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CrisCras & Jules

CrisCras LucindaMaddo Prim Diana


Mary Haynes x Alessandra Valentine Rose
aa.tesares DiaNaZ Wilde CamShaaw
v alS <3 Julieyrr Aimetz Volkov NnancyC
Mary Warner Eli Hart Mire Annie D
Katita Erly Obsess Josmary Lorena
MaJo Villa Vane hearts MaJo Villa Dannygonzal
Julieyrr Val_17 Bells767 Jasiel Odair
Fany Keaton Laura Delilah Miry GPE florbarbero
Jules Daniela Majo ♥ Vane Farrow
Liillyana Agrafojo Amélie. Cris_Eire

Val_17 Elizabeth Sandry Eli Hart


Marie.Ang Duran Lizzy Avett' Eli Mirced
*Andreina F* Josmary AriannysG Mire
Laurita PI Anakaren Aimetz Volkov Victoria
Dafne2 MariaE. Karool Shaw Jasiel Odair
Cotesyta Amélie. Dannygonzal SammyD
NnancyC Snow Q LucindaMadd Mel
Jules Zafiro ox Wentworth
Michelle♡ Kora florbarbero Miry GPE
Mae Daniela Alessandra Melii
itxi Agrafojo Wilde

Jules Móninik
Sinopsis Capítulo 20
Prólogo Capítulo 21
Capítulo 1 Capítulo 22
Capítulo 2 Capítulo 23
Capítulo 3 Capítulo 24
Capítulo 4 Capítulo 25
Capítulo 5 Capítulo 26
Capítulo 6 Capítulo 27
Capítulo 7 Capítulo 28
Capítulo 8 Capítulo 29
Capítulo 9 Capítulo 30
Capítulo 10 Capítulo 31
Capítulo 11 Capítulo 32
Capítulo 12 Capítulo 33
Capítulo 13 Capítulo 34
Capítulo 14 Capítulo 35
Capítulo 15 Capítulo 36
Capítulo 16 Capítulo 37
Capítulo 17 Epílogo
Capítulo 18 Sobre la Autora
Capítulo 19
Reese MacKay, de pelo morado y lengua afilada, lo sabe todo
acerca de tomar la decisión equivocada; ha tomado muchas de ellas en
sus veintitantos años. Así que cuando su impulsivo matrimonio de corta
duración termina en desamor, decide que es tiempo de un cambio. Se
muda a Miami con la intención de pulsar “reiniciar” en su irresponsable
vida, y lo hace bastante bien… aparte de la épicamente humillante
aventura de una noche en Cancún con un sexy gorila rubio llamado Ben.
Gracias a Dios puede subirse en un avión y dejar ese error detrás de ella.
¿Una beca de fútbol y fiestas de fraternidad con chicas calientes?
Parte del plan del encantador Ben Morris. ¿Lesión de rodilla que mata
cualquier esperanza de una carrera profesional en el fútbol? No tan parte
del plan. Por suerte, Ben tiene cerebro para acompañar a sus miradas y
magnetismo arrollador. Después de tres largos años de hacer equilibrios
entre la facultad de leyes con su trabajo como gorila en Penny’s Palace,
está listo para llevar una vida más madura; hasta su primer día de trabajo,
cuando se encuentra en la oficina de esa chica loca y sexy que conoció
en Cancún. Esa en la que no ha parado de pensar.
Si Ben fuera verdaderamente un chico listo, se mantendría lejos de
Reese. Ella es la hijastra del jefe y se ha dejado muy claro que los romances
de oficina son motivo de despido. Además, corre el rumor de que ella
supone problemas. El único problema es, que a él le gustan los problemas,
especialmente cuando son tan atractivos…
Ten Tiny Breaths #4
Traducido por CrisCras
Corregido por Val_17

¿Soy solo yo?


O todo el mundo tiene un momento de “locura” en sus vidas;
cuando la emoción cruda atropella a tu sentido común como un camión
de dieciocho ruedas, obligándote a hacer y decir cosas que hacen que
otros te miren fijamente con sorpresa y sacudan sus cabezas en tu
dirección, preguntándose por qué estás actuando de forma tan tonta, por
qué simplemente no lo dejas ir, por qué no puedes ver la verdad.
Solo que no te importa lo que ellos piensen o digan porque esta es t u
vida y es t u corazón el que ha sido tragado.
Eso es lo que hizo Jared.
Él se tragó mi corazón y luego dejó que mis restos no deseados
simplemente… cayeran.
Tal vez estoy siendo un poco melodramática. Tal vez, cuando
descubra cómo recomponerme otra vez, me reiré de todo esto.
Hasta entonces… mis restos estarán aquí, yaciendo en una pila de
rechazo.
Otra vez.
Traducido por Mary Haynes & aa.tesares
Corregido por Marie.Ang

Nunca ant es he vist o esa mirada en el rost ro de papá.


La ha t enido desde que regresó de la cabina t elefónica. —Vamos,
ahora —inst a, su voz ronca rompiéndose—. Ent ra.
—Pero... ¿por qué? —me quejo, viendo con ojos caut elosos a la
t ranquila área de descanso, vacía except o por un hombre con una
peluda barba de Sant a.
Papá descansa su mano en el volant e y gira su cuerpo hacia mí. —
Reesie, bebé. —No me gust a su t ono. Es ese serio que hace que mi labio
inferior t iemble—. Necesit o que vuelvas adent ro, t e sient es en nuest ra
cabina, y le pidas a la linda camarera ot ro pedazo de ese past el de nuez
que t ant o t e gust a —dice lent ament e, de manera uniforme.
Me t rago las lágrimas. —¿Sola?
Su rost ro se t ensa, como si est uviera enojado. —Solo por un rat o.
—¿Y luego vas a ent rar?
Cierra los ojos con fuerza y me t emo que acabo de enojarlo, pero...
nunca he ido sola a ninguna part e. Solo t engo cinco años. —Recuerda
que papá t e ama, pequeña. Ahora ve.
Ahogando un sollozo, me deslizo a lo largo del viejo asient o y empujo
la pesada puert a del viejo camión Ford para abrirla.
—Reesie —dice papá en voz alt a cuando mis zapat os rojos golpean
la acera.
Volviendo, veo su mano limpiando algo en su m ejilla ant es de darme
un guiño y una sonrisa. La puert a de la camionet a hace un ruido fuert e
cuando la cierro con fuerza. Cont eniendo el alient o, subo las escaleras y
empujo t ant o como puedo cont ra la puert a de la cafet ería, el t int ineo de
la campana suena en mis oídos. Camino a t ravés del piso a cuadros
blanco y negro y subo a nuest ra cabina —en la que est ábamos sent ados
ant es de que papi llamara a mami; t odavía t iene nuest ros plat os en la
mesa— just o a t iempo para ver como las luces t raseras de la camioneta de
papá desaparecen.
Cuando viene la camarera con el gran peinado, le digo que mi
papá est ará pront o aquí y le pido ese pedazo de past el de nuez con
chocolat e con un “por favor” y “gracias”. Me sient o en esa cabina y lo
engullo, pensando en lo afort unada que soy por obt ener dos pedazos en
una sola noche.
Y espero.
Con la barbilla apoyada en mi palma, met ida en la esquina de la
cabina, miro por esa vent ana, en busca de que la familiar camionet a azul
reaparezca, comprobando la puert a cada vez que la campana suena.
Cuando el simpát ico policía se sient a frent e a mí y me pregunt a dónde se
encuent ra mi papá, le digo que est ará aquí pront o.

Ahora no hay ningún policía amable para consolarme. Ni una señora


agradable trayéndome un pedazo de pastel de nuez de chocolate para
combatir la acidez en la boca. Pero al menos esta vez no fui abandonada.
Me acuerdo de eso al segundo que veo la cara de mi padrastro a
través de la pequeña ventana de vidrio en la puerta.
Su pelo sal y pimienta es más sal que pimienta y ha ganado al menos
alrededor de cinco kilos en su cintura desde la última vez lo vi —hace
nueve años— pero no hay duda de que es Jack Warner. Sin embargo, no
creo que él me reconozca. La forma en que sus ojos azules acerados
vagan por mi pelo violeta... mis perforaciones... el tatuaje gigante que dice
“Jared” y se enrolla alrededor de mi hombro derecho, creo que se está
preguntando si la policía lo llevó a la habitación equivocada.
Tengo la suerte de siquiera est ar en una habit ación esta vez. En
general, te tiran en una celda de detención o hacen que te sientes en una
silla incómoda al lado de un borracho llamado Seth que apesta a whisky
de malta y a olor corporal. Estoy bastante segura de que la agente
femenina de detención sintió pena por mí. Por la mirada letal que le echó
a Jared y a Caroline cuando fui escoltada fuera del apartamento de Lina,
más allá de su puerta del apartamento, en mi camino hacia el coche
policial, la oficial no estaba impresionada con lo que había oído de la
situación.
No lo oyó de mí, por supuesto. Al crecer rodeada de abogados, he
aprendido a no decir una palabra a la policía sin uno presente. Era mi
mejor amiga y vecina de al lado, Lina, quien declaró que el apartamento
que destrocé hoy es todavía técnicamente mío —incluso si mi nombre no
aparece en el contrato de arrendamiento— y que deberían detener a la
maldita ladrona sin corazón que se robó a mi marido.
Por desgracia, soy la única que se encuentra sentada aquí en este
momento.
Aguanto la respiración mientras observo a Jack tomar asiento,
ajustándose la chaqueta del traje ligeramente arrugada en su gran cuerpo
mientras trata de ponerse cómodo en la silla de plástico duro. Es irónico, en
este momento, se siente como que es tanto una parte integral de mi
infancia como un completo desconocido.
No puedo creer que lo haya llamado.
No puedo creer que realmente vino.
Con un profundo suspiro, finalmente murmura—: Reese Pieces. —Está
mirándome de la misma manera que lo hizo cuando me atraparon al
cambiar las letras de una pizarra de la iglesia Bautista para poner algo que
ninguna niña de nueve años de edad —o de veinte años de edad, para el
caso— debe tener en su vocabulario. A pesar de la severa tensión en
nuestra otrora estrecha relación, el calor se propaga inmediatamente a
través de mi pecho. No he oído ese apodo en años—. Así que...
¿destrucción de propiedad privada?
Supongo que los policías le contaron. —Prefiero llamarlo expresión
artística. —El lienzo incluye la ropa remilgada de Caroline, sus sillones
pretenciosos, y esa maldita foto pornográfica de ellos colgando sobre
nuest ra cama—. Además —levanto mis manos, manchadas de carmesí, y
ofrezco en un tono inexpresivo—, no pueden probar que fui yo. —Cuando
Lina me encontró sentada en silencio bajo la luz tenue de la cocina de su
apartamento, donde me he alojado durante las últimas dos semanas, dejó
escapar un grito antes de darse cuenta de que no me había convertido en
una maniática homicida y de hecho me encontraba cubierta con pint ura
roja. Tal vez debería haber hecho el trabajo de los policías más duro y me
hubiera duchado antes de que llegaran.
Una sonrisita triste se arrastra sobre su rostro. Me pregunto si mi intento
de humor esconde adecuadamente la angustia de un corazón roto y el
rechazo en el que me estoy ahogando después de descubrir que mi
marido llevaba un romance con su novia de la secundaria.
—Llamé a Barry en mi camino aquí. Parece que lo has mantenido
ocupado estos últimos años. —Por su mandíbula tensa, veo que no fue una
llamada fácil de hacer para Jack, incluso nueve años más tarde. No es de
extrañar. Amigos desde que apenas podían caminar, Jack y Barry fueron
una vez los socios de capital en su bufete de abogados. Hasta que Barry
tuvo un romance con la esposa de Jack.
Mi madre.
Todas las relaciones instantáneamente se disolvieron en un baño de
amargura que obviamente todavía no se ha drenado completamente.
Echando un vistazo a su mano, no puedo dejar de notar la ausencia de un
anillo de bodas. Supongo que no se ha casado de nuevo. Después de lo
que mi madre le hizo pasar, no lo culpo.
—Y entiendo por qué me llamaste ahora. No tuviste otra opción,
¿verdad?
—No realmente —admito, centrándome en las estrellas y los círculos
que dibujo con el dedo sobre la superficie fría de la mesa de metal. Barry
es un exitoso abogado penalista de alto precio, que ha sacado a su
hijastra rebelde de más de una debacle. El último incidente fue en mi
cumpleaños número dieciocho cuando decidí que sería divertido
volvernos retro y mostrarle nuestros traseros a los coches.
Uno de esos coches fue una patrulla.
El policía era un malparido estirado.
Y yo estaba borracha.
Después de ayudarme a evitar los cargos de exposición indecente y
embriaguez pública siendo menor de edad, Barry anunció que mi registro
juvenil estaba cerrado, ahora era una adulta, y él se lavaba oficialmente
sus manos de mí. Tres meses más tarde, cuando mi madre lo dejó por su
marido número cuatro, lo hizo realment e oficial.
—Me sorprende que el nuevo marido de Annabelle no quisiera barrer
esto bajo la alfombra rápidamente.
—No le hablé a Annabelle. No quiero que sepa sobre esto. —Dejé de
llamarla “mamá” cuando tenía ocho años. Est uvimos de acuerdo en que
no era apropiado para una mujer cuyas pasiones verdaderas residían en
ser parte de un club exclusivo y martinis sucios.
Mi dedo dibujante se congela de repente. —Tú no la llamaste,
¿verdad? —Eso sería entregarle torpedos para un eficaz ataque aéreo de
insultos. Ella lo había dicho después de todo. Dijo que no tenía lo que se
necesitaba para mantener a mi marido “apuesto y trabajador” feliz por
mucho tiempo.
Jack se ríe en voz baja, aunque no hay alegría en ello. —No, no la
llamé. ¿Qué le diría de todos modos? No fuiste exactamente informativa
por teléfono. Aunque parece que est ás en algunos problemas.
Mi suspiro de alivio sale y vuelvo a hacer garabatos. —Eso es lo que
me dijeron. —Cuando los policías comenzaron a lanzar palabras como
“robo” y “amenazas de daño corporal”, cosas que sonaban excesivas e
impropias, pero sin duda perjudiciales para mi fresco y limpio registro en la
adultez en caso de que se quedaran, supe que no iba a salir de esta
hablando. No ayudó que utilizara la imagen de Caroline para practicar tiro
al blanco durante mi furia, dejando un par de tijeras colocadas de forma
est ratégica a través de sus ojos—. Es algo bueno que todavía t engas la
misma firma de abogados. Fuiste fácil de encontrar.
Jack se cruza de brazos sobre el pecho y me mira con una expresión
indescifrable. Una pequeña parte de mí —la niña enojada y perdida en
algún lugar en el interior— se encuentra a punto de estallar, para
demandar: “¿Cómo pudiste dejarme? Sé por qué dejaste a mi mamá,
pero ¿cómo pudiste sacarme de tu vida tan fácilmente también? ¡Yo no te
engañé!”, pero me muerdo el labio inferior. Hacer enojar a la única
persona que me puede ayudar en este momento no sería inteligente.
Tengo que ser inteligente.
Finalmente, Jack se inclina hacia atrás en su silla y dice—: Está bien,
Reese. Empieza desde el principio y vamos a ver cómo podemos resolver
esto.
Me encuentro presionando mis labios para no sonreír. No porque esto
sea divertido. Es que ya hemos estado aquí antes. Esto está empezando a
sentirse como aquellos días perdidos desde hace mucho tiempo, cuando
nos reuníamos en la cocina alrededor de la medianoche —después de
que Annabelle se había ido a dormir, cuando Jack finalmente est aba en
casa después del trabajo— para contemplar mi última travesura en
cuencos de helado. Incluso ha adoptado el mismo tono hipnótico que
siempre me hizo hablar, cuando mis maestros, mi consejero, o cualquier
otra persona en realidad, no podían. Estoy bastante segura de que la
utiliza en todos sus clientes.
Veinte minutos más tarde, después de haberle dado un resumen de
mi situación, escucho su suspiro de decepción. —¿Trabajas en una tienda
de mascotas, Reese?
—Ya no. —Después de salir temprano del trabajo por la gripe y volver
a casa para hacer el gran descubrimient o de ella y Jared en la ducha, por
extraño que parezca, cada vez que se reproduce en mi mente, más
empieza a parecerse a la escena de la ducha de Cara Cort ada, me pasé
una semana en la cama de Lina, sedada con whisky y antigripal. Mi jefe
me despidió por teléfono.
No me importa.
—¿Y te fugaste a Las Vegas con un chico? ¿A los diecinueve años
de edad? ¿Después de conocerlo durante seis semanas? —Sé que la risa
que llena ahora la sala es dirigida a mí, incluso antes de que sus palabras lo
confirmen; Jack se ríe de la ironía de todo esto—. Y siempre fuiste tan
inflexible de que nunca te casarías.
No tengo respuesta a eso, excepto un tranquilo—: Lo amaba —
cuando se forman dolorosos nudos en mi garganta, mientras lucho a que
salgan los sollozos. Lo amaba. Creo que todavía lo amo, a pesar de lo
mucho que Jared me ha hecho daño. Desde ese día, hace seis meses,
cuando salí del apartamento de mi mejor amiga, Lina, y literalmente corrí
hacia su vecino, una reencarnación de un semidiós griego de ojos color
menta, supe que había encontrado a mi alma gemela. Fuegos artificiales
explotaron, un rayo cayó, electricidad corría. Toda esa mierda de amor a
primera vista en la que no creía; al instante me convertí en el estereotipo
de ello. El sentido común voló por la ventana con un bloque de cemento
atado a su tobillo.
Jared dijo que también lo sintió.
Y ahora, después de casi cinco meses de felicidad conyugal, sin una
sola señal de advertencia, él regresa con ella.
Esa enfermedad podrida enconada dentro de mí se inflama solo con
pensarlo, la realidad humillante de una quemadura que no quiere ceder.
—Mira, Reese. Sé que siempre has tenido una vena salvaje, incluso
cuando eras una niña. Sin embargo, estas elecciones que has hecho
desde la última vez que te vi —su cabeza se está sacudiendo—, posesión
de marihuana… allanamiento de morada… consumo de alcohol siendo
menor… ¿una pelea?
—No es para tanto. Mucha gente bebe y fuma marihuana en la
escuela secundaria —sostengo, y agrego—: Solo soy yo a la que siguen
atrapando.
—¿Carreras callejeras? —Me mira inquisitivamente.
—Esos fueron coches derby y eso fue t otalmente sacado de
proporción —aclaro.
Jack se quita las gafas y frota su rostro con rudeza, luciendo
agotado. Es un viaje de cuatro horas desde Miami a Jacksonville y llegó
aquí cinco horas después de llamarlo, lo que significa que prácticamente
dejó todo para venir. No puedo evitar preguntarme por qué haría eso.
—Por lo menos no me he embarazado —bromeo.
Por la mirada de exasperación que me da, no lo considera ni
remotamente divertido. —Tenía la esperanza de que fueras demasiado
inteligente como para met erte en este tipo de problemas.
—Supongo que incluso las chicas inteligentes pueden hacer un
desastre de su vida, ¿no? —murmuro, aunque sus palabras duelen.
Debido a que son verdad.
Hay una pausa larga, donde la boca de Jack se retuerce con sus
pensamientos mientras me mira. —¿Qué vas a hacer contigo misma ahora,
Reese? ¿Cómo vas a reparar esto? —Cuando era pequeña, Jack siempre
me pidió sugerencias en cuanto a cómo debería ser castigada por mis
varias faltas infantiles. Creo que fue su modo de hacerme estar de acuerdo
sobre el resultado sin que pareciera un duro padrastro. Era bastante buena
en dar con penitencias adecuadas y sin duda eran preferibles a sentarme
en una silla mientras mi madre gritaba acerca de la vergüenza que era
para ella, el gin chapoteando de la copa de martini con sus enojadas
manos gesticulando.
Pero ya no soy una niña pequeña y Jack no me está pidiendo que
lleguemos a un castigo adecuado. Me está preguntando cómo voy a
arreglar mi vida.
Todo lo que tengo es un encogimiento de hombros derrotado.
Porque así es como me siento ahora mismo. Derrotada. —No lo sé.
Consiguiendo otro trabajo, supongo.
—¿Qué pasa con la universidad?
El poner los ojos en blanco ocurre antes de que pueda detenerme.
Jack siempre odió que rodara los ojos. —Mis transcripciones no van a
enamorar exactamente a las oficinas administrativas. —Ni la expulsión de
la escuela privada, ganada cuando irrumpí en el despacho de un profesor
y robé un examen parcial.
—¿Debido a que no podías hacer el trabajo? —Mi ceja arqueada le
responde—. Debido a que no hiciste el trabajo —responde por sí mismo,
meneando la cabeza, su cara una máscara de decepción extrema—. ¿Es
así como quieres vivir tu vida? ¿Entrando y saliendo de los coches
policiales? ¿Trabajando por un salario mínimo? ¿En relaciones inestables?
—¿Alguien realmente quiere eso?
Jack tiene razón. Yo era inteligente. Algunos pueden decir que aún
lo soy. Pero he dado tantas vueltas equivocadas en el camino, que no sé
cuántas adecuados se necesitan para corregir el rumbo.
No sé siquiera si eso es posible.
Me siento en silencio, escuchando el monótono t ic-t ic-t ic de la
segunda manecilla en el reloj de pared de arriba, mirando a Jack mientras
pasa una cantidad exorbitante de tiempo jugando con el Rolex de oro en
su muñeca, sus respiraciones profundas e irregulares. No sé si puedo contar
con él. Quiero decir, se olvidó de mí una vez. Viendo a la versión de veinte
años de quien una vez conoció, es probable que esté listo para colocarme
“causa perdida” en la frente.
Y luego asienta esos amables ojos grises sobre mí. —Honestamente,
no sabía qué esperar cuando llegué, pero tuve un paseo en coche largo
para pensar en ello. —Cruzando sus manos sobre la mesa frente a él, una
expresión severa se asienta sobre su rostro—. Tengo una proposición.
Aunque viene con condiciones.
Una pequeña exhalación se me escapa cuando mastico el interior
de mi boca; el alivio y la cautela bailan juntos. —Está bien. ¿Supongo?
—No más, Reese. Ni siquiera las cosas inofensivas.
—Esta es mi primera vez aquí en años, Jack. —Irónicamente, me
convencí de que el conocer a Jared era un punto de inflexión en mi vida,
dejándome ser la esposa saciada y sonriente que se encontraba feliz de
pasar el rato en casa y que se mantenía lejos de los problemas.
—Sí… —Sus ojos rozan las paredes de la sala de la comisaría de
policía—. Y sin embargo, aquí estás de nuevo.
No lo entiende. No debe haberme escuchado. —¡Esto fue diferente,
Jack! ¡Ella se mudó! ¡Ni siquiera me he ido! ¡Todas mis cosas continúan en
ese apartamento!
Levanta la mano para hacerme callar. —Debist e haberte dado la
vuelta y salido. Eso habría sido maduro y responsable. En su lugar, dejaste
que tus emociones te superarán.
Sonrío cuando otra ola de familiaridad pasa sobre mí. —Siempre
dijiste que era demasiado emocional para mi propio bien.
—He dicho eso —reconoce con una sonrisa triste—, y todavía tengo
la razón. No más, Reese.
Recogiendo un hilo suelto en mi manga como si el tema no estuviese
cortando dentro de mi corazón, ofrezco casualmente—: Bueno, te puedo
prometer que no me voy a casar de nuevo. Jamás.
Eso me gana una suave risa. —Tú y yo, niña. —Una pausa—.
¿Recuerdas a Mason, cierto?
Mi friki hermanastro que pasaba la mitad de su tiempo frunciendo el
ceño y la otra mitad mirando como si mi cabeza estuviera a punto de girar
sobre mis hombros. Recuerdo que ese día que nos mudamos, observó con
una sonrisa amarga, condenándome a sentir los pasos de mi madre.
Despreció a mi madre desde el primer momento que la conoció.
Mis labios fruncidos ante la mención de ese nombre hacen sonreír a
Jack. —Oh, sí. ¿Cómo olvidarlo? Tu némesis. Bien, él está terminando la
escuela de derecho esta primavera. —Jack respira hondo y lo sostiene,
como si dudara—. Porque no vienes a vivir con nosotros hasta que te
puedas mantener.
¿Qué?
Jack continúa, sin notar el desconcierto que debe estar pegado
sobre toda mi cara. —Te puedo meter en el programa de asistente legal
en la Universidad de Miami. Si terminas eso, puedes trabajar para mí. No
tiene que ser para siempre, pero al menos hasta que tengas algo sólido
que poner en tu currículum. Es un comienzo nuevo.
—Yo… Uh… —¿Acabo de oír correctamente?
Sus ojos se mueven sobre mi cabello de nuevo. —Deberías pensar en
un color más natural para un ambiente de oficina y… —Su enfoque se
centra en el pequeño diamante incrustado en el aro de mi nariz y se
encoge—. Quizás un poco menos de perforaciones.
Pero… Mi lengua de alguna manera ha chochado contra sí en una
bola inútil dentro de mi boca mientras mi mente se aferra con esta oferta.
Es bastante lejos de lo que había esperado. —¿Por qué estás haciendo
esto, Jack? Quiero decir, es genial y todo, pero ¿por qué? —No me debe
nada. Es suficiente que viniera hasta aquí para sacarme.
—Porque no debería haberte dado la espalda, Reese. Permití… —Un
destello de dolor traiciona su actitud calmada—. Vamos solo a decir que
estoy haciendo correcciones. —Hace una pausa—. ¿Qué dices? Necesito
salir de esta ciudad. Puedo sentir la sombra de Annabelle avecinándose.
—Se estremece para darle efecto, haciéndome resoplar.
—Bueno... —Mis dedos dan golpecitos a través de la mesa mientras
me doy cuenta de mi actual situación —la sala de una comisaria— una
vez más. Sin trabajo, sin casa, un corazón roto, y antecedentes penales en
trámite. Debería hacer la primera elección inteligente que he hecho en un
largo tiempo. Pero…—. No estoy segura que los policías dejen que eso
pase, Jack.
—Déjame eso a mí.
Otra pausa. —Voy a viajar en mi moto.
Su boca se tuerce con desagrado. —Asumo que no te refieres a la
que tiene pedales.
—Sin pedales —confirmo con una sonrisit a. Obtuve mi licencia para
motocicletas cuando cumplí dieciocho y compré una unos meses
después. Otro elemento de mi personalidad “patea traseros” que Jared
ama.
Amaba.
Jack suspira. —No debería sorprenderme. Siempre amenazaste a t u
madre con obtener una. ¿Algo más que debería saber?
—Soy grosera —le advierto—. Y una perra certificada en la mañana.
—Bueno, supongo que algunas cosas no cambian, después de todo.
—Se lleva la mano al cuello para rascarse lentamente, y murmura—:
Mason estará emocionado.
Seis meses después…

—¿Podríamos haber escogido un lugar más comercial? —pregunt o


secamente, tomando mi cuarta margarita en un tiempo récord mientras mi
mirada pasa sobre el bar junto a la playa, completado con toldos, luces
parpadeantes de navidad, en julio, y demasiadas personas felices riendo.
Incluso con el sol poniéndose y la suave brisa del océano, un ligero brillo de
sudor cubre mi nuca. Es una típica noche de verano en Cancún, México:
un infierno caliente.
—Comercial es seguro —responde Lina en su distintivo tono plano.
Siempre ha sonado aburrida hasta las lágrimas.
Ruedo los ojos. —Est ás más segura en este país que en la capital de
tu propia nación… te das cuenta de eso, ¿cierto? Está en todos los medios.
—Dile eso a la pareja estadounidense que les cortaron la cabeza
hace un mes.
—Si fuéramos a decirles algo, sería que dejaran de traficar drogas
para el cartel —replico.
Reconoce eso con un vago encogimiento de hombros mientras
sorbe algo rosa y espumoso con muchas calorías y con un paragua en
este.
—¿Por qué no ponemos una pila de diamantes, saltamos en un taxi
al alzar, y conseguimos que el tipo nos lleve por las tranquilas y oscuras
calles de la ciudad de México?
Los delgados labios de Lina se presionan con fuerza mientras me
observa. —Nunca sería divertido descubrir que tu amiga tiene un deseo de
morir.
Con un resoplido, hago señas con la mano al camarero pidiendo
otra bebida. —Pero sería divertido ver a alguien intentando derribar a Nicki.
Como si oyera su nombre al otro lado del salón, Nicki —a quien
conocí cuando respondí un anuncio de “se busca compañero de cuarto”
en el periodo después de que Annabelle y Barry se separaran, y Annabelle
me dijera que era tiempo de que me mudara, y el tercer miembro de
nuestro pequeño sequito de “Reese est á cumpliendo veintiún años y sigue
tan amargada así que, vámonos a Cancún”—, voltea su cabeza para
atrapar nuestra mirada desde su asiento en el bar. Guiña mientras se toma
otro trago de tequila.
—¿Cómo hace para que le resulte tan bien? —murmura Lina con
una pizca de envidia. Sé exactamente a lo que se refiere. Todas a nuestro
alrededor son chicas con vestidos color pastel y piel bronceada. Sin
embargo, Nicki no. Ella se sienta en el bar como una diva en un vestido
apretado con estampado de leopardo y tacones negros de quince
centímetros, su pelo rubio platinado peinado como Gwen St efani, sus
labios rojos flagrantes contra su piel pálida, y pendientes brillantes
colgando de sus orejas. Todo lo que rezuma feminidad de ella es
contrarrestado por una manga llena de tinta y la constitución muscular
que ha perfeccionado a través de su última pasión: el levantamiento de
peso muerto. ¿El chico hablando a su oído ahora? Ella podría levantar sus
cien kilos y pico sin sudar. Eso con sus tres años de pelea en jaula antes de
cambiar de hobbie, la hacen una chica dura de veinticinco años.
—Resulta tan bien porque ella es hermosa, misteriosa y no es tan
estúpida como para escaparse y casarse con algún tipo que conoció en
un pasillo y que sigue enamorado de su ex —murmuro alrededor de mi
pajilla, captando la mueca de dolor que cruza la cara de Lina. Es la
primera vez que he hecho una referencia abierta de Jared desde que
dejamos Miami, perfeccionando el arte de la negación mientras espero
impacientemente que mi corazón se congele.
Nuestro camarero coloca un margarita en la mesa junto a mí con un
guiño. Fuerzo una sonrisa y estoy segura que es por completo hostil por la
forma en que se va tan rápido como es posible de vuelta al bar. No puedo
evitarlo. Tiene el pelo liso y de lado y su piel oliva. Justo como Jared.
—Tienes que superarlo, Reese. Han pasado seis meses. Tú… —Mi
mirada plana hace a su voz flaquear. Especialmente hoy, en lo que habría
sido nuestro primer aniversario de bodas.
Y en cambio, es el día de la boda de Jared y Caroline.
Porque el karma no ha sido lo suficientemente cruel.
Ella rápidamente cambia de táctica. —Tú has comenzado una vida
completamente nueva. Nueva ciudad, nueva casa. Pronto, un nuevo
aspecto… —Su mano libre se extiende para voltear unas hebras de mi
cabello, recordándome que el purpura pronto no estará el día que
regrese—. Tienes un nuevo trabajo.
Ruedo los ojos.
—No es limpiar popó de perritos y lograr ser mordido por serpientes.
—Golpea ligeramente las marcas de pinchazos en la parte carnosa de mi
pulgar. Un recordatorio físico del día que cometí el error idiota de meter mi
mano con aroma del ratón en una jaula para refrescar las virutas de álamo
y terminé con los colmillos de una serpiente pitón de dos metros de largo,
incrustados en mi carne.
Eso pasó exactamente el mismo día que cayó mi cielo. Una cicatriz
que encaja.
—Literalmente no. Pero voy a trabajar en una firma de abogados,
Lina. Lleno de serpientes.
Después de que hicimos nuestro acuerdo, Jack rápidamente se fue
a tirar todo tipo de jerga legal a los policías. Al final, no era necesario.
Dada la gran falta de juicio que Jared usó al enviarme a ese apartamento
sin prepararme para recoger mis cosas, convenció a Caroline de no
presentar cargos. Así que salí por las puertas de la policía sin ningún
registro de mi momento de locura.
Jack me dejó revolcarme en su espaciosa casa de Miami por una
semana, mient ras llevaba mi pijama y hartaba de helado de mantequilla
de nuez, saliendo de la bañera durante veintiún comidas consecutivas,
antes de que me tirara un montón de solicitudes en mi camino y dijera—:
Toma de cuatro a seis meses para la mayoría de los estudiantes pasar,
dependiendo de lo duro que trabajen. Puedes hacerlo todo en línea si lo
quieres y tengo un puesto de asistente legal esperando en cuanto hayas
terminado. Salario decente, buena gente. Es solo un comienzo, Reese.
Nunca tuve ningún interés en trabajar en una firma de abogados —
menos una manchada por mi madre— pero había hecho un trato con
Jack y soy lo bastante inteligente como para ver una buena oportunidad.
Así que, me sumergí en el programa, usándolo como una distracción. Una
vez que me metí en ello, en realidad no me importaba el trabajo del curso.
Me tomó cinco meses para completarlo y acabé terminando con una
puntuación casi perfecta.
Comenzaba en mi nuevo trabajo el lunes después de que regresara
de Cancún.
—Oh, no. Estás teniendo dudas. Vas a fallarle a Jack. Si lo haces,
estás muerta para mí.
—Oh, qué poca fe. —Sorprendentemente, tan poco confiable como
puedo ser a veces, la idea de defraudar a Jack nunca ha cruzado mi
mente.
—Bien, vamos a hablar de cosas más felices. ¿Cómo está
Annabelle?
—De acuerdo, ¿ves esto? —Hice un gesto, en una mezcla de asco y
repugnancia—. Cara agria. No hables de la que no debe ser nombrada.
—¿Quieres allanar su casa mientras duerme y encender su
ventilador? Muerte garantizada, según mi gent e. —Lina fue adoptada de
bebé por una encantadora pareja de coreanos y fue criada para aceptar
su cultura, incluyendo toda sus supersticiones-de-muerte-por-ventilador. El
hecho de que es rubia, esbelta y mide un metro ochenta de estatura, no
significa nada en la casa de los Chung. Su nombre en realidad es Li-Na,
pero lo americanizó en la secundaria para hacer la vida más fácil. Habla
coreano fluidamente, dejando a unos cuanto fuera de lugar, y puede
meter comida en su boca con palitos como los mejores de ellos.
Hemos sido mejores amigas desde el segundo año, cuando descubrí
a Lina llorando en un cubículo del baño después de que Raine Higgins y su
pandilla de jóvenes aburridas y maliciosas la hubieran estado intimidando.
Hice lo que haría cualquier chica de secundaria naturalmente rencorosa
que odia a los matones. Pinté con aerosol el coche de Raine con insultos
en coreano que encontré en internet. Eso, junto con una foto de ella
dándole una mamada a su novio en un estacionamiento que tomé en
secret o después de acosarla en una fiesta, y la pegué en la parte interior
del parabrisas de su coche con un súper pegamento, fue suficiente para
evitar que Lina fuera molestada de nuevo.
La opresión en mi pecho de repente se levanta con los intentos de
Lina por mejorar mi estado de ánimo.
—¿Estás segura que Nicki y tú no quieren una tercera compañera de
cuarto? —Lina y Nicki se mudaron a Miami hace un mes, en un condominio
que los padres de Lina le compraron como regalo de graduación.
—Absolutamente —confirma sin dudarlo, intent ando enfocarse en la
pequeña sombrilla rosada girando rápidamente entre su pulgar y dedo
índice. Los hábitos de vida de Lina son tan opuestos como el círculo ártico
y el desierto del Sahara. Todo en su apartament o —desde su línea del
armario hasta su frasco de pasta— es ordenado y etiquetado de forma
consecuente. Esas dos semanas que busqué refugio en su apartamento
después de romper con Jared casi la destruyeron.
—Está bien, ya basta de cosas malas. ¿No hablamos acerca de
encontrarte una aventura?
Gimo mientras contemplo la multitud. —Te recuerdo a ti hablando
acerca de ello y yo ignorándote. Lo he intentado. Tres strikes es suficiente
para mí.
—No lo has intentado, Reese. Admítelo.
O hay una afluencia de idiotas o Lina tiene razón, y me estoy
saboteando subconscientemente. Primero estaba el astuto Steve, uno de
último año en la Universidad de Miami que apareció a nuestra cita con su
cabello peinado y un atuendo correcto para el musical de Grease. Luego,
el metrosexual Mark, una cita a ciegas del trabajo de Nicki que excavó sus
dientes con un tenedor y tenía raros hábitos de añadir “si fuera yo” al
noventa por ciento de las oraciones que salían de su boca.
Sin embargo, ¿el colmo?
Emilio. El apuesto español me-parezco-tanto-a-tu-ex-esposo-que-si-
pones-luces-tenues-puede-funcionar. Podría haber estado dispuesta a ver
a donde iba si no hubiera abierto su billetera y puesto sobre la mesa con
orgullo su colección de condones extra-grandes, y luego hacerme la
propuesta en español.
Me estremezco con el recuerdo. —Estoy comenzando mi harén de
gatos.
—Tú odias los gatos.
—Cierto. Pero también odio las limas, y ¡mírame ahora! —Alzo mi
vaso—. Ya he encontrado mi aventura de Cancún. Lina, conoce al señor
Cuervo. Señor Cuervo… mi mejor amiga, Lina. —Inclinándome, meneo mis
cejas y susurro—: Si eres amable, te dejará llamarlo Jose. Planeo pasar mis
próximas seis noches con este pícaro mexicano. —Ondeo una mano al
camarero cuando pasa, haciéndole saber con un gesto que necesito otra
bebida, mientras añado—: Puede ser un poco quejumbroso en la mañana
pero lo compensa en cuanto oscurece.
—Genial. Porque no eres ya lo suficientemente emocional cuando te
encuentras sobria —murmura, añadiendo con un suspiro—: Bien, una Reese
insensata y borracha debería hacer un viaje interesante, por lo menos. Solo
trata de no ser arrestada. Escuché que las celdas de aquí no son tan lindas
como las que hay en casa.
Nicki debía haber estado monitoreando mis niveles de bebida desde
su asiento en la barra porque se pasea con un margarita en una mano, ya
sea inconscient e o haciendo caso omiso de la atención que gana de
forma natural. —Aquí tiene, señorit a —ofrece con una voz engañosamente
suave mientras chasquea su lengua perforada. Ruedo automáticamente
mi lengua, sintiendo la ausencia del mío. Jack no ha exigido que me quite
mis perforaciones pero lo sabía, por la forma en que siguió encogiéndose,
que esa barra en mi lengua lo volvía loco. Me quité ese por respeto, pero
estoy manteniendo los otros hasta el último momento posible.
—Jose no se ha quejado de mi nivel de intoxicación —le respondo a
Lina, dándole al borde mi vaso una lenta y sensual lamida. Tengo una alta
tolerancia al alcohol, transmitida de años de ir a fiesta de menores de
edad. Parecería, sin embargo, que la trampa para turist as de Cancún sirve
margaritas fuertes, y la cálida sensación está entrando en mi sistema.
—¿Quién diablos es Jose? —pregunta Nicki, arrugando su bonita
cara.
—Es señor Cuervo para ti.
Finalmente se da cuenta y sale esa risa musical. —Oh... ¡Oh, amiga!
¡No! Es muy triste. Tenemos que arreglar eso. —Sus ojos curiosos escanean
el salón—. Me prometiste que exorcizarías a Jared de tu vagina si conocías
a un chico caliente... Ya está. El de en frente. Perfecto. —Levanta su brazo
entintado, señalando a alguien como si lo conociera.
Oh, Dios. Tomo un largo trago. —En serio, Nicki. Después del que
excavaba en sus dientes, creo que he terminado. Y los exorcismos toman
al menos dos días para prepararse. ¿No puedo ahogarme en la bondad
verde por esta noche? Ni siquiera me encuentro vestida para ello. —Me
puse un par de pantalones cortos y una vieja remera de concierto de rock
desvanecida. Ni siquiera tengo maquillaje.
—¿Qué quieres ser esta vez? ¿Una arquitect a de Los Ángeles? —
pregunta, ignorando mi oposición. Sus ojos brillan mientras pasan sobre
mí—. ¿Una nudista de Pasadena?
Asiento con apreciación. —Esa fue una buena. —Antes de Jared, las
tres solíamos ir a bares los fines de semana, Lina y yo con una identificación
falsa. Creamos identidades: trabajo, ciudades, algunas veces nombres, y
veíamos cuánto tiempo podíamos mantenerlo mientras los chicos nos
compraban bebidas. Una vez, un chico me creyó completamente que era
un pastor de cabras de Iowa. Él era absolutamente estúpido.
Los pasos que se acercan suscita un aleteo de ansiedad en mi
estómago. No quiero mantener una conversación esta noche, falsa ni de
otro modo. —Holaaa, muchachos —ronronea Nicki de forma juguetona.
Siento los ojos de las mujeres que nos rodean mientras se sientan a tomar
nota, sus rayos de envidia abrasando mi piel. Decido que, por el momento,
no puedo hacerme la desinteresada. Necesito saber qué tipo de demonio
me ha traído Nicki. Tan casualmente como permit en cinco margaritas, me
doy la vuelta y... caigo de la silla, y mis pantalones cortos proporcionan a
mi culo poca prot ección contra las baldosas del suelo duro.
—Me ha avergonzado, señor Cuervo —murmuro, agachando la
cabeza; el aire de la noche se lleva mi risa burlona mientras acepto que
son solo las ocho y estoy mucho más borracha de lo que creía.
Una mano grande aparece frente a mí, con la palma hacia arriba.
—Bueno, est oy impresionado. —Oigo la sonrisa detrás de la voz masculina y
no puedo decidir si me gusta o no. Aceptando la ayuda, porque cuanto
antes este fuera del suelo, mejor; me pongo de pie y me topo con el
ancho pecho de un rubio con una gran sonrisa desagradable.
Vestido con una camisa roja de mierda.
Traducido por valS <3
Corregido por *Andreina F*

Amo a las enojadas.


Por supuesto, cualquiera que me conoce argumentaría que amo a
cualquier y a todas las mujeres y no puedo estar en desacuerdo. Pero amo
más a las enojadas. Son un reto para ser conquistado, las razones de su
enojo encajan perfectamente en tres ítems: inseguras, despreciadas,
hormonales.
¿Y esta chica de cabello morado mirándome con fuego en sus ojos
caramelo?
Estoy apostando por el ítem número dos.
—Qué tan horrible camiseta rojo brillante tienes —solt ó entre dientes
apretados, como si estuviese tratando de ser amable pero no pudiese
esconder su desdén.
No sabía en lo que me metía cuando nos saludó la chica punk-rock
con el trasero loco y cuerpo musculoso, pero su amiga con el cabello
morado y de espaldas a mí me tenía intrigado. Ahora que estoy teniendo
un vistazo de su cara, sé con quién voy a pasar mi última noche en
Cancún. Ella no es lo que alguien llamaría tradicionalmente “hermosa”. Sus
ojos son un poco demasiado grandes y muy separados, la nariz es un poco
demasiado larga y delgada, y sus labios —a pesar de ser lindos y amplios—
están en una línea fina. Aun así, algo en poner todo eso junto la hace muy
sexy. Tal vez es el pequeño arete en la nariz. O quizás es la manera en la
que sus tetas de talla decente están apretadas contra mí, su blusa de
tirantes con cuello en V —una blusa casual, diciéndome que no trata de
llamar la atención de nadie— dándome un buen vistazo de su escote.
Sea lo que sea, mi polla está, sin duda, complacida.
—¿Te gusta? —pregunto.
Una irritante mirada parpadea hacia el material. —No.
No puedo evitar reírme por su inocencia. —¿Podrías por lo menos
dejarme empezar antes de despedazarme?
Esos finos labios se curvan en una sonrisa condescendiente. —Los
toros no ven los colores. Eso es un mito.
Lo único que me encanta más que una chica enojada es una chica
enojada e int eligent e.
Esto va a ser divertido.
—Bueno, que tal si arreglo el problema para ti.
Doy un paso atrás y de un tirón saco la camiseta, exponiendo mis seis
días de piel bronceada y el torso de mi cuerpo, que sé luce malditamente
atractiva porque me mato entrenando para mantenerlo de esa manera.
Los inesperados sonidos gatunos, de las mesas de alrededor, lo confirman.
Y luego, solo me quedo ahí y sonrío como el idiota engreído que soy
mientras Chica Enojada no puede evitar que sus ojos examinen los
músculos que he perfeccionado desde mis días de fútbol en la universidad,
y sus labios se separan de manera sutil. Veo el cambio en ella, el momento
en el que se da cuenta de que, a pesar de que preferiría castrar a toda la
especie de hombres, no puede ignorar su atracción por mí.
Al menos, eso es lo que quiero ver.
—Señor. Discúlpeme, señor.
Miro sobre mi hombro para encontrar a Angelo, el pequeño mesero
mexicano que ha estado sirviéndonos toda la semana, parado ahí con
una bandeja de cervezas para mis amigos y yo. Ni siquiera tuvimos que
pedir. Demonios, amo Cancún. Podría vivir aquí por siempre.
—¡Angelo! ¿Por qué mierdas me estás llamando “señor”?
—Uh… —Se lame los labios mientras sus ojos se lanzan al suelo de
baldosas—. Por favor. Administración pide que use vestimenta apropiada
en el área de comidas. Por favor.
—No te preocupes, amigo. —El pobre Angelo, debe estar listo para
cagarse en sus pantalones, tan asustado como está por ofenderme, ya
que el chico que ha llenado sus bolsillos con la cantidad equivalente a un
mes de alquiler en propinas.
Engancho una cerveza de su bandeja, tomándome mi tiempo para
chupar unos cuantos tragos, sintiendo los ojos de Chica Enojada clavados
en mi garganta.
Sí, tengo a esta en la bolsa.
Con una sonrisa calma, coloco la botella sobre la mesa y me pongo
de nuevo la camisa. —Creo que tal vez tengas que lidiar con Chica
Enojada delante de mí. Odia mi camisa.
Angelo le enseña una sonrisa educada mientras deja las cervezas
para mis amigos y sé exactamente lo que está pensando. Me ha visto salir
de aquí con diferentes mujeres esta semana.
Qué más puedo decir… Estoy de vacaciones.
Planeaba acostarme tarde esta noche, e ir a la cama solo. Ahora,
quizá, lograr desnudar a esta chica de cabello morado parece ser más
divertido.
—Chica Enojada tratará de contenerse, Angelo —ronronea ella,
tragando lo último de su bebida y colocándolo en la bandeja antes de
recoger una nueva. Todavía tenía una llena en su mesa—. Pero solo si
regresas con otro de estos en menos de cinco minutos. De otra forma, no
hay manera de saber qué hará. —Entrecerrados ojos brillan con secreta
diversión.
—Sí, señorit a —responde él en español.
Sin problemas, pliego un billete de veinte dentro del bolsillo de su
camisa y palmeo su hombro. —Por causarte cualquier problema con
Administración. —Angelo asiente y rápidamente baja la cabeza mientras
extiendo mi mano—. Soy Ben. Y tú eres…
Chica Enojada la acepta, la piel de su mano es suave y fría contra la
mía. —Jill. —Apunt ando hacia su izquierda, añade—: Sabrina. Y esa de por
allá es Kelly. Es coreana.
¿Qué? Frunzo el ceño al mirar a la rubia linda sentada frente a mí,
tratando de dar sentido a esta extraña introducción. Una hábil distracción,
parecería, porque le da a Jill la oportunidad de deslizarse de su asiento, y
darme la espalda de nuevo. Coloca los pies en alto para apoyarlos en la
única silla vacía en la mesa, sus largas y formadas piernas más visibles
gracias a esos diminutos pantalones cortos que lleva puestos.
—Travis, Kent, Murdock. —Lanzo con un gesto perezoso hacia los
chicos, tres de mis compañeros de cuarto de Miami. Ellos pueden cuidarse
solos. Estoy en una misión. No pierdo tiempo apoderándome de una silla
vacía de la mesa de al lado. Le doy una gran sonrisa al puma viéndome,
una pelirroja que es lo suficientemente sexy como para follar si esta cosa
con Jill no resulta, y volteo la silla me siento tan cerca que mi rodilla —la
que me costó una garantizada carrera en la NFL y que aún palpita en
clima húmedo— descansa contra la pierna desnuda de Jill. Ella no la
aleja—. ¿Primera noche en Cancún?
Una de sus perfectamente formadas cejas se arquea. —Eres
persistente.
—Un tonto persistente —la corrijo con una sonrisa, ganándome la risa
de la chica no-coreana—. ¿Primera noche en Cancún? —repito.
—¿Cómo puedes saberlo?
Finalmente. Una puerta abierta para una conversación. Salto hacia
allí como un perro de circo.
—Porque estás demasiado tensa, y te tomas esos tragos como si
estuvieses en una misión para despertar desnuda en la playa, y no tienes
líneas de bronceado.
—Ajá… —Reflexiona por un momento mientras inhalo su perfume.
Huele a fresas y crema. Me pregunto si sabe a fresas y crema—. ¿Qué
eres? ¿Un detective?
—Gorila en un club de striptease.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe, una profunda risa gutural que
quiero grabar y reproducir de nuevo en otra cita. —Por supuesto.
Me encojo de hombros. —Paga las cuentas.
Podría matar cualquier suposición que ha hecho acerca de mí al
decirle la razón de mi estadía en Cancún: celebrar el haber terminado la
escuela de leyes.
Pero no.
Simplemente observo como su lengua se encrespa alrededor del
salado borde del vaso. Sucios pensamientos destellan en mi cabeza y soy
forzado a acomodarme discretamente. Si lo nota, no comenta. Infiernos,
probablemente sabe lo que está haciéndome. No hay vibras inocentes
saliendo de esta chica.
—¿Y t ú qué haces? —pregunto.
Aprieta los labios. —Soy bióloga marina. De Seattle.
—¿Una bióloga marina estilo Doogie Howser? —Esta chica podría
pasar por los veintitrés. Veinticuatro, cuando mucho.
—Tengo veintinueve.
—Seguro los tiene. —Dirijo mi barbilla en dirección a su amiga—. Y
ella es coreana, ¿cierto?
En respuesta, su amiga arroja una cadena de frases que suenan muy
parecido al coreano, seguido por una sonrisa petulante y soy dejado con
la boca desmesuradamente abierta.
Está bien. Aun así… —¿Bióloga marina? ¿En serio?
Bebe otro largo trago de su bebida y se lame los labios antes de
anunciar—: Adoro algunos peces grandes. —Sí… mint iendo. De acuerdo.
Le seguiré el juego—. ¿Cuánto tiempo estarás aquí? —pregunta, fingiendo
desinterés, mientras los chicos encuentran sillas y se llevan la atención de
sus amigas.
Dejo que mis ojos pasen por sus rasgos de nuevo, contando siete
piercings —dos en la nariz y cinco en la oreja— y me pregunto cuántos
más tiene escondidos debajo de esos ajustados y pequeños pantalones
cortos y esa blusa de tirantes. Y de repente me encuentro deseando que
estuviese empezando mis vacaciones hoy.
—Esta es mi última noche.
—De verdad… —Una ilegible mirada pasa por sus ojos mientras est os
rápidamente revolotean por mis facciones, aterrizando en mi boca—. El
exorcismo necesita más tiempo —murmura bajo su aliento.
¿Qué mierda? No podría ser mi suerte terminar con una demente en
mi última noche. No es que eso no pueda ser divertido. Siempre me apunto
para las cosas diferentes. —¿Tal vez deberíamos empezar de inmediato?
La mirada ardiente que me dispara —como si estuviese decidiendo
entre saltar a mi regazo y filetearme— me hace tomarme un momento de
pausa. Tal vez debería tener más cuidado con quien llevo a mi habitación.
Le doy otro vistazo a su figura —es tal vez demasiado pequeña para
causarle a alguien un daño grave sin armas— y noto el nombre gigante
entintado en su brazo. Por más que quiero trazar las letras, mantengo mi
mano quieta. Es como acariciar un perro extraño; no lo buscas hasta que
sepas que no va abalanzarse contra ti. Así que en vez de eso apunto hacia
el tatuaje.
—Eso apestaría si fuera un ex.
—Sí, lo haría. —La amargura en su tono está de regreso y esta vez
viene con un brillo que apenas reluce en sus ojos. Rápidamente parpadea
para borrarlo, tratando de mantener la fachada. Maldición. Gruño por
dentro mientras la decepción se asienta. No solo fue despreciada. Sino
que todavía está despechada. Va a ser una de esas chicas borrachas que
de repente explotan en lágrimas. Probablemente durante el sexo. Nada
peor que una chica llorando en medio del sexo. Muy aguafiestas.
Se aclara la garganta. —No te vi ningún tatuaje a t i.
Está bien, al menos está tratando de mantener la conversación lejos
de ella y su reciente situación. Puedo trabajar con eso. —Aún no has visto
todo de mí.
Sé que parezco un imbécil engreído, pero funciona para mí.
Una pequeña y astuta sonrisa curva su boca por un momento antes
de reprimirla, como si no debía dejarla escapar. —¿Alguno escondido?
—Nop. Odio las agujas —respondo sinceramente.
—Gallina.
Me encojo de hombros. —A t i obviamente no te importan. ¿Algún
tatuaje o piercing además de los que veo?
Todo lo que consigo es una sonrisa burlona. Joder.
De repente, Rihanna estalla desde los parlantes mientras disminuyen
las luces regulares y se encienden las de baile, indicando que el salón del
hotel se está convirtiendo en un club como cada noche a esta hora. El
encogimiento de Jill me dice que no ha sido impresionada.
—¿No es tu tipo de música? —Mi mirada inmediatamente baja a su
blusa de tirantes, la desvanecida portada del álbum de Pearl Jam impreso
en el frente de esta.
Sacude la cabeza —Me gusta más el rock clásico y los noventa
alternativos.
¿En serio? —¿Siquiera vivías en ese entonces?
—Puedo tocar cada una de las canciones de Aerosmith alguna vez
grabadas con la guitarra —dice, como si eso respondiera mi pregunta.
Dulce Jesús. Estiro mis piernas y trato de imaginármela rockeando
con una guitarra y desnuda, luego digo—: Sabes, las chicas que tocan la
guitarra son tremendamente sexys. ¿Eres buena?
Otra astuta sonrisa desde detrás de su bebida me responde. Sí, es
buena. Y, maldición, tan sexy. El tipo de chica que me engancha como
una trucha en un anzuelo de tiburón. Tal como hizo Kacey, una de mis
mejoras amigas. Esa chica t uvo un botón de auto-destrucción fijado en su
pecho por un largo tiempo. Lo vi desde un kilometro atrás y, aun así, me
enamoré de ella.
Angelo escoge ese momento para interrumpirnos y colocar una
bebida en su mano y un trago de tequila en la mesa para cualquiera. Jill ni
siquiera espera. Levanta el vaso hasta sus labios y lo traga. Sin sal, sin limón.
—¿Voy a tener que cargarte a casa esta noche? —ofrezco con una
amplia sonrisa.
Relame sus labios mientras baja el vaso hasta la mesa de manera
ruidosa. —Creo que voy a lograr el objetivo de despertar desnuda en la
playa.
—Tengo algo de experiencia con eso. Puedo darte algunos consejos.
Sus ojos de halcón ruedan por encima de mi cuerpo poco a poco
antes de aterrizar en mi cara, fijando una mirada dura en mi boca. —No
eres mi tipo.
Ya he escuchado esto y no le creo. Demonios, ¡soy el tipo de todas!
Eventualmente. —¿Y qué es lo que no te gusta de mí exactamente?
Un brillo malicioso en sus ojos me dice que cree que me voy a
arrepentir de preguntar. Poco sabe ella, no me importa una mierda. Tengo
una piel gruesa y un sentido del humor tranquilo. En realidad, esto debería
ser divertido.
—La parte de mujeriego, nene de mamá y jugador de futbol que
desprende encanto como mantequilla de maní y que ha tenido una chica
diferente en su cuarto de hotel todas las noches de esta semana.
—No t odas las noches.
Pone sus ojos en blanco. —Oh, y eres rubio. No me gustan los rubios.
—Te equivocas en t odo sobre mí. —En realidad, estuvo muy cerca.
—¿En serio? —Para probar su punto, señala el anillo en mi dedo. El
que gané llevando a mi equipo a los campeonatos estatales.
—No juego más.
—¿No eras lo suficientemente bueno?
Me río. Es buena con los golpes al ego. —Demasiado bueno, al
parecer, porque un chico sintió la necesidad de destruir mi rodilla.
Entre la articulación luxada, las roturas de ligamentos, y el daño a los
nervios, me sorprende que aún pueda correr.
Esos ojos caramelo se suavizan durante un destello, tan rápido que
casi me lo pierdo. —Aun así, no voy a acostarme contigo.
—Bueno, no sé que habías planeado, pero estoy aquí solo para salir
y hacer nuevos amigos —ofrezco, fingiendo inocencia.
Esta va a ser un poco más desafiante de lo que pensé.
Pero ella cambiará de idea, tarde o temprano.
Traducido por Mary Warner
Corregido por Laurita PI

—Sabes, te robaron cuando rentaste una habitación para ti en este


lugar —anuncio, mientras tropiezo dentro del cuarto de hotel de Ben. Tiene
un diseño genérico; dos camas tamaño queen cubiertas con colchas con
flores tropicales y adornadas con comunes toallas blancas, y las paredes
cubiertas con vulgares obras de arte.
Escucho el clic de la puerta al cerrarse detrás. —Sí, pero funciona en
noches como éstas. ¿No estarías de acuerdo?
—Tienes todo esto resuelto, ¿no?, Don Juan. —Estoy medio caída y, a
la vez, apoyada contra la pared para sostenerme mientras me quito mis
sandalias. Una vez que logré superar todo el asunto de la camisa roja,
tengo un rencor especial contra ese color, me di cuenta que Nicki podría,
después de todo, haber llamado al candidato perfecto para un exorcismo.
Como si sus deslumbrantes ojos azules y profundos hoyuelos no fueran
suficientes para conquistarme, al segundo en que Ben se quitó la camisa
en medio de la sala y se quedó allí como un bastardo arrogante, con su
increíble cuerpo marcado en exhibición orgullosa, supe que no habría
excusas con este chico. Sin confusiones. Ni falsas promesas de una vida
juntos. O incluso de una llamada telefónica.
Pero lo que hace a Ben el más convincente candidato es el hecho
de que me ha dist raído efectivamente de todos mis pensamientos sobre
Jared. Quiero decir, es lo más opuesto que se puede encontrar. Ben es
fuerte y rubio, mientras que Jared es “lindo” y moreno. El pecho y los brazos
de Jared están cubiertos con tatuajes, mientras que el cuerpo de Ben
alardea un desnudo —y atractivo— lienzo. Y mientras Jared es tranquilo e
introvertido, Ben es extrovertido y desagradable.
¿Un plus interesante? Me hizo reír durante toda la noche. Reconozco,
que en general me reía de él, pero aun así.
Gracias a Ben, he tenido varias horas de respiro de los insoportables
pensamientos de mi ex marido y su elaborada boda para ella en
Savannah, Georgia, ocurriendo en este preciso momento. Solo sé sobre la
boda porque acecho el perfil de Facebook de Jared a diario. Mientras
nunca he sido buena posteando actualizaciones de estado, Caroline
podría unirse a un equipo olímpico de Facebook por la manera que sube
fotos y planes de boda y varios “te amo” en su muro como horribles grafitis.
Desafortunadamente, ni siquiera un chico como Ben podía curarme
por completo de esos pensamientos y al segundo en que se deslizaron
fuera de sus recovecos oscuros —el momento en que sentí las borrachas
lágrimas a punto de estallar— le dije a Ben que me llevara a su habitación
de hotel.
Aventurándome, lanzo un brazo hacia la cama que no está cubierta
por su ropa y su maleta. —¿Duermes en esta?
Pesados pasos se aproximan detrás de mí. —Sip.
—Bien. —Me inclino hacia delante para empujar todo de la cama sin
usar.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Ben con una sonrisa.
—Asumo que has tenido tus otras conquist as allí —murmuro, en tanto
su maleta hace un ruido sordo al golpear el suelo, derramando todo el
contenido—. Quiero una cama sin contaminar.
—Oye, tú eres la que me agarró por mi cinturón y demandó que te
trajera aquí. Me encontraba igual de feliz pasando el rato en el bar.
Resoplé. —Sí. No creo nunca haber visto un caso tan malo de globo
ocular estático como esta noche. —Si sus ojos no estuvieran en mis tetas o
mis piernas, estarían pegados a mi cara. Admitiré, su completa atención en
mí se sentía bien, maldita sea. Un auténtico refuerzo a mi ego, cuando más
lo necesitaba.
Fuertes manos agarraron mis caderas y me atrajeron hacia él. Incluso
en mi estado borracho, es imposible no notar la prominente erección de
Ben clavada en mi trasero. —¿Cuánto tiempo has tenido ese problema? —
bromeo mientras el calor se dispara hacia mis muslos. ¿Estoy siguiendo con
esto? He tenido solo otra aventura de una noche y ni siquiera clasificó
como tal, porque conocía al chico. Solo no quería particularmente salir
con él. Era arrogante. Justo como éste.
Ríe suavemente. —Desde que te vi caer de tu silla. Y no lo considero
un problema, siempre y cuando se trate antes de la mañana. —Una larga
mano se curva alrededor de mi abdomen y empieza a deslizarse arriba,
junto a mi caja torácica, guiando mi cuerpo en posición vertical—. El avión
no sale hasta las once, así que tengo un montón de tiempo. —Girándome
para enfrentarlo, levanta mis brazos para colocarlos en sus hombros antes
de que sus manos caigan por la longitud de mis brazos y más allá, pasando
sus pulgares sobre el contorno de mis pechos en su camino a envolverse
alrededor de mi cintura. Sus ojos descansan en mi boca—. ¿Entonces...
zoología de invertebrados? ¿Biotecnología?
—Tu lenguaje sucio me va hacer perder el control. —¿Sobre qué
demonios est á hablando?
—¿Por qué mentirías, señorita Bióloga Marina de Seattle? —Noto por
su sonrisa que no está enojado. Divertido, en todo caso.
Oh... me encojo de hombros. Así que descubrió eso hace mucho. No
parece que haya captado el hecho de que hemos estado usando los
nombres del elenco de Los Ángeles de Charlie toda la noche. De hecho,
me sorprende. Podía verlo ser el tipo de chico de doce años que se
masturbaba con las reposiciones de una joven Farrah Fawcet t . —No lo sé.
Me gusta el juego de roles. —Añado tímidamente—: A veces, también me
gusta jugar a disfrazarme. —De hecho odio los jodidos disfraces, pero a
juzgar por la chispa de emoción en los ojos de Ben, su imaginación está
tomando eso y corriendo a toda tipo de lugares sucios.
Es divertido jugar con él.
Así es exactamente como terminé aquí.
Eso y demasiado tequila.
Se inclina hacia adelante. Sus labios —tan contradictoriamente
suaves juntos a esa odiosa boca— aterrizan en mi nuca, provocando que
emita un gemido vergonzoso, mientras inclino la cabeza hacia atrás y
enrollo los brazos alrededor de su cabeza. No es la boca de Jared, pero
funcionará.
El cuarto está empezando a girar, pero se siente tan bien que me
esfuerzo para ignorar las revoluciones mientras me inclino para apoyarme
en él. Las continúo ignorando mientras sus dedos se deslizan bajo el
dobladillo de mi camiseta sin mangas para tirar de ella hacia arriba y por
encima de mi cabeza. Arrojándola a un lado, sus manos rápidamente
encuentran y aflojan el broche de mi sujetador.
—Maldita sea, lo sabía. —Se hace hacia atrás para obtener un buen
vistazo de mi pecho desnudo mientras dedos fríos rozan el aro de plata a
través de mi pezón izquierdo. Le da un tirón experto, solo lo suficiente para
provocar un jadeo y una quemadura en mi vientre. Con una sonrisa tímida,
murmura—: ¿Qué más tienes? —Tiene mis pantalones cortos y bragas en el
suelo antes de saber lo que está pasando.
—¿Pensé que no había prisa? —murmuro, agarrando el brazo de Ben
para evitar caerme mientras me los quito; me asalta un pico de nerviosismo
mientras reconozco que estoy completamente desnuda delante de este
hombre completamente vestido y en forma, que trabaja en un maldito
club de striptease. Tengo una cintura pequeña y tetas decentes, pero el
paquete viene con una pequeña “protuberancia” abdominal y un culo
que es un poco más relleno de lo que quisiera.
Espero que esté demasiado borracho para notarlo.
Un ceño fruncido marca la frente de Ben mientras baja la mirada a
mi cara. —¿Estás bien?
—Sí. ¿Por qué no estaría bien?
—Porque tus ojos se acaban de cruzar. Eso usualmente no es una
buena señal. —El pliegue se profundiza—. ¿Estás segura que no bebiste
demasiado? Porque no me gusta…
Respondo agarrando el frente de esa camisa roja y tirándolo hacia
mi boca por lo que espero no sea un beso descuidado y borracho. Pero tal
vez lo es. Eso parece ser todo lo que necesita, porque sus brazos se deslizan
alrededor de mi cuerpo para jalarme hacia él. Podría solo ser el alcohol
pero, maldición, este gorila odioso tiene cierta habilidad. No lo esperaba.
La verdad, pensé que sería la clase de chicos de “no besar en los labios”.
Ahora, sin embargo me encuentro fascinada por él, dejando que mis
manos se arrastren por todo su pecho, lista para saber exactamente cuán
experto es.
Si solo este mareo se detuviera.
Y esta incómoda sensación en la boca de mi estómago...
Oh... no.
Llámalo instinto, una pizca de buena suerte enterrada en una fosa
de lo malo, no lo sé... pero intuitivamente me aparto de los labios de Ben
un segundo antes de que el equivalente a una noche de margaritas se
precipite hacia mi garganta y salga disparado de mi boca.
Todo sobre el frente de la camisa de Ben.
Oh por Dios.
¿Acaba de pasar eso?
Estoy temporalmente congelada, mirando las vetas de lodo verdoso
en todo su cuerpo.
—Oh, hombre... —gime Ben; el disgusto está plasmado en su tono.
Sí, eso acaba de pasar.
No tengo ni siquiera que mirar la cara de Ben para saber que todos
sus pensamientos de echar un polvo han desaparecido de su mente. Está
claro que han abandonado la mía, dejándome bañada en una capa
repulsiva de mortificación. Eso por si solo tiene mi estómago más revuelto.
Tengo la sensación de que se viene una repetición. ¡Maldición, no voy a
vomitar enfrente de o sobre él de nuevo! Colocando dos manos sobre mi
boca, giro y corro hacia el baño. Por desgracia, aparece algo y me hace
tropezar, un segundo después me encuentro tendida sobre el suelo, y la
baldosa fría da escalofríos a mi cuerpo completamente desnudo, un dolor
agudo comienza a producirse en el dedo del pie.
—Mierda, ¿estás bien? —Escucho detrás de mí.
Voy a vomit ar. Voy a vomitar haciendo una estrella de mar boca
abajo si no me levanto ahora mismo. El baño no está a más de dos metros
y sé que no voy a lograr ponerme de pie. Luego, hago lo siguiente mejor.
Luchando con mis manos y rodillas, me arrastro hacia el baño.
El rugido de una carcajada detrás de mí —¡oh Dios, la vista que
debe tener de mí! ¡No pensé esto!— solo me hace apresurarme, hasta que
estoy cruzando el umbral, azotando la puerta a mis espaldas, y pasando el
seguro. Me lanzo hacia el inodoro justo cuando sale otra ola verdosa y
llena el cuenco.
Cuando he purgado mi estómago de sus contenidos tóxicos, lo único
que puedo hacer es inclinar mi frente en el asiento del inodoro y saborear
la porcelana fría mientras mi caja torácica palpita y mi cuerpo se pone a
sudar.
Un golpe suave suena en la puerta. —¿Estás bien allí?
No respondo. No puedo responder.
¡¿Por qué?! ¿Por qué me pasó est o a mí? ¡No soy una vomit adora!
¡Lina es la vomit adora!
—Sabes, si odiabas tanto esa camisa, solo podrías haberme pedido
que me la quitara. De cualquier forma, ya iba a hacerlo. —No sé cómo le
es posible estar haciendo chistes sobre esto. Él es el que está cubierto en
vomito. La mera idea me hace estremecerme—. Mira... una chica acaba
de vomit arme encima y me vendría bien una ducha. ¿Puedo entrar? —La
manija de la puerta se mueve y le agradezco al niño Jesús por haberme
dado el buen sentido para bloquearla. Lo último que quiero es tenerlo aquí
y que vea mi cuerpo desnudo encorvado sobre su inodoro. Debo agarrar
mis ropas y salir de aquí sin enfrentarlo. Nunca más.
—¿Estás viva, no? —Hay finalmente una pizca de preocupación en
su tono—. ¿No tengo que derribar está puerta?
Eso es lo últ imo que t ienes que hacer. —Estoy bien. —Me dirijo hasta
el fregadero para echar un poco de agua fresca en mi cara. Alcanzando
su enjuague bucal, tiro un poco y empiezo a hacer gárgaras.
—Vamos, Jill. Todos hemos estado allí. Lo siento por reírme.
Nunca en mi vida he estado tan feliz de haber usado un nombre
falso. El cuento va a pasar a la historia como una chica de pelo morado
llamada Jill que vomit ó y se arrastró hasta su cuarto de baño, moviendo
por todo el camino su culo gordo. Me parece bien.
Hay una larga pausa y luego escucho su pesado suspiro. —Voy a
dejar una botella de agua junto a la puerta para ti. No bebas el agua del
grifo o vas a estar pasando el resto de tus vacaciones en el baño. —Sus
pasos se alejan justo cuando siento otra ola de náuseas, cortesía de mi
respiración mentolada.
Me sumerjo en el inodoro de nuevo.
Traducido por Katita
Corregido por Dafne2

Dos meses después…


—No es una vista al mar, pero es todo tuyo —me ofrece Jack
Warner, conduciéndome a una pequeña oficina vacía del tamaño de un
armario, con una ventana que da al pequeño aparcamiento.
—Las vistas al mar están sobrevaloradas —digo con una sonrisa.
Lo que me gana una risa de mi nuevo jefe mientras me palmea el
hombro. —Me alegro de tenerte con nosotros, Ben. Mi hijo te acredita la
razón por la que se graduó de la escuela de leyes con esas calificaciones
tan altas.
—Su hijo es un tipo inteligente, señor Warner.
—Él dice que eres más inteligente. Es por eso que te contraté. Y
llámame Jack.
Me está gustando el papá de mi compañero de la escuela de leyes
cada vez más. Después de una entrevista bastante intensa, me convencí
de que era un idiota estirado y no tenía esperanza de ser contratado. Me
sorprendió cuando llamó personalmente para darme la oferta de empleo
hace unas semanas. ¡Qué maldito alivio fue esa llamada! Dado que he
estado demasiado ocupado haciendo dinero como guardia de seguridad
en un club de striptease como para intentar probar en una posición interna
de algún lugar, no tengo experiencia. Y muchas empresas ni siquiera te
miran por no tener experiencia, incluso si te graduaste en lo más alto de tu
clase, lo cual hice.
Obviamente, debo haber impresionado a Jack. Es decir, está aquí
conmigo en una mañana de lunes, el único socio de acciones de una
firma de abogados de Miami que emplea alrededor de cuarenta
personas, tomándose el tiempo de su repleto horario para mostrarme el
lugar.
—Hablando de hijos... —Jack le sonríe a alguien detrás de mí. Me
giro para encontrar a un tipo alto y desgarbado con gruesas gafas de nerd
de montura negra. Le sonrío mientras nuestras manos se encuentran en un
fuerte apretón.
—¿Cómo estuvo tu verano? —pregunta Mason, agregando—: Kent
dijo que México estuvo bien.
Omitiendo algunos mensajes y correos electrónicos, Mason y yo no
hemos hablado desde el día en que tomamos el examen de leyes en julio.
—México estuvo genial.
Por la pequeña sonrisa de Mason, sé que Kent recalcó algunas cosas
que aún no deben ser mencionadas. Menos ahora, frente a mi nuevo jefe.
Se suponía que Mason vendría con nosotros, pero él decidió comenzar en
la empresa de su padre de inmediato. Le dije que era un idiota por hacer
eso. Digo, ni siquiera somos “abogados asociados” hasta que tengamos los
resultados del examen, los cuáles sabremos en unas pocas semanas. ¿Y
luego qué? Una gran cantidad de papeleo de casos de clientes, llamadas
telefónicas, actualizaciones, corrección de textos escritos y propuestas de
hace quién sabe cuánto tiempo antes de que seamos confiables como
para tener nuestros propios clientes. ¿Por qué no disfrutar del verano?
—Mason, dejaré que ayudes a Ben a familiarizarse con la empresa.
Tengo que estar en la corte a las nueve esta mañana y luego esta tarde.
¿Qué tal si ambos se reúnen conmigo en mi oficina al mediodía y nos
vamos a comer? —dice Jack, golpeteando una gruesa carpeta—. Tendrás
que llenar trámites y entregar en el departamento de recursos humanos,
Ben. —Dicho eso, el hombre sale con rapidez.
Me paseo alrededor de mi escritorio y me dejo caer de espaldas
tranquilamente en la silla de cuero con una gran sonrisa. —Este lugar es
genial.
Mason asiente lentamente, pasando una mano por su pelo negro
rizado y luego, como si se diera cuenta de que eso lo despeinó aún más,
trata rápidamente de suavizarlo de nuevo. —Tengo una llamada que
hacer y luego voy a volver, ¿de acuerdo?
—Bien. —En los tres años que lo he conocido, el hombre todavía no
ha aprendido a mantener una conversación informal.
—Estarás siguiendo a Natasha en Derechos Familiares durante el
futuro inmediato. Te la presentaré cuando regrese.
—¿Natasha? —Levanto una ceja sugerentemente.
—Está comprometida —me informa rápidamente.
—Pero la pregunta más importante es, ¿es sexy?
Mason rueda los ojos. —Ya te hablé de la política que hay aquí
contra los romances de oficina, Ben.
—¿Quién dijo algo sobre un romance? —¿Qué pasa con est os jefes
bloquea pollas de mierda? Primero Cain, ¿y ahora Jack? Dejo caer las
manos sobre el escritorio de caoba de gran tamaño frente a mí, dándole
una palmada—. Siempre quise ver a una abogada ardiente tumbarse y
abrirse sobre una de estas. —No hablo en serio, pero me gusta ver a Mason
pasar por sus diversas etapas de incomodidad, cuando comienza a
agitarse y a jugar con sus anteojos.
Y... hombre, él está jugueteando con ellas en este momento. Sonrío.
No podríamos ser más opuestos si lo intentáramos. Allí, de pie en su camisa
a cuadros de manga corta y su corbata negra, el tipo parece que se dirige
a un torneo de ajedrez de séptimo grado. Yo no llevo una corbata hoy. El
código de vestimenta casual de negocios afirma que está bien a menos
que vaya a la corte o a reunirme con un cliente y no haré ninguna de esas
cosas, así que ¿por qué me vestiría como un mono de oficina?
Le dejo retorcerse durante unos cuantos segundos antes de ceder.
—¡Es broma, Mace! Lo prometo. Estoy pasando a una nueva página.
—¿A partir de cuándo? —Su tono grita duda. Él me conoce desde
hace bastante tiempo y me ha visto en acción con nuestros amigos más
de una vez, por lo que su escepticismo está justificado.
—Desde mi fiesta de despedida en Penny el fin de semana pasado.
Nada va a superar eso. Creo que a mi polla le vendría bien un descanso.
—Sacudo la cabeza mientras me río de mí mismo. Mercy y Hannah seguro
que saben cómo tratar a un chico.
—Oh. —Una pequeña y conocedora sonrisa curva sus labios, pero
desaparece con la misma rapidez—. Bueno, bueno. Pero no te olvides de
eso. Sobre todo con mi hermanastra.
Guau. —Espera. ¿Tienes una hermanastra? ¿Trabaja aquí? —Eso es
nuevo. Nunca la mencionó. Por otra parte, él es un tipo cerrado—. ¿Es una
rarita como tú?
—No se parece en nada a mí. Debe haber café recién hecho en la
sala de descanso al final del pasillo y a tu izquierda. —Él empieza a mover
sus pies. El chico no puede soportar llegar tarde a nada.
—Ve, Mason. Y gracias por la ayuda.
—Claro, Ben. Estaré de vuelta en... —comprueba su teléfono—...
dieciocho minutos. —Y así será. Puntual. Lo veo partir en una caminata
enérgica y sacudo mi cabeza. El hombre aún vive con su padre. La
mayoría de los días lleva calcetines desparejos debido a que es totalmente
daltónico. Si no hubiera puesto a Kyla de nuestra clase de contratos de
primer año sobre él y fuese testigo de que ella lo arrastró a un dormitorio en
una fiesta de fraternidad, apostaría dinero a que ninguna mujer, además
de su mamá, ha visto su pene. Sin embargo, conociendo a Kyla como la
conozco, ella no solo lo vio, sino que hizo un buen uso de él.
Un bostezo se me escapa y me tapo la boca con la mano mientras
murmuro afirmativamente a un café. Va a tomar tiempo para que me
adapte a levantarme temprano. Después de años de derrumbarme a la
salida del sol y tomar únicamente clases por la tarde, mi cuerpo está
sufriendo. Sin embargo, lo primero es lo primero... Agarro el teléfono y toco
las teclas sin pensar. Me aprendí de memoria este número cuando tenía
cuatro años y he estado marcándolo todos los días durante años. Aunque
normalmente lo hago a la hora de cenar.
Ojalá que esté en el pórtico de atrás, bebiendo su taza de té Earl
Grey y comprobando su correo electrónico en el iPad. Sonrío al recordar
enseñarle a mi madre de cincuenta y un años cómo usar esa cosa.
Por desgracia, no es ella quien responde.
Al instante se forman nudos en mi cuello. —Hola.
Obtengo un gruñido por toda respuesta.
—¿Est á mamá por ahí?
—Afuera, en la arboleda.
Ella ya debería haber vuelto. Siempre se levanta casi al amanecer
para hacer sus rondas, comprobando los árboles. —¿Comprobaste que
estuviera bien? —Desde que tuvo ese leve ataque al corazón hace siete
meses, he estado preocupado porque esté sola por mucho tiempo.
—Se encuentra bien.
—Bien. Hazle saber que llame. —No lo hará. Supongo que tendré
que llamar más tarde.
—¿Desde dónde estás llamando?
Me pregunto lo que dice la pantalla de llamada. Demonios, tal vez
por eso respondió. Debido a que no sabía que estaría hablando con su
hijo.
—Warner, la firma de abogados en la que estoy trabajando. —
Mamá no debe haberse molestado en decirle que terminé la escuela de
leyes.
—Nunca he oído hablar de ella.
Contengo un suspiro de exasperación. A pesar de su construcción
pequeña, Warner es uno de los bufetes de abogados más reconocidos en
el estado. Ha sido propiedad de cinco generaciones Warner, poseyendo
algunos bienes raíces de primera en el centro de Miami. Según mi
investigación, Jack incorporó a su compañero —su mejor amigo— y por
diez años, trabajaron juntos como Warner & Steele, aumentando la lista de
clientes a más del doble. Se separaron hace unos años, cuando Jack
compró la parte de su socio.
De cualquier forma, no esperaría que mi padre diferenciara un
bufete de abogados a una tienda de rosquillas. Solo está tratando de
molestarme. —Hasta luego. —Cuelgo y salgo en busca de esa taza de
café antes de que tenga la oportunidad de ponerme de mal humor. Él es
la única persona capaz de hacer eso.
La oficina de Warner en sí es una mezcla de cosas nuevas y viejas:
paredes modernas de color gris claro, estanterías y escritorios de caoba
que ocupan paredes enteras, escritorios frontales en el centro de la
habitación, oficinas transparentes recubriendo las afueras. Es como si
alguien hubiese decidido redecorar pero se quedó sin dinero o
creatividad. Jack mencionó algo acerca de la renovación en invierno. El
lugar se ve muy bien para mí, pero soy un hombre de veinticinco años que
vive con otros cinco chicos y vendría a trabajar en pantalones cortos si
pudiera.
La oficina no es muy grande ni complicada y no me toma tiempo
encontrar la sala de descanso, aunque juego la tarjet a de “primer día” y
dejo que una abogada adorable me lleve allí, sonriendo y sonrojándose
todo el camino mientras veo las curvas de su culo. Tengo un aprecio por
las muchas formas y tamaños de la figura femenina. El viejo yo —el de
hace dos días— probablemente ya tendría su número. El nuevo yo, está
intentando algo diferente. Específicamente, está tratando de no follarse a
cada mujer que encuentre atractiva.
En mi oficina —con una taza de café en una mano y un pastelito
casero de alguien en la otra— examino los escritorios expuestos, donde se
sienta el personal administrativo. Dado el aspecto de las fotos y chucherías,
son en su mayoría mujeres. Casi todas casadas y con hijos. Muchas cerca
los cuarenta o más allá. Hombre, esto es un mundo diferente de Penny,
¡donde me encontraba rodeado de tetas desnudas y culos desde todos
los ángulos! Al menos eso hará que sea más fácil mantener mis pantalones
puestos por aquí y tratar de actuar como un adulto responsable.
Porque eso es lo que soy. Ben Morris, señor. Bueno, casi. De cualquier
manera, me gusta como suena.
Al pasar por una pequeña oficina casi enfrente de la mía, un cuadro
en la pared me llama la atención. Mis pies se tambalean mientras sonrío
con cariño a la portada del álbum enmarcado de Pearl Jam, pensando en
la bióloga marina de cabello morado, Jill.
Maldita sea, esa chica era increíble.
Después de quitarme la ropa cubierta de vómito y arrojarla por el
balcón, me tumbé en la cama y esperé a que ella saliera del cuarto de
baño, muriéndome por una ducha. I ncluso consideré ir a la habitación de
Kent, pero no quería dejarla sola. Supongo que me desmayé porque lo
siguiente que supe era que el sol pegaba con toda su fuerza en mi cara a
través de la ventana y Jill se había ido.
Sin ni siquiera dejar una nota.
Al menos no me robó. Ni me mató.
Intenté encontrarla, pero aunque cautivé a una de las chicas de
recepción para que buscara en la lista de clientes del hotel, no encontré a
nadie por el nombre de Jill. Obviamente, se registró junto con una de sus
amigas y yo no recordaba sus nombres. El complejo era condenadamente
grande como para buscarla, sobre todo cuando tenía que apresurarme
para volver a empacar todo lo que había dejado tirado antes de tomar el
avión a casa.
No voy a mentir, durante un par de semanas después, busqué una
chica de pelo morado llamada Jill en Facebook. En parte, porque quería
disculparme por reírme. En especial porque fue muy divertida y no me
hubiera importado engancharme con ella de nuevo. Excepto por el
vómito. No le dije a los chicos lo que sucedió. Por lo que ellos saben, esa
noche mis bolas estuvieron bien enterradas como de costumbre.
El suéter rosa de algodón que cuelga en la parte posterior de una
silla me hace pensar que es la oficina de una mujer, pero todo lo demás se
opone a eso. Las carpetas están apiladas sobre la mesa, en el suelo, en
cajas, en la silla libre. Donde no hay carpetas, sí hay correo y basura
esparcidos. Hay múltiples vasos de Starbucks alrededor del teléfono de
escritorio, junto a una caja abierta de galletas Oreo y una bolsa de carne
seca. Una bolsa arrugada de patatas fritas y latas aplastadas de Red Bull
rodean el cubo de la basura.
Un monitor de ordenador está decorado con no menos de un
centenar de notas de todos los colores y muestra un protector de pantalla
de un viejo camión azul oxidado en un campo.
Estoy intrigado, por decir menos. No me puedo imaginar a qué tipo
de mujer pertenece esta pocilga, y una parte de mí teme averiguarlo. En
realidad, no es sucio. Es solo más desordenado que cualquier cosa que
haya visto. Doy un paso adelante y comienzo a escanear su escritorio, en
busca de una placa o algo para identificarla.
Y eso es exactamente lo que estoy haciendo cuando ella entra.
—¿Hay alguna razón por la que husmees entre mis cosas? —dice
fuertemente una voz tajante.
Formando una sonrisa que en general derrite a la más malhumorada
de las mujeres, me doy la vuelta. Una rubia en un vestido vaquero y botas
verdes cortas está en la puerta, con una taza de café en la mano y un
profundo ceño arrugando su frente.
Abro la boca para presentarme pero vacilo cuando veo el pánico
en sus ojos.
Sus ojos color caramelo.
—¡Mierda! —No puedo creerlo. No hay nada que se me ocurra decir,
excepto—: ¡Me debes una nueva camiseta!
Traducido por MaJo Villa
Corregido por Cotesyta

He estado destripada en un lunes por la mañana. Mis entrañas están


extendidas por toda la alfombra de la oficina color gris oscuro para que
todos las vean.
Y no puedo respirar.
¿Qué diablos está haciendo est e chico en mi oficina?
Se sorprendió tanto como yo, obviament e. Ese sonido ensordecedor
de ¡mierda! que probablemente llegó hasta la mitad de la planta y tiene a
todas las gallinas viejas mirando por encima de sus bifocales en dirección a
nosotros, hace que pueda dar fe de ello.
Y ahora él me queda mirando con ojos abiertos e incrédulos. —¿Jill?
¿Ésa eres tú?
—¿No reconoces a tu único y verdadero amor? —Eso tendría que
haber sonado ingenioso si tan solo mi voz no estuviera inestable y mis
mejillas no estuvieran ardiendo. Para un jugador profesional como éste
tipo, el hecho de que recuerde mi nombre falso dice algo. Sin duda, yo fui
memorable.
—Te ves tan… —Su voz se va a la deriva mientras que ésos ojos azules
pasan por mi cabello rubio y aterrizaron en mi rostro—. ¿No más piercings?
No confiando en mí misma para hablar de nuevo, toco el diamante
del tamaño de una cabeza de alfiler en mi fosa nasal. Sin embargo, me he
sacado el aro del tabique y la mayoría de los aros en mi oreja. Parte de
todo este asunto de la “nueva yo” que estoy trat ando de seguir.
La cabeza de Ben sube y baja lentamente como si todavía estuviera
tratando de procesar esto. Entonces su enfoque se desplaza a mi pecho y
sus ojos se entrecierran. Juro que trata de distinguir la silueta del anillo de
metal que está escondido ahí.
Y yo trato de controlar el recuerdo hiperbólico que me tomó
semanas suprimir —¡simplemente no hay manera de que el vómito salga
de una persona como si fuera una manguera de bomberos!— así como la
caminata, la prueba de una de mis noches más mortificantes en mi oficina.
Esperé unas buenas dos horas para arrastrarme fuera del baño esa
noche, para encontrar a Ben desvestido con sus calzoncillos y roncando en
la cama. Colocándome la ropa rápidamente, salí disparada de ahí.
Y ahora mi exorcismo fallido está apoyado contra mi escritorio, y sus
musculosos brazos cruzados sobre su pecho. La sonrisa juguetona que se
extiende a través de su rostro me dice que ha encontrado su porte y
vuelve a ser el chico engreído del cual yo est uve a solamente un vómito
de acostarme hace dos meses. —¿Qué estás haciendo aquí?
—Trabajando. —Trato de decirlo sin sonar débil. Teniendo una mayor
relajación en mi oficina, reemplazo una de las muchas tazas vacías que
cubren mi escritorio con mi nueva taza, tratando de actuar indiferente
cuando, realmente, estoy peleando con la urgencia de darme la vuelta y
correr a algún lugar donde poder reorganizarme—. Creo que la gran
pregunta es, ¿qué haces t ú aquí? —¿Cómo es que no supe que él era de
Miami? Ah sí… no me molesté en preguntar. Estaba demasiado ocupada
decidiendo si debía tener relaciones sexuales con él. Y ahora, mientras miro
de soslayo lo bien que le queda ésa camisa de cuello con botones y ésos
pantalones gris oscuro de vestir en su fuerte estructura, recuerdo lo que
influyó en mí. Bueno, el tequila ciertamente no ayudó.
Calor envuelve mis mejillas.
Vomit é t odo sobre este tipo.
Y luego él vio mi trasero desnudo arrastrándose por el piso hasta su
baño.
El señor Cuervo y yo —y todos sus primos mexicanos— ya no nos
dirigimos la palabra.
—El señor Warner me ofreció una posición como abogado.
—Yo… —¿Qué? ¿Ben va a estar t rabajando aquí?
—Terminé la Escuela de Leyes en la primavera.
Apretando mis dientes contra el dolor mientras sorbo un largo trago
de ardiente café —voy a arrepentirme de esto— digo entre dientes—:
Olvidaste mencionar eso.
Él tuerce su boca pensando. —Estaba demasiado ocupado tratando
de averiguar qué tipo de bióloga marina eres.
—Cambio reciente de carrera.
—Claro. —Sus ojos brillan mientras me mira, divertido. Imbécil—. ¿Esto
va a ser incómodo?
—No —digo, tirando mi bolso en el suelo—, porque vas a renunciar
de inmediat o.
Suspira. —No es gran cosa. Así que tú…
—¡Shh! —Mi mano vuela hacia arriba para detenerlo mientras que el
calor se extiende por mis mejillas de nuevo. Eso es lo último que necesito
flotando en torno al trabajo—. ¡No lo digas!
Cruzamos nuestras miradas por un largo momento y no puedo leer lo
que est as dicen. ¿Está arrepentido de esa noche tanto como yo? Porque,
de todas las cosas que me he arrepentido de hacer —y es una larga lista—
ésa noche está situada en la cima de la montaña agitando una bandera
que dice “idiota”.
Una repentina voz detrás de mí nos interrumpe. —Ahí estás, Ben. Te
está esperando Natasha.
Mis ojos ruedan involuntariamente, tanto en respuesta a el sonido de
la voz entumecedora de mi hermanastro como a la mención de Natasha,
la treintañera modelo antiguo, un robot de leyes que trata de matarme
con declaraciones de divorcio. Ben pesca mi reacción y ni siquiera trata
de esconder su sonrisa cuando dice—: Oye, Mason. Ya iba a volver a mi
oficina.
—Sabes que aquí no hay personal de limpieza los fines de semana.
Estás invitando a la plaga con este desastre —murmura Mason, y yo sé que
eso está dirigido hacia mí. Mason no puede sonar más apático conmigo
aunque lo intentara. Podremos vivir y trabajar bajo el mismo techo, pero no
somos más amigos ahora de lo que éramos cuando me mudé hace ocho
meses atrás. De hecho me gustaría haber captado su reacción en video
de cuando regresó a casa de clases y me halló en la cocina, bebiendo
directamente de la botella de leche chocolatada. Jack no le había dado
ninguna advertencia de que yo estaba de vuelta en sus vidas. Pensé que
su cabeza iba a explotar.
—Pero tengo mascotas que alimentar. —repliqué. Todo sobre Mason,
excepto el matorral salvaje en su cabeza, está impecablemente limpio: sus
camisas apretadas y los pantalones pegados a sus piernas, su Subaru de
cinco puertas, la oficina al lado de la de Jack, en donde lo he visto
desinfectando con toallitas Lysol a diario. La única oportunidad que tiene
de decir algo sobre mí es cuando está destacando cuan impecablemente
limpia no soy. No hace falta decir, que no convivimos bien.
—No quieres hablar con ella tan temprano en la mañana. Todavía
no ha tenido su primera comida y es más abrasiva de lo usual —le advierte
a Ben.
—Escucha a Pepito Grillo. Él sabe cosas. —Me ha tomado casi dos
meses de gruñidos y miradas, pero tengo a todo el mundo entrenado.
Hasta Jack sabe que no debe intentar conversar conmigo hasta que esta
taza de café gigante esté vacía y haya abierto mi puerta de la oficina,
después de pasar una hora maldiciendo al remitente de cada nuevo
correo electrónico que ha llenado mi bandeja. Soy relativamente amable
después de eso. Por supuesto los abogados toleran esto porque derrotaría
a los otros asistentes legales de aquí, incluso a los que han estado por años.
Los clientes aceptan las tasas fijas para el trabajo de los asistentes de
abogados y luego los entrego en un tiempo récord, liberándome para
trabajar en más casos y generar más beneficios. Dejan la mierda pesada
de oficina a los otros y me dan trabajo que requiere investigación, análisis y
pensamiento crítico, cosas que siempre me han venido de forma natural
porque soy curiosa y estoy dispuesta a probar los límites. Supongo que
ayuda que, mientras navegaba por el programa para asistente legal, Jack
pasaba por todo tipo de libros sobre legislación y jurisprudencia, cosas que
te enseñan en la Escuela de Leyes. Buscando modos de ahogar mi tiempo
libre, me los devoré. Nadie creería que he estado aquí por solo dos meses.
Se siente bien. Por primera vez en años, me siento inteligente.
Con una sonrisa, Ben empieza a hacer su salida, dando un paso a mi
alrededor lentamente. —Tal vez lo abrasivo es lo que antes me conquistó.
—Espera un minuto… ¿Ustedes dos se conocen? —Ahora hay una
clara desconfianza en la voz de Mason.
La amplia sonrisa de Ben no me llena de comodidad. —Sí. Nos
conocimos en Cancún.
Mason empuja sus grandes anteojos de torpe hacia arriba con un
dedo índice mientras me mira. —¿Cuándo estuviste en Cancún?
Niego con la cabeza hacia él. Por supuesto que no lo recordaría. Así
como Mason puede ser ordenado y reglamentado en el trabajo, puede
ser despistado cuando se trata de la vida normal. Me recuerda a un
científico loco, sin la bata de laboratorio y los tubos de ensayo. —Julio. Mi
cumpleaños. ¿Recuerdas? ¿Me diste boletos para ver a U2?
Los ojos de Mason se encienden con una chispa de ira. —Yo no te di
esos boletos. ¡Tú robaste mi número de tarjeta de crédito y los compraste!
Pongo mi empeño en llevar mis manos hacia mi pecho, fingiendo
haber sido insultada. —Simplemente me aseguraba de que me dieras un
regalo memorable para mi cumpleaños número veintiuno.
—Pensé que tenías veintinueve —dice Ben con voz de pito y con una
sonrisa irónica.
—Y yo pensé que nunca te volvería a ver —espeto.
El entendimiento parece llegarle a Mason y, cuando cambia su
enfoque hacia Ben, veo pasar algo que se parece mucho a repulsión
sobre su rostro. —Por favor, dime que Reese no es la chica de cabello
morado de la que hablaba Kent.
—¿Reese? —escucho la voz de Ben en alguna parte de fondo, pero
mi cerebro está demasiado ocupado procesando las palabras claves.
Chica de cabello morado. Kent . Hablando sobre México.
Por segunda vez en menos de cinco minutos, siento que la sangre se
drena de mi rostro al tiempo que soy golpeada por mi propio nivel de
entendimiento. Y horror. Ben no es solo un nuevo empleado. —Oh por Dios.
¿Eres amigo de mi hermanast ro?
Los ojos de Ben me atraviesan, sus cejas disparadas hacia lo alto de
su frente. —¿Tu hermanast ro?
—¡Oh, mierda! —Mason comienza a negar con su cabeza—. ¿En
serio, Ben?
Miré a Mason de soslayo, el cual nunca maldice, antes de lanzarle
dagas al rostro de Ben. —Sí, Ben. ¿En serio? —siseo entre dientes—. ¿Qué
ha dicho Kent sobre la chica de cabello morado, Ben? —No he admitido
esa noche ante nadie excepto a Nicki y Lina, y eso es solo porque regresé
al hotel sin fuerzas. Si Ben le contó a sus amigos… y Mason sabe… voy a
morirme. Mason usará eso contra mí algún día. Le dirá a todo el mundo en
la firma y ellos hablarán sobre eso a mis espaldas. Entraré en reuniones
para darme con el abrupto final de risitas. Y entonces me veré forzada a
matar a todos.
Con ojos muy abiertos pasando de ida y vuelta entre Mason y yo,
Ben parece dividido entre explotar riendo o salir precipitadamente de mi
oficina.
Y ése es el momento perfecto para que Natasha met a su cabeza. —
Este debe ser Ben —emite en esa voz aguda que ha acuchillado mis
nervios desde el primer día, ofreciéndole una brillante sonrisa y la mano—.
Soy Natasha. Tú y yo estaremos trabajando estrechamente juntos.
—Lo espero con muchas ganas, Natasha —le ofrece casualmente
Ben, escaneando el cuerpo de la abogada en frente de todos y sonriendo
mientras tanto. No lo está haciendo de un modo pervertido cauteloso,
pero todavía lo encuentro extraordinariamente molesto. Si hay una pizca
de suerte dejada para mí en este mundo, Ben conseguirá que lo despidan
por acoso sexual.
Por desgracia, no parece que a Natasha le esté sonando ninguna
alarma. Moviendo de un tirón su largo cabello de color albaricoque por
encima de sus hombros, se ríe como una completa cabeza hueca, lo cual
no es; ella es muy astut a, aunque nunca le aumentaría el ego al decirle
eso, y dice—: Magnífico. Bueno, deberíamos empezar. Estoy enterrada con
casos en este momento. Afortunadamente he tenido a Reese aquí para
ayudarme como mucho del trabajo de campo. —Muestra sus brillantes
dientes blancos hacia mí—. Hablando de eso, ¿tuviste la oportunidad de
terminar con ese archivo?
Sabía que estaría apoyando a los abogados en este trabajo. Lo que
no sabía es que básicamente estaría haciendo todo el trabajo para que
ellos pudieran firmar y cobrar sus cientos de miles al año. Juro, que no me
sorprendería si uno de ellos me pide que limpie pronto su trasero.
—¿Te refieres al contrato de cuarenta y dos páginas en el que
trabajé hasta las dos de la mañana anoche? ¿O la deposición de sesenta
páginas que acabo de encontrar esperando en mi escritorio? —Copio su
gran sonrisa, solo que la mía es tan falsa y rabiosa que hasta un perro ciego
sabría alejarse.
Sus ojos verde olivo parpadean a mi taza llena de café. —Ben, ¿qué
tal si vamos a mi oficina y dejamos que Reese se instale?
Brillant e idea.
Ella y Mason no pierden el tiempo para salir de mi espacio personal.
—Extra grande para esa camisa… Reese —susurra Ben mientras pasa
a mi lado.
Aguanto la respiración mientras lo veo salir y luego me apresuro a
cerrar mi puerta. Me escondo detrás, el único lugar que no es visible para
el mundo exterior, gracias a las paredes de ventanas. Pero estoy segura de
que todo el mundo escucha el golpe cuando mi cabeza conecta con la
madera hueca.
Esto tiene que ser el karma, regresando para tomar un bocado
gigante de mi trasero.
Traducido por Julieyrr
Corregido por NnancyC

—No pasó nada.


