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La Retrospección O Recapitulación De Los Hechos Y Actitudes Del Día

Constituye Una De Las Piedras Angulares Para Construir Los


Elementos Finos De La Percepción Y El Trabajo Espiritual

Con la retrospección del gran filósofo griego Pitágoras inauguramos


esta iniciativa por entablar un puente entre el conocimiento libresco, la
inspiración que encontramos en la mente y en los actos de los otros y la
experiencia propia. El paso de la información hacia la conciencia, de la
filosofía en un arte de vivir. Queremos experimentar lo que creemos que
conocemos para traducirlo en sabiduría y zanjar un camino para
penetrar el misterio de lo invisible y lo intangible, para encender la
propia luz en la noche de la razón. Como señalamos en la introducción,
los ejercicios de percepción espiritual serán tomados de los grandes
maestros espirituales de todas las eras como ejemplar nutrimento para
nuestras prácticas diarias, a la manera de una pequeña matricula de
prácticas y disciplinas mayormente internas, pero que requieren
accionarse en un plano empírico y que de esta forma son una especie
de ciencia interna que podrá medirse en los resultados que se tienen
sobre nuestras conductas y nuestras facultades perceptuales.
Moviéndonos del "yo creo" al "yo sé" (no por pedantería intelectual sino
por certidumbre interna de la experiencia) nos enfrentamos con el reto
de hacer tangible lo que es de suyo elusivo e inmaterial. En el caso, por
ejemplo, de un carpintero, éste puede dar este paso tomando un martillo
y construyendo algo --trascendiendo así un plano. La experiencia del
saber se hace real a través de la participación en el acto. En el caso del
saber interno o metafísico debemos encontrar herramientas sutiles para
construir una estructura, una verdadera habitación en la que podamos
tener experiencias y en la que vivamos con ellas. Para tener la
certidumbre de que lo que experimentamos es real, debemos primero
colocar fuertes simientes en esta habitación, es decir una base moral
para desarrollar de aquí la intuición y la percepción más sutil. 
Pitágoras, que lleva el epíteto de ser "aquel cuya voz es un oráculo",
después de sus muchos viajes e iniciaciones entre los persas, egipcios
y los indios, entre otros, formó la primera escuela mística en Occidente,
en la ciudad de Crotona. La tradición recoge que en esta escuela
instituyó la práctica de la retrospección en sus discípulos. Esto
consistía, según el biógrafo de Pitágoras, Thomas Stanley, en todas las
noches llamar las acciones del día pasado. Lo anterior permitía un
constante ejercicio de la memoria, una rendición de cuentas del pasado
y un cuidado providencial del futuro. El alumno debía repasar lo que
había aprendido en el día, meditar sobre en qué había fallado y suscitar
piedad y compasión con todos los seres. En los famosos "Versos
áureos de Pitágoras" se lee:
Que no llegue el sueño a tus ojos cansados antes de que recuerdes a la
luz de la razón todos los actos realizados durante el día. Como un juez
imparcial, analízalos preguntándote: «¿Qué de bueno he hecho? ¿Qué
no he cumplido de lo que debería haber cumplido?». Así revisa, uno por
uno, todos los actos que has realizado en el transcurso del día.
¡Repróchate severamente por las cosas malas que hayas hecho y
alégrate por los actos de bondad, así como por los éxitos! Practica
concienzudamente estas cosas; medita en ellas; debes amarlas con
entereza. Son ellas las que te colocarán en la senda de la virtud divina.
Escribiendo sobre la retrospección pitagórica en su libro Self-
Unfoldment, Manly P. Hall señala que el propósito de esta recapitulación
es "descubrir el peso moral de la acción":
La persona promedio es apenas consciente del significado de los
eventos que le ocurren en un día. Algunas de las más valiosas
lecciones le pasan desapercibidas. No observar atentamente, fallar en
discriminar y poner el énfasis adecuado... nos priva de la conciencia de
la experiencia de la acción. 
