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La «normalidad» del 36

By JdJ

La gran desgracia del conocimiento histórico contemporáneo español es que lleva casi un
siglo penduleando entre dos posiciones bastante radicales. Hace unas cuantas décadas se
produjo uno de estos penduleos mediante una interpretación de la guerra civil española
como un hecho inevitable. Tras esta interpretación, llegó otra que tiende a ver en la
GCE un hecho histórico no sólo evitable, sino inexplicable de otra forma que aduciendo a
la injusta reacción corporativa de una pequeña elite militar-económica.

La primera de estas interpretaciones encuentra su sustento en negarle a la II República


el pan y la sal de las buenas intenciones. La República, tal es la tesis que demuestran
decenas, si no centenares, de libros escritos al calor de la historiografía franquista, sólo
fue una conspiración para el establecimiento en España de un régimen comunista.

El ataque de esta tesis tiene poco interés por el alto desprestigio que tiene hoy en día.
Su tesis contraria, sin embargo, goza de muy buena salud y de sólidos apoyos, incluso
legales; pues la torpísima Ley de la Memoria Histórica no es sino un intento de imponer
esta interpretación de la Historia por la vía de los hechos jurídicos.

Esta tesis, que yo suelo denominar Ricitos de Oro contra Fascistéitor, se basa en
contemplar el 18 de julio de 1936 como una fecha en la que españoles absolutamente
angelicales (Ricitos de Oro), fueron atacados por otros españoles que defendían dos
cosas: por un lado, sus privilegios religiosos, militares y económicos; por otro, la
estrategia de fascismo internacional, inexplicablemente quintaesenciado, en la mente
de muchos de los defensores de esta idea, por Adolf Hitler (que se implicó en España
muchísimo menos que Benito Mussolini).

Para que esta tesis funcione hacen falta muchas cosas. Hoy, con este post, inicio una
pequeña serie dedicada al que quizás es el elemento principal de la receta: la
pretendida normalidad del 36.
En efecto, la teoría Ricitos de Oro contra Fascistéitor parte de la base de que lo que fue
atacado el 18 de julio del 36 fue lo que hoy conocemos como un régimen de libertades
democráticas, que pugnaba con unas fuerzas que querían convertir España en un Estado
fascista. Esta teoría se basa en un hecho palmario, y es que Franco, ganador de la
guerra, aplastó la democracia. Sin embargo, hay cosas que no cuadran.

Lo primero que no cuadra es eso de la oposición fascista. Que en la oposición derechista


a los republicanos de izquierdas había fascistas, no se duda. Pero resulta difícil sostener
que la mayoría lo fuesen, teniendo en cuenta que ganaron el poder en el 33, como
Hitler, sólo que ellos no hicieron lo que Hitler, es decir no volver a permitir unas
elecciones; acción que puede encontrarse en el prólogo de la introducción del Manual
del Buen Fascista.

Las derechas que gobernaron España entre el 33 y el 35 tuvieron una oportunidad de oro
para convertir España en una dictadura: el golpe de Estado revolucionario de octubre del
34, la mal llamada Revolución de Asturias, en el cual las izquierdas obreristas trataron
de implantar la dictadura del proletariado (cosa que no digo yo; la dicen sus
organizadores en sus memorias). Del proletariado, sí. Pero dictadura. Ya empieza a
parecer que Ricitos no era tan demócrata como se pretende.

Sea por la razón que sea, las derechas, en el 34, no hicieron uso de la oportunidad que
tuvieron de cuando menos tentar la solución dictatorial, lo cual probablemente rebaja
su condición fascista.
El segundo elemento de la ecuación es la pura esencia democrática de los gobiernos de
izquierdas. Y para que esto cuadre, es necesario decir y demostrar que, cuando las
izquierdas gobernaron, en 1936, aplicaron a fondo la democracia.

Y aquí es donde hay unas cuantas cosas que contar.

Todo el mundo sabe cómo empezó 1936: con la convocatoria de unas elecciones
generales. Lo que no todo el mundo sabe es que el resultado de aquellas elecciones, en
puridad, no lo conoce nadie. Las elecciones de 1936 nunca han tenido resultados
oficialmente proclamados y publicados como tales, distrito a distrito. Nadie sabe en
realidad quién votó a quién dónde y, en realidad, los resultados que quizá son más
completos, que son los compilados por Javier Tusell en su libro Las elecciones del Frente
Popular, están sacados de los periódicos. Y es que casi desde el momento en que las
elecciones fueron convocadas, todo comenzó a ser raro. Muy raro. Bueno, en realidad ya
antes, si tenemos en cuenta que la convocatoria electoral partió de un gobierno cuyo
presidente, Portela Valladares, ni siquiera era diputado y no tenía partido que lo
apoyase. De hecho, Portela, o mejor deberíamos decir Alcalá Zamora, su mentor,
convocó las elecciones para dar carta de naturaleza a un nuevo partido que aspiraba a
ser un poco la bisagra de la política española. Un poco como Convergencia i Unió, pero
en plan español.

Manuel Azaña convenció a sus correligionarios de Izquierda Republicana, en una reunión


el 4 de enero, de las enormes ventajas que para las izquierdas burguesas (o sea, IR y
Unión Republicana, más un pequeño grupo de retrovirus, no más grandes que una micra)
comportaba ir a la coalición con las izquierdas obreras. En ese momento, quien habría
de acabar siendo el presidente de la República estaba convencido de que podría manejar
a sus colegas revolucionarios, como podría manejar a los independentistas catalanes.
Eso sí, tenía el problema de que los revolucionarios y nacionalistas pensaban
exactamente lo mismo de él y fueron, al fin y a la postre, los que acabaron por llevar la
razón.

Azaña cursó la invitación a los partidos de izquierda, y el día 6 las Juventudes


Socialistas, el Partido Comunista y el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña acuerdan
unirse y concursar juntos en la Operación Triunfo del poder. Al minuto de dar aval a la
creación del Frente Popular, se ponen a trabajar para sumar voluntades, cosa que hacen
con tanta efectividad como para acabar englobando bajo estas históricas siglas a un
número respetable de grupos: Unión Republicana, PSOE, Izquierda Republicana, PCE,
POUM, Partido Sindicalista, Juventudes Socialistas, Esquerra Republicana de Catalunya,
PSUC, Estat Catalá, Acció Catalana Republicana…

Este conglomerado de fuerzas políticas, que hoy abarcaría, más o menos, desde el
movimiento antiglobalización hasta la izquierda liberal del PP, alumbró un manifiesto
electoral, trasunto de aquella época del programa electoral moderno, que era, como
acertadamente señala Tusell, un ejemplo de moderación; no había nada, o casi nada, en
aquel manifiesto, del radicalismo marxista o anarquista. Quizá por eso los líderes
obreros, Largo Caballero el primero de ellos, se desgañitaron en los mitines de la
campaña electoral aconsejándole a sus correligionarios que no les importase apoyar un
manifiesto tan flojo, pues una vez tomado el poder los objetivos revolucionarios, al fin y
a la postre, se llevarían a cabo. Si una cosa hay que reconocerle a la campaña electoral
del 36 es que las izquierdas nunca se escondieron.

El gran argumento de la campaña, en todo caso, fue la mal llamada Revolución de


Asturias. En 1934, aprovechando cierta amalgama de sentimientos en las izquierdas que
confluían en el temor de que España pudiese, como Austria, caer en las garras del
fascismo, Francisco Largo Caballero, más influido que nunca hasta entonces por la
competencia obrerista que por la izquierda le hacía la CNT, siempre más luchadora,
siempre más cañera, siempre más revolucionaria que la UGT, decidió dar un giro a sus
aspiraciones. Fueron los momentos de acuñar el famoso eslógan de su periódico
Claridad: «¡Atención al disco rojo!» Sucintamente, la tesis de Caballero era: ahora que
se había construido la república, había que construir la revolución.

El propio Luis Araquistáin, ideólogo del largocaballerismo que durante el exilio realizaría
un amarguísimo stress test de sus propias ideas, reconoció que el hecho que se blandió
por el PSOE y la UGT para convocar la huelga general revolucionaria (o sea, un golpe de
Estado para implantar la dictadura del proletariado; eso y no otra cosa es la Revolución
de Asturias), es decir la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno, es un hecho
«nimio» en comparación con la movida que se montó.

Durante la Revolución de Asturias hubo hostias de ambos colores y a ambos lados de la


tapia. Los mineros asturianos se emplearon con fuerza devastadora contra Oviedo y sus
iglesias, y los efectivos de orden público del capitán Lisardo Doval, el designado para
llevar a cabo la pacificación de la zona, tampoco se andaron con chiquitas. El resultado
de la Revolución de Asturias fue: un gobierno conservador que radicalizó su perfil
(aunque, para desgracia de la historiografía siniestrocomprensiva, sin abandonar las
formas democráticas); un Estado de las autonomías que se fue al carajo; y miles de
personas en las cárceles.

La reacción de los impulsores del golpe de Estado, durante el año 1935 en el que el
bienio derechista se fue enlodando en el fango de sus errores y corruptelas, fue de libro.
En realidad, las izquierdas de la República sólo aplican una receta entre el 14 de julio de
1931 y el 18 de julio del 36: aplicar un concepto patrimonial de la República. Ellos no
participan en la República. La República es ellos. Araquistáin lo dice bien claro en su
revista Leviatán: «La República ha sido la Revolución de Octubre».

Este tracto mental lleva a una conclusión lógica: si recuperar la República es recuperar
la Revolución de Octubre, también es recuperar a sus promotores y ejecutores. Así las
cosas, en la campaña de enero y febrero del 36, la apertura de las cárceles, la amnistía,
se convierte en el primer elemento argumental, que unas derechas timoratas,
absolutamente convencidas de su triunfo, dejan pasar, sin darse cuenta de que con dicho
argumento, sus promotores han dado en la diana: las izquierdas burguesas no dejarán de
subirse a ese carro, pues lo contrario supondría alinearse con las derechas; y los
anarquistas, teóricamente reacios a votar, se sentirán obviamente atraídos por la
posibilidad de que sus compañeros (pues en Asturias lucharon anarquistas) salgan de las
celdas. El millón de votos teóricamente abstencionistas que, según muchos
historiadores, arrastra a las urnas ese sentimiento, es el que da la victoria al Frente
Popular (si es que ganó, claro).

Lo más importante de la Revolución de Asturias, en todo caso, es que había cambiado


totalmente el tono de la lucha por el poder en la República, puesto que las izquierdas
obreristas ya no iban a renunciar a sus presupuestos revolucionarios. El 11 de enero de
1936, El Liberal de Bilbao, el periódico de Indalecio Prieto, dio a conocer una especie de
acuerdo programático entre la UGT y la CNT, que no por casualidad se había pactado a
las puertas de unas elecciones. Se proclamaba la propiedad estatal de todas las tierras
de España, la reforma de la enseñanza pública, la disolución del Ejército para
reorganizarlo mediante la expulsión de «quienes no expresen fervor revolucionario»,
disolución de las órdenes religiosas, expulsión del país a los sacerdotes considerados
peligrosos... Es cierto, desde luego, que el manifiesto del Frente Popular era moderado,
como lo fueron las primeras palabras de Azaña en el Congreso tras acceder a la
presidencia del Gobierno. Pero, en mi modesta opinión, yerran los historiadores que se
agarran a estas dos certezas para sustantivar que durante la campaña electoral no hubo
motivo para que capas sociales españolas, notablemente las clases medias, se sintiesen
inquietas. La gente no es tonta y, por eso, cuando lee un manifiesto electoral reformista
pero luego ve que organizaciones que de forma más o menos velada o pública apoyan
dicho manifiesto hacen las propuestas que he copiado más arriba, tienden a pensar que
hay gato encerrado. España, es mi tesis, se enrareció, y mucho, incluso antes de que se
votase.

Además, esas cosas radicales no sólo las decían los radicales. El mismo Prieto, que
cuando tenía la ciclotimia conservadora se jactaba de no ser marxista, escribía durante
la campaña electoral en su periódico que el objetivo tras las elecciones no podía ser
otro que terminar lo que se había empezado en octubre del 34; que era, no se olvide, la
dictadura del proletariado.

¿Quedaban dudas? Largo las disipó definitivamente en un mitin celebrado el 12 de enero,


donde pronunció una de sus frases célebres: «establecido este Régimen [la República],
nuestro deber es traer el socialismo». Y más claro aún: «No desmayéis porque en el
programa electoral pactado con fuerzas afines no veais puntos esenciales. Después del
triunfo, y libres de toda clase de compromisos, tendremos ocasión de decir que nosotros
seguimos nuestro camino sin interrupción». Cualquier persona que supiese leer
periódicos en 1936 tendría claro que, para el PSOE, el tan cacareado programa electoral
del Frente Popular era papel mojado. Y de las intenciones de comunistas y anarquistas
no creo que quepa dudar.

Más largocaballeradas. Valencia, 29 de enero: «La clase trabajadora tiene que hacer su
revolución. Si no nos dejan, iremos a la guerra civil. Cuando nos lancemos por segunda
vez a la calle, que no nos hablen de generosidad y que no nos culpen si los excesos de la
revolución se extreman hasta el punto de no respetar cosas ni personas». Otro político
de izquierdas, alicantino, declara el 13 de enero que el 16 de febrero hay que salir a la
calle «a impedir que voten las mujeres, las beatas y las monjas» para que el 17 «no
quede en Alicante una cabeza de derechas sobre los hombros».

Con todo, los defensores de la normalidad del 36 deberían, asimismo echar un vistazo a
las cosas que cuenta la prensa de la época sobre esos días de precampaña y campaña.

El 12 de enero, durante un robo en la estación férrea de El Puig (Valencia), perpetrado


por anarquistas, muere un guardia civil, Alfonso Matamales, y el factor de la estación,
Eduardo Torres.
El 14 de enero, por la noche, un grupo de falangistas y otro de comunistas, cada uno
voceando sus periódicos, coincide en la calle Fuencarral. Primero llegan a los vituperios,
luego a las manos y luego sacan las pipas. Varios heridos. Horas después, en la calle
Santa Brígida, unos falangistas le dan una mano de hostias al comunista Andrés Pierno
por no haber querido coger su hoja de propaganda.

El 15 de enero, la cosa se complica especialmente. Os he hablado hace unas líneas de la


muerte del guardia Matamales durante un atraco. Este día 15 el hermano del muerto,
Camilo Matamales, se presenta en el hospital donde convalece el jefe de los
atracadores, un tipo que se jactaba de haber matado a siete guardias civiles, y le
dispara fríamente cuatro veces hasta enviarlo a tomar café con su hermano. Luego, con
total tranquilidad, espera la llegada de la policía, y les entrega su pistola. Camilo
Matamales, por cierto, fue llevado de paseo en Valencia la noche del 30 de agosto de
ese mismo año, ya en plena guerra civil. Que se sepa, todavía no ha vuelto.

El 18 de enero, mueren asesinados un guardia civil en Jerez y un alférez en Arcos de la


Frontera. En la muerte del primero, José García Vera, que se produce durante un tiroteo
en un bar, también muere un inocente tonelero que pasaba por allí, llamado Juan Ramón
Martín.

En Málaga, un vendedor de periódicos, Francisco Olalla Ramos, es muerto a tiros; al


parecer, vendía publicaciones que no les gustaban a los pistoleros.

En Villar del Arzobispo, unos cuantos fascistas de izquierda le ponen una bomba en su
propia casa a un miembro de la Derecha Regional Valenciana. En Cuevas del Valle, Ávila,
es peor. Un comunista es apremiado por el fiscal local por arrancar carteles de la
derecha; el tipo acecha al fiscal al salir de su casa y lo mata a tiros. En Peraleda, Lugo,
otros izquierdistas matan a tiros a un vecino que volvía de la feria. En Montemayor,
Salamanca, el muerto es Clemente Barragari Cid, del partido de Gil Robles. Un tal
Hilario Martínez Campos, en un pueblo de Teruel, hace doblete: primero dispara a un
militante de derechas, y después contra el alcalde. El Olves, Zaragoza, un tal Francisco
Malduenda, que reparte propaganda de Acción Popular, es agredido a tiros; lo curioso es
que, identificado su agresor, resulta ser nada menos que el alcalde socialista, Mateo
Millán. En Langa de Duero, unos desconocidos rodean al delegado gubernativo y le
rompen varias costillas.
En la calle Cartagena de Madrid, unos falangistas ven a un tipo vendiendo el periódico
del PC, José Puente Domenech, le acorralan y apuñalan. En Alicante, es asaltado un
periódico izquierdista, el cual los asaltantes incendian. En Vigo, unos cuantos
extremistas asaltan la sede de Falange y conminan a los que están allí dentro a levantar
las manos. Los falangistas contestan apagando la luz y poniéndose a disparar. Un muerto
y cinco heridos.

El 21 de enero en la noche, barrio madrileño de Vallecas, tres falangistas entran en un


bar a repartir propaganda. Varios parroquianos se lanzan contra uno de ellos y le arrean
unos cañetes. Los falangistas reculan, salen a la calle y, una vez en la acera, sacan las
pipas. Antonio Méndez García, presidente de las Juventudes Socialistas de Vallecas, cae
abatido por tres disparos mortales. Dos de los agresores, Inocente [sic] Fernández y
Eugenio Lozano, serán finalmente detenidos. Pero eso no detiene las represalias. Al día
siguiente, un falangista es tiroteado en la plaza de Ópera; otro, Moisés Nombela, queda
gravísimamente herido en la plaza de Legazpi tras sufrir cinco disparos; y, finalmente,
en la propia Vallecas es asesinado a tiros José Alcázar Torrente, albañil afiliado a
Falange.
La violencia ni siquiera es de un solo sentido político. En la calle Villamil de Madrid, los
militantes de UGT Agapito y Gregorio Martín Fernández son tiroteados por miembros de
la CNT. Al día siguiente, en la carretera de Villaverde, unos desconocidos disparan contra
un miembro del sindicato anarquista. En Cortes de la Frontera, un guardia civil recibe la
orden de localizar a un socialista, Antonio Vázquez, y conminarle a ir al cuartel por un
problema laboral. Cuando lo encuentra, en un colmao, el propio Vázquez y otros
compañeros rodean al benemérito y lo intentan desarmar. El picoleto saca el arma,
dispara y se carga al tal Vázquez, además de dejar varios heridos.

Ángel Ruiz Avellano, guardia de Asalto, muere en la noche del 20 de enero en Santa Cruz
de Tenerife en un enfrentamiento con radicales. Su compañero José Sánchez Varela
queda muy malherido y morirá días después en el hospital. Son días poco afortunados
para las islas porque se está desarrollando una huelga salvaje de los empleados del gas y
la electricidad. Los nervios, a flor de piel. Un piquete de vigilancia del ejército mata al
conductor de un camión que les pareció sospechoso. Los sindicatos declaran la huelga
general tinerfeña y en el entierro del conductor se monta la de Dios es Cristo, con carga
policial incluida que deja el cadáver un buen rato tirado en la cuneta.

Las cosas se están enconando contra las fuerzas de orden público. Especialmente la
Guardia Civil. Tan es así que el día 19, el propio primer ministro Portela ha tenido que
hacer unas declaraciones en cerrada defensa de los cuerpos de seguridad.

Nadie hace nada, durante aquella campaña electoral, por atemperar los sentimientos
que expresan todos estos incidentes, que sólo son los más graves de una lista enorme.
De las cosas que dice Largo ya hemos hablado. A la derecha, José Calvo Sotelo afirma en
sus mitines que sus teorías son una invocación a la violencia.

Todo esto pasó antes del día de la votación. Como se puede leer, todo muy normalito.
Pero las cosas, os lo puedo prometer y os lo prometo, eran susceptibles de empeorar.

En la Historia de los países siempre hay jefes de gobierno buenos, malos y gilipollas. Lo
deseable es que de los últimos haya pocos; incluso se podría pensar que la buena teoría
de la democracia, ésa que parte de la base de que el pueblo nunca se equivoca, conduce
a que no se pueda producir el caso de un jefe de gobierno gilipollas. Sin embargo, no es
así y España, de hecho, tiene la desgracia de haber acumulado dos casi seguidos: Manuel
Portela Valladares y Santiago Casares Quiroga. Ambos fueron primeros ministros nefastos
para el país y para su evolución. Para mí, mucho más el primero que el segundo.

Manuel Portela era un mandado y un pusilánime. Un hombre que no carecía de ambición,


pero sí carecía, sin embargo, de la capacidad y el empuje que, en los verdaderos
hombres de Historia, acompaña a la ambición. Si Napoleón Bonaparte se hubiese
limitado a ser ambicioso, probablemente no habría pasado de teniente y habría acabado
guillotinado en cualquier plaza. Y eso hace la Historia con Portela: colocarlo tumbado
con el cuello metido en un aplique de madera, sobre el que cayó la cuchilla de la
realidad para aflorar su simple y pura cobardía, intolerable en un hombre que ha
aceptado colocar sobre sus hombros la gobernación de un país.

Portela, como hemos dicho antes, montó todo el momio de las elecciones de febrero del
36 para aflorar en los votos a un nuevo partido centrista bisagra, necesario tanto para
las izquierdas como para las derechas. Ni él ni el verdadero muñidor del proyecto,
Alcalá-Zamora, esperaban una unión tan amplia de las izquierdas que, sumándose al
hecho de que aquel proyecto político era una más de las entelequias de poder de
aquella II República, surgida en cualquier charla de café entre tres o cuatro, vino a darle
al primer ministro y sus adláteres un severo correctivo aquel domingo de carnaval de
1936.

Pero Portela hizo algunas cosas torpes más. Para empezar, desoyó los avisos que Azaña,
si hemos de creerle en sus memorias, le hizo, en el sentido de que no había que prevenir
el día de la votación, sino las horas subsiguientes. Es creíble esta confesión del político
de la izquierda burguesa. Todo hace pensar que las izquierdas radicales, que siempre se
han caracterizado por bordar el agit-prop mejor que nadie, tenían una estrategia
montada, y la llevaron a cabo milimétricamente. Portela la vio pasar o, más bien,
contempló cómo le pasaba por encima, y le aplastaba.

El día 15 de febrero, en una alocución radiada, el jefe de gobierno Portela advirtió que
tenía movilizados 34.000 guardias civiles y 17.000 de asalto para garantizar una jornada
electoral pacífica. Y eso es lo que tuvo. En España, hasta las cuatro de la tarde del día
16, se votó sin grandes problemas, y el país se aprestó a esperar el escrutinio, que se
consideraba tardaría un par de días. Sin embargo, precisamente en el momento en que
el gobierno, puesto que se ha dejado de votar, afloja la mano, comienzan los
movimientos. En la tarde del domingo, a pesar de que es imposible conocer a ciencia
cierta resultados definitivos, por Madrid se extiende el rumor de que han ganado las
izquierdas, y en Barcelona que lo ha hecho ERC (tengo por mí, pero es sólo una opinión,
que el segundo rumor está mucho más sólidamente asentado en la realidad que el
primero). En la Puerta del Sol, de una forma más o menos espontánea, se van
congregando grupos de personas que pregonan la victoria de las izquierdas en que las
derechas no quieren creer.

A medianoche, el mando central de la Guardia Civil, que lleva 18 horas recibiendo un


comunicado tras otro sin novedad, experimenta el primer sobresalto: en Oviedo, unas
personas, al parecer mineros, han rodeado a Víctor Álvarez Ajutia, militante de Falange,
y le han causado varias heridas de arma blanca de las que días después fallecerá. Como
si fuese una consigna, la recepción de este radiograma parece marcar la pauta para una
auténtica avalancha de comunicados que hablan de masas que salen a la calle a vitorear
la victoria de la revolución. Pero no pasa nada, porque es un país libre. Esta afirmación
sin embargo, comienza a hacerse ya muy matizable llegada la madrugada, cuando esos
grupos de personas comienzan a marchar hacia las cárceles, con la intención de exigir la
salida de los presos de la revolución de octubre. Antes que comience la mañana a
amagar con el clareo, en Córdoba, Málaga, Sevilla, Huelva y Murcia están ardiendo
iglesias.

En medio de la gestión de esos comunicados, compleja porque el grueso de las fuerzas


se ha utilizado para las horas de votación y nadie había previsto la movida nocturna
(nadie salvo Azaña, como digo, si le creemos), es cuando el inspector general de la
Benemérita, general Pozas, recibe una llamada del general Francisco Franco, aún jefe
de Estado Mayor, que ha sido recogida en varios libros de Historia. Aunque hay varias
versiones de esa conversación, la sustancia está bastante clara. Franco llama a Pozas
para hacerle partícipe de lo que ya sabe; Pozas le contesta que lo tiene todo controlado
y Franco le contesta que no le cree, y le insinúa un movimiento coordinado de Guardia
Civil y Ejército para tranquilizar las calles, que Pozas rechaza de plano.

A las tres de la mañana de ese mismo día 17, Gil Robles se desplaza en coche hasta el
kilómetro cero, para entrevistarse con el jefe de gobierno en su despacho del ministerio
de la Gobernación. Para entonces, Portela tiene ya noticias ciertas de conflictos en
media España; conflictos, ojo, que incluyen asaltos a colegios electorales, que, que yo
sepa, nunca hemos sabido muy bien cuántos fueron, de quién y con qué resultado, lo
que contribuye a oscurecer aún más esas elecciones del 36 como episodio histórico.

Gil Robles le come la oreja a Portela con el asunto de los graves desórdenes que se están
produciendo. En realidad, no sabemos muy bien si protesta por un resultado que
comienza a sospechar contrario a las derechas, o sólo por la necesidad de apaciguar la
calle; al fin y al cabo, la única versión meticulosa de esa entrevista es la del propio Gil
Robles. Portela, sin embargo, hace lo que mejor se le da: dudar. Duda tanto que llama al
presidente Alcalá-Zamora, quien se niega en redondo a declarar el estado de guerra,
como reclama Gil Robles más que probablemente por inspiración de Franco, aunque sí el
de alarma. Que Franco está detrás de la propuesta de Gil Robles nos lo demuestra el
hecho de que, a esa misma hora, el general está hablando con el general Molero,
ministro de la Guerra, a quien convence de que proponga la declaración del estado de
guerra al consejo de ministros.

Ya de mañana, en Madrid varios desfiles de socialistas y comunistas confluyen para ir a


la cárcel celular, a sacar a los presos. Al llegar, increpan e insultan a los guardias que
vigilan el recinto, y cargan contra ellos. Los polis sacan las pipas. Un muerto y varios
heridos.

Largo Caballero, que no anda lejos, se indigna, toma un coche y se va a la Puerta del Sol
a echarle la bronca a Portela. Encuentra al jefe de gobierno pálido, ojeroso, derrotado y
temblón. Leoncio el León no anda por ningún lado, pero Tristón está allí mismo, sentado
en la silla del jefe de Gobierno. En apenas unas horas, Portela, Portela el gilipollas, ha
descubierto que eso de ser jefe de gobierno no es para él; que todo lo que desea
respecto de los disturbios que se multiplican por todo el país es alejar su culo de ellos, y
le dice a Largo: «Yo no puedo hacer más que entregarle ahora mismo el poder». Como si
el poder de administrar y regir la vida de los españoles fuese algo que pudiese
entregarse al primero que entrase por la puerta diciendo haber ganado unas elecciones
sobre las que no hay datos ciertos, sino gentes desfilando en las calles porque dicen que
las han ganado. Es difícil pensar en un ejemplo peor de irresponsabilidad por parte de un
alto representante público.

Una de las cosas que le dice Largo a Portela, y que éste cree (lógico: para hacer
cualquier otra cosa hay que tener criterio, y eso es algo de lo que el buen señor carecía)
es que el muerto y los heridos de la celular lo han sido por disparos de «fascistas».
Ciertamente, a esas horas por Madrid todo el mundo se hace lenguas con que los
disparos han sido realizados por falangistas, cosa que no es cierta. En todo caso, Portela
llama a Primo de Rivera y lo cita en su despacho inmediatamente. José Antonio está
probablemente (en mi estado de conocimientos no lo puedo aseverar, pero es lo más
lógico; aunque también podría estar en el domicilioi familiar de Génova) en la sede de
Marqués de Riscal, y desde allí se va a pata a la Puerta del Sol. Por increíble que
parezca, cruza la plaza a la vista de muchos grupos de izquierdistas, solo y sin escolta.

Portela le dice a José Antonio que le hará responsable de los conflictos que se puedan
producir y le apostilla: «hay que saber perder y tener serenidad». Verdaderamente,
aunque Falange no fuese culpable de lo de la cárcel, José Antonio bien merecía el
consejo. Pero tiene huevos que se lo diese tamaño temblón sin criterio.

A primera hora de la mañana, Alcalá-Zamora preside un consejo de ministros casi en el


mismo momento en que el Ministerio de Gobernación es asaltado por las turbas,
exaltadas por lo de la cárcel, que han de ser frenadas por la fuerza pública a caballo.

En el consejo, Portela comunica los primeros resultados recibidos, que apuntan a la


victoria del Frente Popular, aunque aún son muy parciales (cuando deje el poder, aún
habrá apenas unos cien diputados realmente proclamados). Titubeante, el jefe del
gobierno saca a pasear la idea del estado de guerra, idea que es recibida con reticencias
por el Presidente de la República, que ve más lógico esperar. Finalmente, se decide
dejar la decisión última en manos de la persona peor dotada de España para tomarla: el
jefe de gobierno, Manuel Portela Valladares. Arrarás cuenta en su historia de la
República que Molero, convencido de que se aprobaría el estado de guerra, había dado
ya luz verde a Franco y que, por eso, en Madrid hubo unidades apercibidas de ir a leer el
bando, y en Zaragoza incluso llegaron a pisar la calle.

En la Puerta del Sol, el personal se entretiene apedreando el enorme cartel con la foto
de Gil Robles colocado en el edificio del Tío Pepe. Ya en esa mañana comienzan los
motines internos en las cárceles. En Cartagena, 600 presos toman el patio del penal. Un
preso le arrebata el arma a un funcionario de prisiones, José Antonio García, y le
dispara, causándole heridas de las que fallecerá días después. Luego incendian la cárcel
hasta que llega la guardia civil a visitarlos.

En San Miguel de los Reyes, Valencia, hay otro motín con incendios. La pelea con la
guardia civil dura el día entero y provoca más de veinte heridos.

