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DIEGO PORTALES

Monopolista, sedicioso, demoledor


(Juicio cuidadano a un anti-demócrata)
GABRIEL SALAZAR

DIEGO PORTALES
Monopolista, sedicioso, demoledor
(Juicio cuidadano a un anti-demócrata)
© Editorial Universidad de Santiago de Chile
Av. Libertador Bernardo O`Higgins #2229
Santiago de Chile
Tel.: 56-2-7180080
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© Gabriel Salazar

Inscripción Nº: 194.967


I.S.B.N.: 978-956-303-096-9

Portada y diseño: Andrea Meza Vergara


Diagramación: Andrea Meza Vergara

Primera edición, octubre de 2010


Segunda edición, septiembre de 2012

Impreso en Gráfica LOM

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almace-


nada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea
eléctrico, químico o mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia,
sin permiso previo de la editorial.

Impreso en Chile.
Gabriel Salazar Vergara
Profesor Titular
Universidad de Chile
“Tal vez ningún hombre público de
Chile ha llamado más la atención que
don Diego Portales… a ninguno se le
ha quemado más incienso, a ninguno
se le ha dejado más sin contradicción…
Portales dominó durante su vida a sus
adversarios i persiguió a sus enemigos
sin dejarles un respiro. Después de su
muerte hicieron otro tanto sus partida-
rios… ¿Quién ha podido contradecir
su mérito, quién ha podido juzgarlo?”
José Victorino Lastarria1.

I
La seriedad de la muerte

Los que imponen el Estado a la ciudadanía


a través de la sedición y la violencia militar, junto
con construir por la fuerza el sistema político que
les conviene, imponen a los vencidos, además, un
tipo lapidario de ‘memoria oficial’. Pues en ésta
quedan imbricados orgánicamente, no sólo el ar-
ticulado escrito de las leyes establecidas por esa
vía, sino también –lo que es más relevante, según

1
J. V. Lastarria: Don Diego Portales: juicio histórico (Santiago,
1896. Imprenta La Democracia), p. 3.

7
señalara Max Weber– el sobrepeso no-escrito de
“la seriedad de la muerte”.
Se comprende que la violencia golpista no
es, de por sí, ni poder constituyente ni legislativo,
pero la muerte que siembra a su alrededor genera
“seriedad ciudadana”, esto es: recelo, recogimien-
to, silencio, prudencia, duelo por los caídos y, en
suma, temor y docilidad. Lo cual facilita y lubrica
la promulgación de, y la obediencia mecánica a,
las leyes ilegítimas dictadas tras el esparcimiento
de la muerte social (que tiene otro alcance que
la muerte individual). Por eso, para los dictado-
res sanguinarios, la muerte social es un eficiente
coadyuvante del proceso de “legitimación tardía”
(Jürgen Habermas) de un Estado ilegítimo por na-
cimiento...
En Chile han existido dos dictadores sangui-
narios que esparcieron muerte social e impusie-
ron, sobre la “seriedad de la muerte”, un sistema
político liberal en ambos casos, no propuesto por
la mayoría ciudadana: Diego Portales Palazuelos
y Augusto Pinochet Ugarte. La memoria oficial
que creció fusionada con esa seriedad ciudadana
permitió al sistema político que ellos fundaron y
re-fundaron permanecer “indesafiado” por largo
tiempo: 100 años duró la obra de Portales, 30 años
(a partir de 1980) o 37 (a partir de 1973), perdura
la de Pinochet. Y la muerte social exaltó la figu-
ra de ambos, por admiración y conveniencia (los
vencedores), por terror y frustración (los venci-

8
dos) hasta convertirlos en mitos nacionales. La mi-
tificación es, a su vez, perpetuidad legendaria, y
ésta suele transmitirse, como fiebre legitimadora,
al sistema político. La perpetuación institucional,
al final de todo eso, gravita en la conciencia so-
cial como una identidad nacionalista que inhibe
el desafío y la crítica: las estatuas ya están forjadas
al mármol, al bronce, a la bayoneta… y es irrespe-
tuoso derribarlas...
Por eso, hasta 1861, nadie se atrevió a de-
safiar el mito del dictador que se impuso por la
violencia en 1830 y murió masacrado –a manos
de la ciudadanía– en 1837. José Victorino Lasta-
rria escribió su ‘Juicio histórico de Portales’ recién
en 1861, y Benjamín Vicuña Mackenna el suyo en
18632. O sea: 30 años después. Cuando el autori-
tarismo draconiano de Portales y sus seguidores
(Joaquín Prieto, Manuel Bulnes, Manuel Montt y
Antonio Varas) estaba debilitándose, y sus culto-
res, envejeciendo. Cuando se abría el ‘unionismo’
táctico de pelucones y liberales, promovido por
José Joaquín Pérez. Sin embargo, pese a ello, am-
bos –Lastarria y Vicuña– escribieron sus “juicios”
con seriedad ciudadana, esforzándose por ser ecuá-
nimes y justos… Hechizados, todavía, por la “se-
riedad de la muerte”… Por eso Lastarria escribió:

2
Benjamín Vicuña Mackenna: Don Diego Portales: Introducción
a la historia de los diez años de la Administración Montt (Valparaí-
so, 1863. Imprenta El Mercurio).

9
“¿Quién ha podido contradecir su mérito, quién
ha podido juzgarlo? Durante su vida habría sido
una temeridad estudiarlo… Jamás se ha levanta-
do una voz para contradecir el unísono coro de
alabanzas que ha ensalzado siempre el nombre
de Portales”.
Y en el frontis de su libro sobre Portales –que
Vicuña Mackenna dedicó a su maestro José Victo-
rino Lastarria– escribió:
“Hemos llegado al único i santo fin que alienta
nuestros mutuos propósitos: el odio a la tiranía;
ira jenerosa, empero, que no escluye… cierta in-
voluntaria admiración por los tiranos a quienes
no mueve la vil codicia de mando, sino un ciego
desvarío de la conciencia o la fuerza indomable
de la voluntad…”3
Ni el opúsculo de Lastarria ni el libro de Vi-
cuña lograron, precisamente por su “ira jenerosa”,
derribar el mito portaliano. Y no impidieron por
tanto que, sobre ellos y su obra se alzara triun-
fal, desde 1875, la resonancia épica de otro “coro
de alabanzas”, compuesto esta vez por las voces
unísonas de Ramón Sotomayor, Francisco Encina,
Alberto Edwards, Jaime Eyzaguirre, Gonzalo Vial
y otros historiadores de menor nombradía, que

3
Ibídem, p. 5.

10
extendieron la rapsodia portaliana hasta el mismo
siglo XXI4.
El juicio ciudadano sobre el dictador Porta-
les está, pues, retrasado en un siglo y medio. Es
que ha sido difícil erradicar su mitología oficial si-
multáneamente de la conciencia social, de los tex-
tos escolares y de los monumentos patrióticos. Y
además, del Estado nacional. Pero es un juicio que,
tarde o temprano, deberá hacerse. Es una cuestión
de oportunidad coyuntural, cierto, pero es, sobre
todo, una cuestión de principios… Y no sólo por
una demanda de ‘objetividad’ (que es sólo una
cuestión académica), sino por un deber de dignidad
ciudadana. Porque ninguna “seriedad de la muer-
te” puede inhibir, olvidar o sepultar para siempre
la soberanía inalienable de la masa social.
El “odio a la tiranía”, por eso, debe ser, a
todo nivel cívico, implacable…

4
Una voz distinta de la de este coro ha sido la del profesor
Sergio Villalobos, con su Portales, una falsificación histórica
(Santiago, 1989. Editorial Universitaria), libro importante por
su análisis crítico. Desafortunadamente, es un trabajo investi-
do desde el ‘elan personal’ del historiador que de los criterios
críticos propios de la ira ciudadana.

11
II
La telaraña consanguínea
Diego Portales Palazuelos nació en el centro
de esa telaraña elitaria que sus propios tejedores
han llamado, henchidos de orgullo: “aristocracia
castellano-vasca”.
En efecto, su padre –según reza textual su fe
de bautismo, fechada en 1793– fue don José Santia-
go Portales y Larraín Meneses Andía e Irarrázaval, y su
madre, doña María Fernández de Palazuelos Acevedo
y Borja5. Por línea paterna, Diego Portales estaba
emparentado sanguíneamente con: a) los mar-
queses de Pica y el mayorazgo Irarrázaval; b) los
marqueses de Larraín y el mayorazgo de Larraín
y Vicuña; c) el mayorazgo de Manuel Ruiz Tagle
(casado con María del Rosario Portales Larraín);
d) el mayorazgo de Bravo de Saravia y Meneses
(doña Rosa Meneses, heredera del mayorazgo, se
casó con Diego Portales Ortiz), y e) el mayorazgo
García Huidobro vinculado a los Eyzaguirre (fa-
milia de obispos y comerciantes), parientes políti-
cos de los Portales6. Por la línea materna no había
“mayorazgos y títulos de Castilla”, pero, según
sus biógrafos, los había con la familia Borgia, de

5
En Ramón Sotomayor (Ed.): A la memoria de Portales, 1793-
1837. Juicios históricos (Santiago, 1901. Imprenta Cervantes),
p. 29.
6
Se puede seguir el árbol genealógico de los Portales en Do-
mingo Amunátegui Solar: Mayorazgos y Títulos de Castilla
(Santiago, 1901. Imprenta Barcelona), 3 volúmenes.

12
la Italia renacentista. Por estas y otras conexiones,
Diego Portales nació “aristócrata”, pero fue un
“mercader-aristócrata” atípico y frustrado.
La auto-denominada “aristocracia castella-
no-vasca”, como se sabe, sucedió en el tiempo a la
“aristocracia feudataria” (o encomendera, que se
diluyó y eclipsó a lo largo del siglo XVIII) y ‘rei-
nó’ en Chile desde 1700 hasta, aproximadamente,
1870. Para muchos de sus descendientes, fue la eli-
te que no sólo ‘formó’ económica y políticamente
el país, sino que lo construyó de un modo ejem-
plar y único en el contexto latinoamericano. Este
juicio histórico es, precisamente, el pedestal de la
‘heroificación’ de Portales. Pero no debe olvidar-
se que, tanto la aristocracia “feudataria” como la
“castellano-vasca”, no fueron otra cosa que familias
mercantiles: la primera se enriqueció exportando
cuero y sebo al Perú, y la segunda trigo y harinas
también al Perú y, ya en el siglo XIX, cobre y plata
al mercado del Atlántico7. Fue el dinero de comercio
el que permitió a la aristocracia castellano-vasca
comprar al Rey de España sus mayorazgos y títu-
los de Castilla. O sea: su adherencia ‘aristocrática’.
Algunos analistas han proclamado que la base de
la aristocracia fue la hacienda, cuya aparente y lar-
ga “paz social” (hubo, en efecto, pocas huelgas de
inquilinos) habría sido la molécula patricial que

7
Para un estudio detallado de este proceso, Gabriel Salazar:
Mercaderes, empresarios y capitalistas. Chile, siglo XIX (Santiago,
2009. Editorial Sudamericana), passim.

13
generó la sociedad y la identidad nacionales8. Y
que, por eso mismo, la aristocracia castellano-vas-
ca habría vivido de una honrosa renta de la tierra
(de aquí su carácter ‘feudatario’).
No obstante, las fuentes informan que, cada
vez que el tráfico comercial fue amenazado por al-
gún proyecto productivista, los ‘aristócratas’ se
movilizaron en masa para hacer oposición, derri-
bar el proyecto y defender el statu quo del comer-
cio, puesto que, para ellos, el comercio era el riñón
de su riqueza y del país. Tal ocurrió, por ejemplo,
en 1781 –época en que los mayorazgos y títulos de
nobleza tenían encandiladas a las familias de abo-
lengo de la capital–, a propósito de un proyecto
presentado por Manuel José de Orejuela, tendien-
te a establecer un sistema de moneda divisionaria
acuñada en cobre, con el fin expreso de morigerar
la catastrófica sequía monetaria que azotaba los
pagos al menudeo del país, la que beneficiaba de
lleno a los monopolistas del crédito público, del
privado y del dinero metálico en oro y plata. Al

8
Diversos historiadores han sostenido este aserto. Se ha igno-
rado, sin embargo, el hecho que, si bien los ‘inquilinos’ no se
rebelaron contra sus patrones, el ‘peonaje’ –hijos de inquilinos
que abandonaron la hacienda– sí lo hicieron, pues desencade-
naron una larga y no-pacificada guerra de bandidaje contra el
patriciado terrateniente, que duró desde 1780 hasta, aproxi-
madamente, 1940. El conflicto social no estalló dentro de los
linderos de la hacienda, sino en su entorno. Y fue la más larga
‘lucha de clases’ que haya tenido el país hasta el día de hoy.

14
saberse del proyecto de Orejuela, el patriciado de
Santiago convocó con urgencia a una “congrega-
ción de la universidad de los mercaderes”, la que,
prestamente, acordó declarar:
“Nuestra repugnancia a la admisión de mone-
das de cobre sin valor intrínseco… las monedas
deben conservarse puras, como la religión… Las
monedas son las niñas de los ojos de la república,
que se ofenden si las toca la mano y es mejor de-
jarlas así… Porque siendo el comercio en es-
tos Países la fuente peregne de cuyas aguas
beben y se alimentan su abitadores sin ex-
cepción alguna: de sus utilidades y aumen-
tos se han fundado los Maiorazgos, se han
erigido las Casas y títulos, se han compra-
do las haciendas y vínculos, se han criado
los fundos y, sobre todo, a sus expensas se
han levantado templos, se han construido
combentos…”9
Pocas veces se ha dado un mentís tan cate-
górico y de tan buena fuente a la tesis (y mito) que
proclama la identidad nobiliaria y feudataria de la
“aristocracia castellano-vasca”. Pues firmaron esa
declaración 36 magnates del patriciado santiagui-
no. Lo que prueba que, cuando la crisis económi-
ca corroyó los fundamentos reales de su mitología

9
“Declaración de la universidad de los comerciantes”, en Ar-
chivo del Ministerio de Hacienda (AMH), vol. 25, fs. 103-112
v. Las negritas son nuestras.

15
elitaria, el ennoblecido patriciado no tuvo tapujos
en reconocer que la base material de su identidad
(o si se prefiere, “la niña de los ojos de la repú-
blica”) no era otro que el vil comercio. Y que, en
estricto rigor, ellos no eran sino una elite de merca-
deres…
Los crudos datos prueban, además, que los
mayorazgos y títulos de Castilla componían una
elite mercantil enclaustrada en el Valle Central, en-
tre el río Aconcagua y el Maule. Y esto obedecía al
hecho que la elite que controlaba el gran comercio
de exportación-importación chileno no era la de
Santiago sino la de Valparaíso, y que ésta estaba
constituida, hacia 1830, por una veintena de con-
signees y subsidiary houses extranjeras (sobre todo
inglesas), junto a una media docena de comercian-
tes criollos sin conexión parental con el patriciado
santiaguino10. De modo que la orgullosa aristo-
cracia de la capital no se nutría tanto del gran co-
mercio exterior (sólo controlaba algunas bodegas
trigueras en Valparaíso y algunas importaciones
del Río de la Plata), sino del comercio interior. Y los
datos indican todavía que, en este plano, la fuente
principal de sus utilidades provenía de: a) el re-
mate periódico de la cobranza de diezmos en to-

10
El análisis cuantitativo de los contratos comerciales regis-
trados en el archivo del Tribunal de Contaduría Mayor y en
el Archivo Notarial de Valparaíso, para el período 1820-1850,
prueba lo dicho. Ver de G. Salazar: Mercaderes…, op. cit., ca-
pítulo V.

16
das las “doctrinas” del país, que permitía vender
los productos recaudados en condiciones mono-
pólicas a los hospitales, conventos, regimientos,
minas, etc.; b) la concesión de créditos privados
a tasas usureras (de 12 a 18% anual, entre iguales,
y sobre 120% entre desiguales); c) la recepción de
créditos estatales al 5% anual, y de conventos a
plazo indefinido, sin interés; c) la especulación en
torno a la compraventa y arriendo de propiedades
rurales y urbanas; d) las procuradurías mercanti-
les de diverso tipo (sindicaturas en las ejecuciones
por quiebra o deuda, albaceazgos testamentarios,
manejo de tesorerías de congregaciones religio-
sas o de establecimientos de beneficencia pública,
etc.); e) las gestiones como ‘apoderado de nego-
cios’ para clientes locales y lejanos, etc. Es digno
de destacar que la clientela principal del patricia-
do mercantil de Santiago estaba compuesta por
las mujeres viudas y herederas de fortunas patriar-
cales, que necesitaban consejería, administración
o negociación de sus bienes o dotes. Se destacaron
en este tipo de negocios los siguientes mercaderes
(en orden de importancia): Diego Antonio Barros
(padre del historiador Diego Barros Arana), Es-
tanislao Portales Larraín (tío de Diego Portales),
Santiago Gandarillas, Mariano Egaña, Ramón Va-
lero, Francisco Elizalde, Gaspar Marín, José Anto-
nio Huici, José Antonio Rosales, Diego Portales,
Francisco Vargas, Ambrosio Aldunate, y las fami-

17
lias mercantiles Larraín, Ortúzar, Errázuriz, Ova-
lle, Dávila y Matte, entre otras11.
El tráfico ‘comercial’ de la aristocracia cas-
tellano-vasca incluía, como se ve, desde la pingüe
negociación del diezmo hasta la usurera especula-
ción con el crédito público y privado. El carácter
monopólico de esas operaciones no era, por cier-
to, formal, sino informal (por más de 100 años, la
aristocracia de Santiago se opuso tenazmente a la
creación de bancos o a la regulación del crédito).
Monopolios fácticos que eran posible por el con-
trol que ella ejercía: a) sobre la jerarquía eclesiásti-
ca (un tercio de sus hijos e hijas profesaba la vida
religiosa) y b) sobre las instancias locales del Estado
Imperial español (por ejemplo, la Superintendencia
de Aduanas, la Superintendencia de la Casa de
Moneda o el Tribunal del Consulado, entre otras,
que operaban de hecho como instituciones centra-
lizadoras del sistema público comercial, crediticio
y monetario), que el Rey de España, por apuros
económicos, había comenzado a vender al mejor
postor. El poder económico real (capitalista) de la
aristocracia santiaguina era pues, en última ins-
tancia, feble, pero la herencia estatal que le dejó Es-
paña después de la Independencia (las institucio-
nes señaladas), por el hecho de vivir en Santiago,

11
El detalle de estos negocios en el Archivo Notarial de San-
tiago, entre 1830 y 1840. Sobre el remate de diezmos, G. Sala-
zar: Mercaderes…, op. cit., capítulo V.

18
en cambio, le daban y le dieron un sentido de poder
tan absolutista y centralista como la monarquía
española. Y no es un dato menor que la más cen-
tralista de las instituciones estatales heredadas de
España: la Superintendencia de la Casa de Mone-
da, haya sido rematada y controlada, durante dos
generaciones sucesivas, por la familia progenitora
de Diego Portales...
Del gigantesco Estado Imperial Español, la
guerras de la Independencia decapitaron, pues, el
Rey, el Consejo de Indias, la Casa de Contratación
de Sevilla, la Gobernación y Capitanía General y
la Real Audiencia, pero dejaron intactas las institu-
ciones locales reguladoras del comercio exterior
e interior, del sistema monetario y tributario, de
la hacienda pública, de los juicios comerciales, de
los corregimientos de indios, del diezmo, etc. El
gobierno ‘político’ imperial fue decapitado por
los patriotas, pero la ‘administración interior’ del
Estado Colonial, no, y ésta fue, exactamente, la he-
rencia a la que el patriciado santiaguino se sintió
con pleno derecho, por ubicación (radicada en la
capital), por compra y luenga experiencia en su
manejo. Por eso, cuando se inició la construcción
cívica del Estado ‘político’ nacional (después del
derrocamiento de la dictadura de O’Higgins), lo
que se hizo fue modelar los poderes ejecutivo, le-
gislativo y judicial, pero a horcajadas sobre la vieja
estructura administrativa interior heredada de la
colonia, la que, en su totalidad, estaba radicada

19
en la capital, al alcance de la mano, del bolsillo
y las ambiciones del patriciado santiaguino. Por
eso, los treinta y tantos linajes mercantiles de la
capital se las arreglaron, después de 1817, para
atrincherarse en esa estructura, desde la cual
obstruyeron y minaron los esfuerzos de la ciuda-
danía de todos los pueblos del país orientados a
construir un Estado democrático, productivista y
descentralizado. Por eso, la estructura adminis-
trativa colonial –que era de naturaleza centralista,
imperial y mercantilizada– colisionó de frente con la
superestructura estatal que los “pueblos” de toda
la República quisieron construir sobre aquélla12.
Pues la aristocracia castellano-vasca echó mano a
toda su red consanguínea para blindar y envolver
la estructura administrativa colonial, y contraata-
car desde allí al movimiento democratizador de
las provincias. Debe tenerse presente que los or-
gullosos mayorazgos y títulos de Castilla tejían
sus lazos matrimoniales entre ellos mismos. En-
dógenamente. Tanto así, que en cada una de las
familias de ese tiempo puede hallarse uno o dos
matrimonios entre primos hermanos, o entre tíos
y sobrinas carnales. El propio Diego Portales se
casó, como se sabe, con su prima hermana, Josefa
Portales Larraín, en la cual tuvo hijos que, uno tras

12
Para un análisis histórico detallado de esta colisión, G. Sa-
lazar: Construcción de Estado en Chile, 1800-1837. Democracia de
‘los pueblos’. Militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico (San-
tiago, 2005. Editorial Sudamericana), passim.

