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Universidad de San Carlos de Guatemala. Elisabet Quevedo.

Centro Universitario Metropolitano-CUM-. 201500944.


Escuela de Ciencias Psicológicas. Jornada Nocturna.
Sistemas de Psicoterapia II. Sección “B”.

Psicoterapia centrada en la persona.

El enfoque centrado en las personas tiene como objetivo identificar los factores que
facilitan el cambio favorable y duradero de las personas que buscan la ayuda y del
terapeuta. Entre lo profesionales de la salud, esa cada vez más aceptado que el
éxito de una terapia no depende solamente de la orientación ideológica que se lleve
a cabo durante el tratamiento. Según estudios, los terapeutas que más éxito tienen
en sus terapias son aquellos que utilizan una combinación de técnicas, elementos
teóricos, metodológicos y prácticos que contribuyen al crecimiento o cambio
favorable y duradero de la persona que busca la ayuda.

La empatía.

La actitud empática en el psicoterapeuta, que se manifiesta en un intento de éste


por comprender a fondo la experiencia de la persona en búsqueda y por transmitir
de manera verbal esta comprensión esclarecedora, es compartida por todas las
corrientes psicoterapéuticas contemporáneas, la actitud empática, es, en la
actualidad, reconocida por todas las corrientes como un elemento indispensable del
proceso psicoterapéutico.
La aportación del enfoque centrado en la persona consistió en la identificación y
análisis de tal actitud y en el énfasis que puso en ella como un factor terapéutico de
primer orden en el proceso. Así, la actitud empática puede ser descrita como un
captar la experiencia de la otra persona en la interacción psicoterapéutica del
presente con todos los matices de sentimiento, superficial o profundo, y con todos
los significados simples o complejos que dicha experiencia tiene para la persona.
Es una captación no evaluatoria de la experiencia de esa persona tal como ella la
vive y la describe, comunicada con nitidez y con afecto. Posee como objetivo
inmediato, por una parte, comunicar la comprensión de la experiencia con claridad
en la formulación y, por la otra, con interés y afecto.
Todos los sistemas psicoterapéuticos, pero principalmente los que derivan de
corrientes psicoanalíticas, tienen como objetivo práctico revertir el proceso
represivo producto de la confrontación de las necesidades del individuo con
exigencias sociales de muy distinta índole.
La actitud empática en el enfoque centrado en la persona supone que ésta es capaz,
en condiciones favorables, de explorar su propia experiencia y, debido a su impulso
natural al crecimiento, efectuar los cambios que considera más apropiados para sí.
Tiene como propósito inmediato facilitar y estimular esta exploración y estos
cambios. El entrenamiento clínico del psicoterapeuta centrado en la persona se
concentra en captar, con la mayor precisión posible, los matices del sentimiento y
del significado en la experiencia de la persona que recibe ayuda.
En el enfoque centrado en la persona, la actitud positiva incondicional puede ser
descrita no sólo como permisividad, sino, más aún, como una actitud de manifiesto
interés y aprecio por todo lo que la persona es, por todas sus conductas y por su
comunicación. No es aprobación, pues ésta puede ser tan reprochable como la
desaprobación, sino un interés genuino y manifiesto por todo lo que constituye la
realidad interior y la exterior de la persona. Las mismas conductas y actitudes
“destructivas” o “enfermas” son tan merecedoras de comprensión y aprecio como
cualquier otra experiencia, ya que estas reacciones seudoadaptativas, defensivas o
claramente autodestructivas o antisociales son producto de condiciones adversas
que bloquean, de algún modo, el impulso básico hacia el crecimiento y desarrollo
inherente a todos los organismos vivos.
En la persona que recibe ayuda, el reforzamiento de esta actitud de aceptación,
aprecio y afecto hacia sí misma por lo que realmente es, constituye el núcleo de la
psicoterapia. Tener como objetivo el establecimiento de repertorios de conducta
“apropiados” y descuidar el reforzamiento de esta actitud de estima de la persona
hacia sí misma, equivale a curar las hojas de un árbol descuidando el tronco, cuya
médula es causa de la enfermedad del follaje.
Los sistemas de ayuda, de orientación o de psicoterapia que privan a la persona de
experimentar aprecio por sí misma, por su “patología” como una reacción
seudoadaptativa, por sus descubrimientos e, incluso, por sus propias
equivocaciones —aunque proporcionen insights sobre las causales de los síntomas,
o propongan y refuercen pautas de conducta o modelos de acción más adecuados
y satisfactorios—, sabotean sus esfuerzos al fragmentar la satisfacción de la
necesidad de autoestima, tan trascendente para subsistir psicológicamente sana,
como el aire que respira para mantener la vida.
En verdad, resulta difícil conservar una auténtica actitud positiva incondicional hacia
el comportamiento global de otra persona cuando no se acepta que ésta tiene la
capacidad para orientar su propia existencia y se cree que son únicamente
circunstancias fisiológicas o del ambiente las determinantes de la conducta. Si se
asume que la persona que está obviamente condicionada por el medio no es
responsable de alguna forma de sus propias acciones, entonces lo único importante
es manipular las circunstancias, sean biológicas o ambientales, para producir los
cambios correspondientes. A pesar de ello, la conciencia de libertad, en toda
persona, a pesar de los condicionamientos determinantes conscientes o
