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UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS


MAESTRIA EN ANALISIS DEL DISCURSO

Seminario: Prácticas Sociales de la Lectura y la Escritura


Profesores a cargo: Dra. Mariana di Stéfano y Mgter. Amelia Zerillo
Año: 2018
Alumno: Martín Javier Hermida
DNI: 31.344.828

La comunidad discursiva parlamentaria en el debate por el


Descanso Dominical (1904)
Entre fines del siglo XIX y principios del XX se constituyó la Argentina moderna.
Con esta circunstancia histórica coincidieron el triunfo del grupo político liberal de la
“Generación de los Ochenta” y la formación industrial de la República (Aspell, 1980).
Nació también el proletariado urbano, como fenómeno social de nuevo tipo en la
sociedad rioplatense, junto con un fuerte movimiento sindical (Tortti, 2007). Huelgas,
boicots, atentados y manifestaciones diversas, algunas de ellas concluidas trágicamente,
fueron jalonando a lo largo de todos estos años la historia del movimiento obrero (Rock,
2006).
Al mismo tiempo, como lo señala Suriano (1989), ya desde el siglo XIX surgieron
en Argentina tendencias bismarckianas de un tratamiento político a la cuestión, proveyendo
iniciativas asistenciales que tendieran a prevenir los riesgos de explosiones sociales.
En paralelo a ese proceso, comenzaron a surgir los primeros intentos de legislación
laboral. Fue Joaquín V. González, un conservador humanista y de mirada amplia, quien
encaró en 1904, a tono con el avance sobre el problema obrero, la elaboración de un
ambicioso proyecto de Ley Nacional de Trabajo, cuyo objetivo respondía no sólo a la
necesidad de hallar respuestas y de frenar el conflicto social, sino también a la de
integración plena de los trabajadores al sistema (Aspell, 1980).
El proyecto de Ley Nacional de Trabajo contemplaba la regulación del descanso
hebdomadario en el título VI, que disponía la prohibición de trabajar en los días de año
nuevo, Viernes Santo, Corpus Christi, Navidad, 25 de Mayo y 9 de Julio, amén de los días
domingo, con excepción de los establecimientos que por la índole de su desempeño,
debieran trabajar durante dicho día (González, 1935).
Como la Ley Nacional de Trabajo no había sido aprobada, Palacios presentó moción
concreta para que se tratara por separado la cuestión del descanso obrero. Así, la ley 4.661
de 1904 constituyó la primera ley argentina en materia de trabajo.
El debate para la aprobación del Descanso Dominical se realizó en la Cámara de
Diputados, el 22, 23, 26, 28 y 30 de Septiembre del año 1904. Los Diarios de Sesiones
correspondientes a estas fechas son nuestro corpus de investigación.
Nuestro trabajo se propone analizar la conformación del colectivo de parlamentarios
que aprueban la ley. Reconstruiremos la práctica específica de lectura y escritura a través
de las huellas que remiten al sistema de representación e ideología de los sujetos
intervinientes.
La hipótesis de este trabajo es que, en el debate del Descanso Dominical, los
parlamentarios conforman una comunidad discursiva romántica e ilustrada, con una
perspectiva ideológica clara: dar lugar a una reivindicación obrera para paliar la
conflictividad social.

