial como la de distribución altitudinal de los grupos indígenas o la ocurrencia
de migraciones e invasiones. Ello dice de la construcción de una historia patria
que no necesitaba remontarse más allá de las vísperas de la conquista española,
para que, según fuera el caso, pudiera afianzar su independencia de España o de-
mostrar que el proyecto hispano había significado el inicio de la civilización. Pero,
sobre todo, dicho contraste dice de un proyecto de estado-nación que debatía
sus condiciones mismas de posibilidad en un ámbito que era en lo fundamental
espacial: entre una organización político-administrativa de carácter centralista o
federal, con varios centros político-administrativos y territorialidades regionales
en pugna por el control.
A partir de la cuarta década del siglo xx, cuando se institucionalizó la ar-
queología como ciencia auxiliar de la antropología, el concepto de prehistoria
comenzó a adquirir mayor funcionalidad. En el marco de un proyecto político
liberal de modernización del Estado, fueron importados modelos educativos
e investigativos que concebían la arqueología como una ciencia políticamente
neutral y más cercana a las ciencias naturales que a la historia. Los protocolos de
campo y laboratorio se instauraron como rasgos distintivos de una arqueología
científica, en contraste con la especulación de los historiadores aficionados a las
antigüedades. La estratigrafía, las seriaciones tipológicas y, más tarde, las fechas
de radiocarbono permitieron ir suministrando una temporalidad prehistórica a
las diferentes regiones del país. Con ello, para la década de los sesenta se contaba
con suficientes evidencias como para emprender ordenamientos evolucionistas
del pasado precolombino de la nación. Pero de forma paralela, e incluso híbrida,
se mantenían o actualizaban mosaicos espaciales de distribución de culturas
arqueológicas o áreas culturales en la geografía nacional, los que resultaban
funcionales para fortalecer las identidades regionales como parte de un mismo
país y, a la vez, exaltar la singularidad de la nación en el contexto internacional.
Pese al alejamiento que la institucionalización de la arqueología marcó res-
pecto de la historia, cuando los arqueólogos se acercaban a la documentación
escrita, adoptaban con frecuencia una posición subordinada. Las evidencias ar-
queológicas de los períodos más recientes de la época precolombina trataron de
explicarse a partir de las crónicas y demás documentos relativos a la conquista

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19 8 La arqueología entre la historia y la prehistoria

española. De cierto modo, la información arqueológica siguió concibiéndose


como una fuente para el conocimiento del pasado más limitada que la documen-
tación escrita. Pero ello no implicó la adopción de enfoques o metodologías de-
rivadas de la historia.
Con la creación de departamentos de antropología en varias universidades,
la arqueología afianza en las décadas de los sesenta y setenta su condición de
subdisciplina de la antropología, mientras que aumenta su alejamiento respecto
de la historia. Ello es recalcado por la incorporación ecléctica que se hace de
elementos teóricos y metodológicos provenientes de la arqueología procesual
norteamericana o de otros enfoques que destacan la importancia de la ecología
para comprender los procesos sociales y culturales del pasado.
Por su parte, los historiadores, que han provocado una renovación de los
presupuestos básicos de la disciplina, siguieron otorgando a la arqueología una
importancia secundaria, aquella de un capítulo introductorio en los proyectos
generales de historia colombiana. Pocas veces se llegaron a proponer tareas a la
arqueología dentro de la agenda de la nueva historia social y cultural, y cuando
ello ha sucedido, pocos arqueólogos han estado en capacidad de responder en
términos cercanos a los requeridos. Otros historiadores se han atrevido a seña-
lar la precariedad de los métodos y resultados de la arqueología y se han quejado
de la terminología disciplinar. Estas tensiones hacen visible la existencia de dos
campos de comunicación que, hasta cierto punto, han sido inconmensurables.
No obstante, en los últimos años la arqueología colombiana parece haber
estado efectuando un nuevo acercamiento a la historia, en dos perspectivas. En
primer lugar, al considerarse ella misma como un ejercicio mediado por factores
históricos. En segundo lugar, a propósito de la denominada arqueología histórica.
Desde la primera perspectiva, se observa un despliegue importante de textos
expresamente dirigidos a examinar el devenir de la arqueología en Colombia,
que coinciden en concebirla como un campo de conocimiento atravesado por
contingencias, singularidades y tensiones que desbordan su espacio interno y
remiten a los contextos sociales, culturales y políticos en las que éste se inserta.146

