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LA CIVILIZACIÓN DEL

ANÁHUAC
Unidad en la diversidad.




















Guillermo Marín








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L a “Historia Universal” es

de los vencedores. El euro


centrismo ha relegado a las
civilizaciones mucho más
antiguas que la cultura europea
a un oscuro y pequeño rincón del discurso oficial en el que
se sustenta el poder económico, político, cultural, pero
fundamentalmente ideológico de “la modernidad”.

En este discurso oficial, el judío catalán supuestamente
llamado Cristóbal Colón al “descubrir el nuevo mundo”,
pensó que había llegado a la India para activar el comercio
entre Asia y Europa, bloqueado por los turcos al tomar
Constantinopla (1453). Por ello llamó a los “naturales” –
indios-. Por esta razón de manera simbólica y real al mismo
tiempo, los europeos nunca han conocido a los pueblos
invadidos y ocupados durante cinco siglos.

En efecto, al llamarlos “indios” y creer que habían llegado a
la India, los europeos SUBSUMIERON a los anahuacas en
“su mundo conocido”, o sea la India, a donde querían ir
para hacer negocios. A los pueblos
y culturas anahuacas no se les han
dado el valor y lugar que tienen en
la verdadera Historia Universal,
como una de las seis civilizaciones
más antiguas con origen
autónomo del mundo. La
aberración y desprecio “por el
otro” sigue vigente al llamar a los
pueblos anahuacas “indios” en
nuestros días.

En el Anáhuac, desde 1519 los europeos que llegaron, no lo
hicieron en un “programa humanista y de investigación
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científica”. No, ellos venían (y siguen llegado) a hacerse
ricos a partir de la invasión y colonización: económica,
política, cultural y social. Las “fuentes históricas” del siglo
XVI, en general parten de relaciones, cartas, alegatos,
informes de los invasores, fueran conquistadores como fue
el caso de Hernán Cortes que hace un “informe”
tendencioso y parcial al rey de España de sus desmanes en
el Anáhuac. De misioneros como Bernardino de Sahagún,
que investiga para “conocer al enemigo y poder destruir
mejor su religión y cultura. O de anahuacas convertidos a la
cultura del colonizador, como el caso de Fernando Alba
Ixtlixóchitl, que escribe para “honrar” a sus antepasados
que pelearon como aliados de los europeos. Pero jamás se
“investigó y estudió” a la civilización invadida y ocupada
durante tres siglos por los “gachupines” a través de la
corona española. Ni en los dos últimos
siglos por los “criollos” y “su país de
ellos y para ellos”, por lo que en estos
cinco siglos ha sido excluida,
vituperada, denigrada, pero jamás,
investigada, reconocida y valorada, por
el invasor-colonizador.

Por esta razón,
l o s
“investigadores”
desde “Hernán
Cortés” hasta los
contemporáneos, siguen el mismo
camino de la negación y deformación
de la “Historia antigua del Anáhuac”.
Lo que justifica y explica la
permanente explotación de los
pueblos invadidos y la depredación
de sus recursos naturales. Son los
extranjeros en general, con sus honrosas excepciones, los
que han estudiado y escrito sobre lo que ellos llaman “la
historia antigua de México”. Y como desde hace quinientos
años, seguimos siendo un botín, en este caso académico.
Por ello, nos han estudiado por -nuestras diferencias-, y no
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por nuestras semejanzas, presentándonos como un
“atolón” de pequeñas “islas
culturales” (en las cuales cada
investigador es el experto y dueño de
cada una de ellas) y no como lo que en
verdad somos, un inmenso “continente
c u l t u r a l ”. Y p o r s u p u e s t o , e s t a s
“investigaciones” mantienen la
arrogancia y prepotencia de la “espada
conquistadora” ahora convertida en
“pluma del neo conquistador cultural”.
Manteniendo, por supuesto, la sarta de
mentiras y falsedades denigrantes hacia
nuestra civilización. El discurso cinematográfico de Mel
Gibson en su película “Apocalipto” (2006) lo dice todo.

