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BROOKS, Rodney. (2003) Cuerpos y máquinas.

de los robots humanos a


los hombres robots. Barcelona Ed. B.

Capítulo 1BAILANDO CON MÁQUINAS

Lo que separa al hombre del animal es la sintaxis y la tecnología. Muchas


especies de animales cuentan con numerosas llamadas de aviso. Para los monos
cercopitecos, un cierto grito significa un ave rapaz en el cielo. Otro indica una
serpiente en el suelo. Todos los miembros de la especie comparten la relación
entre determinados sonidos y esos significados primitivos. Pero ningún
cercopiteco puede manifestar a otro: «¿Te acuerdas de la serpiente que vimos
hace tres días? Pues hay una allá abajo que es muy parecida.» Eso requiere
sintaxis, de la que carecen los cercopitecos.

Algunos chimpancés y gorilas han aprendido decenas de nombres, unos cuantos


adjetivos y unos pocos verbos, expresados como signos o símbolos. En ocasiones
integran tales símbolos de nuevas maneras, como «ave acuática» para referirse a
un pato. Pero nunca fueron capaces de decir algo tan complejo como «Dame por
favor la fruta amarilla que hay en la bolsa». Eso requiere sintaxis. Los chimpancés
y los gorilas no la poseen.

Irene Pepperberg ha criado y adiestrado durante más de veinte años a Alex, el


famoso loro gris africano, primero en la Universidad de Arizona y más
recientemente en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Sus resultados fueron
sorprendentes y desmintieron a aquellos que negaban que los animales, a
diferencia de los seres humanos, poseyesen algún componente del lenguaje. Alex
ha obligado a los escépticos a mostrar mucho mayor cuidado a la hora de negar
capacidades a los animales, incluso a los dotados con cerebro de pájaro. Alex
puede escuchar palabras y expresarlas. Consigue responder a preguntas como
«¿Cuántas cosas redondas y verdes hay en el plato?», incluso la primera vez en
que alguien le manifieste sucesivamente los dos adjetivos, «redondas» y
«verdes». Alex ha llegado a decir, cuando su adiestradora está a punto de salir a
almorzar, «Voy a comer y volveré dentro de diez minutos». Pero eso es
simplemente repetir lo que le ha oído declarar en otras ocasiones. Alex jamás ha
manifestado: «Veo que vas a salir a comer. Confío en que estés de vuelta dentro
de diez minutos.» Eso requiere sintaxis. Alex no la posee.

Los castores roen los árboles para construir presas donde crezca la vegetación de
la que se alimentan. Las aves hacen nidos con ramitas, hierbas, tallos y otras
cosas que encuentran, como hebras de lana. Pero en ninguno de estos casos
podemos hablar de tecnologías en sentido estricto. Si no se trata de situaciones
completamente estereotipadas, los animales son incapaces de generalizar su plan
evolutivo innato para adaptarse a nuevas circunstancias.

Los chimpancés, por otro lado, utilizan distintas herramientas en sus diferentes
agrupaciones sociales. Los de la reserva de Gombe en Tanzania emplean largas
ramitas, despojadas de hojas y de excrecencias, y las introducen en los
hormigueros para extraer a los insectos y comérselos. Los chimpancés del bosque
Tai en la Costa de Marfil no saben proceder así, pero a diferencia de los de
Tanzania construyen yunques con tocones y rocas y luego recurren a objetos
contundentes de madera o piedra con que abrirlos frutos. Los diferentes grupos
aprenden a 'utilizar estas herramientas en el seno de sus clanes, pero se registran
escasas invenciones en el uso de un nuevo útil. Dentro de los mismos grupos se
han observado durante décadas iguales pautas exentas de innovaciones. Y
ningún chimpancé construyó herramientas que sobreviviesen a lo largo de las
épocas arqueológicas. Los chimpancés y otros animales no poseen en realidad
nada que remotamente evoque una tecnología humana.