Cf. Gnecco, Praxis científica en la periferia, óp. cit. Gnecco, Cristóbal. Sobre el discurso arqueo-
146

lógico en Colombia. En: Boletín de Antropología, núm. 30, 1999, pp. 145-165. Gnecco, Cristóbal
y Piazzini, Emilio, editores. Arqueología al desnudo. Reflexiones sobre la práctica disciplinaria.
Popayán: Universidad del Cauca, 2003. Langebaek, Carl. La élite no siempre piensa lo mismo.
Indígenas, Estado, arqueología y etnohistoria en Colombia (siglos xvi a inicios del xx). En: Revista

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La prehistoria en un país letrado 199

En general, se trata de balances no acumulativos que reclaman una posición


reflexiva del ejercicio disciplinar frente al predominio descriptivo o pretendida-
mente objetivo y neutral de las arqueologías que se venían haciendo antes. Ello
demuestra una apertura de los arqueólogos hacia temas álgidos del pensamiento
social contemporáneo, similar a la que, en otras condiciones, han efectuado las
arqueologías posprocesuales anglosajonas. Pero en estas reflexiones, la pregunta
específica por la naturaleza de las relaciones entre historia y arqueología apenas
se deja ver;147 mientras que una perspectiva reflexiva sobre la geopolítica del
conocimiento arqueológico está ausente.
Por otra parte, desde la década de los noventa han comenzado a efectuarse
estudios que hacen parte de la denominada arqueología histórica. Como hemos
señalado, la arqueología en Colombia ha mantenido unos límites rigurosos de
orden temporal y sociocultural, al haberse concentrado en el estudio de la cultura
material de lo indígena precolombino. Límites asumidos de manera tácita desde
que los anticuarios e historiadores del siglo xix actualizaran la diferencia colonial
entre ausencia y presencia de escritura, y la convirtieran, tímidamente, en una
diferencia temporal. Lo indígena es un límite construido en el mundo colonial; lo
precolombino, un límite fijado por la imaginación histórica republicana. La ar-
queología histórica puede verse como la posibilidad de transgredir esas diferencias.
Pese al estado aún incipiente de esta modalidad, se observan tres niveles de
alcance. En primer lugar, cuando en el transcurso de estudios enfocados en el pa-
sado precolombino los arqueólogos se topan con evidencias de ocupaciones más
recientes y deciden incorporarlas a su investigación. En segundo lugar, cuando la
arqueología es requerida para el apoyo técnico de obras de restauración arquitec-
tónica. Por último, cuando los estudios son expresamente planeados para respon-
der a preguntas y problemas de investigación referidos a un “período histórico”.148

Colombiana de Antropología, vol. 31, 1994, pp. 121-143. Langebaek, Carl. La arqueología des-
pués de la arqueología en Colombia. En: Dos lecturas críticas. Arqueología en Colombia. Bogotá:
Fondo de Promoción de la Cultura, 1996, pp. 9-42. Mora, Santiago y Flórez, Franz, editores. Nuevas
memorias sobre las antigüedades neogranadinas. Bogotá: Colciencias, 1997.
Cf. Langebaek, Carl. Historia y arqueología. encuentros y desencuentros. Historia Crítica [en
147

línea], num. 27, 2004 [citada 20 de abril de 2006]. Disponible en: http://historiacritica.uniandes.
edu.co/html/27/art_langebaek.htm.
Therrien, Monika. Sociedad y cultura material en la Nueva Granada ¿Preferencias o referencias?
148

Aportes de la arqueología histórica en Colombia. En: Revista Colombiana de Antropología,


vol. 33, 1996-1997, p. 9.

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20 0 La arqueología entre la historia y la prehistoria

En los dos primeros casos, la improvisación o las limitaciones de tiempo o fi-


nanciación conducen, a menudo, a un tratamiento descriptivo de las evidencias y
sus contextos de proveniencia y, específicamente, en el segundo caso, a la crónica
de las fases constructivas de un monumento o de una edificación. En ambos casos,
cuando se llegan a proponer interpretaciones sobre lo que esas evidencias signifi-
can en términos sociales, se reproduce o confirma lo ya dicho en las narrativas
históricas. La arqueología histórica no hace más que actualizar la diferencia entre
prehistoria e historia. En el último caso, se supone que la arqueología debe, por
lo menos, producir conocimientos que complementen o amplíen la información
histórica e, incluso, que lleguen a controvertirla.
En un país en el cual la arqueología, desde adentro y desde afuera del ámbito
disciplinar, ha sido cuestionada en su capacidad para producir conocimiento
relevante para comprender los procesos sociales precolombinos, la incursión en
los terrenos de la historia suele estar acompañada de advertencias y retos. No
limitarse a verificar lo escrito es condición para no ser considerada simplemente
una técnica auxiliar de la historia. Para lograrlo es preciso considerar que en el
estudio de la cultura material cabe la posibilidad, por derecho propio, de pro-
ducir conocimiento sobre esferas de la vida social que no suele cubrir la docu-
mentación escrita.149 Cuando la arqueología intenta enfrentar el reto, se desliza
de forma gradual desde la periferia temporal y social de lo indígena precolom-
bino hacia la centralidad de la historia; pero paradójicamente se hace visible el
ámbito de las materialidades y las espacialidades como campo específico del
ejercicio disciplinar.
Así, por ejemplo, la arqueóloga Monika Therrien comenzó a interesarse por el
estudio de la producción alfarera en el período colonial del altiplano cundiboya-
cense y encontró continuidades en la tecnología y el estilo de la alfarería muisca
precolombina, que se interpretaron como prácticas rituales y asentamientos
indígenas, cuya persistencia era posible en la medida en que estaban situados en
la periferia de los centros de poblamiento español.150 Parece como si al pasar el