—Eso no es lo que dijo Kent.
—Bueno, Kent no se encontraba ahí, ¿cómo demonios lo sabría? —
Suspiro—. Ella estaba ebria.
—¿Desde cuándo una chica está demasiado borracha para Ben
Morris?
—Amigo. —Fulminé con la mirada a Mason cuando encontramos un
banco en el parque, a la sombra para ayudar a prevenir el calor del
mediodía de septiembre, con bebidas y comida en mano. Jack tuvo que
cancelar sus planes debido a una emergencia con un cliente. Al parecer,
eso sucede mucho.
Levanta las manos. —Lo siento. Sé que no lo harías.
Lo observo mientras despliega con cuidado y suaviza tres servilletas
sobre su regazo y luego deshace quirúrgicament e la envoltura de alguna
extraña mierda vegana de tofú, cuidando de no dejar que ni una pizca de
lechuga caiga. Todos hemos molestado a Mason acerca de su dieta de
chica por años, pero el chico es tan particular sobre las cosas, que ni
siquiera puede ser coaccionado a una hamburguesa grasienta. Me gusta
eso de él. —¿Te comerás eso o te casarás con ella?
—Viste su oficina, ¿verdad? —pregunta, ignorándome—. Es una
vaga. Vivir con ella es una pesadilla de mierda. —Esas son dos bombas M
lanzadas hoy por Mason. Maldecir es otra cosa que no hace, lo que me
dice que, o bien la idea de que yo esté follando con su hermanastra o su
hermanastra en general, le molesta mucho.
Un destello de mi habitación de hotel destrozada por la mañana me
llega y sonrío para mí mismo. —Y sin embargo, seguro limpia bien. —Me
gano un revoleo de ojos en respuesta—. Mira, sé que es tu hermanastra,
pero es sexy, maldición. —Por mucho que me gustaba el aspecto de chica
desenfrenada y despreocupada que t uvo en Cancún, este nuevo, con el
cabello muy rubio y su pequeño vestido y botas, me excita.
—Y loca. —Me mira fijamente—. En serio. Su apodo en la oficina es
Rancor1.
La Coca sale de mi boca mientras trato de contener la risa. —¿Lo
sabe?
—¿Supongo que te perdiste el cartón gigante en su oficina? El día
que escuchó a Nelson, de los contratos, decirlo al alcance de su oído,
ordenó rápidamente algo del sitio de St ar Wars. Lo pone al lado de la
puerta en las mañanas cuando está adicionalment e molesta. —Sacude la
cabeza mientras estallo en carcajadas.
Ya que todo lo demás sobre ella era una mentira, me alegro de ver
que el sentido del humor mordaz es genuino. Me gusta una mujer que
puede hacerme reír. —Si es tan difícil, ¿por qué tu padre la mantendría allí?
Es decir, no me malinterpretes, me alegro de que la tenga. Estoy deseando
trabajar con ella.
—No lo harás durante mucho t iempo —murmura. Y luego suspira—. A
pesar de que es muy poco profesional y probablemente conseguirá que la
firma sea demandada por problemas de relaciones entre los empleados
en algún momento, voy a admitir que es muy buena en lo que hace. Todo
lo que tiene es un diploma de la preparatoria y un certificado de asistente
legal y, sin embargo, le está diciendo a la mitad de los asociados cómo
hacer su trabajo, citando las leyes y estatutos. Y por lo general tiene razón.
Es inquietante lo rápido que capta las cosas.
—¿Así que estás diciendo que es una genio? —le digo con la boca
llena de comida.
—Sí, tal vez —dice con un dejo de resentimiento—. También es
egoísta, imprudente, poco fiable e impulsiva. —Baja su Perrier y murmura
secamente—: Todos los signos de un sociópata.

1 Criatura perteneciente a la saga de ficción Star Wars.


—Oh, diablos. —Pongo los ojos en blanco. Olvidé que Mason estudió
psicología—. Dame un respiro. ¡Tu hermana no es una sociópat a, Mace! No
te agrada, ¿no?
—Hermanastra —corrige, agudizando un poco su tono—. No es que
no me guste. Bueno… —Medio se encoge de hombros—. Admit iré que no
soy demasiado aficionado. Pero en realidad, no confío en ella. Mi padre
no supo nada de Reese durant e nueve años y luego, ¿de la nada lo llama
en enero para que la libere de una estación de policía de Jacksonville? —
Sacudiendo la cabeza, añade—: Él dejó todo y fue hasta allí. Casi perdió el
mejor cliente de la empresa ese día a causa de eso.
Hmm… ¿Qué hacía en una est ación de policía? —¿Tiene
antecedentes? —No es que me importe. A menos que tuviera algo que ver
con la realización de exorcismos en chicos que están tratando de tener
sexo.
—Antecedentes menores. Fue sellado cuando cumplió dieciocho
años. Sobre todo cosas estúpidas, por lo que me dijo mi padre. Peleas…
marihuana… carreras en coches preparados.
Mis ojos se disparan en ese último.
—No obstante, la última vez fue algo bastante grave. Destrozó el
apartamento de su ex marido.
Mi sándwich se congela a mitad de camino hacia mi boca con esta
nueva información. —¿Ex marido? ¿No dijo que acaba de cumplir veintiún
años?
Mason asiente. —Se casó a los diecinueve. Conoció al chico por seis
semanas antes de que se fugaran a las Vegas. Dime que te sorprende que
su matrimonio haya durado solo cuatro meses y medio.
—Mierda… Ese tatuaje en su brazo. ¿Era él? Tiene que serlo. Y yo hice
ese comentario estúpido al respecto.
—Sí, creo que sí. Al parecer, cuando volvió para mudar sus cosas,
salpicó pintura roja en todo el apartamento. —Sus ojos se amplían con
conocimiento—. ¿Entiendes el simbolismo ahí? ¿Pintura roja…?
—Ella es combativa. —Otra vez, algo que ya sabía. Otra vez, algo
que me gusta. No puedo dejar de notar su elección de color y empiezo a
reír. Esa camisa nunca tuvo una oportunidad.
—Parece que el divorcio fue feo.
—El chico la engañó.
—Qué idiota. —Si no puedes ser monógamo, no te metas en una
relación comprometida, mucho menos un matrimonio. Esa es mi filosofía.
Lo que es exactamente el por qué no me comprometo con nadie—. ¿Así
que Jack decidió traerla a Miami con él?
Asintiendo lentamente, Mason admite—: A mi padre siempre le gustó
mucho Reese. —Resopla—. Más de lo que yo le gusto. Pero ¿cómo sé que
no va a estafarlo? Su madre ya lo hizo sangrar hasta secarlo una vez.
Mastico mi sándwich en silencio, esperando que me dé detalles, y
sorprendido de que me cuente tanto. —Estuvo casado con la madre de
Reese por cinco años antes de que se enterara que ella tenía un romance
con Barry Steele.
Las piezas comienzan a encajar. —Warner & Steele… ¿antiguo
socio?
Mason asiente.
—Eso es frío.
—Sí, bueno, Annabelle es una puta oportunista y egoísta. Casi
destruyó el legado de mi familia. Le costó a mi padre una fortuna comprar
la parte de Barry y luego ella trató de lanzarse en picado a recoger sus
huesos como un buitre, pero Barry no se lo permitió. Papá continúa
recuperándose económicamente. Es por eso que no ha sido capaz de
terminar las reformas de la oficina. —Mason hace una pausa para tomar
un trago—. Al parecer, dejó a Barry hace unos dos años y pasó a un
senador de Estados Unidos.
—¿Es caliente?
—Sí, supongo. Pero también lo era la madre de Grendel —masculla,
haciéndome sacudir la cabeza. Solo Mason puede hacer una referencia a
Beowulf. Plegando los envoltorios de su sándwich, con cuidado de no
derramar migas en sus pantalones, continúa diciendo—: Mi padre no es
estúpido, Ben. —Sus ojos se ven mucho más grandes detrás de las grandes
gafas mientras me observa.
—¿Qué se supone que significa eso? Demonios, ¡no es posible que
me eches la culpa por esa noche! Ni siquiera estaba contratado aquí.
—Él conoce a tu tipo y sabe dónde has estado trabajando los últimos
cuatro años. Casi no te contrat ó por eso. Me hizo prometerle que serías
capaz de mantener tus pantalones puestos antes de hacerte una oferta.
Me río entre dientes. —Bueno, puedes tener un trabajo muy difícil,
Mace.
—No estoy bromeando. Mira, acaba de terminar de hacerle frente a
una demanda contra Warner desde hace tres años. Un chico de litigios
salía con un asistente legal. Cuando rompieron, se echó a perder. Al
parecer, ella se puso muy hostil y lo llevó a la oficina. Jack tuvo que dejarla
ir y ella lo demandó por despido improcedente. Él no quiere lidiar con eso
otra vez. Es por eso que tiene estas reglas. Reglas que están destinadas a
ser seguidas.
Mason es un seguidor de reglas, de principio a fin. Negro y blanco.
Tal vez eso lo hará ser un muy buen abogado. Yo soy el tipo de persona de
una gran “zona gris”, siempre buscando el modo de doblar y reinterpretar
las reglas. Eso es tal vez lo que me hará ser un maldito fantástico abogado.
—Si significa algo para ti… él cree que tienes un futuro prometedor,
Ben, pero no va a pensar dos veces en despedirte si te descubre jodiendo
con cualquiera —dice Mason.
Ser despedido justo al salir de la Escuela de Derecho se vería terrible.
Buena suerte para encontrar otro trabajo en Miami después de algo así y
estoy atrapado aquí en el futuro previsible. Mi mamá necesita por lo menos
a uno de sus hijos cerca.
—Y si te atrapa con Reese… —continúa sacudiendo la cabeza.
Golpeo a mi amigo en el hombro y prometo—: Objetivo cumplido, y
no te preocupes. Te lo dije, esos días están terminados. Además, algo me
dice que el orgullo de chica no la dejará darme ni la hora. —Ser vomitado
no es algo que quiero cuando traigo a una chica a mi habitación de hotel,
pero esa mierda sucede cuando estás tomando alcohol. Diablos, hace
dos semanas subí al escenario vistiendo la tanga de Mercy, y mis testículos
colgando para que todos los vieran. No es uno de mis mejores momentos,
pero sobreviviré. Aunque algo me dice que las cosas no resbalan de los
hombros de Reese tan rápido. Y tal vez ni siquiera es el vómito. También la
observé gatear desnuda por el suelo. Y me reí de ella mientras lo hacía. No
creo que la mayoría de las mujeres aprecien que se rían en esa situación.
Incluso Kasey probablemente me golpearía hasta dejarme inconsciente, y
ella lo toma como la mejor.
La boca de Mason se abre, pero duda, y una expresión agria t uerce
su rostro. —¿Qué has hecho con ella?
Levanto las manos en señal de rendición. —No se trata sobre lo que
yo le hice a ella.
Está de pie y caminando hacia adelante, moviendo su cabeza. —No
te burles de ella, Ben. Lo lamentarás.
Mierda. No burlarme sobre esto será muy difícil para mí, ya que eso
es lo que mejor hago. Además, se lo debo por no dejar que me duche en
mi propio maldito baño. —Oye —grito y pregunto por una corazonada—,
¿qué hiciste t ú para hacerla enojar tanto?
Sus pies disminuyen el ritmo y oigo su profundo suspiro al tiempo que
se vuelve, con una mirada culpable estampada en su rostro. —Dije algunas
cosas estúpidas sobre su padre.
Traducido por Fany Keaton
Corregido por Jules

—Deberías probar la tarta de limón. Somos famosos por ella —sugiere


la mesera con una sonrisa mientras coloca mi orden de una porción de
chocolate con nuez frente a mí.
—Lo tendré en mente —contesto, justo como lo he hecho docenas
de veces, mirando las mitades de nuez perfectamente intactas que
decoran la cima de mi porción. No es fácil hallar un pastel de chocolate
con nueces. Claro, todo el mundo tiene un pastel de nueces en su menú.
Es el chocolate lo que lo hace único. El pastel es la razón por la cual
empecé a venir al Café Bayside hace seis meses. Recordando mi obsesión
al límite con este sabor en particular, Jack me lo presentó. El lugar se ha
convertido rápidamente en mi cielo asegurado.
Y desde que comencé en Warner —solo a unas pocas cuadras de
distancia— estoy aquí varias veces a la semana. Tiene un hermoso patio
con vista al mar, mesas de madera de teca y sombrillas azul, atiborrado de
palmeras y plantas de todos los tamaños, lo suficiente para hacerlo sentir
como una jungla en la que te puedes esconder, que es justo lo que hago
esta noche, con mi crucigrama de periódico y un libro de leyes.
No podía seguir soportando estar en la oficina. Natasha se la pasa
asomando su cabeza en mi oficina, con Ben a cuestas, preguntando por
aquella deposición o este contrato. Y por más que mantengo mis ojos
apartados, me las arreglo para verlo al menos una docena de veces al
día.
Estaría mintiendo si digo que Ben no es un hombre ext remadament e
atractivo. Ahora que estoy sobria, puedo dar fe de ello de todo corazón.
Mi única gracia salvadora es que estoy demasiado ocupada tratando de
bloquear mis recuerdos embarazosos como para estar en peligro de
tropezar conmigo misma como la mitad de las mujeres parecían estar
haciendo hoy. Era patético. Incluso Natasha parecía más animada de lo
normal. Y la sonrisa con hoyuelos que él le destellaba a cada una de ellas
me dice que le encant ó cada segundo de adulación.
El primer bocado de pastel se desliza en mi boca cuando mi teléfono
toma vida con el sonido de los minions cantando la canción del guineo.
—Feliz lunes —murmuro en el teléfono.
—Odio los números.
—Es algo bueno que no estarás trabajando con ellos diariamente en
los próximos cuarenta años. —Lina terminó su licenciatura la primavera
pasada y aprobó su examen de Contador Público Autorizado con gran
éxito. Ahora está trabajando en una pequeña empresa de contabilidad
calle abajo, para tener experiencia antes de poder solicitar su licencia.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta.
—Escondiéndome del karma en Bayside.
—No bebas café —advierte.
—Demasiado tarde —murmuro, arremolinando lo última que queda
de la sustancia toxica en mi taza. Cada vez que vengo aquí, ordeno una
taza con el pastel de chocolate con nueces. Es costumbre, supongo. No
hay otra explicación. El café es débil, tiene un sabor salado después de
probarlo y siempre hay un extraño velo al fondo de la taza. A nadie con
buen paladar le gustaría esta mierda.
Con un profundo suspiro, divulgo mi horroroso día.
—Así que Mason es amigo de tu exorcismo fallido —afirma de forma
categórica. Siempre puedo contar con Lina para poner las cosas en su
lugar. Sin andarse por las ramas—. ¿Qué te dijo el chico?
—Que le debo una camisa.
Resopla. —Bueno, ahí te tiene.
—Gracias.
—Quizá me tome un descanso y me pase por allí. Podemos burlarnos
juntas de las personas —ofrece Lina. Otro extra de mi trabajo, tener a mi
mejor amiga solo a unas cuadras de distancia.
—No te molestes. He estado aquí por dos horas. En realidad tengo
que volver a la oficina. El robot de leyes arrojó t res nuevos casos en mi
escritorio.
—Bien. ¿Quieres venir a cenar algún día esta semana? Nicki cocina.
—¿Involucra tocino de pavo?
—Toda carne extraña ha sido prohibida. —Dado que Lina es dueña
de un pequeño condominio con dos cuartos, más un estudio en donde se
mudaron, ella también cuenta con el poder de parar a Nicki de imponerle
a los demás sus extrañas preferencias dietéticas.
—Entonces cuenten conmigo.
—De acuerdo. —Hay una pausa y entonces Lina suspira—. Mira, hay
algo que debo decirte.
—Bueno, eso no suena prometedor. —Meto un gran trozo de pastel
en mi boca.
—Todo depende de cuánto quieres a tu mejor amiga, la que
siempre te apoya, le ha mentido a la policía por ti, ha seguido todas tus
ideas descabelladas, para hacerte feliz.
—Nunca le has mentido a la policía por mí.
—Ultimo año de secundaria. La botella de vodka en la camioneta
cuando nos detuvieron.
—Bien, una vez. —Exhalo exasperada—. ¿Qué te ha asegurado eso
hoy?
—Está bien, he comenzado a ver a alguien que quizá no…
La voz de Lina se difumina a medida que veo una mujer pelirroja en
el patio, con su cartera sujetada bajo su brazo, tan feliz como puede estar
cualquier destructora de hogares y ladrona de esposos.
—¡Oh Dios! —Trozos de la cobertura del pastel quedan atrapados en
mi garganta con el grito de asombro, provocando una tos que me
esfuerzo por suprimir—. Es ella —siseo.
—¿Quién?
—¡Ella! —siseo más agudamente, bajando la cabeza para no estar
obviamente mirándola.
Solamente hay una “ella” de la que puedo estar hablando con tanto
veneno en mi voz y Lina lo reconoce rápidamente. —¿Qué? ¿Aquí en
Miami?
—No. ¡En el infierno! ¡Porque ahí es donde yo estoy obviamente hoy!
—Primero Ben, ¿ahora Caroline?
—¿Ya te reconoció?
—No, pero no ha mirado hacia acá. —Sin mi pelo violeta, mis aros y
la ropa profesional, menos las adorables y botas de moda que en general
nunca uso pero Nicki insistió en que las llevara con este vestido, Caroline
quizá no me reconozca. Espero que no. Por si acaso, sin embargo, abro mi
menú y lo alzo, list a para agacharme detrás de él si es necesario.
—Voy a bajar.
—No, no lo harás, porque ella te reconocerá. —Con Lina viviendo al
lado de ellos por meses, era imposible evitarla en el pasillo. Conociendo a
Lina, habría ensartado a Caroline con sus ojos en cada oportunidad—.
¿Por qué está aquí? —Un segundo y pequeño, jadeo—. ¿Se mudaron a
Miami? —Jared siempre quiso un trabajo soldando barcos aquí.
—No lo sé. ¿Qué dice su perfil de Facebook?
—No lo he revisado desde Cancún. —Por difícil que fue alejar esa
adicción de mí (mi única conexión a Jared) no podía soportar la prueba
de que estuvieran casados. Solo pensar en ello se sigue sintiendo como un
cuchillazo en el estómago.
—Está bien, solo un segundo. Déjame ver si puedo… —escucho el
ruido del teclado en el otro lado—. Sí. Se acaban de mudar. Hace dos
semanas.
—Mierda —murmuro y una extraña sensación desagradable se agita
mi pecho, por lo que añado suavemente—: Creo que encontró su trabajo
soldando barcos. —Solíamos estar en la cama por la noche con las luces
apagadas y Muse, su banda favorita, tocando suavemente mientras él
garateaba barcos por todo mi cuerpo, explicando las diferentes partes y lo
que supondría su trabajo. No me podrían importar menos los barcos, pero
me quedaba quieta y lo dejaba sacarlo de su sistema. Sabía que solo sería
cuestión de tiempo antes de que se distrajera por los lienzos desnudos.
—¿Qué hace ella ahora?
—¿Aparte de destruir matrimonios y arrancar los corazones de la
gente? —He encontrado que ayuda pintarla de mala aquí, aunque sé que
debería dirigir al menos un poco del odio hacia Jared.
Ignorando mi acidez, Lina ofrece—: Bueno, al menos Miami es una
ciudad grande.
—Y sin embargo, es un mundo pequeño, obviamente.
—Respiraciones profundas, Reese —me calma. Como si temiera lo
que puedo hacer. No la culpo. Nunca he estado más allá de golpear una
chica cuando se lo merece.
—Estoy bien —espeto, observando como el factor clave de mi
corazón roto está a un tenedor de distancia, en su vestido de guinga
barato. ¿En serio? Fuera de Disney World y la serie Yo Amo a Lucy, ¿quién
diablos viste guinga? Y su cabello liso extendido por su espalda. Un extraño
placer perverso crece dentro de mí mientras miro a la mujer que no tuvo
problemas para entrar a arruinar mi vida, reír con una amiga, ajena a mi
presencia.
De hecho nunca he hablado con ella. A parte de los pocos detalles
que Jared me dio al inicio de nuestra relación —fueron amigos desde
niños, que se convirtieron en parejita durante la escuela secundaria,
aunque ella vivía en Savannah— él nunca habló de ella. Pensé que se
hallaba muy lejos de su vida. Claramente no.
¿Qué lo hizo querer casarse con ella? Por supuesto, creo que es
bonita, de esa manera común y aburrida. Parece ser animada y dulce, y
probablemente nunca maldice. Supongo que ella sabe agitar un pom-
pom y apostaría dinero a que fue parte de alguna hermanad de mierda.
¿Pero qué le ve? ¿Qué tiene sentido para él?
Jared siempre dijo que no podía soportar ese tipo de chicas; que yo
era un aire fresco para él, después de años de ser sofocado por lo que sus
padres querían para él, o su vida.
Que él y yo teníamos sentido.
Que no podía respirar sin mí.
La miro pasar una mano por su cabello y me llama la atención el
brillo del anillo que sé que Jared no puede darse el lujo de comprar,
recordándome que no importa lo que no veo. Todo lo que importa es lo
que Jared sí ve.
Supongo que encontró una forma de respirar sin mí después de todo.
Inconscientemente me encuentro haciendo girar el simple anillo de
plata y perla en mi dedo con el que Jared me sorprendió la mañana de
nuestro viaje espontáneo a Las Vegas.
Ese resultó ser el mejor día de mi vida.
Y claramente el peor error de la misma.
He cambiado el anillo a mi mano derecha, pero todavía no he
tenido el valor de meterlo en la caja de madera bajo mi cama.
—¿Reese? —La voz de Lina interrumpe mis pensamientos.
—En serio, lo he superado. Me tengo que ir o estaré atascada en la
oficina toda la noche. Te veo mañana en la noche. —Cuelgo el teléfono y
tengo una leve corazonada; bajando la mirada a mi pastel medio comido,
no hay manera de que vaya a terminarlo.
Pienso en salir mientras continúo mirándola. El patio se encuentra
inusualmente tranquilo, lo suficiente como para que llegue a mí ese acento
del sur que tiene. La escucho hablar acerca de cómo ella y su esposo se
acaban de mudar a un condominio calle abajo y estará viniendo seguido
porque ellos tienen el mejor café.
Permanezco sentada una hora más, dando pequeñas mordidas a mi
pastel, aunque no puedo saborear nada. Cuando se levanta para irse,
guardo tranquilamente mis cosas, esperando a que se vaya, luego salgo
del café. Para hacer lo que haría cualquier ex mujer en su sano juicio.
La sigo por cinco bloques, a un edificio de condominios.
Y ahora sé dónde vive mi ex esposo.

Genial. Porque hoy no es tan malo.


Mi humillante aventura de una noche —rubio sonriente de un metro
noventa— está sentado en mi silla, con el pie encima de mi escritorio,
cuando regreso del baño.
Reese, cero. Universo… t e odio.
—¿Por qué sigues aquí? —Es casi las diez de la noche, aparte de
Jack y Mason, todos se han ido a casa.
Abriendo y cerrando los cajones laterales de mi escritorio dice—: Me
puse a buscar esa carne seca.
—La comí. —Cierro la puerta con mi pie y tiro mi cartera al escritorio.
Sus ojos se deslizan sobre mí, de pies a cabeza, sin molestarse en
ocultarlo. —Pensé que deberíamos hablar. —Y entonces deja caer los pies
abruptamente y se levanta, dándome una visión completa de su cuerpo
sólido, del cual trato de no quedar atrapada notándolo. Ben no se viste
con demasiada ropa, al contrario de Mason que usaría un traje de tres
piezas para dormir si se consideraría apropiado, pero tiene uno de esos
cuerpos que todo le queda bien.
Cambiamos de lugar, Ben se acerca al frente de mi escritorio,
mientras trato de mantener distancia rodeando el otro lado para tomar
asiento en mi silla ahora vacante.
—Nunca le dije a Kent lo que pasó en mi cuarto de hotel. Les dejé
pensar que me acosté con alguien.
Una extraña sensación de alivio me calienta. Y sorpresa. Me di
cuenta que Ben es del tipo de decirle buenas historias a los demás. Pero…
—¿Mason? —Imagino que el disgusto que siento con la idea de que mi
hermanastro tenga sexo es de ida y vuelta. Afortunadamente, nunca lo he
visto más allá de mirar por segunda vez a una mujer.
Ben me descarta con una pequeña sacudida de mano. —Oh, él
sabe lo que en realidad está pasando, pero no dirá nada.
—¡Oh Dios mío! —grito y mi alivio anterior arde con el repentino
fuego en mis mejillas. Dejo caer mi frente sobre la mesa fría. ¡Mason no dirá
nada, mi t rasero!
—Relájat e. —Escucho los pasos acercarse y entonces una mano cae
sobre mi nuca. Tiene el efecto opuesto sobre mí; me pongo rígida.
—Dejé afuera la parte del vómito. Y el arrastrarse, supongo que aún
estás un poco sensible por eso. —Escucho el humor en su voz—. De todas
formas, ¿cómo te sentiste al otro día? Te diste muy duro contra el suelo.
—¿Ahora estás preocupado? —Pasé el resto de mis vacaciones en
Cancún con mis rodillas magulladas y una uña rota desde donde el pie
debió darse contra el marco de la cama.
—No quise reírme. —Levanto la mirada para verlo con una sonrisa
gigantesca en su cara, haciendo sus palabras difíciles de creer—. Y si te
sirve de consuelo, tienes es un trasero fenomenal. Yo debería saberlo. Tuve
una muy buena vista.
Gimo internamente. —Hoy no es un buen día para mí, Ben.
Sus manos se levantan en señal de rendición. —Me parece justo. Solo
quería decir que lo lamento. —Rodea mi escritorio nuevamente, como si
estuviera cercando su presa, pero de forma muy causal y no amenazante,
y se detiene en frente de mis fotos personales colgadas en la pared.
Su dedo se balancea a la imagen del viejo oxidado Chevy azul. —
¿Qué pasa contigo y los carros clásicos?
—Me gustan —digo simplemente, sin querer elaborar algo más.
Lo veo evaluar tranquilo las cosas por otros pocos minutos, hasta que
de repente pregunta—: Oye, ¿quieres ir a almorzar mañana? Viendo lo
mucho que haces por Natasha, y yo estaré trabajando con ella por unos
meses, quizá podamos empezar de nuevo. —Se vuele a mirarme con ojos
azules serios, su voz quebrada bajo su repentina suavidad—. ¿Qué dices?
¿Tregua?
Jack siempre me dice que debo tomar decisiones basadas en el
sentido común y no en las emociones. Después de pasar unas semanas
con Ben, mi mortificación desaparecerá.
¿Cierto?
Así que al hacer las paces con Ben ganaremos todos.
¿Cierto?
Abro la boca.
Y entonces veo ese brillo diabólico y las comisuras de sus labios se
elevan. —Hacen margaritas extra-fuerte en Amigos. Justo como te gustan.
Llevaré un cambio de ropa, para después, por supuesto.
—Vete. —Esto va a ser un infierno.
—Podríamos dar una linda arrast rada por el paseo marítimo. Y
luego…
—Vete. A la mierda. —Lo odio.
Sonríe, completamente a gusto y su atención pasa sobre mi foto de
tamaño real de esa cosa extraña y estúpida que pedí en línea hace unas
semanas como un “jódete” para Nelson, los molestosos contratistas al final
del pasillo. —Oh, vamos, Reese. No es para tanto. Tienes que aprender a
reírte de ti misma.
Ta vez si la realidad —en la forma de un payaso vestida de guinga—
no hubiera clavado su tacón de aguja en mi corazón nuevamente, esto no
me hubiera molestado mucho. Pero llegué aquí sintiéndome patética.
Ahora estoy más allá de furiosa.
Siento la forma de mi sonrisa maliciosa a través de mis labios mientras
dirijo mi atención a la computadora. —Disfruta tus pocos meses aquí.
Imagino que June te estará ayudando, ya que su carga de trabajo es
ligera. Creo que disfrutarás trabajando con ella. —No lo hará. June habla
sola y tiene aliento de pastrami permanentemente. Su carga de trabajo es
ligera, porque es la última opción de cualquier abogado. Es tan lenta
como melaza.
Cierra la distancia para encorvarse frente a mi escritorio, con un
ceño fruncido en su frente. —Pensé que tú trabajabas con Natasha.
Cerrando y acumulando las carpetas de Natasha una encima de la
otra, las empujo hacia el borde, haciéndole un gesto a Ben para que las
recoja. —Lo siento, pero Nelson vino hoy temprano, rogando por mi ayuda,
y acepté. Estaré atada a él, por el futuro previsible. ¿No lo sabías? Voy a
donde la gente más me necesita.
La cosa que amo más de Jack es que nunca me ha asignado a un
abogado en específico. Me deja ir a donde se encuentre mi trabajo y mis
intereses, tratándome como si fuera una asistente legal independiente. Soy
la única en hacer eso y estoy bastante segura de que los otros asistentes
legales me odian por eso, pero no me importa. No estoy aquí para hacer
amigos.
Tan irritante como puede ser Natasha, tiendo a trabajar más con
ella. Está ocupada, sus casos traen un montón de dinero a la firma, y en
general hay una pelea involucrada. Me encanta una buena pelea.
Cuando Natasha llegó esta tarde, vino lista para acariciar mi ego,
diciéndome lo buena asistente que sería para ella, ya que está muy
ocupada y no tiene tiempo para ayudar a un nuevo abogado. A l parecer,
la curva de aprendizaje es empinada, y sin importar lo inteligente que es
Ben —de acuerdo con la charla, se graduó como el mejor de su clase— le
espera un duro despertar.
Y ahora Nelson y yo estaremos atados por la cadera, le guste o no.
Acaba de decidirlo.
—Uh. —Los labios de Ben se curvan en una sonrisa. Creo que acaba
de averiguar que pasa aquí. Que se ha jodido regiamente a sí mismo.
—Pero estoy segura de que lo harás bien sin mí, viendo que eres tan
listo —ofrezco con simulada sinceridad.
—No estoy preocupado, Reese. Decepcionado. Creo que te hubiera
gustado trabajar conmigo.
Luchando contra la urgencia de rodar los ojos, digo—: Cierra la
puerta detrás de ti.
La deja completamente abierta y pasa por mi ventana, guiñándome
un ojo mientras lo hace.
Traducido por Jules
Corregido por Michelle♡

Mi mamá siempre me está advirtiendo que no tengo sentido común


cuando se trata de mujeres.
He demostrado que tiene razón, una vez más.
¿Por qué tuve que ser un idiota?
Si hubiese escuchado a Mason y cerrado mi bocota, Reese estaría
ayudándome a resolver algo de esta mierda. Ahora estoy atascado con
June, una mujer de cincuenta años de edad, que todos los días lleva la
misma chaqueta de punto azul, murmura en voz baja constantemente y
me ha quitado las ganas de la carne en lata para siempre.
Dos semanas después de mi trabajo en Warner y estoy enterrado en
papeleo. El número de divorcios desagradables y batallas por la custodia
en el estado de Florida solidifica mi decisión de permanecer jodidamente
lejos de cualquier cosa que se parezca a un matrimonio. No he salido de
mi oficina antes de la medianoche ni una vez durante la semana pasada,
y aquí estoy en la mañana del sábado, arrastrándome por las trincheras,
sintiéndome cada vez menos parecido al tipo que terminó casi en la cima
de mi clase de derecho y más como el tonto del pueblo que debería
haber seguido echando a los borrachos de Penny.
Un golpe lleva mi atención hacia la puerta, donde Jack se cierne
con una taza de café en una mano y un plato de magdalenas en la otra.
—He oído que eres un fan de los postres de la señora Cooke. —Pone el
plato en mi escritorio—. Dios, amo a la mujer, pero me gustaría que dejara
de traer estas cosas a la oficina. Le echo la culpa por mi aumento de peso.
—Acaricia su vientre suave para dar énfasis.
La señora Cooke, la asistente de Jack, es una pesada mujer de
cuarenta y cinco años, con el pelo castaño y corto, un lunar gigante en el
labio superior, y gafas gruesas, que suda abundantemente y quizá no vivirá
más allá de su sexagésimo cumpleaños, si no empieza a comer mejor.
Pero, maldita sea, la mujer puede hornear. Es casi tan buena como mi
mamá.
Los ojos grises de Jack inspeccionan las pilas de archivos en mi
escritorio. —¿Cómo va todo? ¿Veo que Natasha te mantiene ocupado?
—Así es. —Asiento lentamente. Mi oficina empieza a parecerse a un
armario de almacenamiento y mis dedos se hallan cubiertos de cortes
causados por papel—. ¿Quién hubiera sabido que habría tanto papel en
un mundo digital?
—¿Cómo te va hasta ahora?
¿Además de querer pegarme un t iro en la cabeza al menos una vez
al día? —No es nada que no pueda manejar.
Jack sonríe con simpatía. —Recuerdo mi primer año. Fue un infierno.
Quería renunciar. Pero no te preocupes, va a mejorar. La mitad de la
batalla tienes un buen equipo detrás de ti para que puedas centrarte en lo
importante.
Primer año. Genial. —Voy a tomarte la palabra —me río, justo
cuando el ruido del motor de una moto suena al otro lado de mi ventana.
—Ah, bueno. Ella vino —murmura Jack, tomando un sorbo de su café
mientras camina para mirar hacia el estacionamiento Warner.
¿Ella? —¿Quién? —pregunto, la curiosidad sacando lo mejor de mí.
Me uno a él en la ventana justo a tiempo de ver a “ella” quitarse el casco y
su largo pelo rubio se derrama sobre sus hombros—. Mierda —dejo
escapar, mirando a Reese mientras monta a horcajadas una Harley en un
par de pantalones vaqueros y una chaqueta de cuero ajustada, con una
mirada tranquila y rara en su cara con el motor en ralentí, completamente
a gusto, como si ella hubiese nacido para conducir una motocicleta.
Luciendo caliente como el infierno.
Siento la mirada de Jack en el costado de mi cara y me doy cuenta
de que estoy comiéndome con los ojos a su hijastra en frente de él.
Tragando, añado rápidamente—: Esas cosas son peligrosas.
Sacudiendo la cabeza, como si estuviera en derrota, Jack
murmura—: Lo sé. Deberías haber visto el pedazo de basura en el que ella
viajaba antes de que yo avalara esto. Es el mejor en el mercado para las
mujeres.
—¿Le permit es que viaje en eso?
Resopla. —No hay nada que “permitir” para Reese. Esa chica ha
estado siguiendo sus propias reglas durante el tiempo que la conozco. Al
menos de esta manera pude conseguir que ella esté de acuerdo con
cierta seguridad básica. Por lo general, es más agradable cuando siente
que está tomando las decisiones.
Anot ado.
Me pregunto si por eso él le da vía libre para elegir los casos de los
que se va a ocupar. Regresando a mi escritorio, Jack toma el cuadro con
mi foto. Es la favorita de mamá —yo a los catorce años y en un uniforme
de fútbol azul y blanco, de pie en el campo junto a ella después de haber
ganado mi primer partido como mariscal de campo. —¿Ya no juegas
más? —Jack conoce lo fundamental acerca de mi carrera de fútbol por
mi entrevista.
—Aquí y allá, por diversión. A veces ayudo a mi antiguo entrenador
de la preparatoria, pero no puedo correr como antes, con los clavos allí. —
Suspiro—. Fue bueno mientras duró. —Tengo amigos que pasaron por lo
mismo que yo, quedándose de manera permanente en la banca por
contusiones y roturas de ligamentos. Años más tarde, siguen sin tomarlo
bien, obsesionados con los “¿y si?”, deprimidos por sus empleos monótonos
y sus cocheras de un solo coche. Trato de no pensar así. Si lo hago, voy a
estar mucho más deprimido que los chicos. No hay “¿y si?” para mí. Con mi
clasificación y los reclutadores merodeando, era una elección garantizada
en la NFL. Solo hizo falta una tacleada para destruir mi rodilla derecha. Me
sacó del juego. De lo que amaba.
Mi padre dio en el clavo cuando dijo que lo que va, vuelve.
Y hombre, siempre disfrutaba al decírmelo directo a la cara.
—Estoy seguro de que sí —concuerda Jack, bajando la foto con
suavidad. Él se pasea y asoma la cabeza justo cuando suena el ascensor—
. ¿Reese? —Somos los únicos en la oficina, por lo que el nombre resuena en
el espacio abierto. No hay duda de que ella lo escuchó. El sonido de pasos
se acerca. Mi estómago hace una voltereta extraña de emoción, cuando
ella aparece en mi puerta. Durante la semana usa la ropa de oficina. Hoy
tiene pantalones vaqueros rasgados que abrazan sus muslos y su bonito
culo redondeado. Debajo de la chaqueta desabrochada, puedo ver una
camiseta vieja de Mötley Crüe que se estira a través de sus tetas. Ni
siquiera estoy seguro de si se pasó un cepillo por el pelo. Tal vez eso es por
el viaje en moto. Sin embargo, no importa. Me gusta este aspecto.
Por supuesto, ella ni siquiera mira en mi dirección, aunque estoy
seguro de que sabe que estoy parado aquí, mirándola. Es mi oficina,
después de todo.
No me dijo ni una palabra en dos semanas, desde el primer día. Ha
hecho todo lo posible por estar excesivamente ocupada en los casos de
Nelson, quien, de acuerdo con una Natasha muy molesta, ella una vez
declaró que preferiría quitarse la punta de los dedos con un rallador que
trabajar con él.
—¿Recibiste mi nota? —le pregunta Jack.
—Es por eso que estoy aquí —dice, con la voz mucho más suave y
más amable que cualquier cosa que alguna vez me dirigió—. ¿Con qué
necesitas ayuda?
—Necesito que mi mejor asistente legal ayude a mi nuevo abogado
a establecerse. Natasha me dijo que Nelson ha estado monopolizando tu
tiempo. Ben y ella están luchando para mantenerse al día con los casos,
por lo que le he dicho a Natasha que los derechos de familia pueden
tenerte un cien por ciento durante las próximas semanas, si no te importa.
Observo cómo gira esos ojos calculadores hacia mí, estrechándolos
ligeramente, pensando sin duda que yo tuve algo que ver con esto. Tengo
que presionar mis labios con fuerza, luchando contra el impulso de reír. Si
me río, va a odiarme. Necesito que no me odie. Idealmente, necesito
encontrar una manera de hacer que me ame. Tengo la impresión de que
a ella ni siquiera le agrada la mayoría de la gente, por lo que esto puede
ser un desafío.
Jack le acaricia el hombro y su voz se suaviza, como si persuadiera a
un animal asustado a salir de una esquina. —Ayuda al pobre hombre en lo
que puedas. Está prácticamente durmiendo aquí.
Traducido por Liillyana, LucidaMaddox & DiaNaZ
Corregido por Mae

—Realmente debes probar la tarta de limón —sugiere la camarera


cuando desliza mi orden habitual frente a mí.
—Tal vez la próxima vez. —Atravieso un pedazo con mi tenedor. Si
sigo así, mi culo se va a empezar a derramar sobre los lados de la flamante
Harley que encontré estacionada en el camino de la entrada cuando volví
de Cancún. Fue un regalo de cumpleaños/graduación de parte de Jack.
Después de romperse la línea de freno en mi vieja Honda Shadow, él
la había considerado insegura y la envió al depósito de chatarra mientras
yo estaba fuera. Él hizo un pago inicial considerable y estaré haciendo las
modestas cuotas mensuales para cubrir el resto. Creo que todo es parte de
su plan para convertirme en una mujer responsable de veintiún años. Quién
monta una motocicleta.
Con mucho gusto acepté, incapaz de contenerme la primera vez
que arranqué el motor y me perdí en el rugido distintivo en lo profundo de
mi pecho. Estaba pensando en perderme en ese retumbar todo el camino
a los Cayos de Florida, hasta que encontré la nota de Jack en mi mesita
de noche, pidiendo ayuda en la oficina. Después de todo lo que Jack ha
hecho por mí, él es una de las pocas personas por las cuales hago todo lo
posible para complacer, así que por supuesto he cambiado mis planes.
Si hubiera sabido que la robot de las leyes y Ben habían competido
por toda mi atención, podría no haber venido tan voluntariamente.
Tener a un Ben sonriente viendo la emboscada y sus brazos cruzados
sobre el pecho, ciertamente no ayudaba a mi estado de ánimo. Él sabe
porque he estado trabajando en los contratos corporativos de las últimas
dos semanas. Honestamente, no creo que dirigir un cuchillo en mi oído
fuera tan doloroso como escuchar la voz nasal de Nelson acerca de esta
cláusula y enmienda y bla, bla, bla. . . Pero tan agonizante como lo ha sido
para mí, me ha dado un poco de placer saber que el ego inflado de Ben
puede estar recibiendo un golpe.
Estuve de acuerdo a la solicitud de Jack, por supuesto, apretando los
dientes, y les dije que estaría de vuelt a en una hora porque había algo
importante que tenía que hacer.
Eso fue hace casi tres horas.
Y es por eso que no me sorprende que Ben esté de pie delante de mi
mesa con una gran sonrisa en su rostro, como si estuviera atrapándome
infraganti.
—Esto t iene un aspecto muy importante.
—Control de calidad de alimentos —murmuro cuando la silla de
metal vacante arrastra las piedras del patio y toma asiento.
—Bueno, espero que no pidieras el café, ya que sabe cómo el culo
—dice Ben, sirviéndose mi vaso de leche con chocolate.
Mi boca se abre para decir algo acerca de eso pero rápidamente la
cierro. No quiero pensar en donde pudo haber estado la boca de Ben. Y
será que él habla a todo el mundo así, o ¿solo a mí?
—Jack me dijo que probablemente estarías aquí.
—Soy muy predecible cuando se trata de comida. —Miro la tarta de
la caja que él acaba de dejar abajo con una ceja levantada—. ¿Tienes
hambre?
—Es para una amiga embarazada que quiero visitar más tarde, si
alguna vez salgo de la oficina.
Tratando de sonar culpable. Lindo. Por desgracia para él, crecí con
un maestro de la manipulación y no suelo caer. —Bien por ti, manteniendo
a la mami feliz.
Esa estrepitosa y bulliciosa risa atraviesa el patio, llamando la
atención. —No puedo esperar para decirle que dijiste eso. —Tirando mi
tenedor de mi mano, él lo clava en mi plato y lleva un pedazo de mi tarta
a su boca—. Maldita sea, es una buena tarta. Sin embargo debes traer la
tarta de limón la próxima vez.
—Odio los limones.
Sacude la cabeza y dice en un tono un poco exasperado—: No es
cierto, Reese. Estás siendo difícil.
—¿Quién lo dice?
Su mirada vaga alrededor, deteniéndose en una mesa de mujeres
jóvenes. —Lo dicen las margaritas que terminé usando.
Agarro mi tenedor de su mano y acerco mi plato, envolviendo la
parte exterior del plato con mi mano libre, para protegerlo. —Actualmente
odio los limones. Esa noche se trataba de aceptar el cambio.
—¿Y cómo te fue con eso?
—Bueno, ahora estoy segura de que odio los limones y el cambio.
La cabeza de Ben va hacia at rás, volteando al cielo azul con una
sonrisa, y no puedo dejar de notar que su manzana de Adán sobresale de
su cuello. Él tiene un cuello muy grueso y fuerte, pero no es como uno de
esos tipos brutos que no tienen cuello. Todo lo contrario.
—Dime algo… ¿el sufrimiento de pasar por los contratos de Nelson las
últimas dos semanas, que todo el mundo sabe que odias, realmente vale
la pena?
—Me encanta trabajar con Nelson —miento—. Su voz es
encantadora.
Echándose hacia atrás en su silla, relajado, me observa en silencio
por un momento. —Mason me advirtió que no te hiciera enojar.
—¿Ves? Pepito Grillo sabe cosas.
—Sí, supongo que sí.
Levantando lo último de mi leche con chocolate, ofrezco en un tono
condescendiente—: Es bueno que no me necesites.
—Oh, pero Jack cree que sí, así que… —Extiende los brazos sobre su
cabeza; las mangas de su floja camiseta negra caen para revelar cuánto
tiempo Ben debe pasar en el gimnasio y sonríe con orgullo—. Supongo que
me ayudarás, te guste o no.
Lanzo un suspiro mientras mi mirada vaga por el patio, sabiendo que
estoy atascada. Jack nunca interviene para dictar con quién trabajo.
Siempre dice que le hace feliz que yo est é trabajando tan duro y me
mantenga fuera de problemas. Si lo ha hecho, es porque lo cree
necesario.
—Mira. —Ben apoya los codos en la mesa mientras me observa con
esa mirada penetrante que debe embriagar a muchas mujeres—. ¿Si me
comprometo a no mencionar nada de lo que tiene que ver con Cancún,
podemos empezar de nuevo? —Ladea la cabeza, con sus grandes ojos
azules llenos de sinceridad—. ¿Qué necesitas que haga? ¿Que llore? ¿Qué
me arrastre? Voy a hacer lo que quieras. Por favor.
Me gusta este lado de Ben. Estoy segura que no sucede a menudo, y
que tiene esta conversación bien planeada, pero me gusta escucharlo
rogarle.
—Venga. Cualquier cosa. ¿Quieres algo vergonzoso para tener en mi
contra?
La chispa de interés, no tanto sobre el equilibrio de las escalas como
la curiosidad acerca de lo que podría avergonzar a este imbécil, debe ser
evidente en mi cara, porque él saca rápidamente el teléfono del bolsillo
de los vaqueros. —Toma, mira esto. Al menos no hay pruebas concretas
de que t u culo est é en el suelo. —Insegura de qué esperar, tomo el iPhone
que me ofrece, muy consciente de que sus dedos rosan con los míos en el
intercambio, y lo giro para ver a un tipo subir en un escenario de alguna
clase, con un trozo de lo que parece un bikini de color rosa en su trasero y
un conjunto de…
—Oh, Dios mío! ¿Es eso. . .? —Con un encogimiento, me acerco a la
pantalla para ver un ángulo muy poco favorecedor de Ben.
—Sí. Sigo despertando con los mensajes de textos de estas fotos de
parte de mi amiga. Ella debe haber tomado unas cincuenta. Cree que es
gracioso. —Ben agarra suavemente el teléfono de mi mano cuando me
echo a reír.
—Tengo que conocer a esta amiga. Ya me agrada.
—Sí, probablemente te llevarás bien con Kacey. Son muy parecidas.
—Haciendo una pausa para dejar su teléfono en el bolsillo, de repente se
pone serio—. Mira, me estoy ahogando en esta mierda, Reese. Y June…
¡mierda! —Sus enormes manos cubren su rostro, arrastrándose hacia abajo
para mostrar su frustración—. Si tengo que sentarme en una habitación con
ella durante una hora más, creo que voy a cortarme las malditas muñecas.
No puedo estar pasando cada fin de semana en la oficina. Mi mamá
dirige una arboleda de cítricos y va a necesitarme allí cuando comience la
temporada, y solo necesito ayuda. Por favor, ayúdame.
Suspiro. Tal vez él aprendió su lección. Quizá… Mis pensamientos se
pierden mientras observo a la anfitriona llevar a dos personas a una mesa
en el otro lado del patio. Reconozco ese leve contoneo en el paso del
hombre; los mechones rizados de pelo alrededor de las orejas y en su nuca
son un poco más largos, instando a los dedos que giren en ellos.
Ondas de emoción chocan contra mí cuando veo a Jared deslizarse
en una silla. Él está usando sus habituales vaqueros azul oscuro, colgando
de sus caderas de forma provocativa. Estoy segura de que si yo alzara la
suave camiseta gris, vería la banda elástica de sus calzoncillos Calvin Klein,
no usa otra cosa. Su piel naturalmente oscura es más oscura de lo normal,
como si hubiese estado pasando más tiempo en el sol. Él probablemente
es así, si está trabajando afuera. Sus brazos también parecen más grandes
que…
—¿Tierra a Reese? —Oigo a Ben llamándome, agregando—: ¿Qué
pasa que te quedaste boquiabierta?
Me las arreglo para dirigir mi atención de nuevo a la cara de espera
de Ben como tres segundos antes de que regrese de nuevo a Jared.
Y veo. Como un loco que merece un cóctel de sedantes y un cuarto
de seguridad, miro a Jared por primera vez en casi nueve meses, mientras
entrelaza sus dedos con los de ella y lleva su mano a los labios, besándola
suavemente, pronunciando algo que parece un “te amo”.
Solía hacer eso conmigo.
—Mierda —murmuro, tragando el asco en aumento y los celos que
cambian mi cara de ángulo, tratando de bloquear discretamente mi perfil
con mi mano si Jared mirara en esta dirección.
—¿Qué es? —comienza Ben, dándose vuelta en su asiento.
Mi mano sale volando para aterrizar en su mejilla, golpeándolo
cuando traigo su cara de nuevo hacia mí.
—Nada. Estoy lista para irme.
Él domina fácilmente mi fuerza, y sus brillantes azules examinan con
rapidez las mesas.
De algún modo, observa una en la zona de la derecha. O el lado
equivocado, dependiendo de a quién le estés preguntando.
—¿Quiénes son?
—¿Quién es quién? —Hacer el tonto nunca ha sido mi fuerte.
—¿Esa pelirroja sexy y el tipo?
—¡Ella no es tan sexy! —espeto, y luego aprieto los dientes mientras la
sonrisa surge en el rostro de Ben. Me puse un cebo y fallé. No puedo evitar
que mi atención se desvíe hacia su mesa de nuevo. Mi estómago se
contrae mientras la veo tirando el pelo sobre su hombro y reírse cuando él
dice algo, con su sonrisa radiante. Aunque lo intento, no puedo dejar de
mirarlo, y el dolor de traición palpita dentro de mi pecho, recordando sus
pálidos ojos verdes…
Y de repente los ojos de color verde pálido se centran en mí.
Me congelo como una ardilla atrapada bajo los faros de un coche
cuando diferentes escenarios: confusión a reconocimiento a conmoción a
preocupación, pasan por su rostro cuando Jared se da cuenta de que su
loca ex-esposa está sentada a unas pocas mesas más. Y cuando Caroline
se da cuenta de que ha perdido toda la atención de su marido, se da la
vuelta para ver lo que podría ser más importante.
Por suerte me las arreglo para romper el contacto visual antes de
que su mirada se detenga en mí, y ahora he vuelto a mirar a Ben, con lo
que me imagino, parece pánico. —Mantén tus ojos en mí, por favor —le
ruego.
—Eso no es difícil. —Creo que fue adulación, pero en este momento,
no funciona en mí.
Mierda. Yo sabía que un día el destino me jugaría una cruel broma. El
mundo es demasiado pequeño y frío de corazón para que no hacerlo.
Pero no debía suceder tan pronto ni así. No con mis vaqueros desgastados
y camiseta vieja y negras botas raídas, y con el pelo despeinado por el
casco. Debía estar extremadamente sexy.
Mis oídos comienzan a quemar cuando siento que sus ojos cambian
de mí a la otra y viceversa, discutiendo qué hacer. Ben debe haber sentido
mi ansiedad porque se acerca y agarra mi mano con la suya. Ni siquiera
trato de alejarme. Inclinándose un poco, murmura—: ¿Estás bien?
—No.
Una mezcla de sorpresa y preocupación parpadea dentro de sus
ojos. —¿Tengo que hacerle daño a alguien por ti?
A pesar de la situación, siento que mi corazón se derrite un poco. Es
algo dulce que Ben tome un papel protector. Supongo que años de ser un
gorila han desarrollado esos instintos.
—Sí, pero no como estás pensando. —Desde mi periferia, veo a
Jared desplazarse de su asiento y dirigirse hacia mí, con Caroline sobre sus
talones.
Oh, mierda. —Estamos saliendo, ¿de acuerdo? —suelto, sin pensar.
El rostro de Ben queda inmóvil por un momento. Y luego una sonrisa
satisfecha se extiende en sus labios. —¿Tú quieres mi ayuda?
—Por favor, solo… —No tengo la oportunidad de pedírselo antes de
que encuentre a Jared de pie junto a la mesa.
—¿Reese? ¿Eres tú? —Su voz suave es igual de atractiva a como lo
fue la vez que lo conocí, cuando me atrapó en su trampa. Caroline no
pierde el tiempo en enlazar su huesudo brazo a través de él, colocando
indiscretamente su mano para que sus anillos estén en mi línea de visión. En
caso de que no supiera que ya estaban casados. Me obligo a tomar una
respiración lenta, solo para sentir el ruido en mi pecho.
—Hola, Jared. —Me encantaría sonar indiferente o impertinente,
pero no puedo evitar la suavidad de mi voz. La presencia de Jared siempre
ha tenido un efecto tranquilizante sobre mí. Por el rabillo de mi ojo, me doy
cuenta de la ceja levantada de Ben mientras su mirada se desplaza hacia
mi brazo, donde el tatuaje sigue siendo notable.
—Vaya, te ves tan… diferente.
Toco algunos mechones de mi pelo. —Requisito de mi nuevo trabajo.
—Un temblor en mi voz desmiente mi respuesta informal. Lo odio.
La atención de Jared se dirige a Ben, escanea rápidamente su parte
superior del cuerpo, antes de pasar de nuevo a mí. —¿Qué estás haciendo
en Miami?
—Vivo aquí. Me mudé hace nueve meses. —Just o después de que
arrancast e mi corazón.
—Eh, Lina no dijo nada acerca de eso. —Eso es porque ella t e habría
t ort urado si pudiera salirse con la suya. Mi amiga puritana tiene una vena
malvada a la espera de ser liberada, probablemente peor que la mía—.
Nos acabamos de mudar hace… uh… —Frunce el ceño, aparentemente
aturdido.
—Hace dos semanas —termina Caroline por él con su acento sureño,
agregando—: En un fantástico condominio cerca del agua. —Apoya la
mejilla en su hombro—. ¿Cierto, cariño?
Eso parece hacerlo reaccionar. —Sí. —Se muerde el labio—. Tengo
un trabajo de soldadura aquí. Trabajando en los barcos.
—Como siempre lo quisiste —me quejo, aventurando una mirada
directa a sus ojos. Siguen siendo tan penetrantes como siempre.
—Exact o. —Una pequeña sonrisa toca sus labios. Jared nunca ha
sido un gran sonriente. No como Ben, sino que es naturalmente reservado,
decidiendo recostarse y tomar a la multitud en vez de liderar la carga.
Hay una larga pausa durante la cual Jared simplemente me mira
fijamente y aprieto los dientes, y Caroline parece decidida a moldearse a sí
misma a su cuerpo. Esto está más allá de incómodo. El único que parece
muy a gusto es Ben. Por la amplia sonrisa en su rostro, el hijo de puta está
disfrutando de esto.
Extiende una mano. —Hola, soy Ben.
Con una leve inclinación de cabeza, Jared acepta. —Jared.
—El ex-marido, ¿no?
El rostro de Jared se retuerce con un dejo de disgusto. —Y esta es
Caroline.
Ben le guiña un ojo. —La amante.
Con un ligero fruncimiento de ceño, ella se mete el pelo detrás de la
oreja y responde—: La esposa. Jared y yo hemos estado juntos desde que
teníamos doce años. —Como si eso justificara todo. Oigo el mensaje oculto
claramente. Mi matrimonio con él fue un frívolo desliz en su planeada vida
de felicidad.
—De acuerdo. —La sequedad en la voz de Ben es rara, pero a la vez
inconfundible. Obviamente a él no le importa si ofende a nadie y está feliz
de acariciar al elefante en la habitación. Una parte de mí quiere besarlo.
La otra quiere darle un puñet azo en la nariz.
Afortunadamente, él cambia el tema en un santiamén. —Gran lugar
aquí, al lado del agua.
—Lo sé, ¿verdad? —Los ojos de Caroline se iluminan y me pregunto si
es todo un acto. Si es realmente alegre y dulce—. Me encanta su café.
Vengo aquí todas las mañanas.
Sé que eso es verdad. Lo sé porque el martes pasado me senté en
un banco del parque y esperé casi una hora para que ella apareciera.
Viene por su café de la mañana a las ocho y media.
Luego camina cuatro cuadras al oeste hast a una casa ant igua
reformada, donde es asistente administrativa para una sociedad de
corretaje de seguros. Lo sé porque la seguí desde la cafetería a su lugar de
trabajo.
Y soy muy consciente de que lo que hice es totalmente insalubre.
—Así que deben acabar de casarse. Felicitaciones.
¿Ben no se pierde ni una maldit a cosa? Los hombres no deben
percibir estas cosas. Y hombres como Ben definitivamente no deben darse
cuenta de estas cosas. Le echo una mirada, como diciendo “porque traes
esto a colación”, pero él me ignora, manteniendo sus ojos en la feliz pareja.
—Sí. En julio, en Savannah. Fue la boda más hermosa, con clase.
Un cuchillo perfectamente dirigido por mi espalda, hasta mi corazón.
Cómo si no fuera suficiente, capto cómo su dedo recorre un camino bajo
la manga de la camiseta de Jared, juguetonamente dibujando círculos
mientras empuja la tela hacia arriba para revelar un nuevo tatuaje. Una
figura encapuchada sosteniendo una antorcha de soldadura.
Justo donde solía estar mi nombre.
Cierro los ojos contra el doloroso bulto en mi garganta y el sordo
dolor hinchándose dentro de mi pecho, deseando tener puesta una
camisa de manga larga o mi chaqueta de montar. Cualquier cosa para
tapar el tatuaje que no he quitado de mi cuerpo. No dudo por un segundo
que el movimiento fue totalmente intencional por parte de ella. Caroline
no es el pequeño melocotón dulce de Georgia que pretende ser.
Esto es demasiado para controlar. Siempre supe que enfrentar a
Jared por primera vez desde nuestra terrible ruptura sería difícil. Pero nunca
comprendí la magnitud para mi cuidadosamente guardado corazón, al
ver la muy real y dolorosa manera en la que él había seguido adelante y,
en muchas maneras, yo no.
Jared se aclara la garganta y levanta su brazo sobre el hombro de
Caroline, eficazmente ocultando el tatuaje de mi línea de visión. —Así qué,
¿dónde estás trabajando estos días, Reese?
Todavía estoy tratando de encontrar mi voz cuando el sonido de la
silla de Ben raspando me saca de mi silencioso infierno. —Ella trabaja en mi
bufete de abogados —contesta Ben por mí. Se levanta y toma mi mano,
arrastrándome de mi silla. Lo sigo a ciegas.
—¿Bufete de abogados? —Sus ojos se clavan con incredulidad
mientras Ben pone un brazo sobre mis hombros. Ahora que Ben está de pie,
la diferencia de tamaño entre ellos dos es asombrosa. Siempre he pensado
que Jared era grande, pero está en el lado pobre en comparación.
—Una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Tiene la
mitad de los abogados allí corriendo en círculos para mant ener el ritmo,
incluso a mí. —Mirándome con esa pícara sonrisa, murmura—: ¿No es
cierto, nena?
Le ofrezco una sonrisa con los labios apretados.
—De hecho, va a estar pegada en la oficina ayudándome todo el
fin de semana. Pero es increíble. Nunca se queja sobre eso. ¿Verdad?
Los ojos de Ben están en mí, esperando expectante.
Me tiene en la esquina y lo sabe. Lanzo un suspiro. —Hago lo que
puedo.
Me guiña un ojo como sellando nuestro trato silencioso. Y luego el
imbécil engreído me jala contra él, lo bastante cerca para inclinarse y
besarme en los labios. Ni siquiera intenta hacerlo apropiado en el medio
de la cafetería y la audiencia, su lengua se desliza pausadamente antes
de finalmente apartarse.
Bajo circunstancias normales, eso podría haber sido una agradable
sorpresa porque, a pesar de haberme convencido a mí misma que había
sido el tequila, Ben en realidad es un increíble besador. Ahora mismo, sin
embargo, solo estoy tratando de luchar a brazo partido con la primera
réplica significativa del terremoto que sacudió mi mundo.
No sé qué demonios estoy sintiendo.
Todo lo que sé es que estoy un poco mareada, Jared me observa
fijamente, y Caroline mira a su marido, una extraña y pedregosa expresión
en su rostro.
La mano libre de Ben va hacia atrás para tomar su billetera. Saca un
billete de veinte y lo arroja sobre la mesa para cubrir la factura. Agarrando
su caja de pastel, ofrece—: Encantado de conocerlos a ambos. Necesito
llevar a mi chica de vuelta a trabajar. Tenemos un largo fin de semana
delante. —Girando mi rígido cuerpo hacia la saluda, pone su mano en mi
bolsillo trasero, logrando un buen agarre del lado izquierdo de mi trasero
que enfat iza con un apretón, y añadiendo con voz alta y desagradable—:
Sabes, creo que deberías ayudarme a pintar mi oficina de rojo.
El aire desaparece de mis pulmones mientras mis mejillas arden.
Lo voy a destripar.
Y a Mason, porque obviamente Ben descubrió sobre el “incidente”
de pintura roja y el matrimonio fracasado de mi hermanastro, quién solo
buscaba una manera de hacerme quedar mal, sin duda.
Silbando suavemente, me guía a la salida. No me atrevo a darme la
vuelta. Todo en lo que puedo enfocarme es en poner un pie enfrente del
otro y tratar de no paralizar a Ben con un fuerte codazo en las costillas. —
¡Gracias por recordarles eso! —siseo con dientes apretados.
—¿Sobre qué? ¿La pintura? —Deja escapar un fuerte resoplido—.
¿En serio crees que no se acuerdan? —Su mano se escapa de mi bolsillo,
liberando su brazo para ponerlo sobre mis hombros de nuevo—. Solo les
hacía saber que no me importa si mi novia es una completa chiflada. Sin
embargo, quiero escuchar un poco más sobre eso alguna vez. Apuesto
que es una buena historia.
—Qué manera de tomar ventaja de la situación. Diez puntos por ser
un idiota —murmuro mientras paramos en la acera y esperamos que la luz
cambie.
—Acabo de ayudarte a poner a tu ex marido celoso, así que de
nada. No pretendo hacer la mierda del novio. Normalmente soy suizo. Fui
pícaro por ti, así que estate agradecida.
—¿Todo por bondad de tu corazón?
—Definitivamente por un órgano mío. —Creo que oigo murmurar
entre dientes, y luego atrapo la sonrisa torcida mientras dice más fuerte—:
Exact o. No seas una nena y leas nada detrás de eso, ¿de acuerdo?
El brazo en mis hombros se desliza, permitiéndole alcanzar y agarrar
mi barbilla. Levanta mi cara para encontrarme con sus ojos cristal azul. —
¿Todavía sientes algo por él?
—No.
Obviamente sin creerme, agrega en un timbre mucho más suave—:
Sabes que les tomó a los dos, ¿verdad?
—Lo sé.
Suspira y por primera vez no veo más humor en cualquier parte de su
cara. —No eres estúpida, Reese. Así que no seas una de esas estúpidas
chicas que se deprimen por un imbécil. Menos por uno que está casado.
Lo escucho pero a la vez no lo hago, trabajando en algo que dijo
anteriormente. —¿En serio crees que eso lo hizo sentir celoso?
—Maldita sea que sí lo hizo. Vi la mirada en su cara y también lo vio
su pequeña esposa. No hay manera que un chico que ha estado contigo
no estuviera molesto mirando alguien más meter su lengua en tu boca.
—Creo que deberías enviar eso derecho a Hallmar. —Ben seguro
sabe cómo aumentar el ego de una chica, le doy eso. Si no estuviera tan
angustiada por ver como Jared me había borrado permanentemente de
su brazo, podría en realidad ser capaz de sonreír.
La típica sonrisa de hoyuelos encantadora de Ben está de regreso
mientras me mira fijamente. —Y gracias por no morder mi lengua allá. —
Hay una pausa, y entonces sus ojos parpadean detrás de mí—. Están
saliendo en estos momentos, no, no lo hagas. —Sus dedos aprietan un
puño en mi barbilla para evitar que me dé la vuelta, manteniendo mis ojos
fijos en los suyos—. Demasiado obvio. ¿Quieres meterte bajo su piel? Y de
ella, porque te puedo garantizar que no le gustó ver la forma en que
quedó boquiabierto por ti.
El impulso de irritar a Caroline es imposible de ignorar. Mi inclinación
de cabeza es toda la invitación que necesita Ben. Poniendo su caja de
pastel en la cima de un quisco junto a nosotros, sus manos encuentran su
camino a mi nuca y a mi culo, mientras me jala contra su cuerpo, esta vez
con un beso que debería estar reservado para detrás de puertas cerradas.
Incluso gana unos bocinados y gritos mientras pasan los autos.
Cuando Ben finalmente me libera, me toma un momento recordar
por qué me está besando. —¿Siguen viendo? —susurro, casi sin caliento.
—Mierda. Esos no eran ellos después de todo. Debo hacer chequear
mis ojos. —Su ceño dura dos segundos antes que aparezca una sonrisa
traviesa y sé que he sido engañada.
Cojo el pastel puesto en el quiosco junto a nosotros.
Y lo aplasto en ese amplio pecho.

—¿Cómo siquiera son amigos Mason y tú?


Ben levanta su vista de su archivo hacia mí, echando un vistazo a mis
pies con medias sentados en la parte superior de su escritorio. Si eso es un
indicio, no lo tomo. Si me voy a sentar en su oficina todo el fin de semana,
voy a estar cómoda. —¿Qué quieres decir?
Respondo con un giro de ojos. —Sabes exactamente lo que quiero
decir.
Se inclina hacia atrás en su silla y se estira, dándome una atractiva
vista de las líneas de su pecho y hombro. —¿Qué puedo decir? Soy un tipo
amigable. Le gusto a la gente. Sobre todo a las pequeñas chicas sexys de
pelo púrpura.
—¿Conociste un montón de esas en Cancún o te expandiste? —
Genial. Pensaba cuan genial era que Ben le hiciera honor a su promesa de
no traer nada de eso a la conversación, y ahora yo iba y lo mencionaba.
Sus ojos se estrechan ligeramente como si me estuviera evaluando,
decidiendo qué admitir. —Creo que la mayoría de ellas eran rubias. Salvo
una de España. Oh… y una pelirroja.
Impresionant e. No estoy t an sorprendida. Ni por un minuto pensé que
era nada más que su objetivo de la noche. Vomitarle encima a este chico
fue tal vez mi gracia salvadora. —Debiste estar muy cansado después de
eso —digo con preocupación fingida.
Me muestra uno de sus hoyuelos del diablo. —Dos eran mejores
amigas, así que… Lo estuve después de esa noche.
Me esfuerzo para mantener mi mandíbula de caerse, porque tengo
la corazonada que Ben no puede estar molesto para traer cosas como
esas a la conversación. Puedo considerarme aventurera —Jared pensó así
seguramente—, pero no creo tener ni idea de seguirle el paso a un tipo
como Ben. Trabajó en un club de striptease, después de todo. —¿Siempre
te has amado mucho?
—Tuve un año difícil en el noventa y nueve, pero lo superé rápido —
ofrece con una risita, llevando su atención de regreso a la pantalla de su
computadora. Han pasado horas desde que vinimos de ese desastroso
encuentro, y Ben y yo nos hemos sentado en su oficina todo el tiempo. Me
he mantenido ocupada yendo a través de la carga de trabajo, haciendo
notas sobre siguientes pasos y fechas importantes, cosas que puedo hacer
fácilmente, papeleo que podemos entregarle a June y otros paralegales
que no requieren mucho pensamiento o interacción para completar. Entre
eso y la ligera conversación, me las he arreglado para no sentirme tan
deprimida por Jared después de todo.
Ben no ha bromeado sobre ninguna margarita ni arrastrarse. No ha
mencionado el manoseo público que tuvo conmigo en la esquina de la
calle; gracias a Dios Jack no miraba por la ventana de su oficina en ese
momento particular.
Es como si ni siquiera hubiera ocurrido.
Estudio su bronceado y apuesto rostro. Esa sonrisa que constriñe mi
pecho. Después de sentarme aquí con él por todo este tiempo, por mucho
que odie admitirlo, Ben no es el tipo malo que me había convencido que
era. Sí, sigue siendo arrogante, desagradable y francamente exasperante
a veces, pero trabaja mucho, parece respetar genuinamente a Jack, y es
bueno con todos. Incluso con mi hermanastro nerd.
Así que tal vez el hecho de que Jack nos haya forzado a estar juntos
fue algo bueno. Ya t engo suficiente preocupaciones, sin jugar a Misión
Evitar a Ben en el Trabajo. Y ahora no tengo que sentarme en la oficina de
Nelson, pensando en maneras de espigarlo y salirme con la mía.
—Tenía razón. —Me acerco y tomo una foto de un mucho más joven
Ben en un campo, con su uniforme de fútbol. Una pequeña morena, su
madre, supongo, aunque no se parece, está al lado de él, con una sonrisa
de orgullo en su rostro—. ¿Cuántos años tenías aquí?
—Catorce.
¿En serio? Habría supuest o al menos dieciséis años. —Eras un chico
grande. —Y precioso. Incluso a esa edad, puedo ver que Ben debe haber
tenido a todas las niñas enamoradas—. ¿Dijiste que te lesionaste, cierto? —
Creo recordar a Ben diciendo algo como eso en Cancún. Cuando asiente,
pregunto—: ¿Qué te hizo convertirte en abogado?
—¿La verdad? —Hace una pausa, tapando su lapicera—. Me iba a
convertir en profesional. No había otra forma. Entonces un imbécil me
lastimó la rodilla. Todo sobre el golpe fue sucio. Ya había soltado la pelota
unos cinco segundos antes de eso. El chico me quería fuera para siempre.
No era la primera vez que hizo algo así. Ni siquiera debería haber estado
en el campo. —Se recuesta en su silla, y una expresión rara de mal humor
pasa por su cara—. La NCAA 2 se involucró, suspendieron al chico por un
maldito partido. Incluso así, t uve que intentarlo. Así que construí un caso
contra el tipo yo mismo, con nombres, fechas y testigos específicos. Su
historia. —Puedo ver la chispa en sus ojos—. Recurrí a la suspensión. No
cambió nada para mí, exactamente como había esperado. Pero cuando
el idiota lastimó a otro jugador al año siguiente, el caso que armé sirvió
para que estuviera fuera por un año. —Se encoge de hombros—. Yo no
podía jugar más, pero me di cuenta de que ley de deportes era algo en lo
que podía ser bueno. Sé las idas y vueltas de esta profesión, más allá de
solo el juego, cómo detectar el talento futuro, todas las mejores escuelas,
los requisitos y términos de un contrato estándar, y esa mierda burocrática.
Me imaginé que con un poco de suerte, lo podría hacer bien.

