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Guía de estudio lección N° 3 ‘Ministerio a través de la unción’.

Haga un estudio bíblico en el cual indique un caso de Sanidad Física, un


caso de Sanidad Emocional y uno de Sanidad Espiritual (ataduras),
señalando en cada uno:

*Diagnóstico
*Posibles causas
*Manifestaciones de la enfermedad
*Tratamiento o proceso de sanidad
*Resultados de la sanidad

Para este estudio, es preciso tener en cuenta, tanto el contexto bíblico,


como las normas mínimas de hermenéutica.

Sanidad física.

Juan 9.

Este milagro registrado por Juan, no se encuentra en los otros evangelios y


nos da testimonio de la fe de un hombre que quiso ser sano y también salvo,
al ser testigo y objeto del amor y del poder de Jesucristo, de su misericordia
y empatía, de su sabiduría y valor. Nos da muestra del impacto espiritual y
emocional de la sanidad física que Jesús hizo en su vida, cómo con ella le
dio libertad, empoderamiento, coraje, valentía y estima propia.
Al analizar este capítulo, es muy importante tener en cuenta la relación de
este suceso con el contexto. En el capítulo anterior, Jesús había declarado
ser la luz del mundo, y en este pasaje, relativo a un ciego, reafirma ser la
luz, la Luz del mundo. Teniendo en cuenta este panorama, debemos
recordar que los judíos habían intentado acabar con Jesús y ahora el odio
se extiende también a todo aquel que profesara la fe en él. Podemos notar la
indiferencia, orgullo y cobardía de los padres del “ciego de nacimiento” y el
valor, la fe, la gratitud y la fe de aquel que recibió el milagro, a pesar de las
luchas que por causa de Jesús deberá atravesar, después de recibir la
sanidad.
Estudiemos algunos puntos esenciales del proceso de esta sanidad:
Como toda enfermedad o condición de salud, esta ceguera del hombre del
capítulo 9 del libro de Juan, debe tener un:
Diagnóstico y posibles causas (V. 1-3): Al pasar Jesús, vio a un hombre
ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién
pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es
que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten
en él.
En este punto, empezamos con la mirada de Jesús. La mirada que salva al
mundo. Una mirada de compasión, de misericordia, de poder. Como todo
doctor o sanador que debe hacer un diagnóstico para encontrar un
diagnóstico, una causa y para desarrollar un tratamiento, lo primero que
Jesús debía hacer era mirar, él es el único que puede examinar el corazón y
dar un diagnóstico certero de la condición de nuestro corazón, que nadie
más sino él, conoce. Primero, Jesús vio al ciego, no fue indiferente, como
seguramente muchos transeúntes lo eran respecto al ciego al pasar a su
lado, pero no Jesús, él vio al ciego, y se detuvo, y su mirada tenía un gran
propósito, aquí él vio la oportunidad para sanar, salvar, llenar un vacío,
quitar un dolor y con todo ello, por encima de todo, mostrar la gloria y el
poder de Dios.

Solo después de esta primera mirada (hay que aclarar aquí que Jesús lo vio
primero, porque el ciego no podía ver, pero Jesús lo vio primero, y luego el
ciego, al adquirir la vista es que puede verlo y reconocerlo y adorarlo, así
como no lo amamos primero, sino que él nos ama primero), es que los
discípulos notan al hombre que está probablemente tendido en el suelo
pidiendo limosnas. Pero su mirada no es la misma de Jesús, porque ellos
(como nosotros) no era capaces de ver más allá, como Jesús lo hacía. Así
que se atreven a arrojar con su pregunta su propio y humano diagnóstico:
El hombre era ciego porque él o sus padres habían pecado, había nacido en
pecado, como afirmaron más tarde los fariseos al acusarle. Es que en esta
época era costumbre popular que las enfermedades padecidas por las
personas tenían la causa en el pecado; esto, con base en lo estipulado en
diversos versículos de las Escrituras (Ex. 20:5) (Ex. 34-7). Sin embargo, en
esta ocasión se equivocaban, el ciego no padecía esta condición por el
pecado propio, o el de sus padres, sino porque es consecuencia de la Caída
de la humanidad, y todos tenemos que experimentar sus consecuencias,
pero no era finalmente por eso, sino que nació ciego porque algún día, Jesús
usaría su vida para demostrar el poder de Dios, y ese propósito valía
absolutamente la pena. Es muy arriesgado hacer una relación directa entre
el sufrimiento y el pecado; en este momento, por causa de esa idea, la
mirada de los discípulos y el tono de sus palabras, los comentarios que
debieron murmurar, pudieron causar en este hombre una sensación de
desesperanza, aflicción, auto conmiseración y vergüenza a la que
seguramente ya estaba acostumbrado después de tantos años dedicándose
a lo mismo: vivir de la caridad pública.

