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Reflexión

Reflexión

La justicia de género
no es una cuestión de
ideología
Reflexiones de trasfondo
Gonzalo Gamio Gehri

De un tiempo a esta parte, el tema de la igualdad de género se ha


convertido en un factor de división en el espectro político. En deba-
tes recientes, la distinción entre “conservadores” y “progresistas” se
define en parte en virtud de nuestra posición ante la conexión entre
el género y la identidad. Los progresistas consideran importante la
diferencia entre sexo y género, y valoran el género como una faceta
crucial de la identidad y en el proceso de su construcción. La socie-
dad y sus instituciones deben promover la igualdad de derechos y de
oportunidades en materia de género, así como combatir la discrimina-
ción y los crímenes de odio. Los conservadores rechazan la noción de
género, se quedan con la matriz puramente biológica de la diferencia
sexual. Denuncian el discurso de género como “ideológico”. De allí el
uso de la polémica categoría “ideología de género”.
El concepto de ideología ha sido usado de diversas maneras en la
historia de las ideas. Por lo general, se la identifica con una suerte

* Aparecido en una versión más breve en Nuestra Familia (Boletín de la Congregación de


los Sagrados Corazones), Número 407, Tomo XXIX, Año 50, Mayo 2017, pp. 4-5. Algunas

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ideas que examino aquí las he presentado también en mi blog Política y mundo ordinario,
especialmente http://gonzalogamio.blogspot.pe/2017/03/extranos-discursos.html.

Páginas 247. Septiembre 2017.


