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" Berlín, capital del duelo "


por Xavier Antich

La Vanguardia, 29/06/2005

En su Crónica de Berlín, Walter Benjamin confesaba que llevaba años dándole vueltas a
una idea: organizar biográficamente el espacio de su vida en un mapa. Para ello, decía,
necesitaría un plano sobre el que, con la ayuda de diversos colores, pudiera ir marcando las
casas de sus amigos y amigas, los espacios de reunión de algunos colectivos a los que
perteneció, las habitaciones de hoteles y burdeles en las que durmió, los bancos del
Tiergarten, el camino de la escuela, las tumbas que vio ocupar, los cafés ya desaparecidos
cuyos nombres repite cada día, las canchas de tenis, las salas doradas de baile... De este
modo, el que hasta hoy es el gran pensador de la memoria urbana, formulaba algo que
puede parecer obvio, pero que acaso no lo sea: que toda ciudad es una medida cruzada entre
el espacio y la vida, que todo mapa está atravesado de recuerdos. Por eso a Benjamin le
fascinaba E.T.A. Hoffmann, "el padre de la novela berlinesa", y admiraba su capacidad de
perderse en aquellos barrios "repletos de todas aquellas cosas que pueden estimular a un
narrador, y cuyo rastro sólo puede seguir aquel que se detenga a leer en ellas". Y es que
toda ciudad, de hecho, lleva inscrita en su piel el trazado de sus interminables historias. Y
Berlín, la ciudad natal de Benjamin, contiene escrita en su superficie, quizás más que
cualquier otra ciudad, la historia de todo el siglo XX, con sus tragedias y miserias, sus
heridas y sus momentos de gozo. Benjamin, filósofo, judío y comunista, abandonó Berlín, y
Alemania, en la primavera de 1933, cuando Hitler accedió a la cancillería del Tercer Reich.
Su vida, como la de tantos otros, ya estaba sentenciada a muerte.

Como recordaría más tarde Hanna Arendt, "pocos eran los que aún recordaban su nombre
cuando eligió la muerte en aquellos primeros días de otoño de 1940". Hoy, la Walter-
Benjamin - Platz le recuerda, en la zona de Charlottenburg donde aprendió sus primeras
letras, en el Kaiser Friedrich - Wilhelm Gymnasium, y cerca, curiosamente, de la Sinagoga
de Fasanenstrasse (incendiada en la Noche de los Cristales Rotos y ahora ya reconstruida;
Leni Riefenstahl vivía casi delante, y tuvo que saber, aunque nunca quiso reconocerlo, de
los gritos de "¡matemos a los judíos!" con que los berlineses amenazaron en 1931 a los
fieles que salían de celebrar el año nuevo); y, cerca, también, de la plaza dedicada a George
Grosz , el artista más odiado por los nazis, a causa de sus ácidas caricaturas de Hitler. Casi
a la entrada de la plaza, desde Wielandstrasse, en el número 15, una placa recuerda que allí
vivió Charlotte Salomon, desde que nació, en 1917, hasta que huyó de Alemania en 1939;
la placa informa que, en 1943, fue deportada a Auschwitz, donde sabemos que fue gaseada,
con 26 años, probablemente tan pronto bajó del tren. Se podría seguir rastreando en la
historia de ese centímetro del plano de Berlín.

Porque es apenas un centímetro, pero, como todos en Berlín, tiene una densidad que, más
allá de la singularidad de sus historias, nos habla del drama de toda una época. Y así, desde
la guerra de 1914 hasta el reencuentro de la ciudad, dividida por el Muro entre 1961 y
1989, y el vertiginoso salto al siglo XXI, Berlín ha recorrido, con el resto del mundo, eso
que los pocos que lo han vivido, desde el principio, han acabado por confesar, con un cierto
abatimiento, que ha sido demasiado para una generación. De hecho, demasiado incluso para
cualquiera de las generaciones que lo ha vivido por etapas. Hoy, en algún quiosco de
Berlín, un visitante puede encontrar postales con las fotografías de Willy Römer de los
soldados alemanes volviendo abatidos del frente en 1918 ó de la revuelta espartaquista de
obreros y militares contra el gobierno socialdemócrata, ocupando armados la avenida Unter
den Linden, en enero de 1919. También puede toparse con la imagen del Berliner
Stadtsschloss, en pleno esplendor imperial, o taladrado por los bombardeos de 1945, o
dinamitado en 1961 por el gobierno de la RDA que construiría después, frente al solar
todavía hoy vacío, el Palacio de la República.