20
otro, murieron en la cuna. Ella murió a los tres
años de matrimonio13.
En suma, la clase social en la que nació Die-
go Portales fue, esencialmente, una elite que espe-
culaba en el mercado interno del Valle Central; que
se enriqueció, sobre todo, en base a los monopolios
entrelazados del crédito público y privado, y de las
monedas de oro y plata; que especuló con propie-
dades rurales y urbanas; que accedió al control, por
compra al Rey, de las instituciones centralistas de
la administración interior del Estado colonial; que
vivió enclaustrada en el Valle Central y en sus ma-
yorazgos y títulos de nobleza, y que, por todo lo
anterior, no se integró ni fundió –al menos, antes
de 1860– ni con la elite mercantil de Valparaíso, ni
con la elite habilitadora y minera de la provincia
de Coquimbo, ni con la elite cerealera y ganadera
de Concepción. Por esta situación global y esas ca-
racterísticas particulares, fue, pues, una clase so-
cial que no estaba capacitada para triunfar sobre: a) los
competitivos avatares del comercio exterior; b) los
competitivos avatares de la minería nortina, ni c)
para entender el opositor proyecto productivista y
democrático de los “pueblos libres” de provincia.
Por formación económica, era monopolista, y por
su práctica administrativa colonial, centralista. Su

Lo anterior puede verificarse en el libro citado de Domingo


13

Amunátegui Solar. También en Julio Retamal et. al. (Eds.): Fa-


milias Fundadoras de Chile 1656-1700. El conjunto final (Santia-
go, 2003. Ediciones Universidad Católica de Chile), passim.

21
proyecto histórico y político no podía sino colisio-
nar rudamente con el proyecto esgrimido por los
pueblos de provincia, y su única posibilidad de
triunfar sobre éstos (que eran mayoría), era a tra-
vés de la violencia.
Diego Portales encarnaría en grado superla-
tivo todas esas ‘incapacidades’ y toda esa centena-
ria propensión a la especulación monopolista, el
centralismo y la violencia.

III
El comerciante y monopolista
(fracasado)
Si la propensión monopolista (y nepotista)
era fuerte en el patriciado mercantil de la capital,
lo era aun más en la familia Portales, que, durante
dos generaciones, había controlado la apetecida
Superintendencia de la Casa de Moneda. No es
extraño que Santiago Portales, el padre, pensara
preparar a su hijo Diego para que “gozase de la
renta de capellán de la Casa de Moneda”, cargo
que había comprado con antelación. Pero el hijo
no perseveró, ni en los estudios sacerdotales, ni
en los estudios generales14. Tampoco se interesó
en proseguir la carrera militar, a pesar de que su

14
Hay consenso entre sus biógrafos en cuanto a que Diego
Portales no fue un alumno aprovechado, dada su congénita
tendencia a hacer “toda clase de travesuras”. Ver de B. Vicu-
ña M.: Don Diego Portales…, op. cit., pp. 27 et seq.

22
padre lo había registrado como Alférez y luego
como Teniente de Milicias en el Regimiento del
Príncipe de la capital15. De este modo, cumplió los
20 años de edad “sin haber hecho ningún progre-
so de consideración en sus estudios”, dedicándo-
se más bien a diversos “pasatiempos juveniles”.
Su padre trató de que estudiara Leyes, pero, de
nuevo, el joven abandonó ese empeño. En cam-
bio, se enamoró perdidamente de su prima her-
mana, Josefa Portales y Larraín (hija de su tío, el
mercader Estanislao Portales), con quien se casó
en 1818, a los 24 años de edad. En previsión de
ese matrimonio, el joven Portales, de nuevo pa-
trocinado por su padre, se había empleado como
‘ensayador’ (tratamiento de metales) en la Casa de
Moneda, oficio por el cual recibió una remunera-
ción de $850 al año, rango inferior en la alta buro-
cracia pública. Naturalmente, ese rango y salario
eran insuficientes para un joven de su alcurnia,
razón por la que, en el mismo año en que murió
su mujer, abandonó el ensaye y decidió dedicarse
al comercio, oficio, según él, para el cual “se sentía
nacido”. Pero para iniciarse en ello necesitaba ca-
pital. Y ahora fue el abuelo de su mujer, Santiago
de Larraín, quien le resolvió el problema al obse-
quiarle la suma de $4.000. Él los invirtió en “paños
i casimires que vendió en su propia casa y de la
que obtuvo un pingüe resultado”16. De inmediato
15
Los despachos respectivos de estos nombramientos en R.
Sotomayor (Ed.): A la memoria de…, op. cit., p. 29.
16
B. Vicuña M.: Don Diego Portales…, op. cit., p. 32.

23
los parientes movieron sus influencias para que el
novel comerciante fuera electo miembro de plan-
ta del Tribunal del Consulado (de mercaderes) y,
luego, Juez del Tribunal de Residencia en el juicio
que se intentó seguir a Bernardo O’Higgins a co-
mienzos de 1823, después de su derrocamiento17.
El así promovido, sin embargo, tampoco
perseveró en esos cargos. Es que, por esos mis-
mos años, la expedición libertadora del Perú había
abierto el comercio de ese país a los mercaderes
chilenos. Debe recordarse que, durante todo el pe-
riodo colonial, la comercialización de las exporta-
ciones chilenas de sebo, cuero y trigo en el Virrei-
nato de Perú había estado, de hecho, controlada
por los navieros y comerciantes limeños. Y ade-
más regulada políticamente por el mismo Virrey.
De modo que era la primera vez, en casi 200 años,
que los comerciantes chilenos conseguían, a reta-
guardia del Ejército Libertador, una posición expe-
dita, ventajosa y aparentemente hegemónica para
negociar en el vecino país (sólo que, por la misma
excepcionalidad, disponían de escasa o ninguna
experiencia acerca de cómo dominar mercados ex-
tranjeros). El joven viudo vio allí la oportunidad
de su vida y se trasladó a Lima en representación
de la sociedad Portales & Cea, que había fundado
expresamente a ese efecto. El negocio consistía en
vender en Lima los tradicionales productos chi-

17
R. Sotomayor, ibídem, p. 30. Quien promovió su nombre
fue su cuñado Agustín de Eyzaguirre.

24
lenos de exportación (sebo, trigo) y en enviar en
retorno los tradicionales productos peruanos de
exportación a Chile (chancaca, etc.). Nada nuevo:
sólo enroque entre elites mercantiles.
Viejo sabio después de todo, su padre le
aconsejó no involucrarse en ese comercio (“el po-
bre caballero me repite lo que me dijo al estable-
cerme en ésta: sobre que saldría arruinado”)18. Sin
embargo, Portales, tozudo, insistió, y tomando
mercancías a consignación (sebo, sobre todo) de
su primo Joaquín Echeverría (rico hacendado y
habilitador minero de Coquimbo), de su tío Esta-
nislao Portales, de los Errázuriz, de los Eyzaguirre,
de Jerónimo Urmeneta y comprometiendo como
fiador a Hilario Bustillos, se instaló en Lima para
vender y comprar. De inmediato comenzaron las
dificultades, sobre todo, porque, tras la liberación,
un diluvio de mercaderes llegó a Perú para com-
prar y vender. De esto le informó a su “estimado
primo” Joaquín de Echeverría:
“todos se apuran para enajernarlos, lo que ha he-
cho descender los precios cuasi un 100%... Aquí
no hay quién compre frutos de Chile, esperando
que el concurso de buques de aquella procedencia
va a ponerlos en estado de darlos gratis… En la
aduana no me admitieron libranza, ni encontré

“Carta a J. M. Cea”, fechada en Lima el 19/05/1822. En Car-


18

men Fariñas (Ed.): Epistolario Diego Portales (Santiago, 2007.


U. Diego Portales), tomo I, p. 16.

25
dinero que tomar prestado para pagar los dere-
chos que me obligaron a exhibir en efectivo…
por… la expresada suma invertida en sebos y
derechos. Luego que se vendan en todo o en parte
iré remitiendo su producto en pesos fuertes, que
es el único retorno que se presenta”19.
La situación siguió de mal en peor. Las car-
tas, una tras otra, llegaban angustiadas a manos
del socio instalado en Santiago: “ninguno de los
que hemos introducido sebo por el Callao hemos
podido vender ahí un zurrón”… “Las dificultades
aumentan cada día”… “Las entradas disminuyen,
la gente no compra”… Afligido ya, Diego Portales
le pidió a su socio Cea que se instalara en Lima
para que él, a modo de enroque, pudiera instalar-
se más cómodo en Valparaíso (“¡qué sería yo sin
Cea!”), pero el socio, por enfermedad, no pudo ir...
“Desde que se estableció la casa, hay una pérdida
enorme que no nos permitirá cancelar las deudas
con nuestro fiador Hilario Bustillos”… (“¡Maldi-
ta la hora en que entramos en componendas con
este usurero!”)… Desesperado, Portales le pidió
dinero a su padre, de quien recibió una importan-
te suma el 26 de abril de 1822, con una carta en
la que le reconvenía por su aventura (“pero esto
no me importa, porque lo principal es el dinero”).
Hacia octubre de 1822, la pérdida neta ascendía
a $8.600 (“los conflictos en que nos vamos a ver

19
“Carta a Joaquín de Echeverría”, Callao, 6/10/1821, en ibí-
dem, pp. 3-4.

26
serán grandes y es preciso obrar con calma para
salvar siquiera el aporte con que entramos en el
negocio”). En diciembre de 1822 había decidi-
do, por fin, retirarse de Lima, arrastrando graves
pérdidas: “Nos retiramos de la tierra del oro más
pobres que cuando salimos de la tierra de la mise-
ria; dejamos, en cambio, hijos y amores, pero una
reputación sobrada y un crédito lleno de digni-
dad”20. Así, a comienzos de 1823, Diego Portales,
habiendo fracasado en su aventura limeña y en el
comercio de exportación-importación, aparecía
de nuevo en la ciudad de Santiago. Su aventura
comercial había durado poco más de un año.
Que hubiera dejado atrás una “reputación
sobrada y un crédito lleno de dignidad” es, sin
embargo, altamente dudoso. Sus propias cartas
dan cuenta de eso. Primero, porque no pudo res-
ponder en tiempo oportuno a los compromisos
adquiridos con mercaderes y autoridades perua-
nas. Segundo, porque se vio envuelto en varios
escándalos sexuales con mujeres limeñas (fue
cuando dejó embarazada a una niña huérfana de
14 años, Constanza Nordenflycht, que lo seguiría
a Chile), algunas de dudosa reputación:
“vivo aquí en compañía de Julia; pero estoy dis-
puesto a darle la patada. Vivir con mujeres es de
broma, sobre todo cuando son ¡intrigantes!... Y
la reclamación que tengo entablada con la seño-

20
Ver las cartas respectivas en ibídem, tomo I, pp. 5-21.

27
rita Z… tendré que cargarme con una mujer que
de todo tiene menos de moral… la mujer que ha
sido mi querida no tenía una fama mui limpia: el
caballero Heres la había prostituido, después don
Toribio Carvajal y por último Portales que se ha
llevado la peor parte… me hacen repudiarla con
toda la fuerza de mis odios”.
Y en tercer lugar, porque se vio envuelto en
un pugilato con uno de sus clientes, al extremo de
ser llevado a la cárcel (“tomé el camino de hacerme
respetar a puñetazos… La santa señora salió a la
calle a gritos dando aullidos de perro y trajo fuerza
de policía, llevándonos a todos al cuartel de Las
Estrellas, donde pasamos la tarde… Estos señores
protestaban de cierto robo que los acarreadores les
habían hecho en el transporte de los azúcares, en
que Newman y yo habíamos tomado parte”)21.
En Chile retomó, al comienzo, el cargo de
Cónsul del Tribunal del Consulado (con sueldo).
Renunció, en cambio, al de Juez en el Tribunal de
Residencia (sin sueldo), a pretexto de que sus ne-
gocios estaban en un estado de “total abandono”.
Y en calidad de Cónsul envió una solicitud al Mi-
nisterio de Hacienda para que se construyera un
muelle en el puerto de Valparaíso. Es de interés
transcribir la fundamentación de ese pedido:
21
Ver cartas correspondientes en C. Fariñas (Ed.): Epistola-
rio…, op. cit., tomo I, pp. 18 y 14. Al retirarse de Lima, Porta-
les dijo sentir un profundo odio por esa ciudad y por toda la
sociedad peruana.

28
“Son palpables los perjuicios que sufre el comercio
al embarcar sus efectos en el puerto de Valparaíso
y en la descarga de los buques, por la mala cons-
titución de sus playas, en que es preciso conducir
á hombros de jornaleros los tercios, cajones, sacos
y demás artículos, desde la orilla a las lanchas y
de éstas a tierra, operación que, a más de su costo,
ocasiona frecuentes demoras, averías y pérdidas,
y lo que es más horroroso, continuos estragos en
los miserables trabajadores, ya porque sus esfuer-
zos los quebrantan, como porque, sumidos en el
agua hasta los pechos, se atraen enfermedades que
los llevan al sepulcro en medio de su mejor edad.
Siempre se ha pensado en ocurrir a tan graves in-
convenientes por el sencillo, fácil y conocido arbi-
trio de un muelle, cuya construcción ha promovi-
do varias veces este Consulado…”22
Era insólito que Portales hablara en sus es-
critos, con acento dolido, de los “miserables tra-
bajadores”. Lo normal era lo contrario23. Si en esta
solicitud lo hizo, era, sin duda, para que se reali-

22
La solicitud está publicada en R. Sotomayor (Ed.): A la memo-
ria… op. cit., pp. 52-53. El muelle sólo se construyó en 1830.
23
En agosto de 1822 Portales dio cuenta a Cea de una carta
que había recibido su padre (“me ha impuesto de que la gen-
te allí se muere de hambre a causa de la escasez de la agri-
cultura. ¡Maldita la cosa que me importa esto, y sólo lo siento
por la pérdida que nos reporta a nuestros negocios…!”), en
C. Fariñas, ibídem, p. 16. Sobre las hambrunas campesinas:
G. Salazar: Labradores, peones y proletarios (Santiago, 1985. Edi-
torial SUR), pp. 96 et seq.

29
zara el objetivo del pedido mercantil. Con todo,
durante el año 1823 se radicó en la ciudad de Val-
paraíso para comerciar y ganar algún dinero, pues
sus deudas de arrastre aun lo acosaban. Allí, sus
operaciones consistieron en comprar toda clase de
mercancías (trigo, azúcar, yerba mate, sombreros,
pimienta, galletas, cobre, etc.) a los importadores,
para remitirlas a José Isidro Silva (su procurador
en Santiago), quien las vendía a comerciantes ma-
yoristas y minoristas (“esquineros”) de la capital
y aledaños. Eso dio lugar a un movimiento entre-
cruzado de pagarés, cuyo balance general (Porta-
les no llevaba personalmente libros de contabili-
dad) resultó en su contra una vez más. El tenor
de su correspondencia con José Isidro Silva indica
que sus deudas con mercaderes de la talla de Ra-
món Echevarría, Miguel Ibáñez, Antonio Urrutia
y Mendiburu, Diego Antonio Barros, Estanislao
Portales, Francisco Javier Urmeneta y otros, ero-
sionaban su equilibrio de caja (acumuló una deuda
de $35.000 con al menos seis de esos mercaderes).
De ahí las frases de angustia que salpicaron sus
cartas: “usted sabe nuestro estado… ya nos sacan
los ojos nuestros acreedores”… “me parece muy
difícil hacer negocio alguno, pues los ingleses es-
tán como locos pidiendo disparates”… “disponga
usted lo mejor que le parezca para hacer menor la
pérdida grande que experimentamos”… “mi espí-
ritu se haya muy abatido por la pobreza”… “Que
a mí me es imposible un desembolso por pequeño
que fuese; no me queda a quién pedirle prestado,

30
ni dónde tomar dinero a interés: ayer no pude pa-
gar un pagaré de $124”… Como quiera que haya
sido el balance final de su ‘aventura’ mercantil de
Valparaíso –centrada esta vez en el comercio in-
terno– el hecho fue que no perseveró en ella, pues,
al recibir cierta información reservada desde Santia-
go decidió abandonar de inmediato el puerto para
intentar, pese a su nuevo fracaso comercial, una
operación especulativa infinitamente mayor que
las anteriores, esta vez en la ciudad de Santiago.
Y en agosto de 1824 emprendió viaje a su nuevo
horizonte24.
Ocurría que, tras el derrocamiento de la dic-
tadura de O’Higgins, el nuevo Director Supremo,
Ramón Freire, halló la Hacienda Pública en estado
catastrófico: endeudada dentro y fuera del país,
con una endémica guerrilla campesina en el sur,
una hambruna general en la clase popular y una
horda de comerciantes extranjeros (los audaces
consignees) que hacían tabla rasa de las leyes econó-
micas y las barreras de aduana. Para poner orden
fiscal e impulsar el desarrollo productivo, Freire
designó Ministro de Hacienda, en 1823, a Diego
José Benavente, un militar que, tras luchar en las
guerras de la Patria Vieja, se convirtió en Buenos
Aires en empresario de imprenta, en compañía for-
mal con los comerciantes Manuel Gandarillas y Die-
go Antonio Barros. Este último fue el financista de la

24
C. Fariña (Ed.), Epistolario…, op. cit., tomo I, pp. 23-54.

31
operación25. Benavente, en su memoria ministerial,
planteó que era necesario obtener con urgencia re-
cursos extraordinarios echando mano, entre otras
fuentes, a los rezagos del estanco del tabaco (hasta
entonces un monopolio del Estado) para pagar el
empréstito tomado en Londres. El Senado discutió
el punto y acordó, en su sesión del 10 de enero de
1824, abrir “propuestas públicas sobre el estanco
del tabaco i otras especies”, al tiempo que ratifi-
caba el nombramiento de los mercaderes Domingo
Eyzaguirre y Francisco Javier Errázuriz para dirigir la
Caja de Descuento (organismo que administraba
las deudas del Estado)26… Reténgase en este punto
los siguientes hechos: a) Benavente, siendo liberal,
se había asociado en Argentina con dos poderosos
comerciantes pelucones de Santiago; b) el Senado
estaba dominado en su totalidad por mercaderes
y pelucones, y c) la estratégica Caja de Descuentos
25
M. Benavente: Diego José Benavente, prócer de la Independencia,
escritor y estadista de la Patria Nueva (Santiago, 1943. Imprenta
Galaz), p. 84. Benavente formaba parte del grupo íntimo de
José Miguel Carrera. De hecho se casó con la viuda de éste,
doña Mercedes Fontecilla.
26
El Senado estaba compuesto en 1824 por 7 miembros: 5 de
ellos eran mercaderes: Fernando Errázuriz, Agustín de Eyza-
guirre, José Antonio Ovalle, Francisco Ruiz Tagle (que reem-
plazó a Bernardo del Solar) y Antonio Elizondo (que reem-
plazó a Manuel Vásquez); un jurisconsulto: Juan Egaña, y un
general: Joaquín Prieto. Ver L. Valencia (Comp.): Anales de la
República (Santiago, 1986. Ed. Andrés Bello), tomo II, p. 41.
La sesión citada en V. Letelier (Comp.): Sesiones de los Cuerpos
Legislativos de la República de Chile (Santiago, 1889. Imp. Cer-
vantes), vol. 9, pp. 42-44.

32
quedaba en manos de dos connotados comercian-
tes... Todos de la capital. De este modo, el Director
Supremo, Ramón Freire, demócrata y liberal, tuvo
que gobernar teniendo el aparato estatal de transi-
ción (escindido a la sazón entre una arcaica mitad
administrativo-colonial y una parturienta mitad
político-republicana) controlado por el patriciado
de la capital.
Desde febrero de 1824 el Director Supremo
debió comandar la primera expedición libertadora
de Chiloé. Como Director Delegado quedó el Pre-
sidente del Senado, mercader Fernando Errázuriz,
y como Ministro de Hacienda el empresario Die-
go José Benavente. Al mismo tiempo funcionaba en
Santiago la Asamblea Constituyente que, aunque
debía redactar la Constitución, debió tratar tam-
bién problemas domésticos de legislación. En este
contexto, Errázuriz y Benavente enviaron al Sena-
do Conservador una moción en la que, luego de
pintar dramáticamente el estado financiero de la
Nación, proponían “vender a los contratistas del
estanco los tabacos que existen en almacenes”, lo
que le permitiría a la Caja de Descuento recabar
$150.000 a beneficio de la Tesorería General, “si
el Senado así lo previniese”. El Senado, presidido
por el mercader Agustín de Eyzaguirre, reunido el
26/02/1824, decretó de inmediato lo sugerido por
Errázuriz y Benavente27.

27
Sesiones de los Cuerpos Legislativos (SCL, en adelante), op.
cit., vol. 9, pp. 118-119 y 122.

33
Previamente, en su sesión del 10 de enero,
la Asamblea Constituyente (llamada en los docu-
mentos como “Soberano Congreso”) había apro-
bado un ‘modelo de contrato’ por el cual se orde-
naba el remate a privados del estanco del tabaco y
otras especies, a cuyo efecto el Estado asignaba al
rematante la suma de $300.000 (tomados del em-
préstito inglés) “sin interés alguno”, para montar
el privilegio exclusivo de “introducir y vender
por mayor y menor los vinos y aguardientes es-
tranjeros y los naipes de toda clase”, lo mismo
que “los tabacos en rama y polvo estranjero”. La
contrata sería por 10 años a partir del 1° de enero
de 1825. El capital inicial se devolvería al término
de ese plazo. “Por todo pago –añadió el Sobera-
no Congreso– se recibe el de los $355.500 anua-
les, puestos por semestre en Londres de cuenta
de los empresarios”. Las posturas se remitirían al
Ministerio de Hacienda… En esta ley cabe desta-
car el siguiente acápite: “5° Queda libre el cultivo,
venta y consumo de tabaco en rama del país”…28 Este
‘modelo de contrato’ no quedó registrado en las
actas oficiales de los Cuerpos Legislativos, pero sí
aparece como “moción aprobada por el Soberano
Congreso” en los decretos que el Gobierno (interi-

28
Esta ‘ley’ no aparece ni en las actas ni en los acuerdos for-
males de los ‘Cuerpos Legislativos’ en ninguna de las sesio-
nes del mes de enero de 1824, pero sí como “moción apro-
bada” en el Boletín de las Leyes y de las Órdenes y Decretos del
Gobierno (Valparaíso, 1845. Imprenta del Mercurio), tomo I,
pp. 145-146.