Las noticias que van llegando de las elecciones durante la jornada laboral del 17 son
cada vez peores. Ahora ya no llegan sólo actas de votaciones, sino relatos de colegios
electorales asaltados y actas desaparecidas. Lo cual es lógico. Como hemos dicho,
durante la madrugada del 17 el presidente Portela no le ha ocultado ni a sus visitantes ni
a sus interlocutores que todo lo que desea es quitarse el marrón de encima. Portela es el
jefe directo de los gobernadores civiles y es lógico que éstos, al observar una actitud tan
indecisa del jefe, decidan que no serán ellos quienes se expongan a más peligros de los
necesarios. No pocos gobernadores civiles, por lo tanto, o directamente desertan de sus
puestos o se dedican a ocuparlos haciendo uso de una total inoperancia, lo cual deja
total impunidad a los violentos. Las posibilidades de unas elecciones limpias, con sus
actas y todo, con sus datitos bien expresados, oficialmente sancionados por una Junta
Electoral y eso, se van perdiendo. Y no sólo eso sino que Portela, que es el primer
español que da por ganador al Frente Popular, pronto muestra una clara actitud de no
negarle nada a quienes ya considera los gobernantes de España. El 17 por la tarde, a
petición de los partidos de izquierda, autoriza la reapertura de las Casas del Pueblo
(que, no se olvide, año y medio antes han sido germen de un golpe de Estado) y pone en
libertad a todos los candidatos en las elecciones presos en la Modelo de Madrid,
mayoritariamente socialistas.

Los periódicos de la mañana del 18 reclaman que se le dé el poder al pueblo, puesto que
lo ha ganado. Franco, con la intermediación de Natalio Rivas, mantiene una entrevista
con Portela en la que le intima a controlar la situación con mano férrea. Portela, por
toda respuesta, le pregunta que por qué no lo hace el Ejército (¡tela! El jefe de un
gobierno democrático, preguntándole a un milico por qué no da un golpe de Estado).
Franco, sincero por una vez, le contesta que no es que no lo haga porque no quiera, sino
porque carece de la unidad suficiente. Lo cual nos sugiere que ya para entonces el
general ha llevado muy lejos sus contactos con unidades y mandos.
En Zaragoza, un miembro de las fuerzas de seguridad resulta muerto en enfrentamientos
con los radicales. La capital de Aragón es una batalla campal. En la cárcel de Santoña,
custodiada por el ejército, se produce un motín. Los soldados abren fuego y provocan
cinco muertos. En Murcia, las turbas se dirigen a quemar La Verdad, el diario de la
CEDA, algo que la guardia civil impedirá in extremis.

En la tarde-noche del 18, Portela recibe al líder radical-socialista Martínez Barrio, al que
se une el general Pozas, que llega con el rumor de moda en Madrid a esas horas: los
generales Franco y Goded van a dar un golpe de Estado. En sus memorias, Azaña trasluce
que fueron muchos los que creyeron este rumor, que enrareció notablemente las
actitudes dicho día. Además, el rumor probablemente tenía visos de realidad porque
Franco y Goded, en efecto, hicieron contactos con al menos Fanjul y Valentín Galarza,
aunque parece que sus intenciones eran declarar el estado de guerra ante la inoperancia
del gobierno. Claro que, conociendo a Franco, si con ello hubiese logrado controlar el
poder, resulta dudoso que lo fuese a soltar. En todo caso, los militares impulsores,
obsesionados con parar el comunismo, se encontraron con la resistencia de las unidades
a secundar un movimiento prácticamente improvisado. De ello sacaría buenas
conclusiones el general Emilio Mola, el cual, como bien sabemos, cuando preparó la
sublevación, lo hizo meticulosamente a través de sus famosas instrucciones.

Portela, a quien su cabecita y su pusilanimidad ya no le dan para más, llama a Alcalá-


Zamora para decirle que él se pira. Después de eso se entrevista, fuera de su despacho,
en la cafetería de un hotel, con José Calvo Sotelo. El político derechista le animará a
seguir, a apoyarse en Franco, en la guardia civil... Pero para ese momento Portela ya es
una persona mesmerizada por la idea de quitarse aquel marrón de encima y, además, la
propuesta de Calvo es, probablemente, impracticable. En la mañana del 19, en consejo
de ministros, Portela comunica su resolución y sale de la Historia de España por la
puerta de servicio, la puerta de los que salen de la casa pensando: si lo sé, no vengo.

Aún mantendría Portela una entrevista como jefe de gobierno divisionario: con Franco, a
media mañana del 19. El general le volvió a pedir que reaccionase. Portela se hizo la
víctima. Acusó al presidente Alcalá de haberle impedido declarar el estado de guerra (lo
cual es incierto; en unas circunstancias así, es difícil que un presidente de la República
pudiese oponerse a un jefe de gobierno resuelto. Quien crea que me equivoco, que se
haga esta pregunta: durante la guerra civil, ¿quién mandaba más: Azaña, o Negrín?) y
también le dijo a Franco que tanto el general Pozas como el jefe de las fuerzas de Asalto
se le habían ofrecido al Frente Popular; cosa que, por mucho que Portela nos parezca
una figura patética de la Historia de España, tiene muchos visos de ser cierto.
Está mediada la tarde del 19, del miércoles después de las elecciones del domingo, en el
que un presidente del Gobierno fantasma le entrega el poder a otro, Manuel Azaña, que
propiamente aún no ha ganado las elecciones que le dan derecho a ello. De hecho, de
alguna manera, no las ganará nunca. Pero eso, en espacio de unas horas, ya dará igual.

Manuel Azaña, para sorpresa de propios y extraños, forma gobierno en apenas unas
horas; signo bastante claro que la política de brazos caídos de Portela Valladares era tan
descarada que desde horas, tal vez días atrás, el líder de Izquierda Republicana estaba
esperando ser llamado por el presidente Alcalá-Zamora. El nuevo presidente del
gobierno intenta llegar con todos los pronunciamientos positivos y por eso pronuncia una
alocución radiada el día 20 cuya tesis central es: perdón para todos, borrón y cuenta
nueva, gobierno para todos los españoles, incluso los que no son republicanos. La CEDA
parece recibir ese testigo con una nota, también el 20, aseverando su colaboración para
la normalización del país. Pero el país no se normalizará. Los radicalismos no le darán,
no ya 100 días, sino 100 horas, al nuevo gobierno. Y éste, en 1936 como en 1931, no
sabrá, o no querrá, imponer su capacidad de acallar a quienes descarrilan de la
democracia para llevar demasiado lejos sus estrategias.

Azaña lo sabe porque lo ha visto. En la misma noche del 19 ha tenido que salir al balcón
de la Puerta del Sol a responder a la multitud vociferante que celebra su nombramiento.
A ellos les suelta un discurso un tanto frío en el que promete la amnistía y la restitución
de los ayuntamientos removidos tras el golpe de Estado del 34. La multitud le contesta
con silbidos y pidiendo la cabeza de los líderes de derecha. Así pues, el mensaje para el
presidente del Gobierno es claro y, en el fondo, el mismo que el de Pretty Woman. Las
izquierdas quieren que se les haga más la pelota. Mucho más.

En La Rambla, Córdoba, el viejo ayuntamiento de izquierdas, destituido, considera que


el anuncio de Azaña es ley, y se presenta en la casa consistorial para tomar el mando. El
alcalde y concejales obrantes se niegan. Se enzarzan en una pelea de la que salen siete
heridos y el incendio del archivo municipal. En Jumilla, Murcia, los anarquistas declaran
el comunismo libertario. Los nacionalistas montan una mani en Barcelona que termina
con un muerto y varios heridos.

Con todo, la verdadera actividad está en las cárceles. Quien quiera consultar uno de
estos conflictos paso a paso, no tiene nada más que consultar las memorias de
Pasionaria, en las que la líder comunista cuenta, con indisimulado orgullo, la movida de
la cárcel de Oviedo, que terminó con todos los presos en la calle, incluidos los comunes
(tuvo muchos años doña Dolores para explicar exactamente qué relación tenían la
pederastia, la violación y el robo con la República; pero nunca lo dejó del todo claro). El
viejo político liberal republicano Álvaro de Albornoz trató de convencer a las izquierdas
de que las cárceles sólo las pueden abrir los Parlamentos, pero no le hicieron ni
puñetero caso.

En Chinchilla, Albacete, hubo una fuga masiva de presos, que tuvo que frenar la guardia
civil con el resultado de un muerto. Mientras tanto, en Eltx se sustantivaba la tradicional
querencia del levantino hacia el fuego. Sin ser Fallas ni nada, ardieron en la misma
noche la sede de la Derecha Regional Valenciana, el casino, la sede del Partido Radical,
la sede de Acción Cívica de la Mujer y varias iglesias. La guardia civil causó dos muertos.

Ese mismo día 20 ardieron templos en Betanzos (La Coruña), Melilla, Palma del Río
(Córdoba), Sanz (Barcelona), Torres de Berrellén (Zaragoza), Benajoan (Málaga),
Almería, Béjar (Salamanca), La Coruña o Córdoba. Cinco periódicos de derechas fueron
asaltados y en uno de ellos, La Unión Mercantil de Málaga, hubo un muerto. En más de
quince poblaciones las sedes de partidos de derecha fueron asaltadas. En Carmona,
Sevilla, los asaltantes incluso trataron de tomar el puesto de la Guardia Civil.

Resulta difícil de creer que una conflictividad tan extensa y atrevida sea fruto de la
espontaneidad. Espontaneidad es la de abril del 31, fecha que demuestra que, cuando la
gente reacciona a su bola, no suele hacerlo para abrirle la cabeza a nadie. El hecho de
que las inmediatas horas a la votación del 16 de febrero, las jornadas consiguientes, y
las horas que siguieron a la llegada de Azaña al poder, se siguiesen de tantos conflictos y
tan violentos, da que pensar que pudo haber organización. Así lo insinuó, a mi modo de
ver, el propio Niceto Alcalá-Zamora, quien escribió en 1937 que, para hacerse con la
mayoría de los diputados, el Frente Popular «consumió dos etapas a toda velocidad,
violando todos los escrúpulos de legalidad y de conciencia».
La primera etapa, para Alcalá, es adelantarse a la proclamación de resultados, que
debería producirse el día 20 ante las Juntas Provincias del Censo (y que nunca se
produjo), desencadenando en la calle «la ofensiva del desorden». «A instigación de
dirigentes irresponsables», dice el ya ex-presidente, «la muchedumbre se apoderó de los
documentos electorales; en muchas lcoalidades los resultados pudieron ser falsificados».

En la segunda etapa el Frente Popular, «reforzado con una extraña alianza con los
reaccionarios vascos, eligió la Comisión de validez de las actas parlamentarias, la que
procedió forma arbitraria. Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la
oposición resultó victoriosa».

Azaña era un fatuo, pero no era idiota. Sabía bien que el gran ganador de las elecciones,
cuando menos por la vía de los hechos, había sido el golpe de Estado del 34, lo cual
quería decir que más le valía dar pasos hacia la amnistía. El mismo día 20 reúne al
gobierno para estudiar el proyecto de la misma. Para darle a la amnistía un viso de
realidad, convoca a la Comisión Permanente de las Cortes, todavía formada según la
composición del 33 y, por lo tanto, con mayoría de las derechas. Éstas ni siquiera
presentan media oposición e, incluso, votarán mayoritariamente un decreto exento de
formalidades jurídicas, que se limita a declarar la amnistía en sí misma; y sin poner en
duda la legalidad constitucional de que algo tan importante como una amnistía sea
aprobado por un pequeño órgano de continuidad legislativa.

Los azañistas pararon algunas enmiendas que quería introducir la izquierda para que se
amnistiase también a presos comunes. La razón de fondo está en que el bienio
derechista había utilizado la legislación común para, en ocasiones, encarcelar a
activistas políticos y sindicales. La enmienda no prosperó pero, y éste es otro síntoma
importante, los comunes salieron de las celdas. Con ese detalle, las izquierdas
demostraban que, en el fondo, lo que dijesen o dejasen de decir los decretos les
importaba un bledo.

Es posible que Azaña, en el marco de esos análisis tan profundos que hacía consigo
mismo, pudiera pensar que la amnistía traería el reposo del orden público. Una vez más,
y van como dos millones desde el 14 de abril, se equivocó. El día 21, para «celebrar» la
amnistía, arden los periódicos derechistas Gaceta de Levante, en Alcoy; El Faro de
Ceuta; y La Voz de Asturias, en Oviedo. En Cartagena, el Saucejo y Fuentes de Andalucía
arden las iglesias. El día 22, en Córdoba, se producen asaltos de fincas en Monturque,
Fernán Núñez, Fuente Carreteros, Villanueva del Rey, Montoro, Bujalance, Lucena,
Encinas Reales, Montilla y La Carlota. En Aguilar, en la misma provincia, es asaltado un
centro campesino y su encargado arrastrado por las calles. En Palma del Río, los
jornaleros son la ley por un día, durante el cual incendian las casas de derechistas,
tiendas, molinos, lo que se pone por delante.

En Piñar, Granada, los manifestantes de izquierda disparan a la guardia civil; el mundo al


revés. En Bujalance se produce un atentado contra un propietario llamado José Navarro,
en el que resulta muerta su hija, probablemente una peligrosa capitalista de instintos
explotadores.

El día 23, continúa la fiesta. En Pechina, Almería, de nuevo disparan contra los guardias
civiles, los cuales contestan provocando un muerto; los manifestantes respondieron
cebándose en un derechista del pueblo, al que se apiolaron comilfó. En Jaén, de las
máquinas del periódico derechista Diario de la Mañana no quedan ni las tuercas.
Ese mismo día 23, los anarquistas encarcelados, imputados y condenados por los sucesos
de Castilblanco, donde se cometió no sólo asesinato sino el brutal linchamiento de los
cuerpos de cuatro guardias civiles, salen de la cárcel. Difícil de entender, porque los
sucesos de Castilblanco ocurrieron la friolera de 22 meses antes del golpe del 34. A su
salida del penal de Cartagena son recibidos con vítores y homenajeados en la redacción
de El Socialista. Curioso antecedente histórico éste del PSOE de haber encumbrado y
tratado como héroes a unos tipos a los que les faltó el más mínimo respeto por la
condición humana.

Otros que salen del penal, en este caso del Puerto de Santa María, son los catalanes que
en 1934 dirigieron un golpe de Estado contra el gobierno de España, y que con total
desparpajo, Companys al frente, al pasar por Madrid se van a ver a Azaña y le dicen que
no piensan pisar Barcelona sin que se restablezca la autonomía. Ni corto ni perezoso,
Azaña obedece, y el 26 ya está la Generalitat repuesta aunque, la verdad, el día 24 ya
se había reunido la comisión permanente del Parlamento catalán; una vez más, el mismo
mensaje: los decretos dicen lo que quieren y tienen su ritmo. Pero, mientras tanto, yo
hago lo que me da la gana, que para eso mando.

El día 28, el gobierno aprueba suspender la enseñanza religiosa, y estudia vías para la
depuración del Ejército. En suma, Azaña llegó, el día 20, prometiendo un gobierno para
todos. Pero, en diez días, la señal que le envía al país, neta y clara, es que sólo piensa
gobernar al gusto de algunos.
Sólo entre el 17 y el 29 de febrero, hubo 11 choques armados y 14 agresiones personales,
que produjeron 22 muertos y 112 heridos, a los que hay que sumar 40 incendios y 85
asaltos a propiedades.

La normalidad y la concordia prometida por el presidente del gobierno, don Manuel


Azaña, bien pronto se resquebrajó.

El 1 de marzo, los comunistas y socialistas celebraron el triundo del Frente Popular con
una gran manifestación en Madrid en la que se portaron carteles de Pablo Iglesias,
Stalin, Dimitrov... además de esfigies bufas de los líderes de la derecha. La mani terminó
en la plaza de Colón, o mejor dicho en Castellana, 3, frente al despacho de Azaña. Éste
salió al balcón y pronunció un discurso equívoco en el que afirmó que el pueblo había
conquistado la República y ya nadie se la arrebataría; frase que se puede interpretar,
benevolentemente, como una soflama florida, y a mala leche como la insinuación de que
pronto ni puñetera falta que haría votar. En fin, no es que yo dude de las convicciones
democráticas de Azaña; pero es que tampoco dudo que tenía un concepto patrimonial de
la República que le llevaba a considerar el poder como «propiedad» de unos y,
consecuentemente, «usurpación» de otros cuando gobernaban. Este sentimiento, de
hecho, ha pervivido más de setenta años en algunos votantes de izquierdas.No hay más
que pasearse minuto y medio por los hilos de sitios como Menéame para percibirlo.

Mientras se celebraba la manifestación de Madrid, un cedista, Valentín Gómez, era


asesinado a puñaladas en Badajoz. No fue el único muerto de la jornada. En El Coronil,
Sevilla, las masas trataron de quemar la iglesia, y la actuación de las fuerzas de
seguridad provocó la muerte de un manifestante.

Dos muertos en un día de movidas. Poca cosa para la «normalidad» del 36.

Ese mismo primero de marzo, por cierto, se publicó el decreto que establecía la
obligación de readmitir a todos los despedidos tras el golpe de Estado del 34. En la
práctica, esta medida puso en la calle a centenares de trabajadores apolíticos o no
significados, movimiento que fue oro molido para José Antonio Primo de Rivera, quien
comenzó a ver cómo su Falange se descargaba de señoritos y comenzaba a llenarse de
gente cabreada con las manos llenas de callos. Mucho mejor material cuando de repartir
hostias se trata.

Otro decreto por esas fechas legalizaba la ocupación de fincas por parte de los yunteros
de Badajoz, fruto de la presión de los mismos; norma que vino inmediatamente seguida
de otras que extendían la medida a provincias limítrofes.

El día 4, un grupo de socialistas comienza a cachear a la gente en la Plaza Mayor de


Alcalá de Henares. Sí, así de peripatética y exótica es la «normalidad» del 36:
ciudadanos privados, formando parte de milicias alegales, realizando labores propias de
los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado. Cuando dieron por
pasar por la plaza unos cuantos derechistas, se negaron al cacheo, negativa que fue
seguida de un amable tiroteo (repetimos: en pleno epicentro de la ciudad cervantina) en
el que se produjeron varios heridos. Minutos más tarde, la patrulla amateur se cruza con
un capitán del ejército de uniforme, al que acosan y obligan a usar la pistola para
ahuyentarlos. Al día siguiente, tamaña provocación provoca una huelga general. Durante
la misma, es asaltada e incendiada la antigua casa de los Jesuitas, así como las iglesias
de Magdalena y Santiago.

El día 8, arden templos en Cádiz y Granada. Un izquierdista resulta herido en un tiroteo


en la ciudad de la Alhambra, motivo por el cual los días 10 y 11 las turbas se enseñorean
de las calles. Durante esta fiesta caritativa, y para iluminar bien los hechos y que nadie
se quede sin poder hacer fotos, arden las iglesias de El Salvador, San Gregorio, San
Cristóbal, Nuestro Salvador y el convento de Santo Tomás, el edificio de El Ideal de
Granada, una fábrica de chocolate (lo mismo querían organizar un botellón-tazón, yo
qué sé...), el palacio del duque de Gor, el del conde de la Jarosa y varios domicilios
particulares de derechistas. Todo muy normal, como puede comprobar cualquiera que
hoy mismo se pasee por el centro de Granada, donde todos los días hay tres o cuatro
incendios. Los enfrentamientos con la fuerza pública provocan 30 heridos, 8 de ellos
para el arrastre.

El 14, en la bella ciudad riojana que rima con moño y con otras cosas, unos izquierdistas
rodean a unos militares con la sana intención de visitarles las costillas, ante lo cual los
atrabiliarios y desagradecidos funcionarios salen de najas y se refugian en su cuartel. Por
ello, la masa intenta asaltar el dicho cuartel (lo cual, cualquiera que se sepa la ley sabe
que está prohibido), ante lo cual los soldados de guardia abren fuego, matando a un
manifestante. Visto que con eso no pueden, los manifestantes asaltan las sedes de
Falange y la Comunión Tradicionalista, donde al parecer dejaron, por error, un cenicero
sano. Luego van a la cárcel y al periódo La Región, que tratan de asaltar sin éxito. Se
desfogan quemando las iglesias de Las Delcalzas, Agustinos, Carmelitas, Maristas y
Santiago.

En Jumilla, el pueblo que declaró el comunismo libertario nada más producirse la


votación del 16, unos derechistas se llevan por delante a un activista anarquista. La
guardia civil detiene a unos cuantos sospechosos. De madrugada, el cuartelillo sufre un
asalto. Pedro Castilla y Antonio Martínez, que estaban en el calabozo, son sacados a la
calle y asesinados a hachazos.
A hachazos.
La guardia civil reacciona y acaba matando a uno de los extremistas. Pero los
manifestantes contraatacan, los rodean, desarman y encierran. A partir de ese
momento, por supuesto, las masas de izquierdas son las dueñas del pueblo.

Se dirigen a la casa de un derechista, Constantino Porras. Lo sacan a la calle, lo tiran al


suelo y le cambian la forma a la cabeza al modo de Atapuerca, es decir cincelándosela a
golpes de sílex. Al día siguiente, llegan destacamentos de la guardia civil, que ponen
orden. También llega el gobernador civil; aunque este señor no viene a poner orden, sino
a presidir los funerales del izquierdista asesinado.

En el asalto al Diario de Navarra, en Pamplona, se producen doce heridos.

Será en este ambiente en el que nazca la guerra civil.

Uno de los temas que se discute y se discute eternamente, sin demasiada razón para
ello, es cuándo comenzó o nació el golpe de Estado del 36. La culpa la tiene la
historiografía franquista, que se empeñó en establecer una extraña relación causa-
efecto entre el asesinato de Calvo Sotelo y el 18 de julio, algo que no le entra en la
cabeza a nadie que sepa cuatro cosas sobre todo lo que hay que tener organizado para
dar un golpe de Estado militar que pase de los tres primeros minutos. Así pues,
normalmente los foros y discusiones varias bullen de opiniones que recuerdan que el
golpe se estaba fraguando mucho antes de dicho asesinato. ¡Pues claro!

Lo malo para muchos supporters de esta teoría es que el hecho de que sea cierta no
avala precisamente la tesis que muchos de ellos defienden, esto es que los golpistas
organizaron el golpe de Estado cuando lo único que estaba haciendo España era avanzar
hacia la democracia. El golpe de Estado del 18 de julio del 36 nace el 8 de marzo de
dicho año en un piso céntrico de Madrid, muy amplio y acogedor, propiedad de un
político de derechas. Y no nace para acabar con la democracia, sino para acabar con el
caos, que son cosas distintas. El 8 de marzo de 1936, tal y como ya venimos relatando,
apenas dos semanas después de haberse producido la votación de las elecciones, los
muertos tapizan las calles de media España, las cárceles han sido abiertas mediante
procesos no demasiado legales, y la seguridad ciudadana brilla por su ausencia. Éste es
el principal asunto que se trata en la reunión auspiciada por el general Mola, recién
trasladado de África a Pamplona, y a la que asisten los también generales Varela (que
ostenta la representación de Sanjurjo), Franco, Rodríguez del Barrio, Fanjul, Saliquet,
González Carrasco y Kindelán, a los que hay que añadir al general Goded, que no pudo
asistir pero se adhirió, y Valentín Galarza. La reunión dura cuatro horas. Todos los
asistentes están de acuerdo en que hay que dar un golpe de Estado cuyo objetivo es el
gobierno, no el régimen. Atrás ha quedado la teoría de Franco de que lo que hay que
hacer es declarar el estado de guerra; los contertulios están de acuerdo en que esa
declaración, caso de conseguirse, podría ser incluso contraproducente.

Las discusiones se centran en el hecho que algunos días antes le ha confesado Franco a
Portela: la desunión del ejército. Los propios promotores del movimiento son
conscientes de que las diferentes unidades no tienen criterios unificados a este respecto
y, por lo tanto, un golpe tiene muchas trazas de salir mal, como salió el de Sanjurjo en
1932; sólo que esta vez los conspirados son conscientes de que el gobierno no iba a
resolver la cuestión de forma suave. Por ello, se acuerda preparar un movimiento que
sólo se realizará en caso de extrema necesidad.

De donde cabe concluir que, de no haber llegado la República a esa situación de


extrema necesidad, quizás no habría habido golpe.

Pero no es el caso. Marzo se despliega con más de lo mismo. José María Maura y Gamazo
es asesinado en Bilbao. Manuel Sepúlveda, militante de la CEDA, cae en La Puebla de
Almuradiel, Toledo; las derechas convocan una manifestación de repulsa que es
tiroteada por los izquierdistas, con el resultado de dos muertos más. Un obrero de
derechas, José Antonio Aumendi, es agredido con porras en Santander y, posteriormente,
asesinado. En Bilbao, son tiroteados por la calle los tradicionalistas Jaime Villamor y
José Hernández, el primero de los cuales queda muerto en la calzada. En Castril,
Granada, un choque entre la guardia civil e izquierdistas deja dos muertos. En Palencia,
un militante de derechas llamado Jesús Álvarez es acosado por izquierdistas, saca una
pistola para defenderse y es abatido por los guardias de Asalto. En Toledo, la guardia
civil protege a unos derechistas que están siendo agredidos y produce un muerto. En
Ceheguín, Murcia, un izquierdista muere durante el intento de asalto de una iglesia. En
La Coruña, la CNT declara la huelga general. A los obreros de una obra que ha decidido
trabajar los cercan y los tienen cuatro días sitiados; al primer trabajador que intenta
salir lo disparan y lo hieren. Carlos Bacler, oficial de prisiones, es asesinado a tiros en
Málaga. En Consuegra, Toledo, los frentepopulistas se hacen con el pueblo, registran
casas de derechistas y ponen cerco a la casa-cuartel. En Mancera de Abajo, Salamanca,
izquierdistas y derechistas se enfrentan a tiros en la calle, como en el Far West. Mueren
una mujer y un niño de tres años.

El día 6, izquierdistas agreden con pistolas a una cuadrilla de obreros de afiliación


falangista que trabaja en el derribo de la vieja plaza de toros de Madrid, violando una
huelga. Hay cuatro muertos. Falange responde allegando a unos ignotos activistas de su
primera línea a una taberna de comunistas, donde su paso deja varios muertos.

Ese mismo día, por cierto, miembros de la policía, guardias de asalto, son agredidos a
tiros en la misma Gran Vía. No hubo heridos de consideración, pero lo cito porque me
parece que no se puede considerar muy «normal» una situación en la que se ve a gente
pegándose tiros a metros del H&M.
El día 11, la situación es muy comprometida en Vallecas. Grupos de izquierdistas asaltan
el Círculo Católico y el de Acción Popular, saquean e incendian domicilios, un almacén,
una fábrica de tejas, una serrería, tres tiendas, una pescadería, cuatro conventos, un
colegio parroquial y dos iglesias. Esa misma tarde, en la calle Sagasta, un grupo de
policías amateur sin placa rodea en la acera a dos estudiantes de Derecho falangistas,
José Olano Orive y Enrique Valsobel. Les conminan a enseñarles la documentación y
pretenden cachearlos, a lo que los falangistas se niegan. La negativa le costará la vida a
Olano.

El asesinato de Olano, que fue, como casi todos los del normal 36, absolutamente
gratuito, tuvo una enorme repercusión en Falange. Como las historias escritas de
aquellos tiempos lo fueron durante el franquismo y a la mayor gloria de la figura del
mártir José Antonio Primo de Rivera, es difícil saber con exactitud qué pasó dentro de la
organización, pero cabe sospechar que alguna tecla se pulsó, algún palillo se rompió,
con la muerte de Olano. A partir de la misma, José Antonio ya no pudo evitar, si es que
antes lo había conseguido o lo quería (yo tengo mis dudas de ambas cosas), que Falange
se convirtiese en un grupo terrorista en la práctica.

La historiografía falangista, cierto es, ha hecho siempre mucho hincapié en la mucha


paciencia que tuvo la organización antes de dar el paso; el mucho tiempo que pasó
durante el cual a José Antonio lo conocían como Simón el Enterrador, en alusión a los
muchos entierros a los que acudía, antes de pasar a la acción. Característica propia del
terrorista es siempre destacar las razones que le han llevado a serlo, como si eso
pudiese justificar un comportamiento fuera de la legalidad y basado en el terror. Las
izquierdas de la República, y sus corifeos presentes, sostienen también más o menos el
mismo discurso.

Nadie, en Falange, pareció pensar que, si hacían lo que querían hacer, y lo que hicieron,
inclinarían un poquito más la cuesta hacia la catástrofe.

El 12 de marzo, en la calle Goya de Madrid, un grupo de falangistas dispara al profesor


de Derecho, diputado de la nación, ponente constitucional socialista y futuro presidente
de una fantasmagórica república en el exilio, Luis Jiménez de Asúa. No le dieron, pero
su escolta, el policía Jesús Gisbert, recibió unos disparos que le causaron la muerte.
Asúa huyó a gatas por la calle y se refugió en una carbonería en Velázquez.

El 12 de marzo, por lo tanto, hay una vuelta de tuerca más a la situación. Falange ha
atentado contra un diputado (cosa que olvidará la historiografía franquista cuando se
mese los cabellos por el asesinato de Calvo Sotelo, que no estaba ni más ni menos
aforado que Jiménez) y, lo que es casi más importante, ha matado a un policía. Desde
ese preciso momento, no habrá ya tregua para el grupo de José Antonio.

El asesinato del policía Gisbert tiene, además, otra consecuencia. El día 13 de marzo,
muy probablemente por pensar exactamente lo contrario de lo que dice en el escrito, el
Gobierno publica una nota de prensa en la que asevera que todo el ejército está con la
legalidad y, más aún, se duele de las injustas agresiones de que han sido objeto
miembros de las Fuerzas Armadas.

Sea como sea, la acción de Falange marca un antes y un después para el 36.

El atentado contra Jiménez de Asúa marca una nueva etapa para Falange, pero también
para el gobierno republicano. A partir de ese momento, el ambiente entre los
republicanos será de tolerancia cero hacia la formación de Primo de Rivera, y su
objetivo acabar con ella.
El entierro del policía José Gisbert no pudo ser pacífico. Una persona murió apuñalada
en la calle Barquillo, y un militar de uniforme agredido. Se arrasaron una armería y una
cafetería. En la noche, arden dos iglesias y la sede del viejo periódico primorriverista La
Nación. Un conato de incendio del ABC es impedido por las fuerzas del orden.

La jornada del 13 de marzo adquiere una importancia esencial porque, aunque ya hemos
visto en estas notas que hay pueblos de España donde lo ocurrido podría verse como un
juego de niños, el hecho de que estos hechos ocurran en la capital de España multiplica
su gravedad. De hecho, el Gobierno, que se reunió el 13 por la mañana para estudiar la
convocatoria de elecciones municipales, siguió reunido hasta la madrugada del 14
haciendo un seguimiento de los sucesos y declarando, ya doblada la esquina de las doce
de la noche, que «hay que evitar cierta clase de excesos [no sé si con esto querían decir
que hay excesos que no se deben evitar], siendo los autores del Frente Popular los más
interesados en ello».