2 National Collegiate Athletic Association: Asociación Nacional Atlética Colegial.


—Pero Warner no tiene ningún departamento de leyes de deportes,
Ben —digo lentamente, sin querer amortiguar la repentina emoción en su
voz con lo obvio.
Sonríe. —Sé que no, Reese. Al menos, todavía no. En realidad me
ofrecieron un trabajo en la firma de abogados de deportes en la Costa
Oeste, pero necesitaba quedarme en Miami por mi mamá. Y, Jack está
dispuesto a dejarme intentar construir uno aquí, después de que haga lo
debido.
Ben vuelve su atención a su trabajo mientras siento la pequeña
sonrisa sobre mis labios. Jack siempre está buscando maneras de ayudar a
la gente. Me pregunto si le da una oportunidad a Ben porque es un buen
amigo de su hijo, y Mason no tiene muchos amigos. Jack es el tipo de
hombre que haría justo eso.
—¿Qué más te dijo Mason sobre mí?
Veo los hoyuelos aparecer, incluso en este ángulo. —Que estabas
demente.
—¿Y?
Ben levanta la mirada hacia mí. —Y me gusta lo demente.
—Bueno, lamento decepcionarte —digo con un profundo suspiro al
tiempo que muerdo una manzana que Jack había dejado más temprano,
antes de salir—. Estoy completamente sana. Él cree eso de mí desde que
salté de su armario y lo hice mear en los pantalones. —Por supuesto, dejé
fuera la parte en que vestía un traje de payaso y que tenía un cuchillo muy
realista en mi mano. Y que tenía ocho años. Porque esos detalles pueden
hacerme sonar un poco inestable.
Ben estalla en una carcajada; un sonido genuino que calienta mi
pecho. —De acuerdo, ¿vas a ayudarme con este trabajo o solo sentarte
allí y lucir tentadora todo el día?
Ruedo los ojos, aunque secretamente disfruto sus palabras.
No lo creo.
Ocho horas después de esa ridícula exhibición pública en el café,
estoy a horcajadas en mi motocicleta, afuera de un Chick-fil-A, comiendo
un sándwich mientras miro fijamente un mensaje privado en mi cuenta de
Facebook de mi ex-marido.
Fue genial vert e hoy. Est ás más hermosa que nunca.
Releo el mensaje al menos veinte veces mientras una nostalgia
amarga consume mi interior. Jared siempre me saludaba con un atontado
“Hola, hermosa” tan pronto como mi alarma se apagaba. La primera vez
que lo dijo fue muy chocante porque no lo había oído desde que tenía
cinco años, cuando mi padre seguía conmigo. Al crecer con una madre
que lucía como Annabelle —y al no parecerme en nada a ella, y en todo
a mi padre—, sé lo que es ser hermosa y sé que no lo soy. Seguro, hay algo
sobre mí. Algo que algunas veces capta la atención de alguien.
Pero, Jared siempre me hizo sentir hermosa.
De repente mi apetito se ha esfumado. Terminando el resto de mi
cena y metiéndolo en la bolsa para después, escribo con mis manos
temblorosas:
Para mí t ambién fue genial vert e. Simple.
E increíblemente falso. ¿Fue “genial” ver a Jared hoy? ¿Fue siquiera
remotamente placentero? No. Sin embargo, siento una chispa de algo
dentro de mí que me convence de lo contrario. Tanto como quiero ser una
perra, tanto como quiero atacarlo con mi letanía de “porqués”: ¿Por qué
me dejast e? ¿Por qué me ment ist e? ¿Por qué rompist e mi corazón?, me
encuentro mirando fijo a la pantalla, esperando que aparezca el pequeño
indicador de “leído”, esperando una respuesta.
Todavía estoy mirándola cuando escucho los tacos de una mujer
haciendo clic detrás de mí. —¿Tienes fuego?
Me doy vuelta para encontrar unos ojos color café pasando sobre mi
cuerpo, tal vez de la misma forma que la estoy evaluando yo a ella. Es
hermosa en muchas formas seductoras, su largo cabello negro y liso, sus
labios carnosos y sensuales. Sus pechos demasiado hinchados y redondos
para ser reales.
—Lo siento, no fumo.
Deja escapar un sonoro sonido de exasperación mientras baja sus
manos a los costados, con un cigarrillo posado entre sus dos dedos. —¿Por
qué ya nadie fuma, maldición?
—Porque no es bueno. Además ya tengo un corazón negro. También
los pulmones negros sería más que una exageración.
—Tú y yo, las dos —murmura entre dientes, estudiando mi moto—. ¿Es
tuya?
—¿Cómo lo supiste?
Ella me disecciona con los ojos entrecerrados por un buen rato antes
de mover su barbilla hacia la Harley junto a la mía, la de las llamas rojas y
amarillas en el cuerpo que admiraba antes.
—Es de mi novio. Él va a salir pronto. ¡Oye! —Le hace un gesto a un
tipo que pasa por allí, sosteniendo su cigarrillo sin encender. Él se ve muy
feliz mientras busca en sus bolsillos un encendedor, con los ojos fijos en el
escote de esta mujer mientras ella prende la llama—. Gracias, cariño —
dice en voz baja y ronca, dándole un guiño mientras sopla una bocanada
de humo directamente en su cara—. Ahora sigue adelante antes de que
mi hombre salga de ahí.
Qué perra. Como que me agrada.
Mi teléfono suena otra vez, y sin poder detenerme, reviso el mensaje.
Verte con ese tipo hoy fue duro ¿Es serio?
—¿Es una maldita broma? —murmuro, mis ojos muy abiertos por la
sorpresa. ¿En serio? ¿El verme con alguien más también fue duro para él? Y
¿por qué está preguntando acerca de Ben? Est á él…
Mierda. Tal vez Ben tenía razón.
—¿Malas noticias? —pregunta la mujer entre caladas.
Siento el ceño fruncido en mi cara —No. No lo creo. —Hago una
pausa para procesar este giro de los acontecimientos, mientras un extraño
y vertiginoso impulso surge—. Creo que puse celoso a mi ex-marido.
Si fue duro para él, entonces… todavía le importa.
Y yo me había esforzado tant o para convencerme de que no era
así.
Esas primeras dos semanas después de que los encontré juntos en la
ducha, yo estaba delirando. Al principio pensé que debía haber algún tipo
de malentendido, que no vi lo que me pareció ver, que no escuché lo que
me pareció escuchar. Y entonces una mañana me desperté de la bruma,
con los ojos hinchados y emocionalmente agotada, y acept é que era de
verdad. A partir de ese momento, mis pensamientos se transformaron en
una desesperada esperanza de que Jared se diera cuenta de su error, que
simplemente se confundió, que se trataba de la única vez, que tal vez él
había estado bebiendo. A las once de la mañana de un martes. Me moría
de ganas de creer cualquier cosa que resultara con él arrastrándose de
nuevo hacia mí, rogándome que lo perdonara.
Y sabía que, si lo hacía, yo lo acept aría. Tan fuerte, independiente y
terca como soy, habría cedido en un segundo. Porque esa era la única
manera de detener la agonía corriendo a través de mi corazón todas las
horas conscientes del día.
Cuando Lina encontró una nota que él había metido en su correo
pidiendo el divorcio, negando mis delirios, probándome lo tonta que era,
una amargura tóxica se hizo cargo para contener el agujero vacío que
dejó. Eso fue todo. Se había acabado.
Me aferré a esa amargura por meses, permitiéndole transformarse en
indiferencia. Ha sido un tipo de motivación, para demostrar que mientras
Jared no me quiere ni me necesita, yo tampoco lo quiero ni lo necesito.
Que yo no fui humillada por él, demasiado ciega para ver lo que pasaba
delante de mis narices.
Pero ahora él me da este nuevo sentimiento al que aférrame, es una
especie de enferma satisfacción, el saber que todavía puede haber una
pizca de algo en su corazón para mí. Como una esperanza reavivada. O
tal vez es mi ego maltratado consiguiendo una inyección de esteroides.
Sea lo que sea, es totalmente intoxicante.
—¿Estás tratando de reconquistarlo? —ronronea ella a través de una
exhalación, observándome con atención.
—No… él se encuentra casado. Con la mujer que me engañó. —
¿Reconquistarlo? ¿Podría incluso suceder?
—¿Por qué sigues hablando con él? —pregunta, apagando el
cigarrillo con su tacón, después de haberlo terminado en un tiempo
récord.
—No sé. —No conozco a esta mujer y no me importa si me juzga. Tal
vez por eso lo admito en voz alta, sin darle demasiada importancia—. Tal
vez todavía lo quiero. —Hago una pausa, para luego añadir—. Después de
herirlo. —Después de hacer que le duela el corazón, dejar que se sienta
perdido, hacer que se arrepienta de sus elecciones. Y entonces, cuando él
ha llorado y se ha arrastrado y sufrido… tal vez lo acepte de vuelta.
Para recuperar lo que alguna vez tuvimos.
—Y entonces podrán vivir felices para siempre. —No puedo decir si
está siendo sarcástico o no. Pero ent onces su máscara agria se desliza por
un momento, revelando una especie de simpatía, lo que me dice que ella
sabe algo de mi dolor—. He pasado años esperando a alguien, esperando
que él solo necesit e tiempo. Fue una estupidez.
—No he estado esperándolo —argumento.
Se encoge de hombros justo cuando un hombre alto que lleva una
chaqueta de cuero, pantalones vaqueros rasgados y pesadas botas
negras sale del restaurante, en nuestra dirección.
—¿Tuyo? —pregunto, asintiendo hacia él.
Una suave sonrisa revolotea sobre su rostro duro y puedo decir que
es raro de encontrar. —Fin y yo hemos sido amigos durante años. Él siempre
ha estado ahí para mí. Finalmente me di cuenta de lo mucho que significa
para mí.
Cuando él llega a nosotras, no pierde tiempo en abalanzarse para
un rápido beso, que ella otorga, tirando de su barba de forma juguetona.
Para ser honesta, él no es lo que había esperado para una chica que luce
así —que podría ser una stripper o una prostituta—, se sienta atraída. Pero,
para gustos.
—¿Qué te parece? —Él observa mi motocicleta con una reverencia
única para los demás conductores.
—Me vendría bien un poco más de potencia, pero me encanta. —
Cuando Jack me sorprendió con la oferta de aval, ya había hecho su
investigación. Al parecer, soy menos propensa a matarme en este modelo
“iniciador”.
—Pensaba conseguir de China uno de estos —admite, seguido con
una sonrisa—. Pero me gusta tenerla en la parte de atrás.
—Guau. Charla de motocicletas. Emocionante —murmura la mujer
secamente—. ¿Listo para irte, cariño? —Se pone su casco y le da un golpe
juguetón en el culo como diciéndole que debían irse. Él cumple, lanzando
una larga pierna sobre el asiento de su moto. Ella utiliza sus hombros para
equilibrarse mientras sigue su ejemplo, sentándose a horcajadas detrás de
él. Entonces dirige esos ojos afilados hacia mí.
—Un consejo: si tienes que pelear por un chico, no vale la pena. Ve
por el que te está esperando. —Enrolla sus brazos alrededor de la cintura
de su novio mientras arranca el motor.
Los veo alejarse rápidamente juntos.
Tendida en la cama con un brazo situado debajo de mi cabeza,
todavía totalmente vestida, me quedo mirando mi teléfono, decidiendo
sobre la mejor respuesta a la pregunta de Jared sobre Ben. Finalmente me
decido por:
Todavía no me he casado con él.
Humor. En caso de duda, siempre usa el humor.
Y, sin embargo, sigue doliendo.
Mientras espero su respuesta —que es posible no reciba esta noche;
Jared siempre era terrible con responder a los mensaje de texto—, ruedo
de lado para llegar debajo de mi cama. Mis dedos se adhieren a la suave
madera de mi tesoro, la caja que contiene mi pasado.
El aroma de cedro cosquillea en mis fosas nasales mientras abro la
caja y estudio la foto de la boda escondida dentro. El traje blanco del
imitador de Elvis que nos casó no puede eclipsar la amplia sonrisa en mi
cara mientras estoy junto a Jared; mi vestido violeta complementa el color
de mi cabello. Debido al ángulo de la cámara, el diamante en mi anillo de
la nariz brilla contra el flash. Jared luce tan casual y sexy como siempre con
vaqueros desteñidos y una ajustada camiseta de Kings of Leon que
abraza su cuerpo maravillosamente esculpido como si estuviera diseñada
para él y solo para él.
Solía pensar que Jared fue diseñado para mí y solo para mí.
Nos entendíamos. Más importante aún, me dijo que me amaba por
mí. Todo de mí. Mi yo perra de la mañana, mi yo sarcástica en la mayoría
de los otros momentos, a excepción de cuando me fundía en algo suave y
accesible, casi vulnerable, en sus brazos. Le encantaba que yo anduviera
en moto, que supiera tocar la guitarra y que pudiera cantar a todo pulmón
a Joni Mitchell y Eddie Vedder mientras hacía huevos revueltos, una de las
pocas cosas que puedo cocinar. Le encantaba que mi pelo fuera de color
púrpura y mi cuerpo estuviera perforado y que no me opusiera a la idea
de combinar tatuajes. Ni siquiera por un segundo.
Le encantaba que yo fuera independiente, emocional y que fuera
“diferente” a todas las demás chicas.
A mí, a su vez, me encantaba que no le importara el dinero de sus
padres y eligiera soldadura porque le encantaba trabajar con el metal. Me
encantaba la forma en que él no miraba dos veces a otras chicas mientras
yo me sentaba a su lado. Me encantaba la forma en que él me decía que
invitara a mis amigos a salir con nosotros. Me encantaba la forma en que él
no podía irse una noche entera sin mí. Incluso trató, una vez. Él vino a
Miami para la despedida de soltero de un amigo y acabó conduciendo
hasta casa esa misma noche para acurrucarse en la cama conmigo a las
cinco de la mañana.
Me encantaba la forma en que él me elegía a mí en un instante.
Cómo me quería en su vida. Él era el único hombre que parecía dispuesto
a comprometerse siempre conmigo.
Me encantaba la forma en que me amaba.
Con un suspiro, guardo la imagen y saco la hoja arrugada de papel
debajo de ella; la nota que Jared dejó en la puerta de Lina.
Reese: Sient o que hayas t enido que ent erart e de est a manera.
Caroline y yo nos encont ramos y… Todavía la amo. Lo que t ú y yo t enemos
siempre será especial para mí. Voy a pagar t odos los honorarios. Por favor,
firma los document os para que t odos podamos seguir adelant e. Lo sient o.
Jared.
Nunca pensé que una hoja frágil de papel podría tener el poder de
atravesar a un ser humano. Vino con una de esas aplicaciones en línea
“hágalo usted mismo” para el divorcio del Estado de Florida y coloridos
Post -it indicando dónde tenía que firmar.
Yo sabía que Jared no los puso ahí.
He mantenido esta nota para recordarme cuánto me hirió Jared y
cómo no quiero nada más que ver con él. Y, sin embargo, ahora que está
aquí en Miami, ahora que he tenido una muestra de lo que se siente al
tener su atención de nuevo… No sé si puedo alejarme. Desde luego, no
puedo dejar de pensar en eso.
Suspiro mientras reviso mi teléfono una vez más. ¿Sin embargo, vale
la pena? Esa mujer de Chick-fil-A está probablemente en lo correcto. O, al
menos, ella puede tener razón.
Ha pasado un tiempo desde que abrí esta caja. Excavando más
hondo, encuentro incluso recuerdos aún más antiguos. Incluso los más
dolorosos.
Una imagen de una niña con coletas, sus manos extendidas hasta
donde podían alcanzar el manillar de la Harley de su papá mientras ella
fingía montarla. Saco esa y la estudio con atención, así como he hecho
durante años, hasta que un leve golpe en la puerta me sobresalta. Jack
asoma la cabeza, agachándose ligeramente, vacilante por mi reacción.
—¿Cómo fue trabajar con Ben?
No puedo evitar sonreír. Le preocupa que esté enojada con él por
sacar la tarjeta de jefe. Y hacerme trabajar un sábado. —Bien. Hicimos
mucho. Le dije que lo vería en la oficina mañana.
—¿Y ha sido… profesional?
Sofoco un bufido. Sé bien lo que Jack está preguntando. —No tienes
que preocuparte, Jack. —Creo que eso es todo lo que él hace respecto a
mí.
Preocuparse.
Preocuparse de que esta nueva y mejorada Reese que ha ayudado
a crear sea solo temporal. Que sea solo cuestión de tiempo antes de que
caiga de la carreta respetuosa de la ley, por así decirlo, o que tenga que
sacarme de apuros, o huya y me case de nuevo.
Me doy cuenta que los hombros de Jack caen como si se hubiera
quitado un peso de encima. Al entrar en mi habitación, alcanza la foto en
mi mano. —Solías dormir con esto. Siempre lo guardé antes de que tu
madre te encontrara con ella. Lo hubiera quemado.
—Lo bueno es que Annabelle no era de los que me cobijaba, en ese
momento —murmuro secamente, aunque siento la calidez extendiéndose
en mi pecho sobre la admisión de Jack. En realidad nunca me di cuenta
de que nunca la había escondido, yo misma. O que Jack había venido a
comprobarme por las noches.
Él estudia la foto por un minuto antes de devolverla.
—Oye, ¿en serio nunca vas a volver a casarte, Jack? —pregunto,
metiéndola adentro y empujando la caja debajo de la cama.
—Oh… —Una profunda arruga surca su frente—. Me imagino que
dos veces es suficiente para mí.
—¿Es por Annabelle? ¿Ella te arruinó tanto?
—Es debido a un montón de cosas, Reese Pieces. —Sonríe con
tristeza—. Dejé ir el dolor hace mucho tiempo. Aferrarse a las personas que
no quieren tu amor nunca es saludable. —Lanza un gran suspiro—. Tal vez si
me encuentro con la mujer adecuada, las cosas van a cambiar.
—Bueno, has sin duda llamado la atención de la señora Sexton —
bromeo con una sonrisa, sabiendo que puedo salirme con la mía. Jack es
tranquilo, realmente tolerante.
Se encoge. —Prefiero a alguien un poco más. . . refinada. —A pesar
de lo que su apellido puede sugerir, con un caso crónico de raíces negras
y un cigarrillo siempre colgando de su boca, señorita Sexton está casi tan
lejos de la vecina soltera sexy como puedes conseguir. Divorciada dos
veces, y la voz nasal de un nativo de Boston hace su acento muy poco
atractivo. Generalmente, puedes encontrarla regando su césped. Ella es la
que lleva mallas de spandex verde lima, un sujetador deportivo, y Crocs. El
hecho de que ha dado a luz a cuatro hijos y tiene una cicatriz de cesárea
que corre verticalmente por su estómago no disuade a los cincuenta años
de edad, de hacer alarde a lo que ella pudo haber tenido en algún
momento, hace veinticinco años. Me sorprende que no haya habido
quejas oficiales de la comunidad. Es un barrio de clase media alta con
viviendas unifamiliares y propiedades paisajistas.
Jack se inclina para colocar un suave beso en la cima de mi cabeza.
—Buenas noches.
—Buenas noches —murmuro, pero luego lo llamo—. ¿Jack?
Se detiene y se vuelve, con una mirada inquisitiva en su rostro.
—¿Crees en luchar por algo que quieres?
—Soy abogado, Reese. Todo lo que hago es luchar —reconoce con
una sonrisa, pero luego frunce el ceño—. ¿Por qué?
—No hay razón. Solo por curiosidad.
Con una mano en el pomo de la puerta, él me estudia por un
momento. —Te vas a quedar fuera de los problemas, ¿verdad?
Apoyo la cabeza en mi almohada. —Por ahora.
Hay una pausa y luego un suspiro de exasperación. —Buenas
noches, Reese.
—Buenas noches, Jack.
Tan pronto como la puerta hace clic, me doy la vuelta y agarro mi
ordenador portátil para hacer algo que no he hecho en meses.
—Bueno viejo Facebook. Ayudando a la gente a acechar desde dos
mil… —murmuro, entrando a la página de perfil de Jared, apretando los
dientes en preparación.
Tal como lo había esperado. Foto tras foto de flores, arcos y un gran
vestido blanco llenan su muro. Todas publicadas por Caroline. ¿En serio?
¿Una boda por la iglesia? Jared es ateo. Debe haber quinientas personas
llenando este lugar para ver al ateo casándose. Jared odia las multitudes.
Él está sonriendo en cada imagen; no puedo negar eso. Y se ve igual
de increíblemente guapo en un esmoquin. Aun así…
Un nuevo mensaje aparece mientras reviso en su perfil. Sorpresa,
sorpresa. ¡Ella ataca de nuevo!
¡Mi sexy hombret ón me va a prot eger aquí, mañana a la mañana!
¿Qué me pongo? Hay un enlace adjunto del parque extremo de paintball
del norte de Miami.
Mi estómago se contrae. Me encanta el paintball. Jared y yo íbamos
todo el tiempo, por lo general arrastrando a Lina y Nicki. Incluso tengo mi
propio traje de camuflaje y una pistola de paintball semiautomática.
Hago clic en el enlace para leer sobre el establecimiento; propiedad
familiar y operado por veinticinco años. Eso siempre es un plus. Significa
que ellos saben cómo hacer las cosas y van a tener suficientes árbitros. Es
un enorme campo al norte de la ciudad, con una zona boscosa. Me
gustan mucho más aquellos en los barrios pobres, en las que estás
embutida en un edificio de un almacén. Esto significa también que es
probable que haya una gran cantidad de jugadores. Con todo el equipo
de protección y máscaras, es difícil identificar a una persona…
No puedo ir sola. Quiero decir, no da miedo un poco de locura, pero
eso es demasiado. No, tengo que ir con mi gente. Envío rápidamente un
mensaje a Lina y Nicki:
Paintball. Mañana. Nueve de la mañana. Están conmigo, ¿verdad,
perras?
No voy a decirles por qué. No importa. Nos divertiremos igual.
Nicki responde inmediatamente con una simple: Me apunto.
Lina se toma unos pocos minutos más, aunque sé que lo ha leído.
Me apunto, siempre que pueda llevar al chico que estoy viendo.
Después de haber accedido a eso, porque no me importa a quién
lleve mientras tenga la oportunidad de clavar a Caroline en la cabeza con
una salpicadura de pintura roja, arreglamos logística y me desconecto de
nuestro chat grupal. Me recuesto en mi cama y suspiro.
Mierda.
Me olvidé de Ben. Cuando salgamos de allá y volvamos, me duche,
comamos, y todo eso… No voy a querer sentarme en una oficina toda la
maldita tarde.
Me desplazo para ver el número de Ben, agradecida de que
hayamos int ercambiado información de contacto antes de separarnos
hoy:
Lo siento, no te puedo ayudar a mañana. Surgió algo.
Y entonces apago mi teléfono.
Traducido por Julieyrr
Corregido por Itxi

¿Surgió algo? ¡Qué diablos significa eso! De ninguna manera voy a


permitirle que me deje tirado. Conseguimos tanto hoy.
Demonios, no.
Estoy yaciendo en la cama mientras respondo rápidamente:
No puedes escaparte. Todavía me debes por lo de hoy y necesito tu
ayuda.
No hay respuesta. Ni siquiera lo ha recibido. Debió apagar su
teléfono. Revisando mis contactos, marco el número de Mason. Contesta
al segundo timbre.
—Ve y dile a Reese que compruebe su maldito teléfono —exijo, con
un raro toque de irritación en mi voz.
—Uh… —Me lo imagino jugando con sus gafas—. No estoy en casa
en este momento.
—Mierda —murmuro—. ¿Dónde estás? ¿La biblioteca? —Mason es
un hombre predecible. Es Warner, casa o la biblioteca.
—¿Por qué necesitas a Reese?
—Solo… se supone que me ayude en la oficina mañana y está
intentando escabullirse.
Un silbido suena en el receptor, seguido de una risita femenina baja
en el fondo, por lo que compruebo de nuevo la pantalla para asegurarme
de que en realidad marqué el número de Mason Warner. Lo hice.
Esto no puede estar bien. Reconozco una risita femenina saciada
cuando la escucho. —Amigo, ¿estás echando un polvo?
Con un carraspeo pesado, dice—: No sé dónde está ahora, pero sé
dónde estará mañana.
—Muy bien, dímelo.
—Te enviaré el enlace. Nos vemos allí a las diez.
Traducido por CrisCras
Corregido por Val_17

Estoy lista para perseguir a esa perra.


Después de pagar los honorarios, tener mi arma aprobada para el
campo, recoger nuestro equipo de alquiler, y firmar una renuncia a
responsabilizarlos por cualquier daño a nuestras vidas, me las arreglo para
alejar a Nicki de la zona de registro mientras esperamos por Lina. No sé si
Jared y Caroline ya se encuentran aquí, pero no quiero cruzarme con
ninguno de ellos antes de estar preparada.
—Buena decisión lo del paintball. Necesitaba eliminar el estrés luego
de esta semana —dice Nicki, estirando los brazos, su arma de alquiler en el
suelo junto a sus pies. Siempre está aflojando los músculos. En unos largos
pantalones negros y un jersey negro de cuello tortuga extendido sobre su
fuerte cuerpo, realmente no encaja en mi idea de una trabajadora social
que ayuda a adolescentes con problemas, pero apostaré que es mejor
que la mayoría en ello.
Yo elegí mi atuendo habitual: pantalones de camuflaje y camiseta
de manga larga a juego. Es suelta y definitivamente no resulta atractiva,
porque esto es paintball. Si vienes aquí para verte bien, eres un idiota. Y te
vas con moretones. —¿Dónde está Lina y ese misterioso hombre suyo? —
murmuro—. Va a hacer calor aquí afuera si esperamos mucho más. —No
voy a irme de estos terrenos hasta que haya descargado al menos una
bala sobre Caroline.
—Buena pregunta. Lina nunca llega tarde —concuerda Nicki—. Y tú
siempre llegas tarde. No puedo creer que estuvieras esperándome en la
puerta cuando me detuve en tu camino de entrada.
—Solo intentaba ser considerada. —Decidí no montar mi moto hasta
aquí. Demasiado llamativo. Preferiría que Caroline y Jared no me vean
venir hasta que sea demasiado tarde—. Y supongo que también me
vendría bien algo desestresante.
—Sí, has tenido una semana difícil, con el universo odiándote y todo
—dice con simpatía en sus ojos. Puse a Nicki al día sobre toda la cosa de
Ben, Jared y Caroline estando en la ciudad. De mis dos mejores amigas,
Nicki tal vez sea con la que resulta más fácil hablar. Hace preguntas
mientras reconoce mis sentimientos no expresados. También es mejor
oyente que Lina, quien simplemente te dice lo que piensa, directo, sin
moderarlo con ni siquiera una pizca de tacto.
Por supuesto, nadie sabe que Caroline y Jared estarán aquí hoy. Eso
es simplemente demasiada honestidad.
—¡Bueno, mira quién nos honra al fin con su presencia! —exclama
Nicki, alzando los brazos con exasperación fingida. No me pierdo la sonrisa
tensa y la mirada furtiva hacia mí, aunque no entiendo por qué.
Al segundo en que me doy la vuelta, lo entiendo.
—¿Mason? —Siento mi cara arrugarse en una mueca apretada—.
¿Qué estás…?
De repente encaja.
—¡Oh, Dios mío! —grito mientras mi mejor amiga se adelanta para
enganchar su brazo con el suyo, casi como para mantenerlo en su lugar.
—Recuerda, soy tu amiga y me amas —afirma Lina con total
naturalidad. Simplemente la miro fijamente mientras anuncia—: Mason y yo
estamos saliendo.
¿Qué? ¡Qué! Miro de ella a Mason, que está mirando la pistola de
pintura que cuelga de mis dedos, y de vuelta a ella. —¿En serio? ¿Estás
teniendo sexo con mi hermanastro? —No puedo evitar estremecerme.
—Dije que estamos saliendo.
Miro la cara de Mason de color remolacha. Todo lo que veo es a un
chico desgarbado con gruesas gafas, a quien le encanta Jeopardy y me
molesta por dejar pegotes de pasta de dientes en el lavabo. Si ella no está
durmiendo con él, entonces todavía podría ser virgen. Espero que no esté
esperando sexo genial otra vez durante mucho tiempo.
¿Mason y Lina? Pero… pero… —Él usa pijamas de viejo —grito, como
si el pijama de dos piezas de rayas con cuello y botones de Mason —con
bolsillos— lo explicara todo.
Lina mete su corto flequillo rubio detrás de la oreja, su rostro calmado
y compuesto, como si esperara esta reacción de mi parte. —Es inteligente,
lindo y agradable. No seas una perra.
Soy completamente consciente de que est oy siendo una perra, así
que no me ofendo. Además, sigo en shock. ¿Mi mejor amiga está saliendo
con mi némesis de la infancia? —Pero… ¿cómo?
Lina dobla los brazos sobre el pecho. —Iba a decírtelo en la cena,
pero nos dejaste tirados, demasiado ocupada trabajando. —Sus ojos grises
me diseccionan mientras Lina coloca la oportuna culpa sobre mí.
—Pero… ¿cómo? —pregunto otra vez.
—¿Recuerdas cuando fuimos a tu casa para tomar prestadas unas
herramientas de Jack?
Asiento. Fue el fin de semana en que Nicki y Lina se mudaron.
Necesitaban un martillo y un taladro. Yo me hallaba ocupada estudiando
para mi examen final del lunes siguiente, así que no pude ayudar.
—Mason se ofreció a venir para ayudarnos.
—¿Mason sabe siquiera cómo usar un taladro?
—Sí, Mason sabe cómo usar un taladro —responde Mason con tono
enojado.
Al mismo tiempo, Lina admite—: No.
Sus ojos se lanzan hacia ella mientras se encoge de hombros. —En
verdad no sabes, bebé. —Como para templar su ego, se inclina y lo besa
en la mejilla, dejándome boquiabierta como una perca con la boca muy
grande. Nicki está demasiado ocupada ahogando su risa con la mano
como para decir algo.
—De cualquier forma… él se pasó el día int ent ando ayudarnos —
Mason hace rodar los ojos ante eso—, y luego lo llevé a cenar como
agradecimiento. Después de eso, empezamos a hablar por Facebook, y…
—Jodido Facebook. El habilitador de sublevaciones —gruño entre
dientes.
—… me pidió salir para ir al cine y a cenar —termina Lina—. No te lo
dijimos de inmediato porque queríamos asegurarnos de que valía la pena
tratar con tu ataque.
—¿Y? —Los miro a ambos, la resignación clara en mi voz porque ya
sé la respuesta a eso, dado que están parados aquí justo ahora.
—Y puedes salir allí y disparar a tu mejor amiga y a tu hermanastro
para la satisfacción de tu corazón. Después de eso, ni una palabra.
¿Entendido? —me regaña Lina.
Técnicamente, no puedo porque ellos estarán en mi equipo, pero…
levanto mi arma en el aire. —Está bien. ¿Podemos ir? ¿O hay alguna otra
sorpresa para mí hoy?
Un par de fuertes brazos se aferran alrededor de mi cuerpo, fijando
los míos a mi pecho mientras soy alzada del suelo, un limpio y elegante olor
llenando mis fosas nasales. —¿Así que esto es por lo que me abandonaste?
Traducido por Eli Hart & Mary Warner
Corregido por Elizabeth Duran

―¡Buenos días, solecito! ―Plasmé una amplia sonrisa mientras dejo


caer a Reese otra vez al suelo y la miro andar por ahí, con una mezcla de
sorpresa e irritación en su rostro.
―¿Qué haces aquí?
Hago señas hacia mis vaqueros desgastados y la camisa gris
asquerosa. ―Dándote una segunda oportunidad de desquitarte conmigo
por reírme de ti.
Esos ojos caramelo destellan, como si temiera que lo explique muy
detalladamente. Retrocedo cuando marcha hacia mí, preguntándome si
debería dejar de sonreír como un idiota o protegerme contra el inminente
golpe en la garganta. ―Digo, ¿cómo sabías que estaría aquí?
Asiento con la barbilla en dirección a Mason. ―Luego de que me
liberaras con un mensaje de texto anoche, muy lamentable, por cierto,
llamé a Mason para patearte el trasero. Él pasó la noche en la casa de tu
amiga y me dijo lo que sucedía. Así que… ―Me encojo de hombros y le
ofrezco una sonrisa presumida―. Aquí estoy. Me imagino que podemos
regresar a la oficina juntos más tarde. ―Sin esperar su respuesta, porque la
cargaré sobre mi hombro y llevaré su pequeño cuerpo terco a mi auto si
tengo que hacerlo, le grito a Mason―: ¿Es est a a la que le dabas anoche?
Si así es ―asiento―, bien hecho.
La cara de Mason se sonroja, mientras intenta contener la pequeña
sonrisa orgullosa que se expande por sus labios. Bien por él. El chico
necesita tener sexo sobre una base. Y la chica ―que reconozco como la
amiga no-coreana, coreana de Reese― es la “chica linda de al lado.”
―¡Oye! ¡Tanto tiempo sin verte!
―¿En serio me recuerdas? ―El tono de la chica es plano y con un
toque de duda.
―No olvido una linda cara, cariño.
―Coqueto ―murmura Reese, dándome una mirada rara―. Esa es
Lina y esta es Nicki, ya que estoy segura que no recuerdas los nombres que
van con estas inolvidables caras.
Abro la boca, pero titubeo cuando todo encaja. Ent onces… así es
como lucen los celos en Reese. ―¿No me dieron nombres falsos?
La cara de Reese se gira hacia la chica a su derecha, la que parece
como si pudiera dar una buena batalla por mi dinero en unas pulseadas,
estalla en risas. ―Eso es verdad. Éramos los Ángeles de Charlie esa noche.
Reese, por el otro lado no sonríe. ―Traidoras. ¡Suerte para ti! ―Se
pone la máscara, se voltea y marcha hacia el pasto de la entrada, como si
se hallara en una misión.
Miro su lindo trasero camuflado todo el tiempo, sabiendo que al
menos una de esas balas de pintura tiene mi nombre.

―No he hecho esto desde que tenía, como quince ―digo mientras
los cinco elegimos un camino entre un terreno con arbustos, y mis ojos
buscan nuestros oponentes. Hay muchos equipos jugando a la vez hoy y
nosotros ―el equipo morado, elegido por Reese― cazamos a cualquiera
con una banda roja gruesa en sus brazos.
Qué adecuado.
Ya le disparamos a cuatro, aún sin víctimas de nuestro lado. ―Este
lugar es genial ―ronronea Nicki con voz suave—. Podrían hacer todo un
tema de Los Juegos del Hambre.
Tiene razón, podrían. Aquí afuera es como una arena, el bosque es lo
bastante ancho, y el pasto cubre bastante, para crear el perfecto campo
de caza. Incluso tienen pequeños puestos de patrulla regados en los
alrededores. Desearía haber conocido antes este lugar. Tengo que traer a
Nate y los chicos para jugar. Tal vez incluso a Kacey.
―Muy mal que no se permit a escalar los árboles ―murmuro
agitando la cabeza mientras observo a Reese pasar sus brazos alrededor
de la rama de un árbol y comenzar a impulsarse hacia arriba. Pasándole
mi arma a Mason, rodeo con un brazo su pequeña cintura y la jalo hacia
abajo justo cuando está por subir una pierna―. Tengo el presentimiento de
que eres peor siguiendo las reglas que yo.
Responde girándose para apuntar con su arma a mi pecho.
―Tampoco me encuentro en contra de dispararle a los miembros de mi
equipo.
Me río, alejándola. Sé que dice la verdad. ―¿Quieres ser botada del
juego? Porque hay árbitros en todos lados. ―El campo de juego es tan
grande, que andan por ahí con todoterrenos.
―Solo intentaba tener un mejor…
Sus palabras son cortadas por el sonido de un arma semiautomática
y explosiones de salpicaduras de pintura.
―¡Cúbranse! ―grita la novia de Mason, Lina, que por extraño que
parezca, suena como un soldado mientras va corriendo hacia la pequeña
choza a unos seis metros. Todos la seguimos, adentrándonos más mientras
continúa el asalto. El aullido de Mason mientras rodeamos la esquina para
protegernos, nos dice que tenemos nuestra primera víctima. Lina voltea
para confirmar la mancha azul en la espalda de su camisa a cuadros―.
Sip, estás muerto.
―Duele ―se queja.
Escucho un “mariquita” venir de Reese, amortiguado con una tos
falsa, mientras se asoma por la ventana, seguido de un suave golpe en el
hombro de su amiga Nicki.
―¿Qué hago ahora? ―pregunta Mason, ignorando a su media
hermana.
Alguien de afuera responde por nosotros. ―¡Chico de la camisa a
cuadros! ¡Sabemos que fuiste golpeado! ¡No engañes ni intentes limpiar la
pintura! ―grita.
―¡No estoy mintiendo! ―exclama Mason con indignación―. ¡Yo no
miento!
―Sí, como sea ―viene la floja respuesta―. ¡Sal donde podamos
verte con las manos arriba!
―Hay algunos verdaderos locos por aquí ―murmura Nicki, pegando
su nariz al arma por el orificio para disparar a unos pocos para que salgan.
―Supongo que los esperaré al frente ―murmura Mason, quitándose
su banda púrpura y saliendo, con la cabeza baja. De hecho creo que se
divertía. Además, ser el primero en caer en un grupo de chicas, quizá
golpee un poco su ego.
―No te preocupes. Cuidaré a las damas por ti ―anuncio,
extendiendo mis brazos hacia las tres mujeres mientras vemos a Mason irse
por el camino a través de la pequeña ventana, hacia el grupo. Su banda
púrpura cae en rendición.
Y ahí es cuando todos se liberan, por lo que la pintura golpea al
chico delgado, mientras levanta los brazos intentando proteger su pecho.
—¡Esos hijos de puta! —sisea Lina, codeándome para que me aparte
mientras sale de la choza con Nicki detrás, armas afuera y disparándoles
en una carga maniática de “¡banzai”, gritando a todo pulmón mientras
Reese y yo miramos desde la seguridad de nuestra choza.
Cuando todo está hecho como veinte segundos después, los cuatro
hombres oponentes y ambas, Nicki y Lina están fuera del juego.
Mason se halla cubierto de pintura de pies a cabeza.
―Pobre idiota ―me burlo―. Supongo que a ella en verdad le gusta.
―No, es Lina. Es inevitable que vaya toda kamikaze en algún punto.
Me sorprende que tardara tanto.
―¡Gana por nosotros! ―grita Nicki con un saludo―. Te esperaremos
en la puerta.
Reese suspira, quitando mi brazo de su hombro. ―Bueno, este no
será un juego largo.
―Siempre podemos ocultarnos aquí un rato. Reagruparnos. ―Sonrío,
observándola con su ropa de camuflaje. Los pantalones son apretados en
su trasero, haciéndolo lucir más redondo y atractivo.
Su máscara se voltea mientras agita la cabeza. ―Incluso cuando no
puedo ver tu rostro, sé que me estás echando el ojo.
Estallo en risas, y responde dándome un empujón. ―¡Shhh! ¡Estamos
cazando! ―Se inclina para mirar por la ventana, murmurando para sí
misma―: ¡Eres demasiado ruidoso!
―Bien. Ve a cazar. Estaré aquí, admirando los arbustos. ―Me quito la
máscara y levanto la bastilla de mi camisa para secar el sudor de mi cara.
―No se permite quitarte la máscara aquí afuera. Pensé que seguías
las reglas ―se mofa Reese, subiendo su propia máscara, mostrando sus
mejillas rosadas, cubiertas con una capa de sudor, y su cabello en una
húmeda coleta desastrosa. Sus ojos observan mi estómago no cubierto un
segundo, antes de mirar de nuevo a mi cara, con una rara expresión en su
boca.
No puedo evitarlo. ―Pesando en lo de ayer, ¿no?
Rueda los ojos, pero no me pierdo la pequeña sonrisa que curva sus
labios. ―No. ¿Tú?
―No he parado. ―No estoy avergonzado de admitirlo. Tontear con
Reese fue divertido. Sobre todo frente al idiota con el que fue demasiado
estúpida para casarse. ¿Qué hay con las chicas yendo por el chico oscuro,
mal humorado y tatuado? Porque puedo decirte cómo es él, solo por su
apariencia. E incluso con la esposa de Stepford pegada como sanguijuela
a su lado, atrapé la mirada severa que disparó en mi dirección. No estoy
sorprendido. No entiendo como alguien se perdería la oportunidad de
besar a alguien como Reese, sobre todo con la chica común y corriente a
la que se ató.
Reese, bueno… está enojada y exhalando fuego hasta que sus
labios encuentran los tuyos, y luego, de seguro debe tener su lengua atada
a la cocaína, porque no puedes tener suficiente de esa dulce boca.
Miro su rostro cuando parece reflexionar un momento, mientras su
pecho sube y baja más rápido que lo que hacía hace unos momentos. No
me opondría a quitarle los pantalones a Reese aquí y ahora. ―Mierda
―murmuro, cambiando mi postura.
―¿Qué?
Suspiro. ―Nada. Solo odio usar protectores de testículos.
Siento la punta de su arma pincharme en la ingle, golpeando contra
la misma. ―¿Porqué usas esto? ¿Temes que alguien vaya detrás de tus
preciadas partes corporales?
Estoy por decirle que me gustaría que ella fuera tras mis preciadas
partes corporales pero sin el arma, justo cuando una mujer se ríe afuera.
Rápidamente poniéndonos la máscara, me agacho para presionarme a su
lado y mirar por la pequeña ventana.
Lucho por reprimir mi risa mientras miramos una pareja subir la colina
opuesta a nosotros; la mujer en un par de pantalones cortos y una camisa
atada a un lado. ―¿Daisy Duke juega paintball? Qué maldito idiota. ¿Por
qué no la hizo usar más ropa? Le va a doler cuando le den. ―El chico está
girando de un lado a otro, buscado personas en el área.
―Sí, eso es ―concuerda Reese, y escucho el malévolo placer en su
voz mientras desaparecen en una choza―. Vamos. ―Sin esperar, se lanza
a por ello girando en la esquina, con su arma apuntada y lista.
―¡Son amarillos! ―siseo, intentando no ser bastante ruidoso en caso
de que haya algunos rojos cerca. Pero no me escucha. O no quiere. Se
mantiene en movimiento hacia adelante como una ninja, saltando sobre
los arbustos y evitando que las ramas se rompan. Aumentando velocidad
pero ni de cerca tan agraciado, la alcanzo segundos antes de que se
detenga al lado de la choza. Mantiene un simple dedo sobre su máscara,
para advertirme.
Sin embargo, no creo que nadie se preocupe. Por el sonido, ellos
están absort os.
Haciendo exactamente lo que yo pensaba hacer hace solo cinco
minutos con Reese.
Y por la forma en que Reese se está arrastrando por la esquina, está
a punto de probar por qué fui astuto al preocuparme.
Diablos, amo a esta chica.
Nivelando mi propia arma, me pongo a su lado mientras el golpeteo
rítmico suave que golpea la pared se eleva. Es obvio que el chico está
perforando a Daisy Duke, y está empeorando mi propia incomodidad. No
puedo evitarlo. Es normal para un chico excitarse ante ese tipo de mierda.
Reese se detiene. Daría lo que fuera para ver la expresión en su rostro
ahora, para saber lo que sucede en su cabeza. Sin embargo espabila, y
levanta una mano para contar hasta cinco con sus dedos.
Y luego los dos saltamos al camino de entrada.
Fueron lo bastante astutos para mantener sus máscaras, al menos.
Los pantalones cortos de la chica están en el suelo, sus desnudas
piernas envueltas alrededor de las caderas del chico mientras él embiste
dentro de ella, con los pantalones debajo de su trasero. En definitiva, un
montón de piel vulnerable a la vista.
Con un retrasado grito de batalla, abrimos fuego, golpeándolos de
pies a cabeza con pintura. Me enfoco más en la espalda del chico, pero
Reese no tiene compasión, descargando en el trasero de él y los muslos de
ella mientras grita, y los chillidos de dolor compiten con los clics de nuestras
armas.
Mi arma cae mucho antes que la de Reese, pero no parece lista
para descansar. Finalmente, la agarro por el brazo y la saco. Caminamos
hacia abajo por la colina con los gritos de “¡Idiot as!”, a través del bosque.
Sigo empujándola hasta que el valle y la choza ya no están a la vista y no
puedo correr más porque me estoy riendo tan malditamente fuerte.
Inclinándome en un árbol, lucho por recuperar el aliento. ―No
puedo creer que acabamos de hacer eso. ―Seremos expulsados del
juego y posiblemente vetados de este lugar si la pareja nos reporta, pero
tienen que admitir lo que hacían ahí, y aunque no hay regla de “no sexo”
en el manual, creo que los árbitros lo desaprobaran.
―¡Fue su maldita culpa! ―murmura; su respiración tan accidentada
como la mía―. ¿La viste? ¿Y si hubiera niños por ahí? ¡Qué idiota!
Otro rugido de risas explota en mí. ―No he escuchado esa palabra
desde hace tiempo. Claramente te ofendió con su sentido de aventura.
―Eso no fue una aventura. Eso fue un sinsentido total ―gruñe entre
respiraciones―. Que idiota por venir vestida así.
Entre el calor del mediodía, la máscara, y la carrera, el sudor sale de
mí. Muero por quitarme la máscara pero no voy a arriesgar perder un ojo.
―Vamos. Sigamos antes de que los verdaderos oponentes nos atrapen.
Suspira. ―Ya terminé con el juego por hoy.
―¿Qué? ¡Olvídalo! No voy a renunciar hasta que encontremos esa
bandera o que nos disparen. ―Soy competitivo por naturaleza. Tampoco
he tenido tanta diversión en mucho tiempo.
En respuesta, Reese apunta su arma a mi entrepierna.
Y dispara.
Con los brazos cruzados en el pecho, miro a Reese escabullirse de los
vestuarios, sus ojos furtivos mirando aquí y allá mientras camina en línea
recta a mi auto, luego lanza su bolsa de ropa sucia y arma en la cajuela.
Poniendo un mechón de cabello fresco recién lavado detrás de la oreja, e
inclinando la cabeza, me mira un poco tímidamente. ―¿Sobrevivirás?
―No estoy seguro. Debes hacer una prueba de funcionamiento.
―Sonrío, jalándola hacia mí y oliendo el jabón de su baño contra mi nariz,
probando que, sí, mi polla sigue siendo capaz de levantarse al menos.
Me ofrece una pequeña sonrisa mientras se aleja. ―Deberías escribir
a los manufactureros y quejarte.
―¿Y decirles qué cosa? ¿Que sus suaves protectores de testículos no
funcionan bien cuando una chica te dispara con una pistola de pintura
semiautomática a quemarropa? ―El picor se fue en unos pocos minutos,
pero demonios, dolió. Tal vez no habría sido tan malo si no tuviera ya una
furiosa erección y un creciente caso de bolas azules. Aun así, lo dramatizo
por Reese, esperando poder culparla durante el camino de regreso a la
oficina.
Se encoge de hombros. ―No lo sé. Algo se te ocurrirá. Eres el
abogado. Vámonos. —Se escabulle al asiento del pasajero de mi auto
antes de que pueda responder. Honestamente, pensé que la forzaría a
entrar en mi auto para ir con Warner. Pero entre el tiroteo a los privados y
sus amigos enviando mensajes para decir que se fueron sin nosotros, no
pelea conmigo. De hecho, parece tener prisa por salir de aquí.
―¿Estás bien? ―pregunto, entrando del lado del conductor, listo
para encender el aire acondicionado. Incluso con una rápida ducha en la
sala de cambio, ya estoy sudando otra vez con este calor―. ¿Qué pasa?
¿Sintiéndote culpable por arruinar el momento mágico para la pareja feliz?
Sus labios se presionan juntos y se detiene. ―No. Solo pensé que me
sentiría mejor por lo que hice. Eso fue… ―Niega―. Nada. Vámonos antes
de que cambie de opinión con el trabajo.
―Mierda, no podemos tener eso. ―Deslizo mi llave en el encendido
y lo giro―. Sin embargo, muero de hambre.
―Eso nos hace dos.
―Bien. Nos detendremos y te daremos niños para comer de camino,
mujer malévola. ―Estoy a punto de poner el auto en marcha cuando veo
a la mujer pelirroja y al chico alto de cabello oscuro caminar por el
estacionamiento hacia nosotros, dando pasos lentos y rígidos. Los
pantalones cortos de la mujer no tienen pintura, pero no puedo decir lo
mismo de sus piernas, que están moteadas con pintura roja. Moretones
corren hasta la parte interior de sus muslos.
―Espera un minuto. ―Entrecierro los ojos para tener una mejor vista
de sus caras―. ¿No es ese…?
―¡Conduce! ―demanda Reese, poniéndose sus gafas de sol y
encorvándose ligeramente.
Al pasarlos, Reese se aparta al mismo tiempo que logro obtener una
buena vista del gran tatuaje en el hombro del tipo que ha sido cubierto por
mangas largas antes. ―Tienes que estar bromeando. ―Exploto en risas―.
¿Acabamos de darle el último “jódanse” a tu ex y su nueva esposa?
Reese no contesta, distrayéndose con mi radio y cambiando a la
estación alternativa. La distintiva voz de Chris Cornell viene a través de los
altavoces.
—Mierda —murmuro con una risa—. Recuérdame nunca cabrearte.
—Le dejo tener un momento de silencio mientras giro sobre la autopista, y
las piezas empiezan a hacer clic. Tiene sentido. Reese tenía que haber
sabido que estarían aquí. Y tuvo que darse cuenta que la idiota vendría
vestida así. Finalmente, pregunto―: ¿Cómo sabías?
No creo que vaya a obtener alguna respuesta. Pero luego, con un
pesado suspiro, admite―: Facebook. Me escribió anoche. Tenías razón. Se
puso celoso de ti. Entonces ella posteó algo sobre venir aquí y, bueno… no
pude evitarlo. ―Una pequeña avergonzada sonrisa toca sus labios a la vez
que agacha su cabeza―. Sin embargo, hazme un favor, no se lo digas a
nadie.
Me arriesgo. ―Supongo que duele, verlos así, ¿no? ―Lo debe doler.
Aquí estaba yo, pensando lo divertido que era capturar a dos personas así,
pero para Reese, no eran solo dos personas. Era alguien que amó. Por la
forma en que su boca se está torciendo ahora, es alguien al que estoy
seguro que todavía ama.
Después de un momento, admite suavemente―: No es la primera
vez que lo he visto, pero, sí, aún duele. ―Aunque me gusta mucho su lado
irritable, tengo que decir que el lado triste que estoy viendo ahora mismo
me hace querer abrazarla o besarla o, demonios... estoy a segundos de
extenderme a través de la consola para sostener su mano. Ahí es cuando
mi bluetooth empieza a sonar, interrumpiendo la música. Un gran “Mami”
destella en la pantalla.
Mierda.
Reese mira de la pantalla a mí. ―¿No vas a contestar?
―La llamaré cuando lleguemos a la oficina.
Tan rápido como una víbora arrebatando su alimento, la mano de
Reese golpea el botón verde de “respuesta” en mi volante.
Gimo. ―Eres un gran dolor en mi…
―¿Hola? ―La voz laxa de mamá suena claramente a través de los
altavoces.
―Hola, mamá. ―Doy una mirada de exasperación a mi pasajera,
cuyo humor severo de repente se ha sustituido por una amplia sonrisa.
―¿A quién le acabas de hablar?
Tomo una profunda respiración. Esto es exactamente por lo que no
contesté. La única chica que mamá ha conocido fue a Brittany Jo, una
chica con la que salí en segundo año por dos semanas y quedé atrapado
en la presentación después de uno de mis juegos de fútbol. Y la única
razón por la que recuerdo el nombre de la chica es porque mamá siguió
preguntando por ella. Por lo menos seis meses después de que terminamos,
por ser atrapado teniendo sexo con su hermana gemela en una fiesta.
Demonios, me encontraba borracho y se veían exactamente igual,
excepto por sus ropas, lo cual debí haber notado. Pero su hermana nunca
dijo una maldita palabra cuando la metí al cuartito de la entrada.
―Solo una amiga ―respondo con duda.
―¡Hola, señora Morris! ―dice Reese como una inocente chica de
iglesia, batiendo sus ojos juguetonamente hacia mí―. Mi nombre es Reese.
Hay una pausa por uno, dos, tres segundos y entonces―: Hola,
querida.
Oh, joder. Escucho esa modulación en su voz. Esa es mi mamá
emocionándose de que una mujer haya atrapado a su bebé. Va a estar
buscando patrones de China después de colgar el teléfono, o lo que
demonios sea que las mamás hacen cuando piensan que va a haber una
boda. ―Es solo una amiga, mamá ―reitero―. Estábamos en un campo de
paintball con un montón de otros amigos y ahora nos dirigimos a trabajar
después de conseguir algo para comer. ―Por si fuera poco, lanzo―. Ella no
podía conducir. Su moto no funcionaba correctamente. ―Tal vez eso
voltee la pequeña fantasía de mamá.
―¡Oh, bueno, los dos deberían pasarse por aquí primero! Necesito
que le eches un vistazo al tractor, Ben. Suena divertido y no quiero llamar a
Bert a menos que tenga que hacerlo. Sabes lo mucho que cobra.
¿Pasar por allí primero? Amo a mi mamá, pero la arboleda no está
exactamente calle abajo. Es parte de su atractivo. ―¿No puede esperar
hasta el próximo domingo? Tengo un montón de trabajo que hacer.
―Supongo. Aunque podría tener el almuerzo listo para cuando
lleguen aquí... ―Su voz suena tensa con decepción.
―Eso es lindo, mamá, pero…
Reese me corta con―: Nos encantaría ir para allá, señora Morris. La
veremos pronto.
―¡Increíble!
¡Sí, increíble! Estoy muy seguro que acabo de escuchar campanas
de bodas en su voz.
Dead Mau5 llena el coche mientras termina la llamada telefónica.
Reese se controla por cinco segundos y luego se echa a reír. ―¿La llamas
mami? ¿Qué tienes, diez?
―Sabes que su casa está a unos ciento sesenta kilómetros. Ahora
estás estancada en el carro conmigo por las próximas dos horas.
Moviéndose en su asiento, cierra los ojos. ―Despiértame cuando
lleguemos allí.
Traducido por Erly Obsess, Vane hearts & Val_17
Corregido por Josmary

—No era lo que esperaba —murmuro mientras el Jetta de Ben gira


pasando el gran letrero “Arboleda Bernard Morris” y se desliza a lo largo de
una de las vías de acceso más largas que he visto, con árboles de roble lo
suficientemente grandes para crear una cubierta en forma de túnel. Con
hebras de musgo español colgando elegantemente de sus extremidades,
se ve como algo salido de una película. Uno de esos lugares de ensueño
que se siente mágico y que estás segura ha sido manipulado por un
equipo de escenario.
—Parece más de lo que es —aclara.
—Parece una casa gigante en un naranjal —replico cuando la gran
casa blanca con dos niveles de cubiertas cerradas y columnas señoriales
entra a la vista, a la vez que ventanas flanqueadas con persianas negras
nos contemplan. La bandera de la Confederación cuelga inerte en una
esquina, recordándome a un soldado, de pie, inmóvil mientras espera que
nos acerquemos.
—Es una casa malditamente grande —concuerda—. Los bisabuelos
de mi mamá, los Bernard, se mudaron aquí desde Louisiana y querían
sentirse como si estuvieran en casa, por lo que construyeron una casa en
una plantación. Algo fuera de lugar, pero era una casa genial para crecer.
Sin embargo, necesita un montón de trabajo.
A medida que nos acercamos, veo lo que quiere decir. El exterior
necesita terriblemente de un trabajo de pintura, las tejas han comenzado
a levantarse, y el pórtico se inclina ligeramente hacia la izquierda. Aun así,
es hermosa de una manera histórica e inquiet ante. Y apuesto a que está
llena de todo tipo de historias, tanto alegres como desgarradoras.
El motor se apaga, así que Ben da media vuelta en su asiento para
mirarme con una rara expresión seria.
—Est ás nervioso acerca de que conozca a tu madre, ¿verdad? —Lo
supe en el segundo en que no contestó la llamada de su madre. Cuando
sopla una bocanada de aire, no puedo evitarlo; me río—. Por favor, no me
digas que tienes a tu madre convencida de que eres un virginal discípulo
de Jesús.
—No, estoy bastante seguro de que esa nave zarpó cuando me pilló
con la hija del vecino detrás del granero —responde con una sonrisa
irónica, y añade—: Pero, por favor, simplemente no me des ningún dolor
de cabeza, MacKay. —Sus ojos parpadean a la puerta de entrada a
tiempo para ver aparecer a una pequeña mujer en un vestido de flores y
un delantal, idéntica a la fotografía sobre el escritorio de Ben, pero más
mayor.
Sigo su ejemplo y salgo del coche, mientras un perro de caza deja
escapar un largo aullido antes de contonearse por los escalones del
pórtico hacia Ben, casi arrastrando su vientre por el suelo.
—¿Con que has alimentando a este perro, mamá? Hola, Quincy. —
Ben se agacha para que el perro ponga sus patas delanteras sobre su
rodilla. Agarra sus dos orejas y las rasca, murmurando algo entre dientes
sobre una “buena chica”. Con este saludo a un lado, la perra pone su
atención en mí, y un poco más cautelosa, me agacho para ofrecer mi
mano. Después de algunas olfat eadas y aceptar una palmadita amistosa,
se gira y se balancea hacia la casa, donde la mamá de Ben me mira
fijamente.
Me pregunto lo que esta mujer va a pensar de mí. Me pregunto por
qué de repente me importa. Desde luego, no me importó cuando caminé
voluntariamente a esta trampa.
No he pasado por un montón de escenarios tipo “Conociendo a los
Padres”. De hecho, solo lo hice una vez: con los padres de Jared, justo
después de que nos fugáramos. Teniendo en cuenta que su hijo no había
tenido el corazón para decirles que había roto con Caroline —la futura
nuera— que habían elegido para su único hijo, yo diría que la reunión fue
exactamente como se esperaba. Una explosión catastrófica.
Con la mayor discreción posible, levanto los dedos para peinar mi
pelo, el cual dejé secar al aire después de la ducha rápida que tomé. No
hay mucho que pueda hacer por mis pantalones vaqueros y mi camiseta
en estos momentos.
—¿Ahora quien está nerviosa? —dispara Ben por encima de su
hombro con una sonrisa de suficiencia a la vez que lo veo deambular
hacia su madre. Viste una camiseta azul y amarilla de los Dolphins de
Miami y pantalones de mezclilla desgastados, así que no estoy mal vestida.
La diferencia es que Ben, aun así, se ve bien.
—¡Han pasado semanas! —lo regaña la mamá de Ben, aunque no
hay una pizca de amargura en su voz. Él le responde cargando su cuerpo
pequeño en sus brazos y dándole vueltas, tanto que ella aúlla y se ríe. Es
difícil creer que una mujer pequeña como ella creara algo tan grande
como este hombre. No puede medir más de un metro y medio de altura—.
¡Benjamin Morris! ¡Bájame antes de que me dé otro ataque al corazón!
Su sonrisa cae ante ese comentario, pero hace lo que le pide. Ella
procede a alisar su falda suavemente antes de volver a mirarme con los
ojos tan azules y amables como los de Ben. —Y tú debes ser Reese. —Su
mano pequeña sale disparada y la tomo inmediatamente.
—Tiene una hermosa casa, señora Morris.
Agita su mano. —¡Oh, por favor! Llámame Wilma, y esta vieja casa
está casi cayéndose a pedazos. A veces deseo que un rayo la hiciera
cenizas porque necesita mucho trabajo. Vamos. Tengo algo de té dulce y
sándwiches listos. —Acaricia el estómago de su hijo—. El favorito de
Benjamin.
Él me pilla frunciendo mis labios con fuerza para detener que escape
mi estallido de risa. Arrojando un brazo por encima de mi hombro, me
pregunta—: ¿Qué?
—¡Eres tan niño de mamá! —siseo, ganándome una sonrisa gigante.
Wilma echa una rápida mirada hacia atrás y sonríe radiante.
Y entonces todo hace clic. Sé porque Ben está nervioso. No se trata
de mí burlándome de él frente a su mamá. Se trata de que ella tenga una
idea equivocada acerca de nosotros.
Ben ha dejado bastante claro al mundo que no tiene ninguna
intención de tener algo serio con nadie. Nunca. Y si fuera alguien que no
sea Ben, un brazo sobre mi hombro podría hacer pensar a la gente que
estamos saliendo. Pero es Ben, y por eso no hago el esfuerzo de apartarme
de él.
Además, tengo que admitir, me hace sentir bien.
Más allá de la casa, hilera tras hilera de árboles se extienden sobre
las bajadas y subidas de la propiedad tan lejos hasta el alcance de la
vista. Pasamos por un granero de color miel a nuestra izquierda, construido
obviamente mucho después que la casa. Las grandes puertas se hallan
cerradas en la parte delantera, flanqueada a ambos lados por pequeñas
ventanas. Y est á oscuro dentro, pero creo ver una cara mirando hacia mí.
Pero se ha ido tan rápido que no puedo estar segura.
—Podemos comer en el pórtico —ofrece Wilma, dirigiéndose hacia
la casa. El interior es anticuado, pero de un modo pintoresco, con suelos
de madera desgastados y papel tapiz floral —algunas de sus costuras han
empezado a levantarse— que cubre de la moldura de las cornisas hasta
los altos techos.
—Ben me contó que esta tierra ha estado en su familia por
generaciones —digo a la vez que mis dedos se deslizan intencionalmente
a través de la veta de la madera de una mesa auxiliar. Donde quiera que
miro, encuentro una pieza de mueble rústico. Cada uno es diferente, lo
que sugiere que no ha sido producida en masa, y sin embargo hay algo en
ellos que insinúa que son parte de un conjunto.
—Más de cien años —confirma—, tenemos un montón de historia
aquí.
Siento la mano de Ben rozar la parte baja de mi espalda a medida
que avanzamos hacia una habitación de vidrio y madera t otalmente
blanca. Las ventanas de pared a pared tienen vistas a la extensión masiva
de la arboleda de la familia que no pude apreciar desde el camino de
entrada. No puedo hacer que mis ojos se alejen de la hermosa mesa de
roble, cargada de pan, embutidos y ensaladas, en parte debido a que mi
estómago está rugiendo, pero sobre todo debido a la cantidad. Hay
suficiente para diez personas aquí. Y no dudo de que todo sea cien por
ciento casero y hecho especialmente para su hijo.
—¡Modales, Benjamin! —Wilma golpea con fuerza la mano de Ben
para alejarla de la fuente de sándwiches—. Espera a Reese.
—Le gusto tal como soy —dice a través de una sonrisa, envolviendo
sus brazos alrededor de los hombros de su mamá para otro abrazo y un
beso en la frente. Es lindo.
Y tan completamente ajeno a mí.
Cuando nos sentamos a comer, escucho en silencio a Wilma hablar
de las próximas preocupaciones de temporada —sobre la propagación de
enfermedades y el sub-clima ideal, así como los altos costos del uso de la
empresa de embalaje y tener que recortar el personal— y de cómo todas
las tuberías de la casa necesitan ser reemplazadas. Todo mientras busco
defectos en ella. Destellos engañosos, declaraciones engañosas, temas
ensimismados. Cosas que me recuerden a Annabelle. Pero no encuentro
nada.
La mamá de Ben es realmente agradable y, obviamente ama a su
hijo.
Como cualquier madre debe amar a su hijo, supongo.
Para cuando llevamos los platos sucios a la cocina, mi estómago
está a punto de explotar, pero me siento como una vieja residente del
hogar Morris.
—Reese, ¿has visto alguna vez un bosque? —pregunta ella,
metiendo uno de sus cortos rizos castaños detrás de la oreja. El gris está
empezando a enhebrarse a través de ellos.
—No, no puedo decir que lo haya hecho.
Acaricia la espalda de Ben. —¿Por qué no te la llevas a salir por un
rato?
Estoy esperando que decline, insistiendo en que tenemos que volver.
Pero no lo hace. Simplemente asiente y lanza un brazo alrededor de mis
hombros. Alzo la mirada a tiempo para captar una sonrisa secreta tocar
sus labios a medida que pasamos por la casa, en nuestro camino de
regreso al vestíbulo.
—¿De dónde vienen todos estos muebles? —Me atrevo a preguntar.
Los ojos azules de Wilma parpadean hacia Ben a la vez que dice—:
Son piezas hermosas, ¿no es así?
—Sí —le confirmo, pasando la mano a lo largo de la pierna tallada
de un pequeño escritorio.
—El padre de Ben hizo todo aquí. Es carpintero.
—¿En serio? —Ben no ha mencionado una palabra acerca de su
padre y, dado que ninguna figura paterna ha hecho acto de presencia
hasta el momento, comenzaba a pensar que no se encontraba en la foto.
Además, Ben hizo ese comentario acerca de ayudar a su madre con su
naranjal el pasado fin de semana, porque está totalmente sola, mientras se
arrastraba por la oficina en busca de mi ayuda.
Pero Wilma utilizó el tiempo presente, por lo que su padre est á por
aquí obviamente. De lo contrario, ¿por qué iba a mantener una casa llena
de recuerdos? Metiendo el dedo en las costillas de Ben, pregunto—:
¿Heredaste el talento de tu padre?
—Nop. No puedo decir que lo hice. Vamos. —Engancha su brazo
alrededor de mi cuello, tirando de mí en una suave llave de cabeza, y su
camisa se siente engañosamente suave en mi mejilla—. Vamos, MacKay.
—¡No juegues rudo con ella! No es uno de tus hermanos. —Juntando
su rostro entre sus manos, Wilma se estira en las puntas de sus pies y le da
un beso en la mejilla—. Ahora vayan a divertirse. Voy a empacar toda esta
comida extra para que se la lleven a casa y no tengan que preocuparse
acerca de cocinar.
Sofoco mi bufido. Ben no se preocupa por cocinar. Lo he visto
caminando por delante de mi oficina todos los días con una bolsa de
Subway en sus manos. Muy bien pudiera comprar una franquicia de esa
cadena. Esa pobre inocente mujer... La veo desaparecer por el pasillo y
entonces no puedo dejar de susurrar—: ¿Tu madre tiene alguna idea de
cómo es en realidad su pequeño y dulce Ben?
Con una sonrisa arrogante, me guía a la puerta principal. — ¿Qué
quieres decir?
—Que pasas más tiempo sin tus pantalones que con ellos.
—Últimamente no. —Sus ojos viajan por el frente de mi cuerpo,
revolviendo una ráfaga inesperada de nervios dentro de mí, mientras me
conduce hacia el granero—. Y eso no tiene nada que ver con que me
guste llevar conmigo la comida casera de mi mamá.
—Me parece bien. —Empiezo a punzar sus costillas con los dedos
hasta que afloja su agarre de mí—. ¿Así que tienes un hermano? —Me doy
cuenta de que Ben sabe demasiado sobre mí y no sé lo suficiente sobre él.
—Tres. Jake, Rob y Josh. ´
Cuatro chicos Morris. —¿Y son todos como tú? —Automáticamente
me imagino a cuatro hombres rubios gigantes sentados en esa mesa, con
sonrisas y bocas desagradables, decididos a volver loca a su madre.
—¿Cómo yo?
—¿Grandes, engreídos y mujeriegos niños de mamá?
Se ríe. —Bueno, todos nos parecemos. Soy el más guapo, por mucho,
por supuesto.
—Naturalmente. —Dios mío, ¿cuat ro hombres que lucen como Ben?
—Rob está casado, Josh se divorció. Ambos tienen niños. Jake ha
estado con su novia durante un par de años. Tienen un hijo en camino.
—¿Así que tú eres el único que tiene problemas de compromiso?
Solo se ríe. —Supongo. Tengo una hermana mayor, también. Elsie.
—Déjame adivinar... ¿tú eres el bebé? —Su sonrisa me contesta.
Tiene sentido—. Te aprovechabas al máximo de eso, ¿verdad?
—¿Me puedes culpar? —Profundos hoyuelos se forman en las mejillas
de Ben.
—Supongo que no. —Al pasar por el granero, capto un movimiento
detrás de la ventana de cristal nuevamente. Como si alguien estuviera
mirando—. Oye, Ben, ¿hay alguien ahí?
—Probablemente mi padre. —Ben serpentea su mano a través de la
mía y me tira hacia el lado del granero.
—¿Él no sale? —No puedo dejar de pensar que es extraño que su
propio padre no haya venido a saludarlo. A menos que su madre sea una
psicópata Betty Crocker 3, que mantiene a su marido encadenado en el
granero como si tuviera una enfermedad incurable. Estoy segura de que
he visto un programa como eso antes.
—Más tarde en la noche. A él le gusta estar allí. —Ben da un tirón a
una lona azul con un objeto oculto debajo y todas las preocupaciones
acerca del peculiar padre de Ben desaparecen a la vista de gruesos
neumáticos con una banda de rodadura y barras antivuelco rojas y
amarillas.
—Sí, me casaré contigo —dejo escapar, dirigiéndome directamente
hacia el asiento del conductor del buggy.
—Oyee... —Unos duros brazos se enlazan alrededor de mi cintura y
me detienen, tirándome contra él—. ¿Crees que simplemente te voy a
entregar las llaves de esto? Es rápido.
—¡Estoy segura de que lo es! —Siento a mis ojos iluminarse una vez
más. Mientras otras niñas esperaban en una fila para girar en las tazas de
té en la feria, yo era la pequeña mocosa que estrellaba su cochecito en la
pista. Nunca fui una típica chica. No sé cuántas veces volví a casa con
manchas de hierba en mi ropa y barro en mi pelo.
—No sé si confío en ti. Eres capaz de sacarnos de la mitad de la
arboleda y matarnos.
—¡Soy una conductora muy responsable!

3 Betty Crocker es un nombre de marca comercial y las mujeres seleccionadas para


representarla tenían cierto estilo, que puede encajar con la descripción de la madre de
Ben. Lo que Resse quiere decir es que la madre de Ben resultaría una psicópata con la
fachada de mujer perfecta.
—¿Es eso lo que le dijiste a la policía cuando te arrestaron por
carreras de autos?
—¡No fue por carreras de autos y los cargos nunca fueron puestos! —
le devuelvo.
—Eso no es lo que dijo Mason —refuta.
Cómo Mason pudo... —¡Maldita sea! —Lina debió habérselo dicho.
Cambio de planes. Deslizo mi cuerpo a su alrededor y me presiono contra
él.
Una carcajada interrumpe mis muy evidentes intentos de seducción.
—Oh, diablos, soy un idiota, pero no voy a caer en eso. —Me da la vuelta y
le da una fuerte nalgada a mi culo antes de meterse en el lado del
conductor del buggy; un movimiento muy fluido para un hombre tan
corpulento—. Entra.
Lo hago, pero no sin una queja, planeando mentalmente pasos de
distracción y acoso.
—Mejor sostente. Esta cosa es antigua e inestable. —Hace girar el
motor y un ruido gutural escapa a la vez que vuelve a la vida, causando
que todo mi núcleo vibra con el asiento. Se tambalea cuando Ben tira la
primera marcha, resoplando y sacudiéndose ligeramente antes de saltar
hacia adelante a través de la hierba alta.
Ben nos conduce por un sendero de arena con un mar de árboles y
se desplaza a la segunda y luego a la tercera velocidad, la emoción de la
aceleración es estimulante. Es demasiado fuerte como para hablar, así
que felizmente me acomodo con el silbido de los árboles, la nube de polvo
que la arena empieza a levantar detrás de nosotros, y los baches en el
camino hacen que mi cabeza se sacuda de un lado a otro. No me
importa. Seguimos más allá del camino a otro nuevo, y a otro, hasta que
estoy segura de que estamos en un laberinto de un campo de naranjos.
No sé cómo Ben sabe a dónde va.
Tenemos que estar a un kilómetro de la casa cuando Ben toma otro
fuerte giro a la derecha que me habría lanzado directamente a su pecho
si no fuera por el cinturón de seguridad cortando mi cuello. Se detiene
sobre una cresta y de repente estamos a la vista de un mar de árboles y
otras propiedades y, más allá de eso, lejos en la distancia, agua azul.
—Vaya —se escapa de mi boca mientras observo la fascinante vista,
y ya no presto atención a la trayectoria en la que Ben conduce, hasta que
se detiene en un lugar arenoso junto a un camión de granja amarillo, con
un neumático desinflado y un gigante agujero óxido corroyendo el panel
lateral. Ben apaga el motor y salimos del auto.
—Increíble, ¿no? —Le oigo decir, y puedo sentir sus ojos en mí, pero
yo solo estoy allí, contemplando la vista. Vagando hacia el árbol más
cercano, Ben agarra suavemente la pequeña esfera verde que cuelga de
él.
—Debes ver este lugar en primavera, con todos estos árboles de
naranjas floreciendo y el aire lleno con el olor de las flores y miel. Es otra
cosa. —Echando un vistazo por encima del hombro, tiene que ver mi
sonrisa porque él rápidamente añade—: Y no te burles de mí por decir eso
hasta que lo veas. Y lo huelas.
—Suena lindo —admito, todavía un poco temerosa de que un lugar
como éste exista tan cerca de mi casa—. ¿Sabes mucho sobre agricultura
de cítricos?
Deslizando sus manos en sus vaqueros casualmente, se vuelve y se
pasea de vuelta. —Crecí aquí y ayudábamos a mi mamá, así que, sí, sé lo
suficiente. —Pateando las matas de hierba tratando en vano de echar las
raíces entre la arena, explica—: Mi abuelo solía decir que este lugar es el
perfecto temporal para el cultivo. La tierra, el sol y las noches cálidas, y
estar al lado del océano, todo junto hace de este lugar el mejor campo de
cultivo de cítricos.
Ben levanta una rama de algún lugar cercano y poco a poco da la
vuelta alrededor del viejo camión, golpeando la madera contra el metal y
hurgando los neumáticos, mirando el suelo a su alrededor. —Mamá tiene
ochenta y seis hectáreas de árboles; principalmente toronja y naranja sin
pepa. Algunas mandarinas. La temporada comienza en octubre y se
extiende hasta mayo. No hay almacenamiento, ni almacenamiento en
frío. Los pedidos llegan, los recogemos, y los enviamos a los envasadores.
Sencillo. Estoy aquí la mayoría de los fines de semana durante la
temporada, ayudando. Reduce los costos de mano de obra.
Por supuesto que viene. A pesar de todo, Ben es un muy buen hijo
para Wilma y, aunque pude haberme burlado de él por ser un niño de
mamá, ver este lado de él es adorable.
Tirando la rama hacia un lado, murmura más para sí mismo—: Bah.
Normalmente consigo al menos una serpiente de cascabel aquí.
Me estremezco mientras Ben deja caer la plataforma trasera. Esta
suelta un chirrido de protesta; Me sorprende que no se haya atascado, ya
que todo lo demás en el camión es tan viejo y decrépito. —Esto solía ser de
mi abuelo. —Se para encima y luego sube las manos haciéndome señas
para seguir. Me rindo, dejando que me agarre por la cintura y levante a su
lado como si no pesara nada—. Jake y yo solíamos pasar todo el día
haciendo carreras aquí, y luego nos escabullíamos de las habitaciones y
pasábamos el rato toda la noche con amigos, bebiendo bajo las estrellas.
Esos eran los buenos viejos días. —Ben se inclina hacia atrás hasta que está
acostado en la cama del camión, con las piernas colgando sobre el
borde. Sitúa la cabeza dentro de sus brazos, el movimient o tirando de su
camisa hacia arriba lo suficiente para exponer una tira de dura piel por
encima de la línea de su cintura. No sé cuándo Ben tiene tiempo para
hacer ejercicio, pero aún debe estar haciéndolo, mucho. Tal vez yo
debería hacer un mayor esfuerzo, dado que actúa como si estuviera
desesperado por verme desnuda otra vez.
Pero, ¿por qué estoy pensando en impresionar a Ben? Estoy muy lejos
de estar lista para otra relación y, cuando esté lista, sin duda no va a ser
alguien como él. Lo que conseguiría de Ben sería exactamente lo que
buscaba en Cancún.
Algo fácil. Divertivo. Inofensivo. Con una fecha de finalización y sin
expectativas.
—¿Ves mucho a tus hermanos y hermana? —pregunto, tratando de
distraerme de esos pensamientos mientras miro su torso, su camisa tensa
contra sus curvas.
—No, lo que es una locura, teniendo en cuenta cuan cercanos
éramos cuando estábamos creciendo. Hay solo siete años entre Josh y yo.
Entre Jake y yo hay once meses de diferencia. Él se encuentra fuera, en
Mississippi trabajando en los casinos. Hablo con él de vez en cuando, pero
no lo he visto en… —Su frente se arruga con sus pensamientos—. Tres años,
¿creo?
¿Eso es normal? Tengo que pensar que no lo es, sobre todo después
de conocer a la madre de Ben. Pensaría que tener a la familia unida sería
una prioridad para ella. —¿Y los otros?
—Elsie se mudó a San Diego para la universidad y nunca regresó.
Hablamos por teléfono una vez al mes o así. —Noto un atisbo de
arrepentimiento en su tono cuando admite eso—. Rob y Josh viven en
Chicago. No los he visto en años, pero envían fotos de sus hijos.
—Eso es raro, ¿no? Quiero decir —miro por encima de mi hombro en
dirección a la casa, aunque no puedo verla desde donde estamos—,
pensaría que tu madre iría a lo grande con las festividades familiares todos
juntos. —Supongo que Navidad con Wilma sería igual que en las películas,
la casa con olor a pan de jengibre y decorada con muérdago.
—Sí, solía ser un asunto importante por aquí —dice con un suspiro, y
siento una mano casualmente rozar mi espalda—. Un montón de mierda
ha pasado por aquí, con mi papá. Nadie viene mucho por aquí. —Siento
que Ben tiene más que decir, pero deja las cosas así.
—¿Ni siquiera para ver a tu mamá?
—Fue a California hace un par de años para ver a Elsie. Y fue a
Chicago por un fin de semana para ver a Rob, la pasada Pascua. Llegó a
tener un ataque cardiaco menor, mientras estaba allí. Un golpe de suerte
de verdad, pero es algo bueno que no pasara aquí afuera, sola. —Ben
cierra los ojos—. Todo el mundo la echa de menos, pero no lo suficiente
como para volver aquí.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? —Sé que me estoy entrometiendo, pero
este es Ben. Si no quiere decirme, encontrará una manera de evitarlo.
—Solo… drama familiar. Mi papá es un idiota y no trata bien a mi
mamá. Solía tratarla muy mal. Ya sabes, engañándola y esas cosas. Ahora
él es solo un viejo borracho y patético que odia al mundo. —Ben suelta un
suspiro—. No me gusta el drama. Me quedo lejos de eso.
—Suiza.
—Sí, lo tienes. Suiza —murmura, aparentemente tranquilo, con los
ojos cerrados. Pero no hay un atisbo de sonrisa tocando sus labios y eso es
raro para Ben. Me hace pensar que en realidad puede estar triste—. ¿Qué
hay de ti? —pregunta—. ¿Hermanos? ¿Hermanas? Además de Mason, por
supuesto.
—No. —Annabelle dijo que no quería arruinar su cuerpo más de lo
que ya lo tenía, teniéndome.
—¿Qué pasa con ustedes dos? No puedo decir si es todo un acto o
si en realidad se odian entre sí.
—A veces parece eso, ¿no? —Muchas veces me he hecho esa
pregunta—. Sé que lo vuelvo loco con la manera en que no cuelgo mi
chaqueta y cómo dejo manchas de café en el mostrador. No estoy segura
de sí es solo él siendo un maniático del orden o qué.
Ben se ríe. —Sí, me encanta molestar la mierda de ese tipo. Voy a su
oficina y muevo todas sus cosas.
—¿Tú eres el que hace eso? ¡Me ha estado culpando por ello desde
hace dos semanas! —Extiendo la mano y golpeo el ancho de su vientre
desnudo, justo por encima de la línea de su cintura. Lo juro, creo que lo
esperaba, porque la mano que estaba tocando mi espalda se engancha
alrededor de mi costado y me tira hacia atrás hasta que estoy acostada,
mi cabeza descansando en el hueco de su brazo. Se ríe suavemente—.
Mantén tus manos para ti mismo o le diré a mi mamá que estás tratando
de deshonrarme.
—Ella no te creerá. —Me lanzo hacia atrás, tratando de zafarme.
Cuando me doy cuenta de que Ben no me dejará ir a ninguna parte,
cedo y me acurruco en el cojín de su pecho. Nos tumbamos en silencio por
unos minutos mientras el sol cae a plomo y las cigarras cantan. Conozco a
un montón de gente que no puede soportar esas cosas, pero me gusta la
melodía que crean.
—¿Qué tal cuando eran niños? ¿Se llevaban bien entonces?
—Oh, definit ivament e me odiaba entonces —admito—. Recuerdo el
día que nos mudamos a la casa de Jack. Solo lo había visto un puñado de
veces y parecía muy tranquilo. Estúpida. Pensaba que las cosas serían
diferentes. Iba a ser genial tener un hermano… —Sonrío ante el recuerdo
de un Mason de nueve años de edad, un niño flacucho con gafas y pelo
negro muy desordenado. Es gracioso, t odo lo que ha cambiado es que
ahora es un hombre en lugar de un niño—. Jack dijo que Mason solo
estaba enfadado con él por “sustituir” a su madre, murió de un aneurisma
cerebral unos años antes, y por eso que se escondía en su habitación todo
el tiempo. —Me encojo de hombros, una extraña tristeza envolviéndome
mientras recuerdo el día que me di cuenta de que Mason nunca sería
como uno de esos hermanos mayores que se v en en la televisión, que da
abrazos de oso y ahuyenta a todos los niños crueles—. Una mañana,
cuando tenía unos ocho años, decidí poner a sus tres peces siameses
luchadores en un solo tanque. No creí que en realidad se mat arían entre sí.
Pero cuando llegamos a casa de la escuela y Mason fue a su habitación,
bueno… vamos a decir que se había reducido a una mascota.
—Así que fuiste una de esas niñas pequeñas. —Siento que Ben
sacude la cabeza con desaprobación, pero cuando levanto la vista, veo
una sonrisa divertida.
Agachándome de nuevo a su pecho, sigo hablando. —Mason se
enojó tanto conmigo que fue a la escuela al día siguiente y le dijo a Chase
Butler, este imbécil charlatán, que mi papá me dejó como un animal
callejero en una parada de camiones. Bueno, dentro de los diez segundos
de entrar en la cafetería, Chase tenía a toda la sala cantando “Callejera
MacKay”. Supe de inmediato por qué. Después de eso, tampoco tuve
mucho amor por Mason; El apodo se quedó pegado a través de toda la
secundaria. Los niños pueden ser cabrones.
—Eh, así que de eso hablaba… —murmura Ben—. ¿Es verdad lo de
tu papá?
Hago una pausa, escogiendo mis palabras cuidadosamente. Esto no
es solo algo de lo que hable con alguien y si Ben fuera a comenzar a
hacerme bromas sobre ello… —Sí, supongo. Quiero decir, mi papá sí me
dejó en un restaurante, pero no recuerdo ese día siendo escalofriante ni
malo. Recuerdo dando un largo paseo en su camioneta, y persiguiendo
pollos y cerdos en torno a alguna granja. Y riendo mucho. La forma en que
Annabelle cuenta la historia, sin embargo, parece como si él fuera este
hombre terrible y yo estaba en grave peligro. Al parecer tuvieron una
pelea y él salió disparado conmigo en su camioneta, diciendo que la iba a
dejar y nunca me traería de vuelta. Así que Annabelle llamó a la policía y
me reportó como secuestrada. Mi padre ya tenía un registro policial, una
estúpida pelea en un bar que puso a un hombre en el hospital, por lo que
añadir un cargo de secuestro era malo. Siempre he creído que por eso me
dejó allí —agrego con una voz más suave, más que nada confirmándome
a mí misma—. Es lo único que tiene sentido. —Nos quedamos en silencio
mientras escucho los fuertes latidos del corazón de Ben junto a mi oreja,
dejando que el sol de la tarde bañe mi piel, con la esperanza de que
asustará a la oscuridad que siempre se cuela cuando pienso en mi padre y
cómo me abandonó, como si yo fuera un gato que no quería más.
—Bueno, creo que tienes algo buena con Jack en este momento —
ofrece Ben finalmente, sus dedos arrastrándose por arriba y abajo de mi
brazo ligeramente.
Sonrío para mí misma. —Sí, está bien. —Siempre supe que Jack era
una buena persona, que, sin duda, de verdad se preocupaba por mí. Creo
que por eso dolió condenadamente mucho cuando me dio la espalda
hace tantos años. También cuando me enteré lo que le hizo Annabelle; le
debe haber dolido terriblemente. Es por eso que mi relación con ella fue
aún más cuesta abajo después de su divorcio.
—Y Mason es un buen tipo. Sé que puede ser un poco raro, pero es
alguien en quien puedes confiar. Tal vez ahora que está teniendo sexo, va
a relajarse un poco.
Me quejo y luego me estremezco. —Me olvidé de eso hasta ahora.
Gracias. —Ruedo en el pecho de Ben, inhalando su olor: jabón, detergente
para ropa, y un sudor limpio por este calor, mientras intento bloquear la
imagen que de repente me acosa—. ¿Crees que era virgen antes de ella?
Ben se ríe. —No, estoy bastante seguro de que no lo era. Es decir, no
acerqué una silla y miré, pero creo que él consiguió que su polla se
humedeciera en una fiesta de nuestro primer año.
Eso gana un segundo estremecimiento. —¡Jesús, Ben! ¿Wilma sabe
que hablas con las chicas con esa boca?
—Mi mamá me golpearía si alguna vez me oye hablarle así a una
chica —admite con sobriedad—. Si puedes creerlo, sí filtro mis comentarios.
—No lo creo. —Si este tipo de cosas salen de su boca sucia, me
estremezco ante lo que está escondido en ese cerebro suyo.
Con una sonrisa, Ben levanta un mechón de mi cabello y comienza
a girar los extremos en la punta de sus dedos. —Cuéntame la historia sobre
la pintura roja.
El repentino cambio de tema me asusta pero me recupero con una
pausa de unos segundos. —Es un color ofensivo. Algunos dirían satánico.
—¿Era tuya la pintura roja?
Suspiro. —Vaya, no estamos arrastrando todos mis trapitos sobre este
bello y soleado día. —En realidad no me importa si Ben piensa que estoy
loca. Dado que lo llevé a una emboscada para dispararle a mi ex y su
nueva esposa, ya he hecho un buen trabajo pintando una imagen muy
poco halagadora de mí misma. Sin embargo, aquí estamos. Eso me dice
que, o bien Ben no es del tipo que juzga o que está lo suficientemente
caliente como para echar un polvo con chicas locas. Posiblemente
ambos.
—Ella se mudó a mi apartamento, Ben. Empacó mis cosas en cajas y
las dejó junto a la puerta para mí. —La otra mano de Ben encuentra su
camino hacia mi cinturón para enganchar un dedo en él mientras sigue en
silencio, escuchándome explicar cómo pasé por cada habitación de la
vivienda ese día y no encontré nada más que el olor a blanqueador y
signos de ella. De ellos, juntos. Cojines decorativos rojos fueron colocados
cuidadosamente en el sofá, en sustitución de los míos de gran tamaño y
desgatados. En las paredes, donde mis fotos de camiones viejos oxidados
solían estar colgados, había pinturas de tonalidades brillantes de los
campos de la Toscana.
Cada nuevo elemento era una espada que se sumergía rápido en
mi pecho. Ya no existía en la vida de Jared. Apenas dos semanas después
de la devastadora noticia. Y todo parecía t an fácil. Recuerdo agarrar mi
estómago mientras me atrevía a regresar a la habitación, el olor de la
pintura fresca capturando mi nariz mientras me acercaba. Sabía que era
la peor idea de todas, que el resultado era un desastre garantizado que
me paralizaría. Pero tenía que verlo para saberlo con seguridad. Era como
caminar de frente contra un tren en movimiento. Y cuando abrí la puerta…
El tren pasó justo por encima de mí.
Todo acerca de nuestra habitación se sentía diferente. Equivocado.
Desde los muebles reordenados a las sábanas con impresión de amapolas
rojas a la imagen que se burlaba de mí por encima de la cabecera de la
cama de hierro. La cabecera de la que me había agarrado tantas veces
mientras Jared yacía debajo, mirándome con cálidos ojos verdes, mientras
me decía que me amaba.
No podía apartar la mirada de esa gigante foto en blanco y negro
de ambos en la cama, las sábanas blancas cubriendo estratégicamente
su desnudez mientras sus extremidades se enrollaban alrededor de los
cuerpos del otro, incluso mientras eso me destruía. Sabía que era de antes
de que estuviéramos juntos, porque mi nombre había desaparecido de su
hombro izquierdo.
Las paredes recién pintadas de color carmesí solo sirvieron para
ampliar la intimidad de la fotografía, hasta el punto en que también
podían haber estado acostados en la cama allí mismo, en persona.
Apretando los dientes, alargué la mano y abrí de un tirón la puerta del
armario. Donde mi ropa solía estar colgada al azar, un nuevo guardarropa
colgaba ordenadamente.
Mis dientes rechinaron unos contra otros mientras abría el cajón
superior de la cómoda para encontrar ropa interior de encaje y sostenes
mezclados cómodamente con los boxers de Jared.
Era oficial. La perra se había mudado.
Lágrimas corrían por mis mejillas cuando cerré la gaveta, luchando
contra el impulso de gritar. ¡Ella debió haber tenido la decencia de esperar
hasta que me haya ido! ¡Ella debería haber tenido la decencia de no
tocar mis malditas cosas! Mientras yacía acurrucada en posición fetal en el
apartamento de Lina al lado, llorando por haber perdido el amor de mi
vida, Caroline actuaba como Martha-ladrona-Stewart, profanando mis
pertenencias con sus ondulantes dedos mientras rápidamente empacaba
mis cosas. Cuando se hizo cargo de mi vida.
En ese momento, mientras miraba la ropa, la cama, todas sus cositas
“bastantes femeninas”, la rabia detonando dentro de mí tenía un solo
objetivo. Y era un tipo volátil de rabia que no iba a escuchar a la razón ni a
considerar las consecuencias.
Todo lo que quería hacer era opacar mi agonizante corazón roto,
calmar mi orgullo herido.
Y la lata de pintura roja situada en la esquina, burlándose de mí, era
el antídoto perfecto.
Hay una larga pausa después de que divulgué algunos de los
detalles más suaves a Ben. Por qué le dije todo eso, no lo sé. Pero ahora
que lo hice, me doy cuenta de que se sintió un poco bien. Un alivio. Él sabe
exactamente quién soy. De lo que yo soy capaz.
El brazo de Ben aprieta ligeramente, llevándome más cerca de él,
mientras suspira. —¿Todavía lo amas?
—No lo sé. Creo que sí —le respondo con sinceridad—. Y créeme, sé
lo estúpido que es, por lo que no hace falta que me lo recuerdes. —El
vacío todavía se incrementa en mi pecho cada vez que incluso pienso en
Jared, cada vez que me encuentro a mí misma comprobando para ver si
ha respondido a mi último mensaje. Amaba tanto a ese chico de pelo
oscuro que incluso cuando las cosas eran buenas, dolía. Lo amaba más de
lo que alguna vez pensé que sería posible y más de lo que probablemente
era saludable. Solía burlarme de las chicas que no podían parar de
aferrarse a los brazos de su hombre en público, que reían con nerviosismo y
se portaban como bobas y batían sus brillantes ojos
Pero cuando conocí a Jared, me convertí en una de ellas.
—Bueno, por si sirve de algo, creo que es un idiota.
—No voy a tener relaciones sexuales contigo.
—¡Oh, vamos! No hay mentiras, no hay compromisos. Sin miedo al
amor. Simplemente el mejor día de tu vida con un chico genial quien, da
la casualidad, es guapo hasta la muerte.
No pude evitar la risa profunda y gutural que emanó de mí. —Eres un
cerdo arrogante.
—Me parece justo. ¿Al menos podemos tontear? —Se levanta y
estira su fuerte cuerpo, dando acceso a esa atractiva boca a mi oreja—.
Porque sé que quieres.
Me est remezco mientras la profundidad de su voz se dirige a través
de mis extremidades. Una negación —una mentira, acepto en silencio—
está en la punta de mi lengua cuando mi teléfono empieza a sonar. Ben se
acuesta de nuevo con un gemido mientras saco el teléfono de mi bolsillo,
sosteniéndolo para leer el identificador de llamadas, solo para asegurarme.
—¿Qué en el mundo está haciendo ella llamándome?
—¿Annabelle Lecter? —Ben lee el identificador de llamadas.
—La mujer come corazones masculinos. Es apropiado. —Presiono
“ignorar” y meto el teléfono en mi bolsillo. Con mi oreja en el pecho de
Ben, su estallido de risa es aún más fuerte. No puedo evitar preguntarme
qué quería Annabelle. Salí de Jacksonville hace nueve meses y ella no ha
hecho ningún esfuerzo para contactar conmigo antes de hoy. No es un
comportamiento normal de parte de una madre. No es sorprendente
viniendo de Annabelle.
—¿Supongo que tú y ella no son las mejores amigas? —pregunta Ben
a la ligera, sus intentos de entrar en mis pantalones eficazmente detenidos.
—No he hablado con ella desde que me mudé a Miami y Jack me
hizo llamarla para hacérselo saber.
—Eso ha sido, ¿qué…
—Va a ser un año en enero.
Resopla. —¿Cómo es posible? Hablo con mamá a diario.
—Eso es porque tienes a June Cleaver como mamá y yo tengo a
Joan Crawford. —No puede haber ninguna duda de donde he heredado
mi temperamento. Más de un plato ha sido lanzado a través de una
habitación gracias a la ira de Annabelle. Sin embargo, es un lado que ella
protege bien, pues no quiere que el mundo exterior sepa que es cualquier
cosa menos, la alta sociedad refinada que retrata.
—¿Tuvieron una gran pelea?
Suspiro. —Toda mi vida parece una gran pelea con ella. Quería una
hija elegante y consiguió… —Hago un gesto hacia mí.
—Una hija con piercings y, a veces, el pelo púrpura que monta una
motocicleta y puede describir la parte trasera de un coche patrulla en
detalle —termina por mí.
—Annabelle viste a Gucci y come carne tártara. Va a la ópera y
recoge el vino del hielo.
Asiente lentamente en comprensión. —Debes haber sido un infierno
en tu época de adolescente rebelde.
—Hemos discrepado mucho antes de mis años de adolescencia.
Annabelle nunca estuvo hecha para ser madre. Todo lo que le importa son
las apariencias, el dinero, y Annabelle. —Cierro los ojos y suspiro, queriendo
terminar con el tema—. Me siento tan relajada aquí afuera. Este lugar es
como una mezcla entre Forrest Gump y Ana de las Tejas Verdes.
—No recuerdo a Tom Hanks recogiendo naranjas.
—No, quiero decir… simplemente la casa, los grandes árboles y el
aire del campo… cállate. Sabes lo que quiero decir.
La mano de Ben comienza a juguetear con mi pelo otra vez. —Sí. En
este momento lo es. Pronto, los pedidos empiezan a llegar y luego se llena.
Tenemos pedidos de todo el país. Desde que hice la página web y
actualicé el sistema en línea hace unos años, ha estado concurrido. —
Suspira—. Entre inspeccionar y tomar muestras y recoger… demonios,
incluso solo dar vueltas para comprobar los árboles por enfermedad o
problemas, llega a ser demasiado para manejar. Sobre todo para una
señora de cincuenta y un años que ha tenido un ataque al corazón. Me
gustaría que ella simplemente lo venda y se divorcie del patético idiota de
mi padre.
—¿No lo hará?
—No. Este lugar es su vida. Sería enterrada aquí si estuviera permitido.
Y está enganchada a un montón de palabras que dijo en la iglesia un día,
así que le permite quedarse.
—Creo que esos se llaman votos, Ben —le recuerdo secamente,
moviendo mi cabeza hasta que mi barbilla está descansando en su pecho
por lo que puedo ver su rostro.
—Llámalos como quieras. Son un montón de palabras que atrapan a
la gente haciéndoles creer que tienen que ser miserables por el resto de
sus vidas.
No t odo el mundo. —¿Así que asumo que no estarás diciendo
“acepto” muy pronto? —pregunto a la ligera.
Cierra los ojos otra vez, y me muestra una sonrisa torcida con un
hoyuelo. —¿Qué crees tú?
—¿Siquiera has tenido una novia, Ben? —¿Alguna vez sostuvo a
alguien en sus brazos toda la noche, riendo y compartiendo sus secretos
más profundos? ¿Alguna vez dejó que alguien llorara en su hombro o la
abrazó con fuerza cuando la vida le jugó una mala pasada? ¿Confiarle
todo, querer ser alguien en quien ella pudiera confiar? ¿Alguna vez miró el
reloj, esperando hasta que pudiera volver a verla?
—Una vez, por dos semanas, en la secundaria.
No, probablement e no. —Así que has hecho un esfuerzo —bromeo.
—Simplemente el compromiso no es para mí. —Lo dice de manera
tan simple. Como: “El brócoli no es para mí”.
—Eso es muy malo, Ben. Creo que alguna tonta mujer por ahí afuera
podría, tal vez, hacerte un idiota dichoso algún día.
Abre un ojo para mirarme por un largo rato, pensando en algo. —Sí,
¿pero y si ella es malvada, como tú? No querría arriesgarme a enojarla y
recibir un disparo en el culo. —Aprieta mi lado mientras lo dice, como para
hacerme saber que solo está bromeando.
—Muy gracioso. —Sé que el incidente de hoy en el paintball no va a
morir en silencio con Ben, pero ahora mismo, no quiero ser recordada por
los pocos segundos antes de disparar, cuando pude escucharlos juntos,
cuando supe que Jared estaba dentro de ella.
El dolor sordo en mi pecho está volviendo. Necesito una desviación
efectiva. —Hablando de maldad… —Saco la llave del auto que robé de
mi bolsillo y la agito sobre su cara—. Va a ser una larga caminata de
regreso para ti cuando te deje varado aquí.
—Maldición, tienes que estar bromeando… —Riendo mientras trata
de quitármelas, las meto rápidamente de vuelta en mi bolsillo—. ¿En serio?
¿No me has descifrado todavía? —Como para probar un punto, Ben me
tiene de espalda en el camión, y mis brazos fácilmente fijados por encima
de mi cabeza por uno de los suyos en segundos—. Oh, espera. Por si
acaso… —Mueve su cuerpo, forzándome a poner mis muslos alrededor de
sus caderas—. No quiero que hieras la mercancía por segunda vez hoy. No
antes de que consigas pleno uso de ello.
—Nunca me rebajaría a ese nivel —exclamo con fingido insulto.
—¿En serio? —Sus cejas rubias se arquean con seriedad.
Le ofrezco una sonrisa dulce. A decir verdad, estaba preparando mi
rodilla.
Sintiéndose confiado —lo sé porque está mirándome con una sonrisa
que podría encantar y bajar las bragas de la mitad de las mujeres en la
oficina, casadas o no— baja su mano libre. Siento un tirón cuando sus
dedos cavan en mi bolsillo y comienzan a hurgar. Podría tratar de resistirme
pero, bueno, dada mi posición, sinceramente creo que él está esperando
por eso. Así que permanezco inmóvil mientras se toma su tiempo, hasta
que tiene la vieja llave plateada colgando de un dedo delante de mí.
—Puedes quitarte de encima en cualquier momento, ya sabes —le
recuerdo.
Con un suspiro, cambia su peso un poco mientras su brazo libre sube
para deslizarse por debajo de mi cabeza, proporcionando una protección
contra el metal duro. —Podría —acepta, con esos brillantes ojos azules
buscando mis ojos, mi nariz, mi boca, evaluándome.
Y entonces se inclina y me besa. Sin dudarlo en absoluto, como si
fuera imposible que no pudiera desear la lengua de Ben Morris en mi boca,
deslizándola alrededor de la mía en una suave danza practicada. El
problema es que en este momento, aquí en medio de la nada, con la
realidad tan lejos y la tranquilidad de la arboleda, lo quiero. Ahora puedo
ver por qué Ben estaba tan ansioso por darme un “tour” en vez de dirigirse
a trabajar.
Se aleja para mirarme con una sonrisa de complicidad.
—Te das cuenta que los amigos normales y colegas de trabajo no
hacen este tipo de cosas, ¿verdad?
—Me gusta romper las reglas. —Libera mis muñecas, dejando libres
las suyas para cubrir la parte delantera de mi camiseta, levantando la tela
mientras avanza. El tipo claramente tiene un objetivo en mente, porque sus
dedos tienen desabrochado mi sujetador sin permiso y lo empuja lejos en
segundos.
—Oh, gracias a Dios —dice con un gruñido, bajando su cabeza para
agarrar el aro con su boca.
Alcanzo bajo esa suave camiseta suya para sentir los músculos de su
espalda, cuando siento la lengua de Ben rodeando el aro y haciéndome
cosquillas, y hago eco de sus palabras en mi cabeza. Sí, gracias a Dios.
Levanta su cuerpo apenas, bajando su mano para desabrochar el
botón superior y bajar la cremallera de mis pantalones con un movimiento
casual. —Nunca hice un inventario completo de tus piercings.
Cuando no hago ninguna indicación de una respuesta, esa amplia
sonrisa se hace cargo de su rostro y sé lo que planea incluso antes de que
sienta el primer tirón de mis pantalones. Son demasiado apretados para
que él meta una mano. No pierde el tiempo al deslizarse fuera de la puert a
trasera para pararse delante de mí con la intención escrita por todo su
rostro. Agachándose, consigue un buen agarre de mis pantalones y
comienza a tirarlos.
Y es entonces cuando suena el repentino estruendo de un motor y el
chirrido de los frenos.
—¿Quién es? —pregunto mientras la atención de Ben va a su
izquierda. No puedo ignorar la decepción que me inunda y el dolor que se
forma en mi bajo vientre.
Tira su cabeza hacia atrás mientras mira hacia el cielo. —¿Quién
crees? —Con un profundo gemido, sus ojos vagan por mi pecho expuesto.
Se inclina por un último beso casto en mis labios y luego se aparta,
dejándome abrochar mis pantalones, arreglar mi sujetador y camiseta justo
cuando una camioneta roja con gruesas rayas blancas en el centro se
detiene.
Wilma salta de la alta cabina con bastante facilidad para alguien de
su edad. —Benjamin James Morris, ¿trajiste a esta jovencita aquí afuera al
sol caliente sin nada para beber?
Rascándose la parte trasera de su cabeza, murmura—: Supongo que
sí. Lo siento.
Aprieto los labios con fuerza. Considerando lo que Ben me trajo a
hacer bajo sol caliente, creo que una bebida fría definitivamente no pasó
por su mente.
—A veces, es como si yo no te hubiese criado. —Yendo al otro lado,
abre la puerta del pasajero y saca una nevera pequeña del asiento.
Ben está a su lado en cuestión de segundos, disminuyéndole el peso.
—Mamá, sabes que no deberías levantar cosas pesadas.
—Oh, silencio. No estoy inválida. Un pequeño ataque al corazón no
va a matarme. —La severa mirada de Ben de desaprobación solo hace
que su sonrisa se amplíe más. Puedo ver de dónde sacó su travieso
encanto. Pero también puedo sentir el peso de su temor ante las palabras
de Wilma. En solo una tarde, puedo ver cómo esta mujer podría dejar un
agujero considerable en las vidas de muchas personas cuando se haya
ido.
—No estaba segura de lo que te gustaría, Reese, así que hay un
poco de agua, té dulce y Coca-Cola ahí dentro. También empaqué una
merienda ligera. Algunos panecillos y mermelada casera. La favorita de
Ben.
—Por supuesto que lo es —bromeo, estirándome para pellizcar las
mejillas de Ben de forma juguetona mientras pone la nevera en la rejilla
trasera—. Muchas gracias.
—¿Cómo sabías dónde encontrarnos? —pregunta Ben mientras
busca a través de la selección.
Una sonrisa conocedora curva los labios de Wilma. —Porque este es
tu lugar favorito en el bosque. ¿En serio creías que no sabía que eras tú y
Jake los que dejaban latas de cerveza aquí? —Ella me mira y sacude la
cabeza—. Sabes, Ben y su hermano se escabullían aquí por la noche,
pensando que yo no tenía idea, y luego trataban de convencerme que los
trabajadores de la arboleda bebían en el trabajo. Oh, pero jamás se me
permitió confrontarlos o despedirlos sin una mejor evidencia. Mi futuro
jugador de fútbol barra abogado se preocupaba mucho por posibles
demandas al hacer eso.
Ben tiene la decencia de lucir un poco avergonzado mientras baja
un trago de agua. —Así que, ¿es por eso que viniste aquí, mamá?
Ella le da una mirada mordaz pero luego dice—: Necesito que le
eches un vistazo a ese tractor antes de que te vayas.
—Claro —ofrece, sacando su teléfono para comprobar la hora, y
suelta un suspiro—. No me di cuenta de lo tarde que era.
—Bueno, tal vez deberías quedarte a cenar. —Escucho la esperanza
en su voz. Realmente le gusta tener a su hijo aquí. Apuesto a que también
le encantaría tener a sus otros hijos aquí.
—Sí, lo siento, mamá. Pero estoy aprendiendo lo básico del trabajo.
Ya perdí un montón de tiempo hoy.
Por el tono de su voz y su mirada sincera, me doy cuenta que está
decepcionado. Supongo que no ayudé con eso, debido al cambio de
planes que impuse esta mañana, todo en nombre de la venganza. —Nos
encantaría quedarnos —interrumpo, codeando a Ben suavemente en las
costillas—. Ya estoy atrapada contigo t oda la semana. Supongo que serán
largos días.
Me mira por un momento, una mirada indescifrable en su rostro.
Y luego me guiña un ojo.
Traducido por Laura Delilah
Corregido por Anakaren

