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Las Directrices establecen las normas para la prevención de la delincuencia juvenil

e incluso medidas de protección de personas jóvenes quienes han sido


abandonadas, descuidadas, abusadas o quienes se encuentran en situaciones
marginales – en otros términos, en “riesgo social”. Las Directrices incluyen la fase
pre-conflicto, es decir, antes de que los jóvenes entren en conflicto con la ley. Se
concentran en el niño y se basan en la premisa de que es necesario contrarrestar
aquellas condiciones que afectan e influencian desfavorablemente el desarrollo
sano del niño. Para ello, se propusieron medidas exhaustivas y multidisciplinarias
para asegurar a los jóvenes una vida libre de crímenes, victimización y conflictos
con la ley. Las directrices se enfocan en modalidades de intervención preventiva y
protectora y tienen como objetivo la promoción por un esfuerzo conjunto de un
papel positivo de parte de varios organismos sociales, incluyendo la familia, el
sistema educativo, los medios de comunicación y la comunidad así como las
personas jóvenes mismas.

En estas Directrices se considera que la prevención de la delincuencia juvenil es


parte esencial de la prevención del delito en la sociedad. Es fundamental que los
jóvenes se orienten hacia la sociedad para evitar la delincuencia juvenil. La
sociedad también influye en el desarrollo de los adolescentes procurando que ese
sea armonioso y que se respete y cultive la personalidad del joven desde la
infancia. Los jóvenes deben desempeñar una función activa y participativa en la
sociedad. Los programas preventivos deben centrarse en el bienestar de los
jóvenes. Es importante que no pongan en peligro el desarrollo personal del joven y
proteger los derechos y los intereses de los jóvenes. Así por ejemplo es
importante crear oportunidades, en particular educativas, para atender a las
diversas necesidades de los jóvenes y servicios y programas con base en la
comunidad para la prevención de la delincuencia juvenil.

Las directrices tocan prácticamente todos los ámbitos sociales: los tres principales
entornos en el proceso de socialización (familia, escuela, comunidad); los medios
de comunicación; la política social; la legislación y administración de la justicia de
menores. La prevención general (art.9) debe consistir en “planes generales de
prevención en todos los niveles de gobierno” y debería incluir entre otras cosas
mecanismos para coordinar los esfuerzos realizados por los organismos
gubernamentales y no gubernamentales; supervisión y evaluación continuas;
participación comunitaria mediante un amplio abanico de servicios y programas;
cooperación interdisciplinaria; participación de los jóvenes en las políticas y
procesos de prevención. Se recalcó en varias ocasiones que las políticas de
prevención deberían ser ante todo políticas para los jóvenes: “medios educativos o
de otras índoles que sirvan de cimiento al desarrollo personal de todos los
jóvenes...”. Los “procesos de socialización” se presentan en el capítulo 10:
“Deberá prestarse especial atención a las políticas de prevención que favorezcan
la socialización e integración eficaces de todos los niños y jóvenes, en particular
por conducto de la familia, la comunidad, los grupos de jóvenes que se encuentran
en situaciones similares, la escuela, la formación profesional y el medio laboral,
así como mediante la acción de organizaciones voluntarias...”. El amplio alcance
de las Directrices de Riad presenta también cierto interés debido a la relación que
establece con la Convención de los derechos del niño de las Naciones Unidas
(1989), cuyo alcance es, también en este caso, una de las principales
características. El objetivo de ambos instrumentos es mejorar la situación de los
niños en general. Además, las directrices insisten también en la importancia de
dichas medidas para la prevención de la delincuencia.