Para re-hacer nuestra propia historia, “la verdadera”, la


“propia-nuestra”, debemos de comenzar con entender que
la civilización del Anáhuac es una sola, por más diversas y
múltiples culturas diferentes la expresen en el tiempo y el
espacio. Y que primeramente debemos iniciar “el camino
hacia adentro” a través de lo que llamamos “arqueología
del Espíritu”, toda vez que nuestros Viejos Abuelos
sustentaron la expresión más elevada de su saber y alcance
civilizatorio en el terreno del Espíritu,
usando a la “materia” como vehículo
o medio de expresión de esta
elevada manifestación humana.

Por ello, los Viejos Abuelos toltecas,
especialmente en el periodo Clásico
(200 a.C. a 850 d.C.) desarrollaron
en plenitud sus conocimientos del
mundo y la vida en lo que llamaron
“Toltecáyotl”, que implica los más elevados valores,
principios y conocimientos de la sabiduría y desarrollo
humano creado y sistematizado a lo largo de varios miles
de años, a partir de la invención de la agricultura,
aproximadamente hace ocho mil años. La Toltecáyotl fue la
razón y esencia que guió a todos los pueblos y culturas del
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Cem Anáhuac, lo que les dio una misma matriz filosófica-
cultural-religiosa en su amplia diversidad que las cohesionó.

En los siete mil quinientos años de
desarrollo humano del Anáhuac antes de
la invasión, y en sus tres grandes periodos
en los que se ha dividido esta gran
extensión de tiempo y de diversidad
cultural. Es decir: Periodo Preclásico de
6000 a 200 a.C., periodo Clásico de 200
a.C. a 850 d.C., y finalmente del 850 a
1521 d.C., en el periodo Postclásico. Es
decir: periodo formativo representado por
la cultura olmeca, periodo de esplendor representado por la
cultura tolteca y el periodo decadente representado por la
cultura mexica, respectivamente. En estos siete milenios y
medio se alcanzó el más elevado nivel de desarrollo
humano para todo un pueblo en toda la historia de la
humanidad. Este es uno de los más importantes logros
civilizatorios que se nos ha escatimado por la colonización,
quien nos condena a ser salvajes, caníbales y guerreros
solamente. Civilizados gracias a Dios, por la espada y la
cruz.

La unidad en la diversidad

El auto descubrimiento debe comenzar
con la percepción de que en nuestra
“ h i s t o r i a p r o p i a - n u e s t ra ”, f u i m o s
diversos, múltiples y diferentes, como
pueblos y culturas, pero unidos por una
m i s m a m a t r i z f i l o s ó f i c a - c u l t u ra l -
religiosa, que nos dio la oportunidad de
ser “diferentes en lo externo, pero
iguales en lo esencial”. Es decir, “ramas
diferentes pero compartiendo una
misma raíz, profunda y milenaria, del
árbol civilizatorio”.

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Esto lo podemos comprobar de diferentes maneras. Aquí
solo nos referiremos a cinco elementos culturales. El
primero es que los pueblos y culturas de México
(1821-2010) siempre se han percibido como una sola
unidad a pesar de su diversidad. Somos un país
multiétnico, multicultural, multilingüístico, pero nunca un
país multinacional como España, por ejemplo.

Todos los pueblos y culturas
del Cem Anáhuac
construyeron pirámides y el
estilo arquitectónico se
mantuvo uniforme
asombrosamente durante
miles de años. Patios
cuadrados rodeados de cuatro
edificios a sus costados.
Arquitectura íntimamente correlacionada con la mecánica
celeste.

La iconografía poseía elementos comunes
“estructuralmente” que eran compartidos entre todas las
culturas, pero que cada una de ellas le daba su “toque
personal”. Este lenguaje iconográfico es muy parecido en
las culturas del altiplano central, zona oaxaqueña, cultura
de Occidente y del Golfo, aún mantenían similitudes
fundamentales con la iconografía de la zona maya que
ostensiblemente es más “abigarrada”, pero que en esencia,
mantiene el mismo mensaje filosófico.

