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La epimeleia heautou no es para las masas

11 Comments 28 abril, 2016 Claudio Arrieux

Veíamos en entradas anteriores que la epimeleia heautou era para los griegos cierta actitud
hacía sí mismo y cierta actividad u ocupación sobre sí mismo que Foucault traduce
indistintamente como cuidado de sí, preocupación de sí o inquietud de sí. Según el filósofo
francés, la epimeleia heautou tiene los siguientes componentes. Cito:

– En primer lugar, el tema de una actitud general, una manera determinada de considerar
las cosas, de estar en el mundo, realizar acciones, tener relaciones con el prójimo. La
epimeleia heautou es una actitud: con respecto a sí mismo, con respecto a los otros, con
respecto al mundo.

– En segundo lugar, la epimeleia heautou es también una manera determinada de atención,


de mirada. Preocuparse por sí mismo implica convertir la mirada y llevarla del exterior […]
hacia “uno mismo”. La inquietud de sí implica cierta manera de prestar atención a lo que se
piensa y lo que sucede en el pensamiento.

– En tercer lugar, la noción de epimeleia no designa simplemente esa actitud general o


forma de atención volcada hacia uno mismo. La epimeleia también designa, siempre, una
serie de acciones, acciones que uno ejerce sobre sí mismo, acciones por las cuales se hace
cargo de sí mismo, se modifica, se purifica y se transforma y transfigura.

Ahora bien, ¿quién debe preocuparse por sí mismo? ¿Tendríamos todos el derecho y la
capacidad de ejercitarnos en el cuidado de sí, o sólo está reservado a unos cuantos? La
noción de epimeleia heautou tiene una historia -según Foucault- que va de Platón (427 a
347 a.n.e) a Gregorio de Nisa (330 a 400 d.n.e aprox.), historia en la cual la noción va
tomando diversas características. Aunque se sabe que los ejercicios encaminados a
modificar el alma y a mejorarla se remontan a tradiciones mucho más antiguas, la
encontramos por primera vez enunciada así, como epimeleia heautou, en el diálogo del
Alcibíades atribuido (dudosamente) a Platón. La tradición platónica y neoplatónica
caracterizará a la inquietud de sí, primeramente, como una actitud y una práctica cuya
realización y forma están dominadas por el “conócete a ti mismo”, esto es, por el
autoconocimiento. Este autoconocimiento será, segundo punto, el que dará a la persona
acceso a la verdad en general. Tercer punto, este acceso a la verdad a través del
autoconocimiento permitirá reconocer lo que puede haber de divino en uno mismo. Pero
además –y a esto quería llegar- en el Alcibíades la epimeleia heautou, la preocupación por
uno mismo, es un privilegio de los gobernantes, o, mejor dicho, es un derecho y además un
deber para ellos puesto que tienen que gobernar. En el diálogo Sócrates interpela a
Alcibíades diciéndole que, siendo éste de buena cuna y estando destinado por ello al
mando, debe ocuparse de sí mismo para poder gobernar a los demás como corresponde
cuando llegue el momento, por lo que si bien el objeto de la epimeleia heautou es uno
mismo, su fin no es en última instancia uno mismo sino la ciudad. Para Foucault será muy
interesante constatar cómo este imperativo de la inquietud de sí va a generalizarse en cierto
modo para convertirse en un imperativo “para todo el mundo”. En efecto, la evolución de la
epimeleia heautou prosiguió a lo largo de toda la época helenística, en gran parte bajo el
efecto de las filosofías cínica, epicúrea y estoica que se presentaron como artes de vivir, de
suerte que en esta época las determinaciones que caracterizaban en el Alcibíades la
necesidad de preocuparse por sí mismo habían desaparecido.
En primer lugar, la preocupación por sí mismo se convirtió en un principio general e incondicional, un imperativo impuesto a todos, todo
el tiempo y sin condición de estatus. En segundo lugar, la preocupación por sí mismo parece no tener ya por razón de ser una actividad
bien específica, la consistente en gobernar a los otros. Al parecer, su fin último no es ese objeto particular y privilegiado que es la ciudad;
si ahora uno se ocupa de sí mismo, lo hace para sí y se erige como fin.

