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Escritura rotoscópica en Yo el Supremo

Cristino Bogado
kurubeta@gmail.com

«Toda lengua tiene su lengua onírica».


Ferenczi

Frente a la rica tradición de los experimentos lingüísticos contemporáneos disparados desde


la aparición del Finnegans Wake, Roa parece representar una tendencia contraria, a la que
adscribirían también otros autores paraguayos: la depuración de los rasgos idiosincráticos
con los que el guaraní y el jopara marcan el español paraguayo, en pos de una aceptación
más amplia.
La fantasía de una escritura rotoscópica tal como aparece en Yo El Supremo puede arrojar,
en este sentido, luz acerca de tal depuración o purga, que cabe más exactamente dentro del
concepto de forclusión.

Axioma lingüístico
Uno de los axiomas sobre Roa (considerándolo sobre todo como autor de Yo el Supremo,
epítome de su creatividad literaria) es que no son la historia y el poder su tema y leitmotiv,
sino el lenguaje (Aira va también por ese carril: « [Roa] transforma en literatura la pasión
historiográfica de su país», Diccionario de autores latinoamericanos, 2001). Este artículo
intentará, no sé si refutar, pero quizá amortiguar tal aserto repetido e infundado. Creemos
que, por el contrario, Roa se refocilaba soñando una escritura que huyera del lenguaje hacia
formas exclusivamente visuales, empujado por la angustia ante la idiosincrasia lingüística
de Paraguay, y sobre todo ante esos monstruos aporéticos ocultos en el moñái kuára, los
dioscuros paraguayos por antonomasia, japaro y póra, tan inoportunos para todo escritor de
acá que se pretenda internacional: el guaraní y el jopara.
Así, en su reseña de la novela en la edición en inglés de 1986, escribió Michiko Kakutani:
«De hecho, pese a lo engorroso y retórico que pueda ser Yo el Supremo, sigue siendo una
prodigiosa meditación no solo sobre la historia y el poder, sino también sobre la naturaleza
misma del lenguaje» («In fact, however cumbersome and rhetorical ‘I the Supreme’ may
often feel, the novel remains a prodigious meditation not only on history and power, but
also on the nature of language itself», Michiko Kakutani, «Books of the Times», en The
New York Times, 2 de abril de 1986). (Por cierto, una curiosidad: no sé qué significa en
japonés Michiko, pero en guaraní es pequeño, dicho tiernamente.)
Mirada rotoscópica
La técnica de la rotoscopia consiste en calcar cada fotograma de un vídeo para obtener una
animación lo más realista posible. Lo más cercano a la mímesis de la realidad. Roa Bastos
sueña con la rotoscopia cuando en Yo el supremo («En el cuaderno privado», p. 202-203)
habla de «retomar la visión de lo que ya ha sucedido» en «esta escritura-imagen que va
tejiendo sus alucinaciones sobre el papel».
La rotoscopia primitiva (no la digital, que se usa, por ejemplo, en la peli Waking Life)
necesita papel para hacer el calco de la realidad, como el Supremo para avanzar su escritura
de las alucinaciones rotoscópicas, propósito que logra con un implemento elaborado por los
presos a perpetuidad de Takumbú: la birome o cachiporra con el lente-recuerdo.
La escritura con esa birome futurista, que le permite, a la par que avanzar en su discurso,
vislumbrar otro lenguaje, uno hecho exclusivamente de imágenes, revela y (en la ficción)
cumple el deseo inconsciente de Roa de huir de ese destino –no obstante, inevitable para
todo eigentlich escritor paraguayo comprometido con la realidad, como él siempre se preció
de ser–: el jopara. Todo este capítulo de visualización de entidades infinitesimales y
nanofantásticas, con su estética de «metáforas ópticas», de cine-escritura, nos remite a La
pulga de acero de Leskov (y no solo al Roussel de Locus Solus, como se suele señalar).
Entre líneas, prefería «el texto sonoro de las imágenes visuales», «el tiempo hablado» de la
escritura, en una especie de recaída en la oralidad (guaraní o jopara) de cuya huída o miedo
paranoico, suponemos, surge toda esta plataforma teórica, este constructo visual, no
literario (La birome de El Supremo como la versión literaria de la cámara-lápiz de Astruc).

