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EL PAIS › OPINION Martes, 24 de mayo de 2016

El suicidio
Por Horacio González

El suicidio es un acto donde se manifiestan, en un último residuo de


voluntad, los signos de disonancia profunda sobre la existencia propia.
Esto parece que lo explica todo, pero no sin relacionarlo con otros signos más inescrutables, que ya no
explican nada. Son los que sumergen al suicida en un espacio hermético o indescifrable, pues siempre
quiere decirle algo a sus contemporáneos, a sus conocidos, a su familia, a la justicia o al Estado. El no
deseo de vida y enjuiciarse a sí mismo como no merecedor de seguir gozándola, implica un tipo especial
de culpa o aceptación del más alto precio que se paga para enviar el póstumo mensaje de socorro o de
resarcimiento. A veces el suicida busca un final patético para provocar un espejismo artístico muy lúgubre,
pues imagina una estética ruinosa como mortaja para su propia muerte. Su voluntad será puesta en duda y
quizás pueda seguir llamándosela así aunque el perito le ponga el nombre de arrebato y dictamine
“enfermedad”. Por supuesto, hay diferentes tipos de suicidio; los jueces y escritores avezados lo saben.
Rodolfo Walsh, en su cuento “Nota al pie”, trata el suicidio del traductor León de Santis como el de alguien
que decide matarse para darle valor a su último escrito, no una traducción sino una nota sobre su vida y
sobre el callejón sin salida del acto de traducir. Es un suicidio literario, una imputación del hombre rutinario
(que ahora deja de serlo) hacia los empleadores, que son apenas indiferentes y reciben ahora la
impugnación del suicida.

Episodios de suicidio como este tienen tanta irreductibilidad, que nunca podrían encuadrarse en las tablas
estadísticas y categorizaciones que presenta Durkheim en su conocido libro El suicidio. Allí dice que “en
cualquier momento dado la constitución moral de la sociedad establecía el contingente de muertes
voluntarias”. Extraña frase, la sociedad es la que determinaría quienes habrán de suicidarse y la categoría
bajo la cual lo hacen. En los suicidas se demostraría una causa necesaria en “la constitución moral del
sociedad”, pero su acto mortal sería imprescindible para asegurar el funcionamiento colectivo. Es así que
las estadísticas, cada año, originan “legiones de suicidas” catalogados según la mayor o menor presencia
que tenía en ellos “la moral colectiva”. Es así que las tablas estadísticas de suicidas tienen el poder de
realizar esa llamada, año tras año, para que los diferentes tipos de suicidio se vayan engrosando hasta los
límites necesarios. Extrañamente, las estadísticas representan una fuerza colectiva de energía propia, que
se aloja en cada individuo para que cumpla con las cifras reclamadas por los catálogos “en nombre de la
sociedad”. Se precisan cuotas de individuos que inevitablemente cumplan con los porcentajes y
modalidades de suicidio imprescindibles a cada período. Las estadísticas, en Durkheim acaban siendo un
acto del destino. Los destinos individuales los traza la trama moral de la sociedad. No parece que esta idea
pueda explicar la infinidad de suicidios existentes, que quizás sean el mojón limítrofe de la ética, aunque
no de la filosofía, como suponía Camus.

No son aptos para la clasificación los suicidios que implican “pactos” para rehusar lo que se imagina que
sería una vida de insoportable, tanto en la senectud como en la clausura de un camino político que se
piensa como fracaso y quizás se torne memoria vital si el interesado se convierte en kamikaze. ¿Cómo
explicar el suicidio del cubano Paul Laffargue, que junto con su esposa Laura Marx, hija del autor de El
Capital, conciertan mutuamente su muerte ante el fantasma de la vejez? Este suicidio origina un atónito
rastro de congoja en las filas de lo que entonces eran los incipientes partidos socialdemócratas-marxistas
de Europa y Rusia. Otro cubano, Chibás, el político más popular de la isla, fundador de un partido que
contaba con las simpatías del joven Fidel Castro, se suicida en 1951 –ante una acusación de corrupción
gubernamental para la que, parece, no tenía las pruebas necesarias–, al finalizar su programa de radio.
Antes lee un famoso alegato, “El último aldabonazo”. Se dispara un tiro en el vientre luego de terminada la
lectura de su manifiesto leído en la transmisión radial. En la teatralidad del acto suicida, es difícil alcanzar
ese punto de conjunción entre lo político convertido en íntima desazón y el aleccionamiento que significaría
un disparo que podría ser escuchado por miles de oyentes. El disparo de Alem en su carruaje no fue
escuchado por el conductor del vehículo, pero no estuvo exento de singular dramaturgia. Entraba a comer
al “Club del Progreso” un ilustre cadáver con su frase perdurable: “Para vivir estéril, inútil y deprimido, es
preferible morir”.

