Вы находитесь на странице: 1из 398

1

2
Estudio-vida de Levítico
CONTENIDO
1. PALABRAS DE INTRODUCCIÓN
2. DEFINICIÓN GENERAL DE LAS OFRENDAS
3. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (1)
4. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (2)
5. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (3)
6. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (4)
7. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (5)
8. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (6)
9. EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (7)
10.EL HOLOCAUSTO: EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS (8)
11. LA OFRENDA DE HARINA: EL CRISTO QUE SATISFACE AL PUEBLO
DE DIOS Y QUE ÉSTE DISFRUTA JUNTAMENTE CON DIOS (1)
12. LA OFRENDA DE HARINA: EL CRISTO QUE SATISFACE AL PUEBLO
DE DIOS Y QUE ÉSTE DISFRUTA JUNTAMENTE CON DIOS (2)
13. LA OFRENDA DE HARINA: EL CRISTO QUE SATISFACE AL PUEBLO
DE DIOS Y QUE ÉSTE DISFRUTA JUNTAMENTE CON DIOS (3)
14. LA EXPERIENCIA Y EL DISFRUTE PRÁCTICOS QUE TENEMOS DE
CRISTO COMO LAS OFRENDAS
15. LOS ELEMENTOS DE LA OFRENDA DE HARINA PARA LA VIDA
CRISTIANA Y LA VIDA DE IGLESIA
16. LA VIDA DE IGLESIA COMO OFRENDA DE HARINA
17. LA OFRENDA DE PAZ: CRISTO COMO PAZ ENTRE DIOS Y EL PUEBLO
DE DIOS PARA QUE AMBOS DISFRUTEN EN MUTUA COMUNIÓN
18. LA OFRENDA POR EL PECADO: EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ
MISMO POR EL PECADO DEL PUEBLO DE DIOS (1)
19. LA OFRENDA POR EL PECADO: EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ
MISMO POR EL PECADO DEL PUEBLO DE DIOS (2)
20. LA OFRENDA POR EL PECADO: EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A
SÍ MISMO POR EL PECADO DEL PUEBLO DE DIOS (3)
21. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES: EL CRISTO QUE SE
OFRECIÓ A SÍ MISMO POR LOS PECADOS DEL PUEBLO DE DIOS (1)
22. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES: EL CRISTO QUE SE
OFRECIÓ A SÍ MISMO POR LOS PECADOS DEL PUEBLO DE DIOS (2)
23. LA LEY DEL HOLOCAUSTO
24. LA LEY DE LA OFRENDA DE HARINA
25. LA LEY DE LA OFRENDA POR EL PECADO
26. LA LEY DE LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
27.LA LEY DE LA OFRENDA DE PAZ
28. LA CONSAGRACIÓN DE AARÓN Y SUS HIJOS (1)
29. LA CONSAGRACIÓN DE AARÓN Y SUS HIJOS (2)
30. LA CONSAGRACIÓN DE AARÓN Y SUS HIJOS (3)
31. EL INICIO DEL SERVICIO SACERDOTAL DE AARÓN Y SUS HIJOS
32. EL RESULTADO DEL SERVICIO SACERDOTAL

3
33. LA LECCIÓN Y LAS NORMAS PARA LOS SACERDOTES (1)
34. LA LECCIÓN Y LAS NORMAS PARA LOS SACERDOTES (2)
35. PALABRAS DE CONCLUSIÓN ACERCA DE LAS OFRENDAS Y EL
SACERDOCIO
36. EL DISCERNIMIENTO EN LA DIETA
37.LA ABSTENCIÓN DE TODA MUERTE
38. LA INMUNDICIA PRESENTE EN EL NACIMIENTO HUMANO
39. LA INMUNDICIA PROCEDENTE DEL INTERIOR DEL HOMBRE
(1)
40. LA INMUNDICIA PROCEDENTE DEL INTERIOR DEL HOMBRE
(2)
41. LA INMUNDICIA PROCEDENTE DEL INTERIOR DEL HOMBRE (3)
42. LA PURIFICACIÓN DEL LEPROSO (1)
43. LA PURIFICACIÓN DEL LEPROSO (2)
44. LA LEPRA EN UNA CASA
45. PURIFICARSE DE LOS FLUJOS DEL CUERPO DEL VARÓN Y DE
LA MUJER
46. LA EXPIACIÓN (1)
47. LA EXPIACIÓN (2)
48. CUIDAR DEBIDAMENTE DE LOS SACRIFICIOS Y LA SANGRE
49. EL VIVIR SANTO DEL PUEBLO SANTO: DESPOJARSE DE LA
VIEJA VIDA Y VESTIRSE DE LA NUEVA
50. EL VIVIR SANTO REQUERIDO PARA EL SACERDOCIO Y SER
DESCALIFICADO DE EJERCER EL SACERDOCIO
51. LA SANTIDAD EN CUANTO A DISFRUTAR DE LAS COSAS SANTAS Y LA
MANERA ACEPTABLE DE PRESENTAR UNA OFRENDA POR VOTO Y
UNA OFRENDA VOLUNTARIA
52. LAS FIESTAS (1)
53. LAS FIESTAS (2)
54. LAS FIESTAS (3)
55.LA DISPOSICIÓN DEL CANDELERO Y DE LA MESA DEL PAN DE LA
PRESENCIA Y EL JUICIO DE MUERTE POR HABER BLASFEMADO EL
NOMBRE SANTO
56. EL AÑO SABÁTICO Y EL JUBILEO (1)
57.EL AÑO SABÁTICO Y EL JUBILEO (2)
58. EL AÑO SABÁTICO Y EL JUBILEO (3)
59. PALABRAS DE ADVERTENCIA (1)
60. PALABRAS DE ADVERTENCIA (2)
61. PALABRAS DE ADVERTENCIA (3)
62. LAS DEDICACIONES POR VOTO (1)
63. LAS DEDICACIONES POR VOTO (2)
64. PALABRAS DE CONCLUSIÓN

4
ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE UNO
PALABRAS DE INTRODUCCIÓN
Lectura bíblica: Lv. 1:1; 27:34
En este mensaje daremos unas palabras de introducción al Estudio-vida de Levítico.

I. EL AVANCE DE LA REVELACIÓN DIVINA


Al abordar el libro de Levítico, primero debemos tener una idea general en cuanto al
avance de la revelación divina. Todos los estudiantes de la Biblia saben que la
revelación de Dios en la Biblia es progresiva. Dios no revela nada de manera completa
en un solo libro de la Biblia. Por tanto, no es posible ver un panorama completo de la
revelación de Dios en un solo libro. La revelación divina avanza de una etapa a otra, de
un nivel a otro, de un punto a otro. Es sólo cuando llegamos al último capítulo de la
Biblia que recibimos un panorama completo de la revelación de Dios.

La revelación divina en la Biblia avanza continuamente. La Biblia fue escrita durante


un período de más de mil quinientos años, comenzando en la época de Moisés y
concluyendo en la época del apóstol Juan. En el transcurso de este extenso período, la
revelación divina fue completada, y posteriormente los libros de la Biblia fueron
ordenados en una secuencia significativa. Al examinar el avance de la revelación
divina, debemos seguir la secuencia de la Biblia. Consideremos ahora cómo la
revelación divina avanza en los primeros tres libros de la Biblia: Génesis, Éxodo y
Levítico.

A. En Génesis: la creación efectuada por Dios


y la caída del hombre
El libro de Génesis revela la creación efectuada por Dios y la caída del hombre. Según
el libro de Génesis, el hombre cayó paso a paso: de la presencia de Dios a ser regido
por su conciencia, de ser regido por su conciencia al gobierno humano, y del gobierno
humano a la rebelión. En esta rebelión, el hombre abandonó a Dios y se volvió a la
adoración de ídolos. Después que el hombre se rebeló contra Dios en Babel, Dios
abandonó el linaje creado; sin embargo, lo que Dios no podía hacer —ni tampoco hizo—
fue abandonar Su propósito. Por consiguiente, después de abandonar el linaje creado,
Dios llamó un nuevo linaje, un linaje escogido, a partir de Abraham. Dios le prometió
a Abraham que en él serían benditas todas las familias de la tierra (Gn. 12:3). Pero con
el tiempo, el linaje que Dios eligió y llamó se apartó de la elección y llamamiento de
Dios, y cayó en Egipto, es decir, en el mundo.

En Génesis vemos que el hombre cayó volviéndose de la presencia de Dios a ser regido
por su conciencia, de ser regido por su conciencia al gobierno humano, del gobierno
humano a la rebelión, y de la rebelión al mundo. El mundo actual es la expresión de la
caída del hombre en el nivel más bajo, ya que el mundo es la máxima expresión de los
pasos de la caída del hombre.

5
El primer versículo de Génesis dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, y
el último versículo dice que José “fue puesto en un ataúd en Egipto” (50:26). En el
primer versículo se menciona la creación efectuada por Dios, y en el último versículo
encontramos el resultado de todos los pasos de la caída del hombre: un hombre puesto
en un ataúd en Egipto. Ésta es la clara revelación hallada en Génesis.

B. En Éxodo: la salvación efectuada por Dios


y la edificación de Su morada
El libro de Éxodo revela la salvación efectuada por Dios y la edificación de Su morada.
Sí, el hombre creado por Dios cayó, y el hombre que Dios eligió y llamó también cayó.
Pero Dios es Dios, y nada de esto lo desanimó. No existe nada que pueda detener a Dios
ni anular Su propósito. Después que el hombre cayó al máximo, Dios intervino para
rescatar al hombre caído. Después de redimir a Su pueblo caído, Dios los llevó a un
punto en el cual pudiera edificarlos como Su morada en la tierra. Por tanto, en Éxodo
vemos dos asuntos principales: la redención lograda por Dios y la morada de Dios.

La palabra éxodo significa “salida”. Lo que vemos en el libro de Éxodo es el camino


para que el hombre salga de la caída. Génesis concluye con un hombre puesto en un
ataúd en Egipto, pero en Éxodo encontramos el camino para salir de ese ataúd, el
camino para salir de esa caja de muerte. Este camino tiene que ver con la redención
lograda por Dios. La obra redentora de Dios tiene como finalidad sacarnos del ataúd y
llevarnos de regreso a Dios mismo.

En Éxodo, a todos los que fueron llevados de regreso a Dios se les encargó edificar un
tabernáculo, una morada, para Dios. Esto indica que Dios es poderoso no solamente
para sacar de la muerte al hombre caído, sino también para usar a este hombre a fin de
que le edifique una morada en la tierra. Mientras que al final de Génesis tenemos un
ataúd que contiene un cadáver, al final de Éxodo tenemos un tabernáculo que contiene
al Dios vivo. ¡Qué gran avance es éste!

En Génesis tenemos la creación efectuada por Dios y la caída del hombre, mientras que
en Éxodo tenemos la redención lograda por Dios y la morada de Dios. Alabamos al
Señor que debido a la obra redentora de Dios, ya no estamos en la caída. Por medio de
la redención, hemos sido introducidos en la morada de Dios, la cual es la iglesia en la
actualidad. El tabernáculo como morada de Dios en Éxodo tipifica a la iglesia. La
morada de Dios hoy en día es la iglesia, y nosotros estamos en ella.

Éxodo 40 habla del tabernáculo, pero Levítico 1:1, que es la continuación de Éxodo,
habla de la Tienda de Reunión. Estas dos expresiones se refieren a lo mismo. El
tabernáculo es una morada, y la Tienda de Reunión es un lugar de reunión. El
tabernáculo se refiere al lugar donde Dios mora, donde Él habita, mientras que la
Tienda de Reunión se refiere al lugar donde Su pueblo se reúne. El tabernáculo es la
morada de Dios y, al mismo tiempo, esta morada es también el centro donde se reúne
el pueblo de Dios. De ahí que se le llame la Tienda de Reunión. La Tienda de Reunión
es el lugar donde Dios se reúne con Su pueblo redimido. Hoy en día la iglesia es el
tabernáculo y la Tienda de Reunión. Dios tiene una morada en la tierra, y esta morada

6
es también el lugar donde nos reunimos los unos con los otros y con Dios. ¿Qué es
entonces la iglesia? La iglesia es la reunión que tienen las personas salvas con el Dios
que salva.

Inmediatamente después que el tabernáculo fue edificado y erigido, Dios vino a morar
en él (Éx. 40:2, 33-35). El Dios que mora en el tabernáculo ha llegado a ser el Dios que
mora entre los hombres. Dios ya no está únicamente en los cielos. A nosotros nos era
imposible ir a los cielos para reunirnos con Dios, pero Dios vino a fijar tabernáculo
entre nosotros (Jn. 1:14). Esto significa que Dios se encarnó para hacerse hombre, y
este hombre vino a ser el tabernáculo de Dios en la tierra. Dios bajó de los cielos y tomó
forma de hombre, y ahora le podemos tocar.

Los cuatro Evangelios revelan que el Dios que estaba en los cielos y que no se podía
tocar, un día vino a ser un tabernáculo, un hombre en la tierra. Al haber descendido a
la tierra, Él se presentó a nosotros no en forma de Dios, sino en forma de hombre.
¿Quién es esta persona? ¿Es un hombre o es Dios? Él es el Dios-hombre. Hoy nuestro
Dios está en los cielos no solamente en calidad de Dios, por cuanto Él, el Dios-hombre,
vino a la tierra en forma de hombre para ser un tabernáculo.

El tabernáculo de Éxodo era un tabernáculo en el cual se podía entrar. Nuestro Dios,


al encarnarse, no sólo se hizo hombre, sino un tabernáculo en el cual se podía entrar.
La intención de Dios era que todos los hijos de Israel fuesen sacerdotes (Éx. 19:6) a fin
de que todos tuviesen el derecho y el privilegio de entrar en el tabernáculo, es decir, de
entrar en Dios y morar en Él. En el Antiguo Testamento, los sacerdotes podían entrar
en el tabernáculo, y hoy nosotros, los que creemos en Cristo, podemos entrar en Dios
y morar en Él. El Nuevo Testamento habla de permanecer en Dios (1 Jn. 4:15, 13; 3:24;
2:6). Permanecer en Dios equivale a morar en Dios. El Dios encarnado se ha convertido
en nuestra morada, nuestro hogar, el cual es un lugar de disfrute.

C. En Levítico: la adoración
y el vivir propios de los redimidos
En Levítico vemos la adoración y el vivir propios de los redimidos. No debemos prestar
atención al entendimiento común que se tiene acerca de la adoración. Según el
entendimiento común, adorar consiste en postrarse o realizar un servicio con rituales.
Sin embargo, esto no es lo que significa adorar según la Biblia. Conforme a la Biblia,
adorar denota tener contacto con Dios para disfrutar con Dios de una porción común
a fin de tener comunión con Él. En Levítico, la adoración consiste en tener contacto
con Dios al disfrutar juntamente con Él de una porción común. Como resultado,
tenemos comunión con Él y los unos con los otros en Su presencia. Hacer esto equivale
a adorar a Dios.

Por muchos años hemos procurado practicar esta clase de adoración. Pero debo
decirles francamente que no hemos tenido mucho éxito. Tal parece que por nacimiento
hemos adquirido el concepto de la adoración religiosa. Además, muchos de nosotros
fuimos criados en una atmósfera de adoración religiosa y aprendimos esta clase de

7
adoración. Finalmente, la adoración religiosa llegó a formar parte de nuestro ser. Esto
nos ha impedido ofrecer la clase de adoración revelada en la Biblia.

En cuanto a la adoración, necesitamos un cambio de concepto. Cada vez que nos


reunamos, debemos ofrecer una clase de adoración en la que tengamos contacto con
Dios al disfrutar, juntamente con Dios y los unos con los otros, a Cristo como nuestra
porción común. Si éste es el entendimiento que tenemos de la adoración, cuando
vengamos a una reunión ciertamente compartiremos la experiencia y el disfrute que
hemos tenido de Cristo en nuestra vida diaria. Podemos hacer esto alabando, orando
o dando nuestro testimonio.

Debemos abandonar la manera religiosa y tradicional de adorar, y practicar la manera


bíblica, la cual se describe en las fiestas. En las fiestas no había una adoración religiosa;
en lugar de ello, se disfrutaba lo que el pueblo ofrecía a Dios. Ellos disfrutaban estas
ofrendas en unión con Dios y los unos con los otros.

Debemos ofrecer una adoración que sea viviente, real y rica en Cristo. Esta clase de
adoración requiere que experimentemos y disfrutemos a Cristo todos los días. También
requiere que ejercitemos nuestro espíritu para liberar todo lo que hay de Cristo en
nuestro espíritu a fin de que podamos compartirlo con los demás santos. En tal
adoración, Dios disfruta a Cristo, y nosotros también lo disfrutamos. Éste es un aspecto
de la revelación divina contenida en el libro de Levítico.

Supongamos que en una reunión tenemos contacto con Dios al disfrutar a Cristo como
nuestra porción común juntamente con Dios y los unos con los otros. Después de tal
reunión seremos santos, ya que el resultado de esta clase de reunión es una vida diaria
santa. Así, no solamente seremos adoradores santos, sino un pueblo santo que cada día
lleva una vida santa. Esto también constituye parte del avance de la revelación de Dios
hallada en Levítico.

El avance de la revelación divina que vemos en Génesis, Éxodo y Levítico nos lleva de
la creación a la caída y a la redención, y de la redención a la morada de Dios, donde
adoramos a Dios al tener contacto con Él mediante Cristo como nuestra porción y al
disfrutar de esta porción juntamente con Él y los unos con los otros. Esta adoración
redundará en que cada día llevemos una vida santa. De este modo, en Levítico Dios no
sólo obtiene una morada sobre la tierra, sino también un pueblo que le adora, un
pueblo que tiene contacto con Él y disfruta a Su Cristo como porción común
juntamente con Él y los unos con los otros, y que, como resultado de ello, lleva una vida
santa que expresa a Dios. Esto ciertamente es un avance en la revelación divina.

II. UNA COMPARACIÓN


Comparemos ahora algunos aspectos que se presentan en Éxodo y en Levítico.

8
A. Dios habla sobre el monte Sinaí,
y Dios habla en el tabernáculo
Existen algunas diferencias significativas entre Éxodo y Levítico. La primera diferencia
que quisiéramos hacer notar tiene que ver con el lugar donde Dios habla. En Éxodo
Dios habló sobre el monte Sinaí, un monte desolado; en Levítico Dios habla en el
tabernáculo, el cual es un edificio.

A estas alturas debemos preguntarnos: ¿dónde está Dios en el libro de Levítico? En


Génesis, en un sentido general, Dios estaba en los cielos. En ocasiones Él venía a la
tierra para hacer alguna visita, pero después regresaba a los cielos. En Éxodo Dios
estaba sobre el monte Sinaí. En Levítico Dios está en el tabernáculo, en la Tienda de
Reunión. En Génesis, Dios estaba en los cielos; en Éxodo, Dios descendió al monte
Sinaí y permaneció allí para realizar la obra de edificar Su morada en la tierra. Luego,
en el último capítulo de Éxodo, vemos que el tabernáculo fue erigido y que el mobiliario
fue colocado dentro de él; finalmente, Dios entró en el tabernáculo para habitar en él.
Ahora en Levítico vemos que Dios está en el tabernáculo, que es la Tienda de Reunión,
y Él habla en la Tienda de Reunión.

El primer y el último versículo de Levítico indican que el libro entero es una crónica
del hablar de Dios. El hablar iniciado en 1:1 tuvo lugar no en los cielos ni en el monte
Sinaí, sino en el tabernáculo. Hoy en día Dios también habla en Su tabernáculo, y este
tabernáculo es la iglesia. Según el principio que establece la tipología aquí, Dios habla
en la iglesia, Su tabernáculo, la Tienda de Reunión. Esta Tienda de Reunión es el
oráculo, el lugar donde Dios habla.

En la iglesia, Dios habla continuamente. La medida en que una asamblea es la iglesia


—en términos reales y concretos— depende de cuánto Dios habla allí. Si el hablar de
Dios no está presente en cierto grupo, es difícil que se le considere una iglesia.

Según la tipología, donde estaba la Tienda de Reunión, allí estaba el hablar de Dios.
Los hijos de Israel acampaban en miles de tiendas, pero Dios hablaba únicamente en
una sola tienda, una tienda única: la Tienda de Reunión.

La única señal que distinguía a la Tienda de Reunión era que allí Dios hablaba. La
tienda y todo su mobiliario era algo que se podía copiar o reproducir, mas no el hablar
de Dios. El hablar de Dios no puede ser imitado, copiado ni reproducido. Este mismo
principio se aplica hoy en día. En la iglesia hay muchas cosas que pueden ser imitadas,
copiadas o reproducidas, pero hay una sola cosa que no se puede imitar: el hablar de
Dios. El hablar de Dios es único; dicho hablar depende exclusivamente de Dios y no
del hombre.

Supongamos que un día Aarón se molestara con Moisés, quien tomaba la delantera en
la Tienda de Reunión, y que, con la ayuda de un grupo de israelitas, hiciera otro
tabernáculo. En todo sentido el tabernáculo de Aarón era una réplica del original; los
dos tabernáculos eran idénticos en color, materiales, diseño y confección. Si usted
hubiera estado allí, ¿a cuál tabernáculo habría acudido: al que erigió Moisés o al que

9
erigió Aarón? Tal vez usted diría: “Yo jamás iría al tabernáculo de Aarón, sino
únicamente al tabernáculo de Moisés”. Esta respuesta no sería la correcta. La forma
correcta de contestar esta pregunta es decir: “Yo nunca iría a un tabernáculo donde no
esté presente el hablar de Dios; únicamente iría al tabernáculo donde Dios habla. De
hecho, no acudiría a un tabernáculo, sino a recibir el hablar de Dios. Sin el hablar de
Dios, el tabernáculo carecería de todo valor”.

El tabernáculo era precioso no por el oro que contenía; de hecho, había más oro en
Egipto que en el tabernáculo. Lo que hacía al tabernáculo precioso era el hablar de
Dios. Esto mismo se aplica a la iglesia hoy. La preciosidad de la iglesia es el hablar de
Dios o, dicho de mejor manera, el Dios que habla. ¡Alabado sea el Señor porque en la
iglesia se encuentra el hablar de Dios! Este hablar es un tesoro para nosotros.

B. Las llamas de fuego en Éxodo


y la gracia infinita en Levítico
En Éxodo encontramos las llamas de fuego, las cuales se basan en la ley que expresa la
justicia de Dios. En Levítico encontramos la gracia infinita, la cual se basa en la obra
redentora de Cristo que expresa la justicia de Dios. En Éxodo, el fuego echaba llamas,
la ley fue promulgada y la justicia de Dios se hizo manifiesta. Lo que se revela en
Levítico no es la ley de Dios, sino la redención efectuada por Cristo, representada por
las ofrendas. En Éxodo vemos la ley que condenaba, pero en Levítico vemos al Cristo
redentor. Por tanto, en Levítico la justicia de Dios no se expresa por medio de llamas
de fuego, sino mediante la gracia infinita.

En Éxodo vemos que Dios habló desde el fuego, pero en Levítico Él habla en Su gracia.
Lo que encontramos en Levítico no es las llamas de fuego, sino la presencia de Dios
como gracia única dada a Su pueblo redimido.

C. Las llamas de fuego


hacen que Dios sea temible,
y la redención efectuada por Cristo
hace que Dios sea accesible
En Éxodo, las llamas de fuego hacían que Dios fuese temible; en Levítico, la redención
efectuada por Cristo hace que Dios sea accesible. En Éxodo Dios era un Dios temible,
y nadie se atrevía acercarse a Él. En Levítico, la redención efectuada por Cristo ha
hecho posible que las personas no sólo se aproximen y se acerquen a Dios, sino también
que coman juntamente con Él, es decir, que tengan comunión e intimidad con Él. Hoy
en la iglesia Dios es accesible. Podemos tener contacto con Él, tener intimidad con Él
y tener comunión con Él al disfrutar a Cristo con Él. Ésta es la revelación hallada en el
libro de Levítico.

III. EL ESQUEMA GENERAL


Ahora debemos ver el esquema general del libro de Levítico. El esquema general es el
siguiente: mediante el tabernáculo, con las ofrendas y a través de los sacerdotes, los

10
redimidos de Dios pueden tener comunión con Dios, servirle y ser el pueblo santo de
Dios que lleva una vida santa, la cual expresa a Dios. Tener comunión con Dios equivale
a celebrar banquete juntamente con Dios, disfrutar a Cristo juntamente con Dios. Esto
es posible mediante el tabernáculo, con las ofrendas y a través de los sacerdotes, todo
lo cual para nosotros hoy en día tiene que ver con Cristo. Disfrutar a Cristo juntamente
con Dios redunda en que venimos a ser el pueblo santo de Dios que lleva una vida santa.
Este vivir santo es el resultado del disfrute que tenemos de Cristo. Cuando disfrutamos
a Cristo juntamente con Dios, hay un resultado, y este resultado es un vivir santo, un
vivir en el cual todo en nuestra vida diaria es santo. Como pueblo redimido por Dios,
nosotros —mediante el tabernáculo, con las ofrendas y a través de los sacerdotes—
somos hechos aptos para tener contacto con Dios, para tener comunión con Él al
disfrutar a Cristo, para servir a Dios en Cristo y para ser un pueblo santo en Cristo que
lleva una vida santa.

IV. EL PENSAMIENTO CENTRAL


El pensamiento central de Levítico es que Cristo lo es todo en la comunión, el servicio
y la vida de los redimidos por Dios. El Dr. C. I. Scofield dijo una vez que en este libro
se puede ver a Cristo en cada página. En Levítico, Cristo lo es todo. Él es las ofrendas,
Él es el sumo sacerdote y Él lo es todo en el vivir del pueblo redimido de Dios. Levítico,
por consiguiente, es un libro que se centra en Cristo y está lleno de Él.

V. LAS SECCIONES
El libro de Levítico se puede dividir en cinco secciones: las ordenanzas relacionadas
con las ofrendas (caps. 1—7), las ordenanzas relacionadas con el servicio (caps. 8—10),
las ordenanzas relacionadas con el vivir (caps. 11—22), las ordenanzas relacionadas con
las fiestas (cap. 23) y otras ordenanzas y advertencias (caps. 24—27).

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DOS
DEFINICIÓN GENERAL DE LAS OFRENDAS
Lectura bíblica: Lv. 1—7
En este mensaje daremos una definición general de las ofrendas.

I. LAS OFRENDAS EN RELACIÓN


CON EL TABERNÁCULO
Los libros de Éxodo y Levítico están estrechamente relacionados. Éxodo concluye con
el tabernáculo erigido, y Levítico comienza con las ofrendas. Tanto el tabernáculo como
las ofrendas son tipos de Cristo. El hecho de que Éxodo concluya hablándonos del
tabernáculo y Levítico comience con el tema de las ofrendas indica que hay una
continuación directa. Pese a que Éxodo y Levítico son diferentes en naturaleza y en los
puntos que abarcan, con todo, hay una relación directa entre ambos.

11
A. El tabernáculo es edificado y erigido,
y las ofrendas con el sacerdocio son establecidas
En Éxodo el tabernáculo es edificado y erigido. El tabernáculo no se erigió solamente
para que Dios morara en él, sino también para que nosotros moráramos en él. En
Levítico se establecen las ofrendas (caps. 1—7) con el sacerdocio (caps. 8—10).

B. Cristo como tabernáculo trae a Dios al hombre,


y Cristo como las ofrendas lleva al hombre a Dios
Puesto que nuestro Cristo es maravilloso y todo-inclusivo, las palabras no bastan para
revelarlo y describirlo; los tipos, que son cuadros descriptivos, también son necesarios.
Tanto el tabernáculo como las ofrendas son tipos de Cristo. Cristo como tabernáculo
trae a Dios al hombre, y Cristo como las ofrendas lleva al hombre a Dios. Esto indica
que hay un tráfico de doble sentido, un tráfico de ida y de venida. Cristo viene a
nosotros como el tabernáculo, y luego Él va a Dios como las ofrendas.

El tabernáculo es una señal, una figura, un tipo, de Cristo. En la encarnación Cristo


vino como tabernáculo. La Palabra, que era Dios, se hizo carne y fijó tabernáculo entre
nosotros (Jn. 1:1, 14). Cristo es Dios mismo encarnado que se hizo hombre; por tanto,
Él es el Dios-hombre, y este Dios-hombre es el tabernáculo. Como tabernáculo, Cristo
trajo a Dios al hombre. El Cristo que estaba en la tierra era Dios mismo corporificado
en un tabernáculo. Aquí tenemos uno de los aspectos de este tráfico de doble sentido:
Dios viene a nosotros en Cristo por medio de la encarnación.

Juan 1:29 dice que el Cristo, el tabernáculo, es también el Cordero de Dios: “¡He aquí
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Cristo, como Cordero de Dios, es
la totalidad, la suma, de todas las ofrendas.

Por una parte, Cristo es el tabernáculo; por otra, Él es las ofrendas. En calidad de
tabernáculo, Él trajo a Dios a nosotros, y en calidad de ofrendas, Él ahora nos lleva a
todos nosotros a Dios. El hecho de que Cristo sea el tabernáculo guarda relación con la
encarnación. El hecho de que Él sea las ofrendas guarda relación con la crucifixión y la
resurrección. Cristo vino en la encarnación, y Él se fue por medio de la crucifixión y la
resurrección. Éste es el tráfico de doble sentido que trae a Dios a nosotros y que nos
lleva a todos nosotros a Dios, a fin de que Dios sea uno con nosotros y nosotros seamos
uno con Él.

C. El tabernáculo tiene como finalidad


que experimentemos a Dios, que nos unamos a Él,
y las ofrendas tienen como finalidad
que disfrutemos a Dios y nos mezclemos con Él
El tabernáculo tiene como finalidad que experimentemos a Dios, que nos unamos a Él,
y las ofrendas tienen como finalidad que disfrutemos a Dios y nos mezclemos con Él.
Experimentar a Dios, unirse a Él, equivale a entrar en el tabernáculo. Cuando el Señor
Jesús estuvo en la tierra, las personas tuvieron contacto con Él. A la postre, los

12
discípulos fueron introducidos en Él, en el Dios encarnado. Así pues, el tabernáculo
trae a Dios a nosotros para que experimentemos a Dios, entremos en Él, nos unamos a
Él.

Tanto el tabernáculo como las ofrendas representan a Cristo. El tabernáculo representa


que Dios está en Cristo para que nosotros tengamos contacto con Dios, le toquemos, le
experimentemos, entremos en Dios, nos unamos a Dios. Las ofrendas representan a
Dios en Cristo para que nosotros le disfrutemos. Al disfrutar a Cristo como las
ofrendas, nos mezclamos con Dios. Dios en Cristo es el tabernáculo, la morada, que
podemos contactar, poseer y experimentar, y al cual podemos acercarnos y entrar. Dios
en Cristo es también todas las ofrendas, mediante las cuales podemos disfrutarle,
ingerirle e incluso comerle, digerirle y asimilarle, al grado en que Él mismo se convierte
en nuestro elemento constitutivo. Después de disfrutar las ofrendas y comer de ellas,
entramos en el tabernáculo, donde disfrutamos su contenido, a saber, todo lo que Dios
es en Cristo. El hecho de que el Señor sea tanto el tabernáculo como las ofrendas
constituye una maravillosa revelación. Nosotros podemos entrar en Él y podemos
disfrutarlo y mezclarnos con Él.

Cristo como las ofrendas tiene por finalidad nuestro disfrute debido a que las ofrendas
son comestibles. Dios no es el único que puede comerlas, sino también nosotros.
Nosotros podemos disfrutar y comer a Cristo juntamente con Dios. Este disfrute mutuo
puede compararse al disfrute que se experimenta en un banquete donde nos animamos
unos a otros a disfrutar de los diferentes platillos. El disfrute mutuo que
experimentamos en un banquete es un cuadro descriptivo del disfrute que tenemos de
Cristo juntamente con Dios. Al disfrutar a Cristo en algún aspecto particular, tal vez
digamos: “Padre, quisiera que Tú también disfrutes de esta porción de Cristo”. Luego,
el Padre podría decirnos: “Hijo, quisiera que disfrutes de lo que Yo estoy disfrutando”.
Ésta es la comunión del disfrute mutuo, la comunión del co-disfrute.

Todo lo que comemos se convierte en lo que somos. Si comprendemos esto, veremos


que no es sabio oponerse a la revelación divina respecto a la mezcla de la divinidad con
la humanidad. Por medio de la obra redentora de Cristo y por Su Espíritu, el elemento
divino de Cristo llega a ser nuestra comida. Después de ingerir esta comida, la
digerimos y la asimilamos hasta que llega a ser nuestras fibras y nuestras células.
Ciertamente esto guarda relación con una mezcla.

La Biblia revela que el Dios creador llegó a ser hombre, el Dios-hombre, y que este
hombre llegó a ser las ofrendas: el holocausto, la ofrenda de harina, la ofrenda de paz,
la ofrenda por el pecado, la ofrenda por las transgresiones, la ofrenda mecida y la
ofrenda elevada. Estas ofrendas han llegado a ser nuestra comida. Esto significa que
Dios en Cristo es comestible. Dios se hizo comestible al llegar a ser las ofrendas. Al
comer nosotros estas ofrendas, el elemento divino se mezcla con la humanidad. Por
consiguiente, Cristo no es solamente nuestra morada, sino también nuestra comida
mediante la cual disfrutamos a Dios y nos mezclamos con Él.

13
A diario podemos disfrutar no solamente la presencia de Dios, sino también Su
elemento, Su esencia, incluso Su sustancia comestible. Las epístolas de Pablo indican
que Cristo es comestible, pero no nos proporcionan detalles de cómo comer a Cristo.
Para conocer estos detalles, debemos acudir al libro de Levítico. El Cristo revelado en
Levítico es un Cristo al que se puede comer. Levítico no sólo nos proporciona los
“víveres”, sino también la “receta” para “cocinar” a Cristo.

Todas las ofrendas nos permiten no sólo disfrutar a Dios, sino también asimilarlo en
nuestro ser. Esta asimilación redunda en una mezcla. Debemos comprender que
estamos mezclándonos con Dios y que Dios está mezclándose con nosotros. El Señor
Jesús como Espíritu está en nuestro espíritu, y a diario Él se mezcla con nosotros. Pero
dicha mezcla depende de que nosotros comamos a Cristo, digiramos a Cristo y
asimilemos a Cristo. Además, tal vez nos sirvan una comida muy buena, pero si no la
comemos como se debe, podría causarnos indigestión. De igual manera, si no comemos
a Cristo como es debido, esto podría causarnos indigestión espiritual. En dado caso, no
asimilaríamos a Cristo. Debemos aprender a comer a Cristo, digerir a Cristo y asimilar
a Cristo. Entonces seremos nutridos, fortalecidos y nos mezclaremos con Dios.

D. El tabernáculo tiene como finalidad


ser la morada de Dios,
y las ofrendas tienen como finalidad
ser disfrutadas por Dios
en virtud de nuestro aprecio por ellas
y al ser presentadas por nosotros
El tabernáculo tiene como finalidad ser la morada de Dios; las ofrendas tienen como
finalidad ser disfrutadas por Dios en virtud de nuestro aprecio por ellas y al ser
presentadas por nosotros. Esto es maravilloso, admirable y misterioso.

El tabernáculo no sólo tiene como finalidad que nosotros entremos en él, sino también
que Dios more en él. El tabernáculo es Dios mismo que viene a nosotros en Cristo y por
medio de Cristo. Este tabernáculo es la morada de Dios, en la cual Dios mora en Cristo.
Esto significa que la corporificación de Dios es la morada de Dios. Dios mora en Cristo,
quien es Su corporificación.

El Cristo que es las ofrendas no sólo tiene como finalidad nuestro disfrute, sino
también el disfrute de Dios. El holocausto tiene como finalidad ser comido por Dios,
ser disfrutado por Él. El objetivo de las ofrendas no es únicamente que nosotros
disfrutemos a Dios y nos mezclemos con Él, sino también que Dios las disfrute. Por
consiguiente, Dios no solamente mora en Cristo, sino que también disfruta a Cristo.

La finalidad del tabernáculo es que Dios more en él, y la finalidad de las ofrendas es
que Dios las disfrute. ¿Significa esto que Dios mora en Sí mismo y se disfruta a Sí
mismo? La respuesta a tal pregunta guarda relación con el misterio de la Trinidad. El
Señor Jesús dijo: “Yo estoy en el Padre, y el Padre está en Mí” (Jn. 14:10). El libro de
Hebreos revela que Cristo se presentó a Dios para satisfacción de Dios. Allí vemos el

14
misterio de que Dios se hizo hombre para morir en la cruz y que luego se levantó en
resurrección por causa de Dios y de nosotros.

Las ofrendas tienen como finalidad ser disfrutadas por Dios juntamente con nosotros
en virtud de nuestro aprecio por ellas y al ser presentadas por nosotros. Si nosotros no
apreciamos al Cristo que es las ofrendas ni lo presentamos como tal, Dios no obtendrá
ningún disfrute de las ofrendas. Dios vino a nosotros en Cristo y, de este modo, llegó a
ser el tabernáculo, la morada, en beneficio Suyo. Además, Él llegó a ser todas las
ofrendas, en beneficio nuestro y Suyo. No obstante, si nosotros no apreciamos las
ofrendas ni las presentamos a Dios, Dios no obtendrá ningún disfrute de ellas.

Tal como los israelitas debían laborar en la buena tierra para luego ofrecer el producto
a Dios, de la misma manera nosotros debemos laborar en Cristo para ofrecérselo a
Dios. Laborar en Cristo es esforzarnos por disfrutarle y experimentarle. Cuanto más
disfrutemos y experimentemos a Cristo, más le apreciaremos. Luego debemos ofrecer
Cristo a Dios para Su disfrute.

E. Las ofrendas no son sacrificios,


sino dádivas entregadas a Dios
por quienes sienten aprecio por Cristo
Las ofrendas no son sacrificios, sino dádivas entregadas a Dios por quienes sienten
aprecio por Cristo. Levítico 1:2 dice: “Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno
de entre vosotros presente una ofrenda a Jehová, del ganado presentaréis vuestra
ofrenda, ya sea del ganado vacuno u ovejuno”. El verbo presente también se podría
traducir “traiga” u “ofrende”. La palabra hebrea traducida “ofrenda” es corbán y
significa un presente o una dádiva. Las palabras hebreas que aquí significan
“presentes” y “presentar” tienen la misma raíz. Las ofrendas, por tanto, son presentes
dados a Dios. Los hijos de Israel debían laborar en la buena tierra y después ofrendar
a Dios, como dádiva, el producto de la buena tierra disfrutado por ellos y por el cual
sentían aprecio.

Las cinco ofrendas principales tienen como objetivo que nosotros podamos tener
comunión con Dios. Los capítulos del 1 al 7 de Levítico hablan de la comunión que los
hijos de Dios tienen con Dios. Para que esta comunión pueda efectuarse son necesarias
las dádivas.

Cuando asistimos a las reuniones de la iglesia, no debemos venir con sacrificios, sino
con dádivas para Dios. Los sacrificios son para redención, para propiciación, mientras
que las dádivas son regalos que fomentan una íntima comunión entre nosotros y Dios.
Las dádivas que traemos para esta comunión deben ser el propio Cristo que hemos
experimentado. Este Cristo por el cual sentimos tanto aprecio es el que debemos
ofrecer a Dios como dádiva. Incluso la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las
transgresiones pueden ser dádivas que traemos a Dios.

Ofrecer un sacrificio por el pecado es un acto solemne. Traer una dádiva a un amigo
íntimo no es un acto solemne, sino algo dulce. Cada vez que asistamos a una reunión,

15
debemos tener la dulce sensación de que venimos a presentarle a Dios preciosas e
inestimables dádivas a fin de disfrutarlas con Él. Debemos ofrecer Cristo a Dios no
meramente como sacrificios por nuestros problemas, sino también como dádivas para
que Él las disfrute y para que nosotros las disfrutemos juntamente con Él.

F. Las ordenanzas en cuanto a las ofrendas


son una receta de la cocina divina
Las ordenanzas en cuanto a las ofrendas son una receta de la cocina divina. Cristo es
los víveres, nosotros somos los cocineros, y Dios y nosotros somos los comensales que
disfrutan a Cristo como nuestra satisfacción. Esto es lo sobresaliente en el libro de
Levítico. En términos espirituales, no hay nada más elevado que el disfrute que
tenemos del Dios Triuno en Cristo.

¿Se había dado cuenta usted alguna vez de que las reuniones de la iglesia son reuniones
en las que se cocina, reuniones donde se come? En ocasiones pasadas hemos hablado
de venir a las reuniones a comer, y en nuestras reuniones hemos cantado un breve
himno que dice: “¡A comer!” (Himnos, #228). Sin embargo, es posible que nunca nos
haya cruzado por la mente el pensamiento de que debemos cocinar. Los víveres están
listos, y los comensales también, pero ¿quiénes son los cocineros? Puedo afirmarles
con toda certeza que Dios y el Espíritu no son los cocineros, sino que los cocineros
somos nosotros. Por tanto, todos debemos aprender a cocinar.

Si examinamos los tipos contenidos en Levítico, podremos ver que Dios ciertamente
desea disfrutar a Cristo. Él desea disfrutar al Cristo que nosotros apreciamos y le
ofrecemos. Sin embargo, hasta ahora seguimos siendo demasiado viejos, tradicionales,
superficiales y religiosos. Que todos veamos que nuestro Dios desea disfrutar a Cristo.
Cristo no sólo debe ser nuestra comida, sino también la comida de Dios, la cual
nosotros le cocinamos al apreciar a Cristo y presentárselo. Todos debemos cocinar a
Cristo para que podamos alimentar a Dios con Cristo.

II. LAS CATEGORÍAS DE LAS OFRENDAS


Ahora veremos las categorías de las ofrendas. Según Levítico, hay cinco clases
principales de ofrendas, cinco clases principales de dádivas: el holocausto, la ofrenda
de harina, la ofrenda de paz, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las
transgresiones. Debemos permitir que los cuadros de las ofrendas halladas en Levítico
revolucionen nuestros conceptos con respecto al servicio, la adoración y la experiencia
que tenemos de Cristo.

A. El holocausto
El holocausto es el Cristo que satisface a Dios (1:1-17; 6:8-13). El holocausto es el
alimento de Dios que le trae disfrute y satisfacción. Esta ofrenda debía ser ofrecida
diariamente, en la mañana y en la noche.

16
B. La ofrenda de harina
La ofrenda de harina es el Cristo que satisface al pueblo de Dios y que éste disfruta
juntamente con Dios (2:1-16; 6:14-23). El holocausto es el alimento de Dios, y la
ofrenda de harina es nuestro alimento. Sin embargo, comemos la ofrenda de harina
juntamente con Dios. Cristo primero debe ser disfrutado absolutamente por Dios, y
luego debe ser disfrutado por nosotros a fin de que disfrutemos a Cristo juntamente
con Dios. Según Levítico 2, una parte de la ofrenda de harina es ofrecida a Dios, pero
la parte principal de esta ofrenda es para nosotros. Esto indica que Cristo es dado para
nuestro disfrute a fin de que lo disfrutemos juntamente con Dios.

C. La ofrenda de paz
La ofrenda de paz es Cristo en calidad de paz entre Dios y el pueblo de Dios, del cual
ambos disfrutan mutuamente en comunión (3:1-17; 7:11-38). El holocausto es el Cristo
que Dios disfruta, la ofrenda de harina es el Cristo que nosotros disfrutamos
juntamente con Dios, y la ofrenda de paz es Cristo en calidad de paz entre Dios y Su
pueblo. Cristo, como tal ofrenda, llega a ser el disfrute mutuo que comparten Dios y Su
pueblo. En este disfrute hay comunión.

D. La ofrenda por el pecado


La ofrenda por el pecado es el Cristo ofrecido por el pecado del pueblo de Dios (4:1-35;
6:24-30). La intención de Dios es que el disfrute sea mutuo, que tanto Él como nosotros
disfrutemos. Su intención es que tengamos paz con Él para que disfrutemos a Cristo
juntamente con Él en comunión. Sin embargo, debemos recordar que el pecado todavía
reside en nuestra naturaleza y que todavía cometemos transgresiones en nuestra
conducta. Tanto nuestro pecado como nuestras transgresiones son condenados por
Dios. Por consiguiente, necesitamos la ofrenda por el pecado, la cual es el Cristo
ofrecido por el pecado que reside en nuestra naturaleza. Al respecto, Cristo hizo
propiciación.

E. La ofrenda por las transgresiones


La ofrenda por las transgresiones es el Cristo ofrecido por los pecados del pueblo de
Dios (5:1—6:7; 7:1-10). Cristo hizo propiciación por nuestros pecados, nuestras
transgresiones, así como por nuestro pecado. Debido a que Cristo es la ofrenda por el
pecado y la ofrenda por las transgresiones, no tenemos más problemas con Dios. Ahora
podemos estar en paz, y en esta paz disfrutamos a Cristo juntamente con Dios.

Los tipos contenidos en los capítulos del 1 al 7 de Levítico nos muestran cuánto Cristo
es para nosotros. Estos capítulos nos muestran muchos puntos detallados acerca de
Cristo. Debemos aprender a ser precisos al experimentar a Cristo en relación con todos
estos detalles.

17
F. El holocausto provee la base
para la ofrenda por el pecado
El holocausto provee la base para la ofrenda por el pecado. Cristo, como holocausto,
estaba absolutamente entregado a Dios. Si Cristo no hubiera llevado una vida de
absoluta entrega a Dios, no habría sido apto para ser nuestra ofrenda por el pecado.
Adán cayó porque no estaba absolutamente entregado a Dios. Si él hubiera llevado una
vida de absoluta entrega a Dios, no habría sido engañado. Adán fue engañado porque
no estaba absolutamente entregado a Dios. Finalmente, Cristo vino, y Él sí llevó una
vida de absoluta entrega a Dios y nunca fue engañado. Esta Persona absoluta era
perfecta y apta para ser nuestra ofrenda por el pecado a fin de hacerse cargo del pecado
en nuestra naturaleza. La entrega absoluta de Cristo a Dios lo hizo apto para ser la
ofrenda por el pecado.

G. La ofrenda de harina provee la base


para la ofrenda por las transgresiones
La ofrenda de harina provee la base para la ofrenda por las transgresiones. Si Cristo no
hubiese sido perfecto en Su humanidad, sino que hubiese tenido muchos defectos,
faltas y errores, Él mismo habría necesitado una ofrenda por las transgresiones y, por
ende, no habría podido ser nuestra ofrenda por las transgresiones. Sin embargo, en Su
humanidad Cristo era fino, perfecto y equilibrado; en Él no había ningún defecto, falta,
deficiencia ni culpa. Su perfección lo hizo apto para ser nuestra ofrenda por las
transgresiones.

El holocausto tiene como finalidad la ofrenda por el pecado. Ésta es la relación que
existe entre estas dos ofrendas. Asimismo, la ofrenda de harina tiene como finalidad la
ofrenda por las transgresiones. Ésta es la relación que existe entre estas dos ofrendas.
Si Cristo no hubiera llevado una vida de absoluta entrega a Dios, no habría podido ser
nuestra ofrenda por el pecado para hacerse cargo del pecado en nuestra naturaleza. Y
si Él no hubiera sido perfecto en Su humanidad, no habría podido ser nuestra ofrenda
por las transgresiones para quitar nuestras transgresiones. Cristo llevó una vida de
absoluta entrega a Dios y fue perfecto en Su humanidad. Por tanto, Él era apto para
poner fin a nuestro pecado y quitar nuestras transgresiones.

H. La ofrenda de paz es el resultado


de todas las otras cuatro ofrendas
La ofrenda de paz es el resultado de todas las otras cuatro ofrendas. Esto significa que
la ofrenda de paz es la totalidad de las otras cuatro ofrendas. El hecho de que Cristo
sea estas cuatro ofrendas redunda en que haya paz entre Dios y el pueblo de Dios, y
esta paz es simplemente Cristo mismo. Cristo, como ofrenda de paz, es el alimento que
disfrutamos juntamente con Dios y el alimento que Dios disfruta con nosotros. En
Cristo, nuestra ofrenda de paz, tenemos un disfrute mutuo en comunión.

Debemos aplicar a nuestra vida de iglesia todos estos puntos referentes a Cristo como
las ofrendas, y cocinar a Cristo y presentárselo a Dios en las reuniones de la iglesia.
Todos debemos aprender a cocinar a Cristo detalladamente, comerlo detalladamente

18
y presentarlo detalladamente. Ésta es la manera en que debemos estudiar el libro de
Levítico. No sólo debemos poseer un conocimiento doctrinal de los puntos detallados
con respecto a Cristo, sino que también debemos aprender a cocinar a Cristo, presentar
Cristo a Dios y disfrutar a Cristo juntamente con Dios en calidad de holocausto, ofrenda
de harina, ofrenda de paz, ofrenda por el pecado y ofrenda por las transgresiones. Si
hacemos esto, seremos plenamente constituidos en personas que desean entrar al
tabernáculo y moran allí para disfrutar todo el contenido del Dios Triuno.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TRES
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(1)
Lectura bíblica: Lv. 1:2-6; He. 10:5-10; 9:14
En este mensaje comenzaremos a considerar el holocausto, el cual es el Cristo que
satisface a Dios.

Es difícil entender el verdadero significado del holocausto, y reconocemos que la


experiencia que hemos tenido de esta ofrenda es limitada. De hecho, muy pocos
cristianos han experimentado verdaderamente el holocausto. Tal vez hayamos
experimentado mucho la ofrenda por las transgresiones y la ofrenda por el pecado, y
en cierta medida, la ofrenda de harina y la ofrenda de paz, pero hemos tenido poca
experiencia del holocausto.

Los tipos más finos y detallados de Cristo se encuentran en el libro de Levítico. Sin el
capítulo 1 de Levítico, no podríamos explicar ni definir a Cristo como holocausto. Es
correcto afirmar que el holocausto es el Cristo que satisface a Dios, pero ¿cómo pudo
Cristo ser tal ofrenda? Esto no es fácil de explicar. Si queremos conocer a Cristo como
holocausto, necesitamos estudiar Levítico 1.

Sin embargo, antes de estudiar este capítulo quisiera que consideráramos primero
Hebreos 10:5-10. El versículo 5 dice: “Por lo cual, entrando en el mundo, dice:
‘Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo’”. Aquí “sacrificio y
ofrenda” se refiere al conjunto total de los distintos sacrificios y ofrendas.

Existe una diferencia entre los sacrificios y las ofrendas. Los sacrificios se ofrecen por
los pecados, y las ofrendas se ofrecen en calidad de dádivas. Si sentimos que somos
pecaminosos y que debemos ofrecerle algo a Dios, esta ofrenda por el pecado, hablando
con propiedad, es un sacrificio. En cambio, si le traemos algo a Dios no por nuestro
pecado, sino para tener comunión con Él, lo que traemos no es un sacrificio sino una
ofrenda.

19
Hebreos 10:5 dice que Dios no quiso sacrificios ni ofrendas; mas bien, le preparó un
cuerpo a Cristo. Esto indica que Dios deseaba que Cristo remplazara todos los
sacrificios y ofrendas antiguotestamentarios.

El versículo 6 añade: “Holocaustos y sacrificios por el pecado no te complacieron”. Esto


parece repetir lo que dice el versículo 5; pero, de hecho, especifica y define el “sacrificio
y ofrenda” mencionado en el versículo anterior.

Los versículos del 7 al 10 dicen además: “Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios,
para hacer Tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de Mí’. Habiendo dicho
antes: ‘Sacrificios y ofrendas y holocaustos y sacrificios por el pecado no quisiste, ni te
complacieron’ (cosas que se ofrecen según la ley), y diciendo luego: ‘He aquí que vengo
para hacer Tu voluntad’; quita lo primero, para establecer lo segundo. Por esa voluntad
hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez
para siempre”. El “rollo del libro” mencionado en el versículo 7 se refiere al Antiguo
Testamento. ¿A qué se refiere la voluntad mencionada en los versículos 7, 9 y 10, y qué
significan las palabras: “Vengo, oh Dios, para hacer Tu voluntad”? Algunos maestros
de la Biblia dicen que esto significa que todo lo que el Señor Jesús hizo y dijo se
conformaba a la voluntad de Dios. Sin embargo, esta interpretación no concuerda con
el contexto. “Esa voluntad” en el versículo 10 se refiere a la “voluntad” mencionada en
los versículos 7 y 9. En estos versículos, la voluntad de Dios consiste en quitar lo
primero, los sacrificios animales del antiguo pacto, para establecer lo segundo, el
sacrificio de Cristo del nuevo testamento. Por consiguiente, aquí la voluntad de Dios es
que Cristo viniera a reemplazar las ofrendas y sacrificios antiguotestamentarios.
Cuando Cristo vino, Dios quería que Él quitara los sacrificios antiguotestamentarios —
los sacrificios de ovejas, cabras y novillos— y estableciera los sacrificios
neotestamentarios, que son el propio Cristo.

Hebreos 10:5-10 indica claramente que los sacrificios y ofrendas en el Antiguo


Testamento son tipos, sombras, de Cristo. Cristo es la realidad, el cuerpo, de todos esos
sacrificios y ofrendas.

Hebreos 10:5-10 revela además que la ofrenda principal es el holocausto. Esto también
se muestra en Levítico, donde el holocausto es mencionado primero. Si hemos de
entender qué es el holocausto, debemos considerar Hebreos 10, que nos dice que Cristo
—en calidad de holocausto— hizo la voluntad de Dios. No debemos interpretar la
palabra “voluntad” en este capítulo de manera común, natural o humana. Dios deseaba
que Cristo reemplazara todas las ofrendas y sacrificios antiguotestamentarios. A esto
se refiere la voluntad de Dios aquí, y Cristo vino a cumplirla.

No fue nada sencillo que Cristo reemplazara consigo mismo las ofrendas y los
sacrificios. ¿Cómo podía un hombre reemplazar todas las ofrendas y los sacrificios?
Consideren los requisitos que debía cumplir y la clase de persona que debía ser. La
persona que reemplazara las ofrendas y los sacrificios tenía que ser alguien
absolutamente entregado a Dios, aun en cada cosa pequeña. Todo aquel que no vive
absolutamente entregado a Dios en todas las cosas pequeñas no es apto para cumplir

20
la voluntad de Dios respecto a reemplazar los viejos sacrificios y ofrendas con los
nuevos, es decir, quitar lo primero y establecer lo segundo. Quitar lo primero y
establecer lo segundo equivale a quitar el antiguo pacto y establecer el nuevo pacto. La
voluntad de Dios en Hebreos 10 consiste en reemplazar todos los sacrificios y ofrendas
antiguotestamentarios con los sacrificios y ofrendas del nuevo pacto, y para hacer esto,
uno tenía que vivir absolutamente entregado a Dios.

A menudo hemos hablado de andar en el espíritu y de poner en práctica ser un solo


espíritu con el Señor. En las cosas importantes tal vez nos resulte fácil ser un solo
espíritu con el Señor, pero no es fácil hacer esto en las cosas pequeñas. ¡Cuán fácil es
que algo pequeño rompa nuestra unidad en espíritu con el Señor! Pero esto nunca le
aconteció al Señor Jesús. Cuando Él estuvo en la tierra, nunca hubo algo pequeño que
le hiciera perder Su unidad con el Padre. Si esta unidad se hubiese quebrantado,
entonces Él mismo habría necesitado un Cristo. Además, Él habría sido descalificado
para ser el holocausto, pues habría necesitado que alguien fuera Su Salvador. No
obstante, el Señor Jesús vivió absolutamente entregado a Dios y, por consiguiente, era
apto para ser el holocausto. Fue algo grandioso que el Señor Jesús hiciera la voluntad
de Dios, a saber: que fuese el holocausto para reemplazar las ofrendas y sacrificios
antiguotestamentarios.

Ninguno de nosotros es apto para ser el holocausto. Si hubiéramos sido regenerados


antes de la caída, sería muy difícil que se quebrantara nuestra unidad con el Señor en
nuestra vida diaria. Aunque fuimos regenerados, seguimos viviendo en la naturaleza
vieja y caída. Tal vez ejercitemos nuestro espíritu para llevar una vida en la que somos
uno con el Señor, pero a menudo una cosa pequeña hace que se quebrante esta unidad.
¿Qué haremos entonces? En lugar de desilusionarnos, debemos reconocer que
necesitamos a Cristo; lo necesitamos como nuestro holocausto.

I. REPRESENTA A CRISTO
NO PRINCIPALMENTE COMO AQUEL
QUE REDIME AL HOMBRE DEL PECADO,
SINO COMO AQUEL QUE LLEVA UNA VIDA
PARA LA SATISFACCIÓN DE DIOS
El holocausto representa a Cristo no principalmente como Aquel que redime al hombre
del pecado, sino como Aquel que lleva una vida para Dios y para la satisfacción de Dios.
Como ofrenda por el pecado, Cristo redime al hombre de su pecado, pero como
holocausto, Él lleva una vida de absoluta entrega a Dios para Su total satisfacción.
Durante toda Su vida en la tierra, el Señor Jesús siempre llevó una vida que satisfizo
plenamente a Dios. En los cuatro Evangelios Él es presentado como Aquel que era
absolutamente uno con Dios. Sus atributos divinos se expresaron en Sus virtudes
humanas, y a veces Sus virtudes humanas se expresaron en Sus atributos divinos y con
ellos. Cuando fue confrontado, examinado e interrogado por Sus malignos y astutos
opositores —los escribas, los fariseos, los saduceos y los herodianos— durante Sus
últimos días en la tierra, en algunas ocasiones Sus virtudes humanas se expresaron por

21
medio de Sus atributos divinos, y en otras ocasiones, Sus atributos divinos se
expresaron en Sus virtudes humanas.

En la vida del Señor Jesús no había ninguna mancha, defecto o imperfección. Él era
perfecto, y llevó una vida perfecta y de absoluta entrega a Dios. Él era completamente
apto para ser el holocausto. Puesto que mediante la encarnación le fue preparado un
cuerpo para que fuese el verdadero holocausto (He. 10:5-6), Él hizo la voluntad de Dios
(vs. 7-9) y fue obediente hasta la muerte (Fil. 2:8). En la cruz Él ofreció Su cuerpo a
Dios una vez para siempre (He. 10:10).

II. UN MACHO DEL GANADO VACUNO,


UNA OVEJA O UNA CABRA DEL REBAÑO,
O UNA TÓRTOLA O UN PALOMINO DE LAS AVES
Levítico 1 habla de diferentes categorías de holocaustos: un macho del ganado vacuno
(v. 3), una oveja o una cabra del rebaño (v. 10), o una tórtola o un palomino de las aves
(v. 14). Las ofrendas en estas tres categorías son de distintos tamaños: los novillos son
los más grandes, y las tórtolas y los palominos son los más pequeños.

A. Conforme al aprecio
que tiene el oferente y su capacidad
El tamaño del holocausto dependía del aprecio que tuviera el oferente y de su
capacidad, y se conformaba a dicho aprecio y capacidad. Tal vez apreciemos mucho la
ofrenda, pero puede ser que no tengamos la capacidad de preparar una ofrenda grande,
un novillo, sino solamente una ofrenda pequeña, una tórtola o un palomino. Esto, por
supuesto, no significa que Cristo como holocausto sea de diferentes tamaños. En Sí
mismo, Cristo es siempre igual; no existe tal cosa como un Cristo grande, un Cristo
pequeño y un Cristo mediano. No obstante, en términos de nuestra experiencia, el
tamaño de Cristo puede variar. Conforme a nuestra experiencia, Cristo puede ser un
holocausto pequeño o mediano, pero conforme a la experiencia de Pablo, Cristo era un
holocausto grande, un novillo, ya que la experiencia que él tenía de Cristo era mucho
más grande que la nuestra, y su aprecio por Cristo y capacidad de ofrecerlo a Dios eran
mayores. Por consiguiente, en Sí mismo, Cristo es el mismo, pero conforme a nuestra
experiencia, Él puede ser de diferentes tamaños.

B. Capaz de moverse
y actuar según su propia voluntad
Todos los holocaustos mencionados en Levítico 1 eran animales vivos, capaces de
moverse y actuar según su propia voluntad. Esto indica que un holocausto tiene que
ser algo que posea vida. Una persona muerta no puede ser obediente a Dios; sólo una
persona viva puede serlo. Sin embargo, para obedecer a Dios, se requiere que ella sujete
su voluntad a la de Dios. A fin de que Cristo pudiera ser un holocausto para Dios, Él
tenía que ser una persona viviente y con una voluntad férrea, pero cuya voluntad
estuviese sujeta a la voluntad de Dios.

22
La mejor manera de ser protegidos es sujetar nuestra voluntad a la voluntad de otro.
Esto se aplica especialmente a los jóvenes. La mejor forma en que un joven puede estar
protegido es que tenga una voluntad subyugada. Puesto que la voluntad del Señor
estaba sujeta a la voluntad de Dios, Él fue resguardado y protegido en Su perfección,
sin defecto alguno. Una vida capaz de conducirse y actuar por su propia voluntad es
una vida que se puede contaminar. A medida que el Señor Jesús vivió y se movió en la
tierra, Él jamás tuvo defecto alguno, pues Su voluntad siempre estuvo sujeta a la
voluntad de Dios.

C. Capaz de derramar sangre


Aunque el holocausto no tiene como finalidad redimir, hace expiación a favor de quien
lo ofrece (Lv. 1:4). Por esta razón, el holocausto tiene que ser la ofrenda de una vida
poseedora de sangre que pueda ser derramada. Todo animal del ganado, del rebaño o
perteneciente a las aves tiene sangre que puede ser derramada. La sangre es necesaria
para obtener el perdón. “Sin derramamiento de sangre no hay perdón” (He. 9:22).

D. Fuerte y joven
El holocausto debía ser un animal fuerte y joven. Esto significa que debía estar lleno de
fuerzas y lozanía, sin ninguna señal de debilidad ni vejez. En Levítico 1 el macho
representa fuerzas, y el hecho de que fuese joven representa lozanía. En un sentido
espiritual, Cristo era macho, lleno de fuerzas, y también era joven, lleno de lozanía. Él
era fuerte y lozano. Aunque Cristo es longevo, Él nunca envejece. Él es siempre fuerte
y lozano. En Él no hay debilidad ni vejez.

E. Sin defecto
El holocausto tenía que ser sin defecto. Esto significa que no podía tener ninguna tacha
ni mancha. Como holocausto, Cristo no tiene defecto ni mancha alguna (1 P. 1:19; He.
9:14).

III. OFRECIDO A LA ENTRADA


DE LA TIENDA DE REUNIÓN
A. En el atrio del tabernáculo
El holocausto era ofrecido a la entrada de la Tienda de Reunión (Lv. 1:3), o sea, en el
atrio del tabernáculo. El atrio representa la tierra.

B. Aceptado delante de Jehová


El holocausto, ofrecido sobre el altar en el atrio, era aceptado delante de Jehová (v. 3).
El altar representa la cruz. La cruz en la que Cristo se ofreció estaba en la tierra, pero
Él se ofreció delante de Dios. Él se ofreció en la tierra y fue aceptado por Dios y ante
Dios.

IV. EL OFERENTE
Levítico 1:4-6 también habla del oferente.

23
A. Pone su mano sobre la ofrenda
Levítico 1:4 dice del oferente: “Pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, el cual
será aceptado a favor suyo para hacer expiación por él”. El oferente no sólo debía traer
la ofrenda, sino también poner su mano sobre ella.

1. No significa sustitución, sino identificación


Según las Escrituras, la imposición de manos siempre significa identificación, unión;
no significa sustitución. Poner nuestras manos sobre la ofrenda significa que somos
uno con la ofrenda y que ella es uno con nosotros. Por tanto, la imposición de manos
une a ambas partes.

Al poner nuestras manos en Cristo como nuestro holocausto, somos unidos a Él.
Nosotros y Él, Él y nosotros, llegamos a ser uno. Tal unión, tal identificación, indica
que todas nuestras debilidades, deficiencias, faltas y defectos son llevados por Él y que
todas Sus virtudes llegan a ser nuestras. Esto no es un intercambio, sino una unión.

Tal vez nos percatemos de que no somos aptos y de que somos un caso perdido; ésta es
nuestra verdadera condición. Pero cuando ponemos nuestras manos sobre Cristo,
nuestros defectos son llevados por Él, y Sus cualidades, Sus virtudes, llegan a ser
nuestras. Además, en un sentido espiritual, en virtud de tal unión Él se hace uno con
nosotros y vive en nosotros. Y al vivir en nosotros, Él repite en nosotros la vida que
llevó en la tierra, la vida de holocausto. En nosotros mismos no podemos llevar esta
clase de vida, pero Él sí puede vivirla en nosotros. Al poner nuestras manos sobre Él,
le hacemos uno con nosotros y nos hacemos uno con Él. De esta manera, Él repite en
nosotros la misma vida que Él llevó. Esto es lo que significa ofrecer el holocausto.

2. Para hacer expiación


La imposición de nuestras manos sobre Cristo, el holocausto, no simplemente tiene
que ver con una identificación, sino que también guarda relación con la expiación, o la
propiciación. La palabra propiciación significa que se da solución a los problemas que
nosotros tenemos con Dios y que Dios tiene con nosotros. Poner nuestras manos sobre
Cristo no solamente nos hace uno con Él, sino que también resuelve nuestros
problemas, haciendo propiciación por nuestra situación delante de Dios y
capacitándonos para tener paz con Dios.

Anteriormente teníamos problemas con Dios, y Dios tenía problemas con nosotros.
Pero Cristo hizo propiciación por nuestra situación ante Dios y se ocupó de todos estos
problemas. Ahora simplemente necesitamos poner nuestras manos sobre Él. Una vez
que pongamos nuestras manos sobre Cristo, los problemas que existan entre nosotros
y Dios y entre Dios y nosotros, quedarán resueltos. Por consiguiente, la imposición de
nuestras manos sobre el holocausto también tiene como finalidad hacer propiciación.

24
B. Degüella la ofrenda delante de Jehová
“Degollará el novillo delante de Jehová; y los hijos de Aarón, los sacerdotes,
presentarán la sangre, y la rociarán sobre el altar y alrededor del mismo, el cual está a
la entrada de la Tienda de Reunión” (v. 5). La ofrenda era degollada para que la sangre
fuese derramada y así hubiera perdón. La sangre era rociada sobre el altar y alrededor
del mismo a fin de que Dios aceptara la ofrenda incinerada sobre el altar.

C. Desuella la ofrenda y la corta en trozos


El versículo 6 dice que la ofrenda debía ser desollada y cortada en trozos. Cristo,
nuestro holocausto, sufrió esta clase de maltrato. Él fue desollado y cortado en trozos.

1. Desuella la ofrenda
La piel del holocausto es la expresión externa de su belleza. Por tanto, desollar tal
ofrenda es despojarla de su expresión externa. La acción de desollar el holocausto
indica que Cristo estuvo dispuesto a permitir que se le despojara de la manifestación
externa de Sus virtudes. Cuando Cristo fue crucificado, le despojaron de Su ropa. Esto
indica que Él fue “desollado”.

2. Corta la ofrenda en trozos


Que la ofrenda fuese cortada en trozos significa que Cristo estaba dispuesto —sin
reserva alguna— a dejar que todo Su ser fuese quebrantado. Como nuestro holocausto,
Cristo, con toda Su vida e historia, fue cortado en trozos.

Si Cristo no fuese nuestro holocausto, nosotros tendríamos que sufrir la muerte, ser
desollados y ser cortados en trozos. Debemos tener esto presente cada vez que
ofrezcamos Cristo a Dios como holocausto. También debemos tener presente que Él
fue inmolado, despojado de Su expresión externa y cortado en trozos. Todos estos
sufrimientos eran necesarios para que Cristo hiciera la voluntad de Dios. Cristo hizo la
voluntad de Dios al ir a la cruz para ser inmolado, desollado y cortado en trozos.

Si nos percatamos de que necesitamos a Cristo como nuestro holocausto, sentiremos


la necesidad de orar como es debido. La oración apropiada simplemente consiste en
poner nuestras manos sobre el Señor. No debemos orar diciendo: “Señor, ten
misericordia de mí y haz algo por mí”. Esta clase de oración es muy objetiva. Debemos
poner nuestras manos sobre el Señor a fin de ofrecer una oración subjetiva. En tal
oración podríamos decir: “Señor, pongo mis manos sobre Ti para identificarme contigo
y para que Tú te identifiques conmigo”. Siempre que, mediante la oración subjetiva,
ponemos nuestras manos en Cristo, entonces el Espíritu vivificante, que es Cristo
mismo sobre quien pusimos nuestras manos, comenzará inmediatamente a moverse y
operar dentro de nosotros para vivir en nosotros una vida que sea apta para el
holocausto.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CUATRO

25
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(2)
Lectura bíblica: Lv. 1:2-6
El holocausto es el Cristo que lleva una vida de absoluta entrega a Dios para Su
satisfacción. En este mensaje, basándonos en el texto de Levítico 1, veremos cómo
ofrecer a Cristo en calidad de holocausto.

Levítico 1—7 no nos proporciona detalles respecto a lo que Cristo es como las ofrendas;
más bien, estos capítulos nos muestran la manera en que podemos ofrecer a Cristo.
Aunque Levítico 1—7 nos dice que Cristo es el holocausto, la ofrenda de harina, la
ofrenda de paz, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones, en realidad
estos capítulos no nos dicen cómo Cristo es dichas ofrendas, sino que presentan cómo
ofrecer a Cristo en calidad de ofrenda. Levítico 1—7 no habla de todo lo que Cristo es
como las ofrendas. Por ejemplo, Levítico 1 no presenta todo lo que Cristo es como
holocausto, sino que presenta la manera de ofrecer a Cristo como holocausto. Si estos
capítulos únicamente nos hablaran de todo lo que Cristo es como las ofrendas,
entonces sólo nos enseñarían doctrinas objetivas. Sin embargo, estos capítulos no
contienen meras enseñanzas objetivas, sino que nos revelan las experiencias subjetivas
que podemos tener de Cristo. El capítulo 1 no nos enseña todo lo que Cristo es como
holocausto, sino cómo podemos experimentar a Cristo y cómo podemos presentar a
Dios nuestra experiencia de Cristo. Esto guarda relación por completo no con la
doctrina, sino con la experiencia.

Si no comprendemos este asunto, nos producirán desconcierto algunas de las cosas


que se mencionan en Levítico 1, como por ejemplo, el lavamiento del holocausto. ¿Qué
significa el hecho de que Cristo como holocausto sea lavado? Un asunto como éste
queda claro cuando comprendemos que dicho capítulo no nos habla de Cristo en Su
totalidad como holocausto, sino que nos muestra la manera en que podemos ofrecer a
Cristo. Lo que ofrecemos no es el propio Cristo en Su totalidad, sino el Cristo que
hemos experimentado.

En Levítico 1 vemos a Cristo en calidad de holocausto primero como un novillo (v. 5),
en segundo lugar, como una oveja o una cabra (v. 10), y finalmente, como una tórtola
o un palomino (v. 14). Cuando yo era joven, esto me inquietaba mucho, pues me
preguntaba cómo podíamos tener a un Cristo de distintos tamaños. Por supuesto, en
Sí mismo y en Su totalidad Cristo tiene un solo tamaño. El tamaño de Cristo es
universal; Sus dimensiones son la anchura, la longitud, la altura y la profundidad (Ef.
3:18). Ni siquiera un novillo puede representar a Cristo en Su grandeza universal, en
Sus dimensiones.

Aunque en Sí mismo Cristo tiene un solo tamaño, en términos de nuestra experiencia


Él puede tener varios tamaños. Por ejemplo, un nuevo creyente a quien se le ha
ayudado a conocer a Cristo en cierta medida, puede ofrecer Cristo a Dios en la mesa de
Señor. A los ojos de Dios, lo que él ofrece de Cristo tal vez sea como un palomino. Pero

26
supongamos que el apóstol Pablo estuviera presente en la reunión y también ofreciera
Cristo a Dios como holocausto. A los ojos de Dios, la ofrenda de Pablo tal vez sería
comparable a un novillo. Luego, supongamos que en la misma reunión otro creyente,
quien ha estado en el Señor durante quince años y ha tenido muchas experiencias con
el Señor, ofrece a Cristo como su holocausto. Quizás a los ojos de Dios esa ofrenda sería
semejante a un cordero. Así pues, en la misma reunión veríamos a Cristo como
holocausto en tres tamaños. Por supuesto, esto no significa que Cristo en realidad sea
de diferentes tamaños. En Sí mismo Cristo tiene un solo tamaño. La diferencia, por
tanto, no radica en lo que Él es, sino en lo que nosotros experimentamos.

Al leer Levítico 1 debemos tener presente que este capítulo no nos enseña respecto al
verdadero tamaño de Cristo en Su totalidad; más bien, este capítulo nos enseña acerca
del Cristo que nosotros experimentamos. Cristo es eternamente grande, pero en
términos de nuestra experiencia, Él quizás sea del tamaño de un palomino. Después de
algunos años, tal vez podríamos ofrecer a Cristo como cordero; y si continuamos
creciendo, con el tiempo podríamos ofrecer como holocausto a un Cristo semejante al
que ofreció Pablo: un novillo. Esto guarda relación con la experiencia, no con la
doctrina. El hecho de que en Levítico 1 el holocausto sea de distintos tamaños indica
que este capítulo no enseña algo relacionado con la doctrina, sino con la experiencia.

Leamos ahora el texto de Levítico 1 y consideremos varios asuntos importantes


relacionados con la experiencia.

LABORAR EN CRISTO PARA OBTENER ALGO DE CRISTO


QUE PRESENTARLE A DIOS
Al venir a la Tienda de Reunión, no debemos venir con las manos vacías, sino que
debemos traer algo de Cristo. Levítico 1:2 dice: “Cuando alguno de entre vosotros
presenta una ofrenda a Jehová, del ganado presentaréis vuestra ofrenda, ya sea del
ganado vacuno u ovejuno”. Noten las palabras presenta y presentaréis. Aquí la
palabra hebrea traducida “presenta” significa “acercar, traer algo a la presencia de
alguien”; además, esta palabra implica traer, ofrecer.

Supongamos que un israelita que ha heredado una porción de la buena tierra es una
persona indisciplinada y perezosa, que no labra la tierra, ni siembra semilla en ella ni
la riega. Cuando llegue el tiempo de la cosecha, esa persona no tendrá nada que segar.
Como resultado, no tendría nada que llevar a la fiesta; él se presentaría con las manos
vacías. Al igual que las vírgenes insensatas de Mateo 25, las cuales quisieron que las
vírgenes prudentes les prestaran de su aceite, este israelita perezoso procuraría pedir
algo prestado o comprar algo de otros para ofrecerlo a Dios.

Hoy en día muchos santos son así. Son indisciplinados y perezosos y no laboran sobre
Cristo, en Cristo, con Cristo y para Cristo. Sin embargo, Pablo era diferente. Él declaró
que trabajaba, luchaba (Col. 1:28-29), laboraba (1 Co. 15:10), y aun combatía por causa
de Cristo. Pablo era una persona muy activa; él trabajó más que todos los demás
apóstoles, pero no él, sino la gracia de Dios que estaba con él. Al igual que Pablo,
debemos laborar en Cristo a fin de obtener algo de Cristo que presentarle a Dios.

27
Por supuesto, en nosotros mismos y por nosotros mismos no somos nada ni podemos
hacer nada. Ciertamente tenemos que depender de la lluvia del cielo. Supongamos que
los cielos enviaran lluvia, pero que nosotros no laboráramos. ¿Qué sucedería? No
segaríamos nada de Cristo y, por ende, no tendríamos nada de Cristo que presentarle
a Dios. Debemos laborar en Cristo para poder presentarle algo de Cristo a Dios. Esto
no guarda relación con la doctrina de Cristo como holocausto, sino con la experiencia
de presentarle Cristo a Dios.

La palabra hebrea traducida “presenta” en Levítico 1:2 es la palabra corbán, que


significa “una dádiva o un regalo”. Lo que traemos a la presencia de Dios se convierte
en una dádiva, un regalo. Si quisiéramos traerle una dádiva a Dios, tendríamos que
laborar en Cristo y trabajar, luchar y combatir por Cristo. Laborar en Cristo, nuestra
buena tierra, significa labrar la tierra, sembrar la semilla, regar la semilla y, finalmente,
recoger la cosecha. Esto equivale a trabajar o laborar diligentemente como labrador.
En 2 Timoteo 2:6 se nos indica que somos labradores, la gente más diligente y
trabajadora. Como labradores que somos, debemos laborar en Cristo. Si laboramos en
Cristo, tendremos algo de Cristo como holocausto que presentarle a Dios.

EL HOLOCAUSTO ES DEGOLLADO
La manera en que se ofrecía el holocausto es una demostración de nuestra experiencia
de Cristo; es una demostración de cómo hemos experimentado la experiencia de Cristo.
La manera en que se presenta la ofrenda es, por tanto, una demostración de la
experiencia que hemos tenido de la experiencia de Cristo y también de la manera en
que hemos experimentado esa experiencia de Cristo.

“Degollará el novillo delante de Jehová” (Lv. 1:5a). Esto indica que Cristo, como
holocausto, fue degollado. Ser degollado es una experiencia personal que Cristo tuvo
en la tierra. Como personas que aman a Cristo y desean tomar a Cristo como
holocausto, debemos experimentar Su degollación. ¿Ha sido usted degollado alguna
vez? ¿Ha experimentado alguna vez la degollación de Cristo? ¿Alguna vez ha hecho
suya la experiencia de la degollación de Cristo? Debemos hacer nuestra la experiencia
que tuvo Cristo al ser degollado.

Debemos experimentar esto en nuestra vida matrimonial. Supongamos que la esposa


de un hermano es muy obstinada e insistente con él. ¿Qué debe hacer él? En lugar de
discutir con ella, debe experimentar la experiencia que tuvo Cristo al ser degollado.

Consideremos el cuadro presentado en los Evangelios cuando el Señor Jesús estuvo de


pie ante Pilato, quien estaba a punto de dar el veredicto final respecto a la crucifixión
del Señor. El Señor fue entregado en manos de hombres malignos, quienes luego lo
llevaron al lugar donde sería degollado. En esta situación, el Señor Jesús no ofreció
resistencia alguna. Si experimentamos verdaderamente la degollación de Cristo, no
ofreceremos ninguna resistencia cuando nuestro cónyuge nos lleve al matadero. En
lugar de resistirnos, permitiremos que nuestro cónyuge nos ponga en la cruz.

28
Si experimentamos la degollación de Cristo, vendremos a la mesa del Señor y le
alabaremos, quizás con lágrimas, diciendo: “Señor, gracias por darme la oportunidad
de experimentar Tu degollación. ¡Cuán dulce fue el ser uno contigo al ser llevado al
matadero!”. En esto consiste ofrecer a Dios el Cristo que es nuestro holocausto. Esto
también es una demostración de cómo hemos experimentado a Cristo en Su
experiencia de ser degollado.

Si todos los que estamos en las iglesias tenemos esta experiencia, no habrá riñas ni
contiendas entre nosotros, sino que únicamente experimentaremos el ser llevados al
matadero. En la mesa del Señor se ofrecerán muchas alabanzas al Señor, quizás con
lágrimas, por las oportunidades que Él nos haya dado para experimentar la degollación
de Cristo.

A veces argumentamos con los hermanos o con nuestro cónyuge. Cada vez que
hacemos esto, nos alejamos de la cruz. Argumentar no es otra cosa que alejarnos para
no ser degollados. Si hacemos esto, no podremos ofrecerle alabanzas al Señor en Su
mesa. Todo cuanto digamos en nuestra oración o alabanza será vacío debido a que no
hemos experimentado verdaderamente a Cristo en Sus sufrimientos. Por consiguiente,
no tendremos holocausto que ofrecer. En tales circunstancias, no estaremos viviendo
absolutamente entregados a Dios ni estaremos tomando a Cristo como nuestro
holocausto para experimentar lo que Él experimentó al ser degollado. Es por ello que
en la mesa del Señor acostumbramos cantar los mismos cánticos y ofrecer las mismas
oraciones y alabanzas de una manera repetida, común y rutinaria, sin experimentar
verdaderamente lo que es apreciar y ofrecer al Cristo que hemos experimentado.

Si experimentamos lo que Cristo experimentó al ser degollado, se ofrecerán muchas


alabanzas al Señor en Su mesa, y no habrá contiendas en la vida de iglesia ni en nuestra
vida matrimonial. Quizás algunos se opongan a nosotros y nos critiquen, pero no
pelearemos con ellos. Sin decir nada, sencillamente permitiremos que otros nos lleven
a la cruz y nos degüellen. Si ésta es nuestra experiencia, podremos presentarle a Dios
una ofrenda grande en holocausto y le ofreceremos muchas alabanzas en la Tienda de
Reunión. Lo que ofrezcamos a Dios será una demostración de cómo hemos
experimentado la experiencia que tuvo Cristo al ser degollado.

EL HOLOCAUSTO ES DESOLLADO
La primera parte de 1:6 dice: “Desollará el holocausto”. Que el holocausto fuese
desollado significa que Cristo estuvo dispuesto a ser despojado de la manifestación
externa de Sus virtudes. En los cuatro Evangelios vemos que Cristo fue difamado,
despojado de la belleza de Sus virtudes. Por ejemplo, algunos decían: “¿No decimos
bien nosotros, que Tú eres samaritano, y que tienes demonio?” (Jn. 8:48). Otros decían
de Él: “Demonio tiene, y está loco; ¿por qué le oís?” (10:20). Esto indica que el Señor
Jesús, en calidad de holocausto, fue “desollado”.

Pablo también experimentó esta desolladura. Él fue desollado por los corintios,
quienes lo acusaron de enviarles a Tito con el propósito de obtener dinero de ellos.
Pablo se refirió a esta acusación en 2 Corintios 12:16-18. “Pero, “¡así sea! Yo no os he

29
sido carga, sino que, según algunos de vosotros dicen, como soy astuto, os prendí por
engaño, ¿acaso he tomado ventaja de vosotros por alguno de los que os he enviado?
Rogué a Tito, y envié con él al hermano. ¿Acaso se aprovechó de vosotros Tito? ¿No
hemos procedido con el mismo espíritu y en las mismas pisadas?”. Algunos de los
corintios acusaron a Pablo de ser astuto. Dijeron que él era astuto para obtener
ganancia, que aseguraba su provecho enviando a Tito con el fin de que éste recibiera la
colecta para los santos pobres. El versículo 15 expresa la verdadera actitud de Pablo:
“Yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor
de vuestras almas. Si amándoos más abundantemente, ¿seré yo amado menos?”. Él
estaba dispuesto a gastarse completamente por amor de ellos; con todo, lo acusaron de
engañarlos y de usar a Tito con el fin de robarles dinero. ¿No es esto una desolladura?

En 2 Corintios 6:3-13 Pablo enumera muchas señales que demuestran que él era un
siervo, un ministro, de Dios. El versículo 8 dice: “A través de gloria y de deshonra, de
mala fama y de buena fama”. Quizás nos resulte difícil creer que la propagación de
rumores malignos en cuanto a Pablo fuera señal de su apostolado. Estos rumores
demostraban que Pablo era un siervo de Dios. Un rumor maligno es una manera de
desollar a alguien, de despojarlo de su belleza externa.

A nadie le gusta ser desollado. En los años que llevo en la vida de iglesia, muchos se
han acercado a mí para pedirme que les volviera a “pegar la piel” que les fue quitada.
Si su cónyuge lo desollara a usted, ¿no haría todo lo posible por volverse a “pegar la
piel”? ¿No intentaría restaurar su buena fama, es decir, recobrar la expresión externa
de sus virtudes?

Supongamos que usted intentara volverse a pegar la piel que le fue quitada. Al venir a
la mesa del Señor, ¿podría alabar al Señor por ayudarle a recobrar la piel desollada?
No creo que nadie pudiera ofrecer tal alabanza al Señor.

Sin embargo, supongamos que en la vida familiar y en la vida de iglesia usted pasa por
muchas experiencias en las que es desollado. En este caso podría declarar: “Señor, he
tenido la misma experiencia que Tú tuviste al ser desollado. Deseo seguirte y por eso
acepto ser desollado, despojado, difamado, calumniado, así como Tú lo aceptaste.
Señor, lo que yo he experimentado es lo mismo que Tú experimentaste al ser
desollado”. Si usted es una persona con esta clase de experiencia, la alabanza que usted
ofrezca en la mesa del Señor, aunque sea breve, conmoverá profundamente a todos en
la reunión. Esto es lo que significa presentar a Cristo como holocausto de una manera
auténtica, sincera y honesta.

Esto no es presentar a Cristo como holocausto en un sentido total. Nadie, ni siquiera


Pablo, podría ofrecer a Cristo en Su totalidad. En vez de ello, nosotros presentamos
únicamente la porción de Cristo que hemos experimentado.

EL HOLOCAUSTO ES CORTADO EN TROZOS


Levítico 1:6 también dice que la persona que presentaba el holocausto tenía que
cortarlo en trozos. A nadie le gusta ser cortado en trozos; al contrario, a todos nos gusta

30
permanecer enteros, completos, perfectos. Cada vez que insistimos en que tenemos la
razón y en que los demás están equivocados, estamos resistiéndonos a ser cortados en
trozos. Cuando se nos acusa de haber hecho algo malo, somos cortados en trozos. En
la mayoría de las contiendas que suceden entre los cónyuges, uno le dice al otro que
está equivocado, y luego el otro argumenta diciendo que el primero es quien está
equivocado.

Lo mismo sucede en la vida de iglesia. Una hermana tal vez se queje de que en la vida
de iglesia otros se comportan de manera injusta. Al venir a la reunión, ella quizás mire
a algún santo y piense que este santo no la ha tratado como es justo. Por otra parte, es
posible que este santo también piense lo mismo de ella. El resultado será un conflicto
interno. ¿Quién, entonces, está actuando de manera justa y quién no? El que actúa de
manera justa es aquel que está dispuesto a ser puesto en la cruz para ser crucificado.

Lo único que puede solucionar los problemas que surgen entre cónyuges y entre los
santos es el perdón. ¿Sabe usted lo que es perdonar? Perdonar equivale a olvidar. Si
usted llegara a ofender a algunos de los santos que están en la vida de iglesia, es posible
que no lo perdonen por el resto de sus vidas. Esta renuencia a perdonar afecta las
alabanzas que se ofrecen en la mesa del Señor. Si los santos tienen quejas unos de otros,
será difícil que la reunión de la mesa del Señor sea viviente y elevada.

Nosotros preferimos protegernos antes que estar dispuestos a ser cortados en trozos.
Durante la vida que Cristo llevó en la tierra, Él fue cortado en trozos continuamente, y
nosotros debemos experimentar lo mismo. En nuestra vida matrimonial y en nuestra
vida de iglesia, debemos seguir los pasos del Señor en virtud de Su vida que está en
nosotros. Su vida no es una vida contenciosa. Su vida es una vida que está dispuesta a
experimentar el sufrimiento de ser cortado. Si experimentamos esto, podremos
presentarle a Dios el Cristo que hemos experimentado.

A menudo hemos hablado de laborar en Cristo para tener algo de Cristo que exhibir en
las reuniones. Laborar en Cristo incluye estar dispuestos a ser cortados en trozos al
igual que Él. Si laboramos en Cristo de esta manera, el producto que ofrezcamos a Dios
será el Cristo que fue cortado en trozos.

EL HOLOCAUSTO ES LAVADO
El holocausto era lavado con agua por el oferente. “Lavará con agua las partes internas
y las piernas” (v. 9; cfr. 13a). Ciertamente esto no significa que Cristo, nuestro
holocausto, estuviera sucio. Cuando el Señor Jesús vivió y anduvo en la tierra, el
Espíritu que estaba en Él continuamente lo guardaba, lo protegía, lo resguardaba, a fin
de que no se ensuciara. En nuestro andar diario necesitamos tener esta misma
experiencia. Necesitamos experimentar lo mismo que Cristo experimentó al ser
limpiado, lavado, por el Espíritu Santo. Podemos experimentar esto debido a que Su
Espíritu que limpia está en nosotros y nos lava día tras día para guardarnos de
ensuciarnos con el polvo terrenal.

31
AROMA QUE SATISFACE A JEHOVÁ
Después de ser degollado, desollado, cortado en trozos y lavado, el holocausto era
incinerado sobre el altar. “El sacerdote lo quemará todo sobre el altar; holocausto es,
ofrenda por fuego, aroma que satisface a Jehová” (v. 9). Las palabras hebreas
traducidas “aroma que satisface” significan literalmente “aroma que proporciona
descanso o satisfacción”, esto es, aroma que proporciona satisfacción a la Deidad, a la
cual se le ofrece, y que, por tanto, es recibida con agrado. Esta frase era un expresión
técnica que se usaba para denotar el humo fragante que se eleva de un sacrificio
encendido (S. R. Driver). En este versículo, la palabra quemará indica que la ofrenda
no se consumía rápidamente, sino lentamente. Al consumirse de esta manera,
desprendía un olor grato, un aroma que proporcionaba satisfacción, paz y descanso.
Este aroma que satisface es un disfrute para Dios.

Cuando presentemos un holocausto encendido a Dios, se elevará hacia Él un aroma


que le proporcionará satisfacción y descanso. Ya que Dios estará satisfecho, Él nos dará
Su dulce aceptación. Éste es el significado del holocausto.

El holocausto denota la entrega absoluta de Cristo para la satisfacción de Dios. La


manera de satisfacer a Dios con dulzura, paz y descanso consiste en llevar una vida de
absoluta entrega a Dios. Ya que por nosotros mismos no podemos llevar tal vida,
debemos tomar a Cristo como nuestro holocausto. Debemos poner nuestras manos
sobre Él para indicar que deseamos identificarnos con Él, ser uno con Él y llevar la
misma vida que Él llevó en la tierra. Llevar esta clase de vida incluye el hecho de ser
degollados, desollados, cortados en trozos y lavados. Al pasar por todos estos procesos,
tendremos algo que ofrecer a Dios como holocausto: el propio Cristo que hemos
experimentado.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CINCO
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(3)
Lectura bíblica: Lv. 1:5-17
En este mensaje consideraremos la manera de ofrecer el holocausto. Abordaremos este
asunto desde el ángulo de la experiencia.

V. LA MANERA DE OFRECER
En cuanto a la manera de ofrecer el holocausto según se revela en Levítico 1, hay varios
puntos difíciles de entender. Uno de ellos tiene que ver con los sacerdotes, quienes son
los siervos.

32
A. Por el sacerdote
En Levítico 1 a menudo leemos las palabras “los hijos de Aarón, los sacerdotes” (vs. 5,
7, 8, 11). Varios versículos hablan simplemente de “el sacerdote” (vs. 9, 12, 13, 15, 17).
Aquí los sacerdotes pertenecen a tres categorías: Aarón, los hijos de Aarón y un
sacerdote en particular, especialmente designado para el servicio. Como lo indica el
libro de Hebreos, Aarón es un tipo de Cristo. Los hijos de Aarón tipifican a los
creyentes. En este capítulo no vemos ninguna acción realizada por Aarón; en vez de
ello, con relación al ofrecimiento del holocausto, aquí se nos habla del servicio de los
hijos de Aarón o del servicio de un sacerdote en particular. Cada vez que alguien
presentaba un holocausto a Dios, los sacerdotes que servían ayudaban al oferente.

B. Las ofrendas difieren no sólo en tamaño,


sino también en la manera de ser ofrecidas
Las diversas clases de holocausto no sólo diferían en tamaño, sino también en la
manera de ser ofrecidas. Según Levítico 1, el holocausto podía consistir en un novillo,
en una oveja o una cabra, o en tórtolas o palominos. Como dijimos anteriormente, los
diferentes tamaños de holocaustos no significan que Cristo varíe en Sí mismo, sino que
nuestra aprehensión de Cristo, nuestro entendimiento de Él y nuestro aprecio por Él
difieren en grado. Ciertamente un novillo no sería lo suficientemente grande para
representar la manera en que Pablo aprehendía, entendía y apreciaba a Cristo,
mientras que un palomino podría ser demasiado grande para representar la
aprehensión, el entendimiento y el aprecio que un nuevo creyente tiene de Cristo. Por
muy ferviente que sea un nuevo creyente, el aprecio que éste tiene de Cristo es muy
limitado.

Después de haber visto el significado de las diferencias en tamaño del holocausto,


debemos considerar ahora el significado de las diferentes maneras en que se ofrecían
los holocaustos. Las primeras dos clases de holocausto —el novillo y la oveja o cabra—
eran presentadas del mismo modo. Primero, la ofrenda era degollada; esto lo hacía el
oferente, no los sacerdotes. Luego, la ofrenda era desollada y cortada en trozos (no se
permitía presentar entera la ofrenda a Dios). Después de que la ofrenda era cortada en
trozos, las partes internas y las piernas eran lavadas con agua. La ofrenda entonces
estaba lista para ser puesta en el fuego, donde permanecía hasta consumirse por
completo. Ninguna parte de la ofrenda era rechazada por Dios. Ésta era la manera en
que se ofrecían las primeras dos clases de holocaustos.

La tercera clase de holocausto —las tórtolas y los palominos— se ofrecía de una manera
muy distinta. Con relación a las primeras dos clases de holocausto, el sacerdote no
hacía nada con la ofrenda, excepto rociar la sangre sobre el altar y disponer las piezas
de la ofrenda sobre el fuego. El oferente era quien degollaba la ofrenda, la desollaba, la
cortaba en trozos y la lavaba. Podríamos decir que el oferente era el “cocinero” y que
los sacerdotes eran simplemente los “meseros”. Sin embargo, en el caso de las ofrendas
pertenecientes a la tercera clase de holocausto, el oferente se limitaba a traer la ofrenda
a la Tienda de Reunión, y el sacerdote era quien hacía todo lo demás. El sacerdote
llevaba la ofrenda al altar, la desnucaba, le quitaba el buche, la hendía por las alas y la

33
quemaba sobre el altar (vs. 14-17). Esto ciertamente es diferente de lo que se hacía con
las ofrendas de las primeras dos clases, donde casi todo lo hacía el oferente, y no el
sacerdote.

Debemos ver que según Levítico 1, la manera en que se ofrece el holocausto es muy
particular y peculiar. Esta manera de proceder difiere según nuestra edad espiritual y
capacidad espiritual. Por tanto, en este mensaje mi carga consiste en hacerles ver que
la manera en que ofrezcamos Cristo a Dios como holocausto dependerá totalmente de
la aprehensión que tengamos de Cristo así como de nuestro entendimiento y aprecio
por Él.

En términos espirituales, quien ofrece al Cristo tipificado por las tórtolas o los
palominos tiene un entendimiento, aprehensión y aprecio limitados de Cristo. Tal
persona es joven en la vida espiritual y, por ende, carece de madurez. No tiene mucha
capacidad para sentir aprecio por Cristo. A diferencia de la gente del mundo, que no
conoce ni siente aprecio por Cristo en absoluto, un nuevo creyente ha empezado a
sentir aprecio por Cristo. Sin embargo, él todavía no está capacitado para degollar su
holocausto, desollarlo, cortarlo en trozos ni lavarlo. Lo único que puede hacer es
presentar a Cristo como un holocausto muy pequeño.