Terremoto literario
In illo témbore, 1939, se publicó Finnegans Wake, primer libro moderno intraducible. «En
Finnegans Wake», apuntó en alguna entrevista Derrida, «en un momento hay unas palabras
que son he war. Esas dos palabras pertenecen a varios idiomas a la misma vez. War puede
ser la guerra en inglés, puede ser War en alemán, “era”. Por lo tanto, nos ocupamos de un
elemento textual que juega con varios idiomas a la misma vez. Entonces, uno no puede
traducirlo. Porque si la traducción consiste en pasar un texto en otra lengua, ese texto no
puede ser traducido en una lengua. Se necesita más de una lengua para traducirlo. Así que
es intraducible debido a su multiplicidad. Un evento, una invención, ese he war, ese evento
textual tiene por sí mismo un efecto deconstructivo. Se trata de una referencia a Babel, a la
guerra, Dios destruye Babel y trato de reconstituir todo esto. Independientemente de su
contenido babélico el simple hecho de que pertenezca a varios idiomas lo torna
intraducible. Por lo tanto, nos encontramos frente a un texto firmado que existe sólo una
vez y que ninguna máquina puede hacer pasar en otra lengua».
Hoy, ese ejemplo ya ha arraigado y hecho brotar una rica tradición. Ejemplos de libros
intraducibles o escritos en una neo-lengua: La naranja mecánica‚ de Burgess; Folisofía, de
Murena; en mix de lenguas: Mar Paraguayo‚ de Wilson Bueno, Catatau‚ de Leminski,
Larva, de Julián Ríos, y los libros de escritores paraguayos del jopara o porounhol como
Kanese‚ Douglas Diegues‚ Edgar Pou, Xirú Cabrera, Remigio Costa, Lukas Fúster,
Lupette, etc. La traditio del jopara es de más larga data que la traditio castiza, purista; tiene
unos dos mil años si consideramos como hito la Carta a los Romanos que San Pablo no
escribió en griego (como pensara el sabio Wilamowitz-Moellendorff) ni en hebreo sino en
un jopara de ambas lenguas (griego koiné, según Wikipedia; esto es, contaminado), al decir
de Agamben, entre el 57 y el 58 d. C., diez años antes de su decapitación en el 67.
Finnegans Wake fue un terremoto literario. Ya no se trataba, como el libro anterior, Ulises,
de un sistema de retruécanos (Eco), sino de un proyecto político que buscaba «destruir el
inglés» (Said). Totí, antes de ser funcionario de Morínigo (en la primavera democrática de
1946), estuvo haciendo reportajes en Inglaterra. Sin embargo, no tuvo la suerte, ese golpe
de kairós, de tropezar con un ejemplar del libro –intraducible (Derrida) en tanto no escrito
en ninguna lengua oficial, odre estatal, nacional, y, por ende, de imposible trasvase: mezcla
sin fin, cavendisheo total de lenguas–. Acaso si hubiera traído un ejemplar del Finnegans
Wake su prejuicio contra el uso del jopara y del guaraní en la escritura paraguaya no se
hubiera solidificado.
Dice Ferenczi: «Toda lengua tiene su lengua onírica». Ergo, ¡el jopara –mix de guaraní y
español– es la lengua onírica, la élan(ava)langue, del español parawayensis!