Ya en la noche del 13 están detenidos José Antonio y la cúpula de Falange. El hijo del
ex-dictador ya no saldrá de entrerrejas. Cuatro días después, 17, las actividades del
partido quedan suspendidas por orden gubernativa.
El 15 de marzo por la tarde comenzaron su andadura las Cortes del Frente Popular. Fue
una sesión preparatoria presidida por Largo Caballero, puesto que su acta de diputado
había sido la primera en llegar al registro. Sin embargo, fue sólo una breve presidencia
formal que Largo cedió inmediatamente al diputado electo de mayor edad, el almirante
Ramón de Carranza, monárquico.
La única función de la sesión era proveer esa presidencia y convocar la reunión formal al
día siguiente. Así lo hizo Carranza y, tras hacerlo, levantó la sesión. Fue en ese momento
en el que el diputado izquierdista Ossorio Tafall le conminó a dar un viva a la República.
A ello, Carranza, a pesar de ser gaditano, contestó con un castizo: «No me da la gana».
Los diputados de izquierdas respondieron a eso poniéndose a cantar La Internacional,
arengados, desde la tribuna, por uno de los cuatro secretarios recién nombrados, el
comunista Uribe.

Poco más tarde de aquello, cuando Largo Caballero aún no había podido llegar a casa, el
domicilio fue tiroteado. La policía detuvo a dos falangistas, Ricardo Marchitorena y
Manuel Álvarez.
El 16 se constituyeron las Cortes y se eligió presidente de las mismas a Diego Martínez
Barrio. El 17 se formó la comisión de revisión de actas, bajo la presidencia de Indalecio
Prieto.

Cuestión histórica espinosa ésta de la revisión de actas. Los historiadores tienden a no


poner en duda el hecho de que el Frente Popular ganó las elecciones; aseveración que a
mí, cuando menos, me parece un tanto temeraria teniendo en cuenta que, que yo sepa,
nadie, jamás, ha podido hacer una relación meticulosa de en cuántos colegios
electorales puede considerarse la votación limpia; es decir, en cuántos puntos de
votación se realizó un recuento y un acta convenientemente garantizado por las fuerzas
del orden, o sea por el gobernador civil, y una remisión también por vía segura.
Pero, bueno, aún aceptando esta victoria, el hecho de que Portela el egoisto-gilipollas
cometiese el desafuero de permitir que la misma coalición que había ganado las
elecciones estuviese en el Gobierno en el momento en que dicha victoria había de ser
fijada o medida hizo que la cuestión de las actas permanezca, cualquiera que fuese el
resultado del 16 de febrero (que, insisto, al menos yo desconozco), como un borrón
jodidillo en la pequeña historia de este año tan importante.

Se alegaron más de 200 actas en Cáceres, Granada, Cuenca, Pontevedra, La Coruña,


Málaga, Soria... De todas estas alegaciones, se anularon 32 actas. Casualmente, todas
correspondían a diputados no pertenecientes al Frente Popular. La revisión de estas
actas se hizo con la intención poco escondida de volverlas a favor del Frente Popular, a
pesar de que en algunas de estas circunscripciones era inimaginable que las derechas
pudiesen perder, como por ejemplo Cuenca.
Indalecio Prieto, que comenzó contestando con tono rubalcabiano los dicterios de Gil
Robles sobre la manipulación de la comisión, acabó él mismo dimitiendo de su
presidencia «por temor de que no pueda ser absoluta mi conformidad con los dictámenes
que la Comisión haya de emitir en adelante, hasta el punto de que no podría sostenerlos
ni con mi firma ni con mi palabra». Llama la atención, la verdad, que los hagiógrafos de
Prieto suelan citar esta anécdota en términos encomiásticos, alabándole la integridad al
político asturvasco. La verdad, a mi me parece algo de lo que no es muy lógico estar
orgulloso. Prieto salió de najas de una comisión que presidía y en la que sabía bien, sus
palabras son bastante evidentes, que se estaban cometiendo irregularidades sin cuento.
Lo loable en un político que ve una actuación corrupta es que la denuncie y si hace falta
arrostre las consecuencias de ello. Pero aplaudirle por mirar hacia otro lado, en fin...
Un ejemplo evidente de lo elástico de los criterios de aquella comisión fue la discusión
de las actas de Orense, donde se jugaba nada menos que el derecho de José Calvo
Sotelo a ser diputado. La intentona de la mayoría de anular este acta llevó a Calvo
Sotelo a decir que a él el régimen parlamentario le importaba más bien poco y a decir
aquéllo de «a España se le sirve aquí y fuera de aquí». Aquello fue, es mi opinión
obviamente incomprobable, una inteligente celada. Con esa frase, Calvo Sotelo intentó
que las izquierdas pensaran exactamente lo que pensaron: que el político gallego era
mucho más peligroso en la calle que bajo el techo de la Carrera de San Jerónimo. Así
pues, Calvo Sotelo conservó su acta.

¡Pero es que ya había sido anulada!

La comisión, sin embargo, la des-anuló, con todal desparpajo. Donde dije digo, digo
Diego. ¿El Derecho, las normas, todo eso?

El 25 de marzo, en el cine Europa, Margarita Nelken, auténtica apostolesa de la


democracia donde las haya, recién llegada de un viaje por Moscú, brama desde la
tribuna: «La dictadura del proletariado es indispensable para establecer el socialismo».
Más aún: «Para dictar justicia de clases no hacen falta magistrados reaccionarios. Basta
con un panadero, que no importa que no sepa de leyes con tal de que sepa qué es la
revolución». Ese mismo mes de marzo, en casa de Álvarez del Vayo, cada vez más
cercano a los comunistas, se gesta la mayor victoria estratégica de éstos últimos durante
el 36: la fusión del Partido Comunista con las Juventudes Socialistas, de la que es
importante muñidor un joven y prometedor político llamado Santiago Carrillo.

El número de Claridad, órgano caballerista, de 19 de marzo, incluye el programa


reivindicativo del PSOE en ese momento. Su primer punto es la toma del poder por la
clase trabajadora por cualesquiera medios. El manifiesto termina anunciando la
concertación con el PCE con vistas a una fusión.

El 17, ante unos gravísimos conflictos en la facultad de Derecho de Madrid, se decreta la


caducidad de todas las matrículas, debiendo los estudiantes, uno a uno, solicitar la
renovación a la Junta de Facultad. Seis días después, dos estudiantes mueren, hemos de
suponer que a manos de estudiantes de medicina pues son acuchillados con un bisturí.
Otro más fallece de un disparo. En Garabanzo, Asturias, es asaltado el domicilio del
maestro, quien es asesinado en la acción. Ese mismo día, en Albacete, arden dos
iglesias, el llamado Casino Primitivo, la sede de Albacete Religioso, la de Acción Popular,
la del Diario de Albacete e incluso la del Club Cinegético. En Cieza, Murcia, las patrullas
de polis aficionados sin placa ni autorización llegan a detener a sesenta personas. En
Yecla, a lo largo de varios días, se prende fuego a 14 iglesias.

En Villanueva de Castellón es asesinado un militante de Derecha Regional Valenciana. En


Sestao, Vizcaya, un joven es asesinado de ocho disparos. En Oviedo, un comunista es
asesinado a tiros por falangistas. José Martínez Fernández, ex alcalde derechista de Mula
(Murcia) es también tiroteado hasta la muerte. En Villazopeque, Burgos, hay un muerto
en la reyerta producida después de que un joven haya sido agredido en la espalda con
una hoz. La prisión de Lora del Río, Sevilla, es asaltada, acción durante la cual mueren
dos funcionarios. En Piñeres, Asturias, un grupo de comunistas secuestra a un tal
Francisco Álvarez, de Acción Popular, y lo asesina despeñándolo por un barranco. José
Aramburu Lasarte, peneuvista, fallece a tiros en San Sebastián. Un cenetista muere en
La Coruña durante el asalto de un local de la asociación empresarial local. En Madrid, un
frutero es asesinado a tiros.
Alfredo Martínez, ex ministro de Trabajo de las derechas, cae asesinado a tiros en
Oviedo. En Granja de Torrehermosa, Badajoz, un agente de la autoridad, Andrés Herrera
Gordillo, es rodeado por izquierdistas, que lo disparan y apuñalan y, una vez muerto, lo
apedrean. Al padre, que estaba presente, le dan una somanta de palos. El 25, en
Bonete, Albacete, es asesinado el guardia civil Joaquín Alcázar. Como sospechosos del
asesinato son detenidos el presidente de la Casa del Pueblo y varios concejales del
PSOE.

Marzo, lo vemos, es sangriento. Pero abril será peor.

Mucho peor.

Los días 14 y 15 de abril se clavará el que, en mi opinión, es el penúltimo clavo


necesario para apuntalar la inevitabilidad de la guerra.

Abril de 1936 se inicia con uno de los hechos más debatidos de la pequeña Historia de
aquel medio año que transcurre hasta el golpe de Estado. Debatido porque no hay
mucho acuerdo en torno a por qué ocurrió lo que ocurrió. Lo que ocurrió, sucintamente,
fue la destitución de Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la República y su
sustitución, tras una votación en el Palacio de Cristal del Retiro, por Manuel Azaña.

Las motivaciones y, por así decirlo, engranajes de este cambio no están del todo claras.
En primer lugar, hay que decir que, sin duda alguna, en el proceso jugaron las
ambiciones personales. Sería muy difícil imaginar que Azaña no quisiera ser Presidente
de la República. Como primer ministro se había llevado unos palos de la leche, lo cual
siempre deja cicatrices; y, además, la situación en el 36, que vamos describiendo, no
invitaba precisamente a creer que los malos momentos fuesen irrepetibles. Acostarse
jefe del gobierno en la primera mitad de 1936 venía a equivaler a acostarse
preguntándose si en algún lugar de España, en ese preciso momento, no se estaría
produciendo un nuevo Casas Viejas, un nuevo Castilblanco, un nuevo Arnedo, una nueva
sublevación del Llobregat, otra Asturias, un nuevo atentado falangista. Para alguien
como Azaña, que tantas plumas se había dejado en los escándalos del 33, es lógico que
esa perspectiva no fuese muy atractiva; y, además, la Presidencia de la República, con
sus palcos de ópera; con sus innúmeros actos ateneístas rodeado por los de la ceja
propia; con sus recepciones rimbombantes en salones un día borbónicos, capaces de
henchir la vejiga del orgullo incluso en el caso de alguien que, como Azaña, la tenía bien
grande; la presidencia de la República, digo, con todos esos gajes, no podía dejar de ser
atractiva para este señor que fue el primer español de una larga lista que cree que
Manuel Azaña marca un antes y un después en la Historia de España.

Eso, Azaña. Otros, no podemos saberlo con precisión, pero sí podemos imaginarnos que
también sintieron el mordisco de la ambición. Y me refiero a Prieto, aunque su ambición
no era presidir la República, sino ocupar el sillón que Azaña dejaría vacante.

Cuando uno repasa la Historia de la fantasmagórica República en el exilio y se da cuenta


que incluso en esos tiempos llegó a haber peleas sin cuento por presidirla y presidir su
gobierno, a pesar de que equivalía a presidir la nada, se da cuenta de que, cuando esa
ambición era cierta, es decir se refería a una presidencia real, debió de ser la misma
pero elevada a una potencia de dos dígitos. ¿Prieto soñó con ser presidente del
Gobierno? Sin el menor rastro de duda. Convicción personal de que lo merecía (como
Azaña) no le faltaba, y tampoco le faltaron, seguro, corifeos de mesa camilla que le
dijeran que era el candidato ideal. ¿Lo soñó Martínez Barrio? Probablemente, no. MB
sabía que era el as en la manga que Azaña se quería guardar para presidir el gobierno si
la cosa se ponía fea (tesis ésta que mueve a preguntarse cuál podía ser el concepto que
tenía Azaña de ponerse feas las cosas). Largo: no. Largo Caballero, con seguridad, nunca
quiso ser presidente de la República, ni del Gobierno.

Pero lo importante no es eso.

A mi modo de ver, todo lo que rodea la cuestión de la segunda Presidencia de la segunda


República tiene que ver con algo que creo haber escrito ya. Todos, y todos quiere decir
todos, y cada uno de los intervinientes en la formación del Frente Popular se metieron
en aquel merdé convencidos de que podrían manipular al resto. Azaña, después del
mitin de Mestalla en el que decenas de miles de personas lo aclamaron, creía que él era
el faro de las izquierdas de España; idea que también tenía de sí mismo, con muchísima
más razón, Largo Caballero. Entre ambos, Indalecio Prieto consideraba que podría
hacerle un trile a su correligionario Largo (que era, al mismo tiempo, el tipo que más le
envidiaba) y llevar al PSOE al redil de apoyarle a la hora de okupar la izquierda burguesa
convirtiéndose en mano derecha de Azaña. Los comunistas tenían en marcha un plan, el
diseñado por la Internacional, de realizar alianzas burguesas para madurar hacia la
revolución. Y los anarquistas consideraban que, tras haber inclinado la balanza electoral
a favor del Frente Popular, se les debía su comunismo libertario.

Todo el mundo, como digo, consideraba que podía manipular a los otros. Por eso, todos
se pusieron de acuerdo, rápidamente, para manipular la Presidencia del Estado.

La Constitución republicana tenía una cláusula antipresidencialista cuyo objetivo era


impedir que un Presidente venal se perpetuase en el puesto a base de disolver las Cortes
que no le fuesen afectas. En consecuencia, la Carga Magna establecía que un presidente
de la República que disolviese las Cortes dos veces tendría que dimitir. La tesis del
Frente Popular fue que eso precisamente es lo que había hecho Alcalá: la primera,
cuando disolvió las Cortes constituyentes; y la segunda, cuando disolvió las de la
derecha para las elecciones del 36. Alcalá, por su parte, consideraba que la disolución
de unas cortes constituyentes es algo preceptivo cuando la Constitución ha sido
aprobada, así pues ésa no debía contar.

Es un debate de técnica jurídica constitucional que Alcalá, supongo que para su sorpresa
pues era académico de Jurisprudencia y fino jurista, perdió. No lo perdió por la solidez
de los argumentos en contra. Lo perdió porque todo el mundo en el Frente Popular se
juramentó para apoyar la tesis de que debía ser cesado. Aún le cabía a Zamora una
posibilidad, y es que las derechas, al fin y al cabo una minoría relevante, pusieran pies
en pared. Pero eso era wishful thinking. Las derechas se pusieron de canto, se alienaron
del proceso, porque la cosa no iba con ellas. Gil-Robles, es de comprender, no iba a
mover un dedo a favor del tipo que, durante dos años, hizo uso de todo tipo de
subterfugios para impedir aquello que la aritmética parlamentaria dictaba con claridad:
que era la CEDA la que debía gobernar. Para Calvo Sotelo, Goicoechea y demás, Alcalá
era un sucio traidor. El único que, en puridad, apoyaba al Presidente era el gallego
egoisto-gilipollas. Y eso y nada…
Azaña quería ser presidente de la República. Prieto también lo quería, para ponerse él
de primer ministro. Pero, y ésta es mi tesis porque hay historiadores que creen en otras,
hubo un tipo que, al fin y a la postre, les engañó a todos: Francisco Largo Caballero.

Dice la famosa frase que la mano que mece la cuna mueve el mundo. En política, la
mano que mece la calle es la que lo mueve. Largo Caballero tenía la calle y la fuerza
electoral; esto es algo que los diletantes de salón señores Azaña y Prieto, siempre
rodeados de hagiógrafos en vida que les repetían una y otra vez eso de tú sí que vales,
macho, no podían entender. Indalecio Prieto estaba embarcado en una sorda guerra
interior en el PSOE contra el caballerismo en la que logró indudables victorias, como la
colocación de su amigo González Peña en la estructura partidaria; pero Largo, sin
embargo, tenía un control total sobre la UGT, desde que en diciembre de 1933 se había
deshecho de Besteiro y Saborit y colocado en puestos claves de la organización a sus
fieles De Francisco, Pretel, Del Rosal, etc., muchos de los cuales acabarían siendo en la
guerra más comunistas que otra cosa.

Si el pígnico socialista asturvasco hubiese mirado un poquito más por la ventana, a la


calle, se había dado cuenta de que no tenía redaños para plantarle cara a Largo. A él,
sin embargo, no le iban esas cosas. Su terreno era la tribuna de las Cortes y las tribunas
de papel de los periódicos. Como en éstas, sobre todo la segunda, dominaba, se creía,
cuarta más, cuarta menos, que todo el monte era orgasmo. Todo político, tarde o
temprano, desarrolla resiliencia a las críticas y proclividad a rodearse de personas más
mediocres que él que le dicen lo inteligente que es y jamás someten a crítica sus ideas o
estrategias. Prieto fue de éstos, como lo fue Azaña. Sánchez Albornoz sugería en sus
octogenarias entrevistas que todo el mundo en la izquierda burguesa se burlaba de Largo
Caballero cuando, en las distintas reuniones, repetía como un loro eso de «hay que
hacer la revolución». Resulta increíble que alguien pudiese burlarse con remoquetes de
esas palabras, cuando en la calle la gente moría fruto de la violencia política en una tasa
absolutamente insoportable.

En mi opinión, es obligación de la Historia ser especialmente dura, en este punto, con


estos dos especuladores de la nada que se llamaron Manuel Azaña e Indalecio Prieto.
Carecían de bases. Carecían de votos. Carecían de fuerza social. Carecían, incluso, de
fuerza estatal, pues la mitad del ejército, para cuando ellos estaban pensando en
quedarse con el machito de las presidencias de la República y del Consejo de Ministros,
ya estaba conspirando para fusilarlos. La calle llevaba, a principios de abril, mes y
medio dictando su sentencia con letras de sangre y odio. El proyecto del Frente Popular,
si es que alguna vez fue un proyecto de, como diría Azaña un par de años más tarde,
Paz, Piedad y Perdón, había para entonces descarrilado o, más bien, cambiado de vía y
dado un giro de no menos de 90 grados. Ellos, sin embargo, siguieron creyendo en el
plan original, un plan consistente en que un líder sin bases sociales y otro medio líder
que disputaba, en desventaja, la dominación del mayor partido de España, fuesen a
meter en vereda a fuerzas absolutamente desmandadas, que se sentían ganadoras de las
elecciones y que, en algún caso, incluso lo eran.
Largo, mucho más ídem que ellos, aplicó sin embargo, si hemos de creer en las
confesiones de Araquistain ya en la posguerra, la táctica del pescador. El primer barbo
que picó fue Azaña. Le dio carrete, y le dio carrete, y más, hasta dejar que el infatuado
político, y con él toda la izquierda burguesa, se empalmase con la idea de presidir la
República. Luego implicó a Prieto en la movida, pues fue Prieto quien, levantándose en
el Congreso y aprobando la moción oportuna, clavó en último clavo del ataúd en el que
fue enterrada la presidencia de Alcalá-Zamora. Dejó que ambos creyesen sus cositas:
Azaña, que como Presidente iba a poder hacer algo; y Prieto, que sería el primer
ministro de Azaña.

Él, mientras tanto, mecía la cuna.

Pero vayamos con el relato de la alborada abrileña. Lo primero que ven los días de abril
es la marcha atrás del Gobierno, que decide no convocar las elecciones municipales que
llegaron a estar previstas en un decreto de fecha 17 de marzo. La razón de la
desconvocatoria es obvia, y doble. Por un lado, es una locura convocar unos comicios en
un país en cuyas esquinas andan tirios y troyanos a hostia limpia; hacerlo equivaldría a
invitarlos a concentrarse en un ring llamado colegio electoral. La segunda razón es que
las izquierdas, apenas mes y medio después de haber ganado las elecciones o haberse
proclamado ganadores, barruntan que los resultados ya no van a ser los mismos, más que
nada porque la gente tiende a no votar a gobiernos que no garanticen el orden público.
Del 5 de abril es la motita del BOE que aplaza los comicios locales, sin saber,
obviamente, que dicho aplazamiento lo sería por cuarenta años.

Las Cortes se constituyen definitivamente el 3 de abril, eligen a Martínez Barrio


presidente y, acto seguido y sin solución de continuidad, tienen conocimiento de la
proposición no de ley firmada por sus señorías Prieto, Largo Caballero, Uribe, Pestaña,
Ibárruri, Tomás, De Francisco, Comas, Galarza, Pedroso, Jiménez de Asúa, Álvarez del
Vayo, Corominas, Tranal y Moreno, todos ellos socialistas y comunistas, solicitando que
se investigase la licitud de las decisiones presidenciales de disolución. Habló
pasionalmente Prieto en favor de la propuesta. Y se adhirió Azaña, quien, por el camino,
utilizó su uso de la palabra para hacer una especie de discurso programático de su
gobierno, que contenía esta frase que, en mi humilde, no tiene desperdicio: «¿Es que se
puede decir a las muchedumbres irritadas o maltratadas, hambreadas durante dos años,
a las muchedumbres saliendo del penal, que tengan la virtud que otros tenemos de que
no transparezcan [sic] en nuestra conducta los agravios de que guardamos exquisita
memoria?». Dicho de otra forma: yo, presidente del Gobierno, sé bien que los míos, los
que me votaron, andan por las calles haciendo el cabra. Pero qué quieren que les diga,
pobrecitos; los han puteado y no saben ser tan ecuánimes como yo, así que dejémosles
que maten, que roben, que incendien y que apaleen.

A mi modo de ver, un presidente del Gobierno espera dos minutos a ver si los que
provocan disturbios son capaces de ser ecuánimes. Y si, pasados dos minutos, no lo son,
saca a la calle a los de la porra, que para eso los tiene y para eso el Estado de Derecho,
que no deja de ser por ello menos democrático, le ha concecido eso que los juristas
llaman el monopolio de la violencia legal.
El día 7, los mismos firmantes de la proposición dan un paso más presentando otra que,
directamente, insta a las Cortes a declarar ilegal la disolución de enero del 36. Tras un
debate de cuatro horas en el que hubo de todo (incluso una pizpireta intervención de Gil
Robles, quien vino a insinuar que si se declaraba ilegal la disolución, habría que votar
otra vez, sugerencia que colocó la adrenalina de Prieto en unos niveles que ríete tú de
Chernobyl), la cosa se aprobó y se preparó una notificación para el presidente más
parecida al deshaucio de un sin techo que a un inpeachment. Alcalá-Zamora se negó a
recibir a la comisión que fue a darle el papelito a su casa, por lo que ésta tuvo que
entregársela a su secretario en el Palacio Real.

Mientras todo esto ocurría, la calle iba a su bola.

En efecto, la calle, en abril, sigue a su bola. En Villapadora, Sevilla, durante las


movilizaciones de una huelga campesina se produce un muerto. Los propietarios de
tierra huyen del pueblo ante las amenazas que reciben. Una votación para elegir el
alcalde de Huelva termina con un socialista muerto. En Huévar, Sevilla, otra huelga
campesina provoca dos muertos; uno más en Badalatosa, de la misma provincia. En
Abarán, Murcia, un grupo asalta el domicilio de un derechista y mata a su hijo a
puñaladas. Otro derechista muere en Siles, Jaén. Lo de Siles es, en realidad, peor. Las
izquierdas se rebelan y la guardia municipal se les une. Cuando llega la guardia civil a
poner orden, los municipales abren fuego contra ellos, hiriendo al teniente que iba al
mando. A ello se suceden unos enfrentamientos en los que muere un vecino sin
significación política.

No es el único caso. En Consuegra (Toledo), miembros de la guardia municipal asesinan


al guarda mayor de la Comunidad de Labradores. En Daimiel, Ciudad Real, el alcalde
intenta suspender una procesión religiosa y, al no conseguirlo, ordena a los municipales
que la tiroteen.

En Ceuta, el decano del colegio de abogados y ex diputado de la CEDA, De las Heras,


también es asesinado. En Beniopa, Valencia, donde los izquierdistas se han incautado la
iglesia por la patilla, un ex militante de la FAI es asesinado por ex compañeros.

Un magistrado de la Audiencia de Sevilla resulta gravemente herido en un atentado. En


Valencia, los vecinos de los pueblos de Jaraco y Tabernes de Valldigna, al parecer de
tendencias políticas distintas, quedan para pegarse. Un muerto. En Cartaya, Huelva, los
enfrentamientos entre campesinos y guardia civil dejan cuatro manifestantes muertos.
En Baza, Granada, un grupo de izquierdistas rodea al guardia civil José Herrerías Medina,
que saca su pistola y causa dos muertos.
El 23 de abril, en Lébrija, se producía un conflicto bastante común en aquella época. Los
jornaleros habían entrado en los campos y trabajado en los mismos sin haber sido
contratados, y ahora pretendían que se les pagasen los jornales. Hubo follón. El teniente
de la guardia civil Francisco López Cepero Ovelar les habló y advirtió de que no toleraría
desmanes. Luego fue a parlamentar con el alcalde y, a la salida del ayuntamiento, fue
abordado por los campesinos, que dispersó un guardia apellidado Galisteo disparando al
aire. Esa noche ardieron un convento, el domicilio del alcalde y el centro de Acción
Popular. El teniente López, que no tenía teléfono en su casa, salió en la noche hacia el
cuartel para dar las órdenes oportunas. Los manifestantes lo vieron y rodearon. Él sacó
su arma y disparó al aire. Iba a hacer otro disparo, pero el arma se le encasquilló. En ese
momento, los que lo rodeaban lo cogieron. Lo tiraron al suelo, lo patearon, lo golpearon
con barras de hierro y una azada. Luego, ya cadáver o tal vez moribundo, lo arrastraron
por las calles.
La mujer del teniente, desde el balcón de su casa, fue testigo de todo.

En Alfaro (Logroño) es asesinado un joven de Acción Popular. En Haro es asesinado otro


derechista y asaltada una sede partidaria. En Zaragoza, los obreros en huelga de una
obra se apiolan al contratista. En Yecla (Murcia) el asesinado es el secretario del
Sindicato Obrero Católico. Otro muerto en Arganda, durante un choque de partidarios
políticos. En Sevilla es asesinado un profesor de la Escuela de Artes y Oficios. Una bomba
estalla en Loyola, Guipúzcoa, causando un muerto. En Madrid, unos desconocidos
disparan contra un obrero derechista y una mujer cubana, matando al primero de ellos.
En Bilbao chocan sendos grupos de socialistas y tradicionalistas; un muerto más. En
Albalate del Obispo, Teruel, un agricultor mata a un propietario a tiros.

Arden en abril las sedes de los periódicos Gaceta de Levante (Alcoy), El Correo de
Lérida, El Guadalete y El Diario (Jerez).

Leandro García Bayona, agente de policía, fallece en Castellón a disparos de unos


anarquistas. En Almería muere un guardia de Asalto. En Viana, Navarra, el asesinado es
el guardia civil Manuel Elbusto Osés.
En Gijón, el guardia civil Manuel Vela Rodríguez fue asesinado por un grupo que pasó
delante de él a la salida del cuartel en un coche, y le disparó una ráfaga de balas. El
gobernador civil, Fernando Bosque, ordenó que no hubiese cortejo fúnebre en el
entierro. Las derechas, sin embargo, desobedecieron, lo que provocó que el propio
Bosque se plantase delante de la comitiva profiriendo, entre otras cosas, frases
injuriosas contra la Guardia Civil. Los falangistas que iban en la comitiva se encargaron
de que la cosa terminase a tiros.

El 14 de abril, Día de la República, fue celebrado en Jerez mediante el asalto al que


había sido el centro de Falange. Dentro había un falangista, Joaquín Bernal, que repelió
el primer ataque a tiros. Luego fue detenido por la guardia civil, quien se lo llevó al
calabozo. En el camino hacia el mismo recibió un tiro en el pecho, otro en un brazo y un
tercero en la espalda, éste a quemarropa. Los manifestantes la tomaron después con la
propia Guardia Civil, que acabó causando un muerto más. Aún así, los manifestantes
proclamaron los soviets y detuvieron a más de sesenta derechistas. A partir del segundo
día de los tres del conflicto, la guardia civil permaneció acuartelada por orden del
gobernador.

En Barcelona, los obreros del metal fueron a la huelga. Un obrero que quería trabajar
fue asesinado y arrojado a un paso a nivel. Otro, miembro del Sindicato Autónomo,
también fue asesinado. Los huelguistas asaltaron un autobús y desvalijaron a sus 25
integrantes. Finalmente, el día 26 fueron asesinados los hermanos José y Miguel Badia,
vinculados al Somatén y la policía autónoma durante el bienio derechista.

En Madrid, el día 7, un falangista llamado José Nicasio Rivogorda entregó una cesta de
huevos en casa de Eduardo Ortega y Gasset, abogado del Socorro Rojo Internacional que,
además, le había conseguido una colocación. La cesta llevaba una bomba que al estallar
causó heridas a la mujer del abogado.

Como guinda para este pastel, el día 13 de abril cae muerto en los adoquines de Madrid
el juez Manuel Pedregal, que había sido ponente en la causa contra Manuel Álvarez, uno
de los dos detenidos por el atentado contra Jiménez de Asúa. A Álvarez le cayeron, el
día 9, 25 años, y Falange contestó llevándose por delante a su señoría.

La crónica del orden público en abril, por lo tanto, está ya bien repleta de sucesos
bastante poco edificantes. Y, sin embargo, para quienes consideréis que esto que habéis
leído ya es suficiente, deberé deciros que me he dejado lo mejor. Todavía no me ha dado
tiempo a contaros por qué pienso que los días 14 y 15 de abril se clavó el último clavo de
la rampa que habría de descendernos hacia la guerra civil. Todavía no os he contado,
pues, que en este 1936 tan «normal» pasaron cosas como que una persona fuese
asesinada a pocos metros del presidente del Gobierno, y que un entierro se convirtiese
en una batalla campal en el mismo centro de Madrid.

El 14 de abril de 1936 amaneció el aniversario de la República, un aniversario en el que,


seguro, mucha gente, a pesar de todo lo que estaba pasando, aún tenía confianza en
aquel régimen. Apenas 40 horas después, eran muchos los que la habían perdido. Y la
«culpa» de todo la tuvieron un alférez de la guardia civil y un teniente de la guardia de
Asalto; uno, por morir, y el otro, por casi matar.

La II República española es un periodo extraño y sorprendente. Es más extraño y


sorprendente aún cuando algunos lo cuentan; lo digo más que nada porque escribo estas
líneas después de haber terminado de ver un capítulo grabado de La República, la
ominosa serie de la TVE1 que a día de hoy aún no sabemos a ciencia cierta a qué
república se refiere; capítulo en el cual un teniente coronel que se ha alzado con
Sanjurjo y que espera consejo de guerra es liberado de la cárcel (cosa que, por cierto,
es jurídicamente imposible) nada más y nada menos que por José Antonio Primo de
Rivera. ¡Acabáramos! Ya bastante complicada era la República ATE (Antes de Televisión
Española), para que ahora resulte que, además, Primo de Rivera y Azaña eran amigos...
En fin. Verdaderamente que no hace falta acudir a la invención de chorradas con «rigor
histórico» para valorar la rareza de la República. El 14 de abril de 1936, ella sola y sin
ayuda de nadie, ya dio buena prueba de ello.

Tal fecha era el tercer aniversario de la República, aniversario que se celebró, entre
otras cosas, con un desfile por la Castellana; como puede verse, Franco no inventó gran
cosa con su desfile de la Victoria. La tribuna presidencial no se situó en la plaza de
Colón, como suele ser habitual ahora, sino frente a la calle Fernando el Santo. Todo un
espectáculo esa tribuna en la que ya está, a eso de las once de la mañana, el presidente
del gobierno, Manuel Azaña, bajo el cual hay una enorme bandera republicana... y, a pie
de calle, escoltando la tribuna, una serie de muchachos de camisa azul, corbata roja y
sanfermineros pañuelos rojos al cuello: las milicias socialistas. Cosas de aquel 36 tan
«normal».

