Вы находитесь на странице: 1из 28

Jacques Derrida

05/027/161 - 28 cop.
(Teoría y Análisis Literario)

[Barcelona, Juan Granica, 1984. Traducción de A. Azurmendi.]


La filosofía
como institución
Prólogo de
V íctor G ó m ez P in

E S /

1/281
Kafka:
Ante la Ley

2/28
Ainsi faict ¡a Science {et nostre
droict mesme a, dicí-on, de fictions lé-
-gitimes sur iesquelles ¡1 í'onde la venté
de sa justice).
Montaigne (L/ixavo.s II, XIi)

A. veces, un título parece la referencia de otro título.


Pero desde el momento en que nombra otra cosa, ya no ci­
tará simplemente, sino que convertirá al otro título en un
homónimo del primero. Todo esto conllevará siempre algún
prejuicio o usurpación.
Teniendo en cuenta estas posibilidades leeré, y leer viene
a ser aquí citar, el relato de Kafka titulado Vor dem Gexetz ,
Ante la Lew

ANTE LA LEY

Ante la Ley se yergue un guardián de la puerta.


Vino un día un campesino rogando que le dejara
entrar. Pero el guardián 1c contesta: «Por el mu-

3/28
96 ! L a f ilo s o f a l c o m a in s titu c ió n A n te Ui L e v / 97

ponde el guardián— pero ahora no.» Como de cos­ Finalmente su vista se fue debilitando, y acabó por
tumbre, la puerta que da acceso a la Ley está siem­ no saber si la noche le rodeaba o si sus ojos falla­
pre abierta y, habiéndose retirado el guardián a un ban. Mas en aquella oscuridad podía distinguir un
lado, el hombre se inclina para mirar hacia dentro. resplandor que brotaba, inextinguible, de las puer­
Al verlo, el guardián de la puerta ríe y le dice: «Si tas de la Ley. Sis vida se acercaba al ocaso. Antes
tan deseoso estás, intenta entrar a pesar de mi de morir, todo lo que había vivido durante el tiempo
prohibición. Pero ten en cuenta que soy poderoso, de su permanencia allí se resumió en una pregunta
aun siendo el guardián de menor categoría. En la que nunca había formulado. Y no pudiendo erguir
puerta de cada sala hay un guardián. Y conforme su envarado cuerpo, hizo señas al guardián para
avanzas, los que vas encontrando son más podero­ que se le acercase. Éste tuvo que agacharse mucho
sos que los que dejaste atrás. A partir de la tercera para oírle, pues entre ellos aumentó la diferencia de
sala, ni yo mismo puedo soportar su mirada». E] estatura en detrimento del hombre. «¿Qué quieres
campesino no pensaba encontrar tantas dificulta­ saber ahora? —preguntó el guardián—. Nunca estás
des; creía que la Ley debería ser accesible a todo ei satisfecho». «Si todo el mundo procura entrar en la
mundo y en todo momento, pero cuando miró con Ley, manifiesta el hombre, ¿cómo explicas enton­
más detenimiento al guardián enfundado en su ces que en todos estos años sólo yo he venido a
abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda y su pedirte que me permitas entrar?». El guardián,
barba, larga y fina, al uso de los tártaros, resolvió dándose cuenta de que el hombre estaba próximo a
que lo mejor sería esperar hasta que tuviera per­ su fin y de que casi no oía, le gritó al oído: «Nadie
miso de entrar. Entonces el guardián le dio un tabu­ más que tú podría conseguir entrar por esta puerta,
rete y le hizo sentarse a un lado de la puerta. Es­ pues esta puerta está designada para ti. Ahora me
tuvo allí sentado durante muchos años. Fueron mu­ dispongo a irme y cierro.»
chos los intentos que hizo para que se le permitiera
entrar, e incomodaba con su machaconería al guar­
dián. A menudo el guardián entablaba una breve Permítanme resaltar ahora algunas trivialidades axiomá­
conversación con él. Le preguntaba por su hogar y ticas. Respecto a cada una de ellas, puedo esperarlo, habrá
acerca de otros asuntos, pero, al modo de los gran­ de entrada fácil acuerdo, incluso si mi intención sigue siendo
des personajes, el tono que empleaba era de indife­ la de hacer tambalear las condiciones de tal consenso. Para
rencia, y terminaba siempre diciendo que todavía obtener este acuerdo entre nosotros, apelaré, imprudente­
no se le permitía entrar. El campesino, que se había
provisto de todo lo necesario para su viaje, ofrecía mente quizás, a ia comunidad de individuos que participan
al guardián todo lo que llevaba —que era valioso— en conjunto de la misma cultura y que se inscriben, en un
con la esperanza de sobornarlo. Este le aceptaba contexto dado, en el mismo sistema de convenciones.»
todo, peto no obstante, cada vez que recibía un re­ ¿Cuáles? Intentaré precisarlo.
galo, le decía; « Lo acepto sólo para que no te in­ Primera creencia axiomática en apariencia: en el texto
quietes pensando que has omitido algún esfuerzo». que acabo de leer réconocemos una identidad propia, una
Durante todos esos años, el hombre estudió cuida­ singularidad y una unidad. En definitiva, las condiciones de
dosamente al guardián, (...) terminó por conocer in­ esta identidad propia, de esta singularidad y de esta unidad,
cluso a las pulgas que habitaban en su cuello de las consideramos identificares, por enigmáticas que sean.
piel, y suplicaba a éstas que le ayudasen a persuadir Hay un principio y un fin del relato cuyo marco o límites nos
al guardián para que cambiase su actitud hacia él.
parecen garantizados por cierto número de criterios estabie-
128
v.. i i.a jtiosüjití nmut institución a me ¡a t.A'y ¡ yv

cidos, es decir, establecidos por leyes y convenciones posi- - todavía actualmente, tales problemas (completo o incom­
tivas. Creemos saber que este texto, que tomamos por único pleto, incompleto de forma real o ficticia, inscripción de los
e idéntico a si mismo, existe en su versión original, for­ autores en el relato, pseudonimia y propiedad literaria,
mando uno —en su original inscripción— con la lengua ale­ etc.).1 Mas, sin querer anular las diferencias y ¡as mutacio­
mana, Según ¡a creencia general, tal versión llamada original nes históricas en este sentido, podemos estar seguros de
constituye la última referencia en cuanto a aquello que po­ que, según modalidades en cada caso distintas, estos pro­
dríamos llamar la personalidad juridica del texto, su identi­ blemas se plantean siempre y respecto a cada obra.
dad, su unicidad, sus derechos, etc. Todo esto está actual­ Tercer axioma: hay un relato, en este texto titulado Ante
mente garantizado por la Ley, por un conjunto de leyes que Ui Lev, y este relato pertenece a aquello que llamamos lite­
tienen todas ellas una historia, a pesar de que el discurso ' ratura. Hay relato o, dicho de otro modo, forma narrativa en
que las justifica pretende a menudo arraigarlas en leyes na­ este texto; la narración arrastra todo a su paso, determina
turales. cada átomo del texto mismo a pesar de que no todo aparece
Segundo elemento axiomático, esencialmente insepara­ inmediatamente bajo ia especie de la narración. Sin plantear
ble del primero: este texto tiene un autora La existencia de aquí la cuestión de saber si esta narrativa es ei género, modo
su signatario no es ficticia, a diferencia de los personajes del o tipo del texto,2 señalaré modestamente y de forma preli­
relato. Y sigue siendo la ley la que, exige y garantiza la dife­ minar que esta narrativa, en este caso preciso, pertenece, a
rencia entre la realidad presupuesta del autor portador del nuestro parecer, a la literatura; para ello me remito al mismo
nombre de Franz Kafka, registrado en el censo bajo la auto­ consensus que hay entre nosotros. Sin explicitar todavía las
ridad del Estado, y por otra parte, ia ficción de los persona­ presuposiciones contextúales de nuestro consensus , retengo
jes en el seno del relato. Esta diferencia implica un sistema que, para nosotros, se trata de un relato literario (la palabra
de leyes y de convenciones sin las cuales ei consensus al «relato» plantea también poblanas de traducción que me re­
que me refería (en un contexto que precisamente no es, servo). ¿Es esto demasiado evidente y trivial para merecer
hasta cierto punto, común), no tendría posibilidad alguna de ser señalado? No lo creo así. Algunos relatos no pertenecen
darse, esté fundado o no. Sin embargo, podemos conocer a la literatura, por ejemplo las crónicas históricas o las rela­
este sistema de leyes. Al menos su historia aparente, los ciones de las que tenemos experiencia cotidiana: de esta
acontecimientos jurídicos que han escondido el devenir bajo forma, Ies puedo decir que he comparecido ante la Ley,
la apariencia del derecho positivo. Esta historia es muy re­ después de haber sido fotografiado conduciendo mi coche,
ciente, y todo aquello que garantiza permanece esencial­ por la noche, con excesiva velocidad. No es pues, en cuanto
mente lábil, tan frágil como lo es un artificio. Como bien narración que Ante Ut Ley se define para nosotros como un
saben, nos han sido legadas obras cuya unidad, identidad y fenómeno literario. Tampoco lo es asimismo en cuanto na-
totalidad siguen siendo problemáticas, porque nada permite
decidir con toda certeza si lo incompleto del corpas es real o L Respecto a estas cuestiones (incom pleto J e forma real o ¡leticia,
ficticio, simulacro deliberadamente calculado de uno o de pluralidad de los autores, «propiedad literaria que al parecer apenas se plan­
varios autores, contemporáneos o no. Hay y ha habido teaba en ia Edad Meda»). aconsejo, entre los trabajos mas recientes y am ­
obras en las cuales el autor, o una multiplicidad de autores, plios, La v,e de la teare au Mayen Age: Le C onte du G raal, de Roger
Dragonetti, Le Seuil, París, 19X0.
han entrado en escena como personajes, sin dejarnos trazas 7. G érard G enette, Genre.v, «t x p e s». M i n i o , Poetique 3- (nov. 1977)
o criterios rigurosos para distinguir entre las dos funciones o retom ado con algunas m odificaciones en ¡n u o d u t thm d l'archilexte (Parts.
tos dos valores. El Conte ttu GranI, por ejemplo, plantea, Le Seuil, 1979).

51
1 0 0 / L a f ilo s o f í a c o m o in s titu c ió n A m e la L e y I 101

rración ficticia, ni incluso alegórica, mítica, simbólica, para­ sino no pensaba encontrar tantas dificultades; creía que la
bólica, etc. Hay ficciones, alegorías, mitos, símbolos o pa­ Ley debería ser accesible a todo el mundo y en todo mo­
rábolas que no son propiamente literarios. ¿Qué es lo que mento...». Y la respuesta, si a esto se le puede llamar res­
decide, entonces, que Ante la Ley pertenece a aquello que puesta, aparece al final del relato, que es asimismo el final
creemos entender bajo el nombre de literatura? ¿Y quién lo del hombre; «El guardián, dándose cuenta de que el hombre
decide? Para agudizar estas dos preguntas (qué y quién),; estaba próximo a su fin y de que casi no oía, le gritó al oído:
quisiera precisar que no privilegio ninguna de las dos y que «Nadie más que tú podría conseguir entrar por esta puerta,
están más bien relacionadas con la literatura que con las pues esta puerta está designada para ti. Ahora me dispongo
Belles-Lettrcs, la poesía o el arte discursivo en general, aun a irme y cierro».
cuando estas distinciones son muy problemáticas. Mi única ambición será, entonces, sin aportar respuesta
La doble pregunta sería, por lo tanto, la siguiente: alguna, agudizar, con el consiguiente riesgo de deformarla,
«¿Quién decide, y bajo qué determinaciones, la pertenencia la doble pregunta (quién decide, y a título de qué, la perte­
de este relato a la literatura?». nencia a la literatura) y, sobre todo hacer comparecer ante la
Para no jugar con la cuestión del tiempo, el cual he de Ley el enunciado de esta doble pregunta, c incluso, como a
tener en cuenta, diré sin rodeos que no aporto ni tengo res­ menudo se dice en Francia, el sujeto de la enunciación. Tal
puesta alguna a tal pregunta. Pensarán qurzás que quiero sujeto pretendería leer y comprender el texto titulado Ante
conducirles a una conclusión puramente aporética o. en todo la Lev, lo leería como un relato y lo clasificaría convencio-
caso, a una problemática pura: se dirá, pues, que la pregunta naímente en el campo de la literatura. Creería saber lo que
estaba mal formulada, que no se puede razonar en términos es la literatura y, rico de tal saber, se preguntaría tan sólo:
de pertenencia a un campo o a una clase cuando se trata de ¿qué me autoriza a considerar este relato como un fenómeno
la literatura, qué no. jmy csencia de lia literatura, no hay do­ literario? .
minio propiamente literario y^íprosamente identificable en Se trataría pues de hacer que esta pregunta, el sujeto de
tanto que tal. y que. finalmente, estando quizás destinado a la pregunta y su sistema de axiomas o de convenciones,
ser inapropiado el nombre de literatura, sin concepto v sin comparecieran «ante la Ley». ¿.Qué significa esto?
referencia asegurada, la «literatura» tendría relación con el No podemos reducir aquí la singularidad del idioma.
drama del nombre, con la Ley del nombre y el nombre de la Comparecer ante la Ley, en las lenguas alemana y francesa,
Ley. No les faltaría, sin lugar a dudas, razón, Mas, la gene­ significa ¡r o ser conducido ante los jueces, los representan­
ralidad de estas leyes y de estas conclusiones problemáticas tes o los guardianes de la Ley, en el curso de un proceso,
no me interesan tanto como la sigularidad de un proceso para testimoniar o ser juzgado. El proceso, el juicio (Urteú),
que, en el curso de un drama único, las hace comparecer es el lugar, el sitio, la situación, necesario para que tenga
ante un corpas irremplazable, ante este texto, ante Ante la lugar tal acontecimiento, «comparecer ante la Ley».
Ley. Hay una singularidad de la relación sin poderlo hacer Aquí. «Ante la Ley», expresión que menciono entre co­
jamás con la esencia general o universal de la Ley. Ahora millas, es el título de ún relato. He aquí la cuarta de nuestras
bien, como habrán notado, este texto, este texto singular, presuposiciones axiomáticas. Debo añadirla a nuestra lista.
nombra o relata a su manera el conflicto sin encuentro de la Creemos saber lo que es un título y, en particular, el título
Ley y de la singularidad, esta paradoja o enigma de! ser-an- de una obra. Está situado en cierto lugar muy determinado y
te-Ia-Ley; y el ainigma es a menudo, en griego, una rela- ordenado por leyes convencionales: al principio y arriba, a
ción^un relato, la palabra oscura de un apólogo: «El campe­ una distancia reglamentada del cuerpo mismo del texto, en
Í02 í L u filo s o fía nm u> ¡ii.siitacit'w