34
no) de Fernando Errázuriz y Diego José Benaven-
te promulgaron en enero de 1824. Sin embargo, el
15 de marzo el Gobierno emitió un nuevo decreto
sobre el estanco que no coincidía con la ley del So-
berano Congreso, pero sí con un acuerdo tomado
el día 13 por el Senado Conservador, por el cual
se ordenaba realizar la subasta en mayo de 1824
(y no en enero de 1825), celebrar un contrato por
cuatro años (no diez), entregar al subastador sólo
el capital equivalente al rinde anual del estanco
estatal (no una suma fija), afianzar el contrato por
parte de los subastadores, devolver el capital ade-
lantado al término de los cuatro años (no al final)
y pagar la amortización a la Caja de Descuentos
(no en Londres). Sin duda, el decreto-ley del Go-
bierno-Senado perfeccionaba el contrato acordado
por el Soberano Congreso y, a la vez, lo anticipaba
en siete meses… Pero ese decreto no se estipuló
nada sobre si era libre o no el cultivo del tabaco en el
país29.
Es evidente que, desde fines de enero, los
mercaderes del Senado y los mercaderes del Go-
bierno tendieron a desconectarse de los diputados
(electos) del Soberano Congreso en lo que res-
pecta al reglamento del estanco. Debido a eso se
produjo una superposición entre la ley ‘soberana’
(de la Asamblea Constituyente) y el decreto-ley
‘informal’ (del triunvirato Senado-Gobierno-Caja

29
Ibídem, 172-173. También SCL, op. cit., vol. 9, pp. 147-148.

35
de Descuentos). Evidentemente, los mercaderes
del triunvirato intentaban manejar el proceso le-
gislativo para darle al contrato del estanco un di-
seño más técnico, conforme la lógica de los nego-
cios. Pero eso implicaba moverse sobre el filo de
lo legítimo y legal, desacatando de hecho una ley
promulgada. Por esto, tal vez, tendieron a actuar
precipitada y nerviosamente. De este modo, en la
sesión del 11 de marzo, los senadores acordaran
enviar el expediente del estanco al Procurador
Nacional, “con prevención de que evacúe su dic-
tamen en el día”, dándole como explicación que “el
asunto es tan interesante para el público, que su
notoriedad escusa demostrarlo… acompaño los
antecedentes para que se digne dar cumplimiento
a la órden que tengo el honor de comunicar”30. En
su apuro, los senadores no estaban en condiciones
de esperar un dictamen técnico, razón por la que,
simplemente, expidieron una orden… Así, preci-
pitadamente, la moción del Senado (aprobada el
día 13 de marzo) fue convertida en decreto-ley por
el Gobierno el día 15, superponiéndose a la ley del
22 de enero. El mismo día 15, junto con aprobar
las bases del estanco, el ilustre Senado acordó “re-
chazar las propuestas de contratación del estanco
del tabaco hechas por Portales, Cea i Compañía”31.

30
SCL, vol. 9, p. 140, 141 y 143. Las cursivas son nuestras.
31
Ibídem, p. 147.

36
Tómese en cuenta que la ley sobre el es-
tanco acordada por el Soberano Congreso había
sido promulgada el 22 de enero y la subasta co-
rrespondiente pregonada los días 23 y 24, tanto en
Santiago como en Valparaíso. Informado de ello,
Portales & Cea se movieron prestamente para pre-
sentar su propuesta, la que fue recibida por el Se-
nado Conservador el 20 de febrero32. Así, mientras
la compañía mencionada preparaba y entregaba
su propuesta, sus amigos mercaderes del Senado,
del Congreso y de la Caja de Descuentos modifi-
caban la ley del 22 de enero mediante un decreto
que se promulgó casi un mes después de que esa
compañía entregara su propuesta. De modo que la
propuesta no podía calzar ni calzó con las nuevas
condiciones ‘legales’, por lo que fue rechazada. Se
podría decir, sin embargo, que fue rechazada por-
que, con el nuevo marco legal, las ganancias del
subastador podían ser superiores…
Pues ¿con qué objeto se ignoró la existen-
cia del Soberano Congreso para ajustar el regla-
mento del estanco, sino porque la ley del 22 de
enero era ‘perfectible’ en términos de negocio
mercantil? Los datos indican que todo el patricia-
do mercantil de Santiago, ante la perspectiva de
un gran negocio, se abocó a la tarea de diseñar un
reglamento del estanco que correspondiera a sus
‘expectativas’ monopolistas. Y esto no significaba

32
Ibídem, p. 105.

37
excluir a Portales & Cea, sino integrarlo a lo que
era, tal vez, una gran asociación de mercaderes
orientada a tomar control total del proyecto que
se fraguaba. Pues, para empezar, la firma original
de Portales se amplió: si antes era sólo Portales &
Cea, desde que presentó su propuesta fue Portales,
Cea & Compañía… La documentación pública –por
ejemplo, del Ministerio de Hacienda o de los Ar-
chivos Notariales–, sin embargo, no entrega nin-
guna información directa sobre cómo se articuló
la asociación de comerciantes que fraguó y rema-
tó el negocio del estanco, ni registra la propuesta
efectiva de Portales, Cea & Cía. Tampoco informa
de esto la prolífica correspondencia privada de
Diego Portales, que, sobre este punto, exhibe un
sintomático silencio…
Esto permite pensar que, entre el 22 enero
y el 20 febrero de 1824 la doblemente fracasada
firma portaliana se amplió y enganchó nuevos so-
cios (o éstos engancharon aquella firma). ¿Quié-
nes eran esos nuevos socios? Según un artículo pu-
blicado en El Crisol por el propio Portales, fueron
los siguientes: Onofre Bunster, Ramón Errázuriz,
Diego Antonio Barros, Felipe Santiago del Solar,
Domingo Bezanilla, Francisco Javier Urmeneta y
Agustín Valero33. Todos eran mercaderes de re-
conocida trayectoria y trato frecuente en los ne-

33
D. Portales: “El Estanco”, El Crisol, 28/08/1829, reproducido
en R. Sotomayor (Ed.), op. cit., pp. 45-49.

38
gocios de Portales. Téngase presente que Ramón
Errázuriz Aldunate, uno de los nuevos socios, era
hermano de Francisco Javier Errázuriz Aldunate
(Director de la Caja de Descuentos) y de Fernan-
do Errázuriz Aldunate, (Presidente del Senado y
Director Supremo Delegado en ausencia del ge-
neral Ramón Freire). La familia Errázuriz, de gran
prominencia en el negocio de la cobranza de diez-
mos, fue, al parecer, la que hizo de enlace entre los
mercaderes del gobierno y los mercaderes de la
subasta. En este sentido, debe considerarse tam-
bién que Diego Antonio Barros, otro nuevo socio,
fue el comerciante que financió la imprenta de la
que subsistió Diego José Benavente (Ministro de
Hacienda) durante su exilio argentino…
Que la red mercantil ‘en masa’ se movió
para monopolizar el estanco del tabaco lo prueba
también, indirectamente, el hecho que, en 1827,
fracasado ya el monopolio y arreciando la ofen-
siva ciudadana contra ellos, 45 “estanqueros” se
reunieron en el Club La Filarmónica para orga-
nizarse y responder a la avalancha crítica de que
eran objeto. Entre los asistentes estaban: Fernan-
do Errázuriz Aldunate, Javier Urmeneta, Diego
Antonio Barros, Manuel Echeverría, Ignacio Ey-
zaguirre, José Tomás Ovalle, Ramón Valero, José
Domingo Bezanilla, Juan Albano, José Joaquín
Larraín, Onofre Bunster, Juan José Benavente, Pe-
dro Nolasco Mena, Francisco Elizalde y Francisco
Huidobro, entre otros. No pudieron asistir Diego
José Benavente y Estanislao Portales. La reunión

39
fue presidida por Domingo Eyzaguirre y actuaron
como secretarios Diego Portales y Manuel Rengi-
fo34. Esta reunión y la lista de asistentes permiten
colegir que la red comprometida en la aventura del
estanco sobrepasaba el número de socios formales
de Portales, Cea & Compañía. Era, de una parte, la
“universidad de los mercaderes”, pero también,
una muestra de la “telaraña consanguínea” en la
que se movía Diego Portales.
Cabe preguntarse, sin embargo, por qué el
doblemente fracasado comerciante Portales enca-
bezó esa gigantesca especulación y no, por ejem-
plo, mercaderes reconocidamente exitosos, como
Diego Antonio Barros, Onofre Bunster, Javier Ur-
meneta o el propio Estanislao Portales. Al parecer,
la ‘ventaja comparativa’ de Portales & Cea consis-
tía en que eran los únicos miembros del patriciado
santiaguino que comerciaban como “compañía”, y
los únicos, de todos los citados arriba, que tenían
experiencia (de fracasos) en el comercio exterior y
en el de internación (el negocio del estanco era, se
suponía, un monopolio que comercializaba pro-
ductos importados dentro de Chile). Los demás
comerciantes estanqueros eran expertos y exitosos
sólo en la expoliación crediticia del mercado inter-
no35. En realidad, la magna operación del estanco
34
En Juan Vargas: “El pensamiento político del grupo estan-
quero, 1826-1829”, Historia N° 9 (Santiago, 1970. U. Católica
de Chile), pp. 21-22 y 34.
35
Sobre este punto, G. Salazar: Mercaderes…, op. cit., capítulo
V.

40
fue acometida por una ancha red de mercaderes
‘neófitos’ en el negocio que asumían. Por esto, la
operación fue manejada más como una conspira-
ción aristocrático-monopolista que como un pro-
yecto técnico-empresarial. Eso explica la naturale-
za confusa del proceso legal que le dio vida y, so-
bre todo, el estruendoso fracaso económico final.
Lo concreto fue que los mercaderes –que
se habían adueñado del Estado en ausencia del
Director Supremo– siguieron actuando con toda
premura después del 15 de marzo. Y era verdad
que las necesidades del Estado eran urgentes, pero
también –según puede colegirse– las ambiciones
mercantiles. Un problema serio consistía en que
si se vendían los rezagos de tabaco que tenía el
Estanco para traspasar al Gobierno los $150.000,
se reducía el dinero que debía dársele, como in-
versión inicial, al eventual subastador privado de
ese estanco. De modo que se buscaron otras fór-
mulas para evitar esa reducción36. Con todo, ob-
viando ese problema, el Senado ordenó a la Caja de
Descuentos acelerar la redacción del reglamento
respectivo (que debía especificar el decreto-ley del
15 de marzo), llamar a remate “al término de 40
días”, y “ocurrir al Supremo Gobierno para que
circule la lei del 15 del corriente”37. Pero los direc-

36
Sesión del 16 de marzo. SCL, vol. 9, op. cit., pp. 150-160 y
162.
37
Ibídem, pp. 181-182.

41
tores de la Caja no ocurrieron al Gobierno ni lla-
maron a remate porque habían decidido re-discu-
tir el proyecto. Es que habían hecho un cálculo del
valor global del negocio (llegaba a $625.000 por
año), y propusieron ajustes para asegurar al su-
bastador una tasa de ganancia de 20% (equivalen-
te a $125.000) y al Estado el ingreso necesario para
pagar el dividendo en Londres ($375.000), descon-
tando costos38. Esa revisión significó suspender no
sólo el decreto-ley del 15 de marzo, sino también
el llamado a remate. Era el segundo cuerpo legal
que era revocado y suspendido. La precipitación
con que se actuaba generaba anomalías de proce-
dimiento, cambios y retrasos39. El Senado discu-
tió las observaciones de la Caja, pero insistió, el 2
de abril, en llamar a remate “dentro de 40 días”40.
Sólo el 4 de mayo mostró qué le preocupaba de
verdad, pues acordó:
“excitar al Poder Ejecutivo a que proponga un
proyecto de lei para suspender temporalmente la
lei del Soberano Congreso que permite el libro
cultivo del tabaco”.

38
Ibídem, pp. 208 y 214-216.
39
La ‘ley’ del 15 de marzo está publicada en R. Anguita: Leyes
promulgadas en Chile desde 1810 hasta 1912 (Santiago, 1912.
Imp. Barcelona), pp. 148-149.
40
SCL, ibídem, pp. 224-225 y 231. Debe tenerse presente que,
en ese tiempo, existían en Chile miles de plantaciones de ta-
baco y un número no determinado de fábricas de cigarros.
Eran estos productores los que se habían opuesto al Estanco
estatal del tabaco, y los que se opondrían a su privatización.

42
Sin duda, a los mercaderes le interesó poco la
‘ley’ del Soberano Congreso (que estaba de hecho
abolida) y mucho más la circunstancia de que el
‘decreto-ley’ del 15 de marzo no había dicho nada
sobre la libertad para cultivar tabaco en Chile, lo
que aquella ‘ley’, en cambio, había expresamente
permitido. Y este permiso impedía maximizar la
ganancia comercial del subastador. Era un obstá-
culo que se debía eliminar con urgencia. ¿Cómo?
Pues prohibiendo el libre cultivo del tabaco. Pero
esto implicaba gestionar ‘otro’ trámite entre el Se-
nado y el Gobierno. Y otro retraso. ¿No era una
frivolidad legislativa anular por tercera vez una
ley o decreto oficial? No, por cierto, si la cuestión
estratégica no era lo legal, sino lo comercial. Por
eso el Senado revirtió
“…el permiso concedido por el Congreso para
el libre cultivo i venta del tabaco en el país. No
se oculta al Gobierno que, ejecutada esta lei,
se abre una puerta franca a las introducciones
clandestinas de tabacos estranjeros i que, bajo
este supuesto, ningún ciudadano interesado en
el remate del estanco podrá verificarlo cuando la
imposibilidad de aniquilar el contrabando le pre-
para una segura bancarrota… Su prohibición va
a dar quizá al Estado los únicos medios de pagas
la deuda exterior”41.

41
SCL, op. cit., pp. 311 y 314.

43
La prohibición recomendada por el Sena-
do equivalía, sin embargo, a destruir el gremio de
plantadores de tabaco y fabricantes de cigarros.
Aniquilaba un sector completo de productores y
trabajadores que, sumadas sus familias, compo-
nían una masa ciudadana de más o menos 25.000
personas. Lo que el Senado preveía, y con razón,
era que la prohibición del “libre cultivo i venta del
tabaco” no iba a ser obedecida por los afectados,
los que, con toda seguridad –era su único medio
de subsistencia– iban a plantar tabaco clandestina-
mente y a fabricar y vender cigarros a escondidas.
Por eso, lo que se iba a contrabandear de verdad
no era tanto el “tabaco extranjero”, como dijo el
Senado, sino el nacional. A la inversa, el permiso
concedido por el Soberano Congreso tenía por fin
asegurar la supervivencia de esos gremios, lo que,
sin duda, reducía la ganancia de los subastadores
a la que se obtendría de la venta de los licores, té,
naipes, tabacos y cigarros de origen extranjero. El
carácter ‘nacional’ de la visión del Congreso está
a la vista. El carácter ‘lucrativo’ de la propuesta
mercantil, también. Al primar ésta, los mercade-
res tendrían que enfrentar, pues, no sólo el ‘con-
trabando’, sino la lucha de ‘vida o muerte’ que los
gremios afectados emprenderían contra sus des-
tructores. Y esto, sin duda, traería consigo con-
flictos políticos. El riesgo colateral de la opción
mercantil era, pues, en gran medida, una bomba
de tiempo. Es evidente que las expectativas de un
lucro maximizado encegueció a los asociados en

44
y detrás de Portales, Cea & Compañía al punto de
encerrarse en un tobogán histórico de difícil pre-
visión…
Como es obvio, la prohibición establecida
por el Senado –que revocaba un artículo clave en
la ley sancionada por el Soberano Congreso– no
podía ser legalizada sin más. De hecho, era ilegal.
Sin embargo, en su apuro, la Caja de Descuentos
hizo circular el 22 de abril “la orden y las instruc-
ciones” para que se realizase el remate del estanco
el 1° de mayo, en circunstancias que “el reglamen-
to del caso se halla todavía inconcluso a causa de
que el Senado no ha despachado cierta consulta”.
Por esta razón –apuntaba Francisco Javier de Errá-
zuriz, Director de la Caja de Descuentos–, “nos
hallamos perplejos para tratar de dicho remate…
faltándonos el reglamento”42. La inconclusión no
tenía por causa la pereza del Senado, por cierto,
sino la dudosa legalidad del acuerdo. Pero esto no
podía detener la materialización del negocio… Por
eso, viendo la perplejidad del Senado –que era ma-
yor que la de la Caja de Descuentos– ésta decidió
tomar el toro por las astas y redactó, por sí y ante sí,
el 19 de junio, un reglamento para regir el estanco
del tabaco, en el que, en general, se mantuvo la es-
tructura del decreto-ley anterior, pero perfecciona-
da en sus detalles. Lo notable de la improvisación
legisladora de la Caja fue que el artículo N° 15 del

42
Ibídem, pp. 357 y 378.

45
‘reglamento’, que debía declarar la prohibición de
plantar tabaco en el país, quedó en blanco… Y más
notable aun fue que los Directores de la Caja deja-
ron constancia escrita de que, para ellos, lo ideal
hubiese sido discutir directamente el reglamen-
to con los subastadores. El imperativo del lucro
maximizado llevó a los mercaderes del Gobierno a
pensar que el mejor legislador posible del estanco
debía ser el subastador mismo:
“hemos formado ese reglamento en virtud de ha-
bérnoslo ordenado así (el Director Delegado)
pero creemos que hubiera sido conveniente ha-
berlo conferenciado con los mismos subastado-
res”… 43
A pesar de no haberse concordado aun en
detalle el reglamento pertinente, se llamó a rema-
te. La Caja de Descuentos acusó recibo formal de
las propuestas en agosto de 182444. La mayoría de
los historiadores ha afirmado que la única pro-
puesta que se recibió fue la de Portales, Cea &
Compañía. Los datos existentes en el Ministerio
de Hacienda y en algunas crónicas contemporá-
neas indican que no fue la única. Pues, si bien la
de Portales fue la primera que ingresó (en febrero)
o re-ingresó (en agosto; no se ha hallado su o sus
propuestas), a los pocos días ingresó también la
propuesta de Pedro Urriola, en compañía con los
43
SCL, op. cit., vol. 9, pp. 447 y 459-460.
44
AMH, vol. 84, Caja de Descuentos, Santiago 9 y 12 de agos-
to de 1824.

46
señores Ovalle, Valdivieso y Fuentes, que mejo-
raba la de Portales en términos de conveniencia
para el Fisco45. Los mercaderes que dirigían la
Caja de Descuentos enviaron de inmediato la pro-
puesta de Urriola al Ministro de Hacienda, Die-
go José Benavente. El Ministro de Hacienda, en el
mismo día en que la recibió, decretó que Urriola
& Compañía debían presentar, en 48 horas, una
“lista de fiadores” sobre la suma de $500.000 (va-
lor calculado para el Estanco), en la que ninguno
de ellos podía garantir más de $20.000. El cronista
Concha y Toro comentó que, si bien en el término
de dos días era fácil hallar “cinco o seis fiadores
que respondiesen por los $500.000, era difícil, si
no imposible, hallar 25 fiadores que afianzasen
$20.000 cada uno”. Prestamente, al parecer, los
mercaderes del Gobierno se pusieron de acuerdo
para desechar las ventajas fiscales de la propuesta
de Urriola exigiéndole un tipo de fianza imposi-
ble de cumplir, con lo que aseguraron las ventajas
mercantiles para la propuesta de Portales. A este
efecto, se envió la propuesta de éste al Inspector
Fiscal Agustín de Vial, miembro del Tribunal de
Hacienda, Comercio y Minería; tribunal que com-
ponían, aparte de Vial, José Ignacio Eyzaguirre,
Rafael Correa de Saa, Ramón Vargas, Ramón Mo-

45
Ibídem. También Melchor Concha y Toro: “Portales y el
estanco”, en E. de la Cruz (Ed.): Epistolario de don Diego Porta-
les, 1821-1837 (Santiago, 1937. Dirección de Prisiones), tomo
II, pp. 11-14.

