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Capitulo 7

Gob. Videla

24 de marzo del 76, la Junta militar asumió el gobierno del país. Integrada por Videla
(ejercito), Massera (Armada) y Agosti (f. aérea). Justificaron el golpe, porque venían a
terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo. Al golpe se lo denomino
“Proceso de Reorganización Nacional”, sus primeras medidas fueron, cesar los mandatos
de las autoridades constitucionales en todos los ámbitos, al igual que con los diputados y
senadores, también se removió a los miembros de la corte suprema, se suspendieron las
actividades políticas y gremiales de forma indeterminada. Se intervino la CGT y la CGE.
Oficiales de las fuerzas armadas reemplazaron a los depuestos en las provincias y
municipios, se produjeron arrestos masivos de ex funcionarios. La ex presidenta fue
llevada a Neuquén detenida, al igual que ex ministros, legisladores, gobernadores y
funcionarios. Las medidas represivas eran moneda corriente en el ámbito político y
laboral, se suspendió el derecho a huelga, dirigentes sindicales al igual que numerosos
trabajadores fueron detenidos, de acuerdo a las “listas negras” confeccionadas.

Ley de Prescindibilidad para depurar el personal de la administración pública y otros


organismos estatales. Se asesinó a dirigentes y sindicalistas de la izquierda.

Presidente sería elegido por la junta militar y además tendría atribuciones legislativas, la
junta también podía designar a los miembros de la corte suprema. La junta designo al
general Videla como presidente, que retuvo el cargo de comandante en Jefe del ejército.
En su gabinete se contaba con gran presencia militar, pero el ministro de economía era
Martínez de Hoz. Este último era un representante del liberalismo económico, anuncio un
plan económico que iba a ser exitoso si se podía mantener el modelo político. La
liberalización económica era propicia para los intereses norteamericanos por lo que
propiciaba un apoyo para reprograma la deuda argentina.

Se asignó el 33% de los cargos a cada una de las fuerzas. El presidente quedaba bajo la
autoridad de las F. Armadas, las cuales se revalidaron como autónomas del Poder
Ejecutivo. La junta tenía poder de reformar la Constitución, dictar leyes, y hasta condenas,
bajo la denominación de “actas institucionales”. Se modificó el Código penal,
incorporando la pena de muerte por fusilamiento.

La lucha contra la subversión seguía siendo de prioridad. La junta Militar ejercía las
funciones de los 3 poderes, la lucha antisubversiva se convirtió en Terrorismo más de
estado. Los jefes de los cuerpos militares se transformaron en soberanos de cada zona
contando con la colaboración de fuerzas de seguridad autónomas. Además había fuerzas
parapoliciales, vinculadas a la ultraderecha, que ejercían según los militares de
“anticuerpos” frente a los subversivos y demás. Estos subversivos y sus supuestos
simpatizantes eran capturados en sus domicilios o trabajos y se los enviaba la mayoría de
las veces a centros clandestinos, a otros se los llevaba a establecimientos militares, no era
de conocimiento público su paradero eran, “detenidos- desaparecidos”.
No había reconocimiento oficial de las ejecuciones, ningún juez firmo una sentencia de
muerte. Las noticias daban cuenta de los resultados de la “lucha antisubversiva”, se
informaba el número de los muertos pero no así su identidad. Aparecían cadáveres sin
identificación, generalmente eran jóvenes acribillados a balazos y con señales de tortura
previa. Luego los cadáveres dejaron de aparecer y los militares se llamaron a silencio,
muchos asesinatos eran represalias frente al acto subversivo. “Noche de la los lápices”
estudiantes platenses detenidos y desaparecidos cuando reclamaban por el Boleto
Estudiantil.

Se estaba llevando a cabo la llamada Operación Cóndor, una acción conjunta de las
fuerzas armadas de los países del cono sur. Los secuestros y asesinatos se dirigían, sobre
todo, a sectores presumidamente vinculados a la guerrilla, pero también a militares
combativos del peronismo o de organizaciones de izquierda de distinto tipo, además de
hombres de cultura; como Rodolfo Walsh. Abogados defensores de desaparecidos,
estudiantes y ciudadanos en general que cayeron bajo sospecha del aparato represivo.
También se secuestraron a hijos de nacidos en prisión de detenidas- desaparecidas, que
fueron entregados a familias de militares represores o de gente allegada al gobierno.

Los medios de comunicación eran controlados por el Estado. Los intelectuales y


periodistas que discrepaban con el régimen comenzaron a recibir amenazas y fueron
censurados, fueron obligados a abandonar el país. Se estableció un férreo control
ideológico que apuntaba a un cambio de la mentalidad de los argentinos: debía quebrarse
la memoria colectiva en tanto estaba ligada a las identidades sociales y políticas de un
ciclo histórico a cuya clausura definitiva aspiraba el Proceso. Para el régimen, la
subversión tenía una de sus raíces ideológicas en los colegios y universidades, se debía
actuar en la educación para erradicar la subversión.

Pese al manto de silencio, comenzaron a trascender sus características. La primera


oposición seria al terrorismo estatal provino desde Estados Unidos con el nuevo
presidente James Carter quien pretendía establecer una postura más “suave” con
Latinoamérica, pregonando la defensa de los derechos humanos, por eso presionaba al
gobierno de Videla, se tradujo en una reducción de ayuda militar y en sanciones
económicas al país. Se desarrollaron manifestaciones en reclamo por los desaparecidos,
un grupo de mujeres comenzó sus rondas en Plazas de Mayo, las famosas “Madres de
plaza de mayo”. El gobierno intento impedir la actividad de los organismos de derechos
humanos. La presión internacional fue atribuida a una campaña de difamación financiada
por la subversión marxista. Consideraba las preocupaciones de otros gobiernos como
intromisiones en los asuntos internos del país. Videla viajo a estados unidos para intentar
atenuar un poco las medidas, reconociendo parcialmente la responsabilidad del gobierno
en las desapariciones, a las que considero resultantes de “excesos cometidos en la
represión”. Uso la organización del campeonato mundial de futbol en 1978, para
constituirse en un eje político de la gestión militar básicamente se apuntaba a revertir la
imagen desprestigiada del gobierno argentino en el extranjero, previamente la política
económica estaba provocando recesión y caída de la producción industrial, la inflación
parecía irreductible, los salarios reales se deterioraban y comenzaban las manifestaciones
de disconformidad.

Dos temas dividían a la cúpula del régimen, la salida política y el control del poder militar,
sectores próximos a Videla proponían un acercamiento a políticos y sindicalistas para
negociar una salida política y para la formación de una “convergencia cívico-militar” que
apoyara al Proceso en dirección hacia un periodo de transición precio a la
institucionalización. Se trataba modificar el esquema de poder de manera que el
presidente tuviera una autoridad superior a la Junta. Videla aparecía como firme
candidato a ocupar esta posición de “cuarto hombre” con poder sobre la junta. Bajo una
unimidad, la junta resolvió, continuar bajo el mandato de Videla, que cesaba su
comandato en jefe sobre el ejército. Su sucesión en este ámbito genero otro conflicto,
como secuela de este periodo conflictivo, las intenciones de institucionalización del país
fueron dejadas de lado.

La sucesión presidencial se constituyó en un tema que acentuó las divergencias existentes


entre los jefes castrenses. El candidato más firme era Viola, aparentemente partidario de
encarar una apertura política. Pero desde la Armada y desde los sectores “duros” del
Ejército, poco dispuestos a hacer concesiones, había objeciones a su designación. Luego
de un mes sin acuerdos, la junta militar nombro a Viola para que sucediera a Videla en
marzo de 1981. Todo indicaba que el nuevo presidente contaría con menos poder y
menos consenso castrense que su predecesor.

VIOLA, GALTIERI, BIGNONE

Viola sucedió a Videla. EL nuevo presidente buscaba apoyo entre los políticos para sacar al
régimen militar del abismo que lo había llevado la política económica y una metodología
represiva que ya era inocultable. Conformo su gabinete con figuras políticas conocidas, se
reemplazó a Martínez de Hoz. El dialogo político se transformaba en una necesidad
debido a las dificultades del régimen. Esta postura no era sustentada por ciertos sectores
militares, Galtieri, cuestiono la capacidad de mando de Viola, decía que el poder le
pertenecía a la Junta. La enfermedad cardiaca de Viola fue el argumento para desplazarlo
del poder. Fue designado Galtieri como nuevo presidente, sin resignar su puesto como
miembro de la Junta Militar. En su gabinete resaltaba la figura liberal económicamente
hablando de Alemann.