todo caso, antes de éste. El título está escogido general­ el autor o por su representante. El título, diríamos, forma
mente por el autor o por los representantes editoriales a los parte de la literatura, incluso si su pertenencia no tiene la
que pertenece. Nombra y garantiza !a identidad, la unidad y estructura ni el estatuto de aquello a lo que da titulo y a lo
los limites de la obra original que el autor titula. Lógica­ cual es esencialmente heterogéneo. La pertenencia del título
mente, los poderes y el valor de un título tienen una relación a la literatura no le impide tener una autoridad lega!. Por
esencial con algo como la Ley, se trate tanto de un título en ejemplo, el título de un libro permite la clasificación en bi­
general como dd título de una obra, literaria o no. Se anun­ bliotecas, la atribución de los derechos de autor y de pro­
cia ya una especie de intriga en un título que nombra a la piedad, etc. Sin embargo, esta función no actúa como el ti­
Ley (Ante la Ley ), como si la ley se diese título a sí misma o tulo de una obra no-literaria, de un tratado de física o de
como si la palabra «título» se introdujese insidiosamente en derecho, pos' ejemplo.
el título. Permitamos que continúe la intriga. Determinado programa condiciona esta lectura. Se inició
Insistamos ahora en la topología. Otro aspecto intrigante: en un Seminario de «l'Ecole Nórmale Supérieure» en el cual
el sentido del título muestra una indicación lopológica, ante tuve ya, el año pasado, que hostigar el relato de Kafka. En
la Ley. Y el mismo enunciado, el mismo nombre, pues el verdad, fue él quien hostigó el discurso que proponía sobre
título es un nombre, el mismo grupo de palabras no tendría, la Ley moral y el respeto de la Ley en ia doctrina kantiana
en cualquier caso, valor de título si apareciese en otro lugar, de la razón práctica, sobre los pensamientos de Heidegger y
en lugares no prescritos por la convención. No tendría valor de Freud en relación a la ley moral y al respeto (en el sen­
de título si apareciesen en otro contexto o en otro lugar del tido kantiano). No puedo aquí reconstruir los modos y los
mismo contexto. Por ejemplo, aquí, la expresión «tw dem trayectos de esta hostigación. Para designar los títulos y los
Gesetz» es presentada por primera vez o, si así lo prefieren, topo! principales, digamos que se traía primeramente del
por segunda vez, como el principio del relato. Es la primera extraño estatuto del ejemplo, del símbolo y del tipo en la
frase: «Vor dem Gesetz steht ein Tiirhüter», «Ante la Ley se doctrina kantiana. Como bien saben, Kant habla de una tí­
yergue un guardián de la puerta». Aunque en apariencia tie­ pica y no de un esquematismo de la razón práctica; de una
nen un mismo sentido, son más bien homónimas y no sinó­ presentación simbcdica del bien moral (lo bello como sím­
nimas, pues las dos manifestaciones de la misma expresión bolo de la moral, en el párrafo 59 de la Critica de la ¡-'acui­
no nombran la misma cosa; no tienen ni la misma referencia tad del Juicio ); finalmente, de un respeto que, si no se re­
ni el mismo valor. A un lado y a otro del trazo invisible que fiere nunca a las cosas, sin embargo, no se relaciona con las
separa el título del texto, el primero nombra el conjunto del personas sino en cuanto éstas dan el ejemplo de la Ley mo­
texto del cual es, en suma, el nombre propio y el título, y el ral: el respeto es debido tan sólo a la Ley moral, su única
segundo designa una situación, el lugar del personaje locali­ causa, que como tai jamás se halla presente. Se trataba tam­
zado en la geografía interior del relato. El primero, el título, bién del «como si» (ais ob) en la segunda formulación del
se encuentra ante el texto y permanece exterior, sí no a la imperativo categórico: «Actúa como si ¡a máxima de tu ac­
ficción, por lo menos al contenido de la narración ficticia. El ción tuviese que ser por tu voluntad ley universal de la natu­
segundo se encuentra también encabezando el texto, ante él, raleza». Este «como si» permite relacionar la razón práctica
mas también en ¿d\ es un primer elemento del contenido fic­ con una teología histórica y con la posibilidad de un pro­
ticio de Ea narración. Y sin embargo, a pesar de ser exterior greso ai infinito. Había intentado mostrar cómo introducía
a la narración ficticia, a la historia que el relato cuenta, el virtualmente narración y ficción dentro del pensamiento
título (Ante la Ley) permanece como una ficción firmada por mismo de la Ley, en el instante en que ésta comienza a ha-
A nte la /-<•*>' i 105
104 ! ¡ai j'iln.Mtfu¡ c<f»h> itmidu i<>n
dad pura no tiene historia intrínseca. Y cuando se relatan
blar y a interpelar al sujeto mora!. Aun cuando la instancia historias respecto a ella, éstas no pueden concernir smo
de la Ley parece excluir toda historicidad y toda narración
las circunstancias, a los acontecimientos
empírica, en el momento mismo en que su racionalidad pa­
rece exterior a toda ficción y a toda imaginación, aunque en todo caso, a hts lonmts ^
fuese trascendental,3 tal instancia puede aún ofrecer a priori £ S r : acercarse a‘ la Ley, a hacerla presente, a entrar en
hospitalidad a estos parásitos. Otros dos aspectos me habían
relación con ella, eventualmente penetrarla, serte intnnse-
llamado la atención, dentro del conjunto de los que apuntan
cus El relato de estas maniobras no sena sino el relato de
hacia el relato de Kal"ka: la cuestión de la elevación y de lo aquello que escapa al relato y permanece Imalmente para
sublime, que desempeñan aquí un papel esencial, y íinal- • f inaccesible Mas lo inaccesible provoca entonces su
mente, el de la guardia y del guardián.4 Aunque no pueda
supresi^nCNo se puede tratar a la Ley, a la Ley de las leyes
extenderme, comentaré a grandes rasgos el contexto en el de cerca o de lejos, sin preguntase) cual es propiamente su
cual leí Ante la Ley. Se trata de un espacio en el que es L a r y de dónde viene. Digo «la Ley de las leyes, porque
difícil decir si el relato de Kafka plantea una potente elipse
en el relato de Kafka, no se sabe de que especie de ley se
filosófica, o si la razón pura práctica guarda en sí misma^
trata la de la moral, la del derecho o la de la política, etc.
algo de la fantasía o de la Ficción narrativa. Y ¿no seria que I
Aquello que permanece invisible y oculto en cada ley pode­
la Ley. sin estar ella misma impregnada de literatura, com- i
mos suponer que es la ley misma, aquello que hace que las
partiese sus condiciones de posibilidad con el objeto litera- ;
Z l s sean leyes, el ser-ley de estas leyes. La pregunta y la
rio? Tal podría ser una de las preguntas. búsqueda son ineluctables, es decir, el itinerario hacia el lu-
Para ofrecer aquí, hoy, su formulación más económica,
gar^ el origen de la Ley. Ésta se ofrece rehusándose, sin
hablaré de un comparecer del relato y de la Ley, éstos com­ decir su procedencia ni su sitio. Este silencio y esta discon­
parecen, aparecen juntos y se sienten convocados ante el
tinuidad constituyen el fenómeno de la Ley. Relacionarse
otro: el relato, a saber, cierto tipo de relación es remitido a c r f a t e v con aquello que dice «debes» y «no debes», es a
la Ley que expone, comparece ante ella, la cual a su vez
la vez hacer como si la Lev no tuviese historia o en cual­
comparece ante él. Y sin embargo, como veremos, nada se
quier caso como si no dependiese de su presentación histo­
presenta realmente en este comparecer; y que su lectura sea
r i a y al mismo tiempo dejarse fascinar, provocar, ¡nterpe-
posible no significa que tendremos de ello prueba o expe­
¡ar‘por ia historia de esta no-historia, Es dejarse tentar por
riencia.
Aparentemente, la Ley no tendría jamás que dar lugar, lo imposible: una teoría de! origen de la Ley y por lo tanto,
en cuanto tal, a relato alguno. Para ser investida de su auto­ de su no-origen, por ejemplo de la Ley mora!.
Freud (Kafka era, como saben, un gran lector de Freu )
ridad categórica, la Ley no debe tener historia, génesis ni
inventó ei concepto, si no ia palabra, de «represión» para
derivación posibles. Tal sería la Ley de ¡a Ley. La moralí-

3. En esle m om ento, el sem inario se había preguntado por Ja interpreta­ tr s r ¡a r e « a s a w * »


ción heideggeriana del «respeto* en su relación a la imaginación íniscem
dental (Kunf y ef problema de íit metafísica).
4. Entre otros ejemplos: al final de la Critica de !n Razón Práctica, la teoría de! Super-Yo. Aparece ya en las cartas de Fliess, e
filosofía es representada com o la guardiana iAHfhcwahrcrir) de la ciencia las que Freud habla de presentimientos y de premoniciones,
m ajal pura: es asimism o la «puerta estrecha-' {enye Pfnrte) que conduce a la con una especie de fervor inquieto, como si estuviese a
doctrina de la sabiduría.
fi/iv , j ti fi!ti. \<) ju ; r<>ití<> w t ó í i l t u io n

punto de alcanzar alguna revelación: «Otro presentimiento constituye el origen de la moral: «Por decirlo duramente, la
me dice, como ya lo .sabia (el subrayado es mío), a pesar de memoria apesta asi como apesta un objeto material. Asi
que de hecho no sé nada, que voy a descubrir pronto la como desviamos con repugnancia nuestro órgano sensorial
fuente de la moralidad» (Carta 64, 31 de mayo de 1897). (cabeza y nariz) ante los objetos hedientes, el preconsciente
Continúa la carta con algunos sueños y, cuatro meses más y nuestra conciencia se desvían de la memoria. Esto es lo
tarde, declara en otra «la convicción de que no existe en el que llamamos represión. ¿Qué ocurre con la represión nor­
inconsciente "indicio alguno de realidad" de tal forma que mal? Una transformación de la angustia liberada como re­
es imposible distinguir la una de la otra, la verdad y la fic­ chazo psíquicamente «unido», es decir, que aporta el iun-
ción investida por el afecto» (Carta 69, 21 de septiembre de damento afectivo de una multitud de procesos intelectuales,
1897). Algunas semanas más tarde, otra carta: «... Después tales como m o ra lid a d , pudor, etc. Todo el conjunto de estas
de los horribles dolores del embarazo de estas últimas se­ reacciones se efectúa a expensas de la sexualidad (virtual)
manas, he parido un nuevo cuerpo de conocimiento. Algo en vía de extinción».
realmente nuevo, por así decirlo: se había presentado a sí A pesar de la pobreza inicial de esta noción de represión,
mismo y retirado de nuevo. Mas esta vez, se quedó y vio la vemos que el único ejemplo de «proceso intelectual» que da
luz del día. Es bastante curioso que tuviese el presenti­ Freud es el de la Ley moral o el pudor. El esquema de la
miento de estos acontecimientos hace tiempo. Por ejemplo, elevación, el movimiento hacia lo alto, todo aquello que in­
te escribí durante el verano que iba a encontrar la fuente de dica la preposición sobre (líber) es tan determinante como el
la represión sexual normal (moralidad, pudor, etc.) y du­ esquema de la purificación, de Sa desviación de lo impuro,
rante bastante tiempo no ¡o conseguí. Antes de las vacacio­ de las zonas del cuerpo que huelen mal y que no hay que
nes te comenté que mi paciente más importante era yo tocar. La desviación se hace hacia lo alto. Lo alto (por lo
mismo; y más tarde, repentinamente, después de las vaca­ tanto, lo grande) y lo puro es lo que producirían la represión
ciones, mi auto-análisis —del cual no tenía entonces ningún como origen de la moral, ello es lo que en términos absolu­
signo— comenzó de nuevo. Hace ya algunas semanas tuve tos vale más. Esto se precisa en Esbozo de una psicología
el deseo de que la represión fuese remplazada por la cosa científica , y más tarde en otras referencias al Imperativo
esencial que se encuentra detrás (el subrayado es mío), y categórico y ai cielo estrellado por encima de nuestras cabe­
esto es de lo que me ocupo actualmente». Freud se intro­ zas, etc.
duce entonces en consideraciones sobre el concepto de re­ Desde el comienzo, al igual que otros. Freud quería es­
presión, sobre la hipótesis de su origen ligado a la posición cribir una historia de la Ley. Estaba sobre la pista de la Ley,
vertical, dicho de otro modo, a cierta elevación .5 El paso a y cuenta a Fliess su propia historia (su autoanálisis, según
la posición erguida eleva al hombre, el cual distancia enton­ dice), la historia de la pista que sigue tras la ley. Oilaieaba el
ces el olfato de las zonas sexuales, anales o genitales. Este origen de la Ley, y para esto, tuvo que olfatear el ollaío.
distunciarnienío ennoblece la altura y deja huellas al poster­ Reunía en suma un gran relato, asimismo un autoanálisis
gar la acción. Demora, diferencia, elevación enrtobleeedora, interminable, para relatar, para dar cuenta del origen de la
desviación del olfato lejos del hedor sexual, represión, esto5 Ley, dicho de otro modo, del origen de aquello que, escin­
diéndose de su origen, interrumpe el relato genealógico.
La Ley es intolerante respecto a su propia historia, inter­
5. H abría que relacionar c.sle argum ento con aquello q u e, más tarde»
Freud dirá de Kant, del Im perativo categórico, de la ley moral en nuestro
viene como un orden absoluto y desligado de toda psoce-
corazón y del cíeíu estrellado por encim a de nuestras cabezas. dencia. Aparece como aquello que no aparece como tal a lo
A n te ¡o L e y / 109
108 l L a Jllo .so jia vouu) iu s littu itíft