—Te voy a recordar esto la próxima vez que te burles de mí por


llevarla a casa para cocinar. —Le doy al culo de Resse una palmada
juguetona mientras me pasa en el pórtico, con los brazos cargados de
sobras.
—No lo hice. Me burlé de ti por ser un niño de mamá y eso sigue en
pie —aclara, sacando su lengua.
Desde mi audaz movimiento el día de hoy, en la arboleda, he estado
ansioso por tener mis manos otra vez sobre ella. Estoy a segundos de
perseguirla por las escaleras cuando mi madre aparece con una caja de
sus mermeladas caseras y conservas. —Estas son para Resse —aclara,
empujándolas en mi pecho—. Llévalas por ella, querido.
—¿Hay suficiente para mí, verdad? —pregunto, contando ocho
frascos.
Consigo una palmada en la cabeza por eso; no sé cómo mamá,
con su metro y medio, siempre se las arregla para llegar a mí, a un metro
ochenta centímetros, cuando necesita hacer eso.
Con los brazos libres, se encuentra con Reese en la parte inferior del
pórtico. —¿No serás una extraña ahora? Nos encantaría verte de nuevo. —
Empujando un mechón de pelo caído de la cara de Reese, agarra los
hombros de la chica y se inclina para poner un beso en su mejilla.
He visto a Reese nerviosa dos veces: el día en que nos encontramos
en su oficina, y ayer al toparse con su ex. Ahora, sin embargo, está mirando
hacia mí con amplios y cuestionadores ojos, luciendo tan rígida como un
árbol. Eso no disuade a mi madre, quien le frota la espalda mientras
agrega—: Y el “nos” incluye a Ben.
Oh, demonios. ¿Por qué ella tiene que decir eso? Es v erdad, pero,
aun así.
Ojos caramelo parpadean hacia mí, un repentino destello malvado
en ellos. —Solo si Ben me deja conducir ese todoterreno la próxima vez.
—Oh Ben. ¿No la dejaste conducir? —regaña mamá con un surco
severo en su ceja.
Por supuesto, Reese lo exagera, haciendo un puchero con su labio
inferior solo lo suficiente para verse triste sin parecer patético. —Le rogué,
pero dijo que las mujeres no pertenecen detrás del volante.
Mi boca se cae mientras Reese se escabulle lejos con un aullido de
risa, al igual que consigo un segundo —gentil— golpe en la cabeza. —Creo
que has conocido a tu pareja —murmura mamá, añadiendo—: Me gusta
ella.
—Eso es porque ella te siguió la corriente con mi álbum de bebé.
—Y me aseguraré de excavar en tus años embarazosos para la
próxima vez —replica, radiante.
No debería dejar que esto continúe. —Ella es solo una amiga, mamá
—le recuerdo.
—Sí, te he oído antes, hijo. —Su tono de voz es amplio y luminoso.
Desdeñoso.
—Hablo en serio. No vayas a reservar ninguna ceremonia con tu
pastor. Reese es la hijastra de mi jefe y si me pillan con ella como algo más
que solo amigos, me echan de Warner. No quieres que sea despedido,
¿verdad? Voy a terminar de resolver los conflictos de pesca en Alaska. —
Atraigo su cuerpo frágil hacia mí, recordando toda una vida de viajes en
coche al entrenamiento de fútbol antes de que el sol hubiese salido,
cuando ella luchaba para equilibrar este lugar y a cinco chicos en sus años
de adolescencia. La mujer me ha dado tanto—. Ent onces, ¿quién va a
venir aquí y cuidar de ti? —Muy seguro que ninguno de mis hermanos. Han
lavado sus manos de esta situación.
—No te preocupes por mí. Prefiero verte feliz.
—Yo soy feliz.
—Con una esposa —aclara con severidad.
—Bueno, te puedo asegurar que Reese no busca convertirse en una
esposa otra vez, pronto.
—¿Otra vez? —repite mamá, con su ceja arqueada.
—Sí. —Le doy una mirada cómplice mientras agrego—: Hasta que su
marido la engañó.
Mamá hace un sonido de desaprobación. Una pausa y luego
murmura con ironía—: Hoy no te veías muy preocupado sobre perder tu
trabajo en la arboleda.
Abro la boca pero ella me calla con—: Oh, Benjamin. Te he visto
persiguiendo a las chicas desde que tenías seis años de edad, así que no
pretendas lo contrario. Solo puedo imaginar lo que has estado haciendo
todos estos años, trabajando en ese club. Sin embargo, esta es diferente,
¿no?
—No. —Las campanas. Las malditas campanas de boda están
sonando en su cabeza. Simplemente lo sé.
—Soy tu madre, Ben. Sé cuando mientes. —Hace una pausa—. No
has estado así de relajado en casa en años.
No puedo hacer más nada que suspirar. Ella tiene razón, para ser
honesto. Usualmente cuando me dirijo a este camino, todo en lo que
puedo pensar es lo solitario que es este lugar, cuanta diversión solía tener
aquí. Pero hoy, tengo que verlo todo nuevo otra vez a través de los ojos de
Reese, que se iluminaron mientras ella lo asimilaba todo.
Le echo un vistazo para ver su culo sobresaliendo desde el asiento
trasero mientras ella carga la comida y me río, recordando un destello de
Cancún. —Piensa lo que quieras, mamá, pero no te hagas ilusiones.
—No sé por qué tienes que ser tan testarudo sobre sentar cabeza.
—Sabes por qué —le recuerdo suavemente, inclinándome para ver
su frente.
—Te veo el próximo fin de semana. —Estoy a mitad de camino hacia
el coche cuando recuerdo por qué me llamó—. Lo que necesita el tractor
es un buen ajuste, eso todo. No dejes que Bert te venda algo más. —Ese
tractor es tan viejo como yo. Años de observar al abuelo y luego a Josh
trabajando en ello me ha enseñado lo básico.
—Está bien. Gracias, hijo.
—No hay problema. —Mamá no debería tener que lidiar con nada
de esto. Esa lamentable joroba de carne escondida en ese viejo granero
debería ser lo suficiente hombre para hacerlo. Desafortunadamente, el
demostró que clase de persona es hace años.
Alcanzando a Reese, deslizo la caja en el asiento trasero.
—Ella podría vender estas cosas —murmura Reese, levantando uno
de los frascos—. Podría tener su propia pequeña tienda, al igual que en un
mercado de agricultores o algo así.
—Sí, ella podría —concuerdo—. Una gran cantidad de arboledas
tienen mercados en su propiedad hoy en día. Ella habló de hacer eso,
pero, de nuevo, es solo más trabajo y está sola.
Reese reflexiona sobre eso; una curva tuerce sus labios. —Muy mal.
Ese granero sería un gran lugar para ello. —Señala el antiguo edificio.
Lucho contra el estremecimiento que amenaza. Sucede cada vez
que pienso en volver a entrar allí. —Está lleno de sierras y mierda. Las
herramientas de carpintería de mi padre.
Ella asiente lentamente y escucho la pregunta implícita. ¿Por qué no
vino a comer con nosot ros? ¿Por qué no ha venido a saludarme? Yo ya le
dije más de lo que suelo decir a la gente.
—Tenemos que irnos. —Agitando una mano en el asiento trasero,
agrego—: Y vamos a fingir que estás recibiendo todo esto. Tal vez voy a
dejar que tengas un frasco si eres muy agradable conmigo en el viaje a
casa. —Mis ojos descansan sobre su cuerpo. No puedo ni siquiera pensar
en la tarde en la arboleda. Es una tortura. De hecho, la mayor parte del
día de hoy ha sido una tortura. También ha sido muy divertido.
Una sonrisa traviesa aparece en su cara. —¡Wilma! Ben dice que no
va a compartirme si no…
La abrazo desde atrás, jalándola con fuerza contra mí mientras
amortiguo sus gritos con mi mano. —¡Mocosa! —Soy recompensado con
una lengua húmeda contra mi palma. Empiezo a reír—. Después de
Cancún, ¿crees que un poco de saliva en mi mano me va a dar asco? —
Dientes afilados se clavan en la parte carnosa de mi dedo índice, y un
momento más tarde me tiene saltando hacia atrás y comprobando para
ver la sangre, conteniendo una maldición.
—Él no hará tal cosa, cariño. Y si lo hace, me llamas de inmediat o.
Tienes el número ahora —exclama mamá desde el pórtico.
¿Qué? ¿Int ercambiaron números de t eléfono? Ah, mierda. Estoy a
punto de preguntar cuándo diablos mi madre le dio a Reese su número
cuando el sonido de puertas rodando sobre ruedas llena mis oídos. Los
pelos de mi nuca pican al instante. Me vuelvo justo a tiempo para ver a mi
padre salir a tropezones desde dentro del granero, su única mano envuelta
alrededor de una botella de whisky, la oscuridad húmeda de su taller un
telón de fondo apropiado más allá. Los restos de su otro brazo cuelgan allí,
el muñón que comienza por encima de su codo se muestra con orgullo en
una vieja camiseta azul marino
Él en general se desvive para mantenerlo cubierto con una manga
larga, incluso en los más calurosos días de Florida, así que sé que es
intencional. Un recordatorio, para mí.
—Joshua, ven a saludar a Reese —dice mi madre en voz alta. Espero
que Reese no pueda oír la tensión en su voz. Mi madre está preocupada
de que vayamos a empezar una pelea, pero no hay necesidad. No queda
nada en mí para este hombre. No hay odio. Ciertamente, no hay amor.
Todo eso se perdió hace mucho tiempo. Lo superé.
Joshua Morris, padre, da pasos lentos y constantes hacia delante, y
le da a Reese un asentimiento, sus ojos van a la deriva sobre ella y lueg o
cambian a mí otra vez.
—Hola, señor Morris. Soy una compañera de trabajo de Ben —
explica Resse. Por su voz suena a gusto, pero por sus astutos ojos estrechos
mientras lo mira, sé que es todo lo contrario. Entiendo por qué. Puedo
parecerme a mi padre, pero el frío y duro resplandor en sus ojos nos separa
por completo. Casi tímidamente, añade—: Jack Warner es mi padrastro.
Una sonrisa malvada se desliza sobre la cara de papá. —¿Llegando
a la cima de la manera difícil, Ben? —pronuncia mal.
—¡Joshua! —El grit o agudo de sorpresa de mi madre, aparta su
atención de nosotros.
—Mis platos están en el granero, Wilma —murmura casi de forma
incoherente, bajando la cabeza mientras se vuelve y dirige hasta la casa,
tambaleándose todo el camino hasta las escaleras para desaparecer en
el interior.
La cara de mi mamá es una máscara de dolor y vergüenza. —Lo
siento mucho, Reese. Ben y Joshua… Él… debe haber tenido un mal día. —
Mamá lanza una disculpa apropiada, aunque nada sobre esa explicación
tendría sentido para cualquier persona con dos dedos de frente. No puedo
evitar que el resoplido se escape. Sí. Mal día, mirando sus herramientas y
cuidando una botella de whiskey, a la vez que odia al mundo y esta “vida
de mierda” que le fue entregada. Mi madre nos despide y lo sigue
adentro, pero no sin primero articular un “Te amo”, en mi dirección.
No es hasta que estamos sentados en mi Jetta y he arrancado el
motor que Reese habla. —Entonces, tu padre es encantador.
Me preguntaba cómo ella respondería a esa demostración. —Te lo
advertí, ¿no?
Parece reflexionar sobre eso por un momento. —Annabelle lleva, en
general, bebido cuatro martinis de ginebra para la hora de la cena. Pero
ella no tiene un “problema” —se burla y aclara, haciendo comillas con los
dedos. Después de una pausa, pregunta—: ¿Cómo perdió su brazo?
—Accidente en su tienda de madera hace unos nueve años. —No
quiero entrar en esto con Reese. Ella tiene sus propios problemas familiares
y si agrego los míos a la mezcla, convertiremos todo en sentimentalismo en
lugar de diversión.
Deja escapar un silbido bajo. —¿Un carpintero que perdió su brazo?
Eso es un trato injusto.
—Sí. —Lanzo mi coche en primera marcha y nos tengo bajando por
la calzada, los robles que solía escalar de niño, cuando me encontraba
completamente desilusionado sobre el matrimonio de mis padres, nos
proporcionan cobertura a lo largo del camino—. Él lo tomó muy mal, sin
duda.

—No puedo creer que me estás dejando llevarlo todo sin siquiera
una mamada. —Los ojos de Reese se iluminan al tiempo que examina el
contenido una vez más, esta vez de pie en el pórtico delantero.
—¿Qué te parece si no bromeamos acerca de esa mierda con Jack
en la casa, sí? —Su Escalade está en el camino de entrada, así que sé que
está en casa. Eso es lo último que necesito que él escuche. Además, que
Reese diga la palabra “mamada”, me está matando—. Y considéralo un
trato justo por todas las horas en las que te van a estar poniendo conmigo
esta semana.
—¿Sabes quién adora la mermelada de frambuesa? —Arquea una
ceja expectante, sosteniendo un frasco rojo—. Mason.
Me río, ya viendo a donde se está moviendo su pequeña mente
malvada. —Déjame adivinar…
—Tal vez lo comeré directamente del tarro en frente de él. Con una
cuchara. —Sonríe con saña y tengo que reprimir mis carcajadas.
—Ahora él está acostándose con tu mejor amiga, así que quizá
deberían tratar de llevarse bien.
Se encoge. —Bueno, me olvidé de eso. Gracias por recordármelo...
de nuevo.
Desconfiando de estar parado aquí por más tiempo, retrocedo unos
cuantos pasos. —Será mejor que salga de aquí antes de que Jack me
despida. —Si no, estoy obligado a hacer algo estúpido. Como besarla,
porque eso es todo lo que he estado pensando en hacer todo el viaje de
vuelta a casa. Por Dios, tengo que echar un polvo. Han pasado semanas.
Ese es un nuevo récord para mí.
—Con esto, no lo hará. —Ondea un paquete de papel aluminio con
las sobras del pastel de carne en mi cara—. De hecho, incluso podría
venderme a ti si cree que va a conseguir más de la comida casera de
Wilma, porque a menos que cocine Mason, lo único que se utiliza aquí es el
horno microondas.
—¿Mason cocina para ustedes?
Rueda sus ojos. —Algunas veces. Tofu y algas y… —Su cara se arruga
con desagrado—, yo no me lo como. —Alcanzando detrás de ella para
agarrar la manija de la puerta, se detiene y luego ofrece—: Gracias por
venir conmigo a disparar a mi ex y su esposa.
—En cualquier momento.
—Me divertí hoy. —Y entonces frunce el ceño como si estuviera
sorprendida por ese descubrimiento.
—Fue divertido —admito con una sonrisa—. No puedo recordar la
última vez que pasé mi día entero con una mujer sin echar un polvo.
Diablos, aún con el sexo, no creo que haya pasado un día entero con una
mujer.
Ella niega con la cabeza hacia mí, pero hay una sonrisa al final de la
misma. —¿A dónde vas ahora?
—A una ducha fría —admito, dando varios pasos reticentes hacia
atrás, lejos de ella. Nunca he estado tan emocionado por masturbarme en
mi vida—. ¿Nos vemos mañana por la mañana?
Con un guiño y una falsa voz lujuriosa, ofrece—: Piensa en mí —antes
de abrir la puerta y cruzarla.
Y… estoy duro como una roca otra vez.
Como si no estuviese ya pensando en ella.
Traducido por Daniela Agrafojo & Prim
Corregido por MariaE.

—Vengo con conservas caseras de la arboleda del distrito Indian


River. —Dejo la caja en el mostrador en frente de Jack.
Con el periódico en una mano, palillos en la otra, mira primero la
caja y luego levanta sus lentes bifocales hacia mí. —Pagaste por estos,
¿cierto?
—¿Pagar? —Hago una pausa para el efecto y luego un guiño—.
Fueron un regalo. También hay algunas galletas caseras aquí.
Eso atrapa su interés. Jack es un montón de cosas, pero un buen
cocinero no es una de ellas. Extiende una mano y saca una jarra. —¿Qué
hacías en la arboleda del distrito Indian River? —Su frente se frunce
mientras lee la etiqueta, añadiendo—: En la arboleda de Bernard Morris. —
Por la mirada sospechosa en su cara, ya ha hecho la conexión.
—Oh, ya sabes… solo ayudando a un amigo. —Lo dejo en eso,
alcanzando la jarra de leche con chocolate en el refrigerador, sintiendo
sus ojos inquisitivos taladrar mi espalda—. ¿Mason y Lina están aquí?
Con un suspiro, deja pasar la pregunta que sé que se encuentra en
la punta de su lengua y responde la mía. —Fueron a cenar y a ver una
película. Parecen llevarse bien. Ella incluso lo llevó de compras hoy por
ropa nueva y esas cosas.
—No te adelantes. Lina descubrirá lo raro que es tu hijo pronto y
correrá por las colinas.
Se ríe entre dientes. —Bueno, es tu mejor amiga, así que debe ser
extremadamente tolerante. —Deteniéndose para observarme llenar un
vaso, hoy en día solo bebo de la jarra cuando Mason está aquí, finalmente
pregunta—: ¿Has hablado con tu madre?
—No. ¿Por qué?
Se quita los lentes. —Llamó a la oficina esta tarde, buscándote.
Pidiendo que la llamaras tan pronto como llegaras a casa. —Me mira con
cuidado—. Parecía importante.
—Ah. —Primero mi celular, ¿ahora Jack? Si fuera una típica mujer,
habría una causa de preocupación. Pero lo que es importante en el
mundo de Annabelle, por lo general no se traduce como importante. Sin
embargo, tengo que admitir que estoy intrigada.
—Sí… “ah”. Mis mismos pensamientos. —Su boca se tuerce con
disgusto mientras pide—: Por favor, devuélvele la llamada, más pronto que
tarde. Prefiero no recibir llamadas diarias de mi ex-esposa. —Una vez que
Annabelle tiene algo en su cabeza, es como un perro con un hueso.
Esa es la razón de por qué saco mi teléfono de inmediat o. —Bueno,
veamos qué es lo que quiere mi querida mami, ¿sí?
Su engañosamente suave voz —todavía seductora a los cuarenta—
llena mi oído al segundo repique. —¿Reese?
—Sí.
—¿No tenías tu teléfono contigo hoy?
—Sí, lo tenía.
Una pausa. —Me bloqueaste.
—Para mí también es bueno escuchar de ti. Ha pasado un tiempo.
Acabo de llegar a casa y Jack me dijo que lo llamaste.
—Me sorprende que te diera el mensaje.
Un agudo dolor se dispara en mi mandíbula y me doy cuenta de que
estoy rechinando mis dientes. Ese siempre había sido un problema para mí
con Annabelle. Una vez, llegué a usar un protector bucal por las noches
porque apretaba mis dientes inconscientemente. No fue hasta que me
mudé que amainó. Probablemente esté tomando martinis esta noche. Es
algo difícil de decir porque ella aguanta el alcohol muy bien. —¿Qué
necesitas? —De eso se trata esto, seamos honestos.
Resopla. —Ian y yo tendremos un baile de caridad en noviembre y
pensamos que se vería mejor si nuestra familia complet a asistiera. —Así que
esto es una cosa política. Supongo que encontró a alguien que encaja
perfectamente con ella, tan preocupado por su apariencia como ella por
la suya—. Te enviaré un vestido adecuado para que uses. ¿Has ganado
algo de peso? Y espero que tu cabello no continúe de ese color horrible.
Deberás arreglar eso, si es así.
Ruedo los ojos pero no respondo.
—Tengo el acompañante perfecto para ti. Es un…
—No. —Ya hemos estado en este camino. Cuando yo tenía dieciséis
años, me hizo ir a una fiesta de Navidad en el Country Club con el hijo de
uno de los compañeros de la firma de abogados de Barry. El tipo tenía
veinticuatro años, era un estudiante de medicina con la aspiración de
convertirse en ginecólogo. Dime sexista, la verdad es que no me importa,
pero en los tiempos actuales de la igualdad de derechos y las mujeres
convirtiéndose en doctoras, me cuestiono sobre los hombres que escogen
hurgar en vaginas todo el día como una carrera. Naturalmente, pasé toda
la comida interrogándolo sobre sus intenciones y sus motivaciones.
Para gran horror de Annabelle.
—Bueno, apenas puedo confiar en ti para que traigas a un hombre
adecuado contigo. Mira con quién te casaste.
—No voy a ir, Annabelle.
—¿A qué te refieres? —Ese ligero zumbido distintivo escapa ahora.
Definitivamente ha estado bebiendo.
Nunca le había dicho que no a Annabelle, por mucho que siempre
hubiera querido. Seguro, he montado un escándalo, me he comportado
como la rica mocosa malcriada, en general, he hecho grandes avances
para dañar nuestra relación aún más al final de la noche, pero nunca le
había dado un no de plano. No estoy segura de haber creído alguna vez
que fuera una opción.
Y ahora que me he negado, no tiene idea de cómo manejarlo. —Eso
es imposible. Habrá publicidad detrás de esto y ojos sobre ti y sobre mí,
sobre nuestros valores familiares.
¿Annabelle y valores familiares? Eso es un oxímoron.
—Estoy segura de que lo harás bien si mi ahí.
—Después de todo lo que he hecho por ti…
—Lo pensaré y te diré. —Es imposible que vaya a ir, pero he escogido
un mal momento para discutir con ella. La mujer es la maestra en ponerse
a sí misma como el héroe de guerra herido. Cuando está ebria, es diez
veces peor. No puedo lidiar con eso en este momento. Vivo a cuatro horas
de ella ahora. Buena suerte, Annabelle—. Me tengo que ir.
—Bien. —El teléfono chasquea, dejándome mirándolo fijamente con
desconcierto.
—¿Algo importante? —pregunta Jack, fingiendo desinterés.
—Sí. Estremecedor. Annabelle va a tener una fiesta y me quiere ahí
para hacerla ver como la madre amorosa y respetable.
—No tienes que hacer nada que no quieras hacer, Reesie. Eres una
adulta ahora.
Sonrío. —Lo sé. Gracias, Jack. Estoy cansada. Voy a terminar por hoy.
—Recojo las dos jarras de mermelada de frambuesa de la caja—. Si vez a
Pepito Grillo esta noche, dile que tengo algo que quiere y estoy abierta a
que las negociaciones empiecen en la mañana.
Jack me ve pasar, sacudiendo la cabeza. —¿No iban a empezar a
actuar como adultos?
—Pronto.

Acostada en la cama, me encuentro mirando al techo por una hora,


tratando de librarme del dolor que viene con la idea de Jared y lo que vi
en la cabaña de paintball. Pero hubo una parte del día de hoy —un par
de horas, en la arboleda con Ben— cuando me sentí estable, como si
hubiera salido de esta montaña rusa emocional en la que había estado
montada. Hay magia en el aire allí, en las paredes de esa enorme y vieja
casa. La sient o. La clase de magia que ha protegido a generaciones de
vida desde su precioso comienzo hasta su frágil final; ha observado florecer
al amor y luego morir, ha escuchado desde los sollozos de un corazón roto
hasta la eventual risa de nuevo. Y al igual que las personas dentro de ella,
a pesar de encontrarse un poco deteriorada, sigue en pie, orgullosa,
dándoles la bienvenida a las nuevas personas en su vida.
Entre la silenciosa fuerza y la comodidad de la casa, me encontré
capaz de tomar inhalaciones profundas de aire fresco que llenan los
pulmones, después de meses de solo inhalar superficialmente algo rancio y
totalmente insatisfactorio.
O tal vez no fue la magia del aire fresco, sino la compañía.
En un impulso, tomo mi teléfono y busco a través de mi marcación
rápida.
—¿Ya me extrañaste tanto? —responde un muy at ontado Ben.
Siento mi boca sonreír por su propia cuenta. —¿Cómo estuvo tu
ducha?
Deja salir un suspiro. —Rápida y productiva. Estaba casi dormido. —
Soy golpeada inmediatamente con una imagen de él estirado sobre su
cama. Desnudo. No es bueno. Esta clase de fantasías siempre se hallaban
reservadas para un hombre y solo un hombre—. ¿Qué pasa?
—Nada. Solo… —dudo—. Gracias por el día de hoy.
—Ya dijiste eso. —Hay una sonrisa en su voz.
—Cierto, lo dije. —Va a pensar que soy una idiota.
Una pausa apenas incómoda cuelga sobre nuestra conversación y
luego Ben pregunta—: ¿Qué llevas puesto?
Ruedo los ojos. Es una línea tan cursi, pero me hace querer reír
porque Ben la está diciendo. —Nada. Buenas noches. —Presiono “fin”
antes de que él tenga oportunidad de responder.

Un café grande de Starbucks —aún caliente— y una naranja me


esperan en mi escritorio la mañana del lunes, con una nota:
Alquit rán negro para un corazón negro. Sonrío.
Todavía estoy sonriendo cuando un toque en mi puerta me hace
girarme.
Y mirar con los ojos muy abiertos.
Es Mason. Pero no Mason. Porque Mason es del tipo que usa camisa
abotonada hasta arriba, pantalones ajustados, gafas gruesas y cabello
aburrido. El hombre frente a mí se ha transformado en algo a lo que se le
puede llamar, como mínimo, lindo. Sus rizos rebeldes están domesticados y
peinados con estilo, y la nueva camiseta de cuello redondo a la moda y
pantalones lo hacen parecer menos tieso. Y esos lentes han desaparecido,
revelando unos grandes ojos verde oliva. Nunca lo he visto sin sus enormes
y gruesos lentes.
—¿Cómo fue el resto de tu día? Además de la abducción
alienígena, por supuesto —pregunto, saboreando el rico y oscuro sabor de
mi café mientras lo miro suspicazmente.
Las mejillas de Mason enrojecen. —Estuvo bien. ¿Puedo hablarte por
un segundo?
Mason siempre ha estado más que dispuesto a cumplir con mi regla
“aléjate de mí en la mañana, maldición”. —Debe ser importante. Toma
asiento. Dime qué has hecho con mi amado hermanastro.
Él cierra la puerta y se acerca, inspeccionando la silla antes de
sentarse, doblando sus manos sobre su regazo nerviosamente. Sus ojos
vagan por mi escritorio. —Debes tener la mitad de los números de casos de
la empresa en tu escritorio.
—Eso es lo que consigo por ser lista y eficiente. Escúpelo. Entre Ben y
tú, todo el mundo va a comenzar a pensar que mis mañanas son una
temporada abierta. —Ya he visto al robot de la ley pasar dos veces, con la
cabeza flotando como la de una paloma hacia esta dirección, tratando
de tener un buen ángulo para ver con cuál archivo podría estar
trabajando.
—Jack me preguntó qué sucede entre Ben y tú.
Malestar tuerce mi estómago. Si Mason alguna vez quiso vengarse
de mí, este sería el momento. —¿Qué le dijiste?
Se encoge de hombros. —Le dije que ustedes eran solo amigos.
—Ajá. Bien.
—¿Estoy asumiendo que eso es una mentira?
—No, solo somos amigos. —Amigos que pueden tontear por ahí un
poco, pero… Jack no pidió detalles.
El pequeño ceño fruncido me dice que no me cree. —De acuerdo,
bien, porque Ben no es la clase de chico con el que deseas engancharte.
Me agrada. Es un buen amigo, pero no es de los que se comprometen y
no quisiera que alguien saliera herido.
—¿Con alguien… te refieres a mí? —¿A Mason le import o?
Mason se retuerce en su asiento, extendiendo automáticamente sus
manos hacia sus lentes, que no se encuentran allí. —Sé que la has pasado
mal con todo… eso.
Tan extraño como es él, tengo que admitir, que esta nueva versión
abducida por alienígenas de Mason es algo así como agradable. Asiento
una vez pero mantengo mi boca cerrada por miedo de decir algo que
arruine el extraño momento.
—Entonces… —Hace una pausa, rasgueando sus dedos en el brazo
de la silla.
Debería haber sabido que Mason estaba siendo agradable conmigo
por una razón. —¿Qué es lo que quieres, Mason?
Aclarándose la garganta, por fin llega al punto. —Oye, ¿qué le gusta
hacer a Lina? Ya sabes, para divertirse.
—¿Por qué no se lo preguntas a ella? Me refiero a que, han estado
juntos por, qué, ¿casi tres meses?
Se encoje de hombros. —Porque quiero sorprenderla. Así que…
ayúdame aquí.
—Pueden ir a Las Vegas y casarse. Eso sería una sorpresa.
Gime con disgusto, pero veo el parpadeo de algo más mientras sus
ojos se enfocan en mí de nuevo. Tristeza, lástima, no estoy segura. Aprieto
mis labios. Y decido que si Lina es feliz de alguna manera con él, entonces,
bueno, debo ser una mejor amiga con esto. —Ella ama los aviones. Llévala
al museo de aviones.
Asiente lentamente. —Genial. —Una pausa, y entonces sus ojos se
estrechan—. Oye, no me estás mintiendo, ¿cierto? Porque si descubro que
la visión de aviones le causa convulsiones espontáneas, no será divertido.
Resoplo. —No, si estuviera jodiendo contigo, te diría que la llevaras al
museo de mariposas.
Sus cejas se elevan. —¿Mariposas? Pensé que a todos les gustaban
las mariposas.
—A Lina no. Sus cuerpitos la vuelven loca.
—Oh —resopla—. De acuerdo, gracias. —Se mueve para levantarse
pero se detiene, aclarándose la garganta—. Si sirve de algo, lamento
haberte llamado engendro del demonio cuando Jack y tu mamá se
separaron.
Encaja. Lina ha llegado a él. De eso se trata todo esto. Debe ser. De
pie, se dirige hacia la puerta. —Oh, ¿y esa sustancia roja que usabas para
escribir “Otanisesa4” en la pantalla de mi computadora es…?
—Mermelada de frambuesa.
—Claro. —Una lenta y pensativa sonrisa se extiende a través de su
cara—. Amo la mermelada de frambuesa.
—Lo sé. —En un impulso, busco en mi cajón y saco un frasco. Luego
de lanzárselo, observo mientras manosea una, dos, tres veces, apenas
asegurándolo con sus manos no atléticas antes de que se estrelle contra el
suelo.
Con una tímida sonrisa y una mueca, él lo sostiene. —Oye, en
realidad lo agarré.
—Oh, y Ben es el que movió las cosas de tu oficina. No yo.
Rueda los ojos. Algo muy Mason. —Gracias.
Cuando sale de la oficina marco el número de Lina. —¿Es que tú y
Mason se complotaron para matarme o de hecho son muy buenos en la
cama?
—Lo último. Aunque si no comienzas a ser amable con él, seré yo la
que le dé las municiones para que te ataque. —Su respuesta es inexpresiva
y no lo duda ni un instante, como si hubiera estado esperando la llamada.
—Eso es bastante perjudicial.
—Para ambos. Ya le advertí que no sería el amortiguador entre
ustedes, así que tendrán que comenzar a actuar como hermanos
normales.
—Dijo la hija única. —Un golpe en el vidrio me distrae. Ben está
parado detrás de la ventana señalando su polo de golf color rojo con una
amplia sonrisa en su rostro. Tomo la naranja y la arrojo hacia donde está su
frente detrás del cristal.
Modula—: Buena puntería. —Me guiña un ojo y se va con esa sonrisa
tan exasperante que me generan ganas de reír.
Todavía estoy riendo cuando Natasha asoma su cabeza.

4 Asesinato al revés.
¿Estás libre en el almuerzo?
Observo mi teléfono atentamente deseando haberme confundido al
leer el mensaje de Jared.
Mierda.
¿Qué hago? Tomo el teléfono fijo para llamar a Lina por segunda vez
en la mañana, pero cuelgo inmediatamente. No sirve de nada llamarla a
ella ni a Nicki. Ni a nadie. Porque sé cuál es la respuesta correcta.
Tap, tap, tap… Mi mano se mueve mientras escribo sobre las
carpetas que tengo que completar; estoy trabajando duro en esto. Tengo
que hacer muchas cosas por Ben, así que me tendré que quedar en el
descanso del mediodía…
Cafetería. ¿Al mediodía?
Él contesta en un segundo.
Sí.

—Deberías probar el de lima —sugiere la mesera de cabello marrón


colocando una porción de pastel de chocolates con nueces en frente de
mí. Juraría, por la forma en que todos insisten en ellos, que intentan acabar
con el stock de Lima. Le ofrezco una sonrisa tímida y le pido que me traiga
la cuenta, sin apartar los ojos de la calle. Jared siempre fue de llegar tarde,
pero una hora y media me parece ridículo, sobre todo si no manda ningún
mensaje.
Estoy empezando a pensar que me dejó plantada cuando la voz
profunda suena detrás de mí. —¿Todavía no estás dispuesta a probar algo
nuevo?
Instantáneamente se rompe ese silencio penoso y me empuja hacia
el lugar donde el cielo y el infierno se cruzan, donde esos ojos verdes
impiden a mi corazón latir por uno, dos, tres segundos antes de comenzar a
hacerlo a toda velocidad, ignorando todos mis esfuerzos de mantenerlos
tranquilos. —Me quedo con lo que conozco.
Sonríe en respuesta. —Siento llegar tarde.
Sostengo el aliento mientras lo observo acomodar la silla para
sent arse. —No hay problema. Sin embargo, t engo que volver pronto al
trabajo. —Pensé en usar el trabajo como escusa en caso de necesitarla. Al
mirarlo ahora, probablemente la precisaré. El dolor es como una burbuja
volviéndose a hinchar, mezclada con confusión, miedo y… sí,
anticipación.
Se encoje al sentarse. —Ayer fui a ese asombroso campo de
paintball que está al norte de la ciudad y recibí un tiro de esos que duelen
por días en el culo.
Más bien como t reint a t iros, si quieres ser específico. Frunzo los labios
para reprimir mi sonrisa vengativa.
—Deberías ir por ahí algún día. Te gustaría.
—Lo tendré en cuenta. —Me las arreglo para salir de un bamboleo.
Lo único que evita que estalle a carcajadas es reproducir la imagen en mi
cabeza de antes que atacáramos, cuando me hallaba lista para voltear y
correr, escuchando eso.
Gracias a Dios por mi mascara, o Ben hubiera visto mis lágrimas.
Pasa un largo tiempo hasta que Jared toma las riendas, acariciando
la mesa. Ese es uno de sus gestos de nerviosismo. —Esto es algo incómodo,
¿no te parece? —admite finalmente con una vaga sonrisa. Otra señal de
que está nervioso.
—No tanto como la última vez. —Mis ojos pasan inadvertidamente
por el tatuaje de la Parca que se le asoma por la remera.
Al ver donde se encuentra mi concentración, Jared se lo frota,
ofreciéndome su timidez. —Siento que lo veas de esa forma.
Suspiro, preguntándome si lo dice por el tatuaje o la infidelidad. O
ambos.
Sus ojos vagan por mi cabello. —Luces muy bien, Reese. No es que
antes no lucieras bien. Es solo que… pareces más madura ahora. Más
responsable.
Siento que las mejillas se me enrojecen mientras observo el plato
enfrente mío con el apetito inexistente. —Demasiado aburrido, en mi
opinión.
—Nunca podrías ser aburrida. —Veo un rápido brillo en sus ojos. ¿Está
coqueteando conmigo? Observándome con ese precioso rostro que no
puedo creer que una vez tuve derecho a besar cuando quería, suspira—.
Jodí lo nuestro, Reese, y lo siento tanto.
Un sabor metálico llega a mi boca, y me muerdo el labio para no
agregar nada más, porque sé que me estoy volviendo sentimental y que
diré algo en mi defensa. Necesito volver a tranquilizarme.
—He amado a Caroline desde los seis años. Cuando de repente
terminó conmigo, quedé devastado. Una semana después apareces de la
nada, alguien t ot alment e diferente a ella.
—Definitivamente lo soy —digo secamente.
Esa bonita sonrisa torcida solo lo hace ver más bonito. —Eso está
claro —agrega rápidamente—. Quería recuperarme. Quería superarla tan
desesperadamente y dejar de pensar en ella, que apresuré las cosas entre
tú y yo. Y antes de darme cuenta, estábamos casados. Luego, como un
mes después de Las Vegas, Caroline me llamó llorando. No habíamos
hablado desde la ruptura, así que ella no tenía idea. Supuse que mis
padres les contaron a los suyos antes de ir a visitarlos y que ellos le contaron
a ella.
Ruedo los ojos ante el recuerdo de ese desastroso día. Juro que su
madre me estuvo poniendo un maleficio silencioso mientras comíamos.
—De todos modos, ella lloraba diciéndome que simplemente me
pidió tiempo, que era seguro que volveríamos a estar juntos. Acordamos
en ir a cenar una noche y… —Se encoje de hombros—, las cosas pasaron y
no supe cómo detenerlas. Los sentimientos del pasado me abrumaron y
me confundieron. Y luego un día nos descubriste en la bañera y…
Cierro los ojos ante ese recuerdo; escucharlo venirse mientas abría la
puerta.
Era por eso que no me escuchó en ese momento. Pero hay algo más
importante allí. —¿En serio me engañabas un mes después de habernos
casado? —Apenas escucho mi voz, que es escasamente audible, mientas
la verdad se revela por sí sola. ¿Cómo siquiera puedo llamar matrimonio a
lo que tuvimos? Era una farsa.
—¡No! Luego de aquella llamada dije que no podría verla, y por todo
ese mes no hablamos. Pero entonces estuvo en la fiesta de aniversario de
mis padres. —La que me opuse a ir. Si hubiera accedido, ¿estaríamos
hablando a una mesa de distancia sobre nuestro matrimonio fallido?
Baja la mirada a sus manos. —Siempre ha sido tan considerada y
dulce que… —Aclaro mi garganta para disimular una risa amarga. Ella lo
tiene atontado—… Se lleva bien con mi familia y… —Sí, su familia, que
quedó abatida cuando me llevó a su casa—… Ella será una buena madre
algún día. —Suena como si se estuviera comprando la propaganda de sus
padres, pero cuanto más continúa, más desolada me siento. Si eso era lo
que quería en una mujer, nunca habríamos tenido una posibilidad.
Adorable… considerada… ubicada… futura buena madre… Ninguno de
esos adjetivos encaja conmigo, independientemente de si ella en realidad
es así o no.
Siento como si él fuera el único apuntando con una pistola de
paintball a mi corazón, disparando despiadadamente. No vine a escuchar
esto. Comienzo a pararme de la silla cuando escucho: —Pero te extraño
tanto, Reese.
Mi boca se abre, el cambio radical del tema “Alabada sea Caroline”
me sorprende.
Los ojos comienzan a arderme de emoción. —Éramos malditamente
perfectos juntos, ¿no lo crees?
Y entonces alcanza mi mano.
El recuerdo de verlos ayer juntos se siente como si su puño se metiera
en mis entrañas y las apretara. Me recuerdo que no tengo que estar triste,
que no debo quedarme atrapada con sus palabras. Quiero estar de
acuerdo y gritárselo: ¡Sí! ¡Éramos la jodida perfección, pero t ú lo arruinast e!
Debería estar clavando mi tenedor en su mano. Pero de todos modos me
permito que el contacto físico dure un poco más, hasta que me las arreglo
para cerrar la boca, luego saco mi mano debajo de la suya y uso el
tenedor para pinchar el pastel. Está intacta, pero al menos no la pueden
volver a servir con todos esos agujeros.
Espera en silencio mientras tomo tres respiraciones hondas. —¿Sabe
ella que estás conmigo ahora? —Le echo una mirada curiosa a nuestro
escenario, buscando a aquella pelirroja roba-maridos escondida detrás de
una planta.
Frunce el ceño. —¿Qué? ¿Piensas que nos está espiando?
—No, solo alguien loco lo haría.
Hace una pausa y sonríe de costado. —No, no lo sabe. De hecho, no
me habla.
—Oh, ¿qué? ¿Una pelea fuerte? —Mi conciencia comienza a reír de
forma malvada en mi cabeza.
—Sí, algo estúpido que sucedió en paintball —murmura de manera
distraída, ladeando la cabeza—. Trata no lucir tan feliz por ello, ¿quieres?
—Hago lo que puedo —contesto, inexpresiva.
Toma sus manos. —Hemos estado peleando un montón, de hecho.
La he conocido por dieciocho años y desde el momento que le dije lo que
siento se ha convertido completamente en otra mujer y está intentando
cambiarme con ella. —Cierra su boca un momento, mirándome atent o—.
Sin embargo, tú no eras así. ¿No lo crees?
Eso es porque solo nos conocimos seis semanas ant es de casarnos. Y
no, no era así. Lo aceptaba tal como era. Le sostengo la mirada —una
caliente que he visto muchas veces antes, pero nunca en público— pero
no digo nada.
—Así que has estado viendo a un abogado… ¿hace cuánto?
—Unos meses —miento.
Él asiente, llegando hacia mi taza vacía y balanceándola de un lado
al otro. —Pensé que los cuatro podríamos ir a cenar a algún lado o algo.
Se me escapa una risa amarga. Sé que Jared puede ser denso
cuando quiere —dejarme entrar ese día para que recogiera todas mis
cosas es un buen ejemplo de que no sabe lo que piensa— ¿pero esto?
Masticar comida… Mantener una conversación… Controlarme para no
clavarle un cuchillo en el cuello a Caroline… no lo sé, suena como un
montón de cosas imposibles.
Unos ojos verdes pestañean, evaluando mi reacción. —¿Raro?
—Solo un poco.
Se encoje de hombros. —Está bien, entonces ir a un club o algo más
informal para comenzar. Por lo menos nosotros dos. En serio, necesito que
terminemos bien, Reese. Al menos.
¿Al menos? ¿Qué demonios quiere que seamos? ¡Está casado!
¿Acaso está haciendo lo que yo creo? ¿Revotando entre Caroline y yo
como si fuera una pelota? ¿También quiere tomar mi pastel y comérselo?
Si fuera un transeúnte mirándolo, estaría señalándonos y riéndome de
nosotros a carcajadas, sobre todo de la rubia idiota por el simple hecho de
que esté sentada y conversando con ese hombre. Si fuera el t ranseúnte y
no la rubia idiota con el corazón partido y tirado en una zanga, que no
hace mucho tiempo amaba estar escuchando lo que él decía.
—Tengo que pensarlo —digo parándome. Hace lo mismo y ambos
quedamos en una situación incómoda. ¿Nos vamos sin saludar? ¿Nos
damos un abrazo? ¿Debería golpearlo tan fuerte hasta que esa materia
gris que rellena su cráneo funcione, aunque sea por una vez?
—Tienes un nuevo número, ¿cierto? —Saca el teléfono de su bolsillo y
lo prende.
Dudo. —Sí, uno local de Miami.
Frunce el ceño. —Qué extraño. Tenía tu información de contacto
justo aquí. No sé adónde se fue. —Creo que tengo una muy buena idea.
Para eliminar el cielo, cuida de t u dulce nueva esposa—. Aquí. Lo pondré
otra vez. Muy bien, comienza.
Me detengo.
¿Debo hacerlo?
¿Le paso mi número?
Le paso mi número.
—Genial. Bueno… —Frunce el ceño y avanza, envolviéndome en un
abrazo que no le correspondo—. Nos vemos pronto. Espero. —Besa mi
mejilla antes de irse. Lo veo caminar mientras silba felizmente.
Y noto como suelto el aliento que no sabía que estaba sosteniendo.
No sé lo que siento. Jared no está feliz con Caroline. En el horrible
remolino de dolor en el que he estado girando estos últimos meses, me
hace bien saberlo. Ahora me dice que me extraña. Me demuestra que
aún tiene sentimientos hacia mí.
Lo que siempre quise de Jared…
Que sufra.
Que le duela.
Que me vuelva a amar.
Esta hubiera sido la oportunidad perfecta.
Pero antes, debo ir a Suiza para seguirles el juego.
Traducido por Alessandra Wilde
Corregido por Amélie.

—Bueno, mírate, todo un gran abogado.


Mierda… Solo el sonido de esa voz suave hace que mi sangre corra
hacia mi polla. No es algo que puedo controlar. Mercy siempre ha tenido
ese efecto en mí. Solo que ha empeorado desde mi fiesta de despedida
en Penny’s. La regla de Cain de “no follar a las strippers” quedó
públicamente lanzada por la ventana por ella y Hannah esa noche. Al
mismo tiempo. Yo ni siquiera lo sugerí, pero de seguro no iba a dejar pasar
la oportunidad.
Pero la mirada en el rostro de Mason ahora cuando se da la vuelta
para encontrar a la rubia platinada en mi oficina es casi tan entretenida.
Su rostro va de pálido a rojo remolacha en un instante mientras los ojos del
pobre tipo vagan alrededor incontrolablemente; de su cara a sus tetas a
su cara de vuelta, luego a la pared y de nuevo a sus tetas antes de que se
dé la vuelta para mirarme con ojos suplicantes.
—Este es mi buen amigo Mason. Mason, esta es Mercy.
Ella estira su mano con una risita. Después de un apretón de manos
de un aspecto un tanto torpe, él murmura algo acerca de fotocopias y
luego sale disparado de mi oficina.
Me levanto y rodeo mi escritorio para recoger a la pequeña rubia
stripper en un fuerte abrazo, el olor de su perfume florido —casi demasiado
fuerte— atacando mi nariz. —Hola, nena. —Nunca he tenido ningún interés
en ella como algo más que una amiga, con unos beneficios ocasionales
que hemos mantenido muy discretos y lejos de Penny’s. Respeto a Cain y
sus reglas… en un nivel. Y, si pensara que ella alguna vez querría más de mí,
nunca habría dejado que sucediera.
Pero estoy empezando a preocuparme de que algo ha cambiado.
Estoy recibiendo mensajes de textos de Mercy casi a diario ahora,
pidiéndome que vaya a visitarla al club.
Sus grandes ojos azules observan mi oficina y la interminable pila de
papeles. Y yo, su mirada va a la deriva sobre mi pecho mientras sus dedos
juegan con el cuello de mi camisa. —Te ves como un adulto. —Lleva más
ropa de lo que estoy acostumbrado a verla pero no hay ninguna manera
de esconder lo que hace para ganarse la vida en ese vestido corto y
apretado. Sus curvas mejoradas, su rostro, su porte… todos grita: “Me
desnudo por dinero.”
Y, por el montón de miradas a mi oficina, todos en el edificio pueden
escuchar esos gritos. Teniendo en cuenta lo que me dijo Mason de las
preocupaciones de Jack acerca de mis transgresiones pasadas en mi
lugar de trabajo, traerla a la oficina no se verá bien en mí. Aun así, no
puedo echarla. Solo puedo esperar que se vaya pronto.
—Estoy tratando de serlo. ¿Qué estás haciendo aquí?
Una linda risita se le escapa. —Me hallaba en el vecindario y pensé
en pasar por aquí. Penny’s simplemente no es lo mismo sin ti. —Una mano
delicada pasa por mi pecho y luego desciende rápidamente, arrastrando
sus uñas a lo largo de mi estómago hasta que sus dedos encuentran mi
cinturón. Mercy siempre ha sido así de provocadora. A ella le gusta saber
que puede conseguir una reacción instantánea de mí.
—Ven aquí. —Uso la excusa de cerrar mi puerta alejándome antes
de que su mano se desplace aún más abajo. La llevo a la silla de repuesto,
entonces me sumerjo en la mía, dejando que el escritorio actué como una
barrera entre los dos.
—Pensé que ibas a venir a visitarme a Penny’s el fin de semana —
dice con un pequeño puchero.
—Me quedé atrapado aquí todo el fin de semana. —Sinceramente,
entre el trabajo y Reese, ni siquiera pienso en Penny’s. Estuve agotado la
noche del sábado. No puedo creer que no haya puesto un pie en el club
en más de tres semanas. Es un récord para mí.
—Ya no es divertido allí. —Su sonrisa se tambalea—. No sé lo que
pasó, Ben. Charlie desapareció, China fue despedida… —Su rostro se
arruga—. Nunca he visto a Cain tan trist e.
—Sí, no sé lo que pasa con esos dos. —Eso es una mentira. Sé más
que la mayoría, ya que uno de mis mejores amigos y el jefe de seguridad
de Penny’s, Nate, me llamó la semana pasada para informarme las cosas.
Parece que Cain, mi buen amigo y dueño de Penny’s, se enamoró de una
stripper que tiene más secretos de lo que él era capaz de excavar a través
de sus métodos clandestinos de los que se supone que no debo saber. Ella
se largó una noche y ahora él es una ruina. Nunca he visto a Cain ser otra
cosa excepto compuesto y relajado.
Con un suspiro, Mercy descruza y cruza sus largas piernas desnudas,
distrayéndome por completo con una visión momentánea de sus bragas
de encaje negras. Por lo menos las lleva hoy. Eso nunca es una garantía.
Joder, también han pasado más de tres semanas desde que tuve sexo. Es
otro anormalmente largo lapso de tiempo para mí. Y ahora estoy sentado
frente a una chica que disfruta de darme bailes privados. No sé cómo
diablos una comunidad de religiosos Amish produjo alguien como ella. Está
claro que tengo que ir a visitar uno de esos lugares para ver si es solo una
ocurrencia anormal.
Después de diez minutos de conversación educada, Mercy se pone
de pie bruscamente. —Bueno, debería dejar que vuelvas al trabajo. Solo
quería verte en tu oficina. —Se agacha y pone un beso semi-inapropiado
justo en mis labios—. ¿Cenamos más tarde?
¿Cenar es el código para sexo? Nunca hemos ido a cenar. Con un
suspiro largo e interminable y un chapuzón visual por su vestido escotado,
digo—: Sí, voy a ver si puedo salir temprano esta noche. —No puedo
evitarlo. Mercy es una oferta de pasar un buen rato.
No es hasta que ella se aleja que me doy cuenta de Reese de pie en
mi puerta, sosteniendo al menos una docena de carpetas amarillas contra
su pecho, y una expresión sardónica en su rostro mientras examina a mi
acompañante.
Girándose hacia la puerta, Mercy le ofrece a Reese una rígida
sonrisa —Mercy puede ser dulce, pero no es idiota; puede leer la pizca de
juicio en los afilados ojos color caramelo de Reese— y luego se pasea
fuera, tarareando en voz baja.
Reese entra en mi oficina dejando caer sin contemplaciones las
carpetas en mi regazo. Estoy bastante seguro de que tenía la intención de
aplastar mi polla con ellas. —¿Así que estás saliendo con ese pastelito?
Porque después de llevarme a tu casa a conocer a tu madre, estaba tan
segura de que te habías enamorado de mí. —Ella suena tan desinteresada
que sé que no debe preocuparme que lo crea de verdad.
Me muerdo la lengua mientras decido cómo responder. Responderle
a Reese es a veces difícil. En realidad me importa si sueno como un idiota,
y normalmente no me preocupo por eso. Al final me decido por—: Estás a
salvo, te lo prometo. —Saco los archivos de mi regazo y los dejo sobre mi
escritorio—. Así que… ¿qué encontraste?
—He agregado algunas notas de cosas a las que querrás hacerles un
seguimiento y algunos casos sin precedentes cuando la firma los lleve a la
corte. También he resuelto el caso Kensington para ti. De nada.
No puedo evitar que mis ojos vayan a la deriva por encima de su
figura. Tener a Mercy aquí solo magnifica cuan naturalmente atractiva es
Reese. Lo real que es. Sin silicona. Un cuerpo sólido, sin ser demasiado
exagerado. Mataría para ver a esta chica desnuda de nuevo. Si mi mamá
no hubiera aparecido cuando lo hizo, la habría tenido tendida en la parte
trasera de la camioneta en otros treinta segundos.
Ella saca una hoja de papel de la carpeta superior, azotándolas en
mi escritorio. —El buen doctor está fuera. ¿Ves? —Sus largos dedos
delgados, pinchan el papel—. La compañía de la esposa donó cien mil
dólares para recaudar fondos para su clínica privada hace seis meses.
Llevando mi atención hacia el caso, examino el recibo de impuestos.
—Mierda. Tienes razón. —Definitivamente es suficiente para desacreditar el
testimonio de ese experto que trata de pintar a nuestro cliente como un
padre psicológicamente abusivo para que su ex esposa gane la custodia
exclusiva de su niña de tres años de edad, y toda la manutención de los
hijos que va junto con ello—. Sin el testimonio de este idiota, esta batalla
por la custodia está muerta.
—Está bien, Erin Brockovich, ¿dónde diablos te enteraste esto?
Se encoge de hombros. —No fue tan difícil.
Natasha se hallaba perpleja. Yo también. Pensamos que estaríamos
buscando algo para ganar este caso justo hasta que lo perdiéramos. Alzo
la vista hacia sonrisa de suficiencia de Reese de nuevo. Estoy pensando
seriamente en llevarla a esa sala de conferencias al otro lado del pasillo
para darle las gracias de la manera que realment e me gusta. Esa clase de
agradecimiento con persianas abajo y una cerradura. Jack está fuera de
la ciudad en una conferencia. Aparte de Natasha, nadie interrumpiría
“nuestro trabajo”.
Maldita sea, pensar en esto no ayuda a la situación actual que estoy
trat ando de ocultar debajo de mi escritorio.
Lanzo mi pluma y me inclino hacia atrás en la silla. —Eres increíble. Ya
lo sabes, ¿verdad?
—Prefiero la palabra espectacular. —Empuja un mechón de su pelo
detrás de la oreja, con el rostro arrugándose con disculpa—. Mira, sé que
prometí que me quedaría hasta tarde, pero hoy ha sido un día extraño y
no me siento muy bien. Voy a tomar una siesta en casa y trabajar un poco
más tarde.
Ella est á un poco pálida, ahora que lo pienso. —Sí, supongo.
—Así que, ¿hay algo más que necesitas que haga antes de irme? —
Sus ojos se desvían hacia mi regazo y agrega secamente—: Además de
ese problema que el pastelito arreglará después. —Hay un borde de
molestia en su tono.
—¿Celosa? —Solo la posibilidad me tiene sonriendo como un idiota.
Enlazo mis manos detrás de mi cabeza y admito—: Porque prefiero tener t u
ayuda con eso. —Y, sinceramente, lo prefiero.
Los labios de Reese se fruncen mientras lentamente valora mi cuerpo
con esa mirada rapaz. Es normalmente mucho más encubierta cuando me
come con los ojos, y prefiere hacerlo cuando cree que no estoy prestando
atención. Su voz baja unas pocas octavas cuando un—: De acuerdo —se
desliza de esos labios finos—. ¿Sala de conferencias?
—¿Qué? —Mis cejas se disparan. Mierda. No me esperaba eso. Mis
grandes ojos escanean la oficina buscando cualquier persona que pudiera
estar viendo o escuchando; observo la puerta que sigue abierta. ¿Habla
en serio? ¡No lo puedo deducir! Lo único que sé es que voy a estar muy
adolorido si ella no termina esto.
Una carcajada malvada sale en erupción de ella. —¡Señora Cooke!
—grita cuando la asistente de Jack pasa por mi puerta, en su camino a
alguna parte.
La señora Cooke desacelera sus pasos y asoma la cabeza, sin aliento
y limpiándose la frente sudorosa con un pañuelo de papel. —¿Qué pasa,
cariño?
—Ben me cont aba cómo se comió todos los panecillos durante el fin
de semana y se pregunta cómo los hace tan deliciosos.
Los ojos de la mujer se iluminan cuando asiente. —Oh, dulce chico.
Te voy a dar la receta, para tu mamá. ¿Tienes un lápiz y papel a la mano?
—Sus manos revolotean cuando comienza a reír, un sonido como de
caricatura. Se pasea dentro de mi oficina y se ajusta a sí misma en mi silla
de repuesto, y en serio se ajusta, mientras le doy una dura mirada a Reese.
—¿Fui útil? —pregunta Reese con dulzura.
No puedo evitar sonreír. —Sí, lo fuiste. —Al igual que una cubet a con
hielo.
—Bueno. Tal vez no necesitarás ningún pastelito después de todo —
espeta.

Me estoy hundiendo en el olvido total cuando golpean mi puerta.


—¿Sí? —exclamo, abriendo un ojo para ver los números rojos
brillando intensamente en mi reloj digital. Una de la madrugada. Maldición,
estoy agotado.
La puerta se abre y un rayo de la luz del pasillo detrás brilla para
revelar el pelo rubio platino y un vestido azul ajustado brillante. —Hola —
ofrece Mercy, echándose hacia atrás para cerrar la puerta con su culo—.
Travis me dejó entrar.
Ruedo sobre mi espalda y murmuro—: Eso es amable de su parte. —
He compartido una casa con cinco chicos por casi seis años. Alguien está
siempre en casa y nunca le han prohibido la entrada a Mercy. Tal vez
debería establecer algunas nuevas reglas de juego, dada la situación.
Paseándose de esa manera que tiene —lento y agraciada, como un
gato— llega al lado de la cama. He empezado a dormir con las cortinas
abiertas, la luz de la mañana me ayuda a adaptarme a mi nuevo patrón
de sueño. Ahora, arroja suficiente luz de la calle por lo que apenas puedo
apreciar su figura. —Dijiste que me llamarías.
—Me distraje con el trabajo. —De hecho, me olvidé por completo de
Mercy. Después de obtener instrucciones detalladas sobre los panecillos de
melocotón de la señora Cooke, las que en realidad le voy a ent regar a mi
mama, me pasé horas leyendo todos los archivos que me dio Reese. La
mirada de Mercy se desliza por mi pecho expuesto y mi estómago, su ceño
arqueándose ligeramente mientras su atención se desplaza más abajo
donde ya estoy lanzando una tienda de campaña bajo mis sábanas. No
puedo evitarlo. Ella estira su mano, y sus dedos hacen este movimiento que
se encrespa alrededor de los tirantes de su vestido y luego, dándoles un
ligero tirón, empuja el material hacia abajo hasta que su vestido llega a mi
piso en un montón brillante. Trabajando seis días a la semana en Penny’s,
he visto a Mercy desnuda tantas veces que casi puedo trazar todas sus
pecas en la oscuridad.
—Pensé que tal vez… —dice mientras saca con cuidado mi sábana
y se sube a mi cama, deslizando una pierna por encima de mi cuerpo a
horcajadas sobre mis muslos—… podría pasar aquí la noche y —se inclina,
con los brazos descansando a cada lado de mi almohada, sus falsos senos
presionando contra mi pecho—, conseguir mi dosis de Ben. ¿Te parece
bien?
No puedo evitar reírme. Mercy tiene una habilidad con las palabras.
Nunca es directa y dice algo sucio, pero la implicación no es sutil. Mi
cerebro se salta convenientemente la parte de “pasar la noche” y va
directamente a la parte donde ella está encima de mi cuerpo, hasta que
su pelo largo roza mi estómago y el calor de su boca se envuelve
alrededor de mí.
Y luego, con un profundo gemido, mi cerebro se apaga por
completo.

—¿Estás bien? —oigo preguntar a Mason desde la puerta.


—Me van a patear el culo y probablemente lo merezco —murmuro,
mirando mi teléfono.
¿Quieres ir donde Storm y Dan juntos este fin de semana?
Sabía que no debí permitir que eso sucediera. Pero, ¿qué haces
cuando una magnífica stripper aparece en tu dormitorio en el medio de la
noche? Ningún chico se negaría a eso. No me importa quién seas. ¿Y si me
dices que las hubieras rechazado? Eres un maldito mentiroso o eres gay.
Sin embargo, nunca se había quedado a dormir. Estuve levantado y
fuera de la cama antes de que ella se despertara esta mañana, así que al
menos no hubo una torpe despedida. ¿Y ahora me está enviando
mensajes de texto para ir a una boda juntos? Sí, es de Storm y Dan, pero…
No me gusta la forma en que mi intestino se siente acerca de esto. Me está
diciendo que Mercy sin duda quiere algo más. Decirle que solo quiero que
seamos amigos, no va a funcionar. Ella meneará su cabeza bonita y dirá:
“Lo sé, Ben”, y entonces agarrará mi polla. Y si no llevo a otra persona
como mi cita, voy a terminar con los pantalones alrededor de los tobillos
en un cuarto de baño por un cóctel.
Mierda. ¡Eso significa que tengo que llevar una cita! Pero, ¿quién? ¿A
quién podría llevar? No puedo llevar a nadie que haya follado en el
pasado; eso simplement e sería meterme en el mismo barco que el que ya
estoy con Mercy. Quiero decir, es una boda. Las chicas se ponen extrañas
en las bodas. Se pisotean las unas a otras para coger flores voladoras.
Necesito a alguien que no busque nada de mí. Necesito… —¿Dónde está
tu hermana hoy? —le pregunto a Mason de repente. He estado mirando la
oficina de Reese toda la mañana y no ha habido ninguna señal de vida.
Prometió que estaría aquí para ayudarme. Además, por mucho que me
cueste admitirlo, no conseguir mi dosis de la mañana de Reese es notable.
Es como que estoy en abstinencia.
—Hermanastra —corrige—. Y está en casa, enferma.
—¿En serio? —Mierda. Ella dijo que se marchaba temprano ayer
para dormir un poco.
Él asiente. —Y se llevó un montón de archivos con ella, incluyendo
uno de los míos accidentalmente. Me dirijo allá ahora para recogerlos. —
Añade en voz baja—: A esa casa infestada.
Eso es correcto. Mason tiende a evitar a las personas enfermas como
si fueran todos los portadores potenciales de la plaga bubónica. —Yo iré.
No soy un marica —lanzo rápidamente.
—Ben. Confía en mí, no quieres…
—Está bien. Además, le agrado más que tú.
Un pensamiento pasa a través de sus ojos verdes y luego creo que
pillo un atisbo de una sonrisa. Es demasiado rápido para confirmarlo. Pesca
las llaves de su bolsillo y las arroja sobre mi escritorio. —Toma, quizá no
responderá la puerta. —Garabatea la dirección—. Necesito los archivos de
vuelta para el mediodía. ¿Puedes recoger algunos medicamentos para el
resfriado? Le prometí a Jack que lo haría.
—¿Qué es lo que quiere?
Se encoge de hombros. —¿Tylenol? ¿Nyquil? ¿Valium?
—Muy bien. —Recojo las llaves y la dirección. Y espero.
Y espero.
Por último, me rindo. —Amigo, ¿no vas a advertirme que no intente
nada con tu hermana?
—¡Hermanastra! —corrige fuertemente, pero luego ese pequeño
atisbo de sonrisa ha vuelto—. Y no. No estoy demasiado preocupado por
eso. —Mason se retira, lanzando sobre su hombro—: A las doce. Necesito el
archivo a las doce.
Bueno, eso me da casi dos horas para averiguar cómo voy a
convencer a Reese para que vaya a una boda conmigo.
Traducido por Aimetz Volkov
Corregido por Snow Q

—¡¿Cómo es que no hay medicamentos en esta maldita casa?!


—Sabes que todo eso suprime el sistema inmunológico —resuena la
voz de Lina por el altavoz del teléfono en mi habitación—. Es por eso que
te digo que tomes ginseng todos los días.
—Tú y Pepito Grillo —murmuro, mirando la pared delante de mí, con
la cabeza apoyada en tres almohadas, hasta que estoy casi sentada.
Porque no puedo respirar de otra manera. Ya asalté el baño de Mason.
Está lleno de vitaminas y suplementos, pero no hay nada de valor. Jack,
tampoco es de mucha ayuda, dado que él cree que un trago de vodka al
día mantiene todas las enfermedades alejadas. Lo único que me pareció
de alguna utilidad fue un pequeño frasco de Vicks, con el que ya me cubrí
el pecho, la espalda e incluso el labio superior.
—¿Y Pepito Grillo se enferma? Porque yo no me enfermo.
—Estoy convencida de que ninguno de los dos son humanos. Esa es
la razón por la que se han encontrado —murmuro, mientras mi molesta
pero reconfortante manta gris me envuelve en un capullo que no aleja el
frío corriendo por mi cuerpo. Pensé que era simplemente la falta de sueño
con todas las cosas de Jared en mi mente. Salí del trabajo, pensando en
tomar una siesta y ponerme al día en la noche. Puede que también haya
dejado todas las carpetas de archivos en el trabajo, porque me desmayé
al segundo en que mi cabeza golpeó la almohada y no me desperté
durante trece horas. Ahora no puedo dejar de temblar y mi cabeza está a
punto de explotar por la presión de la sinusitis. Todo lo que quiero hacer es
auto-medicarme, pero, a excepción de unas pastillas que expiraron hace
diez años, que estoy considerando seriamente tomar, la casa está vacía
de todos los narcóticos dignos.
—Vi un poco de jengibre en el cajón de Mason. ¿Debo tomarlo? —Sí,
Mason tiene su propio cajón en la nevera. Y sí, tendrá un infarto leve
cuando descubra que estuve husmeado.
El fuerte suspiro exasperado de Lina responde antes de que sus
palabras lo hagan. —El jengibre se debe tomar ant es de enfermarse. Ya
sabes, si vas a tomar algo crudo, toma ajo.
—¿Esa es otra de tus extrañas cosas coreanas?
—No, es una cosa naturista rara. —Con su tono plano, Lina resulta
condescendiente a veces, sobre todo con aquellos que no la conocen—.
Yo por lo general lo cubro con un pedazo de pan para hacerlo más
sabroso.
—No hay pan en casa, excepto por el pan de arroz de Mason, y me
da nauseas —me quejo.
Juro que puedo oírla poner los ojos en blanco por el altavoz. —Me
olvidé de lo irritante que eres cuando estás enferma.
—¿No puedes traerme algo?
—No por unas horas. Tengo reuniones con los clientes durante todo el
día. ¿Has probado con Nicki?
—Está a una hora fuera de la ciudad el día de hoy.
—¿Jack? ¿Mason?
—Jack está en la corte, y ¿Mason? ¿En serio? Él no va a venir aquí sin
un traje de materiales tóxicos. No te sorprendas si tienes otro compañero
de piso para la semana. —Libero una serie de gemidos guturales y quejidos
para amplificar mi miseria.
Cuando por fin me callo, estoy empezando a molestarme incluso a
mí misma, Lina dice—: Por lo tanto, hay un tipo en el trabajo que puede
gustarte.
—Oh Dios mío, Lina. Ahora no es el momento adecuado.
Continúa, ignorándome por completo. Ella y Nicki son campeonas
en hacer eso. —Pensé que podríamos ir a una cita doble este sábado. Tú y
él, Mason y yo.
—No.
—Se trata de Ben, ¿cierto? ¿Ustedes están saliendo?
Suspiro. —No. No hay nada entre Ben y yo. —Nada real. Aunque, la
idea de que juegue a mi novio falso tiene su atractivo.
—En serio. Nada en absoluto. —Sus palabras están llenas de dudas.
—Nada, Lina. Todavía soy una bruja amargada y Ben podría salir con
algunos movimientos de Houdini si siquiera escucha la palabra “cita”.
Además, ¡él no es mi tipo! Tú lo sabes. —Lina ha visto el tipo de chicos que
me atraen. Chicos melancólicos en motos, con tatuajes, delgados y con
cabello oscuro desordenado. Dame a un ex jugador de futbol, rubio y
sonriente, que sabe de naranjas y todo lo que oigo es a Abelardo cantar
“una de estas cosas no es como las demás”.
—Lo sé, pero, vamos. ¿No lo encuentras ni un poquito atractivo?
Porque yo creo que lo es. Nicki también lo cree. Incluso Mason admitió que
le gustaría, si fuera gay.
Porque imaginarme a Mason con Lina no era lo suficient ement e
malo... Mantener los ojos abiertos es una lucha, así que no me molesto. Tal
vez voy a hablar conmigo misma en la inconsciencia. —Sí, es atractivo —
agrego a regañadientes—, es locamente sexy. Y besa increíblemente. Y lo
sabe. Es un poco idiota, pero nada que un pedazo de cinta adhesiva no
puede arreglar.
—¿Y? ¿Ha perturbado esas telarañas que tiene prohibido molestar?
—Obviamente Mason le dijo a Lina sobre la política de no salir, así que no
estoy segura de cuál es la respuesta que quiere oír.
—Hemos tonteado un poco, pero por lo demás, la telaraña de
Charlotte sigue estando segura y protegida. —Estaría mintiendo si dijera
que las cosas no se sentían diferentes después del fin semana pasado.
Verlo con esa stripper ayer me molestó. No es porque tenga alguna
profunda reacción feminista al ver a una mujer que vende su cuerpo. Me
interesaba más la cantidad de veces que se ha acostado con ella, si lo
sigue haciendo, y cómo puedo hacer que deje de hacerlo.
—Bueno, no hagas nada para que te despidan a ti o a él. Mason
está muy preocupado por eso. Le agrada Ben, pero lo conoce muy bien.
—Jack nunca me despediría.
—Reese...
—No voy a hacer que despidan a Ben —murmuro con molestia y
agrego—: Pero gracias por pensar tan bien de tu mejor amiga.
—Lo digo en serio. No quiero que estén todos amargados si algo no
funciona.
—Estás a salvo. Soy toda amargada. Además, ¿me estás tomando el
pelo? ¡No quiero una relación con Ben! Es como un mal sarpullido que no
desaparece la mitad del tiempo.
—Bien, bien. Bueno, ya sabes, la hermana de Nicki está haciendo
esas fiestas de pasión. Deberías pedirle que te consiga algo.
Suspiro. —¿Mi mejor amiga está sugiriendo que recurra a un vibrador
a los veintiún años? Te has rendido conmigo. Eso es maravilloso.
—Voy a secundar esa idea —se burla una conocida voz masculina
de repente, a pocos centímetros de distancia. Mis ojos parpadean de
golpe al encontrar grandes lirios azules y una enorme sonrisa que se cierne
sobre mí. Así que hago lo que haría cualquier mujer joven normal medio
desmayada con la gripe cuando es sorprendida por un hombre en su
dormitorio. Dejo escapar un grito y mi mano vuela para conectar con su
nariz.
—¡Jesús, Reese! —Ben salta de nuevo y extiende una mano para
protegerse contra nuevos ataques, mientras que la otra cubre su cara.
—Mierda —murmuro cuando veo un hilit o de sangre saliendo de un
orificio nasal.
Mira su dedo recubierto de sangre en estado de shock. —¿Tú crees?
—¿Reese? —Viene la voz cautelosa de Lina.
—Oh, ella está bien. El maldito abogado sexy al que quiere pegar
con cinta adhesiva no lo está —murmura Ben.
Fant ást ico. Escuchó t odo eso. Mis mejillas arden. Cojo un pañuelo de
la caja en mi mesita de noche y lo meto en su mano, incapaz de evitar el
malestar de mi tono cuando le pregunto—: ¿Qué haces husmeando en mi
habitación?
Secándose su nariz, murmura—: Vine a buscar un archivo para
Mason. —Revisando el pañuelo por la creciente mancha de sangre,
añade—: ¿Por qué estás tan violenta?
Ruedo los ojos. —¿Por casualidad me trajiste medicinas para el
resfriado? —Mason sabe que quería algunas.
—¿Es esa tu manera de pedir perdón?
—¿Quieres que me disculpe contigo por irrumpir en mi casa, entrar a
escondidas en mi habitación, y asustarme a más no poder?
Sostiene las llaves de Mason.
—Semántica —murmuro, dejándome caer de nuevo en mi pila de
almohadas; el pequeño susto me había drenado hasta la última gota de
energía.
El carraspeo de Lina me recuerda que sigue en el teléfono. —Tengo
que irme a la reunión. Te llamaré más tarde. Diviértete, Ben. Ella es aún más
agradable cuando está enferma. —La llamada se corta sobre el altavoz
mientras observo a Ben mover su nariz.
Siento una punzada de culpabilidad. —¿Está rota?
—No, creo que voy a estar bien. —Después de una pausa añade—:
¿Dijo Mason que tienes gripe?
Cierro los ojos. —No lo sé. Podría ser el virus del Ébola. O la plaga
negra. Demasiado pronto para decirlo. Sin embargo, estoy segura de que
es altamente contagioso.
Cuando me aventuro a observar a Ben otra vez, me encuentro con
su mirada recorriendo mi cuerpo y sé lo que ve: cabello despeinado, cara
enrojecida, ojos inyectados en sangre, pantalones de chándal holgados
de color gris, y mi andrajosa camiseta de gran tamaño de Depeche Mode
que me llega a la mitad del muslo. La camiseta de Jared que robé durante
mi incidente de pintura roja. Ben agacha su cabeza y sonríe en secreto.
—¿Qué? —espeto, plenamente consciente de lo poco atractiva que
soy en este momento y muy molesta con mi hermanastro por enviar a
nuestro sexy y desagradable compañero de trabajo aquí para presenciar
esto—. ¿Listo para mí ahora? —pregunto sarcásticamente, tirando de mis
mantas para tapar más de mi cuerpo.
Riéndose, tira el pañuelo a la basura. —Déjame ver ese archivo, así
puedo volver a hablar de vibradores y telarañas.
Mis mejillas se calientan de nuevo, maldiciendo en silencio a Mason.
—Pásame esos archivos de allí. —Agito una mano perezosa hacia el suelo y
veo cómo se agacha, admirando en silencio lo bien que le quedan los
pantalones.
Siento los ojos de Ben en mí mientras busco a través de la pila.
Encontrando el que quiere mi hermanastro, pego un post -it en la primera
página y garabateo “Veo, veo algo tuyo que acabo de lamer. ¿Adivina
qué?” La venganza es una perra, Mason. Pensé que ya habías aprendido
eso.
Ben se ríe suavemente. —No estoy seguro de si me gusta esa sonrisa
malvada.
—No te preocupes. No eres mi objetivo. —Cierro la carpeta y lo tiro al
suelo a los pies de Ben. Con el ceño fruncido, tiro las sabanas por encima
de mi cabeza. Esto solo hace que sea más difícil respirar, pero soy mucho
más como un animal herido cuando estoy enferma, buscando un rincón
tranquilo para esconderme y morir. Algo de lo que Mason era muy
consciente cuando envió a Ben por aquí. Voy a agarrar el escuálido cuello
de mi hermanastro cuando lo vea después—. Asegúrate de bloquear la
puerta principal.
Escucho las pisadas de Ben por el suelo. Aventurando una mirada un
momento más tarde, lo encuentro paseando por mi habitación, con su
dedo recorriendo el largo del marco de mi vieja guitarra eléctrica azul
Yamaha. —Ajá, no estabas mintiendo sobre esto —murmura.
La he tenido desde que tenía quince años, cuando tomé cien
dólares de la bolsa de Annabelle y me dirigí directamente a una casa de
empeño. Fui inteligente sobre todo el asunto. Esperé hasta que entró
tambaleándose a través de la puerta después de una noche de fiesta en
el Country Club Fair Oakes, sabiendo que acabaría por asumir que se
había comprado una botella de vino exageradamente cara esa noche.
Este chico llamado Len, se sentó conmigo en las gradas de un colegio
público cercano todas las tardes y me enseñó a tocar. Mi habilidad era
natural, tocaba de oído y rasgueaba como Led Zeppelin en un año.
La sonrisa viene espontáneamente en lo que recuerdo el comentario
de Ben en Cancún. —Sí, soy plenamente consciente de cuan caliente me
hace eso.
—Joder, sí —murmura Ben, agregando con una sonrisa en su tono—.
Tal vez no en este momento.
—Cállate.
Sus ojos invaden el resto de mis pertenencias, deslizando sobre los
camiones del vintage y álbumes en mi pared, el puf gigante en el que me
encanta sentarme mientras rasgo notas, el pequeño juguete Harley en la
estantería, un armario lleno de ropa colgando de perchas al azar. Todo lo
que me representa; todo lo que ayudó a que la habitación de invitados de
Jack se sienta como en casa; todo lo que he considerado brevemente
quemar después de que las manos de Caroline estuvieran por todos lados.
—Eres una extraña, señorita MacKay. Sigo tratando de entenderte. Harleys,
viejos camiones oxidados y Depeche Mode. —Hace una pausa—. Te gusta
el gris, ¿verdad?
—Es mi color favorito. —Miro con cautela como Ben se acerca a mí,
da vuelta, y luego se acuesta a mi lado en la cama; el colchón se hunde y
cruje con su peso. Un extraño medio-gemido, medio-gruñido escapa de mi
garganta mientras escabulle una mano debajo de mi espalda.
—Ven aquí. Y no me golpees. —A pesar de mis quejas y protestas,
me acurruco y descanso contra su duro pecho en cuestión de segundos.
—No te quejes cuando te enfermes —advierto con el ceño fruncido,
pero cierro los ojos y lucho contra el impulso de suspirar mientras sus hábiles
dedos comienzan a recorrer suavemente mi cabello. Si esta es la idea de
Ben de juego previo... Lo tomaré. Incluso con mis fosas nasales obstruidas,
todavía soy capaz de distinguir el limpio y deportivo olor de su colonia. Me
recuerda el fin de semana. También me recuerda que tengo un bigote
Vicks poco atractivo del que no se ha burlado… todavía.
—Oye —se aclara la garganta ruidosamente—, tengo que pedirte
un favor, en vista de cómo te fuiste y te enfermaste para evitar trabajar
conmigo toda la semana... —Aunque no puede verlo, ruedo los ojos—.
¿Recuerdas cómo te ayudé con tu ex-marido?
—Al lamer mis amígdalas, sí… recuerdo algo sobre eso.
—Y luego por engañarme para convertirme en tu cómplice. No te
olvides de eso. Bueno, tengo una cosa el sábado y podría requerir tu
ayuda.
—¿Una cosa?
—Sí, como un tipo de fiesta. En la casa de un amigo mío. Tengo que
lucir no disponible.
Hace clic. —¿Suiza quiere que te descontroles?
—Básicamente.
Ajá. ¿Está el universo cooperando conmigo por primera vez? En
realidad, esto podría funcionar a mi favor. Si él está verdaderamente
desesperado… —No lo sé —empiezo a decir, fingiendo la cautela en mi
voz.
—¡Oh, vamos, Reese! Te ayudé. ¿Por favor? —Ahogo mi sonrisa al
apoyarme en su pecho. Me gusta cuando Ben ruega—. Solo tienes que
fingir alguna interferencia.
Genial. Jerga fut bolíst ica. —¿Por qué yo?
—Porque no vas a hacerte una idea equivocada.
—Sí, no te preocupes. Sé a qué te refieres —murmuro—. Sin embargo,
tal vez estaré muerta el sábado.
—¿Y si consigo algo para mantenerte viva?
—Cuéntame más.
Se inclina hacia delante para alejarme de su cuerpo, Ben sale con
facilidad de mi cama. Me estaba acostumbrando a la sensación de él. La
repentina ausencia es extrañamente incómoda. —¿A dónde vas? —
pregunto cuándo lo veo salir de mi habitación.
Segundos más tarde está de vuelta junto a mi cama, sosteniendo
una bolsa blanca de farmacia y un cuenco de espuma de poliestireno. —
La mitad de una farmacia y sopa de fideos con pollo a cambio de una
cita falsa.
Mi mano se dispara pero no es lo bastante rápida; Ben mueve la
bolsa fuera de alcance, dejándola que cuelgue allí. —¿Trato?
—No peleas justo.
—Probablemente más justo que tú.
Esta es mi oportunidad. —Media farmacia y deberes de novio falso
por una noche a cambio de una cita falsa para esta cosa.
Su sonrisa se cae. —¿Qué? ¿Novio falso? ¿Por qué?
—El por qué no importa. Todo lo que importa es el cuándo, y te lo
haré saber.
Sus orificios nasales se abren mientras inhala profundamente. —Estás
tramando algo, ¿no es así? —Me quedo callada, observándolo mientras
reflexiona sobre el trato, dejando sus ojos en mi boca. Y luego la sonrisa
astuta está de vuelta—. ¿Novio falso a servicio completo?
—Es muy improbable. —Por otra parte, mi historial con este chico
puede discrepar.
Me da un tipo de sonrisa “vamos a ver eso” pero se desvanece
cuando frunce el ceño. —¿Existe algún riesgo de que me despidan por
esto?
—Será nuestro secret it o. —Hago un movimiento de cruz sobre el
pecho.
Coloca la sopa sobre mi mesita de noche y me arroja la bolsa. —Te
paso a buscar a las cinco el sábado. Usa un vestido. Uno rojo.
Eso me hace poner los ojos en blanco. Ben realmente parece amar
las bromas a futuro.
Dudando por un momento, se inclina para darme un beso en la
cima de mi cabeza. —Mejórate, y llámame si necesitas cualquier otra
cosa.
Lo veo dirigirse hacia la puerta con una mezcla de descontento y
deleite. —Dale a Mason un abrazo, y luego dile que estás bastante seguro
de que mi cuerpo es altamente contagioso.
La fuerte carcajada de Ben resuena en el pasillo mientras alcanzo a
inspeccionar el contenido de la bolsa. Debe haber comprado todas las
marcas para la tos y resfriado en el estante.
Y condones.
Con empaquetado de caritas felices.
No puedo evitarlo. A pesar de lo mal que me siento, empiezo a reír
incontrolablemente.
Traducido por Mire
Corregido por Zafiro