La especificidad del debate parlamentario


La interacción en el debate parlamentario es compleja. Si lo observamos como un
juego de roles, las funciones son ocupadas por los diputados, el presidente de la Cámara y
el auditorio, cuyas funciones están ideológicamente sujetas a las restricciones del contexto
institucional en donde se desarrollan las interacciones (Dumm y Bifonte, 2006:1).
El debate se plasma en el Diario de Sesiones. Esta versión taquigráfica posee una
manera particular de codificar los discursos. Registra lo expresado en el recinto en función
del rol institucional que cada legislador ejerce quedando fuera toda intervención que no se
enmarque en el debate parlamentario en sí -desde algunas conversaciones realizadas fuera
del marco reglamentario, hasta conversaciones de carácter más social que dos o más
parlamentarios puedan tener en sus bancas, pasando por las réplicas que se formulan hacia
y desde el público, muchas veces presente en las sesiones. En síntesis, los taquígrafos
toman nota sólo del diálogo institucional. Esto constituye el material con el que se elabora
el Diario de Sesiones (Reynoso et al, 2004).
La escritura en este Diario de Sesiones responde no sólo a criterios de funcionalidad
(en este caso, la aprobación de la ley), sino también de desigualdad (Cardona, 2001). Esta
desigualdad se observa, primero, en que los parlamentarios son hombres. Esta división
entre hombres y mujeres también fue parte de la historia de la escritura y de las variedades
lingüísticas (Cardona, 2001). Así, la jerarquía de género que habitaba en el mundo social
tiene su correlato en el Parlamento. Segundo, el ethos construye una identidad social en
función de la legitimidad por formación, basada en el saber y la experiencia, lo cual es un
indicio del carácter representativo-delegativo de la instancia legislativa. Este ethos, que
podríamos llamar intelectual, puede verse en las instancias de reformulación parafrástica,
en tanto evidencias del movimiento de reflexión discursiva (Garcia Negroni, 2009). Los
marcadores “es decir”, “mejor dicho” y “digo” son los predominantes en el texto: “Puede el
Congreso, en este momento, pronunciarse adoptando la fórmula del señor diputado por la
Capital, es decir, votando el proyecto en su carácter de legislatura local de la capital, sin
pronunciarse en definitiva sobre á quien corresponde la cuestión” (LEY 4.661:582). De este
modo, los parlamentarios muestran una imagen de sí como la de sujetos teóricamente
amplios, serios y rigurosos.

El topoi parlamentario
En este debate, las cosmovisiones acerca de la situación social y/o política
representan la cuestión que define el discurso: se trata de un derecho que los obreros
merecen, por razones casi “humanitarias”. Entre otros ejemplos, podemos citar a Varela,
quien afirma que “se trata de la ley más fundamental y urgente que tenemos en cartera”
(LEY 4.661:571), a Argerich (“Creo que el descanso es un derecho y que la ley debe tender
á ampararlo” LEY 4.661:577) y a Palacios (“Es una cuestión que afecta la integridad de la
sociedad misma” -LEY 4.661:582).
Este topoi -en tanto lugar común argumentativo y de creencias de una colectividad,
relacionado con la cultura y la época, que garantiza el encadenamiento argumentativo
(Ducrot, 1998)- está anclado en una tendencia a tratar el problema obrero en Argentina
como una cuestión de Estado, encerrándolo en una institucionalidad que prevenga los
riesgos de explosiones sociales.
Ahora bien, el topoi no puede estar desligado de ciertas formas argumentativas,
exigibles a los miembros de una comunidad discursiva. En el ámbito parlamentario, esto
puede verse en: a) la competencia y la experticia, donde predomina el logos, en tanto
palabra meditada, reflexionada o razonada; b) el tono protocolar, calmo, moderado, en el
que se vuelve evidente una carga ritual del Parlamento; c) el uso de vocabulario o
terminología técnica (léxico legislativo); y d) presencia de oraciones largas rigurosas. De
este modo, aparece construida una identidad social en función de la legitimidad por
formación, como ya señaláramos anteriormente. Los parlamentarios producen un encuentro
argumentativo que necesita un lenguaje común, un lugar físico o virtual para acogerlo y, en
los casos más elaborados, una institución que los organice (Plantin, 2012).
Es interesante observar también que las intervenciones, al tener lugar en la
institución del parlamento, van a darse en términos formales (“Pido la palabra” -LEY
4.661:553, “¿Me permite una interrupción?” -LEY 4.661:582). Esto es porque las reglas de
la interacción parlamentaria están basadas en el conocimiento general compartido y en
situaciones contextuales en común. Implican valores -tanto concretos como abstractos-,
jerarquías, hechos y verdades que pueden constituir puntos de partida (Perelman y
Olbrechts Tyteca, 1989). Desde la antropología lingüística, diremos que este modo de
expresarse es parte de la ideología lingüística del grupo de parlamentarios, en tanto sistema
de representaciones de un grupo social específico sobre el lenguaje que es producto de los
intereses colectivos. Estas ideologías se articulan con “formaciones culturales, políticas y
sociales específicas” que requieren de una institucionalidad -el Parlamento- “desde la que
se producen y reproducen organizadamente en beneficio de formas concretas de poder y
autoridad” (Di Stéfano, 2013: 21).
En este sentido, las estructuras desde las cuales los agentes “aprehenden” el mundo
social son la esencia e interiorización de las estructuras del mundo social (Boudieu, 2000).
Es decir, lo estructural pesa en las relaciones sociales. Por eso el espacio parlamentario
también es un espacio simbólico, un espacio de estilos de vida de grupos de estatus.

