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Cicerón: la razón frente a la fuerza

Una nueva edición crítica de las 'Filípicas'


muestra el vigor intelectual del senador y jurista romano

LUIS ANTONIO DE VILLENA

A Marco Tulio Cicerón bien se le podría considerar como un intelectual


contemporáneo. No es que no haya grandes diferencias entre el mundo antiguo y el
presente, pero Cicerón sigue siendo una figura que atrae en la medida en que
ejemplifica el eterno conflicto entre la razón y el poder, la palabra y la fuerza.

José Guillén Cabañero, catedrático de Salamanca, acaba de publicar una nueva


edición de las 14 'Filípicas' de Cicerón, en las que denuncia el intento de Marco
Antonio de instaurar una dictadura en Roma. Son llamadas así en honor a las que
pronunció Demóstenes contra Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro. Estamos
ante la última obra notable de Cicerón que, con 63 años, sabía que se jugaba la vida
al defender la libertad y los valores de la República romana contra Marco Antonio,
que estaba actuando como un dictador tras la sucesión del asesinado Julio César.

Cicerón pronunció en el Senado y editó esos discursos en un momento crítico y ello


le costó la vida. 'El Arpinate', así llamado por haber nacido en Arpino en el año 106
antes de Cristo, halló la muerte cuando intentaba salir de Roma, en diciembre del
año 43. Su nombre encabezaba la lista negra del nuevo triunvirato formado por
Octaviano, Marco Antonio y Lépido. Cicerón fue decapitado y su cabeza y sus manos
se expusieron en público, como castigo ejemplar.

La historia es narrada de forma didáctica y minuciosa por el profesor Guillén


Cabañero. Hay que situarse en los años finales de la República romana (un régimen
caracterizado por sus colonias y su poderío militar), donde las leyes y los cargos
venían del pueblo y del Senado. De ahí el célebre Senatus Populus Que Romanus,
SPQR, que conservaron las insignias del Imperio.

¿Se pueden proclamar las libertades de la República y al tiempo erigirse como un rey
autócrata o un déspota, al estilo de las monarquías del Oriente helenístico, que
aquellos romanos conocían tan bien? ¿Se puede invocar la legitimidad del pueblo y a
la vez imponerse a su voluntad con métodos dictatoriales? ¿Es lícito recurrir al pan y
circo para distraer a ese pueblo e ignorar su opinión?
Ese era el dilema del momento: el gobierno del pueblo a través del Senado o un
populismo autoritario que gobierna para el pueblo sin el pueblo. Los leales al modelo
tradicional (Cicerón entre ellos, notable como abogado, escritor, sabio y cónsul) eran
los republicanos. Frente a ellos, estaban los que defendían la tiranía y el surgimiento
solapado de un Imperio. Eran los cesaristas, encabezados por Marco Antonio, que
reivindicaban el legado del general asesinado, Cayo Julio César. Su muerte
desencadenó un cruento conflicto y una abierta lucha de poder. El general, político y
escritor nos cuenta en sus cartas que apreciaba y se llevaba bien con Cicerón
cuando hablaban de literatura y filosofía, pero que mantenían una profunda
discrepancia política.

En la guerra civil entre César y Pompeyo -cuando se deshace el primer triunvirato- ,


Cicerón había estado del lado de Pompeyo, servidor de la República, y contra César
que aspiraba a coronarse como rey. Dice la leyenda que, siendo amante y protector
de la reina Cleopatra y estando en Alejandría, a César le ofrecieron la cabeza de
Pompeyo, su ya caído enemigo tras la aplastante derrota en la batalla de Farsalia.

Tras imponerse a su rival Pompeyo, parecía inevitable que César lograra acabar con
el Senado para hacerse dictador, rey o monarca de un futuro imperio. Pero unos
conjurados (amigos de Cicerón, pero a los que éste reprochará su falta de planes, su
precipitación) asesinan a César, a puñaladas en el mismo Senado. Ello sucede poco
después de que Marco Antonio le hubiera ofrecido en público una corona real a su
jefe.

Bruto y Casio son los principales conjurados y cuando acuchillan a César gritan:
"¡Cicerón, Cicerón!", como si éste fuera -y en cierto modo lo es- el mentor intelectual
de los hechos. Adelantándose a Maquiavelo, Cicerón llegará pensar que los
cesaricidas tendrían que haber acabado también con Marco Antonio, que estaba
presente y tenía miedo. Pero no lo hicieron. Al contrario, tal vez asustados por el
magnicidio, Bruto y Casio corrieron a esconderse y ver qué pasaba. No habían
previsto las consecuencias del crimen y ese fue el mayor error de su cobardía.