El aprecio que siente un creyente por Cristo y la manera en que lo ofrece podrían ser
muy naturales. Por ejemplo, algunos creyentes quizás sientan aprecio por el Cristo
presentado en los cuatro Evangelios, pero dicho aprecio podría ser natural. Además,
su amor por el Señor Jesús podría ser solamente según el entendimiento natural. Yo
era así después de que fui salvo y empecé a amar al Señor. La manera en que ofrecía
Cristo a Dios también era, en gran medida, muy natural. Sin embargo, a través de los
años mi entendimiento y aprehensión de Cristo, así como el aprecio que siento por Él
y la manera en que lo ofrezco, ha cambiado.

Los que ofrecen a Cristo como novillo sienten aprecio por Cristo de manera profunda
y detallada. Pero los que ofrecen a Cristo como tórtola no tienen tal aprecio profundo
y detallado. Además, la manera en que ellos ofrecen a Cristo como holocausto es
natural.

Los sacerdotes del Antiguo Testamento sabían que para que una tórtola fuese aceptada
como holocausto, ésta tenía que pasar por un proceso. El sacerdote tenía que matar el
ave, quitarle el buche y las plumas y hendirla por las alas. Quitarle el buche y las plumas
equivalía a quitarle lo impuro. El sacerdote se encargaba de todo lo requerido para
procesar la ofrenda. Esto significa que ofrecer a Cristo como tórtola es ofrecer a un
Cristo que no ha sido procesado por el oferente; esto es presentar a Cristo de una
manera natural. Por consiguiente, cuando alguien ofrece a Cristo como tórtola, la
ofrenda debe ser procesada por una persona distinta al oferente. Sin embargo, el que
ofrece a Cristo como novillo o como cordero, presenta a Cristo de una manera
procesada, y no de manera natural.

34
Todas las ofrendas eran presentadas en la Tienda de Reunión. Puesto que la Tienda de
Reunión tipifica a la iglesia, ofrecer el holocausto en la Tienda de Reunión tipifica
ofrecer Cristo a Dios en las reuniones de la iglesia.

Como hemos dicho, el tamaño de la ofrenda que ofrece el creyente así como la manera
en que la presenta dependen de su madurez, capacidad y destreza espirituales. Hay
santos que ofrecen a Cristo como holocausto de una manera que no es natural y no
presentan una ofrenda entera, sino procesada. Estos santos, que son maduros y ricos
en cuanto a entender, aprehender y apreciar a Cristo, han tenido experiencias muy
profundas de Él. Ellos han tenido las experiencias representadas por las distintas
partes del holocausto: la cabeza, la grosura, las partes internas y las piernas.
Experimentar la cabeza de Cristo equivale a experimentar Su entendimiento, sabiduría
y prudencia. Experimentar las partes internas de Cristo equivale a experimentar Su
sensibilidad, Su afecto, Sus sentimientos, Sus pensamientos, Su voluntad, Sus
intenciones y Sus propósitos. El holocausto presentado por dichos santos es una
ofrenda que ha sido cortada en trozos. Esto indica que ellos experimentan a Cristo de
modo detallado y que la manera en que ofrecen Cristo a Dios como holocausto no es
nada natural.

Poco a poco, los santos de mayor madurez experimentan a Cristo de modo detallado
conforme a cada uno de los aspectos de Cristo. Ellos han llegado a comprender que el
Señor Jesús llevó una vida en la que Sus partes internas fueron purificadas por el
Espíritu. Esto es tipificado en Levítico 1 por el agua. Estos santos también han
experimentado el andar que Cristo tuvo en la tierra, un andar en el cual el Espíritu
continuamente lo conservó limpio y puro en Sus acciones externas. En su experiencia
diaria, ellos sienten aprecio por Cristo como Aquel que continuamente fue lavado
interna y externamente, no porque fuera impuro, sino con el propósito de ser guardado
en Su limpieza y pureza. Éste es el Cristo que ellos aprehenden, entienden y aprecian,
y éste es el Cristo que ellos ofrecen a Dios.

Un creyente que ofrece a Cristo como tórtolas o palominos ciertamente no tiene el


mismo aprecio de Cristo que puede tener un creyente maduro. Además, la manera en
que presenta a Cristo en las reuniones de la iglesia es natural. Al escuchar las oraciones
y testimonios de los creyentes nuevos o jóvenes, especialmente en la reunión de la mesa
del Señor, uno puede darse cuenta de que ellos, de una manera natural, ofrecen a Cristo
como dos palominos. Tal vez un querido santo que recientemente haya sido salvo se
ponga de pie y declare: “¡Alabado sea el Señor! ¡Amo al Señor Jesús!”. Quizás él
presente a Cristo o dé algún testimonio, pero lo hace de una manera natural. No
obstante, cuando otros santos oran o testifican, uno puede darse cuenta de que, en
conformidad con su madurez, capacidad y destreza espirituales, ellos presentan
detalladamente a un Cristo procesado.

Según Levítico 1, el que ofrecía tórtolas o palominos no era rechazado. Su ofrenda,


aunque era cruda y no había sido procesada, era aceptada, pero era aceptada debido a
la labor del sacerdote que procesaba la ofrenda. Después que el sacerdote preparaba la

35
ofrenda, es decir, después que la desnucaba, la hendía por las alas y le quitaba el buche
y las plumas, la ofrenda ya no era natural, sino que había sido procesada.

Al aplicar a nosotros la manera en que los sacerdotes procesaban la ofrenda, debemos


hacernos esta pregunta: ¿quiénes son los sacerdotes que sirven hoy en día? Para
contestar esta pregunta, debemos comprender que el holocausto no era presentado en
la casa del oferente, sino en la Tienda de Reunión, donde se encontraban el altar y los
sacerdotes. Esto tipifica el hecho de que no ofrecemos a Cristo como holocausto en
nuestras casas, sino en las reuniones de la iglesia. En las reuniones de la iglesia
tenemos el altar, y también tenemos a los santos, los sacerdotes que sirven.

En la reunión quizás un nuevo creyente ofrezca, de manera natural, a Cristo como dos
aves. El Cristo que él presenta podría entonces ser procesado por las oraciones y los
testimonios de otros santos. A medida que este nuevo creyente escuche tales oraciones
y testimonios, tal vez caiga en cuenta de que su manera de presentar a Cristo era
natural y no había sido procesada; no obstante, algunos de los sacerdotes procesaron
la ofrenda a favor de él. Por consiguiente, los sacerdotes son los santos que, en las
reuniones de la iglesia, procesan un holocausto que ha sido presentado de manera
natural.

Cuando usted entró en la vida de iglesia, probablemente la manera en que presentaba


a Cristo —ya sea al ofrecer una oración o al dar un testimonio— era bastante natural.
Usted presentaba algo de Cristo, pero lo hacía de una manera natural. En los años que
usted lleva en la vida de iglesia, su manera de presentar a Cristo poco a poco ha llegado
a ser menos natural. Ahora lo que usted ofrece de Cristo principalmente es algo que ha
sido procesado; con todo, es posible que en cierto modo la manera en que presente a
Cristo siga siendo natural. Por ejemplo, puede ser que usted alabe al Señor por Su
bondad, pero que todavía tenga un entendimiento natural acerca de la bondad del
Señor.

Podríamos decir que en Levítico 1 el ofrecimiento de las tórtolas o los palominos se


efectuaba en dos etapas: la etapa antes que la ofrenda fuese procesada y la etapa
después que ésta había sido procesada. En la primera etapa, la ofrenda aún estaba
entera y en una condición natural. En esta etapa, la ofrenda no podía ser aceptada por
Dios. Después que la ofrenda era procesada, se encontraba en la segunda etapa y, por
consiguiente, estaba lista para que Dios la aceptara.

Todos debemos ver que la diferencia en las clases de holocaustos no radica solamente
en su tamaño, sino también en la manera de ser ofrecidos. En la vida de iglesia, los que
son jóvenes presentan a un Cristo muy pequeño en tamaño, y además lo presentan de
una manera natural, es decir, lo ofrecen sin procesarlo. Los que tienen más madurez y
experiencia no sólo presentan a un Cristo de mayor tamaño, sino que presentan a
Cristo absolutamente de una manera procesada. Por ejemplo, ellos lavan con agua las
partes internas y las piernas de su holocausto, lo cual indica que ellos han
experimentado a Cristo en el aspecto de que Él fue conservado limpio por el poder del
Espíritu Santo.

36
Los santos maduros experimentan a Cristo de manera detallada. Ellos entienden los
pensamientos, los sentimientos y las decisiones de Cristo. Los que experimentan a
Cristo de esta manera sentirán aprecio por los detalles acerca de la vida del Señor
descritos en los cuatro Evangelios. En la experiencia de ellos, Cristo ha sido cortado en
trozos, por lo cual sienten aprecio por Cristo de una manera fina y detallada. No
experimentan de manera externa a un Cristo entero, sino que, al cortar a Cristo en
trozos, ellos penetran en las profundidades de Su ser. Puedo testificar que hace muchos
años no experimenté a Cristo de manera tan detallada como lo experimento hoy.
Ahora, cuando ofrezco Cristo a Dios como holocausto, presento a un Cristo que ha sido
cortado en trozos.

Los que ofrecen a Cristo como aves de una manera natural necesitan que los santos de
más edad, en calidad de sacerdotes, les ayuden a procesar su ofrenda. Sin embargo, es
posible que si los santos de más edad procesan la ofrenda presentada por un santo
joven, éste se ofenda. Quizás a él le moleste el hecho de que desnuquen su ofrenda y le
quiten el buche y las plumas. Por ejemplo, supongamos que en la reunión un hermano
joven testifique de la mansedumbre del Señor, declarando que Él siempre es manso;
más tarde, un hermano de más experiencia podría citar los casos en los que el Señor
purificó el templo y reprendió a los fariseos, con lo cual resalte el hecho de que algunas
veces el Señor Jesús no fue manso. Al oír esto, el hermano joven tal vez sienta que el
hermano de más experiencia desnucó su ofrenda, una ofrenda que él había presentado
entera y sin haberla procesado.

Quisiera pedirles a los que llevan muchos años en la vida de iglesia que recuerden sus
experiencias de cuando presentaban a Cristo en las reuniones de la iglesia. Lo que
ustedes ofrecieron mediante su oración y su testimonio, ¿no fue en gran medida
procesado por los sacerdotes? Es posible que tales ofrendas en su mayor parte hayan
sido “despedazadas”. Quizás hubo momentos en los que usted dijo: “Nunca volveré a
ofrecer algo de esa manera”. Con el tiempo usted llegó a ser no sólo un oferente, sino
también un sacerdote que ayuda a procesar las ofrendas de otros santos.

Los holocaustos mencionados en Levítico 1 no representan el tamaño de Cristo en Sí


mismo. Ni siquiera un novillo tipifica adecuadamente el verdadero tamaño de Cristo.
Nadie, ni siquiera Pablo, podría experimentar a Cristo conforme a Su verdadero
tamaño. Por tanto, lo que ofrecemos de Cristo como holocausto corresponde
únicamente a lo que hemos llegado a aprehender, entender y apreciar de Cristo.

Incluso en nuestra predicación y enseñanza podemos presentar a Cristo de una manera


natural. Por ejemplo, es posible que en una reunión cristiana alguien predique a Cristo,
pero que lo haga de una manera casi completamente natural al presentar a Cristo según
su entendimiento natural. Como resultado, Cristo no es presentado como realmente Él
es, sino como lo concibe la persona que lo presenta.

En los primeros años de mi ministerio, la manera en que presentaba a Cristo era en


gran medida natural. En aquel entonces no conocía a Cristo como lo conozco hoy. Hoy

37
en día, por la misericordia del Señor, la manera en que presento a Cristo por medio de
mi enseñanza y predicación ya no es, en gran medida, natural.

Mi punto es que la manera en que ofrezcamos a Cristo como holocausto varía según el
entendimiento, aprehensión, aprecio y experiencia que tengamos de Él. A medida que
obtengamos un mejor entendimiento, aprehensión, aprecio y experiencia de Cristo,
también mejorará la manera en que lo ofrezcamos. Con el tiempo, todo lo natural —
especialmente cualquier concepto natural— relacionado con la manera en que
ofrecemos a Cristo será eliminado. Si todavía ofrecemos a Cristo como dos aves,
necesitaremos que los santos más experimentados procesen nuestra ofrenda. Pero
cuando tengamos más experiencia y madurez, no necesitaremos más esta clase de
ayuda por parte de los sacerdotes que sirven. ¡Que todos podamos adentrarnos en las
profundidades del ser de Cristo y experimentarle de una manera profunda, fina y
detallada!

Si ofrecemos a Cristo como novillo o cordero, y si degollamos este holocausto, lo


desollamos, lo cortamos en trozos y lavamos sus partes internas y sus piernas,
demostraremos con ello que sentimos aprecio por Cristo y le experimentamos no sólo
entero, sino de manera detallada. De este modo, lo que sea puesto al fuego sobre el
altar será aceptado por Dios como incienso aromático. Ésta es la clase de holocausto
que satisface a Dios.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE SEIS
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(4)
Lectura bíblica: Lv. 1:5-17; 6:10-11; 7:8
Lo más crucial que debemos interpretar y entender acerca del holocausto es la
diferencia que existe en la manera en que éste era ofrecido. Por muchos años los
maestros de la Biblia han resaltado la diferencia que había en el tamaño de la ofrenda:
el novillo era la ofrenda más grande; el cordero o la cabra le seguía en tamaño; y un par
de aves era la ofrenda más pequeña. Es fácil ver que hay una diferencia en tamaño,
pero no es fácil percatarnos de la diferencia en la manera en que estas ofrendas eran
ofrecidas, pese a que ello se describe claramente en Levítico 1. Aun si viéramos las
diferentes maneras en que se ofrecía el holocausto, probablemente nos resultaría difícil
comprender la importancia de esta diferencia.

Para entender el significado del holocausto debemos comprender que cada vez que
presentamos un holocausto, repasamos la experiencia que hemos tenido en nuestra
vida cotidiana. Puesto que el holocausto, en un sentido subjetivo, está totalmente
relacionado con nuestra vida diaria, con nuestro andar diario, presentar el holocausto
equivale a hacer una demostración, una exhibición, de nuestra experiencia cotidiana.
Si a diario y a cada hora llevamos una vida en la que experimentamos a Cristo,

38
tendremos entonces a Cristo como nuestro holocausto, el cual podremos ofrecer a Dios.
Sin embargo, si no experimentamos a Cristo en nuestro andar diario, no podremos
tenerlo a Él como nuestro holocausto y, en tal caso, únicamente podremos ofrecerlo
como ofrenda por las transgresiones. El punto aquí es que no podremos ofrecer a Cristo
como holocausto si no vivimos a Cristo ni le experimentamos en nuestro andar diario.

Consideremos las experiencias de tres hermanos. El primer hermano experimenta a


Cristo como novillo; el segundo experimenta a Cristo como cordero o cabra; y el tercero
experimenta a Cristo como un par de aves.

El hermano que experimenta a Cristo como novillo vive a Cristo en todo momento, en
todo aspecto y en su relación con todos. Al vivir a Cristo, él primeramente experimenta
la crucifixión de Cristo; él experimenta la degollación de Cristo en la cruz. Esto es
experimentar verdaderamente la muerte de Cristo, la verdadera experiencia de ser
conformados a la muerte de Cristo (Fil. 3:10). Este hermano experimenta la muerte de
Cristo en la relación con sus padres, con su esposa y con sus hijos. En su vida diaria, él
es verdaderamente conformado a la muerte de Cristo.

Al experimentar la muerte de Cristo de esta manera, este hermano también


experimentará el hecho de que Cristo fue despojado de Su belleza externa. En los
cuatro Evangelios vemos que mientras nuestro Señor vivió en la tierra, Él tuvo la
experiencia de ser despojado de Su belleza externa. Esto significa que Él fue despojado
de la expresión externa de Sus virtudes humanas, algo que está muy relacionado con
Su muerte. Por consiguiente, a medida que este hermano experimenta el ser
conformado a la muerte de Cristo, espontáneamente experimenta el hecho de que
Cristo fue despojado de Su belleza externa. Esta experiencia en realidad equivale a ser
objeto de mala fama (2 Co. 6:8). El Señor Jesús fue objeto de mala fama muchas veces,
y todas estas calumnias lo despojaron del aspecto externo de Sus virtudes humanas.

Además, a medida que este hermano sea conformado a la muerte de Cristo, también
será cortado en trozos. Esto significa que él experimentará lo mismo que Cristo
experimentó cuando fue cortado en trozos. Este tipo de experiencia quizás sea lo
contrario de lo que esperamos. Tal vez pensemos que cuanto más amemos al Señor y
temamos a Dios, más bendiciones recibiremos. Consideremos el caso de Juan el
Bautista, el precursor del Señor Jesús. En lugar de recibir bendiciones, Juan fue
encarcelado y decapitado. Consideremos también el caso del propio Señor Jesús.
¿Cuánta bendición recibió Él? ¿Acaso no fue cortado en trozos? Los Evangelios revelan
que, en lo referente a Su humanidad, el Señor Jesús fue cortado en trozos en todo
sentido. Ni un solo aspecto de Su vida humana quedó entero; al contrario, todo aspecto
de Su vida humana fue cortado en trozos. Por tanto, el Señor Jesús es el ejemplo único
de uno que fue cortado en trozos en todo sentido.

Ser cortado en trozos también será la experiencia de los que siguen al Señor Jesús hoy
en día. Por eso Pablo dice: “A fin de conocerle, y el poder de Su resurrección, y la
comunión en Sus padecimientos, configurándome a Su muerte” (Fil. 3:10). Llevar una
vida en la que somos conformados a la muerte de Cristo requiere el poder de Su

39
resurrección, pues a medida que experimentemos el ser conformados a la muerte de
Cristo, seremos cortados en trozos. Todo nuestro ser y toda nuestra vida serán cortados
en trozos. El hermano que experimenta a Cristo como novillo tiene la experiencia de
ser cortado en trozos.

A medida que dicho hermano lleve una vida en la que es conformado a la muerte de
Cristo y es cortado en trozos, comprenderá que ciertamente necesita sabiduría. Una
persona insensata no puede llevar una vida que concuerde con la experiencia de la vida
de Cristo. Para llevar tal vida se requiere la sabiduría más elevada. La sabiduría
humana no es lo suficientemente adecuada; de nada sirve. Esta clase de vida requiere
la misma sabiduría con la cual se condujo Cristo cuando vivió en la tierra. Los cuatro
Evangelios revelan que el Señor Jesús es la persona más sabia que jamás ha vivido.
Todo cuanto Él hizo estaba bien y fue hecho en el momento preciso. Él nunca
desperdició ninguna palabra, ni jamás hizo algo que fuera vano, imprudente o sin
sentido. Él fue alguien que llevó una vida sabia en todo sentido.

Esta sabiduría es tipificada por la cabeza del novillo usado para el holocausto. El
hermano que experimenta la misma vida que Cristo llevó en la tierra experimentará
también la cabeza de Cristo; esto es, experimentará la sabiduría de Cristo. Supongamos
que, conforme a la soberanía de Dios, la familia de este hermano, incluyendo a sus
padres, su esposa y sus hijos, fuese una familia difícil. Al vivir en esta clase de entorno,
él comprende que necesita la sabiduría de Cristo. Al relacionarse con los miembros de
su familia, él experimenta espontáneamente la cabeza, la sabiduría, de Cristo. De este
modo, la sabiduría con la cual se condujo Cristo en relación con Su familia, vendrá a
ser la experiencia de este hermano en su vida diaria.

Asimismo, el hermano que ofrece a Cristo como novillo experimentará el lavamiento


de las piernas y las partes internas del holocausto. Esto significa que el lavamiento
continuo efectuado por el Espíritu Santo, quien es el agua, no permitirá que este
hermano se contamine externa ni internamente. A medida que él lleva una vida en la
que es conformado a la muerte de Cristo, experimentará al Espíritu Santo, el cual lo
guardará, protegerá y resguardará de toda contaminación. El lavamiento del Espíritu
Santo lo guardará de contaminarse externamente, y este lavamiento también anulará
el factor contaminante de cualquier cosa que pueda entrar en él.

Cuando este hermano venga a la reunión de la iglesia para presentar a Cristo, él


presentará a Cristo no sólo como ofrenda por las transgresiones, sino también como
holocausto. Al presentar su holocausto, este hermano lo degollará, lo desollará, lo
cortará en trozos y lavará sus piernas y sus partes internas. Tal degollación del
holocausto será un repaso de las experiencias que él ha tenido de la muerte de Cristo.
La acción de desollar la ofrenda y cortarla en trozos será una demostración, una
exhibición, de las experiencias diarias que él ha tenido de los sufrimientos de Cristo.
Asimismo, la acción de lavar la ofrenda será un repaso de las experiencias en las cuales
el Espíritu Santo lo lavó interna y externamente, esto es, su experiencia del lavamiento
que Cristo experimentó cuando estuvo en la tierra. Por consiguiente, la manera en que
este hermano presente el holocausto será una demostración de su experiencia; será un

40
repaso de su experiencia diaria. Sin esta experiencia diaria no habría nada que repasar,
por lo cual no habría nada que exhibir o demostrar. Todo lo que el hermano hace al
presentar el holocausto constituye un repaso, una exhibición y una demostración de
las experiencias diarias que él ha tenido de Cristo. Sin embargo, lo que le ofrece a Dios
no son sus experiencias, sino al Cristo que ha experimentado.

Levítico 1:4 dice que la ofrenda del ganado vacuno será aceptada a favor del oferente
“para hacer expiación por él”. El versículo 5 continúa diciendo que después que el
oferente degollaba la ofrenda, los sacerdotes “presentarán la sangre, y la rociarán sobre
el altar y alrededor del mismo, el cual está a la entrada de la Tienda de Reunión”. Rociar
la sangre tenía como finalidad hacer expiación, propiciación, lo cual todo oferente
necesita. Puesto que a los ojos de Dios todavía tenemos deficiencias, todos necesitamos
que se haga propiciación por nosotros. Por consiguiente, lo primero que hace el
holocausto por el oferente es hacer propiciación por él, a fin de que Dios esté
complacido y satisfecho con él.

Un hermano que ofrece a Cristo en calidad de cordero o cabra no es tan experimentado


como el hermano que ofrece a Cristo en calidad de novillo, pero su ofrenda sigue siendo
muy buena. El hecho de que él degüelle la ofrenda indica que también ha
experimentado la crucifixión de Cristo. Sin embargo, esta ofrenda no es desollada.
Puesto que la acción de desollar representa el ser despojado de la expresión externa de
las virtudes humanas, el hecho de que no desuelle la ofrenda indica que este hermano
no ha tenido la experiencia que Cristo tuvo al ser despojado de Su belleza externa, esto
es, ser despojado de la expresión externa de Sus virtudes humanas; al respecto, este
hermano no tiene nada que repasar ni exhibir cuando presenta su holocausto. No
obstante, la ofrenda de este hermano es cortada en trozos, lo cual significa que, en
alguna medida, él ha tenido la experiencia de ser cortado en trozos. Además, él ha
experimentado de algún modo la cabeza de Cristo, la sabiduría de Cristo. Su acción de
presentar a Cristo es, por tanto, un repaso, una exhibición y una demostración de las
experiencias diarias que él ha tenido de Cristo.

Consideremos ahora el caso de un hermano que ofrece a Cristo como holocausto


tipificado por las tórtolas o palominos. Éste es un hermano que quizás fue salvo
recientemente. Él es muy ferviente y asiste a todas las reuniones de la iglesia. Sin
embargo, en su vida cotidiana no aprecia el hecho de que, por causa de él, Cristo llevó
una vida de absoluta entrega a Dios. Con el tiempo, él comienza a conocer a Cristo
como Aquel que llevó tal vida, y empieza a apreciarlo en este aspecto. Puesto que, en
cierta medida, siente aprecio por el Cristo que llevó una vida de absoluta entrega a
Dios, él ahora trae una ofrenda a las reuniones, pero su ofrenda es un par de aves.
Luego, los sacerdotes que sirven desnucan el ave, le quitan el buche y las plumas y la
hienden por sus alas. Esto indica que cuando este hermano ofrece a Cristo como su
holocausto, él no tiene nada que repasar o exhibir.

En la reunión de la mesa del Señor, raras veces oímos a alguien orar de tal modo que
ofrezca a Cristo como holocausto, haciendo un rico repaso, exhibición y demostración
de las experiencias diarias que haya tenido de Cristo. Esta carencia se debe a que no

41
muchos entre nosotros tienen una experiencia rica de Cristo en Su crucifixión así como
en el hecho de que Él fue despojado y cortado en trozos. Puesto que nuestra experiencia
de Cristo no es completa, no tenemos mucho que repasar, exhibir y demostrar. En
contraste con esto, a menudo la alabanza que se ofrece en la mesa del Señor consiste
de oraciones que elevan algunos jóvenes fervientes al ofrecer a Cristo como un par de
aves, sin que haya ningún repaso del proceso que consiste en degollar, desollar y cortar
la ofrenda en trozos.

Los que presentan el holocausto en las reuniones de la iglesia no se ofrecen a sí mismos


ni tampoco ofrecen su propia experiencia. Pablo, por ejemplo, no se ofreció a sí mismo
ni tampoco ofreció sus propias experiencias del holocausto; más bien, él presentó al
Cristo que había experimentado. Cuando ofrecemos el holocausto, no debemos ofrecer
a Dios lo que somos ni tampoco nuestras propias experiencias; más bien, debemos
ofrecerle a Dios el Cristo que es nuestro holocausto, pero dicha ofrenda no debe ser
simplemente Cristo, sino el Cristo que hemos experimentado. No podemos ofrecerle a
Dios un Cristo que no hayamos experimentado como holocausto. Por una parte, no
debemos ofrecernos nosotros mismos ni nuestras experiencias; por otra, no debemos
ofrecer simplemente a Cristo. Lo que debemos ofrecerle a Dios es el Cristo que hemos
experimentado como holocausto en nuestra vida diaria.

Hemos señalado que la acción de degollar, desollar, cortar el holocausto en trozos y


lavarlo denota las experiencias que el oferente tiene de lo que Cristo padeció y
experimentó durante Su vida en la tierra y durante Su muerte en la cruz. Cuando el
oferente presenta a Cristo como holocausto, él repasa su experiencia. Lo que él repase
corresponderá a lo que ha experimentado de Cristo. Él ha experimentado a Cristo hasta
cierto grado, y el repaso de sus experiencias equivaldrá a ese grado. Sin embargo, su
repaso no es en sí la ofrenda; más bien, el repaso de su experiencia determina el tamaño
de su ofrenda así como también la manera en que él la presenta.

El ofrecimiento del holocausto requería la participación de dos personas distintas; el


oferente toma el primer paso, y el sacerdote toma el segundo paso. El oferente siempre
actúa primero al traer la ofrenda a la Tienda de Reunión y, en el caso de las ofrendas
del ganado y del rebaño, también cumple con lo requerido para preparar la ofrenda.
Sin embargo, el oferente no tiene derecho a rociar la sangre, ni tampoco tiene derecho
a presentar la ofrenda. Este servicio le corresponde al sacerdote que sirve, quien coloca
la ofrenda sobre el fuego para que ésta sea consumida.

Después de haber abarcado las distintas maneras en que se ofrecía el holocausto, lo


cual es un asunto de crucial importancia, consideremos ahora otros aspectos del
holocausto.

42
VI. EL AGUA, EL FUEGO,
LA INCINERACIÓN Y LAS CENIZAS
A. El agua
El agua (Lv. 1:9, 13) representa al Espíritu de vida (Jn. 7:38-39). Mientras el Señor
Jesús llevaba Su vida humana en la tierra, el Espíritu de vida, el Espíritu Santo, lo
guardaba continuamente de todos los factores contaminantes. Ésta es la razón por la
cual el Señor Jesús nunca se ensució ni se contaminó por nada con lo cual tuvo
contacto. El Espíritu Santo como agua viva que estaba en Él lo mantuvo limpio.

Según Levítico 1:9 y 13, el oferente debía lavar con agua las partes internas y las piernas
de su ofrenda. Esto de ningún modo significa que Cristo necesitara ser lavado por
aquellos que lo ofrecían como holocausto. Que el oferente degüelle la ofrenda
constituye un repaso de las experiencias diarias que él ha tenido de la crucifixión de
Cristo. Este mismo principio se aplica al lavamiento del holocausto. El lavamiento
constituye un repaso de las experiencias que el oferente ha tenido de la vida de Cristo,
una vida en la que el Espíritu Santo que moraba en Él lo lavaba continuamente de todo
factor contaminante. El Espíritu Santo, representado aquí por el agua, guardó a Cristo
para que no se contaminara al tener contacto con las cosas terrenales. Puesto que el
oferente ha experimentado esto en su vida diaria, él lo repasa y lo exhibe al ofrecer a
Cristo como holocausto.

B. El fuego
1. Representa al Dios santo
Varios versículos de Levítico 1 hablan del fuego (vs. 7, 8, 9, 12, 13, 17). El fuego aquí
representa al Dios santo. Esto lo confirma Hebreos 12:29, que dice: “Nuestro Dios es
fuego consumidor”.

2. Con relación al holocausto,


el fuego es fuego de aceptación
para la satisfacción de Dios
Con relación al holocausto, el fuego es fuego de aceptación para la satisfacción de Dios
(vs. 9, 13, 17). Podríamos considerar que el fuego de Levítico 1 es la boca de Dios en la
cual Él recibe y acepta lo que le ofrecemos.

3. Con relación a la ofrenda por el pecado,


el fuego es fuego de juicio
para la redención del hombre
Con relación a la ofrenda por el pecado, el fuego es fuego de juicio para la redención
del hombre. La incineración de la ofrenda por el pecado es una señal del juicio de Dios.
Esto es mencionado en 4:12.

43
Aparentemente, el fuego del holocausto y el fuego de la ofrenda por el pecado son dos
fuegos distintos. En realidad, hay un solo fuego con dos funciones distintas: la función
de aceptar y la función de juzgar.

4. El fuego del holocausto no se apagará


Según Levítico 6:12 y 13, el fuego del holocausto nunca debía apagarse. Esto difiere del
fuego de la ofrenda por el pecado, el cual no ardía continuamente.

C. La incineración
En Levítico 1, los versículos 9, 13, 15 y 17 hablan de quemar el holocausto, esto es, la
incineración del holocausto hacía que éste se elevara en el humo.

1. Arde como incienso aromático


El holocausto ardía como incienso aromático (Éx. 30:7-8; Lv. 16:12-13). La palabra
hebrea traducida “quemará” [lit., hará que se eleve en el humo], un término especial
usado para referirse a la incineración del holocausto sobre el altar, hace alusión al
incienso. Así que, quemar el holocausto sobre el altar era semejante a hacer arder el
incienso aromático. Esta incineración producía un aroma que satisfacía a Dios, un olor
grato que ascendía a Dios para Su deleite y satisfacción.

2. Difiere de la incineración
de la ofrenda por el pecado
y de la ofrenda por las transgresiones
La incineración del holocausto difería de la incineración de la ofrenda por el pecado y
de la ofrenda por las transgresiones (4:12).

3. El holocausto debe permanecer sobre el fuego


toda la noche y hasta la mañana
Levítico 6:9 dice: “Manda a Aarón y a sus hijos, diciendo: Ésta es la ley del holocausto:
el holocausto estará encima del altar, en el lugar donde arde el fuego, toda la noche y
hasta la mañana, y el fuego del altar ha de mantenerse encendido en éste”. Aquí vemos
que el holocausto debía arder todo el tiempo. Para asegurarse de que el fuego ardiera
continuamente, a los sacerdotes debían añadir constantemente leña al fuego.

D. Las cenizas
1. Una señal de que Dios acepta la ofrenda:
ésta es convertida en cenizas
Las cenizas son señal de que Dios acepta el holocausto. Dios demuestra Su aceptación
del holocausto al convertirlo en cenizas. Al respecto, Salmos 20:3 dice: “Que se acuerde
de todas tus ofrendas de harina / y acepte tu holocausto”. La palabra hebrea traducida
aquí “acepte” en realidad significa “convierta en cenizas”. Cuando nuestra ofrenda es
reducida a cenizas, ello constituye una clara señal de que Dios la ha aceptado.

44
Comúnmente la gente no consideraría las cenizas como algo agradable. Sin embargo,
para nosotros los que ofrecemos el holocausto, las cenizas son agradables, e incluso
preciosas, por cuanto son una señal que nos asegura que nuestro holocausto ha sido
aceptado por Dios.

La palabra hebrea traducida “acepte” no sólo puede ser traducida “convierta en


cenizas”, sino también “acepte como grosura”, “engorde” y “sea como grosura”. Al
aceptar nuestro holocausto, Dios no solamente lo convierte en cenizas, sino que
además lo acepta como grosura, algo que Él considera agradable y placentero. A
nuestros ojos la ofrenda ha sido reducida a cenizas, pero a los ojos de Dios, dicha
ofrenda es grosura; es algo que le agrada y lo satisface.

Que el holocausto se convierta en cenizas significa que Dios está satisfecho y que
nosotros, por ende, podemos estar en paz. Si entendemos esto, comprenderemos que
en nuestra vida cristiana debe haber muchas cenizas.

2. Colocadas junto al altar, hacia el oriente


Las cenizas no eran desechadas; más bien, eran colocadas al lado oriental del altar
(1:16; 6:10), el lugar de las cenizas. El lado oriental es el lado de la salida del sol. Colocar
las cenizas junto al altar, hacia el oriente, hace alusión a la resurrección.

3. Llevadas fuera del campamento


a un lugar limpio
Levítico 6:11, refiriéndose al sacerdote, dice: “Después se quitará sus vestiduras, se
pondrá otras vestiduras y llevará las cenizas fuera del campamento a un lugar limpio”.
Una vez más vemos que las cenizas no eran desechadas. Esto indica que debemos tener
en alta estima el resultado de nuestro ofrecimiento del holocausto a Dios. No debemos
desecharlo jamás.

VII. LA PIEL
Todo el holocausto era incinerado con excepción de la piel.

A. La porción del sacerdote que lo presenta


La piel del holocausto era una porción reservada para el sacerdote que lo presentaba.
“El sacerdote que presente el holocausto de alguno conservará para sí la piel del
holocausto que haya presentado” (7:8).

B. Significa que la expresión externa


de la belleza de Cristo es atribuida al servidor
La piel del holocausto significa que la expresión externa de la belleza de Cristo es
atribuida al servidor. Cuanto más ofrezcamos a Cristo como novillo, más vendrá a ser
nuestra la expresión externa de la belleza de Cristo. Entonces seremos revestidos con
la expresión externa de las virtudes humanas de Cristo.

45
ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE SIETE
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(5)
EXPERIMENTAR A CRISTO
EN SUS EXPERIENCIAS Y OFRECER AL CRISTO
QUE HEMOS EXPERIMENTADO,
Y OFRECER CRISTO A DIOS
COMO NUESTRO HOLOCAUSTO
SEGÚN NUESTRAS EXPERIENCIAS DE ÉL
(1)
Lo que hemos abarcado en los mensajes anteriores acerca del holocausto ha sido en
gran parte doctrinal. Por tanto, siento la carga de que veamos esta ofrenda desde la
perspectiva de la experiencia. En este mensaje consideraremos a Cristo en Sus
experiencias como holocausto para Dios. En el siguiente mensaje consideraremos
nuestras experiencias de Cristo en Sus experiencias.

La segunda parte del título de este mensaje es un tanto extraña e incluso peculiar:
“Experimentar a Cristo en Sus experiencias y ofrecer al Cristo que hemos
experimentado, y ofrecer Cristo a Dios como nuestro holocausto según nuestras
experiencias de Él”. Este título tiene tres puntos. El primer punto es experimentar a
Cristo en Sus experiencias; el segundo es ofrecer al Cristo que hemos experimentado;
y el tercero es ofrecer Cristo a Dios como nuestro holocausto según nuestras
experiencias de Él. Aquí quisiéramos recalcar el hecho de que no podemos ofrecer a
Dios un Cristo que no hayamos experimentado. Si usted intenta ofrecer como
holocausto a Dios un Cristo que no ha experimentado, descubrirá que esto es
imposible. Lo que ofrezcamos de Cristo como holocausto debe ser algo que hayamos
experimentado. Si hemos experimentado a Cristo como novillo, entonces podemos
ofrecerlo como tal. Pero si sólo hemos experimentado a Cristo como dos palominos, no
podemos ofrecerlo como novillo, ya que no le hemos experimentado como tal. No
podemos ofrecer como holocausto a Dios un Cristo que sea más grande que el Cristo
que hemos experimentado. Tenemos que ofrecer Cristo a Dios, pero debemos que
ofrecer a Cristo según las experiencias que hayamos tenido de Él.

I. CRISTO EN SUS EXPERIENCIAS


COMO HOLOCAUSTO PARA DIOS
Consideremos ahora a Cristo en Sus experiencias como holocausto para Dios; para ello,
abarcaremos varios versículos que revelan diferentes aspectos de las experiencias de
Cristo. Cristo experimentó muchas cosas a fin de ser un holocausto para Dios.

46
A. Es llevado al matadero
Isaías 53:7 profetizó que Cristo sería llevado al matadero: “Como cordero que es
llevado al matadero”. El cumplimiento de esta profecía se ve en Mateo 27:31, donde
dice que los soldados “le llevaron para crucificarle”.

Otro versículo del Nuevo Testamento que indica que Cristo fue llevado al matadero es
Filipenses 2:8, un versículo que nos dice que Cristo se hizo “obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz”. Cristo fue obediente cuando lo sacaron de la ciudad y lo llevaron al
matadero, al Gólgota.

B. Es degollado
Después que Pilato hizo llamar al Señor Jesús para juzgarle y encontró que era
inocente, él quiso soltarlo. Pero el pueblo dando voces, decía: “¡Crucifícale, crucifícale!”
(Lc. 23:21), y sus voces prevalecieron. Pilato, por temor a la muchedumbre y queriendo
agradarla, sentenció a muerte al Señor Jesús. Después de esto, el Señor fue llevado al
matadero y fue inmolado en la cruz. En Hechos 2:23 Pedro se refiere a esto, cuando
dice: “A éste [...] matasteis clavándole en una cruz por manos de inicuos”. Matar al
Señor Jesús equivalía a degollarlo.

Hace muchos años, leí un artículo que describía cómo los judíos mataban el cordero el
día de la Pascua. Según este artículo, el cordero era puesto sobre dos estacas de madera
en forma de cruz; dos de sus patas eran atadas a una estaca, y las otras dos eran atadas
al travesaño de la cruz. El cordero era entonces inmolado. Esto indica que la crucifixión
del Señor pudo haber sido el cumplimiento de la manera, en tipología, en que se
inmolaba al cordero pascual.

C. Es desollado (despojado)
Cristo también fue desollado, esto es, fue despojado de la manifestación externa de Sus
virtudes humanas. Vemos un ejemplo de esta desolladura en Mateo 11:19, que dice:
“Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre glotón y
borracho”. Esto que dijeron acerca del Señor Jesús lo despojó de la manifestación
externa de Sus virtudes. Él no era un hombre glotón ni un borracho; al contrario, Él
era un hombre íntegro con una conducta íntegra.

Otros ejemplos de esta desolladura, o despojamiento, se encuentran en Marcos 3:22 y


Juan 8:48. En Marcos 3:22, los escribas dijeron del Señor Jesús: “Tiene a Beelzebú, y
por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios”. El nombre Beelzebú significa
“señor de las moscas”, y se refiere a Satanás, el diablo. Las moscas tienen vida, pero
son inmundas. Los escribas dijeron que el Señor Jesús era inmundo y echaba demonios
por medio del señor, el rey, de las moscas. ¡Qué calumnia! En Juan 8:48, los judíos le
dijeron: “¿No decimos bien nosotros, que Tú eres samaritano, y que tienes demonio?”.
Un samaritano era una persona de linaje impuro. Así que, el Señor Jesús fue acusado
de ser una persona de linaje impuro y de tener demonio. Esto también fue una especie
de despojamiento.

47
En Mateo 26:65, el sumo sacerdote dijo del Señor Jesús: “¡Ha blasfemado! [...] He aquí,
ahora mismo habéis oído la blasfemia”. Esto también despojó al Señor de la expresión
externa de Sus virtudes humanas.

Finalmente, cuando el Señor Jesús estaba a punto de ser inmolado, fue despojado de
Su ropa (Mt. 27:28). ¡Qué vergüenza la que tuvo que pasar! Además, después que los
soldados le crucificaron, “se repartieron Sus vestidos, echando suertes” (v. 35). Esto
había sido profetizado en Salmos 22:18, y se cumplió en presencia del Señor mientras
estaba en la cruz. ¡Cuánto despojamiento experimentó el Señor Jesús!

D. Es cortado en trozos
¿Cuándo y dónde fue cortado en trozos el Señor Jesús? Creo que esto ocurrió cuando
la gente le decía cosas crueles mientras estaba colgado en la cruz. Consideren lo que
dice Marcos 15:29-32. “Los que pasaban blasfemaban contra Él, meneando la cabeza y
diciendo: ¡Ah! Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a Ti mismo,
y desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes junto con los
escribas se burlaban entre ellos, diciendo: A otros salvó, a Sí mismo no se puede salvar.
Que el Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos.
También los que estaban crucificados con Él le injuriaban”. Los que pasaban
tergiversaron lo que el Señor habló acerca del templo y le dijeron que se salvara a Sí
mismo. ¿No es éste un caso de ser cortado en trozos? Ciertamente lo es. El Señor Jesús
también fue cortado en trozos cuando los principales sacerdotes junto con los escribas
se burlaron de Él, diciéndole que descendiera de la cruz para que así ellos viéndolo,
pudieran creer. Incluso los que estaban crucificados con Él le injuriaban y, de este
modo, tomaban parte en la acción de cortarlo en trozos.

El hecho de que el Señor sería cortado en trozos fue profetizado en Salmos 22:16 y 17.
“Porque perros me rodean; / una compañía de malhechores me cerca; / [...] me miran,
me fijan la mirada”. Esta profecía se cumplió durante las primeras tres horas de las seis
horas que el Señor Jesús estuvo en la cruz. Antes de que Dios lo juzgara por causa de
nosotros durante las últimas tres horas, fue el hombre quien lo cortó en trozos durante
las primeras tres horas. Por consiguiente, Cristo fue degollado, desollado y cortado en
trozos.

E. Su experiencia en sabiduría (la cabeza)


La experiencia de Cristo en sabiduría está representada por la cabeza del holocausto.
De niño, el Señor Jesús crecía y se llenaba de sabiduría (Lc. 2:40), y progresaba en
sabiduría (v. 52).

Durante el periodo de Su ministerio, el Señor Jesús dijo muchas máximas y palabras


de sabiduría. Por ejemplo, en Marcos 9:40 dijo: “El que no está contra nosotros, por
nosotros está”, y en Mateo 12:30 dijo: “El que no está conmigo, está contra Mí; y el que
no recoge conmigo, desparrama”. Estas palabras no son contradictorias. La máxima
que se expresa en Marcos 9:40 habla de conformarse exteriormente en la práctica y
tiene que ver con personas que no se oponen a Él; aquella que se ve en Mateo 12:30

48
habla de la unidad interior de propósito y tiene que ver con las personas que sí se
oponen a Él. Para mantener la unidad interior, necesitamos practicar lo dicho en
Mateo, y con respecto a la afinidad exterior, debemos practicar lo dicho en Marcos,
esto es, tolerar a los creyentes que no son como nosotros.

El contexto de la máxima dada en Marcos 9:40 era el caso de una persona que no seguía
al Señor y a los discípulos, pero echaba demonios en Su nombre. Los discípulos se lo
prohibieron porque no los seguía (v. 38). Cuando el Señor Jesús los oyó hablar de esto,
dijo: “No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga obra poderosa en Mi nombre,
que pueda luego hablar mal de Mí. Porque el que no está contra nosotros, por nosotros
está” (vs. 39-40). No era necesario que los discípulos le prohibieran a esa persona echar
fuera demonios en el nombre del Señor. Con relación a la conformidad externa en la
práctica, todo aquel que no esté contra el Señor y Sus discípulos, por ellos está.

La máxima de Mateo 12:30 fue dada en un contexto diferente. Los fariseos, quienes se
oponían al Señor Jesús, lo habían acusado de echar fuera demonios “por Beelzebú,
príncipe de los demonios” (v. 24). Así que, con respecto a los fariseos, quienes se
oponían a Él, dijo: “El que no está conmigo, está contra Mí”. Ellos no estaban con Él,
sino con Satanás. Por consiguiente, lo que el Señor dice aquí tiene que ver con la unidad
interior de propósito.

¡Cuán sabias fueron las palabras del Señor! En toda la historia humana no ha habido
ningún filósofo que haya pronunciado semejantes palabras de sabiduría. Las palabras
del Señor son sencillas, pero Sus pensamientos son maravillosos. Sólo Él tiene la
sabiduría para expresar tales palabras.

El Señor Jesús pronunció otras palabras de sabiduría cuando los principales sacerdotes
y ancianos del pueblo lo interrogaron con respecto a Su autoridad (Mt. 21:23). Él
contestó la pregunta de ellos con otra pregunta. “Yo también os haré una pregunta, y
si me la contestáis, también Yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo
de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?” (vs. 24-25a). Los opositores
discutieron entre sí, diciendo: “Si decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le
creísteis? Y si decimos, de los hombres, tememos a la multitud; porque todos tienen a
Juan por profeta” (vs. 25b-26). Así que, decidieron mentir y decir: “No sabemos” (v.
27a). Entonces el Señor Jesús les contestó: “Tampoco Yo os digo con qué autoridad
hago estas cosas” (v. 27b). El hecho de que el Señor dijera “tampoco” indica que Él
sabía que ellos mentían. Era como si les estuviera diciendo: “No es cierto que vosotros
no sabéis. Vosotros en efecto sabéis, pero no queréis decírmelo; pues yo tampoco os
diré con qué autoridad hago estas cosas. Vosotros mentís, mas Yo digo la verdad”.
¡Cuánta sabiduría tiene el Señor Jesús!

El Señor exhibió una vez más Su sabiduría en Mateo 22:15-22. Los fariseos le enviaron
sus discípulos con los herodianos, diciendo: “Maestro, sabemos que eres veraz, y que
enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no haces
acepción de personas. Dinos, pues, qué te parece. ¿Es lícito pagar tributo a César, o
no?” (vs. 16-17). Esta pregunta capciosa puso al Señor Jesús en un dilema. Todos los

49
judíos se oponían a pagar tributo a César. Si Él hubiera dicho que era lícito hacer esto,
habría ofendido a los judíos, cuyos líderes eran los fariseos. Si Él hubiera dicho que no
era lícito, los herodianos, quienes apoyaban al gobierno romano, habrían tenido una
base sólida para acusarle. En Su sabiduría, Él les dijo: “Mostradme la moneda del
tributo” (v. 19a), y le mostraron un denario. El Señor Jesús no mostró la moneda
romana, sino que les pidió que ellos le mostraran una. Por poseer una de las monedas
romanas, ellos fueron sorprendidos. Luego, les preguntó: “¿De quién es esta imagen, y
la inscripción?” (v. 20). Cuando contestaron, “De César”, Él les dijo: “Devolved, pues,
a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (v. 21). Oyendo estas sabias
palabras, se maravillaron y se fueron.

En Mateo 22:34-40 encontramos otro ejemplo de la sabiduría de Cristo. Un intérprete


de la ley le preguntó tentándole: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (v.
36). El Señor Jesús contestó: “‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda
tu alma, y con toda tu mente’. Éste es el grande y primer mandamiento. Y el segundo
es semejante: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos
pende toda la ley y los profetas” (vs. 37-40). El Señor fue sabio, y Su respuesta fue
breve, sencilla, directa y llena de sabiduría.

F. Su experiencia como Aquel


en quien Dios se deleita (la grosura)
El Señor Jesús también tuvo mucha experiencia como Aquel en quien Dios se deleita,
lo cual es representado por la grosura. Él era un deleite para Dios. Cuando el Señor
Jesús subió del agua del bautismo, hubo una voz de los cielos, que dijo: “Éste es Mi
Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17). Estas mismas palabras
fueron expresadas cuando Él estaba con tres de Sus discípulos en un monte alto (17:5).
Además, Isaías 42:1 declara: “He aquí Mi Siervo [...] Mi escogido, en quien Mi alma se
deleita”. Esta profecía se cumplió en Mateo 12, que dice: “He aquí Mi Siervo, a quien
he escogido; Mi Amado, en quien se complace Mi alma” (v. 18). Cristo es el escogido
de Dios y Aquel en quien Dios se deleita.

En Juan 6:38 el Señor Jesús dijo: “He descendido del cielo, no para hacer Mi propia
voluntad, sino la voluntad del que me envió”. ¡Cuánto deleite halló el que envió, es
decir, el Padre, en esta maravillosa persona, quien vino no para hacer Su propia
voluntad, sino la voluntad del que lo envió!

“Mi enseñanza no es Mía, sino de Aquel que me envió [...] El que busca la gloria del
que le envió, éste es verdadero, y no hay en Él injusticia” (Jn. 7:16, 18). Esto indica que
cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, Él vivió absolutamente entregado a Dios.
Puesto que Él, en todo sentido, llevaba una vida de absoluta entrega a Dios, en Él no
había injusticia alguna. Es injusto no entregarnos a Dios, porque Dios nos creó para Sí
mismo. Hablando con justicia, debemos entregarnos a Él. Si no nos entregamos a Dios,
no estaremos siendo justos. En el Señor Jesús, no había injusticia alguna, porque Él se
entregó absolutamente a Dios. Fue de este modo que Él experimentó complacer a Dios.

50
G. Su experiencia en Sus partes internas
Ahora llegamos a la experiencia de Cristo en Sus partes internas. Como hombre, Cristo
poseía partes internas, que tienen sus respectivas funciones. La experiencia de Cristo
en Sus partes internas es Su experiencia en Su mente, Su parte emotiva, Su voluntad,
Su alma, Su corazón y Su espíritu, lo cual incluye Su amor, Sus deseos, Sus
sentimientos, Sus pensamientos, Sus decisiones, Sus motivaciones y Sus intenciones.

Varios versículos revelan la experiencia de Cristo en Sus partes internas. Según Lucas
2:49, cuando el Señor Jesús tenía doce años de edad, Él dijo: “¿No sabíais que en los
asuntos de Mi Padre me es necesario estar?”. Esto también se podría traducir así:
“Debo pensar en los asuntos de Mi Padre”. La mente del Señor estaba puesta en los
asuntos de Su Padre. Él pensaba continuamente en los asuntos del Padre. Aquí vemos
la función que desempeña la mente del Señor, y vemos cuán entregado estaba Él al
Padre.

Juan 2:17 habla del celo del Señor: “El celo de Tu casa me consumirá”. El celo guarda
relación con la parte emotiva. El celo que tenía el Señor Jesús estaba encendido, ardía,
por el templo de Dios. Aquí vemos que el Señor ejercitaba Su parte emotiva.

En Mateo 26:39 el Señor Jesús oró, diciendo: “Pero no sea como Yo quiero, sino como
Tú”. Ésta fue la oración que Él ofreció en Getsemaní cuando estaba a punto de ser
arrestado y llevado al matadero. Él hizo Suya la voluntad del Padre, pues había
sujetado Su propia voluntad a la voluntad del Padre. Esto guarda relación con la
función que desempeña la voluntad del Señor.

Isaías 53:12 profetizó respecto a la muerte del Señor Jesús en la cruz: “Derramó Su
vida [lit., Su alma] hasta la muerte”. El Señor Jesús entregó Su alma, estando dispuesto
a derramar Su vida hasta la muerte. Esto, por supuesto, fue una función que
desempeñaba Su alma.

Refiriéndose a Cristo, Isaías 42:4 dice: “No desmayará [no se descorazonará] ni se


desalentará”. Esto se refiere a la condición del corazón del Señor. Él nunca se
descorazonó; Él nunca perdió el ánimo.

Marcos 2:8 dice: “Jesús, conociendo en Su espíritu”. El Señor Jesús usaba Su espíritu,
y conocía las cosas en Su espíritu. En cualquier situación en que se encontrara, conocía
la situación al ejercitar Su espíritu. Él usó Su espíritu por causa de Dios y para
convertirse en holocausto.

H. Su experiencia en Su andar (las piernas)


El Nuevo Testamento habla también del andar del Señor, representado por las piernas
del holocausto. Lucas 24:19 dice: “Jesús [...] poderoso en obra y en palabra delante de
Dios y de todo el pueblo”. Esto significa que en obra y en palabra, Él era perfecto
delante de Dios y de todo el pueblo.

51
En Juan 8:46, el Señor Jesús preguntó: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?”.
Él era perfecto aun en presencia de los opositores. No había defecto alguno en Él.

I. Aquel que el Espíritu Santo


guardó de toda contaminación
Hemos señalado que en Levítico 1, las piernas y las partes internas del holocausto
debían ser lavadas. Este lavamiento representa la experiencia de Cristo al ser guardado
por el Espíritu Santo de toda contaminación. Por ejemplo, el Espíritu Santo lo guardó
de contaminarse cuando fue tentado por el diablo. “Jesús, lleno del Espíritu Santo,
volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, donde fue tentado por
el diablo cuarenta días” (Lc. 4:1). El Espíritu Santo, quien estaba en el Señor Jesús, lo
guardó de ser contaminado por esa tentación.

Hebreos 7:26, refiriéndose a Cristo como Sumo Sacerdote, usa la


palabra incontaminado. Aunque el Señor Jesús tuvo contacto con muchas cosas
impuras cuando estuvo en la tierra, Él nunca se contaminó. El Espíritu Santo que
estaba en Él lo guardó de toda contaminación.

Si reunimos todos los aspectos de la experiencia de Cristo abarcados en este mensaje


—todas las experiencias desde el hecho de ser llevado al matadero hasta el
lavamiento—, veremos que Él es el holocausto perfecto y completo. Lo que hemos
presentado aquí no es una doctrina, sino un cuadro de Cristo en Sus experiencias.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE OCHO
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(6)
EXPERIMENTAR A CRISTO
EN SUS EXPERIENCIAS Y OFRECER AL CRISTO
QUE HEMOS EXPERIMENTADO,
Y OFRECER CRISTO A DIOS
COMO NUESTRO HOLOCAUSTO
SEGÚN NUESTRAS EXPERIENCIAS DE ÉL
(2)
En el mensaje anterior consideramos los diferentes aspectos de Cristo en Sus
experiencias como holocausto para Dios. En este mensaje y en el siguiente
consideraremos nuestras experiencias de Cristo en Sus experiencias.

II. NUESTRAS EXPERIENCIAS DE CRISTO


EN SUS EXPERIENCIAS
El holocausto no es un tema liviano, sino que es algo significativo. La palabra hebrea
traducida “holocausto” significa, literalmente, “aquello que asciende”, y denota algo

52
que asciende a Dios. ¿Qué hay en esta tierra que pueda ascender a Dios? Lo único en
la tierra que puede ascender a Dios es la vida que llevó Cristo, pues Él es la única
persona que llevó una vida absolutamente entregada a Dios.

No podemos llevar una vida de absoluta entrega a Dios en nosotros mismos. Hace poco
tuve la profunda sensación de que incluso nuestra santidad y la confesión que hacemos
de nuestros pecados no son puras, sino sucias. Nosotros, los seres humanos, no somos
más que suciedad. Todo lo que procede de nuestro ser está sucio, y todo cuanto
tocamos se vuelve sucio. Por esta razón, según la tipología de la Biblia, incluso cuando
nos acercamos a Dios para realizar algo que es santísimo, necesitamos la ofrenda por
el pecado y la ofrenda por las transgresiones. Cada vez que proclamo la palabra santa,
en lo profundo de mi ser me doy cuenta de que necesito la ofrenda por el pecado y la
ofrenda por las transgresiones, y pongo mi confianza en el lavamiento y la limpieza del
Señor.

El holocausto indica una vida entregada absolutamente a Dios. Esta vida procede
absolutamente de una fuente pura, en la que no hay elemento alguno de la caída, ni
hay defecto ni pecado. Esta clase de vida es pura y santa. En nosotros mismos no
podemos llevar esta clase de vida. Hemos caído al grado de convertirnos en el mundo,
el cual es completamente sucio. De hecho, el mundo es lo que nosotros somos, y
nosotros somos el mundo. Cada parte de nuestra sustancia, nuestra esencia, nuestras
fibras, nuestro elemento, está sucio. Nosotros jamás podríamos ser un holocausto para
Dios. Por consiguiente, debemos tomar a Cristo como nuestro holocausto.

En lo que se refiere a nosotros, el holocausto tiene como finalidad hacer expiación (Lv.
1:4). Necesitamos de la propiciación efectuada por la sangre de Cristo, el holocausto.

Para tomar a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado y como nuestra ofrenda por
las transgresiones no necesitamos experimentar lo que Cristo experimentó. Sin
embargo, para tomar a Cristo como nuestro holocausto necesitamos experimentar lo
que Cristo experimentó. De nada sirve ofrecer a Cristo como nuestro holocausto si no
hemos tenido alguna experiencia de lo que Él experimentó como holocausto. La
medida en que podamos ofrecer a Cristo como holocausto dependerá del grado al que
le hayamos experimentado como tal ofrenda.

Una persona no necesita tener ninguna experiencia de Cristo para ofrecerlo a Dios en
calidad de ofrenda por el pecado y ofrenda por las transgresiones. Un pecador puede
oír el evangelio, arrepentirse y declarar: “¡Oh Dios, ten misericordia de mí! Recibo al
Señor Jesús como mi Salvador”. Un pecador que ora así es perdonado inmediatamente,
pues no se le exige experimentar a Cristo. El pecador arrepentido sencillamente toma
a Cristo como su ofrenda por el pecado y como su ofrenda por las transgresiones. Pero
el caso es totalmente distinto con relación al holocausto. Podremos tomar a Cristo
como holocausto únicamente al grado al cual hayamos experimentado a Cristo en Su
experiencia.

53
Tardé muchos años en darme cuenta de que nuestro ofrecimiento de Cristo como
holocausto no puede exceder las experiencias que hayamos tenido de Él como tal
ofrenda. Con respecto a este asunto, el libro de Levítico aún no me había sido abierto,
aunque sí en el sentido de haber aprendido las enseñanzas de la Asamblea de los
Hermanos en cuanto a las ofrendas. Con el tiempo fui alumbrado para ver que los
capítulos de Levítico que tratan sobre las ofrendas no nos revelan en un sentido total a
Cristo como holocausto, sino que nos revelan cómo presentar a Cristo en calidad de
holocausto. Nuestro ofrecimiento de Cristo es conforme a las experiencias que
hayamos tenido de Él. Si no hemos experimentado nada de Cristo en Su experiencia
como holocausto, no podremos ofrecerlo como holocausto a Dios.

El hecho de que Cristo sea el holocausto sin duda se refiere al hecho de que Él llevó una
vida de absoluta entrega a Dios. En todas Sus experiencias como holocausto para Dios,
Cristo fue un hombre auténtico que vivió absolutamente entregado a Dios. De ahí que
Él pudiera reemplazar todas las ofrendas. El hecho de Él fuese el holocausto lo hizo
apto para ser la ofrenda por el pecado. Si Cristo no hubiera sido el holocausto, no
habría sido apto para ser la ofrenda por el pecado.

Como holocausto, Cristo fue degollado, despojado y cortado en trozos. ¿Cómo pudo
estar dispuesto a ser degollado? Porque estaba absolutamente entregado a Dios.
¿Cómo pudo estar dispuesto a ser desollado y cortado en trozos? Porque estaba
absolutamente entregado a Dios. La razón por la cual nosotros no estamos dispuestos
a ser degollados, desollados ni cortados en trozos es que no estamos absolutamente
entregados a Dios.

¿Por qué los cristianos siguen teniendo problemas en su vida familiar? ¿Por qué existen
problemas entre los hermanos y entre las hermanas en la iglesia, y también entre los
ancianos y los colaboradores? Puesto que hemos sido salvos y amamos al Señor Jesús,
no debiera haber ningún problema. Es natural que haya problemas entre las personas
de la sociedad que no son salvas, pero ¿por qué existen problemas entre los santos en
la iglesia? La razón por la cual tenemos problemas en nuestra vida matrimonial y en la
vida de iglesia es que no estamos absolutamente entregados a Dios.

Las parejas argumentan y discuten incluso al realizar cosas para Dios. Pese a que un
hermano y su esposa aman al Señor, es posible que discutan, aun respecto al asunto de
amar al Señor. Además, podrían argumentar acerca de ofrendar dinero a Dios. Tal vez
uno de los cónyuges quiera dar cierta cantidad de dinero para un propósito
determinado, y el otro quiera destinar ese dinero para otro propósito. A veces también
un hermano y su esposa pueden estar en desacuerdo sobre qué himno cantar para
alabar al Señor en la reunión de hogar. Debido a este desacuerdo, se echa a perder la
reunión. Todas estas discusiones se deben a que no estamos absolutamente entregados
a Dios.

En Hechos 15 vemos que se suscitó un problema entre Bernabé y Pablo (vs. 35-39). Fue
Bernabé quien había introducido a Saulo de Tarso en la comunión del Cuerpo (9:26-
28). También fue Bernabé quien buscó a Saulo y lo introdujo en el ministerio

54
neotestamentario (11:25-26). Sin embargo, en Hechos 15, después de haber obtenido
la victoria con relación al problema de la circuncisión, se separaron. Podríamos dar
diferentes razones por las cuales se produjo esta separación, pero a los ojos de Dios, el
problema se debió a una sola cosa: no estar absolutamente entregados a Dios.

Debido a que Cristo estaba absolutamente entregado a Dios y nosotros estamos


entregados a Él sólo de manera limitada, no podemos experimentar a Cristo como
holocausto de manera completa. Tal vez estamos entregados a Dios, pero no de manera
absoluta. Por consiguiente, sólo podemos ofrecer Cristo como holocausto a Dios de
manera limitada.

A fin de ofrecer a Cristo como holocausto a Dios, debemos experimentar a Cristo en


Sus experiencias, y luego, conforme a las experiencias que tengamos de Cristo,
podremos ofrecerle a Dios el Cristo que hemos experimentado. Supongamos que en
nuestra vida matrimonial y en nuestra vida de iglesia experimentamos a Cristo en el
aspecto de que Él fue llevado al matadero. Si éste es el caso, no habrá riñas en nuestra
vida matrimonial ni tendremos problemas en la vida de iglesia. Mientras sigamos
discutiendo con nuestro cónyuge, no podremos ofrecer Cristo como holocausto a Dios
en las reuniones de la iglesia, por cuanto todavía no hemos experimentado a Cristo en
Su experiencia de ser degollado. Si no experimentamos a Cristo en Sus experiencias
como holocausto para Dios, será vano todo lo que digamos acerca de Cristo como
holocausto. No tendremos ningún holocausto que ofrecer a Dios, a menos que
experimentemos a Cristo en Su experiencia.

Consideremos detalladamente nuestra experiencia de Cristo en Sus experiencias como


holocausto para la satisfacción de Dios.

A. Llevado al matadero
Si experimentamos a Cristo en Sus experiencias como holocausto para Dios,
comprenderemos que nosotros, al igual que Cristo, debemos ser llevados al matadero.
Podemos aplicar esto a la vida matrimonial. Si en las disputas que surgen entre el
marido y la mujer, ambos —o tan siquiera uno de los dos— experimentaran a Cristo en
Su experiencia de ser llevado al matadero, la disputa se acabaría. El resultado sería el
mismo con respecto a los problemas en la vida de iglesia si experimentáramos a Cristo
en Su experiencia de ser llevado al matadero.

Si en lugar de ofrecer resistencia, permitimos que otros nos lleven al matadero,


experimentaremos a Cristo en Su muerte. En Filipenses 3:10 Pablo dice: “A fin de
conocerle, y el poder de Su resurrección, y la comunión en Sus padecimientos,
configurándome a Su muerte”. Ser llevados al matadero equivale a dar el paso de ser
configurados a la muerte de Cristo. Esto hace que nuestra vida sea amoldada conforme
al modelo que Cristo nos dejó al no ofrecer resistencia y permitir, sin expresar palabra
alguna, que otros lo llevaran al matadero. Cristo fue llevado al matadero en el Gólgota,
pero ésa no fue la única vez que lo llevaron al matadero. La vida de Cristo,
especialmente durante los años de Su ministerio, fue una vida en la que Él
continuamente fue llevado al matadero.

55
La vida cristiana debe ser una vida de holocausto. Este holocausto, por supuesto, no se
refiere a nosotros, sino a Cristo. La vida cristiana, por tanto, es en realidad una vida
caracterizada por Cristo como holocausto. Pablo llevó tal vida, y por eso pudo decir:
“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). Pablo llevó una vida en la
que se repitió la vida de holocausto que Cristo llevó cuando estuvo en la tierra. Esto
guarda relación con experimentar a Cristo en Sus experiencias como holocausto.

En Hechos 21 vemos que Pablo experimentó a Cristo en Su experiencia de ser llevado


al matadero. Pablo había ido a Jerusalén para visitar la iglesia allí. Él se reunió con
Jacobo y todos los ancianos, y les contó las cosas que Dios había hecho entre los
gentiles por medio de su ministerio. Después de oírlo, le dijeron a Pablo: “Ya ves,
hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley.
Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre
los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni anden
según las costumbres” (vs. 20-21). Los ancianos propusieron entonces que Pablo fuese
al templo con cuatro hombres que tenían obligación de cumplir voto, se purificara con
ellos y pagara sus gastos para que todos supieran que Pablo andaba ordenadamente,
guardando la ley (vs. 23-24). Pablo aceptó su consejo y fue al templo con los cuatro
hombres. Sin embargo, el Señor no estaba dispuesto a tolerar esta situación y, en Su
soberanía, permitió que se suscitara un alboroto que hizo que Pablo fuese arrestado
por los romanos. Los judíos procedentes de Asia vieron que Pablo estaba en el templo
y “alborotaron a toda la multitud y le echaron mano” (v. 27). Toda la ciudad se alborotó,
y se agolpó el pueblo, y “echando mano de Pablo, le arrastraron fuera del templo” (v.
30). Los que agarraron a Pablo de esta manera procuraban matarle (v. 31). Finalmente,
el tribuno “le prendió y le mandó atar con dos cadenas” (v. 33), y a causa del alboroto,
“le mandó llevar al cuartel” (v. 34). La muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando:
“¡Muera!” (v. 36). Aquí vemos que Pablo ciertamente tuvo la experiencia de ser llevado
al matadero; él experimentó lo que el Señor Jesús experimentó.

Quizás usted se pregunte cómo puede tener la experiencia de ser llevado al matadero.
Si usted está dispuesto a llevar una vida de holocausto, en ocasiones tendrá la
experiencia de ser llevado al matadero por los hermanos de la iglesia. Además, un
hermano puede ser llevado al matadero por su esposa, y una hermana, por su marido.
Estas cosas ocurren a menudo en la vida cristiana. Si usted nunca ha sido llevado al
matadero, no es imitador de Cristo. Si usted lleva la clase de vida que Cristo llevó, no
podrá evitar ser llevado al matadero. Usted será llevado al matadero una y otra vez.

Si usted no experimenta la experiencia de Cristo respecto a ser llevado al matadero, su


holocausto consistirá únicamente de dos palominos. Sin embargo, cuanto más viva a
Cristo, más llevará una vida en la que continuamente es llevado al matadero. Cristo
llevó tal vida, y ahora Él vive en usted para repetir Su vida. La repetición de la vida de
Cristo en usted llega a ser lo que usted experimenta de Cristo en Su experiencia.

B. Degollado
Finalmente, Cristo fue degollado; Él fue inmolado. Hoy podemos experimentar a Cristo
en Su experiencia de ser inmolado. Pablo se refiere a esta experiencia en 2 Corintios

56
4:11, que dice: “Siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús”. Estar
entregado a muerte equivale a ser inmolado. Si experimentamos al Cristo que fue
inmolado, tendremos algo de Cristo que ofrecer como holocausto a Dios.

En Filipenses 3:10 Pablo habla de ser configurado a la muerte de Cristo. Cristo fue
crucificado, y nosotros hoy estamos siendo crucificados. El hecho de ser crucificados
tiene que ver con el hecho de ser conformados, configurados, a la muerte de Cristo. Día
tras día estamos siendo inmolados. Por tanto, en cierto sentido un cristiano no vive,
sino que muere. Una vez leí un libro titulado Dying to Live. Cada día morimos para
vivir; somos entregados a muerte para poder vivir.

Debemos aplicar a nuestras situaciones diarias las experiencias que Cristo tuvo al ser
llevado al matadero y al ser degollado. Si por la misericordia de Dios experimentamos
al Cristo que fue llevado al matadero y que fue inmolado, no tendremos problemas en
nuestra vida familiar ni en nuestra vida de iglesia. La razón por la cual todavía tenemos
problemas con los demás es que no estamos dispuestos a experimentar a Cristo en Sus
experiencias.

C. Desollado
También podemos experimentar al Cristo que fue desollado, esto es, despojado de la
manifestación externa de Sus virtudes humanas. Desollar la ofrenda consiste en
quitarle la piel que la cubre. Según la interpretación espiritual de este tipo, ser
desollado equivale a ser difamado.

En Juan 8:48 y en Marcos 3:22 encontramos ejemplos de desolladura, de difamación.


En Juan 8:48 los judíos dijeron del Señor Jesús: “¿No decimos bien nosotros, que Tú
eres samaritano, y que tienes demonio?”. Según Marcos 3:22, los escribas dijeron de
Él: “Tiene a Beelzebú, y por el príncipe de los demonios echa fuera demonios”. En
ambas ocasiones, el Señor Jesús fue difamado, despojado de la manifestación externa
de Sus virtudes humanas.

Varios versículos indican que podemos experimentar al Cristo que fue desollado.
Hechos 24:5 y 6 dice: “Hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de
insurrecciones [...] Intentó también profanar el templo”. Aquí vemos que a Pablo se le
acusó de ser una plaga, de estar lleno de gérmenes contagiosos. En realidad, Pablo era
un buen hombre que no haría daño a nadie. Pablo también fue acusado de ser promotor
de insurrecciones, de causar divisiones adondequiera que iba; más aun, se le acusó de
intentar profanar el templo. ¡Cuánta difamación experimentó él!

En 2 Corintios Pablo indica que había adquirido mala fama. La mala fama es una
especie de difamación, en la que alguien es despojado de la expresión externa de sus
virtudes.

En 2 Corintios 12, los corintios, los hijos espirituales que Pablo había engendrado por
medio del evangelio, acusaron a Pablo de ser astuto en cuestiones monetarias. Decían

57
que, con engaño, él había tomado ventaja de ellos al enviar a Tito para tomar su dinero
(vs. 16-18). Aquí vemos que Pablo fue difamado incluso por sus hijos espirituales.

Mateo 5:11 dice: “Por Mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal
contra vosotros, mintiendo”. Con estas palabras el Señor Jesús predijo que Sus
seguidores serían difamados y calumniados, y que se dirían mentiras acerca de ellos.
Esto definitivamente es una verdadera desolladura, lo cual nos despoja de nuestra
buena reputación de modo que quedamos desnudos, sin nada que nos cubra. Si
llevamos una vida de holocausto, no podremos evitar esto. Conforme al Nuevo
Testamento, nuestro destino como seguidores de Cristo es sufrir esta clase de
desolladura, con lo cual experimentamos al Cristo que fue desollado.

Cada vez que otros hablan mal de usted, usted es desollado. ¿Qué debe decir usted
cuando sea desollado, cuando sea difamado? No debe decir nada. Si dice algo para
defenderse, eso será señal de que usted no está dispuesto a experimentar a Cristo en
Su experiencia de ser desollado.

D. Cortado en trozos
Hoy en día incluso podemos experimentar al Cristo que fue cortado en trozos. En 1
Corintios 4:13 vemos que Pablo experimentó esto: “Nos difaman [...] hemos venido a
ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todas las cosas”. Las
palabras escoria y desecho son sinónimos. La escoria denota aquello que es arrojado al
hacer la limpieza, o sea, el desperdicio, la inmundicia. El desecho denota aquello que
se debe quitar, o sea, la basura, la mugre. Llegar a ser la escoria del mundo y el desecho
de todas las cosas equivale a ser cortado en trozos.

¿Piensa usted que cuanto más siga al Señor Jesús, más lo respetarán los demás y lo
tendrán en alta estima? Tal vez en cierto sentido lo respeten, pero en otro sentido,
usted será tratado como escoria y desecho. Ésta fue la experiencia de Cristo. Sus
discípulos lo respetaban y lo tenían en alta estima, pero para los opositores, quienes lo
cortaron en trozos, Él era escoria y desecho. Experimentar a Cristo en Sus experiencias
como holocausto para Dios equivale a experimentarlo en Su experiencia de ser cortado
en trozos.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE NUEVE
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(7)
EXPERIMENTAR A CRISTO
EN SUS EXPERIENCIAS Y OFRECER AL CRISTO
QUE HEMOS EXPERIMENTADO,
Y OFRECER CRISTO A DIOS

58
COMO NUESTRO HOLOCAUSTO
SEGÚN NUESTRAS EXPERIENCIAS DE ÉL
(3)
En el mensaje anterior vimos que podemos experimentar a Cristo en Sus experiencias
de ser llevado al matadero, ser degollado, ser desollado y ser cortado en trozos. En este
mensaje veremos otros aspectos de las experiencias que tenemos de Cristo en Sus
experiencias como holocausto para Dios.

E. Su sabiduría
En 1 Corintios 1:30 dice que Cristo nos ha sido hecho de parte de Dios sabiduría. En
Levítico 1, la sabiduría de Cristo es tipificada por la cabeza del holocausto. Necesitamos
la cabeza de Cristo, esto es, necesitamos Su sabiduría.

Si deseamos tomar a Cristo como nuestra sabiduría, tenemos que vivir a Cristo. La vida
cristiana apropiada, una vida que consiste en permanecer en el Señor para disfrutar Su
vida, es una vida en la que no hacemos cosas por nosotros mismos, sino por Él.
Mientras actuemos por nosotros mismos, no podremos tener la sabiduría de Cristo y
Él no podrá ser sabiduría para nosotros. Por ejemplo, si usted habla con su cónyuge o
con sus hijos en usted mismo y por usted mismo, Cristo no será sabiduría para usted
cuando hable con ellos. Si hemos de hablar y hacer todas las cosas por Cristo, debemos
orar: “Señor, vive en mí. He sido crucificado, y ya no vivo yo. Señor, no quiero hacer
nada por mí mismo; deseo hacerlo todo por Ti. De hecho, Señor, deseo permitir que
Tú vivas en mí y lo hagas todo para mí”. Cuando permitamos que Cristo viva en
nosotros y lo haga todo para nosotros, Él llegará a ser nuestra sabiduría.

Nuestro problema hoy es que queremos llevar una vida victoriosa y perfecta, pero no
vivimos ni actuamos por Cristo. Tenemos el deseo de vivir por Cristo, incluso de vivir
a Cristo, pero no estamos acostumbrados a hacerlo. En vez de ello, estamos
acostumbrados a vivir por nosotros mismos. Vivimos por nosotros mismos
espontáneamente, sin proponérnoslo y sin ejercitar deliberadamente ninguna parte de
nuestro ser. Sin embargo, si hemos de vivir a Cristo, debemos ejercitar todo nuestro
ser.

Con respecto al asunto de vivir a Cristo, lo crucial no es determinar si algo es


pecaminoso o no, sino si somos nosotros quienes vivimos. Por lo general, nosotros nos
preguntamos si algo es pecaminoso o no, pero lo que Dios tiene en cuenta es si vivimos
por nosotros mismos o si vivimos por Cristo. Cuando nos enojamos, estamos haciendo
algo que es pecaminoso. Sin embargo, aun cuando nuestro comportamiento no nos
parezca pecaminoso, si vivimos por nosotros mismos y no por Cristo, el resultado de
ello será el pecado. Cuando vivimos por nosotros mismos, acabamos por hacer algo
pecaminoso, simplemente porque somos nosotros quienes vivimos. Pero si Cristo vive
en nosotros, seremos victoriosos, y Él llegará a ser nuestra sabiduría.

Si vivimos a Cristo en nuestra vida matrimonial, Cristo no sólo será nuestra vida, sino
también nuestra sabiduría. Cada vez que tenemos dificultades con nuestro cónyuge,

59
ello indica que estamos carentes de Cristo como nuestra sabiduría. Si no vivimos a
Cristo, tendremos problemas en nuestra vida matrimonial. La manera de evitar
problemas con nuestro cónyuge es vivir a Cristo y tenerlo como nuestra sabiduría.

Cristo es muy sabio. Al vivir en nosotros, Él repite en nosotros Su vida llena de


sabiduría. De esta manera, experimentamos a Cristo en Su sabiduría y llevamos una
vida en la que Cristo es nuestra sabiduría.

En cuanto a experimentar a Cristo en Su sabiduría, Pablo dice: “Hablamos sabiduría


de Dios en misterio, la sabiduría que estaba oculta, la cual Dios predestinó antes de los
siglos para nuestra gloria” (1 Co. 2:7). La sabiduría de Dios es Cristo (1:24), quien es el
misterio oculto (Col. 1:26-27), destinado, designado y ordenado de antemano, antes de
los siglos, para nuestra gloria. Cristo es la sabiduría de Dios, y Él es la sabiduría en
misterio, la sabiduría oculta y Aquel que Dios predestinó antes de los siglos para
nuestra gloria. Tal vez pensemos que esta gloria está reservada únicamente para el
futuro. Sin embargo, si vivimos a Cristo y Él llega a ser nuestra sabiduría en nuestra
vida diaria, experimentaremos un poco de esta gloria aun en la actualidad.

F. Aquel en quien Dios se deleita


Además, también podemos experimentar a Cristo como Aquel en quien Dios se deleita.
El Señor Jesús siempre fue un deleite para Dios. En dos ocasiones se escuchó una voz
de los cielos que dijo: “Éste es Mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia” (Mt.
3:17; 17:5). Si hoy en día llevamos una vida en la que Cristo es nuestro holocausto,
nosotros también seremos personas en quienes Dios se deleita.

Pablo experimentó a Cristo de esta manera. En Gálatas 1:10 él dice: “¿Busco ahora el
favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía
tratara de agradar a los hombres, no sería esclavo de Cristo”. Pablo llevó una vida en la
que se repitió la vida de Cristo, una vida que siempre complacía a Dios. Por
consiguiente, su vida fue un deleite para Dios.

Tal vez pensemos que Pablo fue una persona extraordinaria, que la vida que Él llevó
era incomparable y que la norma de su conducta es demasiado elevada para nosotros.
Sin embargo, Pablo nos pide que seamos imitadores de él (1 Co. 4:16; 11:1). Pablo era
igual que nosotros. Él era un ser humano, formaba parte de la vieja creación y vivía en
la carne. Si hemos de imitar a Pablo —en quien Dios se complacía—, ello dependerá de
si somos nosotros quienes vivimos o de si es Cristo quien vive en nosotros. Si somos
nosotros quienes vivimos, Dios no se complacerá en nosotros. Pero si permitimos que
Cristo viva en lugar de nosotros y si vivimos por Cristo e incluso vivimos a Cristo,
nuestra vida ciertamente será un deleite para Dios. Cada vez que Dios se sienta
complacido con nuestra vida, tendremos dentro de nosotros la profunda sensación de
ello. Sabremos que llevamos una vida en la que se repite nuevamente la vida de Cristo
y en la cual Dios tiene Su complacencia.

Creo que todos nosotros hasta cierto punto hemos experimentado esto y hemos tenido
la profunda sensación de que agradamos a Dios y de que incluso nos sentimos

60
contentos con nosotros mismos. Sin embargo, muchas veces no agradamos a Dios, y
por eso tampoco nos sentimos contentos con nosotros mismos.

¿Qué clase de vida agrada a Dios? La única vida que agrada a Dios es aquella que sea
una repetición de la vida que llevó Cristo en la tierra. Una vida que experimenta a Cristo
en Sus experiencias como holocausto es una vida que agrada a Dios. Tal vida es un
deleite para Dios.

En Romanos 14:18, Pablo dice: “El que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios”. La
palabra esto se refiere al versículo 17, el cual dice que el reino de Dios es justicia, paz y
gozo en el Espíritu Santo. El que sirve como esclavo en esto —en el reino de Dios—
agrada a Dios. Cuando llevamos la vida del reino, llevamos una vida que es justa y llena
de paz y gozo. Esta vida es una repetición de la vida que llevó Cristo como holocausto,
la cual es siempre un deleite para Dios.

G. Sus partes internas


Las partes internas de Cristo denotan todas las partes internas de Su ser, incluyendo
Su mente, parte emotiva, voluntad y corazón con todas sus respectivas funciones.

La parte principal de nuestras partes internas, de nuestro ser interior, es la mente.


“Haya, pues, en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús”
(Fil. 2:5). La manera de pensar que hubo en Cristo debe estar en nosotros hoy. Esto
significa que debemos hacer nuestra Su mente. Debemos ser personas que poseen la
mente de Cristo, no nuestra mente natural.

En 1 Corintios 2:16b, Pablo dice: “Nosotros tenemos la mente de Cristo”. Puesto que
somos orgánicamente uno con Cristo, tenemos todas las facultades que Él tiene. La
mente es la facultad de la inteligencia, el órgano del entendimiento. Tenemos tal
órgano, la mente de Cristo; por tanto, podemos conocer lo que Él conoce. Por
consiguiente, es posible tener no sólo la vida de Cristo, sino también la mente de Cristo.
Es necesario que Cristo sature nuestra mente, a partir de nuestro espíritu, haciendo
que nuestra mente sea una con la Suya.

En Romanos 8:6 Pablo habla de poner la mente en el espíritu. Esto no es tan enfático
como lo que dice acerca de tener la mente de Cristo. No sólo debemos poner nuestra
mente en el espíritu, sino que debemos tener la misma mente de Cristo.

“Os añoro a todos vosotros en las partes internas de Cristo Jesús ” (Fil. 1:8). La palabra
griega traducida “partes internas” literalmente significa “entrañas”, lo cual significa
afecto profundo, y también tierna misericordia y compasión. En su añoranza por los
santos, Pablo era uno con lo que Cristo sentía en Sus entrañas, las tiernas partes
internas de Cristo. Esto indica que Pablo no conservó sus propias partes internas, sino
que hizo suyas las partes internas de Cristo. Él no solamente hizo suya la mente de
Cristo, sino también todo Su ser interior. Por consiguiente, Pablo experimentó un
cambio, una reordenación, una reestructuración y una reconstitución intrínseca de
todo su ser interior. Las partes internas de Cristo vinieron a ser la constitución

61
intrínseca de Pablo. Pablo no llevó una vida conforme a su ser natural; él llevó una vida
en las partes internas de Cristo.

“La veracidad de Cristo que está en mí” (2 Co. 11:10). Aquí veracidad significa
honestidad, fidelidad, confiabilidad. Lo que estaba en Cristo como veracidad, es decir,
como honestidad, fidelidad, confiabilidad, estaba también en el apóstol Pablo.

“Mi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotros” (1 Co. 16:24). El amor que Pablo
sentía por los corintios no era su propio amor, sino el amor que es en Cristo, el cual es
el amor de Cristo. Pablo no amó a los santos con su amor natural, sino con el amor de
Cristo.

Si juntamos todos estos versículos, veremos que Pablo era un hombre que
experimentaba continuamente las partes internas de Cristo. Debido a que
experimentaba a Cristo de esta manera, él ciertamente podía ofrecer Cristo a Dios
conforme a la experiencia que tenía de Él.

H. Su andar
En Levítico 1, las piernas del holocausto representan el andar de Cristo, así como la
cabeza representa Su sabiduría. Debemos experimentar a Cristo en Su andar.

En Mateo 11:29 el Señor Jesús dice: “Tomad sobre vosotros Mi yugo, y aprended de
Mí”. Esto equivale a tomar las piernas del Señor, Su andar, y experimentarlo en Su
andar.

“Vosotros [...] habéis aprendido así a Cristo” (Ef. 4:20). Aprender a Cristo equivale a
tener Sus piernas y Sus pies a fin de vivir, andar y movernos exactamente como Él lo
hizo.

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). Este versículo indica que
Pablo no anduvo con sus propias piernas y pies, sino con las piernas y pies de Cristo.

Pedro también experimentó a Cristo en Su andar. Esto es indicado por lo que él dijo
acerca de seguir las pisadas de Cristo: “Dejándoos un modelo, para que sigáis Sus
pisadas” (1 P. 2:21). Tanto Pablo como Pedro anduvieron con las piernas y los pies del
Cristo que se ofreció como holocausto a Dios.

I. Aquel que el Espíritu Santo guardó


de toda contaminación
Finalmente, podemos experimentar a Cristo en Sus experiencias como holocausto al
ser guardado por el Espíritu Santo de toda contaminación. Esto es indicado en Levítico
por el hecho de que eran lavadas las piernas y las partes internas del holocausto.

En 1 Corintios 6:11 y en Tito 3:5, Pablo se refiere a nuestra experiencia de este


lavamiento. En 1 Corintios 6:11 se nos dice: “Ya habéis sido lavados [...] en el Espíritu

62
de nuestro Dios”. Si a diario experimentamos este lavamiento y luego presentamos a
Cristo como nuestro holocausto, podremos presentarlo según nuestra experiencia.
Pero si no tenemos la experiencia de ser lavados por el Espíritu Santo, no tendremos
la capacidad de presentar un holocausto que ha sido lavado. Necesitamos experimentar
a Cristo como Aquel que fue lavado por el Espíritu Santo.

En Tito 3:5 Pablo habla de “la renovación del Espíritu Santo”. Esta renovación también
está relacionada con nuestra experiencia cotidiana en la cual somos guardados de toda
contaminación mediante el lavamiento del Espíritu Santo.

III. OFRECER AL CRISTO QUE HEMOS EXPERIMENTADO


Debemos ofrecer como holocausto a Dios al Cristo que hemos experimentado. En
Romanos 8:11, Pablo dice: “Aquel que levantó de los muertos a Cristo vivificará
también vuestros cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en vosotros”. Luego, en
Romanos 12:1, él añade: “Presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios, que es vuestro servicio racional”. En Colosenses 1:28 Pablo nos habla
de presentar “perfecto en Cristo a todo hombre”. En esto consiste ofrecer como
holocausto a Dios al Cristo que hemos experimentado.

La situación actual de los cristianos es que muy pocos de ellos tienen a un Cristo que
puedan presentar como holocausto. ¿Dónde puede uno encontrar un grupo de
cristianos que a diario le ofrezcan como holocausto a Dios al Cristo que han
experimentado? Y con respecto a esto mismo, ¿cuál es la situación entre nosotros? Me
preocupa el hecho de que nosotros también estemos carentes de experiencias. A esto
se debe el que muchos santos no tengan nada que expresar en la reunión de la mesa
del Señor ni en la reunión de oración. Tal vez queramos ofrecer alabanzas a Dios, pero
si estamos carentes respecto a experimentar las experiencias de Cristo, no tendremos
nada que expresar. No obstante, si experimentamos de una manera plena las
experiencias de Cristo como holocausto, tendremos mucho que expresar a modo de
alabanzas, no sólo en las reuniones, sino también en nuestro tiempo personal con el
Señor. Por consiguiente, debemos esforzarnos por experimentar diariamente a Cristo
como holocausto en todos Sus aspectos. Así, debido a que le experimentamos
abundantemente, podremos ofrecerle a Dios al Cristo que hemos experimentado.
Nuestras oraciones y alabanzas expresarán las experiencias que hemos tenido de
Cristo.

IV. OFRECER CRISTO COMO NUESTRO HOLOCAUSTO


A DIOS SEGÚN NUESTRAS EXPERIENCIAS DE ÉL
Debemos ofrecer Cristo como nuestro holocausto a Dios según nuestras experiencias
de Él. Dos versículos que muestran esto son 1 Pedro 2:5 y Hebreos 13:15. En 1 Pedro
2:5 se nos habla de ofrecer “sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de
Jesucristo”. Estos sacrificios espirituales son Cristo mismo en todos los distintos
aspectos de Sus riquezas como realidad misma de todos los sacrificios de los tipos
antiguotestamentarios. En particular, los sacrificios espirituales incluyen a Cristo
como realidad del holocausto. Hebreos 13:15 dice: “Ofrezcamos siempre a Dios, por

63
medio de Él, sacrificio de alabanza”. Ambos versículos indican que podemos ofrecer
Cristo como nuestro holocausto a Dios únicamente en la medida en que hayamos
experimentado a Cristo en Sus experiencias.

Si experimentamos a Cristo en Sus experiencias, no sólo tendremos algo de Cristo que


ofrecerle a Dios, sino que también podremos ofrecerlo conforme a un procedimiento
que concuerde con nuestras experiencias. Supongamos que usted ofrezca a Cristo como
novillo. Primero, usted lleva esta ofrenda al altar, al matadero; luego, la mata, la
desuella y lava sus piernas y sus partes internas. Este procedimiento será un repaso de
la experiencia que usted ha tenido de Cristo en Sus experiencias de ser llevado al
matadero, ser degollado y ser desollado y lavado. En su vida diaria, usted ha
experimentado a Cristo de esta manera, y ahora, mientras ofrece Cristo como
holocausto a Dios, usted repasa dichas experiencias. Por consiguiente, la manera en
que usted presenta su ofrenda constituye una exhibición de la experiencia que ha
tenido de Cristo.

Los testigos de tal repaso y exhibición ciertamente se llevarán una buena impresión de
ello. Por supuesto, como estamos carentes de este tipo de experiencias, no
presenciamos esto muy a menudo. No obstante, en las reuniones a veces oímos una
alabanza o un testimonio que es un repaso y una exhibición de la experiencia que un
hermano ha tenido de Cristo, y admiramos esa alabanza o testimonio.

Por lo general, el holocausto que ofrecemos a Dios en nuestras reuniones es una


ofrenda que consta de dos palominos. Tanto el sacrificio en sí como la manera en que
se ofrece es pobre. Esto se debe a que nos hace falta experimentar a Cristo como
holocausto. Si estamos carentes de las experiencias de Cristo, no tendremos nada que
repasar o exhibir; pero si, por el contrario, experimentamos ricamente a Cristo en Sus
experiencias, podremos seguir un procedimiento en el cual repasamos y exhibimos
nuestras experiencias de Cristo. Este repaso y exhibición son un tesoro a los ojos de
Dios.

Debemos experimentar a Cristo y luego, ofrecérselo a Dios. Experimentar a Cristo en


Sus experiencias equivale a seguir Sus pisadas. Esto es vivir a Cristo, con lo cual
repetimos la misma vida que Él llevó en la tierra. Si vivimos a Cristo, ciertamente
acumularemos muchas experiencias de Cristo. Así, cuando vayamos a ofrecer a Dios el
Cristo que hemos experimentado, lo haremos en conformidad con un procedimiento
de repaso y exhibición, procedimiento que será impresionante no sólo para los
hombres sino también para los demonios y los ángeles, y sobre todo, para Dios. A Dios
le agrada ver que Sus hijos le ofrezcan a Su Hijo mediante un procedimiento en el que
se repasen y se exhiban las experiencias que ellos han tenido de Cristo en su vida
cotidiana. ¡Cuán maravillosas serían las reuniones de la iglesia si en ellas abundara este
tipo de ofrendas!

En cuanto a la adoración, el Nuevo Testamento nos presenta palabras y principios


claros, pero no nos proporciona los detalles que vemos en los tipos
antiguotestamentarios, sobre todo, los tipos presentados en Levítico. Por ejemplo, en

64
Juan 4:23 y 24 el Señor Jesús nos dice que la adoración genuina consiste en adorar a
Dios en espíritu y con veracidad, y en 1 Corintios 14 Pablo nos da ciertos principios
relacionados con la manera en que debemos reunirnos. Sin embargo, ni en Juan 4 ni
en 1 Corintios 14 encontramos los detalles acerca de cómo adorar o cómo reunirnos.
Para conocer estos detalles, debemos considerar los tipos que se hallan en Levítico.

El libro de Levítico provee muchos detalles acerca de la adoración a Dios. Ofrecer el


holocausto y las demás ofrendas equivale a adorar a Dios. Dios quiere que lo adoremos
ofreciéndole el Cristo que es la realidad de las ofrendas. Dios no quiere un pueblo que
le adore postrándose, arrodillándose, o meramente cantándole y alabándole. La
adoración genuina, la adoración que satisface el corazón de Dios, consiste en acudir a
Él y adorarlo ofreciéndole el Cristo que hemos experimentado, y que se lo ofrezcamos
en conformidad con nuestras experiencias, esto es, repasando las experiencias de
Cristo que hemos tenido en nuestra vida cotidiana. Ésta es la adoración que el Padre
busca, la adoración que Él desea.

El Padre desea que lo adoremos ofreciéndole a Su Hijo en conformidad con un


procedimiento en el que repasemos nuestras experiencias. Esto requiere mucha
experiencia. Damos gracias al Señor por habernos mostrado en Levítico que
necesitamos experimentar a Cristo en Sus experiencias, de modo que no sólo lo
presentemos a Él como nuestro holocausto, sino que además hagamos esto en
conformidad con un procedimiento en el que presentemos Cristo a Dios al repasar las
experiencias que hemos tenido de Él.

Quizás usted sienta que le es imposible experimentar a Cristo en Sus experiencias como
holocausto. Sin embargo, en Filipenses 3:10 Pablo nos dice que podemos ser
configurados a la muerte de Cristo si experimentamos el poder de la resurrección de
Cristo, el cual nos sostiene y fortalece. En uno de sus himnos, A. B. Simpson dice:
“Dulce es morir con Cristo / Si vivo en resurrección” (Himnos, #199). Si recibimos la
visión respecto a experimentar a Cristo en Sus experiencias y sentimos deseos de llevar
tal vida, debemos tener la fe de que el mismo Cristo que presenta Sus experiencias a
modo de ejemplo reside ahora en nosotros como nuestro suministro de vida. Dentro
de nosotros tenemos un suministro todo-suficiente, y este suministro es el Espíritu de
Cristo en Su resurrección. Ésta fue la razón por la cual Pablo pudo decir: “Todo lo
puedo en Aquel que me reviste de poder” (Fil. 4:13). Así pues, ya que Cristo está en
nosotros y a favor nosotros, no debemos desanimarnos.