Los únicos instrumentos no humanos encontrados han sido los de los


neandertalenses. Estaban muy cerca de los humanos por su forma y se debate en
la actualidad si se alcanzó un mestizaje entre unos y otros. Ignoramos si el
hombre de Neanderthal utilizó un lenguaje o una sintaxis y sigue discutiéndose si
poseían o no un control preciso del aparato vocal que les permitiera hablar. Tal vez
contaban con un lenguaje de signos con su propia sintaxis, como la que sostiene
el lenguaje que hoy emplean los sordos. Lo que es seguro es que disponían de
tecnologías para construir complicadas

herramientas manuales, para manejar el fuego, crear joyas y enterramientos


complejos. En cualquier caso, los humanos se las apañaron para exterminar a
toda esa especie.Lo que nos deja solos: sí, somos los únicos en la Tierra dotados
de sintaxis y también los exclusivos poseedores de tecnología.

Por ahora.¿Qué decir de nuestras máquinas? La mayoría de las personas


establece ahora una clara distinción mental entre los robots de la ciencia ficción y
las máquinas de su existencia cotidiana. Conocimos a 3CPO, R2D2, Commander
Data y HAL en La guerra de las galaxias, StarTrek y 2001: Una odisea del espacio.
Pero nadie pretende que emulen las prestaciones de una cortadora de césped, de
un automóvil o de Windows 2000. Por un lado están las máquinas de las fantasías
de ciencia ficción y por el otro aquellas con las que vivimos. Dos mundos por
completo diferentes. Nuestras máquinas de fantasía gozan de sintaxis y
tecnología. Tienen también emociones, deseos, temores, amores y orgullo.
Nuestras máquinas auténticas, no. O así parece en

los albores del tercer milenio, pero ¿cómo serán las cosas dentro de cien años? Mi
tesis es que en un plazo de tan sólo veinte años se desplomará la barrera entre la
fantasía y la realidad. Y antes de que pase un lustro esa barrera quedará
horadada de modos tan inimaginables para la mayoría de los que viven ahora
como podía serlo hace un decenio el uso cotidiano de Internet.

A lo largo de la historia registrada y arqueológica de la humanidad, el estilo de


Vida que ha seguido la mayoría ha sido espectacularmente modificado por
revoluciones tecnológicas. Éstas surgen cada vez más a menudo. El amanecer de
la más reciente de esas revoluciones, la digital, se halla dentro de la memoria de
muchos de los presentes. Las batallas y reestructuraciones de nuestro mundo
determinadas por la revolución digital se suceden ahora en toda su furia en torno a
nosotros. Trastoca la riqueza y el poder y remodela las ciudades y los estilos de
vida.
Confiamos en que describa toda su trayectoria y nos permita recobrar el aliento
colectivo. Uno desearía que fuese así de sencillo, pero no lo es, porque no es que
haya en puertas otra revolución tecnológica, dispuesta a inundarnos con un nuevo
tsunami que desbarate nuestra existencia hasta que consigamos reestructurala.
Es que hay dos. Y están a punto de alcanzarnos casi al mismo tiempo.

REVOLUCIONES TECNOLÓGICAS

Desde antes del comienzo de la historia conocida, las innovaciones tecnológicas


transformaron nuestras vidas como seres humanos. En tiempos pasados, esas
alteraciones eran graduales y discurrían a lo largo de muchas generaciones. Ahora
las innovaciones tecnológicas pueden modificar nuestra existencia muchas veces
en el curso de una sola vida.

Cuando yo era adolescente, recibía todas las noticias científicas por medio de
vapores que navegaban durante tres meses. En 1984 contribuí a fundar en Palo
Alto una empresa de Silicon Valley, Lucid, y acepté un puesto académico en el
Instituto Tecnológico de Massachusetts. Yo era el responsable principal de la
compilación para un lenguaje de programación de inteligencia artificial,
CommonLisp, y desempeñé esas funciones desde mi nuevo hogar en
Massachusetts. Utilicé en primer lugar lo que ahora denomino «Red de Federal
Express», mediante la cual remitíamos diariamente por vía aérea a través de todo
el país unos cartuchos de cinta de 20 megabytes. Más tarde dispuse de una
costosa línea terrestre que proporcionaba un acceso de 19.200 baudios y luego, a
punto de arruinarnos, usé el servicio gratuito de Internet a comienzos de la década
de 1990. Viví así a través de tres o cuatro generaciones de tecnología de
dispersión de la información antes de empezar a sentirme maduro, habiendo
experimentado el microcosmos histórico de las transformaciones de la vida
tecnológica gracias a una serie de máquinas diferentes. Aunque todas estas
alteraciones se desarrollaron a una velocidad vertiginosa en comparación con la
de las que sufrieron nuestros antepasados, en mi caso discurrieron con una
violencia o incluso una incomodidad notablemente inferior. Nuestra tecnología nos
define del mismo modo que la sintaxis.
Al comienzo de la historia de la humanidad creamos máquinas muy sencillas, tan
simples que a algunas personas incluso les costaría trabajo asignarles este
nombre.

