Вы находитесь на странице: 1из 351

Philippe Gutton

LO PUBERAL

PAIDOS
Buenos Aires
Barcelona
México
Título original: Le pubertaire
© Presses Universitaires de France, 1991
ISBN 2-13-044165-3

Traducción de Irene Agoff

Cubierta de Gustavo Macri

la. edición, 1993

Impreso en la Argentina - Printed in Argentina


Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

© Copyright de todas las ediciones en castellano by

Editorial Paidós SAICF


Defensa 599, Buenos Aires

Ediciones Paidós Ibérica S.A.


Mariano Cubí 92, Barcelona

Editorial Paidós Mexicana S.A.


Rubén Darío 118, México D.F.

ISBN 950-12-4169-6
INTRODUCCION....................................................................... ............ 9

1. LO PUBERAL EN SUS ORIGENES.................................... 19


A / Encontrar el objeto o la experiencia originaria
puberal.......................................................................................... 21
B / Reencontrar el objeto o el acceso a la
representación del Edipo genital......................................... 45
Conclusión................................................................................... 53
N o ta s............................................................................................. 54

2. ESCENAS EN LA PUBERTAD............................................ 63
A / Las escenas puberales...................................................... 63
B / Lo puberal de los p ad res................................................ 88
N o ta s.............................................................................................. 101

3. LO HOMONIMO Y LO ANONIM O................................. 109


A / La asimetría edípica p ub eral........................................ 109
B / La inadecuación del superyó......................................... 135
C / De la obsolescencia........................................................... 144
N o ta s.............................................................................................. 148

4. OBJETOS NARCISISTAS....................................................... 161


A / Complementariedad narcisista y escena p u b eral.. 161
B / Características del objeto narcisista parental........... 169
C / La contracoacción, sus modelos,sus imitaciones .. 178
D / El análisis tercero y la transferencia narcisista....... 204
N o ta s.............................................................................................. 224
5. FRACTURA DE HISTORIA.................................................. 235
A / Lo puberal imposible o psicosis puberal.................. 235
B / Entre depresividad y aburrim iento............................ 254
C / El progenitor grandioso.................................................. 269^
D / La seducción exterior del cu erp o ................................ 293
E / Los acondicionamientos transitorios.......................... 314
N o tas.......................................................... .................................. 332

CONCLUSION............ ........................................................................................ 349


N ota............................................................................................... 351
B ib l io g r a fía ..................................................................................................... 353
INTRODUCCION

Lo puberal: adjetivo sustantivado que refleja una anda­


dura teórica directam ente enlazada a una práctica coti­
diana —ya de larga data— en patologías graves a la edad
de la adolescencia. Las transformaciones psíquicas de la
pubertad1 fueron siendo ieslindadas progresivamente en
el conjunto de procesos de la adolescencia, situándose en su
centro. E stas transform aciones crean el acontecimiento
hacedor de historias adolescentes en cuanto la pubertad
hace su aparición.
¿Cuáles fueron las prim eras balizas entre las que se
reveló fecundo navegar bajo el empuje de los alisios de la
pubertad? Entre neurosis infantil y neurosis de transferen­
cia, como lo propusieron lecturas y discusiones con S. Lebo­
vici.2 Ambas se corresponden, revelando aquélla a ésta en
la práctica psicoanalítica aunque sin coincidir por entero.
La primera es residuo de historia,3 queremos decir: sedi­
mento, en el sentido de que éste revela la organización del
producto que lo precedió, hacia el cual tendió el funciona­
miento psíquico al abandonar la primera edad y en el que
encontró solidez y aperturas ulteriores, su “más acá”, su
“ante-edípico”.4 La segunda, neurosis de transferencia, da
sentido a las transferencias y manifestaciones neuróticas
de éstas. “Ambas, modelos de desarrollo en ligazones recí­
procas.” La gestión de su intervalo incita al autor a distin­
guir dos módulos de reflexión:

— el trabajo psíquico a partir de un acontecimiento de


desarrollo;
— el trabajo psíquico de transferencia, es decir, capaz
de producir una transferencia objetal opuesta a las
neurosis narcisistas.

Hemos concebido los procesos de la adolescencia sir­


viéndonos de este desdoblamiento:
1. Apuntalado en la pubertad, el trabajo psíquico es
considerado por diversos autores de tres maneras que van
de lo simple a lo complejo:
— La adolescencia es una reproducción de la neurosis
infantil,5 repetición simple, calco, tirad a fotográfica,
trompe-Voeil. Lo puberal es un reforzamiento pulsional.
— El trabajo de la adolescencia es una “reorganiza­
ción complicada”, reescritura, “repetición elaborativa”,
efecto de memoria según el modelo del a posteriori,
momento de temporalización que reaparece al iniciarse
un nuevo entrojamiento atem poral del inconsciente. Las
escenas de la pubertad son los eslabones necesarios que
conducen a la neurosis infantil. Lo puberal formaría la
distancia segura entre el modelo de la neurosis infantil y
la obra adolescente. Este es el sentido del extraordinario
comentario de S. Freud que reproducimos ahora en su
integridad:6 “Debemos recordar que ‘los recuerdos de
infancia’ de los hombres no se fijaron sino a una edad
más avanzada (casi siempre, en la época de la pubertad),
y que padecen entonces un proceso de reorganización
complicada, enteram ente análogo al de la formación de
las leyendas de un pueblo sobre sus orígenes. Podemos
reconocer claramente que el adolescente intenta borrar, a
través de fantasmas relativos a su primera juventud, el
recuerdo de su actividad autoerótica. Lo consigue ele­
vando a nivel del amor objetal las huellas dejadas por el
autoerotismo, como lo hace el auténtico historiador que
procura barruntar el pasado a la luz del presente. De ahí
la cantidad de atentados sexuales y seducciones imagina­
dos en estos fantasm as, m ientras que la realidad se
limitó a una actividad autoerótica estim ulada por caricias
y castigos. Además, advertimos que quienes se forjan fan­
tasm as sobre su infancia sexualizan sus recuerdos, es
decir que enlazan sucesos banales con su actividad sexual
y extienden a ellos su interés sexual, al tiempo que proba­
blemente siguen de este modo las huellas de contextos
verdaderam ente existentes. Todos los que recuerden el
‘Análisis de la fobia de un niño de cinco años’ comprende­
rán que, con las observaciones precedentes, no tengo la
intención de dism inuir la im portancia de la sexualidad
infantil y reducirla al interés sexual existente durante la
pubertad. Sólo aspiro a ofrecer criterios técnicos para la
solución de fantasm as destinados a falsear la imagen de
la actividad sexual propiamente dicha.”
—S. Freud va más lejos en el sentido de una potenciali­
dad de cambio inherente a lo puberal. Si “la imposibilidad
de la resolución del complejo de Edipo en la infancia en
razón del desajuste entre la estructura edípica y la madu­
ración biológica hace de la elección de objeto infantil un
preludio tímido pero decisivo a la orientación de la elección
durante la pubertad”. “A partir de esta época (la pubertad),
el individuo se encuentra ante una inmensa labor que con­
sistirá en separarse de sus padres... la labor del hijo varón
consiste en separar de su m adre sus deseos libidinales
para trasladarlos a un objeto real extraño, en reconciliarse
con el padre si le ha guardado c*erta hostilidad o en eman­
ciparse de su tiranía cuando, por reacción contra su rebel­
día infantil, se convirtió en su esclavo sumiso.”7 La inter­
pretación de la evolución del “Hombre de los lobos”
completa la proposición: “Esta misma corriente (lo sexual
viril) tenía que luchar contra las inhibiciones derivadas del
residuo de la neurosis infantil. Gracias a un violento
empuje de su instinto hacia la mujer, nuestro enfermo
había conquistado por fin la plena virilidad; ccmservó desde
entonces a la mujer como objeto sexual, pero esta posesión
no iba a contentarlo; una fuerte inclinación hacia el hom­
bre, ahora totalm ente inconsciente... lo apartaba una y
otra vez del objeto fem enino...”.8 La producción de una
transferencia objetal en la pubertad supone el desarrollo
suficientemente adecuado de dos procesos contradictorios:
uno de ellos lesiona el equilibrio narcisista de la infancia,
el otro le asegura una re/construcción nueva. Lo puberal,
pantalla de lo infantil, se definiría como un proceso especí­
fico y sumamente interesante para tratar la homosexuali­
dad infantil.
2. “El a posteriori que une la neurosis de transferencia
a la neurosis infantil es el proceso de sexualización históri­
cam ente fechado en la adolescencia, organizado en las
representaciones transferenciales.”9 La sexualización del
trabajo psíquico constituye lo puberal y crea un m aterial a
elaborar. De manera concomitante, la pubertad instituiría
una genitalización de las representaciones incestuosas y su
idealización organizadora: a la primera la llamamos pube­
ral, a la segunda, adolescens. El “oscurecimiento de la neu­
rosis de transferencia por lá crisis de desarrollo” es obra de
lo puberal haciéndose y de lo adolescens organizándose.
Así pues, fue crucial el momento en que resolvimos des­
doblar la reflexión teórica concerniente a estas problemáti­
cas en “puberal y adolescens”.10
.*.
j. ij- J

Una vez que se presentó, lo puberal debe ser pensado


en relación con su anclaje en lo real biológico, que ejerce
una presión sobre las tres instancias y choca con la barrera
del incesto legada por lo edípico infantil. Lo adolescens,
trabajo elaborativo concomitante o retrasado (no vemos en
él dos estadios), es exclusivamente realizable sobre la base
del material puberal. Utiliza los procedimientos de la idea­
lización ejercitados ya en la infancia, sobre todo el ideal del
yo y la identificación. Su fin es una desexualización de las
representaciones incestuosas conducente a la elección de
objeto potencialmente adecuado.
E ncontrar la idea nunca es más que reencontrarla.
N uestra distinción aplica el argumento freudiano de la
inhibición del fin de las pulsiones en el momento agudo en
que justam ente el objeto es susceptible de posibilitar su
alcance: “Tenemos razones —escribe Freud— para distin­
guir de las pulsiones ‘inhibidas en cuanto al fin’, mociones
pulsionales procedentes de fuentes bien conocidas y que
poseen un fin inequívoco, pero que se detienen en el
camino de la satisfacción en forma tal que se establece una
investidura de objeto perm anente y una tendencia dura­
dera. De este género es, por ejemplo, la relación de ter­
nura, que proviene indudablemente de las fuentes de la
necesidad sexual y renuncia invariablemente a la satisfac­
ción de ésta”.11 Sobre esta distinción trabajó principalmente
A. Green:12 al lado de las pulsiones libidinales de pleno
efecto y de las pulsiones de autoconservación, se instalan
“las pulsiones libidinales inhibidas en su fin o de carácter
sublimado, derivadas de las pulsiones libidinales”.13 Las
estrategias que justifican su denominación particular son
por un lado la restricción, el frenado, el no desarrollo de la
investidura y, por el otro, la desexualización. Su funciona­
miento permhe ahorrarse la represión. “Vemos la diferen­
cia: por un lado, una inhibición de la actividad pulsional
que mantiene al objeto sacrificando la plena realización del
deseo de unión erótica con él, pero conservando una forma
de apego que fija su investidura; por el otro, un desarrollo
sin freno de la actividad pulsional, con la sola condición de
que fines y objetos entren en operaciones de permutación y
sustitución que no conozcan más limitación que la debida a
la influencia de la represión y de otras pulsiones. El primer
tipo de actividad, ulteriorm ente dominante, pondrá a su
servicio las pulsiones del segundo tipo compatibles con su
proyecto y recusará a las otras. Está claro que la suerte de
este contingente de fin no inhibido es forzosamente el más
vulnerable y el más propicio para prestar ayuda a la insu­
misión de las pulsiones al yo.”14
Concebimos, pues, dos vertientes:

— “la poderosa corriente ‘sensual’, que ya no desco-


noce sus fines... en apariencia nunca deja de seguir
las vías anteriores...”;15
— la corriente de lo adolescens, de la categoría del
ideal, surgido de la infancia y que converge por lo
común hacia la precedente a fin de inhibirla.

En lo puberal, el niño sigue trágicamente el destino de


Edipo. Por lo adolescens, desexualiza la violencia de sus
pulsiones y procede a un trabajo de subjetivación y de his­
toricidad. Así, la adolescencia común, que puede ser muy
crítica por diversos motivos personales, familiares o socia­
les, implica:

— el compromiso puberal con sus investiduras y


contrainvestiduras;
— en su recorrido mismo, “la desinvestidura adoles­
cens”, segunda latencia.

Veremos que la distinción entre las dos formas de pul­


sión no corresponde del todo a la que proponemos en
cuanto a las transformaciones psíquicas de la adolescencia.
Mientras que en nuestro esquema lo adolescens se integra
exclusivamente en la categoría del ideal, lo puberal implica
—en cada capítulo abordaremos su juego dialéctico a nivel
tópico: originario y prim ario— un movimiento pulsional
(genitalización de las representaciones incestuosas) que
tropieza con la represión, y también las bases de una pri­
mera desexualización del conjunto definido como “homose­
xualidad infantil”.
Este libro tra ta de lo puberal', en cuanto a lo adoles­
cens, 16 sólo nos referiremos a sus orígenes. Si hay relato del
acontecimiento, es porque el historiador existe. Si las esce­
nas puberales se ofrecen a la narración, es porque el “yo”
[Jé]* las ha construido.

* Se añadirá [Je], cada vez que el pronombre “yo” traduzca a


este término francés. En cambio, la mención “yo”, sin cláusula acla­
ratoria, corresponderá siempre al francés Moi. [T.]
1. En un primer capítulo situamos las ocurrencias de lo
puberal más próximas a lo biológico heterosexual tal como
la pubértad lo reestructura. La experiencia originaria
resultante se nos m uestra sometida de entrada a la violen­
cia de lá interpretación edípica infantil. Confirmamos, por
si hacía falta, que lo arcaico, en particular genital, es ven­
tajosamente tratado por la inhibición de fin, que repele a la
represión.
2. La relación con las imágenes parentales constituye a
nivel primario el Edipo genital. Las escenas puberales con­
fieren representaciones a estos procesos en los que se jue­
gan la relación con el progenitor incestuoso y el parricidio,
en conformidad con un modelo dialéctico opuesto a la
escena prim itiva en la historia del niño. El conjunto de
fenómenos psíquicos que la pubertad de sus hijos hace sur­
gir en los padres recibe el nombre de puberal de los padres.
Es importante el aspecto intergeneracional e interactivo de
la crisis puberal.
3. Acto seguido, la economía puberal se confronta:

— con la roca conservadora de las organizaciones edí-


picas infantiles y fálicas puestas en “crisis”;
— con la prueba de realidad nacida de la fase de laten-
cia;
— con el superyó, cuya inadaptación reconocida im­
pone apoyos.

4. El yo busca apuntalarse m ediante la creación de


objetos narcisistas que constituyan un marco transitorio
para la función fantasmática. La conceptualización de este
basamento permite construir la teoría original de la cura
adolescente.
5. El rechazo de lo puberal representa el aspecto especí­
fico, en la edad de la adolescencia, del hundimiento psicó-
tico del yo. La nueva identidad genital y la representación
de su objeto se borran, recusadas por un trabajo psíquico
orientado a preservar lo infantil.
1 S. Freud (1905), Trois essais sur la théorie de la sexualité,
París, Gallimard, “Folio”, 1986.
2 S. Lebovici, “L’expérience du psychanalyste chez l’enfant et
chez l’adulte devant le modéle de la névrose infantile et de la névrose
de transferí”, Rev. fr. Psychanal., 44, 1980, 5-6, págs. 733-857. La
neurosis infantil, estructura específica construida en relación con un
más acá (que remite a las experiencias interactivas de la primera
edad, poseedoras a su vez de sus especificidades arcaicas), no es una
enfermedad, por supuesto, sino un modelo que el sujeto conserva
durante toda su vida. “Complejo nodal de las neurosis” (S. Freud
[1909], “El hombre de las ratas”), “pre-neurosis”, es organización de
desarrollo, inscrita en el tiempo, “historizada e historizante”. “La
sexualidad infantil que sucumbe a la represión es la principal fuerza
motriz de formación de síntomas, y el complejo de Edipo es la parte
esencial de su contenido, es decir, el complejo central de la neurosis”
(S. Freud [1919], “Pegan a un niño”). S. Freud se ve “tentado a atri­
buir a esta neurosis infantil una importancia especialísima como tipo
y modelo, de la misma manera en que la multiplicidad de los fenóme­
nos neuróticos de represión y la abundancia del material patógeno
no les impedirían derivar de un pequeñísimo número de procesos
ejercidos siempre sobre los mismos complejos ideativos” (S. Freud
[1909], “Juanito”).
3 En el sentido de esta cita de M. Heidegger tomada a L.
Schacht (1963) por S. Lebovici: “Si la historia quiere decir pasado, no
es tanto en el sentido de lo que transcurrió como de lo que de él
adviene”; lo que tiene una historia, hace una historia. El autor cita a
S. Geier (1978), quien define el ámbito del psiquismo como “todo lo
que no es sino retrodecible”.
4 El término modelo se distingue del de teoría en su relación
dialéctica con el empirismo, en el sentido de que la teoría se elabora
para dar cuenta del hecho observado y sometido a la comprobación
empírica. La palabra está más tomada de la pintura de lo que S.
Lebovici cree en su presentación. Lo que interesa es la distancia
entre modelo y obra, que retiene un sistema de doble sentido entre
neurosis infantil y neurosis de transferencia. La neurosis de transfe­
rencia permite reconstruir la neurosis infantil en la que encuentra
sus raíces y su trazado. Es un efecto del a posteriori que organiza las
consecuencias de la neurosis infantil.
5 Muchas intervenciones posteriores al informe de S. Lebovici
trabajan hoy la cuestión adulto-niño, sorprendentemente, sin plan­
tear la de la pubertad. La simple duplicación es, a nuestro juicio, del
campo de la patología: una historia sin adolescencia pierde una
segunda oportunidad para resolver los conflictos neuróticos y otros.
6 S. Freud (1909), “Remarques sur un cas de névrose obsession-
nelle: Llíomme aux rats”, Cinq psychanalyses, París, PUF, 1975,
págs. 233-234. La bastardilla nos pertenece.
S. Freud (1916-1917), “Développement de la libido et organi-
sations sexuelles. Théorie générale des névroses”, Introduction á la
psychanalyse, París, Payot, 1987, págs. 300-318.
8 S. Freud (1918), “Extrait de lliistoire d’une névrose infantile
(L’Homme aux loups)”, Cinq psychanalyses, París, PUF, 1975, págs.
416-417.
9 S. Lebovici, ob. cit.
10 Estos dos procesos están tan enlazados, sin confundirse, que
se nos hace difícil leer un texto cuyos autores mezclan lo que a nues­
tro juicio debe ser claramente pensado como diferente. No hay que
confundir entre el sable que hiere, el bisturí que cura, la espada del
destino (de Edipo) y la flecha de Eros.
11 S. Freud (1932), “Angoisse et vie pulsionnelle”, Nouvelles con-
férences d ’introduction a la psychanalyse, París, Gallimard, 1984,
págs. 111-149.
12 A. Green, Narcissisme de vie, narcissisme de mort, París, Ed.
de Minuit, 1983, págs. 100-103.
13 S. Freud (1923), “Le Moi et le Ca”, Essais de Psychanalyse,
París, Payot, 1987.
14 A. Green, Narcissisme de vie, narcissisme de m ort, ob. cit.,
pág. 102.
15 S. Freud (1912), “La psychologie de la vie amoureuse. Sur le
plan général des rabaissements de la vie amoureuse”, La vie sexuelle,
París, PUF, 1985, pág. 57.
16 La bastardilla que resalta estos conceptos descriptivos en la
introducción de la obra no será utilizada en lo sucesivo.
1. LO PUBERAL EN SUS ORIGENES

Lo originario puberal constituye un conjunto de proce­


sos y fenómenos cuya teorización es necesaria para cual­
quier intento de comprensión de la psicopatología grave en
la adolescencia. Este capítulo no podrá menos que sorpren­
der y aun desconcertar a los clínicos que trabajan proble­
mas conflictivos más leves o que observan a adolescentes
normales. El sosiego de estos adolescentes, de sus fantas­
mas, sus conductas y hasta sus crisis, no refleja la violen­
cia de las experiencias y representaciones que vamos a
describir. En ellos, los procesos originarios quedaron sepul­
tados, elaborados por procesos secundarios eficaces.
Conferimos un valor estructurante y, por así decirlo,
mutativo a la totalidad del difasismo que escande la ins­
tauración de la sexualidad hum ana en lo tocante al Edipo,
las transformaciones introducidas por los procedimientos
de latencia y las modificaciones ligadas a la pubertad.1
Durante los veinte años que van de Tres ensayos para una
teoría sexual2 a “La organización genital infantil”,3 Freud
fue llevado a reducir la diferencia entre la sexualidad con­
temporánea al complejo de Edipo y sus formas evolutivas
acabadas tal como las observamos en el adulto. Subsistió
no obstante en su pensamiento una diferencia irreductible:
“Sólo al completarse el desarrollo sexual en la pubertad, la
polaridad de la vida sexual llega a coincidir con la de lo
masculino y lo femenino. La sexualidad adulta es ‘casi con­
forme’ con la sexualidad in fa n til”* V. Jankélévitch nos
enseñó el valor de este adverbio: el conjunto de nuestras
investigaciones recae sobre este “casi”. En el seno de lo
infantil hay una sola diferenciación de sexos, un solo
órgano genital, el pene presente o ausente. La primacía de
esta genitalidad bajo la cual se integran las pulsiones pre-
genitales en el período edípico, es fálica.5 El complejo de
castración, stricto sensu, inseparable del complejo de
Edipo, procede en función del falocentrismo de su origen.
La vocación genital del sujeto no es exclusivamente
una adquisición del Edipo infantil. El “casi” freudiano está
marcado por el surgimiento de la segunda diferenciación
de la heterosexualidad en la pubertad. Ninguna distribu­
ción anterior puede anticipar su experiencia somática,6 que
sorprende al niño, lo toma a contrapelo, al revés, siendo
que este niño no puede tener más que “un presentimiento
de lo que serán con posterioridad los fines sexuales defini­
tivos y normales”7 o hacerse la idea, como Juanito, de “que
conviene ser como los padres para acceder a la felicidad”.
La aprehensión auténtica, íntegra y nueva de la genitali­
dad se concibe en un edípico así re visitado. La emergencia
puberal se construye en el Edipo de la misma manera que
lo edípico se había fundado en lo preedípico El adolescente
es cabalmente, como afirmábamos,8 un detractor de Freud.
El descubrimiento del Maestro, que proyecta la luminaria
sobre el Edipo infantil, deja deliberadamente en la sombra
la cuota de novedades presentadas por la pubertad,
apartam iento que se perpetuó después en la historia de
las ideas psicoanalíticas. Si lo edípico “resurge” y no surge,
el material púber sobre el que se produce el trayecto es sin­
gularmente deformante. La pubertad impone una disconti­
nuidad o, mejor dicho, una continuidad en des-construir/
reconstruir.

Este capítulo presenta el explosivo parecido entre la


heterosexualidad complementaria y posible de la pubertad
y las imágenes edípicas parentales de la niñez, selladas por
la prohibición del incesto. Buscamos en ellas las fuentes de
la novedad adolescente que funda nuestros razonamientos
ulteriores. El conjunto de las reestructuraciones objetales y
narcisistas encuentra su origen en las capas más profun­
das del inconsciente inscritas en máxima proximidad de lo
somático.
1. A lo largo de la vida, los procesos originarios pueden
tra ta r de imponer de nuevo sus leyes de funcionamiento a
los procesos primarios y secundarios. La pubertad, por su
anclaje en lo real biológico, es un momento privilegiado y
cualitativamente inédito de este fenómeno. Describimos su
experiencia; definimos lo que parece ser su modelo teórico:
la complementariedad de los sexos.
2. Observamos después la forma en que la experiencia
puberal se dota forzosa e inadecuadamente de representa­
ciones y significaciones que hicieron el destino de Edipo
antes del complejo: Edipo narcisista o genital.

A / ENCONTRAR EL OBJETO
O LA EXPERIENCIA ORIGINARIA PUBERAL

INTRODUCCION: La complementariedad de los sexos

La pulsión que encuentra su fin por el nuevo objeto


genital define el origen puberal. Se explicitan de manera
sinónima una “pulsión puberal”, un “genital puberal”,9 un
sexual que para S. Freud sucede a lo “presexual” del niño,
un “sensual”. A la corriente cariñosa de la infancia se le
añade “la poderosa corriente ‘sensual’ que ya no desconoce
sus fines” y que caracteriza a la pubertad.10 Desde luego,
su síntesis no significa armonía, aun cuando ambas
comentes se crucen como “al cavar un túnel desde los dos
lados”;11 lo puberal sería un momento insoslayable de “con­
fusión de lenguas” (S. Ferenczi), de diferencia fundamental
(M. Balint). Cabe preguntarse si Eros, surgido del caos
infantil, es capaz de hacerse grande en él. Planteábamos
de otra m anera (en la introducción del trabajo) los térmi­
nos de este posible encuentro, recogiendo la distinción
entre pulsiones de fin inhibido y pulsiones de fin no inhi­
bido. Lo puberal es en sus cimientos la confluencia exclu­
siva de las corrientes sensuales de la infancia12 y de la
pubertad, bajo el estandarte de las pulsiones de fin no inhi ■
bido.
El concepto al que conferimos la función de resumir la
turbulencia de la nueva confluencia es el de complementa-
riedad de los sexos.13 Concepto biológico, su utilización por
los psicoanalistas fue hasta ahora fortuita. Corresponde a
la definición originaria de la anfimixia ferencziana, o sea
en biología a “la fusión de los dos gametos de sexos opues­
tos” y en psicoanálisis a la “de dos tendencias parciales” a
nivel de los órganos genitales. ¿Qué novedad introduce este
concepto en el desarrollo del niño? Fragmentaremos la res­
puesta examinando sucesivamente cuatro de sus caracte­
rísticas:
1. Complementariedad entre pulsión y objeto, proceso
conocido en la prim era edad para quedar sepultado luego
en las organizaciones de la neurosis infantil.
2. Real biológico y funcionamiento de las zonas eróge-
nas genitales.
3. Punto de acabamiento de la seducción infantil.
4. Coincidencia entre órgano renovado por su evolución
biológica y objeto genital adecuado, que crea una unidad
narcisista puberal orig naria. La experiencia de pubertad
nació de dos fundamentos: uno es el apuntalamiento de la
zona erógena genital, el otro la investidura de que goza por
parte del objeto (parcial) complementario.

/
1 Complementariedad entre pulsión y objeto

La complementariedad entre pulsión y objeto es un fun­


cionamiento de órgano. Este funcionamiento constituyó
siempre el modelo ideal del cuerpo erógeno, según la divi­
sión inaugural de S. Freud entre excitación in tern a y
externa. La pulsión es la línea de fuerza que supuesta­
mente une la fuente somática interna con el objeto psíquico
externo. La moción pulsional está destinada a efectuar una
salida hacia el objeto: excorporación o proyección fuera del
cuerpo. La complementariedad de un objeto sería su califi­
cativo cuando éste se presenta automáticamente al reque­
rírselo: hay aquí coincidencia; desde entonces, su recorrido
pulsional o excorporación se reduce al mínimo (el objeto
sale al encuentro del deseo del sujeto). Podríamos decir
—extrapolando— que el sujeto no tendría que desear (o
muy poco): tal es la complementariedad ideal (idealización
prim aria del objeto en el sentido kleiniano): cuanto más
estrecha es la adecuación, más ideal es el objeto en su rela­
ción. Por el contrario, la proyección adquiere derechos más
o menos importantes según el grado de inadecuación del
objeto complementario. Esta última proposición adquirirá
un valor singular cuando mostremos la inadecuación edí-
pica obligada del objeto puberal.
Se confiere un funcionamiento complementario ideal a
las aspiraciones del lactante en la unidad narcisista origi­
naria. Hace poco recogimos14 la conceptualización del
cuerpo erógeno en su propósito de adecuación cuando el
objeto parcial materno está presente y ausente. La pubertad
se manifestaría como una fuerza de adecuación que ha
retornado después del trayecto de la infancia edípica y de
la latencia.
Ciertos funcionamientos originarios, correspondientes
a las experiencias sensoriomotrices de satisfacción del lac­
tante, persisten a lo largo de la primera infancia en ciertos
autoerotismos.
Efectuemos un breve repaso del modelo de desarrollo de
este sensual de infancia que constituye lo que denominamos
actividades corporales libidinales.15 En el interior de los
intercambios mutuos se configura la mentalización del lac­
tante, constituyendo su realidad psíquica; la unidad narci-
sista originaria se disipa en beneficio de la edipización:
este borramiento es parcial durante largo tiempo en el niño
pequeño, dejando uno o varios enclaves nucleares caracte­
rizados por actividades libidinales más o menos precisas
(ejemplo: succión de los dedos) según el modo topológico y
económico de los procesos originarios: placer de órgano y de
funcionamiento. Tales actividades obedecen a los mecanis­
mos de condensación y desplazamiento; pueden ser fraccio­
nadas, o sea im plicar un grupo de sensaciones, efectos
motores en los que se agota la cantidad energética res­
tante; por otra parte, la descarga masiva de un acto corto-
circuita cualquier *otro procedimiento. D esarrollan una
energía no ligada y que se desplaza según una libre circu­
lación. La actividad libidinal puede incluir un objeto predi­
lecto, muñeco, tela, caja; las características concretas de su
apropiación son inmutables. Lo que importa no es tanto el
objeto coma tal, sino la actividad de la que es coartada; no
tiene más existencia que la acción: acto y no cosa.16 Es a
menudo el cuerpo del otro, en particular el de la madre, sin
perder por ello su característica autoerótica. El esquema
metapsicológico es el que describe M. Fain: funcionamiento
mental en presencia física del objeto.17 Lo mismo que cier­
tos aspectos arcaicos del afecto en la teorización efectuada
por A. G reen,18 la actividad corporal hace las veces de
representación; aunque puedan asociarse con ella, no está
sujeta a las movilizaciones imaginarias ni al proceso de la
cadena asociativa. La función representativa quedaría en
parte descalificada en su capacidad para procurar un pla­
cer comparable a la succión de los dedos o al balanceo.
Grieta de la identificación, el espejo de Narciso no devuelve
esta parte del cuerpo. Se da preferencia a la búsqueda de
una equivalencia cuantitativa en detrimento de la diferen­
cia cualitativa ofrecida por el fantasma. Subsiste la creen­
cia en el carácter todopoderoso del autoerotismo originario.
Hemos hecho nuestra la concepción de D. W. Winnicott
según la cual estos autoerotismos particulares pueden ser
considerados como fenómenos corrientes. La escisión del yo
que reflejan tiene una acepción genética que apuntala un
potencial constructivo tem porario cada vez que, en la
infancia, la identidad narcisista y la capacidad representa­
tiva son todavía frágiles o están fragilizadas.19

E ste largo repaso nos permitió in se rta r lo sensual


puberal en continuidad con lo sensual de la infancia y
según sus mismas problemáticas con respecto a la identi­
dad y a la función fantasmática. La pulsión sexual es hasta
aquí autoerótica. El cuerpo erógeno genital o puberal
implica un centrado particular en el plano cualitativo y
cuantitativo20 sobre la zona genital', ¿cambio de estructura?
Seguramente no; o todavía no. Adoptamos el punto de vista
de S. Ferenczi (pensamos que S. Freud hizo la misma
opción): la perversidad polimorfa del niño continúa funcio­
nando; sus mecanismos de desplazamiento-condensación
sin referencia estructural se perpetúan. La topología es ori­
ginaria con zonas erógenas parciales. La novedad es la
condensación (o la fuerza de condensación) sobre la zona
genital cuyo funcionamiento biológico se está reorgani­
zando, condensación problemática que ataca las defensas
del yo en un punto débil en la infancia. Queda por realizar
la primacía estructural de lo genital. Aún estamos lejos de
la genitalidad triunfante de W. Reich (además, ¿no es siem­
pre infantil fálica?). Una nueva estructura surgirá cuando
la inscripción edípica de la experiencia puberal produzca
un precipitado cristalino que nada dejaba prever, que ya no
permite encontrar sus ingredientes pasados y constituye el
argumento del a posteriori. Entonces (y sólo entonces) la
pubertad “recapitula y prolonga el desarrollo que el indivi­
duo cumplió durante los primeros cinco años” (E. Jones).
Cuando la sexualidad ha llegado a la pubertad, ya no
puede ser diferida. Lo cual implica, como recordábamos,
dos riesgos:

— la dependencia al objeto, más fuerte cuanto más


complementario es éste, o sea, cuanto más ideal;
tendremos que hablar de una alienación identitaria
en el otro sexo;
— la proximidad del objeto anula otro tanto el tra ­
yecto pulsional, el proyecto, limitando la actividad
psíquica, la fantasmatización, la objetalización, la
transferencia objetal. E. Kestem berg resum e la
idea considerando que “el problema fundam ental
del período de la adolescencia es volver a tener
tiempo para esperar y fantasear”.

2 / R eal biológico y funcionam iento


de las zonas erógenas genitales

El centrado se efectúa en términos de endocrinología


pediátrica. La cualidad y cantidad de las hormonas sexua
les e hipofisarias trazan una determinada curva: al naci­
miento la cantidad es elevada, decrece durante los diez pri­
meros meses, al final de los cuales su ausencia es casi total
en el organismo, y recobran su im portancia originaria
hacia los diez-doce años. Si la pubertad no sobreviene en
los primeros meses de la existencia no es, por cierto, a
causa de esta evolución hormonal, sino de las modificacio­
nes en los tejidos que la reciben. La pubertad está inscrita
en el programa genético del sujeto, susceptible de reestruc­
turarse por acción de diversos fenómenos, por ejemplo la
nutrición. Sin desarrollar estos puntos de orden somático,
pensamos que el psiquiatra ha de estar atento a los progre­
sos científicos relativos a los efectos hormonales de la
pubertad sobre los diversos órganos: sistema nervioso cen­
tral, hígado, riñones, huesos, crecimiento.
En el plano de la cualidad de lo sexual, tres cambios:
1. Una transformación corporal perceptible por el niño:
fenómenos endocrinos prim arios y secundarios (comple­
mentariedad de la piel, de las sensaciones bucales). Volve­
remos reiteradamente sobre la diversidad de estas caracte­
rísticas. El niño se percibe no sólo como m ás o menos
p íber, más o menos masculino o femenino, sino como dife­
rente: en relación con el par, en relación con él mismo en su
evolución y su proyecto, en su ideal sexual. A lo cuantita­
tivo de la problemática fálica (tener más pene, menos pene
o no tenerlo), oponemos lo cualitativo de las identidades
sexuadas de género.
2. El orgasmo como categoría de placer; una teoría
puberal supone una concepción del orgasmo.21
3. Una potencialidad de fecundación que no trae apare­
jada por ello la representación de la llegada de un niño;
contribuye a inscribir en la creencia identitaria un nuevo
sistema generacional.

Nos interesan, como a S. Freud, las teorías etológicas


del instinto sexual. La definición “muy siglo XIX” del ins­
tinto lo sitúa como potencialidad “con facultad de realizar
sin aprendizaje previo ciertos actos específicos bajo ciertas
condiciones del medio exterior y del medio interior”. El
heteroerotismo instintivo se caracteriza por “la atracción
que los caracteres de los sexos opuestos ejercen uno sobre
otro y que sella el final del autoerotismo infantil”:22 a la
vez, primacía erógena del propio sexo y revelación del sexo
complementario como “principal condición” exterior. Lo te r­
minal sexual es una “descarga conjunta”, una “mezcla de
productos...” El programa instintivo comprende dos trayec­
tos ligados por la creencia en una convergencia al modelo
de la complementariedad genital de género (varón-niña) o
de órgano (pene-vagina). La intuición y el conocimiento del
instinto se expresan en la aparición de patterns de compor­
tamiento sexual específicos de la especie, rigurosos en un
desenvolvimiento tem poral y espacial que corresponde a
intercambios sensoriomotores precisos y a modificaciones
corporales (conductas preliminares, modalidades del acto
copulatorio, consecuencia de la copulación); altera la econo­
mía y el destino del animal. Los programas biológicos del
macho y la hembra, que son diferentes, se encajan uno en
el otro como dos ruedas dentadas de un sistema de reloje­
ría, a menos que sobrevenga un sistema de escape siempre
dramático para la especie. ¿De qué nodo interviene en el
niño este conocimiento en actos, inscrito en términos de
protocolos potenciales y gracias al cual la pulsión encuen­
tra por percepción-acto su fin? Dicho conocimiento supone
“interpretación perceptiva”, “intuición in terp retativ a”23
entre macho y hembra.
Se evoca así un real puberal ,24 La palabra “pubertad”,
formulada por un psicoanalista, se presenta en su acepción
primera de “biología de dos”. Distingámoslo claramente del
principio de realidad, sobre el cual interviene.25 Si confun­
dimos real y realidad, todo el edificio que pacientemente
estamos construyendo se derrumba.
El paso entre real biológico (autoconservación de la
especie) y lo pulsional debería ser manejado conveniente­
mente por el concepto de apuntalamiento pulsional26 apli­
cado a las pulsiones genitales.
S. Freud define el proceso en el lactante en forma tal
que se podría omitir su funcionamiento más tardío: “Las
primeras satisfacciones libidinales se experimentan apun­
taladas sobre funciones corporales necesarias para la con­
servación de la vida.”27 Empuje de naturaleza biológica, la
pulsión nacida '‘como efecto marginal de toda una serie de
procesos internos”28 se diferencia del orden orgánico por la
propia modificación de este orden que le dio nacimiento. Es
reproducción ilusoria, reanudación en vacío de una activi­
dad que sirvió antes a una satisfacción real. En este desli­
zamiento que va de lo biológico a lo libidinal, el lugar se
aparta de lo operatorio según el modo dialéctico. El lugar
del cuerpo donde se manifiesta la pulsión, la zona erógena,
es un foco de circulación de energía en el que se sitúa una
perpetua diferencia tensional. La concomitancia alrededor
del objeto anatomofisiológ;co de la necesidad y del deseo
naciente se desenvuelve er “un tiempo de apuntalamiento
pulsional”. Este período comprende no sólo el momento de
satisfacción sino asimismo el que lo precede, cuando el
niño expresa la tensión de su necesidad, el tiempo de la
señal. El apuntalam iento pulsional no se efectúa tanto
sobre la función como sobre el funcionamiento biofisioló-
gico: la zona de funcionamiento se torna erógena. La etolo-
gía moderna restringe la oposición clásica entre lo innato y
lo adquirido, y la pulsión se desarrolla de m anera marginal
a unidades de comportamiento que incluyen en el instinto,
sin distinguirlos, los datos internos y los del medio. Lo sen­
sual puberal, como más arriba formulábamos, encuentra
sus puntales en los patterns donde se reúnen zona genital
y su objeto.
La aplicación del concepto de apuntalam iento a la
pubertad implica unas enmiendas sumamente controverti­
das:
1. La función corporal no es aquí vital para el individuo
sino para la especie.
2. El autoerotismo estaba ya en la zona genital.
3. El apuntalamiento recae, pues, sobre un cambio de
funcionamiento.
4. Y en la niña, un desplazamiento erógeno (o una inci­
tación a este desplazamiento) del clítoris a la vagina y tal
vez al útero.
El apuntalamiento genital se halla en continuidad con
los que lo preceden, tifiándolos de genitalización.
- * * ^ * .

3 / G enital puberal como culm inación


de la seducción in fa n til

En la pubertad, ¿quién seduce a quién? La complemen­


tariedad de los sexos introduce un cambio radical en
cuanto al estatuto del objeto. El niño conoció la “sexualidad
adulta” por aquello que, desde la famosa neurótica, se des­
cribe como experiencias de seducción: sexualización del
niño por el objeto, en particular parental, trauma, desvío,
perversión. El cambio introducido por la pubertad debe ser
situado en relación con el concepto de seducción, si se tiene
a éste por uno de los fundam entos del psicoanálisis.29
Recordemos que J. Laplanche define tres seducciones:
1. La seducción restringida fija la factualidad de la teo­
ría. Se trata de la experiencia sexual prematura que el psi­
coanálisis vuelve a descubrir —digamos también que la
postula—, por otra parte rememorada, tenida por etioló-
gica en la histeria infantil donde ocupa el lugar del
traum a. En estas escenas se encuentran presentes el
seductor, adulto perverso, pedófilo, muy a menudo el padre
del histérico, y el niño, al que se define como pasivo debido
a su inmadurez o a la impotencia sexual inherente a su
condición (y no, desde luego, por su comportamiento). La
teoría restringida expone: ;

— en el plano temporal, la concatenación de escenas y


su ordenación por la teoría del a posteriori;
— en el plano tópico, la constitución del yo con el doble
frente que debe arrostrar en tenaza: exógeno, con la
seducción del objeto exterior como acontecimiento;
endógeno, ataque por los recuerdos transformados
en fantasías de tem a erótico;
— en el plano traductivo, eventualmente lingüístico,
según las modalidades expresivas de las escenas de
seducción.

2. La seducción generalizada remite de m anera priori­


taria a la seducción m aterna inherente o incluida en los
cuidados m aternos, seducción precoz que imprime en lo
arcaico la marca de la sexualidad adulta considerada por
S. Ferenczi como lenguaje de la pasión. Se sitúa antes de
que se discutan los diversos términos y etapas de las esce­
nas de seducción del niño por el adulto en su despliegue
cronológico: “Las relaciones del niño con las personas que
le prestan sus cuidados son para él una fuente continua de
excitación y satisfacción sexual que parten de las zonas
erógenas. Y ello más aún cuando la persona en cuestión,
generalmente la madre, considera al niño con sentimientos
que derivan de su propia vida sexual, lo acaricia, lo besa, lo
acuna y lo considera sin ninguna duda como sustituto de
un objeto sexual completo.”30 No hay únicamente apego en
el sentido de R. Zazzo31 o una “afectividad electiva” compa­
rable a lo que describen los etólogos siguiendo a H. F. Har-
low.32 Si el apego materno es susceptible de ser estudiado
por el psicoanálisis, ello se debe justamente a que se lo con­
sidera como sexual. La m adre imprime su libido sobre el
cuerpo biológico de su recién nacido. Ella contribuye a tra-
zarle los contornos espaciales y los ritmos; ella inscribe
una erogeneidad cuantitativa y cualitativa al crear una
excitabilidad en todos los lugares del cuerpo del niño. La
topografía de las zonas erógenas se sitúa en los lugares de
intercambio entre lo somático del lactante y el deseo
materno. Mientras que en el apuntalamiento de la pulsión
libidinal asistíamos a la desaparición del objeto biológico,
todo se presenta como si el deseo materno viniese a colmar
ese espacio vacante sustituyéndolo por un objeto libidinal.
El pecho trae del afuera (objeto-fuente) lo que en gran
parte pasará a ser el “ello” del niño, cuyos empujes toma­
rán desde entonces su origen adentro, “verdadera implan­
tación de la sexualidad adulta en el niño”.33 El pecho cum­
ple una función excitante prim era en el momento de
calmar las necesidades del pequeño. La idea fue amplia­
mente aprovechada por P. Aulagnier en la importancia que
asignó, para el funcionamiento del infans, a la interpreta­
ción obligatoria y violenta de la madre como pre-forma.
Vimos en ello el segundo origen34 de lo que denominábamos
cuerpo erógeno.
3. La seducción originaria no se sitúa electivamente en
los comienzos de la historia del niño pero existe siempre en
el origen del presente. Esencia de las otras dos seduccio­
nes, su cualidad traum ática surgió del atractivo de lo
incomprensible y enigmático suscitado en el niño por los
discursos del adulto, cargados de significantes verbales y
no verbales plenos de significaciones sexuales inconscien­
tes: así, el ejemplo del pecho.
Estas figuras de la seducción son claras en la obra de S.
Freud; mostrarlo es uno de los méritos de J. Laplanche. Su
aprovechamiento es principalmente obra de psicoanalistas
posfreudianos que volcaron parcialmente las fuentes de la
pulsión hacia afuera, por experiencias bifocales de apunta­
lamiento.35 La descripción de dos sexualidades, una infan­
til y otra adulta, no invalida evidentemente el descubri­
miento freudiano de la sexualidad infantil; la segunda no
puede sino reanudar la primera: no tiene opción. Esta rea­
nudación no es un calco, puesto que al no poder ser descar­
gada a causa de su inmadurez, está condenada a abrir los
pasajes originales de la infancia.

¿Qué cambios introduce la genitalización puberal del


cuerpo?
1. La complementariedad de los sexos implica una anti­
nomia con la seduce ón sobre el modelo infantil (el
trauma). El adolescente ha dejado de ser pasivo en el sen­
tido de la metapsicología. Se convierte en un activo seduc­
tor, lo cual se explica por la finalización de la impotencia
sexual inherente a los niños. La madre seductora se con­
vierte en Yocasta. La genitalización puberal de las repre­
sentaciones parentales pone fin a la situación privilegiada
de la que hasta entonces disfrutaba. La pubertad es obra
de Teseo: el Minotauro parental ya no matará-seducirá al
niño. Aprendemos que la desaparición de la excitación ori­
ginada en los padres deja un vacío singular, nueva pasivi­
dad de la adolescencia, auténtica pérdida narcisista.36 El
fin de las seducciones de la infancia como efecto del fin de
la neotenia es en sí misma un ataque contra un aspecto de
la realidad: la realidad excitante. Así podemos comprender
la traumatofilia de ciertos adolescentes según la describió
J. Guillaumin,37 y cuyo objetivo es recuperar las seduccio­
nes de la infancia a través de posturas provocativas que
son a su vez, podríamos decir, seductoras.
2. La teoría de la seducción perm itía definir al niño, un
poco a lo Rousseau, como desviado por las fuerzas sexuales
adultas. El “todavía-niño” sería seducido hoy por su propia
pubertad: diríamos que sería autoseducido. La pubertad
sería el último traum a que el :> ño debería sufrir. La puber­
tad es el traum a más importante, el que reanuda a todos
los otros o vuelve traumático lo que era tan sólo complejo
imagoico (teoría del a posteriori). Después de S. Ferenczi,38
hablamos de trauma puberal evocando el aporte puberal
como una brusca entrada (por forcing) de la pasión adulta
en la ternura de la infancia: locura sexual sobre tierra vir­
gen. El niño púber “seduce a su pasado” cuando sexualiza
sus recuerdos de infancia.39 El niño púber creería ser capaz
de descifrar los símbolos enigmáticos de la sexualidad
adulta que preformaron su infancia. Ello no ocurre, y esta
decepción provocada por su evolución no es de las menores.
Se puede atravesar al Minotauro de parte a parte, pero el
enigma de sus comportamientos es indescifrable. No se
obtendrán ni el porqué ni el cómo de la escena primitiva;
volveremos sobre esta idea de que la escena puberal, que
anima a la psique adolescente, hace resurgir la escena pri­
mitiva sobre una nueva pantalla sin revelar sus secretos.
El dormitorio de los padres se cierra para siempre, aun si
se vuelcan confidencias en el oído de un niño ahora
“grande”. Las imágenes parentales del adolescente no se
ajustan a las del niño. Así como la esfinge responde a una
pregunta identitaria de Edipo mediante el enunciado de un
destino, el inconsciente continúa no respondiendo en
cuanto a la identidad sexual sino proponiendo nuevos enig­
mas.
3. Ubiquemos en esta línea lo que llamamos inversión
de la seducción en la pubertad, o identificación con el
seductor.
El adolescente inicia su carrera de creador de signifi­
cantes enigmáticos para los niños; se hace pedófilo: ciertos
niños púberes seducen a los niños más pequeños como se
sienten seducidos por su propia pubertad.
El fantasma del adolescente que descubre su sexo como
avanzado en la sexualidad y que seduce a su propio cuerpo
percibido como “todavía-niño”, es una puesta en escena
masturbatoria de la autoseducción: suerte de autopedofilia,
adolescente enamorado de su autorretrato que lo repre­
senta más joven de lo que es. Para explicitar nuestro pen­
samiento remitiremos al lector a esos jóvenes pintados por
Caravaggio bajo los rasgos de pastor, de Narciso, represen­
tando con quince años a un pintor entonces de treinta. El
interés de estos adolescentes por niños del mismo sexo no
está hablando de una homosexualidad manifiesta; señala
un intento de reparación de la herida narcisista introdu­
cida por los cambios que experimentan.
La pubertad tendería a exteriorizar el cuerpo genital,
que se ha vuelto seductor del cuerpo todavía niño.40 La psi-
quización de la pulsión tiende aquí a disociar la pulsión de
sus orígenes, o sea a conferirle no una fuente interna ini­
cialmente corporal sino un origen corporal que sería exte­
rior al yo. A lo largo de este libro tendremos que volver con
los adolescentes sobre estas preguntas: ¿el cuerpo es yo u
objeto exterior? El enemigo que impone la pubertad, ¿está
adentro o afuera? ¿Provoca una impregnación por el inte­
rior o infesta “todavía” desde afuera? ¿Resurgimiento o
nuevo contorneo? ¿El niño debe negociar con lo reprimido o
con el retorno de lo proyectado? La elección es fundamental
para lo que se convino en llamar formación del carácter
(que para muchos psicoanalistas se produce en la adoles­
cencia).
4. El lugar del seductor, vacante si el cuerpo permanece
en su sitio limítrofe, estaría destinado al “sexo adecuado”.
Nos permitimos efectuar cierto paralelismo entre la ade­
cuación primera de la madre a su pequeño y el apuntala­
miento de la pulsión por su objeto sexual. El concepto se
utiliza, como hemos visto, a partir de la autoconservación,
y merece serlo para la genitalidad. Cierta parte de libido
del otro sexo vendría a imprimirse41 sobre el del adolescente
de acuerdo con una pre-forma más o menos enajenante,
constituyendo uno de los aportes originales de la pubertad.
Es clásica la idea en lo que respecta al descubrimiento de
la vagina por la m ujer en ocasión de los primeros actos
sexuales, y sería asimismo pertinente en lo relativo al
pene, expulsado de la investidura fálica prevalente en la
infancia. El otro sexo seduciría. El órgano sería descubierto
por el atractivo que provocaría sobre el otro sexo tal como
puede localizarlo por su excitación aparente o la de la per­
sona entera que lo porta.42
El niño (según el modelo histérico) se percibiría como
púber en la medida en que excitara al otro “como un
adulto”: un adolescente recobró la masculinidad en su cura
cuando recordó haber atravesado el portal de su escuela
bajo la mirada de las niñas vuelta hacia él. Narcisista es
primeramente la atención que ciertas muchachas ponen en
percibir la erección que provocan durante un beso, como
Dora. La seducción procedente de otro lugar favorecería el
apuntalamiento del trayecto psíquico de la pulsión a partir
de sus raíces somáticas, apartándola de lo biológico. La
investidura por el complemento sería una nueva marca de
la perversión del Eros, omnipotencia del “otro órgano
sexual”,43 Se habló así de la perversión contenida en el pro­
ceso puberal mismo y de la pubertad como punto de origen
de las perversiones clínicas. Vemos en esto un aspecto de la
seducción generalizada vinculada con la relación sexual,
con su rememoración y, más ampliamente, con su fantas-
matización. Es también enigmática esta moción del otro
sexo que ninguna bisexualidad psíquica infantil permite
prever. Su atractivo es traumático y arroja al adolescente
en lo desconocido e innombrable, a cuyo respecto no for­
mula sino hipótesis relativas a la causalidad de su funcio­
namiento. Estos datos introducen el parágrafo que seguirá.

4 / U nidad narcisista originaria puberal

En una nueva unidad narcisista originaria de la


pubertad, la complementariedad se construye entre zona
erógena y objeto parcial.
El objeto hallado que S. Freud denomina adecuado es
un preobjeto. Se tra ta de una complementariedad de
órgano: se percibe o, mejor dicho, se experimenta el órgano
masculino como siéndolo, por parte del órgano femenino y
a la inversa. Tal es el sentido que ha de darse a la concep­
ción freudiana que considera la pubertad como el fin del
autoerotismo. “La pulsión debe captar para sí los beneficios
de un objeto imprevisible, la otra mitad en la complemen­
tariedad de los sexos” (M. Balint); el razonamiento se
sitúa, desde luego, en el nivel arcaico sin reconocimiento de
alteridad y sin representación.44 Sin el otro sexo, no hay
experiencia puberal originaria. Se formula así en términos
de objeto parcial lo que J. Breuer describe en términos de
objeto total: “En el curso del desarrollo debe establecerse
un nexo entre la excitación endógena debida al funciona­
miento de las glándulas sexuales, y la percepción o repre­
sentación del sexo opuesto, con lo que vemos producirse el
maravilloso fenómeno del amor dedicado a una sola per­
sona. A ésta corresponde entonces toda la emoción liberada
por el instinto sexual. Se convierte así en una ‘representa­
ción afectiva’, es decir que, por el hecho de su actualización
en la conciencia, desencadena una excitación que emana en
realidad de otra fuente: las glándulas sexuales” 45
El concepto de com plementariedad de sexos es el
modelo teórico del “retorno a la interacción” más íntima,
caro a S. Lebovici. Concedamos un lugar importante a esta
interacción, no sólo en la realidad sino también en la pre­
sencia im aginaria “suficientemente buena” del otro sexo,
investidor pero sin embargo físicamente ausente. Distin­
guimos en las prácticas m asturbatorias del adolescente
aquellas cuyo objetivo es la descarga simple (actividades
libidinales corporales) y las que sustituyen a los actos
sexuales con un compañero cuya representación es convo­
cada. En el prim er caso, S. Freud tiene razón al hacer
notar que estas prácticas amenazan con desviar al niño
respecto del otro sexo y con desinvestir la sexualidad.46 El
órgano biológico pasaría a ser un órgano libidinal por su
encuentro con el otro sexo y su práctica de un autoerotismo
con demanda de figuración (es decir, de valor madurativo),
“cogito orgásmico” real o imaginario definido por K. Eissler
y tomado en cuenta por E. Kestemberg.47 Nosotros deci­
mos, parafraseando a S. Freud, que una función corporal,
aquí el nuevo sexo puberal, proporciona a la sexualidad su
fuente o zona erógena; ella le indica un objeto: ella procura
un deseo que no puede reducirse a la satisfacción pura y
simple de la necesidad.

La com plem entariedad sexual abarca dos ap u n tala­


mientos que unen: \i ,
1. La excitación surgida de la pulsión interna o somá­
tica que fue objeto de cierto trabajo centrífugo hacia la per­
cepción (zona erógena genital).
2. La excitación procedente del cuerpo del otro (objeto
parcial), que ha sufrido una doble inversión:

— de forma, según la fórmula del banquete de Platón


simbolizante de lo masculino y lo femenino separa­
dos y unidos (precisamente a nivel de la herida de
separación);
— de trayecto pulsional centrípeto.

El centrado genital del cuerpo erógeno es el punto de


ju n tu ra , en esto lim ítrofe, donde nace la experiencia
puberal. Se lo puede im aginar como una pantalla capaz
de recibir la transformación de la pulsión en percepción y
el trabajo de doble inversión arriba descrito, procedente
del cuerpo erógeno del otro. La erección del pene tiene
por causa el deseo sexual del adolescente y el del otro. El
cuerpo entero, un síntoma corporal que forma la resul­
tante de dos líneas de causas internas y externas. Lo que
se experimenta expresa la certeza de una complementarie-
dad;48 la existencia física del otro sexo, por requerida que
sea, no es necesaria si se la alucina suficientem ente,
como ocurre con el pezón antes de que el niño se encuen­
tre con él.
Llegamos a concebir una unidad narcisista originaria
puberal.
Su modelo es, por supuesto, el narcisismo originario
entre madre y lactante49 cuando intentan prolongar la sim­
biosis de embarazo. Cuerpo erógeno y cuidados maternos
se constituyen en sistema único.
Más que de una construcción, hablamos de una poten­
cialidad narcisista puberal, resultante de la intuición del
otro sexo susceptible de llenar la falta. Ella embarcaría al
adolescente en experiencias de una sensorialidad comple­
mentaria que podría, de manera concomitante y repetitiva,
ser sustituto y factor de falta:

— la experiencia de demanda restituye una problemá­


tica de esperanza, comparable a la apropiación del
cuerpo materno, fascinante y siempre fálico para el
niño. Su asíntota es maníaca;
— la experiencia de falta recompone de inmediato la
imperfección del objeto forzosamente perdido por
reencontrable. ,„

El principio de causalidad originaria se repite. La cir-


cularidad de la heterosexualidad remite a la de la madre y
el lactante. El objeto complementario hace de nuevo las
veces, de manera implícita y cualquiera que sea el sexo, del
objeto materno arcaico. Señalamos también dos niveles de
razonamiento que no son incompatibles:
— En el primero, la potencialidad de una unidad nar­
cisista puberal sería “casi” conforme en sus reglas de fun­
cionamiento con la unidad simbiótica primera. Ella crea
un nuevo o actual arcaico puberal. Al conducir el reencuen­
tro de arcaicos a una experiencia “casi” similar, uno y otro
tendrían -cada uno de ellos— un referente común. Lo cual
invita a reflexionar sobre la importancia del trabajo ulte­
rior de duda al que deberá consagrarse el “yo” [Je] para
crear el espacio de transición y los fantasmas puberales.
— En el segundo nivel, la posición puberal se m uestra
susceptible de renovar la atracción narcisista de la pareja
primordial. La experiencia de lo puberal, siendo del mismo
modelo, daría una segunda oportunidad para corregir o
reparar la de lo arcaico inicial, para curar de la seducción
generalizada. Esta problemática resulta clara en P. Blos,50
quien la heredó de M. Mahler: la individuación sexuada
completa o trata las separaciones de la infancia. La angus­
tia de separación podría ser atenuada por la creencia en la
complementariedad de los sexos.
El concepto de complementariedad de los sexos explica
tanto esa incompletud tan intensam ente sentida por los
adolescentes, como la integridad narcisista que la ilusión
deja percibir como posible. El otro sexo queda situado en el
lugar de aquella madre ilusoria que era capaz de ofrecer a
la percepción todo lo que el sujeto imaginaba de ella. Seme­
jante coincidencia comprende de hecho tantos infinitos que
ningún elemento perceptivo puede ser totalmente satisfac­
torio, pese a que cada uno de ellos sea objeto (parcial) de
una intensa búsqueda. Durante la búsqueda complementa­
ria, todo se presenta como si el otro sexo tomara en prés­
tamo del otro cuerpo, la cosa imposible... el cuerpo de la
madre o la madre primero cuerpo. También aquí lo puberal
adoptaría la posición perversa que concede omnipotencia
fálica, y la del fetichista que le concede esta potencia en
condicional.51 La pubertad, traum a narcisista por excelen­
cia, derrumbe de la omnipotencia infantil, ofrece al mismo
tiempo una solución sexual para su curación:

— negativa, antinarcisista52 es la pérdida energética


de la investidura del otro, pérdida por la otra
m itad, aspiración por el objeto complementario,
dependencia con respecto a este “continente” (aspi­
ración por el pene de la energía de la vagina y a la
inversa);
— positiva es la recuperación de esta energía, princi­
pio de una búsqueda del Graal que debe transfor­
mar un objeto “indiferente” en un compañero geni­
tal cooperativo. Tal es el secreto del estado amoroso
compartido.

La potencialidad unitaria entraña una circularidad


complementaria antinarcisista y narcisista. El concepto de
identificación proyectiva normal utilizado por los posklei-
nianos tiene aquí una prim era pertinencia.53 El objeto
supuestamente adecuado posee cierta función Alfa (cuya
puesta en marcha hay que definir); en cuanto a los elemen­
tos Beta, son “a” o “anti” complementarios. El cuerpo es la
sede del simple y permanente ir y venir de estos movimien­
tos pulsionales. El signo de un funcionamiento complemen­
tario suficientemente bueno corresponde a la intuición de
un movimiento centrípeto en el mismo momento en que se
expresa un movimiento centrífugo, esperanza de los cons­
tructores de túnel cavando por dos entradas. A contrario, el
paranoico, por las deformaciones que imprime a la percep­
ción interna pulsional, oculta el tiempo de la proyección
centrífuga (forclusión lacaniana); no le queda más que la
línea centrípeta (erotomanía o, por transformación en su
contrario, persecución). El cuerpo es el lugar donde se
expresa el bloqueo de ir y venir narcisista y se lo acusa
entonces de haber perdido una de sus dos fuentes pulsiona-
les.

El modelo energético revela ser insuficiente para conce­


bir un sistema narcisista. Su equilibrio implica una lla­
mada de representaciones que nos llevó a inscribir el basa­
mento puberal en el nivel de lo real lacaniano. La
figurabilidad no está del lado de la verdad sensorial de los
órganos inmóviles y aislados, con respecto a la cual el niño
buscaría todavía la diferencia de sexos que lo fascinó. Se
concibe comprometida en un acto que lleva al momento
sintético constituido por el “cogito orgásmico”, representan-
ciones de actos necesarios a las de los órganos.
De este modo, Joseph está totalm ente absorbido por
sus prácticas m asturbatorias, que alcanzan una frecuencia
de tres o cuatro al día y en cuyo transcurso puede lasti­
marse el'glande por frotamiento; se complace en caracteri­
zar descargas necesarias, eyaculaciones que fueron muy
esperadas hasta los quince años. Sus asociaciones son ana­
les: “el esperma es como caca”, “donde mejor estoy para ali­
viarme es en el baño; una vez que salió, me siento mejor, es
un poco como si escupiera sobre mis amigos”. M uestra un
apego sensorial a hacer en tomo de su sexo un anillo, un
agujero, un tubo, m ás o menos encogido; durante estas
prácticas aprendió a orientarse cada vez mejor en el sen­
tido de la semejanza im aginaria con lo que supone es el
sexo femenino, que todavía no ha abordado. Esta práctica
masturbatoria cumple cierta función identitaria.54
El funcionamiento puberal propondría una nueva teo­
ría interactiva entre objeto y órgano. La complementarie­
dad de sexos es una creencia que nos interesa por lo consi­
derable de su “exigencia de figurabilidad”, según la
expresión de S. Freud.55 Ella proporciona algo del acto a
las representaciones de cosas, teniendo formas, colores,
olores. Es transformable al lenguaje pictórico de lo prima­
rio, por ejemplo el lenguaje o el sueño, con fenómenos pato­
lógicos de los que la alucinación visual o auditiva nos
ofrece la forma más extrema e impresionante. Puede impo­
ner sus caracteres a instancias psíquicas en cuyo seno los
procesos secundarios, aunque presentes, ceden el proscenio
a lo primario: ensueños diurnos, fantasmatizaciones cons­
cientes, actividades éstas que S. Freud califica de regresi­
vas, en las que “la representación retom a a la imagen sen­
sorial de la que había emergido”.56
En el curso de ciertas regresiones la complementarie­
dad de sexos se disfraza de complementariedad anal y oral:
es el caso de los fantasm as m asturbatorios centrales
—sobre los que hemos de volver—57 descritos por M. Lau-
fer en adolescentes severamente perturbados. Aunque la
complementariedad encuentre en estas escenas una figura-
bilidad enajenada, sería erróneo entender sistem ática­
mente estos fenómenos psíquicos regresivos en términos de
estructura anal u oral; ello equivaldría a confundir el tema
que se retoma en una regresión. La representatividad es el
primer trabajo de la psique: sin ella lo puberal no puede
acaecer, y ya veremos que una buena adolescencia requiere
que acaezca. La llam ada de representaciones es, sin
embargo, ambigua: certeza de la capacidad representativa
(representabilidad) y duda, previa inclusive, en cuanto a
concebir una representatividad capaz de expresar la expe­
riencia en su totalidad (irrepresentabilidad), que abre así
el camino a los afectos primarios. Pronto veremos que esta
llamada no se equivoca en su desconfianza, pues desembo­
cará en el problema del incesto.

Con respecto a la unidad narcisista puberal, así expre­


sada, sugerimos dos puntualizaciones teóricas:
1. Crea una nueva bisexualidad psíquica: para ser mas­
culino o femenino (identidad sexuada) es preciso, y lo for­
mulamos de manera humorística, “tener a disposición los
dos sexos”. La bisexualidad puberal es completamente dife­
rente de la bisexualidad infantil, que intervenía en rela­
ción con un atributo (presente o no), el pene, sin funciona­
miento complementario. La experiencia puberal implica
una llamada de representaciones bisexuales nuevas a fin
de que el “yo” [<Je] se funde por su división. El coito y cier­
tos autoerotismos organizan esta constitución del “yo” [Je],
desprendiéndolo de la escena primitiva. Opuestamente, el
pensamiento del coito supone la disolución (como la sal en
el agua) de la escena primitiva; el despertar inconsciente
de la representación de la escena primitiva “molesta” al
coito. La relación sexual sería una dura prueba, una expe­
rimentación (de la representatividad) de constitución-diso­
lución-reconstitución del “yo” [Je]; un asunto narcisista,
diríamos, cuyo signo de éxito es el goce. Volveremos58 sobre
las relaciones que pueden mantener las dos bisexualidades
inconscientes. Subrayemos su antinomia por definición. La
historia de la sexualidad difásica hace que deban ser coad­
ministradas en el adolescente y luego en el adulto.
La idea de un narcisismo de dos no es, en sí, original;
es una variante del famoso “yo es otro” [Je est un autre] de
A rthur Rimbaud: más que el yo, también el otro. No se
tra ta de la simple proyección sobre un objeto constituido
sino de la constitución identificatoria (identificación pro-
yectiva, sugeríamos) en la que se tocan antinarcisismo y
narcisismo. El mecanismo que implica una contradicción
interna centrífuga y centrípeta, permitiría trabajar la deli­
mitación “haciéndose” de la identidad y del objeto. La cons­
titución del “yo” [Je] adolescente se da —y nos conforma­
mos con bosquejarlo por anticipado— como dos veces doble:

— el doble narcisista59 cuyo ascendiente es homoeró-


tico;
— el portador del otro sexo, cuya genitalidad está
puesta en juego.

2. ¿Podríamos llegar a cierta reformulación de la


angustia en lo puberal? Uno de los dos ingredientes en la
problemática de la castración,60 la impotencia infantil, con­
cluye; la pubertad quita al niño los argumentos neoténicos
perceptibles de su teoría de la castración. El proceso pube­
ral comprende dos factores, pero por el momento nos ocu­
paremos sólo del segundo:

a) una m irada antineoténica, potencia sexual encon­


trada y no reencontrada;61
b) una manifestación obligada para que esa potencia
se proclame por la experiencia del sexo complemen­
tario.

Encontrada y, diríamos nosotros, con la condición de


que el otro sexo esté presente, la potencia puberal se
reduce a sus bienes gananciales imaginarios. Por el contra­
rio, la castración sería el incumplimiento de la potenciali­
dad de la relación con el otro sexo. Se tra ta sin duda de
una problemática narcisista, pues la falta en cuestión
impediría la constitución del “yo” [Je]. El órgano genital
del sujeto resu lta ría entonces inutilizable, bobo, ajeno,
pegado sin que se lo subjetive. Separado de su objeto-
fuente, perdería su apuntalam iento erótico como órgano
estudiado por el psicosomatólogo. El lugar del sexo se
transform aría en laguna en la imagen del cuerpo, que
puede cobrar vida y volverse persecutoria. Este razona­
miento es del mayor interés para comprender la clínica de
la pasividad en la adolescencia, de tanta frecuencia y tan
complejo tratamiento. No es reduccionista, a nuestro juicio,
la afirmación de que el sufrimiento y la búsqueda de perso­
nalización de estos pacientes remiten, sin motivarse total­
mente en ello, a lo vivido (antes de lo conocido) de la rela­
ción sexual según intentábamos definirla.
¿Angustia de castración? En rigor, angustia de separa­
ción reformulada, reenmarcada en términos de genitalidad:
— Con todos los grados entre lo originario y lo prima­
rio.
— Con la particularidad de que está animada no por
el pecho-madre, sino por el otro sexo. A este título, y sólo a
este título, nos asociamos a aquellos psicoanalistas que, en
la línea de P. Blos después de M. Mahler, hablan de la
reviviscencia del problema de la separación en la pubertad.
Los ingredientes de la angustia puberal comprenden:

— experiencias de “separación de sexos”, reales e ima­


ginarias;
— una elaboración de estas experiencias según el
modelo heredado de lo infantil. El que dicha elabo­
ración se cumpla en forma de angustia de castra­
ción y no ya de angustia de separación, dependería
de la cualidad de la neurosis infantil o, para formu­
larlo de otra m anera, del valor afectado a la castra­
ción simbólica. P ara el desarrollo adolescente es
importante que esta interpretación se haya hecho
en el sentido de la castración, es decir que esté
ligada a las figuras parentales edípicas. El a r­
caísmo puberal —lo observamos con frecuencia—
parece salir ganando si^se scfrnete a las problemáti­
cas infantiles pasadas, trabajadas por la latencia.
El niño púber se arrojará a las representaciones
incestuosas a fin de evitar una angustia simbiótica
que ninguna tragedia podría poner en escena. Es
mejor representar que no representar.

Concluyamos de m anera provisional. El concepto de


complementariedad de sexos se enriqueció singularmente
en el seguimiento a que lo sometimos: configuración etoló-
gica, real biológico, dicho concepto se localiza por una expe­
riencia originaria:

— Lindando con lo sensoriomotor, hace posible al ado­


lescente la en trad a en un nuevo sistem a de relación y
representación; el p rim um movens de este cambio se
inserta en un tiempo perceptivo, objeto real susceptible de
ser puesto en imágenes.
— Desarrollo desde una relación com plem entaria
sexual, expresa la reanudación imaginaria de una unidad
narcisista en la cual el acercamiento pecho-boca se repeti-
ría en el de los dos sexos. El contrato capta muy pronto una relación
imaginaria con el otro.
- A este título, autoengendramiento, por lo menos constitutivo de un
autoengendramiento, apunta a la certeza para el niño púber de ser
masculino o femenino.62
- Insoslayable para todo niño en vías de hacerse púber, procura
invadir el funcionamiento de la psique, imponer sus leyes.63
- Reducido a una huella según el modelo del pictograma, suscita
figuraciones ligadas a afectos; se lo puede com parar con el “pensamiento
del sueño”. La interpretación de la experiencia puberal constituye el tema
de la segunda parte.

B / REENCONTRAR EL OBJETO O EL ACCESO


A LA REPRESENTACION DEL EDIPO GENITAL

“En apariencia, la corriente sensual no deja nunca de seguir las vías


anteriores y de investir por tanto con carga libidinal mucho más intensa los
objetos de la elección primaria infantil. Pero al tropezar con el obstáculo de
la barrera del incesto, elevado entre tanto, m ostrará tendencia a encontrar
lo antes posible el pasaje de estos objetos inadecuados en la realidad, a
otros objetos extraños con los que se pueda llevar una vida sexual real.”64

2 / La representación incestuosa

Encontrar el objeto es experimentarlo, no es aún representarlo. Figurarlo


es reencontrarlo. El objeto parcial es púber; su representación, puberal.
¿Qué cosa "ya a h í’ interpreta el cambio ocurrido en form a tal que pueda
historiarse como acontecimiento? ¿Quién crea la representación, y hace
funcionar la representatividad? El objeto de la complementariedad de los
sexos, en cuanto lo biológico lo hace nacer, se recubre con el sentido que la
historia infantil le preparó en secreto. La interpretación violenta,65obligada
de ¡a experiencia puberal es incestuosa, Edipo puberal o narcisista. Las
figuras del incesto son las únicas presentables. El otro sexo, alucinado
según el modelo del pezón para el lactante, busca su pertenencia en la
persona del progenitor incestuoso. La llamada de representaciones
constituida por la experiencia puberal se presenta como una
interpretación causal. Apliquemos el razonamiento de P. Aulagnier: la
intervención de lo primario es “transform ar toda causa de una experiencia
psíquica de placer o de sufrimiento en una causa conforme con un
deseo”.66 Toda experiencia perseguiría una correspondencia y hasta una
conformidad causal con el deseo del otro. Este otro puede ser distinto del
progenitor edípico (o de su imagen), ese seductor de hijo por las imágenes
que dejó y las percepciones que ofrece: exacto retorno de la seducción
infantil. Paralelamente al movimiento incestuoso se instaura la certeza de
haberse convertido en el objeto adecuado del progenitor incestuoso. S.
Freud demostró hábilmente la importancia del fantasma de infidelidad
materna en la adolescencia,67 susceptible de convertirse, según M. Fain, en
fantasma de “madre-puta”.66 Es compleja la fuente del deseo del otro que
procura esta significación a la experiencia originaria:

— interna, surgida del pasado del niño en el que se construyen las


imágenes historiadas edípicas;

— externa, en la actualidad parental.

La violencia de las mociones puberales no está ligada a una plusvalía


somática sino a la interpretación edípica de la experiencia púber. Como
intentábamos dem ostrar,68 la violencia viene siempre del objeto y de la
historia edípica. Lo puberal es todo lo inverso de un movimiento de
separación; es una fuerza antiseparadora que anima el frenesí del niño
hacia el progenitor edípico en una búsqueda del Graal. La separación es un
trabajo de lo ado¡escens.
El objeto, en el momento de su emergencia adecuada
posible, es interpretado por el adolescente en el sentido de
la inadecuación im puesta por la prohibición del incesto.70
De entrada se alza una barrera a la representación objetal.
El cuerpo púber está definitivamente ligado al destino
infeliz de Edipo, tal es el resultado de la evolución sexual
difásica del hombre. Sus representaciones infantiles (per­
sonales, nacidas del grupo y de la cultura) son realizables:
el incesto es posible. Su correlato es el deseo asesino res­
pecto del rival: empuje matricida o parricida,71 puesta a
trabajar del superyó infantil. La repetición no se hace a lo
idéntico debido a la presión heterosexual. El Edipo pube­
ral es asimétrico, diferenciándose del Edipo infantil:

— investidura erótica del progenitor incestuoso;


— desinvestidura erótica del rival, “facilitadora” de su
asesinato.

Esto es lo que S. Freud denomina “regeneración pube­


ral del complejo de Edipo”, la famosa “reactivación o re­
visitación edípica” presente en la mayoría de las publica­
ciones. “El fin prim ero e inmediato de la prueba de
realidad no es, p 0 7 lo tanto, hallar en la percepción real un
objeto correspondiente a lo representado, sino volver a
hallarlo, convencerse de que todavía está ahí.”72 Recorda­
mos esta observación de S. Freud porque resume los moti­
vos por los que los sexos complementarios susceptibles de
ser aprehendidos intuitivam ente en la experiencia del
sujeto encuentran dificultades para representarse. La frus­
tración inherente a la prohibición del incesto arroja el
desarrollo hacia los mecanismos proyectivos: cuanto más
grande es la represión, más lo será la proyección; uno de
sus resultados es la investidura del progenitor real.73 Todo
lo que pertenece al orden del Edipo narcisista incrementa
la proyección; en síntesis, digamos que lesiona al yo.
En este segundo tiempo de la sexualidad el objeto que
se reencuentra es hallado en su dimensión actual. El
pasado queda “re-compuesto”,74 fenómeno a partir del cual
podemos hablar de predicción del pasado y del futuro. Las
secuencias de lo infantil pasado (huellas mnémicas) están
sometidas a la compulsión de repetición. Si en el curso de la
fase de latencia ha perdido ésta su intensidad y sobre todo
su exclusividad por la dispersión de investiduras, la conver­
gencia relativa y reencontrada sobre el progenitor edípico
es defendida de manera suficientemente buena en la neuro­
sis infantil. A la inversa, la violencia del Edipo genital
tiende a restituir un “incesto primordial madre-lactante”, y
a hacer resurgir lo arcaico, como si todo incesto “avanzado”
apuntara al cuerpo de la madre. La cuestión de lo arcaico
puberal, que antes planteábamos en relación con la unidad
narcisista,75 está formada, pues, por dos elementos:

— la repetición de lo preedípico infantil;


— el nuevo Edipo puberal.

Queda por hacer un paralelo teórico —sobre el que vol­


veremos— con el Edipo precoz kleiniano76 y lo que recibe el
nombre de triangulación prim aria.77

2 / L a convicción puberal

La convicción puberal señala el punto de certeza del


sujeto en lo que se refiere a la experiencia de complemen­
tariedad de los sexos, que confiere causalidad a las repre­
sentaciones edípicas. Su funcionamiento entre originario y
primario le otorga el valor de un concepto de transición.
Dicha convicción refleja el grado de representabilidad
admitido. Autoriza el surgimiento de las representaciones
más cercanas al sensorio de la complementariedad zona
erógena-objeto parcial, confiere pensamiento a las expe­
riencias de placer y displacer, acepta figuras totales, otor­
gando la mayor parte al deseo del otro, “portador del sexo
complementario”, como causal de la experiencia inicial. La
ausencia de éste o su no coincidencia lo inscribe como
objeto de falta que remite a la castración puberal. La cosa
parental queda convencida de ser la insoslayable portadora
de la identidad sexuada del adolescente. Recordemos la
fascinación del viajero que, huyendo de las palabras del
oráculo, se encuentra con Layo y Yocasta. El Edipo pube­
ral, que implica una certeza en cuanto a la coincidencia del
deseo del otro, trastorna la economía parental.
La certeza de ser varón o niña supone un trayecto inces­
tuoso-parricida imaginario. El Edipo parental genital es
una etapa inconsciente obligada en el desarrollo ordinario.
Por el contrario, la ru p tu ra del desarrollo se expresa,
según la m agistral descripción de M. Laufer, como un
renunciamiento a la identidad sexuada coincidiendo con su
primera afirmación en el desarrollo. Ejemplar en este sen­
tido es la elección transexual, cuyas problemáticas se ini­
cian con la pubertad:78 la convicción de ser de otro sexo y
no del que el cuerpo deja percibir y sentir, expresa el repu­
dio de la convicción puberal.
Esto habla del valor que otorgamos en la cura al análi­
sis de las escenas puberales en cuyo interior están presen­
tes el niño púber, el objeto parental incestuoso, y el tercero
en una relación mortífera. Estas escenas señalan el éxito de
la representatividad puberal en relación con la experiencia
originaria. Implican la locura de creer en la omnipotencia
reencontrada por el incesto y el parricidio; esta locura,
seguramente peligrosa, indica no obstante el trayecto casi
exclusivo que debe tomar lo puberal para pasar del objeto
parcial al objeto total.

Un adolescente de dieciséis años, al comienzo de una


psicoterapia, presenta una seria abulia con motivo de una
decepción sentimental y escolar. Emerge de su pasividad y
da muestras de una convicc ón que lo sorprende: tiene una
excitación sexual en el subterráneo ante la presencia de
“mujeres de la edad de sus tías” (hermanas de su madre
por cuya causa dijo haber sido criado por mujeres). Esta
sensación se m anifiesta si estas mujeres lo desean “lo
mismo”; como si “una onda pasara entre ellas y él, obligato­
riamente en los dos sentidos”.
Deberemos im aginar un aparato de descreer79 en el
incesto posible; apuntando a la reconstrucción de una reali­
dad comparable a la que induce la latencia, nueva elabora­
ción negativa, duda dirigida a la convicción originaria
“que ya no desconoce el fin de las p u ls io n e s “La primera
verdad que el niño debe hacer suya es un veredicto de men­
tira aplicado a un enunciado que se creyó hasta entonces
infalible.”80

3 I L a cuestión del cuerpo erógeno genital

Detengámonos un momento sobre la condición, tan par­


ticular, del “cuerpo en la pubertad”.
Se desarrolla un trabajo psíquico comparable al de la
neurosis infantil respecto del cuerpo erógeno del lactante,
a fin de m antener el cuerpo genital dentro de la problemá­
tica narcisista. El par zona erógena-objeto parcial, por su
novedad, constituye un enclave81 con tendencia a invadir o
infestar el cuerpo entero. El nuevo requerimiento de los
elementos arcaicos impone una larga elaboración. El pen­
samiento del niño sigue, sobreinviste el desarrollo de los
caracteres sexuales secundarios con vistas a esa apropia­
ción , 82 Hablemos de un exceso de goce errando por el
cuerpo. Constituye una llam ada que el adolescente, a
semejanza del niño, ya no puede postergar. Al yo le tocará
poner un dique al exceso y primeramente ligar en él, esbo­
zar en él una significación, una representación, en particu­
lar un libreto fantasmático que hasta entonces haya a tra ­
vesado la infancia y asegure el sentim iento de una
continuidad de existir. En la pubertad, el cuerpo erógeno
del niño no está dispersado sino centrado sobre el cambio
genital en curso (con sus efectos en el plano del sensorio y
del nuevo goce). Una tensión centrípeta por un efecto de
retomo disloca el cuerpo imaginario entero; la investidura
es de tal m agnitud que los otros polos parecen inhibidos
siendo que sim plem ente se los ha apartado, arrojado al
exterior de la línea de banda. Este centrado hace del
órgano genital un doble del yo, capaz de provocar el júbilo o
el sentimiento de lo siniestro (inquietante extrañeza). El
trabajo en curso es originario al narcisismo: al adolescente
le gusta menos lo que él es que aquello en lo que se con­
vierte. La experiencia de este centrado primordial, como
decíamos, adopta diversas máscaras: unas permiten la ela­
boración de las representaciones edípicas (el júbilo, por
ejemplo), las otras bloquean su representatividad (el pudor,
la vergüenza y, en menor medida sin duda, la culpabili­
dad). Cada cual reconoce el valor de la “situación del
espejo”:

1) reconocimiento im aginario unitario (cuerpo reu­


nido);
2) ilusión de una permanencia en la evolución;
3) júbilo contra la extrañeza;
4) mirada y palabra del otro, en particular del acom­
pañante parental en el perfil de una continuidad y
reconocimiento de una imagen para apropiarse (“lo
que el adolescente ve, es él mismo”);
5) ofrecimiento de esta imagen del cuerpo en pleno
cambio a las significaciones-representaciones con
que él lo dota.