No estoy acostumbrado a la Reese callada. Ahora mismo, sentada


en el asiento del copiloto de mi Jetta, mirándome por encima de las gafas
de sol inclinadas mientras la puesta de sol de media tarde golpea a través
de mi parabrisas, pensaría que alguien le ha cortado la lengua.
Por supuesto, eso no detiene a mis ojos de recorrer su cuerpo —de
nuevo— para verla en su vestido blanco. No sé de estilos además de
“corto y apretado”, pero cualquier infierno que Reese esté vistiendo, me
gusta. La parte superior hace que sus pechos luzcan más grandes de lo
normal y, aunque no puedo ver su culo con toda esa tela en la parte
trasera, seguro que recuerdo exactamente lo que hay ahí. En definitiva,
para un tipo con una imaginación saludable, no puedo alejar mi atención
de ella.
No solo porque es impresionante. Es porque ext rañaba verla. No la
he visto desde que me fui de su casa hace cuatro días, y se encontraba
t an enferma. Estoy muy feliz de que viniera conmigo. Creí que no lo haría.
Un carraspeo y una ceja arqueada me dicen que ha tenido
suficiente de mi hambrienta mirada. —Debe ser caluroso con eso.
—Sí —murmuro, saliendo de mi auto al calor del final del día,
recordándome por décima vez que tengo que mantener la corbata
puesta hasta después de la ceremonia.
—Lo siento, no hay nada rojo en mi armario —explica con una
pequeña sonrisa mientras sale y se dirige al camino de entrada,
sosteniendo su vestido.
—¿Nada?
Se encoge de hombros y comienza a caminar por delante,
dándome una buena vista de esas piernas. Todavía me pregunto si ese
anillo en el pezón es lo único ocult o debajo. —Nada de lo que estarás al
tanto —lanza sobre su hombro.
—Uh. Pensé que el malditamente sexy abogado tuvo una muestra.
—Casi me saco sangre ese día, mordiendo mi lengua para no soltar una
carcajada cuando la escuché hablando con su amiga por teléfono. Y
entonces empezaron a ir sobre vibradores y... ¡maldición! He estado con
unas cuant as chicas a las que les gusta sacar sus juguetes del cajón
cuando estoy allí. Esas noches siempre han sido memorables.
La mirada que Reese me dispara sobre su hombro, con las mejillas
rebosantes de color, me hace levantar la mano en señal de rendición. He
aprendido lo suficiente para saber que Reese puede actuar como si fuera
dura, pero no le gusta estar avergonzada. La última cosa que quiero hacer
es enojarla.
—¿De nuevo, qué tipo de fiesta dijiste que era esta? —pregunta
Reese, estudiando a dos de las desnudistas de Penny caminando por el
sendero delante de nosotros, ambas en vestidos muy ceñidos.
De ninguna manera iba a decirle la verdad. Nunca habría estado de
acuerdo en venir. —El tipo de fiesta en la que te diviertes. —Suavemente
enlazo un brazo con el suyo y empiezo a conducirla por el lado de la
mansión de Miami con vista a la playa. Dios sabe que todavía podría
correr. Pero por ahora, lentamente iguala mis pasos—. Para ser clara, ¿soy
solo una cita casual o la nueva novia?
—Cita casual. Nadie que me conozca creería lo contrario. —Le
disparo mi sonrisa ganadora mientras agrego—: Una sumamente amorosa,
por supuesto. No te hubiera traído de otra manera.
La atrapo poniendo los ojos en blanco mientras volteamos en la
esquina. Y entonces sus pies se atascan como un gato asustadizo frente a
una bañera cuando aparecen todas las sillas plegables blancas y el arco.
—¿Me trajiste a una maldita boda? —sisea e instintivamente flexiono
mi brazo a su alrededor.
—No maldigas; es de mala suerte.
Por la forma en que sus uñas se clavan en mi antebrazo, empiezo a
lamentar ir con el elemento sorpresa. —¡Estoy de blanco, Ben!
—Y te ves condenadamente bien —le aseguro, pero sus ojos están
cerrados y su cabeza ya está sacudiéndose en esa manera de “Dios, eres
un idiota”.
—¡No puedes ir de blanco a una boda! Luciré como si estuviera
tratando de competir con la novia.
—Oh, joder. No te preocupes por eso. No puedes competir con ella.
—Mierda. Lanzo un suspiro—. Quiero decir... —Hasta yo sé que metí la pata,
y la mirada plana que obtengo lo confirma—. Eso salió mal. Sabes lo que
quiero decir. Vamos. —Le doy un tirón hacia adelante—. Vamos por una
copa. Sacarán las cosas buenas. —Conociendo a Storm, el bar estará bien
abastecido con solo lo mejor para sus invitados.
—Por favor, dime que conoces a esta gente, Ben. ¿Y saben que
estoy viniendo? Porque me siento como una ofensiva irrumpe boda en este
momento.
—Relájate. Storm y Dan son dos de mis amigos más cercanos. Y, sí,
ellos saben que vienes. —Cuando llamé anoche para decirle a Storm que
iba a traer una cita, ella por supuesto me gritó un poco y me regañó por
haber esperado hasta el últ imo momento, pero luego se rió, diciendo que
no podía esperar para conocerla. Es así de genial.
Las cejas perfectamente formadas de Reese se levantaron. —¿Su
nombre es St orm?
Me esperaba eso. —Su antiguo nombre artístico, sí. ¿La mujer
embarazada cuyo past el destruiste la semana pasada? Ella es la que se
casa hoy. —Saludando al camarero, ordeno dos chupitos de tequila y una
botella de Corona.
—Sin tequila —discute Reese con un furioso movimiento de cabeza.
—Oh, vamos. Lo necesitarás para tratar conmigo. —Este acto
funcionará mejor si puedo quitar esa vara de la columna vertebral de
Reese.
—¿Por qué? ¿Nos vamos a casar también? —Me encanta como
suelta bromas para restarle importancia a su irritación. Especialmente a las
ridículas como éstas.
—Nena, la única manera en que un anillo de bodas aterrice en este
dedo mío es si estoy en un ataúd.
—Puedes estar en uno para el final de esta noche —murmura más
para sí misma, y luego le dice al camarero esperando—: Tomaré un Jim
Beam, puro. Gracias.
—Cielos. Guitarrista... Conductora de una Harley... bourbon... ¿Por lo
menos te gustan los hombres? —bromeo mientras el chico sirve y le
entrega su bebida.
—En este momento no —dice en un tono seco mientras toma un
saludable trago. Al menos aún no se ha alejado de mí. Eso es bueno. Le da
a Mercy —a quien veo en mi periferia, de pie con su socia en el crimen,
Hannah— menos espacio para unirse. No es que esto necesariamente la
disuada.
—¿No es esa de azul Pastelito? —La frente de Reese se junta mientras
evalúa el vestido azul extremadamente corto de la desnudista.
—Sí. ¿Quieres otra presentación? —Inclinándome cerca de su oído,
huele a fresas y crema de nuevo, susurro—: Sin embargo, la de la izquierda
puede ser más tu tipo. —Las palabras apenas salen de mi boca cuando el
huesudo codo de Reese choca con mis costillas.
La miro observándolas, entrecerrando los ojos ligeramente, alisando
su falda con los dedos, tirándola de esa manera. Es normalmente tan dura
que su cohibición repentina es un agradable y humanizante cambio. —¿En
serio te gusta toda esa silicona? —pregunta finalmente.
—Tiene sus méritos —admito, pero añado rápido—: No obstante, las
chicas así consiguen aburrirme rápido. Y prefiero tus tetas. Aunque creo
que necesito un repaso de ellas. —Tampoco estoy mintiendo. Sobre
cualquier afirmación.
—Otro sentimiento Hallmark. —Sus ojos caramelo se desplazan hacia
arriba para mirarme, como si estuviera pesando mis palabras por su
veracidad y decidiendo qué tipo de comentario inteligente debería
lanzarme. Mientras sus labios se separan, estoy tentado a probar esta cita
falsa y hacerla callar con un beso, que sé muy bien que disfrutará, pero
antes de que tenga la oportunidad, una familiar mano golpea mi hombro.
—Pensé que estabas muerto en una zanja de alguna parte. —La
profunda voz de Nate retumba.
Siempre es divertido ver a una nueva persona captar el tamaño de
Nate por primera vez. Reese no decepciona, sus ojos abriéndose mucho
mientras exploran al jefe de seguridad de Penny’s. No la culpo. El tipo es
casi ciento cuarenta kilos de sólido músculo. Fue Nate quien me sentó en
una silla de plástico duro y me martilló con una pregunta tras otra, incluso
antes de permitirme conocer a Cain para un trabajo. El tamaño de él —
más grande que cualquier tacleador izquierdo con el que he jugado
durante el fútbol universitario— mantuvo mi boca cerrada más allá de
simples respuestas de “sí” y “no”.
Aprieto manos con él. —Lo sé, hombre. Este día de trabajo me está
matando. Empinada curva de aprendizaje. —Solía verlo todas las noches,
pero aparte de una rápida llamada telefónica y algunos mensajes de
texto, no he hablado con él en semanas. Uno de los pocos achaques de
crecer y seguir adelante—. Nate, esta es Reese. —La acerco a mí otra
vez—. Es mi cita.
—¿Cita? —Se ríe—. Supongo que todavía no conoces a Ben muy
bien.
Ella no pierde el ritmo. —Mintió y usó drogas medicinales para
sobornarme de venir aquí, así que creo que lo tengo bastante bien
marcado.
La cabeza de Nate vuelve a caer mientras un profundo bramido de
risa se le escapa, ganándose más de un par de miradas curiosas. —
¿Dónde se conocieron?
Inclinando su cabeza ligeramente hacia un lado mientras me mira,
veo la sonrisa diabólica curvando sus labios. —Trabajo en Warner.
—¿Abogada?
—Sí. Pronto a ser socia. De hecho, lo estoy entrenando. —Tal vez
debería molestarme que le esté mintiendo abiertamente a uno de mis
mejores amigos, pero estoy muy entretenido. También es convincente.
Otra gran sonrisa de Nate. Parece que tiene un montón de grandes
sonrisas para Reese. —¿Y cómo lo está haciendo nuestro chico?
—Para ser honesta, es un poco lent o. No estoy segura de que lo
logre.
Bien, es bueno ver que ha superado su incomodidad inicial.
Otra carcajada de Nate me tiene sosteniendo mis manos en señal
de derrota mientras un destello de rojo que pasa sacudiéndose capta mi
atención. —Muy bien, ustedes dos. Tienen toda la noche. No se cansen
temprano a mi costa. ¡Kacey! —le grito, saludando a la sirena luchadora, la
única mujer con la que alguna vez he considerado comprometerme. Eso
es, si no estuviera ya prácticamente casada con Trent.
—¿Qué? —espet a mientras se apresura. Pero rápidamente atenúa
eso con un beso en mi mejilla antes de agarrar la cerveza de mi mano y
tomar un largo trago.
—Te ves sexy.
Esa cara hermosa se divide en una amplia sonrisa. Aún no puedo
tener suficiente de ellas; eran tan pocas y falsas cuando la vi por primera
vez. —Ahora no es el momento de molestarme. Tengo que volver con la
novia. Espera hasta más tarde, cuando Trent esté cerca y pueda golpearte
duro, ¿de acuerdo?
Me río cuando me da mi cerveza, recordando la noche de hace
unos años atrás en la que Trent y yo nos emborrachamos y, como el
completo imbécil que soy, mencioné lo que pasó entre Kacey y yo en el
vestuario de mujeres en el gimnasio. Solo lo dije como un cumplido por lo
que él había conseguido.
Trent tiene un sólido gancho de derecha cuando está enojado.
Volteándose al nivel de Reese con esos ojos azules cristalinos, Kacey
no pierde tiempo preguntando—: ¿Quién es esta?
—Reese. Rehén de la boda. —Engañosamente la delicada mano de
Reese sobresale.
—Y tu nueva mejor amiga —agrego—. A las dos les gusta romper mis
pelot as, así que me imagino que se llevarán bien. —Con su agudo ingenio
y temperamento, Reese en realidad me recuerda un montón a Kacey, así
que creo que serán rápidas amigas o se arrancarán entre sí el pelo en una
pelea de gatas. Cualquiera sería entretenido de ver.
El rostro de Kacey se ilumina. —Suena bien. Tengo un montón de
fotos poco favorecedoras para hacerte reconsiderar estar aquí con él. Nos
vincularemos sobre la miseria de Ben más tarde.
—Perfecto. —Sabía que esa noche regresaría a morderme en el
culo.
Con ágiles y rápidos reflejos —Kacey solía pasar horas en el gimnasio
de kickboxing— se estira y pellizca mi pezón a través de mi camisa antes
de alejarse, esa malvada risa suya llenando el aire.
—Te lo juro, entre ustedes dos, voy a estar en el hospital pronto —
murmuro, frotando mi pecho.
Desde algún lugar detrás de nosotros, el violinista comienza a tocar
la música, indicando que debemos sentarnos. Nate se inclina, fuera del
alcance del oído de Reese y murmura—: Parece que Mercy realmente
esperaba verte hoy.
—Mierda —murmuro, sacudiendo la cabeza y luego exhalando un
suspiro—. Ella me conoce bien como para esperar algo.
La mirada severa de Nate, el blanco de sus grandes ojos es un
marcado contraste con su piel de ébano, me deja saber que esa excusa
no va a funcionar. —Bueno, parece que no lo sabe, así que mejor arreglas
esa mierda. El hecho de que ya no estés trabajando para Cain, no quiere
decir que no voy a golpearte el culo.
Tampoco está bromeando. Ambos, Nate y Cain, toman un especial
interés en asegurarse de que las personas no tomen ventaja de las
bailarinas de Penny’s. Mejor amigo o no, buenas intenciones o no, voy a
terminar con dos ojos negros por esto, aunque yo no fui el que apareció en
el dormitorio de alguien.
—Entiendo, hombre. Confía en mí, eso está terminado.
Oigo un “idiota” escaparse mientras Nate se aleja, seguido de esa
baja risa suya.
—Tu amigo parece que quiere matarte —dice Reese, siempre
atenta, mientras nos abrimos camino para encontrar un asiento. Estoy
atrapando un montón de asentimient os y sonrisas lanzadas en mi dirección
de caras conocidas. Casi todo el personal de Penny’s, cualquiera que
conozca a Storm, de todos modos, está aquí.
—Es por eso que estás aquí. Para asegurarte de que no lo haga. —
Ella me deja entrelazar mis dedos por su mano mientras la dirijo hacia la
esquina posterior derecha y a dos asientos disponibles, lo más lejos de
Mercy como sea posible—. ¿Recuerdas a la chica que vino a mi oficina?
—¿Pastelito?
—Mercy, sí. Tengo que mantener las cosas platónicas entre nosotros
y vas a ayudarme a hacer eso. Pero no se lo puedes decir, ¿de acuerdo?
—¿Yo? —dice Reese con inocencia fingida, agarrándose el pecho
con su mano libre mientras escanea la multitud, estableciéndose rápido en
la parte posterior de la cabeza de Mercy.
—Lo digo en serio, Reese. Es una amiga, pero creo que pudo haber
tenido una idea equivocada.
La mirada de Reese está llena de sospechas mientras pregunta
secamente—: ¿Y por qué tendría una idea equivocada, Ben?
Le doy una mirada conocedora. —Es algo difícil decirle no cuando
se está tirando sobre mí.
Sacudiendo la cabeza, murmura—: Ni siquiera intentas ocultar lo que
eres, ¿verdad?
Todo lo que tengo para responder a eso es un encogimiento de
hombros.
—Supongo que más o menos me salvaste el día con mi ex la semana
pasada —dice con un suspiro, aunque claramente no impresionada.
—Y no lo odiaste, cierto —le recuerdo con una sonrisa. Y tampoco
odió esa tarde donde mi madre.
—Dios, eres tan malditamente arrogante. —La sonrisa más pequeña
suaviza su tono. Con un profundo suspiro, se extiende para poner una
mano sobre mi mejilla. Acerca más mi cara, hasta que siento su cálido
aliento contra mi oído. Su labio roza mi lóbulo mientras pregunta en voz
baja—: ¿Esto es lo suficiente amoroso?
—Uh... —Me aclaro la garganta mientras estremecimientos corren
por mi espalda—. Sí, eso funcionará. —Para darme una furiosa erección
antes de que incluso la novia camine por el pasillo. Si el incidente con la
señora Cooke el otro día me dice algo, es que me voy a arrepentir de
pedirle esto a Reese para el final de la noche. Esta chica disfruta de
torturarme.
Alcanzando con su dedo un mechón de pelo en mi nuca, su boca
aún contra mi oído, se ríe en voz baja. —¿Qué diría tu madre sobre todo
esto?
Curvo mi brazo alrededor de su hombro mientras Dan y Trent toman
sus lugares bajo el arco en esmoquin. —Ella me enseñó a ser amable con
las chicas. No especificó exactamente cómo. —Creo que mi madre tiene
una idea bastante buena de cómo lo hago.
Apartándose, Reese me mira con una expresión indescifrable.
Me encojo de hombros. —¿Qué?
—Eres una raza especial, Benjamin Morris —responde finalmente,
aunque eso no me dice nada sobre lo que está pensando.
Pero cuando me aventuro y la atraigo para posar un rápido beso en
sus labios, ella no se aparta. Ni golpea mis testículos. —Pastelito no está
mirando —confirma con ironía, sin mirar siquiera para comprobar.
—¿En serio? ¿Y ahora? —No espero antes de robarle otro beso. Otro
al que no se niega.
Aunque sus ojos se estrechan ligeramente mientras me aparto.
Definitivamente me hará pagar por esto para el final de la noche.
Traducido por Josmary & MaJo Villa
Corregido por Kora

—¡Me gustan tus amigos! —grito, mis zapatos colgando de mis dedos
mientras los dedos de mis pies desnudos disfrutan de la arena fresca y
húmeda de la playa.
—¿Más de lo que te gusto yo?
—Sí, pero eso no es difícil.
Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia atrás mientras absorbo
la sonrisa que Ben me da en respuesta, perfectamente visible a la luz de la
luna llena. Tal vez sea el Jim Beam, pero la encuentro más encantadora
que de costumbre esta noche. De hecho, todo el paquete —mujeriego y
demás— me ha estado mandando pequeñas descargas eléctricas y
hecho comprobar continuamente mi pelo en el espejo durante toda la
noche. Incluso con su camisa colgando fuera de sus pantalones y su larga
corbata desatada, el gran atleta se ve elegante vestido con un traje. Estoy
un poco agradecida de que no lleve uno en la oficina todo el tiempo.
Sería una distracción.
—¿En serio? ¿Es por eso que has estado encima de mí esta noche?
—pregunta, su ceja levantada como si supiera algún pequeño secreto.
No puedo contener una carcajada. —¿Qué? Me diste una tarea, y
me gusta ir más allá. —Es gracioso, ya que cuando doblamos la esquina y
nos int roducimos en una escena de boda, lo único que me detuvo de
envolver mis manos alrededor de su cuello y asfixiarlo era saber que mis
manos no cubrirían ni la mitad del lapso de tiempo necesario para tener
éxito. Pero me adapté rápidamente a la situación y me reuní con algunos
de sus amigos, los cuales puedo decir que en realidad me caen bien.
Especialmente esa pelirroja, Kacey, la dama de honor. Tiene un gran
sentido del humor. Ella mantuvo su promesa, pasándose un cuarto de hora
desplazándose por la pantalla de su teléfono móvil para mostrarme “lo
mejor de lo mejor” de la fiesta de despedida de Ben. Resultó ser más bien
“lo peor de lo peor”. Sin embargo, hubo unas pocas imágenes que no me
mostró, y creo que involucraban strippers. Supongo que ella asume que, al
ser la cita de Ben, ver imágenes suyas con otras mujeres me molestaría.
Cuando accidentalmente vi a una de las Pastelitos a horcajadas sobre su
regazo y mi estómago se retorció, incómodo, pensé que podría estar de
acuerdo con ella.
Cuando Ben se inclinó y me dio ese primer beso justo antes de la
ceremonia, podría haberme negado. Podría haberlo empujado y negado.
Pero no lo hice. Seguí adelante. Fue una decisión impredeciblemente fácil
de hacer, sobre todo después de capturar las miradas furtivas y frecuentes
de Mercy hacia él. Sabía que si me separaba más de treinta centímetros
de Ben, me daría la vuelta para encontrarla colgando de él, tratando de
seducirlo con su deslumbrante vagina o lo que sea que tenga una stripper
que cautive a un tipo como Ben.
Así que me colgué de él.
Y lo dejé robarme besos.
Más que nada, se sentían como pruebas que probaban mi límite de
lo inapropiado, en parte porque sabía que podía meterse debajo de mi
piel con ellas, pero también porque sabe que, aunque nunca lo admitiré,
en secreto las estoy disfrutando tanto como él.
—¿Crees que funcionó?
—Mis pantalones siguen arriba, así que infiernos, sí. Me salvaste de
una situación incómoda esta noche.
—¿Solo esta noche? —Suspiro con exasperación.
Dando cinco pasos rápidos hacia delante, él de repente me alza en
sus brazos. Me estremezco ante el chillido que se me escapa cuando me
hallo dando vueltas por el aire como si no pesara nada. La conmoción solo
continúa cuando Ben establece un beso perfectamente sincronizado en
mi boca cuando los dedos de mis pies tocan la arena.
Me las arreglo para soltarme de sus labios, pero no de sus brazos.
—Sabes que ella no tiene visión biónica, ¿verdad?
—No, ese no es uno de sus talentos —concuerda.
—Idiota —se me escapa antes de que pueda detenerme.
Me ofrece solo una sonrisa torcida. —¿Qué? No puedo evitarlo. Esto
es divertido. Te estás divirtiendo, ¿verdad?
—Sí —admito a regañadientes, mirando las líneas de su mandíbula
cuadrada mientras mis manos se asientan en sus bíceps. Me gustaría que
no fuera tan atractivo. Pero entonces no habría estado de acuerdo con
esto, así que...
—¿Seguimos siendo amigos?
—Supongo.
—Y no vas a tratar de casarte conmigo por besarte un par de veces,
¿verdad?
—¿Un par de veces? —Sé que mis cejas se están arrastrando hacia
mitad de la frente—. Eres como un sucio niño de barrio que corre por todas
partes, besando a las chicas y haciéndolas llorar.
—Hoy solo a una chica —me corrige mientras se inclina y me roba
otro beso, el cual debe ser el vigésimo de esta noche—. Y yo no te veo
llorar.
No sé qué tiene Ben. Es tan odioso. Pero una pequeña parte de mí,
tan idiota como es, se siente halagada de que me encuentre atractiva,
sobre todo teniendo en cuenta que él podría estar con una stripper —que
tengo que admitir que es deslumbrantemente hermosa, silicona y todo—
en este momento. Una de esas chicas que hace que te preguntes si debes
cambiar de bando por una noche para ver a qué viene todo el alboroto.
Por otra parte, no suena como si hubiera mucho que buscar allí. Ese
podría ser el problema.
—Bueno, ya que estoy en busca de venganza de mi ex marido, no
creo que tenga tiempo en mi agenda para una segunda relación
enfermiza. Pero gracias por preocuparte.
Su carcajada se extiende sobre la playa vacía. —Bien. No necesito
más mujeres obsesionadas conmigo.
Eso gana un bufido de mi parte, pero sus palabras provocan un
nuevo pensamiento. —Así que, ¿cuándo fue la última vez que viste a
Pastelito?
Frunciendo el ceño como si estuviera pensando profundamente,
dice—: ¿Qué día fue? ¿El lunes? ¿O el martes? No lo sé. Todos estos días
están empezando a mezclarse.
—¿Mientras que el amor de tu vida estaba en su lecho de muerte
luchando contra la enfermedad carnívora y una muerte asegurada? —
exclamo de forma dramática. Me sorprende que respondiera así. Eso es
algo sobre lo que un hombre normal mentiría abiertamente. Estoy aún más
sorprendida que se acostara con ella días atrás, justo después de pasar
tiempo conmigo en casa de su madre. Es decir, yo sabía que él se había
acostado con ella porque, seamos sinceros, es Ben. Pero pensaba que era
algo del pasado—. Sabes que eres un imbécil, ¿no? —digo mientras una
imprevista acidez se agita en mi estómago.
Se encoge de hombros. —No fue mi culpa.
Casi me tropiezo con mis pies. —¿De verdad me acabas de decir
eso a mí?
—¿Qué? —Sus ojos azules me miran, serios—. Estaba medio dormido
en mi habitación y solo apareció y se quitó la ropa. Luego se subió sobre mí
y me dio una mama…
—¡Muy bien! —lo interrumpo, golpeando su pecho, atravesada por
la irritación.
—Eh, preguntaste y me gusta decir la verdad, así que…
—Bueno, me alegro de que hayas retenido al menos uno de tus
valores de chico explorador. Pero lo que necesitamos es trabajar en el
filtrado de detalles innecesarios.
Se rasca la parte posterior de la cabeza, una sonrisa t ímida en los
labios. —¿Qué se supone que debía hacer?
—Bueno, obviament e tenías que acostarte con ella —concuerdo
con fingida seriedad, liberándome de su agarre para agacharme y coger
la botella de Jim Beam que él se llevó de la barra más temprano y soltó en
la arena antes de levantarme. Teniendo en cuenta que soy una invitada
de última hora en la boda de una chica embarazada, y que me presenté
en un vestido blanco, he estado bien est a noche, acogiendo un amable y
ligero cuchicheo y nada más. Pero ahora, tomando un largo trago, acepto
que este esclarecedor paseo poco “romántico” con mi cachonda cita
falsa tal vez cambie eso.
—¿Por qué te estás poniendo de mal humor?
—Caramba, no lo sé. ¿Debido a que me veo como la idiot a que se
besuquea con su cita, inconsciente de que él es un mujeriego y, quizá, se
ha acostado con todas las mujeres que hay aquí? ¿Debido a que ser la
esposa ciega ajena a su marido engañándola durante t res meses no fue
suficiente para mí? —Me muerdo la lengua antes de que pensamientos
más profundos salgan por mi boca espontáneamente, pero es demasiado
tarde. El daño ya está hecho.
Puedo decir por sus tristes ojos de cachorro que Ben me comprendió.
—Volvamos a la recepción —gruño, caminando hacia él para
rodearlo. Pero no escucha nada de eso. Lanza sus brazos alrededor de mi
cintura y baja su frente para presionarla contra la mía de una manera
amigable pero íntima. De una manera que no pensé que Ben fuese capaz
de actuar. La proximidad con él es a la vez reconfortante y embriagadora.
—Ella es la única aquí con la que yo he estado. Bueno —se encoge
ligeramente—, con Hannah también, pero solo una noche y por como un
minuto. Ella estaba más interesada en Mercy esa noche. —¡Oh, Dios mío!—.
Y lo siento. No pensé en eso cuando te pedí que hicieras esto.
Digiriendo ese detalle taaan gráfico, para el cual no necesité mucho
tiempo, finalmente doy un suspiro. —Supongo que mi orgullo está teniendo
dificultades para sobrevivir a este lío.
Con un brillo diabólico en sus ojos, Ben se inclina —una vez más— por
otro beso. Pero esta vez no se aparta rápidamente. En su lugar, persuade a
mi boca para que se abra. En muy poco tiempo, mi cabeza se acuna en
su mano, su lengua se enreda con la mía y no lo estoy rechazando. Es muy
bueno en esto.
Y es tan fácil. Y sencillo e indoloro, porque ambos sabemos que es
totalmente físico y ninguno de nosotros está buscando más. Y, por extraño
que parezca, me siento como si fuéramos amigos. Es como si Ben fuera un
niño con el que solía jugar en la caja de arena, quien me ha visto a lo largo
de mis embarazosos años desgarbados y me hace reír.
Quien ahora está haciendo conocer sus intenciones apretándolas
contra mi muslo.
De repente se aleja. —¿Estás celosa de Mercy? —Hay una pausa, y
luego sus ojos centellean mientras me suelta y empieza a desabrochar los
botones de su camisa. El principio de la parte superior de su sólido cuerpo
se revela. No estoy muy segura de lo que está haciendo hasta que su
camisa cuelga abierta y sus manos llegan a su cinturón, haciendo que los
hoyuelos en sus mejillas se profundicen—. Porque no hay necesidad. Estoy
más que dispuesto a…
—¡No!
Sus manos se detienen y una sonrisa de complicidad se estira en sus
labios. —¿Segura?
—¿No?
La cabeza de Ben se ladea con sorpresa, coincidiendo con la mía.
Nos quedamos allí de pie, mirándonos el uno al otro mientras el agua baña
la orilla, preguntándome a qué vino la vacilación. Estoy segura que él
también se lo pregunta. Entonces veo que sus ojos comienzan a tomar esa
mirada ardiente, como si acabara de darse cuenta de que está a punto
de tener sexo.
Así que me doy la vuelta y huyo.
—¿A dónde vas? —grita.
Las luces de la boda de sus amigos brillan por delante. Con una
mirada por encima de mi hombro, lo veo correr hacia mí, aparentemente
imperturbable. Sin duda, no está poniendo todo su esfuerzo. Sin embargo,
no soy una corredora rápida, por lo que es probable que me atrape antes
de que llegue a la casa.
Mierda. ¿Y luego qué?
¿Intento número dos de exorcismo de vagina, justo aquí? Al contrario
de lo que dice la gente, dar vueltas desnuda por la arena rasposa no es ni
romántico ni cómodo.
Casas se alinean a mi izquierda. Todas son amplias construcciones
con ventanas grandes, hermosas y patios ajardinados iluminados. Todas
excepto la primera... la segunda… Con la mirada cuento hasta la quinta
casa que está más allá de la de Storm y Dan. Algunas de las luces de
delante y del lado de esta propiedad están encendidas, pero las luces
traseras están apagadas y, por dentro, está completamente oscuro.
Y se me ocurre. Una idea de la nada, de las traviesas, de las que
parecen imposibles de ignorar. Sobre todo cuando he estado bebiendo.
Corro hasta el límite de la propiedad. Me subo por la cerca baja, mis
pies descalzos pisando silenciosamente la suave hierba.
El susurro agudo de Ben interrumpe la noche tranquila. —¿Reese?
—¿Sí?
Un momento después, un poco más cerca. —Jesús. Por favor, dime
que no vas a robar a alguien.
Me doy la vuelta para verlo de pie justo fuera de la propiedad. Una
mirada rara de pánico estropea su máscara sin preocupaciones. —¡No soy
una criminal!
—¿Qué estás haciendo, entonces?
Alcanzando la parte de atrás de mi vestido, me desabrocho la
cremallera y dejo que caiga al suelo, dejando al descubierto el secreto
que había escondido debajo del material blanco y espeso.
Un “Jesús” se escapa de los labios de Ben en un siseo mientras sus
ojos se deslizan sobre el conjunto a juego de ropa interior de color rojo. De
hecho, solía gustarme el color, y este conjunto en particular era uno de los
favoritos de Jared. Me recuerdo mirando mi bote de basura durante dos
horas antes de recuperarlo cuando me mudé a Miami. El sujetador hace
maravillas en mí. —Ya sabes, hay un océano del que nadie es dueño por
ahí afuera.
—Hace demasiado frío. —Lucho contra un arrebato repentino de
nervios mientras me desabrocho el sujetador—. ¿Nunca te has colado en
la piscina de alguien más?
Cubriendo su boca con la mano mientras sus ojos permanecen fijos
en mi pecho ahora desnudo, dice entre dientes—: No en una casa
multimillonaria de Miami al azar.
—Una casa multimillonaria de Miami al azar sin seguridad y sin signos
claros de prohibición. En mi opinión, ellos nos están invitando. —Tomando
una respiración profunda para calmarme, me quito mi ropa interior. Los
ojos de Ben se despegan de mi pecho para dispararse hacia abajo—.
Sabía que eras un cobarde. —La superficie de cristal de la piscina apenas
se ondula mientras me deslizo silenciosamente en el agua.
Frunce los labios por un momento, como si estuviera decidiendo su
próximo movimiento. —No soy un cobarde. Simplemente no me siento con
ganas de ser arrestado esta noche.
—Guau. Est o se siente t an bien contra mi piel —provoco en un tono
deliberadamente seductor, tratando de mant ener las salpicaduras al
mínimo mientras nado hacia la parte más profunda.
—Mierda —le escucho decir desde las sombras de detrás de mí. Y
tres… dos... Hay un rumor de ramas cuando Ben sube por encima de la
cerca, quitándose su camisa—. Maldita sea, Reese. Mason tenía razón. Eres
problemática. —Ignoro el comentario y le observo con una silenciosa
apreciación de su físico mientras se saca los zapatos y después los
calcetines, seguidos por sus pantalones y calzoncillos.
Vale, lo admito. Ben tiene de qué presumir. También voy a admitir
que es probable que esté a punto de hacer algo muy estúpido con él. Y
ese pequeño interruptor en mi interior que se supone que entra en juego y
hace que me importe —creo que se llama moral o conciencia, o... no
estoy muy segura—, bien, no ha hecho otra cosa que sentarse y disfrutar
del espectáculo hasta ahora.
Ben se desliza en la piscina por el otro lado, mucho más silencioso de
lo que esperaba que sonara alguien de su tamaño. Y cuando comienza a
nadar hacia mí con un intenso propósito en su rostro, esos cadáveres de
mariposas muertas yaciendo en mi estómago —las que Jared aplastó
hace mucho tiempo— comienzan a revolotear como locas de nuevo.
Ben me hace sentir bien. Me hace sentir importante.
Tal vez quiero que esto suceda.
Pero no se lo voy a poner tan fácil. Con una pequeña risita, me doy
impulso con uno de los lados de la piscina y me deslizo a través del agua
hasta el extremo opuesto. Me las arreglo para hacerlo dos veces más pero,
con la gran extensión de los brazos de Ben y su fuerza, pronto me
encuentro en un juego del gato y el ratón en el que se me ha enjaulado
contra una pared, con el aliento cálido de mi depredador calentando mi
mejilla y su ancho pecho apretado contra el mío, reteniéndome en mi
lugar. Nos encontramos de pie en la pendiente de la parte más profunda,
la nivelación del agua justo por encima de mi clavícula.
—Me siento como un maldito chico de dieciséis años de edad en
estos momentos. Gracias.
—Me gustaba tener dieciséis años, así que de nada. —Se me está
haciendo difícil estabilizar mi voz. No estoy segura de si es debido a la
emoción o al nerviosismo.
Ben resopla, con una mano apartando el pelo de mis hombros. —
¿Por qué? ¿Debido a que solo podías ser juzgada como una menor de
edad?
—Ninguno de esos cargos me aplicaban. —Maldita sea, fui un dolor
de cabeza para Barry. Y para Jack. Debería pedirles disculpas a ambos por
el envejecimiento prematuro que debí haberles causado.
Descansando un brazo en el borde de la piscina, Ben acaricia un
riachuelo de agua de mi mejilla con la yema de su dedo. —Si nos pillan
esta noche, yo soy el que tiene algo que perder. ¿Siquiera te importa?
—Oh, ¡relájate! Es solo un delito menor de segundo grado y no hay
advertencias sobre invasión de la propiedad. Podemos alegar un
malentendido y salir libres. A menos que tengas un arma. Entonces es un
delito de tercer grado. ¿Cómo es que no te sabes est o sin siquiera pararte
a pensarlo?
—¿Cómo t ú te sabes todo esto sin siquiera pararte a pensarlo?
Pongo los ojos en blanco exageradamente y luego revelo mi
pequeño secreto. —Los propietarios están en la boda. ¿Te acuerdas de
aquel tipo que parecía una versión mayor de The Situation 5? —Lo observo
mientras busca a través de su memoria. No tiene ni idea—. ¿Y de la mujer
con labios gigantes y la cabeza llena de rizos rubios?
Un gran hoyuelo aparece en su mejilla cuando Ben me da una
sonrisa torcida. —Sí, la vi. —Por supuest o que la vio—. ¿De verdad? ¿Esta es
su casa?
—Sí. Y los gemelos revoloteando sobre la mesa de postres son suyos.
Ben hace una pausa. —Bueno, ¿y qué pasa si vienen a casa en este
momento? ¿Y qué hay de las alarmas de seguridad silenciosas? ¿Alguna
vez has escuchado hablar sobre ellas?
—Confía en mí. Entre la esposa y los niños preguntando sobre el
buffet nocturno y el esposo charlando con cada stripper que había ahí, no
vendrán a casa pronto. Y… —Dejo que mi dedo roce la curva sólida del
hombro de Ben y se deslice hacia su pecho para jugar con su pezón—. Oí
la queja de la esposa sobre tener que permanecer relativamente sobrios
porque la compañía de seguridad iba a venir a las nueve de la mañana
para arreglar el sistema de seguridad de alrededor de la piscina. —Le doy
una sonrisa satisfecha—. Porque no funciona.
Comprensión se extiende por su rostro. —Mm… Así que no hay un
riesgo real de ser atrapados por esto. ¿Es eso lo que me estás diciendo?
—Básicamente.
Su pecho sube y baja con alivio y luego se presiona más contra mí,
rozando mi mejilla juguetonamente con su nariz. —Bueno, eso cambia las
cosas.
—Así que… el agua está muy caliente, ¿verdad? ¿Mejor que el frío
océano? —bromeo.
Él se ríe, con su voz alta y natural llena de tensión por tratar de
guardar silencio. —Sí. De lo contrario, tendríamos aquí un problema real. —
Y, por lo que siento de Ben contra mi estómago, sin duda no lo tenemos en
este momento. Lo siguiente que sé es que las manos de Ben bucean bajo
el agua para envolverse en torno a la parte posterior de mis muslos. Luego
de levantarme, guía mis piernas alrededor de sus caderas y luego pasa a

5Es el apodo Michael Sorrentino, conocido por participar en el programa Jersey Shore de
MTV.
asegurar nuestra posición contra la pared de la piscina. Con la mano libre,
agarra el piercing de mi pezón, enviando una corriente de excitación a
través de mí—. ¿Te he dicho lo contento que estoy de que conserves esto
puesto? No estás autorizada a quitártelo.
—Jack no sabe nada, así que pensé que estaba bien.
La cabeza de Ben cae en el hueco de mi cuello, lanzando un
gruñido. —¿Podemos no hablar sobre el tipo que podría despedirme si
alguna vez se entera de esto?
—Trato hecho —coincido mientras una mano se curva en mi cuello y
sus labios encuentran mi clavícula. Coloco mi cabeza hacia atrás contra el
borde de la piscina; mi respiración acelerándose, haciéndose pesada e
irregular. Había pasado tanto tiempo desde que me sentí así.
—Y, bueno, hablando de perforaciones ocultas… —Como si tuviera
miedo de perder la oportunidad de nuevo, Ben no pierde tiempo mientras
desliza una mano por mi pecho, mi estómago y más abajo. Un pequeño
suspiro se me escapa cuando comienza su búsqueda por dentro y por
fuera de mí.
Otra cosa en la que Ben parece ser sumamente hábil.
—¿Estás decepcionado? Me acobardé —admito, luchando por
sonar afectada.
La mano ubicada en mi cuello fuerza a mi cabeza a enfrentarse a un
par de brillantes ojos azules. —Nada de esto es decepcionante, Reese. —
Colocando su mano libre entre la parte baja de mi espalda y la pared de
la piscina, me aplasta con su cuerpo y me da un beso que nubla mi mente
y pone fin a todos mis pensamientos.
Excepto uno. —¿Trajiste un condón? —susurro, preguntándome cuán
bien los preservativos funcionan en las piscinas y sabiendo que Ben
necesita ponerse uno muy pronto.
Él se ríe mientras siento su excitación llamando la atención contra mí.
—¿Crees que voy a cualquier lugar sin un…
Sus palabras se cortan cuando un foco cegador de repente brilla
sobre nosotros desde la casa. Nos giramos al mismo tiempo para encontrar
a una anciana de pie junto a la puerta corrediza de cristal. Su frágil y
pequeño cuerpo está vestido con una túnica de color rosa, su cabello
fijado con rulos, gafas descansando sobre su nariz y un rifle apuntando
hacia nosotros.
—Oh, mierda —murmura Ben—. Supongo que la abuela no fue
invitada a la boda, ¿no?
—¡Quédense quietos! —grita con una voz aflautada, entrecerrando
sus ojos hacia nosotros. Sus manos están temblando de miedo, de ira o por
la vejez, no estoy segura. Pero admitiré que estoy más que un poco
preocupada de que uno de los dos vaya a terminar con una herida de
bala accidental a causa de ello.
—Solo déjenos vest irnos y nos iremos en un minuto —oferta Ben, pero
aparentemente ella no quiere nada de eso, su cabeza sacudiéndose ya
de un lado a otro.
—¿Por qué la gente joven piensa que está bien follar en la piscina en
la que nadan mis nietos? —Mueve su labio inferior como si sus dientes tal
vez no estuvieran firmes en su lugar—. ¡La policía está en camino!
La frente de Ben cae contra la mía, murmurando una débil
maldición.
Traducido por Bells767
Corregido por Daniela Agrafojo

—¿Puedo tomar un aventón con ustedes? —le pregunta Dan a los


oficiales mientras se dan vuelta para irse. Uno de ellos me da un saludo
relajado y una sonrisa de superioridad mientras pasa a mi lado. Lo
reconozco como un cliente de Penny’s. No es como si esa conexión fuera
suficiente para evitar que nos metiéramos en problemas esta noche.
Llamé a Dan y le pedí que interceptara a los policías en caso de que
Reese hubiera estado equivocada y pudieran encontrar una razón para
arrastrar nuestros traseros hasta la estación. Estoy bastante seguro de que
Reese lleva razón y no pueden acusarnos de allanamiento de morada. No
estoy cien por ciento seguro sobre los cargos de indecencia y prefiero no
tener que averiguarlo con esposas.
Creo que sé cómo Reese ha evitado un récord criminal hasta este
punto: es una mentirosa convincente. Cuando la abuela dijo que venía la
policía y Reese vio la mirada en mi cara, de inmediat o puso su tapadera
de lágrimas, jurando que Sara —cómo recordaba el nombre de la mujer
está más allá de mí, a menos que toda esta escena fuera premeditada, lo
que, dado la reputación de Reese, podría ser perfectamente— nos dijo
que podíamos venir para un baño nocturno. La mujer mayor parecía
escéptica, pero al menos me permitió sacar mi teléfono del bolsillo de mis
pantalones para llamar a Dan.
Todo esto mientras seguíamos en la piscina, porque no nos dejaba
salir de ahí. Dijo que no confiaba en que no correríamos. Estoy seguro de
que es más que nada cierto, pero sé malditamente bien que con la luz
brillando hacia nosotros, lentes o no, la vieja tenía un buen vistazo de
nosotros.
Si hubiera sabido que apuntaba con una pistola de balines de once
años, habría sacado a Reese de ahí y corrido.
Dan llegó minutos después que la policía, llevando a los dueños
borrachos y sus hijos a casa. Aparentemente, Sara se lanzó fuera del auto y
entró para desmayarse en el sillón, así que no podía corroborar la historia
de Reese. Jim, el esposo, afortunadamente se encontraba un poco más
lúcido. Trajo rápidamente toallas para nosotros y llevó a su madre adentro
con los chicos, jurando que su mujer nos había, de hecho, invitado a usar
su piscina. Creo que todos los que nos encontrábamos parados en ese
patio sabíamos que era una gorda mentira, pero nadie, incluida la policía,
quería lidiar con eso esta noche. Viendo que no habíamos dañado a
nadie, y nuestro “público desnudo” fue en propiedad privada durante la
noche y no pudo haber ofendido a nadie además de la abuela, la policía
est uvo feliz de dejarnos ir con una advertencia.
Todo porque no puedo pensar con la cabeza correcta cuando hay
una chica desnuda cerca.
—¿Puedo volver con mi novia ahora, por favor? —me pregunta Dan,
con su t ono lleno de irritación.
—Lo siento, hombre —murmuro, abotonándome la camisa. ¡Mierda,
voy a sufrir las consecuencias por esto más tarde!
—Gracias, Dan —dice una Reese ya vestida y con un tono muy
tímido.
Dan exhala y luego se suaviza. —No te preocupes. —Pasando una
mano por su cabello rubio, agrega en un tono muy policial—: Pero que sea
una lección para ti, jovencita. Este es el tipo de cosas que suceden
cuando pasas el tiempo con un chico como Ben.
Robando una mirada hacia Reese, veo sus labios fuertement e
presionados, como si peleara contra la urgencia de reír. Apenas asiente en
silencio, concordando.
Y todo lo que puedo hacer es sacudir mi cabeza hacia ella.
Jack te vio dejarme esta mañana.
El mensaje de texto de Reese no podía haber llegado en un mejor
momento. O peor.
—¡Ben! ¿Tienes un momento? —exclama Jack al tiempo que paso
velozmente por la puerta abierta, esperando pasar desapercibido.
—Mierda —murmuro en voz baja. Con una exhalación, deslizo mi
teléfono en mi bolsillo y me doy vuelta para entrar a la espaciosa oficina
de Jack. Esperaba que estuviera vacío aquí dentro en una tarde de
domingo. Debería haberlo sabido bien.
Jack gesticula hacia la silla frente a él. —Toma asiento, por favor. —
Se ve tan mal como me siento, los círculos oscuros bajo sus ojos están más
pronunciados de lo normal. El tipo está a mitad de sus cincuenta y trabaja
más horas que cualquier otro aquí. No es por lo que quiero ser conocido
cuando llegue a esa década de mi vida. Muy casualmente, pregunta—:
¿Cómo estuvo tu noche?
Suspiro antes de poder detenerme, mientras el remordimiento se
asienta en mi pecho. Reese pudo haber compartido un poco más sobre lo
que le dijo a Jack. Ahora tengo la posibilidad de ser atrapado en una
mentira. Digo, además de casi clavar a su hijastra en la piscina y casi
meternos en problemas con la policía, no pasó nada. Cuando volvimos a
la recepción, Dan ya había resaltado “otra noche de la idiotez de Ben” a
todos. No perdieron tiempo burlándose de mí. Lo único bueno de eso era
que Mercy lo oyó y supongo que concluyó que si se me acostaba con
alguien, Reese sería la suertuda receptora.
Pasamos el rato en la guarida con el grupo de siempre por un rato
después de que la multitud disminuyera, intentando volver a casa una vez
que las pocas cervezas que tomé hicieran su camino por mi sistema. Nos
habríamos ido si no nos hubiéramos desmayado por unas horas en el sofá,
con Reese acurrucada a mi lado y su mejilla en mi pecho. Fue dulce. Si
Nate y Ginger no hubieran estado durmiendo al otro lado, podría haber
despertado a Reese para continuar donde lo dejamos cuando la abuela
nos interrumpió.
Entonces, con todo, fue una noche relativamente inocente para mí.
Siento que no importa lo que diga ahora, sin embargo, aún voy a verme
como un niñito atrapado con sus manos en el jarro de galletas. Así que me
decido por—: Bien.
La silla de Jack se balancea hacia atrás y hacia adelante mientras
mueve su cuerpo. Y luego comienza a reírse. —A veces olvido lo que era
tener tu edad.
Decido mantener mi boca cerrada y ver a dónde nos lleva esta
conversación. Con suerte, no será a una carta de despido.
—Recuerdo el día en que la madre de Reese, Annabelle, entró en mi
oficina, buscando divorciarse de su primer marido. Me capturó de
inmediato. Una mujer cautivadoramente hermosa. Cuando comenzó a
coquetear conmigo, me quedé pasmado. ¿Una mujer que lucía como
ella, interesada en est o? —Se señala a sí mismo—. Pero pareció estarlo y
nos casamos un año después. —Un bufido burlón se le escapa mientras se
pone de pie y empieza a pasear de un lado a otro, haciendo girar el globo
terráqueo ausentemente cuando pasa a su lado—. Obviamente las cosas
no funcionaron para nosotros. Volví temprano de un viaje de negocios y
pasé por aquí para recoger un poco de papeleo, solo para encontrarme a
mi socio con ella. —Asiente hacia el impresionante escritorio frente a mí—.
Ahí.
Sentándome más derecho, me encuentro mirando el escritorio bajo
una luz completamente nueva. —¿Y aún lo usas?
—Cinco generaciones de Warner se han sentado en est e escritorio —
murmura, acercándose para golpear con los nudillos la lisa y brillante
madera de caoba, como aclarando algo—. No iba a dejar que esa bruja
lo arruinara. Arruinó casi todo lo demás. —Exhala pesadamente, como si
solo hablar de ello lo cansara—. Nos divorciamos inmediatamente después
de eso. Barry me había ayudado a doblar el tamaño de la clientela de
Warner desde que nos juntamos, y tuve que hipotecar todo para comprar
su parte. —Sacude la cabeza—. Mi padre me advirtió que no tuviera un
socio, aunque Barry y yo hubiéramos sido mejores amigos desde que
teníamos dos años. Debería haberlo escuchado.
Sentándose de nuevo, continúa—: Por muy dolorosa que fuera esa
experiencia, lo único de lo que me arrepiento es dejar que Annabelle
sacara a Reese de mi vida cuando tenía doce. Mi primera esposa y yo
siempre quisimos una hija, pero después de Mason, siguió teniendo abortos.
Luego murió. Lo tenía todo pero había renunciado a ello hasta que llegó
Reese. He conocido a esa chica desde que tenía seis años. Pensaba
seguido en ella, pero… —Sacude su cabeza—. Perdí mucho en el divorcio,
pero lo más importante, por mucho, fue perder el contacto con esa niña.
Esa es la clase de mierda con la que nunca quiero lidiar. Cuando
evitas hacer compromisos que implican firmas, metal precioso y ADN
mezclado, no hay daño colateral.
Pero, ¿por qué Jack me está diciendo todo esto? ¿Es esta la parte
donde me dice que estoy despedido por tratar de profanar a la hijastra
con la que finalmente reconectó y a la que ama tanto; donde tres años
de la escuela de leyes se van por el retrete porque dejé que mi polla
hiciera todo el trabajo de pensar por mí?
—Probablemente te estés preguntando por qué te estoy diciendo
todo esto.
Contesto con un encogimiento de hombros que dice “más o menos”
y un simultáneo nudo en el estómago.
Comienza a reírse entre dientes. —No voy a pretender que Reese es
una niña dulce. Era un horror cuando tenía seis y aún es salvaje, aunque
parece haberse calmado un poco desde que la traje de Jacksonville.
No mucho, basado en el incident e de la piscina de anoche. —Ella
ama la pintura roja —me atrevo a traer a colación.
Su risa se profundiza. —Deberías haberla visto, salpicada de pies a
cabeza como una escena sacada de Dext er, sentada en la sala de
interrogatorios de la estación de policías. Estoy agradecido de que me
llamara, aunque haya sido para pagar la fianza. Me sorprendió, de hecho.
Llamé a Barry de camino a Jacksonville, porque no podía creer que
Annabelle no lo hubiera obligado a evitar que su reputación se viera
manchada por tener una hija con un antecedente criminal. Ahí me enteré
de que se habían divorciado hace dos años. Tuvimos una charla buena. —
Sus ojos se dirigen a la ventana, como si fuera al pasado—. De todas
formas, vi mi viaje a Jacksonville como mi oportunidad de arreglar las
cosas. —Frunce el ceño—. Reese es astuta. Al igual que su madre. También
puede ser un poco egoísta y malvada. De nuevo, igual que Annabelle. Es
apasionada, y eso la mete en problemas más seguido de lo que no. He
pasado mucho tiempo hablándole sobre la responsabilidad, control y
consecuencias, mientras intento tratarla como una adult a responsable. De
ahí la Harley. —Hay una pausa—. Su padre montaba una motocicleta; ¿te
contó eso?
Sacudo la cabeza.
—Siempre hablaba de conseguir una, igual que él. Incluso a los seis.
Ajá… El misterio que es Reese está comenzando a descubrirse. —¿La
niña de papá?
Resopla. —Completamente. Parece ser que ha pasado un mont ón
de tiempo con él antes de que la dejara. Rompió el corazón de esa niñita
cuando lo hizo. —Suspira—. Un año después. Cuando ellas se mudaron
conmigo, seguía preguntando todas las noches en dónde estaba su papá.
Cuándo volvería. Por qué no había vuelto por ella. Eso rompió mí corazón.
—Sí, mencionó algo sobre él el otro día.
Jack se da vuelta, observándome con una ceja arqueada por un
largo momento. —¿En serio? Normalmente no lo menciona.
—¿Qué pasó con él?
Se encoge de hombros. —La dejó en un restaurante y se fue. Tenía
un antecedente. Supongo que no quería ir a la cárcel por secuestro. Por lo
que sé, nunca intentó ponerse en contacto con Annabelle de nuevo, pero
ella era muy cerrada con cualquier cosa que tuviera que ver con su primer
matrimonio. —Se detiene por un momento—. Lo que fuera que pasó, no
creo que Annabelle se haya recuperado nunca, y eso la convirtió en una
mujer amargada. Cuando escuché lo que le pasó a Reese, campanas de
alarma sonaron en mi cabeza. No quiero que termine como su madre,
rompiendo el corazón de algún pobre idiota porque un imbécil rompió el
suyo primero. Así es cómo la gente se mete en problemas.
—Sin duda, ella se ve como problemas —coincido suavemente.
Torciendo su boca, agrega—: Y no dudo que no est uvieras a la altura
de lo que sea que quiso hacer anoche que te hizo atreverte a dejarla en
mi puerta a la seis de la mañana.
El repentino cambio de tema me alarma. Trae consigo el recuerdo
de la silueta esbelta y desnuda de Reese, y tengo que inclinar mi cabeza
por miedo a que Jack lea los pensamientos vulgares que cruzan mi
cabeza,
—Mira. Conoces mi política aquí sobre las relaciones dentro de la
oficina. Las tengo por una buena razón. He perdido más de un buen
empleado por desastres emocionales. Te conté todo esto para ayudarte a
entender que Reese es una joven apasionada y emocional que finalmente
está en el camino correcto. No la dejaré desmoronarse por un romance
amargo con uno de mis abogados.
—No estoy buscando una relación —le prometo, con las manos
arriba en rendición.
Eso me gana una mirada severa. —Bueno, puedo garantizarte que
no apruebo que más pudieras estar buscando, Ben. Solo puedo imaginar
el tipo de experiencias laborales a las que te has acostumbrado, dado tus
trabajos anteriores.
Abro mi boca para negar sus suposiciones, para explicar que Cain
habría despedido mi trasero y me habría dejado paralít ico si hubiera oído
que estaba jodiendo con sus bailarinas mientras trabajaba ahí, pero Jack
levanta su mano para silenciarme.
—Tu lugar en Warner está a salvo. Por ahora. Reese dice que solo son
amigos y no tengo razón para creer otra cosa. Aún.
—Sí, señor.
—E incluso Mason lo ha corroborado. Los dos sabemos lo insistente
que es en seguir las reglas.
—Sí. Lo es. —El tipo es como un robot programado. Se pone nervioso
cuando tiene que hacer algo fuera de las reglas.
Frotándose la barba, reflexiona—: Asemejo a Reese con un caballo
salvaje que se ha acostumbrado a los humanos. Te tolerará, incluso se
acercará a ti, ciertamente te cautivará, pero nunca sabrás exactamente
qué hará a continuación. Tiene problemas de confianza muy profundos.
—Confió lo suficiente en un tipo como para casarse con él —le
recuerdo.
—Después de seis semanas… y mira a dónde llevó a esa chica loca
—murmura—. Eso no era confianza. Era necesitar sentirse amada. Que
alguien la escogiera, haciendo que ella viniera primero. Todos los que se
suponía tendrían que haberla hecho su prioridad han fallado, dejándola
tirada en el suelo intentando averiguar cómo levantarse por sí misma. Su
padre, Anabelle, yo… y luego ese payaso con el que se casó.
Me pregunto si Jack sabe que ese llamado payaso está viviendo en
Miami y Reese está en una misión de venganza. Basado en el papel de
novio falso con el que me acorraló, no creo que haya tenido suficiente
venganza. Estoy bastante seguro de que no quiero saber qué más tenga
planeado.
—La pobre chica ha sentido el rechazo una y otra vez. —Sentándose
de nuevo, pone los dedos frente a su cara y dice en un tono calmado y de
advertencia—: Si cualquier cosa llega a pasar entre ustedes dos y luego se
derrumba, la escogeré a ella. No me importa cuán buen abogado o
amigo de Mason seas. Ella será mi prioridad. ¿Soy claro?
—Entendido. —Despedirá mi trasero si la hiero de cualquier modo,
estado o forma. Por suerte, ella parece estar interesada en mí solo para
una cosa, y es la clase de cosa que puedo darle sin problemas.
Con un leve cabeceo, se echa hacia atrás en su silla. —Me gustaría
que esta conversación se quedara entre nosotros, si no te importa. Reese
no se toma bien que le digan que no puede hacer algo y no le quiero dar
una razón para que sienta que tiene que empezar a rebelarse en mi
contra.
—Nunca saldrá a colación.
—Bien. Ahora vete de aquí.
Con un saludo rápido, me levant o, aceptando felizmente mi carta
de “sal libre de la cárcel”.
Traducido por Mary Haynes
Corregido por Sandry

Él no me nota apoyada en el marco de la puerta, se encuentra muy


concentrado con una carpeta de archivos extendida sobre su escritorio.
Por lo que simplemente me quedo allí y lo observo por un momento. Ben
no puede dar dos pasos sin tener esa encantadora pequeña sonrisa en sus
labios, pero cuando se está concentrando en algo, usualmente frunce el
ceño y su boca está ligeramente curvada hacia abajo. Es otra faceta muy
atractiva de él. Casi no quiero interrumpirlo.
—Terminé estos para ti.
Los ojos azules se dirigen rápidamente a mirarme, vacilando hacia
abajo por encima de mi cuerpo antes de regresar a mi cara, como si fuera
imposible no echar un vistazo. Para Ben, creo que puede ser. Por otra
parte, ahora que he tenido un buen vistazo de todo lo que hay debajo de
su ropa, también he estado aprovechando cada oportunidad para fijarme
en él cuándo pasa por mi oficina. Por lo general, mi ritmo cardíaco termina
acelerándose y pierdo la concentración.
Ben se ha vuelto increíblemente perjudicial para mi concentración.
Dejando su bolígrafo, se inclina hacia atrás y da un suspiro. —Hola,
Reese. —La sonrisa está ahí, pero hay algo en ella. La misma cosa que ha
estado persistente cada vez que nos hemos cruzado en el camino esta
semana.
Creo que es la cautela.
Si tuviera que adivinar, Jack le dijo algo acerca de dejarme en la
mañana del domingo. Sin embargo, cuando le envié un mensaje a Ben
sobre eso, negó que cualquier conversación hubiera tenido lugar nunca. Y
entonces me preguntó lo que llevaba puesto.
Entrando, pongo la carpeta en su escritorio. —Las páginas están
todas marcadas. También preparé la documentación adicional para que
la firme tu cliente.
—Has estado ocupada. —Las palabras que normalmente serían
coquetas en Ben, parecen casi entrecortadas ahora. Quiero al juguetón
Ben de vuelta. También creo que quiero que me bese de nuevo—.
¿Cansada?
—Sí. Este trabajo nunca termina. —Me siento en su silla de repuesto y
pongo mis pies sobre su escritorio. —¿Cómo puedo ayudar?
No me pierdo su rápida mirada hacia la izquierda, donde está la
oficina de Jack. Se inclina hacia adelante y baja la voz apenas por encima
de un susurro, porque no creo que Ben sea capaz de susurrar. —Mira, te he
visto completamente desnuda dos veces. Tenerte aquí me está dando una
furiosa erección que no voy a ser capaz de ocultar si me llaman a una
reunión, lo que está a punto de suceder. Debes sacar tu lindo trasero de
aquí para así poder concentrarme.
Dejo que mis piernas se deslicen y caigan al suelo con un est répito.
—Haz lo que quieras. —Una extraña mezcla de emoción y decepción me
atraviesa con sus palabras.
Jack lo amenazó totalmente.
Es mi culpa. Tendría que haber dejado que Ben me dejara en la
calle. Jack siempre se levanta temprano y sabía que había una posibilidad
de que estuviera en su cinta de correr, la que está en la habitación sobre
la cochera que da a la calzada.
De pie, me dirijo hacia la puerta. Mientras mi mano agarra el pomo,
el profundo suspiro de Ben llena el aire. —Mira, no puedo arriesgarme a
perder mi trabajo por esto.
Hago una pausa para mirarlo. —¿Por qué? Solo somos amigos, ¿no?
La pluma en su mano va de un lado al otro cuando me mira por un
momento. Y luego sonríe. —Sí, solo amigos.
Levanto un dedo. —Pero no te olvides, novio falso, todavía tenemos
un trato. —No he hablado con Jared desde ese día en la cafetería, hace
más de una semana. Oigo esa voz gritando dentro de mi cabeza, las
palabras “déjalo ir” repitiéndose, pero una parte de mí; la parte que hace
que abra Facebook y escriba su nombre tan pronto como me despierto
por la mañana, todavía no está lista. Simplemente, no puedo averiguar por
qué. ¿Es por el orgullo? ¿La promesa de la recompensa? ¿O es porque sé
que no está todo bien en el paraíso robado de Caroline? ¿Porque quiero
recuperar mi paraíso?
—Sí... —Esa palabra sale de la boca de Ben con otra mirada hacia la
oficina de Jack mientras sacude la cabeza, con una extraña mueca
estropeando su rostro—. Simplemente no hagas que despidan a tu novio
falso.

—Toma. —Pongo uno de los bollos de la señora Cooke sobre su


escritorio; mi estómago haciendo una pequeña voltereta con la vista de
los brazos de Ben, viéndose aún más definidos en una ajustada camiseta
de golf azul plateada. Creo que el azul es mi color favorito en él. Hace que
sobresalgan sus ojos—. Se van rápido.
Ben alza la vista de su escritorio, mirando mi ofrenda y, luego, hacia
mí. —Eso es porque ya he comido tres por la mañana. —Estirándose para
envolver una mano gigante sobre él, dice con una sonrisa irónica—: Pero
gracias. Me quedo con mucho gusto éste.
—Te va a crecer el vientre como a Jack si no disminuyes la velocidad
con que los comes.
Dando una mordida, me mira con ojos curiosos mientras mastica y
traga. —¿Todavía te voy a gustar cuando me vea de esa manera?
—Por supuesto que no. —Me doy la vuelta para salir, sonriendo por su
risita.
Pero entonces sus palabras me atrapan en la puerta. —Sabes, estás
actuando terriblemente amable conmigo. Es raro. La gente empieza a
notarlo. Creen que Rancor está desarrollando un enamoramiento. —Miro
por encima del hombro a tiempo para ver su guiño—. No queremos eso,
¿verdad?
No puedo saber si me está tomando el pelo o si las personas están
diciendo eso de verdad y se están dando cuenta de la diferencia en mí.
Pero sí sé que definitivamente, no queremos ese tipo de rumores flotando
por ahí. —Pero lo sabes bien, ¿no? —Casi sale como una advertencia.
Sonriendo ampliamente, sostiene el bollo y dice—: No hay problema
aquí, Reese. Gracias por esto.
No me di cuenta de que contenía la respiración, pero supongo que
lo hacía, porque la libero en un profundo suspiro. Solo por si acaso, agrego
tranquilamente, pero con fuerte —lo bastante alto para que la mitad de la
oficina lo escuche— voz—: Espero que te ahogues con eso y mueras. ¡Que
tengas un buen día!
Reese MacKay no “se enamora” de nadie.
La risa de Ben me sigue más allá de una docena de empleados y
administradores curiosos, hasta el final de mi propia oficina.

La vida en el trabajo ha dado un giro hacia la Calle Terriblemente


Aburrido. No es que alguna vez part icularmente la disfruté, pero las últimas
semanas se habían sentido diferentes. Más animadas. Ahora, mi oficina se
siente vacía y aburrida.
Aunque no por la falta de carpetas de archivos o tazas de café.
Es debido a un cierto hombre rubio de un metro y noventa dos
centímetros, que se asegura de nunca estar en una habitación a solas
conmigo. Todavía estoy concentrada al cien por ciento en Natasha y sus
casos, pero él ha empezado a ir con los otros asistentes legales —que no
son ni tan rápidos ni eficientes como yo— en busca de respuestas.
Por un momento, me preocupó que él pudiera creer estos “rumores”
de que siento algo por él, y que me evitaba intencionalmente porque no
me quiere entusiasmar. Pero veo esos ojos azules sobre mí t odo el t iempo.
Tampoco est á avergonzado de ello. Lo sé porque me guiña el ojo cada
vez que nuestras miradas se encuentran.
No puedo ni acorralarlo en su despacho, porque está en reuniones
con Natasha todo el tiempo.
Y ahora estoy empezando a ponerme paranoica con que hay algo
entre él y la robot de leyes, a pesar de que está comprometida y estoy
bastante segura de que nunca estaría de acuerdo con el sexo casual. Tal
vez es tan militante en la cama como lo es con todo lo demás, algo con lo
que dudo que Ben estaría de acuerdo.
Espero que no esté de acuerdo.
A menos que ella sea una de esas personas que atan a sus hombres
y los azotan. Ben podría estar de acuerdo en eso.
Odio esto.
Ni siquiera quiero nada con Ben, además de lo que ya tenemos. Es
solo que no quiero que tenga eso con nadie más.
Así que ahora me encuentro en busca de todas las excusas posibles
para pasar por la oficina de Ben. Es por eso que estoy de pie en la fila,
comprando una taza de su terrible café —-una broma, en realidad— y
algunos bollos.
—Te he visto aquí antes. No puedo creer que no me diera cuenta de
quién eras.
La gente dice que las voces cansinas del sur son hermosas y
relajantes. A las nueve de la mañana y viniendo de su fuente, lo describiría
tan chirriante como uñas en una pizarra.
Echo un vistazo por encima del hombro para ver la expresión agria
de Caroline y me pregunto por qué está aquí tan tarde. Las cuatro veces
que la esperé en el banco del parque, la chica entraba a las ocho y
media, como un reloj. Aunque, por la aguda mirada de sus ojos, empiezo a
pensar que ha podido haber estado esperándome. —Lo siento, no puedo
decir que t e he notado. —Pago mi compra y me alejo de la barra—. ¡Qué
tengas un gran día! —ofrezco con la voz alegre más molesta que puedo
lograr cuando paso a su lado y salgo por la puerta.
Un agarre fuerte controla mi brazo. —¿No crees que sé lo que estás
haciendo? —sisea Caroline.
Echo un vistazo a la mano y ella me libera rápido como si de repente
detectara lesiones. —¿Era una pregunta con t rampa? Porque estoy yendo
a trabajar. No es exactamente algo secreto.
Me apuñala con una mirada gélida. —Hay una gran cantidad de
coincidencias en juego aquí, ¿no te parece?
—Aparte de tener el mismo gusto en hombres y cafés, no lo veo. —
Se halla de pie tan cerca de mí, que puedo oler su aliento. Huele a sandía.
Sabor simulado como la goma de mascar. Odio la sandía. Era de esperar.
Sus ojos se estrechan. —¿Cómo terminó tu número de teléfono en el
de Jared de nuevo?
Me esfuerzo por ocultar mi sorpresa. Jared tiene algo con su teléfono
y el mantener a las personas lejos de él. O tal vez me lo alejaba a mí,
porque estaba enviándole mensajes de texto a su ex.
Sus siguientes palabras responden mi confusión. —Ese es el problema
con conocer a alguien desde que t ienes seis años. Son muy predecibles.
Incluso con sus contraseñas.
—¿Qué pasa, no confías en él? —Dudo que Jared sea feliz con su
esposa celosa husmeando entre sus cosas, y ella es bien celosa. Siento la
pizca de la profunda alegría interior.
—Nunca lo vas a recuperar —dice lentamente y de forma uniforme,
con el tipo de confianza que no puede ser fingida—. Jared ha estado
enamorado de mí toda su vida. Se encontraba tan desecho cuando nos
separamos que hubiera aceptado lo que fuera. ¿Por qué crees que se
casaría con una psicópata en moto como tú? Fuiste un error que lamenta
todos los días. Es mío y siempre lo será.
Las emociones estallan dentro de mí: una mezcla peligrosa de ira,
humillación y dolor que arde en los bordes de mis ojos y me dan ganas de
volcar este café hirviendo sobre su cabeza. Ni por un segundo he olvidado
la expresión de su cara cuando abrí la cortina de la ducha ese día. Lo juro,
creo que ella esperaba ese momento porque colocó sus ojos rápidamente
en los míos, con un brillo triunfal en ellos.
Y ahora se halla arrojando los guantes en medio de una cafetería,
rodeada de pastelillos y extraños. Veo un ligero temblor en su mano y
tengo que creer que puede estar un poco asustada de mí. En vista de que
dejé un par de tijeras clavadas en sus ojos en esa foto de Jared y ella,
debería estarlo. Debería tener miedo de que vaya a pegarle justo aquí, en
medio de esta multitud. Tal vez espera que haga eso exactamente. Y eso
es justo lo que quiero hacer. Sabe que tengo mal temperamento. Podría
presentar cargos en contra mía y deshacerse de mí. Habría un montón de
testigos aquí.
Chica inteligente.
—¿Entonces por qué te preocupa tanto que tenga mi número de
teléfono? —pregunto forzando una voz calmada, sintiendo que el bollo en
mi mano se desmorona con el agarre firme.
—No me preocupa —escupe, al parecer atrapada por sorpresa—,
solo tienes que saber que lo sé y me estoy riendo de ti. Todos mis amigos se
están riendo de ti. Eres pat ét ica.
Sí, definitivamente me está provocando.
Me muerdo la lengua contra el impulso irresistible de preguntarle
cómo están sus piernas tras el domingo. Sin darle algo digno de una orden
de restricción.
—Bueno, es agradable ver que Jared pasa de una loca a otra. Que
tengas un gran día —exclamo con exuberancia forzada mientras le doy la
espalda y me alejo, con mis dientes apretados con fuerza.
Saco mi teléfono y presiono el número dos en mi marcación rápida.
—¿Reese? ¿Estás bien? —pregunta Jack de inmediato.
Frunzo el ceño, explorando los coches y peatones en la calle. —Sí...
Una exhalación profunda atraviesa el receptor. —Bien, bien. Solo
pensé... porque me est ás llamando —dice con una risa—. Normalmente
estás encerrada en tu oficina, odiando a todos durante una hora o dos.
—Oh, sí. Estoy bien.
—Así que, ¿qué pasa?
—¿Mencionaste una pequeña fiesta para Ben y Mason? —Fue oficial
la semana pasada. Ben y Mason recibieron sus resultados del examen y los
dos aprobaron. Ahora son abogados asociados.
—Sí, lo mencioné. ¿Por qué?
Las ruedas de mi cerebro retorcido están ganando velocidad. —Voy
a planear algo para este viernes.
—Bueno, la señora Cooke tiene ya…
Lo cort o. —No, Jack. No vamos a hacer esto en un sótano de la
iglesia. Voy a hallar algo bueno. —Un bar casual, una situación relajada.
Terreno neutral. En algún lugar en el que pueda ir y venir como si no me
importara una mierda.
Y recordarle a mi ex marido lo mucho que me echa de menos.
Tan pronto como termino de hablar con Jack, le mando un mensaje
a Jared.
Voy a estar en The Grill la noche del viernes alrededor de la s ocho,
con los amigos. Casual.
Después de un momento, agrego: Es posible que desees cambiar la
contraseña de tu teléfono. De acuerdo con tu encantadora esposa con la
que acabo de encontrarme, eres muy predecible.
Traducido por Miry GPE
Corregido por Lizzy Avett’

Gracias a Dios es viernes.


Cada día parece mezclarse con el siguiente por aquí. Supongo que
empujé la puerta de mi oficina un poco fuerte porque se cierra de golpe,
causando que al menos una docena de cabezas se eleven de sus
cubículos como en ese juego de feria, al que se golpea la cabeza de una
marmota. Ondeo mi mano como una disculpa perezosa mientras lanzo
otra carpeta.
Maldición, ¡lo que haría para tener a Reese atada a mí todas las
horas del día y la noche! Me gusta trabajar con ella. No, amo trabajar con
ella, maldita sea. Simplemente tenerla cerca de alguna manera hace que
todo sea más divertido.
Por eso he tenido que evitarla totalmente esta semana. Y apesta.
Jack tiene razón: la chica simplemente tiene algún tipo de encanto.
Idiotas como yo están condenados.
Mientras rodeo mi escritorio, encuentro una bolsa de regalo roja
colocada sobre mi silla, con piezas de blanco papel seda sobresaliendo.
Después de semanas de esconderme en habitaciones y hacer la oferta de
Natasha, los resultados del examen fueron posteados esta semana. Mason
y yo aprobamos. Por fin soy un verdadero abogado. Supongo que esto es
algo como una especie de felicitación.
Busco dentro con curiosidad para descubrir una nota doblada:
Felicidades por convert irt e en un robot de leyes oficial.
En caso de que el apodo no me diera una pista, sabía por los trazos
desordenados que es de Reese. La mujer tiene peor caligrafía que
cualquier médico que he conocido. Creo que es porque siempre se
encuentra apurada. Esculcando más adentro, saco una camiseta rojo
brillante que dice: “Vomité en Cancún y todo lo que tengo que mostrar de
eso es esta fea camiseta roja”.
Estoy seguro que todo el piso puede escuchar mis fuertes
carcajadas.
Maldición, me encanta su sentido del humor.
Y me decepciona cuando no encuentro a nadie más que el recorte
de Rancor en su oficina, y su computadora ya apagada. Supongo que no
es gran cosa. Puedo darle las gracias en la pequeña fiesta después del
trabajo que organizaron para Mason y para mí esta noche.
Aun así, no quiero esperar tanto tiempo.

—Buena elección —grito sobre la banda en vivo mientras mis ojos


vagan por la multitud en The Grill, descansando sobre un par de morenas
que ya me han notado y, por los pequeños saludos y guiños, no son tímidas
por hacerme consciente de eso.
—Reese arregló todo —admite Mason con bastante sorpresa en su
tono, haciendo sonar su bebida contra la mía—. Salud. Por ser un
verdadero abogado.
—¿Dónde está la pequeña descarada? —La totalidad del personal
de abogados, incluyendo a Jack, se encuentran aquí esta noche para
celebrar. Tienen un área acordonada para nosotros, provista con bandejas
de comida y algunas mesas. He estado rondando por las últimas tres horas,
mirando demasiado el reloj y la puerta de entrada.
—Con Lina y Nicki. Lina acaba de enviarme un mensaje para decir
que llegarán aquí pronto.
—¿Cómo va eso? ¿Ella es la razón detrás de toda esta apariencia de
“no puedes comprarme amor” por la que estás pasando? —Mason nunca
fue conocido por su agudo sentido de la moda, pero ahora tiene ropa
nueva y peina su pelo de forma diferente. Incluso usa lentes de contacto.
Acostumbrábamos hacerle bromas sobre esas tontas gafas gruesas que
llevaba, pero se reusó a cambiarlas.
Sus mejillas se iluminan mientras se encoge de hombros. —Quise
probar algo nuevo y ella me ayudó.
Tener sexo ciertamente hace maravillas por este chico. —¿Y las
cosas van bien entre ustedes dos?
Una tímida sonrisa se muestra en su rostro. —Está bien. Es... —La
sonrisa se desvanece mientras asiente. Termina con—. Es complicado.
—Oh, demonios, no estás enamorado de ella, ¿verdad?
—¡No! Quiero decir, me gusta. Mucho. Pero… —Su voz se apaga
mientras mira fijamente su cerveza.
—¿Pero qué? Y no hablo sobre relaciones, así que más vale que esta
no sea profunda —le advierto.
—Es la mejor amiga de Reese, así que... —Vacila, como si se hallara
reacio a admitir el resto—. Estoy esperando descubrir algo muy malo en
ella.
No luce muy contento cuando me echo a reír de él. —Pensé que
Reese y tú resolvieron su mierda. —Los he visto hablar más en la oficina.
Reese incluso se ofreció a ayudarlo con las pruebas de algunas cartas
legales que iban a los clientes, el otro día.
—Creo que lo hicimos —admite con un encogimiento de hombros—.
Poco a poco.
—Bueno, por lo que dice Jack, Reese no se alejará de sus vidas de
nuevo. Nunca. Y apuesto por ella si ustedes dos van a la guerra, solo para
que lo sepas.
Se encoge de hombros y toma otro trago de su bebida. Sonrío para
mí mismo. Mason es un peso ligero. Estará riendo como una niña pequeña
para cuando termine esa. Hablando de borracho, necesito reducir la
velocidad sobre éstas o estaré propenso a hacer algo estúpido, poco
profesional y, bueno... ser yo. Probablemente no es el lugar correcto ni el
tiempo para eso. Más tarde, en mi casa, donde los chicos organizaron una
pequeña fiesta para mí, es juego limpio.
—¿Qué sucede entre Reese y tú? —pregunta Mason de repente.
—Ya te lo dije. Nada.
—Ben. —Se inclina hacia adelante y baja la voz—. No quiero ver que
te despidan. —La piel entre sus ojos se frunce—. Sé que no encajo con el
resto de los chicos, pero siempre me has hecho sentir como uno del grupo.
Siempre has sido un buen amigo para mí. Solo trato de cuidarte.
Es gracioso que Mason me diga esto ahora. Cuando inicié la escuela
de derecho, sentí como si yo no encajara. Yendo desde mi licenciatura,
donde todavía era visto como el mariscal de campo estrella, incluso
después de que ya no jugaba, a un don nadie que carecía de las vibras
académicas y el refinamiento que todo el mundo parecía tener, fue difícil.
Quiero decir, tuve el promedio general, las puntuaciones de la prueba de
admisión de la escuela de leyes, las cartas de recomendación y todo eso,
pero durante un tiempo ahí, pensé que cometí un gran error por aplicar a
la escuela de leyes.
Dejo caer una mano pesada sobre su hombro mientras una cabeza
rubio platinado capta mi atención detrás de Mason. —No te preocupes.
No seré despedido. —Miro el cambio en la multitud mientras Mercy y
Hannah se dirigen hacia mí, y los hombres giran su cabeza tras ellas—.
Maldición —murmuro. Es imposible verlas a ellas dos juntas sin pensar en mi
fiesta de despedida. Va a ser una noche condenadamente larga. Espero
que Reese aparezca pronto.
—¿Son ellas dos? —El dedo índice de Mason empuja contra el
puente de su nariz —donde estarían sus gafas si las usara— mientras las
mira fijamente con sus ojos muy abiertos.
—Síp. —Sonrío. Darle los detalles a Mason de esa noche fue casi tan
divertido como experimentarla. El hombre se colgó de cada una de mis
palabras como si hubiera revelado el secreto del Santo Grial.
—¡Ben! —Apenas conseguí dejar mi vaso, antes de que Mercy
estuviera sobre mí, con sus brazos alrededor de mi cuello y dándome un
beso justo en mi boca—. ¡Felicitaciones! —Sé que ella es verdaderamente
feliz por mí y, demonios, no puedo apartarla. Eso sería malvado.
Aun así, hago un gesto hacia adelante, tratando de alejarla de mí
cortésmente. —Recuerdas a mi buen amigo, Mason.
—Lo recuerdo. —Sus ojos se iluminan cuando pasa a mi lado. Miro
con una sonrisa, sabiendo lo que viene. Lo apropiado sería darle la mano y
decir hola. Sin embargo, ya que Mercy lo conoció una vez, se inclina hacia
él y coloca un beso lento en su mejilla, dejando su rostro sonrojado al
instante.
—Hola, Ben, está bien que estemos aquí, ¿cierto? —La voz de
Hannah ronronea cerca de mí. Es mucho más reservada de lo que es
Mercy—. Traté de vestir informalmente, así no soy tan obvia entre tus
amigos abogados. ¿Crees que saben?
Eso se gana una fuerte carcajada antes de que pueda evitarlo.
Hannah es otra chica que podía venir aquí vistiendo un saco de papas y la
gente aún tendría una buena idea de la industria en qué trabaja. Sin
embargo, a diferencia de Mercy, Hannah es auto-consciente de lo que
hace y no puede esperar a terminar la escuela de enfermería. Esos serán
unos pacientes afortunados.
Lanzo mi brazo alrededor de ella en un abrazo, de costado y
amistoso. —Ni idea. Estás bien.
—Bien. Solo queríamos decirte felicidades y que te extrañamos. —Se
inclina para darme un beso respetable en la mejilla. Sé que de hecho esa
noche no significó nada más que amigos consiguiendo tragos uno tras otro
de todo y pasando un buen rato con ella. Ha estado enamorada de la
camarera principal de Penny’s, Ginger, por años.
—Consíguete una bebida —le sugiero con una sonrisa, empujándola
hacia adelante mientras escaneo la multitud buscando a Reese.
Estoy lleno de miradas de envidia de cada abogado masculino en
Warner. Predigo toda clase de llamadas telefónicas e invitaciones el lunes.
Estoy acostumbrado a eso. Kent y los chicos siempre me ruegan para que
las chicas de Penny’s vayan a nuestra casa para un espectáculo privado.
Esta noche, las obligué.
A diferencia del movimiento suave por las dos desnudistas, la
multitud se aparta como el Mar Rojo mientras surge la forma de Nate
caminando hacia mí para darme la mano. —Ginger no pudo venir, pero
ella quería que te diera uno grande y húmedo de su parte.
—Dile que deje de tratar de convertirnos, hombre.
Su rostro muestra una sonrisa. —Solo puedo quedarme por un rato.
Voy hacia Penny’s esta noche, a pesar que parece que la mitad de las
bailarinas van a alguna fiesta en casa de este idiota que conozco, más
tarde.
Su broma me hace reír. —¿Dónde está Cain?
—Fuera del estado. —Mi ceño no recibe nada más. Nate es tan leal
como ya no hay y lo que sea que hace Cain, no quiere que nadie lo sepa.
Espero que tenga algo que ver con Charlie. Algo bueno. Ese tipo merece
ser feliz.
Con eso, Nate se aleja hacia el otro lado de la barra donde alguien
que conoce se sienta, revelando a un hombre mucho más pequeño
escondido detrás de él. —Ese es un buen amigo para tener en tu esquina
—murmura Jack, sus ojos se posan en Nate por un momento antes de
pasar a Mercy y Hannah, quienes flanquean a Mason: Hannah abanica sus
pestañas y Mercy juguetea con su cuello.
—Igual que ellas dos, si le preguntas a tu hijo en este momento —
bromeo.
—Sí. —Jack sonríe antes de dar un trago a su cerveza—. Sería bueno
verlo trabajar un poco menos y disfrut ar de la vida un poco más. —Duda—.
Sin embargo, no estoy muy seguro de eso.
—Pasos de bebé para Mason —concuerdo con una risa.
Mirando a su alrededor, pregunta—: ¿Has visto a esa caprichosa
hijastra mía? Organizó por complet o esta noche y ahora no se encuentra
aquí.
Buena pregunta. Una parte de mí quiere aferrarla a mi lado para
defenderme de los avances de Mercy. La otra parte la quiere atada al
otro lado de la barra, así no me meto en problemas con Jack. Empiezo a
pensar que es solo cuestión de tiempo.
—¡Hablé demasiado pronto! —exclama Jack, y su rostro se ilumina al
instante.
No puedo dejar de notar que mi estómago salta mientras él dice
eso. Hace una voltereta completa mientras me giro para ver a una rubia
en la puerta vistiendo un sexy vestido rojo y una sonrisa peligrosa.
—Oh, mierda... —murmuro en un suspiro.
Ella, definitivamente, trama algo.
Traducido por Amélie, Diana & Jasiel Odair
Corregido por AriannysG