inconscientes, es algo ineludible.
En el sistema centrado en la persona, la actitud positiva incondicional del
psicoterapeuta no tiene más límites que aquellos que la misma actitud positiva
incondicional hacia sí mismo impone a la otra persona. Los límites no derivan de
modelos teóricos o de la convivencia de imponer a otro normas éticas o
profesionales que el psicoterapeuta considera convenientes para sí mismo y para
los demás, sino de un llano, claro y personal reconocimiento del propio derecho a
actuar en congruencia con las propias convicciones.
Los límites no se fijan de acuerdo con verdades o principios preestablecidos, sino
conforme a convicciones personales de las cuales el psicoterapeuta asume la
responsabilidad completa. En ese sentido, la relación psicoterapéutica adquiere las
características de la más sana convivencia entre los hombres. Los límites de la
libertad individual están definidos por el derecho que tienen los demás miembros
del grupo a su propia libertad. En casos de conflicto entre las libertades individuales,
el criterio del bien común o mayor bien alcanzable para todos los miembros del
grupo, base de toda sociedad, prevalece sobre la conveniencia individual. En otras
palabras: la persona que busca ayuda experimenta de inmediato la vivencia de ser
aceptada incondicionalmente en todas las dimensiones de su propia experiencia,
pero, también, que su conducta posee límites al convivir armoniosamente con otro
ser libre.
Autenticidad.
De acuerdo con el enfoque centrado en la persona, el psicoterapeuta es consciente
de estas percepciones en sus pacientes y del influjo que poseen en el mismo
proceso psicoterapéutico. Como persona humana, el psicoterapeuta es un modelo
de identificación para quien recibe ayuda, tan importante como los padres o como
los seres más significativos en la vida de sus pacientes. De aquí que la transmisión
de valores a través de mensajes verbales y no verbales que se intercambian en la
relación psicoterapéutica se convierta en realidad ineludible.
La honradez en la comunicación de la propia experiencia se aprende mejor de una
persona que transmite y comunica la suya de forma honesta, que de la mejor técnica
de condicionamiento o de la interpretación de los mecanismos sociales que
produjeron la falta o el deterioro de la comunicación. De igual modo, la aceptación
de uno mismo y la estima de los propios recursos y de la propia conducta, se
aprende mejor a través de la relación con una persona que puede aceptarse a sí
misma y estimar sus propios recursos y su propia conducta, de una manera honrada
y no defensiva. El psicoterapeuta que es capaz de escuchar con atención no
dividida, de mostrar genuino aprecio por todos y por cada uno de los elementos en
la comunicación que recibe, de clarificar y ordenar tal comunicación sin
distorsionarla al mismo tiempo que facilita una amplia y profunda expresión de la
experiencia de su paciente, favorece que dichas actitudes sean poco a poco
introyectadas y se conviertan, así, en el elemento básico del proceso de
reconstrucción.
En el enfoque centrado en la persona, el psicoterapeuta emerge en la relación
psicoterapéutica con toda la vulnerabilidad de su ser real. Esta vulnerabilidad se ha
demostrado más efectiva para obtener resultados favorables mediante el proceso,
que la imagen del terapeuta profesional inalcanzable, capaz de situarse por encima
de la problemática humana y evaluarla y explicarla desde su sillón de cuero, detrás
del escritorio o a la cabecera del diván.
La autenticidad no sólo no opaca la seriedad y el profesionalismo de la relación,
sino que coloca estos atributos en sus perspectivas más reales.
Todo proceso psicoterapéutico posee como objetivo elevar el nivel de autenticidad
en las personas que se benefician de él. Tanto la práctica como la investigación
sugieren que el mejor reforzador de la comunicación auténtica es la conducta del
propio terapeuta. La autenticidad en la relación interpersonal quita al terapeuta
tonos dogmáticos y autoritarios al manifestar sus puntos de vista, lo hace más
humilde y modesto al emitir sus hipótesis o hacer interpretaciones. Consciente de
que en la comunicación siempre existen elementos que desconoce, tendrá que
manifestar sus percepciones de forma tentativa, abierto a entender más. Deberá
bajarse del sillón del maestro a la arena de la vida y aceptarse como un compañero
de búsqueda.
Enriquecimiento del enfoque existencial.
Los presupuestos filosóficos de las corrientes psicoterapéuticas existenciales son
tan similares a los postulados empíricos del enfoque centrado en la persona, que
este último podría considerarse una nueva corriente psicoterapéutica existencial.
Es común en los sistemas psicoterapéuticos existenciales considerar la experiencia
subjetiva del individuo, continuamente cambiante, como la “realidad”; y la
percepción de esta realidad influyendo en la organización e integración de la
experiencia interna.
Los enfoques existenciales ofrecen a las personas en busca de ayuda un encuentro
personal con el terapeuta, en el que la experiencia de una buena relación es más
importante que el aprendizaje conceptual acerca de ellas mismas; en el que se
manejan el presente y el futuro, y en el que las memorias y condicionamientos del
pasado, vividos necesariamente en el presente, son uno de tantos ingredientes del
“aquí y ahora”.
La aportación especial del enfoque centrado en la persona a las corrientes
existenciales ha sido la introducción de una metodología más sistemática para la
observación del fenómeno psicoterapéutico y la verificación de las hipótesis
emanadas de esta observación.