En cierta forma la retrospección dota de realidad a ciertos eventos
evanescentes y los purifica bajo una luz moral. Hall recomienda una
versión adaptada de la retrospección pitagórica:
Aparta unos momentos al final del día, busca el silencio y la relajación y
permite que los incidentes del día fluyan a través de ti como una serie
de pinturas. Es costumbre en esta práctica ir en reversa, de lo último
que ocurrió en la noche hacia lo primero que sucedió al alba. Esto de tal
forma que la relación entre la causa y el efecto sea más clara...
La retrospección debe ser realizada sin involucramiento personal, sin
identificarse con los sucesos, para que puedan ser útiles
filosóficamente. Debemos ver, más que las debilidades propias, las
fortalezas de la Ley...
Usualmente esta disciplina debe ser limitada a unos pocos minutos, y
debería ser practicada inmediatamente después de retirarse de las
actividades. La mente debe permanecer impasible y enteramente
calma. No debe haber reflejos emocionales de ningún tipo. Debe ser
una experiencia en la que nos volvemos conscientes, pero en la que no
reaccionamos de manera personal.
En sus lecturas sobre la retrospección, Manly P. Hall concluye que "la
administración consciente de nuestros asuntos es algo necesario hasta
que crezcamos más allá de nuestras falencias" y que el ejercicio
pitagórico "nos ayudará a crecer cada día de forma ordenada y
consistente". Tenemos aquí ademas una fórmula de medicina
preventiva para detener el crecimiento de trastornos mentales con la
rectificación diaria, la posibilidad de cortar las yerbas malas antes de
que contaminen todo el organismo.

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La Tradición Budista Hace Disponible Una Serie De Recursos Para


Meditar Sobre La Irrealidad Del Mundo - Con Base En Una Profunda
Lógica Filosófica - Y Acercarnos A La Liberación A Través Del
Entendimiento De La Naturaleza Mágica Y Onírica Que Tienen Todas
Las Cosas.

En la segunda entrega de los ejercicios de percepción espiritual --un


acercamiento práctico a la espiritualidad basado en el desarrollo y
purificación de la percepción, tomando el ejemplo de grandes maestros
de la filosofía, el arte y la religión-- indagaremos la noción budista de
que la realidad como la conocemos --sólida, fija y estable-- es una
ilusión. En esto no se hace distinción: tanto la vigilia como los sueños
son irreales, son fabricaciones mentales interdependientes. Para llevar
a la mente a la lucidez de darse cuenta de que "esto es un sueño", los
budistas practican diversas meditaciones y ejercicios de
autoobservación. Intentaremos aquí brindar un poco de contexto,
esbozar la parte simple --y no por ello menos poderosa-- del ejercicio y
entender la filosofía que sustenta esta noción, la cual es fundamental
para que podamos llegar a la realización de una conciencia despierta, la
cual es la esencia del estado de la budeidad: el término buddhi significa
justamente despertar, una conciencia lúcida y despierta. Finalmente
consideraremos que este ejercicio va más allá de una práctica para
tener sueños lúcidos, si bien puede tener ese beneficio como un efecto
añadido, su perfeccionamiento hace de la vigilia y el sueño un mismo
contínuum, un único estado de conciencia libre de apegos, fijaciones y
dualidad perceptual. Un paso esencial para el gran cometido de hacer la
mente como el espacio: luminosa vacuidad que se da cuenta de sí
misma. 
La metáfora de la existencia ordinaria como un sueño aparece en
innumerables sutras y comentarios en las diferentes escuelas del
budismo. Una de las más famosas menciones ocurre en el Sutra del
Diamante:
Debes ver este mundo como algo pasajero,
como una estrella en la mañana, una burbuja en un arroyo,
un relámpago o una nube de verano,
un destello parpadeante, un espectro y un sueño.