En un libro de Janik y Toulmin, La Viena de Wittgenstein, se toma bastante en serio aquel misticismo
estadístico insospechado de Durkheim, y se dice que en la época de los Habsburgo, en el Imperio Austro
Húngaro, se suicidan –y la lista es larga– Ludwig Boltzmann, padre de la termodinámica; Otto Mahler,
hermano del compositor; Georg Trakl, el gran poeta, Otto Weininger, escritor del excepcional libro Sexo y
carácter, tres de los hermanos mayores de Wittgenstein; el general Von Uchtalius, diseñador de novedosos
cañones; el Príncipe Rodolfo y la baronesa María (“Los amantes de Mayerling”) y el bien conocido Coronel
Redl. Años después –fuera de la atmósfera del Imperio Austro Húngaro–, lo hará el austriaco Stefan
Zweig, en 1940, en Brasil, ciudad de Petrópolis. Zweig estaba atormentado por la guerra, y se gana la
reprobación post-mortem de Thomas Mann. No hay que suicidarse ante los males del mundo, hay que
señalarlos virilmente.

Pero volviendo a la primera década del siglo XX, en Austria-Hungría se había suicidado el jefe de
inteligencia del Imperio, el mencionado coronel Redl. Sobre el caso, hay una obra de teatro de John
Osborne, A patriot for me, y la interesante película (1984) de Itzvan Szabó, Coronel Redl, con una
escenografía impresionante para la escena de suicidio. Con lo impreciso que es este término, se trató de
un “suicidio inducido”, pues Redl era el jefe de Inteligencia del Reino y no conformaba a los Habsburgo,
descubriéndose luego que trabajaba para la agencia secreta de Zar de Rusia, la oscuramente célebre
Ojrana. El Estado Mayor Austro-Húngaro, consciente de la gravedad de la situación, presentó el suicidio
como un arrebato de culpa originado en la homosexualidad del Coronel, para encubrir lo que realmente
importaba bastante más, que eran los actos de espionaje por los que Redl pasó todos los planes militares
del Imperio a la inminente enemiga: Rusia.

Es absurdo catalogar suicidios, pues el suicidio llamado “inducido” coincide a veces con el denominado
suicidio “altruista” u “honorífico”. Ante el develamiento de un secreto insostenible, al culpado se le entrega
una pistola y una bala. No la pide, pero el círculo de hierro que se cierra sobre él, no le deja salida. Y
procede ante sus “culpas de Estado”, lo que da el pobre consuelo sociológico del “suicidio filantrópico”. El
sentimiento de “no ver salida” tiene ánimos políticos, económicos o simplemente mórbidos. Sobre el
suicidio de Esenin (1929), León Trotsky escribió una de sus tantas magníficas semblanzas, muchas de las
cuales contienen una extraña reflexión sobre este evento fatal. “Duro es nuestro tiempo, quizás sea uno de
los más duros en la historia de la humanidad llamada civilizada. El revolucionario nacido para estas
décadas está imbuido de un patriotismo furioso, por su época, que es su patria y su tiempo. Esenin no era
un revolucionario. El poeta no era ajeno a la revolución, pero no era afín a ella; el autor de Pugachov y de
la Balada de los veintiséis era un lírico en extremo íntimo. Pero nuestra época no es lírica. Esta es la causa
por la que Sergéi Esenin, por propia cuenta y tan temprano, se ha ido lejos de nosotros y de su tiempo; el
poeta ha muerto porque no era afín a la revolución” (Trotsky, Literatura y sociedad).
Esenin eligió ahorcarse. Hay un ligero punto de contacto con la idea sociológica de que el suicidio ocurre si
la sociedad se retira demasiado (o a la inversa, si se imprime demasiado) en la conciencia del suicida. Solo
que a diferencia de Durkheim, que ve al mundo como una regla moral objetiva, Trotsky ve otro tipo de
diferendo entre un nivel colectivo revolucionario, y las conciencias líricas que intentan alcanzarlo, aunque
no puedan superar un distancia, donde se aloja una punzante perplejidad, en última instancia, el suicidio.

No algo muy diferente dice Trotsky sobre el suicidio de Maiacovsky. “La barca se rompió contra la vida
cotidiana”, dice Maiacovsky sobre su vida íntima, en sus últimos versos. Y Trotsty concluye que la vida
cotidiana de Maiacovsky le arrojaba golpes que no eran posibles de interceptar elevando su potencia lírica.
Por eso las contradicciones entre una literatura regenteada por comisariatos culturales y su vida personal,
hayan sido resueltas –conjetura Trostky–, enviando “su barca al fondo”. Los personajes del Estado (de la
“literatura burocrática”) dictaminaron el “caos personal” del poeta, que nada tendría que ver con su vida
poética. En cambio, Trotsky concluye que el suicidio de Maiacovski –semejante al de Esenin–, se aloja en
la distancia histórica entre su vida poética y lo que impedían las fórmulas prejuiciosas del Estado.