El habitus parlamentario
Estos esquemas de obrar, pensar y sentir asociados a la posición social son definidos
como habitus (Bourdieu, 2000). A partir del habitus, los sujetos perciben el mundo y actúan
en él. El tratamiento de la cuestión del descanso dominical es visualizado desde la escritura
como un debate entre ilustrados, hombres de leyes, desde un discurso pedagógico
racionalista al que adhirieron una variedad de grupos sociales progresistas, laicos y
librepensadores de la época (Di Stéfano, 2013).
Según Bourdieu (2000), la legitimación del orden social proviene de la aplicación
de estructuras de percepción y de apreciación a las estructuras objetivas del mundo social
de donde provienen. Las relaciones objetivas de poder tienden a reproducirse por el capital
simbólico adquirido y legalmente garantizado. En este sentido, los diputados son
representantes de órdenes enunciativos mayores: los bloques políticos e ideológicos. La
mayoría son también abogados y escritores, y juegan un rol político importante en sus
partidos, gracias a una extensa trayectoria. Los hay de diversos abanicos políticos, desde los
conservadores (Mariano de Vedia y Mitre) a los radicales (O´Farrell), pasando por los
socialistas (Palacios). Todos ellos usan una fraseología de izquierda (a favor de la clase
obrera) mezclada con una idea de republicanismo muy arraigada.
También hallamos un espacio de regularidades de índole romántica, que se expresa
en una ética de defensa de ideas y principios vinculados con los sectores populares. Las
intervenciones también ratifican el desplazamiento del tratamiento político del tópico hacia
aspectos asociados con la persona y el ethos del hombre común. Los argumentos se
sostienen por la moral individual como valor (“Voto con toda tranquilidad esta ley, porque
responde á una necesidad sentida en todo el país” – LEY 4.661:590). El vocabulario
(“clamor”, “derecho”, “necesidad”, etc.), y las marcas estilísticas, el ritmo y el orden de las
palabras, sirven para articular una identificación con los trabajadores, formando así una
matriz romántico-popular.
Por ejemplo, la reivindicación de algunas provincias surge como un signo de
igualitarismo respecto de la aplicación del descanso obrero: el diputado Luro exalta
costumbres y tradiciones de Santa Fé para rechazar el domingo como día elegido para el
descanso. Esta dimensión emocional del discurso apoya la orientación argumentativa de los
parlamentarios y lleva a una reflexión política integradora, de la que, en muchos casos, se
deriva una propuesta de acción política (Arnoux, 2008).
Por otro lado, apreciamos un ideal roussoniano de la voluntad general, que imperaba
en la época e implicaba delegar la soberanía individual ante un ente superior (“Por otra
parte, hay otra tendencia moderna que se va generalizando también, especialmente en los
países democráticos, y es que las leyes, cuando se trata de las libertades individuales (…)
deben tener igualdad en todo el territorio del país. (…)Esto clamaría en contra de la
igualdad que es la base de la constitución en un país republicano” -LEY 4.661:589).
El discurso se puede volver también cientificista y racional. Por ejemplo, a través
del “higienismo”: “(…) Tratándose de los animales, por razones de higiene legislamos con
carácter general, tratándose de los obreros en una cuestión que afecta la integridad del
trabajo, la integridad de la sociedad misma, con mayor razón debemos aplicar el mismo
criterio” (LEY 4.661:.582). La cita nos habla de una racionalidad que apela a la inteligencia
de sus destinatarios más allá de sus pertenencias ideológicas. La moral pública se asienta
entonces en un concepto de ciudadanía que implica un uso público de la razón (Arnoux
2008).
La práctica lectora constituye un espacio en el que emergen rastros del
pensamiento iluminista. Hay objeciones y críticas a partir de argumentaciones que hacen
eje en leyes locales y extranjeras. Por ejemplo, se hace mención al “Código civil”, “las
leyes de Indias”, “la legislación de los Estados Unidos”, “la ley francesa de 1880”, “la
Constitución”, entre otras normas. Como comunidad lectora (Chartier, 1994), los
parlamentarios apuestan al saber previo de su público, que son, en su mayoría,
parlamentarios también, lo cual homogeniza el discurso. Pero las leyes se inscriben en una
matriz cultural que no fue la original: aquí sirven de apoyatura a una ley obrera (“Para
concluir esta breve reseña de la legislación extranjera, diré que el descanso dominical es
obligatorio en la mayor parte de los estados que forman la Unión norteamericana” -LEY
4.661:550) Las lecturas (de leyes, en este caso) se presentan como generadoras de
discursividad, no sólo porque los discursos retoman lo que los textos fuente dicen, sino
también porque estimulan modos de decir (Di Stéfano, 2013). Asimismo, las lecturas
exponen procesos identitarios y suministran explicaciones, si bien parciales y provisorias,
de la identidad política que se construye (Arnoux, 2008). La legitimidad se nutre de los
estereotipos de época, basándose necesariamente en modelos culturales. Como ya
señalamos, el pensamiento argentino de esta época era compatible con el de la Ilustración
europea. Esta idea formaba estereotipos de políticos intelectuales, formados en el saber y la
retórica como un todo (Chiaramonte, 2007).
Las luchas simbólicas, a propósito de la percepción del mundo social, tienen un
aspecto objetivo colectivo, en cuanto acciones de representación que hacen ver ciertas
realidades, y un aspecto objetivo individual, referido a las estrategias de manipulación de la
imagen de sí mismo (Bourdieu, 2000). En relación al primer punto, podemos inferir que los
parlamentarios se autorrepresentan con un “nosotros” (exclusivo) que tiene el deber de
aprobar una ley para los “argentinos” (nosotros inclusivo). Sobre el segundo, podemos
englobar las declaraciones emotivas de los parlamentarios sobre el problema obrero, en
orden de tomar partido activo por su causa, que refieren al concepto de pathos. Hay
también un aspecto subjetivo (Bourdieu, 2000), que observamos en el empleo de las
palabras y nombres que construyen la realidad social y la expresan. En este sentido, el
discurso está habitado por distintos tipos de entidades (Verón, 1987): “los ciudadanos”,
“los obreros”, “los trabajadores”, “hombres de la capital” y “el patrón”/”los patrones” son
las más repetidas. También hay formas nominalizadas constantes como “el problema del
trabajo obrero”, “las relaciones entre el obrero y el patrón”, “la solución de las dificultades”
y “grave cuestión de política”.
Pero el habitus no sólo funciona como un esquema de percepción, sino también
como un dispositivo para la acción, y expone las divisiones del universo social, a la vez que
contribuye a establecerlas (Bourdieu, 2000). La acción, en este caso, es el intento de
concreción de una ley, mientras que las divisiones exponen una diferencia tajante con los
llamados socialistas “rojos” (LEY 4.661:548) y con la “anarquía” (LEY 4.661:607).