Bruto era hijo adoptivo de César (de ahí que César exclamara, al morir, "¿Tú
también, hijo mío?") y a la vez hijo de la noble Servilia, amante muchos años de
César antes de Cleopatra. Los que gustan de la historia íntima, siempre han
pretendido que Servilia instigó a su hijo a la venganza por celos. Pero le guiaban
ideas más nobles que no supo plasmar. Muerto César, la tiranía parecía acabada
con el tirano. Pero la estrategia no les salió bien.

Los meses siguientes fueron confusos. La República parecía a salvo pero los amigos
de César y de la creación de un poder imperial estaban al acecho. Marco Antonio era
su principal líder. Bárbaro, borracho y gladiador, como le definirá Cicerón en alguna
de las Filípicas. Pero además aparece un rival inesperado: el joven Octaviano (el
futuro César Augusto) sobrino e hijo adoptivo del difunto César. El papel de
Octaviano en los meses siguientes será ambiguo. Parecerá del lado de la República -
Cicerón nunca lo creyó- pero terminará aliándose con Antonio a quien después habrá
de vencer para ser el primer emperador de Roma. Pero eso Marco Tulio ya no lo
pudo ver.

Lo que las 'Filípicas' revelan es el arrojo y la inteligencia de un gran escritor y hombre


público (en esos años había concebido los diálogos filosóficos De amicitia y De
senectute) que se juega su vida y sus ideas a una carta, para salvar no sólo su honor
sino la dignidad de lo que cree. Él sabe que va a perder porque se enfrenta a la
fuerza.

En este drama antiguo, hay escrita una lección que vale para cualquier época: que el
fin justifica los medios en la lucha por el poder. No existe el fair play. Los ambiciosos
se ponen de parte de quien conviene en cada momento. El propio Octaviano actuó
así para lograr sus fines. Cicerón, por el contrario, optó por ser fiel a sus ideas y su
visión de la patria, aunque fuera a costa de su vida. Y como todo debe cambiar para
que nada lo haga, el Imperio Romano, que inauguró Octaviano, mantendría siempre -
acaso en vago recuerdo de Cicerón- las formas republicanas aunque bajo un
régimen de poder personal. El Senado sobrevivió formalmente, aunque a menudo
fuera sólo un adorno en manos de los césares sucesivos.

El historiador Valeyo Paterculo dirá, poco después de los hechos narrados, que «el
criminal Antonio» amputó la voz del pueblo, ese Cicerón que había buscado siempre
la salvación de Roma y de sus ciudadanos. Las 14 'Filípicas' (la última pronunciada
en abril del 43) son un demoledor alegato contra Marco Antonio, fulminado por las
acusaciones y derrotado en Módena. El pueblo lleva en triunfo a Cicerón al Capitolio,
se declara a Marco Antonio «enemigo público» y se proclama una ovatio a Octaviano
por su papel en la defensa de la República.

Pero poco después todo cambia. Nada es seguro, porque siempre triunfa al más
fuerte o el que menos escrúpulos tiene. Guillén Cabañero apunta: "Cicerón no tenía
esperanza de conseguir nada positivo más que dejar, si así estaba determinado, el
vivo testimonio de su voz y de su valentía a favor de la República si algo triste
sucedía". No hubo concordia ni avenencia y la pugna se decantó del lado de la
coalición entre Antonio y Octaviano.

La modernidad de Cicerón no está sólo en ser un intelectual que no desoye la voz de


la cosa pública sino en su pluralidad de intereses: la oratoria, la filosofía griega, la
historia, y los trabajos del Foro y del Senado. Quedan como legado esas espléndidas
cartas que escribía a sus amigos (Ático, verbigracia, al que conoció de joven
estudiante en Atenas) o las que dictaba, caminando por su estudio, a su célebre
secretario Tirón, que inventó una suerte de taquigrafía para seguir su voz.

En suma, un personaje plural y contradictorio, amigo del ocio fértil, pero fiel a sí
mismo. Como nosotros, intuyó un fin. Todo fin conlleva otro principio. ¿Cuál ahora?