El nuevo presidente desplego una estrategia orientada hacia tres objetivos. Primer,
consolidar el poder presidencial, nombrando gobernadores adictos y rompiendo con el
sistema de distribuir los cargos proporcionales a las Fuerzas Armadas. En segundo lugar, si
bien ratifico la promesa de la apertura electoral, se preocupó por mantenerla bajo control
oficial. Finalmente, impulso la formación de un partido heredero del proceso, integrado
por figuras del liberalismo, del conservadurismo y de partidos provinciales afines, debía
ser capaz de confrontar con las fuerzas políticas tradicionales. A principios del 82, la
necesidad gubernamental de recuperar consenso se enfrentaba con un panorama
complicado. Enfrentamiento con el gobierno se acentuó, el rachazo a los planes de
privatización previstos y los reclamos frente a los despidos y suspensiones en plantas
automotrices fueron algunas instancias de la renovada agitación gremial. 30 de marzo, en
una movilización y concentración en la Plaza de Mayo convocada por la CGT, la protesta
gremial comenzaba a dejar atrás el miedo masivo que hasta entonces la había paralizado.
Dos días después, la Argentina inicio la única guerra de su historia moderna. Se trataba de
consolidar el deteriorado frente interno mediante un triunfo improbable, ganar el apoyo
popular mediante la retórica nacionalista y lograr el respaldo de la dirigencia política.

La euforia popular acompaño la aventura militar, muchos manifestantes celebraron el


acontecimiento en la Plaza de Mayo. Los partidos postergando los reclamos contra el
régimen, ofreciendo su apoyo al gobierno. En los medios de comunicación, controlados
por el gobierno, acompañaron la campaña con un desbordante triunfalismo, la
información era parcial y escasa. El exitismo no pareció disminuir a pesar de los resultados
(negativos) del primer encuentro entre las tropas argentinas e inglesas. Luego, el
desembarco británico en las Islas Malvinas, fue el preanuncio de una derrota que los
militares argentinos habían estimado imposible. El 14 de junio el general Menéndez firmo
la capitulación. La sociedad argentina recibió la noticia de la derrota con estupor, ya que la
campaña publicitaria oficial montada en torno a la guerra había hablado hasta ese
entonces de una supuesta ventaja argentina, la fugaz reconciliación del pueblo con el
gobierno detrás de una causa nacional quedo pulverizada. Galtieri pareció ignorar las
consecuencias de la derrota. En lugar de abandonar el poder como principal responsable,
decidió dar un discurso que no hablaba de “rendición” ni expresaba la menor autocritica y
consideraba que el derrotismo era una traición. Dentro de las F.A comenzó el
cuestionamiento a la actitud del presidente. Los jefes castrenses decidieron en junio
remover a Galtieri. A partir de entonces, el régimen ingreso en una etapa de rápida
descomposición. La Armada y la fuerza Aérea decidieron su desvinculación de la Junta
militar y el ejército decidió hacerse cargo del Ejecutivo designando al general Bignone
como nuevo presidente. Para esta nueva etapa el ejército se propuso como único objetivo
“institucionalizar la nación, en el menor tiempo posible, el que será acordado con los
dirigentes políticos”. Bignone se reunió con los dirigentes políticos. Se comprometió a
anular la veda política a partir del primero de julio, fecha en la que asumió el gobierno, fijo
para marzo del 84 el momento de la institucionalización del país. El gobierno militar debía
encarar, dos problemas fundamentales. Por un lado, la fijación de un calendario que
desembocara en la salida electoral. Por otro, debía concertar un retiro ordenado del
gobierno y sin investigaciones ni sanciones para los militares gobernantes durante esos
años. Era necesaria la recomposición de la Junta Militar.

Las fuerzas Armadas no descartaban la posibilidad de un juzgamiento tras el advenimiento


de un gobierno constitucional, el Gob. Militar trato de colocar el tema como un
condicionamiento para la salida electoral. La situación política se deslizo hacia una
confrontación entre civiles y militares. El año cerró con un clima enrarecido debido al
intento del régimen por condicionar la apertura política y por los rumores acerca de la
inminencia de un golpe militar de extrema derecha dispuesto a interrumpir la salida
electoral. En abril del 83 la junta militar, dio a conocer un Acta Institucional en la que los
mandos superiores de las Fuerzas Armadas asumían públicamente su responsabilidad en
la lucha contra la subversión, declaraban muertas a las personas desaparecidas y negaban
la existencia de “lugares secretos de detención” a la vez que procuraban cerrar las
posibilidades de investigación y comparecencia ante la justicia de militares involucrados
en la represión. El documento provoco un repudio generalizado, nuevamente se
profundizaba el abismo entre el régimen y la sociedad argentina, y se reactualizaba el
aislamiento argentino en el contexto internacional. Pero el gobierno de Bignone no
desistió de su propósito de brindar una cobertura al elenco militar involucrado en la lucha
contra la subversión. En septiembre del 83 sanciono la Ley de Amnistía, denominada por
el público “ley de auto amnistía”. La norma beneficiaba a quienes habían cometido
“delitos subversivos” y a aquellos “que se excedieron en la represión” en el periodo
comprendido entre mayo del 73 y junio del 82. La ley significaba la autoabsolución de los
militares por los delitos cometidos.

Las perspectivas para la mayoría de las candidaturas no eran alentadoras. Conforme al


estatuto de los partidos políticos establecido por el Gob. Militar era necesario un 39% del
electorado para acceder a cargos electivos, escollo insuperable para gran parte de los
partidos menores. La confrontación quedaba limitada a los dos partidos mayoritarios: el PJ
y la UCR. El 30 de octubre del 83, el electorado voto de manera pacífica y entusiasta. El
triunfo del radicalismo fue amplio (Alfonsín- Martínez) con el 52% de los votos. El
peronismo sin embargo logro imponer sus candidatos a gobernadores en la mayoría de las
provincias, lo que le aseguro un bloque de senadores superior al del oficialismo. El país
retornaba a la democracia y el nuevo gobierno heredaba una crítica situación económica,
las graves secuelas de la represión la derrota de las Malvinas y una oposición fragmentada
por disensiones internas.

7.3 Movimiento obrero. La política del “Proceso de Reorganización Nacional” apunto a


desarticular la organización sindical y la movilización de los trabajadores. Tres fueron los
aspectos de esa política: en primer lugar, la política económica que, en la medida en que
procuro reestructurar la industria, afecto a los trabajadores del sector; en segundo lugar,
mediante una legislación de excepción duramente aplicada y, sobre todo, con la represión
ilegal con las que se procuró el amedrentamiento de los dirigentes y de los trabajadores;
finalmente, se dictaron normas laborales de contenido regresivo, cercenando las
conquistas sociales, y se buscó reglamentar la actividad sindical para reducirla al ejercicio
de las reivindicaciones estrictamente económicas. Tras el golpe se suspendió la actividad
sindical y se prohibió el derecho a la huelgo. La represión del movimiento obrero fue
ejercida de manera selectiva. Se trató de eliminar los sectores combativos o clasistas
localizados en las comisiones internas de determinadas empresas.

En el 77, se público un documento donde el movimiento obrero planteaba su oposición a


la junta, los reclamos obreros; aumentos salariales, convocatoria a paritarias,
levantamiento de la suspensión de la actividad sindical, normalización de las entidades
intervenidas. La CGT fue disuelta. Apareció el Grupo de los “25” nucleando a los
representantes de gremios menores que, no habían sido intervenidos. La comisión de
Gestión y Trabajo. Este sector, ene le que militaban las organizaciones gremiales
intervenidas más poderosas, procuro acomodar su accionar a la estrategia “dialoguista”
del gobierno. Se formalizaba la división del movimiento obrero argentino, circunstancia
que perduraría hasta el final de la dictadura. Los intentos por superar la división
organizativa del movimiento obrero tuvieron un fugaz éxito. Se conformó la Conducción
Única de Trabajadores, aunque en 1980 la unidad se quebró y mientras “los 25”
acentuaban el lenguaje de enfrentamiento al gobierno y proponían la reorganización de la
central única, los integrantes de la denominada Comisión Nacional de Trabajo (CNT)
emprendieron una estrategia de concertación con el gobierno. A fines de 80, algunos
dirigentes obreros decidieron reconstruir finalmente la CGT.