Un problema de clase
Coincidiendo con Maingueneau (2008), las posiciones de los sujetos en la estructura
de clase, en este caso dirigentes políticos, liberales en su mayoría, componen un discurso
único, una representación consensuada. De esta forma, el discurso tiene un elemento de lo
“no dicho”, que silencia otros aspectos del fenómeno, otras voces, como todo discurso
ideológico. Por ejemplo, Palacios, pese a su filiación política (Partido Socialista), nada dice
de la alienación que experimenta el trabajador por causa de la explotación a la que es
sometido. Pero hay ante todo una visión pluralista, en el sentido de que todas las fuerzas
pugnan por desarrollar una concepción suprapartidaria, estatista y equilibrada del país:
“(…)La voluntad de la cámara está ya expresada con la adhesión al proyecto en general.
Por consiguiente, el pensamiento está salvado y nosotros habríamos hecho algo práctico,
dejando una discusión estéril que nada va a resolver en el día de hoy” (LEY 4.661:607).
Todos los hombres de Estado presentes en el debate actúan en una etapa central del
Parlamento, que responde a unas circunstancias históricas muy concretas, propiciatorias o
favorecedoras de una legislación laboral. En 1904, la problemática social había alcanzado
proporciones impresionantes en nuestro país. En este contexto, el Estado instaba a eliminar
los conflictos provocados por las protestas obreras y alcanzar una armonía permanente con
el sector patronal (Suriano, 1989). El lugar, locus o tópico opera así como una máxima
ideológica (no traicionar a la clase obrera), un ideologema en términos de Angenot (1982),
cuya aceptabilidad es independiente de su empleo concreto en un discurso. Este tópico
opera como presupuesto para construir, en torno de la cuestión, respuestas que conducen a
distintos postulados sobre el descanso dominical: “La fisiología y la higiene exigen el
descanso semanal como condición fundamental para la salud pública, para mantener en
buen estado físico la raza y el pueblo” (LEY 4.661:596).
De este modo, detrás de los discursos en pugna hay un sustrato común que actúa
como sistema regulador global del debate parlamentario. Se trata de dar una salida
institucional al conflicto, en defensa del Estado. El descanso del obrero pasa a ser un
problema social y político, frente al cual el Estado como institución debe hacer frente. Esto
expresa un temor de clase por la cuestión obrera, que lleva al reformismo como salida a la
crisis. El discurso político aparece encerrado en el ámbito institucional; el debate debe
terminar en una ley que evite los estallidos sociales: “Yo creo que debemos limitarnos a
dictar una ley muy breve, una ley que contenga el propósito que a todos nos anima, una ley
de bien para el obrero, y no una ley de discusión ni complicada reglamentación” (LEY
4.661:577). Por ello, la percepción del mundo social es producto de una doble
estructuración: objetiva -porque está socialmente estructurada en el capitalismo argentino-
y subjetiva – ya que los esquemas de percepción expresan las relaciones de poder simbólico
(Bourdieu, 2000).
El Estado, en este sentido, se transforma en poseedor del monopolio de la violencia
simbólica legítima o en un árbitro muy poderoso en las luchas por ese monopolio. Esta
eficacia simbólica tiene más posibilidades de éxito cuanto más fundada está en la realidad
(Bourdieu, 2000: 140). En nuestro debate, las afinidades objetivas de los parlamentarios se
dan en orden del status social y cultural, y de concepciones políticas en común en torno a la
necesidad de un paliativo al problema obrero: “Puedo si decir, en nombre de todos, que al
despachar la ley del trabajo, no hubiéramos pretendido realizar un acto de socialismo
romántico que a virtud de una o de algunas leyes, como a virtud de uno o de algunos
crímenes, destruya el orden secular de la sociedad, reemplazándolo, en la esperanza de
algunos, por id caos, en la esperanza de otros” (LEY 4.661:548). El descanso dominical
está entonces en el orden del deber, de una necesidad deontológica.
Pero las representaciones sociales tienen carácter heterogéneo, dinámico, conflictual
y de reconstrucción permanente. Pueden ser transformadas por sus características
periféricas cambiantes y atentas a rasgos situacionales (Di Stéfano, 2013). Como ya
señalamos, el Estado instaba a eliminar los conflictos provocados por las protestas obreras
y alcanzar una armonía permanente con la patronal. Las diatribas contra este último sector
no son otra cosa que adaptaciones de clase temporales, para paliar una situación externa
claramente desfavorable a la clase obrera. Podemos entender, sin embargo, que los agentes
pueden organizarse y diferenciarse por principios de división distintos a los factores
económicos y culturales (Di Stéfano, 2013). En este sentido, una cuestión que provocó
disidencia fue la referente a si el congreso tenía la facultad para dictar una ley de carácter
nacional o si debía circunscribirse a sus facultades de legislatura local (LEY 4.661:622).