Joseph83 habla ardorosamente de los primeros aspectos


de su “formación”: pilosidades diversas, muda de la voz,
progresión de su m usculatura —que él juzga todavía insu­
ficiente—, aspecto general de su exterior que aún conserva
rasgos infantiles (es decir, femeninos) en el bosquejo
interno que él mismo traza y en los dicterios que le dirigen
sus pares. Observa la frecuencia, diámetro y longitud com­
parada de sus erecciones penianas espontáneas y provoca­
das. Espera la eyaculación como el momento privilegiado
de su progresión identitaria; durante algunos meses prece­
dieron a la eyaculación emisiones de un líquido como
saliva, hasta que por fin hizo su aparición; la masturbación
pasó a ser una actividad privilegiada que le permitía cons­
ta ta r la am plitud de los fenómenos; le hubiese gustado
mostrarnos en sesión la realidad de estos cambios que lo
clasificaban ahora como un adolescente de verdad. E sta
seguridad lo autorizaba a compararse con los amantes de
su madre. Ahora era capaz, sin duda, de arrostrar la even­
tualidad de una demanda femenina. Su psicoanalista podía
estar orgulloso, o bien bajar la bandera, renunciar, cierta­
m ente, a un papel protector. Joseph estaba “definitiva­
mente” protegido de la mofa y la persecución de sus compa­
ñeros ya adolescentes. Su pubertad es antipersecutoria,
antiparanoica, es decir, antihomosexual. Cada cambio del
cuerpo está asociado a imágenes de cuerpos femeninos en
su posible utilización. Joseph adapta sus prácticas a las
enseñanzas de las películas, revistas eróticas, láminas eró­
ticas a las que es aficionado. La excitación heteroerótica
funciona como aprendizaje de la apropiación del cuerpo
sexuado. La compulsión (que se apodera de él incluso en
sesión) e n trañ a sin duda una función id entitaria, mos­
trando la amenaza que se cierne sobre el yo.

La pubertad implica un potencial de externalización


del cuerpo: del cuerpo genital en relación con su imagen
global debido a la prohibición del incesto. Ella introduce en
los orígenes de lo puberal una duda en cuanto al nexo entre
el “yo” [Je] y el cuerpo. Al adolescente le gusta jugar con
esta duda a fin de reconstruir la alianza amenazada. Así
pues, a esta edad, una enfermedad o un acto pueden resul­
ta r cuestión de cuerpo, sin que el “yo” [Je] los autentifi­
que.84
El “yo” [Je] tiene razón para atarearse con el cuerpo,
pues grande es el riesgo de que se afirme objeto-fuente del
cambio:
1. Debería defenderse entonces de ese perm anente
agresor (seductor o perseguidor). El cuerpo habna ocupado
el lugar que dejara vacío la seducción del adulto durante la
infancia (con la persecución como inversión posible del
afecto). Si la causa del cambio implica a la biología, el
cuerpo puede ser percibido como víctima de la evolución
hormonal: cuerpo bajo influencia somática; si el “yo" [Jé]
busca tomar el asunto por su cuenta, se acusa a la puber­
tad; el cuerpo, declarado inocente, vuelve al redil de la sub-
jetivación. No decimos todavía que el cuerpo es seductor o
perseguidor, aunque su potencialidad esté presente: el “y°”
[Je] siente este riesgo y mediante su trabajo refrenda el
cambio ocurrido, lo inscribe como acontecimiento de su bio­
grafía. Más vale introyectar el cuerpo a riesgo de la puber­
tad que ceder a “la tendencia a tra ta r excitaciones exterio­
res procedentes del interior como si fuesen exteriores, a fin
de poder aplicarles el medio de protección del que dispone
el organismo frente a estas últim as”.85 C errar los ojos,
¿protege de las fantasías? El psicoterapeuta de adolescente
debe recordar más que ningún otro este consejo de E.
Jones: “No hay peligro en que los analistas descuiden la
realidad exterior, m ientras que siempre les es posible
subestimar la doctrina de Freud en cuanto a la importan­
cia de la realidad psíquica.”
2. Objeto puramente exterior como es, el cuerpo traba­
jaría pegado al yo: el cambio puberal pasa a ser una preo­
cupación hipocondríaca.86
3. La continuidad histórica del “yo” [Je] quedaría rota:
negar la pertenencia del cuerpo es negar el pasado. El ado­
lescente ha perdido su infancia; si lo incitamos a recuperar
recuerdos, su memoria le procura algunos flashes disper­
sos, inconexos, conjunto de sucesos comparables a esos tra ­
tados de historia de las escuelas prim arias en los que se
enum eran guerras, revoluciones, acontecimientos, sin
lograr una continuidad.

CONCLUSION

Este capítulo describió la fuente de lo puberal con sus


dos niveles:

1) la experiencia originaria del cuerpo erógeno puberal;


2) las representaciones prim arias del Edipo narcisista.
Propusimos unir y anim ar estos dos procesos tópicos
diferentes m ediante el concepto de convicción puberal.
Mostramos el valor narcisista de la investidura ilusoria del
otro sexo. Sostenemos que la cualidad “otro sexo” del com­
pañero edípico es fundam ental para el desarrollo adoles­
cente, cualidad que se origina, se expresa y se expande en
la “escena puberal y sus re-construcciones”. Las modalida­
des de la inadecuación (incestuosa) del objeto parental for­
man una etapa obligada donde se elabora la adecuación del
niño a la sexualidad adulta; el compañero inadecuado per­
mite la representación de la experiencia puberal necesaria
a su negociación segunda (represión-desexualización).
Las escenas puberales87 constituyen las referencias de
estos procesos de puesta en crisis. Señalábamos la asime­
tría edípica que conlleva presión heterosexual y desinvesti­
dura erótica relativa del rival.
Queda así resum ida la tesis del nuevo arcaico. Este
añade a lo infantil aspectos inesperados que las teorías
sexuales puberales montadas en libretos deberán simboli­
zar y organizar. Los efectos del empuje arcaico puberal
ponen en peligro al principio de realidad. Su fuente real,
advenida, veda una regresión estructural a lo prepuberal.
La psique debe tra ta r con el nuevo programa y asegurar la
continuidad psíquica:88

— ¿qué apuntalam ientos para el yo?;


— ¿qué nuevo devastam iento de la función paterna
primordial?

NOTAS

1 Sin embargo, a nuestro juicio la pubertad no es “el último


organizador de la vida instintiva”: ello sería omitir el “trabajo del
envejecer”.
2 S. Freud (1905), Trois essais sur la théorie de la sexualité,
París, Gallimard, “Folio”, 1986.
3 S. Freud (1923), “L’organisation génitale infantile”, La vie
sexuelle, París, PUF, 1985, págs. 113-116.
4 S. Freud (1923), “L’organisation génitale infantile”, ob. cit. La
bastardilla nos pertenece.
5 “El carácter principal de esta ‘organización genital infantil’ es
al mismo tiempo lo que la diferencia de la organización genital defi­
nitiva del adulto. Reside en el hecho de que para los dos caracteres
un solo órgano genital, el órgano masculino, desempeña un papel.
Por lo tanto, no existe una primacía genital sino una primacía del
falo”. (S. Freud, ibid.)
6 “Al mismo tiempo que el proceso de la pubertad aporta la pri­
macía de las zonas genitales, que el empuje del miembro viril, ahora
eréctil, indica la nueva meta, es decir la penetración en una cavidad
que sabrá producir la excitación, el desarrollo psíquico permite
hallar el objeto para la sexualidad, lo que había sido preparado desde
la infancia” (S. Freud [1905], Trois essais sur la théorie de la sexua­
lité, ob. cit., pág. 128). Al recordar esta frase del autor ponemos en
duda su última parte: “lo que había sido preparado desde la infan­
cia”. Hay en el objeto reencontrado un “casi” que afirma una novedad
contraria a toda preparación.
7 S. Freud (1919), “Un enfant est battu. Contribution á la con-
naissance de la genése des perversions sexuelles”, Névrose, psychose
et perversión, París, PUF, 1988, pág. 227.
8 P. Gutton, “Du changement á la puberté”, Adolescence, 1 , 1,
1983, págs. 7-11.
9 “Genital”, como término aislado, es demasiado impreciso en la
literatura, puesto que no se puede determinar si se trata de la pri­
macía genital puberal o de la primacía genital fálica del Edipo infan­
til. Sin embargo, S. Ferenczi lo utiliza en el sentido restringido de la
sexualidad llegada a su maduración puberal y nosotros lo seguimos.
10 S. Freud (1910), “Contributions á la psychologie de la vie
amoureuse”, La vie sexuelle, ob. cit., págs. 47-80.
11 S. Freud (1905), TYois essais sur la théorie de la sexualité, ob.
cit., pág. 110.
12 Retomaremos ulteriormente esta afirmación que dejamos por
el momento con ese aspecto de postulado o, mejor dicho, de marco de
investigación. Recordemos el trabajo que consagramos a la cuestión
de lo sensual en la infancia en la segunda parte de nuestra tesis (P.
Gutton, Fondements théoriques d ’une psychopathologie du nourris-
son, tesis de doctorado de Estado, Universidad de París V, 1979).
Trabajo que resumió en el artículo “A propos des activités libidinales
de l’enfance”, Psa. Univ., 6, 21, 1980, págs. 97-108.
13 Hicimos una primera formalización en 1982 con A. Birraux,
en P. Gutton y A. Birraux, “lis virent qu’ils étaient ñus. Différence et
complémentarité des sexes á l’adolescence”, Psa. Univ., 7, 28, 1982,
págs. 671-679.
14 P. Gutton, Le bebé du psychanalyste. Perspectives cliniques,
París, Le Centurión, “Paidos”, 1983.
15 P. Gutton, “A propos des activités libidinales de l’enfance”,
ob. cit.
16 No creemos necesario reiniciar la discusión sobre el nombre
que se podrá conceder a este objeto exterior: objeto transicional (D.
W. Winnicott), fetiche primario (M. Fain), objeto fetíchico (V. Smir-
nofí). Esta actividad, que no calificamos de transicional, tiene la par­
ticularidad de quitar provisional o definitivamente al objeto la labor
de efectuar una transición hacia la cultura y lo mantiene en un espa­
cio donde no es ni fantasma ni realidad, espacio de desconocimiento
donde la desilusión no ha tenido lugar, donde la confusión del aden­
tro y el afuera se perpetúa, espacio diferente del espacio del juego.
17 M. Fain, “Prélude á la vie fantasmatique”, Rev. fr. Psycha­
nal., 35, 1971, págs. 292-364.
18 A. Green, “L’affect”, Rev. fr. Psychanal., 34, 1970, págs. 885-
1169. . -
19 La patología se hace notar por su persistencia y por una com­
pulsión frenética capaz de atacar al cuerpo biológico: bulimia, head
banging, por ejemplo. Su funcionamiento es tanto más costoso
cuanto más se aleja de la primera infancia. La insuficiente investi­
dura “de inervación” de que es objeto el funcionamiento psíquico per­
turba la movilidad de su estructura. La extensión de las actividades
refleja la de la pérdida energética, que varía según la puesta en fun­
cionamiento en un momento dado de la historia del niño. Veamos un
ejemplo de este razonamiento:
— un niño presenta chupeteo al soñar: la comprobación es
banal;
— en un nivel más regresivo, necesita chuparse el pulgar para
dormirse; la representación del sueño depende de esta actividad; el
funcionamiento de la psique no es más libre;
— otro tipo regresivo sería extender esta succión del pulgar a
varios dedos y a la región peribucal;
— más regresiva también es la succión del pulgar sustituyendo
a la representación del sueño, lo que exige frecuentes despertares del
niño;
— el insomnio, a pesar de esta actividad, señala el fracaso de la
regresión en su función defensiva respecto del cuerpo biológico.
Sería igualmente regresión apelar a actividades libidinales que
no corresponden al nivel madurativo del niño y presentes en niveles
anteriores: mericismo tardío, succión de la lengua de tipo infantil,
espasmo del sollozo después de los tres años.
Las actividades libidinales de la infancia tienen por transición
su conversión en el actuar de las actividades simbólicas del juego y el
lenguaje. Semejante transformación se efectúa bajo el registro del
desplazamiento, proceso primario: el actuar libidinal focal (por ejem­
plo la actividad masturbatoria) se transformaría en acción de jugar.
La escisión sería normal mientras el niño juegue; invirtiendo la pro­
posición, mientras el juego es una actividad del niño, éste puede
sanar de la escisión conductal de su yo. No sorprende comprobar que
las actividades libidinales regresan por efecto de los procesos de
latencia. Semejante evolución de las actividades corporales libidina­
les debe tener en cuenta las transacciones de las que pueden ser
objeto en el funcionamiento mental; por ejemplo, en el desarrollo de
las creencias. Su convicción se afirma en el mantenimiento del placer
y la pobreza elaborativa. Cabe poner esto en paralelo con la compro­
bación por S. Freud de las características del sueño infantil lindantes
con la huella somática. En diversos lugares de este libro tendremos
ocasión de encontrarnos de nuevo con este término de creencia o cer­
teza: por ejemplo, en la teoría y el saber, la diferencia de sexos se
percibe; la convicción mantiene su desconocimiento.
20 Pensemos en los términos explosión libidinal, intrusión de la
libido invistiendo los fantasmas y el pensamiento (E. Kestemberg),
temor de sumersión (P. Jeammet).
21 Véase número especial de la Revue franqaise de Psychanalyse,
“L’orgasme”, Coloquio de la Société psychanalytique de París, Lyon,
1977, Rev. fr. Psychanal., 41, 4, 1977.
22 S. Freud (1905), Trc j essais sur la théorie de la sexualité,
ob. cit.
23 El término es de R. Diatkine, referido a la “comprensión” del
lactante por su madre; lo utilizamos adrede en este marco diferente.
24 Lo real es en la lógica de la homología “algo que encontramos
siempre en el mismo lugar” y al mismo tiempo se sitúa en una insufi­
ciencia del sujeto para comprender, obliga a la elaboración y a la
puesta en imagen, puerta abierta a la representación que queda por
producirse, ucosa” (y más precisamente cosa sexual) en tanto frontera
segura y condición del funcionamiento de la representación (J.
Lacan, Le moi dans la théorie de Freud et dans la technique de la
psychanalyse, Séminaire, Livre II, París, Seuil, 1981).
25 Volveremos sobre esto en el cap. 3, B. 1. Lo real biológico no
es el único real que presenta lo puberal. Véase cap. 4, A.
26 P. Gutton, Le bebé du psychanalyse, Perspectives cliniques, ob.
cit.
27 J. Laplanche, Vie et mort en psychanalyse, París, Flamma-
rion, 1970.
28 S. Freud (1905), Trois essais sur la théorie de la sexualité, ob.
cit.
29 J. Laplanche, Nouveaux fondements pour la psychanalyse,
París, PUF, 1980.
30 S. Freud (1905), Trois essais sur la théorie de la sexualité, ob.
cit., pág. 219.
31 R. Zazzo, Uattachement, Zeithos, Neuchátel, Delachaux &
Niestlé, 1974.
32 H. F. Harlow, “The nature of love”, Amer. Psychol., 13, 1958,
págs. 673-685.
33 J. Laplanche, Vie et mort en psychanalyse, ob. cit., pág. 81.
34 El primero fue definido en el cap. 1, B.
35 Este vuelco conceptual es uno de los aportes más originales
de D. W. Winnicott en su teoría del objeto “ya ahí” (por la madre),
antes de ser creado por el sujeto y necesario para su creación; antes
de semejante objeto-fuente “el bebé no existe”. Un mismo procedi­
miento instala lo simbólico lacaniano previo, exterior al hombre y
constituyéndolo.
36 En el Coloquio de Monaco (septiembre de 1988), al efectuar el
análisis etiológico del breakdown de Blanche (enferma tratada por C.
Chabert) surgido a la edad de trece años, dimos importancia al hecho
de que la madre se hubiese “vuelto vieja” al marcharse su marido, es
decir, hubiese empezado a decaer en la misma época en que su hija
alcanzaba la pubertad:
— no según un esquema de holding imposible;
— no solamente por el hecho de la depresión de la madre, que
impedía recibir la agresividad, “contener” en el sentido de W. R. Bion
y constituir un modelo identificatorio;
— la madre ya no era seductora y dejaba un vacío.
Este es el destino de muchos padres sometidos al ojo de la ver­
dad puberal.
Véase C. Chabert, “Présentation d’un cas clinique - Blanche”,
Journal de la Psychanalyse de l’Enfant, 7, 1989, págs. 147-165; y P.
Gutton, Le narcissisme á l’adolescence, París, Le Centurión, “Pai-
dos”, 1989 y “Narcissisme et puberté”, en ob. cit., págs. 221-227.
37 J. Guillaumin, “Besoin de traumatisme et adolescence”, Ado­
lescence, 3, 1,1985, págs. 127-137 y resumen.
38 S. Ferenczi (1932), “Confúsion de langue entre les adults et
l’enfant - le langage de la tendresse et de la passion”, Oeuvres
completes, t. IV (1927-1933), París, Payot, 1982, págs. 125-135.
39 Véase la sorprendente cita de S. Freud reproducida en la
“Introducción”, págs. 10-11, S. Freud (1909), “Remarques sur un cas
de névrose obsessionnelle (L’homme aux rats)”, Cinq psychanalyses,
París, PUF, 1973, pág. 273.
40 En el capítulo 1 dedicaremos un párrafo especial al problema
de la exteriorización del cuerpo en lo puberal.
41 Parafraseando a P. Aulagnier en lo relativo a la posición
materna, diríamos: la libido del otro sexo “interpretaría” el sexo del
adolescente.
42 El lector podrá aguardar un progresivo rigor en los razona­
mientos aquí efectuados:
— pasaje de lo perceptivo a lo fantasmático;
— pasaje del objeto-sexo complementario a la persona.
43 En detrimento del otro, pues ser amado calma el autoero­
tismo sin objeto.
44 A este título, recordemos que el objeto parcial sólo puede ser
un objeto supuesto. Cuando hablamos de objeto complementario,
deberíamos decir “supuesto objeto complementario”.
45 S. Freud y J. Breuer (1895), Etudes sur Vhystérie, París, PUF
1985.
46 Recordábamos estos críticos señalamientos de S. Freud en una
reunión de Viena de 1913: “La observación clínica ... nos exhorta a no
suprimir la rúbrica de los efectos nocivos del onanismo” y “Si el ona­
nismo tiene la virtud de expresar la victoria de las pulsiones sexuales
sobre las resistencias del yo (tácticas), tiene los defectos de sus virtu­
des.” Véase Nora Azri y P. Gutton, “Onanisme; pouvoir et discours
médical au XIXe siécle”, Adolescence, 6, 2, 1988, págs. 359-366.
47 E. Kestemberg, “L’identité et l’identifícation chez les adoles-
cents”, Psychiatr. Enfant, 5, 2, 1965, pág. 441-522; “La sexualité des
adolescents”, en S. C. Feinstein, P. L. Giovacchini y A. A. Miller, en
Psychiatrie de l’adolescent, París, PUF, 1982, págs. 53-67.
48 Veremos más adelante de qué modo la entrada en la categoría
de lo posible sexual vuelve a jugarse en relación con las representa­
ciones edípicas sometidas a la prohibición del incesto.
49 En nuestro caso, la distinción entre los términos primario y
originario se efectuó con posterioridad a lo esencial de nuestras
publicaciones sobre el lactante; la reforzó nuestra adhesión al pensa­
miento de Piera Aulagnier. Sin embargo, la distinción estaba pre­
sente en nuestra oposición entre la unidad madre-bebé (originaria) y
el desarrollo (primario) entre estos de la representación. P. Gutton,
Le bebé du psychanalyste. Perspectives cliniques, ob. cit.; “Essai sur
le narcissisme primaire en clinique du nourrisson”, Psa. Univ., 4, 16,
1979, págs. 697-708; “Essai sur l’économie de la relation mére-nou-
rrisson”, Psa. Univ., 5, 18, 1980, págs. 277-294.
50 P. Blos, “Fils de son pére”, Adolescence, 3 , 1, 1985, págs. 21-
42; “L’insoumission au pére ou l’efTort adolescent pour étre mascu-
lin”, Adolescence, 6, 1,1988, págs. 19-30.
51 Veáse igualmente la concepción de lo puberal como organiza­
ción anal de desarrollo, cap. 3, B, 3.
52 F. Pasche, “L’anti-narcissisme”, Rev. fr. Psychanal., 29, 5-6,
1965, págs. 503-518.
53 En particular sobre la adolescencia por D. Meltzer y F.
Bégoin: D. Meltzer, “Les concepts d’identification projective (Klein)
et de contenant/contenu (Bion) en relation avec la situation analyti-
que”, Rev. fr. Psychanal., 48, 1984, págs. 541-551; (1972), Les struc-
tures sexuelles de la vie psychique, París, Payot, 1977; F. Bégoin-
Guignard, “A propos de Tidentifícation projective. Suivi d’une
discussion avec P. Jeammet”, Adolescence, 3, 2, 1985, págs. 293-307.
Se expondrá una segunda en el cap. 4 a propósito de la teoría de los
objetos narcisistas.
54 Anna Freud (véase la nota 61) recoge la distinción entre la
masturbación que busca una representación complementaria en el
plano sensorial y por trabajo secundario, integrada a un compañero
(que además no es necesariamente y diríamos incluso que es muy
raramente el objeto de amor actual del adolescente), y la masturba­
ción sin búsqueda complementaria y por lo tanto comprometida en
cierto borramiento pulsional (patológico).
55 S. Freud (1990), L’interprétation des reves, París, PUF, 1987.
56 S. Freud, Uinterprétation des reves, ob. cit.
57 Cap. 2, A, 3.
58 Cap. 3, B, 2 y 3.
59 Véase el cap. 4 dedicado a los objetos narcisistas.
60 Como recuerda J. Laplanche, S. Freud distinguía dos ingre­
dientes en la problemática de la castración: la impotencia infantil o
neotenia y el conjunto de las prohibiciones e idealizaciones (conjunto
que tomaba sentido por obra de la historia cultural o filocultural y de
las problemáticas de la separación). J. Laplanche, Problématique II,
Castration-symbolisations, París, PUF, 1980.
61 Exponemos: 1. Las dificultades entre capacidad incestuosa y
superyó durante la infancia y la adolescencia (cap. 3, B, 1); 2. La ten­
tación de apelar al trabajo de neutralización genital en sus orígenes
manteniendo la preferencia en la neotenia infantil (cap. 3, C y cap. 5).
62 Este autoengendramiento es distinto del problema de la pro­
creación inherente a la complementariedad sexual. Al mismo tiempo
es su preámbulo. ¿Puede haber fantasma o realidad de procreación
sin afirmación identitaria sexual primera?
63 P. Aulagnier consideró como adquirida esta idea que aquí
recogemos de que ningún proceso de funcionamiento renuncia nunca
a imponerse como único presente, reduciendo todo cuanto le es posi ­
ble a sus dos competidores.
64 S. Freud (1912), “La psychologie de la vie amoureuse. Sur le
plan général des rabaissements de la vie amoureuse”, La vie sexuelle,
París, PUF, 1969, pág. 57.
65 El término “interpretación” surgió del pensamiento de P.
Aulagnier en su significación más arcaica, inherente al hombrecito
sometido a los cuidados maternos. P. Aulagnier, La violence de
Vinterprétation. Du pictogramme a Vénoncé, París, PUF, 1981; “Du
langage pictural au langage de l’interpréte”, Topique, 26, 1980, págs.
29-54.
66 Lug. cit.
67 S. Freud (1910), “Contributions á la psychologie de la vie
amoureuse”, La vie sexuelle, ob. cit.
68 M. Fain y D. Braunschweig, Eros et Antéros, Réflexions psy-
chanalytiques sur la sexualité, París, Payot, 1971.
69 P. Gutton, “L’objet extérieur serait-il seul violent?”, Conflic-
tualités, Annales internationales de Psychiatrie de l’adolescence,
París, GREUPP/CTNERHI, 1988, págs. 87-91 (“The external object
is violent”, International Annals of Adolescent psychiatry, Chicago,
University of Chicago Press, 1988, págs. 116-121).
70 Fuerza capaz de empujar al “yo” [Je] a mutilarse, como cier­
tos animales anulares se deshacen de los anillos lastimados. El
objeto complementario no es introyectable o fantasmable, es decir,
transformable en lo que S. Freud llama objeto adecuado.
71 O parricidio en general, si damos a este término, como corres­
ponde etimológicamente, la significación de parenticidio.
72 S. Freud (1925), “La négation”, en Résultats, idées, problémes,
París, PUF, 1985, pág. 138.
73 Por el contrario, las escenas puberales incestuosas y parrici­
das a las que consagramos el segundo capítulo se sitúan como nin­
guna otra en el límite de la experiencia originaria inmediatamente
en peligro cuando busca su vía representativa. Ni las escenas adultas
ni las escenas infantiles se le acercan tanto. Pero avancemos más:
para que en la cura adolescente la interpretación tenga algún efecto,
es preciso que su fórmula comprenda un acercamiento a la experien­
cia puberal, su reviviscencia en la transferencia.
74 Pensamos en el artículo de F. Pasche, “Le passé recomposé”,
Rev. fr. Psychanal., 38, 2-3, 1974, págs. 171-182.
75 Veáse cap. 1, A, 4.
76 Agradecemos a Florence Bégoin por haber llamado nuestra
atención hacia este punto en un grupo de trabajo organizado por S.
Lebovici. Incitamos a los poskleinianos a proseguir su trabajo sobre
este modelo.
77 P. Gutton, Le bébé du psychanalyste. Perspectives cliniques,
París, “Paidos”, Le Centurión, 1983. Recordemos a esta última, cuya
dinámica y efectos en el lactante hemos estudiado en profundidad.
Ella marginaliza el deseo (cargado de omnipotencia) de la madre res­
pecto del bebé. La función de este apartamiento está a cargo de la
“censura de la amante”, según la expresión de M. Fain (en el seno del
cual se tocan la historia edípica de la madre, la investidura del padre
y la actividad sexual actual de la pareja parental). El efecto es una
liberación del pequeño, capaz de investir el mundo fuera de la
madre.
78 C. Chiland, “Homosexualité et transsexualisme”, Adolescence,
7, 1, 1989, págs. 133-146; A. Oppenheimer, “Le choc de la puberté. A
propos de la demande de changement de sexe”, Adolescence, 1, 2,
1983, págs. 309-318; “Le refus du masculin dans l’agir transsexuel”,
Adolescence, 7, 1, 1989, págs. 155-169.
79 La expresión es de D. Anzieu, “Machine á décroire: sur un
trouble de la croyance dans les états limites”, Nouvelle Revue de Psy­
chanalyse, 18, 1978, págs. 151-167. Volveremos ampliamente sobre
la contradicción evolutiva que implican entre sí la convicción y la
duda puberal: contradicción necesaria al desarrollo. Veánse cap. 2, A,
1, y cap. 4, C.
80 P. Aulagnier, Un interprete en quéte de sens, París, Payot,
1991, pág. 307.
81 Veáse la parábola de “la increíble aventura del pobre músico”
en el cap. 3, A, 4.
82 “El niño comparte con su madre la posesión de su propio
cuerpo.” “El adolescente reivindica la independencia y la libre dispo­
sición de su cuerpo.” A. Freud (1937), Le normal et le pathologique,
París, Gallimard, 1968.
83 Veáse cap. 1, págs. 40-1.
84 Hacemos el mismo razonamiento en lo concerniente a la
pubertad que el realizado sobre el sufrimiento corporal, a cuyo res­
pecto propusimos, junto con L. Slama, la utilización del concepto de
objetalización: P. Gutton, “La maladie. Táche aveugle”, Adolescence,
3, 2, 1985, págs. 177-224; P. Gutton y L. Slama, “L’enfant au corps
malade devient adolescent”, Topique, 40, 1987, págs. 143-156; L.
Slama, L’adolescent et sa maladie, étude psychopathologique de la
maladie chronique á l’adolescence (tesis de doctorado, Universidad
París VII, 1987), París, CTNERHI, 1987.
85 S. Freud (1920), “Au-delá du principe du plaisir”, Essais de
psychanalyse, París, Payot, 1970, págs. 7-81.
86 Pensemos en ciertas patologías somáticas de la adolescencia
(véase en particular R. Debray, “Adolescence et maiad i somatique.
Quelques réflexions actuelles”, Adolescence, 3, 2, págs. 309-319) y en
la clínica de la anorexia nerviosa véase la observación de Ophélie
cap. 2, A, 3, pág. 80.
87 Véase cap. 2, A.
88 Véanse los caps. 3 y 4.
2. ESCENAS EN LA PUBERTAD

A / LAS ESCENAS PUBERALES

Como el lector ha podido advertir, tenemos una concep­


ción fuerte de lo puberal. Inscribamos en su exergo el verso
de la Eneida con el que S. Freud anuncia La interpretación
de los sueños:1 “Si no puedo doblegar a los dioses, sublevaré
a las potencias del infierno” * La pasión del sexo, en la tem ­
porada de las sombras, adopta figuras de m adre fálic’a
“pululante de serpientes negras y rígidas”, Gorgona o
Medusa. En las buenas adolescencias, críticas o apacibles
los dioses están doblegados y las categorías ideales se
encuentran presentes. No nos engañemos, el niño puede
tejer sistemas de desconocimiento, desarrollar argucias de
ignorancia o lanzarse a idealizar: de todos modos las esce­
nas puberales se producirán.

* En el original: S i je ne peux fléchir les dieux, je souleverai les


puissances de Venfer. El verso de Virgilio citado por Freud es Flectere
si nequeo superos Acheronta movebo, traducido por López Ballesteros
(S. Freud, Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 9 vol., t. II)
en la siguiente forma: “Si no puedo conciliar a los dioses celestiales,
moveré a los del infierno.” [T.]
Retomemos la distinción del Edipo y los edípicos:
1. Las escenas puberales dramatizan el oráculo de Del-
fos: “M atarás a tu padre y te casarás con tu m adre”. Lo
puberal —como nos gusta recordar— es un destino. El
Edipo narcisista, tal como aquí se lo toma en la categoría
de lo posible, cristaliza el pasado infantil y le insufla una
asim etría en beneficio de la heterosexualidad. La puber­
tad, ocasión para el oráculo, es la diastasa necesaria para
la operación que daría una última mano a la constitución
del inconsciente.
2. En el conflicto edípico, las representaciones parenta­
les son situadas en oposición con respecto al sujeto, en
cuanto atañe al objeto ambivalente del deseo, a la prohibi­
ción de los incestos y al principio de realidad. La sanción y el
rescate son el precio a pagar para frenar la ira de los dioses.
3. Las organizaciones, estructuras o complejos edípicos
son regulados por las instancias de la segunda tópica. El
superyó asegura anónimamente la continuidad y la prohi­
bición. A raíz de los procesos de latencia los objetos edípi­
cos dejan de ser parentales y, si lo son, su idealización es
suficientemente buena según la lógica fálica. La organiza­
ción edípica marca cierta “resolución del conflicto edípico” o
“declinación del complejo de Edipo”.

Resumiremos otra vez y de manera personal el modelo


teórico elaborado por el estupendo informe de S. Lebovici,2
y formularemos lo siguiente: la neurosis infantil tiene por
asíntota la organización edípica infantil; la neurosis de los
niños, el conflicto edípico. La segunda sigue el sentido de
un buen desarrollo cuando, situada en la prim era infancia,
conduce (eventualmente con riqueza semiológica) a la neu­
rosis infantil. Se tom a patológica cuando, persistiendo más
allá de lo deseable, en particular a la edad de la latencia,
perturba la organización edípica. Las representaciones
parentales están aquí siempre infiltradas de arcaico. La
simbolización de la angustia de separación en angustia de
castración se cumple en la primera y está en curso en la
segunda.
Los peligros de que un niño se vuelva clínicamente
neurótico se deben:

— a las recaídas de la semiología;


— a la insuficiente organización del yo y del superyó,
instancias que en la segunda tópica señalan la
autonomía del niño en relación con los azares de la
historia real de los padres y de sus representacio­
nes;
— al potencial arcaico más o menos contenido por las
representaciones parentales;
— a la persistencia de una patología reactiva a la de
los padres y de la organización familiar (que actúa
casi a pleno canal, puesto que el superyó y la. fun­
ción del ideal no consiguen autonomizarse).

Lo puberal impone una reactivación del conflicto edí­


pico que pone en crisis a las organizaciones edípicas. La
neurosis de los niños recobra sus derechos por virtud del
desarrollo; digamos que sufre una recaída volviéndose asi­
métrica. Su anim ador secreto es la escena puberal. El
resurgimiento conflictivo edípico, -que carga con su fardo
preedípico y alcanza a las organizaciones latentes, consti­
tuye el argumento de la bien conocida inestabilidad semio-
lógica y nosográfica de la adolescencia.3 P. Male atribuía
una misión de síntesis conceptual a lo que él denominaba
crisis de originalidad juvenil, a la que confiaba acertada­
mente el barrido de lo normal al funcionamiento psicótico,
de la transform ación simple, con sus diversos impactos
familiares y sociales, a la entrada en patología: flexible ir y
venir, en los nacimientos polares del genio o de la enferme­
dad mental. La ruptura del desarrollo (breakdown de M.
Laufer) señala la incapacidad del sujeto para enfrentar la
crisis; estanca sus identificaciones, revela el fracaso de los
procedimientos constructivos del yo y de la adaptabilidad
del superyó. El concepto de crisis (de m últiples facetas
desde hace un siglo) se define como una interferencia en
las redes infantiles. El breakdown niega pertinencia, en
cambio, a la fuente de estas interferencias. El “breakdown”
impide la crisis de adolescencia.

1 / R epresentatividad de la experiencia puberal

El niño púber sufre de escenas puberales. Los libretos


imaginarios incestuosos reemplazan a la palabra “puber­
tad”, que encontramos en las primeras reflexiones psicoa-
nalíticas sobre la adolescencia. A propósito del pequeño
Serguei, Freud escribía: “Con la pubertad, la corriente
sexual viril fuertemente sensual [...] hizo su aparición [...],
esta misma corriente tenía que luchar contra las inhibicio­
nes derivadas del residuo de la neurosis infantil.”4 Descri­
bamos de la pubertad su superficie psíquica y de los proce-
sos puberales, sus fenómenos.

La escena puberal señala el éxito de la representativi­


dad de la experiencia originaria interpretada, preformada
para siempre por las imágenes parentales infantiles.
1. El conjunto de figuraciones escénicas comprende: el
cuerpo erógeno del niño centrado en sus órganos sexuales
on estado de excitación, el progenitor incestuoso, el objeto
del parricidio. Las representaciones parentales están todas
“ya ahí”, separadas unas de otras o localizables mediante
un trabajo de ligazón en curso. Aunque no siempre pre­
sente, el tercero está implicado. La estructura es la del
Edipo puberal, es decir, asimétrico. La dimensión erótica
de la relación con el progenitor del mismo sexo refleja la
persistencia de la am bivalencia infantil, más allá de la
pubertad.
La escena ofrece la organización primera y surgente de
lo puberal advenido (modelo tan poco describible como la
neurosis infantil). Ella es a la teoría puberal lo que la
nueva novela europea fue a la filosofía: pensamiento en
actos y figuras, experiencia de caminos secretos, libreto de
existencia puesto que pone en historia la respuesta del
oráculo. La topología de la escena puberal es primaria. La
situamos a nivel de las figuraciones latentes del sueño en
relación con la elaboración adolescens. La sexualización de
las representaciones parentales da la medida de la violen­
cia que en ella se juega: orgías incestuosas y asesinas. La
pubertad no opone al niño a sus padres (según éstos opi­
nan, con comprensible espanto), sino que los sacrifica:
Teseo da muerte al Minotauro, Isaac a Abraham, sus hijas
violan a Noé.5 Para evitar el drama, el adolescente busca
otros holocaustos:6 pueden revestirse así de significación
parental sus primeros amores, un hermano o una h e r­
mana,7 amigo, maestro, terapeuta desempeñando el rol del
objeto sacrificado al progenitor idealizado. Los procesos se
mezclan en un sufrimiento infligido y recibido. El objeto y
el sujeto juegan las escenas destinadas a suavizar la rela­
ción con los dioses inexorables, es decir, los padres.
2. La escena puberal se desarrolla gracias a un doble
desconocimiento que corresponde a los elementos constitu­
tivos de la escena primitiva:8
a) Desconocimiento entre las figuraciones que ella
anima. La tragedia de Edipo se compone de una sucesión
de escenas, separadas unas de otras en el tiempo y el espa­
cio. Layo es un anciano en medio de un estrecho desfila­
dero; Yocasta, una viuda coronada. El desconocimiento del
nexo9 entre las dos escenas sólo desaparecerá a posteriori:
Edipo Rey se hundirá entonces en lo edípico. La escisión de
las representaciones gracias a la cual el infans funciona se
inscribe entre imagen m aterna y paterna (y no entre
madre buena o mala, fam iliar o extraña). Se habló con
razón (M. Fain, A. Green) de dos triangulaciones separa­
das en el tiempo (bitriangulación) y en el espacio, que no
constituyen (o no constituyen todavía) la triangulación edí-
pica. Asimismo, el nuevo arcaico puberal no tiene ambiva­
lencia sino contradicciones, contradicciones que no es posi­
ble oponer debido a la fractura del tiempo y susceptibles de
convertirse en paradojas.10
b) Desconocimiento con respecto a lo infantil . n La
escena puberal se despliega al abrigo de la historia de los
significantes tejidos durante la infancia. Edipo se arroja en
su búsqueda fatal de padres, a resguardo de su pasado.
Layo intercepta el famoso desfiladero: ¿quién retrocederá,
quién hará retroceder? Edipo actúa, convencido de evitar
su destino siendo que lo está realizando. La convicción
puberal es incestuosa y parricida porque su estructura no
es edípica. Ella integra lo infantil fragmentándolo de tal
m anera que ya no aparece cuando los fantasmas que con­
tiene se transforman en actos. Ella autoriza las represen­
taciones, siempre y cuando Las coincidencias desconozcan
los fantasm as del niño antes de su pubertad. La represen-
tatividad es adm itida si la pubertad traza una b arrera
entre lo anterior al hecho y lo posterior al hecho, siendo
incluso que un hilo rojo los une, provocando una disconti­
nuidad de existencia. E sta discontinuidad daría ocasión
para un desajuste, para un desencaje, para una reanuda­
ción “diferente” de la escena primitiva. Volveremos sobre
esto: todo se presentaría como si los elementos del rompe­
cabezas que constituyen la escena primitiva (o sus repre­
sentaciones más aproximadas) se ordenaran para dar una
escena puberal “casi” similar.12 La diferencia no residiría
en la aparición de elementos nuevos, sino en su recomposi­
ción,13 como una caja mágica que al ser sacudida brinda al
ojo una imagen diferente por su orificio redondo. Por ejem­
plo, un autorretrato del mismo pintor nunca es semejante
al anterior (a menos que haga tram pas, como Caravaggio
al pintarse adolescente). Lo puberal hace que la imposible
copia del pasado no sea necesaria para el desarrollo.

Veamos dos ejemplos clínicos de escenas puberales:


Jacques, adolescente profundam ente psicótico,14 ex­
presa al cabo de un año de tratam iento psicoanalítico casi
diario, una escena puberal que nos parece ejemplar. Ha
venido a su cita en auto acompañado por su abuela
paterna. La sesión choca otra vez con él enigma que le
plantea a Jacques el sexo femenino. Habla de esto largo
rato. Un recuerdo de sus catorce años atraviesa la repre­
sión de que es objeto. Jacques tuvo una de sus primeras y
más bellas erecciones seguida de eyaculación, estando al
lado de su abuela, que conducía su automóvil con elegancia
y destreza. Su pierna y rodilla derechas, animadas por la
presión alternada del acelerador y el freno, lo excitan; está
fascinado por esta parte del cuerpo sin que ésta parezca
pertenecer a la mujer prestigiosa. En el vehículo él ocupa
el lugar del muerto, el de su padre evidentemente enamo­
rado de su propia madre; “¿hoy estaría muerto?”. Esta pre­
gunta lo ayudó en su erección.
La escena puberal es una falsa triangulación violenta,
como se observa en la psicosis, e implica igualmente un
trabajo caracterizado por las asociaciones en sesión ofreci­
das como prueba y elemento de razonamiento: la frialdad
de su madre sólo consigue hacer caer el órgano erecto; la
mujer elegida es de linaje paterno, primer objeto del padre;
su relación con el padre es paradójica; el modelo es edípico
tan sólo en parte: comprende sobre todo una incorporación
destructiva. Las erecciones que se habían descrito ante­
riormente en un contexto de influencia homosexual y de
feminidad delirante con algunos de sus pares, ya no eran
tan importantes para él; queda aún por delante un largo
camino para arribar a una sexualidad normal.. La supre­
sión de la amnesia y el esfuerzo psíquico que acompañan
su relato son posibles porque Jacques emerge hoy de las
problemáticas psicóticas, en particular de un desconoci­
miento de su propia violencia de niño y de adolescente. La
transferencia se encuentra en un período narcisizante que
acerca al terapeuta a imágenes paternas.
La escena puberal que expresa el nuevo arcaico genital
se observa preferentemente en las organizaciones psicóticas
alucinatorias de adolescencia. Pueden, si la fragmentación
corporal es im portante, formularse en términos de zona
erógena —objeto supuestamente complementario, estando
representados los órganos con diversos desplazamientos y
condensaciones en el lugar del cuerpo total y de las repre­
sentaciones incestuosas,
Janine, muy inteligente,15 doce años, presenta desde
hace cinco meses una semiología aguda de gran intensidad:
fobias múltiples especialmente en el ámbito escolar, ideas
obsesivas y flotantes de depresión, culpabilidad y reivindi­
cación, anorexia, bulimia-vómitos, insomnio; pesa veinti­
siete kilos; su vida está recargada por ritos de lavado del
cuerpo, de la ropa, de las sábanas, correspondientes a
diversos aspectos de una fobia al tacto. Pensándolo bien,
esta clínica se nos aparece próxim a al acceso delirante
hipocondríaco.16 La paciente se niega a todo tratam iento
químico o psicológico. Su madre está sumida en una depre­
sión anterior a la historia de su hija y pronto se ve afectada
por un cáncer de mama (que curará). Su capacidad para
sostenerla en el narcisismo se ha debilitado. Janine, no
pudiendo rehacerse de su angustia, casi no se separa de su
madre. El consultorio ginecológico del padre funciona en el
mismo departamento. Vimos varias veces a esta muchacha
pese a su resistencia a sentarse en un sillón de propiedad
desconocida, con un hombre. Hubiese preferido atenderse
con una mujer, pero no confiaba en su capacidad.
El relato de la escena puberal presenta la unidad de
tiempo, espacio y acción del teatro clásico; la niña la carac­
teriza racionalmente como origen de sus desdichas, y la
reconstruye por fragmentos. Tiene sus primeras m enstrua­
ciones a los once años, de m anera inesperada, sin otro signo
de pubertad; toma conciencia de la profesión de su padre
m irando a las bellas mujeres que entran en el departa­
mento; le gusta lavarse las manos al volver de la escuela en
el mismo lavabo y al mismo tiempo que él (¿no es esto el
símbolo de la escena puberal?); en una fiesta que da en su
casa, siente unas ganas incontenibles de hacer el amor con
el chico con quien está bailando, cuyo sexo erecto percibe y
que no gusta de ella, pues le interesa otra muchacha. Des­
pués vuelve a sentir la misma sensación, sobre todo cuando
se encuentra con su padre en el lavabo; adquiere hábitos
masturbatorios que se reprocha. Le duele el vientre; des­
pués de la palpación por el padre-médico, debe tomar varios
baños. Para luchar contra sus sueños eróticos se mete en la
cama de su padre y se siente sucia. Se aterroriza cuando su
padre, al verla adelgazar, le propone salir de vacaciones con
ella pues la madre tiene muchas ocupaciones en París; es
así como se enferma. Está persuadida de que sólo su padre
puede atenderla; los psiquiatras comienzan a desfilar por
su vida. Su semiología presentará una regresión espectacu­
lar a los pocos días de su hospitalización.

2 / Elaboración escénica

“Para ser realmente libre en la vida amorosa y en con­


secuencia feliz, es preciso haber superado el respeto por la
mujer y haberse familiarizado con la representación del
incesto con la madre o la hermana.”17

La violencia puberal dada como extraña al yo debe


sufrir un trabajo familiarización para que la posición
edípica se elabore posibilitando la búsqueda del objeto ade­
cuado. Lo originario puberal que cree encontrar por fin el
objeto adecuado y su meta, lo elige inadecuado pues es
incestuoso. El objeto adecuado se abordará al cabo de un
largo trayecto de “des-convicción”. Durante este trabajo la
complementariedad se pierde; la falta obligada del hombre
recobra sus derechos. El libreto puberal es el origen de un
desarrollo. Su elaboración es el único procedimiento que
permite el acceso a una realidad que no sea infantil. Las
escenas son comunicadas como recuerdos. En ellas, las con­
vicciones y reconstrucciones fantasmáticas son trabajadas
por una preparación del acontecimiento que pasará a ser
recuerdo, durante su desenvolvimiento, en las reasuncio­
nes autoeróticas y heteroeróticas, con ocasión de la narra­
ción que se hace de ellas.
Para exponer estas ideas sum am ente complejas nos
inclinamos por utilizar la magistral descripción de lo que
G. Rosolato denomina objeto de perspectiva:18 éste se
define como objeto de falta, “pieza necesaria como el punto
de fuga en la perspectiva pictórica o como los conjuntos
vacíos”, organizadores de los objetos y cuya representación
no puede sino cerrar el horizonte. La cristalización fasci­
nante del objeto de perspectiva es tan indispensable como
imposible. Sabemos qué activo historiador es el adoles­
cente, para afirm ar su sentimiento de continuidad de exis­
tencia (¿no lo ayudam os si se da el caso?). D urante el
transcurso de una revolución, la globalidad de la historia
se diluye; el historiador se pierde en la sucesión actual de
hechos, como Fabrice en Waterloo. Para el adolescente es
sumamente valioso aprehender la escena “típicamente his­
tórica”, el momento clave que indica la realización de un
cambio: aquí está la escena puberal, o al menos ella da
señales de la representatividad del cambio. El contenido de
¿as sesiones de psicoterapia es en buena parte narrativo,
decía P. Male: construcciones, reconstrucción entre dos,
entre varios. El adolescente cuenta y sin duda cuenta mal,
pues el relato está en plena elaboración, con silencios y
fragmentos repetitivos, escindidos, dejando adivinar el
argumento escénico sin suministrarlo. Más tarde, cuando
las cosas se hayan apaciguado, podrá uno tra ta r de lo
puberal como el museo Carna^alet de la Revolución,* que
anuncia en uno de sus letreros: “La Revolución Francesa
está al fondo del corredor”. La violencia de las escenas
puberales y su frescura quedarán sepultadas.
Lo puberal deviene posteriormente reconocible y pasa a
estar contenido en un libreto más elaborado, como el del
beso de Dora. Por supuesto, estamos lejos de una escena
puberal “profunda”, estamos en su eje y S. Freud lo tomó
como tal por su manera de abordar la cura de esta adoles­
cente. E star en la perspectiva de la escena puberal es ya
una gran conquista de una psicoterapia o simplemente de
una consulta terapéutica. Fácil será convenir en que las
organizaciones neuróticas sólidas (como la de Dora) no
dejan expresarse como si tal cosa la escena puberal propia­
mente dicha. Por otra parte, nos preocuparía que se reve­
lase demasiado rápido, expresando una fragilidad estruc­
tural. Una interpretación edípica que analice las defensas
erigidas contra su reminiscencia en lo tocante a un objeto
no parental puede remitir^implícitamente y de un modo
asombroso a la escena puberal. Aquí residen la ventaja y el
riesgo de ocuparse de adolescentes. La escena puberal per­
mite refrenar la descarga de la experiencia puberal al tejer
representaciones cada vez más elaboradas que aseguren la
contrainvestidura de lo arcaico genital y la prórroga de la
satisfacción. Ella provoca pensamiento, teorías y fantas­
mas que se le desajustan, desplazando sus condensaciones
preferidas. Estas construcciones segundas se tejen a partir
de los hilos de continuidad de escenas a su vez más o
menos reales y fantasmáticas, con anterioridad y posterio­
ridad. La condición previa a este trabajo del “yo“ [Je] es la
puesta en duda de la convicción puberal . 19 Los libretos fan-
tasmáticos que se elaboran de m anera discursiva y explí­
cita (se los puede reunir bajo el término que propuso D.
Anzieu de “fantasm a de transformación”), los enunciados y
las representaciones que se desarrollan, tienen por punto
de origen la convicción complementaria. Lento y complejo
es el trayecto (en este trabajo no lo desarrollamos) que per­
mitirá distanciarse de tal basamento. Vuelve a incurrir en
las renegaciones, procede por afirmaciones cuyos matices
podrán desarrollarse en el seno de creencias y fantasmas.
La inscripción del conflicto interne supondrá una supre­
sión de los desconocimientos inic ales que autorizaron la
diferenciación de la escena puberal y un desprendimiento
de los objetos exteriores parentales devueltos a su justo
lugar de representantes aleatorios de 4 a realidad interna.
De este modo resumimos la formidable investidura del
pensamiento que se observa en la adolescencia corriente: a
la vez edad de las creencias erigidas, exhibidas con violen­
cia, y de la discusión socrática; edad del “hablar muy alto”
buscando el pensamiento. ¿No poseen estos adolescentes la
mejor inteligencia de su vida? Se preocupan por su salud.
Los adultos piensan que son críticos de acuerdo con el
modelo de la lucha de cada edad; trabajan sus pensámien-
tos, los desconstruyen y reconstruyen. La sexualización del
pensamiento puberal resultante es un gran tema de inves­
tigación de E. Kestemberg al que remitimos al lector. Los
desplazamientos de las investiduras producen la curiosi­
dad adolescente. Para llegar a la sabia lógica formal defi­
nida por J. Piaget a esta edad, largo es el trayecto en el
sentido de la desinvestidura. Imagen genital parental: he
aquí a la vez la motivación del pensamiento y el enemigo de
un funcionamiento intelectual sereno. El adolescente desa­
rrolla, a través de una construcción con matices,20 teorías
puberales sometidas a las experiencias cotidianas y que
confieren un saber personal relativo a la relación sexual.
El teórico trabaja sobre la base de:
— Afectos emanados de la interpretación causal que
dio el niño a sus percepciones y susceptibles de reagru-
parse como experiencias de goce, excesos de excitaciones
capaces de “hacer volar su libido en pedazos”.21
— Informaciones referidas a lo que el adolescente efec­
tivam ente conoce. La experiencia puberal se cuenta de
manera radicalmente diferente de la teoría sexual infantil
(la lógica de esta última es fálica, un solo sexo, el pene pre­
sente o ausente, tocándose estos dos valores en un mismo
individuo sin oponerse en la bisexualidad psíquica).22
Indica una ten tativ a de alcanzar la verdad y una
nueva elaboración causal orientada a reconstruir cierta
certeza que no desconocerá el sentido de la historia infan­
til. Existiría aquí necesariamente, al menos en proyecto,
un autor complementario. La distinción que negocia P.
Aulagnier,23 de un doble principio de causalidad en la ela­
boración de lo primario, suena con fortuna a los oídos del
clínico de la adolescencia. Se sobrentiende que los enuncia­
dos aparecen porque la prueba de la duda sobre la certeza
causal puberal los autoriza:
1. La causalidad demostrada reúne en nuestra era cul­
tural todas las relaciones ordenables en el tiempo, estable­
cidas y confirmadas por las observaciones y experimenta­
ciones, tomando apoyo en los saberes adquiridos; utiliza
“puntos de certeza” o los otros se garantizan mutuamente,
se informan de sus percepciones sensoriales, apuntalando
las teorías elaboradas por cada uno. “Cuando pasamos al
registro de las construcciones ideicas, comprobamos que
para que el sujeto pueda pensar, hablar, comunicar es pre­
ciso que los socius se garanticen mutuamente la presencia
entre ellos de un cierto número de convicciones comparti-
das, se aseguren de esa ‘presunción de inocencia’ de la que
deberán gozar una parte sus enunciados, y p articu lar­
mente aquellos por los que se informan m utuamente de
sus percepciones sensoriales.”24
2. Cada uno añade una segunda causalidad, para la
que parece pertinente el adjetivo de interpretada, en lo
tocante a su propia realidad y que declina “una relación
de causa a efecto entre el ‘yo’ [Je] y el deseo inconsciente”,
tal como la interpreta el propio sujeto y eventualmente el
analista. E sta últim a interpretación “es un acto por el
cual relacionamos un efecto con una causa perteneciente
al registro del deseo inconsciente”.25 E stá bien claro que
la causalidad delirante es de una dimensión completa­
mente distinta y se formula de m anera no compartible
por el socius, ni siquiera por el grupo (excepto, quizá, la
convicción delirante compartida por el grupo fam iliar o
por el grupo de pares), y por otro lado implica una inter­
pretación totalizante relativa a la causalidad psíquica
“personal”.
El saber genital de los adolescentes se elabora sobre
una doble duda en lo que respecta a la convicción puberal
inicial y al saber del niño. Es interesante conceptualizar
este saber como autónomo, personal: “Mi saber da derecho
al fantasma”. Se crea en el recogimiento del pensamiento y
en la aprehensión de las intuiciones, y (insistimos en ello)
a través de la experiencia del sensorio sexual. Hay que con­
cebir, sin duda, un verdadero genital personal, insoslayable
por el sujeto, que propulsa al niño hacia su propia “verdad”
en los dos aspectos dialécticamente opuestos:
a) Uno negativo, como detección de la mentira, en par­
ticular la de los padres sobre la sexualidad cuando el niño
deja ver sus comienzos de adolescente. Atribuimos un gran
valor a esta alternativa del niño:

— desarrollar su búsqueda del objeto amoroso bajo la


influencia de las figuras parentales;
— aceptar el “nunca m ás”, el duelo de éstas en un
movimiento progrediente. Incluye el renuncia­
miento a comprender el enigma de los significantes
parentales infantiles.

b) Otro positivo, en el descubrimiento de lo que K. Eiss-


ler llam aba “cogito orgásmico”, presentándose como una
afirmación totalitaria, carente de flexibilidad, megaloma-
níaca y erotomaníaca, podríamos decir, expresando el éxito
finalmente logrado (e ilusorio) de una complementariedad
sexual. Así comprendió Evelyne, a causa de su prim era
menstruación, que poseía las pruebas de que su m adre
tenía un am ante porque ella misma tenía un noviecito
desde hacía unas semanas y se gustaban mucho, no hacían
otra cosa que besarse y acariciarse un poco.'

El niño púber se encuentra —como se dijo repetida­


mente— en una situación idéntica a la de los primeros
organizadores de la neurosis infantil, que es histérica,26 o
cuando el infans desarrolla sus prim eros sistem as de
defensa frente a lo arcaico. Lo puberal provoca un ataque
de histeria cuyos elementos reunimos en la forma siguiente'.
a) Sobrecondensación genital que se impone sobre el
desplazamiento y queda sometida a la represión.
b) Elección obligada por la evolución heterosexual y la
pérdida del otro sexo, jugando este útlimo punto como una
atracción depresiva.
c) Renunciamiento al pasado dentro de un marco de
decepción.

Suele decirse que la adolescencia es en ios años


ochenta lo que era la histeria en los primeros trabajos de S.
Freud. En lo originario están la acción complementaria (de
significación parental) y lo visto de esta acción. (Utilizamos
la palabra “activo” para oponerla a la pasividad infantil
ante la seducción.) Organiza en su propio desarrollo repre­
sentaciones de cosa y de palabra, encrucijada donde la ima­
gen es todavía acción, la palabra todavía acto. El sistema
defensivo histérico se desarrolla a p a rtir de esta teoría
activa utilizando la imagen y la palabra. M ediante un
juego de escenas imaginadas y relatadas que dejan ocultas
las perspectivas incestuosas, el montaje de la neurosis ado­
lescente de desarrollo pasa a constituirse. En esta etapa
segunda (proceso secundario) seguirlos el pensamiento de
S. Lebovici cuando escribe: “Todo adolescente lleva en sí los
gérmenes de la histeria, de la neurosis infantil”.27 Lo pube­
ral es cabalmente un retomo ofensivo del traum a sexual.
Repite la etapa edípica: en ella la sexualidad ya había
hecho perder primero a la madre (el pene por el pecho) y
después al padre, haciendo creer al niño que le perm itiría
reconquistar lo que antes le había hecho perder, como si el
amor sexual pudiese colmar a posteriori las carencias de la
ternura, como si la amante fuese capaz de curar lo que la
madre había lastimado.28 La hipersexualidad es el efecto y
la causa de este infortunio... digamos necesario.

El sueño de Jack nos impulsa a reflexionar sobre los


efectos organizadores de la escena puberal en cuanto al
funcionam iento de la psique. A los dieciséis años lo
deriva un cardiólogo que (tras efectuar todos los análisis
orgánicos) insiste en la existencia de factores psicológicos
para su hipertensión a rte rial (20 de máxima). Jack se
expresa con soltura, presenta una posición transferencial
positiva y una viva investidura de su psicoterapia. Lleva
ésta un año al ritmo de una sesión cada ocho días, frente
a frente, cuando aparece el siguiente relato. Su comienzo
es silencioso: “No tengo nada que decir...”. Luego m en­
ciona por prim era vez la masturbación, que para él no es
problemática. La practica habitualm ente desde la puber­
tad, acompañándola con imágenes de “chicas en general”.
Tras este sosegado prólogo, arriba a lo que le costaba for­
mular:
1. “Anoche soñé —dice con intensa angustia— que
estaba embarazada y sin embargo era un hombre; me pre­
gunto si no estaba em barazada de mí mismo.” No tiene
explicaciones.
2. Recuerda que, antes de iniciar la psicoterapia,
soñaba frecuentemente que hacía el amor con su madre;
esta imagen no ha vuelto a surgir, sólo está presente la
idea.
3. En sus relaciones con una chica (en un baile, en el
bar, etc.), le resulta muy cómodo el papel de amigo, porque
no siente ningún deseo de tener relaciones sexuales con
ella. Su sexualidad no inviste a la chica real. Cuando se
masturba, no piensa en las chicas que conoce. Le hacemos
notar que “seguía siendo fiel a su m adre”, vinculando el
sueño en el que está claro el deseo incestuoso con la reali­
dad comunicada al final de la sesión.
4. En las sesiones siguientes se hacen notar tres cam­
bios:

— por prim era vez, Jack soñó que tenía una relación
verdaderamente sexual con una chica;
— se sintió excitado sexualmente en el último baile en
presencia de una chica;
— se masturbó imaginándose con ella.

El sueño de aceptación de su Edipo negativo (femini­


dad) y positivo a la vez precedió a la entrada en escena de
la representación del objeto potencialmente adecuado. El
libreto incestuoso corre a la par con u na identificación
fem enina que el sueño comienza a poder tra b a jar a
cubierto de una transferencia narcisista hacia el terapeuta
(señalando al tercero de la escena puberal).29
Lo que denominamos efecto organizador de la escena
puberal reside en la capacidad con que el adolescente pude
crear, durante su desarrollo, el sueño que diera señales de
que se estaba produciendo un cambio y autorizara su pro­
ducción. La feminidad de la mujer encontró su vía regia
para desprenderse del bloqueo de investiduras sexuales
que provocaba, disociando fantasm a por un lado, realidad
psíquica del objeto y actividad. Sucesivam ente incesto,
identificación con el objeto incestuoso, fantasmatización
del cuerpo embarazado por el “yo” [Je] que marca y acepta
la bisexualidad, desprendimiento de la feminidad así pro­
yectada (él da a luz su feminidad), posible percepción de ls
feminidad del objeto exterior, el sueño de Jack es el lugar
por donde transitó su feminidad hacia el objeto exterior.

3 / Clasificación de las evoluciones

Hagamos una pausa cuyo afán nosográfico ayudará a


la continuación de la lectura.
Los pocos ejemplos que tomamos hasta ahora y algunos
m ás30 nos incitan a distinguir cuatro procesos del niño
(eventualm ente concomitantes a m ínim a) en cuanto al
devenir de las escenas puberales:31
1. La elaboración. La escena puberal es sometida a un
trabajo de tal magnitud que sólo podrá reaparecer durante
la cura analítica. De manera retrocedible, se la considera
como condición previa de la adolescencia al dotar de repre­
sentación al traum a sexual. Hemos insistido suficiente­
mente sobre la necesidad de su aparición para el desarro­
llo. En las organizaciones neuróticas y normales sufre una
corrección, se la refrena menos de lo que se la franquea. No
es psicosis. Corresponde al caso de Jack, cuya escenifica­
ción onírica es causa y efecto de cambio.
2. La escena puberal permanece en crudo tal cual y de
manera excesiva en cierta coincidencia con lo puberal de
los padres. Esto constituye lo que estudiaremos bajo el tér­
mino de locura puberal.'31'2'
3. Si el principio de realidad se derrumba, la locura se
torna psicosis alucinatoria.33 La escena puberal se instala
a través de un sistema proyectivo, provocando regresiones
prepuberales y máscaras diversas.
4. La escena puberal es imposible. Como la guerra de
Troya, no tiene lugar. Está bloqueada incluso para su adve­
nimiento. El modelo (y sus orígenes) constituye el objeto
del quinto capítulo de este libro.
Ophélie, en cura tipo durante muchos años, es un
ejemplo. Había desarrollado una grave anorexia con buli-
m ia y vómitos, y vivía en estrecha complicidad con su
madre. De niña, ella era el caballero sirviente, joven paje
exquisito con uniforme m arinero, de esa hermosa mujer,
irresistible, hábilm ente casada con un hom bre rico y
rodeada de soberbios am antes. Ni varoncito (¡qué horror!)
ni chiquilla (cuyo sexo a tra ía caricias bucales), Ophélie
pertenecía al tercer sexo, el de los ángeles. A los diez
años, en plena pasión por su heroína m aterna, debió
padecer el irreparable ultraje de la m enstruación y del
deseo heterosexual.34 Decidió suprim ir la prim era con un
severo régimen alimentario y el segundo mediante prácti­
cas autoeróticas de extraordinaria invención masoquista.
La pareja pudo restablecerse. La transferencia es apasio­
nada, sin impacto sobre la enfermedad. La sesión da eco a
las escenas amorosas. El analista es un objeto esm erada­
m ente idealizado de valor identificatorio secreto o fetí-
chico, dotado de un tercer sexo, el del gurú, proyección del
de los ángeles. Habla de él durante los elegantes vaga­
bundeos que se complace en realizar por París, con su
madre. Tras unos diez años en plena interminabilidad, el
deseo heterosexual retorna en el seno de la transferencia
y cuando el padre murió: tuvo entonces la sensación de
que “su madre envejecía mucho”. Volvieron las m enstrua­
ciones, interrum pidas de inm ediato por una castración
químicá; encontró un cirujano complaciente para una ova-
rectomía doble cuyas secuelas operatorias pusieron sus
días en peligro. Abandonó al an alista, que no había
sabido tom ar sus precauciones y se negó a asum ir el
papel de cómplice al no extender el certificado reglam en­
tario para la castración.
Señalamos la antinom ia35 entre el homoerotismo
intenso y la creación de una escena puberal.

Ciertas escenas pueden ser calificadas, de manera más


precisa, como antipuberales, por contrainvestidura.
E. es llevada al ginecólogo de su madre en el decurso de
sus prim eras m enstruaciones; después del examen, la
m adre pregunta: “No hay nada, ¿verdad?”; el médico
afirma. Durante su infancia, la impresión de no tener sexo,
la certeza de que el pene crecería por lo menos en la puber­
tad, animaron una fascinación por el órgano fálico y una
intensa práctica masturbatoria. La anorexia mental suce­
dió muy pronto a la afirmación de un supuesto saber de
que “la feminidad no existe... para ella”; de todas formas:
“Si tuviera algo entre las piernas, habría que sacarlo”. En
esta época el hermano partió para un largo viaje; el amor
que sentía por ella había colmado hasta entonces la falta
de pene que percibía; el autoerotismo que practicaba pen­
sando en él desde su partida provocó un sentimiento de
vergüenza.

4 / Escena p rim itiva - escenas infantiles

La escena puberal es una fuerza de desajuste en la


estructura de la escena primitiva.
Ella anima ese famoso “casi en conformidad” que dife­
renciaría lo adulto de lo infantil y sería susceptible de
modificar la obligación del niño de funcionar con los pará­
metros de la escena primitiva: “el niño siempre solitario”
(S. Freud).
Observamos, en efecto, varios factores:
1. La potencialidad de acto incestuoso otorga al adoles­
cente el papel principal de la escena. El niño, antes juguete
de las figuras parentales, espectador seducido, se vuelve
activo: tratam iento posible del masoquismo erógeno o su
inversión.
2. La puesta en escena funciona en el sentido de la dis­
tinción entre objeto interno y externo. La “no conformidad”
marcaría la capacidad del sujeto para interiorizar el aporte
de la pubertad.
3. La presión heterosexual opera en el sentido de la
diferenciación de las imagos edípicas. La escena primitiva
había organizado un trabajo semejante orientado al des­
prendimiento de la “horrible mezcla” arcaica. Se acentúa la
distinción entre objetos incestuosos y homoeróticos.

La escena puberal se distingue del fantasma mastur­


batorio central, situados ambos en el nivel primario. Para
explicar el carácter compulsivo de los comportamientos
puberales, M. y E. Laufer36 echaron mano a la tesis que
contiene la clave de la significación histórica y de la com­
prensión dinám ica del breakdown. Este comprende a la
vez las satisfacciones regresivas propias de la sexualidad
infantil y las principales identificaciones sexuales, lugar
de deseo y de operaciones defensivas. Su contenido, que
queda fijado por cierta resolución del complejo de Edipo,
adquiere en la pubertad la función de engendrar una nece­
sidad de actu ar y de realización compulsiva. La única
satisfacción que verdaderam ente cuenta en las relaciones
de objeto y en la vida sexual es la que representa incons­
cientem ente la realización de este fantasm a. Ciertos
acting out característicos de la adolescencia pueden ser
comprendidos como tentativas de integrar este fantasm a
en un plano genital, que por otra parte no está ligado
necesariamente a la masturbación. Si uno de los elemen­
tos de la ruptura puberal es la relación pasiva frente al
progenitor del mismo sexo y el m antenim iento de la
sexualidad infantil, se comprende que la elaboración del
fantasma m asturbatorio central pase primero por el Edipo
negativo e im plique u n a dimensión homosexual maso-
quista. En esto reside la distinción estru ctu ral con la
escena puberal incestuosa heterosexual.
El tiempo fuerte del análisis es el del libreto m asturba­
torio central en el que, por transferencia, el psicoanalista
resulta responsable del odio a sí mismo y a su cuerpo, es
decir que desem peña el horrendo papel del progenitor
fálico infantil genitalizado.37 M. Laufer, como buen colabo­
rador de A. Freud, considera que el análisis del adolescente
debe llegar a este punto organizador. Nosotros comparti­
mos este objetivo teórico, que llam aríam os “ideal”, y la
aplicación que se impone de instalar el marco terapéutico y
la técnica que posibiliten su acceso.
La escena segregada por la pubertad señala la emer­
gencia fuera de lo infantil, como etapa obligada que podrá
desembocar en lo normal o en lo patológico. El fantasm a
masturbatorio central signa la ruptura de desarrollo. M.
Laufer da a entender no obstante cierta transicionalidad,
aunque sólo sea en la cura. La escena puberal funciona en
una transicionalidad comprometida hacia una evolución
heterosexual. La distinción puede formularse esquemática­
mente así:

— el libreto que M. Laufer reencuentra en la patología


implica u n a dimensión prevalente de pasividad
infantil (masoquismo erógeno);
— la actividad heterosexual es el índice de la escena
puberal.

Cuanto más clara sea su presencia en el libreto rela­


tado, menos grande será el peligro psicótico en una patolo­
gía del modelo descrito por los Laufer. E sta formulación
flexible, que puede no contar con el acuerdo total de estos
autores, es importante para nosotros en la clínica y en la
cura.

¿Recuerdos puberales, recuerdos infantiles? La impor­


tancia que adjudicamos a los primeros, ¿va en detrimento
de los segundos? Cuando S. Lebovici38 recuerda, a propó­
sito de la adolescencia, que “se trata una vez más de una
situación en que el hic et nunc no debe ser pretexto para
olvidar la historia que la hizo”, sigue el razonamiento psi-
coanalítico clásico en lo tocante a lo infantil. Nosotros
invertimos su consejo en lo que atañe al análisis en la ado­
lescencia: No omitamos la historia en curso prefiriendo la
historia que la hizo; perderíamos el famoso detalle que
hace a la historia. Así, “la afección de los órganos genitales
del pequeño Serguei, herida narcisista sin la cual este ado­
lescente tal vez hubiese podido elaborar me )r su homose­
xualidad infantil”, es un detalle inestimable que se inscribe
en el interior de la relación con el cuerpo de este paciente
en pleno trabajo adolescente y ya afectado por una homose­
xualidad inconsciente reprimida que se había “retirado” al
intestino. S. Freud, con Dora, nos muestra que es posible
producir la evolución en una muchacha analizando exclusi­
vamente las escenas de su adolescencia. Este parecer no
puede deberse al mero hecho de que el autor todavía no
había tomado conciencia del predominio de la neurosis
infantil en la neurosis de transferencia.

Formulemos la pregunta de fondo en cuanto a la meto­


dología de la cura y de la investigación: ¿en qué medida las
escenas puberales tienen un potencial de reconstructibili-
dad al efectuarse sus reencuentros, por lo menos igual al
de las escenas infantiles (y hasta prim itivas)? Vayamos
aún más lejos: ¿la segunda habría hecho tanto a la primera
como lo inverso?
Proponemos cuatro niveles de respuesta:
1. Descrita como cristalización de las representaciones
incestuosas y parricidas, la escena puberal capta (como el
espejo) los recuerdos de infancia en lo actual, impide
fecharlos históricam ente, los descronologiza, separa al
sujeto de su propia historia infantil volviéndola actual. Al
provocar la represión, los entroja en lo inconsciente enton­
ces verdaderamente constituido. La etiqueta de represen-
tatividad concedida a las escenas puberales a la altura de
un desconocimiento de la escena prim itiva, permite que
“como quien no quiere la cosa” el adolescens restablezca el
sentimiento de la continuidad de existir. El hilo rojo ubi­
cado por S. Freud en las risas y atuendos de los vendedores
entre la escena I y II de Emma, franquea como el Rubicón
lo puberal advenido y reconocido. A contrario, la violencia
de un acontecimiento en esta época puede impedir seme­
jante proceso entre infantil y puberal, bloqueando el sis­
tema de la m anera que sabemos.
¿En qué medida el análisis de lo puberal no puede sus­
tituir en la cura al de los recuerdos de infancia con una
fuerza tanto mayor cuanto que este análisis m ata dos pája­
ros de un tiro a riesgo de una angustia a su vez redoblada?
Lo puberal sería ese momento único y extraño de conver­
gencia-condensación de lo infantil y lo adulto susceptible
de producir e incluir escenas “con valor p r i m i t i v o No esta­
mos diciendo que estas escenas, reencontradas en una cura
de adulto, conserven el mismo valor: ello exigiría otros
razonamientos. Sostengamos la apuesta de que una buena
cura de adolescente debería reencontrar primeramente las
escenas puberales y en segundo lugar historiarlas con rela­
ción a la infancia. Los recuerdos de infancia reencontrarían
así su nombre por medio de un trabajo retrospectivo.
2. La escena infantil sería “también” una escena pube­
ral, reconstruida, genitalizada por ella, es decir pantalla
(en el sentido de pantalla de proyección). Expresaría, como
contrapartida, un conjunto cristalizado de escenas pubera­
les. Distinguiríamos en la adolescencia, un tanto arbitra­
riamente:
— Fantasm as de niño sexualizados a posteriori, cons-
truidos-reconstruidos; los vinculamos al fantasma m astur­
batorio central de M. Laufer.
— Escenas puberales a la vez nuevas y “casi confor­
mes” con las precedentes, apareciendo estas últimas más
espontáneamente en ciertos analizantes y a la edad de la
pubertad. Su diferencia cronológica no sería para tomar en
cuenta en el inconsciente intemporal. Su funcionamiento
diferiría en la medida en que la sexualidad adulta es tra ­
tada aquí en sentido opuesto: en la primera viniendo del
afuera, en la segunda viniendo del adentro. Por su conti­
güidad, estas escenas tendrían una economía similar pero
corresponderían a un trabajo psíquico diferente. Sus lazos
recíprocos, que constituyen lo que interesa a la vida y a la
cura, implican varios elementos:
a) La línea del sentido y de los signos que ligan las arti­
culaciones dialécticas de los fantasmas y procesos.
b) El afecto que su enunciación ratifica o provoca,
repetición de afectos antiguos con ocasión de recuerdos y/o
fantasm as. Cuando S. Freud escribe39 “que m ientras el
sujeto no experimente ninguna sensación sexual, es decir
en general h a sta el comienzo de la pubertad, ninguna
experiencia sexual tendrá efecto”, en una primera lectura
está equivocado en relación con el descubrimiento en curso
de la sexualidad infantil. En una segunda m uestra que la
escena sexual sólo se hace traum ática en el a posteriori
puberal.
c) Seguimos a F. Pasche 40 cuando considera que estos
dos elementos no son suficientes: les hace falta, escribe,
“referente”, definido como “la cosa” en relación con el signi­
ficante: “pues no se tra ta solamente de comprender y sen­
tir, de afectos y significaciones, sino de la m anera y la
forma del pasado, de su ‘revestimiento sensible’ de
acuerdo con nuestra manera de razonar, traducimos el tér­
mino enfatizado por la experiencia originaria de la comple ­
mentariedad sexual. El vínculo entre los dos tipos de esce­
nas sería entonces transversal y no desarrollístico, más
sincrónico que diacrónico. “El camino del análisis debe
estar jalonado por la evocación y reconstrucción de escenas
que tienen el mismo sentido, que suscitaron reacciones
afectivas semejantes pero que, también, tienen la misma
forma y la misma m ateria”41
3. Nos preguntamos si los elementos más arcaicos, a los
que por supuesto no se les puede asignar ningún recuerdo,
no podrían expresarse, en el mejor de los casos, a través de
las escenas puberales. Como mejor podría desprenderse el
sujeto de la compulsión de repetición, núcleo duro (por
arcaico) de la realidad psíquica, sería por el trabajo sobre
la escena genital, cuyo aspecto actual es el señuelo más
presente de lo arcaico. Sería un error por parte del analista
quejarse por la ausencia de recuerdos infantiles en el ado­
lescente. Constatarlo es mejor que su contrario.
Pensamos en la dificultad de la cura de Caroline,
embarcada en las renegaciones que subyacen bajo el sín­
toma de bulimia y anorexia, y que no presentaba ningún
recuerdo de su adolescencia. El punto organizador de su
discurso, repetitivo al máximo, es un recuerdo de infancia;
sus padres la abandonan en una cama de hospital a los
cinco años para que la operen de una patología abdominal
grave. Es manifiesto el carácter primitivo de la acusación
parental, que se repetirá durante toda la infancia sobre un
modelo paranoico sin que la pubertad redunde en un cam­
bio importante, excepto en la semiología. Es cruel el con-
flicto con sus padres, a los que considera perseguidores o
rechazantes en beneficio de su hermano mayor. Malque­
rida, parece lejos, sin embargo, de serlo; las entrevistas
que tuvimos con sus padres tenderían a m ostrar en reali­
dad el peso de su cariño hacia una hija menor, siempre
muy esperada y protegida. Su propio cuerpo, como la '
madre, pues al padre se lo percibe demasiado débil, es acu­
sado de todos sus males de acuerdo con el procedimiento
ejemplar del breakdown. La enfermedad, la hospitaliza­
ción, los momentos del tratam iento médico y por último la
psicoterapia, instaurada en su decurso, constituyen otros
tantos signos de la persecución a que fue sometida en su
niñez. La psicoterapia que iniciamos entonces no pudo fre­
nar una evolución que seguía una misma regrediencia
hacia su hospitalización, en un contexto dramático que
confirmaba los asertos paranoicos de su adolescencia y que
le brindaba una cura pasajera. Con posterioridad, cuando
volvimos a verla, se situaba en relación con los hombres en
una posición llamativamente equivalente a la que tuviera
en la adolescencia respecto de su madre y su cuerpo: los
hombres eran seductores y perseguidores, necesarios de
manera erotomaníaca. Una escena puberal nos habría ayu­
dado en el tratamiento de esta joven cuyas problemáticas
repetían las de la infancia.
Cuando F. Pasche escribe al final de su texto:42 “El
hombre que se inicia en la vida se encuentra con la reali­
dad, no la lleva aquí o allá tras haberla ‘inventado’, para
encontrarla después. Ella lo atrae, lo ceba, lo priva, lo ate­
rroriza no sólo tal como él la hizo, sino porque está con su
especificidad en cada acontecimiento que le sucede. Ella lo
marca así hasta el final, a menos que logre llevarla a la luz
de su conciencia con las investiduras que ella captó”, pen­
samos, como inmerecedores alumnos de este autor, que las
escenas puberales serían ocasión para quebrar un poco el
automatismo de repetición, al menos por las facilidades de
conciencia que procuran.

4. Finalmente, ¿qué otra cosa que los objetos parentales


puberales podrían ligar mejor las representaciones de
infancia y adolescencia1? La continuidad de las experiencias
escénicas de un adolescente que se inclina sobre su infan­
cia se sostiene, en gran parte, por la presencia física y bien
diferenciada de los objetos parentales. Su figuración y
memoria real en una escena puberal aportan, como pega­
das a ellos “en su misma forma y m ateria”, las realidades
que alimentaron a lo largo de la infancia y sobre todo en
los tiempos más primigenios. El vínculo desfasado de la
estructura puberal con la estructura primitiva se apunta­
laría en este referente: la permanencia parental.

