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UNIVERSIDAD DE LA SABANA Facultad de Derecho y Ciencias Políticas

Teoría Política Clásica Segundo Semestre Profesor José Rodríguez Iturbe

Material tomado de la Segunda Edición (revisada y aumentada) del Tomo I de “Historia de las Ideas y del Pensamiento Político. Una perspectiva de Occidente”, de José Rodríguez Iturbe

LA CIVITAS ROMANA

EL CRITERIO PRÁCTICO-JURÍDICO

I. HISTORIA

25. Origen de Roma

La tradición señala a los hermanos Rómulo y Remo, amamantados por una loba, como los fundadores de Roma. Rómulo, será luego el primer Rey del período monárquico, aliado con Tacio, señor del Capitolio.

Durante los siglos X al VIII a. C. la que luego sería Roma era una zona de poblados secundarios en los cuales moraban gentes de los Montes Albanos junto con sabinos. Con los etruscos Roma se transforma en núcleo ganadero y de artesanía, beneficiada por la existencia de las salinas de la desembocadura del Tíber. Roma era el mercado del Lacio 1 .

1 Cfr. MOMMSEN, Theodor [1817-1903], Historia de Roma, vol I. (De la fundación a la República), Aguilar, Madrid, 1956, Lib. I, cap. IV, sobre orígenes de Roma, pp. 63 y ss.; como mercado del Lacio, pp. 66 y ss.

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La tradición, recogiendo la leyenda, señala como fecha de fundación de Roma el 21 de abril del 752 a. C. Desde entonces se distingue entre sus habitantes dos grupos sociales:

los quirites (los que viven en Roma, el populus romanus quiritium) y la plebs (la plebe).

La base de la organización social romana era la familia. Esta unidad está sometida al poder cuasi absoluto de su jefe, el paterfamilias. El poder que ejercía el paterfamilias sobre los miembros de la familia, que estaban plenamente sujetos a él, se llamaba patria potestas [patria potestad] o manus [literalmente, mano; indica que los miembros de la familia están bajo su mano].

El populus [pueblo] como comunidad, está estructurado de manera similar a la familia. El Rex [Rey] se ocupa del populus como el pater [padre] de la familia. El imperium [poder] del monarca es similar a la patria potestas del padre de familia. El origen de la monarquía romana es relativamente democrático. La condición real deriva de la elección de la asamblea de las curias (comitia curiata). Las curias estaban formadas por los paterfamilias. El Rex tenía el Senatus (Senado) como consejo asesor, de manera semejante a como el pater tenía para su asesoría el consejo de familia. Integraban el Senatus los jefes de las gentes (gens-tis, indicaba el conjunto de familias con un antepasado común).

Alrededor del siglo VI se realizó la reforma de Servio Tulio, por la cual se admitió en el ejército a todo varón que pudiera armarse, incluso cualquier varón de origen plebeyo (lo que anteriormente no estaba contemplado). Ese ejército de la reforma de Servio Tulio estaba organizado en centurias. Cada centuria debía emitir su opinión sobre cualquier declaración de guerra. Nacieron así las asambleas de centuria (las comitia centuriata). Al poco tiempo, al crecer la ciudad, las comitia centuriata, como veremos no estaban integradas sólo por los militares sino por aquellos que, según sus rentas, tenían la obligación de formar las centurias, armarlas y mantenerlas para atender a las necesidades de la defensa.

26. La Monarquía (752-509 a. C.)

La tradición habla de sólo siete reyes (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Tarquino Prisco, Servio Tulio y Tarquino el Soberbio). Se discute si el elenco es exhaustivo. La crítica histórica considera que posiblemente no lo es.

El fin del poder etrusco, (que suele colocarse en la derrota de la flota etrusca en Cumas el 474 a. C.) conlleva el fin de la Monarquía. No se sabe demasiado sobre la expulsión de los reyes etruscos. Incluso sobre las fechas de la conclusión de su mandato (existe la histórica discusión acerca de su veracidad o de su fijación cosmética a posteriori [hecha con posterioridad] para resaltar la dinámica política romana como coetánea o anticipada a la griega) no hay absoluta precisión.

Algunos, sin embargo, procuran destacar que no fue un hecho motivado sólo por un acontecimiento militar. El mismo sería el resultado aparente de una serie de confrontaciones sociales y jurídicas.

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El viejo derecho, el llamado derecho quiritario, basado en la costumbre, consagraba la autoridad ya indicada del jefe de familia, del paterfamilias. Otorgaba una gran importancia a las gentes (familias), vinculadas al mismo origen de la civitas, la ciudad.

En el s. V a. C. el comercio estaba centrado en los productos agrícolas. Surgió entonces el conflicto entre los patricios y los plebeyos, que duraría, como confrontación estamental, varios siglos. Los patricios, agrupados por familias, gentes, eran los propietarios de las tierras. Los plebeyos, miembros de las corporaciones artesanales y comerciales, no tenían una gens a la cual pertenecer y carecían de propiedad agrícola. Plebeyo, sin embargo, no indica tanto status socio-económico cuanto status jurídico:

equivale a no pertenecer al núcleo de la sociedad urbana originaria. Como el Senado originario era sólo representativo de las gentes, los plebeyos carecían de representación en él.

La situación amenazaba a proyectarse en el tiempo sin variación ni corrección alguna, porque los miembros de las gentes tenían no sólo el derecho sino casi el deber de casarse entre sí, impidiendo la mezcla de patricios y plebeyos. Se daba, así, un factor de gran rigidez y de falta de flexibilidad en la estructura social.

La Monarquía etrusca, en su etapa conclusiva, para quienes ven en su expulsión un resultado de tensiones sociales, intentó cambiar esa situación, buscando una mayor flexibilidad de la estructura social y una disminución de las tensiones. En ese intento está una de las causas de su sustitución por la República.

La caída de la Monarquía traslada los poderes sacerdotales del Monarca al rex sacrificulus, un magistrado con una función sacerdotal semejante a la que tenía en Atenas el arconte rey (arconte basileus).

27. La República (509- 31 a. C.)

Algunos autores no vacilan en llamarla la República Patricia 2 . No han llegado precisas noticias sobre los sucesos de los siglos VI y V a. C. Todos los historiadores coinciden, sin embargo, en atribuir a la República originaria un sentido aristocrático, pues su instauración consolida los privilegios de los patricios. Los plebeyos encontraron reducidas sus posibilidades ciudadanas a la simple prestación del servicio militar y a la posibilidad, constituídos como partes en litigio, de acudir ante los magistrados en solicitud de justicia.

Se genera entonces la lucha por la plenitud de derechos de los plebeyos. La dirigen los ediles (guardianes de los templos de las corporaciones profesionales). Es un combate jurídico. Los plebeyos buscan la paridad jurídica, en derechos y deberes, con los patricios.

2 Cfr. PRIETO, Fernando [1933-2006], Manual de Historia de las Teorías Políticas, Unión Editorial, Madrid, 1996, p. 75.

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Los plebeyos reclamaban también el carácter a menudo usurero de los intereses en los préstamos y tener ellos, al igual que los patricios, la posibilidad de arrendamiento de terrenos de propiedad pública.

Frente a la situación que los perjudicaba, los plebeyos no reaccionan, pues, con la violencia o el amago del uso de la fuerza. Acuden al uso del derecho, utilizando, paralelamente, como recurso de presión, la amenaza de escisión. Es decir, amenazan, si sus demandas no son satisfechas adecuadamente, con “retirarse” a lugares vecinos, el Monte Sacro o el Aventino, donde fundarían una nueva ciudad.

Como la diferencia social había motivado una diferencia de Magistraturas (una oficial, de los patricios; otra, privada, no oficial, de los plebeyos) el afán reformista se centró en la integración de ambas. Fue un proceso, sin embargo, lento y complejo. A la continua presión plebeya correspondieron graduales concesiones de los patricios.

En la República Patricia el antiguo imperium [poder] real recayó en dos cónsules elegidos por un año. Con mandato tan breve se mantuvo la primacía del Senado.

Para la elección de los cónsules existía una rigurosa organización ciudadana. Según su renta, los ciudadanos se ubicaban en centurias y clases. Centuria, en este caso, indicaba que allí estaban reunidos los ciudadanos que tenían obligación de dar al ejército una centuria. Cuando se habla de clases, se está haciendo, también, referencia al ejército. El término classis, designaba en el latín primitivo al ejército. Luego la palabra se utilizó para usar, restrictivamente, a la flota, a la armada 3 .

“Había cinco clases que correspondían al ejército de infantería. Por encima de las clases se contaban 18 centurias que estaban formadas por ciudadanos de más de 1.000.000 de ases por renta. Por debajo de las clases quedaba una masa de población pobre que formaba una última centuria en la que sus miembros estaban censados no por las rentas sino solamente a título personal: era la masa de jornaleros que no tenían propiedades; aparte de su persona, que solo era llamada al ejército en casos excepcionales, se pensaba que su contribución a Roma eran sus hijos, la prole, por lo cual fueron llamados proletarios (proletarii). Cada centuria tenía un voto. La votación era sucesiva, es decir, cada centuria iba dando su voto comenzando por las ecuestres y siguiendo por la primera clase hasta que la resolución o la elección tuviera la mayoría. Entonces se interrumpía la votación y se disolvían los comicios. Esto significaba que, puesto que en total las centurias eran 193 y la primera clase tenía 80, la votación podía quedar dirimida con los votos de las centurias de caballeros y de la primera clase, sin que las otras tuvieran que manifestar su voto” 4 .

a. El Tribuno de la Plebe (493 a. C.)

El primer triunfo significativo de los plebeyos se ubica el 493 a. C., con la creación del Magistrado propio, el Tribuno de la plebe, que ejercía el derecho de intercessio, es decir era portavoz de las demandas plebeyas, revestido de varias inmunidades. Ello fue

3 Cfr. PRIETO, Fernando, ibídem.

4 Ibídem, pp.75 - 76.

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consecuencia de la retirada de la plebe al Monte Aventino, acto legendario que Fernando Prieto llama “la primera huelga general de las Historia” 5 , el 494 a. C.

La plebe fue autorizada a organizarse como tribu. El presidente de esa tribu era el tribunus plebis. La asamblea de la plebe (concilium plebis) era quien elegía al tribunus plebis y sus resoluciones se llamaban plebiscitum.

Theodor Mommsen dice, en relación al derecho a veto que tenían los Tribunos de la plebe respecto a las decisiones de los magistrados, lo siguiente: “Era temeraria la empresa de conceder el derecho del veto a los jefes oficiales de la oposición, y hacerlos bastante fuertes para que pudiesen ejercerlo con todo rigor. Tales expedientes son en extremo

peligrosos: hacen salir de quicio la constitución política, llevando en pos de sí, como antes,

a despecho de un vano paliativo, todas las miserias sociales que se habían querido extirpar” 6 .

En el año 300 de Roma (454 a.C.) consiguen finalmente los plebeyos poder ser elegidos para los puestos religiosos. “A partir de entonces, ya no hay patricios ni plebeyos, sólo hay cives, ciudadanos romanos. Podemos decir que la incorporación de la plebe es el primer paso de ese asombroso proceso de integración que es la transformación de la Urbe en orbe” 7 .

b. La Ley de las Doce Tablas (450 a. C.)

Otro punto de avance fue el de la codificación del derecho, con la Ley de las Doce Tablas, el 450 a. C. Esta constituye un documento de valor singular. Fue el primero y único código de Roma. El año 303 de Roma (451 a. C.) los Decenviros llevan su proyecto de ley

al pueblo. Se votó y se grabó en 10 tablas de bronce que fueron clavadas en el Forum, en la

tribuna de las arengas, delante de la curia. El 450 a. C. (304 de Roma) fueron elegidos nuevos Decenviros que aumentaron la ley con dos tablas complementarias.

“Procedente, como se ve, de una transacción de los dos partidos no trajo al derecho preexistente innovaciones muy profundas que superasen, en cuanto a reglamentos de Policía, la medida de las necesidades del momento” 8 .

c. Valoración social por la fortuna

También fue conquista plebeya la valoración social por la fortuna y no por el origen familiar. Ello permitía que cada ciudadano con fortuna (al igual que el hoplita en Grecia) pudiera adquirir su armamento de combatiente.

5 Ibídem, p. 76

6 MOMMSEN, Theodor, Historia de Roma, cit., vol. I, p. 305.

7 PRIETO, Fernando, ob. cit., p. 76

8 MOMMSEN, Theodor, ob. cit., I, p. 310.

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Paradójicamente, cuando el pueblo romano ganó en atribuciones perdió en influencia respecto a la toma de decisiones en los asuntos del Estado. Así lo destaca Mommsen 9 .

En la segunda mitad del s. V a. C., en el marco de la República, Roma, como cabeza de la Liga Latina, dirigió la expansión hacia otras partes de la península itálica y la defensa frente a los ataques de sus adversarios, principalmente de los galos.

II. LAS GUERRAS DE CONSOLIDACIÓN

28. Las Guerras Samnitas 10

Los Samnitas [habitantes del Samnium] formaban, después de la Confederación Etrusca, el Estado más grande y más poblado de la península itálica. Por eso intentaron desarrollar una política expansionista. La amenaza samnita forzó a los campanios a buscar la protección de Roma, que gustosamente la prestó, proyectándose hacia el sur. En ese momento se fija la primera de las guerras samnitas, que dura del 343 al 341 a. C. No han llegado demasiadas noticias sobre ella. El resultado de la misma fue la incorporación de la Campania a la Confederación Romana Latina, lo cual, ciertamente no debió ser grato a los samnitas y fue creando el clima para las siguientes confrontaciones.

La segunda, estalló en el 328 a. C. El motivo fue el conflicto entre Roma y la ciudad griega de Nápoles, puerto natural de las posesiones marítimas romanas en Campania. Aunque Nápoles se entendió con Roma, los samnitas siguieron la guerra. La Apulia hizo alianza con Roma que así pudo envolver en una tenaza al Samnium.

En el transcurso de esta segunda Guerra Samnita se produce el incidente de las Horcas Caudinas. Ocurre el 322 a. C. (423 de Roma). El General samnita era Gayo Poncio; los Cónsules romanos, Espurio Postumio y Tito Veturio. Se llama así al acuerdo por el cual los generales romanos tuvieron que aceptar las condiciones de paz que les impusieron los samnitas. Sólo accediendo a la paz que se les imponía pudieron las legiones salir de la emboscada a la cual estaban sometidas en los desfiladeros de Caudin. Dejaron las legiones las Horcas Caudinas ilesas, pero humilladas; no destruidas, pero deshonradas. El Senado romano no aceptó el acuerdo y entregó a los samnitas en condiciones vejatorias a quienes lo habían aceptado 11 .

La segunda guerra finaliza el 304 a. C., con la paz a la cual acceden los samnitas después de la aniquilación de su ejército por las legiones romanas cerca de Bovianum, capital del Samnium en el territorio de los pentres.

9 Cfr. ibídem, pp. 340 - 341. 10 Cfr. SALMON, Edward Togo [1905-1988], Samnium and the Samnites, Cambridge University Press, Cambridge, 1967. 11 Cfr. MOMMSEN, Theodor, ob. cit., I, pp. 401- 403.

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La paz fue vista, sin embargo, como un paréntesis estratégico-táctico. Fue un tiempo sin guerra para preparar la guerra. La tercera guerra samnita estalla en el 295 a. C. Etruscos, umbríos, samnitas y lucanos se aliaron con los galos contra Roma. Cerca de Sentinum, una gran fuerza militar de Roma que reunía dos ejércitos consulares (en total, cuatro legiones: 30-36.000 hombres), al mando de los cónsules Quinto Fabio Máximo Juliano y Publio Decio, obtuvo la victoria definitiva en un sangriento combate en el que murió el cónsul Publio Decio.

La tercera guerra samnita terminó el 290 a. C., cuando los samnitas, derrotados, firmaron la paz. Con ella Roma se coloca, irreversiblemente, en medio del complejo mundo de los intereses económicos y políticos del Mediterráneo.

29. Las Guerras Púnicas 12

Las Guerras Púnicas representan el empeño bélico por garantizar la hegemonía militar y económica en los territorios insulares y continentales del Mediterráneo occidental.

a. Primera Guerra Púnica (262 - 241 a.C.)

Cartago ambicionaba a Sicilia. Controlaba el oeste de la isla y durante más de un siglo había combatido contra las ciudades griegas que tenían por cabeza a Siracusa. Roma, por su parte, apoyaba a las ciudades griegas.

En la primera Guerra Púnica no hubo formal declaración de guerra. Fuerzas mercenarias habían tomado Messina y los asaltantes recibían el ataque simultáneo de ejércitos de Cartago y Siracusa. Roma decidió respaldar a los insurgentes mercenarios y presionó a Siracusa para hacerla cambiar de su posición original de rechazo. Dirigidos por Roma, todos lucharon contra Cartago.

Después de Sicilia, la guerra se extendió hacia Cerdeña y Córcega. La derrota de Cartago en los tres escenarios insulares fue total y afianzó sobre ellos el dominio de Roma. La primera Guerra Púnica concluye con la paz entre Roma y Cartago el 241 a. C. (513 de Roma).

b. Segunda Guerra Púnica o Guerra de Aníbal.

Cartago quiso compensar su pérdida de poder en territorios insulares con un exitoso expansionismo continental. Las repetidas victorias de Amílcar Barca, su yerno Asdrúbal

12 Cfr. NARDO, Don [1947], Punic Wars, Lucent Books, San Diego (Cal.),1996; KROMAYER, Johannes [1859-1934] & VEITH, Georg [1875-19825] (Reviado y editado por Richard A., GABRIEL), Battle Atlas of Ancient Military History, Canadian Defense Academy Press, Kingston (Ont.), 2008; ROTH, Jonathan P. [1955], Roman Warfare, Cambridge University Press, Cambridge/New York, 2009; GOLDSWORTHY, Adrian Keith, The Punic Wars, Cassell, London, 2001; GOLDSWORTHY, Adrian Keith, The Fall of Carthage. The Punic Wars 265-146 BC, Phoenix,, London, 2006; CAVEN, Brian [1921] Punic Wars, St. Martin Press, New York, 1980; BAGNALL, Nigel [1927], Punic Wars 264-146 BC, Routledge, New York, 2003; BAGNALL, Nigel [1927], Punic Wars. Rome,. Carthage and the struggle for the Mediterranean, Thomas Dunne Books, New York, 2005.

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(fundador de la base de Cartago Nova, la actual Cartagena, en España) y Aníbal, quien fue jefe del ejército cartaginés en Hispania desde el 221 a. C., dieron a Cartago el control de los ricos yacimientos de metales de Andalucía.

Roma se preocupó porque en el litoral este del Mediterráneo de Hispania había ciudades griegas como Marsilia (Marsella) y Emporion (Ampurias). Procuró y obtuvo la firma de un tratado con Cartago donde se deslindaban las respectivas áreas de influencia en el río Iberus (que tradicionalmente se ha pensado que era el Ebro).

Aunque Sagunto estaba en la zona de influencia cartaginesa, Roma informó a Cartago que cualquier ataque a Sagunto significaba la guerra. Aníbal atacó Sagunto en la primavera del 219 a. C. y la venció luego de tres meses de asedio. Un año después, en la primavera del 218 a. C., Roma declaró la guerra.

Cartago tomó ambiciosamente la ofensiva. Su ejército, dirigido por Aníbal, realizó entonces una impresionante operación militar en una de las campañas más famosas de la historia. Partiendo de las bases hispánicas, Aníbal, que utilizaba como llamativa y eficaz arma de guerra a un grupo de elefantes, cruzó los Alpes, generando la insurrección de los galos en el norte. Luego de sus notables victorias de Tesino y del Lago Trasimeno el 217 a. C., cuando se esperaba que avanzaría sobre Roma, se desvió sorpresivamente hacia el sur. Esperaba sublevar contra Roma a los pueblos itálicos del sur, como había hecho con los galos. A pesar de su victoria en Cannas (216 a. C.), Aníbal no logró su objetivo y quedó militarmente paralizado.

Roma, mientras tanto, había reorganizado sus tropas. Una gran fuerza romana desembarcó en Emporion (Ampurias) en la costa de Cataluña. Eran dos columnas mandadas por Cneo y Publio Escipión. Dominaron sin problemas toda la costa catalana y establecieron una base en Tarraco (Tarragona). Su presencia y acción cortó el enlace de Aníbal, que seguía en el sur de Italia, con las bases cartaginesas del sur este de Hispania.

Aunque los generales romanos fueron derrotados y muertos el 210 a. C. en su incursión hacia Andalucía, la llegada de nuevas fuerzas romanas al mando de Publio Cornelio Escipión y la toma por los romanos de Cartago Nova el 204 a. C. representa el fin del dominio cartaginés en Hispania.

Roma realizó entonces el ataque a Cartago. Lo dirigió también Publio Cornelio Escipión. Desembarcó con dos legiones cerca de Utica. Los cartagineses llamaron a Anibal, quien logró pasar de Italia a Cartago el 203 a. C. La batalla decisiva fue la de Zama, librada el 202 a. C. Después de ella, Cartago, derrotada, pidió la paz. Las condiciones no pudieron ser más duras: entrega de su flota; entrega de los elefantes utilizados por los mercenarios itálicos; reducción territorial del Cartago metropolitano; independencia del reino de Numidia y prohibición de ataque a él por Cartago; renuncia a toda posesión en Hispania; elevada indemnización de guerra (10.000 talentos) a pagar en 50 años. Era el fin de Cartago como potencia y la consolidación de la hegemonía de Roma en el Mediterráneo Occidental.