Comienza el desfile con las fuerzas de Wad-Ras, luego el regimiento de León. Unos
veinte minutos o media hora tras comenzar la parada, un anormal con capacidad motriz,
llamado Isidro Ojeda, falangista para más datos, echa a andar sus piernas, se separa del
público y se encamina hacia la tribuna con algo que humea y brilla en la mano. Al llegar
cerca de la dicha tribuna, lo arroja con estépito. En realidad, sólo es una traca, pero al
personal le da la impresión de que un nuevo Mateo Morral ha aparecido en la Historia de
España, un Mateo Morral inverso, pues éste es un radical de derechas y en lugar de
intentar matar al rey ha intentado matar, dicen, al presidente del Gobierno. Azaña, todo
hay que reconocerlo, no se mueve. Otros en la tribuna se hacen caquita y se bajan por si
acaso, pero no él; y en su caso tiene especial mérito teniendo en cuenta que son muchos
los testimonios existentes de que Azaña le tenía verdadero pavor al sufrimiento físico.
Finalmente, todo se aclara. Se llevan a Ojeda, todo el mundo se calma, y el desfile sigue
adelante.

El desfile continúa con el paso de diversas unidades. Finalmente, le llega el turno para
pasar por delante de las autoridades a cuatro compañías de la Guardia Civil. Al paso de
la Meretéricar, las reacciones del público no son unánimes. Algunas pesonas aplauden.
Pero otras gritan el eslógan de las izquierdas UHP (Unión de Hermanos Proletarios), dan
vivas a Rusia e incluso mueras al Cuerpo. En ese momento, en Fernando el Santo, a
espaldas de la tribuna, se oyen disparos de pistola. Una vez más, carreras, gritos, ayes.
De allí vienen, además, gritos contra la Benemérita.
El alférez Anastasio de los Reyes se encuentra muy cerca de la tribuna, de paisano, junto
con otros cuatro guardias civiles. Ha venido a ver el desfile; como decimos, ni está de
servicio ni participa en la parada. Su primer impulso es impedir a sus compañeros que
vayan a por los alborotadores pero, como la cosa continúa, acaba por ir a por unos de
ellos hasta dispersarlos.

Segundos después, se oyen uno disparos, y caen al suelo el alférez De los Reyes y dos de
sus compañeros: Emeterio Moreno Morate y Antonio García. No son los únicos heridos;
también lo será una mujer, el niño que llevaba en brazos y un tercer civil llamado
Benedicto Montes. García, pese a estar herido en un costado, dispara contra sus
agresores, que acaban huyendo.
El tiroteo, que se ha producido a menos distancia de Manuel Azaña de la que necesita
Cristiano Ronaldo para meter un gol de falta directa, termina con el desfile. La tribuna y
lo que no es la tribuna se desaloja rápidamente y la parada termina.

En el suelo de Recoletos yace el cadáver del alférez Anastasio de los Reyes, asesinado
por la espalda por no sabemos quién.

El alférez Anastasio de los Reyes no era un hombre joven. De hecho, estaba pronto a
recibir la jubilación. En casa lo esperan inutilmente para comer. A media tarde, dado
que no ha regresado, su hijo David, que entonces tiene 24 años, sale a la calle a
buscarlo.

Su padre ha pasado por la Casa de la Moneda, adonde la Cruz Roja ha llevado al muerto
y los otros dos guardias heridos, y luego al Depósito Judicial, en la calle Santa Isabel,
donde lo encuentra David.

El Gobierno, nervioso y alerta, decide que el alférez debe ser enterrado en la intimidad.
Es uno de los pocos casos en los que esta decisión no la toma la familia, sino todo lo
contrario. En todo caso, las autoridades quieren que el cadáver sea llevado a la
Almudena esa misma noche, y sin alharacas. David de los Reyes, sin embargo, no está de
acuerdo. Como tampoco lo está el jefe directo del asesinado, teniente coronel
Florentino González Vallés, jefe del Parque Móvil de la Guardia Civil, donde servía el
alférez. González Vallés intentó, sin éxito, establecer una capilla ardiente en el propio
Parque Móvil. Tras su fracaso, fue el propio hijo el que peregrinó por despachos y
ventanillas para conseguir el cadáver de su padre, sin conseguirlo tampoco.

Fue en ese momento cuando González Vallés, junto con otros mandos militares, tomó la
decisión de robar el cadáver del alférez De los Reyes.

El robo se basó en algo muy fácil. A las puertas del Depósito Judicial se produjo una
auténtica concentración de uniformes y galones. El teniente coronel entró con unos
funerarios y anunció que se llevaba el cadáver. Los empleados de la dependencia
protestaron diciendo que el cuerpo estaba a disposición de la Dirección General de
Seguridad. Pero los militares tiraron para delante y se lo llevaron sin más.

Los mandos que montaron aquello habían previsto el alquiler de una carroza, donde se
montó el féretro, que comenzó a remontar el Paseo del Prado, camino del Parque Móvil,
arriba en la Castellana. En muchos cuartos de banderas se había corrido la noticia del
audaz acto de desobediencia de González Vallés, así pues no eran pocos los que
acompañaban el improvisado desfile. En algún punto del trayecto, desconozco cuál, un
coche llegó a toda leche en dirección contraria a la carroza, se paró delante de ella y
del mismo salió el Inspector General de la Guardia Civil, general Pozas, quien conminó a
los miembros del cuerpo a que se diesen la vuelta. González Vallés, fríamente, escuchó
las amenazas de su superior, le informó de que asumiría personalmente todas las
consecuencias, y siguió a lo suyo. Pozas le tuvo que dejar hacer; no tenía a nadie con
quién impedir la marcha.

A la entrada en el Parque Móvil, ya tenía el jefe de la dependencia allí, esperándole,


una comunicación oficial que le señalaba el día 16, a las 11 de la mañana, como fecha
para el entierro. Nuevo mosqueo. Los allí presentes consideraron (y es más que probable
que no se equivocasen) que lo que se quería haciendo un entierro a media mañana es
que la mitad de los militares de la capital no pudiesen asistir al mismo. Por lo tanto, en
el mismo Parque se celebró una especie de asamblea militar en la que todos los
presentes acordaron desobedecer también en este punto y celebrar el entierro a las tres
de la tarde. Con tal efecto se elaboró una esquema mortuoria, publicada por el ABC, que
es uno de los pocos casos (no conozco ningún otro, pero puede que existan) de esquela
censurada por la autoridad gubernativa. Contrariamente a lo que informaba el texto
original del Parque Móvil, en la esquela finalmente publicada no figuraba ni la
pertenencia del alférez a la Guardia Civil, ni la hora del entierro.

Llegado el día del entierro, el Parque Móvil, en las alturas del hipódromo, hoy Nuevos
Ministerios, está petado. El que en Madrid no se ha enterado de la fecha y hora de las
exequias es porque no tiene orejas. A pesar de la cantidad de cuarteles de Madrid en los
que a esa hora se ha dictado cuartel y revista para evitar que sus mandos puedan estar
en las exequias, la comitiva es nutrida, y en ella los uniformes son abrumadora mayoría.

En la cabecera de la manifestación ya hay problemas. Llega a la misma el teniente


Moreno, de Asalto, brioso colaborador del golpe de Estado revolucionario del 34. Hay
gente que quiere sacarlo de allí a hostias. Pozas, que ha adaptado el fait accompli de la
convocatoria a las tres y está allí, tiene que mediar para que le dejen en paz.

Presiden el entierro el general Mena, subsecretario de Guerra; el general Pozas,


Inspector General de la Guardia Civil; y Alonso Mallol, Director General de Seguridad. Es
importante este detalle porque, cuando más abajo en la Castellana el entierro sea
tiroteado, ello dará para que muchos historiadores hablen de que se disparó contra los
derechistas y militares que iban con el cadáver; olvidando que también se disparó contra
el Gobierno, bien representado en las exequias.
A la altura de la Escuela de Sordomudos, aún muy cerca del punto de partida, suenan los
primeros disparos contra la comitiva. Militares y civiles, casi todos falangistas, se dirigen
hacia allí a saludar a los izquierdistas que han disparado. Se monta una tangana a hostia
limpia en plena calle. El propio Jefe Superior de Policía, que acude allí a parar la
movida, se lleva un par de mangüitis y es desarmado.

El cortejo cambia. Ahora, hombres uniformados y armados avanzan lentamente por los
laterales arbolados de la Castellana, los fusiles y pistolas amartillados, protegiendo el
paso del cadáver del alférez De los Reyes. Sí, amiguitos: un entierro en plena Castellana,
protegido por los propios participantes en el mismo tras haber sido tiroteado. Normalito
el 36, ¿eh?

A la altura de la calle Miguel Ángel hay un edificio de respetable tamaño en


construcción, donde resulta haber cuadrillas de izquierdistas armados. Desde allí se
monta un tiroteo digno de las pelis de Clint Eastwood que hace que varias decenas de
militares y civiles se desvíen del entierro y vayan al edificio, que toman en plan SWAT.
Un obrero cae de un andamio, no sabemos si por voluntad propia, despiste, o concurso
de alguna otra fuerza motriz.

A la altura de la calle Lista, hoy Ortega y Gasset, o sea a la altura del hotel Villamagna,
el general Pozas, atinadamente, decide que el entierro se desvíe por dicha calle en lugar
de seguir Castellana abajo, para así evitar los francotiradores que puedan estar
esperando. Los militares que llevan el entierro no sólo se niegan, sino que, incluso, un
capitán se acera a Pozas, lo toma por las solapas, lo zarandea y apela de general de
mandil.

Pues sí. Un mandito militar, un capitán, se va a por el que hoy sería director general de
la Guardia Civil, lo zarandea y apela de cobarde. Éstas son las «normalidades» que
deparaba el 36.
Alonso Mallol ordena, en ese momento (¿por qué en ese momento? ¿Dos tiroteos no le
parecieron suficientes?) que toda la fuerza de Asalto se movilice.

Al llegar a Cibeles, los militares del cortejo están súper encabronados. Alguien, en algún
momento, recuerda que en ese momento hay pleno en el Congreso. Teóricamente, el
cortejo debe tirar Alcalá arriba hasta la plaza de Manuel Becerra, donde
tradicionalmente se le decía entonces el último adiós al cadáver, camino del
cementerio. Pero el recuerdo de la sesión parlamentaria enciende los ánimos. «¡Al
Congreso, al Congreso!», gritan muchos. Quieren seguir por el paseo del Prado, luego
carrera de San Jerónimo, llegar al palacio de las Cortes, depositar el féretro en la
escalinata de los dos leones y allí, delante de los diputados, rezarle un responso al
alférez.
Esta noticia, según algunos testimonios, pone en guardia a los diputados. Las izquierdas
movilizan a su gente.

Los diputados tenían en la mente que la II República podía terminar como la primera,
esto es con una toma del Congreso por los militares. Lo cual es posible. Lo que sí es casi
seguro es que si el entierro hubiese seguido esa trayectoria habría habido un baño de
sangre, pues la fuerza pública habría tenido que enfrentarse con una manifestación de
hombres perfectamente armados. Esto no ocurrió, sin embargo, porque David de los
Reyes, al fin y al cabo el hijo del finado, se negó al proyecto, y los militares tuvieron
que aceptar su punto de vista.

Con todo, el entierro no había dicho su última palabra. En Manuel Becerra se formó una
manifestación violentísima, más aún teniendo en cuenta que en la plaza esperaban
varios camiones de guardias de asalto, enviados por Mallol con la instrucción de acabar
con aquello más pronto que tarde. Al mando de la guardia de Asalto se encontraba el
que pronto sería famoso teniente José Castillo, instructor de las juventudes socialistas y
de ideas bien claras. A partir de aquí, más que información se debe acudir a la
imaginación, pues los testimonios son bastante variados. Lo que yo tengo por más cierto
son dos cosas: una, que Castillo tenía órdenes terminantes de dominar algo que era ya
muy difícil de dominar. El entierro había sido tiroteado y había tenido conflictos casi en
cada metro de recorrido. Sin ir más lejos, en la calle de Alcalá, la actitud provocadora
de un conductor de tranvía, puño en alto, había provocado una gran pelea. Lo de Manuel
Becerra debió ser un pandemonium. Lo segundo que tengo por cierto es que no pocos de
los manifestantes (y es lógico, pues muchos eran militares) reconocieron a Castillo, el
policia seudocomunista, y la tomaron con él. Castillo, al parecer, iba a caballo, y es
posible que lo rodeasen y zarandeasen. Tal y como estaban los ánimos, y como muestra
baste recordar que allí en la plaza murió Andrés Sáenz de Heredia, primo de José
Antonio, es de imaginar que Castillo pensara que podían, no sólo desmontarlo, sino
matarlo.

Creo, pues, que existen algunas razones, basadas en la desesperación, para que Castillo
hiciese lo que hizo: disparar al personal con munición real e, incluso, alcanzar a un
joven tradicionalista, Luis Llaguno, en el pecho, dejándolo, unos dicen que muy
malherido, otros que muerto.

En el entierro del alférez De los Reyes, contando a Llaguno, hubo seis muertos (José
Rangel, Luis Rodríguez Vargas, Julio Mir, Manuel Rodríguez Jimeno y Sáenz de Heredia) y
32 heridos. Repetimos: seis muertos y 32 heridos. En un entierro.
El asesinato y entierro del alférez De los Reyes es de gran importancia para el estallido
de la guerra civil. Es la primera vez, y ya no será la última, que guardias civiles y
falangistas comparten trinchera. Y es la ocasión de oro que el Gobierno desperdicia de
mostrar esa presunta ecuanimidad de «gobierno para todos» que prometiera Azaña en la
radio el día que accedió a la presidencia del Consejo. Muchas personas habían metido la
pata esos días. Sin embargo, el gobierno sólo actuó contra una mitad. En el Congreso,
Azaña sentenció: «todo ha sido producto del fascio». Hombre, todo, todo...

El mismo día 17 se envió un proyecto a las Cortes, que fue aprobado al día siguiente,
que establecía las mayores sanciones para militares que apoyasen organizaciones
sediciosas (no se tiene noticia de que se usase esta ley, un suponer, contra el propio
teniente Castillo). Anarquistas, socialistas y comunistas se reunieron ese mismo día 17.
Los dos últimos, revolucionarios pero al fin y al cabo exentos de ese cierto nivel de
cabestrez congénita de que hace gala el anarcosindicalismo de la época, trataron de
convencer, sin éxito, a sus hermanos proletarios de que no convocasen una huelga
general. En todo caso, estos tres grupos enviaron, en la misma madrugada del 17 al 18,
una delegación que se fue a ver a Azaña para exigirle la disolución de todas las
organizaciones reaccionarias.

Azaña obedeció. Horas después, el consejo de ministros daba nota de unos problemillas
de salud del ministro de Gobernación Amós Salvador, quitado de enmedio, pues, al mejor
estilo soviético, y su sustitución provisional por Santiago Casares Quiroga, bastante más
sectario y, como dicen hoy los consultores, proactivo. Automáticamente, Casares se
lanzó a disolver organizaciones y privar de derechos a los militares retirados del 31 que
participasen en actividades contrarias a la paz del régimen. Pues fueron, efectivamente,
los retirados los principales objetivos de las medidas tras el entierro.

Por supuesto, los cabecillas de la movida fueron, al amparo de este decreto, declarados
en disponibilidad forzosa. La medida afectó al teniente coronel Florentino González
Vallés; a los comandantes Marcelino Muñoz Lozano, Eduardo Nofuentes Montoro, Rodrigo
Pareja Aycuéns y Emiliano López Montijano; capitanes José Argelés Escrich, Jesús Cejudo
Belmonte, Rafael Bueno Bueno, Antonio Jover Bedia y Luis Maroto González.

Todos ellos, con la sola excepción, además cuestionable, de Nofuentes, se unirían al


golpe de Estado de julio.
Con todo, lo más grave tras el entierro del alférez De los Reyes no fue lo que hizo el
gobierno, sino lo que no hizo. Ya he dicho con anterioridad que, en mi opinión, Castillo
tuvo razones muy humanas para disparar. Pero, por muy humanas que sean dichas
razones, en un país democrático, cuando un poli saca la pipa en público y se lía a tiros
con el personal, como poco hay una investigación durante la cual el afectado lo más
dañino que puede tocar es un mondadientes. Lejos de ello, sin embargo, Castillo salió de
rositas. Que yo sepa, no fue suspendido, no fue imputado y, pocas semanas después,
estaba de servicio, camino de la ofi, cuando unos tipos que, según parece, eran
tradicionalistas como Llaguno que querían vengarlo, se lo llevaron por delante.
No tomar ninguna medida contra Castillo fue la mejor manera que encontró aquel
gobierno Azaña del 36 para dejarle claro a la media España de derechas que la media
España de izquierdas podía quemar, disparar, patear e insultar impunemente. Ni siquiera
cuando el agente elegido para todas esas acciones era un miembro de los Cuerpos y
Fuerzas de la Seguridad del Estado se tomaban medidas serias.
El asesinato y posterior entierro del alférez Anastasio de los Reyes cocinó un pastel cuya
guinda fue el asesinato de José Calvo Sotelo. El pastel de una convicción descrita, si no
recuerdo mal, por Payne.

La convicción de que, en el fondo, las derechas estaban más seguras alzadas contra el
gobierno, que a merced de sus actos.

Abril del 36 es también un mes especialmente relevante para demostrar que la


violencia, que estaba en las calles, también tomó, lo cual es si cabe más grave todavía,
el Parlamento. Una de las cosas más incomprensibles de la mitología republicana es la
relacionada con la visión de la República como un tiempo de excelso parlamentarismo.
Bien que en la España republicana hubo oradores de mucho mérito, el tono general de
los debates está lejos de ser mesurado y de la calidad retórica.
Un ejemplo bastante claro de lo que digo se dio en el debate de investidura del 15 de
abril, en el que se produjo una anécdota que, extrañamente, no tuvo tanta relevancia
para la iconografía franquista como lo fue el debate, producido algunas semanas
después, entre Santiago Casares Quiroga y José Calvo Sotelo, durante el cual éste habría
sido, tal es la interpretación franquista, amenazado de muerte. Como veremos más
adelante, esa amenaza es algo que no está del todo claro. Pero no cabe terreno para la
duda en el diálogo producido el 15 de abril.

Como decíamos, se celebraba en dicho día el discurso de investidura del gobierno Azaña.
Respondió a la exposición gubernamental el diputado derechista José María Gil Robles,
quien realizó una intervención trufrada de dicterios y acusaciones contra la labor del
Gobierno. En los turnos de réplica pidió el uso de la palabra José Díaz, ex anarquista y
dirigente para entonces del Partido Comunista en España.

 Yo no sé -dijo Díaz en el curso de su intervención-, cómo morirá el señor Gil Robles.

En ese momento, se oyó una voz en la bancada que, en estricto respeto de las normas
de la etiqueta parlamentaria, gritó: «¡En la horca!».

Díaz prosiguió:

 Yo sé que su Señoría morirá con las botas puestas.



Aunque aún no se había estrenado en España esa peli que se llamó Murieron con las
botas puestas, la frase tenía toda su intención: quería decir que Díaz le auguraba a Gil
Robles una muerte distinta de la que finalmente tuvo, o sea en la cama.

Se montó la mundial. Pasionaria, siempre tan atenta a pasar a la Historia como un


dechado de equilibrio, respeto y humanidad, se dirigió a los bancos de la derecha y
remachó:

 Si queréis, le ponemos unos zapatos.

Doña Dolores ya había saludado la decisión de Gil Robles de abandonar la Comisión de


Actas lamentando que ahora no podría llamaro asesino en la cara.

Gil Robles contestó:

 ¡Yo no soy un asesino como vosotros!



Con lo cual, la mundial se elevó al cuadrado.

En la sesión del día siguiente, 16, la tensísima sesión el entierro del alférez De los Reyes
durante la cual los diputados creyeron estar a punto de ser invadidos por un turba de
uniformes cabreados, el tono se radicalizó, provocando frases épicas de Azaña, tales
como: «Las llamas son una enfermedad endémica de España. Antes se quemaban herejes
y ahora se queman santos». Interesante teoría viniendo del principal responsable del
orden público.

También contestó Azaña a la acusación de Calvo Sotelo, recién llegado del entierro del
alférez, de que el Frente Popular era una formación comunista con un seco y rotundo:
«a mí nadie me dicta rumbos». Es de suponer que en los siguientes tres años se
acordaría de esta frase unas cuantas veces. Calvo Sotelo le contestó de una forma que
probablemente a Azaña, que tan alta opinión tenia de sí mismo, no le gustó: «Su Señoría
es un turista, y España es el paisaje; a mí lo que me interesa es el paisaje y no el
turista, que pasa».

En este mismo mes, Azaña es entrevistado por Ilya Ehrenburg para el Pravda. «Los
últimos acontecimientos”, dice, “demuestran que la intranquilidad no está dominada».
¿Intranquilidad? Señor presidente, por favor, defina «desorden» o «caos»...

El 1 de mayo, Día del Trabajo, desde la glorieta de Atocha hasta el número 3 de


Castellana, se celebra una manifestación monstruo de no menos de 300.000 asistentes,
que portan caricaturas de los políicos de la derecha y retratos de Stalin y Lenin. Acaban
frente a la presidencia del Gobierno, donde presentan un pliego de peticiones que
incluye la incautación de industrias privadas, medida a la que Azaña se niega porque
«significaría violencia», argumento que es muy esclarecedor del modo en que para
entonces se hacía política en España: ya no preocupaba tanto cumplir o no la legalidad
como evitar la violencia.

La jornada de Madrid, en todo caso, fue pacífica. Pero eso no quiere decir el 1 de mayo
lo fuese. En Moneva, Zaragoza, el juez municipal cayó muerto en la calle, tiroteado. En
Alomartes, Granada, hubo dos muertos causados por la guardia civil durante el intento
de asalto de una iglesia. Se produjeron agresiones a templos en casi una decena de
poblaciones.

El 3 de mayo se produce el extraño caso de los caramelos envenenados, una serie de


hechos extremadamente útiles a la hora de valorar en qué medida la España del 36
estaba de los nervios. Ese día dos tipas y un tipo aparecieron en la calle Baracaldo, del
barrio de Tetuán de las Victorias. Eran Julia, apodada La Caballo; Antonio, apodado El
Miseria; y Palmira, conocida por sus compañeros de cátedra de Filosofía Pura como La
Platanera. La Caballo decía estar buscando a su hijo, que se habría escapado de un
colegio de monjas porque allí le obligaban a tomar caramelos envenenados. Dijeron
saber de buena tinta que eso se hacía sistemáticamente por parte de los religiosos, con
el fin de diezmar la población de futuros proletarios.

Es evidente que estos tres personajes jamás estudiaron en un colegio religioso. ¿Cuándo
se ha visto a unos curas o monjas repartiendo caramelos? En todo caso, esta historia
prendió en unas mentes que estaban ultrapreparadas para creérsela. Se formó una turba
de metafísicos, intelectuales y activistas de los derechos humanos, que sólo por
casualidad llevaba palos y hachas, que se dirigió a la zona de Bravo Murillo, donde
asaltaron la iglesia de Los Ángeles y, además, lincharon a alguno de los responsables,
especialmente monjas.

Al día siguiente, otra multitud de la misma calidad ética asalta unos depósitos de
combustible existentes entonces en Cuatro Caminos, con la intención de usar su
contenido para quemar la capilla del Ave María, la iglesia de San Sebastián, el colegio de
San Vicente de Paúl y la iglesia de los Comendadores. Dado que la labor es mucha y la
gasolina poca, las turbas paran en la misma calle a los coches y les solicitan
amablemente, palo en mano, que les presten la gasolina que llevan en los depósitos. Así
aprovisionados, encienden como una tea la iglesia de la calle Garibaldi, en Tetuán, así
como el colegio de Nuestra Señora del Pilar, cuyas gestoras, monjas, son tan
amablemente tratadas que tienen que huir del incendio bajando por las ventanas
descolgándose por sábanas anudadas. Quince profesoras de un colegio de la calle
Villamil son maltratadas y golpeadas.
Todos estos sucesos provocan una convocatoria de huelga en la construcción. ¿El motivo?
La «descarada provocación de la reacción».

El surgimiento de la leyenda urbana es algo que es motivo de estudio por parte de los
expertos. Nunca se podrá saber cómo surgió la historia de los caramelos envenenados.
La historiografía franquista siempre sostuvo que se había urdido en la fiesta del 1 de
mayo, pero nunca presentó, que yo sepa, pruebas. Lo que sí está claro es que era un
bulo, un bulo manejado con asombrosa irresponsabilidad por quienes tienen la
obligación de no dejarse llevar por las pasiones y no hacer las cosas en caliente. De
hecho, durante el día 3 se habló de niños muertos. Cinco niños, se decía, habían
fallecido en la casa de socorro de la glorieta de Ruíz Giménez y uno más agonizaba en el
colegio de la Paloma. En la tarde, una manifestación se dirigió a la mentada casa de
socorro. Lo cual no es muy extraño, vista la situación. Pero lo que sí lo es, es que dicha
manifestación fuese encabezada por un diputado de la nación: Wenceslao Carrillo;
quien, una vez comprobado que en la casa de socorro no la había palmado infante
alguno, poco, si algo, hizo para rebajar los ánimos. El día 4 por la noche, tanto el
Gobierno como la Casa del Pueblo y el Partido Comunista dieron a la luz sendas notas
oficiales desmintiendo las muertes de niños envenenados. Habían tardado más de 24
horas en comprobar la falsedad de los hechos y, por supuesto, no habían hecho gran cosa
por impedir los disturbios.

Otro ejemplo , en mi opinión, de esta retórica de lo temerario es un discurso de


Indalecio Prieto, el plañidero socialista que en su exilio mexicano trataría de
convencernos de lo mucho que hizo por la concordia del país y bla, con ocasión de la
campaña electoral para la repetición de elecciones en Cuenca (ésas en las que estuvo a
punto de presentarse el general Franco). En el curso de dicho mitin, el político y
diputado aseveró cosas como que durante la represión del golpe de Estado
revolucionario del 34 se había matado a ancianos y niños a bayonetazos, y que se había
torturado a personas colocándoles astillas de madera en las uñas de los pies. Claro,
Prieto necesitaba estos datos para soportar su teoría final: «¿qué extraño es que después
gentes con el alma herida por tanta vileza se entreguen al desmán y sacien de cuando en
cuando su furor en una venganza?»
Eso sí, como Prieto nunca daba hilo sin puntada y siempre caminaba con un pie en la
calzada y otro en la acera, más atrás trató de curarse en salud, afirmando que en estas
violencias no había nada de revolucionario y sentenciando con una frase, como poco,
curiosa: «lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público
sin finalidad revolucionaria inmediata». Corolario: si hay finalidad revolucionaria
inmediata, se pueden dar hostias. Se ve que la ETA lee libros de Historia.
Prieto fue a Cuenca a pedir tranquilidad y tratar de que no hubiese malas milongas. Pero
como lo hizo de la manera flácida que acabamos de ver, ni puñetero caso que le
hicieron. El mismo día de su mitin se declaró la huelga general y se quemaron domicilios
de derechistas, el hotel donde se alojaban y un teatro. Se asaltó la sede de Acción
Popular y el convento de los padres Paúles, cuyos muebles y biblioteca fueron
destrozados. A las puertas del hotel donde estaba Miguel Primo de Rivera, una niña fue
herida de un disparo, lo que provocó la detención del falangista y la quema de su coche
en la misma puerta del hotel.

Los nombres de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Sánchez Román, Fernández
de los Ríos, Besteiro o Martínez Barrio, suenan durante el mes de mayo como candidatos
a presidir la República en lugar de Alcalá-Zamora. Pero todo eso son, al menos en mi
teoría, chistes floreados. Hay tres personas que, en ese momento, saben. Dos de ellas
son el ticket Azaña-Prieto, dos señoritos del progresismo patrio que están convencidos
de ser una unidad de destino en lo universal y de tener España a sus pies. Eso lo creen
mientras España se mata y se fostia en la calle, convoca huelgas y actos terroristas de
derecha, lo quieran ellos o no. Pero, aún así, ellos se creen capaces de manipular y
dominar a las tendencias que en la izquierda ellos mismos han colaborado a desmandar.
Así pues, sueñan con ser uno Presidente de la República y el otro jefe del Gobierno, ante
lo cual, por lo visto, todos los situados a su izquierda, desde Largo Caballero hasta la
FAI, se iban, siempre según ellos, a mostrar de acuerdo.

La otra persona que controla, muchísimo más que ellos, es Largo Caballero, auténtico
factótum en mi opinión del cese de Alcalá, y que sabe que cuenta con votos más que
suficientes en el PSOE, más la no desdeñable presión desde la UGT, que domina al
completo, como para bloquear la llegada de Prieto a la presidencia del Consejo de
Ministros. Por lo que respecta a Azaña, Largo Caballero sabe que el pígnico señor listo
metido a estadista inteligente dice eso de que a él nadie le marca rumbos. Pero él, sin
embargo, se los ha marcado.

Las derechas no participaron en el proceso de elección de compromisarios que, sumados


a los diputados, debían votar en el Palacio de Cristal de El Retiro madrileño al nuevo
okupa de la más alta magistratura patria. Para ellas, el proceso estaba viciado y no iba
con ellos; verdaderamente, no iba con ellos. Pero hay un dato curioso que no se debe
soslayar para entender en qué longitud de onda emitían para entonces los españoles
conservadores. Un periódico de la órbita de Acción Popular, gilrroblista por lo tanto,
publicó una encuesta sobre el candidato ideal a presidir la República desde las derechas.
¿Ganó Gil Robles? Pues no: ganó Primo de Rivera.
El 26 de abril, la votación no tuvo sorpresas. Muy minoritariamente fueron votados,
junto con Azaña, el voto en blanco (diputados cedistas), Largo Caballero, Lerroux, José
Antonio y González Peña. ¿Se cantó el himno de Riego, himno de la República, tras la
votación que eligió al presidente de la misma? Pues no. Se cantaron La Internacional y
Els Segadors.

La pimienta de la jornada, en todo caso, fue la mano de hostias que se arrearon dos
socialistas en los alrededores del palacio. Luis Araquistain, jefe de máquinas del
largocaballerismo; y Julián Zugazagoita, más prietista que los gayumbos de Prieto, se
enzarzaron en una pelea, al parecer porque a Araquistain no le había gustado un artículo
de El Socialista, publicación que entonces dirigía Zugazagoitia.

Entonces Azaña empezó el jueguecito de consultas que debía terminar en llamar a


Prieto. Pero para cuando Prieto fue a verle, éste ya sabía que no obtendría los votos
necesarios para aceptar la tarea (de hecho, el grupo parlamentario socialista votó, por
49 votos contra 19, no participar en el gobierno). Por esta razón llegó al frente del
Ejecutivo Santiago Casares, probablemente uno de los políticos más sectarios de la
Historia de esa República tan sectaria.