Conclusión
La imagen de parlamentarios sensibles y responsables que velan por el conjunto de
los obreros es una máscara que esconde intereses de clase. Los parlamentarios tienen una
idea definida acerca de la manera de actuar para resolver el problema obrero: a través de la
legalidad parlamentaria. Esto está relacionado al concepto de representación social, en tanto
elementos que se interponen entre la percepción de los individuos y la realidad. Estas
representaciones participan en la definición de la identidad de una persona y un grupo,
dentro del campo social. Entonces, el análisis de un discurso quedaría incompleto si no se
tomara en términos sociales, dentro de un proceso hegemónico, con clases en conflicto y
una lucha por el sentido. La constitución dialógica de este debate asume entonces un papel
teatral en el que la meta es negociar soluciones políticas y alcanzar acuerdos que den forma
a una ley (Marafioti, 2007). En este sentido, las marcas, indicios y rastros de la superficie
discursiva remiten a una formación ideológica.
La lectura que el Diario de Sesiones construye es concebida como una herramienta
en el proceso de apropiación y construcción de conocimientos. Pero el lenguaje es pensado
también como un ámbito de la vida social susceptible de ser objeto de la acción política (Di
Stéfano, 2013). El discurso observado en la práctica parlamentaria no es ajeno al objetivo
de disciplinar a la clase obrera.
Así, el discurso político de los parlamentarios está asociado a la posibilidad de
construir un espacio simbólico para la configuración de identidades colectivas y la
resolución de los problemas del presente. El voto positivo al Descanso Dominical no es
más que un frente de lucha ganado ante la prédica anarco comunista local, en auge a
principios del siglo XX.
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