—Olvidé mencionarles algo —les grito a Lina y Nicki mientras usamos


la fuerza para caminar a través de la multitud. The Grill está usualmente
concurrido los viernes por la noche. Situado justo en la playa, es algo así
como un bar de deportes tropical, con un techo falso de hierba-choza,
paredes abiertas y un montón de televisores pantalla plana. Esta noche, el
lugar está lleno de personal de Warner.
Demasiados. Y aún no se habían ido. Dije que el equipo de trabajo
estaría desde las cinco hasta las siete, horas de cócteles. Y a las ocho, si
aún eran persistentes.
—Te casaste de nuevo —contesta Lina inexpresiva, como si hubiera
estado esperando ese anuncio.
—No exactamente —murmuro en voz baja. Se les van a voltear los
párpados.
Podría voltear mis párpados.
—¿Dónde están estos abogados de los que hablas? —dice Nicki,
luciendo tan sorprendente como siempre, esta vez con un vestido de corsé
púrpura—. ¿Y crees que me van a creer cuando les diga que soy
abogada?
—Están más adelante. Solo di la palabra “depósito” muy lento
mientras pestañeas y van a creer cualquier cosa. Pero tengo que decirles,
chicas...
—¡Guau! ¡Mira tu cabello! —Dedos llegan sin invitación a mi nuca, a
la capa de tinte color negro cereza que me había hecho en el salón
después del trabajo. El rubio completo era aburrido hasta las lágrimas y
pensé que esto era semi-respetable para los estándares de oficina—. Luces
elegant e. ¡Me encanta! —chilla Natasha, agitando sus manos, lo cual me
dice que es muy probable que est é borracha. Sin detenerse a escuchar mi
respuesta, continúa—: ¿Quiénes son tus amigas? —Extiende una mano. La
ceja izquierda de Lina se arquea perfectamente mientras la acepta.
—Lina, robot de leyes. Robot de leyes, Lina.
Natasha me ha escuchado llamarla así tantas veces, que no creo
que siquiera la perturbe. Está demasiado ocupada viéndose sorprendida
frente a la manga de tinta de Nicki, de todos modos. —Guau, ¿eso dolió?
—Extiende la mano para comenzar a tantear el brazo de Nicki.
—Uno se acostumbra —ofrece Nicki cortésmente, pero sus labios se
presionan en una sonrisa tensa. Ella odia que la toquen así. Dándole una
mirada con los ojos abiertos, articulo: “Vamos”.
—Entonces, ¿dónde estaba… —Puedo ver la rubia cabeza de Ben
elevándose sobre los demás, de pie junto a Jack. Me está sonriendo,
aunque su sonrisa es un poco tensa. Pero sus ojos siguen repasando mi
pecho y parpadeando con aprobación ante el vestido rojo sin tirantes que
compré hoy. Me queda bien y es corto, pero la falda fluye como una
campana para mostrar mis piernas decentement e. Un poco formal para la
noche, especialmente combinado con zapatos de tacón, pero con mi
cabello suelto y la falta de joyas, creo que puedo alivianar el aspecto. Solo
tengo que canalizar mi mujer fat al interna como hace Nicki.
Hago una exploración superficial de cabezas al tiempo que cierro la
distancia. Jared me envió un mensaje de texto para decirme que estaría
aquí, pero aún no lo veo.
Jack vuelve a encontrarme de pie detrás de él.
—Hola, Reesie. —Envuelve un brazo alrededor de mi hombro y me
besa la mejilla. Instintivamente me inclino por su afecto con una sonrisa,
sintiéndome como su pequeña niña otra vez. Luego su mirada parpadea
sobre mi cabello y frunce el ceño—. Algo diferente.
Jack es un verdadero hombre tradicional. Sacudiendo algunos
mechones de mi nuevo cabello, le ofrezco con una sonrisa tímida—: Por lo
menos no es toda mi cabeza.
—Mmm… sí. —Después de un momento—. Se ve bien. No muy
salvaje. —Mirando por encima del hombro a mis amigas, sonríe y dice—: Es
bueno verlas de nuevo, señoritas. ¿Cómo está el nuevo condominio y los
puestos de trabajo?
—El condominio bien. El trabajo no tanto. —Lina no desperdicia las
palabras. Si puede decir algo en siete palabras, lo dice en siete palabras.
Algunos podrían tomarla como fría o antipática.
Creo que es encantadora.
—Bueno, la mitad no está nada mal. Obtén la licencia y puedes
venir a trabajar para mí, ¿de acuerdo? —Estoy bastante segura de que no
está bromeando al respecto, lo cual es genial porque me encantaría
trabajar con Lina.
Volviendo de nuevo a mí, Jack dice—: Voy a irme, Reese, pero
gracias por organizar esto. —Se inclina para añadir en voz baja—: Tienes
razón. Mejor que el sótano de la iglesia de la señora Cooke.
Me encojo de hombros. —Es lo menos que podía hacer por mi
amoroso hermanastro.
—Cierto. Trata de no atormentarlo demasiado esta noche.
—Por eso ella está aquí. —Señalo con mi pulgar en dirección a Lina.
Sacudiendo la cabeza, Jack se aleja, dejándome hacerle frente a
Ben, quien nos alcanza rápidamente y lanza un brazo tanto sobre Lina
como sobre Nicki. —Es bueno verlas de nuevo. Gracias por venir a mi fiesta.
Una partecita de mí se alza con celos, preguntándome si Ben
hubiera tratado con una de ellas si yo no hubiera estado allí. Sin dudas hay
desventajas al ser amiga de un mujeriego con quien de vez en cuando
haces travesuras, como esa vocecita en la parte posterior de tu cabeza
que te dice que probablemente va a acostarse también con tus amigas.
—Estoy aquí por él —corrige Lina en tono brusco y su mirada gris en
Mason, que está de pie junto a Ben, y, más importante, junto a Pastelito y
su amiga.
—Hola. —Mason no pierde tiempo liberándose de sus admiradoras
aduladoras para ponerse junto a Lina, su tono cayendo una octava,
sonando extrañamente suave y menos robótica—. ¿Lo hiciste bien? —Se
inclina para besarla en la mejilla.
No sé si alguna vez me acostumbraré a ellos juntos.
Todavía estoy viéndolos cuando Ben llama mi atención, tirando de
una punta púrpura oscura de cabello. —Me gusta. Y me gusta mucho el
vestido rojo. —Acercándome a su pecho, para un espectador inocente,
probablement e podría pasar como un abrazo de felicitación, murmura—:
¿Qué estás tramando?
—¿A qué te refieres? —pregunto en fingida inocencia, la comodidad
de sus brazos lucha contra la tensión que atraviesa mi columna vertebral,
sabiendo que Jared va a estar aquí.
Siento la vibración de su risa a través de todo mi cuerpo. —Sé que es
algo malo. No estoy seguro de si tengo que tener cuidado o si tienes otra
víctima en mente.
Lo alcanzo y le doy un golpe suave en la nariz mientras me alejo un
paso, dándome cuenta de que soy un poco reacia a hacerlo. Si no
estuviera en una misión diferente esta noche, puede ser que no quiera en
absoluto. Ben se siente muy bien.
Su rostro se ablanda cuando me mira desde su impresionante altura.
—Gracias por haber organizado esta noche para mí.
—Y Mason —le recuerdo.
Y allí está esa sonrisa juguetona suya. —¿Quién engaña a quién?
Hiciste todo esto por mí.
—¿Te vas a poner todo emocional al respecto?
—No… —Una sonrisa nostálgica toca sus labios—. Pero me gustaría
poder besarte por ser tan extrañamente linda.
Un pequeño nudo de culpa se está formando en mi estómago. Pero
luego me recuerdo a mí misma que este es Ben. A él no le importa por qué
lo hice. —Bueno, entonces esto podría funcionar a tu favor. Puedo sacar mi
tarjeta de novio-falso esta noche.
Su cabeza cae hacia atrás. —Ah, mierda, Reese. ¡No puedes
hacerme eso esta noche!
—Lo estoy haciendo. Me lo prometiste.
—Y prometiste que no harías que me despidan. —Mira a su alrededor
como si fuera a aclarar algo—. ¡La mitad de la empresa ya está aquí!
¡Incluyendo a Jack!
—Relájate. Jack se va.
—Sí, bueno, yo también. —Lo veo beber un trago de su cerveza, y
una chispa de pánico se enciende en mí. ¿Ben se va?—. Mis amigos van a
preparar una pequeña fiesta en mi casa. Tú y tus amigas son más que
bienvenidas a ir, solo mantenlo entre ustedes. No quiero a un grupo de
abogados allí.
El alivio se vierte sobre mí de inmediato y me doy cuenta de lo
mucho que quiero salir con Ben esta noche, Jared o no. —¿Qué pasa con
Mason?
Ben deja escapar un resoplido burlón. —No estoy preocupado por
Mace. Él sabe exactamente de lo que voy. —Sus ojos caen instalándose en
mi boca.
—No he pedido el servicio completo de novio falso —le recuerdo
con un golpe duro en el estómago, aunque siento que mi corazón está
acelerando su ritmo. Ben ni siquiera se inmutó con la gruesa capa de
músculo que lo protege.
—Eso no quiere decir que no vas a conseguirlo. —Guiña un ojo, y
añade sombríament e—: Pero no aquí.
—Bueno… —Siento mis dientes apretándose uno contra otro con esa
idea y veo la mirada casual de Pastelito por encima del hombro mientras
finge no vernos—. ¿Puedes al menos no besarte con alguien más mientras
estás aquí? O voy a parecer la idiota que es engañada por segunda vez.
—Digo más suave un—: ¿Por favor? —Al final con buenos modales.
—Tenía la esperanza de utilizar a Mason como una distracción para
Mercy, pero tu amiga aquí como que lo jodió. —Después de una pausa,
murmura—: Espera. —Y pellizca mis costillas suavemente. Mis ojos lo siguen
mientras pasa a través de la multitud para hablar con dos abogados de
litigios que no pueden dejar de mirar en nuestra dirección. Supongo que
están centrados en las dos strippers, debido a que sus rostros se iluminan
cuando siguen a Ben.
—¿Uh, Reese? —Oigo a Nicki llamarme, con un trago de tequila en
sus labios mientras sus ojos permanecen enfocados en algo al otro lado del
cuarto—. ¿Eso que se te olvidó mencionar?
Ni siquiera necesito mirar para saber de lo que habla. Acomodando
casualmente mi cabello, echo un vistazo por encima del hombro para
encontrar a Jared y Caroline sent ados en una mesa con un grupo de
personas; el pie de Jared golpetea al ritmo de la banda tocando en el
escenario.
Cuando me giro de nuevo para enfrentar las caras de mis amigas,
sin el pánico que esperarían en la mía si esto fuera un accidente, las dos
fruncen el ceño.
—¿Qué has hecho ahora, Reese? —dice Nicki con un suspiro.
Una milésima de segundo antes de que Lina pregunte—: ¿Sabías
que estarían aquí? —Noto ese tono duro en su voz que tiene cuando está
completamente impresionada conmigo. Mason solo se ve desconcertado.
—Pude haber tenido una idea —admito.
—¿Quién está aquí? —pregunta Mason, pero nadie le contesta.
Lina rueda lentamente para hacer frente a la barra. —¿Y cómo lo
sabes?
—Es una larga historia, y en realidad no quieren ser cómplices de
esto, ¿verdad? Solo tienen que seguir mi ejemplo, ¿de acuerdo?
Ella suspira. —Siempre lo hago. Incluso cuando estás siendo una
persona mala, mala. ¿Serás una persona mala esta noche, Reese?
Acaricio la cima de su cabeza, ignorando su pregunta. —Qué amiga
buena y comprensiva.
—¿Qué hay de Ben? —pregunta Nicki.
—¿Qué pasa conmigo? —pregunta su voz profunda detrás de mí,
sorprendiéndome lo suficiente para saltar. Siento el calor de su mano
mientras se asienta en mi espalda. Se inclina hasta llegar a mi oído,
diciendo en voz baja—: Problema resuelto. Esos chicos de litigio están en el
cielo.
Lo alcanzo de nuevo para acariciar su pecho firme, inclinando la
cabeza para verlo mientras digo—: Buen novio falso.
Una mueca se arrastra sobre su rostro por un segundo antes de que
se suavice en una sonrisa y su mano desaparece de mi espalda. —Quince
minutos —me recuerda en voz baja.
Desde mi vista periférica, puedo ver que Jared me ha encontrado y
me está mirando ahora. Sin embargo, no me giro. No quiero que parezca
que lo estoy buscando. O que me importa de una u otra manera que él
esté aquí. —Está bien, hay algo que tengo que hacer primero. ¿Podrías
pedir una bebida?
—¿Adónde vas?
Echo un vistazo a la banda cuando el cantante anuncia un breve
descanso. —A hablar con ellos. —Cuando llamé a The Grill para hacer
reservas y encontré que tienen una banda en vivo los viernes por la noche,
sabía más allá de toda duda de que esta noche sería brillante.
Ben sonríe. —¿Vas a solicitar una canción para mí?
Me inclino peligrosamente cerca, tal vez no debería estar haciendo
esto con Jack posiblemente aún por aquí y rodeado de los abogados de
Warner, pero siento los ojos de Jared todavía en mí y la idea de que esto le
molesta me incita y susurro—: ¿Qué tal si hago algo mejor para ti?
La mandíbula de Ben se tensa mientras da un pequeño paso, con la
espalda rígida, comprobando casualmente.
Con una sonrisa, prácticament e salto al escenario en mi vestido rojo
y coqueto; cuando uno está poseído por el demonio, hay que abrazar
verdaderamente la pieza. Me concentro en el cantante. Él es al que tengo
que encantar.
Y así es como terminé arrojando una guitarra en mi hombro cinco
minutos más tarde. Me gustaría poder haber traído la mía propia. Es vieja y
cutre, pero conozco t odos sus trucos y secretos. Ésta tendrá que servir.
Al tocar el micrófono, me aclaro la voz. Las luces del escenario no
son lo suficientemente fuertes como para ocultar la multitud más allá y por
eso veo el mar de cabezas girarse hacia mí. Solo estoy un poco nerviosa.
Nunca fui de las que se ponen nerviosas frente a las multitudes. Tal vez si lo
fuera, no habría hecho la mitad de las cosas estúpidas que hice. Ahora, al
menos, en realidad estoy haciendo algo que se me da bien, algo que no
he hecho desde que Jared y yo estábamos juntos.
—Ha pasado un tiempo desde que he estado en un escenario —eso
es todo lo que digo, y luego señalo a la banda con una mano levantada.
Cada uno de los empleados de Warner está mirándome con la boca
abierta mientras la banda inicia con la apertura de “Call Me” de Serena
Ryder. A excepción de Ben, por supuesto. Está allí de pie con los brazos
cruzados sobre el pecho. Observando con curiosidad.
Y entonces empiezo a cantar.
Respiro lentamente, llevando las notas a las profundidades de mi
diafragma, dejando que naveguen fuera de mi boca; canto mientras mis
dedos se deslizan, se curvan y presionan cada acorde. Es una canción
profunda y valiente que se adapta a mi voz baja perfectamente. Solo estar
aquí de nuevo, dejando que mis propias emociones se derramen a través
de las palabras de otra persona de una manera que me permite decir lo
que pienso sin juicio, envía un escalofrío por todo mi cuerpo. Siempre me
ha gustado cantar, incluso cuando era pequeña y no podía seguir una
melodía. Eso fue algo que Annabelle hizo por mí, me puso en clases de
canto. Lo hizo porque todas las otras esposas de la sociedad tenían a sus
hijas en el coro. Pero yo no tenía ningún interés en cantar en un coro. Así
que me uní a una banda. Éramos bastante buenos, pero no duró mucho. El
baterista y el bajista eran hermanos, y discutían demasiado.
La primera noche canté en un sórdido bar de Jacksonville al que iba
Jared, según él, la noche en que supo que quería casarse conmigo. Me
dijo que mi acento gutural envió escalofríos por su espina dorsal y a través
de sus miembros, sin parar hasta que se envolvieron alrededor de su
corazón. Jared tiene una habilidad con las palabras.
E incluso ahora veo esa sonrisa rara y secreta tocar sus labios, y su
atención pegada a mí.
Una mirada que Caroline estudia atentamente y, por la forma en
que sus fosas nasales están aleteando, no le gusta en lo más mínimo.
Dentro de mí, explotan brillantes y gloriosos fuegos artificiales.
Un silencio de muerte flota en el aire durante dos segundos después
de la última nota de la canción y luego estalla un rugido de aplausos. No
puedo dejar de sonreír. Dejé que mis ojos pasen sobre Jared por solo una
milésima de segundo, lo suficiente para ver ese brillo familiar, y luego me
centro en Ben cuando se acerca y me baja del escenario con un par de
manos fuertes alrededor de mi cintura.
Buen novio falso.
—¿Por qué quieres tanto que me despidan? —pregunta Ben, su voz
crepitante con un tono bajo y suave cuando se inclina hacia mí. No tan
cerca, pero sin duda lo suficiente para ser inapropiado bajo el barómetro
de romance de Jack. Espero que se haya ido antes de que yo suba a el
escenario.
—Creo que vas a hacer eso tú solo. —Doy un paso hacia atrás, solo
en caso de que él no lo hiciera. Realmente no quiero que Ben se convierta
en una víctima de la guerra y, si Jack sigue aquí y ve esto…— ¿Dónde está
mi bebida?
—Lina la tiene —murmura, su pecho subiendo mientras sus ojos caen
a mi escote—. Y será mejor que la bebas, porque nos vamos ahora mismo.
Oh, Dios. Ben tiene planes para mí. Esta noche. Es probable que sea
algo bueno. Eso ayudara a mi plan: Entrar. Impresionar. Salir. No quiero
estarme demasiado tiempo y tener que lidiar con los dos juntos. Irme en el
mejor momento me da ventaja. —Estaré ahí en un segundo, ¿de acuerdo?
—Tiro de la correa de la guitarra por encima de mi cabeza y se la doy de
nuevo al guitarrista, quien me ofrece un elogio antes de volver al
escenario. Con un golpe suave en las costillas de Ben, me dirijo al baño de
mujeres, sintiendo sus ojos quemar en mi espalda todo el camino. O tal vez
eran los ojos de Jared.
O ambos.
Pero en el segundo que doy un paso afuera, encuentro un par de
ojos diferente mirándome fijo. Llenos de odio. Y miedo. Están pegados a la
puta pelirroja esperando junto al lavabo, con las manos en sus caderas.
—¿Qué estás haciendo aquí? —espet a.
Tan predecible. Giro el grifo. —En este momento, me estoy lavando
las manos. ¿Quieres saber lo que hice allí? —Por encima de mi hombro,
señalo con un pulgar hacia el inodoro—. Porque eso sería un poco raro. —
Si se invirtieran los papeles, ya le habría pegado.
—¡Te lo advertí! —Pone su uña de manicura francesa en mi rostro,
tan cerca de mi nariz que resisto las ganas de aplastarla—. ¡Aléjate de él!
Le doy mi mejor mirada confusa. —Estoy aquí por una fiesta de
trabajo.
—¿En serio? —Una sonrisa altanera se arrastra sobre sus labios—. ¿Así
que no has estado enviándole mensajes de texto a Jared? Porque de
alguna manera se enteró de que yo sabía su contraseña.
—¿Y cómo fue eso?
La forma en que aprieta los dientes me dice que no muy bien. —Le
pediste que viniera.
—No. Dijo que quería salir a beber algo y le dije que estaría aquí esta
noche —dije despacio, y luego cambié a un tono más condescendiente—.
Creo que deberías preocuparte más por qué Jared quiere quedar con su
ex mujer. Por qué se está desviviendo para ser amigos conmigo.
Su frente se relaja. Puedo ver las ruedas de la sospecha empezar a
girar, la muy segura Caroline dudando. ¿Jared la est á engañando? ¿Lo
haría? Mi trabajo se hallaba listo esta noche. Podría simplemente dejarla
con eso.
Pero, por supuesto, no lo hago, porque su traición ha dejado
cicatrices por dentro. —Me pregunto cómo se sentirá cuando t ú lo pilles
con otra mujer.
—No me haría eso.
La observo, buscando la verdad detrás de eso. No sé si de verdad lo
cree. Si cree que es tan importante para él. —¿No? —Le doy mi propia
sonrisa maliciosa, y sé que es una vencedora porque su cara se pone
blanca. Y después, porque esta mujer aún no ha mostrado una pizca de
arrepentimiento por lo que me hizo, ni ha intentado disculparse, me voy
directa a su yugular para susurrar—: Prometo informarte lo que opino de tu
ducha.
Sus ojos irradian ira. —¡Puta!
Supongo que Lina y Nicki la vieron seguirme y tenían sus cabezas
junto a la puerta porque en el segundo que Caroline chilla, las dos cargan
por la puerta, seguidas de cerca por Ben, Mason y un par de mujeres
curiosas de camino al baño. Muy bien calculado, en realidad. Yo estaba
ahí de pie, con los brazos cruzados, cuando Caroline se abalanzó por mí,
con sus garras.
Consigue arañar mi clavícula y me agarra un poco con sus dedos
del cuello antes de alejarla de un empujón.
Nicki evita más ataques sujetando sus brazos contra su cuerpo. La he
visto inmovilizar a gente antes, así que esto es suave. Aunque dudo que
sea necesario. Por la cara roja de Caroline y el modo en que acaricia el
vest ido, está avergonzada. —Voy a pedir una orden de alejamiento contra
ti.
Toco ligeramente con un pañuelo que Lina me dio el arañazo del
cuello. Y vuelve con unas gotitas de sangre. —Suerte con eso. No he hecho
nada malo. Si recuerdas, me alejé de ustedes. Nunca me he acercado. —
Bueno, técnicamente era mentira, pero ella no sabe del paintball—. No
conseguí su nuevo número de teléfono. No le envié un mensaje de texto a
Jared primero. Y sin duda no acabo de atacarte físicamente. Delante de
testigos. Solo estoy aquí, celebrando con mis compañeros. Y mi novio —
añado, gesticulando a Ben, que me da una mirada exasperada al tiempo
que Mason dirige una a su amigo—. ¿A lo mejor yo debería pedir una
orden de alejamiento contra t i? ¿Qué crees? —Solo para ser una cabrona,
le pregunto a Lina—: ¿Tu qué crees?
—Creo que el juzgado estaría de tu lado, pero no soy ninguna
abogada. —Volviéndose ligeramente, Lina reflexiona—: ¿Qué opinan los
abogados? ¿Tendría Reese un caso aquí?
Mason pasa la mano por décima vez por su cabello. Me pregunto
qué lo estará estresando más, estar en un baño de mujeres o no tener ni
idea de lo que pasa y quién es Caroline. Aclarando su garganta, consigue
decir—: Creo que Reese tendría un caso muy bueno. Es más, deberíamos
llamar a la policía y presentar cargos de asalto ya mismo.
No me lo creo. Pepito Grillo me está defendiendo. Bueno sí, tal vez
tenga más que ver con que quiere agradar a mi mejor amiga, pero…
Le voy a comprar un paquete enorme de toallitas Lysol como forma
de agradecimiento.
—¿Caroline? —Todos nos giramos para ver a Jared entrar en el
lavabo femenino con lo que parece ser el dueño detrás de él. Me aseguro
de borrar cualquier señal de sonrisa en mi rostro y agarro mi garganta de
forma obvia. Tampoco es que Jared se fuera a creer el acto del herido
viniendo de mí, pero…—. ¿Qué está pasando aquí? —Mira de ella a mí, a
la toallita que envuelve mi cuello, y de vuelta a ella sorprendido—. Dime
que no acabas de atacar a Reese en el baño.
La cara de Caroline se vuelve más oscura, aún en un desfavorable
rojo. Creo que el dulce melocotón de Georgia ha sido cazada con los
pantalones bajados, exponiendo su lado menos impropio que una dama
prefiere esconder.
—No voy a presentar cargos. Solo quiero volver a celebrar la noche
de Ben con él. —Enlazando brazos con Ben, que todavía me mira con una
mirada extraña, salgo del baño y cruzo la sala con mi cabeza bien alta, los
demás detrás.
—Estaremos con ustedes en un minuto —avisa Ben, llevándome a
una alcoba pequeña junto a un servicio de entrada, alejados de la sala
principal y de espectadores.
—Claro. A lo mejor Lina puede informarme mientras esperamos —
murmura Mason, mirándome mientras siguen adelante.
Ben alza mi barbilla con su dedo para inspeccionar el arañazo. —No
está muy mal.
—A menos que tenga rabia.
Eso me gana una pequeña sonrisa. —Prácticamente casi t enía
espuma en la boca. Me sorprende que no le devolvieras el golpe. Aunque,
me imagino que todo aquello salió como querías, ¿no, señorita Astuta? —
La sonrisa se desvanece un poco mientras pregunta un poco más suave—:
¿Todo est o fue por él? —Escucho la pregunto escondida. ¿Algo de est a
noche fue por mí?
Mierda. Quizá me equivoqué. Quizá sí que le importa a Ben.
Sus ojos se dirigen a mi boca, recordándome el fin de semana
pasado, haciéndome sentir como si de algún modo lo hubiera traicionado.
A pesar de que no lo hice, porque solo somos amigos, una decisión con la
que los dos éramos muy firmes. Somos muy firmes. Sin embargo, me estoy
empezando a sentir un poco culpable.
—Oye, Reese, ¿estás bien? —Supongo que no nos escondimos tan
bien como pensamos, porque Jared nos ha encontrado fácilmente.
—Está bien. Busca a tu novia loca y lárgate de aquí —responde Ben
por mí, apretando sus manos alrededor de mi cintura como si me sujetara
en mi sitio.
La mirada de Jared se vuelve más severa mientras observa a Ben. He
visto a Jared enfadarse antes, listo para empezar una pelea.
—Ni se te ocurra, hombre —murmura Ben advirt iendo—. Solo date la
vuelta y lleva ese culo magullado a casa.
No acaba de decir eso.
Los ojos color verde claro de Jared se estrechan como procesando,
dirigiéndose de Ben a mí. Y… ahí está. El reconocimiento. Oh Dios mío. Mi
estómago acaba de caer al suelo desgastado de madera. Voy a matar a
Ben.
Jared abre la boca para decir algo, pero una Caroline sollozando
sale del baño de mujeres y, al parecer, está siendo escoltada fuera del
restaurante por el dueño. Agitando la cabeza, Jared se vuelve y la sigue,
lleno de fastidio.
Ben me lleva por el otro lado de la habitación, hast a estar
prácticamente en la cocina.
—¡No puedo creer que me delat aras de esa manera! ¡Ahora él va a
presentar una orden de restricción!
—No lo hará. Y ningún juez lo concederá, de todas formas —declara
Ben, agitando su cabeza—. Por favor, dime que de verdad no quieres
recuperar a ese estúpido.
—No. —Quizá—. Quiero hacerle daño —admito abiertamente. Es la
verdad, y cuando lo digo en alto, no puedo evitar aceptar que Lina tiene
razón: soy una persona mala, mala. Tampoco puedo evitar pensar que
todo esto quizás es demasiado drama para Ben. Quizá levante sus manos y
huya rápidamente de aquí.
Y algo sobre esa idea me hace doler el estómago.
Ben afirma despacio como si de alguna manera entendiera. Eso no
quiere decir que no pueda ver la decepción en sus ojos azules, apagando
mi momento glorioso de malicia. —Sabes que solo te vas a hacer daño a ti
misma al final, ¿no?
—Es un riesgo, sí.
—¿Y por qué molestarse? Podrías estar gastando todo ese esfuerzo
en impresionarme a mí.
Eso se gana la elevación de una ceja. —¿Con el fin de qué?
—Con el fin de una cama grande con sábanas de Buzz Lightyear —
responde directamente.
El resoplido sale espontáneamente. Bueno al menos es consistente.
Doblando mis brazos en mi pecho, lo desafío—: No tienes sábanas de Buzz
Lightyear.
Se encoge de hombros, sus ojos cayendo por mi vestido. —Solo hay
una forma de saberlo.
Mirando detrás de él, tal vez para asegurarse de que no tengamos
espectadores, se gira para mirarme durante un momento largo, buscando
mis rasgos con sus ojos. Aún tengo un poco de humos de venganza, pero
estoy bastante segura de que el repentino acelerar de mis latidos tiene
más que ver con recuerdos de estar en la piscina con Ben que con algo
relacionado con Jared.
—Debo salir de aquí antes de que me meta en problemas. —Hay
una pequeña pausa, y luego una disimulada sonrisa hace esos hoyuelos
aún más prominentes—. Y me debes una por haberme mentido.

—Vives en una casa de estudiantes —digo, asimilando la gran casa


de ladrillos marrones en una zona más antigua de Miami.
La risa de su amigo, Nate, llena el interior mientras Ben explica—: No
es una casa de estudiantes. Solo es una casa grande donde seis chicos
que fueron a la universidad juntos, viven juntos.
—¿Estás seguro de eso? —Salgo del Navigator de Nate y escucho
gritos desde el pórtico donde un grupo de jóvenes beben cerveza y
cantan algo que parece una canción irlandesa de beber—. Porque creo
que tus compañeros aún no lo saben.
Golpeando el capó y agradeciendo a su amigo el viaje, Ben pasa su
brazo por encima de mis hombros cuando el Subaru de Mason estaciona
detrás. —No querías separarte de mí ni por un viaje en auto, ¿verdad? —
dice sonriendo.
—¿Alguna vez has ido en auto con Mason? —Tuve que hacerlo una
vez, durante veinte minutos, para llegar al campus cuando el Audi estaba
en el taller y llovía demasiado para ir en motocicleta. Cuando Ben agita su
cabeza, explico—: Señala sus curvas con medio kilómetro de retraso.
—Y apuesto que le señalaste eso a él.
—¡Es un riesgo de seguridad pública!
—¡Oye, Mace! ¿Cómo va ese indicador de señales? —grita Ben,
mirando por encima de mi hombro.
Me giro a tiempo de ver una mirada de fastidio en mi dirección. Y
luego tropieza en una grieta en la calle y deja caer sus llaves.
—Menos mal que ese tipo es tan listo —murmura Ben con una sonrisa
mientras me dirige hacia adelante, lejos de mis dos mejores amigas, que
han estado llevando ese mismo ceño desde el bar. Esa es otra razón por la
que evitaba el trayecto en auto: no quiero lidiar con una intervención en
este momento.
Subimos las escaleras al pórtico, con el brazo de Ben alrededor mío
de la manera en que me imaginaba que lo haría un novio, chocando los
cinco vagamente a algunos de los que se encontraban ahí de pie.
—¿Por qué vives aún como un estudiante? —pregunto mient ras abre
la puerta.
Consigo mi respuesta inmediatamente. —Porque no es una casa de
estudiantes; es un burdel —corrijo cuando veo la multitud de gente
paseando por todos lados. Algunos solo están descansando en sofás con
cervezas en mano y chicas universitarias apoyadas en sus regazos mientras
ríen y gritan viendo el partido de béisbol en la televisión. Pero otros están
dando vueltas alrededor de un pequeño grupo de mujeres de figuras
desproporcionadas y poca ropa, haciendo como si se interesaran por lo
que dicen ellas, todos con los pantalones bajados hasta sus entrepiernas
con la esperanza de lo que pueda traer la noche—. ¿Por qué no estoy
sorprendida? —grito por encima de la música mala de la casa, cortesía de
un tipo y su mesa de mezclas en una esquina.
Ben está agitando su cabeza en negación pero sonríe. —Estas chicas
no son así. —Mi mirada dudosa lo hace explicarse—: Son chicas de
Penny’s. Solo bailan.
—¿En serio? ¿Y Pastelito? ¿Solo baila para ti? —¿Por qué ella me está
molestando tanto esta noche?
La gente ve a Ben y empieza un fuerte rugido de aprobación y
aplausos.
Sonríe, metiéndome más adentro. —¿Te acuerdas de Travis? ¿De
Cancún? —pregunta Ben cuando nos enfrentamos a un hombre alto, de
cabello revuelto y de buen ver.
El tipo estrecha el brazo. Apuesto a que su gesto confuso hace juego
con el mío. Al menos no era la única con mala cara ahí esa noche. —¿Nos
conocemos?
Señalo mi cabeza. —Solía ser morado, si eso ayuda.
Sus ojos se abren más. —¡No puede ser! —Se vuelve a mirar a Ben—.
¿Por fin la encontraste?
¿Qué? —¿Ben me estaba buscando?
—Trabaja conmigo —le explica Ben a su amigo, apretando su brazo
alrededor de mi cuello hasta que mi mejilla está junto a la suya.
—Dios, no puedo contarte lo enfadado que se puso cuando no le
diste tu número —me cuenta con una risa—. No paraba de hablar de ti.
Oh, est o se pone cada vez mejor. —¿De verdad? —Consigo girar mi
cabeza hasta mirar directamente a la mandíbula cuadrada de Ben—. ¿Me
extrañaste todo este tiempo, Ben? —Sé que no es así, por lo que este tipo
solo está molestándolo, pero sigue siendo gracioso ver a Ben recibir en vez
de dar por una vez.
Ben agita su cabeza, pero se ríe cuando llama a su amigo mentiroso.
Inclinándose y acercando su boca a mi oreja, murmura—: No, solo ansiaba
una nueva camiseta.
Ruedo mis ojos y trato de alejarme de Ben. Es inútil. Estoy atrapada
con él y no parece querer dejarme ir. Decido seguir adelante, y me quedo
allí mientras su amigo y él hablan sobre un intercambio de fútbol y una
piscina.
Y cuando mi móvil empieza a vibrar en mi bolsillo, no tardo en
sacarlo y leer el mensaje de texto:
¿Realmente eras tú? Mi corazón salta.
—No, no, no —murmura Ben, con toda su atención en mí otra vez
mientras rápidamente arranca el teléfono de mi mano.
—¡Entrometido! —Aparto su cara mient ras levanta el brazo por
encima de su cabeza con una sonrisa. No dudo que le gustaría que lo
escale como un árbol, pero no voy a hacerlo.
—Rompió ese negro corazón tuyo. Y ahora está casado. No seas
tonta.
—¡Simplemente se asegura de conocer bien los hechos antes de
arrestarme! —añado—. Y pensé que eras Suiza.
Acuna mi nuca con su mano y me mira fijamente con sinceros ojos
azules. —Lo soy. También soy un amigo preocupado. No le respondas.
Nada escrito. Ese es mi consejo legal. —Mira sobre mi hombro y grita—:
¡Oye, Lina! Ven a hacerle entrar en razón a tu loca amiga por mí.
Lo fulmino con la mirada pero solo sonríe, inclinándose hacia abajo
para colocar un rápido beso en mis labios. —No me dejes así está noche.
—¿Cómo?
Tira mi cuerpo contra el suyo y obtengo mi respuesta, un segundo
antes de que dos manos feroces agarraren cada uno de mis antebrazos.
Nicki y Lina me arrastran fuera al pórtico mientras mis ojos permanecen fijos
con Ben.
—Está bien, derrámalo, MacKay —demanda Lina y prácticamente
me empuja en una de las pocas sillas disponibles. Afortunadamente no
tenemos público, ahora que los chicos se han t rasladado para beber
adentro.
Nicki intenta un enfoque ligeramente diferente, tomando asiento
junto a mí, así que estamos a nivel de los ojos. —¿Qué está pasando
contigo, amiga? —pregunta suavemente, dándome una cerveza.
Con un gemido, dejo caer mi cabeza en mi mano libre.
Y entonces les cuento todo. Incluso la emboscada de paintball, que
por suerte lo encuentran más humorístico que inquietante. Cuando he
terminado, me encuentro frente a dos pares de ojos, uno más severo que
el otro, pero ambos con empatía.
—¿Se acostó con ella casi todo el t iempo que estuvieron casados?
—pregunta Nicki, y sus ojos se abren con incredulidad—. Simplemente no lo
entiendo. Parecía tan interesado en ti. No hubo señales que me hicieron
pensar “tramposo”. ¡Ni una sola!
Lina suspira. —No sé qué decir sobre todo esto, Reese. ¿Es sano? No.
¿Vas a salir lastimada otra vez? Sí. ¿Merece la pena? —Hace una pausa,
como para hacernos pensar en ello—. No. Quiero decir, esa perra merece
lo que le viene y va a conseguirlo al final, no te preocupes por eso. El
karma nunca se olvida. Pero no tienes que encargarte tú. No hay ninguna
razón para que te mantengas en contacto con el idiota. Lo que ustedes
tuvieron ha desaparecido y aunque vuelvan a estar juntos, nunca va a ser
lo mismo. ¡No vas a volver a confiar en él otra vez!
—Te dije, ¡no quiero volver con él!
El rostro de Lina se vuelve amargo. —Necesito un trago para lidiar
con tu terco culo. Tu turno, Nicki. —Observo el esbelto cuerpo de Lina
marchar rígidamente a través de la puerta, preguntándome por qué de
repente mi mejor amiga parece tan enojada conmigo. Pasamos mucho
tiempo juntas y nunca me ha juzgado.
—Está preocupada por ti —confirma Nicki, apretando mi mano—.
Todos lo estamos. Sé que lo amabas pero el tipo es una pérdida de tiempo,
Reese. Ojalá te dieras cuent a de eso.
Inclino mi cabeza hacia atrás y suelto un gruñido exagerado. —¡Me
doy cuenta!
—Bueno, ¿entonces cuándo vas a terminar esto? ¿Hasta dónde vas
a ir con esto?
—Todavía no he decidido. —Esa es la verdad. He interpretado unos
cuantos escenarios en mi cabeza, pero no he elegido ninguno de ellos.
—Bueno... —Una sonrisa irónica aparece en sus labios—. Al menos
tienes a Ben para mantenerte ocupada.
—Así es —concuerdo, sonriendo mientras miro sobre mi hombro
hacia la ventana.
Para ver a una rubia platino acercándose a Ben mientras éste le
sonríe. —Mierda. ¿Cuándo llegó aquí? —¿Qué pasó con esos tipos que
iban a mantenerla entretenida? Creo que ella no desea a cualquier
abogado.
Desea al mío.
Tomo un largo trago de mi cerveza mientras trato de darle sentido a
la sensación apretando en mis entrañas. ¿Es celos de que él haya estado
con ella? ¿Decepción de que esa sonrisa no está reservada solo para mí?
—Bueno, será mejor que entres allí antes de que ella muestre sus
movimientos de stripper —dice Nicki, parándose. La imito y me encuentro
cara a cara con Mason.
—Hola. —Su rostro se arruga un poco—. ¿Puedo hablar contigo un
momento? —Miro sobre su hombro, pero no hay ninguna señal de Lina—.
Está dentro —afirma, agregando—: Tomando chupitos con Kent y Travis.
—Ooooh... —Nicki y yo gemimos al unísono—. Lina más chupitos es
igual a vomito mañana. Asegúrate de tener una cubeta —le advierto a
Mason, añadiendo—: Y sosten su cabello. —Mason no sabe lidiar muy bien
con tareas de vómito para novios. Esto puede resultar una verdadera
prueba en su relación.
—Te veo adentro —dice Nicki con una palmadita en el hombro,
dejándome sola con mi hermanastro. Me siento de nuevo en la silla y él se
une a mí para sentarse en silencio mientras veo un gato callejero cruzando
la calle, sus ojos brillando intensamente contra los faros de un coche que
se acerca.
—Así que... Creo que sé lo que está pasando.
—Eres t an inteligente. —Lo alcanzo para acariciar su cabeza y él
apart a mi mano, con un molesto ceño en su rostro.
—Sabes, cuando te mudaste, est aba seguro que intentabas estafar
a Jack. Pero hasta ahora no has hecho nada más que trabajar y no tratar
de actuar demente. Mi papá está muy contento, Reese. No lo veo tan feliz
en mucho tiempo. —Hace una pausa—. Y no estaría feliz si supiera lo que
estabas haciendo.
Está usando el recurso de Jack. Y está funcionando, la culpabilidad
se deposita sobre mis hombros como un peso muerto. —¿Te refieres a lo
que estoy haciendo con Ben o con Jared?
—Ambos. —Mason se detiene—. Sabes, las relaciones no se suponen
que sean así, Reese. No sé si vas detrás de los tipos así porque eres un a
masoquista o porque nunca has visto cómo es una relación decente,
pero…
—No ando t ras Ben —espeto—. Y lo de Jared fue todo corazón sin
razonamientos. Esa es la única manera en que puedo describirlo.
—¿Y usaste tu cabeza esta noche? —insiste—. Porque me da la
impresión de que crees que tienes una cuenta pendiente con tu ex.
—¿Qué te importa, Mason? Entiendo que quieras ser amable
conmigo debido a Lina, pero no trates de ser mi hermano mayor.
—Eso no es... —Sus labios se fruncen con firmeza—. ¿No te has
preguntado por qué tu mamá es cómo es? ¿Qué la hizo tan cruel? La
gente no crece así solo porque sí.
—No, no me lo pregunté, Mason. Intento no pensar en Annabelle. —
Mi irritación está creciendo con cada segundo. ¿Dónde diablos está Lina?
Tiene que venir a buscar a su novio.
—Bueno, creo que tenía algo que ver con lo que pasó entre tu
padre y ella. Creo que nunca lo superó, y por eso le hace daño a buenos
hombres como Jack.
—¿Y qué es lo que pasó entre mi padre y Annabelle, Mason? Porque
me encantaría saber y te seguro que no tengo ni idea. ¿Tú sabes? —
Aprendí a una edad muy temprana que mencionar a Hank MacKay no me
llevaba a ningún lugar más que a mi habitación. Annabelle podría haber
vociferado acerca de mi padre, pero lo que decidió hacer fue mucho
peor. Solo fingió que él no existía.
—No, no lo sé —confiesa—. Pero sé que t odos odiaríamos que te
convirtieras en ella. —Suspira—. Supe que ella engañaba a mi padre ant es
de él. La oí en el teléfono, una noche. No estaba seguro de con quién era.
Entonces, cuando mi padre los atrapó... —La mandíbula de Mason se
aprieta—. Odiaba verlo llorar por ella.
Un nudo se aprieta en mi garganta. ¿Jack lloró por Annabelle?
Nunca vi que Annabelle derramara una lágrima por Jack. De hecho, no
creo haberla visto llorar desde el día que la vi prender fuego una caja con
las cosas de mi papá en la entrada. Permaneció allí, sus brazos alrededor
de su cuerpo, ignorando mis preguntas, hasta que no quedaba nada más
que cenizas.
—Bueno, no soy Annabelle y nunca me compares con ella.
La boca de Mason se tuerce para arriba. —Realmente espero que
eso sea cierto, Reese.
—Bien. —Me levanto, luchando para anular la burbuja de dolor que
está aumentando—. Voy a unirme a tu novia para algunos chupitos. —Giro
en la esquina y camino por la puerta.
Y encuentro a Ben con Pastelito pegada en su pecho.
Traducido por Eli Hart
Corregido por Aimetz Volkov

Mierda. Esto no ayuda ahora. Miro a Mercy, a sus tetas artificiales


presionadas en mi pecho. Apuesto a que Mercy era copa A ó B, máximo,
antes de los implantes. —¿Te t omaste toda la noche libre?
Se encoge de hombros y luego me ofrece una sonrisa tímida.
Mierda. Estoy medio borracho y ahora tengo sus pezones frotándose
contra mí. ¿Dónde diablos está Reese? No debió irse sin su teléfono y no se
lo voy a regresar hasta mañana. Lo último que necesito que haga es que
le responda. Que deje la fiesta para ir a verlo. ¿Para hacer qué? ¿Follar al
chico por venganza?
No debería importarme, pero me importa. Solo estoy pasándola mal
imaginando exactamente por qué. No me gusta ver a mis amigos cometer
errores estúpidos, pero me sient o perdido por toda la situación. Tomo un
largo trago de cerveza mientras intento descifrar si estoy más molesto por
que ella actúe como una idiota o por andar follando con otro chico
cuando quiero ser el que la folle. La mujer me ha volteado de cabeza. Ben
Morris no se preocupa por este tipo de mierda. Ben Morris se deja llevar por
la corriente. ¡Ben Morris es un maldito suizo! Puede tener un sexy trasero
donde sea y cuando sea que lo quiera, sin cadenas.
—¿Estás molesto por algo? —Mis ojos encuentran las doble D de
Mercy esperándome cuando bajo la mirada. Ejemplo de ello. Aunque esto
ya no parece sin ataduras.
Le doy mi mejor sonrisa con hoyuelos. —¿Parezco molesto? —Mierda,
¿lo parezco?
—Así que, ¿qué pasa con esa abogada de tu oficina? —pregunta
inocentemente.
—Solo es una amiga —admito, sin molestarme en corregirla en la
parte de abogada.
—¿Una amiga como yo? —Su mano se desliza por el frente de mis
pantalones. Mercy se ríe cuando siente la erección que he estado
cargando desde que Reese entró al bar con ese vestido rojo—. Entonces
¿esto está bien? Digo, podría unirse si quisiera.
Lucho por evitar que la cerveza salga de mi boca con mi ataque de
risa mientras imagino la cara de Reese en respuesta a esa propuesta. Es
seguida por un torrente de sangre al sur. Demonios, eso podría ser ardiente.
¿Me pregunto si se uniría?
Manos frías se deslizan hacia arriba, debajo de mi camisa y luego
otra vez abajo a mi cinturón. —¿Quieres ahora tu regalo?
Oh, demonios. Paro sus dedos con mi mano. ¿Dónde está Reese? Sus
amigos están en la mesa bajando tragos de tequila y Jager, pero ella no
está ahí. Escaneando la multitud, encuentro los ojos de Kacey. No sé lo que
la trajo aquí. La saludo con la mano. Responde con un asentimiento hacia
Mercy y luego una mirada de “¿qué estás haciendo?”.
—Te dejo solo dos minutos… —Escucho a voz de Reece, mezclada
con molestia, viniendo de mi izquierda y rápidamente hago malabares
para salir del agarre de Mercy para envolver mis dos brazos alrededor del
cuerpo de Reese en un abrazo apretado.
—Por favor, no me vuelvas a dejar —susurro en su oreja—. No tengo
defensa contra ella.
—Idiota —murmura, mirándome. No puedo saber, pero creo que
está genuinamente molesta conmigo. Definitivamente hay una chispa de
molestia en esos hermosos ojos.
Así que dejo caer un beso rápido como un rayo en sus labios y
ruego—: Sálvame de su silicona.
Inclina la cabeza un lado, su mirada cayendo a mi boca. —Sabes
que eres un cerdo, ¿verdad? —Pero la mordacidad se fue de su tono. De
hecho, la siento acercándose más a mí.
—Sí, pero soy t u cerdo esta noche
—No estabas mintiendo.
Sonrío. —Mamá me compró dos juegos.
—Ni siquiera pensaba que las hicieran para camas así de grandes —
murmura, trazando con su dedo un Buzz Lightyear sonriente. Su mirada
vaga por mi habitación, las simples cortinas negras, un par de botellas de
cerveza vacías en el vestidor, y una pared de animadoras de fútbol medio
desnudas; cada póster firmado y personalizado para mí—. Es exactamente
como la imaginé. —Se acerca para leer uno de los mensajes y luego niega
con la cabeza—. Así que, ¿cuándo planeas madurar?
—Nunca. Solo dime Peter Pan. —Ni siquiera noto los pósters ya. Son
como papel tapiz. Pensé en tirarlos cuando me mude, sea cuando sea
eso. De hecho he comenzado a revisar periódicos en busca de un nuevo
apartamento de una recámara, pero la idea de vivir solo no es atractiva.
Esa es la cosa de vivir en una casa con cinco chicos, siempre hay alguien
aquí, siempre personas yendo y viniendo. Justo como crecer con mis
hermanos y Elsie.
Crecí en ese tipo de caos.
Me mira tímidamente sobre su hombro antes de que su atención se
desvíe a otro póster, uno de una animadora de los Vaqueros de Dallas, a
quién conocí en un partido y quién desarrolló un enamoramiento hacia mí.
—Entonces ¿todas estas son hadas? ¿Dónde están sus alas?
—Removibles —ofrezco, dando dos pasos lentos hacia ella, cuando
sus hombros desnudos y suave piel ruegan ser tocados. Luego de la serie
de “casi”, no puedo creer que finalmente tenga a Reese en mi habitación.
Nunca me he esforzado tanto por acostarme con alguien en mi vida.
—Como sus bragas, seguro que lo descubriste rápido —la escucho
murmurar por lo bajo, pero sus ojos siguen analizando la pared, con su
mandíbula apretada.
—Qué si te enfocas menos en esas mujeres y más en el chico pronto-
a-estar-desnudo a tu lado. Si eso es lo tuyo… me lo sigo preguntando.
Gruño cuando su duro codo vuela para golpear mi estómago, pero
no me disuade de quitar su cabello de su hombro, dándole acceso a mi
boca a su delgado cuello.
—Ya sabes, eres muy diferente de lo que pensé —ronronea, dejando
que su cuerpo caiga de regreso a mi pecho, inclinando su cabeza para
darme una vista completa de la parte superior de su vestido.
No puedo evitar agarrarla por las caderas y balancear ese trasero
suyo contra mí, para dejarle saber cuánto la deseo. Mueve sus caderas en
respuesta; tan simple movimiento y aún así me está volviendo loco.
—¿Cómo así? —He estado mirando su vestido por puntos de acceso
toda la noche, así que sé que la cremallera corre por su caja torácica en
lugar de la espalda. Deslizando mis dedos debajo de su brazo, localizo el
deslizador y tiro de él despacio. Lo apretado de la parte superior del
vestido cede de inmediat o, haciendo que el material se doble sobre sí
mismo y caiga para descubrir un sujetador de encaje a juego. Otro
movimiento rápido de mis dedos y lo tengo cayendo en el suelo.
—No sé. Tú solamente… —Sus palabras se desvanecen en un suspiro
pesado cuando lleno mis manos con sus tetas, intentando no apretarlas
demasiado. No sé qué hay en su forma de suspirar, pero hace que mi
habilidad de contenerme desaparezca.
Deslizo mis manos hacia su cintura, mis dedos haciendo un camino
debajo del vestido y bragas hasta que soy capaz de jalarlas a la pila en el
piso, y se las quita sin mi petición. Pateándolas fuera del camino, agarro su
cintura y la giro para que me mire. —¿Diferente en el buen sentido? —
pregunto con una sonrisa juguetona y la presiono contra la pared, para
luego separar sus piernas, lo suficiente para hacerme espacio mientras
coloco mi cuerpo entre ellas.
No mentiré. He estado en esta posición exacta con mujeres muchas
veces. Pero estar aquí ahora, con Reese, de alguna forma se siente nuevo.
Su respiración se acelera, sus brazos se mueven para envolverse
alrededor de mi cuello e inclinarme a su boca, deslizando su lengua dentro
y fuera antes de que pueda atraparla. —Sí —gime, y no estoy seguro de si
es un sí a mi pregunta o a lo que viene. Sus dedos arañan mi espalda, y mi
camisa se agrupa en sus manos, recordándome que sigo completamente
vestido. Algo de lo que me olvidé, distraído por el sabor y suavidad de sus
tumultuosos labios vengativos de mujer.
Mi caballo salvaje.
—¿Por qué siempre termino desnuda antes que tú? —Siento sus
manos frías regresar bajo el dobladillo de mi camisa para arrastrarla hacia
arriba. Me alejo lo suficiente para sacarla por mi cabeza y quitarme los
zapatos, luego me sumerjo de nuevo en ella.
Dos manos presionando contra mi pecho me detienen.
Mordiendo su labio inferior de una forma que me hace querer alejar
sus manos así puedo morderlo por ella, suspiro. Sus dedos evalúan las
crestas de mi pecho, viajando hacia mi estómago.
—Te encanta mi cuerpo, ¿no? —murmuro.
Ojos cálidos se levantan para encontrar los míos, taladrándome con
una intensidad que no esperaba, y no puedo evitar inclinarme, con más
que urgencia por sentir su piel. Otra vez, sus manos me empujan para
detenerme.
—Ha pasado un tiempo para mí —admite, bajando su mirada a la
hebilla de mi cinturón y aleteando sus largas pestañas. ¿Está nerviosa?
—¿Desde tu ex? —Estoy muy seguro que la respuesta a eso es un sí,
dado lo que escuché la otra semana cuando sorprendí enferma a Reese
en su casa.
Un simple asentimiento me responde. Bajando, sus dedos trabajan
rápido en mi cinturón y cremallera, hasta que los pantalones de vestir que
usé hoy cuelgan abiertos, mostrando el gran bulto que tengo debajo de
mis calzoncillos. Atrapo sus muñecas y amablemente las alejo, dándome
espacio para acercarme hasta que el frío metal de su perforación se
encuentra con mi pecho. Me inclino para besar la esquina de su boca. —
Entonces solo dime cuán rápido o lento ir, ¿de acuerdo?
En respuesta, sale de mi ligero agarre. Un brazo va hacia atrás para
entrar en mi bolsillo trasero, buscando mi cartera. Saca el condón y lanza
mi cartera a un lado como si fuera basura.
—Bueno, al menos pareces recordar lo básico —murmuro de forma
irónica.
—Oh, recuerdo más que lo básico. —Sus palmas se deslizan con
lent itud hacia el frente de mi cuerpo, memorizando las superficies, hasta
que sus manos se enrollan en mi cuello y su cabeza cae hacia atrás para
mirarme con una sonrisa—. Solo espero que seas decente o toda esta
acumulación será bastante decepcionante.
Mi cabeza cae hacia atrás cuando una fuerte carcajada se me
escapa. También yo. Nunca he tenido un problema, pero con esta chica…
Siento un repentino caso de nervios. —Mientras pueda pasar entre esas
telarañas, debería estar bien.
Gracias a la lámpara que encendí cuando entramos, veo sus mejillas
cambiar de color. Tal vez es la razón por la que decide dejar el condón en
mi mano, y bajar mis pantalones y calzoncillos, apenas haciendo esfuerzo
al pasar el elástico alrededor de mi polla.
Mis caderas se alejan por la reacción. —¡Oye! ¡Por qué intentas
romperla! —Incapaz de dejarla tomar el control aquí, ya sea que esté
enojada o nerviosa; como sea, mi parte corporal vital no se convertirá en
una víctima, pongo sus manos sobre su cabeza con un brazo antes de
quitarme los pantalones y calzoncillos.
Abre su boca para decir algo pero la corto con un beso profundo,
deslizando mi lengua dentro para tomar completo control de su boca,
mientras mi mano libre sube por el interior de su muslo.
Tal vez esté nerviosa, pero está suave y mojada y tan malditamente
lista.
—A la mierda el juego previo —gruñe contra mi boca, levantando
una pierna para rodear mi muslo y jalarme contra ella. Sus manos luchan
contra mi agarre, pero no cedo.
Estoy dividido entre reír y gruñir. Mierda. En general intento mantener
mis pantalones puestos tanto tiempo como sea posible porque una vez
que están fuera, tengo cinco minutos límite hasta que necesite entrar en
algo. Y necesito entrar en ella. Ahora. Está tan cerca. Solo una maniobra
rápida y estoy dentro. ¡Y luego tiene que ir y decir eso!
Excepto, que el pequeño lloriqueo que intenta reprimir mientras mi
pulgar y dedos se mueven dentro de ella es suficiente para contenerme.
Liberándome de su boca para cambiar mi atención a su cuello, me tomo
mi tiempo inhalando esa esencia de fresas y crema mientras mi lengua
recorre las curvas de su clavícula. Su cuerpo sigue retorciéndose contra mi
mano, su respiración haciéndose más irregular y desigual. Mantengo esas
manos pegadas sobre su cabeza hasta que pierdo mi alcance mientras
me pongo de rodillas en el suelo.
—Necesito más tiempo para… —jadea cuando mi lengua alcanza la
primera dulce probada de ella, al tiempo que mis brazos se aprietan
debajo de sus muslos y mis hombros mantienen su cuerpo retorciéndose
contra la pared.
Grita, agarrando mi cabello en puños hasta que me duele el cráneo.
No me importa una mierda, vale la pena el dolor para su reacción. Es en
momentos como este que estoy feliz de poder soportar casi el doble de mi
peso, porque no tengo problemas para mantener quieto su cuerpo.
Mi nombre sale de su boca en un gemido al tiempo que un golpe
seco suena al golpear su cabeza contra la pared. —Bien, de acuerdo. —Se
resigna al hecho de que no la voy a dejar ir. Sus dedos lentamente pierden
el agarre en mi cabello, hasta que están frotando mi cabeza donde duele
y sus muslos se abren mientras se relaja ligeramente. ¿Y cuando se viene?
Jesús.
Como que desearía que la música no estuviera tan fuerte porque si
los chicos hubiesen escuchado eso, yo estaría recibiendo palmadas por
semanas.
El último temblor de su cuerpo apenas termina cuando estoy de pie.
Cae contra mí pero la levanto y cargo a la cama. Luego de dejarla
amablemente, me estiro hast a mi mesa de noche por otro condón; no voy
a buscar el que está en el suelo.
Sus ojos están entrecerrados mientras me mira, un balance perfecto
a esas nerviosas mejillas e hinchados labios que debí darle por besar tan
duro. Absolutamente sexy.
—No te me vas a quedar dormida, ¿o sí? —bromeo, estirándome
sobre ella. Si lo hace, moriré.
Una sonrisa maliciosa curva su boca mientras una mano acuna mi
nuca y la otra se estira para guiarme dentro de ella. —Si lo hago, entonces
estás haciendo algo terriblemente mal —susurra, sonriendo irónicamente, y
añade—: Solo no me lastimes.
—¿Crees que soy un novato? —¿Lastimarla? Sería afortunado de
entrar completamente dentro de ella sin perder el control. Y luego luciré
como un novato. Se siente tan malditamente bien y estrecha. Mejor de lo
que recuerdo haber sentido en mucho tiempo. Y diferente. Estoy seguro de
que es solo la anticipación, arrastrada por meses y múltiples intentos
fallidos.
Una profunda risa gutural se le escapa, y sus músculos se contraen
haciéndola apretar a mi alrededor.
—¿Qué tal si contienes la risa hasta después? —bromeo, haciendo
rechinar los dientes. Y luego la estoy besando feliz de tener su lengua en mi
boca otra vez mientras embisto lentamente, deslizando una mano bajo sus
caderas para levantarla y ponerla en un buen ángulo.
No pasa mucho antes de que no haya rastro de humor en sus
características; sus ojos quemando los míos, su hábil cuerpo deslizándose
contra el mío, su respiración haciéndose áspera mientras nos balanceamos
contra el otro, tomando velocidad e intensidad rápidamente. Duras uñas
se clavan en mis omóplatos mientras demanda—: Más profundo. —Y
gruño, sabiendo que no duraré otro minuto así.
Levanto su cuerpo y me giro para recostarme sobre mi espalda y
disfrutar la visa de una Reese desnuda montándome.
Fant ást ico. Est o t e ha ganado t reint a maldit os segundos, como
máximo, idiot a.
Cuando miro esos pechos naturales en forma de gota botar como
solo pueden los reales, y sus dedos se ondean con los míos, descansando
contra sus muslos, corto eso a diez segundos, máximo.
Y cuando sus primeros gritos suenan poco después, sé que ni siquiera
llegaré tan lejos.
Traducido por Valentine Rose
Corregido por Karool Shaw

Estoy envuelta en un par de poderosos brazos antes que incluso sea


consiente. Me toma un par de parpadeos y fallidos latidos concentrarme en un
hermoso rostro, y la sonrisa allí me deslumbra.
—Momento de levantarse.
—¿Quién te dejó entrar? —gruño, sintiendo mi ceño fruncirse ante el hecho
de que estoy completamente desnuda, y no pasa desapercibido el hecho que él
está vestido por completo.
—Esta es mi habitación, ¿recuerdas? —Me pone de pie—. Venga. Son casi
las once.
—Sí, claro. —Gateo de vuelta a la cama y jalo las mantas sobre mi cuerpo.
Desaparecen tan rápido como vinieron—. Pervertido —murmuro.
—Tenemos que viajar.
—Creo que es mejor por todas las fiestas que me des otra hora —murmuro,
rodando sobre mi estómago. Esta podría ser muy bien su manera de sacarme de
su cama. Ahora mismo, no me importa. No nos quedamos dormidos hasta
después de las cinco de la mañana.
Hay un largo silencio.
—Deja de mirar mi trasero —murmuro contra la almohada.
Siento grandes manos cálidas recorrer mis piernas. —No puedo evitarlo.
—Creí que estabas apurado.
—Solo necesito cinco minutos.
—Como si no supiera eso. —Sonrío, ganándome una palmada en mi
trasero.
—¿Estás quejándote? Porque, por lo que recuerdo, no te quejabas
anoche. No a la primera o a la segunda… —Ben modera su peso cuando se sitúa
encima de mí, su boca contra mi oreja—… o a la tercera, o a la…
Volteo la cabeza para robar sus palabras con un duro y rápido beso. Luego
ruedo y miro hacia otra parte para esconder mi gran sonrisa. Esa le diría lo mucho
que no me quejo sobre anoche.
Anoche fue… inolvidable.
—Bueno, podría usar esos cinco minutos ahora para algo más agradabl e
como cepillarme los dientes —miento cuando su mano se desliza entre mis piernas
y en mí.
Levanto la mano para golpearlo descuidadamente. —Eres tan romántico.
—Ni siquiera finjas que el romance es lo tuyo —replica. De repente, su peso
desaparece. Cuando me atrevo a mirar sobre el hombro, su camiseta ya fue
sacada y está sacando sus pantalones. A la velocidad de un muy buen experto,
en segundos tiene un condón puesto y vuelve a estar encima de mí, presionando
su excitación contra mi mulso mientras una mano se desliza bajo mi estómago
para obligarme a ponerme de rodillas. No sé si Ben tiene una posición favorita
todavía pero, por lo que aprendí anoche, ciertamente se decide por esta.
—¿Qué estamos haciendo? —Mierda. No quería decirlo en voz alta.
Simplemente… pensé que después que obtuviera lo que quería anoche, ya
habría perdido el interés.
Una gran y confiada sonrisa aparece en su rostro. —¿Qué parece que
estamos haciendo? —No puedo garantizar si sabe a lo que me refiero en verdad
y simplemente está evitando la pregunta. Pero entonces se inclina para besar mi
hombro—. Voy a la arboleda hoy. Las mandarinas están un par de semanas antes
de tiempo, y mamá tiene un montón de pedidos. ¿Quieres venir? Me quedaré
toda la noche.
¿La arboleda? Una oleada de emoción me invade. Me he sorprendido
pensando en Wilma y aquella casa seguido estas semanas; mientras miraba las
calles ocupadas de Miami, o sentada en la sencilla, pero moderna casa de Jack
en los suburbios, preguntándome y esperando poder ir nuevamente.
Ahora tengo la oportunidad y es porque Ben me ha invitado.
Dos elementos que encuentro igualmente emocionantes.
—Te dejaré conducir el tractor —ofrece en una tentadora voz, como si
estuviera persuadiendo a un niño con un dulce.
No contesto con palabras, simplemente lo miro sobre mi hombro,
mostrándole mi genuina sonrisa.
Me gano otra en respuesta: una suave y juvenil sonrisa mientras me mira. —
Pero primero…
—Lamento que lleguemos tarde, mamá. —Observo como Ben alza en
brazos a su madre y da vueltas antes de dejar un beso en su mejilla, justo como lo
hizo la última vez. Lo admitiré… provoca que mi corazón se enloquezca—. Reese
se toma todo el tiempo para ponerse linda.
I diota. —Sí, claro —murmuro con indiferencia mientras Ben se entretiene
con un emocionado Quincy. Me dio diez minutos para bañarme, cambiarme y
empacar algunas cosas para la noche, paranoico que Jack llegaría para
encontrarlo en la entrada. Ni siquiera vendría a la casa. La historia oficial es que
me quedaré el fin de semana en lo de Lina y Nicki. Ya les hemos mandados
mensajes y a Mason para hacerles saber. Ninguno de ellos contesta sus teléfonos,
pero asumo que es gracias a la horrible resaca, y Mason jugando a la niñera con
Lina.
—Y yo que pensé que lucías así de hermosa solo al salir de la cama —dice
Wilma, acercándose para envolverme en un cálido abrazo—. ¿Le debería
golpear yo, o lo harás tú?
—Oh, le haré pagar por eso —prometo, sintiendo todo tipo de extrañeza y
calidez con su gesto. ¿Así es una mamá normal? ¿O Ben tuvo suerte?—. Es todo
un personaje, ¿no? —reflexiono.
El rostro de Wilma brilla con orgullo. —Sí, lo es. —Hay una larga pausa y
tengo la sensación que está muriendo por comenzar a hacer preguntas
entrometidas sobre mi relación con su hijo. Pero no lo hace. En su lugar, levanta la
mano para tocar el lado inferior de mi cabello—. Me encanta el color. Te sienta
bien.
Sonrío, pensando en cuán diferente sería la respuesta de Annabelle.
—Muchas gracias por renunciar a tu fin de semana para ayudar. Los
pedidos llueven y el equipo de temporada comienza en otras dos semanas más.
—¿Bromeas? —Dejo que mis sentidos asimilen todo a mi alrededor: el
pacífico silencio, la casa que puede que necesite un arreglo, pero aún es
impresionante, los gigantes robles que le da a la propiedad una cierta sensación
romántica e inolvidable, y exhalo con gratitud—. Estoy feliz de haber vuelto tan
pronto. —Hay algo que no es tan encantador sobre la Arboleda Bernard Morris,
pero está bastante escondido en el granero, tal vez inundándose en una botella
de whisky.
—¿Vienes? —grita Ben, subiendo al viejo tractor y poniéndose el sombrero
de vaquero que cuelga del reverse del asiento, una vista que provoca algo
excitante en lo bajo de mi vientre. No me atraen los vaqueros. Todos los que he
conocido dejan mucho que desear.
Hasta ahora.
—Creí que dijiste que yo podría conducir.
—Miento para que las chicas lindas hagan cosas. ¿Aún no te has dado
cuenta? Puedes sentarte en la carreta o aquí. —Acaricia el pedazo de metal
junto a su asiento, que cubre el gigante neumático.
En su lugar, subo y salto a su regazo. —De acuerdo. Ambos podemos
conducir.
—Puede que esta no sea una… —comienza a decir, pero enciendo el
motor, y el ruido del tractor pone fin a sus palabras—. ¡Está bien, tú lo pediste! —
grita, poniéndolo en marcha y, con una brazo fuertemente alrededor de mi
cintura, envía al tractor dando bandazos hacia delante por el camino.
Toma el mismo camino que tomó hace unas semanas en el buggy, solo
que esta vez mucho más lento y no tan lejos. —¡Nunca me he subido a un tractor!
—grito cuando voltea a un camino más estrecho y apaga el motor.
Percatándome de los globos naranjos que cuelgan con las hojas verdes,
pregunto—: ¿Esas son mandarinas?
Una mano quita mi cabello del camino y luego la boca de Ben roza mi
cuello, el calor enviando hormigueos por mis dedos. —Algún tipo de cítrico.
Alcanzo y robo su sombrero de vaquero. —¿Es un término técnico?
Me contesta bajando su mano y desabrochando mis vaqueros.
Mis ojos se agrandan mientras echo un vistazo a nuestro alrededor para
asegurarme que estamos completamente solos. —¿Qué crees que haces?
—Resolviendo el problema que creaste al rebotar en mi regazo en estos
diez minutos.

—Entonces —lo escucho decir, mi cabeza descansando en su amplio


pecho—, quieres renunciar a tu trabajo y convertirte en un agricultor de naranjas,
¿eh?
Sonrío, estirando mis piernas alrededor de un cajón a mis pies. Hay quince
de ellos ocupando espacio en la carreta que dejamos detrás del tractor, en la
que ahora estamos acostados. —Depende. ¿Conducir un tractor es una
gratificación diaria? —Tan adolorida como estoy por lo de anoche y esta
mañana, en el segundo que Ben me bajó mis vaqueros, no pude subir a su regazo
lo suficientemente rápido. Cualquiera que estuviera escondiéndose por ahí tuvo
un gran espectáculo.
Suelta una risa, pero no responde.
—¿Para ti? —pregunto finalmente.
—A veces. Es relajante estar aquí. Tengo muchos recuerdos buenos, con
mis hermanos. Pero… —Su voz se desvanece. Levanto mi cabezo para atrapar la
mirada distante que tiene en su rostro; Ben perdiéndose en sus pensamientos—,
no trabajé duro en la escuela de leyes para nada. Y estaría lidiando con este
desastre —dice, señalando con pereza hacia la casa—. Costaría una fortuna
renovar esa casa, y ¿qué demonios se supone que haré con eso?
—¿Es solo por eso? —Algo me dice que hay más aparte del desastre en el
granero.
Abre sus ojos y me mira. —¿Qué? ¿Crees que solo porque te dejé recoger
mis naranjas, puedes hacer preguntas personales ahora?
No estoy segura si está molesto por la pregunta pero, a juzgar por la
orgullosa sonrisa en su rostro, estoy segura que su referencia a “recoger mis
naranjas” no tiene nada que ver con la fruta. Levanto la mano para doblar su
oreja. —Creí que eran mandarinas.
—¡Au! —se queja, pero es seguido por una sonrisa mientras agarra mi mano
y la jala para situarla bajo la suya sobre su pecho. Espero en silencio,
observándolo hasta que por fin habla—: Recuerdo notar el whisky en el aliento de
mi papá cuando se casaron. Según ella, él era un hombre distinto en ese
entonces. Tal vez es verdad. Todo lo que sé es que siguió empeorando, hasta que
me avergonzaba cuando alguien venía.
Lo lamentaba por él. Al menos Annabelle podía mantener al límite su licor.
Pero en aquellas noches que no lo hacía, iba a casa de Lina en lugar de llevarla a
casa. Los padres de Lina ni siquiera tocan el alcohol.
—Le gustaba salir los viernes por la noche. Cuando tenía dieciséis,
comenzó a salir y no volver a casa hasta al otro día. Nunca dijo dónde se
encontraba, y cuando le preguntaba, simplemente me decía que me ocupe de
mis malditos asuntos. Me enfadaba porque sabía qué le hacía a mamá. Saldría
de su cuarto, sus ojos hinchados y con oscuros círculos por la falta de sueño. A
veces pasaba afuera de su habitación y la escuchaba llorar. Resulta que mamá
sabía dónde estaba, qué hacía, o con quién lo hacía, todo el tiempo.
—¿Entonces tu papá tuvo una aventura?
—Bueno, no lo llamaría aventura. Más como que se emborrachaba y
follaba a cualquiera que le diera la bienvenida. Casi cualquier cosa que
recogiera en el bar. Lo había estado haciendo por años. Era un hombre bastante
apuesto. Tenía un montón de atención.
Pobre Wilma. —¿Aún lo hace?
Ben resopla. —Dudo que al hombre siquiera se le pare. Tiene más whisky
que sangre corriendo por sus venas en estos días. Pero tuvo una profunda
depresión después del accidente y no ha tenido mucho interés en… nada, en
realidad. No sé si incluso ha dejado la propiedad estos últimos años. Ni siquiera
puede conducir a ninguna parte con solo un brazo. Ordena sus tragos eso sí, son
entregados al granero.
—Guau. —Volteo mi cabeza para dejarla caer contra el pecho de Ben
otra vez, escuchando su corazón latir contra su restricción—. No puedo creer que
se haya quedado con él.
—Sí, bueno, supongo que el matrimonio hace que la gente haga cosas
estúpidas. —Hay una pausa—. Como malgastar tu tiempo en chicos que te
engañan y luego se casan con sus amantes.
Ruedo mis ojos. Sabía que diría eso. —Bueno, no tengo miedo. No creo que
escuche otra vez de él gracias a ti. —Ben me tendió mi teléfono esta mañana y
no había ningún mensaje.
Nunca le respondí a Jared. No sé qué decir, y estoy tomando el consejo de
mi nuevo abogado y no pondré nada incriminatorio por escrito.
—Espero que no. —De repente mi cuerpo está siendo volteado y me
encuentro de espalda con el rostro de Ben cernirse sobre mí y sus grandes brazos
en cada lado de mi rostro. Los claros cielos azules se extienden sobre nosotros.
Esto. Justo aquí. Justo ahora. Creo que podría ser una agricultora de
naranjas si significa días relajados, paz y silencio, y Ben.
Mierda.
—Parece que estuvieras a punto de gritar —medita Ben, acercando sus
nudillos a mi mejilla para acariciarla con suavidad.
Creo que lo haré. A mí misma.
¿Anoche arruinó todo entre Ben y yo?
¿Quiero más?
Levanto la vista para encontrar una extraña mirada en su rostro mientras
me estudia. —¿Por qué es esa mirada?
—Aún no estoy seguro —responde de forma misteriosa, inclinándose para
dejar un pequeño beso en mi cuello—. Vamos, la cena estará lista pronto. —
Como si estuviera sincronizado, el teléfono de Ben suena.
Traducido por Val_17
Corregido por Dannygonzal

—Parece una jovencita muy agradable —ofrece mi mamá mientras


cargo mis brazos de platos sucios por las rebanadas de tarta.
—Ella tiene sus momentos —murmuro con una sonrisa. Tendré que
decirle eso a Reese más tarde. Me imagino que ganará una negación de
su corazón negro o dos y un bufido por la descripción de “jovencita muy
agradable”.
—Oh, Ben —regaña mi madre, pero escucho la sonrisa detrás de su
voz—. A veces eres incorregible. —Hay una pausa y luego dice—: He
arreglado la antigua habitación de Elsie para esta noche ya que tiene una
cama matrimonial. ¿Tengo que arreglar otra?
Mi mirada de sorpresa la hace reír. Mi madre, la ciudadana
obediente de la iglesia, básicamente está consintiendo el sexo premarital
bajo su techo. Porque no hay manera de que pase una noche en la cama
con Reese sin algo del viejo y buen sexo premarital. —No me mires así.
Estoy tan condenadamente feliz de que finalmente tengas una novia.
Abro la boca para corregirla cuando un aullido de risa escapa del
comedor. —¿Solías tocar el clarinete? —grita Reese.
—Te das cuenta que le estás dando un arsenal contra mí con ese
maldito álbum de fotos, ¿no? —reprendo a mi madre con una sonrisa en
mi cara.
—Lenguaje, Ben. Y estoy segura de que ya le has dado un montón
de material. —Se estira para apretar mi barbilla—. Estoy orgullosa de ti, con
clarinete y todo.
—¿Ben, eres t ú con un vestido rosa? —grita la pregunta que sigue,
continuada por—: ¡Lo es! ¡Tienes que tener al menos diez años aquí! —Y
luego esa profunda y contagiosa risa suya.
—No dejes que esa imagen te engañe, Reese —grita mi mamá; sus
hoyuelos, los que yo heredé, perforan sus mejillas—. Ben descubrió que
jugar a disfrazarse con las chicas del barrio significaba que lograría verlas
cambiarse de ropa. —Sacudiendo la cabeza hacia mí, agrega—: Chico,
jamás vi al Reverendo Perkins más molesto que cuando descubrió lo que
pasaba.
—Oh, sí. —Paso una mano por mi barba de varios días mientras
recuerdo a su hija, una linda rubia pequeña que a los once años era
mucho más curiosa de lo que su papi podría haber imaginado. Un golpe
contra mi culo del paño de cocina de mi mamá me saca rápidamente del
recuerdo.
La miro con cariño mientras enjuaga los platos y los pone en su
lavavajillas. Me escabullí mucho más de lo que debí haberlo hecho
mientras crecía, pero cuando mamá se ponía firme, siempre escuché. Oír
pedacitos de la infancia de Reese y esa triste excusa de madre solo
solidifica lo buena que fue la mía.
Cuando Rob me llamó para decirme que mamá había tenido un
ataque al corazón en medio de su cocina, estuve en mi auto y conduje
diecinueve horas directamente a Chicago sin parar, mi propio pecho a
punto de explotar del miedo durante todo el camino. Por ser el fin de
semana de Pascua, no había vuelos disponibles hasta el día siguiente y no
estaba dispuesto a esperar. Gracias a Dios que ella se encontraba bien.
Aunque el ataque fue mínimo, no escapó ilesa. Puedo verlo ahora.
Desde entonces ha envejecido un montón, se mueve más lento, las líneas
en su cara son más prominentes. —¿Cómo van las cosas aquí, mamá? En
serio. —Entre yo estando atado a la universidad, luego el examen de título,
y ahora el nuevo empleo, ella se ha negado a arrojar mucha luz acerca de
la situación. No le gusta poner el estrés del lugar sobre mí. El problema es
que ya está allí. Aparte de ella, soy el único aquí.
Con una inhalación profunda, comienza a raspar los restos de los
platos. —Es mucho para mí, Ben. Solo tengo cincuenta y un años, pero me
siento mucho más vieja últimamente. Demasiado para preocuparme por el
dinero, deambular por ahí comprobando los árboles por enfermedad, y
lidiar con la sequía y los pesticidas. —Hay una resignación en su voz que
nunca antes había escuchado. Me pregunto cuán diferente sería si tuviera
un hombre decente con quien compartir la carga.
—¿Has hablado con Rob y los demás? ¿Qué dicen ellos?
Curva su boca con tristeza. —Lo mismo que siempre dicen: que
venda el lugar y deje a tu padre.
—¿Y?
—¿Qué quieres decir con “y”? —Ahora una pizca de irritación tiñe su
voz—. Este lugar es mi vida. ¡La vida de la familia Bernard! No puedo
venderlo.
—Lo sé, mamá. —Ella sería miserable en algún otro lugar—. Pero él…
—Ya sabes cuál es mi respuesta. Es la misma de siempre: para bien o
para mal. Eso es lo que firmé.
—Sí, pero para bien o para mal no…
—Déjalo, Benjamin. Es mi decisión. Es mi asunto.
Algo que Reese me dijo se quedó conmigo. —¿Estás feliz con nunca
tener una Navidad bajo tu techo con tus hijos? ¿Tus nietos? ¡No hemos
estado aquí todos juntos en ocho años, mamá! ¡Y todo es por su culpa!
Ella solloza, y veo el dolor mal cubierto. —Estoy haciendo mi mejor
esfuerzo. Todavía los veo.
—Sí, pero tienes que ir a Chicago para hacerlo. No hay fiestas, ni hay
cumpleaños. —Pongo los platos sobre la mesa, la mesa que él hizo, y me
apoyo en ella, mis puños empezando a doler contra la madera sólida.
Tomo una respiración para calmarme—. Ya ni siquiera tus amigos se pasan
por aquí. Entrar en esta casa es simplemente deprimente. —Su silencio me
inquieta. Aunque no quiero hacerlo, mi voz comienza a elevarse—. Hay
como una jodida nube espesa de…
—Cuida tu lenguaje conmigo, Benjamin —me interrumpe su tono
severo.
—Lo siento, mamá. Es solo que… —me quejo en voz alta—. ¡No lo
entiendo! He tratado, pero no lo entiendo.
—El matrimonio es para siempre, Ben.
—Sí. Al parecer es una sentencia de muerte.
Un carraspeo hace que nos giremos hacia la entrada, donde se
encuentra Reese, sosteniendo un par de saleros. —¿Debería dejar estos en
el comedor o aquí?
—Aquí, querida. Gracias. —Mi mamá los toma rápidamente de su
mano, un poco nerviosa—. Ben me dijo que la tarta de limón es tu favorita,
así que hice una esta tarde. Espero que esté a la altura.
Reese acepta el plato, nivelándome con una sonrisa maliciosa. —
Estoy segura que será el mejor que he probado.
O bien, esta noche voy a conseguir sexo de nuevo o voy a ser
asesinado.
Definitivamente una de esas dos.
Traducido por Val_17
Corregido por LucindaMaddox

Soy demasiado inteligente para Ben.


Él se distrae tan fácilmente. Cuando le entregué mi plato vacío
después de devorar la tarta que hizo Wilma —la cual estaba deliciosa; las
limas y yo podríamos haber encontrado un punto en común— y deslicé mi
mano libre en su bolsillo, asumió que era una anticipación para más tarde,
sonriéndome con picardía. Cómo se perdió mi verdadera intención: sacar
el juego de llaves que vi depositar en su bolsillo antes, nunca lo sabré.
Y ahora estoy en la puerta principal y corriendo a través del jardín
delantero, para intentar encender el motor de ese auto antes de que Ben
me alcance. Sé que es infantil, pero solo imaginar a Ben riendo mientras
me persigue me hace sentir mejor.
Solo he visto un lado de Ben; el chico juguetón y despreocupado
que no se inmuta por nada y que es demasiado confiado. No me di
cuenta de lo mucho que había llegado a apreciar esa consistencia hasta
que fue alterada por una discusión con Wilma. No sé por qué discutían,
pero cuando la voz de Ben comenzó a elevarse, estuve desesperada por
interrumpirlo. De ahí la patética excusa de los saleros.
Creo que Ben tiene un extraño poder sobre mí: la capacidad de
equilibrar mi caos. Y, cuanto más tiempo pasaba aquí en la arboleda —en
su vida— más pienso que todo su mundo parece estabilizarme. O por lo
menos hace que me preocupe menos por mis propios problemas. Sin
embargo, escuchar a Ben molesto como lo oí hoy, y con Wilma nada
menos, fue como una patada a mi pequeño universo egocéntrico, que lo
desequilibró.
Un fuerte ruido viene del granero, seguido por una maldición en voz
baja. Una mezcla de preocupación y curiosidad —más curiosidad— me
inunda y me asomo frente a la ventana junto a las grandes puertas
cerradas del granero para mirar hacia dentro.
Y salto hacia atrás con un grito cuando una cara aparece a
centímetros. La imagen está a la vista por completo un momento más
tarde, cuando el padre de Ben empuja la puerta para mirarme con sus
vidriosos ojos rojos. Ben, obviamente, consiguió la altura y figura de su
padre, aunque este hombre hace tiempo que perdió su masa muscular,
sustituido por el desgarbado aspecto de piel y huesos de un alcohólico
arraigado. Apuesto que en algún momento fue bastante guapo. Tal vez
tan guapo como Ben. Tal vez así consiguió interesar a tantas mujeres. Salvo
no tiene una sonrisa encantadora, ni hoyuelos, y ciertamente no tiene
amistosos ojos azules cristalinos para conquistarme. Esos son todos los
aportes de su esposa a su hijo.
—Lo siento —ofrezco—. Escuché un ruido y solo quería asegurarme
de que se encontraba bien.
—Oh, ¿sí? —Atrapo un atisbo de insulto segundos antes de que una
ráfaga de whisky golpee mi nariz—. Estoy bien, pero eso es agradable… es
amable que vengas a verme. —Dando un paso rápido para corregir su
equilibrio, dice—: ¿Escuché que admirabas mi carpintería?
Supongo que Wilma y él siguen hablando. Sabiendo lo que sé, me
pregunto cómo son esas conversaciones. —Sí, el mobiliario de la casa es
hermoso —ofrezco con una sonrisa tensa. Nunca he estado cómoda cerca
de los borrachos. Estoy aún más incómoda cerca de padres borrachos.
Especialmente uno que sé es propenso a engañar a su esposa. Sobre todo
uno que me está mirando de la manera en que lo hace el padre de Ben
ahora mismo. Doblo los brazos sobre mi pecho.
Agita su único brazo dramáticamente. —¡Entra!
Echo un vistazo por encima del hombro. Ben todavía no ha salido.
—Oh, vendrá a buscarte —dice el padre de Ben. Trato de no
ponerme rígida cuando su mano toca mi espalda, guiándome más dentro
del granero. El olor de la madera cortada penetra instantáneamente mi
nariz e inhalo profundamente—. Puedes oler eso, ¿no? Madera… el mejor
olor del mundo.
Me relajo un poco cuando se aleja de mí, tropezando hacia la
pared opuesta, donde una multitud de sierras están alineadas en mesas
como si estuvieran en exhibición, haciendo que reluzca el metal de las
herramientas. Un viejo televisor ilumina un rincón, el sonido de la voz del
locutor de béisbol zumbando suavemente en el fondo, compitiendo
contra la música country en la radio.
—Está muy limpio aquí —comento, mirando los montones de madera
cuidadosamente apilados a lo largo de la otra pared. Y en el centro de la
habitación, un espacio gigante entre los dos pisos con bombillas colgando
de las vigas, varios muebles en diferentes estados de desarrollo—. Siempre
imaginé un montón de aserrín en las tiendas de madera.
—Solía estar así. —Paseando por el lugar con una gran plancha de
madera granulada en su única mano, murmura—: Esta iba a ser una
hermosa mesa de café. Podría haber hecho miles de dólares vendiéndola.
Dejo escapar un silbido bajo.
Se asoma hacia mí. —¿Te gustaría que la terminara para ti? Es de
nogal negro. No es fácil de conseguir una pieza como esta.
Mis ojos se abren con sorpresa por la oferta. A Jack le encantaría
una mesa de café como esa. Abro la boca, y casi se me escapa: ¡Claro!,
cuando la voz de Ben corta la oscuridad con un duro: ¡No!
Girándome, lo encuentro de pie junto a la puerta, su mandíbula
tensa mientras sus ojos se mueven por todo el espacio como si estuviera
persiguiendo fantasmas en las sombras. Ni siquiera en la oscuridad puede
esconder el color pálido de su piel.
—¿Qué pasa, hijo? ¿Olvidaste cómo se veía este lugar? —El
resentimiento atado a la voz de Joshua es inconfundible.
Escucho a Ben tragar mientras se pone detrás de mí, pasando los
brazos sobre mis hombros y a través de mi pecho, abrazándome a él. Casi
de manera protectora. —Vamos, pequeña ladrona. Te dejaré conducir, ya
que estás tan empeñada en ello.
Sus palabras son burlonas, pero sé que no debo discutir ni bromear ni
darle un momento difícil; la extraña suavidad en su voz resuena como un
grito dentro de estas paredes. —Bien.
—¿Cuál es la prisa? ¿No has estado aquí en, qué, ocho o nueve
años? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde el accident e? —El padre de Ben
golpea la superficie de la mesa de madera—. ¿No quieres echar un
vistazo? ¿Revivir algunos recuerdos?
—¡Joshua! —El grito de Wilma llega desde la puerta y cuando me
giro para mirarla, su rostro pálido coincide con el de Ben. Y veo las
lágrimas. Definitivamente hay lágrimas brotando de sus ojos mientras mira
de su marido a su hijo, al detenerse en él, una expresión afligida frunce su
ceño, y luego mira de vuelta a su esposo. Capto su sutil asentimiento—.
¿Por qué tengo que dejar que esto continúe por tanto tiempo? —Creo que
la escucho murmurar débilmente cuando una máscara de resolución se
desliza sobre su cara, un momento antes de que cierre los ojos y los apriete
con fuerza.
Y echándole un vistazo a la cara de su marido, creo que él también
lo escuchó. Veo morir cualquier pequeña chispa de furia. Baja la cabeza y
se mueve tranquilamente junto a nosotros y por la puerta.
Caminando lentamente hacia Ben y yo, se estira para poner una
mano en su mejilla. —Fue un accidente, Benjamin. Todos lo sabemos.
Incluso lo sabe él, ya sea si quiere admitirlo o no. —Nuevas lágrimas
encuentran su camino por las mejillas de Wilma—. Pero todo lo que pasó
después es mi culpa.
Ben me libera para atraer el pequeño cuerpo de Wilma a sus brazos.
—Nada de esto jamás fue tu culpa.
Se aparta, guiándolo hacia mí con una sonrisa triste. —Estoy tan feliz
de tenerlos aquí. Vayan a disfrutar. Benjamin, voy a arreglar esto. Voy a
hacer lo correcto. —Con eso, se gira y se aleja, con una feroz sonrisa de
determinación pintando su rostro.
Y me quedo de pie en medio de este enorme espacio abierto,
viendo a un muy tranquilo Ben mirando fijamente esa vieja mesa de café
sin terminar con una mirada perdida en el rostro, luchando contra algo en
privado.
—¿Ben? —exclamo, luchando contra el temblor cuando escucho su
nombre rebotar en las paredes altas.
Eso parece sacarlo de su trance, porque se gira hacia mí y me da
una sonrisa. —Ven. Vamos. —Sin embargo, la tensión en su voz es
inconfundible, y ciertamente no hay brillo en sus ojos.
—¿Qué pasó aquí?
—Ahh… —Su mirada cae al suelo y sus labios se fruncen—. El peor
día de mi vida. Eso es lo que pasó. —Trata de restarle importancia con un
encogimiento perezoso.
Mis zapatillas raspan contra el hormigón mientras hago un círculo
alrededor de la mesa, pasando mi dedo a lo largo de la madera
profundamente definida. —La madera es hermosa. Nunca he visto nada
así.
—Reese, no… —comienza cuando mis dedos se deslizan sobre una
mancha gigante, como si alguien derramó algo en la madera no tratada y
la tiñó. Levanto la vista para ver la expresión de dolor en el rostro de Ben.
—Vamos. ¡Eres mi odioso, ruidoso e insensible Ben! Yo soy la
melodramática.
—¿Soy tuyo? —repite con una ceja arqueada, aunque falta ese tono
de burla.
Trago. —¿Qué está mal con esta mesa?
Se pasea, enfat izando algo al esquivar un área en el suelo en lugar
de caminar directamente hacia mí. —Recuerdas lo que te dije sobre mi
padre y las cosas que hizo a espaldas de mi mamá, ¿no?
Asiento en silencio.
Lamiendo sus labios, estudia la madera por ot ro largo momento. —En
general se quedaba lejos de los bares locales. Es una ciudad pequeña y la
gente habla. Todos están interesados en los asuntos de todos. Bueno, una
noche decidió que el bar local era lo suficientemente bueno. A la mañana
siguiente, mamá empezó a recibir llamadas de amigos. Un cuñado o algo
así que lo vio tropezar con la esposa de mi entrenador de fútbol. Supongo
que el entrenador se encontraba fuera de la ciudad. —Ben resopla
mientras niega con la cabeza—. Mamá se sintió mortificada. Y ni siquiera
por ella misma. Sabía que el entrenador escucharía al respecto y tenía
miedo de que se desquitara conmigo.
»Cuando mi padre se detuvo en el camino de entrada ese día,
supongo que ella lo enfrentó. Le dio una bofetada en la cara. Bueno —Ben
aprieta los dientes—, se la devolvió. Llegué a casa unas pocas horas más
tarde para encontrarla escondida en su habitación con la nariz rota y una
bolsa de hielo. Y cuando me enteré de lo que pasó… —Su boca se
retuerce—. Cargué hasta aquí, listo para golpearlo hasta la muerte. Ya
estaba bebiendo de nuevo, trabajando en esa mesa. Me encontraba tan
enojado, que corrí hacia él. Lo empujé. Duro. —Ben hace una pausa para
tragar, pasando una mano por su pelo—. Y entonces, no sé cómo pasó
todo lo demás. Un segundo caía hacia atrás, y al siguiente su brazo yacía
en el suelo y había sangre por todas partes. ¡Jesús, Reese! El whisky lo hizo
peor. La sangre bombeaba como si estuviéramos en una película de
Quentin Tarantino.
Mi estómago se contrae con la imagen que está pintando. Miro la
mesa bajo una nueva luz, viendo la mancha por lo que realmente es.
—El idiota le había quitado los mecanismos de seguridad a todas las
sierras. Decía que eran un dolor en el culo mientras trabajaba. De alguna
manera, golpeó el interruptor de encendido cuando se cayó. —Ben
sacude la cabeza—. Estaba enojado, pero nunca quise que eso pasara, lo
juro. Llamé a emergencias de inmediato. Casi se desangró de camino al
hospital. No fueron capaces de volver a colocar el brazo. —Suspira con
pesadez—. La única cosa por la que mi padre siempre se apasionaba era
la carpintería. Y con un solo brazo, no puede hacer mucho. Así que no lo
hace. No hace nada más que sentarse en este granero y odiar la vida.
Ben levanta la mano para pasarla a lo largo de una sierra que
parece particularmente peligrosa.
—¿No era así?
Su gesto me responde. —Siempre fue un hombre cínico. Nunca feliz.
No pasaba mucho tiempo con sus hijos. Después del accidente, empezó a
beber aún más y entró en una profunda depresión. Todavía no ha salido
de ella y se niega a recibir ayuda. Me culpa por todo. Por el accidente,
porque mis hermanos y Elsie ya no vengan. Pero la razón por la que
ninguno de mis hermanos y hermana vienen aquí es porque odian sus
malditas tripas por engañar a mi mamá y luego golpearla. Y por ser un
borracho. Ya han dicho que no pondrán un pie en esta propiedad
mientras él esté aquí. Y están enojados con mi madre por estar con él
porque tiene en su dura cabeza esa parte de los votos matrimoniales de
“para bien y para mal”. Bueno, si me preguntas, el “para mal” es bastante
malo.
—¿Es feliz?
—¿Cómo puede serlo? —Sus brillantes ojos azules me perforan, con
sus brazos hacia arriba como en señal de rendición—. Duermen en
habitaciones separadas; está aquí todo el día. No la ayuda en nada. Viven
completamente separados y por su culpa, no puede ver a sus hijos ni
nietos. ¿Es eso un matrimonio? —Sacude la cabeza—. Y se pregunta por
qué no quiero tener nada que ver con ello.
Doy un paso adelante para poner una mano en su antebrazo. Por
tranquilidad, por consuelo. Por amistad.
—Dios. —Ben niega con la cabeza; sus fosas nasales dilatadas—.
Todavía no puedo soportar el olor de la madera cortada. Me dan ganas
de vomitar. Y el sonido de la sierra cortando… —Aprieta sus ojos mientras
se estremece.
—Entonces, vamos. —Engancho mi brazo con el suyo y espero que
esos párpados se abran y se enfoquen en mí. Doy algunos pasos lentos,
sacándolo del granero húmedo y las sierras afiladas, de los recuerdos
persistentes. Me deja dirigirlo hacia afuera—. Salgamos de aquí.
Traducido por CamShaaw
Corregido por florbarbero

—Pensé que era una cristiana devota —susurra Reese mientras la


llevo a la antigua habitación de Elsie. Las paredes y cortinas siguen siendo
del mismo color, blanco y amarillo, pero todos los carteles de bandas de
chicos y esas cosas de animadoras hacen que parezca que la habitación
de mi hermana mayor se ha mantenida empaquetada en el tiempo.
—Lo es, pero también desea que Ben se case —digo con una
sonrisa, y añado—: Y no tienes que susurrar. La habitación de mamá está al
otro lado de la casa, y maldición, ni un enorme avión chocando contra la
casa despertaría a mi padre una vez que está dormido.
Siento que viene por detrás de mí, envolviendo sus brazos alrededor
mío, uniendo sus manos en mi pecho. —Entonces, ¿quieres casarte por
iglesia? Porque soy partidaria de fugarse.
—Uh…
Resopla contra mi espalda. —Tu corazón está latiendo rápidamente.
Levanto un brazo, la volteo y junto nuestros pechos, haciendo que
incline su cabeza hacia atrás y me mire. Me encanta su cara inclinada así.
—Qué gracioso.
—Me lo imaginaba. —Se eleva sobre las puntas de los pies, dejando
un suave beso sobre mis labios. Me agarra desprevenido, pero no en un
mal sentido. Es simplemente la primera vez que ella ha hecho eso. Siempre
soy yo el que roba los besos. Es la segunda vez en el día que ella lo ha
hecho.
La separo de mí, y abofetea mi trasero. —¿El baño es la tercera a la
izquierda?
—Sí. —La veo lanzar la mochila sobre su hombro y entrar al corredor,
sonriente. Cuando escucho la puerta del baño cerrarse, aprovecho la
oportunidad para dirigirme por el pasillo hasta la puerta de mamá y hallar
su habitación vacía. Por capricho, continúo bajando y rodeo la esquina en
silencio. He escapado de este lugar muchas veces, todavía sé cómo evitar
los crujidos fuertes.
La puerta de mi padre apenas está abierta, lo suficiente para que la
voz de mi mamá sea clara.
—Te he dado treinta y tres años de mi vida, Joshua. He esperado y
recé para que volvieras a mí, el joven del que me enamoré, el que me dio
cinco hermosos hijos, el que todavía se encontraba allí, en algún lugar. —
La escucho sollozar irregularmente antes de que se ahogue, haciendo una
pausa antes de hablar de nuevo—: Pero sé que ahora se ha ido para
siempre, porque el Joshua del que me enamoré no lastimaría a su propio
hijo. De todos nuestros hijos, Ben es el que tiene razones para no volver, y
sin embargo está aquí.
La voz de mi padre es áspera cuando responde—: Bueno, él se
siente culpable.
—Tal vez —admite ella, a través de una respiración—. Pero también
es porque ama intensamente. Ese chico siempre ha tenido mucho amor
para dar y me temo que debido a la forma en que ha crecido, nunca va a
darle a alguien una oportunidad auténtica. Ninguno de ellos lo hará.
—Los otros están bien.
—Los otros no están bien, Joshua. La esposa de Josh lo dejó porque
él bebe demasiado y tuvo una aventura, y Elsie ha rechazado la propuesta
de matrimonio de un chico en dos ocasiones porque no sabe cómo
confiar en un hombre. Acaban de romper, para siempre esta vez. Jake no
quiere casarse con Rita, que está llevando a su hijo, porque tiene miedo de
arruinarlo.
Mierda, no sabía nada de eso.
Mamá se aclara la garganta. —Tengo que hacer lo correcto por mis
hijos ahora. Lo que debería haber hecho hace años. —Oigo el crujido de
la mecedora de mi abuelo cuando mamá se pone de pie—. Esta vieja
casa se está cayendo a pedazos, y no es a causa de las tejas sueltas, las
tuberías con fugas, o el pórtico torcido. Es debido a que se perdió la
familia. El alma. Y sin esto, ya nada tiene sentido.
Ni una palabra sale de mi padre. Ningún argumento, ni súplicas, ni
disculpas. Ni excusas.
—Los Cornell preguntaron si nos hallábamos interesados en venderla
hace un tiempo atrás. Voy a ver si aún están interesados.
¿Qué? ¿Vender? ¡Ella acaba de decir que no vendería!
Finalmente, papá da su opinión. —Pensé que no querías vender la
arboleda, Wilma.
—No. —Su voz se quiebra—. Pero no podemos seguir así, y amo a mis
hijos demasiado como para no hacer un cambio. —Mucho más cerca de
la puerta, agrega—: Sabes, aprendí a vivir con el whisky, incluso te perdoné
por todas las otras mujeres. Me culpaba a mí misma por eso, por no ser lo
suficiente atractiva como para satisfacerte.
Al escuchar eso, mis dientes se agrietan, apretados con demasiada
fuerza.
—Pero nunca podré perdonarte por tratar de matar el brillo en los
ojos de mi bebé. Nunca me perdonaré por permitir que eso continúe
durante tanto tiempo.
La puerta se abre y mamá sale, con los ojos rojos e hinchados de
tanto llorar. Me ve e inmediatamente forma una valiente sonrisa en tanto
cierra la puerta detrás. No oculta el temblor de su labio inferior.
—Mamá, estoy bien. Puedo encargarme de él. No renunciarás a tu
casa…
—Silencio. —Extiende la mano y toma mis brazos. Se ve tan
condenadamente pequeña, pero tiene un agarre feroz cuando lo
necesita—. Puedo hacer lo que quiera. Y no estás bien, Ben. Cuando
confías en ti mismo lo suficiente como para dejarte experimentar el tipo de
alegría que una buena relación puede traer, es cuando estás bien. —Con
una palmadita a mi hombro, se gira y aleja.
Me quedo de pie fuera de la puerta de mi padre.
Y escucho sollozos ahogados detrás de ella.
—Tu hermana tenía una gran vista. —Reese está de espaldas a mí,
delante de la ventana, con sus delgadas piernas extendidas fuera de unos
pantalones cortos, usando una sencilla camiseta de mangas cortas, tan
atractiva como de costumbre. Sonrío internamente. Esto es lo que hace
que me guste tanto. No lo está intentando demasiado. La mayoría de las
chicas se hubieran vestido con algo negro y volantes. Mercy ya se habría
acostado desnuda en mi cama. Sin embargo, Reese no. A ella no le
importa una mierda. Y lo curioso es, que es aún más sexy por eso.
—Así es —coincido, caminando hasta ubicarme detrás de ella,
descansando la barbilla sobre su cabeza mientras miro la oscuridad. Es
difícil ver, pero con un cielo lleno de estrellas, se pueden distinguir las copas
de los árboles.
—Hay algo muy especial en este lugar, ¿no? Puedo sentirlo cuando
vengo aquí. Es como si toda la mierda de afuera no sucediera aquí. Puedo
ver porqué tu mamá no quiere irse.
—Sí. —Excepto que ahora no es así. Las ruedas en mi cabeza están
agitándose, tratando de averiguar cómo hacer para que ella se quede y
él se vaya. Joder.
Reese se gira para mirarme. —¿Cómo está mamá?
Que llame a mi madre “mamá” me hace sonreír. —Ella piensa que
eres una chica dulce.
El resoplido como respuesta que recibo a cambio es exactamente lo
que esperaba, haciéndome reír entre dientes mientras se libera para
meterse en la cama y bajo las sábanas, luego me observa con atención
mientras me desvisto.
—¿Jugando duro? —dice, y escucho su voz irregular cuando sus ojos
se apoderan de mí.
—¿Qué esperabas? —Levanto las mantas para deslizarme a su lado,
y pulso el interruptor de la lámpara.
—Un pijama de dos piezas con bolsillos, como el de Mason. —No
pierde el tiempo, apoyando la cabeza en el hueco de mi brazo, y enrosca
su delgado brazo alrededor de mi pecho. Es… agradable.
Hay un largo y cómodo silencio antes de escucharme decir las
palabras en voz alta. —Ella está dejando a mi papá. Acaba de decírselo.
Eso es todo.
Los dedos de Reese, que hacían garabatos y pequeños círculos
sobre mi pecho, se detienen. —¿Estás tú…? ¿Eso es bueno?
—Sí. Lo es. Y no lo es. Tendrá que vender la casa.
Oigo un “mierda” en voz baja cuando traga saliva. —¿Por qué?
—No puede conseguir la cantidad de dinero que necesita para
comprar la parte de él, y el hijo de perra nunca le va a dar el lugar.
Después de todo lo que ha hecho, podrías pensar que al menos haría eso.
—Escucho la amargura en mi voz y, por la repentina tensión en su cuerpo,
creo que Reese también lo hace—. Lo siento —murmuro en voz baja—. No
tienes que escuchar todo esto.
—Eso está bien. Para eso están los amigos.
Siento el suave estiramiento de una sonrisa en mi boca. Es gracioso,
tengo un montón de amigos que he conocido por mucho más tiempo que
a Reese, y sin embargo, me siento más cerca de ella que de cualquiera.
No me había dado cuenta de lo unido que nos volvimos en tan corto
período de tiempo. —¿Sabes para qué más están los amigos?
—¿Para causar dolor y frustración? —Un fuerte rasguño contra mi
pezón me hace sisear y alejar su mano.
Se disculpa cubriendo con su húmeda lengua el punto doloroso.
Traducido por NnancyC, Annie D & Lorena
Corregido por Alessandra Wilde

—Te retuerces un montón cuando duermes —me murmura Ben al


oído, de algún modo sintiendo que estoy despierta.
—Eso es porque eres una sanguijuela —gruño, el suave cosquilleo de
su aliento rozando mi nuca. Nunca me ha gustado acurrucarme. Por lo
general, me abrazo al borde de la cama, despreciando el calor corporal
de cualquier otro. Jared lo sabía y estaba de acuerdo con eso, prefiriendo
su propio espacio.
Pero Ben no. Cada vez que intenté moverme lejos, un brazo o una
pierna lograba bloquearse alrededor de mí y me regresaba de un tirón,
hasta que moldeaba su cuerpo a la parte posterior del mío. Nunca ni en un
millón de años hubiera esperado que a él le gustara acurrucarse.
Tampoco, nunca esperé descubrir que me gustara.
—¿Sanguijuela? —Con una fuerte mano contra mi hombro, Ben me
presiona sobre mi espalda, su boca pegándose a mi seno. Me toma un
momento y un pellizco de dolor darme cuenta lo que está haciendo.
—¡Detente! —Le doy una palmada en la cabeza—. ¿Cuántos años
tienes, doce?
Levanta la cabeza para revisar su obra con una sonrisa satisfecha y
luego se hunde para acurrucarse en la curva de mi cuello, enviando
escalofríos a través de mi cuerpo. —Oh, claro. Olvidé cuán desagradable
eres en la mañana. Vamos a ver si podemos arreglar ese humor. —Ben
arroja las mantas fuera y comienza a hacer un camino hacia abajo, su
aliento caliente dejando un rastro a lo largo de mi pecho, mi estómago, mi
ombligo y mucho más abajo.
—¿Hola? —El olor cálido y delicioso del café y pan horneado me
dice que recientemente hubo vida en la cocina, pero ahora está vacía,
salvo por un plato de bizcochitos y un pote con mermelada encima de la
mesa. Me sirvo una taza; tan bueno como fue el despertar que Ben me dio,
todavía necesito mi café, y luego voy a buscarlo, vagando por el piso
principal, afuera hasta la galería del fondo. Cuando paso el vestíbulo y me
doy cuenta que la puerta principal está apenas abierta, me aventuro
hacia el pórtico.
Ben está parado en el camino de entrada, sus brazos envueltos
fuertemente alrededor de Wilma; el rostro de ella enterrado en su pecho,
su diminuto cuerpo sacudiéndose.
El sonido de las sirenas a lo lejos.
Me apresuro hasta que estoy corriendo. Estoy segura que mis pies
están dando pisotones contra la grava, pero todo lo que puedo oír es el
latido de mi sangre en mis oídos mientras cierro la distancia, hasta que
estoy patinando hasta pararme y encuentro los ojos de Ben cerrados con
fuerza, su mandíbula visiblemente tensa mientras su madre solloza de
forma incontrolable.
Hay solo una cosa —o una persona— de la que se puede tratar esto.
Y cuando me giro para ver las puertas del granero abiertas, y el
cuerpo desplomado sobre la silla Adirondack, el brazo colgando sin vida al
costado, esa botella de whisky yaciendo en el suelo al lado de un frasco
pequeño blanco, no es difícil juntar todas las piezas.
Un procesionario de luces y sirenas invade la serenidad de los
naranjos de la familia mientras una línea de vehículos de emergencia viene
a toda velocidad por la pintoresca entrada. Cuando los paramédicos
saltan, con los brazos cargados con grandes bolsas negras, y ni Ben ni
Wilma hacen un movimiento para guiarlos, me hago cargo. —Él está por
aquí —digo, señalando. No necesitan ninguna otra instrucción que esa,
pero avanzo con ellos de todas formas.
Y deseo no haberlo hecho.
No hay duda en los ojos de nadie que Joshua Morris está más allá de
poder ser salvado, su piel un tono poco atractivo de gris que nunca he
visto en un ser humano, la misma forma de su cara transformada, los
músculos laxos. Por la mancha amarilla en su camisa, vomitó en algún
momento.
Los paramédicos —un hombre y una mujer en sus treinta, quienes
deben haber visto esto más de una vez— comienzan con el protocolo
estándar, revisando su pulso y sus pupilas, pero no mucho después el
hombre echa un vistazo sobre el hombro hacia el oficial de policía y le da
una muy clara sacudida de su cabeza.
La mujer comienza a recitar un montón de preguntas personales y
médicas que no puedo contestar. Le admito eso y luego me retiro hacia
Ben, con pasos tambaleantes.
—Ella encontró esto al lado de él esta mañana. Debe haber vuelto a
salir, no mucho después de que fuimos a dormir anoche —explica en una
voz baja y sombría para un joven oficial de policía, entregándole una hoja
de papel y un sobre.
—¿Hubo alguna señal que sugiera que Joshua Morris pensaba en
quitarse la vida? —pregunta el oficial.
Ben se encoge de hombros, sus ojos amplios por la conmoción
mientras mira al suelo, con Wilma todavía en sus brazos. —Ha estado
haciéndolo lentamente durante años con la bebida. Sabes eso, Roger. —El
policía no luce mucho más viejo que Ben. Quizá fueron juntos a la escuela.
Wilma al final habla, y su voz sale áspera. —Joshua es alérgico a la
aspirina. Muy grave, también. Y ese era un frasco nuevo que compré para
mí. —Sorbe por la nariz, su voz disminuyendo cuando lo admite—: Él sabía
exactamente lo que estaba haciendo.
Hablan un rato más, el oficial haciendo varias preguntas, un par —
sobre su matrimonio, su economía, infidelidades potenciales y cosas como
esas— irritando a Ben lo suficiente que instruye a Wilma, en modo muy
abogado, a no responder.
El oficial finalmente se gira hacia mí. —¿Puedo tener su nombre, por
favor, señorita?
—Es la novia de Ben —anuncia Wilma rápidamente, estirándose
hacia atrás con su brazo para hacerme señas que avance. Me someto y
me encuentro metida bajo uno de los brazos de Ben en cuestión de
segundos. Nos robamos una mirada sobre su presentación, pero ninguno
de los dos la corrige. En realidad, ahora mismo no importa. No obstante, no
me pierdo la tensión en la mandíbula de Ben.
—Siento tanto que tuvieras que ver esto, Reese —ofrece Wilma
mientras una ola fresca de lágrimas llena sus ojos. No puedo ofrecer nada
más que una sonrisa triste y Ben ciñe su agarre alrededor de nosotras,
apretándonos a él.
Supongo que la oficina de investigaciones no está ocupada en un
domingo a la mañana en el corazón de los naranjos más ricos de Florida,
porque un hombre viejo y nervioso se presenta en menos de una hora
después de hacer la declaración oficial: Joshua Morris padre ha muerto.
Y no mucho después de eso, todavía parados en el mismo lugar de
la entrada, los tres observamos tranquilamente las luces traseras
desaparecer mientras el último de los vehículos se aleja con el cuerpo en
uno de ellos.
Wilma libera un suspiro profundo, una máscara de resignación
tomando lugar en su cara. —Bueno, supongo que debo ir a llamar a tus
hermanos y a Elsie y comenzar a hacer los preparativos. —Su voz se ha
vuelto un casi murmuro sin vida.
—Estaré allí en un minuto para ayudarte, mamá —ofrece Ben.
—De acuerdo. Estoy tan contenta de que est és aquí. —Palmeando
el hombro de Ben mientras pasa, se mueve lentamente hacia la casa, con
su cabeza gacha, mientras que Ben deambula hasta permanecer en el
frente del granero, sus brazos cruzados sobre el pecho, su espalda rígida. Y
no dice nada.
Simplemente mira la silla vacía y la botella yaciendo a su lado, hasta
que no puedo contenerme. Cerrando la distancia, dubitativamente,
coloco una mano en su brazo y me inclino en su costado. Su rostro se ve
muy serio.
Permanecemos así por lo que se siente como una eternidad. Quiero
preguntarle cómo se está sintiendo, pero no lo haré. Sabiendo lo que sé
sobre su relación, no puedo siquiera adivinar como Ben podría sentirse en
este instante. ¿Furioso? ¿Aliviado? ¿Feliz? ¿Todavía hay lugar para la
tristeza en algún sitio? Al final me decido por—: Me alegra que ella no
estuviera sola.
Su cabeza asiente lentamente. —Sí. —Sus ojos recorren todo el
granero—. Quiero quemar este maldito lugar. Echar gasolina por todos
lados y encenderlo en llamas. —Después de una pausa, un intento débil de
una sonrisa toca sus labios—. ¿Qué sabes sobre incendio doloso?
Le clavo un dedo en las costillas suavemente. —Te lo dije, no soy una
criminal. Solo una idiota ocasional que siempre consigue ser atrapada.
Comienza a reír y mi interior instantáneamente se calienta. Es raro;
recuerdo un tiempo cuando el sonido de la risa de Ben me hacía encoger.
Ahora no puedo conseguir suficiente de esa sonrisa. —No es que tenga las
mejores ideas, pero no creo que arder en llamas este lugar sea algo
bueno.
Libera un suspiro. —No, tienes razón. Tengo mucho que hacer, con
los preparativos del funeral y todo eso. Supongo que debo llamar a Jack.
¿Crees que me dará la semana libre? No quiero dejar a mamá sola y no sé
cuánto tiempo les llevará a todos los demás llegar aquí.
—Jack cree firmemente que la familia está primero. Estoy segura que
aceptará. —¿Una semana entera sin Ben en el trabajo? Es comprensible.
Sin embargo, mi parte egoísta se llena con decepción.
Patea un poco de grava suelta, metiéndola en el granero. —Creo
que vamos a perder aquellos pedidos.
—¿Quién dice? —Meto una mano en el bolsillo de Ben, apretando su
muslo suavemente y tomando el juego de llaves que sé está guardado ahí.
Me echa un vistazo de forma curiosa. —¿Qué crees que haces?
Le doy mi mejor acento sureño al arrastrar los sonidos. —Voy a
recoger mandarinas. ¿Qué más?
Una sonrisa torcida coloca un hoyuelo en exhibición. —No tienes que
hacerlo, Reese.
Me paro de puntillas y poso un beso en su mejilla. —Lo sé.