Los partidos políticos.

El congelamiento de la actividad política impuesto por la dictadura, en su primer tramo,


fue efectico entre el 76 y el 81, el Gob. Militar logro aislar a los partidos políticos de la
atomizada ciudadanía mediante la violencia represiva y el desprecio por las garantías
constitucionales y la libertad de prensa. Luego del progresivo debilitamiento del régimen,
se llamó a elecciones en año 83. En ese año, Alfonsin, estaba dispuesto a derrotar al
peronismo, para ello diseño la estrategia de la UCR enfatizando la oposición entre
democracia y autoritarismo. SI bien el peronismo, durando el proceso de afiliación precio
a las elecciones, ratifico su condición de fuerza mayoritaria, la concepción alfonsinista de
avanzar hacia la construcción de un sistema democrático logro el paulatino vuelvo a su
favor de la ecuación electoral. Una denuncia de Alfonsin, en línea con dicha estrategia,
contribuyo al triunfo electoral del radicalismo. Ocho meses antes de la elección, hizo
creíble la afirmación de la existencia de un “pacto sindical- militar”. Conforme al presunto
acuerdo, el liderazgo superior de las Fuerzas Armadas apoyaría a un futuro gobierno
peronista, a cambio de lo cual los dirigentes sindicales, con presencia en dicho gobierno,
respaldarían la condonación de las violaciones a los derechos humanos. Tal denuncia, ante
un electorado ansioso por dejar atrás una larga década de violencia política y terrorismo
de Estado, transformo a la UCR en un frente veladamente antiperonista y en una garantía
para un futuro democrático.

La identificación de Alfonsin con los reclamos del movimiento por los derechos humanos
fue otro aporte al éxito radical. El resultado final de la confrontación entre el peronismo y
el radicalismo se fue resolviendo en el periodo previo a las elecciones. Las modalidades
internas instrumentadas por los partidos mayoritarios para la definición de sus respectivas
candidaturas no fueron ajenas a la determinación del resultado electoral de octubre del
83. Raúl Alfonsin afianzo su candidatura ganando de manera contundente las internas,
diluyendo la oposición de los balbinistas y logrando significativos apoyos extrapartidarios.
El peronismo, si bien inicio sus elecciones internas en simultaneidad con los radicales,
demoro un mes en resolver su fórmula presidencial. Las internas justicialistas se
desarrollaron en un clima tenso y confuso. En definitiva, el Congreso partidario proclamo
el binomio presidencial integrado por Ítalo A. Luder y Deolindo F. Bittle, A diferencia del
radicalismo, el justicialismo emergía de la lucha por definir candidaturas con heridas
internas con la desorientación de gran parte de su militancia y con una fórmula
presidencial que parecía cautiva del sindicalismo. La intolerancia y las prácticas
antidemocráticas de la interna peronista tuvieron su influencia en las decisiones del
electorado el 30 de octubre del 83. Las elecciones ratificaron la polarización entre los dos
partidos mayoritarios. La estrategia alfonsinista resulto más acertada que la del
peronismo. Mientras Alfonsin modero el discurso radicalizado que lo había caracterizado
diez años atrás e inclusive durante gran parte del Proceso. Luder trato de captar al
electorado moderado e independiente acompañado de sectores del cuestionado
sindicalismo y de otras figuras asociadas a la tormentosa experiencia de Isabel en el
gobierno.

El plan económico de Martínez de Hoz

El ministro de Economía, Martínez de Hoz, lanzo un programa que tendría consecuencias


duraderas en la economía argentina. Entre sus objetivos explícitos se encontraban elevar
la eficiencia del sistema productivo, restablecer la hegemonía del mercado en la
asignación de recursos, restringir la participación del Estado, frenar la inflación y equilibrar
la balanza de pagos. Para elevar la eficiencia, se planteaba la necesidad de aprovechar las
“ventajas comparativas”, para lo cual el país debía especializarse en los productos de
mayor aceptación en el mercado externo, aun sacrificando industrias propias existentes.
El instrumento central consistía en equiparar los precios internos con los externos, con lo
cual los sectores ineficientes serian desplazados del mercado interno por las
importaciones, mientras que los eficientes prosperarían y se tomarían más competitivas.

La Argentina tenía hasta mediados de los 70 un aparato industrial con deficiencias y


problemas pero de dimensiones respetables y, a pesar de diversas crisis en la balanza de
pagos y procesos inflacionarios, tasa de crecimiento sostenido y relativamente aceptable.
El proyecto de la dictadura iba en dirección contraria. Perseguía objetivos que trascendían
lo meramente económico. Se proponía inclinar el “péndulo político” a favor de las elites
agrarias y de grandes grupos económicos y financieros locales e intermediarios de
capitales externos, cercenando la industria nacional y el mercado interno, base de la
fuerza del movimiento obrero y de los sectores empresarios vinculados a su desarrollo. Se
planteaba un retorno a las fuentes: a la Argentina “abierta al mundo” de la época
agroexportadora que había construido la generación del 80. Se implementó un
congelamiento de salarios por tres meses (lo que significó un deterioro de los salarios
reales), se eliminaron los controles de precios y se practicó una devaluación del tipo de
cambio; además para el disciplinamiento de la fuerza laboral, se disolvió la CGT, etc. A
mediados del 76, cuando se consideraron corregidas las principales distorsiones (salario
real alto) comenzó el avance sobre aspectos más estructurales. En agosto, se desregulo la
inversión extranjera, otorgando igualdad de derechos al capital transnacional respecto del
nacional incluyendo a las matrices de las empresas instaladas en la Argentina. Luego se
unifico el tipo de cambio, se eliminaron regulaciones y subsidios a las exportaciones y se
redujeron los aranceles de importación.

Al ministro no le resulto difícil lograr que el FMI aprobara diversos créditos, que fueron
acompañados por préstamos de la banca privada. El ingreso de divisas provoco un cambio
de expectativas entre los operadores financieros locales, que detuvieron su corrida contra
el peso, disminuyendo la demanda especulativa de moneda extranjera. A pesar de la
devaluación, el precio de las divisas en el mercado negro se redujo notablemente,
mientras se recobraba la monetización de la economía y el volumen de depósitos en
pesos. Se incrementaron las tarifas y la presión tributarias. Con el congelamiento salarial,
el gasto en personal se redujo un 40%. Se provocaba una transferencia intersectorial de
ingresos que no se apartaba demasiado de otras experiencias liberales del pasado, aunque
en este caso la devaluación y la disminución de las relaciones a las exportaciones
permitían al sector agropecuario un aprovechamiento integral de las nuevas condiciones,
lo que lo diferenciaba así del plan Krieger Vasena. El objetivo de controlar la inflación
parecía logrado hacia mediados del 76. Sin embargo esto se debía al congelamiento de
salarios que provoco una drástica reducción del consumo con características recesivas,
cuando se intentó liberar esta variable, se produjo un rebrote inflacionario. Tal
circunstancia obligo a tomar una medida más drástica y a contrapelo del “espíritu” del
plan; el congelamiento de precios por 120 días. El eje central de la política económica
pasaría a ser, una reforma que ubicaría al sector financiero en una posición hegemónica
en términos de absorción y asignación de recursos. El nuevo Régimen de Entidades
Financieras iniciaba un rumbo cuyo norte apuntaba a la liberalización de los principales
mercados internos y a una mayor vinculación con los mercados internacionales.
Comenzaba una segunda etapa en la cual el gobierno empezaría a redefinir sus objetivos,
apartándose progresivamente de las políticas que caracterizaron al liberalismo económico
argentino en la posguerra, mientras se plasmaba un curso de acción enmarcado en las
recomendaciones de “la escuela de Chicago” La reforma financiera que fue
profundizándose por medio de medidas complementarias en los meses siguientes
consistía, en la creación de un sistema de reservas fraccionarias que reemplazaba al
anterior sistema centralizado de depósitos: la liberalización de las tasas nominales de
interés activas y pasivas que de negativas pasaban a ser positivas, una mayor
responsabilidad de los bancos en sus relaciones con la clientela, estableciendo, además,
requisitos sobre la solvencia y la liquidez de dichas entidades; el establecimiento de un
régimen de garantía plena de los depósitos en el marco de una mayor liberalidad de los
requisitos para la expansión o instalación de nuevas entidades y sucursales sin importar la
nacionalidad: y la recreación de la función del Banco Central como prestamista en última
instancia. La reforma apuntaba a incrementar el rol del sector financiero privado y
disminuir la participación del Estado, bajo el supuesto de que aquel era, un asignador más
eficiente de recursos. Además se creía que, se conformaría un sistema financiero más
apto, solvente y competitivo, que redujera el costo de los servicios bancarios. Esto dio
lugar a la creación de numerosos bancos y entidades financieras, con escaso o ningún
respaldo, así como a la proliferación de mesas de dinero vinculadas muchas de ellas a
compañías productivas. La especulación financiera, pasaba a jugar un lugar predominante
en la economía argentina.