Pasquín de El Supremo en cover guaraní-jopara

«Yo el Supremo Comprador de la Reputapública:


Ordeno al acaecer mi venta al más allá que mi producto corporal (commodity no
transgénico) sea etiquetado; la cabeza, puesta en un escaparate por 7 días en el Shopping de
la Reputapública donde se convocará al consumidor al son de mensajes de wasapo y tu’íter.
Todos mis correlís civiles (narcoseccionaleros) y tembiguáis militares (leales solo hasta la
muerte) sufrirán despido injustificado según manda la flexibilidad laboral (jetu’u). Sus
cuerpos despeñados sin indemnizaciones serán arrojados como tepoti a Cateura sin pre-
aviso que recuerde sus IVAS.
Al término de dicha intemperie no laboral, mando que mis restos del Black Friday Guasú
sean quemados como marihuana clandé y su tanimbu sin marandovases sea subastado en la
Costanegra con los crackeros.»

Roa, el supremo driblador del guaraní y el jopara


Roa contra el guaraní: El «guaraní y el problema del bilingüismo es uno de los grandes
obstáculos en que tropieza nuestra novelística para su desarrollo y expresión». «El escritor
paraguayo no puede olvidar por esto que, aún dependiendo de una instancia lingüística muy
singular, se halla insertado en el tronco común de la cultura hispanoamericana cuyo
vehículo expresivo es el español». «Esta insólita supervivencia de la lengua autóctona».
«¿En cuál de estos dos idiomas trabajará el escritor que quiera ser auténtico? La elección
del idioma vernáculo aparejaría el confinamiento localista de su obra». (Augusto Roa
Bastos, «Problemas de Nuestra Novelística», Alcor, año 2, n°7, marzo de 1957).
Roa contra el yopará: «Sabemos que los ámbitos idiomáticos del español y el guaraní
conviven no tanto en una corriente simpática de intercambio e interacción, como en una
sostenida colisión de módulos, de formas, de ritmos, que los lleva a roerse recíprocamente
en un proceso de erosión destructiva y no de integración creadora, como podría hacerlo
creer la creciente castellanización del guaraní y viceversa. Esta es una hibridación bastarda
o degenerada».
Una más, del acervo ficticio, contra el yopará obsceno, contra natura y dialectal: «Hablan
como cotorras, todas al mismo tiempo, en el infecto dialecto del yopará, esa mezcla
obscena de un español que ha dejado de ser español y de un guaraní que insulta al guaraní,
acoplados contra natura» (p. 207, El Fiscal, el Lector, 1998).
Realmente, Donoso Cortés tenía razón: la letra mata. Aquí queda constancia de que a
nuestro premio Cervantes le da náuseas la hibridación bastarda del jopara: al parecer, no
había leído –es decir, deglutido y asimilado– el Finnegans Wake, el capolavoro absoluto de
James Joyce, ese karaí guasú de todos los joparas (no solo hibridaba «bastardamente» dos
lenguas, como el español y el guaraní, sino todas las lenguas europeas ¡vivas y aún muertas,
como el latín de San Agustín y el griego de Plotino!).
Más de Roa contra el jopara, al que culpa de la medianía de la literatura local: «así como
existe el guaraní paraguayo que usa la población mestiza del Paraguay, hay también un
castellano paraguayo. Este fenómeno está denotando precisamente la interacción, la
distorsión profunda de dos lenguas que se enfrentan, que no tienen comunicación posible y
que se han contaminado recíprocamente de una manera progresiva, incluso con un ritmo
cada vez mayor. De modo que esta contaminación entre las dos lenguas en contacto y en
fricción prosigue y ha creado ese problema [...] de esta parla mixta del yopará». («Semana
de autor. Augusto Roa Bastos», Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1986),

¡Anfetaminas de amnesia contra el jopara, doctor Español!