Para muestra de lo que tenía en la cabeza este señor Casares basta alguna que otra frase
de su discurso de investidura (las cursivas son mías): «Se han acabado las
contemplaciones con los enemigos abiertos o enmascarados de la República. Al enemigo
declarado lo aplastaremos, y a los emboscados los buscaremos también para aplastarlos.
No puedo presenciar tranquilo cómo cuando esos enemigos se alzan contra la República y
son llevados ante los tribunales, algunos de éstos perdonan sus culpas y los absuelven.
Hemos de pensar en las leyes que hayamos de traer a la Cámara para cortar este abuso
radicalmente».

El comentario de texto de esta frase es democráticamente repugnante. Bajo el gobierno


azañocasarista, algo que de todas maneras ya decía la protofascista Ley de Defensa de la
República, lo punible era estar contra la República; no era serlo mediante actos
violentos o ilegales, sino serlo, sin más. Casares no hace en su discurso distingos entre
los enemigos violentos, ilegales o terroristas, y los demás. Un enemigo es un enemigo, y
lo que hay que hacer es aplastarlo; discurso que, por cierto, recuerda al del general
Videla en Argentina. Por lo demás, tiene huevos la pública confesión casarista según la
cual Montesquieu fue un autor de cómics y, por lo tanto, su exigencia de independencia
entre los tres poderes es una futesa.

Con todo, lo más interesante estaba por llegar en el turno de réplica.

Las últimas semanas previas al golpe de Estado del 36 estuvieron fuertemente


caracterizadas por el debate parlamentario. En sesiones broncas y, en casos, no exentas
de cierta altura retórica, el conflicto entre las dos españas, larvado durante años y
aflorado de forma violenta en los meses anteriores, se grabó a fuego en las actas del
pleno del Congreso. Como decíamos en el post anterior, esto comenzó ya durante el
debate programático del gobierno Casares, y comenzó cuando tomó la palabra José
María Gil Robles, para elaborar un discurso durísimo, trufado de acusaciones muy graves.
Dijo Gil Robles, por ejemplo, que la justificación de la violencia existente en las calles
era el hecho de que la propia Administración había perdido el respeto a la ley. Y añadió,
en una frase casi profética, refiriéndose a las tendencias contrarias a las izquierdas: «Si
el poder público se inclina sólo al lado del rencor y de la venganza, tened la seguridad
de que ese movimiento crecerá, mañana será más concreto y encontrará el hombre, la
organización, el móvil sentimental que lo impulse, y entonces será difícil que se
contenga con la política represiva del Gobierno». Habla, en esta frase, el político de la
oposición; y habla también el lider partidario que, ya en esos momentos, está viendo
cómo correligionarios suyos, especialmente jóvenes japistas, se pasan a Falange en filas
de a siete; porque no está pensando Gil Robles en Franco, ni siquiera en Sanjurjo; en mi
opinión, «ese hombre», en ese momento, es José Antonio. «Si no existe justicia»,
remacha, «ese movimiento crecerá y llevará a España una situación de guerra civil».

Con todo, José Calvo Sotelo, político con muchas más conchas parlamentarias que Robles
y además más radicalidad, sería quien pusiera la temperatura del hemiciclo por encima
del punto de ebullición. A Calvo Sotelo, de hecho, le encantaba provocar, y lo que dijo lo
dijo, con seguridad, con toda la intención. Quiso, ni más ni menos, que mentar la bicha
en casa de los cazadores de bichas.
El discurso de Calvo Sotelo se centró en la situación económica, y muy especialmente en
el decreto del Gobierno que había establecido la obligatoriedad de que todos los
represaliados por la revolución de octubre fueran readmitidos (esta medida provocó, en
algún caso especialmente sangrante, que la viuda tuviese que reemplear al pollo que se
había cargado a su marido), así como el rosario de huelgas que se vivía entonces. A
partir de esos datos, acusó a las izquierdas de trabajar contra la economía.

Para sorpresa de no pocos, pasó Calvo Sotelo, de seguido, a comentar una frase de
Casares, el cual durante su discurso se había declarado beligerante contra el fascismo.
Sin embargo, dijo el diputado conservador, el fascismo tenía, siempre según él, una
teoría económica muy equilibrada, que corregía los excesos tanto del marxismo como
del capitalismo. Y añadió: «Me interesa dejar constancia de esta evidente conformidad
mía con el fascismo en el aspecto económico; y en cuanto pudiera decir en el político,
me callo».

Un diputado socialista, Bruno Alonso, que acabaría siendo comisario de la flota


republicana durante la guerra y participando en el nunca del todo claro episodio de su
huida de Cartagena, le reprochó a Calvo Sotelo que hiciese profesión pública de
fascismo. Calvo Sotelo le contestó que a él no le callaba nadie y dirigiéndose a Alonso
para apelarlo de «pequeñez» y «pigmeo». Alonso contestó: «¡Soy tanto como su Señoría,
aquí y en la calle!». Luego siguió invitándole a salir a la calle y llamándolo chulo.

Tras un violentísimo altercado, Sotelo continuó con su intervención, ahora dedicándose a


describir el clima de violencia y anarquía vivido en el país, que calificó de «cantonalismo
asiático». En su exposición, recordó, además, diversos ejemplos de sectarismo por parte
de la Administración. En medio de una sonora bronca, gritaba: «¡Trescientas iglesias se
han quemado hasta el momento, y se cuentan con los dedos de una mano los que han
sido responsabilizados de estos hechos!» En esto no le faltaba razón al político gallego,
la verdad.

Muy caliente por el debate, Calvo Sotelo se volvió hacia Casares y dio una vuelta más de
tuerca. Se preguntó, en voz alta, por qué el nuevo Gobierno había prescindido de un
militar (el general Masquelet) para dirigir el Ministerio de la Guerra, al frente del cual se
había colocado el propio Casares. Después de insinuar, por lo tanto, que el Frente
Popular podría estar preparando algún tipo de golpe de Estado desde arriba, apretó aún
más el tornillo con una clara llamada a la insurrección militar: «el deber militar consiste
en servir legalmente cuando se manda con legalidad y en servicio de la Patria, y en
reaccionar fusiosamente cuando se manda sin legalidad y en detrimento de la Patria».
Finalmente, Calvo Sotelo le preguntó a Casares, en voz alta: «¿Para qué va su Señoría al
Ministerio de la Guerra: para actuar como cirujano en el seno del Ejército o para actuar
como cirujano con el Ejército en el seno de la sociedad?»

Sus palabras no generaron precisamente aplausos.

En todo caso, mayo del 36, a pesar del cambio de gobierno, no supone cambio alguno en
las costumbres que se van imponiendo. El día 2, durante un desfile conmemorativo del
Día de la Independencia, unos falangistas dan vivas al Ejército y se produce un tiroteo. A
uno de los participantes retenido por la policía se le ocupa, como se quejará Casares en
el Parlamento, y con toda la razón, una pistola con su cargador puesto, más otro
cargador con doce balas más y dieciocho más distribuidas por los bolsillos. Aquel tipo,
verdaderamente, no había salido a la calle de cañas.
En Valladolid, los falangistas arrojan en el mismo día siete bombas a diferentes locales
de izquierdas. En Pereira, Orense, los izquierdistas asesinan al ganadero Manuel Mira. En
Torredonjimeno, Jaén, el asesinado, a navajazos, es un concejal cedista llamado
Francisco Ureña. Otro concejal de la misma filiación es asesinado en Barruelo, Palencia.
En Ceutí, Murcia, un tercer concejal muere a manos del presidente de la Casa del
Pueblo. En Alfambra, Teruel, los guardias municipales matan a tiros a un maestro. En
Bola, Orense, es asesinado un empresario, y otro en Puzol, Valencia. En Pontevedra
abaten a un derechista a tiros, y en Zamora a un falangista. En La Ventosa, Cuenca,
durante una tangana mundial, hay dos muertos y la punta de heridos. José Francisco
Marcano Igartua, falangista santanderino, muere tiroteado en Buelna. En Cevico de la
Torre, Palencia, un grupo de mujeres izquierdistas remata a navajazos a un derechista.
En Los Pedroches, Córdoba, una joven que trata de impedir el incendio de la iglesia
muere en el intento.
En Calzada de Calatrava, León, un falangista se defiende de los ataques de unos
izquierdistas, pero al final es herido de un disparo y cae al suelo, momento tras el cual
es rematado a palos y pedradas. Otro falangista, José Fierro, es asesinado en Carrión de
los Condes, Palencia. Otro, José Olivarrieta Ortega, es asesinado en Santander. Falange
responde ipso facto llevándose por delante a dos militantes izquierdistas que estaban en
la puerta de un bar. Un tal Ramos, comunista, es asesinado en Zamora. Durante el
entierro se arrojan varios cócteles molotov a la comitiva, que reacciona cargándose a un
militante católico llamado Martín Álvarez e hiriendo gravemente al cura local Miguel
Pascual y a un guardia civil retirado llamado Miguel Martínez.

En Torrecilla de la Orden, Valladolid, grupos de izquierdistas se autoconstituyeron en


autoridad y registraron domicilios de derechistas (donde, por cierto, encontraron
armas). Al día siguiente, se presentaron en el pueblo el juez de Nava del Rey y un
teniente de la guardia civil llamado Jesús Gutiérrez Carpio, que detuvieron a los
piquetes. Durante el traslado de los detenidos a Nava del Rey, en Castrejón, otros
marxistas le prepararon una celada al convoy, produciéndose un tiroteo en el que resultó
muerto un célebre izquierdista de la zona conocido como El Peterete. Como represalia,
en Torrecilla se montó la mundial, de forma que hubo que desplazar a un coronel de la
guardia civil con abundante fuerza para restablecer el orden.

En Ronda, durante una huelga general (una más), los manifestantes tratan de desarmar a
dos guardias civiles los cuales, en el acto de explicarles que eso está feo, se cargan a
dos de ellos. En Puebla de don Fabrique, Granada, las turbas intentan asaltar el
cuartelillo de la guardia civil; a pesar de que no lo consiguen, se llevan por delante al
guardia José Leonés Ortega. Algo parecido ocurre en Barbastro, Huesca, aunque con el
resultado contrario. Allí, es un cabo de la guardia civil el que mata a un izquierdista
llamado Marcelino Espiña.

En Peñarroya, Córdoba, se produce un incidente que tuvo hondísimas consecuencias en


el Parlamento e, incluso, fuera de España. El conflicto en las minas locales no se
resuelve y, finalmente, los dueños anuncian que las van a tener que cerrar. La reacción
de los sindicalistas es encerrar en el interior de la mina a cinco ingenieros. Dos de ellos
son franceses, de ahí el impacto internacional que tuvo la movida.

En la noche del 7 al 8 de mayo, Carlos Faraudo, capitán de ingenieros e instructor de las


que acabarán por llamarse Juventudes Socialistas Unificadas, pasea por la calle
Alcántara cuando es tiroteado desde un coche por unos desconocidos, se dijo que
falangistas pero no se pudo probar, que acaban con su vida. El entierro de Faraudo, a
pesar de que nadie lo tirotea, se convierte en un hecho de la mayor repercusión y una
muestra de fuerza de las izquierdas que, por boca del peripatético coronel Julio
Mangada, prometen devolver ojo por ojo.

Los ánimos de aquel mes ya están especialmente enconados contra el Ejército. El 15 de


mayo, un oficial que pasea por Alcalá de Henares ve a dos muchachos maltratando a
unos ñiños, y les afea la conducta. Los chavales se le enfrentan y, en poco tiempo,
algunos adultos se suman al grupo, apelando al militar de fascista. A pesar de la llegada
de un compañero, el capitán Rubio, contener a la masa se va haciendo cada vez más
difícil. Finalmente, ambos militares salen por patas y Rubio es perseguido a pedradas
hasta su casa, donde se refugia. Entonces los perseguidores queman con gasolina la
puerta de la casa y el capitán debe escabullirse por la puerta de atrás con su mujer y sus
tres hijos pequeños (a los que el tierno pueblo alcalaíno quería freír en sus alcobas). Ese
mismo día un grupo de militares llega en autobús a la ciudad, siendo también rodeados
por la masa, lo que les obliga a abrirse paso a tiros hasta su cuartel. Finalmente, el
orden llegará de la mano de fuerzas de asalto enviadas desde Madrid que, de todas
formas, fueron recibidas a pedradas.

En la Casa del Pueblo se celebra una reunión en la que se acuerda exigir al gobierno el
traslado de los dos regimientos con sede en Alcalá. El ejecutivo Casares obedece con
prontitud, comunicando a las autoridades militares que tienen 48 horas para trasladar el
regimiento de Villarrobledo a Palencia, y el de Calatrava a Salamanca.

El general Alcázar, gobernador militar, encuentra resistencias en la oficialidad, que


considera que hace falta más tiempo para los traslados. El gobierno, enterado, envía a
un general más a Alcalá, el general Peña, que detiene a la mayoría de estos oficiales.Eñ
24 de mayo se celebra un consejo de guerra con fuertes penas para los encausados (al
coronel Gete, jefe de uno de los regimientos, llegaron a pedirle la pena de muerte).

Parece la leche,¿eh? Pues, como diría Superratón, aún hay más. Aún nos queda, cuando
menos, un paseíto por Yeste.

Como aficionadillo que soy a las cosas de la II República y la Guerra Civil, siempre me ha
llamado la atención lo poco que se sabe, por lo general, de los sucesos ocurridos en
Yeste en la segunda mitad del mes de mayo de 1936. Tengo por mí que la evidente
intención del gobierno de entonces de minimizar las consecuencias de estos hechos ha
llegado, por vía de la literatura sobre la época, hasta las mesas de muchos
investigadores y lectores de hoy en día. Yeste, sin embargo, debería figurar en el
imaginario republicano, no tanto por las víctimas causadas (como Casas Viejas, a pesar
de que en Yeste hubo una cantidad parecida) sino por el hondo significado que tiene de
enfrentamiento frontal de los movimientos izquierdistas rurales con el poder constituido
y su expresión en el campo: la guardia civil.
Vayamos por partes.

En una aldea albaceteña llamada La Graya, los habitantes han realizado una
movilización bastante común en aquellos tiempos, consistente en que los jornaleros
trabajaban el campo sin orden de nadie y luego reclamaban al propietario los
correspondientes jornales. La Graya es una zona muy problemática porque algunos
meses antes, la construcción del pantano de Fuensanta ha anegado enormes extensiones
de pinar, dejando a unas 1.000 familias sin sustento, puesto que vivían de desbrozar los
pinares y utilizar el río para transportar la madera, cosa que ahora ya no es posible al
mismo coste.
Al llegar el gobierno del Frente Popular, y puesto que el gobierno de derechas había
pasado olímpicamente de este problema, se intentó salvar la situación creando una
Comisión Gestora que estudiase el problema y decretando la tala de un monte comunal
llamado Dehesa de Tus. Luego, los jornaleros roturaron otro monte comunal, la Solana
del río Segura. Pero, terminados estos dos trabajos, decidieron seguir en terrenos cuya
propiedad comunal ya no estaba tan clara; o, más bien, estaba bastante claro que no lo
era. Los hermanos Edmundo y Antonio Alfaro, arrendatarios de los montes afectados,
denunciaron los hechos ante las autoridades.

En esta situación, los jornaleros seguían talando pinos, motivo por el cual fueron
enviados a la localidad y cabo de la guardia civil y seis números, con órdenes de impedir
la acción.
Los campesinos, tras la llegada de los de verde y en asamblea, deciden continuar la
roturación del monte. El cabo, entonces, prescinde de uno de los guardias y lo envía a
Yeste para pedir refuerzos. A la salida del pueblo, el emisario es interceptado e
inmovilizado por los jornaleros, cosa que llega a oídos del cabo.

La noticia, además, llega a Yeste, donde el brigada jefe del cuartelillo, Félix Velando
Gómez, habla con el alcalde y decide subir con él a La Graya, la noche del 27 de mayo.
El alcalde, siguiendo lo pactado con el guardia civil, se presenta en el pueblo, habla a
los campesinos y les insta a no cortar pinos hasta que no llegue la autorización
pertinente. Pero, tras haber dicho eso, levanta el puño, y declama:

-¡Salud, camaradas! Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Los guardias civiles se toman este final como una señal de que hay gato encerrado; de
que el alcalde sabe algo que no les ha contado. Así pues, al caer la noche llegan a La
Graya un sargento y once guardias más.

En la noche, cuando el brigada y el alcalde ya se han ido, la multitud rodea amenazante


la casa donde han sido alojados los guardias. El cabo (el sargento aún no había llegado)
ordena una salida con disparos al aire, que basta para dispersar a los manifestantes. Seis
dirigentes campesinos son arrestados y llevados al misma casa donde están los guardias.

El 28 no pasó nada aunque, como se supo después, fue así porque el día se consumió en
elaborar estrategias para liberar a los detenidos, así como para avisar a los trabajadores
del pantano y de la carretera de Echetraspilla para que se uniesen a la movida. Así, el
29, de amanecida, unos 2.000 campesinos habían tomado el camino de La Graya a Yeste.
Sabían que la guardia civil quería trasladar a los seis detenidos a Yeste ese día. Aún
sabiendo ya que eran esperados, los guardias civiles deciden llevar adelante sus planes
pero, eso sí, deciden hacerlo con el concurso de toda la fuerza, en ese momento 17
hombres. En La Graya, por lo tanto, no dejan a nadie.

En Yeste los mandos, conocedores de lo apretado de la situación, buscan soluciones. El


comandante del puesto, o sea el brigada, decide entrevistarse con el presidente de la
Comisión Gestora nombrada por el gobierno del Frente Popular para buscar una solución
al problema de los pinos. Dicho presidente pone como condición ineludible para hacer
cualquier gestión que se libere a los detenidos. Al brigada no le gusta la solución, pero
acabará cediendo: los detenidos quedarán libres, pero con la obligación de comparecer y
declarar en el Ayuntamiento en las 24 horas siguientes, tras de lo cual será el juez quien
decida sobre su suerte. El brigada, dos guardias y un teniente de alcalde de Yeste parten
hacia La Graya, al encuentro de la fuerza que traslada a los presos, para comunicarles la
decisión.

A dos kilómetros de encontrarse ambas fuerzas, los que vienen de Yeste se encuentran
con una multitud vociferante, distribuida por las colinas al lado del camino, y que
levanta los puños, clama consignas y amenaza con sus hoces, sus tridentes y sus ganchos
pineros. El sargento al mando, que como buen militar sabe que desde una posición en
altura es más fácil defenderse, ordena tomar un monte cercano para poder
atrincherarse allí. En ese momento tan tenso llega el brigada Velando, abriéndose
camino entre la multitud de jornaleros, anunciando la libertad de los presos. Sube al
monte y le comunica la orden al sargento.

Es, sin embargo, demasiado tarde. Una masa de campesinos, azuzada por diversos gritos
y consignas, carga contra los veinte guardias civiles que en ese momento se encuentran
en lo alto del monte. En esa primera embestida, un guardia, Pedro Domingo Requena,
resulta muerto, y nueve más heridos. Al guardia muerto le han clavado un gancho pinero
en la cabeza. La multitud toma el monte, arrebata la armas de alguno de los guardias y
comienza a disparar. Los guardias también lo hacen. Es una escena anárquica en la que
no hay bandos enfrentándose, sino un mero caos de violencia.

Tres guardias, que aún tienen sus armas, logran crear una línea, desde la que disparan a
la multitud, que está a unos metros tan sólo. Al brigada Velando, que está herido en la
cabeza, se lo lleva su hijo, que se ha vestido de campesino y se ha confundido con la
multitud, esperando que ocurriese algo parecido a lo finalmente ocurrido.
Los tres guardias, disparando continuada y disciplinadamente, consiguen generar una
desbandada general en los campesinos, a pesar de que ahora éstos tienen las armas de
bastantes de los guardias.
Llevando al guardia muerto y a los heridos, la fuerza se desplaza a Yeste. Durante la
refriega ya producida, y las que habrá durante el camino, acaban con la vida de 17
campesinos.

El brigada Velando, por cierto, fue procesado nada más salir del hospital y, durante la
guerra, fue encarcelado en un barco-prisión de la República donde, al parecer, estuvo a
punto de ser asesinado dos veces. Pero, finalmente, logró pasarse al bando nacional.

Como digo, ya el 4 de junio, cuando se produjo una reunión de las fuerzas del Frente
Popular, a la vuelta de Yeste de los diputados José Prats (socialista) y Antonio Mije
(comunista), se decidió no hablar demasiado del conflicto. El día 5 fue el debate
parlamentario, durante el cual Mije tomó la palabra para elaborar el curioso arabesco
conceptual de que: 1) la guardia civil había ejercido una represión excesiva; b) El
gobierno no era culpable de ello; 3) Ello era así porque la guardia civil obedecía órdenes
de los hermanos Alfaro, los arrendatarios. Cuando no se quiere ver, verdaderamente, no
se ve.

En mi opinión, los sucesos de Yeste han sido extrañamente preteridos de tantos y tantos
análisis de la II República. Ciertamente, Yeste no puede compararse con Casas Viejas. En
Casas Viejas se produce el simple y puro asesinato de unos activistas que ya están
desarmados y controlados, más el de otros que aún no lo están, pero que eran de poco
peligro por encontrarse sitiados. En Yeste, la guardia civil operó en gran medida en
defensa propia. Pero hay varios elementos a considerar.

En primer lugar, Yeste es la mejor expresión del estado de situación en el que se


encuentra el campo español en la primavera del 36. No es baladí el dato de que, lejos
de ser un conflicto producido en Andalucía o Extremadura, se dé en Albacete, reflejando
una situación que pudo estar en algún momento de la Repúbllica focalizada en el sur de
España, pero para entonces estaba ya por todas partes. La situación de unos campesinos
que ya saben, a esas alturas de la película, que lo que se les había prometido no llegará,
y por lo tanto no sienten la necesidad de refrenar a los más radicales de entre ellos, que
son muchos.

En segundo lugar, Yeste se parece a Casas Viejas en la actitud de pío, pío, que yo no he
sido adoptada por el Gobierno. El Ejecutivo se mueve constantemente, durante todo el
36, en un peligroso penduleo entre la comprensión, cuando no alimento, de los
conflictos de izquierdas, y el necesario, exigible, ejercicio de la fuerza para garantizar
el orden público. La teoría de Mije de que la guardia civil mató a 17 personas siguiendo
las órdenes de los arrendatarios de los montes que estaban siendo desbrozados sólo se la
creen él y los guionistas de la serie La República de TVE. La actitud de la guardia civil
tuvo mucho más que ver con cumplir la legalidad (el desbrozamiento de montes de
gestión privada era ilegal) y el orden público que con facilitarle a nadie sus intereses
capitalistas. El gobierno hizo lo que tenía, lo que siempre tiene que hacer. Si una partida
de veinte guardias civiles con seis detenidos se encuenta a dos mil pollos en un camino
que se los quieren llevar por delante y, además, no tiene la capacidad que tendría hoy
de pedir refuerzos, lo único que le queda es tomar la colina y defenderse. Gobiernen,
que diría Unamuno, los hunos o los hotros.

Las peripatéticas teorías de aquel gobierno azañocasarista, de nefastas consecuencias


para la Historia de España, le iban valiendo para los conflictos urbanos. En las ciudades
medianas y grandes, en efecto, tenía a Falange practicando el terrorismo para justificar
los desmanes de los fascistas de izquierda. En el campo, sin embargo, esa teoría no le
valía. En el campo no había camisas azules; había yugos, sí; pero para los bueyes, no
para los cabestros. En el campo, la única contrafuerza que tenían los anarquistas y
ugetistas de la hoz era la guardia civil. Una de las primeras cosas que entendieron los
gobiernos socialistas de 1982 en adelante es que no podían tratar a la guardia civil como
si fuese una excrecencia que les sobrase en su esquema democrático; que,
consecuentemente, un gobierno que se precie de serlo y que quiera un mínimo orden en
las zonas rurales tiene que contar con la guardia civil como algo suyo. En este punto,
Felipe González aprendió del pasado, del mal pasado del 36, que puede incluso que le
contase el entonces senador José Prats, que algo tuvo que ver en la gestión de la crisis
yestera.

Porque esta inteligencia que tuvo González en 1982 le faltó al gobierno azañocasarista
medio siglo antes. Si el personal se encabrona durante tres semanas (si no años) por una
mierda penalty que no les pita el árbitro en una mierda de final, imagínese el lector
cómo se sentiría un guardia civil que, después de haber salido vivo de milagro de una
batalla campal contra centenares de enemigos, van y le dicen que es que la culpa es de
él que «se excedió en la represión». Te dan un pito y un tambor para que toques Las
cuatro estaciones de Vivaldi, y luego encima te dicen que desafinas y que la St Martin in
the Fields suena mucho mejor.

El problema, como digo, es que si el gobierno quería mostrarse comprensivo con sus
hermanos anarquistas y marxistas rurales, no le quedaba otra que tomarla, en mayor o
menor medida, con la guardia civil. Eso, además de colocar al instituto armado en la
posición de hacer lo que acabaría haciendo (unirse mayoritariamente al golpe de Estado)
supuso algo, a mi parecer, aún más grave aún, que es lanzar la idea, constante en el
actuar del ejecutivo desde las elecciones de febrero, de que Madrid no estaba dispuesto
a batirse el cobre por el orden público.

Muchos politólogos sostienen la idea de que la elección básica del ciudadano es entre
orden y caos; apostar por lo primero suele ser enormemente rentable en términos de
votos, porque la gente, mayoritariamente, lo que quiere es vivir tranquila. La apuesta
de los gobiernos del 36, y muy especialmente del de Casares, fue radicalmente en
contra de esa elección básica; conscientes de lo costoso que les podía ser eso, trataron
de que Yeste pasara sin pena ni gloria por las conversaciones de los hogares y las
tabernas de España.

Ya tiene delito que en el país que gobiernas la gente se mate y queme iglesias sin que
hagas gran cosa. Pero siempre te queda el eufemismo famoso de las «acciones aisladas».
Sin embargo, cuando lo que pasa es que una pedanía en pleno se declara en rebeldía y
ataca a las fuerzas del orden con la intención de clavarle ganchos pineros en la cabeza,
ni aisladas ni leches. Un gobierno con los pies en el suelo habría ido al Parlamento a
decir bien alto que el que es atacado tiene la soberanía y el derecho de defenderse,
máxime si es el ostentador del monopolio legal de la violencia. Y punto. Ni Flick, ni
Flock. Algo así, sin embargo, habría recabado los aplausos de las derechas, y eso es algo
que Casares ni podía ni, sobre todo, quería permitirse. Así pues, no lo hizo. Y, no
haciéndolo, le enseñó a las clases medias de corte más conservador, amplísimas en la
sociedad española de entonces, que, por mil veces que entrasen en el área, aunque por
mil veces el portero contrario les pegase un tiro en la pierna, jamás se pitaría penalty a
su favor.

Ahí reside la herencia, tan triste como repugnante, de los sucesos de Yeste.
El 30 de mayo, o sea de forma contemporánea a los sucesos de Yeste, en otro punto del
sur de España se produciría otra muestra clara de la intensa normalidad en que vivía el
país. Se trata del mitin socialista en la localidad sevillana de Écija al cual, como siempre
ufano y convencido de que el proletariado le amaba, acudió Prieto.
Bueno. La verdad es que no debía de estar tan convencido Prieto de que le amase la
gente cuando desde hacía algunas semanas no iba ni a mear fuera de Madrid sin la
compañía de efectivos policiales propios. Para valorar la normalidad del 36 comparada
con la actual, pues, no hay más que pensar en un Alfredo Pérez Rubalcaba acudiendo a
los mitines de la actual campaña electoral escoltado por una guardia escogida de
policías nacionales, destinados, entre otras cosas, a protegerle de los propios militantes
que iban a los mitines. Tela.

El PSOE llenó la plaza de toros de Écija, ciertamente, aunque desde el primer momento
del mitin se comprobó que muchas personas habían ido allí no precisamente para
aplaudir las zapateradas del orador de turno. Los campesinos de la zona de Écija eran,
en efecto, unos jornaleros border line para el PSOE. Muchos de ellos eran teóricos
seguidores de la FTT ugetista, pero eran normalmente tan radicales que, en realidad,
coqueteaban con el anarquismo. A algunos, incluso, Bakunin les parecía un revisionista
peligroso. En realidad, en el campo andaluz y extremeño se aprecia mucho este
fenómeno de radicalismo rural que no se ajusta muy bien a los esquemas ideológicos, y
que de hecho viaja de uno a otro con bastante permeabilidad.

Antes que Prieto habló su alter ego político, Ramón González Peña, quien tuvo que
interrumpir su discurso por un quítame allá esas pajas. Total, cosa de nada: un miembro
del público le estaba apuntando con una pistola. Los de la «motorizada de Prieto»
desarmaron al gañán, pero éste fue inmediatamente defendido por otros asistentes. Se
montó una mundial tanto en las gradas como en la arena del coso. Comenzaron a volar
las botellas. Brillaron las navajas. Sonaron los disparos. Muchos de los objetos que
arrojaba la gente iban hacia la tribuna de oradores; dicho de otra forma, todo aquel
alborotador que lograba quitarse de encima la presión de las fuerzas del orden, se
aplicaba a intentar abrirle la cabeza, at best, a alguno de los oradores. Así las cosas,
éstos saltaron la barrera de la plaza por detrás de la tribuna, ganaron el callejón y desde
allí, agachaditos y amarraditos como en la canción de María Dolores Pradera, ganaron
también la calle. Huyeron Prieto, González Peña y hasta Juan Negrín, que andaba por
allí, puesto que estaba pasando por la fase moderada de su vida, una fase en la que aún
soportaba estar a menos de quinientos metros de Prieto.

Don Indalecio, quien ya se había destacado bastante por su valentía durante el golpe de
Estado revolucionario del 34 (ponerse las cosas feas y salir del país fue todo uno), se
metió en su coche y salió del pueblo a toda hostia, sin reparar en quién le seguía
(siempre fue un valiente) y no paró hasta Córdoba. Entre los que dejó atrás estaba
Salazar, su secretario, que había recibido un hostión en una ceja. El pobre secretario
huyó en otro coche, pero en la carretera fue interceptado por un grupo de izquierdistas
radicales, quienes le obligaron a volver a Écija y lo secuestraron hasta que ese cuerpo al
que Prieto había dedicado tantos dicterios en el Congreso, la guardia civil, lo rescató y
hospedó en el edificio del Ayuntamiento.