La guerra había durado 17 años. Se desarrolló paralelamente a otros conflictos de Roma (Primera Guerra Macedónica por el control del Mediterráneo Oriental, diez años de

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lucha, 215 - 205; Segunda Guerra Macedónica, 200 - 196 a. C.; Tercera Guerra Macedónica). Cuando los romanos exigieron la entrega de Aníbal, el gran conductor militar de Cartago, éste huyó a Siria, encontrando refugio en la corte de Antíoco III. Aníbal impulsó la guerra entre Siria y Roma. Antíoco III fue derrotado en la batalla de Magnesia. Roma exigió, de nuevo, la entrega de Aníbal. Entonces Aníbal huyó a Bitinia, pero Roma presionó también allí que se le entregara. Agobiado por una enfermedad que le había conducido prácticamente a la ceguera (tracoma [enfermedad caracterizada por la conjuntivitis granular]) y sin refugio seguro, Aníbal se suicidó el 183 a. C. (571 de Roma).

c. Tercera Guerra Púnica

Aunque Cartago cumplió con todas las onerosas condiciones de la paz impuestas al concluirse la Segunda Guerra Púnica, procuró rehacer su comercio y revivir su agricultura. Comenzó a hacerlo con éxito lo que provocó los recelos de Roma.El partido aristocrático de Roma, que tenía como portavoz a Marco Porcio Catón, famoso por sus discursos anticartagineses, consideró necesario, para garantizar los negocios marítimos de Roma, terminar de aniquilar a Cartago.Los romanos procuraron que el rey Masinisia de Numidia hostigara a Cartago y cuando los cartagineses trataron sólo de defenderse, Roma les declaró la guerra. Roma exigía el abandono de Cartago y su retiro geográfico al interior. Ante tal condición, a los cartagineses no les quedó otra salida que combatir. Con fuerzas improvisadas resistieron los años 149 y 148 a. C. El 147 a. C. Escipión Emiliano el Africano comenzó el asedio final. Cartago cayó el 146 a. C., luego de una tremenda lucha sector por sector, casa por casa. La ciudad fue arrasada y los sobrevivientes vendidos como esclavos. Cartago fue, posteriormente, edificada otra vez como ciudad romana.

III. LA CRISIS INTERIOR

30. La crisis social y política

Durante el período de las Guerras Púnicas el gobierno de Roma estuvo en manos del Senado que lo ejercía a través de los Cónsules. El pueblo no tomaba parte en la elección. Los dos Cónsules (en circunstancias extraordinarias y por una duración máxima de seis meses) cedían el poder a un magistrado único. Era el llamado Jefe del pueblo o Dictador (Magister populi, Dictator) 13 .

Se fue produciendo entonces una tensión entre la nobleza del Senado y el llamado partido popular, que tenía también como jefes a miembros de la nobleza.

La lucha no era ya jurídica, como el enfrentamiento inicial entre patricios y plebeyos. Ahora se trataba de una lucha de clases entre quienes tenían riquezas y quienes carecían de ellas. Entre la nobleza senatorial y los plebeyos están los caballeros, quienes provistos de fortuna no estaban con los nobles. Con César, los caballeros fueron aliados de los plebeyos y determinaron el triunfo del partido popular.

13 Cfr. MOMMSEN, Theodor, Historia de Roma, vol I., cit., p. 280. Sobre la dictadura comisarial y la representación tradicional de la dictadura jurídica romana, vid. SCHMITT, Carl, La Dictadura, Revista de Occidente, Madrid, 1968, pp. 33 y ss.

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Se intentó solucionar la confrontación repartiendo las tierras de propiedad pública. Como el reparto se hacía sólo a los ciudadanos de Roma, los habitantes de la península itálica que carecían de esa ciudadanía se vieron marginados de la aplicación de la medida. Así se llegó a la llamada Guerra Social del 91 al 88 a. C.

a. Los Graco 14

Tiberio Sempronio Graco nació en el 163 a. C. Su hermano Cayo Sempronio Graco el 154 a. C. De ilustre cuna (su padre, Tiberio Sempronio Graco, había sido de los pacificadores de Hispania; su madre, Cornelia, era hija de Escipión el Africano) habían sido educados en la austeridad familiar y en las virtudes ciudadanas. Detestaban el mercantilismo y el hedonismo de las clases ricas. Practicaban la amistad y la magnanimidad con los aliados y el trato humano hacia los vencidos. Tenían un sincero interés por la mejora de las condiciones de vida de las clases bajas.

Tenían los dos hermanos experiencias bélicas duras. Tiberio participó en el cerco y destrucción de Cartago. Cayo participó en la destrucción de Numancia.

En el 134 a. C. Tiberio fue nombrado Tribuno de la plebe. Propuso y llevó adelante una reforma agraria, basada en la recuperación y distribución de tierras. Se proponía mejorar la pésima situación económica tanto de los romanos como de los itálicos aliados de Roma. Los propietarios pagaban al Estado un impuesto fijo llamado vectigal. Tiberio deseaba extender la ciudadanía romana a todos los itálicos aliados, disminuir la duración del servicio militar, equilibrar la composición aristocrática de los tribunales y fortalecer el derecho de apelación del pueblo.

El 31 de enero del 133 a. C. debía votarse la ley agraria. El tribuno Octavio, uno de los grandes propietarios agrícolas, vetó el proyecto. Tiberio le ofreció indeminizarlo con su propia fortuna de las pérdidas que en lo personal le supondrían la aprobación de la ley. Se generó un impasse. Tiberio presionó financieramente cerrando el tesoro y postergando toda decisión sobre los asuntos públicos hasta que la ley fuera aprobada. Las tensiones siguieron en aumento: cuando Atalo III legó sus bienes a Roma, Tiberio hizo aprobar una ley que precisaba que esos bienes pertenecían al pueblo y no al Senado. La reacción aristocrática no se hizo esperar: acusado por Cornelio Escipión Nasica de pretender coronarse rey y de que para lograrlo halagaba al pueblo, fue asesinado junto con 300 de sus partidarios en el verano del 133 a. C.

Cayo Graco, 9 años menor que su hermano, es quien encabeza la revolución, que, a la postre, logra reformas favorables al proletariado. Fue nombrado Tribuno de la plebe el 124 a. C. Llegó a esa dignidad lleno de afán de venganza por el asesinato de su hermano. Restableció íntegramente la reforma agraria de Tiberio e hizo aprobar medidas que afectaban directamente a quienes habían adversado a su hermano. Enfrentado con el Senado por la reforma de los tribunales y por la proposición de la ciudadanía para los itálicos, los aristócratas lograron impedir su reelección como Tribuno de la plebe en el 122

14 MONTANELLI, Indro [1909-2001], Historia de Roma, Random House/Mondadori, Barcelona, 2011.

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a. C. La confrontación se fue haciendo cada vez más violenta. Los enemigos de Cayo lograron el control militar y la seguridad. Al estallar la lucha el 121 a. C. era evidente que la victoria sería de los aristócratas. Cayo se suicidó y 3.000 de sus partidarios fueron pasados por las armas.

El enfrentamiento entre nobles y populares llegó a la guerra civil con Cinna. Luego las reformas lograron una ampliación con Mario. Este construyó un ejército formado por soldados proletarios. Provocó, sin duda una mayor participación popular, pero, a la vez, regó la semilla que conduciría a su propia destrucción. El ejército popular, en efecto, no se sentía sometido a una dinámica institucional, sino que, sabiéndose fuerza decisoria, reconocía sus liderazgos internos y seguía a sus propios caudillos. El año 82 a. C., Sila, lugarteniente de Mario, se subleva por primera vez al desconocer la orden de destitución que contra él dicta su jefe. Luego de una serie de incidentes, Mario muere y Sila instala su dictadura, que durará hasta el año 79 a. C., cuando renuncia al poder y se retira, muriendo al año siguiente (78 a. C.).

Las luchas internas provocaron, pues, tras la muerte de Mario y la demagogia de Carbon, la llegada del ejército de Asia y la implantación de la dictadura de Sila. Ésta se caracterizó por ser terriblemente represiva y por sus listas de proscritos. Todos los beneficios que el proletariado había obtenido con las reformas de los Gracos y luego con las reformas de Mario se pierden con la constitución de Sila.

La agitación política posee entonces, a lo largo de esa década del 80, un inmenso contenido social. Las revueltas expresan la inconformidad con la situación social. Del 83 al 81 a. C. se produce una lucha por el poder que abarca Italia, España y al norte de África.

Mientras tales desgarramientos sacudían el ámbito propio del poder romano, éste tenía, a la vez, que mantener otros dos difíciles frentes bélicos: el de Asia, en las campañas contra Mitrídates, y en las Galias. Mientras tanto, Roma ocupaba y dominaba las Baleares, lograba la sumisión de la Tracia en los Balcanes (año 100 a. C.) y lograba, en la Guerra de Yugurta (111 - 105 a. C.), el dominio de Numidia y la Tripolitania.

b. Las Guerras Civiles

La dictadura de Sila (82 - 79 a. C) intentó restaurar el sistema senatorial. Cuando abdicó se produjo un vacío de poder por carencia de capacidad senatorial. Ese vacío se dió en el vértice político, mientras Roma requería seguir sosteniendo confrontaciones bélicas en varios frentes: la rebelión de Espartaco, la tercera guerra contra Mitrídates, las campañas en el Bajo Danubio (74 a. C.).

c. Espartaco y la Guerra de los Gladiadores (73 - 71 a. C.) 15

Espartaco es el personaje central de la llamada Guerra de los Gladiadores 16 . Era un príncipe tracio descendiente de una familia de la nobleza de su patria, los Espartácidas.

15 STRAUSS, Barry S., La Guerra de Espartaco (Traducción de Carlos VALDÉS), Edhasa, Barcelona, 2010.

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Había sido militar en las fuerzas auxiliares de Roma en Tracia. Desertó y fue capturado. Se le destinó al circo y fue enviado a una escuela de gladiadores en Capua. Estando allí, en el verano del 73, escapa hacia las faldas del Vesubio, acompañado por 70 gladiadores. Durante dos años mantuvo a raya a los ejércitos veteranos de Roma. El número de los insurgentes fue en aumento. Llegó a reunir pronto 40.000 efectivos. El ejército de esclavos de Espartaco tenía una capacidad temible de combate. Derrotó, una y otra vez, a las fuerzas enviadas a combatirlo. En una ocasión, su prestigio y capacidad fue tal que la Legión que los enfrentaba se dio a la fuga desordenadamente, por lo cual fue diezmada en castigo. Espartaco nunca se propuso, en realidad, dominar el Imperio o tomar Roma, su capital. Tanto él como sus seguidores lo que deseaban era escapar de su triste condición regida por la terrible lógica de que en cada ocasión de lucha circense la prolongación de su vida exigía la muerte de su compañero (Mors tua vita mea, tu muerte es mi vida). Sólo pudo ser derrotado por la falta de unidad, originada en el diferente origen étnico de los gladiadores. Espartaco muere en la primavera del 71 a. C. (683 de Roma), en el terrible y decisivo combate de Apulia, junto al Sílaro. En esa batalla, junto con su jefe máximo, murieron 60.000 esclavos. Los sobrevivientes, que pretendían cruzar los Alpes, fueron derrotados por Pompeyo que volvía victorioso de España. Los últimos 6.000 prisioneros de la insurrección fueron crucificados en la vía que llevaba de Capua, cuna de la insurgencia, a Roma. El talento militar y la valentía de Espartaco están reflejados en todas las fuentes. A pesar de su trágico final, Espartaco ha pasado a la historia como uno de los símbolos de la lucha por la libertad.

Brotaron, entonces, las conspiraciones de Catilina (en el 66 y en el 63 a. C.) y escándalos por corrupción (Lúculo, Verres). La derrota militar de Mitrídates y de Tigranes de Armenia poseyó, en un medio tan convulsionado, un efecto saludable de reducción de tensiones. No hay mejor medicina interna que la victoria exterior.

31. Julio César 17

En el 60 a.C. César, Pompeyo y Craso se ponen de acuerdo para la acción pública. Es el acuerdo del llamado Primer Triunvirato. Fue un compromiso de mutua ayuda y garantía de provincias propias: las Galias, para César, Hispania para Pompeyo y Siria para Craso. César era el vencedor de la Guerra de las Galias, donde se había impuesto a los guerreros de Vercingetorix (Jefe de cien jefes) 18 .

Pompeyo intenta realizar una política contra César. Después de un año de discusiones inútiles, César pasa el Rubicón y llega a tomar el poder. Pompeyo (sin ejército,

16 Cfr. MOMMSEN, Theodor, Historia de Roma, cit. vol. II, De la Revolución al Imperio (en el Lib. V, Fundación de la Monarquía Militar, en el cap. II, La restauración silana) habla de Espartaco y la Guerra de los gladiadores, en pp. 609 y ss.

17 Cfr. CÁNFORA, Luciano [1942], Julio César,. Un dictador democrático, Ariel, Barcelona, 2004; CARCOPINO, Jér ȏ me [1881-1970], Julio César el proceso clásico de la concentración del poder, Círculo de Lectrores, Barcelona, 2004; CABRERO PIQUER, Javier, Julio César, el hombre y su época, Dastin Export, Madrid, 2004; GOLDSWORTHY, Adrian Keith, Caesar, life of a colossus, Yale University Press, New Hacven (Conn), 2006 [Traducción castellana: de Teresa MARTÍNEZ LORENZO, César. La biografía definitiva, La esfera de los libros, Madrid, 2007].

18 Cfr. sobre la Guerra de las Galias, MOMMSEN, Theodor Historia de Roma, vol. II, cit., Lib. V, cap. VII.

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que tenía en España) huyó a Oriente. Luego en una rápida campaña, César desbarató el ejército de Pompeyo en España.

Pompeyo, buscando aliados, se encuentra en Egipto con el enfrentamiento entre Cleopatra y Ptolomeo XIII. Fue asesinado en Alejandría.

César logra primero evadir el conflicto de los ptolomeicos (no sin dificultad: fue sitiado y tuvo que invernar en espera de refuerzos); luego, vence en Assia a Farneces, hijo de Mitríades VI.

Nombrado Cónsul por cinco años, logra la derrota del ejército senatorial formado en África (Batalla de Thapsus, el 46 a. C.). Luego fue designado por el Senado Dictador y Cónsul por una década. El 44 a. C. es designado dictador vitalicio. Con la derrota del ejército pompeyano reagrupado en España (Batalla de Munda, 45 a. C.) quedaba sin enemigos militares de importancia. César inició reformas que se vieron interrumpidas por su asesinato.

Ernst Hohl deja, sobre el final de César, la siguiente visión: “No hay ejemplo de mayor actividad creadora que la que César desarrolló en el gobierno, encaminada a una completa transformación del imperio. Trascendiendo del estrecho mundo urbano de Roma, César se había propuesto por modelo el absolutismo de las monarquías helenísticas. Soñaba nada menos que con la fundación de un imperio universal, sustentado en la cultura helenística y en el cual ni Roma ni el Senado romano hubieran podido mantener sus privilegios. Pero el cosmopolitismo de César menospreciaba en demasía el poder de la tradición y la tenacidad de los prejuicios arraigados. Si el más grande hijo de Roma no se satisfacía con los honores extraordinarios que sobre él acumulaba el Senado y aspiraba abiertamente al título de rey, ello acontecía por el conocimiento de que sólo la dignidad regia oficial podía poner remate a la obra de su vida. Pero este propósito le hacía aparecer a los ojos de los romanos como un tirano. Ahora bien: dar muerte a los tiranos era, para la concepción antigua del derecho, no un crimen, sino el cumplimiento de un deber de ciudadanía republicana. En este sentimiento, más de sesenta hombres, casi todos senadores, y entre ellos antiguos compañeros de armas del dictador, forjaron una conjura. En la última sesión del senado, antes de salir para una guerra de venganza contra los partos, el 15 de marzo del año 44 a. C., unos ideólogos de poca perspicacia arrancaron la vida al rey sin corona, creyendo, ilusos, que con este atentado restablecían la república legal. Pero en realidad estos supuestos libertadores precipitaron al mundo que el espíritu ordenador de César hubiese organizado en un nuevo y terrible caos. Sin duda abatieron al monarca; pero la idea monárquica siguió viviendo, bien que hubiese de esperar todavía dos siglos antes de manifestarse en la forma absolutista teocrática a que propendía la estricta lógica del gran reformador” 19 .

En su Historia de Roma, Theodor Mommsen, por su parte, ha dejado el siguiente juicio: “En la lucha con la realidad, fuéle forzoso abandonar una parte del programa de su partido y de su propia juventud, a saber: el establecimiento en Roma de un régimen como el

19 HOHL, Ernestus [1886-1957], El Imperio Romano, en el vol. II de la Historia Universal de Espasa-Calpe, bajo la dirección de Walter GOETZ [1867-1958]), Madrid, 1966, pp. 409-410.

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de Pericles, fundado no en el poder del sable, sino en la sola confianza del pueblo; no obstante, fue consecuente, y esto con una energía sin igual en la Historia, en el pensamiento fundamental de una Monarquía no militar. Y aún cuando éste fuera un ideal de realización imposible, alimentaba, no obstante, esta ilusión única que había concebido en su vida. En este gran hombre tuvo más fuerza el impaciente deseo de la perspicacia; el sistema que él acariciaba no era solamente por su naturaleza y por necesidad el poder personal absoluto y no estaba condenado a desaparecer a la muerte de su fundador, como las instituciones creadas por Pericles y por Cromwell”. Y añade más adelante: “César quería ser el restaurador de la sociedad civil, y, a despecho suyo, no fundó más que la aborrecida Monarquía militar; y si destruyó el Estado en el Estado de los aristócratas y de la alta banca, fue para reemplazarlo con el Estado de la soldadesca en el Estado; antes como después, la sociedad sufrió la tiranía y fue explotada por una minoría privilegiada” 20 .

Luego de la muerte de César se produjo la división, confrontación y atomización del poder entre quienes se consideraban sus hijos políticos y herederos: Octavio, Marco Antonio y Lépido. En una brutal y constante pugna por el poder militar y político no vacilaron en aliarse incluso con los asesinos de César. Además se produjo una constante lucha existencial entre ellos que terminó por concentrar el poder en Octavio. Luego de distintas incidencias, el primero en ser eliminado como rival y reducido a la condición de particular fue Lépido (después de una guerra del 39 al 36 a. C., en la cual fue derrotado por Sexto Pompeyo). África quedó en manos de Octavio. En Egipto, Marco Antonio no tuvo una brillante campaña contra Cleopatra. Fue derrotado y luego seducido el 31 a. C.

Octavio inicia el 30 a. C. el ataque a Egipto que culmina con la rendición de Alejandría y el suicidio tanto de Marco Antonio como de Cleopatra. Octavio era entonces princeps. Ya sin rivales en su afán de poder, recibió el título de Augusto y Roma se convirtió en Imperio hereditario 21 .

IV. EL IMPERIO (31 a. C. a 476 d. C)

32. Augusto y la reconstrucción

Roma estaba exhausta después de las guerras civiles. Era un agotamiento más espiritual que material, era un cansancio más cultural que de poderío militar. Augusto proclama un tradicionalismo que le sirvió de cobertura a su auténtico afán de reforma. El problema principal consistía en dotar de continuidad al inicio de dichas reformas. El proyecto reformista de Augusto corría el riesgo de carecer de continuidad, como había pasado con Sila. El carácter hereditario hizo sustituir las antiguas conjuras pretorianas por conjuras familiares, que terminaron elevando al sitial del Emperador a gente sin experiencia y sin capacidad alguna.

20 MOMMSEN, Theodor, Historia de Roma, cit., vol. II, pp. 1032 - 1033.

21 Cfr. GOLDSWORTHY, Adrian Keith, Antony and Cleopatra, Yale University Press, New Haven (Conn.),

2010.

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a.

Calígula 22

Cayo Julio César Germánico fue el hijo menor de Germánico y Agripina. Como vivió desde los dos años en el campamento militar de su padre, los soldados tenían por él gran cariño. Fueron ellos los que le dieron el sobrenombre con el cual pasó a la historia:

Calígula, que viene a ser diminutivo de caliga, el calzado militar. Según Suetonio participó en el asesinato de Tiberio, quien lo había designado como uno de sus sucesores. Tiberio había dicho que preparaba una víbora para el pueblo romano. La víbora fue Calígula. Según Tiberio, Calígula tendría todos los vicios de Sila y ninguna de sus virtudes. Comenzó, sin embargo, marcando su reinado con disposiciones liberales. Por ello llegaron a pensar los afligidos ciudadanos romanos que estaban en el inicio de un tiempo feliz. No fue así. Enfermó debido a sus excesos y, superada la enfermedad, mostró su verdadero talante. Algunos dicen que desde entonces estuvo en la demencia. La dilapidación y el desenfreno marcaron el resto de su reinado. Su crueldad con los presos y los esclavos iba pareja a su lascivia. Su lujuria lo llevó a un público y desgarrado bisexualismo. Su crueldad tuvo ribetes permanentes de sadismo. Disfrutaba haciendo torturar a sus condenados en presencia de sus familiares. Se apoderaba de las posesiones de sus víctimas y no admitía contradicción a sus deseos ni que su supuesta gloria fuera puesta en entredicho. Llegó a mantener una casa de prostitución. Sólo el pueblo judío supo mantener su rechazo a la locura del Emperador, declarando sus dirigentes que era inaceptable la pretensión de colocar sus estatuas en puesto preeminente en las Sinagogas. Cuando ordenó que se erigiera una estatua suya en el templo de Jerusalén, sólo las tácticas dilatorias del Gobernador de Siria, P. Petronius y la oposición de Herodes Agrippa (quien anunció disturbios y rebeliones si se realizaba aquel abuso) impidieron finalmente tal desatino.

En su egolatría se hizo llamar Pius [Pío], Castrorum Filius [Hijo de los Cuarteles], Pater Exercituum [Padre de los Ejércitos] y Optimum Maximus Caesar [el más grande y mejor de los Césares].

Calígula fue, pues, un Emperador degenerado. Fue un tirano depravado y un asesino. Históricamente se atribuyen sus excesos a su demencia. Llegó al extremo de nombrar Cónsul a su caballo Incitatus. Para él construyó un palacio de mármol y, antes de hacerlo cónsul, lo agregó al elenco del colegio sacerdotal y dispuso que los pretorianos velaran la tranquilidad de su sueño. Éstos, aparentemente, respaldaban todas sus locuras y depravaciones; hasta que llegó un momento en el cual dijeron ¡basta! Aunque la inmensa mayoría del pueblo romano pagaba el desprecio que Calígula tenía por él con un creciente rencor, fracasaron en dos oportunidades las conspiraciones en su contra. Fueron los oficiales de su guardia los que, finalmente, decidieron acabar con sus desvaríos y lo asesinaron, elevando a la sede imperial a su tío. Casio Quereas y Cornelio Sabino, tribunos de la cohorte pretoriana, asaltaron a Calígula y le dieron muerte en el pasaje subterráneo por el que se dirigía al foro. Eso acaeció el 24 de enero del año 41 d. C. En el momento de

22 Cfr. el texto clásico de SUETONIO (CAIUS SUETONIUS TRANQUILLUS) [70-130], De Vita Caesarum, ( cfr. la edición de Gredos, Madrid, 1994) Lib. IV. También BARRET, Anthony. A. [1941], Caligula: The Corruption of Power, Yale University Press, New Haven, 1989; BOSCHUNG, Dietrich, Die Bildnisse des Caligula, Gebruder Mann, Berlin, 1989; FERRIL, Arther [1938], Caligula, Emperor of Rome, Thames & Hudson, London, 1991; MASSIE, Allan [1938], Caligula, Sceptre, London, 2003: SILIATO, Maria Grazia, Caligula, [Historia Novelada], Mondadori, Milano, 2005.