En cuanto al holocausto, debemos experimentar a Cristo en Sus experiencias. Entonces


Dios aceptará lo que le ofrezcamos como holocausto. Pero ¿cómo podemos
experimentar a Cristo de esta manera? No podemos hacer esto en nosotros mismos,
pero sí podemos hacerlo por medio del Cristo resucitado que mora en nosotros, quien
es la resurrección. En Él y por Él podemos hacer todo lo referente a experimentar a
Cristo como holocausto. En Él y por Él podemos llevar una vida vencedora en nuestra
vida matrimonial y en nuestra vida de iglesia, en la cual superamos todas las
dificultades en la vida familiar y todos los problemas en la vida de iglesia. Todo lo

65
podemos en Aquel que nos reviste de poder. Por consiguiente, podemos experimentar
a Cristo en Sus experiencias para luego ofrecérselo como holocausto a Dios.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DIEZ
EL HOLOCAUSTO:
EL CRISTO QUE SATISFACE A DIOS
(8)
EXPERIMENTAR A CRISTO
EN SUS EXPERIENCIAS Y OFRECER AL CRISTO
QUE HEMOS EXPERIMENTADO,
Y OFRECER CRISTO A DIOS
COMO NUESTRO HOLOCAUSTO
SEGÚN NUESTRAS EXPERIENCIAS DE ÉL
(4)
En los dos mensajes anteriores consideramos en detalle el asunto de experimentar a
Cristo en Sus experiencias y de ofrecer a Dios el Cristo que hemos experimentado. En
este mensaje quisiera añadir algo breve en relación con experimentar a Cristo en Sus
experiencias como holocausto.

Me preocupa que algunos puedan malentender lo que quiero decir cuando hablo de
experimentar a Cristo en Sus experiencias. Es posible que muchos cristianos, al oír que
debemos experimentar a Cristo en Sus experiencias a fin de que Él sea nuestro
holocausto, piensen que esto equivale a imitar a Cristo de forma externa, es decir,
tomarle como un ejemplo y un modelo externos, para luego seguirle y aprender de Él.
Esta comprensión es equívoca.

DOS CORRIENTES DE PENSAMIENTO


EN CUANTO A LA EXPERIENCIA DE CRISTO
Con el fin de ayudarles a comprender correctamente lo que significa experimentar a
Cristo en Sus experiencias, quisiera señalar que en la llamada teología existen al
respecto dos corrientes principales de pensamiento.

Imitar a Cristo simplemente de forma externa


La primera corriente, la cual es mucho más popular que la segunda y la cual sostienen
tanto católicos como protestantes, enseña a los creyentes a seguir a Cristo e imitarlo de
una manera que es totalmente externa. Esta enseñanza se presenta en un famoso libro
católico, escrito hace varios siglos, que se titula La imitación de Cristo. Según este
libro, el cristiano debe esforzarse por imitar el vivir externo de Cristo. Gran parte de la
teología protestante de hoy también habla de seguir a Cristo, imitarlo y aprender de Él.

Algunos versículos del Nuevo Testamento parecieran sustentar esta corriente de


pensamiento. En los Evangelios, el Señor Jesús a menudo exhortó a las personas a que

66
lo siguieran. En Mateo 11:29 Él dijo: “Tomad sobre vosotros Mi yugo, y aprended de
Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Además, Pablo exhortó a los creyentes,
diciendo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). Versículos como
éstos aparentemente sustentan la enseñanza de que experimentar a Cristo consiste en
imitarlo de forma externa.

Vivir a Cristo
Según la segunda corriente de pensamiento, la cual sostienen sólo unos cuantos
maestros de la Biblia, experimentar a Cristo en Sus experiencias no es imitarle
externamente, sino vivir a Cristo. Experimentar a Cristo en Sus experiencias no es
tomarlo como modelo externamente, sino vivir a Cristo. Al respecto, Pablo dice: “Con
Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá. 2:20).
Pablo no dice: “Yo tomo a Cristo como mi modelo y lo sigo”; más bien, él dice: “Con
Cristo estoy juntamente crucificado” y “vive Cristo en mí”. Luego, en Filipenses 1:21,
Pablo añade lo siguiente: “Para mí el vivir es Cristo”. Pablo no tomó a Cristo
meramente como su modelo ni lo imitó externamente. Pablo vivió a Cristo.

VIVIR A CRISTO EN NUESTRA VIDA DIARIA


En nuestra vida matrimonial podemos tratar de imitar a Cristo o podemos ejercitarnos
para vivir a Cristo. A muchos cristianos se les ha enseñado a seguir las pisadas de Cristo
en su vida matrimonial. Por ejemplo, puede ser que un pastor aconseje a una pareja,
diciendo: “Cristo nunca altercó con los demás. Ahora ustedes deben seguir Su ejemplo
y no altercar entre ustedes. Cuando estén a punto de discutir, recuerden que deben
seguir a Cristo y vivir como Él vivió”.

Supongamos que un hermano acepta este consejo y toma la determinación de seguir a


Cristo en su vida matrimonial y nunca altercar con su esposa. Sin embargo, un día su
esposa empieza a provocarlo, y el diablo lo tienta a discutir con ella. Él logra controlarse
por un rato, pero finalmente se enoja. Esto, por supuesto, es fracasar en el intento de
seguir a Cristo. Esta experiencia de fracaso es muy común entre los cristianos.

No obstante, hay quienes tienen una voluntad muy férrea y logran vencer la tentación
de altercar. Por mucho que otros los provoquen, ellos no se enojan. Ellos han tomado
la resolución de imitar a Cristo, de seguirlo en cuanto a no altercar y, debido a que
tienen una voluntad férrea, lo logran. ¿Será que ellos experimentan verdaderamente a
Cristo en Sus experiencias? ¡Por supuesto que no! Ellos meramente practican una
enseñanza religiosa.

Yo nací en el cristianismo, y desde mi juventud se me enseñó que, según la Biblia, debía


tomar a Cristo como mi modelo y seguirlo. Después aprendí acerca de las enseñanzas
clásicas de Confucio, las cuales eran muy similares a las enseñanzas cristianas que
había aprendido. Esto me produjo desconcierto, y empecé a preguntarme por qué
nosotros en China necesitábamos que el cristianismo, una religión extranjera, nos
enseñara las mismas cosas que habíamos aprendido de Confucio. Este desconcierto me
llevó a desechar el cristianismo por algún tiempo. Más tarde, a la edad de diecinueve

67
años, fui salvo. Sin embargo, me seguía inquietando la similitud entre las enseñanzas
éticas de Confucio y el cristianismo. Confucio nos había dado unos modelos muy
buenos para seguir, y el cristianismo nos enseñaba a seguir a Cristo como nuestro
modelo. ¿Cuál era la diferencia? No pude responder esta pregunta hasta que recibí
ayuda por parte de las llamadas enseñanzas de la vida interior. Entonces vi la gran
diferencia que había entre seguir las enseñanzas éticas y vivir a Cristo, y empecé a ver
la visión de que Cristo vive en mí.

Sí, es cierto que en los cuatro Evangelios el Señor Jesús dijo: “Sígueme”. Sin embargo,
esta palabra no se encuentra ni en Hechos ni en las Epístolas. En lugar de exhortarnos
a seguir a Cristo de forma externa, las Epístolas hablan de estar en Cristo. Pablo dice:
“Conozco a un hombre en Cristo” (2 Co. 12:2), y expresa el deseo de ser hallado en
Cristo (Fil. 3:9). En Gálatas 2:20 Pablo dice que con Cristo está juntamente crucificado
y que ya no vive él, mas vive Cristo en él. Luego, en Filipenses 1:21, Pablo nos dice que
para él, el vivir es Cristo. ¡Cuán grande es la diferencia entre tratar de imitar a Cristo
de forma externa y estar en Cristo, vivir a Cristo y que Cristo viva en nosotros!

En nuestra vida matrimonial, debemos vivir a Cristo. Supongamos que un hermano se


ve tentado a altercar con su esposa. Si en esos momentos él se pone a pensar cómo
seguir a Cristo, será derrotado. Antes de que venga la tentación de altercar, el hermano
ya debe estar viviendo a Cristo. Él debe ser una persona que vive a Cristo en su vida
matrimonial. Si mientras vive a Cristo él se ve tentado a altercar con su mujer, no
altercará con ella. Al vivir a Cristo, él lleva una vida que nunca alterca. Esto es
totalmente distinto de lo que experimenta una persona que tiene fuerza de voluntad y
ha decidido no enojarse. En lugar de decidir no altercar con nuestro cónyuge, debemos
vivir a Cristo, una vida diferente de lo que nosotros somos, una vida que nunca alterca.

Me preocupa que cuando algunos santos —sobre todo los más nuevos— oigan hablar
de experimentar a Cristo en Sus experiencias, ellos procuren seguir a Cristo meramente
de forma externa. Si tratamos de imitar a Cristo, seremos como monos que tratan de
imitar a los humanos. No debemos tratar de seguir a Cristo; antes bien, es necesario
que seamos alumbrados para ver que en nosotros mismos no tenemos ninguna
esperanza. Somos “monos”. ¿Cómo podríamos imitar a un hombre? Debemos
olvidarnos acerca de imitar a Cristo y ver que en nosotros está una persona que es
nuestra vida. Esta persona es nuestro Salvador, el propio Dios Triuno, quien vive en
nosotros. Él no sólo es nuestra vida, sino que incluso es nuestra persona.

Nuestro testimonio debiera ser que no sabemos lo que es hacer el bien o el mal; sólo
sabemos vivir a Cristo. Nosotros le amamos y tenemos comunión con Él. En la mañana,
lo primero que hacemos es invocarle de manera cariñosa y amorosa, diciendo: “Señor
Jesús, te amo”. Luego podemos comenzar a hablar con Él, a tener comunión con Él y a
ingerirlo. Ingerir a Cristo es comerle. Entonces le disfrutaremos, lo viviremos a Él y
seremos lo que Él es.

Si somos tales personas, no cederemos a la tentación de altercar con nuestro cónyuge,


por muy fuerte que sea tal tentación. Ahora vivimos otra vida, una vida capaz de

68
derrotar al diablo y a todos los demonios. Esta vida es sencillamente Cristo mismo.
Vivir esta clase de vida, una vida que vive a Cristo, no tiene nada que ver con la religión,
y es algo absolutamente diferente de las enseñanzas de Confucio.

La carga que siento en estos mensajes no es enseñarles doctrinas. En vez de ello, mi


carga es ministrarles a Cristo, compartir con ustedes mi disfrute, que no es otra cosa
que una persona única, Jesucristo, la corporificación del Dios Triuno. Es un hecho
maravilloso que en nosotros vive esta persona, y que podemos vivirle a Él y tomarle
como nuestra persona.

A fin de ayudar a los nuevos creyentes y a los más jóvenes, quisiera contarles una
experiencia que tuve cuando era un joven cristiano. Poco después de ser salvo, mi
hermana, que estudiaba en un instituto teológico, intentó ayudarme en mi vida
cristiana. Un día, me habló acerca de un maestro de la Biblia que era muy paciente y
que siempre andaba muy lentamente con la Biblia en la mano, deteniéndose de vez en
cuando para contemplar los cielos o para mirar la Biblia. Cuando oí hablar de él, decidí
que también sería paciente y andaría lentamente. Sin embargo, al tratar de hacer esto,
yo era un “mono” que procuraba ser un hombre. Yo soy una persona rápida, y por mí
mismo no puedo llevar una vida calmada y paciente. A la postre, aprendí algunas de
las enseñanzas de la vida interior y fui alumbrado para ver que yo había sido
crucificado y sepultado juntamente con Cristo. Vi que ya no vivía yo, sino que Cristo
vivía en mí.

En lugar de imitar a Cristo, debemos vivirle a Él. A fin de vivir a Cristo, debemos
invocar Su nombre y disfrutarlo. Ésta es la manera de llevar una vida victoriosa, la cual
es de hecho el Cristo vencedor como nuestra vida.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE ONCE
LA OFRENDA DE HARINA:
EL CRISTO QUE SATISFACE AL PUEBLO DE DIOS
Y QUE ÉSTE DISFRUTA JUNTAMENTE CON DIOS
(1)
Lectura bíblica: Lv. 2:1
En este mensaje empezaremos a considerar el capítulo 2 de Levítico, el cual trata sobre
la ofrenda de harina.

I. LA RELACIÓN QUE EXISTE ENTRE


LA OFRENDA DE HARINA Y EL HOLOCAUSTO
Es importante entender la relación que existe entre la ofrenda de harina y el
holocausto.

69
A. El énfasis del holocausto recae en que Cristo
lleva una vida de absoluta entrega a Dios,
y el énfasis de la ofrenda de harina recae
en el vivir humano de Cristo y Su andar diario
El énfasis del holocausto recae en que Cristo llevó una vida de absoluta entrega a Dios,
incluso hasta la muerte, lo cual implica Su vivir pero enfatiza Su muerte. El énfasis de
la ofrenda de harina recae en el vivir humano de Cristo y Su andar diario, lo cual
implica Su muerte pero enfatiza Su vivir.

B. El holocausto recalca
que Cristo es la justicia de Dios,
y la ofrenda de harina recalca
que Cristo es justo delante de Dios
El holocausto recalca que Cristo es la justicia, esto es, la justicia de Dios. La ofrenda de
harina recalca que Cristo es justo, esto es, justo delante de Dios. En el holocausto vemos
a Cristo como justicia, pues el holocausto indica que Cristo es la justicia de Dios. La
ofrenda de harina indica que Cristo es justo.

Debemos diferenciar entre justicia (sustantivo) y justo (adjetivo). Podemos decir que
Cristo es la justicia misma, y podemos decir también que Él es justo. El mismo
principio se aplica con relación a las palabras pecado (sustantivo)
y pecaminoso(adjetivo). Por una parte, podemos decir que somos pecado, que somos
la totalidad del pecado mismo; y por otra, podemos decir que somos pecaminosos.

Cuando Cristo murió en la cruz, Él fue hecho pecado (2 Co. 5:21). Aquel que murió en
la cruz no era simplemente una persona, Jesucristo, sino una persona hecha pecado en
su totalidad. Al ser hecho pecado, Él quitó el pecado de la humanidad (Jn. 1:29), y el
pecado, el cual es personificado, fue condenado (Ro. 8:3). Esto se refiere a Cristo como
ofrenda por el pecado.

Cristo es también la ofrenda por las transgresiones. La ofrenda por las transgresiones
no se refiere al Cristo que fue hecho pecado por nosotros, sino al Cristo que llevó
nuestros pecados (1 P. 2:24; He. 9:28). Por un lado, como ofrenda por el pecado, Cristo
fue hecho pecado; por otro, como ofrenda por las transgresiones, Él llevó nuestros
pecados.

Debemos darnos cuenta de que como personas caídas, no simplemente somos


pecaminosos, sino que somos pecado. A menudo, cuando me arrodillo delante del
Señor, le oro diciendo: “Señor, no sólo soy pecaminoso; soy el pecado mismo. No soy
más que pecado”.

En el holocausto vemos a Cristo, la justicia de Dios, y en la ofrenda de harina vemos al


Cristo justo, Aquel que es justo en todo sentido. Por ser la justicia de Dios, Cristo puede
satisfacer a Dios y ser un aroma que le satisface. Sólo Cristo puede satisfacer por
completo a Dios.

70
Nosotros también debemos ser la justicia de Dios, agradando a Dios al punto de ser un
aroma que le satisface. Pero, ¿cómo podemos ser esta clase de persona? A los ojos de
Dios nosotros no somos justicia, sino pecado. ¿Cómo podemos ser holocaustos para
Dios? ¿Cómo nosotros, siendo pecado, podemos ser justicia? En nosotros mismos esto
es imposible, pero es posible si experimentamos a Cristo en Sus experiencias.

En los primeros años de mi ministerio, los hermanos y hermanas recién casados que
tenían problemas con su mal genio, a menudo me preguntaban cómo podían ser un
buen esposo o una buena esposa. No querían enojarse, pero a pesar de todos sus
esfuerzos, fracasaban. Ellos querían que les dijera cómo podían vencer su mal genio.
Como llevaba poco tiempo en el ministerio, todavía no había visto la visión de vivir a
Cristo. Debido a que me hacía falta visión y aún influían en mí ciertos libros que había
leído acerca de cómo vivir la vida cristiana, les decía que debían amar al Señor, orar
mucho y memorizar versículos de la Biblia. Ellos aceptaron mi consejo e intentaron
seguirlo, pero no les funcionó, y el resultado de ello fue el fracaso. Ellos decidían no
volverse a enojar, pero al cabo de poco tiempo fracasaban y se volvían a enojar. Su
experiencia, al igual que la mía, era similar a la de Pablo en Romanos 7: “El querer el
bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que
no quiero, eso practico” (vs. 18b-19). Si hoy se me pidiera ayudar a los santos a vencer
su mal genio, les diría: “Deben darse cuenta de que ustedes son el enojo mismo. ¿Cómo,
entonces, creen que pueden evitar enojarse? La única manera de vencer el enojo es que
vivan a otra persona, a Aquel que no es enojo, sino la justicia de Dios”.

Aparte de Cristo, no existe la justicia. Él es la justicia en este universo. Si no lo tenemos


a Él, no tenemos justicia. Pablo, refiriéndose a los judíos, dice: “Ignorando la justicia
de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”
(Ro. 10:3). Aquellos que procuran establecer justicia aparte de Cristo, jamás la
encontrarán. Como holocausto, Él es la propia justicia de Dios, y como ofrenda de
harina, Él es la persona más justa. Él es fino, perfecto, completo y justo en todo sentido.

II. LA FLOR DE HARINA


A. El principal componente
de la ofrenda de harina
La ofrenda de harina es hecha con flor de harina. La flor de harina es, por tanto, el
principal componente de la ofrenda de harina. La flor de harina representa la
humanidad de Cristo.

La humanidad de Cristo es fina, mientras que nuestra humanidad es áspera y tosca.


Tal vez aparentemente seamos mansos y amables, pero en realidad somos toscos. Entre
el linaje humano, Cristo es el único que es manso; sólo Él es la flor de harina. En Él no
hay aspereza alguna. Su humanidad es fina, perfecta, equilibrada y recta en todo
sentido. Desde cualquier ángulo que lo miremos —de frente o de atrás, de arriba o de
abajo, del lado derecho o del izquierdo—, Él es recto.

71
B. Producida del trigo que ha sido sometido
a una serie de procesos
La flor de harina, con la cual estaba hecha la ofrenda de harina, era producida del trigo
que había sido sometido a una serie de procesos, como por ejemplo, el hecho de ser
sembrado, ser enterrado para morir, crecer, ser golpeado por el viento, por la escarcha,
por la lluvia y por el sol, para luego ser segado, trillado, cernido y molido. Todos estos
procesos representan los diversos padecimientos de Cristo que hicieron de Él un
“varón de dolores” (Is. 53:3). En Su vida humana, el Señor Jesús soportó incesante
dolor.

C. Perfecta en el sentido de que es fina, uniforme,


tierna y suave, y completamente equilibrada,
sin manifestar exceso ni carencia alguna
La flor de harina era perfecta en el sentido de ser fina, uniforme, tierna y suave, y
completamente equilibrada, sin manifestar exceso ni carencia alguna. Esto representa
la belleza y excelencia del vivir humano de Cristo y de Su andar diario. La humanidad
de Cristo es perfecta. No existe ningún punto de comparación entre Su humanidad y
nuestra humanidad caída y natural.

III. EL ACEITE
A. Representa al Espíritu de Dios
El aceite de la ofrenda de harina representa al Espíritu de Dios (Lc. 4:18; He. 1:9).
Cristo es un hombre y, como tal, Él posee una humanidad excelente. Él también posee
el elemento divino, que es el Espíritu de Dios. El elemento divino está en el Espíritu de
Dios y es el Espíritu de Dios.

Como ofrenda de harina, Cristo está lleno de aceite. Incluso podríamos decir que Él ha
sido “aceitado”. Él se ha mezclado con el aceite. Esto significa que Su humanidad se
mezcló con Su divinidad.

B. Derramado sobre la flor de harina


En la ofrenda de harina, el aceite era derramado sobre la flor de harina. Esto significa
que el Espíritu de Dios fue derramado sobre Cristo (Mt. 3:16; Jn. 1:32).

IV. EL OLÍBANO
A. Representa la fragancia de Cristo
en Su resurrección
El olíbano tiene un aroma agradable y da a las personas una sensación muy placentera.
En tipología, el olíbano en la ofrenda de harina representa la fragancia de Cristo en Su
resurrección.

72
B. Aplicado a la flor de harina
El olíbano era aplicado a la flor de harina. Esto significa que la humanidad de Cristo
lleva el aroma de Su resurrección, que se manifiesta en medio de Sus sufrimientos (cfr.
Mt. 11:20-30; Lc. 10:21). En el transcurso de Su vida humana, Cristo tuvo muchos
padecimientos, pero el aroma de Su resurrección se manifestaba a través de Sus
padecimientos. A pesar de la multitud de Sus padecimientos, de Él emanaba una dulce
fragancia, el aroma de Su resurrección.

En la ofrenda de harina encontramos tres componentes: la flor de harina, el aceite y el


olíbano. Si estudiamos los cuatro Evangelios, veremos que la vida de Cristo consistía
principalmente de estos tres elementos. En la vida y en el andar del Señor Jesús vemos
continuamente estos tres elementos: Su humanidad mezclada con Su divinidad y que
expresaba Su resurrección.

Aun antes de ser crucificado, Cristo continuamente expresó Su resurrección. Al


respecto debemos saber que el Señor Jesús fue crucificado diariamente y no sólo al
final de Su vida. Durante toda Su vida Él estuvo sujeto a la operación de la cruz. Él era
continuamente degollado, desollado y cortado en trozos. Su crucifixión, la cual duró
seis horas, fue la culminación de Sus experiencias en las que fue degollado, desollado
y cortado en trozos. Debido a que el Señor Jesús diariamente vivió sujeto a la operación
de la cruz, la resurrección siempre emanó de Su humanidad, la cual estaba mezclada
con Su divinidad.

Si tenemos este pensamiento presente mientras leemos los Evangelios, veremos qué
clase de persona fue Cristo mientras vivió en la tierra. Él fue una persona que poseía la
mejor y más elevada humanidad. Su humanidad estaba “aceitada”, debido a que se
había mezclado con Su divinidad. En Su vivir humano, Él no expresó Sus
padecimientos, sino la resurrección. Esta resurrección es el olíbano, el aroma fragante,
el olor grato, en todo el universo. No hay nada más grato, más fragante, que este aroma
de resurrección. Así fue el vivir humano de Cristo en la tierra.

Incluso cuando el Señor Jesús fue arrestado y crucificado, Él llevó una vida en la que
Su humanidad estaba mezclada con Su divinidad y que expresaba la resurrección. Una
compañía de soldados y alguaciles de parte de los principales sacerdotes y de los
fariseos fueron al huerto a buscar a Jesús. Él les preguntó dos veces: “¿A quién
buscáis?” (Jn. 18:4, 7), y en ambas ocasiones contestaron: “A Jesús nazareno” (vs. 5,
7). Entonces, el Señor Jesús les dijo: “Pues si me buscáis a Mí, dejad ir a éstos” (v. 8).
Al decir “éstos” se refería a Sus discípulos. En el momento en que era traicionado por
Su falso discípulo y era arrestado por los soldados, el Señor seguía cuidando de Sus
discípulos. En esto podemos percibir la fragancia de la resurrección.

Mientras el Señor Jesús estaba en la cruz, Él cuidó de Su madre. “Jesús, viendo a Su


madre y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a Su madre: Mujer, he
ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Jn. 19:26-27a). Aquí vemos
nuevamente la resurrección expresada en medio de los sufrimientos del Señor.

73
Sin importar cuáles fueran las circunstancias, el Señor Jesús llevó una vida de
sufrimientos, pero siempre expresó la fragancia de Su resurrección. En todo lugar y en
todo momento, Cristo llevó una vida en la que Su humanidad estaba mezclada con Su
divinidad y que expresaba Su resurrección. Ésta es la ofrenda de harina.

El holocausto tiene como finalidad satisfacer a Dios al cumplir Su deseo. El holocausto


sirve de alimento a Dios, y sólo Él puede comerlo. El hecho de que toda la ofrenda fuese
consumida sobre el altar indica que Dios la recibía. Podríamos decir que el fuego que
consumía el holocausto es la “boca” de Dios. Mientras que el holocausto sirve de
alimento a Dios, la ofrenda de harina es nuestro alimento para nuestra satisfacción, de
la cual compartimos con Dios una pequeña porción.

La adoración apropiada requiere el holocausto y la ofrenda de harina. Ofrecer el


holocausto para satisfacción de Dios y ofrecer la ofrenda de harina para satisfacción
nuestra y para compartir nuestra satisfacción con Dios: ésta es la verdadera adoración.
La adoración apropiada consiste en satisfacer a Dios con Cristo como holocausto y en
ser satisfechos con Cristo como ofrenda de harina, satisfacción que compartimos con
Dios. En la adoración auténtica, Cristo como holocausto asciende a Dios, y Cristo como
ofrenda de harina entra en nuestro ser. En esta adoración satisfacemos a Dios con
Cristo, y compartimos con Él nuestro disfrute de Cristo.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DOCE
LA OFRENDA DE HARINA:
EL CRISTO QUE SATISFACE AL PUEBLO DE DIOS
Y QUE ÉSTE DISFRUTA JUNTAMENTE CON DIOS
(2)
Lectura bíblica: Lv. 2:2-13
Antes de considerar otros aspectos de la ofrenda de harina, quisiera comparar el
holocausto y la ofrenda de harina.

En el holocausto, el ítem principal es la sangre (1:3, 11). En la ofrenda de harina, los


ítems principales son el aceite y el olíbano (2:1). El aceite se mezcla con la harina y la
unge, y el olíbano se pone sobre la ofrenda de harina.

El holocausto tiene como finalidad hacer expiación, propiciación. Tenemos necesidad


de propiciación debido a que no estamos entregados a Dios de forma absoluta. Aunque
no hayamos cometido ningún error ni hayamos pecado, y aunque seamos perfectos e
íntegros, no llevamos una vida de total, completa, plena y absoluta entrega a Dios. Si
no vivimos completamente entregados a Dios, carecemos de la gloria de Dios (Ro.
3:23). Esto significa que somos pecaminosos; somos pecaminosos al no vivir
absolutamente entregados a Dios.

74
Dios es nuestro origen. Fuimos creados por Dios con el propósito de que lo
expresáramos y representáramos. Pero para expresar y representar a Dios se requiere
que llevemos una vida de absoluta entrega a Él. Sin embargo, entre el linaje humano
caído nadie está absolutamente entregado a Dios. Quizás algunos de nosotros nos
hemos entregado a Dios en gran medida, mas no de forma plena y completa. No
vivimos absolutamente entregados a Dios como lo hizo el hombre Jesús cuando estuvo
en la tierra. En los cuatro Evangelios se le describe como alguien que vivió
absolutamente entregado a Dios. Ninguno de nosotros puede compararse con Él. Por
esta razón, carecemos de la gloria de Dios y necesitamos que se haga propiciación por
nosotros.

La propiciación se hace no sólo para redimir, sino también para resolver los conflictos
que existen entre Dios y nosotros, los cuales impiden que haya paz. La propiciación
apacigua el conflicto existente entre nosotros y Dios, y resuelve ciertos conflictos.

Para que se haga propiciación debemos ofrecer a Cristo como holocausto. Sin embargo,
podemos ofrecer a Cristo como holocausto sólo en la medida en que lo hayamos
experimentado. A fin de ofrecer Cristo como holocausto a Dios, debemos experimentar
a Cristo en Sus experiencias.

Para hacer expiación, se necesita sangre. El holocausto únicamente se puede hacer con
animales porque sólo ellos tienen sangre que derramar para expiación. Por esta razón,
conforme a Levítico 1, el holocausto debía ser un novillo del ganado, una cabra o una
oveja del rebaño, o tórtolas o palominos.

En la ofrenda de harina no se ve nada de la vida animal. Lo que vemos pertenece a la


vida vegetal: el trigo, los granos y las espigas. Como tipo de Cristo, la vida vegetal indica
el producto, la propagación y el aumento para que la vida sea suministrada al pueblo.
En la ofrenda de harina no vemos sangre, sino aceite y olíbano. El aceite unge la
ofrenda de harina y se mezcla con ella; el olíbano se pone sobre la ofrenda de harina.
Con relación a la sangre, el aceite y el olíbano, hay una diferencia muy notable entre el
holocausto y la ofrenda de harina.

Las ofrendas sirven como alimento a Dios y a nosotros para que Dios y nosotros
podamos tener un disfrute mutuo. El holocausto era totalmente consumido por Dios;
Dios era el único que lo comía. La “boca” de Dios era el fuego que consumía el
holocausto, el fuego que ardía incesantemente, día y noche. En la manera en que Dios
comía el holocausto vemos mucho orden. Esto es indicado por la manera ordenada en
que se colocaban las partes del holocausto que habían de ser quemadas (Lv. 1:7-8).
Todo lo que Dios hace, incluso comer el holocausto, lo hace de manera ordenada.

Debido a que el holocausto es para propiciación, puede ser ingerido únicamente por
Dios. Dios es el único apto para disfrutar algo que se ofrece por nuestra propiciación.
Por consiguiente, no se nos permite comer el holocausto.

75
Aunque no nos es permitido comer el holocausto, sí se nos permite comer parte de la
ofrenda de harina. Cuando una persona ofrecía la ofrenda de harina, debía tomar “su
puñado de la flor de harina con el aceite, junto con todo el olíbano”, y esto era quemado
“sobre el altar; porción memorial es, ofrenda por fuego, aroma que satisface a Jehová”
(2:2). Aquí vemos que parte de la harina y del aceite, y todo el olíbano, servía de
alimento para Dios. Dios debe ser el primero en gustar y disfrutar la ofrenda de harina.
El resto de la ofrenda de harina, que consiste de la flor de harina y el aceite sin el
olíbano, era alimento de los sacerdotes.

Los sacerdotes sirven a Dios; su servicio es santo, y su alimento también es santo. Si


hemos de servir a Dios como sacerdotes, debemos comer el alimento sacerdotal, el
alimento santo acorde con nuestro servicio santo. Esta comida nos nutre a fin de que
tengamos la fuerza necesaria para servir a Dios.

La ofrenda de harina guarda relación con el Cristo que satisface al pueblo de Dios y que
éste disfruta juntamente con Dios. Primero, Dios disfruta Su porción de la ofrenda de
harina, y luego nosotros disfrutamos nuestra porción. Nuestro disfrute es, por tanto,
un disfrute mutuo, un disfrute que compartimos con Dios.

V. TODO EL OLÍBANO,
JUNTO CON UNA PARTE DE LA FLOR DE HARINA
Y DEL ACEITE, ES QUEMADO SOBRE EL ALTAR
Todo el olíbano, junto con una parte de la flor de harina y del aceite, era quemado sobre
el altar (2:2). Esto significa que una porción considerable de la vida de Cristo —una
vida excelente, perfecta, llena del Espíritu y saturada de la resurrección— es ofrecida a
Dios como alimento para Su disfrute.

El vivir humano de Cristo en la tierra fue excelente, pero es difícil describir a qué se
refiere esta excelencia. Podríamos decir que se refiere a la elevada norma de Sus
atributos y virtudes. ¿Cuán elevada es esta norma? No lo sabemos. Entre el linaje
humano nadie había expresado jamás tal norma.

Cristo es Dios y hombre a la vez. Él es un Dios-hombre, que fue ungido por el Espíritu
de Dios y que estaba mezclado con Él y lleno de Él; más aún, incluso antes de ser
crucificado, Él expresó la resurrección. Él expresó la resurrección en todo, aun cuando
reprendió a los fariseos (Mt. 23:1-36) y cuando purificó el templo (Jn. 2:12-17). La
excelencia del vivir humano que Cristo llevó en la tierra se hizo manifiesta tanto en Su
condición de hombre como en Su condición de Dios; esta excelencia se manifestó en
Su humanidad y divinidad en el Espíritu y con la resurrección. Es así como los cuatro
Evangelios lo revelan a Él en Su excelencia.

La humanidad de Cristo es perfecta. Él es una persona fina, ecuánime y completamente


equilibrada, sin ninguna carencia ni exceso; más aún, Él está lleno del Espíritu y
saturado de la resurrección. Cuando anduvo en la tierra, Él siempre estuvo lleno del
Espíritu y saturado de la resurrección.

76
A. Para memorial
El olíbano, junto con parte de la flor de harina y del aceite, era quemado como porción
memorial debido a su grato efecto. Un memorial es mucho más que una simple
satisfacción. Tal vez sintamos satisfacción con muchas cosas, pero no necesariamente
haremos de ellas un memorial. No obstante, si la satisfacción es sublime, haremos de
ella un memorial. Dios disfruta a Cristo a tal grado que dicho disfrute llega a ser un
memorial.

B. Como aroma que satisface


Un aroma que satisface es un olor grato; es una fragancia que nos proporciona
descanso, paz, gozo, disfrute y plena satisfacción. Los ricos elementos de la ofrenda de
harina —la humanidad y divinidad de Cristo, y Su vida excelente, perfecta, llena del
Espíritu y saturada de la resurrección— constituyen un aroma que le proporciona a
Dios descanso, paz, gozo, deleite y plena satisfacción.

VI. LO QUE RESTA DE LA OFRENDA DE HARINA


ES DE AARÓN Y DE SUS HIJOS
“Lo que resta de la ofrenda de harina será de Aarón y de sus hijos; es cosa santísima de
las ofrendas de Jehová presentadas por fuego” (Lv. 2:3). Esto significa que nosotros
también podemos disfrutar el vivir humano de Cristo como nuestro alimento, después
de que Dios ha disfrutado Su porción. Primero se le debe dar a Dios Su porción para
que Él sea satisfecho, y lo que resta es nuestra porción para nuestra satisfacción.

Es fácil decir que podemos disfrutar el vivir humano de Cristo como nuestro alimento,
pero ¿cómo podemos hacer esto en la práctica? Si consideramos el tipo hallado en
Levítico 2, esto nos ayudará a contestar la pregunta. Dicho tipo es un cuadro
descriptivo del vivir humano de Cristo. La flor de harina representa la humanidad de
Cristo, y el aceite representa al Espíritu de Dios. El aceite y la harina se mezclan para
producir flor de harina con aceite, esto es, flor de harina mezclada con aceite. Por tanto,
comer de la flor de harina equivale a comer del aceite; esto equivale también a comer
de la mezcla, ya que el aceite y la harina no pueden ser separados.

El cuadro descrito en Levítico 2 muestra claramente que la manera en que podemos


disfrutar el vivir humano de Cristo es por medio del Espíritu. Juan 6 nos confirma esto.
En este capítulo, el Señor Jesús revela que Él es comestible. “Yo soy el pan vivo que
descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo
daré es Mi carne, la cual Yo daré por la vida del mundo” (v. 51). Los judíos, no pudiendo
entender esto, “contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este hombre darnos a
comer Su carne?” (v. 52). En el versículo 63 el Señor Jesús dice: “El Espíritu es el que
da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu
y son vida”. Esto nos muestra que podemos comer a Jesús por medio del Espíritu.

Si hemos de comer a Jesús por medio del Espíritu, debemos comprender que el
Espíritu hoy está consolidado en la palabra. Al tocar la palabra, tocamos aquello que
se ha consolidado, o corporificado, en la palabra. Para comer a Jesús, ingerir a Jesús,

77
disfrutar a Jesús, tenemos que tocar Su palabra, y cuando tocamos Su palabra, tenemos
contacto con el Espíritu.

Según el Nuevo Testamento, el Espíritu divino está relacionado con nuestro espíritu
humano. Debemos tocar la palabra del Señor valiéndonos de nuestro espíritu. La
manera de tocar la palabra del Señor mediante nuestro espíritu consiste en orar-leer
la palabra. Cuando acudimos a la palabra, no sólo debemos ejercitar nuestros ojos y
nuestra mente, leyéndola como si meramente fuese un periódico. Además de ejercitar
nuestros ojos y nuestra mente, debemos orar y ejercitar nuestro espíritu. Si hacemos
esto, aparentemente estaremos tocando la palabra; pero en realidad, estaremos
tocando el Espíritu. El Espíritu está mezclado con la humanidad de Cristo. Por
consiguiente, cuando ejercitamos nuestro espíritu para tocar el Espíritu que está
consolidado en la palabra, comemos la vida y el vivir humanos de Cristo.

¿Cómo podemos disfrutar a Cristo? Podemos disfrutar a Cristo ejercitando nuestro


espíritu para orar-leer la palabra. Cuando oramos-leemos la palabra del Señor,
tocamos Su Espíritu, y este Espíritu está mezclado con Su humanidad. Entonces somos
nutridos con la humanidad más elevada: la humanidad de Cristo.

En nosotros mismos no podemos llevar una vida humana como la que llevó el Señor
Jesús. Sólo Él puede vivir tal vida. Pero sí podemos tomar a Jesús en todo momento,
acudiendo a Su palabra y ejercitando nuestro espíritu para orar-leer la palabra. Cuando
hacemos esto, tocamos el Espíritu, y el Espíritu nos suministra a Jesús como nuestro
nutrimento. Puesto que somos lo que comemos, cuanto más comemos a Jesús, más Él
llega a ser nuestro elemento constitutivo. Al comer el vivir humano de Jesús, Su vivir
llega a ser nuestro. Espontáneamente, sin ningún esfuerzo, seremos tan humildes y
santos como Jesús. En esto consiste disfrutar a Jesús como nuestro alimento a fin de
llevar una vida apta para servir a Dios.

Durante un período de más de mil quinientos años, Dios preparó un libro para
nosotros, la Biblia, y lo puso en nuestras manos. Además, nos dio Su Espíritu. El
Espíritu está por dentro, y la Biblia está por fuera. Al combinar estos dos, tenemos a
Cristo en Su vida humana. Cuando ejercitamos nuestro espíritu y oramos-leemos la
palabra, tocamos el Espíritu y disfrutamos el vivir humano de Cristo. Ésta es la ofrenda
de harina.

VII. POR FUEGO


A. Toda ofrenda de harina
es ofrecida por fuego en el altar
Toda ofrenda de harina, ya sea cocida al horno, horneada en bandeja o hecha en
cazuela, era ofrecida por fuego en el altar (Lv. 2:4-9). Esto significa que Cristo, quien
en Su humanidad fue ofrecido a Dios para ser Su alimento, ha pasado por el fuego.
Cuando tocamos la ofrenda de harina, tocamos el fuego de prueba.

78
B. El fuego representa
al Dios que es fuego consumidor,
fuego que denota aceptación y no juicio
El fuego en Levítico 2 representa al Dios que es fuego consumidor, fuego que denota
aceptación y no juicio. La porción de la ofrenda de harina que se ofrecía a Dios como
alimento para Su satisfacción, era quemada, es decir, era consumida por el fuego. Esto
era una señal de aceptación, no de juicio. Esto significa que Dios aceptó a Cristo como
alimento Suyo que le satisface. Dios acepta la ofrenda de harina al consumirla por
fuego.

VIII. MEZCLADA CON ACEITE


“Cuando la ofrenda que presentes sea una ofrenda de harina cocida al horno, ella será
de flor de harina, tortas sin levadura mezcladas con aceite u hojaldres sin levadura
ungidos con aceite. Mas si la ofrenda que presentas es una ofrenda de harina horneada
en bandeja, será de flor de harina mezclada con aceite, sin levadura” (Lv. 2:4-5). Esta
mezcla con aceite significa que la humanidad de Cristo está mezclada con el Espíritu
Santo (Mt. 1:18b). Esta mezcla también significa que la naturaleza humana de Cristo
está mezclada con la naturaleza divina de Dios; por ende, Él es un Dios-hombre. Cristo
es una persona que está absolutamente mezclada con Dios. Su humanidad está
mezclada con Dios, mezclada con el Espíritu, por cuanto el Espíritu está en Su mismo
ser. Por consiguiente, al tocar a Cristo, tocamos al Espíritu.

Con relación a la mezcla mencionada en Levítico 2, consideremos lo que dice Salmos


92:10b: “Estoy ungido con aceite fresco”. En la versión New Translation de Darby hay
una nota sobre la palabra ungido que dice: “Estrictamente, ‘mezclado’”. Además, la
nota de Darby sobre la palabra mezcla en Levítico 2:4 dice: “El sentido de esta palabra
es ‘amasado’, ‘mezclado’. En Salmos 92:10 no se trata simplemente de una unción de
consagración, sino que todo su ser es vigorizado y fortalecido por dicha unción, la cual
le infunde fuerzas; por tanto, allí se le llama ‘aceite fresco’”. Esta mezcla, por
consiguiente, hace que las partes y elementos internos de nuestro ser sean llenos de
vigor y fuerza.

A principios de la era cristiana, se debatía mucho sobre la mezcla de la divinidad con


la humanidad. Algunos teólogos pensaban que hablar de mezclarse con Dios implicaba
la creencia de que una persona podía llegar a ser Dios, es decir, la creencia de que un
ser humano podía ser elevado al grado de ser deificado. Quienes entendían de esta
manera la enseñanza acerca de la mezcla con Dios condenaron tal enseñanza. Con el
tiempo, los teólogos no se atrevieron a usar más la palabra mezcla ni a enseñar acerca
de la mezcla de la humanidad con la divinidad.

¿Por qué, entonces, somos nosotros tan osados como para usar esta expresión hoy en
día? Nosotros hablamos de la mezcla porque esta revelación se encuentra en la Biblia.
Nuestra enseñanza en cuanto a la mezcla de lo divino con lo humano se basa en la
revelación del Nuevo Testamento y también es confirmada por los tipos del Antiguo
Testamento.

79
Según el tipo, el cuadro descriptivo, en Levítico 2, la ofrenda de harina se hacía
básicamente con flor de harina y aceite. El versículo 5 habla de “flor de harina mezclada
con aceite”. El aceite denota la divinidad, y la flor de harina denota la humanidad de
Cristo. La mezcla de la flor de harina con el aceite indica que es mediante esta mezcla
divina que la humanidad de Cristo fue elevada hasta alcanzar el estándar más elevado.

En Gálatas 2:20, Pablo dice: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”, y en Filipenses
1:21, dice: “Para mí el vivir es Cristo”. Pablo no sólo estaba mezclado con Cristo:
Pablo era Cristo. Al oír esto, es posible que algunos argumenten y me acusen de
tergiversar las palabras de Pablo. Tal vez digan: “Pablo no nos dijo que él era Cristo. Él
declaró simplemente que Cristo vivía en él y que para él el vivir era Cristo. Vivir a Cristo
es una cosa, y ser Cristo es otra”. A esto, yo contestaría: “¿Cómo puede una persona
vivir a otra persona sin ser esa persona? ¿Cómo pudo Pablo vivir a Cristo sin ser
Cristo?”.

Mientras Pablo iba camino a Damasco, el Señor Jesús le preguntó: “¿Por qué me
persigues?”, y después añadió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch. 9:4-5). Pablo
pensaba que perseguía a Esteban y a otros discípulos; él no comprendía que de hecho
perseguía a Cristo. Sin embargo, el Señor consideró a Sus discípulos parte Suya. El
complemento me de Hechos 9:4 es una persona corporativa que incluye al Señor Jesús
y a todos los creyentes. Todos los creyentes son uno con Cristo, pero no como resultado
de una combinación o unión, sino de una mezcla.

Puesto que el Señor Jesús es Dios mismo que se encarnó para ser hombre, Él es un
Dios-hombre. ¿Piensa usted que Su divinidad se puede separar de Su humanidad, o
que, sin que haya mezcla alguna, Su divinidad y humanidad simplemente se unen para
constituirlo un Dios-hombre? Si no hubiera ninguna mezcla, ¿cómo podría Él vivir
como Dios-hombre? La divinidad de Cristo está mezclada con Su humanidad. Sin
embargo, esta mezcla de lo divino con lo humano de ningún modo produjo un tercer
elemento, algo que no es divino ni humano. Afirmar que con respecto al Señor Jesús la
mezcla de la naturaleza divina con la naturaleza humana produjo una tercera
naturaleza, una naturaleza que no era totalmente divina ni totalmente humana, es
herético. Esto definitivamente no es nuestro entendimiento de la
palabra mezcla. Nosotros estamos de acuerdo con la definición que nos da Webster’s
Third New International Dictionary acerca de la palabra mezclar: “juntar o combinar
conjuntamente o con otras cosas, de manera que los componentes aún se pueden
distinguir en la combinación”. En esta mezcla de dos elementos, los elementos aún se
distinguen y de ningún modo se produce un tercer elemento.

Cristo es tanto el Dios completo como el hombre perfecto y, como tal, posee la
naturaleza divina y la naturaleza humana de modo distinguible, sin que se produzca
una tercera naturaleza. Esto se revela en el Nuevo Testamento, y nos lo presenta el tipo
en Levítico 2. En este tipo vemos un ejemplo claro de la mezcla: el aceite está mezclado
con la flor de harina, y la flor de harina está mezclada con el aceite. Sin embargo,
aunque estos dos elementos están mezclados, la esencia de cada elemento aún se

80
distingue, y no se produce un tercer elemento. Éste es el entendimiento correcto de la
palabra mezcla.

La excelencia de Cristo, quien es nuestra ofrenda de harina, se debe a Su divinidad y


Su humanidad. Con respecto a Su divinidad, Cristo posee los atributos divinos, y estos
atributos divinos son expresados mediante Sus virtudes humanas, con ellas y en ellas.
Por esta razón, Él es una persona con un nivel ético y moral que supera al de todos los
seres humanos. Lo que Él es como Dios, lo cual incluye los atributos divinos, se añade
a lo que Él es como hombre, lo cual incluye las virtudes humanas. En esto consiste la
excelencia de Jesucristo, una excelencia que es producto de la mezcla de la divinidad y
la humanidad.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TRECE
LA OFRENDA DE HARINA:
EL CRISTO QUE SATISFACE AL PUEBLO DE DIOS
Y QUE ÉSTE DISFRUTA JUNTAMENTE CON DIOS
(3)
Lectura bíblica: Lv. 2:4-7, 13-16
En este mensaje abarcaremos otros aspectos relacionados con la ofrenda de harina.

IX. SIN LEVADURA


La ofrenda de harina no contenía levadura (vs. 4-5). “Ninguna ofrenda de harina que
presentéis a Jehová será hecha con levadura” (v. 11a). Que no tuviera levadura significa
que en Cristo no hay pecado ni ninguna cosa negativa (1 Co. 5:6-8).

X. SIN MIEL, LA CUAL FERMENTA


La ofrenda de harina tampoco contenía miel, la cual fermenta (Lv. 2:11). Esto significa
que en Cristo no hay afecto natural ni bondad natural.

Hay dos cosas que me perturban en el recobro del Señor. Una es la ambición, que
considero levadura, y la otra es el afecto natural, que considero miel. Tal vez algunos
santos afirmen que el amor que tienen unos por otros es conforme al mandamiento del
Señor (Jn. 13:34). Pero en realidad, su amor es un afecto natural y no tiene nada que
ver con el mandamiento del Señor.

Nada perjudica más la vida de iglesia, el ministerio del Señor y la obra del Señor que la
ambición y el afecto natural. La ambición por el liderazgo es levadura, y la levadura
trae corrupción. El afecto natural es miel, y la miel produce fermentación.

La ambición y el afecto están estrechamente relacionados. Supongamos que un


hermano tiene cierta ambición. Si logra lo que ambiciona, estará contento; pero si no
lo logra, no se sentirá bien. Él será amoroso con cualquiera que le ayude a obtener lo

81
que desea; pero considerará su enemigo a todo aquel que le impida satisfacer su
ambición.

Si queremos servir al Señor por mucho tiempo, debemos acudir a Él pidiéndole que
nos purifique de la ambición y del afecto natural. No importa lo bien que nos traten
algunos santos, ni cuán estrecha y extensa haya sido nuestra relación, no debemos
hacer amigos en la vida de iglesia. En lugar de ello, debemos considerar a todos los
santos de la misma manera: como hermanos y hermanas en el Señor. No debemos ser
ambiciosos ni debemos tener afecto natural por nadie, ya que tal afecto acarrea
corrupción.

A la ofrenda de harina no se le agregaba levadura ni miel. Debemos tomar a Cristo


como flor de harina sin añadir levadura ni miel. Debemos pedirle al Señor que nos
purifique para que en nuestro vivir no haya levadura ni miel.

XI. SAZONADA CON SAL


“Sazonarás con sal toda ofrenda tuya que sea ofrenda de harina, y no permitirás que
falte en tu ofrenda de harina la sal del pacto de tu Dios; con todas tus ofrendas
presentarás sal” (v. 13). La sal mencionada aquí no es común; es la sal del pacto de
Dios, un pacto incorruptible e inmutable. Esta sal sazona, mata gérmenes y conserva.

¿Cuál es el significado espiritual de la sal en la ofrenda de harina? Hasta ahora, en la


ofrenda de harina hemos visto al Espíritu (el aceite), la resurrección de Cristo (el
olíbano) y la humanidad de Cristo (la flor de harina), pero todavía no hemos visto la
muerte de Cristo. La muerte de Cristo, la cruz, está representada por la sal. La sal que
se añadía a la ofrenda de harina, por tanto, se refiere a la muerte de Cristo, a la cruz.

La razón por la cual hay tanta ambición y afecto natural en la iglesia es que hay muy
poca sal. Nos hace falta experimentar la cruz de Cristo, nos hace falta aplicar la muerte
de Cristo. Si tenemos suficiente sal en la iglesia, la cruz acabará con la ambición y el
afecto natural. Mientras la cruz esté presente, tendremos la sal; y mientras tengamos
la sal, ésta matará los gérmenes. En tanto que la cruz esté presente, ella acabará con la
ambición y el afecto natural. Espero que ésta sea la experiencia de todos nosotros.
Entre nosotros no debe haber ambición ni afecto natural. Lo único que debe haber
entre nosotros es la muerte del Señor que crucifica. Entonces tendremos humildad
pura y amor puro. Seremos puros y llevaremos una vida semejante a la que llevó el
Señor Jesús cuando estuvo en la tierra, una vida sin levadura y sin miel, pero llena de
sal.

XII. TORTAS DE FLOR DE HARINA


“Cuando la ofrenda que presentes sea una ofrenda de harina cocida al horno, ella será
de flor de harina, tortas sin levadura mezcladas con aceite u hojaldres sin levadura
ungidos con aceite” (v. 4). Las tortas de flor de harina representan la humanidad de
Cristo, la cual alimenta a Dios y los siervos.

82
La flor de harina no tiene una forma definida, pero las tortas de flor de harina son
sólidas y tienen una forma definida. Por tanto, las tortas indican una experiencia más
sólida de Cristo. Podemos experimentar a Cristo como flor de harina, como un
alimento sin forma. También podemos experimentar a Cristo como tortas, como algo
sólido y con una forma definida.

A. La ofrenda de harina de mayor tamaño


Las tortas de flor de harina eran la ofrenda de harina de mayor tamaño. Así que, las
tortas representan la porción más grande de Cristo en lo referente a nuestra
experiencia de Él. Esto nos muestra que la experiencia de la ofrenda de harina difiere
en grado. La porción suya puede ser de cierto tamaño, y la de otro santo puede ser de
un tamaño diferente.

B. Perforadas o traspasadas
Las tortas de flor de harina eran perforadas o traspasadas. Perforar o traspasar
representa una determinada clase de sufrimiento padecido por Cristo en Su
humanidad. Durante Su vida humana, el Señor experimentó diversas clases de
sufrimientos, y el hecho de que las tortas fuesen perforadas o traspasadas, representa
cierta clase de sufrimientos que Cristo experimentó.

C. Sin levadura
Las tortas de flor de harina no contenían levadura. No tener levadura significa no tener
pecado ni ninguna cosa negativa.

D. Mezcladas con aceite


Las tortas de flor de harina eran mezcladas con aceite. Mezclar algo con aceite significa
mezclarlo con el Espíritu Santo. La humanidad de Cristo continuamente se mezclaba
con Su divinidad. En la experiencia y disfrute que tenemos hoy en día, no es posible
que la ofrenda de harina esté separada de Dios el Espíritu.

XIII. HOJALDRES
La ofrenda de harina también podía ser de “hojaldres sin levadura ungidos con aceite”
(v. 4b).

A. Huecos por dentro, fáciles de ingerir


Los hojaldres son huecos por dentro y fáciles de ingerir. Esto representa a Cristo quien,
en Su humanidad, es disfrutado y experimentado por los creyentes más jóvenes. Cristo
en calidad de tortas es bueno para los fuertes, y Cristo en calidad de hojaldres es bueno
para los más jóvenes. Cristo está disponible a las personas de todas las edades.
¡Alabado sea el Señor por ser tan comestible!

83
B. Sin levadura
Una vez más, no tener levadura significa que en Cristo, como ofrenda de harina, no hay
pecado ni ninguna cosa negativa.

C. Ungidos con aceite


Los hojaldres eran ungidos con aceite. Esto significa que Cristo es ungido con el
Espíritu Santo, ya que el Espíritu Santo fue derramado sobre Él.

XIV. OFRENDA DE HARINA HORNEADA EN BANDEJA


“Mas si la ofrenda que presentas es una ofrenda de harina horneada en bandeja, será
de flor de harina mezclada con aceite, sin levadura. La partirás en trozos y derramarás
sobre ella aceite; es ofrenda de harina” (vs. 5-6). En esta clase de ofrenda de harina, la
flor de harina no tenía forma definida; ni siquiera era masa, sino simplemente harina
horneada en bandeja.

A. Sin levadura
Una vez más, no tener levadura significa no tener pecado ni cosas negativas.

B. Mezclada con aceite


La flor de harina no se mezclaba con agua, sino con aceite. Aunque esta mezcla no
producía una masa, sí hacía que la ofrenda de harina formara una sola pieza. Una vez
más, ser mezclado con aceite significa ser mezclado con el Espíritu Santo.

C. Partida en trozos
La ofrenda de harina era partida en trozos. Esto significa que la humanidad de Cristo
es perfecta, pero jamás permanece intacta; ésta siempre es quebrantada. Tal
quebrantamiento representa otra clase de sufrimiento por el cual Cristo pasó en Su
humanidad.

D. Aceite derramado sobre los trozos


Derramar aceite sobre los trozos significa que Cristo fue ungido con el Espíritu Santo.

Aquí vemos un cuadro de la experiencia que Cristo tuvo del Espíritu de Dios. En primer
lugar, Él nació del Espíritu de Dios (Mt. 1:18, 20). Esto guarda relación con el hecho de
que Él se mezcló con el Espíritu. Luego, a la edad de treinta años, Él fue ungido con el
Espíritu de Dios. El Espíritu Santo fue derramado sobre Él después de Su bautismo en
agua (3:16). Así que, incluso en la ofrenda de harina, una ofrenda tan pequeña,
podemos ver los dos aspectos de la experiencia que Cristo tuvo del Espíritu de Dios.

XV. OFRENDA DE HARINA HECHA EN CAZUELA


“Si la ofrenda que presentas es una ofrenda de harina hecha en cazuela, se hará de flor
de harina con aceite” (Lv. 2:7). La ofrenda de harina hecha en cazuela representa la

84
humanidad de Cristo en otra clase de sufrimiento. Los demás aspectos de esta ofrenda
tienen el mismo significado que los de la ofrenda de harina horneada en bandeja.

XVI. ESPIGAS FRESCAS


En los versículos del 14 al 16 vemos otra categoría de ofrenda de harina: espigas frescas.

A. Producto de la cosecha
después de haber laborado en el campo
Las espigas frescas eran el producto de la cosecha después de haber laborado en el
campo. Esto significa que nuestra labor en Cristo produce una cosecha de espigas
frescas. Las espigas frescas son muy tiernas, muy frescas y muy sabrosas.

B. Como primicias de espigas frescas


Las primicias de las espigas frescas representan el fresco disfrute de Cristo en Su
resurrección. Cristo fue el grano sembrado en la tierra; Él murió y luego brotó en
resurrección para producir espigas frescas (Jn. 12:24). Estas espigas frescas son las
primicias de Su resurrección.

C. Grano majado
Levítico 2:14 habla de “grano majado de la espiga fresca”. La palabra majado alude a
la aplicación de la cruz de Cristo. Las espigas frescas debían ser majadas, es decir,
debían experimentar la obra aniquiladora de la muerte de Cristo. Esto indica que si
queremos llevar una vida en la que Cristo sea nuestra ofrenda de harina, no podremos
evitar la cruz. Debemos experimentar el ser majados; esto equivale a experimentar la
muerte de Cristo que nos aniquila.

D. Con aceite sobre la ofrenda de harina


“Echarás sobre ella aceite y le pondrás encima olíbano; es ofrenda de harina” (v. 15).
El aceite sobre la ofrenda de harina representa al Espíritu Santo derramado sobre la
humanidad de Cristo.

E. Con olíbano puesto encima


de la ofrenda de harina
El olíbano era puesto encima de la ofrenda de harina. Como hemos señalado, esto
representa la fragancia de la resurrección de Cristo sobre Su humanidad.

F. Parte del grano majado y parte del aceite,


con todo el olíbano, son quemados sobre el altar
“Y el sacerdote quemará, como porción memorial, parte del grano majado y parte del
aceite, con todo el olíbano, como ofrenda por fuego a Jehová” (v. 16). El hecho de
quemar parte del grano majado y parte del aceite, con todo el olíbano, significa que la
humanidad de Cristo en su frescura, junto con el Espíritu Santo y la fragancia de la
resurrección de Cristo, es ofrecida a Dios como alimento para Su satisfacción. Una vez

85
más vemos que una porción de la ofrenda de harina —la mejor porción— era ofrecida
a Dios como alimento.

G. Como porción memorial


La porción de la ofrenda de harina que le corresponde a Dios es ofrecida como porción
memorial. Es un memorial debido a sus gratos efectos. Esta porción satisface tanto a
Dios que se convierte en un memorial.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CATORCE
LA EXPERIENCIA Y EL DISFRUTE PRÁCTICOS
QUE TENEMOS DE CRISTO COMO LAS OFRENDAS
En este mensaje, siento la carga de tener comunión con ustedes acerca de la
experiencia y el disfrute prácticos que tenemos de Cristo como las ofrendas.

CRISTO: LA ÚNICA OFRENDA


Hoy Cristo es la realidad de las ofrendas. Según Hebreos 10:7-9, Cristo vino en la carne
para hacer la voluntad de Dios, la cual consistía en reemplazar consigo mismo las
ofrendas del Antiguo Testamento. El versículo 9b dice: “Quita lo primero, para
establecer lo segundo”. Lo “primero” denota los sacrificios animales del Antiguo
Testamento, y lo “segundo” denota a Cristo, el único sacrificio, la única ofrenda. En el
Antiguo Testamento había muchas ofrendas, pero en el Nuevo Testamento hay una
sola y única ofrenda: la maravillosa persona de Cristo.

El libro de Hebreos nos revela lo maravillosa que es la persona de Cristo. Capítulo tras
capítulo, Pablo corre el velo y nos muestra la maravillosa, misteriosa y todo-inclusiva
persona de Cristo. En particular, Hebreos nos habla del sacerdocio de Cristo. Cristo no
es solamente nuestro Salvador, sino también nuestro Sumo Sacerdote. En el capítulo
10 vemos que esta persona ha reemplazado todas las ofrendas del Antiguo Testamento.
Él vino para hacer la voluntad de Dios (He. 10:7, 9). Según la economía
neotestamentaria, la voluntad de Dios consiste en reemplazar con Cristo las ofrendas
del Antiguo Testamento.

Si queremos conocer la persona de Cristo, debemos estudiar el libro de Hebreos. Esta


maravillosa persona no sólo es el Hijo de Dios y el Dios Triuno: Él es el Dios Triuno
procesado. Cristo es también un hombre, pues Él es el Dios Triuno procesado que se
mezcló con la humanidad. A la postre, Cristo pasó por la muerte y entró en
resurrección. Además, Él como hombre ascendió al tercer cielo donde, como Dios-
hombre procesado, está sentado en el trono. En Su encarnación, Él trajo a Dios a la
tierra, y en Su ascensión, Él llevó al hombre a los cielos.

Según el libro de Hebreos, Cristo, el Dios-hombre ascendido, es nuestro Sumo


Sacerdote. En el Antiguo Testamento, el deber del sumo sacerdote consistía en
ofrecerle algo a Dios, ya fuese un sacrificio o una dádiva, no sólo para hacer

86
propiciación sino también para complacer a Dios. Nosotros, como pecadores que
poseen una naturaleza pecaminosa y cometen acciones pecaminosas, teníamos
problemas con Dios, y Dios tenía problemas con nosotros. No había paz entre Dios y
nosotros. Así que era necesario hacer algo para apaciguar el conflicto existente entre
Dios y nosotros. Cristo apaciguó el conflicto existente al hacer propiciación por
nosotros. Además, Cristo hizo algo para que Dios estuviera contento. Dios quería
sentirse contento con nosotros, pero nuestros pecados lo impedían. Si bien Dios nos
amaba antes de que fuéramos salvos, Él no estaba contento con nosotros. Así que,
Cristo se ofreció a Sí mismo no sólo como sacrificio por el pecado, sino también como
dádiva para complacer a Dios y así alegrarlo. Cristo, como la única ofrenda, hizo
propiciación por nosotros y logró que Dios estuviera contento con nosotros.

CRISTO SIRVE COMO ALIMENTO


QUE SATISFACE A DIOS Y A SUS SIERVOS
Levítico es uno de los libros de la Biblia más difíciles de entender. Pablo fue el primero
en abrir, en exponer, este libro. A lo largo de los siglos, los maestros de la Biblia,
especialmente entre la Asamblea de los Hermanos, han expuesto el libro de Levítico.
Los Hermanos interpretaron los tipos. Nosotros recibimos mucha ayuda de los
maestros de la Biblia que nos precedieron y estamos apoyados sobre sus hombros.

Todo el que entiende correctamente Levítico ve la relación que existe entre este libro y
el libro de Hebreos. Por más de sesenta años hemos estudiado el libro de Hebreos y
cómo éste se relaciona con Levítico.

En su curso bíblico por correspondencia, C. I. Scofield dijo que en cada capítulo de


Levítico podemos ver a Cristo. Cuando oí esto por primera vez, no lo entendí. Yo veía
las ofrendas en Levítico, pero no veía a Cristo. Con el tiempo, recibí la ayuda de los
Hermanos para ver que en Levítico se nos presenta a Cristo a modo de tipos. Todas las
ofrendas son tipos, cuadros figurativos, de Cristo.

Aunque los Hermanos me ayudaron a ver a Cristo en los tipos, fue después de algún
tiempo que descubrí que las ofrendas servían de alimento para Dios (Lv. 3:11, 16; 21:6,
8; Nm. 28:2). ¿Se ha dado usted cuenta de que Dios tiene hambre, que Él necesita
alimento, que necesita comer? Decir que Dios tiene hambre y que necesita alimento no
concuerda con nuestro concepto humano natural. Cuando decimos que las ofrendas
son sacrificios, tal vez lo único que nos venga a la mente es que tenemos problemas con
Dios y que necesitamos las ofrendas para que hagan propiciación por nosotros a fin de
apaciguar el conflicto existente con Dios. Pero quizás nunca hayamos comprendido
que, de hecho, uno de los principales propósitos de las ofrendas es que ellas servían
como alimento para Dios y también para Sus siervos.

En los libros de Éxodo y Levítico vemos que los sacerdotes, quienes servían en el
tabernáculo y en torno a él, comían los alimentos sacerdotales. ¿En qué consistían
estos alimentos sacerdotales? Eran las distintas clases de ofrendas, tanto de la vida
animal como de la vida vegetal. El objetivo de las ofrendas no era únicamente hacer
propiciación por nuestro caso y agradar a Dios para que estuviera contento con

87
nosotros. Además de esto, las ofrendas tenían como finalidad satisfacer a Dios y
satisfacer, fortalecer y vigorizar a los siervos de Dios.

Tal vez hablemos mucho de servir a Dios, pero ¿qué debemos servirle? Debemos
servirle a Cristo como alimento. Además, este alimento no se debe de servir de una sola
forma, o platillo; antes bien, al igual que los banquetes chinos, debe constar de muchos
platillos. Cada una de las ofrendas constituye un platillo diferente. Todas las ofrendas
—el holocausto, la ofrenda de harina, la ofrenda de paz, la ofrenda por las
transgresiones, la ofrenda por el pecado, la ofrenda mecida, la ofrenda elevada, la
ofrenda voluntaria y la libación— son Cristo como distintos platillos que podemos
servirle a Dios.

Cristo es la comida de Dios, y también es nuestra comida. Puesto que Cristo es nuestro
alimento, es necesario que le comamos. No obstante, algunos cristianos se sienten
molestos cuando nos oyen hablar de comer a Jesús. A ellos quisiéramos recordarles lo
que el Señor dijo en Juan 6:57: “Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo por causa
del Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por causa de Mí”. Cristo, quien
es nuestro alimento, nos fortalece y nos vigoriza.

Nosotros servimos a Dios ministrándole Cristo como nuestro alimento. Aparte de


Cristo, no tenemos nada que ofrecerle a Dios, nada con lo cual podamos agradarle y
satisfacerle. Por consiguiente, no debemos presentarnos a Dios con las manos vacías,
sino con las manos llenas de Cristo a fin de ofrecerlo a Dios. La mejor porción de Cristo
como las ofrendas es el alimento que Dios come para Su disfrute, y lo que resta es
nuestro alimento para nuestro disfrute. Con esto vemos que tanto Dios como Sus
siervos son satisfechos con Cristo y por Cristo como alimento.

EXPERIMENTAR Y DISFRUTAR A CRISTO


SEGÚN SE REVELA EN LEVÍTICO
Cada uno de los cuatro Evangelios nos revela algo acerca de Cristo. En cierto sentido,
Levítico es también un evangelio que nos revela a Cristo. Cristo ciertamente es revelado
en Levítico, pero Él es revelado aquí en un “idioma” diferente al de los Evangelios.
Podríamos decir que éste es el “idioma Levítico”. Un ejemplo de este idioma es la
palabra hebrea traducida “holocausto” en el capítulo 1. Literalmente, esta palabra
denota algo que asciende. Si conocemos el idioma de Levítico, comprenderemos que
esto que asciende se refiere a Cristo.

En el libro de Levítico podemos ver muchos detalles relacionados con el disfrute que
tenemos de Cristo. En el Evangelio de Juan, el Señor Jesús reveló que Él es el pan de
vida, que Él es el pan que descendió del cielo y que lo podemos comer (6:48, 50-51).
No obstante, aunque el Señor dijo esto claramente en Juan, los detalles de esto no se
encuentran en Juan. Si queremos conocer los detalles respecto a comer a Cristo,
debemos acudir a Levítico.

88
Es crucial que encontremos la manera de experimentar y disfrutar a Cristo según se
revela en Levítico. Debemos experimentarlo y disfrutarlo diariamente y de forma
práctica. Para ello, debemos conocer la realidad de todas las ofrendas.

El Espíritu de realidad:
Cristo como realidad de las ofrendas
para nosotros
Algunos afirman que la realidad de las ofrendas es Cristo. Esto, por supuesto, es
correcto. En Juan 14, el Señor Jesús nos dijo incluso que Él es la realidad. “Yo soy el
camino, y la realidad, y la vida” (v. 6). En otro versículo del mismo capítulo, Él habla
del Espíritu de realidad (v. 17). No obstante, Cristo no puede ser realidad para nosotros
si Él simplemente es la realidad. Él, en Sí mismo, es la realidad, pero todavía no es la
realidad para nosotros. A fin de que Cristo sea realidad para nosotros, necesitamos al
Espíritu de realidad.

Juan 1:17 dice: “La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la realidad
vinieron por medio de Jesucristo”. Esto indica que cuando el Señor Jesús vino, también
vino la realidad. Cristo mismo es la realidad. Así que, por un lado, el Señor Jesús nos
dice que Él es la realidad; pero, por otro, Él nos habla del Espíritu de realidad. “Yo
rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el
Espíritu de realidad” (14:16-17a).

Según la revelación hallada en el Nuevo Testamento, el Espíritu de realidad es la


transfiguración de Cristo. Cuando Cristo estuvo en la tierra como hombre en la carne,
Él aún no era el Espíritu de realidad. Pero después de haber sido crucificado para
efectuar una redención todo-inclusiva y de haber entrado en resurrección, Él llegó a
ser Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). El Cristo que anteriormente estaba en la carne
llegó a ser el Espíritu que da vida. Este Espíritu es el Espíritu, la consumación del Dios
Triuno procesado. Hoy en día el Espíritu vivificante es la consumación del Dios Triuno
procesado. Lo que el Padre es, lo que el Hijo es y lo que el Espíritu es, ha llegado a su
consumación en el Espíritu todo-inclusivo. Ésta es la razón por la que Apocalipsis 22:17
habla de “el Espíritu”. “El Espíritu y la novia dicen: Ven”.

El Espíritu no sólo es poder, fuerza y vigor: Él es una persona. Sin embargo, quizás no
nos demos cuenta de que esta persona vive en nosotros y camina con nosotros. No
estamos solos; hay otra persona —Cristo como Espíritu de realidad— quien está en
nosotros y con nosotros. Esto significa que cuando ingerimos a Cristo y lo disfrutamos,
ingerimos y disfrutamos a una persona. Todos debemos darnos cuenta de que dentro
de nosotros está Cristo, una persona.

En Mateo 28:20 el Señor Jesús dijo: “He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días”.
Esto significa que Él está con nosotros cada día. ¿No tiene usted la sensación de que el
Señor Jesús que está con usted es una persona? Aunque esta persona todavía posee la
naturaleza humana y la naturaleza divina, Él ya no está en la carne, pues fue
transfigurado para ser el Espíritu. Él es ahora el Espíritu consumado, el Espíritu que
es la consumación del Dios Triuno procesado.

89
¿Se dan cuenta de que tenemos a un Dios procesado y que este Dios procesado llegó a
ser el Espíritu consumado? Yo puedo testificar que tengo la profunda sensación de que
esta persona está en mí y conmigo, ayudándome, fortaleciéndome, vigorizándome y
cuidando de mí. Pablo tenía esta convicción, y por ello pudo decir: “Todo lo puedo en
Aquel que me reviste de poder” (Fil. 4:13).

La Biblia revela que Cristo es una persona maravillosa y que esta persona maravillosa
es ahora el Espíritu vivificante. Él es el Dios Triuno consumado que, como Espíritu
compuesto, está siempre con nosotros para ser nuestro disfrute. ¿Cómo podemos
disfrutarle? Podemos disfrutarle en calidad de todas las ofrendas.

El pensamiento de que podemos disfrutar a Cristo como las ofrendas está escondido
en el libro de Levítico. Por ejemplo, podemos disfrutar a Cristo como holocausto.
Nosotros no podemos llevar una vida de absoluta entrega a Dios, pero Cristo como
holocausto vive absolutamente entregado a Dios. Por consiguiente, debemos tomar a
Cristo como holocausto y disfrutarlo en calidad de holocausto. Para tener esta
experiencia y disfrute de Cristo, debemos orar, diciendo: “Señor Jesús, Tú eres una
persona maravillosa. Eres el Espíritu consumado que siempre está conmigo, y estás
conmigo para ser mi holocausto. Señor, yo no puedo satisfacer a Dios, pero Tú sí
puedes. Yo no vivo absolutamente entregado a Dios, pero Tú siempre viviste y sigues
viviendo absolutamente entregado a Dios. Ahora, Señor Jesús, te tomo como mi
holocausto”. Al orar así, disfrutaremos a Cristo como nuestro holocausto.

También podemos disfrutar a Cristo como nuestra ofrenda de harina. Como ofrenda
de harina, Cristo sirve de alimento a Dios y también a nosotros. En este alimento
tenemos olíbano y sal, pero no levadura ni miel. La sal se refiere a la muerte de Cristo,
y el olíbano, a la resurrección de Cristo. La ofrenda de harina, por tanto, está repleta
de la muerte y resurrección de Cristo.

Cuanto más oremos acerca del Cristo que es las ofrendas, con la comprensión de que
Él es el Espíritu vivificante, más lo disfrutaremos como las ofrendas. La manera en que
disfrutamos a Cristo consiste en tener contacto con Él y poseerlo como Espíritu de
realidad.

Liberar nuestro espíritu por medio de la Palabra


Si hemos de experimentar y disfrutar a Cristo como se revela en Levítico, no debemos
orar de manera mental, sino orar liberando nuestro espíritu por medio de la palabra
en la Biblia. Esto hará que la palabra constante en la Biblia se convierta en la palabra
dada para el momento. Ésta es la manera de disfrutar a Cristo.

Hoy en día entre los cristianos, incluyéndonos a nosotros, hay carencia en cuanto a
disfrutar a Cristo al liberar nuestro espíritu por medio de la palabra en la Biblia. Es
posible aprender muchas cosas y adoptar diferentes prácticas, pero aun así quizás no
ejercitemos debidamente nuestro espíritu en oración con la palabra constante en la
Biblia de modo que ésta llegue a ser, en nuestra experiencia, la palabra dada para el
momento a fin que podamos disfrutar a Cristo de forma práctica. Si durante algún

90
tiempo oramos liberando nuestro espíritu por medio de la palabra, tendremos la
profunda sensación de que el Señor Jesús está con nosotros para suministrarnos todo
lo que necesitemos.

Ministrar Cristo a los demás


Si a diario disfrutamos a Cristo al liberar nuestro espíritu por medio de la palabra y al
tocar el Espíritu, seremos llenos de Cristo. Entonces ministraremos Cristo a todo aquel
con quien nos relacionemos. Aun cuando no mencionemos a Cristo, lo ministraremos
a los demás al tener comunión con ellos.

Disfrutar a Cristo como las ofrendas consiste en comer a Cristo para poder servir a
Dios. Cuanto más comamos a Cristo, más seremos llenos de Él y más estaremos
satisfechos con Él. Esto nos capacitará para servir a Dios y adorarlo.

Para adorar a Dios no es necesario arrodillarse ni postrarse. Podemos adorar a Dios


aun mientras ministramos Cristo a los demás. Esta manera de ministrar Cristo a los
demás constituye una verdadera adoración a Dios con Cristo.

En primer lugar, nosotros mismos debemos estar satisfechos con Cristo como las
ofrendas. Luego, una vez que disfrutemos al Cristo que nos capacita para amar a los
demás, podremos ministrarles a Cristo. Por ejemplo, por un lado, debemos tomar a
Cristo como nuestra ofrenda por el pecado, disfrutando de Su propiciación; por otro,
debemos ministrar a los demás el Cristo que hemos disfrutado, especialmente a los
más débiles que aún viven en pecado. Si les ministramos a Cristo de esta manera, ellos
serán abastecidos y alumbrados para confesar sus pecados. Finalmente, obtendrán la
victoria sobre su pecado y lo vencerán completamente.

Mi carga en este mensaje es que los santos en el recobro del Señor sepan cómo disfrutar
a Cristo de una manera práctica y concreta, y que comprendan que Él, una persona
viva y maravillosa, es nuestras ofrendas. Cristo, como Espíritu consumado del Dios
Triuno procesado, lo es todo. Él es el Padre, el Hijo y el Espíritu; Él es el Dios
procesado; Él es un hombre mezclado con Dios. Él es también nuestro alimento santo.
Esto significa que Él es las ofrendas que llegan a ser nuestro alimento. Él es incluso la
adoración misma que rendimos a Dios y Aquel dentro de nosotros que agrada a Dios.
Nuestra necesidad hoy en día es disfrutar a este Cristo a fin de que lo prediquemos y lo
ministremos a los demás.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE QUINCE
LOS ELEMENTOS DE LA OFRENDA DE HARINA
PARA LA VIDA CRISTIANA Y LA VIDA DE IGLESIA
Lectura bíblica: Lv. 2:1-2, 4, 11, 13; Lc. 1:35; Mt. 1:18, 20; Lc. 3:21-22; 4:1; 23:14;
Mt. 12:46-50; Mr. 10:38; Jn. 12:24; 7:6, 16-18; Ro. 8:2, 3, 6, 9-11, 13; 1 Co. 10:17

91
En este mensaje siento la carga de decir algo más sobre la ofrenda de harina. Sin
embargo, no siento la carga de hablar de la ofrenda de harina como tal, sino tener
comunión con ustedes en cuanto a los elementos, los componentes, de la ofrenda de
harina en relación con la vida cristiana y la vida de iglesia.

EL ESPÍRITU DE REALIDAD EN NUESTRA EXPERIENCIA


ES LA REALIDAD DE LAS OFRENDAS
En el mensaje anterior vimos que la realidad de todas las ofrendas es Cristo, quien es
hecho real para nosotros como Espíritu. Esto significa que en nuestra experiencia, el
Espíritu es la realidad de las ofrendas. Si no experimentamos al Espíritu de una manera
subjetiva, no poseeremos la realidad de las ofrendas, sino únicamente la doctrina con
respecto a Cristo como las ofrendas. En Sí mismo Cristo es la realidad de las ofrendas,
pero Él no podría ser esta realidad para nosotros si no fuese el Espíritu vivificante.

LAS CINCO OFRENDAS BÁSICAS


En Levítico, encontramos cinco ofrendas básicas: el holocausto, la ofrenda de harina,
la ofrenda de paz, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones. Es difícil
determinar cuál de estas cinco ofrendas es la ofrenda principal. Quizás algunos digan
que la ofrenda de paz es la ofrenda principal porque, según Levítico 1—5, ésta ocupa
un lugar central. Otros tal vez digan que la ofrenda principal es el holocausto, el cual
representa a Cristo como Aquel que vive absolutamente entregado a Dios. Incluso otros
dirían que, puesto que en nuestra vida diaria aún tenemos problemas con relación al
pecado y los pecados, la ofrenda principal podría ser la ofrenda por el pecado o la
ofrenda por las transgresiones. Aunque necesitamos todas las ofrendas básicas, la
ofrenda principal con respecto a la experiencia de Cristo en muchos aspectos y detalles,
es la ofrenda de harina.

Con respecto a nuestro entendimiento del libro de Levítico, estamos apoyados sobre
los hombros de muchos maestros de la Biblia que nos han precedido, especialmente
aquellos que estuvieron entre los Hermanos. Ciertamente debemos darle crédito a
ellos; con todo, debido a que estamos apoyados sobre sus hombros, podemos ver cosas
que ellos nunca vieron. Una de estas cosas es el hecho de disfrutar las ofrendas a fin de
que éstas se forjen en nosotros y nos constituyan en cierta clase de personas. Nosotros
nos convertimos en lo que comemos. Si comemos a Cristo como ofrenda de harina,
Cristo llegará a ser nuestro elemento constitutivo.

Es necesario conocer los elementos que componen la ofrenda de harina. Debemos


comprender que la ofrenda de harina incluye cuatro elementos, pero que, de manera
específica, excluye dos elementos. Conocer todos estos elementos equivale a conocer a
Cristo de una manera práctica y detallada.

LA FLOR DE HARINA
El primer elemento de la ofrenda de harina es la flor de harina. La flor de harina
representa la humanidad de Cristo, la cual es equilibrada y fina.

92
EL ACEITE
Mientras que la flor de harina en la ofrenda de harina representa la humanidad, el
aceite representa la divinidad. El aceite representa a Dios. La flor de harina es la base,
a la cual se agrega el aceite.

Si leemos Levítico 2 detenidamente, veremos que el aceite es añadido a la harina de


tres maneras diferentes. El aceite se mezclaba con la harina, o se derramaba sobre ella;
la harina también podía ser ungida con aceite. La manera más importante de añadir
aceite a la harina consistía en mezclar la harina con el aceite. La flor de harina no
permanecía seca, sino que era “aceitada” tanto interna como externamente.

EL OLÍBANO
El tercer elemento es el olíbano. En tipología, el olíbano representa la resurrección. El
olor grato del olíbano representa la fragancia de la resurrección de Cristo. ¡Cuán dulce
es Cristo en Su resurrección!

LA SAL
El cuarto elemento de la ofrenda de harina es la sal. En tipología, la sal representa la
muerte, o la cruz, de Cristo. La sal sazona, mata los gérmenes y conserva. Éste es el
efecto de la cruz de Cristo.

LA OFRENDA DE HARINA
NO CONTIENE LEVADURA NI MIEL
La ofrenda de harina no debía contener levadura ni miel. La levadura representa el
pecado y otras cosas negativas. En los Evangelios, el Señor Jesús habla de la levadura
de los fariseos, de la levadura de los saduceos y de la levadura de Herodes (Mt. 16:6,
11-12; Lc. 12:1; Mr. 8:15).

La miel representa la vida humana natural; representa nuestra vida natural, no en su


aspecto negativo, sino en su aspecto positivo. No debemos pensar que las personas
siempre son malas, puesto que a veces son muy buenas. Pero esta bondad natural es
miel. El odio es levadura, pero el amor natural es miel. Asimismo, la soberbia es
levadura, pero la humildad natural es miel.

Al parecer, la miel es diferente de la levadura. Sin embargo, después de cierto tiempo,


la miel puede fermentar, y esta fermentación redunda en levadura. Esto indica que
aunque seamos buenos o malos, el resultado será el mismo. Ésta es la razón por la cual
Génesis 2 habla del árbol del conocimiento del bien y del mal. Seamos buenos o malos,
en ambos casos el resultado será levadura.

Usemos el divorcio como ejemplo de la fermentación de la miel. Cuando un


matrimonio termina en divorcio, esto se debe por lo general a que cierta clase de miel
—el amor natural— fermenta y redunda en levadura. Con este ejemplo vemos que el
resultado del odio, que es levadura, y del amor natural, que es miel, es el mismo. Las

93
cosas negativas son levadura, y los buenos aspectos de la vida natural, representados
por la miel, terminan por fermentar y redundan en levadura.

La vida que Cristo llevó en la tierra fue una vida sin levadura y sin miel, y nosotros
debemos llevar la misma clase de vida hoy en día. Debemos tener los cuatro elementos
positivos —la flor de harina, el aceite, el olíbano y la sal—, pero no los dos elementos
negativos: la levadura y la miel. Si ésta es nuestra situación, seremos una ofrenda de
harina apropiada, una ofrenda compuesta de humanidad aceitada con divinidad en
resurrección por medio de la muerte de Cristo, y sin levadura ni miel. Esta clase de vida
es el alimento que satisface a Dios y que también nos nutre a nosotros, que servimos a
Dios.

EL CUADRO PRESENTADO EN LOS CUATRO EVANGELIOS


DEL VIVIR HUMANO DE CRISTO EN LA TIERRA
En los cuatro Evangelios se nos presenta un cuadro del vivir humano de Cristo en la
tierra. Él era Dios desde la eternidad, pero por medio de la encarnación Él vino a ser
un hombre genuino y vivió en la tierra como tal.

El Espíritu en el vivir humano de Cristo


La humanidad de Cristo tiene mucho que ver con el Espíritu de Dios. Cristo fue
concebido por obra del Espíritu Santo (Lc. 1:35; Mt. 1:18, 20). Desde el momento en
que Él fue concebido, es decir, desde que comenzó a vivir como hombre, Su humanidad
estaba estrechamente relacionada con el Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo, Jesús no
habría sido concebido ni habría nacido. La concepción y el nacimiento del Señor fueron
obra del Espíritu Santo. Su humanidad estaba mezclada con el Espíritu Santo. El vivir
humano de Cristo se basa en esta mezcla.

Cuando el Señor Jesús comenzó a ministrar en favor de Dios, Él fue bautizado. “Jesús
fue bautizado; y mientras Él oraba, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre
Él en forma corporal, como paloma” (Lc. 3:21b-22a). El hecho de que el Espíritu Santo
descendiera en forma de paloma, la cual se caracteriza por su mansedumbre, indica
que el Espíritu de Dios es una persona, y no simplemente un poder, un medio o un
instrumento. El Espíritu Santo como persona descendió sobre el Señor Jesús. Esto
significa que así como se derramaba el aceite sobre la flor de harina, el Espíritu Santo
fue derramado sobre el Señor Jesús. Por una parte, en Su humanidad, Él estaba
mezclado con el Espíritu Santo; por otra, el Espíritu Santo fue derramado sobre Él y lo
ungió.

La primera parte de Lucas 4:1 dice: “Jesús, lleno del Espíritu Santo”. Él estaba lleno
del Espíritu, plenamente aceitado con el Espíritu, por cuanto se había mezclado con el
Espíritu y el Espíritu había sido derramado sobre Él. Por esta razón, Él se conducía y
obraba en el Espíritu. Todo cuanto Él hizo en Su ministerio lo hizo en el Espíritu: en el
Espíritu esencial y también en el Espíritu económico. Él es un hombre que se mezcló
con el Espíritu y sobre el cual se derramó el Espíritu.

94
Una humanidad sin defecto:
una vida humana exenta de levadura
La humanidad y el vivir humano del Señor Jesús no tenían defecto alguno. El Señor
fue llevado ante Pilato para ser juzgado por la autoridad romana, pero Pilato declaró
que no había hallado delito alguno en Él (Lc. 23:14). El Señor Jesús no tenía pecado.
En Él no había levadura alguna.

Se niega a la vida natural:


una vida humana exenta de miel
En el caso del Señor Jesús, no estaba presente la miel. Un día, mientras hablaba a las
multitudes, “Su madre y Sus hermanos estaban afuera, y procuraban hablar con Él. Y
alguien le dijo: He aquí Tu madre y Tus hermanos están afuera, y te quieren hablar”
(Mt. 12:46-47). Al oír esto, Él dijo al que le había hablado: “¿Quién es Mi madre, y
quiénes son Mis hermanos? Y extendiendo Su mano hacia Sus discípulos, dijo: ¡He
aquí Mi madre y Mis hermanos! Porque todo aquel que hace la voluntad de Mi Padre
que está en los cielos, ése es Mi hermano, y hermana, y madre” (vs. 48-50). Esto nos
muestra que en Él no hay miel, que Él se negó a la vida natural.

Hechos 15:36-39 narra un problema que se suscitó entre Pablo y Bernabé. Este
problema fue causado por la miel de la vida natural. Bernabé quería que llevasen
consigo a Juan Marcos en sus viajes, pero “a Pablo no le parecía bien llevar consigo al
que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra” (v. 38).
Como resultado de ello, “hubo un agudo conflicto entre ellos, hasta el punto que se
separaron el uno del otro” (v. 39a). Marcos era primo de Bernabé (Col. 4:10), y es muy
probable que el problema entre Pablo y Bernabé se debiera a la relación natural que
había entre Bernabé y Marcos. Pablo, quien fue vindicado por la crónica divina (Hch.
15:39b-40), no estuvo de acuerdo con esta miel.

En nuestra vida cristiana, debemos aprender del Señor Jesús a alejarnos de la vida
natural lo más que podamos. Como creyentes, ciertamente debemos amar a los demás,
pero debemos tener cuidado de no amar de una manera natural. ¡Cuán fácil es amar a
los demás de una manera humana y natural! Aun en la vida de iglesia a veces amamos
a los que son iguales a nosotros en un sentido natural. A veces amamos a cierto
hermano simplemente porque su manera de ser es similar a la nuestra. Esta clase de
amor es miel; es amor natural.

En Filipenses 2:2, Pablo habla de tener “el mismo amor”. Tener el mismo amor
significa amar a todos los santos por igual. En nosotros mismos no podemos amar de
esta forma, debido a que nuestra tendencia natural es tener distintos niveles de amor.
Nuestro amor por ciertos santos se encuentra en un nivel más elevado que el amor que
sentimos por otros santos. Esto es miel. El amor del Señor Jesús no es así.

95
Una vida siempre sazonada con sal
Marcos 10:38 y Juan 12:24 indican que el Señor Jesús siempre llevó una vida sazonada
con sal, una vida bajo la operación de la cruz. Incluso antes de ser crucificado, Él vivió
diariamente una vida crucificada.

En Marcos 10:38 el Señor Jesús les preguntó a Jacobo y a Juan: “¿Podéis beber la copa
que Yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que Yo soy bautizado?”. Cuando
ellos dijeron que sí podían, Él añadió: “La copa que Yo bebo, la beberéis, y con el
bautismo con que Yo soy bautizado, seréis bautizados” (v. 39). Tanto la copa como el
bautismo se refieren a la muerte de Cristo (Jn. 18:11; Lc. 12:50). Por tanto, beber la
copa del Señor y ser bautizados con el bautismo con que Él fue bautizado equivalen a
experimentar Su muerte, esto es, que se nos aplique Su muerte en nuestra experiencia.

Un himno que habla de ser sazonados con sal es Himnos, #297. La segunda estrofa y
el coro dicen:

Para que se forme Cristo,


Yo no debo más vivir.
Bajo de la cruz viviendo,
Mi alma tiene que morir.

Muerte vida trae,


Muerte vida trae,
Surge vida de la muerte,
Muerte vida trae.

La vida que Cristo llevó fue una vida en la que continuamente fue sazonado con sal.
Para nosotros hoy en día, experimentar la cruz equivale a ser sazonados con sal.
Debemos recibir la sal en nuestra vida cotidiana. Si hacemos esto, seremos la flor de
harina apta para la ofrenda de harina.

En Juan 12 vemos que cuando el Señor Jesús entró en Jerusalén, las multitudes le
dieron la bienvenida. En términos humanos, ése fue Su tiempo dorado. Sin embargo,
cuando Él oyó que el pueblo lo buscaba, dijo: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y
muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (v. 24). Estas palabras indican
que en lugar de dejarse exaltar, el Señor Jesús fue sazonado con sal. Es como si Él
dijera: “Yo soy un grano de trigo. No necesito que la gente me dé la bienvenida, me
glorifique ni me exalte. Lo que necesito es caer en la tierra y morir”.

Debemos aprender del Señor Jesús a ser sazonados con sal. Cuando otros nos dan la
bienvenida, nos exaltan y nos glorifican, nos resulta muy fácil preferir la miel en lugar
de la sal. Cada vez que los demás nos dan la bienvenida o nos exaltan, debemos
aplicarnos la sal y ser personas que no desean ser exaltadas, sino morir. Esto significa
que debemos aprender a aplicar la cruz de Cristo.

96
Una vida en resurrección
Puesto que el Señor Jesús siempre llevó una vida en la que fue sazonado con sal, una
vida bajo la operación de la cruz, Él siempre estuvo en resurrección. La vida que Él
vivió fue una vida en resurrección.

Con respecto al Señor Jesús, vivir en resurrección significaba negarse a Sí mismo y a


Su vida natural, y no vivir Su propia vida sino la vida del Padre. Esto podemos verlo
claramente en Juan 7. En el versículo 6, Él dijo: “Mi tiempo aún no ha llegado, mas
vuestro tiempo siempre está presto”. Mientras los demás tenían la libertad de ir a
cualquier parte en el momento que quisiesen, Él estaba limitado, pues no vivía en la
vida natural.

En los versículos del 16 al 18, Él añadió: “Mi enseñanza no es Mía, sino de Aquel que
me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la enseñanza es de Dios,
o si Yo hablo por Mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta, su propia gloria
busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en Él
injusticia”. Aquí vemos que el Señor Jesús no habló Sus propias palabras, sino las
palabras del Padre. La fuente de donde provenían Sus palabras no era Él mismo, sino
el Padre. Esto indica que Él rechazó Su vida natural y vivió por la vida del Padre. En
esto consiste la resurrección. Por consiguiente, aun antes de ser crucificado, el Señor
Jesús llevó una vida en resurrección al negarse a la vida natural y al vivir la vida del
Padre.

Debemos vivir en resurrección en nuestra vida matrimonial y en nuestra vida familiar.


Supongamos que algo sucede en su vida matrimonial que le produce descontento. Si
en ese momento usted se expresa a Sí mismo y vive por su propia vida, ciertamente
perderá los estribos. No obstante, en lugar de vivir por su propia vida, usted puede vivir
la clase de vida revelada en Gálatas 2:20. En este versículo Pablo primero dice: “Con
Cristo estoy juntamente crucificado”. Esto guarda relación con experimentar la sal, ser
inmolado, ser crucificado. Luego Pablo añade: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”.
Esto es la resurrección.

LA VIDA CRISTIANA:
UNA DUPLICACIÓN DE LA VIDA DE CRISTO
Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, Él era la flor de harina, Él fue aceitado con
el Espíritu Santo, era continuamente sazonado con sal y vivió en resurrección,
despidiendo el aroma del olíbano. Además, en Él no había levadura ni miel. Por tanto,
Él podía ser una ofrenda de harina.

La situación con respecto a nosotros hoy debe ser igual. Esto significa que nuestra vida
cristiana debe ser una duplicación, una fotocopia, de la vida de Cristo. Esto se revela
claramente en Romanos 8.

Romanos 8 pone juntos a Cristo y a nosotros. Allí vemos la humanidad de Cristo (v. 3),
el Espíritu de vida (v. 2), la cruz (v. 13) y la resurrección (v. 11), todo junto como uno

97
solo. Esto nos muestra la clase de vida que debemos llevar hoy en día. Debemos llevar
la misma vida que llevó Cristo. Él era un hombre, y nosotros también somos humanos.
Él fue aceitado con el Espíritu, y nosotros también hemos sido aceitados con el
Espíritu, al menos hasta cierto grado. Asimismo, hemos sido mezclados con el Espíritu
de Aquel que levantó a Jesús de entre los muertos. Cristo fue sazonado con sal, fue
crucificado, y nosotros también debemos hacer morir nuestro ser natural. Además,
Cristo vivió en resurrección, y nosotros también podemos vivir en resurrección.

Romanos 8 revela definitivamente que debemos ser una duplicación del Cristo que es
la ofrenda de harina. Debemos ser copias Suyas, reproducciones, y por ende, ser como
Él es. Cristo llegó a ser una persona en la carne, y nosotros hoy somos personas en la
carne. Como hombre en la carne, Cristo fue aceitado con el Espíritu. Hoy en día
nosotros también somos aceitados por el Espíritu que mora en nosotros. El Espíritu
mora en nosotros para efectuar la obra de aceitarnos. Ya que el Espíritu que mora en
nosotros nos aceita, debemos poner nuestra mente en el espíritu, no en la carne (v. 6).
Luego, por el Espíritu, debemos hacer morir los hábitos del cuerpo (v. 13). Si hacemos
esto, viviremos, y esta vida será una vida en resurrección. Como resultado, seremos
aptos para ser la ofrenda de harina que satisface a Dios.

El propósito de la ofrenda de harina es satisfacer a Dios. La mejor porción de la ofrenda


de harina, la porción que contenía el olíbano, era quemada en el fuego para satisfacción
de Dios. Hoy en día Cristo es la realidad de la ofrenda de harina. Sólo Él posee la
fragancia que asciende a Dios para Su satisfacción. En todo el universo, Cristo es la
única persona que puede ser ofrecida a Dios en el fuego para producir la fragancia que
satisface Dios, lo alegra y le trae regocijo.

Como miembros de Cristo, debemos ser Su duplicación y llevar la misma clase de vida
que Él llevó. Ésta es una vida en la cual la humanidad es aceitada con el Espíritu Santo.
Día tras día necesitamos ser aceitados con el Espíritu Santo. Además, necesitamos
recibir continuamente la sal, es decir, debemos experimentar la cruz de Cristo y hacer
morir nuestras acciones naturales. Entonces viviremos en resurrección y tendremos el
olíbano que satisface a Dios.