Sin embargo, pese a la generalización del imperativo, éste va a encontrarse con dos
limitantes:
La primera es que para ocuparse de sí, es preciso además tener capacidad, tiempo, cultura, etcétera. Se trata de un comportamiento de
élite. Y aun cuando los estoicos, los cínicos, digan a la gente, a todo el mundo, “ocúpate de ti mismo”, en realidad esto sólo podrá
convertirse en una práctica en y para la gente con la capacidad cultural, económica y social para ello. En segundo lugar […] ocuparse de
sí mismo tendrá como efecto -y tiene como sentido y meta- hacer del individuo que se ocupa de sí mismo alguien distinto con respecto a la
masa, a esa mayoría, esos hoi polloi, que son precisamente las personas absorbidas por la vida de todos los días.

De acuerdo a Foucault la expresión griega hoi polloi significa literalmente “los varios” o
“los numerosos” y designa, desde Platón, a la gran mayoría opuesta a la élite competente y
sabia. En resumidas cuentas el cuidado de sí, incluso en épocas como la helenística en las
que el imperativo estaba dirigido a todos en general, en realidad, en la práctica, sólo podían
seguirlo aquellos que tuvieran la capacidad, el tiempo, los recursos y la cultura suficientes.

Es aquí donde yo me pregunto si en una sociedad como la nuestra podría aspirar la mayoría
a la epimeleia heautou tal y como la entendían los antiguos. Mi respuesta inmediata es: No.
El mundo está repleto de “personas absorbidas por la vida de todos los días”. Estamos
demasiado ocupados con nuestros trabajos, nuestros eventos sociales y nuestros
esporádicos descansos como para poder ocuparnos realmente de nosotros mismos. La gran
mayoría de nosotros se pasa la vida en una oficina en tareas monótonas y alienantes que en
nada colaboran con nuestro crecimiento personal. Digo “crecimiento personal” y no
“crecimiento laboral”, que es en lo que la mayoría ocupa su vida madura en aras de hacer
crecer el patrimonio y el nivel de vida. Pero ello, ya lo vimos muchas veces, no es
epimeleia heautou. Si bien el cuidado de sí tiene un aspecto formativo, éste nada tiene que
ver con el aprendizaje de un oficio o con una meta profesional. Estudiar una licenciatura y
un posgrado, aprender inglés y francés, tomar un diplomado en finanzas personales no es
cuidar de sí en el sentido griego. Oigamos a Foucault:
En la práctica de sí cuyo desarrollo constatamos durante el periodo helenístico y romano […] hay un aspecto formativo que está
esencialmente ligado a la preparación del individuo. Pero no una preparación para tal o cual forma de profesión o actividad social: no se
trata, como en el Alcibíades, de formar al individuo para que se convierta en un buen gobernante; al margen de cualquier especificación
profesional, se trata de formarlo para que pueda soportar como corresponde todos los accidentes eventuales, todas las desdichas posibles,
todas las desgracias y todas las caídas que puedan afectarlo. Se trata, por consiguiente, de montar un mecanismo de seguridad. Esta
formación, esta armazón, […] es lo que los griegos llaman paraskue, que Séneca traduce más o menos como instructio. La instructio es la
armazón del individuo frente a los acontecimientos y no, en absoluto, la formación en función de una meta profesional determinada.

Por ello me temo que nuestras sociedades modernas, sociedades que el mismo Foucault
definiera como sociedades de control, están condenadas a ser sociedades habitadas en su
mayoría por hoi polloi, por la masa que, como dice Félix Guattari, está massmediatizada y
embrutecida de una manera pasmosamente lamentable. Si en otras entradas la pregunta era
“¿Cuánto vale tu subjetividad?” atendiendo al criterio económico que dicta que valen más
aquellas a las que se les ha dedicado más tiempo y esfuerzo pero que por lo mismo son
escasas, esta entrada tiene una conclusión forzosamente pesimista. Las mayorías no tienen
el tiempo ni los recursos para cuidar de su subjetividad. Desde la antigüedad hasta nuestros
días la epimeleia heautou ha estado destinada únicamente a ciertas élites. ¿Está la gran
mayoría hoy en día destinada a vivir y a morir en la grisura de sus alienadas vidas?