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CRUZADOS

DANIEL GRAU

Un ruido extraño me sacó del sueño profundo en el que me encontraba inmerso;


atiné a extender el brazo semidormido, repleto de hojarascas revueltas que
corrían por las venas y hormigueos típicos del miembro entumecido, adormecido.
Pesadamente extendí la mano hacia la mesa de noche, para encender la luz del
velador, allí ya no estaba; en cambio mis dedos palparon una fría y mojada
superficie, horrenda, resbaladiza, como si fuera aquello una enorme babosa
helada, aquel impacto me sobrecogió; abrí los ojos ya del todo y de una vez,
para contemplar estupefacto la figura erguida de espaldas a mí, de aquel ser;
era el sargento Sánchez; Toto vulgarmente lo llamaba. Al cabo de un año de
estar juntos en la milicia y a pesar de ser él un sargento y yo apenas un soldado
raso, nuestra confianza de amigos habitaba mas allá de los galardones; salvo en
los casos de una presencia superior en la graduación militar y por respeto a él,
lo seguiría llamando así, Toto.

Mi compañero montaba guardia, atento y sin percatarse de mi despertar; yo para


graficarlo de alguna manera yacía en el fondo del pozo de zorro, tapado con una
manta verde y húmeda; el poco calor que mi cuerpo aún conservaba, la hacía
desprender levemente unos rastros tenues de vapor, en esos diez grados bajo
cero en la trinchera de las islas Malvinas.

—Toto, ¿qué hora es?— le dije quebrando el silencio imperante, que sólo el
viento austral se animaba a desafiar, en las noches de la guerra.

—¿Ya te despertaste? —mientras observaba su reloj de pulsera, prosiguió.

—Te quedan cuarenta minutos más, son las dos y veinte.

—No, es suficiente, descansá vos, que yo te reemplazo; ya no lograré dormir.


Tuve un sueño horrible.

—¿Qué soñaste?, ¿contáme?

—Déjalo así, sería revivirlo y con una me basta, ya está, quiero olvidarme de
eso, de mi casa, mi cama y la maldita paz que no tengo. ¿Cómo anduvo la noche,
todo tranquilo?

—Si hoy es martes, no creo que usen sus cañones las fragatas, por lo que sé,
hoy no les pagan doble a los ingleses, pero ya se viene el jueves, viernes y el fin
de semana, ahí sí que parimos, nunca en mi vida pensé que me iban a gustar
tanto los lunes y martes.

—Bueno al menos una noche de paz hoy, dormite tranquilo que ya estoy
despierto del todo.
Me incorporé como podía, intentando liberarme de esa maraña de músculos
tensos que era mi organismo; ya de pie sujeté mi correaje a la cintura, adosé dos
granadas de mano mk5 a mi pecho, y así completé los preparativos para una
nueva jornada de guardia, colocándome el casco y asiendo el fusil. Todo aquello
lo efectuaba sin pensar, mecánicamente, como un torpe robot, preparado para
matar o morir. El Sargento, mi buen amigo, me sacó del ostracismo en donde mi
mente residía, con una frase llena de simpleza, pero cargada de compañerismo
y afecto.

—Antes de dormir, me tomaré una leche caliente. ¿Querés una Daniel?, te


preparo.

—Dale, gracias, sacá mi jarro que está debajo de la almohada— le dije.

—¡Pero mirá vos! ¿Ahora la llamas almohada, dos tubos de granadas de mano
envueltas en una manta?

—Y bueno; ¿cómo querés que la llame? Si cumple la función de almohada, o


acaso allí no es donde apoyamos nuestras torturadas cabezas noche tras noche.

—Tenés razón, después de todo, no es tan incomoda; pero digo yo, ¿dormir
sobre una almohada de granadas no traerá malos sueños?, ¿será eso? Sueños
un tanto pesados.

—¡No! No seas supersticioso Toto, además, recordá que es nuestro pasaporte


seguro a la muerte, mirá si un día cae una bomba y nos deja agonizando, eso si
que es feo, sufrir, en vez fíjate con la almohadita salvadora, ¡zas! Revienta todo
y no nos enteramos de nada.

—Así es nomás, esperemos que eso no pase.