Todo el olíbano de la ofrenda de harina era quemado en el fuego. Esto indica que todo
el olíbano era para Dios; ninguna porción del olíbano era para los sacerdotes. Esto nos
muestra que todo el olíbano en Cristo como ofrenda de harina es quemado para
producir una fragancia que satisface a Dios. Ésta fue la experiencia de Cristo. Puesto
que somos miembros de Cristo, Su duplicación, ésta debe ser nuestra experiencia hoy
en día.

DOS FORMAS DE OFRENDA DE HARINA


En Levítico 2 vemos que la ofrenda de harina tenía distintas formas. Ahora veremos
dos formas específicas de la ofrenda de harina. La ofrenda de harina podía ser
presentada en forma de harina mezclada con aceite o en forma de torta. Aquélla
representa a Cristo el individuo y también al cristiano como individuo, mientras que
ésta representa al Cristo corporativo, Cristo con Su Cuerpo, la iglesia. El Nuevo

98
Testamento revela que Cristo, el individuo, se ha convertido en el Cristo corporativo (1
Co. 12:12), representado por la torta. Pablo dice: “Nosotros, con ser muchos, somos un
Cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Co. 10:17). Este mismo pan
es una “torta”.

Con relación a la ofrenda de harina, tenemos el aspecto individual y también el aspecto


corporativo. Hoy Cristo no vive únicamente como individuo; Él vive también con Su
Cuerpo, la iglesia. Cristo vive delante de Dios de manera corporativa. Él es la Cabeza y
tiene Su Cuerpo con sus respectivos miembros. Por consiguiente, con la ofrenda de
harina en forma de torta vemos la vida de iglesia.

A fin de obtener una ofrenda de harina en forma de torta, necesitamos flor de harina
mezclada con aceite. La mezcla de la harina con el aceite producirá una masa. Luego la
masa, al ser horneada, se convierte en una torta. Esta torta es un símbolo de la vida de
iglesia. Este símbolo indica que, a la postre, la vida de Cristo y nuestra vida cristiana
individual tienen como resultado una totalidad, y esta totalidad es la vida de iglesia.

La vida de iglesia no es una vida angelical, sino una vida llena de humanidad. Sin
embargo, a algunos cristianos se les ha dicho que deben procurar ser como ángeles y
dejar de vivir como seres humanos. Este concepto es totalmente erróneo. Si hemos de
experimentar más la vida de iglesia, requerimos más humanidad. Por causa de la vida
de iglesia, debemos ser muy humanos. No obstante, esta humanidad no debe estar
separada del Espíritu Santo, sino que debe ser una humanidad que está mezclada con
el Espíritu Santo y sobre la cual el Espíritu Santo ha sido derramado. En otras palabras,
por causa de la vida de iglesia debemos ser personas aceitadas, es decir, personas que
han sido aceitadas por el Espíritu y con el Espíritu. Además, no debemos tener levadura
ni miel, sino poseer sal y olíbano. A nuestra vida se le debe aplicar mucha sal, la muerte
de cruz, y debemos estar llenos de la resurrección. Ésta es la vida de iglesia apropiada.

Si queremos llevar una vida de iglesia semejante, debemos estar llenos de humanidad
y vivir como hombres, no como ángeles. Sin embargo, hay algunas hermanas, e incluso
algunos hermanos, que tratan de vivir como si fueran ángeles. Estos santos son
peculiares y carecen de humanidad. Cuanto más usted procure ser como un ángel, más
peculiar se volverá. En vez de ser humano, usted será un “fantasma”. Por tanto,
quisiera recalcar una vez más que en la vida de iglesia necesitamos estar llenos de
humanidad, pero no una humanidad que sea independiente del Espíritu Santo.

Debemos depender plenamente del Espíritu Santo, permitiendo que el Espíritu Santo
nos aceite interiormente y se derrame sobre nosotros exteriormente. Si somos tales
personas, seremos llenos del Espíritu. Tomaremos al Espíritu como nuestro centro y
seremos poseídos por el Espíritu. Llevaremos también una vida en la que
experimentaremos la sal y el olíbano, es decir, una vida que pasa por la muerte de
Cristo y se lleva a cabo en Su resurrección. La sal pondrá fin a la levadura, a los
gérmenes del pecado; la sal también pondrá fin a la miel, con lo cual aniquilará la vida
natural. Ésta es la manera de llevar una vida de iglesia como ofrenda de harina.

99
La vida de iglesia como ofrenda de harina puede ser quemada para producir una
fragancia que satisface a Dios, y la parte restante de dicha ofrenda llega a ser nuestro
alimento. Esto significa que comeremos nuestra vida de iglesia, ya que la vida de iglesia
será nuestro suministro diario. Por tanto, la ofrenda de harina que es nuestro
suministro diario no es únicamente Cristo, sino Cristo con la vida de iglesia. Ahora nos
alimentamos de Cristo y también nos alimentamos de la vida de iglesia. Comemos la
ofrenda de harina no solamente en su primera forma, la harina, que es Cristo en su
aspecto individual, sino que también comemos la ofrenda de harina en su segunda
forma, la torta, que es el Cristo corporativo, la iglesia. Creo firmemente que en los días
venideros, en todas las iglesias veremos la vida de iglesia como ofrenda de harina, una
vida que primeramente satisface a Dios y que luego nos alimenta a nosotros.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DIECISÉIS
LA VIDA DE IGLESIA COMO OFRENDA DE HARINA
Lectura bíblica: 1 Co. 1:2, 9, 18, 22-24, 30; 2:2-4,12; 3:16; 5:6-8; 6:5, 17, 19; 7:20,
24, 40; 9:22, 26-27; 10:16-17, 23-24, 31; 11:27-29; 12:3, 4, 11, 18, 24, 27; 13:4-7;
14:26, 40; 15:9-10; 16:13
El libro de 1 Corintios nos muestra una clase particular de vida de iglesia. Puesto que
la vida de iglesia revelada allí tiene tantos aspectos, resulta difícil resumir esta vida de
iglesia en una sola frase, una sola cláusula, o incluso una sola oración. Si hemos sido
alumbrados con respecto a la ofrenda de harina, la cual describe la vida que el Señor
Jesús llevó en la tierra, veremos que la vida de iglesia descrita en 1 Corintios
corresponde a la vida del Señor Jesús. Esta vida fue la que dio formación a la ofrenda
de harina, y la vida de iglesia descrita en 1 Corintios podría ser llamada la vida de iglesia
como ofrenda de harina.

Hemos visto que la ofrenda de harina contenía cuatro elementos: la flor de harina, el
aceite, el olíbano y la sal. La flor de harina representa la fina humanidad de Cristo, el
aceite representa al Espíritu de Dios, el olíbano representa la fragancia de la
resurrección de Cristo, y la sal representa la cruz de Cristo que, de manera subjetiva,
pone fin a todas las cosas negativas en nuestra vida.

Hemos visto también que la ofrenda de harina no contiene levadura ni miel. La


levadura representa el pecado y todas las cosas negativas. La miel representa la vida
natural en sus aspectos positivos, lo cual incluye el afecto natural.

Si leemos los cuatro Evangelios, veremos que los cuatro elementos de la ofrenda de
harina fueron los mismos componentes de la vida que Cristo llevó en la tierra y que
hicieron de Él la verdadera ofrenda de harina. Como cristianos, nosotros debemos
llevar la misma vida que llevó el Señor Jesús. Esto significa que, hablando con
propiedad, la vida cristiana debe ser una ofrenda de harina.

100
UNA VIDA QUE POSEE LA HUMANIDAD MÁS ELEVADA
Para que nuestra vida cristiana sea una ofrenda de harina, ella debe poseer la
humanidad más elevada. Ésta es la razón por la cual Pablo encargó a los corintios,
diciendo: “Sed hombres” (1 Co. 16:13). Según el contexto de 1 Corintios, ser hombres
significa que debemos poseer una humanidad excelente y elevada.

Si poseemos tal humanidad, ejerceremos dominio propio. Esto lo indica lo que dice
Pablo en 9:26 y 27: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta
manera lucho en el pugilato, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo,
y lo pongo en servidumbre”. Estos versículos revelan que Pablo poseía una humanidad
elevada y que él tenía un carácter firme y excelente. Él no corrió a la ventura ni golpeó
el aire, sino que ejerció dominio propio. Él fue un verdadero hombre que poseía una
elevada norma de moralidad en su vivir humano.

En 1 Corintios 13:4-7 se nos describe lo que es el amor. Esta descripción en realidad


nos presenta una humanidad fina. El versículo 4 dice: “El amor es sufrido. El amor es
benigno; no tiene envidia. El amor no se jacta y no se hincha de orgullo”. Según nuestra
débil humanidad, tenemos una paciencia limitada, pero el amor es sufrido. Asimismo,
nos es fácil envidiar y codiciar, pero el amor no tiene envidia. Además, el amor no se
porta indecorosamente, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal ni se
goza de la injusticia (vs. 5-6a). En vez de ello, el amor se goza con la verdad, todo lo
cubre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta (vs. 6b-7). Aquí se nos describe una
humanidad fina y un carácter humano elevado. Esto indica que 1 Corintios es un libro
que presenta una humanidad elevada.

En 16:13 Pablo no dice: “Sed héroes”; él dice: “Sed hombres”. Desde toda perspectiva
y en todo aspecto, debemos ser hombres. Desde la perspectiva de la ética, debemos ser
hombres. Desde la perspectiva del dominio propio, debemos ser hombres. Desde la
perspectiva de la sabiduría y del amor, debemos ser hombres. Esto es lo que significa
tener una humanidad elevada. En el libro de 1 Corintios podemos ver la verdadera flor
de harina. Este libro ciertamente nos presenta la vida de iglesia como ofrenda de
harina.

En la vida de iglesia como ofrenda de harina, el primer ítem es una humanidad fina y
elevada. Si hemos de llevar una vida de iglesia apropiada, todos debemos tener un
carácter firme. Sin embargo, este carácter firme debe ser equilibrado, pues una
humanidad desequilibrada es una humanidad con prejuicios. Así que, debemos ser
firmes, y a la vez, apacibles. Si en la vida de iglesia somos firmes pero no apacibles,
acabaremos por ofender a otros. No obstante, si bien debemos ser apacibles y a la vez
firmes, no debemos ser demasiado apacibles. Los que son demasiado apacibles son
como fideos. Hay un proverbio que dice que podemos levantar una caña de bambú,
pero no un fideo. No podemos llevar una vida de iglesia apropiada si los santos son
demasiado firmes o demasiado apacibles. Así que, debemos ser equilibrados. Por causa
de la vida de iglesia, debemos ser hombres que poseen una humanidad fina,
equilibrada y elevada.

101
CRISTO: EL HOMBRE DADO A NOSOTROS POR DIOS
En 1 Corintios 1 se nos revela que Cristo es el hombre dado a nosotros por Dios. El
versículo 2 dice que el Señor Jesucristo es “de ellos y nuestro”. Cristo es suyo y mío.
Como dice Juan 3:16, Dios amó al mundo —la humanidad caída— y nos dio a Su Hijo
unigénito. Ahora Cristo es nuestro, y nosotros fuimos llamados a la comunión del Hijo
de Dios, Jesucristo nuestro Señor (1 Co. 1:9). Ahora podemos disfrutarlo, participar de
Él y compartirlo unos con otros.

Además, 1:30 dice: “Por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho de
parte de Dios sabiduría: justicia y santificación y redención”. Es por Dios que estamos
en Cristo Jesús, y Cristo nos ha sido hecho sabiduría. Éste es el Cristo que nos ha sido
dado.

Cristo es la dádiva, el regalo, que Dios nos ha dado. Esta dádiva es una persona; Él es
el Hijo de Dios y también el Dios-hombre. Dios también nos llamó al disfrute de esta
dádiva y ha hecho de esta dádiva nuestra sabiduría, esto es: justicia y santificación y
redención. Éste es Cristo como hombre según se revela en 1 Corintios 1.

EL ESPÍRITU DE DIOS
El segundo elemento de la ofrenda de harina era el aceite, que representa al Espíritu
de Dios. El libro de 1 Corintios tiene mucho que decirnos acerca del Espíritu. Pablo
habla del Espíritu de Dios en los capítulos 2 y 3. En 2:4 él dice que su palabra y su
proclamación fueron “con demostración del Espíritu”, y en el versículo 12 dice que
hemos recibido “el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos
ha dado por Su gracia”. Luego, en 3:16, agrega: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y
que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”. Muchos cristianos no se dan cuenta de que
son templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en ellos. ¿Sabía que en su vida diaria
hay una persona que mora en usted? ¿Se da cuenta de que el Espíritu de Dios lo toma
a usted por morada? El Espíritu nos ha sido dado, y ahora Él mora en nosotros.

En 6:17 Pablo dice: “El que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”. Esto alude a la
mezcla del Señor, quien es el Espíritu, con nuestro espíritu. Ya que somos un solo
espíritu con el Señor, formamos parte de Él. Esto no significa que formemos parte de
Dios en el sentido de ser objetos de adoración; más bien, formamos parte del Señor en
la experiencia de vida. En nuestro espíritu somos uno con el Espíritu divino. Hemos
sido aceitados con el Espíritu, e incluso hemos sido unidos al Espíritu. No sólo hemos
recibido al Espíritu Santo, sino que somos uno con Él.

Si no fuéramos uno con el Espíritu, no podríamos llevar la vida de iglesia. La vida de


iglesia es una vida en la cual la humanidad es aceitada por el Espíritu Santo y con el
Espíritu Santo. Somos uno con el Espíritu Santo, y debemos permanecer en esta
unidad.

102
CRISTO EN RESURRECCIÓN
En 1 Corintios vemos también el olíbano, esto es, a Cristo en resurrección. De hecho,
todo un capítulo, el capítulo 15, está dedicado al tema de la resurrección. Por tanto, en
este libro sin duda se percibe la fragancia del Cristo resucitado.

Algunos de entre los corintios habían sido engañados por el diablo y decían que no
había resurrección de muertos. Pablo argumentó con ellos, diciendo: “Si no hay
resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es
entonces nuestra proclamación, vana es también vuestra fe. Además, somos hallados
falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que Él resucitó a Cristo, al
cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no
resucitan, tampoco Cristo resucitó” (15:13-16).

En 15:9 y 10 Pablo habla de la experiencia que tuvo del Cristo resucitado. Primero, en
el versículo 9, se refiere a sí mismo como “el más pequeño de los apóstoles”. Luego, en
el versículo 10, dice: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y Su gracia para conmigo
no ha sido en vano, antes he trabajado mucho más que todos ellos; pero no yo, sino la
gracia de Dios conmigo”. En este versículo la gracia de Dios equivale a la resurrección,
equivale al Cristo resucitado. La gracia de Dios, de la cual disfrutamos hoy, es Cristo
en resurrección. Al igual que Pablo, nosotros podemos declarar: no yo, sino la gracia
de Dios; no yo, sino Cristo en resurrección.

En el versículo 58 Pablo nos da unas palabras de aliento: “Así que, hermanos míos
amados, estad firmes e inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor,
sabiendo que vuestra labor en el Señor no es en vano”. Nuestra labor no es en vano
porque no laboramos en nuestra vida natural, sino en la resurrección de Cristo. La
labor que realicemos por el Señor en Su vida de resurrección nunca será en vano.

PERMANECER EN EL ESTADO
EN QUE FUIMOS LLAMADOS
En el capítulo 7 Pablo exhorta a los creyentes a permanecer en el estado en que fueron
llamados: “Cada uno, hermanos, en el estado en que fue llamado, así permanezca con
Dios” (v. 24). Él usa a los esclavos como ejemplo: “¿Fuiste llamado siendo esclavo? No
te dé cuidado; pero aunque puedas hacerte libre, aprovecha más bien tu condición de
esclavo. Porque el que en el Señor fue llamado siendo esclavo, liberto es del Señor” (vs.
21-22a). En lugar de realizar una obra de emancipación, Pablo alentó a los creyentes
que eran esclavos a permanecer en esclavitud, en el estado en que fueron llamados, y a
llevar una vida capaz de soportar la esclavitud y vencerla. Los esclavos tienen una
oportunidad muy especial para demostrar la realidad de la resurrección y glorificar a
Cristo al llevar una vida que vence la esclavitud. ¡Qué testimonio sería un vivir así!

El principio es el mismo con relación a la vida matrimonial. Pablo dice: “Que la mujer
no se separe del marido” (v. 10), y en los versículos 12 y 13, agrega: “Si algún hermano
tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si
una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo

103
abandone”. Esto requiere una humanidad elevada. La razón por la cual hay tantos
divorcios hoy en día es que la humanidad de las personas es demasiado frágil.
Permanecer con un cónyuge con quien es difícil vivir y que no nos agrada requiere que
seamos hombres y tengamos una humanidad elevada.

Conocí a una pareja que, antes de ser salva, decidió divorciarse. Ellos no se amaban y
estaban decididos a divorciarse. Pero oyeron el evangelio, recibieron al Señor Jesús y
fueron salvos. A partir de ese momento otra persona, Cristo, empezó a vivir en ellos, y
Él elevó la humanidad de ellos y cambió su carácter. Así que, abandonaron la idea de
divorciarse y empezaron a convivir dulcemente, en la fragancia de la resurrección de
Cristo. Todo el que se relacionaba con ellos podía percibir la fragancia de la vida de
resurrección de Cristo.

La manera en que Pablo trata los asuntos en 1 Corintios 7 es extraordinaria y también


muy sabia. Él no obligó a ningún hermano a permanecer con su esposa; más bien,
exhortó a los santos a permanecer con Dios en el estado en que fueron llamados. Los
que están casados no deben abandonar a su cónyuge, porque abandonar a su cónyuge
en realidad equivale a abandonar a Dios. Los creyentes casados deben permanecer con
su cónyuge en la presencia de Dios.

El punto aquí es que los santos no deben tener la expectativa de experimentar un


cambio de estado. En cuanto a esto, podemos poner a Pablo como ejemplo. Él, siendo
judío, había nacido bajo el imperialismo romano; sin embargo, nunca alentó a los
judíos a emanciparse de los romanos. Al contrario, en Romanos 13 él exhortó a los
santos a someterse a las autoridades del Imperio romano. Esto indica que él no los
animó a cambiar de estado, sino a permanecer en el estado en que habían sido
llamados.

Cuanto más difícil sea ese estado, más oportunidades tiene uno para vivir a Cristo. Los
que están en esclavitud tienen la oportunidad de vivir a Cristo en resurrección mientras
están en esclavitud. Esto es lo que significa ser hombres. Todos podemos ser hombres
aceitados con el Espíritu y que están unidos al Espíritu para ser un solo espíritu con Él,
y podemos estar plenamente inmersos en la resurrección, con lo cual manifestamos la
fragancia del Cristo resucitado.

LA CRUZ DE CRISTO
La sal —el cuarto elemento de la ofrenda de harina— también se encuentra en 1
Corintios. Al escribirles a los corintios, Pablo habló de la cruz de Cristo y del Cristo
crucificado: “Los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros
predicamos a Cristo crucificado” (1:22-23a). Pablo no dijo que él predicaba a Cristo
glorificado, sino que predicaba a Cristo crucificado. Pablo no predicaba milagros ni
sabiduría; más bien, él predicaba a Cristo crucificado.

El Cristo crucificado es un Cristo que no hace nada por salvarse a Sí mismo. Mientras
el Señor Jesús estaba en la cruz, “los principales sacerdotes junto con los escribas se
burlaban entre ellos, diciendo: A otros salvó, a Sí mismo no se puede salvar. Que el

104
Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos” (Mr.
15:31-32a). Por mucho que lo desafiaron, el Señor Jesús permaneció en la cruz y no
hizo nada por salvarse a Sí mismo.

A los corintios, Pablo les predicó a este Cristo crucificado. Para los griegos, quienes se
jactaban de su cultura y sabiduría, esto era necedad. Pasa lo mismo hoy en día. La gente
aún se jacta de su cultura y su sabiduría, y nosotros debemos predicarles al Cristo
crucificado.

En 1 Corintios 1:18 dice: “La palabra de la cruz es necedad para los que perecen; mas
para los que se salvan, esto es, para nosotros, es poder de Dios”. Mediante la
predicación del evangelio, la palabra de la cruz puede salvar a las personas. Si hemos
de tener poder en la predicación del evangelio, es necesario que llevemos una vida
crucificada. Tenemos que aprender a llevar una vida crucificada, siendo crucificados
cada día. Esto lo podemos experimentar en nuestra vida matrimonial, pues cada esposa
es una cruz para su marido y cada marido es una cruz para su esposa. Esta situación,
que tiene como finalidad que seamos sazonados con sal, ha sido dispuesta por la
soberanía del Señor.

Nosotros somos sazonados con sal no sólo en nuestra vida matrimonial, sino también
en la vida de iglesia. Existe tal cosa como ser sazonados con sal en la vida de iglesia.
Por una parte, en la vida de iglesia encontramos felicidad; por otra, también nos
encontramos con el desagrado de ser sazonados con sal. En lo profundo de su ser, los
hermanos sienten que las hermanas los sazonan con sal, que ellas los crucifican. Las
hermanas sienten lo mismo con respecto a los hermanos. En la vida de iglesia se
experimenta mucho el ser sazonados con sal.

En 1 Corintios Pablo no nos enseña a ser glorificados, sino que nos enseña a ser
crucificados. Sin la cruz, no puede existir la vida de iglesia. Sin sal, no puede haber
ofrenda de harina. La ofrenda de harina tiene que ser sazonada con sal.

DESECHAR LA LEVADURA:
LAS COSAS QUE SON PECAMINOSAS Y NEGATIVAS
Hemos señalado que la ofrenda de harina no contenía levadura ni miel. En 1 Corintios
vemos que tanto la levadura —las cosas pecaminosas y negativas— como la miel —la
vida natural— son desechadas.

En 5:6b-8 se nos habla de desechar la levadura: “¿No sabéis que un poco de levadura
leuda toda la masa? Limpiaos de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin
levadura como sois; porque nuestra Pascua, que es Cristo, fue sacrificada. Así que
celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad,
sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad”. Aquí vemos que la levadura
no es tolerada en la vida de iglesia.

105
DESECHAR LA MIEL: LA VIDA NATURAL
En 1 Corintios 15:10 se nos muestra que en la experiencia de Pablo la miel, la vida
natural, había sido desechada. Recordemos que en este versículo él dice: “He trabajado
mucho más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. Pablo no
trabajaba valiéndose del yo, de la vida natural, de la miel.

Indudablemente, Pablo no era una persona de carácter débil. Antes de ser salvo, él
tenía un carácter muy firme, pues había tomado la delantera al perseguir a los santos.
Pero después de ser salvo, él fue hecho apóstol y trabajó más que todos los demás
apóstoles. Sin embargo, su labor no fue realizada en la vida natural.

En la vida de iglesia debemos desechar la vida natural y el afecto natural. Esto significa
que en la vida de iglesia no debe haber miel. A todos nos gusta comportarnos de manera
natural y llevar una vida natural, pero en la vida de iglesia no se permite la vida natural;
ésta debe morir. La miel propia de la vida natural tiene que ser aniquilada por la sal,
por la cruz de Cristo.

No debemos añadir levadura ni miel a la ofrenda de harina. Esto significa que en la


vida de iglesia no debemos permitir ninguna cosa negativa ni nada que pertenezca a la
vida natural.

UN SOLO PAN
La vida de iglesia es una ofrenda de harina corporativa representada por el único pan
en 10:17: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un Cuerpo; pues
todos participamos de aquel mismo pan”. Este pan, o torta, representa la vida
corporativa.

Disfrutamos de esta vida corporativa cuando participamos de la mesa del Señor.


¿Acaso toma usted el pan y la copa solo? ¡Por supuesto que no! Usted participa del pan
y de la copa con los demás santos. Esto es un asunto de comunión. Por esta razón en
10:16 leemos: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre
de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?”. Por tratarse
de un asunto de comunión, participamos del pan y de la copa de forma corporativa.
Esta participación corporativa es una señal de la vida de iglesia; también es un
testimonio de la vida de iglesia.

Todos los asuntos abarcados en 1 Corintios guardan relación con la vida de iglesia, con
la vida corporativa. Según este libro, para que pueda llevarse a cabo esta vida
corporativa es necesario que seamos hombres aceitados con el Espíritu Santo, hombres
que llevan una vida bajo operación de la cruz con la resurrección de Cristo como
olíbano y en quienes no hay levadura ni miel. Ésta es la vida de iglesia como ofrenda
de harina.

La vida de iglesia en su totalidad es una ofrenda de harina. En esta ofrenda de harina


la mejor porción es para el deleite de Dios, y lo que resta es nuestro, para que lo

106
tomemos como nuestra comida diaria en el servicio que le rendimos a Dios. Nosotros,
por tanto, somos una ofrenda de harina, comida que satisface a Dios y nutre a los
demás.

Dios desea que en cada localidad haya una ofrenda de harina. Él desea que cada iglesia
local sea una ofrenda de harina que lo satisfaga a Él y abastezca plenamente a los santos
de día en día.

Nuestra hambre no solamente es satisfecha por Cristo, sino también por la vida de
iglesia. La vida de iglesia nos satisface porque ella es una ofrenda de harina corporativa,
de la cual la mejor porción es para Dios, y el resto, para nosotros. Por consiguiente,
nosotros somos nutridos por la vida de iglesia y con ella. La vida de iglesia es la ofrenda
de harina que nos brinda un suministro diario. ¡Aleluya por la vida de iglesia como
ofrenda de harina!

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DIECISIETE
LA OFRENDA DE PAZ:
CRISTO COMO PAZ
ENTRE DIOS Y EL PUEBLO DE DIOS
PARA QUE AMBOS DISFRUTEN EN MUTUA COMUNIÓN
Lectura bíblica: Lv. 3:1, 5-7, 12; 6:12; 7:37
Todo lo dicho en Levítico referente a las ofrendas fue hablado por el Señor en una
pequeña tienda, la Tienda de Reunión. En el desierto, lejos de millones de personas
que se encontraban ocupadas en tantas cosas, el propio Dios que creó el universo entró
en una pequeña tienda. Todo lo que el Dios Triuno habló allí fue dicho para la
eternidad. Por medio de estas maravillosas palabras de Dios, aquella pequeña Tienda
de Reunión poco a poco se convertirá en la Nueva Jerusalén. Cada aspecto de este
hablar referente a Cristo y al disfrute que nosotros, juntamente con Dios, tenemos de
Cristo se cumplirá en la Nueva Jerusalén. Allí, en la Nueva Jerusalén, sin duda
comprenderemos que Cristo es nuestro holocausto, nuestra ofrenda de harina, nuestra
ofrenda de paz, nuestra ofrenda por el pecado, nuestra ofrenda por las transgresiones,
nuestra ofrenda mecida y nuestra ofrenda elevada. Al final, todas estas ofrendas
redundarán en la Nueva Jerusalén.

En Levítico, las ofrendas siguen una secuencia particular. Primero vemos el


holocausto, luego la ofrenda de harina, y después la ofrenda de paz. El holocausto
significa que debemos vivir absolutamente entregados a Dios, y la ofrenda de harina
indica que Cristo es nuestro alimento diario. Cuando llevamos una vida de absoluta
entrega a Dios y vivimos alimentándonos de Cristo, el resultado es paz. Tenemos paz
con Dios y unos con los otros. Esto significa que cuando Cristo nos satisface, Él llega a
ser la paz entre nosotros y Dios. Hoy estamos en esta paz, la cual es Cristo.

Cristo es Aquel por el cual y mediante el cual llevamos una vida de absoluta entrega a
Dios y delante de Dios. Cristo es también Aquel de quien nos alimentamos cada día. Él

107
es nuestra comida diaria. Ahora este Cristo es la paz que disfrutamos con Dios y unos
con otros. Así que, el holocausto, la ofrenda de harina y la ofrenda de paz son las
ofrendas básicas que nos permiten disfrutar a Cristo como nuestra paz con Dios y unos
con otros. Éste es el significado de la secuencia de estas tres ofrendas.

Cuando nos salimos de Cristo, no tenemos paz. Si estamos escasos de paz, estamos
escasos de Cristo. La medida de paz que tenemos depende de cuánto Cristo tenemos.
Por consiguiente, la paz es un factor que nos muestra en qué grado disfrutamos a
Cristo.

No hay razón para que los miembros de la iglesia no tengan paz. No debemos intentar
tener paz por nuestros propios esfuerzos. Cuanto más nos esforcemos por tener paz,
menos paz tendremos. La única forma de tener paz consiste en disfrutar a Cristo cada
día. Por la mañana, debemos tomar a Cristo como nuestro holocausto y ofrecerlo para
satisfacer a Dios. Luego, debemos tomarlo como nuestro alimento diario para suplir
las necesidades específicas de ese día.

Debemos disfrutar a Cristo hoy y olvidarnos del día de ayer y del día de mañana. El día
de ayer ya pasó, y aún no ha llegado el día de mañana. Puesto que el día de ayer ya
pasó, ninguno de nosotros debe permanecer más en él. Si ayer fracasamos o tuvimos
éxito, eso ya pasó. Como cristianos, no tenemos el día de mañana; sólo tenemos el día
de hoy. No se preocupen por el día de mañana: ¡vivan hoy! ¿Qué tenemos hoy?
Tenemos a Cristo. Cristo es el hoy.

Hemos visto el significado de la secuencia de las primeras tres ofrendas. Consideremos


ahora algunos asuntos relacionados con la ofrenda de paz.

I. ILUSTRADA POR EL BECERRO GORDO


QUE ES DISFRUTADO APACIBLEMENTE
POR EL PRÓDIGO QUE RETORNA
Y EL DIOS QUE LO RECIBE EN LUCAS 15:23-24
La ofrenda de paz está ilustrada en Lucas 15:23-24 por el becerro gordo que fue
disfrutado apaciblemente por el hijo pródigo que retornaba, o sea, el pecador, y el
padre que lo recibe, o sea, Dios. El hijo pródigo regresó en una condición lamentable,
pero el padre fue amoroso y lo recibió inmediatamente. Después que el padre recibió
al hijo pródigo, se le dio muerte al becerro gordo para el disfrute de ellos. Este becerro
gordo muestra que Cristo es nuestra ofrenda de paz, la cual podemos disfrutar con el
Dios que nos recibe. El padre y el hijo que regresaba disfrutaron ricamente de la
ofrenda de paz.

108
II. LA OFRENDA DE PAZ EN RELACIÓN
CON EL HOLOCAUSTO Y CON LA OFRENDA DE HARINA
A. La ofrenda de paz se basa
en que Dios es satisfecho por el holocausto
La ofrenda de paz se basa en que Dios es satisfecho por el holocausto. La ofrenda de
paz, de la cual Dios y nosotros disfrutamos hoy, tiene como base que Cristo es el
holocausto. Esto lo indica Levítico 3:5 y 6:12. Refiriéndose a la ofrenda de paz, 3:5 dice:
“Los hijos de Aarón quemarán esto en el altar, sobre el holocausto, el cual estará sobre
la leña que habrá encima del fuego; es ofrenda por fuego, aroma que satisface a
Jehová”. Aquí vemos que el holocausto provee la base sobre la cual Dios recibe la
ofrenda de paz. Basado en el holocausto consumido por el fuego, Dios recibe la ofrenda
de paz.

B. La ofrenda de paz es fruto


del mutuo disfrute que la ofrenda de harina
proporciona tanto a Dios como al hombre
La ofrenda de paz es fruto del mutuo disfrute que la ofrenda de harina proporciona
tanto a Dios como al hombre (7:37). Por una parte, la ofrenda de paz se basa en el
holocausto; por otra, la ofrenda de paz es fruto del disfrute que se tiene de la ofrenda
de harina.

Esto no guarda relación con la doctrina, sino con la experiencia. Si hemos de disfrutar
a Cristo como nuestra paz de una manera práctica y diaria, primero tenemos que
tomarlo como nuestro holocausto para satisfacción de Dios, y después tenemos que
alimentarnos de Él como ofrenda de harina al disfrutarlo como nuestro alimento.
Entonces Cristo se convertirá en nuestra ofrenda de paz. Creo que todos hemos
experimentado esto.

Aunque hemos experimentado a Cristo como las ofrendas, tal vez no hayamos tenido
el conocimiento que comunican los cuadros en Levítico. Al presentarnos estos cuadros,
Levítico usa muchos términos técnicos. Muchos de nosotros hemos experimentado a
Cristo sin conocer estos términos técnicos. Uno de estos términos es holocausto. Por
la mañana, podemos orar así: “Padre Dios, amo a Tu Hijo, y quisiera ofrecértelo”.
Disfrutamos a Cristo de una manera muy dulce y presentamos este Cristo a Dios para
complacerlo. En esto consiste presentar Cristo a Dios como holocausto.

Después de presentar Cristo a Dios como holocausto, podemos decir: “Oh Señor, Tú
eres mi suministro diario. Sin Ti, no podría vivir”. Esto es tomar a Cristo como ofrenda
de harina, como nuestro suministro de vida. Ofrenda de harina es el término técnico
que equivale a suministro de vida.

Cuando tomamos a Cristo como nuestro holocausto y como nuestra ofrenda de harina,
tenemos paz. En lo profundo de nuestro ser tenemos una sensación de gozo y de que
estamos bien con Dios y que Él nos acepta. Quizás unos momentos antes usted había

109
tenido un problema, y debido a ello no se sentía en paz con Dios; pero ahora ya no hay
problemas, y usted está en paz. Esto es disfrutar a Cristo como ofrenda de paz. Todos
podemos experimentar y disfrutar esto cada día.

III. LAS DIFERENTES CLASES


DE OFRENDA DE PAZ
En Levítico vemos que hay diferentes clases de ofrenda de paz. Así como hay diferentes
tamaños de holocausto, también existen diferentes clases de ofrenda de paz.

A. No es debido a Cristo,
sino a que el disfrute de Cristo experimentado
por el oferente puede encontrarse
en diferentes condiciones
El hecho de que haya diferentes clases de ofrenda de paz no es debido a Cristo mismo,
sino a que el disfrute de Cristo experimentado por el oferente puede encontrarse en
diferentes condiciones. A veces disfrutamos a un Cristo grande. En otras ocasiones algo
sucede, quizás algún problema en nuestra vida familiar, que limita el disfrute que
tenemos de Cristo. Esto no significa que Cristo se haya hecho más pequeño; más bien,
significa que la condición en la cual disfrutamos a Cristo se ha vuelto estrecha y
pequeña. Satanás busca limitar el disfrute que tenemos de Cristo y hacer más estrecha
la condición en la cual disfrutamos a Cristo. Por consiguiente, debemos aprender a
vencer toda clase de dificultades, incluso orar en nuestro “aposento” (Mt. 6:6) para
evitar interrupciones, a fin de estar en una condición más propicia y más elevada en la
cual podamos disfrutar a un Cristo de mayor tamaño.

B. Del ganado vacuno, sea macho o hembra


1. Macho
Levítico 3:1 dice: “Si su ofrenda es un sacrificio de ofrendas de paz, si la presenta del
ganado vacuno, sea macho o hembra, sin defecto la presentará delante de Jehová”. El
macho representa a un oferente fuerte, quien disfruta a Cristo como macho del ganado
vacuno.

No es que Cristo sea fuerte o débil; más bien, nosotros somos fuertes o débiles. Si
somos fuertes, disfrutaremos a un Cristo más fuerte. Si somos débiles, disfrutaremos
a un Cristo más débil; no es que Cristo sea débil en Sí mismo, sino que es más débil en
nuestra experiencia a causa de nuestra debilidad. Cuando estamos débiles o nos
sentimos desilusionados, tenemos un disfrute más débil del Cristo fuerte. Debido a que
somos débiles, Él es débil en nuestra experiencia.

2. Hembra
La hembra representa a un oferente débil, quien disfruta a Cristo como hembra del
ganado vacuno.

110
De hecho, todos los animales del ganado vacuno son fuertes. Cristo en Sí mismo es
fuerte. Si disfrutamos a un Cristo fuerte o a un Cristo débil depende de nuestra
condición. Si según nuestra condición somos fuertes, disfrutaremos a un Cristo fuerte;
pero si estamos débiles, disfrutaremos a un Cristo débil.

C. Del rebaño, un cordero o una cabra


1. Un cordero
Levítico 3:6 y 7 dicen: “Si su ofrenda para el sacrificio de ofrendas de paz a Jehová es
del rebaño, presentará un macho o una hembra sin defecto. Si presenta un cordero
como su ofrenda, lo presentará delante de Jehová”. Un cordero significa que el oferente
disfruta a Cristo en Su perfección y belleza como cordero. Creo que todos nosotros
hemos tenido esta clase de experiencia, en la cual disfrutamos a Cristo en Su perfección
y belleza.

2. Una cabra
El versículo 12 dice: “Si su ofrenda es una cabra, la presentará delante de Jehová”. Aquí
la cabra significa que el oferente disfruta a Cristo como cabra, no tanto en Su perfección
y belleza.

Según Mateo 25, las ovejas son buenas y las cabras no son buenas. ¿Cómo, entonces,
podríamos experimentar a Cristo a veces como oveja y a veces como cabra? Si nuestra
condición es lamentable, no disfrutaremos a Cristo como oveja en Su perfección y
belleza; más bien, lo disfrutaremos como cabra sin perfección ni belleza. Supongamos
que un hermano intenta disfrutar a Cristo después de altercar con su esposa. En ese
momento, el disfrute que él tiene de Cristo será pobre; por tanto, disfrutará a Cristo no
como oveja, sino como cabra. Esto indica que según nuestro sentir, Cristo varía
conforme a nuestra condición. Por supuesto, no es que Cristo en Sí mismo varíe, sino
que somos nosotros los que tenemos un sentir distinto según la condición en que nos
encontremos.

IV. SIN DEFECTO


La ofrenda de paz que se ofrecía debía ser sin defecto (3:1, 6). Esto significa sin pecados
ni transgresiones. Cristo, nuestra ofrenda de paz, es perfecto. Él no tiene defecto
alguno.

V. PONER LA MANO
SOBRE LA CABEZA DE LA OFRENDA
El que presentaba la ofrenda de paz debía poner su mano sobre la cabeza de la ofrenda
(3:2, 8, 13). Esto representa la unión del oferente con la ofrenda. En lugar de usar la
palabra unión, tal vez debiéramos usar la palabra identificación. Al poner su mano
sobre la ofrenda, el oferente se identifica con la ofrenda.

Al respecto, debemos tener cuidado respecto a decir que Cristo nos reemplaza. Nuestra
relación con Cristo no es una cuestión de reemplazo, sino de identificación.

111
Identificación es más que unión. La palabra unión no comunica plenamente la verdad
en cuanto a nuestra comunión con Cristo. Nuestra comunión con Cristo es una
cuestión de identificación, es decir, consiste en que nosotros llegamos a ser lo que Él
es, y en que Él llega a ser lo que nosotros somos. Nosotros y Cristo somos uno solo.
Nosotros llegamos a ser Él, y Él llega a ser nosotros. Por consiguiente, debemos
cambiar nuestro concepto acerca del reemplazo. Ser reemplazados por Cristo significa
que nosotros desaparecemos por completo. La relación que tenemos con Cristo no es
una cuestión de reemplazo, sino de ser uno con Él.

VI. DEGOLLADA A LA ENTRADA


DE LA TIENDA DE REUNIÓN
La ofrenda de paz era degollada a la entrada de la Tienda de Reunión (vs. 2, 8, 13). Esto
significa que Cristo fue inmolado en la tierra y delante de Dios.

Hoy en día podemos disfrutar a Cristo aquí en la tierra. No espere ir al cielo para
disfrutar a Cristo. Disfrútelo aquí en la tierra, donde usted se encuentra ahora mismo.
Hay un proverbio que dice que el agua que está lejos no puede apagar nuestra sed. Si
Cristo estuviera únicamente en el cielo, no tendría nada que ver con nosotros. Hoy
disfrutamos a Cristo en la tierra, en el lugar donde nos encontramos.

VII. LA SANGRE ES ROCIADA


SOBRE EL ALTAR Y ALREDEDOR DEL MISMO
La sangre de la ofrenda de paz era rociada sobre el altar y alrededor del mismo (vs. 2,
8, 13). Esto indica que la sangre hace que la conciencia del oferente esté en paz.

Esta sangre no se llevaba al Lugar Santísimo para apaciguar a Dios, sino que era
rociada sobre el altar y alrededor del altar, donde estaba el oferente. Esto nos muestra
que la sangre de la ofrenda de paz nos da paz y seguridad. Cuando vemos la sangre de
la ofrenda de paz, tenemos la certeza de que nuestros pecados han sido lavados. La
sangre de la ofrenda era derramada por causa de nosotros, y ahora está ante nuestros
ojos. Así que, podemos decir: “Gracias, Señor. Mis pecados han sido perdonados. Esto
lo sé porque veo Tu sangre. La sangre es la prueba de que Dios ha perdonado mis
pecados”.

VIII. TODA LA GROSURA QUE CUBRE


LAS PARTES INTERNAS,
LOS DOS RIÑONES Y LA GROSURA
QUE ESTÁ SOBRE ELLOS,
EL LÓBULO DEL HÍGADO Y LA COLA GORDA ENTERA
SON QUEMADOS SOBRE EL ALTAR
Toda la grosura que cubría las partes internas, los dos riñones y la grosura que estaba
sobre ellos, el lóbulo del hígado y la cola gorda entera debían ser quemados en el altar
(vs. 3-5, 9-11, 14-16). Esto significa que Dios debe ser el primero que disfruta, Aquel

112
que disfruta de lo primero, lo mejor, de la ofrenda. La mejor parte de la ofrenda de paz
es la porción de Dios.

IX. ALIMENTO DE LA OFRENDA POR FUEGO


“El sacerdote lo quemará sobre el altar. Es el alimento de la ofrenda por fuego como
aroma que satisface a Jehová” (v. 16). Esto significa que la ofrenda de paz era una
especie de holocausto (1:9, 13, 17) por ser alimento para Dios que le trae satisfacción y
disfrute.

X. EL PECHO Y EL MUSLO DERECHO DE LA OFRENDA


SON PORCIÓN DE LOS SACERDOTES
Los sacerdotes tenían el pecho y el muslo derecho de la ofrenda como porción suya
(7:30-34). Esto significa que todos los creyentes que sirven a Dios como sacerdotes
pueden disfrutar a Cristo con Dios y pueden disfrutarlo como Aquel que los capacita
para amar y que los fortalece para estar firmes. Cuando comemos el pecho de Cristo,
poseemos Su capacidad de amar. Amamos a los demás y sentimos una preocupación
amorosa por ellos. Cuando comemos el muslo de Cristo, poseemos la fuerza para estar
firmes.

XI. A LOS SACERDOTES NO SE LES PERMITE


COMER LA GROSURA NI LA SANGRE DE LA OFRENDA
A los sacerdotes no se les permitía comer la grosura ni la sangre de la ofrenda. “Estatuto
perpetuo será por todas vuestras generaciones, dondequiera que habitéis: no comeréis
ninguna grosura ni ninguna sangre” (3:17). No comer la grosura ni la sangre significa
que la mejor parte de Cristo está destinada a satisfacer a Dios y que Su sangre para
nuestra redención satisface los requisitos de Dios. Por tanto, en el universo los
creyentes de Jesús pueden ingerir únicamente la sangre de Jesús.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DIECIOCHO
LA OFRENDA POR EL PECADO:
EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ MISMO
POR EL PECADO DEL PUEBLO DE DIOS
(1)
Lectura bíblica: Lv. 4:1-35; 1 Jn. 1:5-9; Col. 1:12; Ro. 5:12; 7:17, 20; 8:3; Jn. 1:14; 2
Co. 5:21; Jn. 3:14; Ro. 6:6; He. 2:14; 4:15; Gá. 5:19-21; Jn. 12:31
En los mensajes anteriores abarcamos las primeras tres de las cinco ofrendas básicas:
el holocausto, la ofrenda de harina y la ofrenda de paz. La cuarta ofrenda básica es la
ofrenda por el pecado, y la quinta es la ofrenda por las transgresiones. En este mensaje
empezaremos a considerar la ofrenda por el pecado.

113
LA SECUENCIA EN QUE
SON DISPUESTAS LAS OFRENDAS
Me siento maravillado al ver la secuencia en que fueron dispuestas las cinco ofrendas
básicas. Esta secuencia no es según el pensamiento humano, que pondría la ofrenda
por el pecado en primer lugar. Puesto que sabemos que somos pecaminosos, lo primero
que queremos es que se ponga fin a nuestro pecado. Después de esto, podríamos
escoger el holocausto, la ofrenda de harina y la ofrenda de paz. Sin embargo, la
secuencia divina es diferente. La secuencia divina comienza con el holocausto, lo cual
nos muestra que con relación a nosotros, lo primordial es que vivamos absolutamente
entregados a Dios. Después del holocausto sigue la ofrenda de harina, lo cual nos
muestra que debemos tomar a Cristo como nuestro suministro de vida y vivir
diariamente por Él. El resultado de tomar a Cristo como nuestro holocausto y nuestra
ofrenda de harina es que tenemos paz. No obstante, aunque tenemos paz, aún tenemos
ciertos problemas —el pecado por dentro y los pecados por fuera—, a los cuales
ciertamente se les debe dar solución.

La secuencia que siguen las ofrendas en Levítico concuerda con la secuencia de 1 Juan
1. El versículo 5 dice: “Dios es luz, y en Él no hay ningunas tinieblas”. El versículo 6
afirma que si decimos que tenemos comunión con el Dios que es la luz misma y
“andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad”. El versículo 7 añade:
“Pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la
sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado”. Esto indica que mientras tenemos
comunión con Dios y lo disfrutamos, nos daremos cuenta de que entre nosotros y Dios
existe un problema, y que este problema es el pecado.

El pecado y los pecados


El Nuevo Testamento trata sobre el problema del pecado usando la palabra pecado, en
singular, y la palabra pecados, en plural. Pecado se refiere al pecado que mora en
nosotros, el cual provino de Satanás y entró en la humanidad por medio de Adán (Ro.
5:12). Se habla de esto en la segunda sección de Romanos, de 5:12 a 8:13 (con la
excepción de 7:5, donde se menciona la palabra pecados). Pecados se refiere a los
hechos pecaminosos, a los frutos del pecado que mora en nosotros, los cuales son
expuestos en la primera sección de Romanos, de 1:18 a 5:11. Sin embargo, en 1 Juan 1:7
la palabra pecado, en singular, acompañada del adjetivo todo, no se refiere al pecado
que mora en nosotros, sino a cada uno de los pecados que cometemos (v. 10) después
de haber sido regenerados. Tal pecado contamina nuestra conciencia purificada y debe
ser limpiado por la sangre del Señor Jesús en nuestra comunión con Dios.

Cristo, como ofrenda por el pecado (Lv. 4; Is. 53:10; Ro. 8:3; 2 Co. 5:21; He. 9:26), puso
fin a nuestro pecado, el pecado que mora en nuestra naturaleza (Ro. 7:17); y Cristo,
como ofrenda por las transgresiones, llevó sobre Sí nuestros pecados, nuestras
transgresiones (Lv. 5; Is. 53:11; 1 Co. 15:3; 1 P. 2:24; He. 9:28). Sin embargo, después
de ser regenerados, todavía necesitamos tomar a Cristo como nuestra ofrenda por el
pecado, como se indica en 1 Juan 1:8, y también como nuestra ofrenda por las
transgresiones, como se indica en 1 Juan 1:9.

114
En 1 Juan 1:8 se nos dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a
nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Este versículo habla del pecado que
mora en nosotros, el pecado que heredamos por nacimiento. Éste es el pecado
mencionado en Romanos 5:12. Si decimos que, después de ser salvos y regenerados, ya
no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Aunque hemos sido salvos y
regenerados, y aunque buscamos al Señor, lo amamos y tenemos comunión con Él, el
pecado sigue morando en nosotros. Esto es un hecho. Si lo negamos, la verdad no está
en nosotros.

A continuación, 1 Juan 1:9 dice: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para
perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”. Esto se refiere a la
confesión de nuestros pecados después de nuestra regeneración, y no a la confesión de
nuestros pecados antes de la regeneración. Aquí pecados denota nuestras acciones
pecaminosas.

Un cuadro de la secuencia en 1 Juan


La secuencia de las cinco ofrendas en Levítico 1—5 es un cuadro de la secuencia en 1
Juan 1. El holocausto, la ofrenda de harina y la ofrenda de paz nos conducen a la
comunión con Dios. Cuando tomamos a Cristo como nuestro holocausto delante de
Dios y cuando lo tomamos como nuestro diario suministro de vida, somos introducidos
en la paz divina, y en esta paz disfrutamos al Dios Triuno en comunión. Por
consiguiente, la experiencia que tenemos de las primeras tres ofrendas redunda en
comunión con Dios, quien es luz. En la luz vemos nuestros fracasos, nuestros errores y
nuestra mala actitud hacia los demás. A la postre, nos damos cuenta de que no sólo
tenemos pecados que se manifiestan externamente, sino también pecado que mora en
nuestra carne. Nos damos cuenta incluso de que somos el pecado mismo. Tenemos la
profunda convicción de que no somos más que pecado.

Quizás procuremos ser buenos y hacer lo correcto; sin embargo, acabamos por hacer
todo lo contrario. Entonces, al igual que Pablo, decimos: “Ya no soy yo quien obra
aquello, sino el pecado que mora en mí” (Ro. 7:17). Mediante nuestra comunión con
Dios, quien es luz, descubrimos que somos pecaminosos, que tenemos pecado
internamente y pecados externamente. Interiormente tenemos una “madre”
pecaminosa, y externamente cometemos acciones pecaminosas, que son los “hijos” de
esta madre pecaminosa.

Gálatas 5:19-21 habla de las obras de la carne. Estas obras incluyen contiendas, celos,
divisiones y sectas. ¿Podríamos afirmar que no tenemos contiendas ni celos en nuestra
vida de iglesia? No podríamos afirmarlo. Es posible que en la vida de iglesia también
haya sectas, es decir, que los santos tomen partido por ciertas personas. Ésta era la
situación que imperaba en Corinto. “Cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo
de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1 Co. 1:12). Si hay contiendas, celos, divisiones
y sectas en nuestra vida de iglesia o en nuestra vida familiar, queda claro que vivimos
y actuamos en la carne. Si decimos que tenemos comunión con Dios y tenemos todavía
estas obras de la carne, andamos en tinieblas y nos engañamos a nosotros mismos. Si
hay contiendas, celos, divisiones y sectas en nuestra vida de iglesia, eso significa que

115
nuestra vida de iglesia se halla en tinieblas. Asimismo, si decimos que estamos en
comunión con Dios, pero nuestra actitud para con nuestro cónyuge es la equivocada,
nos engañamos a nosotros mismos.

Si verdaderamente tomamos a Cristo como nuestro holocausto para satisfacer a Dios y


como nuestra ofrenda de harina para que sea nuestro alimento diario, estaremos en
luz y andaremos en luz. Luego, en la luz divina, veremos nuestros fracasos y defectos.
Si hemos tenido una actitud inapropiada hacia nuestro cónyuge, nos daremos cuenta
de ello y confesaremos que eso está mal. Si hemos criticado a ciertos hermanos o hemos
tomado partido por ciertos santos, nos daremos cuenta de que eso también está mal.
¡Oh, que todos estemos dispuestos a ser alumbrados y le pidamos al Señor que nos dé
Su luz! Si decimos que estamos disfrutando al Señor, tenemos que estar en la luz.

Colosenses 1:12 dice que Cristo es la porción de los santos en la luz. Cristo no es la
porción de los santos que están en tinieblas, en críticas o en sectas. ¿Dónde estamos:
en luz o en tinieblas? No podemos disfrutar a Cristo como la porción de los santos si
no estamos en la luz.

Después de disfrutar a Cristo como las primeras tres ofrendas, lo necesitamos como la
ofrenda por el pecado. Mientras le disfrutamos, podemos decirle desde lo más
profundo de nuestro ser: “Señor, te doy gracias que estoy en Tu presencia. Te amo,
Señor, y te tomo como mi suministro diario”. Espontáneamente, la luz resplandecerá.
Tal vez nos ilumine acerca de cierta palabra que le dijimos a nuestro cónyuge o acerca
de alguna crítica que hicimos de algún hermano. Inmediatamente lo confesaremos y le
pediremos al Señor que nos perdone.

Muy a menudo, mientras disfrutaba al Señor, Él me iluminaba en cuanto a la manera


en que había elogiado a cierta persona en particular y me mostraba que mis palabras
procedían de mi carne, de mi ser natural, y no de mi espíritu. Entonces tenía que hacer
una confesión al Señor acerca de los elogios que expresaba de ciertas personas y de sus
virtudes.

Todo lo que no se haga en el espíritu, sea bueno o malo, proviene de una sola fuente:
la carne. Criticar a otros proviene de la carne, y elogiar a los demás valiéndonos de
nuestro ser natural también proviene de la carne. Sólo aquello que hacemos al andar,
hablar y actuar en total conformidad con el espíritu, poniendo nuestra mente en el
espíritu (Ro. 8:6), no proviene de la carne.

En Romanos 8:4, Pablo dice que el justo requisito de la ley se cumple en aquellos que
andan conforme al espíritu. Pablo no dice que el justo requisito de la ley se cumple en
nosotros cuando hacemos el bien, pues hacer el bien no es conforme al árbol de la vida
sino conforme al árbol del conocimiento del bien y del mal. En lugar de esforzarnos
por hacer el bien, simplemente debemos andar conforme al espíritu. Si no sentimos la
unción en nuestro espíritu, no debemos decir nada, ni bueno ni malo. Esto es andar en
el espíritu y ser liberados de la carne.

116
LA CARNE Y LA CRUZ
Desde el momento en que traje el recobro del Señor a los Estados Unidos, he recalcado
cuatro asuntos: Cristo, el Espíritu, la vida y la iglesia. La carga con respecto a estos
asuntos ha sido muy pesada. Sin embargo, en este mensaje siento la carga de hablar
acerca de la carne y la cruz. Debemos saber qué es la carne y cómo la cruz de Cristo le
pone fin. Necesitamos hoy en el recobro del Señor escuchar una palabra en cuanto a la
carne y la cruz. Es posible que nuestro disfrute de Cristo esté lleno de levadura y miel
y que también carezca de sal. Por tanto, siento la carga de ministrar sal, esto es, la cruz,
a las iglesias.

Al hablarles acerca de la carne y la cruz, mi preocupación no se centra en la doctrina,


sino en la experiencia. Mientras vivamos en este cuerpo, siempre tendremos la carne.
Debemos estar alertas. Efectivamente, fuimos sepultados con Cristo en el bautismo,
pero Satanás trata de resucitar lo que fue sepultado. Por consiguiente, debemos velar,
especialmente por la mañana cuando nos levantamos. Tal vez hayamos dormido
tranquilamente después de haber disfrutado al Señor en comunión la noche anterior.
Pero al levantarnos por la mañana, la carne maligna tratará de seguirnos. Pese a que la
carne ya fue sepultada, con todo, tratará de inducirnos a pensar negativamente de
nuestro cónyuge o de ciertos hermanos. Debemos darnos cuenta de que estos
pensamientos son la diabólica resurrección de nuestra carne.

En esos momentos, debemos orar, diciendo: “Señor, ten misericordia de mí. No quiero
andar conforme a esta horrenda carne que es instigada por Tu enemigo. Deseo
disfrutarte a Ti, Señor”. Entonces, quizás con lágrimas, continuemos orando así:
“Padre, tomo a Tu Hijo, mi amado Señor, como mi holocausto. Yo no puedo vivir
absolutamente entregado a Ti, pero sí puedo disfrutar esa vida que está en Él. Lo tomo
a Él como mi holocausto y te lo ofrezco a Ti, Padre. También lo tomo como mi alimento
diario”. Esto nos permitirá disfrutar a Cristo como ofrenda de paz. Luego, mientras
estamos en la presencia del Señor, seremos alumbrados, quedará al descubierto
nuestra condición y veremos la clase de persona que somos. En ese momento
necesitaremos que nuestro amado Señor Jesús sea nuestra ofrenda por el pecado. Esto
es lo que significa tomar como nuestra ofrenda por el pecado a Cristo mismo, quien es
nuestro holocausto, ofrenda de harina y ofrenda de paz. Esta secuencia no tiene que
ver con la doctrina; más bien, guarda relación con nuestra experiencia personal que,
muy menudo, resulta tan dolorosa.

Cada vez que tengamos la experiencia de disfrutar paz con el Dios Triuno, nos daremos
cuenta de que necesitamos la ofrenda por el pecado. Confesaremos esto al Señor,
diciendo: “Padre, nunca me había dado cuenta de que soy tan pecaminoso. No sólo soy
pecaminoso, sino que soy pecado. El pecado mora en mi carne, y soy por completo
pecado. Ciertamente necesito que mi Señor Jesús sea mi ofrenda por el pecado.
¡Cuánto lo atesoro por ser mi ofrenda por el pecado!”.

Todo lo que proceda de la carne es pecado. Ya sea que critiquemos a los demás o los
alabemos, ambas acciones tienen su origen en la carne y son pecado. Lo único que
puede dar fin a la carne es la cruz, la sal. Necesitamos mucho la sal en nuestra vida

117
cotidiana, en nuestra vida familiar y en nuestra vida de iglesia. Es únicamente cuando
tenemos la sal que los “gérmenes” dejan de estar activos. La vida de iglesia hoy necesita
una “fumigación”, la aniquilación de todos los gérmenes mediante nuestra experiencia
de la cruz. Esta aniquilación es una misericordia de parte del Señor; es la salvación que
el Señor nos brinda en Su misericordia.

EL PECADO, LA CARNE, SATANÁS Y EL MUNDO


Según el Nuevo Testamento, hay cuatro cosas que son inseparables: el pecado, la carne,
Satanás y el mundo. Estos cuatro son uno.

Tres denotaciones de la carne según la Biblia


En la Biblia, la palabra carne tiene distintas denotaciones. Primero, la carne denota el
cuerpo humano (Gn. 2:21). Segundo, en Génesis 6:3 la carne denota la humanidad
caída. Ésta es también la denotación en Romanos 3:20, donde Pablo dice que “por las
obras de la ley ninguna carne será justificada” delante de Dios. Tercero, la carne denota
el cuerpo corrupto (Ro. 7:18). Dios creó el cuerpo humano. Pero después que el cuerpo
se corrompió, se hizo carne. En contraste con una persona espiritual, quien vive en el
espíritu, y una persona natural, quien vive en el alma, una persona carnal, o de la carne,
vive según las concupiscencias de la carne (1 Co. 3:1, 3; 2:14).

La Palabra se hizo carne


Juan 1:14 dice: “La Palabra se hizo carne”. ¿Qué significa carne aquí? Según el contexto
de todo el Evangelio de Juan, la carne mencionada en 1:14 denota al hombre caído y
pecaminoso. Dios, la Palabra, se hizo un hombre caído y pecaminoso, pero sólo en
semejanza. Pablo aclara esto cuando nos dice en Romanos 8:3 que Dios envió “a Su
propio Hijo en semejanza de carne de pecado”. Esto comprueba que la carne
mencionada en Juan 1:14 es la carne de pecado. El significado de la encarnación es que
Dios se hizo un hombre pecaminoso en semejanza. En su nota sobre este versículo, el
Dr. Ryrie dice: “Jesucristo era único, porque siendo Dios desde la eternidad, se unió a
la humanidad pecaminosa en la encarnación”.

El tipo de la serpiente de bronce (Jn. 3:14; Nm. 21:4-9) indica que Cristo no tenía la
carne de pecado, sino únicamente la semejanza de carne de pecado. Cuando los hijos
de Israel pecaron contra Dios, fueron mordidos por serpientes y comenzaron a morir.
De hecho, a los ojos de Dios, ya estaban muertos. Entonces, Dios le dijo a Moisés que
levantara una serpiente de bronce para que el juicio de Dios recayera sobre la serpiente
y no sobre ellos; de ese modo, todo aquel que mirara la serpiente de bronce sería salvo
y viviría. La serpiente de bronce era el salvador de ellos. Aquello fue un tipo. En Juan
3:14, el Señor Jesús aplicó este tipo a Sí mismo, dando a entender que mientras estaba
en la carne, Él —según las palabras de Pablo— tenía la semejanza de carne de pecado,
esto es, la forma de la serpiente de bronce. La serpiente de bronce sólo tenía la forma
de una serpiente, pero no el veneno. Cristo tenía la semejanza de carne de pecado, pero
de ningún modo participó del pecado de la carne (2 Co. 5:21; He. 4:15). La serpiente de
bronce es un tipo de Cristo como nuestro Salvador. “Como Moisés levantó la serpiente

118
en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo
aquel que en Él cree, tenga vida eterna” (Jn. 3:14-15).

El Cordero de Dios,
la serpiente de bronce y el grano de trigo
El Evangelio de Juan usa tres figuras para describir a Cristo en Su muerte: el Cordero
de Dios (1:29), la serpiente de bronce (3:14) y un grano de trigo (12:24). Estas figuras
describen tres aspectos de Cristo como nuestro Salvador. Con respecto al pecado, Él es
el Cordero. Con respecto a Satanás, la antigua serpiente, Él es la serpiente de bronce,
Aquel que vino en semejanza de carne de pecado. Con respecto a liberar la vida divina
para producirnos como los muchos hijos de Dios, Él es el grano de trigo. Por
consiguiente, Él es el Salvador-Cordero, el Salvador-serpiente y el Salvador-grano. Lo
tenemos como nuestro Salvador en tres aspectos: Aquel que pone fin a nuestro pecado,
Aquel que destruye la antigua serpiente y Aquel que nos produce como los muchos
hijos de Dios.

Creo que Adán, el hombre creado por Dios, era apuesto. En cambio, en el Señor Jesús
no había parecer ni hermosura, ni era atractivo físicamente (Is. 53:2). Él era un hombre
que se veía desgastado a causa de todos los dolores que experimentó (v. 3). Nuestro
Señor tenía la semejanza de un hombre caído; no obstante, cuando el Señor Jesús
estuvo en la cruz, Dios contó esa semejanza como real.

Por medio de la muerte de Cristo en la cruz


se le dio fin al pecado en la carne,
al viejo hombre, a Satanás y al mundo
El Nuevo Testamento recalca el hecho de que Cristo fue crucificado en la carne y murió
en la carne. Él no murió en ninguna otra forma que no fuera la carne que Dios había
condenado. Romanos 8:3 dice: “Dios, enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne
de pecado y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la carne”. Cuando el Señor Jesús
fue crucificado en la carne, Dios condenó al pecado en la carne. El pecado no era
simplemente un asunto; el pecado es una persona, y esta persona debía ser condenada.
Por medio de la muerte del Señor en la cruz, Dios condenó al pecado en la carne. Esto
significa que cuando la carne fue crucificada, el pecado que residía en la carne fue
condenado.

Romanos 6:6 afirma que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo.
Nuestro viejo hombre está en la carne. Puesto que Cristo fue crucificado en la carne,
nuestro viejo hombre, que está en la carne, también fue crucificado juntamente con Él.
Nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo en la carne.

Por medio de la muerte de Cristo, no sólo fue condenado el pecado y fue crucificado
nuestro viejo hombre, sino que también Satanás, el diablo, fue destruido (He. 2:14).
Además, por medio de la cruz de Cristo, el mundo fue juzgado y el gobernador, el
príncipe del mundo, fue echado fuera (Jn. 12:31). Así que, mediante la muerte de Cristo
fueron eliminadas cuatro cosas: el pecado en la carne, el viejo hombre, Satanás y el

119
mundo. Esto significa que por medio de la muerte de Cristo en la carne, se le dio fin a
todas las cosas negativas.

Debemos tener esta comprensión cada vez que tomemos a Cristo como nuestra ofrenda
por el pecado. La ofrenda por el pecado significa que el pecado fue condenado en la
carne, que nuestro viejo hombre fue crucificado, que Satanás fue destruido, y que el
mundo fue condenado y el príncipe del mundo echado fuera.

Todos debemos aprender a tomar a Cristo como tal ofrenda por el pecado. Cuando
entramos en comunión con el Dios Triuno mediante Cristo como holocausto, ofrenda
de harina y ofrenda de paz, entonces debemos aplicar a Cristo como nuestra ofrenda
por el pecado.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE DIECINUEVE
LA OFRENDA POR EL PECADO
EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ MISMO
POR EL PECADO DEL PUEBLO DE DIOS
(2)
Lectura bíblica: Lv. 4:1-7, 13-18, 22-25, 27-30, 32-34
En este mensaje abarcaremos varios asuntos relacionados con la ofrenda por el pecado.

I. EL SIGNIFICADO DE LA OFRENDA POR EL PECADO


A. Por el pecado cometido involuntariamente
Levítico 4 habla varias veces del que peca involuntariamente (vs. 1-2, 13, 22, 27). El
pecado cometido involuntariamente se refiere a una falta, un error o un descuido; es
decir, denota el hecho de pecar sin proponérnoslo. Si bien no tenemos la intención de
pecar, pecamos involuntariamente.

El pecado cometido involuntariamente mencionado en Levítico 4 representa el pecado


en nuestra naturaleza caída, el pecado que mora en nosotros. El pecado que heredamos
de Adán mora en nuestra carne. Muchas veces pecamos involuntariamente. Estos
pecados proceden del pecado que mora en nosotros. El pecado entró por medio de la
caída de Adán y se introdujo en el linaje humano (Ro. 5:12). Por ello, en todos los seres
humanos hay algo que se llama pecado.

En Romanos 7, el pecado está personificado, pues puede morar en nosotros (v. 17),
matarnos (v. 11) y hacer muchas cosas en nosotros. Por tanto, el pecado es una persona
viva. No podemos encontrar ningún versículo que diga que el pecado es Satanás
mismo. Sin embargo, la Biblia indica que el pecado es la naturaleza de Satanás. Puesto
que el pecado es la naturaleza de Satanás, el pecado es en realidad Satanás mismo.

120
El pecado entró en el linaje humano cuando Adán cayó. Esto significa que la caída de
Adán abrió la puerta para que el pecado —que es la naturaleza de Satanás e incluso
Satanás mismo— entrara a nuestro ser. Romanos 7 dice claramente que el pecado mora
en nuestra carne (vs. 17, 20, 23). A menudo hemos tenido el deseo de hacer el bien, por
ejemplo, honrar a nuestros padres o mostrar consideración por nuestro hermano, pero
el resultado ha sido exactamente lo opuesto. Pecamos involuntariamente, haciendo
algo que no teníamos ninguna intención de hacer. Pablo tuvo esta experiencia, y fue
por eso que dijo: “Ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Ro. 7:20b).

En Romanos 7 vemos a dos personas. Una persona no desea pecar, y la otra, que está
dentro de la primera, es la que peca. Esto indica que Pablo tenía dos vidas que
correspondían a dos personas: la vida de sí mismo, Saulo de Tarso, y la vida de algo
que se llama pecado. Estas dos personas vivían juntas, pero no por voluntad propia. A
veces eran buenos amigos, y otras veces, se peleaban la una con la otra.

Romanos 7 presenta un cuadro de la experiencia que tuvimos no sólo antes de ser


salvos, sino también de nuestra experiencia hoy en día. ¿Acaso no han descubierto que
se libra una guerra dentro de ustedes? Por una parte, podemos declarar: “Amo a la
iglesia”; por otra, hay algo dentro de nosotros que dice: “No me gusta la iglesia”. A
veces decimos: “Amo a todos los santos. Todos ellos son queridos y preciosos”. Sin
embargo, quizás haya un anciano al cual no podemos amar. Así que, hay una lucha
dentro de nosotros. Aspiramos a ser santos, pero el resultado no es la santidad. Todo
el día pecamos involuntariamente.

Tal vez hayamos sido cristianos por muchos años, con todo, aún se libra una guerra
dentro de nosotros. Quisiéramos ser perfectos, pero hacemos muchas cosas que son
pecados cometidos involuntariamente. Así que, puesto que el pecado mora en nosotros
y cometemos pecados involuntariamente, no somos dignos de confianza.

Todo lo que hacemos impulsado por la carne es pecado. A los ojos de Dios, aun nuestro
amor procedente de la carne es pecado. No sólo las cosas malas son pecado, sino
también las cosas buenas que proceden de la carne son pecado. Lo que cuenta es la
fuente, no el producto o resultado. Ésta es la razón por la que Gálatas 5:24 dice: “Los
que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias”.

Según la perspectiva humana, la carne puede tener tanto una apariencia de bondad
como de maldad. Pero independientemente de si somos buenos, malos o algo en el
medio, mientras seamos carne, seremos pecado. La carne es completamente una con
el pecado (Ro. 8:3), y el pecado es totalmente uno con Satanás. De hecho, el pecado es
Satanás mismo. Además, Satanás es uno con el mundo, y el mundo es uno con el
príncipe del mundo (Jn. 12:31). Estas cinco cosas constituyen una sola: la carne, el
pecado, Satanás, el mundo y el príncipe (la autoridad o poder) del mundo.

El mundo de hoy está relacionado con la carne, el pecado, Satanás y el príncipe del
mundo. Aquí la palabra príncipe implica autoridad o poder. El mundo es, de hecho, la
lucha por alcanzar el poder. Toda persona y toda nación lucha por el poder. En todas

121
partes se compite, se disputa, por el poder. En las universidades, tanto los profesores
como los estudiantes luchan por el poder. Por ejemplo, tal vez un profesor diga que su
intención es ayudar a la sociedad o que desea inventar algo que beneficie a la sociedad.
Pero en realidad él, al igual que el resto de la gente, lucha por el poder. Esta lucha por
el poder es el resultado, el fruto, de la carne, el pecado, Satanás, el mundo y el príncipe
del mundo.

Gálatas 5:16-26 habla de la lucha entre la carne y el Espíritu. El versículo 26, el


versículo con el que concluye esta sección, dice: “No nos hagamos vanagloriosos,
provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros”. En este versículo vemos la
lucha por vanagloria. Esto indica que aun en la vida de iglesia podría haber lucha por
vanagloria. Esto lo confirma el hecho de que Pablo dirija estas palabras a las iglesias, a
las iglesias de Galacia (Gá. 1:2), que era una provincia del antiguo Imperio romano.
Todos buscamos vanagloria. Si no fuera así, Pablo no habría visto la necesidad de
dirigirnos estas palabras. Tal vez pensemos que los asuntos mencionados en 5:16-26
existían entre las iglesias de Galacia, pero no entre nosotros hoy en día. Sin embargo,
no debemos leer estos versículos como si se aplicaran solamente a ellos; debemos
incluirnos a nosotros mismos al leer estos versículos. Así como aplicamos Juan 3:16 a
nosotros mismos, debemos hacer lo mismo con respecto a Gálatas 5:16-26.

La ofrenda por el pecado tiene una denotación muy amplia; no sólo tiene que ver con
el pecado, sino también con nuestra carne, con Satanás, el maligno que está en nuestra
carne, con el mundo y con la lucha por el poder. Según la Biblia, el pecado está
relacionado con estas cuatro cosas.

Satanás es el príncipe del mundo; Satanás quizás se sienta orgulloso de ser tal príncipe.
Isaías 14 revela que aunque él estaba cercano a Dios, no estaba satisfecho. Él quería
colocarse por encima de Dios, o por lo menos, estar en posición para rivalizar con Él.
Por esta razón, cuando la Biblia condena al pecado, condena a Satanás y también la
carne, el mundo y la lucha por el poder. Todo lo que acontece hoy en la tierra está
relacionado con la lucha por el poder. Todos los buenos discursos, los buenos sermones
y las buenas explicaciones que ofrecen los hombres no son más que capas que encubren
la lucha por el poder.

B. Dios, enviando a Su Hijo


en semejanza de carne de pecado
y en cuanto al pecado,
condena al pecado en la carne
sobre la cruz de Cristo
La ofrenda por el pecado también significa que Dios, al enviar a Su propio Hijo en
semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la carne
sobre la cruz de Cristo (Ro. 8:3). Cristo se hizo carne, esto es, Él vino en semejanza de
carne de pecado (Jn. 1:14). Además, Dios hizo que Cristo, quien no conoció pecado,
fuera hecho pecado por nosotros en la cruz (2 Co. 5:21). Mientras Cristo estaba en la

122
cruz, Él fue juzgado por nuestro pecado en la forma de una serpiente (Jn. 3:14). De esta
manera, Dios condenó al pecado en la carne sobre la cruz de Cristo.

II. LA EFICACIA DE LA OFRENDA POR EL PECADO


La eficacia de la ofrenda por el pecado no radica únicamente en el hecho de que pone
fin al pecado. El resultado tiene aun mayores consecuencias. En la ofrenda por el
pecado, se le da muerte al hombre caído, al viejo hombre, incluido en la carne de Cristo
(6:6); el pecado en la naturaleza del hombre caído es condenado (Ro. 8:3); Satanás, el
pecado mismo, es destruido (He. 2:14); el mundo es juzgado; y el príncipe del mundo
es echado fuera (Jn. 12:31). Ésta es la revelación contenida en la Palabra santa respecto
a la eficacia de la ofrenda por el pecado.

Si recibimos esta revelación, veremos que tomar a Cristo como nuestra ofrenda por el
pecado no es simplemente cuestión de confesar nuestro pecado y que éste sea limpiado.
Tomar a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado significa también que se le da fin a
nuestro viejo hombre, a Satanás, al mundo y a la lucha por el poder. Ya que la
eliminación de todas estas cosas está incluida en la ofrenda por el pecado, tomar a
Cristo como nuestra ofrenda por el pecado no es un asunto sencillo, sino algo que
guarda relación con el hombre caído, con el pecado que mora en la naturaleza del
hombre caído, con Satanás, con el mundo y con la lucha por el poder.

III. LAS DIFERENTES CLASES DE GANADO


USADAS PARA LA OFRENDA POR EL PECADO
En Levítico 4 vemos que se usaban diferentes clases de ganado para la ofrenda por el
pecado.

A. Un novillo, un macho cabrío,


una cabra o una cordera
La ofrenda por el pecado podía consistir de un novillo, un macho cabrío, una cabra o
una cordera (Lv. 4:3, 14, 23, 28, 32). Esto significa que Cristo como ofrenda por el
pecado es experimentado por distintas personas en distintos grados. En Sí mismo
como ofrenda por el pecado, Cristo no difiere en tamaño. Él siempre es el mismo. Sin
embargo, pueden haber diferencias de grado en nuestra comprensión, presentación y
aplicación de Cristo como ofrenda por el pecado.

El tamaño de Cristo como nuestra ofrenda por el pecado depende del grado al que
tomemos a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado. Puede ser que tomemos a Cristo
como nuestra ofrenda por el pecado a un grado inferior o superior. Tal vez un hermano
tome a Cristo como su ofrenda por el pecado únicamente para resolver el problema de
su pecado, sin darse cuenta de que en el pecado está implícito la carne. Otro hermano
quizás se dé cuenta de que la ofrenda por el pecado está relacionada con la carne, pero
no se percate de que también tiene que ver con la destrucción de Satanás. Si vemos que
mientras que el pecado more en nosotros también estarán presentes la carne, Satanás,
el mundo y la lucha por el poder, ofreceremos a Cristo como un novillo grande.

123
B. Sin defecto
Levítico 4 dice que la ofrenda por el pecado debía ser sin defecto (vs. 3, 23, 28, 32).
Esto significa que Cristo no tiene pecado (2 Co. 5:21; He. 4:15).

IV. LA IMPOSICIÓN DE MANOS


SOBRE LA CABEZA DE LA OFRENDA
Levítico 4 habla de la imposición de manos sobre la cabeza de la ofrenda (vs. 4, 15, 24,
29, 33). Esto representa la unión del oferente con la ofrenda.

V. LA OFRENDA ES DEGOLLADA DELANTE DE JEHOVÁ


La ofrenda por el pecado era degollada delante de Jehová (vs. 4, 15, 24). Esto significa
que Cristo, como ofrenda por el pecado, fue degollado delante de Dios, o sea, que Cristo
fue reconocido como tal por Dios (Is. 53:10a).

VI. LA SANGRE DE LA OFRENDA POR EL PECADO


La sangre de la ofrenda por el pecado tiene cuatro diferentes clases de efectos.

A. Parte de la sangre es traída


a la Tienda de Reunión
y rociada siete veces frente
al velo del Lugar Santísimo
Parte de la sangre de la ofrenda por el pecado era traída a la Tienda de Reunión y
rociada siete veces frente al velo del Lugar Santísimo (Lv. 4:5-6, 16-17). Esto significa
que la sangre de Cristo fue traída al Lugar Santísimo en los cielos para nuestra
redención (He. 9:12). La sangre de Cristo se hace cargo de nuestra situación ante Dios
en el Lugar Santísimo.

B. Parte de la sangre es puesta


sobre los cuernos del altar del incienso
Parte de la sangre era puesta sobre los cuernos del altar del incienso (Lv. 4:7a, 18a).
Esto significa que la redención efectuada por la sangre de Cristo es eficaz para que
tengamos contacto con Dios en oración (He. 10:19). Es por ello que debemos orar
mediante la sangre, teniendo contacto con Dios en nuestra oración mediante la sangre.

C. Parte de la sangre es puesta


sobre los cuernos del altar del holocausto
Parte de la sangre era puesta sobre los cuernos del altar del holocausto (Lv. 4:25a, 30,
34a). Esto representa la eficacia de la sangre de Cristo para efectuar nuestra redención.
La sangre de Cristo como ofrenda por el pecado nos introduce en la presencia de Dios,
esto es, en el Lugar Santísimo; nos da la posición y el derecho de tener contacto con
Dios en oración; y es eficaz para nuestra redención.

124
D. El resto de la sangre se derrama
al pie del altar del holocausto
El resto de la sangre se derramaba al pie del altar del holocausto (4:7b, 18b, 25b, 30b,
34b). Esto significa que la sangre de Cristo fue derramada en la cruz para que tengamos
paz en nuestra conciencia, dándonos la certeza de haber sido redimidos y aceptados
por Dios.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTE
LA OFRENDA POR EL PECADO:
EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ MISMO
POR EL PECADO DEL PUEBLO DE DIOS
(3)
Lectura bíblica: Lv. 4:8-15, 19, 21, 26, 31, 35; 6:25; 16:3, 5
Antes de considerar más aspectos de la ofrenda por el pecado, quisiera añadir algo con
relación al pecado. En el Nuevo Testamento, el pecado es una personificación. Esto no
es algo insignificante, sino algo muy crucial.

En este universo existen dos fuentes. La primera es Dios, y la segunda es Satanás, el


enemigo y adversario de Dios (la palabra Satanás significa adversario). Satanás se hizo
enemigo y adversario de Dios cuando empezó a luchar contra Dios por el poder (Is. 14).
Satanás también tentó al Señor Jesús con respecto al poder (Lc. 4:5-7). Hoy en día el
universo entero participa en la lucha por el poder que se libra entre Satanás y Dios.
Todo el mundo sigue a Satanás y ha llegado a tomar parte en esa lucha maligna. Por
tanto, debido a la influencia de Satanás, toda la humanidad se ha involucrado en la
lucha por el poder. Por ejemplo, tal vez los empleados de cierta empresa luchen por un
ascenso. Ésta es una parte pequeña de la lucha universal por el poder, una lucha que
podemos ver por doquier.

Esta lucha por el poder es uno de los cinco ítems que en conjunto constituyen el pecado.
Estos ítems son la carne, el pecado, Satanás, el mundo y el príncipe del mundo. El
príncipe del mundo representa la lucha por el poder. A todo ser humano, incluyendo a
los niños, le gusta ser un príncipe, un líder, y en todos los lugares de la tierra se libra la
lucha por el poder. Como veremos, tal lucha por el poder está relacionada con la
ofrenda por el pecado.

Cuando nos arrepentimos ante el Señor y le recibimos como nuestro Salvador, fuimos
alumbrados para ver que éramos malignos y estábamos bajo la condenación de Dios.
Cuanto más amamos al Señor, más nos damos cuenta de que somos malignos. Cuanto
más ora un creyente, más percibe que es maligno en extremo. Finalmente, llegamos a
la comprensión que aun hoy, nosotros, los cristianos que buscamos al Señor, no somos
más que un cúmulo de pecado. No solamente somos malignos y pecaminosos, sino que
somos un cúmulo de pecado.

125
Si nos damos cuenta de que somos pecaminosos y empezamos a confesar nuestros
pecados, descubriremos que cuanto más pecados confesamos, más tenemos para
confesar. Ésta fue mi experiencia en 1935. Un día, teniendo el profundo sentir de que
debía estar a solas con el Señor, me fui a un lugar apartado, me arrodillé, oré y comencé
a confesar mis pecados. Mi confesión se extendió por bastante tiempo. Antes de aquella
ocasión, no sabía cuán pecaminoso era ni cuántos pecados tenía. Vi que todo cuanto
había hecho desde mi juventud era pecaminoso, e hice una confesión exhaustiva
delante del Señor.

Debemos orar y tomar al Señor Jesús como nuestro holocausto, como Aquel que vive
absolutamente entregado a Dios. Disfrutar a Cristo como holocausto nos llevará a
tomarle como nuestro suministro de vida, nuestra ofrenda de harina, que es Cristo en
Su humanidad quien llega a ser nuestro alimento diario. Debemos disfrutarle hasta
que sintamos paz con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Si hacemos esto, de
inmediato estaremos en la luz, y la luz brillará dentro de nosotros, sobre nosotros y
alrededor de nosotros. Entonces nos daremos cuenta de que hemos pecado y que
somos pecado. Ésta es la experiencia que vemos en 1 Juan 1. Dios es luz (v. 5). Si hemos
de tener comunión con Él, debemos andar en luz como Él está en luz. Si hacemos esto,
nos percataremos de que tenemos algo que se llama pecado (vs. 7-8).

El pecado mencionado en 1 Juan 1 no es algo insignificante. El pecado es el enemigo


de Dios, Satanás mismo, y tiene que ver con la lucha por el poder que se libra entre
Satanás y Dios. Esta lucha por el poder nos incluye a nosotros; estamos involucrados
en esta lucha.

¿Por qué no llevamos una vida de absoluta entrega a Dios? No llevamos tal vida porque
en lo profundo de nuestro ser estamos en pro de nosotros y no de Dios. En esto radica
la lucha. Tal vez una hermana experimente esta lucha mientras hace sus compras en
una tienda departamental. Quizá ella desee comprar algo en particular, pero percibe
que el Señor no está de acuerdo. Así que, le ruega al Señor que le permita hacer aquella
compra por esa vez. El ruego de ella es, de hecho, una señal de la lucha que existe entre
ella y el Señor. Satanás se halla escondido detrás de esa lucha.

Nosotros luchamos con el Señor acerca de muchas cosas. Amamos al Señor, asistimos
a las reuniones de la iglesia y participamos plenamente en la vida de iglesia.
Aparentemente, todo está bien. Sin embargo, sólo nosotros sabemos cuánto luchamos
con Dios día tras día. Dios quiere que llevemos una vida de absoluta entrega a Él, pero
nosotros quizás estemos dispuestos a vivir así sólo hasta cierto grado. Quizás
critiquemos a los demás por no vivir absolutamente entregados a Dios, pero nosotros,
¿vivimos absolutamente entregados a Él? En vez de llevar una vida de absoluta entrega
a Dios, experimentamos una continua lucha con Él por el poder.

¿Quién puede decir que lleva una vida de absoluta entrega a Dios? Ya que ninguno de
nosotros vive así, necesitamos a Cristo como nuestro holocausto. Sólo Cristo vive
absolutamente entregado a Dios.

126
Al abordar el tema del pecado, Pablo finalmente arribó a algo más profundo: no
simplemente el pecado en sí, sino la ley del pecado (Ro. 7:25; 8:2). Muchos cristianos
no se dan cuenta de que existe algo que se llama la ley del pecado. ¿Sabe usted qué es
la ley del pecado? La ley del pecado es simplemente el poder, la fuerza y la energía
espontánea que nos lleva a luchar con Dios. Hay algo en nosotros que está vivo y activo;
se esconde en nuestro ser interior y nos vigila. Cada vez que nos viene el menor
pensamiento de vivir entregados a Dios, algo dentro de nosotros se levanta para
subyugarnos. Esto es la ley del pecado. Pablo por experiencia descubrió que no sólo el
pecado moraba en su carne, sino que dentro de él también había un poder, una fuerza
y una energía naturales que oponían resistencia cada vez que él deseaba vivir entregado
a Dios. Esto hizo que fuera un hombre miserable (7:24). Ésta es la ley del pecado, la
cual es el significado más profundo del pecado.

A menudo hemos sido derrotados por esto que se esconde en nosotros. Por ejemplo,
tal vez deseemos amar al Señor, pero espontáneamente la ley del pecado opera en
nosotros, y poco después, el pensamiento de amar al Señor desaparece.

La experiencia que Pablo tuvo con relación a la avaricia, o la codicia, fue lo que lo llevó
a descubrir la ley del pecado (Ro. 7:7-8). Cada uno de los Diez Mandamientos tiene que
ver con acciones externas, excepto el mandamiento de no codiciar. Este mandamiento
confronta la codicia que está dentro de nosotros. Pablo no quería ser codicioso, pero
no podía evitarlo. Cada vez que intentaba obedecer este mandamiento, algo en su
interior reaccionaba y producía “toda codicia”. Así pues, Pablo era víctima de la ley del
pecado.

No debemos tomar a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado de una manera
superficial; más bien, debemos tomarlo como nuestra ofrenda por el pecado a un grado
más profundo. Esto remodelará todo nuestro ser.

Ya que hemos visto que el pecado implica la lucha por el poder y que la ley del pecado
es el poder, la fuerza y la energía que opera espontáneamente en nosotros para que
luchemos contra Dios, prosigamos ahora a considerar otros aspectos de la ofrenda por
el pecado según Levítico 4.

VII. TODA LA GROSURA


QUE CUBRE LAS PARTES INTERNAS
Y QUE ESTÁ SOBRE ELLAS, LOS DOS RIÑONES
Y LA GROSURA QUE ESTÁ SOBRE ELLOS,
Y EL LÓBULO DEL HÍGADO SON QUEMADOS
SOBRE EL ALTAR DEL HOLOCAUSTO
Toda la grosura que cubría las partes internas y que estaba sobre ellas, los dos riñones
y la grosura que estaba sobre ellos, y el lóbulo del hígado eran quemados sobre el altar
del holocausto (Lv. 4:8-10, 19, 26, 31, 35). Esto significa que las partes internas de
Cristo, lo tierno y dulce, son ofrecidas a Dios para Su satisfacción a fin de que Él esté
dispuesto a perdonarnos.

127
Estas partes de la ofrenda por el pecado eran quemadas sobre el altar del holocausto.
Esto significa que Dios acepta la ofrenda por el pecado sobre la base del holocausto.
Sin el holocausto como base, Dios no puede aceptar la ofrenda por el pecado.

VIII. TODA LA OFRENDA,


INCLUYENDO SU PIEL, TODA SU CARNE,
CON SU CABEZA, SUS PIERNAS,
SUS PARTES INTERNAS Y SU ESTIÉRCOL,
ES QUEMADA FUERA DEL CAMPAMENTO
Toda la ofrenda, incluyendo su piel, toda su carne, con su cabeza, sus piernas, sus
partes internas y su estiércol, era quemada fuera del campamento (vs. 11-12, 21). Esto
significa que Cristo como ofrenda por el pecado sufrió vituperio al mantenerse fuera
de la religión judía como organización humana (He. 13:11-13). Cristo fue crucificado
fuera de Jerusalén, la cual era considerada un campamento que representaba la
organización religiosa judaica.

A. En un lugar limpio
La ofrenda por el pecado se quemaba en un lugar limpio. Esto representa el lugar
donde Cristo, como ofrenda por el pecado, fue rechazado por el hombre y donde el
pecado del hombre es quitado.

B. El lugar donde son echadas las cenizas


El lugar donde se quemaba la ofrenda por el pecado era el lugar donde se echaban las
cenizas.

1. Las cenizas del holocausto


Las cenizas del holocausto representan el reconocimiento y aceptación de las ofrendas
por parte de Dios. ¿Cómo sabemos que Dios ha aceptado el holocausto? Lo sabemos
por el hecho de que se convierte en cenizas. Las cenizas son muy preciosas por cuanto
son una señal de que Dios ha recibido el holocausto.

2. Para la certeza y paz del oferente


Las cenizas hacen que el oferente tenga certeza y paz en su corazón con respecto a la
redención que Dios efectuó por su pecado. Las cenizas son una señal que nos asegura
que Dios ha aceptado la ofrenda por el pecado ofrecida por la redención de nuestro
pecado.

IX. SI TODA LA ASAMBLEA DE ISRAEL YERRA,


LOS ANCIANOS REPRESENTAN A LA ASAMBLEA
AL OFRECER LA OFRENDA POR EL PECADO
Si toda la asamblea de Israel pecaba errando, los ancianos debían representar a la
asamblea al ofrecer la ofrenda por el pecado (vs. 13-15). Esto significa que los ancianos

128
de la iglesia pueden representar a la iglesia al ofrecer a Cristo como su ofrenda por el
pecado.

X. LA OFRENDA POR EL PECADO


ES DEGOLLADA EN EL LUGAR
DONDE SE DEGÜELLA EL HOLOCAUSTO
La ofrenda por el pecado debía ser degollada en el lugar donde se degollaba el
holocausto (Lv. 6:25). Esto indica que la ofrenda por el pecado se basaba en el
holocausto, lo cual significa que Cristo es nuestra ofrenda por el pecado con base en el
hecho de que Él es el holocausto. Cristo primero debe ser el holocausto que satisface a
Dios a fin de ser apto para ser nuestra ofrenda por el pecado.

Si nunca hemos disfrutado a Cristo como holocausto, no podremos darnos cuenta de


cuán pecaminosos somos. Cuando oímos el evangelio y nos arrepentimos, nos dimos
cuenta de que éramos pecaminosos. Sin embargo, no podremos comprender cuán
pecaminosos somos hasta que disfrutemos a Cristo como nuestro holocausto. El
holocausto significa que la humanidad, que fue creada por Dios con el propósito de
expresarlo y representarlo, debe darse exclusivamente a Dios y vivir absolutamente
entregada a Él. Sin embargo, no vivimos absolutamente entregados a Dios. Por tanto,
debemos comprender esto y tomar a Cristo como nuestro holocausto. Únicamente
cuando disfrutemos a Cristo como nuestro holocausto nos daremos cuenta de cuán
pecaminosos somos.

Si vemos cuán pecaminosos somos, nos daremos cuenta de que tanto nuestro amor
como nuestro odio son pecaminosos. Éticamente, es malo aborrecer a los demás y es
bueno amarlos. Tal vez pensemos que a los ojos de Dios, amar a los demás es aceptable
y que aborrecerlos es inaceptable. Pero a los ojos de Dios, aborrecemos a las personas
y las amamos por causa de nosotros mismos, y no por causa de Dios. Desde esta
perspectiva, amar a los demás es tan pecaminoso como aborrecerlos. Todo cuanto
hagamos por causa de nosotros mismos y no de Dios —ya sea moral o inmoral, bueno
o malo, cuestión de amar o aborrecer—, es pecaminoso a los ojos de Dios. Mientras
hagamos algo por causa de nosotros mismos, ello será pecaminoso.

Dios nos creó exclusivamente para Él. Él nos creó para que fuésemos Su expresión y
Su representación. Él no nos creó para nosotros mismos; sin embargo, vivimos
independientemente de Él. Cuando aborrecemos a los demás, actuamos
independientemente de Dios, y cuando los amamos, también actuamos
independientemente de Dios. Esto significa que ante Dios, nuestro odio y nuestro amor
son iguales.

Además, ni nuestro odio ni nuestro amor provienen de nuestro espíritu; en vez de ello,
nuestro odio y nuestro amor provienen de nuestra carne, y ambos proceden del árbol
del conocimiento del bien y del mal. El árbol del conocimiento del bien y del mal
representa a Satanás. No debemos pensar que únicamente el hacer el mal proviene de
Satanás y no el hacer el bien. Tanto el hecho de hacer el bien como el mal podrían
provenir de Satanás. Debemos percatarnos de que todo cuanto hagamos por nosotros

129
mismos, sea bueno o malo, lo hacemos a favor de nosotros mismos y, por consiguiente,
es pecado.

Quisiera hacerles notar una vez más que el pecado implica la lucha por el poder. Tal
vez amemos a los demás, pero hagamos esto a favor de nosotros mismos, esto es: por
causa de nuestro nombre, de nuestra posición, de nuestro beneficio y de nuestro
orgullo. Esta clase de amor forma parte de la lucha que sostenemos contra Dios por el
poder. Debemos orar: “Señor, sálvame de hacer algo por causa de mi orgullo, de mi
reputación, para lograr un ascenso o un beneficio, o por causa de mis intereses”. Esto
equivale a ser salvo de la lucha que sostenemos contra Dios por el poder. Cuando
amamos a los demás por causa de nuestra reputación o para lograr un ascenso, no
vivimos entregados a Dios. Esta clase de amor procede de Satanás; se halla en la carne,
y es pecado. Todo lo que esté en la carne es pecado, todo lo que sea el pecado en nuestra
carne es Satanás, y todo lo que Satanás haga constituye una lucha por el poder.

Algunos quizá se pregunten acerca del amor que como padres cristianos sentimos por
nuestros hijos. Es posible que el amor por nuestros hijos esté en la carne. El Nuevo
Testamento nos exhorta a criar a nuestros hijos en el Señor. Sin embargo, es posible
que los criemos para el beneficio de nosotros mismos y de nuestro futuro. Eso es
pecado.

Inclusive en la vida de iglesia es posible que hagamos cosas no para Dios, sino para
nosotros mismos. Quizás hagamos algo que se considere muy bueno, pero en lo
profundo de nuestro ser tengamos la intención oculta de hacerlo en beneficio nuestro.
Esto es pecaminoso. Por ejemplo, al dar un testimonio o al orar, tal vez queramos que
todos nos digan “amén”. Quizás ofrezcamos una oración muy espiritual y elevada, pero
con el propósito de recibir muchos “amenes”. Tal oración es pecaminosa por cuanto no
se ofrece absolutamente para Dios. Con esto podemos ver que aun en nuestra oración
sostenemos una lucha contra Dios por el poder. Lo que deseamos es una posición, y no
a Dios mismo.

Puesto que es posible tener motivos ocultos al realizar cosas espirituales, el Señor Jesús
habló de aquellos que aparentemente hacen cosas para Dios, pero que en realidad las
hacen con el propósito de sobresalir. Por tanto, Él dijo: “Guardaos de hacer vuestra
justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos” (Mt. 6:1). En cuanto a dar
limosnas, dijo: “No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha” (v. 3). En cuanto a la
oración, añadió: “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque ellos aman el orar
en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres”
(v. 5). En cuanto al ayuno, Él dijo: “Cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas que
ponen cara triste; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que
ayunan” (v. 16). Aun en asuntos tales como hacer justicia, dar limosnas, orar y ayunar
podría librarse la lucha contra Dios por el poder. Hacer estas cosas en beneficio propio
y no de Dios, es pecaminoso ante Él. Los que hacen tales cosas en beneficio propio no
le dan ningún lugar a Dios; antes bien, se toman todo el lugar para ellos mismos.