La reforma financiera tuvo un papel determinante sobre el conjunto de la economía, y que


la liberalización de los movimientos de fondos y de las tasas de interés modifico
drásticamente las condiciones de rentabilidad de los distintos sectores económicos,
afectando en forma negativa a las actividades productivas, incentivando la valorización
especulativa y produciendo la hipertrofia del sector financiero: entre 78 y 79 se autorizó la
apertura de 1197 sucursales bancarias y financieras, mientras el PBI per cápita se
encontraba virtualmente estancado. La tasa de interés interna quedaba determinada por
la tasa de interés internacional más la devaluación esperada, que actuaba como sobretasa
de riesgo. Con el correr de los meses y dado que la inflación interna superaba las pautas
de devaluación establecidas por el gobierno, la expectativa de una devaluación sorpresiva
crecía, y con ella se levaban las tasas de interés hasta niveles muy superiores a los
vigentes en los mercados internacionales. Otra cuestión de transcendencia fue la creación
de la Cuenta de Regulación Monetaria (CRM), mediante la misma el gobierno renumeraba
los encajes obligatorios, asumiendo el costo mencionado. Cobraba un pequeño impuesto
sobre la porción prestable de los depósitos. El saldo negativo de la CRM se transformó
pronto en una fuente de creación de dinero, operando implícitamente como una suerte
de subsidio al sector financiero e impactando sobre las cuentas públicas.

A partir de la reforma, el sector financiero ocuparía un lugar central en la provisión de


fondos de corto plazo, aunque el Estado continuo siendo el principal generador de
inversión de largo plazo. Simultáneamente, incidía sobre los niveles nominales de diversas
variables, en especial sobre la tasa de inflación, que comenzó a ser alimentada por las
tasas de interés crecientes. La inversión, luego de un aumento en el 77, comenzó a
contraerse a partir del año siguiente, sin guardar un vínculo con el incremento del ahorro
financiero. Las desviaciones de lo que ocurría frente a lo esperado llevo al surgimiento de
fuertes críticas. Se señalaba que se concedió al mercado financiero la facultada de un
verdadero libertinaje, eliminando o limitando a su mínima expresión el control del Estado;
mientras tanto, y sin contrapartida, se mantenía la garantía de devolución a cargo de la
Nación y se asegura a los depositantes tasas de interés positivas. La reforma se mostraba
impotente frente a la inflación y no promovía el aumento esperado de la inversión. El
costo financiero pasaba a ser un componente importante en los costos de las actividades
productivas. El modelo vigente hasta 1976 tenía como eje estructurante el crecimiento
económico, en el cual la industrialización era vista como el instrumento más idóneo para
alcanzarlo. Dado que se le atribuía al mercado argentino de capitales una baja
confiablidad como instrumento eficiente de financiación para el sector industrial, y por lo
tanto, para el crecimiento económico, se consideraba necesario estrictas regulaciones. En
el nuevo esquema, en cambio, el objetico era la eficiente asignación temporal de los
recursos, de acuerdo con las preferencias del consumidor, lo que entrañaba la necesidad
de una liberalización absoluta para que dichas preferencias pudiesen revelarse. El sistema
financiero previo a la reforma se orientaba a subsidiar al sector industrial por medio de
tasas de interés reales negativas. A partir del 77, ese mecanismo se revirtió y en los años
posteriores las tasas de interés para el sector se tornaron positivas, provocando una
transferencia de recursos desde la industria hacia las actividades financieras.

La conformación del nuevo mercado financiero, tomando en cuenta que este se organizó
sobre la base del corto plazo, incrementando el riesgo y las dificultades de los empresarios
para obtener fondos de largo plazo. Esto desviaba el grueso de los recursos a la actividad
especulativa e incrementaba la volatilidad, que se agravaba con las bruscas fluctuaciones
de las tasas de interés. Las criticas señalaban que la reforma financiera provoco un gran
impacto negativo sobre las actividades productivas, mientras sus resultados en materia de
control de la inflación resultaron altamente cuestionables. No pareció sorprendente que
al finalizar la tregua de precios propuesta por el gobierno a los empresarios, la inflación
volviera a acelerarse, lo que convenció a las autoridades económicas de la necesidad de
nuevos caminos para “disciplinar” al sector industrial, mientras se trataba de revertir el
lento incremento que habían manifestado los salarios reales en los últimos meses.

Sin embargo el ritmo inflacionario se mantuvo inconmovible, haciendo fracasar


nuevamente el objetivo de controlar la evolución de los precios. Las políticas de ajuste
tradicionales se revelaban cada vez más impotentes para controlar el aumento de los
precios. De allí que se fuera gestando un viraje en la política económica, iniciado con la
desindexación del tipo de cambio, que produjo un progresivo retraso en la cotización de
las divisas y una gran diferencia en las tasas de interés locales frente a las internacionales.
A fines del 78, el cambio de rumbo se materializaría por completo, al imponerse una
política que tenía por objetico la convergencia de la inflación y las tasas de interés locales
con los valores internacionales. Una de las medidas más importantes del nuevo esquema
era la fijación pautada del tipo de cambio y de las devaluaciones futuras del acuerdo con
un cronograma decreciente, conocido como “la tablita”. Para que la competencia externa
fuese efectiva como freno para el incremento de los precios, se estimó necesario reducir
además los aranceles aduaneros. En junio del 80, se eliminaron los aranceles de aquello
bienes que no se producían en el país y se estableció una estructura arancelaria para los
que si se fabricaban localmente con un Max. Del 55% que se reduciría en forma paulatina
hasta llegar al 20% en el 84. La reforma financiera del año anterior implicaba la
liberalización total de los movimientos de capitales con el exterior. Se suponía que la
movilidad de los capitales era prácticamente perfecta, las diferencias en los rendimientos
de los activos financieros provocarían movimientos de capitales en uno y otro sentido,
que volverían a igualarlos de manera casi automática. Las previsiones no se cumplieron, ya
que los precios superaron holgadamente a las tasas de devaluación. Dado que la tasa de
inflación era mayor a la devaluación, se producía una revaluación del peso, que abarataba
aún más a las importaciones en comparación a la producción local.

Dado el contexto internacional caracterizado por bajas tasas de interese y sobreoferta de


capitales líquidos, estimulaba el ingreso de recursos desde el exterior. Estos flujos
externos eran, en su mayoría, capitales especulativos por lo que, en lugar de fortalecer las
estructuras productivas internas, alimentaban la valorización financiera de carácter
cortoplacista. Contribuían a incrementar la inestabilidad del sistema y las debilidades del
mercado cambiario, ya que, al retirarse, extraerían más divisas de las que habían
ingresado, debido a las ganancias que habían devengado ínterin. Perpetuando un
mecanismo perverso de destrucción del aparato productivo y especulación financiera,
mientras se generaba una pesada deuda externa que hipotecaria el futuro del país.

