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Querer ser feliz: ¿un propósito ilusorio que nada tiene que ver con la vida?

Por: pijamasurf - 12/29/2018

La búsqueda de la felicidad, que con tanta insistencia se practica hoy en día, podría estar lejos
del sentido más auténtico de la existencia.

Es posible que a diferencia de otras épocas, la nuestra sea la primera en que el ser humano se
preocupa por ser feliz. La noción de felicidad, por supuesto, ha sido siempre un motivo de
discusión, de cuestionamiento y de reflexión, pero quizá sea posible plantear que antes, en el
pasado cultural del ser humano, la idea de “ser feliz” haya sido considerado más bien como una
consecuencia un tanto fortuita, inesperada, de la existencia, pero no como un objetivo en sí, ni
menos aún como el propósito de la vida.

A nosotros, en cambio, se nos insta a ser feliz, casi como si se tratase de una obligación o de la
única tarea verdaderamente importante de la existencia. El trabajo, las relaciones personales,
los estudios, la trayectoria, el hogar: todo debe contribuir a la felicidad y, consecuentemente, se
expulsa aquello que despide el más mínimo olor a desdicha. La felicidad se persigue entonces,
como si se tratase de una presa que sin embargo nos elude a cada instante.

Esa, de hecho, es la paradoja de “querer” ser feliz. Como sabían los antiguos, de Aristóteles a
Kant (y quizá incluso más allá de ellos), la felicidad es un estado que poco tiene que ver con la
voluntad dirigida. Uno no es feliz por querer serlo, sino más bien como resultado de otras
acciones que contribuyeron indirectamente a esa felicidad. Cuando, en sus conversaciones, el
joven Eckermann le preguntó a Goethe si consideraba que había tenido una vida feliz, el poeta
respondió: “Pues mire, sí, he tenido una vida feliz; ahora bien, no me pregunte usted si tuve una
sola semana feliz”.
La felicidad es así: efímera y sobre todo improbable. ¿Cuántas veces, cuando hemos “planeado”
ser felices, las cosas resultan de otro modo? ¿Y cuántas más, en cambio, nos sorprendemos a
nosotros mismos felices, contra todo pronóstico y cuando menos lo esperábamos?

Si, como hemos dicho y como sin duda muchos de nosotros lo hemos experimentado, la
felicidad es por definición elusiva, incierta, azarosa, la idea de su búsqueda está entonces en
contradicción evidente con todas estas cualidades. Quizá por eso en nuestra época pareciera
que a la felicidad no se le quiere o se le busca, sino más bien se le persigue. Al respecto, nos
dice Schopenhauer, en El arte de ser feliz:

Una de las quimeras más grandes que inhalamos en la infancia y de la que sólo nos
libramos más tarde es justamente la idea de que el valor empírico de la vida consista en
sus placeres, que existan alegrías y posesiones que puedan hacernos positivamente
felices; por eso se persigue su obtención hasta que, demasiado tarde, llega el desengaño,
hasta que la caza de felicidad y placer, que en realidad no existen, nos hace encontrar lo
que realmente hay: dolor, sufrimiento, enfermedad, preocupaciones y mil otras cosas; en
cambio, si reconociéramos temprano que los bienes positivos son una quimera, mientras
que los dolores son muy reales, sólo estaríamos atentos a evitar estos últimos cuando los
vemos a lo lejos, según Aristóteles: «El prudente no aspira al placer, sino a la ausencia de
dolor».”

¿Qué hacer entonces? Es simple: no querer ser felices y, más bien, preocuparnos únicamente
por vivir. Paradójicamente, esto puede parecer radical y acaso incluso un tanto conformista,
pero si por un momento aceptamos la propuesta, quizá nos demos cuenta de que vivir es ya en
sí una tarea que exige el desarrollo de todos nuestros recursos. De alguna manera, vivir
significa aprovechar la vida, esto es, intentar construir una existencia donde nuestra energía,
nuestro tiempo y nuestras capacidades se desarrollen y produzcan frutos. Si en el camino
ocurre que ello nos conduce a la felicidad, tanto mejor, pero si no, tampoco será grave, pues a
cambio habremos obtenido la satisfacción de una vida plena.

“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura”, dice el
Evangelio de Mateo, un consejo que admite una lectura fuera de la doctrina y más bien de orden
filosófico: más que la felicidad, el placer o la alegría, nuestra conciencia y voluntad pueden estar
orientadas al propósito primordial de buscar una vida bien aprovechada, conducida éticamente,
en la que nuestros logros tengan puntos de encuentro con los logros de otros, de modo tal que
sea ésta nuestra manera de vivir, un proceso sostenido a lo largo de la existencia y quizá
nuestro único propósito auténtico, del cual todo aquello que se desprenda serán ganancias
inesperadas.