130
Tomar a Cristo como ofrenda por el pecado es algo muy profundo. La experiencia que
tenemos de la ofrenda por el pecado está totalmente relacionada con nuestro disfrute
del Señor Jesús como holocausto. Cuanto más amemos al Señor y lo disfrutemos, más
descubriremos cuán malignos somos. A veces, cuando amamos al Señor al máximo,
sentimos que no hay ningún lugar donde podamos escondernos. Pablo tuvo tal
comprensión con respecto a sí mismo. Mientras buscaba al Señor, él vio que en sí
mismo no había nada bueno.

XI. CON RELACIÓN AL SERVICIO DE LOS SACERDOTES,


EL HOLOCAUSTO ES PRESENTADO
DESPUÉS DE LA OFRENDA POR EL PECADO
Con relación al servicio de los sacerdotes, el holocausto era presentado después de la
ofrenda por el pecado (Lv. 16:3, 5). Esto significa que después de disfrutar a Cristo
como ofrenda por el pecado, nosotros —como sacerdotes de Dios— debemos tomarlo
como holocausto a fin de vivirlo a Él para satisfacción de Dios.

Por una parte, la ofrenda por el pecado se basaba en el holocausto; por otra, el
holocausto sigue a la ofrenda por el pecado. Cuanto más disfrutamos al Señor Jesús
como nuestro holocausto, más nos damos cuenta de que somos pecaminosos. Entonces
lo tomamos como nuestra ofrenda por el pecado de una manera más profunda que
antes, lo cual a su vez nos permite disfrutarlo más como holocausto. Por consiguiente,
participamos del holocausto antes de disfrutar la ofrenda por el pecado, y también
después.

La única forma de poder conocernos a nosotros mismos cabalmente consiste en


disfrutar a Cristo como holocausto. Al disfrutar a Cristo como nuestro holocausto, nos
daremos cuenta de que no vivimos absolutamente entregados a Dios. Tal vez vivamos
entregados a Dios en cierta medida, incluso en gran medida, pero todavía nos
reservamos algo para nosotros mismos.

Cada vez que tengamos contacto con las cosas santas, las cosas espirituales, y con el
servicio que rendimos a Dios en la vida de iglesia, debemos traer con nosotros la
ofrenda por el pecado. Esto se revela claramente en la tipología del Antiguo
Testamento. Cada vez que el pueblo de Dios hacía algo con relación a Dios, aun con
relación a las cosas más santas, ellos tenían que ofrecer la ofrenda por el pecado. Hoy
en día también necesitamos la ofrenda por el pecado porque no estamos limpios ni
somos puros, ni vivimos absolutamente entregados a Dios. ¿Quién de entre nosotros
puede afirmar que lleva una vida de absoluta entrega a Dios? Nadie puede afirmar esto.
Por consiguiente, en todo lo que hagamos para el Señor, necesitamos la ofrenda por el
pecado. Incluso cuando hablamos por el Señor, necesitamos tomar a Cristo como
nuestra ofrenda por el pecado, escondiéndonos en Él y pidiéndole que nos cubra con
Su sangre preciosa.

En primer lugar, el Señor nos salva, y después nos atrae para que le amemos, le
recibamos y le disfrutemos. Cuando le recibimos y disfrutamos como holocausto,
nuestra pecaminosidad queda al descubierto, y vemos que no vivimos absolutamente

131
entregados a Dios tal como el Señor vivió. Quizás en la vida de iglesia otros nos
aprecien, pero en lo profundo de nuestro ser sabemos que no somos buenos, que no
vivimos absolutamente entregados a Dios. Tal vez amemos la iglesia y aparentemente
lo hayamos dado todo por la iglesia; pero no vivimos absolutamente entregados a Dios.
Todavía nos reservamos algo en nuestro ser.

Cuando disfrutamos al Señor como holocausto y como ofrenda de harina, nos damos
cuenta de que somos pecaminosos. Entonces lo tomamos como ofrenda por el pecado,
y después como ofrenda por las transgresiones. Esto es lo que vemos en 1 Juan 1.
Mientras disfrutamos al Dios Triuno en la comunión divina, nos damos cuenta de que
en nuestro interior todavía tenemos el pecado y que externamente hemos cometido
pecados. Entonces recibimos la limpieza de la sangre preciosa. Esto se convierte en un
ciclo. Cuanto más somos limpiados, más profunda se hace nuestra comunión con el
Dios Triuno; luego, cuanto más disfrutamos de esta comunión, más somos iluminados;
y cuanto más somos iluminados, más nos percatamos de que somos pecaminosos, e
incluso el pecado mismo. Es mediante este ciclo que somos liberados y salvos de
nuestro yo. De hecho, somos liberados y salvos del pecado, de la carne, de Satanás, del
mundo, del príncipe del mundo y de la lucha por el poder. Cuanto más disfrutemos a
Cristo, menos contenderemos con Dios por el poder. Finalmente, le cederemos a Él
todas las áreas de nuestro ser.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTIUNO
LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES:
EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ MISMO
POR LOS PECADOS DEL PUEBLO DE DIOS
(1)
Lectura bíblica: Lv. 5:1-10; 7:2
En este mensaje empezaremos a considerar la ofrenda por las transgresiones. Tal vez
pensemos que, por ser la última de las cinco ofrendas básicas, la ofrenda por las
transgresiones no es tan importante y que es bastante fácil de entender. No obstante,
la ofrenda por las transgresiones es de suma importancia y es difícil de entender
adecuadamente. Por consiguiente, en nuestro estudio de Levítico debemos leer 5:1-10
cuidadosamente y con mucho detenimiento.

Al hablar del pecado, muchas personas no se dan cuenta de la gran diferencia que existe
entre el pecado y los pecados. El pecado tiene que ver con el pecado que mora en
nosotros, el cual es la naturaleza de Satanás. Los pecados tienen que ver con las
acciones pecaminosas externas. La ofrenda por el pecado resuelve el problema
referente al pecado, y la ofrenda por las transgresiones resuelve el problema referente
a los pecados, las transgresiones y las faltas, incluyendo las mentiras, errores y toda
índole de maldades. Toda falta es una transgresión, y las transgresiones son diferentes
clases de pecados.

132
I. EL SIGNIFICADO
DE LA OFRENDA
POR LAS TRANSGRESIONES
Primeramente debemos conocer el significado de la ofrenda por las transgresiones.

A. La diferencia entre la ofrenda por el pecado


y la ofrenda por las transgresiones
Existe una notable diferencia entre la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las
transgresiones. La ofrenda por el pecado representa a Cristo como ofrenda que
resuelve el problema referente al pecado en nuestra naturaleza caída (Ro. 8:3; 2 Co.
5:21). La ofrenda por las transgresiones representa a Cristo como ofrenda que resuelve
el problema referente a los pecados en nuestra conducta (1 P. 2:24; Is. 53:5-6, 10-11).

Romanos 8:3 dice: “Dios, enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado
y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la carne”. Dios condenó al pecado. ¿Cómo
lo hizo? Lo hizo enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado.

La frase “semejanza de carne de pecado” combina el pecado y la carne. Nuestra carne


es carne de pecado. Como hemos señalado, el pecado y la carne están relacionados con
Satanás, con el mundo y con el príncipe del mundo. Si bien nuestra carne es carne de
pecado, Cristo vino únicamente en semejanza de carne de pecado. En Él no había
pecado; Él no tenía pecado en Su naturaleza humana. No obstante, en apariencia Él
tenía la semejanza de carne de pecado.

La carne de la humanidad caída es carne de pecado. En otras palabras, la carne del


linaje humano caído es una con el pecado. Dondequiera que está la carne, allí está el
pecado. La palabra carne denota a una persona caída, y toda persona caída es pecado.
Sea que amemos a los demás o los aborrezcamos, somos pecado. Génesis 6:3 dice que
el hombre caído se hizo carne. Puesto que el hombre se hizo carne y puesto que la carne
es de pecado, la carne y el pecado son uno. Ellos son idénticos. Como seres humanos
caídos, somos carne, y la carne es pecado.

Dios condenó al pecado enviando a Su Hijo en semejanza de carne de pecado. Cuando


el Señor Jesús estaba en la cruz, Él era pecado a los ojos de Dios. Cristo fue crucificado
en Su carne. Esto significa que Su carne fue crucificada. Puesto que Su carne fue
crucificada, el pecado fue condenado porque el pecado y la carne son idénticos. Dios
juzgó la carne, y Él juzgó el pecado. Él hizo esto al juzgar a Jesús en la cruz. Cuando
Dios juzgó a Jesús, Él juzgó la carne y el pecado. Además, en aquel momento Dios
destruyó a Satanás en la carne, juzgó al mundo que está vinculado a Satanás, y condenó
al príncipe del mundo y la lucha por el poder. Una sola persona fue crucificada, pero
cinco cosas fueron eliminadas: el pecado, la carne, Satanás, el mundo y la lucha por el
poder. Estas cinco cosas son una sola.

En 2 Corintios 5:21 dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. El
Señor Jesús no conoció pecado, pero Dios lo hizo pecado en la cruz por nosotros.

133
Cuando el Señor Jesús estaba en la cruz, Él no sólo tenía la semejanza de una persona
pecaminosa —tal como la serpiente de bronce tenía la forma de una serpiente (Jn.
3:14)—, sino que también fue hecho pecado por Dios. Si Jesús no hubiera sido hecho
pecado, el pecado no habría sido juzgado cuando Él fue crucificado. El pecado fue
condenado porque Cristo, mientras estaba en la cruz, fue hecho pecado por Dios a
causa de nosotros.

La ofrenda por el pecado resuelve el problema interno del pecado en nuestra


naturaleza, mientras que la ofrenda por las transgresiones resuelve el problema
externo de los pecados en nuestra conducta (1 P. 2:24). Como lo indican las notas al
margen de la versión American Standard, Isaías 53:10 combina la ofrenda por las
transgresiones con la ofrenda por el pecado. Lo mismo se aplica al capítulo 5 de
Levítico.

B. La ofrenda por las transgresiones se convierte,


a la postre, en la ofrenda por el pecado
La ofrenda por las transgresiones se convierte, a la postre, en la ofrenda por el pecado
(Lv. 5:6-8, 11-12). Esto significa que la redención efectuada por Cristo resuelve el
problema referente al pecado en sus dos aspectos: el pecado en nuestra naturaleza
interna y los pecados en nuestra conducta externa. Estos dos aspectos del pecado
constituyen el pecado en su totalidad. Juan 1:29 habla del pecado en su totalidad: “¡He
aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Aunque la
palabra pecado está en singular, no se refiere simplemente al pecado que está en
nuestra naturaleza; más bien, denota al pecado en su totalidad, lo cual comprende el
pecado en nuestro interior y los pecados manifestados externamente.

II. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES


PUEDE CONSISTIR EN UNA HEMBRA
DEL REBAÑO —SEA OVEJA O CABRA—,
DOS TÓRTOLAS O DOS PALOMINOS,
O LA DÉCIMA PARTE DE UN EFA DE FLOR DE HARINA
Levítico 5:5-7 y 11 dicen que la ofrenda por las transgresiones podía consistir en una
hembra del rebaño —sea oveja o cabra—, dos tórtolas o dos palominos, o la décima
parte de un efa de flor de harina. Esto significa que la ofrenda por las transgresiones
presentada por nuestros pecados manifiestos, para la cual incluso con un poco de
harina basta, es más liviana que la ofrenda por el pecado, la cual requiere de un becerro
o, por lo menos, un cordero (4:4, 32).

III. DOS TÓRTOLAS O DOS PALOMINOS,


UNO PARA OFRENDA POR EL PECADO
Y EL OTRO PARA HOLOCAUSTO,
CONFORMAN LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
Levítico 5:7 dice: “Si no tiene lo suficiente para un cordero, traerá a Jehová como
ofrenda por las transgresiones, por aquello en que pecó, dos tórtolas o dos palominos,

134
el uno para ofrenda por el pecado y el otro para holocausto”. Aquí vemos que dos
tórtolas o dos palominos, uno para la ofrenda por el pecado y el otro para el holocausto,
conforman la ofrenda por las transgresiones. Esto significa que las transgresiones
provienen del pecado interno y del hecho de que no vivimos entregados a Dios. Con
respecto al pecado interno, se necesita la ofrenda por el pecado; y con respecto al hecho
de no vivir entregados a Dios, se necesita el holocausto. Los dos son un tipo completo
del Cristo que, como ofrenda por las transgresiones, resuelve el problema referente a
nuestros pecados.

En 5:7 vemos el origen de una transgresión y también la razón por la cual cometemos
transgresiones. ¿De dónde proviene la transgresión? ¿Cuál es su origen? El origen de
toda transgresión es el pecado que está en nuestra carne. ¿Cuál es la razón por la cual
se comete una transgresión? La razón por la cual cometemos una transgresión es que
no vivimos entregados a Dios. Por consiguiente, con respecto a las transgresiones que
cometemos, tenemos un origen y una razón.

Podríamos decir que el pecado interno es semejante a un hombre, un marido, y que el


hecho de no vivir entregados a Dios es semejante a una mujer, una esposa. El
matrimonio de estos dos engendra un hijo, cuyo nombre es transgresión.

También podríamos usar un árbol frutal como ejemplo del pecado interno, del hecho
de no vivir entregados a Dios y de las transgresiones. El árbol frutal necesita un
ambiente y entorno propicios para crecer. Cuando el árbol frutal crece en este ambiente
y entorno, produce fruto. En este ejemplo, el pecado interno es el árbol frutal, el hecho
de no amar a Dios ni vivir entregados a Él constituye el ambiente y entorno en que
crece el árbol, y las faltas y transgresiones son el fruto.

¿Por qué cometemos errores y hacemos cosas que no están bien? Hacemos esto de
manera espontánea e incluso involuntaria porque tenemos el pecado en nuestra carne
y porque no estamos entregados a Dios y no lo amamos ni vivimos para Él.

Si nuestra entrega a Dios es absoluta, seremos sinceros, fieles y cuidadosos. Esto lo


demuestra nuestra experiencia. Cada vez que no vivimos entregados absolutamente a
Dios, actuamos con ligereza y empezamos a razonar, murmurar y criticar a otros. En
Filipenses 2:12-14, Pablo nos encarga llevar a cabo nuestra salvación con temor y
temblor, haciéndolo todo sin murmuraciones y argumentos. Cuando llevamos una vida
entregada a Dios, no murmuramos, argumentamos, criticamos, chismeamos ni
altercamos. Cuando no llevamos una vida entregada a Dios, hablamos con ligereza de
los demás. No obstante, cuando llevamos una vida entregada a Dios, tenemos mucho
cuidado con lo que decimos.

La razón por la cual cometemos errores y transgresiones es que no vivimos entregados


a Dios. Debido a que somos personas caídas, no llevamos una vida de absoluta entrega
a Dios. Puesto que fuimos creados por Dios, deberíamos vivir absolutamente
entregados a Él, pero no vivimos así. Tal vez vivamos entregados a Dios en gran
medida, pero no de forma absoluta. El hecho de no vivir absolutamente entregados a

135
Dios indica que seguimos en una condición caída. Somos personas caídas, toda persona
caída es carne y la carne es pecado, el cual produce transgresiones, que son los hijos, el
fruto.

Según 5:7, necesitamos tanto la ofrenda por el pecado como la ofrenda por las
transgresiones. La ofrenda por el pecado se encarga del origen; la ofrenda por las
transgresiones se encarga de “los hijos”, o “los frutos”, producidos a partir de dicho
origen. Esto nos muestra que a Dios le preocupa el origen, esto es, el pecado que está
en nosotros, y también el fruto producido a partir de dicho origen, a saber, las
transgresiones manifestadas externamente. Por consiguiente, necesitamos tanto la
ofrenda por el pecado como la ofrenda por las transgresiones.

Estas dos ofrendas en realidad ponen fin a una sola cosa: el pecado. El pecado incluye
el pecado que mora en nosotros y los pecados manifestados externamente; en otras
palabras, es cuestión del pecado en su totalidad. Como hemos señalado, éste es el
significado de la palabra pecado en Juan 1:29. El Señor Jesús, el Cordero de Dios, quitó
el pecado en su totalidad. En la cruz, Él fue la ofrenda por el pecado y también la
ofrenda por las transgresiones.

Levítico 5:1-3 menciona algunas transgresiones en particular. El versículo 1 dice: “Si


alguien peca porque, habiendo oído la voz que le insta a declarar y siendo testigo por
haber visto o sabido de un asunto, no lo declara, llevará su iniquidad”. La expresión
hebrea traducida “la voz que le insta a declarar” literalmente significa “la voz de un
juramento”. La frase llevará su iniquidad significa “llevar la responsabilidad del
pecado o la culpa”. Este versículo se refiere a una persona que ha oído la voz que le
insta a declarar y no declara lo que sabe, por lo cual debe llevar su iniquidad.

Tal vez pensemos que lo que se dice aquí es insignificante y que no tiene nada que ver
con nosotros hoy. Sin embargo, este asunto, aparentemente insignificante, pone al
descubierto lo que somos; pone de manifiesto que nuestra entrega a Dios no es
absoluta. Si en verdad estamos absolutamente entregados a Dios y vivimos para Él,
especialmente en la vida de iglesia, seremos fieles, honestos y sinceros en testificar lo
que sabemos. Daremos testimonio de la verdad. Fracasar en esto equivale a ser
deshonesto e infiel, a diferencia de nuestro Dios, quien es fiel y honesto.

Levítico 5:2 añade: “O si alguien toca cualquier cosa inmunda, sea cadáver de un
animal inmundo, de una bestia inmunda o de cualquier ser inmundo que pulula, y no
se da cuenta, y él es inmundo, será culpable”. Aquí vemos que con tan sólo tocar un
cadáver, una persona era inmunda, pues había tocado la inmundicia de la muerte. Éste
es un tipo que tiene aplicación espiritual para nosotros. Actualmente hay mucha
muerte entre los hijos de Dios, y esta muerte continúa propagándose. Además, existen
diferentes clases de muerte, representadas por los cadáveres de animales inmundos,
de bestias inmundas y de seres inmundos que pululan. Las palabras nose da
cuenta indican que podríamos no darnos cuenta de haber tocado la inmundicia de la
muerte espiritual. Pero si el Señor nos alumbra, nos daremos cuenta de cuánto hemos
tocado la inmundicia de la muerte espiritual y cuánto ella nos ha contaminado.

136
Levítico 5:3 dice además: “O si toca inmundicia de hombre, cualquiera que sea la
inmundicia con que se hace inmundo, y no se da cuenta, cuando llegue a saberlo, será
culpable”. Aquí la inmundicia de hombre representa la inmundicia del hombre natural,
de la vida natural. En el hombre natural hay inmundicia. Todo lo que secreta el hombre
natural y la vida natural es inmundo.

En el contacto que tenemos unos con otros como miembros del Cuerpo, podría haber
inmundicia: la inmundicia de la muerte espiritual y la inmundicia de nuestro ser
natural. Al tener comunión unos con otros, debemos estar alertas respecto a estas dos
clases de inmundicia. Por ejemplo, tal vez un hermano le diga a usted algo de una
manera amorosa, o le exprese su aprecio y respeto; sin embargo, usted percibe que
estas palabras son totalmente naturales. Si usted recibe estas palabras, se contaminará,
por cuanto habrá tocado la inmundicia del hombre, la inmundicia del ser natural.

Un día, mientras tenía comunión con el hermano Nee, me dijo que la cortesía es una
especie de lepra. Ser cortés es diferente de ser amable. A fin de llevar una vida humana
apropiada, siempre debemos ser amables con los demás; pero ser corteses en realidad
equivale a ponerse una máscara. Esto significa que la cortesía es cuestión de fingir. Por
ejemplo, tal vez un hermano sea cortés con otro hermano, y después chismee acerca de
él y lo critique. Esto es lepra, algo peor que ser natural.

Lo que dice Levítico 5 no fue dirigido a individuos, sino a la asamblea del pueblo de
Dios. En tipología, dichas palabras están dirigidas a la iglesia. Entre los santos en la
iglesia, puede ser que haya diferentes clases de muerte. La muerte a menudo se
propaga entre los santos. Tal vez no nos percatemos cuánta inmundicia de muerte
espiritual hemos tocado. Esparcir chismes y críticas es propagar muerte espiritual. Es
posible que, sin darnos cuenta, toquemos la muerte día tras día. Además, es posible
que haya “camaradería” entre los santos y que se amen de manera natural, y no en el
espíritu. Esta clase de amor es natural, carnal e inmundo.

Si el Señor nos ilumina mediante este pasaje de la Palabra, nos daremos cuenta de que
ciertamente necesitamos la ofrenda por las transgresiones. Cuanto más tiempo
pasemos con el Señor y cuanto más lo tomemos como holocausto, más veremos que lo
necesitamos como ofrenda por las transgresiones y como ofrenda por el pecado.
Necesitamos la ofrenda por el pecado para resolver el problema referente al pecado
que mora en nosotros, que es la fuente, y necesitamos la ofrenda por las transgresiones
para resolver el problema referente a “los hijos”, las transgresiones producidas a partir
de dicha fuente.

137
IV. LA SANGRE DE LA OFRENDA
POR LAS TRANSGRESIONES
A. Parte de la sangre
es rociada sobre un lado del altar
Parte de la sangre de la ofrenda por las transgresiones era rociada sobre un lado del
altar (5:9a; 7:2). Esto nos habla del poder de la sangre de Cristo rociada sobre los
pecadores (1 P. 1:2).

B. El resto de la sangre
es exprimida (drenada) al pie del altar
El resto de la sangre era exprimida (drenada) al pie del altar (Lv. 5:9b). Esto significa
que la sangre de Cristo es la base para el perdón de Dios a los pecadores (Ef. 1:7).

V. NO SE PONE ACEITE NI OLÍBANO


SOBRE LA FLOR DE HARINA PRESENTADA
COMO OFRENDA POR EL PECADO
PARA LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
Levítico 5:11 dice que el que trae “la décima parte de un efa de flor de harina para
ofrenda por el pecado” no pondrá “sobre ella aceite ni olíbano, porque es ofrenda por
el pecado”. Esto significa que ni el Espíritu Santo ni la fragancia de la resurrección de
Cristo tienen relación alguna con el pecado.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTIDÓS
LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES:
EL CRISTO QUE SE OFRECIÓ A SÍ MISMO
POR LOS PECADOS DEL PUEBLO DE DIOS
(2)
Lectura bíblica: Lv. 5:1—6:7; 7:2
Las palabras de Levítico 5 no fueron dirigidas a un santo individual, sino a la
congregación de Dios, al pueblo de Dios como asamblea. Estas palabras no fueron
habladas para ayudar o instruir a algún santo individual, sino que se expresaron con el
propósito de guardar al pueblo escogido de Dios como entidad corporativa, de modo
que el pueblo fuese apropiado, santo y apartado para Él. Además, lo que aquí se dice
no debe aplicarse a la sociedad humana secular. Dios no desea hacer de toda la
sociedad humana una congregación similar a los hijos de Israel en la antigüedad. En
Levítico, la intención de Dios era guardar limpios y santos a Sus escogidos a fin de
morar entre ellos. El tabernáculo estaba en medio del pueblo, y Dios deseaba que el
pueblo, que se encontraba alrededor del tabernáculo, fuese santo. Por esta razón
fueron habladas estas palabras en Levítico.

Consideremos ahora el capítulo 5 de Levítico versículo por versículo.

138
En tipología, cada aspecto de Levítico 5 tiene su significado espiritual. El versículo 1
dice: “Si alguien peca porque, habiendo oído la voz que le insta a declarar y siendo
testigo por haber visto o sabido de un asunto, no lo declara, llevará su iniquidad”. En
realidad, este versículo habla sobre el acto de mentir, en el cual está involucrado
Satanás mismo, el padre de mentira (Jn. 8:44).

Levítico 5:2 dice: “Si alguien toca cualquier cosa inmunda, sea cadáver de un animal
inmundo, de una bestia inmunda o de cualquier ser inmundo que pulula, y no se da
cuenta, y él es inmundo, será culpable”. Este versículo habla de cadáveres de animales,
de bestias y de seres que pululan. Aquí animales denota fieras salvajes,
y bestias denota animales domésticos. Según el capítulo 11, los animales mencionados
en este versículo tipifican distintas clases de personas. Algunas personas son como
fieras, otras como animales domésticos, y otras como seres que pululan, que se
arrastran. La palabra cadáver en 5:2 representa muerte. Por tanto, los cadáveres de
estas tres clases de animales —los cadáveres de las fieras, los cadáveres de los animales
domésticos y los cadáveres de los seres que se arrastran— representan tres clases de
muerte. Una clase de muerte es salvaje como una fiera salvaje. La segunda clase de
muerte es apacible como un animal manso y domesticado. La tercera clase de muerte
es sutil como un ser que se arrastra. En tipología, esto indica que entre el pueblo de
Dios puede haber tres clases de muerte: muerte salvaje, muerte apacible y muerte sutil.

Entre el pueblo de Dios, es decir, en la vida de iglesia, no sólo es posible encontrar


muerte, sino también distintas clases de muerte. La muerte se puede propagar entre
nosotros de una manera salvaje, de una manera apacible o de una manera sutil. En los
años que llevo en la vida de iglesia, he visto estas tres clases de muerte. He visto la
muerte que es salvaje y la muerte que es apacible y mansa. También he visto la muerte
que entra arrastrándose sigilosa y astutamente. ¿No ha experimentado usted alguna
clase de muerte en la vida de iglesia? Quizás haya experimentado la muerte tipificada
por el cadáver de un animal que se arrastra, la muerte que se introduce para propagar
su veneno de manera encubierta y sutil.

Independientemente de su clase, la muerte es muerte, y es impura. Toda índole de


muerte —sea salvaje, apacible o sutil— es inmunda y contaminante. En la vida de
iglesia no es fácil mantenerse alejado de la inmundicia de estas distintas clases de
muerte.

Según la tipología del Antiguo Testamento, el pecado no es tan sucio como la muerte.
Si alguien pecaba, podía ser perdonado y purificado inmediatamente presentando una
ofrenda por las transgresiones (5:10). Pero si alguien tocaba la muerte, tenía que
esperar varios días para ser limpio. Esto nos muestra que la muerte contamina aún
más que el pecado. Sin embargo, en la vida de iglesia tal vez pensemos que el pecado
es grave, pero que tocar muerte es algo común y no es grave. Sin embargo, a los ojos de
Dios, tocar la muerte es algo sumamente grave.

El veneno de la muerte puede dañar y destruir a los santos. En Romanos 14 Pablo dice
que no debemos destruir la obra de Dios al actuar descuidadamente (vs. 15, 20). Cristo

139
redimió y salvó a los santos, y nosotros no debemos destruirlos al actuar
descuidadamente. El Señor ha realizado una gran obra de gracia y redención en los
santos del recobro del Señor, y por años hemos estado laborando para edificarlos.
Nadie debería destruir la obra de gracia que Cristo realiza en los santos. Nadie debería
destruir a aquellos en quienes hemos estado laborando para edificarlos. ¿No creen que
nos partiría el corazón ver que los santos fuesen destruidos por el veneno de la muerte?
Debemos ser sobrios, justos, tranquilos y amables a fin de considerar si en verdad
estamos edificando el Cuerpo de Cristo o si, sin percatarnos de ello, estamos haciendo
algo que destruye la obra de Dios al propagar el veneno de la muerte.

Levítico 5:3 dice: “Si toca inmundicia de hombre, cualquiera que sea la inmundicia con
que se hace inmundo, y no se da cuenta, cuando llegue a saberlo, será culpable”. Aquí
la inmundicia de hombre representa la inmundicia de la vida natural del hombre. El
Señor Jesús dijo que nada de lo que entra en nosotros nos contamina, sino que lo que
sale de nosotros, eso es lo que nos contamina (Mt. 15:17-20). La vida natural, al igual
que la muerte, trae inmundicia. En la vida de iglesia, en la comunidad santa, la muerte
y la vida natural podrían estar prevaleciendo.

La vida natural incluye el asunto del afecto natural. Por lo general, o no nos importan
los demás, o los amamos de una manera natural, con nuestro afecto natural. Quizás
alguien sentía afecto por usted en el pasado, pero ahora ya no muestra ningún interés
por usted. Esto no concuerda con nuestra naturaleza cristiana que siempre ama y está
dispuesta a ayudar y cuidar de otros; más bien, se halla completamente en la esfera
natural. Es posible que amemos a los demás o, como resultado de buscar vanagloria y
tener celos de otros, que los envidiemos. Este amor y esta envidia pertenecen, ambos,
a la vida natural.

Levítico 5:4 añade: “O si alguien jura a la ligera con sus labios hacer mal o hacer bien,
respecto a cualquier asunto por el cual pronuncia un juramento a la ligera, si no se da
cuenta, cuando llegue a saberlo, será culpable por una de estas cosas”. Aquí vemos el
asunto de hablar a la ligera, de hablar algo delante de Dios de una manera apresurada,
descuidada e imprudente. A veces oímos hablar de algo y de inmediato expresamos que
nos gusta o que no nos gusta, y que haremos esto o aquello al respecto. Hablar de esta
manera no sólo indica que no vivimos para Dios, sino que ni siquiera tenemos temor
de Dios. ¿Quiénes somos nosotros para expresar con ligereza que algo no nos gusta?
Quizá a Dios le guste. Nosotros no somos Dios y, por tanto, debemos tener cuidado de
hablar a la ligera. En lugar de expresar nuestra opinión sobre algún asunto, no
debemos decir nada y, de ser necesario, debemos presentarle el asunto al Señor,
orando y pidiéndole que nos muestre si debemos participar en ello o mantenernos
apartados del asunto. Ésta es la actitud apropiada de una persona que teme a Dios.

En 5:1-4 vemos cuatro asuntos que sirven de ejemplos de cosas que requieren la
ofrenda por las transgresiones. Si tuviéramos que hacer una lista de tales cosas,
posiblemente no incluiríamos los cuatro elementos que aquí se mencionan: no dar
testimonio de lo que sabemos (v. 1), tocar el cadáver de un animal (v. 2), tocar la

140
inmundicia de hombre (v. 3) y hablar a la ligera (v. 4). Dios habla de estos asuntos,
pues Él conoce la verdadera condición y necesidad de Su pueblo.

El primer asunto, no dar testimonio de lo que sabemos, en realidad tiene que ver con
el acto de mentir. Como ya hemos dicho, esto involucra a Satanás, el padre de la
mentira. Por consiguiente, aquí se alude a Satanás.

El segundo asunto es la muerte en tres formas: salvaje, apacible y sutil. A los ojos de
Dios, lo más aborrecible es la muerte. La muerte se propaga de manera salvaje, de
manera apacible y de manera sutil. Ésta es la verdadera situación que impera en la
congregación de Dios en esta era.

El tercer asunto es la vida natural con su inmundicia. Es muy común para los cristianos
andar y actuar en la vida natural. ¿Acaso no impera la vida natural hoy en día en la vida
de iglesia? Los que son sociables de manera natural son muy bien recibidos, pero los
que andan en el espíritu a menudo son malentendidos. Hoy en día se ve mucho de la
vida natural entre los cristianos y en la congregación de Dios.

El cuarto asunto es hablar con ligereza. Los que hablan a la ligera son rápidos para
expresar si algo les gusta o no. Dios enumera estas cuatro cosas como pecados, y como
tal, requieren la ofrenda por las transgresiones.

Levítico 5:5 y 6 dice: “Y cuando sea culpable respecto a cualquiera de estas cosas,
confesará aquello en que pecó, y traerá a Jehová su ofrenda por las transgresiones, por
el pecado que cometió, una hembra del rebaño, sea oveja o cabra, como ofrenda por el
pecado; y el sacerdote le hará expiación por su pecado”. La ofrenda más grande que se
ofrece por las transgresiones es una oveja o una cabra. Esta ofrenda por las
transgresiones nos recuerda principalmente de una cosa: que nuestros pecados son
fruto del pecado que mora en nosotros. Aparentemente estamos tomando medidas con
respecto a los pecados, pero en realidad estamos tomando medidas con respecto al
pecado como origen de nuestros pecados. Por esta razón, la ofrenda por las
transgresiones es una ofrenda por el pecado. Nosotros nos percatamos de que hemos
cometido pecados, pero a los ojos de Dios estos pecados se originan en el pecado. Por
consiguiente, al final lo que ofrecemos a Dios para resolver el problema referente a
nuestros pecados no es simplemente una ofrenda por las transgresiones, sino una
ofrenda por el pecado.

Quizás nos preguntemos cómo una ofrenda por las transgresiones puede convertirse
en una ofrenda por el pecado. Lo que llevamos a Dios para resolver el problema
referente a nuestros pecados es una ofrenda por las transgresiones. Pero después que
traemos dicha ofrenda a Dios, ésta se convierte en una ofrenda por el pecado. Esto se
debe a que Dios no hace propiciación únicamente por nuestros pecados; Él hace
propiciación también por nuestro pecado. Él no simplemente quita el fruto del árbol,
sino que también desarraiga el árbol. Si el árbol es desarraigado, el fruto será
totalmente eliminado. Nuestro problema no es solamente los pecados que hemos
cometido, sino también el pecado que mora en nosotros. Por tanto, lo que ofrecemos a

141
Dios debe resolver tanto el problema del pecado así como el de los pecados. Ésta es la
razón por la cual Dios llama ofrenda por el pecado a esta ofrenda por las
transgresiones.

El versículo 7 añade: “Si no tiene lo suficiente para un cordero, traerá a Jehová como
ofrenda por las transgresiones, por aquello en que pecó, dos tórtolas o dos palominos,
el uno para ofrenda por el pecado y el otro para holocausto”. Este versículo revela que
la ofrenda por las transgresiones no sólo está relacionada con la ofrenda por el pecado,
sino también con el holocausto. Según este versículo, la ofrenda por las transgresiones
se compone de la ofrenda por el pecado y del holocausto. En conjunto, estas dos
ofrendas constituyen la ofrenda por las transgresiones.

Tal vez pensemos que nuestro único problema es los pecados que hemos cometido. En
realidad, nuestro verdadero problema es el pecado que mora en nosotros y el hecho de
que no vivimos entregados a Dios. La raíz, la fuente, de nuestros pecados es nuestro
pecado, y el motivo por cual cometemos pecados es que no llevamos una vida de
absoluta entrega a Dios. Por consiguiente, no sólo necesitamos la ofrenda por las
transgresiones, la cual se encarga de nuestros pecados, sino también la ofrenda por el
pecado, la cual se encarga de la raíz de nuestros pecados, a saber, el pecado que mora
en nosotros, y el holocausto, el cual se encarga del motivo por el cual pecamos, a saber,
el hecho de no vivir absolutamente entregados a Dios. Si tomamos medidas con
respecto a la fuente de nuestros pecados y al hecho de no vivir absolutamente
entregados a Dios, a la vez también tomamos medidas con respecto a nuestras
transgresiones.

Los versículos 8 y 9 agregan: “Los traerá al sacerdote, quien presentará primero el que
es para la ofrenda por el pecado; y el sacerdote la desnucará, sin cercenar la cabeza;
rociará de la sangre de la ofrenda por el pecado sobre un lado del altar, y el resto de la
sangre será exprimida al pie del altar; es ofrenda por el pecado”. Estos versículos no
hablan de la ofrenda por las transgresiones, sino de la ofrenda por el pecado y de la
sangre de la ofrenda por el pecado. Una parte de la sangre es rociada sobre un lado del
altar, lo cual significa que los pecadores son rociados con la sangre de Cristo (1 P. 1:2).
El resto de la sangre es exprimida al pie del altar, lo cual significa que la sangre de
Cristo es la base para el perdón de Dios a los pecadores (Ef. 1:7).

El versículo 10 habla de la segunda ave: “Luego ofrecerá el segundo como holocausto,


conforme a la ordenanza. Así el sacerdote le hará expiación por el pecado que cometió,
y será perdonado”. Según las ordenanzas, nosotros deberíamos llevar una vida de
absoluta entrega a Dios. Sin embargo, puesto que no vivimos de esta manera,
necesitamos el holocausto además de la ofrenda por el pecado.

VI. UN PUÑADO DE FLOR DE HARINA ARDE


EN EL ALTAR COMO OFRENDA DE JEHOVÁ
PRESENTADA POR FUEGO
El versículo 11 dice: “Pero si no tiene lo suficiente para dos tórtolas o dos palominos,
traerá, como ofrenda suya por el pecado que ha cometido, la décima parte de un efa de

142
flor de harina para ofrenda por el pecado; no pondrá sobre ella aceite ni olíbano,
porque es ofrenda por el pecado”. Que un puñado de flor de harina ardiera en el altar,
como ofrenda de Jehová presentada por fuego, indica que la flor de harina de la ofrenda
por las transgresiones ofrecida para el perdón de nuestros pecados tiene como base el
derramamiento de sangre sobre el altar (He. 9:22), y significa que Cristo, quien es
perfecto, es ofrecido como nuestra ofrenda por las transgresiones con base en el
derramamiento de Su sangre en la cruz (Col. 1:20).

La expiación requiere el derramamiento de sangre, pero en Levítico 5:11 se usa flor de


harina para la ofrenda por el pecado. Esta flor de harina tipifica la humanidad de Jesús.
Así que, la ofrenda por las transgresiones no sólo incluye la ofrenda por el pecado y el
holocausto, sino que incluso se refiere a la humanidad de Jesús.

Nosotros cometemos muchos pecados no sólo porque el pecado está en nuestra


naturaleza y no sólo porque nuestra entrega a Dios no es absoluta, sino también porque
estamos carentes de la humanidad de Jesús. Jesús nunca cometería ningún pecado. Él
no tiene pecado y vive absolutamente entregado a Dios. Su humanidad no tiene parte
con el padre de mentira. Su humanidad jamás tocaría nada relacionado con la muerte
o con la vida natural. Además, Su humanidad nunca haría ni hablaría nada a la ligera,
ni de manera apresurada o imprudente; antes bien, como vemos en Juan 7:3-8,
mientras estuvo en la tierra, Él siempre habló y actuó con mucha consideración.

¿Por qué está el pecado en nosotros? ¿Por qué no vivimos absolutamente entregados a
Dios? La razón por la cual el pecado está dentro de nosotros y por la cual no vivimos
absolutamente entregados a Dios es que nos falta la humanidad de Jesús.

Ofrecer la décima parte de un efa de flor de harina como ofrenda por el pecado significa
que únicamente basta con una pequeña porción de la humanidad de Jesús. Esto
muestra lo poco que aplicamos la humanidad del Señor. Somos lo que somos porque
estamos carentes de la humanidad del Señor. Debido a esta carencia, estamos llenos
de mentiras, de muerte, de la vida natural y de impetuosidad. Sin embargo, la
humanidad de Jesús es una dosis todo-inclusiva que mata nuestros gérmenes, sana
nuestra enfermedad y suple nuestra necesidad. Creo que nuestra vida matrimonial y
nuestras relaciones con los hermanos y hermanas en la vida de iglesia serían
completamente diferentes si tuviéramos más de la humanidad de Jesús.

VII. EL RESTO DE LA FLOR DE HARINA


PARA LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
ES DEL SACERDOTE, COMO LA OFRENDA DE HARINA
Levítico 5:13 dice: “Y el sacerdote hará expiación por él, por el pecado que cometió
respecto a cualquiera de estas cosas, y él será perdonado. El resto será del sacerdote,
como la ofrenda de harina”. Que el resto de la flor de harina para la ofrenda por las
transgresiones perteneciera al sacerdote significa que el Cristo redentor es el alimento
de aquel que sirve.

143
VIII. LA PERSONA QUE PECA
EN LAS COSAS SANTAS DE JEHOVÁ,
CONTRA JEHOVÁ, Y QUE ENGAÑA,
EXTORSIONA O JURA EN FALSO A SU SOCIO
Levítico 5:15, 17-18; 6:2-3, 6 habla de una persona que peca en las cosas santas de
Jehová, o que peca por yerro contra Jehová, o de una persona que peca y actúa
infielmente contra Jehová, y engaña a su socio en cuanto a un depósito o una prenda,
o por robo, o ha extorsionado a su socio, o ha encontrado un objeto perdido y ha
mentido al respecto, y jura en falso. Tal persona necesitará un carnero del rebaño, sin
defecto, valuado según el siclo del santuario, a fin de presentarlo como ofrenda por las
transgresiones. Esto significa que Cristo, por ser Aquel en quien no hay pecado y que
da la talla conforme al criterio divino, es apto para ser la ofrenda por las transgresiones
ofrecida por los pecados que cometimos contra las cosas santas de Dios, contra Dios
mismo o contra el hombre al cometer las transgresiones anteriormente enumeradas.

IX. EL QUE PECA EN LAS COSAS SANTAS DE DIOS


Y EL QUE PECA CONTRA EL HOMBRE
DEBE HACER RESTITUCIÓN
El que peca en las cosas santas de Dios debe hacer restitución y añadir a ello la quinta
parte, y darlo al sacerdote (5:15-16). Asimismo, el que peca contra el hombre en
cualquier tipo de robo, debe hacer completa restitución y añadir a ello la quinta parte,
y darlo a quien le pertenezca el día en que sea hallado culpable (6:2-6). Esto significa
que aquel que ofrece la ofrenda por las transgresiones debe ser justo en cuanto a las
cosas materiales según el criterio, la medida y el estándar divinos.

X. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES


ES DEGOLLADA EN EL LUGAR
DONDE DEGÜELLAN EL HOLOCAUSTO
“En el lugar donde degüellan el holocausto, degollarán la ofrenda por las
transgresiones” (7:2a). El hecho de que la ofrenda por las transgresiones fuese
degollada allí donde el holocausto fue degollado indica que la ofrenda por las
transgresiones se basa en el holocausto y significa que Cristo es nuestra ofrenda por las
transgresiones sobre la base de ser el holocausto.

La ofrenda por las transgresiones no es algo sencillo. Esta ofrenda se encarga del
pecado que mora en nosotros y del hecho de no vivir absolutamente entregados a Dios;
también se encarga de Satanás, el mentiroso, de la muerte que hay en la congregación
de Dios, de la vida natural y su inmundicia y de la presunción de hacer las cosas a la
ligera delante de Dios, sin ningún temor ni consideración. Además, la ofrenda por las
transgresiones abarca el hecho de hurtar y engañar a nuestro socio.

¿Cómo podemos experimentar la ofrenda por las transgresiones? Experimentamos la


ofrenda por las transgresiones como resultado de disfrutar —en comunión con Dios y
en la luz divina (1 Jn. 1:3-9)— a Cristo en calidad de holocausto, ofrenda de harina,

144
ofrenda de paz y ofrenda por el pecado. Así pues, nuestra experiencia de la ofrenda por
las transgresiones es el resultado de disfrutar al Dios Triuno. Nuestra experiencia de la
ofrenda por las transgresiones implica el hecho de vivir absolutamente entregados a
Dios y comprender que el pecado que mora en nosotros es la fuente de donde proceden
las diferentes clases de transgresiones que cometemos contra Dios y contra el hombre.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTITRÉS
LA LEY DEL HOLOCAUSTO
Lectura bíblica: Lv. 6:8-13
A partir de este mensaje abarcaremos las leyes de las ofrendas. Las leyes de las ofrendas
son las ordenanzas y normas relacionadas con las ofrendas. A cada ofrenda le
corresponde una ley, una norma, una ordenanza. Aparentemente, las leyes de las
ofrendas son bastante sencillas; en realidad, como veremos más adelante, ellas
esconden un significado espiritual profundo y elevado.

I. EL HOLOCAUSTO ESTÁ ENCIMA DE LA LUMBRE


(LA LEÑA ENCENDIDA) DEL ALTAR
TODA LA NOCHE Y HASTA LA MAÑANA
A. Significa que todo lo que es ofrecido
como holocausto tiene que ser puesto
allí donde las ofrendas son incineradas
Levítico 6:9a dice: “Manda a Aarón y a sus hijos, diciendo: Ésta es la ley del holocausto:
el holocausto estará encima del altar, en el lugar donde arde el fuego, toda la noche y
hasta la mañana”. Esto significa que todo lo que es ofrecido como holocausto tiene que
ser puesto allí donde las ofrendas son incineradas. Esto es algo que las personas del
mundo no pueden entender, por cuanto son criadas y educadas para llegar a ser alguien
en el mundo. Los padres de familias mundanas ciertamente no les enseñan a sus hijos
a ofrecerse a Dios para ser incinerados.

Por la misericordia y gracia del Señor, nuestro corazón es diferente del corazón de los
incrédulos. Sabemos que el holocausto indica que nuestro corazón está absolutamente
entregado a Dios en esta era. No buscamos nada más, ni tenemos ningún otro interés.
Aunque alentamos a los jóvenes a que obtengan la mejor educación, la educación no es
aquello que amamos. Los jóvenes tal vez obtengan la más alta educación, pero es
preciso que comprendan que en esta tierra, nosotros, los cristianos, al final no seremos
más que cenizas. Éste será el resultado de ofrecernos a Dios como holocausto y de ser
consumidos por el fuego.

Quisiera dirigir unas palabras a los jóvenes que tienen el corazón de servir al Señor de
tiempo completo. Debo decirles que les esperan penurias y que no hay futuro para
ustedes en la tierra. No tendrán nada terrenal de lo cual puedan depender para su
seguridad y subsistencia. Tal vez sientan que le serán muy útiles a Dios, pero al final,

145
serán cenizas. Todo el mundo tiene el deseo de ser alguien, pero si ustedes sirven al
Señor Jesús de tiempo completo, deben prepararse para ser un don nadie, incluso para
ser cenizas. ¿Están dispuestos a ser incinerados? Ser incinerados hasta convertirse en
cenizas no es un disfrute, sino un sufrimiento. El destino de uno que sirve de tiempo
completo es una vida de sufrimientos. Lo que se ofrece a Dios en holocausto debe
permanecer sobre el lugar de incineración, no sobre un lugar glorioso o exaltado.
Finalmente, el resultado de esa vida, una vida de sufrimiento, una vida sin futuro y sin
seguridad, será un montón de cenizas.

No obstante, aunque no tengamos ninguna seguridad terrenal, puedo testificarles que


tenemos al Señor Jesús como nuestra seguridad. Cristo es mi seguridad, aunque Él a
veces se esconde para probarme. Como fruto de mi experiencia y aprendizaje, puedo
decirles que los mejores momentos para disfrutar al Señor Jesús son cuando Él se
esconde de usted. Luego, después de algún tiempo en que pareciera haber
desaparecido, Él espontáneamente reaparecerá a nosotros. Él a menudo procede de
esta manera con nosotros. Tal Cristo es nuestra verdadera seguridad.

B. Lo que se ofrece debe permanecer


en el lugar de incineración
toda la noche y hasta la mañana
El hecho de que el holocausto deba estar encima de la lumbre (la leña encendida) del
altar toda la noche y hasta la mañana significa también que lo que se ofrece deberá
permanecer en el lugar de incineración a lo largo de la noche oscura hasta la mañana.
La frase toda la noche significa durante toda esta era oscura. La era en la que estamos
es una noche oscura. El holocausto debe arder continuamente durante toda la noche y
hasta la mañana.

Por muy larga que sea la noche, finalmente habrá una mañana, un amanecer. El
verdadero amanecer será la venida del Señor, y esto es lo que estamos esperando. Sin
embargo, no debemos tener la expectativa de que el Señor Jesús regresará pronto para
salvarnos de la prueba de la noche oscura. Cuanto más le pidamos que venga pronto
por esta razón, tal vez más demore Su venida por nuestro bien y para que pasemos por
una noche oscura más extensa.

Recientemente di un mensaje a los que sirven de tiempo completo en Taipéi respecto


a los sufrimientos y las penurias. Les dije que debían estar preparados para llevar una
vida que no sería fácil y estar dispuestos a tomar un camino que no sería llano, sino
escabroso. Debemos permanecer en el lugar de incineración y ser consumidos por el
fuego a lo largo de toda la noche oscura hasta la mañana.

146
II. EL FUEGO QUE ESTÁ SOBRE EL ALTAR
SE MANTIENE ENCENDIDO CONTINUAMENTE
Y NO SE APAGA
El fuego del altar debía permanecer encendido continuamente (6:9b, 12a, 13). El
versículo 12a dice: “El fuego que está sobre el altar se mantendrá encendido en éste; no
se apagará”.

A. Significa que Dios,


el fuego santo en el universo,
está siempre dispuesto a recibir (incinerar)
lo que le es ofrecido como alimento
Que el fuego se mantenga encendido sobre el altar continuamente significa que Dios,
el fuego santo en el universo, está siempre dispuesto a recibir (incinerar) lo que le es
ofrecido como alimento. La prueba de que Dios nos recibe es que Él nos incinera. Una
vez que seamos incinerados por Dios, debemos sentirnos contentos, ya que ello
significa que Él nos ha recibido.

B. Significa que el deseo de Dios de aceptar


lo que se le ofrece no cesa jamás
El hecho de que el fuego arda continuamente significa también que el deseo de Dios de
aceptar lo que se le ofrece no cesa jamás. Dios desea aceptarnos, y Él nos acepta
incinerándonos. Cuanto más Dios nos incinera, más nos acepta.

III. EL SACERDOTE QUEMA LEÑA


SOBRE EL ALTAR CADA MAÑANA
El sacerdote quemaba leña sobre el altar cada mañana (v. 12b). Esto representa la
necesidad de que los servidores cooperen con el deseo de Dios. Esta cooperación
consiste en añadir combustible al fuego santo para hacer más fuerte este fuego
mediante el cual el holocausto es recibido como alimento de Dios. A medida que somos
incinerados, debemos añadir más leña para que seamos incinerados nosotros mismos
y también para que sean incinerados aquellos que sirven juntamente con nosotros. En
lugar de apagar el fuego, debemos añadir más leña para que el fuego continúe
ardiendo.

Si sólo hubiera un servidor, el combustible se acabaría rápidamente. Por tanto,


necesitamos más servidores, más compañeros con quienes podamos ser incinerados.
Cuantos más servidores haya, más combustible habrá para que seamos incinerados
nosotros mismos y también para que sean incinerados los demás.

El sacerdote debía quemar leña en el altar cada mañana. La mañana representa un


nuevo comienzo para esta incineración.

147
IV. AL TOMAR LAS CENIZAS DEL HOLOCAUSTO,
EL SACERDOTE SE PONE SU VESTIDURA DE LINO
Y VISTE CALZONCILLOS DE LINO SOBRE SU CARNE
“El sacerdote se pondrá su vestidura de lino y vestirá calzoncillos de lino sobre su
carne” (v. 10a). El lino es fino, puro y limpio. Que el sacerdote se pusiera su vestidura
de lino y vistiera calzoncillos de lino significa que se requiere finura, pureza y limpieza
para encargarse de las cenizas (el resultado) del holocausto. No debemos pensar que
las cenizas son un desperdicio que se puede manejar de cualquier manera. Por el
contrario, las cenizas son lo que resulta del holocausto, y al manejarlas, debemos
conducirnos de manera apropiada. Debemos ser finos, puros y limpios.

V. EL SACERDOTE SE PONE OTRAS VESTIDURAS


Y LLEVA LAS CENIZAS FUERA DEL CAMPAMENTO
“Después se quitará sus vestiduras, se pondrá otras vestiduras y llevará las cenizas
fuera del campamento a un lugar limpio” (v. 11). Esto significa que debían encargarse
de las cenizas del holocausto con toda solemnidad. A los ojos de Dios, el resultado de
nuestro holocausto es altamente estimado; es fino, puro y limpio. Por ello, cuando el
sacerdote llevaba las cenizas fuera del campamento, debía ponerse otras vestiduras y
llevar las cenizas de una manera solemne. Esto nos enseña a tener en alta estima el
resultado de nuestro holocausto.

Servir de tiempo completo significa ofrecernos a Dios como holocausto. Con respecto
a esto, habrá y deberá haber un resultado. Debemos valorar este resultado y no
menospreciarlo ni considerarlo insignificante. El resultado de ser un holocausto será
algo que llevará a cabo la economía neotestamentaria de Dios. Lo que hacemos como
servidores de tiempo completo no es simplemente predicar el evangelio a fin de salvar
pecadores, establecer iglesias locales, enseñar la Biblia o ayudar a las personas a crecer
en la vida divina y en la verdad. Lo que hagamos debe redundar en la edificación del
Cuerpo de Cristo, que es una miniatura de la Nueva Jerusalén venidera.

Lo que hacemos es realmente extraordinario, pero para la gente del mundo no significa
nada. Para ellos, lo que hacemos no es más que cenizas. Sin embargo, Dios tiene estas
cenizas en muy alta estima, pues finalmente estas cenizas se convertirán en la Nueva
Jerusalén. ¿Se había dado cuenta alguna vez de que las cenizas, el resultado del
holocausto, serán la Nueva Jerusalén venidera? Yo estoy consciente de esto y lo creo.
Creo firmemente que estaré allí y que lo que estoy haciendo será parte de esa ciudad.
La Nueva Jerusalén es nuestra destinación y nuestro destino.

¿Cómo pueden las cenizas del holocausto convertirse en la Nueva Jerusalén? Las
cenizas indican el resultado de la muerte de Cristo, el cual es llevarnos a nuestro fin, o
sea, convertirnos en cenizas. Pero la muerte de Cristo trae consigo la resurrección. En
resurrección, las cenizas se convierten en materiales preciosos —oro, perlas y piedras
preciosas— con miras a la edificación de la Nueva Jerusalén. Cada uno de estos tres
materiales preciosos es el resultado de la transformación de las cenizas. Ser reducidos
a cenizas nos conduce a la transformación que efectúa el Dios Triuno.

148
VI. EL SACERDOTE PONE EN ORDEN SOBRE EL ALTAR
EL HOLOCAUSTO Y QUEMA SOBRE ÉL
LA GROSURA DE LAS OFRENDAS DE PAZ
“El sacerdote [...] pondrá en orden sobre él el holocausto y quemará sobre él la grosura
de las ofrendas de paz” (6:12b). Esto indica que hacer arder el holocausto establecía el
fundamento para percibir la dulzura de la ofrenda de paz. Así pues, el holocausto tiene
como finalidad el disfrute de la ofrenda de paz. En su significado espiritual, la ofrenda
de paz implica tener comunión con el Dios Triuno e incluye el disfrute que tenemos del
Dios Triuno. El holocausto era incinerado, pero esto tenía como finalidad la ofrenda
de paz.

A. Significa que la incineración


de nuestro holocausto
debe ser establecida como el fundamento
de nuestra dulce comunión con Dios
La incineración de la grosura de la ofrenda de paz en 6:12 significa que la incineración
de nuestro holocausto debe ser establecida como el fundamento de nuestra dulce
comunión con Dios. Por mucho que sintamos que disfrutamos a Cristo, si no tenemos
la verdadera experiencia de ofrecer el holocausto, nuestro disfrute será un engaño. El
verdadero disfrute que tenemos del Señor se basa en que nos ofrezcamos a Dios como
holocausto. Si estamos en serio con Dios y nos ofrecemos a Él y llevamos una vida de
absoluta entrega a Él, nuestro disfrute de Cristo será verdadero y no imaginario.

No debemos engañarnos a nosotros mismos; más bien, debemos considerar si tenemos


el fundamento requerido para disfrutar al Dios Triuno. Esto no es cuestión de cómo
nos sintamos; más bien, es cuestión de si verdaderamente tenemos el fundamento
apropiado para disfrutar a Cristo. Este fundamento lo ponemos al ofrecernos al Señor
en calidad de holocausto, y es por ello que podemos estar dispuestos a llevar una vida
de absoluta entrega a Él y, de hecho, vivimos absolutamente entregados a Él. Si
tenemos este fundamento, disfrutaremos al Señor en realidad, ya sea que lo sintamos
o no. No obstante, si día tras día llevamos una vida indisciplinada, y aun así “sentimos”
que disfrutamos al Señor, nos engañamos a nosotros mismos, ya que nuestro disfrute
carece de fundamento. Nuestra necesidad de tener un fundamento a fin de disfrutar a
Cristo se ve claramente en este tipo.

B. Significa que nuestra ofrenda de paz,


sobre el fundamento del holocausto,
es incinerada como fragancia que satisface a Dios
Levítico 6:12b también significa que nuestra ofrenda de paz, sobre el fundamento del
holocausto, debe ser incinerada como fragancia que satisface a Dios. No sólo debe
arder el fundamento, sino que también debe arder la paz misma, la comunión misma
que disfrutamos. El holocausto debe ser incinerado, y nuestra ofrenda de paz también
debe ser incinerada. Esto significa que nuestra entrega absoluta a Dios así como

149
nuestro disfrute del Dios Triuno debe ser una continua incineración. Por tanto, hay
incineración tras incineración.

En este mensaje hemos visto las normas relacionadas con el holocausto. Si deseamos
ofrecer a Cristo como nuestro holocausto, tomándole como nuestro holocausto y
disfrutándole como Aquel que nos capacita para entregarnos absolutamente a Dios,
debemos seguir todas estas normas.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTICUATRO
LA LEY DE LA OFRENDA DE HARINA
Lectura bíblica: Lv. 6:14-23
La ofrenda de harina no es un alimento común para gente común. La ofrenda de harina
es el alimento reservado sólo para los sacerdotes. Todos los creyentes
neotestamentarios son sacerdotes. Por tanto, la ofrenda de harina es para aquellos
creyentes en la vida de iglesia que son sacerdotes de Dios de hecho y en la práctica.

I. LA OFRENDA DE HARINA ES PRESENTADA


DELANTE DE JEHOVÁ ANTE EL ALTAR
Levítico 6:14 dice: “Ésta es la ley de la ofrenda de harina: los hijos de Aarón la
presentarán delante de Jehová ante el altar”. Que la ofrenda de harina sea ofrecida
delante de Jehová significa que la ofrenda de harina es ofrecida a Dios en Su presencia.
Que la ofrenda de harina sea ofrecida ante al altar significa que la ofrenda de harina es
ofrecida en relación con la redención de Cristo efectuada en la cruz, donde el altar
tipifica la cruz. En el Antiguo Testamento tenemos el altar, pero en el Nuevo
Testamento tenemos la cruz. Por tanto, ante el altar significa en relación con la
redención que Cristo efectuó en la cruz. La ofrenda de harina es ofrecida a Dios en Su
presencia, pero debe ser ofrecida en relación con la redención efectuada por Cristo en
la cruz.

II. LA PORCIÓN DE LA OFRENDA DE HARINA


QUE ES DE AARÓN Y DE SUS HIJOS
SE COME EN UN LUGAR SANTO,
EN EL ATRIO DE LA TIENDA DE REUNIÓN
Levítico 6:16 dice: “Aarón y sus hijos podrán comer lo que sobre de ella. Sin levadura
se comerá en un lugar santo; lo comerán en el atrio de la Tienda de Reunión”. Este
versículo habla de la porción de la ofrenda de harina que era de Aarón y de sus hijos,
es decir, la porción que era de los sacerdotes que desempeñaban su servicio sacerdotal.

150
A. Significa disfrutar a Cristo
como nuestra ofrenda de harina
(el suministro de vida para servir),
libres de pecado
Comer en un lugar santo la porción de la ofrenda de harina correspondiente a los
sacerdotes significa disfrutar a Cristo como nuestra ofrenda de harina (el suministro
de vida para servir), libres de pecado. Aquí la palabra santo indica que el disfrute que
tenemos de la ofrenda de harina debe ser libre de pecado.

B. Significa disfrutar a Cristo


en un ámbito separado y santificado
Comer la ofrenda de harina en un lugar santo significa también que disfrutamos a
Cristo en un ámbito separado y santificado. Podemos tomar a Cristo como nuestra
ofrenda de harina, como nuestro suministro diario de vida, únicamente en un lugar
santo. Un lugar santo es un ámbito santificado.

C. Significa disfrutar a Cristo


en la esfera de la iglesia
La porción de la ofrenda de harina que correspondía al sacerdote se comía en el atrio
de la Tienda de Reunión. La Tienda de Reunión tipifica a la iglesia. Por consiguiente,
comer la ofrenda de harina en el atrio de la Tienda de Reunión significa disfrutar a
Cristo en la esfera de la iglesia. Fuera de la esfera de la iglesia, no hay ofrenda de harina
para nosotros. La ofrenda de harina únicamente puede ser aplicada en la esfera de la
vida de iglesia. Podemos disfrutar a Cristo como nuestra ofrenda de harina para
nuestro servicio sacerdotal únicamente dentro del círculo de la vida de iglesia. El
disfrute que tenemos de Cristo como ofrenda de harina debe ser santo, debe darse en
un ámbito santificado y debe hallarse en la esfera de la vida de iglesia.

Cristo es nuestra ofrenda de harina para que sirvamos a Dios como sacerdotes. Sin
embargo, en la actualidad hay muchos creyentes genuinos que son sacerdotes de Dios
solamente de nombre, mas no en realidad. En su vida diaria, ellos no son sacerdotes
de Dios.

Para ser un sacerdote, uno no tiene que servir de tiempo completo. Llegamos a ser
sacerdotes por medio de nuestra regeneración. Puesto que hemos sido regenerados,
ahora debemos vivir como sacerdotes de Dios, sirviendo a Dios. Usted puede servir a
Dios como sacerdote aunque tenga un trabajo de tiempo completo. Tal vez estemos
ocupados en diferentes tipos de empleo que son apropiados, pero eso no impide que
trabajemos en el sentido de ser sacerdotes para Dios. Por ejemplo, un hermano que es
médico puede realizar su práctica médica como servicio sacerdotal, predicando el
evangelio a los incrédulos para conducirlos a Cristo y ministrando vida a los creyentes.
Si todos nos condujéramos como sacerdotes de esta manera, sirviendo a Dios en Su
evangelio, en Su misericordia, en Su gracia y en Su vida, ésta sería la mejor manera de
predicar el evangelio.

151
Sin embargo, la verdadera situación que impera entre los creyentes es todo lo
contrario. Quizás más de la mitad de la población de los Estados Unidos sea cristiana,
pero es raro oír de alguien que predique el evangelio en su trabajo. Muchos creyentes
viven como gente mundana, como personas comunes, y no como sacerdotes. ¡Cuán
vergonzoso es esto! Ya que somos sacerdotes, debemos preguntarnos cómo está
nuestra predicación del evangelio.

Según lo que he estudiado del Nuevo Testamento, lo primero que debemos hacer como
sacerdotes de Dios es predicar el evangelio y presentar a los pecadores a Dios como
ofrendas. Esto es lo que hizo Pablo; su predicación del evangelio era un servicio
sacerdotal (Ro. 15:16). En su servicio sacerdotal, él ofreció a los gentiles a Dios.
¿Tenemos pecadores salvos que ofrecerle a Dios?

El libro de Levítico trata sobre los sacerdotes. Casi cada capítulo tiene que ver con la
vida, el vivir, la necesidad y el suministro de los sacerdotes y todo lo demás relacionado
con ellos. Si realmente no somos sacerdotes, no somos aptos para profundizar en este
libro. Así que, en lo profundo de mi ser siento la carga de rogarles que regresen a su
llamamiento celestial como sacerdotes de Dios. Nuestro primer deber en nuestro
servicio sacerdotal es el de presentar pecadores a Dios como ofrendas.

Pablo dijo que él fue salvo a fin de ser un modelo para todos los creyentes (1 Ti. 1:16).
Él era un modelo para los creyentes, y su primer deber consistía en ganar pecadores y
ofrecérselos a Dios como ofrendas. Su obra de predicación constituyó el verdadero
servicio sacerdotal del Nuevo Testamento. Ciertamente Pablo sabía lo que significaba
experimentar a Cristo como ofrenda de harina en relación con su servicio sacerdotal.
Pero es posible que la ofrenda de harina no sea tan real para nosotros como lo era para
Pablo, debido a que muy raras veces llevamos la vida de un sacerdote. ¡Cuán triste sería
si sólo habláramos del servicio sacerdotal sin participar verdaderamente en él!

En estos días, mientras considero el libro de Levítico, hay un gemido en mi corazón.


Cuanto más leo y estudio este libro, más gime mi corazón. Entre nosotros hay muy
poco que sea motivo de alegría. Hablamos de la comida sacerdotal, pero ¿quiénes son
los sacerdotes y dónde están? En este mensaje únicamente siento la carga de recalcar
esto: el libro de Levítico está dirigido a los sacerdotes.

Con respecto al servicio sacerdotal, debemos considerar nuestra situación y


preguntarnos dónde nos encontramos. El profeta Hageo exhortó al pueblo de Israel a
que considerara bien sus caminos (Hag. 1:5-11). Todos debemos reflexionar sobre
nuestros caminos. ¿Qué clase de creyentes somos? ¿Somos creyentes sacerdotales o
creyentes comunes?

III. LA OFRENDA DE HARINA


NO SE COCE CON LEVADURA
Refiriéndose a la ofrenda de harina, Levítico 6:17a dice: “No se cocerá con levadura”.
No usar levadura al cocer la ofrenda de harina significa que al laborar en Cristo para

152
ser partícipes de Él como nuestro suministro de vida, es indispensable que no haya
pecado.

IV. LA OFRENDA DE HARINA ES SANTÍSIMA,


COMO LA OFRENDA POR EL PECADO
Y LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
La ofrenda de harina “es santísima, como la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las
transgresiones” (v. 17b). Aquí se menciona la ofrenda de harina en relación con la
ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones. Debemos considerar
santísimas todas estas ofrendas.

A. Significa que para disfrutar a Cristo


como suministro de vida,
debemos tomar medidas con respecto al pecado
presente en nuestra naturaleza caída
La ofrenda por el pecado se encarga del pecado presente en nuestra naturaleza caída.
Si queremos disfrutar a Cristo como nuestro suministro de vida, debemos tomar
medidas con respecto al pecado que está en nosotros.

B. Significa que para disfrutar a Cristo


como suministro de vida,
debemos también tomar medidas
con respecto a los pecados
manifestados en nuestra conducta
La ofrenda por las transgresiones se encarga de los pecados manifestados en nuestra
conducta. Si queremos disfrutar a Cristo como nuestro suministro de vida, no sólo
debemos tomar medidas con respecto al pecado, sino también con respecto a nuestros
pecados.

Cuando disfrutamos a Cristo como nuestro suministro diario para nuestro servicio
sacerdotal, debemos comprender que este disfrute incluye tomar medidas con respecto
al pecado presente en nuestra naturaleza caída así como con respecto a los pecados
manifestados en nuestra conducta. Si tratamos de disfrutar la ofrenda de harina sin
tomar tales medidas, cometeremos pecado. No podemos recibir a Cristo como ofrenda
de harina a menos que tomemos medidas con respecto a nuestro pecado interno y a
nuestros pecados externos. Ésta es la razón por la cual la ofrenda de harina nos remite
a la ofrenda por el pecado y a la ofrenda por las transgresiones.

153
V. TODO VARÓN ENTRE LOS HIJOS DE AARÓN
COME DE LA OFRENDA DE HARINA
A. Significa que aquellos que participan de Cristo
como suministro de vida deben ser fuertes
en términos de la vida divina
“Todo varón entre los hijos de Aarón comerá de ella; será un estatuto perpetuo por
todas vuestras generaciones respecto a las ofrendas de Jehová presentadas por fuego”
(v. 18a). Aquí vemos que todos los varones de los hijos de Aarón podían comer de la
ofrenda de harina. Esto significa que aquellos que participan de Cristo como
suministro de vida deben ser fuertes en términos de la vida divina.

Cuando oímos que para participar de la ofrenda de harina debemos ser fuertes en
términos de la vida divina, tal vez nos sintamos desanimados, pensando que estamos
descalificados. Por esta razón, casi todos los días hago al Señor esta súplica: “Señor,
ten misericordia de todos nosotros”. Nuestra condición es probablemente apropiada
únicamente para recibir la misericordia del Señor. De hecho, conforme a este estatuto
particular de la ley de la ofrenda de harina, no somos aptos para participar de la
ofrenda de harina. No somos los varones de entre los hijos de Aarón; es decir, de entre
los santos, no somos los más fuertes en vida. Los más fuertes en vida son los únicos
aptos para disfrutar a Cristo como ofrenda de harina.

Por mucho que pensemos que disfrutamos a Cristo a diario, en realidad no lo hemos
disfrutado tanto. Nuestro disfrute es poco por cuanto tenemos un problema en vida.
Aún somos muy jóvenes y débiles en vida. No somos los varones apropiados. Lo que
somos, Dios lo sabe, y nosotros también. No podemos decir que somos fuertes en la
vida divina como debiera ser. Por esta razón, tenemos que pedirle al Señor que tenga
misericordia de todos nosotros. Necesitamos la misericordia del Señor.

B. Significa que aquellos que participan de Cristo


deben ser personas que sirven a Dios,
los sacerdotes
El hecho de que los varones de entre los hijos de Aarón comieran de la ofrenda de
harina significa que los que participan de Cristo deben ser personas que sirven a Dios,
los sacerdotes. Si vamos a nuestro trabajo todos los días sin servir a Dios como
sacerdotes, no tendremos parte en el verdadero disfrute de Cristo. En tal caso, tal vez
pensemos que sí lo disfrutamos, pero en realidad este pensamiento no concuerda con
la verdadera situación.

VI. LA OFRENDA DE HARINA DE AARÓN


Y DE SUS HIJOS ES PRESENTADA EL DÍA
EN QUE AARÓN ES UNGIDO
“Ésta es la ofrenda de Aarón y de sus hijos, la cual presentarán a Jehová el día en que
él es ungido” (v. 20a). Esto significa que disfrutar a Cristo como suministro de vida
guarda relación con el servicio sacerdotal. Quisiera recalcarles una y otra vez más el

154
hecho de que el disfrute que tenemos de Cristo como ofrenda de harina está
relacionado con nuestro servicio sacerdotal.

A. La décima parte de un efa de flor de harina


es presentada como ofrenda de harina continua
El versículo 20b habla de “la décima parte de un efa de flor de harina como ofrenda de
harina continua”. Esto significa que la mejor porción, la décima parte, del disfrute de
Cristo debe ser ofrecida a Dios. Esto también significa que esta clase de disfrute de
Cristo debe continuar durante el curso de nuestro servicio sacerdotal.

B. La mitad de la ofrenda de harina


es presentada por la mañana y la otra mitad
por la tarde como ofrenda continua
La mitad de la ofrenda de harina se ofrecía por la mañana y la otra mitad por la tarde
como ofrenda continua (v. 20c). Esto representa el continuo disfrute de Cristo en el
servicio sacerdotal.

La ofrenda de harina era únicamente para los sacerdotes y prevalece únicamente en el


servicio sacerdotal. Quizás seamos sacerdotes, pero es posible que nuestro servicio
sacerdotal no sea prevaleciente. Si éste es nuestro caso, el alimento sacerdotal tampoco
será prevaleciente. Este alimento espiritual puede ser prevaleciente únicamente en un
servicio sacerdotal prevaleciente. Debemos ser sacerdotes que sirven en realidad. Sólo
así la comida sacerdotal será de hecho nuestra porción.

C. La ofrenda de harina
es quemada por completo,
y el sacerdote no debe comer de ella
“Esto será un estatuto perpetuo; será quemada completamente para Jehová. Toda
ofrenda de harina del sacerdote será quemada por completo; no se comerá” (vs. 22b-
23). Esto significa que el disfrute de Cristo que es para la satisfacción de Dios, debe ser
absolutamente para Él.

Nuestro disfrute de Cristo se mide según la medida en que realmente seamos


sacerdotes que sirven a Dios. Nuestros sentimientos no son la medida. Somos
sacerdotes, pero si tenemos problemas con respecto a nuestro servicio sacerdotal,
también tendremos problemas con respecto al disfrute de Cristo como ofrenda de
harina.

Al realizar cualquier actividad, debemos estar en la posición correcta; si no estamos en


la posición correcta, no tendremos nada que ver con ello. Aunque seamos sacerdotes,
es posible que en un sentido práctico estemos en la posición equivocada y que, por
tanto, no disfrutemos verdaderamente a Cristo como ofrenda de harina.

155
Mi intención al darles esta exhortación amorosa es animarlos a que reflexionen sobre
sus caminos. No piensen que están bien. Puedo testificarles que a diario necesito
reflexionar sobre mis caminos y mi situación. Esto es un asunto serio, pues ninguno de
nosotros sabe cuándo el Señor podría llevárselo. Él nos puede llevar en cualquier
momento. Y una vez que el Señor nos lleve, será demasiado tarde para tratar de
remediar nuestra situación. Se nos ha dicho claramente que a Su regreso, el Señor
establecerá un tribunal (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10). Todos compareceremos allí y le
rendiremos cuentas. En particular, tendremos que confesar todas las palabras que
salieron de nuestra boca mientras estuvimos en la tierra (Mt. 12:36-37). Por
consiguiente, debemos tener cuidado de lo que hablamos.

Mi deseo no es ser un expositor de la Biblia. Mi carga es ministrar la palabra del Señor


de una manera viviente y que imparta luz. Quisiera que todos los queridos santos sean
alumbrados y reciban un poco de luz con respecto a sí mismos, con respecto a la iglesia
y con respecto a la economía neotestamentaria de Dios. Es crucial que seamos
introducidos en la luz y que la luz brille sobre nosotros, alrededor de nosotros y en
nosotros.

Debemos recordar que las primeras tres ofrendas —el holocausto, la ofrenda de harina
y la ofrenda de paz— nos introducen en la luz. En la luz, somos alumbrados para ver
nuestro pecado y nuestros pecados. Esto es lo que necesitamos.

Ya sea que seamos viejos o jóvenes, o que tengamos muchos años de ser salvos o sólo
unos cuantos meses, necesitamos ser alumbrados. Todos debemos ser introducidos en
la luz divina. Damos gracias al Señor porque somos hijos de luz (Ef. 5:8). Puesto que
somos hijos de luz, debemos estar en la luz a fin de tener claridad, primeramente con
respecto a nosotros mismos y luego con respecto a la economía de Dios. Esto es lo que
anhelo ver.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTICINCO
LA LEY DE LA OFRENDA POR EL PECADO
Lectura bíblica: Lv. 6:24-30
En este mensaje consideraremos la ley de la ofrenda por el pecado.

No nos es difícil considerar como ley los Diez Mandamientos dados por medio de
Moisés. Sin embargo, tal vez se nos haga difícil considerar como ley algo que guarda
relación con el disfrute de Cristo. Tal vez pensemos que si hay alguna ley con respecto
a disfrutar a Cristo, no habrá ningún disfrute. No obstante, a cada una de las cinco
ofrendas le corresponde una ley. Por tanto, a la ofrenda por el pecado le corresponde
una ley particular, y dicha ley incluye varias normas.

Como descendientes de Adán, tenemos una vida caída, una vida que rechaza todo tipo
de ley y se resiste a ser regida, gobernada y controlada. Nuestra vida adámica es
rebelde, y nuestra naturaleza adámica es ingobernable. Sin embargo, cuando fuimos

156
salvos y regenerados, recibimos otra vida —la vida divina, la vida de Dios—, y esta vida
es lo opuesto de nuestra vida caída e ingobernable. Esto significa que como creyentes
genuinos de Cristo tenemos dos vidas, a saber, una vida vieja y una vida nueva. La
primera es la vida humana natural, y la segunda es la vida divina, la vida eterna. No
sería una exageración decir que la vida divina es el propio Dios; es el Dios que está en
nosotros para ser nuestra vida. Mientras que la vida natural caída es ingobernable, la
vida divina que está en nosotros se conforma totalmente a la ley y a las normas.

Toda clase de vida posee su propia ley. Por ejemplo, un pájaro vuela conforme a la ley
de la vida del pájaro, y un duraznero produce duraznos conforme a la ley de la vida del
duraznero. Del mismo modo, la vida divina también tiene su propia ley.

La ley de la ofrenda por el pecado se conforma a la ley de lo que hemos disfrutado de


Cristo. Con respecto al disfrute que tenemos de Cristo como holocausto, debemos
comprender que Cristo es una vida y que esta vida posee una ley. La ley del holocausto,
por tanto, ha sido escrita conforme a la ley del Cristo que hemos disfrutado. El mismo
principio se aplica a las demás ofrendas. La ofrenda de paz y la ofrenda de harina son
una persona viviente, Cristo. Por ser una persona viviente, Cristo posee una vida con
una ley. Así que, la ley de la ofrenda de paz y la ley de la ofrenda de harina corresponden
a la ley de vida de Cristo. Aparentemente, la ley escrita tiene que ver únicamente con
la ofrenda de paz y la ofrenda de harina. En realidad, en nuestra experiencia la ley de
la ofrenda de paz y la ley de la ofrenda de harina llegan a ser una ley viviente, la ley que
corresponde a la vida misma del Cristo que disfrutamos.

Toda ley escrita ha sido redactada conforme a cierta vida. Si tuviéramos que escribir
una ley en cuanto a los ancianos, esa ley tendría que corresponder con la vida de ellos.
Lo mismo tendría que hacerse con respecto a una ley que se redacta para los jóvenes.
Este mismo principio aplica a la ley que Dios nos dio. Dios nos dio la ley de que
debemos adorarlo porque tenemos una vida que adora. Dios nunca le daría esta ley a
los animales, porque ellos no poseen tal vida.

Tres pasajes en el Nuevo Testamento indican que debemos ser regulados incluso en el
disfrute que tenemos de Cristo. En 1 Corintios 9:26 y 27 Pablo dice: “Así que, yo de esta
manera corro, no como a la ventura; de esta manera lucho en el pugilato, no como
quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que
habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”. La palabra griega
traducida “golpeo” significa literalmente “golpear el rostro debajo del ojo hasta dejarlo
amoratado”. Esto no se refiere a maltratar el cuerpo, como se hace en el ascetismo, ni
considerar el cuerpo como maligno, como se le considera en el gnosticismo; más bien,
es someter el cuerpo haciéndolo un cautivo vencido a fin de que nos sirva como esclavo
para el cumplimiento de nuestro propósito santo. En estos versículos no sólo vemos
requisitos, sino exigencias. Aquí nos encontramos con la exigencia más estricta de la
más estricta ley.

Gálatas 6:15 y 16 dice: “Ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva
creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea sobre

157
ellos, o sea sobre el Israel de Dios”. En el versículo 15, Pablo nos dice que “ni la
circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación”. Esto es gracia.
Hoy en día lo que necesitamos no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino
únicamente la gracia. Pero en el versículo 16 Pablo nos dice que la manera de recibir
paz y misericordia es andar “conforme a esta regla”, la regla de la nueva creación. Al
salvarnos, Dios nos elevó al estado y condición de una nueva creación, cuya vida es
Cristo. Ahora debemos andar conforme a la regla de esta nueva creación.

La regla de la nueva creación nos regulará con respecto a la hora en que debemos
acostarnos por la noche y la hora en que debemos levantarnos por la mañana. En
particular, en el día del Señor la regla de la nueva creación nos instará a levantarnos
un poco más temprano, a orar por la reunión y a llegar temprano a la reunión para
reunirnos con el Señor y adorarlo.

La recompensa por andar conforme a la regla de la nueva creación es misericordia y


paz. Puedo testificar que cuando ando conforme a esta regla, recibo misericordia y paz.
Si andamos conforme a la regla de la nueva creación con respecto a la manera en que
nos preparamos para la reunión y cómo asistimos a ella en el día del Señor, recibiremos
misericordia y paz.

Andar por la regla de la nueva creación guarda relación con la ley. En la nueva creación,
existe una nueva vida, y dentro de esta nueva vida hay una nueva ley. Esta nueva ley es
de hecho el propio Señor que está en nosotros, quien constantemente nos regula.

Nosotros somos la nueva creación de Dios y tenemos la vida de esta nueva creación.
Dicha vida incluye también una ley que nos regula. En nuestra vida diaria debemos ser
regulados por esta ley.

En Filipenses 3:13 y 14 Pablo nos dice que él se olvidaba de lo que quedaba atrás, se
extendía a lo que estaba delante y proseguía “a la meta para alcanzar el premio del
llamamiento a lo alto, que Dios hace en Cristo Jesús”. Luego, en los versículos 15 y 16
él dice: “Así que, todos los que hemos alcanzado madurez, pensemos de este modo; y
si en algo tenéis un sentir diverso, esto también os lo revelará Dios. Sin embargo, en
aquello a que hemos llegado, andemos conforme a la misma regla”. La palabra griega
traducida “andemos” significa “andar en orden”; deriva de una palabra que significa
disponer conforme a líneas regulares, marchar en filas, llevar el paso, ser conformados
a la virtud y a la piedad. Por tanto, aquí Pablo nos exhorta a andar en fila, en orden y
de una manera regulada.

Cada uno de estos tres pasajes del Nuevo Testamento indica lo mismo: que en el
disfrute de la gracia debemos ser regulados.

158
I. LA OFRENDA POR EL PECADO
ES DEGOLLADA DELANTE DE JEHOVÁ
EN EL LUGAR DONDE SE DEGÜELLA
EL HOLOCAUSTO
“Habla a Aarón y a sus hijos, diciendo: Ésta es la ley de la ofrenda por el pecado: en el
lugar donde se degüella el holocausto, será degollada la ofrenda por el pecado delante
de Jehová” (Lv. 6:25a). Esto significa dos cosas. Primeramente, significa que Cristo,
nuestra ofrenda por el pecado, fue inmolado delante de Dios; en segundo lugar,
significa que Cristo fue ofrecido a Dios como nuestra ofrenda por el pecado con base
en el hecho de que Él es el holocausto.

Tal vez pensemos que si traemos una ofrenda a Dios, podemos inmolarla en cualquier
lugar. Pero aquí Dios le exige a Su pueblo degollar la ofrenda por el pecado delante de
Él en el lugar donde se degüella el holocausto. La ofrenda debe ser presentada
conforme a las normas de Dios. En esto vemos que aunque hoy en día disfrutamos a
Cristo como gracia, sigue habiendo normas con respecto al disfrute que tenemos de
Cristo, las cuales debemos acatar.

II. LA OFRENDA POR EL PECADO ES SANTÍSIMA


La ofrenda por el pecado es santísima (6:25b). Esto significa que Cristo, nuestra
ofrenda por el pecado presentada a Dios, era santísimo en el sentido de que Él puso fin
—de manera intrínseca— al pecado en nuestra naturaleza y a nuestra naturaleza
pecaminosa en su totalidad. La ofrenda por el pecado no sólo pone fin al pecado que se
manifiesta en nuestra conducta externamente, sino también al pecado que está en
nuestra naturaleza intrínsecamente. Esta ofrenda pone fin a nuestra naturaleza
pecaminosa en su totalidad. Por consiguiente, la ofrenda por el pecado es santísima.

III. EL SACERDOTE QUE PRESENTA


LA OFRENDA POR EL PECADO
LA COME EN UN LUGAR SANTO,
EN EL ATRIO DE LA TIENDA DE REUNIÓN
A. Significa que aquel que sirve a los pecadores
ministrándoles Cristo como ofrenda
por el pecado participa del disfrute de Cristo
como ofrenda por el pecado
“El sacerdote que la ofrezca por el pecado la comerá. En un lugar santo se comerá, en
el atrio de la Tienda de Reunión” (6:26). Esto significa que aquel que sirve a los
pecadores ministrándoles Cristo como ofrenda por el pecado participa del disfrute de
Cristo como ofrenda por el pecado. Si servimos a los pecadores ministrándoles Cristo,
servimos como sacerdotes. Cuando ministramos Cristo a otros de esta manera, tanto
nosotros como aquellos a quienes servimos disfrutaremos a Cristo como ofrenda por
el pecado.

159
B. Significa que él disfruta a Cristo
como ofrenda por el pecado
en un ámbito separado y santificado,
en la esfera de la iglesia
Que el sacerdote comiera la ofrenda por el pecado en un lugar santo, en el atrio de la
Tienda de Reunión, significa también que aquel que sirve a los pecadores
ministrándoles Cristo como ofrenda por el pecado disfruta a Cristo como tal ofrenda
en un ámbito separado y santificado, en la esfera de la iglesia.

Tal vez pensemos que con tal de que sirvamos ministrando Cristo a los demás,
podemos hacerlo en cualquier lugar. Sin embargo, según la regla espiritual, debemos
hacer esto conforme a la norma de Dios.

IV. TODO LO QUE TOQUE LA CARNE


DE LA OFRENDA POR EL PECADO ES SANTO
Todo lo que tocaba la carne de la ofrenda por el pecado era santo (6:27a). Esto significa
que todo aquel que toque a Cristo como ofrenda por el pecado será separado y
santificado, abandonará el pecado y permitirá que su carne natural sea crucificada en
virtud de que Cristo, la ofrenda por el pecado, en la cruz puso fin al pecado y a nuestra
carne pecaminosa.

Debemos comprender que cuando impartimos Cristo como ofrenda por el pecado a un
pecador, este Cristo es santo. Cuando un pecador toca a este Cristo santo, él es
santificado y llega a ser santo. De inmediato, el que ha sido santificado abandonará el
pecado y permitirá que su carne natural sea crucificada.

Debemos tener esta comprensión y fe con respecto a Cristo como ofrenda por el
pecado. Luego, debemos llevar el evangelio —esto es, Cristo mismo— a los demás para
que lo toquen. El Cristo que les ministramos es la ofrenda por el pecado. En la cruz, Él
puso fin al pecado intrínseco en nuestro ser y a nuestra carne pecaminosa.

V. LA VESTIDURA SOBRE LA CUAL SALPIQUE


LA SANGRE DE LA OFRENDA POR EL PECADO
ES LAVADA EN UN LUGAR SANTO
“Cuando su sangre salpique sobre una vestidura, lavarás lo salpicado en un lugar santo”
(6:27b). Esto significa que aquel que ha recibido la redención mediante la sangre de
Cristo como ofrenda por el pecado deberá tomar medidas respecto a su diario andar
(cfr. Ef. 4:22-24). Nuestro andar diario, representado por la vestidura, debe ser
depurado continuamente.

La vestidura sobre la cual salpicaba la sangre de la ofrenda por el pecado debía lavarse
en un lugar santo. Esto significa que aquel que ha recibido la redención mediante la
sangre de Cristo como ofrenda por el pecado deberá tomar medidas con respecto a su

160
vivir diario en un ámbito separado y santificado. En esto vemos que debemos tener la
debida consideración por la sangre de Cristo y jamás considerarla común.

VI. EL VASO DE BARRO EN EL CUAL


ES HERVIDA LA OFRENDA POR EL PECADO,
ES QUEBRADO
“El vaso de barro en que sea hervida, será quebrado” (6:28a). Esto significa que todo
aquel —el vaso de barro— que se relacione con Cristo como ofrenda por el pecado
deberá ser quebrantado. Si queremos predicar a Cristo como ofrenda por el pecado,
nosotros —los vasos de barro— tenemos que ser quebrantados. Si no somos
quebrantados, y aun así predicamos el evangelio en nuestra vida natural, no veremos
muchos resultados. Debemos ser vasos quebrantados.

VII. EL VASO DE BRONCE EN EL CUAL


ES HERVIDA LA OFRENDA POR EL PECADO,
ES FREGADO Y ENJUAGADO CON AGUA
“Si se hierve en un vaso de bronce, será fregado y enjuagado con agua” (6:28b). Esto
significa que la persona que ha sido iluminada y juzgada por el Espíritu (comparado
con un espejo de bronce) para ser regenerada, no necesita ser quebrada, sino tratada
al ser fregada y enjuagada con agua.

Si queremos predicar a Cristo como ofrenda por el pecado, debemos ser tratados, ya
sea al ser quebrantados o al ser fregados y enjuagados con agua. No podemos salir a
predicar de una manera natural.

VIII. TODO VARÓN DE ENTRE LOS SACERDOTES


PUEDE COMER DE LA OFRENDA POR EL PECADO,
LA CUAL ES SANTÍSIMA
“Todo varón de entre los sacerdotes podrá comer de ella; es santísima” (6:29). Esto
significa que todos lo que son más fuertes pueden disfrutar a Cristo como ofrenda
santísima al ministrar Cristo, como ofrenda por el pecado, a los pecadores.

No debemos pensar que predicar el evangelio sea algo insignificante. Para ello, se
requiere que seamos fuertes en la vida de Cristo.

IX. NO SE COME DE NINGUNA


OFRENDA POR EL PECADO CUYA SANGRE
HAYA SIDO INTRODUCIDA
EN LA TIENDA DE REUNIÓN PARA HACER EXPIACIÓN
EN EL LUGAR SANTO, EN EL LUGAR SANTÍSIMO,
SINO QUE ES QUEMADA AL FUEGO
“No se comerá de ninguna ofrenda por el pecado cuya sangre haya sido introducida en
la Tienda de Reunión para hacer expiación en el Lugar Santo; será quemada al fuego”

161
(6:30). La expiación mencionada aquí era realizada en el Lugar Santísimo (16:27). El
significado de este versículo es que Cristo —la ofrenda por el pecado que puso fin a
nuestro pecado y a nuestra naturaleza pecaminosa en la cruz para efectuar nuestra
redención— está íntegramente destinado para el deleite de Dios, del cual no tenemos
parte. Sin embargo, al ministrar Cristo —como ofrenda por el pecado— a los pecadores,
podemos participar de Él.

En lo concerniente a Cristo como ofrenda por el pecado, hay una porción reservada
únicamente para Dios, y también hay una porción de la cual nosotros podemos
participar. La mejor porción está destinada para el deleite de Dios. Dios logró que
Cristo hiciese propiciación por los pecadores, y en ello nosotros no tenemos parte. Eso
está absolutamente reservado para Dios. Sin embargo, cuando predicamos Cristo a
otros, ministrándoles a Cristo como ofrenda por el pecado, sí podemos participar de
Él. Así pues, Dios obtiene Su parte, y nosotros obtenemos la nuestra.

Todas estas normas en cuanto a la ofrenda por el pecado son llamadas “la ley de la
ofrenda por el pecado”. Esto indica que incluso en el disfrute que tenemos de Cristo,
debemos acatar todas las normas en vida. Con respecto a la manera de disfrutar a
Cristo, no debemos seguir nuestras preferencias. Debemos disfrutar a Cristo conforme
a la manera que Dios escogió.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTISÉIS
LA LEY DE LA OFRENDA
POR LAS TRANSGRESIONES
Lectura bíblica: Lv. 7:1-10
En el estudio que he hecho de biografías y de historia, me han ayudado mucho el vivir
y las prácticas de dos personas: George Müller y Hudson Taylor. George Müller, uno
de los que tomaba la delantera en la Asamblea de los Hermanos Británicos, se
levantaba cada mañana a leer la Biblia y a orar mientras caminaba al aire libre.
Mientras leía, oraba. Él testificó que esta práctica le proporcionaba el mejor alimento,
fortalecimiento, conocimiento y edificación en su vida cristiana. Hudson Taylor,
fundador de la Misión al Interior de China, tenía una práctica similar. Él también se
levantaba por la mañana para pasar tiempo con el Señor en la Palabra, y dio testimonio
del alimento que recibía al hacerlo.

Menciono la práctica de George Müller y de Hudson Taylor porque me preocupa la vida


cristiana de los jóvenes. En la vida cristiana, el nacimiento espiritual es solamente el
comienzo. Si un ser humano ha de criarse apropiadamente y crecer normalmente en
cada etapa de su vida, debe ser criado en un buen hogar y asistir a la escuela, desde el
jardín de infancia hasta la escuela secundaria. Ésta es la ley según la vida física. El
principio es el mismo con relación a la vida cristiana. Necesitamos un hogar espiritual
donde podamos crecer y una escuela espiritual donde podamos recibir una educación
apropiada. Además, debemos comportarnos bien, cooperando tanto con el hogar como
con la escuela. Ésta es la ley conforme a la vida espiritual.

162
Cuando fuimos regenerados, recibimos otra vida —la vida divina, la vida de Dios—, la
cual es diferente de nuestra vida natural. Independientemente de si nuestra vida
natural es buena o mala, debemos olvidarnos de esa vida y hacer caso a la segunda
vida, la vida divina. Esta segunda vida posee una ley que concuerda con las cinco leyes
descritas en Levítico 6 y 7, las cuales guardan relación con el disfrute de Cristo en cinco
aspectos. Hoy en día debemos obedecer en todo a esta segunda vida. Si lo hacemos,
recibiremos mucho beneficio espiritual.

Cada vida tiene su propia ley y su propio grado de sensibilidad. La vida divina, por
tanto, posee una ley y también su propio grado de sensibilidad. Hoy esta vida no es
objetiva para nosotros, sino completamente subjetiva. La vida divina está en nosotros.
Esta vida en nosotros se percibe de una manera tan subjetiva que a menudo nos es
difícil distinguir entre nuestra vida natural original y nuestra segunda vida, la vida
divina. No obstante, es un hecho que la vida divina está en nosotros, y esta vida tiene
un grado de sensibilidad particular.

Algunos ejemplos les ayudarán a entender lo que quiero decir cuando hablo del grado
de sensibilidad de la vida divina que está en nosotros. Antes de ser salvos, tal vez
ustedes disfrutaban de cierta clase de entretenimiento mundano. Cuando querían
participar en esa clase de entretenimiento, sencillamente lo hacían. Pero después de
ser salvos y regenerados, a menudo tenían una sensación o un sentir interno que no
aprobaba el que ustedes participaran de aquel entretenimiento mundano. Quizás en
tal momento sintieron que era mejor usar ese tiempo para orar, y algo en su interior —
el sentir de la vida divina— aprobaba aquello.

Hay ocasiones en que el sentir interior no aprueba la intención suya de dedicar algún
tiempo a la oración. Después de reflexionar más, siente deseos de visitar a su primo
con el fin de predicarle el evangelio, y el sentir interior le da su aprobación. La oración
y la predicación del evangelio son cosas buenas y santas; sin embargo, es posible que
el sentir interior apruebe lo segundo y no lo primero. Debido a ello, usted no siente paz
de quedarse en casa para orar, sino que, más bien, siente paz para predicar el evangelio.
Esta experiencia le demuestra que ahora usted tiene algo que no tenía antes de ser
salvo: la vida divina con su ley y su sentir o sensibilidad. Si presta atención a este sentir
interior, el sentir de la vida divina, usted guardará la ley de esta vida.

Quisiera ayudarle a tomar una decisión, a que decida vivir y andar conforme a la ley de
la nueva vida. Debe decidir que no vivirá más según la vieja manera. Usted ya no es lo
que era antes de ser salvo. Usted es una nueva creación, una persona regenerada, un
miembro del nuevo hombre.

Inmediatamente después de su regeneración, algunos creyentes no sólo tienen el deseo


y la aspiración de ser personas nuevas, santas y celestiales, sino que esto incluso se
convierte en su ambición. Pero es probable que algunos de ustedes aún no hayan
tomado esta decisión. Me preocupa que quizás continúen viviendo, actuando y
comportándose según la vieja manera. Por tanto, les insto, incluso les ruego, que tomen
la decisión de no seguir siendo los mismos de antes.