Hay algo casi imperceptible que liga la idea de suicidio de Durkheim a la de Trostky. Ninguno le atribuye
importancia a los que las generaciones anteriores habían considerado como el suicidio por desesperación
amorosa, y como en todo suicidio, con su recado de sutil castigo a la dama que no supo romper con su
pequeño mundo burgués. Es el caso de “Werther”, que para nada es tenido en cuenta por el mencionado
sociólogo y el mencionado revolucionario, pues en un suicidio siempre interviene un obstáculo social mal
resuelto y un deseo recóndito de impugnar el mundo. Pero en el caso de estos dos pensadores –tan
diferentes entre sí–, el suicida, finalmente, tiene la cualidad de ser un personaje del destino político y social
antes que del destino amoroso. No sabemos a quién le va a tocar, pero es el convocado por las turbias
fisuras de la sociedad. Sea la “burguesa” o la “revolucionaria”. Demostraría así que un mundo que parece
ensamblado bajo culturas homogéneas se caracteriza por toda clase de depresiones, desconocidas
energías y hendiduras solitarias contra las que el desesperado quiere vociferar, con su último acto,
diciendo que alguien tiene que pagar las culpas, sean o no sean propias.Trostky también destina largas
páginas a interpretar el destino de Joffe, un colaborador suyo que aún seguía en funciones en el Kremlin, y
que en su carta de suicida deja un tajante testimonio: años antes había escuchado en la propia voz de
Lenin, decir que “en 1905 Trostky tenía razón”. El suicida, que también estaba enfermo, había escrito en su
carta una frase que pertenecía a los secretos de Estado.

En la suicidogenia argentina, Erdosain paga su culpa, pero su suicidio es una acusación. En el suicidio de
Lugones, posterior al de Erdosain, también hay una recriminación con la forma de una herida arrogante,
que emite un quejido despechado y despectivo. A Macedonio Fernández lo había impresionado mucho el
suicidio de Lugones. Escribe que Lugones se había entregado a ese “fragmento fatal de tiempo” donde se
abisma el suicida, por lo que postulaba las leyes del “longevismo”, el máximo esfuerzo del hombre contra
la sociedad armada de un revólver que se “introduce en su psique”. Macedonio había leído a Durkheim
cuando joven, y sin abandonarlo nunca, lo pone cabeza abajo. Igual que Artaud con Van Gogh, el
“suicidado por la sociedad”.

Tratar de impedir un suicidio es tarea conocida. Sea el caso del literato que tardíamente le aconseja no
hacerlo al vate nacional, sacrificado por su propia mano desdeñosa; sea el caso del policía de San
Francisco que corre para detener al que quiere arrojarse del Golden Gate (en la Torre Eiffel hace tiempo
hay parapetos antisuicidas, como en tantos otros lados, por ejemplo, en transportes subterráneos o altos
edificios famosos). A la tarea suicida, todas las iglesias mundiales la encaran ceñudamente. Difícilmente se
apartan de un comprensible silogismo: el suicida atenta contra algo más que sí mismo; quiere competir con
el Creador al intervenir tan soberanamente en su vida, sintiéndose dispensado para quitársela. Pero poco
sabemos de los pasos sucesivos que un hombre va dando en su recorrido hacia su suicidio. Los da sin
interpretarse a sí mismo y desconociendo, como es obvio, cómo esos actos se van encadenando
involuntariamente en una conciencia enjaulada que se quiere libre. Pero un domingo específico, un día
póstumo señalado, desde las secretas sociedades en que podía estar involucrado, surgen llamados que le
evocan incorpóreas prisiones, que atraen toques a su puerta que él mismo demanda y que le acercan un
arma defectuosa aunque propicia. Son llamados que se le destinan desde la trama que él mismo conocía
demasiado, y siente que no tiene otra salida que dirigir el disparo contra sí mismo para que resuene en los
residuos de esa culpa que no atina a ver en él, o que difusa y arbitrariamente intuye retrospectivamente en
lo que fueron sus propios itinerarios. Alguien dijo que la existencia es hacer algo con aquello a que nos
incitan. ¿La libertad no es inducir otra cosa sobre esos mismos destinos a los que se nos induce? Los
suicidios suponen –el suicidio de Nisman supone– que hay veces que se llega tarde a esta comprobación.

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