Otro elemento cultural


compartido por todas las
culturas del Anáhuac fue
la lengua náhuatl, que fue
desde el inicio la lengua
franca en la que todos los
pueblos se comunicaban
y en la que se trasmitía el
conocimiento. Cada
pueblo tenía su propia
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lengua y sus diferentes variantes en cada región, pero
todos compartían la lengua náhuatl como un elemento
cultural en la formación y educación en las escuelas y
centros de conocimiento.

La divinidad
suprema y sus
m ú l t i p l e s
advocaciones fue
otro de los
elementos culturales
compartidos y al
mismo tiempo
“diversificados” por
cada cultura del
Anáhuac en tiempo y
espacio diferentes.
En efecto, todos aceptaban una sola manifestación de la
“suprema divinidad inconmensurable” que era invisible,
innombrable e irrepresentable para los seres humanos. Se
le llamó metafóricamente “Aquél por quien se vive, Noche
Viento, Aquél que esta aquí y en todas partes al mismo
tiempo, El que se inventa a sí mismo”. Nunca tuvo un
“nombre propio” y una representación material-
iconográfica. Pero esta inconmensurable realidad poseía
diversas y múltiples manifestaciones o advocaciones en el
mundo material de esa compleja concepción.

Por ejemplo: Los Viejos Abuelos concebían al mundo o “la
realidad material”, conformada por dos
“energías”, una más densa que la otra.
A la energía “luminosa” que constituía
el mundo de objetos (porque todo esta
constituido de átomos y los átomos son
energía), los Viejos Abuelos lo
representaron con “el agua”, toda vez
que el agua a través de la tierra y el
sol, transforma la energía solar en
energía vegetal a través de la
fotosíntesis y de ahí “parte el mundo y
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la vida”.

La “otra energía” era más sutil y
le daba el “anima” a la energía
material o luminosa. En efecto,
la energía más sutil que la luz,
s e g ú n l o s t o l t e c a s , e ra l a
energía espiritual que todos los
seres vivos producían a través
de la conciencia de ser. Esta
energía la representaban con “el
viento”, como “el soplo divino que le da conciencia a la
materia. De esta manera -agua y viento- eran símbolos de
un ancestral conocimiento. Así como los cristianos
simbolizan el “Espíritu Santo” con la paloma, pero nunca
han adorado a las palomas.

La unidad en la diversidad
radica en que todos los
pueblos y culturas
compartían este elemento
cultural y de conocimiento
pero, los mayas a la energía
luminosa le llamaban Chac,
los nahuas Tláloc, los
zapotecos Cosijo y los
totonacas Tajín, por citar algunas culturas. Todos
representaban este concepto de manera icnográfica y
lingüísticamente de maneras diferentes, pero todas las
represtaciones iconográficas llevaban una anteojera y una
lengua de serpiente, independientemente de sus variantes
culturales.

Lingüísticamente a la energía
espiritual (el soplo divino que da
conciencia) todos los pueblos le
llamaban en su lengua de manera
diferente, Quetzalcóatl o Cuculcán,
pero todos se referían al concepto de
“Serpiente Emplumada”.
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Estos pequeños ejemplos, de múltiples que existen en las
culturas del Anáhuac, nos hablan de una múltiple
diversidad unida
indisolublemente por una misma
raíz filosófico-cultural-religiosa,
que nos alcanza hasta la
actualidad en medio del
s i n c r e t i s m o c u l t u ra l d e l o s
pueblos y culturas del llamado
“México profundo”.




El “rostro propio y el corazón verdadero” de los pueblos y
culturas del Cem Anáhuac, herencia de los Viejos Abuelos
toltecas y su inconmensurable sabiduría conocida como
Toltecáyotl, representa el mayor potencial y el patrimonio
más importante para construir un país más justo y humano,
para que vivan en armonía y bienestar nuestros hijos, que
son a final de cuentas los hijos de los hijos de los Viejos
Abuelos del Anáhuac.



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