B / LO PUBERAL DE LOS PADRES

“Y Fedra que ha bajado con vos al laberinto


Con vos se habría reencontrado, o perdido.”
Fedra a Hipólito
(Acto II - Escena V)
Racine

Lo p u b era l intriga a los padres

En su viaje, Edipo se encuentra sucesivamente a solas


con Layo y con Yocasta. Hemos opuesto a la dualidad suce­
siva de estos encuentros la triangulación edípica infantil.
Dos cara a cara; ¿quién visita o revisita a quién? El mito
despliega un fantasm a personal, grupal43 y colectivo.
Conoce dos interpretaciones: en la primera, mayoritaria,
Edipo m ata y seduce; en la segunda se defiende, es sedu­
cido. ¿Edipo o contra-Edipo? La respuesta es sin duda la de
la íntim a interacción, acentuando la erótica de los parte-
naires.
Trabajemos la segunda.
El crimen de Edipo sería un crimen inducido. El primer
acto es incuestionablemente el abandono de que fue objeto
y los motivos alegados.44 Layo provoca a su hijo descono­
cido en el célebre desfiladero, lo amenaza, lo golpea. Hay
una semejanza entre este acto y la violación que cometió
Layo contra Crisipo, joven hijo de su huésped Pélope, en
Atenas; de semejante violencia Edipo se defiende con el
éxito conocido. La “viuda alegre” atrae al héroe a su lecho.
Los problemas ulteriores (edípicos) del “experto en enig­
mas famosos” (según la expresión que cierra la tragedia de
Sófocles) y su miserable fin son resultado de su avidez por
conocer su destino, reuniendo en un mismo saber los
momentos del drama y su filiación.
El cuerpo fue presentado como el argumento causal de
lo puberal p ara el niño. ¿Será este mismo cuerpo la
apuesta, la prueba, tal vez lo acusado de lo puberal de los
padres? Tendría la condición del joven heredero real Joas,
protegido secretamente en el templo de Jerusalén, donde
crece de m anera inexorable y justificando las violencias de
Atalía: extraña complementariedad de la Reina aterrada/
aterradora y el niño de am enazante blancura. Tomemos
otra imagen en la aventura de Perseo y digamos que el
cuerpo púber reflejaría en espejo las posiciones edípicas
parentales, así como el escudo del héroe en el que se pro­
yecta M edusa impide que ésta lo fascine. Se acusa al
cuerpo de ser la causa de la seducción que padece. Así
pues, Dreyfus, el adolescente, sería acusado por sus pro­
pios criminales. El traum a sería al mismo tiempo obra de
los padres y del cuerpo púber. Si la fuente de lo puberal es
exterior no es posible ninguna elaboración edípica, nin­
guna adolescens’, la psique sólo puede arm ar un caparazón
que la proteja del otro parental y borre los signos púberes
del cuerpo. ¿No es acaso el procedimiento que venios insta­
lado teatralm ente en la anorexia mental, haciéndole creer
que evita su propio puberal y de nuevo desbarata nuestras
interpretaciones? Debemos repetirlo: Layo y Yocasta, con
su locura seductora y persecutoria, el cuerpo púber de la
inocente y excitante víctima, están indisolublemente liga­
dos.
Eurípides nos ofrece el retrato de otro famoso adoles­
cente, Hipólito:
1. Reservado ante las muchachas y consagrado a Arte­
misa.45
2. Fascinado por su padre Teseo, de aventuras inces­
tuosas (además está de viaje cuando el drama se inició),
quien lo maldecirá y lo enviará a la muerte.
3. Sometido y resistiendo a los furores de Fedra, su
madrastra:

“Soy yo este hijo casto y respetuoso


que osa echar un ojo profano, incestuoso.”

Fedra concentra los maleficios de una sexualidad feme­


nina que el hombre no logra controlar, próxima no tanto al
mal como al deshonor, a la ignominia, a lo innombrable que
ningún pudor enmascara. Hipólito se convertirá en el tipo
ideal del joven efebo al que las jóvenes Trecenses ofrecen
sus cabellos la víspera de su boda. Su papel condensa la
neutralización de la identidad sexuada que ocasiona la
muerte, la fascinación homoerótica infantil, la seducción
incestuosa.46

El niño sería arrojado al drama puberal por sus pro­


pios padres como reacción al cambio introducido por su
pubertad: vemos aquí una teoría singular de lo puberal, en
directa repetición de los sucesos de seducción-agresión de
la infancia (orígenes de la histeria infantil de desarrollo).
Semejante creencia es banal en el adolescente, quien antes
que implicarse en el cambio incrim ina la representación
que los otros, especialmente sus padres, tienen de él.47 La
denominamos paranoia corriente y, como en toda paranoia,
hay verdad. El inicio de la cura debe cambiar la dirección
embarcada en la creencia (de afuera hacia adentro) y “con­
vencer” de la función de los representantes pulsionales
como fuente interna en el desarrollo; hay que utilizar una
estratagem a comparable a la del rey Salomón, quien pre­
tendía averiguar cuál de las dos madres era la del único
hijo presente y, para desbaratar la amenaza de escisión del
yo, distinguir fantasm as del hijo y realidades parentales
como reacción a la pubertad y a lo puberal del niño, o sea lo
puberal de los padres. Posible es su coincidencia, que se
manifiesta en un estado de inquietante extrañeza (lo sinies­
tro) totalmente conforme con la definición que da S. Freud,
señal de comienzo de grandes patologías.48
Describamos los dos niveles relaciónales de este punto
gustosamente ciego de los padres; 49 en uno se mantiene la
triangulación edípica, en el otro prevalece el compromiso
dual:

1. La representación del adolescente por sus padres se


inscribe dentro de la organización triangular edípica donde
se lo reconoce como portador de un sexo masculino o feme­
nino, capaz de procrear: el adolescente, nuevo otro o nuevo
igual frente a la pareja de sus padres.
En La fuente Médicis, novela de Joseph Kessel, la
madre sorprende a su hijo con una vecinita, en los prados
de los acantilados normandos; la postura del muchacho es
por lo menos equívoca. La escena despierta en su madre un
espanto y una respuesta interdictora en plena línea de
rival; esa noche se interroga sobre la pobreza de su propia
vida sexual con su viejo marido. El adolescente suscitó el
despertar inmediatamente reprimido, de la sexualidad de
la madre. Pensemos en el Tobías de la antigüedad, curado
de su ceguera por su hijo.
El reconocimiento de la identidad adolescente implica
dos aspectos concomitantes e inconscientes:

— una excitación sexual que lesiona la representación


del niño del pasado, en particular su idealización.
Pensamos que esta excitación debe ser reconocida
por el padre lo mismo que lo puberal del adoles­
cente;
— la elaboración de esta excitación en la organización
edípica interna y externa.

Una evolución psíquica semejante (que exige tiempo)


implica cierta “desparentificación”, aplanamiento interge­
neracional, a partir de la percepción de “ese niño que ya no
lo es”. Nunca se enfatizará bastante cuán capaz es el ado­
lescente de poner en crisis a sus padres y al matrimonio.50
El reconocimiento de la consumación puberal implica una
renuncia parcial al narcisismo del progenitor, cierta trans­
ferencia de firm a, según lo expresaba P. Aulagnier. Estos
esquemas clínicos se integran adecuadamente a la teoriza­
ción económica de M. Fain (excelente reconsideración por
la clínica del tabú del incesto,51 de la que nos hemos ser­
vido mucho en el niño pequeño): la oposición es m adre/
amante, nosotros la extendemos a progenitor/amante. La
elaboración edípica se despliega merced a la relativa de sin
vestidura genital de la representación del niño púber, que
es desplazada o a la que hay que desplazar. El acto de la
transferencia se produce hacia un compañero sexual del
progenitor, por un efecto de condensación, diversificando la
sexualidad de la pareja, o por desplazamiento hacia otro u
otros compañeros. Las representaciones del adolescente
por sus padres son trabajadas por las huellas de los recuer­
dos de su propia vida sexual en la edad de la adolescencia,
siempre que la amnesia no los haya dejado en la sombra
(hasta ahora no se ha sometido esta comprobación a estu
dios suficientemente profundos); de su vida genital actual
reactivada y modificada. Damos importancia al hecho de
que sean padres sexualmente satisfechos los que pueden
ocuparse afectuosamente de. sus adolescentes.

Jacques52 comienza a vomitar poco después de nacer;


desde su primer año se lo hospitaliza a menudo por deshi-
dratación; m anifiesta un retraso estaturo-ponderal. La
constatación de fracaso del diagnóstico, pese a complejas y
penosas investigaciones, está señalada por la palpación de
una hepatomegalia dura. En 1969, el médico se encuentra
en una situación de impotencia terapéutica. La señora T.
decide tomar las riendas de la situación. Efectúa un control
dietético de su hijo por el método de ensayo y error. El niño
vomita cuando su análisis es malo e ingiere fructosa; la
estrategia m aterna fracasa ante una anorexia extremada-
mente tenaz presentada en el decimoctavo mes y que per­
dura durante toda la infancia. A los veinte meses dan a
Jacques en crianza. Después del almuerzo en casa de su
nodriza, el niño deja de jugar, se pone pálido, pide ir a la
cama. Estos m alestares duran una hora, atribuyéndoseles
una causa psicológica. La señora T. decide quedarse en su
casa. La unidad narcisista primaria permite la superviven­
cia de Jacques y le impone una represión estricta. A los
once años, el niño sujeto a bronquitis a repetición recibe
una prescripción de jarabe y vomita; el médico acusa a la
madre de sobreprotegerlo. Hospitalizan al niño y su ficha
es espulgada de nuevo, habida cuenta del reciente descu­
brimiento científico de la fructosemia. Se emite entonces
un diagnóstico cuya explicación, tanto a la madre como al
niño, sigue un protocolo rígidamente fisiológico. La tera­
péutica propone el régim en que el niño ya seguía. Los
pediatras comprendieron después que el niño fructosémico,
desde los tres-cuatro años, podía llevar él solo un buen
régimen siempre que estuviese libre. Entre los ocho y once
años, Jacques, a quien estamos atendiendo, presenta, con
una organización de modelo psicótico, una enfermedad de
tics de Gilíes de La Tourette; es pasivo, tiene un nivel de
CE1, graves trastornos del pensamiento, retraso motor y
de lenguaje.
A los dieciocho años es un adolescente sim plem ente
neurótico. Es evidente que se ha librado de las dificultades
arcaicas de la infancia que habíamos detectado. Está de
novio, tiene relaciones sexuales satisfactorias y emprende
una actividad profesional de buen nivel y que le gusta.
¿Qué pasó en la pubertad para que la evolución de Jacques
se volviese favorable?53
a) Todo cambió para él al cumplir doce años. Su enure-
sis desapareció: le impedía irse de viaje a casa de sus ami­
gos... En esta época logró salir de una “timidez de oposi­
ción estúpida” a su madre, para empezar a poder hacer un
poco lo que le gustaba y lo que le gustaba a ella. “En el
fondo nunca estuve enfermo, la enferma era ella, siempre
con el azúcar...”
b) Según su madre, Jacques cambió cuando se operó
una ruptura en su propia vida; la señora T. se separó de su
marido y se fue a vivir con el hombre al que amaba y con
Jacques. Se volvió am ante y dejó de ponerle pañales a su
hijo, quien se curó de su enuresis.
c) P ara el pediatra, el cambio se produjo cuando la
comida abandonó el vínculo entre madre e hijo, estable­
ciéndose un régimen libre.
La evolución psíquica deseable del progenitor compren­
dería, en resumen:
1. Un reconocimiento de lo puberal del hijo.
2. El desplazamiento de la excitación sobre un compa­
ñero que integre el tabú del incesto en el plano interno y
grupal.
3. La posibilidad de apuntalar el yo del adolescente
m ediante actitudes de cariño de las que el progenitor
sexualmente satisfecho posee el secreto.
El objetivo es la separación de generaciones dentro de
una misma familia; a cada cual su dormitorio de amante.
Se separa al igual como se instalaba al efebo en la periferia
de la ciudad hasta que adquiriese la ciudadanía. La sexua ■
lidad adolescente resulta “incomprendida”. Los padres tie­
nen menos posibilidades (lo que es sin duda una suerte)
que los otros de comprender lo adolescente de ellos mis­
mos. E sta incom prensión afortunada es el reflejo de la
prohibición incestuosa.

2. La estrategia con tendencia a inscribirse en una rela­


ción dual es menos favorable. La investidura de que es
objeto el adolescente cubre su erotismo, lo mantiene como
síntoma de los padres. Un resurgimiento de las posiciones
seductoras parentales se ejerce en forma de nuevas exigen­
cias narcisistas, repitiendo las pulsiones que agitan a estos
mismos padres respecto de su “todavía-niño”. El deseo
puede sorprender al padre involucrado, desbaratando sus
defensas narcisistas para proyectarlo al acto incestuoso o a
la depresividad/proyectividad. El adolescente siente esta
seducción pensando que su propia sexualidad le viene de
las posiciones parentales. Silban a una muchacha54 por la
calle. Relata el hecho a su madre, quien responde: “¿No te
da vergüenza que te silben?”. La joven reacciona con una
serie de actos contra su propio cuerpo, a fin de no dar
nueva ocasión para que la silben (automutilación, anore-
xia, ascetismo). La interpretación salvaje55 de la m adre
implicaba el insight de dos mecanismos: identificación con
el silbador (hombre) y proyección de su propio deseo sexual
respecto de su hija. La respuesta de ésta implica: una
represión de su agresividad para con su madre, una rene­
gación de su cambio psicológico adolescente, una acusación
a su cuerpo, que paga los costos de su agresividad hacia su
madre.

Charles, de quince años, presenta una patología crítica


compuesta de angustias violentas, manifestaciones de tipo
tetánico en forma de episodios convulsivos y confusionales.
Los síntom as detonan sobre todo en la escuela, exacta­
mente en las clases de inglés (pese a estar en cuarto año de
bachillerato, comienza a aprender inglés ahora, mientras
que hasta entonces su primera lengua ha sido el alemán, la
lengua de su madre). Charles no estudia, absorbido como
está en sus prácticas masturbatorias. Su vida es caótica,
con momentos de enorme depresión; vive replegado en sí
mismo; apresado por el encanto de su madre, se pierde en
errancias de actos y pensamientos. Sueña lo siguiente: está
al final del corredor de un gran hospital que le recuerda
aquel de Alemania donde estuvo a los tres años (diferente
de otros donde lo internan por sus crisis tetánicas). Antes
de esta hospitalización hizo una larga m archa con los
scouts, teniendo los pies y las manos congelados; una enfer­
mera a la que apenas ve y que, según pensará en sus aso­
ciaciones, figuraba a su madre, le trae un barreño anaran­
jado ^tan anaranjado como la llave del armario de nuestro
despacho, llave que acababa él de hacer notar que estaba
rota). Mete los dedos de los pies congelados en ese barreño;
al calentarse, las uñas caen una tras otra deprendiéndose
del pie y transformándose en zanahorias que él muerde; se
despierta con el gusto de la zanahoria en la boca; que rea-
parece en la sesión. Este sueño, reiterado con frecuencia,
demuestra ser un intento de elaboración de los movimien­
tos regresivos ante su seductora madre, ante otros adultos
que conoce en la ciudad (pudiendo “disponer de su cuerpo”)
y ante su terapeuta en sesión.56

Charlotte, de trece años, presenta un síntoma somático


excepcional: una anestesia del miembro superior izquierdo
que apareció en una noche. Nos la deriva un servicio de
neurocirugía. El contexto típicamente histérico condensó
en un solo domingo múltiples aniversarios: nacimiento de
su m adre, de sus dos herm anas..., casam iento de sus
padres, una fractura del miembro superior izquierdo a los
tres años, y su prim era menstruación. Establecimos cierto
seguimiento de Charlotte durante toda su adolescencia,
salpicada por fugas, crisis clásicas, episodios paréticos y
anestésicos locales, amores locos, fracaso escolar, ten tati­
vas de suicidio. En las primeras consultas Charlotte y su
padre presentan sus discusiones de violentos efectos. Esta
rivalidad es comprendida por los interesados y por nosotros
mismos según la historia de Charlotte, como varón fallido
en una familia de tres hijas de las que ella era la mayor. Se
refugiaba en u n a estrecha complicidad con su madre,
mujer pasiva y masoquista. Dedicamos varias entrevistas
con el padre y la joven a analizar sus relaciones. En uno de
estos encuentros el señor T. dice: “Charlotte era y es toda­
vía un chiquillo m a r a v i l l o s o , l o cual provoca la hilaridad
de ambos. Se entabla luego entre padre e hija una relación
edípica positiva, cálida, que transform a la complicidad
madre-hija en quejas, envidia y hasta odio recíproco. En
las sesiones ulteriores aparece un m aterial basado en el
parecido entre padre e hija en una misma feminidad. Al
padre lo complace, a C harlotte la angustia mucho y,
mediante una serie de pasajes al acto, se las arregla para
provocar la ru p tu ra entre la abuela paterna dominante,
“m asculina”, y su hijo demasiado pasivo ante ésta. La
muchacha creía que con esta ruptura recuperaría un padre
masculino; no obtuvo sino un padre deprimido, muy ligado
a la representación que tenía de sí mismo como niño,
representación de varón fallido, débil ante cuatro herm a­
nos mayores, miserable ante una madre excepcional. Char­
lotte es para él la imagen del varón exitoso que él mismo
habría podido ser. Todo hace pensar que la adolescente no
pudo expandir su feminidad, particularmente en sus diver­
sos amores, sino después del trabajo elaborativo forzado de
su padre alrededor de lo que aquí llamamos, de manera un
tanto vaga, su propia feminidad.
¿Cómo administra el yo parental la representación ado­
lescente, captada (por identificación proyectiva o proyec­
ción) como seductora-persecutoria?:

a) El niño púber se convierte en figura del ello. El pro­


genitor vive bajo su presión. La representación adolescente
ha de ser neutralizada en su m ism a fuente. El coarta-
miento de la sexualidad adolescente es la forma más
directa de esa neutralización, tal como la describió a nivel
individual y social W. Reich, remitiendo por modelo a la
concepción decimonónica del adolescente peligroso y en
peligro. En la novela de R. M artin du Gard, Jacques Thi-
bault se fuga con Daniel de Fantanin, considerado mal
alumno por la vida depravada de su padre. La dimensión
homosexual de esta fuga se mpone al señor Thibault,
quien hace arrestar a su hijo e internarlo en un centro
especializado (donde él preside el consejo de adm inistra­
ción). Es fácil mostrar en sesión a un adolescente la prohi­
bición edípica, pero más problemático es explicar que el
coartamiento, y por otra parte la agresión paterna a su res­
pecto, revela una pasión amorosa del progenitor, heterose­
xual u homosexual, y más difícil aún es hacerle entender
que esta representación amorosa del padre contiene sus
propias proyecciones. La secuencia más sepultada por la
represión sería entonces: “El (el progenitor) me agredió
porque yo lo quiero y él teme mi amor”.
Un hombre de cuarenta años al que atendimos y que
antes de casarse mantuvo relaciones episódicas con hom­
bres jóvenes dedicados a la prostitución, vuelve a sentir la
violencia de sus deseos al alcanzar su hijo mayor la puber­
tad, hijo que gustaba de que su padre lo contemplase des­
nudo en el baño. Su sistema de defensa principal fue un
coartamiento severo alternado con “debilidades incompren­
sibles” frente a este niño. Por otra parte reanudó sus acti­
vidades homosexuales en innombrables vagabundeos con
muchachos jóvenes.
b) El adolescente apuntala el superyó parental. “Desde
que se hizo grande, una página de mi vida quedó atrás...
Ahora, ¡la tercera edad...!”
c) El objeto adolescente es un objeto a idealizar. No con­
fundamos este procedimiento que supone un trabajo de
desfascinación prim era por parte de los padres, con la per­
sistencia, más allá de la pubertad, del “niño idealizado”
portando un desconocimiento de la genitalización mascu­
lina o femenina. La denegación y hasta la renegación de la
evolutividad del hijo es demasiado clásica para que nos
explayemos sobre ella.
Una madre expone motu proprio en una primera con
sulta el caso de su hijo, violento con su padre y con las chi­
cas. Teme que este hijo “no pueda venir”. El día de la pri­
mera entrevista, él no viene, pero la madre está ahí. Dice:
“Vine yo en su lugar, es lo mismo”. Durante una consulta
que reúne a m adre e hijo, la prim era dice: “Mi hijo está
deprimido desde que su padre se fue”. El hijo, quien sin
embargo había pedido una psicoterapia, declara entonces
que no desea volver más. Al insistir para que dé curso a su
demanda, señalamos en una entrevista de tres que el chico
quizás esté deprimido por razones que le son personales, y
que la partida de su padre, si bien en su momento pudo
provocar una depresión, tal vez sea sentida hoy de otra
manera. Acepta volver con la condición de que no hablemos
del padre. El aserto de la madre encierra dos datos: uno,
del orden de la interpretación salvaje, hace referencia ple­
namente a la pasividad homosexual del hijo, de su complejo
edípico negativo y de la pérdida del objeto de amor privile­
giado; el otro excluye cualquier elaboración del complejo
edípico positivo, tanto de la agresión respecto del padre
como de la depresión por identificación con la madre depri­
mida. Su aserto fue correcto en oportunidad de la partida
del padre en la fase de latencia y acotó los temas de una
psicoterapia del niño en esa época. La edipización adoles­
cente cambió los factores, cosa que la madre no había reco­
nocido (seguramente a causa de su identificación con su
hijo).

Para concluir, detengámonos en la eficacia económica


que D. W. Winnicott concede gustoso, con Vistas a un buen
desarrollo, a la capacidad de desidealización del yo del ado­
lescente poseída por el padre. Comprobar el fracaso de su
seducción ocasiona en el padre involucrado una herida nar­
cisista que se puede expresar en la decepción, y además en
el sentimiento de ser engañado. Hay sin duda una antino­
mia más irremediable de lo que habitualmente se piensa
entre la sexualidad del progenitor y la de los adolescen­
tes,57 y de manera más general entre la juventud en pleno
crecimiento y la edad m adura. S. Freud, resumiendo la
evolución adolescente, dice que se cumple por la renuncia
de los objetos sexuales inadecuados. Qué trabajo deben
realizar estos padres para dejarse transformar en objetos
inadecuados, en seductores abandonados, diríamos noso­
tros. Más bruscamente, formulemos que la entrada del niño
en la genitalidad debería traer aparejada, de manera
mítica, la salida del padre, su muerte genital. Debemos
reflexionar sobre un procedimiento inherente a la psique de
los padres (en términos más amplios, al proceso de adulto)
y que tendría por asíntota la desinvestidura edípica del
adolescente.

Secuencia en la antesala de un hospital de día. Una


adolescente espera con sus padres una entrevista. Una
enfermera, mujer joven, vivaz y jocunda, aparece y lanza
un alegre “¡Hola!”. El padre contesta: “¡Hola!”, con idéntico
énfasis, al mismo tiempo que su hija y en el mismo tono.
Esta dirige entonces a su padre violentos reproches: “No la
conocías, debiste decirle: ‘Buenos días, señorita’. Yo estoy
enferma por culpa de tu fam iliaridad con las m ujeres...
Deberás cambiar para que yo me cure...”. La muchacha
coarta la sexualidad de su padre para poder tener un
padre. El modelo, ¿es aquí exclusivamente edípico positivo?
Dicho de otra m anera, ¿qué adolescencia habría tenido el
hijo de Don Juan?
Nos ocupamos en cura de un adolescente de organiza­
ción psicótica en período de remisión. Nos explica: “Si los
otros andan bien, mi padre, mi hermano por ejemplo, yo
me siento débil; es matemático, es una ley económica. Si
mi padre va al fútbol, en casa me pongo imbécil, estoy
hecho un nulo toda la tarde. Cuando mi padre enfermó de
bronquitis, el enfermo parecía yo”.

Para describirlo propusimos el concepto descriptivo de


obsolescencia de los padres,58 Su base no es fisiopatológica,
su teorización socioetnológica guarda pertinencia, regu­
lando la concepción de las relaciones intergeneracionales.
¿Acaso no podríamos decir, siguiendo de cerca la etimología
del término, que la contratación de un joven va a la par con
la jubilación de un anciano? El rey está amenazado por su
heredero, la m uerte es biológicamente necesaria para la
vida, etc. La identidad de “sustancia” entre padres e hijos
debería ser limitada o restringida para que se afírmase la
identidad en la vida del adolescente. Su diferenciación
habla de la prohibición del incesto. En la situación triangu­
lar antes descrita, la prohibición permite m antener bajo
techos diferentes el dormitorio de los padres y de los ado­
lescentes. En la obsolescencia, el instrumento de la seduc­
ción del progenitor queda arrumbado, directam ente por
causa de la entrada en escena de la pareja de amantes ado­
lescentes. Se ataca la dimensión concreta del vínculo eró­
tico con el niño.59 La oposición dialéctica entre seducción y
obsolescencia se encuentra en un marco neurótico modesto,
pues la organización triangular la atempera. No sucede lo
mismo en la eclosión psicótica, donde la oposición sin mez­
cla puede ser de una violencia infrecuente exclusivamente
relacionada con la vida y la muerte. Suscribimos aquí el
parecer de D. W. W innicott: “Aun si en la etapa de la
pubertad el crecimiento se despliega sin crisis mayores,
pueden su rgir graves problemas de acondicionamiento,
porque crecer significa ocupar el lugar del progenitor y esto
es efectivamente lo que ocurre... Si el nalo ha de hacerse
adulto, este pasaje se cumplirá entonces sobre el cuerpo
muerto del adulto”.60 No es la elaboración de una falta real
definitiva, producida, cumplida, irremediable, concerniente
a la problemática de la castración, “liquidado para siem­
pre” según la expresión de un paciente de A. Haynal,61 ni
sentimiento de impotencia. No es del orden de la depre­
sión. No implica elementos del orden de la proyección, en
particular la que concierne al cuerpo propio del progenitor
obsolescente según el siguiente modelo: “Envejezco por tu
causa”. Aquí no se vive al adolescente como angustiante o
portador de un peligro mortal.62
La obsolescencia de los padres sería una renuncia al
conjunto “Edipo genital parental” en su realidad percep-
tivo-representativa misma. Sin formar parte de la idealiza­
ción, la prepara. Los padres desinvisten, por obsolescencia,
la presencia física, la carne de su hijo. El proceso supone:
— Una capacidad evolutiva del sujeto para represen­
tar el objeto al margen de su presencia física.63
— La capacidad misma de este progenitor en la situa­
ción de pubertad de su hijo, ausente físicamente. Una gran
parte de la patología del vínculo progenitor-adolescente
estaría ligada a su incapacidad para estar solos o separa­
dos físicamente. Si la desinvestidura de que es objeto el
progenitor por parte de su adolescente es vivida como una
herida que se le inflige, este padre es insufle sntemente
“obsolescente”: su adolescente lo hiere allí donde su adoles­
cencia persiste, continuada o reanudada.64

NOTAS

1 S. Freud (1909), L’interprétation des reves, París, PUF, 1987.


2 S. Lebovici, “L’expérience du psychanalyste chez l’enfant et
l’adulte devant le modéle de la névrose infantile et de la névrose de
transfert”, Rev. fr. Psychanal., 44, 5-6, 1980, págs. 733-857. Aquí la
neurosis infantil es un modelo de desarrollo. La neurosis de los niños
es una estructura clínica cuya presentación resumimos en la intro­
ducción de este libro, de esquemas y semiología diversos, “que tendrá
su historia en la pubertad, muy diferente de la neurosis de transfe­
rencia” (S. Lebovici, pág. 749).
3 Estar fuera de las clasificaciones es un dato clásico. En reali­
dad, el seguimiento de los adolescentes muestra que la pregnancia
de lo puberal, cuando es fuerte, tiene una gran fijeza. En nuestra
opinión, exceptuando los fenómenos agudos, la clasificación es más
posible de lo que se cree. Así lo considera M. Laufer en lo tocante a la
incurabilidad de la ruptura de desarrollo fuera de la cura psicoanalí-
tica: el que rompe, comete lo irreparable.
4 S. Freud (1918), “Extrait de Fhistorie d’une névrose infantile
(L’Homme aux loups)”, Cinq psychanalyses, París, PUF, 1975, págs.
416-417.
5 Seguramente se podría desarrollar una teoría sacrificial de lo
puberal según los modelos propuestos por R. Girard. Las mitologías
grecolatina y bíblica proporcionan amplios ejemplos de estos libretos.
Con estos ejemplos, en el último capítulo de su tesis {L’enfant de
l’adolescente, acte, fantasme et mythe), defendida bajo nuestra direc­
ción en marzo de 1991, O. Nicolle ilustra su definición de la adoles­
cencia femenina.
6 Así la cantante de la novela de Arthur Schniltzer: “la hiper-
sensual” tomó un amante, Fritz (que no pudo reponerse), porque el
corifeo de la laringología vienesa se lo había recomendado para recu­
perar la voz.
7 En este libro no se estudian los vínculos incestuosos entre
hermano y hermana, que constituirán el tema de un número de la
revista Adolescence en 1993 en el que participaremos.
8 P.-C. Racamier examina este punto en Les schizophrénes,
París, Payot, 1980, y sobre todo en Antoedipe et ses destins, París,
Apsygée, 1989.
9 Y no la ignorancia, pues el vínculo estaba presente desde que
se pronunció el oráculo, como lo edípico del niño predicho por el de
sus padres; el destino de este niño es aprehendido por la pubertad,
donde la organización edípica de la infancia no deja elección de los
objetos genitales.
1° Volveremos sobre el interesante cotejo a desarrollar entre una
concepción paradójica de lo puberal (en particular el mecanismo de
separación de las representaciones) y la aparición corriente de una
regresión anal postedípica como saque organizador de lo adolescens
(cap. 3, B, 3). La orden del oráculo de Delfos es paradójica mientras
lo edípico no le haya acercado las escenas (al precio que conocemos)
en beneficio de los sistémicos.
11 Cap. 1, A, 4!
12 En la introducción del cap. 1, pág. 20, recordábamos ese “casi
conforme” de la sexualidad adulta e infantil sugerido por S. Freud.
13 D. Widlocher evoca poéticamente esa inestabilidad: “Cuando
miramos las nubes, tenemos la sensación de que la esfera de vapor
de agua se desplaza impulsada por el viento y de que recorre así
cierto camino. En realidad, los meteorólogos nos enseñan que las
más de las veces lo que pasa es, sencillamente, una corriente de aire
fresco; en cada lugar por el que pasa esta corriente de aire fresco, los
vapores de agua se condensan para disolverse de nuevo y desapare­
cer, a tal punto que en realidad la nube no existe: lo que vemos son
condensaciones sucesivas que adoptan la misma forma, pero la nube
no está sino en la apariencia que nosotros/le damos”. (D. Widlocher,
“Intervention aprés le rapport de S. Lebovici (L’experience du psy-
chanalyste chez l’enfant et chez l’adulte devant le modéle de la né-
vrose infantile et de la névrose de transferí)”, Rev. fr. Psychanal., 44,
5-6, 1980, págs. 1053-1057).
14 Cuando se relató la escena puberal en cuestión, este adoles­
cente gravemente psicótico ya había mejorado mucho. El modo en
que hizo su entrada en la enfermedad, por un gran síndrome de
influencia, feminización delirante y despersonalización homosexual
(desaparición de su imagen en el espejo), fue objeto de una publica­
ción anterior (P. Gutton, “Le concept d’adolescence a-t-il ,sa place
dans la théorie analytique?”, Mi-dit, 1986, 13-14, 8-20).
La penetrante mirada de un compañero, muy agraciado y que se
hará homosexual, que en clase se sentaba detrás de él (por una razón
comparable se negó durante largo tiempo a tenderse en el diván), pro­
vocaba la desaparición de su pene y su feminización. Bajo influencia,
su mirada se desvió hasta el punto de que ya no veía su cuerpo en el
espejo. Posteriormente comparó esta mirada con la que le dirigía su
padre al entrar en el baño mientras él se bañaba. En un tiempo ulte­
rior de su cura se sintió más afirmado en cuanto a la posesión de un
sexo masculino y presentó una angustia de castración corriente aun­
que importante; durante largo tiempo el sexo de la mujer (nunca aso­
ciado al de la madre) conservó una amenaza extraña, como si estu­
viera lleno de serpientes; el muchacho expresaba entonces
sensaciones de impulsos exploratorios y sadomasoquistas.
15 Esta observación es ilustrativa de la ruptura de desarrollo
precoz descrita por M. Laufer. Véase igualmente la observación de
Georges en el cap. 5, C, pág. 286.
16 Tema cuyo estudio hemos reanudado. Véase P. Gutton, “Notes
á propos des bouífées hypocondriaques aigües de l’adolescence”, Ado­
lescence, 2, 1, 1984, págs. 203-208.
17 S. Freud (1912), “Contributions á la psychologie de la vie
amoureuse. Sur le plan général des rabaissements de la vie amou-
reuse”, en La vie sexuelle, París, PUF, 1969, pág. 61.
18 G. Rosolato, “Le fétiche dont se dérobe l’objet”, Nouvelle
Revue de Psychanalyse, 2 , 1970, págs. 31-40.
19 Remitimos al lector: al cap. 1, B, donde presentamos la anti­
convicción puberal previa a lo adolescens; a los caps. 3 y 4, que dis­
tinguen la puesta en duda según que recaiga sobre la convicción de
los propios recursos psíquicos y sus apuntalamientos o sobre la con­
vicción de una coincidencia con lo puberal del progenitor incestuoso,
convicción de acto y de carne cuya puesta en duda recibirá el nombre
de obsolescencia.
20 De una belleza trágica es esta primera elaboración existencial
de un joven paciente de dieciséis años: al emerger de accesos deliran­
tes repetitivos, construyó un poema que empezaba con estos tres ver­
sos inspirados en F. Nietzsche, con quien se identificó:
“Gloria al culo entre dos sillas
De tres males elijamos el menor
Ay de mí que soy un matiz.”
21 S. Freud (1918), “Extrait de lliistoire d’une névrose infantil
(L’Homme aux loups)”, Cinq Psychanalyses, ob. cit.
22 Punto que volvemos a tratar en el cap. 3, A, 3.
23 P. Aulagnier, Les destins du plaisir. Aliénation, amour, pas-
sion, París, PUF, 1984.
24 P. Aulagnier, Un interprete en quéte de sens, París, Payot,
1991, pág. 335.
25 P. Aulagnier, Les destins du plaisir. Aliénation, amour, pas-
sion, ob. cit.
26 S. Lebovici, lug. cit.
27 Ibid.
28 Masud Khan, “L’orgasme du Moi dans l’amour bisexuel”,
Nouvelle Revue de Psychanalyse, 7, 1973, págs. 315-325.
29 No hemos interpretado la relación dando a entender que si
podía estar preñado de sí mismo era sin duda identificando su parte
masculina con nosotros, que conferíamos valor narcisista en su cura.
Véase el cap. 4, E, dedicado a la transferencia narcisista.
30 Véase en particular cap. 5.
31 Trazamos un primer esquema en nuestro artículo “Quelques
idées nouvelles sur la psychose á l’adolescence”, Confrontations psy-
chiatriques, 29, 1987, págs. 205-215. Su argumento vuelve a ser utili­
zado en la introducción del cap. 5, A, 2.
32 Volveremos sobre las certezas aquí concentradas. Cap. 4, C, 3.
33 Retomamos este esquema en el cap. 5, A, 2. Retengamos la
observación de Jacques, en pág. 92, caso de psicosis esquizofrénica,
la de Janine, en pág. 94 y de André, pág. 239, acceso delirante agudo
hipocondríaco cuyo modelo linda con la locura adolescente
(implicando así un ligero vuelco de la realidad). El ataque de que es
objeto la realidad infantil se examina en el cap. 3, B, 1.
34 Tras afirmar no haber sentido ningún deseo sexual por su
madre, aceptó esta idea en el curso del análisis, lo que motivó gran­
des extravíos.
35 Tema principal del cap. 3.
36 Su descripción reaparece fácilmente en la mayoría de los rela­
tos de cura de estos autores. Véase M. Laufer, “The central mastur-
bation fantasy, the final sexuel organisation and adolescence”, Psy-
choanal. S tu dy Child, 31, 1976, págs. 297-316. Igualmente, la
bibliografía de los trabajos de M. Laufer, publicada en la revista
Adolescence, 1, 1, 1983, págs. 26-27.
37 Lo llamaremos grandioso (cap. 5, C).
38 Ibid.
39 S. Freud (1895), Naissance de la psychanalyse. Esquisse d ’une
psychologie scientifique, París, PUF, 1986.
40 F. Pasche, “Le passé recomposé”, Rev. fr. Psychanal., 38, 2-3,
1974, págs. 171-183.
41 F. Pasche, “Le Passé recomposé”, ob. cit.
42 Ibid.
43 La historia de las generaciones que precedieron a Edipo en su
familia convence de la repetición de los programas personales inter­
generacionales.
44 Esta idea es particularmente válida cuando Yocasta dice que
un hijo abandonado busca siempre a sus padres en la adolescencia.
45 Afrodita tiene a Freda de pelele para castigar al efebo dema­
siado insensible.
El niño de Teseo, el hijo de una amazona,
Hipólito, el lacante de Pittheus el puro,
Me dice ser la peor de las divinidades.
Rehúsa el lecho y no toca el matrimonio.
En el bosque verde, va siempre con la virgen;
Con sus perras rápidas suprime del suelo a las bestias,
Y se arroja en una familiaridad excesiva para un mortal.
¡No le tengo celos! ¿Por qué iba a tenerlos?
Pero lo castigaré por las faltas que cometió hacia mí,
Ese Hipólito, hoy mismo... (v. 10-21).
La diosa del amor, al ser dejada de lado, castiga una triple falta
(bien conocida por los adolescentes): primero una blasfemia ya que,
no sin razón, como lo muestra el drama, Hipólito la vilipendia; una
perversión del amor, puesto que él vive castamente en la intimidad
de una virgen. (No vivir sino en la intimidad de la virgen por defini­
ción intocable, es negarse a alcanzar la madurez sexual, negarse a
entrar en la clase de los adultos.) Tercera impiedad, la más grave, no
procrea (D. Pralon, “La passion silencieuse, Euripide, Hyppolyte
Porte-Couronne”, 1-430, Cliniques méditerranéennes, 23-24, 1989,
págs. 233-245).
46 Esta tríada es el argumento del quinto capítulo consagrado al
breakdown.
47 “Ustedes son los que creen que cambié porque ya no tengo el
mismo aspecto. Yo soy siempre el mismo, pero ustedes ya no son
iguales conmigo.”
48 “Lo siniestro surge a menudo y fácilmente cada vez que se
borran los límites entre la imaginación y la realidad, cada vez que lo
que teníamos por fantástico se ofrece a nosotros como real”. S. Freud
(1919), Uinquiétante étrangeté et autres essais, París, Gallimard,
1985, págs. 209-263. Véase el cap. 5, D, pág. 294.
49 Nos atreveríamos a agregar igualmente: de los psicoanalistas.
50 Estas representaciones evolucionaron en la infancia entre las
del “niño por nacer” y el “niño que se hizo grande”. Se asocian en una
historia que comprende sucesos y fantasmas. La parte de idealiza-
cion del niño es lo bastante importante para que la llegada de la
pubertad deba producir una desidealización.
51 En particular, M . Fain y D. Braunschweig, Eros et Antéros.
Réflexions psychanalytiques sur la sexualité, París, Payot, 1971.
52 P. Gutton, “La maladie, tache aveugle”, Adolescence, 3, 2,
1985, págs. 178-224. Jacques, nacido en 1960, padece una fructose-
mia mortal hasta que en 1970 se descubren sus condiciones de fun­
cionamiento y el régimen desprovisto de este azúcar.
53 Opuestamente a este caso afortunado, la desinvestidura
puede tener su patología si la sexualidad puberal resulta insuficien­
temente reconocida, apuntalada. Asistiríamos a su “liberación” y
diversidad sexual confinando con la “hipersexualidad conductual”
descrita por E. Kestemberg, que se desarrolla a cubierto de una esci­
sión del yo por una “insuficiente rivalidad en lo actual edípico”, y
paralelamente a un fracaso de las investiduras ligadas a la inhibi­
ción superyoica y a la sexualización del pensamiento. Véase E. Kes­
temberg, “La sexualité des adolescents”, en S. C. Feinstein, P. L. Gio-
vacchini y A. A. Miller, Psychiatrie de Vadolescent, París, PUF. 1982,
págs. 53-67. . ' -
54 Observación que debemos a D. Marcelli, comunicada en una
reunión de trabajo en la Unidad de Investigación sobre la Adolescen­
cia.
55 Véase la observación de Laure en el cap. 4, C, pág. 192, la de
Jeanne en el cap. 5, D, pág. 296. La mención violenta de una expe­
riencia genital no ligada todavía a representaciones conscientes en el
adolescente (debido a la barrera de la represión) puede ser singular­
mente traumática.
56 No pudimos proseguir la cura pero seguimos viéndolo cada
tanto durante diez años; los síntomas de modelo conversivo corres­
pondían a una organización psicopatológica del tipo breakdown. A los
veinte años, durante un intento de separación de su familia, Charles
presenta dos accesos delirantes caracterizados por alucinaciones ver­
bales y un delirio de influencia. Aunque no recurra a las drogas
duras y al alcohol, su estado es gravemente psicótico y con las posi­
ciones depresivas más dolorosas.
57 M . Cournut-Janin estudia con esta óptica la observación de
una madre de adolescente fugadora a partir de su frase: “Si no
vuelve, me mato”. M. Cournut-Janin, “L’adolescence de la filie: une
crise á trois”, Le pére, París, Denoél, 1989, págs. 117-124.
58 Su estudio es referido de manera más global en el cap. 3, C.
Aquí nos contentamos con describirlo en función del texto que lo pre­
cede.
59 Recordemos el esfuerzo cómicamente dramático del viejo en el
filme de L. Visconti (Muerte en Venecia) para reconstruirse una
seducción capaz de volverlo al menos cohabitable con el joven adoles­
cente del hotel del Lido.
60 D. W. Winnicott, “Concepts actuéis du développement de
l’adolescent”, Jeu et réalité, L’espace potentiel, París, Gallimard,
1975, págs. 199-200.
61 A. Haynal, “Le sens du désespoir, Rapport”, Rev. fr. Psycha­
nal, 41, 1-2,1977, págs. 17-186.
62 Otra vez pensamos en el soberbio adolescente de Muerte en
Venécia, y asimismo en esos adolescentes pintados por Caravaggio
cuya fascinación parece mortal. Cuanto más seductor es el adoles­
cente, más doloroso será el renunciamiento del adulto. Recordemos
este comentario de Leonardo da Vinci en su diario, que figura como
exergo en una novela de C. Simón: “Yo creía estar aprendiendo a
vivir, y estaba aprendiendo a morir”.
63 Remitimos una vez más a los trabajos de M. Fain sobre esta
cuestión en el desarrollo del niño y de los padres.
64 A. Jeanneau, “L’adulte et l’adólescent. Vues prises de la
maturité”, en S. C. Feinstein, R L. Giovacchini y A. A. Miller, Psy­
chiatr¿e de Vadolescent, París, PUF, 1982, págs. 29-38.
3. LO HOMONIMO Y LO ANONIMO

A / LA ASIMETRIA EDIPICA PUBERAL

Situamos en oposición dos líneas de fuerza:

— la de la asim etría edípica nueva;


— la conservadora del superyó, secuela de las organi­
zaciones edípicas infantiles.

1 I E l hom oerotism o in fa n til en la p u b erta d

La presión puberal se ejerce en el sentido de La heterose-


xualidad edípica y de la desexualización de la imagen del
rival. Los dos prim eros capítulos h arían pensar que lo
puberal es una sexualización del funcionamiento psíquico y
del pensamiento; pero implica lo contrario, una desinvesti­
dura, disposición espontánea a resolver un poco la fijación
erótica al progenitor del mismo sexo, inherente a lo infan­
til. Correlativos son la convicción heterosexual y la duda
sobre el amor dirigido al rival y, por inversión, el amor que
el rival tiene supuestam ente por su hijo. De lo puberal
depende la desinvestidura necesaria del Edipo negativo de
infancia. De dos fantasm as incestuosos en lo infantil,
queda uno en lo puberal.
El “tres por dos” de las partituras del piano simboliza
muy bien la diferencia entre el amor del Edipo infantil de
tres y el del adolescente de dos. El arte está en colocar la
tercera nota en la sucesión de los ritmos de dos, dejada a la
sensibilidad del músico, en este caso a la elaboración del
Edipo infantil. De la flexibilidad de esta nota tercera
depende la belleza de una música que alcanza la armonía
sobre un desequilibr1'o latente.
Retengamos esta primera proposición (a riesgo de encon­
trarla insuficiente aun después de la aclaración): la nueva
bipartición opone dialécticamente desinvestidura puberal
(Edipo positivo) e investidura infantil (Edipo negativo) del
rival, sacrificado así simbólicamente tanto para liberar el
objeto incestuoso como para aliviar la pasividad amorosa y
carnal que suscitaba. Cristo habría muerto para liberar al
hombre de su fascinación ante el “temible Dios de los
judíos” del Antiguo Testamento. A contrario, todo lo que
mantiene o engrandece el amor dirigido a la figura del rival
edípico menoscaba la potencialidad puberal. En la mayoría
de las situaciones psicopatológicas con que nos hallamos, la
persistencia de esta erotización imagoica más allá de la
infancia y hasta su incremento en la pubertad impide su
dinamismo objetal y narcisista: la economía es aquí la de
una resistencia estratégica a la pubertad. Ejercitadora es la
posición de los padres que favorece semejante estrategia.
El estudio efectuado por P. Blos1 de la relación del ado­
lescente con su padre (en su dimensión edípica y preedípica
infantil) ilu stra la línea del pensam iento freudiano que
considera a la sublimación del homoerotismo como garante
del narcisismo en la pubertad. Formulemos no obstante
dos reservas:2
1. La idea no fue suficientem ente explotada en el
campo de la psicopatología (remitida a un exceso de homoe­
rotismo y a una insuficiencia de la corriente cariñosa). Fue
lo que hizo M. Laufer al recoger de buen grado el pensa­
miento de P. Blos.
2. La inspiración por M. Mahler en el pensamiento del
autor lo conduce, a nuestro entender, a una insuficiente
distinción entre corriente interactiva cariñosa y sensual.
En lo puberal, el homoerotismo encuentra una disponibili­
dad fundamental para el “enternecimiento”.
Un adolescente de quince años, inteligente, muy depri­
mido, en fracaso escolar, se halla en abierta oposición a su
padrastro y a diversos profesores masculinos; ocupa gran
parte del día en “pescar chicas” a la m anera taciturna. Aso­
ciando sobre sus conflictos, recuerda momentos en que su
futuro padrastro intentaba seducirlo utilizando bromas
que él recibía con intolerancia; de hecho implicaban ele­
mentos agresivos muy infantiles: sacarle el pantaloncito en
el mar, comer lo que tenía él en su plato, apoderarse de sus
objetos personales. El chico no soportaba la sensación de
ser dominado y aprovechaba todas las ocasiones en que
podía hacer llorar al pretendiente. Los ejemplos se encade­
nan y preguntamos: “¿Qué es lo que está en juego?”; él res­
ponde: “Eso no me dice nada, no veo nada, abstractamente
a mi madre”. Señalamos el interés con que procuró presen­
ta r este conflicto como un asunto entre hombres, sin otra
interferencia. Los veinte minutos siguientes se centran en
la depresión de su madre cuando el padre se marchó. Él
tenía siete años, ella lloraba, él se echaba en sus brazos e
intentaba consolarla sin lograrlo, siguiendo aquí el ambi­
guo consejo del padre: “Eres el único hombre de la casa”.
Filosofa sobre la posición muy narcisista de su madre, y
concluye: “Cualquier cosa menos una mujer llorando”. Le
recordamos sus métodos actuales con éstas, que le evitan
tener tiempo para reparar en que las chicas lloran cuando
se va y les impiden encariñarse. El final de la sesión y las
que le siguieron estuvieron ocupados por la fascinación que
le inspiraba su padre. Sus breves visitas eran tan maravi­
llosas que tenía la sensación de no existir en el intervalo.
Esta fascinación experimentada a los siete o diez años es
asociada a los recuerdos más clásicos del niño pequeño,
incluso del lactante, intensamente apegado a su padre. Las
relaciones actuales con éste se mantienen idénticas y osci­
lan entre una sumisión que le significa cantidad de venta­
jas materiales, y una negativa orgullosa en su detrimento.
Por su parte, el problema de adolescencia con el padrastro
implica una repetición infantil y un intento de resolución
de la seducción por “un” padre, dividiendo Edipo negativo y
positivo. No lo conseguirá y se irá a vivir con él. El telón de
fondo es depresivo, con un modo defensivo caracterial rela­
tivo al defecto narcisista provocado por la madre también
depresiva.

Un caso clínico tomado de D. Widlócher m uestra el


lugar antiintegrativo del homoerotismo con respecto a lo
puberal.3
Un chico de doce años presenta manifestaciones obsesi­
vas desde hace varias semanas: compulsión a hacer daño a
su madre o herm anas, a decir barbaridades delante de
ellas. Todo empezó con su iniciación en las prácticas mas­
turbatorias en un campamento de vacaciones; se le cruzó la
idea de lo que sucedería si su madre o una de sus herma­
nas quedaban fecundadas por el esperma que él eyaculaba
en el baño; la inquietud invadió los momentos en que ori­
naba o defecaba, asociada muy pronto al temor de golpear,
lastimar, atacar. En las primeras entrevistas, la madre del
chico hace notar a D. Widlócher el carácter obsesivo del
padre, y desde hace unos años la violenta oposición exis­
tente entre padre e hijo que llevó a su marido a infligir a
éste palizas y otros castigos corporales. También le preo­
cupa una tentativa de seducción que efectuó sobre su hijo
un primo de la familia, a sus ojos homosexual.
Se aborda esta semiología mediante una psicoterapia
breve conducida por el autor durante uno o dos años; las
m anifestaciones obsesivas son francas, im portantes e
incluyen ritos precisos, fantasías sadomasoquistas en cuyc
desarrollo el muchacho se hacía flagelar o miraba flagelar
Inicia después una cura analítica durante la cual trabaja
su heterosexualidad con cierto éxito y llega a ser un “mozc
deportivo, equilibrado”, completamente opuesto al padre
“intelectual, acartonado y obsesivo”. Después de largos
meses, relata al informante que todavía no es su analista:
“Hay una cosa que me pone loco, mi analista me dijo que yo
era homosexual”. Interrum pe su tratamiento y emprende
un segundo análisis en cuyo transcurso (y solamente en el
transcurso de éste) trabaja sus fantasmas homosexuales en
relación con los recuerdos relatados por su madre. Las for­
maciones obsesivas, hasta entonces intactas, se desvane­
cen. D. Widlócher resume así su parecer: “El peligro de
estas formaciones obsesivas era la intensa erotización de
su relación sadomasoquista con el padre, de ahí el intento
de desprenderse y de tra ta r de avanzar hacia el lado de la
heterosexualidad de una m anera que parecía b astante
satisfactoria, pero mientras en sü análisis no hubiese sido
tratado el aspecto homosexual, la fijación a su formación
neurótica no podía cambiar’’.

El homoerotismo infantil tal como alcanza la pubertad4


es una entidad metapsicológica que, dado lo disperso de los
trabajos, justificaría un examen particular. Nos contenta­
remos con un repaso necesario para nuestra argum enta­
ción:

— la homosexualidad secundaria es la fijación a la


imagen del progenitor rival: Edipo negativo o inver­
tido;
— la homosexualidad primaria, la fijación a la madre
preedípica,5 igualmente según Peter Blos al padre
preedípico.6

Como demostró E. Kestemberg, la homosexualidad pr:‘•


maria constituye una dinámica fundamental en la consti­
tución del “yo” [Je] y del objeto, como contracara de la iden­
tificación primaria. Se reactiva esta función con vistas a la
identidad puberal. La homosexualidad edípica corresponde
a la represión y a los procedimientos de sublimación (del
tipo de la latencia). La homosexualidad preedípica transita
por un circuito proyectivo particular que, según veremos,
puede ser flexible, narcisista o coagularse en hielo. La
homosexualidad infantil tiene siempre, pues, una asíntota
narcisista, secundaria o primaria. La homosexualidad edí-
pica está más o menos infiltrada por posiciones preedípi-
cas. Esto es clásico en la niña; P. Blos lo describió en e]
varón. El Edipo arcaico de lo puberal recoge sus problemá­
ticas.7 El rival por la posesión de la m adre es tanto el
padre como la preservación de una filiación erótica arcaica,
especialm ente anal, a la m adre edípica. El movimiento
puberal impone así una disociación en la imagen materna:
una corriente femenina en la que el adolescente tendería a
creer cada vez más, y una corriente dominante (que frena o
educa a la precedente). El problema psicopatológico plan­
teado por el homoerotismo infantil depende principalmente
—lo veremos con precisión— de su grado de primariedad,

La rebipartición puberal de las representaciones en


homoerotismo y heteroerotismo hace posible una nueva
combinación de lo edípico y lo preedípico.
El informe de C. L uquet-P arat8 ilu stra en forma
original la complejidad de esta estrategia sin que esté pre­
sente una preocupación como la nuestra por la patología
grave: la reclasificación de las investiduras parentales y
objetales narcisistas “que subsistieron de la primera flora­
ción de la sexualidad infantil”9 se efectúa en dos catego­
rías, una heterosexual hiper ero tizada y la otra homose­
xual. Las biparticiones libidinales proceden entre el objeto
de la pareja parental investida heterosexualmente y lo que
el autor denomina “mundo de los otros, investido global­
m ente de m anera homosexual”. La selección perm ite el
deslizamiento de los objetos parentales infantiles en curso
de desinvestidura a los nuevos objetos potencialmente ade­
cuados. Las dos categorías, infantil y actual, apuntaladas
una sobre la otra, encuentran su satisfacción mayor:

— una, en el encuentro amoroso del objeto adecuado


(fantasmático o real);
— la otra, “de otra m anera”.
Una pareja de enamorados nunca está sola en el
mundo; dos conjuntos se diferencian y están presentes de
manera concomitante:10
1. La relación heterosexual sintetizaría tres componen­
tes: genitales, cariñosos y pregenitales (eróticos y sublima­
dos).
2. “E l conjunto de los otros”, que comprende desde
luego al superyó, drena además:
— Una corriente agresiva odiosa, heredera directa del
odio edípico. ¿
— U na corriente identificatoria que implica movi­
mientos proyectivos, afectos homosexuales y afectos prege­
nitales (sublimados). “Así, todos los otros que constituyen a
la sociedad frente a la pareja no son investidos igualmente
ni sobre el mismo plano en los detalles ni en el mismo
momento, pues aquí también se trata de un equilibrio vivo
y constantemente móvil; en efecto, m ientras que ciertos
personajes conservan un valor preferentem ente super-
yoico, a otros se los vive como más aptos p ara ap o rtar
satisfacciones orientadas por la vía de la identificación en
encuentros que responden al modo del interés profesio­
nal...” “Así, la existencia de objetos internos estables cons­
tituidos en la infancia da a los adolescentes la posibilidad
de desinvestir a los padres y al mismo tiempo de reinvestir
eventualmente a estos mismos objetos reales como amigos
al mismo título que otros objetos nuevos de similar valor
‘homosexual’. La palabra homosexual se utiliza aquí como
equivalente de ‘otro’. El arte del adolescente está, pues, en
transformar por estratos lo que fue objeto de amor en el
conjunto de los otros (especialmente la investidura de cier­
tos objetos parentales) de forma tal que pueda incluirse en
investiduras nuevas de m anera bipartita del lado de la
adecuación y de los otros.” ■
Agreguemos, a contrario, que la patología ofrece una
semiología de doble código:

— el devenir de lo sensual homosexual no se ha


“enternecido” y busca sus vías y compromisos;
— el bloqueo de la evolución genital (en primer lugar,
de la convicción identitaria de ser varón o niña).

Un varón joven11 presenta pérdidas de conocimiento al


ver sangre, al leer textos que tra tan de sangre. La organi­
zación es histérica y supone elementos límite, sobre todo de
la serie m aníaca y depresiva. El tratam iento parece ini­
ciarse ya en la prim era entrevista por la fuerte demanda
del interesado. El paciente se encuentra muy angustiado,
habla profusamente y realiza notables asociaciones; sus
relatos se alternan con momentos asociativos que lindan
con cierta fuga de ideas. En la prim era sesión n arra un
recuerdo de sus trece años que parece im portante en su
evolución: su padre le pega, quizá lo flagela, y él conserva
intensam ente la percepción de sus piernas ensangrenta­
das. E sta escena, probable condensación de secuencias
anteriores, reviste un aspecto antipuberal por la homose ­
xualidad infantil que presenta. En la tercera sesión el
muchacho acepta relatar el fantasm a m asturbatorio que
tiene desde hace cinco años. En la primera entrevista dudó
en hablar de esto y prefirió evocar sus recuerdos de adoles­
cencia: se encuentra herido y acostado en un lecho de hos­
pital; de pie frente a él, una enferm era viste una blusa
blanca. El no sabe si ella lo atendió o va a atenderlo, y la
acaricia elevando la mano por debajo de su blusa y encon­
trándose con el cuerpo desnudo. La psicoterapeuta pre­
gunta por el carácter de la herida, que en el fantasm a no
aparece precisado, y dice, en tono interrogativo: “¿En las
piernas?”; el paciente responde “quizá”, con interés, sin
gran emoción. El recuerdo homoerótico y el heteroerotis-
mo12 consciente y excitante del fantasm a m asturbatorio
están ligados entre sí; el síntoma que produce pérdida de
conocimiento condensa un: “No me sostengo sobre mis pier­
nas”.
Así, pues, es im portante concebir un espacio tiempo
puberal en el que se mezclan, para repartirse de nuevo,
homosexualidad (resistencias a la pubertad) y heterose-
xualidad, a fin de alcanzar la prim acía de lo genital, la
identidad sexuada. Se produce aquí un juego entre fan­
tasm a y percepción, realidad interna y externa. Es bien
sabido que el adolescente tiene habilidad fiara este sistema
de defensa. La desinvestidura del homoerotismo infantil
puede apuntalarse sobre una oposición real al progenitor
del mismo sexo. De manera más amplia, los objetos exte­
riores parentales son probados de m anera más o menos
hostigante por el par investidura/desinvestidura de las
representaciones internas del adolescente. Un hecho inter-
currente producido en el adolescente mismo13 o en sus
padres (muerte, alejamiento de uno de ellos) reviste una
significación inesperada. El grupo y sus fantasm as ocupan
aquí un lugar intermedio bien conocido.14 En este sector
móvil, el niño tiene sus producciones originales cuyo obje­
tivo es apuntalar las transacciones en curso.15 A título de
ejemplo, dos estilos de fantasmas revisten valor transicio-
nal: las figuras de fuerzas progredientes se sitúan bajo el
estandarte de la diversificación de las adquisiciones ge­
nitales; las otras, regredientes, apuntan a m antener el
estatuto del cuerpo infantil. Sus puestas en escena desace­
leran, aceleran, acondicionan, elaboran el proceso identita-
rio en curso. Tenemos la sensación de que sus referencias
preedípicas, fuente regresiva, constituyen de preferencia el
objeto del trabajo psíquico.
1. El cuerpo del niño cambia de una semana a la otra.
Aparecen el asombro, la curiosidad, la inquietud, la satis­
facción. El sexo se dota de representaciones m últiples
según la evolución corporal del sujeto: diversidad entre los
masculinos y femeninos. Conocemos bien el aire masculino
de la muchacha “a la manera de Diana”, la feminidad de
los chicos jóvenes, la diversidad entre sexo del mismo
género por comprobaciones comparativas entre pasado y
porvenir, cuerpo propio y el de los pares de edades diferen­
tes y de los padres. Los afectos que estos cambios introdu­
cen son a su vez diversos. Ciertos actos poseen valor narci­
sista y exploratorio, tanto como erótico. El fantasm a de
embarazo y de hijo, eventualmente la pregunta actuada de
la maternidad, poseen un valor transicional.
2. En todo adolescente existe el fantasm a de no ser
púber, de serlo menos, de no serlo todavía o no serlo dema­
siado. Muchos de ellos cultivan el “género neutro”16 al
menos en apariencia (género actualm ente sostenido por
cierta moda “unisex”). “Ciertos niños viven inconsciente­
mente con el fantasm a de que su cuerpo no es ni masculino
ni femenino sino lo uno y lo otro, fantasm a que les permite
asumir su deseo homosexual incestuoso y defenderse de él
al mismo tiempo. Semejante distorsión puede ser asumiáa
por el niño edípico o en el período de latencia. Pero en la
adolescencia, cuando el cuerpo del individuo se vuelve físi­
camente sexuado, es posible que para él la única manera
de conservar su defensa (de defenderse todavía) de ser
hombre o mujer, sea una ruptura del mundo exterior, y con­
cretamente del cuerpo en el que progresa la pubertad.”17

Nosotros distinguim os el fantasm a de neutralidad


inherente a toda adolescencia, de la creencia que se
observa en el breakdown18 (anorexia mental, por ejemplo):
“el aplastamiento pulsional conduce a las inclinaciones idea­
lizantes y megalomaníacas del sujeto [...] hacia la aspira­
ción a un estado de anonadamiento psíquico donde no ser
nada aparece como la condición ideal de autosuficiencia.
Esta tendencia hacia el cero se expresará en un comporta­
miento autodestructivo de significación suicida”.19 El tra ­
bajo de neutralización in ten ta borrar las características
púberes. Este es su principio. Se observan varios estadios:
a) Una simple conservación del “todavía-niño”. Pense
mos en Querubín,20 en ciertas figuras de Eros en el arte
clásico, barroco o m anierista, los pastores de los primeros
Caravaggio. El todavía-chico es particular; su pene ha
cambiado poco, sigue siendo autoerótico, no ha tenido su
primera eyaculación u orgasmo ni ha alcanzado la comple-
mentariedad sexual y la procreación. El cuerpo es inves­
tido globalmente conforme a una interrogación que aparece
habitualmente entre las muchachas y produciendo un aire
femenino. E ste joven adolescente aún está dispuesto a
creer que su narcisismo se encuentra sometido a la investi­
dura de un adulto y destinado en consecuencia a cierta
búsqueda libidinal no desprovista de una agresividad con­
tenida. Evoquemos la representación adolescente de Isaac
por encima del cual el brazo en alto de Abraham figura un
pene en erección destinado a transm itir por circuncisión su
masculinidad (brazo que a continuación es bajado por el
del ángel portador del mensaje de Dios, el abuelo).21 La
representación de un adolescente “en espera” es ostensible
en ciertos modelos de Narciso en los Adonis del siglo XIX:
¿Narciso no debe morir para hacerse adolescente?, se pre­
guntan D. Braunschweig y M. Fain.22 No confundiremos en
clínica este amor de sí (cuya imagen puede ser portada por
el espejo del otro, el amigo del adolescente romántico) con
una homosexualidad en vías de instauración.
b) No ser hombre jii mujer sino varón y niña. Ante la
ninfa Salmacis y Hermafrodita enlazados, Ovidio se inte­
rroga. ni la una ni la otra o lo uno y lo otro. El fantasma
andrógino parece un moderador fascinante de los procesos
de adolescencia.23 Las esculturas representan al andrógino
como un joven adolescente dotado de senos de muchacha,
tema antiguo, selectivamente recogido a finales dei siglo
XIX.24 La figura implica:
— Una negación de los órganos sexuales modificados
por la pubertad.
— Una exhibición de los órganos de simbolismo fálico.
— El andrógino no tendría vagina. Tiene los muslos
apretados, a diferencia de las chiquillas de Balthus. F.
Cachin encuentra documentos p ara dem ostrar que el
andrógino es efecto de homosexualidad masculina y se
opone al “Eros jocoso 1900”. “Existe tan sólo en estado vir­
gen: a la prim era aparición del sexo, se transform a en
macho o en hembra.”25 Ciertas homosexualidades surgidas
en la adolescencia se verían beneficiadas si se las trabajara
en este espacio transicional de la androginia.
c) Una neutralización más profunda des-erotizaría más
allá del cuerpo andrógino, es decir de la bisexualidad psí­
quica infantil, coincidiendo con la patología del breakdown.
¿Podemos situar en este razonamiento que separa lo
genital una angustia de castración específica de lo puberal?
Ella constituiría una señal del alejamiento del Edipo pube­
ral y de la posibilidad de ser masculino o femenino. Señal
de importancia, por cuanto sería anunciadora de un break-
down en sus comienzos. En ella se origina el fantasma del
género neutro. Es la segunda vez que nos topamos con una
angustia de castración que sería propia de lo puberal. La
prim era rem itía a una imposible ju n tu ra con el sexo
complementario (bisexualidad psíquica puberal),26 que
constituye falta narcisista; la segunda está afectada a la
amenaza de borramiento de la propia pubertad, es decir al
retomo a la neotenia infantil. Existe el mismo peligro de
no adquisición o pérdida de la identidad puberal, pero no la
misma señal. En el primer caso, el sujeto teme la invasión
de la presión pulsional, que él no puede satisfacer con un
objeto adecuado. Es pertinente el paralelo que habíamos
hecho con la problemática de la separación. En el segundo,
el objetivo es el ataque de la pulsión en su fuente, su abra­
sión.27 Ella debería reducir la tensión. La angustia está
presente cuando la neutralización en curso no es todavía lo
bastante eficaz. El adolescente está perdiendo su alianza
con el cuerpo genital, la angustia sería del orden de una
angustia de despersonalización. En ambos casos toca el
límite de lo biológico.
Un cuento de H. de Balzac28 reúne la cuestión de la
castración con la androginia. S arrasine es un escultor
sum am ente inhibido con las m ujeres o bien, podríamos
decir, difícil en cuanto a las mujeres. En un teatro de Roma
experimenta un flechazo por la actriz Zambinella. Todas
las noches escucha a la prima donna mientras su amor va
en aumento. Zambinella pertenece a un cardenal romano;
él decide llevársela. Una noche la lleva a su taller. Ella se
encuentra entonces frente a su imagen desnuda, esculpida,
y no puede menos que confesar a Sarrasine su realidad: se
tra ta de un castrado 29 (punto en el que se origina la sexua
lidad puberal). Desesperado, Sarrasine se precipita sobre
“Zambinello”, tras intentar romper la escultura. Lo atajan
en su impulso los esbirros del cardenal, que lo apuñalan.
Muere dichoso, imagen de la seducción infantil
La figura de m ujer portadora de un sexo de varón
impúber, el andrógino, ¿no es una figura m ítica de la
sexualidad infantil a la que, para ser hombre (o mujer), el
joven debe renunciar? Sarrasine se m ostrará horrorizado
ante su fascinación inconsciente por el conjunto bisexual
que le perm itía evitar la inevitable confrontación de lo
masculino y lo femenino, resolviendo el problema de su
castración puberal.

2 / D esfalicizar el pene

Recordemos las características de las bisexualidades


infantiles al constituirse el espacio de transacción puberal.
Con ese propósito tenem os en cuenta las dos líneas de
fuerza que produjeron la ambivalencia objetal y la ambi­
güedad identitaria del niño:
— Por una parte, la modelización de desarrollo consti­
tuida por la neurosis infantil freudiana, sus significantes y
el superyó.
— Por la otra, su más acá [tal como lo edípico lo vehi-
culiza parcialm ente] en la estructura que S. Lebovici30
denomina neurosis de los niños. Entre modelo instaurado y
prim era edad, la etapa bisagra transitoria está formada
por los primeros funcionamientos de la neurosis de los
niños,31 neurosis de desarrollo susceptible además de con­
ducir a la neurosis infantil. Si no le cede su lugar, se orga­
niza como un conjunto cada vez más patológico en el plano
estructural, conservando sin embargo cierta modelización
posible durante toda la infancia.
La bisexualidad psíquica de la neurosis de los niños
puede definirse como asimétrica, ligado esto a los dos pro­
cedimientos que la autorizan:
— uno recoge río arriba la asimetría de las posiciones
paterna y m aterna en la primera edad en lo que se
convino en llam ar lo arcaico;
— los procedimientos introyectivos, idealizantes e
interdictores del otro son clásicamente referidos al
padre, según la expresión de S. Freud.

La neurosis infantil, que organiza secundariamente la


interdicción anonimizada en el superyó, instala progresiva­
mente una simetría estructural del Edipo positivo y nega­
tivo. La asimetría fundamental resume así el efecto estruc­
turante para el “yo” [Je] de la función llamada paterna:

— ésta asegura la desinvestidura de lo arcaico;


— da comienzo a la organización simbólica fálica.

No emprendamos aquí un debate de fondo teórico; que­


remos mostrar que la teoría de lo puberal implica de manera
obligada una reflexión sobre la reactualización primordial de
la asimetría y por lo tanto de la paternidad. La inscripción
de esta última en la vida del sujeto se efectuó con:
— El basamento del padre real e imaginario.
— El hilo rojo de sus intervenciones en la historia edí­
pica de la madre.
— Su instauración sim bolizante, sostenida por su
nombre, su Ley, su lenguaje, su significante fálico,32 su ló­
gica.33
— Asimetría fundamental, ella permite el acceso a la
bisexualidad psíquica. A contrario, la insuficiente funcio­
nalidad de la línea paterna expresada por un autoengen-
dramiento (incorporación) de las representaciones pater­
nas, impide las representaciones bisexuales de la misma
manera en que el padre de la horda impide la sexualidad
de sus hijos cerrando el acceso al conflicto edípico. Atrevá­
monos a decir hoy, en plural, que estas forclusiones de los
representantes de la función paterna están marcadas por
una asim etría psíquica ligada a la dominante de figuras
paternas que exigen sumisión/alienación.
— La sim etría psíquica de la neurosis infantil es el
resultado de un trabajo del que podemos decir, esquemáti­
camente, que su punto de origen (en relación con la omni­
potencia de la unidad m adre-lactante) es la función
paterna primordial y su punto de llegada el superyó-ideal
del yo infantil freudiano.
Semejante línea funcional es generadora de represen­
taciones infantiles bisexuales (fálico/castrado). La bisexua-
lidad psíquica refleja los estatutos fálico y castrado del
material infantil, susceptibles de lindar entre sí sin opo­
nerse y comprendiendo cada uno su conflictualidad edípica
propia.

La asimetría del Edipo puberal sella a nuestro enten­


der cierta descalificación de la línea funcional con signifi­
cante fálico. El cambio introducido por esta asim etría se
resume en la bien conocida cita freudiana y de la que pro­
ponemos un entendimiento particular: “El sexo predomi­
nante para una persona, aquel que está más desarrollado,
ha reprimido en lo inconsciente la representación psíquica
del sexo secundario”.34 La bisexualidad psíquica en curso
de caída en lo inconsciente sería fálica. La elección hetero­
sexual no puede efectuarse sino en la medida en que el
adolescente emerge de manera suficientemente buena de la
alternancia y concomitancia fálica (fálico-castrado) y
entraría en la problemática de los sexos diversificados con
potencialidad complementaria. La oposición es puesta en
forma entre la sexualidad masculina de la infancia y la
desemejanza com plem entaria de los órganos sexuales
manifestada en la pubertad. ¿En qué medida en la puber­
tad, y tal vez sólo entonces, el par masculino-femenino
sería una polaridad admisible en psicoanálisis? Desarrolla­
ría en él su clínica propia capaz de extinguirse en el “pro­
ceso de adulto”. La adolescencia se presentaría como el
tiempo privilegiado de esta confrontación. La emergencia
biológica en curso y por sorpresa haría posible su proble­
mática. Tomamos a cuenta del adolescente, único mediano
sexual, lo que J. Gilibert deseaba35 del actor niño: no hace
olvidar (la palabra rem ite a la histeria) el sexo “en sus sig­
nos encarnados de lo femenino y lo masculino liberados de
lo fálico y lo castrado, de lo pasivo y lo activo”. La presión
puberal (apoyada, desde luego, en ciertos pasados del niño)
sería susceptible de desligar falo y pene, de liberar al pene
de su significación fálica. A contrario, la castración puberal
que antes situábam os se desarrollaría sobre la base de
cierta rigidez narcisista de la problemática infantil fálica.
El portador del pene podría no ser ya “un modelo inductor
valorizante” que realizara cierto falo-excentrismo, según la
expresión de J. B. Pontalis,36 menos por el hecho de la
represión (como en el texto de S. Freud que citábamos pre­
cedentemente) que según un procedimiento de des-erotiza-
ción.37
El órgano sería “rebajado al estado de objeto sexual” (S.
Freud), es decir “deseable y no envidiable”, lo que supone
el renunciamiento a la teoría “donde la feminidad toma el
sentido preciso y bien limitado de una abolición de la mas-
culinidad”.38 El homosexual, con su tendencia a exigir un
pene en el partenaire, como escribe S. Freud, queda ligado
a su significación fálica, para su seguridad narcisista, más
allá de lo conveniente.39 A todo adolescente se le plantea la
cuestión de su capacidad para elegir un partenaire no pro­
visto del significante fálico primordial: el pene. Por
supuesto, esta afirmación es válida para los dos sexos. Sin
embargo podríamos diversificar su problem ática40 evo­
cando a Afrodita emergiendo de las aguas, virgen tanto
más fálica cuanto que no ha encontrado (todavía) el pene, o
sea retomando la dialéctica fálica cuerpo-pene, ser-tener.
La investidura fálica del pene (temor de castración y
envidia del pene)41 constituiría la roca de una imposible
adolescencia. Puede tra b a jarse el paralelism o —y D.
Widlocher lo hizo de m anera sumamente precisa—42 con la
roca de lo inanalizable (Freud, 1937). Lo que pone obstácu­
los a la cura y en la adolescencia es la significación-hiper-
valoración fálica del pene; para decirlo de otra m anera, la
asociación indesviable entre fálico/varón por un lado y cas­
trado/niña por el otro. A contrario, la elaboración de la
complementariedad de los sexos depende de la flexibilidad
de la investidura fálica del pene.

Volvamos a nuestra afirmación sobre la desinvestidura


erótica del rival. Hablamos ahora de desinvestidura del
progenitor fálico. El sexo que sucumbe se define menos por
su negación (castrado) que por la fascinación erótica fálica
parental (masoquismo erógeno). El problema teórico está
desplazado y se lo puede plantear de dos maneras:
— Primer caso, la integración de la cuestión del falo es
suficientemente buena para la identidad del niño. Lo pube­
ral no vuelve a plantear esta cuestión.
— Segundo caso, la infancia está dominada por la eró­
tica ligada al progenitor portador fálico (sumisión-oposi-
ción). Lo puberal es una etapa muy interesante en favor de
cierto desprendimiento. Desfalicizar el pene es primera­
mente desfalicizar el pene parental. 43
Los homoerotismos infantiles de la pubertad reciben
también una nueva definición: fijación erótica (o persisten­
cia más allá de lo deseable para el desarrollo) a las repre­
sentaciones parentales designadas como portadoras del
atributo fálico 44

He aquí al enemigo, la erótica fálica parental.


El drama del destino de Edipo no reside ni en su sexua­
lidad ni en su facilidad asesina, sino en la fijación parental
de sus elecciones de objeto. El destino del niño puberal es
no poder sino encontrarse en el célebre desfiladero, de
hecho callejón sin salida, donde Edipo se cruzó con Layo:
no asesino o sometido, sino asesino por sometido. Lo que el
adolescens tendrá que trabajar, si la violencia de lo puberal
se lo permite, es el mantenimiento de una distancia sufi­
cientemente buena, económico-simbólica, con esta fascina­
ción. Ella tendrá que poner fuera de juego a la compulsión
de repetición, que reproduce aquí sus amalgamas inferna­
les. Sin duda, la designación fálica recae sobre la parte
“función paterna” de todas las imágenes parentales, reales
o imaginarias (madre o padre).45 Puede parecer discutible
la sugerencia de que para el niño el padre no tiene la exclu­
sividad de la sexualidad masculina infantil. El pene sería
para el niño la cosa mejor o peor rep artid a entre los
padres. Podríamos hablar aquí de intercambio fálico, así
como en la democracia hay intercambio de poder. A su res­
pecto la carne del significante fálico implicaría, como seña­
lábamos, ciertos equivalentes del pene y ante todo, por
supuesto, el cuerpo de la madre. El concepto de madre
fálica, tan criticable en la teoría psicoanalítica, tiene aquí
pertinencia, desprovisto de referencia arcaica y fijado por
el sentido de las representaciones de la madre poseedora
del atributo fálico. Es algo que se suele olvidar: la madre
no es fálica sino después de la intervención de la ley fálica.
¿Qué imagen procurará al chiquillo púber el objeto de
su feminidad, inmerso como todavía lo está (aunque
comience a sospechar de ellas) en las teorías infantiles: la
feminidad de la madre o la del padre? Señalamos el hecho,
desde ya que muy interesante, de que este niño tiene a su
disposición dos posibilidades concomitantes de desinvestir
la relación pasiva-erótica con el padre:
— La primera, por el vivo interés genital que dirige al
objeto incestuoso.
— La segunda, por la inversión de su vínculo erótico
con el padre. Cierto rebajam iento del potencial activo
homosexual atribuido a la imago paterna (potencial activo
cuyo efecto en patología infantil conocemos) en beneficio de
la transacción hacia un partenaire paterno más pasivo.
P ara ciertos niños muy inm aduros todo se presenta
como si la misma pareja parental pudiera ser percibida
como fálica, detentadora de su ley; el adolescente puede
tener la sensación de que sus padres forman un bloque
contra él o sin él, constituyendo un dúo imaginario infer­
nal. Hallamos probablemente en S. Ferenczi46 las primeras
tomas de conciencia del problema así planteado: “Para que
en el coito el hombre pueda confiar su pene a la vagina, es
preciso que introyecte el cuerpo de la mujer como cuerpo
bueno m aterno” (feminidad introyectada: el hombre es
también mujer); como contrapartida, y esto S. Ferenzci no
lo dice tanto, la introyección del órgano peniano bueno es
necesaria para la penetración. Vemos aquí, tanto respecto
del hombre como de la mujer, un ejemplo de esa desfalici-
zación del pene propia de lo puberal que interviene bajo la
protección de mía madre buena introyectada.
Queda por reintroducir en nuestro razonamiento la dis­
tinción que antes nos condujo47 a situar dos homosexuali­
dades infantiles intrínsecas en el mismo niño “haciéndose
púber”:
— La homosexualidad secundaria marca una fijación
erótica a las representaciones designadas por el niño como
fálicas, provistas de pene.
— Por la homosexualidad prim aria el sujeto se identi­
fica con el significante fálico mismo.
La prim era se dirige al rival estimado fálico; en la
segunda se significa a posteriori una fijación identitaria
con el progenitor fálico, principalmente la madre. Desfalici-
zar el pene hace correr un riesgo erótico (castración) en
cuanto a la primera, identitario en cuanto a la segunda.
La asim etría de lo puberal se formula del siguiente
modo:
— Las escenas puberales se hallan en la línea de lo
materno. Implican siempre una asíntota que las arroja al
cuerpo materno en su erótica e ientidad primera (prefá-
lica o a posteriori fálica).
— La “casi” desfalicización del pene que se produce en
estas escenas ataca a la permanencia de la función paterna
o exige un retorno de su oficio. El marco en el cual la
escena puberal es susceptible de desplegarse está formado
por el simbolismo fálico de la muerte del padre, cuya nece­
sidad quedó reconocida después de D. Winnicott.
Imagen fuerte, el padre de la historia adolescente rea­
sumiría una primordialidad (entre la problemática edípica
y su “más acá”). Bien conocida desde hace unos decenios
lacanianos, la función paterna hizo posibles al niño en su
tiempo, sin apelar a la prohibición, la desinvestidura de la
madre y la apertura al mundo, al simbolismo; para ser más
precisos, al lenguaje. Ella retom a a la escena para un ter­
cer acto cuyo proceso conduce del objeto inadecuado (es
decir, parental) al objeto supuesto de genitalidad adecuada.
¿No es ella quien mejor situada está para incitar a la nece­
saria desexualización segunda del objeto materno, es decir,
para luchar contra la “sobrestimación que normalmente se
atribuye al objeto sexual [y] reservada al objeto incestuoso
y a sus representantes”?48 Por este cambio estratégico en el
que opera el padre ideal del adolescente común, la investi­
dura del objeto genital susceptible de ser adecuado encuen­
tra su condición previa en la idealización del objeto edípico.
Es éste uno de los procedimientos de los que denominamos
lo “a d o le s c e n s Otorga una forma tan clara a la función
paterna que cabe preguntarse si no constituye el tiempo
privilegiado de su puesta en instancia, es decir, de la cons
titución del “yo” [Je].
Evidente es hoy, al menos para nosotros, la designación
de una veta diacrónica de idealización que va del padre pri­
m ordial apuntando a cerrar lo arcaico, a través de las
diversas categorías infantiles del ideal (y de la corriente
cariñosa preedípica), al padre ideal del adolescente o a la
inversa. Hemos efectuado dos desplazamientos de la fija­
ción erótica al rival, prim ero al portador fálico (como
defecto de integración de la función paterna) y luego a las
posiciones parentales que designan a sus simbolizaciones
fálicas según un plural que, pese a la apariencia, en nada
menoscaba a la primordialidad paterna.