Vemos entonces dos diagnósticos para la ceguera: el humano y el divino. Es


posible que sus padres sí hubiesen pecado, es seguro que él mismo nació
en pecado, como toda la humanidad, pero no es infalible que el ciego lo fuera
por un pecado concreto. En la Biblia encontramos ejemplos de hombres que
son pecadores y no sufren las consecuencias terrenales de ello, así como
existen los de aquellos que siendo justos (como Job) padecen sufrimientos
y desgracias dignas de los primeros.

El diagnóstico de los hombres no traía ninguna esperanza de cura o


salvación, ni la misma religión podía salvarlo, era algo imposible. EL
diagnóstico de Jesús traía con él la solución: la luz. Jesús, como experto en
transformaciones, estaba mudando aquello que era una desgracia, en un
milagro, en una oportunidad gloriosa para mostrar el poder del Padre, y su
deseo intenso de ser Luz para el mundo que vive en tinieblas.

Manifestaciones de la enfermedad:

El hombre ciego de nacimiento, vivía en mendicidad, como todas las


personas que padecían alguna discapacidad física en este momento de la
historia. La condición de este hombre no era privilegiada; es posible asumir,
gracias a la lectura, que sus propios padres no tenían el mayor cuidado de
su vida, probablemente desde que era niño lo dejaron a su suerte, porque lo
veían como un recuerdo de su vergüenza. Qué más podía causar esta actitud
en él sino la de rechazo, inadecuación, desaprobación y lástima.

Como se mencionó anteriormente, era una persona que vivía de la caridad


pública, debía ser entonces, identificada popularmente por los ciudadanos
como “el ciego de nacimiento”, sin nada más que diera cuenta de su
identidad.

Su estado lo mantenía en esclavitud, en dependencia absoluta de los que


pudieran darle algunas monedas, pero nada más. No podía desarrollar otros
talentos o aptitudes que tal vez tenía, porque su ceguera lo mantenía en
tinieblas mentales. Una persona ciega no tiene visión, que aplica también al
ámbito espiritual, sobrevive para el momento, desconfía de las personas y
de lo que él mismo puede hacer, su vida se caracteriza por la pobreza y
tristeza.

Tratamiento o Proceso de Sanidad:

"Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo
los ojos del ciego".

Antes de hacer esto, Jesús no había entablado una conversación con el


hombre ciego, no le preguntó (a diferencia del paralítico de Betesda) si
quería ser sano, no recibió ninguna petición. Para el ciego aquella
situación pudo ser incómoda, pero Jesús ya había hecho una entrada
maravillosa abonando el terreno: por primera vez en su vida, el ciego
escucha hablar de él en términos de grandeza. No recibió de parte de
Jesús lástima, rechazo, asco, ni caridad. Escuchó a un hombre
mencionarlo a él y a Dios en la misma oración sin que estuviese el pecado
en medio de ella como referente a su enfermedad. Qué gran impacto
tuvieron estas palabras y la misma presencia de Jesús en la vida del
hombre, que, sin decir una palabra, sin cuestionar nada, sin reclamos,
sin asco por ser untado de saliva (este Jesús no lo había visto con asco a
él) obedece a este desconocido, del que tal vez ya había escuchado hablar:
el nazareno que hace milagros y anuncia la Buena Nueva, o del que no
sabía nada, pero cuya palabra sacudió su interior, su forma de romper
esquemas, su forma de mirarlo, aunque él mismo no pudiera verlo.