47
reno y Diego Portales46. Sin duda, en grado mayor
o menor, la firma Portales, Cea & Compañía era, a
todo nivel, Gobierno y parte, Juez y parte… Como
era de esperar, el informe ‘técnico’ del Inspector
Fiscal reafirmó la tesis de la Caja de Descuentos:
había que conferenciar con el empresario rematan-
te a efectos de conciliar el decreto-ley del Estado
con la propuesta de aquél.
“Comparadas las propuestas que bajo los núme-
ros 1 y 2 hacen los empresarios Portales i Cea
con las publicadas por el Soberano Congreso, se
advierte, es verdad, bastante diferencia; pero no
son absolutamente inconciliables i pueden acer-
carse con utilidad recíproca”
La conciliación no era, en sí misma, fácil,
pues el Soberano Congreso había propuesto la
suma de $300.000 como el capital de inicio que
debía aportar el Estado, mientras Portales exigía
$500.000. Vial sugirió que esa diferencia se anula-
ba si el subastador tomaba para sí todas las exis-
tencias de tabaco que tenía el Estanco estatal en
bodega (las que se había propuesto vender para
socorrer al Erario). Respecto de la lista de fiadores
(que la propuesta de Portales no incluía) sugirió
que era “indispensable convenirlas” (o sea: con-
ferenciarlas). Y sobre las plantaciones de tabaco
en Chile, el Fiscal recomendó simplemente pro-
hibirlas. Concluyó afirmando, a modo de prueba

46
Boletín de Leyes…, op. cit., tomo I, p. 145.

48
de transparencia, que José Ignacio Eyzaguirre,
miembro del Tribunal, no participó en la redac-
ción del informe, por ser pariente (cuñado y socio)
de Diego Portales47.
El informe de Vial no sólo no rechazó la
propuesta de Portales por no calzar (“bastante
diferencia”) con los términos de la subasta, sino
que amplió el estanco al añadirle también la pro-
ducción y venta del tabaco y los cigarros naciona-
les. La ‘legalización’ del estanco se realizó, pues,
ciñéndose al diseño establecido en la propuesta
presentada por Portales, Cea & Compañía. Así, se
modificaba la ley, no la propuesta. Por eso, el 7
de mayo, el Senado refrendó punto por punto lo
recomendado por el Fiscal el 4 de marzo48. Se or-
denó entonces acelerar el llamado a remate. Sólo
quedó pendiente la contradicción legal entre la ley
del 22 de enero, que permitía el cultivo del tabaco
en Chile, y el decreto-ley del 15 de marzo, que lo
prohibía. En ese trance, el Secretario del Senado

47
En SCL, op. cit., vol. 9, Anexo N° 180, pp. 133-134. El in-
forme de Vial está fechado el 4 de marzo de 1824; es decir:
dos semanas antes de que se promulgara el decreto-ley del
15 de marzo y meses antes de que se convocara, en mayo,
formalmente, a remate. Esto implica que la propuesta de Por-
tales que se rechazó el 15 de marzo continuó siendo tramitada
hasta su aprobación definitiva, en paralelo con la tramitación
de la ley. ¿Es que todo el proceso legal, de marzo a mayo, fue
sólo un movimiento ‘aparente’ orientado a conciliar el texto
legal con la propuesta de Portales, Cea & Compañía?
48
En SCL, op. cit., Anexo N° 487, p. 314.

49
se permitió sugerir a los Inspectores Fiscales “que
pasen en silencio el cultivo del tabaco del país, per-
mitido por el Soberano Congreso i anunciándoles
que se reserva hacer nuevas excitativas al gobier-
no para la suspensión temporal de esta lei”49. La
Caja de Descuentos, por eso, redactó el reglamen-
to y dejó el Artículo 15 en blanco…
Al regresar a Santiago el Director Supre-
mo en el mes de julio, se encontró con que: a) la
Asamblea Constituyente (el Soberano Congreso)
se había disuelto porque había concluido sus se-
siones; b) existía un gran descontento ciudadano
con la redacción que Juan Egaña le había dado a
la Constitución discutida por esa Asamblea (lo
que le indujo a renunciar transitoriamente), y c)
el remate del estanco ya estaba consumado. El mi-
nistro Benavente le presentó, en ese momento, el
decreto-ley del estanco para su firma. En el exor-
dio del decreto se indicó que el Gobierno (subro-
gante) “acordó abrir el remate del estanco bajo las
mismas bases i condiciones que decretó el último
Congreso i que el Senado tuvo a bien anular; estan-
do ya realizado”. El decreto definitivo fue firmado
por Freire y Benavente el 23 de agosto de 1824, y
vino a refrendar el contrato ‘conciliado’ en mayo
por los mercaderes del Gobierno según la pro-
puesta que se había presentado y firmado el 20
de agosto entre la Caja de Descuentos y los subas-

49
Ibídem, Anexos N° 534 y 543.

50
tadores Portales, Cea & Compañía50. Claramente,
Freire se halló ante hechos consumados. El rema-
te se había adjudicado estando la ley respectiva
todavía en trámite, y el contrato se firmó tres días
antes que el Director Supremo pusiera su rúbrica
al Decreto definitivo…
Por el contrato firmado la Caja de Descuen-
tos debía proporcionar a los subastadores, en un
plazo de seis meses, “$500.000 corrientes sin in-
terés alguno”. Esta suma debía entregárseles en
tabacos tomados a mitad de precio. De no cumplirse
esta cláusula, la Caja debía pagarles el remanente
a un interés de 18% anual. En cuanto a la fianza,
cubriría directamente sólo $315.000, el resto se re-
cabaría de las fianzas que deberían pagar los su-
bastadores del estanco de cada partido del territo-
rio. Los empresarios, además, se obligaban a esta-
blecer “casas fábricas de cigarros… i se les franqueará
un custodia de tropa reglada que contenga cualquier
desorden fácil de suceder en una crecida reunión de es-
tos trabajadores”... O sea: sólo los empresarios podían
sembrar tabacos en el territorio, lo que sería prohibido
para otros particulares. En contraparte, los subas-
tadores se comprometían a pagar en Londres el
dividendo del empréstito, ascendiente a $355.250
anual, pero a partir de septiembre de 1825. El con-
trato tendría validez por 10 años, al término del
cual los estanqueros deberían devolver el capital

50
Ibídem, vol. 11, Anexos N° 158 y 159, pp. 102-104.

51
inicial, pudiendo entregar hasta $200.000 en taba-
cos a precio de mercado. Se estipuló también que
el Estado pondría una guardia de seis hombres de
tropa reglada para custodiar las especies estanca-
das y los caudales del giro51.
Nótese que el Estado tenía que entregar ta-
bacos a los subastadores hasta completar la suma
de $500.000 en un plazo de seis meses, tomados a
mitad de precio. Hasta 1823, el Estado recaudaba
del Estanco alrededor de $300.000 anuales. El capi-
tal inicial exigido por los subastadores obligaba al
Estado, por tanto, a completar casi el triple de esa
suma en medio año, de modo que era altamente
probable que no pudiera cubrir el total y que tu-
viera que pagar a los subastadores, en añadidura,
un interés de 18% anual por el remanente. Más que
contribuir a la solvencia financiera del Estado, el
contrato firmado envolvía un ataque usurero contra
los recursos del Erario, para beneficio privado. De
otra parte, el privilegio exclusivo concedido a los
subastadores para establecer “casas fábricas de
cigarros” y plantaciones de tabaco envolvía, por
su lado, una ataque destructivo contra el gremio de
plantadores y fabricantes de cigarros. Tanto más,
si este ataque iba a potenciarse con la “tropa regla-
da” de la nación. En cambio, las cláusulas relativas
a la fianza y al reembolso final, eran más flexibles

51
El texto completo en SCL, op. cit., vol. 11, Anexo N° 159,
pp. 103-104.

52
y vagas… El pago del dividendo en Londres se
postergaba, también, por un año.
Es difícil concebir un contrato más benefi-
cioso para los subastadores que éste. Y es hasta
concebible que el texto que firmó Freire fuera no
otro que la propuesta presentada por Portales, Cea
& Compañía. Recuérdese que esa propuesta no ha
aparecido en ningún archivo de la época, y que
los mercaderes del Gobierno se jugaron seriamen-
te por conciliar ambos textos. El estilo de redacción
del contrato, además, ‘sugiere’ la pluma aguda y
agresiva de Portales, no la del legislador reposado
que se preocupa del interés nacional…
Dueño de esos privilegios, Portales pasó al
ataque de inmediato. Y expidió, al día siguiente
de firmado el contrato, la siguiente orden a sus su-
bordinados:
“Empezarán a comprar todas las existencias o
porciones de especies estancadas que se hallaren
en poder de comerciantes… valiéndose al efecto
de espías i de cuantos medios estén a su alcance,
i anunciando al público por carteles que el de-
nunciante hace suya la especie denunciada con
la obligación precisa de venderla a la administra-
ción… Queda a disposición de los empresarios la
gratificación que hayan de dar al administrador
que descubriese i quemase alguna sementera de
tabacos… Pedirá… al respectivo gobernador…
cuantos auxilios i ayuda necesite para perseguir

53
el contrabando i siembras clandestinas de taba-
cos…”52
Al instalar como método empresarial el es-
pionaje, la delación y la violencia, Portales montó
una agresiva dictadura comercial en el mercado in-
terno de la nación, cuyas víctimas principales fue-
ron, como se ha dicho, los plantadores de tabaco,
los fabricantes de cigarros y los vendedores al me-
nudeo de los mismos. Así, a punta de bayoneta,
comenzaron las requisiciones de tabaco, la quema
de sementeras y el cierre de fábricas de cigarros.
Era un aviso premonitorio del terrorismo de Esta-
do que esparciría Portales cinco años después…
De inmediato llegaron las protestas de los
afectados. El 3 de septiembre, quince “cigarreros”
remitieron al Ministerio de Hacienda un airado
reclamo:
“Los que suscribimos ésta en nuestro nombre y
en el de todos los demás que componen la cla-
se de cigarreros, ante V.E. decimos que muchos
años ha que nuestro único giro ha sido la fábrica
de cigarros para el consumo interior del país y
fuera de él… haviéndose hecho este un ramo no
sólo comercial sino industrial, que alimentaba a
numerosas familias. Por la ley que determina el
Estanco de los Tabacos queda destruida entera-
mente y no solo ba a entregar en manos de la

52
Ibídem, Anexo N° 160, pp. 104-106.

54
miseria y el ambre a una considerable porción de
mujeres, niños, ancianos e imbalidos, sino que
nosotros aumentaremos el número de estos in-
felices… Este ataque directo a la propiedad en
cuyo goce descansábamos… no sólo arruina de
hecho nuestros capitales, sino que nos priba para
siempre el buscar otro… Se digne concedernos
un año de término para espender los resagos que
nos quedan”53.
A partir de ese momento se inició una movi-
lización general de los productores afectados. Una
tras otra fueron llegando las “representaciones” al
Ministerio de Hacienda, denunciando que la ley
del Estanco había traído consigo un “ataque directo
a la propiedad”. Se solicitó el amparo del Ministro
de Hacienda, pero éste remitió las peticiones a la
Caja de Descuento, la que, fríamente, aplicó sin
modificación alguna el articulado del Decreto res-
pectivo. No habría más política de Gobierno que la
aplicación irrestricta del contrato-ley.
“Partidas volantes –escribió un cronista con-
temporáneo– recorrían los campos, quemaban
las sementeras de tabaco y hostilizaban a los pro-
pietarios con mil géneros de violencia y pesqui-
sas… Se irritaron sobremanera los pobres con la
prohibición de manufacturar cigarros, industria
muy adecuada a su condición, por no exigir ca-

53
AMH, vol. 20: “Representación de cigarreros”, Santiago,
3/09/1824.

55
pitales… Las casas se allanan diariamente y una
caterva infame de denunciantes corre por todas
partes buscando sus intereses en la formación
del crimen que inventan… ministros bien paga-
dos siguen vigilantes sus pasos; todos viven del
fraude y del comiso, y de las violencias más cri-
minales que fluyen del estanco contra todos los
pueblos de la República”54.
El desempleo y la miseria se extendieron so-
bre los gremios afectados. Y la ira, junto con ello,
creció también. De este modo, en el mes de octu-
bre, ya no una docena sino 161 cigarreros envia-
ron al Ministerio una dura representación:
“Nos pone en la actitud de prevenirnos contra el
más fiero y desconocido despotismo, impetrando
a SE… anular este remate reasumiéndolo en sí
directamente el Fisco… o se limiten las faculta-
des odiosas del subastador… Nos ha sido muy
extraño que no se haya impreso los artículos de
la contrata… Sólo hemos tenido la triste noticia
por los decretos particulares y desconocidos de
don Diego Portales y compañía, quedando ma-
ravillados de ver a un individuo disponer a su
arbitrio de un número crecido de tropa para pro-
ceder contra ciudadanos de consideraciones, sin
más forma de proceso, ni más documento que los
espías asalariados de Portales & compañía, y que
por razón de su empleo deben ser los más perver-

54
Melchor Concha y Toro, loc. cit., pp. 14-15.

56
sos y los últimos ciudadanos de Chile… Roban
los capitales nuestros… para que aumenten sus
riquezas los poderosos monopolistas… Hemos
visto que esta milagrosa compañía puede dispo-
ner en un momento de toda la tropa que guste…
con el objeto de atropellar y robar al ciudadano…
La Compañía… es parte, juez executor y tribu-
nal supremo sin audiencia legal ni apelación”55.
El despotismo armado que desplegó el mo-
nopolio tabaquero de Diego Portales sobre los
campos y los pueblos (las plantaciones y las fá-
bricas de tabaco se extendían desde la provincia
de Coquimbo hasta Concepción) despertó la ira y
la resistencia del gremio de los artesanos en gene-
ral. Era la vocación productiva del pueblo la que
estaba siendo objeto de un asalto armado por un
monopolio mercantil. Tanto más si el Ministerio
de Hacienda no acogió ninguna de las represen-
taciones y peticiones que, al respecto, recibió. “La
omnipotencia de Portales –escribió Melchor Con-
cha y Toro– derivaba del decreto o acto guberna-
tivo más extraordinario que se registra en los ana-
les de nuestra historia”. En realidad, la dictadura
de Portales no se inició políticamente después de
la batalla de Lircay en 1829, sino comercialmente
después del contrato del estanco, desde agosto de
1824. La misma que se prolongó por casi dos años,
hasta mediados de 1826. Durante ese lapso, los

55
AMH, vol. 159: “Representación de cigarreros”, Santiago,
19/10/1824.

57
productores afectados pasaron de su inútil políti-
ca legal de peticiones al Estado, a la política ilegal
de la acción directa. Esto es: iniciaron la plantación
clandestina de tabaco, la fabricación clandestina
de cigarros y la venta clandestina de todo eso. Y
la masa popular consumidora inició la compra y
consumo clandestinos del tabaco ‘nacional’… Era
la guerra declarada.
Fue entonces cuando el monopolio mer-
cantil Portales, Cea & Compañía comenzó a res-
quebrajarse. En efecto, el volumen productivo y
comercial que manejaban los gremios de planta-
dores y cigarreros resultó ser el doble del calcu-
lado: los $500.000 proporcionados por el Fisco no
alcanzaron para comprar todo el stock de tabaco
que estaba circulando en el mercado, aun destru-
yendo lo que pudieron destruir. La masa de taba-
cos producidos y vendidos clandestinamente, en
esa escala, hizo caer en picada las ventas por parte
del monopolio. El mercado ‘negro’ controlado por
las víctimas del estanco parecía hincharse día por
día a espaldas de los estanqueros, pese a la “tropa
reglada” que se movía por todas partes. Las utili-
dades recaudadas por aquéllos, en consecuencia,
disminuyeron rápidamente, siéndoles imposible
pagar el dividendo del empréstito en Londres.
Fue cuando el fantasma de la quiebra se paseó
ante los ojos de Portales56. Y el 5 de julio de 1826 el

56
Un análisis más detallado de esto en G. Salazar: Mercade-
res…, op. cit., pp. 270 et seq.

58
temible monopolista se vio forzado a informar al
Ministro de Hacienda sobre sus insuperables difi-
cultades (o sea, sobre su tercer gran fracaso como
mercader):
“Al tiempo de plantear el estanco encontramos
en poder de comerciantes y demás particula-
res cantidades tan injentes de especies estan-
cadas que excedieron al mejor cálculo fundado
en los mejores antecedentes. Como el capital de
$300.000 recibido de la Caja de Descuentos era
tan insuficiente para hacer los pagos… tuvimos
que echar mano de nuestros capitales… nos vi-
mos en la precisión… de contraer mui considera-
bles empeños para ocurrir a aquellas atenciones.
Entretanto… las ventas clandestinas, las semen-
teras de tabaco i las reservaciones que hizo todo
particular pudiente… redujeron las ventas por
nuestra cuenta a una casi absoluta nulidad”
Agregó que el poco dinero recaudado tu-
vieron que pagarlo a la firma inglesa Barclay, He-
rring & Co a cuenta de un préstamo que habían
obtenido de ella. Y por eso mismo no pudieron
cubrir el dividendo en Londres. Peor aún: se les
vino encima una marejada de crítica, desprestigio
y la ira de la opinión pública:
“Un torrente de opinión erijida i tolerada contra
este negocio i sus empresarios ha hecho irreme-
diable los más escandalosos abusos. Los contra-
bandos se emprenden no sólo al abrigo de la ocul-

59
tación, sino que ha habido vez que se han soste-
nido a mano armada. Las siembras de tabaco se
permiten en los territorios sin el menor respeto
i sumisión a las órdenes del gobierno… Se han
encontrado más de 300 sementeras de tabaco, al-
gunas con más de 40.000 plantas… Somos el ob-
jeto del odio y maldecidos por todos… Infinitos
pasquines han llegado a nuestras manos, dentro
i fuera de Santiago… Solo se oye que no hay un
ministro que no hallamos cohechado, i con quien
no tengan compañía los empresarios… mezcla-
dos en todos los negocios políticos, en partidos
i aun en las mismas deliberaciones del gobier-
no”57.
La descripción que hizo Portales de la reac-
ción ciudadana ante su dictadura mercantil es sor-
prendentemente realista. Más notable es, sin em-
bargo, que atribuyó esa reacción no a la forma en
que se gestó y aplicó su monopolio, sino a la falta
de autoridad por parte del Gobierno para “apo-
yar i garantizar la inviolabilidad de los pactos y
los contratos”, y a la falta de respeto a los mismos
por parte de la población. Portales, sin duda, cre-
yó que el contrato que firmó con la Caja de Des-
cuentos era una ley justa y legítima de la Nación,
que debió por tanto ser impuesta por el Estado y

57
“Informe de Portales, Cea & Compañía”, en SCL, op. cit.,
vol. 12, Anexo N° 242, pp. 201-202.

60
acatada por la ciudadanía58. Y que, por lo mismo,
el fracaso de su empresa no era atribuible a su in-
capacidad empresarial, sino a la incapacidad del Estado
para hacer respetar contratos monopolistas.
En los hechos, la guerra la habían ganado
los cigarreros y plantadores. Restaba por ver so-
lamente de qué modo la compañía monopolista
plantearía su retirada…
El alegato de Portales, en suma, exigía: a)
que se sometiera definitivamente a los plantado-
res y cigarreros mediante una acción policíaco-
militar; b) que la ciudadanía en pleno aceptara
como ley legítima los contratos monopolistas fra-
guados en ausencia del Director Supremo y con
notorias anomalías de legalidad, y c) que la acción
monopolista pudiera atropellar con “tropa regla-
da” el derecho de propiedad de los productores
de tabacos y cigarros sin lugar a reclamos. Es de-
cir: era un razonamiento que planteaba ampliar
la dictadura mercantil transformándola en dicta-
dura política, y continuar la guerrilla del mercado

58
El nuevo Congreso Nacional, lentamente, tomó cartas en
el asunto. El diputado Manuel Iñíguez, que examinó el pro-
blema, exigió que el Gobierno remitiera al Congreso “la con-
trata del estanco… i agregue el reglamento” respectivo, dado
que el Congreso no los conocía… Y exigió también que se
“contenga la arbitrariedad del arrendador, modere su ambi-
ción i liberte a los pueblos del vejamen i ultraje”, porque “las
violencias más criminales fluyen del estanco contra todos los
pueblos de la República”. En SCL, op. cit., vol. 10, Anexo N°
383, Santiago, 8/02/1825, p. 399.

61
interno transformándola en guerra civil, de ser
necesario. Este ‘ideario’, como se verá, continuó
rigiendo la conducta de Portales hasta su muerte.
Sin embargo, cuando el cónsul de Estados Uni-
dos, Michel Hogan, reclamó contra “los caballeros
del Estanco” porque fiscalizaban los barcos norte-
americanos que entraban o salían de los puertos
cobrándoles incluso fianzas por los cargamentos
de tabaco que pudieran tener, algunos personeros
de Gobierno (como el Gobernador de Valparaíso,
Ignacio Zenteno) sintieron que se había ido de-
masiado lejos y que era necesario terminar con la
dictadura mercantil. Que la conducta de Portales,
Cea & Compañía no tenía base legal ni se ajustaba
a derecho (“no existe ley ni decreto alguno que las
apoye”). El Presidente Manuel Blanco Encalada y
el Congreso Nacional elegido en 1825 se conven-
cieron pronto de lo mismo. Por eso, el camino a la
dictadura política requerida por los estanqueros
comenzó a bloquearse. El Presidente Blanco, que
tenía fama de caballero, convocó a Portales a su
despacho para exigirle que los contratistas paga-
ran el dividendo en Londres, según lo convenido.
Se reunieron. En el oficio que envió al Congreso,
el Presidente Blanco reportó que: “sus respuestas,
tanto de palabra como por escrito, han sido mui desa-
gradables”59.

