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Giordano Bruno

Bruno vivió durante la segunda parte del


sigo XVI, de 1548 hasta 1600. Nació pues
cinco años después de la publicación
de “De revolutionibus”, obra en la
que Nicolás Copérnico exponía su
teoría heliocéntrica, y en la que por
primera vez después de casi 2000
años se desplazaba a la Tierra de su
posición central. Se conoce una
experiencia que habría marcado a Bruno con una corta edad: una excursión al Vesubio, el
imponente volcán que domina la bahía de Nápoles. Al ver cambiar el horizonte según
ascendía, se percató de que los sentidos nos pueden engañar, tal vez facilitando que
posteriormente adoptase posiciones neoplatónicas como marco filosófico para interpretar la
realidad. En cualquier caso, por sus tratados y las problemáticas a las que se enfrentó, se
le ha llamado el filósofo de la astronomía.
Perteneciente a la orden religiosa de los dominicos, sus referencias intelectuales
fueron Raimundo Lulio o Ramon Llull y Tomás de Aquino, quien vivió en el mismo
monasterio donde Bruno pasó su noviciado. En el convento probablemente nunca se sintiera
cómodo, debido a la rutina y a la disciplina, y es incluso posible que se acercase o que se
convirtiera al protestantismo en algún momento de su vida.
Al contrario que Copérnico, que retrasó la publicación de su teoría casi 40 años, tal vez
temiendo la reacción de la intelectualidad o de la Inquisición, Giordano Bruno llegó con su
imaginación donde el polaco nunca soñó alcanzar. Nunca cómodo, se convirtió en un
peregrino que vagaría por numerosos países europeos divulgando sus ideas.

Así, abandonó su Nápoles natal para pasar a Roma, aunque no permanecería mucho
tiempo allí. En los países protestantes se percató de que podía ser un personaje incómodo,
reconociendo así que la intolerancia era la señal de los tiempos (Ginebra, dominada por
Calvino, por donde pasó, fue un claro ejemplo). Intolerancia presente incluso en las tierras
en las que la reforma religiosa había facilitado, hasta cierto punto, la especulación y la
extensión de la educación a capas más amplias más allá de la élite. Tras pasar por Francia,
Bruno llevaría a Inglaterra el heliocentrismo copernicano, llegando a realizar una célebre
justa verbal en la universidad de Oxford en 1584, donde no consiguió ningún converso
hacia sus posiciones teológicas o intelectuales.
Giordano Bruno volvió a la península italiana después de fracasar en su búsqueda de una
posición permanente en los estados germánicos y la protección de alguno de sus príncipes.
Y lo que iba a ser una estancia temporal para imprimir sus obras, terminaría con nueve años
de cárcel, un juicio y la hoguera.
Heterodoxo siempre, terminaría entrando en conflicto con la Signoria veneciana, a la que
sería denunciado por un seguidor celoso, Giovanni Mocenigo. A pesar de sus
interpretaciones de las escrituras cristianas, en la acusación apenas hubo cabida para la
teología y entre las numerosas acusaciones destaca su teoría de universo ilimitado y la
infinitud de mundos.
Bruno, como Galileo Galilei, abjuró ante la presión del proceso. Sin embargo, volvería a
defender sus posiciones iniciales incluso ante la posibilidad de tortura. Como en el caso de
Galileo en 1616, detrás del juicio y como examinador de sus creencias, se
encontraba Roberto Belarmino. Este cardenal jesuita sería el responsable de que
se condenase la teoría de la movilidad de la Tierra alrededor del Sol y se prohibiese a
Galileo difundirla, salvo como hipótesis matemática.

Trasladado a Roma, sería condenado y “relajado” a la autoridad civil (esto es, cedida su
custodia para proceder a su ejecución). Ardió en la pira el 17 de febrero del último año
del siglo XVI.

El infinito y los mundos

Bruno llevará el heliocentrismo de Copérnico hasta sus más severas


consecuencias: todo el sistema aristotélico era falso, entonces, la bóveda
celeste estalla en miles de fragmentos... el universo es infinito y en él hay infinitos
mundos. Se produce una ruptura respecto a la concepción griega en la cual lo
perfecto es finito y limitado. Por otra parte "universo" y "mundo" dejan de ser
sinónimos para incluirse uno en el otro. Se hace imposible determinar así cuál es
el centro del universo, más difícil aún es afirmar su circunferencia. Ya no hay
esferas transparentes: los astros vagan libremente por el espacio y también
desaparecen las regiones celestes porque todos los astros se componen de los
mismos elementos.

La animación universal

Las ideas de Bruno, parecerían, a simple vista, científicas en el sentido moderno,


sin embargo, esto no es exactamente así. En efecto, para sostener la tesis que
postula, dirá que un Universo finito no se corresponde con la potencia infinita de
Dios puesto que no tendría sentido que Dios hubiese limitado su propia potencia
creadora. Más allá de eso, Bruno posee, además, una visión animista y mágica
respecto al movimiento del mundo: en vez de recurrir a los motores aristotélicos
(externos) dirá que tal movimiento es espontáneo. El universo es pues, como un
gigantesco animal, en el sentido en que todo está animado.

Entonces, en una explicación en la que se observan elementos platónicos y


neoplatónicos, dirá que existe un alma del mundo que todo lo anima y genera
el movimiento, siendo éste, la causa de todo:
"Por pequeña e ínfima que se conciba una cosa, tiene en sí una parte de substancia
espiritual, la cual, si se encuentra bien dispuesta la materia, la lleva a ser planta o
animal, y forma los miembros de cualquier cuerpo que comúnmente se considera
animado. Pues el espíritu se encuentra en todas las cosas, y no hay corpúsculo, por
mínimo que sea, que no contenga en sí una porción de él suficiente para animarlo
“De la causa, principio y uno. Giordano Bruno

El alma universal está en todo, todo puede transformarse en un ser animado y de


allí que todo se encuentre en permite transformación. Las cosas pueden cambiar
así así, de rostro. En esta tesis hallaría Bruno un fundamento para la magia puesto
que cualquier cosa puede transformarse en cualquier otra cosa o bien, en todas
las cosas hay fuerzas que pueden ser utilizadas:

"... ese espíritu se halla presente en todas las cosas, las cuales, si no son animales,
están animadas, y si no lo están según el acto visible de animalidad y vida, lo están,
no obstante, por ese principio o acto primordial de animalidad y vida" De la causa,
principio y uno. Giordano Bruno