El ciego no objetó que era un día de reposo (ni a Jesús esta razón lo limitó
para sanarle), y junto con las demás acciones resumidas en obediencia
manifestó que quería ser sano y recibió el tratamiento: algo tan sencillo,
pero tan loco como hacer lodo con la saliva para untarlo en los ojos del
hombre enfermo. Este fue el método humilde, la “estrategia ridícula” de
Jesús para sanar al hombre. Hubiese podido usar cualquier otra cosa, tal
vez algo más protocolario o digno de parafernalia, pero ese no era Jesús,
el Hijo del hombre. Un método sin sentido para algunos, pero lleno de
sentido en realidad. El método que sanó al ciego. Pero no fueron los
elementos los causantes de la sanidad, podríamos pensar que la saliva de
Cristo era poderosa en sí misma, pero no fueron esta y el barro los que
desplegaron el poder, fue la voluntad de Dios, la ejecución del Hijo, el soplo
del Espíritu Santo y la obediencia, la fe y el deseo de sanidad del que era
ciego.

"Y le dijo: Vé a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es Enviado)".

Tampoco el agua del estanque tenía alguna propiedad curativa intrínseca.


Era un ciego, tenía que trasladarse a un lugar que se ubicaba a una
distancia no corta del sitio donde acostumbraba estar, podía lavarse con
cualquier otra agua, pero tampoco puso ningún, pero o resistencia. Solo
obedeció y su obediencia dio fruto de salvación.

Resultados de la Sanidad.

El hombre regresó viendo. Qué sensación y emoción pudo experimentar


este hombre que veía todo por primera vez, los colores, sus manos, sus
pies, la gente. Tiene que ser algo indescriptible para alguien que nació con
ceguera, él no recuperó la vista, nunca la había tenido, Jesús se la da por
primera vez. Pero Jesús ya se había ido del lugar de su primer encuentro
y no pudo verlo ni reconocerlo sino hasta después de enfrentarse con los
fariseos y religiosos que quisieron probar su lealtad y que, al igual que los
vecinos, y los propios padres no podían creer lo que había pasado: ¡Un
ciego de nacimiento adquirió la vista! Y con ella, recibió visión, propósito,
sentido, identidad, valor, coraje, VIDA.

Ya no era ciego, ahora no caminaría torpemente, sino con seguridad, con


confianza, con determinación, sus ojos eran claros ahora, podía lavarse,
peinarse, vestirse bien, cambiar su aspecto, trabajar, usar sus manos con
destreza. Incluso estuvo llenó de denuedo y sabiduría para hablar antes
las autoridades de la sinagoga que lo enfrentaron, y ni siquiera había visto
a Jesús cara a cara. Pero aún en ese momento inmediato a su sanación,
se veía tan diferente que muchos no lo reconocían, y se negaban a aceptar
que se trataba de la misma persona, sus propios padres no podían
entender lo que pasaba. Aquí evidenciamos que cuando Jesús sana a una
persona, la reacción abarca a todos aquellos que le rodean y le ha
conocido, y muchos van a querer saber qué fue lo que le pasó a esa
persona, algunos se opondrán y algunos llegarán a Dios a través de ese
testimonio, llegarán a la luz, serán salvos. Allí vemos la gloria de Dios y
también su misericordia. Pero con el grupo de los que se oponen pasa todo
lo contrario: como no reciben a Jesús como el Mesías, sino que lo
condenan permanecen en las tinieblas, en la condenación, en la muerte.