He deslizado el concepto, tan vidrioso, de forclusión, no para diagnosticar patologías en
escritores (aunque –de ahí la retorcida alusión de este subtítulo al retorcido hit en el que
Bronco pide «Pastillas de amnesia, doctor…»– no deberíamos rechazar la posibilidad de
que una sociedad tan psicótica como la paraguaya sobreviviente de la dictadura de
Stroessner ya no tema expresar su esquizofrenia en una lengua contaminada, algo mucho
más adecuado para ese fin que seguir jugando con una lengua chanta que se presenta como
pura y virginal, y cuyo cultivo puede ser áspero –en el propio Roa estaba asociado a las
anfetaminas: «Roa Bastos viene a casa, conversación vacilante y errática sobre libros
ingleses. Lo mejor son las historias de su trabajo, yo lo escucho como si hubieran sido mías
hace muchos años y las hubiera perdido. Pasa un año en una casa de Mar de Plata, sin hacer
otra cosa que escribir, viviendo a pescado y sin plata. Se levantaba a las cinco de la mañana
y tomó anfetaminas durante seis meses hasta terminar Yo el supremo (y ganarse un
infarto)», cuenta Ricardo Piglia en Los diarios de Emilo Renzi. Los años felices, 2016–),
sino como enfoque alternativo para comprender la espinosa y acuciante realidad de la
diglosia; es apenas un intento temerario de usarlo como metáfora explicativa de una actitud
bastante general hacia nuestras lenguas «vernáculas», hasta hoy –con sello ministerial y
todo– estimadas como secundarias y como factores de retraso de nuestra incorporación al
escenario mundial. Ser culto es todavía para muchos intelectuales paraguayos expresarse en
un español sin contaminaciones de entidades xenoparasitarias.
Acaso nosotros podríamos postular la hipótesis de una forclusión en los escritores post-
nacionalistas, en Roa, en Hugo Rodríguez Alcalá, incluso en Villagra Marsal. Escritores de
una generación aún koyguá que, hartos del aislamiento y la invisibilidad de Paraguay, se
sienten obligados a bloquear el guaraní y el jopara, factores que conspiraban, quizá aún más
que contra la comprensibilidad, contra la plausibilidad de sus obras en el exterior. Obliterar
parte de tu personalidad, la hecceidad paraguaya, ese touch salvaje, en pos del acercamiento
subcontinental que brindaría un español purgado de elementos bastardos –¡ser aceptados
como iguales y hermanos americanos!–.
Y Roa, sin embargo, romantizaba aún el guaraní de los cantos de La leyenda de Creación y
Juicio Final del Mundo de los apapokuva-guaraní recogidos por Nimuendajú –de los que
hizo una versión libre, en español, obviamente, a partir de la traducción a este idioma de
Juan Francisco Recalde (ver Alcor, 1971)–, pero si comparamos la traducción del poema
cosmogónico apapokuva hecha por Roa con las apropiaciones de los cantos mby’á del Ayvu
rapyta pergeñadas por el poeta Douglas Diegues, el último está más cerca que el primero de
la moderna teoría de la traducción de Blanchot: «Nuestras versiones y traducciones, incluso
las mejores, parten de un falso principio: pretender germanizar el sánscrito, el griego, el
inglés, en lugar de sanscritizar el alemán, helenizarle, anglicizarle. Tienen más respecto por
los usos de su propia lengua que por el espíritu de la obra extranjera... El error fundamental
del traductor es congelar el estado en que se encuentra por azar su propia lengua, en lugar
de someterla a la impulsión violenta que viene de un lenguaje extranjero» (La risa de los
dioses). ¡Qué más extranjero para la tradición literaria española que el jopara! O lengua
paraguaya como la llamaba en 1958 Giménez Caballero: «por eso lo que yo llamo “lengua
paraguaya” no es la guaraní, como tampoco la española. Sino una deliciosa y sorprendente
mezcla que resulta de ambas» (Revelación del Paraguay, 106 p.).
Se trataría, pues, de un deseo de desprovincializarse, de urbanizarse, de impregnarse de la
cultura urbana, si no americana, al menos porteña. Una porteñización, en el fondo. Todo lo
contrario de lo que buscaban espíritus inquietos como el conde Gombrowicz justo en esos
años (1959), cuando remontaba el río Paraná en el barco Guaraní:
« ¡Qué noche! Dos marineros con guitarras se abandonaron al frenesí de las melodías
locales en guaraní…; tiempo atrás, antes de la invasión de los españoles, esta región
pertenecía a la tribu de los guaraníes y hasta hoy día se ha conservado su bella lengua en
todo ese territorio, igual que el discreto y sensual ritmo de los cantos guaraníes, brasileños,
paraguayos, cuya elegancia admiro» (Peregrinaciones argentinas).
Realmente, uno no imagina mejor forma de corroer y de roer el lenguaje graníticamente
narcisista de El supremo que con guerra de guerrillas y ataques foquistas del guaraní y el
jopara, como los que planeaba Leminski en su inacabado poema Mitamoroti, bricolaje
triple de lenguas que empezaría en guaraní (Paraguay) y terminaría comido por el
portugués (Brasil) y el español (Argentina) como metáfora lingüística del fin antropofágico
de la guerra del Paraguay (ver Cartas de Paulo Leminski: sinais de vida, Joacy Ghizzi
Neto).
Se me ocurre que no en balde para los mby’á-guaraní los paraguayos somos los «Juruá»,
«boca caída», término peyorativo. Acaso signifique, en sentido extendido, «que no tiene
palabra» (-Qué es un paraguayo? –No sé, pero ya no es «un hombre que habla dos idiomas»
(Gecé), pero para saberlo escuchémoslo, dejemos que nos hable. -Y en que lengua habla el
paraguayo? -¡En yopará! Un mix de dos lenguas.).