Un garrote permite al que lo maneja aumentar la velocidad de su mano para


ejercer un impacto en menos tiempo del que requeriría la presión directa manual.
Un arado concentra en una pequeña área la fuerza aportada sobre una gran
superficie. Poleas y tornillos hacen posible que fuerzas grandes y muy grandes
sean aplicadas en distancias cortas, facilitando la utilización manual de una fuerza
más pequeña en una distancia muy superior.

Todas estas máquinas proporcionaron unos emparejamientos físicos de las


fuerzas transformadoras. Todas exigían la entrada humana directa de una fuerza y
su acción requería un control constante del hombre. A cada segundo, una persona
había de asumir el dominio de la máquina.

Conforme a las concepciones actuales, estas máquinas primitivas no eran muy


complejas. Pero permitieron la primera gran revolución en el modo de discurrir de
la existencia humana. Esas máquinas simples hicieron posible la revolución
agrícola que comenzó hace unos diez mil años. La primera de las grandes
revoluciones en la vida humana no fue en modo alguno abrupta. Su difusión exigió
millares de años hasta tornarse arraigada en la mayoría de los pueblos del mundo.

Durante esa transición fueron inventadas otras máquinas, como los hornos de
fundición de metales y la rueda. Ésta surgió hace unos 8.500 años, pero
transcurrieron tres mil antes de que los sumerios inventasen los vehículos tirados
por animales. Gracias a las bestias, nuestras máquinas empezaron a conseguir
una cierta autonomía. Ya no era necesario que una persona estuviese al frente de
la tarea a cada momento. Podía, por el contrario, dar a un caballo alguna
indicación acerca del rumbo que tenía que seguir y el animal

se encargaría de atender a detalles menores como la manera de franquear el


terreno y evitar los obstáculos.
Las máquinas tiradas por bestias —carros y arados— aportaron hace unos 5.500
años la segunda gran revolución en la existencia humana. Los sumerios fueron
capaces de desecar cenagales, regar nuevas tierras, arar grandes extensiones
para su cultivo permanente y transportar productos agrícolas. Estas máquinas
semiautónomas redujeron muy ligeramente el volumen total de mano de obra
necesaria para conseguir alimentos y permitieron que unos cuantos especialistas
se encargaran de tareas peculiares como las de sacerdotes, charlatanes, artistas,
mercaderes y, lo que es más importante, dirigentes. Así nació la revolución de la
civilización.

Los siguientes milenios trajeron cambios crecientes en la tecnología, incluyendo


los relojes de agua, los molinos de viento y otras máquinas autónomas sencillas.
Eso hizo posible que pueblos y ciudades cobraran mayores dimensiones, pero aun
así la mayoría de la población siguió viviendo junto a las áreas cultivadas.

El escenario para la Revolución Industrial no quedó dispuesto hasta la invención


de la máquina de vapor en 1705 por parte de Thomas Newcomen, a la que siguió
en 1709 la sustitución del carbón vegetal por coque en las fundiciones de hierro de
Abraham Darby. Cuando en 1765 James Watt añadió un cilindro condensador al
nuevo modelo concebido por Newcomen en 1712, la eficiencia de las máquinas de
vapor se multiplicó y su tamaño se redujo de un modo notable. Eran ahora
suficientemente fuertes para desplazarse sobre ruedas y para suministrar energía
económica a fábricas de todo tipo.