Ciudad palimpsesto
Y así sucede en todos los rincones de Berlín. Entre el fastuoso Pergamon Museum y el
barroco Zeughaus (el antiguo Arsenal berlinés, convertido en el Deusches Historisches
Museum), en pleno centro monumental, la fachada decimonónica de un edificio
abandonado muestra todavía hoy, a quien quiera entretenerse, las cicatrices de una metralla
sin fecha. En un rincón del barrio de Kreuzberg, conviven el magnífico Schleisches Tor
(Bonjour Tristesse) de Alvaro Siza, restos del riquísimo patrimonio industrial urbano, casas
ocupadas -de cuando aquí empezó la furia okupa contra la especulación inmobiliaria- y
comercios turcos ya con más de tres décadas de vida. Pasearse hoy por Berlín es descubrir
un palimpsesto complejísimo en el que, a cada paso, se abre un episodio de la historia, el
rastro de una herida.

De hecho, en pocos lugares del mundo el trazado de una ciudad se ha esforzado por hacer
visible, de forma tan planificada, las heridas de su propio pasado. Un pasado que, de forma
muy especial, afecta a aquello que, en Berlín, pesa todavía como culpa colectiva: la
generalizada complicidad con la barbarie del Tercer Reich. Günter Grass escribió en 1989
acerca de "la carga histórica como responsabilidad política", y algo de eso hay en la
voluntad memorialista de los berlineses. Por su parte, Vladimir Jankélévich escribió,
recordando que "Auschwitz no es simplemente un caso particular de la barbarie humana",
páginas sabias y todavía hoy necesarias, sobre el perdón, el olvido, el crimen
imprescriptible y lo inexpiable. Y, frente a la indiferencia y la amnesia, frente a la
superficialidad, reclamaba el recuerdo y el recogimiento. Y es quizás también eso, que el
sentido común denomina el peso de la culpa, lo que ha llevado a Berlín a inscribir, en el
trazado urbano, el mapa de esa culpa inexpiable. Pero, ¿cómo puede darse a ver el dolor?,
¿cómo la ciudad puede hacer visible las marcas y heridas de su pasado más indigno?

La última inscripción urbana del dolor es el Memorial que Peter Eisenman ha levantado en
el centro del Berlín histórico, entre Potsdammerplatz y la Puerta de Brandemburgo. Pero no
es el primenterio mero y, sin duda, no será el último. Daniel Liebeskind ya levantó, en
Kreuzberg, el Museo Judío, un edificio atravesado por el vacío y el silencio que ilustra la
vida cotidiana de los judíos alemanes, su aportación a la cultura y su trágica desaparición;
pero, de hecho, la construcción de Liebeskind es mucho más que un mero continente, pues
su diseño zigzagueante, sus paredes agrietadas, su jardín de cemento y su estremecedor
Holocaust - Turm tienen, más allá de los contenidos que acogen, auténtica vocación de
memorial. Por otra parte, en toda la ciudad quedan marcas de las ochenta sinagogas que
existían en 1932, de las cuales hoy sólo permanecen cinco (incluída la de
Oranienburgerstrasse, cuya espléndida cúpula dorada, evidentemente reconstruída, puede
vislumbrarse desde casi todo Berlín), así como de muchos de sus vecinos deportados y
asesinados en los años treinta y cuarenta. En la Grosse Hamburger Strasse, cerca de donde
estaba el más antiguo ce-judío de Berlín (con más de doce mil tumbas profanadas y
destruídas por los nazis en 1943), el artista Christian Boltanski ulitizó un solar vacío para
clavar, en las paredes medianeras de una casa bombardeada, las placas con los nombres,
oficios y fechas de nacimiento y muerte de los residentes, en su mayoría judíos, que
vivieron allí. En el interior del Reichstag, en cuya fachada todavía luce el polémico lema
Demdeutschen Volk ("Al pueblo alemán"), Hans Haacke levantó su instalación, con las
mismas letras góticas, a un concepto no étnico que, a su juicio, como al de tantos
berlineses, debería sustituir al peligroso Volk /pueblo: Der Bevölkerung ("La población"),
un concepto de carácter demográfico que lleva consigo la marca antiracial de la mezcla. Un
cristal en el suelo de la Belbelplatz, delante de la Humboldt Universität, permite entrever
"La biblioteca vacía", subterránea, de la artista israelí Mischa Ullman, que recuerda cómo
se acaba cuando se empiezan quemando libros. Por toda la ciudad quedan, todavía, en los
lugares más inesperados, las marcas de los 166 kilómetros del muro que dividió la ciudad
durante 29 años. La lista sería interminable.