LA EVOLUCION DEL PLAN

Luego de un breve periodo de crecimiento, la recesión provocada por la apertura


comercial y el retraso cambiario se manifestó con crudeza, dejando como saldo una
economía estancada. Los vinculados principalmente al mercado interno o sometidos a la
competencia de la importación sufriendo un derrumbe muy pronunciado. La industria,
mostro un comportamiento fluctuante, que ocultaba un profunda transformación
estructural aunque el resultado cuantitativo fue una contracción del 12,4% en el periodo.
El sector agropecuario y la explotación de recursos mineros, con algunos altibajos,
lograron una expansión, por medio de una mayor inserción exportadora. El sector
financiero, que comenzó un lento crecimiento en el trienio 76- 78, par a convertirse en el
epicentro de una febril actividad especulativa entre 79 y 81, cuando el ministro se
encontraba en el pináculo de su poder, en el 80, su contribución al PBI arrojaba un
incremento de más del 40% comparado con 1975. La política económica tuvo también una
importante incidencia en la evolución del comercio exterior. Al compás de las
transformaciones productivas y de la declinación del mercado interno, las exportaciones
se triplicación. A lo largo del último lustro de la década del 70, la Argentina se vio
favorecida por términos del intercambio más elevados que en el lustro anterior, los
precios de las exportaciones en 1980 eran dos veces y medio superiores a los de 1970. El
quantum de las exportaciones también se duplico en el transcurso de la década, de modo
que el crecimiento de las ventas al exterior se debía tanto a mayores cantidades
exportadas como a mejores precios. A partir del 76 se transformaría el perfil comercial de
la Argentina, las exportaciones argentinas se habían diversificado progresivamente en la
última etapa del proceso de sustitución de importaciones, con un avance lento pero firme
de la venta de productos industriales. Bajo las nuevas condiciones, esa diversificación
comenzaría a desdibujarse y las ventas externas se concentrarían cada vez más en un
reducido conjunto de productos agropecuarios y mineros y sus derivados a partir de la
transformación de procesos industriales. Empezaron a crecer las colocaciones de carnes,
de aceites vegetales, de derivados del gas y petróleo, actividades que se consolidarían en
la década siguiente. La unión soviética llego a ser el receptor de cerca del 80% de las
exportaciones argentinas de cereales y del 20 de las carnes. El comercio bilateral
mostraba un notorio desbalance a favor de la Argentina, que trataba de compensarse con
convenios pesqueros. Las exportaciones argentinas registraron un incremento
generalizado, que abarco todos los destinos.

Un aspecto oculto de las estadísticas globales fueron las nutridas importaciones de


armamentos, en las que jugó un papel significativo la República Federal de Alemania. En
su esquema comercial, la Argentina reeditaba temporariamente una relación triangular
como la de los años 30 con los EE.UU y GB. Ahora, los vértices del triángulo involucraban
a la URSS y los Estados Unidos. Es que este último país permanecía como el principal
proveedor, y su comercio con la Argentina continuaba mostrando un fuerte desbalance.
En el nuevo triangulo comercial, la compensación de los saldos negativos con los EE.UU se
lograba con las colocaciones en la URSS. Nuevamente se trataba de un sistema triangular
espontaneo y no negociado, lo que conducía a fuertes tensiones económicos, comerciales
y políticas. Por un lado, la Unión Soviética presionaba para disminuir sus déficit
comerciales por medio de inversiones o ventas de productos, por otro lado, el peso de la
deuda externa, en especial con la banca norteamericana, creaba elementos de presión
opuestos a los que funcionaban del lado soviético, pues los acreedores podían imponer
condiciones que afectasen el comercio con la URSS o la regulasen en función de sus
propias necesidades. Las exportaciones argentinas a la URSS competían con las
norteamericanas. Con el debilitamiento de su competitividad en el terreno industrial, el
papel de las colocaciones agrícolas norteamericanas gano importancia y la URSS podía ser
un mercado significativo, de manera que el avance de las exportaciones argentinas abría
un frente de controversia. A pesar de las mayores exportaciones el comercio exterior se
convirtió en una fuente de drenaje de divisas, que solo pudo sostenerse mientras se
mantenía la corriente de créditos externos. La contracara del déficit comercial era, un
incremento de la deuda externa, aun cuando las importaciones no constituían el único
factor, y ni siquiera el principal, que ocasionaba dicho endeudamiento.

EL ENDEUDAMIENTO EXTERNO

La segunda mitad de la década 70 se caracterizó, por una gran liquidez en los mercados
financieros mundiales, derivada del abultado déficit en la cuenta corriente
norteamericana y los saldos comerciales positivos de los países de la OPEP que ampliaban
aún más la magnitud de los fondos prestables. América Latina, comenzó a jugar un
importante rol como tomadores de créditos para financiar su déficit comercial, cubrir su
necesidad de recursos para proseguir con las estrategias de industrialización, solventar los
gastos del estado o desarrollar nuevas estrategias en materia financiera. Los grandes
bancos se encontraban particularmente interesados en estos nuevos tomadores de
crédito, porque así podían compensar la reducción de las colocaciones en los países
desarrollados y expandir geográficamente sus negocios, la posibilidad de cobrar intereses
variables y dado el mayor riesgo que presentaban los nuevos tomadores, imponer tasas
más altas. La política económica aplicada por Martínez de Hoz suponía un modelo
rentístico financiero y creaba una serie de condiciones que situaban a la Argentina en un
lugar privilegiado como receptor de recursos. La reforma del 77 liberalizaba por completo
los movimientos de capitales de todo tipo con el exterior, a lo que se le sumaba, la
profunda apertura comercial. Se asumía que los desequilibrios fiscales y comerciales
podían financiarse principalmente con recursos externos. La tasa de interés se situaba en
niveles superiores a los internacionales, estimulando el ingreso de fondos y los
movimientos especulativos. Un aspecto que facilito la obtención de estos préstamos
fueron las vinculaciones del ministro y de parte de su equipo con la banca internacional,
especialmente estadounidense. Esta política se hallaba inspirada por los conceptos
monetaristas de la llamada “escuela de Chicago” a la cual adherían.

Se pueden identificar dos etapas en el proceso de endeudamiento argentino. La primera


entre el 76 y el 79 y tuvo como principal protagonista al sector público. Dadas las
dificultades para el acceso al crédito interno, la necesidad de financiamiento se orientó
hacia la banca internacional. Buena parte de los préstamos se dirigió a la formación de
una importante reserva de divisas y que tenía como objetivo fortalecer las condiciones
para la posterior implementación de una política de estabilización basada en la utilización
del tipo de cambio como ancla del sistema de precios. La segunda etapa, se relacionó con
el nuevo enfoque del programa económico y los desequilibrios que provoco en diversos
renglones del balance de pagos. La apertura comercial y el retraso cambiario
incrementaron la demanda de importaciones, y la revisión de utilidades y regalías por el
capital y la tecnología foráneos, provocando un déficit comercial y de la cuenta corriente.
Se inició también un crecimiento acelerado del endeudamiento del empresariado en
algunos casos a las necesidades de la actividad productiva pero que generalmente fue
producto de la especulación o de fuga de capitales. Si bien en la primera etapa el
endeudamiento se reflejaba en el crecimiento de las reservas, la segunda etapa rompió
con este comportamiento el esquema se tornaba cada vez más riesgoso el ingreso de
capitales dependía del sostenimiento de la particulares condiciones del mercado
financiero mundial. Una parte del endeudamiento consistía en flujos especulativos que
trataban de beneficiarse con el diferencial entre las tasas de interés en dólares y en pesos
altamente positivo, mientras la tasa de devaluación no superara el ritmo de la inflación. La
expectativa de devaluación podría provocar una corrida hacia las divisas: desatando una
crisis sin precedentes ya que la simultáneamente fuga de capitales había sacado del país
una buena porción de las divisas ingresadas como endeudamiento y la capitalización de
intereses debía incrementar necesariamente la demanda futura de divisas. El sistema era
cada vez más explosivo, al pesar de que objetivamente el circuito de endeudamiento-
especulación conducía indefectiblemente a una crisis se sostuvo en un periodo tan
prolongado. La respuesta invariable apunta a que diversos con gran peso político y
económico se vieran beneficiados por dicha política.

Los principales beneficiarios son, altos funcionarios del gobierno que implementaron las
políticas mencionadas, un grupo significativo de empresas y financistas que efectuaron la
mayor cantidad de maniobras especulativas, las fuerzas armadas y los intermediarios que
utilizaron el endeudamiento externo para la compra de armas; sectores empresarios-
especuladores que trataban de transferir sus activos monetarios al exterior; grandes
grupos nacionales y extranjeros que aprovecharon regímenes promocionales o contratos
del Estado hicieron grandes negocios, aprovecharon las desgravaciones impositivas y
tomaron empréstitos del exterior beneficiándose luego con la estatización de la deuda;
sectores primarios exportadores, agrarios y de commodities industriales en diferentes
etapas de la política económica.