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su asesinato Calígula tenía 28 años y había gobernado (si se puede llamar gobernar el absoluto caos moral y político en el cual se movía) durante tres años y diez meses.

Calígula apuntaló su poder con el terror. Pero el terror no le generó adhesiones, sino odio. No provocó el orden sino la incertidumbre. Quien como Calígula practica el terror como técnica de poder, desea llegar a una extendida cadena de complicidades, pero, cuando ésta se agota, la complicidad encuentra su núcleo aglutinante en la eliminación del tirano. Fue lo que, una vez harta de sus dislates asesinos, hizo la guardia de Calígula. El Emperador pensaba que no había instancia superior a sus caprichos. Por eso proclamó, con engreída fatuidad, refiriéndose no sólo a sus enemigos sino al pueblo entero: Oderint dum metuant! (¡Que odien mientras teman!). Deseaba que la responsabilidad por sus crímenes fuera compartida por muchos. Aspiraba a que todos se sintieran culpables de su propia destrucción. Calígula pensaba que, por el terror, haría imposible la resistencia a su opresión. Y terminó por gestarla, con efectos letales para él, en el propio Palacio del César.

Anímica y prácticamente, lo que Calígula pretendía era doblegar o quebrar, pero dejando siempre, de un modo u otro, en la opinión general (y ello era importante), una invencible sensación de impotencia. Para difundir esa sensación, consideraba no sólo conveniente sino necesario mostrar con impudicia la absoluta prostitución de la justicia. Quien podía nombrar Sacerdote o Cónsul a su caballo podía hacer lo que quisiera con la vida de cualquiera. Calígula mostró, de una manera más llamativa que otros emperadores locos, degenerados y sanguinarios, que el terror es el arma predilecta (si no la única) de los enfermos mentales que llegan al poder. Por ello, desgraciado el pueblo (o los que se consideran dirigentes de ese pueblo) que juzgan con criterio de normalidad la patología actuante y dominante.

Las aberraciones de Calígula no tenían otro objetivo que hacer patente el imperio de la banalidad y la aniquilación de sus oponentes. Las mismas sólo se detuvieron con la eliminación física del enfermo que exigía la sumisión completa a sus absurdos. Venganza, magalomanía y sadismo constituyeron los pilares principales de apoyo del terror de Calígula. En su mando, el sentido común se vio aplastado por la furia irracional. Calígula muestra históricamente que el liderazgo de los locos sólo puede engendrar locuras trágicas. En esos casos, las ráfagas de aparente autocontrol son simplemente la pasajera máscara de la paranoia criminal, de la suspicacia enfermiza, de la desconfianza obsesiva, del miedo cerval a sus propios fantasmas y a ver a los demás como fantasmas que lo cercan con intención de intimar el cobro de todas sus deudas (que el tirano sabe impagables). Allí radica el fundamento torcido del estado general de sospecha que genera, en Calígula y en quienes como él aspiran a ser productores y administradores del terror desde el poder político, una cabal conciencia de lo que hace. Conciencia deformada, encallecida por el hábito vicioso de rechazar, siempre y a priori, la simple posibilidad de una valoración ética de su comportamiento y del de los demás.

Calígula fue un gestor del terror hasta que el terror lo abrazó entre sus garras. No pudo entender que su capacidad de terror estaba agotada y cuando sus oficiales, aterrorizados, lo asesinaron ya era tarde. Ello tiene una explicación. El gestor del terror es siempre autorreferente en sus miserias y en sus odios; no en sus amores, porque es incapaz de amar: sólo se contempla a sí mismo. De allí la inmensa crueldad de Calígula y de

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quienes son como él. De allí sus perturbaciones que procuran, nada menos y nada más, que aplastar cualquier tipo de espontaneidad social con la psicosis colectiva. Calígula sabía que el terror exige la idolatría del líder. Exige la divinización de su palabra. Exige hacer de la adulación un culto. El único culto. Aunque se pasen las fronteras del absurdo y del ridículo. Caligula quiso hacer sentir, sobre todo con la designación de su caballo Incitatus como Cónsul, que la supervivencia resulta, cuando manda gente como él, un asunto de casualidad, de puro azar, del capricho del César, y no efecto racional de un proceso de mando.

Calígula, administrando el terror, partía del supuesto (a menudo no carente de base) de que sus adversarios tenían frente a lo impredecible de sus decisiones, más miedo del que estaban dispuestos a reconocer. Él mostró, de manera más brutal que otros, que la falsedad

y la malicia de la paranoia hecha poder sólo conducen a la horrible ruta de la represión; y que ésta es una espiral sin retorno que lleva fatalmente a un precipicio por el cual se precipita hasta quien piensa que nunca se le convertirá en el final de su camino.

Calígula quiso apoyarse en las Legiones. La vida cuartelaria había sido el caldo de cultivo de sus sueños, sus ambiciones y sus degeneraciones. Quiso hacer sentir a las Legiones que las armas decidían la vida del Imperio. No decidieron la vida sino la muerte del Imperio, y, de paso, la muerte de varios emperadores, entre ellos Calígula. Él, por supuesto, intentó que no fuese así, al menos en su caso. Y ejerciendo el terror se enfrascó en la táctica, no en la estrategia. Procuró, de esa manera, obligar, a quienes le rodeaban, a una constante táctica de supervivencia. Preparó su propio Termidor. Porque quienes en medio del terror se dedican al gambeteo existencial de maniobras sin fin, se agotan intentando agotar a los demás. Quienes así se comportan, como Calígula, suelen ser delincuentes caracterizados por su perversión e inmoralidad. La relación con ellos resulta destructiva: nadie en su entorno puede, de veras, desarrollar perfectivamente su personalidad.

La carencia de escrúpulos llevó a Calígula al cinismo desbordado. Como psicópata, quiso hacer depender su poder del ejercicio del terror; y para ello necesitó blindarse de cinismo. En casos como el de Calígula la subversión existencial es completa: la manipulación constante, continuada, de los asuntos públicos constituye el entramado de la vida privada del tirano. La corte del déspota afincado en el terror, como en el sangriento y bestial mandato de Calígula, requiere del constante tributo de la falsedad en la alabanza desmedida. Compuesto habitualmente por cínicos sin atenuantes y canallas agresivos, ese entorno resulta un anillo de miseria humana, blindado a la penetración de cualquier

sentimiento noble o conducta recta. Ese entorno es el estercolero de la historia. La debilidad

y la deshonestidad son distintivas de sus integrantes.

Calígula pensaba que el mérito del terror derivaba de los niveles obtenidos en la degradación ajena. Ella exige la adulación, porque el falso adorno argumental sustituye, en una circunstancia tan deformada, a la verdad objetiva. En ese ambiente enrarecido la actitud servil se considera como signo de eficacia. Se vive en la irrealidad de la apariencia y la hipocresía incrementa el reinado de la estupidez. Así pasaba, pero Calígula no estaba contento. La apariencia de celo, incluso cuando más desgarradamente se mostraba, ponía en evidencia la intrínseca debilidad del engranaje del terror: quienes lo integran prefieren

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degradarse a la condición de tinglado represivo antes que pasar a ser, en cualquier momento, sujetos pasivos de la represión. Calígula sabía que la acentuación del terror exige, habitualmente, una incrementada falta de escrúpulos, una dura callosidad en la conciencia. Por eso estuvo rodeado de canallas. Porque los grandes canallas suelen ser, a menudo, sólo siervos obsecuentes de los peores carniceros.

Con el terror, la ficción, la mentira absoluta, impera en todos los ámbitos de la vida pública. Porque, como dijo Bernard Shaw, los tiranos y su entorno de adulantes piensan que gobernar es organizar la idolatría. Con gente como Calígula la bajeza impregna de manera

indecible el ánimo y el comportamiento de los obsecuentes. Calígula pedía el absurdo, la obediencia ciega, sobre el sentido común. Por ello se difuminaba el pavor al terror impuesto por el poderoso. No doblegarse a ese miedo equivalía, para la lógica claudicante, al suicidio. Así la tiranía, desde la óptica del tirano, no debía ser vista como aberración sino como desideratum. En las trastiendas mentales de las deformaciones de todos los manipuladores del terror, se pretendía y se pretende siempre anestesiar la conciencia, para poder, así, proceder con atropello absoluto de la dignidad de la persona humana. La locura de Calígula hizo alarde de la injusticia. Desde su atalaya, la aspereza de la injusticia debía, además, acompañarse de la tendenciosidad, el descaro y la contumacia. Toda consideración propiamente moral, desde tal perspectiva, resulta bizantina. El terror, además, en el caso de Calígula, era el arma difundida por quien tenía un profundo complejo de orfandad. Su padre

muerto, su madre desterrada, protegido por una mente criminal como la de Tiberio

no es

extraño que, a su turno, quisiera hacer sentir a sus adversarios, reales o imaginarios, la soledad, la indigencia anímica, el profundo abandono, el total abatimiento. Porque las

personalidades patológicas viven y reviven sus quiebras interiores en los momentos aristados de crisis. Así, provocan, más que la veneración, el servilismo. Generan la cancelación de la identidad personal y colectiva.

La hostilidad de tiranos como Calígula se transmite por el terror. Es el terror anímico invencible de los que aplican el terror político como vasallos indignos a los que se yerguen sobre el pedestal de la libertad interior y actúan en consecuencia. Para tiranos como Calígula la utilidad de la servidumbre se reflejará en la aplicación pronta del terror a la disidencia, verdadera o imaginada febrilmente. Desde su óptica enferma la “persuasión” se basa en el miedo. Para Calígula y quienes son como él la suprema lex ya no es la salus Respublicae, sino el capricho enfermo del César, quien, por su paranoia, identifica pueblo, nación y patria consigo mismo. Tal situación refleja el maximalismo destructivo, el extremismo que considera que sólo el extremismo es revolución. Tal situación culmina (como enseña la historia de Calígula y la historia posterior) en el autoexterminio, en el canibalismo, en el jacobinismo que en su propia dinámica prepara su destrucción, el Termidor cíclico, que suele llevar a que el terror irracional desemboque en la paz de los sepulcros de las tiranías personalistas. Piénsese en Robespierre acunando a Napoleón. O en la locura de Stalin. El terror es el arma de las mentes deformadas que piensan que la historia la escriben sólo los vencedores y los supervivientes. Bonaparte y Cromwell, por poner ejemplos. Calígula y los bonapartistas piensan que el terror es el efecto natural del uso de la violencia y que, por ello, debe dársele, a los verdugos del César, garantías de inmunidad. Con Calígula ello se afincó llevando a la escoria militar a posiciones de comando y haciendo sentir a la marginalidad avecindada a la delincuencia que su condición no era vituperable, sino precondición de trato preferente. Fue la oferta, pasajera como todas

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las suyas, del administrador del terror pro bono suo. La actitud crítica frente a la dinámica distorsionada equivalía a la traición.

Con Calígula se pusieron en evidencia los rasgos implacables del alma sometida. Sometida a sus propias bajezas. Del alma afeada por el comportamiento contra natura, por

el capricho, la tosquedad, la violencia, la venganza, la doblez, la crueldad, el crimen, la

avaricia y la aceptación de la adulación desenfrenada. El culto a la cólera provoca la

embriaguez de quienes aceptan como mandatos los señalamientos de los administradores del terror pensando equivocadamente que nunca tendrán que dar cuenta a nadie.

b. De Nerón a Vespasiano

Cuando Nerón, absolutamente inexperto, llega a la dignidad imperial las cosas marcharon muy mal. Estuvo a punto de provocar la bancarrota del Imperio. Sus dislates fueron tales que se produjo una amplia reacción entre la alta burocracia imperial y los dignatarios provinciales. Estos, además, pactaron con los restos de la aristocracia y se produjo la caída de Nerón. Galba llegó, así, al poder. De manera efímera, pues al intentar simultáneamente la represión interna y el retorno a la República, intervino el ejército dando con la fuerza de las armas sus argumentos sobre el camino a seguir.

Se produjo una guerra civil de 14 meses. Finalmente, llega Vespasiano, quien proclama que el Imperio sería necesariamente hereditario. El Imperio tuvo tres generaciones bajo el signo de la paz, a pesar de algunos incidentes lamentables (como, p.

e., el asesinato de Domiciano). Se prefirió la solución pacífica de las controversias al uso de

la fuerza militar en el ámbito externo.

Fue el tiempo de los Flavios y los Antoninos. En él se cuidó el desarrollo urbano. La diferencia entre la ciudad y el campo llevaría a la distinción, no grata vista a la distancia, entre honestiores [habitantes de la ciudad] y humiliores [habitantes del campo].

33. La monarquía igualitaria, el militarismo, la crisis del s. III

El triunfo de Séptimo Severo en la guerra civil que sigue a la muerte de Cómodo reforzó una tendencia creciente a la Monarquía igualitaria. Las confiscaciones que siguieron a la guerra civil, convirtieron al Emperador en el primer productor de productos agrícolas. Además, debía pagar (en condiciones que luego se mostraron económicamente suicidas) a los efectivos militares.

Durante el medio siglo que va del 235 al 284 se establece una pugna entre el Senado

y el ejército para la designación del Emperador. El ejército argumentando la difícil

situación bélica sólo admitía como Emperador a quien respetara como militar. Así el generalato se convirtió en vía de acceso a la dignidad imperial. El Senado se movía, habitualmente, por consenso y unanimidad. No acontecía lo mismo en las filas castrenses. Un perverso espíritu generaba rivalidades insuperables. El aislamiento de las dotaciones militares ocasionaba, además, que cada guarnición elegía a su general y que una victoria fuese argumento suficiente para proclamarse Emperador. La indisciplina, las rebeliones, las

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usurpaciones, los desconocimientos, las deslealtades y los asesinatos estuvieron a la orden del día.

Surgieron así los Emperadores soldados (casi todos de la Iliria) que los Senadores se empeñaron en mostrar como cosa caricaturesca y contraria a la misma dignidad del Imperator. Cristalizó así el antagonismo entre militaristas y civilistas.

Si los militares eran sobre todo de origen campesino, la devastación de las guerras era sufrida tanto por campesinos como por habitantes de las ciudades. El militarismo, unido

a un cierto sentido de lucha social que se dio al enfrentamiento entre civilistas y

militaristas, terminó por hundir al Imperio en un auténtico caos, en medio del cual bandas

armadas que se llamaban ejército hacían de las suyas por donde pasaban. La situación llegó a ser de tal gravedad que los Gobernadores provinciales optaron por tomar medidas por su cuenta y riesgo, sin esperar instrucciones que podían no llegar nunca.

“Maximino —dice Hohl— inaugura la larga serie de los emperadores soldados, serie sólo excepcionalmente interrumpida. Todos estos emperadores fueron impuestos por

el ejército; casi todos fueron también depuestos por el propio ejército y ni uno sólo de ellos

murió tranquilamente en su cama. Ya la aguda mirada de Tácito había descubierto la importancia histórica de la catástrofe de Nerón en el hecho de que con motivo de ésta se destruyó la ilusión de que fuese Roma el único posible escenario para el advenimiento al trono. Desde la aparición de Septimio Severo se impone el derecho consuetudinario de que sea el ejército el que proclame al emperador. Más este ejército, que en idea representaba una unidad, dividíase en realidad en partes de tropas concurrentes, cada una de las cuales reclamaba el derecho de proclamar un emperador. Así, pues, la corona imperial era y seguía siendo una posesión harto precaria e insegura. Que la unidad del imperio con tal sistema amenazaba a deshacerse es cosa que no debe admirar y que es menos admirable que el hecho de que algunos soberanos enérgicos lograran una y otra vez preservar del derrumbamiento el edificio vacilante” 23 .

Los Emperadores soldados fueron Claudio II, Aureliano, Probo, Caro, Numeriano y Carino entendieron claramente que debían su poder a las legiones militares y no al Senado. Su poder dependía de su liderazgo castrense. Se llegaba así a la instauración del poder carismático.

Hablando del mundo que nace y del mundo que muere 24 se detiene Theodor Momsen en la crisis del siglo III como un momento decisivo. Destaca que todo ese siglo

fue para Roma “una larga dictadura militar” 25 . “Los ejércitos hacían y deshacían a los emperadores” 26 . Y explica: “Resultaba así que Roma, esa formidable entidad que dominaba

el Occidente, pertenecía, pues, de hecho, a un poder ciego, incontrolable, que en la mayoría

de los casos no se guiaba sino por sus pasiones y sus bajos intereses. Resume la moral política de esta triste época la frase que Septimio Severo dirigió a sus hijos como supremo

23 HOHL, Ernestus [1886-1957], El Imperio Romano, cit., p. 486

24 MOMMSEN, Theodor. Historia de Roma, vol. II, cit., cap. VII, pp. 369 y ss.

25 Ibídem, p. 372

26 Ibídem.

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consejo: Enriqueced al soldado y burlaos de todo lo demás. Ahora bien, esta entrega de la verdadera autoridad a la fuerza bruta, esta traición a todos los viejos principios latinos no podía acabar, evidentemente, sino con una subversión radical de todo lo que había hecho la grandeza de Roma y su papel civilizador” 27 . “La entrega del Poder en manos del ejército fue acompañada de una disgregación profunda del mismo ejército, y todo ello constituyó, cada vez más, una revolución radical” 28 .

El colapso financiero posterior a la crisis del s. III va acompañado de una crisis cultural y espiritual. Las rivalidades de las ramas de la casa imperial se ven acompañadas de una lamentable corrupción de las costumbres.

El último Emperador de Occidente, Rómulo, es depuesto en el 476.

34. La decadencia romana

La decadencia romana presenta una serie de fenómenos de degradación entre los cuales los historiadores han destacado, particularmente, la extendida inmoralidad, la destrucción de la familia como institución, el militarismo como plaga coexistente con la crisis económica y el caos social y político, y el deterioro creciente del nivel cultural de la sociedad.

a. Opinión de Daniel-Rops

Hablando de la decadencia del Imperio Romano, Daniel-Rops ((seudónimo con el cual es comúnmente conocido el historiador, Miembro de la Academia Francesa, Henri Petiot —1901-1965—) dice: “Pero todavía hubo algo peor que ese deslizamiento de la sociedad hacia la inercia mortal; o más bien, otro fenómeno, que salió de las mismas causas y, sobre todo, del excesivo enriquecimiento, y corrió a la par de aquel. Y fue que la sociedad romana se hallaba herida en la fuente viva de la que se alimenta toda sociedad:

que la familia se tambaleaba y que la natalidad cedió. La madre de los Gracos había tenido doce hijos, pero al comienzo del siglo II se alababa como excepcionales a los padres que tenían tres. Eludióse el matrimonio, pues la orbitas, el celibato, tenía todas las ventajas, la principal de las cuales era asegurar al rico una fiel clientela de herederos en expectativa. Y no privaba de nada, puesto que la esclavitud suministraba compañeras más dóciles que las esposas y renovables a placer. El aborto y la exposición de los niños (es decir, su abandono) tomaron proporciones aterradoras; una inscripción de tiempos de Trajano permite saber exactamente que de ciento ochenta y un recién nacidos, siento setenta y nueve eran legítimos, y que de este último total tan sólo eran niñas treinta y cinco, lo cual prueba sobradamente con cuánta facilidad se desembarazaban de las hijas y de los bastardos. En cuanto al divorcio, había llegado a ser tan corriente, que ni siquiera se le daban ya las apariencias de una justificación, pues bastaba el simple deseo de cambio” 29 .

27 Ibídem, pp. 372-373.

28 Ibídem, p. 373.

29 DANIEL-ROPS, Henri. [pseudónimo de Jules Charles Henri Pétiot] [1901-1965], La Iglesia de los Apóstoles y los Mártires, Palabra, Madrid, 1992, pp. 152-153.

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Hace referencia a los elementos de una revolución. Luego de decir que requiere tres elementos fundamentales: situación revolucionaria, doctrina revolucionaria y personal revolucionario, cita a Albert Ollivier, comentarista político francés y editorialista del diario Combat. Éste dice que “una situación revolucionaria no es forzosamente una situación en la cual la revolución esté a punto de estallar o de realizarse”. Y agrega: “Implica tan sólo una discusión —más o menos explícita— de los elementos sociales y morales conforme a los cuales se acostumbra a vivir hasta entonces, una esterilización de los antiguos valores, un cambio en las relaciones de fuerza que componen el aspecto particular de una sociedad en un momento dado de la Historia. Se puede estar en una situación revolucionaria y hallarse muy alejado de toda revolución” 30 .

