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I Domingo de Cuaresma

Ciclo C
10 de marzo de 2019

Todo el que invoque al Señor como su Dios será salvado. El distintivo de la fe cristiana
consiste en reconocer a Jesús como Señor. Certeza que adquirimos, en principio, por su
resurrección. Dios lo resucitó de entre los muertos. La Pascua de Cristo es, por lo tanto, el
punto de referencia absoluto de nuestra convicción. Ahí se nos ha manifestado plenamente
el misterio de Dios, a quien llamamos “Padre” no sólo porque de él provenimos, sino porque
en su eternidad es siempre el Padre de su Hijo amado, y ese Hijo eterno es precisamente
Jesús. De ahí que la más remota identidad de la fe se identifica con la persona de Jesús
reconocida como divina. Basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y
que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse.
La Cuaresma que hemos iniciado tiene como fin llegar a ese momento glorioso en que las
fauces de la muerte se abrieron para dar paso a la victoria del Señor sobre el pecado y sobre
la muerte, y a su definitiva revelación como Dios; a ese momento en el que proclamaremos
ante el mundo con los labios lo que es la fe del corazón: Jesús es el Señor.

Pero el inicio de nuestro camino cuaresmal nos pone delante otro aspecto de ese mismo Jesús.
Nos permite tocar su humanidad. Porque el que eternamente es Dios, Hijo de su Padre eterno,
es también alguien que comenzó a existir en el tiempo, que nació de la Virgen María y que
ha compartido en todo nuestra condición humana, menos en el pecado. La cercanía de Dios,
la cercanía salvadora de su palabra, es también la cercanía de alguien que está a nuestro lado
como ser humano. Alguien que se somete a la tentación. El viaje que hacemos hoy con él no
nos conduce por el Espíritu solamente al desierto. De alguna manera nos lleva al inicio mismo
de la historia, cuando el primer hombre rechazó el brillo del polvo que lo constituía
entregándose libremente a la seducción tramposa de la serpiente. “Diablo”, lo llama Lucas,
porque es el que separa, el que divide, el que fractura. Separa al hombre de la confianza
fundamental en Dios, de quien había recibido el propio ser, bajo la sospecha de que lo movían
fines distintos al amor. Lo dividió así, por lo tanto, del sentido de gratitud que brotaba
espontáneo de la gratuidad de su propia existencia. Y terminó, por lo mismo, de fracturarlo
interiormente, dado que su proprio brillo era consecuencia de la imagen y semejanza
sembrada en él.

Las tentaciones que conoce Jesús siguen la misma lógica perversa de la mentira. La mentira
de que la identidad de Jesús como Hijo de Dios dependiera de la demostración maravillosa
de un milagro caprichoso, por más que lo entendiéramos en el contexto desafiante y urgente
del hambre. La mentira de que los reinos del mundo le pertenecen al mal, y que para realizar
el poder ha de sucumbir el amor a la idolatría de la corrupción. La mentira de que el templo
no es el lugar para rendir culto a Dios, sino de ejecutar acrobacias extravagantes para
satisfacer la morbosa curiosidad de quienes no se sorprenden con la majestad de las leyes de
la naturaleza y quieren imponerle sus fantasías incoherentes. Es la mentira misma de los
orígenes, que ofrecía plenitud humana en la desobediencia a Dios. Para todas las mentiras
hay una respuesta soberana del Señor, que expresa la auténtica sabiduría del hombre: “No
sólo de pan vive el hombre”. “Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo servirás”. Y “no
tentarás al Señor tu Dios”. Dios es Dios. Y el hombre es hombre. Pretender ubicar al hombre
en el lugar de Dios no lo eleva, sino lo arroja estrepitosamente en el fracaso. El hombre, que
es imagen y semejanza de Dios, cumple su vocación en la acogida amorosa del orden
establecido por Dios para su existencia feliz, y en la invocación sensata de su santo nombre.

