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Análisis del Artículo 116 de la Ley de Seguros desde la óptica del proceso civil y

penal

Por Leticia Pelle Delgadillo(*)

I. Introducción: La idea de poder reflexionar sobre el tema que venimos a proponer,


surgió a partir de la lectura de una frase de Georges Bernanos, citada por el gran maestro
francés Bernard Beignier: “La civilización francesa, heredera de la civilización helénica,
ha trabajado durante muchos siglos para formar hombres libres, es decir, hombres
plenamente responsables de sus actos”.
Con esta frase como punto de partida, trataremos de analizar juntos la responsabilidad
civil, especialmente desde la óptica del artículo 116 de la Ley de Seguros, vinculada con
la Responsabilidad subjetiva de una sociedad, que imputa al sujeto arrepentido, dejando
de lado la responsabilidad objetiva, cuando en realidad se debiera imputar el hecho que la
sociedad concreta mediante la persona que ejecuta el acto.
Es esta distinción de imputaciones la que retomaremos para poder comprender el alcance
que tiene o debiera tener la póliza contratada.
Por un lado, habrá que responder a un determinado siniestro acorde al riesgo cubierto y
en los alcances de la póliza contratada; por el otro, determinar si el accionar (en el caso,
reconocimiento de responsabilidad a partir del relato de ciertos hechos) puede o debe
estar contemplado o excluido, según como se interprete la ley de seguros que nos regula
en conjunto con el ordenamiento vigente, en el ya establecido dialogo de fuentes.