Esta serie de imágenes que encontramos en el budismo mahayana nos
llegan a través del gran maestro tibetano Lonchenpa como ocho
símiles que ilustrarán diferentes principios filosóficos de la irrealidad.
Longchenpa nos dice que el mundo se parece a un reflejo en un espejo,
a la luna en el agua, a un eco, a un arcoíris,  a un sueño, a una ciudad
de gandharvas, a un espectro y a una ilusión óptica creada por un
mago. En su seminal Dzogpa Chenpo, uno de sus "siete tesoros", se
dice:
La felicidad o el sufrimiento del nirvana o el samsara son como sueños
o pesadillas. Desde el momento de su aparición, su naturaleza está libre
de elaboración. A partir de esta [naturaleza libre de elaboración], la
causalidad del surgimiento y la cesación aparecen como un sueño,
como maia, como una ilusión óptica, una ciudad de gandharvas, un eco,
un reflejo, sin ninguna realidad.
Es por esta noción de la irrealidad e insustancialidad del mundo que los
budistas practican diferentes técnicas para establecer en su percepción
lo que llaman "la perspectiva correcta", que en este caso consiste en ver
que el mundo es irreal, por impermanente e interdependiente. En su
conferencia sobre el budismo, parte de un ciclo de Siete noches, Borges
hace un comentario sobre esta práctica:
En los monasterios budistas uno de los ejercicios es este: el neófito
tiene que vivir cada momento de su vida viviéndolo plenamente. Debe
pensar: "ahora es el mediodía, ahora estoy atravesando el patio, ahora
me encontraré con el superior", y al mismo tiempo debe pensar que el
mediodía, el patio y el superior son irreales, son tan irreales como él y
como sus pensamientos. 
Borges añade que para poder acercarnos a erradicar el sufrimiento
"debemos llegar a comprender que el mundo es una aparición, un
sueño, que la vida es sueño. Pero eso debemos sentirlo profundamente,
llegar a ello a través de los ejercicios de meditación".
En la traducción de uno de los textos preliminares para la práctica de la
Gran Perfección de Longchenpa (el cual Keith Dowman traduce como
Maha Yoga), se dice:
Como práctica principal medita de la siguiente forma:
El mundo exterior, sus montañas y valles, pueblos y ciudades y seres
vivientes,
compuestos de tierra, agua, aire, fuego y espacio, todas las formas,
sonidos, olores, sabores y sensaciones,
los cinco objetos sensoriales y el mundo interno de la mente-cuerpo y
su conciencia sensorial, toda la experiencia,
deben ser atendidos incesantemente como un sueño.
Longchenpa dice que esta conciencia del sueño que es la realidad tiene
los beneficios de que "el intelecto se relaja y el aferramiento
inmediatamente cesa --el aspecto objetivo es refutado, y el sujeto se
retira", esto después de un tiempo permite que cuando la mente se
acerca a las situaciones "como si fueran un sueño", sin poder encontrar
algo sustancial a lo cual adherirse, entonces se "sumerge en un espacio
todopenetrante como el cielo... desprovista de toda actividad mental
compulsiva, emerge como espontánea y simple cualidad vacía". Esto
nos lleva a una prístina conciencia no dual, lo que se conoce como
rigpa. La mente se vuelve como el espacio en toda su vastedad y
vacuidad, el único fundamento constante y real. Esta realización, nos
dice Longchenpa, tiene numerosos otros beneficios, como los que
pueden ocurrir en un sueño lúcido: al  descubrir que estamos soñando
podemos viajar inmediatamente a paraísos de la mente --a todas las
Tierras Puras-- y ejercer todo tipo de poderes supernaturales y
"alcanzar el jnana, el samadhi y una multitud de dakinis" y, sin embargo,
el beneficio supremo es la liberación de la ilusión consustancial de la
existencia reificada.
