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En la historia del hombre está inequívocamente plasmada la realidad del hecho religioso.

La
religión es una parte constitutiva de todas las culturas, y en algunas de ellas hasta adquiere carácter
fundacional. Esto significa que el problema de la posibilidad del hecho religioso no sería, en efecto,
un problema, puesto que la resolución es más evidente que el problema mismo. Observar el
acontecimiento efectivo del hecho religioso, no deja resquicio alguno para el planteamiento de una
verdadera problemática en torno a él. No tiene caso preguntarnos si el hecho religioso puede
acontecer o no, porque es innegable que acontece. La respuesta a tal cuestión antecede a la cuestión
misma, con lo cual esta resulta ser en extremo banal.
Sin embargo, sí podemos cuestionar un aspecto del hecho religioso que no es para nada
insignificante, y que tiene que ver con la realidad material del objeto religioso, entendiendo la
expresión “realidad material” como “existencia extramental ontológicamente real”. Aquí estamos
suponiendo un concepto de “religión” que involucra dos polos o extremos: un sujeto ‒individual o
colectivo‒ y un objeto ‒dios personal, deidad universal, totalidad cósmica‒, cuya mutua relación
está dada por la sumisión del primero a un orden establecido en o por el segundo. En este sentido, y
considerando que la experiencia del hecho religioso tiene lugar exclusivamente en el primero de los
extremos ‒el sujeto, que es quien experimenta las vivencias religiosas‒, puede ocurrir o bien que el
hecho religioso no sea otra cosa que un modo absolutamente subjetivo de percibir el mundo, o bien
el efecto de un vínculo auténticamente dado entre un sujeto y una divinidad. En el primero de los
casos, lo divino es puesto en el mundo ‒o fuera de él‒ por el sujeto, con lo cual habría que negar la
existencia extramental de la divinidad; en el segundo, por el contrario, no siendo el sujeto la causa
de sus más primitivos sentimientos religiosos, deberíamos cuando menos suponer la presencia real
de algo que está más allá del sujeto y que es causa de estos sentimientos.
Ahora bien, si la deidad resulta ser una invención del sujeto o no, es algo de lo que el sujeto
religioso no puede percatarse a priori, sino únicamente a través de una reflexión que lo lleve,
ulteriormente, a tener que desprenderse de su perspectiva religiosa y encarar el mundo desde el
ateísmo. De todos modos, como ninguna de las dos posibilidades que hemos venido mencionando
puede justificarse tan satisfactoriamente que no quede lugar siquiera para postular la verosimilitud
de su contradictoria, hemos de concluir que vivir religiosamente o predicar el ateísmo es una
decisión que, en última instancia y a nivel intelectual, se apoya sobre la nada.