largo de una historia. En cualquier caso, no permite ser ser accesible a todo el mundo y en todo momento, pero
constituirla por historia alguna que pudiese dar lugar a un cuando miró con más detenimiento al guardián enfundado en
relato. Si hubiese historia, ésta no seria ni presentable ni su abrigo de píeles (m seinem Pelzmatuel: el ornamento pi­
reí atable. loso artificial, el de la ciudad y el de la Ley, que va a aña­
Freml lo había sentido, tuvo olíate para ello, lo había dirse a la pilosidad natural), su gran nariz puntiaguda (seine
incluso, como él dice, «presentido-', Y se lo relata a Fliess, ¡•rosne Spitnase, expresión omitida en la traducción fran­
con el cual tuvo una inenarrable historia de olfato, hasta el cesa) y su barba larga, fina y negra {den langen, tlünnen,
finid de su amistad marcada por el envío de una última pos­ sclnvtir-efi luíanse!¡e fíar!) al uso de los tártaros, resolvió
tal de dos líneas.6 Si hubiésemos continuado en esta direc­ que lo mejor seria esperar [literalmente: resolvió preferir es­
ción, tendríamos que hablar asimismo de la forma de la na­ perar, enlschliessi er sich. dnch lieber zn ivurten bis er die
riz, prominente y puntiaguda. Se habló mucho de ese asunto Erlauhnis zum Eintriri hakommi], hasta que tuviera permiso
en los salones de psicoanálisis, mas quizás no se dio sufi­ de entrar.»
ciente importancia a la presencia de pelos que no siempre se La escansión de la secuencia es muy ciara. A pesar de
esconden púdicamente en el interior de la nariz, hasta el tener la apariencia de una simple yuxtaposición narrativa y
punto de que en ocasiones es necesario cortarlos. cronológica, ia continuidad misma y la selección de las no­
Si ahora, sin tener en cuenta velación alguna entre Freud taciones inducen a una inferencia lógica. La estructura gra­
y Kafka, se sitúan ustedes ante «Aate ¡a /.cr-, v ante el matical de la frase nos hace reflexionar: mas, en cuanto (ais,
guardián de la puerta, el Türhiin>r: y si acampan ante él, así como, en el momento en que) el campesino observa al guar­
como el campesino, y lo observan, ¿qué es lo que ven? dián, su gran nariz puntiaguda y la abundancia de pelo ne­
¿Qué detalle, si puede ser llamado así, les fascina, hasta el gro, decide esperar. Ante el espectáculo de aigo que es pun­
punto de aislarlo y seleccionarlo?: la abundancia del orna­ tiagudo y piloso, ante la abundancia de un bosque negro al­
mento piloso, sea natural o artificial, alrededor de las formas rededor de una cabeza, de una punta o de una extremidad
puntiagudas, sobre todo en la extremidad misal. Oscuro lu­ nasal, pero una consecuencia extraña y al mismo tiempo
gar, y la nariz viene u simbolizar esa zona genital que siem­ sencilla (diriamos inuuiniy. unhcimUch), el hombre se de­
pre es representada por los colores oscuros, aun cuando no cide. ¿Decide renunciar a entrar, tras parecer decidido a
sea siempre oscura. Por su situación, el campesino no co­ ello? En absoluto. Decide no decidir todavía, decide no de­
noce la Ley, que siempre es Ley de la ciudad. Ley de las cidirse, se decido a no decidir, aplaza, retrasa, esperando.
ciudades y de los edificios, de las edificaciones protegidas, Mas. ¿esperando qué',’ ¿Hl «permiso para entrar-, como así
de las rejas y de los límites, de los especios cerrados por lo dice? Pero, como ya habrán observado, este permiso
puertas. Por lo tanto, se sorprende ante el guardián de la nunca le ha sido denegado,
Ley, hombre de ciudad y le observa: «El campesino no pen­ Esperemos nosotros también. No crean que insisto en
saba encontrar tantas dificultades; creía que la Ley debería este relato para despistarles o hacer esperar, en la antecá­
mara de la lUeranm! o de la ficción, un tratamiento propia­
6. Fliess había publicado en 18117 una obra útuinda geluvionrs («f/rr Iti mente filosófico sobre la cuestión de la Ley. sobre el respeto
nolis v los sexuales jfitu-iuitos. O ioirinulsririgoingti, se ¡derraba ante la Ley o sobre el imperativo categórico. Aquello que
com o sabem os, a sus especulaciones sobre \u «ar¡?. y la bisexualidm l, sobre
la analogía entre las m ucosas nasales y las m ucosas genitales, tan to en el
nos detiene ante ia Ley. como al campesino, ¿no es asi­
hombre como en lít mujer, sobre la hinchazón de las m ucosas nasales y el mismo aquello que nos paraliza y nos retiene ante un relato,
ritmo ife la m enstruación. vi! posibilidad y su imposibilidad, su legibilidad y su ilegibi-
Iidüil, su necesidad y su prohibición, y asimismo las de la propiamente intangible, porque legible, y al mismo tiempo
relación, la re pe lición de la historia? ilegible. La ilegibilidad no -se opone ya a la legibilidad. Y
Esto parece, de entrada, reposar en el carácter esencial­ quizás el hombre es el campesino en cuanto no sabe leer ^
mente inaccesible de la Ley,, en e! hecho que un «¡ntrodu- que, sabiendo leer, tiene todavía relación con la ilegibilidad
ciise» se halle excluido. Bn cierta forma, Lor dem (Je s e tz es en aquello mismo que parece ofrecerse para ser leído.
el ¡elato de esta inaccesibilidad, de esta inaccesibilidad al Quiere ver o tocar ¡a Ley, quiere acercarse a ella, «entrar»
iciato, la historia de esta historia imposible, el mapa de este en ella porque precisamente la Ley no es para ver o para
hayedo prohihido: no hay itinerario, no hav método, no hay- tocar sino para descifrar. Quizás éste es el primer signo de
camino para acceder a la Ley, a aquello que en ella tendrá su inaccesibilidad o del retraso que impone al campesino. La
lugar, al topas de su acontecimiento. Tal inaccesibilidad ex­ puerta no está cerrada, está «abierta» como siempre (dice el
traña al campesino en el momento en que mira, en el ins­ texto), mas la Ley permanece inaccesible, y si ello prohíbe,
tante en que observa al guardián, quien es a su vez el obser­ atranca la puerta de la historia genealógica, es asimismo lo
vador, el celador, el centinela, la imagen misma de la vigi­ que mantiene vivo un deseo del origen, una pulsión genealó­
lancia, podríamos decir la conciencia. La pregunta del cam­ gica; ésta se extingue tanto ante el proceso de engendra­
pesino ti ata del camino de acceso; ¿la Ley no se define pre­ miento de la Ley como ante ia generación parentai. La in­
cisamente por su accesibilidad? ¿No es. no debe ser accesi­ vestigación histórica conduce a la relación hacia la imposi­
ble «siempre y para cada uno-? Aquí cabria desplegar el ble exhibición de un sitio y de un acontecimiento, de un
problema de la ejemplandad. por ejemplo en el pensamiento acontecer en donde se origina la ley como prohibición,
kantiano del -■respeto-; éste no es más que el efecto de la «La Ley como prohibición», abandono esta fórmula por
Ley (subraya Kan o. resulta tan sólo de ia Ley, y no compa­ el momento, la dejo sin descifrar e introduzco una digresión.
rece en derecho más que unte tu L ey , no se dirige a las per­ Cuando breud'ya más allá de su esquema inicial sobre el
sonas sino en la medida en que éstas reflejan el hecho origen de la moral, cuando evoca el imperativo categórico
mismo de que una Ley puede ser respetada. Por lo tanto, no en el sentido kantiano, lo hace en el interior de un esquema
se accede jamas directamente ni a la Ley ni a las personas, / aparentemente histórico. Un relato nos remite a la singular
no se está jamás inmediatamente ante ninguna de estas dos historicidad de un acontecimiento, a saber, la muerte del
instancias, y el rodeo puede ser infinito. La universalidad padre primitivo. La conclusión de Tótem y Tabú (1912) lo
misma de la Ley desborda toda flnitud y hace correr por lo J recuerda claramente: «Los primeros preceptos y las prime­
tanto este riesgo. ras restricciones éticas de las sociedades primitivas debían
Mas dejemos esto porque nos apartará asimismo de ser considerados como una reacción provocada por un acto
nuestro relato. que constituyó para sus autores el origen del concepto de
La Ley. piensa el campesino, debería ser accesible en "crimen” . Arrepintiéndose de este acto (mas ¿cómo y por
todo momento y a todo el mundo. Debería ser universal. A qué, si ha ocurrido antes de la moral, antes de la ley?,
nadie se atribuye la Ignorancia de la Ley, cualquier persona Jacques Derrida), decidieron que no debía volver a ocurrir y
que no sea analiabeta, pueda leer el texto o en última ins­ que en cualquier caso su ejecución no seria ya para nadie
tancia delegar la lectura y Ja competencia a un abogado, a la una fuente de ventajas o de beneficios. Este sentimiento de
representación de un hombre de Ley. A menos que ei he­ responsabilidad, fecundo en creaciones de cualquier tipo, no
cho de saber leer no haga a la Ley más inaccesible. La lec­ se ha extinguido entre nosotros. Lo reencontramos en el
tura puede en efecto revelar que un texto es intocable, neurótico que lo expresa de una forma asocial, estable-
' \ t i i c lo L e y ! 113

112/ !,u .ftiornfíti rom o inslinn ó'm

ciendo nuevas prescripciones morales, imaginando nuevas «cimiento sin ontTcWcnto que re-
restricciones para expiar las fechorías cumplidas y medidas
preventivas contra futuras fechorías posibles». Ai hablar se­
guidamente del festín totémico y de ia primera «fiesta de la
humanidad» conmemorando el asesinato del padre o el ori­
gen de la moral, Freud insiste en la ambivalencia de los hijos
respecto al padre y, en un movimiento que llamará precisa­ fúbel».ysu relnlo t,ene l|ü c ^ n c ^ ^ a] m¡sm0
mente de arrepentimiento, añade una nota. Esta nota me pa­
rece muy importante. Explica la excesiva ternura por este
aumento de horror que confería al crimen su total inutilidad:
«Ninguno de los hijos podía, en efecto, ver cumplido su de­ d ¡ a estructura de este acontecimiento es tal
seo primitivo de ocupar el lugar de! padre». El asesinato fra­ tonco., etc.). -' . n n0 Así como la de la creencia, la
que no hay por que c,ee o no. Asi com ^ ^ ^
casa puesto que el padre muerto tiene todavía más poder.
La mejor forma de matarlo, ¿no es mantenerlo vivo (aca­ cueslion Je la lealiia J ■ IITemediablemente físti-
bado)? y la mejor forma de mantenerlo en vida, ¿no es ase­
sinándolo? Y el fracaso, precisa Freud, favorece más a la
reacción moral. La moral surge de un crimen inútil que, en
el fondo, no mata a nadie, no pone fin a poder alguno y que,
verdaderamente, no inaugura nada puesto que antes del cri­
men ya era necesario que el arrepentimiento, y por lo tanto
la moral, fuesen posibles. Freud parece aferrarse a la reali­
dad de un acontecimiento, mas este acontecimiento es una
especie de no-acontecimiento, acontecimiento de nada, cua-
si-acontecimiento que se remite a, y al mismo tiempo anula,
la relación narrativa. La eficacia del «hecho» (o de la «fe­
choría»), requiere que éste sea d'é’lilgjíña’manera ficticio.
Todo ocurre como si la culpabilidad no fuese menos efec­ la T , C 0r™.“ “ u I/,-'., »».'«»»*. q>« la que emana
tiva, y dolorosa: «Y el padre muerto adquirió un poder mu­
cho mayor del que había poseído en vida, circunstancias to­
das que comprobamos aún, hoy en día, en los destinos hu­ P;lr,e l.gacl» » - * 1™ "» »
manos». Desdé e! momento en que e! padre es más pode­ u citar. IñeuJ expresad Je Pal
roso que cuando estaba vivo, desde el momento en que vive
aún más tras su muerte y que, lógicamente, se hallaba de i .r » « s s * t * - f“ tó" »
hecho muerto en vida, más muerto en vida que pos! mor-
tem, ei asesinato del padre no es un acontecimiento en el u,«
sentido corriente de esta palabra. Así como tampoco e! ori­
gen de la Ley moral. Nadie podría encontrarlo en su lugar
proplb, nadie le habría hecho frente en su acontecer. Acon-
114/ La filosofía como insiitución Ante tu Ley / 115