Inmediatamente, y tras correrse la voz de que una persona de la pandi de Prieto seguía
en el pueblo custodiada por la Meretéricar, el personal rodeó la casa consistorial con la
intención de asaltarla y mandar a Salazar a tomar café con Lenin. La guardia civil se las
arregló para llamar a Sevilla, de donde llegó de madrugada una compañía de guardias de
asalto, que logró llevarse al pobre Salazar a Córdoba, lugar donde su quizá
preocupadísimo jefe llevaba ya horas reposando las lorzas.
Al día siguiente Claridad, el periódico de Caballero, tiró de una estrategia bastante
habitual en la izquierda (y en el franquismo, puesto que los extremos se tocan) basada
en contraatacar acusando a las víctimas de lo ocurrido. Según el citado periódico, todo
lo que ocurrió, ocurrió porque los oradores, concretamente González Peña, fueron poco
cautos y se empeñaron en ser demasiado poco marxistas en sus palabras, además de
mostrarse contrarios a la unificación de las organizaciones obreras.

Esto es lo que tuvo que vivir Indalecio Prieto, el hombre que fue al Frente Popular
convencido de que podría manipularlos a todos. El 30 de mayo del 36, es de suponer que
ya fue dando cuenta de que él, que se había creído alfil, si no reina, era tan sólo un
puñetero peón de ese rey sin corona llamado Francisco Largo Caballero.
Para entonces, albores del mes de junio de 1936, nos lo cuenta Ramos Oliveira en sus
memorias, se había tomado la costumbre, en las sesiones del Parlamento, de cachear a
los diputados a la entrada.

Sic.

El primero del mes, la CNT declara la huelga general de la construcción, ésa misma que
el 18 de julio seguirá produciéndose. Las Cortes, en esas fechas, debaten una
proposición gubernamental para suprimir por completo la enseñanza religiosa. En esa
sesión, un diputado de la derecha da el dato de que desde las elecciones se han cerrado
ya en España 79 escuelas religiosas. El director general de Enseñanza, Rodolfo Llopis,
que será secretario general del fantasmagórico PSOE en el exilio (hoy en realidad
extinto, pues el PSOE actual, venir, venir, lo que se dice venir, viene de otra pata), zanja
la discusión con una frase lapidaria: «Perseguimos a la enseñanza católica porque
prostituye al niño». Una vez más, las derechas abandonan la sala de plenos.

A principios de junio, Luciano Malumbres, director de un periódico socialista


santanderino, es amablemente saludado a tiros por unos falangistas que lo dejan con
ello sin aliento para siempre. Una mujer dice haber reconocido al autor de los disparos,
un joven llamado Amadeo Pico, el cual es visitado por una comisión de agradecidos
izquierdistas, quien le recetan exactamente la misma medicina que a Malumbres. Aún
otro derechista, Pedro Cea, será asesinado antes de que termine el día.

En Alora, Málaga, donde como en toda la provincia hay huelga en el campo, un piquete
informativo realiza sus habituales labores informativas hacia un propietario que está
segando su propio trigo; y, ya de paso que le informan, y para aprovechar el viaje, se lo
cargan. En Sevilla, disparos azules se llevan por delante al director de la prisión
provincial.

La UGT convoca huelga general en Ceuta, lo cual es especialmente jodido, por tratarse
de una ciudad compleja de abastecer. Las autoridades decretan que algunos
establecimientos abran y coloca guardias civiles en la puerta de cada tienda para
garantizar el suministro. El día 6, un piquete informativo informa a tiros a un grupo de
guardias civiles. En la primera andanada de disparos resulta herido el número Fausto
Caroso Jiménez, que morirá dos días después. Un guardia abre fuego contra los ugetistas
y hiere a cinco, de los que dos morirán horas después.

Un muerto más en Daroca, Zaragoza, en un choque entre facciones políticas. Lo mismo


en Orense. En Teis, Pontevedra, el muerto es un policía municipal retirado. Dos muertos
más en Olmedo, Valladolid, y uno más, patrón de pesca, en la localidad santanderina de
Suances. En Badajoz dos falangistas, Luis Cabañas y José Luis Obregón, son asesinados
camino de la iglesia.

En Málaga ciudad se convoca la huelga general, que se une a la del campo, donde ya se
queman las cosechas y tal. El conflicto comienza en el puerto, donde la CNT declara una
huelga de descargadores que impide sacar el pescado de los barcos. La inmensa mayoría
de los marineros de Málaga son ugetistas, lo cual provoca un enfrentamiento cainita
entre ambos sindicatos. El día 10 un concejal de la ciudad, militante del PSOE y defensor
confeso de la postura de la UGT, apellidado Rodríguez González, es acribillado a balazos
en la calle. Los ugetistas contestan disparando e hiriendo gravemente al secretario del
Sindicato de Alimentación de la CNT local, Miguel Ortiz.

Los ugetistas asaltan el centro regional de la CNT y el Ateneo Racionalista. Como


represalia, los anarquistas asesinan al presidente de la Diputación Provincial, Antonio
Tomás Reina, del PSOE. Luego los anarquistas intentan asaltar la Casa del Pueblo, pero
los ugetistas les están esperando y les reciben a tiros. En los días siguientes, un
sindicalista y una niña morirán en los enfrentamientos.
Un personaje tan poco sospechoso de derechismo como Marcelino Domingo, ministro que
fue de Agricultura e impulsor de la reforma agraria, escribe por esos días un artículo, en
tono premonitorio aún sin pretenderlo, en el que asevera que el caos en el campo
español es de tal calibre que muchas personas acaban por «implorar, vista como vista,
llámese como se llame, un Poder que, aunque les niegue todos los derechos, le devuelva
la paz».
Podemos apostar con seguridad a que lo que Domingo está insinuando aquí es una
posibilidad de la que probablemente sabe algo y que, si hemos de creer a testigos como
Claudio Sánchez Albornoz, se manejaba en esas semanas en el entorno del azañismo: la
posibilidad de implantar una dictadura republicana que sacase el país del marasmo en
aras de la libertad y la igualdad; como pronto veremos, es una posibilidad de la que
incluso se hablará en el Parlamento, por boca de Gil Robles. Pero, a mi modo de ver,
buscara lo que buscase el político republicano, esta frase, acertada como diagnóstico,
para lo que sirve, al correr de casi ocho décadas, es para sostener la idea de que
quienes se empeñan en ver el golpe de Estado del 36 como una movida salida del
exclusivo cacumen de cuatro cresos en defensa de sus privilegios, están comprando una
mercancía averiada.
Fuesen quienes fuesen los conspiradores de julio del 36, es obvio, por lo menos para mí,
que contaban con la aquiescencia de amplias capas de la población, por ese deseo de
orden, ese hartazgo de caos, de que hablaba Domingo desde las columnas del periódico
de Prieto. De hecho, si es verdad que Azaña o alguien de su entorno pensaba en una
dictadura republicana justificada ante los españoles por mor de su necesidad, debe
tenerse en cuenta que ésa y no otra es la llamada con la que sacaron los cañones a la
calle no pocos conspiradores, como Cabanellas o, sobre todo, Queipo. Ellos también
dijeron que todo lo que hacían lo hacían por salvar la República.

Lo que a mi modo de ver es innegable es la sensación de caos existente en amplias capas


de la sociedad española, especialmente las capas burguesas. Piénsese que Domingo
viene a representar, de alguna manera, a las más progresistas de estas capas, así pues
sus frases tienen la importancia de definir ese malestar y ese miedo entre españoles
cuya fe y compromiso republicanos están fuera de toda duda. Y es lógico, puesto que la
rueda de la violencia no deja de dar vueltas.

En la provincia de Córdoba hay un pueblo que llama Palenciana y que una vez (ahora
mismo, la verdad, lo desconozco) tuvo una calle con el nombre de Manuel Sauce
Jiménez.

Sauce era guardia civil en Palenciana aquel mes de junio en el que toda la zona (el
pueblo linda con Málaga) había una huelga total en el campo. En el Centro Obrero del
pueblo se celebra una reunión de la FAI, para tratar las medidas que hay que tomar ante
los probables enfrentamientos que se van a producir. Tres guardias civiles: Venancio
Navarro, Pedro Granados y el propio Sauce, patrullan el pueblo. Toman la calle del
Centro Obrero donde se celebra la reunión. Van en fila, buscando la sombra. Cuando
Sauce, el último, está pasando delante de la puerta del Centro, se abre la puerta, lo
agarran, y lo meten dentro. Le dan una mano de hostias y, de postre, con una navaja
barbera, le ventilan la glotis con lo que el muchacho, claro, deja de respirar, además de
dejarlo todo perdido de sangre. Al día siguiente, los refuerzos de la guardia civil que
llegan para pacificar el pueblo y llevarse el cadáver del número degollado, se apiolan a
cuatro anarquistas.

La censura funcionó con este suceso. La prensa nada dijo de él. Pero las derechas,
pronto lo veremos, la sacarían a pasear en sus discursos parlamentarios.

El día 14, tras un mitin de Largo Caballero en Oviedo, un grupo de asistentes dispara y
mata al guardia civil Ramón Roselló Omedes.

La situación está ya madura para uno de los debates parlamentarios más importantes, y
más amargos, de nuestra Historia: el debate del 16 de junio sobre el orden público.
«Las Cortes esperan del Gobierno la rápida adopción de las medidas necesarias para
poner fin al estado de subversión en que vive España». Así rezaba la proposición no de
ley presentada en el Congreso en la sesión parlamentaria del 16 de junio; sesión que
habría de ratificar definitivamente el divorcio entre las dos españas y la madurez con
que ambas esperaban ya, cada una a su manera, la guerra civil.
34 diputados de derecha firmaban esa proposición, abrigando con ello a José María Gil
Robles, su gran impulsor y el defensor parlamentario de la propuesta. Tomó Gil Robles la
palabra para, casi inmediatamente, abordar la conocida nómina de sucesos acaecidos en
España desde el 16 de febrero de aquel mismo año. Una lista tan conocida como infame:

 160 iglesias totalmente destruidas.


 251 asaltos más a templos.
 269 muertos.
 1.287 heridos.
 215 agresiones personales frustradas o sobre las cuales no hay información.
 138 atracos consumados.
 23 tentativas de atraco.
 69 centros particulares y públicos destruidos.
 312 centros asaltados.
 113 huelgas generales.
 228 huelgas parciales.
 10 periódicos destruidos.
 33 asaltos a periódicos.
 146 bombas y petardos explotados.
 78 bombas recogidas sin explotar.

El censo cuantitativo vino seguido de otro de carácter más cualitativo. Se acordó Robles
de los ingenieros de Peñarroya, que finalmente habían pasado 19 días secuestrados en el
fondo de una mina sin ser rescatados por las fuerzas de orden público. Se acordó, y fue
esta cosa que hizo mucho daño a las bancadas de la izquierda, como se lo sigue haciendo
a las bancadas de la izquierda historiográfica, de las instrucciones publicadas en Reino
Unido, llamando la atención a los conductores británicos de que en España partidas de
no se sabe muy bien quién paraban a los coches en las carreteras para «solicitarles»
donaciones para el Socorro Rojo Internacional. Cuando saca a pasear el caso del guardia
civil degollado en Córdoba, un diputado lo acusa de mentiroso y se monta la primera
tangana de la tarde. Prosigue Gil Robles, entre acusaciones de mentiroso, afirmando que
barcos mercantes españoles habían sido expulsados de puertos extranjeros a causa de la
propaganda revolucionaria que realizaban sus marineros. El ministro de Estado le
asevera que eso es falso, Gil contesta que ello ha ocurrido en Génova y Workington, a lo
que el ministro responde que puede demostrar la falsedad de ambos casos; que hubo
huelgas, pero no expulsión.

En medio de este rifirrafe relativo a hechos ocurridos fuera de España, el ministro de


Estado se ofrece a dar las explicaciones que sean pertinentes y, lo que es más
importante para el curso del debate, advierte a Gil Robles que blandiendo esas
acusaciones está alimentando intereses contrarios a los de España. Torpe alusión. Se lo
pone a huevo al hábil retórico salmantino, que al fin y al cabo es en su origen abogado
litigante (como lo era, también, José Antonio, o el socialista Jiménez de Asúa), de forma
que el líder de la CEDA le contesta: «como se va contra los intereses de España es
manteniendo un estado de agitación y de anarquía que antes los ojos del mundo nos
desacredita». Bull's eye.

Dos días antes del debate, el Gobierno había hecho pública una declaración anunciando
que había puesto coto a la anarquía. La siguiente parte del discurso de Gil Robles se
ocupa en ridiculizar esa nota, con dos argumentos. El primero, bastante obvio: si el
Gobierno, que siempre había negado que en España hubiese una situación de anarquía,
ahora decía que la había sofocado, lo que estaba haciendo, de alguna manera, era
reconocer que había mentido sistemáticamente. Y el segundo, más obvio, el desmentido
de la esencia del comunicado, es decir del hecho de que la anarquía hubiera sido
vencida. Sólo en las 48 horas desde la declaración, recuerda el diputado, se habían
producido heridos en Los Corrales (Santander), había habido un tiroteo en Badajoz, una
bomba en un colegio de Santoña, un muerto, guardia civil, en Moreda, y otro,
dependiente, en Villamayor de Santiago, dos derechistas muertos en Uncastillo, un
tiroteo en Castalla (Alicante), un obrero asesinado en Suances, incendios de cortijos en
Estepa, un derechista asesinado en Arriondas, otro muerto y dos heridos graves, también
derechistas, en Nájera, otro muerto y cuatro heridos en Carchel (Jaén), así como cuatro
bombas en sendas casas en construcción de Madrid.

«La verdadera entraña del problema», continúa el diputado, «radica en que el Gobierno
no puede poner fin al estado de subversión porque el gobierno nace del Frente Popular,
que lleva en sí la esencia, el germen de la hostilidad nacional». Se extiende el diputado
en los objetivos de comunistas y socialistas que, dice, sólo buscan la dictadura del
proletariado y, mientras lo consiguen, socavar el sistema productivo. «Ellos saben a
dónde van, y tienen marcado el camino», dice; «vosotros no, señores de Izquierda
Republicana». Sin dejar de referirse a los bancos de la izquierda burguesa, les saca a
pasear la idea de la dictadura republicana, que él considera el fin de toda democracia. Y
continúa: «Desengañaos, señores diputados; un país puede vivir monarquía o república,
en sistema parlamentario o en sistema presidencialista, en sovietismo o en fascismo:
como únicamente no vive es en anarquía, y España hoy, por desgracia, vive en la
anarquía». «Estamos presenciando», sentencia campanudamente, «los funerales de la
democracia».

Enrique de Francisco, diputado socialista y destacado miembro de la UGT, le da la


réplica a Gil Robles responsabilizando de los desmanes ocurridos a los fascistas. Con un
loable desparpajo, responde: «Yo no tengo aquí estadísticas, señor Gil Robles, porque
para eso es preciso prepararse, y yo no tengo preparación; pero sí conozco de hecho la
situación aquélla [se refiere al bienio de las derechas] y no se puede venir a echar en
cara cosas de que uno mismo tiene que acusarse».

Y continúa: «Nos ha relatado aquí su señoría algunos hechos que ya he manifestado que
no me han impresionado poco ni mucho, porque aún conociendo la realidad de algunos
de ellos y lamentándolos de una manera sincera y leal, era necesario hacer previamente
una averiguación para saber si en gran parte esas cifras de asesinatos, de atracos y de
incendios, manejadas por el señor Gil Robles, pueden ponerse en el haber de las fuerzas
que acaudilla su señoría, si los autores de tales hechos han sido inducidos por
determinadas fuerzas». Esta insinuación por parte de De Francisco no quedó completada
con acusaciones concretas; de hecho, en parte el diputado se desmintió a sí mismo
segundos después, cuando dijo: «yo he querido referirme a la actitud de rebeldía de la
clase capitalista y patronal, que crean situaciones de ánimo en la clase trabajadora, ya
dolorida, ya amargada por las condiciones adversas de su propia vida y que no es
extraño, señor Gil Robles, que en esa situación de ánimo, aunque nosotros no lo
justifiquemos, realice excesos de los cuales sus autores serán los primeros en lamentarse
cuando fríamente lo consideren».

Continúa De Francisco: «Nosotros no hemos de amparar excesos de ninguna especie,


porque tenemos nuestra táctica, nuestra doctrina, nuestras normas, y a ellas nos
sujetamos; pero hemos de cargar en todo instante contra la clase capitalista (...) toda la
responsabilidad que ella tiene en la creación de estos conflictos».

Lo que tenía que ser el centro del debate sobre el orden público, pues, se constituyó de
estas dos intervenciones, a favor y en contra de la proposición, como siempre en el
mundo parlamentario con sus tintes sardineros. Gil Robles arrimó el ascua a su sardina, y
en esto su crítico De Francisco tuvo parte de razón recordándole al político de derechas
que una parte importante de la conflictividad del 36 había nacido antes, durante el
bienio de las derechas, que fue, desde muchos puntos de vista, un auténtico borrón y
cuenta nueva de la política realizada en el bienio constitucional anterior, lo cual
contribuyó, y no poco, a la hora de desafectar a masas crecientes de izquierdistas
respecto de los métodos democráticos. La CEDA trató de presentar la anarquía existente
como algo puramente surgido de las elecciones del Frente Popular, cuando, en realidad,
el radicalismo de dicho Frente era en parte fruto de una política excesivamente sectaria
llevada a cabo por el centro-derecha durante sus años de gobierno.

Pero más allá de ese matiz, la intervención de Robles fue demoledora, porque
demoledora era la realidad sobre la que actuaba. Ya podía De Francisco recordar los
años del bienio de las derechas o el juego de la pídola; ya podía recordar lo que
quisiera, que no con eso lograría desmentir los hechos que toda España conocía bien
entonces y estaba sufriendo.

La izquierda gobernante, aquella tarde del 16 de junio, se obstinó en no entender.


Tradicionalmente, en España, cuando un gobierno y su partido de apoyo se obstinan en
no ver algo, no lo ven aunque les den dinero. Con la misma cenutriez con que Ansar no
fue capaz de ver que España no quería ir a Irak ni a poner un puesto de pipas; con la
misma cenutriez con que el actual Gobierno se obstinó en seguir diciendo que eran
galgos los podencos de la crisis económica, con esa misma cenutriez, digo, el gobierno
del Frente Popular, y el propio FP, se obstinaron, la tarde del 16 de junio de 1936, en
sostener que:

1. La anarquía no era para tanto.


2. En todo caso, lo poco o mucho de anarquía que pudiera existir era provocada por
los fascistas, no ellos ni los de su cuerda.
3. En todo caso del todo caso, si alguna violencia de izquierdas pudiera haber, estaba
justificada porque es que el personal estaba muy puteado.

El discurso de De Francisco no ha pasado demasiado a la Historia, y no me extraña


porque fue torpe, inconexo, tópico y simplón. En un momento en el que la izquierda
debió colocar a su mejor hombre con el objetivo de un acercamiento, en la hora, quizá,
de un Besteiro, el Frente Popular prefirió seguir dándole a la matraca de las
explicaciones sencillitas y los tópicos partidarios.

Hay un murmullo en la sala, porque José Calvo Sotelo ha pedido la palabra.


El líder del Bloque Nacional no se muerde la lengua. Nada más comenzar su perorata,
brama hacia los escaños del gobierno y de la izquierda: «Vosotros, vuestros partidos o
vuestra propaganda insensata, han provocado el sesenta por ciento del promedio del
desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad». En las últimas semanas,
continúa más adelante, ha ocurrido además que el Frente Popular se ha roto,
refiríendose a la postura de la CNT. A pesar de ser contestado por diputados de izquierda
en el sentido de que la CNT nunca formó parte del Frente Popular, Calvo Sotelo insiste
en que el millón de votos aportado por los anarquistas en febrero fue el que dio la
victoria a las izquierdas; y, consecuentemente, puesto que ahora la CNT se ha separado
de la coalición, ésta tiene apenas una representación minoritaria.
«Aquí», continúa el diputado, «hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas.
Diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado y apóstoles del
comunismo libertario; aquí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la
pequeña burguesía y a las profesionales liberales que a estas horas están arrepentidos de
haberse equivocado el 16 de febrero al dar a sus votos el camino de perdición por donde
nos lleva a todos el Frente Popular». Como se ve, la opción estratégica de Sotelo aquel
16 de junio es tratar de arrastrar a los políticos no obreristas fuera del Frente Popular,
explotando la sensación de ahogo que sabe que sienten. Apenas unos días después de
este debate, según recuerda Sánchez Albornoz, el propio Azaña apostilla un informe que
le acaban de presentar sobre los conflictos de la calle con un lúgubre: «pues ya estamos
listos para que nos fusilen». «Nos», sin duda, se refiere a los republicanos burgueses.

Distinguió en su discurso Calvo Sotelo dos tipos de desorden: el económico y el militar. El


primero era causado, según él, por la lucha de clases, y el segundo por «la generación
de un concepto democrático que arruina todo sentido de autoridad nacional». A su
modo, un tanto simbólico, Calvo Sotelo elaboró en este punto del discurso una
advertencia que parece bastante clara a la luz de los hechos: la inexistencia de
autoridad es el fulminante que hará que los cuartos de banderas se alcen.
Frente al caos económico, Calvo Sotelo defiende un Estado integrador, administrador,
dice, de justicia económica, sin capitalismo abusivo, sin salarios de hambre, sin
«libertad anárquica» ni «destrucción criminal». Y, una vez que ha horneado el pastel, le
pone la guinda: «a este Estado le llaman muchos Estado fascista. Pues si ese es el Estado
fascista, yo, que participo de la idea de este Estado, yo que creo en él, me declaro
fascista».

Contra lo que pueda parecer, la reacción que registra el diario de sesiones es más bien
tibia. Los diputados de la izquierda, de hecho, se limitan a comentar, jocosamente, que
la confesión del diputado no es ninguna novedad. Impertérrito, Calvo Sotelo continúa
desarrollando su discurso, hablando ahora del principio de autoridad y del Ejército,
contra el cuál, añade, se han producido recientemente ejemplos de desprecio
intolerable. En un momento de su intervención realmente polémico, Calvo Sotelo afirma
que no cree sinceramente que en España haya un solo militar dispuesto a alzarse a favor
de la monarquía; pero la misma convicción guarda también para la idea de que «sería un
loco el militar que no estuviera dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de
la anarquía, si ésta se produjera». Esta frase provocó un broncón en las bancadas de la
izquierda y una admonición del presidente: «no haga su señoría invitaciones que fuera
de aquí puedan ser mal traducidas».

En una estrategia que no puede ser espontánea, Calvo Sotelo va de menos a más.
Comienza con anécdotas de poca monta, como un problema surgido en Toledo con unos
militares que asistían a un curso de gimnasia. Luego saca a pasear el asunto de Alcalá de
Henares, que ya hemos visto terminó con el traslado de dos regimientos y un caso de
grave insubordinación por parte de los mandos, y que provoca protestas mil entre los
diputados del Frente Popular por lo que suponen las palabras de Sotelo de amparo
parlamentario a un delito; y, finalmente, llega el diputado del Bloque Nacional al caso
de Palenciana, donde un guardia civil, brama, «fue decapitado con una navaja
cabritera».
Ahí se monta la mundial. Los diputados del FP se levantan de sus asientos y fremen.
Acusan a Calvo Sotelo de mentiroso y aseveran que esa acusación es falsa. Entonces,
Calvo Sotelo dice: «¿Que no es cierto que el guardia civil fue internado en la Casa del
Pueblo y decapitado? El que niegue eso es....».

Las actas del pleno no recogen la expresión concreta, así pues tuvo que ser de hijo de
puta para arriba. Por supuesto, el presidente le insta a retirar esas palabras, a lo que
Calvo Sotelo se niega porque dice que sólo son su respuesta a una afirmación dicha por
el diputado Carrillo (Santiago) de que su acusación había sido una canallada. En medio
de un follón de mis demonios, Martínez Barrio da por retirados lo insultos de Calvo
Sotelo, ante lo cual los diputados de la derecha exigen a gritos que se retiren los de
Carrillo (el cual, por cierto, responde con más insultos). No es hasta que Martínez Barrio
le reconviene al dirigente de las JSU su lenguage y da también por retirados sus insultos,
que la cosa puede continuar.

Como puede verse, el mito es cierto: las Cortes republicanas son un dechado de prístina
habilidad retórica y cortesía parlamentaria.

Termina Calvo Sotelo dirigiéndose directamente al presidente del Consejo de Ministros,


Casares Quiroga. Ante las contestaciones de éste, un tanto sobradas, Calvo Sotelo se
refiere al «estilo de improperio propio del antiguo señorito de La Coruña», lo cual inicia
otro sub-debate en torno a la condición proletaria o altoburguesa del presidente del
Gobierno.

Este rifirrafe final, con seguridad, influyó en la decisión de Casares, quien cambió de
idea y, en lugar de esperar a la intervención de otros oradores como era su primera
intención, decidió levantarse para contestar a Calvo Sotelo inmediatamente. Negó haber
tomado medidas por imposición del Frente Popular, afirmación que queda elegante pero
es poco creíble, porque no fueron, desde luego, las necesidades tácticas del Ejército
español las que forzaron el traslado de los dos regimientos alcalaínos. Y después
pronunció la que puede considerarse La Frase. La gran frase que ha pasado a la Historia,
y que se produjo comentando las insinuaciones de golpismo realizadas anteriormente por
el diputado de las derechas:

«Yo no quiero incidir en la falta que cometía su señoría, pero sí me es lícito decir que,
después de lo que ha dicho su señoría ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera
ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a su señoría».

Después, el discurso de Casares se dedicó a quitarle importancia a los disturbios de la


calle y a echar mano de un recurso bien conocido y, como decía anteriormente, en parte
cierto: echarle la culpa al gobierno anterior, de otro color. Para Casares, lo que hacían
las derechas criticando la anarquía de la calle era «examinar su propia obra»; más aún,
culpó a los patronos de los excesos de los obreros.

En otras palabras: Calvo Sotelo, que en mi opinión algo sabía de los movimientos en los
cuartos de banderas (pero no todo; de haber estado bien informado, sus asesinos no le
habrían encontrado en casa y en bata, sino que se habría ausentado de su domicilio,
como Gil Robles o Goicoechea), hizo un discurso destinado a enervar a los bancos de la
izquierda y dirigido a quienes no estaban en el Parlamento. Calvo Sotelo intentó que su
voz llegase hasta los cuarteles pues, probablemente, el 16 de junio ya estaba
convencido de que la única salida a la situación era la iniciada el 18 de julio.
Por su parte, Casares Quiroga hizo algo que es bastante habitual en las izquierdas
gobernantes, que es tratar de actuar como si fuesen oposición. Se olvidó de que, cuando
uno es el que gobierna, en realidad el origen de los disturbios da igual; lo importante es
que demuestre que está haciendo todo lo posible por sofocarlos y, en este sentido, su
discurso se quedó retóricamente cojo (cosa que no debe extrañarnos, teniendo en
cuenta la rampante mediocridad de su autor).

Después de Casares habló Dolores Ibárruri, como siempre sustantivando un compromiso


de hierro con la verdad de las cosas. Habló, cómo no, de Asturias, y citó casos de
revolucionarios que habían visto extirpados sus testículos, o de mujeres colgadas vivas,
niños fusilados, madres obligadas a contemplar las sesiones de tortura en la persona de
sus hijos, y hasta niños a los que se les habían saltado los ojos. Pasionaria, como digo,
siempre en su mundo. Que yo sepa, jamás pidió la menor disculpa, ni la han pedido sus
herederos, por soltar una sarta de mentiras tan grave en sede parlamentaria.

Entre las varias réplicas habló Calvo Sotelo de nuevo. Y lo hizo, entre otras cosas, para
contestar a la apelación de Casares, con palabras multrirrepetidas en los libros de
Historia:

«Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto
para el gesto de reto y las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi
vida, los tres o cuatro desde el banco azul, y en todos ha habido siempre la nota
amenazadora. Pues bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de
su señoría. Me ha convertido su señoría en sujeto y, por tanto, no sólo activo, sino
pasivo, de las responsabilidades que pueden nacer de no sé qué hechos. Bien, señor
Casares Quiroga. Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño
ni una de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las
responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España, las
acepto también. ¡Pues no faltaba más!»

Mientras continuaba el debate, diputados de izquierdas redactaron una proposición


incidental que fue la que finalmente se aprobó. En la misma se decía que no había lugar
a votar la proposición presentada por las derechas (esto es: ni siquiera la derrotaron,
sino que la dieron por no presentada) y añadían un voto de confianza en el Gobierno
«para la realización del programa del Frente Popular».

La sesión de 16 de junio del 36 es histórica, aunque no por los motivos que


habitualmente se han manejado. Teóricamente, es el momento, el franquismo dixit, en
el que el gobierno del Frente Popular anunció su presunta intención de acabar con la
vida de Calvo Sotelo. Es una teoría poco creíble. En primer lugar, en un parlamento en el
que se habían escuchado amenazas de muerte tan simples como directas (así, la de José
Díaz hacia Gil Robles), las palabras de Casares Quiroga se han querido intepretar como
una amenaza, pero para mí que no lo fueron. Si analizamos la frase del sectario
republicano gallego, creo que lo racional es sostener que la intención más probable de
sus palabras era advertir a Calvo Sotelo de que si algún día los militares se alzaban, le
consideraría como parte actora e impulsora de dicha conspiración; lo cual está muy lejos
de definir lo que finalmente le pasó a Sotelo. A mi modo de ver, pues, las palabras de
Casares Quiroga no tuvieron nada de proféticas ni fueron pronunciadas pensando, a un
mes vista, en una acción de asesinato presuntamente ya decidida o discutida; entre
otras cosas, porque dudo mucho de que a Casares le diese la neurona como para
planificar ni el color de su calcetín derecho a un mes vista.

Lo importante de la sesión, por lo tanto, no está en la tan traída y llevada condena en


avance de Calvo Sotelo, sino en el hecho en sí de que el Gobierno del Frente Popular, en
las horas que duraron los debates, decidió taparse los ojos. Las izquierdas, en ese punto,
ya sólo sabían decir dos cosas: en primer lugar, que los hechos denunciados eran falsos,
como hicieron los diputados cordobeses con los hechos de Palenciana; a pesar de que,
como con notable desparpajo les recordó Calvo Sotelo, en España la censura de prensa
podía funcionar, pero no con ello había impedido que el asesinato de Palenciana fuese
publicado en periódicos franceses, por lo que era de general conocimiento. La segunda
cosa que dijeron las izquierdas era que la culpa era de sus enemigos. O sea: no había
violencia y, si la había, era cosa de los patronos.

Manuel Azaña, en su repugnante, por lo autocomplaciente, Velada de Benicarló,


abordará este mismo hecho a su manera, tratando de presentar a los gobernantes
republicanos como pobres hojitas de pino arrastradas por la corriente violenta del río de
las dos españas. Olvida Azaña en sus lacrimógenos repasos de lo que hizo y de lo que no
hizo como gobernante que esas tiernas hojitas de pino fueron, en realidad, señores que
tenían en su poder los resortes del Estado. Tenían, pues poderes que usaron cuando
usaron, y no usaron cuando no usaron; y cuando no los usaron, los únicos responsables
de ello, proveniesen los disturbios del egoísmo patronal, de la cabestrez
anarcosindicalista o del terrorismo de camisa azul, fueron esos mismos gobernantes, que
se quedaron tan tranquilos, en sus palcos de ópera, haciéndose pajas mentales a base de
imaginar las grandes cosas que la Historia acabaría por decir de ellos.