Cf. Therrien, Monika. Terremotos, movimientos sociales y patrones de comportamiento


149

cultural. Arqueología en la cubierta de la Catedral Primada de Bogotá. En: Revista Colombiana


de Antropología, vol. 32, 1995, p. 180. Langebaek, Historia y arqueología, óp. cit.
Therrien, Monika. Persistencia de prácticas indígenas durante la Colonia en el altiplano
150

cundiboyacense. En: Boletín Museo del Oro, núm. 40, 1996, pp. 89-99.

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La prehistoria en un país letrado 201

umbral de lo precolombino, la arqueología debiera retirarse a las periferias, en la


medida en que allí el poder de la palabra escrita disminuye.
Aún falta ver qué ocurre cuando se trasgrede también el límite de lo indígena.
En otro trabajo posterior de la misma autora, la arqueología se traslada a un centro
de poder español, a la Catedral Primada de Bogotá, para contribuir en el proceso de
restauración arquitectónica del monumento patrimonial.151 Hacer arqueología
de los monumentos históricos y arquitectónicos representa un enorme reto. Do-
cumentar cronológicamente una secuencia constructiva, ayudar al arquitecto en
la tarea de efectuar la restauración más respetuosa de las formas originales son
aportes indudables de la arqueología histórica. Pero no es en ese plano en el que
se puede demostrar que hay una producción de conocimiento sobre procesos y
actores sociales que difícilmente podría ser obtenida de otra manera. En este caso,
Therrien trató de asociar los eventos locales y los cotidianos de construcción de
la catedral, puestos de manifiesto a partir del análisis arqueológico, y procesos
históricos de mayor envergadura espacio-temporal, conocidos en lo fundamental
a partir de documentación escrita.
El predominio en el empleo de materias primas y técnicas constructivas loca-
les se alternaba con la adopción de modelos arquitectónicos y objetos foráneos,
lo que, puesto en el contexto de los siglos xviii a xx, permitía efectuar un acer-
camiento a la manera en que las élites locales optaban por integrarse a circuitos
trasatlánticos de intercambio o mantenían ocupada la producción y la mano de
obra local.
En este caso, la arqueología se traslada de lo indígena a lo español y lo criollo;
entre tanto, al mismo tiempo, se efectúa un movimiento desde la periferia al cen-
tro. Si en el primer caso la arqueología se justifica en el lugar, ya no en el tiempo,
donde las sociedades no escriben su propia historia, en el segundo se justifica
en los microespacios de las actividades cotidianas, aquellas que no quedan por
escrito porque no han sido dignas de hacer parte de la historia. Entonces ¿qué
de histórico puede haber en una arqueología histórica que no se limite a ser una
simple fuente auxiliar de la historia?
Cuando la arqueología en Colombia y en los países latinoamericanos rompe
los límites cronológicos y sociológicos de lo indígena precolombino, se opera

Therrien, Terremotos, movimientos sociales y patrones de comportamiento cultural, óp. cit.


151

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20 2 La arqueología entre la historia y la prehistoria

una suerte de restitución de la diferencia espacial entre prehistoria e historia. La


marginalidad temporal de lo precolombino se traslada a la marginalidad espa-
cial de los grupos que no detentan el poder político y económico. Además, puede
llegar incluso a introducir la periferia en los centros mismos de poder y escudri-
ñar en los silencios de la escritura y la estética formal lo no dicho, lo olvidado, lo
inconsciente en el corazón mismo de la historia. Desde esta perspectiva, son las
espacialidades y las materialidades las que comienzan a constituirse en el ámbito
de referencia de una arqueología que no necesita ser histórica para repensar los
límites de la prehistoria.

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