Contra el olvido
Algunos, como Martin Walser, ya se han pronunciado contra esta obsesión memorialista.
Otros pocos, sin duda apresuradamente, han hablado de parque temático del sufrimiento,
negándose, con ello, a pensar lo específico de lo que está sucediendo en Berlín: ¿cómo
puede vivir una ciudad sabiendo que exterminó -o permitió o calló ante el exterminio- a
más de cincuenta mil de sus ciudadanos y que expulsó -o permitió o calló ante la expulsión-
a más de cien mil? Por ello, muchos otros piensan que el duelo, como la responsabilidad
por lo que sucedió, es interminable.

Quizás haya que recurrir a la idea del duelo para entender esta presencia, cada vez mayor,
en el espacio urbano de Berlín, de memoriales que desafían al olvido y que cuestionan los
límites de la imagen y del espacio físico para hacer visible la presencia fantasmática del
dolor. Porque lo que está en juego aquí, parece, es esa presencia recurrente y obsesiva del
vacío dejado por todas las ausencias. Platón pretendía expulsar, de su ciudad ideal, no sólo
la poesía, sino también el duelo, por considerarlo un signo de inmoderación, en el límite de
la locura por lo que tiene de incontrolable. Derrida, también él filósofo y judío, reivindicó a
menudo contra Platón el duelo como categoría histórica, porque sólo el duelo (cuya
etimología remite inequívocamente al dolor) permite afrontar el vacío de la pérdida en
aquello que toda muerte tiene de singular. Nada restituye de la pérdida, nada puede borrar
las infamias de la historia -eso es indudable- y, sin embargo, en la medida que el duelo
pertenece al registro de lo fraternal, es como si Berlín quisiera convertir en física la
manifestación de su dolor, su responsabilidad histórica o su culpa. También Aquiles lloró
abrazado a Príamo cuando entendió que no hay elección: o ser anfitrión o ser verdugo. O el
habla o la muerte. Lo cual, pensando en Berlín, podría reformularse: o la imagen y el
memorial o la muerte. O hacer hablar al espacio urbano del dolor que lo atraviesa o
mantenerse en la muerte y perseverar el olvido. No parece que haya elección.

Con el Memorial de Eisenman no se borra ni se expía ninguna culpa. Tampoco, con él, se
salda ninguna deuda pendiente -sería obsceno tan solo pretenderlo. Más bien, como
también señaló Benjamin en su Crónica de Berlín, sucede precisamente lo contrario:
"Quien ha empezado a abrir el abanico de los recuerdos encuentra siempre nuevas piezas,
nuevas varillas. Ninguna imagen le satisface porque ha comprendido que, al desplegarse, lo
esencial se presenta en cada uno de los pliegues". Y ahí, precisamente, entre pliegue y
pliegue, acaso se esté escribiendo el Berlín del siglo XXI con una lección, nada
menospreciable, de cómo encararse, desde el espacio urbano, con el pasado. Y los pliegues,
acaso, puedan encontrarse donde no están indicados por ninguna guía. Quizás, tal vez, en
ese patio destartalado, bajo las vías volantes del metro, cerca de la Savigny - Platz, donde,
en medio de la quincalla, pueden todavía encontrarse algunas cajas polvorientas de cartón
con miles de fotografías domésticas, en blanco y negro, con fechas temblorosas escritas a
lápiz. Imágenes anónimas y calladas que intentan, todavía hoy, encontrar su lugar, acaso ya
perdido para siempre, en el nuevo Berlín.