59
Ibídem, vol. 12, Anexo N° 343, p. 291.

62
Lo anterior revela que la ira reaccionaria de
Portales había hecho su aparición. La cual seguiría
creciendo, como lo reveló el tenor del memorán-
dum que envió al Ministro de Hacienda, Manuel
Gandarillas, el 26 de julio de 1826:
“Estos embarazos e inconvenientes… lejos de
haber sido removidos, se aumentan a cada paso i
han llegado al extremo de que nos tienen en una
completa inacción i recibiendo daños que ya nos
es imposible remediar… Desde que se pronunció
la opinión general contra el establecimiento, el
crédito ha desaparecido… Nos es imposible, en
consecuencia, cumplir con la remesa que se nos
ordena, a menos que el gobierno, cumpliendo
también con su parte, nos allane los espresados
inconvenientes, nos indemnice de los perjuicios
recibidos y nos restablezca, cumpliendo con la
contrata misma, el estado que necesitamos para
llevar adelante el establecimiento”60.
El alegato de Portales puede resumirse así:
‘estamos quebrados y, por tanto, o el Estado hace
respetar por la fuerza la contrata a todos los pue-
blos del país (dictadura), o nos reembolsan las pér-
didas que hemos sufrido en el negocio (indemni-
zación)’. O sea: dictadura o indemnización: los subas-
tadores no deben perder. Sin duda, la reacción de los
‘perdedores’ fue, como dijo el Presidente Blanco,

60
“Contestación de la casa Portales, Cea & Compañía”, en
SCL, op. cit., volumen 11, Anexo N° 244, pp. 291-291.

63
“mui desagradable”. El Gobierno intentó levantar
un empréstito interno de $200.000 para salvar el
estanco, pero sólo se reunieron $16.000. A los ojos
de los estanqueros, ése fue ‘otro’ fracaso de un Go-
bierno que no tenía capacidad para hacer respetar
la ley. En vista de eso, la red patricial de Santiago
comenzó a hacer gestiones para traer de vuelta a
O’Higgins y reinstalar su dictadura. Al saber esto,
el Presidente Blanco exclamó: “Conciudadanos: ¡a
las armas!”61. Para los estanqueros, pues, el úni-
co modo de someter a “los pueblos” y a la gran
masa de plantadores y cigarreros que se habían
rebelado contra el monopolio era a través de una
dictadura represiva. Así, el fracaso estrictamente
mercantil del estanco comenzó a convertirse en
un dilema entre dictadura y democracia…
Con todo, antes que estallase esa eventual
guerra civil, los estanqueros exigieron una indem-
nización “que sea en numerario, o de tal modo se-
gura, que satisfaga a nuestros acreedores”, pues
estaban convencidos –según dijeron– que “el go-
bierno podía obligar a la Nación, por esto es que
celebramos el contrato”62. Claramente, en estos
textos, el Estado está por encima de la Nación, y
el o los monopolios ¿por encima del Estado?…
En otros textos Portales le negó al Estado el de-

61
“Proclama del Presidente de la República a los pueblos”, en
ibídem, Anexo N° 395, p. 322.
62
Las cartas correspondientes en ibídem, vol. 12, Anexo N°
397, pp. 323-324, y Anexo N° 401, pp. 325-326.

64
recho a rescindir el contrato, porque éste había
sido firmado entre los empresarios “y la Nación”.
De este modo, en la lógica portaliana, los ‘inte-
reses’ de los empresarios debían aliarse primero
con el Estado para someter la Nación (garantía
para el éxito del negocio) y luego aliarse con la
Nación para someter el Estado (garantía para el
fracaso del negocio). Con la primera cláusula se
aseguraba la ganancia neta, con la segunda, la in-
demnización… Se puede apreciar que esta lógica
estaba centrada en una concepción dictatorial de
la ganancia mercantil y en una filosofía lucrativa
del Derecho Constitucional…
El nuevo Congreso Nacional no se dejó con-
vencer por esa lógica y ordenó rescindir el con-
trato y ‘ejecutar’ judicialmente a los contratistas.
Pero la judicialización de los acusados no era de
fácil despacho, porque: a) los contratistas alega-
ban que no habían recibido el capital inicial de
$500.000 por parte del Estado, sino sólo $300.000
(la Caja de Descuentos, sin embargo, en un oficio
al Ministro de Hacienda, aseguró haberlo cancela-
do)63; b) “la casa de Portales, Cea & Compañía se
hallaba sin fianzas o garantías por las que pudiese
obligarse a su cumplimiento, y en su defecto, a re-
convenciones y embargos”64; c) los contratistas te-

63
“Oficio de la Caja de Descuentos al Ministro de Hacienda”,
Ibídem, vol. 12, Anexo N° 403, p. 326.
64
Afirmación del ministro J. M. Gandarillas, según Melchor
Concha y Toro, loc. cit., p. 24.

65
nían una deuda impaga adicional de $166.933 con
la casa Barclay, Herring & Co, de Londres65, y d)
el Congreso decidió (ingenuamente) que fuera la
Caja de Descuentos la que liquidara el estanco...
Ante tan compleja situación, la empoderada
Caja de Descuentos decidió contratar un abogado.
Se consultó a cinco abogados, pero todos ellos se
excusaron “por el temor de las enemistades podero-
sas que se esponían a contraer”66. Sólo un abogado
joven, Manuel Cobos, aceptó. Sus antecedentes
pasaron al Tribunal de Cuentas (formado por los
mercaderes Rafael Correa de Saa y Fernando Eli-
zalde), donde se perdieron. El dicho Tribunal, lue-
go de sesudas reuniones, acordó que fueran los
Directores de la Caja de Descuentos los que se hi-
cieran cargo del juicio… La red consanguínea del
patriciado mercantil comenzó a funcionar de nue-
vo, como en 1824... Pero era demasiado evidente
esa conexión, y el Congreso intervino para decidir
que los árbitros y liquidadores del estanco fueran
Santiago Echevers y José María Rozas por parte
del Fisco, y Fernando Elizalde y Manuel Rengifo
por parte de los empresarios.
Cómo se procedió luego, exactamente, a
la liquidación del estanco, no es posible saberlo

65
“Carta de C. C. Dobson, apoderado de Barclay, Herring &
Co al ministro de Hacienda”, SCL, op. cit., vol. 12, Anexo N°
544, pp. 418-419.
66
AMH, vol. 84: “Informe de J. Campino”. Santiago,
30/08/1826.

66
porque no están sus registros documentales en
ninguno de los archivos existentes. Barros Arana,
que los manipuló, comentó que estaban llenos de
errores de imprenta, así que no los publicó... Se
sabe que los liquidadores interrogaron a numero-
sos testigos y expertos. Nada de eso quedó archi-
vado. Sólo se conoce algunos pareceres técnicos
y el dictamen final. De modo que, no habiendo
fuentes, es necesario re-construir la ‘lógica de
conveniencia’ que necesitaban aplicar los empre-
sarios, considerando su situación de quiebra real
y desprestigio total. Y esa lógica era muy simple:
necesitaban forzosamente traspasar sus pérdidas al
Estado, para no quedar en la miseria y en el des-
crédito más absoluto. Ésa era su premisa maestra.
La prueba final de su inocencia. Pero la letra del
contrato no ofrecía salidas en ese sentido, puesto
que, según ella, los subastadores eran “asentistas
privados” del estanco, no “funcionarios del Esta-
do”. El Estado, en ese contrato, no era patrón, sino
la parte contratante que debía transferir el capi-
tal inicial de la empresa (lo transfirió) y poner a
disposición de los asentistas la “tropa reglada” de
la Nación para ayudarles y protegerles (la dispu-
so). En cuanto a los informes técnicos que fueron
pedidos por los liquidadores a los ministros de la
Tesorería General, al Superintendente de la Casa
de Moneda (padre de Diego Portales), al Conta-
dor Mayor del Tribunal de Cuentas y al Superin-
tendente de Aduanas, aunque ninguno mencionó
la indemnización, coincidieron en la necesidad

67
del mantener el estanco, estatal o privadamente,
deslizando en todo caso diversas críticas a los es-
tanqueros. José Santiago Portales, por cierto, pidió
que se celebrara una nueva contrata monopolista
con su hijo67. Y por fin, el 9 de noviembre de 1827
se dictó la sentencia. Este documento sí fue copia-
do por Diego Barros Arana y publicado en su His-
toria Jeneral de Chile:
“las negociaciones del estanco de tabacos, naipes,
licores estranjeros i té, que contrató la casa de
Portales, Cea & Compañía con el gobierno, eran
i debían entenderse de cuenta del fisco desde su
establecimiento; que los empresarios serían con-
siderados ajentes del gobierno para plantear-
la; que todas las transcciones, compras, ventas
i demás actos celebrados en este negocio… eran
de cuenta del mismo fisco; i que a éste correspon-
derían las utilidades i las pérdidas que hasta la
rescisión del contrato hubiese habido en el jiro
del negocio”68.
Cabe señalar que, paralelamente al proceso
de ‘liquidación’ del estanco se produjo un cam-
bio de gobierno: salió Manuel Blanco Encalada
y entró como Presidente el mercader Agustín de

67
Los informes en: G. Salazar: Mercaderes…, op. cit., pp. 285-
287.
68
Citado por Diego Barros Arana en su Historia Jeneral de Chile
(Santiago, 1897. J. Palacios, Editora), vol. 15, p. 297. Las negri-
tas son nuestras.

68
Eyzaguirre (emparentado con Diego Portales),
quien nombró Ministro de Hacienda a Agustín
de Vial (el Fiscal que “concilió” el decreto-ley con
la propuesta de los subastadores y planteó que
éstos, prácticamente, legislaran). De este modo,
tras algunas vueltas y revueltas, los redactores del
‘prólogo’ estanquero de 1824 se reunieron de nue-
vo para redactar el ‘epílogo’ del estanco en 1827.
Portales no logró establecer la dictadura política
que había exigido al Gobierno, pero, si bien no
pudo someter esta vez la Nación al Estado, al me-
nos sometió el Estado al interés mercantil... Pues,
con una egregia solemnidad que contagió hasta el
historiador Barros Arana, los ‘jueces’ dictamina-
ron finalmente que el Estado de Chile debía pagar a
los estanqueros una indemnización final de $120.426,
suma que, luego de otras negociaciones, se redujo
a $87.26069.
De este modo, irónicamente, el escandaloso
fracaso empresarial del estanco –que fue su mayor
aventura mercantil– le reportó a Diego Portales
la única ganancia monetaria importante de su vida.
La que no fue, por cierto, fruto de su capacidad
empresarial, sino de la conspiración aristocrática
que puso en marcha la privatización del estanco y
que, dos años después, salvó (con ganancia) a los
contratistas de la bancarrota total. Como legado

69
Para comentarios contemporáneos sobre esta sentencia, G.
Salazar: Mercaderes…, op. cit., pp. 288-292.

69
para el futuro de Chile quedó también su maestría
en aplicar métodos violentos contra los derechos
de ‘los pueblos’ y un importante sector de la clase
productora y trabajadora… Así, la dictadura del
estanco vino a ser el ‘ensayo general’ del golpe de
Estado de 1829, el mismo que permitió a Porta-
les aplicar en todo Chile los métodos que había
usado contra los ‘cigarreros’, y realizar su sueño
mercantil de un Estado fuerte y dictatorial, capaz
de someter a los pueblos, los productores y a la
misma ley…
¿Qué concepto se formó Portales de su aven-
tura en el monopolio del tabaco y otras especies?
No hay mayores reflexiones al respecto en su co-
rrespondencia privada. Sólo un artículo publica-
do en El Crisol el 28 de agosto de 1829, cuando era
Presidente de Chile el general (liberal) Francisco
Antonio Pinto. El texto es una defensa de los em-
presarios y sus asociados frente a las críticas de El
Verdadero Liberal. Es un escrito que contrasta radi-
calmente con los desesperados informes enviados
por él mismo al Ministerio de Hacienda entre 1825
y 1826, donde dio cuenta de su quiebra total y de
la imposibilidad absoluta de que pudiera pagar
el dividendo en Londres “que se le había ordena-
do” (ver más arriba). En este artículo, a más de
los auto-elogios, dijo algunas cosas de interés. Por
ejemplo, que ellos habían formado una compañía
“para hacer propuestas, que, después de corridos
muchos trámites que sería largo referir, fueron

70
aceptadas por el gobierno”… Señaló también que “la
contrata celebrada con estos empresarios fue rota
por el Congreso del año 26 y trasladado al fisco el
estanco”. Redujo las críticas de los opositores a “la
envidia y otras degradantes pasiones que se ejerci-
taron contra los empresarios, consiguiendo hacer
odioso el nombre del Estanco, porque envolvía la
idea de una gran riqueza adquirida por medios
ilegales y a costa de la nación”. Agregó que cuan-
do ellos “rompieron su silencio para defenderse”
se supo de las grandes pérdidas que habían su-
frido “y que sólo habrían podido remediar esta
pérdida… si se hubiese consolidado en Chile un go-
bierno y un orden imperturbable, que, haciendo callar
las pasiones, infundiese a los empresarios la confianza
necesaria”… Acto seguido describió a los socios de
Portales, Cea & Compañía, para mostrar que eran
hombres probos y de trabajo, por lo que conclu-
yó: “¿quién podrá creer ni quién podrá divisar en
ellos las aspiraciones a mandar el país que les han
imputado tenazmente El Centinela, El Verdadero
Liberal y demás folletos ministeriales?... Se quiere
presentar a los estanqueros como revolucionarios,
y como la opinión desmiente esta impostura, se
trata de infundir sospechas contra ellos, afirman-
do que para las revueltas se valen de resortes se-
cretos y de manos ocultas”. Y afirmó tajantemente
que los empresarios habían mandado a Inglaterra,
en libranzas, la suma de $321.092 ¾ reales, “suma
mayor que la cantidad a que ascendió el producto

71
líquido del Estanco durante el tiempo que ellos lo
administraron”70.
En ese artículo Portales no hizo alusión al-
guna a la quiebra de su empresa (sólo habló de
sus pérdidas); tampoco a la guerrilla que empren-
dió contra los plantadores, cigarreros y pueblos de
provincia; ni respecto al enorme volumen de ne-
gocios movido por esos productores y fabricantes
locales; ni al hecho de que solicitó ser ejecutado
como “agente del Estado” y no como “asentista”;
ni al hecho archi-probado que no habían pagado
el dividendo en Londres… En cambio, resalta la
lección política que él dedujo de todo eso: que
el negocio se habría salvado si hubiera sido res-
paldado por un Estado dictatorial (“imperturba-
ble”), y que ellos no tenían intención alguna, ni de
“mandar el país” ni de ser “revolucionarios”…
Tras su ‘lucrativo’ fracaso, Portales, desde
1827, se involucró cada vez más en la actividad
política, arrastrado tal vez por la necesidad de
defender a los estanqueros, de lavar su disminui-
do prestigio y, en modo creciente, de implemen-
tar su idea de que debía construirse en Chile un
Estado dictatorial capaz de hacer respetar la ‘ley’
(al modo como él la entendía; es decir: la que le-
galizaba contratos monopólicos abusivos que,
por lo mismo, necesitaban una dictadura estatal
70
“El Estanco”, en El Crisol, Santiago, 28 agosto de 1829. Re-
producido por R. Sotomayor (Ed.), A la memoria…, op. cit.,
pp. 45-49.

72
en proporción directa a la incapacidad y bruta-
lidad empresariales). Sus fracasos en Lima ya le
habían inspirado esa idea71. Asegurada la ‘ley’ de
ese modo, los negocios –calculaba– podían pros-
perar. Por eso, desde 1827, se involucró de lleno
en actividades sediciosas tendientes a minar no
sólo el gobierno de Francisco Antonio Pinto sino
también la Constitución legítima emanada de la
Asamblea Constituyente de 1828. Tras el golpe
militar de 1829 (preparado por él mismo, junto a
Rodríguez Aldea), se abocó laboriosamente, hasta
julio de 1832, a echar las bases del tipo de Estado
que necesitaba. Establecido éste después de 1831,
renunció a la Vicepresidencia de la República y,
sintiendo sus espaldas estatalmente protegidas,
retornó a Valparaíso para embarcarse de nuevo,
por cuarta vez, en una aventura mercantil. Como
veremos, allí, fracasó de nuevo… Y como el Esta-
do que él había contribuido a establecer comenzó
a tomar, a sus espaldas, un rumbo liberal mode-
rado (predominio de los “filopolitas”), retornó
iracundo a Santiago en septiembre de 1835, para
convertirse ahora en un ministro omnipotente
que gobernó dictatorialmente con leyes secretas...
¿Por qué retornó a Santiago? ¿Es que necesitaba
implementar mejor su ideario estatal o, algo me-

71
Ver su carta a José Cea, fechada en Lima en marzo de 1822.
E. de la Cruz (Ed.): Epistolario…, op. cit., vol. I, pp. 176-178. Se
han citado infinitas veces algunos párrafos de esta carta para
mostrar su filosofía del Estado. Allí, claramente, opta por el
“gobierno fuerte” y no por la “democracia”.

73
nos que eso, proyectar neuróticamente su nuevo
fracaso empresarial a la performance del Estado?
Como quiera que haya sido la relación entre sus
fracasos empresariales y su concepto dictatorial
del Estado, lo cierto es que, entre 1832 y 1835 sus
operaciones mercantiles desde la plaza de Valpa-
raíso no mejoraron su (pobre) record histórico en
esas materias.
Ahora bien, la revisión detallada del Archi-
vo de Contaduría Mayor, de los Archivos Nota-
riales de Santiago y Valparaíso, del Ministerio de
Hacienda y del propio Epistolario, permiten de-
mostrar que el comerciante Diego Portales, entre
1832 y 1835, se abocó a una serie de operaciones
mercantiles que, en conjunto, se pueden resumir
así: a) se concentró, asociado con varios otros
mercaderes, en el remate anual de la cobranza de
diezmos, en diversas doctrinas agro-ganaderas del
Valle Central y de Copiapó; b) vendió el producto
de esa cobranza (ganado mayor y menor, trigo,
harina, paja, etc.) en el mismo Valle Central y en la
zona minera (Atacama, sobre todo); c) transportó
esos productos hacia los puertos de Coquimbo y
Huasco a través de la goleta Independencia, que ad-
quirió especialmente para ese efecto; d) importó
desde la zona minera pastas de cobre, que procuró
fundir en “ingenios” propios; e) compró una ha-
cienda, un fundo y una quinta (Pedegua, El Rayado
y Placilla) para producir alfalfa, multiplicar el ga-
nado y, eventualmente, establecer ‘ingenios’ me-
talúrgicos; f) adquirió diversos productos que im-

74
portaban mercaderes extranjeros a fin de comer-
cializarlos en el mercado interno, especialmente
tabacos, que vendía al Estanco Fiscal (presidido
por su pariente político Agustín de Eyzaguirre
después de colapsada la privatización)72.
Era, como se ve, una compleja red comercial,
que le obligaba a adquirir compromisos de diver-
so tipo (cesión y recepción de poderes, compro-
misos de fianzas, firma de pagarés, liquidación en
libranzas), lo cual se reflejó en su nutrida corres-
pondencia, sobre todo mercantil, con sus apode-
rados o procuradores dependientes (José Manuel
Cea, Isidro Silva, Antonio Garfias, Enrique New-
man, Dionisio Fernández, etc.). A través de éstos
se conectó con otros mercaderes: para los remates
de diezmos (con Otaegui, Molina, Ossa), para la
venta del producto de los diezmos en el Valle Cen-
tral (Jerónimo Urmeneta, Estanislao Portales, etc.),
para sus negocios en Copiapó (Ossa, Waddington,
Miller, Patrickson, Sewell, Edwards, etc.), para sus
negocios de importación en Valparaíso (Ingram,
Waddington, etc.), sus ventas de tabaco al estanco
fiscal (Eyzaguirre). Y para los efectos de obtener
permisos y privilegios relativos a estas operacio-
nes, con Manuel Rengifo y Manuel Gandarillas.

72
Es posible detallar documentalmente todas estas operacio-
nes, pero resultaría un capítulo largo, nutrido e inútil para los
objetivos y el formato de este libro. Se citan los archivos y el
período donde pueden encontrarse.

75
Cabe señalar que Portales fue, esencialmen-
te, un comerciante de escritorio, que comandó sus
transacciones radicado más bien sedentariamente
en Valparaíso y Placilla, desde casas (“ranchos”
las llamaba) que arrendaba para vivir en soltería.
No viajó a la zona minera ni recorrió las doctrinas
donde sus apoderados remataban para él (junto a
los correspondientes fiadores) los diezmos que le
interesaban. No visitó sus propiedades agrícolas,
excepto El Rayado, porque quedaba cerca de su re-
sidencia en Placilla y de la casa de una niña Barros
que había tomado como amante. Su movilidad
empresarial consistía en inspeccionar de manera
acuciosa las mercaderías que recibía y despachaba
personalmente. No llevaba libros de contabilidad.
Durante un tiempo, ésta fue la tarea de Enrique
Newman. Cuando éste se fue (más bien, su pa-
trón lo echó), Portales estuvo años tratando de en-
tender los libros que Newman le dejó, y no logró
nunca descifrarlos, por confesión propia. La enor-
me red de compromisos adquiridos (expresados,
sobre todo, en pagarés por cobrar) la manejaba de
memoria y recibiendo y despachando de una media
docena a una docena de cartas por día. Por tanto,
el equilibrio de caja era un ejercicio puramente in-
tuitivo. La ejecución práctica de las transacciones
la realizaban, a la distancia, sus agentes y procura-
dores, a quienes movía a través de sus cartas, como
títeres. Usaba a los mismos agentes para sostener
y manejar sus relaciones íntimas y personales con
Constanza Nordenflycht (madre de sus hijos),

76
con su padre Santiago, sus hermanas, parientes y
hombres de Gobierno. Antonio Garfias tenía que
aprenderse de memoria, incluso, lo que Portales
quería decirle a su mujer-amante, Constanza (por
ejemplo, que la quería, pero que no la podía man-
tener de modo adecuado). Sin duda, era un empre-
sario, como muchos otros mercaderes criollos de
su tiempo, que confiaba sólo en su memoria, ins-
tinto y su red de relaciones sociales73. Y Portales,
sin duda, tenía buena memoria y, sobre todo, gran
imaginación, talentos que están nítidamente refle-
jados en su largo epistolario. Pero no tenía ninguna
capacidad ostensible de sistematización. Su ingenio
se desplegaba en todas direcciones, sobre todo en
el “chusco” colorido de su lenguaje, pero sin poner
jerarquía, orden y sentido en nada: ni en sus nego-
cios, ni en sus relaciones sexuales y afectivas, ni en
sus relaciones parentales, ni en su propia vida. Es
por eso que en sus escritos no aparece perfilado
ningún proyecto orgánico de vida ni un proyecto
social de desarrollo para sí mismo. Fue un solterón
que se jugó por hacerse rico, y no pudo. Un crítico
mordaz de todo y de todos, incluyendo a sus me-
jores amigos. Su falta de sistematicidad se expre-
só en sus ideas políticas (que son frases sueltas y
contradictorias entre sí), en sus negocios, donde el

73
La mayoría de estos empresarios quebró, o bien quedó en
una posición subordinada respecto de los consignees y subsi-
diary houses extranjeras. Ver de G. Salazar: Mercaderes…, op.
cit., capítulos II y V.