En el plano del desarrollo se delimitarían tres proble­


máticas49 (que pueden hacerse presentes en el mismo ado­
lescente durante su historial):
1. El sistema fálico es suficientemente bueno. Consti­
tuye un continente50 organizado para recibir los repartos
nuevos. No habría puesta enjuego de la función paterna en
la pubertad. El trabajo se efectúa bajo su símbolo fálico
cuyo código aseguraría (como la cuerda del alpinista) la cri­
sis de originalidad juvenil.
2. La presión puberal exige, como en la primera infan­
cia, la apelación al padre im aginario, imagen parental
sobre la cual dibujan el atributo fálico los miembros de la
familia y sobre todo el interesado. A fin de m antenerse
dentro del código simbólico, el adolescente necesita un
apuntalamiento parental según el modelo de una recaída
de la neurosis de los niños. ¿Es específica esta apelación?
Creemos que sí, y lo desarrollaremos.51
3. El adolescente exige la presencia física del padre en
la confrontación puberal fálica. El código sólo se sostiene
de esta carne actuante y hablante (primero de cordada).
Un progenitor real desempeña el rol de soporte de las iden­
tificaciones proyectivas (o im aginarias).52 La creencia
monoteísta suficiente en el modelo ya no lo es. El rito ini-
ciático cumple una función económica justificada.

3 / M ás allá y m ás acá del falo

La vía de la desfalicización implica una pérdida y, lo


sabemos, un riesgo: el órgano desprendido es de un ero­
tismo al descubierto. Para ilustrar el peligro de la situación
utilizamos la parábola japonesa libremente adaptada por
Antonin A rtaud53 de “la increíble aventura del pobre
músico”. Tras hacer oír su música ante un guerrero temido,
y con miedo a que lo asesinen si tuviera que presentarse de
nuevo, el hombre acepta la sugerencia de un bonzo de
cubrir su cuerpo con textos sagrados, toma de hábito
mágica, exorcismo que desorienta a los espíritus. El bonzo
tiene una habilidad indudable; el cuerpo desaparece,
cubierto de palabras, salvo las orejas, que el artista omite.
Cuando el emisario se presenta para invitar de nuevo al
músico a una sesión con su amo, casi no lo ve; las orejas se
dibujan aisladas a su mirada. Como prueba de su gestión,
las corta y se las lleva.
Así sucede con el pene en lo puberal: investido desde
larga data, protegido por la significancia fálica que lo
reviste en la infancia, adquiere una riesgosa novedad por
el interés que despierta (por obra de un pasado común) y
por su topología fuera de código. La amenaza de castración
y la protección narcisista54 vienen de un portador del atri­
buto fálico. La castración resulta de una extraña comple­
mentariedad entre el instrumento del músico y la oreja del
guerrero; la aventura es obra de las personas y no del sexo.
Para el muchacho, se tra ta de ser capaz de elegir un
partenaire no provisto del significante fálico; para la chica,
de representarse a sí misma como desprovista del signifi­
cante fálico. En la com plem entariedad de los sexos se
encuentran unidos, en un solo imaginario, dos órganos sur­
gidos de historias bien diferentes:

— una, sobresignificada;
— la otra, excluida de la significancia fálica, vagina
"encontrada o reencontrada”.

Tomamos aquí brevemente el comentario referido “al


comienzo de una mujer en el fin de una niña”.55 La historia
de la feminidad se inscribió en el psicoanálisis según la
oposición que aquí estudiamos entre monismo fálico y com­
plementariedad masculino-femenino.56 K. Homey, en tiem­
pos de Freud, ya había planteado la antinomia siguiente:

— El descubrimiento espontáneo en cuestión durante


la pubertad, cavidad no virtual perteneciente a la imagen
del cuerpo y que no necesitaría del acto sexual para ser
conocida. (El tabú de la virginidad supone un no-desconoci­
miento de la vagina.)
— Este descubrim iento de la vagina es tal vez un
reencuentro, como contrapunto a la modesta observación
de S. Freud: “Es verdad que, aquí y allá, diversos estudios
nos confirman la existencia de sensaciones vaginales; pero
no es fácil establecer una distinción entre éstas y las sensa­
ciones anales o las del vestíbulo de la vulva; en cualquier
caso, no pueden cumplir un papel muy importante”.57 La
niña no sería “un hombrecito” confrontado con el descubri­
miento de la vagina en la pubertad y aun en la noche de
bodas.
El drama de la fem inidad se jugaría primero entre
madre e hija y sería previo a la neurosis infantil. Esta cons­
tatación, que muchos admiten, concierne a la existencia de
una diferenciación sexual precoz entre el lactante varón y
la lactante niña y que se expresa en actividades autoeróti-
cas vaginales durante el primer año (distinguidas de las
excitaciones orales y anales y de sus intrincaciones). Esta
erogeneidad señala una diferenciación sexual de género,
aunque no por ello un par complementario con el pene tal
como lo referimos en la pubertad. El autoerotismo vaginal
es objeto de una presión coartadora y por lo común desapa­
rece. Actividad de órgano, deja huellas mnémicas en lo
inconsciente, cuyo contenido puede ser o no reconocible (a
maxima, retorno de estas representaciones; a m ínim a,
cuestión de su representatividad).
Las influencias m aternas arcaicas pueden ejercerse en
tres niveles a veces contradictorios:
1. Una investidura erógena de la niña por la madre en
la unidad narcisista originaria im plicaría un elemento
negativo y un elemento positivo:

— un débil centrado genital;


— la investidura del cuerpo entero “feminidad prima­
ria” de R. J. Stoller. El yo-piel descrito por D.
Anzieu,58 ¿no sería prim eram ente femenino? La
simbiosis madre-hija sería menos potente (tema de
M. Fain tomado de S. Freud), de tal suerte que la
hija escapa rápidamente a la madre para arrojarse
en la problemática edípica: “Si la niñita se vuelve
después hacia el padre es porque con la madre no
tiene despertar posible”.

2. El fenómeno importante sería la represión origina­


ria, cubriendo el autoerotismo espontáneo de la chiquilla.
Este prolongamiento del período simbiótico más allá de lo
deseado traiciona varios deseos maternos: adormecer a su
hija, devolverla al estado fetal, excediéndose en su rol de
para-excitaciones; intento “terapéutico” (en el intento de D.
W. Winnicott) de reparar las particularidades libidinales
cualitativas y cuantitativas iniciales, y por último retener
a su hija fuera del grupo de los hombres según un vínculo
homosexual privilegiado. La antítesis es entre vagina de la
niña y el par vagina-útero de la madre. A la inversa, “la
madre rompe de manera intermitente la fusión narcisista
con su hijo varón y lo toma por objeto erótico” (M. Fain).
Como hemos m ostrado, esta represión originaria tiene
como resultado una renegación de la erogeneidad de ciertas
zonas corporales, en este caso la vagina y sus representa­
ciones. El órgano existe y la niña puede saberlo, se le niega
su erogeneidad y, sin embargo, la representación susten­
tada por el autoerotismo se borra. Continúa planteada la
cuestión de la representatividad de la vagina. El autoero­
tismo y la representación de la vagina se han hecho impo­
sibles pues la comunicación de esta pérdida se ha tornado
innombrable; la chiquilla es una “criptófora”,59 carga con
una pérdida narcisista, la de un placer clandestino ligado a
un secreto intrapsíquico inconfesable (el de la complicidad
madre-hija antes mencionada), embarcado en la construc­
ción del yo ideal; los fantasmas y prácticas de incorpora­
ción marcan el fracaso del proceso de introyección, fracaso
que reside en la exclusión de la zona erógena vaginal.
Esta renegación ante-edípica es una renegación de
desarrollo; queremos decir, una renegación a mantener.
Casos clínicos donde la represión originaria es “insufi­
ciente” (chiquilla “demasiado desinvestida” o excitada por
una madre fascinada por ella como en espejo) ofrecen la
contraprueba; la vagina persiste entonces como zona de
autoerotismo que a la hora de la organización edípica ten­
drá que especificar su objeto.
3. Los intercambios mutuos organizan en su espacio-
tiempo la armonía del cuerpo erógeno; por un juego com­
plejo de desplazamiento, en estos momentos se estructura­
ría la fem inidad de envoltura en detrim ento de la
feminidad orificial. Se efectúa aquí un coartamiento del
autoerotismo vaginal, pre-forma de la represión secunda­
ria. El cuerpo erógeno de la pequeña tendría que evolucio­
nar comprendiendo cierto “silencio vaginal” que aparece a
mínima como contrato tácito en el seno de los patterns
madre-hija, contrato de filiación de las mujeres. Un intento
de ru p tu ra de este contrato pondría inm ediatam ente en
escena el peligro de la madre arcaica. Se concede a la chi­
quilla la posibilidad de separarse de su madre si renuncia
a su sexo; el retomo de éste plantea, a contrario, el de la
simbiosis de la imago m aterna primordial. Se estableció
una dialéctica entre el “nada” \rien\ que definiría entonces
al sexo femenino a esta edad, y la dramática pregenital. La
vagina de la niña pequeña y la vagina del origen (en gran
parte su proyección) revelan ser enemigos irreconciliables.
La clave del tratado de paz sería una laguna de un territo­
rio corporal. La neurosis infantil, originada como estruc­
tu ra y teoría m origeradoras de las angustias arcaicas,
organiza en la niña pequeña una contrainvestidura pri­
mordial de la libido vaginal. La ley fálica es contrafóbica en
el sentido más arcaico de este término, el de la angustia de
lo extraño: “La construcción fálica en las niñas es probable­
mente una construcción defensiva secundaria antes que un
verdadero estadio del desarrollo”.60
Repudiación, las teorías sexuales infantiles son las
corazas más sólidas para sustentar la renegación de la
vagina. Sería absolutamente necesario proponer como pri­
mera esta segunda problemática de la feminidad. La niñita
“descubre un sexo, el del varoncito; ella no lo tiene”. La
sexualidad fem enina pasa a ser un “como si”. El pene
puede estar entonces presente (clítoris), envidiado, imagen
de identificación del cuerpo entero (virgen fálica). La
vagina “ya no es una concavidad con función erótica sino
un vacío, una falta, la vagina pasa a ser, podríamos decir,
la p an talla negra del sueño, lugar de las inscripciones
más primitivas; la anatomía se hace tópica, el órgano se
vuelve concepto o pre-concepto metapsicológico”.61 Segui­
mos en esto el razonamiento de M. Klein (comparable ade­
más al de K. Horney) en su búsqueda del equivalente feme­
nino de la angustia de castración: “El Edipo de la niña no
se instala indirectamente gracias a sus tendencias mascu­
linas, sino directamente bajo la acción dominante de sus
elementos instintivos femeninos”.62 El contenido renegado
retom a en las teorías sexuales infantiles en relación con
los orificios corporales, excluyendo la vagina, y en relación
con la vagina propiamente dicha apuntando a circunscribir
en la madre edípica los peligros de la hiancia arcaica.
Distingamos dos ejes del reencuentro puberal:
1. En nombre de una verdad, es decir, de un secreto
oculto de la prim era edad entre la madre y la hija, la femi­
nidad vaginal, la feminidad del interior del cuerpo se bene­
ficia con la problemática puberal debido a la asimetría edí­
pica (desinvestidura materna) y al “antifalismo” reinante.
Una expresión ejemplar de la dialéctica que se juega entre
Eros femenino y sexualidad infantil es el tabú de la virgini­
dad: su exactitud es rígida en ciertas sociedades; sus refi­
namientos son perceptibles en nuestras semiologías occi­
dentales; en ellas la vagina es reconocida, prohibida y
temida.63
2. La problem ática del cuerpo erógeno domina la
escena. La adecuación sorprende a la adolescente repi­
tiendo las experiencias ante-edípicas. Vuelve a encontrarse
con la problemática originaria y con la renegación. El argu­
mento de la fractura de historia es el desconocimiento de la
feminidad interior y de los métodos utilizados para mante­
nerla escindida del yo. La historia de tales feminidades64
resumidas en pocas páginas m uestra la obediencia expre­
sada por estas jovencitas a la coartación m aterna primaria,
confirmada en el seno de la organización edípica. A propó­
sito de su creencia en un género “neutro”, tomaremos una
expresión de V Jankélévitch: “Ellas se equivocan al tener
razón”.
A lo largo de este capítulo volvimos a encontramos con
el peligro de una fijación a la posición parental portadora
de atributo fálico respecto del desarrollo puberal, y con la
seguridad que no obstante propone para escapar a las ame­
nazas de lo arcaico. Acabamos concluyendo que la asime­
tría edípica puberal (no sin connivencia con cierta recaída
de la neurosis de los niños) permitiría el ataque de la falici-
dad infantil contenida en el rival parental, independiente­
mente de su sexo. Pronto tendremos que estudiar los proce­
dimientos reparadores de ia herida narcisista así provo­
cada.

B / LA INADECUACION DEL SUPERYO

1 I E l fin de la alianza entre el yo y el superyó

La escena puberal desarrollada por un juego de esci­


sión y aislamiento somete a dura prueba a las represión.
¿Cómo se transforma el superyó por efecto de los ataques
que le inflige el ello? Secuela del complejo de Edipo infan­
til, ¿puede adaptarse al trayecto del Edipo narcisista?
Su inadecuación para m antener la organización edípica
tiene origen en la entrada del niño en las categorías de lo
posible edípico. Si el niño se deja prohibir primero por sus
padres y después por su superyó, es sin duda por temor y
amor al interdictor, pero igualmente por ventaja narcisista.
El beneficio de ser forzado es poder considerarse potencial­
mente potente. Al amar al interdictor, el niño evita la auto-
evaluación de su debilidad y persiste en la falsa apariencia
de una realización. Prefiere la obediencia a la comproba­
ción de impotencia. Las dos comunicaciones de C. Luquet-
Parat y B. Grumberger65 desarrollan este punto analizado
ya por E. Jones y que aquí resumimos: la insuficiencia nar­
cisista del niño lo incita a invocar la amenaza del padre
como protección, y crea el complejo de castración. El
superyó, sin cicatrizar la herida narcisista permanente de
la neotenia, la enmascara, enfría su violencia. Más que
amordazar al niño, lo anestesia. La angustia de castración,
tributo concedido al desarrollo, implica economizarse la
certeza claram ente infantil de la castración. El superyó
presta al yo el servicio de m antener una potencialidad sufi­
cientemente buena o, digamos, transicional, a falta de su
omnipotencia original. Nace donde la omnipotencia del
conjunto madre-hijo se separa. El superyó ama al yo y el yo
al superyó. A contrario, una inadaptación del superyó en la
infancia es contemporánea de una fragilización del yo.
El fin de la neotenia infantil modifica la situación de
estas dos instancias: la prohibición ya no apuntala la impo­
tencia, impide la potencia nueva. Impide la realización del
fantasma, del cumplimiento edípico que borraría el traum a
inicial y perm itiría la reconquista de la omnipotencia origi­
nal. (¿No debe acaso “reprimir el sexo secundario”?) El pre­
cio del mantenimiento de la alianza con el superyó se tom a
pesado para el yo. En la pubertad, el superyó lastima al yo,
el yo desconfía del superyó. El superyó se debilita por la
pérdida de su aliado. En síntesis, ¡el amor entre estas dos
instancias se complica en su detrimento! El analista com­
prueba diariam ente que las interpretaciones que ponen en
prim er plano al superyó producen en el adolescente un
efecto de defensa paranoica, como si considerásemos dema­
siado débil su capacidad reactiva yoica. El adolescente
tiene razón para desconfiar de sus recuerdos de infancia
relatados en sesión. ¿No mostramos acaso que la propia
escena puberal funcionaba como interpretación salvaje? El
porvenir del sujeto se juega con la flexibilidad, así como la
solidez de las alianzas infantiles pasadas posibilitan la
aventura de su separación relativa gracias a nuevos siste­
mas de apoyo estratégico.

El fin de la neotenia señala la paradojalidad en la que


se interna el funcionamiento del superyó. Si funciona, las­
tima al yo; si se abstiene, el yo es desbordado. Retengamos
dos formulaciones:
1. De los dos ingredientes constitutivos de la ley de cas­
tración66 subsiste uno solo: el verbo de la interdicción atri­
buido en instancia al padre, menos como una proyección
primordial que en una delegación previa. La prohibición
del incesto, que marca la diferencia de generaciones, es
una amenaza que ya no tiene por prueba a la anatomía. Si
la inmadurez biológica hizo fracasar al complejo de Edipo,67
la pubertad lo hace surgir de sus cenizas cual ave Fénix.
Un superyó que no fue en lo precedente suficientemente
fuerte, no corre el riesgo de serlo hoy. De manera retrocedi-
ble, el fracaso en resolver el complejo de Edipo en la infan­
cia se afirma hoy por lo que denominamos la inadaptación
puberal del superyó. El niño púber pierde su inocencia y
descubre “la Ley-del-Padre” en un cristal depurado de su i
justificaciones naturales; en ningún momento de la vi : i
aparece tan diferenciada, tan escindida de la debilidad ae
la carne. Además, la ley se dirige tan sólo a un sujeto reco­
nocido como capaz. El delincuente no puede ser ni menor
ni alienado.
2. De las dos creencias en la r e a lid a d ,trabajo infantil
de lo negativo, una sola queda intacta’, el principio de reali­
dad mantenido en oposición al principio de placer: la repre­
sión.69
La prueba de realidad se debilita. Lo que advenía de la
historia de los padres o de los hijos no podía ser confundido
con los fantasmas edípicos incestuosos y asesinos; las dos
líneas separadas por la neotenia evitaban la confusión
entre percepción y representación. La prueba de la imposi­
bilidad edípica (tener un hijo del padre, hacerle uno a la
madre, m atar al padre odiado) incitó en su tiempo al niño
al cambio latente.70 Lo real puberal negativiza lo negativo
(neotenia) de la prueba de realidad incluida en los procesos
de latencia71 y deja gran espacio a la omnipotencia.72 Así
pues, la represión en el momento de desfallecer la prueba
de realidad es la instancia que debe asegurar la continui­
dad con la realidad edípica infantil. Su funcionamiento es
tributario de una función paterna depurada.

En la obra de S. Freud el ideal del yo es poco disociable


del superyó. Extiende su evolutividad desde su funda­
mento (yo ideal) que incita a madre e hijo a la separación a
fin de reencontrarse según el modelo de la misma perte­
nencia simbólica, hasta el amor al interdictor, que conduce
a la introyección superyoica. Su representación-modelo
sella el lazo entre el yo y el superyó, entre la separación y
la prohibición anónima; ella refleja, como estampando una
firma, vis ble, el pacto tácito entre las dos instancias. Ten­
dremos ocasión de volver ulteriorm ente sobre la idea
siguiente: el superyó y el ideal del yo, confundidos en la
infancia y en lo infantil, se escindirían a partir de la
pubertad. El ideal del yo de adolescencia o, mejor dicho, en
esta etapa, los ideales del yo, adquirirían su autonomía:
sus representaciones se desarrollarían en la grieta misma
de la alianza entre yo y superyó; m arcarían su ruptura.
Recojamos una formulación frecuentemente utilizada por
F. Pasche: el superyó es una potencia tutelar que ama al
sujeto; sin esta alta protección surge la depresión, se fragi-
liza la realidad. El amor del superyó, que reasume (con
una parte proyectada) el dirigido al padre, se elabora en el
ideal del yo. E sta libido que abandona al superyó en la
pubertad señala la autonomización del ideal del yo. La
aspiración que estas representaciones ideales provocan
sobre el yo autorizaría entonces un trayecto diferente y ori­
ginal con respecto al impuesto por el superyó (que se ha
quedado en la línea de la alianza infantil). Estas nuevas
recomposiciones del yo y del objeto constituirán el argu­
mento principal de lo adolescens (que aquí no podemos
desarrollar), reconstruyendo la realidad y sus nuevas prue­
bas.

2 l L a incitación erotóm ana y paranoica del superyó

Puesto que el “discurso del superyó” ya no se apuntala


en la lógica del cuerpo y de los acontecimientos, el adoles­
cente en condiciones de tener un desliz se ve forzado a pro­
bar su inocencia a un interdictor anónimo. Está sometido a
una amenaza de sanción sin prueba, en razón de la única
dimensión de su potencialidad para crear escenas pubera-
les. Se lo puede comparar con aquel personaje de Kafka
que, despertado una mañana en su lecho por dos inspecto­
res, debe hallar y probar su falta ante la administración a
fin de poder corregirla después o de recibir la correspon­
diente condena. Kundera73 relata la historia de un inge-
niero que, de vuelta en Praga tras una temporada profesio­
nal en Londres, ciudad en la que siente deseos de que­
darse, lee con sorpresa en el periódico de la m añana que se
había pasado a los ingleses, y ahí está, condenado a probar
el evidente error ante personas supuestamente competen­
tes; m ientras busca una prueba de su presencia en la ciu­
dad, la paradoja quiere que se lo vigile o que se sienta vigi­
lado. Más tarde regresa a Londres.
El adolescente está forzado a hu rg ar en su pasado
puberal y a buscar un abogado. La falta de pruebas en
m ateria de hechos hace correr un riesgo a la inocencia y a
la existencia de la realidad. Para demostrar la idea de una
incitación paranoica en el seno de lo puberal utilizamos de
buen grado la argumentación de A. Green:74 el régimen de
la complementariedad de los sexos implica representacio­
nes parentales de dos orígenes:

— uno centrífugo, para el cual la represión está desti­


nada;
— otro centrípeto, para el cual la represión no está
casi adaptada,

De este modo, el sujeto se queda en la mera presencia


del solo deseo del progenitor (erotomanía), estando borrado
el suyo propio, deseo cuya inversión es persecutoria. En un
mismo orden de ideas, el adolescente se plantea la cuestión
del perjuicio de la castración infantil y de la interpretación
que puede hacer de ella a posteriori. Las ideas y actos
puberales se presentan como realizaciones de la promesa
incluida en la teoría de la castración infantil. La renuncia
de la latencia se había efectuado bajo los auspicios de un
proyecto: “cuando seas grande”, “cuando yo sea grande”. La
voz del superyó en la pubertad sugiere la locura de que el
adolescente intente realizar este proyecto. Tenemos la sen­
sación de que el adolescente se encuentra ante una elección
de caracteres: en uno, primero, se contenta con confirmar y .
justificar su culpabilidad infantil; por este sesgo mantiene
la continuidad existencial de la angustia de castración; se
desvía de lo puberal. S. Freud75 piensa, de acuerdo con un
segundo modelo, que el perjuicio sufrido en la infancia
otorgaría derechos: “Todos nosotros exigimos un resarci­
miento por her>das precoces de nuestro narcisism o, de
nuestro amor por nosotros mismos”. Un corolario sería la
peculiar resistencia consistente en no aceptar las reglas
habituales de la cura que imponen diferir “más” las satis­
facciones, y el sentimiento de tener derecho a reparación.
La paranoia corriente es la contraparte de la megalomanía
edípica.
El adolescente es m ás sensible que nadie a lo que
separa a la castración de la am enaza de castración, es
decir, el perjuicio y la amonestación parental. ¿Qué cosa en
el aporte puberal perm itiría curar de la castración? ¿Qué
pene nuevo aportaría la pubertad, sin los riesgos del prece­
dente y, como corolario de este derecho de tenerlo (sinsen-
tido de la angustia de castración, curación de la envidia del
pene), el derecho a usar de él con la convicción de que sólo
este uso perm ite re s ta u ra r el narcisismo? Desde una
misma perspectiva, S. Freud habla del amor verdadero, al
que define como “desbordamiento de la libido” que suprime
“las represiones y restau ra la perversión”.76 Lo puberal,
sus presiones, sus ideas, sus prácticas marcan la fascina­
ción del ideal sexual freudiano (bien diferente del ideal del
yo). Volvamos a los términos de la elección: de acuerdo con
el primero, la problemática de la castración y la investi­
dura fálica del pene son preservados: la prohibición se per­
petúa en detrim ento de la novedad puberal. Por el
segundo, la problemática de la castración puede ser curada
si se arroja uno en lo puberal; el ideal sexual anima la res­
tauración del perjuicio infantil Dadecido.

La inadaptación del superyó lo incita a buscar apunta­


lamiento.
La instancia sale del anonimato en el que funcionaba
desde la fase de latencia y recobra su prestancia. Con ello
su interioridad se pierde parcialm ente. La prohibición
im puesta por los padres es nuevam ente referida al dis­
curso del Padre, m ás o menos ideológico y totalitario.
Vuelve a convertirse en un segundo origen de la categoría
ideal que simboliza. Rechazado en su base constitutiva, el
superyó se acercaría a ese padre primordial, aquel cuya
Ley es desinvistiente respecto de la madre arcaica y simbo­
lizante. No estamos hablando ni de objeto superyoico ni de
representante del superyó, sino de figura interdictora sus­
tituida al superyó. Las imágenes parentales así recreadas
son internas y/o externas. No hay mejor apoyo para el yo
infantil (en detrimento del yo puberal) que las figuras de la
interdicción así creadas dotándose de características idea­
les objetales, en detrim ento de la construcción de los
ideales originales del yo. El apuntalamiento del superyó (a
fin de m antener la realidad infantil) impide la autonomía
de las representaciones ideales del yo. E ntre el coarta-
miento infantil mantenido por los primeros y la aspiración
de los segundos a crear nuevas realidades adolescentes, la
oposición tiene efectos múltiples:
a) Dependencia del sujeto respecto de sus representa­
ciones parentales internas o externas, incitando a confron­
taciones con los padres reales. El grado de exteriorización
de la figura de la Ley es de una gran importancia metapsi-
cológica.
Denise, de diecisiete años, se encuentra en psicoterapia
a causa de dificultades escolares y relaciones en su familia
que revisten el aspecto de una neurosis de carácter. En el
curso de una misma sesión, una interpretación pudo con­
frontar las tres secuencias de su narración:
— Frente al colegio, sus tiernos abrazos con su amigo
y am ante son interrum pidos por la asistente social, que
dice: “Esto no es un burdel, un zoco...”. El dicterio la hace
llorar el día entero, que pasa en la enfermería para encon­
tra r confidente; reprime su agresividad, que se expresa a
posteriori en sesión contra esa mujer a la que califica de
“obsesionada” y de “reprim ida sexual” (términos que en
otras ocasiones había utilizado respecto de sí misma).
— Esa noche confía su vergüenza a su padre, llorando,
y éste se propone invitarla a comer a un restaurante. La
madre llega poco después y se opone al proyecto por moti­
vos... financieros; el padre renuncia.
— Denise menciona el alivio que siente al relatarm e
estas escenas, y expresa la queja de oír a su madre hablar
con tanta frecuencia de los gastos causados por su psicote­
rapia, pese a que la Seguridad Social los reintegra en su
totalidad: ella “se culpabiliza sin embargo por ser gasta­
dora”.
6) Investidura coartadora de las posiciones fálicas e
incitación a la sumisión homoerótica infantil. La reactiva­
ción de su dialéctica entre figuras parentales infantiles y
actuales autoriza la posibilidad de una reorganización de
la instancia superyoica. Sin embargo, esta investidura se
opone a la desinvestidura erótica de que son objeto las
posiciones fálicas por hecho puberal. Los fenómenos psíqui­
cos de pubertad, por sus efectos superyoicos, refuerzan de
manera defensiva la homosexualidad infantil. Este reforza­
miento contribuye a crear una figura (contradictoria) que
más adelante describiremos bajo el título de progenitor
grandioso.77
c) Su corolario es el borramiento de la prohibición en
beneficio de la frustración con respecto a la figura valori­
zada y coartadora. Esta evolución actúa como una revivis­
cencia de la posición parental y concretamente paterna en
la neurosis de los niños aquí en recaída. De m anera regre­
siva, el objeto idealizado y la fuente de prohibiciones se
confunden de nuevo. El régimen de la culpabilidad y de la
falta perdonable se retira en beneficio de la inferioridad y
la vergüenza. Sabemos (especialmente en la clínica de la
depresión) que la prim era es más fácil de negociar que la
segunda. “El muchacho” culpable de Franfois M auriac
ocupa un lugar muchísimo menos difícil que el “Lafcadio”
de André Gide.
d) El apuntalam iento sobre la figura m ás o menos
encarnada de la autoridad parental incita a una nueva
sumisión/oposición a la familia entera, que los medios de
comunicación de m asas gustan de pregonar. Sitúa como
estrella al jefe de familia y con él a lo sociocultural. Así, el
siglo XIX demandó a la religión, los pedagogos y la medi­
cina cantidad de argumentos para frenar la masturbación.78
La adolescencia, incluso para ciertos psicoanalistas contem­
poráneos, puede concebirse como edad sin freno ni defensa:
adolescente varón peligroso, adolescente mujer en peligro.79
El superyó puberal incita a la paradoja: m uralla capaz
de sustentar la realidad y su funcionamiento, cuando este
superyó se apuntala en una figuración del progenitor fálico
infantil favorece el atolladero de la elaboración edípica
negativa.

3 / Lo puberal como reactivación estructural a n a l

El conjunto de los fenómenos así descritos incita a con­


cebir lo puberal desde el ángulo de una reactivación estruc­
tural anal, relación genital sobre el modelo anal, comple­
mentariedad del adentro y el afuera, separaciones de las
representaciones parentales que no pierden por ello su pro­
blemática edípica (así formulábamos que Edipo se encon­
traba sucesivamente con Layo y con Yocasta), dominante de
la creación im aginaria del progenitor que sustituye con
una relación de dos el triángulo edípico (en otra parte bi-
triangular), sustitución de la culpabilidad superyoica por
la vergüenza ante una figura parental frustrante, volvién­
dose im pura la sexualidad genital frente a la inocencia
infantil. En síntesis, están presentes los mecanismos de
defensa de la analidad, idealización del objeto y aisla­
miento. El status del cuerpo según lo describe M. Laufer en
el breakdown, evoca una organización anal; al interior del
cuerpo continente y contenido pasa el límite entre el aden­
tro y el afuera, al mismo tiempo es arrojado y guardado,
aislado y mantenido. El concepto de madre fálica hace refe­
rencia a esta organización regresiva anal. En repetidas
oportunidades recordábamos la conceptualización perversa
y fetíchica de lo puberal, en cuyo seno el otro sexo comple­
mentario remite al pene materno,80 la escena puberal a la
escena primitiva.81
Resumamos los elementos presentes en la organización
puberal:

presión de la experiencia originaria;


horror a las interpretaciones e investiduras inces­
tuosas;
inadaptación de un superyó frente a la entrada en
la categoría de lo posible edípico y buscando nuevo
apuntalamiento;
prueba de realidad vacilante.

El porvenir está en el yo. He aquí una vieja idea con­


cerniente a la adolescencia. Sus caminos son los de la
mediación entre pares antinómicos: ello y realidad exterior,
ello y superyó. Su objetivo es el dominio de la nueva posibi­
lidad incestuosa. Por esta circunstancia otorgamos un
lugar central al trabajo de desexualización o neutralización
inherente a la constitución del yo como objeto libidinal, y
desde ese momento susceptible de mantenerse y funcionar.
¿Cuáles son los aspectos de este desvío energético del
objeto exterior y de las investiduras segundas emanados
del yo?82

Se oponen radicalmente dos estrategias de neutraliza­


ción:
1. Una, argumento del capítulo 5, es perjudicial; el pro­
ceso es llevado a las fuentes somáticas del ello; el yo, “ante
todo un yo corporal” (S. Freud), se encona con el cuerpo
púber. Da la sensación de cortar la ram a sobre la que está
sentado. Al borrar lo real puberal y su experiencia, salva la
prueba de realidad infantil e impide la reconstrucción de la
realidad de la adolescencia.
2. La otra estrategia intenta dominar el trayecto pul-
sional a nivel de su fin en el objeto puberal: describimos
tres modelos de neutralización de las representaciones
parentales:
a) En el presente capítulo 3 seguimos la evolución de la
introyección de las posiciones parentales fálicas de
infancia. El capítulo 4 mostrará la cualidad irreemplazable
del apuntalamiento que el yo toma de este trabajo.
b) En el capítulo 2 perfilábamos lo que conviene espe­
rar de la puesta en duda de la convicción que anima a la
escena puberal. Ella formaliza la etapa previa del trabajo
adolescens: secundarización de lo puberal, introducción de
las categorías de la identificación y del ideal del yo, recons­
trucción de una realidad “casi” conforme con la de la infan­
cia.
c) Consideramos necesario introducir en este marco teó­
rico el concepto descriptivo de obsolescencia: designa un
proceso de desinvestidura parental en la dimensión de su
realidad física, de su carne. El trabajo de desconvicción
representativa de las escenas incestuosas no sería posible
sino partiendo de cierta desencamación parental. E sta
arroja una duda sobre el atractivo del cuerpo de los padres
en la prueba de realidad, cuya dificultad así aligera.83 Su
trabajo está enteram ente orientado hacia la realidad exte­
rior. Se centra en la cualidad de las representaciones y no
en la cantidad pulsional subyacente a éstas.
Obsolere significa, según el diccionario Larousse, “caer
en desuso”. La desclasificación tecnológica individual viene
dada por la aparición de un material más moderno, mejor
adaptado; señala la renuncia a un instrum ento conside­
rado como insuficientem ente eficaz p ara su utilización
hum ana. Sería declarada “obsoleta” la utilización del
objeto parental en beneficio de objetos nuevos.
La conceptualización se inspira en dos reflexiones muy
diferentes:

— la de M. Fain84 después de D. W. Winnicott sobre la


capacidad para estar solo;
— la de D. Lagache85 sobre los mecanismos de des­
prendimiento.

1. El proceso tra ta de la capacidad de un niño púber


para elaborar fantasm as edípicos fuera de la presencia
física de sus padres deseantes. Con estos últimos calificati­
vos no queda implicada la oposición entre la corriente sen­
sual y cariñosa (la idealización de las representaciones
parentales). Sin embargo, esta oposición se prepara. El dis-
tanciam iento del objeto incestuoso va a la par con una
espera que sería menor respecto del apuntalamiento narci­
sista parental, tal como lo sum inistra la presencia física de
un progenitor no deseante (o de los dos). La obsolescencia
es la defensa fundam ental que puede oponer un adoles­
cente a lo puberal de sus padres.86 Hipólito habría evitado
la muerte gracias a este proceso. Se la puede definir como
una capacidad del sujeto para desprenderse de la interpre­
tación incestuosa de la experiencia puberal, en la parte
surgida de las posiciones parentales actuales. Denunciar
este “contrato” puberal deja entender que la adolescencia
del adolescente implica la de sus padres. Si Layo y Yocasta
no retienen o han dejado de retener la atención del viajero,
es sin duda porque éste se encuentra menos acosado por
ellos. “Aparato de descreer” en la coincidencia carnal pube­
ral, permite al adolescente tra ta r lo experimentado como
un asunto interno a él mismo que restringe las potencias
exteriores. La cualidad del proceso de obsolescencia se
apuntala sobre elementos que favorecieron la solución del
conflicto edípico. La atracción de los padres no es tan
fuerte. La vida familiar se ve con ello muy simplificada sin
referencia a la barrera del incesto. La potencia incestuosa
queda en condicional: “sin embargo es imposible”.
Así pues, la obsolescencia, como la capacidad para
estar solo, aparece como un proceso interactivo de desin­
vestidura de la realidad concreta susceptible de perm itir la
elaboración de los conflictos. Recae a la vez sobre la dimen­
sión excitante de la realidad exterior y sobre el aspecto
fru stran te que le viene del interdictor apuntalando el
superyó puberal.
2. La obsolescencia es, desde luego, distinta de la repre­
sión o de la proyección. La idea general que le convendría
sería la de superación87 (Überwinden).88 Se dirigiría de pre­
ferencia al ob eto incestuoso físicamente presente cuyo
deseo es un obstáculo, una resistencia al desarrollo y a la
maduración. La idea de renuncia está presente de la
misma m anera. Situamos ambos procesos en la línea de
la inhibición del fin de las pulsiones. Remiten a esa fuerza
que incita al aparato psíquico a desarrollarse, que S. Freud
localiza gustoso y que D. W. Winnicott desarrolló como se
sabe. “Todo lo que sabemos (por otra parte) nos fuerza a
suponer que existe una tendencia a superar las fijaciones
infantiles.”89 M ientras la “posibilidad incestuosa” no es
reconocida y obsoleta, el niño no podría más que “sucumbir
a la represión” de sus emociones edípicas. La superación
vuelve su negociación hacia la prueba de realidad a fin de
facilitar su choque con la exigencia pulsional. Mediante el
juicio que emite sobre la realidad exterior, intenta sortear
la presión del ello; en síntesis, desprender el yo, acorralado
entre una y otro, y liberar así la puesta en escena fantas­
mática que hasta entonces no había tenido tiempo ni espa­
cio psíquico para desarrollarse. Citemos a S. Freud: “Casi
siempre ocurre que estos deseos son simplemente suprimi­
dos por la reflexión en el curso del tratam iento. Aquí la
represión es reem plazada por una suerte de crítica o de
condena. Esta crítica es más fácil por cuanto recae sobre
los productos de un período infantil del yo. En otro tiempo,
el individuo, débil por entonces e incompletamente desa­
rrollado, incapaz de luchar eficazmente contra una inclina­
ción imposible de satisfacer, sólo había podido reprimirla.
Hoy, en plena m adurez, es capaz de dominarla (beherrs-
chen)”.90 El juicio emitido sobre la relación real con los
padres hace hoy posible su dominio, lo que en la infancia
no ocurría. La obsolescencia define la superación del com­
plejo de Edipo por una reflexión o un juicio sobre las posibi­
lidades parentales reales, susceptibles en la edad de la
pubertad de ser aprehendidas con mayor objetividad. El
juicio recae, por supuesto, sobre los padres reales con el
prisma de sus imágenes. Funciona como una puesta en
duda o una incitación a deshacerse de ellos, a separarse de
ellos. Recae igualm ente sobre las ventajas del encuentro
del objeto potencialmente adecuado, cuyo valor funcional
se subraya.

Este mecanismo de desprendim iento específico en el


adolescente hace pensar que la censura existente entre
preconsciente (Pcs) y consciente (Cs), la segunda censura9*
(especialmente la del juicio de condena, pero tam bién de
existencia y atribución concerniente a la realidad exterior)
podría no estar presente sino a partir del aporte “loco” de lo
puberal y de las negociaciones que impone de nuevo al yo y
a veces con urgencia. Concluyamos con esta más que inte­
resante observación de S. Freud: “Sólo en el momento de la
pubertad se instaura como regla general una separación
clara y definitiva del contenido de los dos sistemas” (Cs y
Pcs).92

NOTAS

1 En la revista Adolescence hemos traducido dos textos de P.


Blos y consideramos que definen acabadamente el conjunto de su
pensamiento. P. Blos, “Fils de son pére”, Adolescence, 3, 1, 1985,
págs. 21-42; “L’insoumission au pére ou reffort adolescent pour étre
masculin”, Adolescence, 6, 1, 1988, págs. 19-30.
2 Cf. la discusión que tuvimos en el coloquio organizado por la
International Society for Adolescent Psychiatry en Montreal, el 25 de
julio de 1987, y nuestro texto en su decurso. P Gutton, “Homme et
son fils”, Adolescence, 6, 1, 1988, págs. 31-36.
3 D. Widlocher, intervención a raíz del informe de S. Lebovici
“L’expérience du psychanalyste chez l’enfant et chez l’adulte devant
le modéle de la névrose infantile et de la névrose de transferí”, Rev.
fr. Psychanal., 44, 5-6,1980, págs. 1053-1057.
4 En estas líneas no se trata de la homosexualidad adolescente;
su continuidad y su discontinuidad con la homosexualidad infantil
son un objetivo del número “Homosexualité” de la revista Adoles­
cence, 7, 1,1989.
5 Muchos autores hablan de madre fálica; en la pág. 172 volve­
remos sobre esta reserva de F. Pasche: la madre es fálica porque su
hijo siguió siendo su falo interno (F. Pasche, “Note sur la structure et
l’étiologie de l’homosexualité masculine”, Rev. fr. Psychanal., 9, 4,
1965, págs. 349-355). Este razonamiento parece igualmente perti­
nente en lo que concierne al padre preedípico estudiado por P. Blos.
6 El debate continúa, en lo referente al padre grandioso, en el
cap. 5, B.
7 Tratamos precedentemente sobre el problema del nexo entre
preedípico y edípico en lo puberal (cf. cap. 1). En el niño pueden sepa­
rarse y juntarse a un lado y otro de un límite mediante un juego
regresivo (en el marco de la neurosis de los niños). Después de los
kleinianos, los psicoanalistas de niños saben que el Edipo infantil,
nunca resuelto, no simboliza lo preedípico más que parcialmente. En
la categoría de lo puberal, preedípico y edípico encuentran otro
modelo para una interacción sobreinvestida, violenta y sin límite;
como corolario, el estado límite (en el sentido de la escisión del yo)
pasa a ser mal tolerado. Sólo se puede tolerar la regresión si un
límite la refrena. Para formularlo esquemáticamente (cf. capítulo 2,
A, 2), el adolescente “debe” ser histérico de manera más estricta que
el niño, cuyo trabajo de histerización inconclusa él prosigue. La his­
teria adolescente es más intolerante a lo pregenital que la histeria
infantil.
8 C. Luquet-Parat, “L’organisation oedipienne du stade géni-
tal”, Rev. fr. Psychanal., 31, 5-6,1967, págs. 743-912.
9 S. Freud (1905), Trois essais sur la théorie de la sexualité,
París, “Folio”, Gallimard, 1986.
10 La diferenciación es necesaria, auténtica fractura de la ambi­
valencia del objeto’, sólo sería posible una relación genital en la
medida en que el sujeto proyecte sobre otro, separado del partenaire,
todo un conjunto de configuración y afectos que durante la infancia
convergían sobre el tercero edípico. Sabiendo que a este conjunto de
otros se lo mantiene lejos de la relación actual. La necesidad recae
sobre un tercero real y no sólo fantasmático cuando el sujeto se com­
promete en una relación dual, genital.
11 Este caso clínico nos fue relatado en un grupo de trabajo.
Agradecemos a A. Victol, cuya tesis de doctorado actualmente en
curso tiene por tema la “Homosexualidad en la adolescencia”.
12 Los pocos elementos de esta observación no nos autorizan una
posición terminante favorable o desfavorable en cuanto a la interven­
ción. Pensamos que es un tanto imprudente ligar demasiado pronto
en una consulta terapéutica o en una primera entrevista las escenas
(recuerdos y fantasmas) de estas dos líneas: o bien seguimos la direc­
ción de la fuga de ideas de esta adolescente, o bien atacamos sus
defensas; para ser más precisos, su represión. El resultado sería el
reforzamiento de una transferencia ya masiva desde las primeras
sesiones y eventualmente la interrupción de tratamiento.
13 Hemos encontrado ejemplos en las teorías médicas sobre ado­
lescentes aquejados de enfermedad somática. Cf. P. Gutton, “La
maladie, táche aveugle”, Adolescence, 3, 2 , 1985, págs. 177-224.
14 Así lo expone M. Fain: “La imagen del padre es apartada cada
vez que se forma un grupo que incluya un conductor... El adulto
joven forma parte casi siempre, en cuanto al ejercicio de su sexuali­
dad, de un grupo imaginario cuyo conductor es Don Juan”. Hay en el
proceso de adolescencia un refuerzo narcisista en cierto modo necesa­
rio, constituido por esta proyección sobre la figura de Don Juan
hasta el momento en que el sujeto pueda ser de veras “literalmente
aspirado por la visión de una mujer”. M. Fain insiste en la importan­
cia de esta escisión situándola con pertinencia en una problemática
anal. D. Braunschweig y M. Fain, Eros et Antéros. Réflexions psycha-
nalytiques sur la sexualité, París, Payot, 1971.
15 Cf. el ejemplo de Franpois (retomado en el cap. 5, E) en P.
Gutton, “Transactions fétichiques á l’adolescence”, Adolescence, 1, 1,
1983, págs. 107-125; cf. igualmente “Avoir la masculinité du pére”,
Adolescence, 7, 1, 1989, págs. 75-95.
16 A. Green, “Le genre neutre”, Nouvelle Revue de Psychanalyse,
7, 1973, págs. 251-262.
17 M. Laufer, “Psychopathologie de l’adolescent. Quelques prin­
cipes d’évaluation et de traitement”, Adolescence, 1, 1, 183, pág. 17.
18 Cf. cap. 5.
19 A. Green, Narcissisme de vie, narcissisme de mort, París, Ed.
de Minuit, 1983, pág. 212.
20 “¿Quiere usted que impuros asesinos destruyan el altar y
prendan fuego a los querubines?” {Atalía, Racine). Si nos remitimos
a la Encyclopaedia Universalis, Querubín es considerado en la jerar­
quía angélica conforme a Dios por el volumen de conocimiento, la
aptitud para contemplar a Dios, para recibir los más elevados dones
de su luz, acoger en sí la plenitud de los dones que dan sabiduría y
comunicarlos a las esencias inferiores.
21 A. Rouselle, “Le glaive d’Abraham”, Le pére, París, Denoél,
1989, págs. 481-500.
22 D. Braunschweig y M. Fain, Eros et Antéros. Réflexions psy-
chanalytiques sur la sexualité, ob. cit., págs. 142-150. a
23 La aspiración que contiene apunta a una reunificación, a una
reunión más que a una unidad constituida. Asimismo, el adolescente
se halla en pos de una persona mítica que lo comprendería perfecta­
mente según sus dos deseos diferentes.
24 Sobre la androginia a finales del siglo XIX, cf. el artículo de F.
Cachin, “Monsieur Vénus et l’ange de Sodome. L’androgyne au temps
de G. Moreau”, Nouvelle Revue de Psychanalyse, 7,1973, págs. 64-69.
Véase igualmente el artículo de Michéle Sala, “Gustave Moreau, la
bisexualité ou la belle indifférence”, Psa. Univ., 4, 14, 1979, págs.
283-311.
25 Distingamos también aquí entre el fantasma loco de la andro­
ginia y la posición psicótica del hermafroditismo que lleva en sí los
sexos complementarios para experimentar un constante estado de
goce y tener la impresión de pertenecer a lo universal en un senti­
miento “oceánico” (S. Freud [1929], Malaise dans la civilisation,
París, PUF, 1971); ese estado de Nirvana es producto de una formi­
dable regresión narcisista en cuya desembocadura se ha perdido toda
subjetividad para convertirse tan sólo en objeto del deseo del otro.
Este es el peligro que puede correr el adolescente al creer que el
objeto complementario puede colmar mágicamente su falta. Con esta
óptica hemos juzgado la toxicomanía, la pertenencia a sectas religio­
sas de todo orden..., ¡y hasta la participación en terapias no verbales!
Lograr la “coicidentia oppositorum” satisfaciéndose sólo para alcan­
zar la unidad es lo que puede buscar el masturbador, quien en sus
fantasmas conscientes procura sentir lo que experimentan tanto el
hombre como la mujer en la situación que imagina. Es la misma
coincidencia que intenta lograr la histérica en su “manifestación coi-
tal bisexual” (S. Freud).
“Dios exige que me encuentre en un permanente estado de goce”,
dice el presidente Schreber. Alcanzará este éxtasis cósmico siendo
hombre y mujer en una sola persona al consumar el coito consigo
mismo. Así soluciona el adolescente el agudo problema de la depen­
dencia del otro. Antes de convertirse en exigencia absoluta, para
Schreber fue solamente una “idea” impuesta desde afuera en forma
de sueño: “¡Qué bello sería ser una mujer en el momento del coito!”.
Sin embargo, por nada del mundo realizaría esto, pues lo que quiere
es ser un hombre con todas las letras, un presidente de tribunal
supremo. Pero la idea se transforma en convicción delirante hasta
inducir en su cuerpo transformaciones, signos de feminidad: piel
suave, busto femenino y red de nervios de la voluptuosidad corriendo
bajo la piel del cuerpo entero hasta el punto de experimentar esa
voluptuosidad en todas partes y no sólo en el órgano sexual y su
vecindad inmediata, distinguiendo en lo explícito la diferencia entre
el goce masculino y el goce femenino para un hombre. Esta crisis pre­
senta todos los rasgos de una experiencia mística que, según la defi­
nición del Littré, tiene la “pretensión de ahorrarse un intermediario”.
Los rayos divinos que penetran su cuerpo le proporcionan una
“voluptuosidad de alma” que no implica ninguna estimulación sexual
propiamente dicha.
26 Cap. 1.
27 Examinaremos (cap. 5) el mecanismo de borramiento pulsio­
nal que A. Freud considera específico de la pubertad.
28 H. de Balzac, “Scénes de la vie parisienne”, La comédie
humaine, Bibliothéque de la Pléiade, t. VI, París, Gallimard, 1950,
págs. 79-111. Nuestro comentario se inspira en el artículo de R. Bar-
thes de Echanges et Communications, París, La Haya, Mouton, 1970,
t. 2, págs. 893-907.
29 Mishima se pregunta por qué la gran asíntota de la estética
de los cuerpos humanos es su fugitivo momento de semejanza entre
hombre y mujer (Y. Mishima, Confession d’un Masque, París, Galli­
mard, 1971).
30 No insistiremos, por supuesto, en la delimitación de esas enti­
dades que recordábamos en la introducción y en el cap. 2 de este
libro sobre la base del informe de S. Lebovici (S. Lebovici, “L’expé-
rience du psychanalyste chez l’enfant et chez l’adulte devant le
modéle de la névrose infantile et de la névrose de transferí”, Rev. fr.
Psychanal., 44, 5-6, 1980, págs. 733-857).
31 Después de A. Freud, hace mucho que S. Lebovici y R. Diat-
kine vincularon la carencia en posibilidad de elaboración mental y de
simbolización, la de la peurosis infantil y la repetición sin cambio
estructural de los fenómenos de la primera infancia hasta la adoles­
cencia. Así, R. Cahn, en su seguimiento de una población en el centro
de observación de Vitry, distingue dos cohortes: una formada por
grandes caracteriales con un pasado de graves acontecimientos de la
primera edad y una situación social más o menos catastrófica; la
segunda, más neurótica, sin carencia familiar masiva ni abando­
nismo evidente pero en la cual también aparece en la primera edad
una insuficiencia del holding (separación madre-hijo inoportuna,
depresión de la madre, prematurez, patología somática, etc.). En
ambos casos el elemento importante es, según él, un defecto de inte­
gración primaria. La evolución de estos niños es la siguiente: insufi­
ciencia de la neurosis infantil, no silencio de la fase de latencia, desa­
rrollo de una neurosis del niño en el sentido de S. Lebovici o de
dificultad de carácter. Estos niños “presentan los mismos síntomas
en la adolescencia, lo cual debe ser radicalmente diferenciado de una
crisis de adolescencia propiamente dicha. Lo notable es, por tanto, la
fijeza de las organizaciones patológicas de los primeros años, la
ausencia de cambio del niño en la edad adulta sin fenómenos organi­
zadores y un pensamiento que ha seguido siendo infantil. La sexuali­
dad es vivida según un modelo muy infantil o irrumpe bruscamente
en forma casi delincuente; es considerable la patología cognitiva en
el plano simbólico”. R. Cahn (R. Cahn, “L’évolution des structures
psychopathologiques des enfants inadaptés”, Psychiatr. Enfant, 5, 1,
1962, págs. 255-314) vincula a estos adolescentes con la patología de
falso self, sin autenticidad, rebelde a cualquier intervención de tipo
analítico. H. Segal describía de la misma manera una neurosis infan­
til coagulada en el adolescente, quien no pudo elaborar su angustia
psicótica en una neurosis infantil norma).
32 El falo significante de la función paterna es el índice del buen
sexo. La sexualidad infantil se hace masculina; la diferencia de sexos
está regida por el índice de presencia del significante fálico según la
oposición fálico/castrado.
33 Resumamos los términos de la lógica fálica con los argumen­
tos recogidos por J. Laplanche (J. Laplanche, Problématiques II, Cas-
tration / symbolisations, París, PUF, 1983):
a) La distinción de sexos es la marca fundamental que diferencia
a los individuos entre sí.
b) La lógica fálica es elemental, recayendo sobre dos valores que
en lo inconsciente no admiten oposición y lindan entre sí. “El carác­
ter principal de esta ‘organización gen ital infantil' es al mismo
tiempo lo que la diferencia de la organización genital definitiva del
adulto. Reside en el hecho de que, para los sexos, un solo órgano
genital, el órgano masculino, cumple un papel. No existe, por lo
tanto, una primacía genital, sino una primacía del falo” (S. Freud
(1923), “L’organisation génitale infantile”, La vie sexuelle, París,
PUF, 1985, págs. 113-116).
c) El saber del niño tiene como metodología una relación de
causa a efecto. La explicación que se da el niño se traduce por la
acción de sustracción llamada castración, que puede ser padecida,
haberlo sido o llegar a serlo. Aquí la ausencia o presencia del pene es
la causa que remite a toda gestión etiológica. Esta teoría se sitúa en
el porvenir y a la vez vuelve sobre un tema pasado según la hipótesis
de una castración realizable en el futuro o que ya se padeció.
d) La castración es una promesa. Abre la posibilidad de una res­
titución. La experiencia infantil en cuyo seno convergen lo conocido y
lo experimentado de la diferencia de sexos y la amenaza de castra­
ción, proferida por uno de los padres según una concomitancia en el
tiempo y el espacio, se organiza en teoría sexual utilizando a la vez el
orden de la historia del sujeto y el programa cultural.
34 S. Freud (1887-1902), La naissance de la psychanalyse, París,
PUF, 1986, pág. 35.
“El sexo más fuertemente constituido y que predomina en la per­
sona habría reprimido en lo inconsciente a la representancia psí­
quica del sexo dominado.” (S. Freud [1919], “Un enfant est battu.
Contribution á la connaissance de la genése des perversions sexue-
lles”, Névrose, psychose et perversions, París, PUF, 1988, pág. 240.
“El sexo secundario” “sucumbiría” o sería “vencido”, para proyec­
tarse sobre el partenaire amoroso, en este caso el progenitor del otro
sexo. Tendremos ocasión de mostrar que el mecanismo es más com­
plejo. Las representaciones ligadas a la bisexualidad psíquica se
pierden por obra de la represión. Aquí nada permite concebir el fenó­
meno, según lo hacen clásicamente ciertos trabajos, como problemá­
tica de duelo, de abandono. Volveremos sobre este tema.
35 J. Gilibert, “L’acteur, median sexuel”, Nouvelle Revue de Psy­
chanalyse, 7 , 1973, págs. 71-80.
36 J.-B. Pontalis, “L’insaisissable entre-deux”, Nouvelle Revue de
Psychanalyse, 7 , 1973, págs. 13-26.
37 F. Pasche, “L’anti-narcissisme”, A partir de Freud, París,
Payot, 1969. Cuando tratemos el padre grandioso (cap. 5, C), volvere­
mos sobre la diferencia a introducir entre des-erotización de la per­
sona (en el varón, separación del padre) e idolización del pene.
38 J. Laplanche, Problemátiques II, ob. cit., pág. 207.
39 S. Freud aclara este punto en repetidas ocasiones:
— En el caso Schreber, “Los que más tarde se hacen homosexua­
les manifiestos son hombres que nunca pudieron liberarse de la exi­
gencia de que el objeto posea los mismos órganos genitales que ellos.
Y las teorías sexuales infantiles que atribuyen primero a los dos
sexos los mismos órganos genitales, ejercen sobre este hecho una
enorme influencia” (pág. 306).
— En el pequeño Hans, “...la alta estima en que tienen los
homosexuales al miembro viril es lo que fija su destino. En su infan­
cia, eligen como objeto sexual a la mujer mientras atribuyan a ésta
la posesión de esta parte del cuerpo para ellos indispensable; al con­
vencerse de que los ha defraudado en este punto, la mujer se toma
inaceptable para ellos como objeto sexual. No pueden prescindir del
pene en quienquiera que deba incitarlos a la relación sexual y, en el
caso más favorable, fijan su libido sobre la ‘mujer dotada de un pene’,
es decir sobre un adolescente de apariencia femenina. Así, los homo­
sexuales son hombres que, por la importancia erógena de su propio
miembro viril, no pueden prescindir de esta concordancia con su pro­
pia persona en el objeto de su deseo sexual. En el curso de su evolu­
ción, del autoerotismo al amor objetal, se quedaron fijados a un
punto intermedio más cercano al primero que al segundo” (pág. 171).
(S. Freud [1911], “Remarques psychanalytiques sur l’autobiographie
d’un cas de paranoia [Le Président Schreber], Cinq Psychanalyses,
París, PUF, 1976; [1919], “Analyse d’une phobie chez un petit garlón
de cinq ans [Le petit Hans]”, ob. cit.)
J. McDougall demostró que este razonamiento de S. Freud con­
servaba su pertinencia en la homosexualidad femenina sobre bases
semiológicas y metapsicológicas diferentes (cf. J. McDougall, “De
l’homosexualité féminine”, en J . Chasseguet-Smirgel y col., La
sexualité féminine, París, Payot, 1964, págs. 247-306 e “Introduction
au colloque sur l’homosexualité féminine (présentée á la Société Psy­
chanalytique de París, le 16 juin 1964)”, Rev. fr. Psychanal., 29, 4,
1965, págs. 357-376.
40 Constituye el argumento fundamental de la tesis de O. Nico-
lle, ya mencionada. Cf. asimismo el párrafo consagrado a la historia
de la feminidad en el cap. 3, A, 3, págs. 30 y sig.
41 El temor a la castración es habitualmente más estudiado que
la envidia del pene común a todo adolescente (cualquiera que sea su
sexo) y que refleja la persistencia de lo infantil más allá de lo desea­
ble.
42 D. Widlocher, “Genése et changement (parallélisme entre le
processus de l’analyse et le processus d’adolescence dans la méme
compréhension du changement), Rapport”, Rev. fr. Psychanal., 45, 4,
1981, págs. 889-976.
43 Y más adelante veremos que el riesgo de un trabajo semejante
está “más acá” de reencontrar la hiancia arcaica.
44 La pérdida de la bisexualidad psíquica podría interpretarse
en una problemática de duelo (o de abandono) del progenitor real
dotado de un atributo semejante. En este punto remitimos al lector a
los importantes trabajos de E. Kestemberg. Lo mismo sucede con la
pérdida del sentimiento de omnipotencia que el niño puede sentir en
esa suerte de unidad que formaba con el progenitor fálico. En sí
misma, la bisexualidad psíquica, que incluye contrarios sin oponerlos
en lo inconsciente, no puede ser sentida como omnipotencia.
45 No podemos abordar aquí un debate tan amplio, tan frecuen­
temente desarrollado y que constituye un elemento epistemológico
fundamental en psicopatología del niño: o sea la ausencia de correla­
ciones estrechas entre los atributos de las representaciones parenta­
les del niño y los de los padres reales (incluido su sexo),
46 S. Ferenczi (1923), Thalassa, Psychanalyse des origines de la
vie, París, Payot, 1976. No es casual que este apasionado por la femi­
nidad que era Ferenczi fuese el primero en hablar de la pubertad;
¿no se sentía “extrañamente adolescente” ante S. Freud? ¿No puede
llamarse materno-puberal la técnica activa donde el psicoanalista,
identificándose con una madre buena, se identificaría de inmediato
con la mujer? Responderemos sobre estos puntos (cap. 4, D).
47 Cf. págs. 140-141.
48 S. Freud (1912), “Contributions á la psychologie de la vie
amoureuse”, La vie sexuelle, París, PUF, 1969, págs. 47-80.
49 Esta clasificación aparece expuesta en nuestra intervención
en el Coloquio de Monaco de mayo de 1990, Journal de la Psycha­
nalyse de l’Enfant, París, “Paidos”, Le Centurión, 10, 1991.
50 Es conveniente el término de neurosis infantil.
51 Cap. 4.
52 Tal es la creación del padre grandioso. Cap. 5, C.
53 A. Artaud, “La légende japonaise de Mimi Mashi Hoisha”,
Oeuvres completes, 1.1, París, Gallimard.
54 En el capítulo siguiente nos interrogaremos sobre la insufi­
ciencia narcisista del bonzo.
55 P. Gutton, “Le commencement d’une femme dans la fin d’une
enfant”, Adolescence, 1, 2, 1983, págs. 201-216. (El diccionario
Robert, al definir la adolescencia, toma de Victor Hugo esta poética
ilustración: “La más delicada de las transiciones, la adolescencia, el
comienzo de una mujer en el fin de una niña.”)
56 La observación de E. Jones no terminó de ser pertinente:
“Comenzamos a sospechar no sin razón que los analistas hombres
adoptaron indebidamente una visión falocéntrica de los problemas
en cuestión, subestimando la importancia de los órganos femeninos.
Por su lado, las mujeres contribuyeron a esta mixtificación general al
adoptar una actitud muy reservada con respecto a sus propios órga­
nos genitales y exhibiendo una preferencia apenas disimulada por el
órgano masculino.”
57 S. Freud (1933), Nouvelles conférences d ’introduction á la
psychanalyse, París, Gallimard, 1984.
58 D. Anzieu, “Le Moi-peau”, Nouvelle Revue de Psychanalyse, 9,
1971, págs. 195-208.
59 Expusimos esta conceptualización en “Pratique de l’incorpo-
ration”, Adolescence, 2, 2, 1984, págs. 315-338, partiendo de los tra­
bajos de N. Abraham y M. Torok, “Introjecter-incorporer. Deuil ou
mélancolie”, Nouvelle Revue de Psychanalyse, 6, 1972, págs. 111-122.
60 E. Jones (1927), “La sexualité féminine primitive”, trad. por
A. Stronck, Théorie et pratique de la psychanalyse, París, Payot,
1969, págs. 442-452.
61 A. Brousselle, “De la petite á la jeune filie: continuité et dis-
continuité”, Adolescence, 1, 2 , 1983, págs. 239-246.
62 M. Klein (1932), La psychanalyse des enfants, París, PUF,
1959. Trad. esp.: El psicoanálisis de niños, en O.C. tomo 2, Buenos
Aires, Paidós, 1989.
63 Dafnis y Cloe, la pastoral escrita por Longus en el siglo II a.
de C., describe “el amor de dos niños que no saben cómo amarse”.
Cuatro etapas en sus aventuras de adolescencia:
El amor hace eclosión en el despertar de la naturaleza, en pri­
mavera, entre olivos y animales que retozan; Dafnis y Cloe, cabrero
y pastora, niños abandonados, recogidos juntos, sienten “emociones
y sufrimientos mientras buscan el nombre del amor”. “Sufro y no
estoy herido, tengo pena y no he perdido ninguna oveja, ardo y estoy
sentado bajo una sombra espesa.” Mientras contempla a Dafnis
bañándose desnudo, Cloe lo encuentra hermoso, desea tocarlo,
tocarse; “no sabe lo que siente”. Con un beso, Cloe transmite el
veneno del amor a Dafnis; los enamorados se aíslan entonces en una
vida hecha de besos, abrazos y conversaciones, pero la osadía de sus
contactos no alcanza la satisfacción. No pueden encontrar el reposo
de los enamorados (del que habla tan bien M. Fain), la paz de los
animales de la manada que “tras haber saboreado juntos un mismo
placer”, “pacen uno al lado del otro” sin fatigarse siguiéndose. Ellos
no dan con la acción dulce que ponga remedio a la amargura de
amor. Este período es el del desconocimiento de la complementarie­
dad de los sexos, “triste y curiosa”: el reconocimiento se sustrae a la
experiencia.
La joven y astuta Lycenion se propone liberar a Dafnis de sus
males y enseñarle los deleites que busca: “Déjate hacer y conviértete
en mi delicioso alumno”. Tras excitar al inocente Dafnis, hábilmente
lo lleva hacia la senda que hasta entonces él había buscado; a partir
de este momento él no hace nada que no suceda comúnmente, pues
la propia naturaleza le enseñó, una vez que ha empezado, lo que
tenía que hacer. Dafnis se encuentra entonces con el tabú de la virgi­
nidad de Cloe, implicando la coartada que él se da, esto es, el miedo a
la sangre (anunciado por Lycenion), pues “cree que la sangre sólo
mana de una herida”.
La novela entra luego en un sistema iniciático: re/descubri­
miento de los nobles orígenes de los enamorados; Dafnis que entrega
al padre adoptivo de Cloe un tesoro escondido; rapto de ésta por una
banda de campesinos repitiendo con ello el segundo nacimiento de
Cloe a sus padres adoptivos. La noche de bodas será posible cuando
Eros pueda cerrar la puerta a los designios hostiles contenidos en el
himen de la muchacha; se casaron y tuvieron muchos hijos. “Por pri­
mera vez Cloe comprendió que lo que habían hecho en los bosques
hasta entonces no eran más que juegos de pastores.”
64 Cf. cap. 5, B.
65 C. Luquet-Parat, “L’organisation oedipienne du stade génital,
Rapport”, Rev. fr. Psychanal., 31, 5-6, 1967, págs. 743-812, y B.
Grumberger, “Etude sur le narcissisme”, Rev. fr. Psychanal., 29, 5-6,
1965, págs. 473-526.
66 Tal como recordábamos hace un momento.
67 S. Freud lo formulaba en su texto de 1923 (S. Freud [1923],
“La disparition du complexe d’CEdipe”, La vie sexuelle, París, PUF,
1985, págs. 117-122).
68 S. Freud (1911), “Formulations sur les deux principes du
cours des événements psychiques”, Résultats, idées, problémes, París,
PUF, 198, págs. 135-143. La descripción de estos procedimientos
corresponde a los dos aspectos del límite descrito por A. Green (cf. A.
Green, “La double limite”, Nouvelle Revue de Psychanalyse, 2 5 , 1982,
págs. 267-283): la represión entre lo representable y no-representa-
ble; el cuerpo como límite entre adentro y afuera.
39 S. Freud indica claramente que la pérdida de la realidad en la
neurosis está ligada a la represión y se presenta como una decepción
a la que la psique tendrá que resignarse. Se trata de la transforma­
ción de las representaciones edípicas internas por el trabajo de las
fuerzas superyoicas (represión) y de los procedimientos de idealiza­
ción objetal. El fantasma es entonces un compromiso cuyo propósito
es mantener el principio del placer constituyente del contenido de la
realidad interna.
70 Esta derivación autónoma necesitó una estrategia de crea­
ción que indujera al niño a investir objetos siempre nuevos y posi­
bles. El basamento de esta búsqueda creativa (el juego, por ejemplo)
es la comprobación de que la diferencia de generaciones y la ausen­
cia de soporte anatómico sexual impiden la realización de los deseos
edípicos. El procedimiento de latencia se define como renuncia­
miento al proyecto edípico y su asunción como sistema de referencia
simbólica.
71 En los estados límite de la infancia, J. Bergeret observó que,
debido a la insuficiente introyección del segundo tiempo (verbal) de
la amenaza de castración, el superyó se ve reducido a la sola ame­
naza corporal portada por el sujeto y los otros. La pubertad implica
el serio riesgo de que este equilibrio móvil de infancia desemboque
en la fractura puberal, por lo mismo que el superyó no puede cum­
plir su rol de preservar la realidad. J. Bergeret efectúa este razona­
miento a propósito del seguimiento del Hombre de los lobos, quien
no pudo elaborar su homosexualidad infantil en la pubertad no en
una problemática neurótica sino en razón de su carencia en lo rela­
tivo al segundo tiempo de la castración (J. Bergeret, “De l’embarras
d’un clinicien qui se voudrait nuancé précis” [intervención sobre el
informe de S. Lebovici, “L’expérience du psychanalyste chez
l’enfant et chez Padulte devant le modéle de la névrose infantile et
de la névrose de transferí”], Rev. fr. Psychanal. 44, 5-6, 1980, págs.
873-879).
72 Es radical la oposición entre la omnipotencia de los pensa­
mientos y el funcionamiento superyoico corriente, y esto lo conoce
mejor que nadie el neurótico obsesivo. Las creencias del animismo y
los actos (o actos-palabras) de la estrategia mágica ponen en escena
representaciones cuya necesidad se ve impedida por el funciona­
miento de un superyó normal. Esto es lo que ocurre en la primera
infancia y lo que reaparece en lo puberal, donde son importantes los
temas de brujería y de cierta religiosidad. Si el principio superyoico
del marco de la cura no está adquirido, la sesión tiende a transfor­
marse en un lugar de magia donde el pensamiento es todopoderoso.
¿No encontramos dificultad en la psicoterapia del adolescente? En
unas cuantas palabras que son actos, la curación (o lo inverso) debe­
ría sobrevenir en secreto ..
73 M. Kundera, L’art du román, París, Gallimard, 1987.
74 A. Green, “Les fondements différenciateurs des images paren­
tales”, Rev. fr. Psychanal., 31, 5-6, 1967, págs. 896-906.
75 S. Freud (1916), “Les exceptions. Quelques types de caracté-
res dégagés par le travail psychanalytique”, Uinquiétante étrangeté,
París, Gallimard, 1985, pág. 145.
76 S. Freud (1914), “Pour introduire le narcissisme”, La vie
sexuelle, París, PUF, 1985, pág. 104.
77 Cap. 5, C.
78 P Gutton y N. Azri, “Onanisme; pouvoir et discours médical
au XIXe siécle”, Adolescence, 6, 2 , 1988, págs. 359-366.
79 Como mostró M. Perrot en numerosos trabajos de historia: M.
Perrot, “Dans le París de la Belle Epoque: les Apaches, premiéres
bandes de jeunes”, en «Les marginaux et les exclus de l’histoire»,
Cahiers Jussieu 5, col. 10/18, París, Bourgeois, 1978, págs. 387-407;
“Sur la ségrégation de l’enfance au XIXe siécle”, Psychiatr. Enfant,
25, 1,1982, págs. 180-407; M. Perrot, J.-C. Schmitt y A. Farge, “Ado-
lescences. Un pluriel á l’étude des historiens. Discussion avec A.
Bracconnier, P. Gutton et A. Tassel”, Adolescence, 3, 1, 1985, págs.
43-74.
80 Cf. en particular cap. 1, A, 3 y 4.
81 Cap. 2, A, 4.
82 Comprendemos, sin ceder a él, el atractivo de una Ego Psy-
chology de la adolescencia. Por más valioso que sea el aporte de otras
disciplinas, no buscamos su integración en una psicología general del
yo.
83 En el capítulo 4 estudiaremos el apuntalamiento narcisista
por el objeto exterior parental fálico. Por eso los dos procesos de neu­
tralización recaen sobre el vínculo entre yo y objeto exterior y entran
en un funcionamiento original a partir de la pubertad del progenitor
excitador exterior.
84 M. Fain, Eros et Antéros. Réflexions psychanalytiques sur la
sexualité, París, Payot, 1971.
85 D. Lagache, “Agressivité. Structure de la personnalité et
autres travaux”, CEuvres complétes IV (1956-1967), París, PUF, 1982.
86 Encontramos así primero la idea de obsolescencia en el capí­
tulo de lo puberal de los padres. Cap. 2, B.
87 Término más descriptivo que conceptual en la obra de S.
Freud.
88 Cf. el notable artículo de A. Costes, “La notion de surmonte-
ment dans l’oeuvre de S. Freud”, Psa. Univ., 29, 8, 1982, págs. 129-
146.
89 S. Freud (1912), “Sur les types d’entrée dans la névrose”,
Névrose, psychose et perversión, París, PUF, 1973.
90 S. Freud (1909), Cinq leqons de psychanalyse, París, Payot,
1973.
91 “La cura psicoanalítica nos aporta la prueba inatacable de la
existencia de la segunda censura, aquella que se sitúa entre los siste­
mas Pcs y Cs. Imponemos al paciente la labor de formar cantidad de
derivados del Ies y, para hacerlo, lo colocamos en el deber de superar
(überwinden) las objeciones que la censura opone al devenir cons­
ciente de estas formaciones preconscientes, y la victoria sobre esta
censura nos abre la vía de vina supresión (Aufhebung) de la repre­
sión, que es obra de la censura precedente” (S. Freud [1915],
“L’inconscient”, Métapsychologie, París, Gallimard, 1986).
92 S. Freud (1915), “L’inconscient”, Métapsychologie, ob. cit.,
pág. 108.
4. OBJETOS NARCISISTAS

A / COMPLEMENTARIEDAD NARCISISTA Y ESCENA PUBERAL

Los capítulos que preceden han convencido al lector


—así esperamos— del antinarcisismo de la pubertad,
debido a una coalición entre el ello y el superyó que mina el
terreno del objeto encontrado/reencontrado.
Recordemos los principios generales de la economía
entre el yo y el objeto:1
1. La creación del objeto exterior es una fuerza de pér­
dida productora del antinarcisismo.
2. Contra esta pérdida el yo se sostiene si el objeto da
amor. Tal es la función narcisista del objeto, o sea el objeto
narcisista. El ejemplo está en el amor m aterno que, al
investir, restituye al lactante su libido.
3. Resultado de ello es la constitución del “yo” [Je] como
“objeto-sujeto”, entrañando la Spaltung fundamental. Para
formularlo de otra manera, un basamento del yo es exte­
rior.
4. A causa de la frustración relativa impuesta por el
objeto exterior, el yo se representa un objeto mejor. Crea
fantasm a, cual Penélope que, en ausencia del objeto
amado, devana sus hilos. Así, la neutralización de este
objeto exterior provoca como contrapartida un efecto exci­
tador sobre la función representativa.
5. El objeto exterior posee un valor doble, frustrante y
excitante. Su función, por ser narcisista, necesita regula­
ción: el sistema del para-excitaciones armoniza frustración
y excitación en el seno de las realidades internas y exter­
nas (representación y representaciones-percepciones).
6. Hay dos para-excitaciones:

— uno inherente al funcionamiento del objeto exterior


que en tra en la constitución del “yo” [Je]. Consti­
tuye el tem a de este capítulo;
— otro interno: la función representativa.

Son inconcebibles el uno sin el otro. El segundo en par­


ticular depende de la armonía del primero.2 La creatividad
del sujeto depende de la cualidad de la Spaltung del “yo”
[Je].
7. La parte narcisista del objeto no integra ni la reali­
dad interna ni la externa. Se sitúa en la categoría de lo
real, como llam ada de representaciones sin ser ella misma
representada. A este título contribuye a facilitar la prueba
de realidad conducida por el ello en la pubertad.

Este esquema general se aplica aquí a los únicos objetos


de lo puberal: los objetos parentales. Su función narcisista
no es desde luego un asunto nuevo en la historia del niño.
Estos objetos aseguraron un trabajo psíquico, sobre todo en
los momentos críticos de la evolución. D. W. Winnicott
deñne de m anera notable su función originaria: “El sujeto
crea el objeto pero el objeto no habría podido ser creado si
no hubiese estado ya ahí”.3 El autor, en la línea de la ense­
ñanza de S. Ferenczi, es sin duda quien mejor comprendió
el linaje de los objetos “ya ahí”,4 introyectándose por el
espacio-tiempo transicional; pre-objeto, deberíamos decir.
Ciertas posiciones de los objetos parentales que tenían
valor narcisista de infancia durante la latencia, se tom an
hoy sexuales. Se justifica la invención de nuevos objetos a
incluir en el “yo” [Je], teniendo en cuenta el desenvolvi­
miento del Edipo genital de la m anera m ás adaptada
posible. Los cimientos de una obra arquitectónica deben
modificarse cuando cambia de vocación. De la misma
manera, Suiza, sin echar mano a mecanismos de defensa,
se sirve de la flexibilidad de sus coaliciones bancarias y de
su diplomacia para evitar los peligros. Esto es lo que ocu­
rre con los objetos narcisistas puberales. Son ellos lo evo­
cado por el narcisismo adolescente, es decir, el amor que los
adolescentes parecen esperar de sus padres.5
1. Tenemos que describir una segunda complementarie­
dad, narcisista, inherente al “yo” [JeJ. El vínculo del hijo
púber con sus padres ofrece así dos complementariedades
en oposición dialéctica, una narcisista y la otra incestuosa.
E. Kestemberg prestó atención a las obligadas negocia­
ciones que debe tram itar el adolescente a causa de su ten­
dencia a una fusión nueva entre libido objetal y narcisista
tras su relativa defusión del período de latencia, fusión que
tiene la consecuencia de que todo conflicto relativo a la pri­
mera repercute sobre la segunda y a la inversa. En esta
misma línea de pensamiento, P. Jeammet sitúa en el cen­
tro de la adolescencia el antagonismo entre las apetencias
objetales y la salvaguarda narcisista, considerado como el
punto de partida de las fracturas de desarrollo y del surgi­
miento de conductas psicopatológicas. Este es el argu­
mento de su famoso “espacio psíquico ampliado”,6 intere­
sante reactivación de las identificaciones prim eras cuyo
estudio discursivo efectúa en estos últimos años.
El objetivo del apuntalamiento narcisista es alcanzado
cuando el funcionamiento del “yo” [Je] es lo bastante bueno
como para desarrollar una actividad fantasm ática y onírica
de tema edípico. La escena puberal no puede acaecer sino
sobre el teatro de un “yo” [Je] suficientemente consolidado
y al que se introduce desde la transicionalidad (para-exci­
taciones interno) a la escena puberal.7 El “yo” [Je] aprende
a arreglárselas sin el objeto físicamente presente (parcial
en su prim era experiencia), para aplacar la angustia de
castración puberal. Se dota de medios para renunciar a la
complementariedad sexual absoluta, para no enfeudarse al
deseo del otro como sujeto-fetiche y desprenderse de la pre­
sencia real del progenitor, contorneando el incesto y su
prohibición. Preelabora la escena puberal. La adecuación
se relativiza aquí mediante los juegos identificatorios. La
escapada fantasmática posibilitada por el objeto narcisista
impide que la presión incestuosa desborde al superyó
(imponiéndole apuntalamientos cuya incidencia peyorativa
hemos podido observar). Un conjunto de indicios expresan
la complementariedad incestuosa relativa: wNo es eso,
pero...”; el crimen ya no portaría su necesidad, sus indicios
bastan. El fundamento es suficientemente bueno cuando se
elaboran las heterosexualidades, cuando se asegura la
identidad sexuada (percibirse varón o mujer).
El secreto etiológico de la patología de Dora no reside
tanto en su interés por el señor K., como en el secreto amor
de la muchacha por su padre (desplazado sobre su analista
de la m anera más inconsciente p ara ella y para él). La
escena puberal no pudo ser suficientemente aportada en su
cura por hallarse sepultada, como lo formulábamos, en la
solidez de la estructura neurótica,8 y sobre todo porque su
fijación erótica impedía un apuntalam iento narcisista sufi­
cientemente bueno. Este último razonamiento, un tanto
contradictorio con el precedente, nos hace más reservados
en cuanto al diagnóstico de “buena neurosis” de Dora, a
quien adjudicamos una patología del yo. ¿No es ésta inhe­
rente a los procedimientos neuróticos de la adolescencia?

Jéróme tiene dieciséis años y presenta síntomas de his­


teria de angustia culminando en crisis de pérdidas de cono­
cimiento; una agorafobia ligada a cierta inhibición de las
actividades intelectuales constituyen los elementos de una
fobia escolar. Su cura lleva dos años al ritmo de tres sesio­
nes por semana. La transferencia es fuertemente positiva.
Al comienzo del tratam iento no puede asociar sin que lo
ayudemos con interjecciones, alusiones a otras sesiones,
preguntas, asociaciones; nos suplica que intervengamos.
He aquí, resumida, una sesión ejemplar: ayer regresó a su
casa más tarde de lo previsto después de un angustioso
encuentro con su amiga; su sentimiento es no haber estado
a la altura de la situación; las relaciones sexuales no pro­
vocaron la distensión que deseaba; su amiga quedó nada
más que casi conforme. Su padre lo recibe con frialdad y lo
m anda a su habitación, prohibiéndole en lo sucesivo sali­
das comparables hasta que no obtenga su bachillerato. Su
angustia se hace entonces intolerable; con su brusquedad,
el padre lo fru stra de una confortación necesaria y, en
consecuencia, de su apoyo; Jéróme se siente condenado a
un destino trágico. Un recuerdo levanta la represión; tiene
cuatro años, aplasta con el pie la manguera de riego, cor­
tando por un instante el agua al jardinero; el sketch del
regador-regado es bien conocido; el hombre, sin ninguna
irritación, lleva al chico ante su padre y le cuenta la aven­
tura. El padre da una bofetada a su hijo; Jéróme se tiende
sobre el suelo en tom o a los pies de su padre e intenta
lamer sus zapatos. Aún lo invade la vergüenza al relatar
esta escena. En Jéróme es clara la dialéctica gracias a la
intensidad de su transferencia narcisista inicial y ulterior­
mente por el análisis de una transferencia objetal.