para acceder al lugar donde ¡a Ley se sitúa, para mantenerse línea invisible que divide, separa y hace por sí misma divisi­
ante ella, frente a frente y respetuosamente, o para introdu­ ble una única expresión. Desdobla el trazo.
cirse en ella, el relato se convierte en el imposible relato de Esto no es posible más que con ia aparición de la ins&m-
lo imposible, El relato de lo prohibido es un relato prohi­ cia que da título, en su función tópica y jurídica. Y ésta es la
bido. razón por la que me ha interesado más este relato así titu­
El campesino ¿quería entrar en ella o tan sólo en el lugar lado que cierto fragmento de E! Proceso que cuenta más o
en donde se encuentra guardada? No está muy claro, y ia menos la misma historia sin conllevar, evidentemente, título
alternativa es quizá falsa desde el momento en que la Ley alguno. Tanto’en alemán como en francés «Ante la Ley»
es de alguna manera una especie de lugar, un topos y un tiene normalmente el sentido de la comparecencia respe­
acontecer. En cualquier caso, el campesino, que también es tuosa y dependiente de un sujeto que se presenta ante los
un Nombre ante la L ey , como el campo ante la ciudad, no va representantes o los guardianes de la Ley. Se presenta ante
a quedarse ante la Ley en ía situación del guardián. Éste se representantes; la Ley en persona, si cabe decir, nunca está
encuentra asimismo ante la Ley. Esto quiere decir que ia presente, a pesar de que «ante la Ley» signifique «en pre­
respeta; mantenerse ante la Ley, comparecer ante ella, es , sencia de ía Ley». El hombre está por lo tanto ante la Ley
sujetarse a ella, respetarla, tanto más cuando el respeto sig­ sin jamás hacerle frente. Puede estar in front o fit, mas no la
nifica distancia, mantiene en frente, prohíbe el contacto o la afronta jamás. Las primeras palabras del relato, atrapadas
penetración. Mas esto puede significar que, de pie ante la en una frase, de la cual no hay certidumbre que el título
Ley, el guardián la hace respetar. Monta entonces la guardia constituya una mera repetición («Vor dem Gesetz», «Vor
ante ella dándole la espalda, sin hacerle frente, sin estar «in dem Gesetz steht ein Tiirhüter»}, vienen a significar una
front of it», centinela que vigila tas entradas al edificio y cosa totalmente distinta, y quizás incluso lo contrario del
exige respeto a los visitantes que se presentan ante el casti­ título que sin embargo las reproduce, como a menudo cier­
llo. La inscripción «ante ia Ley» se percibe una vez más. Ya tos poemas reciben como título el comienzo del primer
era de alguna manera doble según e! lugar textual, título o verso. La estructura y la función de las dos ocurrencias, de
principio. Se desdobla también en aquello que dice o des­ los dos acontecimientos de la misma marca, son ciertamente
cribe; repartición del territorio y oposición absoluta en la heterogéneas, lo repito, mas como estos dos acontecimien­
escena, respecto a ia Ley. Los dos personajes del relato, el tos diferentes e idénticos no se encadenan en una secuencia
guardián y el campesino sí están ante la Ley, mas como es­ narrativa o una secuencia lógica, es imposible decir que el
tán el uno frente al otro para hablarse, su posición «ante la uno precede al otro en un orden determinado. Los dos son
Ley» es una oposición. Uno de los dos, el guardián, da la primeros en su orden y ninguno de los dos homónimos, in­
espalda a la Ley ante la cual no obstante se encuentra («Vor cluso sinónimos, remite al otro. El acontecimiento que da
dem Gesetz steht ein Tiirhüter»}. El campesino, por el con­ título da asimismo al texto su Ley y su nombre. Pero se
trario, se encuentra también ante la Ley, pero en una posi­ trata de una proeza. Por ejemplo, respecto a El Proceso , del
ción contraria, puesto que podemos suponer que, dispuesto que se extrae este relato para hacer de él otra institución.
a entrar, le hace frente. Los dos protagonistas se encuentran . Sin introducirse todavía en la secuencia narrativa, abre una
igualmente ante al Ley, mas se oponen mutuamente, sepa- j escena, da lugar a un sistema topográfico de la Ley prescri­
rados por una línea de inversión cuya marca no es, en el biendo las dos oposiciones inversas y adversas, el antago­
texto, sino la separación del título y del cuerpo narrativo. nismo de los dos personajes igualmente interesados en ella.
Doble inscripción de «vor dem Gesetz» alrededor de una La frase inaugural describe a aquel que da la espalda a la
A m e la L e y I 117
1 16 / L a f ilo s o f í a c o m o in s titu c ió n

La prohibición presente de la Ley no es


Ley (dar ta espalda, es también ignorar, descuidar, e incluso en el sentido de la obligación imperativa; es una diferencia.-
transgredir) no para que la Ley se presente o para ser pre­ Pues después de haber dicho «más larde», el guardián pre­
sentado a ella sino,-por el contrario, para impedir toda pre­ cisa:’ «Si tan descoso estás, intenta entrar a ^ ^
sentación. Aquel que hace frente a ella no ve más que aquel prohibición». Anteriormente tan solo había d,cho «Portel
que le da la espalda. Ninguno de los dos está en presencia momento, no». Después se aparta y Pel™‘ nuerta se
de la Ley. Los dos únicos personajes son ciegos y están diñarse para mirar en el interior de la puerta. La puerta, s?
separados, el uno del otro y separados de la Ley. Tal es la; precisa, sigue abierta. Marca el limite sin ser por si misma
modalidad de esta relación, de este relato: ceguera y separa­ un obstáculo o una verja. Marca, mas sin ser ago •
ción, una especie de no-relación. Pues, no ¡o olvidemos, el lente opaco, infranqueable. Permite ver el m enor (m das
guardián también está separado de la Ley por otros guardia­ I,mere) y, aunque no la Ley, sin duda, s, el intenor de!
nes, como dice él mismo «el uno más poderoso que el otro» lugar aparentemente vacío y provisionalmente
(eifier marhtiper ais der anden’): «Pero ten en cuenta que puerta está físicamente abierta, el guardián no se interpone
soy poderoso, aun cuando soy el guardián de menor catego­ por ta fuerza. Su discurso es quien actúa no para prohibí
ría. En la puerta de cada sala hay un guardián. Y, conforme directamente, sino para interrumpir y diferir el paso o
avanzas, los que vas encontrando son más poderosos que deuu pasar. El hombre dispone de la libertad natura o tísica
los que dejaste atrás. A partir de la tercera sala ni yo misino Í 'm ín é tra r en d lugar, si no en la Ley. Debe por lo tanUg
puedo soportar su mirada». El último de los guardianes es el constatamos, prohibirse a sí mismo el cntias. Debe obligarse
primero que ve al campesino. Ei primero en el orden del a sí mismo, darse la orden no de obedecer a la Ley's.nc.de
relato es el último en el orden de la Ley y en la jerarquía de no acceder a ella; la Ley, en ddmitiva, le hace decir o le
sus representantes. Y este primer-último guardián no ve ja­ permite saber: no vengas hacia mí, te ordeno no venir toda-
más la Ley, ni siquiera soporta ver a los guardianes que se ¡ T i l i a mi. Pues pos ello so» I. Le» » accederás a m. de-
encuentran ante él (antes y por encima de él). Esto está ins­
crito en su título como guardián de la puerta. Y él es, por mT t u » % T e n dérf ecto'io prohibido. Tal seria el aterrador
estar a la vista, observado incluso por el hombre que, al * , S ” . acometer propio. Es lo proh.b.do: esto no
verlo, decide no decidir nada. Digo «hombre» al hablar del significa que prohíbe sino que ella misma esta prohibida, es
campesino, así como a veces en el relato, se nos induce a un lugar prohibido. Se prohíbe y se contradice al poner al
pensar que el guardián no es quizás simplemente un hombre, hombre en su propia contradicción: no se puede llegar hasta
y que este hombre es, como otro cualquiera, el Hombre, el e5 a » ara tener L , « n con
sujeto anónimo de la Ley. Éste, por lo tanto, decide «prefe­ sario no referirse a ella, hay que mterrump» la ,elauon. No
rir esperar» en el instante en que las vellosidades y la nariz S que tener relación más que con sus representantes sus
puntiaguda del guardián le atraen. Su resolución de no-re- ejemplos, sus guardianes, ios cuales tanto Patéetetres
solución confiere al relato su duración y su ser. El permiso, son mensajeros. Es necesario no sa er qi ’
como les recordé antes, no le había sido sin embargo jamás dónde está, dónde y cómo se presenta, de donde v ene y
denegado. Tan sólo le había sido retardado, aplazado, dife­ desde dónde habla. He aqui lo neeesano a! f
rido. Todo es cuestión de tiempo, y éste es el tiempo del la Ley. C ifa lt. como así se escribía en la Ldad Media en
relato, mas el tiempo mismo no aparece más que desde este conclusión de un relato.7
aplazamiento de la presentación, desde la Ley del retraso o 7. este tópico conclusivo, con el cual el escrito r de la Edad
del alance de la Ley, desde esta anacronía de la relación.
118/ La filo.xofúi anuo instina iún Ante ia Ley I 119

Y este es el proceso, e! juicio, procedimiento y Urte'd la El relato (de aquello que jamás adviene} no nos muestra
división originaria de la Ley. La Ley está prohibida. Mas qué especie de Ley se manifiesta de tal forma en su no-ma­
esta autopiohibición contradictoria permite al hombre auto- nifestación: ¿natural, moral, jurídica, política? En cuanto ai
determinarse «libremente», a pesar de que esta libertad se género, en alemán es gramaticalmente neutro, das Gesetz, ni
anula al constituir la auíoprohibición de entrar en ¡a Ley. El femenino ni masculino. En francés, el femenino determina
hombre se ha inclinado para ver el interior, lo cual deja su­ un contagio semántico que no podemos olvidar, a! igual que
poner que por el momento es más grande que la puerta no podemos ignorar a la lengua como medio elemental de la
abierta (ya volveremos sobre la cuestión de la medida). Ley. En La folie dtt jottr , de Maurice Blanchot, se puede
Después de observar más atentamente al guardián, decide hablar de una aparición de la Ley (con mayúscula), y ésta es
esperar un permiso al mismo tiempo dado y diferido, dife­ una silueta femenina; no es ni un hombre ni una mujer sino
rido indefinidamente, deja suponer el primer guardián. Tras una silueta femenina aparecida para formar pareja con el
el primer guardián hay otros, en número indeterminado; cuasi narrador de una narración prohibida o imposible (es
quizás son innumerables, cada vez más poderosos, e infran­ todo el relato de este no-relato). El «yo» del narrador aterra
queables, ricos en su poder de diferir. Su poder es la dife­ a la Ley. Parece ser la Ley la que tiene miedo y se retira. El
rencia, una diferencia interminable puesto que dura días, narrador (otra analogía más sin relación con Anta la Ley)
«anos», y finalmente, hasta el fin del hombre. Diferencia nos cuenta cómo tuvo que comparecer ante los represen­
hasta la muerte, por la muerte, sin fin porque acabada. Re­ tantes de la Ley (policías, jueces o médicos), hombres que
presentado por el guardián, el discurso de la Ley no dice exigían de él un relato: relato que no podía ofrecer y
«no» sino «todavía nu», indefinidamente. De aquí el empeño que resulta ser el mismo que propone para narrar lo imposi­
en un relato perfectamente acabado y al mismo tiempo inte­ ble.
rrumpido, podríamos decir primitivamente interrumpido. Aquí, das Gesetz, no se sabe ni qué es ni quién es. Y
Lo aplazado no es tal o tal experiencia, el acceso a un quizás entonces comienza la literatura. Un texto filosófico,
gozo, a algún bien, ya sea supremo, la posesión o la pene­ científico, histórico, un texto de saber o de información, no
tración de algo o de alguien. Lo que es aplazado continua­ abandonaría un nombre a un no-saber, o lo haría tan sólo
mente, hasta la muerte, es la entrada en la Ley misma, que por accidente y no de forma esencial y constitutiva. Aquí, la
no es sino aquello mismo que dicta el aplazamiento. La Ley Ley se ignora, ¡lo hay respecto a ella una relación de saber,
prohíbe interfiriendo y difiriendo el «hiato»; la referencia, la no constituye un sujeto ni un objeto ante los cuales presen-,
relación. El origen de la diferencia: he aquí aquello a lo que tarse. Nada (se) presenta ante la Ley. No es una mujer ni
no cabe aproximarse, aquello que no cabe representarse, y una figura femenina, a pesar de que el hombre, homo y Wr,
sobre todo aquello que no cabe penetrar. Tal es la ley de’la quiera penetrar en ella o penetrarla (y éste es su señuelo,
Ley, e¡ proceso de una Ley respecto de la cual no se puede precisamente). Mas ia Ley no es tampoco un hombre, es
decir «hela aquí», aquí o allí. Y no es ni natural ni institu­ ;neutra; mas allá del género gramatical y sexual, permanece
cional. No se llega jamás a ella y en el fondo de su acontecer inalterable, indiferente. Permite al hombre determinarse li­
originario y propio, jamás adviene. bremente, le permite esperar, le aplaza. Neutra, ni femenina
ni masculina, indiferente porque no se sabe si es una per­
Medui marca el final de su obra am es de dar el Ululo o de constar éi mismo, sona (respetable) o una cosa, quién o qué. La Ley se expone
no figura en el Conté do Grtutl, y por ello esta obra constituye un rom anee (sin mostrarse, por lo tanto sin exponerse) en el espacio de
inacabado de Chrétien de Troyes. este no-saber. El guardián vigila este teatro de lo invisible, y
A m e ln 1-ey I 121