II. Conceptos a tener en cuenta: En primer lugar, determinar el concepto de contrato de


seguros, definido por el gran doctrinario Rubén Stiglitz, como: “El seguro es un contrato
por adhesión, por el cual una de las partes, el asegurador, se obliga, contra el pago o la
promesa de pago del premio efectuado por el asegurado, a pagar a éste o a un tercero la
prestación convenida, subordinada a la eventual realización (siniestro) del riesgo, tal
como ha sido determinado, durante la duración material del contrato” (Stiglitz, ob. Cit., t.
I, p. 37).
Nos interesa detenernos en el concepto de “riesgo”.
Entre sus principales características, podemos decir que todo riesgo debe ser incierto al
momento de la celebración del contrato, tanto respecto de su ocurrencia como del
momento en el que sucederá. Como señala el profesor Stiglitz, el riesgo es un elemento
esencial del contrato de seguro, pues sin él carece de validez (Derecho de Seguros, Rubén
Stiglitz, Editorial La Ley).
El riesgo es aquella posibilidad de que ocurra un hecho eventual previo en el contrato,
que de acaecer generará la obligación de la seguradora de pagar la indemnización pactada
o la prestación convenida.
La incertidumbre es de naturaleza subjetiva y puede determinarse de manera positiva,
mediante su enunciación, o de manera negativa, mediante su delimitación.
Su exclusión sancionatoria, acarrea para el asegurado la pérdida del derecho de la
cobertura a raíz de un determinado hecho, el cual no se encontraba amparado o, como
hemos señalado, se encontraba explícitamente prohibido.
Por tal motivo, el riesgo se trasforma en uno de los elementos más importantes, y de allí
la carga que le impone el legislador al asegurado de informar el estado o situación del
riesgo, y de verificarse, también deberá hacer conocer su agravación.
Debe el asegurado, además, informar cuál es el estado del riesgo, su descripción lo más
detalladamente posible, ya que es él quiense encuentra en una mejor posición de
determinarlo.
El interés asegurable ya mencionado surge del artículo 60 de la Ley de Seguros, el cual lo
define como: “Interés económico lícito de que un siniestro no ocurra”.
Entendiendo que lo que se asegura es un interés, por lo que no necesariamente deba ser el
propietario de la cosa quien tome el seguro.
De hecho, se podría contratar un seguro en el rol de guardián, locatario, transportista, etc.,
de aquellos bienes sobre los cuales tengamos un interés.
El riesgo, debe ser posible, no se podría amparar un contrato de seguros que pretendiera
un riesgo imposible o irrealizable.
En dicho caso, se tornaría nulo el contrato.
Se debe considerar, el concepto de buena fe, amparado en nuestro código civil y
comercial, el cual entiende en su artículo 9, que “los derechos deben ser interpretados de
buena fe”. Asentándolo especialmente en su artículo 961, al mencionar que “… los
contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de buena fe…..”.
Por su parte, el riesgo ilícito, al que definiremos como “el que no está permitido por la
ley”; es el que pretenderemos desagregar a fin de lograr su acabada interpretación.
La palabra ilícito viene del latín “ilicitus” y significa: “que no es legal”, o que “no es
lícito”, entendiendo por lícito, “lo justo lo legítimo o permitido según la justicia”.
Aquí nos surge el primer interrogante, ya que queda claro que ninguna normativa podría
permitir lo que otra prohíbe; pero si realizamos un análisis más flexible, encontramos
que, por ejemplo, en las tan conocidas pólizas de riesgo automotor, la cobertura
contempla el accidente de tránsito, que en varias oportunidades analizamos desde la
óptica civil en cuanto a los daños que se pudieran provocar en las cosas o las personas.
Estos mismos daños, sin embargo, en otra órbita, como es la del fuero penal, se
encuentran regulados como un hecho ilícito, no en el sentido de la intención manifiesta
de realizar un acto contrario a la ley, pero sí cuando por omisión, imprudencia o impericia
se comete finalmente el hecho culposo, por el cual se tramita una investigación penal
preparatoria que puede o no llevar a una condena judicial en sede penal.
Según estos parámetros, es la propia ley la que se ha ocupado de excluir per se las
posibilidades que entendió no encuadraban en la naturaleza conceptual del riesgo.
Especialmente nos interesan en esta ocasión, las exclusiones, que refieren al riesgo ilícito,
y que en principio tornan el contrato nulo, como hemos adelantado.
Decimos que de un primer análisis lo tornaría nulo, y volveremos sobre este punto, pero
adelantamos que la referencia surge de la conjugación de las normas amparadas en la Ley
de Seguros, al vincularse con normas penales y hasta con la propia Constitución
Nacional, que bien nos indica los derechos y garantías con los que contamos los
ciudadanos. En especial a lo que respecta, por un lado, a la carga del asegurado de
colaborar con el proceso y, por otro, la de no reconocer su responsabilidad en el mismo.
Afirmamos que es menester entender que las cláusulas de exclusión no operan
automáticamente, sino que se deberán analizar en cada caso concreto, debiendo atenderse
el principio de razonabilidad, e invocarse procesalmente por el asegurador como defensa,
y probar la misma, ya que resulta ser un hecho extintivo.
Tal como lo contempla la jurisprudencia “constituye principio recibido en el Derecho de
Seguros, que en caso de duda acerca de la extensión del riesgo, debe estarse por la
obligación del asegurador, habida cuenta de que es quien se encuentra en mejores
condiciones de fijar precisamente y de manera indubitada la extensión clara de sus
obligaciones, sin que pueda crear en el espíritu del tomador la falsa creencia de una
garantía inexistente” (Cám. Nac. Com., Sala C, 17-5-84, “Boure c/ Arcoiris Coop. De
Seguros”.
Ahora bien, es pertinente manifestar que el contrato de seguros, como ya lo hemos dicho,
es un contrato por adhesión, como señala el Dr. Waldo Sobrino: “es el contrato de
adhesión por antonomasia” (Sobrino, ob. S y CCyC, t. I, p.43 Seguros y el Código Civil y
Comercial, Waldo Sobrino, Editorial La Ley). Esta situación está soslayada; nadie
discutirá que es correcto afirmar que el asegurado se somete a un contrato con cláusulas
ya establecidas, como cláusulas generales predispuestas unilateralmente, sin que el
mismo haya podido participar en la redacción de las mismas.
Por lo tanto, las cargas impuestas a una de las partes del contrato, el asegurado, sujeto
más débil, surgen predispuestas del texto contractual, para que, luego, ante alguna
controversia planteada, los operadores del derecho interpreten las mismas a fin de poder
aplicar el concepto que tuvo en mente el legislador al redactarlas.
En esa órbita es que nos encontramos con la redacción del artículo 116 de la Ley de
Seguros, que pensaremos juntos, sabiendo que contempla lo siguiente: “El asegurador
cumplirá la condenación judicial en la parte a su cargo en los términos procesales.
Reconocimiento de responsabilidad. El asegurado no puede reconocer su
responsabilidad ni celebrar transacción sin anuencia del asegurador. Cuando esos actos
se celebren con intervención del asegurador, éste entregará los fondos que correspondan
según el contrato en término útil para el cumplimiento diligente de las obligaciones
asumidas. Reconocimiento Judicial de hechos. El asegurador no se libera cuando el
asegurado, en la interrogación judicial, reconozca hechos de los que derive su
responsabilidad.”
Explícitamente, la Ley de Seguros impone que el asegurado no puede reconocer su
responsabilidad ni celebrar transacción sin anuencia del asegurador. Hay que diferenciar,
entre el reconocimiento de los hechos y el reconocimiento de la responsabilidad. Pero
cómo podría el asegurado reconocer unos sin que le recaigan los segundos, es decir,
cumplir con la carga impuesta por la póliza sin quedar excluido de su cobertura.
La prohibición solo recae sobre el reconocimiento de la responsabilidad, y es contrario a
una fuente contractual, la de impedir el reconocimiento de hechos. Por lo que el
asegurado no está obligado a no decir la verdad de lo ocurrido en el siniestro denunciado,
pudiendo esta manifestación llevar aparejado el hecho de reconocer ciertos hechos que
involucren su responsabilidad.
Ahora bien, de hacerlo ¿qué consecuencias le traerán aparejadas respecto de la cobertura
contratada? En principio, no puede allanarse sin el aval del asegurador, ya que la figura
descripta presupone el reconocimiento, incondicionado, absoluto y sin limitaciones del
derecho reclamado por el tercero. Esto expresa que en este sistema de cargas
presuponemos que el asegurador ha asumido la dirección del proceso judicial.
Debiendo diferenciar el proceso civil del proceso penal, que encuentran un punto en
común al utilizarse este último como prueba del primero.