La flexibilidad del circuito narcisista se encuentra en


oposición dialéctica a la relación ambivalente con el rival',
de ahí el carácter ejemplar de la observación de Jéróme: el
padre lleva supuestamente el brazo que lo golpea. Cuanto
más fuerte es la rivalidad, más delicada es la posición nar­
cisista del padre; cuanto más fuerte es la posición narci­
sista, más secciona la rivalidad la ram a sobre la que está
posada. La señal de esta disyunción se encuentra más del
lado de la angustia persecutoria o depresiva que de la
angustia de castración; ella manifiesta el bloqueo del cir­
cuito por el que el padre se vuelve, o vuelve a ser, seductor-
perseguidor. Los borrones del funcionamiento padre-hijo
son, lo comprendemos, particularm ente frecuentes y gran­
des en un sistem a tan delicado. En un mismo orden de
ideas, el hermano mayor posee similitud y diferencia, y ello
lo convierte en fuente selecta de posiciones narcisistas y
paranoicas. Sin duda es más fácil prescindir o reemplazar
el sostén narcisista de un amigo que de un padre. Los amo­
res adolescentes, cada vez más liberados (adjetivo utilizado
aquí sin referencia al superyó y en relación con la coacción
narcisista), son cada vez más liberadores.
En el capítulo dedicado a la inadaptación del superyó
mostrábam os que la figura del rival podía recibir una
misión de apuntalamiento de la interdicción, normalmente
anónima; en este último caso, la figura interdictora en
desarrollo impide la posición narcisista por el principio
mismo de que el objeto narcisista funciona menos cuanto
más figurado esté. La cotidianidad de esta problemática
clínica merece algún detenimiento: ella opone sostén narci­
sista y figura interdictora, sustituida al superyó, pero no
por eso reactiva las querellas antiguas y siempre actuales
de moral liberal o estricta, querellas que no alcanzan a
involucrar al psicoanalista pese a los esfuerzos que hacen
en este sentido padres, hijos y medios de comunicación de
masas. Si la prohibición adquiere en la pubertad un valor
“inmadurante”, es porque no tiene en cuenta la posibilidad
edípica genital del niño púber, lo que justam ente se pro­
pone apuntalar el objeto parental. El adolescente no puede
asumir la interdicción sino a la altura de cierta solidez nar­
cisista; cuando intentamos m ostrar a ciertos adolescentes
frágiles el funcionamiento superyoico, su respuesta puede
ser persecutoria: “Usted habla como mis padres, todos son
iguales, usó las mismas palabras que ellos, se la toma con­
migo de la misma m anera...”. Sería imprudente encarar a
su respecto algún consejo, pedagogía, tal vez prescripción
medicamentosa. Una modesta posición interpretativa del
analista sobre un sueño o un fantasm a puede, de idéntica
manera, revestir la máscara del supuesto saber parental,
de figura persecutoria. Al tomar estos ejemplos reafirma­
mos cuántos riesgos paranoicos conlleva la figuración
superyoica en lo puberal.
2. ¿Qué posición parental es suscep “ ble de sostener al
yo? No, con seguridad, la que encara la escena puberal. Lo
hemos mostrado ampliamente.9 La función narcisista del
objeto parental es el fruto de la idealización descrita en el
capítulo precedente, continuando las posiciones fúlicas
parentales infantiles.
Somos tam bién aquí fíeles a los argum entos de la
investigación de E. Kestemberg, que resumimos:
a) “Todo el trabajo psíquico de la homosexualidad es
organizar la alteridad para, a través de ella, conservar la
identidad.” La investidura homosexual10 es el operador pri­
vilegiado para aplacar la excitación ligada a la sexualiza-
ción de los vínculos objetales. Un movimiento de ida y
vuelta que “partiendo del cuerpo va del autoerotismo al
aloerotismo y> partiendo por el contrario del otro ideali­
zado, vuelve sobre el sujeto y le reabre la vía de la expre­
sión fantaseada y pensada de sí mismo”. El objeto exterior
es necesario para reanim ar al objeto interno en el seno del
autoerotismo.
b) La homosexualidad compulsiva, descrita como una
toxicomanía de objeto en cuyo seno la acción cumple más la
función de aplastar al fantasm a que de satisfacerlo, se
encuentra en disyunción absoluta respecto de la investi­
dura homosexual, capaz de ser la base del procedimiento
narcisista aquí tratado.
c) La homosexualidad prim aria reactivada por la ado­
lescencia (actuada o fantaseada) se sitúa en disyunción con
la identificación prim aria en la línea de la paternidad pri­
mordial 11 donde se origina la insignia fálica.
La homosexualidad infantil es susceptible de conver­
tirse, por la senda de la idealización puberal, en apuntala­
miento narcisista (al margen de la represión y del retorno
amenazante de lo proyectado). El razonamiento es bien
conocido desde los trabajos freudianos sobre la paranoia e
hizo correr después mucha tinta. Define un trayecto de vai­
vén,12 que se califica él mismo de narcipista y compuesto de
dos movimientos entre yo y objeto, centrífugo (proyección
sobre el otro fálico) y centrípeto (por retomo de lo proyec­
tado).13 ,

Joél, esquizofrénico, recae lejos de su hermano menor e


incluso cuando no puede pintar con él el mismo cuadro.
¿Qué objeto narcisista le perm itirá hacer una carrera de
artista aislado? Jasm ine tomó heroína cuando su m adre
tomó un simante y luego, ayudada por éste, se lanzó a su
mismo oficio que era también el de su padre. Emmanuel,
de catorce años, al irse su padre y con su madre deprimida,
tomó una am iga a la que trató de inm ediato como a la
esposa en que se convirtió.
La narcisización del objeto está am enazada, por
supuesto, por la otra vertiente de la asim etría edípica
puberal:

— por el par de la agresividad (emitida y proyectada)


con el rival edípico; .
— por el par de la erótica (emitida y proyectada) con el
progenitor incestuoso,.

El objeto siempre doble privilegia en su función narci­


sista la sem ejanza y en su complementariedad el movi­
miento pulsional puberal. La bipartición de los procedi­
mientos infantiles en la pubertad entre repartos de miras
heterosexuales y “el conjunto de los otros”14 tiene en sí
misma, y cada vez que la presión heterosexual se refuerza,
un valor narcisista. El “conjunto de los otros”, al m ante­
nerse activam ente apartado, apuntala al Edipo genital.
Podemos describir, diferenciada de la ambivalencia objetal,
una ambivalencia más específica de la cuestión del narci­
sismo en la pubertad. Ella opone Edipo fálico y Edipo geni­
tal en relación con el objeto parental.

No intentam os describir las sucesivas valorizaciones


narcisistas que puede hallar el adolescente en una evolu­
ción feliz: adquirido el basamento narcisista primordial,
esas valorizaciones no forman parte de lo puberal sino de
lo adolescens. U na narcisización principal le vendrá del
objeto sexual supuestamente adecuado, que encontró tras
haberse separado de las im ágenes incestuosas: los
primeros amores refuerzan al yo. Entre el Caribdis de la
falicidad y el Estila de lo genital parental, el adolescente
debe “tirar de los bordes”. En cada viraje, la fascinación
por el objeto parental se diluye. Los atributos fálicos y el
heteroerotismo pasan a ser un asunto intrageneracional.
El narcisismo fálico ha tenido la función o el valor de apun­
talar una transacción suficientem ente buena del objeto
genital parental al objeto supuestamente adecuado de la
sexualidad.

B / CARACTERISTICAS DEL OBJETO NARCISISTA PARENTAL

El objeto narcisista es una experiencia compleja. Utili­


zamos a propósito este término para establecer un paralelo
entre experiencia del objeto narcisista y experiencia de
complementariedad de los sexos. Como esta última, corres­
ponde a un funcionamiento psíquico anterior al límite de la
representación:

— da cuenta de una presencia física del objeto;


— no tiene representación interna y se expresa por un
afecto: preobjeto.

Percibido y no representado: tal es la contradicción


inherente a este segundo real que describimos ahora en
comparación con el primero.

1 I L a presencia física

La presencia física del objeto narcisista parental es el


real en el que se alim enta la posibilidad para el adoles­
cente de elaborar la escena puberal: tal es su parte exte­
rior, cuyos rasgos queremos precisar.
1. El famoso carretel de S. Freud traza el esquema del
hecho. “Objeto ya ahí”, este carretel autoriza la expansión
de las pulsiones de fin inhibido (identificaciones), apuntala
un cambio estructural en el espacio-tiempo transicional.
Su valor es narcisista por una c .aléctica en sí misma clá­
sica: el carretel es el significante percibido de la madre,
cuya ausencia afirma. Es el símbolo (él mismo simboli­
zante) de la continuidad exterior del apuntalamiento narci­
sista materno precisamente cuando se produce una discon­
tinuidad de realidad. Por el lado de la madre que lo dejó,
similar contradicción entre el anhelo de presencia todopo­
derosa y perm anente y la renuncia a ésta apelando al
objeto sustituto. Lo que llam am os presencia física del
objeto narcisista puberal implica15 cierta concretud de la
relación parental; hablemos de confianza recíproca, m utua­
lidad, afecto, simpatía. Hay grados y cualidades en esta
presencia. Las mociones pulsionales del momento pueden
exigir una presencia fam iliar amplia o algunas “huellas”
perceptivas. En este campo es variable la capacidad fantas-
m ática del adolescente para estar solo. La capacidad de
separación está som etida a la fuerza del yo. Así, una
m uchacha no puede entregarse a su amigo sino bajo el
techo familiar, otra sólo puede ausentarse por poco tiempo.
La representación de los padres asegura este continuo nar­
cisista relativo sin plasm ar en una figura el origen propia­
mente dicho del apuntalamiento pero dando señales de su
verdad exterior. El progenitor que se ocupa físicamente de
su adolescente no encuentra en ello satisfacción pulsional
sino únicamente ternura y potencialidad simbolizante. A
contrario, se define la problemática del “progenitor exci­
tante” (sometido a su puberal) cuya nocividad la clínica nos
m uestra cotidianamente.
La utilización del “objeto ya ahí” es repetitivam ente
provisional; este objeto está siempre por ser hallado, y esto
parece bien característico de lo puberal: consolidar la barri­
cada sin tra ta r con el enemigo. Puede resultar de ello un
falaz sentimiento de seguridad. Una psicopatología así lla­
mada de postadolescencia señalaría la caída segunda de
las defensas.16 A la inversa, en un campo demasiado fortifi­
cado la personalidad se empobrece en lo falso, como suce­
día con la vida interior en el fuerte aislado del “desierto de
los tártaros”. La función narcisista del objeto parental es
frágil (nadie es dueño de un objeto exterior) y transitoria
(como lo es en la realidad la permanencia de los adolescen­
tes en casa de sus padres).
El objeto narcisista es el lugar de condensación, ins­
crito en lo real, donde se cruzan identificación proyectiva e
identificación introyectiva (sin corresponder a estos mis­
mos mecanismos).17 Aparece como creador de identifica­
ción, “contenedor narcisista” cuya función específica es per-
miti r, por la función fantasmática, la separación concreta y
manteniendo una parte aún inelaborada, herencia aún no
repartida que hace posibles los procesos identificatorios de
juego exclusivamente interno.
Tomemos de P. Aulagnier la metáfora de la “firma” del
adolescente a partir de modelos identificatorios:
a) “El abandono del tiempo y el mundo de la infancia
exige que el “yo” [Je] pase a ser único signatario y tome
exclusivamente a su cargo la continuación de las negocia­
ciones a que dará lugar su relación entre él y la realidad,
entre sus deseos y los de los otros, entre lo que él piensa
que es y sus ideales.”18 “M ientras permanecemos en la
infancia [...] las defensas están contrabalanceadas por la
que suspuestamente ejerce el ‘yo’ [Je] parental, co-signata-
rio19 al que incumbe la tarea de asegurar la identidad del
redactor y los límites de lo modificable, límites de su conte­
nido y sobre todo límites temporales.” El “yo” [Jé] parental
acepta estas alianzas temporarias. La adolescencia es “ese
tiempo de conclusión” libidinal e identificatorio, cuando el
niño se niega a “seguir considerándose como un niño,
cuando va a dar su forma estabilizada, aunque modifica-
ble, al relato histórico de su tiempo y de su vivencia infan­
til”; mediante “una retroyección causal”, “el sujeto respon­
sabilizará a su pasado por lo que él es y lo que tiene, por lo
que no es y lo que no tiene”.
b) Se establece “la redacción conclusiva concerniente a
las cláusulas no modificables del compromiso identificato­
rio, cláusulas que garantizan al “yo” [Je] lo inalienable de
su posición en el registro de lo simbólico o, si se prefiere, en
el orden temporal y en el sistema de parentesco”. El ado­
lescente se convierte en único signatario; los co-signatarios
de la infancia le han entregado “un poder, su g aran tía
identificatoria”. ¿Deuda a pagar, por este hecho? ¿El fin de
la adolescencia sería el fin de este reembolso? Una magní­
fica definición del potencial psicótico de adolescencia
emerge de este establecimiento: el “yo” [Je] ha podido fir­
m ar el compromiso aceptando que la instancia exterior se
instituya como co-signataria de por vida; lo que debió ser
una alianza temporaria desemboca en un derecho de ins­
pección definitivo. La función cumplida por el aliado exte­
rior no pudo ser interiorizada y convertirse en una función
que el “yo” [Je] asum a en su propio y único nombre. El
aliado se hizo colonizador, potencialidad psicótica que
podrá o no, en un tiempo venidero, pasar al estado m ani­
fiesto.
c) Traduzcamos esta diversificación asumida de la ado­
lescencia en términos de cuerpo, “portado por la m adre”.
Esta transm ite su toma a cargo al final de la infancia. P ara
que el procedimiento se despliegue, el cuerpo transmitido
debe tener “como referente” un “cuerpo psíquico” cuya
historia pruebe el amor que se le ha dirigido, el reconoci­
miento y la valorización de su identidad sexual, de su sin­
gularidad, el deseo de verse preservar, modificarse, hacerse
autónomo...; en síntesis, un cuerpo psíquico suficiente­
mente bueno. Si ello no ocurre, “no puede hacerse cargo del
cuerpo sexuado que la m adre le transm ite”. Se tra ta del
“prólogo”, tan particular como peligroso, del potencial psi­
cótico, “en esa pieza te a tra l donde el protagonista es el
cuerpo y el autor la psique”. El objeto narcisista puberal no
es la firma de la “redacción-conclusión” del compromiso
identificatorio, sino lo que permite su redacción y que pode­
mos vincular con el cuerpo psíquico al principio insepara­
ble del “yo” [Je].
2. En efecto, quien dice presencia física del otro instala
al frente de la escena el cuerpo del sujeto. Cuerpo y otro
narcisista están indisolublemente ligados. La presencia
física confiere perceptividad a la pulsión. El cuerpo no es el
objeto narcisista, él afirm a su economía. Dicho de otra
m anera, el cuerpo es la pantalla en la que confinan los ele­
mentos escindidos constitutivos del “yo” [Je] y donde éste
encuentra coherencia, goce narcisista, a contrario senti­
miento de coacción. Las prácticas autoeróticas incluyen (o
pueden incluir) una búsqueda narcisista desde dos ángulos
constructivos, utilizando “un objeto necesariamente pre­
sente aun si es previo a cualquier representación diferen­
ciada”:20

— oposición a las figuras del deseo del otro y autono­


mía;
— retom o (o m antenim iento) de lo perceptivo p ara
desarrollar el fantasma.

E sta comprensión es válida para diversos actuares que


erradamente se comprenden tan sólo en términos de des­
carga energética.21 Los ritos de pasaje despliegan con
minucia y fijeza los diversos tiempos de esta significancia
narcisista. Así sucede con el marcado (en el sentido de la
etología) constituido por el tatu a je 22 (dos tercios de los
tatuajes se practican en la adolescencia). El acto que tatúa
(proyección y percepción) implica una elaboración (relación
tatuante-tatuado) y un intento de desexualización de la
homosexualidad infantil. La percepción, el dominio, la
exhibición posibilitan una exteriorización ilusoria ahorrán­
dose el fantasma de la relación femenina con el progenitor
fálico (como la inscripción: “a mi madre”) e incitan al otro a
fan tasear en su detrim ento propio según el modelo del
escudo de Perseo. Un marcado semejante es una elección
de carácter que da la primicia a la exteriorización y al sis­
tem a de defensa contra las representaciones pulsionales
proyectadas hacia afuera. (“Me tatué porque estaba dema­
siado blando por dentro.”) En segundo lugar, el tatuaje,
secuela pictórica o gráfica “que se pega a la piel”, puede
hacerse perseguidor-seductor, intolerable para quien lo
lleva (retomo de lo proyectado). El adolescente más crecido
desea entonces destatuarse pese a los riesgos dermatológi-
eos que ello puede implicar (hoy más modestos gracias al
láser).

2 I L a ausencia de representación

Los objetos narcisistas son inconscientes y no figura­


bles. La narcisización del objeto (desexualización) pasa por
la pérdida de su representación interna. La representativi­
dad es, a contrario, un riesgo para la función narcisista.
Uno acaba m irando la ram a sobre la que está sentado.
Orfeo perdió a Eurídice al querer mirarla. El par de oposi­
ción se sitúa entre objeto narcisista no representado (per­
mitiendo la escena puberal) y representación de la homose­
xualidad infantil (en detrimento de la línea incestuosa).
Esta oposición no reactiva la ambivalencia infantil: señala
una de las incompatibilidades de la representatividad. Los
objetos narcisistas se protegen de su representación poten­
cial.23

S. temía constantemente que sus padres hablasen de


ella en su ausencia; no que pudiesen hablar bien o mal,
sino que hiciesen una figura de ella en su discurso; tenía
entonces la impresión de despersonalizarse. En momentos
de una relación objetal fuerte, interrumpía la sesión para
regresar lo antes posible a su casa; tranquilizada, sentía
duramente la frustración transferencial que pese a todo se
había impuesto. Un adolescente acariciado por sus padres
se encuentra en una situación menos “riesgosa”, pues la
corriente tierna suficientemente poderosa desde el período
de latencia se mantiene igual después. Lo real del objeto
narcisista (que provoca fantasma) se experimenta por
afecto. Su dimensión económica lo vuelve en cierto modo
nformulable, bien-o mal-estar, ambiente grato o penoso:
“simpático...”, “c o o l “funciona...”, “la form a...”, “duro,
duro...”. No tiene la ambivalencia objetal del sentimiento.
Puede hacer surgir recuerdos o representaciones. Así. D.
Widlócher24 recordaba las palabras de la m adre de Marcel
Proust volviendo a la memoria de éste en momentos difíci­
les: “No te preocupes, chiquito, todo se arreglará”.
Damos algunos ejemplos:
1. El afecto-señal de ta l funcionamiento suficiente­
mente bueno se produce según el modelo del goce narci­
sista. El término corresponde al “sentimiento de sí”, o “pla­
cer de investidura”, al que E. Kestemberg y P. Jeam m et
atribuyen gran importancia. Puede tratarse del comercio
con el objeto y/o el sí-mismo (más o menos sustituido por el
objeto). El afecto pone en juego el funcionamiento:
— Del cuerpo (acto sexual, autoerótica y heteroeró-
tica), placer gestual deportivo.
— De la psique, placer de soñar, de fantasear,25 de
crear, sobre todo de reconstruir y elaborar las escenas
puberales. El objeto narcisista permite asirse de la repre­
sentación objetal, apropiársela, interiorizarla. En los extre­
mos del autoerotismo aparece así el funcionamiento aluci-
natorio en el que el objeto y el sí-mismo se confunden en
una realidad creada por entero a nivel del yo ideal.
2. Un funcionamiento narcisista imperfecto provoca un
afecto de coacción. La obligación consiguiente es vivida
como “anónima”. Sería un error interpretar la señal en
relación con el superyó si el adolescente dice: “Me prohí­
ben, no quieren, me imponen”. El enfurruñamiento indica
cierto quiebre m ás avanzado de la relación narcisista
según un modelo próximo a la taciturnidad.26
3. La escapada atribuida al objeto narcisista se señala
por un afecto de abandono. En el pasado tomamos27 como
parábola de estas adolescencias las estatuas de Miguel
Angel o Rodin en las que la figura ha sido captada, soste­
nida, aprisionada en el mármol bruto. Este forma parte de
la obra, que comprende lo finito y lo indefin ido. La sensa­
ción de inacabamiento que tales objetos artísticos producen
no corresponde a la realidad de la obra. El afecto de aban­
dono sobrevendría en un momento supuesto, cuando lo
bruto del mármol encuentra su límite o su fin al figurarse.
La figura se pretendería abandonada... Germaine Guex28
hacía notar la ausencia de conflictualización edípica en los
pacientes de los que se ocupaba. Cuando el Edipo puberal
es demasiado vivo, traum ático, se diluye en lo “abandó-
nico”.
La indagación edípica corre a la par con la idea freu-
diana de la infidelidad materna. El abandono se presenta­
ría como una m anera de describir la situación del objeto en
el momento de tom arse éste menos narcisista. Los padres
fantaseados parecen abandonantes cuando se les atribuyen
posiciones objetales edípicas (puberales de los padres) que
deberían ser propias sólo del adolescente. El fantasma de
abandono indica una resistencia al cambio adolescente.
Supone cierto borramiento y hasta renegación del trabajo
inconsciente de separación, que por proyección impone la
imagen segunda de un progenitor que “se separa por pro­
pia voluntad”. Lo que refleja el afecto de abandono es una
separación impuesta desde afuera. Si el sistema de pensa­
miento abandónico es tan difícil de analizar en la cura ello
se debe indudablemente a la importancia de su parte pro-
yectiva. El afecto abandónico vehiculiza “una liberación
contra”, “fuera-de-la-ley”. La problem ática abandónica
supone un reparto antisocial en el sentido de D. W. Winni-
cott. La señal es valiosa para el clínico, revelando un
momento de vuelco posible de lo normal a lo patológico.

Una m uchacha de quince años dialoga con nosotros


sobre el tras fondo de una tentativa de suicidio bastante
grave; habría podido morir, pero no quería morir. Estaba
deprimida, quería desembarazarse un poco de su cuerpo,
que juzgaba demasiado gordo, sobre todo reunir sobre sí la
atención de sus padres. Es muy narcisista, coqueta y hasta
rebuscada. Tiene la soltura de una “Bella” ante J. Girau-
doux; pretende conocerse bien; expone así tener cuatro pla­
ceres: el que le procura la relación con su amiga íntima
(“con la que hace todo” y sobre todo llorar), soñar, y final­
mente escribir. Hace notar un quinto placer, el riesgo del
carterista en los comercios. Se siente abandonada: desde
que es grande, su padre se ha vuelto indiferente con ella.
Le gustaba sentarla en sus rodillas y ya no lo hace. Noso­
tros sabemos (por otro conducto) que este hom bre está
atravesando un período de tristeza, que h a iniciado un
análisis y casi no está disponible. Ella relaciona directa­
mente ese abandono con el momento en que empezó a
transform arse en una jovencita. En cuanto a la madre,
tiene, dice ella, “dos partes, una buena y una mala” (tradu­
cimos: es una mujer con la que le es grato identificarse y
una madre que no alcanza a ser buena). La parte más mala
pasa a ser la más importante desde hace un tiempo. En el
transcurso de la entrevista con ella y su m adre se produce
una suerte de “a posteriori abandónico”. La m adre dice
tranquilamente en presencia de su hija: “Comprendo muy
bien que se sienta deprimida, porque su hermano, que es
mayor que ella, es tan brillante y tan dotado que ella no
puede menos que darse cuenta”.
El afecto de abandono implica a veces, como sucede
aquí, una parte interactiva. Podría ser señal de una evolu­
ción real parental pasada o actual que se repite, o más bien
de una connivencia entre el objeto externo que abandona y
el objeto fantasmático abandonante, verdad del objeto nar­
cisista.

Tomemos el discurso de una madre que acudió por lo


que ella misma denomina “depresión de abandono”.
a) Fue abandonada un mes antes de nuestra primera
entrevista por su hijo Henri, de catorce años, quien de un
día para otro decidió irse a vivir con su padre. No contesta
la correspondencia ni se manifiesta en forma alguna. Ella
pasa horas de tristeza y se siente perseguida por el padre
de su hijo. Hizo de este hombre, marido de paso, un genitor
por despecho de una partenogénesis imposible: él nunca
vio a su hijo durante los catorce años de éste. Es débil y
veleidoso. Don Ju an no tiene hijos.
b) El segundo modo de comprensión de este abandono
por Henri está dado por la historia que hace la madre de su
relación con él. Creía que no iba a tener hijos; no le gus­
taba la relación con los hombres, quiso tener un hijo de
este hombre con la condición de que fuese una niña, pues
“la intim idad entre m adre e hijo es m alsana”. Esperó a
Henri tomando por sorpresa al padre, y se las arregló para
guardar distancia con este varón incluso cuando era un
chiquillo de pecho. Su hijo tenía reacciones de abandono:
“se pegaba” a su madre, no quería ir a la guardería ni a la
escuela; tenía miedo de todo.
c) Henri tiene trece años cuando su madre da a luz una
niña, con quien se autoriza una cálida simbiosis; su hijo
intenta negociar solo un segundo abandono. Al observar a
su madre y a su media herm ana, descubre “lo que jamás
había vivido”. Su puberal in sp ira el resto del trayecto
abandonante. No nos sorprendamos de que la intensa cir­
culación de fantasm as de abandono entre m adre e hijo
estuviese ligada a la imposibilidad de una problemática
simple de separación y a la infructuosa llamada a las cate­
gorías paternas ideales desfallecientes.
d) La intervención de lo puberal provoca un afecto de
discontinuidad de existencia. Su semejante puede ser la
nostalgia de la infancia, afecto depresivo sin figuración de
recuerdo. El objeto narcisista apuntala el sentimiento de la
continuidad de existir (según el modelo winnicottiano) por
un doble proceso contradictorio: seguridad de la escena
puberal y duda que recae sobre la convicción incestuosa
(último punto del que hicimos el argumento de la obsoles­
cencia).

C / LA CONTRACOACCION, SUS MODELOS, SUS IMITACIONES

Lo puberal, que implica dos complementariedades, de


los sexos y del sujeto-objeto, repite la andadura dialéctica
bien conocida por el psicoanálisis, entre:

— la línea sexual perteneciente al ello, que va de la


experiencia originaria al objeto parcial potencial­
mente adecuado pasando por el objeto incestuoso;
— la línea instaurada del ideal, que va de la desexua-
lización de la homosexualidad prim aria al ideal del
yo.

El camino a seguir está empedrado, consolidado, man­


tenido en forma perm anente por el obrero parental. La
cualidad de la evolución depende de este trabajo de basa­
mento. Se trata, lo repetimos, de una interacción real sin la
cual la realidad atacada por las mociones puberales no
puede ser reconstruida. La verdad narcisista supondría
una convicción originaria compartida por el yo y el objeto-
sujeto (parental):
1. En cuanto a la potencialidad nueva incestuosa.
2. En cuanto a la transferencia posible de la investi­
dura genital sobre un objeto que no sea ni el hijo ni su pro­
genitor heterosexual, sin que haya por ello desconoci­
miento.
Para decirlo de otra manera, la función narcisista del
objeto parental sigue procurando la certeza identitaria de
heterosexualidad masculina o femenina en sus dos tiempos
dialécticos, por el reconocimiento de la moción incestuosa y
su puesta en duda. A esta logística el “yo” [Je] está some­
tido. Hablar de dependencia o coacción podría parecer jus­
tificado pero no lo está. En psicoanálisis hay una sola coac­
ción, la del ello y sus producciones inconscientes. El objeto
narcisista parental es una “contracoacciónHay una pato­
logía de esta contracoacción, por la cual el mundo circun­
dante, al “asegurar” al sujeto, le desliza por contagio sus
propios defectos (patología reactiva). La clínica propone de
ello una semiología cotidiana. El fenómeno de la dependen­
cia (o coacción),29 absolutamente im portante y que preo­
cupa tan vastamente a los clínicos desde hace veinte años,
corresponde:

— no a una supuesta coacción narcisista que, buena,


es silenciosa como el funcionamiento respiratorio;
— sino a una insuficiencia del apuntalam iento que
hace resurgir la homosexualidad infantil.
El afecto de coacción, tan im portante en los estados
límite, implica la misma etiología. La inmadurez afectiva
es una dependencia a las personas por insuficiencia de
apuntalamiento narcisista. La crisis de adolescencia y sus
ajustes siguen siendo posibles (eventualm ente ricos en
manifestaciones ruidosas) en proporción a la cualidad sufi­
cientemente buena del apuntalamiento narcisista.
El interés de la observación que vamos a resum ir está
dado por la frecuencia de esta semiología tal como aparece
en el consultorio del practicante. A este adolescente de
quince años lo llam arem os N., como Narciso, y durante
varios años desempeñamos a su respecto el papel de asis­
tente médico, pues el muchacho realizaba en otro sitio una
cura psicoanalítica. La organización psíquica es de tipo his­
térico, con crisis serias, sobre todo nocturnas, fobias (unas
fobias escolares ocasionaron la interrupción de su escolari­
dad durante seis meses, claustrofobia episódica, fobia a
pequeños animales), conversiones (crisis seudocomiciales),
actitudes caracteriales y una delincuencia astuta. Las posi­
ciones fóbicas ampliamente relatadas por este adolescente
venían disfrazadas en su vida cotidiana por su extrema sol­
tura y sus contrainvestiduras actuadas. Esta escenificación
semiológica era sumamente teatral debido a la participa­
ción neurótica de los padres; en este dominio relacional el
juego recíproco de identificación, evitamiento y seducción
hacía que N. nunca estuviese donde el otro creía. Daba una
impresión de engaño que N. tem ía mucho provocar en
nosotros, confirmando insistentem ente su mayor sinceri­
dad, que, según decía, nunca lograba del todo.
Las enfáticas demandas de ayuda, especialmente médi­
cas, no encontraban solución a sus ojos. Ausente en las
citas regulares, se imponía al final de la tarde. Este
muchacho de gran inteligencia estaba menos interesado
por la cultura clásica que por los modelos actuales de pen­
samiento (computadoras, marketing). Parecía tener una
alta consideración de sí mismo en estas prácticas, pero en
la conversación corriente se juzgaba con suma modestia.
Ponía a dura prueba n u estra investidura, en conjunto
sumamente positiva. La apetencia por las drogas, lícitas e
ilícitas, ocupaba en su vida un lugar muy complejo:
“antiangustiantes, somníferos, antifóbicos, objetos de
curiosidad y experimentación de investigadores”. Podía
inyectarse en calidad de test un polvo que le ofrecían, que
no conocía aún y del que sabía por rumores que podía pro­
vocar estados pavorosos de angustia. Se había hecho
experto en calidad y cantidad de diversos productos quími­
cos utilizables. Gracias a ellos podía, según nos manifes­
taba, profundizar mucho más su relación con los otros
tanto en el terreno afectivo como agresivo; en sus momen­
tos regresivos era consciente del desarrollo de una libido
homosexual sensible. La droga necesaria era, con el pre­
texto de ciertas equivalencias, intercambiable: gracias a su
arte político disfrutaba en su habitación de una farmacia
refinadísima en ansiolíticos; se había hecho buen conoce­
dor de los diversos alcoholes y utilizaba la mayoría de las
drogas ilegales conocidas. Se había “enganchado” un poco a
la heroína, de la que se desintoxicó en pocos días en prove­
cho de una esclavitud de varios meses a un ansiolítico.

Su temor se centraba en el escaso brillo de su adoles­


cencia (terror ante la taciturnidad), que ciertam ente
dejaba una nostalgia del pasado sn el presente pero sobre
todo, creemos, una sensación de obsolescencia, inexorable
evolución hacia una no-adolescencia. La mayoría de los
trastornos databan de la infancia, y la espantosa ansiedad
de la madre a su respecto había determinado- numerosas
consultas, haciendo hincapié en los supuestos accidentes y
errores de su recorrido con su hijo. Los terapeutas que se
habían sucedido confirmaron la causalidad supuesta de la
m adre en cuanto a los trastornos de su hijo, según una
pasión masoquista y culpable. La adolescencia de N. era
tan dram ática que la situación fam iliar se había Vuelto
precaria, pues cada nuevo día significaba un nuevo aconte­
cimiento: intoxicaciones, fugas, actos de delincuencia. Los
padres deseaban descansar. Con ocasión de un episodio
particularm ente dramático ocurrido un año antes, había-
mos recomendado una cura analítica para los tres interesa­
dos: consejo que fue llevado a la práctica. En una discusión
entre padres la posición paterna fue vivida como un tanto
desfalleciente, demasiado ausente. Por consejo de diversos
consultantes intercurrentes se aconsejó al padre brindar a
su hijo una mayor participación. De lo cual se siguió una
hiperprotección paterna. -* - •
La clínica del adolescente no se modificó en el plano
fenomenológico pero puso en evidencia una increíble ten­
sión amorosa entre padre e hijo que suponía una dimen­
sión sadomasoquista. N. se había rodeado de hombres más
grandes que le brindaban aprendizajes diversos, con gran
frecuencia lamentables, en la utilización de los productos
tóxicos o en el aprendizaje de tal o cual modelo informático
dirigido a ciertas prácticas de delincuencia financiera. El
relato que nos hacía regularm ente de las desgracias que
ocurrían en su vida nos llevaron a asociarlas en ciertos
momentos con las de Justine, del célebre Marqués, aunque
la sexualidad nunca estuviese explícitamente presente. Por
otra parte, él casi no hablaba de este tem a. Salía con
muchachas de su edad, sin importancia según él, permane­
ciendo secretamente fiel a un amor platónico y muy tímido
de catorce años en el que el objeto se había negado a parti­
cipar (lo que fue causa de una profunda depresión). A sus
ojos representábamos un personaje paterno complementa­
rio, a la vez severo en sus consejos, exigente en lo que con
cernía a su realidad (escolar) y hasta sancionador de sus
delitos; N. tenía al mismo tiempo el fantasm a de que en
vez de hacer una receta de ansiolíl co (vespertino), noso­
tros mismos acabásemos dándoselo a su cabecera: desde
luego, esto podía interpretarse como una dem anda a la
madre (que siempre había realizado ese gesto) y que hoy
era en realidad el reflejo de una búsqueda paterna. Nos
reprochaba tener un contacto demasiado fácil con él, no lo
bastante angustiante, y pensaba que no podía analizarse
con nosotros. Sus demandas urgentes, aprem iantes, sus
faltas a la cita revelaban búsqueda, envidia, despecho. La
relación con nosotros como coterapeuta tendía a desarro-
liarse como una transferencia lateral inanalizable con res­
pecto a su propia cura. Nuestra posición más activa, más
calurosa, lo inducía a desinvestir la relación con su psicoa­
nalista, al que juzgaba “indiferente, aun siendo consciente
en lo intelectual del funcionamiento habitual de una cura
analítica”.30

La contracoacción constituye un marco en cuyo seno se


elaboran los fantasmas edípicos de los adolescentes. Descri­
biremos:
1. Las características generales del marco parental,
aspectos exteriores de los objetos narcisistas.
2. Sus imitaciones observables en el método maníaco.
3. La locura adolescente diferenciada de la psicosis.

1 I E l marco p a ren ta l

Está formado por la parte exterior de los objetos narci­


sistas puberales y remite a la capacidad de los padres para
administrar sus posiciones simbólicas fálicas confrontadas
con la economía genital. Lo puberal del niño constituye un
conjunto de fenómenos a partir de los cuales el trabajo de
adolescens opera gracias al sostén exterior así definido.
Con sus actos y fantasm as, el adolescente practica un
forcing de este marco. Lo mismo sucede con los padres
excitantes, cuyo erotismo tiende a quebrantar el apuntala­
miento narcisista. Es interesante poder intervenir sobre
este marco parental en el plano de la cura.31

Después de S. Lebovici y D. Widlócher, propusimos una


correspondencia entre el trabajo de adolescens y el trabajo
psicoanalítico en el interior de la neurosis de transferencia.
Tracemos un paralelo entre marco parental y marco de la
cura.
1. Podemos utilizar los conceptos descriptivos de conti­
nuidad y abstinencia. La continuidad familiar tiene Su rea­
lidad física: concederemos mucha importancia a su cualidad
y a su imaginario. Descansa sobre un bagaje de creencias
comunes que pueden ser puestas en duda sin que el edificio
se derrumbe y dando significaciones a los cambios. Supone
sus ritmos y sus espacios, su seguridad, su clima de con­
fianza y buena fe. Cuando los adolescentes califican a su
hogar de satisfactorio, lo evocan más por afectos que por los
detalles normativos. Proyectada en el pasado, la atmósfera
se haría nostalgia. Presencia física cariñosa, interesada y
dispuesta a escuchar, susceptible del decir y del actuar: así
es la abstinencia parental, que no se contradice con la auto­
ridad; se la debe elaborar en relación con la profunda modi­
ficación que sufren.los padres al observar la pubertad de su
hijo. No hay contradicción entre seguridad y abstinencia
parental. No tenemos un punto de vista conservador res­
pecto de la familia, como muchos sistémicos. Consideramos
que es más importante de lo que se pensaba hace unos años
tomar en cuenta la dinámica del grupo familiar desde esta
óptica narcisista. La contradicción nació de la excitación
parental, cuyo objeto narcisista se sustrae.
2. El segundo aspecto del marco terapéutico está for­
mado por la capacidad asociativa (subtendida por la memo­
ria) del analista inducida por las asociaciones del adoles­
cente. Hablamos asimismo de la capac 'dad asociativa de
los padres a partir del material traído por el adolescente.
En este sentido remitimos concretam ente a los escritos
sobre el niño y el pequeño (en la línea de W R. Bion), y
sobre el adolescente de D. Meltzer. El trabajo de historia­
dor que efectúa el adolescente p ara asegurar su sen ti­
miento de continuidad se sirve de las escenas de niño pre­
sentadas por sus padres según un modo asociativo. En los
seguimientos analíticos de grupos familiares que realiza­
mos, observamos el dinamismo de los momentos en que se
confrontan las historias personales de cada uno: la de los
dos padres, la del propio adolescente y la que los padres
reconstruyen (según versiones diferentes, además). La fun­
ción histórica parental es claro ejemplo de una función psí­
quica cumplida por un objeto para paliar una incapacidad
transitoria del sujeto.
Aurélie,32 de dieciséis años, quiso tener entrevistas con
un psicólogo como lo hiciera en otro tiempo su madre, para
hablar de la incidencia de los problemas de sus padres
sobre su vida personal; inteligente, armoniosa, presenta
manifestaciones de neurosis de angustia con dotación
abandónica. Habla de sus proyectos de vida. En el curso de
una sesión que sucedía a u n a consulta de tres con su
madre, le hicimos notar que utilizaba los términos y el tono
que adoptó ésta la semana anterior al hablar de su propia
libertad. Esta intervención señaladora de la imitación sus­
cita en ella una serie de asociaciones sobre su madre, a
quien admira: mujer dinámica, brillante en lo profesional,
con muchos amigos y tan distinta de su padre, quien está
siempre en la casa, triste, aislado, paranoico. Si su madre
deja a su padre ella se quedará al lado de éste, pues no
podrá arreglárselas solo, pese a que preferiría mucho más
unirse a su madre y a sus herm anas menores. Piensa que
la eventualidad de esta solución es inminente. Su padre se
irá sin duda con su propia madre, de quien fue hijo único
tras la vergonzosa partida del abuelo paterno. Considera­
mos que esta intervención relativa a la imitación narcisi-
zante de su madre permitió una afirmación identitaria en
sus asociaciones.33
Volvemos a verla a los quince días, con un intenso sín­
drome de bulimia/vómitos cuya causa procura descubrir: la
emoción del examen de bachillerato que acaba de rendir, la
falta de sesión de la semana precedente, la depresión del
padre, el carácter difícil de sus hermanas menores. Nin­
guna de estas causas es verdaderamente importante. Aso­
cia con la partida de su madre a España ocho días antes,
sola, sin su padre, con compañeros de trabajo. La vida
fam iliar quedó desorganizada. Nosotros señalam os el
impacto que tiene en ella el apuntalamiento narcisista por
el grupo familiar unido. El síndrome bulimia/vómitos desa­
pareció al día siguiente. De m anera deliberada, nuestra
intervención no recayó sobre el apuntalam iento propia­
mente materno; parecía, en efecto, que Aurélie estuviese
ligada a sus dos progenitores según un modo edípico inver­
tido, siendo mantenida de preferencia la función narcisista
por la perm anencia del grupo de sus padres. E ra dema­
siado pronto para abordar las relaciones objetales antes de
hacerle ver sus problemáticas narcisistas.

Exponemos el seguimiento psicoterapéutico de Lau-


rent, de quince años, efectuado durante varios años en
razón de los siguientes síntomas: fobia escolar en cuarto
curso, neurosis de carácter, delincuencia menor, tendencia
toxicomaníaca manifiesta, posición depresiva que lo llevó a
aislarse en su habitación. En esta familia saben de tra ta ­
mientos psicoanalíticos: el padre está haciendo una cura, la
madre tuvo su último hijo tra s concluir su análisis hace
ahora dos años (fecha en la cual el carácter de Laurent
habría cambiado profundamente). D urante los primeros
meses de su tratam iento el trabajo recae sobre la grandio­
sidad con que percibe a su padre. Lo imita, se somete a él,
se le opone con una rara violencia o con un apragmatismo
provocador. Laurent falta a una sesión, su padre viene en
su lugar y se describe en la actualidad: desempleado, ejecu­
tivo venido a menos que dilapidó el patrimonio familiar,
que hizo tentativas de suicidio, que bebía a escondidas,
reprochándose con sistematismo e infortunio sus activida­
des fam iliares a la m anera de Dostoievski. En la sesión
siguiente hacemos notar a L aurent que la imagen que
tiene de su padre no corresponde a la que escuchamos la
semana anterior. El m aterial que siguió mostró la impor­
tancia del fantasma: ‘Yo fracaso como mi padre, me drogo
como él”, y pronto se hizo manifiesto que su mayor anhelo
era que su padre estuviese mejor: “¿Qué puedo hacer por
él?”. Un vuelco favorable en la evolución de Laurent se pro­
dujo cuando su padre tomó somníferos y él debió llam ar a
la urgencia médica. En el decurso de este dramático suceso
Laurent se hace cargo de sí mismo, va a la escuela y pronto
considera que ya no necesita de nosotros. E sta interrup­
ción, cuya pertinencia comprendimos, no significó la cura­
ción de Laurent, lejos de esto; lo vimos tres años después,
invadido por una impresión casi alucinatoria de envenena­
miento con hachis en ocasión de una comida en grupo.
Sigue utilizando este producto porque su padre bebe y por­
que no se puede quedar solo, por temor a la muerte.
E sta observación m uestra la im portancia del sostén
narcisista paterno y el interés que puede haber en retomar
en sesión una intervención intercurrente de progenitor. La
utilización del m aterial exterior én el marco de la cura de
una m anera prudente perm ite un mejor análisis de las
posiciones recíprocas del progenitor y del adolescente. La
captación por el discurso parental puede ser mejor anali­
zada posibilitando al interesado la consolidación de una
posición personal auténtica. Se puede apreciar igualmente
la intensidad de las modalidades interactivas en el reco­
rrido del adolescente e inducirlo a dar mejor espacio a su
evolución propia, es decir, a poder iniciar realm ente un
proceso psicoanalítico.

Julien,34 de c ecisiete años, está en psicoterapia desde


hace uno (a razón de una vez por semana) y en posición
transferencial positiva: es consciente de la intensidad de
sus preocupaciones depresivas acompañadas por ideas de
suicidio activas y por tendencias toxicomaníacas. Entre dos
sesiones, el padre telefonea al terapeuta: olvidó decir que la
hija de su herm ano, hombre más desequilibrado que él
mismo, se había suicidado tras un largo trayecto toxicoma-
níaco a la edad de su hijo, en la habitación donde éste
duerme actualmente con la abuela paterna. El mismo había
enviado a Julien a casa de su propia madre, irritado por su
pasividad. En la sesión siguiente, Julien se entera de la
existencia de esa llamada teléfonica, pero no del contenido.
Exige que su terapeuta se lo comunique; ésta considera
demasiado directa la transmisión de informaciones tan trá ­
gicas y ambiciona una elaboración segunda, aunque sólo
sea para ella misma. Se contenta con hacer notar la fascina­
ción que ejerce sobre Julien el pensamiento del padre.
Unas semanas después, el padre se encuentra lejos, en
viaje de negocios, y el adolescente se considera liberado,
sale, pero sintiéndose muy angustiado. Cuando está en
casa está pendiente del timbre del teléfono, persuadido de
que su padre llamará, lo que sólo ocurrió una vez. La tera­
peuta in terpreta en el sentido del amor latente por el
padre. Al cabo de unas semanas, el adolescente relata que
después del viaje de negocios, su padre tuvo la sensación
de que su hijo no estaba bien y de que debía reconciliarse
un poco. Desde hacía largos meses se producían entre estos
dos hombres fuertes estallidos caracteriales. El padre
alquila un cuarto de hotel de dos camas, las acerca, y por la
noche pide a su hijo confidencias sexuales. Julien, primero
reticente, se pone luego furioso. Hoy lam enta no haber
podido aceptar esa connivencia, él cuyos recuerdos de
infancia reflejaban una complicidad muy agradable con su
padre. La terapeuta no interviene.
En cuanto a nosotros, hubiésemos hecho una interven­
ción de modelo desarrollístico, mostrando que la pubertad
ya no permitía los contactos tiernos. Sin poner en juego la
homosexualidad propiamente dicha, ni el juego identifica-
torio, ni la transferencia objetal. En la sesión siguiente el
adolescente desarrolla el tema de que el sexo lo complica
todo. Mucho después puede ser abordada la cuestión de su
identidad sexual, concretamente sus posiciones femeninas
reactivadas por las intervenciones del padre y las compara­
ciones que éste gustaba hacer entre su hijo único y su joven
mujer, apodada “pajarito”.

Los mecanismos en juego respecto del objeto parental


narcisista investido y desfalleciente son la imitación, la
sumisión alienante, las idealizaciones objetales, los fantas­
mas de caducidad recíproca, las complicidades imposibles.
Tenemos la sensación de que las intervenciones prudentes
sobre la problemática narcisista de la relación con el proge­
nitor y con el grupo familiar permiten al adolescente libe­
rar cierto material edípico. Si esto ocurre, podemos conside­
rar que cada intervención incrementa de una u otra
manera la dimensión narcisista de la transferencia del
adolescente, o transferencia de apuntalamiento del proge­
nitor al terapeuta.
2 f E l método m aníaco

El desfallecimiento del marco parental necesita para el


desarrollo una construcción sustituta que le sea semejante
en el más alto grado. Por una fórmula imitativa, la psique
procede ucomo si” el asiento externo narcisista no fuera
requerido, como si pudiese prescindir de él.
El método maníaco (lo definimos rápidamente a guisa
de introducción) es un funcionamiento enteramente cen­
trado en la preservación del marco del pensamiento. La
producción psíquica apunta a colmar el desfallecimiento de
los asientos externos de las representaciones y simboliza­
ciones de padres en su función narcisista. Comparamos
este funcionamiento con la aceleración de un motor en
punto muerto que (para que el vehículo avance) reempla­
zará supuestam ente al enganche de una velocidad. El
método maníaco sería una creación voluntaria de sueño,
“caricatura de una actividad asociativa”,35 “superrealidad”.
Las representaciones de palabra funcionan según el
modelo de las representaciones de cosa, es decir, de la iden­
tidad de percepción. El paso de la identidad de percepción
a la identidad de pensamiento no se cumple. Lo precons-
ciente es aplastado, cortocircuitado.36
1. Se asocian las representaciones unas con otras sin
creación personal. El proceso de isomerización en bioquí­
mica es la imagen de que nos servimos para caracterizar
este funcionamiento, a saber: el cambio de la disposición
espacial de los átomos sin modificación en la composición
global de la molécula. La particularidad reside en la inter-
cambiabilidad. Las peripecias históricas no son retenidas
en razón de la ausencia de identificación en beneficio de
una manipulación de los objetos. El aspecto de extrañeza
de la puesta en escena es comparable al encuentro del
sujeto con su doble autómata. Su frenesí está menos ligado
a un acto en curso que a las maniobras sucesivas. Esta
hem orragia de símbolos da una impresión de movilidad
constante sin que pueda ser fijada una representación.
Importante es la repetición que da ilusión de continuidad y
unicidad. Este “uno”,37 ¿es el sujeto dirigente del conjunto
de elementos articulados que dejan para term inar huellas
de un recorrido?, ¿o es el sistema mismo repitiéndose inde­
finidamente? El trabajo maníaco implica un efecto narci­
sista momentáneo y condenado a la repetición, como el de
sus niños sobre la playa elevando barreras de arena contra
la marea en ascenso.
El método parece corresponder, en su sinrazón, a la vez
al trompe-l’oeil y al barroco. La copia tiene un valor sin
igual en la formación del pintor. Pensemos en el lugar que
ocupa la transcripción en un creador prodigioso como
Franz Liszt.38 Si oponemos la simbólica constituida por el
conjunto de los símbolos culturales que se prestan a una
decodificación transindividual, a una “clave de los sueños”
sin referencias al contexto personal, y el proceso de simbo­
lización en el que el sentido teje lazos, conexiones múlti­
ples con lo simbolizado, es decir lo reprimido, la utilización
de la primera ahorraría al segundo y sin embargo contiene
quizás una potencialidad de éste.39

2. El afán de dominio del otro por lo falso es perceptible


en la irrisión que ataca al objeto “que hubiese tenido que
ser narcisista”. Este espíritu del pensamiento maníaco se
dirige al progenitor, por supuesto; lo distinguimos de la
agresividad edípica. Así, un adolescente nos pide con ironía
que adivinemos su pensamiento. En el juego del squiggle,
otro dibuja un esbozo y pide al terapeuta que trace la conti­
nuación, cuyo sentido está previsto y sugerido por él; los
errores de dibujo se incrementan por los cambios de deci­
sión del dibujante, que agrega trazos al prim er bosquejo
transform ando radicalm ente la forma inicial. Lo que se
dibuja casi como un castillo está destinado a recibir el
nombre de una cabeza de animal de cuernos rígidos como
torres. La inversión en su contrario es utilizada de manera
provocadora tanto a nivel del afecto como de la representa­
ción. Los dibujos ofrecen la apariencia de una significación
clara que se vuelve inexacta ante el niño. La polisemia
constituye la práctica irrisoria del niño que aprisiona al
terapeuta no en el desorden sino en trucados, p ara su
mayor placer.40 Los actos simbólicos disponen sus produc­
ciones en forma tal que a la espera de sentido le sigue el
descubrimiento de un exceso o de una ausencia de sentido.
El adolescente no se sitúa nunca en el lugar mismo de la
comunicación; intenta llevar a su interlocutor del sinsen­
tido al sinsentido: dos significantes quedan actualizados a
nivel del yo, circulan de polo a polo como una variación de
potencial, sin resistencia, es decir, sin represión.41 El relato
ofrece más para ver que p a ra oír, como en el nouveau
román y el eme disnarrativo de A. Robbe-Grillet. Si las
representaciones son intercambiables de manera megalo-
maníaca, el otro puede ser, todo a un tiempo y sin peligro,
destruido y reparado. ¿No es éste el razonamieno que se
sigue en la construcción del fetiche elegido y manipulado
que permite renegar la castración? La falta, la ausencia de
pensamiento no existe donde se hacía creer que estaba; la
intercambiábilidad de los objetos se torna válida para el
pene.
3. Maníaca de otra m anera es la certeza románl ca de
“complementariedad con el mundo” exhibida por el Queru­
bín de Las bodas de Fígaro. “Los pájaros cantan para mí”,
escribía Héctor Berlioz al describir la adolescencia rural de
su autobiografía.42 A los 78 años, Paul Claudel leía con voz
que interrumpían los sollozos el final de la versión escénica
del Zapato de satén: “Todo me fue dictado por la noche”. J.
L. Barrault evoca una impresionante mezcla de “adolescen­
cia y dentadura postiza” 43 Esta megalomanía creadora
descansa sobre una adecuación perfecta entre la enuncia­
ción y su objeto para gloria del sujeto de la enunciación:
“|Es eso!” es menos el “¡Eureka!” centrado en el objeto del
descubrimiento, que el placer y el reencuentro del objeto
narcisista. Claudel llamaba al hecho “alfa”, aludiendo a la
famosa Navidad de 1886 de su conversión y de la certeza
orgullosa de corresponder a la palabra de Dios. De esa
“alfa”, el omega de lo cotidiano está alejado.
Así se da la victoria de una pubertad que, “a la m anera
de Rastignac”, borra el pasado. Ilusión del revolucionario
que cree volver a empezar desde cero y niega la restaura­
ción. Pensamos más en Saint Just, el adolescente de 1789,
que en Danton, ambos regicidas. Muchos adolescentes pre­
tenden hacernos creer en ese existencialismo y afirman a
mínima no tener recuerdos de infancia.
4. “Entonces, cuando creo captar una forma, por imper­
fecta que sea, la fijo con el temor de perder todo el pensa­
miento.” Esta confidencia de A. Artaud a J. Riviére, el 5 de
junio de 1923, define un funcionamiento psíquico que para
contener la crisis en la que el pensamiento abandona al
adolescente en diversos grados, da valor primero a su
marco (hasta el punto de confundirlo con el contenido).
Situamos así una función de la escritura y d éla narración
adolescente. En un trabajo sobre la escritura44 reflexioná­
bamos sobre las conexiones entre construcción-reconstruc­
ción del “yo” [Je] adolescente, entre “yo” [Je] del enuncia-
dor y del enunciado del texto, particularm ente en la carta y
el diario íntimo. El debate es demasiado rico para resu­
mirlo aquí; el razonam iento tiene un carácter maníaco
cuando confiere valor narcisizante a la escritura. Pascal
daba a entender que la creencia sigue a la genuflexión; asi­
mismo, escribir daría cohesión al yo. Hemos mostrado que
era tan sólo transitoria. Tomamos de la escritora Colette
Peignot (1903-1938), conocida por lo que se tituló Les écrits
de L a u r e l un documento autobiográfico que resumía los
orígenes de su escritura. La decisión está inscrita al final
de L’histoire d ’une petite filie (1938). Laure tiene entonces
diecisiete años, cree escapar a una confrontación juzgada
definitiva con su madre gracias a la escritura, y descubre
en la misma página que este medio la conduce a ello por un
imaginario otra vez: el doble trazado redondeado que la
fascina de la cifra “8” simboliza este trayecto:

“Me encontré toda encerrada


como en un círculo al que escapo
por ese otro que me lleva de nuevo a él.”

La adolescencia de Colette Peignot fue la de un narci­


sismo gravemente herido. Nació en una familia burguesa,
“universo de fe cristiana y dinero”. A la edad de doce años,
“se rompió la armonía con el padre” por la muerte de éste
durante la guerra de 1914-1918; “de sus ojos claros y feli­
ces y tan azules, él me mostraba la naturaleza”. Colette no
llega a hacer el trabajo de este duelo; ¿acaso al marcharse
el militar no vociferaba ella la Marsellesa para no sufrir?
Por un proceso de idealización, permanece en la nostalgia
donde las representaciones son raras (en su autobiografía
sólo cita a su padre tres veces), y los afectos violentos sobre
un fondo de depresividad.46 La construcción idealizada del
padre había comenzado sin duda antes de su m uerte,
frente a la representación que la madre proponía de su
marido “como de un nivel menor”. A los trece años, la
somatización procura el retomo de la unidad con la madre:
la tuberculosis, “enferm edad de la que no se vuelve” a
menos que quede uno envuelto por “una m adre
enfermera”:47 “Me había hecho su culto, su heroína”. El
abrazo puberal se expande en un campo solitario: “En
cuanto dejo da estar sola, ya no soy yo”; descubrimiento del
cuerpo y de la naturaleza, violencia de la atracción m astur­
batoria fuera de la culpabilidad en una confusión-agita­
ción: “En esta época también veía llegar la noche con un
sombrío terror que iba creciendo cada día. Sabía que iba a
luchar durante horas y, tras resistir a la tentación, luego
librarme a ello sin freno... (pasaje ilegible)48 ... a un desen­
freno de imaginación”. Escindida por este sector íntimo en
el que se juegan identificación y amor al padre muerto, la
relación con la madre está hecha de obediencia, de sumi­
sión a las “exigencias de transparencia” de ésta; es decir,
de confesión. “El pecado mortal hace morir”: adagio de la
viuda ejemplar, entre misa y velatorio.

La confrontación entre Laure y su madre se origina en


una tentativa de seducción, “maniobra lograda a medias”
por el sacerdote de la señora Peignot. Unico hombre a
bordo, protegido por su condición, el abate D. ocupa en la
casa un lugar semejante al de un padre irrisorio. Queda
uno perplejo ante la inocente confianza con que la señora
Peignot deja el campo libre al sacerdote, quien se mueve
por la casa, incluidas las habitaciones de las muchachas, a
cualquier hora del día y de la noche, actitud que confina
con la ceguera y se resuelve en complicidad, convencida de
que “los sacerdotes son sagrados”. “Yo tenía grandes
inquietudes sexuales a las que ningún diccionario respon­
día, ignoraba incluso cómo se hacen los niños, pero no iden­
tificaba mis preocupaciones con las maniobras del sacer-
dote.”49
“Tuve que hablar con mi madre, sentada en su escrito­
rio ante sus libros de contabilidad y la fotografía de mi
padre. ‘Te atreves a acusar al señor abate... está clarísimo,
tú que ya no vas a la iglesia y Jacques que lleva una vida
disoluta, se han confabulado para contar estos horrores’, y
comenzó una escena como no había visto nunca. Esta vez
yo contestaría, diría todo y, en efecto, no cedí en ningún
punto. Mi madre pasaba de la apoplejía a la palidez mor­
tal, me daba lo mismo, y ya que me acusaba todavía de ser
‘innoble’ repitiendo que los sacerdotes son sagrados, yo no
tendría la menor piedad con ella. Al final, suplicó que
hablásemos en otro tono: ‘Cuando pienso en lo que hice por
ti y en la manera en que me hablas, tienes un corazón de
piedra.’ Apoyada sobre una cómoda, contesté: ‘No, de m ár­
mol, es más frío’. Entonces la atmósfera se electrizó: mi
madre reivindicaba sus derechos a mi cariño, ella que me
había ‘dado la vida y cuidado tanto’. Lancé una extraña
carcajada y repliqué que de mí no podía esperar ningún
reconocimiento, lo mismo daba que me hubiese dejado
morir, ‘ojalá no hubiera nacido’. Se volvió sobre su sillón,
me gritó que yo no sabía lo que decía y se derrumbó. Salí,
sin piedad, sin lágrimas. Por una vez que hablaba, lo había
dicho todo, y la maldición final vació mi cuerpo de múscu­
los, sangre y huesos. Sentía un alivio que me elevaba de la
tierra, una alegría sorda, sin resonancia posible.
”¡Ah, de veras! ¿Ella sólo había querido a mi alrededor
cantos de cuervos, aullidos de lechuzas, cuchicheos menti­
rosos, gestos furtivos a la hora de los murciélagos? ¡Pues
bien!, por una vez todo se hacía claro y transparente como
este pleno mediodía de verano. Me dirigí al jardín; maripo­
sas blancas volaban por encima de la orilla y una nube de
pequeñas moscas acudió a mi rostro; asombrada al perca­
tarme de estas cosas tan simples, permanecí largo rato al
borde del agua y allí adquirí la certeza de que la vida res­
pondería a mis sueños y de que no iba a fracasar: sufriría,
pero viviendo... A partir de ese día, aparentemente serena,
imperturbable, comencé a arrojar aullidos sobre papeles.
‘¿Tendría siempre esta inmensa facultad de sufrir por las
cosas sin cambiarlas?’”

La necesidad que siente Laure de hablar con su madre


nos interroga en varios niveles: en lo más arcaico tal vez
un intento de diferenciación de las seducciones (por la
madre en ocasión de los cuidados que exigió la tuberculo­
sis, por el hombre después, planteando la problemática de
su masoquismo perverso que se manifestará durante toda
su vida); hacer conocer secretos, hacer confidencias, com­
plicidad entre mujeres; aplicación de la exigencia de trans­
parencia que la madre formulaba tan gustosamente, sumi­
sión aparente que se transform a en provocación en este
ámbito fam iliar donde no se habla, es decir, donde cual­
quier toma de la palabra es un intento revolucionario.
Somos sensibles a lo paradójico del proceder de Laure:
confrontación para completar de m anera perversa el fan­
tasm a masturbatorio central incluyendo la relación de la
madre y el sacerdote, un esfuerzo destinado a separar, de
m anera defensiva, lo que sería sexualidad infantil (ter­
nura, autoerotismo) y sexualidad genital revelada.
El suceso contiene un mensaje inadmisible. Con una
palabra, la señora Peignot demolió la teoría de la seducción
elaborada por la muchacha: “Te atreves a acusar al señor
abate”. Laure es reenviada a la violencia misma de sus pul­
siones genitales, a sus prácticas autoeróticas: régimen de
la interpretación salvaje, precisamente retomo de lo pro­
yectado. La maldición m aterna se confirmará.
La hoja lisa lisa lisa
No se atrapa uno sobre el papel
Como un ahogado aferrándose al peñasco.

La escritura nos es presentada como solución para evi­


ta r un frente-a-frente mortal, cambio de pantalla proyec-
tiva de la madre en la página, y lo es, en efecto, por el naci­
miento de cierto sujeto del enunciado, por su fuerza de
secundarización. El derrumbe de la madre lleva a apelar a
lectores potenciales (que pasarán a ser sus amigos). La
obligación de “transparencia” (vacío interno) le impone, al
lado de su éxito de escritura, la búsqueda indefinida de
pantallas de contención p ara su violencia pulsional
extrema: el cuerpo del otro en detrimento de su alteridad
de objeto, su propio cuerpo en las recaídas tuberculosas
que pusieron fin a su vida.
5. Detengámonos una vez más en la cuestión del relato:
El adolescente cuenta más de lo que fantasea en
sesión.50 Hecho bien conocido, fuente de dificultad en la
cura, como si el fantasm a a expresar requiriese la organi­
zación del texto. El fantasm a se hace notar por pausas,
interjecciones, vacilaciones, ensayos y errores de n a rra ­
ción, irrupción imprevista de un afecto-señal del apuntala­
miento narcisista. El terap eu ta busca el fantasm a ahí
donde se encuentra51 según el modelo de la discusión
socrática y de la entrevista. La pareja recitante-escuchante
se hace historiadora de lo actual o bien haciendo la historia
que se hace, dando significación a un suceso en el momento
de su narración, inscribiéndolo en una continuidad histó­
rica de valor narcisista, reconstruyendo, en el sentido de
que el pasado se hace nuevo, como una casa vieja hoy habi­
table. Ciertos relatos, trucados “para no decir nada”, m an­
tienen la relación narcisista sin aporte personal. El dis­
curso del adolescente sería tanto más un relato cuanto más
grande es la demanda narcisista dirigida al terapeuta. El
relato adolescente entrañaría un intento de cicatrización
por envoltura defensiva. A este título no puede ser objeto
de interpretaciones; sin embargo, puede ser comentado,
incitado y retomado. Con nuestra capacidad para asociar a
propósito de los relatos, nosotros validamos su cualidad
narcisista. Mediante este sistema tercero revelamos al ado­
lescente su capacidad fantasmática enmascarada, “engaña-
oídos”. Como los mármoles de Miguel Angel que antes evo­
cábamos, escultura emergiendo de lo bruto, el fantasm a
puede brotar de la naturaleza del relato pegado a él. El
relato sería un sueño infantil. La técnica del sueño vigil
estaría hecha a la medida del adolescente.52 Como el
trompe-Voeil en la pintura, la mitomanía de Dupré es la
asíntota de la narración de miras narcisistas. El relato es
su marco: encuentra un interlocutor en su víctima y esta­
blece un equilibrio perpetuamente provisional del que la
posición depresiva o persecutoria estaría excluida. En este
extremo, el barco ebrio puede derivar en alta mar, lejos de
la roca de la castración; está fuera de lo inanalizable, no
acepta ni rechaza el encuentro con el analista. Se propone
jugar con él y contarle historias.

3 / L a locura puberal

Investiguemos, en relación con la lógica de este libro,


qué cosa sería una locura puberal o Edipo maníaco.
Está construida sobre tres certezas:
1. La primera atañe a la verdad de la escena puberal.
La adhesión del adolescente en cuanto a las figuras paren-
tales imposibilita cualquier transferencia de la investidura
genital sobre otro objeto.
2. La segunda concierne a la moción pulsional del pro­
genitor incestuoso. La convicción sería doble en un anhelo
de coincidencia puberal en el sentido en que antes la defi­
níamos:53 Edipo genital compartido. Ninguna duda afecta a
la adecuación amorosa incestuosa. Así podemos decir que
la locura adolescente es siempre, en mayor o menor
medida, una locura de dos; en lo cual se diferencia de la
escena puberal, que sólo implica un actor principal.
3. La verdad afirmada de lo puberal parental consti­
tuye supuestamente, por sí sola, un basamento narcisista
(e incluso el único apuntalamiento); deseado por la madre,
el muchacho es confortado en su valor genital. La sexuali­
dad tiene una vez más la apariencia de curar el desfalleci­
miento narcisista.54 La coincidencia incestuosa sería todo­
poderosa. La moción parricida se modifica a su vez,
pareciendo convertirse en un asesinato cometido entre dos
y exigido por la situación. Gracias a la pseudocerteza narci­
sista, dada sin reserva por el objeto del deseo, se soslaya la
instancia superyoica. El principio de realidad se mantiene,
paradójicamente, y el deseo del sujeto no queda forcluido,
pues aquel por el que surge la vergüenza no es el adoles­
cente sino el otro parental figurando al seductor, carente
de fe y de ley. El principio de realidad podría derrumbarse
si la causalidad inducida por el progenitor incestuoso fuera
llevada otra vez al interior del adolescente.55

La escena puberal recibe el sello de la “insania”, según


la expresión de P. C. Racamier;56 locamente convencida,
escapa entonces a la justicia, a la proyección sobre una
escena exterior, a su realización misma. El proceso de insa-
nización trabaja sobre “percepciones sumamente correctas
de la verdad del otro y de sí mismo adquiridas en condicio­
nes en que esta verdad se hallaba disfrazada o negada,
reprimida, oculta; mejor aún, desaprobada por el otro”. La
representación-percepción de esta verdad, antes que repri­
mírsela o negársela radicalmente,57 queda afectada por un
sello de insania: “m utar la verdad en locura”, en sinsen-
tido. La creencia en la complementariedad de los sexos en
el Edipo sería una locura, y por este hecho una verdad per­
ceptiva histórica a la que es preferible considerar loca:
— Si no quiere uno deprimirse a causa de la imposibi­
lidad de esta categoría (porque ella hace perder).
— Si se evita el ataque de la teoría edípica.
— Si no se deja deslizar uno del abrazo del otro a la
fusión (“mismidad”, según el término de J. Caín). Nos ocu­
pamos, por ejemplo, de una m uchacha que no lograba
abandonar la excepcionalidad que habían constituido sus
relaciones incestuosas. La falta de sus experiencias con su
padre no dejaba espacio a su am ante actual, quien no
podía sino abrir una grieta narcisista en su vida. “La
locura —decía ella— es la única verdad.”
La insanización se comprende por un esfuerzo de enlo­
quecer al otro, es decir, volverlo incapaz de asociar, impo­
nerle la acción. El adolescente coloca al progenitor inces­
tuoso en una situación (posición) de partenaire obligado, no
simple consentidor sino cómplice y hasta seductor primero.
La locura es una estrategia contagiosa. P. C. Racamier,
recordando a H. Searles, define así las paradojas de origen
de la locura: “Lo que tiende a activar diferentes sectores de
la personalidad en recíproca oposición”. ¿No se define así la
cualidad alternante del objeto parental objetal y/o narci­
sista? Ejemplar es a su vez la paradojalidad puberal que
descalifica al yo en la organización familiar con estos extre­
mos: “No eres un hombre o una mujer, ahora que eres un
hombre o mujer” (en el sentido de la capacidad incestuosa).
Así pues, si la locura existe, es sólo compartida, de tal modo
que nada es más necesario para el loco que volver loco
igualmente al partenaire o mantener su locura. La pareja
no abarca siempre relaciones globales sino ciertos aspectos
edípicos puberales, amplificados hasta la locura.

Un libreto puberal muy refinado es el de La luna, fil­


mado por B. Bertolucci. El momento clave es el que une a
una mujer desequilibrada por la muerte de su marido, diva
italiana en gira, con su hijo de dieciséis años, afligido, erra­
bundo, escapando más y más en la toxicomanía a la fasci­
nación ejercida por la soberbia cantante. Ella da a succio­
nar su pecho al todavía-niño, cuyo sexo acaricia hasta la
eyaculación. La m adre-amante cree calmar la excitación
provocada por su propia seducción. La toxicomanía
aumenta en una atmósfera de desconocimiento del incesto.
La cantante compra droga para su hijo a fin de evitar que
la escena se reproduzca. ¿La solución será el reencuentro
con el padre de su hijo, para que se reinicie otra historia?
La endecha de Querubín58 en el segundo acto de Las
bodas de Fígaro suscita n u estra emoción por exhibir su
impunidad a la vindicta del adulto a priori enternecido.
Por adquirida que esté la complementariedad de los sexos,
es simplemente fuente de irrisión. La mente infantil de
Querubín cree en el apuntalam iento de las alas de su
sexualidad.
Lo puberal del niño provoca lo puberal de los padres y a
la inversa, en una espiral loca. Es arriesgado preguntarse
quién empezó primero: si el cuerpo adentrándose en la
pubertad o los padres seductores de la infancia. Locura
grupal, seguram ente, buscando en el desequilibrio un
nuevo equilibrio, en el sentido de que (como recuerda P. C.
Racamier) la locura es la búsqueda de una neurotización
saludable. Una m uchacha sufre un acceso delirante en
pleno estado amoroso. ¿Qué locura puberal le procuró en su
tiempo un equilibrio irrisorio que duró no obstante varios
años?

Para resumir, la insanización puberal según el eje teó­


rico de este capítulo reside en la creencia en la potenciali­
dad narcisista de la escena incestuosa, que niega la oposi­
ción radical entre el objeto narcisista y el objeto
representado. Loca es la certeza de una figura de sostén.
Así el paciente de P. C. Racamier, quien para vivir debía
identificarse con el herm ano muerto. Así el ejemplo de
paradojalidad en que se encuentra el hijo al que su madre,
que le ha regalado corbatas, tom a sinónimos el llevar una
y la pérdida de su amor (simbolizado por la otra y a la
inversa). La puesta en juego narcisista asignada a una
figura/acto enloquece al otro.
C iertas locuras adoptan por semiología los estados
maníacos de la nosografía, excepcionales antes de los dieci­
séis años. Más interesante es señalar una metapsicología
de este modelo en ciertos adolescentes.59 Alfred, por ejem­
plo, de dieciséis años, enamorado de Sylvie (a quien identi­
ficaba absolutam ente con la heroína de G. Nerval estu ­
diada en clase), a pesar de la m adre de ésta, se tendía
sobre el felpudo del pasillo tan convencido de que la puerta
se abriría durante la noche como de que su madre reciente­
mente fallecida iba a retomar, ya que creía en la inmortali­
dad (echaba de menos la tolerancia de su padre grandioso
respecto de estas conductas). Deprimido y corroído por el
deseo, Alfred60 no lograba concebir la reciprocidad de los
sentimientos de Sylvie. Sus generalizaciones sobre el sexo
femenino nos produjeron, al escucharlo, la sensación de
que las chicas no tenían sexo susceptible de recibir al suyo,
condenado entonces a la descarga m asturbatoria. Habla­
ríamos aquí de una insuficiente erotomanía del objeto.

Anne, de quince años, se rehace en pocos días de una


depresión severa que seis meses de una hospitalización
im puesta por la elevada posología de antidepresivos no
habían curado, gracias a una asombrosa complicidad mís­
tica. Pasó unos días en un convento donde consagró horas
enteras a orar junto a uno de los religiosos en medio de un
profundo silencio. Anne tiende a reencontrar esta comu­
nión con su psicoanalista en la más loca búsqueda asocia­
tiva relativ a a su inconsciente. J. Gaammil y R. Hay-
ward61 consideran frecuente la posición maníaca en la
adolescencia, que inscribe las prácticas sexuales en el con­
texto del reencuentro maravilloso de la madre arcaica en
la mujer o el varón. Según ellos, este razonamiento sería
igualm ente pertinente para la comprensión de muchos
actos,62 bulimia, anorexia, fugas, raptos suicidas (como los
de esas jovencitas fáciles durante las primeras sesiones de
psicoterapia, y tam bién ante la inm inencia de un acto
sexual investido amorosamente por primera vez). J. Gam­
mil habla con acierto de angustia depresiva insuperable
cuando se da la posibilidad de iniciar una relación
objetal.63
La locura de la infancia es distinta de la locura de la
adolescencia: la segunda se centra en los fundamentos cru­
dos de la escena puberal, la prim era implica solamente
simbolizaciones lúdicas creídas y afirmadas como verdade­
ras. El caso de Ginette, afectada por una colitis ulcerosa,
constituye un ejemplo:64 niña cuya estructura psicótica
parecía evidente y que mostró sin embargo en su cura posi­
bilidades elaborativas notables. El método utiliza a la
altura de lo posible la omnipotencia infantil, como si los
problemas del fracaso, la falta o la castración no se plan­
tearan. En el plano estructural se trata del modelo de la
incorporación/excorporación cortocircuitando el proceso de
simbolización. El sujeto “cree” poder construir el objeto
total a p a rtir de objetos parciales, disponiéndolos en el
espacio. Los elementos exteriores pueden ser reproducidos
colocando en derivación la metabolización interna propia
del juego. En el plano económico, se repiten en forma idén­
tica. Según la prim era tópica, unen paradójicamente, sin
poner a la represión en tela de juicio, representación de
palabra y de cosa. Los ensambles de percepciones así prac­
ticados forman una caricatura de la función narcisista del
objeto, jugando con coincidencias que podrían causar temor
si estuvieran entre lo interno y lo externo, y que aquí son
nada más que fortuitas y exteriores. Los dibujos, de estruc­
tu ra muy pobre, reducidos a veces a una cifra o a una
forma geométrica grosera, son discordantes con respecto a
las historias de las que son coartada, notables por la extra­
ordinaria riqueza de detalles que las componen. Sus temas
varían respondiendo a una mezcla de edípico y preedípico.
Las cosas y los animales aparecen personificados, humani
zados, las relaciones entre los diversos personajes son en
general muy agresivas, implicando relaciones sadomaso-
quistas, en particular de devorado a devorador. Las catego­
rías de buenos y malos están mal definidas; los buenos
podrán volverse malos arbitrariam ente y a la inversa. Las
representaciones del cuerpo están fragmentadas (la cola de
una ardilla cobra vida y se autonomiza del animal); las
funciones digestivas están presentes con independencia de
la personalidad. El cuerpo puede contener también en su
interior un elemento extraño (elefante en cuya espalda
figura una chimenea humeante). Las relaciones entre los
sexos son convencionales; el macho encuentra a una hem­
bra, pero Ginette se niega a plantearse la cuestión de sus
relaciones recíprocas: el papel del padre en la procreación
siempre aparece negado. El lenguaje de la niña es exce­
lente; multiplica los juegos de palabras en relación con su
continente y no con su contenido, las representaciones apa­
recen dadas por su contrario. Los tem as se enuncian sin
angustia ni culpabilidad, como si G inette no estuviese
involucrada en ellos. Todo intento de aproximación a su
vivencia, a su familia, es rechazado sin inquietud.

Veamos un ejemplo del polimorfismo y la movilidad de


los elementos temáticos en el curso de una sesión de la
niña. Sus relatos constituyen los desarrollos verbales de
dibujos que no son sino vastos golpes de lápiz sobre la hoja.
— “Un zorro. Lo ataca un tiburón... Y su hembra. El
tiburón le muerde la cola, la hembra lo hace sangrar, des­
pués los dos lo matan; se lo comen. El zorro no podía defen­
derse porque había sacado la lengua.”
— “La bruja transformó al sol en rayo de sol. Al final
los lagos se extienden. Los laguitos forman un solo lago. El
come la escoba de la bruja, la obliga amenazándola con
inundarla, con transformarla en rayo, después la ve.”
— “Dos dedos de una m anopla no se entienden.
Cuando uno estornuda, la manopla grita. Uno de los dedos
pide ayuda a un hombre invisible pero él no responde, y el
dedo se duerme.”
— “El pez manda a su cola.”
— “Un árbol llora. Al pie del árbol hay una bolsa llena
de veneno. El sol consuela al árbol. La bruja que había
puesto el veneno se envenena. El chiquito mira al sol y se
da contra el árbol. El sol se burla de él. El chico toma una
piedra y la lanza contra el sol, y el chiquito se quema.”

La locura puberal se distingue, como hemos dicho:65 de


las psicosis alucinatorias del breakdown por la neorreali-
dad creada por sus convicciones. El proceso puede ser utili­
zado con beneficio por el propio psicótico. Así, seguimos
durante años a una adolescente cuya psicosis infantil no
deficitaria se había reactivado a los catorce años con acce­
sos confuso-delirantes y depresivos a repetición. Conside­
raba que para estar mejor —y en nuestro fuero interno
estábamos de acuerdo— debía inflam arla un gran amor
hacia su padre y hacia nosotros, amor del que ella tenía la
clara convicción de que era compartido. Agredía entonces
violentamente a su madre bienamada, con términos inju­
riosos y golpes. En determinado momento, organizó lo que
llamó su violación por un pescador parecido a su ’padre,
acto que la emocionó mucho y le hizo bien. No obstante, fue
necesario hospitalizarla.

D / EL ANALISIS TERCERO Y LA TRANSFERENCIA NARCISISTA

El objeto narcisista es una contracoacción cuya meta es


contener la escena puberal y sus ataques contra el yo. La
psicoterapia de la adolescencia implica su análisis cuando
la transferencia se vuelve narcisista y la propia cura coac­
tiva. Muchos adolescentes están dispuestos a establecer
una transferencia con personas investidas de funciones
narcisistas aseguradas corrientemente por sus padres (o
sus representaciones), incluyéndolas en su marco de vida
(y de pensamiento) y en el marco de su cura. El respeto del
adolescente incita a D. W. Winnicott, como corolario, a for­
mular: “No existe sino una sola cura del adolescente y es el
tiempo que pasa cuando el adolescente se hace adulto”.66 A
fin de facilitar este comportamiento, se establecen ciertas
medidas en lo relativo al medio que rodea al adolescente:
terapéuticas (grupales y familiares), pedagógicas y logísti­
cas (hospedaje, por ejemplo). La investidura del “decidor”,
más allá de su profesión (médico, psicólogo, educador),
puede llegar a ser en sí misma un sostén narcisista de sufi
ciente calidad como para asegurar el tránsito adolescens.
El hecho de que la transferencia del adolescente sea en
general masiva e inmediata, como clásicamente se observa,
se debe seguramente a su valor narcisista. Reconocemos
aquí la incitación que hace el adolescente al terapeuta de
ser progenitor y de “encuadrarse en ello”. Debido a la
demanda de su paciente, el psicoanalista queda instalado
en un lugar intenso de proyecciones infantiles, lugar de
progenitor, podríamos decir. El afecto correspondiente, más
que de combinarse, es susceptible de invertirse con suma
rapidez. Esta condición apuntala las relaciones objetales
confiriéndoles una “cualidad transformacional”.67 Durante
este tiempo el adolescente es más apto para crear un objeto
potencialmente adecuado (fantasmático o real); cierto ado­
lescente puede enamorarse liberadamente al cabo de unas
pocas sesiones habiendo sido antes inhibido, recobrar una
curiosidad intelectual que mejore su escolaridad, suprimir
posiciones fóbicas. Puede ser notable el efecto de ciertas
consultas terapéuticas breves.
En los tratam ientos de largo aliento, ¿qué térm ino
debemos utilizar? ¿Investidura, pretransferencia o transfe­
rencia narcisista? E. Kestemberg sugiere los dos primeros;
nosotros preferimos utilizar el tercero. En la transferencia
narcisista no hay producción objetal sino un afecto que
expresa la presencia física del objeto físico del terapeuta: la
señal está ligada a diversos significantes formales, particu­
laridades psicológicas y físicas del analista, ambiente de su
consultorio, modalidades de su salud, apariencia, aspecto
general, afecto de goce que él procura y confianza que él
inspira, disposición mutua, etc. Todo esto teorizable en tér­
minos de “apego”, a veces ya en los primeros encuentros.
Es a la vez una base de la elaboración y una resistencia al
desarrollo del tratam iento. Ciertos pacientes jóvenes se
niegan inconscientemente a la transferencia narcisista,
sumidos como están en una posición depresiva o persecuto­
ria: nosotros hablamos de resistencias a esta transferencia.
El analista puede ser bastante activo con estos adolescen­
tes y mostrarles la necesidad de su compromiso y su capa­
cidad para entablar una relación personal (que a menudo
ellos mismos ignoran) con el terapeuta. El tratam iento
aparece presentado como la única contracoacción apta para
suavizar las coacciones cotidianas de la enfermedad. La
tram pa que el adolescente tiende a su analista, en particu­
lar al comienzo de su tratam iento, es inmovilizarlo como
progenitor (resistencia de transferencia). Negarse a este
estado implica para el sujeto un riesgo de fractura del yo;
aceptarlo es factor de interminabilidad. En el caso de que
la sustitución al progenitor narcisista es suficientemente
buena como para que se desarrolle lo adolescens, la simple
espera podría ser, como lo aconsejaba D. W. Winnicott, un
método suficiente: esto es muy raro. Debemos elaborar, tra­
bajar esta transferencia en el sentido de una creación nar-
cisizante del adolescente en busca de puntales, cuidándo­
nos todo lo posible de suscitar repetición.
En realidad hay que ir más allá: el psicoanalista
“exclusivamente encuadrado, externo”, no es tal psicoana­
lista. Debe responder de otra m anera a la transferencia
narcisista, admitiendo el papel demandado sin represen­
tarlo, de una m anera que recuerda a la psicoterapia del
niño por el juego. Seguramente interviene en lo más pro­
fundo su contratransferencia de progenitor, que merece
autoanálisis y eventualmente control. A nuestro juicio, la
función del terapeuta es en realidad la de garante. El tera­
peuta no es —o no es solamente— un objeto narcisista. Con
su presencia invistiente y regular, con su constancia de
pensamiento y su distancia relativa:

— garantiza la cualidad de los apuntalamientos narci-


sistas;
— “da ya señales”68 de que la construcción adolescente
puede desplegarse.