77
balance global evolucionó siempre en su contra, y
en su vida personal y afectiva, donde no formó ho-
gar, no equiparó el estándar de vida y el prestigio
social de sus padres ni le dio a su mujer-amante,
Constanza, el nivel de vida que hubiese querido.
En contraste con él, sus socios del norte (los
Patrickson, Miller, Ossa, Edwards) acumularon
grandes fortunas, mientras él, que tenía como polo
central de referencia sus ventas y compras en la
zona minera, terminó con saldo en contra y deudas.
Su gran socio en el remate de diezmos (Otaegui) le
dejó como saldo una gran deuda que nunca pudo
pagar del todo (los socios del diezmos dividían el
trabajo entre el titular del remate, que era el que
‘recaudaba’ el diezmo, y el fiador, que por lo co-
mún era el que ponía el capital para pagar el pre-
cio de la subasta). Diversas peripecias afectaron a
la goleta Independencia, de su propiedad (viajes sin
carga, asalto por parte de los presidiarios de Juan
Fernández, trabajos de reparación) que le induje-
ron a venderla. Además, compró tres propiedades
agrícolas de secano, para las cuales necesitaba cons-
truir canales de riego, lo que nunca pudo realizar,
por lo que sólo fueron a pérdidas. Compró unos
terrenos cerca del mar (Lagunillas) para construir
un ingenio metalúrgico (una fundición de pastas
de cobre), pero no pudo hacerlo, entre otras razo-
nes, porque el Ministro Rengifo le negó el privilegio
que pedía (que el Estado le construyera, con fon-
dos fiscales, el muelle que necesitaba).

78
Por tanto, vivía pagando deudas, poster-
gando pagarés, gestionando nuevos créditos, etc.,
lo que de hecho lo mantenía en un nivel de vida
apenas un poco superior a la pobreza. Por eso, en
junio 19 de 1835, poco antes de volver a Santiago
para contraerse de nuevo en la política, le envió
a Antonio Garfias, su agente más personal y útil,
“para que usted pueda concluir esta cuenta del me-
jor modo que le sea posible… un balance en globo
de mi fortuna”. Le hizo una lista de sus propie-
dades (los fundos Placilla, Pedegua y El Rayado),
que avaluó en $30.000, y de los comerciantes que
le debían dinero (Garín, Sewell), que ascendía a la
suma de $35.000; lo cual daba un total de $65.000.
A eso tenía que restar sus propias deudas, entre
las cuales anotó la que tenía con una capellanía de
Valparaíso, con José Manuel Ortúzar, con Jordán,
García, Francisco Elizalde, Manuel Gandarillas y
Vicente Garrido. No especificó los montos74. Si sus
deudas sumaban, por ejemplo, $30.000, su patri-
monio neto era de sólo $35.000, o menos, el cual
estaba materializado sobre todo en propiedades
que, al no tener valor agregado, no podían ven-
derse con ventaja. En comparación, los hombres
ricos del siglo XVIII habían reunido fortunas pro-
medio de más o menos $300.000 a $500.000 (como
Juan Antonio Fresno), mientras los hombres ri-
cos de mediados del siglo XIX fluctuaban entre
$1 millón y $3 millones (como Agustín Edwards

74
C. Fariñas (Ed.): Epistolario…, op. cit., vol. II, pp. 626-633.

79
Ossandón)75. Portales fue, pues, en su mejor mo-
mento (entre 1832 y 1835) un comerciante modes-
to, con escasa liquidez. De aquí su estilo de vida,
rústica y espartana, y su incapacidad para darle a
sus amantes, o a una eventual esposa, el confort
y tipo de vida que habría esperado cualquier mu-
jer distinguida de la época, o su padre, o su red
aristocrática consanguínea. Él intentó cuatro veces
convertirse en hombre rico –como muchos de los
mercaderes con los que trataba– y fracasó. Acaso
de ahí nacieron sus improperios contra los “hue-
vones y putas de Santiago” y el nervioso orgullo
que demostró cuando rechazó los sueldos que co-
rrespondían a los cargos de Gobierno que ocupó.
En sus cartas proliferan las frases que aluden a su
pobreza, a la imposibilidad de conseguir crédito,
y a la economía de gastos que no sólo se aplicaba
a sí mismo, sino a sus cercanos, sobre todo a Cons-
tanza. De todos, el texto que mejor representó su
miseria es el que se extracta a continuación:
“Doña Constanza me ha escrito una muy larga
carta llena de cargos contra su tía, pero especial-
mente contra mí. En ella dice que al retirarme
yo a la Placilla lo hago con la intención de no
volverla a ver más. La pobre Constanza no com-
prende que si doy este paso es inspirado única-
mente en el deseo de ver manera de rehacer mi
fortuna… para ver manera de dejarles algo a los
frutos de mis indiscreciones con Constanza, y
75
Ver G. Salazar: Mercaderes…, op. cit., passim.

80
también a ella misma para que nunca le falte el
dinero que tanto necesita… Ella para mí se en-
cuentra tanto o mejor que antes, porque la joven-
cita que yo conocí ha adquirido toda su verdadera
condición femenina, de modo que juzgando a la
Constanza de ese tiempo con la de ahora, mi jui-
cio le sería enteramente favorable. La Constanza
de hoy sería preferida a la de ayer… Siento por
esta mujer la más fuerte afección y el más sincero
sentimiento de cariño… Pero que a Constanza le
guardo ese amor, no es cosa que pueda discutir
yo conmigo mismo, porque a veces he sentido los
ímpetus de romper con todas las conveniencias e
irme a vivir a su lado para que ella no sufra ni
yo tampoco haga sangrar tan amargamente a mi
corazón. Me retiene mi pobreza y mi deseo de
poder corresponderla dignamente a ella y a nues-
tros hijos, cuando me sonría la fortuna que con
tan peregrina suerte he buscado… ¿cómo podría
yo a su lado mantener el rango de ella y nuestra
familia cuando me falta a mí para lo más preciso
para mi vida? El sacrificio que me he impuesto
está precisamente en esta determinación… La
sé desdeñada por mi culpa, la sé perseguida por
mis indiscreciones. Sé todavía que mis ligerezas
se han prolongado en nuestros hijos… Cuando
piensa en esta dolorosa y tremenda situación,
su amigo Portales concluye en la desesperación.
Noches enteras he pasado sin pegarme los ojos,
sintiendo a Constanza a mi lado, teniendo los
niños cercanos a nosotros, unidos todos en un

81
familiar afecto. Pero hasta esta dulce satisfacción
no puedo dármela, porque no tengo con qué ha-
cerlo ni cuento con medios para mantenerla…
Disuádala usted, pues, de sus opiniones y dígale
que tenga alguna fe en el hombre que la estima
como su buena compañera. Rompa esta carta. No
quiero que Constanza la lea, porque su lectura la
hará sufrir demasiado. Apréndala usted de me-
moria, si fuera posible, para repetírsela palabra
por palabra… Suyo. Portales”76.
No hay, en el nutrido epistolario de Porta-
les, otra carta como ésta. Pues no se encuentra aquí
ninguno de los giros típicos de su lenguaje “chus-
co”, burlón y grosero. Este texto es lo más parecido
a un salmo de profundis. Aquí habla, no el dictador
todopoderoso, ni el héroe mitificado por los pe-
lucones, sino el hombre fracasado ante sí mismo,
ante su mujer, sus hijos y ante su propia clase so-
cial. Y habla también aquí, sobre todo, el hombre
de carne y hueso, que demuestra sentimientos es-
pontáneos y naturales, pero reprimidos, distancia-
dos y maltratados, que intenta responder –pero no
puede– a las expectativos de los seres que pudie-
ran ser su nido social (“unidos todos en un familiar
afecto”). Es el extraño caso de una inteligencia su-
perior que, pese al constante juego de desplegarse
barrocamente ante sí misma, no logra acumular la
‘fortuna’ que necesita para sí y los suyos, y precisa-

C. Fariñas, op. cit., tomo II, pp. 599-601. La carta está fecha-
76

da en Valparaíso el 13/12/1834.

82
mente en el oficio que, desechando muchos otros
(como los vinculados a los estudios superiores),
eligió para ello. El orden vertical y autoritario que
Portales le exigió al Estado, era, tal vez, el orden
que necesitaba precisamente su brillante inteligen-
cia para triunfar en las aventuras empresariales y
organizar con éxito su propia vida. Pero esta ne-
cesidad suya, que implicaba auto-crítica, nunca la
explicitó, al menos en sus escritos.
El mercader de origen patricio que no acu-
mulara por sí mismo una gran fortuna en el Chi-
le post-colonial, generaba una ‘culpa’ de difícil y
complicado manejo personal, social y político. Era
el drama personal de Diego Portales.

IV
Dictador y demoledor
Rotundamente, los hechos muestran que
Diego Portales no tenía hechura de político ni in-
terés real en el gran problema histórico de su épo-
ca: la construcción social del Estado. Mucho más
políticos que él fueron hombres que demostraron
evidente interés en la ‘cosa pública’ y en el pro-
blema social-jurídico implicado en la construcción
del Estado. Fue el caso de, por ejemplo: Manuel
de Salas, José Manuel Infante, Camilo Henríquez,
Ramón Freire e incluso el abogado Manuel Rodrí-
guez. Portales, en cambio, desde pequeño, demos-
tró, de un lado, un fuerte sentido clasista (patenti-
zado en los increíbles abusos físicos cometidos con

83
un sirviente de su casa y un empleado de la Casa
de la Moneda) y, de otro, en su notorio desinterés
por los estudios superiores, que en ese tiempo se
referían, sobre todo, al Derecho77. En cambio, re-
sulta impactante la fuerza de sus sentimientos
afectivos hacia Josefa Portales Larraín, con quien
se casó, y cuya temprana pérdida (unida a la de
sus hijos) le provocó una crisis depresiva que le
duró, como tal, casi dos años, pero que le significó
también tomar decisiones para toda su vida (no
casarse, por ejemplo).
Por eso, entre 1810 y 1821, no hay evidencia
alguna de que Portales haya demostrado interés
en la política, ni aun siquiera por el movimien-
to patriótico independentista. El torbellino de su
propia personalidad y su gran pasión por Josefa le
absorbieron todo su interés y energía juveniles78.
Tras esa crisis, y en un punto en que, por no tener
estudios superiores, no podía seguir una carrera
social basada en una profesión de prestigio, no
tuvo otra salida para llegar a ‘ser alguien’ (a nivel
de su condición social de origen) que dedicarse al
comercio. A fin de cuentas, muchos ‘patricios’ ha-
bían acumulado fortunas dedicándose a él, entre
otras cosas, porque el comercio era más limpio,
rentable y potencialmente más ‘nobiliario’ que la

77
Sobre su vida de infancia, ver de B. Vicuña: Don Diego Por-
tales…, op. cit., capítulo I, y de F. A. Encina: Portales (Santiago,
1964. Nascimento), tomo I, capítulo IV.
78
En esto concuerdan todos sus biógrafos.

84
agricultura, la minería o la industria. Y un merca-
der rico podía, después de 1823, si quería, influir
directamente en el Estado (como Agustín de Ey-
zaguirre o Diego Antonio Barros), pero un polí-
tico de carrera, no, a menos que tuviera un sólido
patrimonio sobre el cual vivir. Además, después
de 1822 los cargos públicos no se vendían, ni eran
estables, ni la Hacienda Pública estaba en condi-
ciones de pagar sueldos elevados…
De manera que Portales, o se hacía rico a
través del comercio (única salida digna), o acep-
taba vivir protegido por su padre (salida ignomi-
niosa), o vegetaba para siempre en el anonimato
(inaceptable). Para un hombre de su condición e
inteligencia, no cabía sino triunfar en el comercio.
El comercia era lo real, la política, lo accidental. No
es extraño que calificara odiosamente a la política
y que, respecto a él, sólo podía ser una actividad
forzada por las circunstancias. Cuando entró en el
gran negocio del Estanco, sin embargo, se estrelló
dos veces, cara a cara, con el Estado: en la fase del
remate y en la fase de liquidación. Y en ambos ca-
sos miró la ley, la política y el Estado sólo desde la
lógica y la realidad de los negocios mercantiles. Por eso,
no criticó al Estado cuando éste aceptó y se adaptó
a su propuesta (que, claramente, no se ajustaba a la
ley), pero sí lo hizo cuando la ley y el Estado, según
él, no garantizaron la especulación de los subasta-
dores, ni cuando estaba en ejecución, ni cuando lo
ejecutaron y liquidaron. Para él –vale repetirlo– lo
verdaderamente real era sólo el comercio. La ley,

85
la política y el Estado eran concomitancias adapta-
bles, sin realidad y sin personalidad propias. Con
todo, sintió que la ejecución exitosa de los negocios
(con o sin ley) necesitaba de una fuerza estatal de
respaldo (no una ley) capaz de eliminar de hecho
los obstáculos que embarazaban el comercio (con-
trabando, corrupción administrativa, aranceles,
bandidaje, democracia, etc.) y de imponer a la so-
ciedad el orden legal y la tranquilidad requeridos
por las transacciones mercantiles. De modo que,
poco a poco, a través de sus frecuentes proyectos y
fracasos comerciales, inductivamente, Portales fue
intuyendo y creyendo en el “Estado Policial” que
Adam Smith dedujo de su análisis teórico del “sis-
tema del comercio”…
El Estado Policial de Adam Smith, sin em-
bargo, era una función que garantizaba el equili-
brio competitivo entre todas las fuerzas produc-
tivas (leyes del Mercado), no el instrumento de
dominación que garantizaba al capital comercial
el aplastamiento de las fuerzas productivas (va-
riante deductiva que extrajo Karl Marx del mismo
análisis de Smith)79. Es muy posible que el fracaso

79
El Estado Policial de Smith permitió, en cierto modo, el
enorme desarrollo económico e industrial de Inglaterra; el
Estado Represivo de Portales, en cambio, al aplastar el desa-
rrollo libre y competitivo de las fuerzas productivas en Chile,
condujo a la gran crisis de 1910 y a lo que F. A. Encina llamó
“nuestra inferioridad económica”. Una demostración de este
fracaso en G. Salazar: Mercaderes…, op. cit., passim.

86
de Portales como mercader, atribuido por él mis-
mo al déficit de ‘fuerza’ del Estado y al exceso de
‘ley’, le haya inducido a moverse para construir
un Estado, no sólo más centrado en la fuerza pura
que en la ley pura, sino también un tipo de em-
presa comercial más centrada en el apoyo de la fuer-
za estatal que en la pura habilidad empresarial para
derrotar y aplastar a las clases productoras y a las
competidoras, base principal de su posibilidad de
acumulación80. Sin embargo, lo que cabe recordar
en este punto es que, cuando él dirigió una em-
presa mercantil con el apoyo armado del Estado
para aplastar las fuerzas productivas (el monopo-
lio del tabaco, etc.), se halló, por un lado, con una
quiebra empresarial catastrófica, y por otra, con
una explosiva rebelión social… Su notoria falta
de autocrítica le llevó, por eso, a perpetrar en la
historia de Chile, en grande, lo que le ocurrió a él
en pequeño con su aventura monopolista de 1824-
1826. Pues dedicó el resto de sus días, inclusive su
muerte, a la construcción de un Estado que no era
el que recomendaba Adam Smith, ni era el Estado
‘en sí’, de esencia política pura (como sostienen
sus enceguecidos seguidores), sino la fuerza pura
(o la ‘violencia pura’ útil para cualquier Estado)
que necesitaba el capital comercial monopolista y
abusivo para expoliar las fuerzas productivas del

Para una visión histórica general del problema, G. Salazar:


80

Historia de la acumulación capitalista en Chile (Santiago, 2003.


Editorial LOM).

87
país, garantizando el éxito comercial de los usu-
reros y, a la vez, la crisis irreversible de las clases
productoras. El ‘estadista’ Portales no construyó,
pues, Estado, sino una ‘violencia’ estatalizada, al
servicio de un tipo de empresa que no generó de-
sarrollo nacional, sino conflicto y subdesarrollo…
Y como es esto lo que, con hechos, ha demostrado
rotundamente la historia nacional, no es adecua-
do ni verdaderamente histórico decir que Portales
haya creado un verdadero Estado nacional, o si-
quiera el propuesto por Adam Smith. En verdad,
sólo creó un militarismo estatalizado, en beneficio
de un capitalismo mercantil que condujo el país,
un siglo después, a su “inferioridad económica”.
Cosechando hacia 1910 lo mismo que habían cose-
chado Portales, Cea & Compañía en 1826, a saber:
quiebras empresariales y rebelión social81.
Los escritos de Portales dejan en evidencia
la lógica de su pensamiento ‘político’ resumida
más arriba. Su famosa carta fechada en Lima en
marzo de 1822 (cuando iniciaba su aventura mer-
cantil en Perú) y dirigida a José M. Cea, dice, en lo
sustancial:

81
Las tesis sostenidas por el historiador Mario Góngora en su
célebre trabajo La noción de Estado en Chile en los siglos XIX y
XX (Santiago, 1981. Editorial Aconcagua), respecto a que el
‘espíritu guerrero’ habría sido el verdadero arquitecto de la
Nación en el siglo XIX, calzan indirectamente con lo que aquí
se concluye.

88
“A mí las cosas políticas no me interesan, pero
como buen ciudadano puedo opinar con toda
libertad… La Democracia, que tanto pregonan
algunos, es un absurdo en los países como los
americanos, llenos de vicios y donde los ciudada-
nos carecen de virtud, como es necesario para es-
tablecer una verdadera República… La Repúbli-
ca es el sistema que hay que adoptar, ¿pero sabe
cómo yo la entiendo para estos países? Un go-
bierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean
verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y
así enderezar a los ciudadanos por el camino del
orden y de las virtudes. Cuando se hayan mora-
lizado, venga el gobierno completamente liberal,
libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos
los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo
hombre de mediano criterio pensará igual”82.

Punto por punto, ése es el pensamiento po-


lítico que intentó volcar (tramposamente) el juris-
consulto Juan Egaña en el texto constitucional que
se le encomendó redactar en 1824, conocido des-
pués como la Constitución “moralista”, porque,
en su texto, para ser ciudadano se requería tener
“virtudes cívicas”; las mismas que el patriciado
de Santiago se reservaba el derecho (constitucio-
nal) a definir, calificar y asignar. Como eso daba
como resultado un Estado verticalmente “aristo-
crático y centralista”, las provincias se opusieron,

82
En C. Fariñas (Ed.), op. cit., vol. I, pp. 8-9.

89
el “populacho” de Santiago también, y el Direc-
tor Supremo Ramón Freire, entonces, la abolió.
Y era también, punto por punto, el pensamiento
político del dictador Bernardo O’Higgins, quien
se negó a convocar a elecciones de gobernadores
(razón por la que ordenó apresar a Manuel Rodrí-
guez) y de diputados, alegando que el pueblo era
ignorante e inmoral, por lo que las elecciones pro-
ducirían “anarquía”. Sin embargo, por pensar eso,
los pueblos de la República lo derrocaron en 1823.
Y era también el pensamiento que mitologizó Die-
go Barros Arana (hijo de un mercader santiaguino
que fue socio de Portales en el estanco y miem-
bro de la Gran Convención de 1833). Claramente,
era también el pensamiento de los aristocráticos
“mayorazgos y títulos de Castilla” de Santiago,
y también el pensamiento contra el cual lucharon
los 49 “pueblos” de provincia83. Fue también el
pensamiento que provocó la guerra civil de 1829,
la de 1837 (cuando se fusiló a Portales), el estalli-
do social de 1848, las “guerras civiles” de 1851 y
1859 y los innumerables alzamientos de peones e
indígenas a lo largo del siglo XIX. También fue el
pensamiento que compartieron los caudillos mili-
taristas de la fase de la Independencia (Carrera y
O’Higgins), que gobernaron dictatorialmente. Sin
embargo, frente a las manifestaciones ‘cesaristas’
de sus mismas ideas políticas, Portales se manifes-
tó refractario y crítico.