III. Alcance del artículo 116: En este marco, y retomando la idea original del presente
trabajo, tenemos la intención de profundizar el amparo contractual en las pólizas de
responsabilidad civil de directores y gerentes de la empresa, vinculadas con la acusación
de un delito penal (entendiendo como tal una acusación culposa) por el cual podría
responder la aseguradora. Para lo cual debemos partir del concepto de la imputación
penal dentro de este contexto.
Para ello debemos distinguir entre los delitos cometidos dentro de la empresa y los delitos
cometidos desde la empresa. Mientras los primeros se refieren a los delitos cometidos en
el seno de la empresa por un órgano de la empresa contra otros órganos o la empresa
misma, los segundos abarcan los delitos que la empresa realiza como sujeto participante
en el sistema económico. Esta distinción influye en la perspectiva de análisis jurídico-
penal.
En el caso de los delitos cometidos dentro de la empresa, la empresa es entendida como
una organización dentro de la cual pueden producirse conductas disfuncionales que
vulneren la vigencia de las normas jurídico-penales. El perjudicado por estas conductas
es el propio sistema empresarial o miembros individuales que operan en la estructura de
la empresa –por ejemplo: socios minoritarios, trabajadores, etc. –
Los miembros de la empresa no son hechos responsables por aspectos de la esfera de
organización de la empresa misma, sino por aspectos referidos a su propia esfera de
organización y, concretamente, a sus competencias al interior de la empresa. En tanto los
miembros de la empresa tienen una esfera de organización propia, tendrán que observar
en su desarrollo personal tanto el mandato general de no afectar a terceras personas como
las competencias institucionales que les correspondan por su función dentro de la
empresa, y sobretodo en lo que respecta al alcance de la cobertura de la póliza (La
Imputación Objetiva en el Derecho Penal, Gunter Jakobs, Editorial Ad- Hoc.).
Sin embargo, nuestros ordenamientos penales no consideran al delito cometido desde la
empresa un hecho penalmente imputable a la empresa misma, sino una acción común de
sus miembros y se esfuerzan, por ello, en fundamentar la imputación de responsabilidad
penal a estos últimos.
Resulta usual configurar los tipos penales del Derecho Penal de la empresa como delitos
de peligro abstracto, de manera que pueda castigarse el solo aporte preparatorio realizado
por un miembro de la empresa que, por sí mismo, no afecta aún el bien jurídico
protegido. Un ejemplo claro de esta forma de proceder son los delitos contables que
castigan el incumplimiento de ciertas disposiciones mercantiles o administrativas que
imponen una determinada manera de llevar la contabilidad. Se trata claramente de un acto
de desobediencia que, por sí mismo, no podría fundamentar una responsabilidad penal
(La Imputación Jurídico Penal a los miembros de la empresa por delitos cometidos desde
la empresa, Percy García Cavero, Centro de Investigación Interdisciplinaria en Derecho
Penal Económico).
Para poder fundamentar esta responsabilidad penal se vincula este acto de desobediencia
con un bien jurídico, de lo que se encarga la doctrina penal al considerar este acto como
dirigido, por lo general, a afectar patrimonialmente en el futuro a la persona jurídica o a
posibles acreedores de la misma.
Esta fundamentación dogmática se muestra, sin embargo, altamente cuestionable desde la
perspectiva de la lesión de un bien jurídico individual (patrimonio), pues no se está
castigando una conducta que cuando menos ponga en peligro el patrimonio. Tampoco
sirve de mucho la formulación de la lesividad en relación con los llamados bienes
jurídicos intermedios o abstractos, en tanto se mantiene en la misma línea de
interpretación, llevando a cabo solamente un cambio nominal. Si bien la incriminación de
conductas de peligro abstracto permite formalmente una sanción a un sujeto individual,
su justificación material resulta apenas conciliable con la exigencia de incriminar
solamente aquellas conductas que lesionan o pongan en peligro un bien jurídico.
En particular, las pólizas de responsabilidad civil están dirigidas puntualmente a los
directores o gerentes por sus actos u omisiones reprochables (entendiéndose dentro del
marco contractual), en claro alejamiento con el análisis realizado desde la óptica penal
que distingue el delito cometido por una persona, sea gerente o directivo, en funciones
dentro de una empresa o por la empresa como tal (Póliza de Responsabilidad Civil para
Directores y Gerentes).
La ampliación del ámbito de responsabilidad penal de los miembros de la empresa por
delitos cometidos desde la misma, se ha llevado a cabo también mediante la
incriminación de mayores espacios de culpa, como sucede, por ejemplo, en delitos como
el tráfico de productos nocivos, en los atentados contra el sistema crediticio o en los
delitos contra el medio ambiente.
En estos supuestos, los miembros de la empresa no sólo responderán por haber
contribuido dolosamente a la realización de los delitos económicos mencionados, sino
también por haber infringido en general determinados deberes de cuidado, sobre todo
aquellos cuya infracción configura la llamada culpa por emprendimiento (exigir menor
conocimiento para la imputación penal).
Las competencias por organización son mayores, por el contrario, en el caso de los
directivos de la empresa, sean estos propietarios o no de la empresa.
Un sector de la doctrina penal pretende, por ello, atribuirle una amplia competencia sobre
el negocio de la empresa. No obstante, en los delitos cometidos desde la empresa las
competencias organizativas de sus directivos se limitan sólo a decidir sobre las
actividades globales de la empresa y no comprenden, por tanto, todas las decisiones y
actuaciones realizadas en la estructura empresarial.
En este sentido, su responsabilidad penal debe abarcar sólo la toma de decisiones
antijurídicas en la administración de la empresa, así como también la ejecución, por ellos
mismos o por subordinados, de los aspectos establecidos en las mismas. Hay que
reconocer, sin embargo, que su posición en la estructura empresarial les impone además
competencias de control y vigilancia generales sobre las prestaciones de sus subordinados
en la empresa, así como también un deber de evitar configurar la administración general
de la empresa de una manera tal que resulten idóneas para la realización de hechos
delictivos de otros miembros. Con base en estas competencias se debe fundamentar tanto
la imputación objetiva como la imputación subjetiva.