Función de andamiaje que permite m ontar los puntales


y posibilita la reconstrucción en curso. El razonamiento de
E. Kestemberg sobre el caso de Ariane es un ejemplo de
esta conceptualización. La muchacha, cuyo presente repite
las graves rupturas narcisistas de su infancia, invistió en
una primera consulta a Jean Kestemberg como sustituto
narcisista privilegiado. Inicia y abandona una psicoterapia,
y luego se encuentra con Evelyne Kestemberg en el consul­
torio donde su marido trabajaba antes de morir. Se repite
entonces el duelo de su padre. La autora propone a Ariane
verla cada tanto e iniciar otra cura. El objetivo de estas
entrevistas rem itiría a la necesidad de un tercero para esta
paciente, “objeto que se idealiza muy rápidamente, pues se
aleja apenas se lo encuentra”, “mediador” de su psicotera­
pia. La autora utiliza aquí su teoría del objeto fetíchico,
concreción del tercero idealizado.69 Este texto es un
momento fecundo en la investigación de E. Kestemberg
sobre el “sustituto” quien, no estando en el Edipo, tampoco
se encuentra muy lejos de él sino justo delante, tercero ori­
ginario, idealizado por definición y del que el sujeto busca,
sin conseguirlo, presencia física en y por el objeto fetiche de
la infancia. La autora parece incomodada por la necesidad
de que se distingan imagos m aterna (ella misma) y paterna
(J. Kestemberg), como si en este caso debieran “existir dos
regímenes). La problemática no puede ser comprendida
—lo repetíamos con frecuencia— sin utilizar el concepto de
primordialidad de la función paterna (como lo hacen auto­
res que integraron ciertas ventajas del pensamiento laca-
niano; pensamos en A. Green, G. Rosolato o P. Aulagnier).
Exclusivo para recibir la transferencia narcisista propia­
mente dicha en el sentido de que autoriza la distinción edí-
pica del sujeto y el objeto, “ese tercero (al que de entrada
no se puede explicitar en términos de constitución edípica)
permite en su presencia, su constancia, su distancia la ins­
tauración de relaciones pretransferenciales. A su vez, en
los casos afortunados éstas podrían abrir, en un preludio
fecundo, el camino a una eventual neurosis de transferen­
cia”.^

El adolescente experim entaría teralm ente con su


terapeuta su capacidad (síntesis de todas las demás) para
recibir un signo que le m ostrara que puede efectuar susti­
tuciones, organizar relaciones en las que se transferirían
las cualidades diversas de los objetos internos tal como
parecen hasta entonces irremediablemente ligadas a las
prerrogativas parentales. El imperativo es inscribir conti­
nuidad en una evolución que parece por definición (y por
error) discontinua. Es valioso para nosotros releer los tex­
tos relativos a “casos difíciles” en los que vemos oponerse a
S. Freud y, S. Ferenczi con respecto a la técnica activa (neo-
catarsis, análisis mutuo).
Además de su experiencia y de su extraordinario
talento con respecto a estos casos, S. Ferenczi es para el
terap eu ta de adolescentes un m aestro invalorable:71 él,
cuyo “materno femenino” habría intrigado a la paternidad
de S. Freud y que describía su “actividad presente” como
“vida de sueño”, “sueño diurno”, “crisis puberal”, etc. Hasta
dónde la transferencia narcisista exige concretud por parte
del terapeuta; en qué medida lo materno seductor ferenc-
ziano, supuestamente lo único capaz de retomar los tra u ­
mas de infancia, merece llamarse matemo-puberal, condu­
ciendo a lo que S. Freud ironizaba sin miramientos en una
carta como técnica del beso.72 S. Freud criticaba a S.
Ferenczi por obrar como si la seducción tierna y sensual no
estuviese escindida en la infancia. S. Ferenczi actuaba
como si estas dos corrientes se hubiesen condensado en la
pubertad. La cualidad m aterna de la técnica activa pasa
entre madre y amante en el sentido de M. Fain.73 Implica
siem pre una parte de introyección p aterna (la función
p atern a no es la del padre real). La oposición entre lo
materno y lo paterno de la contratransferencia no existe: el
problema es el mismo, el de la integración de la primordia-
lidad paterna funcional.74 Ella corresponde al tope de la
transferencia idealizada en cuyo seno se construye la idea­
lidad adolescente, tope situado entre el nuevo arcaico
puberal y las categorías ideales que hay que poner a traba­
jar. Antes de ser del orden de lo transicional, lo posibilita.
Parafraseando otra vez a P. Aulagnier, diríamos que este
terapeuta es aquí, por un tiempo limitado, el testigo de la
co-firma adolescente.

La palabra del terapeuta estará centrada, pues, en el


análisis de la transferencia narcisista, análisis tercero, de
manera, diríamos, lateral, desfasado con respecto al marco
narcisista:
— Que los padres constituyen de manera variable: la
adolescencia presenta una particularidad fundamental que
la distingue de las problemáticas narcisistas en general. El
sostén narcisista está ya en la presencia parental imagina­
ria y real.75 Lugar de progenitor, la sesión se problematiza
con respecto a la familia: confusión, rivalidad, juego de opo­
sición y de apuntalamiento, similitud, incitaciones a una
figuración anticipada del apuntalamiento del terapeuta o
del progenitor. Todo lo que allí sucede es eco, disonancia o
borramiento.
— En el cual está implicado parcialmente hoy. Utiliza­
mos de buena gana el término garde-fou* en referencia al
parágrafo precedente. El terapeuta se negaría a rendirse a
la presión de locura de ciertos adolescentes. Al desalentar
el partenariado narcisista (que pronto sería objetal) el tera­
peuta, lejos de excluirse, impediría la repetición de la para-
dojalidad que contiene.
El análisis de la transferencia narcisista es el punto
delicado de la cura adolescente. Insuficiente, es factor de
una cura indefinida durante la cual, siendo la falta dema­
siado cruel, no sucede nada. Demasiado activo con respecto
a lo que el yo puede soportar, hace brotar figuraciones edí-
picas en la transferencia. En los casos muy difíciles,
muchos equipos proponen el tratam iento multifocal: una
cura individual, una atención a la familia, una gestión de
la actualidad. Los problemas planteados por esta técnica
son inherentes a cada modalidad y a sus interrelaciones
(institucionales o no) en las transferencias y contratransfe­
rencias. Un análisis adolescente recae siempre más o
menos sobre una transferencia lateral. Las problemáticas
son tratadas sobre una escena más externa que interna. La
ventaja (narcisista) del método, ¿no es nociva para el desa­
rrollo de una transferencia objetal? P lanteada en esta
forma, la pregunta queda excesivamente resumida. Deberá
retomársela ulteriormente en relación con la experiencia
de la cura tipo.

* Término francés que significa “antepecho, pretil, barandilla”.


Pero, literalmente, “guarda-loco”. [T.]
Así pues, la posición del terapeuta de adolescente es
doble:
— La del marco de la cura por su presencia y a la vez
por su funcionamiento psíquico, su escucha, la memoria de
lo que oye, sus posibilidades asociativas. No hay por qué
dar a estas características el adjetivo de maternas.
— La de tercero retom aría los datos precedentes y
haría señas a otras posibilidades de investidura narcisista
(marcos nuevos), como la enzima en una reacción en curso.

N uestra inspiración más directa se encuentra en P.


Male.76 No hace falta recordar su lugar original en el psico­
análisis de la adolescencia, tan presente está todavía hoy
en el recuerdo y la práctica cotidiana de los que siguieron
su enseñanza en el célebre servicio de guía infantil del hos­
pital Henri-Rousselle, en P arís.77 El psicoterapeuta “de
inspiración psicoanalítica”, nos dice Mále, procura hacerse
objeto exterior para ofrecer al yo del adolescente la ocasión
de realizar el cambio puberal. Su función de protección,
antes que ser propiamente analítica, justifica la instaura­
ción de una psicoterapia analítica de la forma.78
Su motivo es que la indicación psicoterapéutica se sitúa
“en casos donde huele uno la importancia, la permanencia,
la fuerza de los obstáculos opuestos por las perturbaciones
de la personalidad a esa maduración evolutiva genital”, lo
que fue especificado como resistencia a la pubertad,79 resis­
tencia estratégica80 en cuyo transcurso el sujeto intenta no
elaborar el cambio sino preservar el hecho puberal al m ar­
gen de toda diacronía. El adolescente asiste a una contro­
versia entre lo que él proyectó y la inteligibilidad, para el
analista, del m aterial suministrado. El análisis se efectúa
en presente sin referencia a la historia de lo reprimido:
“Eso malo, eso temible que percibes lo es quizá, pero no le
veo tan ta im portancia como tú le das”; “Obtenemos una
toma de distancia en relación con problemas desmesurada­
mente agrandados, residuos infantiles de relaciones paren­
tales tensas. Espejo del sí mismo, reflejo de la crisis juvenil
en su dimensión corporal y genital”. Es fundam ental
“desinvestirse de la actitud parental adoptando una acti­
tud neutra, no moralizante... que permitirá crear una rela­
ción específica, forma particular de la transferencia, trans­
ferencia adquirida, podríamos decir, bastante diferente de
la que aparece a su hora en la cura tipo”. Más que dejarse
percibir como objeto de investidura por el adolescente, ella
se sirve d<. la investidura de que es objeto; escapa a la
omnipotencia, pero al mismo tiempo pertenece a ella ocu­
pando una posición transicional. Semejante dialéctica se
parece al aprendizaje, donde se confrontan representacio­
nes eficaces y erróneas. Todo debe ser utilizado para alcan­
zar este aprendizaje: juego de espejos desfasados, humor
como banco de ensayo, ludismo, síntesis que perm ite el
cara a cara de representaciones contradictorias en su apa­
riencia (y asimilables después, “al llenarse los vacíos”),
actividades semidirectivas,81 explicaciones, sobre todo en el
terreno de la fisiología sexual, que apuntan a atacar las
creencias infantiles, a hacer reflexionar al adolescente
sobre las situaciones en las que se encuentra sumido coti­
dianamente en su confrontación con esos objetos sexuales
que son sus padres.

El psicoanalista no incurre aquí en esa búsqueda de


una transferencia positiva que preconizan ciertos psicoana­
listas norteamericanos siguiendo a A. Aichhorn. Si P. Male
emplea el término seducción, bajo su pluma significa el
arte narcisizante del an alista de e n trar en lo vivo del
sujeto, en “la intim idad inm ediata del adolescente”,
m ediante “posiciones de conversaciones”, aprobaciones,
reanudaciones en el curso de las cuales “el niño nos sigue
con pasión”. La relación entre el psicoterapeuta y el adoles­
cente excluye, añade P. Mále, la interpretación analítica de
los conflictos. Para esto hay razones negativas. La historia
fantasmática del adolescente introducida por la interrela-
ción se confundiría con la actualidad familiar creando la
temida coincidencia entre el objeto externo y lo reprimido.
La actualidad parental quedaría sometida a proceso, ins­
taurando una complicidad y una inseguridad; la compren­
sión analítica dada sería recibida como un objeto exterior,
es decir, como un objeto pedagógico o un retorno de lo pro­
yectado. Hay igualmente razones positivas para que sólo se
despliegue el análisis actual de la relación paciente-tera­
peuta. La hipótesis de P. Mále es que lo que se analiza
afuera (material proyectado) lo es “por este hecho”, sin que
el sujeto lo sepa, adentro. Esta perspectiva supone que la
renegación adopte en la adolescencia flexibilidades espe­
ciales. La intrusión, ese gran miedo del adolescente de que
se presenten la madre perseguidora o el padre explorador
en aquel cuyo cometido es tenerlos enmascarados, queda
evitada. Los términos de anticipación identificativa o de
adivinam iento explicitan el proceder. El terapeuta se
esfuerza por contornear la represión (“sin duda crees que
la sexualidad...”, “naturalm ente haces esas cosas...”), sea
en referencia al modelo reichiano de una liberación de los
juegos por la presentación de una concepción flexibilizada
de los ideales, sea en referencia a la idea de que el ideal del
yo portado por el psicoanalista bosqueja un acercamiento
con el yo y suprime la posición depresiva.

E sta terapia del narcisismo a partir de la ilusión del


espejo no funciona sin una “puesta en duda”. La convicción
ligada a las imagos recibe un ataque; se cuestiona lo ine­
luctable de los destinos de lo malo, se critica severamente
la omnipotencia. Este es el sentido de esa “banalización de
la entrevista”, “de las sesiones convertidas en conversacio­
nes sobre el arte, la música, la técnica, la escuela...”. Diálo­
gos en los que el terapeuta se interroga, se pregunta a sí
mismo, evita el famoso “es verdad porque lo dice usted”
que define a la alienación. Se crea un lenguaje en la pareja,
ni el del adolescente ni el del terapeuta. Argumento, averi­
guaciones, debates, oposiciones de documento crean el
aprendizaje de la contradicción, a distancia de la crítica de
la universalidad abstracta o de las ideologías que enmasca­
ran las imagos m alas, sacando provecho del aconteci­
miento, “ese universal singular”, dedicándose al análisis de
los actos que ocupan aquí un gran espacio. Socratismo, por
cierto, P. Mále lo señalaba gustoso: se perc be el riesgo del
procedimiento que, al sustituir una creencia por un saber
de lo actual, apunta a reacondicionar el m aterial infantil
sin interpretarlo, a tra ta r de las imagos infantiles para
perm itir su asimilación. A veces nos preguntam os si, a
fuerza de evitar la interpretación analítica, P. Mále no se
colocaría, tal vez menos deliberadamente de lo que se cree,
en situación de evitarla. Sin embargo, qué mejor soporte
proyectivo que el que de antemano anuncia la aceptación
del contenido; para ser más precisos, su no transformación
en imago persecutoria.82 ¿Qué lugar ocupan aquí respecti­
vamente la inevitable búsqueda de transacción en la apli­
cación del psicoanálisis a los adolescentes y su contratrans­
ferencia? ¿Debe verse en ello su vacilación entre su deseo
de atender y su deseo de comprender, entre su filiación
médica y su filiación psicoanalítica? La cuestión perm a­
nece abierta; deja subsistente una pertinencia terapéutica
cuya herencia seguimos asumiendo, mientras la puesta en
duda forma parte del mensaje.

Lucie, de dieciséis años, presenta una neurosis de


carácter histérico; sus crisis de angustia son infrecuentes
pero prolongadas y violentas, pudiendo durar un día y una
noche, con una impresión de m uerte inm inente, a veces
una pérdida de conocimiento y una semiología tetánica.
Presenta además fobias de impulsos suicidas y agresivos
frente al órgano sexual masculino. Su psicoterapia duró
seis meses al ritmo de una sesión por semana, como ella
había decidido, y de una hora de duración. Esta psicotera­
pia se interrumpió al molestarse por cuestiones de horario:
tras faltar dos veces, vino a mi consultorio un día feriado y
juzgó inaceptable encontrarlo cerrado. H abla profusa­
mente, intercalando fantasm a y relato: “U sted me va a
hablar, no sea como esos analistas que se lo guardan todo
para ellos; me importa un rábano lo que hay dentro de su
cabeza, tiene que aportarm e algo; la últim a sesión duró
diez minutos más; me hizo bien que se dejara llevar, no
tiene derecho a pensar en otra cosa durante la sesión, al
precio en que está”. Lucie se defiende de una posición de
potencia de nuestra parte; no teme ser agresiva, y también
suplicante, como lo fue tan a menudo con su madre; qui­
siera ser negligente con nosotros; por estos diversos moti­
vos se niega a acostarse en el diván. Lo que es incons­
ciente, lo que se le escapa y es objeto de nuestro saber,
am enaza con herirla; la idea m ism a de que exista un
inconsciente constituye un ataque. Es intolerante a cual­
quier esbozo de interpretación edípica relativa a sus
padres. En lo cotidiano prosigue un trabajo de a p a rta ­
miento de la realidad parental, presente y pasada; si en su
discurso se hace posible y hasta evidente un acercamiento,
ella no soporta que lo señalemos y se altera, para olvidar
acto seguido nuestro comentario. La segunda crisis de
angustia sobrevino m ientras se desarrollaba una escena
durante la cual su padre, católico y protocolar, se emborra­
chó, emitió palabras incoherentes y cayó sobre la alfombra
del salón, mojándola. De niña había hecho una psicotera­
pia y su terapeuta interpretó el placer de tomar los vesti­
dos de su madre en el sentido de una seducción hacia el
padre. Se puso furiosa, se asustó y no volvió más; fue una
interpretación salvaje por revelar no el atractivo inces­
tuoso sino el juram ento de fidelidad a su m adre. El
recuerdo que guardaba Lucie de esta interpretación recaía
sólo sobre el aspecto exterior del banco de hielo y m antenía
secreto lo concerniente al vínculo identificatorio y homose­
xual que la unía a su madre

Para “curarse” de una crisis logró realizar un libreto


que ten ía en m ente desde hacía mucho tiempo: dorm ir
entre sus sábanas, con su amigo pegado a ella, permane­
ciendo su madre sentada en un sillón al pie de la cama.
Son evidentes el triángulo edípico y la importancia de la
dimensión erótica homosexual. Lucie pone en primer plano
la dimensión narcisista, sepultando así el vínculo homose­
xual que entendía guardar con su madre, con la condición
de que éste jam ás fuese formulado o actuado. Su madre
estaba al corriente de la sucesión de sus amigos y amigas,
a escondidas de la rigidez paterna. Si se alejaba un poco,
surgía un afecto de abandono insoportable; además, la
madre se volvía objeto perseguidor u odiado.
Lucie desplegó una actividad sexual prodigiosamente
importante que jam ás llegó a angustiarla. Las relaciones
sexuales con los hombres son numerosas y, si no provocan
casi placer, le dan satisfacciones de ternura y autoridad:
Lucie cambia, convence, vuelve a traer, reenvía, compara,
desarrolla intrigas; tiene de buen grado dos am antes al
mismo tiempo; uno débil de su misma edad, otro fuerte y
mayor. Expresa con soltura deseos homosexuales que por
otra parte tuvo ocasión de satisfacer. No desea hablarme
de esto por temor a que nos produzca placer. Estos fantas­
mas homosexuales no atañen prácticamente a la relación
que tiene con su madre, pero les asocia ciertas experiencias
eróticas de la infancia, momentos agradables con ella
como, por ejemplo, el baño de la noche en una misma
bañera. La felación es para ella una gestualidad propia­
mente femenina que utiliza con ciertos varones, pero que
debería estar reservada (pero cómo) a las relaciones entre
mujeres. Este equilibrio amoroso se inició tempranamente
en su vida, hacia los once-doce años, y sufrió una pausa con
motivo de un gran amor loco y breve, el verano pasado, por
un extranjero de vacaciones; el hombre le dio algunas dro­
gas ligeras que motivaron su primera crisis de angustia en
la playa. Ella lo espera, le suplica, sueña con sus cartas,
con su regreso, con intervenciones m aternas como vigilan­
tes obstáculos a la reanudación de sus encuentros. Aceptó
de buen grado la oposición dialéctica entre este amigo y su
madre, consideró nuestra interpretación edípica positiva
como típica de un psicoanalista. Grande fue en cambio su
indignación, lo mismo que su sensación de abandono,
cuando intentam os mostrarle que la rivalidad en lo refe­
rente a su madre y a ese extranjero de más edad no era tal
vez de este orden; ¿acaso no tuvo con ella ternezas bien
maternales? En la semana que siguió a nuestro intento de
explicación de su homosexualidad infantil, reapareció la
angustia y nos convertimos en su perseguidor, hábil y
negligente. Pronto se anunció el muchacho y Lucie inte­
rrumpió su tratam iento.
“Gracias a usted —decía— no me dejo llevar, y si me
dejara llevar sería una chiquilina pegada a la casa todo el
día y eso es lo que quieren mis padres.” Es evidente que el
conjunto de sus actividades sexuales, pero asimismo inte­
lectuales, brillantes en el terreno de la escolaridad y del
arte, apuntaban a combatir su pasividad y ello merced a la
esperanza inconsciente de reencontrar el erotismo con su
madre, con mujeres y hombres de más edad.
El basamento parental y el control de sus relaciones de
objeto fueron suficientem ente buenos h a sta que Lucie
conoce a un hombre hacia el cual converge el conjunto de
sus mociones sexuales y narcisistas. La contradicción
interna de éstas hizo brotar la angustia. Sus precauciones
y las nuestras autorizaron una psicoterapia que se inte­
rrumpió cuando el basamento narcisista fue fragilizado por
ciertas argucias de horario, nuestros intentos quizá dema­
siado precoces de interpretación y el regreso del objeto de
amor.

Profundicemos, de acuerdo con nuestro eje teórico, el


problema de la intervención del analista cuando constituye
una respuesta a la conducta narrativa del adolescente,83
El modelo presenta dos sesgos evidentemente contra­
dictorios por causa del enunciador:
1. “La explicación” dada (y, lo esperam os, recibida)
como “objetiva”, exterior al sujeto, al menos general,
implica un carácter reductor fuerte; hablando con propie­
dad, “pedagógico”. Esa explicación mediatiza bastante bien
(al evitar el retomo de una agresión proyectada y al nego­
ciar el amor, ganando tiempo tanto como espacio), el apre­
suramiento del adolescente en la repetición de las posicio­
nes pasivas. “La lección” tendría por objetivo paradójico
aclarar ciertas representaciones sin dejar de m antener un
“borramiento” suficiente, es decir, no movilizando dema­
siado la cuestión de la transferencia. Transferido como pro­
genitor, el terapeuta aprovecharía el lugar que se le con­
cede, m anteniendo no obstante el afán de provocar un
insight relativo a los procedimientos del inconsciente.
2. La construcción84 relativa al paciente en lo que éste
da a entender y eventualmente (volveremos sobre este) a
ver, revela no tanto el talento del maestro como su capaci­
dad para fantasm atizar en la situación psicoanalítica pre­
sente.85 Sin embargo, ¿no hay siempre un maestro en el
acto de construcción analítica bajo el efecto del paciente,
digamos bajo-transferencia? Estas asociaciones se organi­
zan alrededor de una teoría del caso que permite nombrar,
discutir, transform ar en relato lo que se descarga en actos;
esta práctica desarrolla una simbolización externa con
valor de marco narcisista. Hemos calificado de maníaco el
principio de este método: la particularidad reside en que el
terapeuta lo asegura en forma tal que los procesos de sim­
bolización personal del adolescente pueden expandirse. El
pasaje al acto hablado del terapeuta, acting in de sus enun­
ciaciones, da en cierto modo el ejemplo de las asociaciones
libres. El adolescente sería incitado a realizar una expe­
riencia asociativa. La verbalización de un afecto narcisista
posee un gran valor, por cuanto utiliza el referente consti­
tuido por la identidad de percepción entre la función del
objeto parental y del terapeuta cuando es revelable en tal o
cual momento del tratam iento. Semejante supresión del
borramiento, aun introducida con cautela, tiene su riesgo
de retorno persecutorio de lo proyectado; por eso la inter­
vención tiende a quedarse en un nivel incompleto. Un acer­
camiento a este afecto puede ser producido con un recuerdo
de infancia y/o de adolescencia.
El valor de esta experiencia reside indudablemente en
la posibilidad del analista de no quedarse en el nivel mani­
fiesto. La impresión de proseguir su autoanálisis con este
paciente parece el signo de la calificación de su gestión. Se
construiría un espacio intermedio que a su vez puede ser
retomado en el análisis segundo de la relación: los actos no
se analizan, el espacio fantasmático que crean en la sesión
por el hecho mismo de las asociaciones predominantes del
terapeuta es una puesta en juego; el modelo es cabalmente
el del a posteriori. En la medida en que esta experiencia
asociativa continúa en cada sesión, se m antiene una
alianza terapéutica y un marco (sometido a una asimetría
particular), pese a las rupturas que el adolescente puede
introducir. La comprensión de este arte constructivo se
resume según dos dimensiones diferentes:
— Del orden de la condensación metafórica, que viene
a puntuar, incluso a precisar, y también a concluir prema­
turamente o a obstruir una elaboración fantasmática.
— Del orden del desplazamiento de las representacio­
nes, del movimiento metonímico, que “reanim an” la activi­
dad fantasm ática... a riesgo, sin embargo, de no saber ya
en el m aterial expresado después cuál es su origen, si el
adolescente o el terapeuta.
Una explicación oculta más de lo que se cree una cons­
trucción y a la inversa; despejarlas merece una gran pers­
picacia autocrítica. Por eso no vamos a oponerlas en los
ejemplos clínicos retenidos, sino a comprobar que el dis­
curso del analista tiene diversas tendencias.

Debemos considerar de manera diferente, nos parece,


estas intervenciones según la economía y la topología de la
homosexualidad infantil reprim ida y/o proyectada en la
adolescencia:
1. S. Freud, en su análisis de la neurosis histérica de
Dora y concretamente en uno de sus síntomas, la tos, se
hace pedagogo en el campo de la sexualidad cuando habla
de “la mejor manera, rotunda y directa”. “Doy a los órganos
y fenómenos su nombre técnico y comunico estos nombres
en el caso de que se los desconozca.” “J ’appelle un chat un
chat.”86 * La explicación, el deseo de convencer, ¿están liga­
dos a la dificultad de este terapeuta para “adueñarse a
tiempo de la transferencia”? Aunque S. Freud tenga el
saber consciente de que estas transferencias son “reedicio­

* Se trata del dicho popular correspondiente al castellano “Lla­


mar al pan pan y al vino vino”, pero en francés, literalmente: “Lla­
mar al gato gato”. [T.]
nes, copias de las tendencias y fantasm as que deben ser
despertados y hechos conscientes por los progresos del aná­
lisis y cuyo rasgo característico es reemplazar a una per­
sona anteriorm ente conocida por la persona del médico”,
busca con ello responder a esta transferencia mediante la
demostración. Discurso de Amo, supuesto saber, supuesto
comprender y supuesto ver. (Pensamos en el fantasma de
un paciente nuestro que tenía la impresión de hallarse bajo
radioscopia.)
Observamos una contradicción en este acto de denomi­
nar, e incluso una orden paradójica que sigue no conven­
ciéndonos del método:
а) “Llamar un chat un chat” es m arcar el pasaje de la
experiencia íntima de Dora a lo conocido general, como si
la palabra fuera susceptible de contener el conjunto repre-
sentación-afecto. Hay aquí una búsqueda de “confronta­
ción” entre realidad y fantasma en el sentido en que la ut -
lizará Anna Freud. Este lenguaje comprende sobre todo la
descalificación en varios niveles: precisamente de la expe­
riencia genital en esta adolescente, de la búsqueda asocia­
tiva de puesta en palabras p ara decirlo, y por fin de lo
escuchado. El procedimiento no dista mucho de lo que los
especialistas en psicosomática, sobre todo M. de M’Uzan,
observan en sus pacientes, esto es, la reduplicación proyec-
tiva, generalización defensiva, el “soy como todo el mundo
o como muchos” acompañando o reemplazando a las propo­
siciones personales, incitación a lo “banal”. Sabemos tam ­
bién que anticipar la expresión de lo experimentado por la
enunciación se sitúa en el capítulo de la “violencia de la
interpretación” (P. Aulagnier).
б) Y sin embargo, es interesante la proximidad de las
representaciones reprimidas al contenido de su denomina­
ción. El hilo rojo Freud-señor K. es fácilmente localizable.87
Si para la histérica la palabra es acto, hablar del gato es
excitante, digamos seductor. El abordaje de las representa­
ciones reprimidas se cumple aquí confinando con lo sensi­
ble de la huella perceptiva y h a sta del referente en la
transferencia. Si el trabajo de adolescencia es principal­
m ente una “puesta en leyenda” de las representaciones
ligadas al autoerotismo infantil, la interpretación que re­
caerá sobre la combinación producida entre representacio­
nes pasadas y actuales es delicada, puesto que el trabajo
está en curso. Nombrar al gato es designar la enzima (la
pubertad y sus realidades somáticas) en lugar de las molé­
culas puestas en presencia; su construcción se facilita al no
recaer sobre los objetos internos sino sobre los cimientos
externos de estos objetos. Este modo de intervención tra­
baja poco la disyunción entre representación de palabras y
de cosas que define a la represión. La repetición de una
palabra del discurso del analizante puede tener valor de
nominación. Lo mismo sucede con el punto de referencia en
un relato de tales o cuales elementos fantasmáticos. La
nominación que podríamos teorizar como lenguaje de la
paternidad,88 en su componente contradictorio de distan-
ciación y seducción, contribuye a instalar un “sector para
no analizar” relativo a la homosexualidad reprimida y al
autoerotismo de Dora. En este campo se ha escrito todo,
incluida la autocrítica del autor; con este ejemplo simple­
mente queremos m ostrar que en el marco de una cura de
adolescente neurótico la explicación implicaría una incita­
ción a la psicoterapia breve, pasando directamente de la
huella perceptiva a la palabra. La nominación introduce un
cortocircuito en relación con el largo trayecto por el que el
fantasma se expresa. A nuestro juicio, no se la puede consi^
derar como interpretación.89 Es un trabajo distinto del de
pronunciarse en favor de una cura larga o corta. Pero es
im portante reconocer que la decisión de una cura corta
puede ser tom ada im plícitam ente (sin querérselo clara­
mente) desde las primeras sesiones por ciertas intervencio­
nes terapéuticas que el arte de los adolescentes para volver
progenitor al otro es capaz de provocar.
2. En las estructuras psicopatológicas de fipo “fractura
de la historia”: el objetivo de llamar “un chat un chat” sería
que el discurso del paciente acogiera representaciones
excluidas de éste debido a su carga sexual y violenta dema­
siado grande. P ara el terapeuta se tra ta de localizar el
lugar exterior al yo en que estas representaciones alojadas-
pueden ser nombradas de una manera aceptable por este
último, es decir, sin ser “demasiado captadas” por un
retorno de lo proyectado. El cuerpo es en gran parte el
lugar de las proyecciones; se tra ta cabalmente de la intro­
ducción de lo visible en este arte de trabajar lo experimen­
tado afuera, en un espacio que podría ser aconflictivo,
podemos decir “autónomo” (o relativamente autónomo en
ese momento).
Todo se presentaría como si los dos aspectos de las
representaciones (proyectados afuera y visibles, otros audi­
bles e internos) pudiesen en la psique del analista:
— M antenerse diferenciados (respetando la defensa
del paciente según el modelo de la escisión).
— Y sin embargo hacer “historia capaz de ser con­
tada”. El sujeto puede deducir entonces lo siguiente: los
elementos proyectados no están perdidos por eso para el yo
(identificación proyectiva) y son susceptibles de rein te­
grarse (identificación introyectiva) si resultan modificables
o si su continente (terapeuta) los ha trabajado.
En este caso la intervención no tiene el carácter afir­
mativo del saber transm itido en su generalidad. Es wn
acondicionamiento del marco interno cuyo valor depende­
ría del grado de elaboración (en la contratransferencia del
analista) entre representación de cosas y de palabras, visi­
bles y escuchadas, en lo relativo al paciente. Esta “mezcla”
no borra por ello su distinción y por lo tanto tiene en
cuenta el límite del yo y el temor al retorno de lo proyec­
tado en el adolescente. M. K ahn90 produce este acto de
construcción en la cura de una joven de diecinueve años,
con estructura fuertem ente psicopática: “Oigo a una
muchacha pero veo un varón en mi diván”. La parte “varón
de la muchacha” era vivida en el cuerpo, impidiendo por
esta misma disociación (característica del breakdown) el
conflicto elaborativo y ambivalente masculino-femenino. El
analista, tras dejar que m adurasen en su contratransferen­
cia los datos visuales y escuchados, propone una aproxima­
ción y una distinción. Al situar de este modo la cuestión de
la homosexualidad, intenta devolver lo emigrado a su terri­
torio utilizando hábilmente el par “saber-ver”, célebre des­
pués de M. Foucault.91
Tomamos dos ejemplos de la cura de Jacques:92
— En el transcurso de una sesión emocionalmente
intensa, la palabra “violencia” puntúa su discurso en lo
relativo a lo que quiere hacerle al otro y a la vez lo que
quiere hacerse a sí mismo (conductas automutiladoras y
tentativas de suicidio de infrecuente ferocidad, que siem­
bran su pasado). Retomemos el término: “su violencia...”.
El adolescente niega haber pronunciado la palabra, siente
agresividad hacia nosotros y abandona la sesión en medio
de una gran angustia. La repetición de la palabra fue inte­
grada como retorno de lo proyectado.
— El mismo adolescente (un año después) nos trae las
novelas que estudia en sus cursos para que las leamos. Los
protagonistas, tiernos y violentos a la vez, aparecen como
objetos de identificación. Subrayamos el interés de que
comprendiéramos lo de él en sus novelas y en sus análisis
de éstas durante las sesiones, por lo mismo que en ellas se
relataban cosas y relaciones “algo comparables” con las que
comentaba de su propia vida. El diálogo (entablado a tra ­
vés de las novelas consideradas como zonas intermedias)93
hizo aceptable para nuestro paciente la idea de ser com­
prendido por su psicoanalista, lo que hasta entonces le
resultaba insostenible y que constituía sin embargo un
dato previo a la continuidad de la cura.
De este modo, la lección podría ocupar un lugar intere­
sante en el orden de una introyección de las representacio­
nes proyectadas. Tendría esta función en el momento de
una cura en que el par renegación-proyección de la homo­
sexualidad infantil es la defensa dominante. Nos inclina­
ríamos a pensar que éste fue uno de los sectores homose­
xuales de la transferencia de Dora sobre S. Freud.
Expresar de viva voz posiciones contratransferenciales
es algo que forma parte del análisis mutuo, según aparece
en el diario de S. Ferenczi: se invierten alternativamente
las posiciones del paciente y del analista. Diríamos más: el
adolescente no puede dirigirse sino a un terapeuta capaz
de plantearse este tipo de preguntas autoanalíticas. Una
práctica como ésta construye un momento de “squiggle” en
el sentido estrictam ente winnicottiano, en el cual se le
muestra al paciente la imposible coincidencia entre la con­
dición narcisista y objetal del objeto. Esta práctica ilustra
lo que podría denominarse “creación del otro” ante un ado­
lescente enfermo. El “autoanálisis dirigido por el paciente”
es, en esto hay acuerdo, delicado de manejar. En el peor de
los casos, la confusión relativa del terapeuta se mostraría
aún “susceptible de desarrollar cosas utilizables”. Parafra­
seando a D. W. Winnicott, la enfermedad del terapeuta es
aún suficientemente buena. Es obvio el interés de la super­
visión a lo largo de la carrera del analista de adolescentes.
Sus resistencias contratransferenciales están, desde luego,
del lado de su puberal de progenitor.94

Concluyamos: el propósito de las intervenciones es


suprimir la amnesia que cubre las escenas puberales, y con
ello poder avanzar en el sentido del suma y sigue y hasta
de la interpretación. P ara el psicoanalista es importante
confiar permanentemente en la potencialidad evolutiva de
su paciente. Así como el recuerdo infantil es “de un uso
muy riesgoso en las patologías narcisistas”, así también el
suma y sigue a la escena puberal tiene las ventajas de una
pantalla narcisista en relación con la infancia y con la pro­
ximidad histórica.
Un momento fecundo de la cura (y a menudo crítico
para el paciente y su terapeuta) es la reconstrucción histó­
rica del trayecto narcisista de la homosexualidad infantil y
la posibilidad de reencontrar en su fecha la escena puberal
o secuencias aproximadas. La objetalización es susceptible
de beneficiarse luego con basamentos suficientemente bue­
nos:
1. El trabajo de adolescens puede hacer el resto en com­
pañía de un objeto potencialmente adecuado. Se posterga
la indicación de una cura más profunda.
2. Con más frecuencia de lo que se supone, la transfe­
rencia se hace objetal y la cura del adolescente se desen­
vuelve entonces de m anera clásica.

NOTAS

1 El conjunto de los puntos teóricos aquí resumidos constituye,


después de M. Bouvet, una de las adquisiciones sólidas del pensa­
miento psicoanalítico en Francia, que comprende los trabajos de
estos veinticinco años de A. Green, F. Pasche y E. Kestemberg en los
que regularmente nos inspiramos.
2 La dialéctica entre la función de representación y el objeto
exterior entra en lo que hoy se llama “interacción”; constituye una
dimensión económica de la representación de objeto. S. Lebovici
suele destacar su importancia en la pubertad.
3 D. W. Winnicott, De la pédiatrie á la psychanalyse, París,
Payot, 1969.
4 Otros textos muy beneficiosos para la teoría y la clínica aco­
tan su funcionamiento bajo las denominaciones de para-excitación
externa, objeto de mutualidad, objeto-fuente, pseudo-objeto, objeto
fetíchico, prótesis del “yo” [Je], función alfa. Este capítulo se inscribe
en la serie de nuestros trabajos sobre el juego, cuyas actividades
ceden, además, en la adolescencia (P. Gutton [1973], Le jeu chez
Venfant. Essai psychanalytique, París, Greupp/Echo, 1988).
5 El adjetivo “adecuado” utilizado por S. Freud para el objeto de
adolescencia conviene al objeto puberal debido al narcisismo y no a
la objetalidad.
6 P. Jeammet, “Réalité interne, réalité externe. Importance de
leur spécificité et de leur articulation á l’adolescence”, Rev. fr. Psy­
chanal., 44, 3-4, 1980, págs. 481-521.
7 Cf. la concepción de la adolescencia como área transicional en
los trabajos de R. Cahn, en particular: “De quelques vicissitudes de
l’espace transitionnel á l’adolescence”, Rev. fr. Psychanal., 44, 3-4,
1980, págs. 531-542; “D’une stratégie de la psychose á l’adolescence
ou l’art de donner le change”, Adolescence, 2, 1, 1984, págs. 37-46;
“Thérapie des actes. Actes de thérapie”, Adolescence, 5, 2, 1987, págs.
237-252.
8 Cap. 2, A, 2.
9 La convicción de un sostén por la posición incestuosa es el
dramático error de la locura puberal. Cap. 3, C, 3.
10 El pensamiento de E. Kestemberg aparece resumido, entre
otros textos, en: “Astrid ou homosexualité, identité, adolescence”,
Cahiers du Centre de Psychanalyse et de Psychothérapie, 8, 1984,
págs. 1-30. En toda su obra tuvo la autora una mirada sobre las pro­
blemáticas adolescentes.
11 Reencontramos la oposición de M. Torok y K. Abraham entre
fantasma de incorporación y proceso de introyección, que insiste en
el aspecto apuntalador de este último. Cap. 3, A, 2.
12 El circuito narcisista no es una contrainvestidura. A contra­
rio, se produce una fractura de desarrollo cuando el niño púber opone
a las presiones incestuosas de manera prevalente la contrainvesti­
dura de una homoerótica infantil intensa. La sumisión erótica al
rival es puesta en primer plano a fin de mantener el tabú del incesto;
el niño construye así, por contrainvestiduras sucesivas, defensas
avanzadas sobre el modelo princeps de la paranoia. Volveremos a ello
para la comprensión del breakdown (cap. 6, A). La persistencia de
una relación homosexual infantil en la pubertad, “más allá de lo
deseable”, provoca una grieta narcisista, punto de partida de la psi-
copatología adolescente. Comprobamos una vez más que lo que
regula el grado de patología en el niño es la conservación de una
estructura de desarrollo que hubiese tenido que desaparecer.
13 La desexualización (idealización, S. Freud utiliza el término
sublimación) hace que el retomo de este proyectado sea distinto de la
seducción; concretamente, de una seducción en espejo.
14 Término de C. Luquet-Parat que recogemos en el cap. 3, A, 1.
15 Nos topamos mucho con esta problemática en nuestros traba­
jos sobre el lactante y el niño grande (P. Gutton, Le bébé du psycha-
nalyste. Perspectives cliniques, París, “Paidos”, Le Centurión, 1983;
[1973], Le jeu chez l’enfant. E ssai psychanalytique, París,
Greupp/Echo, 1988).
La presencia física del objeto parental no deseante es seguida
por M. Fain a lo largo de la evolución del niño y en la metapsicología
del fantasma y del sueño. La madre sosegadora, o fases calmas de D.
W. Winnicott cuyo recuerdo procura la capacidad para estar solo, es
la madre buena a causa de la censura de la amante (satisfecha por
su hombre) de M. Fain y remite a la función alfa de W. R. Bion, reco­
gida por D. Meltzer en relación con la adolescencia.
16 Hemos mostrado que ciertas patologías postadolescentes, en
particular la toxicomanía, estaban ligadas a la supresión, a esta
edad, de la presencia física parental incluida en el ambiente familiar;
la dependencia tomaría el relevo de la dirigida a los padres, no
habiendo podido hallarse en la adolescencia el apuntalamiento narci­
sista suficiente. La posibilidad elaborativa quedaría entonces desgas­
tada, agotada (P. Gutton, “Le processus d’adolescence contre la toxi-
comanie”, en Entre dépendence et liberté, P. y S. Angel [col. dirigida
por], París, Greupp/Echo, 1988, págs. 89-95).
17 Cf. nuestro razonamiento de la pág. 220. Tenemos en cuenta
la distinción entre la acepción patológica y la acepción anormal de
estos conceptos. La aplicación a lo puberal de los mecanismos de
identificación proyectiva (M. Klein) y de identificación introyectiva
(H. Segal) se encuentra en las publicaciones de los poskleinianos (D.
R. Meltzer en Londres; F. y J. Bégoin y D. Houzel en Francia). Cf. en
particular Le Journal de la Psychanalyse de l’Enfant, París, “Pai­
dos”, Le Centurión, primavera de 1991 (en prensa), dedicado a las
jomadas científicas de Metz (marzo de 1990).
18 Cf, P. Aulagnier, “Telle une zone sinistrée”, Adolescence, 2, 1,
1984, págs. 9-22; “Les deux principes du fonctionnement identifica-
toires: permanence et changement”, Psychanalyse, adolescence et
psychose, París, Payot, 1986, págs. 73-84; “Se construir un passé”,
Journal de la Psychanalyse de l ’Enfant', Le narcisisme a
l’adolescence, Coloquio de Monaco de 1988, París, “Paidos”, Le Cen­
turión, 7, 1989, págs. 191-220; “Naissance d’un corps, origine d'une
histoire”, en Corps et histoire, París, Les Belles-Lettres, 1986, págs.
99-142.
19 La bastardilla es nuestra.
20 Remitimos a los trabajos de P. Jeammet, en particular: “Les
destins de l’auto-érotisme á l’adolescence”, Devenir adulte?, París,
PUF, col. “Psychiatrie de l’Enfant”, 1990, págs. 53-79.
21 Las conductas adictivas (toxicomanía, bulimia, actos sexua­
les) implican “también” una función narcisista en su repetición,
incluso si reflejan de manera patente su carencia. El mismo razona­
miento permite comprender, después de M. Fain, L. Kreisler y M.
Soulé, el mericismo (L. Kreisler, M. Fain y M. Soulé, L’enfant et son
corps, París, PUF, 1987).
22 M. Angioli, Le tatouage á l’adolescence, tesis de doctorado en
psicopatología y psicoanálisis en curso (Unidad de Investigación
sobre la Adolescencia, Universidad de París VII), y M. Angioli,
“Tatouage-détatouage”, Adolescence, 7, 2,1990, págs. 61-72.
23 Cf. la observación de D. Widlócher referida en el cap. 3, B en
la cual la fragilidad narcisista durante la primera psicoterapia
impide la confidencia y después el análisis de las escenas sadomaso-
quistas con el padre. Cf. asimismo el cap. 5, D y E.
24 D. Widlócher, “Intervention-introduction au Colloque de Metz
de mars 1990”, Journal de la Psychanalyse de l’Enfant, ob. cit.
25 Hemos estudiado el placer de jugar (P. Gutton [1973], Le jeu
chez l’enfant, ob. cit.) y consagramos al de escribir un número de la
revista Adolescence (“Ecrire”, Adolescence, 4, 1, 1986). La psicotera­
pia del adolescente se apoya a menudo en el placer de narrar (cap. 4,
C, 2 y 4).
2<5 Cap. 5, C.
27 P. Guttton, “L’afect d’abandon dans les processus de puberté”,
Cliniques méditerranéennes, 18-19, 1988, págs. 159-165.
28 G. Guex, Le syndrome d ’abandon, París, PUF, 1973.
29 Cf. los dos números de la revista Adolescence sobre este tema,
Adolescence, 2, 2, 1984 y Adolescence, 8, 1, 1990.
30 Pensamos hoy que la introducción de una psicoterapia fami­
liar hubiera podido combatir más eficazmente el juego histérico del
grupo.
31 Las publicaciones de M. Laufer ponen en evidencia las causas
internas de la fractura de desarrollo; concretamente, en el interior de
los fantasmas masturbatorios centrales. A nuestro juicio, falta una
reflexión sobre la fractura del marco parental acaecida en forma con­
comitante o preexistente a la del desarrollo. Las conversaciones que
tuvimos con el autor muestran que en su práctica clínica este último
punto es para él más importante de lo que muestran sus estudios de
casos.
32 Las tres observaciones que siguen están incluidas en nuestra
comunicación al Congrés National de la Société Fran^aise de Psy-
chiatrie de l’enfant et de l’adolescent, Montpellier, junio de 1990
{Rev. Neuro-Psychiatr. inf., en prensa).
33 Este punto fue trabajado en el número de la revista Adoles­
cence, “Imiter, S’identifier”, 7, 2,1989. Especialmente en los artículos
de S. Lebovici, D. Marcellli y P. Gutton (S. Lebovici, “Imitation et
identification”, 7, 2, 1989, págs. 25-33; D. Marcelli, “Imitation +
représentation = identification”, Adolescence, 7, 2, 1989, págs. 35-52;
P. Gutton, “Uinimitable grandiosité du pére”, Adolescence, 7, 2, 1989,
págs. 53-67).
34 Caso tomado de un grupo de trabajo. El psicoanalista de
Julien es la señora A. Tassel, a quien expresamos nuestro agradeci­
miento.
35 D. Braunschweig y M. Fain, “Mécanismes communs á l’autoé-
rotisme et á l’interprétation”, Rev. fr. Psychanal., 5-6, 1977, págs.
993-1002 (pág. 996).
36 El proceso del sueño aparece caricaturizado en Alicia en el
País de las M aravillas. Se presenta al sueño como una creación
voluntaria. Las palabras-valijas caricaturizan la condensación. Fácil
sería hallar, por el contrario, caricaturas de desplazamiento y repre­
sentaciones en Del otro lado del espejo. Fue equivocado ver en ello el
inconsciente al desnudo. Se trata tan sólo de su parodia, genial y
dolorosa a la vez, pues el inconsciente que L. Carroll reinventa es un
agujero lleno, una falta, una ausencia que el exceso de palabras tiene
por destino ocultar. Colocadas en estado de animación suspendida,
inmovilizadas para preservar este escondrijo, las palabras se con­
vierten en las palabras fetiche que anunciaba R. Barthes, y el juego
que se puede hacer con ellas ya no es un juego de palabras en el sen­
tido de “p lay”\ pasa a ser un “game” con reglas precisas. Lo que se
economiza es el gasto energético puesto en juego en los “afectos
depresivos” y persecutorios.
37 Cf. A. Green, “Répétition, différence, replication”, Rev. fr.
Psychanal., 3, 1970, págs. 461-502.
“El uno se engendra por la repetición”, los dos momentos del
juego se examinan por separado. En el primero (que a nuestro juicio
corresponde a la posición maníaca), el propio niño es objeto parcial
en el conjunto total constituido por el juego. En el segundo, el fan­
tasma inconsciente aparece como constituido por el juego; “el juego
del carretel dice el gesto de la simbolización” que el niño anima.
38 El código de su instrumento personal lo fascina más que cual­
quier otro. Al oír la Sinfonía fantástica dirigida por Berlioz, la trans­
cribe de inmediato en su piano ante el autor, guiándose sólo por la
partitura orquestal.
39 Las producciones simbólicas maníacas permanecen sometidas
a una polisemia cultural sin conexión con un simbolizado. Aquí se
sostiene su punto de vista de que la castración emana de lo cultural
y lo aprendido, invalidando esta problemática en el sentido freu-
diano. Es el arte de utilizar la simbólica como si su expresión inclu­
yera un proceso de simbolización. B. Lewin comprende el pensa­
miento maníaco como contenido manifiesto de un sueño cuyo conte­
nido latente debe ser renegado (B. Lewin, The psychoanalysis of rela­
tion, Londres, Hogarth Press, 1951). Pensemos en muchos sueños de
niño y de adolescente.
40 Pensemos en el jugador de ajedrez dominando al adversario
por el dominio del código.
41 B. Rouzerol, “La dérision ou rhumour pervertí”, Psa. Univ.,
10, 1980, págs. 653-660. El autor relata la observación (durante una
psicoterapia) de un niño encoprético cuyo funcionamiento, a nuestro
entender maníaco, es ejemplar. La lectura de este texto a partir de
nuestras hipótesis da materia de reflexión en cuanto a la reactiva­
ción del funcionamiento maníaco en el estadio anal (uso y abuso del
esfínter). “Sólo atacando al objeto externo lo mantiene la irrisión
paradójicamente vivo, pues si lo ridículo mata, es también el garante
de que esto no tiene importancia; asimismo, el libreto del perverso
resulta el garante de que la castración no ha tenido lugar; de igual
modo, las heces que desaparecen renacen en una nueva défecación
para anular el hecho de que las materias fecales pueden enterrarse y
secarse. ¡«Meter en caja» es, cabalmente, fecalizar al otro y resuci­
tarlo por su omnipotencia! Este compromiso entre ataque-desprecio y
reparación depende de una integración fallida de la imagen materna,
que permanece escindida y viene a trabar la represión.” La estrate­
gia que va de un sinsentido a otro sinsentido conduce más amplia­
mente a la problemática del acto que desenvuelve la búsqueda de
sentido: en la interpretación del acto todo es intercambiable hasta lo
infinito. Símbolo actuado, él niega al símbolo.
42 Redactó sobre la base de este canto algunos temas musicales
a los doce y catorce años, que reintrodujo sin darse cuenta en la Sin­
fonía fantástica. En esa época había extraviado el manuscrito de
juventud pero su padre se acordaba de la melodía.
43 H. Guillaumin, Parcours, París, Seuil, 1989.
44 Tema al que la revista Adolescence consagró en 1986 el
número 1 del tomo 4.
45 P. Gutton y L. Bailly, “De l’échec dans le succés d’écriture”,
Adolescence, 4 , 1, 1986, págs. 63-76. Les écrits de Laure constituye un
conjunto de textos reagrupados treinta y tres años después de morir
la autora, en 1971, por Editions Pauvert, 1977, “10/18”. Las citas de
nuestro texto se tomaron de este volumen.
46 Cf. la oposición depresividad-depresión en la adolescencia, en
el número que se le dedicó, Adolescence, 4, 2, 1986.
47 La expresión de L. Kreisler resume la paradoja del retomo sim­
bólico ilusorio a la madre en la somatización por una relación “fría”,
“operativa”. Nosotros diríamos: más objetiva que objetal. Cf. P. Gutton,
“La maladie, tache aveugle”, Adolescence, 3, 2,1985, págs. 177-238.
48 Esta ilegibilidad apuntada por los editores de Les écrits de
Laure es sumamente interesante. Veríamos en ella una falla de la
escritura cuando la economía autoerótica que contiene es demasiado
poderosa.
49 Esta denegación en cuanto a aproximar el seductor y la mas­
turbación es el reflejo de la represión levantada después con violen­
cia por la confrontación con la madre. Recordemos la famosa carta a
Fliess (1897): “Sobre estos fantasmas (de seducción) que sirven para
disimular las actividades autoeróticas de la primera infancia, para
disfrazarlas y llevarlas hasta un nivel más elevado". La defensa fun­
damental es que la sexualidad venga de afuera (proyección fóbica),
aquí sacralizándola.
50 Se retoma el punto en el cap. 4, D y 5, C (cf. la observación de
Víctor, pág. 275).
51 G. Bonnet, “Discours anecdotique et descriptif et psychothé-
rapie”, Adolescence, 5, 2, 1987, págs. 261-273.
52 N. Fabre, “Le reve éveillé en séance”, Adolescence, 6, 2, 1988,
págs. 347-357.
53 Cf. lo puberal de los padres en el cap. 2, B.
54 Idea que encontrábamos a menudo en los caps. 1 y 2. Esta
particularísima consolidación narcisista por el deseo genital del otro
padre permite evitar el sentimiento de lo siniestro cuya presencia
notábamos en las coincidencias puberales entre progenitor e hijo,
signo de inicio del breakdown (cap. 5, A, 2).
55 Cf. los casos de Laure, págs. 195, y de Jeanne, pág. 296.
56 R C. Racamier, Les schizophrénes, París, Payot, 1980.
57 En el sentido del par renegación-proyección.
58 Cf. cap. 3.
59 Fácil es encontrar los aspectos maníacos en las observaciones
relatadas en los caps. 2 y 5.
60 Alfred escribió entonces un poema (inverso al de Querubín)
del que forman parte estos versos:
Mis ojos ya no verán, no escucharé ya nada
Y mi corazón inmóvil no latirá por nadie
Las horas pasarán largas y monótonas
Los gusanos comerán lo que gustaba a los míos.
61 J. Gammil y R. Hayward, “Névrose infantile et position
dépressive”, Rev. fr. Psychanal., 44, 5-6, 1980, págs. 923-932.
62 Comprendidos de otra manera en el cap. 5.
63 Las observaciones de J. Gammil son comparables a las de E.
Kestemberg de adolescentes con sexualidad demasiado intensa (E.
Kestemberg, “La sexualité des adolescents”, en S. C. Feinstein, P. L.
Giovacchini y A. A. Miller, La psychiatrie de Vadolescent, París, PUF,
1982, págs. 53-67).
64 P. Gutton, “La colite ulcéreuse de l’enfant, données cliniques
et recherche psychanalytique”, Evolutions psychiatriques, 39, 1974,
págs. 567-600. Observación redactada en colaboración con M. Estra-
baud.
65 Cf. el ensayo de clasificaciones de cap. 2, A, 3.
66 Así comprendemos esta conocida cita (D. W. Winnicott [1971],
Jeu et réalité. L’espace potentiel, París, Payot, 1975).
67 A. Braconnier, “Ruptures et séparations”, Adolescence, 3, 1,
1985, págs. 5-19.
68 Tomamos esta locución del texto de E. Kestemberg, “Le per-
sonnage tiers. Sa nature. Sa fonction (essai de compréhension
métapsychologique)”, Les Cahiers du Centre de Psychanalyse et de
Psychothérapie, 3, 1981, págs. 1-83. Consta aquí como exergo la cita
de S. Freud (1915, “Duelo y melancolía”): “Observamos de manera
general que el hombre no abandona de buen grado una posición libi-
dinal, incluso cuando hace ya señales un sustituto”. La autora estu­
dia la clínica y la metapsicología de este “sustituto propuesto”, en la
línea de sus trabajos sobre la psicosis fría (que, como veremos, tiene
más que similitudes con el breakdowri).
69 E. Kestemberg, “La relation fétichique á l’objet”, Rev. fr. Psy­
chanal., 42, 2, 1978, págs. 195-214.
70 Diríamos transferenciales narcisistas, dejando intacta la
cuestión de la organización de la neurosis de transferencia.
71 J. J. Baranés presentó notablemente los argumentos en J. J.
Baranés, “Sandor Ferenczi: notre arriére-pays?”, Topique, 42, 1988,
págs. 293-307.
72 S. Freud, Carta a S. Ferenczi del 13 de diciembre de 1931, en
E. Jones, La vie et l ’oeuvre de Sigm und Freud, 3: Les derniéres
années (1919-1939). Gloire et souffrances, París, PUF, 1969, págs.
187-189.
73 D. Braunschweig y M. Fain, Eros et Antéros. Réflexions psy-
chanalytiques sur la sexualité, ob. cit.
74 Sin duda aquí más que en el plano edípico se discute sin
embargo la cuestión del sexo del analista. Cf. A. Braconnier, “Le sexe
de l’analyste, relation avec le contre-transfert”, Adolescence, 2, 2,
1984, págs. 349-357 y M. Bucchini-Giamarchi, “Freud et les jeunes
filies”, Adolescence, 2, 2, 1984, págs. 339-347.
75 S. Freud encontró aquí la particularidad del tratamiento en
la adolescencia, en su texto “Sobre la psicogénesis de un caso de
homosexualidad femenina” (S. Freud [1920], “Psychogenése d’un cas
d’homosexualité féminine”, en Névrose, psychose et perversión, París,
PUF, 1988).
76 P. Mále (1964), Psychothérapie de Vadolescent, París, Payot,
1980; La crise juvénile. (Euvres completes, 1.1, París, Payot, 1982; De
Venfant á l’adulte. (Euvres completes, t. II, París, Payot, 1984.
77 Entre otros, I. y R. Barande, P. Bourdier, S. Daymas, R. Diat-
kine, J. L. Donnet, A. Green, J. y E. Kestemberg, J.-L. Lang, C. Le
Guen, C. Stein, J. R. Van Steenkiste.
78 Resumamos las diferencias fundamentales de la relación ana­
lítica en estas curas con la de la cura tipo según el autor:
а) La transferencia no es interpretada, o lo es poco, aunque sea
una de las palancas principales de la cura.
б) La intervención del terapeuta se manifiesta por frecuentes
balances.
c) Las interpretaciones son prudentes, evitando abordar dema­
siado rápido las zonas angustiantes.
d) El mejoramiento funcional de un organismo en crecimiento se
valoriza no tanto en términos de revisión profunda como de compor­
tamiento, estabilización social y profesional, actividades, entrada en
la vida sexual.
e) Es necesaria la identificación con una imagen fuerte; el tera­
peuta, frente al yo débil del adolescente, debe asumir a menudo el rol
activo y benévolo de un progenitor más que conservar la actitud neu­
tra del analista; “el paciente espera la palabra, el gesto, la aproba­
ción, el permiso procedentes de una imagen fuerte para decidirse a
reanudar su evolución y abreaccionar en una palabra el pasado”
(1982, La crise juvénile, ob. cit., pág. 51).
f) Estas psicoterapias serían incompletas si no estuviesen secun­
dadas por revisiones educativas.
79 No resistimos al placer de citar la intervención de C. Stein:
“El informe de mi maestro Male y de mi amigo Green me parece cen­
trado en la noción de la acción normalmente organizadora del yo, de
los mecanismos de defensa. Este punto de vista es de una importan­
cia capital. Los mecanismos de defensa no son en sí mismos mecanis­
mos patológicos. Lo que caracteriza a las prepsicosis es el aspecto
desarmónico de las defensas llamadas psicóticas por su carácter pro­
fundamente regresivo, no evolucionado, su disarmonía con el nivel de
evolución del sujeto en su conjunto. Al sufrir una regresión masiva a
nivel de sus defensas psicóticas, hasta entonces más o menos bien
equilibradas en la estructura prepsicótica, se produce la caída en la
psicosis. Esto puede acontecer en oportunidad de las modificaciones
evolutivas propias de las psicosis de la infancia, y la más peligrosa de
estas modificaciones es la que señala el fin de la infancia. El adoles­
cente camina entonces sobre esa ‘cresta delgada’, por retomar la afor­
tunada expresión de P. Mále, o es atraído hacia la caída en la psicosis
esquizofrénica por el cuestionamiento crítico de las investiduras que
hasta entonces habían asegurado una relativa cohesión a su perso­
nalidad psicótica. Se trata de las crisis prepsicóticas de la adolescen­
cia, de evaluación tanto más difícil cuanto que suelen constituir ver­
daderas urgencias psicoterapéuticas cuya evolución puede ser
modificada desde la primera intervención, cuando se la conduce bien.
Se oponen a ciertas estructuras lo suficientemente ceñidas ya al final
del período de latencia como para ignorar los problemas más norma­
les de la adolescencia.
”En sus crisis prepsicóticas, como en todas las crisis prepsicóti­
cas de la adolescencia, estos sujetos suelen establecer de entrada una
transferencia masiva sobre el psicoterapeuta. Transferencia tan
masiva como intenso es su desasosiego y que hay que saber provocar
suministrándoles una imagen tan sólida como tolerante. También
hay que saber renunciar a la satisfacción de tener ligado al enfermo,
pues esta transferencia es sumamente ambigua. Hay que respetar, si
se produce, ese movimiento que fuga hacia una relación positiva,
puesta a prueba del terapeuta, que es la negativa a quedar en citas
para sesiones regulares, la negativa a admitir que necesita un apoyo.
Nos convenceremos cuando, habiendo desaparecido varios meses
después de una primera entrevista, un adolescente vuelve a vemos
con el pretexto de que tiene que tomar una decisión ‘ya que usted se
ocupa de mí’. Regular la distancia puede implicar aceptar una dis­
tancia donde la relación ya no es tan sólo imaginaria.
”E1 acercamiento es una experiencia que estos enfermos no pue­
den soportar. Por eso, en una cura regular la actividad interpretativa
se acantona en aquel de los dos polos de la intervención psicoanalí-
tica que es el suministro de explicaciones aptas para permitir que el
enfermo acondicione su relación transferencial. El otro polo, ese que
se debe evitar, es el de las interpretaciones propiamente dichas, que
al acercar el enfermo a su médico desencadenan la angustia...
Hablar el lenguaje del Edipo frente a posiciones profundamente
regresivas es reasegurar al enfermo reduciendo una culpabilidad
invasora a una culpabilidad edípica accesible a la racionalización en
una toma de distancia respecto del objeto; abrir al adolescente el
acceso a una organización neurótica estable de sus mecanismos de
defensa.” Cf. La discusión entre S. Leclaire, S. Lebovici, G. Rosolato
y P. C. Racamier tras el informe de A. Green y P Mále sobre las pre-
esquizofrenias, ob. cit., págs. 363-375.
80 Remitimos a los trabajos de Stone (1973) entre resistencias
tácticas y resistencias estratégicas. Las primeras, definidas como
resistencias a la experiencia de un mundo de funcionamiento asocia­
tivo, retrasan la puesta en ruta o el desenvolvimiento del trabajo
analítico, pero no lo descalifican; las segundas, resistencias al cam­
bio, al desprendimiento de las estructuras patológicas, ponen en
cuestión la cura en su finalidad terapéutica.
81 P. Mále evoca las “experiencias emocionales” en el curso de
relaciones terapéuticas médicas (quimioterapia, por ejemplo), de
intervenciones sociales (en particular a nivel de los padres) y
pedagógicas (cura directiva pedagógica, contactos con los enseñan­
tes).
82 “Recordar el material infantil en este tipo de psicoterapia es
situarse resueltamente como si la adolescencia no aportara un mate­
rial nuevo.”
83 Cf. asimismo cap. 4, C, 2.
84 J. L. Donnet precisa el lugar “expresivamente exterior al
paciente” de la construcción. La exactitud de la construcción no se
encuentra en primer plano, lo importante es su devenir procesual en
el paciente y luego en el analista que lo toma en cuenta, con ensayos
y errores; la construcción es “aproximativa, aproximada, lineal, al
servicio de la descondensación”. “Es un golpe de apertura, aunque
sin recusar lo que puede deberle al saber establecido”; “no la involu­
cra el sí o no del paciente, sino su pertinencia para relanzar asocia­
ciones, sus proposiciones condicionales para suscitar lo idéntico” (cf.
J.-L. Donnet, “L’enjeu de l’interprétation”, Rev. fr. Psychanal., 5,
1983, págs. 1135-1150).
85 P. Gutton, “A propos de la théorie en psychanalyse des
enfants, conclusión”, en “Psychanalyse d’adulte, psychanalyse de
l’enfant”, Journal de la Psychanalyse de l’Enfant, Psychanalyse de
l’enfant?, Coloquio de Monaco, París, “Paidos”, Le Centurión, 3,
1987, págs. 305-308.
86 En francés en el texto.
87 S. Freud da a Dora una lección de historia: “Le dije que ella
sabía cuán apegado estaba (su padre) a ella y que cada vez que le
preguntaban por la salud de su hija se le llenaban los ojos de lágri­
mas. Por mi parte, le dije, estaba completamente convencido de que
se curaría instantáneamente si su padre le anunciaba que sacrifi­
caba a la señora K. a su salud”.
88 En el sentido de puesta a distancia de lo sexual arcaico de que
sufre la histérica.
89 Se ha considerado el proceder de S. Freud con Dora como
ejemplo de la frenética necesidad del hombre de “pedagogizar” a la
mujer para hacerla entrar en la función fálica. Tal vez esto es aún
más perceptible con la joven. El asunto es para él bien incons­
ciente: esa atrevida lección de cosas en la que “no hay que tener
escrúpulos para conversar... sobre los hechos de la vida sexual nor­
mal o patológica” es considerada como una interpretación, a falta
de algo mejor “que levante la barrera entre lo consciente y lo
inconsciente”. Si somos mínimamente prudentes, no hacemos otra
cosa que traducir en su consciente lo que saben ya inconsciente­
mente, y todo el efecto de la cura descansa precisamente en la
comprensión, debido a que la acción ejercida por el afecto de una
idea inconsciente es “más violenta y, por irrefrenable, más dañina
que la de una idea consciente” (S. Freud [1905], “Fragment d’une
analyse d’hystérie (Dora)”, Cinq psychanalyses, París, PUF, 1975,
pág. 35).
90 M. Kahn, “L’ceil écoute”, Nouvelle Revue de Psychanalyse, 3,
1973, págs. 53-70. Esta intervención de M. Kahn se inspira en otra,
de hecho muy diferente, de D. W. Winnicott con un paciente hombre
que ya había hecho un análisis durante un cuarto de siglo: “Sé per­
fectamente que usted es un hombre, pero yo escucho a una mujer”
(D. W. Winnicott [1971], Jeu et réalité. L’espace potentiel, París, Galli­
mard, 1975, pág. 103).
91 Calificamos a esta técnica de activa: remite a algo visto del
analizante que retiene el interés contratransferencial; la interven­
ción es entonces, primero, un autoanálisis; lo visto recaería sobre
algo no analizado del terapeuta de este caso, como lo muestra P.
Fédida (P. Fédida, “Sur le rapport mére-enfant dans le contre-trans-
fert (Psychanalyse d’adulte, psychanalyse d’enfant), Psychanalyse de
l’enfant?”, Coloquio de Monaco, Journal de la Psychanalyse de
l’Enfant, París, “Paidos”, Le Centurión, 3, 1987, págs. 272-304) al
describir la ilusión simétrica de la sesión (según nosotros, comple­
mentaria).
92 Ciertos aspectos de la cura de este adolescente fueron expues­
tos en P. Gutton, “Le concept d’adolescence a-t-il sa place dans la thé-
orie analytique?”, M i-dit, 3, 2, 1986, págs. 4-12, y retomado en el cap.
2, A, 1.
93 Cf. el trabajo de R. Kaés (R. Kaés, Contes et divans, París,
Dunod, 1986). Por otra parte, el trabajo sobre documentos literarios
y artísticos o la construcción en squiggle de un relato en sesión. Cf.
igualmente R. L. Richaud, “Un squiggle particulier”, Adolescence 5
2, 1987, págs. 303-317.
94 La contratransferencia es considerada aquí sin simetría cor
la transferencia, como resistencia del analista en su trabajo de escu
cha y de asociaciones de su paciente, remitiendo a su autoanálisis, e
su propio análisis y a lo cultural. Constituye una zona ciega en e.
analista y sus efectos pueden ser diversos: retenemos, entre ellos, \¿
interpretación latente que anti-interpreta el inconsciente del anali
zante interpretando el del analista.
5. FRACTURA DE HISTORIA

Los cambios introducidos en los funcionamientos del


ello y del superyó lesionan al yo. Si los apuntalamientos
narcisistas no son suficientemente buenos, la capacidad
para crear objetos internos no es autónoma; los fenómenos
psíquicos de pubertad no se sostienen, la escena puberal no
puede jugarse. En la infancia es posible una regresión
estructural. La pubertad arribada en lo real impide que
persista lo infantil, al tiempo que incita a su repetición fre­
nética. Como último recurso, el “yo” [Je] se lo toma con las
nuevas fuentes del ello, con la experiencia puberal.

A / LO PUBERAL IMPOSIBLE O PSICOSIS PUBERAL

S i el proceso de desexualización originaria se dirige


aquí a las pulsiones modificadas por la pubertad, no se
tra ta sin embargo de un proceso nuevo. En su momento lo
investigamos en lactantes enfermos.1 A. Freud2 utilizó el
concepto de “rechazo”, de “recusación” de las pulsiones con­
ducente al ascetismo, “proceso más primitivo que la repre­
sión” que dirige su ataque contra “el anclaje somático de la
pulsión” y susceptible de involucrar inclusive a “las necesi­
dades físicas m ás corrientes”, “negación del soma en un
nivel aún indiferenciado entre cuerpo y psique”.
El interés de muchos autores converge hoy hacia el
estudio de este trabajo de neutralización en la psique de
una topología originaria, sin referencia a la Ego Psycho-
logy. Bajo diversas denominaciones, este concepto posfreu-
diano adquiere derecho de ciudadanía. El ejemplo que se
da con preferencia es el de la anorexia mental. Así pues, no
hemos de sorprendernos si hallamos un proceso semejante
en el centro de la patología adolescente. ¿Es “una hostili­
dad del yo hacia la pulsión” (A. Freud) o una vertiente
intrínseca de la propia pulsión (constitucional o inscrita en
el programa filogenético) comprometida dialécticamente
por su desarrollo en el ataque de sus fuentes?:3 “la recusa­
ción” procedería entonces de la hipertrofia de la faz borra-
dora de la pulsión.
Los límites de este libro impiden hacer el balance de
este conjunto científico que hemos hallado en varios
momentos de su escritura en el pensamiento francés, con
A. Green, J. Guillaumin, J. McDougall, M. Fain, E. Kes­
temberg, P. M arty y la Ecole de Psychosomatique de la
Société Psychanalytique de Paris, y en la línea anglosajona
posterior a A. Freud, E. y M. Laufer. La lectura de cada
autor sitúa una característica suplem entaria del proceso,
enriqueciendo su descripción. De m anera más amplia, el
modelo del trabajo de lo negativo permite su adaptación a
niveles diferentes del trayecto pulsional: el que tra ta este
capítulo es su punto de origen. Es en cierto modo una abs­
tracción proponer una concepción de semejante estrategia
dirigida a atacar el momento somático de la excitación
ulteriorm ente representada en la vida psíquica por la
pulsión (que surge aquí como producto m arginal, efecto
paralelo al funcionamiento orgánico vital), antítesis del
apuntalamiento. La abstracción es menor si el “desapunta­
lamiento” en cuestión se focaliza en la descripción que
expusiéramos de la experiencia puberal: “E l odio de la
p u b e r ta d e s en realidad un odio de lo puberal: la desexua-
lización recae sobre su real y su experiencia
Tenemos que profundizar en dos efectos:
— El primero es la exterritorialización del cuerpo
púber real, impidiendo que se constituya la identidad
sexuada m asculina o femenina. Suele olvidarse que la
imposible identidad corre a la par con el desconocimiento
del otro sexo.
— El segundo reside en la imposibilidad de la escena
puberal a jugarse. No hay función por corte de corriente o
por inasistencia de su actor principal. Así es el breakdown:
el desarrollo debía im plicar ese momento de puesta en
representación, momento que no tiene lugar. A Yocasta se
la presenta muerta; Layo sobrevive, rey y padre, agran­
dado, desm esuradam ente inm ortal. El Edipo narcisista
fracasa.
Distingamos, por supuesto, el proceso de neutraliza­
ción:
— De la represión de las representaciones aferentes al
Edipo genital asegurado por el superyó puberal y cuya tác­
tica da nacimiento a satisfacciones sustitutivas y a compro­
misos sobre un mismo eje. La estrategia de la fractura de
historia implica un cambio de estructura.
— De la desinvestidura (o desexualización, idealiza­
ción) de estas mismas representaciones, que forman parte
del trabajo de lo negativo más elaborado, progrediente de
lo adolescens.
Lo real puberal y sus corolarios, según la definición que
de ello hicimos, implica, como recordamos con insistencia,
una fuerza de renegación de la realidad: realidad y pube­
ral son enemigos irremediables. El niño púber efectúa, con
fines narcisistas, esfuerzos conservadores para impedir la
investidura de las representaciones parentales incestuosas
y preservar de este modo la realidad infantil: desarrolla
una resistencia a lo puberal susceptible de culminar en su
neutralización. El borramiento en el sentido de A. Freud es
todo lo contrario de una renegación de la realidad, ya que
apu n ta a preservarla m ás allá de su pertinencia. Su
método es la neutralización de lo real acaecido para afe­
rrarse a la realidad. Qué niño alcanzando la pubertad no
alim enta en algún momento la esperanza insensata de
“salvar los muebles” de la infancia. En lo puberal corriente
evoluciona una dialéctica más o menos flexible, y durante
un tiempo suficientemente largo, entre cierta renuncia a la
realidad infantil y la aceptación de la realidad sexuada.5 El
margen de maniobra puede ser escaso desde un principio.
También puede reducirse con la expansión progresiva de la
fisiología puberal (breakdown tardío). Se tra ta entonces de
la victoria del partido conservador sobre lo nuevo que ha
aparecido y el callejón sin salida del sujeto.
Es interesante la comprobación genética siguiente: el
sacrificio de la experiencia puberal repite aquel al que pro­
cedió en su momento la elaboración de la neurosis infantil.
La valiosa labor de esta última, dirigida a precisar el límite
entre adentro y afuera, representabilidad e irrepresentabi-
lidad, sacrificada la anatomía genital.6 El retorno ofensivo
de los órganos en la pubertad provoca el nuevo ataque
expiatorio.
Cual Jonás arrojado de la nave al m ar (madre arcaica),
la experiencia puberal es sacrificada a fin de calmar la
tempestad. Ahora la vida psíquica del sujeto puede ser pre­
servada en el interior de su famoso doble límite:7 la interio­
ridad del cuerpo, la capacidad representativa.
En las adolescencias corrientes, después de la expul­
sión de Jonás, la tempestad se calma; pasado un tiempo de
introyección, Jonás podrá retornar. En la patología, la tem­
pestad aún azota: el buque pierde sus aparejos y hace
agua. El “yo” [Je] se ve atacado en sus límites. “La recusa­
ción de las pulsiones” se revela u na autonomía, una
ceguera ante el enemigo, una estrategia de tierra abra­
sada.

Volvemos a hallar, a contrario, lo que llamábamos fun­


ción de las escenas puberales a partir de las cuales una
elaboración puede producir heterosexualidad. El tiempo
puberal que amenaza a la realidád infantil es necesario
para la construcción de la realidad adolescente. El material
del edificio nuevo es tomado en préstamo de aquel al que
reemplaza. Es indudable que la fractura de historia posee
un pasado patológico, sus etiologías de la prim era edad;
como veremos más adelante, “sus forclusiones particula­
res”. No puede concebirse sino a través de ese momento
histórico en que el cuerpo que se está haciendo púber, en
lugar de “impregnar” de “infestar” al yo de sexualidad, se
ap arta de él y viene a hostigarlo desde afuera. Lo que
hubiera tenido que ser puesto en representación interna
como drama edípico se presenta como percepciones, actos
de un modelo masturbatorio.
Las dos complementariedades, del sexo y del yo (cuya
complementariedad segunda hemos puesto de manifiesto),
quedan “fracturadas” en esta patología grave:

— la escena puberal no tiene lugar;


— el objeto narcisista no autoriza una nueva realidad
adolescente.

E stas posiciones psicóticas totalm ente singulares y


concebidas bajo el estandarte del mantenimiento de la rea­
lidad infantil se distinguen de las patologías alucinatorias:
entradas en esquizofrenia y experiencias agudas.8 En este
libro centrado sobre otras problemáticas no tratam os de
ellas. Su economía procede de un exceso de puberal que
derriba a la realidad infantil. Las más “bellas escenas
puberales” se observan9 como escenas alucinatorias. El
superyó y el yo no pudieron conservar su funcionalidad.
La “revocación de las pulsiones” protege de la experien­
cia alucinatoria.

N uestro análisis del caso André10 se centra en un


momento fecundo entre fractura de historia, experiencia
alucinatoria y elaboración neurótica. Vimos tres veces a
este adolescente: a los catorce años, de urgencia, en un
momento psicótico agudo; quince días después, notable­
mente mejorado, sin otra demanda de tratam iento, y seis
años más tarde, cuando todo andaba bien. Cuando inte­
rrumpe süs prácticas m asturbator ns !a ansiedad alcanza
un punto extremo, con insomnio y agitación incesante. El
tema es una ilusión perceptiva anal, acompañada de una
fuerte sensación de placer localizado: “una forma me pene­
tra ”. A fin de evitar esta penetración, mantiene una vigi­
lancia de cada instante, lo cual le impide dormir. Después
se desarrolla la convicción delirante de “que se hará (apun­
temos el futuro) homosexual”. Pide a sus padres, y luego a
nosotros mismos, que se le impida esta evolución mediante
una castración quirúrgica.11 Días después, un afecto de
intrusión invade el vacío de su pensamiento alterando su
funcionamiento psíquico, “se siente como invadido”, “ya no
se comprende”; desde ese momento es incomprendido.
“Actúan sobre él...; ¿usted puede actuar sobre mí?” Se han
instalado amagos de un síndrome de influencia.
¿Qué creencias incitaron su desconfianza respecto de la
carne puberal?12
— El niño atraviesa un período religioso y hasta mís­
tico donde domina el afán de pureza. El régimen es el de la
vergüenza y no el de la culpabilidad superyoica.
— “La masturbación puede hacer sufrir al niño que él
tendrá.” Al servirse de su sexo, André corre el riesgo de no
poder asegurar su descendencia. La renegación de la com-
plementariedad de los sexos (procreación) comprometería
los resultados del engendram iento. De acuerdo con el
modelo freudiano, el niño pasa a integrar el juego de las
equivalencias parciales pene y heces. El renunciamiento a
la actividad genital arroja hacia u na línea de filiación
homosexual (¿la forma rem itiría al hijo del padre ideali­
zado?).
— Un amigo le confió los peligros de la masturbación:
“volverse loco”, fantasma tan frecuente en la adolescencia,
como observa D. W Winnicott. E sta es la vía que eligió
queriendo evitarla. El repudio de la diferencia genital, en
tanto que implica la falta del otro sexo, implica el manteni­
miento de una bisexualidad real que llega hasta el tem a
del ser completo, cosa que André intenta cumplir al igual
que su herm ana mayor anoréxica (a quien imitaba desde la
más tierna infancia).
Dos meses antes de la consulta, el abuelo paterno se
ahorcó; van a vender la casa familiar: el padre, muy ape­
gado a su propio padre, está sumido desde entonces en una
depresión profunda. Por añadidura, el sistema antidepre­
sivo paterno incluye manifiestamente a su hijo.
La verdad entrevista que provocó fractura y que el
autoerotismo enmascaraba es su propia tendencia homose­
xual, surgida del apego al padre.13 El la convirtió en una
homosexualidad psicótica (feminización). La convirtió tam ­
bién en una afirmación loca, basada en la percepción anal,
que reclamaba curación por la castración. Paradoja prag­
mática es el aserto siguiente: “para no ser homosexual hay
que sentir una homosexualidad delirante y a la inversa”.