—Pensé que podríamos ir a cenar esta noche como una familia. Tú,
Mason y yo. Nunca hemos hecho eso. ¿Qué opinas?
—Uh… —Trastabillo para encontrar la respuesta correcta mientras
miro fijamente la fila de árboles de mandarinas, extendiéndose tan lejos
como puedo ver—. Hoy no es buen día, Jack.
—Oh, bien. Entiendo. Quizás en algún otro momento —dice, su tono
reticente. Mierda.
—Es que… —Cierro los ojos y respiro profundamente—. Es probable
que no vuelva a Miami lo suficiente pronto. Estoy en la arboleda de
naranjos otra vez.
Hay una larga pausa. —Pensé que estabas con Lina este fin de
semana.
Supongo que aún no ha lanzado la idea de la cena a Mason. Debo
advertirle al chico antes de que su padre le tienda una emboscada. —No,
he estado aquí desde ayer por la mañana. La madre de Ben necesitaba
ayudaba con algunos pedidos y en verdad me gusta aquí. Es tranquilo.
El suspiro pesado de Jack llena mi audición. Puedo imaginarlo
pellizcando el puente de su nariz.
—Así que esto significa…
—El padre de Ben murió est a mañana, Jack —suelto, queriendo
evitar contestar la otra pregunta. No es que tenga una respuesta.
—¿Qué? ¿Ben está bien? Quiero decir… ¿fue repentino? ¿Cómo
sucedió? ¿Un infarto? ¿Un derrame cerebral? —balbucea suavemente,
atrapado por sorpresa.
—Un quinto de whisky y un frasco de aspirinas —admito de forma
sombría—. Ben va a necesitar la semana libre. Te llamará por teléfono
después.
—Por supuesto. —Más para sí mismo, escucho a Jack murmurar—: La
familia siempre viene primero.
Escucho la gran camioneta granjera viniendo por la senda detrás de
mí. —Mira, ahora me tengo que ir, Jack. Estoy intentando ayudar a Wilma
a completar al menos algunos pedidos.
—Bien por ti por ayudarlos. —Sonrío. Jack siempre señala cuando
estoy haciendo algo correcto o bien. A veces me siento como si estuviera
consiguiendo una ovación de pie por atar mis zapatos apropiadamente.
Hoy, sin embargo, me pone feliz saber que estoy ayudando a Ben y a
Wilma de algún modo.
—Te veo esta noche, Jack. Ben va a llevarme a casa.
Cuelgo mientras la camioneta se detiene, aquellos frenos chirriantes
enviando un diminuto escalofrío por mi espalda. Cuando Wilma, y no Ben,
salta afuera, tengo que admitir que estoy ligeramente desalentada; pero
la sensación rápidamente se desvanece porque estoy, después de todo,
feliz de verla.
—Te ves un poco rosada ahí, Reese. Toma, necesitas esto. No quieres
arruinar esa linda piel. —Me entrega uno de esos gigantes sombreros
flexibles que ves a las personas famosas usando en la playa—. Y debes
tener sed. —Me entrega una botella con agua, la cual agradecidamente
acepto. He estado afuera por tres horas y mi boca se siente como
algodón.
—Quédate quieta. —Saca una botella de bloqueador solar de quién
sabe dónde y comienza a rociarlo por mis brazos mientras bebo—. Espero
que no tengas ningún lugar lujoso al que ir pronto, porque vas a tener un
lindo bronceado agricultor en tus brazos.
—Nop. Creo que estoy bien para los grandes eventos en el futuro
cercano. —Annabelle estaría en desacuerdo, viendo como su baile de
caridad es el siguiente fin de semana—. En verdad no necesitabas venir
aquí. Estoy bien por mi cuenta y sé que tienes un montón de planes que
hacer.
—En realidad no. He llamado a mis hijos y al sacerdote. Ben está
haciendo los arreglos para el ataúd y el entierro. ¿Y ahora qué? —Se
encoge de hombros, agachándose para examinar a fondo a través de la
cesta que ya he llenado en el carro del tractor—. Cocinar. Y esperar por
ahí, jugueteando con mis pulgares, ese es el motivo. Puedo también estar
aquí afuera.
Y lament ar la pérdida de t u esposo, quién se suicidó hace horas. Sin
embargo, no digo eso. No dudo que Wilma hará más que su cuota justa
de llorar por su marido. Estoy segura que ya lo hizo. Estoy segura que ha
estado llorando en silencio por años.
—Tienes un buen ojo para recoger fruta.
Sonrío, reanudando mi tarea. —Tuve un buen profesor.
—Lo tuviste —concuerda—. Siempre tuve la esperanza que la cosa
del fútbol americano fuera una fase infantil que él perdería al madurar.
Estaba convencida de que él sería quien mantendría este campo en
funcionamiento otra generación. Pero luego consiguió la beca y, bueno,
todos estábamos seguros que haría todo el camino. Si no hubiera sido
lastimado, estoy segura que ahora mismo estaríamos viendo a ese chico
correr en pantalones ceñidos en la televisión.
Bufo en voz alta ante el pensamiento de Ben en algo ceñido, pero
luego tengo que admitir, probablemente luce sexy en un uniforme de
fútbol americano. —¿Tengo la impresión de que siempre apoyaste el
fútbol? —Esa foto en el escritorio de Ben con la sonrisa radiante en el rostro
de Wilma ciertamente lo hizo parecer así.
—Oh, ¡claro! —Su voz aumenta, como si la sugerencia de no apoyar
a su hijo fuera espantosa—. Soy su mamá. Por supuesto que lo apoyé. Es su
vida, después de todo. Quería que sea feliz. —Agrega irónicamente—: Y
que no me convierta en abuela demasiado pronto.
—Hombre, desearía que hubiera pasado mi niñez contigo —admito.
¿Cómo habría sido si hubiera tenido una madre como Wilma?
Posiblemente no podrías no haber tenido éxito con ella de tu lado.
—¿Supongo que tu mamá y tú tenían una diferencia de opiniones?
—La curiosidad es gruesa detrás de su tono casual.
—Annabelle tenía una imagen muy clara de lo que su hija debería
ser y yo ciertamente no era eso.
Wilma se queda en silencio por un rato. —Lamento escuchar eso,
Reese. —Hay una pausa—. ¿Qué hay sobre tu padre?
—Apenas lo recuerdo. Se marchó cuando yo tenía cinco y no he
escuchado de él desde entonces. —Es curioso, admitir eso a Wilma no es
tan doloroso como lo es habitualmente. Me encojo de hombros—. Está
bien. Ahora tengo a Jack. Es un reemplazo bastante decente para un
padre. —Sonrío mientras lo digo, preguntándome si él me ve como más
que solo esa chica que rescató.
Wilma se estira para arrancar una mandarina extra-grande y regresa
a nuestra conversación previa. —Cuando Ben fue herido, pensé que
regresaría a casa, pero decidió que quería volverse abogado. Me
sorprendió, para ser honesta. Nunca pareció ser del tipo que se sienta en
una oficina, rodeado de papeleo. Siempre le gustó trabajar con las manos.
Un parte de mí se preguntó si era el altercado con su propio padre lo que
lo mantuvo lejos.
—Aunque viene a visitarte regularmente, ¿cierto?
—Oh, sí. —Su cabeza sube y baja con energía—. Casi cada fin de
semana durante la temporada, la cual es la mitad del año. Me llama todos
los días, también. Ben es casi el mejor hijo que una madre podría pedir.
Claro, era muy activo al crecer, eso con todo lo de perseguir chicas y
travesuras. Pero es el joven más leal y honesto. No lo digo solo por ser su
mamá. Es la verdad. El chico es un terrible mentiroso, incluso en las raras
ocasiones en que probablemente debería mentir o simplemente guardar
silencio. Ahora, si tan solo pudiera hacer que se estableciera con una
chica agradable, estaría encantada.
—No sé si Ben tenga alguna prisa en establecerse. —Nunca. ¿Cómo
sería en realidad tener el cien por ciento de Ben todo el tiempo, sin
preocupaciones? ¿Sería quien es hoy en día? ¿Cambiaría?
Siento sus ojos en mí. —Solo tiene miedo de que será como su padre.
No podría vivir consigo mismo si lastimara a alguien como Josh me hizo
daño. La cosa es, que Ben no es capaz de hacer daño a una mujer así. Su
corazón es demasiado grande, maldita sea.
Sé que no debería preguntar, pero estoy preguntando: —¿Por qué...
Quiero decir, ¿cómo lo aguantaste durante todos estos años? —Me estoy
muriendo por saber que poseería a una mujer como Wilma, quien parece
tan fuerte y autosuficiente, para quedarse con el padre de Ben durante
tanto tiempo.
Un espeso silencio llena el aire. Echo un vistazo para ver su sonrisa
triste, una mirada lejana en sus ojos azules. —Porque me enamoré de un
hombre. Y entonces me aferré al recuerdo de él, mucho después de que
ese hombre se hubiera ido —murmura, una suave y triste sonrisa toca sus
labios—. No siempre fue así. Joshua era el guapo e intenso chico en la
escuela secundaria con el que todas las chicas querían salir. Pensé que me
había muerto e ido al cielo cuando se me acercó después de clase un día
y me pidió que fuera al autocine con él ese fin de semana. Quiero decir,
era la simple hija de un agricultor de naranjas. ¿Qué posiblemente podía
ver en mí? Todavía recuerdo esa primera noche; el olor de su colonia, el
azul de sus ojos, su sonrisa tranquila, la forma en que sentía tener su brazo
alrededor de mí. Pensarías que era una estrella de cine o algo así, la
admiración que sentía. Era ridículo.
—Yo era así con mi ex marido —susurro en voz baja. La misma
conmoción y admiración.
Una mano se acerca y acaricia mi antebrazo con amor. —Ben me
mencionó algo sobre eso. Lo siento mucho. —Retrocediendo, continúa—:
Joshua y yo nos casamos al salir de la escuela y nos mudamos a la
arboleda con mis padres. Era hija única y sabía que iba a manejar este
lugar. Joshua sabía que quería hacer muebles, así que era perfecto. Estuve
embarazada de Josh hijo a los dos meses. Los otros siguieron como fichas
de dominó. ¿Ben te dijo que tuve a todos los cinco hijos en siete años?
Asiento.
—Joshua tenía un apetito muy saludable. —Se ríe entre dientes—.
Supongo que Ben no cayó lejos del árbol de manzana, bueno, de
naranja… —Sostiene una fruta—… en ese sentido.
Oh por Dios. Agacho mi cabeza, apreciando el ala ancha de este
sombrero para esconder mis orejas rojas.
—Como puedes imaginar, con cinco niños corriendo alrededor de
este lugar y tratando de hacerme cargo de todo el negocio de mis
padres, quienes eran mayores y estaban listos para retirarse, se estaba muy
ocupado por aquí. Joshua parecía contento construyendo muebles y
vendiéndolos. Nunca fue el tipo de padre muy “práctico”, pero sabía que
era porque tuvo un padre ausente. No sabía cómo jugar con un niño. —La
miro escoger a través del árbol por un momento, observando cuan
lentamente apunta y arranca la fruta madura, como si pudiera hacer esto
en su sueño—. No tenía idea de que había empezado a beber allí. Josh
era un hombre tranquilo, melancólico para empezar, y yo era ingenua. No
conocía las señales. No crecí alrededor de ese tipo de cosas. El único
alcohol en nuestra casa era champán en la mañana de Navidad. —
Suspira—. Me culpé a mí misma durante mucho tiempo. Pensé que no era
suficiente para él, que ya no era lo suficientemente atractiva, que mi
cuerpo se estiró al tener a todos estos bebés. Josh seguía en buena forma,
envejeciendo con gracia. Me preocupaba demasiado con los niños y el
trabajo para ponerme maquillaje y encaje. Cuando empezó a salir por la
noche y volver a casa con lápiz labial en su cuello, quedé devastada. Pero
miré hacia otro lado. Lloré. Me convencí que toda mujer debe lidiar con
este tipo de cosas. Y oré. Le di gracias a Dios por darme mi vida y mis hijos y
le pedí su ayuda para hacerme una mejor esposa así mi esposo ya no
necesitaría beber ni ir a ver a otras mujeres. Fui estúpida —admite en voz
más baja—. Cuando por fin acepté que mi esposo tenía serios problemas
con el alcohol y lo confront é por eso, se puso peor. Me atacó, diciéndome
que lo dejara ser, que podía parar si quería pero que eso lo ayudaba a
soportar el dolor de la monotonía de esta vida. Y luego comenzó a beber
más.
»Y entonces sucedió el accidente en el taller de carpintería. ¿Asumo
que Ben te contó sobre eso?
Asiento de nuevo, en silencio escogiendo mientras ella continúa.
—Perdí a Joshua después de eso. El hombre del que me enamoré se
había ido para siempre, dejándome con un recuerdo que no quería dejar
ir. No hasta anoche, cuando vi la mirada en el rostro de mi bebé, cuando
me di cuenta de todo lo que había perdido al creer que si aguantaba
suficiente tiempo, podríamos volver. Que todo vale la pena salvar.
Oigo los primeros sonidos del motor del buggy en la distancia, las
bajadas familiares mientras cambia la marcha, cada una trayendo el
estruendo más cerca. Parece que Ben ha conseguido la aguja enterrada.
Wilma sonríe tristemente. —Aún no lo he asimilado. Estoy en shock. Lo
sé. Todo lo que puedo pensar ahora es que va a ser muy agradable tener
a todos mis hijos aquí, bajo un mismo techo de nuevo. Incluso bajo estas
circunstancias. —Le ayudo a cargar el cajón lleno al remolque cuando el
rojo y el amarillo vienen a la vista, una nube de polvo saliendo.
Su mano, pequeña pero engañosamente fuerte, agarra la mía. —No
me importa lo que ese chico te ha dicho. Se preocupa mucho por ti, ya
sea si se lo ha admitido a sí mismo o no. He visto como es con las mujeres y
es simplemente diferente contigo. No puedo precisar qué es. —Sonríe
mientras da golpecitos a mi mano y luego la suelta—: No renuncies a Ben
ahora.
El buggy se detiene derrapando. —Mamá, te desapareciste. —Ben
agarra las barras antivuelco y eleva su cuerpo gigante en una forma muy
a lo “Dukes of Hazzard”, ojos cautelosos moviéndose entre Wilma y yo—.
¿Qué están haciendo aquí afuera?
—Estoy ayudando a Reese, por supuesto. ¿Qué parece que estoy
haciendo, Benjamin? —replica sarcásticamente.
—Lorna Parker está esperando por ti en la casa con más comida.
—Mi Dios. Gracias a Dios que tendremos una casa llena. No sé de
qué otra manera vamos a terminar con esto antes de que se eche a
perder.
—Tal vez deberías dejar de hacer más, entonces —comenta Ben con
una sacudida de cabeza—. El temporizador en el horno comenzó a sonar,
así que saqué el pastel de carne. No sé si ya está listo, pero seguro que
huele bien.
—Perfecto. Gracias, hijo. —Acaricia sus mejillas una vez y luego sube
a su camioneta. Se ha ido en segundos.
—Ella parece estar llevándolo bien —noto.
—Está en shock. Si tienes alguna petición; galletas, pasteles, una
pierna de cordero; es el momento de pedir. La mujer probablemente no va
a dejar de cocinar por la próxima semana.
—Creo que voy a tener que probar eso la próxima vez que lidie con
un evento catastrófico. —Es mucho más saludable que el alcohol y,
después de lo que he sido testigo este fin de semana, estoy considerando
en renunciar a los licores fuertes por el resto de mi vida.
Ben rodea el remolque y comienza a mover las cajas, los músculos
en sus brazos luchando contra el peso. —Has hecho mucho.
—Recuérdamelo cuando mi cuerpo me duela mañana —murmuro,
volteándome hacia el árbol. ¿Quién sabría que la recolección de fruta
podría ser tan agotadora? Pero con todo el estiramiento y extensiones, sé
que lo voy a sentir.
Manos fuertes caen sobre mis hombros y comienzan a amasar
suavemente sobre los círculos y debajo de mis bíceps. Gimo y me recuesto
en su pecho.
—¿Qué hay con este sombrero? —exclama Ben, quitándolo de mi
cabeza y arrojándolo al camión antes de volver su atención a mi cuerpo.
—¿Qué? Tu madre no quiere que se dañe mi hermosa y perfecta piel
—explico, disfrutando de la calidez del sol, casi tanto como disfrut o de la
proximidad de Ben.
—Así que... ¿de qué hablaban? —Oigo la sonrisa en su voz, pero
también hay algo más allí. Cautela.
—Lo usual.
Una pausa y luego—: ¿Vas a hacerme sacártelo?
Cierro los ojos, preguntándome lo que implicaría esto. —Solo que
estás locamente enamorado de mí y simplemente no lo sabes todavía.
Ben descansa su barbilla en la parte superior de mi cabeza mientras
me dobla en un abrazo. Y resopla con fuerza. —Incluso en el día en que su
esposo se suicida, la mujer está decidida a casarme.
Me estiro para acariciar ciegamente su mejilla, el recordatorio de
esta mañana aleccionadora. —¿Cómo estás? ¿También en shock?
Los brazos de Ben caen de mí mientras da un paso adelante para
estar delante de un árbol, tratando de alcanzar alguna fruta madura sobre
una rama alta que no puedo alcanzar. —No sé cómo mierda estoy, Reese.
Confundido, eso es seguro. —Los músculos de su mandíbula cuadrada se
endurecen cuando baja la cabeza—. Mamá le dice que finalmente ha
tenido suficiente, que quiere ser libre, y entonces él va y ¿se suicida? Lo
preparó como un maldito escenario, con las puertas de par en par y él
sentado en el medio. ¿Cómo se supone que mamá reaccione a eso? Va a
sentirse culpable, ¡así es cómo! Ella está escondiéndolo bien, pero sé que
se siente culpable. ¿Fue eso un “jódete” para ella? ¿Para mí? —La cabeza
de Ben cae y toma una respiración profunda—. Lo siento. No quiero gritar.
Solo estoy...
—Está bien. Grita todo lo que quieras, Ben.
Se estira hasta descansar sus manos en la parte superior de su
cabeza mientras su boca se abre para hablar, solo para titubear. Y luego
explota. —¡Maldición, estoy eufórico de que se haya ido, Reese! ¿Cuán
malo es eso? Quiero decir... —Sus brazos caen tan fuertemente que sus
manos golpean contra sus muslos. Comienza a caminar de un lado a
otro—. Cuando vi a mamá desplomada de esa manera, pensé que había
tenido otro ataque al corazón. No podía llegar a ella lo suficientemente
rápido. Y entonces lo vi hundido en esa silla, muerto, la única palabra en mi
cabeza era “¡por fin!”. Finalmente, después de todo lo que le ha hecho,
después de todo el dolor que le ha causado a ella y a esta familia, y lo
mucho que hemos perdido aquí, ¡el hijo de puta está fuera de nuestras
vidas!
Su tono se suaviza un poco y se le quiebra la voz. —Mientras que mi
mamá está de pie allí, sollozando sobre su muerte, yo estoy listo para
cantar ale-maldito-luya. —Casi puedo ver la culpa haciendo caer sus
hombros—. ¿Qué clase de persona me hace eso?
—Una normal, Ben. Él era un padre y esposo de mierda. Incluso tu
madre sabe eso.
—¿En serio? —Se vuelve a mirarme—. Qué pasa si tienes una llamada
para decirte que Annabelle murió. ¿Querrías hacer una fiesta?
Buena pregunt a. Annabelle... ¿muerta? Nunca he pensado mucho
en eso. ¿Qué sentiría por una mujer que parecía incapaz de sentir algo por
mí? —No sé —admito con un suspiro.
Caemos en silencio mientras Ben se inclina contra el camión.
Finalmente me atrevo a preguntar—: ¿Qué decía la nota?
Frunce sus labios por un momento. —Que lamentaba... todo. Que
deseaba que pudiera haber sido un mejor esposo. Que quería que ella se
quede en la arboleda y sea feliz de nuevo.
Un bulto se atora en mi garganta. —¿Cómo una persona se desvía
tan lejos de curso?
—Alcohol… depresión… miedo… —Sacude la cabeza—. No lo sé.
¿Por qué tomó una botella de aspirina y un deseo de muerte para
que el padre de Ben admitiera sus faltas? ¿Y si hubiera dicho esas cosas
hace años? Supongo que tal vez no veía lo que estaba mal. O seguía
negándolo. Hasta que fue demasiado tarde. —Al menos le dio eso a ella.
—Sí. También había un sobre con una póliza de seguro de vida que
tomaron hace años. Una bastante grande. Una que pagará, incluso
después de un suicidio. —Sonríe tristemente—. La ayudara a arreglar la
casa.
El calor se propaga a través de mi pecho. —¡Eso es una gran noticia!
Ben vuelve a darme una mirada extraña.
—¿Qué?
Sin embargo, no dice nada. Simplemente estira una mano. Cuando
la tomo, me jala hacia él. Levantándome sobre el borde del remolque, no
pierde tiempo en abrir mis piernas para deslizar su cuerpo entre ellas. —Sé
que ha sido un día de mierda, pero me alegra que estés aquí.
—También yo. —Todo lo que he querido hacer es envolver mis manos
alrededor de ese gigante corazón suyo y protegerlo de más daño. Daño
como el que vi anoche. El tipo que sientes cuando te enfrentas con la
amargura profundamente arraigada que Ben ha tenido que enfrentar por
años. Me pregunto si es mejor o peor que la indiferencia que veo cuando
Annabelle me mira.
Estoy esperando las manos de Ben en mi camisa en segundos, pero
todo lo que hace es descansar su frente contra mi pecho. Y entonces
enrollo mis brazos alrededor de su cabeza, presiono mi mejilla contra su
cabello, y veo el sol de la tarde moverse del horizonte en silencio.

—Debería haberlo llamado. No sé cómo me convenciste de esto —


murmura Ben, llegando a la entrada de Jack esa noche.
—Te dije. Él ya sabe que estuve contigo y lo que pasó. Querrá
presentar sus respetos en persona.
Ben da un suspiro de resignación.
—¡No va a despedirte!
—Bueno, hacerlo hoy sería de mal gusto, supongo. —Se desliza del
lado del conductor de mala gana y me arrastra dentro.
Tanto Mason como Jack nos están esperando en la cocina. Jack se
pone de pie al instant e, caminando hacia adelante con una expresión
malhumorada y con sus brazos extendidos para ofrecerle a un Ben de
aspecto confundido un abrazo de hombres. Mason sigue muy de cerca. —
¿Cómo podemos ayudar?
—Bueno, creo que Reese ya mencionó que necesito una semana de
descanso. Mis hermanos están tratando de conseguir vuelos, pero no estoy
seguro de cuando lo lograran. No puedo dejar a mi madre sola.
—Hecho —dice Jack simplemente.
Ben traga. —Gracias, Jack. Eso es un alivio. Solo volví para dejar a
Reese y buscar algo de ropa, y estoy regresando esta noche.
Hay una pausa incómoda mientras tres pares de ojos se disparan
hacia mí: los de Mason llenos de curiosidad, los de Jack con reticencia, y
los azul claros de Ben con... No sé qué es esa mirada, pero la he estado
recibiendo mucho hoy.
—Mi mamá te envió su pastel de carne como una pequeña muestra
de agradecimiento —agrega Ben, entregándole a Mason la caja de
comida que empacó Wilma. Las noticias en la pequeña comunidad se
extendieron rápidamente. Para el momento en que regresé a la casa, la
nevera y el congelador se hallaban rebosados de comida de amigos, y
Wilma todavía estaba cocinando.
—Bueno, dile que eso fue innecesario, pero irá al mismo buen lugar
que fue la última vez. —La suave risa de Jack llena la cocina mientras
acaricia su vientre.
—Bueno, debería irme. —Hay otra pausa incómoda cuando Ben me
mira. Me pregunto lo que está pensando. Probablemente lo mismo que yo:
¿Cuál es el prot ocolo est ándar para despedirse aquí? Porque sé lo que yo
quiero.
Quiero que me bese.
Aclarando su garganta, Ben finalmente ofrece—: Gracias por toda tu
ayuda hoy, Reese. Mamá seguro lo aprecia. Tienes que estar cansada.
Exhausta, en realidad. No sé cómo lo hace día tras día. Simplemente
asiento y observo su espalda retirándose mientras desaparece por la
puerta principal.
Y me doy cuenta. No voy a verlo durante una semana. ¡Por lo
menos! ¿Está sintiendo algo de lo que siento ahora? ¿O está Wilma mal?
¿Esto es solo su amistad normal, con un poco de tragedia emocional para
sembrar el caos emocional? ¿Y si él lo est á sintiendo y no le gusta? Wilma
me ha estado presentando como la novia de Ben a cualquiera que
escuche, incluyendo al sacerdote de su parroquia quien pasó cuando
metíamos las maletas al coche para volver a Miami. Hay una buena
probabilidad de que Ben esté buscando salir de aquí.
Quizás a la cama de otra persona.
Mierda. ¿Estoy desarrollando sentimientos reales por Ben Morris?
—Olvidé algo en el coche. —Salió forzado y obviamente falso. Miro a
Jack mientras paso. Él me mira. Trato de no salir corriendo por la puerta,
pero estoy bastante segura de que he fallado en ocultar mi prisa.
La alta figura de Ben de está apunto de doblarse en el lado del
conductor mientras que la puerta principal se cierra detrás de mí. Se
detiene y mira mientras doy tentativos y rígidos pasos hacia él, mientras mi
estómago es una mezcla de mariposas y pavor, no estoy segura de lo que
está pasando por su cabeza. Esta “cosa” entre nosotros era más fácil
cuando no me importaba. Ahora... estoy bastante segura de que importa.
Dios, no quiero ser otra Mercy, otra “amiga” que tenga que rechazar
amablemente.
—Yo solo... —Mi voz se apaga mientras le alcanzo. ¿Qué diablos voy
a decir ahora que estoy aquí? “Siento mucho lo de tu padre. Todo ello. No
solo lo de hoy”.
Su cabeza se inclina a un lado mientras me mira. —Reese, ¿estás
enamorándote de mí?
—¡No! —grito con demasiada fuerza. Siento mi cara incendiarse
cuando él comienza reírse—. Cállate, idiota.
—¡Oye! ¿Mi padre se ha suicidado hoy y me estás insultando? —Su
terrible intento de humor me hace temblar—. Ya está bien, ven aquí. —Un
brazo engancha mi espalda y me jala en un fuerte abrazo, presionando mi
cara contra la suavidad de su camiseta. Todas sus camisas son suaves,
cómodas y dignas de pegarte a ellas. Inhalo profundamente, capturando
este jabonoso olor a limpio que ya he echado de menos.
—¿Vas a sobrevivir una semana sin mí o necesitas una de mis
camisas para salir del apuro? —murmura, con su boca presionada contra
mi cabello. Oigo la sonrisa en su voz.
Aparto la cara cuando otro estallido de calor toca mis mejillas. —
Quizá solo una.
Él gime, sus brazos apretándose a mi alrededor. —¿Para que puedas
usarla para alguna mierda extraña de exorcismo vudú cuando te moleste?
¡Demonios, no! Voy a terminar con un desagradable sarpullido, ¿no? Oh,
espera. Tú me llamaste sarpullido, ¿no?
Me encuentro riendo cuando el movimiento de las persianas en la
ventana principal me llama la atención. Genial. Jack. Tendré que tratar
con eso cuando entre.
Ben también debe haberlo visto. —¿Qué le vas a decir a Jack?
—No lo sé. —Me aparto y echo la cabeza hacia atrás para hallar los
ojos Ben—. ¿Qué debería decirle?
Su pecho se presiona contra el mío con su profunda respiración. Con
otra mirada rápida a la ventana, me conduce por delante de su coche
hacia las puertas de la cochera, lo suficientemente lejos como para que
ninguna ventana tenga una vista. Me mira, explorando mis rasgos y
fijándose en mi boca. —Que somos buenos amigos. —Y luego, contrario a
sus palabras, y de una manera muy diferente del Ben que me ha besado
en el pasado, se agacha y coloca un suave y ligero beso en mi boca, sus
pulgares frotando contra mis mejillas—. Tengo que salir ahora. Es un largo
camino de vuelta y estoy hecho polvo —murmura contra mi boca, su voz
crepitando con su baja cadencia. Siento sus labios curvarse contra los
míos—. No dormí bien con todo el balbuceo que hiciste anoche.
—¿Qué? —Siento arrugarse a mi frente—. No hablo en sueños.
Hay suficiente luz de la esquina de la casa para que vea sus
hoyuelos. —Lo haces. No tuve la oportunidad de burlarme de eso antes.
La curiosidad vence a mi vergüenza. —¿Qué dije?
Hace una pausa, decidiendo si contármelo. Y luego se encoje de
hombros. —Es difícil decirlo, con ese culo tuyo haciendo ruidos toda la
noche. Qué comiste, porque... ¡Jesús!
—¡Qué! —chillo, alejándome para golpear con fuerza su amplio
pecho mientras él estalla en risas—. ¡No me tiro pedos dormida! —siseo.
Esto puede ser peor que el vómito y el arrastrarse.
—Yo fui el acurrucado contra ti durante toda la noche. Creo que lo
sabría.
—Oh Dios mío. —Cierro los ojos mientras me estremezco. ¿De todos
los chicos que podían presenciar eso, si es cierto; Jared nunca dijo nada,
tiene que ser un chico como Ben? ¡Quién me atormentará! ¿Este tipo de
cosas también les sucede a otras mujeres? ¿O es solo a mí? Me muevo
lejos de él y comienzo a moverme hacia atrás—. Bueno, será mejor que te
vayas. Es un largo viaje.
Dos fuertes manos me agarran y me empujan hasta que mi espalda
está presionada contra la puerta de la cochera. —No te preocupes. Sigo
pensando que eres sexy. —Con una sonrisa insufrible, se agacha y me
aplana con uno de sus abrumadores besos, este mucho más familiar y al
estilo “Ben”, doblando mis rodillas mientras presiona su cuerpo contra el
mío. Mis ojos finalmente se abren, mirando profundos hoyuelos mientras
levanta mi mano y me besa los nudillos—. Está bien, en serio, tengo que
irme o es probable que te tome en el capó de la camioneta de Jack. —
Deslizando una mano en la parte baja de mi espalda, me conduce por la
acera mientras se dirige hacia su coche—. ¿Crees que puedes mantenerte
fuera de problemas esta semana?
—Depende. ¿Qué tipo de problemas?
Descansa un brazo en la puerta abierta mientras sonríe hacia mí,
explicando en un tono irónico—: El tipo que involucran a ex maridos
imbéciles.
Abro la boca para hablar pero ahogo las palabras mientras proceso
esto. ¿Está refiriéndose a peleas de gatas con Caroline y arrebatos
violentos? ¿O es su manera de decir que no quiere que ande liándome
con nadie? Me decido por—: Depende. ¿Crees que puedes estar alejado
de Pastelito?
Me guiña un ojo. —Sabía que estabas celosa. —Y después se mete
en su coche sin darme una respuesta adecuada. Le veo alejarse,
sintiéndome irritada y repentinamente vacía.
Con una respiración honda, camino dentro.
Jack y Mason siguen en la cocina, Jack cortando un considerable
pedazo de pastel de carne y poniéndolo en un plato. —¿Has comido?
—Sí, Wilma no nos dejó irnos hasta que comimos —explico, buscando
en la nevera la jarra de leche chocolatada. Quito la tapa y estoy a punto
de subirla a mis labios para dar un trago cuando veo a Mason mirándome,
su boca abierta y tratando de no regañarme. Mis brazos caen. Me estiro y
agarro un vaso, intentando darle una mirada de: “¿Ves? ¡Puedo ser
considerada!”
—Bueno, la mujer sabe cocinar —reflexiona Jack, abriendo el
microondas para deslizar el plato dentro—. Ni siquiera tengo hambre y
tengo que comer esto.
Acaricio su vientre cariñosamente. —Ten cuidado. No querrás estar
demasiado gordo para la señora Sexton.
Mason empieza a reírse desde su asiento en el taburete.
—Mason... —La cocina se llena de altos pitidos mientras Jack golpea
instrucciones en el microondas—. Por qué no vas a tu habitación y hablas
con esa encantadora novia tuya.
La risa de Mason se corta de golpe. —¿Me estás mandando a mi
habitación? ¡Tengo veinticinco años!
—Sí, es cierto, los tienes. Y sin embargo has sido pillado mintiéndole a
tu padre este fin de semana. —Jack está delante del microondas, con una
pequeña sonrisa su cara.
—Buena suerte, Reese —murmura Mason, agarrando cualquier
revista que estuviese leyendo y su vaso de leche chocolatada.
—Así que... —Jack se toma un momento rebuscando en los
tenedores del cajón de los cubiertos, como si hubiese un “buen tenedor”
versus un “mal tenedor” ahí. Es un set a juego—. ¿Cómo lo está llevando la
madre de Ben?
—Es difícil decirlo. Se mantuvo muy ocupada hoy. Ben cree que va a
pasarlo mal una vez que el polvo se asiente.
Jack saca el caliente plato de comida del microondas y se dirige a
la barra de desayuno. —No puedo imaginar que perder a su marido así
sea fácil.
—Fue malo, pero podía haber sido peor. —Imagino que es más fácil
de tratar con una botella de pastillas y un poco de vómito que con una
escopeta o una cuerda. Si Wilma se hubiese encontrado con eso... Mi
estómago se contrae con el pensamiento. Ella es una mujer muy dulce y
merece ser feliz.
También es una mujer fascinante. Quizá sea por la gran diferencia
entre ella y Annabelle. Todo lo que conocí al crecer fue una mujer que
seguía negociando por poder y prestigio. Wilma es totalmente opuesta, al
lado de un hombre miserable durante treinta y tres años, aferrándose a los
pocos años de felicidad que recuerda. ¿Alguna de estas mujeres ha
tomado buenas decisiones?
—¿Cómo lo está llevando Ben? ¿Debería estar regresando solo? —
pregunta Jack.
Vuelvo a pensar en lo que acabo de dejar en la entrada. Ben
siendo... Ben. —Creo que está bien —digo tentativamente, añadiendo—:
No tenía una relación estrecha con su padre.
Jack asiente mientras se sienta. —¿Y qué acerca de su relación
contigo? ¿Cómo es de estrecha? —Se mete un bocado de pastel de
carne y lo mastica lentamente, sus ojos nunca dejando mi cara.
—Somos buenos amigos —repito las palabras de Ben. No es una
mentira. Hemos creado una buena amistad. Puede que no sea del todo
platónica. O para nada platónica pero, mientras que Jack no pregunte
específicamente, es una sólida respuesta. Además, si no admito nada, no
estoy poniendo a Jack en una posición incómoda, donde se vea obligado
a hacer algo al respecto en el trabajo.
Mi lógica es sólida.
Veo a Jack procesar eso mientras traga y llena su boca de nuevo.
Siempre sé cuándo Jack está pensando porque sus ojos permanecen
abatidos y centrados en un punto específico. Finalmente, deja el tenedor.
—Creo que ambos tienen futuros brillantes, y odiaría que algo pusiese en
peligro eso.
—Nada va a hacerlo —prometo, aunque por dentro sé que no estoy
tan segura como parezco. ¿Qué va a pasar cuando Ben se acueste con
alguien más? ¿Se acurruque en la cama con ella? ¿La haga reír y sentir
especial?
La idea me hace apretar los dientes.
Jack suelta un gruñido suave, como si pudiese leer mi mente, ver mis
dudas.
Termino mi vaso de leche y lo enjuago. —Me voy a la cama, Jack.
Ha sido un día largo.
—Está bien. Un paquete llegó para ti ayer, de Annabelle. Lo he
dejado en tu habitación.
—Genial. —¿Qué podría ser?
—¿Reese? —dice Jack en voz alta detrás de mí cuando le paso.
Me detengo a regañadientes. Puedo convencerme de cualquier
lógica que quiera; engañar a Jack sigue sintiéndose mal. —¿Sí?
—Entiendes porque estoy preocupado, ¿verdad?
—¿Por qué soy un desastre emocional que puede accidentalmente
volver a pintar el interior de Warner en un ataque de rabia?
Una sonrisa torcida toca sus labios mientras hace una pausa. —Ben
parece un buen tipo, pero... No quiero que termines amargada como
Annabelle. —Me muerdo el interior de mi boca para permanecer callada,
recordando las palabras similares de su propio hijo solo unos días atrás—.
Solo... —Jack recoge el vaso de vino tinto que apenas ha tocado desde
que llegue a casa—. Mantenlo fuera de la oficina, Reese. No quiero que
nadie haga preguntas. Parecerá como si te estuviera favoreciendo. —Da
un trago—. Más de lo que ya lo hago.
Le doy un pequeño e imperceptible asentimiento mientras subo las
escaleras hacia la privacidad de mi habitación, para encontrar la gran
caja blanca descansando en mi cama. Tirando mi mochila al suelo, quito
la cinta que sujeta la parte superior. Un montón de satén color amatista
ubicado entre papel de seda me devuelve la mirada. Desplegando la
tarjeta de la parte superior, leo:
Para el baile de caridad del sábado. Espero que no hayas
engordado.
Suspiro. Este evento debe de ser muy importante para su imagen
para que se tome la molestia de que vaya su hija. Cojo la caja y la tiro a la
esquina sin ni siquiera sacar el vestido.
Porque no voy a ir.
Son las once en el momento que me estoy metiendo a la cama,
cuando mi teléfono suena. Mi estómago hace una voltereta cuando veo
aparecer el nombre de Ben.
Oh Dios, est oy t an jodida.
Respondo con su frase. —¿Ya me echas tanto de menos?
—¿Cómo te fue con Jack? —dice sobre el ruido del motor de su
Volkswagen.
Eso es por lo que llamó. Está preocupado por su trabajo. Claro que lo
está. —Bien. No tienes nada por lo que preocuparte.
—¿En serio? —La duda en su voz es inconfundible.
—Sí. Mientras que no les declares a todos en el trabajo que estás
enamorado de mí, estarás bien.
Él se echa a reír. Me muerdo el labio contra el impulso de preguntarle
por qué eso es tan gracioso.
Hay un largo momento de silencio, espero a que se despida y lo
temo, secretamente.
Y luego le oigo pedir—: Cántame algo.
—¿Qué?
—Es un viaje largo y me estoy durmiendo. Cántame antes de que me
estrelle.
Trato de evitar que la oleada de calor explote en mi voz mientras
murmuro—: De acuerdo. —Y me siento en el puff. Dejando el teléfono y
poniéndolo en altavoz, cojo mi guitarra y empiezo a rasgar las cuerdas a
voleo—. ¿Alguna petición?
—¿Qué tal... “Achy Breaky Heart”? ¿”Ice Ice Baby”?
Ruedo los ojos. —Ninguna. Está bien, entonces. —Me acomodo
mientras empiezo a tocar hasta que surge una melodía familiar y
encuentro la letra de “The Freshmen” de The Verve Pipe, saliendo de mi
boca.
Se siente bien hacer esto ahora. No para enseñar, no por venganza.
Solo por mí.
Y para Ben.
—¿Sigues despierto? —pregunto mientras se desvanece la última
nota de la canción.
—Por supuesto, cariño. Cántame otra. —Siento que mis labios se
curvan en una cálida sonrisa mientras elijo otra canción.
Para el momento en el que Ben aparca en el camino de entrada de
casa de Wilma han pasado casi dos horas, mi voz es rasposa y mi culo está
dormido. —Es tarde. Será mejor que descanses —me dice.
—¿Se siente diferente ahora, estar ahí?
Hay una larga pausa. —Aún no lo sé. No sé cómo me siento sobre
esto. —Mucho más suave, le oigo agregar—: Sobre muchas cosas.
—Sí. Sé lo que quieres decir. —De inmediat o me muerdo la lengua.
¿Era tan obvio?
—Buenas noches, Reese.
—Buenas noches, Ben. —Aprieto el botón de colgar antes de estar
tentada a decir algo de lo que me arrepentiré.
Traducido por Mary Haynes & Dannygonzal
Corregido por Eli Hart

—Est o se sient e diferent e —admito para mí mismo mientras me


tumbo en la cama, con la cabeza enclavada en mis brazos, mirando
hacia el techo de la habitación de Elsie.
Y no t iene nada que ver con que mi papá se haya ido.
Deseo que Reese estuviera acostada junto a mí. Intento decirme que
es porque estuve sent ado en el coche durante dos horas escuchando su
sexy voz. Sonreía como un idiota todo el tiempo.
Y luego, cuando atrapé a mamá aquí esta noche con las manos
sobre las almohadas, a punto de cambiar las sábanas, le grité que parara.
Me dio unas palmaditas en el pecho con una sonrisita y se marchó en
silencio, dejándome enterrando la cara en la almohada de Reese para
inhalar el aroma de fresas y crema.
Y ahora, aquí estoy, pensando en besar a Reese esta noche antes
de dejarla, y lo mucho que no quería dejarla.
Para ser honesto, esperaba que la novedad de Reese desapareciera
después del viernes en la noche; que tenerla por fin en mi cama satisfaga
este intenso deseo que me ha vuelto loco durante semanas. Quiero decir,
soy un chico al que le gusta la caza. Ese ha sido siempre el caso. Pero no
es el caso con Reese.
Todo lo contrario, en realidad.
Ahora, solo quiero aferrarme a ella para evitar que se aleje. Y dejarla
esta noche, pensando en que posiblemente salga con ese idiota de su ex,
tenía a mis dientes moliéndose unos contra otros. Sé que parte de eso es
que ella le da la hora del día después de lo mucho que la lastimó. Pero no
solo eso, porque cuando la imagino saliendo con alguien más, siento la
misma bola exactamente formándose en mi estómago.
Sí, las cosas definitivamente han cambiado. No estoy seguro de qué
demonios se supone que debo hacer al respecto.

—¿Cómo dormiste, cariño? —me pregunta mamá desde su asiento


en el pórtico trasero, una de las mantas tejidas de la abuela envuelta a su
alrededor mientras sorbe su té.
Me inclino para besar su cabeza. —Como un bebé, como de
siempre. Lo sabes. —Una vez que mi cuerpo se apaga, se necesita mucho
para despertarme. Ayer solo provocaba a Reese. Si habló o hizo cualquier
otra cosa en su sueño, no tengo ni puta idea.
Mamá sonríe. —Siempre has sido el mejor en dormir. Como un bebé
feliz.
Dejo mi taza de café en el extremo de la mesita —otra pieza hecha
por mi padre; la casa es como un museo de Joshua Morris— y me dejo
caer en una silla. —¿Cuándo va a llegar todo el mundo?
—Elsie debería estar aquí esta tarde. Rob y Jake estarán aquí el
miércoles con sus familias. Josh, no hasta el jueves en la noche. No puede
permitirse el lujo de perder tiempo con el trabajo. —Mi hermano mayor, el
tocayo de mi padre y podría decirse que una astilla del viejo tronco,
trabaja como operador de grúas en Chicago. Al menos él ha admitido
que tiene un problema con la bebida y está tratando de obtener ayuda.
Las cuentas médicas, junto con la manutención de menores y pensión
alimenticia, significan que está luchando para llegar a fin de mes en un
apartamento-estudio de mierda en una de las zonas menos deseables de
Chicago.
—Va a estar la casa llena.
—Lo sé. —Mamá sonríe tristemente—. Ha pasado mucho tiempo
desde que pude decir eso. —Me extiende un plato de pastel—. Prueba un
poco de esto. Tenemos veint e más esperando en el interior.
—Los vecinos han sido buenos con nosotros. —Con mucho gusto me
estiro y agarro un pedazo, metiéndolo en mi boca.
—Está delicioso, ¿no?
Gimo en respuesta. Nunca rechazo los postres, aunque tal vez
debería. Si alguna vez dejo de hacer ejercicio, voy a terminar con una
tripa como la de Jack en nada de tiempo.
—Hayley lo hizo.
—¿Quién es Hayley? —Las migas vuelan de mi boca.
—No hables con la boca llena —me regaña mamá—. La hija de
Lorna. Viene a ayudar con la recolecta. La cosecha de ayer ya se fue a la
empacadora esta mañana. Van a estar en la carretera por la tarde.
Al menos eso ha sido atendido. Todavía no puedo creer que Reese
estuviera ahí afuera tanto tiempo, llenando esas cajas. Podría besarla por
ello. Caray, podría besarla por cualquier cosa, pero eso es una excusa tan
buena como cualquier otra.
Hay una pausa. —Siempre hay espacio aquí para uno más.
Le doy una mirada confusa.
—Reese, hijo —aclara con un suspiro exasperado—. ¿Por qué no la
invitas a venir y a quedarse con nosotros?
—Bueno, por una cosa, porque trabaja a tiempo completo. Además,
¿por qué iba a querer pasar el rato aquí una semana entera, mientras nos
preparamos para un funeral?
Toma un pequeño sorbo de su té. —Algo me dice que lo haría.
Por supuest o. Lo que me lleva a lo que no he tenido la oportunidad
de decir ant es. —Mamá, tienes que dejar de decirle a la gente que Reese
es mi novia.
—Oh, ¿eso salió por accident e? —Hace un espectáculo de quitarse
las migajas de su mano, mirando a otro lado.
—Una o dos veces —me burlo en voz baja, recargándome en mi silla
para estirar los pies—. Solo somos amigos. No necesito que las cosas se
pongan confusas poniéndoles etiquetas.
—¿Crees que la etiqueta va a cambiar lo que está pasando? —Veo
sus labios curvarse en una sonrisa, como si supiera algún secreto, pero la
esconde detrás de otro sorbo. ¿De qué diablos hablaron esas dos mujeres
ahí afuera ayer? Fue una jugada astuta de parte de mamá. Un minuto
está en la cocina. Entonces me dirijo al basurero y se ha ido cuando
salgo—. ¿Cómo fue dejarla anoche? ¿Su jefe dijo algo acerca de ustedes
dos?
—Ofreció sus condolencias y me dijo que la familia es lo primero.
—Hmm… suena como un buen hombre —murmura.
—Sí, lo es. —Y estoy empezando a sentirme culpable por lo que estoy
haciendo con su hijastra, especialmente después de nuestra charla. Debe
haberse dado cuenta a estas alturas.
—Bueno, he organizado el funeral para el viernes. El Pastor Phillips dijo
que puede hacerlo. No quiero molestarte con la visitación. No espero
muchas personas... —Su voz se desvanece y su mirada se vuelve distante.
—No vendrán por él, de todos modos. —Tan pronto como la veo
estremecerse ante mis palabras, lo lamento. He sido muy cuidadoso de no
hablar así, de no dejar que ninguno de mis sentimientos salga. Solo le
hacen daño.
Extendiendo la mano, tomo la suya. —Voy a llamar a la compañía
de seguros hoy y voy a tener todo solucionado. ¿Está bien?
Asiente lentamente. —No me di cuenta de lo caro que se han vuelto
los funerales.
—No te preocupes por eso, mamá. Tengo dinero para cubrirlo hasta
que el seguro pague.
—Oh, no puedo tomar tu…
—No te preocupes. Estoy bien.
Me mira fijamente. —¿Cómo es que soy tan afortunada de tener un
hijo como tú?
Me levanto, la beso de nuevo. —Debido a que me criaste para ser
así. Y porque hago un montón de dinero cuidando mujeres desnudas en
Penny’s.
—Oh, Ben. —Niega con la cabeza, pero luego comienza a reír en
voz baja.
—Voy a estar en la arboleda. Llama a mi celular si necesitas algo.
Cuando estoy caminando por la puerta y hacia la cocina, mamá
dice en voz alta—: Me gustaría que Reese viniera al funeral. ¿Crees que
vendría?
Sacudo la cabeza con resignación, sabiendo lo que hace la mujer.
—No estoy seguro, mamá. Le preguntaré.
El estruendo familiar y los frenos chirriantes del camión de la granja se
detienen detrás del tractor. Suponiendo que es mamá, no me molesto en
voltear.
—¿Ben? —Mi nombre sale de una voz femenina desconocida.
Girando sobre mis talones, veo a una chica de veintitantos años, con
el pelo rubio platino y kilométricas piernas deslizarse fuera de la camioneta.
Cerrando la pesada puerta, se acerca, con su mano extendida. —
Soy Hayley Parker. Estoy aquí para ayudar a la cosecha.
La acepto con un movimiento rápido. —Sí, claro. Mamá dijo que
estarías por aquí. Gracias por ofrecerte.
Caminando a mi lado, desliza sus manos en los bolsillos traseros de
sus pantalones cortos y sus ojos azules asimilando el árbol en frente de
nosotros. —Solía trabajar en una granja de cítricos, así que tengo práctica.
—Perfecto. Entonces no voy a hacerme ver como un tonto tratando
de entrenarte. —Es bonita, no hay duda de ello, en una especie de típica
Chica Americana. He tenido un montón de ellas.
Su sonrisa se convierte en un mohín de labios gruesos mientras se
acerca y pone una mano en mi bíceps. —Siento mucho lo de tu padre.
Con un asentimiento, me vuelvo para arrancar unas cuantas
mandarinas de lo alto.
—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —pregunta, uniéndose a intentar
tirar un poco de fruta de las ramas más bajas.
Mi mano se congela. Mierda... Eso suena como una trampa. No se
ve familiar y generalmente soy bueno con las caras de las mujeres con las
que he follado. Me arriesgo a mirarla, para verla realment e. ¿Cómo diablos
es que me perdí antes el par de alegres tetas mirándome fijamente desde
debajo de esa apretada camiseta rosa? Probablemente a causa de esas
malditas piernas.
—Estabas en último grado cuando empecé la secundaria —elabora
Hayley finalmente.
—¿Nosotros… nos conocemos? —Esa es mi forma encubierta de
preguntar “¿Te follé?” Porque me sorprendería. Las chicas de catorce años
de edad no lo hacían conmigo cuando tenía diecisiete años.
—No. Quiero decir, yo sabía quién eras. —Su voz se apaga mientras
se sonroja, y sus dedos se extienden a través de múltiples piezas de fruta
mientras camina hacia una caja para ponerlas suavemente.
—Fui a todos tus partidos. Tenía un gran enamoramiento por ti en
aquel entonces.
Y... ahí est á.
Trato de ahogar mi sonrisa. No es la única. No estoy tratando de ser
un idiota al respecto, pero cuando abres tu armario para encontrar notas
de amor dobladas que se derraman el suficiente número de veces, no
puedes negarlo. —¿Nunca dijiste hola? —bromeo.
Comienza a reír mientras se mueve más allá de mí, su brazo rozando
el mío. —¡De ninguna manera! Era una niña escuálida en aquel entonces.
Y ya no lo eres. ¿Es lo que espera que note, llevando esos pantalones
cortos negros ajustados? Objetivo logrado.
—¿Puedes ayudarme por favor a alcanzar esos de allá? —pregunta
tímidamente, de pie debajo de una rama que se extiende por encima de
su cabeza. Sus manos se estiran lo suficiente como para elevar su camisa,
mostrando un arete en el ombligo.
Eso instantáneamente me hace pensar en Reese. Reese no tiene un
arete de vientre. ¿Por qué no tiene uno? Ese parece ser el requisito previo
antes de que las mujeres pasen a lugares más aventureros.
—¿Ben?
—Uh, sí, lo siento. —Arrancando mis ojos de su arete, sacudo mi
cabeza y me estiro para jalar suavemente la rama hacia abajo. Ahí hay un
montón de fruta madura a su alcance. No hay necesidad de todo este
movimiento orquestado por ella, donde está de pie dentro de mi espacio
personal, frente a mí, con una pequeña sonrisa tocando sus labios, sus ojos
mucho más en mí que en la tarea en cuestión.
Si la chica me conoce, entonces sabe cómo soy. Nunca me he
molestado en ocultar ese hecho a nadie. Tengo una fuerte sospecha de
que si quisiera tener sexo en este momento, esta chica estaría más bien
desnuda.
Solo hay un problema.
Ella no es Reese.
Joder… ¿qué me está pasando?
¿Estoy realmente rechazando esto?
Sí.
Sí, lo estoy.
—Escucha, voy a tomar el camión y regresar. Tengo algunas cosas
de las que debo ocuparme. —Su rostro se desmorona con la decepción,
obviamente dándose cuenta de que esta campaña de ocho años de ella
no va a llegar a una conclusión épica en la arboleda el día de hoy. Solo en
caso de que se decida lanzarse sobre mí, porque me ha ocurrido antes,
dejo que la rama regrese bruscamente arriba mientras me alejo varios
pasos hacia atrás—. Mama estará de regreso con el camión pronto. —No
espero su respuesta antes de estar subiendo en el camión y arrastro mi culo
de vuelta a casa.
—¿Sabías que la hija de Lorna ha tenido un enamoramiento por mí
desde que tenía catorce años? —le pregunto a mamá cuando salto del
asiento del conductor, de vuelta en la casa—. Porque nadie puede ver
eso.
—¿Hayley te encontró bien? —Mantiene sus ojos centrados en las
jardineras que está regando.
—Sí, mamá. Me encontró, bien.
—Es una chica guapa, ¿verdad?
—Sí, supongo. —Niego con la cabeza—. ¿Qué pasa contigo? Un
minuto estás tratando de casarme con Reese, ¡al siguiente estás tendiendo
una trampa rubia para mí! —Una lenta sonrisa se extiende por la cara de
mamá hasta que est á ocupando la mayor parte de ella. No sé si la he visto
tan feliz en mucho tiempo.
—Pero no quedaste atrapado en ella, ¿verdad?
—¡Qué demonios, mamá! ¿De verdad querías eso?
El agua saliendo de su varita de riego muere en un regat e cuando su
sonrisa se transforma en una mirada exasperada. —Quería que vieras por ti
mismo cómo te ha cambiado Reese, hijo. Si nunca hubieras conocido a
Reese, ¿qué hubiera pasado ahí?
Tendría a esa chica doblada al lado de la carret a en est e moment o,
eso es lo que hubiera pasado. Mis cejas se levantan mientras contemplo la
mirada expectante de mamá. ¿Quiere detalles?
—Oh, Benjamin. —Agita la mano de forma despectiva—. He criado a
cuatro chicos Morris y tratado con t u padre por años. No soy idiota. Esas
chicas de la droguería siempre sacaban mi lado divertido, llenando mi
carrito con condones para mis hijos act ivos.
Sonrío, recordando la primera vez que Jake y yo entramos a la
habitación de cada uno, sosteniendo las cajas de condones que
habíamos encontrado en nuestras mesitas de noche. Nos dimos cuenta
rápidamente quién los había enviado, viendo que a nuestro padre no le
importaba una mierda. Mamá se ganó el sobrenombre de Hada de Troya.
A sus espaldas, por supuesto. Existía un acuerdo mudo: mamá no nos lo
mencionaba y nosotros no le decíamos una palabra. Desde ese momento,
le dejábamos una nota sobre nuestras mesitas cuando las descubríamos, y
una caja nueva aparecería unos días después, junto con una nota para
decirnos que no aprobaba ese comportamiento y que estuviéramos
seguros.
Con un pesado suspiro, cuelgo la cabeza mientras me resigno al
hecho de que mamá tiene razón. Reese me ha hecho algo. —Bien, no voy
a regresar allí, así que mejor rescátala con el camión o agotará las ruedas
del tractor para volver. Dudo que esa chica pueda manejar con cambio
de manual.
No uno de esos, de todas formas.

—¡Cómo es posible que estés más grande! —dice Elsie con una risa
mientras lanzo su pequeño cuerpo sobre mi hombro sin esfuerzo.
—No lo estoy. Solamente que t ú comenzaste a encogerte en la vejez
—bromeo, agarrando su maleta con mi mano libre y llevándola hacia el
pórtico como un saco de papas.
Comienza a tocar el bongó con sus manos sobre mi espalda. —Está
bien, en serio, Ben. Bájame.
—¿O qué?
Hay una pausa larga mientras su mente traviesa busca algo que
tuviera que ver conmigo. Se parece mucho a mí en ese aspecto. —O le
diré a esa novia tuya que solías fingir que eras Pat rick Swayze en Dirt y
Dancing y que te memorizabas todos los pasos de baile.
—Reese ha conseguido peor material sobre mí que eso. —Dejo caer
su equipaje y la bajo de mi hombro para tomar su precioso rostro. Se
parece demasiado a la versión joven de mamá, pero con cabello largo,
castaño y rizado, es loco—. Y no es mi novia, Elsie.
—Eso no es lo que dice mamá. —Se ríe de mí mientras ruedo los ojos
y sacudo la cabeza. Creo que soy el único de nosotros que aún la llama
mami. Reese tiene razón, me aprovecho de ser el hijo menor para todo lo
que vale la pena.
La sonrisa de Elsie titubea mientras sus ojos corren a toda velocidad
hacia el granero. —Es tan extraño regresar aquí, Ben. Ha pasado mucho
tiempo. Todo se ve igual pero no lo está, ¿verdad? —Ella ya se encontraba
en la universidad cuando sucedió el accidente de mi papá. Después
hablamos mucho por teléfono pero nunca regresó. De todos nosotros, mi
hermana se ha ido de aquí por más tiempo. Hace cinco años voló a Miami
para verme después de mi lesión de rodilla, cuando me encontraba
dopado con el narcótico y la hostilidad por el futuro perdido. Aparte del
viaje al Occidente para visitarla hace tres años, no la he visto en persona
desde entonces.
—¿Cómo lo está haciendo? —Sé que han permanecido cercanas,
aunque Elsie se ha negado a aparecerse por aquí. Pero aun así, no ver a tu
mamá cara a cara por casi cinco años es de locos.
Antes de poder responder, la puerta principal rechina al abrirse. Nos
volteamos para ver salir a mamá, limpiando sus manos en el delantal. Ha
estado todo el día en la cocina. Lo que sea que hace, involucra mucha
harina porque tiene polvo blanco sobre sus mejillas y su barbilla.
Eso no disuade a Elsie de salir disparada inmediatamente, corriendo
como una niña pequeña a los brazos extendidos de mamá, el sonido de su
llanto llena el aire de la tarde.
¿Cómo está Warner?
Me recuesto en la cama, mirando la pantalla de mi teléfono,
suponiendo que Reese está dormida pero esperando que no. Desde el
“experimento” de mamá con Hayley, he sacado el teléfono una docena
de veces para ponerme en contacto con Reese para… nada, de verdad.
Solo saludar, hacerla reír, que me haga reír. Pero nunca pude decidir qué
decir. Normalmente, no sé cuándo callarme.
El indicador cambia a “leído”, dando un vuelco a mi estómago.
Maldición… estoy actuando como una chica.
Unos segundos después:
Esta mañana vino a buscarte la robot de leyes. He escondido su
cuerpo bajo tu escritorio. Tendrás que limpiar eso cuando regreses.
Mi resoplido corta la tranquilidad de la habitación.
Dile a Mason. Él es mejor limpiando que yo. ¿Cómo está por allá? Las
mujeres se me están lanzando. Será mejor que estés aquí rápido.
Espero y espero y… dice “leído”, pero no llega respuesta. Estoy
esperando un comentario sarcástico, llamándome cerdo o algo así. Pero
por más tiempo que espero, más empiezo a pensar que fue algo estúpido.
Desearía que ella dejara todo y saliera corriendo esta noche, pero tal vez
ahora piensa que estoy aquí revolcándome con chicas.
Sin embargo, ¿le importa?
Dudo un segundo y luego escribo:
El funeral es el viernes. Mamá quiere que vengas. Espero. Lo ha leído.
Todavía no hay respuesta.
—¡Mierda!
Supongo que eso salió demasiado fuerte, porque un momento
después hay un golpe en mi puerta. —No estás haciendo nada asqueroso
en mi antigua habitación, ¿verdad? —pregunta Elsie.
—¡Ojalá! —grito.
—¿Estás decente? ¿Puedo entrar?
—Sí. —Me aseguro de que mis sábanas cubran lo vital mientras la
puerta chilla abriéndose y mi hermana entra.
—¿Qué ocurre? —Elsie siempre parecía estar justo en la mitad de
cuatro hermanos. Josh y Rob atormentaban a los chicos de la escuela por
mirar a su “preciosa hermana pequeña”, pero luego ella se dio la vuelta e
hizo lo mismo con Jake y conmigo, jugando a la hermana protectora. Lo
divertido es, que al final los cuatro la protegíamos a ella. Se encontraba a
la mitad de un gran sándwich Morris, con hermanos persiguiendo a los
estúpidos desde todos los ángulos.
—Ah, nada. Solo soy un idiota.
Trepa a la cama y cae hacia atrás para compartir mi almohada. —
¿A quién le estás escribiendo?
—A Reese.
—Ah, sí. La amiga que visita a tu madre contigo los fines de semana
y pasa la noche en la misma cama.
Me encojo de hombros. —Estamos hablando de mí, ¿recuerdas?
Rueda los ojos. —¿Cómo podría olvidarlo? Todas mis amigas de
último año estuvieron pidiéndome que las enganchara con mi estúpido
hermano de primer año.
—No era tan estúpido para ellas, ¿o sí? Por cierto, ¿cómo está Shelley
Armstrong? ¿Todavía le hablas? —Shelley era la amiga caliente de Elsie en
la secundaria.
Hay una pausa y luego—: ¿Eso no fue un rumor?
Siento la sonrisa enorme estirarse por mi cara. —En la fiesta de
Butcher después del juego de bienvenida. Eso me ganó el estatus
legendario con los chicos muy rápido.
—¡Me mintió! —Elsie me golpea en el brazo—. Tienes suerte de que te
amo demasiado, cerdo.
—Qué curioso. Así es como me dice Reese. Probablemente ustedes
dos se lleven bien.
Siento sus ojos sobre mí. —¿Es la razón por la que hoy rechazaste a la
señorita Florida?
—¿Qué? —Siento mi frente arrugarse.
—¿Hayley Parker? El año pasado ganó el concurso de belleza del
estado.
—¿En serio?... Eh. —Imaginándome esas piernas, murmuro—: No es
una sorpresa. Sin embargo, hoy definitivamente no buscaba resolver la paz
del mundo aquí, puedo decirte eso.
Elsie resopla. —No podía creerlo cuando mamá me dijo que
regresaste a menos de cinco minutos de que mandara a Hayley. Eso selló
el acuerdo ante sus ojos. Su pequeño Benjamin está enamorado —canta
suavemente.
—Eso no significa nada —lo niego, aunque todo el mundo bajo este
techo parece saber que estoy mintiendo—. Demonios, apenas ayer perdí
a mi padre. Solamente no estoy de humor.
Deja salir una carcajada, sonando un poco como yo. —¡Oh, mierda!
¿Recuerdas cuando murió Cheechee?
—¡Por supuesto! Hombre, amaba a ese perro. Era el mejor. —Todavía
recuerdo la forma en la que mi estómago golpeó el suelo cuando le daba
la vuelta a la curva de la carretera, acercándome a los ocho kilómetros, y
encont rando su cuerpo roto recostado en el desnivel. Fue golpeado por un
auto.
—Exact o. Llevaste a ese perro todo el camino hasta la entrada en
tus brazos. Llorando a gritos.
—Todos lloramos. ¡Incluso Josh! —Nuestro hermano mayor nunca fue
muy partidario de mostrar emoción.
—Pero seguro no lloraste después esa noche en la fiesta, cuando te
encontré en la parte de atrás del auto de alguna chica con su cabeza en
tu regazo.
Estallé en risa. —Oh, sí. Me consolaba. Debiste ver la mirada en su
cara. —Ese era el problema de que fuéramos cercanos en edad. Íbamos a
muchas de las mismas fiestas y conocíamos a las mismas personas.
Elsie rueda sus ojos. —Bueno, entonces no me digas que tuviste un
problema con el estado de ánimo para engancharte con una hermosa
reina cuando un hombre que odias finalmente murió.
Es un recordatorio sombrío de por qué se encuentra aquí, sofocando
nuestra risa.
—¿Y qué habría hecho mamá si hubiera seguido con ello?
Elsie comienza a reírse nerviosamente. —Dijo que iba a conducir el
tractor y a golpear tu trasero si no regresabas en menos de media hora.
Solo la imagen de mi mamá de cincuenta y un años en esa cosa me
hace estallar en carcajadas de nuevo.
Acercándose, Elsie pregunta en voz baja—: Así que, háblame de
ella. ¿Cómo es?
Suspiro. —No lo sé… —Sonrío—. Es divertida. Me hace reír todo el
tiempo, incluso en el trabajo cuando quiero cortar mis muñecas con los
archivos debajo de los que estoy sepultado. Y es inteligente. Más que yo.
Le dije que debería ir a la escuela de leyes. Aprobará todas sus clases si no
molesta mucho a sus profesores. También es talentosa. Hombre, deberías
escucharla cantar. Tiene esa increíble, profunda y áspera voz que…
—No lo creo —corta Elsie, volteándose para mirarme firmemente, sus
ojos brillando—. ¡Es verdad! Mi hermano pequeño finalment e está loco por
una chica.
Oh, Crist o. Cierro los ojos. —¿Ahora t ú vas a empezar?
Su cabeza golpea la mía. —Bueno, no fuiste con “es caliente”.
—Bueno, eso es un hecho. Solo trataba de darte algo extra. ¿Quieres
escuchar lo caliente que es? ¡Bien! Tiene ese trasero redondo y apretado
que solamente quiero…
—¡Guácala, Ben! —Elsie me golpea el bíceps con uno de sus nudillos
escuálidos, no lastima, pero de todas formas la detengo, sonriéndole hasta
que comienza a reír, acurrucándose a mi lado de nuevo.
Hay otra larga pausa. —Darrin y yo terminamos. ¿Mamá te dijo?
Puedo escuchar la tristeza en su voz. —No. Pero la escuché decirle
algo sobre eso a papá… ¿Estás bien?
Se encoge de hombros. —Sí. No. No lo sé. Lo amo demasiado, Ben. Y
éramos felices la mayor parte del tiempo, excepto cuando no estábamos
juntos y era mi culpa. No podía confiar en él. No tenía razón para no
hacerlo y aun así ahí me encontraba, revisando constantemente su correo
electrónico y su teléfono, acusándolo cada vez que llegaba tarde a casa.
—Por supuesto que no podías. Mira lo que viste al crecer.
—Son solo mamá y papá, no todo el mundo.
—Para un niño que ve eso un día sí y el otro día también, puede ser
t odo.
—Supongo. —Suspira—. No sé si entenderé por qué mamá no pateó
su trasero hace años. Habríamos estado mejor. Es decir, mira a Josh. Es
como si hubiese salido del mismo molde. ¿Sabías que estuvo viendo a otra
mujer por dos meses antes de que Karen lo descubriera? Gracias a Dios
que ella botó su trasero, se lo merecía.
—Al menos está tratando de conseguir ayuda para el alcoholismo —
ofrezco medio bondadoso.
Se sienta lentamente. —El resto de nosotros no somos mucho mejor.
Rita quiere que Jake le proponga matrimonio ahora que se encuentra
embarazada, y él no lo hará. Yo soy una loca desconfiada. —Mueve una
mano casual en mi dirección—. Y mírate a ti.
—Mírame a mí, ¿qué? Oye, nunca le he mentido ni he engañado a
nadie. No he hecho ninguna promesa.
—Sí. —Se voltea para mirarme; la luz de la luna resalta la tristeza en su
rostro—. Y tú vas a perderte todas las cosas hermosas que vienen con el
compromiso. Solo piensa en lo agradable que sería tener una persona en
la que confíes completamente. —Más de una manera casual, declara—:
Reese estuvo aquí el domingo. Lo vio todo. Es parte de esto, quieras o no.
Deberías pedirle que venga el viernes.
Levanto mi teléfono. —Lo hice. No responde y sé que lo leyó. Tal vez
no quiere venir. No la culparía. Es un funeral, Elsie. No una fiesta.
—¿Qué le dijiste? —Frunce el ceño mientras dejo caer mi teléfono en
su mano. Revisando los mensajes, gruñe y luego me golpea en la oreja—.
Eres un idiota. —Tira el teléfono a mi pecho, se pone de pie y camina hacia
la puerta, sacudiendo su cabeza—. Dile que apenas notaste a la chica y
que tú quieres que venga. Buenas noches. —La puerta se cierra con
suavidad detrás de ella.
Estoy mirando fijamente mi teléfono y preguntándome si Reese ya
está dormida. Escuchando a mi hermana mayor, rápidamente escribo:
No me enganché con nadie y quiero que vengas al funeral. Por
favor. Y espero.
Traducido por Jasiel Odair
Corregido por Eli Mirced

Me quedo mirando la pantalla de mi teléfono mientras mi cerebro


empieza a procesar lo que mi corazón ya ha descubierto.
Siento algo real por Ben.
Algo que hizo que mis entrañas se apretaran cuando leí esa horrible
broma que hizo sobre las mujeres lanzándose hacia él; lo que formó un
oleaje de decepción cuando me dijo que su madre me quería en el
funeral, y luego hizo que todo mi ser se fundiera en alivio con este último
mensaje de texto.
Los amigos van a los funerales de los padres de sus amigos. Eso es
normal. Estoy segura de que Ben tendrá un montón de amigos allí para
apoyarlo. Es por eso que me está pidiendo que yo vaya. ¡Es un maldito
funeral! ¡El funeral de su padre!
Y sé que quiero que signifique más.
Bien. Estaré allí.

Miro fijamente.
Con mi barbilla apoyada en la palma de mi mano, miro por el vidrio,
sobre los cubículos, a la vacía y oscura oficina, imaginando a ese tipo
gigante con sus profundos y adorables hoyuelos, caminando por mi oficina
con esa gran sonrisa, lanzándome un guiño.
Y sigo perdiendo mi tren de pensamiento mientras me imagino a mí
misma saltando en mi motocleta y yendo a verlo. Para ver cómo está. Para
asegurarme de que no está familiarizándose de nuevo con la población
femenina del barrio.
—Oh, Dios —me quejo—. Estúpida, estúpida, estúpida. —La madera
fresca se siente suave sobre mi frente cuando golpeo suavemente mi
cabeza contra mi escritorio. Jack tenía razón. Aquí estoy, t rayéndolo a mi
lugar de trabajo. ¿Qué pasa si no significa nada? Entonces, ¿qué? ¿Qué
pasará cuando regrese? ¿Qué pasa si otra stripper viene a buscarlo? ¿O si
lo veo coqueteando con otra mujer? Me siento como si tuviera algo que
perder aquí.
El odioso de Ben se ha arrastrado en mi corazón. De hecho, estoy
empezando a sentir lástima por Mercy, y todas las otras chicas a las que sin
duda ha dejado a su paso. Lo más aterrador es que eso es lo que lo hace
ser él mismo; un tipo amable, divertido y tolerante que envía un mensaje
de texto para decir hola y llama para pedirle a una chica que le cante
porque él quiere. No esconde quién es; no miente ni promete nada. No
usa estúpidos juegos mentales. Si esas chicas están desorientadas y caen
en la trampa accidental o en el borde y, conscientemente se zambullen
en ello, como yo acabo de hacer, todas caemos eventualmente en el
encanto de Ben.
Y ahora, no puedo respirar bajo el peso de esas consecuencias.
Tengo que salir de aquí.

—¡Te tengo un porción ext ra-grande! —Por el aturdimiento en la cara


de la camarera, uno podría pensar que le estaba sirviendo a una estrella
de cine.
—Gracias. —Con un suspiro, corto un trozo y deslizo el relleno en mi
boca, dejando que se derrita sobre mis papilas gustativas.
Ben tenía razón. A veces, el cambio es bueno.
—¿Y? —De repente, tan cerca de mí, y tan inesperado, que salté—.
¿Qué opinas? ¿No es la mejor t arta de lima que has probado? —Sant o
cielo. En serio está viéndome comer. Está más allá de irritante.
Tal vez por eso me decido a ser una perra completa y decir—: He
probado mejores. —Es cierto. Lo he hecho. En un precioso bosquecillo de
cítricos cerca de dos horas al norte, rodeado de risa, amor y amistad. Pero
cuando ella se gira y se va, con un ceño fruncido en su rostro, al instante
me siento culpable.
—¿Reese?
Mi estómago cae ante el sonido de su voz. Me giro para encontrar
familiares ojos verdes mirándome. —¿Jared? —Esto es a lo que no necesito
hacer frente en este momento.
Hace un gesto detrás de él distraídamente y explica—: Acabo de
pasar por tu oficina, esperando hallarte antes de que salieras. Una señora
con un gran lunar, dijo que probablemente estarías aquí.
La señora Cooke. Le dije que me tomaría un descanso y luego volvía.
En serio estoy pensando en trabajar hasta tarde, para compensar lo que
me perderé mañana mientras esté en el funeral. Y porque he conseguido
hacer muy poco, ya que he estado ocupada fantaseando como una
idiota.
Incorporándome, ajusto conscientemente mi camisa mientras Jared
desliza su cuerpo en la otra silla. —No recuerdo que te gusten las limas —
murmura, negando con la cabeza, unas pocas arrugas recubriendo su
frente.
—No recuerdo que te vistieras como un maniquí de Nordstrom 6. —En
serio, ¿qué demonios está usando? Una chaqueta deportiva verde oscura
y lo que apenas puedo describir como “pantalones”. Quiero decir, él aún
se ve bien, pero nunca ha sido del tipo metrosexual, prefiriendo el estilo:
“Acabo de tomar est a ropa del piso y todavía luzco caliente”.
—No puedes entrar en una firma de abogados pareciendo un
soldado, ¿o sí? —Hace una pausa, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está
tu novio abogado?
¿Es eso de lo que se t rat a est e pequeño at uendo? ¿Se está sintiendo
inferior a Ben? Aprieto los dientes, reprimiendo la sonrisa. Y luego recuerdo

6 Cadena de tiendas lujosas en Estados Unidos.


que Ben no es mío y probablemente nunca lo será, y la sonrisa se cae por
su cuenta. —Con su madre. Su padre murió el fin de semana pasado.
—Oh. —Frunce el ceño. Tomo nota de que no hay “lo siento”, unido
a eso. Sería la respuesta educada. Por otra parte, yo era por lo general la
que tenía los modales que Jared carecía.
Coloca su mirada intensa sobre mí, con su rostro ilegible. —Así que
aprendí todo acerca de la configuración de privacidad de Facebook el
pasado fin de semana.
Siento mis mejillas arder mientras aparto mi mirada hacia una
palmera en miniatura al lado de nuestra mesa. No me he atrevido a ver su
perfil desde la semana pasada, prefiriendo la ignorancia a ver una foto de
una orden de restricción que me imaginé que iba a presentar contra mí.
Después de un silencio muy largo e insoportablemente incómodo,
me doy cuenta de que él está esperando mi respuesta. Así que me aclaro
la garganta y digo—: Te lo advertí, ¿no? Nunca se puede ser demasiado
cuidadoso con los locos.
Baja la cabeza. —Debería estar condenadamente furioso contigo,
Reese. —Alzando la mirada desde sus párpados pesados, admite—: Pero
no lo estoy. Me lo merezco. Merecía que me destroces el apartamento.
Merezco estar allí y ver que el idiota chupe tu cara delante de mí.
Un poco de molestia surge dentro de mí y la necesidad de defender
a Ben es abrumadora. —Ben no te ha hecho nada.
La mirada de conocimiento de Jared me hace corregir eso. —Está
bien, está bien. Pero en su defensa, no tenía idea de quién eras.
Una sonrisa arquea los labios de Jared. —Es justo. Si tú y yo fuéramos
por ahí y nos encontramos con una pareja teniendo sexo, hubiera hecho
exactamente lo mismo. Tal vez con un poco menos de pasión, pero… —Sus
palabras caen en un tono irónico.
—¿Qué dijo Caroline al respecto? —me atrevo a preguntar.
—No le diré. —Se inclina hacia adelante para descansar sus manos
sobre la mesa, a solo unos centímetros de la mía. Algo me dice que es un
movimiento muy consciente de su parte.
—¿Y ella sabe que estás aquí ahora?
—Ella no es mi dueña, Reese. —Suspira—. No hemos hablado en un
par de días. Se está quedando en casa de su amiga en este momento. Yo
solo… —Su rostro se contrae junto mientras cierra la brecha para tomar mi
mano—. Supe el día que te encontré aquí había cometido un gran error.
Nunca debí haberte dejado. Quiero recuperarte.
—Oh. —Eso es todo lo que puedo decir mientras me desplomo de
nuevo en mi silla, toda capacidad de hablar se ha ido como un remolino
nauseabundo con la emoción que se eleva en mi pecho. Esto no es lo que
esperaba. ¿Recuperarme? —¿Para qué? —me escucho preguntar en voz
alta y muerdo mi lengua inmediatamente.
Se encoje de hombros como si se hubiese librado de algún peso
enorme. —Por favor, dame ot ra oportunidad. Sé que quieres.
—¿Qué te hace estar tan seguro? —Porque de repente, yo no estoy
tan segura.
—Oh, vamos. —Una sonrisa seductora surge en sus labios mientras se
inclina hacia adelante y entrelaza sus largos dedos con los míos. Él sabe
que esa sonrisa tiene el poder de fundir todas mis defensas. Se lo he dicho
como mil veces—. Me acechas en Facebook, me sigues en el paintball. La
forma en que entraste a ese bar en tu pequeño vestido rojo, sacudiendo tu
pelo como si no tuvieras una sola preocupación en el mundo, subiendo al
escenario. Sabías que conseguirías mi atención. Y lo hiciste. Ahora te voy a
dar lo que quieres. —Lleva mi mano a su boca, hasta que el calor de su
boca está humedeciendo mi piel. Como siempre solía hacer—. No puedo
dejar de pensar en ti. Sabes que éramos increíbles juntos.
Es extraño. Me he imaginado este momento antes, aunque Jared se
encontraba mucho más arrepentido en mi versión y siempre venía con un
sentimiento eufórico. Ahora, sin embargo, no estoy sintiendo la euforia. No
a menos que la ansiedad y la culpa sean parte del paquete emocional.
—Sí, éramos muy buenos. Y luego me aplastaste al traicionarme. ¡Y te
casast e con la chica! —Niego con la cabeza mientras alejo mi mano de
él—. ¿Y ahora estás dispuesto a traicionar a tu esposa conmigo?
Apoyando los codos sobre la mesa, comienza a frot arse la cara con
las dos manos. —No puedo evitar a quien amo y nunca dejé de amarte,
Reese. Solo pensé que amaba más a Caroline. Pero no es así. —Sus manos
caen—. No como te amo a ti. Por favor, dame otra oportunidad. Solo…
ven a mi casa. Vamos a hablar más.
—Estamos hablando ahora.
Sus ojos caen a mi boca con una sonrisa secreta.
Sé lo que está buscando y dudo mucho que hablar sea parte de
ello.
Sonrío. Divertida. Si este fuera Ben, habría sido directo y me diría que
me quería llevar a casa para meterse en mis pantalones. Por otra parte,
este nunca sería Ben, porque él nunca jugaría con mi corazón así.
—No lo creo.
Sus labios se fruncen pensativos.
—¿Qué?
Sacude la cabeza y frunce el ceño. —Solo trat o de averiguar si estás
jugando a hacerte la difícil o si en realidad me estás rechazando.
En realidad podría enrollarme con él. Podría ir a su apartamento,
subir a su cama, y recuperar lo que me fue quit ado hace mucho tiempo.
Incluso si es solo por una noche. Si él me ama —estoy empezando a
preguntarme si Jared sabe amar—, eso le haría daño. Eso destrozaría a
Caroline.
Pero me mataría a mí.
Me levanto. —Adiós, Jared. No vuelvas a llamarme de nuevo. —Estoy
tomando una decisión inteligente. Por una vez.
Lanzo un billete de veinte sobre la mesa por mi pedido, y me alejo.
Veo un conjunto de ojos rojos y llorosos que coinciden con el pelo
rojo que enmarca su rostro. No sé cuánto tiempo ha estado viendo, lo
mucho que se enteró de eso. Lo suficiente, diría yo. Lo suficiente para
hacerme sentirme mejor acerca de esto. Esta debe ser la victoria.
Pero todo lo que puedo sentir en este momento es un alivio de que
no estoy aferrada a un recuerdo al que nunca voy a volver. Y lástima, por
ella, por estar enamorada de un tipo como él.
—Es todo tuyo, Caroline. Pero, sinceramente, creo que hasta t ú eres
demasiada buena para él. —Camino por delante de ella sin mirar atrás.