163
Por ser personas regeneradas, debemos ser completamente diferentes de como éramos
antes. Nuestros padres nos engendraron y recibimos la vida humana natural, pero
fuimos regenerados por Dios para recibir la vida divina, por lo cual llegamos a ser hijos
de Dios. Ahora debemos vivir como hijos de Dios.

Si usted fuese adoptado por el presidente, seguramente decidiría de forma espontánea


vivir y actuar como hijo del presidente. Debemos comprender que somos los hijos del
Señor de todo el universo, de Aquel que está muy por encima del presidente. Puesto
que somos hijos de tal Dios, debemos comportarnos como Sus hijos.

A pesar de que somos hijos de Dios, puede ser que vengamos a las reuniones de la
iglesia bien sea de una manera adecuada o de una manera inadecuada. Quizás algunos
asistan a la reunión del día del Señor mal vestidos, y que además lleguen tarde y escojan
sentarse donde más les guste. Por supuesto, en la reunión la gracia abunda, y tal vez
un poco de gracia sea derramada sobre ellos, pero sería discutible cuánta gracia
recibirán y cuánto la valorarán. Otros, por su parte, vienen a la reunión del día del
Señor muy pulcros y bien vestidos, y preparados no sólo en su espíritu, sino también
en todo su ser. Tal vez lleguen temprano, ocupen el asiento apropiado y oren por la
reunión. Ciertamente ellos recibirán más gracia y valorarán lo que reciban. Asimismo
recibirán beneficio espiritual, y a su vez serán de beneficio para la iglesia.

Necesitamos toda índole de normas en nuestra vida cristiana. Quizás a algunos les
parezca que esto es demasiado legalista, pero en la tipología se nos habla de las leyes,
las normas, con respecto al disfrute de Cristo.

Consideremos ahora los distintos aspectos de la ley de la ofrenda por las


transgresiones.

I. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES


ES SANTÍSIMA
“Ésta es la ley de la ofrenda por las transgresiones; es santísima” (Lv. 7:1). Al igual que
la ofrenda de harina y la ofrenda por el pecado, la ofrenda por las transgresiones es
santísima. Esto significa que Cristo, nuestra ofrenda por las transgresiones, es
santísimo al encargarse de los pecados manifestados en nuestra conducta.

Al aplicar a Cristo como nuestra ofrenda por las transgresiones, debemos hacerlo de
una manera santa. Nunca debiéramos aplicar esta ofrenda descuidadamente o a la
ligera, mucho menos de forma pecaminosa. En cuanto a la ofrenda por las
transgresiones, debemos tener presente que Dios usa esta ofrenda para remitirnos a la
ofrenda por el pecado al recordarnos que el pecado está en nuestra carne y que el
pecado incluye a Satanás, quien es el padre de la mentira (Jn. 8:44), al mundo (1 Jn.
5:19) y a la lucha por el poder. La ofrenda por las transgresiones también nos remite al
holocausto al recordarnos que cometemos pecados debido a que no vivimos total y
absolutamente entregados a Dios. La razón por la cual nos enojamos o contendemos
con algunos santos es que nuestra entrega a Dios no es absoluta. Puesto que la ofrenda
por las transgresiones nos remite a la ofrenda por el pecado y al holocausto, no

164
debemos tomar la ofrenda por las transgresiones a la ligera. En realidad, casi toda la
vida cristiana tiene que ver con la ofrenda por las transgresiones. Por tanto, debemos
entender adecuadamente esta ofrenda y aplicarla conforme a su ley.

II. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES


ES DEGOLLADA EN EL LUGAR
DONDE SE DEGÜELLA EL HOLOCAUSTO
“En el lugar donde degüellan el holocausto, degollarán la ofrenda por las
transgresiones” (Lv. 7:2a). Esto significa que el hecho de que Cristo sea el holocausto
ofrecido a Dios provee la base para que Él, como nuestra ofrenda por las
transgresiones, se encargue de los pecados manifestados en nuestra conducta.

Tanto la ofrenda por el pecado como la ofrenda por las transgresiones se basan en el
holocausto. Por ser el holocausto, Cristo es apto para ser la ofrenda por el pecado y la
ofrenda por las transgresiones. Si Cristo no hubiera vivido absolutamente entregado a
Dios, no podría ser nuestra ofrenda por el pecado ni nuestra ofrenda por las
transgresiones. En vez de ello, Él mismo habría necesitado que alguien fuese Su
ofrenda por el pecado y Su ofrenda por las transgresiones. Así pues, la entrega absoluta
de Cristo a Dios es el fundamento, la base, para que nuestro Salvador sea nuestra
ofrenda por el pecado y nuestra ofrenda por las transgresiones. Esto nos sirve de
recordatorio y nos fortalece para que cada vez que tomemos a Cristo como nuestra
ofrenda por las transgresiones, le tomemos también como nuestro holocausto, de
modo que en Él, con Él y por medio de Él vivamos absolutamente entregados a Dios.

III. TODO VARÓN DE ENTRE LOS SACERDOTES


COME DE LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
EN UN LUGAR SANTO
“Todo varón de entre los sacerdotes podrá comer de ella. Se comerá en un lugar santo;
es santísima” (v. 6). Que todo varón de entre los sacerdotes comiera de la ofrenda por
las transgresiones en un lugar santo significa que los más fuertes pueden disfrutar a
Cristo como ofrenda por las transgresiones al ministrarlo a otros a fin de que ellos
tomen medidas con respecto a los pecados manifestados en su conducta. Para poder
ministrar Cristo como ofrenda por las transgresiones a un hermano que ha cometido
pecados, se requiere que usted mismo sea más fuerte.

Este disfrute de Cristo debe realizarse en un lugar santo, en un ámbito separado y


santificado. Si queremos ayudar a otros a que tomen a Cristo como su ofrenda por las
transgresiones a causa de sus pecados, debemos ser fuertes, y debemos hacerlo en un
ámbito que no sea común ni mundano, sino santo y santificado, separado de los demás
lugares.

165
IV. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES
ES COMO LA OFRENDA POR EL PECADO:
HAY UNA MISMA LEY PARA AMBOS
“La ofrenda por las transgresiones es como la ofrenda por el pecado; hay una misma
ley para ambos” (v. 7a). Esto significa que el pecado y las transgresiones (los pecados)
pertenecen a una misma categoría. Ellos constituyen el pecado en su totalidad. Ésta es
la razón por la cual la palabra pecado en Juan 1:29 incluye el pecado y los pecados, es
decir, incluye la totalidad de la categoría del pecado.

V. LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES


ES PARA EL SACERDOTE
QUE HAGA EXPIACIÓN CON ELLA
“Será para el sacerdote que haga expiación con ella” (v. 7b). Esto significa que el que
ministra Cristo como ofrenda por las transgresiones a otros, participa de tal Cristo.
Cuando ministramos Cristo como ofrenda por las transgresiones a otros, participamos
de Él en calidad de tal ofrenda. Esto nos alienta a ministrar Cristo a otros.

VI. EL SACERDOTE QUE PRESENTE


EL HOLOCAUSTO DE ALGUNO
CONSERVA PARA SÍ LA PIEL DEL HOLOCAUSTO
“El sacerdote que presente el holocausto de alguno conservará para sí la piel del
holocausto que haya presentado” (v. 8). Esto significa que aquel que ministra Cristo
como holocausto es partícipe y disfruta a Cristo en Su envolvente poder.

Cuando servimos Cristo a los demás, participamos de una parte especial de Cristo: Su
“piel”, la cual representa Su envolvente poder. Envolver algo significa cubrirlo con
algún material, que a la vez sirve de protección. El envolvente poder de Cristo es Su
poder que cubre, protege y resguarda. Si una vaca no tuviera piel, no estaría protegida
ni resguardada. Hoy Cristo es nuestra cubierta. Él no sólo nos cubre, sino que también
protege y resguarda nuestra persona y todo lo relacionado con nuestro ser.
Experimentamos a Cristo como el poder que nos cubre, protege y resguarda cuando lo
ministramos como holocausto a los demás. Debido a que tenemos una piel gruesa que
nos cubre y nos resguarda, somos protegidos en todo aspecto, y nada nos puede herir.

VII. TODA OFRENDA DE HARINA COCIDA EN HORNO


Y LO HECHO EN CAZUELA O EN BANDEJA
PERTENECE AL SACERDOTE QUE LA PRESENTE
“Toda ofrenda de harina cocida en horno y todo lo hecho en cazuela o en bandeja
pertenecerá al sacerdote que la presente” (v. 9). Aquí vemos que estas ofrendas de
harina, que el sacerdote servía, finalmente llegaban a ser suyas para que las disfrutara
con miras al sacerdocio. Esto significa que todo el que ministra Cristo como Aquel que
sufre, participa de dicho Cristo y lo disfruta. Si servimos Cristo a los demás, tendremos
como disfrute al mismo Cristo a quien servimos.

166
VIII. TODA OTRA OFRENDA DE HARINA,
MEZCLADA CON ACEITE O SECA,
ES PARA TODOS LOS SACERDOTES
“Toda otra ofrenda de harina, mezclada con aceite o seca, será, por igual, para todos
los hijos de Aarón” (v. 10). Esto significa que todos los que sirven a Cristo
ministrándole, bien sea mezclado con el Espíritu o en Sí mismo, participan y disfrutan
de tal Cristo.

Lo que hemos visto en estos versículos es la ley de la ofrenda por las transgresiones. Si
ministramos Cristo a otros, lo disfrutaremos a Él. Ésta es una ley, una norma,
establecida por Dios.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTISIETE
LA LEY DE LA OFRENDA DE PAZ
Lectura bíblica: Lv. 7:11-38
La ley de la ofrenda de paz en cuanto al disfrute que tenemos de Cristo es bastante
extensa. Ningún cristiano se imaginaría que el disfrute de Cristo estuviese regulado por
tantas normas. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento contienen
advertencias con respecto a disfrutar a Cristo de manera impropia o incontrolada. En
1 Corintios 11:17 dice que es posible congregarnos no para lo mejor, sino para lo peor.
El versículo 27 dice: “Cualquiera que coma el pan o beba la copa del Señor
indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor”. El versículo 29 habla
de que aquel que “come y bebe, sin discernir el cuerpo, juicio come y bebe para sí”.
Aquí vemos que la palabra en el Nuevo Testamento es más solemne que la del Antiguo
Testamento.

Consideremos ahora algunos puntos relacionados con la ley de la ofrenda de paz.

I. LA OFRENDA DE PAZ
OFRECIDA EN ACCIÓN DE GRACIAS
ES PRESENTADA JUNTAMENTE
CON LA OFRENDA DE HARINA
COMPUESTA DE TORTAS SIN LEVADURA
MEZCLADAS CON ACEITE, HOJALDRES SIN LEVADURA
UNGIDOS CON ACEITE
Y TORTAS DE FLOR DE HARINA
EMPAPADAS Y MEZCLADAS CON ACEITE
La primera clase de ofrenda de paz es aquella que se ofrece en acción de gracias. Entre
las distintas ofrendas de paz, ésta es la más débil. En cuanto a esta ofrenda, Levítico
7:12 dice: “Si lo presenta en acción de gracias, presentará juntamente con el sacrificio
de acción de gracias tortas sin levadura mezcladas con aceite, hojaldres sin levadura
ungidos con aceite y tortas de flor de harina empapadas y mezcladas con aceite”. Esto

167
significa que el Cristo —bien sea mezclado con el Espíritu y sin pecado, o ungido con el
Espíritu y sin pecado, o como una persona excelente, empapada del Espíritu— que es
la ofrenda de harina y que disfrutamos en Su conducta también es nuestra ofrenda de
paz, Aquel que fue crucificado y derramó Su sangre en la cruz (Col. 1:20), en nuestra
acción de gracias a Dios.

II. CON EL SACRIFICIO DE LAS OFRENDAS DE PAZ


EN ACCIÓN DE GRACIAS SON PRESENTADAS
TORTAS DE PAN LEUDADO
“Con tortas de pan leudado presentará su ofrenda, además del sacrificio de sus
ofrendas de paz en acción de gracias” (v. 13). Esto significa que el oferente, aunque
disfruta de Cristo como Aquel que no tiene pecado, todavía tiene pecado en sí mismo.

La razón por la que la ofrenda de paz ofrecida en acción de gracias es la más débil de
las ofrendas de paz es que ella incluye levadura. Esto indica que el oferente aún tiene
pecado y, por tanto, se encuentra en una condición débil.

III. DE LA OFRENDA DE HARINA


EL OFERENTE PRESENTA
UNA PARTE DE CADA OFRENDA
COMO OFRENDA ELEVADA A JEHOVÁ,
LA CUAL PERTENECE
AL SACERDOTE QUE OFRECE LA OFRENDA DE PAZ
“Y de ella presentará una parte de cada ofrenda como ofrenda elevada a Jehová, la cual
pertenecerá al sacerdote que rocía la sangre de la ofrenda de paz” (v. 14). Esto tiene un
doble significado. Primero, puesto que la ofrenda elevada es un tipo de Cristo en Su
ascensión, ello significa que Cristo, la ofrenda de harina en todos Sus aspectos, es
ofrecido a Dios como Aquel que está en ascensión. En segundo lugar, ello significa que
tal Cristo es ingerido y disfrutado como alimento por aquel que ministra Cristo como
ofrenda de paz. Cuando ministramos el Cristo ascendido a los demás, participamos del
propio Cristo que ministramos.

IV. LA CARNE DEL SACRIFICIO


DE LAS OFRENDAS DE PAZ EN ACCIÓN DE GRACIAS
SE COME EL DÍA QUE ES OFRECIDA;
NO DEJAN NADA DE ELLA
PARA LA MAÑANA SIGUIENTE
“La carne del sacrificio de sus ofrendas de paz en acción de gracias se comerá el día que
sea ofrecida; no dejará nada de ella para la mañana siguiente” (v. 15). Esto significa que
el poder sustentador de esta clase de ofrenda es bastante limitado, que dicha ofrenda
tiene que ser disfrutada plenamente el día en que es ofrecida y que nuestra experiencia
y disfrute de Cristo en este aspecto debe ser fresco cada día.

168
Tal vez nos sintamos agradecidos con Dios y le presentemos una ofrenda de paz. Ésta
es una ofrenda en la que disfrutamos a Cristo en presencia de Dios. Sin embargo, la
ofrenda de paz en acción de gracias es una ofrenda más débil, y su disfrute no dura de
un día para otro. El poder de esta ofrenda no perdura por mucho tiempo.

V. SI EL SACRIFICIO DE LA OFRENDA ES DEBIDO


A UN VOTO O ES UNA OFRENDA VOLUNTARIA,
SE COME EL DÍA EN QUE ES PRESENTADO,
Y LO QUE QUEDA DE ÉL
LO COMEN AL DÍA SIGUIENTE
“Pero si el sacrificio de su ofrenda es debido a un voto o es una ofrenda voluntaria, se
comerá el día que presente su sacrificio, y lo que quede de él lo comerán al día
siguiente” (v. 16). Esto significa que el poder sustentador de la ofrenda de paz que se
presenta debido a un voto o como ofrenda voluntaria es mayor que el de la ofrenda
ofrecida en acción de gracias, que debe comerse el día en que era ofrecida y que este
disfrute de Cristo, por ser más sólido, dura más tiempo. Si nuestra ofrenda es más
sólida, nuestro disfrute de esta ofrenda perdurará por más tiempo.

VI. NO ES ACEPTADO COMER LA CARNE


DE ESTA OFRENDA AL TERCER DÍA;
ESTO ES UNA ABOMINACIÓN, Y LA PERSONA
QUE COMA DE ELLA LLEVA SU PROPIA INIQUIDAD
“Si se come parte de la carne del sacrificio de sus ofrendas de paz al tercer día, no será
aceptado ni se tendrá en cuenta a favor de aquel que lo presenta; será una abominación,
y la persona que coma de él llevará su propia iniquidad” (v. 18). Esto significa que todo
viejo disfrute de Cristo no agradará a Dios y no será aceptable ante Él. Disfrutar a Cristo
sin restricción alguna es algo que Dios aborrece. Por esta razón, en 1 Corintios 11 Pablo
nos advierte que al asistir a la mesa del Señor, tenemos que ser cuidadosos.

VII. NO SE COME LA CARNE DE ESTA OFRENDA


QUE TOQUE ALGUNA COSA INMUNDA;
ES QUEMADA AL FUEGO
“La carne que toque alguna cosa inmunda no se comerá; será quemada al fuego” (v.
19a). Esto significa que el disfrute que tenemos de Cristo como nuestra paz debe ser
guardado de toda inmundicia.

VIII. LA CARNE DE LA OFRENDA DE PAZ


QUE NO TOQUE COSA INMUNDA,
TODA PERSONA LIMPIA PUEDE COMERLA
“Y en cuanto a otra carne, toda persona limpia podrá comer de tal carne” (v. 19b). Esto
significa que el disfrute que tenemos de Cristo como nuestra paz no sólo debe ser
guardado de toda inmundicia, sino que además debe ser ingerido por una persona
limpia.

169
IX. LA PERSONA INMUNDA QUE COMA
DE LA CARNE DE LAS OFRENDAS DE PAZ,
LAS CUALES PERTENECEN A JEHOVÁ,
ES CORTADA DE ENTRE SU PUEBLO
“Pero la persona que, estando inmunda, coma de la carne del sacrificio de las ofrendas
de paz, las cuales pertenecen a Jehová, tal persona será cortada de entre su pueblo. Y
cuando alguien toque cualquier cosa inmunda, ya sea inmundicia de hombre, o bestia
inmunda o cualquier abominación inmunda, y coma de la carne del sacrificio de las
ofrendas de paz, que pertenecen a Jehová, aquella persona será cortada de entre su
pueblo” (vs. 20-21). Esto significa que la persona inmunda que participe de Cristo
como su paz, tal como en la mesa del Señor (1 Co. 10:16-17), debe ser apartada de la
comunión del disfrute de Cristo (cfr. 1 Co. 5:13b). Una persona inmunda es una persona
pecaminosa. Tal persona debe ser separada de la comunión de la mesa del Señor.

X. LOS HIJOS DE ISRAEL NO COMEN


NINGUNA GROSURA DE BUEY,
NI DE CORDERO NI DE CABRA
“No comeréis ninguna grosura de buey, ni de cordero ni de cabra” (Lv. 7:23). Esto
significa que en su vida diaria, los hijos de Israel debían preocuparse por la comida de
Dios, como lo indica la grosura de buey, de cordero y de cabra; la grosura representa la
parte tierna, fina y excelente de la persona de Cristo.

Este asunto es de crucial importancia. Como sacerdotes, cada vez que comemos
debemos preocuparnos por el alimento de Dios y no debemos comer la grosura, que es
la porción de Dios. Al poner en práctica nuestro servicio sacerdotal, estamos sirviendo
a Dios, por lo cual no debemos considerar lo nuestro, sino lo que le pertenece a Dios.
La grosura, la mejor porción de las ofrendas, no la deben comer los sacerdotes, sino
que la deben ofrecer a Dios para Su satisfacción.

XI. LA GROSURA DE UN ANIMAL MUERTO


O DESPEDAZADO POR FIERAS
PUEDE UTILIZARSE PARA CUALQUIER OTRO USO,
PERO LOS HIJOS DE ISRAEL NO LA COMEN
“La grosura de un animal muerto, y la grosura de un animal despedazado por fieras,
podrá utilizarse para cualquier otro uso, pero de ningún modo la comeréis” (v. 24).
Esto significa que la contaminación propia de la muerte estropea el significado que
para Dios tiene Su disfrute de Cristo. Dios aborrece la muerte y no desea ver nada
relacionado con ella.

XII. EL QUE COMA GROSURA DE BESTIA DE LA CUAL


SE PRESENTA A JEHOVÁ UNA OFRENDA POR FUEGO,
ES CORTADO DE ENTRE SU PUEBLO
“El que come grosura de bestia de la cual se presenta a Jehová una ofrenda por fuego,
la persona que la coma será cortada de entre su pueblo” (v. 25). Esto significa que

170
quienes disfrutamos de Cristo como nuestra ofrenda debemos guardar la parte
excelente de la persona de Cristo para Dios, a fin de que no seamos apartados de la
comunión del disfrute de Cristo. Esta comunión del disfrute de Cristo se refiere a la
mesa del Señor. En la mesa del Señor, tenemos la comunión del disfrute de Cristo.

XIII. LOS HIJOS DE ISRAEL NO COMEN SANGRE,


NI DE AVES NI DE BESTIAS
“Tampoco comeréis sangre, ni de aves ni de bestias, en ningún lugar donde habitéis”
(v. 26). Esto significa que la única sangre que debemos recibir para nuestra redención
es la sangre de Jesús (Jn. 6:53-56; He. 9:12).

XIV. TODA PERSONA QUE COMA


CUALQUIER CLASE DE SANGRE
ES CORTADA DE ENTRE SU PUEBLO
“Toda persona que coma cualquier clase de sangre será cortada de entre su pueblo” (v.
27). Esto significa que todo el que considere común la sangre de Cristo será apartado
de la comunión del disfrute de Cristo. Debemos considerar la sangre de Cristo como
algo especial, particular y precioso. Si comemos de otra sangre, hacemos común la
sangre de Cristo. Esto es pecado.

XV. EL QUE PRESENTE LA OFRENDA DE PAZ


TRAE PARTE DE SU OFRENDA PARA LAS OFRENDAS
DE JEHOVÁ PRESENTADAS POR FUEGO;
LA GROSURA ES QUEMADA AL FUEGO
SOBRE EL ALTAR PARA DIOS,
Y EL PECHO ES MECIDO COMO OFRENDA MECIDA
ANTE JEHOVÁ PARA AARÓN Y SUS HIJOS
“El que presente a Jehová el sacrificio de sus ofrendas de paz, traerá de dicho sacrificio
su ofrenda a Jehová. Sus propias manos traerán las ofrendas de Jehová presentadas
por fuego; traerá la grosura junto con el pecho, para que éste sea mecido ante Jehová
como ofrenda mecida. El sacerdote quemará la grosura sobre el altar, pero el pecho
será para Aarón y sus hijos” (vs. 29-31). Esto significa que quienes tomamos a Cristo
como nuestra ofrenda de paz debemos ofrecer la parte excelente de Cristo (la grosura)
a Dios para Su satisfacción, mientras que la parte amorosa de Cristo en Su resurrección
(el pecho) deberá ser disfrutada por quien sirve.

La ofrenda mecida hace referencia a Cristo en Su resurrección. La mejor parte de la


ofrenda de paz es para Dios; ésta es consumida por el fuego y dada a Dios. La parte
amorosa, el pecho, es la porción asignada a nosotros, los servidores, para nuestro
disfrute.

171
XVI. EL MUSLO DERECHO DE LOS SACRIFICIOS
DE LAS OFRENDAS DE PAZ ES DADO
AL SACERDOTE COMO OFRENDA ELEVADA
“Daréis al sacerdote, como ofrenda elevada, el muslo derecho de los sacrificios de
vuestras ofrendas de paz. Aquel de entre los hijos de Aarón que presente la sangre de
las ofrendas de paz y la grosura, tendrá el muslo derecho como porción suya” (vs. 32-
33). Esto significa que la parte fuerte de Cristo (el muslo derecho) en Su ascensión es
dada por porción al que sirve para su disfrute.

Los versículos del 29 al 33 revelan que la mejor parte, la grosura, es dada a Dios, y que
la parte amorosa, el pecho, así como también la parte fortalecedora, el muslo derecho,
son dadas a los servidores. Cuanto más ministremos Cristo como ofrenda de paz y
cuanto más ofrezcamos Cristo como ofrenda de paz a Dios, más será nuestra la
capacidad de amar y el poder fortalecedor de Cristo. De esta manera, seremos más
fuertes y más amorosos.

XVII. JEHOVÁ TOMA DE LAS OFRENDAS DE PAZ


EL PECHO DE LA OFRENDA MECIDA Y EL MUSLO
DE LA OFRENDA ELEVADA, Y LOS DA
A LOS SACERDOTES COMO ESTATUTO PERPETUO
“Yo he tomado de los hijos de Israel, de los sacrificios de sus ofrendas de paz, el pecho
de la ofrenda mecida y el muslo de la ofrenda elevada, y los he dado a Aarón, el
sacerdote, y a sus hijos como estatuto perpetuo que ha de ser observado por los hijos
de Israel” (v. 34). Esto significa que Dios nos ha asignado a nosotros, los sacerdotes
neotestamentarios, la capacidad de amar y el poder fortalecedor de Cristo como
nuestra porción eterna para que la disfrutemos al servir a Dios.

XVIII. DE LAS OFRENDAS PRESENTADAS


POR FUEGO A JEHOVÁ,
ÉSTA ES LA PORCIÓN QUE LES CORRESPONDE
A AARÓN Y SUS HIJOS
A CAUSA DE SU UNCIÓN SACERDOTAL
A PARTIR DEL DÍA EN QUE LOS PRESENTA
PARA QUE SIRVAN A JEHOVÁ COMO SACERDOTES
“De las ofrendas presentadas por fuego a Jehová, ésta será la porción que le
corresponderá a Aarón y sus hijos a causa de su unción sacerdotal a partir del día en
que los presentó para que sirvieran a Jehová como sacerdotes, la cual Jehová mandó
que se les diese de parte de los hijos de Israel el día en que los ungió. Será estatuto
perpetuo por todas sus generaciones” (vs. 35-36). Esto significa que el disfrute que
tenemos de la capacidad amorosa de Cristo y de Su poder fortalecedor guarda relación
con el hecho de que Dios nos ungió para nuestro sacerdocio.

172
Dios nos ungió para que fuésemos sacerdotes, y nos asignó por porción la capacidad
amorosa de Cristo y Su poder fortalecedor. Por tanto, podemos amar a Dios y
permanecer firmes en nuestro servicio sacerdotal a Él.

XIX. ÉSTA ES LA LEY DEL HOLOCAUSTO,


DE LA OFRENDA DE HARINA,
DE LA OFRENDA POR EL PECADO,
DE LA OFRENDA POR LAS TRANSGRESIONES,
DE LA CONSAGRACIÓN Y DEL SACRIFICIO
DE LAS OFRENDAS DE PAZ
“Ésta es la ley del holocausto, de la ofrenda de harina, de la ofrenda por el pecado, de
la ofrenda por las transgresiones, de la consagración y del sacrificio de las ofrendas de
paz, las cuales Jehová mandó a Moisés en el monte Sinaí, el día en que mandó a los
hijos de Israel que presentaran sus ofrendas a Jehová en el desierto de Sinaí” (vs. 37-
38). Esto significa que nuestra consagración al sacerdocio tiene que realizarse tomando
al Cristo todo-inclusivo como las cinco ofrendas y según las normas correspondientes.

El versículo 37 nos habla de la consagración. Aquí la consagración no es una sexta


ofrenda; más bien, las cinco ofrendas tienen como finalidad la consagración. En el
tiempo de la consagración Dios asignó estas ofrendas, con sus diferentes aspectos, para
el disfrute de los sacerdotes.

Hemos visto que en los capítulos del 1 al 5, las ofrendas siguen una secuencia
particular: el holocausto, la ofrenda de harina, la ofrenda de paz, la ofrenda por el
pecado y la ofrenda por las transgresiones. Esta secuencia no es conforme a la doctrina,
sino conforme a nuestra experiencia práctica. Sin embargo, al darse las leyes de las
cinco ofrendas, la secuencia cambia significativamente. Aquí la ley del holocausto es
primero, después de lo cual viene la ley de la ofrenda de harina, la ofrenda por el
pecado, la ofrenda por las transgresiones y la ofrenda de paz. Esta última secuencia
concuerda con el cuadro total de la economía de Dios. Según el corazón de Dios y Su
deseo, Él dispuso que experimentemos a Cristo como cuatro clases de ofrendas: el
holocausto, la ofrenda de harina, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las
transgresiones. El holocausto es el requisito necesario para la ofrenda por el pecado, y
la ofrenda de harina es el requisito necesario para la ofrenda por las transgresiones. De
estas cuatro ofrendas, dos guardan relación con el requisito, y dos guardan relación
con el resultado. La ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones tienen
como finalidad un resultado particular. Estas cuatro ofrendas, en acción conjunta,
tiene como resultado la paz. Esta paz es lo que Dios desea. Según Su corazón, Dios
desea que nosotros disfrutemos de Su economía, la cual se centra en Su Hijo, Cristo.
Cristo es nuestro holocausto, nuestra ofrenda de harina, nuestra ofrenda por el pecado
y nuestra ofrenda por las transgresiones a fin de que nosotros le disfrutemos como paz.
En nuestra acción de gracias, en nuestros votos y en nuestras ofrendas voluntarias,
disfrutamos a Cristo como nuestra paz con Dios. Esta secuencia retrata la economía de
Dios en su totalidad.

173
Así pues, en Levítico 1—7 encontramos dos secuencias: la secuencia conforme a la
experiencia y la secuencia conforme a la economía de Dios en su totalidad. Las cuatro
ofrendas —el holocausto, la ofrenda de harina, la ofrenda por el pecado y la ofrenda
por las transgresiones— tienen como finalidad que nosotros disfrutemos a Cristo como
nuestra paz con Dios en todo sentido.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTIOCHO
LA CONSAGRACIÓN DE AARÓN Y SUS HIJOS
(1)
Lectura bíblica: Lv. 8:1-21
En este mensaje empezaremos a considerar la consagración de Aarón y sus hijos.

En hebreo, la palabra consagrar (Éx. 28:41; 29:9, 33, 35) significa “llenar las manos”.
Al consagrarse Aarón para recibir la posición santa de sumo sacerdote, sus manos
vacías fueron llenadas (Lv. 8:25-28).

La palabra consagración a veces se traduce “ordenación”. La consagración es una


acción realizada por nosotros; nosotros nos consagramos a Dios. La ordenación es una
acción realizada por Dios; Él nos ordena.

Como resultado de mi estudio de Éxodo y Levítico, estoy convencido de que la acción


por parte de Aarón y sus hijos de consagrarse para servir como sacerdotes significaba
que sus manos vacías eran llenadas. Aarón y sus hijos se aparecieron con las manos
vacías ante Moisés a la entrada de la Tienda de Reunión. Pero cuando fueron
consagrados, sus manos vacías fueron llenadas con el tipo de Cristo en diferentes
aspectos.

Los primeros siete capítulos de Levítico describen cinco categorías de ofrendas: el


holocausto, la ofrenda de harina, la ofrenda de paz, la ofrenda por el pecado y la
ofrenda por las transgresiones. Luego, se dan cinco clases de leyes con respecto a la
aplicación de las cinco clases de ofrendas. El resultado de la aplicación de estas
ofrendas es la paz. La paz equivale a la totalidad de lo que Cristo es para nosotros ante
Dios. Puesto que hemos sido redimidos por Cristo, disfrutamos a Cristo como un todo,
y dicha totalidad es la paz, lo cual implica descanso, disfrute y satisfacción.

Después de mencionar las ofrendas, Levítico describe la consagración de los


sacerdotes. Esto indica que las ofrendas descritas en los capítulos del 1 al 7 tienen como
finalidad la consagración, u ordenación, de los sacerdotes.

Según el significado espiritual de este libro, todos nosotros somos sacerdotes. Nacimos
de nuevo, fuimos regenerados, para ser sacerdotes (Ap. 1:6; 5:10). En tanto que seamos
personas regeneradas, somos los verdaderos sacerdotes. Sin embargo, necesitamos
tener un día de consagración en el cual nos entreguemos a Dios y le digamos: “Señor,

174
soy Tuyo porque Tú me compraste. Me redimiste con Tu sangre y me regeneraste.
Ahora que tengo Tu vida y el disfrute de Tu redención, quisiera ofrecerme a Ti. Me
entrego a Ti para servirte en calidad de siervo, incluso en calidad de esclavo”. Dios
aceptará de inmediato nuestra ofrenda y nos ordenará para que seamos Sus servidores,
Sus sacerdotes. Por tanto, la consagración es una acción realizada por nosotros, y la
ordenación es una acción realizada por Dios.

Levítico no es un libro escrito para personas comunes, sino para sacerdotes. Por haber
sido santificados y separados del común de la gente, ya no somos personas comunes.
Somos un pueblo especial: somos sacerdotes. Todas las ofrendas hacen referencia a
Cristo, y todo cuanto Cristo es para nosotros y hace por nosotros tiene como finalidad
constituirnos sacerdotes. Esta constitución es la ordenación divina.

Dios cambia nuestra constitución intrínseca y hace que seamos diferentes de lo que
somos por nuestro nacimiento natural. En nuestro primer nacimiento, nuestro
nacimiento original, fuimos constituidos pecadores (Ro. 5:19). Independientemente de
cuál sea su clase o condición social, todos los seres humanos fueron constituidos
pecadores. Todos son pecadores por nacimiento. Sin embargo, por medio de nuestro
segundo nacimiento, nosotros, que hemos creído en Cristo, fuimos constituidos
sacerdotes. Ahora, a fin de que nuestro sacerdocio sea oficial, se necesita la
consagración por parte nuestra y la ordenación por parte de Dios.

Consideremos ahora los detalles relacionados con la consagración de Aarón y sus hijos.

I. A LA ENTRADA
DE LA TIENDA DE REUNIÓN
La consagración de Aarón y sus hijos tuvo lugar a la entrada de la Tienda de Reunión
(Lv. 8:3-4). Esto significa que nuestra consagración al sacerdocio no sólo es hecha ante
Dios, sino también en pro de la vida de iglesia.

Me agrada la expresión “a la entrada de la Tienda de Reunión”. En Levítico 8, la Tienda


de Reunión representa la vida de iglesia. Nosotros somos sacerdotes de Dios que sirven
en la iglesia y para la iglesia.

II. MOISÉS HACE QUE AARÓN Y SUS HIJOS


SE ACERQUEN Y LOS LAVA CON AGUA
“Luego Moisés hizo que Aarón y sus hijos se acercaran, y los lavó con agua” (v. 6). Esto
significa que para consagrarnos al sacerdocio, tenemos que ser lavados por el Espíritu
(1 Co. 6:11).

Aquí Moisés en cierto modo representa a Cristo, y el agua tipifica al Espíritu Santo.
Cristo nos lava con el Espíritu Santo. Para el sacerdocio, el cual hace referencia tanto
al servicio sacerdotal como al cuerpo de sacerdotes, necesitamos ser lavados por el
Espíritu. De ahí que en 1 Corintios 6:11 se nos diga que hemos sido lavados, purificados,
por el Espíritu.

175
III. MOISÉS VISTE A AARÓN
CON LAS VESTIDURAS DEL SUMO SACERDOTE
En Levítico 8:7-9, Moisés vistió a Aarón con las vestiduras del sumo sacerdote. “Puso
sobre él la túnica, lo ciñó con la banda, lo vistió con el manto, le puso encima el efod,
lo ciñó con el cinto hábilmente tejido del efod, y con éste se lo ató. Luego le puso encima
el pectoral, y en el pectoral puso el Urim y el Tumim. Colocó también el turbante sobre
su cabeza, y sobre el turbante, en la parte delantera, puso la lámina de oro, la corona
santa”. Esto significa que a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, lo adornan todas las
excelencias de Sus atributos divinos y virtudes humanas. Estos atributos y estas
virtudes constituyen las vestiduras de Cristo. (Véase los mensajes del Estudio-vida
sobre Éxodo 28).

IV. MOISÉS VISTE A LOS HIJOS DE AARÓN


CON LAS VESTIDURAS SACERDOTALES
“Después Moisés hizo que los hijos de Aarón se acercaran, los vistió con las túnicas, los
ciñó con bandas y les ató los gorros altos, tal como Jehová había mandado a Moisés”
(v. 13). Que Moisés vistiera a los hijos de Aarón con vestiduras sacerdotales significa
que los sacerdotes neotestamentarios están adornados con todos los atributos y
virtudes de Cristo.

El Nuevo Testamento usa la vestimenta para referirse a nuestra expresión externa (Mt.
21:7; Jn. 13:4). Nuestra expresión externa debe ser la expresión de los atributos divinos
de Cristo. Estos atributos incluyen el amor, la bondad y la santidad divinos. Los
atributos divinos de Cristo se expresan en la vida humana como virtudes. Esto significa
que los atributos divinos llegan a ser virtudes humanas, y que las virtudes humanas
son la expresión de los atributos divinos. Los atributos divinos y las virtudes humanas
no simplemente se combinan y se unen, sino que se mezclan. Por ejemplo, Cristo, como
hombre, tenía amor humano, pero este amor humano estaba mezclado con el amor
divino. Lo que Dios es (aceite) estaba mezclado con lo que Cristo es (la flor de harina)
en Su humanidad. De esta manera, la naturaleza de Dios vino a formar parte de la
expresión de la humanidad de Cristo. Puesto que en Cristo los atributos divinos están
mezclados con las virtudes humanas, Su amor, Su bondad y Su misericordia son
extraordinarios. En Él, el amor, la bondad y la misericordia divinos se mezclaron con
el amor, la bondad y la misericordia humanos.

Esta mezcla de los atributos divinos con las virtudes humanas ha llegado a ser nuestra
vestidura, por cuanto nosotros, los que hemos sido bautizados en Cristo, de Cristo
estamos revestidos (Gá. 3:27). Estar revestido de Cristo significa que Cristo es nuestra
vestidura. El propio Cristo del cual estamos revestidos es nuestra vestidura sacerdotal.
Ahora, independientemente de si somos maridos o esposas, padres o hijos, maestros o
estudiantes, debemos llevar puesta nuestra vestidura sacerdotal: una vestidura que es
la expresión de los atributos divinos de Cristo mezclados con Sus virtudes humanas.
Debemos llevar puesta esta vestidura sacerdotal especialmente cuando salimos a
predicar el evangelio a los pecadores. La expresión de Cristo debe ser nuestro
uniforme. Al contactar a las personas, debemos hacerlo de manera que les impresione

176
la expresión de Cristo, esto es, el Cristo del cual estamos revestidos. Si hacemos esto,
tendremos poder y autoridad en nuestra predicación del evangelio.

Cuando somos ordenados por Dios para servirle como sacerdotes, Él nos reviste de
Cristo. Supongamos que un día usted se consagra al Señor como sacerdote. De
inmediato Dios, Cristo y el Espíritu Santo lo adornarán. En ocasiones, los siervos del
Señor laborarán junto con el Dios Triuno para adornar a los santos con Cristo mismo.
Yo no soy más que un pequeño siervo de Dios que colabora con Él para adornarlos a
ustedes con Cristo, para ayudarles a que se quiten el uniforme de su vida humana,
cultura y nacionalidad naturales, y se pongan otro uniforme: el uniforme de Cristo. Los
distintos uniformes culturales dividen, pero el uniforme único, el uniforme de Cristo,
nos hace uno.

V. MOISÉS UNGE EL TABERNÁCULO,


EL ALTAR Y EL LAVACRO
CON TODOS SUS UTENSILIOS PARA SANTIFICARLOS
“Moisés tomó el aceite de la unción, ungió el tabernáculo y todo lo que había en él, y
los santificó. Roció parte de él sobre el altar siete veces, y ungió el altar y todos sus
utensilios, y el lavacro con su base, para santificarlos” (Lv. 8:10-11). Esto significa que
Cristo y la iglesia, la cruz y el lavamiento del Espíritu están vinculados al sacerdocio
neotestamentario con miras a la santificación de los sacerdotes.

En la Biblia, el tabernáculo tipifica a Cristo como individuo (Jn. 1:14), y tipifica también
a la iglesia como morada de Dios. Sin embargo, en Levítico 8 el tabernáculo denota
mucho más a la iglesia que a Cristo. Moisés ungió a los sacerdotes y también ungió el
tabernáculo. El ungimiento del tabernáculo representa el ungimiento de la iglesia, en
la cual nosotros, los sacerdotes neotestamentarios, servimos a Dios.

En tiempos de antaño, los sacerdotes y el tabernáculo eran dos entidades distintas.


Pero hoy en día los sacerdotes y la iglesia son uno e inseparables. Nosotros, los
sacerdotes, somos la iglesia, y la iglesia es nosotros. Por tanto, para nosotros hoy, los
sacerdotes y la iglesia no son dos entidades distintas, sino una sola entidad. Ya que la
iglesia y nosotros somos uno, si nosotros somos ungidos, la iglesia también es ungida.
Asimismo, si la iglesia es ungida, nosotros también somos ungidos.

El altar en el versículo 11 se refiere al altar del holocausto que estaba en el atrio. Todas
las ofrendas se ofrecían sobre este altar. El lavacro era una fuente donde los sacerdotes
se lavaban las manos y los pies. El altar representa la cruz, y el lavacro representa al
Espíritu Santo, el cual es el Espíritu que lava. En el Espíritu que lava está el agua de
vida que lava. La iglesia, la cruz y el lavamiento del Espíritu son provisiones destinadas
a nuestra consagración práctica para que seamos los sacerdotes de hoy.

La iglesia, la cruz y el Espíritu que lava están relacionados con la santificación.


Anteriormente, éramos personas comunes, es decir, no éramos diferentes de nuestros
parientes, vecinos, compañeros de clase y colegas. Pero ahora, después de haber sido
consagrados y ordenados como sacerdotes de Dios, somos un pueblo santificado.

177
Santificar es separar, hacer que algo sea hecho especial, hacer que algo sea hecho santo.
No sólo debemos ser un grupo de personas limpias y puras, sino también separadas,
especiales y santas. Debemos ser muy diferentes del común de la gente. Sin embargo,
eso no significa que debamos usar ropa peculiar para mostrar que hemos sido
santificados. Debemos usar ropa normal, pero incluso en tal ropa debe hacerse
manifiesta nuestra consagración.

Independientemente de la formación que hayamos recibido, todos necesitamos ser


santificados, pues nos hemos consagrado a Dios, y Él nos ha ordenado. ¿No tiene usted
la sensación en lo profundo de su ser de que ha sido ordenado? Un tiempo atrás, quizás
recientemente, usted oró: “Señor, me entrego totalmente a Ti”. Si usted ha hecho una
oración como ésta, se ha consagrado al Señor. Dios ha aceptado su consagración y lo
ha ordenado, ha llenado de Cristo sus manos vacías. La ordenación de Dios está
implícita en la palabra santificar.

La ordenación de Dios tiene que ver con la santificación. Ya que Dios nos ha
santificado, hemos dejado de ser personas comunes.

La unción trae al Dios Triuno mezclado con humanidad a los sacerdotes y a la vida de
iglesia. Esta unción incluye el vivir humano de Cristo, Su muerte en la cruz y Su
resurrección. Según Éxodo 30, el aceite de la unción es un ungüento compuesto de
aceite, el cual tipifica al Espíritu, mezclado con cuatro especias, que representan la
humanidad (tipificada por el número cuatro), el vivir humano, la muerte de cruz y la
resurrección. Cuando somos ungidos como sacerdotes y como iglesia, somos ungidos
con el Dios Triuno, a quien se añadieron como componentes la humanidad de Cristo,
Su vivir humano, Su muerte y Su resurrección. El ungimiento de los sacerdotes y del
tabernáculo también está relacionado con la ofrenda por el pecado (Lv. 8:14-17) y con
el holocausto (vs. 18-21). Todos los elementos del aceite de la unción, el Espíritu
compuesto, junto con la ofrenda por el pecado y el holocausto, deben llegar a formar
parte de nuestra constitución intrínseca. Entonces seremos verdaderos sacerdotes para
Dios, no por lo que somos por nuestro nacimiento natural, sino en virtud del Dios
Triuno, quien se ha mezclado con la humanidad, el vivir humano, la muerte, la
resurrección y la ascensión de Cristo.

VI. MOISÉS UNGE A AARÓN PARA SANTIFICARLO


Levítico 8:12 nos dice que Moisés “derramó parte del aceite de la unción sobre la cabeza
de Aarón y lo ungió, para santificarlo”. Esto significa que Cristo, nuestro Sumo
Sacerdote, fue ungido por Dios para Su santificación.

VII. UN NOVILLO DE LA OFRENDA POR EL PECADO


PARA LA CONSAGRACIÓN DEL SACERDOCIO
Los versículos del 14 al 17 hablan del novillo de la ofrenda por el pecado para la
consagración del sacerdocio. Esta ofrenda representa al Cristo más fuerte y rico que es
nuestra ofrenda por el pecado a fin de que podamos ejercer nuestro sacerdocio

178
neotestamentario. (Para más detalles, véase los mensajes del Estudio-vida sobre Éxodo
29).

La ofrenda por el pecado se encarga de nuestro hombre natural, de nuestra carne, del
pecado personificado que mora en nosotros, de Satanás, del mundo que está vinculado
a Satanás y de la lucha por el poder. Si queremos ser los sacerdotes del Nuevo
Testamento, debemos permitir que Cristo, como ofrenda por el pecado, ponga fin a
todas estas cosas. Cuando Cristo fue crucificado como nuestra ofrenda por el pecado,
Él puso fin al hombre natural, a la carne, al pecado que mora en nosotros, a Satanás,
al mundo y a la lucha por el poder. En la ordenación divina, nos es aplicada tal ofrenda
por el pecado para que seamos sacerdotes prevalecientes que sirven a Dios.

VIII. UN CARNERO DEL HOLOCAUSTO


PARA LA CONSAGRACIÓN DEL SACERDOCIO
Los versículos del 18 al 21 hablan del carnero del holocausto para la consagración del
sacerdocio. Este holocausto, que también forma parte de la ordenación que Dios hace
de los sacerdotes, representa al Cristo fuerte, como nuestro holocausto, en virtud de
quien ejercemos nuestro sacerdocio neotestamentario. El holocausto nos recuerda que,
como servidores, tenemos que estar absolutamente entregados a Dios. Sin embargo,
puesto que no lo estamos, debemos tomar a Cristo como nuestro holocausto.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE VEINTINUEVE
LA CONSAGRACIÓN DE AARÓN Y SUS HIJOS
(2)
Lectura bíblica: Lv. 8:14-29
En este mensaje seguiremos considerando la consagración de Aarón y sus hijos.

En la consagración del sacerdocio, lo primero que se hacía era ungir a los sacerdotes.
Esto indica claramente que la consagración o ungimiento del sacerdocio tiene como
finalidad hacer que Dios sea uno con nosotros, pues el aceite de la unción significa que
todo cuanto Dios es, así como todo cuanto Él hace y hará, llega a ser nuestro. Lo que
Dios ha hecho, está haciendo y hará implica muchos hechos, tales como la encarnación
de Cristo, Su vivir humano, Su muerte, Su resurrección, Su ascensión y Su segunda
venida. Nosotros hemos sido ungidos con todo esto, es decir, hemos llegado a ser uno
con ello. Éste es el aspecto positivo de la ordenación del sacerdocio.

En la consagración de Aarón y sus hijos, las ofrendas venían inmediatamente después


de la unción. Las ofrendas nos recuerdan quiénes somos, qué somos y qué debemos
ser, pero no somos todavía.

La ofrenda por el pecado es la primera en recordarnos esto. Aarón fue ungido con el
aceite de la unción, lo cual significa que el Dios Triuno con todo lo que Él es, ha hecho
y hará pertenecía ahora a Aarón. Esta unción también indica que Aarón era uno con el

179
Dios Triuno. Sin embargo, esta persona ungida aún necesitaba que se le recordara
claramente que por sí mismo y en sí mismo él era pecado, un pecador constituido de
pecado, y que era carne, en la cual no hay nada bueno; había que recordarle que él era
un hombre natural, parte de la vieja creación, la cual está totalmente saturada, poseída,
usurpada y habitada por el maligno; y había que recordarle que él estaba lleno del
mundo y de la lucha por el poder.

El Dios Triuno ordenó a Aarón para que fuese un servidor Suyo y lo ungió consigo
mismo. Sin embargo, Aarón aún necesitaba darse cuenta de lo que él era. Por tanto,
Dios se valió de la ofrenda por el pecado para recordarle lo que él era. En el primer día
de su sacerdocio, y cada día a partir de entonces, Aarón tenía que presentar la ofrenda
por el pecado a Dios para que ésta le recordara lo que él era.

Hoy en día, nosotros somos los sacerdotes de Dios. Él nos escogió, designó y ordenó
para que seamos Sus sacerdotes santos. Todo lo que el Dios Triuno ha hecho, está
haciendo y hará, es nuestro. Él es uno con nosotros, y nosotros somos uno con Él. Sin
embargo, aún necesitamos que se nos recuerde que, en nosotros mismos, somos
pecado, carne y el viejo hombre, que somos la vieja creación, la cual está saturada de
Satanás, el maligno, y que estamos llenos del mundo y de su lucha por el poder. Si a
diario y durante todo el día los hermanos, los colaboradores y los ancianos recordaran
esto, y se acordaran de lo que son, la situación entre nosotros sería muy diferente.

Con respecto a nuestra vida y nuestra obra, debemos preguntarnos si la persona que
se mueve, actúa y hace las cosas es el viejo hombre o el sacerdote de Dios. ¿Puede
afirmar confiadamente que todo lo que usted hace en la vida de iglesia, en la obra del
Señor y en el recobro procede del sacerdocio divino y no de la carne? ¿Quién puede
decir que sus manos están limpias y que está totalmente exento de la carne? Puesto
que no podemos decir esto, necesitamos la ofrenda por el pecado tal como es tipificada
en Levítico. Necesitamos esta ofrenda, no sólo para ser perdonados por Dios, sino
también para que nos recuerde lo que somos. Incluso cuando amamos a los demás,
necesitamos que se nos recuerde que somos pecado, carne, el viejo hombre y la vieja
creación, y que estamos llenos de mundanalidad. Si amamos a los demás conforme a
nuestra carne, a nuestros gustos y a nuestras preferencias, nuestro amor es pecaminoso
a los ojos de Dios, por cuanto tal amor estará vinculado al maligno. Además, cuando
oramos y compartimos algo en las reuniones, es posible que nos vengan a la mente
pensamientos que provienen de la carne, donde se esconde el pecado y donde Satanás
actúa secretamente. Ésta es nuestra verdadera condición. Por tanto, necesitamos la
ofrenda por el pecado no sólo en el momento de nuestra ordenación como sacerdotes,
sino también cada vez que ejercemos nuestro sacerdocio.

En la ordenación de los sacerdotes se usaba un carnero para el holocausto. El


holocausto nos recuerda que tenemos que estar absolutamente entregados a Dios, pero
no lo estamos. Por consiguiente, nosotros, como sacerdotes de Dios que han sido
ordenados, debemos recibir Su misericordia y gracia a fin de vivir absolutamente
entregados a Dios en Cristo, con Cristo y por medio de Cristo.

180
Puesto que Aarón había sido ungido por Dios, ¿por qué aún necesitaba el holocausto?
Aarón necesitaba esta ofrenda porque Dios quería que se le recordara a Aarón que
debía vivir absolutamente entregado a Dios, pero que él no vivía de esa manera. Esto
debe recordarnos que hoy nosotros tampoco vivimos absolutamente entregados a Dios.
Esto también debe advertirnos que a diario debemos ofrecer un holocausto.
Diariamente debemos ofrecer un holocausto por nuestro sacerdocio, esto es, por
nuestro servicio sacerdotal. Los ancianos y colaboradores en particular deben ofrecer
el holocausto cada mañana. Debemos decirle al Señor: “Señor, recuérdame durante
todo el día que debo llevar una vida de absoluta entrega a Ti. Me doy cuenta de que no
vivo de esta manera ni tampoco puedo. Señor, confío en Ti y te tomo como mi vida, mi
persona y mi entrega absoluta. Mi entrega absoluta a Dios eres Tú mismo, Señor”. Esto
es vivir a Cristo.

Tal vez estemos familiarizados con las palabras vivir a Cristo, pero quizás no
entendamos lo que verdaderamente significa vivir a Cristo. ¿Vivimos a Cristo en
nuestro hogar y en la vida de iglesia? En nuestra vida familiar y en nuestra relación con
los santos, ¿estamos absolutamente entregados a Dios? Cuando otros tocan nuestros
sentimientos o nuestros intereses, quizás nos ofendamos. ¿No indica esto que no
estamos absolutamente entregados a Dios? Ciertamente necesitamos que se nos
recuerde que, en nosotros mismos, no llevamos una vida de absoluta entrega a Dios.

Según Levítico, el holocausto debía ofrecerse cada mañana (6:12-13). El fuego del
holocausto nunca debía apagarse. “El holocausto estará encima del altar, en el lugar
donde arde el fuego, toda la noche y hasta la mañana, y el fuego del altar ha de
mantenerse encendido en éste” (v. 9). Esto indica que el holocausto debe arder durante
la noche oscura de esta era hasta la mañana, hasta que regrese el Señor Jesús.

IX. EL SEGUNDO CARNERO


COMO OFRENDA DE CONSAGRACIÓN
PARA LA CONSAGRACIÓN DEL SACERDOCIO
El segundo carnero se usaba como ofrenda de consagración (7:37) para la consagración
del sacerdocio (8:22-32). Este carnero representa al Cristo fuerte en virtud de quien
nos consagramos para ejercer el sacerdocio neotestamentario. Necesitamos a un Cristo
fuerte para nuestra consagración.

A. Pone parte de la sangre


sobre el lóbulo de la oreja derecha
de Aarón y de sus hijos,
sobre el dedo pulgar de la mano derecha
y sobre el dedo pulgar de su pie derecho
“Moisés [...] tomó entonces de su sangre y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha
de Aarón, sobre el dedo pulgar de su mano derecha y sobre el dedo pulgar de su pie
derecho. Moisés hizo que los hijos de Aarón se acercaran y les puso parte de la sangre
sobre el lóbulo de la oreja derecha, sobre el dedo pulgar de la mano derecha y sobre el
dedo pulgar del pie derecho” (8:23-24a). Esto significa que la sangre redentora de

181
Cristo purifica nuestros oídos, nuestras manos y nuestros pies para que ejerzamos
nuestro sacerdocio neotestamentario. El servicio de nuestro sacerdocio
neotestamentario incluye el hecho de ejercer nuestra función en las reuniones,
predicar el evangelio y visitar a los santos en sus hogares. Para cada uno de estos
servicios, necesitamos ser purificados con la sangre de Cristo.

Nuestro movimiento (los pies) y nuestro trabajo (las manos) están siempre bajo la
dirección de lo que oímos. Actuamos en conformidad con lo que oímos. Por
consiguiente, en la vida de iglesia, el oír es de crucial importancia.

Por el oír fuimos salvos, y por el oír somos alimentados y edificados. Sin embargo, lo
que oímos también puede traernos perjuicio y muerte, y podemos hacer mal a otros
por causa de lo que oímos. Lo que oímos puede ser un problema. En 2 Timoteo 4:3
Pablo habla de algunos que “teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros
conforme a sus propias concupiscencias”. Por tanto, la disciplina divina debe comenzar
por el origen: lo que oímos.

Si una iglesia dejara de oír cosas negativas, esa iglesia sería muy saludable y viviente.
La iglesia más débil y más muerta es aquella donde abundan las críticas, los chismes y
los argumentos.

El mismo principio se aplica a la vida matrimonial. Un hermano puede ser muy


viviente; pero si su esposa le habla de una manera negativa, él será envenenado e
inundado por la muerte, y le será difícil orar en las reuniones de la iglesia. Asimismo,
si un hermano le cuenta cosas negativas a su esposa, aquello la matará. Estos ejemplos
de la vida de iglesia y de la vida matrimonial nos muestran la importancia del oír.

Ya que somos sacerdotes de Dios, debemos preguntarnos qué clase de cosas estamos
dispuestos a oír. ¿Vamos a oír cosas positivas o cosas negativas? Puesto que a menudo
oímos cosas inmundas, cosas no saludables y contagiosas, debemos lavar nuestros
oídos con la sangre de Cristo. Según la Biblia, donde la sangre lava, allí el Espíritu unge.
Después de experimentar el lavamiento de la sangre, disfrutaremos la unción del
Espíritu. Entonces nos olvidaremos de las cosas negativas que hemos oído, o por lo
menos no las repetiremos. También seremos saludables y vivientes, y la iglesia seguirá
adelante al estar nosotros sanos.

Adondequiera que vayamos, debemos tener cuidado con lo que oímos. Si lo hacemos,
todo cuanto oigamos será apropiado y positivo. Entonces seguiremos por el camino
correcto y haremos la obra correcta. Sin embargo, si en lugar de tener cuidado con lo
que oímos, prestamos oídos a conversaciones negativas, nuestras acciones y nuestra
obra se verán afectadas negativamente.

El propósito de la ofrenda de consagración (Lv. 8:23) no es resolver el problema


referente a nuestro pecado y a nuestras transgresiones, sino específicamente el
problema relacionado con nuestra oreja y el dedo pulgar de nuestra mano y el dedo
pulgar de nuestro pie, es decir, lo que oímos, lo que hacemos y la manera en que

182
actuamos. Si no tenemos cuidado con lo que oímos, seremos chismosos y esparciremos
argumentos y debates. En tal caso, en lugar de ministrar Cristo a otros, esparciremos
muerte. Hoy algunos se dedican a propagar muerte, en vez de propagar a Cristo, la
verdad y el evangelio. Nuestro oído con el cual oímos, nuestra mano con la cual
laboramos y el pulgar de nuestro pie con el cual caminamos, deben ser redimidos con
la sangre de Cristo. Debemos permitir que la sangre de Cristo nos libere de toda cosa
negativa. Entonces todas las cosas positivas de Cristo llenarán nuestras manos.

B. Moisés rocía el resto de la sangre


sobre el altar y alrededor del mismo
Levítico 8:24b dice: “Luego Moisés roció el resto de la sangre sobre el altar y alrededor
del mismo”. Esto significa que la sangre del Cristo redentor tiene como finalidad
redimirnos de nuestro pecado.

C. Toma una torta sin levadura,


una torta de pan con aceite y un hojaldre
y los pone sobre las porciones de grosura
y sobre el muslo derecho,
y pone todo esto en las palmas
de las manos de Aarón y de sus hijos,
lo mece como ofrenda mecida delante de Jehová,
lo toma de las palmas de ellos
y lo quema en el altar sobre el holocausto
para la ofrenda de consagración
presentada por fuego a Jehová,
como aroma que satisface a Jehová
En 8:25-28 vemos que se tomaba una torta sin levadura, una torta de pan con aceite y
un hojaldre, y se ponían sobre las porciones de grosura y sobre el muslo derecho, y todo
esto se ponía en las palmas de las manos de Aarón y de sus hijos, se mecía como ofrenda
mecida delante de Jehová, y luego se tomaba de las manos de ellos y se quemaba en el
altar sobre el holocausto. Esto era la ofrenda de consagración presentada por fuego a
Jehová, como aroma que satisface a Jehová. Todo ello significa que las partes tiernas,
excelentes y fuertes de Cristo, junto con las tres clases de tortas, Su humanidad sin
pecado y mezclada con el Espíritu —Cristo como alimento en sus diferentes aspectos—
, son ofrecidas a Dios en la resurrección de Cristo como una ofrenda que satisface,
ofrenda fragante, en la comunión de Sus padecimientos que redunda en muerte de cruz
para que podamos ejercer el sacerdocio neotestamentario.

Levítico 8:26 habla de “una torta sin levadura, una torta de pan con aceite y un
hojaldre”. Este versículo se refiere también a la grosura y al muslo derecho. La torta
sin levadura, la torta de pan con aceite y el hojaldre representan, respectivamente, a
Cristo como alimento sin pecado, a Cristo como alimento que está mezclado con el
Espíritu y a Cristo como alimento que está disponible, que se ingiere fácilmente y que
es idóneo para alimentar a los más jóvenes. Nos alimentamos con las tortas, y

183
alimentamos a los demás con los hojaldres. La grosura representa la porción de Cristo
reservada para Dios, y el muslo derecho representa a Cristo como nuestra fuerza para
permanecer firmes.

El versículo 27 dice: “Puso todo esto en las palmas de las manos de Aarón y en las
palmas de las manos de sus hijos, y lo meció como ofrenda mecida delante de Jehová”.
Una vez que fueron llenas las manos de ellos, llegaron a ser sacerdotes ordenados y
consagrados. Hoy en día nuestras manos también pueden ser llenas del Cristo todo-
inclusivo, del Cristo que es la torta sin levadura, la torta de pan con aceite, el hojaldre,
la grosura y el muslo derecho. Tenemos al Cristo que es la porción de Dios (la grosura)
y al Cristo que es nuestra fuerza para permanecer firmes (el muslo derecho). Tenemos
también a Cristo como tortas para alimentarnos, y como hojaldres para alimentar a los
demás, especialmente a los más jóvenes.

Todo esto fue mecido delante de Jehová. Esto significa que todo ello era una ofrenda
mecida, la cual representa a Cristo en resurrección. Aquí nada es natural; al contrario,
todo se encuentra en la resurrección de Cristo. En resurrección, Cristo es alimento para
nosotros y para los más jóvenes. En resurrección, Cristo es también la porción de Dios
y nuestra fuerza para permanecer firmes.

“Moisés lo tomó de las palmas de ellos y lo quemó en el altar sobre el holocausto.


Fueron una ofrenda de consagración como aroma que satisface a Jehová; fue una
ofrenda presentada por fuego a Jehová” (v. 28). Aquí vemos que la ofrenda de
consagración no era solamente un carnero, sino que había aumentado de modo que
incluía otras cosas. Esta ofrenda todo-inclusiva era ofrecida a Dios en la resurrección
de Cristo para satisfacción de Dios.

Si queremos ser sacerdotes neotestamentarios, debemos ocuparnos de todos los


asuntos representados en estos versículos. Si hemos de ejercer nuestra función como
sacerdotes neotestamentarios, predicando el evangelio, funcionado en la iglesia,
visitando a las personas en sus hogares y cuidando de los santos, debemos prestar
atención a todo lo que se abarca en 8:24-28. Particularmente, debemos comprender
que el sacerdocio es un servicio de incineración. En este servicio nos ponemos en el
fuego y también ponemos a otros en el fuego. Esta incineración se basa en la
incineración de Cristo. Al ser incinerados sobre la base de la incineración de Cristo,
experimentamos la comunión de los padecimientos de Cristo que redunda en muerte
de cruz para que podamos ejercer el sacerdocio neotestamentario.

D. Mece el pecho como ofrenda mecida


delante de Jehová; es la porción de Moisés
“Moisés tomó el pecho y lo meció como ofrenda mecida delante de Jehová; era la
porción del carnero de la consagración que pertenecía a Moisés, tal como Jehová había
mandado a Moisés” (v. 29). Esto significa que la capacidad para amar propia de Cristo
en Su resurrección está reservada para quien nos haya ministrado a Cristo en relación
con nuestra consagración al sacerdocio.

184
Este versículo indica que el servidor merece una porción particular de Cristo. Cuando
usted predica a Cristo, se hace merecedor de Cristo. Cuando usted predica el evangelio,
se hace merecedor del rico disfrute del evangelio. Cada vez que nosotros, los servidores,
ministramos Cristo a los demás, merecemos disfrutar al mismo Cristo que
ministramos.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA
LA CONSAGRACIÓN DE AARÓN Y SUS HIJOS
(3)
Lectura bíblica: Lv. 8:30-36
Antes de considerar otros asuntos relacionados con la consagración de Aarón y sus
hijos, quisiera añadir algo respecto a la sangre que se aplicaba sobre el lóbulo de la
oreja derecha, sobre el dedo pulgar de la mano derecha y sobre el dedo pulgar del pie
derecho, y añadir también algunas palabras sobre la ofrenda que se ponía en las palmas
de las manos de los sacerdotes.

Parte de la sangre del carnero de la consagración era puesta sobre la oreja derecha de
Aarón y de sus hijos, sobre el dedo pulgar de su mano derecha y sobre el dedo pulgar
de su pie derecho. Esto significa que la sangre redentora de Cristo purifica nuestros
oídos con relación a lo que oímos, nuestras manos con relación a nuestro trabajo y
nuestros pies con relación a nuestro andar. Esto tiene como fin que ejerzamos nuestro
sacerdocio neotestamentario.

Nuestro oír se menciona primero porque éste afecta nuestro trabajo y nuestro mover.
La sangre de Cristo obra primero en nuestro oído a fin de que escuchemos la palabra
de Dios, el hablar de Dios. Para servir a Dios como sacerdotes, debemos ser fieles
esclavos, o siervos, de Dios. Como lo indica Isaías 50:4 y 5, un siervo debe tener un
oído que oiga. Un siervo que no escucha las palabras de su amo no puede servirle
conforme a su voluntad, corazón y deseo.

Cuando éramos pecadores, no teníamos un oído que escuchara la palabra de Dios, el


hablar de Dios. A diario oíamos muchas otras cosas, pero no escuchábamos la palabra
de Dios. Ahora que hemos sido salvos y ordenados como sacerdotes de Dios, Sus
siervos, el asunto principal es escuchar lo que Dios dice. En tipología, cuando un
esclavo quería permanecer con su amo, el amo lo llevaba al poste de la puerta y le
horadaba la oreja con lezna (Éx. 21:2-6), lo cual indicaba que el esclavo debía tener un
oído muy agudo para escuchar la voz de su amo. Como sacerdotes de Dios hoy en día,
debemos aprender a escuchar Su palabra.

En calidad de sacerdotes de Dios, lo primero que debemos disciplinar es nuestro oído.


Escuchar lo positivo nos rescatará de escuchar lo negativo. Si escuchamos la palabra
de Dios del alba al ocaso, no tendremos oído para escuchar cosas negativas. El hablar
negativo prevalece y se extiende en la vida de iglesia porque algunos alejan sus oídos

185
de Dios y los prestan para oír otras cosas. Estas personas no hablan de Cristo, de la
palabra de Dios, de la gracia ni del evangelio; en lugar de ello, escuchan cosas
negativas, y laboran y actúan según las cosas negativas que oyen. Como resultado de
ello, la muerte se propaga. Si retiramos nuestros oídos de otras cosas y nos volvemos a
Dios mismo, no habrá ningún problema, y lo que se propagará será la vida, no la
muerte.

El principio es el mismo en nuestra vida matrimonial. Si una hermana desea tener un


buen marido, en lugar de hablarle negativamente, debe hablarle de Dios, de Cristo, de
la gracia, del evangelio y de la luz divina. Hablar de esta manera edificará a su marido
y lo alentará a buscar del Señor. Por otro lado, si ella le habla negativamente a su
marido, le impartirá muerte. Esto se cumple, tanto en un sentido positivo como
negativo, con relación a la manera en que un hermano habla con su esposa. Todos
debemos tener cuidado con lo que escuchamos. Necesitamos que la sangre redentora
de Cristo sea aplicada a nuestra oreja, al dedo pulgar de nuestra mano y al dedo pulgar
de nuestro pie.

La purificación de la oreja derecha, del dedo pulgar de la mano derecha y del dedo
pulgar del pie derecho se necesitaba en dos ocasiones: en la ordenación de los
sacerdotes y en la purificación de los leprosos (Lv. 14:14). Tanto los leprosos como los
sacerdotes necesitaban que su oreja, el dedo pulgar de su mano derecha y el dedo
pulgar de su pie derecho fuesen limpiados por la sangre redentora. Esto indica que a
los ojos de Dios, nosotros, los pecadores, que hemos sido ordenados como sacerdotes
de Dios, somos leprosos. Como sacerdotes de Dios, Sus siervos, necesitamos que
nuestros oídos sean redimidos de escuchar todo lo que no es Dios y se vuelvan para
escuchar la palabra de Dios. Necesitamos también que nuestra mano que labora sea
redimida de todo lo que no sea la obra de Dios. Además, el dedo de nuestro pie, que
sirve para andar, también necesita ser redimido.

En 8:26-28 vemos que se ponía una torta sin levadura, una torta de pan con aceite y
un hojaldre (que corresponden a la ofrenda de harina) sobre las porciones de grosura
y sobre el muslo derecho (otra categoría de ofrendas). Estas dos categorías de ofrendas,
como un todo, se ponían en las palmas de las manos de Aarón y de sus hijos. En ese
momento, las manos de Aarón y de sus hijos dejaban de estar vacías. Luego, estas
ofrendas eran mecidas delante de Jehová (v. 27), probablemente por aquellos cuyas
manos habían sido llenas de dichas ofrendas. Esta acción de mecerlas representa el
mover de Cristo en Su resurrección. Las ofrendas primeramente eran “inmoladas”, y
después, eran mecidas, es decir, resucitadas, con lo cual se convertían en ofrendas
delante de Jehová en la resurrección de Cristo.

Las dos tortas, el hojaldre, la grosura y el muslo eran quemados (lo cual indica un fuego
lento para obtener el aroma) en el altar sobre el holocausto en calidad de ofrenda de
consagración presentada por fuego a Jehová como aroma que le satisfacía (v. 28). Este
aroma que satisface es exclusivamente para Dios; es Su porción para Su disfrute. Las
partes tiernas y excelentes (la grosura), la parte fuerte (el muslo derecho), y las dos
tortas y el hojaldre —que representan distintos aspectos de la humanidad de Cristo, la

186
cual no tiene pecado y está mezclada con el Espíritu— constituyen el alimento, no de
los sacerdotes, sino de Dios. La porción que correspondía a Dios se ofrecía en el altar,
que representa la cruz. Esto indica que ofrecemos el alimento de Dios en la comunión
de los padecimientos de Cristo, los cuales Él sufrió hasta la muerte de cruz. Aunque
esto tiene como fin la satisfacción de Dios, también nos capacita para ejercer el
sacerdocio neotestamentario.

Quizás hayamos proclamado el hecho de que somos sacerdotes de Dios, pero


probablemente ninguno entre nosotros llegó a darse cuenta de todo lo que implica ser
un sacerdote. Hace cincuenta y cinco años yo no sabía que necesitaba la ofrenda por el
pecado para que me recordara que no soy más que carne, un viejo hombre de la vieja
creación que está vinculado a Satanás, el mundo y la lucha por el poder. Afirmaba ser
un sacerdote de Dios, pero practicaba mi sacerdocio en ignorancia. No sabía que para
ser un sacerdote en el sacerdocio neotestamentario necesitaba la humanidad de Cristo,
Su poder fortalecedor y Su capacidad de amar (representada por el pecho que se mecía
como ofrenda mecida, v. 29). Si examinamos nuestro pasado, la luz de la gracia de Dios
pondrá de manifiesto dónde estábamos como sacerdotes de Dios: en la vieja creación,
en la carne y en la vida natural con el amor natural, el afecto natural. En cuanto a esto,
nuestra condición debe quedar al descubierto, y todos debemos ser limpiados.
Necesitamos que la sangre purificadora nos sea aplicada sobre el lóbulo de nuestra
oreja derecha, sobre el dedo pulgar de nuestra mano derecha y sobre el dedo pulgar de
nuestro pie derecho.

E. Moisés toma del aceite


de la unción y de la sangre,
y los rocía sobre Aarón y sus hijos
y sobre sus vestiduras para santificarlos
“Moisés tomó del aceite de la unción y de la sangre que estaba sobre el altar, y lo roció
sobre Aarón y sobre sus vestiduras, sobre sus hijos y sobre las vestiduras de sus hijos
juntamente con él; y santificó a Aarón y sus vestiduras, a sus hijos y las vestiduras de
sus hijos juntamente con él” (v. 30). Esto significa que Dios esparce sobre nosotros —
los sacerdotes neotestamentarios— y sobre nuestra conducta (las vestiduras) la sangre
redentora de la cruz de Cristo y el Espíritu compuesto a fin de apartarnos, de hacernos
santos para Él.

Independientemente de cuánto Dios haya trabajado en nosotros para darle fin a


nuestro pecado, a nuestra vida natural y al viejo hombre, aún necesitamos recibir más
“capas” del aceite de la unción. El aceite de la unción se refiere al Dios Triuno
procesado con todo lo que Él ha llegado a ser, ha hecho y ha experimentado. Tal Dios
Triuno, quien ha sido procesado y llegó a ser un compuesto mezclado con las “especias”
de la encarnación, el vivir humano, la muerte todo-inclusiva, la maravillosa
resurrección y la excelente ascensión, ha llegado a ser el aceite de la unción, el
ungüento, que nos “pinta” (Éx. 30:23-30). Necesitamos ser pintados una y otra vez con
el Dios Triuno procesado, quien es el aceite de la unción.

187
Si hemos de adquirir el conocimiento apropiado de nuestro sacerdocio
neotestamentario, debemos estudiar el libro de Levítico. Levítico no está dirigido
únicamente a los santos del Antiguo Testamento. Si entendemos la tipología de este
libro, veremos que un asunto tras otro se aplica a nosotros de una manera práctica hoy
en día.

F. Los sacerdotes comen la carne


con el pan de la ofrenda de la consagración
a la entrada de la Tienda de Reunión
“Moisés dijo a Aarón y a sus hijos: Hervid la carne a la entrada de la Tienda de Reunión,
y comedla allí con el pan que está en la canasta de consagración, tal como lo mandé,
diciendo: Aarón y sus hijos la comerán” (v. 31). Esto significa que Cristo como Aquel
que redime, con Su humanidad, es alimento para nosotros (Jn. 6:51), los sacerdotes
neotestamentarios, a la entrada de la vida de iglesia.

En Levítico 8:28 vemos la porción de Dios, y en el versículo 31 vemos nuestra porción.


Aquí la carne se refiere a Cristo como Aquel que redime, y el pan se refiere a Su
humanidad. Cristo como Aquel que redime, con Su humanidad, es nuestro alimento.

G. Quema al fuego lo que sobra


de la carne y del pan
“Quemaréis al fuego lo que sobre de la carne y del pan” (v. 32). Esto significa que las
inagotables riquezas de Cristo deben ser guardadas por la santidad de Dios.

El versículo 32 indica que el Cristo que ofrecemos a Dios para Su disfrute y a quien
nosotros disfrutamos, es inagotable. Después de ofrecerle a Dios Su porción y de
disfrutar nosotros nuestra porción, aún queda algo. Según Levítico 8, el sobrante era
quemado al fuego, el cual representa la santidad de Dios. Esto nos muestra que las
inagotables riquezas de Cristo deben ser guardadas en la santidad de Dios y por ella.

X. LOS SACERDOTES QUE SE CONSAGRAN


PERMANECEN SIETE DÍAS A LA ENTRADA
DE LA TIENDA DE REUNIÓN PARA SU EXPIACIÓN
Los sacerdotes que se consagraban permanecían siete días a la entrada de la Tienda de
Reunión para su expiación (8:33-36). Esto significa que debemos ejercer el sacerdocio
neotestamentario de manera exhaustiva y completa para nuestra propiciación al entrar
en la vida de iglesia.

Los versículos del 33 al 35 dicen: “No saldréis de la entrada de la Tienda de Reunión


por siete días, hasta que se cumplan los días de vuestra consagración, porque se
requieren siete días para consagraros. Como se os ha hecho hoy, así ha mandado
Jehová que se haga, para hacer expiación por vosotros. A la entrada de la Tienda de
Reunión permaneceréis día y noche durante siete días, y cumpliréis lo que os encargó
Jehová, para que no muráis; porque así se me ha mandado”. El mismo procedimiento

188
se repetía durante siete días. Cada día se llevaba a cabo el procedimiento de una
manera solemne, puesto que cada aspecto del procedimiento era solemne. Esta
solemnidad se percibe en las palabras “para que no muráis”. Por consiguiente, nadie
se atrevía a conducirse de manera descuidada o con ligereza. Todos entendían
claramente la seriedad de lo que acontecía, y lo que podía ocurrir si alguien se
comportara descuidadamente.

Estos versículos deben servirnos de advertencia para que no entremos en el disfrute de


Cristo de una manera descuidada. Necesitamos esta advertencia especialmente en
relación con la mesa del Señor. El pan representa el cuerpo de Cristo, y el vino
representa Su sangre. Si comemos el pan y bebemos el vino sin el debido
discernimiento, lo que comamos y bebamos podría ser para nuestro propio juicio (1
Co. 11:27-29). Necesitamos que se nos advierta acerca de la seriedad de participar en
la comunión del disfrute de Cristo con ligereza o de manera descuidada.

La consagración del sacerdocio duraba siete días, y se repetía el mismo procedimiento


cada día. Sin duda, por medio de esta repetición, cada asunto quedó grabado
profundamente en el ser de Aarón y de sus hijos. Hoy en día nosotros, en calidad de
sacerdotes de Dios, también debemos recordar todo lo que conlleva nuestra
consagración y ordenación como sacerdotes. En particular, debemos recordar que, en
nosotros mismos, somos pecadores, e incluso carne de pecado.

La consagración de Aarón y de sus hijos no sólo es solemne en cuanto a la tipología,


sino también en cuanto a la aplicación que tiene para nosotros hoy. Si nos percatamos
de la seriedad de este asunto, también nos percataremos de cuánto necesitamos la
misericordia del Señor y la limpieza de Su sangre. Entonces le pediremos al Señor que
sea misericordioso con nosotros, y nos esconderemos bajo la cubierta de Su sangre.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y UNO
EL INICIO DEL SERVICIO SACERDOTAL
DE AARÓN Y SUS HIJOS
Lectura bíblica: Lv. 9:1-21
El libro de Levítico nos muestra un nuevo comienzo, en el cual, por primera vez, el
pueblo de Dios le presentaba a Dios ofrendas según Sus normas. Ésta fue la primera
vez que el pueblo de Dios ofreció Cristo a Dios, no meramente según la necesidad de
ellos, sino también en conformidad con las leyes de Dios, según Sus normas. Antes de
aquel tiempo, algunos hombres, tales como Abel, Noé y Abraham, presentaron
ofrendas a Dios, pero no fue hasta que los israelitas celebraron la Pascua (Éx. 12:1-28)
que se presentaron ofrendas a Dios según Sus instrucciones. Hablando con propiedad,
aunque el cordero pascual era una ofrenda, no se le llamó ofrenda.

En Levítico, después que fue erigido el tabernáculo, Dios obtuvo una morada sobre la
tierra desde la cual Él hablaba a Su pueblo. La primera categoría de las cosas que Él
habló tenía que ver con las ofrendas (Lv. 1—7). Las ofrendas, las cuales el hombre

189
necesitaba y Dios exigía, fueron ordenadas por Dios mediante normas que
concordaban completamente con la mente y el deseo de Dios. Moisés debió de haber
entendido el significado de estas ofrendas en cuanto al asunto de la expiación (Lv. 9:7),
pero es posible que haya entendido muy poco en cuanto a los detalles relacionados con
las ofrendas.

En Levítico, los israelitas empezaron a presentar ofrendas a Dios como nunca antes lo
habían hecho. Ahora las ofrendas no las ofrecía un solo individuo, sino un pueblo, una
congregación, y ellos no las ofrecían en el lugar que quisiesen. Dios pidió al pueblo que
se acercara a la entrada de la Tienda de Reunión para tener contacto con Él y que
presentara sus ofrendas por medio de los sacerdotes, no por ellos mismos. (Esto difiere
de la manera en que Abel, Noé y Abraham presentaron sus ofrendas, los cuales no sólo
eran oferentes sino también sacerdotes que servían). La manera en que se ofrecían las
ofrendas llegó a ser una ceremonia, un conjunto de formas, que debía llevarse a cabo
delante de Dios a la entrada de Su morada según Sus normas, leyes y disposiciones.
Todo eso definitivamente era algo nuevo.

Aunque Moisés no vio que las ofrendas eran Cristo, Dios en realidad estaba dando
mandamientos a Su pueblo acerca de cómo aplicar a Cristo, en calidad de todas las
ofrendas, según las leyes de Dios. Hoy en día nosotros debemos aprender a aplicar a
Cristo conforme a los requisitos de Dios. Temprano por la mañana, debemos aplicar a
Cristo como nuestro holocausto, nuestra ofrenda por el pecado y nuestra ofrenda de
harina a fin de tener algo que nos sustente durante el día.

Consideremos ahora el pasaje de Levítico 9:1-21 con respecto al inicio del servicio
sacerdotal de Aarón y sus hijos.

I. EN EL OCTAVO DÍA
El inicio del servicio sacerdotal de Aarón y sus hijos tuvo lugar en el octavo día (v. 1),
que representa la resurrección (Mr. 16:9a). Esto indica que todo servicio sacerdotal
tiene que ser realizado en resurrección (cfr. Ap. 20:6).

En Levítico 9:1, el octavo día se refiere al día después de los siete días que duraba la
consagración de Aarón y de sus hijos. En cada uno de esos siete días, Aarón y sus hijos
tenían que observar el mismo procedimiento. Pero en el octavo día, el día después de
ese periodo de consagración, ellos experimentaron un nuevo comienzo. Por
consiguiente, el octavo día implica tanto un nuevo comienzo como el fin de la vejez.

Como sacerdotes de Dios, nuestro sacerdocio, nuestro servicio sacerdotal, tiene que ser
realizado en resurrección. En cuanto a esto, la vida natural, el viejo hombre y la carne
no tienen cabida alguna. Sin embargo, lamentablemente, en nuestra actual vida de
iglesia hay muchas cosas naturales y mucha vejez. Tales cosas no pertenecen al octavo
día, es decir, no se encuentran en la esfera de la resurrección, sino en la esfera de la
vida natural.

190
Por lo general, nosotros condenamos las cosas malas, pero quizás nunca condenamos
las cosas buenas que se hacen en la vieja creación. Por ejemplo, condenamos el odio,
pero tal vez no condenamos el amor que es natural y que no está en el Espíritu. En el
Nuevo Testamento, por el contrario, se rechaza el amor natural, que de hecho es una
especie de “miel”. Según Levítico 2, no se permitía añadir levadura ni miel a la ofrenda
de harina. La levadura se refiere a lo que es malo, y la miel, a lo que es bueno de forma
natural. El odio natural es levadura, mientras que el amor natural es miel. El odio
natural es malo, pero el amor natural es bueno. Sin embargo, tanto el bien como el mal
proceden de la misma fuente: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Puesto que
el odio natural y el amor natural son naturales, ambos pertenecen al árbol del
conocimiento del bien y del mal; y puesto que ambos pertenecen a dicho árbol, ambos
deben ser condenados. Ésta es la razón por la cual en el Evangelio de Juan, cada vez
que alguien le hacía preguntas al Señor Jesús acerca de lo que es bueno o malo, correcto
o incorrecto, preguntas de sí o no, Él dirigía a las personas a la vida. Lo que al Señor le
interesaba era la vida, no el bien y el mal.

El servicio sacerdotal que rendimos a Dios tiene que ser realizado en resurrección. La
realidad de la resurrección es Cristo como Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Todo
cuanto hagamos en el Espíritu es hecho en el octavo día, en resurrección. Todo cuanto
hagamos fuera del Espíritu, en nuestra vida natural, en nuestra mente o parte emotiva
naturales, no es hecho en el octavo día, es decir, no es hecho en resurrección.

Espero que todos los santos, inclusive los recién salvos, reciban estas palabras en
cuanto a llevar a cabo el servicio sacerdotal en el octavo día. Cuando usted quiera
mostrarle amor a cierta persona, debe considerar si ese amor emana de su espíritu o
de sus emociones naturales. ¿Tiene que ver dicho amor con sus gustos naturales, con
el hecho de sentir que nos cae bien una persona y no otra? Además, es posible que a
causa del amor natural que usted sienta por cierta persona, le dé a ella un trato
preferencial. Esto es miel, y la miel termina por fermentarse y tener el mismo efecto
que la levadura. Esto significa que, a los ojos de Dios, el amor natural es tan negativo
como el odio natural.

A menudo, el Señor nos exige que amemos a alguien que no somos capaces de amar en
nuestra vida natural ni con nuestro amor natural. La única forma de amar a dicha
persona es hacerlo con un amor que no es natural, sino que está en resurrección. Todo
nuestro servicio debe ser realizado en el espíritu, en resurrección.

II. AARÓN OFRECE


SU OFRENDA POR EL PECADO Y SU HOLOCAUSTO
Y HACE EXPIACIÓN POR SÍ MISMO Y POR EL PUEBLO
Levítico 9:7 dice: “Entonces Moisés dijo a Aarón: Acércate al altar, ofrece tu ofrenda
por el pecado y tu holocausto, y haz expiación por ti y por el pueblo; ofrece también la
ofrenda del pueblo y haz expiación por ellos, tal como Jehová ha mandado”. En este
versículo vemos que Aarón debía hacer expiación por sí mismo y por el pueblo.
Debemos entender la diferencia entre la palabra expiación y la
palabra redención, pues estas palabras no tienen el mismo significado; entre ellas

191
existen diferencias importantes. La redención fue consumada por la muerte del Señor
Jesús en la cruz, y este término debe usarse únicamente para el Nuevo Testamento.
Antes de que el Señor derramara Su sangre en la cruz, no existía tal cosa como la
redención. Lo que vemos en el Antiguo Testamento es la expiación. La expiación se
refiere al acto de apaciguar el conflicto existente entre dos partes contrarias a fin de
que se restablezca la armonía, la unidad, entre ellas. La expiación hace referencia a
apaciguar el conflicto entre dos partes contrarias, haciendo algo a favor de una de ellas
a fin de satisfacer las exigencias de la otra.

Como pecadores, teníamos un problema con nuestro Dios, quien es justo. Aunque Él
nos amaba, algo injusto se interponía entre Él y nosotros. En tanto que esta situación
injusta no fuese apaciguada, no podíamos ser uno con Él. Por consiguiente, en la cruz
Cristo efectuó la redención por nosotros. Cristo no sólo derramó Su sangre para
efectuar la redención, sino que en Su ascensión Él entró en los cielos y presentó Su
sangre delante de Dios. Al presentar Su sangre, Él obtuvo, logró, eterna redención por
nosotros (He. 9:12). Cuando creímos en Cristo, entramos en Él y recibimos esta
redención.

¿Cómo resolvió Dios el problema referente a los pecados que cometieron los santos del
Antiguo Testamento antes que Cristo viniera? Dios cubrió los pecados de ellos, pero no
los quitó. Pablo nos dice claramente que “es imposible que la sangre de toros y de
machos cabríos quite los pecados” (He. 10:4); más bien, en estos sacrificios “año tras
año se hace memoria de los pecados” (v. 3) en la Fiesta de la Expiación. Los pecados
cometidos por los santos del Antiguo Testamento aún permanecían, pero eran
cubiertos. Esta acción de cubrir los pecados se efectuaba en el propiciatorio (Ro. 3:25),
que era la tapa del Arca del Testimonio. Dentro del Arca había dos tablas, en cada una
de las cuales estaban inscritos cinco de los Diez Mandamientos. Los Diez
Mandamientos condenaban a todo el que se acercaba a Dios. Pero la sangre de la
ofrenda por el pecado, derramada en el Día de la Expiación, era rociada sobre la tapa
del Arca para que se hiciera expiación. Por esta razón, a la tapa del Arca se le conocía
como la cubierta expiatoria.

En Levítico 9:7 se le dijo a Aarón que hiciera expiación por sí mismo y por el pueblo.
Él tenía un problema con Dios y necesitaba hacer algo para apaciguar el conflicto
existente a fin de tener paz con Dios.

A. Significa que Aarón, un pecador,


necesitaba tomar a Cristo
como su ofrenda por el pecado
y como su holocausto
para ser un sacerdote que sirviese a Dios
Que Aarón ofreciese primero la ofrenda por el pecado y el holocausto para hacer
expiación por sí mismo significa que él, un pecador, necesitaba tomar a Cristo como su
ofrenda por el pecado y como su holocausto para ser un sacerdote que sirviese a Dios.

192
Antes de servir como sacerdote, Aarón debía apaciguar todo conflicto existente. Por
tanto, él necesitaba la ofrenda por el pecado y también el holocausto.

Hoy en día la ofrenda por el pecado nos recuerda de muchas cosas negativas, y el
holocausto nos recuerda que debemos vivir absolutamente entregados a Dios, pero que
no lo hacemos. Debemos tomar a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado para que
Él nos redima y nos traiga de nuevo a una condición de paz con Dios, y debemos tomar
a Cristo como holocausto, como Aquel que lleva en nosotros y por nosotros una vida
de absoluta entrega a Dios.

B. Tipifica que Cristo se ofreció a Sí mismo


como ofrenda por el pecado
para redimir al pueblo de Dios
y como holocausto en favor del pueblo de Dios
para satisfacer a Dios
Que Aarón preparara la ofrenda por el pecado y el holocausto también tipifica que
Cristo se ofreció a Sí mismo como ofrenda por el pecado para redimir al pueblo de Dios
y como holocausto a favor del pueblo de Dios para satisfacer a Dios. En la ofrenda por
el pecado, el pueblo de Dios es uno con Cristo; por tanto, somos redimidos en Él. Él
obtuvo, logró, la redención. Mientras seamos uno con Él, obtenemos redención. En el
holocausto, Cristo es uno con el pueblo de Dios; por tanto, Él vive en nosotros para que
le vivamos y así satisfagamos a Dios.

La ofrenda por el pecado guarda relación con la muerte, y el holocausto guarda relación
con la resurrección. Somos uno con Cristo en Su muerte, y Él es uno con nosotros en
Su resurrección.

C. Significa que todo cuanto Cristo hizo


como nuestro Sumo Sacerdote,
lo hizo por nosotros,
a fin de que fuésemos redimidos del pecado
y satisficiéramos a Dios
Finalmente, el hecho de que Aarón preparara la ofrenda por el pecado y el holocausto
significa que todo cuanto Cristo hizo como nuestro Sumo Sacerdote, lo hizo por
nosotros, a fin de que fuésemos redimidos del pecado y satisficiéramos a Dios. En el
Cristo vivo satisfacemos a Dios al vivir absolutamente entregados a Él.

III. AARÓN PRESENTA EN FAVOR DEL PUEBLO


LA OFRENDA POR EL PECADO, EL HOLOCAUSTO
Y LA OFRENDA DE HARINA
“Entonces presentó la ofrenda del pueblo, y tomó el macho cabrío de la ofrenda por el
pecado presentada en favor del pueblo, lo degolló y lo ofreció por el pecado, como el
primero. Presentó también el holocausto, y lo ofreció según la ordenanza. Entonces
presentó la ofrenda de harina, llenó de ella su mano y la quemó sobre el altar, además

193
del holocausto de la mañana” (vs. 15-17). Esto significa que Cristo se ofreció a Sí mismo
como nuestra ofrenda por el pecado para hacerse cargo de nuestro pecado, como
nuestro holocausto para satisfacer a Dios y como nuestra ofrenda de harina para ser
tanto el alimento de Dios como el nuestro. Cada mañana debemos tomar a Cristo como
estas ofrendas, orando: “Señor, en este nuevo día te tomo como mi ofrenda por el
pecado, como mi holocausto y como mi ofrenda de harina a fin de vivir por Ti, contigo
y en Ti, e incluso a fin de vivirte para la satisfacción de Dios”.

IV. AARÓN PRESENTA LA OFRENDA DE PAZ


EN FAVOR DEL PUEBLO
En 9:18-21 vemos que Aarón presentó la ofrenda de paz en favor del pueblo. Esto
significa que Cristo se ofreció a Sí mismo como nuestra ofrenda de paz para que
nosotros y Dios podamos disfrutarle como paz. Disfrutamos de esta paz al disfrutar a
Cristo en la mesa del Señor.

El disfrute de Cristo como ofrenda de paz, tal como se describe en los versículos del 18
al 21, se basa en el hecho de que Cristo es nuestra ofrenda por el pecado, nuestro
holocausto y nuestra ofrenda de harina, según consta en los versículos del 7 al 17.
Quizás usted se pregunte por qué no se hace mención de la ofrenda por las
transgresiones en estos versículos. Aquí la ofrenda por las transgresiones está incluida
en la ofrenda por el pecado.

Ésta era la primera vez en toda la historia humana que se aplicaba a Cristo de esta
manera y a tal grado. En esta aplicación, Cristo es nuestra ofrenda por el pecado,
nuestro holocausto y después nuestra ofrenda de harina para nuestra vida diaria, con
el resultado de que entramos en la paz, la que es Cristo mismo. Éste es el inicio de las
ofrendas, las cuales apuntan al Cristo vivo, a quien disfrutamos y del cual comemos
cada día como nuestro alimento diario.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y DOS
EL RESULTADO DEL SERVICIO SACERDOTAL
Lectura bíblica: Lv. 9:4, 6, 22-24
En este mensaje centraremos nuestra atención en el fruto, el resultado, de nuestro
servicio sacerdotal. Es difícil hablar del resultado de nuestro sacerdocio porque dicho
resultado no es material, sino espiritual, misterioso, celestial y divino. El resultado del
servicio sacerdotal del Nuevo Testamento es la aparición de Dios a nosotros (v. 4), la
aparición de la gloria de Dios a nosotros (vs. 6, 23b), la bendición divina (vs. 22-23) y
el fuego consumidor (v. 24). Consideremos ahora cada uno de estos asuntos.

I. LA APARICIÓN DE DIOS A NOSOTROS


La aparición de Dios a nosotros guarda relación con el hecho de tomar a Cristo como
las ofrendas. Al confesar nuestros errores, fracasos y malas acciones, espontáneamente
tomamos a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado y como nuestra ofrenda por las

194
transgresiones. Esto puede llevarnos a tomarlo como nuestro holocausto. Quizás le
digamos: “Señor Jesús, Tú eres mi holocausto. Yo no puedo llevar una vida de absoluta
entrega a Dios, pero Tú sí puedes. Te tomo ahora, Señor, como mi entrega absoluta a
Dios”. Esta clase de oración indica que deseamos vivir a Cristo para satisfacción de
Dios. Entonces, la ofrenda por el pecado y el holocausto nos llevarán a tomar a Cristo
como ofrenda de harina. Ofreceremos la mejor porción de ella a Dios como alimento,
y nosotros nos alimentaremos de Cristo tomándole como nuestra comida diaria, como
nuestro diario suministro de vida. Además, esto nos llevará a experimentar una
sensación de paz, un ambiente tranquilo, y disfrutaremos a Cristo como nuestra paz,
descanso, satisfacción y consuelo. Como resultado de tomar a Cristo en calidad de
todas estas ofrendas, la presencia de Dios estará con nosotros. Ésta es la aparición de
Dios a nosotros. No podemos verlo ni tocarlo físicamente, pero ciertamente tenemos
la sensación de que Él se nos ha aparecido. Puesto que no podemos negar la sensación
de que Dios se nos ha aparecido, desearemos adorarle, ofreciéndole nuestras alabanzas
y acciones de gracias. Ésta es la manera en que experimentamos la aparición de Dios,
la cual es resultado de nuestro servicio sacerdotal. Debemos tener esta experiencia no
sólo temprano por la mañana, sino también durante el día.

Podemos experimentar la aparición de Dios en distintas situaciones. Por ejemplo,


podemos disfrutar la aparición de Dios mientras predicamos el evangelio. Al predicar
el evangelio, podemos aplicar a Cristo como las ofrendas, y el resultado de ello es que
disfrutamos la aparición de Dios. A menudo disfrutamos de esto en las reuniones de la
iglesia. Dios puede aparecérsenos incluso mientras salimos a caminar.