Las directrices, como los otros dos instrumentos de las Naciones Unidas sobre la
justicia de menores, son normas de derecho blando, de modo que no son
directamente vinculantes para los organismos locales, nacionales e
internacionales. No obstante, la importancia de estos textos no es sólo de índole
moral. De hecho, el artículo 7 de las directrices reza: “Estas Directrices deben
interpretarse en el marco de todos los instrumentos de Naciones Unidas y de las
normas relativas a los derechos, los intereses y el bienestar de los menores y los
jóvenes y aplicarse en el contexto de las condiciones económicas, sociales y
culturales imperantes en cada uno de los Estados miembros”. Todos los convenios
más vinculantes de las Naciones Unidas pueden contribuir a aplicar las directrices
de Riad. Cabe también al respecto estudiar el vínculo existente con la convención
sobre los derechos del niño, ya que puede contribuir a soslayar un gran obstáculo:
“las condiciones económicas, sociales y culturales imperantes en cada uno de los
Estados miembros” (art. 8), oración que a menudo sirve como pretexto para no
hacer nada. Por eso el artículo 4 de la Convención constituye un marco para la
cooperación internacional. Como la Convención es más vinculante para los
Estados miembros, y muchas directrices corresponden por su contenido e
inspiración a las disposiciones de la Convención, su puesta en práctica cobra un
cariz a su vez mucho más vinculante. Obviamente, no tiene mayor importancia
que en la Convención no sea manifiesto el vínculo con la prevención de la
delincuencia juvenil, como tampoco la tiene que las Directrices sean “un pretexto”
para fomentar políticas a favor del bienestar (social) general de cada ciudadano al
mayor nivel posible.

Pocos fenómenos traen consigo una alteración más aguda de la convivencia que
el delincuencial. Frente al delito, especialmente cuando es cometido por menores
de edad, la sociedad se siente en ocasiones inerme, impotente e indefensa. En
todo caso, a la hora de analizar este tipo de delincuencia, debemos huir de
alarmismos. Ha de partirse de una constatación estadística: las cifras de
criminalidad asociadas a los menores de edad están estabilizadas, no están
aumentando y no son superiores a las de otros países de nuestro entorno.

La mayor parte de los autores sitúan la crisis de la institución familiar entre los
factores centrales de casi todas las modalidades de violencia juvenil; normalmente
se integra por unos padres que sienten la imposibilidad absoluta de enfrentarse a
las situaciones que se han generado, y por unos hijos que pasan de
comportamientos desobedientes e irrespetuosos a comportamientos claramente
agresivos y violentos hacia sus padres y entorno más inmediato. Lo que llamamos
visión del mundo se compone de juicios, prejuicios, ideas, creencias, valores y
desvalores y, aunque con los años se matiza con los elementos propios de la
biografía personal hasta llegar incluso a reemplazarse por otra visión diferente y
opuesta, cabe concluir que uno de sus principales factores es el modelo familiar.
En la delincuencia también aparecen causas sociales que desembocan en familias
desestructuradas incapaces de cumplir la función de transmitir normatividad al
menor. En ocasiones se aprecian problemas graves de salud mental. La
asociación con amigos delincuentes es el mejor predictor de la delincuencia en las
investigaciones actuales. La marginalidad social, el desarraigo y la exclusión son,
sin duda, otro de los caldos de cultivo.

Los servicios sociales deben ser potenciados. Son necesarias medidas


preventivas: deben seguirse políticas sociales tendentes a poner fin a los focos de
marginalidad. Los programas de prevención primaria destinados a proporcionar un
apoyo temprano a los niños y sus familias han tenido un éxito notable en la
prevención de la delincuencia. Los servicios de salud mental deben también ser
fortalecidos. En ocasiones, lo prioritario es prestar atención a las necesidades
psiquiátricas y psicológicas del menor infractor, sujetándolo a programas que
aborden sus disfunciones psíquicas o sus procesos adictivos en el contexto
estructurado del internamiento o aprovechando las condiciones de su entorno.

Con todo, debemos constatar que el delito, como comportamiento desadaptado,


nunca podrá ser completamente erradicado, ni entre los adultos ni entre los
menores.

Prevenir la delincuencia, sobre todo la juvenil, no puede pasar solamente por la


represión como se pretende. Las penas y las sanciones no evitan que el
delincuente actúe; si así fuera, los homicidios y violaciones no existirían en países
en que se aplica la pena de muerte. Lo que se requiere es que el menor número
de jóvenes se enfrenten al sistema penal, y esto solo se logrará cuando tengan
reales oportunidades de enfrentarse con éxito a la vida, sobre una base educativa,
laboral y social sólida.