Al hablar de la crisis social de este tiempo (s. III), dice, entre otras cosas: “El dinero fue entonces más rey que nunca, con esa realeza absoluta e incoherente que se le ve poseer en todas las épocas de desequilibrio financiero e inflación. Los principios de la moral más elemental fueron combatidos oficialmente. El ejemplo venía desde arriba, de la misma corte imperial. [Señala el ejemplo de crueldad patológica de Caracalla y el ejemplo de público comportamiento contra natura de Heliogábalo, joven príncipe y psicópata sexual]. Y aún cuando la inmoralidad de los poderosos no alcanzase tales escándalos, no hubo ningún reinado que no mostrase más o menos el ejemplo del divorcio y del concubinato oficial” 31 .

b. Opinión de Christopher Dawson

No es menos dura la opinión de Christopher Dawson. “A lo largo del siglo III, y especialmente durante los desastrosos cincuenta años que corren del 235 al 285, las legiones hicieron y deshicieron emperadores a capricho y el mundo civilizado se despedazó entre la guerra civil y las invasiones de los bárbaros. Muchos de aquellos emperadores se comportaron como hombres honrados y como soldados valerosos, pero, casi sin excepción, habían sido antes centuriones, la mayoría hombres de origen humilde y ruda educación, llamados desde los cuarteles a enfrentarse con una situación que hubiera puesto a prueba la capacidad del más grande de los estadistas”. Y agrega: “Por lo cual no es de extrañar que las condiciones económicas del imperio fueran de mal en peor bajo el mandato de esa serie de militarotes. Para atender a las exigencias de los soldados y a las necesidades bélicas, se hizo indispensable un enorme aumento tributario, en tanto que la inflación monetaria, que alcanzó grandes proporciones en la segunda mitad del siglo, trajo como consecuencia una desastrosa alza de precios y la pérdida de la estabilidad económica. Con lo que el gobierno hubo de establecer un sistema de impuestos forzosos en especies y servicios obligatorios, medida que acrecentó los sufrimientos de las poblaciones sometidas” 32 .

c. Opinión de Jean Dumont

Jean Dumont señala como una de las principales causas de la muerte del Imperio Romano “la espantosa degradación de costumbres del Bajo Imperio, fuente de infecundidad

30 Ibídem, p. 160

31 Ibídem, p. 379.

32 DAWSON, Christopher [1889-1970], Los orígenes de Europa, cit., pp. 41-42.

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demográfica de la sociedad antigua, en vías de extinción” 33 . Agrega que “la búsqueda generalizada y sin freno del placer, independientemente de la procreación, era la característica fundamental de la sociedad pagana decadente”. Y continúa: “El aborto era libre, y sólo se condenaba cuando el marido se quejaba de que se le privaba de descendencia. El aborto, lo mismo que la contracepción, era objeto de mil procedimientos enumerados en los tratados médicos, desde Hipócrates hasta Sorano, y universalmente practicados. Del mismo modo, por el Imperio romano se extendía una especie de prostitución generalizada, a la griega, favorecida por el servicio que prestaban al respecto las esclavas domésticas y las ‘clientelas’ ” 34 . Cita a Piere Chaunu para coincidir con él en el señalamiento de que la sociedad romana antigua va a morir por la dicotomía entre el placer y la procreación en una sociedad de esclavos 35 .

d. Opinión de Theodor Mommsen

Theodor Mommsen, por su parte, señala a la esclavitud como una de las manifestaciones mas pavorosas de la decadencia, llamándola “lepra mortal de la antigua ciudad” 36 . Y, refiriéndose al caso concreto de Roma, añade: “La desmoralización, compañera inseparable de la esclavitud, y el odioso contraste entre la ley positiva y la ley moral, resaltaban a la vista” 37 .

Mommsen también destaca la conjunción de la anarquía con el desorden material:

“A mala siembra, mala cosecha. Los clubs y las fracciones, azote de la política, y el culto a Isis y las otras supersticiones piadosas, azotes de la religión, fueron echando en adelante sus raíces en Roma. La constante carestía de los víveres, las frecuentes hambres, el peligro a que se hallaba expuesta la vida de los transeúntes, peligro mayor que en cualquier otro punto, fueron causa de que el bandolerismo y el asesinato llegaran a ser un oficio regular, y tal vez el único oficio” 38 .

Describe

Mommsen

el

desenfreno

de la sociedad

romana de

la decadencia,

señalando como “el más grosero de todos” el de la mesa 39 .

“Cuando los comensales se habían hartado de tantos manjares diversos —dice—, necesitaban, para no tener una indigestión, tomar algún vomitivo, cosa que no chocaba a nadie”. Y agrega: “Muy pronto fue erigido en sistema el desarreglo de todo, y se extendió considerablemente. Había profesores que enseñaban a la juventud elegante la teoría y la práctica del vicio. ¿A qué conduce que insistamos por más tiempo en esta monótona variedad de innobles cualidades? Y, por otra parte, tampoco los romanos dieron pruebas de originalidad en esto, limitándose sólo a copiar, monstruosa y groseramente, el lujo del

33 DUMONT, Jean [1923-2010], La Iglesia ente el reto de la Historia, Encuentro, Madrid, 1987, p. 35.

34 Ibídem.

35 Ibídem. La referencia citada es la siguiente: CHAUNU, Pierre [1923-2009], Histoire et foi, France-Empire, Paris, 1980, p. 143.

36 MOMMSEN, Theodor, Historia de Roma, cit. vol. II, p. 1040.

37 Ibídem

38 Ibídem, pp. 1041 - 1042.

39 Ibídem, p. 1056. Se extiende MOMMSEN en texto y notas de esta página en descomunales listas que se conservan de alimentos de banquetes.

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mundo oriental helénico. Plutón [hijo de Saturno, dios de los infiernos, esposo de Proserpina, hermano de Júpiter y de Neptuno] devora a sus hijos, lo mismo que Saturno [hijo de Urano y de Vesta, dios del tiempo, padre de Júpiter, de Juno, de Plutón, de Neptuno]” 40 .

El antinatalismo unido a la corrupción y disolución de la institución matrimonial es también señalada por Mommsen como una de las señales más pavorosas de la decadencia:

“Veamos —dice— lo que se pensaba del matrimonio, aún en los círculos aristocráticos. Uno de los hombres mejores y más puros de su tiempo, Marco Catón, no vaciló en divorciarse de su mujer por solicitud de un amigo que la quería, y cuando después murió este amigo, la recibió de nuevo y se casó con ella por segunda vez. El celibato y las uniones estériles se hacían cada día más frecuentes en las altas clases; antes se consideraba el matrimonio como una carga que había que sufrir en interés del Estado y en este tiempo. Catón El Joven y todos sus discípulos profesan la siguiente máxima, de la cual decía Polibio, un siglo antes, que era una de las causas de la disolución de la sociedad griega: ‘Es deber del ciudadano conservar las grandes fortunas, y para ello, no tener muchos hijos’. ¿Qué había sido de aquellos tiempos en que llamarse proletarius [padre de una prole] era para todo romano un título de honor?” 41 .

Finalmente, para Mommsen, la decadencia romana también se manifiesta en la decadencia de la elocuencia política, en la desaparición de la gran retórica 42 .

e. Reflexiones a partir de Edward Gibbon.

Consideración

final

sobre

la

Caída

del

Imperio

Romano

de

Occidente.

Edward Gibbon [1737-1794], considerado uno de los grandes historiadores ingleses del siglo XVIII, publicó The History of the Decline and Fall of the Roman Empire entre 1776 y 1778. (Vol. I, 1776; Vol. II y III, 1781; Vol. IV, V y VI, 1788). La Modern Library publicó en New York, en 1983, una reedición de la obra. Su largo texto está lleno de conocimientos clásicos, ironía británica, amables consideraciones y agradable expresión retórica e inexactas consideraciones teológicas y de no pocas observaciones geográficas, históricas, étnicas y culturales. Todo con una visión de conjunto, llamativa para el tiempo en el cual fue redactada, la Historia sobre la Decadencia y Caída del Imperio Romano. Por eso la obra tiene algo de ciclópeo por su extensión y su pretensión de rigor académico. En ella se trata, según resaltó adecuadamente Moses Hadas, no sólo de la desintegración de una nación sino del desmoronamiento de una vieja, rica y aparentemente indestructible civilización. Buscando la facilidad de su uso por parte del gran público, y en particular de los estudiantes contemporáneos, se han hecho diversos resúmenes y adaptaciones de la obra de Gibbon. Uno de esos intentos fue el realizado por un distinguido Profesor de Clásicas de Columbia University, Moses Hadas [1900-1966] Gibbon’s The Decline and Fall of the

40 Ibídem, p. 1057.

41 Ibídem, p. 1061.

42 Cfr. ibídem, p. 1156. En este sentido no vacila MOMMSEN en extender su crítica hasta Cicerón: “Se reprochaba a Cicerón –dice- su ampulosidad y falta de energía, su fría gesticulación, la ausencia de método y la ambigüedad de sus divisiones, y, sobre todo, la absoluta carencia de entusiasmo, condición que constituye por sí sola al orador” (p. 1160).

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Roman Empire. A Modern Abridgment, publicado por Putnam, en New York, en 1962, hace ya medio siglo.

Tanto respecto a personas como a instituciones, la decadencia y caída del Imperio Romano luce como corrupción de principios espirituales por un afán de mecanización y formalización. Parece evidente que tal afán es consecuencia de la degeneración de las costumbres, y en no poca medida por una mezcla perversa entre el hedonismo sin freno y la ambición del poder sin límites. La ruina de facto de la auctoritas como principio rector asentado en el respeto generado por los méritos mostró un proceso involucionante de evaporación de criterios principistas rectores de la vida romana. Desaparecidos los principios el esfuerzo se centró, estérilmente, en un procedimentalismo que se reducía al cumplimiento aparente de formalidades para justificar, a menudo a posteriori, las más descaradas o aberrantes expresiones de la voluntad de poder, afincada ya no en la razón o la moral sino en la fuerza bruta.

. Es llamativo el empeño que autores como Gibbon en poner de relieve, en el proceso de decadencia del Imperio Romano, cómo la degradación moral de los dirigentes —en el plano personal, social, político y militar— produjo una tremenda herida en la institucionalidad política y militar que había hecho grande al Imperio permitiendo su expansión victoriosa. Destacan reiteradamente la patología social que afectó crecientemente al estamento castrense. Subrayan, a menudo, el esfuerzo por recuperación de la disciplina en el seno de las Legiones. Señalan, también, cómo la fácil tarea de destrucción encontró, en cambio, como contraparte, una difícil si no imposible recuperación en el corto plazo. Así, en efecto, la resistencia de los degradados a todo empeño de rectificación de rumbo provocó, en la mayoría de los casos, un impulso negativo, autodestructor, a la ya torcida dinámica que provocaba la anarquía en función de plurales ambiciones enanas. No bastó, históricamente hablando, que mentes lúcidas percibieran con nitidez que sin la recuperación de la sana institucionalidad militar la reconstrucción de la República era imposible. Aunque fuera una meta necesaria y conocida, la inercia de la continuidad enferma —una vez que el mal se había extendido, con sus frutos de anemia, en todo el organismo social y político del Imperio— se mostró más fuerte que los medios puestos en práctica (esporádicamente) para la recuperación de la sindéresis, de la racionalidad elemental, moral y política, sin la cual la misma existencia del mundo romano estaba, ciertamente, amenazada.

Roma se mantuvo, a pesar de los pesares, mientras se mantuvo el Senado. Cuando de facto la instancia de esa Asamblea se aniquiló, la partida de defunción de la Civitas, como instancia civilizadora en su dimensión histórico-política de Imperio rector del mundo conocido, había llegado a su fin. Del Senado surgieron los dramáticos (y no siempre eficaces) intentos de corregir las torceduras del rumbo. Y cuando fue usado para la formal convalidación de felonías, simplemente se contagió a la venerable institución del mismo virus letal que llevaba a la tumba histórica a las antiguas grandezas de Roma.

El Bajo Imperio se caracterizó por la corrupción social y política y el relajamiento de la disciplina militar. No poco del desorden político tuvo en ese tiempo un origen inmediatamente cuartelario. El abuso y la arbitrariedad fueron hechos corrientes por parte de aquellos que tenían en sus manos la fuerza. Existe, sin embargo, en la obra de Gibbon, con todas sus limitaciones y falencias, una perspectiva de valor moral de las conductas que

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para algunos resultará incómoda. Los nuncios de lo políticamente correcto, que pretenden imponer como “derechos” aberraciones anti-naturales típicas de los momentos de las crisis más profundas de las civilizaciones, querrían no leer o ignorar las claras sentencias del historiador inglés frente a los vergonzosos comportamientos, reñidos con la moral y con el derecho, que tachonan el desmoronamiento histórico y político de aquel que había llegado a ser un gran Imperio. Para algunos de esos nuncios tales conductas no sólo deberían ser socialmente toleradas, sino políticamente impuestas, forzadamente, con un viciado dogmatismo que agrede en su raíz cualquier digna concepción de la persona humana. Esos tales son aquellos que pretenden imponer por la fuerza la negación de la sindéresis y la aceptación de lo antihumano como un hecho de violencia que, más que rechazar, debía ser aplaudido por las propias sociedades a las cuales victimiza. Cuando las crisis civilizatorias resultan evidentes a menudo se oscurece tanto la razón moral como la razón política. ¿Cómo se llegó, por ejemplo, al poder omnímodo de un personaje como Heliogábalo? Gibbon cuenta la historia sin evadir su juicio, basado en la razón moral y en la razón política. Si se exalta la degradación como grandeza y se llega a la postulación del vicio describiéndolo como virtud, las lecciones de la historia resultarán pervertidas y únicamente servirán para la corrupción de la inteligencia y la desorientación de las actitudes; para la contumaz negación de aquellas que Gibbon llama leyes de la naturaleza y la decencia; y para la ejemplificación contemporánea de las miserias humanas que marcan, social y políticamente, los períodos de crisis.

La caricatura de la igualdad que es, en realidad, el falso igualitarismo —que, para decir las cosas por su nombre, no resulta más que el camino real hacia el caos y la anomia— se puso, en la historia de la decadencia de Roma, de notable relieve con el hecho de que Emperadores que no querían serlo terminaran por obedecer al clamor instigado de las tropas, al tumulto cuartelario, que no era siempre —no lo era en la mayoría de los casos— la voz del pueblo, ni su eco. La ausencia decadente de dirigentes se mostró, así, en la circunstancia lamentable de que quienes aparentaban ser tales eran, en realidad, instrumentos de ocasión, dóciles títeres de griterío desordenado pero armado. La oclocracia militar fue el fenómeno más triste y trágico que resulta patente en los incidentes históricos recogidos por Gibbon.

La corrupción militar fue causa no secundaria del eclipse de la grandeza romana. Podría decirse que la corrupción militar fue, en la historia descrita, un simple reflejo de la corrupción general de las costumbres que en el Bajo Imperio se hizo más de bulto. Corrupción militar, corrupción social. No me atrevería a decir que una es causa de la otra, o viceversa. En el orden estrictamente histórico-político, la decadencia del Senado es inseparable, hasta su extinción, de la degeneración progresiva de la institución castrense que había sido una de las causas de la grandeza imperial romana. Esa degeneración marca trágicamente el Bajo Imperio. Lo cierto es que el abuso castrense era fenómeno universal. Cuando en el Evangelio de S. Lucas [3, 14] se relata cómo diversas gentes preguntaban a Juan el Bautista que debían hacer para convertirse, es revelador el diálogo con los militares que también se acercaron a él, según el texto de la Neovulgata: Interrogabant autem eum et milites dicentes: «Quid faciemus et nos?» . Et ait illis: «Neminem concutiatis, neque calumniam faciatis et contenti estote stipendiis vestris».[Le preguntaron también los soldados diciéndole: Y nosotros qué hacemos? Y les dijo: No extorsionéis, no calumniéis y contentaos con vuestra paga]. Con lo cual puede suponerse que el comportamiento del

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estamento militar en los inicios de nuestra Era no sólo no era ejemplar sino que dejaba mucho que desear y era universalmente conocido y socialmente sufrido.

Resulta un fenómeno innegable, vistos los hechos históricos del Bajo Imperio, que cuando las formas más deplorables de aniquilación de las virtudes se enseñorearon en el Palacio del César la peste moral fue recibida sin aspavientos en los Campamentos. Entonces, los soldados —sobre todo los de la Guardia Pretoriana— resultaron el factor decisivo en la imposición rectora (o en su deposición) de un elenco de personajes que frecuentemente constituyeron, desde el punto de vista histórico-político, antológica expresión de la capacidad insólita de irrespeto a la humana dignidad.

Cuando se colocó en las Legiones la fuente real del poder y la decisión de ellas estuvo en relación de dependencia directa con quienes, por ambición de mando, estuvieran dispuestos al mayor halago de las bajas pasiones de las tropas, el imperium quedó definitivamente divorciado de la auctoritas. Entonces la dignidad perdida del mando se deslizó, desde la cúpula social y política, y desde la dirigencia militar, como una lava podrida de volcán maldito, desde arriba hacia abajo, desde el patriciado hasta los niveles más simples de la plebe, desde la Urbe hasta las Provincias, inundando todos los ámbitos de un preciso orden social y de toda una civilización.

Así, se hicieron comunes las miserias y perversiones, inseparables, como tónica general y práctica admitida, de los comportamientos humanos en las coyunturas regresivas de la historia de los pueblos. La fuerza sin los principios, o la fuerza contra los principios, señala siempre, en efecto, la ruta de las tragedias. No bastan las personalidades aristadas ni el anhelo de caudillos, si no existe la compartida decisión colectiva de superar, paulatinamente, pero con constancia, la suciedad moral con la rectitud ética, la insolencia prometeica con la libertad del creyente, la escoria con la grandeza. La regeneración histórica exige siempre una regeneración espiritual. Jacob Burckhardt escribió, proféticamente, en su correspondencia, en 1870, que cuando los pueblos olvidan los principios buscan un Führer. La grandeza de los pueblos resulta inseparable de su grandeza moral y espiritual. Lo heroico no pasa de ser una categoría romántica si se le separa del testimonio de la verdad, de la consecuencia hasta el sacrificio, de la persistencia personal y colectiva en la recta adhesión de las causas que ameritan hasta el morir por ellas. La dimensión heroica termina, pues, por ser una escapista dimensión onírica cuando se prescinde de la razón moral y de la razón política. Los pueblos —a veces los pueblos más cultos de la tierra o con una evidente gran tradición cultural—, más frecuentemente de lo que desearíamos, buscan, una y otra vez, falsas salidas cuando se resisten a reconocer que los desvaríos personales, sociales y políticos, con la ignorancia o el rechazo del respeto a la humana dignidad, suponen, sin más, la aniquilación, por cauces egoístas, de la noción de bien común, de solidaridad, de conciencia de comunidad con soportes espirituales y materiales.

Cuando ello ocurre no hay que buscar tangencialmente causas exógenas que expliquen su decadencia. Las responsabilidades, de manera principal, suele estar adentro. La miopía frente a los defectos personales o colectivos, la incapacidad de reconocer los propios descaminos, impide la rectificación valedera del tránsito histórico. Semejantes desvaríos suelen ser, en medida no pequeña, consecuencia de la perversión de los

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dirigentes. La traición de las élites, su corrupción, las convierte en oligarquías; y de su menaje podrido, (que se empeñan en imponer forzadamente como alimento bueno, tildándolo de supuesto progreso), se envenenan los pueblos. Cuando ello ocurre las desintoxicaciones que se desean y esperan no serán —no han sido nunca— el resultado de voluntarismos mesiánicos de cualquier caudillismo de medio pelo, ni de las retortas de un Despotismo Ilustrado, viejo o nuevo, sino resultado de procesos largos de recuperación de la sindéresis personal y colectiva. Para esas tareas, el liderazgo auténtico, ante realidades cercanas a la anomia, debe saber que, si de veras quiere dejarse una impronta imborrable en la vida de los pueblos afectados por las patologías profundas de la crisis, su tarea debería consistir, sobre todo, en formar, en la medida de lo posible, a los dirigentes que tendrán como responsabilidad histórica la superación de tales coyunturas. Quienes formando parte del pasado buscaran el mando, con desesperación maquiavélica, en un presente que ya no es propiamente el suyo (y al cual realistamente puede suponerse que no lograrán domeñar y dirigir), no podrán entender que, más allá de su deseo o cálculo, no se hicieron para su goce en la madurez de las mieles del poder, sino que el suyo debe ser, en el mejor de los casos, el camino sacrificado del testimonio pedagógico.

V. LA LITERATURA ROMANA

35.

Virgilio 43

Publio Virgilio Marón nació en Andes (Piétola), cerca de Mantua, en octubre del 70 a. C. Murió en Brindisi el año 19 a.C. Su padre fue un alfarero industrial llamado Marón. Su madre, una liberta llamada Magia. Hizo sus primeros estudios en Cremona. A los 16 años vistió la toga viril y su padre le envió a Milán a seguir estudios. Poco duró en Milán, pues un año después, el 53 a. C (el 700 de la fundación de Roma) estaba en Nápoles, sumido en el estudios de los autores griegos, especialmente de Homero, Teócrito y Hesíodo. Estudia, además, matemáticas, filosofía, cosmología y medicina. Cinco años después regresa a Mantua. Se dedicó entonces a la administración de la heredad paterna. La serena calma de la vida campestre le agrada y le marca. De su estima de ese ambiente surgen los 10 poemas bucólicos que conocemos como Églogas o Bucólicas. Son considerados el tesoro de la poesía pastoril. Tuvo Virgilio dificultades con la ocupación de las tierras de su heredad por parte de los militares depredadores de Octavio Augusto. Aunque sus amigos lograron hacia el poeta el favor del César y éste designo autoridades que sabía favorecían el respeto a las propiedades de Virgilio, la soldadesca animada por la impunidad e insaciable en su rapacidad, no solo invadió nuevamente sus tierras sino que intentó asesinar al poeta que era su legítimo dueño. Para salvar su vida Virgilio tuvo que cruzar a nado el río Mincio, dándose a la fuga. Sólo la directa intervención de Octavio Augusto y de su ministro Mecenas permitió a Virgilio recuperar sus tierras y obtener una indemnización tardía por los daños injustamente sufridos. Se mudó, sin embargo, a Roma, pensando que estaría más seguro en una casa en el Esquilino que en su amada campiña. Formó en su residencia romana una notable biblioteca. Compartía con Horacio la protección generosa de Mecenas. Gozando de los favores imperiales, cuando Virgilio

43 Cfr. WOODBERRY, George Edward [1855-1930], Virgil, Haskell House Publishing, New York, 1972; AUSTIN, Rionald Gregory [1901-1974], A bibliography of Virgil, Joint Association of Classical Teachers, London, 1978.

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escribe La Eneida no vaciló en verter en su obra tales alabanzas a Octavio que lucen, según se le mire, agradecida expresión literaria o necesaria adulación en búsqueda de una continuación del apoyo material del cual gozaba. Logró su objetivo: se cuenta que Octavio, al leer el desfile de sus parientes entre los héroes (sobre todo, la parte referida a Marcelo, muerto en plena juventud, que comienza Tu Marcellus), lloró emocionado y otorgó al poeta como regalo una enorme cantidad de dinero.