120/ La filosofía ramt* sn\ti!urí(>n


b r o t a b a , in e x tin g u ib le , d e las p u e r t a s d e la Ley». E s te e s d
el hombre quiere verlo indinándose . ¿Será la Ley más pe­
queña que él? O bien, ¿se inclina tan respectuosamente ante
aquello que el narrador de La folie du jottr llama la «rodilla» cuenta e su
m a n e r a la experiencia de Pompeya E ie n o de cL m o s.d ad por
de la Ley? A menos que la Ley no esté en reposo. De he­ •muelle q u e se e n c o n t r a b a e n c e r r a d o tra s las p u e r t a s de! la
cho, toda la escenografía del relato constituye un drama de £ “ñ " c i el emperador se acere, hacia el lugar mas recon-
posiciones: alzado, en reposo. Al principio, en el origen de dito del Templo, en el centro (M/m■/,»»*> 1de la adoracrom
la historia, el guardián y el hombre se yerguen, de pie, el V buscaba nos dice Hegel. «un ser. una esencia ofrecida a
uno frente al otro. Al final del texto, al final interminable 1 mcdhacibn. algo ,ue luciese un senudo “ ¡
pero interrumpido de la historia, al final del hombre, al final v c u a n d o c r e y ó e n t r a r e n e s t e s e c r e to iGehamm.s), a n te et
de su vida, el guardián es mucho más grande que su interlo­ últim o e s p e c t á c u l o , se sintió m istificad o , d e e e p c ,o n a d o , en-
cutor. Debe inclinarse, desde una altura que —respecto al e n ñ a d o (.•efem-vch i ). E n c o n tr ó lo que b u s c a b a en un esp a c io
hombre— todo lo abarca; y la historia de la Ley marca la vacío "", y c o n c lu y ó q u e el s e c r e to pro pio era e x t r a ñ o , exte­
aparición de tal abarcar o de la diferencia de altura rior a ellos, a los ju d í o s , f u e r a de la vtston y f u e r a del sentí
(Gro.ssenuníersehied). Ésta se modifica progresivamente en miento mui itnyejiililt}’>.
detrimento del hombre. Parece medir el tiempo de la his­ " , tópica diferencial aplaza, guardián tras guardián, la
toria. polaridad de lo alto v de lo bajo, de lo lejano y de lo cercano
En el intervalo, que asimismo es la mitad del texto, y lian Ida), de lo actual y de lo futuro. La misma tópica sin
también la mitad de la vida del hombre después de haberse lugar propio, la misma atópica, la misma locura difiere
decidido éste a esperar, el guardián le ofrece un taburete y le ley como la nada que se prohíbe y como lo neutro que anula
obliga a sentarse. El hombre se queda ahi, «sentado durante las oposiciones. La atópica anula aquello que tiene lugar
días y años», toda su vida. Termina por retornar, como se acontecimiento mismo. Esta anulación da origen a la Ley
dice, a la infancia. La diferencia de altura puede significar ame como frente v ante como detrás. Esta es la razón por la
también la relación entre las generaciones. El niño muere que cabe y no cabe un relato. La atópica diferencial incita a
viejo como un niño pequeño (cuatro, dos, y después tres H repetición del relato ante la Ley. Le confiere aquello que
patas —hay que tener en cuenta también el taburete) ante un le retira, su título como relato. Conviene tanto al texto fir­
guardián que crece, de pie y vigilante. mado ñor Kafka y que conlleva el titulo Ante la Ley como a
La Ley permanece callada y nada se nos dice sobre ella. " e momento de p r o c e s o que parece relatar mas o meno
Nada, tan sólo su nombre, su nombre común y nada más. ,a misma historia, fragmento que comprende el todo de t i
En alemán se escribe con mayúscula, al igual que un nombre Proceso en la escena de Ante la Ley.
propio. No se sabe lo que es, quién es, dónde se encuentra. Sería tentador, más allá de ios límites de lectura,
¿Será una cosa, una persona, un discurso, una voz. un es­ reconstruir este relato sin relato en e! contexto elíptico deMu
crito, o tan sólo una nada que difiere incesantemente el ac­ Crítico de la Rozón-poro, por ejemplo, o de Tótem y U bti.
ceso a sí, prohibiéndose de tal forma el poder llegar a ser Mas por lejos que pudiésemos ir en este sentido, no explica­
algo o alguien? ríamos la parábola de un relato definido como «literario»
El anciano niño acaba por convertirse casi en un ciego, con la ayuda de contenidos semánticos de origen filosófico o
mas no lo sabe, «y terminó por no distinguir si era la noche psicoanaütico. Hemos observado la necesidad de ello La
lo q^e le rodeaba o sus ojos los que estaban fallando. Mas ficción de este último relato que nos sustrae todo acontecí-
podía distinguir en aquella oscuridad un resplandor que
122 ! L a jiio s ifju i c u a n / h is tillfc iu it rtrui' la lc v i i

miento, este relato puro o relato sin relato, se encuentra im­ bestimmt) para ti. En el momento en que el hombre llega a
plicado tanto por la Filosoíía, la Ciencia o el Psicoanálisis su fin (pronto morirá en efecto), ei guardián le señala que no
como por la susodicha literatura. ha llegado a destino o que la hora de su destino aún no
Concluyo. Son las últimas palabras del guardián: «Ahora llegado. El hombre llega a su fin sin haber realizado su fin.
me dispongo a irme y cierrro», concluyo (Ich ,t>ehe jetzt and La puerta de entrada no estaba destinada más que a él y no
schliesse hin»). esperaba más que a él, llega mas no llega a entrar, no llega a
En cierto código médico, la expresión ante ponas de­ llegar. Tal es el relato de un acontecimiento que acontece en
signa el lugar de la eyaculación precoz de la cual Freud su advenir. «El guardián, dándose cuenta de que el hombre
pretendió establecer el cuadro clínico, la etiología y la sin- estaba próximo a su fin y de que casi no oía, le gritó al oído:
tomatología. En el texto o ante el texto titulado Vor dem “Nadie más que tú podría conseguir entrar por esta puerta,
Gesetz (vor, preposición inscrita en el título propuesto pues esta puerta está designada para ti. Ahora me dispongo
«Ante la Ley») lo que ocurre o lo que no ocurre, su lugar y a irme y cierro” .» No dice «me voy y cierro la puerta»,
su no lugar unte portas, ¿no es precisamente ei himen de la como la traducción francesa. Sin nombrar la puerta, dice:
Ley, la penetración (Eintritt) en la Ley? Ei aplazamiento me voy, cierro, clausuro, concluyo.
hasta la muerte del anciano niño, del joven viejo, puede ser Ahora bien, es la última palabra, la conclusión o la clau­
igualmente interpretado como no-penetración por eyacula­ sura del relato.
ción precoz o por no-eyaculacíón. El resultado es el mismo, El texto seria la puerta. Y para concluir, partiré de esta
el juicio, la conclusión. El tabernáculo se queda vacío y la sentencia o juicio, de esta conclusión del guardián. Tal con­
diseminación es fatal. La relación con la ley es interrum­ clusión cierra asimismo el texto. El cual, sin embargo, nada
pida; es irreductible ai paradigma sexual o genital, a! caitas concluye. El relato «Ante la Ley» no contaría o no describi­
interruptus o nulo, a la impotencia o a la neurosis que Freud ría otra cosa que a sí mismo en cuanto texto. No haría más
describe. ¿No cabe preguntarnos sobre aquello que tranqui­ que esto o también haría esto. No mediante una reflexión
lamente llamamos la relación sexual a partir del relato sin especular sustentada en algún tipo de transparencia sui-refe-
relato de la Ley? Podemos apostar a que los gozos llamados rencial, sino, e insisto en este punto, mediante la ilegibilidad
normales no se sustraerían a ello. del texto, si entendemos por esto —en la imposibilidad en
¿No cabe (ti'y a-t-il pus lien) preguntarse? decía en fran­ que nos hallamos de acceder a su propio sentido— ei conte­
cés y de forma poco traducible. Con ello indicaba: «hay» nido quizás inconsistente que reserva celosamente. El texto
que preguntar. El idioma francés que hace aquí la Ley, dice se protege, como la Ley. No habla más que de sí mismo,
asimismo la Ley: «cabe» significa «hay que», «está pres­ mas con ello halla su no-identidad. No llega ni permite llegar
crito, es oportuno o necesario el...». Está ordenado por la a sí mismo. Es la Ley, hace la Ley y deja al lector ante la
Ley. Y ¿no es esto lo que en definitiva dice el guardián? Ley.
¿No dice «aquí cabes tú»? No se sabe la finalidad de tal Precisemos. Estamos ante este texto que, no diciendo
cabida, pero hay cabida. El guardián no está ante portas nada claro, no presentando ningún contenido identificable
sino ante portam. Al no prohibir nada, no vigila las puertas más allá del texto, sino una diferencia interminable hasta la
sino la puerta. E insiste en la unicidad de esta puerta singu-^ muerte, permanece no obstante rigurosamente intangible.
lar. La Ley no es ni la multiplicidad ni, como así se cree, la i Intangible: entiendo por esto, inaccesible al contacto, no
generalidad universal. Su puerta tan sólo te interesa a ti, es susceptible de ser tomado y finalmente inaprehensible, in­
única y singularmente destinada, determinada (nttr fiir dich comprensible. mas asimismo aquello a lo cual no tenemos el
124 I La jil i tu i f 'ii coma instituciCm A m e h Lev I 125

derecho de tocar. Es un texto «original ., como se dice: está Ante la Ley, el título dice. Vor dan (i e s e t the tille
prohibido o es ilegítimo transformarlo o deformarlo, tocar su says.
forma. A pesar de ¡a no-identidad de su sentido o de su des­ Ante la Ley dice el titulo. Vor dan Gesetz says the
tino, a pesar de su ilegibilidad esencial, su «forma» se pre­ title.
senta y se afirma como una especie de identidad personal El texto lleva título y se refiere a su título. ¿No sería su
que tiene el derecho al respeto absoluto. Si alguien cambiase objeto propio, si es que lo tiene ante él, el efecto producido
una sola palabra, alterase una frase, un juez podría siempre por el juego del lítulo? ¿Mostrar y envolver en una elipse la
: decir que ha habido una transgresión, violencia, infidelidad, i potencia operadora del título dado?
Una mala traducción estará siempre obligada a comparecer La puerta separa también el título de si mismo. Más bien
ante la versión llamada original, la cual, se dice, vale como se interpone entre la expresión «Ante la Ley» como título o
rejerencta, referencia autorizada por su autor o sus alba- nombre propio, y la misma expresión como principio. Di­
ceas designada en su identidad por el título, que es su nom­ vide el origen. Como ya hemos dicho, el principio forma
bre de estado civil, enmarcada entre su primera y su última parte del relato, no tiene el mismo valor ni la misma referen­
palabra. Cualquier persona que atente a la identidad original cia que el título: mas en tanto que principio, su pertenencia
del texto podrá tener la obligación de comparecer ante la al corpas es singular. Marca el límite que garantiza la identi­
Ley. Esto puede ocurrirle a todo lector en presencia del dad del corpas. Entre los dos acontecimientos de «ante ¡a
texto, al critico, al editor, al traductor, a los herederos, a los Ley», en el interior mismo de la repetición, atraviesa una
profesores. Todos son, por lo tanto, a la vez, guardianes v línea que separa los dos limites. Desdobla el limite divi­
campesinos. diendo el trazo.
Decía antes que el título rezaba precisamente «ante la Concluyo. Interrumpo aquí este tipo de análisis que po­
Ley», como también las primeras palabras. Por su parte las dría ser continuado con todo detalle, y vuelvo a la pregunta
ultimas palabras dicen: «Concluyo». Este «yo» del guardián de origen.
es asimismo el del texto o el de la Ley, anuncia la identidad ¿Qué es lo que me autorizaría a decir que este texto
de un Corpus legado, de una herencia que dice la no-identi- pertenece a la «literatura»? Y además, ¿qué es la literatura?
dad. Ni la una ni la otra son naturales, sino más bien efecto Temo que esta pregunta quede sin respuesta. ¿No traiciona
de una operatividad jurídica. Ésta (y sin duda es aquello que la rústica ingenuidad de un campesino? Mas esto no serviría
llamamos la escritura, el acto y la firma del «escritor») para descalificarla, y la razón del hombre retoma impertur­
pUmtea ante nosotros, presupone o propone un texto que bablemente sus derechos, es infatigable sea cual sea su
legisla, y en primer lugar respecto a sí. Dice y produce en su edad.
acto mismo la ley que le protege y lo vuelve intangible. Si sustrajésemos de este texto todos los elementos que
Hace y dice, dice lo que hace haciendo lo que dice. Esta podrían pertenecer a otro registro (información cotidiana,
posibilidad está implicada en todo texto, incluso cuando no historia, filosofía, ficción, etc., en resumen todo aquello que
tiene la forma evidentemente autorreferencial de éste. A la no está necesariamente afiliado a la literatura), sentiremos
vez alegórico y tautológico, el relato de Kafka opera a tra­ oscuramente que aquello que opera y crea en este texto,
vés d e ja trama ingenuamente referencia! de su narración guarda una relación esencial con el juego del encuadre: y la
narración que atraviesa una puerta que a ella misma acom­ lógica paradójica de los límites, la cual introduce una espe­
pañaban limite interno que no se abre hacia nada, ante nada cie de perturbación en el sistema «normal» de la referencia,
objeto de imposible experiencia. revelándose como una estructura esencial de la referenciali-
126 / La filosofía coma hislitucióji A n te la Ley I 127

