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NLS Congress – Dublin, July 2016

Psychosis, Ordered Under Transference

Miquel Bassols

La solidez de un concepto clínico se mide por la efectividad de su uso, especialmente


cuando da cuenta de un campo de fenómenos para el que no existía antes un mapa
establecido. Desde esta perspectiva podemos decir sin duda que el concepto de “psicosis
ordinarias”, acuñado por Jacques-Alain Miller a finales de los años noventa, ha llegado a ser
un concepto clínico ya establecido, un concepto de enorme efectividad dado su uso
ampliamente extendido desde entonces en el Campo Freudiano… y más allá. Las psicosis
ordinarias dan cuenta así de una serie de fenómenos que a veces pasan desapercibidos por
su aparente normalidad pero que escuchados desde la enseñanza de Lacan indican las
condiciones de estructura que hemos aprendido a localizar en el campo de las psicosis.
Discretos acontecimientos de cuerpo, sutiles plomadas de sentido en el deslizamiento de la
significación, velados fenómenos de alusión, suplencias minimalistas en las que el sujeto
sostiene la frágil estabilidad de su realidad. Estos fenómenos estaban ahí, a la vista de todos,
pero se confundían con el paisaje de la normalidad en su frecuencia. Tal como indicaba el
propio Jacques-Alain Miller en la hoy conocida “Convención de Antibes”: “Hemos pasado de
la sorpresa a la rareza, y de la rareza a la frecuencia”1. Es decir, hemos pasado de la sorpresa
por el encuentro de lo excepcional y lo extraordinario a reparar en fenómenos que por su
frecuencia se nos hacían ya familiares.
Pero allí donde opera el prejuicio de la normalidad, ese fantasma que adquiere en
nuestros días categoría de verdad estadística, se trata siempre de encontrar la extrañeza del
rasgo clínico en su detalle más singular. Así, las psicosis ordinarias se nos revelan ahora como
una suerte de carta robada de nuestra clínica: estaban tan a la vista de todos que se escondían
a la de cada uno. Bastaba un ligero desplazamiento del foco clínico para hacer aparecer en

1
Jacques-Alain Miller, en IRMA “La psychose ordinaire”, Agalma 1999, p, 230.

1
estos fenómenos la estructura de las psicosis en sus diversas formas de anudamiento, y de
revelar con este cambio de perspectiva que lo más extraño habitaba en lo más familiar de la
clínica. Las psicosis ordinarias son así también lo Unheimlich (lo siniestro, lo extrañamente
familiar) de nuestra clínica. Y no es raro obtener este afecto vinculado a lo Unheimlich en el
psicoanalista practicante cuando se señala la dimensión de lo extrañamente familiar de estos
fenómenos.
Entonces, si el concepto de psicosis ordinarias ha venido a delimitar el mapa de lo que
era hasta entonces una terra incognita de nuestra clínica, es también porque muestra que la
orografía de su terreno está presente en cada uno de los continentes previamente definidos
por la cartografía clásica, la cartografía repartida según las categorías de psicosis, neurosis y
perversión. Dicho de otra manera, el mapa crea aquí el terreno antes que representarlo, hasta
confundirse con él. Lo que es decir también que el lenguaje, incluido el de la clínica, antes que
tener una función de representación de la realidad está anudado en la misma operación de
la construcción y de la percepción de esa realidad. Es algo tan extraño como familiar para
alguien formado en la orientación lacaniana más clásica: la percepción eclipsa la estructura
allí donde esta estructura revela el modo en que se construye esta percepción.