“En la época de Augusto, —escribe Antonio Fontán— Roma vive más espléndidamente que en ningún otro momento de su historia, el orgullo nacional de su propia grandeza. Virgilio ve en ello el destino y la razón de ser de la Ciudad y pone en boca del padre de Eneas, como una profecía y una promesa, que al hombre romano le corresponde gobernar el mundo, pero enseguida añade el modo cómo debe ser ejercido este imperio, que ha de estar presidido por un espíritu de moderación y de magnanimidad hacia los pueblos sometidos, y que tiene como fin el establecimiento permanente de la paz” 44 .

Por supuesto, dice Fontán, en la historia de Roma, como en toda historia humana, hay mezcla de grandeza y miseria, de vicio y virtud, de heroísmo y bajeza. “Pero la voz de los poetas, de los oradores, de los historiadores, como la de sus predecesores griegos, repite constantemente una llamada al cultivo de los valores morales, tal como se expresaban teóricamente en la especulación de los filósofos helénicos, y prácticamente en el mundo idealizado de la tradición nacional latina” 45

Dentro de la Roma pagana Virgilio fue exaltado como paradigma de virtudes. A los 34 años se retiró a Nápoles para componer, a petición de Mecenas, Las Geórgicas. Éste poema se considera el prototipo del poema geopónico [referente a la agricultura, al cultivo de la tierra]. Mecenas deseaba, en efecto, que el verso de su admirado Virgilio contribuyera a encauzar la ilusión y la laboriosidad ciudadana a las labores del campo. En opinión de Mecenas la polarización hacia lo militar había segado la necesaria dedicación a la agricultura, trabajo necesario y fuente de prosperidad material. Terminó Las Geórgicas en el 714 de la fundación de Roma (29 a. C.). Los diez años siguientes, hasta el 724 (19 a. C.), los dedicó a la preparación de la que se considera su obra cumbre, La Eneida. Ese es el poema nacional romano, el canto de su orígenes, de su evolución y su grandeza; el canto de su gloria y su poder. Influenciado por Homero, para componer La Eneida recorrió Grecia y los escenarios de la epopeya helénica en el Asia Menor. Octavio, a su regreso de Oriente, le encontró en Atenas y quiso que regresara a Roma junto con él. Así, su regreso a Italia se produjo formando parte de la comitiva imperial. Su fallecimiento se produjo al desembarcar en Brindis. Acatando su voluntad sus restos fueron incinerados en el camino de Puteoli (Pozuoli) y enterrados cerca de Nápoles.

Las Églogas o Bucólicas son un conjunto de 10 composiciones poéticas (idilios) inspiradas (en algunos casos traducidas literalmente) en versos (los Eidyllia) de Teócrito, poeta siracusano que escribía en griego. Los exhaustivos estudios de la crítica comparada llegan a la conclusión de que sólo 3 de las 10 composiciones son propiamente originales: la I (Melibeo y Titiro), la IV (Polión) y la VI (Sileno). En los primeros siglos del cristianismo

44 FONTÁN, Antonio [1923-2010], Humanismo Romano, Planeta, Barcelona, 1974, p. 26.

45 Ibidem, pp. 26 - 27.

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algunos pretendieron ver en la Égloga IV (Polión) el anuncio del nacimiento del Salvador del mundo; de su misión redentora para felicidad de los seres humanos. La verdad histórica parece ser que esa égloga estuvo dedicada al hijo de Polión, llamado Asinio Galo Salonino.

Las Geórgicas es un poema didáctico en cuatro cantos. Su título significa en griego trabajos de la tierra. En la obra se habla de la agricultura: de los cultivos y de lo que genéricamente puede llamarse economía rural. Así, el primer libro trata de la labranza; el segundo, de la siembra de los árboles, con particular atención a las vides; el tercero, a la cría de ganado; y el cuarto a los apiarios, a las abejas.

La Eneida es un poema épico y heroico. Está compuesto de 12 libros. Su nombre deriva de que la ficción poética supone a Eneas, piadoso príncipe de Troya, con la misión de llevar a los dioses de su patria a Italia, para fundar allí, junto con otros héroes troyanos, la nueva Ilion. Resultaba halagador al orgullo romano tomar como fábula de origen un supuesto ancestro en los troyanos (enéadas). Además la dinastía Julia presumía que su genealogía se remontaba hasta los dioses. Según Julio César, la gens Julia descendía de Julo, hijo de Eneas. Virgilio fusiona en La Enéida las dos grandes obras de Homero, La Ilíada y La Odisea. Los primeros seis libros de La Enéida relatan lo que podría considerarse la Odisea de Eneas: las peregrinaciones del héroe troyano. Los otros seis relatan su labor heroica en el Lacio son como su Ilíada. En el Libro I, el poeta anuncia que va a cantar al héroe cuyos descendientes fundaron Roma. Allí, Eneas, hijo de Venus, se presenta a Dido, reina de Tiro en el exilio en Cartago, a quien relata las tragedias de Troya. El relato se extiende por los Libros II y III. En el Libro IV Mercurio, por órdenes de Júpiter, da a conocer a Eneas el mandato de pasar a Italia. En el Libro V los troyanos son obligados por una tempestad a llegar a Sicilia. A ruegos de Venus, Neptuno, dios del mar, los ayuda en la travesía. En el Libro VI Eneas, ya en Italia, entra en la cueva de la sibila y hace una ofrenda a las divinidades infernales. Sigue luego hasta Cayeta (Gaeta). En el Libro VII, bordeando la costa, llega a la desembocadura del Tíber. Envía entonces mensajeros al rey latino. Éste los recibe con ricos presentes y ofrece a su hija Lavinia en matrimonio a Eneas. El dios Juno, molesto por el posible establecimiento de los troyanos en Italia, pide la ayuda de Alecto, diosa de la venganza, y por su acción se desata la guerra entre troyanos y latinos. El libro VIII está lleno de apariciones de dioses. Venus logra que Vulcano forje las armas especiales que da a Eneas. Los libros IX, X, XI y XII relatan los combates entre Turno, rey de los rótulos, y Eneas, con abundantes consejos y participación de los dioses, en pro de uno y otro bando. En el combate final Eneas vence y mata a Rótulo.

En La Eneida se atribuye un origen elevado y heroico a la romanidad; queda humillada la reina de Cartago; se muestran como excelsos los atributos de los héroes troyanos que se suponen forman parte de la genealogía de los grandes de Roma; y estos cuentan, además, con el respaldo permanente de los mejores dioses. Se entiende, por ello, que la obra robusteciera el patriotismo romano, sirviera para consolidar la estima propia y para generar admiración en los demás pueblos. El propio Octavio Augusto la tuvo, como queda dicho, en alta estima.

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Quinto Horacio Flacco nació en Venusia (Apulia) el 8 de diciembre del 65 a. C. (5 de diciembre del 689 de la fundación de Roma) y murió el 27 de noviembre del 8 a. C. (746 de la fundación de Roma). Hijo de padre liberto aunque con bienes de fortuna, pudo recibir educación esmerada, primero en Roma y luego en Atenas. Estando en Grecia se vincula a la causa de Marco Bruto, enrolándose en sus huestes como tribuno militar. Fue ello causa de no pocas de sus desgracias. Como militar no descolló y, en cuanto adherente a la causa del derrotado en la disputa por el poder imperial, todos los bienes de su herencia paterna le fueron confiscados. Vuelve, pues, a Roma sumido en la pobreza. La estrechez económica agudiza su ingenio y le impulsa a darse a conocer como literato. Adquiere la buscada notoriedad con sus Sátiras (Satyrarum). Ellas captan el interés de Mecenas, quien, valorando la calidad del autor, lo protege financieramente. Horacio, agradecido a Mecenas

y al emperador Augusto Octavio por su ayuda, deja muestras de largo agradecimiento al

César y a su ministro en sus versificaciones. No buscó posiciones ni prebendas, sino aquella que llamó aurea mediocritas [dorada medianía]. Entendía por tal una vida de disfrutes sin complicaciones: paz, tranquilidad, estudio, sabiduría, amistad y buena mesa. Procuraba no rivalizar con nadie, ni tener enemigos. El emperador quiso designarlo secretario suyo, pero Horacio rehuyó tal distinción, aunque logró seguir siendo asiduo de la casa del César y también de la de Mecenas. Buen conocedor de la lírica helénica, procuró mejorar la calidad de la lírica latina. Reflejo de su esfuerzo son sus obras de madurez Odas

[Carmina], Sátiras [Satyrarum] y Epístolas [Epistulae]. Murió tres años después de Mecenas, dejando sus bienes (por manifestación de voluntad ante testigos, no por testamento formal) al emperador Augusto Octavio.

Horacio vivió en los años de la pax octaviana [paz de Octavio] 46 . Era más epicúreo que escéptico. Por eso se complacía no sólo en la tranquilidad sino en la languidez. Rehuía todo dolor y buscaba, sin caer en excesos, todo aquello que le diera paz y serenidad. En medio de la corrupción moral de su tiempo, buscó incorporar elementos de filosofía griega

al pensamiento romano, igual que Lucrecio y Séneca. Es un momento de decadencia ética

en Roma: no se entendían intelectualmente ni eran socialmente estimadas la compasión, la indulgencia, la fortaleza. El perdón no era ni conocido ni practicado. El estoicismo y el epicureismo mitigado no fueron cura de tales males personales y sociales. A lo más, constituyeron refugio intelectual y canon práctico para algunas individualidades como Horacio.

La libertad es vista como un alto valor moral y político. Ella explica es despego austero de las cosas. Así como Virgilio alababa en las églogas la sencillez de vida de los labradores o pastores, Horacio tendrá una visión rural del ámbito de la libertad. “En Horacio —dice Fontán— el paisaje de la verdadera libertad es un huerto con árboles que dan sombra, agua fresca, un parco yantar conforme a la naturaleza y el espíritu fiel a los preceptos sustanciales del vivir honesto y abierto al canto gozoso, sabio y espontáneo de la belleza de las cosas. Son enemigos de la libertad el odioso poder de los tiranos y los dos vicios capitales de la avaricia y la soberbia, hervideros constantes de inquietudes”. Y

46 Prototípico de la pax octaviana fue el hecho de que el templo de Jano, dios de la guerra, fuese cerrado ante una situación de paz universal.

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concluye: “Pero también son enemigos de la libertad todos los temores. Especialmente uno

de ellos: el temor a la muerte” 47

Las Sátiras comprenden, en su conjunto, 2 libros. El primero contiene 10; el segundo, 8. Todas están escritas en hexámetros latinos. La Sátira I del Libro primero está dedicada al principio de Aristipo Querer es poder. En la Roma moralmente decadente el principal afán era la acumulación de riquezas. Como ningún rico se daba por satisfecho, la primera sátira va contra el afán desmedido de posesiones. La Sátira II se dedica a los seductores profesionales que llenaban de intranquilidad los hogares ajenos. La Sátira III se dedica a los que hablan mal de los demás. La IV, a la defensa de la sátira como género literario. La V, la dedica a una excursión de Roma a Brindis. La VI a referir Horacio su modesto origen y a la alabanza de Mecenas. La VII hace referencia a un proceso ante Junio Bruto, Gobernador del Asia Menor. La VIII es un ataque a un personaje llamado Calícles y

los encantamientos de las hechiceras. En la IX critica la conversación insoportable del fastidioso e inoportuno. En la X señala normas de preceptiva literaria en la crítica de la obra

de Lucilio. Recomienda escribir sólo para la gente de talento, sin atender ni a los ignorantes

ni a los presuntuosos. En el Libro segundo, la I, va como respuesta amarga a los críticos de

su primer libro. La II, es el elogio de la frugalidad y la crítica del lujo material y la

corrupción moral. La III, versa sobre las locuras y extravagancias humanas. La IV se dedica

a la crítica de los excesos gastronómicos y culinarios. Horacio se burla del epicureísmo degenerado que colocaba la máxima felicidad en el comer supuestamente refinado. La V,

satiriza el halago a los ricos solterones buscando de ellos un legado de importancia. En la

VI está el elogio de la vida campestre y la crítica de la vida urbana. En la VII, Horacio (por

la boca ficticia de un esclavo) se critica a sí mismo por la inconstancia de sus gustos y por

las variaciones de su carácter. La VIII está dedicado a la crítica de la avaricia por la vía de

la burla de un mezquino banquete que un avaro ofrece a Mecenas.

Más que por sus Sátiras se considera a Horacio el más destacado de los líricos latinos por sus Odas. Las Odas de Horacio están compuestas de 3 libros [Carmina, libri III) Denomina Epódon a un cuarto libro. Hay también una oda suelta que es llamada Carmen saeculare [Verso secular]. Suelen distinguirse las Odas de Horacio en sagradas, heroicas, filosóficas y festivas. El prototipo de las Odas sagradas es el Carmen saeculare. Fue escrito para los Juegos y festejos seculares, que eran una solemnidad oficial. Allí pide a los dioses

protección para la patria, el renacer de las tradiciones romanas y la gloria de la raza latina.

La Odas heroicas fueron las que más contribuyeron al renombre y posteridad de Horacio.

En ellas plasma las grandezas y las tragedias romanas; las hazañas de los héroes y las lecciones que el pueblo debe aprender ante el ejemplo de los logros y de los fracasos, de los

comportamientos rectos y de los delitos. Las Odas filosóficas constituyen una exaltación de la paz y serenidad de la vida campestre. En ellas habla también de las buenas y malas cualidades de las personas. Se deleita en la ponderación de la amistad y en la crítica de la ambición, lo destructivo de las pasiones, lo fugaz de la fortuna. Según Horacio es de sabios contentarse con lo que se tiene, despreciando lo superfluo y no ambicionando lo ajeno. Alaba la sobriedad, el trabajo, la gratitud y la confianza. Las Odas festivas, han sido llamadas por algunos báquicas o eróticas. Canta en ellas al amor carnal con tono sensual rayano en la impudicia. Algunas de esas odas resultan de una procacidad tal que

33

constituyen la expresión literaria de la misma decadencia moral que Horacio critica en otras de sus producciones, sin llegar a la afirmación de la radicalidad ética, por la misma limitación de su aurea mediocritas.

Las Epístolas fueron su obra poética de madurez. Las escribió en los últimos años de su vida. Fueron conocidas como sus Sermones [Discursos]. Están agrupadas en dos libros. El primero tiene 20 cartas y el segundo 3. En forma epistolar Horacio intenta enseñar algunas doctrinas morales y filosóficas y exponer algunos criterios literarios. Están todas escritas en versos hexámetros.

37.

Ovidio

Publio Ovidio Nasón nació el 20 de marzo del 43 a. C., en Sulmone, ciudad del Abruzzo Citerior. Murió en Tomis (Kustendjé), a orillas del Mar Negro, en el año 17 o 18 de nuestra era. Hijo de familia noble, tuvo educación esmerada. Estudió derecho, aunque siempre proclamó su preferencia por la literatura en general y por la poesía en particular. Viajó por Grecia. Al regresar desempeñó algunos cargos, relevantemente en la función judicial. Su numerosa producción poética es reflejo de la decadencia romana.

En sus Amores se refleja su inestabilidad emocional (se casó tres veces). También una superficialidad de poco contenido moral: en sus relaciones amorosas no habla de estados del alma, ni del bien de la amada, sino de situaciones políticas o variadas tensiones externas a las cuales puede conducir una relación supuestamente afectiva.

También en las Heroides trata de pasiones imaginarias. Ovidio se inspira en las leyendas históricas buscando temas que le permitan teorizar sobre la relación amorosa. Se ha dicho que en los amantes de Ovidio hay mucho de cerebro y poco de corazón. Posiblemente, al carecer de referencia real y de no estar afincada la producción de Ovidio en la propia vivencia del autor, se trate de un esfuerzo de refinado intelectualismo más que del reflejo poético de una intensa vivencia amorosa que le permitiera incluso el descubrimiento de la elevación que supone y exige la donación de sí en búsqueda del bien de la persona amada. Con un tono menor al de Horacio, pero con sus mismas deficiencias, puede hablarse de que en las poesías de Ovidio también se recoge el ambiente depravado del epicureismo más rústico que, para entonces, había llegado a dominar existencialmente las capas superiores de la sociedad romana.

Si en Amores (marcada por su insinceridad) y Heroides (signada por su falta de veracidad histórica) trata del amor como tema práctico, Ovidio decide teorizar sobre él en el Arte de Amar. En el Arte de Amar se encuentra plasmado el costumbrismo de la sociedad romana del final de la pax octaviana [período de paz del tiempo del Emperador Octavio]. Del relajamiento de las costumbres de la Roma de entonces queda claro en la presentación, como comprensible y atrayente, que hace Octavio de los comportamientos más escandalosos desde el punto de vista moral. No es de extrañar, por eso, el rotundo éxito que la obra tuvo entre los romanos del momento.

Ovidio muestra sus dos vertientes de inspiración: griega y latina. La helénica en Metamorfosis; la latina en Fastos. Metamorfosis es un poema mitológico de 15 libros.

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Contiene 246 leyendas mitológicas. En los Fastos se dedicó a hacer detallada mención de las fiestas romanas, relatando su origen y cómo se celebraban.

Cuando estaba en su momento de mayor aceptación social y adulación literaria recibió la orden imperial de partir hacia el exilio en tierras de bárbaros, en el extremo oriental del imperio. Fue un edicto imperial de los más suaves: una religatio, que no implicaba confiscación de bienes ni pérdida de derechos civiles. Algunos atribuyen su exilio a causas políticas. Otros ven el motivo en la aparición de su Arte de Amar, que lucía como contradictorio con el intento moralizador de la sociedad romana que Augusto Octavio intentó impulsar en los últimos años de su reinado. También en su exilio, Ovidio, como poeta del decadentismo romano, se refugió en la poesía. Surgieron así los 5 libros de las Tristes y los 4 de las Pónticas, en cuyos versos se mezclan, ante la desgracia inesperada, sentimientos tan diversos como la tristeza, la cólera, el dolor y la memoria elegíaca.

38. La filosofía helenístico-romana 48

A partir de las campañas de Alejandro Magno se produjo, junto con la expansión

político-militar, una evidente helenización del mundo conquistado. La literatura helénica posterior a la época clásica y previa a la Edad media suele colocarse en un período limitado

por la muerte de Alejandro (323 a. C.) y la muerte de Justiniano (565 d. C.).

Alfonso Reyes distingue en este tiempo tres etapas:

1. Helenización del mundo antiguo hasta la batalla de Accio, el año 31

d. C. Es la llamada Edad Alejandrina.

2. De Accio hasta el siglo III d. C. Es la llamada Época greco-latina, en

la cual la conquista romana se convierte en protección romana.

3. Del siglo IV al siglo VI d. C. Son patentes en este tiempo las señales

de fatiga. Diocleciano busca la revitalización en el despotismo oriental y

Constantino en el cristianismo 49 .

Se llama filosofía helenístico romana la que va desde la muerte de Aristóteles (322 a. C.) hasta la muerte de S. Agustín (430. d. C.). A los tres primeros siglos (siglos alejandrinos) suelen ser considerados el período ético y los cuatro y medio restantes el período religioso 50 .

Hablando del siglo III, en el período religioso (siglo caracterizado por una crisis a la cual ya se ha hecho referencia), Reyes escribe: “La decadencia del vigor político se acompaña de la decadencia moral. Aquella dureza, aquella austeridad romana, parecían fábulas de los viejos. El antiguo ardor marcial era ahora afeminamiento, y nada hay más áspero que este maridaje entre el afeminamiento y la grosería” 51 .

48 Cfr. REYES, Alfonso, La Filosofía Helenística, FCE, México, 1978.

49 Ibidem, p. 14

50 Ibidem, p. 47.

51 Ibidem, p. 224.

35

El populacho se dejaba prostituir en el régimen del panem et circenses [pan y circo]. La despoblación permitió la diseminación de teutones y semitas por toda la geografía imperial. La civilización greco-romana, por exótico que parezca, estaba a cargo de ejércitos de bárbaros. Con el sincretismo, los antiguos dioses paganos hicieron causa común, de manera distinta al antiguo politeísmo. “Todo era legítimo, salvo ser ateo; aún las peores supersticiones, la demonología y la magia, la brujería, la adivinación de los sueños. La astrología, singularmente era la ‘reina de las ciencias’ y todavía deja herencia en el habla de nuestros tiempos” 52 .

VI. LA CIVITAS ROMANA. EL CRITERIO PRÁCTICO-JURÍDICO

39. El Imperio del derecho

Hacia el año 143, el orador Publio Elio Arístides pronunció ante el Emperador

sonora elocuencia exaltó la Pax Romana con las

Antonino, su Panegírico de Roma. Su siguientes palabras:

Fecisti patriam diversis Gentibus unam His dantem iura Cantonem

(Hiciste una Patria de diversos pueblos dándoles Cantón de Derecho) 53 .

La alabanza a Roma de Publio Elio Arístides resaltaba esa conversión de la Urbe en orbe señalada por Fernando Prieto 54 , es decir, el dominio de Roma sobre los pueblos, sometiéndolos no a la fuerza del conquistador, sino al imperio del derecho.

El ius [derecho] romano era la pauta normativa jurídica de la conducta. En el caso del nomos [norma] helénico, esa norma poseía una dignidad y un peso vinculante derivado de la diké [justicia], cuyas exigencias eran reflejo de la armonía cósmica. El ius de la Civitas romana no obedecía directamente a una instancia supra política o supra humana, sino que reflejaba las exigencias jurídicas de la sociedad romana. Era una instancia práctica, concreta, no vinculada necesariamente a la idea de justicia. Cicerón, de formación griega, para quien el derecho no podía desvincularse de la justicia, so pena de caer en la más dura arbitrariedad, pudo escribir contra una visión romano positivista del derecho aquello de summum ius summa iniuria [el extremo derecho puede ser la extrema injusticia] 55 .

52 Ibidem, p. 227.

53 Cit. por MARROU, Henri-Irenée [1904-1977]., Teología de la Historia, Rialp, Madrid, 1978, p. 292.

54 Cfr. PRIETO, Fernbando [1933-2006]., Manual de Historia de las Teorías Políticas, cit. p. 76.

55 Cfr. ibídem, p. 83.

36

Los

romanos

distinguieron

entre

la

auctoritas

imperium [literalmente imperio, poder].