La hegemonía del sector financiero alentó las prácticas especulativas. Se producía el


aprovechamiento del diferencial de tasas de interés, interna , externa: el mecanismo
utilizado era muy simple se introducían dólares prestados por bancos extranjeros, se los
pasaba a pesos, se realizaba ganancias por la tasa de interés nominal interna mucho
mayor que el costo de crédito, fijado por la tasa de interés externa y el ritmo de
devaluación, después se reconvertían los pesos a dólares, se los sacaba del país y se los
depositaba en un banco extranjero y se obtenía un nuevo crédito en dólares de ese banco
con la garantía del depósito, y así se repetía la operación. El otro mecanismo importante
fue el del seguro de cambio establecido por el banco central, cubriendo el repago de
créditos externos privados de hasta 18 meses, este seguro significo un subsidio que fue
ampliamente utilizado por el sector privado, incluso mediante la práctica del auto
préstamo. El mecanismo era tomar préstamos en el exterior para incrementar las divisas
quedando endeudada la empresa pública, que liquidaba los fondos en el banco central y
recibía pesos sin la garantía del seguro de cambio a diferencia de los que iba a ocurrir más
tarde con las empresas privadas.
El financiamiento en la argentina fue utilizado para solventar la especulación, la fuga de
capitales, la compra de armamento, y la demanda de consumo, con un altísimo costo en
materia productiva, ya que la política para la atracción de capitales imponía una
desprotección absoluta a las actividades productivas internas y un costo por la vida del
incremento de las tasas de interés imposible de solventar, la argentina se endeudo
imprudentemente hipotecando su economía y arrasando la base productiva que podía
contribuir a levantar posteriormente esa hipoteca.

LA CUESTION FISCAL

Uno de los objetivos explícito de Martínez de Hoz era la disminución del peso del estado
en la actividad económica, que debía abandonar las actividades en las que el mercado
podía desempeñarse de manera más eficiente. La eliminación del déficit se lograría
reduciendo los gastos por medio de una reforma administrativa y se incrementarían los
ingresos recomponiendo las tarifas públicas incrementando la presión tributaria.

La composición de gasto público lo sufrió una gran modificación, ya que el peso de


partidas como el gasto en salud se redujo sustancialmente, mientras crecían partidas
como los armamentos .Otra partida afectada fue la inversión pública.

El notable crecimiento del gasto público condujo a la necesidad de reforzar en una


proporción mayor los ingresos, toda vez que el gobierno entendía que una de las
principales causas de la inflación era el déficit fiscal. Por eso se reformo la estructura
tributaria, de tal forma que la relación entre los impuestos y el PBI se duplico entre el 75 y
el 78. Características del sistema impositivo, se observa como disminuye la participación
de los impuestos al comercio exterior, un curioso sendero. Simultáneamente se avanzó
hacia una estructura tributaria más regresiva, en la que cobraron peso los impuestos
indirectos, aquello que se trasladan a los precios y son pagados en definitiva por el
consumidor final. Así el IVA se extendió a actividades exentas hasta ese momento,
incremento su participación y la recaudación por ese concepto se elevó.

Los impuestos al capital por su parte apuntaban a gravar más los sectores productivos que
los financieros, estimulando por el lado fiscal a las actividades especulativas. Mientras
tanto la recua dación al impuesto al trabajo se contrajo bruscamente en el 76 y 77. La
evolución al impuesto al trabajo respondía según la interpretación oficial a una política de
desgravación a la actividad productiva. Fue un desmoronamiento de los salarios y que la
presión de estos impuestos se incrementó. Es decir que la reducción se debía al
achicamiento de la base imponible, que excedía al aumento de la tasa con la que se la
gravaba. Por medio de estas políticas de ingresos se logró captar una mayor cantidad de
recursos que se sumó con una gran cantidad de créditos internos y externos que permitió
reducir inicialmente el déficit fiscal, sin embargo los fundamentos de tal reducción eran
débiles y desde el 80 se produjo una inflexión en su comportamiento, que aumento el
déficit y se mantuvo así hasta el final de la dictadura.
PUJA DISTRIBUTIVA Y CONCENTRACION DEL CAPITAL

Mediante el plan de sincerar los precios, la implementación del plan de Martínez de Hoz
condujo de inmediato a una redistribución del ingreso desde los salarios hacia los
beneficios de los empresarios y fundamentalmente financieros. El congelamiento y
control de salarios nominales contrajo los sueldos reales y redujo la participación de los
salarios en el ingreso nacional. En relación con la distribución personal del ingreso se
observa una importante caída en los ingresos percibidos por los estratos más bajos,
paralelamente un fuerte en la participación de ingresos altos y la reducción de los medios.
Las personas de ingresos más altos vieron crecer sus ganancias a costa de una reducción
de los estratos medios y bajos.

HACIA UNA CRISIS INCONTENIBLE

Los sucesivos planes, además de su devastador efecto sobre la estructura productiva se


reflejaban una fragilidad asombrosa desde el punto de vista técnico y ampliaban cada vez
más los profundos desequilibrios macroeconómicos. Su perdurabilidad se debía al fuerte
apoyo recibido por la conducción desde el plano político- castrense y de los principales
grupos económicos. Pero lo que más afecto al programa fue el súbito viraje del contexto
internacional por los nuevos lineamientos económicos impulsados por los estados unidos
que provocaron una fuerte alza en las tasas de interés, alterando radicalmente los
mercados financieros mundiales, el crédito internacional se tornó entonces caro y escaso.
La condiciones productivas se agravaron, las fuentes genuinas de divisas del país
comenzaron a deteriorarse, ya que luego de varios años consecutivos favorable, los
términos de intercambio volvieron a deteriorarse de una manera notoria. El nuevo
contexto colocaba al mercado de divisas argentino en una situación delicada
aproximándolo progresivamente a la cesación de pagos. Provoco una crisis de confianza
que se agudizo con las dificultades de algunos grupos económicos y la disminución de la
garantía oficial. Solo faltaba un detonante para que la compleja situación se transformara
en una verdadera crisis que se produjo en Marzo de 1980 cuando el mayor banco local
privado el Banco de Intercambio Regional cerro de forma repentina sus puertas, seguido
inmediatamente por otros bancos. Este acontecimiento dio lugar a una fuerte fuga de
depósitos convertidos en dólares ante el riesgo de la devaluación. El gobierno intento
reestablecer la tranquilidad restaurando la garantía plena en los depósitos, medida que
desnudaba la debilidad del sistema financiero y no contribuía demasiado a devolver la
confianza. Se tomó una medida favorable a los bancos y de consecuencias profundamente
negativas para los deudores. El banco central implanto el índice de ajuste financiero, este
índice era un mecanismo de indexación vinculado al otorgamiento de los créditos
hipotecarios que se generalizarían luego al conjunto de la economía. Muchos perdieron
así sus propiedades a no poder afrontar las cuotas actualizadas por indexación. El
programa abierto por la crisis bancaria volvió a acentuar una característica endémica de la
economía argentina: la fuga de capitales.

La crisis desatada en el 80, fue explicada por Martínez de Hoz apuntándole a la


incertidumbre que género en el mercado la expectativa de un cambio en la política
económica por parte de las futuras autoridades. Contradictoriamente afirmaba también
que “de todas formas hubiera habido problemas y en parte yo justifico a mis sucesores
casi todos los cambios que hubo en la economía internacional a principios de los 80
perjudicaron al país: se acabó el financiamiento de los petrodólares, hubo recesión
mundial, Reagan subió mucho la tasa de interés y cayeron los precios de nuestras
exportaciones” Admite que la Argentina se había tornado muy vulnerable a los vaivenes
de la coyuntura internacional y que la implementación de su programa se había podido
sostener por las condiciones especiales de esta en la segunda mitad de los 70.