83
Ver de G. Salazar: Construcción de Estado…, op. cit., passim.

90
Por eso, en 1823, cuando el gobierno de Ra-
món Freire lo designó “vocal del tribunal de resi-
dencia general para conocer los actos ejecutados
por el señor O’Higgins durante su gobierno y tam-
bién por los de sus ministros, especialmente por
los del doctor Rodríguez Aldea”, Diego Portales le
escribió a Freire, diciéndole, entre otras cosas:
“He vivido completamente alejado de los nego-
cios públicos, que nunca me han llamado con
regularidad a atenderlos, y por los cuales siento
una viva resistencia. Este desapego por las cosas
públicas… tiene una explicación natural, cuan-
do veo los sacrificios de mi señor padre y aun mi
familia padeció en la época que siguió a la re-
volución de 1810, en el desaforado gobierno de
José Miguel Carrera… En el gobierno del señor
O’Higgins, mi padre fue tratado con desprecio
y dureza por creérsele partidario de Carrera…
Durante el gobierno del señor O’Higgins yo
me alejé del país por el giro de mis negocios y
también porque no conviniese en el sistema de
este señor, que ahogó cuanta libertad podía tími-
damente pedirse… Me parece extraño también
que entre los vocales del tribunal se encuentren
algunas personas que carecen de independencia
para convertirse en jueces del señor O’Higgins,
Rodríguez y Zañartu… El señor Villegas y el se-
ñor Fuenzalida, lo mismo que el señor Vera, han
trabajado juntos con esos caballeros y, lo que es
peor, recibido sus favores… no quiero sentarme
en la misma banca que esos hombres que parecen

91
haber perdido la idea de la lealtad y el agrade-
cimiento… yo no tengo el alma negra para no
entender que esos jueces no tienen conciencia y
rectitud”84.
Portales podía aceptar un gobierno aristo-
crático fuerte que excluyera a los rotos e ignoran-
tes, pero no a uno que, por razones personalistas
o de faccionalismo político, atropellara los linajes
del patriciado mercantil. Al parecer, fue eso lo
que lo indujo a distanciarse de la política activa
entre 1811 y 1823, mientras que, después de 1823,
la razón fue esta vez su rechazo a la “democracia
liberal”. O sea: gobierno fuertes, sí, pero colegiada-
mente aristocráticos. Nunca cesaristas. Jamás de-
mocráticos. En la versión 1823 de su pensamiento
político no aparece todavía, como se ve, el factor
‘mercantil’.
Ese factor aparece después, en su larga y
dolorida carta al Ministro de Hacienda del 20 de
abril de 1826, donde da cuenta del fracaso de su
monopolio:
“La organización y arreglo de unos ramos que…
han sido habitualmente los mas espuestos al
contrabando… i sobre todo a producirse i cose-
charse en cualquier punto del Estado, también
hace comprender la multitud de gastos i fatigas
que deberán emplearse en tantos dependientes
asalariados… para su distribución, vijilancia i

84
C. Fariñas (Ed.), op. cit., vol. I, pp. 21-23.

92
custodia. Negocio de esta naturaleza en un país
de escasísimos recursos, solo pudo emprenderse
contando con la proteccion mas decidida del Go-
bierno i con las garantías más inviolables i sa-
gradas de la Nacion…”85
Nótese que el propio Portales, con absolu-
ta ingenuidad, señala que el tabaco “se producía
y cosechaba en cualquier punto del Estado”. Sin
embargo, pese a reconocer eso, no tenía ninguna
conciencia de que el monopolio comercial monta-
do por él no podía consolidarse sino destruyendo
el sector productivo que “producía y cosechaba”
tabaco en todo Chile. Daba por sentado que cons-
truir un monopolio comercial al precio de destruir
un sector productivo completo era algo natural.
Y no sólo natural: debía ser violento y a la vez le-
gal. Los monopolios que el patriciado mercantil
mantuvo sobre el crédito público (que recaía so-
bre campesinos, dueños de fundos y pirquineros)
y sobre el dinero metálico, que tenían ya medio si-
glo de existencia hacia 1825, eran tan connaturales
para el patriciado, que éste carecía de toda visión,
empresarial o política, de la situación de las clases
productoras86. De ahí la naturalidad asombrosa
con que Portales impetraba y exigía la protección
más decidida y la garantía más absoluta por parte

85
“Carta de Portales, Cea & Compañía al Ministro de Hacien-
da”, en SCL, vol. 12, Anexo N° 397, pp. 322-324.
86
Un análisis más detallado del problema en G. Salazar: Mer-
caderes…, op. cit., capítulo V.

93
del Estado y la Nación, para su acción destructora
sobre un sector productivo, la que no podía ser
sino violenta y militarizada. El contrato del Estan-
co que el Estado finalmente firmó con Portales le
garantizó a éste el uso de la “tropa reglada” de
la Nación. Y apoyado en ella los subastadores
iniciaron su labor destructiva. El problema fue
que, en ese caso, la violencia utilizada no bastó.
Es que el sector productivo tenía una raigambre
social demasiado ancha y profunda, y una lógica
económica más sólida que la del monopolio. Pero
el monopolismo instalado en la mente de Porta-
les era demasiado arraigado también como para
comprender eso, y fue por ello que sólo atinó a
explicar su fracaso señalando que el apoyo del Es-
tado no había sido, ni suficientemente decidido,
ni sagrado. O sea: exigía más violencia aun.
La mente monopolista del patriciado mer-
cantil –que alcanzó su punto de ebullición en las
ideas de Portales– al devenir ‘discurso de clase’
en el plano político, sólo podía articularse como
un discurso de violencia policial y estatalista. Esta
‘traducción’, poco clara en el viejo patriciado mer-
cantil colonial, surgió nítida tras la quiebra del
Estanco. Y mucho más en el Portales ‘estanquero’
–que desde la infancia había demostrado inclina-
ción a ejecutar acciones violentas– que en la vida
empresarial y política tradicional del viejo patri-
ciado. Por eso, durante el ciclo del Portales ‘po-
lítico’ (1831-1837) ese patriciado tuvo dos breves
‘desviaciones’ hacia un cierto liberalismo. Cuan-

94
do eso ocurrió por primera vez, Portales montó en
cólera:
“Dígale UD a los cojudos que creen que conmigo
solo puede haber Gobierno y orden que yo estoy
muy lejos de pensar así y que si un día me agarré
los fundillos y tomé un palo para tranquilidad al
país, fue solo para que los jodidos y las putas de
Santiago me dejaran trabajar en paz. Huevones
y putas son los que joden al Gobierno y son ellos
los que ponen piedras al bueno camino de éste.
Nadie quiere vivir sin el apoyo del elefante blan-
co del Gobierno y cuando los hijos de puta no
son satisfechos en sus caprichos, los pipiolos son
unos dignos caballeros al lado de esto cojudos.
Las familias de rango de la capital, todas jodi-
das, beatas y malas, obran con un peso enorme
para la buena marcha de la administración. Dí-
gales que si en mala hora se me antoja volver al
Gobierno, colgaré de un coco a los huevones y a
las putas les sacaré la chucha. ¡Hasta cuando…
estos mierdas! Y UD mi don Antonio, no vuelva
a escribirme cartas de empeño, sino desea una
frisca que no olvidará fácilmente”87.
Es claro que Portales reconocía que las
“familias de rango de la capital” eran las benefi-
ciadas por el golpe de Estado promovido por él
mismo en 1829, con el agregado que, al parecer,

“Carta a don Antonio Garfias”, fechada el 10/12/1831. En C.


87

Fariñas (Ed.), op. cit., vol. I, p. 158.

95
esas familias querían aun más beneficios y protec-
ción que los recibidos. Es sorprendente que Porta-
les dijera esto, considerando que él mismo, cinco
años antes, había exigido al Estado, para beneficio
propio, algo que había entrabado seriamente la
“marcha de la administración”. El hecho es que
le molestó sobremanera que sus iguales le pidie-
ran a él, ahora, lo mismo que él había exigido al
Estado antes. Ambas peticiones, en todo caso, en-
cajaban bien en su concepto aristocrático de Esta-
do. Pero lo importante es que, de nuevo, asoció
la idea de Gobierno y de Estado a la idea de “un
palo” (el único que daba tranquilidad al país) y a
esa ‘violencia física’ que cuelga a los hombres de
un “coco” y desgaja de las mujeres su “chucha”
(son ‘sus’ conceptos). La misma idea la expresó de
nuevo al año siguiente, en otra carta a su agente
Garfias, en la que, a propósito de la fuga de los
prisioneros de Juan Fernández y su desembarco
en Huasco y Copiapó (asaltaron su goleta Indepen-
dencia), recomendó fusilar a los “cruzados de Col-
cura” (rebeldes de Concepción, que se fugaron). A
lo que agregó:
“En materia de política y de gobierno no hay más
que herrar o quitar el banco, y de que el malo,
siempre y por siempre, ha de ser malo; porque el
bien le enfada, y no lo agradece, y que siempre se
halla tan dispuesto a faltar y clavar el cuchillo al
enemigo como a su mismo benefactor, por lo que
se puede asegurar con certidumbre que el gran
secreto de gobernar bien está sólo en saber dis-

96
tinguir el bueno del malo, para premiar al uno y
dar garrote al otro. En efecto, todo lo que huele
a paños calientes, y a confundir el bueno con el
malo, sólo puede servir para nuestra perdición.
¡Qué lindo papel hace don Ramón Freire!... ¡Pro-
clamado por los presidiarios de Juan Fernández!
Averiguemos el origen, y lo encontraremos en
las consideraciones que dispensó al malo”88.
La sociedad estaba dividida, pues, entre bue-
nos y malos. Y que, intrínsecamente, los buenos
serán siempre buenos y los malos siempre malos.
Una visión, sin duda, maniqueísta y, a la vez, fata-
lista. No hay zonas intermedias ni historicidad so-
cial. El ‘democratismo liberal’ de los opositores a
Portales (entre los que se contaban Ramón Freire y
varios de los presos escapados de Juan Fernández)
era, pues, intrínsecamente perverso. El pecado de
Freire era haber tenido “consideraciones” con los
malos (o sea, los liberales), y su “cobardía” (que
le adjudica en otro texto) consistió en no haberse
atrevido a usar, contra ellos, el carismático “palo”
o “garrote”. El garrote (la violencia estatalista, o la
ley de la fuerza) era el único modo adecuado de
gobernar una sociedad polarizada entre buenos
y malos. Aquí la democracia no tenía cabida por-
que, de existir, los malos acuchillarían a todo el
mundo, ya que no eran redimibles. Incluso, si los

88
“Carta a don Antonio Garfias”, Valparaíso 14/01/1832,
ibídem, pp. 162-165.

97
buenos (“las familias de rango de la capital”) lle-
gaban a ablandarse frente a los malos, el garrota-
zo debería entrar en acción, también, contra ellos.
Para Portales, pues, el garrote, convertido en rey y
ley, era el único cetro del buen gobierno en Chile,
el principio superior del Estado, la quintaesencia
del arte de gobernar…
El escenario estatal, sin embargo, se compli-
có cuando los ‘buenos’, habiendo ya garroteado a
los ‘malos’ (los liberales post-Lircay) y tranquiliza-
do el país, debían gobernar en provecho de ellos
mismos. En ese caso, el garrote debía dejar paso a
la instalación de un Gobierno eficiente, donde cada
ministro, intendente y funcionario debería hacer
gala de buen sentido, honradez e impersonalidad.
Un Gobierno que no incurriera, por tanto, en blan-
duras democráticas con los malos (como Freire o
Pinto), que no impusiera personalismos caudillis-
tas ni faccionalismos (como Carrera u O’Higgins),
ni amparara la deshonradez (como O’Higgins o
Eyzaguirre). Como no había ejemplo de esas vir-
tudes en el pasado, el gobierno pelucón debía crear
esas cualidades. Y no era fácil. Por eso le escribió
al ministro Joaquín Tocornal en 1832:
“Usted no puede formarse idea del odio que ten-
go a los negocios públicos, y de la incomodidad
que me causa el oir sólo hablar de ellos… existe
esa aversión de que yo me felicito y de que otros
forman crítica… Todos confían en que usted no
hará mal ni permitirá que se haga: a esto están

98
limitadas las aspiraciones de los hombres de jui-
cio y que piensan… En cada resolución, en cada
consejo, etc. dará usted un buen ejemplo de jus-
tificación, de imparcialidad, de orden, de respeto
a la ley, etc. etc. que irán formando una marcha
conocida en el Gobierno… El pensar en una or-
ganización formal, general y radical, no es obra
de nuestros tiempos. Suponiendo que para ella
no se encontrase un inconveniente en el carácter
concilidador del gobernante, demanda un traba-
jo que no puede ser de un hombre solo… En pri-
mer lugar, se necesitaría la reunión continua de
unas buenas Cámaras por el espacio de tres años
a lo menos… Se necesitan hombres laboriosos
que no se encuentran y cuyas opiniones fueren
uniformadas por el entusiasmo del bien público
y por un desprendimiento mayor… Es imposible
trabajar con éxito en una organización cual se
necesita en un país donde todo está por hacerse,
en donde se ignoran las mismas leyes que nos
rigen… El orden social se mantiene en Chile por
el peso de la noche y porque no tenemos hom-
bres sutiles, hábiles y quisquillosos: la tendencia
general de la masa al reposo es la garantía de la
tranquilidad pública… El país está en un estado
de barbarie que hasta los intendentes creen que
toda legislación está contenida en la ley funda-
mental, y por esto se creen sin más atribuciones
que las que leen mal explicadas en la Constitu-
ción… No puede emprenderse ningún trabajo de

99
esta clase sin tener a la vista la reforma de la
Constitución…”89
Desde Valparaíso, Portales reflexionó sobre
el problema ‘técnico’ de cómo dar carne, vida y
perpetuidad al Estado pelucón, dos años después
de Lircay. Pero no pensó en el Estado ‘en sí’, efi-
ciente e impersonal (como han proclamado todos
sus historiadores), sino cómo construir la “orga-
nización formal, general y radical” de la ‘fuerza’
personalizadamente pelucona después que aplicó el ga-
rrotazo. No estaba hablando en abstracto, sino ins-
truyendo al ministro pelucón sobre el cual cayó la
tarea organizativa después que Portales, impulsa-
do por su “odio a los negocios públicos”, se retiró
a Valparaíso para reanudar su larga e infructuosa
tarea de enriquecimiento. La tarea de construc-
ción estatal, para los vencedores, ciertamente, no
era fácil. Pues no era un proceso constituyente
abierto y democrático, sino un ejercicio privado
de los vencedores, a espaldas y sobre las testas de
todos los vencidos. Portales estimó que ése era un
trabajo de largo plazo y no de un solo hombre. La
dificultad grave que él vio en eso consistía en que,
en las mismas filas del patriciado de Santiago (el
vencedor ‘bueno’) no había suficientes “hombres
laboriosos, orientados al bien público y de gran
desprendimiento”. Portales, debemos suponer,
conocía bien a su gente. A su clase. Y la escasez de

89
“Carta a Joaquín Tocornal”, Valparaíso 15/07/1832. En C.
Fariñas (Ed.), op. cit., vol. I, pp. 285-88.

100
capital político ‘sano’ en la aristocracia santiagui-
na tornaba la tarea “poco menos que imposible”.
Porque debemos suponer que él no estaba atribu-
yendo esa tarea ni a los liberales garroteados ni al
bajo pueblo “enjaulado”. La “barbarie” política a
la que aludió Portales se refería, conceptualmente
–no hay otra salida lógica–, a los pelucones mis-
mos90. Y era porque esa barbarie elitaria producía
desgobierno que, hasta 1832, “el orden social se
mantenía en Chile por el peso de la noche” (“ten-
dencia de la masa al reposo”). Este concepto, sin
duda interesante, tenía más aplicación a la masa
liberal que a la elite aristocrática, pues aquélla
había trabajado ordenadamente cuando fue polí-
ticamente vencedora entre 1823 y 1828, e incluso
permaneció tranquila cuando fue vencida, entre
1829 y 183091. Debe tenerse presente que las ma-
sas democrático-liberales estaban constituidas
mayoritariamente por los 49 o 50 “pueblos” de
provincia, que habían vivido dos siglos en un or-
den social laborioso y pacífico. Pero el “peso de
la noche”, que surgía del pacifismo propio de las

90
El comportamiento político del patriciado santiaguino du-
rante el proceso constituyente 1823-1828 dejó en evidencia no
sólo su anarquismo (o “fronda”, como dijo Alberto Edwards)
sino su ignorancia y falta de respeto por las leyes existentes
y por el proceso constituyente mismo. El propio Portales in-
currió en esa “barbarie”. Ver de G. Salazar: Construcción de
Estado…, op. cit., passim.
91
El “peso de la noche” de Portales puede asimilarse aquí a
“la seriedad de la muerte”, de Weber.

101
masas liberales, era, en todo caso, una oportuni-
dad de excepción para que los pelucones pudie-
ran revestir de organicidad institucional el poder
dictatorial violento que habían acumulado tras la
batalla de Lircay. Pero, para eso, como era obvio,
tenían que comenzar por reformar la Constitución
de 1828 que, como se sabe, era la expresión orgá-
nica directa del ‘perverso’ pensamiento democrá-
tico-liberal.
Es claro que, para ‘institucionalizar’ el ga-
rrote portaliano era necesario realizar dos trabajos
políticos: dictar una Constitución específicamente
pelucona, y desarrollar una cultura pelucona-fun-
cionaria sustentada en la eficiencia y el imperso-
nalismo. El primero era de relativo fácil despacho.
El segundo, en cambio, era un aprendizaje lento,
de largo plazo. Sin embargo, el problema que se
interpuso fue que, para que ambos trabajos avan-
zaran a la par y eficientemente, se requería que el
“peso de la noche” continuara aplastando y sofo-
cando el resentimiento, la crítica y la rebeldía de
los “malos” que habían sido garroteados y enjau-
lados. Y desde fines de 1830, los malos se habían
estado sublevando en todas partes, insistentemen-
te, contra el régimen surgido en Lircay. Hacia 1835
los “malos” estaban demostrando tener suficiente
salud cívica como para prescindir del “peso de la
noche” y organizar rebeliones en todo el territorio
nacional, incluso con apoyo internacional. El re-
emplazo del “peso de la noche” por la rebelión de-
mocrático-liberal “contra la tiranía” inutilizó por

102
completo la parsimonia de los plazos políticos ad-
quisitivos por donde transitaban los vencedores.
Así, entre 1835 y 1837, la situación era tan explo-
siva como en 1829… Tanto, que inutilizó de hecho
la Constitución de 1833. ¿Por qué? Pues, porque
fue necesario recurrir con máxima urgencia, fren-
te a la masiva rebelión pipiola, al garrote, esencia
suprema del emergente Estado pelucón. Portales,
identificado por completo con esa ‘esencia’ (sen-
tía odio y aversión por la carne institucional de
la misma), redactó ‘otra’ de sus célebres epístolas
estatalistas:
“A propósito de una consulta que hice a don Ma-
riano relativa al derecho que asegura la Cons-
titución sobre prisión de individuos sin orden
competente de juez, pero en los cuales pueden
recaer fuertes motivos de que traman oposicio-
nes violentas al Gobierno… el bueno de don Ma-
riano me ha contestado no una sino un informe,
no un informe sino un tratado, sobre la ninguna
facultad que puede tener el Gobierno para dete-
ner sospechosos por sus movimientos políticos.
Me ha hecho una historia tan larga, con tantas
citas, que he quedado en la mayor confusión…
En resumen: de seguir el criterio del jurisperito
Egaña, frente a la amenaza de un individuo para
derribar la autoridad, el Gobierno debe cruzarse
de brazos, mientras, como dice él, no sea sorpren-
dido infraganti. Con los hombres de ley no puede
uno entenderse, y así ¡para qué carajo sirven las
constituciones y los papeles, si son incapaces de

103
poner remedio a un mal que se sabe existe… y
que no puede conjurarse de antemano tomando
las medidas que pueden cortarlo!… En Chile la
ley no sirve para otra cosa que no sea producir la
anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el
pleito eterno, el compadrazgo y la amistad. Si yo,
por ejemplo, apreso a un individuo que sé está
urdiendo una conspiración, violo la ley. ¡Maldi-
ta ley entonces si no deja al brazo del Gobierno
proceder libremente en el momento oportuno!...
De mí sé decirle que con ley o sin ella, esa seño-
ra que llaman la Constitución, hay que violarla
cuando las circunstancias son extremas. ¡Y qué
importa que lo sea, cuando en un año la parvuli-
ta lo ha sido tantas por su perfecta inutilidad!...
A Egaña que se vaya al carajo con sus citas y sus
demostraciones legales… Dígale que su filosofía
no venía al caso. ¡Pobre diablo!”92.
Recuérdese que Portales y su ancha red
consanguínea habían “tramado oposiciones vio-
lentas” y “urdido una conspiración” sediciosa
contra el Gobierno Constitucional de 1828, para
“derribar la autoridad”, lo que, “anarquizando” el
país, hicieron con todo éxito. Y él mismo, duran-
te el proceso constituyente del período 1823-1828,
a través del “compadrazgo y la amistad”, había
conspirado desde fuera de la ley para conquistar

92
“Carta a don Antonio Garfias”, Valparaíso 6/12/1834. En C.
Fariñas (Ed.), op. cit., vol. II, pp. 589-90.