dad. Revelación oscura de ¡a reíerencialidad que no consti­ Ley, este texto vigilado por sus guardianes (autor, editor,
tuye referencia, de la misma manera que el acontecer del críticos, universitarios, archivadores, bibliotecarios, juris­
acontecimiento no es acontecimiento. Sin embargo, que tas, etc.), no puede constituir la ley más que si un sistema de
lodo ello suponga creación, es quizás un signo hacia la lite­ ley más poderoso lo garantiza, y en primer lugar el conjunto
ratura. Signo insuficiente mas signo necesario: no hay lite­ de leyes o convenciones sociales que autorizan tales legiti­
ratura sin obra, sin operatívidad radicalmente singular, y tal maciones.
insustituibilidad hace evocar las preguntas del campesino Si el texto de Kafka dice todo esto de la literatura, la
cuando lo singular se cruza con lo universal, como así ha de elipse poderosa que nos ofrece no pertenece totalmente a
ser en la literatura. El campesino no podía comprender la la literatura. El lugar desde el cual nos habla de lux leyes
singulaiidad de un acceso que debía ser universal, y que en de la literatura, de la ley sin la cual no tomaría figura o con­
verdad lo era. No podía entender la literatura, sistencia especifica alguna, no puede hallarse sin más en el
¿Cómo verilicar ta sustracción de que hablaba hace un seno de la literatura.
momento? Pues bien, tal contraprueba nos será propuesta Lo que sí podemos pensar juntos es, sin duda, cierta
en El Ptocexo. Encontramos el mismo contenido en un cua­ historicidad de la Ley y cierta historicidad de. la literatura. Si
dro distinto, en otro sistema de límites y, sobre todo, sin digo «literatura», y no poesía o «Belles lettres», es para se­
título propio, sin otro título que el de un volumen de varios ñalar la hipótesis según la cual la especificidad relativamente
centenares de páginas. El mismo contenido da lugar, desde moderna de la literatura como tal mantiene una relación
el punto de vista literario, a una obra totalmente distinta. Y esencial y estrecha con un momento de la historia del.dere­
aquello que hace diferir una obra de la otra, si no es el con­ cho. En otra cultura, o en Europa en otro momento de la
tenido, tampoco lo es Va form a (la expresión significante, los "Historia del derecho positivo, de la legislación (explícita o
fenómenos de lengua o de retórica). Son los movimientos de implícita) sobre la propiedad de las obras, por ejemplo en la
encuadre y de referencialidad. ..... — ....■'-■■■■ Edad Media o antes de la Edad Medía, la identidad de este
Estas dos obras, por lo tanto, en la línea de su extraña texto, su juego con el título, con las firmas, con sus límites o
afiliación, resultan la una para la otra interpretaciones meto- con los de otros corpas , todo este sistema de encuadre fun­
nímicas, cada una convirtiéndose en la parte absolutamente cionaría de otra forma y con otras garantías. Esto no quiere
independiente de la otra, una parte cada vez más grande que decir que en la Edad Medía no se contara con una protec­
el todo. Mas esto no es suficiente. Si el encuadre, el título, ción y una vigilancia institucionales8. Pero éstas regulaban
la estructura referencial son necesarios para la aparición de de otra manera la identidad de los corpas , abandonándolos
la obra literaria como tal, esas condiciones de posibilidad más fácilmente a la iniciativa transformadora de copistas u
son todavía demasiado generales y válidas para otros textos otros «guardianes», a los injertos practicados por ¡os here­
a los que no otorgaríamos valor literario. Estas posibilidades deros o demás «autores» (anónimos o no, disfrazados o no
generales aseguran a un texto el poder de constituir ¡a Ley ,
comenzando por la suya propia. Mas ello bajo la condición 8. Roger Dragonctti, oj>. cií., concretam ente pp- 52-55. Señalo asi'
de que el texto mismo pueda comparecer ante ta Ley de otro mismo todos los trabajos de Ernest K antorow iec, sobre iodo uno de sus
artículos publicado recientem ente en Francia, La so in eia itifle de iúiíiMe.
texto, de un texto más poderoso, vigilado por guardianes /Vote sur íes máximes juvidiques el íes [héones estiieti<fucs de ia Renais-
más poderosos. En efecto, el texto (por ejemplo el texto de- stitu e, traducido al Iraucos del inglés por J. F. CourLíne y S. Courlinc-De-
tinído como «literario», en particular, tal relato de Kafka), nam y, en Roésie. 18, París. 1981. Este artículo había sido retom ado en Se-
ante el cual nosotros, lectores, comparecemos como ante la lecied S iu d ifs de K antorow icz, N ueva York. 1965.

ig{/28
128 f ím filo sofía ('amo ¡n^fituc'uhi
A m e la L ey I 129

bajo seudónimos, individuos o colectividades más o menos siempre abierto a una especie de juridicidad subversiva. Lo
identificares). No tiene existencia ni consistencia más que habría ocupado durante un cierto tiempo y sin ser ella
en las condiciones de la ley, y no llega a ser «literaria» mas misma totalmente subversiva, sino por el contrario siéndolo
que ep cierta época del derecho en que se regulan los pro­ tan sólo en ocasiones. Esta juridicidad subversiva supone
blemas de propiedad de las obras, de la identidad de tos (w- que la identidad propia no esté jamás asegurada. Supone
pav, del valor de las (Irmas, de la diferencia entre crear, asimismo un poder de producir operativamente los enuncia­
producir y reproducir, etc. A grandes rasgos, este derecho dos de la ley, de la ley que puede ser la literatura y no tan
se estableció en Europa entre finales del siglo xvn y princi­ sólo de la ley a la cual se atiene. Por lo tanto, forja la ley,
pios del xix. El concepto de literatura que sostiene este de­ surge en ese lugar en el que se forja la ley. Pero en determi­
recho de las obras sigue siendo oscuro. Las leves positivas a nadas condiciones, puede utilizar el poder legislador de la
las caíales me refiero sirven de igual modo para otras artes y operatividad lingüística para soslayar las leyes existentes, de
no aclaian de lorma critica sus propias presuposiciones con­ las que extrae sin embargo las condiciones de posibilidad de
ceptuales. Lo que me interesa aquí es que estas oscuras pre­ su emerger. Y ello gracias al equívoco referencial de ciertas
suposiciones pertenecen también al lote de los «guardia­ estructuras lingüísticas. En estas condiciones la literatura
nes», críticos, universitarios, teóricos de la literatura, es­ puede hacer de ley , repetirla al rodearla o soslayarla. Estas
critores, filósofos. Todos deben responder ante una ley condiciones, que son también las condiciones convenciona­
comparecer ante ella, a ¡a vez velarla y dejarse vigilar por les de toda operatividad, no son, sin duda, puramente lin­
ella. Todos la interrogan ingenuamente sobre lo singular y lo güísticas, a pesar de que toda convención puede, a su vez,
universal, ninguno de ellos recibe respuesta alguna que no dar lugar a una definición o a un contrato de orden lingüís­
se refiera a la diferencia: no más lev, no más literal ura tico. Tocamos aquí uno de los puntos más difíciles de esta
... En este sentido, el texto de Kafka se refiere quizás, tam­ problemática: cuándo hay que encontrar el lenguaje sin len­
bién, al ser-ante-la-ley de cualquier texto. Lo dice elíptica­ guaje, el lenguaje que va más allá del lenguaje, estas relacio­
mente, sugiriéndolo y rechazándolo a la vez. No pertenece nes de fuerzas mutuas, pero marcadas ya por la escritura;
tan sólo a la literatura de una época en tanto que él mismo dónde se establecen las condiciones de una operatividad, las
se encuentra ante la ley (que él pronuncia), ante un cierto reglas del juego y los límites de la subversión.
tipo de ley. Designa asimismo oblicuamente a la literatura, En el instante inaprehensibíe donde ella juega a ser la
habla de si mismo como de un efecto literario. Por donde ley, una literatura trasciende la literatura. Se encuentra en
aborda la literatura de la cual habla. los dos lados de la linea que divide la ley del fuera de la ley;
Mas, ¿no puede toda literatura desbordar la literatura? divide al ser-ante-la-ley, está a la vez, como el campesino,
¿Qué sería una literatura que no fuera sino literatura? No «ante la Ley» y «antes que la Ley». Antes que el ser-ante-
seria ella misma si fuese ella misma. Esto pertenece también la-ley. Mas ¿en un sitio tan improbable, podría advenir? Y
a la elipse de Ante la Ley. Sin duda, no podemos hablar de ¿cabría nombrar a la literatura?
«literafundad» como de una pertenencia a la literatura, Ensayo de lectura.'Me he arriesgado a hacer glosas, he'
como de la inclusión de un fenómeno o de un objeto, incluso multiplicado las interpretaciones, he planteado preguntas,
de una obra, de un campo, un dominio, una región cuyas abandonado desciframientos sin finalizarlos, dejando enig­
ironteras serian puras y los títulos indivisibles. mas intactos. Pero este ensayo, que se movía en torno a un
Quizás la literatura ha venido, en condiciones históricas relato insular y estrictamente cercado, no es sino un frag­
que no son simplemente lingüísticas, a ocupar un lugar mento o un momento de E¡ Proceso. Éste echa, pues, por
[30 I L a f ilo s o f í a c o n u t ¡ n s iitiu ió ti A tU c U¡ L e y / J3J

los suelos, todo lo que acaban de escuchar. A menos que poderoso aun siendo el guardián de menor catego­
Ante la Ley no lo haga también en una elipse más poderosa ría. En la puerta de cada sala hay un guardián. Y
en donde se abismaría a su vez El Proceso. Y con él noso­ conforme avanzas, los que vas encontrando son
tros. Poca importancia tiene aquí la cronología. La posibili­ más poderosos que los que dejaste atrás. A partir
dad estructura! de este contraabismo está abierta, cualquiera de la tercera sala, ni yo mismo puedo soportar su
que sea el orden de escritura o de publicación de ambos mirada». El campesino no pensaba encontrar tantas
dificultades; creía que la Ley debería ser accesible a
textos. todo el mundo y en todo momento, pero cuando
Les dejo con esta otra historia. Mas antes de leer un am­ miró con más detenimiento al guardián enfundado
plio fragmento, promesa que he aplazado demasiado, seña­ en su abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda y su
laré algo más. El que habla es el sacerdote, él cuenta el re­ barba, larga y fina, al uso de los tártaros, resolvió
lato, y lo que dice podría servir de exergo para otra confe­ que lo mejor seria esperar hasta que tuviera per­
rencia: «No respetas suficientemente la Escritura, cambias miso de entrar. Entonces el guardián de la puerta le
la historia», le dice a K. Y más tarde: «No me malinterpre- dio un taburete y le hizo sentarse a un lado de la
tes —manifestó el sacerdote—. Yo sólo te expongo las dife­ puerta. Estuvo allí sentado durante muchos anos.
rentes opiniones concernientes. La Escritura es inmutable y Fueron muchos los intentos que hizo para que se le
los comentarios, con bastante frecuencia, dejan ver la de­ permitiera entrar, e incomodaba con su machacone-
ría al guardián. A menudo el guardián entablaba una
sesperación de quienes las comentan». breve conversación con él. Le preguntaba por su
hogar y acerca de otros asuntos, pero, ai modo de
—Tú eres una excepción entre aquellos que ios grandes personajes, el tono que empleaba era de
pertenecen al Tribunal. Tengo más confianza en ti indiferencia, y terminaba siempre diciendo que to­
que en cualquier otro, y te aseguro que ya conozco davía no se le permitía entrar. El hombre del
a muchos. Contigo puedo hablar con toda fran­ campo, que se había provisto de todo ío necesario
queza. para su viaje, ofrecía al guardián todo lo que llevaba
—No te engañes —dijo el sacerdote. —que era valioso— con la esperanza de sobornarlo.
—¿En qué puedo engañarme? —preguntó K. Este le aceptaba todo, pero no obstante, cada vez
—Te estás engañando respecto de Injusticia—¡e que recibía un regalo, le decía: «Lo acepto tan sólo
manifestó el capellán—; este engaño peculiar se para que no te inquietes pensando que has omitido
describe así en los escritos que prologan la Ley: algún esluerzo». Durante todos esos años el hom­
«Ante la Ley se yergue un guardián de la puerta. bre estudió cuidadosamente al guardián, (...) Ter­
Vino un día un hombre del campo rogando que le minó por conocer incluso a las pulgas que habitaban
dejara entrar». Pero el guardián contestó: «Por el en su cuello de piel, y suplicaba a éstas que le ayu­
momento, no». El hombre del campo reflexiona y dasen a persuadir al guardián para que,cambiase su
pregunta si le será permitido entrar más tarde. «Tal actitud hacia él. Finalmente su vista se fue debili­
vez —responde el guardián— pero ahora no». tando, y acabó por no saber si la noche le rodeaba o
Como de costumbre, la puerta que da acceso a la si sus ojos fallaban. Mas en aquella oscuridad podía
Ley estaba siempre abierta y, habiéndose retirado distinguir un resplandor que brotaba, inextinguible,
el guardián a un lado, el hombre se inclina para mi­ de las puertas de la Ley. Su vida se acercaba al
rar hacia dentro. Al verlo, el guardián de la puerta ocaso. Antes de morir, todo lo que había vivido du­
ríe y le dice: «Si tan deseoso estás, intenta entrar a rante el tiempo de su permanencia allí se resumió
pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta que soy en una pregunta que nunca había formulado. Y no