Frente a esta situación el gobierno no practico una modificación sustancial de su política


económica, las medidas adoptadas trataban de actuar sobre la coyuntura, pero dejaban
intactas las condiciones de fondo que habían originado la crisis. Para frenar la fuga de
divisas, se incrementó la tasa de interés, con un alto costo en materia productiva, ya que
así se profundizaba la recesión. También se abandonó la política de devaluaciones
declinantes y se estableció un tipo de cambio fijo con una pauta de devaluación del 1%
mensual, ostensiblemente por debajo de la tasa de inflación y que, por la tanto,
profundizaba el retraso cambiario. Se eliminó el plazo mínimo de un año para tomar
créditos en el exterior, anulando la única medida de control de los movimientos de divisas
aún vigente. Estas medidas trataban de restituir la confianza de los operadores, pero
incrementaban la volatilidad del sistema en un momento particularmente riesgoso. El
equipo entrante ordeno que se produjeran dos devaluaciones, el paso desnudaba la
intención del equipo entrante. El mercado reacción acentuando su fuga hacia el dólar,
disminuyendo drásticamente el nivel de depósitos y las reservas oficiales, mientras la tasa
de interés llegaba a niveles exorbitantes.

LOS SUCESORES DE MARTINEZ DE HOZ: LA AGUDIZACION DE LA CRISIS

En ese complejo contexto, se produjo el traspaso del mando presidencial de Videla a Viola,
quien nombro ministro de economía a Lorenzo Sigaut en el 81. El 2 de abril de ese año se
puso en práctica un intento de conjurar la crisis, operando fundamentalmente sobre el
sector financiero. Ese día, luego de que el ministro afirmase que “el que apueste al dólar
pierde” se devaluó la moneda en un 28% eliminando la “tablita” cambiaria e
implementando un sistema de tipo de cambio fijo a ser establecido día a día por el BCRA.
También se redujeron ligeramente los aranceles y se establecieron retenciones
temporarias para las exportaciones agropecuarias. Volvió a devaluarse el peso,
estableciéndose una pauta futura de devaluación del 6% mensual, que en septiembre se
troco por la apertura de un mercado de cambios financiero libre y otro comercial con una
paridad establecida diariamente por el BCRA. Mientras trataba de amenguarse la crisis del
sector bancario por medio de múltiples mecanismos, tales como adelantos, redescuentos,
apoyo financiero especial, o el establecimiento de un régimen de préstamos destinados a
la adquisición y fusión de entidades financieras de capital nacional. También se pusieron
en marcha algunas medidas para evitar la profundización de la recesión, entre las que se
contaban el apoyo financiero para la reactivación de economías regionales, líneas de
crédito al sector productivo, regímenes de préstamos para mejorar el perfil temporal del
endeudamiento de las empresas y el apoyo crediticio para las exportaciones
promocionales. Las medidas provocaron una brusca contracción del producto. El papel del
Estado en la ayuda a las grandes empresas privadas endeudadas en los años previos,
muchas de las cuales se veían agobiadas por los pasivos. Se estableció un sistema de
seguro de cambio que cubría el repago de créditos obtenidos en el exterior por el sector
privado, siempre que se extendiera el plazo de su vencimiento por más de un año y
medio. Dado que ya se habían practicado dos devaluaciones importantes en el curso del
año, las empresas presionaron con éxito para que el Estado les otorgara un subsidio que
compensara la variación pasada del tipo de cambio. La deuda privada comenzó a licuarse,
mientras continuaba creciendo la pública. El proceso había comenzado, cuando las
empresas del estado se vieron obligadas a endeudarse como mecanismo para el ingreso
de divisas, que se fugarían luego con las operaciones de mercado abierto y transferencias
al exterior de los grupos privados. Se asistía así a un proceso de estatización de la deuda
externa privada.

La experiencia de Viola- Sigaut tendría corta duración. Galtieri, nombraría como ministro
de Economía a Roberto Alemann, quien ya había desempeñado similar función durante el
gobierno de Frondizi. Debió enfrentarse a los efectos económicos de la Guerra de
Malvinas. El objetivo inicial de su política se centraba en el control de la inflación. Se
unifico el mercado cambiario y se liberó la cotización de las divisas, eliminando la
participación del Estado y las empresas públicas en ese mercado. Este curso de acción
implico una devaluación del peso. Las tasas de interés siguieron en niveles elevados,
tratando de restringir la circulación monetaria. Se intentó reducir el déficit de las cuentas
públicas, consideradas el principal factor de la expansión monetario que provocaba la
inflación. Se reforzó la presión tributaria, imponiendo un derecho del 10% a las
exportaciones que gozaran de reembolsos y extendiendo el impuesto al valor agregado a
los alimentos y los medicamentos. Se reajustaron las tarifas públicas. Se limitaron los
montos de los reembolsos a las exportaciones y se congelaron los salarios del sector
público.

La forma ortodoxa de combatir la crisis, provoco las primeras manifestaciones de


descontento con movilizaciones callejeras, que descubrían al mismo tiempo la gravedad
de la situación y el progresivo debilitamiento de una dictadura que, hasta ese momento,
había podido controlar en forma autoritaria la situación social. En la guerra de Malvinas, el
Reino Unido adopto represalias: congelo los fondos argentinos depositados en bancos
británicos y embargo las exportaciones procedentes del país enemigo. La Comunidad
Económica Europea, suspendió las compras a la Argentina por un mes, medida que luego
fue prorrogada por tiempo indeterminado. La Argentina respondió con tibias medidas,
como la suspensión de la venta de divisas para abonar compromisos con el Reino Unido,
pero no avanzo en terrenos que afectaran los intereses británicos locales de largo plazo. El
gobierno argentino procuro mantener equilibradas sus cuentas externas y su posición en
divisas, reforzando el control sobre los pagos al exterior y cancelando los vencimientos de
la deuda externa con títulos públicos. Se restringió la importación de bienes prescindibles,
se practicó una devaluación del 16% compensada con aumentos de las retenciones a las
exportaciones tradicionales y reducción de aranceles y se incrementó el monto de los
reembolsos a las exportaciones industriales. Las condiciones del ajuste, significaron un
paso más en el agravamiento de la recesión. La derrota militar volvió a provocar un
cambio de autoridades nacionales y ministeriales, aunque ahora se iniciaba un periodo de
transición hacia la apertura democrática.

Una nueva alza en los precios internacionales del petróleo había desencadenado una
recesión, que provoco una caída en los precios de las materias primas, de modo que los
términos del intercambio de la Argentina descendieron. Las tasas de interés se elevaron y
los flujos de capital comenzaron a reorientarse hacia los países desarrollados, por lo que el
acceso al crédito para los subdesarrollados, se tornó muy dificultoso. Los montos
adeudados continuaban creciendo debido a la capitalización de intereses. Al verse
privados de nuevos créditos, estos países encontraron severas dificultades para cancelar
sus compromisos al vencimiento, por lo cual incurrieron en moras. La situación hizo
eclosión en agosto del 82, cuando México declaro formalmente una moratoria unilateral
transitoria del pago de la deuda pública, aunque continuo abonando los intereses.
Estallaba así la “crisis de la deuda”, que domino el panorama económico en los años
siguientes. El gobierno se enfrentaba, entonces, a un problema que tenía dos facetas. Por
un lado, debía hacer frente a los compromisos externos por vencer, en el marco de un
grave déficit de divisas y, por el otro, atender las demandas de las grandes empresas
privadas endeudadas para evitar un crac económico generalizado. El Banco Central,
emprendió un proceso de estatización de la deuda externa privada, refinanciando
simultáneamente los vencimientos por medio de nuevos títulos públicos, mientras los
deudores privados se beneficiaban con métodos de pago al Estado que, dados las altas
tasas de inflación y las devaluaciones, fueron licuando progresivamente sus deudas.

