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García Flores Melanie

El leproso
No sé dónde ni cuándo nací, tampoco para qué, mucho menos lo que soy. Durante el día,
cuando los rayos del sol acarician la parroquia, la primera brisa besa los inmensos pastos y
los pájaros despiertan las flores en el jardín, me encargo del campanario; cada jornada toco
depende la hora indicada, comienzo con un golpe, cierro con 12 cuando cae la noche.
Nunca he salido de la torre, no conozco otra visión más allá de ésta. He visto el sol, una
enorme vela blanca que calienta todo lo que toca, lo veo desde el campanario, anhelo su calor,
su tibieza al abrazarme, sin embargo, jamás he bajado de aquí, no según mi uso ni razón,
pues si lo intentara, me destrozaría, mi haría añicos y moriría. No todos nacimos para gozarlo.
Pero cuando oscurece, el sacristán, el único hombre con quien tengo contacto cuida de mí.
Antes subía a alimentarme, traía consigo pan remojado, e incluso a veces agua para lavarme,
pero ya hace seis días que no lo hace. No puedo culparlo, cada vez apesto más, mi piel segrega
un aroma espantoso, lúgubre, apenas rosa las prendas y parece arder: mi transformación
avanza, no tolero vestirme.
Nací siendo hombre, y Dios sabe en qué terminaré. El sacristán me mira aterrorizado, cree
que salí del pecado y a ello se debe mi aspecto. Actué mal en otro tiempo, o mi asilamiento
se debe al salvajismo de mi naturaleza presagiada a lo maligno, no lo sé. No puedo tocar a
nadie, sólo las campanas, pues con un leve rose de piel a piel puedo pasar mi anterior vida
de culpa al resto de los hombres y su piel al igual que la mía, caería de sus cuerpos intentando
escapar de la figura del pecado, así por lo menos ésta habrá huido.