Vayamos ahora a considerar la naturaleza del terreno que hoy conocemos con el
término de “psicosis ordinarias”. Imaginemos una suerte de Google Earth de la clínica en el
que podamos visualizar el terreno y las localizaciones geográficas con sus nombres y
fronteras. Encontramos ahí, siguiendo nuestra clínica clásica, claramente establecidos los dos
grandes territorios de las neurosis y de las psicosis, con sus fronteras y subfronteras, con la
histeria y la obsesión por una parte, con la paranoia y la esquizofrenia por la otra. Podemos
localizar también la melancolía, también las perversiones, aunque a veces se desdibujen un
poco más en algunas de sus fronteras para revelar su condición de rasgos que pueden
compartir países distintos. Existen, en efecto, rasgos melancólicos en varios lugares de los
continentes delimitados, así como rasgos de perversión, para retomar el tema de un
Encuentro internacional del Campo Freudiano de hace ya unas décadas.
Si escribimos ahora “psicosis ordinarias” en este buscador imaginario del Google Earth
de la clínica para ver cómo los zooms sucesivos nos conducen a una localización precisa, ¡oh
sorpresa!, la lista de lugares que aparecen en la ventanita de búsqueda se alarga más y más,
hasta hacerse presumiblemente infinita. Hasta tal punto que parecería que las “psicosis

2
ordinarias” pueden estar hoy en cualquier parte del mapa, sin poderse reducir su descripción
a un rasgo ni tampoco constituirse en un continente en sí mismo. Si clicamos en uno
cualquiera de esos nombres nos conduce sin embargo a lugares ya conocidos. Y si seguimos
verificando la lista tal vez podríamos concluir entonces que la psicosis ordinaria es en realidad
el propio Google Earth en su conjunto, el propio sistema de representación con el que
intentamos localizar los lugares de nuestra clínica clásica. Es una clínica hecha de rasgos
discretos, que valen por la diferencia que existe entre unos y otros, al estilo del sistema
estructural de la lengua que conocemos desde la lingüística de Saussure. Pero aquí los rasgos
son tan discretos —permítanme el equívoco de esta palabra—, tan sutiles que desaparecen
a la vista general y sólo aparecen en la singularidad de cada caso, y cada vez de manera
distinta. Difícil construir un mapa general y un buscador precisos con estas condiciones de
representación, a no ser, como decimos, que el lugar en cuestión que buscamos no sea
finalmente el propio sistema de representación en el que operamos.

Digamos de inmediato que esta paradoja no nos parece nada extraña a los lectores de
Jacques Lacan. Está presente desde muy temprano en su enseñanza. Él mismo leyó su propia
entrada en el psicoanálisis, la que lleva el título de su famosa tesis de 1932, On Paranoiac
Psychosis in its Relations to the Personality, diciendo unos años después que la personalidad
es la paranoia y que es por esta razón que no hay de hecho relaciones entre la una y la otra.
Nada más normal que la personalidad, nada menos discreto también, tómese el término
“discreto” con el equívoco que hemos señalado.
Pero entonces, ¿es que la categoría de “psicosis ordinarias”, que nos parecía tan
efectiva en su uso, se nos evapora ahora precisamente por la extensión y efectividad de ese
uso? ¿No nos estará ocurriendo lo mismo que señalaba Lacan en los años cincuenta cuando
estudiaba el uso de la interpretación en el medio analítico a partir de las observaciones de
Edward Glover? Les recuerdo su indicación al respecto en su escrito sobre “The direction of
the treatment and the principles of its power”: Edward Glover, a falta del término de
significante para operar en la experiencia analítica, —escribe Lacan— “finds interpretation
everywhere, being unable to stop it anywhere, even in the banality of a medical
prescription.”2