Thinley Norbu Rinpoche, uno de los más recientes grandes maestros
del linaje budista Nyingma, el más antiguo del Tíbet y del cual también
forma parte Longchenpa, dice en su libro Magic Play: "los fenómenos no
tienen existencia verdadera pero aparecen a todos. Ver todas las
apariciones como mágicas, y así abandonar el apego a la existencia
como real, entonces, tiene la habilidad de lograr la liberación". Así el
sueño y los fenómenos de los cuales está compuesto se vuelven
sabiduría pura, la delicia del espacio libre que conoce el gran
espectáculo de la existencia sin formar ninguna relación objetificante;
libre de la alucinación de creer en su realidad, el arcoíris se puede
disfrutar como lo que es. Para establecer este delicioso modo de
percepción, en el cual nada se cristaliza, nada se coagula --el modo del
contemplativo puro, es sumamente útil repetirnos todos los días cada
vez que descubrimos que nos estamos enmarañando con una situación,
que nos identificamos con un fenómeno o un concepto o que
simplemente creemos en la solidez irreversible de las cosas: "esto es
un sueño". ¡Y que alivio que lo sea! 
Para entender por qué los budistas consideran que el mundo es como
un sueño, debemos explorar la noción del surgimiento dependiente
o pratityasamutpada.      
Padmasambhava ("el nacido del loto"), el gran patriarca del budismo
tibetano, inicia sus instrucciones sobre el yoga de los sueños: "Es así:
todos los fenómenos son inexistentes, pero aparentan existir y son
establecidos como varias cosas". Con esto no se refiere a los
fenómenos de los sueños solamente, los fenómenos de la vigilia
también son inexistentes. Alan Wallace comenta sobre esto en su texto
Dreaming Yourself Awake: Lucid Dreaming and Tibetan Dream Yoga for
Insight and Transformation: "Nos está sugiriendo que nuestra
experiencia despierta es tan ilusoria y fantástica como nuestros sueños.
Esta es la perspectiva de la vacuidad". Lo que significa que "los
fenómenos no existen por su propia naturaleza, ni subjetiva ni
objetivamente... existen interdependientemente". En los sueños esto
nos queda muy claro, una montaña, una persona, un evento que sucede
en el "drama onírico" es claramente dependiente de nuestra
imaginación, de nuestros recuerdos, de eventos que vivimos
anteriormente. Tiene una existencia interdependiente, no una existencia
inherente. Todo lo que aparece en el sueño son formaciones de la
mente; el budismo nos dice que también todo lo que aparece en la
vigilia son formaciones de la mente y tienen una existencia
interdependiente. Y, de la misma manera que es útil cobrar lucidez
durante los sueños para no sufrir por los eventos que ocurren --aunque
estos se esfumen cuando llega el amanecer, algunos de los cuales nos
pueden llevar al más puro terror, es igualmente necesario obtener un
estado de lucidez en la vigilia para que así no suframos por los eventos
que ocurren, los cuales también se desvanecerán un día.
Es importante mencionar que vacuidad no debe entenderse en términos
nihilistas, como una ausencia absoluta de toda existencia, sino como un
"no encontrar algo". Ya que las cosas son interdependientes, si
trazamos las causas de cada una y vemos de qué dependen,
tendremos que hacer una regresión infinita y nunca encontraremos una
esencia independiente. Los budistas han hecho una épica pesquisa a lo
largo de los siglos para encontrar el yo y no lo han hallado, justamente
porque todos los candidatos dependen de una u otra cosa y no parecen
tener una esencia inherente en la cual se pueda apuntalar ese yo. Dice
Wallace:
¿Qué o quién es este yo? Si apuntas a tu cuerpo, bueno, pues eso es el
"cuerpo", no el "yo". Usualmente pensamos que somos más que sólo
nuestro cuerpo, por lo que podemos decir que el "yo" o está en el
cuerpo o el "yo" es superior al cuerpo... Pero si el "yo" está en el cuerpo,
¿en dónde en el cuerpo es que está? Si apuntas a tu pecho y dices
"está en mi corazón" puedes estar seguro que ningún cirujano del
corazón ha visto un "yo" ahí. Si dices que tu "yo" está en tu cerebro --el
centro donde se asume yace el pensamiento y el espacio centralizado
entre tus órganos sensoriales principales-- tampoco ningún
neurocirujano ha visto el "yo" ahí.