[literalmente,

autoridad]

y

el

Tomo de Manuel García-Pelayo la distinción entre autoridad y poder. “Por el poder —dice— se entiende la posibilidad directa o indirecta de determinar la conducta de los demás sin consideración a su voluntad o, dicho de otro modo, la posibilidad de sustituir la voluntad ajena por la propia en la determinación de la conducta de otro o de otros, mediante la aplicación potencial o actual de cualquier medio coactivo o de un recurso psíquico inhibitorio de la resistencia” 56 . “Mientras el poder —agrega— determina la conducta de los demás, sustituyendo la voluntad ajena por la propia, la autoridad, en cambio, la condiciona, es decir, inclina a seguir una opinión o una conducta pero ofrece la posibilidad de no seguirla (…) El poder domina contradiciendo, en última instancia la libertad del objeto; la autoridad, en cambio, para ser efectiva, ha de tener como contrapunto la libertad de la persona, la cual se autoimpone como obligación ética o como exigencia de la honorabilidad seguir el camino marcado por el sujeto de la autoridad. El poder somete, la autoridad provoca adhesiones, y, por ello, así como el poder se realiza imperativamente, la autoridad ha de ser reconocida por sus seguidores. El poder se basa en la disposición de medios de coacción; la auctoritas, en cambio, en la posesión de cualidades valiosas de orden espiritual, intelectual o moral, lleva siempre adheridas unas cualidades axiológicas que hacen sentir el seguimiento como un deber. No significa jamás una anulación de la personalidad, sino, por el contrario, una inclinación hacia lo axiológicamente superior, lo que significa un engrandecimiento de la personalidad y, por eso, no cabe contar entre sus fenómenos el sentimiento masoquista de la entrega o sumisión pasiva hacia el poder, ni el deslumbramiento por el poderoso” 57 .

Lo propio de la auctoritas es dar consejo (consilium) a quien acude en su ayuda, pero sin poder obligar a que quien lo solicita siga los consilia [consejos] que recibe. Los juriosconsultos afamados, p. e., gozaban en Roma de auctoritas. Sus dictámenes eran de facto [de hecho] vinculantes, aunque carecieran de potestas [poder o imperio]. El Senatus no tenía potestas, sino auctoritas, que provenía de los senadores que lo integraban. Se trataba de una auctoritas corporativa: la llamada auctoritas patrum [autoridad de los padres].

El imperium era el poder real. Cuando los reyes dejaron paso a los cónsules el imperium tuvo la limitación temporal del mandato de éstos (un año). Esa limitación era una defensa contra el abuso. En circunstancias extraordinarias el Senado aconsejaba a los Cónsules para designar un dictador. El Dictador (figura frecuente en la época inicial de la República Romana) reunía en sus manos el poder para solucionar el problema que motivaba su designación. Fue la llamada dictadura comisoria 58 .

56 GARCÍA-PELAYO, Manuel [1909-1991], Auctoritas, Instituto Estudios Políticos [UCV], Caracas, 1969, p. 5.

57 Ibídem, p. 6. 58 Sobre la dictadura comisarial y la representación tradicional de la dictadura jurídica romana, vid. SCHMITT, Carl [1888-1985], La Dictadura, Revista de Occidente, Madrid, 1968, pp. 33 y ss.

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El populus romanus nunca tuvo el imperium en sus manos. Participaba, como queda dicho en los comicios (comitia). Aceptaba, sin embargo, la estructura jerárquica de su sociedad que reservaba habitualmente la conducción de la Res publica [cosa pública, república] a los nobilis (de notus, notable, conocido). Ello era así porque la mayor cultura y experiencia política adornaba de prestigio, de auctoritas, a cierta aristocracia. Hasta que ello se derrumbó por la decadencia de las costumbres, la nobleza a menudo supo corresponder a la confianza y respeto del pueblo llano 59

En Roma el ius (derecho) hace, pues, referencia a la licitud de los actos. Tal licitud resulta independiente de que se recoja jurídicamente una costumbre —longa, si es vieja; inveterata, si es arraigada— de la urbs, heredera histórica de la polis 60 .

El ius nace como la norma jurídica de los habitantes originales de la ciudad, los quirites. Ese es el ius civile o ius quiritium [derecho de los ciudadanos originales].

Cuando aumenta la población extranjera surge la práctica necesidad de resolver los litigios que se presentaban entre los que no eran romanos. Para ello fue designado un praetor peregrinus (pretor de los peregrinos, de los que se encuentran en país extranjero). En estos casos, el praetor peregrinus no aplica el ius (reservado a los quirites), sino que realiza el iudicare (juzgar) según la justicia (iustitia). Así nació el ius gentium, como diferenciado del ius quiritium.

Los romanos distinguieron, también, el ius naturale (derecho natural). Se ha señalado que su origen, en Roma, está en la ley natural de los estoicos, siendo por ello expresión de una teoría filosófica más que de una exigencia práctica. Sus conclusiones prácticas se asemejaban más al ius gentium (el derecho usado por los pueblos) que al ius civile (el derecho usado entre los cives, ciudadanos, a través del cual se buscaba, por la decisión judicial o interpretación de los prudentes, la licitud de los tratos entre los particulares) y el ius honorarium (derecho fijado por los magistrados). Las normas dadas para regir la vida de la urbs o civitas por la autoridad fueron las leges (leyes) 61 .

En los comicios el pueblo legislaba a propuestas de un magistrado. Esa propuesta (rogatio) cuando es asumida por el pueblo y el comicio legisla, genera la llamada lex rogata (ley rogada). Cuando el pueblo reunido en comicio delega la facultad legislativa en el magistrado, la ley que éste dicta es llamada lex data (ley dada) 62 .

También los pretores podían dar normas de gobierno para las provincias que gobernaban (el llamado ius edicendi), que conservaban su vigencia mientras duraba el mandato del magistrado. El edicto del Pretor cobró forma fija cuando, hacia el año 130 d. C., el jurista Salvio Juliano redacta a petición del emperador Adriano el llamado edictum perpetuum 63 .

59 Cfr. PRIETO, Fernando., ob. cit., p. 86.

60 Cfr. ESCUDERO, José Antonio [1936], Curso de Historia del Derecho. Fuentes e Instituciones Político- Administrativas, [El Autor; impreso por Solana e Hijos], Madrid, 1995, p. 118.

61 Cfr. ibídem.

62 Cfr. ibídem.

63 Cfr. ibídem, p. 119.

38

El Senado, por su parte, genera el llamado senadoconsulto (quod Senatus iubet et constituit [lo que el Senado manda y constituye]), que tiene un peso semejante al de la ley, aunque no sea una ley, porque no tenía el Senado facultad legislativa 64 .

Luego, el poder imperial exige que tenga fuerza de ley lo que el emperador establece (quod imperator decreto vel edicto vel epistula constituit [lo que el decreto, edicto, o carta del emperador constituye]) 65 .

En la época postclásica se consideraron también fuentes de derecho los iura, las obras de los juristas principales cuyas sentencias tenían fuerza cuasi legal. Así, los términos ius o iura se aplicaban tanto a las leges como a las obras de los juristas clásicos (las Regulae Ulpiani, las Sententiae de Paulo, las Institutiones de Gayo, etc.) 66 . Lograban de esa manera relevancia cuasi legal los criterios del llamado Tribunal de los muertos (Ulpiano, Papiniano, Paulo, Gayo, Modestino, etc.).

La organización fiscal de la civitas responde al sistema de finanzas cívicas: los gastos públicos se cubrían con ingresos provenientes de las tierras públicas (agri publici). Los ingresos ordinarios de la Res Publica debían cubrir sus gastos ordinarios. Los impuestos o contribuciones personales (tributum) de los ciudadanos (cives) eran sólo para cubrir gastos extraordinarios. Como el tributum era la participación ciudadana en los gastos de la comunidad, en el caso de producirse un superávit el monto de éste era reintegrado a los ciudadanos 67 .

“No existía en Roma un cálculo anual y global que, a modo de nuestros actuales presupuestos, reflejara el conjunto de gastos e ingresos de la Civitas. La ordenación financiera estaba basada en dos estimaciones distintas: la integrada por los vectigalia (ingresos) y la integrada por los impendia (gastos), cuyo cálculo se llevaba a cabo de forma diferente. Tanto los magistrados de la Civitas como los de las provincias estaban obligados a rendir cuentas y a seguir fielmente toda una serie de reglas contables en la elaboración de sus registros diarios y mensuales, en los que debían quedar reflejados minuciosamente los gastos y los ingresos” 68 . En el sistema financiero romano, además estaba claramente señalada la distinción entre los encargados de la recaudación de ingresos o de ejecución de los gastos y los encargados de llevar la contabilidad (cuestores) 69 .

40. Marco Tulio Cicerón (106– 43 a. C.) 70

64 Cfr. ibídem.

65 Cfr. ibídem.

66 Cfr. TOMÁS Y VALIENTE, Francisco [1932-1996], Manual de Historia del Derecho Español, Tecnos, Madrid, 1996, p. 91.

67 Cfr. SÁNCHEZ-ARCILLA BERNAL, José, Historia del Derecho, I, Dykinson, Madrid, 1995, p. 93.

68 SÁNCHEZ-ARCILLA BERNAL, José., ob. cit., ibídem.

69 Cfr. ibídem.

70 Cfr. CICERÓN, Marco Tulio, toda su obra editadacuidadosamente pór Editorial Gredos, Madrid; SMITH, Richard Edwin, Cicero, the statesman, Cambridge University Press, London, 1966; STEEL, C. E. W., Cicero, rethoric and empire, Oxford University Press, Oxford/New York, 2001; PINA POLO, Francisco [1959], , Marco Tulio Cicerón, Ariel, Barcelona, 2005; BORIE, Bertrand, LEUMACHOIS, Bertrand y LEVERT, George, Cicerón, philosophe et home d’État, en el número 21 de Histoire Antique et Medieval, Dijon,

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Selectivamente,

se

busca,

pensamiento político romano.

a. Vida

en

breve

síntesis,

dejar

noticia,

en

Cicerón,

del

Marco Tulio Cicerón nace en Arpino el 3 de enero 106 a. C., y su vida se extiende durante casi 64 años, pues fallece el 7 de diciembre del 43 a. C., herido de muerte por el legionario Popilio Lenas, quien ejecutaba la cruel concesión de Octavio a Marco Antonio, quien había pedido la vida de Cicerón, pues éste lo había atacado con sus Filípicas. Se dice que cuando Popilio Lenas se acercaba con la espada desenvainada para matarlo, su última expresión fue una oración: Causa causarum, miserere mei [Causa de las causas, ten misericordia de mí]. Al parecer, Cicerón tomó tal oración de Aristóteles (a quien admiraba) y solía repetirla, no olvidándola en el momento final de su existencia.

Su padre se traslada a vivir a Roma justamente en el comienzo de su vida escolar. Luego de la instrucción básica, recibe clases de retórica a los 19 años del cretense Apolonio Molón. Luego recibe instrucción en temas de filosofía y derecho. A los 25 pronuncia su primer discurso: Pro Quinctio, una defensa en los tribunales. A los 27 (79 a. C.) marcha a Grecia. En Atenas continúa su formación filosófica con Antíoco de Ascalón, quien provenía de la Academia. Luego en Rodas su antiguo profesor romano, Apolonio Molón, se encarga de perfeccionarlo en la retórica.

Después de permanecer tres años de estudio en Grecia vuelve a Roma. El 76 a. C. comienza su carrera política al obtener la cuestura que desempeñó en Sicilia. El 74 a. C. entra en el Senado. Se destaca en la lucha contra la corrupción y por el brillo de su oratoria, que adquiere fama al conocerse sus discursos contra Verres, ex gobernador de Sicilia (escribió contra él siete discursos, las llamadas Verrinas [orationes Verrinae], aunque sólo pronunció los dos primeros). Su ascenso, luego, es relativamente rápido: el 69 a. C. es edil curul; el 66 a. C. es pretor; y finalmente el 64 es elegido cónsul derrotando a su aristocrático pero menos respetable rival Lucio Sergio Catilina. Derrotado en su aspiración consular Catilina continuó

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en la actividad conspirativa que desarrollaba desde el 66 a. C. Como cónsul, Cicerón debió reprimir con dureza la última de las conspiraciones de Catilina, el 63 a. C. Fue acusado de haber ejecutado sin fórmula de juicio a algunos de los integrantes del grupo de Catilina.

Al formarse el 60 a. C. el primer triunvirato (César, Pompeyo y Craso) Cicerón se opone al mismo. Ello es aprovechado por sus enemigos, quienes lo acosan cobrándole con retraso la represión que había hecho de la conspiración de Catilina. Es enviado, entonces, al destierro por la Ley Clodia el año 58 a. C. Regresa a Roma rehabilitado, y con grandes honores, un año después. Pronuncia entonces dos famosos discursos de acción de gracias, uno al Senado y otro al pueblo (Oratio post reditum in senatu habita, sive cum senatui gratias egit y Oratio post reditum ad quirites, sive cum populo gratias egit).

Aceptó ser Gobernador de la provincia romana de Cilicia el 51 a. C., regresando a Roma al año siguiente, para unirse a Pompeyo en su lucha por el poder. Derrotado Pompeyo el 48 a. C. Cicerón no sufrió, sin embargo, represalia alguna por parte de César, aunque tampoco le permitió éste participar en política. Después del asesinato de César, el 44 a. C. volvió Cicerón a la vida política. No tuvo nada que ver con el asesinato de César, pero manifestó simpatía con el crimen. Se convirtió en el jefe del partido senatorial contra los cesarianos. Respaldó a Octavio en su búsqueda del poder. Es el tiempo de sus Filípicas contra Marco Antonio (In M. Antonium orationes Philippicae XIV). Marco Antonio pide a Octavio la vida de Cicerón y Octavio accede a tal petición en la reunión del triunvirato (Octavio, Marco Antonio y Lépido) realizada en Bolonia en octubre del 43. Su asesinato se consuma, como queda ya dicho, en diciembre de ese año.

Aquí no interesa tanto hacer referencia a sus notables aportes al estudio de la retórica (entre los cuales merecen destacarse el De Oratore [Sobre el orador], del 55 a. C.; Partitiones oratoriae [Sobre las partes del discurso], del 54 a. C.; Brutus [Bruto], su gran obra de la historia de la elocuencia, del 46 a. C., y, del mismo año, Orator ad Marcum Brutum [El Orador, dedicada a Marcos Bruto]; De optimo genere oratorum [Sobre la mejor clase de oradores] del 44 a. C). Tampoco podremos detenernos con detalle (sólo algunas referencias puntuales) en las excelentes manifestaciones de genialidad que constituyen algunas de sus obras, como Cato Maior De senectute [Catón el Mayor, acerca de la vejez] del 44 a. C.; Laelius sive De amicitia [Lelio o de la amistad], también del 44 a. C.; o el De officiis libri III [Sobre los deberes o Los tres libros sobre los deberes]. Interesa, en cambio, una referencia más detenida aunque sea también breve a sus obras de filosofía política.

Cicerón destaca que la filosofía es vista con desagrado y desconfianza por la mayoría que se mueve en el ámbito de lo práctico; y que, por ello, está bastante alejada de la bios theoretica [la vida contemplativa o especulativa].

“La tradición cultural griega es recibida en Roma como la expresión de una tradición universal, fundada en la naturaleza, sublimemente explicitada en el pensamiento filosófico y moral y bellamente manifiesta en la poesía y en las artes plásticas. ‘Yo —escribe Cicerón en los últimos años de su vida— he unido siempre para mi propia formación los estudios latinos con los griegos: no sólo en filosofía, sino también en la práctica de la oratoria’. Su obra filosófica y sus tratados de retórica perseguían esta finalidad de fundir la cultura griega y la latina en un cuerpo de pensamiento coherente y unitario: ‘Con ello –añade-he prestado a mi

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entender un gran servicio a mis contemporáneos, no sólo a los que ignoran la lengua griega, sino también a los que están algo instruidos en ella, que reconocen que con mis libros han ganado mucho en capacidad dialéctica y en criterio intelectual” 71 .

Según Alvaro d’Ors, la visión negativa de Cicerón en algunos círculos intelectuales del siglo XX se debió a la influencia de Mommsen. “El desprestigio de Cicerón en los tiempos modernos dice d’Orsse debe principalmente, como es sabido, al juicio denigrante y afilado que de él escribió Teodoro Mommsen. Según este insigne historiador, Cicerón, como hombre de Estado, careció de penetración, de opinión firme y de larga mira;

como escritor fue un emborrona-papeles, siempre igual, cualquiera que fuese la materia que tratase, un temperamento periodístico en el peor sentido de la palabra, un charlatán, de una increíble pobreza de pensamiento; en fin, un hombre sin convicciones ni pasión; un simple abogado, y aún un mediocre abogado. Este juicio, evidentemente, es exagerado e injusto, pero resulta curioso ver como los italianos reaccionaron ante él como excitados por una ofensa

racial. (

Sea como sea, el destino trágico de Cicerón, su misma peligrosa existencia, hace

interesante su personalidad, así como la indiscutible riqueza de su estilo y de su producción

hacen interesante su obra. (

dentro de la arquitectura de nuestra cultura histórica de Occidente” 72 .

Cicerón, y también el de legibus, es una pieza fundamental

)

)

En De re publica (La República), 54-51 a. C., plantea la cuestión del mejor orden político. En De Legibus (Las Leyes), 52 a. C., se refiere al ordenamiento jurídico y a la estructura institucional de ese orden.

b. La República

En De re publica, en el Lib. I, plantea Cicerón la superioridad moral de la dedicación a la política sobre otras actividades humanas. Indica que no hay nada más excelso que el ejercicio de la virtud desde el gobierno del Estado procurando hacer realidad los programas de los filósofos. En el De officiis resalta que los naturalmente dotados para la política están en el deber de buscar el ejercicio del gobierno.

Su inspiración es griega. En De re publica, en la conclusión del Lib. VI, lo refleja nítidamente en el simbolismo del somnium Scipionis [sueño de Escipión]. Allí el primer Escipión Africano trasmite a su hijo, desde la otra ribera de la muerte, su síntesis de la sabiduría antigua. Grecia es el principio. El viejo Escipión dice: “no existe un origen del

principio; del nacen todas las cosas; pero él mismo no puede provenir de otro; en efecto, no

El principio tampoco puede morir nunca. Pues

una vez extinguido, no volverá a la vida por obra de otro, ni creará a su vez nada nuevo, ya que necesariamente todo nace del principio73 .

sería principio si fuera producido por otro

Ni el poder ni la gloria resultan premio para el buen estadista. Su auténtica recompensa viene a ser la bienaventuranza celestial. Si la Patria nos engendra y nos educa,

71 FONTÁN, Antonio [1923-2010]., ob. cit., p. 17

72 D’ORS, Álvaro [1915-2004], Introducción a CICERÓN, M. T., Las Leyes, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1970, pp. 8-9

73 Citado por FONTÁN, Antonio., ibidem, p. 32.

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está en el derecho de percibir fruto de nosotros. A su vez, los ciudadanos están en el deber de dar esos frutos, de no resultar ni estériles ni ociosos. La duración de las naciones depende de la virtud de sus ciudadanos. Por ello, para garantizar la duración de las naciones, las leyes deben promover la práctica personal y social de las virtudes.

Cicerón hace expresa referencia al pueblo. Así, en De re publica (I, 39) no vacila en decir: “Una república es cosa de un pueblo. Un pueblo no es una colección de seres humanos unidos de cualquier forma. Es una gran reunión de personas asociadas para el bien común y con un criterio compartido respecto a la justicia”.

Sobre las formas de gobierno recoge, del clasicismo griego aristotélico, la tríada normal (monarquía, aristocracia y democracia) y la tríada patológica (tiranía, oligarquía y gobierno de la chusma). Para Cicerón la política es más importante que la filosofía.

La República supone un diálogo en el jardín de Escipión Emiliano. Cicerón defiende la participación del ciudadano en la vida política contra el apoliticismo defendido, por egoísmo y comodidad, por los epicúreos.

Para Cicerón la mejor forma de gobierno es aquella que han ido perfilando en la historia los romanos. Enseña que la constitución política no es fruto del talento individual o del esfuerzo puro y simple, sino de la enseñanza que la experiencia ha ido acumulando.

La relación ciceroniana de la política con el derecho está en libro III. El gobierno debe inspirarse en ideales morales y la justicia es el alma de la República y la fuente de la autoridad reconocida.

En los libros V y VI ubica el diálogo en un clima de descomposición política. Según Cicerón la res publica casi no existe por la agitación popular promovida por la reforma de los Graco. Allí, al hablarse de las cualidades del gobernante, coloca Cicerón el sueño de Escipión: el vencedor de Aníbal le enseña a buscar no las glorias terrenas, sino la virtud que será recompensada con la vida eterna.

Para Cicerón el mejor gobernante será el princeps (primer senador), que sabe de política así como el campesino sabe de agricultura. La falta de virtudes republicanas termina por desintegrar a la República.

c. Las Leyes 74

El libro, de carácter filosófico, tiene cuatro partes: una introducción y tres libros. Utiliza como forma literaria el diálogo. En la obra, los protagonistas del mismo son Cicerón, su hermano Quinto y su amigo Ático.

74 CICERÓN, Marco Tulio [106 a. C. – 43 a. C.], Las Leyes, Madrid, 1989. Este volumen tiene Introducción y notas de Roger LABROUSSE [1908-1953].

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En la Introducción habla de la historia como ciencia. Pide al historiador veracidad. Vale decir, que no mienta ni oculte la verdad, que no sea movido por el odio y la envidia, que sea objetivo.

Uno de los personajes (Ático) sugiere que Cicerón exponga las leyes que deberían regir la vida del Estado ideal plasmado en La República. Aceptando la sugerencia, Cicerón anuncia que resulta necesario remontarse a las raíces filosóficas. Para él, la filosofía está en la base del pensamiento político propiamente dicho.

La reflexión ciceroniana es particularmente importante, porque, como ha señalado Fontán, puede discutirse si Roma, constitucionalmente, era un Estado y puede afirmarse que, si era un Estado, “era un Estado imposible”. “No había constitución escrita —agrega Fontán—, ni siquiera una codificación de la costumbre. Existía la ciudad e inseparablemente unido a ella un vasto territorio, desde Britania al Éufrates, cuya organización era una obra maestra de pragmatismo e indefinición política” 75 .