El mensaje del 16 de junio no es: en España hay un caos. El mensaje es: en España hay
un caos, y el Gobierno no está dispuesto a sofocarlo. Es más: está dispuesto a alentarlo,
de palabra, obra o, sobre todo, omisión, cuando quienes alimenten la mala leche sean
socios de su club. Por decirlo de otra manera, las izquierdas, el 16 de mayo, no le dieron
al general Emilio Mola ni una sola razón, por pequeña que fuese, para romper sus
instrucciones y cesar en los contactos que ya estaba desarrollando.

Las derechas, por su parte, se echaron al monte aquel día de junio. Quizás Gil Robles,
que lo montó todo con su proposición, pensaba en tener un debate de acoso al
Gobierno. Pero, tras pedir la palabra Calvo Sotelo, la cosa cambió. Las izquierdas no
tienen un poco de razón en sus reproches; la tienen toda. Calvo Sotelo sobrepasó aquella
tarde todas las líneas rojas e hizo un discurso que no tenía por destino los diputados de
la nación, sino los cuartos de banderas. No fue un discurso golpista, pero tampoco lo fue
legal. Quiso el Bloque Nacional dejar claro que las derechas estaban agraces para estar
en un golpe de Estado contra el gobierno, y lo dijo sin sutilezas.

El 16 de junio del 36, al cierre de aquel debate estéril, aún antes de la muerte del
teniente Castillo y del propio Calvo Sotelo, de alguna manera, el plano inclinado que
llevaba a la guerra civil adquirió una pendiente tan pronunciada que ya no era posible no
caer.

El mismo día 16 que se celebra el debate parlamentario, hay 100.000 trabajadores en


huelga sólo en Madrid. En varias provincias agrícolas, la quema de cosechas ha acabado
con la práctica totalidad de ellas. En Cádiz se declara la huelga general y el pan debe
ser elaborado por el Ejército. El día 18, la CNT llama a una huelga de dependientes de
comercio que deja los mostradores de toda España sin servir. Ese mismo día dos
falangistas, José Luis Obregón Siurana y Luis Cabañes Abarca, son asesinados. Más
muertos de junio: uno en Valladolid, otro en Albacete, otro en Orihuela (Alicante), y un
último en Sevilla, en el curso del asalto a un almacén de cereales. El día veinte estallan
en Madrid once bombas. Once.

Se muere el comandante Pedro Romero, instructor de las milicias izquierdistas. A su


entierro va al presidente del Gobierno, cuatro ministros y varios generales; frente al
féretro desfilan las milicias comunistas, en un acto castrentoide bastante extraño a los
ojos del presente.

Jesús Hernández, en el congreso del Partido Comunista madrileño, perpetra esta perla:
«Bien cerca de nuestros Pirineos, en la Francia de 1879, los trabajadores franceses
cargaban carretas de nobles para llevarlos a la guillotina. Hay que deplorar que la
República española no haya cargado todavía ninguna carreta de nobles». Años después,
cuando se cayese del guindo estalinista, Hernández engrosaría la fila de plañideras que
escribirían páginas y páginas sobre sus burradas como dando la impresión de que quien
las había cometido fue otra persona. La verdad es que Hernández, por mucho que se
arrepintiese después, fue un dedicado recadero moscovita. Él mismo confiesa en sus
memorias que estuvo a punto de matar a Prieto, antes de la llegada de la República. Su
momento dulce llegó con la guerra civil, cuando, junto con Vicente Uribe, copó la cuota
comunista en los gobiernos republicanos y, desde allí, se dedicó a trabajar por la
dirección comunista de la guerra. Suyo es el discurso de Valencia en el que desgranó un
florilegio de dicterios contra Largo Caballero, que sirvieron para echarlo del gobierno
cuando se enfrentó con los comunistas (echó al embajador soviético en España,
Rosemberg, de su despacho). Luego, como digo, le daría por hacer repaso crítico de su
pasado; una benicarlada más.

El 23 de junio, es cosa archisabida, Franco le dirige su famosa carta al presidente


Casares. La carta de Franco es, antes que cualquier otra cosa y dijese lo que dijese la
propaganda franquista, una carta corporativa. Lo primero de lo que se queja Franco en
la misiva es de la reincorporación al Ejército de militares implicados en la chorrada del
34 en Cataluña, la eliminación de la antigüedad como elemento para el ascenso y su
sustitución por dosis crecientes de arbitrio ministerial. Cierto es que los políticos se
quedan solos cuando se trata de nombrar ejecutivos, sean ellos magistrados del Tribunal
Contitucional, consejeros de RTVE o lo que se tercie; pero, la verdad, yo nunca he
entendido muy bien la prelación de la antigüedad en el Ejército. Un idiota de la vida de
55 años no deja de ser bastante más idiota que él mismo con 30 años. Pero aquí lo
importante, a mi modo de ver, es que lo primero de lo que Franco quiere hablarle al
presidente no es del caos, sino de la falta de orden en los ascensos. También protesta,
justo es reconocerlo, por conflictos como el de Alcalá de Henares; pero lo hace en un
segundo plano.

Hace la carta profesión de respeto constitucional castrense pero, acto seguido, y como
buen gallego, plantea las cosas de modo y forma que lo primero dicho no tenga, en
realidad, importancia alguna: «La falta de dignidad y justicia de los poderes públicos en
la Administración del Ejército en 1917 hizo surgir las Juntas Militares de Defensa. Hoy
podría decirse, virtualmente, que las Juntas Militares están formadas». Una vez más, no
nos encontramos con un discurso basado en el clima de violencia, sino en la ausencia de
una adecuada administración de lo militar. Una vez más, pues, el mensaje es
corporativo.

Cabe preguntarse por qué escribió Franco a Casares aquella carta. Cuando el general era
el jefe del Estado, y puesto que la historiografía oficial iba de demostrar que sus pedos
olían a rosas, se trató esta carta como un signo de fidelidad constitucional hasta el
último segundo que, lamentablemente, fue traicionada por la deriva de la República y,
sobre todo, por el asesinato de Calvo Sotelo. Una teoría bastante endeble, pues a finales
de junio ya está Mola dándose de cabezazos contra el difícil muro tradicionalista y, por
lo demás, lleva ya muy adelantados los planes para el alzamiento, que de hecho tiene ya
fechas tentativas.

Desde un punto de vista antifranquista, por otro lado, se puede pensar que la carta de
Franco es la típica carta nenaza del que quiere ponerle una vela a Dios y otra al Diablo.
De quien sabe que es pieza fundamental en el golpe de Estado, que su prestigio militar
le es muy necesario a los conspiradores; pero que, al mismo tiempo, quiere quedar bien
con el gobierno de la República por si acaba siendo el vencedor de la movida, como de
hecho lo fue, puesto que si los nacionales ganaron la guerra civil, el ganador del golpe
de Estado del 18 de julio es, sin duda alguna, el Gobierno. Franco, que algo sabía de
estrategia, bien podría tener la mosca detrás de la oreja.

Yo, personalmente, me decanto por otra teoría. Una teoría que creo consistente con la
personalidad de Franco, un tipo que tenía muchos defectos, pero que contaba con una
de las principales virtudes de los líderes políticos: un sentido especialmente desarrollado
para la gestión de los tiempos. Esto es algo que pretendo explicar en la próxima serie
que quisiera escribir, dedicada a cómo escaló Franco hasta el poder omnímodo en la
España nacional, y cómo lo conservó; pero baste con formular hoy que esta maestría en
la gestión de los tiempos es un cornerstone de su estrategia. En junio de 1936, es mi
teoría, Franco sabe que van a pasar muchas cosas, y muy deprisa. A mi modo de ver, y
esto es algo desde luego muy discutible porque son muchos los que lo discuten, las
fidelidades del general están absolutamente claras. Franco piensa, probablemente
mucho antes de junio del 36, probablemente ya desde las desilusionantes respuestas que
le da Portela Valladares a sus admoniciones, que ya sólo hay una salida para la situación.
A mi modo de ver, la carta a Casares es una pequeña cortina de humo.

¿Sabe Franco, en el momento de escribir esta carta, que más o menos desde mediados
de abril, cuando muchos de los militares obrantes en el entierro del alférez De los Reyes
comenzaron a ser trasladados, el general Mola controla la Unión Militar Española y
cuenta con una actitud, si no comprensiva, al menos no abiertamente contraria, de
Falange? Sería difícil decir que no. Y hay otro factor importante. La propuesta que yo le
hago a mis lectores es que lean la carta de Franco a Casares colocándola junto a las
admoniciones remitidas a Portela meses antes. Si las neuronas del lector emiten en la
misma onda que las mías, observará algo que no tiene mucho sentido. En febrero del 36,
la obsesión de Franco es convencer al presidente del gobierno de que hay un intento
comunista por hacerse con el poder, que la calle es un caos, y que hay que hacer algo
para defender el orden. Cuatro meses después, su obsesión es el desorden interno en el
ejército, la resurrección de las Juntas Militares a través de la UME, y los desplantes
sociales al Ejército. De haber una lógica en ambas argumentaciones, debieran haber ido
en orden inverso. Si en febrero del 36 había un peligro en la calle, en junio, después de
centenares de muertos, incendios, asaltos, etc., ese peligro se había multiplicado por sí
mismo. A mi modo de ver, pues, la carta de Franco tiene un punto absurdo que hace que
haya que pensar que fue redactada por motivos más o menos laberínticos.

¿Qué pretende Franco con la carta? ¿Ir de acusica? Sostener esa teoría es propio de un
guionista histórico de televisión; con ello quiero decir que es una chorrada. Cuando uno
le quiere contar al presidente del Gobierno que la Brunete va a bombardear la Cibeles
mañana por la mañana, no le manda una carta. Franco, a mi modo de ver pues, no
quería ganar puntos ante el Gobierno; más bien creo que quería añadir presión a su
manera, extremadamente prudencial. Mi teoría es que Franco, en junio del 36, no es
que no esté decidido a unirse al golpe, como se ha dicho y escrito alguna que otra vez;
de lo que no está convencido es de que el golpe vaya a tener éxito. Pero,
estratégicamente hablando, está comprometido con el movimiento y, por ello, le escribe
la carta a Casares Quiroga.
Porque yo le veo una utilidad a la carta: desviar el punto de mira de Casares.
Meticulosamente estudiada para no hacerla aparecer como una amenaza relacionada con
el clima de violencia en la calle, quizá hizo que el primer ministro retirase parte de su
mirada del capitán general de Canarias. Por dos veces en los dos últimos meses antes del
golpe de Estado llamó Casares al teniente coronel Yagüe a Madrid, probablemente para
pulsar lo que más le preocupaba: el ambiente en el ejército africano. Por este detalle
podemos apuntar la idea de que, tal vez, Casares se equivocó. Recordad el consejo de
Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Si Casares
quería tener cerca a Yagüe, al que, como teniente coronel que era, podía haber enviado
sin problema de agregado militar a la embajada de España en Indonesia, es porque le
temía. Si esto es cierto, entonces hemos de concluir que si no llamó a Franco, es porque
no le temía.

Probablemente, Casares pensaba que controlando a Yagüe, controlaba al ejército de


África. No se dio cuenta de que quien, realmente, mecía la cuna de las harkas era el
enano de Canarias; el tipo que le había escrito aquella carta. Si a eso unimos el famoso
episodio de la visita de Alonso Mallol a Pamplona, con la intención de pillar a Mola, y que
éste conocía de antemano por un comisario local (haber sido director general de
Seguridad tiene estas gavelas), podemos entender por qué a Casares le montaron un
golpe de Estado en sus mismas narices, un golpe del que muchos le avisaron, sin que él
lo creyese nunca. Bueno, claro, hay un tercer factor, para qué negarlo. Casares, como
Azaña, sólo se escuchaba a sí mismo.

El 1 de julio, un socialista llamado Diego Robledo sale de la Casa del Pueblo de Huelva
cuando es acribillado hasta morir. En La Coruña, en esos días, los izquierdistas paran un
autobús, obligan a todos los viajeros a bajar, localizan a los hermanos derechistas José y
Francisco Freire Caamaño, y los matan a tiros. De paso que disparan, ya van y se cargan
a una señora que estaba por ahí, demasiado cerca de los cerdos fascistas.

En el Congreso, Calvo Sotelo califica los partidos políticos de «cofradías cloróticas de


contertulios». Se informa a los señores lectores de que por cloróticas quiso decir,
probablemente, anémicas.

Bilbao y Burgos se unen a la huelga de la construcción. Dos falangistas, Claudio


Fernández y Juan Martínez Pichardo, son asesinados; uno en Ciudad Real, y el otro en
Villanueva de San Juan. En Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real, la guardia municipal se
dirige a la casa de un falangista local para deternerlo, pero no lo encuentran. Discuten
con el padre y, como el viejo se pone bravo, se lo apiolan. Es lo que tiene no darle la
razón a los municipales.

El día 3, el Gobierno dicta un laudo para terminar con la huelga de la construcción en


Madrid: cuarenta horas semanales, aumento de salarios y vacaciones pagadas. La UGT
responde que sí. La CNT responde haciendo estallar cuatro bombas en las conducciones
de agua de la ciudad.
En Atarfe, Granada, un cachondo mental hace una lista con todos los izquierdistas
importantes del pueblo y los suscribe a El Ideal de Granada, periódico católico. A la
recepción de los primeros ejemplares, se celebra una asamblea que decreta la huelga
general. Las fábricas quedan desiertas, la siega se para en seco y el pueblo se queda sin
pan ni alimentos.

En la calle Torrijos de Madrid, dos militantes del SEU falangista, Miguel Ariola y Jacobo
Galán, toman sus colaciones en la terraza, cuando son tiroteados y muertos. Al día
siguiente, un coche sigue a un grupo de izquierdistas que pasea por la calle Gravina y les
saluda a balazos. Dos muertos y varios heridos. Horas después, en la madrugada, en la
carretera de Carabanchel aparece el cadáver de Justo Serna Enamorado, teniente y
militante de Falange, con setenta y tres puñaladas.

5 de julio. En Castrillón, Asturias, tirios y troyanos se encuentran, con resultado de dos


muertos. En Madrid, un centenar de falangistas rodea el coche oficial del director
general de Seguridad y saluda brazo en alto. Según denuncian los derechistas en las
Cortes, para ese momento uno de cada dos trabajadores de Madrid está en huelga.

En Montalvo, Cuenca, una chica joven ve pasar a unos marxistas dando vivas a Rusia. Ella
da un viva al fascio. Clin clin, negocio para la funeraria.

El 11 de julio alguien vuela el puente que une las provincias de Pontevedra y La Coruña
(se ignora si la razón era que se trataba de un puente de derechas, o de izquierdas). En
Valencia, cuatro falangistas asaltan, pistola en mano, la sede de Unión Radio, toman el
micrófono y lanzan un saludo nacionalsindicalista a las ondas. El alcalde se presenta en
la emisora y da una arenga. Se monta una manifa, durante la cual se destroza una
cafetería. Los manifestantes tratan de asaltar un periódico de derechas, pero son
repelidos por la guardia civil. Se desfogan quemando el centro patronal.

El 12 de julio son las famosas maniobras de Llano Amarillo. Me han contado mil veces la
escena de Azaña presente en estas maniobras, repentinamente rodeado de militares
gritando: «¡Café, café, cafë!» Sin embargo, Azaña no estuvo allí, que yo sepa. Pero algo
hay. El general Gómez Maroto, comandante general de las fuerzas de África, anda
mirando el cielo; es posible que alguien medio le contase que Franco iba a venir desde
Canarias (como de hecho acabó yendo). Y está lo del café, que no es exactamente como
muchas veces se cuenta. Por lo que yo he podido leer, durante el almuerzo terminadas
las maniobras, muchos militares pedían café constantemente a los camareros, en medio
de los platos, a destiempo. Obviamente, ese «¡café!» quería decir «Camarada, Arriba
Falange Española». Pedir café en aquella comida, pues, equivalía a declarar: yo me
sublevaré.

«Pues ya estamos para que nos fusilen», dicen que dijo, más o menos por esas fechas,
don Manuel Azaña. Pero se equivocaba. Toda situación es susceptible de empeorar.

Faltaba, aun, la coda final.


¿Quién mató al teniente de Asalto José Castillo, instructor de las milicias socialistas y
jefe de las fuerzas que reprimieron la manifestación final del entierro del alférez De los
Reyes? Esta pregunta permanece, 75 años después, sin una respuesta aceptada por
todos, lo cual quiere decir que, probablemente, ya no podrá haber una sola explicación.
Por mi parte, y que quede claro que es una opinión personal, creo que hay algo que
decir sobre quién lo mató, quién lo quiso matar y gracias a quién fue muerto.
¿Quién lo mató? Probablemente, pistoleros tradicionalistas. La acción de Castillo que
reclamaba venganza era su disparo contra el joven Llaguno, tradicionalista, en la plaza
de Manuel Becerra, el 17 de abril de 1936. Puestos a pensar en un asesinato político, los
terroristas de derecha podían haber pensado en otros objetivos más pintones que el
propio Castillo. Sin embargo, en el terreno de quién lo quiso matar, es posible que haya
que añadir a los falangistas. Ángel Alcázar de Velasco, falangista de primera línea y de
primer momento, cuenta en uno de sus libros que estuvo preparado para matar a
Castillo, pero que José Antonio dio la contraorden; contraorden que tendría todo el
sentido si Primo de Rivera tenía una mínima información sobre los preparativos
golpistas, pues no era cuestión de exacerbar los ánimos. Si concluimos, pues, que los
asesinos de Castillo tenían que ser personas que tuviesen algo que vengar y, al mismo
tiempo, no estuviesen demasiado informados de la ensalada que se estaba montando, es
imposible no pensar en los tradicionalistas.

¿Gracias a quién fue muerto? Sin ningún lugar a dudas, a Casares Quiroga. El republicano
gallego ofició de ministro del Interior en funciones tras los incidentes del entierro de De
los Reyes y, para cuando Castillo fue asesinado, era presidente del Gobierno. Por dos
veces, pues, en su mano habría estado retirar a Castillo de la circulación, como es lógico
hacer con un miembro de las fuerzas de seguridad mientras se investigan las
circunstancias en las cuales ha disparado, casi a quemarropa, sobre un manifestante. Lo
que hizo tan singular, y terroristamente apetecible, a Castillo, fue el hecho de que, a
pesar de estar implicado en hechos gravísimos que incluso habían provocado muertes, no
había sufrido la menor consecuencia, así pues caminaba tranquilamente por la calle,
camino de su curro, cuando alguien, váyase a saber quién, se cruzó con él, y se lo
apioló.

Horas después, en la noche del 12 al 13 de julio, se producirá otro de los misterios sin
resolver de la Historia reciente de España. Hay muchas cosas que se saben. Se sabe que
en el cuartel de Pontejos, auténtico hervidero de elementos marxistas de las fuerzas del
orden, el personal está más que cabreado por el asesinato de un compañero, el teniente
Castillo. Se sabe que un grupo de guardias de Asalto, inexplicablemente liderado por un
guardia civil a la expectativa de destino, Fernando Condés, toma una camioneta, la 17,
y se marcha del cuartel en dirección al barrio de Salamanca.

En la calle Velázquez buscan a Gil Robles en su casa, pero no lo encuentran porque no


está (otros testimonios dicen que la visita fallida a Robles la hace otra camioneta).
Entonces siguen unas manzanas más arriba, hasta el chaflán del número 89 donde vive
otro diputado de las derechas, José Calvo Sotelo. Entran en su casa de madrugada. Le
informan de que debe acompañarlos para ser interrogado en la Dirección General de
Seguridad. Calvo Sotelo protesta. Su mujer entra en un ataque de nervios. Los policías
realizan una especie de registro en el despacho del diputado, en el curso de la cual se
cargan una banderita de España que tenía encima de la mesa. Calvo Sotelo dice que va a
llamar a la DGS. Victoriano Cuenca, que es por cierto un civil y no tiene autoridad para
hacer algo así, arranca el teléfono para que no pueda hacerlo. La situación es tensa
pero, cuando Condés le informa a Sotelo de que es miembro de la Benemérita, el
diputado se aviene a ir con él. Sale al balcón y pregunta a los escoltas, que están en el
portal, si la camioneta y sus ocupantes son de verdad agentes del orden. Finalmente, y
frente a la oposición firme de su mujer, se aviene a ir con ellos. Tranquiliza a su esposa.
Le dice que no se preocupe, que la llamará pronto, «a no ser», añade lúgubremente,
«que estos señores me maten».
Muy probablemente, Calvo Sotelo sabía que iban a matarlo. Fernando Condés tuvo que
identificarse como guardia civil, puesto que iba de paisano; pero Condés no tenía el
carné reglamentario, pues había sido rehabilitado días atrás y aún no se lo habían dado.
Así pues, toda la identificación que pudo enseñarle a Calvo Sotelo fue una copia del
boletín oficial con su nombramiento; por lo tanto, es prácticamente imposible que el
diputado del Bloque Nacional no fuese consciente de que Condés era uno de los guardias
civiles revolucionarios, apartados del cuerpo por su participación en el golpe
revolucionario del 34 y rehabilitados tras la victoria del Frente Popular.

Hay testimonios de que en la camioneta 17, sentado en la fila de asientos de enmedio


entre dos policías, Sotelo no paraba de hablar y quejarse del atropello del que estaba
siendo objeto; la actitud típica del hombre desesperado. Quizá se imaginó a sí mismo
contra la tapia del cementerio, recibiendo una ensalada de tiros. Pero no hay nada de
eso. Victoriano Cuenca, que está sentado detrás de él, y cuando la camioneta está aún
en la calle Velázquez, le dispara dos tiros en la nuca, mortales de necesidad.

Quizá la camioneta tuvo que pasar un control policial más o menos a la altura de las
Escuelas Aguirre. Quizá lo evitó, o quizá los policías del control les dejaron pasar. El caso
es que siguieron hasta el cementerio, donde tiraron el cadáver. El tipo que lo recogió
dijo que se dio cuenta enseguida de que tenía que ser alguien importante por los
zapatos que llevaba.

Pero eso es lo que se sabe. Son más las cosas que no se saben. La principal de ellas: ¿fue
la muerte de Calvo Sotelo una muerte organizada?

Hay argumentos para todos los gustos. En primer lugar, porque no era el primer objetivo.
En segundo lugar, porque uno de los indicios manejados por algunos historiadores, el
extraño cambio de su escolta días antes del atentado, tampoco cuadra del todo. Es
cierto que, días antes del asesinato, se cambió la escolta del ministro, ante lo cual él
protestó airadamente, y que tras la llegada del franquismo se afirmó que esos escoltas
suplentes habían sido conminados a cargarse a Calvo Sotelo o colaborar en su asesinato.
Si eso fuese cierto, ¿cómo es posible que uno de esos dos escoltas, Rodolfo Serrano de la
Parte, tuviese simpatías por las derechas?

Otros testimonios, como el del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que fue de la
partida, nos dicen que la camioneta 17 partió de Pontejos después de unas y antes que
otras; que sus integrantes fueron designados al azar; y que se les entregó una orden
escrita. Lo que pasa es que dicho testimonio bien puede ser exculpatorio. Si Castro
participó en una acción para cargarse a un diputado, es lógico que, a toro pasado, y
puesto que no pocos de los protagonistas de la movida murieron poco tiempo después
que Calvo Sotelo, al principio de la guerra, declarase que si estaba allí era por sorteo, y
que todo se hizo legal. Además, aún siendo cierto lo que cuenta, aún cabe la posibilidad
de que no todos los integrantes de la camioneta estuviesen en el secreto de lo que iban
a hacer. Una vez hecho, a los demás les habría sido muy difícil oponerse, o denunciarlos.
Pero, de todas formas, es un hecho que en la noche del 12 al 13 de julio, de Pontejos
salieron varias camionetas con órdenes para practicar detenciones.

Otro elemento inquietante de la historia es la presencia de Condés. Teniente de la


guardia civil, en 1934 decide algo tan increíble como alzarse contra su propio cuerpo, de
modo y forma que es el alma del plan para atacar el Parque de Automovilismo del
cuerpo en Madrid, donde de hecho estaba destinado. Como el golpe de Estado
revolucionario del 34 fue un fracaso total en Madrid, tuvo que esconderse, pero el 16 de
octubre, para sorpresa de todos que lo suponían huyendo, se entrega y arrostra las
consecuencias de su acción revolucionaria. En febrero de 1935, es condenado por un
consejo de guerra a cadena perpetua en el castillo de San Julián, en Cartagena.

El 23 de febrero del 36, tras la victoria del Frente Popular, sale libre por la puerta del
castillo tras lo cual, de forma quizá un tanto inexplicable, remueve Roma con Santiago
para recuperar su empleo en la Guardia Civil. El 1 de julio fue readmitido, y el 2
ascendido a capitán. Los historiadores de la guardia civil destacan el hecho inusual de
que el preceptivo informe del mando, previo a nombramiento y ascenso, fue redactado
el mismo día del segundo y que, de hecho, el general Pozas lo revisó cuando la decisión
ya había sido tomada y publicada. Había, pues, mucha prisa por volver a vestir a Condés
de verde.

No existe ningún trazo, entre el 2 y el 12 de julio, de que Condés ingresase en ningún


servicio concreto. Lo cual quiere decir que la noche del 12 es un capitán sin mando que,
sin embargo, y con la extraña aquiescencia del oficial que está controlando la salida de
las camionetas de Pontejos, teniente Andrés León Lupión, todo el mundo en el vehículo
17 asuma que él es el jefe. Es decir: teóricamente, nos encontramos ante algo tan
normal como que un cuerpo policial es convocado para hacer unos servicios rutinarios
(detenciones, registros...); pero, sin embargo, uno de estos grupos es colocado bajo el
mando de un capitán de otro cuerpo que, además, no tiene destino, es un capitán sin
mando. ¿Algún policía o guardia civil entre el público que nos pueda decir si esto es
normal?

Más aún: ¿y Cuenca? Victoriano Cuenca, panadero de profesión, se había ganado la vida
de guardaespaldas del presidente cubano Machado y, en aquel momento, lo era de
Indalecio Prieto. No era ni policía, ni guardia civil, ni leche que le fundara. ¿Quién lo
colocó detrás de Calvo Sotelo? ¿Hacia dónde estaban mirando sus compañeros de asiento
que le dejaron hacer, no uno, sino dos disparos en su nuca? ¿No nos dice este detalle
que, de alguna manera, Cuenca ostentaba algún tipo de autoridad, algún tipo de mando,
sobre los agentes? ¿Acaso el hecho de que fuese una de las tres personas que subió a
casa del diputado a hacer el registro no abona esta tesis? Pero si es así, ¿qué tipo de
autoridad, y quién se la había otorgado?

Se dice que Casares se entrevistó, aquella noche, con destacados policías marxistas,
como Condés. Es difícil de creer, teniendo en cuenta que estaba en una recepción
diplomática. Sí parece, sin embargo, que Condés estuvo, junto con el también marxista
teniente Moreno y José del Rey, guardia de Asalto de la misma cuerda que sobreviviviría
a la guerra y acabaría declarando sobre este asunto (y en esos momentos guardaespaldas
de Margarita Nelken), en el despacho de Alonso Mallol, director general de Seguridad.
Fueron, lógicamente, calentitos con la noticia del asesinato de Castillo, cuyo cadáver,
aquella noche, aún estaba caliente. Fue Mallol, probablemente, el que ordenó la redada
a la cual salieron las camionetas.

De ser así las cosas, aquí ya hay, como poco, una irregularidad. ¿Por qué un suprajefe
policial como el director general de Seguridad tiene que discutir las medidas a tomar
con un, una vez más, guardia civil sin destino, un panadero con pistola y un guardia
raso? ¿Acaso no es lógico pensar que, lo mismo que recibe a quien no tiene que recibir,
le otorgase un mando que no le correspondía?

A la camioneta 17 suben, tras saber por Lupión que están al extraño mando de Condés
(que, para colmo, viste de paisano; por eso tuvo que informar a Calvo Sotelo de que era
guardia civil): los guardias de Asalto Amalio Martínez Cano, Enrique Robles Rechina,
Sergio García, Bienvenido Pérez Rojo, Ismael Bueso Bela, Ricardo Cruz Cousillos, Aniceto
Castro Piñeiro y José del Rey Hernández; Victoriano Cuenca, pistolero y guardaespaldas
de Indalecio Prieto; y, finalmente, dos militantes de las Juventudes Socialistas
Unificadas, Santiago Garcés y Francisco Ordóñez.

Al domicilio de Calvo Sotelo sólo subirán tres integrantes de la partida: Condés, Cuenca
y Del Rey. Los tres más significados políticamente, pues, y dos de ellos (Condés y
Cuenca) técnicamente carentes de toda autoridad, máxime si han de hacerla ejercer
frente a un aforado.

Existen varios testimonios de que, ya en la calle, cuando el diputado sube a la


camioneta, Condés duda en hacerlo, ante lo cual Calvo Sotelo protesta, afirmando que si
el guardia civil no le acompaña «me tienen ustedes que matar aquí mismo». Como digo,
que esto ocurrió es casi incontrovertible, y este detalle abona la teoría de que no hubo
premeditación en la acción. Si Condés no quiere ir en la camioneta es porque ha
terminado su misión; pero si su misión ha terminado, ésta sólo puede ser detener a
Calvo Sotelo, no matarlo.

De vuelta a Pontejos, después de dejar el cuerpo, Condés sube a ver al comandante


Ricardo Burillo y le confiesa lo que ha hecho. El jefe del cuartel, quizá tras una primera
sorpresa, decide taparlo todo. Ordena que se limpie la sangre de la camioneta, tarea
que encomienda a un guardia de máxima confianza, llamado Tomás Pérez. Burillo llama
al teniente coronel Sánchez Plaza, jefe de los guardias de Asalto, quien se presenta en
Pontejos, convoca una reunión de guardias, y allí mismo, en un gesto bastante
repugnante en un mando de las fuerzas de seguridad, decreta la ley del silencio.

Ni Fernando Condés, capitán de madera sin mando en plaza; ni Victoriano Cuenca,


pistolero de fortuna al servicio de la revolución, fueron jamás detenidos, ni siquiera un
minuto de sus vidas, por la muerte del diputado de la nación José Calvo Sotelo.

Bien pudo ser el asesinato un calentón de Cuenca. A mi modo de ver, es una teoría que
viene abonada por la intensa necesidad que inmediatamente siente el pistolero de
confesar lo que ha hecho, puesto que se va escopetado a ver a Julián Zugazagoitia y al
propio Prieto y confesarles los hechos. Pero también es un hecho que ese calentón fue,
si no compartido, sí, cuando menos, aceptado por los demás. Al parecer, siempre según
los testimonios disponibles, algún guardia, tras los disparos, expresó su temor por que se
supiera lo ocurrido, ante lo que José del Rey espetó, bien claro, que a quien se fuera de
la lengua se lo cargarían.