Nuestro sacerdocio neotestamentario redunda en que disfrutamos a Dios en Su


aparición. La aparición de Dios será casi siempre una experiencia apacible y nos hará
estar en silencio. A veces, Dios en Su soberanía dispondrá nuestras circunstancias para
que concuerden con la quietud de Su aparición. En esos momentos pareciera que todo
el universo está en completa calma, y que nosotros y Dios somos los únicos que
existimos. Esta apacible aparición de Dios es el primer resultado de nuestro servicio
sacerdotal neotestamentario.

II. LA APARICIÓN DE LA GLORIA DE DIOS A NOSOTROS


El segundo resultado del servicio sacerdotal es la aparición de la gloria de Dios a
nosotros. Cuando servimos a Dios en nuestro espíritu, disfrutando a Cristo según las
normas de Dios, disfrutaremos de la aparición de Dios, que a menudo viene
acompañada de la aparición de la gloria de Dios. La gloria de Dios es Dios mismo
expresado. Cuando Dios es expresado, eso es la gloria.

Cuando sirvamos a Dios con Cristo como las ofrendas según las normas prescritas por
Dios y no según nuestras propias preferencias, a menudo disfrutaremos la aparición
de la gloria de Dios. Veremos a Dios mismo expresado de distintas maneras. Por
ejemplo, al visitar a un incrédulo en su casa para predicarle el evangelio, tal vez
percibamos la gloria de Dios manifestada en nuestras palabras o en la expresión o
actitud que esa persona muestra para con nosotros. Además, a menudo disfrutamos la
gloria de Dios, Su expresión, en las reuniones de la iglesia. Quizás la reunión no sea

195
muy viviente, pero de pronto alguien ofrece una oración muy viviente, y la reunión es
resucitada y avivada. En esos momentos, percibimos que Dios es expresado en gloria.

En 2 Corintios 3 Pablo escribió acerca de la gloria del ministerio antiguotestamentario


y de la gloria del ministerio neotestamentario. “Ahora bien, si el ministerio de muerte
grabado con letras en piedras vino en gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron
fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual se
desvanecía, ¿cómo no con mayor razón estará en gloria el ministerio del Espíritu?
Porque si hay gloria con respecto al ministerio de condenación, mucho más abunda en
gloria el ministerio de la justicia” (vs. 7-9). En el caso de Moisés, quien tenía el
ministerio antiguotestamentario, un ministerio de muerte y de condenación, la gloria
—una gloria física— se manifestó en su rostro. Nosotros, los que tenemos el ministerio
neotestamentario del Espíritu y de la justicia, tenemos una gloria en vida y en espíritu.

Las reuniones cristianas son maravillosas y misteriosas porque tienen que ver con
Dios. El Señor Jesús dijo: “Donde están dos o tres congregados en Mi nombre, allí estoy
Yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). Creemos que el Señor está con nosotros en cada
reunión, pero Él manifiesta Su presencia de distintas maneras y, dependiendo de
nuestra condición en la reunión, Él nos da diversas sensaciones con respecto a la
reunión. Por ejemplo, algunas veces Él permite que tengamos una sensación de muerte
a fin de mostrarnos que estamos mal. Otras veces, Él despierta a todos los que están en
la reunión, y todos tienen la sensación de que Dios los ha despertado. Este despertar
es totalmente divino, y es en tales circunstancias que Dios se nos aparece en Su gloria,
en Su expresión.

La aparición de la gloria de Dios en las reuniones de la iglesia está relacionada con el


disfrute que tenemos de Cristo como las ofrendas. Si en una iglesia de doscientos
santos, sesenta de ellos disfrutaran a Cristo como las ofrendas durante el día, la
aparición de Dios y la expresión misma de Dios estaría entre ellos por la noche a la
hora de reunirse. La expresión de Dios se ve en el hecho de que ellos se reúnan en el
nombre de Cristo. Sin embargo, si ningún santo disfrutara a Cristo como las ofrendas,
la situación sería todo lo contrario. Dicha reunión no expresaría a Dios.

La atmósfera de las reuniones indica lo que somos para con Dios. Nadie puede
aparentar nada. La reunión es verdaderamente una exhibición de nuestra vida
cristiana y, en particular, del grado en que disfrutamos a Cristo en nuestra vida privada
y en nuestra vida familiar. Nuestras reuniones son una exhibición del verdadero
disfrute que tenemos de Cristo. Si disfrutamos a Cristo, la reunión será una exhibición
de las riquezas de Cristo. Si no disfrutamos a Cristo, no habrá ninguna exhibición de
las riquezas de Cristo en la reunión. En ese caso, de nada servirán nuestros gritos y
alabanzas, ya que la reunión no está bajo nuestro control. El punto aquí es que nuestra
experiencia de Cristo afecta las reuniones; en particular, afecta —e incluso determina—
la atmósfera de las reuniones de la iglesia.

La atmósfera de las reuniones es un indicio de la aparición de la gloria de Dios, y esta


aparición depende de que ministremos Cristo como las ofrendas a otros. Cuando

196
ministramos Cristo como las distintas ofrendas a otros, lo disfrutamos a Él, y aquellos
a quienes les ministramos también lo disfrutan. Esto afectará la atmósfera de las
reuniones porque el resultado de ello será la aparición de la gloria de Dios.

III. AARÓN BENDICE AL PUEBLO


Levítico 9:22 dice: “Y Aarón alzó sus manos hacia el pueblo y lo bendijo, y después de
haber ofrecido la ofrenda por el pecado, el holocausto y las ofrendas de paz, descendió”.
Esto significa que Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, después de Su crucifixión, nos
bendijo en Su resurrección (Lc. 24:50).

El Señor en Su resurrección está con nosotros todos los días, hasta la consumación del
siglo (Mt. 28:20). La presencia del Señor con nosotros equivale a Su bendición.
Mientras tengamos Su presencia, estamos bajo Su bendición. Cuando Su bendición
está con nosotros, aun nuestros errores se tornan en bendiciones. Pero sin Su
presencia, aun cuando estemos bien en todo, todo es vanidad. Aunque nuestro Sumo
Sacerdote se fue a los cielos, Él sigue presente con nosotros, y Su presencia es una
bendición no sólo en la vida de iglesia, sino también en nuestra vida familiar y en
nuestra vida cotidiana.

La presencia del Señor como bendición nuestra viene a nosotros cuando aplicamos a
Cristo en calidad de todas las ofrendas. Cada día debemos aplicar a Cristo como nuestra
ofrenda por el pecado, nuestro holocausto, nuestra ofrenda de harina y nuestra ofrenda
de paz. Si lo aplicamos como tales ofrendas, tendremos Su bendición, la cual es Su
presencia.

Juan 3:16 dice que Dios amó al mundo de tal manera, que dio a Su Hijo unigénito. ¿De
qué manera nos dio Dios a Su Hijo? Él nos lo dio en calidad de todas las ofrendas.
Cuando tomamos la ofrenda por el pecado, tomamos un aspecto de Cristo; cuando
tomamos el holocausto, tomamos otro aspecto de Cristo; y cuando tomamos la ofrenda
de harina y la ofrenda de paz, tomamos otros aspectos de Cristo.

Nuestro Salvador es la única ofrenda por el pecado. Cuando nos arrepentimos y


creímos en el Señor Jesús, lo aplicamos como ofrenda por el pecado sin darnos cuenta
de ello. Después, probablemente nos sentimos inspirados a vivir absolutamente
entregados a Dios. Aunque nunca antes habíamos oído nada acerca del holocausto,
oramos y nos ofrecimos a Dios. En ese momento, el Espíritu probablemente nos
mostró que éramos pecado, incluso leprosos, y que no éramos capaces de llevar una
vida de absoluta entrega a Dios. Entonces, quizás oramos algo así: “Señor Jesús, no
puedo llevar una vida entregada absolutamente a Dios, pero Tú sí puedes, y Tú puedes
ser mi entrega absoluta a Dios”. Esto es lo que significa tomar a Cristo, el Hijo dado a
nosotros por Dios, como nuestro holocausto.

Muchos cristianos entienden Juan 3:16 de una manera muy general. ¿Cómo podemos
aceptar a Cristo como la gran dádiva que Dios nos dio, si no lo aplicamos como las
ofrendas? Si hemos de disfrutar a esta persona todo-inclusiva, debemos aplicarlo
diariamente como nuestra ofrenda por el pecado, nuestro holocausto, nuestra ofrenda

197
de harina y nuestra ofrenda de paz. Entonces disfrutaremos de Su presencia, la cual
será una bendición para nosotros en todo sentido.

IV. MOISÉS Y AARÓN ENTRAN


EN LA TIENDA DE REUNIÓN
Y DESPUÉS SALEN PARA BENDECIR AL PUEBLO
“Moisés y Aarón entraron en la Tienda de Reunión. Después salieron y bendijeron al
pueblo” (Lv. 9:23a). Esto significa que Cristo, como nuestro Príncipe y Sumo
Sacerdote, entró en los cielos para ser nuestro Sacerdote real (Hch. 5:31; He. 4:14; 7:1)
y saldrá de los cielos para bendecirnos.

Tanto Moisés como Aarón tipifican a Cristo. Moisés era el líder, el príncipe, y Aarón
era el sumo sacerdote. Hoy Cristo es nuestro Príncipe y nuestro Sumo Sacerdote.
Cuando Él viene a nosotros, viene con bendiciones, y el hecho de que esté con nosotros
es la bendición todo-inclusiva que necesitamos. Podemos disfrutar esta bendición sólo
al aplicar a Cristo como las ofrendas. Si aplicamos a Cristo como la ofrenda por el
pecado, el holocausto, la ofrenda de harina y la ofrenda de paz, recibiremos la
bendición que necesitamos.

Para los judíos, la bendición de Aarón y Moisés sigue vigente. Esta bendición
continuará vigente hasta que toda la casa de Israel se arrepienta y se vuelva al Salvador
cuando Él venga por segunda vez. El mismo principio se aplica con relación a la
bendición espiritual que disfrutamos hoy. Una bendición espiritual dura más de lo que
pensamos. Yo sigo disfrutando bendiciones que recibí hace muchos años. Una
bendición espiritual, por tanto, es de crucial importancia.

El Nuevo Testamento nos dice que bendigamos a otros y que no los maldigamos (Lc.
6:28; Ro. 12:14). Aun cuando seamos aborrecidos, perseguidos y difamados, debemos
bendecir a los que nos persiguen y orar para que el Señor los perdone. El sentir nuestro
debe ser que ninguna persona esté bajo maldición.

V. SALE FUEGO DE DELANTE DE DIOS


Y CONSUME EL HOLOCAUSTO
“Entonces salió fuego de delante de Jehová y consumió el holocausto y las grosuras que
estaban sobre el altar. Al ver esto, todos los del pueblo dieron un grito resonante y se
postraron sobre sus rostros” (Lv. 9:24). Este fuego significa que la santidad de Dios
como fuego consumidor acepta nuestras ofrendas al incinerarlas. Todo lo que
concuerda con la naturaleza santa de Dios, la santidad de Dios lo acepta
consumiéndolo. Pero todo aquello que no satisfaga los requisitos de la santidad de Dios
será juzgado por la santidad de Dios mediante el fuego. En tal caso, el fuego representa
al Dios que es fuego consumidor (He. 12:29).

Después que hayamos disfrutado la presencia de Dios, la aparición de Su gloria y la


bendición del Señor, debemos estar preparados para recibir el fuego consumidor. Es
una ley espiritual de que el fuego consumidor de las aflicciones siempre viene después

198
de la bendición de Dios. Este fuego es una señal de que Dios ha aceptado lo que le
ofrecimos en Cristo y con Cristo.

El mismo fuego, que es el representante de la santidad de Dios, puede ser un fuego


consumidor que manifiesta aceptación por parte de Dios o un fuego de juicio. El fuego
consumidor aceptó el ofrecimiento de Esteban (Hch. 7:55-59), mientras que con la
venida de Tito en el año 70 d. C., este fuego consumidor juzgó la mixtura que había en
Jerusalén.

Para nosotros hoy en día, el fuego consumidor puede ser una señal de que Dios ha
aceptado nuestro ofrecimiento a Él, o puede ser el juicio de Dios a causa de nuestras
ofensas. ¿Cómo sabemos si el fuego consumidor es señal de que Dios nos acepta o si es
el juicio de Dios? Podemos discernirlo por la situación en que nos encontremos. Si
disfrutamos a Cristo y lo ofrecemos a Dios, el fuego consumidor será la señal de que
Dios nos ha aceptado; pero si hemos cometido alguna ofensa contra el gobierno de
Dios, el fuego que nos sobrevenga será el juicio de Dios por haber tocado Su gobierno.
Éste es un asunto serio.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y TRES
LA LECCIÓN Y LAS NORMAS
PARA LOS SACERDOTES
(1)
Lectura bíblica: Lv. 10:1-11
En los capítulos del 1 al 9 de Levítico, hemos visto las ofrendas y sus respectivas leyes,
la consagración de Aarón y de sus hijos, el inicio del servicio sacerdotal y el resultado
de dicho servicio. El resultado del servicio sacerdotal incluye la aparición de Dios, la
aparición de la gloria de Dios, la bendición dada al pueblo y el fuego que sale de delante
de Dios y que consume el holocausto (9:24). Este fuego consumidor, que representa la
santidad de Dios, lo usa Dios en dos casos distintos, uno positivo y otro negativo. En el
caso positivo, cuando tenemos algo que presentarle a Dios y se lo ofrecemos, Él lo
acepta consumiéndolo por fuego. Esta acción de consumir es positiva; ello significa que
Dios ha aceptado lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos para Él. En el caso
negativo, el fuego santo viene de parte de Dios como juicio. Este caso negativo —el caso
de Nadab y Abiú— se encuentra en Levítico 10:1-11, la sección que consideraremos en
este mensaje.

El caso de Nadab y Abiú descrito en 10:1-11 concuerda con los eventos relatados en el
capítulo anterior. Pareciera que este triste incidente ocurrió el mismo día en que “salió
fuego de delante de Jehová y consumió el holocausto y las grosuras que estaban sobre
el altar” (9:24).

Nadab y Abiú, hijos de Aarón, hicieron algo que aparentemente era bueno: ellos
ofrecieron algo a Dios. No obstante, ofrecieron “fuego extraño” (10:1), esto es, fuego

199
común, no el fuego que viene de los cielos. Dios juzgó el ofrecimiento del fuego extraño
consumiendo a los dos sacerdotes que lo ofrecieron. Esto nos muestra, por una parte,
que Dios es misericordioso y benévolo, y por otra, que Él es muy severo y estricto.
Después de las bendiciones de aquel excelente y glorioso día descrito en el capítulo 9,
el día en que Dios dio inicio a la aplicación de Cristo para el disfrute de Su pueblo,
probablemente nosotros habríamos tolerado el error relatado en el capítulo 10. Pero
Dios no lo toleró. Inmediatamente después de bendecir, Dios vino a juzgar.

El fuego celestial que consumió las ofrendas fue totalmente positivo. Este fuego
consumidor fue una clara confirmación de que Dios es el Dios vivo y verdadero, y que
Él estaba con Su pueblo, el pueblo de Israel. Además, este fuego consumidor era una
confirmación de lo que Moisés había hecho y de lo que había dicho al pueblo respecto
a Dios. Antes de aquel momento, los Israelitas quizás se preguntaban qué clase de Dios
tenían, porque aunque habían oído hablar de Él por medio de Moisés, no lo habían
visto. Ahora habían tenido un día especial, un día formal y oficial, en que se dieron toda
clase de leyes, normas y ofrendas. En ese día apareció la gloria de Dios, y Su bendición
descendió sobre Su pueblo; más aún, en aquel día hubo la aceptación divina de las
ofrendas. Esta aceptación vino en forma de fuego consumidor. Este fuego descendió
del cielo; no provenía de la tierra, ni se había originado en los hijos de Israel. Cuando
el fuego descendió del cielo a un lugar específico —al altar—, donde estaban las
ofrendas, y consumió dichas ofrendas, todos los del pueblo lo vieron, dieron un grito
resonante y se postraron sobre sus rostros (9:24b).

Poco después, el fuego consumidor apareció de nuevo, pero esta vez en forma negativa.
En lugar de mostrar aceptación, el fuego santo juzgó. En el capítulo 9, el fuego santo
consumió en señal de aceptación; en el capítulo 10, el fuego santo consumió en señal
de juicio. Refiriéndose a Nadab y Abiú, 10:2 dice: “Salió fuego de delante de Jehová y
los consumió, y murieron delante de Jehová”. Algo semejante a esto ocurrió en Hechos.
En el día de Pentecostés, la gloria de Dios descendió del cielo (Hch. 2:1-4), pero no
mucho después, una pareja engañó al Espíritu Santo y murió como consecuencia de
ello (5:1-11). En el caso de Levítico 10, el ofrecimiento de algo no santificado, un fuego
común y mundano, acarreó juicio. El fuego santo y celestial consumió a Nadab y Abiú,
y éstos murieron.

Cuanto más consideramos el caso de Nadab y Abiú, más nos percatamos de que Dios
no sólo es misericordioso, sino también santo, y que Él no sólo es benévolo, sino
también severo. Por consiguiente, no debemos ser descuidados en nuestro servicio a
Él ni tampoco en la manera en que tratamos las cosas divinas.

Levítico 10:9 y 10 dice: “Cuando entréis en la Tienda de Reunión, no bebáis vino ni


bebida embriagante, ni tú ni tus hijos contigo, para que no muráis; esto será estatuto
perpetuo por todas vuestras generaciones, para que hagáis distinción entre lo santo y
lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio”. Esta orden indica que la razón por la que
Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño podría haber sido que ellos se habían
embriagado con vino. Fue por eso que actuaron a la ligera, descuidadamente y sin
ningún temor. Como resultado, ellos sufrieron el juicio santo de Dios.

200
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, este mismo principio se aplica con
respecto al resultado de servir a Dios y tocar las cosas divinas descuidadamente. En el
caso de Nadab y Abiú, y en el de Ananías y Safira, el resultado fue la muerte. Esto nos
muestra que tocar los asuntos divinos descuidadamente es algo muy serio y que puede
acarrear muerte. Conforme al Nuevo Testamento, esta muerte quizás no sea física, sino
espiritual.

Consideremos ahora más detalladamente el caso de Nadab y Abiú.

I. LA LECCIÓN RESPECTO A NADAB Y ABIÚ


En 10:1-11 vemos la lección respecto a Nadab y Abiú. Nadab y Abiú fueron consumidos
probablemente al final del día de gloria y bendición descrito en el capítulo 9. Lo que les
sucedió a estos dos hijos de Aarón sin duda constituye una lección para nosotros hoy.

A. Nadab y Abiú presentan ante Jehová


un fuego extraño
“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en
ellos, le echaron incienso encima y presentaron ante Jehová un fuego extraño, que Él
no les había mandado” (v. 1). Esto representa el entusiasmo natural, el afecto natural,
la fuerza natural y la capacidad natural del hombre, ofrecidos por éste a Dios.

Nadab y Abiú fueron juzgados no porque hubieran hecho algo que no era para Dios,
sino porque actuaron en conformidad con la vida natural. Ellos hicieron algo para Dios,
pero de una manera natural. Quizás amaban a Dios, pero lo amaban de una manera
natural.

Debemos ser ardientes y fervorosos por el Señor; no obstante, nuestro fervor no debe
ser natural, sino espiritual. La manera en que dejamos de ser personas naturales y
avanzamos para ser personas espirituales consiste en tomar el camino de la cruz. La
cruz debe eliminar todo lo que somos en la vida natural. El hombre natural ya fue
crucificado juntamente con Cristo. Ahora en nuestra vida y andar cristianos debemos
tener la actitud de que nuestro hombre natural ya fue crucificado y que debe ser
desechado. Puesto que la vida natural ya fue condenada, nosotros debemos condenarla
hoy. Debemos comprender que nuestro hombre natural ya fue juzgado por Dios en la
cruz y que, por tanto, no debemos estimarlo ni tenerlo en cuenta.

Servir en la iglesia y testificar en las reuniones puede hacerse fácilmente de manera


natural. Si hablamos en las reuniones de una manera natural, ofreceremos fuego
extraño, fuego común, y esto acarreará muerte espiritual. Cada vez que testificamos de
una manera natural, nuestro ser cae en muerte, y la reunión con su atmósfera también
cae en muerte.

Todos debemos aprender a no tocar las cosas santas de Dios valiéndonos de la vida
natural. No sólo lo que hacemos debe ser apropiado, sino también la manera en que lo
hacemos. No basta simplemente con hacer lo correcto. Debemos hacer lo correcto en

201
la manera correcta. Ofrecer fuego extraño a Dios es hacer lo correcto en la manera
incorrecta, y esto acarrea el juicio de muerte.

No es fácil ser purificados de nuestra condición natural. Muy a menudo ejercitamos


nuestro entusiasmo, afecto, fuerza y capacidad naturales. No obstante, todo lo natural
que hay en nosotros debe ser puesto a muerte.

La vida de Moisés es un buen ejemplo de lo que es dar muerte al hombre natural.


Moisés dijo que “los días de nuestros años son setenta años”, y son ochenta años “si
hay vigor” (Sal. 90:10). Según su entendimiento, la edad de ochenta años marca el fin
de la vida humana. Es muy significativo, por tanto, que Moisés fuese llamado por Dios
a la edad de ochenta años. Esto indica que la vida natural de Moisés había llegado a su
fin y que todo cuanto él hizo para Dios, lo hizo en resurrección. A la edad de ochenta
años, Moisés tuvo un nuevo comienzo, y a partir de entonces no actuó según su vida
natural, sino conforme a un espíritu de resurrección.

Independientemente de cuál sea nuestra edad, todos debemos aprender a no hacer ni


decir nada valiéndonos de nuestra fuerza, capacidad o afecto naturales. Debemos
considerar todo lo natural como una serpiente, un veneno.

El fuego que ofrecieron Nadab y Abiú era un fuego común; no era el fuego procedente
del altar. El fuego del altar, por haber tocado las ofrendas, era santo y estaba
santificado. Sin embargo, Nadab y Abiú, en lugar de ofrecer el fuego santificado y que
santifica, ofrecieron un fuego común. Dicho fuego no provenía de Jehová, sino del
hombre; no provenía de los cielos, sino de la tierra, y no tenía la expiación como
fundamento. Sin expiación, la situación entre el hombre y Dios no puede ser
apaciguada; más bien, los problemas entre el hombre y Dios aún permanecen.

Debido a la influencia del catolicismo y del protestantismo, hoy en día muchos


cristianos actúan a la ligera y descuidadamente con respecto a la adoración y el servicio
que le rinden a Dios. No toman la adoración y el servicio con la debida seriedad y, por
ello, ejercitan la vida natural, lo cual les acarrea muerte espiritual.

B. Sale fuego de delante de Jehová y los consume,


y mueren delante de Jehová
Levítico 10:2 dice que “salió fuego de delante de Jehová” y consumió a Nadab y Abiú,
y ellos “murieron delante de Jehová”. Este fuego es lo opuesto al fuego común. Este
fuego procedía de Dios, no del hombre, y venía de los cielos, no de la tierra; más aún,
efectuaba juicio y no era para mostrar aceptación.

El fuego del versículo 2 sirve también para que Dios sea santificado en aquellos siervos
Suyos que se acercan a Él (v. 3a). La muerte de Nadab y Abiú santificó a Dios. La muerte
de ellos nos muestra que Dios no es común, sino santo, y que no debemos ofrecerle a
este Dios santo nada que sea común. De la muerte de Nadab y Abiú aprendemos que
Dios debe ser honrado como Dios santo que es. Si no tomamos en serio las cosas con
Él, seremos juzgados, y Él será santificado en el juicio infligido sobre nosotros.

202
El fuego del versículo 2 sirve también para que Dios sea glorificado ante Su pueblo (v.
3b). Tal vez para Aarón y el pueblo este fuego consumidor no hubiera sido más que un
castigo y juicio, pero para Dios, este fuego estaba relacionado con Su glorificación.

C. Llevan los cadáveres de Nadab y Abiú


de delante del santuario, fuera del campamento
“Moisés llamó después a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo:
Acercaos, llevaos a vuestros hermanos de delante del santuario, fuera del campamento.
Ellos, pues, se acercaron y los llevaron en sus túnicas fuera del campamento, tal como
Moisés había dicho” (vs. 4-5). Esto significa que la muerte resultante de la falta de
santidad debe ser mantenida lejos de la esfera de la santidad de Dios y también de la
comunidad, la comunión, del pueblo de Dios.

D. Los sacerdotes no llevan desgreñado


el pelo de sus cabezas
ni rasgan sus vestiduras por el juicio de Dios
que trae muerte sobre sus parientes,
para que no mueran y para que Dios
no se enoje con toda la asamblea
“Moisés dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar: No llevéis desgreñado el pelo de
vuestras cabezas ni rasguéis vuestras vestiduras, para que no muráis y para que Él no
se enoje con toda la asamblea” (v. 6). Esto significa que incluso el juicio de Dios que
trae muerte sobre los parientes no es excusa para que los siervos de Dios sean
descuidados en cuanto a su sujeción a Cristo como Cabeza ni para que quebranten la
perfección requerida en su conducta, a fin de que no sufran muerte en su vida espiritual
ni hagan que Dios no esté contento con Su pueblo.

El requisito expresado del versículo 6 indica que debemos tomar en serio a Dios. Al
acercarnos a Él y al tocar los asuntos referentes a Su servicio y obra, debemos hacerlo
con toda solemnidad. Aun si sufrimos la pérdida de parientes a causa de la muerte
infligida por el juicio de Dios, debemos atender a los intereses de Dios y no a los
nuestros. El hecho de comportarnos en semejante situación como si no hubiéramos
sufrido ninguna pérdida demuestra que estamos sujetos a la autoridad de Cristo como
Cabeza.

E. Toda la casa de Israel llora


por la incineración que ha traído Jehová
Levítico 10:6c dice: “Pero dejad que vuestros hermanos, toda la casa de Israel, lloren
por la incineración que ha traído Jehová”. Esto significa que la totalidad del pueblo de
Dios deberá condolerse del juicio de Dios que viene por la falta de santidad en Sus
siervos.

203
F. Los sacerdotes no salen
de la entrada de la Tienda de Reunión,
no sea que mueran,
pues el aceite de la unción
de Jehová está sobre ellos
“No saldréis de la entrada de la Tienda de Reunión, no sea que muráis; pues el aceite
de la unción de Jehová está sobre vosotros” (v. 7a). Los sacerdotes ni siquiera podían
salir de la entrada de la Tienda de Reunión para asistir al funeral, porque el aceite santo
de la unción, que tipifica al Dios Triuno procesado, estaba sobre ellos. Esto significa
que los que sirven a Dios, quienes son portadores del Espíritu Santo de Dios, no deben
abandonar la entrada de la vida de iglesia a fin de que no sufran muerte espiritual.

G. Los sacerdotes no beben vino


cuando entran en la Tienda de Reunión
para que no mueran
y para que hagan distinción
entre lo santo y lo profano,
y entre lo inmundo y lo limpio,
y para que enseñen a los hijos de Israel
todos los estatutos de Jehová
“Jehová habló a Aarón, diciendo: Cuando entréis en la Tienda de Reunión, no bebáis
vino ni bebida embriagante, ni tú ni tus hijos contigo, para que no muráis; esto será
estatuto perpetuo por todas vuestras generaciones, para que hagáis distinción entre lo
santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y para que enseñéis a los hijos de
Israel todos los estatutos que Jehová les ha comunicado por medio de Moisés” (vs. 8-
11). Esto significa que los siervos de Dios, al venir a la vida de iglesia, no deben beber
nada que provenga de los deleites mundanos, de los intereses carnales ni del
entusiasmo natural a fin de no padecer muerte espiritual, sino que deberán distinguir
entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio, y enseñar al pueblo de Dios
las normas divinas.

Si prestamos atención a la lección respecto a Nadab y Abiú, aprenderemos muchísimo.


Esta lección ciertamente nos regirá al tocar las cosas referentes a Dios.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y CUATRO
LA LECCIÓN
Y LAS NORMAS
PARA LOS SACERDOTES
(2)
Lectura bíblica: Lv. 10:12-20

204
En el mensaje anterior abarcamos la lección para los sacerdotes. En este mensaje
consideraremos las normas para los sacerdotes.

II. LAS NORMAS


PARA LOS SACERDOTES
A pesar de que en un día de gloria, un día lleno de bendición y disfrute, algo severo le
sucedió a Aarón (10:1-11), en 10:12 se expresa nuevamente la misericordia y la gracia
de Dios. “Moisés dijo a Aarón, a Eleazar y a Itamar, los hijos que le quedaban: Tomad
la ofrenda de harina que queda de las ofrendas de Jehová presentadas por fuego, y
comedla sin levadura junto al altar, pues es cosa santísima”. Este versículo no habla
del holocausto, de la ofrenda por el pecado ni de la ofrenda por las transgresiones, sino
de la ofrenda de harina. La ofrenda de harina en este caso guarda relación con la
misericordia y la gracia de Dios. Según nuestra manera de pensar, inmediatamente
después de la corrección hecha en 10:1-11, Aarón y sus hijos necesitarían una ofrenda
por el pecado. Sin embargo, Moisés les dijo que comieran la ofrenda de harina. A Aarón
y a sus hijos se les ofreció algo para que comieran. Darle a los demás algo de comer en
tiempo de necesidad equivale a mostrarles misericordia.

El fuego santo que consumió a Nadab y Abiú fue para juicio. Este juicio no se ejecutó
sobre los incrédulos, sino sobre el pueblo de Dios. Según 1 Corintios 11:27-32, esta clase
de juicio constituye un castigo disciplinario, una corrección misericordiosa, y no un
juicio para perdición. El juicio de Dios sobre los dos hijos de Aarón no puso fin a la
misericordia que Dios manifiesta a Su pueblo. Como lo indica Levítico 10:12, la
misericordia de Dios vino juntamente con Su castigo y corrección.

A. Aarón y sus hijos toman


la ofrenda de harina
que queda de las ofrendas
de Jehová presentadas por fuego,
y la comen sin levadura
en un lugar santo junto al altar,
como porción de ellos
Aarón y sus hijos tomaron la ofrenda de harina que quedó de las ofrendas de Jehová
presentadas por fuego, y la comieron sin levadura en un lugar santo, junto al altar,
como porción de ellos (vs. 12-13). Esto significa que la parte restante de Cristo, quien
en Su humanidad es nuestra ofrenda de harina, deberá ser disfrutada por nosotros, los
sacerdotes neotestamentarios, como nuestra porción. Según Levítico 2, la mejor
porción de la ofrenda de harina, junto con el olíbano, debía ser ofrecida a Dios por
fuego; lo que quedaba de la ofrenda de harina era para los sacerdotes. Cristo, como
ofrenda de harina, se ofrece primeramente para satisfacción de Dios, y luego, para
nuestro disfrute y satisfacción.

Quisiera recalcar una vez más el hecho de que la ofrenda de harina mencionada en los
versículos 12 y 13 viene inmediatamente después del juicio disciplinario infligido a
Nadab y Abiú, e indica que Dios es misericordioso. Después de este juicio mortal,

205
Moisés no dijo: “Aarón, has cometido errores, y ahora es el momento en que debes
ofrecer a Dios una ofrenda por el pecado”. En lugar de decirles a Aarón y a sus hijos
que ofrecieran una ofrenda por el pecado o un holocausto, Moisés les dijo que comieran
lo que quedaba de la ofrenda de harina. Esto indica que el Dios que juzga y corrige
sigue siendo misericordioso.

La ofrenda de harina, que era cosa santísima, debía ser comida en un lugar santo, esto
es, en el lugar donde Dios está. Esto significa que la ofrenda de harina debía comerse
en la presencia de Dios. Además, debía comerse al lado de la cruz (el altar). Sin la cruz,
no tenemos la debida posición para disfrutar nada de Cristo. La ofrenda de harina
también debía comerse sin pecado (sin levadura) como ofrenda que pudiera ser
aceptada por Dios en el fuego de Su santidad.

B. El pecho de las ofrendas


de paz del pueblo,
como ofrenda mecida,
y el muslo, como ofrenda elevada
—los cuales eran ofrecidos a Jehová
junto con las ofrendas hechas
por fuego de las grosuras—,
los debían comer los sacerdotes
en un lugar limpio
El pecho de las ofrendas de paz del pueblo, como ofrenda mecida, y el muslo, como
ofrenda elevada —los cuales eran ofrecidos a Jehová junto con las ofrendas hechas por
fuego de las grosuras—, los debían comer los sacerdotes en un lugar limpio (vs. 14-15).
Esto significa que nosotros, los sacerdotes neotestamentarios, compartimos con Dios
algunos aspectos de Cristo como ofrenda de paz de los creyentes.

El pecho de la ofrenda mecida representa la capacidad con la cual Cristo ama en Su


resurrección. Cristo tiene la capacidad especial de amar con el amor de Dios. Su
capacidad de amar no radica en la vida natural, sino en la resurrección.

El muslo de la ofrenda elevada representa el poder fortalecedor de Cristo en Su


ascensión. Las partes más fuertes de nuestro cuerpo son los muslos. Ellos no sólo
poseen el poder que nos sostiene, sino también el poder que nos fortalece. Cristo hoy
en día nos fortalece en Su ascensión.

El pecho y el muslo debían ser comidos en un lugar limpio, lo cual representa una
condición limpia lejos del pecado o de cualquier cosa negativa. Además, debían
comerse como ofrenda que Dios pudiera aceptar en el fuego de Su santidad.

206
C. Los sacerdotes comen
en el santuario la ofrenda por el pecado,
la cual es santísima y cuya sangre
no es llevada al Lugar Santísimo,
para que lleven sobre ellos la iniquidad
de la asamblea a fin de que hagan expiación
por ellos ante Jehová
Los sacerdotes comen en el santuario la ofrenda por el pecado, la cual es santísima y
cuya sangre no es llevada al Lugar Santísimo, para que lleven sobre ellos la iniquidad
de la asamblea a fin de que hagan expiación por ellos ante Jehová (vs. 17b-18). Esto
significa que nosotros, los sacerdotes neotestamentarios, somos partícipes del Cristo
que es la ofrenda por el pecado presentada por los creyentes en el sentido de que
participamos en la vida de Cristo, la vida que lleva sobre sí los pecados de otros, como
el suministro de vida que nos capacita para sobrellevar los problemas del pueblo de
Dios. Participamos de esta ofrenda en la vida de iglesia para ministrar a los creyentes
el Cristo que es la vida que pone fin al pecado, a fin de que así ellos puedan tomar
medidas con respecto a sus pecados. La meta de esto es apaciguar el conflicto que los
creyentes tienen con Dios y restaurar su comunión con Dios, la cual había sido
quebrantada.

El versículo 17 habla de hacer expiación por el pueblo. En el Antiguo Testamento, la


palabra expiación no se refiere la redención que Cristo efectuó y consumó; más bien,
la expiación en el Antiguo Testamento es un tipo que apunta a la redención efectuada
por Cristo.

La palabra hebrea traducida “hagáis expiación” es kafar, que significa “cubrir”. La


forma sustantivada de esta palabra ha sido traducida cubierta expiatoria en 16:2, 13-
15, y se refiere a la tapa del Arca del Testimonio. Cuando alguien se acercaba a Dios
para tener contacto con Él, inmediatamente los Diez Mandamientos que estaban en el
interior del Arca en el Lugar Santísimo ponían al descubierto la condición pecaminosa
de dicha persona, indicando con ello que existía un problema entre tal persona
pecaminosa y el Dios justo. Por consiguiente, no había paz entre estas dos partes. Sin
embargo, la sangre de la ofrenda por el pecado era rociada sobre la tapa que cubría el
Arca, lo cual significaba que el pecado del que se acercaba para tener contacto con Dios
había sido cubierto.

En la época del Antiguo Testamento, Cristo aún no había venido; sin embargo, había
un tipo que apuntaba a Cristo. Este tipo era el sacrificio animal ofrecido a Dios como
ofrenda por el pecado. En el Día de la Expiación se inmolaba el animal, y su sangre
derramada era llevada al Lugar Santísimo y rociada sobre la tapa del Arca. De esta
manera, el problema entre Dios y el hombre quedaba cubierto, mas no solucionado.
Esta acción de cubrir el pecado satisfacía temporalmente los requisitos de Dios. Esto
es lo que significa hacer expiación, apaciguar, hacer algo por la parte que está en deuda
a fin de satisfacer a la parte que exige, lo cual trae paz a ambas partes.

207
Hebreos 9:12 habla claramente de la obra redentora de Cristo y nos dice que “por Su
propia sangre” Cristo “entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, obteniendo
así eterna redención”. La redención que Cristo efectuó y consumó se obtuvo cuando Él
llevó Su sangre a los cielos y la roció allí. De esta manera Cristo halló, obtuvo o logró la
redención. La redención fue efectuada por Cristo en la cruz, y el Cristo Redentor obtuvo
dicha redención de mano del Dios redentor. Lo que recibimos hoy no es una mera
expiación ni una especie de apaciguamiento, sino la redención efectuada y consumada.
Ahora disfrutamos de tal redención.

Levítico 10:17 y 18 indica que nosotros, los sacerdotes neotestamentarios, somos


partícipes del Cristo que es la ofrenda por el pecado presentada por los creyentes en el
sentido de que participamos en la vida de Cristo, la vida que lleva sobre sí los pecados
de otros, como el suministro de vida que nos capacita para sobrellevar los problemas
del pueblo de Dios. Si hemos de tomar a Cristo como ofrenda por el pecado, debemos
comprender que después de comer a tal Cristo, debemos sobrellevar los problemas del
pueblo de Dios.

Uno come no sólo para estar satisfecho, sino también para trabajar (2 Ts. 3:10). Si
comemos a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado, la ofrenda que logró redención
por nosotros y resolvió los problemas que teníamos con Dios, debemos tomar la
responsabilidad de resolver los problemas del pueblo de Dios.

Si usted se da cuenta de que cierto hermano tiene problemas con el pecado,


primeramente debe sobrellevar la carga de orar por él. Luego, según lo dirija el
Espíritu, puede ir a visitarlo, no para condenarlo ni para hacerle ver su fracaso, sino
para tener comunión con él e introducirlo en la presencia del Señor y en el sentir de la
misericordia y gracia del Señor. Si puede introducirlo en la luz de Dios, la luz brillará
sobre él y dentro de él, y él verá su pecaminosidad, sus errores y sus defectos.

No intente ayudar a alguien que ha pecado mostrándole su condición ni señalándole


directamente sus faltas. Si hace esto, lo insultará. Todo pecador defiende su prestigio.
Si usted le señala a un hermano su pecado, en lugar de confesarlo, él defenderá su
prestigio. Además, en vez de introducir a dicho hermano en la luz, usted lo provocará
y causará problemas.

Por consiguiente, la mejor forma de ayudar a un hermano pecaminoso es que usted sea
una persona que vive en comunión con el Señor. Entonces, al visitar a alguien así,
llevará consigo una atmósfera de comunión y ayudará a aquella persona a entrar en
comunión con el Dios que ilumina. En esta comunión, el hermano será alumbrado y
podrá percibir la misericordia y gracia de Dios. La misericordia y gracia de la vida
divina ablandarán su corazón endurecido y calentarán su corazón frío. (Puesto que el
pecado endurece y enfría el corazón del pecador, es necesario que el corazón de un
hermano pecaminoso sea ablandado y calentado). Bajo la luz de Dios, la cual ablanda
y calienta nuestro corazón, el hermano verá su pecaminosidad y la confesará. No habrá
necesidad de que usted se la mencione. Esta manera de ayudar a un hermano
pecaminoso es el camino del amor en sabiduría.

208
Si queremos sobrellevar los problemas del pueblo de Dios, debemos disfrutar
ricamente a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado. Entonces, con mucha oración
y consideración, podemos acercarnos a otros en amor y con sabiduría, para
ministrarles el Cristo que es la vida que pone fin al pecado, a fin de que así ellos puedan
tomar medidas con respecto a sus pecados. Si contactamos a otros de esta manera, no
les haremos daño a ellos ni a la iglesia; antes bien, sobrellevaremos los problemas del
pueblo de Dios.

D. Debido a su debilidad
en cuanto al juicio de Dios sobre Nadab y Abiú,
Aarón y sus hijos no son idóneos
para comer la ofrenda por el pecado
Debido a su debilidad en cuanto al juicio de Dios sobre Nadab y Abiú, Aarón y sus hijos
no eran idóneos para comer la ofrenda por el pecado (Lv. 10:16-17a, 19-20). Esto
significa que si somos débiles en aceptar el juicio de Dios sobre los servidores con
quienes tenemos una relación íntima y cercana, no podremos participar de Cristo como
nuestra ofrenda por el pecado en el aspecto de tomar Su vida sin pecado como nuestro
suministro de vida que nos capacita para ministrar a los creyentes el Cristo que es la
vida que pone fin al pecado.

“Moisés preguntó con diligencia acerca del macho cabrío de la ofrenda por el pecado,
pero ya había sido quemado. Así que se enojó con Eleazar e Itamar, los hijos que le
habían quedado a Aarón, diciendo: ¿Por qué no habéis comido la ofrenda por el pecado
en el lugar del santuario?” (vs. 16-17a). Puesto que la sangre de la ofrenda por el pecado
no había sido llevada al interior del santuario, ellos debieron haber comido la ofrenda
como lo había ordenado Moisés (v. 18). Moisés, por tanto, los reprendió por no hacerlo.
Entonces, Aarón dijo a Moisés: “Mira, hoy ellos han presentado su ofrenda por el
pecado y su holocausto ante Jehová, ¡y me han acontecido tales cosas! Si yo hubiera
comido hoy la ofrenda por el pecado, ¿acaso habría agradado a Jehová?” (v. 19). Por
un lado, Aarón y sus hijos eran débiles con respecto al juicio de Dios; por otro, Aarón
tuvo la debida consideración, pues él y sus hijos se lamentaron y se entristecieron, así
que comer la ofrenda por el pecado bajo tales circunstancias no habría agradado al
Señor. Así que, Aarón le dijo a Moisés que debido a su dolor, no habría sido apropiado
comer la ofrenda por el pecado. “Cuando Moisés oyó eso, le pareció bien” (v. 20). La
respuesta dada por Aarón agradó a Moisés, quién representaba a Dios; por
consiguiente, Dios también debió de haber estado complacido.

Este incidente indica que con respecto a cumplir con las normas establecidas por Dios,
en la misericordia de Dios, hay un margen para ciertas consideraciones según nuestras
circunstancias. Aarón y sus hijos no habían guardado las normas de Dios de una
manera legal. Ellos no siguieron las normas divinas, no debido a una actitud
desobediente, sino debido a que supieron considerar sus circunstancias, lo cual fue
positivo.

209
Estos versículos nos muestran también que no debemos guardar las normas de Dios
de forma apresurada. Aarón y sus hijos no guardaron las normas divinas de forma
apresurada, sino que tuvieron en cuenta la situación y circunstancias en que se
encontraban y, debido a ello, no observaron la ordenanza de manera legalista. Lo que
Aarón y sus hijos hicieron aparentemente iba en contra de la norma establecida por
Dios, pero en realidad, fue algo hecho en sabiduría.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y CINCO
PALABRAS DE CONCLUSIÓN
ACERCA DE LAS OFRENDAS Y EL SACERDOCIO
Lectura bíblica: He. 1:2-3; 2:14; 3:1; 4:14-15; 6:20; 7:22, 25-26; 8:1-2; 9:11-12, 24-
28; 10:5-7, 9-10, 19-21; 12:2, 24; 13:21
Este mensaje, el cual se centrará en Hebreos como estudio expositivo de Levítico, es
una conclusión a todos los mensajes dados anteriormente acerca de las ofrendas y el
sacerdocio.

EL CRISTO TODO-INCLUSIVO
SEGÚN SE REVELA EN HEBREOS
En el libro de Hebreos se hacen muchas referencias al libro de Levítico, sobre todo a
las ofrendas y al sacerdocio. Por ejemplo, Levítico habla a menudo del sumo sacerdote.
Ningún otro libro del Nuevo Testamento habla tanto acerca de Cristo en calidad de
Sumo Sacerdote como lo hace el libro de Hebreos.

El libro de Levítico en sí no nos muestra cuán grande, excelente, maravilloso, todo-


inclusivo e inagotable es el Cristo que ofrecemos y disfrutamos como las ofrendas. En
Levítico podemos ver que todas las ofrendas tipifican a Cristo, pero no alcanzamos a
percatarnos ni a darnos cuenta de cuán grandioso es Cristo. No hay palabras que
puedan expresar la grandeza del Cristo que es todas las ofrendas.

Si hemos de recibir una revelación de lo todo-inclusivo que es Cristo, debemos acudir


al libro de Hebreos. Hagamos ahora un breve repaso de los aspectos de Cristo revelados
en Hebreos.

El Creador, el Sustentador y el Heredero


Hebreos 1:2 y 3 dice que Cristo es el Hacedor, el Creador, del universo, y que Él es
también Aquel que sustenta el universo que creó. Además, Dios designó a Cristo para
que fuera el Heredero de todo en el universo.

El resplandor de la gloria de Dios


y la impronta de Su sustancia
En el versículo 3 vemos que Cristo es el resplandor de la gloria de Dios y la impronta
de Su sustancia. El resplandor de la gloria de Dios es semejante al resplandor o al brillo

210
de la luz del sol. Cristo es el resplandor, el brillo, de la gloria del Padre. La impronta de
la sustancia de Dios es semejante a la impresión de un sello. Cristo el Hijo es la
expresión de lo que es Dios el Padre.

Aquel que destruyó al diablo


“Así que, por cuanto los hijos son participantes de sangre y carne, de igual manera Él
participó también de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tiene el
imperio de la muerte, esto es, al diablo” (2:14). Esta persona maravillosa, quien es el
Hacedor del universo, participó de sangre y carne para destruir al diablo, para
reducirlo a nada. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios vino y se hizo carne (Jn.
1:14; Ro. 8:3) al nacer de una virgen (Gá. 4:4) a fin de destruir al diablo en la carne del
hombre mediante Su muerte en la cruz.

El Apóstol y el Sumo Sacerdote


En Hebreos 3:1 vemos que Cristo es el “Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra
confesión”. Como Apóstol, Cristo es Aquel que nos fue enviado de parte de Dios y vino
con Dios; y como Sumo Sacerdote, Cristo es Aquel que regresó a Dios de entre nosotros
y con nosotros. Como Apóstol, Cristo vino a nosotros con Dios para compartir a Dios
con nosotros a fin de que pudiéramos participar de Su vida, naturaleza y plenitud
divinas. Como Sumo Sacerdote, Cristo fue a Dios con nosotros para presentarnos ante
Dios a fin de que Él se hiciera cargo de nosotros y de nuestro caso. Por eso, en 4:14 y
15 dice: “Por tanto, teniendo un gran Sumo Sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el
Hijo de Dios, retengamos la confesión. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no
pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo igual
que nosotros, pero sin pecado”. Como tal Sumo Sacerdote, Cristo nos lleva sobre Sus
hombros ante la presencia de Dios y se ocupa de todas nuestras necesidades.

El Precursor
Hebreos 6:20 revela que Cristo es nuestro Precursor. El Señor Jesús, como Precursor,
fue el primero en pasar a través de un mar tempestuoso y entrar en el albergue celestial,
el lugar que está detrás del velo (v. 19), para ser nuestro Sumo Sacerdote según el orden
de Melquisedec, el orden del sacerdocio que se lleva a cabo tanto en humanidad como
en divinidad. Como Precursor, Él abrió el camino a la gloria.

El fiador de un mejor pacto


“Tanto más Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (7:22). En este versículo, Cristo
es el fiador de un mejor pacto. Cristo es el fiador de un mejor pacto con base en el hecho
de que Él es el Sumo Sacerdote viviente y perpetuo. La palabra fiador en este versículo
significa que Cristo se ha comprometido a ser fiador del nuevo pacto y de todos
nosotros. Él es el aval, la garantía, de que hará todo lo necesario para cumplir el nuevo
pacto.

211
El Sumo Sacerdote que puede
salvarnos por completo
“Por lo cual puede también salvar por completo a los que por Él se acercan a Dios,
puesto que vive para siempre para interceder por ellos. Porque tal Sumo Sacerdote
también nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, y
encumbrado por encima de los cielos” (7:25-26). Por haber traspasado los cielos (4:14),
e incluso por estar ahora por encima de los cielos (7:26), el Señor Jesús vive para
siempre para interceder por nosotros. Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, se ocupa de
nuestro caso intercediendo por nosotros. Él se presenta delante de Dios a nuestro
favor, orando por nosotros para que seamos salvos y participemos de lleno en el
propósito eterno de Dios.

El Ministro que está en los cielos


“Tenemos tal Sumo Sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en
los cielos, Ministro de los lugares santos, de aquel verdadero tabernáculo que levantó
el Señor, y no el hombre” (8:1-2). El Cristo celestial ministra en un tabernáculo
levantado por el Señor, y no por el hombre. Este tabernáculo, este santuario, está en el
tercer cielo, donde se encuentra el Lugar Santísimo. Cristo, como Ministro del
verdadero tabernáculo (celestial), nos infunde los cielos (los cuales no son sólo un
lugar, sino también una condición de vida) a fin de que podamos llevar una vida
celestial en la tierra como lo hizo Él mientras estuvo aquí.

Aquel que entró en el Lugar Santísimo


en los cielos y obtuvo eterna redención
“Habiéndose presentado Cristo, Sumo Sacerdote de los bienes que ya han venido, por
el mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación,
y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por Su propia sangre, entró una
vez para siempre en el Lugar Santísimo, obteniendo así eterna redención” (9:11-12).
Puesto que Cristo, el Cordero de Dios, quitó el pecado del mundo (Jn. 1:29) al ofrecerse
a Sí mismo en la cruz una vez para siempre como sacrificio por los pecados (He. 9:14;
10:12), Su sangre, la cual Él roció en el tabernáculo celestial, efectuó una redención
eterna por nosotros. Por medio de ello, Cristo obtuvo “eterna redención”. La
palabra obtener aquí significa “encontrar, procurar”. Al rociar Su sangre en los cielos
delante de Dios, Cristo encontró, procuró, obtuvo, eterna redención por nosotros.

Aquel que se presenta por nosotros ante Dios


Cristo se presentó por primera vez para quitar nuestro pecado y nuestros pecados, y
aparecerá por segunda vez, ya sin relación con el pecado (9:24-28). Hebreos 9:24 dice
que Cristo se presenta ahora por nosotros “ante la faz de Dios”. Él “se ha manifestado
para quitar de en medio el pecado por el sacrificio de Sí mismo” (v. 26b). Esto indica
que Él es la ofrenda por el pecado. El versículo 28 agrega que Él fue “ofrecido una sola
vez para llevar los pecados de muchos”. Esto indica que Él es también la ofrenda por
las transgresiones.

212
El reemplazo de las ofrendas
del Antiguo Testamento
Hebreos 10:5-10 dice que cuando Cristo vino, Dios ya no tenía ningún deseo, placer ni
interés en los sacrificios animales (vs. 6, 8). La venida de Cristo anuló las ofrendas
levíticas; no obstante, el significado de todas estas ofrendas sigue siendo Cristo.

Dios preparó un cuerpo humano para Cristo, el Dios-hombre encarnado (v. 5), para
que Él fuese el reemplazo de todas las ofrendas del Antiguo Testamento. Al reemplazar
consigo mismo las ofrendas del primer pacto, Cristo hizo la voluntad de Dios (vs. 7, 9),
que consistía en quitar lo primero, las ofrendas del Antiguo Testamento, para
establecer lo segundo, Él mismo como la realidad de todas aquellas ofrendas.

En Levítico vemos la primera categoría de ofrendas. Como reemplazo de estas


ofrendas, Cristo es la segunda categoría de ofrendas. Él es ahora el holocausto, la
ofrenda de harina, la ofrenda de paz, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las
transgresiones. Él es también la ofrenda mecida, la ofrenda elevada, la ofrenda de
consagración, la ofrenda voluntaria y la ofrenda de acción de gracias. Por tanto, a Dios
ya no le agradan más los sacrificios del primer pacto. Hoy en día Dios se deleita
únicamente en una persona: Jesucristo. Él, el Cristo todo-inclusivo, es todas las
ofrendas.

CRISTO, NUESTRA PORCIÓN PERPETUA


Todos los aspectos de Cristo revelados en Hebreos son inagotables. Él es el Creador, el
Sustentador, el Heredero, Aquel que destruyó al diablo, el Apóstol, el Sumo Sacerdote,
el Precursor, el Fiador, el Ministro celestial, Aquel que se presenta por nosotros ante
Dios y el reemplazo de todas las ofrendas del Antiguo Testamento. Cristo es la realidad
de todas las cosas positivas (Col. 2:16-17), incluyéndolo a usted y a mí (Fil. 1:21; Gá.
2:20).

Este Cristo maravilloso es nuestra porción perpetua. Eso significa que el Cristo todo-
inclusivo es nuestra porción eterna de la cual podemos disfrutar. Nosotros no sólo
ofrecemos Cristo a Dios, sino que también disfrutamos a Cristo mientras lo ofrecemos
a Dios. Por consiguiente, disfrutamos a Cristo juntamente con Dios, ya que nosotros y
Dios comemos a Cristo juntos en comunión. Este disfrute es maravilloso, y no hay
palabras humanas que puedan describirlo adecuadamente.

CRISTO, LA DÁDIVA QUE HEMOS RECIBIDO


DE PARTE DE DIOS
Cristo es la dádiva que Dios nos dio. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado
a Su Hijo unigénito” (Jn. 3:16). En las ofrendas, Cristo es también la dádiva que
nosotros le ofrecemos a Dios. (La palabra hebrea traducida “ofrenda” en Levítico 1:2
es corbán, que significa “regalo o presente”). ¿Qué dádiva podría ser más grande que
Cristo? ¡Sin duda Cristo es la dádiva más grande!

213
Hoy nosotros disfrutamos a Cristo como una dádiva de parte de Dios en la “tienda de
regalos“ de la iglesia. Cada iglesia local es una tienda de regalos que exhibe a Cristo.
Este regalo único tiene miles de aspectos. Así como un diamante tiene muchas facetas,
también Cristo tiene muchísimas facetas. En una faceta, Él es el Padre, mientras que
en otra, Él es el Hijo.

El objetivo de disfrutar a Cristo en todos Sus aspectos y facetas es adorar a Dios, y


también tener comunión con Él y unos con otros, y comer de Él en nuestro diario vivir.
La adoración fabricada por el hombre es una abominación a los ojos de Dios. La
verdadera adoración consiste en obsequiarle Cristo a Dios como un presente, como una
dádiva, y luego disfrutar este regalo juntamente con Dios. Por tanto, Cristo es para Dios
y también para nosotros. En nuestra adoración, podemos decir algo así: “Padre, te
ofrezco a Tu Hijo como un presente para que Tú lo disfrutes”. Si oramos así, tal vez el
Padre nos diga: “Una porción de esta dádiva es para que tú y todos tus hermanos y
hermanas la disfruten”.

EL PENSAMIENTO CENTRAL DE LEVÍTICO


El pensamiento central de Levítico es que el Cristo universal, todo-inclusivo e
inagotable lo es todo para Dios y para el pueblo de Dios. Hoy hablamos de disfrutar a
Cristo, pero un día todas las cosas serán reunidas en Cristo bajo una cabeza (Ef. 1:10).
Entonces, Cristo lo será todo para Dios y para el hombre. El disfrute que se tenga de
esta persona será la única celebración en el universo. Esta persona maravillosa tiene
miles de aspectos, títulos y nombres, y cada uno de ellos es para nuestro disfrute.

EL CRISTO INAGOTABLE
ES EL ESPÍRITU VIVIFICANTE
QUE MORA EN NOSOTROS
Hebreos 13:21 dice que Dios nos perfecciona en toda obra buena para que hagamos Su
voluntad, haciendo Él en nosotros lo que es agradable delante de Él por medio de
Jesucristo. Este versículo indica que el Cristo grandioso, maravilloso e inagotable está
ahora dentro de nosotros. El Cristo que está en nosotros es el Espíritu vivificante (1 Co.
15:45). Como Espíritu dentro de nosotros, Él está muy disponible, y podemos
experimentarle fácilmente. Si tan sólo oráramos un poco, entraríamos en nuestro
espíritu mediante la oración para tener contacto con esta persona y la disfrutaríamos.
Él es inagotable, y a la vez, está muy disponible a nosotros. A medida que le disfrutemos
en los aspectos mencionados anteriormente, experimentaremos más Su humanidad,
Su divinidad, Su muerte, Su resurrección y Su ascensión, y creceremos en Él en todos
estos aspectos.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y SEIS
EL DISCERNIMIENTO EN LA DIETA
Lectura bíblica: Lv. 11:1-24a, 26-27a, 29-31a, 41-44; Hch. 10:9b-14, 27-29

214
El libro de Levítico se puede dividir en dos secciones principales. La primera sección,
que incluye los capítulos del 1 al 10, abarca las ofrendas y el sacerdocio; la segunda
sección, que incluye los capítulos del 11 al 27, abarca el vivir santo del pueblo santo de
Dios. Después que Dios habla de las ofrendas y del sacerdocio en la primera sección,
Él habla acerca de todo Su pueblo en la segunda sección. Los sacerdotes no son los
únicos que deben llevar una vida santa y un vivir santo. El pueblo de Dios, entre el cual
sirven los sacerdotes, también debe ser santo.

Levítico es un libro de tipos, un libro de tipología. En los primeros siete capítulos vemos
las distintas clases de ofrendas, las cuales son tipos. El sacerdocio, descrito en los
capítulos del 8 al 10, también debe considerarse un tipo. Además, todos los asuntos
relacionados con el vivir santo del pueblo santo de Dios, presentados en los capítulos
del 11 al 27, también deben ser considerados como tipos. Estos capítulos tratan sobre
el vivir de los israelitas, el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Sin embargo, si
entendemos correctamente los tipos, comprenderemos que todos los tipos contenidos
en estos capítulos son tipos del vivir de los creyentes neotestamentarios.

Por ser Levítico un libro de tipos, es necesario hacer una exposición de él. Sin la debida
exposición, a cualquiera se le dificultaría entender este libro; no obstante, hay quienes
han dicho que no se necesita la exposición de la Biblia. Según el concepto de ellos, si
uno no entiende algún pasaje de la Palabra la primera vez que lo lee, debe leerlo una y
otra vez hasta que lo entienda. Sin embargo, esto no sucede con relación a un libro
como Levítico. Les aseguro que aunque ustedes leyeran Levítico centenares de veces,
no lo podrían entender. Así que, si hemos de entenderlo, éste nos tiene que ser abierto
por la debida exposición.

El libro de Levítico ha sido abierto por el pueblo de Dios de una manera colectiva; éste
ha sido abierto por el pueblo de Dios para el pueblo de Dios. El primero en empezar a
abrir este libro fue el apóstol Pablo, quien expuso Levítico mientras escribía la Epístola
a los Hebreos. Pedro también recibió cierto entendimiento de Levítico por medio de la
visión que le fue dada en Hechos 10. La visión de un “objeto semejante a un gran lienzo”
(v. 11), en el cual había toda clase de animales, fue el cumplimiento de Levítico 11.
Hechos 10, por tanto, es una exposición de Levítico 11. Con esto vemos que la
exposición del libro de Levítico comenzó con los apóstoles.

Esta exposición ha continuado a lo largo de los siglos, y ahora estamos apoyados sobre
los hombros de los expositores que nos han precedido. En particular, nos sentimos
endeudados con la Asamblea de los Hermanos, quienes fueron levantados por el Señor
en Inglaterra hace un siglo y medio. Después de ser salvo, estuve con los Hermanos por
siete años y medio. Durante aquellos años, aprendí mucho de ellos acerca de la
tipología y las profecías. Los maestros entre los Hermanos tenían mucho que decir
acerca de los animales mencionados en Levítico 11. Sin la ayuda que recibí de parte de
ellos, no podría entender lo que se abarca en este capítulo. Así como yo estoy apoyado
sobre los hombros de los Hermanos, ustedes están apoyados sobre mis hombros.
Espero que en los años venideros, ustedes, quienes ahora están apoyados sobre mis
hombros, vean más que lo que yo he visto.

215
Puesto que el libro de Levítico se escribió totalmente a manera de tipos, algunos
versículos son muy difíciles de entender. Un versículo sumamente difícil de entender
se encuentra en 11:3a, que habla de “todo animal de casco partido y pezuña hendida”
(BNC). Aquí vemos dos asuntos: tener pezuña dividida y tener casco partido. El
versículo 7 dice que el cerdo tiene la pezuña dividida y el casco partido. ¿Cuál es la
diferencia entre estas dos cosas? No lo sé. La versión china de la Biblia pone estas dos
expresiones en aposición como si se refirieran a lo mismo. En otras palabras, los
eruditos que prepararon dicha traducción consideraron que tener la pezuña dividida
era lo mismo que tener el casco partido. Por tanto, se requiere más estudio para ver la
diferencia entre tener la pezuña dividida y tener el casco partido.

El título de este mensaje es: “El discernimiento en la dieta”. El discernimiento en la


dieta tiene que ver el discernimiento en la alimentación, el discernimiento en cuanto a
lo que comemos. Comer no es nada extraordinario. ¿Por qué, entonces, debemos tener
cuidado con lo que comemos si hemos de llevar una vida santa? Para contestar a esta
pregunta, debemos recordar que Levítico es un libro de tipos, y en dichos tipos se
encuentran figuras que tienen un significado particular. El significado es diferente del
objeto en sí. Esto se aplica a los animales mencionados en Levítico 11. El significado de
todos estos animales tiene mucha importancia, por cuanto tipifican a personas; los
animales son figuras que describen a distintas clases de personas. Esto lo comprueba
Hechos 10:9b-14, 27-29. Pedro “vio el cielo abierto, y que descendía un objeto
semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; en el
cual había de todos los cuadrúpedos y reptiles de la tierra y aves del cielo” (vs. 11-12).
Al principio, Pedro no entendió que estos cuadrúpedos, reptiles y aves representaban
personas. Más tarde, él llegó a comprender esto, porque los que estaban en la casa de
Cornelio eran personas, no animales (vs. 27-28).

I. EL SIGNIFICADO DE COMER
Lo primero que debemos considerar con respecto al discernimiento en la dieta es el
significado de comer. Conocer este significado es conocer el verdadero significado de
comer según Levítico 11.

A. Tener contacto con aquello fuera de nosotros


que puede afectarnos interiormente
Comer equivale a tener contacto con aquello fuera de nosotros que puede afectarnos
interiormente. Esto se refiere particularmente al contacto que tenemos con las
personas. Cada vez que comemos, tenemos contacto con algo que está fuera de
nosotros, con algo que es ajeno a nosotros. Sin embargo, una vez que lo ingerimos,
aquello puede afectarnos interiormente. En Levítico 11, las cosas que comemos
representan a personas, y la acción de comer representa el contacto que tenemos con
las personas.

216
B. Recibir aquello que está fuera de nosotros,
lo cual puede ser digerido internamente
y llega a formar parte
de nuestro elemento constitutivo
que expresamos en nuestro vivir
Comer no sólo significa tener contacto con algo, sino también recibirlo en nuestro
interior. Una vez que lo recibimos en nuestro interior, aquello es digerido en nosotros
y llega a formar parte de nuestro elemento constitutivo, es decir, nuestro ser, nuestra
constitución interna. Todos nosotros estamos constituidos de la comida que comemos
y digerimos. Finalmente, lo que digerimos llega a ser nosotros mismos; ello llega a
formar parte de nuestra constitución interna. Esto indica que tener contacto con las
personas es un asunto de suma importancia. Si queremos llevar la vida santa que nos
exige el Dios santo, debemos ser cuidadosos con respecto a la clase de personas con las
que nos relacionamos. El contacto que tengamos con cierta clase de personas podría
producir un cambio en nuestra constitución intrínseca y hacernos otra clase de
persona. Todo aquello con lo cual tengamos contacto entrará en nosotros, y todo lo que
entre en nosotros producirá un cambio en nuestra constitución intrínseca, lo cual nos
hará personas diferentes de lo que ahora somos.

II. LAS CATEGORÍAS DE SERES VIVOS


QUE SON LIMPIOS EN CUANTO A LA DIETA
El capítulo 11 de Levítico habla de cinco categorías de animales: primero, las bestias,
incluyendo el ganado; segundo, los animales acuáticos, los animales que viven en el
agua; tercero, las aves, los animales en el aire; cuarto, los insectos; y por último, los
animales que se arrastran. Todo animal que se arrastra es inmundo, pero en las otras
cuatro categorías algunos animales son limpios y otros son inmundos. Consideremos
ahora las cuatro categorías de seres vivos que son limpios en cuanto a la dieta.

A. Los animales de pezuña dividida


y que rumian
Los animales de pezuña dividida y que rumian (vs. 2-3) representan a las personas que
tienen discernimiento en sus actividades y que reciben la palabra de Dios
reflexionando mucho sobre ella. Una pezuña dividida significa discernimiento. El
caballo tiene cascos enteros, no hendidos. Por tanto, el caballo representa a una
persona que no tiene el poder, la fuerza, para discernir las cosas. Tal persona no es
capaz de discernir lo que proviene de Dios y lo que proviene de Satanás, lo que es
celestial y lo que es terrenal, ni tampoco lo que es espiritual y lo que es carnal. Debemos
discernir no solamente lo que es bueno y lo que es malo, sino también lo que proviene
de nuestro espíritu y lo que proviene de nuestra carne, así como también lo que
proviene del nuevo hombre y lo que proviene del viejo hombre.

Por ejemplo, hablemos de la diferencia que existe entre ir al teatro y asistir a una
reunión de la iglesia. Ir al teatro equivale a hacer algo terrenal, pero asistir a una
reunión de la iglesia equivale a hacer algo celestial. Sin embargo, una persona —incluso

217
un cristiano— que no tenga pezuña dividida verá muy poca diferencia entre ir al teatro
y asistir a una reunión de la iglesia. Tal persona carece de discernimiento con respecto
a las actividades en que participa. Con respecto a tales actividades, dicha persona no
tiene capacidad de discernimiento. Por tanto, debemos tener cuidado al relacionarnos
con este tipo de personas, ya que el contacto que tengamos con ellas podría
contaminarnos. Debemos tener pezuñas divididas, esto es, debemos tener la capacidad
y fuerza para discernir lo que procede de Dios y lo que no procede de Él, así como
también lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer.

Rumiar significa recibir la palabra de Dios reflexionando sobre ella una y otra vez. Así
como la vaca rumia, nosotros también debemos reflexionar sobre la palabra de Dios
una y otra vez. Podemos hacer esto mientras oramos-leemos temprano por la mañana.
Mientras oramos-leemos la palabra, podemos reflexionar sobre ella una y otra vez.
Esto es rumiar a fin de recibir el nutrimento reflexionando sobre lo que hemos recibido
de la palabra de Dios.

En los versículos 2 y 3 vemos la sabiduría de Dios. Las dos expresiones “pezuña


dividida” y “rumia” son muy significativas. Por una parte, debemos rumiar, esto es,
debemos comer la palabra de Dios masticándola una y otra vez; por otra, debemos
llevar un andar lleno de discernimiento. Sin embargo, hoy en día hay muchos que no
tienen pezuñas divididas ni tampoco rumian; nunca tienen el menor contacto con la
palabra de Dios. No debemos relacionarnos con personas que no tienen pezuñas
divididas ni rumian. Debemos evitar a tales personas, no sea que nos afecten y ejerzan
influencia sobre nosotros.

B. Los animales acuáticos


que tienen aletas y escamas
Los animales acuáticos con aletas y escamas (v. 9) representan a las personas que
pueden moverse y actuar libremente en el mundo y, a la vez, resistir su influencia. Las
aletas les ayudan a los peces a moverse y a realizar sus actividades en el agua según sus
deseos. Debido a que tienen aletas, los peces incluso pueden nadar contra la corriente.

Las escamas protegen y guardan de la sal marina a los peces que viven en aguas saladas.
Los peces pueden vivir en agua salada por muchos años sin ser salados debido a que
tienen escamas que repelen la sal. Por tanto, las aletas fortalecen al pez para moverse,
y las escamas lo protegen de la sal.

En la Biblia, el mar representa el mundo caído y corrupto. Hoy en día el mundo entero
es un vasto mar, y muchos de los que viven en este mar no tienen aletas ni escamas.
Ellos no se pueden mover libremente en el mundo y, a la vez, resistir su influencia.
Como creyentes en Cristo, debemos poseer aletas y escamas que nos permitan
movernos libremente en el mar del mundo sin ser salados por él.

Por una parte, nosotros mismos debemos tener aletas y escamas; por otra, debemos
tener cuidado de relacionarnos con personas que no tengan aletas ni escamas.
Cuídense de amigos, de vecinos e incluso de familiares que no tengan aletas ni escamas.

218
Al oír esto, tal vez algunos digan: “¿Qué debemos hacer entonces respecto a visitar a la
gente en sus hogares para predicarles el evangelio? ¿Debemos ir solamente a las casas
de personas que tengan escamas?”. Yo contestaría que ir con este propósito constituye
una gran escama que nos protege. Con todo, aun al predicar el evangelio debemos tener
cuidado al tener contacto con las personas. No quisiéramos ser salados con la sal del
mundo.

C. Las aves que tienen alas para volar


y que se alimentan de semillas de vida
como su suministro alimenticio
Las aves que tienen alas para volar y que se alimentan de semillas de vida como su
suministro alimenticio (cfr. vs. 13-19) representan a las personas que pueden vivir y
accionar llevando una vida alejada del mundo y por encima de éste y que, además,
toman las cosas propias de la vida divina como su suministro de vida. Por tener alas
para volar, las aves limpias pueden volar lejos del mundo y elevarse por encima de él.
Además, las aves limpias se alimentan de semillas de vida como su suministro
alimenticio. En cambio, las aves inmundas mencionadas en 11:13-19 no se alimentan
de semillas. Puesto que las semillas de vida no les satisfacen, estas aves inmundas se
alimentan de cadáveres.

Nosotros los cristianos debemos ser como aves que tienen alas y que se alimentan de
semillas de vida. Esto significa que debemos vivir y accionar llevando una vida alejada
del mundo y por encima de éste y que, además, debemos tomar las cosas propias de la
vida divina como nuestro suministro de vida. Más aún, al relacionarnos con los demás,
incluso con otros creyentes, debemos discernir si son aves limpias, como los gorriones,
que se alimentan de semillas, o si son aves inmundas, como los gavilanes, que se
complacen en alimentarse de animales muertos. Si nos relacionamos con aves
inmundas, ellas ejercerán influencia sobre nuestros gustos y con el tiempo nos
volveremos aves inmundas. Por esta razón, debemos tener cuidado al tener contacto
con aquellos que se alimentan de las cosas propias de la muerte.

D. Los insectos que tienen alas


y piernas largas
además de sus patas para saltar
Los insectos que tienen alas y piernas largas además de sus patas para saltar (vs. 21-
22) representan a las personas que pueden vivir y accionar llevando una vida que está
por encima del mundo y que pueden guardarse del mundo. Si somos la clase de
personas representadas por estos insectos, tendremos alas con las cuales podremos
volar lejos de todo lo mundano, pecaminoso o carnal. Podremos volar por encima del
mundo. Además, tendremos piernas largas para saltar con ellas y escapar del mundo.
Eso significa que podremos dejar el mundo en cualquier momento, ya sea volando o
saltando. Nosotros los cristianos somos personas que pueden saltar y volar. Sin
embargo, los que no tienen alas ni piernas largas no pueden escapar del mundo. Lo
único que pueden hacer es quedarse sobre la tierra y permanecer en el mundo.

219
Si queremos llevar una vida santa, debemos considerar la clase de personas con las
cuales nos relacionamos. ¿Tienen pezuña dividida y rumian? ¿Poseen aletas y
escamas? ¿Tienen alas para volar? ¿Se alimentan de semillas de vida y no de las cosas
propias de la muerte? ¿Tienen alas y piernas largas? ¡Cuán agradable es relacionarnos
con tales personas!

III. LAS CATEGORÍAS DE SERES VIVOS


QUE NO SON LIMPIOS
EN CUANTO A LA DIETA
Levítico 11 presenta cinco categorías de seres vivos que no son limpios en cuanto a la
dieta.

A. Los animales
que no tienen pezuña dividida
y los que andan en cuatro patas
Los animales que no tienen pezuña dividida y los que andan en cuatro patas (vs. 4-8a,
26a, 27a) representan a personas que no tienen discernimiento con respecto a las
actividades en las que participan y a personas que andan y se mueven sin ejercer
ningún discernimiento.

B. Los animales acuáticos


que no tienen aletas ni escamas
Los animales acuáticos que no tienen aletas ni escamas (vs. 10-12) representan a
personas que no pueden moverse ni actuar libremente en el mundo y, a la vez, resistir
su influencia. Tales personas no tienen la fuerza requerida para resistir la influencia
del mundo pecaminoso.

C. Las aves que se alimentan de carne


y de cadáveres como su suministro alimenticio
Las aves que se alimentan de carne y de cadáveres (vs. 13-19) como su suministro
alimenticio representan a personas que viven en contacto con la muerte. Al comer, ellas
tienen contacto con la muerte. Cuanto más nos relacionemos con aquellos que, en un
sentido espiritual, están llenos de muerte, más seremos contaminados por la muerte.
Si nos relacionamos con tales personas, seremos llenos de muerte espiritual.

D. Los insectos que andan sobre cuatro patas


Los insectos que andan sobre cuatro patas (vs. 20, 23-24a) representan a personas que
viven en la tierra y que no pueden mantenerse alejadas del mundo. Lo único que
pueden hacer es arrastrarse sobre la tierra, pues no tienen la capacidad de volar por
encima del mundo.

220
E. Las criaturas que se arrastran sobre la tierra,
o que andan sobre su vientre,
o que caminan sobre cuatro patas
o que tienen multitud de patas,
de todo ser que pulula sobre la tierra
Las criaturas que se arrastran sobre la tierra, o que andan sobre su vientre, o que
caminan sobre cuatro patas o que tienen multitud de patas, de todo ser que pulula
sobre la tierra (vs. 29-31a, 41-44), representan a Satanás con todos los espíritus y
demonios malignos, a personas que están llenas de Satanás —que tienen contacto con
los espíritus malignos y los demonios— y a personas que viven en el mundo y se aferran
a éste, no pudiendo separarse de él. La Biblia compara a Satanás con una serpiente
(Ap. 12:9). Los espíritus malignos son ángeles caídos, y los demonios son espíritus
incorpóreos de seres que existieron en la era preadamítica. Muchas personas se
comunican con espíritus malignos y son poseídas por demonios. Además, muchos se
aferran al mundo al grado en que son incapaces de separarse de él. Nosotros jamás
debemos ponernos en contacto con Satanás, con los espíritus malignos ni con los
demonios. Tampoco debemos relacionarnos con personas que estén poseídas por
demonios ni con personas que se hayan unido al mundo, para que no seamos
influenciados por ellas.

Si queremos vivir de una manera santa, debemos tener cuidado referente al contacto
que tenemos con las personas. Relacionarnos con las personas es algo de suma
importancia, sobre todo para nosotros los cristianos. No debemos tener contacto con
las personas sin la debida precaución ni debemos entablar amistades de manera
descuidada. Como lo indica la Biblia, las amistades que se entablan de manera
descuidada terminarán por corrompernos.

Todos debemos aprender a tener cuidado y precaución al tener contacto con las
personas. Debemos conocer las cuatro categorías de seres vivos que son limpios y las
cinco categorías de seres vivos que son inmundos. Cuando vayamos a tener contacto
con alguien, debemos preguntarnos si esa persona es limpia o inmunda. Esto nos
protegerá y guardará de contaminarnos o corrompernos.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y SIETE
LA ABSTENCIÓN DE TODA MUERTE
Lectura bíblica: Lv. 11:24-25, 27b-28a, 31-35, 39-40, 36a, 37, 3, 9, 21, 44-45
Hemos visto que el capítulo 11 de Levítico hace hincapié en el asunto de la dieta, el
asunto del comer. Ahora debemos ver que este capítulo también hace mucho hincapié
en la muerte. En Levítico 11 se usa la palabra cadáver o cadáveres por lo menos trece
veces, y muertos o muere es usada tres veces. Sin la muerte, no habría cadáveres; de
ahí que un cadáver denote muerte. Mientras haya un cadáver, hay muerte.

221
Que la muerte sea mencionada en relación con nuestra dieta indica que lo que
comemos, nuestra dieta, es un asunto de vida y muerte. Si tenemos contacto con cosas
limpias, recibiremos vida; pero si tenemos contacto con cosas inmundas, recibiremos
muerte.

En este capítulo, las palabras abominación y abominable también se refieren a la


inmundicia. Debemos detestar la inmundicia, aborrecerla al máximo, por cuanto nos
acarrea muerte. Cada vez que tenemos contacto con algo inmundo, tenemos contacto
con la muerte. En Levítico 11 la inmundicia es sinónimo de muerte. Dondequiera que
haya inmundicia, también habrá muerte; más aún, el resultado final de la muerte es
un cadáver. Incluso los cadáveres de animales limpios son inmundos (vs. 39-40).

La muerte es algo desagradable y abominable. Por tanto, debemos abstenernos de la


muerte. Aparentemente el capítulo 11 habla sobre abstenernos de la inmundicia; en
realidad, este capítulo nos habla sobre abstenernos de la muerte. La muerte de la cual
debemos abstenernos no es principalmente la muerte física, sino la muerte espiritual.
En la tierra, la muerte espiritual predomina más que la muerte física. La muerte
espiritual se encuentra en todas partes. La muerte espiritual no sólo abunda en los
lugares pecaminosos y mundanos, sino también en los lugares más morales y éticos. El
capítulo 11 de Levítico nos advierte que debemos abstenernos de la muerte espiritual.

Para que entendamos mejor lo que es la muerte espiritual, consideremos el significado


de los dos árboles en el huerto del Edén: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento
del bien y del mal.

Después que Dios creó al hombre, lo puso frente a estos dos árboles (Gn. 2:8-9). El
árbol de la vida es simple, llana, íntegra y absolutamente un árbol de vida. Con respecto
a este árbol no hay complicación alguna; únicamente posee un solo elemento: la vida.
El hombre que Dios creó, por consiguiente, se encontraba frente al árbol de la vida.

En la Biblia, Dios es representado o simbolizado por un árbol (cfr. Os. 14:8). Cuando
Dios se encarnó y vivió en la tierra, Él dijo de Sí mismo: “Yo soy la vid” (Jn. 15:5a). Una
vid se extiende a medida que crece, y es por ello que está disponible a nosotros. Un
pino, por el contrario, crece hacia arriba. No podríamos tocar la copa de un pino que
ha crecido completamente, pero sí tenemos fácil acceso a una vid. Me alegro de que el
Señor no dijo que era un pino, sino que era una vid. Nuestro Dios es elevado, pero
descendió al grado de convertirse en una vid, extendiéndose a los cuatro confines de la
tierra.

Esta vid es el árbol de la vida. Podemos demostrar esto al unir Juan 15:5a con Juan
14:6a, donde el Señor declara: “Yo soy [...] la vida”. Por una parte, Él es la vid, un árbol;
por otra, Él es la vida. Por consiguiente, Él es el árbol de la vida. Cristo, la
corporificación del Dios Triuno, es el árbol de la vida.

La Biblia no sólo comienza con el árbol de la vida, en Génesis, sino que también
concluye con el árbol de la vida, en Apocalipsis. Apocalipsis 22:2a dice: “A uno y otro

222
lado del río, estaba el árbol de la vida”. El versículo 14 del mismo capítulo añade:
“Bienaventurados los que lavan sus vestiduras, para tener derecho al árbol de la vida”.
Estos versículos hablan sobre el árbol de la vida, el cual está en la Nueva Jerusalén. ¿Y
qué acerca de hoy? Hoy en día, en la vida de iglesia podemos disfrutar a Cristo como
árbol de la vida. Según Apocalipsis 2:7, el Señor prometió darse a nosotros como árbol
de la vida para nuestro deleite. “Al que venza, le daré a comer del árbol de la vida, el
cual está en el Paraíso de Dios”. La vida de iglesia hoy en día es una figura anticipada,
una miniatura, de la Nueva Jerusalén, la cual es el Paraíso de Dios. Por tanto, en un
sentido muy real, en la vida de iglesia nosotros estamos verdaderamente en el Paraíso
de Dios, disfrutando a Cristo como nuestro árbol de la vida.

En Oseas 14:8, el Señor se compara a Sí mismo con un árbol de hoja perenne. Él no


sólo es el árbol de la vida, sino también un árbol de hoja perenne. Como árbol de la
vida, Él es siempre verde.

En el huerto del Edén no sólo estaba el árbol de la vida, sino también el árbol del
conocimiento del bien y del mal. El árbol de la vida representa a Dios mismo como la
totalidad y fuente de la vida. Cuando Dios puso a Adán en el huerto, Él sabía que en
este universo había también otra fuente: Satanás, el enemigo de Dios. No sólo existe
una fuente, Dios, quien es la fuente de la vida, sino también otra fuente, Satanás, la
fuente de la muerte. Así como Dios es la totalidad y fuente de la vida, Satanás es la
totalidad y fuente de la muerte. Por consiguiente, el árbol del conocimiento del bien y
del mal representa la muerte.

La vida es pura y sencilla, mientras que la muerte está llena de complicaciones. El árbol
que representa la muerte es el árbol del conocimiento del bien y del mal. En él vemos
tres cosas que hacen de la muerte un asunto complicado: el conocimiento, el bien y el
mal. Puesto que el conocimiento está relacionado con la muerte, cuanto más
conocimiento adquiramos, mayor será nuestra participación en la muerte. Asimismo,
el bien tiene que ver, no con la vida sino con la muerte. El mal, por supuesto, es un
elemento propio de la muerte. Todos asociamos el mal con la muerte, pero es posible
que asociemos el conocimiento y el bien con la vida. Sin embargo, según la Biblia, la
vida se menciona por aparte, mientras que la muerte se menciona junto con el
conocimiento y con el bien. A la postre, el conocimiento, el bien y el mal redundan en
la muerte.

Si hemos de llevar una vida santa, debemos abstenernos de todo lo que pertenezca a la
muerte. En particular, debemos abstenernos de esparcir chismes, una práctica muy
común. Los que tienen el hábito de chismorrear a menudo aparentan estar
preocupados por los demás y por su situación; en realidad, debido a que tienen el
hábito de contar chismes, lo que buscan es más conocimiento con el propósito de
chismorrear. La fuente de donde proviene el hábito de chismorrear es el árbol del
conocimiento del bien y del mal.

Por medio de la caída de Adán, dicho árbol fue plantado en nosotros. Pese a que hemos
sido salvos y a que Dios como árbol de vida fue plantado en nuestro ser, el árbol del

223
conocimiento del bien y del mal todavía está en nosotros. Eso significa que cada uno
de nosotros es un huerto del Edén en miniatura. Dentro de nosotros está Dios como
árbol de la vida y también Satanás como árbol del conocimiento del bien y del mal.

La práctica de chismorrear no tiene nada que ver con el árbol de la vida, ya que el
chisme jamás imparte vida a los oyentes. Contar chismes es involucrarse con la muerte;
es esparcir a los demás muerte, la cual pertenece al enemigo de Dios. Abstenerse de
contar chismes es abstenerse de la muerte. Si hemos de llevar una vida santa, una vida
que se abstiene de todo lo relacionado con la muerte, tenemos que apartarnos de la
fuente de la muerte, es decir, tenemos que apartarnos del árbol del conocimiento del
bien y del mal.

I. TODO CADÁVER ES INMUNDO,


Y LA MUERTE CONTAMINA MÁS QUE EL PECADO
Y ES MÁS ABOMINABLE
Todo cadáver es inmundo. Lo inmundo, por tanto, equivale a la muerte.

La muerte contamina más que el pecado y es más abominable. Pero según nuestros
conceptos, el pecado es un problema más grave que la muerte. Si no tenemos el
concepto correcto en cuanto a la muerte, no nos será fácil comprender que la muerte
contamina más que el pecado. Debido a nuestros conceptos éticos y morales, sabemos
que mentir es pecaminoso. Si alguien nos miente, condenaremos esa mentira como
algo pecaminoso. Sin embargo, quizás no nos demos cuenta de que una charla ética
también podría estar llena de muerte. Por ejemplo, tal vez no estemos conscientes de
que hablar con un hermano acerca de su familia podría estar relacionado con la muerte.
Dicha conversación podría ser ética, y al mismo tiempo, estar llena de muerte.

Usando otro ejemplo, haré notar que incluso darle un libro a un hermano podría estar
relacionado con la muerte. Supongamos que un hermano le da un libro a otro hermano
con la intención de complacerlo. Aun algo tan bueno como esto podría estar lleno de
muerte. No debemos dar algo a un hermano con la intención de complacerlo, sino
sencillamente porque al hacerlo seguimos la dirección del Señor. Tener un propósito,
una intención, al dar algo a un hermano es jugar a la política.

Supongamos que alguien le regala un libro a un hermano para complacerlo a fin de que
más tarde tome partido por él. Dicha intención está llena de muerte, y los que tienen
entendimiento espiritual, discernimiento espiritual, reconocerán esto. El resultado de
dar un libro con esta intención es formar un partido, y tal partido esparcirá muerte. El
que recibe el libro será el primero en ser contaminado por la muerte, y después, entre
estos dos hermanos que han formado el partido, no habrá más que muerte.
Aparentemente la acción de dar el libro era buena, pero en realidad tenía que ver con
la muerte.

Esto nos sirve de ejemplo para ver que la muerte está más encubierta que el pecado.
No es fácil reconocer lo que hay detrás de una acción y discernir que aquello está lleno
de muerte. Un acto como el de regalar un libro tal vez sea muy bien visto, pero es

224
posible que esté lleno de la inmundicia de la muerte. Sin duda alguna, la muerte es más
contaminante y más abominable que el pecado.

A. Mediante la ofrenda
por las transgresiones todo pecado
será perdonado inmediatamente
Levítico 5 revela que mediante la ofrenda por las transgresiones todo pecado será
perdonado inmediatamente (vs. 2, 17-18). Esto nos muestra que resolver el problema
del pecado, esto es, que nuestro pecado sea perdonado, es algo sencillo. Todo lo que
hacemos es ofrecer la ofrenda por las transgresiones, y luego somos perdonados.

B. La persona que toca


el cadáver de un animal
queda inmunda hasta el anochecer,
y la persona que toca
el cadáver de un hombre
queda inmunda por siete días
Según Levítico 11, una persona que tocaba el cadáver de un animal quedaba inmunda
hasta el anochecer (vs. 24-25, 27b-28a, 31b, 39-40). “Hasta el anochecer” significa
hasta el final de nuestra vida diaria. Esto indica que se requiere un tiempo antes de que
podamos ser lavados de la contaminación traída por la muerte. Nuestra experiencia
confirma este hecho. Si cometemos una transgresión y la confesamos al Señor, seremos
perdonados inmediatamente, y el problema quedará resuelto. Pero si somos
contaminados por la muerte, no podremos ser limpios sino “hasta el anochecer ”. Esto
significa que debe pasar algún tiempo antes de que podamos ser lavados de la
contaminación traída por la muerte.

Aunque el tiempo no es un factor determinante con respecto a ser perdonados de


nuestros pecados, sí lo es con respecto a ser lavados de la contaminación traída por la
muerte. Nosotros, los cristianos, resolvemos el problema de los pecados sencillamente
confesándolos y aplicando a nuestro caso la sangre preciosa del Señor. Tan pronto
como hacemos esto, somos perdonados y lavados. Sin embargo, si llegamos a tener
contacto con un “cadáver” y a causa de ello somos contaminados por la muerte, dicha
contaminación permanecerá con nosotros por un buen tiempo. Aunque no se requiere
tiempo alguno para ser lavados del pecado, sí se requiere tiempo para ser lavados de la
contaminación traída por la muerte. Esto comprueba que la muerte nos contamina más
que el pecado, y por más tiempo.

La persona que tocaba el cadáver de un animal quedaba inmunda hasta el anochecer,


mientras que la persona que tocaba el cadáver de un hombre quedaba inmunda por
siete días (Nm. 19:11, 13). Esto no sólo indica que la muerte es más grave que el pecado,
sino también que el cadáver de un hombre contamina más que el cadáver de un animal.
A los ojos de Dios, los seres humanos son el elemento más contaminante.

225
II. LA PERSONA CONTAMINADA POR EL CADÁVER
DE UN ANIMAL LAVARÁ SUS VESTIDOS
La persona contaminada por el cadáver de un animal tenía que lavar sus vestidos (Lv.
11:25, 28a, 40). Esto significa que la contaminación de la muerte debe ser eliminada
de nuestra conducta en nuestra vida diaria. El vestido representa nuestro andar diario,
nuestra vida diaria. Nuestra vida diaria debe ser lavada de la contaminación de la
muerte.

III. TODO AQUELLO SOBRE LO CUAL CAIGA


EL CADÁVER DE UN ANIMAL ES INMUNDO,
Y TODO LO QUE SEA CONTAMINADO POR ELLO
SERÁ LAVADO CON AGUA
Todo aquello sobre lo cual caiga el cadáver de un animal es inmundo, y todo lo que sea
contaminado por ello será lavado con agua (v. 32). Esto significa que la contaminación
de la muerte deberá ser lavada por el lavamiento del Espíritu de vida. El agua
mencionada en 11:32 representa el Espíritu de vida. Cuando somos contaminados por
haber tenido contacto con la muerte, debemos confesar nuestros pecados y orar de
modo que entremos en el Espíritu. Es en el Espíritu que nuestra vida diaria —nuestro
andar diario—, la cual ha sido contaminada por la muerte, será lavada.

IV. CUANDO EL CADÁVER DE CUALQUIER ANIMAL


CAE SOBRE UN VASO DE BARRO O SOBRE UN HORNO
O UN FOGÓN, ÉSTOS SON HECHOS INMUNDOS,
DE MODO QUE SERÁN DESTRUIDOS
Cuando el cadáver de cualquier animal caía sobre un vaso de barro o sobre un horno o
un fogón, éstos eran hechos inmundos, de modo que tal vaso, horno o fogón debía ser
destruido (vs. 33, 35). Esto significa que nuestro hombre natural, al igual que el vaso,
debe ser quebrantado por haberse contaminado con la muerte en nuestra vida diaria.
El vaso del versículo 33 representa nuestro hombre natural, nuestro ser, nuestro yo.
Nuestro hombre natural es un vaso. Una vez que el vaso de nuestro hombre natural es
contaminado por la muerte en nuestra vida diaria, dicho vaso tiene que ser quebrado.
Nuestro hombre natural, nuestro propio ser, nuestro yo, que ha sido contaminado por
la muerte, tiene que ser quebrantado por la cruz de Cristo.

V. TODO ALIMENTO SOBRE


EL CUAL SE HA VERTIDO
AGUA PROCEDENTE DE UN VASO
DE BARRO CONTAMINADO POR UN CADÁVER,
ASÍ COMO TODA BEBIDA CONTENIDA EN DICHO VASO,
SERÁ INMUNDO
Todo alimento sobre el cual se hubiera vertido agua procedente de un vaso de barro
contaminado por un cadáver, así como toda bebida contenida en dicho vaso, quedaba
inmundo (v. 34). Esto significa que una persona que es afectada por la corriente

226
terrenal o se ha mezclado con ella en su vida diaria, es fácilmente contaminada por la
muerte. Si somos mundanos, nos contaminaremos muy fácilmente con cualquier
asunto relacionado con la muerte.

VI. EL MANANTIAL O LA CISTERNA


QUE RECOGE AGUA QUEDA LIMPIO
El manantial o la cisterna que recogía agua quedaba limpio (v. 36a). Esto significa que
todo cuanto tiene la corriente del agua viva, corriente que lava en todo momento la
contaminación de la muerte, se mantiene limpio. El manantial de agua viva representa
al Espíritu, y la cisterna de agua viva representa a Cristo, quien es portador del agua
viva. Con tal que tengamos el manantial y la cisterna, al Espíritu y a Cristo, en nuestra
vida diaria, nos mantendremos limpios.

VII. SI PARTE DEL CADÁVER DE UN ANIMAL


CAE SOBRE CUALQUIER SEMILLA
QUE HA DE SEMBRARSE,
LA SEMILLA QUEDA LIMPIA
Si parte del cadáver de un animal cae sobre cualquier semilla que había de sembrarse,
la semilla quedaría limpia (v. 37). Esto significa que todo cuanto sea viviente y posea
la vida que tiene fuerza para resistir la contaminación, permanecerá limpio. La semilla,
la cual posee la vida que tiene fuerza para resistir la contaminación, tipifica a Cristo.

VIII. CONCLUSIÓN
Ahora quisiera añadir unas palabras de conclusión a lo que hemos abarcado en estos
dos mensajes sobre el capítulo 11 de Levítico.

A. Cristo es la realidad de la limpieza


Comer guarda relación con la limpieza. Esta limpieza tipifica al propio Cristo que es
nuestro contenido, suministro de vida y alimento espiritual. Cristo es la verdadera
limpieza. Él es la realidad de la limpieza.

B. Sólo Cristo y lo que procede de Él


es limpio y, como tal, puede servirnos
de suministro alimenticio
Sólo Cristo y lo que procede de Él es limpio y, como tal, puede servirnos de suministro
alimenticio. Debemos tener contacto únicamente con esto, y solamente esto debemos
comer y recibir.

227
C. En términos de tipología:
1. Cristo tiene pezuña dividida y rumia
Cristo tiene pezuña dividida y rumia (v. 3). Cuando Cristo anduvo en la tierra, Sus
“pezuñas” estaban claramente divididas, y Él también “rumiaba”. Él estaba lleno de
discernimiento y recibía la palabra de Dios reflexionando mucho sobre ella.

2. Cristo tiene aletas y escamas


Cristo tiene aletas (v. 9). Cuando estuvo en la tierra, Él podía moverse libremente sin
ser atrapado por las cosas mundanas. Cristo también tiene escamas (v. 9). Debido a
estas escamas, Él pudo resistir la influencia del mundo corrupto.

3. Cristo tiene piernas largas además de patas


para saltar sobre la tierra
Cristo tiene piernas largas además de patas para saltar sobre la tierra (v. 21). Por ello,
cuando estuvo en la tierra, Él pudo vivir y accionar llevando una vida que estaba por
encima del mundo, y Él pudo guardarse del mundo.

4. Cristo es el manantial o la cisterna


que recoge agua viva
Cristo es el manantial y la cisterna que recoge agua viva (v. 36). Él es el manantial del
viviente Espíritu de Dios, y también es el portador de este Espíritu viviente.

5. Cristo es la semilla que ha de sembrarse


Cristo es la semilla que ha de sembrarse (v. 37). Esto se revela claramente en el Nuevo
Testamento.