La primera parte está, así, dedicada a la ley natural. Una ley racional, absoluta y universal está en la base del derecho. No se puede reconocer la ley natural sin la creencia en los dioses. Son los seres inmortales los que han dado a los seres mortales el privilegio de la razón y la posibilidad de vivir en una comunidad de seres racionales. El gobierno divino del mundo ha destacado la preeminencia del hombre sobre todas las demás criaturas. La superioridad del hombre se manifiesta en su capacidad de regirse por normas jurídicas naturales y objetivas. Los hombres poseen una semejanza esencial que los lleva a vivir en sociedad, según los dictados de la naturaleza.

La segunda parte la dedica Cicerón al rechazo de las objeciones que suelen hacerse contra la objetividad del derecho. Critica a los epicúreos, señalando que la práctica de la virtud está en la base misma de la vida social, y que el comportamiento virtuoso no se hace por interés, sino por la rectitud moral que el mismo comporta. Según Cicerón es posible superar la divergencia existente entre las distintas escuelas sobre los fines últimos de la vida moral, llegando a un consenso básico.

La conclusión recoge reglas de vida, individuales y sociales, y un elogio de la sabiduría. Retórico, al fin, Cicerón no vacila en decir que la sabiduría hace buenos y felices a los hombres, sobre todo cuando se difunde por la elocuencia.

Ludwig Friedländer destaca que las obras filosóficas de Cicerón contribuyeron a transmitir a su tiempo y a los siglos posteriores el conocimiento de la filosofía griega, siendo vista la filosofía helénica como una escuela de moral 76 . Eso se ve claramente en el contenido de algunas de sus principales obras.

75 FONTÁN, Antonio., Humanismo Romano, Barcelona, 1974, p. 137.

76 Cfr. FRIENDLÄNDER, Ludwig [1824-1909], La sociedad Romana (Historia de las costumbres en Roma desde Augusto hasta los Antoninos), FCE, Madrid, 1982, p. 1131.

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En Sobre la amistad 77 , sostiene que la amistad sólo puede darse entre hombres de bien y que sin virtud ella es imposible 78 . Cuando la relación entre personas no se genera por el bien y la virtud, sino por el mal y por el vicio, no puede, pues, hablarse de amistad, sino de complicidad.

Al hablar de los límites de la amistad, comienza Cicerón por señalar aquellos impuestos por el respeto a la honestidad 79 . Si la amistad sólo puede darse entre gente de bien 80 , no es excusa para una mala acción haber actuado mal para ayudar a un amigo, porque el lazo de amistad nace de la estima que inspira la virtud; y la amistad no puede subsistir si se renuncia a la virtud 81 . Esa excusa resulta aún más torpe cuando se intenta con ella excusar las malvadas acciones que amenazan al Estado 82 .

Según Cicerón, es una ayuda a las virtudes que la amistad nos ha sido dada por la naturaleza, no para acompañar a los vicios, sino para acompañar la virtud, pudiendo con ella alcanzar la perfección 83 . Para él la verdad y la sinceridad son criterios que acrisolan la amistad que se ofrece y se recibe 84 .

En Sobre la vejez 85 realiza la defensa de la vejez contra cuatro acusaciones. En primer lugar, refuta el señalamiento de que la ancianidad impide la vida activa y la gestión de los negocios, indicando que los ancianos tienen ocupaciones propias 86 . En segundo lugar, a la observación de que en la vejez se debilitan las fuerzas del cuerpo, responde que ello está compensado por la sabiduría y la experiencia 87 . En tercer lugar, a la indicación que la vejez está privada de ciertos placeres, contesta que si bien ello es cierto tampoco los desea, pues tiene otros placeres más elevados que persisten hasta avanzada edad 88 . Por último, a la observación que la vejez es vecina de la muerte contesta Cicerón que la muerte no debe ser temida, en cuanto es el término natural de la vida de este mundo y el tránsito necesario a la vida inmortal y mejor 89 .

En Sobre los deberes 90 , Cicerón sueña con la patria renacida, exponiendo las cualidades virtuosas de los nuevos ciudadanos. Dedica la obra a la juventud que ve representada en su hijo Marco Tulio Cicerón. Para él, la amistad se da entre personas

77 Cfr. CICERON, Marco Tulio., Laelius sive De Amicitia [Lelio o Sobre la amistad], Societé d’Édition Les Belles Lettres, Paris, 1975.

78 Cfr. ibidem, V, 18 y 20.

79 Cfr. ibidem, XI, 36 y ss.

80 Cfr. ibidem, XVIII, 65.

81 Cfr. ibidem, XI, 37

82 Cfr. ibidem, XII, 40.

83 Cfr. ibidem, XXII, 83.

84 Cfr. ibidem, XXVI, 97.

85 Cfr. CICERON, Marco Tulio., Cato Maior De Senectute Liber [Catón el Mayor o Sobre la vejez], Bosch, Barcelona, 1954.

86 Cfr. ibidem, 15-26.

87 Cfr. ibidem, 27-38.

88 Cfr. ibidem, 39-65.

89 Cfr. ibidem, 66 y ss.

90 Cfr. CICERON, Marco Tulio., De Officiis Libri III [Los tres libros sobre los deberes], (Les Devoirs) Societé d’Édition Les Belles Lettres, Paris, 1970.

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honestas 91 . Dice también que no hay cosa más amable y que una más fuertemente que la semejanza de costumbres entre los hombres de bien 92 . Subraya que no hay utilidad sin honestidad 93 .

41. Lucio Anneo Séneca [4 a. C.- 65 d. C.] 94

Nacido en Córdoba, en la Hispania romana, con ambos padres de origen familiar en la Bética. Fue llevado desde niño a Roma para que recibiera buena educación. En su vida política topó con la adversidad: la enemistad de Mesalina, esposa del Emperador Claudio, hizo que éste le desterrara a la isla de Córcega. Luego de ocho años de ostracismo, al morir Mesalina, la nueva esposa de Claudio, Agripina, logró que se le indultara y le nombró preceptor de su hijo Domicio Nerón, de solo 12 años. Nerón llegó a ser Emperador el año 54. Aparentemente es su época de esplendor político. “Inspira, orienta, aconseja, gobierna por el simple procedimiento de ser amicus principis, y finalmente es nombrado Consul Suffectus en el año 56. Estamos ya en el quinquennium Neronis, una de las etapas más beneficiosas para la historia política de Roma, gracias en gran medida al llamado ‘ministerio Séneca’; son los años de su gobierno directo o de su influencia política, en las que pudo poner en práctica algunas de las enseñanzas morales de raíz estoica, aunque con aportaciones, adaptaciones e interpretaciones propias” 95 . Antes que pasara una década, ante

91 Cfr. ibidem, I, 17, 55.

92 Cfr. ibidem, I, 17, 56.

93 Cfr. ibidem, III, 21, 85.

94 Cfr. SENECA, Lucio Anneo, Obra Completa, (Juan Manuel DÍAZ TORRES, edit.), Gredos, Madrid, 2013; SENECA, Lucius Annaeus, Sobre la felicidad, Versión y comentarios de Julián MARÍAS [1914-2005], Alianza, Madrid, 1980; GRIFFIN, Miriam Tamara, Seneca. A philosopher in politics, Clarendon Press, Oxford, 1976; RODRÍGUEZ-PANTOJA, Miguel (Edit.), Séneca. Dos mil años después. Actas del Congreso Internacvional Conmemorativo del Bimilenario de su nacimiento. (Córdoba, 24-27 de septiembre de 1996, Publicaciones de la Universidad de Córdoba y Obra Social y Cultural CajaSur, Córdoba, 1997; HADAS. Moses [1900-1966], A History of Latin Literature, Columbia University Press, New York, 1952; CHEVALLIER, Raymond [1929-2004] y POIGNAULT, Rémy [1954], Présence de Sénéque, J. Touzot, Paris, 1991; BELLINCIONI, Maria, Potere ed ética in Seneca: clementia et voluntas amica, Paideia, Brescia, 1984. IMPARA, Paolo, Seneca, filosofía e potere, SEAM, Roma, 1994; FRAU, Aventino [1939], La congiura del vivere: Seneca ed il nostro tempo, M. Solfanelli, Chieti, 1991; GARCÍA-GARRIDO, José Luis [1937], La filosofía de la educación de Lucio Anneo Séneca, (Prólogo de Emilio REDONDO [1928-2007]), Confederación Española de Cajas de Ahorro, Madrid, 1969; BOVIS, André de, La sagesse de Sénéque, Aubier, Paris, 1948; FONTÁN, Antonio [1923-2010], Letras y poder en Roma, Ediciones de la Universidad de Navarra [EUNSA], Pamplona, 2001; PRIETO, Fernando [1933-2006], El pensamiento político de Séneca, Revista de Occidente, Madrid, 1977; MARCHESI, Concetto [1878-1957], Seneca, G. Principato, Messina- Milano, 1934; Incontri con Seneca. Atti della Giuornata di Studio. Torino 26 ottobre 1999, GARBARINO, Giovanni y LANA, Italo [1921-2002], edit., Pátron, Bologna, 2001; SOCAS, Francisco, Séneca, cortesano y hombre de letras, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2008; KER, James [1970], The Deaths of Seneca, Oxford University Press, Oxford/New York, 2009; The Oxford Anthology of Literature in the Roman World (Peter E. KNOX y James C. McKEOWN, Eds.), Oxford University Press, Oxford, 2013; ZAMBRANO, María [1904-1991], El pensamiento vivo de Séneca, Cátedra, Madrid, 1987. (De este texto que tiene buena antología en castellano, ideal para uso de estudiantes, existe edición más reciente: Siruela, Madrid, 1994); CARMONA ARÁNZAZU, Iván Darío, Séneca: conciencia y drama, Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 2008; GARCÍA-BORRÓN MORAL, Juan Carlos [ 1924-2003], Séneca y los estoicos, Instituto Luis Vives [Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC], Barcelona, 1956.

95 ROVIRA REICH, Ricardo, La educación política en la Antigüedad Clásica. El enfoque sapiencial de Plutarco, Universidad nacional de Educación a Distancia (UNED) / Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) , Madrid, 2012, p. 100

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las crueldades y aberraciones de su antiguo discípulo, habiendo muerto ya Sexto Afranio Burro, Prefecto del Pretorio con Claudio y con el mismo Nerón, el otro consejero inicial del emperador demente, Séneca se retiró de la vida pública el año 62, argumentando problemas de salud. Tal retiro no le libró de la locura neroniana: acusado de complicidad en la conspiración de Cayo Calpurnio Pisón (año 65), Nerón le condenó a muerte, permitiéndole escoger el modo de terminar su vida. Se suicidó cortándose las venas.

La virtud y la sabiduría están en la base de la felicidad senequista. Así, para Séneca, el vir bonus 96 debe ser también vir sapiens 97 . La base moral de su enseñanza y su estoicismo trágico han dado a su obra una larga influencia. Recuerda María Zambrano que Marcelino Menéndez Pelayo {1856-1912] habló del senequismo español; y Ángel Ganivet [1865-1898] dijo que Séneca era español por esencia 98 . Opinión radicalmente contraria (tenía poco de español) es la sostenida por Francisco Socas, en su erudito estudio Séneca, cortesano y hombre de letras 99 .

Séneca escribe sobre la providencia, sobre la ira, sobre el ocio y diversas cartas (se conservan 124) conocidas como epístolas morales. En su obra destaca, sobre todo, su contenido ético y su forma pedagógica.

Séneca postula en su enseñanza el dominio de sí, en una visión de la persona humana no exenta de dramatismo y de consideración de su pobreza ontológica radical. “Postula ante todo —dice José Luis García Garrido— la lucha personal y responsable, fundamentada en la propia capacidad de acceso a la perfección” 100 . Pone la clave de la educación en la formación de la voluntad para lograr el señorío de sí. Para Séneca, la empresa del perfeccionamiento humano supone la superación del temor a la muerte. En la búsqueda de la sabiduría, según él, la persona debe estar permanentemente atenta contra el activismo, en el cual puede caer llevado por la inercia. Frente al activismo infecundo, postula el ocio fecundo, que, aunque sea evasión del activismo, está siempre orientado a la acción. El ocio fecundo supone, por tanto, el rechazo de la pereza, de la comodidad 101 . Así, en el De providentia, dice refiriéndose al vir bonus et sapiens: “No será llano su camino; forzoso le será ir hacia arriba y hacia abajo, meterse en la borrasca, gobernar su nave en un mar tumultuoso; abrirse paso contra la fortuna; se encontrará con escabrosidades, con asperezas que tendrá que ablandar y allanar. El fuego prueba el oro; la adversidad al hombre fuerte. Mira cuán alto tiene que remontarse la virtud, y sabrás que no es por fáciles caminos por donde ha de hacer su ruta” 102 .

Como buen estoico, Séneca considera siempre la perfectibilidad del ser humano, porque por su naturaleza racional tiende al bien moral. Para él la perfección consiste en

96 Cfr. GARCÍA-GARRIDO, José Luis [1937], La filosofía de la educación de Lucio Anneo Séneca, (Prólogo de Emilio REDONDO [1928-2007]), Confederación Española de Cajas de Ahorro, Madrid, 1969, pp. 134 y ss.

97 Ibidem, pp. 141 y ss.

98 Cfr. ZAMBRANO, María, El pensamiento vivo de Séneca, Cátedra, Madrid, 1987, p. 12

99 SOCAS, Francisco, Séneca, cortesano y hombre de letras, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2008

100 GARCÍA-GARRIDO, José Luis [1937], La filosofía de la educación de Lucio Anneo Séneca, cit. p. 61.

101 Cfr. ibidem, pp. 66-67.

102 SÉNECA, De providentia, V, 9-10.

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vivir conforme a su naturaleza, cuya existencia debe ser regida por el alma racional. Para él

la educación es un conocimiento amoroso. “El amor busca el conocimiento y el conocimiento engendra amor” 103 . Así, la concordancia entre el decir y el hacer, las palabras

y los hechos, es consecuencia de la madurez del alma y del control de las pasiones 104 .

Séneca llama a la participación responsable en la res publica. Sin embargo, lo político en sentido estricto no ocupa un lugar prioritario en su obra. El Augusto, en su opinión, debe ser modelo de todo príncipe. Si Cicerón exalta y trata de la República, Séneca hace lo propio con el Principado. “Al igual que Tácito —dice Ricardo Rovira Reich—, los ejes a defender serán siempre el principado y la libertad. Así como Dios gobierna sobre el universo, consecuentemente el príncipe gobierna sobre la tierra. El macrocosmos es gobernado por la divinidad y, en este mundo, el microcosmos es gobernado por la virtud, que es siempre proceder según la razón, lo cual supone seguir la naturaleza” 105 .

Rovira Reich destaca algunos elementos de la que podría considerarse filosofía política senecana. Destaca que Séneca considera que “entre los hombres, es preciso que exista alguien que haga, para los asuntos humanos, una función homologable a la de los dioses: vice deorum fungi. El monarca cumple con una función delegada por la divinidad:

optimus civitatis status sub rege iusto. Pero ello no significa que los ciudadanos ni el Estado sean propiedad del César: están bajo su poder (in imperio), pero no pertenecen a su patrimonio (in patrimonio)”. Y agrega: “Séneca fue claramente partidario de que el príncipe no actuara sin el consejo del Senado, y de que éste conservara sus antiguas prerrogativas —teneret antiqua munia senatus—, de suerte que los asuntos de la república no se confundieran con los domésticos del emperador: discretam domum et rem publicam. Esto aparecía ya en el discurso inaugural de Nerón, escrito muy probablemente por Séneca” 106

María Zambrano tiene un hermoso y corto ensayo sobre Séneca del cual se extraen,

a continuación, algunas consideraciones que permitan profundizar en el sentido de su vida y

obra. “No es Séneca —die— un pensador de los que piensan para conocer., embalados en una investigación dialéctica, ni tampoco le vemos lanzado en la vida, sumergido en sus negocios y afanes y ajeno al pensamiento. Es propiamente un mediador, un mediador, por lo pronto, entre la vida y el pensamiento, entre ese alto logos establecido por la filosofía griega, como principio de todas las cosas, y la vida humilde y menesterosa”. Y explica intentando captar su actitud existencial: “Cuando Séneca vivía, el hombre era demasiado rico y demasiado pobre; demasiado sabio, lo suficiente para andar perdido en sus saberes. Pero más que perdido, diríamos que andaba despegado. Y más que despegado, desamparado” 107 . Y destacando su condición de filósofo estoico, comenta: “Porque la filosofía no podría distraerse de su empeño esencial para hacer frente a estas desgracias particulares que toda vida lleva consigo. No, no se ha distraído, sino que realmente es ella su tarea, su razón de ser. Es la filosofía, la razón compadecida de la condición desvalida del

103 GARCÍA-GARRIDO, José Luis, ob. cit., p. 82.

104 Cfr. Ibidem, p. 86.

105 ROVIRA REICH, Ricardo, La educación política en la Antigüedad Clásica. El enfoque sapiencial de Plutarco, cit., p. 108.

106 Ibidem.

107 ZAMBRANO, María, El pensamiento vivo de Séneca, Cátedra, Madrid, 1987, p. 17.

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hombre. Es, en cierto modo, la entrada de la misericordia y de la piedad en la razón antigua. ¿No es natural que Séneca, el provinciano de la Bética, haya alcanzado aquí su dominio: en esta filosofía, menester misericordioso, negocio de curación de ir matando el tiempo y las penas, de ir soslayando la vida mientras llega la muerte y de aceptar la muerte como si fuera también la vida, deslizándose en ella mansamente y sin quejarse?” 108 .

Para María Zambrano, Séneca no fue un estoico más. “O fue el perfecto estoico, aquél en quien de modo más transparente se dan los caracteres de la secta—dice—, o fue un estoico de modo diferente, con acento, más todavía con estilo personal. Senequismo es algo más y algo menos que estoicismo a secas, es por una parte estoicismo realizado a causa de su vacilante vida y de su serena muerte. Y es que tal vez Séneca sea las dos cosas, un perfecto estoico y un estoico diferente. Perfecto en cuanto a su actitud; diferente en cuanto a la doctrina, y, sobre todo, al estilo”. Y agrega: “La actitud estoica parece transparentarse en él de modo perfecto; tiene su cautela, su habilidad, su vacilación y su orgullo y su relativa impureza. Fue la de todos y, sin embargo, en ningún estoico como en Séneca vemos aparecer tan nítidamente el fondo último del estoicismo: la resignación” 109 . Se detiene en la explicación de la resignación: “El que se resigna, lo hace a esperar, vuelve de su esperanza, pero se detiene a mitad de camino antes de caer en la desesperación, se evade de los dos polos esperanza-desesperación como el budista se evade de la cadena de la generación y de la muerte, apartándose a un lugar más allá de la muerte y de la vida. El que se resigna, se evade más allá del ‘temor y de la esperanza’, como Séneca repite constantemente que hace el sabio; se retira a un lugar al margen y más allá de la esperanza y de la desesperación. Se retira, en cierto modo, de la vida” 110 .

María Zambrano hace una comparación entre Sócrates y Séneca: “Séneca —dice— es la figura del hombre que se hace sabio al verse acorralado por los acontecimientos y que no habiendo querido disponer de su vida para ofrecerla a la verdad, como Sócrates, tuvo que sucumbir como él. Es la contrafigura de Sócrates; como él sucumbió a la injusticia, más sin esperanza. Para Sócrates su muerte fue el comienzo de su trascendencia verdadera, pues en ella se cumplió la tragedia del profeta de la filosofía, el martirio de la razón”. Y añade: “Pero si Sócrates tuvo que morir fue porque pretendía la razón entera, porque perdió la vida entera para la razón,, cosa que después hizo bien patente su discípulo Platón en su República: los filósofos se disponían a pedir a él poder, y de hecho Sócrates lo andaba consiguiendo con la violencia de su seducción. Hacerle morir era la natural defensa de la vida que no estaba dispuesta a reducirse a razón” 111 . El caso de Séneca, según María Zambrano, es distinto: “Séneca jamás pretendió el poder para la razón, sino únicamente el poco de razón necesaria para que la vida pueda sostenerse. Dentro del regreso que fue el estoicismo a la antigua fe de Heráclito, en el fuego-medida y razón, en la razón cósmica, Séneca parece uno de los menos convencidos, en todo caso, uno de los menos creyentes; su fe es aprendida, hecha de razonamiento, de persuasión” 112 . Dibuja a Séneca como un sabio a la defensiva: “Séneca es un sabio a la defensiva porque es un hombre plantado en la zona

108 Ibidem, p. 19.

109 Ibidem.

110 Ibidem, pp. 24-25.

111 Ibidem, p. 30.

112 Ibidem, p. 31.

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más amarga de la historia, cuando la esperanza reciente ha desaparecido; esa hora en que ser hombre es estar solo y tener responsabilidad. […] Esta es su amarga sabiduría: saber que no podemos abandonarnos a la sinrazón, ni tampoco a la razón, porque ni la una ni la otra son enteramente. Saber que en cada instante de la vida, para cada asunto y circunstancia, existe una cierta mezcla de razón y sinrazón, de ley y desorden. El sabio lo es por el acierto en parte intransmisible, por el arte de encontrar este punto de equilibrio, el punto de la mezcla; como el pueblo español dice todavía ‘una de cal y otra de arena’. Es el saber moverse entre la relatividad sin descanso que es la vida humana”. La comparación continúa diferenciando la muerte de uno y de otro: “La muerte de Séneca no fue, como la de Sócrates, el comienzo de sus esperanzas, el cumplimiento de su fe, sino un tremendo fracaso, el fracaso del intelectual frente al poder. Pero Séneca, sabiéndose en cierto modo culpable, murió elegantemente, sin queja y sin llanto. Retardó su muerte tanto como le fue posible, pero la sabía cierta y le encontró ya preparado […] Murió ante las candilejas del mundo, como un torero, como un divo, como todo el que ha vivido para el mundo. Y fue un sabio porque, estando tan en la vida, no le sorprendió su propia muerte y supo vivirla, representarla. Séneca es una máscara de teatro, del gran teatro del mundo”. Y agrega:

“Máscara de teatro, figura de tragedia, de la tragedia del saber introducido en el mundo, del sabio que no se retira por falta de fe en la vida de la razón, y por ello quiere encontrar la razón en la vida, en la historia. La tragedia del intelectual político de hoy que quiere, en el mejor de los casos, someter la historia reciente a la media razón, que quiere garantizar a la razón su media vida entre el poder y el estruendo del mundo, por falta d fe en la razón entera. Porque la razón entera, como la entera verdad, ya no son de este mundo” 113 .