Con respecto al pago de la deuda pública, se iniciaron negociaciones con el FMI, que actuó
como intermediario frente a la banca privada, para el refinanciamiento de los pasivos. El
acuerdo logrado incluyo la adopción de medidas de ajuste que contuvieran la inflación,
incentivaran las exportaciones para permitir una mejoría en el balance de pagos, y
limitaran el déficit fiscal por medio de un reajuste de las tarifas públicas en busca de
reducir el déficit fiscal. Durante 1983 se observó un ligero aumento de los salarios y una
recuperación del empleo que, sumados al ligero crecimiento experimentado por las
exportaciones, lograron quebrar dos años consecutivos de contracción de la producción.
Al concentrarse el traspaso de mando al nuevo gobierno constitucional encabezado por
Raúl Alfonsín, el balance global del conjunto de la gestión económica de la dictadura
mostraba un crudo panorama. En ocho años, el crecimiento del producto bruto había sido
de solo el 2,3% lo que significaba una drástica disminución de la riqueza por habitante. El
proceso de sustitución de importaciones había sido definitivamente desarticulado,
mientras desaparecían ramas enteras de la producción. Se había motorizado también una
severa concentración de las actividades económicas, del capital y de los ingresos, lo que
provocaba una fuerte reducción de los salarios y comprimía el mercado interno hasta
niveles inimaginables. Quedaba una abultadísima deuda externa que condenaba al país a
décadas de esfuerzo para pagarla, a una delicada posición en la balanza de pagos y a una
gran vulnerabilidad en la toma de decisiones económicas para el Estado, ya que los
futuros programas económicos deberían ser aprobados previamente por la banca
acreedora. Los objeticos explícitos de control de la inflación y de las cuentas públicas no
se habían alcanzado. La deuda externa imponía crecientes erogaciones para el sector
público y generaba problemas de difícil resolución en el plano monetario, creando las
condiciones para un estallido hiperinflacionario.

Sin embargo, se había logrado un éxito rotundo en los objeticos implícitos de transformar
radical e irreversiblemente la dinámica económica- social, al sentarse las bases de un
nuevo modo de acumulación rentístico- financiero que llevaba a la privatización de la
producción y al liderazgo de un reducido conjunto de grupos económicos.

EL PROCESO DE DESINDUSTRIALIZACION

Al iniciarse la dictadura, el sector industrial presentaba características contradictorias. Las


últimas dos décadas mostraban una cara positiva: el crecimiento había sido, a excepción
de algunas recesiones puntuales, persistente e intenso y fue la industria la que lidero la
expansión global; la diversificación había continuado en su avance, incorporando
actividades nuevas, con una mayor integración vertical de las cadenas productivas;
lentamente, las exportaciones del sector habían comenzado a cobrar cierta importancia
en la balanza comercial del país. También ofrecía una cara negativa que ponía de
manifiesto sus limitaciones. A pesar de la diversificación, su estructura morfológica se
encontraba mucho más próxima a la de un país subdesarrollado que a la de uno
desarrollado. Los sectores básicos reflejaban serias insuficiencias, mientras las ramas
vinculadas a la primera etapa del proceso sustitutico continuaban teniendo un peso
demasiado grande en la estructura industrial.

Las principales debilidades de la industria se encontraban en los sectores productores de


insumos industriales y de bienes de capital. Se necesitaban de importar dichos insumos,
que afectaba la balanza comercial, produciendo desequilibrios particularmente nocivos en
las etapas de expansión, que muchas veces debían ser interrumpidas en forma abrupta
por falta de divisas. Se vinculaba a la falta de desarrollo de un proceso propio de creación
de tecnología, que alejaba a las industrias locales cada vez más de la frontera productiva
de los países desarrollados y ocasionaba resultados comparativamente magros en la
evolución de la productividad. El retraso del sector industrial argentino se hacía más
notorio por la obsolescencia de su parque de maquinarias. El objetivo de alcanzar a los
países desarrollados se convertía en una meta cada vez más utópica.

La transformación del contexto mundial, expresaba la necesidad de una profunda


redefinición del perfil productivo nacional. Los militares decidieron atribuir las dificultades
a las características naturalmente endebles de la industria local y apuntar a una política
que permitiera descubrir los nichos en los cuales existían ventajas comparativas que
tornaran competitiva la producción local, sin una defensa y un intento de fortalecer
íntegramente al sector. Se conjugaba con la idea de una racionalidad de corto plazo
otorgada por el mercado, que se proyectaba sobre las empresas individuales y operaba a
nivel exclusivamente microeconómico. La reestructuración propuesta por la dictadura
quedo oculta tras el publicitado objetivo de control de la inflación. La reducción de los
salarios y la represión sobre los sectores indícales permitieron un generalizado incremento
de la productividad y de la rentabilidad, que se conjugo con la liberalización de los precios
y contribuyo a fortalecer temporariamente a la industria. La progresiva devaluación de la
moneda nacional desde el lanzamiento del Rodrigazo en el 75, permitía mantener los
niveles de competitividad previamente alcanzados. En agosto del 76 se sanciono un nuevo
régimen de inversiones extranjeros, que le otorgaba a las empresas foráneas una igualdad
de derechos frente a las nacionales. A partir de allí se redujeron progresivamente los
subsidios y las regulaciones, apuntando a una liberalización del comercio exterior que
permitiera contener el incremento de los precios internos con la amenaza de las
importaciones. La medida con mayor relevancia fue la reducción de los aranceles de
importación. Las dificultades para dominar el fenómeno inflacionario condujeron, a lo
largo del 77 a racionalizar el gasto público, lo cual se sumó a la contracción de los salarios
para decir la demanda. La reforma financiera, que liberaba por completo el mercado
crediticio y las tasas de interés, los requisitos para la expansión de las entidades
financieras y los flujos de capitales con el exterior. El sector financiero comenzó a tener un
papel determinante en la captación y la reasignación de los recursos, influyendo
decisivamente en la dinámica económica general. Le resto recursos a las inversiones
físicas, resintiendo la capacidad de expansión de largo plazo de la producción. El resultado
de la reforma financiera fue un profundo cambio en el comportamiento de las empresas
industriales, arrastradas a una lógica de corto plazo, en la que los aspectos financieros
predominaban sobre los productivos, afectando las decisiones en materia de inversión en
bienes de capital y de creación e incorporación de innovaciones tecnológicas. Estas
empresas se convirtieron en agentes financieros que tenían una fábrica. Las plantas
industriales se compraban y se vendían como parte de la especulación. El endeudamiento
llego finalmente a niveles inconcebibles, superando en numerosos casos el patrimonio de
las empresas, que terminaban cerrando sus puertas o reclamando un salvataje por parte
del Estado.

En el 78 se diagramo la tablita cambiaria y se diseñó un nuevo cronograma de rebajas


arancelarias. Exponiendo a la producción interna a la competencia disciplinadora de las
importaciones. La hipótesis de que por intermedio de ellas podría contenerse el avance el
avance de los precios no tomaban en cuenta una serie de factores limitantes. Muchos
productores del exterior gozaban de un acceso mucho más favorable al crédito, con lo que
la incidencia de los costos financieros era sustancialmente menor. Se debilitaba así la
posición competitiva de la producción local por motivos que no eran de índole productiva
ni de ineficiencia administrativa de las empresas. Los mercados se abarrotaron de
productos importados, mientras la inflación reducía momentáneamente su ritmo, pero no
lograba descender del 100% anual. En lugar de revisar su estrategia, Martínez de Hoz
decidió forzar todavía más su programa y acelero la reducción de aranceles, con lo que la
situación de la industria se tornó insostenible.

Entre el 76 y el 83, se fueron consolidando dos claras tendencias. Desde el punto de vista
de la estructura de los mercados, se produjo un acentuado proceso de concentración, que
puede observarse tanto en el interior de las distintas ramas productivas como en el
crecimiento de la participación en el producto de las ramas más concentradas, en especial
la producción de insumos intermedios. Los grupos que mejor performance registraron
fueron los que emprendieron un proceso de diversificación, tanto en la producción
industrial como incorporando actividades no industriales, especialmente en el sector
servicios y en la actividad financiera. Las colocaciones en el exterior comenzaron a girar
crecientemente en torno de un reducido grupo de commodities con un menor grado de
complejidad técnica y mayor estandarización, ligados sobre todo a la transformación de
insumos de origen agropecuario y minero, entre los que se destacaron las carnes, los
aceites o los derivados del petróleo y del gas, que explican el particular dinamismo del
sector químico frente a otras ramas industriales. Otro tipo de reestructuración frecuente
fue la estrategia de “sustitución de producción”, como fenómeno contrapuesto a la
sustitución de importaciones pasada. Muchas empresas comenzaron a reducir la cantidad
de insumos de fabricación local, reemplazándolos por componentes importados. En
muchos casos, empresas industriales abandonaron por completo sus líneas de producción
para transformarse en meras casas importadoras y comerciales. Los efectos de la política
económica de Martínez de Hoz, fueron la contracción de la producción, desaparición de
numerosas actividades, desarticulación de las relaciones intersectoriales y simplificación
de la estructura morfológica.

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