D. Cristo es el suministro
en cada aspecto de nuestra vida diaria
Incluso un capítulo como Levítico 11 está lleno de Cristo. Él es nuestro suministro en
cada aspecto de nuestra vida diaria. Como realidad de todas las cosas positivas del
universo (Col. 2:17), Él es todos los seres vivos limpios. Todos los seres vivos limpios
que andan sobre la tierra, viven en el agua y vuelan en el aire son tipos de Cristo. Cristo
es Aquel que puede remontar vuelo en el aire y vivir en el agua salada. Además, todas
las ofrendas mencionadas en los capítulos del 1 al 7 también tipifican a Cristo. Ante
Dios, Cristo es todas las ofrendas. Mientras tengamos a Cristo, tenemos aquello
apropiado que podemos contactar, comer y digerir. En todo sentido, Él es nuestro
suministro de vida; Él incluso es nuestra limpieza.

E. Sólo Cristo puede mantenernos santos,


así como Dios es santo
“Yo soy Jehová vuestro Dios. Santificaos, por tanto, y sed santos, porque Yo soy santo
[...] Porque Yo soy Jehová, que os hice subir de la tierra de Egipto para ser vuestro

228
Dios; seréis, pues, santos, porque Yo soy santo” (vs. 44-45). Sólo Cristo puede
mantenernos santos, así como Dios es santo.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y OCHO
LA INMUNDICIA PRESENTE
EN EL NACIMIENTO HUMANO
Lectura bíblica: Lv. 12; Col. 2:11-12; He. 10:5-7
En este mensaje sobre el capítulo 12 llegamos al tema de la inmundicia presente en el
nacimiento humano. Levítico 12 revela que la fuente misma de nuestro ser es inmundo.
El capítulo 11 nos insta a ser cuidadosos al tener contacto con ciertas clases de personas
para no ser contaminados, pero el capítulo 12 nos muestra que somos totalmente
inmundos por nacimiento. La inmundicia es la fuente de la cual hemos nacido.

I. LA RELACIÓN ENTRE LA MUJER


Y EL NACIMIENTO HUMANO
Lo primero que debemos examinar en Levítico es la relación que existe entre la mujer
y el nacimiento humano.

A. En figura, la mujer representa


a la humanidad entera
1. En la economía de Dios,
la humanidad entera es una mujer
En figura, la mujer representa a la humanidad entera. En la economía de Dios, en Su
impartición divina y en Su administración divina, la humanidad entera es una mujer.
Mientras que la mujer en la Biblia representa a la humanidad, el hombre representa a
Dios y a Cristo. Cristo es el único varón, y todos los que están casados con Él son
mujeres.

2. La inmundicia en la mujer representa


la inmundicia presente en la humanidad entera
La inmundicia en la mujer representa la inmundicia presente en la humanidad entera.
Todos nosotros, varones y mujeres por igual, somos inmundos.

B. El nacimiento humano
que se origina en la mujer es inmundo,
lo cual significa que:
1. La fuente de la humanidad entera es inmunda
El hecho de que el nacimiento humano que se origina en la mujer sea inmundo,
significa que la fuente de la humanidad entera es inmunda. Puesto que la fuente es
inmunda, todo lo nacido de ella será, necesariamente, inmundo.

229
Nosotros somos inmundos por nacimiento, y ahora, en nuestro vivir, seguimos siendo
inmundos. No somos inmundos simplemente por haber tocado algo inmundo; somos
inmundos por nacimiento. Éramos inmundos aun cuando estábamos en el vientre de
nuestra madre. Por consiguiente, nacimos en inmundicia y, por ello, vivimos en
inmundicia. No importa cuán cuidadosos seamos, seguimos siendo inmundos por el
simple hecho de ser parte de la humanidad. No solamente somos inmundos, sino que
somos la inmundicia misma. Los seres humanos son totalmente inmundos. Si estamos
bajo la iluminación del Señor, bajo la luz divina, nos daremos cuenta de que de pies a
cabeza somos la inmundicia en su totalidad.

La segunda sección de Levítico no sólo nos muestra quiénes somos, sino también qué
somos. Somos la inmundicia misma. Sin embargo, Levítico nos exige llevar una vida
santa. ¿Cómo puede la inmundicia llevar una vida santa? Lógicamente, esto es
imposible; es absolutamente imposible que la inmundicia pueda llevar una vida santa.
No obstante, como veremos después, en la salvación de Dios encontramos la provisión
que nos permite llevar una vida santa.

2. La inmundicia de la humanidad
procede desde adentro
En contraste con la inmundicia en la dieta presentada en el capítulo 11, la cual proviene
de afuera, la inmundicia de la humanidad procede desde adentro. El capítulo 11 abarca
la inmundicia externa, pero el capítulo 12 abarca la inmundicia que hay en nuestro
interior, la inmundicia de todo nuestro ser desde que nacimos. Levítico 12, por tanto,
va al origen mismo de la inmundicia y toca la raíz de la inmundicia. El capítulo 11
simplemente nos exhorta a llevar una vida limpia, teniendo contacto sólo con lo que es
limpio y evitando lo que es inmundo. Esta clase de limpieza es externa; sólo guarda
relación con nuestra conducta externa. Sin embargo, el capítulo 12 toca nuestro
nacimiento, no solamente nuestra conducta externa que viene después de nuestro
nacimiento. Por consiguiente, Levítico 12 aborda el origen del cual provenimos.

II. LA INMUNDICIA CAUSADA POR EL NACIMIENTO


DE UN HIJO VARÓN DURA SIETE DÍAS,
PERO LA CAUSADA POR EL NACIMIENTO DE UNA NIÑA
SE EXTIENDE POR CATORCE DÍAS
La inmundicia causada por el nacimiento de un hijo varón duraba siete días, pero la
causada por el nacimiento de una niña se extendía por catorce días (vs. 2, 5a). Esto
significa que el varón (que representa a los más fuertes) es completamente (como lo
denotan los siete días) inmundo pese a su fortaleza, y que la mujer (que representa a
los más débiles) es doblemente (como lo denotan los catorce días) inmunda en su
debilidad. Esto muestra que las mujeres son dos veces más inmundas que los varones.
Los números siete y catorce indican esto. Siete es el número de plenitud, y catorce es
dos veces siete. Los “siete días” mencionados en el versículo 2 significan
completamente inmundo, inmundo en su totalidad, y las “dos semanas” (catorce días)
mencionadas en el versículo 5a significan dos veces esa inmundicia.

230
III. DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE UN NIÑO,
LA MUJER PERMANECE EN LA INMUNDICIA
DE SU SANGRE TREINTA Y TRES DÍAS,
Y DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE UNA NIÑA,
SESENTA Y SEIS DÍAS
Después del nacimiento de un niño, la mujer debía permanecer en la inmundicia de su
sangre treinta y tres días, y después del nacimiento de una niña, sesenta y seis días (vs.
4a, 5b). Esto significa que la inmundicia del nacimiento de un varón exigía un periodo
de prueba (representado por los cuarenta días: siete días más treinta y tres días) para
purificación, y que la inmundicia del nacimiento de una mujer exigía un período de
prueba dos veces más extenso (representado por los ochenta días: catorce días más
sesenta y seis días) para purificación. En la Biblia, el número cuarenta denota un
período de prueba. Los hijos de Israel vagaron por el desierto durante cuarenta años,
y el Señor Jesús fue tentado, es decir, probado, por cuarenta días. Debido a que el
nacimiento de un ser humano es por completo inmundo, es necesario someterlo a
prueba para purificación. El nacimiento de un varón era sometido a prueba por
cuarenta días, y el nacimiento de una mujer era sometido a doble prueba por ochenta
días.

IV. DURANTE LA PRUEBA DE INMUNDICIA,


NO SE LE PERMITE A LA MUJER TOCAR NINGUNA
COSA SANTIFICADA NI ENTRAR EN EL SANTUARIO
Durante la prueba de inmundicia no se le permitía a la mujer tocar ninguna cosa
santificada ni entrar en el santuario (v. 4). Esto significa que al hombre no le está
permitido tocar las cosas referentes a Dios ni entrar en Su presencia hasta que se hayan
tomado medidas con respecto a su inmundicia.

¿Cómo tomamos medidas con respecto a nuestra inmundicia? Los siguientes dos
puntos, que son de crucial importancia, contestarán esta pregunta.

V. AL OCTAVO DÍA DESPUÉS DE NACER,


EL VARÓN ES CIRCUNCIDADO
Al octavo día después de nacer, el varón debía ser circuncidado (v. 3). Esto significa
que la carne de una persona inmunda debe ser desechada por medio de la muerte de
Cristo a fin de que tal persona pueda ser introducida en la resurrección de Cristo, no
sólo para ser lavada, sino también para experimentar un nuevo comienzo en la vida
divina (Col. 2:11-12).

Después de una semana de siete días, viene el octavo día. El octavo día marca un nuevo
comienzo, el comienzo de una nueva semana. En la Biblia, el octavo día se refiere a la
resurrección de Cristo. La resurrección, por supuesto, marca un nuevo comienzo. La
muerte pone fin a un viejo ciclo, mientras que la resurrección da inicio a un nuevo ciclo
y, por ende, constituye un nuevo comienzo.

231
Como cristianos, hemos tenido dos comienzos. Tuvimos el primer comienzo cuando
nacimos en inmundicia y fuimos introducidos en la inmundicia. Al nacer, éramos la
inmundicia misma. En cuanto a nacionalidad, tal vez seamos diferentes; pero en
cuanto a nuestro verdadero ser, todos somos iguales. Todo ser humano,
independientemente de su linaje, nace en inmundicia. Éste fue nuestro primer
comienzo.

Según el plan de Dios, la economía de Dios, Él ha hecho posible que tengamos un


segundo comienzo, un nuevo comienzo. Dios cuenta el tiempo por semanas. El fin de
una semana es el fin de un ciclo, el cual es seguido por un nuevo ciclo. Nuestro nuevo
ciclo no se halla en la creación original, sino en la resurrección. Nacimos en la vieja
creación, pero volvimos a nacer para ser una nueva creación. Según el primer
comienzo, pertenecíamos a la categoría de la vieja creación, la cual está representada
por siete días. En la economía de Dios, el ciclo de la vida humana dura siete días.
Después de nacer en la vieja creación, permanecimos ahí únicamente siete días. Luego,
al octavo día, el día de la resurrección de Cristo, tuvimos un nuevo comienzo.

Debemos estar llenos de gozo cada vez que, en nuestra lectura de la Biblia,
encontremos las palabras el octavo día o el primer día de la semana (Jn. 20:1, 19, 26).
Hoy en día, como creyentes en Cristo, no estamos en los primeros siete días, sino que
estamos en el octavo día. Estamos en el segundo ciclo. Este período es eterno, ya que
en Cristo viviremos para siempre. El Señor Jesús dijo: “Todo aquel que vive y cree en
Mí, no morirá eternamente” (11:26). Mientras que nuestro segundo ciclo es eterno,
nuestro primer ciclo es muy corto, pues dura sólo siete días. Ya sea que seamos salvos
a comienzos de nuestra vida o en una edad avanzada, a los ojos de Dios nuestro primer
ciclo tiene únicamente una semana de duración. Dios, en Su economía, ha acortado
nuestro primer ciclo, pero Él ha prolongado nuestro segundo ciclo, e incluso lo ha
hecho eterno, así como Él es eterno.

Levítico 12:3 dice: “Al octavo día la carne del prepucio del niño será circuncidada”.
Circuncidar equivale a cortar algo; significa el cercenamiento de esa parte de nuestro
ser que ha sido condenada por Dios. De hecho, todo nuestro ser debe ser circuncidado,
eliminado. Circuncidar todo nuestro ser equivale a darle muerte.

Desde el momento en que nacimos éramos la inmundicia misma, la cual sirve


únicamente para que se le dé muerte. Conforme a nuestro primer ciclo, éramos buenos
únicamente para que se nos diera muerte. Ésta es la razón por la cual Juan el Bautista
mandaba que las personas se arrepintieran (Mt. 3:1-2). Luego, a aquellos que se
arrepentían, Juan los bautizaba, los introducía en la muerte (vs. 5-6). Ser bautizado
significa ser sepultado. Cuando nos arrepentimos, todo nuestro ser fue cortado, puesto
a muerte, y después fue sepultado. Según Colosenses 2:11-12, nuestro bautismo fue
nuestra circuncisión. Por consiguiente, ser circuncidado sencillamente significa ser
puesto a muerte y sepultado.

A nuestro ser, por encontrarse en el primer ciclo, había que llevarlo a su fin dándole
muerte y sepultándolo. Esto sucedió en el octavo día, el día de la resurrección. En ese

232
día, la muerte puso fin al viejo hombre, el hombre del primer ciclo. En tipología, en
figura, esa muerte está representada por la circuncisión. Es por ello que, en el Antiguo
Testamento, conforme a la dispensación o economía de Dios, todo varón tenía que ser
circuncidado en el octavo día. Esto es un tipo que significa que todos debemos ser
aniquilados, cortados, y que este aniquilamiento ocurre en la resurrección de Cristo.
Esto es conforme a la economía de Dios.

En Adán, nosotros nacimos en el primer ciclo, pero en Cristo, nacimos de nuevo en el


segundo ciclo. Nuestro primer ciclo empezó cuando nacimos, y nuestro segundo ciclo
empezó cuando Cristo resucitó. Cuando Cristo resucitó, nosotros resucitamos
juntamente con Cristo y en Cristo (Ef. 2:5; 1 P. 1:3). Esto significa que con respecto a
nosotros, el segundo ciclo empezó antes del primer ciclo, ya que fuimos resucitados en
Cristo antes de nacer en Adán. Es un hecho maravilloso el que aun antes de nacer, ya
hubiéramos sido resucitados.

Nuestra salvación es el milagro más grande del universo. Antes de la fundación del
mundo, fuimos escogidos y predestinados en Cristo (Ef. 1:4-5). En la eternidad, fuimos
destinados a estar en Cristo. Luego, en el tiempo, nacimos, y a la postre llegamos a ser
creyentes. Ahora estamos en Cristo.

Dios, en Su economía, determinó que tendríamos un nuevo comienzo mediante la


muerte de Cristo y por Su resurrección. La muerte de Cristo fue un cuchillo que nos
cortó, cercenando todo nuestro ser. Después de que se nos dio muerte mediante la
muerte de Cristo, fuimos regenerados en Su resurrección. De este modo
experimentamos el octavo día, el cual marcó un nuevo comienzo para nosotros, y ahora
nos encontramos en la segunda semana.

Como ya hemos dicho, la circuncisión significa que la carne de una persona inmunda
es desechada mediante la muerte de Cristo a fin de que dicha persona sea introducida
en la resurrección de Cristo, no sólo para ser lavada, sino también para experimentar
un nuevo comienzo en la vida divina. La carne es todo nuestro ser. Según la Biblia, los
seres humanos caídos son carne (Ro. 3:20). Nuestra carne fue desechada mediante la
muerte de Cristo, es decir, mediante la cruz. Como resultado, fuimos introducidos en
la resurrección de Cristo, no sólo para ser lavados, sino también para experimentar un
nuevo comienzo en la vida divina.

Cuando en el pasado ustedes leyeron Levítico 12, ¿llegaron a darse cuenta de que este
capítulo indica que se nos dio muerte y que después se nos introdujo en la resurrección
de Cristo? El hecho de que se nos diera muerte lo indica la palabra circuncisión, y el
hecho de que se nos introdujera en la resurrección de Cristo lo indican las palabras al
octavo día. La circuncisión representa la cruz de Cristo, y el octavo día representa la
resurrección de Cristo. Conforme a nuestro primer ciclo, nacimos en inmundicia y
fuimos introducidos en la inmundicia; incluso al nacer éramos la inmundicia misma.
Pero en la salvación provista por Dios experimentamos el octavo día, el cual nos
introdujo en un nuevo ciclo. Éste es el nuevo comienzo que experimentamos en Cristo.

233
Necesitamos iluminación y también ojos espirituales para ver a Cristo en el capítulo 12
de Levítico. Si tenemos luz y la capacidad de ver, podremos recibir una clara visión de
Cristo en este capítulo. La palabra Cristo no se encuentra en Levítico 12, pero vemos
indicios de que Cristo está allí. Cristo murió por nosotros para poner fin a nuestro
primer ciclo y, en el octavo día, dar inicio a nuestro nuevo ciclo en Su resurrección.

VI. DESPUÉS DE COMPLETAR LA PRUEBA


DE INMUNDICIA, SE OFRECE UN HOLOCAUSTO
Y UNA OFRENDA POR EL PECADO
Después de completar la prueba de inmundicia, se debía ofrecer un holocausto y una
ofrenda por el pecado (vs. 6-8). Esto significa que después que Cristo —mediante Su
muerte y resurrección— puso fin plenamente a nuestra inmundicia por nacimiento,
aún necesitamos que Cristo sea nuestro holocausto debido a que nuestra entrega a Dios
no es absoluta y necesitamos que Él sea nuestra ofrenda por el pecado debido a nuestro
pecado (He. 10:5-7).

En este capítulo Cristo no sólo es revelado a través del octavo día y la circuncisión, sino
también mediante dos clases de ofrendas: el holocausto y la ofrenda por el pecado.
Tanto el holocausto como la ofrenda por el pecado son Cristo mismo. Cristo satisface
cada una de nuestras necesidades. Su muerte es nuestra circuncisión, y Su resurrección
es nuestro octavo día. Luego, una vez que hemos pasado por Su muerte y Su
resurrección, aún necesitamos que Él sea nuestro holocausto y nuestra ofrenda por el
pecado.

Nosotros necesitamos a Cristo como holocausto debido a que no llevamos una vida de
absoluta entrega a Dios. Cristo, en cambio, sí llevó tal vida. Por tanto, como holocausto,
Cristo toma nuestro lugar; Él nos reemplaza. Ahora nosotros lo tomamos a Él como
nuestro holocausto. En Él, somos uno con Él como holocausto que es ofrecido a Dios.
Por tanto, Él es nuestro holocausto, y en Él nosotros somos un holocausto para Dios.

Además de no llevar una vida de absoluta entrega a Dios, somos pecaminosos a los ojos
de Dios. Por consiguiente, necesitamos que Cristo sea no sólo nuestro holocausto, sino
también nuestra ofrenda por el pecado.

En Levítico 12, cuatro asuntos aluden a Cristo: el octavo día, la circuncisión, el


holocausto y la ofrenda por el pecado. Cada uno de ellos indica que Cristo satisface
nuestra necesidad. Su muerte hizo que concluyera nuestro viejo ciclo, y Su resurrección
dio inicio a nuestro nuevo ciclo. Ahora necesitamos a Cristo para llevar una vida de
absoluta entrega a Dios y una vida exenta de pecado. A fin de satisfacer esta necesidad,
Él es nuestro holocausto y nuestra ofrenda por el pecado.

El capítulo 12 revela que al nacer éramos la inmundicia misma y que nuestro ser debe
ser totalmente eliminado al ser cortado mediante la muerte de Cristo. Cuando Cristo
fue crucificado, nosotros también fuimos crucificados; de este modo, se nos puso fin,
fuimos cortados, fuimos circuncidados. Luego, en Él, fuimos introducidos en Su
resurrección, la cual marcó un nuevo comienzo para nosotros, el comienzo de un nuevo

234
ciclo. Ahora, en este nuevo ciclo, Él es nuestra vida y nuestro vivir, por cuanto Él es
nuestro holocausto, esto es, un vivir de absoluta entrega a Dios. Él es también la
ofrenda por el pecado que se encarga del pecado aún presente en nuestra carne
mientras vivamos en la tierra. ¡Él ciertamente satisface nuestra necesidad!

Mediante este estudio de Levítico 12, podemos ver una vez más cuán maravillosa es la
Biblia. En los ocho versículos de este capítulo vemos mucho en cuanto a lo que nosotros
mismos somos y a nuestro origen, y también con respecto a Cristo mismo, la muerte
que Él sufrió por nosotros y Su resurrección.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE TREINTA Y NUEVE
LA INMUNDICIA PROCEDENTE DEL INTERIOR
DEL HOMBRE
(1)
Lectura bíblica: Lv. 13:2-28
En Levítico 11 vimos que necesitamos ejercer discernimiento en cuanto a la dieta,
discernimiento en el comer; esto es, debemos tener cuidado con respecto a lo que
contactamos y recibimos. En el capítulo 12 vimos que el nacimiento humano conlleva
inmundicia, ya que al nacer éramos la inmundicia misma. Ahora, en el capítulo 13
llegamos al asunto de la lepra.

El discernimiento en cuanto a la dieta guarda relación con lo que debemos contactar


externamente y con lo que debemos recibir de nuestro entorno. En contraste, nuestro
nacimiento en inmundicia no guarda relación con lo que contactamos externamente,
sino con lo que somos interiormente. Nosotros somos la inmundicia misma por
nacimiento. Esta inmundicia está dentro de nosotros. Nacimos pecadores. No llegamos
a ser pecadores porque hubiéramos hecho algo pecaminoso o porque hubiéramos
recibido algo de nuestro entorno que produjo un cambio en nuestra manera de ser o
en nuestra constitución intrínseca. No, somos pecadores por nacimiento. Ya sea que
tengamos contacto con algo que es limpio o inmundo, seguimos siendo pecadores. Ser
pecador no tiene nada que ver con lo que contactamos externamente; más bien, ser
pecador está relacionado con nuestro nacimiento.

Es difícil analizar la lepra. Podríamos decir que la lepra se origina fuera de la persona,
es decir, que es causada cuando los gérmenes de la lepra entran en la persona. No
obstante, también podríamos decir que la lepra se origina en el interior de la persona,
ya que ella no desarrolla lepra sino hasta que el elemento de la lepra ha entrado en su
ser para dar lugar a dicha enfermedad. La lepra, por tanto, involucra una causa externa
y un efecto interno. La causa proviene del entorno, pero el efecto se da en el interior de
la persona.

Debemos tener en cuenta tres asuntos: el discernimiento en cuanto a la dieta, el


nacimiento humano con su inmundicia y la lepra. Estos tres asuntos abarcan todos

235
nuestros problemas, y el hecho de llevar una vida santa está muy relacionado con todos
ellos. Debemos reflexionar acerca de las cosas con las cuales tenemos contacto, sobre
nuestro nacimiento y sobre la causa externa y el efecto interno de la lepra. Si no
podemos resolver los problemas que tenemos en relación con estos asuntos, nos
resultará imposible llevar una vida santa. ¿Cómo podríamos llevar una vida santa si
tenemos contacto con las cosas equivocadas, si somos personas inmundas conforme al
nacimiento y si somos afectados por la causa externa y el efecto interno que nos hacen
leprosos? ¡Sería imposible! ¿Puede acaso un leproso llevar una vida santa? ¡Por
supuesto que no! Si hemos de llevar una vida santa, tenemos que tomar medidas con
respecto a lo que contactamos, con respecto a nuestro nacimiento y con respecto a
nuestra condición leprosa.

I. LA LEPRA REPRESENTA TODO PECADO GRAVE


PROCEDENTE DEL INTERIOR DEL HOMBRE
La lepra (v. 2b) representa todo pecado grave procedente del interior del hombre, tales
como el pecado premeditado, el pecado de presunción o el de oponerse a Dios
resueltamente (cfr. Miriam, Nm. 12:1-10; Giezi, 2 R. 5:20-27; y Uzías, 2 Cr. 26:16-21).

La lepra en realidad no se origina en el interior de una persona, sino que empieza por
fuera, cuando ciertos gérmenes o bacterias entran en el ser de la persona. Entonces la
lepra brota del interior de la persona, tal como lo muestran tres casos del Antiguo
Testamento: el caso de Miriam, el de Giezi y el de Uzías.

La lepra siempre es causada por la rebelión. Miriam se rebeló contra Moisés, quien era
la autoridad delegada por Dios. Su rebelión tenía una causa, la cual era que Moisés
había contraído matrimonio con una mujer cusita (Nm. 12:1). Como consecuencia de
su rebelión, Miriam se volvió leprosa (v. 10). Su lepra se debió a su rebelión.

En 2 Reyes 5:20-27 Giezi, siervo de Eliseo, se rebeló contra la manera de proceder de


Eliseo. Eliseo no había querido recibir ninguna recompensa de parte de Naamán, un
gentil que fue sano de lepra. Después de que Giezi recibiera regalos de parte del leproso
que había sido purificado, la lepra de éste se le pasó a Giezi. Giezi también contrajo
lepra a causa de la rebelión.

En 2 Crónicas 26:16-21, el rey Uzías se rebeló contra lo que Dios había ordenado con
respecto al sacerdocio. Según esta norma, el rey no podía participar en el sacerdocio.
Pero Uzías se rebeló contra esta norma y, como resultado de ello, se volvió leproso. En
cada uno de esos tres casos, la lepra primero entró en la persona que se rebeló y luego
brotó de su interior.

Según el Antiguo Testamento, la lepra tiene una causa, y esta causa es rebelarse contra
la autoridad de Dios, contra la autoridad delegada de Dios, contra las normas
dispuestas por Dios y contra la economía de Dios. Todos debemos reconocer que nos
hemos rebelado contra la autoridad de Dios y contra Su autoridad delegada. Además,
a menudo nos hemos rebelado contra las normas dispuestas por Dios. Por último,
también nos hemos rebelado en contra de toda la economía de Dios. Por consiguiente,

236
a los ojos de Dios, todos nos volvimos leprosos. La lepra entró en nosotros y luego brotó
de nuestro interior.

La lepra es pecado. En la Biblia, el primer caso de pecado fue la rebelión de Satanás.


Satanás se rebeló contra Dios, y esa rebelión se convirtió en el pecado que ahora está
presente en el universo. Antes de la rebelión de Satanás no existía tal cosa como el
pecado. El pecado fue algo inventado, no creado, por el arcángel rebelde Lucifer.

El pecado, de hecho, es lepra. En el sentido bíblico, el pecado denota rebelión. Así que,
el pecado es rebelión contra Dios, contra la autoridad representativa de Dios o delegada
por Dios, y contra el plan, arreglo, gobierno y administración de Dios. En un sentido
general, el pecado es rebelión contra la economía de Dios. Esta rebelión fue inventada,
iniciada, por Satanás mismo. Con el tiempo, el pecado entró en la humanidad. “El
pecado entró en el mundo por medio de un hombre” (Ro. 5:12a). Este pecado, esta
lepra, habiendo entrado en el hombre, produce muchas clases de pecados. Como
consecuencia de ello, somos leprosos. Siempre que hacemos algo en contra de Dios,
aquello es leproso. Así pues, vemos que el pecado guarda relación con la lepra. La lepra
representa el pecado.

Cuando el Señor Jesús descendió del monte donde decretó la constitución del reino de
los cielos, lo primero que hizo fue limpiar a un leproso (Mt. 8:1-4). Este leproso
representa a los descendientes caídos de Adán, todos los cuales son leprosos. El pecado
que fue inventado por Satanás entró en la humanidad a través de Adán y nos constituyó
a todos leprosos. Ahora la lepra produce muchas clases de pecados, es decir, diversas
expresiones o manifestaciones propias de la rebelión.

II. HINCHAZÓN (EDEMA), ERUPCIÓN


O MANCHA LUSTROSA EN LA PIEL DE UNA PERSONA
Hinchazón (edema), erupción o mancha lustrosa en la piel de una persona (Lv. 13:2a)
representan las manifestaciones externas en el hombre que consisten en
indomabilidad, fricciones con otros, soberbia y exaltación propia. Las hinchazones, las
erupciones y las manchas lustrosas en la piel del cuerpo son señales de lepra. En un
sentido espiritual, éstas indican indomabilidad, ingobernabilidad. La indomabilidad
es una especie de erupción. Una persona indomable es alguien que no está dispuesto a
someterse a ninguna autoridad.

Fricciones con otros también son señal de lepra. No debemos pensar que las fricciones
que se dan entre los hermanos son insignificantes. Las fricciones son una erupción que
indica que la lepra está brotando del interior de una persona. Lo mismo es cierto con
respecto a la soberbia y la exaltación propia. Todos éstos son síntomas, señales, de que
uno está leproso.

237
III. LA PERSONA ES TRAÍDA AL SACERDOTE,
ES EXAMINADA POR ÉSTE
Y ES ENCERRADA (RECLUIDA) POR SIETE DÍAS
El hecho de ser traído al sacerdote, ser examinado por éste y ser encerrado (recluido)
por siete días (vs. 2c-28) significa ser traído, por un lado, al Señor y, por otro, a aquel
que sirve a Dios, ser examinado por ellos y ser impedido de tener contacto con otros
por un período completo de tiempo. El Señor Jesús y los que sirven a Dios, los
sacerdotes que sirven, están capacitados para examinar a una persona y determinar si
tiene lepra.

IV. EL ASPECTO DE LA LEPRA


Consideremos ahora el aspecto de la lepra. El aspecto de la lepra es la prueba de que
hay lepra. Lo que encontramos en este capítulo con respecto al aspecto de la lepra es el
diagnóstico divino, la medicina divina.

A. El pelo en la infección se ha vuelto blanco


Que el pelo en la infección se tornase blanco (v. 3a) representa el deterioro de la
fortaleza necesaria para llevar un comportamiento, una vida, normal. Los israelitas
tenían cabello oscuro. El hecho de que el cabello oscuro de un israelita se tornara
blanco era señal de que aquella persona se había debilitado. Esto indicaba la presencia
de una enfermedad.

B. La infección es más profunda


que la piel del cuerpo
El versículo 3b dice que en algunos casos la infección era más profunda que la piel.
Primero, aparecía una erupción, y luego la infección se hundía más profundamente que
la piel del cuerpo. Esto significa que uno encubrió el mal comportamiento y no lo
confesó.

C. La mancha lustrosa
es blanca en la piel del cuerpo
y no es más profunda que la piel,
y el pelo en ella no se ha vuelto blanco
El versículo 4a habla del caso en que la mancha lustrosa en la piel del cuerpo es blanca
y no es más profunda que la piel, y el pelo en ella no se ha vuelto blanco. Éstas son
buenas señales, buenos síntomas, no señales de lepra, pues significan que uno no
encubrió el mal comportamiento, sino que lo confesó, y que la fortaleza para llevar un
comportamiento apropiado no se ha deteriorado.

D. La infección se ha oscurecido
y no se ha extendido en la piel
Levítico 13:6 dice: “Al séptimo día el sacerdote lo examinará otra vez; si la infección se
ha oscurecido y no se ha extendido en la piel, el sacerdote lo declarará limpio; es sólo

238
una costra”. Que la infección se hubiera oscurecido y no se hubiera extendido en la piel
significa que la debilidad de la persona fue absorbida por la vida divina mediante la
obra de recobro que, con Su gracia, Cristo realizó en ella. Tal persona ha sido sanada,
recobrada.

E. Si aparece una hinchazón blanca (edema)


en la piel, la cual ha hecho que el pelo
se vuelva blanco, y hay carne viva
en la hinchazón, es lepra crónica
en la piel del cuerpo
“El sacerdote lo examinará, y si aparece una hinchazón blanca en la piel, la cual ha
hecho que el pelo se vuelva blanco, y hay carne viva en la hinchazón, es lepra crónica
en la piel de su cuerpo; y el sacerdote lo declarará inmundo. No lo aislará, porque es
inmundo” (vs. 10-11). Esto significa que el viejo pecado ha vuelto a aparecer al
debilitarse la fortaleza de la persona para llevar un comportamiento apropiado.

F. Si la lepra brota y se extiende en la piel,


de modo que cubre toda la piel
desde la cabeza hasta los pies,
y toda la piel se ha vuelto blanca,
la persona es limpia
“Si la lepra brota y se extiende en la piel, de modo que cubre toda la piel del que tiene
la infección, desde la cabeza hasta los pies, hasta donde pueda ver el sacerdote,
entonces éste lo examinará; si la lepra ha cubierto todo su cuerpo, declarará limpio al
que tiene la infección. Toda ella se ha vuelto blanca; él es limpio” (vs. 12-13). Esto
significa que una persona que está llena de pecado y que está dispuesta a confesar todos
sus pecados delante de Dios, es lavada. Esto va en contra de nuestra opinión. Según
este tipo, si uno está lleno de pecado, si es completamente pecaminoso, pero no
encubre su pecado, sino que hace una confesión exhaustiva delante de Dios, será
perdonado y lavado. Sin embargo, una persona que no esté dispuesta a que sea revelada
su condición, una persona que esconde lo que es, permanecerá leprosa. Esconder lo
que somos y encubrir nuestro pecado son señales de lepra.

G. Cuando aparece en la piel carne viva,


es lepra
“Pero cuando aparezca en él carne viva, quedará inmundo. El sacerdote examinará la
carne viva y lo declarará inmundo. La carne viva es inmunda; es lepra” (vs. 14-15). Aquí
vemos que cuando aparece la carne viva en la piel, es lepra. Esto representa la
reaparición del viejo pecado.

H. Si la carne viva cambia y se vuelve blanca,


él que tenía la infección es limpio
“Pero si la carne viva cambia y se vuelve blanca, él ira al sacerdote. El sacerdote lo
examinará, y si la infección se ha vuelto blanca, el sacerdote declarará limpio al que

239
tuvo la infección; es limpio” (vs. 16-17). Esto significa que si este pecado reiterado es
confesado, será lavado.

I. Una hinchazón blanca (edema)


o una mancha lustrosa, blanca rojiza,
en la piel donde estaba el furúnculo,
es lepra
“Cuando el cuerpo haya tenido un furúnculo en la piel, y éste se haya sanado, y en el
lugar del furúnculo haya una hinchazón blanca o una mancha lustrosa, blanca rojiza,
entonces será mostrada al sacerdote. El sacerdote la examinará; y si parece haber
penetrado por debajo de la superficie de la piel, y el pelo en ella se ha vuelto blanco,
entonces el sacerdote lo declarará inmundo. Es una infección de lepra; ha brotado en
el furúnculo” (vs. 18-20). Esto representa a la persona cuyo vivir externo se debilitó
después que ella fue salva y, ahora, manifiesta nuevas flaquezas en su conducta.

J. Cuando haya en la piel


de la carne una quemadura de fuego,
y la carne viva de la quemadura se convierta
en una mancha lustrosa, blanca rojiza o blanca,
es una infección de lepra
“Cuando haya en la piel de la carne una quemadura de fuego, y la carne viva de la
quemadura se convierta en una mancha lustrosa, blanca rojiza o blanca, entonces el
sacerdote la examinará; y si el pelo en la mancha lustrosa se ha vuelto blanco, y ésta
parece ser más profunda que la piel, es lepra. Ha brotado en la quemadura, y el
sacerdote lo declarará inmundo; es una infección de lepra” (vs. 24-25). Esto representa
el comportamiento en la carne de una persona salva, a saber: se enoja, se justifica a sí
misma y no está dispuesta a perdonar a otros, todo lo cual es síntoma de enfermedad.
Enojarse es pecado y, por tanto, es señal de lepra espiritual. Lo mismo se aplica al
hecho de justificarse uno mismo. Justificarnos a nosotros mismos, es decir,
defendernos y no confesar nuestros fracasos, errores y malas acciones, es síntoma de
lepra espiritual. Asimismo, no estar dispuestos a perdonar a otros es también síntoma
de lepra espiritual. A nosotros los seres humanos caídos nos resulta difícil perdonar a
los demás, pero nos es fácil recordar a los que nos han ofendido. A veces parece que
perdonamos a nuestros hermanos y hermanas en el Señor, pero los perdonamos sin
olvidar la ofensa. Recordamos la ofensa y quizás hasta hablemos de ella a los demás,
diciéndoles que hemos perdonado al que nos ofendió. Esto es perdonar sin olvidar, y
es una señal de enfermedad espiritual.

En la vida de iglesia, todos somos probados en cuanto a cuán puros somos con respecto
a nuestras motivaciones, propósito y acciones. La vida de iglesia mostrará dónde nos
encontramos, qué somos y quiénes somos. Nuestra persona, nuestro corazón, nuestra
mente, nuestra parte emotiva, nuestras intenciones, nuestras motivaciones y nuestros
propósitos, todo ello será puesto a prueba por la vida de iglesia. Tal vez nuestros
motivos sean puros hasta cierto grado, pero no son absolutamente puros. ¿Quién de
entre nosotros puede decir que es completamente puro en cuanto a sus motivaciones,

240
intenciones, voluntad y propósito? Ninguno de nosotros podría afirmar esto.
Recuerden que somos la inmundicia misma por nacimiento, el conjunto total de la
inmundicia. Es imposible que alguien que es el conjunto total de la inmundicia tenga
absoluta pureza de motivos.

Si vemos que somos el conjunto total de la inmundicia y que es imposible ser


completamente puros en cuanto a nuestros motivos, intenciones y propósitos, nos
daremos cuenta de cuánto necesitamos la plena salvación de Dios. Necesitamos a
Cristo junto con Su muerte y Su resurrección. Necesitamos que Cristo sea nuestro
holocausto y nuestra ofrenda por el pecado. Como nuestro holocausto, Cristo es
nuestro vivir. Como nuestra ofrenda por el pecado, Cristo se encarga de nuestro
pecado, no del pecado que teníamos antes de ser salvos, sino del pecado que
cometemos después de nuestra salvación. Tenemos a Cristo junto con Su muerte y Su
resurrección, y tenemos a Cristo como nuestro holocausto y ofrenda por el pecado. Ésta
es la plena salvación de Dios.

Antes de dormirnos en la noche, deberíamos dedicar algún tiempo para confesar


nuestras faltas delante del Señor, pidiéndole que perdone nuestros pecados e
impurezas. En particular, debemos pedirle al Señor que nos perdone cualquier
impureza en nuestros motivos. Debemos tomarle una vez más como nuestra ofrenda
por el pecado y como nuestra ofrenda por las transgresiones, y aplicar Su sangre
preciosa y purificadora a nuestra situación. Entonces, con una conciencia purificada,
esto es, con una conciencia que ha sido limpiada por la sangre y por el Espíritu,
podremos dormir en paz.

La segunda sección de Levítico, una sección que habla de un vivir santo, comienza con
estos tres asuntos: el discernimiento en cuanto a la dieta, la inmundicia de nuestro
nacimiento y nuestra condición leprosa. La lepra es el pecado que Satanás inventó. El
pecado entró en nosotros por medio de la caída de nuestro padre Adán. Cuando Adán
cayó, la misma lepra inventada por Satanás entró en nosotros. Esta lepra todavía
permanece en nosotros. Fue por ello que Pablo declaró: “Si hago lo que no quiero, ya
no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Ro. 7:20). Pablo se dio cuenta de que el
germen de la lepra está dentro de nosotros. Habiendo entrado en nosotros, la lepra
ahora brota de nuestro interior en forma de pecados, ofensas y transgresiones. Al
respecto, necesitamos que Cristo sea nuestra ofrenda por el pecado y nuestra ofrenda
por las transgresiones.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CUARENTA
LA INMUNDICIA PROCEDENTE DEL INTERIOR
DEL HOMBRE
(2)
Lectura bíblica: Lv. 13:29-31, 33, 34b, 37-41, 45-46; 1 Co. 5:13

241
En el mensaje anterior hablamos sobre la lepra de modo general. En este mensaje
hablaremos sobre la lepra de una manera más detallada.

V. UNA INFECCIÓN EN LA CABEZA O EN LA BARBA


Levítico 13:29 habla acerca de una infección que sale en la cabeza o en la barba. En la
Biblia la cabeza, en especial su cabello, representa la gloria del hombre. En 1 Corintios
11 se nos indica que el cabello guarda relación con la gloria.

La barba, por su parte, no está relacionada con la gloria sino con la dignidad. No es
fácil explicar lo que es la dignidad. No sería acertado decir que la dignidad es una
especie de honra. La dignidad es, de hecho, el honor que una persona busca para sí.
Una persona de alto nivel social podría ser honrada por los demás; sin embargo, si ella
se considera a sí misma digna de honor, eso sería una cuestión de dignidad. En
términos espirituales, la barba está relacionada con la dignidad, o sea, con el honor que
una persona busca para sí. Llevar barba es exhibir uno su propia dignidad.

El hecho de que pudiera producirse una infección en la cabeza, la cual representa la


gloria, y en la barba, la cual representa la dignidad, indica que la lepra fácilmente puede
esconderse detrás de la gloria y dignidad humanas. Ser honrado por los demás no lo
hace a uno leproso, pero reclamar honra para sí mismo lo hace a uno leproso.

Levítico 13, un capítulo que nos revela la sabiduría de Dios, nos proporciona un
diagnóstico divino de nuestro pecado. La lepra es sinónimo de pecado, y el pecado es
sinónimo de rebelión. El pecado es rebelión. En el universo existe en realidad un solo
pecado, y este pecado es la rebelión.

Conforme a los principios que Dios estableció en Su creación, todo está en orden y está
relacionado con cierta clase de autoridad. La autoridad está presente por todas partes
en el universo. La autoridad se encuentra en la familia y en las escuelas. Si no hubiera
autoridad en este país, no habría paz ni orden. La rebelión es contraria a la autoridad.
Los que se rebelan se oponen a la autoridad.

Según la perspectiva divina, la autoridad es sinónimo de Dios mismo. Dios es la


autoridad en el universo. Satanás trató de derrocar esta autoridad divina, pero fracasó
y fue juzgado por su rebelión. Hoy en día nosotros, por ser aquellos que Dios creó,
escogió, redimió y salvó, y especialmente, por ser los hijos que Él regeneró, debemos
ser las personas más sumisas y obedientes.

Romanos 5 indica que pecar equivale a ser desobedientes. Fue por la desobediencia de
Adán que el pecado entró en el linaje humano (v. 19). ¿Sabe usted qué es la
desobediencia? La desobediencia es rebelión. La desobediencia es sinónimo de
rebelión. La desobediencia es rebelión, y la rebelión es sinónimo de Satanás. Así como
la rebelión es sinónimo de Satanás, la autoridad es sinónimo de Dios.

Todo lo que tenga que ver con la rebelión proviene de Satanás. La expresión de rebelión
que hoy está en nosotros tiene diversos aspectos. Cada aspecto constituye un pecado,

242
una infracción, una transgresión, un exceso o una ofensa. Estas cosas tal vez sean
aparentemente insignificantes, pero todas ellas son expresiones del pecado único: la
rebelión.

Debemos recordar que el origen del pecado es la rebelión y que la rebelión es una
invención de Satanás. El pecado, por tanto, proviene de Satanás. Además, todo tipo de
pecado posee la naturaleza de la rebelión y tiene la apariencia de la rebelión. Hasta el
pecado más pequeño contiene el elemento de rebelión. Por consiguiente, pecar es estar
en rebelión contra Dios. Cada vez que pecamos, nos rebelamos contra Dios.

A. Una infección en la cabeza


Una infección en la cabeza (Lv. 13:29a) significa que hay algo que no marcha bien en
lo referido a la sujeción a la autoridad y a la manera de pensar de uno. Toda
irregularidad en nuestro modo de pensar por lo general está relacionada con una
actitud inapropiada hacia la autoridad. El origen de toda manera de pensar equívoca
es rebelión. Si la actitud de uno hacia la autoridad no es apropiada, su manera de
pensar tampoco será apropiada. Pero si la actitud de uno hacia la autoridad es correcta,
no habrá nada equívoco en su modo de pensar.

B. Una infección en la barba


Una infección en la barba (v. 29b) significa creerse importante, reclamar honra para
uno mismo, procurando ser exaltado por los demás. En lugar de creer que somos
alguien, debemos considerar que somos nada.

Reclamar honra para uno mismo o procurar ser exaltado por los demás es señal de
lepra. El deseo de ser exaltados se puede observar en la conducta de los niños. Por
ejemplo, delante de los invitados, visitantes y parientes, el niño a menudo se exhibe
para ser admirado por ellos. El niño se comporta de esa manera porque procura ser
exaltado por los demás.

Incluso al dar mensajes es posible que procuremos ser exaltados por las personas. El
que habla puede arrogarse dignidad al mostrar cuán educado, culto y elocuente es. Es
muy fácil que alguien que habla en público se vuelva leproso de esta manera.

C. Pelo amarillento y delgado


Levítico 13:30 dice: “El sacerdote examinará la infección; si parece ser más profunda
que la piel, y hay en ella pelo amarillento y delgado, entonces el sacerdote lo declarará
inmundo. Es tiña; es lepra de la cabeza o de la barba”. El pelo amarillento y delgado
representa el deterioro de la fortaleza necesaria para llevar una vida cristiana normal.
En términos espirituales, si somos fuertes en nuestro espíritu de modo que llevamos
una vida cristiana apropiada y normal, tenemos pelo negro. Pero si nuestro pelo se
vuelve amarillento y delgado, eso es señal de que nuestra fuerza espiritual se está
deteriorando. El pelo amarillento y delgado constituye una señal de enfermedad, y
dicha enfermedad proviene de la rebelión. Este pelo es señal de rebelión contra Dios;
indica que, por lo menos en ciertos asuntos, uno no es sumiso ni obediente a la palabra

243
de Dios. Incluso la menor desobediencia a lo que Dios dice en la Biblia hará que nuestro
pelo se vuelva amarillento y delgado.

A veces, una hermana notará que su marido se ha debilitado espiritualmente, que es


débil en las cosas de Dios y también para tomar la palabra de Dios. Este hermano tiene
pelo amarillento y delgado, lo cual es señal de lepra, señal de rebelión.

D. La infección no es más profunda que la piel


y no hay en ella pelo negro
El versículo 31 añade: “Si el sacerdote examina la infección de la tiña, y no parece ser
más profunda que la piel y no hay en ella pelo negro, el sacerdote aislará siete días al
que tiene la infección de la tiña”. Este versículo dice que la infección no es más
profunda que la piel y que no hay en ella pelo negro. Esto significa que la persona no
encubre su pecado y que carece de la fuerza necesaria para resistirlo. El hecho de que
la infección no sea más profunda que la piel es una señal positiva; esto indica que el
pecado de la persona no está encubierto, que ella no tiene la tendencia de encubrir su
pecado. Pero el hecho de que no haya pelo negro es una señal negativa; esto indica que
la fuerza para resistir al pecado es deficiente. De hecho, la situación descrita en este
versículo es neutral, y por esa razón el sacerdote tenía que aislar a la persona enferma
por siete días.

E. Afeitarse la barba mas no el cabello


Afeitarse la barba mas no el cabello (v. 33) significa que uno renuncia a creerse
importante, deja de reclamar honra para sí mismo, etc., y en vez de ello, se mantiene
sujeto a la autoridad. Como lo indica 1 Corintios 11, no cortarse el cabello equivale a
mantenerse sujeto a la autoridad. Raparse la cabeza es señal de rebelión. En términos
espirituales, debemos conservar nuestro cabello pero afeitarnos la barba. No obstante,
algunos se cortan el cabello y conservan la barba. Esto indica que son rebeldes, que
reclaman honra para sí mismos y que procuran ser exaltados por los demás.

F. Lava sus vestidos


El versículo 34b habla acerca de lavar los vestidos. La vestimenta representa nuestra
conducta, nuestro andar diario. Lavar nuestra vestimenta significa lavar las manchas
propias de las flaquezas en nuestra conducta, ofensas, defectos, palabra rebeldes y
actividades impropias. Puesto que todos padecemos estos males, necesitamos ser
lavados completamente, primero por la sangre y después por el Espíritu.

G. Crece en la tiña pelo negro


“Pero si a los ojos del sacerdote la tiña ha permanecido, y ha crecido en ella pelo negro,
la tiña está sanada; él es limpio. El sacerdote lo declarará limpio” (v. 37). Que creciera
pelo negro en la tiña es una buena señal, pues significa que la fortaleza para llevar una
vida cristiana normal ha crecido allí donde uno era débil. En el mismo lugar infectado
crece el pelo negro. Esto significa que la fortaleza espiritual está creciendo allí donde
uno era débil.

244
H. Manchas blancas lustrosas
en la piel del cuerpo
El versículo 38 habla de un hombre o de una mujer que tiene “manchas lustrosas en la
piel de su cuerpo, manchas blancas lustrosas”. Estas manchas blancas lustrosas
representan la enfermedad que consiste en jactarse de uno mismo.

I. Manchas blancas algo oscurecidas


en la piel del cuerpo
“Si las manchas lustrosas en la piel de su cuerpo son blancas algo oscurecidas, es un
sarpullido que ha brotado en la piel; él es limpio” (v. 39). Esto significa que la persona
ha sido recobrada de la debilidad que consiste en jactarse de sí mismo. Cuando alguien
se jacta de sí mismo, buscando honor para sí mismo, tendrá manchas blancas lustrosas.
Estas manchas son una señal negativa. No obstante, la opacidad de estas manchas en
la piel del cuerpo es una señal positiva, pues significa que uno se ha humillado a sí
mismo y ha sido recobrado de la enfermedad que consiste en jactarse de uno mismo.

J. Calvo
El versículo 40 dice: “Si un hombre pierde el pelo de la cabeza, es calvo; es limpio”.
Esto significa sufrir menoscabo en nuestra sujeción a la autoridad, pero sin manifestar
rebelión. Aquí no vemos señal de rebelión; sólo vemos la señal con respecto a sufrir
menoscabo en la sujeción a la autoridad.

K. Calvo por delante


El versículo 41 añade: “Si pierde el pelo de la frente y de las sienes, es calvo por delante;
es limpio”. Estar calvo por delante significa que uno no está ni sujeto a la autoridad ni
tampoco en rebelión ante los hombres y en eventos públicos.

VI. EL LEPROSO CONFIESA ABIERTAMENTE


SU LEPRA ANTE LOS DEMÁS
Levítico 13:45 y 46 nos habla acerca del leproso que confiesa abiertamente su lepra
ante los demás. Esto significa que un pecador confiesa abiertamente su pecado ante los
demás.

A. Sus vestidos son rasgados


El versículo 45 dice: “En cuanto al leproso que tiene la infección, sus vestidos serán
rasgados y su cabellera será dejada suelta, y cubriéndose con la mano el labio superior,
gritará: ¡Inmundo, inmundo!”. Aquí vemos varios aspectos de la confesión que el
leproso hace de su lepra ante los demás. El primer aspecto es el de llevar vestidos
rasgados. Esto significa que el hombre que cometió pecado reconoce su absoluto
fracaso moral. Rasgarse las vestiduras es señal de que uno admite estar sumido en el
más absoluto fracaso moral.

245
B. Su cabellera es dejada suelta
La cabellera del leproso debía ser dejada suelta. Esto significa carecer por completo de
sujeción a la autoridad, ser indomable e irresponsable. Tal persona es rebelde y no
respeta ninguna clase de autoridad. Su cabellera suelta es señal de su indomabilidad;
esto indica que él anda desordenadamente y que no le importan en absoluto las normas
y las reglas.

C. Se cubre con la mano el labio superior


El leproso también debía cubrirse el labio superior. Él “tenía que mantener la parte
inferior de su cara cubierta con una venda, dejando a la boca sólo el espacio suficiente
para pregonar: ¡Inmundo, inmundo!” (George Bush). Cubrirse el labio superior indica
que todo lo que procede de un leproso (un pecador) es inmundo y contagioso, por lo
cual se evita todo contacto con él.

D. Grita: “¡Inmundo, inmundo!”


El leproso tenía que gritar: “¡Inmundo, inmundo!”. Esto indica que él se condenaba a
sí mismo sin cesar.

E. Vive solo fuera del campamento


“Quedará inmundo todos los días que tenga la infección; es inmundo. Vivirá solo; su
morada estará fuera del campamento” (v. 46). Habitar solo fuera del campamento
significa que aquel que ha pecado deberá permanecer fuera de la iglesia y aislado de la
comunión del pueblo de Dios hasta que él ponga fin a su pecaminosidad (1 Co. 5:13).

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CUARENTA Y UNO
LA INMUNDICIA PROCEDENTE DEL INTERIOR
DEL HOMBRE
(3)
Lectura bíblica: Lv. 13:47-49, 53-59
Al estudiar Levítico 13, un capítulo lleno de tipos y figuras, necesitamos el debido
conocimiento y entendimiento de toda la Biblia. De lo contrario, no entenderemos este
capítulo o lo entenderemos erróneamente o según nuestros prejuicios. El capítulo 13
de Levítico trata primeramente sobre la lepra que se manifiesta en el cuerpo de una
persona, y luego, la lepra que se halla en las vestiduras. Como veremos más adelante,
el capítulo 14 trata sobre la lepra hallada en una casa. Éstas son las tres categorías
básicas de lepra.

VII. LA LEPRA HALLADA EN LAS VESTIDURAS


En la Biblia, la vestimenta representa nuestra conducta externa, nuestra vida diaria.
Por tanto, la lepra hallada en las vestiduras (vs. 47-59) representa la inmundicia
manifestada en la vida que uno lleva, en la conducta, en el contacto con otros, etc.

246
A. Tres clases de vestiduras
En Levítico 13 se mencionan tres clases de vestiduras.

1. Prendas de lana
El versículo 47 habla sobre la infección de lepra en una prenda de lana. Las prendas de
lana representan mansedumbre en la conducta, en el contacto con los demás, etc. Por
ser suave, la lana representa un comportamiento manso.

2. Prendas de lino
Las prendas de lino (v. 47c) representan sencillez en la conducta, en el contacto con los
demás, etc. El lino es puro, sencillo y simple. Nuestra conducta, según es representada
por el lino, debe ser pura, sencilla y simple.

3. Prendas de cuero
Las prendas de cuero son abrigadas. Por tanto, las vestiduras hechas de cuero (v. 48b)
representan calidez en la conducta, en el contacto con los demás, etc.

Como representan estas tres clases de vestiduras, nuestra conducta debe manifestar
mansedumbre, sencillez y calidez hacia los demás. No debe haber lepra alguna —la
expresión de pecado y rebeldía— en ninguna de estas tres clases de conducta.

B. La urdimbre y la trama en las vestiduras


Tener en cuenta la urdimbre y la trama en las vestiduras es tener en cuenta la tela usada
en la confección de las vestiduras. En una tela, la urdimbre va de arriba a abajo, y la
trama va de izquierda a derecha.

1. La urdimbre en las vestiduras representa


la conducta externa del hombre ante Dios
La urdimbre va de abajo a arriba y de arriba a abajo. Así pues, la urdimbre en las
vestiduras representa nuestra conducta externa ante Dios, o sea, nuestra relación con
Dios. En nuestra conducta para con Dios, no debe haber lepra alguna, no debe haber
rebelión.

2. La trama en las vestiduras representa


la conducta externa del hombre ante los demás
En una tela, la trama va de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Por tanto, la
trama representa nuestra conducta externa ante los demás. Este aspecto de nuestra
conducta debe ser puro, limpio, sin lepra ni rebelión alguna.

En la conducta manifestada en nuestro andar diario hay entretejidos, es decir, una


condición que incluye tanto a Dios como al hombre. No estamos completos si estamos
bien únicamente con Dios o únicamente con los hombres. Por tanto, debemos ser
apropiados tanto respecto a Dios como respecto a los hombres. De este modo, en

247
nuestra vestimenta, es decir, en nuestra conducta, no habrá lepra ni en la urdimbre ni
en la trama.

C. Las infecciones verdosas, o rojizas,


presentes en las vestimenta
Las infecciones verdosas o rojizas presentes en la vestimenta (v. 49) representan los
cambios anormales y extraños en la vida y conducta de una persona. Supongamos que
una prenda de vestir que pertenecía a cierto israelita de repente se tornaba verdosa o
rojiza. Esto sería un cambio anormal en el aspecto de la prenda. Tal cambio tipifica un
cambio anormal en nuestro comportamiento. Nuestro vivir y conducta diarias deben
ser normales. Sin embargo, la conducta de una persona puede cambiar de manera
anormal y extraña. Esto es señal de enfermedad, señal de lepra.

D. La infección verdosa o rojiza que se propaga


en la vestimenta se convierte en lepra
maligna (corrosiva)
Que la infección verdosa o rojiza que se propaga en la vestimenta se convirtiera en lepra
maligna (corrosiva) (v. 51) representa el pecado que se extiende y se hace más maligno
(corrosivo). Las palabras maligno y corrosivo indican una infección de la especie que
se propaga carcomiendo la carne de la persona. Esta lepra maligna representa el
pecado que se extiende dentro de una persona carcomiendo su ser. Al principio, el
pecado tal vez comenzó en pequeña escala y en un grado muy bajo. Pero ahora, el
pecado se ha extendido devorando a la persona y se hace cada vez más maligno.

E. Quemar el vestido al fuego


“Quemará el vestido —ya sea la urdimbre o la trama, en lana o en lino, o cualquier
objeto de cuero— en el cual aparezca la infección, porque es una lepra maligna; al fuego
será quemado” (v. 52). Quemar la vestimenta al fuego significa eliminar la vida y
conducta pecaminosas e inmundas. Cuando descubramos que algo pecaminoso en
nosotros se vuelve cada vez peor, debemos eliminar esa cosa “quemándola”, es decir,
al tomar medidas severas con respecto a ella mediante la cruz de Cristo.

F. Lavar el vestido en el que


no se ha extendido la infección
Prenderle fuego a un vestido significa tomar medidas severas. A veces, en vez de tomar
medidas tan severas, debemos tomar otra clase de medidas, a saber, el lavamiento del
vestido. En cuanto a esto, los versículos 53 y 54 dicen: “Si el sacerdote examina la
infección, y ésta no se ha extendido en el vestido, en la urdimbre o en la trama, o en
cualquier objeto de cuero, entonces el sacerdote mandará lavar el objeto en que esté la
infección; y lo aislará otra vez por siete días”. Lavar la vestimenta en la que no se
extendió la infección representa tomar medidas con respecto a la posible flaqueza en
nuestra vida y conducta. Quizás no se sepa con certeza si algo es realmente pecado y
sólo se sospeche que lo sea. Si éste es el caso, basta con lavar el vestido. Esto es tomar

248
medidas con respecto al asunto mediante el lavamiento del Espíritu de Dios, quien es
comparado al agua que sirve para lavarse.

G. La corrosión leprosa,
una lepra corrosiva más penetrante
“Después que el objeto con la infección haya sido lavado, el sacerdote lo examinará; y
si la infección no ha cambiado de aspecto, aunque ésta no se haya extendido, dicho
objeto es inmundo. Lo quemarás al fuego; es una corrosión leprosa, esté lo raído en el
derecho o en el revés del objeto” (v. 55). La corrosión leprosa, una lepra corrosiva más
penetrante, es algo muy grave, pues representa al pecado que carcome, el cual cada vez
es peor y más profundo, sin que su aspecto sea alterado mediante el arrepentimiento y
la confesión. Ésta es la clase de pecado que puede dominar a una persona, devorándola
y consumiéndola completamente.

En nuestra vida cristiana, a diario necesitamos practicar dos cosas: el arrepentimiento


y la confesión. Un día sin arrepentimiento y sin confesión no es un buen día. Así como
debemos lavar nuestras manos una y otra vez, también debemos arrepentirnos y
confesar nuestras faltas una y otra vez. Cada día tenemos cosas por las cuales
arrepentirnos y cosas que confesar. Si deseamos llevar una vida santa, necesitamos un
lavamiento diario, y experimentamos este lavamiento mediante nuestro
arrepentimiento y confesión.

Debemos arrepentirnos y confesar toda falta que hayamos cometido en nuestra vida
matrimonial y en nuestra vida familiar. En nuestra vida matrimonial debemos estar
dispuestos a pedirle perdón a nuestro cónyuge. Si no estamos dispuestos a pedirle
perdón, tendremos problemas con nuestro marido o esposa. En la vida familiar, los
padres deben estar dispuestos a pedir disculpas a sus hijos cuando los hayan ofendido.
Las palabras “lo siento” implican arrepentimiento y confesión.

El perdón que Dios otorga a Sus hijos tiene ciertos requisitos o condiciones. La
condición principal es nuestra confesión (1 Jn. 1:9), y la confesión es resultado de
nuestro arrepentimiento. No podemos confesar algo si no nos hemos arrepentido.

Si hemos de llevar una vida santa, es necesario que conozcamos acerca del
discernimiento en cuanto a la dieta, acerca de nuestro nacimiento y acerca de nuestra
condición. Una vez que tengamos conocimiento de estas cosas, debemos darnos cuenta
de que necesitamos arrepentirnos a diario. Debemos arrepentirnos debido a que es
muy fácil cometer errores. Además, debemos arrepentirnos de lo que proviene de
nuestro interior. Podemos usar como ejemplo la limpieza de nuestro cuerpo. Durante
el día, tal vez nuestras manos no hayan tocado nada sucio; no obstante, lo que procede
de nuestro interior nos ensucia. Por tanto, necesitamos un lavamiento diario. El mismo
principio se aplica a nuestra vida cristiana. Aunque no hayamos tocado nada inmundo,
aún debemos arrepentirnos de lo que procede del interior de nuestro ser. Esto significa
que debemos arrepentirnos no sólo de lo que hacemos, sino también de lo que somos.
Recordemos que somos el conjunto total de la inmundicia. Puesto que es así,
diariamente debemos arrepentirnos y confesar.

249
H. Arrancar del vestido la infección
que se ha oscurecido después de lavada
“Si el sacerdote la examina, y la infección se ha oscurecido después de lavada, la
arrancará del vestido o del cuero, sea de la urdimbre o de la trama” (Lv. 13:56). Esto
representa la eliminación de la posible flaqueza en la vida y conducta de la persona. El
oscurecimiento de la parte infectada en la vestimenta después de lavada es buena
señal; es señal de sanidad, de recobro. No obstante, la parte que se ha oscurecido debe
ser arrancada. Esto significa que la parte que se ha oscurecido debe ser cortada del
vestido. Esto indica que debemos eliminar, mediante medidas exhaustivas, la flaqueza
que sospechamos hay en nosotros.

I. Después de arrancar de la vestimenta


la parte infectada,
la infección se vuelve a extender en el vestido
El versículo 57 habla del caso en que la infección se vuelve a extender en el vestido
después de haber sido arrancada la parte infectada. “Pero si aparece de nuevo en el
vestido, sea en la urdimbre o en la trama, o en cualquier objeto de cuero, se va
extendiendo. Quemarás al fuego el objeto en el cual está la infección”. La reaparición
de la infección en la vestimenta es una mala señal; esto significa que la flaqueza se ha
vuelto a manifestar, incluso después que la persona había tomado medidas con
respecto a ella y la había eliminado.

J. Lavar la vestimenta una segunda vez


después que la infección
ha desaparecido al ser lavada
“En cuanto al vestido, sea la urdimbre o la trama, o cualquier objeto de cuero, que laves,
si desaparece la infección, se lavará por segunda vez, y entonces quedará limpio” (v.
58). El lavamiento de la vestimenta una segunda vez después que la infección ha
desaparecido al ser lavada significa que después de haber tomado medidas con
respecto a la flaqueza una primera vez, uno debe tomar medidas más profundas una
segunda vez.

Los puntos que hemos abarcado en este mensaje nos muestran que debemos hacer
cuatro cosas: arrepentirnos, confesar, tomar medidas con respecto a ciertos asuntos y
eliminar ciertos asuntos. Si hemos de llevar una vida cristiana santa, apropiada y
normal, diariamente debemos arrepentirnos, confesar, tomar medidas con respecto a
las flaquezas que tenemos e incluso con respecto a las que sospechamos tener, y
eliminar todas esas flaquezas de nuestra conducta. Esto nos muestra que tomar
medidas con respecto al pecado, la lepra y la rebelión incluye muchos detalles.

Los capítulos 13 y 14 de Levítico abarcan el asunto del pecado más detalladamente que
cualquier otro capítulo de la Biblia. Estos capítulos hablan del pecado que no sólo está
presente en nuestro ser y en nuestra conducta, sino también en nuestra casa, en
nuestra morada. Por consiguiente, hay que tener en cuenta tres cosas al tomar medidas

250
con respecto al pecado: la lepra que hay en el cuerpo de uno, en sus vestiduras y en su
casa. Una persona puede ser inmunda primero con relación a su cuerpo, y luego con
relación a sus vestiduras y también con relación a su casa. Necesitamos ser purificados
del pecado, de la lepra, en estos tres aspectos.

Si queremos eliminar estas tres clases de lepra, debemos arrepentirnos una y otra vez,
incluso a cada hora. Por muy cuidadosos que seamos, no somos perfectos en nuestra
conducta ni en nuestro contacto con los demás. La única persona perfecta es el Señor
Jesús. Su comportamiento fue perfecto en todo aspecto. Nosotros, en cambio,
definitivamente no somos perfectos. Por nacimiento somos la inmundicia misma, y
todo nuestro ser es inmundo. ¿Cómo, pues, podríamos ser perfectos? ¿Cómo
podríamos ser puros? Para nosotros, esto es imposible. Por tanto, debemos
arrepentirnos de nuestros fracasos, confesar nuestros errores y tomar medidas con
respecto a nuestros fracasos y errores, e incluso buscar eliminarlos.

En Levítico 13 se usan distintas palabras para describir y diagnosticar la lepra:


hinchazón, erupción, mancha lustrosa, blanco, carne viva, crónica, furúnculo, mancha
lustrosa de color blanca rojiza, tiña, pelo amarillento, verdosa, maligna. Si en nuestro
estudio de este capítulo prestamos atención a todas estas expresiones, seremos
iluminados respecto a lo repugnante que es la lepra. Veremos cuán problemática y
contagiosa es la lepra. En particular, seremos iluminados en cuanto a la condición
leprosa de nuestro propio ser, pues en todos estos detalles veremos un cuadro de
nosotros mismos.

Si somos iluminados en cuanto a nosotros mismos, dejaremos de reclamar honra para


nosotros mismos. ¿Cómo podría un leproso, una persona inmunda, considerarse digna
de honra? Esto es imposible. No hay dignidad ni honra alguna en la lepra. Ninguno de
nosotros debe ser honrado, estimado digno ni glorificado. ¿Quién, entonces, debe ser
honrado? Solamente el Señor Jesús es digno de recibir gloria y honra. Sólo Él debe ser
honrado y glorificado.

Debido a que este capítulo nos presenta un cuadro tan claro de nuestra situación
negativa, ciertamente nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. Puedo testificar que
me ha ayudado mucho estudiar este capítulo a través de los años. No me es fácil olvidar
lo que soy, porque he sido alumbrado de una manera profunda y detallada por medio
de Levítico 13. He visto lo que soy en mí mismo. A menudo este capítulo me recuerda
que no tengo nada por lo cual sentirme orgulloso. Si no fuera por la misericordia del
Señor, esta lepra se extendería por todo mi ser y me consumiría.

Levítico 13 nos lleva a humillarnos. Este capítulo nos muestra que somos
completamente leprosos, que somos el conjunto total de la rebelión. La rebelión está
presente en cada parte de nuestro ser. En nosotros no hay sumisión, no hay sujeción,
no hay obediencia. Por tanto, debemos llevar una vida de arrepentimiento y confesión,
una vida en la que continuamente tomamos medidas con respecto a nuestras
deficiencias y las eliminamos mediante la cruz de Cristo. De este modo, podríamos
llevar una vida santa.

251
Digo “podríamos” porque por experiencia sé que no podemos ser perfectos ni siquiera
por un solo día. Tal vez tengamos un buen comienzo en la mañana, pero no nos vaya
muy bien el resto del día. ¿Ha sido perfecto usted alguna vez en llevar una vida santa
durante todo un día? Yo no recuerdo jamás haber tenido un día así. ¿Y qué de usted?

El capítulo 13 de Levítico revela que somos el conjunto total de la lepra. Cada aspecto
de la inmundicia en la que nacimos guarda relación con la lepra, con la rebelión. La
rebelión, la inmundicia, la lepra, el pecado: todos ellos son sinónimos. Decir que por
nacimiento somos la inmundicia misma equivale a decir que por nacimiento somos la
rebelión misma. Somos el conjunto total de la rebelión. Ya que ésta es nuestra
situación, si deseamos llevar una vida santa, debemos arrepentirnos y confesar durante
todo el día.

Consideren la reacción de Isaías cuando vio la gloria de Cristo (Is. 6:1; Jn. 12:41). Él
dijo: “¡Ay de mí, porque soy muerto! / Pues soy hombre de labios inmundos, / y habito
en medio de un pueblo de labios inmundos” (Is. 6:5). En cuanto a nuestra lengua,
Jacobo dijo: “Ningún hombre puede domar la lengua” (Jac. 3:8a). Él también dijo: “Si
alguno no tropieza en palabra, éste es varón perfecto” (v. 2). ¡Cuántos problemas son
causados por nuestros labios y nuestra lengua! Cuando hablamos, es muy fácil decir
algo pecaminoso, algo que requiere nuestro arrepentimiento y confesión.

En Levítico 12 vemos que somos el conjunto total de la inmundicia, y en Levítico 13


vemos que somos el conjunto total de la lepra. Esta lepra es pecado, y el pecado es
rebelión. Por consiguiente, debemos arrepentirnos y confesar continuamente.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CUARENTA Y DOS
LA PURIFICACIÓN DEL LEPROSO
(1)
Lectura bíblica: Lv. 14:1-9
En este mensaje llegamos a un asunto muy maravilloso: la purificación del leproso. En
los mensajes anteriores vimos un cuadro negativo de lo que somos. Dicho cuadro
verdaderamente pone al descubierto nuestro ser, revelando lo que somos en nosotros
mismos. Ahora llegamos al asunto de la purificación, la cual es la salvación todo-
inclusiva que Dios ha preparado y efectuado por nosotros. Aquí podemos ver a un
Cristo que es todo-inclusivo. Él tiene la sangre, el Espíritu y todo lo que necesitamos
para ser limpios. En Él tenemos la provisión de la salvación efectuada por Dios, una
provisión que es rica, completa y extensa. Todos debemos conocer esta purificación,
esta salvación, y experimentarla en plenitud.

I. EL LEPROSO ES LLEVADO AL SACERDOTE


“Ésta será la ley del leproso en el día de su purificación: será llevado al sacerdote” (Lv.
14:2). Que el leproso fuese traído al sacerdote significa que la persona inmunda es

252
traída al Señor. Cuando predicamos el evangelio, en realidad estamos llevando
personas inmundas, pecadores, al Señor.

II. EL SACERDOTE SALE FUERA DEL CAMPAMENTO


PARA EXAMINAR AL LEPROSO
Que el sacerdote saliera fuera del campamento para examinar al leproso (v. 3a)
significa que el Señor Jesús dejó Su lugar original y se humilló a Sí mismo para estar
cerca del pecador. El Señor vino de los cielos a la tierra para estar cerca de nosotros,
los pecadores. Esto lo vemos en Mateo 8. “Cuando descendió Jesús del monte, le
seguían grandes multitudes. Y he aquí se le acercó un leproso y le adoró, diciendo:
Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra” (vs. 1-3). Este leproso debía
haber sido aislado, excluido, del pueblo de Dios. Nadie debía tocarlo para evitar que la
contagiosa enfermedad le fuera transmitida. No obstante, el Señor Jesús, teniendo
conmiseración del leproso en amor, se le acercó y lo tocó.

III. EL LEPROSO QUE HA DE SER SANADO


TIENE QUE BUSCAR SER PURIFICADO
DELANTE DE DIOS
En Levítico 14:4-9 vemos que el leproso que había de ser sanado tenía que buscar ser
purificado delante de Dios. Esto significa que quien está enfermo del pecado de la
lepra, aun cuando haya sido sanado por la vida divina en su interior, todavía deberá
tomar medidas con respecto a sus carencias e inmundicia delante de Dios para ser
purificado. Para ser limpios de la lepra no sólo se requiere acción por parte de Dios,
sino también cooperación de nuestra parte. Como leprosos, como pecadores, debemos
buscar ser purificados. El que procuremos ser purificados es nuestra cooperación con
la gracia y el amor de Dios.

El que había sido sanado de la lepra aún necesitaba ser purificado. Una cosa es ser
sanado, y otra, ser purificado. El proceso, el procedimiento, de purificación incluye
muchos asuntos, de los cuales hablaremos ahora.

A. Con dos avecillas vivas y limpias


“El sacerdote mandará tomar para el que ha de ser purificado dos avecillas vivas y
limpias” (v. 4a). Estas dos avecillas, las cuales son limpias y están llenas de vida, son
tipos de Cristo. Cristo es tipificado aquí por la vida de las aves, la vida que puede volar
en el aire por encima de la tierra.

1. Las avecillas
Las aves pueden trascender el ámbito terrenal. Las avecillas del versículo 4a
representan a Cristo, quien vino desde los cielos, pero pertenece a los cielos y
trasciende el ámbito terrenal.

253
2. Las avecillas vivas
Las avecillas vivas representan que Cristo está lleno de vida. Él es viviente porque está
lleno de vida.

3. Las avecillas limpias


Aquí las avecillas limpias representan que únicamente Cristo está limpio, sin
contaminación alguna. Al respecto, Cristo y nosotros somos lo opuesto. Todo lo que
tiene que ver con nosotros es inmundo, pero todo lo que tiene que ver con Él es limpio.
Nosotros somos la inmundicia misma, pero Él mismo es la limpieza.

4. Dos avecillas
Las dos avecillas representan, por una parte, que Cristo murió por nosotros para quitar
nuestra inmundicia, y por otra, que Él resucitó por nosotros para liberarnos de nuestra
debilidad. Cristo murió en la cruz para quitar nuestros pecados. Esto lo tipifica la
primera avecilla. Cristo resucitó de entre los muertos para liberarnos de nuestra
debilidad por el poder, la fortaleza y la energía de la vida; esta vida es la vida de
resurrección, la vida que está en resurrección. También es la vida divina, la vida eterna
e increada de Dios. Nosotros recibimos esta vida de parte del Cristo resucitado, quien
es tipificado por la segunda avecilla. Por tanto, estas dos avecillas representan dos
aspectos de Cristo: Cristo en Su crucifixión y Cristo en Su resurrección.

B. Con madera de cedro


La madera de cedro (v. 4b; cfr. 1 R. 4:33) representa la humanidad elevada y honorable
del Señor, que le hace apto para ser nuestro Salvador. En el Antiguo Testamento, a
menudo se usan plantas como tipos de la humanidad del Señor. La madera, en
particular, es uno de esos tipos. La madera de cedro tipifica la humanidad elevada del
Señor.

C. Con hisopo
En 1 Reyes 4:33 Salomón “disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el
hisopo que brota en la pared”. El hisopo figura entre las plantas más pequeñas. El
hisopo mencionado en Levítico 14:4b representa que el Señor estuvo dispuesto a
humillarse al hacerse “semejante a los hombres” para estar cerca al hombre y ser su
Salvador. Por una parte, según lo tipifica la madera de cedro, el Señor posee el nivel de
humanidad más elevado; por otra, según lo tipifica el hisopo, Él estuvo dispuesto a
humillarse para hacerse accesible a nosotros.

D. Con escarlata
El color escarlata (v. 4b), un rojo oscuro, implica muchas cosas en la tipología. Aquí la
escarlata significa que el Señor se humilló al hacerse hombre a fin de hacer la voluntad
de Dios y derramar Su sangre en la cruz para nuestra redención, con lo cual llegó a ser
el Rey honorable y encumbrado. El color escarlata representa el derramamiento de
sangre; por tanto, representa la redención que Cristo efectuó al derramar Su sangre en

254
la cruz. El color escarlata también implica realeza. Cristo fue inmolado, crucificado,
para efectuar la redención, y por medio de dicha redención Él fue hecho Rey. El
Salvador no se hizo Rey luchando, sino al morir, es decir, al ser crucificado.

E. Una avecilla es degollada


en un vaso de barro sobre aguas corrientes
El versículo 5 dice: “El sacerdote mandará degollar una de las avecillas en un vaso de
barro sobre aguas corrientes”. La palabra hebrea traducida “corrientes” significa
literalmente “vivas”. El vaso de barro lleno de aguas vivas, sobre el cual mandaban
matar la avecilla, significa que al morir el Señor en la carne, Él se ofreció a Sí mismo a
Dios mediante el Espíritu viviente y eterno (cfr. He. 9:13-14).

El vaso de barro representa la humanidad del Señor, y las aguas vivas representan al
Espíritu viviente y eterno de Dios. Una avecilla debía ser degollada en un vaso de barro
sobre aguas vivas. Esto significa que Cristo fue inmolado en Su humanidad, la cual
estaba llena del Espíritu viviente y eterno. En Hebreos 9:14 vemos el cumplimiento de
este tipo. Este versículo dice que Cristo, mediante el Espíritu eterno, se ofreció a Sí
mismo a Dios. Mientras moría en la cruz, Él se ofreció a Sí mismo a Dios mediante el
agua viva —el Espíritu eterno y viviente de Dios— que lo llenaba. Cuando Cristo estaba
en la cruz, Él no estaba solo, ya que el Espíritu eterno estaba en Él y con Él.

Sin las palabras que Pablo expresa en Hebreos 9:14 no podríamos entender el tipo de
Levítico 14:5. En el tipo se mencionan varios detalles de una manera muy sencilla. Aquí
tenemos un vaso de barro, aguas corrientes y una avecilla que era inmolada. Cuando
comparamos este tipo con Hebreos 9:14, vemos que cuando Cristo (la avecilla
inmolada) estaba siendo crucificado, Él estaba en Su humanidad (el vaso de barro),
pero en Él estaba el Espíritu eterno, el viviente Espíritu de Dios (las aguas vivas).
Mediante el Espíritu, el cual lo llenaba, Cristo se ofreció a Sí mismo a Dios.

F. La otra avecilla, junto con la madera de cedro,


los hilos escarlatas y el hisopo, son mojados
en la sangre de la avecilla que fue degollada
para que la sangre sea rociada siete veces
sobre el que ha de ser purificado de la lepra
“En cuanto a la avecilla viva, la tomará junto con la madera de cedro, los hilos
escarlatas y el hisopo, y los mojará juntamente con la avecilla viva en la sangre de la
avecilla que fue degollada sobre las aguas corrientes. Rociará siete veces sobre el que
ha de ser purificado de la lepra y lo declarará limpio” (Lv. 14:6-7a). Esto significa que
la redención perfecta efectuada por el Señor no sólo hace que el hombre sea lavado
objetivamente en cuanto a su posición, sino también que el hombre experimente
subjetivamente, en el Espíritu Santo, el sufrimiento padecido por el Señor al derramar
Él Su sangre en Su humanidad —honorable y elevada, y a la vez humilde—, y además,
que experimente Su muerte, resurrección, ascensión y glorificación. Todas estas cosas
se hallan implícitas en este tipo.

255
En 14:6 cuatro cosas —la otra avecilla, la madera de cedro, la escarlata y el hisopo—
eran mojadas en la sangre de la avecilla muerta. Yo creo que estas cuatro cosas eran
atadas, o sea, que la escarlata era el hilo con que se ataba a la avecilla, la madera de
cedro y el hisopo, formando así un solo manojo. Este manojo entonces era mojado en
la sangre de la avecilla muerta para después rociar siete veces con esa sangre al leproso
que había de ser purificado.

La obra redentora del Señor, Su humanidad noble, elevada y humilde, y Su


resurrección, ascensión y glorificación, todo ello está implícito en este tipo. Hemos
visto que la madera de cedro tipifica la humanidad noble y elevada de Cristo, y que el
hisopo representa Su humanidad humilde. La avecilla inmolada, por supuesto,
representa Su redención. ¿Qué es lo que representa Su resurrección, Su ascensión y Su
glorificación? Su resurrección es representada por la otra avecilla, la avecilla viva. Estas
dos avecillas representan a Cristo en dos aspectos: en Su muerte y en Su resurrección.
Por una parte, Él fue inmolado, lo cual es representado por la avecilla muerta; por otra,
Él fue resucitado, lo cual es representado por la avecilla viva. El Cristo que murió llegó
a ser el Cristo viviente mediante la resurrección. La ascensión de Cristo es representada
por la avecilla viva que vuela y se eleva en el aire. La glorificación del Señor es
representada por la escarlata, que implica el reinado. Cristo es glorificado en Su
reinado. Cristo fue humillado en Su encarnación, fue avergonzado en Su crucifixión y
fue glorificado en Su reinado. Por consiguiente, en este tipo vemos al Cristo todo-
inclusivo, puesto que aquí tenemos Su humanidad, la cual es elevada y a la vez humilde,
Su redención y Su resurrección, ascensión y glorificación.

G. La avecilla viva es soltada


en el campo abierto
“Soltará la avecilla viva en el campo abierto” (v. 7b). Esto significa que el Cristo viviente
hace que el pecador que ha sido purificado no sólo experimente la muerte y
resurrección de Cristo, sino también Su ascensión. Cristo ha logrado todo esto por
nosotros, y lo único que nos queda por hacer es experimentarlo y disfrutarlo. En el
Cristo crucificado, quien es la avecilla muerta, nosotros morimos. Ahora, en el Cristo
resucitado, quien es la avecilla viva, nos elevamos en ascensión. Hemos sido libertados,
y ya no tenemos más impedimentos.

Reitero una vez más que para exponer este tipo es necesario conocer toda la Biblia.
Ésta es la teología apropiada, la teología bíblica. La teología bíblica tiene mucho que
ver con la lepra en Levítico 13 y 14. Si esta teología no incluyera el tema de nuestra
lepra, estaríamos completamente alejados de Dios. Él sería Dios, un Dios
completamente ajeno a nosotros, y nosotros seríamos leprosos, leprosos que estarían
separados de Él. Pero la teología bíblica incluye el asunto de nuestra lepra, y podemos
ver a Dios en la tipología de Levítico 14:4-7. En este tipo vemos la obra redentora del
Señor y el poder salvador en Su resurrección. Fuimos redimidos por el Cristo
crucificado, y ahora estamos en el Cristo resucitado, elevándonos en el aire junto con
Él.

256
H. El leproso que ha de ser purificado
lava sus vestidos,
se afeita todo el pelo y se baña en agua
“El que ha de ser purificado lavará sus vestidos, se afeitará todo el pelo y se bañará en
agua, y quedará limpio” (v. 8a). Esto significa que, por una parte, un pecador que ha
de ser purificado necesita experimentar la muerte, resurrección y ascensión de Cristo,
y que, por otra, tendrá que asumir personalmente la responsabilidad de tomar medidas
respecto a todo lo relacionado con su vivir viejo y su vida natural y, así, eliminarlo.

1. El pelo de la cabeza
El leproso que había de ser purificado tenía que rasurarse todo el pelo. El pelo de la
cabeza representa la gloria del hombre. Casi toda persona encuentra algo de que
jactarse, algo de lo cual pueda gloriarse en sí misma, algo de lo cual pueda hacer alarde
ante los demás. Esto es lo que tipifica el pelo de la cabeza.

2. La barba
La barba, que también debía ser afeitada, representa la honra del hombre. Por lo
general, las personas se consideran dignas de ser honradas y se sienten superiores a
los demás. Esto tiene que ver con la honra del hombre, lo cual es tipificado por la barba.

3. Las cejas
La belleza del rostro humano radica principalmente en las cejas. Así que, las cejas
representan las características excelentes, méritos y virtudes del hombre. Éstos son los
aspectos buenos y fuertes que el hombre tiene por naturaleza, los cuales no provienen
de la experiencia que tenemos de la salvación de Dios, sino de nuestro nacimiento
natural.

4. Todo el pelo del cuerpo


Todo el pelo del cuerpo representa la fortaleza y capacidad del hombre. Como seres
humanos, tenemos fortaleza y capacidades naturales. Esto significa que tenemos pelo
en todo nuestro cuerpo, y este pelo debe ser afeitado.

5. Bañarse en agua
Bañarse en agua significa tomar medidas con respecto a todo nuestro ser. Esto equivale
a sepultar todo nuestro ser en agua.

Estos cinco aspectos, en conjunto, nos hablan de deshacernos del yo con toda su gloria,
honra, características excelentes, méritos, virtudes, fortaleza y capacidad. Si nos
deshacemos de nosotros mismos en esta manera, ciertamente seremos limpios; no
habrá más lepra. Sin embargo, mientras exista el yo, tendremos lepra en alguna forma:
en nuestro cabello, en nuestra barba, en nuestras cejas, en el pelo de nuestro cuerpo,
en nuestro yo. Por tanto, todo nuestro ser debe ser lavado, sepultado, aniquilado, en

257
aguas profundas. Cuando no tengamos nada ni seamos nada, entonces seremos
limpios.

I. El leproso que ha de ser purificado


mora fuera de su tienda siete días
“Después podrá entrar en el campamento, pero morará fuera de su tienda siete días”
(v. 8b). Esto significa que el pecador que ha de ser purificado todavía no puede recobrar
la comunión con los hermanos; antes bien, él tendrá que velar, esperar y tomar
medidas más profundas. Aun después que el leproso se afeitaba todo el pelo y se
bañaba en agua, él debía esperar, observarse a sí mismo y tomar medidas más
profundas. Esto indica que tomar medidas con respecto a nuestro pecado, nuestra
lepra, nuestra rebelión, que procede de Satanás, reviste gran seriedad delante de Dios.
Debido a que el pecado es algo tan serio, no debemos tratar con ello a la ligera, ni de
manera liviana ni descuidada.

J. El séptimo día,
el leproso que ha de ser purificado
se afeita la cabeza, la barba y las cejas
—aun todo el pelo—,
lava sus vestidos y baña su carne en agua
Levítico 14:9 dice: “Al séptimo día se afeitará todo el pelo; se afeitará la cabeza, la barba
y las cejas, es decir, todo su pelo. Luego lavará sus vestidos y bañará su carne en agua,
y quedará limpio”. Después de velar y esperar siete días, él se afeitaba todo el cuerpo
una vez más, lavaba su ropa y bañaba su carne. Esto significa que el pecador que ha de
ser purificado tiene que asumir la responsabilidad de tomar medidas respecto a todo
lo relacionado con su vida natural y su andar diario. Ésta es la manera de purificarnos
según lo muestra la revelación divina. Aquí vemos que Dios desea que nosotros
tomemos medidas respecto a nuestro pecado y nuestro yo pecaminoso con la debida
seriedad. Si tomamos medidas con respecto a nosotros mismos de una manera
definida, cabal y exhaustiva, seremos limpios.

ESTUDIO-VIDA DE LEVÍTICO
MENSAJE CUARENTA Y TRES
LA PURIFICACIÓN DEL LEPROSO
(2)
Lectura bíblica: Lv. 14:10-32
Como creyentes neotestamentarios, nosotros disfrutamos ser purificados por el Señor.
Sin embargo, si tan sólo leemos y entendemos el Nuevo Testamento, no podremos ver
un cuadro claro y detallado de lo que conlleva esta purificación. Para ello necesitamos
los tipos presentados en Levítico 14. En estos tipos vemos que para limpiarnos de la
lepra, el Señor tuvo que encarnarse, es decir, hacerse un ser humano. Como lo tipifica
la madera de cedro, Su humanidad era elevada y honorable; y como lo tipifica el hisopo,
Él estuvo dispuesto a humillarse, haciéndose semejante a los hombres. Por una parte,

258
Su norma era elevada; por otra, descendió a un nivel de extrema humillación. Ambos
aspectos tenían como fin producir el hilo escarlata. Además, las dos avecillas tipifican
a Cristo en dos aspectos más: la avecilla muerta representa a Cristo en Su crucifixión,
y la avecilla viva representa a Cristo en Su resurrección. Si no tuviéramos a Cristo en
todos estos aspectos, no podríamos ser limpios de nuestra lepra, de nuestro pecado.

No creo que los israelitas de la antigüedad hubieran entendido el significado de las dos
avecillas, la madera de cedro, el hisopo, la muerte de la avecilla sobre un vaso de barro
lleno de aguas corrientes, el hecho de que se amarraran juntos la avecilla viva, el cedro,
el hisopo y el hilo escarlata y que se mojaran en la sangre de la avecilla muerta para
rociar con esa sangre siete veces al que había de ser purificado. Aunque los israelitas
vieron estas cosas y las experimentaron, no las entendieron. Sin embargo, hoy sí
entendemos estos tipos. Ahora podemos ver que para ser purificados necesitamos a un
Cristo en muchos aspectos, a un Cristo que ha pasado por una serie de procesos. La
sangre derramada por Él fue rociada sobre nosotros, los pecadores, y por ello estamos
vinculados a Cristo, el Redentor.

Aunque el Señor nos ha mostrado mucho en cuanto a estos tipos, esperamos que en los
años venideros Él nos muestre aún más.

En el mensaje anterior abarcamos únicamente la primera parte del procedimiento, o


proceso, requerido para la purificación de un leproso. En este mensaje hablaremos
sobre la segunda parte de este proceso.

En la purificación del leproso, Cristo es revelado no solamente como las dos avecillas,
la madera de cedro, el hisopo y el hilo escarlata, sino también como las cuatro clases
de ofrendas: la ofrenda por las transgresiones, la ofrenda por el pecado, el holocausto
y la ofrenda de harina.

La ofrenda por el pecado se encarga de nuestra naturaleza pecaminosa, del pecado que
constituye la naturaleza de nuestro ser caído. La naturaleza de nuestro ser caído es el
pecado mismo, y esta naturaleza pecaminosa es la esencia, la sustancia, el elemento,
de Satanás. Nuestra naturaleza pecaminosa —el pecado que mora en nuestro ser— es
satánica. Podríamos decir que incluso es Satanás mismo. El pecado, que es rebelión, es
Satanás mismo. Este pecado fue inyectado en nosotros, de modo que hemos sido
constituidos pecadores (Ro. 5:19), es decir, pecadores en cuanto a nuestra constitución
intrínseca. Así que, los seres humanos son una entidad constituida de pecado.
Debemos ver que nuestro ser está plenamente constituido de pecado, del enemigo de
Dios.

La ofrenda por el pecado se encarga de nuestra naturaleza de pecado. El pecado es


nuestra naturaleza; incluso es nuestro propio ser. Cuando Cristo murió en la cruz, Él
no sólo murió por nuestros pecados, sino que también fue hecho pecado por nosotros
(2 Co. 5:21). Cristo fue crucificado como pecado. Cuando Él fue crucificado, el pecado
también fue crucificado, y nosotros también fuimos crucificados. Cuando Cristo fue

259
crucificado como pecado, el pecado, Satanás y nosotros mismos fuimos crucificados
juntamente con Él. Esto es lo que significa la ofrenda por el pecado.

La ofrenda por las transgresiones se encarga de nuestros pecados, los cuales son fruto
del pecado que mora en nosotros, el pecado que es nuestra naturaleza, nuestro ser,
nuestra constitución intrínseca. A los pecados, que son los distintos frutos del pecado,
también se les llama faltas, delitos y transgresiones. Así pues, necesitamos tanto la
ofrenda por el pecado como la ofrenda por las transgresiones. Necesitamos que la
ofrenda por el pecado se encargue del pecado, el origen de nuestros pecados.
Necesitamos que la ofrenda por las transgresiones se encargue de todos los frutos del
pecado.

La ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones en realidad pertenecen a


una sola categoría que pone fin al pecado en su totalidad, que incluye nuestro pecado
y nuestros pecados. “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn.
1:29). El pecado aquí se refiere al conjunto total del pecado, que incluye nuestra
naturaleza pecaminosa y nuestras acciones pecaminosas. Cristo es la ofrenda que pone
fin al pecado como también a los pecados. Él es la ofrenda por el pecado que pone fin
a nuestro pecado, y Él es la ofrenda por las transgresiones que pone fin a nuestros
pecados. Dado que estas ofrendas están relacionas con lo mismo —con el hecho de
poner fin al pecado en su totalidad—, en los capítulos 5 y 6 de Levítico se aplican a
veces de manera intercambiable, es decir, la ofrenda por las transgresiones llega a ser
la ofrenda por el pecado, y la ofrenda por el pecado llega a ser la ofrenda por las
transgresiones.

Con relación a la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones, quisiera
decir algo con respecto a la expiación, o propiciación. Levítico 14:18 habla acerca de la
expiación que el sacerdote hacía delante de Jehová por el leproso. Es difícil traducir la
palabra hebrea que corresponde a la palabra expiación. La versión King
James traduce esta palabra hebrea como atonement. La expiación tiene que ver con
restaurar la unidad entre dos personas. Supongamos que dos personas tienen un
problema, quizás una disputa, que necesite solucionarse. A causa de este problema,
estas dos personas no están en unidad. Por tanto, necesitan algo que apacigüe su
situación, resuelva su problema y logre la unidad entre ellas.

La expiación, o propiciación, consiste en apaciguar un conflicto o una situación en la


que una persona ha ofendido a la otra o le debe algo. Mientras este problema no sea
resuelto, no habrá paz entre ellas. Así que una tercera persona tiene que intervenir a
favor de la primera persona para que la ofensa sea perdonada, de modo que la segunda
persona pueda estar en unidad con la primera. Esto es apaciguar, hacer expiación.

En Levítico 14, el leproso es una de estas dos partes contrarias, el ofensor, y Dios es la
otra parte, la parte ofendida. Por supuesto, el problema es la lepra. Hemos señalado
que la lepra representa el pecado, que el pecado es rebelión y que la rebelión es Satanás.
Estas cuatro cosas —la lepra, el pecado, la rebelión y Satanás— son sinónimos. Esto
significa que son una sola entidad. Puesto que entre Dios y el hombre existe el

260
problema de la lepra, es necesario que el conflicto sea apaciguado al eliminar la lepra,
la cual equivale al pecado, a la rebelión y a Satanás mismo. Para dicho apaciguamiento,
las dos avecillas no son suficientes. Las dos avecillas pueden efectuar la purificación,
pero no la expiación. Para hacer expiación es necesaria la ofrenda por el pecado, la
ofrenda por las transgresiones, el holocausto y la ofrenda de harina. Sólo una vez que
tenemos estas cuatro ofrendas puede efectuarse la expiación y la purificación.

Un leproso, un pecador que está bajo la condenación de Dios y que tiene un problema
con Dios, necesita tres cosas: sanidad, purificación y expiación. Decir que un leproso
necesita expiación equivale a decir que necesita ser llevado de regreso a la comunión
con Dios. La expiación quita el obstáculo que hay entre el leproso y Dios. Cristo vino
no solamente para purificarnos, sino también para hacer propiciación por nosotros. A
fin de hacer propiciación, Él tuvo que ser nuestra ofrenda por el pecado, nuestra
ofrenda por las transgresiones, nuestro holocausto y nuestra ofrenda de harina.

Ya vimos el significado de la ofrenda por el pecado y la ofrenda por las transgresiones.


Ahora necesitamos ver el significado del holocausto y de la ofrenda de harina.

Cristo es el holocausto que nos capacita para llevar una vida de absoluta entrega a Dios.
Con este propósito, Él es también la ofrenda de harina que nos alimenta, que nos
suministra el alimento. Para hacer cualquier cosa necesitamos alimento, el cual nos
proporciona la fuerza para vivir. Si queremos llevar una vida de absoluta entrega a
Dios, necesitamos algo que nos brinde un suministro, algo que nos apoye, nos sostenga
y nos alimente. Lo que necesitamos es a Cristo como nuestra ofrenda de harina, como
nuestro alimento. Cristo es la ofrenda de harina que podemos comer. Cuanto más
disfrutemos a Cristo como ofrenda de harina, más podremos llevar una vida que sea
un holocausto, una v