104
el monopolio nacional del tabaco. Y ahora, desde
1830 –como luego se verá–, desechaba de nuevo la
Ley y la Constitución por su inutilidad para “con-
jurar” la rebelión de los garroteados liberales y el
enjaulado bajo pueblo, razón por la que planteó,
indignado, obviar la “inútil parvulita”, “violar a
la señora Constitución” y echar mano, con desnu-
do completo, al garrote y la violencia estatalista. Y
fue lo que hizo cuando fue Vice-Presidente entre
1830 y 1832 y de nuevo, siendo triministro, entre
1835 y 1837.
Así, fue inevitable que la violencia que Por-
tales había aplicado en 1825 para destruir a los
“cigarreros” y desde 1829 para deshacerse de los
“pipiolos”, se volviera en 1837, con igual cólera e
insensibilidad, contra él mismo, cuando sus vícti-
mas se deshicieron de él a balazos, bayonetazos y
a sangre derramada…
No hay duda que el concepto portaliano
de Estado se reducía al uso de la violencia pura
cuando “era necesario”. Si llegó a barruntar la ne-
cesidad de institucionalizar la violencia pelucona
dándole revestimiento legal de ‘Estado’ (carta a
Joaquín Tocornal) fue durante la ‘seriedad de la
muerte’ que siguió a la sangrienta batalla de Lir-
cay (que él confundió con el “peso de la noche”).
Pero no bien los dos tercios de los chilenos aplas-
tados por la violencia se levantaron para derrocar
la “tiranía”, olvidó de plano el imperativo políti-
co de institucionalizar la violencia y blandió de

105
nuevo el garrote desnudo. El peso de la noche se
convirtió en maniqueísmo y terrorismo estatal.
O’Higgins, en 1823, al negarse a institucionalizar
su cesarismo militar, había sido derrocado por la
ciudadanía…
Después de todo eso ¿puede considerarse a
Portales –como ha hecho durante un siglo su co-
horte de seguidores– el verdadero constructor del
Estado “en forma” (Alberto Edwards y otros) de
la República de Chile? ¿Puede ser considerado el
principal héroe político de la Nación? ¿El modelo
arquetípico de ciudadano? ¿El estadista por exce-
lencia? ¿El héroe de la democracia chilena?
Como quiera que sea el juicio ciudadano a
este respecto, es de interés dejar constancia de qué
modo Diego Portales fue, en la práctica, esculpien-
do su “garrote”. Él, por vena y temperamento, era
un ‘garroteador’ innato, pero, para que su garrote
produjera impactos políticos de relevancia histó-
rica necesitaba, obligadamente, militarizar su lide-
razgo. Y él no era militar de carrera, pese a que su
padre lo había inscrito, siendo adolescente, como
“alférez” de un regimiento y, luego, como oficial
al mando de una compañía. Su ‘violencia’, antes
de militarizarla, era puramente discursiva y, so-
bre todo, epistolar. Su primera acción militarista
ocurrió cuando organizó las operaciones que los
empleados del estanco debían realizar en terreno
–con apoyo de “tropa reglada”– para incendiar
las sementeras, requisar el tabaco y desmantelar

106
las fábricas del gremio productor que destruyó. El
fracaso relativo de esta ‘guerrilla’ lo exasperó (de
hecho, fue derrotado) y lo obligó a buscar oportu-
nidades para ‘escalar’ esas operaciones hasta con-
vertirlas en acciones de guerra golpista.
Es cierto que la guerrilla del tabaco la trans-
formó después de 1827 en una guerrilla periodística
contra el pipiolaje, apertrechado en el El Hambrien-
to, en la que su lenguaje “chusco” pudo desple-
garse en arte mayor. Sin embargo, el escalamiento
de su propensión guerrillera a nivel nacional se
produjo sólo en la fase decadente del gobierno de
Francisco Antonio Pinto. Cabe señalar en este pun-
to que el movimiento democrático-liberal no era
simple ni homogéneo, pues estaba constituido, al
menos, por dos estratos fundamentales: a) el con-
junto de ciudadanos y diputados de provincia, que
profesaba un liberalismo democrático, comunal
y centrado en la producción, y b) el conjunto de
ciudadanos liberales de Santiago, que, en mayoría,
estaban emparentados con el patriciado mercantil,
tenían experiencia en cargos públicos centralistas
y profesaban un liberalismo fogueado en tertulias
de salón más que en asambleas de comunidad
productora. El primer estrato proporcionó la gran
masa social y la fuerza ‘radical’ de los argumentos.
El segundo, siendo minoría, proporcionó los hom-
bres que ocuparon cargos de Estado (ministros,
senadores, fiscales, superintendentes, etc.) a más
de la orfebrería cabildante de los ‘salones’. Por eso,
si bien el movimiento democrático-liberal tuvo al

107
general Ramón Freire y a sus oficiales como una
fuerza militar protectora, la maquinaria adminis-
trativa del Estado fue manejada casi siempre por
patricios como Fernando Errázuriz, Diego José Be-
navente, Manuel Blanco Encalada, Agustín de Ey-
zaguirre, Francisco Antonio Pinto, Francisco Ruiz
Tagle y otros, liberales en el papel, pero de com-
portamiento político ambiguo, pues, a través de sus
familiares o contactos, favorecieron, en coyunturas
cruciales, a los intereses del patriciado mercantil,
de los estanqueros y, en definitiva, al movimiento
político pelucón. Fueron estos liberales ‘blandos’
los que permitieron el triunfo de la propuesta de
Portales, Cea & Compañía en 1824; los que liqui-
daron a favor de los mercaderes la quiebra de esa
firma; los que llevaron al fracaso dos asambleas
constituyentes, y los que, bajo el gobierno liberal
de Pinto, promovieron el ascenso del general Joa-
quín Prieto Vial y de su sobrino, el coronel Manuel
Bulnes Prieto, al comando del Ejército del Sur93.
Esa fue una movida estratégica, porque el
patriciado mercantil de Santiago, siendo mino-
ría en el proceso constituyente, no tenía ninguna
posibilidad de lograr sus objetivos si ese proceso
llegaba a término por vía democrática, lo que se

93
G. Salazar: Construcción de Estado en Chile…, op. cit., pp.
315-332. Manuel Bulnes estaba casado con Enriqueta Pinto,
hija del general Pinto. Ella lideró por décadas la más famosa
‘tertulia’ del patriciado chileno en la época de gloria del Esta-
do portaliano.

108
demostró cuando el movimiento democrático-
liberal mayoritario acordó y redactó, ahora en
Valparaíso, la Constitución de 1828. Esta Cons-
titución –la única democráticamente generada
en Chile– era la derrota definitiva del patriciado
santiaguino. Por eso, a éste le quedó sólo una car-
ta bajo la manga: el golpe militar. Pero el Ejército
obedecía ciegamente a Ramón Freire y a sus ofi-
ciales liberales (Borgoño, Las Heras, Calderón, de
la Lastra, Viel, Tupper, etc.). Por eso, la situación
cambió cuando el general Borgoño se enfermó y
debió ser sustituido en el cargo de Jefe del Ejército
del Sur (cuyo eje era la provincia de Concepción).
Astutamente, Francisco Ruiz Tagle, un liberal blan-
do que era ministro de Francisco Antonio Pinto,
recomendó, para suceder a Borgoño, al general
Joaquín Prieto Vial, un hombre de origen sureño,
muy cercano a O’Higgins y a la elite de Santiago
(había sido diputado y senador). El cambio mo-
vilizó inmediatamente a José Antonio Rodríguez
Aldea, ex ministro de O’Higgins, partidario jun-
to a otros del retorno de aquél. Se creía que sólo
O’Higgins sería capaz de revertir, militarmente, la
hegemonía de los liberales. Se inició de ese modo
una conspiración sediciosa centrada al principio
en Concepción –de donde eran oriundos Prieto,
Bulnes y el propio O’Higgins– para que el Ejército
del Sur se rebelara contra el gobierno constitucio-
nal de Pinto. Pero ocurría que el principal proble-
ma del Ejército era el pago de los sueldos que, por
la crisis de la Hacienda Pública, se pagaban con

109
largas intermitencias. La conspiración no tendría
resultados, por tanto, si, como mínimo, no esta-
blecía un gran fondo de dinero para ‘financiar’ al
ejército rebelde.
Fue ése el punto de inflexión que permitió
el ingreso del mercader Portales a la red conspi-
rativa de Rodríguez Aldea. Las fuentes muestran
que Portales echó mano a su bolsillo y al de sus
amigos mercaderes, y financió desde el inicio de
las acciones hasta la culminación de la guerra. Co-
menzó dándole “24 onzas de oro” al caudillo Pe-
dro Urriola cuando éste capitaneó un escandaloso
motín que derrotó en combate abierto al Presiden-
te Pinto. En total, con dineros propios, de otros
mercaderes y fondos fiscales, Portales suministró
a Rodríguez Aldea, a Urriola y Prieto la suma de
$100.000 de entonces94. Esto permite suponer que
el Ejército que obligó a renunciar al Presidente
Pinto fue, técnicamente, mercenario. Algo natural,
tratándose de los intereses mercantiles de Santia-
go. Y fue ese mismo ejército el que cayó derrota-
do por el Ejército Constitucional en la batalla de
Ochagavía, donde el general Joaquín Prieto dio

94
Estos datos pueden hallarse en la “Carta de José Antonio
Rodríguez Aldea al Capitán Jeneral don Bernardo O’Higgins,
a principios de 1831”, publicada por B. Vicuña: Don Diego
Portales…, op. cit., Apéndice, Documento N° 1, pp. 297-313.
También en “Carta a Antonio Garfias”, fechada en Valparaíso
el 28/10/1831 y otra fechada el 23/11/1831, C. Fariñas (Ed.),
vol. I, p. 115 y 125.

110
inicio a una impresionante serie de “felonías”
que, a la larga, le permitieron triunfar en la san-
grienta batalla de Lircay95. Durante este proceso,
la figura y rol de Diego Portales se fueron impo-
niendo hasta eliminar la influencia del que inició la
conspiración: Rodríguez Aldea, y con él, también
la posibilidad del retorno golpista de Bernardo
O’Higgins. La dupla Rodríguez-O’Higgins (con
eje en Concepción) fue, pues, desplazada por la
dupla Portales-Prieto (con eje en Santiago).
Tras Lircay, la correlación de fuerzas, des-
balanceada ahora por el peso de lo militar –o sea,
del “garrote”– tornó superfluo todo lo constitucio-
nalmente político, que pasó a ser entonces simple
mascarada. Y fue una mascarada la renuncia de
Pinto, la elección de un nuevo Presidente ‘libe-
ral’, la revuelta del patriciado santiaguino (que
sentó a Freire en calidad de saco en la silla presi-
dencial y llamó a votar sólo a los que recibían sus
“esquelas”), la marcha del Ejército del Sur junto
a sus montoneras de bandidos sobre Santiago,
etc... Viendo eso, Portales no tuvo escrúpulo para
ir donde el Presidente que los vencedores recién
habían electo: Francisco Ruiz Tagle (primo herma-
no de Portales), y exigirle, sin más ni más, que se
fuera, porque no se atrevía a dar de baja ni a los
oficiales del Ejército Constitucional ni a los minis-
tros de la Corte Suprema:

95
G. Salazar: Construcción de Estado…, op. cit., pp. 340 et seq.

111
“Portales, que, aunque simple particular, era el
jefe i alma del partido pelucón, se presentó en-
tonces a don Francisco Ruiz Tagle, a quien sin
esplicaciones ni rodeos inútiles intimó la necesi-
dad de retirarse de la presidencia”96.
Habiendo así violado a la “señora Consti-
tución”, Portales se movió para que se ‘designa-
ra’ Presidente a José Tomás Vicuña, un pelucón
aquiescente que no puso obstáculo alguno a Por-
tales, quien fue nombrado triministro (del Inte-
rior, del Exterior y de Guerra). Instalado ya como
Ministro de Guerra, el garrote alcanzó su grado
máximo de ‘militarización’. Ahora se podía garro-
tear impunemente a los “malos”.
a) Se dio de baja al general Ramón Freire (“por su
ambición desmesurada… ha sacrificado multitud
de víctimas que hoy claman por una justa vengan-
za… llevó la guerra civil hasta los estremos de la
República”) y luego a toda la oficialidad del Ejérci-
to Constitucional (liberal), sin pensión alguna. Se
violó también la palabra del Gobierno cuando se
desconoció el “tratado de Cuz Cuz” firmado por
el General Aldunate con el coronel Viel y otros ofi-
ciales que estaban aun en campaña.
b) El Congreso de Plenipotenciarios (que fue ele-
gido sólo por los ciudadanos que recibían una
“esquela de invitación”), en sesión secreta del 7 de

96
Federico Errázuriz: Chile bajo el imperio de la Constitución de
1828 (Santiago, 1861. Imprenta Chilena), pp. 194-197

112
mayo de 1830, acordó una ley secreta que autoriza-
ba al Gobierno a desterrar ejecutivamente a todos
los opositores que estimara conveniente. Esta ley
secreta fue perfeccionada por otra, también secre-
ta, fechada el 18 de febrero de 1831, que autoriza-
ba al Gobierno a realizar “cuanto juzgue convenien-
te a fin de librar al país de los riesgos a que le han
espuesto esos desorganizadores”97. Eso convertía
el garrote de Portales en Ley de la República…
c) Los intendentes, gobernadores y subdelegados,
que dependían directamente del triministro, im-
plementaron en terreno, provincia por provincia
y departamento por departamento, las medidas
represivas autorizadas por las leyes secretas. Has-
ta Barros Arana, hagiógrafo de Portales, reconoció
que eso llevó a perpetrar “violencias y atropellos
que el gobierno no habría querido quizá autorizar,
pero que estaba en la necesidad de tolerar para
asegurarse la fidelidad de esos funcionarios”98. En
ese contexto, se realizaron varias decenas de fusi-
lamientos en Juan Fernández, Copiapó y Curicó,
provocando histeria colectiva, sobre todo en la úl-
tima ciudad. El “miedo a la muerte” se transfor-
mó en terror de la sociedad al Estado…99

97
“Oficio del Congreso al Vicepresidente Portales”, en SCL,
op. cit., tomo 19, Anexo N° 53, p. 26.
98
D. Barros: Historia Jeneral…, op. cit., tomo XV, p. 611.
99
G. Salazar: Construcción de Estado…, op. cit., pp. 383 et seq.

113
d) Por medio de esos poderes fueron cerrados los
establecimientos considerados como descentra-
lizadores o pro-liberales: la Casa de Moneda de
La Serena, el Liceo de Chile fundado por J. J. de
Mora, la Sociedad Médica de Chile, y numerosos
periódicos locales.
e) Se crearon nuevos regimientos de cívicos, co-
mandados por oficiales de origen patricio. En San-
tiago se creó el Batallón de Guardias Cívicas N° 4,
y en Valparaíso otro similar, ambos bajo el mando
de Diego Portales, quien, además, fue encargado
de organizar “las compañías de artillería y escua-
drón de caballería”. Se creó un cuerpo de policía
para “impedir… toda reunión de personas en que
se usen gritos sediciosos”. Los vigilantes podían
aprehender a todo sospechoso y “ponerlos en un
depósito del que después se hablará”, junto a pre-
sos comunes. Muchos de ellos fueron enviados al
“depósito” de las islas Juan Fernández. Se orga-
nizó también una cárcel rodante compuesta de 20
jaulas de hierro con ruedas, para presos comunes
(“proveerá mejor su reforma moral infundiéndo-
les hábitos de laboriosidad y disciplina”).
f) Centenares de empleados públicos fueron exo-
nerados de sus cargos y relegados a localidades le-
janas, sin empleo ni sueldo. Allí quedaban sujetos
a controles periódicos y espionaje por parte de los
inspectores y subdelegados del Gobierno. Nuevas
leyes secretas, redactadas esta vez por el “pobre
diablo” Mariano Egaña (ahora solícito) y llamadas

114
por eso “leyes marianas”, autorizó a los subdele-
gados fusilar en el acto, sin juicio, a los relegados
que intentaran moverse de su relegación100. “Una
mano fuerte i vigorosa –se justificó– que con in-
flexible severidad escarmiente a los malhechores,
es lo que único que nos puede salvar”.
g) Debido a las repetidos complots de militares y
civiles, el Estado policial debió exacerbar la repre-
sión, lo que le llevó a promover el fusilamiento de
todos los oficiales del Ejército (entre ellos el Ge-
neral Freire, Ramón Picarte, Joaquín Arteaga, José
Ignacio Zenteno y otros) que se involucraron en
esos complots. En ese punto, varios pelucones, de
alma patricia, comenzaron a vacilar (los “filopoli-
tas”, entre otros). Y sobre todo, los abogados de la
Corte Marcial. Cuando los jueces Tocornal, Eche-
vers, Mardones y Fuenzalida anularon la orden
del Gobierno de fusilar a Freire cambiándola por
destierro, Portales montó en cólera y juró que acu-
saría a esos jueces “al Congreso o ante Dios”101.
Así, por todo lo anterior, la “mano fuerte i
vigorosa”, llevada hasta las últimas consecuencias,
polarizó la sociedad a un grado hasta allí desco-
nocido. Los complots militares contra la dictadura
arreciaron, y el último de ellos, llamado “el motín

100
En Boletín de Leyes y Decretos…, op. cit., tomo II, Libro VII,
N° 40, p. 439.
101
B. Vicuña: Don Diego Portales…, op. cit., tomo II, pp. 131-
134.

115
de Quillota”, terminó, como se sabe, con el fusi-
lamiento y abayonetamiento del poderoso Triministro,
después que éste capitulara ante la presión de sus
captores. La batalla del Barón puso fin a la rebelión
militar, pero también a la vida del “tirano”.
Portales llevó su ‘militarización’ al extremo
de forzar la guerra contra la Confederación Perú-
Boliviana... ¿Era ésa una guerra necesaria? ¿Tenía
Santa Cruz la intención real de invadir y dominar
Chile? ¿Y no tenía sentido crear una confederación
‘bolivariana’ que restableciera el Imperio Inca, el
Virreinato del Perú o el centenario mercado inter-
colonial, en lugar de crear un conflicto regional que
se arrastraría por siglos? Dominado acaso por su
fracaso limeño, su odio a los peruanos y por la
también centenaria dependencia de los hacendados
y mercaderes chilenos frente a los navieros pe-
ruanos, Portales justificó la guerra señalando que,
si se hacía “desaparecer la Confederación para
siempre jamás”, se lograría “la segunda indepen-
dencia de Chile”102. Este planteamiento tenía una
evidente raíz mercantil, lógica que no compartían
los militares, que habían ido antes a Perú a com-
batir fraternalmente por su liberación… Por eso, los
oficiales de los regimientos Maipo y Chacabuco,
que apresaron y fusilaron a Portales, firmaron una
declaración que, entre otras cosas, dice:

102
“Carta a Manuel Blanco Encalada”, Santiago, 10/09/1836,
en C. Fariñas (Ed.), op. cit., tomo II, pp. 642-644.

116
“…Reunidos espontáneamente los jefes i ofi-
ciales infrascritos, con el objeto de… salvar
la patria de la ruina i precipicio a que se halla
espuesta por el despotismo absoluto de un solo
hombre, que ha sacrificado… a su capricho la
libertad i tranquilidad de nuestro amado país,
sobreponiéndose a la Constitución i a las leyes…
persiguiendo a los hombres más beneméritos que
se han sacrificado por la independencia política.
Considerando al mismo tiempo que el proyecto
de espedicionar sobre Perú i… la guerra abierta
contra esa república, es una obra formada mas
bien por la intriga i tiranía que por el deseo de
reparar agravios a Chile… hemos resuelto uná-
nimemente: 1) suspender por ahora la campaña
dirijida al Perú… 2) destinar esta fuerza… para
que sirva del más firme apoyo a los libres, a la
nación legalmente pronunciada… con el ejerci-
cio libre de su soberanía… apoyo i protección a
las instituciones liberales”103.
Portales llevó la militarización de su garro-
te hasta una guerra externa fratricida, sembrando
un conflicto inter-nacional endémico, tan longevo
como el que sembró dentro de Chile. Por eso, me-
nos que crear el Estado “en forma” de Chile, creó
conflictos externos e internos que han impedido
el desarrollo fraterno y definitivo de la nación y,
aun, de la región. Con todo, si bien los militares

103
En B. Vicuña: Don Diego Portales…, op. cit., tomo II, Apén-
dice, pp. 283-285.

117
intentaron volver a la “nación legalmente pronun-
ciada” fusilando al tirano principal, no lograron
hacer justicia sobre su brazo sanguinario: el (“fe-
lón”) General Joaquín Prieto. De él Ramón Freire
escribió:
“La nación, convertida hoy en víctima i juguete
de una facción hipócrita i fratricida… Los móvi-
les secretos que se pusieron en obra para revestir
a este jefe oscuro de un mando tan importante,
pertenecen a la tenebrosa historia secreta de las
facciones… El jeneral Prieto… se unió con la
facción anti-nacional que lo había convertido en
ciego instrumento de sus cálculos mercantiles…
Aun era desconocido en Chile ese encarniza-
miento insaciable, esa sed de sangre de herma-
nos… El Jeneral Prieto infringiendo la fe en los
tratados… Abdicando de todo respeto al honor, a
todo carácter militar… se declaró enemigo de la
patria. ¡Ojalá pudiera echar un velo… sobre las
horrorosas crueldades que siguieron a la batalla
de Lircay!... Tupper… tu asesinato espantoso
será vengado… Chile no recobrará jamás su es-
plendor sino restituyendo su pureza i su integri-
dad al orden legal, atropellado i destruido por la
más audaz de las facciones… ínterin no se oiga
la voz de los pueblos…”104

En F. Errázuriz: op. cit., Apéndice, Documento N° 19, pp.


104

322-337. Fechada en Lima, 1/07/1830.

118
Tanto los oficiales de los regimientos Mai-
po y Chacabuco, como el General Ramón Freire
Serrano, supieron, en su momento, realizar un jui-
cio ciudadano legítimo, justo y contemporáneo, a
Diego Portales Palazuelos y a Joaquín Prieto Vial.
Con todo, fue un juicio que necesitó y necesita ser
validado históricamente, sobre todo, haciendo pe-
sar para siempre, soberanamente, la “voz de los
pueblos”…

La Reina, mayo de 2010.

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Índice

I. La seriedad de la muerte 7

II. La telaraña consanguínea 12

III. El comerciante y monopolista (fracasado) 22

IV. Dictador y demoledor 83