Se produjo una pausa casi eterna, pero lejos de hallarse vacía, abundaba en
temores, ideas, deseos. Eran las mentes que brillaban en destellos de locura, en
la oscuridad de la incoherencia, que era permanecer allí. Otra batalla extraña se
debatía, una contienda oculta y real, que cada cual conocía a la perfección, aún
sin comentarla, ni mostrarla; sencillamente aquel otro campo de batalla, era el
duelo interminable entre quebrarse o seguir, y cada cual la peleaba con lo que
podía, en la quietud y el silencio de su interior.

Lo contemplé al sargento de reojo, sin que lo supiera, no distrayendo la vista del


frente en aquella noche cerrada, se lo veía frágil, delgado; estaba de cuclillas en
el fondo del pozo negro, que ahora lo iluminaba tenuemente la luz de una vela,
que él mismo fabricó con sebo de vaca. Como un ritual de cada noche y cada
día; preparando la leche en polvo, colocando las pastillas de alcohol, lo seguí
mirando, me dio ternura, tomé conciencia por un segundo, hoy estaba, mañana
no lo sabía; así me vería él mientras yo dormía, comprendí que a pesar del frío
fusil, poderoso y temerario que aguardaba entre mis manos, yo también era un
ser frágil a la deriva en el mar de las suertes.
—Dany, acá tenés, le quemé primero un poco de azúcar en el jarro, así es más
rico, de lo contrario esta leche en polvo es intomable, ¡Malditas raciones de
combate!

—Gracias, está buenísima. ¿Un poquito de ginebra no había para ponerle?

—No, se acabó anoche. ¡Qué mierda!, tengo un hambre bárbara.

—Tendremos que seguir fumando, al menos hasta que pueda llegar el próximo
avión con provisiones; yo ya estoy en los tres atados por día. ¿Y vos?

—Sí, yo por ahí ando, total de algo hay que morirse, si no es una bomba, es por
el cáncer de pulmón, ¡Y bueno, en fin! Será hasta mañana, al menos eso espero,
chau Daniel, que tengas una guardia tranquila, para bien de los dos.

—Que descanses Toto.

Era increíble, como siempre nuestros diálogos estaban plagados de frases que
nadaban en incertidumbre, desarrollándose a ciegas, y siempre condicionadas a
eventos venideros que imaginábamos pero no podíamos manejar. La guerra trae
consigo entre otras cosas eso, dudas y más dudas de existencia, y frases del
tipo "Si me despierto mañana, te prometo, haré tal cosa", "tengo que arreglar un
poco la trinchera, ¿pero para qué?, quizá no haga ni falta". "Si vuelvo a casa, me
doy un baño de espumas y después me emborracho". Era agotador,
desesperanzador, remitir todos nuestros deseos de hacer, al evento siguiente,
que sólo Dios y el destino podían manejar, y al cual nosotros no teníamos
presencia en las designaciones de aquellas determinaciones. Ni voz, ni voto.

Me quedé mirando el paisaje oscuro, para ser exacto, nada se veía, y allí en la
espesa negrura de la noche cerrada, intentaba esforzar mis sentidos, hasta lo
máximo y aún más, para ver o escuchar; de eso dependía parte de nuestra
suerte de ver otro sol brillar a la mañana siguiente. Llegué a escuchar ruidos
leves a casi un kilómetro de distancia, y ver en la noche como si fuera el día.
Que maravilla el cuerpo humano; cuando se lo exige siempre da más, es el
instinto de supervivencia, que activa esta maquinaria casi perfecta, que pena
morir, tantos millones de años de evolución para ser lo que somos, y al rato tan
sólo un sinnúmero de átomos dispersos, sin la magia de sus uniones que alguna
vez formaron el sueño de sentirse real.

El Toto roncaba, dichoso él, serían menos horas de padecimiento consciente, al


menos ése era el recreo, para escapar de la locura continua de esperar.

La noche paso, los días siguieron...

Semidormido, como casi siempre, con el cansancio a cuestas, de tantos malos


ratos; extendí el brazo derecho acalambrado para asirme; aún con los ojos
cerrados; de la pared de barro junto a mí, sentí un ruido fuerte a mi costado y
algo que estalló, de un brinco me incorporé decidido a todo, miré en la oscuridad,
hacia el sector de dónde procedió la extraña batahola; el velador de la mesa de
noche yacía desecho en el suelo, al instante mi madre sobresaltada prendía la
luz de mi habitación; la miré, le sonreí. La guerra ya había terminado, otra vez
estaba de vuelta en casa.

® Daniel Grau