Es posible que entonces sostengas que esto es una reducción muy
simplista y que existimos como algo más complejo y sofisticado --algún
tipo de patrón o colección de partes corporales y pensamientos
producidos neuronalmente, memorias y emociones. Pero al afirmar esto
hemos regresado a la idea budista de la interdependencia.
Wallace añade que este mismo proceso puede llevarse a cabo con
todos los objetos y fenómenos; en todos los casos existe una
interdependencia. Es por ello que el físico Werner Heisenberg dijo sobre
las observaciones de la mecánica cuántica: "lo que observamos no es la
naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestros métodos
de interrogación". Dentro de este mundo (sueño) no podemos ir más
allá de la interdependencia.
Así el átomo se vuelve, como el yo individual, una entidad
interdependiente cuya naturaleza recae en causas previas y
condiciones, componentes y atributos del fenómeno observado y, sobre
todo, en una designación conceptual --la medición, la experimentación y
el etiquetado que involucra a una lista creciente de partículas
subatómicas y sus comportamientos, los cuales nos llevan a la
perplejidad. Si los átomos no tienen existencia absoluta... entonces todo
el universo es puesto en duda.
Y la estocada final: "si estás reificando estás soñando", es decir, si
percibes una realidad de objetos separados, que se mantienen fijos y
estables, es seguro que estás dentro de un sueño.  
Esto nos puede llevar a la conclusión de que el yo, o más aún de que el
ser, no está en ninguna parte o que de existir, necesariamente, debe de
estar en todas partes, debe de ser no-local, debe de estar distribuido
equitativamente sin un centro y desafectado de todos los cambios y
sucesos que ocurren. Es por esto que algunas corrientes budistas,
 como el dzogchen, hablan del espacio mismo como la mente y como la
realidad absoluta, el cuerpo unitario de todos los fenómenos, el
dharmakaya, el cual es en cierta forma equivalente al sunyata, o a la
vacuidad radiante (el origen sin forma de toda forma). Y es que el
espacio es lo único constante, lo único que permanece, la simiente o
base de todos los fenómenos. Como dice D. T. Suzuki: "La vacuidad,
conceptualmente susceptible a confundirse con la nada, es de hecho el
reservorio de infinitas posibilidades". Es este vacío la fuente ubicua de
la cual surgen todos los fenómenos como estrellas fugaces, y a la cual
todos regresan. Y es por todo lo anterior que se dice que el espacio es
la esencia de "vajra", lo único indestructible.
Por último, quiero terminar esta segunda parte de los ejercicios
espirituales de percepción con unos breves fragmentos de un texto de
Dudjom Lingpa, otro de los grandes maestros Nyingma. En el libro
traducido como Buddhahood without Meditation, Dudjom Lingpa narra
cómo es visitado por algunas de las emanaciones de los budas de su
linaje. Como en sueños, estos seres iluminados le revelan que el mundo
es un sueño:
En una ocasión cuando me encontré con Orgyan Tsokey Dorje, la
encarnación de las ilusiones mágicas de la conciencia intemporal, me
dio algunos consejos sobre cómo refinar mi percepción para que
pudiera notar que las cosas son ilusorias (gyu-ma). "Para que te
introduzca directamente a la interdependencia de causas y condiciones
aviniendo de manera conjunta, considera lo siguiente: la causa es el
fundamento del ser como espacio base, el cual es prístinamente lúcido
y está dotado de la capacidad de que cualquier cosa surja de él. La
condición es una conciencia que concibe de un 'yo'. Al juntarse estas
dos, todas las apariencias sensoriales se manifiestan como ilusiones.