1. El cuerpo erógeno escindido del yo se exterioriza. La


adecuación mano-pene, que ya ponía en escena una creen­
cia en la androginia, es sustituida por la del lugar anal y
de una forma, borramiento del pene y retorno de lo proyec­
tado del órgano. La experiencia psicótica sobreviene en
oportunidad de un cambio del objeto soporte. “La forma”
introducida en el funcionamiento psíquico de André, resis­
tencia táctica que pone en juego un objeto posterior, figura
la prótesis identificatoria que se había sustraído y retom a.
Lo que hasta entonces era sólo neurosis de angustia pasa a
ser fractura de desarrollo.
Cuando André renuncia al narcisismo fálico, en su
cuerpo se abre una laguna, una vacuidad.
El pene defendía a André contra la eventualidad de
una penetración anal; la decisión de interrum pir su uso
provoca la aparición de la forma antinarcisista. Lo que en
una primera aproximación se aparece como simple despla­
zamiento libidinal es, de hecho, un cambio estructural. La
dirección por la cual resulta excitado el ano se ubica como
yendo de afuera hacia adentro, haciendo funcionar el
órgano a contracorriente fisiológica. La forma “imprecisa”
en su representación de cosa no tiene nombre; moleculiza-
ción, indiferenciación, forma informe; se da por la percep­
ción, se define por el placer que procura y se representa por
la amenaza de penetración. Si recuerda a André el pene
excluido, su figuración implica la intercambiabilidad de los
objetos parciales (pene materno o paterno). La familiaridad
del pene fue suplantada por la extrañeza de la forma (en el
sentido de la angustia psicótica de lo extraño).
Pese a las apariencias, para André y para nosotros mis­
mos no todo empieza por la interrupción de las prácticas
m asturbatorias. El modelo estructural de su autoero-
tism o14 im plicaba ya una fractura en el desarrollo. La
supresión del autoerotism o en André destruye parcial­
mente el objeto. Nuevo ejemplo de un tema caro a M. Fain,
el del vínculo entre autoerotismo y representación: la
disarmonía en más o en menos de éste ataca el cimiento de
la representación del objeto. La masturbación confirmaba
ya una ru p tu ra y defendía de una patología más pro­
funda.15
André cambió de estructura como ese neurótico que
evocaba S. Freud en 1924 en su breve artículo sobre “El
problema económico del masoquismo”: “Es interesante
comprobar que, a despecho de cualquier teoría, contra toda
expectativa, tal neurosis, rebelde a todos los esfuerzos
terapéuticos, podrá desaparecer el día en que el sujeto
haya contraído un matrimonio desdichado, perdido su for­
tuna o contraído una enfermedad orgánica peligrosa”.16 Es
Caribdis en Escila.

2. La construcción alucinatoria sustituye a la realidad


infantil fragilizada: feminización delirante del cuerpo cer­
cana al transexualismo, utilizando el hundimiento de las
defensas anales; neorrealidad seguramente en la que rea­
parece la androginia de lo puberal de André. El organiza­
dor anal de la am enaza se revela, además, insuficiente­
mente bueno: el afecto de penetración deviene síndrome de
nfluencia. Estalla el continente somático del pensamiento.
André tiene que defenderse de pensamientos llegados de
otra parte y que él ya no comprende; su propio lenguaje
pierde su inteligibilidad; aspira a estar vacío y a no pensar
más. La penetración anal comprende un proceso delirante
y parece defender de una intrusión más peligrosa para el
yo. La descompensación psicótica señalaría el fracaso de la
defensa constituida por la exteriorización del cuerpo eró-
geno y el intento para representar el par zona erógena-
objeto parcial.

3. André hace un esfuerzo para dar significancia y per­


tenencia a la forma. De este modo, el psicótico, sintiéndose
extraño al ambiente, busca un perseguidor adecuado, es
decir, representa. El temor de hacerse homosexual corres­
ponde a un esfuerzo de la representatividad de la forma, a
un trabajo para evitar la feminización psicótica más pro­
funda. Lo singular de “la” forma defiende del plural de la
fragmentación. Su teoría de la homosexualidad, que con­
fiere una masculinidad a la forma e intenta reintroducir al
otro, parece un ejemplo de lo que recordábamos en cuanto
a la insanización descrita por P. C. Racamier, que debía
“economizarse el mecanismo de la psicosis”. El proceso de
insanización comprende una “insanización” del otro, al que
se le demanda la castración, la “forma” sin nombre toma
uno. Su temor a una “homosexualidad venidera” cuando él
exhibe una homosexualidad delirante le perm ite salir
momentáneamente del atolladero. Al relatarnos su expe­
riencia, el niño emprende ya una construcción de lo que
sintiera y que lo sorprendió. La observación pone en evi­
dencia uní. reanudación elaborativa in statu nascendi en
ocasión de su misma interrupción. André estaba “en cura­
ción” antes de conocernos.
La experiencia psicótica puede aparecer como una
mediación susceptible de efectos de estructuración de
homosexualidad.17 Lo que tenemos que considerar y que
fue el objetivo de la consulta terapéutica, corresponde a la
creatividad m antenida de André en cuanto a los objetos
internos. Nuestras intervenciones, que se centraban en la
construcción teórica anal, buscaron la alianza terapéutica
en el nivel actual neurótico a riesgo de parecer no escuchar
la queja más profunda. Paralelam nnte nos esforzamos,
mediante una entrevista con los padres en presencia de
André (rehusando la demanda de hospitalización), en con­
solidar el basamento fam iliar m omentáneamente debili­
tado. Fue franca la discusión sobre el juego conducido,
sobre la palabra “homosexual”. Dábamos explicaciones y
marcábamos las diferencias. Seguíamos el sentido de los
esfuerzos de André por representar y ligar sus percepcio­
nes anales. La “idea loca” de la homosexualidad (verdad
del delirio) vehiculizaba un secreto cuyo contenido fue res­
petado mientras se discutía su continente; loca discusión, a
decir verdad, pese a sus apariencias razonables.

El traum a susceptible de producir fractura supone


siempre dos partes, una de las cuales puede aparecer en
primer plano:
1. Una escena que clasificábamos de antipuberal, repi­
tiendo la fijación homoerótica infantil en detrimento del
apuntalamiento narcisista.
2. Un exceso de escena puberal. ¿Acaso no decíamos
que cuanto más se acercaba la escena puberal al recuerdo,
más riesgo corría de resultar traum ática? Ella señala el
horror de una coincidencia entre la conducta incestuosa del
progenitor y del niño.

La historia sin nombre de Barbey de Aurevilly relata la


seducción innombrable de Lasthénie de Ferjol, de dieciséis
años, hija del amor loco de sus padres, concluido trágica­
mente, criada con devoción por una madre rigurosa consa­
grada a su hija, de una viudez sin falla, y por una vieja
Agathe. Durante una crisis de sonambulismo se entrega a
un capuchino de paso, de ojos terribles, que habla y parece
venir del infierno y que en la cena fascinaba a madre e
hija. Son negados la concepción, el embarazo y el hijo
nacido muerto. Lasthén e muere de una anemia que ella
misma se provoca con hemorragias.18
Como observa M. Torok, la puesta en cuerpo, la incor­
poración, sobreviene cuando el modelo le fue dado, es decir
cuando “el trabajo de introyección apenas comenzado o
entrevisto choca con un obstáculo prohibitivo” (añadiría­
mos: con un desfallecimiento narcisista). “Surgido de la
detención ante la introyección impracticable, la incorpora­
ción (como fantasma o conducta) aparece como el sustituto
a la vez regresivo y reflexivo”, “la evocación nostálgica”.
Por supuesto, el insight cuenta menos que la realidad del
acontecimiento.

Del mismo modo,19 Frédérique, de dieciséis años, bulí-


mica, obesa como las tres hijas de la familia, hasta la edad
de quince años vivaz, alegre, “que besa a los varones”,
“seductora porque hacía falta”, inicia unos vómitos auto-
provocados y adelgaza 14 kilos a p artir de un aconteci­
miento preciso. En el curso de una relación sentimental
más íntima, se ve forzada a “aceptar algo” (a saber, la fela-
ción); el órgano masculino, que hasta ese momento ella no
buscó, es encontrado, increíblemente complementario a lo
que experimenta. Poco después se la acusa junto con su
amigo de robo y participación en un tráfico de droga.

En otra paciente la bulim ia se desencadena en una


noche que pasa con su prometido, amigo de la familia, sin
hacer el amor. En Ophélie,20 se tra ta de la llegada de un
padrino seductor y del que padece, a la edad de diez años,
caricias y tocamientos. Cinco años antes, en casa de este
mismo hombre, jugaba con una chiquilla más grande como
se juega con un varoncito, “chupando las partes genitales”.
A guisa de regalo de invitación, el padrino trae un salchi­
chón que “será el primer sacrificado; era enorme pero muy
pequeño comparado con los rendimientos actuales...; en­
contré entonces que podía vomitar por la noche sin hacer
ruido”.
Las observaciones m uestran la precocidad de la puber­
tad y la intensidad de la necesidad sexual; lo que no ha de
entenderse en términos biológicos y remite a la historia de
la sexualidad infantil (seducción, represión). Estas escenas
pueden aparecer como “ofensas sexuales” en la adolescen­
cia. A la inversa del “relato histérico”, no se las presenta
como seducción pasiva sino come anhelo activo de incorpo­
ración, localizado con respecto al conjunto de la imagen del
cuerpo. El movimiento pulsional se dirige “todavía” del
adentro al afuera, a la búsqueda de un complemento
supuesto. El objeto cuenta menos (poco importa su reali­
dad) que la suerte de la presión pulsional y sus huellas
actuales. El “no estaba lista para tener relaciones sexua­
les” no ocasiona frigidez o angustia como en la histeria,
sino un primer frenesí de consumación caracterizado por
no ser genital.21 La originalidad de esta escena, siempre
fascinante, residiría menos en el contenido, que se relata
como irruptivo (supresión de una amnesia) en la cura, que
en su ausencia de elaboración. P ara explicarlo diríamos
que las representaciones de una com plem entariedad
sexual se imponen en forma inesperada y ya focalizada a
una interpenetración a nivel parcial de los órganos mascu­
linos y femeninos, actuada o figurada. En la niña, el esbozo
en el cuerpo de una cavidad activa susceptible de resultar
creadora se efectúa en un acercamiento momentáneo y
real, dramático, que focaliza toda la atención, con escasa
referencia al objeto; el traum a, ciertamente en el placer
defendido, reside en un nivel más arcaico en la confronta­
ción súbita con la facultad de tener un hijo hasta entonces
privilegio del útero materno.

El borram iento de la experiencia puberal, efecto y


causa de la herida, incita al funcionamiento psíquico a dos
orientaciones bien distinguidas por K. Abraham, seguido
por M. Klein: una del orden de la depresión, la otra de la
proyección.
Sus características no corresponden por fuerza a dos
personalidades (patología o carácter). Ciertos adolescentes
no pueden llegar a estar depresivos, y otros no llegan a
proyectar. Otros saltan de uno a otro procedimiento de
semiologías diversas o similares (en particular la tentativa
de suicidio). Estas estrategias apuntan a tra ta r la carencia
en escena puberal, a conferir causalidad a este borra-
miento en el adentro o el afuera, a enfrentar los roles que
las imágenes y realidades parentales no pueden desempe­
ñar: uno, que debe ser incestuoso, se pierde; el otro, que
debe encontrar la muerte y sostener la niño púber, crece en
forma desmesurada; por su cuenta, diríamos nosotros.
1. La primera tiene la estructura de la depresividad
obrando por despliegue fantasmático. Su argumento es el
esfuerzo de interiorización. El trabajo de duelo recae sobre
el objeto puberal: el objeto incestuoso ha muerto, hay que
recrearlo sin tregua confiando en los objetos internos. Su
dificultad para llenar el vacío, interpretado como pérdida y
falta, arroja al adolescente hacia la constitución infinita de
estos objetos indudablememte deprimidos. El depresivo
sólo confía en lo que crea. La posición constructiva lo
orienta decididamente hacia la identificación con la activi­
dad de transformación de la madre (W. R. Bion) apartán­
dose al máximo de la alienación por la violencia del objeto
externo.
2 Distingamos dos aspectos concomitantes en la
segunda: la psicología proyectiva puberal: una pone en pri­
mer plano la suerte del cuerpo como objeto exterior, la otra
la relación con el progenitor fálico. La esperanza de repara­
ción narcisista está incluida en el sistema proyectivo, tal es
su paradojalidad temible. El “yo” [Je], cual un país en cri­
sis, declara el estado de sitio. En el interior silencia las
informaciones, reprim iéndolas o expulsándolas hacia
afuera. Todo lo que viene de allende las fronteras se consi­
dera enemigo. El régimen entiende curarse así de su revo­
lución. Ello significaría, a m ínim a, la paranoia corriente de
los adolescentes que cuando se ha instalado amenaza con
prolongarse... Es el caso de aquella joven en psicoterapia
frente a frente que durante las prim eras entrevistas
encara el problema de sus síntomas histéricos, cuya tem á­
tica edípica “demasiado” evidente atrae “demasiado” nues­
tra atención. Nos declara que nuestra mirada le molesta.
No encuentra en ella ni sostén narcisista ni intervención
superyoica, sino una presión persecutoria del estilo de esas
expresiones m alhum oradas que con tan ta frecuencia se
escuchan en los grupos de adolescentes: “¡Nunca me
viste!”.
La relación entre energía psíquica y energía reducida
al cuerpo se vuelca ampliamente hacia el lado del cuerpo .22
La intelectualización descrita por A. Freud, ¿no es acaso el
arte de refrenar el cuerpo mediante el ascetismo y de eco­
nomizar energía, operación riesgosa, seguramente? Si la
vida psíquica se reduce a los bienes gananciales en su
pareja con el cuerpo, comprobamos que en la pubertad éste
se hace muy gastador. El cuerpo es doble, adentro y afuera.
La fuente del ello, borrada en el fuero interno, resurge en
la opacidad somática. La exclusión de la experiencia de los
órganos genitales en la vida psíquica no borra las sensacio­
nes que procura, desvía su sentido, provoca un desconoci­
miento del pene y de la vagina, pareciendo que las sensacio­
nes vienen del exterior. El soma despliega una pubertad sin
puberal. Debe trazarse un límite que corta el cuerpo según
el principio de la escisión del yo freudiano (1938):

— la parte impúber se interna en el Edipo simétrico;


— la otra erige su anatomía en muda que, por exterio­
rizada que esté, se adhiere al “yo” [Je].

El resultado es una hipocondría genital, lo sensible


ocupa el lu gar del fantasm a; los órganos genitales son,
como en lo infantil, sede de seducción y persecución. El
procedimiento deja creer que los objetos internos no consti­
tuyen la realidad primera de la que normalmente los obje­
tos exteriores son tan sólo representantes:23 creencia con-
ductista, seguramente, fuente de tantos malentendidos en
las confrontaciones entre psicoanalistas y sistémicos. La
“negación del soma” que A. Freud ubica en el centro de la
patología adolescente hace que tapone toda la escena:
monstruoso fetiche, guardián de esta renegación. El “yo”
[Je] term ina, cual el jinete, arrojado al suelo por el caballo
al que incitó inconscientemente a rechazar el obstáculo. El
desborde corporal estrecha el espacio psíquico.
La segunda estrategia proyectiva apunta al otro cuadro
del díptico edípico: el rival, el progenitor fálico, que sobre­
vive o renace de sus cenizas cual el ave Fénix, agrandán­
dose e imposible de matar. El progenitor grandioso exhibe
sobre toda la escena la homosexualidad infantil teñida por
la pubertad y habiendo escapado del trabajo de lo puberal.
El razonamiento es el que S. Freud efectuó para la com­
prensión del Presidente Schreber:24 el par de la renegación
y del retomo de lo proyectado, único posible si la interiori­
zación ha quedado, según la expresión de M. Laufer,
“plantada”. La importancia de lo preedípico en el homoero-
tismo infantil tiene una am plia responsabilidad en el
recurso a la renegación. Esta, sinónimo entonces de forclu-
sión, “rechaza radicalmente el deseo del sujeto”:
— El trayecto centrífugo de la proyección queda abo­
lido, o coartado, borrado.
— Desde entonces el sujeto no percibe m ás que el
retorno de lo proyectado homoerótico. No podría existir
identificación introyectiva que se encontrara en su trayecto
con la barrera de la forclusión. En un sistema de defensa
semejante, el equilibrio corresponde al estado liminal entre
el adentro y el afuera. El lugar de la precepción es central
en todo sistema proyectivo. La ilusión de sn u ar el origen
de las desgracias en el cuerpo propio economiza la gestión
de un persegu dor parental. Este surge, por el contrario,
durante el análisis de una problemática dada en primera
línea como corporal. El progenitor grandioso, este seductor
(erotomanía) por inversión del afecto, este perseguidor
(paranoia) es la imagen del progenitor fálico que provoca
los afectos contradictorios poniendo en escena la parte for-
cluida del “yo” [Je], figurando el retomo de lo proyectado,
cual Dios para el hombre a su semejanza.
Retomada en la cura del adolescente enfermo, esta
estrategia proyectiva permite a M. y E. Laufer nombrar la
transferencia negativa, “ruptura de transferencia”:25 su
despliegue coloca por definición al psicoanalista en el lugar
del progenitor grandioso (único existente), surgiendo siem­
pre del afuera. El objeto transferencial está roto por defini­
ción, ya que la cura apunta a reproducir o no puede hacer
otra cosa que reproducir la ruptura del desarrollo.
Haremos cuatro observaciones:
1. Si la elaboración puede empero desplegarse, es gra­
cias a la cualidad de los objetos narcisistas y su referente.
2. La “ruptura de transferencia” es específica, si no de
la adolescencia, al menos de una patología narcisista en la
que domina el par renegación-proyección. Es diferente de
la neurosis de transferencia, elaboración de la neurosis
infantil. Presenta menos diferencia de lo que se cree con la
psicosis de transferencia de los kleinianos y poskleinianos,
concebida como elaboración de las angustias depresivas y
presecutorias. Su variación reside más en la teoría que en
lo que impone la organización psicopatológica del paciente
según el modelo de la paranoia.
3. Volvemos a insistir sobre la fase preparatoria de la
cura, “fase de evaluación” de M. Laufer. Evaluación diag­
nóstica relativa especialmente a la parte neurótica del yo,
sin duda, investidura pre-transferencial del psicoanalista.
Pensamos sobre todo que este tipo de cura puede ser con­
ducida en la medida en que psicoanalista y adolescente
están convencidos de que la ru p tu ra de desarrollo tuvo
lugar por causa de la pubertad. El contenido a analizar es
puberal. Mediante este fechado fundamental, la pareja del
terap eu ta y el paciente puede conservar un terreno de
entendimiento y confianza en lo que atañe a la infancia
antes de la fractura y que todavía está representada en la
parte buena del yo. El psicoanalista no es exclusivamente
el perseguidor-seductor, sino el referente de construcciones
cuyo basamento anterior con respecto a la pubertad ase­
gura continuidad a la historia.
4. El peligro de la ruptura de transferencia es evidente:

— no-compromiso, resistencia a la ruptura de transfe­


rencia;
— compromiso y ru p tu ra “de la” transferencia, inte­
rrupción de la cura y pasajes al acto diversos, en
particular suicidas.

Esto es lo que nosotros llamamos psicopatología proyec-


tiva. Esta descripción coincide con la de la psicosis blanca
de J. y E. Kestemberg, radicalmente distinta de la psicosis
alucinatoria. Nadie podría sorprenderse, ya que el insight
inicial en lo que respecta a este modelo de funcionamiento
psíquico nació de un trabajo sobre la anorexia m ental.
Recordemos sus características, que pueden ser muy agu­
das:
1. El sí-mismo (como primera configuración organizada
del aparato psíquico emanado de la unidad madre-hijo) es
objeto de una sobreinvestidura particularm ente presente,
borrando los intercambios con el objeto.
2. Enfermo de su grandiosidad, acaba por quebrar al yo
mediante un furioso trabajo de escisión con la neurosis y la
sexualidad infantil.
3. El yo, empobrecido por la excitación inherente a este
funcionamiento singular, viene a localizarse sobre uno o
varios objetos exteriores desconocidos en su alteridad, sim­
ple soporte, duplicación ignorada, testigo visible del sí-
mismo. “Este objeto, si ocurre que una persona privilegiada
pase a figurarlo, pierde las características que son también
las del ideal del yo.” “Todopoderoso, inmutable, indiferente
en una sexualización ‘oprimida’ o ‘en sus inicios’ que com­
prende a los dos sexos, cobra así la figura de un objeto
interno no instituido como tal, a la vez fuera del sujeto y
representante externo suyo, con ello mismo animado y
desanimado, m anejable a gusto todo el tiempo que sea
necesario. De él no emana casi excitación peligrosa pero,
por decirlo así, a espaldas del sujeto hace sin embargo las
veces de paraexcitaciones, desde el momento en que el sí-
mismo, precisamente en razón de la sobreinvestidura de
que es objeto, ya no está en condiciones de bastar él solo
para esta función. Este personaje externo asegura la conti­
nuidad narcisista del interesado y, en los casos feliees,
puede, gracias a un proceso de parcelización lentamente
progresivo, ser el medio para reconquistar ‘jirón por jirón’
el objeto interno reencontrado por reconocérselo como per­
dido.
”E sta m odalidad de organización del comercio con el
objeto y esta particular economía del autoerotismo rei­
nando como dueño y señor, recibe por el autor la denomi­
nación de ‘relación fetíchica con el objeto’. Constituye
una modalidad particular de perversión y de psicosis, la
renegación de la realidad recae precisam ente sobre la de
un objeto interno distinto del sujeto, salvo que sea un
claroscuro de éste, in cesantem ente borrado. El hedo­
nismo e stá tomado casi en su to talid ad del funciona­
miento propio del sujeto, quien en esta tentativa de cor­
ta r todo vínculo con el objeto acaba empobrecido en sus
facultades asociativas y fan tasm áticas. Los procesos
secundarios suelen reducirse a actividades intelectuales
o motrices, racionalizantes o, por el contrario, perfecta­
m ente desordenadas.”26
La concepción de J. y E. Kestem berg m uestra, de
m anera bien com plem entaria de la que desarrollam os
nosotros en la línea del pensamiento de M. y E. Laufer, la
problemática narcisista existente en todo sistema proyec-
tivo. Es clásico decir con cierto tono humorístico que el
paranoico no puede vivir sin su perseguidor. Formulemos
aquí que el progenitor grandioso y el cuerpo escindido cons­
tituyen los cimientos caricaturescos y aterradores sobre los
que el yo descansa “sin embargo”. Forman (¡a qué precio!)
objetos narcisistas. El adolescente debe negociar con y por
ellos sus investiduras y contrainvestiduras. Hay así locura
adolescente en el breakdown más escindido; inversamente,
sin una comunidad como ésta de m ira narcisista entre las
dos problemáticas, el hilo rojo del apuntalam iento narci­
sista se vuelve incomprensibe.

Los argumentos de los próximos capítulos incluirán


varios debates:
1. Depresividad o taciturnidad: trabajo de duelo o fasci­
nación por el objeto exterior.
2. Progenitor grandioso de origen antinarcisista con el
que se busca una alianza narcisista.
3. Cuerpo púber a destruir, borrar, desaprobar, con-
trainvestir.
4. Acondicionamientos transitorios de tipo fetíchico
entre cuerpo y progenitor fálico.
Reflexionaremos sobre las estrategias de cresta en que
se negocian la normalidad y la fractura de la historia. La
continuidad histórica pende de objetos que poseen todavía
valor transicional y susceptibles de perderlo: progenitor
grandioso, objeto a consumir, fetiche.
E. y M. Laufer son ahora más sensibles a la flexibilidad
evolutiva de esta psicopatología y en su último libro27 dis­
tinguen en el breakdown:

— la función defensiva dominante eventualmente en


un acto psicótico como puede serlo una tentativa de
suicidio;
— la ruptura transitoria por el fracaso de esta última,
donde se manifiestan uno o varios funcionamientos
psicóticos; •
— la detención de desarrollo propiam ente dicho,
dejando apartado lo puberal, verdadero proceso psi­
cótico.

Los mecanismos que crean objetos narcisistas y borra-


miento son concebidos en un desenvolvimiento que incluye
variantes, con momentos sincrónicos y vuelcos provisiona­
les en la fractura cuando la amenaza del retorno de lo pro­
yectado se hace demasiado presente. También aquí pueden
darse todos los grados entre la exteriorización simple o pro­
yección a mínima (pudiendo la investidura del objeto con-
trainvestir el libreto interno) y la proyección cubierta por
una renegación sin juego posible entre el adentro y el
afuera. La psicopatología expresa al mismo tiempo el tra ­
bajo de negativo de psiquización y el de construcción narci-
sista.
Dos métodos para dar rostro al vacío: la elaboración y
la percepción. Ellos no se excluyen, pero su metapsicología
es bien diferente.
El estudiante Tórless,28 dentro del definido marco de su
pensión, ingresa en la taciturnidad tras haber conocido la
depresión de abandono y después el rechazo. La cesación
de “esa extraña pasión súbita y devoradora por sus padres,
inesperada y harto desconcertante a sus propios ojos” deja
en el alma del joven pensionista un gran vacío; “por este
defecto reconoció no haber perdido solamente una nostal­
gia sino un elemento positivo, una fuerza interior, algo que
se había expandido en él bajo la cubierta del sufrimiento...”.
“Las huellas ardientes que el despertar de su alma había
dejado en sus cartas dieron paso a largas descripciones de
la vida de la escuela y de los amigos.” Después llegó “el
recurso a los actos que traicionan a los padres puesto que
me traicionan... al riesgo de perderse en una fuga”: los ren­
dimientos sádicos y eróticos anales plantean singular­
mente la cuestión de su feminidad masoquista —lo mismo
sucede con su participación en el grupo “de los peores ele­
mentos de su vuelo indócil, hasta la brutalidad”. “Sé que
las cosas son las cosas”, tal es la afirmación del estudiante
Torless en ocasión de hallar el objeto-fin de la pulsión que
pone término a su hastío.

/
1 La depresividad

El afecto depresivo se ha vuelto hacia la pérdida objetal


acaecida.29 La depresividad es la disponibilidad para sen­
tir el afecto depresivo', diríamos más: el proceso en cuyo
transcurso surge este afecto, la actividad psíquica frente al
objeto ausente considerado como perdido: “No podemos
perder nada sin reemplazarlo”.30 La depresividad marca el
límite de este principio de sustitución, de restauración del
objeto; vuelta hacia la pérdida, sería la común sensibilidad
a la imperfección del reemplazo, fuerza atractiva opuesta
al trabajo de sustitución. La depresión dotaría al afecto
depresivo de representaciones. Ella señala el trabajo de
representatividad, la figuración del vacío. Con la depresión
el yo convocaría, estratégicamente, al objeto representable
para evitar la depresividad. Cuando el depresivo repre­
senta, se vuelve deprimido. La depresión resume la crea­
ción de los objetos depresivos.

1. La depresividad se deja localizar en el “no sé qué”, el


“casi”, señalando la imperfección de la sustitución objetal.31
La creatividad hace coincidir muerte e inmortalidad, des­
trucción y reparación.32
Remontar la historia del sujeto lleva a los orígenes de
este proceso específico de sustitución de objeto, a la depresi­
vidad de los orígenes: posición depresiva según M. Klein,
momento en que libido y narcisismo están indisolublemente
ligados, emergencia de la separación-individuación, dialéc­
tica del yo-ideal y de la constitución del yo. La idea general
es que la depresividad marca la incompatibilidad del narci­
sismo con las condiciones de su experiencia objetal: “Con
que falte un solo ser, todo se despuebla”.33 A partir de estos
orígenes, la transacción de objetos asciende en niveles
metapsicológicos diferentes. El proceso de depresividad
pone en marcha lo que nosotros llamamos situaciones del
objeto que se ausenta. De este modo hacemos derivar el con­
cepto originario hacia las situaciones psicopatológicas
actuales: de la depresividad fundamental pasamos a las
depresividades. Incluidas en el funcionamiento narcisista,
ellas marcan las incitaciones a la pérdida de la actividad de
representación. La paradoja es la siguiente: en el mismo
momento en que las instalamos como inherentes al proceso
de cambio, en el momento en que ellas crean los nuevos
objetos, se vuelven hacia el pasado acaecido-perdido, desre­
presentan en beneficio de dos afectos: impotencia funda­
mental, inadecuación del mundo.
Por una parte, el depresivo formula repetitivam ente
esta pregunta: ¿a dónde fue a parar el objeto?34 en referen­
cia al vacío del pensam iento, al no-deseo del objeto de­
seado, a “la hemorragia de libido”.35 Por otra parte, cree en
la pertinencia de los solos objetos internos para curarlo;
cree en su actividad fantasm ática (ésta le da razones para
estar deprimido). El vértigo del depresivo es el movimiento
en espiral que lo arrastra constantemente hacia atrás (en
el sentido topológico en que se sitúa el psicoanálisis en la
cura) según una aspiración in terna, en la subida del
tiempo de estas sustituciones de objetos. En este movi­
miento descendente (en el sentido del descenso a los infier­
nos), lo que le causa terror es la atracción de lo irrepresen-
table, la duda recayendo sobre la actividad fantasmática,
la noción de que sus tácticas conflictivas no lo preservan lo
suficiente.36

La depresividad es una estructura a la vez antinarci-


sista y antiobjetal:37
— Por un lado, la hiancia n arcisista es llam ada el
objeto, consumo de objetos.
— Por el otro, ninguna sustitución reemplaza al pri­
mer objeto que podemos calificar de idealizado; el objeto
satisfactorio no mejora la depresividad, no puede sino
agravarla, recordando Ja pérdida.
El objeto narcisista no es otro que la creación fantas­
mática; de ahí la dificultad en la cura del depresivo.

Dos modelos para pensar la depresividad de lo puberal:


1 / El “Nunca posible por no serlo hoy” del borramiento
del incesto. Ahora que sería posible, no lo es y no lo será
nunca más. La madre amante (M. Fain) deberá ser reen­
contrada como fantasma. La desaparición del objeto inces­
tuoso confirma de manera regrediente la pérdida de lo que
F. Ladame llamó refugio m aterno. Ningún ideal sexual
dará tanta fuerza como el yo-ideal.
2 / El Edipo genital se vive en la pasión, en el sentido
de que, como escribía Claudel, ésta supone la posesión de
una ausencia, a la vez fuego y agua: tórrido y torrente tie­
nen el mismo radical.38
La escena p u b e ra l. por su mismo aspecto orgiástico,
desarrolla en negativo u n afecto de pérdida39 de los padres
edípicos y postedípicos de infancia, que en ella se sacrifican
como objetos perdidas. ¿Qué niño sacudido por el deseo
sexual no percibe como imposibles definitivam ente los
mimos de sus padres? La inocencia, cara a los románticos
después de J.-J. R ousseau, se ha venido abajo y quedó
enterrada, extraviada en la infancia cuyos recuerdos están
reprimidos, produciendo el afecto nostálgicoi40 es el “nunca
más” signando la desesperanza, angustia de separación.
La problem ática se reactualiza en cascada en el bien
conocido desgarram iento entre la amistad y el amor que
anima las relaciones adolescentes. Ambiente de pérdida y
brusca falta figuran el aspecto devastador de lo puberal. La
sensibilidad al duelo es extrema a esta edad: pérdida de un
progenitor, de los abuelos, enfermedad grave o muerte de
un amigo. Las posiciones parentales actuales tomadas por
la sensualidad afirm an la pérdida (de la infancia), como la
herencia afirma el duelo.
2. La dialéctica entre depresividad y depresión es
im portante p ara nosotros. Ella eleva “una construcción
pese a todo” e implica:
— El afecto presen te de falta y el renunciam iento
heroico a rem ontar el curso del río depresivo.
— El m ovim iento progrediente del constructor: “A
partir del momento en que uno se analiza todo es por su
culpa, ¡de lo contrario no vale la pena!”, dice una paciente
de J.-J. B aranés.41 El reconocimiento de una inevitable
depresividad re-constructiva parece un punto de horizonte
del psicoanálisis en la adolescencia. ¿Cuál es la estrategia
en relación con la depresión? ¿Cuál es el acceso a la semio­
logía depresiva? ¿Cómo se vuelve deprimido el depresivo?
¿Qué uso hace de su depresión? Como exergo a estas inte­
rrogaciones, citaremos a D. W. Winnicott: “Una depresión
nerviosa es a menudo una sana señal, en la medida en que
implica que el individuo tiene capacidad para utilizar un
ambiente ahora disponible a fin de restablecer su existen­
cia”.^
Tenemos que volver un poco atrás en nuestro razona­
miento. El depresivo, reservado a la creación, puede confe­
rir dos vías elaborativas a sus objetos internos, a sus obje­
tos buenos, a sus investiduras objetales:
— Una que vamos a situar ahora es la depresión, en la
cual los objetos internos, por su condición de sustitución, se
hacen objetos depresivos y “vacunarían” al sujeto contra la
depresividad.
— La otra es la obra, el objeto exterior idealizado, el
“bello-objeto” según la expresión de P. Fédida.43 El niño que
juega no está deprimido; el artista deprimido no crea; lo
mismo sucede, al parecer, con el adolescente que escribe.44
Por supuesto, las complicaciones del creador con su obra
son fuente de numerosas depresiones.
La depresión es inherente al trabajo de representativi-
dad.
Siempre hay más o menos depresión o un esfuerzo de
depresión en la depresividad. La depresión tiene para el
depresivo el efecto de teñir sus objetos internos de tristeza,
cuando no está “suficientemente” embarcado en un proceso
creativo. La producción depresiva se realiza en el nivel del
yo y del objeto ambivalente. Delinearemos los pares de opo­
sición:
1. Primero es el que opone al depresivo enteram ente
vuelto hacia sus orígenes y al deprimido centrado en el
problema del comienzo de su estado actual. La creación
del objeto triste debe perm itir m antener a distancia, razo­
nar (Dios sabe si el deprimido razona) la pérdida inicial.
Las coordenadas fenomenológicas del objeto depresivo son
las de un espacio estrecho y de un estancam iento del
tiempo ahora inmediato. La depresión “se parece a una
simulación de la muerte para protegerse de la m uerte”. 45
La retirada de investidura objetal preserva la cantera libi-
dinal.46
2. El deprimido se interroga en lo adolescens sobre la
pérdida del objeto, los motivos de su desaparición a causa
del superyó o del ideal del yo: ésta es la segunda oposición,
con la que se topa el yo de duelo en el curso de su trabajo.
— Pérdida por culpabilidad: “he destruido el objeto
por mi culpa”, o “corro el riesgo de destruirlo” (hablaríamos
entonces de angustia depresiva).
— Pérdida por inferioridad y vergüenza: “soy lamenta­
ble, impotente para asir o conservar el objeto”; se tra ta de
la alteración del yo frente a su ideal.
Estos dos movimientos reaparecen en toda depresión
en defensa recíproca. Hay dos amores cuya pérdida des­
pierta la señal depresiva: el del objeto amado y el del ideal
del yo como representación. F. Pasche ofrece una síntesis
cuando se complace en hablar “del amor del superyó tute­
lar, verdadera vía exclusiva, protectora del sujeto”. Obser­
vamos una vez más la oscilación defensiva entre culpabili­
dad y vergüenza, superyó e ideal del yo, potencia de la
culpa e impotencia del estado: como ya pudimos compro­
bar, lo puberal es más vergonzoso que culpable, o culpable
a fin de evitar la vergüenza. Esta oscilación de toda depre­
sión neurótica puede no funcionar; entonces el yo y el
objeto se confunden: el nivel es psicótico.

3. Lo adolescens implica el clásico cambio de objetos y


por este hecho una doble serie de objetos, cada uno de los
cuales puede estar perdido y ser nuevo: se trata del tercer
modelo de oposición. Concedemos m áxima im portancia
antidepresiva a “la cualidad transformacional del objeto de
amor”,47 equilibrio entre el objeto del pasado y el del pre­
sente, lo que Louise Kaplan denomina “los nuevos diálogos
de amor”. Queda así nombrada la singularidad de ciertas
transferencias de adolescentes durante su cura.
— Prim era serie, los objetos infantiles edípicos. Por
causa de la adolescencia, están en curso de pérdida y ello
en el propio resurgim iento de los fenómenos edípicos
(resurgimiento que puede ofrecer el aspecto de una última
fiesta de la infancia). Si encontrar el objeto es reencon­
trarlo, también es perderlo. El estado amoroso implica esta
depresión, “no hay amor feliz”, dice el poeta. El acto sexual
con el objeto de amor puede deprimir a un adolescente. La
demanda del adolescente deprimido, a veces de una rara
violencia, lo lleva hacia la desilusión obligada si se inicia la
cura.
— Segunda serie, la de los nuevos objetos genitales.
Los acontecimientos actuales pueden perderlos; los meca­
nismos neuróticos infantiles los hacen imposibles. De
manera más cruel todavía, el adolescente descubre la repe­
tición representativa: “es como antes, es siempre igual,
nada cambia”, más parecida a un final de adolescencia que
a su evitamiento. Los períodos en que los procesos elabora-
tivos de adolescencia son modestos, cuando domina la repe­
tición, constituyen en sí mismos fuentes de depresión.

2 I L a ta citu rn id a d

Del aburrimiento, Pierre Mále hizo un estado, la taci­


turnidad, poseedora de sus causas y efectos en la vida y en
la cura, y de una clave para abordar los casos difíciles.
Resumamos su punto de vista: “No hemos encontrado otras
palabras para definir este estado particular que no es la
depresión, con su nota de angustia, inhibición, culpabili­
dad; que no es la psicosis, pues la pérdida de la realidad no
está presente y no se puede recoger ningún síntoma diso­
ciativo; que es más, quizás, aburrimiento infantil”.48 “Tuvi­
mos dificultad para relacionar este estado taciturno con
una posición neurótica clásica.”
Este estado “puede parecer de origen antiguo y ligado a
un fracaso de las prim eras relaciones arcaicas, pero los
trastornos de conducta que se les asocian como para salir
del aburrimiento, fugas, drogas, suicidio, parecen muy a
menudo ligados a un bloqueo de los instintos, a su repre­
sión y a una falta de abastecimiento afectivo”.
El sujeto se m uestra incapaz “de soportar la reanuda­
ción de la vida cotidiana... y de tener por válida otra cosa
que lo que hay de concreto en la realidad, es decir la expre­
sión instintiva inmediata, vivida sin consideración por lo
objetos, sin ninguna especie de elaboración”; “la necesidad
de ruptura se enlaza con lo familiar, que provoca el aburri­
miento, fuente misma del delito”. El autor subraya la difi­
cultad del tratam iento en estos adolescentes silenciosos,
siem pre m ás o menos comprometidos en actos. U na
paciente de Greenson49 se hallaba “llena de tensión de
vacío”. El término afecto de no afecto, propuesto por Joyce
McDougall,50 indica “el vacío en relación con los objetos
exteriores” (Robert), “hum or difícil lento y triste ” (L a -
rousse), “el torm ento del alm a” (Littré),* sometido a la
fuerza de las cosas. El adolescente taciturno se impone un
vagabundeo indefinido, desligado (en el sentido de la delin­
cuencia) do su continuidad histórica, “para engañar al abu­
rrimiento” de lo cotidiano de las cosas. ¿Qué supone su dis­
curso solitario, enumeración de hechos, “lección de cosas”
sino un intento de dominio narcisista por el objeto?
M ediante la construcción de un frente exterior,51 quiere
defender/dosificar la economía (pobre, desde luego) de su
relación con el objeto, acondicionar quizás un desarrollo,
evitar, como la presentaba P. Mále, la invasión psicótica y/o
depresiva:

— “pantalla52 de protección y proyección;


— defensa mantenida y retorno in situ de lo ‘borrado’
(violencia del aburrimiento y violencia en el aburri­
miento)”;
— “pasividad activa, no-actuar sostenido o a veces vio­
lentam ente defendido con una desinvestidura
ostensible y en la que se persiste de m anera ac-
tiva”.53

¿Con qué estrategias atacan estos adolescentes los obje­


tos exteriores que construyeron —desde luego, pensamos en
los objetos parentales, los únicos puberales— probando al
mismo tiempo su omnipotencia, a fin de desviar su aten­
ción (y la nuestra) del borramiento fundamental de la expe­
riencia puberal?

* Se trata de los diccionarios clásicos de la lengua francesa. [T.]


Estrategia n s 1: “Las uvas están demasiado verdes
La mayoría de los autores resumidos por A. Haynal54
atribuyen el aburrimiento a la sensación de un descenso en
los estímulos del medio (especialmente familiar). La señal
es de desilusión, inadecuación entre los estímulos internos
y externos, y en consecuencia la actitud del sujeto de no
esperar nada.55 Moravia compara “esta inafectividad con la
frecuente y m isteriosa interrupción de la corriente eléc­
trica en una casa; en momentos en que todo es claro y evi­
dente... ya no hay más que oscuridad y vacío”; su “aburri­
miento podría ser definido como una enfermedad de los
objetos que consiste en una marchitez o una pérdida de
vitalidad casi súbita, como si en unos pocos segundos viéra­
mos a una flor, por transformaciones sucesivas y sum a­
mente rápidas, pasar de la eclosión a la m architez y al
polvo...”. “Nada de lo que hacía me parecía digno de ser
cumplido; por otra parte, no podía im aginar nada que
pudiese gustarme o que pudiese ocuparme de una manera
duradera... toda la literatura del mundo, ni una página
que lograse reten er mi atención. Además, ¿por qué lo
habría hecho? Las palabras son los símbolos de los objetos,
y en mis momentos de aburrimiento yo no tenía relaciones
con ellos.”56 “Al principio era el aburrimiento vulgarmente
llamado caos.” Las palabras no son más que las cosas
debido al bloqueo de los procesos asociativos; la historia del
sujeto es la de los manuales; los símbolos sustituyen a los
procesos de simbolización. “El sujeto vive la estabilidad de
las cosas.”57 La impresión de lo ya experimentado reem­
plaza a la de lo familiar; ¿se cree así el adolescente mejor
defendido de la extrañeza? “Repetición insignificante del
motivo inmutable” (Amiel), “hastío abominable de las mis­
mas acciones siem pre repetidas” (G. de M aupassant),
“siempre las m ism as impresiones, siempre despertarse,
dormir, saciarse, ten er ham bre... todo esto forma un
círculo, se encadena, se termina y se sucede” (Séneca).

Resumimos estos primeros argumentos expuestos por


el aburrido: ausencia (o insuficiencia) de representaciones
explicada por la insignificancia de las cosas. Las represen­
taciones-percepciones no tienen el lugar que deberían
ten er en el funcionamiento de lo preconsciente; mejor
dicho, en su barrera externa, hallándose allí acusada la
dialéctica entre el nivel del umbral y la intensidad cuali­
dad de la percepción:
1. El adentro es poca cosa sin el afuera: se tra ta del
método maníaco.58
2. El afuera es “casi nada”: se trata, en el fondo, de la
ineficacia del método.
El trabajo del adolescente taciturno consiste en atacar
a los objetos parentales como si constituyeran “la totalidad
del iceberg”, objeto interno.
1. Se evoca a todas luces la insuficiencia del apuntala­
miento de la función fantasmática: “No me ocurre nada, no
tengo nada que soñar”.
2. La convicción en la omnipotencia concedida a la cosa
parental podría ser delirante, pero no lo es porque la pone
en duda el propio tem a de “la cosa taciturna”, según la
expresión de Moravia. El aburrido creería de buena gana
en la ilusión perceptiva si ésta fuese suficientemente exci­
tante. Cree en el hada electricidad para que ilumine sus
fantasmas y vive con la corriente interrumpida. El objeto
sexual, la comida, no dan que pensar, sólo pueden ser con­
sumidos.
3. Al echar sobre los objetos exteriores “la niebla del
aburrimiento” (Moravia), el aburrido puede convencernos
de su ausencia de angustia y de inhibición fóbica. Este
borramiento le perm ite m antener una creación objetal
modesta. “Empezaba a darme cuenta de que me aburría
con Cecilia..., en realidad no era Cecilia la aburrida sino yo
que me aburría, mientras en el fondo reconocía que muy
bien hubiese podido no aburrirm e si por algún milagro
lograba volver más real mi relación con ella” (Moravia). La
creación objetal parece perder al aburrido como Orfeo a
Eurídice.
4. Todo esto no es la depresión y sus representaciones
tristes. E l procedimiento de ataque, de acusación de la
exterioridad del objeto enmascara sin tratarla la problemá­
tica de la pérdida objetal. Habría en el adolescente taci­
turno incapacidad para estar triste . El aburrim iento
parece un afecto que defiende de la depresión reenviada a
la m adre fálica, reflejo de una estru c tu ra psíquica sin
objeto.59 Un adolescente de dieciocho años al que seguía­
mos en psicoterapia desde hacía un año, presentaba alter­
nativam ente estados de excitación de aspecto maníaco
durante los cuales leía poemas, cantaba canciones, evocaba
experiencias extraordinarias de droga, y estados de aburri­
miento en los que no pensaba, no escribía, no creaba nada,
conformándose con actividades “operativas”. Le hicimos
notar que estos últimos estados podían ser vinculados a la
tristeza que sentía a causa de la reciente partida de su her­
mano mellizo. Le causó un enorme asombro y decepción el
que confundiéramos aburrimiento con tristeza; luego pasó
a estar deprimido. Los adolescentes taciturnos coinciden
en considerar que el terapeuta “complica todo”, “ve proble­
mas donde no los hay”.

Estrategia n° 2: “Estoy muy cansado”.


Este giro de la frase puede expresar una vivencia con­
versiva, y por nuestra parte hemos intentado comprender
estas palabras tan frecuentes según el modelo psicosomá-
tico. Pensam os en la desexualización observada en la
depresión esencial, verdadera “debilidad libidinal” que pro­
tege de la depresión sintomática. El verbo en el pensa­
miento operativo “no hace otra cosa que repetir lo que la
mano hizo trabajando” (P. Marty); “el pensam iento no
puede sino retom ar en espejo lo actuado en una serie de
actos” (P. Mále). La enumeración inafectiva de actos no es
una narración ni un traslado de éstos a la forma del
cuento; indica la sustitución del funcionamiento asociativo
por cosas, carencia o falla de lo preconsciente. Por otra
parte no se señaló bastante hasta qué punto los adolescen­
tes taciturnos, sujetos a los actos, están sumidos igual­
mente en una pequeña patología psicosomática: insomnios,
dolores abdominales y vertebrales, cefaleas... Los “pensa­
mientos blancos” descritos por P. Mále anunciaban el
marco más reciente de las “depresiones blancas” que impli­
can desconflictualización, desexualización, neutralización
de los afectos, descarga a través de la acción.60 La ausencia
de comunicación con lo inconsciente determ ina en estos
adolescentes una ruptura con su historia y una investidura
intensa a nivel de lo factual y de lo actual sin que el sujeto
se sienta verdaderamente en cuestión.

Estrategia n~ 3: “Hay que desconfiar de las cosas*


Si el objeto parental propone un apuntalamiento insufi­
ciente, ¿no es porque el sujeto desconfía de él? El aburri­
miento sería pantalla protectora de las representaciones
sádicas proyectadas según una contrainvestidura narc; ■
sista.61 Todo estudio del aburrimiento conduce a una teoría
de la paranoia en el proceso de desarrollo del adolescente:
acusación, desconfianza, temor de persecución. Distingamos
dos modelos de proyección en el sentido metapsicológico que
la clínica suele intrincar: la proyección de la neurosis de
carácter fóbico transforma el “Temo a un objeto exterior” en
“No me da ganas”. Esto se generaliza en “no tengo ganas de
nada”. El mundo fobógeno conserva los rasgos de la ambiva­
lencia. En la infancia, es el del enfurruñamiento. ..
En la proyección acompañada de una desintrincación
pulsional, el mundo se carga de lo “malo borrado por den­
tro”. La “niebla del aburrimiento” es una defensa contra el
retomo de lo proyectado; la taciturnidad evita la persecu­
ción; muchos actos de estos adolescentes serían una
manera de escapar a una presión persecutoria; el desprecio
de los objetos escondería una desconfianza: “y si las uvas
demasiado verdes fueran veneno...”, la rigidez del filtro
extemo del preconsciente sumiendo el adentro en el corte
eléctrico se justificaría por la pesadez proyectiva de las
posiciones parentales. Discernimos en estos mecanismos
proyectivos un nuevo obstáculo para la cura de los adoles­
centes taciturnos. El aburrido hace creer que está depre­
sivo cuando está sobre todo paranoico, y puede revelarse
erotómano, particularm ente en la cura. La taciturnidad
m antendría al adolescente entre “un poco de objeto per­
dido” y un apartamiento de un objeto potencialmete perse­
cutorio.

Estrategia n 2 4: Actos por aburrimiento.


Los actos forman parte de la clínica de “esa lasitud cau­
sada por la inacción” (Robert). Su semiología fue conside­
rad a en diversos trabajos recientes. Parecen sobrevenir
cuando el aburrimiento encubridor corre el riesgo de ser
superado en su valor defensivo tanto por una presión psico­
lógica como por la del objeto parental (en particular depre­
sivo). El adolescente taciturno utiliza ampliamente la dis­
yunción entre el acto y el objeto. La ruptura temporal y
espacial se ofrece como evitamiento de la actividad fantas-
mática. J. Villiers62 apunta que la prosecución del propio
estado de aburrimiento puede imponerlo al aburrido como
una relación objetal que se inicia.
Gracias al aburrimiento, ciertos actos se hacen posi­
bles. So capa de la indiferencia y de una designificación, el
adolescente se autoriza o recupera su posibilidad de
actuar: descargas pulsionales capaces de no ofrecer al ana­
lista más que una comprensión económica; prevalencia de
la enunciación en desmedro del enunciado que concede una
virtud primera al tema del comienzo (y no de los orígenes),
de causa a efecto, de lo provisional y lo relativo (eso vuelve
a empezar). Un error bastante difundido consiste en creer
que el acto se produce de m anera obligada sobre un fondo
de aburrimiento. El acto del aburrido tiene una dimensión
específica, a saber: sadom asoquista, se dirige im plícita­
m ente a las posiciones paren tales y debe entendérselo
como contracara de las estrategias activas que venimos de
describir: “antes la barbarie que el aburrimiento". Consumo
de objetos orales, genitales, bruscas investiduras espacia­
les del tipo de las fugas, robos u otros actos gratuitos, agi­
tación sin objeto, juegos de inversión entre verdugo y víc­
tim a (agresión, suicidio), los adolescentes taciturnos son
peligrosos para las instituciones. “Me aburría ferozmente,
soñaba con el suicidio”, declara el Flaubert adolescente.
Ceñir al otro (progenitor y, en la genitalización, todo el
mundo) con el collar de su aburrimiento: en síntesis,
aburrirlo, es el procedimiento privilegiado y constante del
aburrido, más aún cuando lo niega o minimiza: el procedi­
miento es asimismo modelo pero diferente de la insaniza­
ción. El afecto de no afecto se apoya en el desprecio del
objeto, cuyo valor sustitutivo (del objeto primordial) no
puede ser sino despreciable.63 La intensidad del coarta-
miento está a la altura del referente pulsional. Aburrir,
alterar la actividad fantasmática del otro. Todo se vuelve
“trasto”, como lo expresara J. Baudrillard: el otro y uno
mismo. El aburrimiento se presenta en contrapartida como
la vuelta sobre sí del acto de aburrir,64 de acuerdo con una
técnica masoquista. El aburrimiento del objeto es también
una solución para tolerar su ambivalencia y una estrategia
del acceso al objeto, implicando lo que M. Foucault llamaba
goce de la estrategia, es decir, del poder.65
El aburrimiento, como todo esfuerzo, es contagioso: se
forman grupos de aburridos aburridores. M. Fain realizó
una not?ble descripción de estos grupos de hombres “de
paseo”, en modelo anal.66
La cura de estos estados pasa forzosamente por una
fase de aburrimientí del terapeuta; se desarrolla entonces
una fam iliaridad del aburrimiento, prim era forma sin
duda de la relación transferencia contratransferencia a
partir de la cual podría emerger la experiencia fantasmá­
tica. Resultaría estimulada gracias al apuntalamiento de
un terap eu ta que se aburriera lo suficiente y siguiese
estando presente.
El afecto taciturno signa de manera ejemplar el borra-
miento de la experiencia puberal socavando la puesta en
escena puberal. De la causalidad deben ser convencidos el
cuerpo y el objeto exterior con significación fálica. “E star
solo en presencia física de la madre fálica” resume su infra­
estructura, que especifica el fracaso del sí-mismo (en el
sentido de J. Kestemberg).

En un argumento que concentra acusación, más que


pesar, la enferm a de R. Greenson67 consideraba que su
madre la “alimentaba a espacios de tiempo demasiado gran­
des para su capcidad de estar sola”. El aburrido llega a
sufrir no de un amor perdido sino de su sumisión incons­
ciente y siempre actual a un ideal de objeto de amor.6»
¿Podría curarse sólo a través de un estado amoroso, even­
tualmente de transferencia, siendo incluso que el nuevo
objeto resulte sobrestimado, condensando en él las ideas
narcisistas y megalomaníacas? Esta formulación de una
patología de la idealidad es la contracara (inversión del
afecto) de la proximidad a las representaciones de escena
primitiva sádica.69 La paciente de R. Greenson podía tener
relaciones sexuales capaces de sacarla del aburrim iento
siempre que una pantalla que proyectara escenas pornográ­
ficas la defendiera de sus propias representaciones sádicas.
Los relatos de observaciones clínicas de taciturnidad no
evocadores de la violencia de las representaciones fueron
objeto de un análisis m eramente superficial por parte de
sus autores. Para el aburrido, todo objeto tiene la violencia
de la pulsión genital parcial. Un analizante de A. Haynal70
se dedicaba a actividades sexuales perversas en los lugares
públicos, y lo que provocaba su excitación era el miedo-agre­
sividad de ser sorprendido por una persona que en sus aso­
ciaciones revela ser la madre. Podemos comprender mejor
lo que anuda irremediablemente a estos adolescentes con el
objeto exterior “sin el cual no es más que inacción” (Robert)
sustituido por la presencia física del objeto incestuoso:
— Presente, am enaza con su brillo, capaz de cegar, y
fascina masoquísticamente.
— Ausente, la am enaza es del orden de lo irrepresen-
table: éste es el aspecto más psicótico de estos adolescen­
tes. Volvemos a h allar el tem a de la presencia física del
objeto como vínculo sustitutivo (o no), parcial, con la
madre, vínculo que es objeto de una renegación. El ataque
contra este objeto apunta a la vez a m antener esta renega­
ción y a medirse por ella, es decir, a existir en relación con
dicho objeto. El equilibrio del aburrido se instala entre dos
amenazas:
a / Una potencialidad psicótica si el objeto exterior se
sustraía y esto tanto más cuanto que este objeto estaría
próximo a la madre arcaica. Mále captó muy bien este caso
prototípico. Nunca se insistirá bastante en las angustias
que sienten tales adolescentes ante el objeto creado.
b / La rabia, la violencia, a veces la depresión sin objeto
surgen cuando estos objetos exteriores son atacados:

— por un otro, el otro del molelo edípico;


— por él mismo en referencia al ideal del yo.

C / EL PROGENITOR GRANDIOSO

La megalomanía fálica proyectada crea un progenitor


grandioso del que el adolescente espera beneficiarse, persi­
guiéndolo, hostigándolo, sometiéndose a él, alienándose en
él. Fascinación imitativa, humillación, erotomanía, espera
narcisista, persecución paranoica definen este lazo. Ciertos
adolescentes pueden edificar con tales o cuales personas de
su medio una relación semejante (que no tiene nada de
comparable con los movimientos identificatorios habitual­
mente descritos); así, ciertas pasiones respecto de un ense­
ñante, de un educador, de un pariente lejano, de un psico-
terapeuta, de un médico.
Un adolescente de dieciséis años fascinado por Marión
Brando iba y venía de peluqueros y cirujanos plásticos
intentando asemejarse a él. La única amiga que tuvo se
parecía al actor, de lo contrario no hubiese podido amarla.
Nuestros trabajos se centran en la figura del padre
grandioso del varón joven.71 El momento de “su fractura”
es situado por Mishima en el “a posteriori del sexo y del
texto” de su autobiografía en oportunidad de su primera
eyaculación solitaria ante u na figura grabada de san
Sebastián del período renacentista y perteneciente a su
padre;72 la imagen de la feminidad masculina pura, triun­
fante y atravesada resume las construcciones retrospecti­
vas de los autoerotism os y m arca el nuevo destino del
escritor.

1 I La grandiosidad del padre

Nuestra inspiración encuentra su origen en el encuen­


tro con P. Blos en M ontreal.73 El autor estudia el Edipo
negativo, trabajado a su juicio insuficientem ente hasta
entonces, utilizando las fórmulas de “sed” y “búsqueda” del
padre. La relación hijo varón-padre supondría la integra­
ción de elementos preedípicos sensiblemente más impor­
tantes de lo que es clásico decir y cuya elaboración es nece­
saria para el desarrollo adolescente. Si la infancia fracasó
en los intentos de soluciones al conflicto edípico y de inte­
gración de un padre preedípico, se instala una fijación al
padre de este hijo cuyos procesos adolescentes harían posi­
ble la progresiva extinción; en caso de nuevo fracaso, no
hay fin de adolescencia. La grandiosidad paterna nace de
las experiencias de infancia y de adolescencia. De manera
variable, se apuntala en las posiciones reales del padre y
saca provecho de la complicidad de la madre (investidura
grandiosa de su hombre). Si “la masculinidad auténtica es
contingente del destete de la libido frente al padre diádico”
(P. Blos), el padre grandioso es como aquel que no cumple
la promesa hecha a su hijo de abrirle lo masculino:
1. El “superm an” así construido posee por mecanismo
proyectivo los atributos viriles (identidad genital) que el
sujeto borra para sí: es el ideal sexual del sujeto, en disyun­
ción del ideal del yo. Se tra ta de un fenómeno exclusiva­
mente adolescente.
2. Al asegurar una función de apuntalam iento del
superyó, representa a la ley. La representación del padre
grandioso lleva los atributos personales de la idealización e
interdicción sexuales y provoca frustración y persecución.
— A mínima, es un procedimiento defensivo común a
todo adolescente. Descubrimos en él un valor de tipo de
paraexcitaciones que permite la maduración adolescente. No
hablaremos aquí de progenitor grandioso sino de-una gran­
diosidad persistente de los atributos infantiles fálicos de los
padres. De manera más importante, el progenitor así desig­
nado se hace portador de ambivalencia, expresión de proble­
máticas neuróticas del rp o de la histeria de angustia.74
— Cuando tiene lugar un ataque más profundo al nar­
cisismo, la contradicción no puede ser adm inistrada y se
vuelve paradoja en el sentido de Palo Alto. Se tra ta de la
grandiosidad parental propiamente dicha que aquí descri­
bimos. El adolescente permanece bajo la amenaza de un
retomo de lo proyectado a la vez seductor y perseguidor;
para hacerlo, ejerce un control permanente sobre la ima­
gen grandiosa que él “pega para distanciarse de ella”. El
adolescente oscila entre la sumisión amorosa y la espe­
ran za de extraer una grandiosidad narcisista para sí
mismo (sí mismo grandioso que él proyectó precedente­
mente). No desconozcamos la ventaja de que disfruta este
adolescente al reagrupar los atributos fálicos sobre el
padre, poniendo aparte los peí jros más grandes constitui­
dos por la madre arcaica.

E ntre las problem áticas neuróticas y psicóticas de


desarrollo, un razonam iento perm ite plan tear en lugar
oportuno la cuestión de la elaboración fóbica.75 Proponemos
tres tiempos:
1. La fobia no sería exclusivamente un objeto exterior
creado por la proyección de representaciones angustiantes
(conflicto de ambivalencia), y la neurosis fóbica el corolario
de la neurosis de angustia en pos de solución por este
objeto. Ya en el estudio sobre el pequeño Hans,76 S. Freud
renuncia a la sinonimia de los dos términos. El miedo está
cargado de angustia y la angustia se liga al miedo.77 La
fobia78 sería una condensación particular entre las corrien­
tes interna y externa: una relacionada con el estado de
angustia en la línea de la objetalización, y la otra referida
al miedo en la línea de la objetividad. El trabajo fóbico
transforma a la primera cuando “hace demasiada abstrac­
ción de la segunda”.
2. El objeto narcisista o un sustituto de éste presenta
una objetividad privilegiada debido a su función: el sujeto
teme su borramiento, susceptible de provocar depresión y/o
retorno por la proyección. ¿No eligió el pequeño Hans su
fobia por el papel de caballo que desempeñó su padre al lle­
varlo? La fobia sobrevendría cuando el conflicto de ambiva­
lencia aprehende el objeto narcisista para figurarlo. El
objeto narcisista de manera retrodecible se afirma contrafó-
bico. La fobia conserva un valor narcisista de su origen
contrafóbico, incluso focalizando la angustia. Habría hecho
falta dem ostrar que la m irada de los vendedores que
asustó a Emma ponía en juego la espantada de ésta res­
pecto de la m irada de su madre.
3. La creación fóbica surgiría cuando el objeto narci­
sista parental es destruido por la escena puberal. De este
modo, el punto de unión que constituye la fobia en el tra ­
bajo de lo puberal es del mismo orden que el de lo
siniestro,79 entre: normalidad, angustia puberal y fractura.

La distinción entre las figuras del padre ideal y gran­


dioso puede ser percibida como duplicación de lo normal y
lo patológico, sabiendo que ambas constricciones son posi­
bles en un mismo adolescente. Nosotros situamos su punto
de diferencia estructural en relación con la primordialidad
paterna, sin la cual no pueden producirse la identificación
y la identidad sexuadas. El padre sería grandioso por estar
situado fuera de la Ley del Padre, en la desaprobación. No
habría asumido más que una parte de su función: cierta­
mente, interceptó el patrimonio materno, trabó su omnipo­
tencia, pero su intercepción funcionó como inducción a la
posición homosexual pasiva, impidiendo la apertura de las
investiduras del niño al cuerpo, a la m adre edípica, al
mundo. El padre sustituyó, simplemente, a la madre. Es
brujo donde ella era bruja; el hijo de la madre, el niño pasó
a ser hijo del padre: el “yo” [Je] está siempre alienado. El
padre grandioso es aquel que, al tiempo que priva de la
madre, seduce, es decir desvía la relación para su ventaja
erótica.80 Helo aquí endeudado frente a la madre, deuda
paterna que pesa gravemente sobre el destino del hijo. La
posición femenina de un adolescente como éste retoma por
herencia la del padre (que a su vez no pudo sino inscribirse
en la línea de lo femenino paterno). Tras haberlo despren­
dido del trompe-Voeil materno, este padre instala a su hijo
en un nuevo trompe-Voeil donde corre peligro de fracasar en
identificarse.
a / Así van las oposiciones entre el padre ideal surgido
de la función paterna y las figuras parentales que se hacen
grandiosas en la pubertad.81 Es su corolario la dialéctica
entre ideal del yo y objeto exterior ideal (que relacionamos
con el ideal sexual freudiano), efectiva en el plano del desa­
rrollo entre proceso adolescente y fractura.
b / Asociamos en su arcaico la figura paterna grandiosa
con la representación freudiana del padre de la horda acos­
tándose con hijos e hijas.82 Su descripción podría rem itir a
lo que en etnología recibe el nombre de “padre de referen­
cia”, en las familias de estructura patrilineal (del Magreb,
por ejemplo); esta figura del padre lejano que trasciende a
la reproducción genital, la rivalidad edípica directa, está
aureolada por un temor reverencial, por una m irada que
uno no podría cruzar, por un saber incontorneable cuya
potencia es reconocida en el destino sexual de los hijos. El
padre grandioso, tal como se lo observa hoy en los adoles­
centes, podría ser cabalmente, en nuestras sociedades con­
temporáneas, un resurgimiento individual de una repre­
sentación de la época patriarcal. Sería aquel que todavía
hoy exige un rito iniciático para posicionar a su hijo en
relación con los antepasados y genios protectores y autori­
zarle una masculinidad genital.
c / El padre grandioso, inscrito fuera de la categoría del
ideal y de la identificación, se presenta ante el hijo como
objeto de im itación.83 Compartamos su relación con el
trompe-Vceil, que es la asíntota de cierta actividad pictórica
y muerte de la creación.84 Contra el conjunto proyectivo que
constituye esta figura paterna, el niño púber se defiende
mediante la imitación.
La imitación proyectiva del padre grandioso sigue
varios objetivos cuyos aspectos contradictorios vamos a
señalar: imitar lo inimitable
1. La sumisión erótica implica un aspecto imitativo sin­
gular, y apunta:
— A convocar las recaídas de la grandiosidad; así se
instaló la nobleza francesa en el Versailles de Luis XTV
— A impedir el retomo del Comendador (¡invitado por
Don Giovanni a su festín final!). Comprende a la vez imita­
ciones tan arcaicas como heroicas,85 y conductas en “com­
plemento de objeto directo” (imitación complementaria). Se
observa esto en psicopatología narcisista en las formas
“pseudo”, “como si”, “falso self”, pseudoideales del yo, repe­
tición imitativa enclavada de los secretos y no-dichos en la
imagen del padre grandioso, fórmulas todas éstas del ato­
lladero de desarrollo.
2. La imitación procuraría un regalo expiatorio: apar­
ta r al objeto imitado imitándolo; ganar la libertad dando al
rey la parte que le toca. El adolescente camaleón quedaría
protegido; lo que podría ser interesante pese a sus bases
engañosas en la dotación narcisista del atolladero idenl 'fi-
catorio.86 El observador abusado por el trompe-l’ceil puede
irritarse. Así, la repetición de palabras en son de burla, o la
respuesta a un adjetivo injurioso por: “Tú lo has dicho, tú
lo eres”, que viene a sancionar una imprecación parental.
“El imitador transforma a su modelo en rival”, escribía
R. Girard,87 o en objeto identificatorio según R Blos y des­
pués D. Marcelli.88 Al repetir las secuencias paternas, el
adolescente sería susceptible “de proponerlas” a la interro­
gación de los procedimientos identitarios. Contar no es fan-
tasmatizar; sin embargo, la interrogación del relato permi­
tiría una primera elaboración de un fantasma.
Nuestro adolescente se parece mucho a la descripción
del libertino del siglo XVIII. Intentaba negociar la orden
excesivamente grande de las representaciones exteriores,
es decir, el conformismo, y correr los menores riesgos posi­
bles por parte de los grandes. Los libros eróticos, tan
numerosos en esta época (los del célebre marqués fueron
los únicos que conservaron celebridad), dejan considerar
que el mejor amor es repetición de las narraciones y obser­
vaciones de escenas primitivas. El servilismo, con sus códi­
gos, implica protestas, provocaciones y ventajas libidinales.
La Revolución no está lejos. Y sobre todo recordemos: la
grandiosidad paterna es el último bastión defensivo frente
a la madre arcaica y disfruta sin duda de su complicidad
tácita. Así John, célebre caso de M. Laufer,89 acusa a su
analista de hacer lo que quiere con él como hacía su madre,
según un modelo sadomasoquista; después de esta etapa
de cura el análisis de la grandiosidad transferencial per­
mite al adolescente evitar una posición psicótica más pro­
funda y abordar un Edipo invertido.

Victor, de dieciséis años, sigue una psicoterapia analí­


tica durante dieciocho meses al ritmo de una sesión por
semana. Se tiende sobre el diván no porque se lo pidamos
sino porque al menos podrá descansar. Su dem anda se
expresa en síntomas de histeria de angustia, entrañando
verdaderas crisis y fracasos escolares. Así, sólo pudo res­
ponder a una parte de las preguntas en una composición de
historia, y al principio se quedó paralizado ante la página
en blanco; en sus composiciones se deslizan errores que
dañan una escolaridad que él mantiene brillante. Se obser­
van los elementos de una regresión obsesiva un tanto
inquietante a su edad, en particular en el plano del carác­
ter, en la relación con su madre. Este punto de fijación anal
cubre problemas psicosomáticos de la infancia (alergia,
asma) y, con carácter más excepcional, de adolescencia.
Tiene pesadillas varias veces por semana, durante las cua­
les se levanta sonámbulo en el departamento y grita: “¡No,
no!”, puede rom per objetos, en particular la puerta que
separa su habitación de la de su hermana tres años mayor
que él. Durante el día, esta puerta muy investida debe per­
manecer cerrada. En el curso de la prim era infancia las
pesadillas eran frecuentes en situaciones de separación.

El resumen comentado de este tratam iento presenta


tres posiciones evolutivas de Victor con respecto al padre:
1. En el tercer mes de su cura se relata y analiza una
secuencia. Es la comida de la noche; cuando está con la
familia, el padre, hombre sumamente brillante y de activi­
dad profesional un tanto internacional, sólo se interesa por
la televisión: come a las apuradas, permanece en silencio;
taciturno, ríe no obstante cuando llamadas telefónicas pro­
fesionales interrum pen la comida; bebe demasiado y a
veces presenta extrañas crisis en las que se agarrota en un
rictus de refunfuño, parece sofocarse y corre a vomitar al
baño, babea un poco, parece un viejo senil. Estas escenas
se producen cuando se ve frustrado, no escuchado, mal ali­
mentado por su mujer; siempre tuvo un problema de comu­
nicación y en su caso sería muy procedente un psicoanáli­
sis. Victor, su herm ana y su madre están desesperados y
furiosos; estas crisis tienen indudables relaciones con sus
pesadillas. Pese a su gran cortesía y al temor que le inspira
cualquier expresión de agresividad, Victor decidió irse a
comer a la cocina, fuera de la presencia del padre; con él,
no puede ser él mismo. Padre grandioso, padre venido a
menos, tal es la problemática. Un sueño lo compara con un
mago convertido en m onstruo que arroja a derecha e
izquierda bolas de fuego, asentado en una enorme gruta,90
y destruyendo con su rayo a cuantos se le acercan. Victor
podrá escapar de él gracias a sus compañeros, dotados en
m ateria de cartografía y geometría (que no es su caso), sal­
tando de ciénagas en ciénagas. Victor está muy violento
con su madre y a menudo tiene que contenerse para no gol­
pearla. Hace constantes referencias a ella; cuando vuelve
del colegio no puede trabajar si su madre se encuentra ahí;
relata su jom ada antes de sentarse a su mesa de trabajo;
los adverbios y adjetivos que conciernen a su madre pun­
túan sus relatos con su omnipotencia anal; se confía por
entero, ella sabe todo. En el tercer curso se distraía mucho
en clase y hacía llorar a su madre, no lo hace más porque
teme su depresión; le hacemos notar que desde estos
momentos se había puesto ansioso en cuanto a la escolari­
dad; él prefiere su ansiedad a las lágrimas de su madre y,
pese a la angustia de la habitación ordenada por ella,
guarda sus cosas como ella quiere. Siempre fue pasivo con
ella; esto explica sus torpezas, sus timideces, su pereza,
sus temores de alejarse de la casa. El “¡no, no!” de sonám­
bulo es un intento de escapar a la presión de esta mujer a
través de la depresión.
2 Nos enteram os igualm ente de las imágenes del
padre cómplice que hace compartir a su hijo su práctica de
hombre y de inteligencia; hablan de su trabajo, beben una
copa; Victor se convierte en un par de los maravillosos
corresponsales extranjeros que el teléfono instala en las
comidas de la familia; él mismo es muy fuerte en idiomas.
La idealidad pasa del padre al hijo; “tenem os cosas en
común”. En el seno de esta comunidad (y sólo en ella), los
recuerdos de infancia surgen dentro de un halo de recons­
trucción fantasmática: padre atento a sus juegos, sumán­
dose a las construcciones de “lego”, al bricolaje, partici­
pando en los intercambios narrativos. Esta mutualidad de
infancia habría cesado en la adolescencia. Victor se pre­
gunta si ha decepcionado a su padre o si la madre no ha
venido a interponerse.
Notamos dos modelos de discurso en Victor: cómodo con
su padre, fuertem ente idealizado, fantasm atiza y recons­
truye sus recuerdos. Inscrito en los momentos de la rela­
ción con el padre grandioso, su discurso es tan sólo una
narración, imitación de la realidad,91 abreacción diríamos
(comparable a las pesadillas).
3. Tercera posición relacional (confirmando que es
cómodo en la adolescencia el análisis de la resistencia cons­
tituida por la idealización paterna). El padre, a pesar de su
flema, le levanta la mano a su hija, herm ana mayor de Vic­
tor, de veintidós años, química brillante, durante una dis­
cusión entre ellos; Victor interrumpe el ademán (antes no
lo hubiera hecho), toma a su padre del brazo y grita:
“Nunca hagas eso”. ¿Edipo y Layo en el famoso desfiladero?
Seguramente, pero él prefiere otra referencia: ha mirado
los ojos de su padre y ha visto el miedo: es la imagen de un
hombre quebrado, roto, que se hunde, caído. Lo angustia
menos de lo que lo avergüenza haber sido el autor de tal
degradación y de haberla disfrutado. La confrontación no
fue negativa; en la sesión siguiente, y por primera vez, me
confiesa estar “hasta la coronilla” de su madre. Necesita
subirse a la barricada: “Me aburre, se queja todo el tiempo,
es una verdadera m aniática”, y sobre todo ataca a su
padre, que no estaría a la altura de la representación que
ella tenía de él cuando se casaron; acritud y decepción de
esposa ante la cual él se pone en abogado de su padre a
riesgo de confirmar su debilidad; su papel de héroe es reba­
ja r a la m adre... para que su padre pueda m anifestarse
libremente en la familia. Se psicoanaliza porque su madre
debió hacer ella un psicoanálisis para soportar a su padre.
“H asta hoy, yo estaba bajo la influencia de estas dos muje­
res como se lo puede estar de los medios de comunicación
en los países fascistas.” Unos días después, discute violen­
tam ente con su hermana, derriba la puerta y rompe una
mesa baja de su habitación. Mediante esta identificación
heroica con el padre, realiza lo que lo hacía sonámbulo;
aceptando la problemática, dedica sesiones a esos momen­
tos de infancia en que lo trataban como el muñeco de su
hermana. Una interpretación anhelada por él le permite
reunir la angustia de la hoja en blanco, la puerta famosa,
el silencio de ciertas sesiones como reflejo de su violencia
puberal reprimida. Y desde ese momento se abre la cues­
tión de su relación con las chicas; choca a su pudor la
impudicia de su hermana, a quien describe como la anti­
mujer: bajita, gorda, morena; a él le a traen las altas,
rubias, espigadas. Y ahí lo tenemos golpeando a su her­
mana porque se come las uñas demasiado rojas. “Dejaré de
venir aquí y se la mando.” Además, ella empieza a escu­
charlo; él revela talentos de imitación de su terapeuta.
Evoca sus prácticas m asturbatorias, refrenadas mediante
el deporte, la ducha y la limpieza, las reticencias sentimen­
tales, y sin embargo sabe que el psicoanalista debe inci­
tarlo a liberarse sexualmente, le es imposible no pensar
que su atracción por ciertas chicas de su curso provoca la
tristeza de su madre: en ocasión de uno de estos relatos,
ella frunció curiosamente las cejas. “¿Está usted aquí para
que yo pueda rechazar el mensaje de mi madre? ¿Ella no se
apoya demasiado sobre mí, no se sirve del análisis para
reforzar su influencia?” Debería interrum pir su tr a ta ­
miento para escapar a esta dependencia.

A lo largo de este tratam iento observamos claramente


la transferencia narcisista. Victor nos hacía realizar un
trabajo psíquico que él mismo no podía asumir todavía.
Pudo recrearse cierta evolución edípica92 de adolescen­
cia. Sin embargo, la interrupción demasiado precoz del tra ­
tamiento se debió al lugar temible que ocupaba el objeto
materno, de cuya presión Victor era objeto para venir a
vemos de parte de su madre concerniendo su angustia a su
identificación femenina. Nos fue enviado por la madre en el
lugar de ese padre al que ella no había podido curar. Esta
designación lo inducía a decirnos todo salvo lo genital,
como a su madre, que había sido capaz de demostrarle que
la m asturbación no le hacía a uno loco ni culpable, que
carecía de importancia... ¿En qué medida nos habla ten­
dido sobre el diván como lo hacía con ella al volver del cole­
gio? El marco de la psicoterapia quedaba así trazado por
ella, haciéndola presente. Las interpretaciones sobre este
marco, tal como se hicieron, chocaban con esta organiza­
ción de m ira omnipotente y, podríamos decir, para resumir,
impidiendo que la cura se hiciese clásica. Dos años después
de interrum pir su tratamiento, Victor adquirió cierta con­
ciencia de ello, nos telefoneó y anuló la cita por motivos de
investiduras escolares.

Teoricemos esta observación en dos niveles:


1. El psicoanalista, ese adulto presuntamente compe­
tente en m ateria de sexualidad, cuya mera presencia esti­
mula fantasmas que al mismo tiempo él comprende y ante
los cuales se abstiene, es la sede de una transferencia nar­
cisista y grandiosa. Gracias a ésta, ciertos adolescentes
obtienen protección y sostén, comparten la potencia de su
verbo (sexualidad). La transferencia grandiosa vehiculiza-
ría la representación de una genitalidad puberal capaz de
ser conferida por “progenitor terapeuta” del mismo sexo
(sea cual fuere el sexo real del analista): donde la homose­
xualidad se revela económicamente necesaria para el desa­
rrollo de la heterosexualidad. Semejante creencia evitaría
la angustia de ser aniquilado por la madre arcaica. Sería
una vía para internalizar al progenitor del Edipo invertido
como aliado contra el arcaísmo. Su erotización estaría a la
altura de la defensa contra la identificación prim aria (E.
Kestemberg) o el paralelo con las imagos arcaicas.
El relato de este caso confirma nuestro interés por
una formulación dialéctica entre padre ideal y grandioso
en la comprensión de la transferencia narcisista en psico­
terapia del adolescente: aquí, la parte grandiosa sería la
menos utilizable (o analizable) en el acceso a la transfe­
rencia objetal. No hay dudas de que movió a Victor a inte­
rrum pir su tratam iento. Tampoco de que lo indujo a pro­
seguirlo por un procedimieno imitativo de lo que hacía él
con su madre, a condición de no analizar sus consideran­
dos. La grandiosidad transferencial (y el tem or a una
degradación de la imagen del terapeuta, contracara de la
grandiosidad comparable a la del padre y del cuerpo idea­
lizado en las oservaciones de M. Laufer) habría impedido
que se expresaran los fantasm as m asturbatorios centra­
les. Incrim inam os por ellos a las posiciones objetales y
narcisistas de Victor, a la insuficiente frecuencia de las
sesiones, tal vez a lo que fue por n uestra parte técnica
activa ferencziana, es decir, insistencia en el sentido nar­
cisista de la transferencia. Podría tratarse de una auto­
crítica si hubiésemos considerado posible la instalación
de una cura más clásica.
2. La teoría paterna enmascaró en gran parte las pro­
blemáticas de la relación con la madre. Esto no dejó de
presentar ventajas en cuanto a la elaboración del rival
edípico. A la larga, trajo sus inconvenientes. Nos hubiese
parecido deseable que, instalado el rival, pudiese avan­
zarse en la cuestión de la m adre anal. La feminidad de
Victor no pudo ser analizada debido a que incluso frente al
padre (edípico), lo rem itía a la pasividad contra la cual él
había erigido, en la pubertad (a menor título, antes),
defensas obsesivas.
Reencontramos la paradoja de las problemáticas narci-
sistas de un adolescente que, haciendo imposible la cura (o
difícil), justifican su indicación.

2 / Profundización de la relación
Nos proponemos profundizar la relación entre las par­
tes narcisista y erótica del vínculo entre hijo y padre gran­
dioso. De una estrategia controlada es la negociación de la
fem inidad frente al padre. Retenemos el ejemplo de un
libreto fantasmático original según fue verbalizado y que
puede observarse, además, en diversas conductas. El con­
tenido de su enunciado implica dos tiempos indisoluble­
mente enlazados: el adolescente se figura participando en
un acto homosexual con su padre o con un hombre desig­
nado como tal. Para él se manifiesta la creencia de que por
esta secuencia le es conferida una masculinidad (un poder
masculino, una identidad heterosexual ante una o varias
mujeres). El hilo conductor es el acto de transferencia de la
heterosexualidad por la vía de un hombre. Ciertas origina­
lidades de esta “pedagogía amorosa” contienen una poten­
cialidad transicional y adem ás indican el compromiso
hacia la psicopatología. Sea cual fuere la actualización en
ciertos actuares de semiología homosexual, la enunciación
en la cura que incluye una problemática transferencial no
se sitúa:
— Ni totalmente del lado de la fractura de historia,
pues aquí la identidad masculina se afirma en su fin.
— Ni del lado de la neurosis, pues implica un fracaso
relativo de la introyección ferencziana de las representacio­
nes de la categoría paterna; dicho de otra manera, de la
filiación identificatoria de la infancia.