José del Rey, un simple guardia de Asalto, parece tener un papel extrañamente
importante en los hechos. Entra en el despacho de Mallol, o sea que está allí cuando
recibe las órdenes. Es el guardia de Asalto designado para subir al domicilio de Calvo
Sotelo. Y es el elemento de la partida que da el paso al frente de amenazar a los
posibles chivatos, una vez realizada la acción. Y es que Del Rey era un simple guardia,
pero era, también, un devoto marxista.

Prieto contó, a finales de los cincuenta, que Fernando Condés le confesó que sus
órdenes (¿de quién?) eran practicar la detención de Calvo Sotelo, que no sabía que lo
iban a matar, y que iba a suicidarse por el deshonor en el que había incurrido, pero que
el político socialista le convenció de no hacerlo. Esta versión cuadraría con la pronta
muerte de Condés nada más empezar la guerra. Pero no cuadra con otras cosas. Si tan
alto concepto del honor tenía, ¿por qué no, simple y llanamente, confesó, aunque sólo
fuese por escrito y ante la posteridad? Más claro aún. Supongamos que el asesinato es un
calentón de Cuenca, como hemos dicho. Si tan respetuoso era Condés de los acendrados
valores de la disciplina castrense y policial, y puesto que parece fuera de toda duda que
tenía mando en aquella camioneta, ¿por qué no llega Victoriano Cuenca detenido a
Pontejos? ¿Acaso no le habría sido más fácil a Condés, amén de más coherente con su
supuesto honor, subir a Cuenca esposado al despacho de Burillo y dejarle a él el marrón
de liberarlo si quería?

A las 10 de la mañana del 13 de julio, se produce el hecho histórico de que se celebre,


en la España democrática, un consejo de ministros cuyo orden del día es la ocultación de
un crimen, para colmo en la persona de una persona a la que, en teoría, no se le puede
poner ni una multa de tráfico sin autorización parlamentaria. De aquel consejo de
ministros, si al Frente Popular le quedaba una micra de equilibrio democrático, tendrían
que haber salido más de una decena de órdenes de detención, el nombramiento de un
fiscal y un juez especial, el cese del director general de Seguridad y del ministro de
Gobernación, de todos los mandos de Pontejos y hasta de las señoras de la limpieza, el
decreto de tres días de luto, y una orden policial estricta imponiendo la tolerancia cero
con cualesquiera manifestaciones. Casi ninguna de las medidas aquí descritas fue
tomada, sin embargo. La reacción de aquel consejo de ministros fue simple: menudos
hijos de puta los asesinos, sí; pero son nuestros hijos de puta. El único, levísimo
atenuante que puede aparecer ante la Historia es que las decisiones finales sobre el caso
tardaron cuatro horas y media en tomarse, de donde cabe deducir que aún había en
aquel gobierno gentes, no sabemos cuáles, con la cabeza razonablemente amueblada.

Finalmente, el Ejecutivo hará pública una nota dedicada, en conjunto, a las muertes de
Castillo y Calvo Sotelo, que califica de «hechos de notoria gravedad»; expresión con la
que se inicia toda una tendencia de juicio, que llega hasta el día de hoy a través de
según qué historiografía, consistente en poner al mismo nivel el asesinato de un teniente
de la policía y el de un diputado de la nación. Todos los asesinatos son execrables pero,
nos pongamos como nos pongamos, no es lo mismo.

Se anuncia también el nombramiento de dos jueces y la práctica de muchas


detenciones; la verdad del asunto es, más bien, que a esas horas del día, medio Madrid
sabe ya hasta la marca de gayumbos que llevaban los ocupantes de la camioneta 17,
algunos de los cuales, sin embargo, proseguirán limpios de polvo y paja tras esa supuesta
ola de detenciones.

El mismo día 13 por la tarde, socialistas, comunistas y dirigentes de la JSU se reúnen y


deciden armarse para contrarrestar la reacción esperable, además de pedir al gobierno
la ilegalización de los partidos derechistas; propuesta, ésta última, que es, como poco,
curiosa. La ETA mata a un general del Ejército de Tierra y, por lo visto, la reacción lógica
es... disolver el Ejército de Tierra. Indalecio Prieto, que antes de que el gallo cante tres
veces llenará en México páginas y páginas tratando de demostrar que Calimero nunca ha
roto un plato y que siempre fue más bueno que las pesetas, preside la comisión que se
va a ver al ministro para proponerle estas exigencias intolerables para el momento.

Ese mismo día, por cierto, un grupo de anarquistas asesina en Madrid a un ugetista que
había decidido terminar la huelga de la construcción (recordemos que UGT, haciendo uso
de su teórico derecho sindical, había aceptado el laudo gubernamental) y se había
incorporado a la obra de una carretera.
Garcerán, el pasante de José Antonio y su correo con Mola, le anuncia al general en
Pamplona que si en 72 horas no se subleva el ejército, lo hará Falange en Alicante.

El día 14 por la tarde, la masa que vuelve del entierro de Calvo Sotelo choca en Becerra
con los guardias de Asalto. Quedan dos muertos en el suelo. En la calle Torrijos, un
nuevo enfrentamiento entre izquierdistas y derechistas deja dos muertos más. Entre el
12 y el 14 de julio, pues, mueren en Madrid siete personas, de las cuales uno es diputado
y otro miembro de las Fuerzas de Seguridad.

Todo ello, normal que lo flipas.

Las Cortes suspenden sus sesiones dada la crispación existente. Pero el 15 la Comisión
Permanente debe reunirse para prorrogar el estado de alarma, que lleva vigente, ojo al
dato, desde las elecciones de febrero.

Aquella Comisión Permanente es la última oportunidad, bastante remota ya, todo hay
que decirlo, que tiene el Frente Popular de evitar su descarrilamiento en la Historia. El
conde de Vallellano, portavoz monárquico, comienza su intervención anunciando la
marcha de las derechas, su desafección de la República. Gil Robles continúa con
palabras bien evidentes: «la ley de excepción, en manos del Gobierno, se ha convertido
en elemento de persecución contra todos aquéllos que no tienen las mismas ideas que el
Frente Popular». En un retrato tan rápido como certero y triste, define: «Las sentencias
de los Jurados Mixtos no se cumplen; el ministro de la Gobernación puede decir hasta
qué punto los gobernadores civiles no le obedecen; los gobernadores civiles pueden
decir hasta qué punto los alcaldes no hacen caso de sus indicaciones». En España, se
queja, todo Dios hace lo que le sale de los cojones.

Robles asevera: «Cuando habléis de fascismo no olvidéis, señores del Gobierno y de la


mayoría, que, en las elecciones del 16 de febrero, los fascistas apenas tuvieron unos
cuantos miles de votos en España; y si hoy se hicieran unas elecciones verdaderas, la
mayoría sería totalmente arrolladora». Más aún: «cuando la vida de los ciudadanos está
a merced del primer pistolero, cuando el gobierno es incapaz de poner fin a este estado
de cosas, no pretendais que las gentes crean ni en la legalidad ni en la democracia».
«Dentro de poco», terminó la alocución del político cedista, «seréis el Gobierno del
Frente Popular del hambre y de la miseria, como ahora lo sois de la vergüenza, del fango
y de la sangre».

¿Qué pudo hacer la izquierda en esa situación? Cualquier cosa, menos nada. Si tan cierto
es que se habló de una dictadura republicana, aquél de la Comisión Permanente fue el
momento de declararla. Aquél fue el momento de dejarle claro al país y al mundo que
ya estaba bien. Que con la muerte de un aforado, se había colmado el vaso.

El Frente Popular, lejos de ello, actuó como si aquél fuese otro obstáculo que se puede
saltar. Pero se olvidó de dos cosas.

La primera, que el cadáver de Calvo Sotelo era, en realidad, el pico de una pirámide de
cadáveres en la que se amontonaban obreros de izquierdas y derechas acribillados, un
juez asesinado por los falangistas, miembros de las fuerzas de seguridad muertos a tiros,
degollados, derechistas asesinados a hostias, iglesias quemadas, edificios privados
asaltados, simples paseantes asesinados.
La segunda, el significado, en sí, de que, en España, se pudiese sacar a un diputado de
su casa, detenido sin mostrarle siquiera un papel, ni una triste orden judicial, y matarlo
de dos tiros en medio de la calle. Creo que ha sido Stanley Payne quien lo ha definido
mejor:

El 13 de julio nadie decidió dar un golpe de Estado contra la República, porque los
preparativos se llevaban haciendo de meses atrás. El verdadero significado de la muerte
de Calvo Sotelo es que enseñó a los conspiradores que, en realidad, estaban más seguros
alzados que respetando el orden constituido. Si algún obstáculo se presentaba ante el
general Mola para obtener la aquiescencia de mandos militares indecisos, del carlismo,
etc., quedó allanado por la sangre de Calvo Sotelo.

Triste coincidencia. Los días 15 y 16 de julio de 1936, por primera vez en mucho tiempo,
nadie muere en España como consecuencia de atentados políticos o sindicales. Como
dicen en mi tierra: tarde piaches.

Los hechos están contados.

Una vez que están contados los hechos, de una forma básica, compete, a mi modo de
ver, realizar alguna recapitulación y volver al principio. Todo este conjunto de posts fue
escrito por una sola razón, confesada en el primero de ellos: la sorpresa que produce, o
al menos me produce a mí, lo poco que se sabe, se dice y se comenta sobre estos seis
meses de la Historia de España tan importantes para su devenir. Dicho sea con todos los
respetos, a veces da la impresión de que hay gente que opina sobre las causas y orígenes
de la guerra civil española más o menos con el mismo bagage que un tipo que disertase
sobre la Europa de posguerra sin haberse siquiera leído que se celebró una conferencia
en Yalta, otra en Teherán, otra en Potsdam, etc.

En torno a los sucesos ocurridos en el tercer periodo de la II República hay un silencio, o


un desconocimiento, que yo no sé, la verdad, si es fingido, estudiado, espontáneo o
mediopensionista. Pero que existe, existe. Una de las razones puede ser que es
inevitable hablar de ese periodo acudiendo en parte a fuentes franquistas, y es un hecho
que en este tema de la GCE hay mucho opinador que, simple y llanamente, borra de un
plumazo todo lo escrito en la España de Franco reputándolo de mentira. Esto ocurre, sin
ir más lejos, con la Causa General. Cierto es que para construir dicha causa, funcionarios
de la Nueva España se pasearon por pueblos y ciudades buscando represaliados por el
marxismo debajo de las piedras y que, en consecuencia, con casi total seguridad algunos
de ellos se los inventaron o, incluso, cabe la posibilidad, apuntada a veces, de que algún
mártir del marxismo figurante en los legajos en realidad fuese mártir exactamente de lo
contrario. Pero entre sostener esto y sostener que la Causa General describe unos
hechos que no se produjeron hay un trecho enorme que repele la racionalidad y que, sin
embargo, mucha gente recorre de un solo paso y con notable desparpajo.

Mucha gente considera que entender la Historia en un sentido levógiro o dextrógiro


equivale a apartar todo lo que le molesta. Arrarás, cuya obra rezuma sentido vengativo
por todos sus poros pero no por ello deja de estar documentada, es una víctima
propiciatoria de este proceso; Manuel Benavides, por citar uno, es una víctima del lado
contrario. En consecuencia con este modus historiandi, pues, si una persona que se
acerca al 36 acepta como fuentes fiables sólo la versión vertida por los periódicos de
izquierdas y los políticos y militares exiliados que lo describieron, con mayor o menor
acierto, desde sus buhardillas de París, Londres o Ciudad de México, evidentemente lo
que le sale es lo que le sale. Nos ha jodido. Y al tipo que se le ocurra historiar la
Alemania nazi usando el diario de Goebbels también le saldrá un arbolito de Navidad que
te cagas.

Sorprende, por lo tanto, y aquí me repito con mi primer post, que tan poco se sepa del
año 36, a pesar de que es, junto con 1808, el año, de largo, más importante para la
Historia Contemporánea de España. A partir de esa ignorancia se generan una serie de
lugares comunes que, como su propio nombre indica, son de común uso y abuso. Me
referiré, para no ser muy pesado, sólo a los, en mi opinión, más importantes.

El Frente Popular fue una coalición democrática. El Frente Popular fue una coalición
de fuerzas tradicional y sinceramente democráticas con otras tantas que no buscaban,
en lo absoluto, la realización de la obra democrática parlamentaria que España
necesitaba. El comunismo estaba en el Frente Popular porque esa estrategia: la
formación de coaliciones politico-sociales con fuerzas burguesas y otras sensiblidades
obreras, había sido dictada por la Internacional. Pero su objetivo era el que era. Para
ellos, y en las decisiones y discursos de dicha Internacional está bastante claro, el
objetivo era quemar esa etapa como una más hacia la implantación de la dictadura del
proletariado, o «democracia popular» como comenzaron a llamarla cuando se dieron
cuenta de que mucha gente fruncía el ceño al oír la palabra dictadura.

En el Frente Popular había, además, grupúsculos de escasa importancia, como el POUM,


cuyas intenciones eran bien evidentes, y no hay más que leer sus publicaciones de la
época, como Nueva Era, para darse cuenta de lo que querían y pretendían. Bastantes
semanas antes del 18 de julio, Jordi Arquer escribía en los cíceros de esa publicación
pidiendo el estallido de la guerra civil, por ejemplo.

Con todo, el elemento fundamental de esta ecuación es el largocaballerismo. Los


partidarios de este estuquista fundador de una de las tres grandes tendencias
estratégicas del PSOE (es mi teoría que el PSOE, desde la II República, ha sido, y sigue
siendo, una combinación de largocaballerismo, besteirismo y prietismo) se afanaron, en
las décadas subsiguientes a la producción de la guerra, en convencer al mundo de que
Largo nunca fue golpista; que eso de El Lenin Español no le gustaba nada; y que las
soflamas pronunciadas en sus mitines públicos, que en la posguerra citaban con
profusión en sus libros Arrarás, Aznar, Comín, Carlavilla y cualesquiera otros
propagandistas franquistas, eran sólo gestos para la galería.

Es una teoría difícil de creer. Largo Caballero conoció a Pablo Iglesias, y lo admiraba. Lo
admiraba tanto que aspiraba a ser él: el líder indiscutible del socialismo español.
Cuando, en 1917, fracasó la huelga general de Besteiro, vio el cielo abierto, y se las
prometió muy felices. Dominaría la UGT, la cual a su vez dominaría el ámbito proletario,
y se erigiría en gran líder de las masas obreras. Unos cuantos catalanes de gatillo fácil,
más aún tras la muerte del más listo de todos (Salvador Seguí), le aguaron la fiesta.
Apareció una cosa llamada CNT que tenía el atractivo de ser, por utilizar una
terminología zapateril, la izquierda de la izquierda. Y se llevó a las plantillas de las
fábricas de calle.

A partir de más o menos 1923, Largo ya no hace otra cosa que mirar de reojo a los
anarquistas. Su obsesión por aplastarlos en el ámbito obrero llega al paroxismo de
admitir ser Consejero de Estado en medio de una dictadura militar, gesto por el cual,
vaya hombre, las Cortes republicanas, que exigieron responsabilidades hasta a los
bedeles que una vez que habían abierto una puerta al general Primo de Rivera, nunca le
pidieron cuentas. Tres o cuatro minutos después de proclamada la II República española,
los anarquistas deciden que no les va a traer lo que ellos quieren, y se ponen de canto.
Tres o cuatro minutos después de fundada la II República, pues, Largo Caballero
comienza a pensar que no va a poder ser el gallo más gallo del gallinero revolucionario,
y eso le preocupa.

Como en el primer periodo de la II República (1931-1933) las cosas se hacen


rematadamente mal, llegan las derechas en el segundo periodo (1933-1936) que lo
hacen, si cabe, peor, y, además, le dan la gran oportunidad a Largo. El jefe obrerista con
apellido de ponche inventa su mantra particular: «¡Atención al disco rojo!» Busca un
pollo de gafitas, con estudios y un par de idiomas, que sea su W. W. Beauchamp (guiño
para los fans de Sin perdón), o sea su amanuense culto que le ponga a toda su estrategia
de poder un armazón ideológico, y lo encuentra en la persona de Luis Araquistain; de
modo y forma que todo aquél que quiera saber cómo veía Largo el mundo no tiene nada
más que leerse la colección de Leviatán de aquellos años.

La pareja Largo-Araquistáin, a la que les unirá con el tiempo ese apóstol de las
libertades del hombre que se llamó Julio Álvarez del Vayo (que quería, en la guerra,
eliminar el derecho de asilo en las sedes diplomáticas, sabiendo como sabía que, de
hacerse así, centenares de civiles serían masacrados), perpetra una teoría distinta de la
de los comunistas. Si éstos piensan, en 1934, que la revolución no está madura y que es
el momento de montar Alianzas Obreras y, con el tiempo, un Frente Popular con los
burgueses, pero sin ir a las armas, Araquistain dice que el país ya está maduro para la
dictadura del proletariado y que, ítem más, si los obreros no se andan listos les pasará lo
que a Thälman en Austria, o sea que llegarán los fascistas, se los apiolarán y se pondrán
en el machito.

Este endeble y sencillito poso ideológico es el que anima el estallido del golpe de Estado
revolucionario del 34, cuyo primer objetivo era Madrid y la gobernación del país. Largo,
sin embargo, falla, porque si en algo se parece a Besteiro es en que ambos no tenian ni
puta idea de agitación social; cualquiera que se estudie las movidas anarquistas de la
época llegará, creo yo, a la convicción de que los de la FAI sabían mucho más de
agitación obrera que Besteiro, Largo Caballero, Pasionaria y McGyver amalgamados en
un solo Mazinger.

Lo que le queda a Largo del 34 es más miedo. Habiendo fallado él, la cosa se queda a
huevo para que los anarquistas se hagan con el movimiento obrero. Por eso, en el 36,
entra en el Frente Popular; en su visión, se está rodeando de aliados. Por eso, en el 36,
se deja querer por los comunistas y su idea de la unificación socialcomunista. Por eso
deriva su discurso hacia una apuesta total por la dictadura del proletariado y la
anulación de la derecha.

Por eso, en suma, abandona todo presupuesto democrático serio y, en ese abandono,
puesto que en el platillo no democrático está él además de los comunistas, los
grupúsculos marxistas y el apoyo tácito inicial al FP de los anarquistas; en ese abandono,
digo, inclina al propio Frente Popular, que no dudo que inicialmente fuese una fuerza de
esencia democrática, hacia una identidad revolucionaria, sectaria, guerracivilista y
propendente a la dictadura. Largo Caballero es el gran culpable, en el terreno de la
práctica, de que el Frente Popular fuese lo que fue. En el terreno de los pensamientos,
las teorías y, por qué no decirlo, las chorradas, el mayor culpable es Manuel Azaña,
sorprendente compañero de viaje de todo lo descrito quien, además, se dejó hacer por
Largo, quien lo desactivó y encerró en la Jefatura del Estado para que se hiciese allí
todas las pajas que le diese la gana y, con el tiempo, le dictase a su secretaria páginas
autocompasivas hasta la arcada.

El Frente Popular, por lo tanto, pudo ser una coalición democrática, y eso con dudas,
hasta el 15 de febrero. Pero el 16 de febrero por la noche deja de serlo y ya, hasta
finales de julio, no siente la necesidad de cambiar.

El golpe de Estado se apoya en intereses minoritarios. En una escena


abracadabrantente estúpida de la ínclita serie de TVE La República, el general Sanjurjo
le escribe una carta a otro militar invitándole a unirse a un golpe de Estado contra el
régimen para defender los privilegios de la patronal y de la Iglesia. Ésta es la visión
básica de la versión histórica Ricitos de Oro contra Fascistéitor: había unos tipos en
España que vivían de narices aplastando al pueblo, llegaron los Lobeznos democráticos,
pusieron en peligro esos privilegios y, automáticamente, estos cresos y purpurados
montaron un golpe de Estado militar para no perder sus tan queridas ventajas.

Esta verdad es un subconjunto de la verdad. Es evidente que los intereses patronales,


sobre todo terratenientes, y de la Iglesia católica española, operaron a favor del golpe
de Estado del 36. Aunque no deja de ser sorprendente que Franco tuviese que embargar
en zona nacional hasta los aparatos de dentista que tenían alguna porción de oro; si
todos los ricos de España estaban con él, ¿por qué le faltaba el dinero?

Con todo, sin embargo, estos hechos son verdad. Pero lo que no lo es, y aquí reside la
gran, yo casi diría que dolorosa, tergiversación del 36, es que fuesen el único apoyo de
los conspiradores.

Hay una cosa de la que José Antonio alardeaba mucho, y con razón: Falange no era un
partido de señoritos. Girón de Velasco, Sancho Dávila, Hedilla et altera, estaban lejos de
ser catedráticos de Metafísica pertenecientes a rancias familias de abolengo. Lo mismo
cabe decir del tradicionalismo y del carlismo, formaciones extremadamente populares
en Navarra, que es una esquina del mundo donde, como en todas, hay un porcentaje
nada desdeñable de pringaos.

Los seis meses que transcurren entre las elecciones del Frente Popular y el golpe de
Estado tensionan a la sociedad española hasta límites insostenibles. Como ya he escrito,
en la sesión de la Comisión Permanente de las Cortes del 15 de julio, Gil Robles afirma
que, de celebrarse elecciones en dicho día, las derechas fascistas ganarían de calle. Él lo
tenía que saber bien, que para entonces apenas tenía juventudes japistas, que se habían
pasado en masa, con armas y bagages, al falangismo (aunque el estallido de la guerra
descubrirá que, en realidad, las fuerzas falangistas son más magras de lo que todos
pensaban). En la universidad, el SEU presentaba dura batalla a la FUE, cosa que no se
puede hacer si en tu militancia sólo tienes a los cuatro hijos de papá.

En toda sociedad hay gente que grita mucho, que acampa en la Puerta del Sol y tal, cosa
que está bien; pero hay otra mucha gente que ni acampa, ni grita, ni nada, pero no por
eso deja de tener una opinión. Es error común en el análisis político trabajar como si esa
mayoría silenciosa no existiese. La mayoría silenciosa de la España de la II República, sin
embargo, es extraordinariamente importante para explicar su historia. La mayoría
silenciosa, cuando fue llamada por Largo Caballero a apoyar el golpe de Estado
revolucionario, se quedó en casa, haciendo fracasar el movimiento. La mayoría
silenciosa, en aquellos lugares en los que el golpe de Estado del 36 triunfó, también se
quedó en sus casas. Los dirigentes obreros confiaban en que la posición de los alzados se
vería minada por un rosario de huelgas generales en zona nacional que, sin embargo, no
se produjeron. Se puede pensar: eso es por causa de la represión. No parece, sin
embargo, que a los manifestantes de Tiananmen, de la plaza Tahir, de tantos lugares, les
haya callado la represión. Los movimientos pueden ser sofocados, pero se producen. En
el caso de la zona nacional, sin embargo, no los hubo. La razón, además de que eran
ciudades encañonadas, es que la gente estaba harta. Hasta los huevos. Así de sencillo.

Los golpistas del 36, por lo tanto, puede que, a la hora de ser apoyados de palabra y
obra, lo fuesen por ese estrecho círculo de oligarcas que se nos quiere hacer creer. Pero
de omisión, fueron apoyados por media España. Y suponer que media España, en 1936,
era rica y poderosa, terrateniente o gran industrial, es, por decirlo mal y pronto,
desconocerla.

Conocer la guerra civil, entender la guerra civil, pasa, en mi opinión, por tratar de
comprender los porqués de esa media España para apoyar el golpe de Estado, de
palabra, obra o, sobre todo, omisión.

En el relato de los meses de febrero a julio está, a mi modo de ver, no menos del 80% de
esa explicación.

La violencia de las izquierdas fue reactiva, o, dicho de otra forma, yo pegué porque
me pegaban.

Es cierto que, cuando llegan las elecciones de febrero del 36, las derechas gobernantes
han «pegado». Decenas o cientos de activistas de izquierdas están en la cárcel, la
autonomía catalana no existe, y los sindicatos, aunque legales, se mantienen a medio
gas. Pero eso no es una «provocación», sino una actuación lógica.

Lo que los hagiógrafos del Frente Popular olvidan con elegancia es que lo que ellos
llaman Revolución de Asturias fue, en realidad, un golpe de Estado. Un golpe de Estado
montado por Largo Caballero, con notable torpeza eso sí, medio amalgamado con otro
de parecido jaez que querían dar las izquierdas en Portugal (las armas acumuladas para
el golpe luso acabaron en la casa del doctor De Buen en Moncloa), montado para tomar
el poder de los centros neurálgicos de Madrid (no de Oviedo), y por el que sus
impulsores, como poco, pretendían subvertir la voluntad libremente expresada por los
españoles en unas elecciones de que gobernasen los radicales y la CEDA. Largo Caballero
decidió que la CEDA era una organización fascista y que, por lo tanto, cuando llegase al
gobierno convertiría el país en una dictadura (cosa en la que se equivocó, y esto es algo
que los historiadores suelen ser renuentes a reconocer); y, en consecuencia, decidió,
asimismo, que era lícito alzarse en armas contra dicho gobierno. Esto es, como digo, lo
mínimo que pretendía Caballero; porque si analizamos sus discursos públicos y el poso
de Leviatán y Claridad, veremos que el estuquista no se escondía a la hora de aseverar
que lo que buscaba era la dictadura del proletariado.

Cuando las izquierdas, o el Frente Popular, reclamaron, en febrero del 36, la salida de la
cárcel de sus correligionarios, exigieron, no lo olvidemos, la liberación de personas que
habían sido condenadas por golpismo. Su actitud, por mucho que joda, era exactamente
la misma que la de aquél que, hace unos años, fuese a unas elecciones proponiendo en
su programa electoral el indulto (y el reingreso en la Guardia Civil con el mismo grado)
del teniente coronel Antonio Tejero. Y no sólo la reclamaron, sino que la ejercitaron, sin
mediación de juez alguno; simplemente, en un acto de ilegalidad flagrante, abrieron las
puertas de las cárceles para que corriese el aire.

Alguna gente, a veces, me pregunta en correos privados qué me ha hecho Azaña para
que lo tenga en tan poca estima. Pues bien: esto me ha hecho. Ya es jodido que unos
tipos obreristas se lancen cuesta abajo por la pendiente del hago lo que me da la gana,
subvierto la legalidad y todo eso. Pero que un tipo que se consideraba lo plus de lo plus
del pensamiento hispano; un tipo sedicentemente defensor de la buena libertad y el
orden democrático; un tipo que se llenaba la boca aseverando que sus ideas eran las
correctas para el devenir de España en libertad; que un tipo, por lo tanto, llamado
Manuel Azaña, se prestase, sin un pestañear, sin un siquiera amago de dimisión o de no
colaboración, a este juego ilegal, no tiene, sinceramente, pase. Se pongan sus
hagiógrafos, que los tiene en ambas orillas del río español, decubito prono, o decubito
supino.

Así pues, el 16 de febrero las izquierdas españolas no estaban agredidas por las
derechas, porque las derechas hicieron lo que tenían que hacer, esto es sofocar un golpe
de Estado y reimponer la legalidad democrática; porque, como recuerda Mariano Ansó
en su libro Yo fui ministro de Negrín, Gil Robles, sofocado el golpe en Asturias, con
Franco en el Estado Mayor y la sociedad española con la sensación de necesitar ser
protegida frente a la subversión obrerista, lo tuvo a huevo para construir esa dictadura
que Largo temía, y no lo hizo. Avaló, ciertamente, una represión durísima. Pero los
hechos dirigidos por la pareja Doval/Reparaz, con ser enormemente criticables, no lo
son menos que la reacción de las izquierdas, que antes y después de obtener el poder
mintieron sobre la materia afirmando cosas como se les habían arrancado ojos a niños a
lo vivo; con lo cual, por cierto, le hicieron un flaco favor a los auténticos represaliados.

La violencia del 36 es, siendo generosos, tan culpa de las izquierdas como de las
derechas. Y eso, digo, es ser generoso, porque cuando hay dos partes que son violentas y
una gobierna, ésta última es, por definición, más responsable, pues al que gobierna se le
exije que propenda al orden público.

La desesperación de obreros y campesinos justifica su violencia. Éste es un argumento


moral y, por lo tanto, pertenece a la subjetividad. Puede haber personas que consideren
que nada justifica la violencia y, en efecto, puede haber otras que sí vean justificación
en que una persona sea violenta cuando está especialmente puteada.

Pero el problema que no ven muchos de los que esgrimen este argumento, en la calle,
en los foros de internet o en los libros universitarios, es que aquí no estamos hablando
de la opinión de Manuel o de Hermenegildo, sino de la actuación de un gobierno.

Los teóricos de la democracia la definen como aquel estado de cosas político en el que
las minorías son respetadas. Un gobierno no democrático gobierna sólo para los que le
interesa: los arios, los ricos, los pobres, los tontos, los listos. Un gobierno democrático
gana gracias al apoyo de los arios, o de los ricos, o de los pobres, de los tontos o los
listos; pero gobierna para todos. Quien no hace eso, estando en el gobierno, peca de
sectarismo y difícilmente puede ser calificado como demócrata de facto.

Las minorías no fueron respetadas en el 36. Fueron agredidas, y en esa agresión,


además, perdieron la ocasión de disputarle el liderazgo de dicha minoría a quienes
nadaban como pez en el agua en aquella atmósfera de violencia, porque era la suya. Las
minorías no fueron respetadas, en gran parte, porque el gobierno, las personas que se
llamaban ministros, directores generales, gobernadores civiles, diputados de la mayoría,
se erigieron en tertulianos de bar y decidieron obrar no como responsables públicos, sino
como si tuviesen todo el derecho a regirse por su sola, mera e individual opinión. Así las
cosas, si un gobernador civil, en su fuero interno, consideraba que estaba bien que un
derechista recibiese una mano de palos, y si al final lo mataban mala suerte, pues
entonces pasaba de protegerle.

Esto es un problema de derechos y deberes. Alguien que está puteado tiene todo el
derecho a sentirse puteado e, insisto, a los ojos de algunas personas puede incluso
adquirir el derecho moral a coger una estaca y liarse a leches. Pero a ese derecho se
contrapone el deber de unas autoridades a garantizarle al señor contra el que el otro
tipo levanta la estaca su derecho a caminar libremente por la calle sin ser agredido.

El Frente Popular dibujó una España de derechos asimétricos que fue oro molido para
quienes querían alzarse contra su gobierno, puesto que recibieron la callada y pasiva
aquiescencia de todos aquéllos, que eran muchos, que se rebelaban contra ese orden de
cosas. Y lo que le pasa a mucho juzgador de este periodo es que eso no le parece mal
porque, al fin y al cabo, esa asimetría de derechos favoreció a gentes que le caen
simpáticas.

Pero la democracia es otra cosa. La democracia va de reconocerle sus derechos al que te


cae mal.