21/28
A m e la Ley I 133
132 / lu í f ilo s o f í a ro m o in s tila c ió n

podiendo erguir su envarado cuerpo, hizo señas al mento, y en la segunda le dice que esa entrada está
guardián para que se le acercase. Éste tuvo que destinada sólo para él. Si esas declaraciones fueran
agacharse mucho para oírle, pues entre ellos au­ contradictorias, tú estarías en lo cierto, el guardián
mentó la diferencia de estatura en detrimento del habría engañado al hombre. Pero no existe la con­
hombre «¿Qué quieres saber ahora? Nunca estás tradicción. Al contrario, la primera explicación im­
satisfecho» —preguntó el guardián—, «Si todo el plica la segunda. Casi podría decirse que al sugerir
mundo procura entraren la S.ey, manifiesta el hom­ al hombre la posibilidad de que en un futuro se le
bre, ¿.cómo explicas entonces que en todos estos diera entrada, el guardián se excedió en sus atribu­
años sólo yo he venido a pedirte que me permitas ciones. Porque en ese momento parecía ser que-su
entrar?». El guardián, dándose cuenta de que el obligación consistía sólo en negarle la entrada, y,
hombre estaba próximo a su fin y de que casi no con razón, más de un comentarista se ha sorpren­
oía, le gritó al oído: «Nadie más que tú podría en­ dido de que al guardián se le escapara tal insinua­
trar por esta puerta, pues esta puerta está designada ción, pues parecía ser muy estricto en cuanto al
para ti. Ahora me dispongo a irme y cierro». cumplimiento de su deber. Durante muchísimos
—De modo que el guardián engañó a aquel años está perenne en su puesto, y no cierra la
hombre —se apresuró a decir K., vivamente intere­ puerta sino es en último momento; es consciente de
sado por la historia. la importancia de su misión, pues dice: «soy pode­
—No te precípites en tus juicios —replicó el sa­ roso», y es respetuoso con sus superiores, puesto
cerdote— no hagas tuyas sin reflexionar las opinio­ que dice: «soy el guardián de menor categoría». No
nes de otros. Te he relatado la historia según las es platicador, ya que en todos esos años sólo hace
propias palabras de la escritura. En ella no se dice algunas preguntas calificadas de irrelevantes; no se
que haya habido engaño. deja sobornar porque cuando acepta los regalos,
—Pero la cosa está clara —dijo K.—, y la pri­ dice: «Los acepto, sólo para que no te inquietes
mera interpretación que usted le dio era ia correcta. pensando que has omitido algún esfuerzo»; no se
El guardián fue con la embajada salvadora cuando deja llevar ni por la compasión ni por el enojo
era ya demasiado tarde. cuando se trata de cumplir con sus funciones, pues
—Es que no le habían preguntado eso con ante­ del hombre se dice que incomoda al guardián con su
rioridad —dijo el sacerdote—, y considera también machaconería; en fin, incluso su propia apariencia
que él sólo era un guardián y que como tal cumplió física, con su grande y puntiaguda nariz y esa barba
plenamente con su deber. a lo tártaro, negra, fina y larga, indica un carácter
—¿Qué te hace pensar que cumplió cabalmente pedante. ¿Podemos imaginarnos un guardián más
con su deber? —preguntó K.— No lo hizo. Su obli­ idóneo'? No obstante, el guardián cuenta en su ca­
gación debió haber sido mantener alejados a los rácter con otros rasgos —probablemente favorables
extraños, pero dar paso a aquel hombre para el que para quien desea entrar—, que en todo caso nos
estaba destinada esa entrada, permiten coynprender que se excediera en sus atri­
—No respetas lo suficiente lo dicho en la escri­ buciones al sugerir la posibilidad de que aquel hom­
tura, y alteras su historia —dijo el sacerdote—. La bre llegara en un futuro a que se le autorizara a en­
historia contiene dos importantes declaraciones he­ trar hasta la Ley. Por ello no puede negarse que el
chas por el guardián respecto a ia entrada a la Ley, guardián observaba un comportamiento un poco in­
una al principio y otra al final. En la primera dice genuo, y consecuentemente algo engreído. Vea sus
que no podía dejar entrar al hombre en aquel mo­ manifestaciones acerca de su poder y del poder de

22/28
134 1 t a i f ilo s o f í a c a n to in s titu c ió n A n te la L e y I 135

los otros guardianes a los que, por su terrible as­ Durante un rato, ambos guardaron silencio,
pecto, incluso ni se atreve a mirar. Yo opino que luego K. preguntó:
esas, sus manifestaciones, pueden tener mucho de ¿Piensas que aquel hombre no fue engañado?
verdad, pero el modo en que las saca a relucir de­ No me interpretes mal —manifestó el sacer­
muestra que sus ideas son confusas, dada su inge­ dote—, Yo sólo te expongo las diferentes opiniones
nuidad o engreimiento. En relación con esto, los concernientes al particular. No les des demasiada
comentaristas dicen que la correcta comprensión de importancia. La Escritura es inmutable y los co­
un asunto o su incomprensión no se excluyen natu­ mentarios, con bastante frecuencia, dejan ver la de­
ralmente. En todo caso, es obligado admitir que su sesperación de quienes la comentan. En el caso que
ingenuidad y engreimiento, por insignificantes que nos ocupa, existe incluso ¡a interpretación de que el
sean, son propicias a debilitar la defensa de la realmente engañado fue el guardián.
puerta, y son factores adversos en el carácter del Es una interpretación muy osada —dijo K.—
guardián. A esto se debe añadir que el guardián pa­ ¿Y en qué la basan?
rece ser una persona de naturaleza amigable y que Está basada —manifestó el sacerdote— en la
no siempre tiene en cuenta la dignidad de su cargo. ingenuidad del guardián. Se argumenta que él no
Desde el primer momento se permite la broma de conoce el interior de la Ley, que sólo conoce el ca­
decirle al hombre del campo que puede pasar, pese mino que conduce a ella, por donde van y vienen
a estarle estrictamente prohibido; más tarde, en vez los policías. Los comentaristas presumen que es in­
de decirle que se vaya, le da, según se dice, un ta­ genua la idea que tiene del interior y suponen que
burete, y le hace sentar ai lado de la puerta. La pa­ esta atemorizado de los otros guardianes, a los que
ciencia con la que soporta durante tantos años las presenta como trastos ante el hombre y, tal vez, les
súplicas del hombre, las breves conversaciones que tiene más miedo que el hombre, pues éste está de­
sostiene, los regalos que acepta, la cortesía que ob­ cidido a entrar no obstante lo que ha oído de los
serva al permitir que el hombre maldiga a gritos, en temibles guardianes, mientras que nuestro guardián
su presencia, la crueldad del destino del que él es no desea entrar; por lo menos, nada se dice de ello.
responsable, dejan ver que en cierta medida es sen­ A su vez, otros comentan que él ya debe haber es­
sible a la piedad. No todos los guardianes actuarían tado dentro, pues después de todo, está al servicio
de esa forma. Y por fin, a una seña del hombre, va de la Ley y la única forma de quedar adscrito a ella
y se inclina profundamente sobre éste para respon­ es desde adentro. En contra de este argumento está
der a la última pregunta. el de ¡os que afirman que pudo haber sido contra­
En sus palabras «nunca estás satisfecho», no se tado por una voz, que desde adentro lo nombró en
advierte sino un ligero dejo de impaciencia —el su cargo, y que, como quiera, él no pudo haber lle-
guardián sabe que ya todo está acabado—. Muchos gado al interior, ya que no podía soportar el sem­
van aún más lejos en ía interpretación de estas pa- blante del tercer guardián. Además, en el curso de
' labras, y dicen que ellas expresan una especie ae todos aquellos años de espera del hombre, el centi­
admiración amistosa, no exenta, por supuesto, nela nunca relató que conociera el interior, salvo
de cierta condescendencia. En todo caso, puede alguna observación sobre los guardianes. Quizá le
decirse que la persona del guardián resulta muy di­ estaba prohibido referirse a ello, pero en todo caso
ferente de como tú la imaginabas. nada dijo. Por lo tanto se puede llegar a la conclu­
—Has estudiado esa historia minuciosamente y sión de que el guardián no sabe nada en cuanto al
la conoces desde hace más tiempo que yo —dijo K. aspecto e importancia del interior de la Ley, y que

23/28
1 3 6 / L a f ilo s o f í a c o m o in s titu c ió n A n te la L e y f 137

sobre esto vive en el engaño. Se engañó también la historia se dice que la puerta está siempre
con el hombre de campo, pues es inferior a él, y no abierta, es decir, en todo momento, sin hacer refe­
lo sabe. En lugar de tratarlo como corresponde, lo rencia a la vida o a la muerte del hombre, entonces
hace como si fuera un subordinado, y de ello te de­ el guardián no podía cerrarla. Existen diferentes
bes haber percatado por algunos detalles que han de opiniones acerca de los motivos que originaron esa
estar frescos en tu memoria. Pero de acuerdo a la declaración del guardián; se dice que el guardián, a!
narrativa, está clara su subordinación real al hom­ manifestar que iba a cerrar ¡a puerta, lo hizo sim­
bre, En principio, el hombre sujeto a una obligación plemente por responder algo; también que lo que
está supeditado al hombre libre de ella. Pues bien, quería era enfatizar su fervor profesional; o que lo
el hombre que viene del campo es realmente libre, que le inducía a ello era sumir al hombre en un es­
puede ir adonde guste; sólo le está vedada la en­ tado de ánimo de remordimiento y de pesar, en sus
trada a la Ley, y quien se lo prohíbe es una sola últimos momentos. Pero no se deja de estar de
persona, el guardián. Cuando se sienta en un tabu­ acuerdo en que el guardián no podrá cerrar la
rete al lado de la puerta y permanece allí por el puerta. Muchos declaran abiertamente que él es
resto de su vida, lo hace por su propio albedrío; el inferior al hombre incluso en el saber, al menos
relato no dice nada de que lo hubiera hecho por cuando todo acaba, ya que el hombre del campo ve
obligación. Pero el guardián está allí cautivo porque finalmente resplandecer una luz que surge de la
su trabajo lo exije; no puede ir al campo, y, obvia­ puerta de la Ley, en tanto que e! guardián, en su
mente, no puede introducirse en el interior de la puesto oficial, debe permanecer de espaldas a la
Ley, aunque lo deseara. Además, si bien es cierto puerta y nada dice que demuestre que ha advertido
que él sirve a la Ley, su servicio está supeditado a un cambio.
esa puerta; es decir, sirve sólo a este hombre a —Eso está bien argüido —dijo K. luego de re­
quien la puerta está destinada. Por este motivo, petir para sí, en voz baja, varios pasajes de la expo­
también es inferior al hombre. Es de suponer que sición hecha por el sacerdote—. Está mny bien
durante muchos años, tantos como le cuesta a un argumentado, y convengo en que el guardián está
hombre llegar a su plenitud, su trabajo estuvo en engañado. Pero esto no me hace desechar mi primera
cierto sentido exento de solemnidad, pues hubo de opinión, pues ambas conclusiones son, en cierto
aguardar a que llegara un hombre, para que su ser­ modo, compatibles. Si es que el guardián ve claro o
vicio pudiera ser cabalmente cumplido, y además, es que está engañado, es el caso que no pone tér­
esperar a que el hombre quisiera venir, porque éste mino al asunto. Yo dije que o! hombre es engañado.
viene por su propia voluntad. El fin de su servicio Si el guardián ve objetivamente, caben ciertas du­
depende de ese hombre, en el momento de su das, pero si se engaña, no necesariamente hará ex-
muerte, de modo que hasta el fin, el guardián está tensible su engaño al hombre. En este caso el guar­
sujeto a él. Sobre este particular, la escritura deja dián ya no es, por cierto, un engañador, sino una
bien claro que aparentemente el guardián ignora criatura ingenua que debe ser cesada en sus funcio­
todo eso. Ello no es lo más remarcable, pues de nes enseguida. No debes olvidar que el engaño en
acuerdo a esa interpretación, hay algo más impor­ que se encuentra el guardián no le es nocivo, pero
tante en ¡o que se engaña el guardián, y es en lo que perjudica muchísimo al hombre.
se refiere a su propio oficio. Por ejemplo, al final —Hay objeciones a eso —le dijo el sacerdote—.
dice, mirando la entrada que conduce a la Ley: Muchos afirman que la historia no confiere a nadie
«Ahora me marcho y cierro». Pero al comienzo de el derecho de juzgar al guardián. Independiente­
128
138 / L a f ilo s o f í a c o m o in s t i t u c i ó n A n te la L e y ¡ i 39