Pero el Evangelista nos adelanta aún algo más. Concluida la tentación, el diablo se retiró de
él, hasta que llegara la hora. La tentación no termina en el desierto. Habrá aún otro momento
que concentrará con mayor densidad la astucia del separador y la agresión de la mentira. Será
la hora de la pasión y muerte de Jesús. El mismo a quien reconocemos como Señor, aceptó
la lucha que destruye al hombre, y la afrontó como hombre, con la misma fragilidad terrosa
de Adán. La cruz se yergue ya como un horizonte de nuestro itinerario.

El pueblo de Israel recordaba las hazañas del Señor para librarlo de una dura esclavitud. Y
ofrecía las primicias de sus cosechas agradecido. Al recordar nosotros la gesta de Jesucristo
también vibramos hoy con la actualidad de su muerte y resurrección. Hacemos nuestra la
estancia litúrgica de la Iglesia, para que nuestra propia flaqueza y nuestra tentación sea
vencida en Cristo. Los cuarenta días de nuestro ciclo los asumimos como conciencia del
polvo de Adán que nos constituye pero también de la fuerza de Cristo que en ese mismo
polvo ha rendido al Padre el justo tributo. Profesando nuestra fe en Cristo Señor e invocando
su nombre, estamos seguros de que no quedaremos defraudados.

Lecturas

Del libro del Deuteronomio (26,4-10)

En aquel tiempo, dijo Moisés al pueblo: “Cuando presentes las primicias de tus cosechas, el
sacerdote tomará el cesto de tus manos y lo pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces
tú dirás estas palabras ante el Señor, tu Dios: ‘Mi padre fue un arameo errante, que bajó a
Egipto y se estableció allí con muy pocas personas; pero luego creció hasta convertirse en
una gran nación, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos
impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el
Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra humillación, nuestros trabajos y nuestra angustia.
El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo protector, con un terror muy grande,
entre señales y portentos; nos trajo a este país y nos dio esta tierra, que mana leche y miel.
Por eso ahora yo traigo aquí las primicias de la tierra que tú, Señor, me has dado’. Una vez
que hayas dejado tus primicias ante el Señor, te postrarás ante él para adorarlo”.

Salmo Responsorial (Sal 90)

R/. Tú eres mi Dios y en ti confío.

Tú, que vives al amparo del Altísimo


y descansas a la sombra del todopoderoso,
dile al Señor: “Tú eres mi refugio y fortaleza;
tú eres mi Dios y en ti confío”. R/.

No te sucederá desgracia alguna,


ninguna calamidad caerá sobre tu casa,
pues el Señor ha dado a sus ángeles la orden
de protegerte a donde quiera que vayas. R/.

Los ángeles de Dios te llevarán en brazos


para que no te tropieces con las piedras,
podrás pisar los escorpiones y las víboras
y dominar las fieras. R/.

“Puesto que tú me conoces y me amas, dice el Señor,


yo te libraré y te pondré a salvo.
Cuando tú me invoques, yo te escucharé,
y en tus angustias estaré contigo,
te libraré de ellas y te colmaré de honores. R/.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos (10,8–13)

Hermanos: La Escritura afirma: Muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, se encuentra


la salvación, esto es, el asunto de la fe que predicamos. Porque basta que cada uno declare
con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, para que pueda salvarse. En efecto, hay que creer con el corazón para alcanzar la
santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación. Por eso dice la Escritura: Ninguno
que crea en él quedará defraudado, porque no existe diferencia entre judío y no judío, ya
que uno mismo es el Señor de todos, espléndido con todos los que lo invocan, pues todo el
que invoque al Señor como a su Dios, será salvado por él.

R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda
palabra que sale de la boca de Dios. R/.

Del santo Evangelio según san Lucas (4,1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo
Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por
el demonio. No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en
pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Después lo llevó el
diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo:
“A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien
quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió: “Está escrito:
Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la
parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está
escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para
que tus pies no tropiecen con las piedras”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito:
No tentarás al Señor, tu Dios”. Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que
llegara la hora.