Los doscientos años siguientes presenciaron una transformación completa de las


pautas de los asentamientos humanos. La mayoría de las gentes se dirigió a
pueblos y ciudades. Allí realizaban dos clases de tareas. Algunos proporcionaron
la inteligencia requerida para dirigir minuto a minuto vastas hordas de máquinas
que convertían materias primas en artículos de consumo. Los sistemas de fuerza
eran autónomos, pero no sucedía lo mismo con el control de cada máquina. Los
seres humanos ocupaban un puesto en cada paso de la cadena de producción, a
menudo de una manera monótona y rutinaria, adoptaban una y otra vez
decisiones simples y alimentaban a las máquinas cuando era preciso. Los otros
proporcionaban un trabajo físico donde las máquinas no podían desempeñar tal
tarea. Los hombres todavía cargaban y descargaban trenes, ponían ladrillos y
clavaban vigas de madera para construir casas, prestaban atención a cada una de
las explotaciones de la agricultura no cerealista, lavaban y cocinaban,
seleccionaban y encaminaban artículos en todas las fases de la cadena de
montaje, se encargaban de la contabilidad, la banca y la recaudación fiscal y
controlaban directamente la maquinaria bélica. En suma, aún se requerían
personas al objeto de aportar su inteligencia en ambientes que no se hallaban
estructurados por completo para las máquinas.

La Revolución Industrial prosiguió durante el siglo XX y cuando las fuentes


energéticas basadas en los combustibles fósiles se hicieron más pequeñas y
eficaces, pasamos de los trenes y autobuses al automóvil individual, que
transformó la vida urbana primero en occidente y luego en todo el mundo.
Nuestras principales ciudades se han convertido en lugares a los que se acude
durante el día y en suburbios a los que se va a dormir de noche, obligados éstos a
permanecer a una distancia tolerable de los centros de trabajo.

Las revoluciones —agrícola, de la civilización e industrial— a las que nos hemos


referido no sobrevinieron de la mañana a la noche. En un principio tardaron miles
de años, y luego siglos, si pensamos en la Revolución Industrial. Nos encontramos
en el extremo de esa revolución, pero ya se torna visible una nueva. Una vez más,
un tipo enteramente distinto de tecnología está transformando nuestra existencia.
La revolución de la información, impulsada por el microcircuito, cambia toda
nuestra manera de vivir. Desde dentro parece que se trata quizá de un cambio
cuantitativo y no cualitativo, pero tal es la naturaleza de todos los cambios
profundos cuando no constituyen también desastres; se suceden gradualmente y
resulta preciso marginarse para advertir las dimensiones plenas de tales
alteraciones.

La revolución de la información ha modificado nuestro acceso al conocimiento o al


contenido como a veces se lo denomina, de modos que pueden llegar a ser más
profundos que los determinados a partir de 1454 por la invención de los tipos
móviles de imprenta de Gutenberg. Esa tecnología permitió la distribución de
información a las masas y tornó valioso el aprendizaje de la lectura; existió a partir
de entonces una constante oferta de material que leer más allá de los signos
simples con que identificar una taberna o un almacén.

La revolución de la información comenzó con la invención del telégrafo en 1834.


Por vez primera, la información fue inmediatamente accesible en un lugar remoto.
El teléfono democratizó esta capacidad, tornando posible que los profanos se
comunicaran instantáneamente a través de una ciudad. Con la llegada de los
conmutadores electrónicos en la segunda mitad del siglo XX, el sistema telefónico
se extendió por todo el mundo y sin ayuda limusina una persona fue capaz de
marcar el número de casi cualquier teléfono del planeta.

La revolución de la información ha cobrado ya pleno auge y está transformando


una vez más nuestras ciudades. Como sucede con todas las invenciones, Internet
no carece de predecesores. En 1945, Vannevar Bush, del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, escribió un artículo, «As WeMayThink», en el que examinaba
eventuales innovaciones tecnológicas futuras, muchas de las cuales han
sobrevenido. Quizá su declaración más presciente estribó en el atisbo acerca de
los ordenadores, cuando reflexionó sobre la fiabilidad de las centralitas telefónicas:
«El mundo ha llegado a una época de aparatos complejos, baratos y muy seguros
y algo tendrá que surgir de allí.»

También se refirió a un sistema de conocimiento de hipertexto, llamado memex,


que podría consistir en un aparato del tamaño de una mesa. Lo consideró como el
medio mejor de actualizar los métodos de difusión de información científica que
habían permanecido en buena parte inmutables durante centenares de años. A
partir de la década de 1960, Ted Nelson concibió muchos sistemas de hipertexto,
bajo la denominación del proyecto Xanadu, que cambiarían el modo de almacenar,
clasificar y pagar la información, pero no fue capaz de trascender la pureza de su
propósito hasta llegar a la difusión de aplicaciones prácticas. Por otro lado, Tim
Berners-Lee tenía que aportar algo útil a sus patronos y así, cuando inventó la
World Wide Web, la superpuso de inmediato a la recién nacida Internet en los
comienzos de la década de 1990. Gracias a una diseminación relampagueante de
tecnologías y protocolos, el mundo gozó de repente de acceso instantáneo por
doquier a cualquier tipo de información. Ya no necesitamos desplazarnos al lugar
de la información. Podemos solicitar, tras algunos clics en el ratón, que venga a
nosotros.