La homosexualidad asimétrica es una puesta en escena


diferente de las homosexualidades por semejanza o bús­
queda de semejanza con los pares. M uestra dos personajes
con figuraciones y roles supuestamente complementarios:
el hombre de masculinidad acabada o experimentada, por­
tador de un pene que “hace señal” de su valor procreador, y
“el adolescente todavía niño”,93 de masculinidad en pro­
yecto. Retomemos las fuentes de este fantasm a homose­
xual partiendo del punto de vista de P. Blos:94 éste conside­
raba que antes de cualquier objetalización edípica y de la
tern u ra postedípica, persiste una relación arcaica que
señala la no elaboración de la separación padre-hijo y un
traum a narcisista;95 el hijo (y sin duda el padre) presenta
una patología complementaria del yo cuyas tres semiolo­
gías pasamos a enumerar:
— La persecución por el padre.
— La depresión y h a sta la depresividad, cuando el
ideal paterno se aleja.
— La creación de objetos sustitutivos de tipo fetíchico.
Masud Kahn insistió, en lo referido a la histeria, sobre la
vertiente sexual de una reparación de lo arcaico; numero­
sos trabajos (M. Fain, J. McDougall, el propio Masud
Kahn) m ostraron que esta respuesta sexual descansaba
sobre la seducción del progenitor insuficientemente narci-
sizante. El libreto fantasmático en cuestión es cabalmente
una respuesta sexual que deja creer a este hijo (y probable-
mete a este padre) que el acto del que debería brotar la
masculinidad podría curar de la patología de la pareja no
separada.
El fantasma homosexual padre-hijo implica en sus orí­
genes un compromiso entre ley (del padre) y carne (o
figura).96 La prohibición del incesto hijo-padre está impli­
cada por la elección de la enunciación fantasm ática en
detrimento del acto; el enunciado del fantasm a (especial­
mente en el sueño) implica no obstante un relativo levanta­
miento de este tabú:97
— Del padre idealizado entero emergerían los ideales
del yo de la adolescencia posibilitando integraciones hete­
rosexuales; el adolescente creería en este desarrollo.
—Desde la investidura electiva y escindida del pene
paterno (hasta el punto de que “el todo” partem o desapa­
rece en favor de esta parte del cuerpo) podría evolucionar
una homosexualidad manifiesta según el modelo del breák-
down.98
En muchas homosexualidades adolescentes no hay
solución de c o n ti n u id a d sin embargo, el predominio de lo
preedípico atrae hacia una homosexualidad estructural
desembocando en una imposible o difícil heterosexualidad.
La de la idealización del objeto paterno es la referencia
neurótica. Antes que esquematizar las clínicas, teorizare­
mos sucesivamente el riesgo homosexual contenido en la
grandiosidad paterna y el potencial elaborativo del libreto
fantasmático entendido como iniciación.

i Cómo efectúa lo puberal la “privación* del padre”1?


“La ruptura con el padre, im aginaria o efectiva, y el
resentimiento consiguiente, explican a nuestro entender
los pasajes al acto homosexual.” Esta afirmación de F. Pas-
che100 introduce al esencial factor tiempo en la elaboración
adolescente y plantea la cuestión de “privación del padre”.
La causa de la privación puede ser un acontecimiento de
separación ocurrido en el padre; hecho real (enfermedad,
alejamiento, deceso) o cambio psicológico. El Edipo puberal
fragiliza ordinariam ente las representaciones internas
parentales, más o menos proyectadas como transformacio­
nes del padre real: su saber sexual sobre todo en la relación
con la madre, sus modelos de pensamiento, su filosofía de
la vida. El padre revela ser mortal y esto es inaceptable.
Un tanto particular sería la desilusión que experimenta
este adolescente al comprobar que el padre amado prefiere
a su mujer, a las mujeres o a sus otros hijos: decepción de
abandono, despecho amoroso y tam bién resentim iento y
celos. No hay aquí, estrictamente hablando, ni rivalidad ni
posición superyoica.
El ideal sexual paterno es doblemente aprehendido,

* En el original, sevrage, “destete”, y por extensión “corte, sepa­


ración, privación”. [T.]
debido a la idealización, que le veda la práctica sexual
cualquiera que fuese, y a la desidealización, en cuyo trans­
curso corre el riesgo de perder su grandiosidad. ¿En qué
medida la violencia de este ataque no dio origen, en el arte
y la literatura, a las diversas representaciones del adoles­
cente como peligroso, como asesino potencial? Esa violencia
no rem ite al Narciso “inabordable” sino al hombre joven
animado por una demanda apasionada y m ortífera res­
pecto del padre en máxima proximidad al destino de Edipo.
La carga sadomasoquista contenida en la relación del hi o
con el padre grandioso es considerable. El libreto fantas-
mático que examinamos reviste una función reparadora o
contrainvistiente de las representaciones violentas. Esta
crueldad implícita explica la dificultad para interpretar el
amor decepcionado hacia el padre en el marco de la trans­
ferencia adolescente.
El estudio de los efectos de la privación paterna nos
incita a recoger la distinción entre padre grandioso y padre
idealizado:
— La desidealización del padre en lo adolescens trae
aparejada una depresión secundaria de la que el hijo sale
crecido, habiendo adquirido una imagen más autónoma del
yo.
— El padre grandioso no muere; si el ataque de que es
objeto triunfa, el padre decae. Esta decadencia arroja junto
con él al suelo al niño que lleva en sus brazos: ésta es la
depresión esencial, lo que justam ente la evolución homose­
xual de adolescencia proponía evitar. La humillación del
padre se difunde sobre el hijo: tal es el drama del Cid. La
decadencia paterna es el riesgo principal que el padre gran­
dioso hace correr al adolescente.
Así, dos fórmulas evolutivas:
El desarrollo hacia una homosexualidad actuada per­
mite sortear la posición depresiva: el acto interviene donde
debería aparecer la depresión. Al producirse la decadencia
entrevista del padre grandioso, su sexo deviene ídolo que en
lo sucesivo ciertos “sustitutos” pueden portar. Tal es el ori­
gen de la formidable resistencia que el adolescente homo­
sexual opone al psicoanálisis, que amenazaría con hacerle
reencontrar el horrible secreto de lo que pudo entrever: el
padre disminuido.101 F. Pasche resume así: “El padre no
puede entrar en la composición del ideal del yo pues siem­
pre se trató para éste (el homosexual) mucho más de tener
al padre que de serlo; éste es rebajado al nivel del objeto
sexual”102 y es lo que denominamos idolización del pene
paterno.

M. K ahn103 define el concepto de idolización como


“sobreinvestidura de un objeto extenor real..., objeto que
pasa a ser fetiche sagrado...”; en esto se contradice con la
idealización, que concierne a un objeto total. El autor toma
el ejemplo del niño de quien su madre se ocupa como “su
creación cosa” y no como persona en proyecto, es decir,
como objeto representado en el sentido psicoanalítico. Lo
puberal que situamos en paralelo con el razonamiento del
autor sobreinviste el pene real del padre en tanto único
objeto susceptible de repararlo de su castración. El órgano
se sustituye a su portador.104 Estos sujetos se caracterizan
por su intolerancia a una figuración hum ana que no com­
prenda al pene. Es preedípica la estructuración que hace
hincapié en la parte en detrimento del todo. Cuanto más
prevalente sea el órgano escindido del cuerpo, más difícil
es saber a quién pertenece, lo que lo significa.
El ídolo que porta este pene idólatra podría ser en el
fantasma lo que hemos llamado sustituto paterno; hermano
mayor, pedagogo, un chico más grande en la escuela, hom­
bre de encuentro, iniciador. El procedimiento de sustitu­
ción se origina en un resentim iento respecto del padre,
“que ya nunca más será lo que fue” (con variantes cultura­
les, como veremos).
La receptividad del pene paterno en su dimensión
homosexual pone en juego investiduras corporales según
un modo complementario:
— La feminidad del muchacho, o sea la investidura
global del cuerpo según el modelo del cuerpo fálico.
— La erogeneidad del lugar de penetración: ano, sus
desplazamientos corporales (manos, huecos de los muslos,
ojo-receptor, etc.). Los mejores ejemplos clínicos pueden
hallarse en los casos de M. Laufer en relación con fantas­
mas m asturbatorios centrales de pacientes que presenta­
ban un breakdown.
— El fantasm a de tener un hijo del padre.

Observación de Georges.
1. La experiencia psicótica, verdadera escena puberal,
implicó tres recaídas cuya sucesión es digna de interés.
Georges decidió interrum pir sus prácticas masturbatorias
pues surgió en él la convicción de que en ellas hacía el
amor con su madre. En la vida cotidiana y en el libreto fan-
tasmático de este adolescente de catorce años, la relación
con la madre es estrecha e incluye una parte de seducción
narcisista por parte de esta última. La representación psi­
cótica es la de una aspiración oral del pene por la madre.
La representación desaparece al ser reanudadas las prácti­
cas masturbatorias, y la angustia cede en ocasión de una
única sesión de explicación por nuestra parte
Dos meses después, Georges asiste o piensa asistir
durante la noche a las relaciones sexuales entre una chica
de la que estaba enamorado y el educador de su grupo, por
el que sentía una gran admiración. Se identifica entonces
con la chica, teniendo la impresión de ser penetrado por el
ano. La sensación anal persiste hasta la segunda consulta,
que lo cura. En la tercera sesión se anuncia una transfe­
rencia homosexual intensa. Georges tiene la impresión de
librarse de Caribdis y caer en Escila. Vimos de nuevo a
Georges tras una fase de latencia de seis meses y durante
cuatro años: en psicoterapia analítica frente a frente.
2. De los catorce a los dieciocho años, Georges lleva la
vida de un estudiante secundario cuyas múltiples activida­
des se ven interrum pidas por violentos episodios de angus­
tia. A los dieciséis años tiene sus prim eras relaciones
sexuales con una joven de la que está enamorado; éstas son
posibles a condición de que estén secundadas por una
representación con valor fetíchico: practica en ellas la fela-
ción a un pene desconocido, “que puede pertenecer al psico-
terapeuta”. La felación es necesaria no a la erección sino a
la intromisión, para evitar una eyaculación precoz durante
el primer contacto con el orificio vaginal; Georges teme al
orgasmo femenino, que le provoca cierto asco. Prefiere las
caricias de la chica al acto sexual, que lo conmina a reali­
zar la penetración; pueden ayudarlo algunas drogas, con lo
que evita tornar necesaria la representación fetíchica que
lo inquieta. Durante su cura, la idea de volverse homose­
xual lo angustiaba muchísimo. H asta la palabra “homose­
xual” lo asustaba, y nos tenía prohibido pronunciarla. De
la misma manera se obligaba a ir “de pesca” y a evitar a los
chicos afeminados. Padecía además graves trastornos del
sueño que intentaba vencer con medicaciones y alcohol;
una noche se despertó en plena crisis de angustia e irrum ­
pió en la habitación de sus padres pretendiendo dormir en
la cama de éstos.
Los episodios psicóticos que acabamos de relatar
sucumbieron a la amnesia y no pudieron ser retomados
durante la cura. Georges asociaba las sesiones a los
momentos pasados con su confidente madre, de quien solía
hablar en términos de idealidad. Figuraba al padre como
distante, a menudo en viaje de negocios y, cuando no salía
de la ciudad, dedicado a sus amigos y a la madre. La indife­
rencia de su padre a su respecto sería contemporánea a su
pubertad (y por lo tanto al desencadenamiento de los episo­
dios psicóticos). Le fue posible tomar conciencia del despe­
cho amoroso que traducían sus decires respecto del padre.
El fantasm a de incorporación homosexual por felación
adquiere una función fetíchica y marca la imposible intro­
yección de su homosexualidad infantil en la adolescencia.
Pudo ser analizada la repetición, que evitaba la rememora­
ción en la parte homosexual fetíchica de la transferencia,
pero la angustia relativa al deseo sexual femenino con­
servó su intensidad al contacto con el objeto de amor, impi­
diéndole sostener una relación duradera con una chica. A
los dieciocho años inicia prácticas homosexuales muy mal
toleradas, en un contexto de ingesta de alcohol cada vez
más regular y de drogas Alertes. Las relaciones heterose­
xuales no son satisfactorias. En líneas generales, percibe
su cuerpo como sede de una carencia adictiva: pene mascu­
lino, caricias femeninas, drogas múltiples, objetos que com­
pra, conocimientos fragmentarios. Su inhibición intelectual
sigue siendo importante. Conserva su fascinación por un
prim er amor jam ás realizado a causa del rechazo del
objeto: la herm ana de un íntimo amigo del colegio, que él
gustaba de contemplar.
3. La creencia en una masculinidad conferida por el
padre apuntala la heterosexualidad del adolescente de una
manera suficientemente buena. “Tener el pene del padre
basta para ser masculino.” El fantasma inconsciente es de
una relación de causa a efecto entre el pene paterno incor­
porado y el utilizable de adolescente. En una adolescencia
corriente el eje estructural del “proceso heterosexual” está
formado por el ideal del yo, representación fundamental
por la cual se trabaja la idealización de los progenitores
edípicos, la sexualización adecuada, la creación del objeto
amoroso (proyección del ideal del yo): la creencia en una
masculinidad conferida llenaría el espacio intermedio entre
el prim er tiempo y el segundo del libreto fantasmático,
lugar ocupado normalmente por el ideal del yo en la adoles­
cencia.
Cierta idealidad contenida en la grandiosidad es trans­
mitida al hijo a fin de apuntalar su ideal del yo:
а) Es clara la certeza sobre el carácter todopoderoso del
padre, en el sentido que da la religiosidad a este término
de “todopoderoso”. Su símbolo fálico es el pene y el
esperma.
б) El proyecto es narcisista: el pene dado se vuelve atri­
buto.
c) La designación del padre para esta función supone la
ventaja de evitar a la madre primera y sobre todo su cas­
tración. El libreto es totalmente fetíchico. Designado en el
tiempo de la infancia como primordial, el padre es desig­
nado de nuevo y, esta vez, por el hijo: a posteriori, por lo
menos confirmación y quizá divergencia que explica la fluc­
tuación pasada en la relación. Un hombre semejante, al
que su paternidad nombra, satisface supuestamente a la
madre y es el único en poseerla. A contrario, 105 cuanto más
lejos ponga el padre a la esposa, más riesgo correría la
mujer de serlo para el hijo. Como mostraba Otto Sperling
(1956) a propósito de la perversidad del líder homosexual,
habría una transmisión paterna de la homosexualidad; el
temor y la fascinación de la imago m aterna arcaica en el
esposo se transm itirían al hijo. La mejor garantía de la
heterosexualidad del hijo es la del padre.106
d) La espera respecto del padre, que a justo título F.
Pasche llama “feminidad del varón”, es en este nivel sim­
plem ente neurótica: para ser más precisos, histérica.
Supone en el adolescente la aceptación de cierta castración
previa. La rivalidad edípica sólo puede ser asumida, dentro
de los límites permitidos por el superyó, por la integración
de la pulsión pasiva...; ésta conduce al masoquismo eró-
geno, a una posición femenina caracterizada por el deseo
de dar un hijo al padre. Sólo la aceptación de este deseo
perm ite acceder a verdaderas posiciones edípicas... Esta
conclusión107 es igualmente el punto de vista de D. W. Win-
nicott, así resumido: “El elemento escindido femenino del
sí-mismo impide la homosexualidad actuada, pues ésta
afirm aría la masculinidad”.108
e) En el libreto fantasmático el pene aparece sustitu­
yendo al hijo del padre; se omite así un escalón elaborativo
con el evidente riesgo de perversión que conlleva. El fan­
tasm a no podría afirmarse como transición neurótica sino
en la medida en que se inserte entre el primero y el
segundo tiempo de lo que expresa:

— fantasm a de tener un hijo del padre; recordamos la


dificultad que tiene el analista para interpretar un
fantasm a de esta índole en un adolescente;
— depresión secundaria a la desidealización paterna.

La formulación del fantasm a en la cura y su instala­


ción en la transferencia poseen un valor transicional. En
esta medida, y sin duda sólo en esta medida, es posible
evocar la problemática de la homosexualidad con este ado­
lescente. En realidad, la experiencia corrobora lo proble­
mático de in terp retar esta transferencia idealizada en el
adolescente por el gran riesgo de que repita la experiencia
homosexual. Es un amor de transferencia homosexual que
puede coincidir con la idolatría antes descrita. El adoles­
cente puede interrum pir la cura por decepción o resenti­
miento. En ciertos casos el marco subsiste y el contenido
del tratam iento adquiere un valor iniciador del que com­
prendemos que contenga a distancia posiciones arcaicas.

El protocolo fantasmático enunciado en la cura guarda


conformidad, en efecto, con el rito iniciático.
El contrato rige a la vez sobre el iniciador, el iniciado y
el legislador. El rito administraría lo que resta de la rela­
ción, erótica padre-hijo, asunto de adolescencia: el enun­
ciado (verbal o actuado) del libreto fantasm ático, por lo
mismo que disfrutaría de una suficiente unidad de tiempo
y espacio, contiene asimismo la elaboración de la privación
paterna. Su valor está a la altura de las apuestas de la
feminidad, relativam ente mal elaborada hasta entonces.109
La Grecia antigua110 nos ofrece un excelente ejemplo.
Una relación de intención pedagógica reúne al iniciador,
adulto perteneciente a la clase de los jefes, que organiza,
manda, transm ite sus conocimientos sobre la vida y la tra ­
dición, y al iniciado, joven adolescente e impúber. La expe­
riencia se desenvuelve al margen, fuera de la sociedad, y se
completa mediante un lazo sexual, generalmente un coito
anal practicado de pie, considerándose que es intrínseco al
esperma un valor espiritual. La permanencia al margen
concluye con una prueba cinegética que marca el acceso del
iniciado a la condición de responsable y con ello mismo
guerrero, ciudadano y pronto esposo, y clausura la fase de
sujeción sexual. El libro presenta a aquellos grandes inicia­
dores que fueron Poseidón, Apolo y Zeus, y confirma las
hipótesis freudianas en cuanto a la sexualidad infantil,
particularm ente la necesaria introyección anal del pene
paterno, única cosa capaz de asegurar que crecerá en el
niño un pene en el lugar apropiado. La muerte iniciática
como período de sujeción sexual a un hombre, precediendo
a la muerte de la infancia, coincide con la idea de S. Freud
de que la muerte, en los sueños, mitos y fantasmas, signi­
fica siempre la castración; con la teoría de la necesaria
aceptación de la castración del hijo por el padre (que com­
prende el deseo de sumisión homosexual y el renuncia­
miento a la madre), única cosa capaz de abrir el acceso a la
sexualidad adulta.
La efebía antigua descrita por P. Vidal-Naquet111 cons­
tituye un tiempo de iniciación. El efebo ha alcanzado la
pubertad a los dieciséis años, se encuentra apartado, en
latencia, “en cripta”, reunido con sus pares y semejantes en
un grupo familiar ampliado, y no será hítico hasta los die­
ciocho años. Durante este período, “alrededor de la ciudad”,
se le confieren al efebo todas las características, particular­
mente figurativas, inversas a las del ciudadano acabado: la
homosexualidad formaría parte de esta inversión funcio­
nal. Así, el efebo es astuto, desordenado, vive en medio de
la naturaleza, se alimenta de “crudo”, carece de armas, no
practica más que cazas ligeras. Viste una túnica negra (clá­
mide) hasta el siglo II d. de C. en conmemoración de Teseo,
quien, efebo por excelencia, puso por error a su barco una
vela negra al volver del combate con el Minotauro lo que
desencadenó la desesperación de su padre y su suicidio...,
bella imagen del riesgo que la iniciación hace correr al ini­
ciador.

En su trabajo, M. Foucault112 tra ta de estos mismos


aphrodisia al tiempo que m uestra la dificultad para encon­
trar los términos descriptivos y la posible denominación de
lo que en ellos sucede. El varón no ha alcanzado su condi­
ción viril, es aquel que va a alcanzarla. Así quedaría defi­
nido un tiempo breve en el que, sin estar feminizado,
puede recibir la sexualidad del adulto, ser reconocido como
objeto de placer sin perder por ello su proyecto de sujeto de
placer heterosexual. A diferencia del acto homosexual, la
relación no sería aquí dominante-dominado. En este
tiempo efímero el joven varón recibe el placer del otro,
presta sus encantos, acepta los favores sin participar de la
misma m anera y sin ser reticente ni frío. En esta disime­
tría el am ante adulto aparece seducido (aun cuando es él
quien seduce), aspirado por la belleza del muchacho a la
que nada perm ite comparar con la belleza femenina, y
sobre todo por el hecho de que no encuentra en él un com­
plemento sexual.113 Su propósito es llegar a la amistad,
paralelamente a la abstinencia sexual y elaborar un pro­
yecto viril. Se observa una disimetría fundamental entre
los dos partenaires que supone de su parte una ética de la
m aestría y del “saber verdadero”.
Tal vez la paradoja del libreto fantasmático entre hom­
bres: encontrar a la mujer no encontrándola. Un acto-fan­
tasm a conducido por este lugarteniente del superyó que es
el padre edípico liberaría la heterosexualidad, curaría lo
que R. Greenson denominó “fobia a la heterosexualidad”,
condensando la homosexualidad infantil en su dimensión
preedípica y edípica.114

Nos resta interrogarnos sobre la cualidad de esta hete­


rosexualidad adquirida. Estamos lejos de poder responder
a una pregunta semejante, y nos contentamos con evocar
dos curas psicoanalíticas clásicas de hombres afectados por
neurosis de angustia con serias perturbaciones de la sexua­
lidad. Dichas curas empezaron con el análisis de escenas
homosexuales de adolescencia con compañeros de colegio
de más edad y profesores. La transferencia homosexual
resultó vivamente erotizada, repitiendo la relación padre-
hijo.
— En un caso, la elaboración adolescente parece haber
tropezado parcialmente con la intensidad del masoquismo
erógeno femenino que unía al muchacho con su padre. En
una escena encubridora el padre pega ferozmente al hijo,
fascinado en este momento por la visión del enorme sexo
que parecía esgrimido hacia él bajo la amplia camisa de
noche.
— En el otro caso, el padre parece poseer la única
figura posible de actividad heterosexual; el interesado mul­
tiplica fracasos en diversas dimensiones, incluidas las
sexuales (eyaculación precoz e impotencia).
La dinámica de estas curas,115 que alcanzaron una evo­
lución favorable, se sostuvo en la creencia en una masculi-
nidad conferible no tanto por el analista —implicando el
riesgo de una transferencia idolátrica— como por el análi­
sis en tanto proceso iniciático.116

D / LA SEDUCCION EXTERIOR DEL CUERPO

Las transform aciones púberes se desarrollan como


objetos exteriores. Las representaciones que procuran se
inscriben fuera del yo en forma de percepciones pronto
impuestas como proyecciones.
Dos procesos en curso, lo recordamos:
1. El cuerpo deviniendo púber y excluido por su base de
la integración en la psique.
2. Objeto exterior constantem ente presente, es un
lugar privilegiado de proyección puberal en una verdadera
hipocondría genital. La sexualización masculina o feme­
nina, al afirmarse con la edad, refleja (como el espejo) una
evolución puberal borrada por dentro y exhibida por fuera.
El yo es gobernado por su emigración.
Las publicaciones de M. y E. Laufer expusieron inmejo­
rablemente esta clínica y sus problemáticas.117 Nos lim ita­
remos a presentarla. Cada adolescente normal percibe las
transformaciones de su cuerpo con asombro o extrañeza y
reconoce al mismo tiempo su pertenencia. Nada de esto
ocurre aquí, donde los cambios de la pubertad constituyen
estigmas venidos de otra parte, sin correspondencia
interna. El funcionamiento genital no tiene subjetividad; el
sexo complementario es, en el sentido preciso del término,
desconocido. E ntre norm al y patológico, ¿es cuestión de
grado o hay vuelco formador? Esta es la pregunta que ya
planteaba S. Freud al comienzo de su pequeño texto sobre
la escisión del yo,118 proceso banal o específico. La separa­
ción pasa entre el yo apegado a la realidad infantil y
cuerpo púber cuyo real es rehusado. Sólo la parte tocada
por la pubertad contornea el eje del yo, “desligazones peli­
grosas”.119 Es indudable que en las patologías leves con­
serva algunas pertenencias. La parte impúber del cuerpo
asegura una permanencia habituada a las problemáticas
edípicas infantiles.

Un signo de reconocimiento incipiente es el sentimiento


de lo siniestro, que “surge a menudo y fácilmente cada vez
que desaparecen los límites entre imaginación y realidad,
cuando lo que habíamos tenido por fantástico se presenta
ante nosotros como real” o “en la vida real, cuando los com­
plejos infantiles reprimidos se ven reanimados por alguna
impresión exterior, o bien cuando primitivas convicciones
superadas parecen confirmarse nuevamente”.120 Seguimos
a R. Cahn121 cuando formula que este estado puede presen­
tarse en todos los adolescentes, indicando el peligro de
fractura (y asimismo de otros estados como la fobia). La
realidad exterior del surgim iento del cuerpo genital
imprime el extraño sentimiento de que desaparece el límite
entre lo interno y lo externo, aquí entre la imaginación en
recta línea edípica de la infancia y lo que el cambio púber
del cuerpo tiende a confirmar. Las experiencias historiadas
del niño con sus seductores adultos se topan con lo actual,
estigmatizado por el propio cuerpo del sujeto presentado
como nuevo actor-seductor.122 Es el tem a del doble, del que
puede resultar la integración estructurante o la ruptura. Si
ésta se consuma, la extrañeza desaparece (por dentro el yo
queda vaciado, por fuera el cuerpo es el único teatro de la
sexuación). Fue la señal de un último intento de alianza
entre yo y cuerpo.
Para que se produzca, es preciso:
a) Una escisión del yo atravesando el cuerpo.
b) Una connivencia sentida entre psique y cuerpo
púber, suficientemente amplia como para que esta misma
escisión sea todavía “corriente”.
Por exterior que lo vuelva su rechazo, el cuerpo perma­
nece pegado al yo sin pertenecer a él. No es el yo, pero lo
acompaña a todas partes, lo acerca, lo entrampa. La excita­
ción del cuerpo púber amenaza, seduce, persigue al adoles­
cente: ¡desdichado efecto de la neutralización pulsional en
su fuente, capaz de arrojar al adolescente a una espiral de
extinción aun mayor, llegando incluso a una voluntad de
acabar con su cuerpo! Cuerpo exterior “siempre ahí”, eró-
geno, exhibiendo su pubertad, opaco en cuanto a su funcio­
namiento, el yo despliega a su respecto las tácticas que
ejerce habitualmente respecto del objeto exterior amena­
zante y misterioso. Veamos estas tácticas una por una:
1. La destrucción, cuando es posible: tal es la significa­
ción psicótica de la tentativa de suicidio comparable a una
automutilación.123
2. La neutralización124 de la erogeneidad genital del
cuerpo. La convicción del niño concierne al beneficio que
implicaría ser del género neutro.125 El ataque sólo puede
comprenderse teniendo en cuenta la reaparición, a nivel
del cuerpo escindido (y debido a la escisión), del funciona­
miento según el modelo del cuerpo erógeno de la primera
edad.126 Reaparición no es el término totalmente exacto, ya
que hemos demostrado su permanencia (a todo lo largo de
la infancia e incluso en el período de latencia) y teorizado
ésta con el concepto de escisión del yo de acepción genética.
Los procesos de desplazamiento, condensación, borra-
miento de las zonas erógenas (aquí genitales), complemen-
tariedad zona-objeto parcial y descarga de designio total,
recobran su dominancia bajo la cubierta de la fractura.127
Vasta es la panoplia de métodos de neutralización que
la clínica describe. Citemos algunos ejemplos:

1. La satisfacción (o principio de nirvana) es la finali­


dad de ciertas compulsiones m asturbatorias, comporta­
mientos automutiladores y frenesíes homosexuales y hete­
rosexuales. Las “jóvenes trotacalles” multiplican sus actos
sexuales con partenaires casuales más o menos desprecia­
bles, debiendo ser incorporado el pene objeto parcial sin
referencia al objeto total o a la biología, ni siquiera al deseo
de hijo. El pene es un “trasto” que llena, haciendo gozar o
no. E stas actividades compulsivas genitales son al acto
sexual propiamente dicho lo que el ready-made en el sen­
tido de Marcel Duchamp sería al arte: solitario, desintere­
sado, cita con nadie, desprovisto de significación, neutro. 12s
El borramiento de los estigmas de la erógeneidad genital
es la conocida andadura de la anoréxica mental. Esta neu­
tralización puede llegar al extremo de un ataque biológico,
desbordando los signos de la pubertad: el cuerpo entero en
sus funcionamientos se hace víctima.
Una escena puberal de elaboración imposible podría
provocar un cambio operativo y una problemática psicoso-
mática de adolescencia. Se abre sobre este principio un
campo considerable de exploraciones clínicas del que
hemos tenido una idea general durante nuestra experien­
cia de psicoanalista en pediatría de veinte años.129 Según
este modelo de razonamiento de la escuela psicosomática
de París, recordemos la observación de Jeanne K.130 Sus
padres son profundam ente patológicos. El padre, ex de
Indochina, psicópata, hipertenso, con escasas actividades
profesionales regulares, es el segundo marido de la señora
K , mujer corpulenta y áspera, responsable de un servicio
de compatibilidad analítica, de extraordinaria agresividad;
la organización perversa homosexual sádica es evidente en
su presentación fuertemente intelectualizada. P ara ella la
diferenciación de sexos es desdeñable; sólo cuentan las
relaciones de potencia, y en este terreno las mujeres pue­
den sacarles provecho. De los hombres dirá: “son manipu-
lables”. De su primer matrimonio tuvo un hijo mayor, diez
años más grande que Jeanne, destinado a “acabar en pri­
sión como su padre”. Su segunda pareja se halla en con­
flicto perm anente, con momentos de violenta rivalidad y
períodos en que el padre se m uestra profundamente regre­
sivo con connotación alcohólica. En el relato que se nos
hizo de la historia de esta pareja, es menos difícil distin­
guir el papel de lo real o lo fantasmático que de lo verda­
dero o lo falso. A las pocas semanas de nacer Jeanne, y
habiendo fallecido el padre de la madre, la confían a su
abuela m aterna “en sustitución”. La niña será en tera­
mente criada por la señora F. Jeanne va rara vez a casa de
ella. La señora K. cena en casa de su madre. La niña y su
abuela llevan una vida replegada, en una suerte de altillo
ocupado por animales en conflicto (gato-pájaro...). Se sepa­
ran sólo para sus actividades obligatorias, la escuela en un
caso y las compras en el otro. La vieja señora no oculta
haber tenido un pasado tumultuoso en el que los hombres
se sucedieron sin imponerse. Siempre mantuvo con su hija
una relación estrecha y conflictiva.
Cuando Jeanne tiene siete años, su padre, tras dos epi­
sodios graves de infartos de miocardio, lleva una vida de
jubilación anticipada, miserable y sexualmente impotente.
La señora K. lo expulsa de la casa cuando Jeanne tiene
ocho años.
De los ocho a los diez, Jeanne entabla con su padre, los
días miércoles, relaciones incestuosas de tipo felación. El
señor K. va a buscarla a la salida de la escuela, la lleva de
paseo, luego le propone comer algo en su domicilió; estos
encuentros se perpetúan al precio de las m entiras de
Jeanne a su abuela.
Gracias a un complicado artilugio, a los once años
Jeanne se las arregla para que su madre y luego su abuela
se enteren de las relaciones incestuosas: al parecer utiliza
con este fin el sesgo del médico tratante. La señora F. pro­
nuncia esta respuesta: “No es verdad, lo soñaste”. Las tres
mujeres sucumben al temor de que se entere toda la ciu­
dad. Unas semanas después hace su aparición, con hemo­
rragias intestinales graves, la ileítis de Crohn.
El ensayo de interpretación psicológica que proponía­
mos se despliega en tres tiempos:
a) En la prim era infancia de Jeanne parece haberse
constituido una pareja que no podríamos calificar de fusio-
nal sino mucho más de perversa, entre su abuela y ella.
“Nos dábamos placer” es el tema frecuentemente repetido
en sus intercambios de placeres parciales; es marcada la
impresión de que las relaciones apuntan a satisfacer total­
mente a una y otra, sin referencia a problemática alguna
de falta y castración. Nos impresionaron “manifestaciones
de ternura” de la niña respecto de su abuela, como si nece­
sitara la permanente presencia física de ésta. Sus relacio­
nes se instalaron en un ritual cotidiano donde son fetiches
ciertos objetos; la pareja gato-pájaro con la que cohabitan
refleja como en espejo la connotación sadom asoquista
inconsciente de sus intercambios. La madre juega el papel
del extraño o del Otro: permite, amenaza y mira a la pareja
formada por su hija y su propia madre. Una connivencia
puede establecerse entre la abuela y la madre, de la que la
niña queda entonces sádicamente excluida. La vida intelec­
tual de Jeanne parece revestir a su vez una significación
fetichista.
b) Las relaciones incestuosas modificaron este equili­
brio. Nos veríamos tentados de considerar que el padre
sustituyó a la abuela genital; se efectuaría un acerca­
miento entre la esfera oral-digestiva y la genital. Se pro­
duce una pseudomangulación en la cual la abuela susti­
tuye a la madre y el padre a la abuela. Esta situación dura
dos años, aparentemente sin síntomas ni conflicto; en sí no
parece “patógena”. La satisfacción del deseo perverso, repi­
tiendo las escenas pasadas, es el prim er momento de
traum a: la seducción del padre modificó un equilibrio al
modificar el mapa libidinal de la niña y sin duda incremen­
tando la intensidad del deseo. El hecho de que Jeanne se
las arregle inconscientemente para hacer conocer la situa­
ción señala quizá, de m anera optim ista, una suerte de
intento de triangulación edípica en el comienzo precoz de
la pubertad de la niña. La culpabilidad naciente en un
triángulo como éste podría interrum pir la relación per­
versa.
c) La interrupción de las relaciones incestuosas señala
el comienzo de los trastornos fisiopatológicos. El “no es ver­
dad, lo soñaste”, de la señora F. es para Jeanne y para
nosotros la secuencia originaria de su enfermedad por una
cointerpretación paradójica.
La señora F. reactualiza con su interdicción las condi­
ciones de represión en la situación edípica con la prohibi­
ción del pene del padre, pero podría definir un espacio de
conflictualización si su intervención se limitara a este nivel
secundario. Esta incitación al cambio es retenida, empero,
por la reflexión de Jeanne, que explicará así en el curso de
su terapia su sintomatología histérica polimorfa, depre­
sión, posición caracterial, reactivación significante de la
enfermedad somática.
La interpretación ejemplarmente salvaje de la señora
F. coloca a Jeanne en presencia de su deseo genital afir­
mado por una tesis de proyección onírica. Trabaja la
defensa proyectiva en sus dos niveles: sobre el cuerpo (no
soy yo, es mi cuerpo), instituyendo la escisión del yo, y ero-
tomaníaca sobre el portador fálico (madre - abuela - padre).
El punto de referencia de la segunda proyección no per­
mite, debido a la escisión, una reintegración de la proble­
mática en el yo e impone m antener el desconocimiento del
deseo borrándolo del cuerpo mismo de la niña: es la
entrada en la desorganización psicosomática.131 No hay
traum a más grande que rechazar la hipótesis de la seduc­
ción real132 en beneficio del autoerotismo. S. Freud lo sabía
y durante mucho tiempo sostuvo la hipótesis de la primera
en el avance de sus investigaciones.

2. La mirada de los otros y sus deseos resultan engaña­


dos por lo que da a percibir del adolescente su cuerpo
púber. Creen en la unicidad cuando hay tan sólo dobles
encadenados. La equivocación es de importancia. Por eso el
adolescente enfermo hallaría una razón extra para defen­
derse de este cuerpo que no lo representa. Cada adjetivo
con que el adolescente enfermo lo atavía m erecería un
estudio fenomenológico: fealdad, desgracia, suciedad,
objeto de vergüenza y culpa, objeto de miedo. La dismorfo-
fobia lleva bien su nombre puesto que se inserta sobre el
objeto exterior constituido en esta patología por el cuerpo.
La desaprobación de la genitalidad corporal aparece en el
discurso, la gestualidad, la conducta, el ritmo, otro trabajo
de lo negativo. “Lo que mi cuerpo da a pensar al otro no me
concierne”, “no tengo nada que ver con lo que se piensa de
mí”. Trabajo difícil para este adolescente al que el pensa­
miento de los otros a su respecto interpela de manera cons­
tante. Renegación de pertenencia del cuerpo; “los otros
hacen de mi cuerpo lo que quieren”; justificación de una
pasividad ofrecida al sexo, a las conformidades, a las con­
signas, sumisión al médico, al terapeuta. El sujeto perma­
nece fuera del acto. Remitimos al lector a los trabajos de P.
Jeammet133 sobre la pasividad activa de los adolescentes.
“A veces es necesario desplegar una gran actividad para
alcanzar fines pasivos.”134

3. Contrainvestir el objeto cuerpo-erógeno es construir


lo que A. Brouselle llamó, interrogando a M. Laufer, un
contracuerpo:135 así, una obesidad, una delgadez, una
enfermedad, un atuendo unisex ocultan la diferenciación
sexual y hasta evocan una naturaleza diferente.
C., de veinte años, decidió poner fin a sus días porque
“odia su cuerpo pasivo, nulo, siempre igual desde la adoles­
cencia”. En condiciones particularm ente reflexivas, toma
unos cincuenta comprimidos. La casualidad hace que lo
encuentren en coma. Tras pasar ocho días en servicio de
reanimación, vuelve a su casa y decide ver a un psicoana­
lista. Se organiza una cura psicoanalítica de una vez y
luego dos veces por semana. El tema de su discurso es el
del vacío del pensamiento, del cuerpo, de su vida. No tiene
imaginación y ya no soporta verse en el espejo. No ha cam­
biado, siempre es claro el contraste entre su padre, activo,
dinámico, y él, tal vez más próximo, íntimo, con una madre
difusa. En la realidad C. realiza estudios universitarios
sumamente brillantes desde hace tres años. Se viste de
manera estricta, convencional, bastante cómoda, elegante.
Las primeras sesiones están dedicadas al análisis de los
motivos de su acción suicida, en lo actual. Acababa de reci­
bir una carta de su amiga donde ésta exponía su decisión
de romper y, mediante el repaso de detalles de su relación
(él no los retoma conmigo), le demostraba que durante sus
relaciones sexuales él se había mostrado “nulo”, “flojo”, no
habiendo logrado hacerla gozar, cosa que ella deseaba y
que le había sucedido con otros varones anteriormente. El
reproche era no haber sabido hacer el amor, antes que no
haber podido. Carta de juicio, recibida como verdadera por
C. Esta verdad había penetrado su falsedad inconsciente.
No se contesta a una carta semejante. “He sido un niño y
un adolescente mediocre, seré un adulto mediocre.”

La historia de este amor, el primero de su vida, se


remonta a dos años atrás. Primero amor cortés, un poco
sobre el modelo de los eternos estudiantes de Chéjov, lar­
gas conversaciones, complicidad intelectual y afectiva, sos­
tén recíproco, besos furtivos... Durante las últimas vaca­
ciones, la amiga, que tenía experiencia, deseó hacer el
amor con él; él no se sentía preparado, la primera relación
en la playa fue un fracaso (no hubo erección), la segunda
fue mejor (eyaculación bastante precoz), la tercera tenía
que ser apreciada por ella, según él, como lograda. La carta
le informa que no fue así. El descubrimiento de los órganos
sexuales de su amiga lo sorprendió y le provocó un senti­
miento de asco y angustia: olían a orina; acercar la boca al
vientre de su amiga le pareció repugnante; la incitación de
ésta, escandalosa; el contacto provocó en el interior de él
mismo un inesperado apetito de “violencia y hasta de odio”,
que debió refrenar. D urante el acto sexual, se le sugirió
delicadamente que no se movía lo suficiente, lo que lo
incitó a inmovilizarse (contrainvestidura de la dimensión
sadomasoquista del coito). Estas tres experiencias se desa­
rrollaron a escasa distancia de una amiga de su amiga,
espectadora no-espectadora. C. es un hombre pudoroso, le
choca el impudor de su amiga en la puesta en visibilidad
que da ella de su deseo y de su cuerpo desnudo en movi­
miento.
Las primeras sesiones de análisis tienen un carácter
m arcadam ente narrativo y me perm itieron intervenir
sobre el lugar de la idealización del objeto de amor, sus
efectos autodepreciantes y su funcionamiento en contrain­
vestidura tal como se revela durante el acto sexual. Al cabo
de dos meses de tratamiento, un sueño relatado en sesión,
seguido de recuerdos, ofrece las líneas de desplazamiento
fálico. C. está desnudo en una habitación, la amiga de su
amiga quiere penetrar en el cuarto, él hace una barricada
con unas mesas, la presión de la muchacha las derriba y
logra forzar la puerta, él entra en pánico y se despierta.136
Asocia sobre su pudor, simbolizado por tabiques y puerta
de habitación, pudor de toda su adolescencia en la playa,
en el fútbol, pudor ligado al aspecto femenino de su cuerpo,
que entrañaba una “distribución no masculina de las gra­
sas”. La asociación que lo sorprende es la del impudor del
padre; éste, desnudo, lo despertaba todas las m añanas
(Dios sabe cuánto le costaba dejar el sueño), su prim era
percepción de adolescente despierto era el sexo voluminoso
de su padre bajo su mirada. Resulta difícil en el transcurso
de esta sesión (d riamos que demasiado fácil para que sea
lícito pensar el abordaje de un reprim ido im portante)
hacerle asociar con las penetraciones de su amiga, de la
amiga de su amiga, del pene de su padre. Este vínculo que
él admite de buen grado le parece tipo “chiste”.

Las sesiones siguientes vuelven a adoptar un carácter


narrativo y ello implica una intención de explicarse sobre
los vínculos surgidos en la precedente. Tomamos nota de
esta complacencia con los intereses de su psicoanalista.
Sigue el relato de su homosexualidad. A la edad de ocho-
nueve años, su primo y él se querían mucho; temas lúdicos
variados, en particular el de m aestro a alumno, son la
coartada de juegos sexuales que se prolongan en forma de
felación y penetración anal. “Mi primo me pegaba con fre­
cuencia, eso no me gustaba, solíamos invertir los papeles.”
El encarnaba con más soltura la pasividad, las escenifica­
ciones eran del primo. Con la llegada de la pubertad, estos
placeres desaparecieron por reticencias recíprocas. A los
doce años, experiencias más adolescentes con un chico al
que conoció en vacaciones, que lo sedujo: “El disponía de
mi cuerpo, yo lo dejaba hacer, era más bien obediente”. El
chico se hizo homosexual. M ientras C. efectuaba este
relato, sugerimos un paralelo con la sesión precedente que
suscitó en él incompresión y asombro sin angustia. A par­
tir de los trece años, las actividades homosexuales desapa­
recieron por completo. Comienza a sentirse mal con su
cuerpo, demasiado débil, no bastante viril, no activo, grá­
cil, poco piloso, femenino (le preocupó una ligera gineco-
mastia), sus órganos genitales son demasiado pequeños;
se volvió cada más más pudoroso; sus prácticas m asturba­
torias no se asocian a temas homosexuales, sus fantasmas
siguen siendo pobres. Para contrarrestar todo esto se corta
el pelo, adopta una vestim enta burguesa, cam ina con
zapatos que hacen un ruido pesado. Escribe su diario.
Traba relaciones platónicas con diversas muchachas, man­
tiene en particular durante dos años una correspondencia
amorosa con una estudiante secundaria conocida en vaca­
ciones y que, por anticipación, tenía el mismo nombre que
su amiga actual.

La cura se interrum pe durante varias sem anas por


motivos de carácter somático: apendicectomía, convalecen­
cia difícil, esguince al esquiar, etc. Cuando volvemos a
verlo, ha reanudado sus relaciones con su amiga, “como si
los sucesos y la carta no hubiesen tenido lugar”: largas con­
versaciones estudiantiles. Ella le reprocha, con motivo, lo
que él siente de sí mismo: vacío, en particular del pensa­
miento del otro, “es como si quisiera hacer el vacío en mi
cabeza para ella [...] me ajusto a su modelo, me moldeo
según su modelo, ella me reprocha que evito los conflictos y
que no sabe nada de mí. Sueño que camino con ella,
cubierto”. Unas semanas después se perfilan correlaciones
entre el vacío de las sesiones y el vacío de sus entrevistas
con su amiga. P arte de vacaciones tras telefonear para
decir que, a su regreso, no reanudará el tratamiento.
La comprensión de esta observación plantea e pro­
blema del trabajo de adolescencia en lo relativo a la homo­
sexualidad de C.; concretamente, en el momento en que las
conductas (y los fantasmas correspondientes) cesaron. Los
resultados de este borramiento, de este renunciamiento
fueron una feminización de su propio cuerpo, una idealiza­
ción de la m uchacha, posiciones fóbicas, depresivas; la
experiencia sexual reveló la fragilidad de estas defensas
ante una joven amada y emprendedora, ya no es posible
evitar la problemática de la castración: antes morir que ser
castrado. Semejantes libretos fantasm áticos parecen, en
una primera impresión, ejemplares de la histeria de angus­
tia en el varón joven: vivencia de vacío en la búsqueda-evi-
tamiento del falo portado por hombre y/o mujer según un
sistema de desplazamiento continuo, falicidad hueca de su
propio cuerpo según un proceso de conversión recubierto
por una denegación: “Yo no soy femenino, lo es mi cuerpo”.
Pregnancia de un ideal del yo bisexual, depresión cuando
éste no abarca lo suficiente el yo de su amor. La posición
transferencial de C. a mi respecto es ilustrativa. Me coloca
desde las primeras sesiones en una posición fálica a la que
otorga complacencia, comparable a la de su padre y su
amiga, evitando así el conflicto. La interrupción de la cura
“porque hablaba conmigo como con su am iga antes del
famoso verano”, es pertinente. Nuestra autocrítica se cen­
tra, con seguridad, en una insuficiente interpretación de la
dimensión de la agresividad y hasta del odio, enmascarado
por su complacencia; su sumisión como defensa contra el
odio.

¿Podemos o debemos introducir el modelo de la frac­


tu ra de desarrollo en la comprensión de esta observación?
Pensamos que sí. Si logró por un lado reprim ir la homose­
xualidad infantil, tan intensa en él según una problemá­
tica edípica histérica, su homosexualidad adolescente pos-
puberal es tam bién la m arca de una fractura en su
desarrollo ligada al par renegación-proyección de su homo­
sexualidad. Así pues, comprendemos la feminidad de su
cuerpo más como una proyección que como una conversión.
Este cuerpo femenino pasa a ser un objeto de odio. C. logró
defenderse de este cuerpo con el que estaba liado hasta el
momento en que éste se vengó para impedir su gran amor.
La complementariedad de los sexos no es obra suya. El
cuerpo sigue siendo el único seductor con el cual está pasi­
vamente encerrado, condenado a las penetraciones fantas-
máticas y reales.

4. El desplazamiento con condensación sobre otras


zonas y no las implicadas por la erogeneidad genital es un
método defensivo privilegiado. Lo estudiam os en las
muchachas jóvenes bajo el nombre de prácticas de la incor­
poración,137 Estas prácticas ponen en juego una identifica­
ción cuyo fracaso ella marca y entrañan una dimensión
identificante: puesta en acto de autoengendramiento, de
una autofmación, es decir de una confirmación de la com-
pletud del yo siendo incluso que su falla aparece puesta en
escena,138 “nuevo nacimiento” como la experiencia de la
bulimia anorexia, del flash, de ciertos actos sexuales, más
ampliamente de las conductas que con toda razón A. Char-
les-Nicolas califica de ordálicas.139 Estas repeticiones y la
unicidad, lo hemos dicho, no son contradictorias; los impul­
sos ávidos, descargas tensionales dirigidas a la resolución
global, son también compulsiones, pasajes al acto con fun­
ción de reforzar al yo.140

Conversar al margen de la seriedad sobre la avidez,


expone su banalidad en la edad del capricho, si retenemos
aquí los extraños y diversos frenesíes, la sed y el hambre
súbitos, las glotonerías, las inmediateces necesarias, los
apetitos imperiosos respecto de los bienes de la sociedad de
consumo (músicas intensas, imágenes coloridas y móviles,
libros a devorar), las actividades en que se omite la cuali­
dad de la cantidad, según la expresión de V. Jankélévitch,
fantasmagorías en reemplazo de la actividad fantasmática;
estados todos ellos de falta que rem itirían a una falta de la
falta en el sentido psicoanalítico, ya que contienen una cre­
encia en un objeto susceptible de colmarlas. Las grandes
avideces patológicas que tenemos que atender especifican e
intensifican estas prácticas cotidianas. En común, estos
gestos prodigan una focalización en el seno del cuerpo eró-
geno: las prácticas de incorporación surgen “en estado de
inocencia”, como una posible complementariedad entre la
tensión en una zona erógena y el objeto parcial destinado
por la naturaleza (o la biología) a satisfacerla. Procuran
semiologías y topografías variadas (orificio y envoltura)
teniendo en común la penetración en el cuerpo (sin referen­
cia específica de estadio). Pensamos en las bulimias, en los
síndromes bulimia-vómitos, en las anorexias, en los acce­
sos potomaníacos aún poco conocidos. Les relacionamos la
participación compulsiva (llenarse, tragar) presente en
ciertas ten tativ as de suicidio, las ingestas diversas de
medicamentos, en particular analgésicos y ansiolíticos,141
ciertas demandas paradójicas de contraconceptivos orales
sin elaboración personal y sin proyecto sexual tal como se
las formula en las consultas especializadas y compren­
diendo un ideal de pertenencia al “grupo erótico” de las chi­
cas jóvenes; integram os tam bién los desangram ientos
autoprovocados (síndrome de Lasthénie de Ferrol) y los
vampirismos cuyo examen reanudó A. Bourguignon,142
ciertas conductas de automutilación por introducción de
objetos, contundentes o no, en los orificios. Hemos descrito
conductas anales de este modelo en las colitis ulcerosas.143
Se bosquejan similitudes entre el cuerpo de la joven toxicó-
mana y de la anoréxica.144 “Una verdadera inyectomanía”
aparece descrita por C. Olievenstein, necesidad que siente
el toxicómano de aplicarse la aguja “aun sin inyectar nin­
gún producto”: “Lo que es causa más allá del masoquismo
es la penetración en sí, la verificación de su existencia y
quizás incluso el esbozo de un poder sobre su existencia a
través del cuerpo. Poder de placer y dolor pero también de
vida y m uerte recomenzado cada vez”. No omitamos los
trabajos todavía poco numerosos centrados en la ingestión
de alcohol y en el consumo de tabaco.145 Ciertos robos lla­
mados “compensadores” o de “reparación n arcisista” se
insertan en los comportamientos que M. Soulé describía en
las “adolescentes muy difíciles”.146 La mayoría de los auto­
res147 mencionan cierta equivalencia de los objetos parcia­
les y las zonas erógenas.
En la historia de Christiane F ...148 se suceden robos
diversos, drogas, prostitución como contrapunto al amor,
respecto del cual dice el C antar de los Cantares: “He
abierto a mi bienamado” (amor por su madre necesario,
nunca tal como ella lo anhelaba por el amigo que pasa a ser
amante). Cuando sus bulimias se hacen menos necesarias
a su economía, M arguerite encuentra hombres de una
noche. Nicole, de catorce años, alternaba graves episodios
de histeria y momentos de vacío en que la asaltaban, de
manera impulsiva, ingesta de medicamentos, flebotomía y
cortes diversos, aspiración de pegamento, accesos bulími-
cos desenfrenados, anorexia. Decía que su búsqueda estaba
destinada a obligarla al secreto “ausente de su cuerpo”.
Con esto no había curado el vacío que experimentaba, pero
podía vivir; escapaba por un tiempo a la persecución.
Durante su psicoterapia expresó un libreto imaginario en
el que sus padres habían muerto y todo el mundo reconocía
su depresión. El fantasm a sustituyó a las prácticas de
incorporación. Su contenido hacía desaparecer los objetos
perseguidores y autorizaba el duelo. El riesgo de retorno de
objeto malo proyectado estorba más al proceso de introyec-
ción que la introyección de los objetos malos.149

Distinguimos cuatro tiempos sucesivos en el correr de


estas impulsiones/compulsiones:
a) El primero en sentirse es el aburrimiento, cuyo exa­
men ya hemos llevado a cabo.
b) La adicción es un acting-out directo,150 se señala la
focalización erótica; se indica un orificio, en ciertos casos se
crea (inyección intram uscular o intravenosa) y con él un
objeto exterior cuya complementariedad se apoya en una
creencia. La semiología orificial queda afirmada por la cer­
teza de que sólo su uso cura del aburrimiento.
c) Tras finalizar el acto, un estado que en muchos
aspectos nos parece recordar la depresión esencial sin
objeto en el sentido de P. M arty;151 “fatiga, agotamiento,
estoy como m uerta, a punto de estallar, taponada, llena
hasta reventar, etc.”, el cuerpo está “ausente”, y también es
“amorfo”.
d) Se asiste luego y por un tiempo al retomo de la fan-
tasmatización edípica, el acto de adicción se recubre a pos-
teriori de sentido; se lo nombra de diversas maneras: “por­
quería, mimo, mis cosas se apoderaron de mí”. La posición
dominante es la depresión neurótica, entrañando más ver­
güenza que culpa. Es la fase de los remordimientos, tam ­
bién de regresión, despersonalización. En esta estructura­
ción edípica a posteriori, puede presentarse un síntoma de
conversión somática. Nos hemos interesado en el vómito
(en un principio autoprovocado) que aparece en el decurso
de un acto bulímico:
“¿Qué hacer para no angustiarse después de devorar?”
El acto se desenvuelve en una indiferencia notable, en
ciertos casos como una práctica erótica culpabilizada. No
implica mericismo; se lo racionaliza de buen grado como
una denegación del acto bulímico, como su simétrico: uno
y otro se anulan, “el cuerpo tuvo lo que se merecía”. No
nos asom brará que tales comportamientos perm anezcan
mucho tiempo ignorados por el terapeuta, en la medida
en que no sólo se los esconde sino que además se los recu­
bre de una suerte de am nesia poscrítica. De este modo,
una de nuestras pacientes que salía del baño donde había
vomitado ruidosamente, entraba a nuestro despacho para
su sesión y en ningún momento mencionaba lo que había
sucedido poco antes, cuyos elem entos sonoros sin
embargo habíam os escuchado y cuyo carácter reciente
aparecía denunciado por una bolsa de comida vacía depo­
sitada sobre la alfombra. N uestras intervenciones, “acer­
cándose al acontecim iento” no parecían in te re sa rla en
absoluto. Según su expresión, “la carne, después, des­
cansa”.
El objeto es seductor y odiado: para el bulímico, el ali­
mento, cual un miembro que es objeto de una asomatogno-
sis, puede aparecer como perseguidor. La defensa consiste
en consumir el objeto perseguidor, “ingerir la m uerte”,
decía A. Artaud. Cuando la paciente renuncia a sus prácti­
cas de incorporación, entra en una temática persecutoria
en la que puede ser integrado el terapeuta. Si señalan una
falla de la introyección, sus prácticas aparecen como esen­
ciales a la economía del cuerpo erógeno que, sin ellas, sería
invadido desde el exterior. El producto no es un fetiche
debido a su consumo, sino que el acto es de una economía
comparable al acto fetíchico.
E l cuerpo erógeno marca sin escisión el retorno de la
problemática complementaria madre-hija de la primera
edad', seducción y represión originaria por un lado, desin­
vestidura por el otro. Esta intolerancia a la complementa-
riedad de los sexos es sin duda la repetición de una intole­
rancia a la complementariedad inicial. Estas muchachas
describen a su madre como muy femenina, o sea seductora
a su respecto. La actualidad del fantasma apela a una rea­
lidad que sucedió realmente en la infancia para caer luego
en el olvido. Los actos de incorporación de la hija se situa­
rían en espejo de la feminidad vaginal de u na m adre
“demasiado am ante”.152 Tal es sin duda el secreto de la
joven, 153 vergonzoso y compartido según una modalidad
incestuosa y comprendiendo en su constitución incluso una
falla narcisista (la vagina). La amenaza narcisista en la
pubertad se efectúa en el mismo lugar en que se situaba la
falla narcisista. El cuerpo erógeno parece funcionar así
según dos organizaciones de las que está escindido y de las
que se encuentra más o menos próximo según el caso:
a) Una clásica, histérica.
b) La otra arcaica.

Resumamos aquí el problema: prácticas de incorpora­


ción e histeria:
— Conocemos la importancia del acto y del autoero-
tismo en la episteme histérica. En una hiperlibidinización
actuada, sobreviene el compromiso conversivo. Es como si
la libido actualizada en el cuerpo y la em barcada en los
procesos fantasmáticos estableciesen entre sí una relación
de disyunción exclusiva: al suspender el acto, el relato se
desarrolla; la actividad libidinal se interrumpe cuando es
tomada en cuenta por la historia del sujeto. La histeria
genitaliza las partes del cuerpo en las que se manifiestan
los síntomas. No hay acting-out directo que no sea igual­
mente indirecto.
— Pese a la presentación histérica de estas enfermas,
nuestro razonamientos se orientó sistemáticamente hacia
lo que bien podemos llamar lo arcaico de la histérica. La
elaboración de este m aterial adquiere el aspecto de una
semiología propiamente conversiva de entrada en la pre­
sentación inicial (y es de buen pronóstico) o en oportunidad
de una cura. En la historia de nuestras pacientes siempre
existe el recuerdo de un viraje fallido que se confirmará
como cercano al acontecimiento originario, que nos parece
ser el de la elaboración asociativa; este fracaso las condena
a la repetición de las impulsiones.

La suerte de esta experiencia traum ática podría ser la


de la elaboración asociativa y, de hecho, existe siempre
cierta simbolización, pero “no alcanza para curar la enfer­
medad”. La rica fantasmatización oral-genital queda escin­
dida de la repetición violenta de las incorporaciones orales.
Estos intentos de simbolización pueden ser actuados por la
introducción de una selección en los alimentos utilizados
según su aspecto energético, su color, sus diversas caracte­
rísticas comerciales. El acto de comer puede rodearse de
hábitos más o menos actualizados: evitam iento de la
comida familiar, aislam iento, modalidades alim entarias
gestuales precisas. Cuando Catherine tiene problemas o
bien hace una bulimia a fin de volverse neutra (dice ella), o
bien telefonea a alguien (su amante, su madre); la bulimia
es cabalmente un modo de resolución del conflicto histé­
rico, neutralización preedípica de un modo regresivo. En
cuanto los actos de adicción se ven comprometidos en una
situación de conflicto, pierden una parte de su violencia
que vuelven a hallar, soltados del objeto. La elaboración
asociativa se topa (según el modo histérico) con la repre­
sión secundaria.
Un ejemplo concreto es el siguiente, tomado en la
sesión de una paciente: “Yo no quería tener muslos gordos
como los de mi madre, y decidí adelgazar”. Las asociacio­
nes revelan estos datos: la proposición inicial presenta una
grieta que impide la comprensión, esto es, el lugar de la
m asturbación. Después de haberla emitido, nuestra
paciente aclara que si no le gusta tener muslos gordos es
para evitar que se toquen. Cuando repetimos “se toquen”,
la represión secundaria se resuelve y aparecen sin reticen­
cias asociaciones sobre sus prácticas m asturbatorias por
fricción de los muslos. Observemos de paso esta soltura
que, para nosotros, subraya la fragilidad dé los procesos
secundarios e igualm ente que la problem ática de esta
paciente no está ahí, sino del otro lado del yo. Sea como
fuere, está claro el nexo entre comer y masturbarse: es lo
que llamábamos genitalización del acto bulímico.
La proposición supone una tentativa de introducir el
acto bulímico como solución al conflicto de ambivalencia a
través de la expresión “como su madre”. La decisión anoré-
xica apunta a poner fin a la vez al comportamiento sexual
y a esta simbolización. Comprobamos el fracaso de esta
decisión y la repetición de los actos bulímicos en esta
paciente, sobre todo en las horas que siguieron a la propo­
sición de m arras. El síndrome bulimia-vómitos interpre­
tado según el modelo de la neurosis de histeria comprende
una incorporación “femenina” seguida de una excorpora­
ción “que pone en escena al sexo vencido reprimido en la
adolescencia”.
En otro momento de la cura, la escisión producida
puede ser relatada en esta misma paciente: “Llevo una
doble vida: cuando veo gente, trabajo como todo el mundo,
me divierto... me viene hambre, hago tonterías para pasar
el tiempo. Si corto lo que tuve previsto hacer con la gente,
es para comer: en lugar de quedarme con la gente, como,
me lleno. Preferiría romperme la pierna antes que hacer
estas locuras, por suerte vomito, de lo contrario tendría
unas piernas enormes... Por m ás que vomite, sé sin
embargo que nunca seré un varón”. Ultimos comentarios
que rem iten a una nostalgia de las teorías y prácticas
sexuales infantiles...154
La teoría narcisista de la cura de esta psicopatología
utiliza con ventaja la cuestión del secreto. Se trataría no de
incluir un nuevo pacto misterioso que puede aparecer como
culpa compartida según las normas de la neutralidad, sino
de acondicionar un espacio potencial listo para recibirlo:
experiencia de m utualidad, discreto com partir del acto
viniendo a ocupar el espacio vacío que el secreto deja en la
psique. El intercambio retoma el secreto histórico sin reve­
larlo al instaurarlo en la relación con el analista. El secreto
se expresa en términos de cuerpo, en términos de percepcio­
nes corporales interiores: para Armandine, la percepción,
lugar del secreto, es un dolor vaginal; en una misma sesión
atraviesa por tres situaciones:
— Toma la píldora por primera vez en sus vacaciones
con Jacques. Este está cansado, y adem ás se m uestra
impotente; “ella toma la píldora en balde” y vuelve del viaje
con la impresión de tener una vagina que duele. Pasa el
día comiendo.
— Vuelve un recuerdo: su madre, intelectual a la que
no le gusta su cuerpo, a la que no le gusta orinar, ir al
baño, tener relaciones sexuales, la lleva a su propia habita­
ción, la instala en “la cama” y habla muy a sus anchas, por
prim era vez, de la menstruación; Arm andine tiene diez
años; siente por primera vez un dolor en la vagina.
— D urante este relato de vacaciones y recuerdos en
sesión, sobreviene un dolor en la vagina, por tercera vez en
su existencia, a propósito del cual evoca su posición trans-
ferencial, masoquista. Deberá ir a una confitería al salir de
la sesión. El secreto madre-hija reaparece con el amigo y
en la cura. El análisis del m aterial de esta sesión es un
tema del fin de la cura según una problemática cada vez
más histérica.
La escisión del yo veda durante largo tiempo la inter­
pretación a pesar del aporte de un m aterial fantasmático
casi complaciente. Así, esta breve secuencia de otro análi­
sis: “En ciertos momentos la cosa funciona, en otros, llevo
una vida de perros... Mire, a propósito, un día (un día en
que no había comido), por la noche soñé; yo no sueño que
hago tonterías (traducir: si como). En mi sueño, dos perros
hacen el amor delante de mí y siento en mi boca el pene del
perro”. Este sueño integra nuestras intervenciones de la
sesión precedente, que habían podido vincular felación con
su demanda de oímos hablar, “beber nuestras palabras”;
en el curso de la sesión siente la misma percepción en la
boca que durante su sueño, que zanja sobre el contenido
habitualm ente desexualizado. Es como si se encontraran
separadas sus prácticas bulímicas y fantasm áticas en el
seno de las cuales tienen lugar las sesiones de análisis. Las
interpretaciones alusivas al ámbito de la sexualidad oral
parecen exclusivam ente dism inuir la dimensión angus­
tiante y la obligación del vómito pos-crítica.
El progreso terapéutico nos parece situarse en el nivel
de la permanencia del intercambio: cuando el terapeuta,
por su situación transferencial, es vivido como presente,
incluso estando físicamente ausente, la necesidad bulímica
es menos intensa. Lo vivido es sustituido por sentimientos,
y los relatos de actos por una historia asociativa; las per­
cepciones internas constituyen los puntos de confluencia,
diríamos de transacción por objetos exteriores parciales
diferentes que vienen a incluirse en el espacio transferen­
cial; el objeto exterior aparece cada vez más en una cura
que evoluciona como un “modelo”, lugar de intercambio,
lugar de experimentación en el sentido en que se lo utiliza
en el arte. El momento importante de este deslizamiento
reside en la aparición de fantasma de incorporación, 155 fan­
tasm a en muchos aspectos intolerable y sin embargo de
una extraordinaria actividad; fantasma largo tiempo rene­
gado, largo tiempo indiferenciado y del que se ve emerger
gradualmente la temática genital.
El fantasm a de incorporación tiene por huella corporal
un reconocimiento de la libido vaginal; se asocia a la mas­
turbación. Concedemos gran im portancia (varias veces
recogimos la idea) a la aparición de prácticas autoeróticas
vaginales156 acom pañadas de un libreto fantasm ático
según el modelo edípico.
Las representaciones que acompañan al autoerotismo
vaginal se encuentran ligadas a la escena inicial; en este
momento crítico, asistimos al retorno de lo renegado. Lo
que así retorna es toda la problemática parcial-total. Esta
evolución se cumple a todas luces en y por la de u na
transferencia, en ciertos casos de m anera lateral en un
estado amoroso. Tal es el bosquejo de una cura “favora­
ble”. Es constante la condición previa de la repetición sin­
tomática a iniciar y reiniciar en los intercambios mutuos.
La etapa segunda de la cura presenta una organización
más clásica, cura de la histérica. La m utualidad introdu­
cida al comienzo del tratam iento, elemento constitutivo
del secreto compartido, sigue siendo el esqueleto de la
cura como u na complicidad de fondo. E sta base es, lo
sabemos, factor de interm inabilidad.157 La presencia per­
ceptiva y su juego de sim ilitud aseguran la continuidad
del yo de la transferencia y digamos de las dimensiones
que se ha dado la contratransferencia. Ellos tienden un
puente entre las orillas de la escisión del yo. No es iluso­
rio im aginar una pérdida de este mojón de comunicación
a menos que el río se seque.
El redescubrimiento del objeto (y por lo tanto de su per­
manencia) está marcado por un descenso de la violencia
pulsional que se traduce en una menor necesidad de los
actos y en un sentimiento de bienestar corporal (muy dife­
rente de la alternancia vacío-lleno).

E / LOS ACONDICIONAMIENTOS TRANSITORIOS

Tomaremos el ejemplo de la transacción fetíchica158 uti­


lizada por ciertos niños púberes para conservar su activi­
dad genital y con ello su identidad masculina o femenina.
La organización transitoria de la sexualidad marca a la vez
la escisión de la que es objeto el cuerpo sexuado, la autoto-
mía, y las tentativas de superación. La observación clínica
que aquí consideramos no es la de un fetichista. La patolo­
gía de este adolescente pone en evidencia mecanismos de
funcionamiento que observamos a mínima en otros sujetos.
Gracias a su riqueza expresiva, ella sitúa de manera excep­
cionalmente precisa el lugar metapsicológico que ciertos
objetos exteriores ocupan ta n frecuentem ente en el
momento de la masturbación. El fetiche tendría aquí valor
de objeto complaciente creado por el sujeto para experi­
m entar la complementariedad sexual conservando la pro­
tección del progenitor fálico. Contribuye a asegurar ligazo­
nes que trabajan la fractura de historia.
Atendimos a Franfois durante varios años a partir de
la edad de dieciséis, en el curso de una cura analítica
frente a frente. La semiología inicial es del orden de una
histeria de angustia con síntomas conversivos (precordial-
gias), fóbicos y rituales contrafóbicos que invadieron su
vida cotidiana. Hemos retenido tres capítulos: “la escena
puberal”, el recuerdo encubridor, la evolución durante el
análisis.

1 / L a escena puberal

La escena puberal aparece relatad a tal como se la


reconstruyó durante una sesión en su casi totalidad. Se le
añadieron secundariam ente detalles que implican una
vacilación en cuanto a saber si ya habían sido contados o
no. El relato será retomado a menudo ulteriormente, como
experiencia fundamental, instantaneidad fecunda.
La prim era eyaculación se produce durante un acto
masturbatorio, en cuyo transcurso había procedido a pin­
ta r (probablemente de rojo) su sexo con un pincel; le gus­
taba su sexo “cubierto por una capa de pintura”. La eyacu­
lación provoca un estado intenso; él considera que en ese
momento y en ocasión de otras actividades masturbatorias,
ha escuchado, de manera diferenciada, voces cuyo timbre
recuerda al de su madre; estas voces prohíben la práctica
m asturbatoria: “no hay que jugar con eso”, “no hay que
tocarse la cosita”. Se advierte con toda claridad el riesgo de
locura. El estado consiste en una “ola de angustia” que
asciende desde el sexo hasta la nuca, difícilmente expresa-
ble en palabras y que Franfois intenta transm itir con ges­
tos, comparando esta sensación con las crisis de asma de
su infancia. Angustia y orgasmo serían sinónimos.
Dos versiones de una sucesión de los hechos que de
contradictoria sólo tiene la apariencia: la prim era está
dada en el movimiento del primer relato; la angustia es tal
que F ra n g ís llama a su madre; ésta se presenta, m uestra
un vivo interés respecto del suceso, confirma el contenido
de las voces condenando la práctica: “Si haces esto, te vol­
verás loco”.
De acuerdo con la segunda versión, F ra n g ís es sor­
prendido por su madre en el baño; ella ve en el suelo la
mancha, con “su famosa m irada penetrante”, pone el dedo
encima y condena de la misma manera. Frente a frente con
la madre presentado como una inversión de situación que
la pubertad adquirida autoriza; afirmación prohibida,
como lo revela este lapsus: “Tengo miedo de que mi madre
no se dé cuenta de mi eyaculación” en vez de decir lo con­
trario.
Dos corolarios para este acontecimiento:

— inicio de una semiología de angustia cuyo tem a es


el encierro;
— Fran^ois utiliza de m anera privilegiada, para la
práctica m asturbatoria, un fetiche, un pañuelo.

La tela es triangular, “como la pilosidad pubiana de su


madre”. Frangois vio a ésta cuando la ocultaba o porque la
ocultaba con sus manos, especialm ente en una escena
encubridora relatada con posterioridad.159 El objeto parece
haber pertenecido a su m adre, o al menos recuerda un
famoso camisón; el muchacho lo utiliza para ceñir el sexo y
ocultarlo a su propia mirada; el fin consciente es entonces
impedir mecánicamente la erección que se desarrolla no
obstante “hasta la eyaculación sin que sea necesario mas-
turbarse”. El pañuelo reemplaza a la mano; F ra n ^ is no
soporta la visión de su sexo en erección, que provoca pre-
cordialgias. El fantasma que acompaña entonces a la erec­
ción enmascarada es el de un cuerpo de adolescente o de
un niño varón erigido y desnudo como sobre la cuerda de
un funámbulo, o suspendido en el reborde de una puerta o
de un armario; único fantasm a homosexual de la cura. Ver,
no ver el sexo, forma parte de las ventajas del pañuelo, que
“esconde mientras revela la protuberancia”; de este modo,
por la manaña, solo en su casa, “se masturba por deber”,
dice, verbo que lo sorprende y que él explica por un juego
de palabras silábico. Habitualmente, este pañuelo envuel­
ve la cabeza: esconde-sexo, esconde-cabeza, son las asocia­
ciones.
La angustia de esta prim era eyaculación lo incita a
renunciar a la práctica m asturbatoria o a encerrarla en un
ritu al fóbico (por ejemplo, golpear tres veces su muslo,
cambiar de habitación o de cama). Reencuentra los ritos
que utilizaba para enmarcar ciertos placeres de funciona­
miento infantil, especialm ente orinar. La invención del
fetiche dura unos meses antes de que su utilización deje de
justificar estos rituales.

El fetiche es una invención cuyo objetivo es perm itir la


prosecución de la actividad genital masturbatoria, la prác­
tica de la eyaculación. El pañuelo se origina en representa­
ciones presexuales reprimidas pero su materialidad afirma
una novedad radical; sin él, la genitalidad carecería de
objeto (o, lo que es equivalente, estaría sometida al terror
de la madre fálica); si Dora permanece en su presentación
clínica según una problemática fundamental de la niña,
deseo-seducción, Franfois en busca del objeto exterior está
coagulado en una preocupación de consolidación del yo:
objeto a encontrar, más que a reencontrar. El fetiche es
sustituto, ersatz del objeto genital complementario (par­
cial); su práctica afirma la necesidad de un objeto comple­
mentario sin dejar de negar al otro sexo, la vagina; comple-
mentariedad transitoria. A este título, mantiene lo que M.
Laufer denomina vínculo con el cuerpo sexuado; impide la
fractura. El pañuelo es el complemento sexual sobre el que
descansa el funcionamiento genital: sin él, el traum a de la
pubertad corre el riesgo de barrer el cuerpo sexuado, en el
momento de su origen; salva el funcionamiento del pene
(erección, eyaculación) del peligro pregenital; sin cuestio­
nar la representación del sexo femenino, asegura una ade­
cuación transitoria. La práctica del pañuelo marca una
escisión del yo en la pubertad y procura anular sus efectos;
por su parte, se afirma la realidad puberal, por la otra, se
la niega; el fetiche mantiene el vínculo entre estas dos par­
tes del yo.
Este modesto trabajo no podría retom ar los consideran­
dos teóricos de las investigaciones actuales sobre el fetiche.
La teoría del caso en la proximidad de los fantasmas del
paciente nos conduce a privilegiar la comprensión en reía-
ción con “la cavidad que contiene el cuerpo materno”.160
A través de este enfoque de la problemática fetichista
se construye un objeto sexual con el afán de preservarle
una constitución al yo; juntura de articulación entre el nar­
cisismo primario dual (madre-hijo) y el narcisismo secun­
dario. De m anera falsa o transitoria, la materialización
fetíchica restaura una continuidad amenazada, repitiendo,
volviendo a jugar el modelo de la complementariedad anal
ya encontrada por el sujeto en su historia. El riesgo que el
pañuelo debe evitar es para Fran^ois el de la “experiencia
psicótica” tal como se lo localiza en la audición de la voz de
la madre en el momento de la primera eyaculación.

2 I E l recuerdo encubridor

En una nota de 1920 a los Tres ensayos, S. Freud rela­


ciona la formación del fetiche “con una fase superada y
olvidada del desarrollo sexual”; el fetiche representa al
recuerdo encubridor, “del que es tan sólo un residuo, por
así decir el precipitado”. El relato que sigue tiene significa­
ción de recuerdo encubridor. Retomado a menudo en la
cura, inaugura el comienzo verdadero del funcionamiento
asociativo en sesiones, tras un período de quejas sintomáti­
cas operativas sin compromiso analítico real. En las sema­
nas siguientes surgirá “la escena puberal”. Tenía unos tres
años. Volvía del retrete “para la suelta de una deposición”
al pequeño departamento que ocupaba en esa época solo
con su madre. La puerta del dormitorio de ésta estaba
entreabierta; él la vio con su amigo,161 que “muy probable­
mente hacía el amor”. En realidad, vio poco: las sábanas
formaban una protuberancia, un bulto enorme en la
cama;162 tal vez recuerda la cabeza morena del amigo de su
madre, dos cabezas que salían de las sábanas en las que
estaban sumergidos los cuerpos. Siempre guardó rencor a
ésta por esa secuencia, pero nunca a su amigo. Corrió por
el pasillo para regresar a su habitación, se acostó y lanzó
unos grititos, como unas “risas sardónicas”.163 Su madre lo
siguió a su habitación poco después, en camisón; él
recuerda todavía la mano que puso ella delante de su sexo
cuando abrió la puerta de esta habitación; “esa m ujer
asquerosa no es mi madre”; la mano ocultaba el triángulo
pubiano y lo indicaba.164
Los fantasmas asociados a esta escena se organizan en
torno a una suerte de reproche dirigido a su madre, que
“debió conservar vacía su vagina después de nacer él”; “él
debió estar siempre seguro de que su vagina no contenía
nada”; su impresión es estar situado aún en ella y por lo
tanto apretado, sofocado por el pene del amigo, “apretado a
lo largo de los tabiques, incapaz de salir: angustia”. Se vive
como “orgánicamente dentro de su madre, al lado de la
bolsa de aguas” (este último comentario se asocia al hecho
de que su asma de la infancia curó en la pubertad durante
un ahogamiento en el que perdió el conocimiento). “Mi
madre conserva mi cuerpo; soy expropiado de él; sólo mi
cabeza está quizá fuera de ella.” Durante los años ulterio­
res de su tratam iento la escena sufre algunas modificacio­
nes que señalan la evolución de Frangois. Si el amigo no
figuraba de ninguna otra m anera que por su cabeza (objeto
parcial salido de las sábanas), se completó después de
m anera paralela a la diversificación de la sexualidad de
Franfois (en particular, cuando comenzó a tener relaciones
sexuales sostenidas con una misma chica). La parte supe­
rior de la espalda apareció, y pronto unos movimientos; por
último, recuerdos de su presencia en el departam ento
durante los fines de semana volvieron según un modelo
agradable y pronto ambivalente, a veces francamente agre­
sivo. La escena primitivamente silenciosa se enriquece con
palabras:
El: “¿Te hago daño?”.
Ella (con una voz en off, vocecita de televisión): “Sí...
quiero decir no”.
Al mismo tiempo que estas palabras, volvió a su memo­
ria un fantasm a que pronto juzgó como “obsesionante en
esa época e insoportable”: podía llegar un hermanito, inme­
diatamente asociado con su “falta de padre” confusamente
sentida, confirmando lo que m ostró reiteradam ente S.
Freud: que la curiosidad sexual de los niños es ante todo
una curiosidad por los orígenes o la filiación. De su padre,
nunca dirá otra cosa. De su m adre, a propósito de este
recuerdo encubridor, dirá con mucha frecuencia: “Es un sis­
tema perfecto, sin fallas, madre y padre a la vez, que me
protege de todos los peligros”; siendo el peligro, evidente­
mente, su propia agresividad, “que separa”.

El régimen de funcionamiento tiene su inscripción


espacial:
— los elementos están distinguidos;
— se cuestiona el adentro y el afuera como coordena­
das constituidas.

Si la angustia simbiótica está cerca, la problemática es


la de la com plem entariedad continente-contenidos (nos
interrogaremos sobre este último plural). En la rica fantas-
m atización y en los sucesos relatados hemos efectuado
cierta clasificación temática: el encierro, la expulsión, la
seducción, “las actividades libidinales de salud”.
1. La escena se sitúa en la “g ru ta m aterna”, que él
llama a menudo vagina y que parece más bien la cavidad
anal.165 Consideramos prueba de ello el paralelo asociativo
obligado a lo largo de toda su cura, entre madre [mere] y
mierda [merde]. Durante toda su infancia, Frangois se negó
a decir la palabra mere, y en cambio decía mother; la pala­
bra mere, que sólo podrá pronunciar en el tercer año de la
cura, aparece asociada de manera impulsiva a merde. Su
modelo es ambivalente, y en ciertos momentos violenta­
mente sadom asoquista o haciendo referencia a deleites
pasados: mar [mer\ cálido, merde caliente y blanda en la
que no se distinguen los puntos de referencia. Encierro no
fusional, sin embargo, que perm ite la descripción de la
imagen del cuerpo en este extraño ambiente. Franfois
puede vivirse como totalmente interior al cuerpo materno,
ciertas partes de su cuerpo emergen sin embargo, suscepti­
bles entonces de pertenecerle por entero, concretamente la
cabeza y el sexo, cuya emergencia permite el desajuste res­
pecto de la interioridad.
La escena representada es triangular. En la cavidad
personalizada se enfrentan, según el modelo parcial, dos
elementos: el sujeto y el pene del amigo; libreto del orden
de la triangulación preedípica notablemente definida por
R. Mises:166 “En esta integración del padre en el conflicto
binario: por un lado deviene efectivamente el soporte de la
frustración proyectada, por el otro desvía hacia él una
agresividad peligrosa para el objeto, por último se opone
eficazmente a las agresiones dirigidas contra la m adre”;
este freno rudim entario lim ita el poder de investir a la
m adre de m ane