Un golpe suena en mi puerta un segundo antes de que el cabello


oscuro y medio dócil de Mason se asome. —Oye, Jack y yo pensamos que
debemos salir todos a cenar esta noche… —Su voz se apaga mientras me
ve meter lo último de mi ropa en una mochila llena.
—Me voy a la arboleda. —Después de lo que acaba de suceder con
Jared, no puedo esperar otra noche. Ni siquiera he contactado a Ben para
decirle que me voy. Temo que me vaya a decir que no y, bueno, solo
necesito estar allí.
Necesito ver a Ben.
—Oh. Está bien. —Él baja la vista a una carpeta blanca abultada
que sostiene junto con una banda de goma gruesa que se encuentra
agarrando sus dedos.
—¿Qué es eso?
Suspira y me mira cautelosamente. —Solo un caso en el que estoy
trabajando.
—¿Sí? ¿De qué se trata? —pregunto, tirando de la cremallera de la
mochila. Mason por lo general puede mantener una conversación semi-
normal si se trata de un caso.
—Oye, ¿crees que puedes echar un v istazo al traje que me pondré
mañana? Me conoces a mí y los colores.
—Uh… ¿de acuerdo? —Mason nunca me ha pedido que haga
eso—. ¿Por qué no le preguntas a Lina? —Mis manos se congelan—. Oh,
mierda. ¿Rompieron? —En la siguiente respiración, lo acuso—. No sostuviste
su cabello mientras vomitó, ¿verdad? —No he hablado con Lina desde el
pasado fin de semana. Si rompieron y acabo de descubrirlo ahora, soy una
amiga de mierda.
—¡No! ¡Digo, sí, sostuve su cabello! Y no, no nos separamos. —Está
completamente nervioso—. Yo solo… t e lo pregunto porque estás aquí.
Pero si quieres que tu familia se present e en el funeral como un payaso,
entonces está bien, solo voy a…
—¡Bien! Por Dios. —Camino por delante de él y entro a su habitación,
sonriéndome por el término “familia”. Incluso con el divorcio, él y Jack son
mi familia.
—Tienes que estar bromeando —murmuro cuando veo la camisa de
color borgoña con pat itos por todas partes—. ¿Qué es esto, Dinastía de
Patos en Versión Formal? —Agarro la camisa y la tiro a la basura. Busco en
su armario; encuentro una camisa azul marino plano—. Eso servirá. —Me
giro para verlo inclinándose contra el marco de la puerta, mirándome—.
¿En serio pagaste dinero por esa camisa?
Se encoge de hombros. —El chico de la tienda dijo que estaba a la
moda.
—También los pantalones florales del “sofá de la abuela” y no me
ves vistiendo esos, ¿verdad? —Paso por delante de él, en dirección a mi
habitación.
—¿De verdad tienes que tirarlos a la basura?
—Sí. No vuelvas a hacer compras sin la presencia de Lina o la mía.
Nunca, o te repudiaré. —Agarro mi mochila de la cama, desesperada por
ponerme en marcha.
—La señora Cooke envió un gran arreglo de flores en nombre de la
empresa.
—Eso estuvo bien de su parte.
—Se supone que habrá tormenta esta noche. ¿Segura que no
quieres coger el coche?
—Sí. Llegaré antes de que empiece la tormenta.
Él permanece allí, mirándome incómodo. —Está bien, viaja segura o
como se diga. ¿Supongo que nos veremos mañana?
—Sí. Mason, ¿por qué estás siendo tan…?
Mis palabras se cort an cuando Mason se acerca y me da un abrazo
tentativo antes de casi saltar lejos y salir de la habitación.
Sacudiendo la cabeza, me giro y salgo, desesperada por ver de
nuevo la sonrisa de Ben.
Incluso si es solo como amigos.
Traducido por Cris_Eire
Corregido por Mire

—Recógelo, cariño. Voy a ir sola —ordena mamá, sacándome de la


ronda.
Dejo mis cartas boca abajo y doblo mis brazos sobre mi pecho,
sonriendo mientras veo a Elsie y a Jake tratando de atraparla, y me hallo
inundado por gratos recuerdos. El domingo por la noche era siempre día
de juego en casa, en el pórtico de atrás. Sin excusas. En los primeros días,
incluso mi papá a veces salía. Por lo general trabajaba en sus diseños de
muebles y terminaba desmayado en la silla, pero sabía, por la forma en
que mamá le echaba miradas y le sonreía, que se encontraba feliz de solo
tenerlo allí.
Cuando éramos jóvenes, y los padres de mamá estaban vivos, era el
juego de Go Fish. Hubo un breve periodo de Monopolio en un momento,
pero después que Jake y yo nos uniéramos contra Elsie demasiadas veces
hasta hacerla llorar, el juego desapareció misteriosamente. Hasta ahora,
no sé dónde lo escondió mamá.
Todos aprendimos a jugar al euchre el verano de mi undécimo
cumpleaños luego de que mi abuelo muriera de un ataque al corazón. Mi
abuela se había mudado a una casa, prefiriendo la tranquilidad sobre
cinco niños en su adolescencia. Nosotros, incluida mamá, siempre tuvimos
más que suficientes jugadores. Sin embargo, eso cambió rápidamente con
cada niño Morris saliendo de casa tan pronto como tenían excusa, hasta
que éramos solo mamá y yo sentados en el pórtico los domingos,
resucitando el Go Fish.
No puedo creer que hayan pasado ocho años desde que todos
estuvimos en un solo sitio.
Y ésta noche, aunque es jueves y no domingo, todos estamos de
nuevo jugando a las cartas bajo el techo de mamá. Ella está irradiando
felicidad.
—¿Vas a estar bien en la habitación de Ben? —le pregunta mamá a
Tara, la esposa de Rob, cuando ella y mi hermano bajan luego de acostar
a sus dos niñas en la habitación más grande de la casa, con espacio
suficiente para ellos cuatro.
—Sí, es perfecta, Wilma. Gracias. —Tara es una mujer de pelo
marrón, voz suave y grandes ojos. Parece amable, pero no habla mucho.
Demasiado callada para mí gusto. Y demasiado delgada, pero a Rob
siempre le gustaron esqueléticas. Me da la impresión de que la pongo
nerviosa. Las dos veces que he entrado en la cocina estando solo ella, se
iba en un instante.
—¿Te refieres a mi habitación? Ben la robó después de que me
mudé —replica Rob, golpeándome en la espalda al pasar.
—Y por fin vio algo de acción —murmuro, disparando un guiño hacia
Jake. De todos nosotros, Rob era el más tímido en torno a las chicas.
—Vio mucha acción, imbécil —se burla Rob.
—Un trabajo de mano de Molly Mumford no cuenta.
—¡Chicos! —exclama mamá mientras Jake y yo estallamos en risas.
Ni Elsie puede mantener las risit as bajo control. Sin duda, lo recuerda. Los
tres presionábamos tazas entre la pared de Elsie y la antigua habitación de
Rob, escuchando todo.
—Creo que la mejor parte fue cuando Molly gritó y dijo: ¡Es tan
pegajosa! —digo, la última parte con un chillido agudo, recreando cómo
me imagino a la chica, sosteniendo mis manos en el aire, y mi cara una
máscara de horror.
—¡Benjamin James Morris! —dice mamá severamente, tirando sus
cartas boca abajo mientras Elsie y Jake estallan en carcajadas. Incluso
Tara tiene una mano sobre su boca, tratando de contener su diversión.
—Voy a patearte el culo —murmura Rob, aunque lo hace con una
sonrisa en sus labios apretados.
—¡Cuando quieras, hermano! —Él y yo somos los más cercanos en
tamaño, aunque yo tenga por lo menos trece kilos de músculo y cinco
centímetros de altura más que él.
—¡No habrá patadas de ningún tipo bajo este techo! —advierte
mamá, apuntando con un dedo.
Rob resopla. —Está bien. Vayamos al granero. De todas formas, es
mejor para luchar.
Un silencio de muerte.
—Mierda. Lo siento, no quise decir nada con eso —se retracta Rob,
con sus manos alzadas a modo de disculpa.
—No te preocupes, hombre. —Le doy una casual sacudida de
mano—. Tienes razón, el granero es un buen lugar. Tan pronto como
vendamos la última de las herramientas y de la madera, podemos
empezar allí nuestro propio club de lucha y el bebé Morris pateará todos
sus viejos traseros. —He estado muy ocupado esta semana, recogiendo
todas las sierras y las demás herramientas. Hay un montón allí. Si se suma
todo, vale un montón de dinero.
—Suena bien, hombre. —Siento un ligero apretón en mi hombro
mientras Rob pasa de nuevo, en su camino a comprobar el cielo—. Ojalá
no se acercara la tormenta. Quería llevar a Tara a la arboleda.
—Vas a tener un montón de tiempo durante el fin de semana. —
Mamá se da la vuelta y sonríe brillantemente mientras Rita, la novia de
Jake, llega contoneándose de la cocina, con una taza de té en la mano.
—¿A qué están jugando ésta vez? —Ella habla lentamente con ese
marcado acento de Misisipi mientras Jake se vuelve para jalarla a su lado,
hasta que su vientre descansa contra su mejilla. De todos mis hermanos, es
extraño ver a Jake asentado. Era probablemente el peor, junto a mí, al
perseguir a las chicas. Pero luego se enganchó con Rita en el Mardi Gras
un par de años atrás y las cosas cambiaron rápidamente. Ahora está a
punto de tener un bebé con ella.
—Euchre. —Él acaricia sus rodillas—. Ven y siéntate. Te voy a enseñar
a jugar.
—Tal vez otra noche. Estoy bastante cansada. —Alborotando el
cabello de él, que es de un rubio más oscuro que el mío, se vuelve hacia
mí y sonríe—. Gracias por renunciar a la antigua habitación de Elsie por
nosotros.
—Para ser claros, lo hice por ti y por ese bebé, no por este payaso. —
Le guiño un ojo.
—¡Pensé que te gustaba el ático! Siempre te había gustado al
crecer —interviene mamá.
Jake resopla. —¿De qué estás hablando? ¡Le at errorizaba el ático!
Siempre llorando sobre fantasmas. Espera hasta que suenen los truenos
esta noche. Estará temblando bajo las mantas, solo allí arriba. —Gruñe
cuando la naranja que le lanzo le golpea en el estómago.
—Tú te vas a comer eso —me regaña mamá, recogiéndola de la
mano de Jake antes de que éste pueda lanzarla de nuevo. Y astutamente
añade—: Estoy segura de que Reese podría protegerte de los truenos y
fantasmas si estuviese aquí.
—¿Reese? —dicen Jake y Rob al unísono, sus cejas casi saltando más
allá de su entradas del pelo.
—No me digas... —Una amplia sonrisa se extiende por la cara de
Rob—. ¿Benjy tiene novia?
Mierda, siempre odié ese nombre. Me hace sentir como un perro. Por
lo cual me lo han dicho muchas veces antes, pero por diferentes razones.
—Solo una amiga. —Le disparo a mamá una mirada exasperada, pero ella
ha recogido sus cartas de nuevo y está estudiándolas con atención, con
una sonrisa traviesa en su boca.
No importa. Jake y Rob ya están en ello.
—¿Qué tipo de chica pudo atar a este idiota?
—¿Qué está mal con ella?
—¿Crees que podrá hacer matemáticas básicas?
—¿Tetas falsas o reales? —Jake se consiguió dos golpes en la cabeza
y una patada debajo de la mesa por esa pregunta, de todas las mujeres a
su alcance.
Me levanto y extiendo la mano sobre mi cabeza, pero me las arreglo
para conseguir bajar una mano para bloquear el puño de Jake en
dirección a mi estómago. Al salir de su alcance, envuelvo mis brazos
alrededor de Rita, descansando mis manos en su vientre. Hasta que mi
amiga Storm se quedó embarazada, no recuerdo nunca haber tocado el
vientre embarazado de una mujer. —¿Cuándo debemos hablarle de
nosotros, Rita? —digo, poniendo mi mejor sonrisa desagradable a medida
que veo el rostro de Jake volverse de color rojo.
—¡Aléjate de ella, maldita sea! —grita, pero se está riendo.
Todo el mundo se está riendo. Incluso a mamá le resulta difícil no
hacerlo, sacudiendo su cabeza, sin duda sobre el lenguaje. Sin embargo,
creo que se ha dado por vencida por ésta noche.
Y yo sonrío. Por tantas razones. Es bueno tenerlos a todos aquí.
A casi todo el mundo.
—¿Adónde vas? ¡Estamos en el medio de un juego! —se queja Elsie.
—Voy a ver lo que está haciendo el hermano maduro. —Josh acaba
de llegar hace cerca de una hora y ha pasado la mayor parte de ese
tiempo en el granero.
—Dile que entre —dice mamá—. Se va a cortar la luz tan pronto
como llegue la tormenta. —Es prácticamente una garantía.
Doy la vuelta a la esquina justo cuando Jake dice—: ¿Acaso Ben en
realidad halló a alguien lo suficientemente estúpida para... ¡Oh! ¿Quién me
pateó esta vez?

Ver al mayor de los chicos Morris de pie, en medio del establo, pone
mis pelos de punta. Es como traer de vuelta a la vida a Joshua Morris padre
y pulsar rebobinar veinte años. Hasta en los ojos duros y penetrantes.
—Oye —digo en voz alta, conteniendo un poco la respiración
mientras cruzo la barrera invisible entre el mundo exterior y el reino de mi
padre. Todavía no me gusta estar aquí, incluso después de una semana de
limpieza y de ventilar el lugar y cambiar todas las luces. La humedad en el
aire por la tormenta que se aproxima solo hace que el olor de la madera
sea más fuerte.
Josh se vuelve a mirarme, con el rostro en blanco. No es solo la viva
imagen de nuestro padre, también comparte su comportamiento. Era el
silencioso, el serio al crecer. Un poco solitario, prefiriendo aficiones solitarias
como trabajar en motores. Él fue quien me enseñó a arreglar el tractor del
abuelo.
—Hola, Ben —dice sombríamente. Después de una pausa, se acerca
y envuelve sus brazos alrededor de mi cuerpo, sorprendiéndome con un
abrazo. Dada la diferencia de siete años de edad y nuestras opuestas
personalidades, nunca hemos sido unidos—. Me alegro de que estuvieras
aquí cuando sucedió. —Alejándose, desliza sus manos en sus bolsillos
traseros, pasando sus ojos por el techo abovedado—. Me había olvidado
de lo grande que era este granero.
—Sí. No creerías la basura escondida que encontré aquí. —Al menos
cincuenta botellas vacías de whisky en varios rincones, junto con un
sinnúmero de paquetes de cigarrillos rancios —ni siquiera sabía que papá
fumaba— y algunas revistas sucias de los años setenta, probablemente de
nuestro abuelo, que metí en la maleta de Jake como broma.
—Apuesto que sí —murmura para sí mismo—. ¿Qué crees que por fin
le hizo hacerlo?
—Mamá lo iba a dejar.
Josh se vuelve a mirarme, la conmoción en su rostro es visible para
cualquier persona. —¿En serio?
—Lo escuché con mis propias dos orejas. Ella tuvo suficiente. —Dudo,
no estando seguro de si quiero admitir el resto—. Lo oí llorar.
Entendimiento atraviesa por los ojos de Josh cuando se da la vuelta
hacia la negra pieza de nogal que tiene el ADN de papá. Había estado
delante de ésta con una motosierra a principios de la semana, pero no me
atreví a cortarla. —Lloré cuando Karen me dejó, a pesar de que me lo
merecía.
Niego. —No lo entiendo, Josh. Odiabas a papá por lo que le hizo a
mamá, ¡tanto que no has estado aquí en ocho malditos años! Y sin
embargo, te diste la vuelta e hiciste lo mismo.
—Lo sé. —Su mejilla se infla cuando su lengua empuja contra la
pared de su boca—. Lo tenía todo y lo tiré a la basura. Ojalá tuviera una
buena razón, pero no la tengo. —Hace una pausa—. Me pregunto, si
mamá le hubiese echado hace años, si él tal vez hubiera recibido ayuda...
Tal vez nada de esto...
—Escucho a dónde vas con esto y no me está gustando una jodida
mierda, Josh. —Siento que mi espalda se pone rígida mientras estoy de
pie—. Nunca trates de echarle la culpa a mamá. Todo lo que hizo fue
amar demasiado a ese imbécil.
—No la estoy culpando, yo solamente... —Su voz se apaga al tiempo
que camina en círculos—. Estoy con todo esto de los doce pasos en este
momento, y se supone que debo decir que lo siento. Tengo toda una gran
cantidad de cosas que lamentar. Siento no haber estado aquí para
ayudar. Siento haberle dado la espalda a mamá.
—No eres el único —le recuerdo, y mi repentina llamarada de ira
desaparece rápidamente.
—Sí, pero soy el mayor. No obstante, aquí estás, de pie junto a mamá
a pesar de todo, aún salvando el día.
—No siempre. —Le doy al nogal negro una ligera patada.
—Me sorprende que el idiota no perdiese algo más pronto, por la
forma en que bebía —murmura Josh al tiempo que un trueno suena en la
distancia—. Sabes, siempre quise ser más como tú. Incluso cuando eras
solo un niño y yo casi terminaba la escuela secundaria. —Pateando un
trozo de madera, una pequeña sonrisa aparece en su boca—. Siempre has
sido t an condenadamente feliz y despreocupado. Todo resbalaba por tu
espalda. Todo el mundo te quería. Eras tan diferente a él. No como yo. —
Aprieta los dientes—. Hizo falta que perdiera todo; mi esposa, mis hijos, mi
casa, para ver eso. —Deslizando sus manos en los bolsillos, se vuelve para
mirarme con sombría determinación—. Ya me he cansado de ser como él,
Ben. No voy a vivir mi vida como si estuviera pre-programado para ser
Joshua Morris padre. No he tocado una bebida en seis meses; v eo a mis
hijos cada vez que puedo. Los llevo a sitios. Hablo me río con ellos. Les
hago saber que su padre los quiere. ¿Y Karen? —Su cabeza se inclina en
sumisión—. No sé si alguna vez me va a dar otra oportunidad, pero haré
todo lo que pueda para cambiar. No quiero estar en un charco de mi
propio vómito dentro de veinte años porque no viví la vida que podía
tener. Todos necesitamos echar un buen vistazo a nuestras vidas. Si ha
habido algo de este hombre que nos esté frenando, ahora es el momento
para dejarlo ir.
Asiento en silencio mientras otro ruido sordo llena el cielo. —Tal vez
deberíamos entrar. Va a haber una grande esta noche.
—Sí —concuerda. Ambos giramos y caminamos hasta el borde del
granero, de pie uno al lado del otro mientras miramos hacia los árboles, los
zarcillos de musgo español balanceándose mientras el viento se levanta y
la lluvia empieza a caer, primero en gotas pesadas al azar hasta que, tras
diez segundos, el cielo de pronto se abre y las hojas comienzan a caer.
Una sola luz alumbra sobre la loma de la calzada. Entrecerrando los
ojos, murmuro para mis adentros—: ¿Es esa...? —Mi estómago da un vuelco
gigantesco cuando la Harley se desliza hasta el camino de entrada, su
bajo ruido compitiendo con el trueno de encima. Pelo rubio y morado se
escapa por debajo de un casco.
—¿Quién es? —pregunta Josh.
Sonrío, mis entrañas tensándose de emoción. —Esa es mi chica, eso
es lo que es. —Y en este momento, lo digo en serio.
Nos movemos hacia un lado mientras Reese sigue acercándose, sin
detenerse hasta que deja su moto en el granero, con la ropa empapada.
La veo sacarse su casco y apartarse el pelo de su hermoso rostro. Nunca
quise besar tanto a una chica en mi vida.
Ojos de color caramelo se dirigen hacia mí, vacilantes. —Ya sabes
cómo soy en las mañanas. Me imaginé que sería mejor venir aquí esta
noche.
—Y porque no podías soportar estar lejos de mí por otra noche, por
supuesto —le respondo, poniéndola a prueba.
Cuando veo que traga con fuerza y el rubor aparece en sus mejillas
mientras aparta su mirada hacia el suelo, de una forma muy poco propia
de Reese, sé que tengo razón.
Y estoy condenadamente feliz por ello.
Parpadea, dirigiendo su atención a Josh y ofrece su mano. —Hola,
soy Reese.
—Puedes hacer toda esa mierda de saludar mañana. —La alcanzo y
envuelvo mis manos alrededor de su cintura, elevándola y sacándola de la
moto como a una niña pequeña.
Y entonces, la pongo encima de mi hombro y me dirijo hacia la
lluvia. Apenas la siento.
Traducido por florbarbero
Corregido por Victoria

—¡Ben! ¡Suéltame! —grito riendo en tanto la puerta de entrada


traquetea detrás de nosotros.
Esperaba que estuviera feliz de verme, pero por la forma en que me
miró en el granero, estoy pensando que va a devorarme. No podría haber
pedido una mejor recepción.
—¿Reese? —Oigo la voz de Wilma desde algún lugar en la parte
posterior de la casa.
—¡Mañana, mamá! —Ben ya está subiendo las escaleras.
—Benjamin, trae a esa chica abajo. —La casa queda inmersa en la
oscuridad cuando las luces se apagan, distrayendo a Wilma de su regaño,
dejándome colgando boca abajo sobre el hombro de Ben en una
escalera, completamente a oscuras.
—Mierda. —Ben saca su teléfono y configura la aplicación de
linterna antes de continuar, solo bajándome cuando termina de subir las
escaleras hasta una habitación del tercer piso, en el ático—. Dormiremos
aquí esta noche —anuncia. Mis pies tocan el suelo de madera. Un tenue
resplandor llena la sala, producido por una pequeña lámpara que
funciona a batería asentada sobre una simple mesa de madera.
—Guau. —Me quedo mirando el lugar. Es bastante grande, aunque
sin duda solo es una fracción del tamaño completo del ático. Todo está
pintado de blanco —los pisos, las paredes, las molduras— configurando un
buen telón de fondo para todos los muebles de madera del padre de Ben,
incluyendo una majestuosa cama, recubierta de un colorido edredón
acolchado. Dos enormes tragaluces deben dejar entrar mucha luz durante
el día. Ahora, sin embargo, traquetean ruidosamente por el viento y la
lluvia torrencial—. Es tan agradable aquí. Tiene el estilo de una cabaña.
Mi mochila vuela a través del aire delante de mí un segundo antes
de que unas manos fuertes agarren mis hombros y me den la vuelta. Me
encuentro frente a la sonrisa gigante de Ben. No duda en poner un beso
en mis labios y no dudo en apoyarme en él, intoxicada por la sensación de
su lengua contra la mía. Cuando finalmente nos separamos, con sus brazos
aún enrollados alrededor de mi cintura, murmura en voz baja—: Esta fue
una sorpresa fantástica.
—¿En serio? Porque sé sorprender a las personas de una forma más
bien desagradable —bromeo, internamente sintiendo ondeadas de
electricidad. Dejo a mis manos descansar sobre su amplio pecho en tanto
me apoyo en él para inhalar su aroma a jabón. No puedo creer lo mucho
que lo extrañé.
Se ríe mientras apoya su mejilla sobre la parte superior de mi cabeza.
—Esa es una de las cosas que amo de ti.
No estoy segura de quién se pone rígido primero, pero tan pronto
como esa frase, esa palabra, sale de su boca, hay una tensión definida
disparada a través de ambos.
Ben se relaja primero, su gruñido haciéndome acurrucar contra él de
nuevo. —Sabes lo que quiero decir con eso, ¿verdad?
—Que est ás locamente enamorado de mí, por supuesto. —Hemos
bromeado sobre esto tantas veces. Ahora daría cualquier cosa para que
sea real. Mi respiración se siente inestable cuando echo mi cabeza hacia
atrás para mirarlo a los ojos, con la esperanza de que no vea la verdad
que estoy luchando por esconder.
Que accidentalmente desarrollé sentimientos verdaderos por él.
Pero lo nota. Al instante. O ve algo, de todos modos. Sus nudillos
acarician mi mejilla, desconfianza destellando es sus rasgos. —¿Qué está
mal?
Abro la boca para responder, para decirle qué no tengo ni idea de
qué está hablando, ¿cómo diablos voy abordar este tema sin asustarlo?
Pero soy salvada por una llamada entrando en su teléfono. Ben sostiene el
teléfono hacia arriba y veo el nombre de Mason. —¿Le dijiste que ibas a
venir? —pregunta Ben.
—Sí.
—Será mejor que atienda, entonces. —Coloca un beso rápido en mi
cabeza, separándose para responder—. Hola, Mace. ¿Qué sucede?... Sí,
ella ya llegó... Eh... No... —Me mira y luego se aleja un poco—. Bueno.
Escucho distraídamente en tanto abro la cremallera de mi bolso y
vuelco el contenido sobre la cama, incluyendo el sencillo vestido negro
para mañana que necesita ser planchado después de estar guardado
arrugado en la parte posterior de mi motocicleta durante casi tres horas.
Gracias al aguacero torrencial que se lanzó mientras me encontraba
viajando, y al agradable paseo de hombre de las cavernas de Ben hasta
la casa conmigo colgando sobre su hombro, cada prenda de ropa está
empapada. Me estoy congelando, y la temperatura más baja de aquí, sin
duda, no ayuda. Me quito mi chaqueta y la tiro en la parte posterior de
una silla. Mis botas y calcetines vienen a continuación. Estoy decidida a
colocarme mi pijama, incluso si solo lo uso por un corto tiempo.
—¿Estás seguro de que esto es...? —Suspira—. Bueno... sí, supongo...
Hasta mañana, hombre.
Frunzo el ceño. —¿Qué quería?
El brazo de Ben cae pesadamente a su lado, con una expresión
indescifrable tornando su rostro extrañamente tranquilo. Se produce una
larga pausa mientras él, muy obviamente, se pierde en sus pensamientos,
posando sus ojos sobre mí, mi bolso, y toda la ropa que saqué de él, y
luego de nuevo en mí.
—Estás volviéndome loca, Ben. ¿Qué sucede?
Lo oigo liberar una pequeña exhalación antes de dejar caer su
teléfono sobre la mesa. —Le preocupaba que viajes con la tormenta, es
todo.
—¿Estás seguro? Porque actuaba de una forma muy extraña esta
noche. Me abrazó.
Ben sonríe en tanto camina hacia donde estoy parada. Colocando
su cara en mi cuello, deja su boca vagando allí, enviando escalofríos por
todo mi cuerpo. —¿Te dio un gran abrazo de oso?
—Fue más como si estuviera abrazando a un puercoespín.
Ben se ríe. —Mason es un chico raro. Los chicos raros hacen cosas
raras.
—Deja de hablar de mi hermanastro mientras haces eso —murmuro,
dejando caer mi cabeza hacia atrás cuando su voz me hace cosquillas en
la piel.
—Está bien. —Desaparece repentinamente. Me giro a tiempo para
verlo barrer las cosas sobre la cama, esparciendo todo por el suelo.
—¡Oye!
—La venganza es una perra.
Sonrío, un recuerdo nebuloso de Cancún cruzando mi mente. —¿Has
bebido margaritas? Porque creo que esta es una de esas veces en que
dos errores definitivamente no hacen un acierto. —Me preguntaba, si las
cosas hubiesen sido diferentes, si no me habría lanzado sobre él, haciendo
que durmiéramos juntos esa noche, ¿estaría aquí en este momento,
preguntándome cómo decirle a un chico que evita el compromiso que me
he enamorado completamente de él?
Agarra mi mano y me acerca, hasta que es capaz de empujarme
sobre la cama, sus dedos desabrochando hábilmente mi cinturón. —Tu
ropa está húmeda. Tienes que quitártela rápidamente. —El chico hace un
arte el desnudar mujeres, porque de alguna manera se las arregla para
sacarme hasta la última prenda de ropa en un tiempo récord y sin ninguna
ayuda por mi parte, hasta que me encuentro acostada desnuda en la
cama, y sus ojos se arrastran sobre mi cuerpo.
—El ático necesita que le coloquemos aislante —dice en tanto un
escalofrío recorre mi cuerpo. Sinceramente, no creo que sea por el frío.
—Una vez más estoy desnuda. Y una vez más tú no lo estás.
Ben tira hacia arriba de la parte posterior de su empapada camiseta
negra y la saca sobre su cabeza antes de dejar que se deslice hacia abajo
en sus brazos, dejando al descubierto las suaves crestas de sus músculos.
Mientras los relámpagos destellan en el cielo llenando la habitación del
ático con destellos de luz blanca, lo veo quitarse sus pantalones y dejarlos
caer, junto con sus boxers. Me encuentro acostada en una cama, mirando
a un Ben muy desnudo, atractivo y excitado delante de mí. Mi respiración
se dificulta ante la visión.
—Parece que tienes un problema —reflexiono, repitiendo la vieja cita
de Cancún en tanto me apoyo sobre los codos y, aunque me siento
cohibida, dejo que mis piernas caigan abiertas para él. Ben es un tipo que
aprecia el cuerpo de una mujer. No el de cualquier mujer. El mío, al
parecer. Mi culo regordete, mis curvas suaves. Mis mayores inseguridades
parecían ser lo que más lo excitaba.
—No tienes una jodida idea. —La repentina tensión en su mandíbula
cuadrada lo hace aún más atractivo cuando se introduce en la cama,
acomodándose entre mis muslos, apoyando sus codos en el colchón a
ambos lados de mis hombros. El calor irradiando de su cuerpo, sin duda,
contrarresta el aire frío.
—No he dejado de pensar en esto durante toda la semana. —Una
de sus manos realiza un camino hacia mi perforación jugando con ella
suavemente, mucho más suave de lo que jamás lo imaginé capaz de
hacer—. ¿Sabías que rechacé una reina de belleza?
Una opresión llena instantáneamente mi estómago. —¿Recuerdas
ese filtro en el que debías trabajar? —¿Qué sucederá cuando no rechace
a una reina de belleza? ¿O a Pastelito? ¿Qué sucederá conmigo? ¿Con
nosotros? ¿Con esto? ¡Dejaremos esto para siempre! Eso es lo que
sucederá.
Lo miro y me muerdo la lengua, aterrorizada de que mi propio filtro
falle. —¿Por qué?
Sus curiosos ojos azules analizan mis facciones. Es imposible no darse
cuenta de la velocidad e intensidad con que su corazón late contra mi
pecho. Inclinándose para colocar sus labios contra los míos, responde
simplemente—: No quería estar con ella.
—¿No querías estar con un reina de belleza? Imposible. —Tomo una
respiración profunda, calmándome. Podría leer tantas cosas en esto. El
hecho es que quiero leer solo una cosa en lo que dice. Es aterrador. ¿Por
qué estoy haciéndome esto? No puedo fingir que no me importa cuando
es así. Eso sería como tirar todas mis emociones a un frasco y sellarlo.
Cualquiera que me conozca puede predecir que esto tendrá una
explosión garantizada, con secuelas devastadoras.
—Lo sé. Impactante, ¿no es así? —Noto un brillo en sus ojos. Se
desvanece rápido—. ¿Qué está pasando contigo? Pareces apagada.
—Vi a Jared esta noche —dejo escapar repentinamente. Supongo
que es un lugar tan bueno como cualquier otro para empezar.
La mano de Ben, ahora acunando mi pecho, se congela. Veo como
se sacude su nuez de Adán cuando t raga duro. —¿Y?
—Me dijo que me ama. Que se arrepiente de romper conmigo y me
quiere de regreso.
Ben descansa su frente contra la mía. Yacemos así, en completo
silencio, en tanto los truenos resuenan en el exterior, mientras la tormenta
aumenta su intensidad. Es la tormenta más lenta o larga de la que he sido
testigo, ya que la mayoría de las tormentas en Florida son fuertes y se
alejan rápidamente.
Finalmente, suspira y levanta la cabeza para mirar por la ventana, el
rastrojo de barba en su mandíbula visible bajo los destellos de luz brillante.
—Debí haber sabido que esto pasaría —murmura, sacudiendo la cabeza
casi imperceptiblemente—. Me lo merezco, ¿no es así?
Frunzo el ceño mientras él se aleja de mí, llevándose toda su calidez
y afecto, y aterrizando sobre su espalda. Desliza una mano detrás de su
cabeza. —¿Me perdí algo?
La suave risa de Ben llena el oscuro ático. —Hablando de ironía. Ya
sabes, cuando mamá y Elsie comenzaron a molestarme con que tenía
sentimientos por ti, las descarté. —Ladea su cabeza, sus ojos tristes mirando
los míos—. Ahora que por fin me admití a mí mismo que quiero más, no
tengo ninguna oportunidad. ¿Es así?
Mi corazón siente como si se hinchara al doble de su tamaño normal.
¿Qué? ¿Acabo de oír correctamente?
¿Ben quiere algo más? Me apoyo en mis codos cuando un remolino
de confusión y alegría me atraviesa como un tornado. Pero entonces... —
¿Qué mierda estás diciendo?
Él lanza una mano hacia arriba y señala con total naturalidad—: Tú
estás aquí para decirme que regresarás con el idiota, ¿verdad? ¿Es por eso
que viniste aquí esta noche?
—Si yo fuera a volver con Jared, ¿crees que estaría yaciendo aquí,
desnuda, contigo? —No puedo dejar de sonar molesta.
Se produce una larga pausa mientras procesa mis palabras. Y luego
se encoge de hombros, una sonrisa tímida formándose en sus labios. —No
sé. ¿Quizás imaginé que me dabas una última cabalgata antes de
alejarte?
—No, tú... ¡ugh! —Ruedo los ojos cayendo de nuevo en la almohada.
Esto no pudo haber salido mejor. Hace menos de cinco minutos me
hallaba aterrorizada de que Ben viera cómo me siento realmente, y ahora
me confiesa que mis sentimientos no son unilaterales.
Esto lo cambia todo.
—Por lo tanto, ¿estás diciendo que no volverás con él? —pregunta
con cautela.
—¡No! —Tengo ganas de reír; la tensión desliza fuera de mi cuerpo,
dando paso a una erupción de mariposas tomando vuelo.
A mi lado, oigo silenciosamente escapar de sus labios—: ¡Gracias a
Dios! —Seguido de—: ¿Por qué no? —en voz alta.
—Por ese imbécil que conocí en Cancún. Por eso. —Ahí está. No es
exactamente romántico, pero con Ben nunca fuimos poéticos.
—¿En serio? Espera... Soy el idiota, ¿verdad?
Cuando suspiro con exasperación, rueda sobre mí para ubicarse en
su posición anterior, con una amplia sonrisa en su rostro. —Así que, ¿qué
significa esto exactamente?
Abro mi boca, considerando cuales serán mis próximas palabras.
Siempre fuimos absolutamente honestos. No tiene sentido cambiarlo ahora.
—Significa que te quiero para mí, mujeriego, nene de mamá, jugador y
todo, y que si te atrapo con Pastelito, una reina de belleza o cualquier otra
persona, es mejor que corras mucho y rápido, porque voy a matarte.
Sus dedos alejan las hebras de pelo de mi cara. —Sabes que nunca
consideraría hacer algo que pudiera lastimarte de esa manera, ¿no?
Solo puedo realizar una inclinación de cabeza, pero es suficiente. En
contraposición a todos los defectos que la gente podía encontrar en Ben,
nunca encontrarían a alguien con un corazón más grande que el suyo,
más amable.
Y así como así, algo monumental ha cambiado entre nosotros.
Él se inclina y toma mi boca con la suya en un beso profundo y
necesitado, que hace que mi cabeza se hunda en la almohada, y respire
dificultosamente. Soy consciente de como introduce su mano en una
mesita de noche para agarrar un condón. Abriéndolo y colocándoselo
con facilidad con una sola mano, nada menos, se impulsa dentro de mí sin
problemas, nunca rompiendo el beso.
Mi cuerpo está más que dispuesto a aceptarlo.
Todo de él.
Traducido por Miry GPE
Corregido por Jasiel Odair

No lo creo.
Yo, Ben Morris, tengo novia. Por lo menos, creo que la tengo.
Haciendo a un lado las flojas amenazas de daño corporal, no entramos en
detalles.
Giro mi cabeza para estudiar la figura quieta de Reese, mientras
toma respiraciones largas y lentas, con su cabeza acurrucada en el hueco
de mi brazo y su cuerpo caliente, desnudo contra el mío. Es como un
dragón dormido, tan pacífico en sueños, tan fiero cuando se encuentra
despierto. Y no puedo esperar para que esté despierta de nuevo.
Esta noche fue... esclarecedora.
Pasé de ser un idiota engreído que se encontraba seguro de tenerla,
a sentir que mis entrañas se desgarraban pensando que volvería con su ex,
a estar completamente en un jodido éxtasis cuando me eligió a mí.
Reese me quiere a mí y solo a mí.
Si tan solo lo hubiera sabido en ese entonces, cuando vi a esa chica
de cabello púrpura caerse de su silla en su estado de embriaguez... sonrío
en mi interior, incapaz de evitar que mis brazos se ajusten alrededor de su
pequeño cuerpo.
Asimilo las palabras que Josh dijo más temprano. Dejar que los fallos
y errores de mi papá dictaran cómo viviría mi vida es el peor error que
puedo cometer. Y me guste o no, es lo que he hecho. Dejar escapar a una
chica como Reese porque temo ser como mi padre, solo conducirá a una
miserable vida solitaria. Lo irónico es que, no sé si hubiera apreciado eso si
ella no hubiera estado ya aquí, al alcance. Mostrándome lo que tengo
que perder.
Me inclino sobre ella, incapaz de evitar darle un suave beso en los
labios. Deja escapar un gemido débil en respuesta, pero, por lo demás, no
se mueve. Estoy tentado a despertarla, pero no lo haré.
Mañana será un largo día para t odos nosotros.
Eso me recuerda... La muevo, apartándola de mí tan gentilmente
como es posible, y luego me siento, ganándome un pequeño gruñido de
protesta. Alcanzo la mochila apoyada contra la pared junto a la cama, y
abro silenciosamente el bolsillo exterior que Mason me describió cuando
llamó. Dentro se encuentra una pila de sobres atados fuertemente con una
banda elástica.
Las respuestas a las preguntas que ella ha formulado todos estos
años.
No sé lo que piensan Jack y Mason, dejando que sea yo quien haga
esto. Mason dijo que planeaban mostrarle todo esta noche en la cena. Eso
es una locura. No veo cómo puedes entregar este tipo de noticias sobre un
plato de papas fritas. Por otra parte, creo que probablemente no hay un
buen momento para darle a conocer esto a una chica como Reese.
Hacerlo cuando se encuentra aquí, en un lugar que puedo decir que ama,
lejos de la civilización, conmigo para contenerla, puede ser la mejor
opción.
Solo espero que ella también lo vea de esa manera.
Traducido por Diana
Corregido por SammyD

—No puedo creer lo mucho que se parecen todos —le digo,


teniendo la fila de los hijos Morris de pie y mirando a dos niñas rubias
molestando a Quincy con una pelota. La atención del sabueso se mueve
de atrás hacia adelante entre las chicas y la multitud de personas como si
no pudiera decidir entre tener la pelota o los restos de alimentos que van a
caer de los pequeños platos de papel.
—Sí, nos dicen mucho eso. —Instintivamente me acomodo al lado
de Ben mientras su brazo se instala por encima de mi hombro,
apretándome firmemente a él.
—Pero tú eres el más guapo, por supuesto —agrego irónicamente,
golpeándolo.
—Lo soy. No lo olvides —bromea con una sonrisa y lucho contra el
impulso de besarlo. Hemos sido muy cuidadosos con las demostraciones
públicas de afecto dado que Jack se encuentra aquí. En algún momento,
tendremos que darle la noticia de que Ben y yo estamos juntos y estamos
lejos de ser solo amigos. Aunque he decidido que podría amenazar con
renunciar si Jack no deja a Ben quedarse en Warner, honestamente no sé
cómo diablos vamos a trabajar juntos. El hombre no puede estar en una
habitación conmigo sin tocarme de alguna manera, y no parece
importarle quién esté allí.
Lo demostró esta mañana al pellizcarme el trasero cuando conocía
a toda su familia por primera vez.
Me pregunté cómo sería estar en una habitación con los cincos hijos
Morris, y si Ben era una anomalía o parte de un grupo idéntico. Cuando por
fin me permitieron salir del ático y entrar a la terraza acristalada, me di
cuenta rápidamente. El clan de los Morris y los afiliados se encontraban allí,
junto a una mesa cargada de dulces, fruta fresca y deliciosa esencia a
café.
Riendo. Sonriendo. Llenando esta grande casa triste y vieja con lo
que ansiaba desesperadamente otra vez.
Una familia.
A cinco minutos de presentaciones —dejándome sonrojada después
de que el hermano de Ben, Jake sintió la necesidad de hacer comentarios
acerca del perturbador ruido sobre su cuarto anoche— pude ver que sus
vínculos iban más allá de las similitudes físicas. La idea de que estos cinco
hijos y su madre no hubieran estado bajo este techo en ocho años parece
incomprensible. Cualquier extraño no lo creería. Por otra parte, tal vez
tampoco creerían que el hombre cuyos atributos físicos pueden verse en
todos y cada uno de sus hijos entristeció oscuramente sus vidas lo suficiente
para hacerlos abandonarse unos a los otros.
El servicio funerario para el padre de Ben se llevó a cabo en una
antigua iglesia blanca a quince kilómetros de distancia y fue solemne,
como era de esperarse. Lo que no se esperaba era la multitud que
asistieron. Aunque Joshua padre no pudo haber hecho muchos amigos
duraderos, las familias Bernard y Morris sin duda lo hicieron. Esas personas
llenaron la iglesia para presentar sus respetos, más de doscientos de ellos
regresaron a la arboleda con la familia para un almuerzo tardío.
—¿Qué crees que va sucederá ahora?
Ben frunce el ceño. —¿Qué quieres decir?
—Me refiero a mañana y la próxima semana y el mes que viene. Mira
a todo el mundo. —Hago un gesto hacia su familia, Jake detrás de su
novia con los brazos alrededor de su vientre; Rob y su esposa riéndose de
sus hijos; Elsie y Josh cogidos del brazo y sonriendo. Por supuesto, no los
conocí antes, pero todos parecen tan contentos. Y Wilma... La mujer ha
estado secándose los ojos con su pañuelo todo el día. Durante el servicio,
sé que esas lágrimas no eran por la pérdida de su esposo. Y sobre todo, no
era tristeza lo que vi.
Era alivio y gratitud.
—Esta casa está destinada a estar llenado de ruido. Wilma está
destinada a ver a sus hijos. Sus nietos deberían estar corriendo, riendo y
columpiándose en ese gran viejo columpio. ¡Incluso Quincy se encuentra
en el paraíso ahora mismo!
Ben se ríe. —Va a terminar en el cielo para perros pronto. Esta
demasiado gorda para toda esta emoción.
—¿Qué pasará después de hoy? —prosigo—. Por favor, dime que
ustedes han hablado. Algo tiene que cambiar. Por amor a Wilma, por el
amor de esta arboleada... —Un nudo se forma en mi garganta cuando
pienso en lo triste y solitaria que Wilma estará una vez que todos se hayan
ido. Tanto como amaba la arboleda antes, ahora que lo he visto en su
mejor esplendor, con vida, no podría soportar verlo tan tranquilo y vacío
otra vez.
Ben suspira. —No estoy seguro, Reese. Ahora todo el mundo tiene
una vida en otro lugar. Vamos a ver qué pasa.
—Tienes que hacer que suceda, Ben. Por lo menos para los días
festivos y cumpleaños y... —Se me ocurre algo—. Jake y Rita tienen que
casarse aquí. Tienes que decírselo.
—Seguro. —La cara de Ben se divide en una amplia sonrisa mientras
ahueca una mano sobre su boca y grita—: ¡Jake!, ¡Reese cree que Rita y tú
deberían tener su boda aquí!
—¡Ben! —No soy lo suficiente rápida para golpear con mi puño en las
costillas de Ben para cortar sus palabras y, por la rotunda mirada que le da
su hermano, Jake no se impresiona por ellas. Si Rita escuchó, que estoy
segura que sí, no lo deja notar, decidiendo mantener su enfoque en las dos
niñas.
—Benjamin, deja de acosar a tu hermano —dice la severa voz de
Wilma. Nos giramos para verla acortando la distancia, seguida por Jack y
Mason. Instintivamente me muevo lejos de mi confortable rincón contra el
cuerpo de Ben, al mismo tiempo que su brazo se retrae lentamente de mis
hombros, hasta que solo su mano se posa en mi espalda.
—Ben, Jack me decía lo impresionado que se siente contigo en el
trabajo —explica Wilma, sonriendo a su hijo, con la cara llena de orgullo.
—Corrijo los textos como un jefe —se burla Ben con buen humor.
—Aunque no sé porque te molestaste con la facultad de derecho,
dado que tienes este lugar. Es impresionante aquí —ofrece Jack, haciendo
un gesto con sus manos a nuestro entorno.
—Lo es —coincide Ben.
—Tal vez Mason y tú puedan venir con Reese ot ra vez. Espero verla
por aquí por mucho tiempo.
Dios mío, Wilma. La profunda inhalación de Ben a mi lado me dice
que piensa lo mismo que yo.
Creo que todos nuestros ojos, incluido los de Mason, se encuentran
fijos en Jack, a la espera de una reacción, preguntándose qué podría ser.
Esos ojos grises se suavizan con una genuina sonrisa mientras inclina
su cabeza, como si reconociera algo en silencio. Tal vez sí es así. —Con
mucho gusto vendríamos a visitarla. Ojalá nos pudiéramos quedar por más
tiempo, pero nos iremos muy pronto a Miami. —Girándose hacia Wilma,
ofrece—: Una vez más, estamos muy apenados por su pérdida. Si hay algo
que podamos hacer para ayudar, por favor avísele a Ben.
Wilma nos mira a Ben y a mí, y guiña un ojo cuando una mujer la
llama desde el pórtico. —Ya lo has hecho. Si me disculpan, parece que me
necesitan en la cocina. —Estrecha la mano de Jack y de Mason—. Gracias
por venir hoy. —Con eso, se gira y corre hacia la casa.
—Bueno Reese’s Pieces, supongo que nos veremos el fin de semana,
¿eh? —dice Jack, con una amorosa sonrisa en su rostro.
Da unos pasos hacia adelante, sujetando mis brazos con las manos.
—Y recuerda que siempre estamos aquí para ti. —La preocupación se filtra
a través de sus ojos mientas se voltea para observar a Ben con una mirada
ilegible—. Cuida de mi chica este fin de semana.
—Lo haré.
Golpea el hombro de Ben una vez más. —Sé que lo harás.
Siento mi frente arrugarse mientras los veo irse. —¿Ves? Ahora Jack
también actúa raro. ¿No crees?
—Bueno... —señala Ben mientras vuelve a instalar un larga y dura
mirada en mí. Durante tanto tiempo, que empieza a hacerme retorcer.
—¿Qué? —digo.
Apretando los dientes, da una breve mirada alrededor del césped.
—Creo que he mostrado mi cara el tiempo suficiente aquí. —Bajando su
mirada de nuevo a mí, dice—: Vamos a dar un paseo.
Traducido por CrisCras
Corregido por Mel Wentworth

—¡Me encanta estar a esta hora del día aquí arriba! —grita Reese
por encima del rugido del motor mientras mete la cuarta marcha en el
buggy y se desvía para evitar un bache en el camino, el sol del final de la
tarde de noviembre empezando a descender por el horizonte.
—¿Podemos no añadirnos a la cuenta de funerales de esta semana?
—grito en respuesta, agarrando la barra antivuelco con los nudillos
blancos. La mujer es una maniaca detrás del volante. No sé cómo todavía
no ha estrellado su moto y estoy empezando a pensar que no la quiero
sobre ella más, porque solo es cuestión de tiempo antes que lo haga. La
única razón por la que le tendí las llaves es porque sabía que necesitaría
tener un poco de diversión antes de que dejara caer la gran bomba sobre
su cabeza.
—Gira a la izquierda por aquí. —Señalo y espero mientras ella gira en
la esquina, dejando el viejo tractor amarillo de mi abuelito a la vista.
Llegamos a una parada con derrape, una nube de polvo ondeando
detrás de nosotros y la radiante sonrisa de Reese haciéndome tener
segundos pensamientos respecto a este plan. Tal vez debería simplemente
cogerla en brazos y volver a llevarla a nuestra habitación del ático. Pero
no. Eso no cambiará nada. Ella necesita saber esto y yo siempre he sido el
tipo de chico de “quitar la tirita”. Si alguna vez descubre que me guardé
este tipo de noticia en vez de dejarla saber al instante, no confiaría en mí
otra vez. La simple idea de eso hace que mi estómago se apriete.
Saco las llaves del contacto de un tirón —si la mujer va a correr,
tendrá que ser a pie—, y salgo del buggy. Recogiendo el bastón, paso por
el mismo proceso que he hecho durante años, haciendo sonar el camión
para asustar a cualquier cosa que esté viviendo dentro.
Reese, habiéndose cambiado a pantalones vaqueros y una
camiseta, se alza hasta el portón trasero. Una rara y pacífica sonrisa
descansa en sus labios. Sé que no la he visto en ella nunca antes. Obligo a
mi cuerpo a quedarse inmóvil, a simplemente quedarse allí y mirarla fijo
durante un largo rato.
Odio que esté a punto de perderla.
—¿Por qué me estás mirando de esa manera?
Dudo. Y luego extiendo la mano hacia atrás y saco el montón de
sobres que están metidos en la parte de atrás de mis vaqueros.
Los ojos de Reese se estrechan. —Mason tenía esos sobres ayer.
Mi pulgar pasa a través del montón —cinco sobres blancos y uno
amarillo. Se supone que mantenga el amarillo hasta el final. —¿Han
hablado Mason y tú sobre tu padre recientemente?
—Sí. La semana pasada. —Sus ojos se lanzan hacia los sobres—. ¿Por
qué?
Con un suspiro, me acerco para sentarme a su lado en el portón. —
Mason le contó a Jack sobre tu ex. Sobre cómo el tipo está viviendo en
Miami y se ha vuelto a casar, y cómo tú has estado en contacto con él. A
Mason le preocupa que estés en una misión para castigarle.
Su cabeza cae hacia atrás con un fuerte gemido. —¡Maldición! ¡Te
dije que no se puede confiar en ese tipo!
—Solo… espera, Reese. Déjame terminar. —Hago una pausa—.
Mason estaba preocupado; esa es la razón por la que dijo algo. Y por
supuesto Jack también estaba preocupado. Él ha estado preocupado por
ti desde que te recogió de Jacksonville. Preocupado de que vayas a
volverte tan amarga como tu madre después de haber sido tan herida.
—¡Yo no soy Annabelle! —Sus mejillas se están volviendo rojas por la
ira, haciéndome sostener las manos en alto en rendición.
Hasta el momento, esto no está yendo bien.
—Sé que no lo eres. Pero, solo escucha. Lo que sea que hablaron
Mason y tú… buen, él pensó que era buena idea encontrar a tu padre
para que pudieras obtener su lado de la historia. Ver qué tipo de hombre
deja a una niña de cinco años en un restaurante y por qué. Tal vez tenía
una buena razón. Tal vez simplemente era un imbécil y tu madre tiene
razón al odiarle. Pero es bueno saber, ¿no crees? —Saber qué era mi
padre y, más importante, qué no soy yo, me ha ayudado a tomar algunas
decisiones importantes en los pasados días. Incluyendo la que me condujo
a sentarme aquí con Reese—. Jack estuvo de acuerdo con él. Así que
llamó a la firma de investigadores privados el lunes por la mañana y le
pidió al tipo que investigara. —Tomo una respiración profunda—. Le halló,
Reese. Encontró a tu padre. Resulta que no era tan difícil, después de todo,
si sabías por dónde empezar a buscar.
Observo mientras la sangre se drena del rostro de Reese, hasta que
sus mejillas normalmente rosadas son de color blanco, haciendo que sus
ojos color caramelo se vean de un amarillo enfermizo. —Bueno, ¿dónde
está? —Sale con brusquedad, aunque sé que lo que suena como ira en
realidad es miedo. Su atención pasa al montón de sobres en mi mano. Uno
de ellos tiene un sello de “devolver al remitente”. Los otros ni siquiera fueron
enviados nunca.
Deslizo el primero en su mano temblorosa.
Aclarándose la garganta, levanta lentamente el sello. —Estos ya
fueron abiertos. —La acusación en su tono es obvia—. ¿Los leíste?
—No. —Mason admitió que él y Jack los habían leído primero, no
queriendo darle a Reese algo que podría devastarla.
Con una respiración profunda, saca la primera carta, una sola hoja
de papel rayado con caligrafía similar pero un poco más pulcra que la de
Reese.
No hay mucho más que yo pueda hacer, así que simplemente me
siento en silencio a su lado, tendiéndole un nuevo sobre cada vez que
termina el último.
Observando las lágrimas empezar a descender por sus mejillas.
Y cuando le tiendo el amarillo, el que contiene una copia del
informe oficial dentro, con el revelador sello en la parte frontal, ella se
queda completamente inmóvil.
Su voz es áspera cuando susurra—: Después de todo este tiempo, en
realidad soy justo igual que ella, ¿verdad?
Traducido por Vanessa Farrow & CamShaaw
Corregido por Miry GPE

El Jetta de Ben se detiene en la ostentosa casa blanca salida de la


mitología griega; su hilera de columnas y la enorme fuente de agua de tres
niveles, en el centro de la entrada circular, es simplemente ridícula. Marido
Número Cuatro viene de dinero y carga un montón.
—Bueno, esto parece acogedor —dice Ben con una sonrisa.
—Espera a ver el interior —murmuro—. Se parece a una morgue. —
Gracias al diseño en expansión y la falta de mobiliario, también es la casa
ideal para un espléndido baile de caridad.
La puerta del coche se abre y el aparcacoches me ofrece una
mano, la cual acepto solamente después de recoger las capas de mi
vestido de satén. Lina y Mason manejaron hasta la arboleda esta mañana
con esto, así tendría tiempo para prepararme antes de ir a Jacksonville. Por
suerte, se ajusta tan bien como si se tratara de un diseño personalizado
para mi cuerpo. Basado en el precio que encontré en la caja, bien podría
haberlo sido.
Ben rodea el coche; luciendo un poco como un muñeco Ken, en un
esmoquin negro oscuro que alquiló de último minuto; y me ofrece un
brazo. Si estuviéramos aquí en otras circunstancias, ya estaría buscando
lugares para arrastrarlo por la corbata; se ve tan atractivo. —¿Cuándo
viste a tu madre por última vez? —pregunta, subiendo los escalones junto
conmigo, lentamente. Con cautela.
—Justo después que me casé con Jared. Número Cuatro quería un
gran almuerzo familiar para limar asperezas.
—Entonces, ¿qué, cómo...?
—Hace un año y medio.
Sacude la cabeza con incredulidad. —¿Y cómo resultó?
—Terrible. Annabelle me dijo que no tenía lo que se necesitaba para
mantener interesado a Jared y que él me dejaría.
Y ahora creo que sé por qué.
Ben habla con el hombre con la lista de invitados, mientras mis ojos
recorren la multitud de todas las edades bien vestida. Él ha sido cariñoso
conmigo desde ayer por la tarde, mientras mantiene mi mente ocupada y
dice bromas estúpidas para intentar hacerme reír. Raro, dado que acaba
de enterrar a su padre. Debería ser al revés.
Nos metemos en un zumbido de música, conversación y risas tanto
falsas como verdaderas. La hermosa escalera O’Hara que alcanza la
segunda planta, se encuentra cerrada a los huéspedes y flanqueada por
una orquesta de violinistas, tocando música clásica suave, mientras un
fotógrafo los captura. Meseros en esmoquin flotan a través de la multitud,
equilibrando bandejas de plata con aperitivos y champán con facilidad.
No puedo dejar de pensar que todo el dinero que se invirtió en esta
fiesta, podría haber servido mejor yendo directamente a caridad. Esta es
Annabelle en su máxima expresión.
Nunca disfruté de estas fiestas pretenciosas, sino que prefería una de
las barbacoas veraniegas en el patio trasero de Jack, en la que podía
aparecer en vaqueros y una camiseta. Por otra parte, la expresión del
rostro de Ben cuando bajé las escaleras de Wilma, con un vestido que
cuesta la mitad del precio que mi Harley, hace que valga la pena.
Ben detiene a una mesera, tomándola del codo y su sonrisa
ganadora. —Disculpe, ¿nos podría decir dónde está la señora Donnelly? —
Ese es el apellido más reciente de Annabelle. Se hace difícil hacer un
seguimiento de ellos.
La joven se sonroja cuando lo mira. —Entretenimiento en el
conservatorio.
Ben me lanza una mirada cuestionadora.
Respondo rodando los ojos y un tranquilo siseo—: Es un invernadero
con un piano. —Creo que capto una sonrisa de la mesera mientras sigue
caminando, pero no puedo estar completamente segura.
Encontramos nuestro camino hacia el “conservatorio” —una enorme
habitación de cristal en la parte post erior de la casa, con vistas a una
piscina de tamaño olímpico. Aunque se halla mínimamente amueblado en
ocasiones normales, esta noche se ha quitado todo, excepto un piano de
cola negro y el hedor a dinero viejo. Ahí es donde encuentro a Annabelle,
en medio de un pequeño círculo de personas sumamente refinadas. Se ve
tan tranquila y radiante como siempre, en un largo y ajustado vestido azul
que flota alrededor de sus tobillos; su pálida piel parece más blanca junto
al color vibrante.
Ben le da un pequeño apretón a mi cintura y me empuja hacia
adelante. Lucho contra el impulso de tocar mi cabello; un sencillo pero
elegante moño de lado que Elsie hizo para mí, haciendo gala de la capa
negro cereza mientras camino hacia adelante.
Ian me ve primero. Ofrece una sonrisa, pero es cauteloso. No soy
estúpida. Para él, soy la hija distanciada de su esposa trofeo quien, si
alguien se molestara en hacer un poco de investigación, probablemente
podría causar algo de vergüenza política para él, sobre todo en época de
elecciones. Dios sabe lo que ella le ha hablado de mí. Por lo menos mi
expediente judicial se halla cerrado.
Annabelle se gira. Con su alta figura de reloj de arena y rasgos
perfectos, siempre ha sido una mujer impresionante. No puedo negar que
lo sigue siendo, sin embargo, al obtener una mejor visión de ella —en la
forma de sus ojos, la falta de una sola arruga o defecto, los pechos muy
llenos— apuesto que se hizo cirugía plástica desde la última vez que la vi.
Esos fríos ojos azules me recorren, mi vestido, mi cabello, Ben a mi
lado y veo un destello de algo: ¿Sorpresa? ¿Triunfo? ¿Sospecha? —No
pensé que vendrías, Reese —dice con voz entrecortada, inclinándose para
besar ligeramente mi mejilla, al igual que me imaginaría unos picotazos de
pollo a un grano de maíz. Mentalmente comparo ese con el beso que
Wilma plantó en mí, cálida, amorosa y también... maternal.
—Yo t ampoco —admito. Hasta ayer, t uve mi decisión tomada.
Y luego me enteré de toda la historia.
Venir esta noche para enfrentarme a ella puede ser considerado un
momento inoportuno por algunos. Pero creo que es el momento perfecto.
Estará sobria, por ejemplo. Puedo garantizar que su vaso contiene Perrier.
No se arriesgará a emborracharse con toda esta gente aquí.
Pero sobre todo, estará tan preocupada por cómo voy a reaccionar
en frente de todos estos espectadores, que no tendrá la oportunidad de
lanzar un ataque.
Volviéndose a Ben, Annabelle ronronea—: Hola, soy Annabelle
Donnelly. —Y extiende su mano lánguidamente, como si esperara que la
bese.
—Ben Morris. Es un placer —responde con una enérgica sonrisa con
hoyuelos y suavemente acepta su mano. Tan idiota y metedor de pata
como Ben puede ser, parece que tiene una forma de hacer que una mujer
reaccione. Incluso ahora, los ojos de Annabelle escanean su cuerpo
rápidamente antes de dejarlo ir, con una sonrisa recatada en sus labios
extra-sensuales. Más gruesos de lo que recuerdo.
—Necesito hablar contigo —suelto.
—Claro. ¿Tal vez después del baile?
—No nos vamos a quedar mucho tiempo.
—Oh. Bueno, espero que al menos te quedes para algunas fotos
familiares. Los hijos de Ian volaron para estar aquí. El fotógrafo está
arreglando todo en la biblioteca. —Para aquellos que no la conocen,
Annabelle parece imperturbable. Sin embargo, esa vena en el lado de su
cuello palpita. Se encuentra alterada.
Su delicado hombro comienza a curvarse hacia atrás, hacia el
círculo, ya descartando mi presencia, hasta que digo—: Encontré a Hank.
Cada parte de ella se congela. Su sonrisa falsa, su cuerpo mejorado,
su aliento. Por un largo momento, Annabelle se ve como una estatua.
—Discúlpenme todos —anuncia, colocando su copa en la bandeja
de un mesero pasando, antes de comenzar su lento acecho felino más allá
de mí, mientras sus tacones de diez centímetros hacen clic en el suelo de
mármol.
—¿Quieres que vaya contigo? —susurra Ben en mi oído.
—No. Estoy bien.
—Bueno. Estaré aquí si me necesitas —susurra, besándome en la sien
antes de recordarme—: Solo viniste aquí para hablar.
—Sí —respondo con una sonrisa tensa, con la esperanza de poder
mantener mi promesa. Salimos de la habitación y nos dirigimos a la
izquierda, por un pasillo silencioso que ha sido acordonado para los
huéspedes. Para cualquiera que presencie esto, se verá como una extraña
procesión de muñecas Barbie de fiesta. Ciertamente no como una madre
e hija.
Annabelle pasa a través de un conjunto de sólidas puertas dobles,
llevándome a lo que parece ser la oficina de Ian; una habitación de
aspecto masculino, tapizada de piso a techo con madera de cerezo
oscuro y cuero negro. Cuando esas pesadas puertas se cierran detrás de
mí, los sonidos alegres de la música y la risa se desvanecen por completo.
Y ahora somos solo Annabelle y yo.
Se aclara la garganta. —¿De qué te gustaría hablar, exactamente?
No hay punto en seguir dándole vueltas al asunto. —¿Sabías que mi
padre trataba de encontrarme?
Se aclara la garganta otra vez. —Supuse que lo haría, con el tiempo.
No es que haya hablado con él de nuevo después de que nos dejó.
—No, Annabelle. No nos dejó. ¡Te dejó a ti! Él quería llevarme con él
a su nueva vida, con MaryAnn. Ahí es donde nos encontrábamos el día
que reportaste mi secuestro. Sabías donde estábamos. Sabías que no me
hallaba en ningún peligro. —Veo el destello de dolor en sus ojos y sonrío,
aunque no hay placer en esto—. Creíste que nunca me enteraría,
¿verdad? Por suerte para mí te casaste con un tipo como Jack, quién se
preocupa lo suficiente como para empezar a hacer preguntas, incluso
dieciséis años más tarde.
Inclinando la cabeza, parece tomar un momento para respirar, su
pecho se eleva y cae pesadamente en varias ocasiones. —¿Cómo está?
—pregunta finalmente en un susurro ronco—. Hank.
El nudo que se instaló en la base de mi garganta desde ayer, se
expande al saber que nunca llegaré a verlo de nuevo. —Está en el
cementerio Tallahassee. Fue sacado de la carretera en su Harley por un
conductor de camión que no comprobó su punto ciego antes de cambiar
de carril, hace unos ocho años.
Mis palabras la abofetean en la cara con tanta fuerza como si la
hubiera golpeado con mi palma. Cualquier color que quedaba en sus
mejillas se desvanece, dejando su piel gris y la boca abierta.
Cuando Jack llamó al investigador privado de la empresa para
saber sobre Hank MacKay, el investigador comenzó con los cont roles de
rutina: informes policiales y obituarios. Eso lo llevó rápidamente al informe
de la muerte y de los parientes más próximos, su pareja de hecho,
MaryAnn Seltzer.
Todo parece tan fácil.
Hank me escribió varias cartas, esperando tener algún día un lugar
para enviarlas. Después de su muerte, MaryAnn le dio las cartas a Bethany
MacKay, la hermana de mi padre. Una tía que yo ni siquiera sabía que
existía. Quién vive a veinte minutos de mí. MaryAnn tenía la corazonada de
que algún día la hija perdida hace mucho tiempo de Hank seguiría la pista
a la familia MacKay.
—Conociste a mi papá una noche en un bar de Miami, donde
tocaba su banda. Él acababa de romper con su novia. Lo veías tocar la
guitarra. Y entonces, cuando una chica intentó pararse frente a ti, le
vaciaste una cerveza en la parte posterior de su blusa. Pretendiste que fue
un accidente, pero mi papá vio que lo hiciste intencionalmente. —Sonrío
ante eso. Es algo que yo haría, excepto que no lo ocultaría. Lo admitiría
con placer—. Dijo que eras la mujer más hermosa que vio. Comenzaron a
salir de inmediato. Conducía una hora a la ciudad cada vez que podía.
Luego, seis meses después, cuando te enteraste que estabas embarazada
de mí, se casaron. Ninguno lo pensó dos veces.
Vuelvo a contar todo lo que esa primera carta explicaba con lujo de
detalles, historias que nunca escuché por parte de Annabelle. Conforme lo
hago, veo las emociones amenazando con romper su máscara. —Se
mudaron a un apartamento de dos dormitorios en su ciudad natal, donde
trabajaba como mecánico en el taller de su padre. Te quedabas conmigo
en casa. —Doy un paso más en la habitación, observando con mis ojos el
retrato pintado de Annabelle que se encuentra colocado en la pared
encima de la chimenea, en un sexy vestido y una estola de piel—. Tú
odiabas eso. Odiabas estar atascada con una bebé en casa. Te sentías
aburrida de la vida pueblerina. Querías mudarte a Miami, pero Hank no se
encontraba dispuesto; él era quién traía un cheque de pago. Además, iba
a hacerse cargo del negocio de su padre.
»Ustedes dos peleaban mucho por eso. Peleaban mucho en general.
Tuvieron una gran discusión una noche de viernes cuando yo tenía tres
años y los vecinos llamaron a la policía. Hank se encontraba tan enojado
que se fue por unas horas. Cuando volvió a casa, se encontró con que te
desmayaste en el sofá. Yo estaba sentada en un charco de vodka
derramado, llorando. Fue entonces cuando reclamaste que sufrías de
depresión posparto, y que buscarías ayuda. Después de eso, él empezó a
llevarme a todas partes con él, hasta que mejoraras.
De lo que Hank se enteró por los padres de ella —que al parecer
conocí, aunque no lo recuerdo— Annabelle fue criada en un hogar de
ingresos medios, donde los abrazos no tenían sentido y la imagen lo era
todo. Que ella se enamorara de mi papá —un trabajador, que tocaba
guitarra, que montaba una Harley, tatuado— se hallaba en contra de todo
lo que aprendió mientras crecía. Pero también demuestra que Annabelle
supo amar una vez. Supo cómo dejar que su corazón ganara.
Mi papá empezó a llevarme al taller. Sabía que no era un lugar ideal
para una niña, pero pudo ver un cambio en mí de inmediato, reía y sonreía
más y hablaba con él.
—Las cosas no mejoraron. Todavía eras tan infeliz, atrapada en esa
pequeña ciudad con una niña, empezando tus veintes. Comenzaste a
resentirte con él por todo. Pensó que llegaría a casa un día y se enteraría
que te fuiste. —Y él comenzó a desearlo, admitió en su carta.
—Ustedes dos se distanciaron. Y entonces mi padre se encontró con
MaryAnn —su ex novia antes que tú— que rompió con él cuando se fue a
la universidad. Las cosas simplemente se retomaron donde las dejaron. —
Me vuelvo para observar su rostro—. Él te engañó. —Me sorprende que
nunca me lo dijo. Yo habría pensado que la posibilidad de culpar a Hank
MacKay le daría satisfacción. También habría pensado que podría revelar
la verdad, sabiendo cuánto dolor sentía en una situación muy similar con
Jared. Una situación inquietantemente similar. Claro, era una relación
mucho más corta y sin dar a luz otro ser humano, pero aun así, ese tipo de
dolor podría haber encontrado un punto en común en nosotras, algo que
finalmente compartiéramos.
Pero en cambio, su orgullo la mantuvo en silencio durante dieciséis
años.
Se pensaría que con todo ese tiempo que pasó y tres maridos
después, Annabelle sería por lo menos indiferente. Pero cuando veo sus
ojos inundados de lágrimas y su mandíbula visiblemente tensa, sé que se
halla lejos de ser indiferente.
Veo de primera mano cuánto la hirió mi padre.
Cuando leo la explicación sincera de lo que llevó a la ruptura de mis
padres, sucedió algo que nunca experiment é con Annabelle: lo sentí por
ella.
—Estuvieron juntos durante seis meses antes de que encontraras un
recibo de un collar que él le compró. Lo confrontaste. Lo admitió y pidió el
divorcio.
Se siente raro, repasar los acontecimientos de la historia de mis
padres con la mujer que lo vivió. Pero ha pasado mucho tiempo huyendo
de esto, y arrastrándome con ella. Es hora de que ambas enfrentemos el
pasado, lo que nos ha traído hasta aquí.
—Te dijo que se mudaba a Tallahassee. MaryAnn heredó el rancho
de sus abuelos. Quería llevarme con él. —Que mi padre se negara a
mudarse, a abandonar el taller por Annabelle —la madre de su hija— pero
estuviera más que dispuesto a alejarse de todo por otra mujer, debió ser
devastador para Annabelle.
Ciertamente, me aplastaría.
—Saliste de la vivienda hecha una furia. Me llevó a su camioneta y
se dirigió al rancho de ella. Quería ver si me gustaría ese lugar. —Siento la
sonrisa triste tocando mis labios, pensando en el recuerdo fugaz de
perseguir una gallina. Uno de mis pocos recuerdos de ese fin de semana—.
Al parecer me encant ó. Me llevaba bien con MaryAnn. —La sonrisa se
borró—. Después de unos días, cuando él esperaba que te hubieras
calmado, hizo mis maletas y regresamos. Nos detuvimos en una parada de
camiones en las afueras de Gainesville a cenar. Fue entonces cuando mi
padre te llamó y le dijiste que reportaste mi secuestro. Que ibas a hacer
que se arrepintiera de la aventura.
Una lágrima se desliza por la mejilla impecable de Annabelle.
—Él no sabía mucho sobre el secuestro, salvo que, con su historial,
había una buena probabilidad de que fuera condenado. Así que entró en
pánico e hizo lo único que podía pensar… me dejó en el restaurante.
Debí leer esa parte de la carta cincuenta veces, viendo la noche no
a través de los ojos de una confusa niña de cinco años quedándose sola,
sino a través de los ojos de un afligido y asustado padre de veintiocho años
de edad, aterrorizado de pasar años tras las rejas. Cuando vi su camioneta
alejarse, pensé que se había ido. Pero no lo hizo. Aparcó en un rincón
oscuro en el extremo más lejano del estacionamiento, apagando las luces.
Y esperó. Durante dos horas, se sentó y observó, agarrando el volante con
fuerza, sintiendo como si alguien hubiera extendido sus manos y
desgarrado sus entrañas, asegurándose que nadie intentara llevarme.
Cuando el coche de la policía finalmente se detuvo y el oficial se sentó
conmigo, se fue.
Y después lo lamentó todos los días.
Cuando mis abuelos vinieron a visitarme una semana después del
incidente, según lo solicitado por su hijo, habíamos desaparecido, sin
dirección de reenvío.
—¿Por qué? —Es irónico, durante dieciséis años, la misma pregunta
que se encontraba en mi lengua, solo se dirigía a Hank MacKay. Ahora, la
respuesta real pertenece a mi madre—. ¿Por qué me usaste para hacerle
daño de esa manera? ¿Por qué no me dejaste tener un padre en mi vida
que me amaba?
El pelo rubio y sedoso de Annabelle se balancea cuando niega con
la cabeza, su voz ronca y apenas audible. —Porque él quería llevarte, algo
que creamos juntos, con ella. Sabía que t e gustaba más.
—¡Pero nunca quisiste ser madre, Annabelle! —Lucho por controlar
mi voz.
—Eso no es cierto. Solo… no supe cómo ser t u madre. Eres t an
parecida a él, Reese. —Su voz titubea mientras cierra los ojos con fuerza—.
Eres t odo Hank. Te obsesiona el rock y las motocicletas. Nunca te podía
mantener en un vestido por más de cinco minutos. Todo en ti es de tu
padre y cada vez que te veía crecer, me recordabas a él. Y eso me mató.
—Cruza los brazos sobre su pecho, como si de repente hiciera frío—. Pensé
que serías demasiado joven como para recordar, que olvidarías eso de él.
O quizá también que empezarías a sentirte molesta con él. —Aparta otra
lágrima—. Pero no lo hiciste. Solo parecías estar más molesta conmigo.
Miro a esta mujer en silencio, viéndola con una nueva luz por primera
vez en mi vida. Una triste y desesperada luz. —¿Y olvidaste ese dolor
cuando engañaste a Jack? ¿Cuándo dejaste a Barry por Ian? —No hay
malicia en mi voz. Ya sé la respuesta a eso, pero el ver su inclinación de
cabeza es la confirmación.
Annabelle no se ha dejado amar plenamente por nadie desde Hank
MacKay. Jack… Barry… Incluso Ian. Son todos sustitutos de él, buenos
maridos que pueden llenar todos los vacíos en su vida, excepto el que más
importa. El que se halla en su corazón.
Suelto el aliento que he sostenido, y de repente las cosas parecen
más ligeras. Vine aquí esta noche para poner todo al descubierto. No
porque pensé que iba a cambiar nuestra relación. Annabelle y yo nunca
seremos íntimas. Pero, gracias a esto, puedo empezar a entender por qué.
No es algo que hice. No es algo que yo pueda cambiar. Lo que puedo
cambiar es asegurarme de nunca terminar siendo una mujer resentida
como ella.
Cuando leí esa primer carta, la del sello “Devolver al remitente” en
ella y lo único que contó fue la manera en que mis padres se lastimaban
terriblemente entre sí, entré en pánico, mientras mi propia ruina destellaba
frente a mí.
Pero desde entonces, me di cuenta de que no soy como ella. Me
parezco mucho. Si hubiera ido de nuevo al condominio de Jared con él,
habría terminado lo que empecé, lastimándolo, lastimando a Caroline…
entonces no sería capaz de reclamar cualquier diferencia entre nosotras.
Pero en alguna parte del camino, dejé que me importara de nuevo.
Tal vez incluso me permití amar de nuevo. Sin querer, inesperadamente,
me enamoré de Ben.
Y ahora, solo quiero estar con él.
—Toma. —Le extiendo un sobre.
Lo mira cuidadosamente. —¿Qué es?
—Quizás algún cierre para ti. —Aparte de la carta inicial, la mayor
parte del resto, se parecían más a las entradas de un diario, acerca de las
cosas en la vida de Hank MacKay que lo hicieron feliz —su hijo con
MaryAnn, la modesta casa que compart ieron, las camionetas que restauró
y vendió para complementar sus ingresos— y las cosas que lo hicieron
lamentarse. Engañar a Annabelle, casarse con ella cuando era joven y
estúpido, sabiendo que seguía enamorado de otra persona. Pero sobre
todo, durante todo este tiempo, por dejarme.
La última carta era de MaryAnn, y hablaba acerca de cómo Hank
contact ó a un abogado para comprender mejor los riegos asociados a la
orden de arresto pendiente contra él. Mientras que el abogado pensó que
podía obtener cargos reducidos por secuestro, permanecería el caso de
abandono infantil. Hank consideró entregarse, con la esperanza de que
podría llevarlo a encontrarme de nuevo.
Sin embargo, entre esas cartas, había una sincera disculpa para
Annabelle. Si es suficiente para derretir la protectora capa de hielo, está
por verse. La dejo con la carta, la única cosa que sin duda puede abrirle
los ojos.
Y voy en busca de lo que abrió los míos.
Lo encuentro en el gran vestíbulo de entrada con una brocheta de
satay en la mano y rodeado por tres jóvenes mujeres en vestidos de fiesta
de Cenicienta. Posiblemente la mayor no puede siquiera ser legal, y sin
embargo todas se encuentran muy familiarizadas con la insinuación de
pestañas.
Avanzo furtivamente hasta su lado y envuelvo mi brazo en él. —¿Listo
para irnos, o necesitas algo más de tiempo con tus chicas menores de
edad?
Su sonrisa no decae con mis palabras. —Lo siento, señoritas. La jefa
está aquí. —Sus mohines a juego son lo último que veo cuando empujo a
Ben fuera de la casa, apenas dándole oportunidad de depositar los restos
de su comida en una bandeja.
Entrega su boleto al aparcacoches y luego me jala hacia su pecho.
—¿Te sientes mejor?
Lanzo un suspiro. —Todavía no, pero lo est aré. —Aún no he llegado a
un acuerdo con nada de esto. En este momento, no estoy segura de que
pueda enfrentarme a Annabelle de nuevo.
—Bien.
Nunca he usado la palabra “elegante” para describir a una persona,
pero ahora, al mirar a este hombre rubio en su traje, su sonrisa con hoyuelos
y sus azules ojos abriéndose y cerrándose, es la única palabra que puedo
encontrar para describirlo. Y ni siquiera es a causa de su belleza física. Todo
en él es atractivo. Incluso su gran y odiosa boca.
—¿Podemos irnos ahora? ¿O sientes la necesidad de provocar una
escena caótica para terminar la noche al estilo Reese?
Presiono mi mejilla en su pecho para escuchar sus latidos del corazón
mientras sonrío. —No tengo idea de lo que hablas. —Miro fijamente a la
vulgar fuente de agua; con una estatua de una diosa griega de pie en el
centro de una pequeña piscina, rodeada por chorros de agua de casi un
metro de altura y focos azules.
Y de repente, pregunto—: ¿Qué tan fría piensas que se encuentra el
agua? —Aunque es un noviembre inusualmente cálido para Florida, es de
noche ahora, y las temperaturas se han enfriado.
—Imagino que tiene una temperatura fría hasta el punto de encoger
bolas.
—¿Interesado en hacer una apuesta? —Incluso antes de darle la
oportunidad de responder, me apart o, corro por las escaleras delanteras,
pateando mis tacones brillantes y dejándolos en los escalones. Con una
última mirada a Ben, quien sonríe y niega con la cabeza, me siento en el
borde de la fuente, recojo mi vestido, y volteo para sumergirme en el
agua.
—¡No está tan mal! —miento, apretando los dientes mientras me
meto en el agua hasta que llega a mis rodillas y estoy de pie junto a la
estatua—. ¿Qué piensas? ¿Es esta la fuente de Annabelle de joven? ¿Es
Afrodita? ¿Debería rogarle que me haga ver más joven?
El equipo de aparcacoches y unos pocos asistentes a la fiesta me
miran con una mezcla de sorpresa y diversión.
Ben baja los escalones con una amplia sonrisa, mis tacones ahora
colgando de sus manos. —Nop. No estás autorizada a cambiar nada de ti.
—Bueno, creo que tú y ella tienen algunas cosas de que hablar —
bromeo con un guiño—. ¿Por qué no vienes aquí?
Su cabeza cae hacia atrás con una fuerte risa. —¡Demonios, no!
—Gallina.
Me mira por un momento, su lengua deslizándose por sus dientes
lentamente mientras reflexiona sobre algo.
Y luego patea sus zapatos, lanza la chaqueta del esmoquin al suelo,
y se mete en la fuente. —Voy a hacer que te arrepientas de llamarme así
—advierte con sombría determinación mientras me acecha, el agua no se
enfrenta a sus poderosas piernas. Rápidamente me escabullo, tratando de
esquivar las cascadas de agua disparadas desde la fuente, pero él es
demasiado rápido y sus fuertes brazos se apoderan de mí, tomándome
desde atrás.
—¡No tengo otra muda de ropa, Ben! —le recuerdo con un chillido.
—Tampoco yo, pero insististe, así que supongo que tendremos un
interesante camino a casa, ¿no es así?
Desde mi visión periférica, veo una pequeña multitud formándose en
los escalones y destellos de luces de cámaras, sin duda, los medios de
comunicación invitados para el evento. Si Ben los ve, desde luego, no le
importa. O tal vez sí, y es por eso que enrolla un brazo alrededor de la
parte posterior de mis rodillas y me levanta en sus brazos.
—¿Lista?
—¡No! —grito y río, apretando su cuello con fuerza—. ¡No te atrevas a
dejar que me caiga al agua! ¡Está jodidamente congelada!
Una extraña mirada cruza a través de sus ojos azules. —¿Dejarte
caer? Reese, debes saber a estas alturas que nunca dejaría que eso
suceda. —Su brazo me acerca para un beso muy inapropiado en mis
labios, dado que tenemos espectadores.
Y entonces comienza a correr a través de los anillos rociadores de
agua.
Mojándonos a ambos mientras reímos y reímos.
Traducido por Jules
Corregido por Melii

—Maldita sea, no puedo esperar para quitarme esta corbata —


murmuro mientras mis dedos se doblan en el cuello de mi camisa, ya
húmedo por debajo de la chaqueta. Voy a desvestirme completamente
tan pronto como se acaben las fotos, si todo sale según lo previsto.
—Deja de quejarte. Por lo menos es mayo. Ella podría haber elegido
julio —me recuerda Jake, añadiendo en voz baja mientras se seca la
frente—, y todos estamos sufriendo contigo.
Un rápido vistazo a Rob y Josh confirma un ligero brillo de sudor en
sus rostros. Los cuatro est amos de pie en la sombra de uno de los robles
más antiguos de la propiedad. Las filas de sillas blancas, llenas de familia y
amigos, nos enfrentan. Un altar improvisado —un arco cubierto de flores
naranjas— se encuentra junto a nosotros.
Con solo inhalar el aroma me calmo.
—Han hecho un montón de trabajo en la casa desde Navidad —
reflexiona Rob, sus ojos vagando por la vieja y enorme casa al estilo
hacienda en el fondo.
—Fue una gran póliza del seguro. Lo suficiente como para cubrir las
cosas esenciales. —Asiento a nuestro hermano mayor—. Josh también hizo
mucho. —Él renunció a su trabajo poco después de la muerte de nuestro
padre y se mudó para estar con mamá. El dinero de la venta de las
herramientas de carpintería es más que suficiente para cubrir la
manutención de los niños y la pensión alimenticia en el corto plazo. Él, a su
vez, ha sido una gran ayuda por aquí, convirtiendo el taller de carpintería
en una instalación de embalaje y poniendo todo en marcha, para
minimizar los gastos externos. Acaba de celebrar su primer año de
sobriedad la semana pasada y, aunque Karen no parece estar dispuesta a
reconciliarse pronto, ella vino con sus dos niños este fin de semana para la
boda.
Ahora he llegado a conocer mejor a mi hermano, como adulto, de
lo que alguna vez lo conocí cuando era niño. Incluso he llegado a apreciar
su actitud tranquila y creo, por las pequeñas sonrisas y risas, que él logró
apreciarme por lo que soy.
—¡Ya casi es hora! —dice efusivamente mamá, corriendo hacia
nosotros con su nieto de tres meses de edad en brazos—. ¿Quieres ver a
papá una vez más, Jake hijo?
—No podías ser más original, ¿verdad? —me burlo, mirando al bebito
en su esmoquin, con el frente cubierto de baba. Vale, lo admitiré, es lindo.
Sería incluso más lindo si no llorara tanto.
—Cállat e la puta boca —murmura Jake en mi dirección mientras se
inclina para besar la frente de su hijo.
—¡Silencio! —regaña mamá, llevando a Jake hijo hacia su pecho.
Pero yo aún no he terminado. Molestar a mi hermano es demasiado
divertido, maldita sea. —¿Los médicos te dicen cuándo le quedará bien
esa cabeza? —Miro al pobre niño mientras lucha para levantarla—. ¿O
será que siempre se verá como un muñeco cabezón?
Apenas consigo bajar el brazo para bloquear el golpe en los riñones
que me lanza Jake.
—¿Te estás riendo de nuevo del muñeco cabezón?
Mi corazón da un vuelco ante el sonido de la voz de Reese. Me
vuelvo a tiempo para verla deslizándose hacia adelante a través de la
hierba y su vieja guitarra Yamaha azul colgada sobre su espalda. La miro
de arriba abajo, incluyendo el escote de su vestido, que me da una buena
imagen de esas tetas en las que pongo las manos en cada oportunidad
que tengo. El vestido es largo, llegando hasta el suelo. Eso es un poco
molesto. Me gusta mucho ver sus piernas. Pero, cuando se da la vuelta y
veo la parte posterior abierta, asumo que eso lo compensa. —Pensé que
no se podía ir de blanco a una boda.
Se encoge de hombros. —Se puede, si la novia te obliga a usarlo.
—¿Rita también eligió el vestido? Porque si lo hizo...
Sus labios gruesos —hoy pintados de rojo— se curvan en una sonrisa
lenta. —¿Te gusta?
—Sí. De hecho... —Me agacho y envuelvo mi brazo alrededor de su
cuerpo para conseguir un buen agarre en ese culo que me gusta tanto
mientras la atraigo hacia mí.
—¡Benjamin! —La mano libre de mamá me golpea en el hombro—.
Delante de los invitados no. —Lanzando un suspiro de exasperación, capto
un “en serio” en voz baja.
—Sí, Benjamin. En serio. —Los ojos acaramelados de Reese brillan
cuando se escapa de mis manos y da un paso atrás a donde está
preparado el micrófono. Basado en lo que ella debe acabar de sentir,
sabe que voy a llevarla al ático —declarado como nuestra oficina
principal de fin de semana— al segundo en que terminen esas fotos.
—Me encantan las flores de azahar —le dice a mamá, sonriendo—.
Es un bonito detalle.
—Podemos hacer lo mismo para Ben y para ti.
Me aclaro la garganta bruscamente, lanzándole una mirada severa
a mamá, pero ella cambia la atención a su nieto, arrullándole suavemente
cuando la cabeza de Reese cae hacia atrás con esa risa gutural y fuerte.
—Solo si también puedes cubrir las barras antivuelco en ese buggy,
porque tengo pensado venir por el pasillo con estilo. —Me guiña el ojo y
me doy cuenta que está bromeando. Gracias a Dios. No tengo ninguna
prisa. Sé que ella tampoco. Tenemos algo muy bueno en este momento.
—¿Cuánto más va a durar esto? —murmuro en voz baja, doblando
mi cuello mientras Jack se acerca con un vaso de limonada en la mano.
—Reese, te ves hermosa, incluso con esa cosa vieja y destartalada
colgada sobre tu hombro. —Se inclina para darle un beso en la mejilla
antes de volverse a mamá—. Aquí tienes, Wilma.
—Gracias, Jack —contesta ella con una sonrisa tímida.
Y… espera, ¿qué es eso? ¿Mamá se sonrojó?
Siento la profunda arruga en mi frente cuando miro de ellos a Jake,
que está demasiado ocupado haciéndole ojitos a su niño cabezón para
ver cualquier otra cosa, y de nuevo a ellos. No es hasta que miro a Reese,
para ver su mirada en su padrastro y mamá, y su sonrisa secreta, que me
doy cuenta.
—Oh, ¡diablos no! —Mi arrebato atrae la atención de todos y la cara
de mamá de repente se llena de preocupación.
—¿Qué ocurre, querido?
—¡Ocurre que tengo una política estricta contra el hecho de que el
padrastro de mi novia coquetee con mi mamá!
La cara de mamá se pone el color de la berenjena por lo que
coincide con su vestido. Si ella no tuviera un bebé en sus manos, creo que
me estaría dando una paliza en este momento, justo en el altar de la boda
de mi hermano. A la mierda, no me importa. ¿Jack y mamá?
Josh deja escapar un fuerte resoplido. Jake y Rob siguen muy de
cerca con sus risas. Ni siquiera Reese puede reprimirla. Y, por último, todo
encaja en su lugar. Levanto los brazos con exasperación. —¿Soy el único
que no sabe de esto?
—¿Cómo pudiste pasar la reválida, hombre? —se burla Jake.
Mamá pone los ojos y se da vuelta para irse, pero no antes de que la
atrape lanzándole un guiño a Jack. Mierda. ¡No tenía idea! Jack y Mason
han hecho viajes de un día aquí para ayudar con la recolección. Entonces
mamá les invitó para la Navidad. Y Pascuas.
¡Pensé que solo les gustaba la arboleda!
—Bueno, supongo que has estado demasiado ocupado ignorando
descaradamente mi política como para notarlo —reflexiona Jack.
—Yo no diría “descaradamente” —murmuro. Mierda. Tiene razón.
Las cejas grises y espesas de Jack se alzan. —¿No? Tal vez
deberíamos preguntarle a Mason acerca de eso.
—Te advertí… Pepito habla —murmura Reese mientras ajusta el
soporte del micrófono, y sus mejillas ahora tomaron un poco de color
también.
—Uh... —No estoy seguro de cómo responder a eso. Hemos sido muy
buenos respetando a Jack y manteniendo nuestra relación en secreto en
la oficina, Reese trabaja en los casos de Natasha mientras yo tomo los
casos propios y utilizo otros dos asistentes legales. De hecho, estoy bastante
seguro de que nadie tiene la menor idea. Por otra parte, tal vez todo el
mundo lo sabe y nos estamos engañando a nosotros mismos.
Y, a excepción de una noche hace unas semanas, cuando
trabajábamos hasta tarde y no pude evitar hacerle recrear una fantasía
que he tenido grabada en mi cabeza desde hace meses que involucra a
Reese y mi escritorio, hemos mantenido las manos para nosotros mismos.
¿Qué demonios hacía Mason, de todos modos, yendo a la oficina
después de la medianoche?
Apuesto a que no lo va a hacer de nuevo sin llamar con antelación.
—Estamos en paz, ¿entonces? —ofrece Jack con una sonrisa
mientras camina hacia su asiento.
Agacho la cabeza mientras una sonrisa tímida se apodera de mí,
justo cuando el teléfono de Reese emite un sonido con un mensaje de
texto de Elsie. —¡Ya es hora! —anuncia, lanzando su teléfono en el suelo a
pocos metros de distancia —por lo que seguramente va a olvidarlo allí y
más tarde se va a volver loca buscándolo— antes de que sus dedos
rasgueen los primeros acordes. Cuando abre la boca y la letra de la
canción sale atropelladamente en esa voz profunda y ronca, Jake me da
un codazo en las costillas de nuevo para conseguir que me dé la vuelta y
enfrente al pasillo. Duré cinco segundos antes de regresar mi atención a
Reese.
Creo que nunca me voy a cansar de oírla cantar. O hablar. O reír o
que se meta conmigo, o me diga que soy un idiota. Y no veo cómo podría
cansarme de despertar a su lado en la mañana, o quitarle toda la ropa
por la noche, porque todavía no lo he hecho. En realidad es exactamente
lo contrario. Solo la quiero más. Ella es todo lo que nunca supe que quería.
Es todo lo que nunca supe que podía tener.
Ella simplemente... está hecha para mí. Tan perfectamente.
Soy vagamente consciente del himno procesional viniendo por el
pasillo. Probablemente debería estar prestando atención a la novia.
Pero estoy demasiado ocupado mirando a mi Reese.
K.A. Tucker nació en un pequeño pueblo de Ontario,
publicó su primer libro a la edad de seis años con la
ayuda de la bibliotecaria de la escuela primaria y una
caja de lápices de colores. Es una lectora voraz y lo
más alejada de un género-snob, ama todos los
géneros desde High Fantasy a Chick Lit. Actualmente
reside en un pequeño y pintoresco pueblo fuera de
Toronto con su esposo, sus dos hermosas niñas y un
agotador cachorro. Para más información sobre los
libros de K.A. Tucker o contactar con ella, visit e
www.katuckerbooks.com