2
Jacques Lacan, Écrits: a selection, Routledge, London, 2002, p. 258.

3
Un extravío tal sería sin duda nuestra segura confusión de lenguas, confusión que se
añadiría a la Babel actual de la clínica, una clínica que parece desaparecer, ella misma, en el
mundo de las nosografías cada vez más desordenadas y hoy alimentadas por la crisis del
sistema DSM. Es sabido que la crisis de este sistema, en sus nuevas versiones, ha extendido
de tal manera las descripciones de lo patológico en la vida cotidiana que no hay un solo rincón
que no sea diagnosticado como un posible “disorder”. Hasta el punto que alguien ha dicho
que si uno no se encuentra descrito en alguna de las páginas del manual es porque realmente
debe tener un grave “disorder”.
Se trata en realidad de un error de perspectiva homólogo al que describíamos con el
modelo Google Earth. Con la introducción de la categoría de las “psicosis ordinarias” en la
clínica nos encontramos —como señalaba Jacques-Alain Miller en el momento mismo de
introducir el término— “divididos entre dos puntos de vista contrastados, pero que no son
excluyentes uno de otro”3. Desde la primera perspectiva, la que podemos ordenar a partir de
la primera enseñanza de Lacan, hay discontinuidad entre neurosis y psicosis, hay fronteras
más o menos precisas, hay elementos discretos y diferenciales, tributarios de la lógica con la
que funcionan los Nombres del Padre y la lógica del significante que opera de modo
discrecional, por las diferencias relativas entre los elementos. Cuando hay una frontera en el
mapa, hay diferencias discrecionales entre dos territorios, hay también posible reciprocidad
entre ellos para definir lo que uno es y no es en relación al otro. Desde la segunda perspectiva,
la que podemos ordenar a partir de la última enseñanza de Lacan, se pone más bien de relieve
la continuidad entre territorios, aquello que los hace contiguos, como dos modos de
responder a un mismo real, como dos modos de goce ante una misma dificultad de ser. No
se trata ya en esta segunda perspectiva de establecer fronteras sino de constatar
anudamientos y desanudamientos entre hilos que están en continuidad.

Así, podemos decir que no hay propiamente una descripción clínica de las psicosis
ordinarias según el modelo clásico que ordena sus categorías a partir de una serie de rasgos
presentes en el interior de un conjunto más o menos bien delimitado. Resultaría imposible
entonces incluir una categoría así en la lógica del DSM o de los manuales de diagnóstico
habituales, donde se enumeran los rasgos que deben estar presentes para cada categoría

3
Jacques-Alain Miller, opus cit. p. 231.

4
clínica. Desde el punto de vista descriptivo podrían definirse más bien por un rasgo que
encontramos a faltar, nunca el mismo por otra parte, por aquello que sentimos que falta en
relación a las psicosis clásicas, pero también por lo que encontramos a faltar en relación a las
neurosis clásicas. Nos vemos obligados entonces a definirlas, más que nunca, caso por caso,
y siempre según el contexto en el que encontramos esa falta.
Si me permiten decirlo así, la categoría “psicosis ordinarias” incluye entonces a las
categorías que no se incluyen a sí mismas: parece una histeria pero no es una histeria, no
incluye los rasgos que conocemos de la histeria, parece una obsesión pero que no incluye los
rasgos de la obsesión, parece una paranoia pero no incluye los rasgos de la paranoia… Lo que
convierte a las psicosis ordinarias en una suerte de paradoja de Russell, la conocida paradoja
de aquel conjunto que incluye a los conjuntos que no se incluyen a sí mismos. Hay varias
maneras de ilustrar la paradoja de Russell, una es la del catálogo que incluye a todos los
catálogos que no se incluyen a sí mismos, sin poder concluir finalmente sobre la pregunta de
si el primer catálogo se incluye o no a sí mismo.
De este modo, la categoría de las psicosis ordinarias hace estallar el sistema
diagnóstico de la clínica estructural. Ocurre con ellas algo parecido a lo que ocurría en la
primera clínica freudiana con la introducción de las llamadas “neurosis actuales”, las neurosis
que Freud distinguía de las psiconeurosis clásicas y que se definían por su falta de historia
infantil y por la falta de sobredeterminación simbólica de los síntomas. Toda neurosis era una
neurosis actual hasta que no se encontraran estos dos elementos estructurales que no
cesaban de no escribirse… hasta el encuentro contingente que decantaba su significación.
Digamos que el único modo de verificar este hecho, el único modo de poner a prueba
este real que no cesa de no escribirse en cada caso es la propia estructura de la experiencia
analítica, la estructura que se pone a la luz del día en el fenómeno de la transferencia.
Dicho de otro modo y para concluir: las psicosis ordinarias sólo se ordenan
clínicamente cuando sus fenómenos se precipitan, se ordenan, en la lógica de la
transferencia. Sólo allí se revelan las psicosis ordinarias como ordenadas bajo transferencia.