IV. Conclusión: Analizadas las distintas posibilidades, es que volvemos al punto de


partida, no pudiendo quizás tomar una definición genérica que sea aplicable a la totalidad
de las situaciones posibles.
¿Es necesaria una amplia interpretación respecto de la letra de la norma? ¿Es correcta la
cobertura o no del asegurador cuando en su relato de los hechos surja reconocimiento de
su responsabilidad?
Seguiremos analizándolo, con la intención de iniciar un camino por el cual se pueda
llegar a un mejor final tanto para el asegurado, desde la seguridad que le brindará el
contrato que lo ampara, como para el asegurador, quien sabrá que cuenta con toda la
información posible para llevar adelante la representación de la defensa.
Manifestando claramente que no amparamos la cobertura por un hecho ilícito que haya
sido realizado con intención discernimiento y libertad, pero creemos que es de una
transformación superadora el dejar asentado en nuestras normas el valor de la verdad y de
la colaboración, sin que ello traiga aparejado (insistimos, no si en el caso hubo una
manifiesta intención), la mayor pena existente en el contrato de seguros, como lo impone
el artículo 116 de la Ley.
Dándole mayor énfasis a la verdad jurídica, quedarían resueltas diversas interpretaciones
que hoy deben resolver nuestros jueces con sus diversas interpretaciones.

(*) Abogada – Universidad Católica de La Plata – Diplomada en Derecho de Seguros


Universidad Ciencias Económicas y Sociales (UCES) – Especialista en Derecho Procesal
Profundizado Universidad Notarial Argentina (UNA)– Secretaria Académica del Área
Académica del Colegio de Abogados de La Plata- Secretaria del Instituto de Seguros del
Colegio de Abogados de La Plata- Subdirectora del Instituto de Derecho del Consumidor
del Colegio de Abogados de La Plata – Miembro AIDA –Rama Argentina –Miembro de
la Asociación Argentina de Derecho Procesal. Comisión Jóvenes Procesalistas-
Miembro de la Asociación para el Estudio del Derecho de Seguros del Interior Argentino
(AEDSIA).
Citar: elDial DC2725
Publicado el: 28/03/2019
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