Si Bayard «no» leyera el Yo el Supremo escrito por el pueblo


Bayardianamente, de Yo el supremo cabe decir mucho. Esa obrilla del ensayista patafísico
que retumba incluso en Eco, Como hablar de los libros que nunca se han leído, nos viene
de maravillas para abordar un fenómeno ya antiguo que una encuesta carapé confirma: la
gran mayoría se inclina por Hijo de hombre como libro preferido de Roa y arrumba en el
casillero de los libros complicados Yo el Supremo, sobre el cual Ana María R. Codas cita el
dictum –«Este libro es el Quijote de América»– con el que el crítico uruguayo Rama lo
incorpora al canon castizo, a la tradición española, esta obra «monstruosa» sudamericana.
Codas cita también, de una carta personal que recibió del autor de Yo el Supremo, aquello
de que Roa es solo compilador, y no autor, sensu stricto, del libro, cuya verdadera autoría
correspondería –según este otro mito sobre la obra– al magma ontopoético de la tradición
oral-popular-nativa, y concluye que, desde esa perspectiva, Roa inaugura un nuevo
concepto de autor. Nuestros encuestados de improviso en plena calle peatonal explican sus
actitudes ante la aquixotada novela francista o suprema por la sofisticación y artificiosidad
que trasuda y que nada dicen al pueblerino que parla y farfulla diariamente en esa lengua
oral, sucia de jopara y guaraní, ensalzada por el populismo engagé de nuestro compatriota
cervantino. Es más, repelen al encuestado, que termina guareciéndose bajo la lluvia calma
de Hijo de hombre. Volviendo a Bayard, ese schopenhaueriano positivo (Schopenhauer se
jactaba de tener el arte y la sabiduría de no leer libros más que de leerlos) reivindica la no
lectura o la lectura imperfecta de una obra, pues lo que importa en última instancia no es el
autor sino el lector que la interpreta creativamente –y no el que, en busca del ontos on que
hay que extraer de ella, saca agua hasta de las piedras–. Ya decía Barthes: «puedo escribir
cien páginas sobre una caja de fósforos». Bayardizar Yo el Supremo es la estrategia real del
pueblo cuando una candidata a miss Paraguay lanza el bulo de que su libro preferido es la
obra magna de Roa. Pues si, en serio, el libro es del pueblo, el pueblo sabe cómo leerlo,
aunque no hable, este pueblo roabastiano, tan asiduamente en guaraní o en jopara.
(Las citas de Ana María R. Codas fueron tomadas de En los caminos de la historia, Enrique
Codas, Asunción, 2002).

Lambaré, city del amor hovy, 14 mayo 2017