Dudjom Lingpa nos empieza a revelar el secreto para lograr percibir el
sueño como lo que es: sueño, ilusión. La identificación con un yo es lo
que impide que notemos la irrealidad de las cosas, puesto que al
concebir un yo estamos necesariamente también construyendo un
edificio mental que nos separa de todas las demás cosas: ser un yo
individual es no ser todo lo demás. Es el yo el que crea el mundo de los
objetos. Y para seguir existiendo, desesperadamente en un instinto de
subsistencia, nos hace creer que esos objetos, de los cuales obtiene su
identidad por diferenciación, son reales. Sólo así él también es real.
Continua Dudjom Lingpa: 
Todos los fenómenos, que se manifiestan como lo hacen, son inefables,
y sin embargo aparecen debido a la influencia de concebir un yo. Este
proceso es como un espejismo apareciendo por la sincronicidad del
espacio vívidamente claro y la presencia del calor y la humedad. Todas
las apariencias sensoriales de la conciencia despierta, los estados
oníricos, el bardo, las vidas futuras son aparentes y sin embargo
inefables. La confusión nace de nuestra fijación en su aparente realidad.
Es esto como un sueño que uno no considera una ilusión. En vez de
decir "Esto es un sueño", se solidifica y reifica como un objeto
persistente del ambiente. Debido a la predominante condición de la
percepción de un "yo" interno, el reino de los fenómenos se manifiesta
como un algo que es un otro. Esto es como la aparición de un reflejo a
través de la conexión interdependiente de un rostro y un espejismo
juntándose. 
Todas las apariencias sensibles no son más que el espacio base del
ser, y son una con el espacio base en sí mismo, como los reflejos de
todos los planetas y estrellas en el océano que no son otra cosa más
que el océano, son uno y el mismo sabor que el agua misma.
Creo que tenemos aquí una buena plantilla para trabajar con este
ejercicio cuyo fin es liberarnos del sufrimiento que genera la percepción
de una realidad estable, obtusa y onerosa y de una relación de
identidad fija con las cosas, con los fenómenos y con el yo mismo. La
inspiración viene por parte de este tesoro de conocimiento que nos ha
legado el budismo. Como señala Borges:  
Gautama que llegó a ser el Buddha, es decir, el Despierto, el Lúcido --a
diferencia de nosotros que estamos dormidos o que estamos soñando
ese largo sueño que es la vida. Recuerdo una frase de Joyce: "La
historia es una pesadilla de la que quiero despertarme". Pues bien,
Siddharta, a la edad de 30 años, llegó a despertarse y a ser el Buddha.
Y el mismo escritor argentino alcanza a atisbar que: 
Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el
mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el
espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura
tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.
Estemos atentos a percibir esos "tenues y eternos intersticios", esos
"glitches" en la construcción relativa de la realidad, esos túneles
radiantes en el cuerpo de Maia, para en un acto de conciencia lúcida y
relajada encontrar la salida de esta casa de los sueños que, como
alcanzó a percibir el Buda, está siendo consumida en este mismo
momento por un devorador incendio.
Coinciden todas las tradiciones en que la vida de una persona no debe
pasarse imaginando (el futuro) o recordando (el pasado), sino sobre
todo actuando y observando el presente, en un estado de calma
vigilancia de lo actual. En este sentido un ejercicio de retrospección
podría ser contraindicado. Sin embargo, este ejercicio fue concebido en
una escuela mística en la que se cree que se realizaban prácticas
similares al yoga (un yoga occidental en el que también figuraban la
música, las matemáticas y la astronomía) durante el día y donde los
estudiantes debían vivir en una práctica constante de disciplinas
ascéticas. Esto nos sugiere que el ejercicio de la retrospección era un
complemento de estos actos que los ligaban a una conciencia del
presente, pero que también significaban pruebas morales, y por lo tanto
era una forma de asimilar las experiencias y corregir a tiempo aquellas
desviaciones que más tarde podrían convertirse en hábitos más difíciles
de remover. Recordemos que, en todas las tradiciones, la moral es el
sustento de las prácticas más sutiles. Shila, la moral en las enseñanzas
del Buda, es el fundamento sobre el cual se erige samadhi (la
concentración de la mente) y así también panna (o pajna), la sabiduría
que encuentra su simiente en la moral. En el caso de los alumnos de
Pitágoras, los cuales habrían tenido que pasar 5 años de silencio para
ser admitidos a su escuela en Crotona, es probable que tuvieran una
profunda instrucción moral ligada a la cosmología del gran filósofo que
llevó a Grecia la idea de la reencarnación y probablemente también
conoció una versión de la ley del karma. En la noche debían observar
atentamente si sus actos se ajustaban a las enseñanzas, si entraban
dentro de la conformidad de la ley.   