de “conciencia falsa” que se contrapone al tipo de conocimiento que
aporta la ciencia a la cultura humana. Mientras la ciencia da cuenta
de la realidad a partir del trabajo con el argumento y la evidencia, las
ideologías configuran imágenes de la realidad que reflejan los esque-
mas y los intereses de un grupo particular de personas que buscan
posicionarse en el espacio público. En la arena política se usa con
frecuencia el término para descalificar el punto de vista del rival, acu-
sándolo de sesgado y de interesado en términos políticos. Se acusa a
quienes difunden esta clase de discursos de formar lobbies que pre-
tenden ejercer poder e influencia en la opinión pública sin recurrir a la
actitud falibilista y la transparencia que son propias del intercambio
libre de razones.
Estas consideraciones nos llevan hacia la pregunta principal: ¿es la
defensa de la justicia de género una cuestión ideológica? La batalla
intelectual y ciudadana contra la discriminación y la violencia por ra-
zones de género –el machismo, la homofobia, los crímenes de odio–
no es una causa propia de un grupo minoritario: tendría que ser una
causa que involucra a toda la sociedad, pues se trata de la protección
de los derechos de las personas. Es preciso señalar asimismo que el
sexo y el género son elementos constitutivos de la identidad de los
individuos, como también lo son la cultura, la corporalidad, la historia
personal y colectiva y el lenguaje. La identidad alude a la formulación
de la pregunta ‘¿quién soy yo?’, a nuestra condición de seres únicos
e irrepetibles, que toman decisiones para sus vidas y se trazan propó-
sitos que las orientan hacia diversas metas. Llegamos al mundo con
un “equipamiento básico” –tenemos un cuerpo, somos capaces de
razonamiento, percepción y lenguaje–, pero nuestra existencia se de-
fine a partir de cómo ejercitamos aquellas capacidades en un mundo
construido socialmente. En el horizonte de las relaciones humanas
construimos nuestra identidad. Esta afirmación no es un punto de vis-
ta particular; es un rasgo básico de la condición humana, estudiado
por la filosofía y las ciencias humanas y sociales.
“Sexo” y “género” son cosas bastante distintas. El sexo está determi-
nado por la genitalidad y por la disposición cromosomática. Uno nace
varón o mujer, por supuesto, independientemente de la orientación
sexual. Pero el género –lo “masculino” y lo “femenino”– se constru-
ye cultural y socialmente. Me refiero a la constelación de creencias y
valores que rodean la diferencia entre los sexos. Lo que se espera de
“lo masculino” y “lo femenino” no es invariable. En muchas culturas,
sólo por poner un ejemplo no controversial, no se esperaba que una
mujer fuese a la guerra o interviniera en la política. La cultura liberal
se ha comprometido con la igualdad y la libertad en estos asuntos tan
cruciales. La justicia entre los géneros es un asunto muy importante 49
para la consolidación de la vida democrática. Desde una clave episte-
mológica, se trata de una categoría crucial en las humanidades y las
ciencias sociales.
La justicia de género no es un asunto de lobbies ni de un mero juego
de fuerzas político. Es un asunto básico de la ética y de la cultura
política democrática. El respeto de los derechos humanos y el trato
igualitario de los individuos constituyen principios fundamentales de
la democracia liberal. Proteger los derechos de varones y mujeres en
condiciones de igualdad, más allá de su cultura, condición económi-
ca, ideas u orientación sexual, es una exigencia de un régimen libre
y justo. Tenemos que aceptar –y valorar– el hecho de que vivimos en
un mundo plural, que no todas las personas piensan o actúan como
nosotros, y que debemos respetar los derechos de los demás, que
esto es la base misma de una vida social sana y razonable. Escuchar
las demandas y las reivindicaciones de derechos de quienes no pien-
san y viven como nosotros constituye una auténtica obligación moral.
Escuchar estas demandas, discutirlas y atenderlas siguiendo los ca-
nales que establece el orden democrático es un asunto de justicia
fundamental que no debemos soslayar.
Estos argumentos nos llevan a constatar la necesidad de elaborar
propuestas pedagógicas que promuevan esta ética democrática y
pluralista. Queremos formar niños y jóvenes que valoren la igualdad
de derechos y de oportunidades, y que rechacen cualquier modo de
creencia o de acción que fomente el prejuicio, la discriminación o los
tratos crueles por motivos de género o de sexualidad. El machismo y
la homofobia propician la violencia y el falso reconocimiento, la es-
tigmatización de personas que poseen dignidad y que reivindican su
derecho a ser ellas mismas. La defensa de las libertades de estas
personas es un asunto de todos los ciudadanos, y no de grupos mi-
noritarios que supuestamente pretenden convertir sus preferencias
privadas en un tema de interés público. Todo lo que concierne al tra-
bajo de la justicia –la defensa de derechos en los foros políticos y en
los tribunales– es materia de reflexión pública. Por eso compete al
Estado y a la sociedad civil plantear y discutir formas de educación
que cimenten una actitud tolerante y empática entre los futuros ciuda-
danos. Estas ideas y estas políticas podrán y deberán ser examinadas
por profesores, padres y estudiantes en los espacios deliberativos que
sean pertinentes en un clima de apertura, disposición al uso de argu-
mentos y solidaridad con el otro.
Constituye una prioridad para nuestra sociedad formar el juicio y el
carácter de nuestros jóvenes para escuchar y valorar las diferentes

50 voces que habitan nuestro país en materia de cultura, condición


socioeconómica, género y sexualidad. Hablamos de educar a los ciu-
dadanos del futuro en el cultivo del libre pensamiento y en el reco-
nocimiento de mi prójimo. Acoger las razones del otro, comprender
su sufrimiento si padece injusticia y proteger al débil son modos de
actuar que son básicos para edificar una cultura política democrática
genuina. Nada de esto nos perjudica como individuos; al contrario,
nos permite desarrollar una disposición ética crucial: nuestra capaci-
dad de incorporar al otro como miembro de nuestra comunidad moral
y espiritual y, por tanto, vindicar sus derechos básicos. Prescindir de
estas prácticas y actitudes sólo nos lleva a reproducir diversas formas
de exclusión o a permanecer indolentes ante el dolor ajeno. Ampliar el
nosotros que constituye nuestra comunidad, de eso se trata.
Educar a nuestros jóvenes para vivir lúcidamente en un mundo plu-
ral implica superar los prejuicios que a menudo la gente construye
acerca de quien piensa, siente y vive distinto. Esos prejuicios deben
ser sometidos a crítica en los espacios públicos, en las escuelas y en
las universidades. Tenemos la responsabilidad de compartir nuestro
mundo social con el otro, así como hacernos conscientes de esta res-
ponsabilidad y sus exigencias. No tenemos derecho a excluir a nadie
del mundo que habitamos.

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