Todo eso está cambiando el grado en que se requiere la mediación humana para
obtener el acceso a la información. Desaparece ya una de las funciones que les
quedaban a los seres humanos cuando se desplazaron a las ciudades durante la
Revolución Industrial. Ahora no es tan imperativa la necesidad de personas para la
gestión de las cadenas de montaje y en las tareas contables, bancarias y fiscales.
A través de Internet es posible adquirir libros, víveres, aparatos, muebles, coches y
acciones y contratar viajes. En torno de las transacciones a través de la línea ha
surgido toda una nueva economía. Personas que antes no eran capaces de
vender nada operan en prósperos mercados de artículos accesibles. Hacen
negocios en el mundo entero, sin tener que preocuparse de localizaciones
geográficas.

Ese fenómeno ejerce ya un impacto en nuestras ciudades. Como gusta de decir


Bill Mitchell, decano de arquitectura en el Instituto Tecnológico de Massachusetts,
la revolución de la información está convirtiendo las sucursales de los barrios de
las ciudades estadounidenses en comercios de artículos al por menor. Tiene
también un gran efecto en nuestro modo de trabajar; son cada vez más los que
pasan en casa su jornada laboral. Cuando se tornen disponibles mayores
anchuras de banda, resultará cada vez menor la exigencia de la proximidad al
lugar de trabajo o de compra y más personas se desplazarán no ya a decenas
sino a miles de kilómetros de sus empresas. Desaparecerá la obligación del viaje
cotidiano y nuestras ciudades evolucionarán.

Mientras que nos dirigimos hacia la mitad de la revolución de la información, otras


dos nuevas revoluciones se acercan rápidamente hacia nosotros.

La revolución robótica se halla en su etapa inicial, dispuesta a sobrevenir en la


primera parte del siglo XXI. Empieza a dar fruto el empeño humano de muchos
siglos por construir seres artificiales. Las máquinas se tornan ya autónomas en
muchos sectores en donde tropezaban con obstáculos insuperables a lo largo de
la Revolución Industrial. Empiezan a adoptar juicios y decisiones de las que se
ocupaban los seres humanos durante los últimos doscientos años. Pronto será
menor la necesidad de que los hombres controlen paso a paso las máquinas
manufactureras y empezaremos a ver a robots inteligentes capaces de operar en
ambientes no estructurados y que desempeñan tareas de las que se solía juzgar
que requerían la intervención humana. Pero estos robots no son simplemente
tales. Se trata de criaturas artificiales. Nuestras relaciones con esas máquinas
diferirán de las mantenidas con las anteriores. La próxima revolución robótica
transformará la naturaleza fundamental de nuestra sociedad.

Pisando los talones de la revolución robótica viene la revolución biotecnológica.


Cabe pensar que la biotecnología ya está aquí. Pero sólo hemos visto las sombras
de su realidad. Modificará la tecnología no sólo de nuestros organismos, sino
también de nuestras máquinas. Éstas se tornarán más como nosotros y a su vez
seremos más como los aparatos. La próxima revolución biotecnológica cambiará
nuestra naturaleza fundamental.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

Bush, V.: «As We May Think», Atlantic Monthly, julio de 1945. Accesible en línea en
http://www.isg.sfu.ca/— duchier/misc/vbush/ vbush.shtml.

Griffin, D. R.: Animal Minds, University of Chicago Press, Chicago, 1992.

Hauser, M. D.: The Evolution of Communication, MIT Press, Cambridge, Massachusetts,


1997.

Nelson, T.: Computer Lib/Dream Machines, Bits Inc., Peterborough, New Hampshire,
1974. Revisión: Tempus Books, Microsoft Press, Redmond, Washington, 1987.

Pepperberg, I. M.: The Alex Studies: Cognitive and Communicative Abilities of Grey
Parrots, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2000.