Pitágoras también fue iniciado en los templos de Egipto. Quizás también
de aquí podemos tomar una referencia. La retrospección pitagórica es
una forma de pequeña o microcósmica psicostasia, el proceso simbólico
en el que el corazón (el asiento del ka) de los muertos era pesado
contra la balanza de Ma'at (la ley), simbolizada por una pluma. Sólo los
corazones ligeros (como la pluma de la ley) podían superar esta prueba,
los corazones más onerosos eran devorados por Anubis. Cada noche
podemos revisar con esta técnica que no estamos acumulando peso y
rencor en nuestro corazón, para mantenernos así ligeros hasta la
muerte, para emprender el vuelo. 
Se me ocurre también que la retrospección pitagórica puede ser una
forma de vipassana moral, es decir una forma de observar lo que ha
ocurrido en el día,  cómo estas acciones se han fijado en el cuerpo y
obtener un "insight" de lo sucedido. Asimismo, recorrer y desatar los
nudos (los sankharas) que se han formado por actos de inmoralidad,
enojo, agitación, disipación, desviaciones o pecados, por así decirlo.
Repasar aquellos actos también en los que hemos obrado de manera
congruente con la ley natural, en la conciencia del presente, con
entereza y vitalidad y aprobarlos, pero también sin formar apegos, a la
manera de una devoción, de una inspiración, de la misma forma en que
se medita a veces sobre la imagen de un mandala o un santo.
Recapitular es un proceso alquímico de purificar, de separar lo puro de
lo impuro, para que nuestro cuerpo y nuestra mente se mantengan en
su estado luminoso natural, y ha sido utilizado por los pitagóricos pero
también por los taoístas o los rosacruces, entre otras tradiciones.  
En la actualidad el término "mindfulness", ha cobrado popularidad
asociado a un estado de alerta y vigilancia tranquila, una forma de
conciencia ligada a la observación relajada del presente. Originalmente
esta palabra proviene del término pali "sati", utilizado por el Buda.
Sati en las antiguas escrituras budistas es entendido como una
observación de la mente y también como un traer a la atención lo que
hemos hecho o lo que ha ocurrido, es decir, una forma de retrospección.
Dice el Dr. Allan Wallace, "se dice que sati distingue entre las
tendencias saludables y las tendencias dañinas, y entre las tendencias
benéficas y las nocivas". Así tenemos que practicando sati o
recapitulación pitagórica podemos corregir nuestra mente de manera
cotidiana y mantenernos en un estado de conciencia límpido. 
Así concluimos esta primera entrega, la cual creemos es apropiada en
tanto que constituye una base moral sobre la cual se pueden erigir
aspectos más sutiles del desarrollo espiritual. Un recordatorio de que
vivimos en un universo regido por la ley de la naturaleza, el dharma, y
en el cual sólo quien trabaja y actúa en conformidad con los principios y
valores inherentes en la evolución del cosmos podrá disfrutar de los
frutos más altos. Las puertas de la percepción, que llevan al palacio de
la sabiduría, se abrirán para aquellos que han servido
desinteresadamente al Reino. Todo trabajo espiritual empieza con la
honestidad.