María Zambrano llega a la conclusión de que lo que fracasa en Séneca es el político intelectual. “Lo que fracasó en realidad en la forzada muerte de Séneca —escribe— no fue el sabio que en ella muestra su virtud al hallarse prevenido y con las armas necesarias para su sereno cumplimiento. Quien fracasó fue el político, una cierta clase de político nacido del sabio, (34) lo que propiamente hemos llamado un intelectual. Porque intelectual es el sabio, el hombre consagrado a la razón en cuanto que quiere disponer las cosas del mundo en una posible reforma. Un intelectual es siempre un reformista, pues su razón de ser no es otra que la necesidad de una reforma en la cual a veces resulta comprometido el mismo principio que trata de defender”. Y agrega: “Porque el intelectual se dirige al mundo para moldearlo partiendo de un principio, se llame razón no libertad, para negociar en su nombre con el poder contrario. Y cuanto más contrario el poder, mayor será la tentación que algunos sienten de intentarlo, sin que sirva para nada la experiencia de los intentos de otros días acabados en el más amargo fracaso, como éste de Séneca.”. Y explica seguidamente:

“Pues al poder sólo pueden entregarse los que sienten fe en el poder, ni apetecerlo, les haya tocado la suerte de vivir en un momento en que el poder está abierto a los principios, razón o libertad. Al poder no se puede ir a pactar con él, sino cuando se está dentro de su recinto. Pues el pacto siempre será el vergonzante compromiso del débil que arriesga lo único que posee, con el fuerte que nada puede perder al incumplir lo mismo, los que se sientan investidos de él desde su origen, o aquellos, más fieles, a quien sin ser, pues a nada en verdad se había comprometido, y ni siquiera puede quedar deshonrado ante unos principios que desconoce, ante un tribunal cuya vigencia ignora y cuya fuerza carece de coacción […] Séneca, mediador en todo, figura de tiempo limítrofe, andaluz, fronterizo y adaptable y

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como con un cierto pudor de ser una cosa solamente —¿habrá habido andaluz alguna vez que haya aceptado la escueta responsabilidad de agostarse en una sola cosa, arte profesión o vocación?” 114 .

Según María Zambrano a Séneca no le quedaba sino la resignación. “Resignación ante el poder humano, ante todo poder. […] Soportar la vida. Conllevarla dignamente. La dignidad es el púnico resquicio para el estoico, lo más parecido a la libertad personal, pero más conmovedor a nuestros ojos, porque no tiene horizonte alguno; dignidad a la desesperada”. Y finaliza su reflexión diciendo: “Séneca aparecerá vivo siempre que ante la inexorabilidad de la muerte y del poder humano se encuentre, entre una fe que se extingue y otra que llega, una Razón desvalida”.

42. Mestrio Plutarco [45 d. C. – 120 d. C.] 115

Mestrio Plutarco nace bajo el Emperador Claudio y muere en tiempo de Adriano. Su formación es helenística-romana. Al igual que Cicerón viajó a Grecia para recibir allí su formación intelectual. Viajó mucho por todo el Imperio y desempeñó distintos cargos públicos. Para algunos resulta figura destacada del helenismo de la llamada segunda sofística. A pesar de su formación platónica, veía en el sentido religioso la base racional de la mitología griega. Con su búsqueda de una concepción más pura de la divinidad, criticó lo que consideraba supersticiones del mundo helenístico 116 .

114 Ibidem, pp.33-34.

115 Cfr. PLUTARCO, Vidas Paralelas (8 vol.), Gredos, Madrid, 1985-2010; PLUTARCO, Moralia (12 vol), Gredos, Madrid, 1982-2004; Miscellanea Plutarchea. Atti del I Convegno di Studi su Plutarco, (23 nov. 1985), a cargo de Frederick E. BRENK e Italo GALLO [1921], International Plutarch Soiciety, Sezione Italiana, Roma, 1986; ROVIRA REICH, Ricardo (Edit.), La educación política en la Antigüedad Clásica. El enfoque sapiencial de Plutarco, Universidad nacional de Educación a Distancia (UNED) / Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 2012; GARCÍA VALDÉS, Manuela, Estudios sobre Plutarco. Ideas religiosas. Actas del III Simposio Español sobre Plutarco, Ediciones Clásicas, Madrid, 1994; FERNÁNDEZ DELGADO, José Antonio, y PORDOMINGO PARDO, Francisca (Edit.), Estudios sobre Plutarco. Aspectos formales de la obra de Plutarco, Actas del IV Simposio Internacional sobre Plutarco, Ediciones Clásicas, Madrid, 1996; FONTÁN, Antonio [1923-2010], Humanismo Romano, Planeta, Barcelona, 1974; Actas del I Congreso sobre Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico (José María MAESTRE MAESTRE [1956] y Joaquín PASCUAL BAREA [1963] (Coordinadores), Universidad de Cádiz, Cádiz, 1993; Actas del II Congreso sobre Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico (José María MAESTRE MAESTRE, Luis CHARLO BREA [1938-2012] y Joaquín PASCUAL BAREA, Coordinadores) [Homenaje a Luis GIL], Universidad de Cádiz, Cádiz, 1997; Actas del III Congreso sobre Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico (José María MAESTRE MAESTRE, Luis CHARLO BREA y Joaquín PASCUAL BAREA, Coordinadores) [Homenaje a Antonio FONTÁN], Ediciones del Laberinto, Madrid, 2002; FONTÁN, Antonio [1923-2010], Letras y poder en Roma, Ediciones de la Universidad de Navarra [EUNSA], Pamplona, 2001; ZIEGLER, Konrat [1884-1974], Plutarco, (Traducción al italiano de Maria Rosa ZANCAN RINALDINI), Ed. italiana a cargo de Bruno ZUCCHELLI, Paideia, Brescia, 1965; VALGIGLIO, Ernesto, Divinità e religione in Plutarco, Compagnia dei Librai, Genoa [Genova], (Introducción texto crítico y traducción al italiano); VAN HOOF, Lieve, Plutarch’s Practical Ethics. The Social Dynamics of Philosophy, Oxford University Press, Oxford/New York, 2010. 116 Cfr. ZIEGLER, Konrat [1884-1974], Plutarco, (Traducción al italiano de Maria Rosa ZANCAN RINALDINI), Ed. italiana a cargo de Bruno ZUCCHELLI, Paideia, Brescia, 1965; BRENK, Frederick, An Imperial Heritage. The Religious Spirit of Plutarch of Chaironeia, en Aufsteig und Niedergang der Römischen Welt [ANRW] I, Berlin-New York, 36, 1 (1987), pp. 248-349; FROIDEFOND, Christian, Plutarque et le platonisme, también en Aufsteig und Niedergang der Römischen Welt [ANRW] I, Berlin-New

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Con sus Vidas Paralelas intenta una comparación entre personajes vinculados tanto a la vida griega como romana. En esa obra une el tono dramático a la sobriedad de su estilo, que permite al lector de épocas posteriores conocer aspectos de la vida de la antigüedad clásica. Sus Obras Morales ponen de relieve su formación platónica —se sabe que estuvo vinculado a la Académica platónica de Atenas— y discusiones sobre la retórica. Para algunos es más moralista que historiador, pero sin que se le ubique como historiador a la altura de Tácito, nadie niega su aporte (sobre todo con Vidas Paralelas, de las cuales se conservan 22) al conocimiento de los personajes y hechos del tiempo precedente a él. Las Moralia están compuestas por 78 escritos sobre temas diversos: tratados, recopilaciones, biografías, etc.

Ricardo Rovira Reich considera que del análisis de las Vidas Paralelas puede extraerse el concepto plutarquiano del buen gobernante, pues las comparaciones históricas que plasman esos estudios de Plutarco están guiadas por un enfoque sapiencial 117 . Vidas Paralelas, en su conjunto, recoge cuatro biografías individuales y 23 parejas de personajes. “Hay quienes piensan la historia —dice Rovira Reich— tal como la contó Plutarco; aunque tanto él como Polibio son quienes por primera vez establecieron la distinción entre historia y biografía” Y añade: “Aquí aparece el erudito, el filósofo, el moralista, el pedagogo, el político y el hombre interesado en el pasado que busca conocer para poder imitar o evitar —tanto él como sus lectores— a la vez que intenta demostrar la aplicación práctica, en vidas reales, de sus teorías éticas” 118 .

Plutarco destaca que más que historia, desea hacer biografía, para poner de relieve la enseñanza que brota de las virtudes y defectos de los biografiados. Tiene, por tanto, una expresa finalidad filosófico-moral más que histórica, en sentido estricto. Por ello algunos le califican más como moralista que como filósofo o historiador.

“Hay consenso —indica Rovira Reich— en reconocer que su opúsculo crítico Sobre la malevolencia de Heródoto, constituye su esquema programático para todo el plan de Vidas Paralelas; también en esta obra expone las normas que, a su parecer, debe seguir todo historiador en su trabajo, apoyándose en el modo de hacer historia de Tucídides y Jenofonte. En el campo filosófico se ha discutido la validez de una noción peripatética que subyace en todas estas biografías: la correlación entre los caracteres (ethe) y las acciones (praxeis)”, pero estima que puede aceptar esa premisa porque no conduce “a determinismos demasiado rígidos” 119 .

En el hacer no historia, sin vidas, Plutarco se esfuerza en mostrar modelos de existencia, para resaltar virtudes y vicios. De manera ligera, algunos sin profundizar en el

York, 36, 1 (1987), pp. 184-233; VALGIGLIO, Ernesto, Divinità e religione in Plutarco, Compagnia dei Librai, Genoa [Genova], (Introducción, texto crítico y traducción al italiano).

117 Cfr. ROVIRA REICH, Ricardo, La educación política en la Antigüedad Clásica. El enfoque sapiencial de Plutarco, cit., pp. 149 y ss.

118 Ibidem, p. 151. Cfr. VAN HOOF, Lieve, Plutarch’s Practical Ethics. The Social Dynamics of Philosophy, Oxford University Press, Oxford/New York, 2010.

119 ROVIRA REICH, Ricardo, La educación política en la Antigüedad Clásica. El enfoque sapiencial de Plutarco, cit., p. 153.

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sentido pedagógico político de esos escritos han pretendido reducir el valor propio de la obra de Plutarco, calificándola de colección de anécdotas. De ser cierto tal señalamiento, hubiera carecido de la perdurabilidad y respeto que merecidamente ha recibido a través de las épocas. Quienes de tal forma pretenden rebajar el perfil de su obra parecen ignorar que muchas veces una broma, un rasgo anecdótico, algún hecho de apariencia insignificante o intrascendente, ayuda a destacar mejor el perfil humano de un personaje ilustre que el minucioso recuento de las grande efemérides Además de su valor literario, de su dimensión ética y de su sentido histórico-político, las Vidas Paralelas poseen un relieve especial por el perfil psicológico de los personajes escogidos.

“Para la formación ética de quienes actúan en la vida política —comenta también Ricardo Rovira— han existido a lo largo de la historia muchos recursos —también biográficos, como lo intentó y logró Plutarco— que se basaron en aquello que nos recordaron algunos clásicos: verba movent, exempla trahunt120 .

En Moralia, Plutarco aborda cuestiones de carácter muy variado: desde las relaciones conyugales a cómo distinguir entre verdaderos amigos y quienes no lo son, entre aduladores y sinceros, o cómo controlar el miedo. Si bien muchos de los temas tratados en Moralia están vinculados a filosofía moral, el título que engloba a los escritos puede llevar a confusión sobre su contenido, pues en ellos toca temas de psicología, religión, literatura, música, etc. 121

43. Cornelio Cayo Tácito (circa 55 d. C – circa 120-125 d. C) 122

Se discute el lugar de su nacimiento. Se sabe, sin embargo, que vivió casi toda su vida en Roma. Orador e historiador, revela en sus textos históricos que era Tribuno militar. Nació en el tiempo de Nerón, hijo de una familia importante de la orden ecuestre. Su padre

120 Ibidem, p. 155.

121 VAN HOOF, Lieve, Plutarch’s Practical Ethics. The Social Dynamics of Philosophy, Oxford University Press, Oxford/New York, 2010.

122 Cfr. BENARIO, Herbert W. [1929], An Introduction to Tacitus, Univesrsity of Georgia Press, Athens [Ga], 1975; SCHELLHASE, Kenneth C [1940], Tacitus in Renaissance political thought, University of Chicago Press, Chicago, 1976; WOODMAN, Anthony John [1945], Tacitus reviewed, Oxford University Press, New York, 1998; MARTIN, Ronald H. [1915- 2008], Tacitus, Batsford Academic and Educational, London, 1981; MELLOR, Ronald [1940], Tacitus, Routledge, New York, 1993; SINCLAIR, Patrick [1955], Tacitus, the sentencious historian: a sociology of rethoric in Annales 1-6, Pennsylvania State University Press, University Park, Penn., 1995; O’GORMAN, Ellen, Irony and misreading in the Annals of Tacitus, Cambridge University Press, Cambridge (UK), 2000; SYME, Ronald [1903-1989], Ten studies in Tacitus, Clarendon Press, Oxford, 1970; DUFF, Timothy E., The Greek and Roman historians, Bristol Classical Press, London, 2003; KAPUST, Daniel J. [1976], Republicanism, rethoric and Roman political thought: Sallust, Livy and Tacitus, Cambridge University Press, New York, 2011; The Oxford Anthology of Literature in the Roman World (Peter E. KNOX y James C. McKEOWN, Eds.), Oxford University Press, Oxford, 2013; MOMIGLIANO, Arnaldo [1908- 1987], Essays in ancient and modern historiography . (Prólogo de Anthony GRAFTON [1950]), University of Chicago Press, Chicago, 2012; BICKEL, Ernst [1876-1961], Historia de la literatura romana, (Traducción de José María DIAZ-REGAÑÓN) Gredos, Madrid, 1982; ROSTAGNI, Augusto [1892-1961], Storia della letteratura latina, vol. III, Unione Tipografico-Editrice [UTET], Torino, 1964, FONTÁN, Antonio [1|923-2010], Letras y poder en Roma, Ediciones de la Universidad de Navarra [EUNSA], Pamplona, 2001

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fue Procurator en la Gallia Belgica. La figuración política de Tácito se ubica con Tito, Domiciano, Nerva y Trajano. Contrajo matrimonio con la única hija de Gnaeus Julius Agricola (de quien escribió su biografía) en el 77. Luego fue Praetor en el 88, Consul Suffectus en el 97 y Gobernador de Asia en los años 112-113. Murió durante el reinado de Adriano. Se le considera uno de los grandes historiadores romanos.

Como destaca Ricardo Rovira Reich, para Tácito la historia está en la base del saber político. Es un gran historiador, pero, a la vez, un “maestro de sabiduría política”, como le calificara Antonio Fontán 123 . Como ha destacado Ronald Syme, la cuestión que particularmente está presente en Tácito es lo relativo al poder político y su forma romana de ejercicio 124 .

Aparte de la laudatoria biografía de su suegro (Agricola) su obra histórica más importantes son los Historias, donde relata inicialmente la vida de Roma bajo los Emperadores Flavianos (69-96), es decir, desde la subida de Galba hasta la muerte de Domiciano. Posiblemente estaba posiblemente dividida en 12 o 14 libros, de los cuales, sólo una pequeña parte ha llegado hasta nosotros (los cuatro primeros y parte del quinto). Intentó continuar el relato de los reinados de Nerva y Trajano, pero finalmente decidió volver al tiempo anterior, relatando los reinados de los Emperadores Julio-Claudianos. A ello dedicó los Annales, [Annalium ab excessu divi Augusti libri («Libros de anales desde la muerte del divino Augusto»]. escritos, posiblemente entre los años 118-123. Allí está la historia de Roma desde la muerte de Augusto (14) hasta el 66, casi hasta el suicidio de Nerón (68). La obra estaba dividida en 16 o 18 libros de los cuales se estima que se ha perdido una tercera parte. De la primera parte, se conservan textos dedicados al reinado de Tiberio. La segunda, habla de los reinados de Claudio (desde el 47) y Nerón. Algunos consideran tendenciosa su visión de Tiberio, la cual, sin embargo, resulta una estampa de antología. Al referirse al tiempo de Nerón, describe las luchas por el poder entre Agripina y Nerón. Aunque evita relatar las incidencias a menudo escandalosas de los reinados cuya crónica escribe, sus escritos tienen el mérito especial de poner de relieve las discusiones del Senado y su importancia en la vida de Roma 125 .

Se dedicó a la historia en su madurez, después de una larga experiencia política de dos décadas (77-97) y con posterioridad a la muerte de Domiciano (96), lo cual le permitía mayor libertad de expresión de sus propias visiones de las realidades que conocía por experiencia directa. Su obra es muy crítica de las conductas no sólo erradas sino muchas veces criminales de los Emperadores posteriores a Augusto hasta Domiciano. Se señala que Tácito realiza una obra que, con precisión puede ser llamada historia política, aunque críticamente se apunta que posee una constante ideológica republicana y que no destaca positivamente el ingrediente militar en la vida romana de los años que vivió como político y en los que plasma como historiador. De hecho, a lo largo de su distinguida vida pública, nunca correspondió a Tácito el comando de tropas en combate.

123 Cfr. FONTÁN, Antonio [1923-2010], Letras y poder en Roma, Ediciones de la Universidad de Navarra

[EUNSA], Pamplona, 2001, p. 30.

124 Cfr. SYME, Ronald [1903-1989], Ten studies in Tacitus, Clarendon Press, Oxford, 1970

125 Cfr. BENARIO, Herbert W [1929]., An Introduction to Tacitus, Univesrsity of Georgia Press, Athens [Ga],

1975.

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Su historia es por tanto considerada un elemento, en su intención como autor, de carácter formativo para la vida pública. Sus relatos y críticas se orientan al igual que Plutarco, pero con menos énfasis en el elemento propiamente moralista, a la enseñanza tomada de la experiencia. Pretende, con su visión del pasado contribuir a que en el futuro no se repitan los errores ya vistos. La historia como magistra vitae muestra la impronta ciceroniana: se formulan enseñanzas morales de su crítica a la corte imperial, pero, sobre todo, abunda en agudos señalamientos de carácter psicológico, mostrando un estilo no exento de dramatismo.

44. CRONOLOGÍA DE ROMA

Antes de Cristo

1184

Llegada legendaria de Eneas a Italia

753

Fundación de Roma. Período de los Reyes (Monarquía).

510

Ejecución de Tarquino. Establecimiento de la República

400

Derechos de los Plebeyos;

Patricios

igualdad

constitucional

con

los

265 Supremacía de Roma sobre Italia

264-241 Primera Guerra Púnica 218-201 Segunda Guerra Púnica (Guerra de Anibal)

196

Titus Quintius Flaminibus proclama la “libertad” de Grecia

190

Batalla de Magnesia que permite a Roma el dominio del Cercano Oriente

146

Destrucción de Cartago. Dominio romano del Mediterráneo

133

Los Gracos, Tribunos de la Plebe

31 Derrota de Marco Antonio y Cleopatra. Siglo de Guerras Civiles (Mario, Sila, Craso, Pompeyo, Cpesar). Roma se transforma de República en Imperio.

27-14 d.C. Augusto

Después de Cristo

14-37 Tiberio 37-41 Calígula 41-54 Claudio 54-68 Nerón 68-69 Galba, Otón, Vitelio 69-79 Vespasiano 79-81 Tito 81-96 Domiciano 96-98 Nerva 98-117 Trajano 117-138 Adriano 138-161 Antonino Pío 161-180 Marco Aurelio

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161-169 Lucio Vero (co-Emperador junto con Marco Aurelio) 180-192 Cómodo

192 Pertinax, Didus Iulianus

193-211 Septimius Severo 211-217 Caracalla 211-212 Geta (hermano de Caracalla; co-Emperador con él hasta su muerte) 217-218 Macrino 218-222 Heliogábalo 222-235 Severo Alejandro

235-285 Los “Treinta Tiranos” 235-238 Maximino 238-244 Gordiano I, Gordiano II 244-249 Filipo el Árabe 249-251 Decio. Invasión de los Godos 253-260 Valeriano, hecho preso por el Rey de los Persas 253-268 Galieno. El “imperio” Gálico- 268-270 Claudio Gótico 270-275 Aureliano. Abandono de Dacia. Murallas alrededor de Roma. 275-284 Tácito, Floriano, Probo, Caro, Carino, Numeriano 285-305 Diocleciano 286-305 Maximiano

305 Abdicación de Diocleciano y Maximiano. Sucesión por dos Augustos y dos Césares.

Guerras de sucesión.

307-324 Constantino y Licinio

313 Edicto de Milán

324-337 Constantino, único Emperador

325

Concilio de Nicea

330

Fundación de Constantinopla (antigua Bizancio)

337-360 Constancio

360-363 Juliano el Apóstata 364-375 Valentiniano I 364-378 Valente

378 Victoria de los Romanos sobre los Godos en Adrianópolis

378-395 Teodosio I

395 División del Imperio

395-423 Honorio (Imperio de Occidente) 395-408 Arcadio (Imperio de Oriente)

402 Estilicón, General de Honorio, derrota a Alarico y a los Visigodos

408-450 Teodosio II (Emperador de Oriente)

410 Saqueo de Roma por Alarico

412-418 Los Visigodos se establecen en las Galias y en Hispania

419-451 Teodorico, Rey de los Visigodos, en las Galias; los Francos en el Bajo Rhin, con Reyes Merovingios 425-455 Valentiniano III (Emperador de Occidente)

429 Los Vándalos invaden África

433-453 Atila, Rey de los Hunos

438 Código de Teodosio

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450-357 Marciano (Emperador de Oriente) 455 Saqueo de Roma por los Vándalos. Petronio Máximo (Emperador de Occidente) 455-456 Avito (Emperador de Occidente) 457-474 León I (Emperador de Oriente) 457-461 Mayoriano (Emperador de Occidente) 461-465 Severo (Emperador de Occidente) 467-474 Antemio, Olibrio, Glicerio (Emperadores de Occidente) 474-491 Zenón (Emperador de Oriente) 474-476 Julio Nepote, Rómulo Augústulo (último Emperador de Occidente reconocido como tal por su colega el Emperador de Oriente) 476-485 Eurico, Rey de los Visigodos 476-493 Odoacro, Rey de Italia