mente de lo que él pueda parecemos, es, no obs­ la oscuridad. Para evitar seguir dependiendo por
tante, un servidor de la Ley; es decir, forma parte entero de! sacerdote, le preguntó:
de la Ley, y como tal está más allá de cualquier ¿Estamos ahora cerca de la puerta principal^
juicio humano. En este caso no cabe pensar que el —No —respondió el sacerdote—. Estamos lejos
guardián esté subordinado al hombre. Sujeto como de ella. ¿Quieres irte ya?
él está a su obligación y aunque ésta se limite a Aunque en ese momento no estaba K. pensando
guardar la puerta de la Ley, es incomparablemente en irse, contestó enseguida:
superior a quienquiera que viva libremente en el Si, debo irme. Soy apoderado de un Banco y
mundo. El campesino sólo busca la Ley en un de­ me están esperando. Sólo vine a dar una vuelta por
terminado momento, mas el guardián está adscrito a la Catedral para mostrársela a un cliente y amigo
ella. Es la Ley quien le ha dado ese empleo; poner extranjero.
en duda la dignidad de! guardián, sería dudar de la —Bien, entonces vete.
propia Ley. Pero es que, solo, no puedo encontrar mi ca­
—No estoy de acuerdo con ese punto de vista mino en medio de esta oscuridad —dijo K.
—dijo K., negando con la cabeza—, porque si se da —Da vuelta a ¡a izquierda hasta alcanzar la pa­
por bueno, debe tomarse como verdad todo lo que red dijo el sacerdote—, luego sigues por ella sin
dice el guardián. Y tú mismo has demostrado que dejarla, y llegarás a la puerta.
eso no es posible. E! sacerdote había empezado apenas a alejarse,
—No —dijo el sacerdote— no es preciso que sea cuando K. le gritó con fuerza:
cierto todo lo que se dice; sólo se le debe aceptar —Espera un momento, por favor.
como necesario. —Te espero —dijo el sacerdote.
—Triste opinión —dijo K,— Convierte la men­ ¿Necesitas algo más de mí? —le pregunto K.
tira en un principio universal. —No —repuso el sacerdote.
K. dijo esto con decisión, pero no era ése su Fuiste tan amable conmigo hace un momento
juicio definitivo. Estaba demasiado cansado para —dijo K.— Me explicabas todo, y ahora me dejas
analizar todas las conclusiones a que se podía lle­ como si ya no te preocuparas por mí.
gar; no se trataba de cosas tangibles, sino impalpa­ —Pero es que tú tienes que marcharte ahora
bles, temas que cuadraban mejor para ser discuti­ —dijo el sacerdote.
dos entre funcionarios de Injusticia y no con él. La —Sí, sí —dijo K.—, tienes que comprender que
simple historia se había desdibujado y K. sólo que­ no puedo evitarlo.
ría quitársela de la cabeza. El sacerdote, que ahora —Primero comprende tú quién soy yo —declaró
mostraba mucha delicadeza, aceptó en silencio el el eclesiástico.
comentario de K., aunque sin duda no estaba de —Eres el capellán de la prisión —Alijo K., bus­
acuerdo con él. cando a tientas unir de nuevo su paso al de! sacer­
Sin decir palabra, se pasearon arriba y abajo du­ dote; su urgencia por volver al Banco no era tanta
rante un tiempo; K. caminaba muy cerca del sacer­ como él manifestara; podía, muy bien, quedarse ahí
dote, sin ver por dónde iba, pues la lámpara que más tiempo.
sostenía en la mano hacía rato que había dejado de —Eso quiere decir que yo formo parte de la jus­
alumbrar. Por un momento resplandeció ante él ticia —dijo el sacerdote—. ¿Cómo puedo, pues, ne­
la imagen plateada de un santo —era el brillo de la cesitar algo de ti? La justicia no necesita nada de ti.
plata— e instantáneamente volvió a desaparecer en Te recibe cuando vienes y te despide cuando te vas.

25/28
140/ L a f ilo s o f í a c o m o in s f¡ ln c ití n A a h ' la L e y I 141

En El Proceso (capítulo ÍX, «En la Catedral»!, el texto He aquí, pues, las piedrecitas blancas. Hay prejuicios y
que forma la totalidad de Ante la lev, exceptuando el título, prevenciones:
naturalmente, está referido entre comillas por un sacerdote.
Este sacerdote no es tan sólo un narrador, es alguien que —Pero yo no soy culpable —dijo K.— Es un
cita o que relata una narración. Relata un escrito que no error. Y si vamos a eso, ¿cómo calificar a un hom­
pertenece al texto de la ley en las Escrituras, sino, nos dice, bre de culpable? Aquí todos somos simplemente
a los «escritos que preceden a la Ley»: «Te estás engañando hombres, tanto el uno como el otro.
respecto de Injusticia», le dice el sacerdote (a K.J; «este —Es cierto —dijo el sacerdote—, pero todos los
culpables dicen eso.
engaño peculiar se describe así en los escritos que prologan —¿Tú también estás predispuesto en mi contra?
la Ley: "Ante la Ley se yergue...” Y todo el capítulo es una —preguntó K...
prodigiosa escena respecto a Ante la L ey , entre el sacerdote —No tengo predisposición alguna en tu contra
y K. Habría que pasar muchas horas estudiando el interior. —respondió el sacerdote.
La ley general de esta escena es que el texto (el pequeño —Te lo agradezco —dijo K.— Pero todos los
relato entre comillas, Ante la Ley, si así lo desean), que pa­ demás que en algún modo tienen relación con mi
rece ser el tema del diálogo hermenéutico entre el sacerdote proceso sí me tienen prevención e influyen en tal
y K., es asimismo el programa, hasta en el detalle, del alter­ sentido en personas ajenas al asunto. Mi situación
cado exegético al cual da lugar, siendo el sacerdote y K., el se hace cada vez más y más difícil.
guardián y el hombre respectivamente, intercambiando ante —Interpretas mal cómo suceden los hechos
—declaró eí sacerdote—. La sentencia no se dicta
la Ley sus lugares. No falta detalle alguno y !o podremos de buenas a primeras; es sólo a través de autos y
verificar, si lo desean, en el curso de otro ensayo de lectura. actuaciones como se llega ai veredicto.»
No les voy a retener aquí hasta el final del día o de sus días,
a pesar de estar sentados y sentados no en la puerta sino en A continuación el sacerdote le relata —sin título— la
el castillo mismo. Me contentaré con citar algunos frag­ historia de «Ante la Ley» extraída de los escritos que prece­
mentos del capítulo para terminar, a modo de esas piedreci- den a la Ley, y K. concluye que «el guardián habia enga­
tas blancas que se depositan en un camino, o en la tumba del ñado al hombre». Con lo que el sacerdote —identificándose
rabino Loew que volví a ver en Praga hace algunos meses, de alguna manera con el guardián— comienza la defensa de
en la víspera de un arresto y de una instrucción sin proceso éste a través de una larga lección de estilo que comienza por
en el curso de la cual los representantes de la ley me pre­ «No respetas lo suficiente lo dicho en la Escritura, y alteras
guntaron, entre otras cosas, si el filósofo al cual iba a visitar su historia...». En el curso de esta lección, entre otras cosas
era un «kafkólogo» (dije que habia venido a Praga para se­ singulares destinadas a leer A n t e la L e v en su ilegibilidad
guir pistas kafkianas); mi propio abogado me había dicho: misma, dice lo siguiente: «En relación con esto, los comen­
«Debe usted tener la impresión de vivir una historia de taristas dicen que la correcta comprensión de un asunto o su
Kafka»; y cuando ya se iba, «no tome esto demasiado trági­ incomprensión no se excluyen naturalmente».
camente, vívalo usted como una experiencia literaria». Segunda etapa: convence a K., quien va a identificarse
Y cuando dije que no había visto jamás antes de la Adua­ con el guardián y darle la razón. Entonces el sacerdote in­
na la droga que pretendían descubrir en mí maleta, el Pro­ vierte la interpretación y cambia los lugares.identificadores;
curador replicó: «Es lo que dicen todos los traficantes de
droga».
26/28
142 / L a f ilo s o f í a c o m o ¡ n s iiu n ió n A n te h L e y I 143

«—Tú has estudiado esa historia minuciosa- Todo está comprendido en ella, sin comprender, en abismo.
. mente y ia conoces desde hace más tiempo que yo Ame la Ley, por ejemplo el resplandor:
—dice K.
Durante un rato, ambos guardaron silencio, «La lámpara que sostenía en la mano hacía rafo
luego dijo K.: que había dejado de alumbrar. Por un momento
—¿Piensas que aquel hombre no lúe engañado? resplandeció ante él, la imagen plateada de un santo
—No me interpretes mal —manifestó el sacer­ (San Pablo, quizás) —era el brillo de la plata— e
dote—. Yo sólo te expongo las diferentes opiniones instantáneamente volvió a desaparecer en ía oscuri­
concernientes al particular. No lés des demasiada dad. Pai a evitar seguir dependiendo por entero del
importancia. La Escritura es inmutable y los co­ sacerdote, le preguntó:
mentarios, con bastante frecuencia, dejan ver la de­ -Y, No estamos ahora cerca de la puerta princi­
sesperación de quienes la comentan. En el caso que pal
nos ocupa, existe incluso la interpretación de que el —No —respondió el sacerdote—. Estamos lejos
realmente engañado fue el guardián. de ella. ¿Quieres me ya?
—Es una interpretación muy osada —dijo K.—
¿Y en qué la basan?» e incluso, en el mismo contraabismo de Ame la Lev, es K.
quien pregunta al sacerdote que ¡e espere, y esta misma de­
Continúa aquí la segunda ola exegética del sacerdote, manda le hace incluso pedir al sacerdote-intérprete que pre­
quien es a la ve/, un sacerdote y un rabino, de alguna ma­ gunte él mismo. Ls K. quien pide que se le pregunte:
nera, una especie de San Pablo, el Pablo de la Epístola a los
Romanos que habla según la Ley, de ia Ley y contra la Ley —Espera un momento, por favor.
«cuya letra ha envejecido»; aquel que dice también que no — I’e espero —dijo el sacerdote.
ha «conocido el pecado más que por la Ley»; «Yo, estando —¿Necesitas algo más de mi? —le preguntó K.
anteriormente sin Ley, estaba vivo; mas cuando fue dado el —No —repuso el sucedo le.»
mandamiento, el pecado retomó vida y morí...»
No olvidemos que el sacerdote es, como el guardián de
«Está basada —manifestó el sacerdote— en la la historia, un representante de la Ley, un guardián también,
ingenuidad del guardián. Se argumenta que él no puesto que es capellán de los prisioneros. Y le recuerda a
conoce el interior de la Ley, que sólo conoce el ca­ K., no quién es él, el guardián o el capellán de los prisione-
mino que conduce a ella, por donde van y vienen tos, sino que K. debe comprender primeramente y enun­
los policías. Los comentaristas presumen que es in­ ciarlo después quién es él, el sacerdote. Son las últimas pa-
genua ia idea que tiene del interior y suponen que labras del capítulo:
está atemorizado de los otros guardianes a ios que
presenta como trastos ante el hombre; y tal vez les
«Primero comprende tu quién soy yo —declaró '
tiene más miedo que el hombre...» el eclesiástico.
Eres el capellán de la prisión —dijo K., bus­
Les dejo leer la continuación de esta escena inenarrable, cando a tientas unir de nuevo su paso al del sacer­
en la que el sacerdote-rabino no termina este relato, cuyo dote; su urgencia por volver al Banco no era tanta
desciframiento busca incluso hasta la más pequeña cuestión. como él manifestara; podía, muy bien, quedarse ahí
mas tiempo.

28
144 / L a f ilo s o f í a c o m o in s titu c ió n

—Eso quiere decir que yo formo parte de la jus­


ticia —dijo el sacerdote—. ¿Cómo puedo, pues, ne­
cesitar algo de ti? La justicia no necesita nada de ti.
Te recibe cuando vienes y te despide cuando te vas.
«Das Gesezt witl nichl von dir. Es nimmt dich uuj ,
wenn dtí komm.st, es entlüss! divh, wenn du ,t>ehst» .

28/28