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LAS CARAS DE LA CULPA EN VICTIMAS DE VIOLACION Y ABUSO SEXUAL IRIS

GUADALUPE
AYALA PSICOLOGIA JURIDICA Y FORENSE

LAS CARAS DE LA CULPA EN VICTIMAS DE VIOLACION Y ABUSO SEXUAL

IRIS GUADALUPE AYALA

El interés despertado por los trabajos de Gustavo Vaquera y Marta


Ambertín, que versan sobre la culpa, la culpabilidad y la subjetividad
de la víctima
desarrollados a profundidad y enmarcados dentro de la perspectiva del
psicoanálisis han motivado el presente escrito. A manera de
incursionar en
estos temas desde una óptica cognoscitiva, hemos aceptado el reto de
plasmar
en reflexiones y comentarios, los resultados de observaciones
realizadas en
la práctica clínica, que pueden servir de esbozo para el planeamiento
de
investigaciones bajo control metodológico, que puedan llevarnos a
ampliar el
conocimiento con el que hasta hoy contamos en este tema.

De los escritos de Bettina Calvi (2005) sobre los pasados encuentros


entre
el psicoanálisis y las historias de abuso sexual en la niñez nos llama
la
atención que la teoría freudiana de la fantasía infantil de la
seducción,
que dio lugar al complejo de Edipo, resultó muy criticada por la
comunidad
científica de Viena en 1978 y también a lo largo de la evolución del
movimiento psicoanalítico. Sus críticas la llevaron a través de toda
una
serie de transformaciones en las que se plantearon y replantearon sus
principios y postulados. Sin embargo quedó en evidencia que la
seducción
infantil como acto pertenece a una realidad psíquica que acontece en
un
contexto real y vivencial, y que está vinculada a la relación de
pasividad
del niño respecto del adulto.

No está en nuestro ánimo abordar los planteamientos psicoanalíticos en


torno
a la pasividad del niño, ni dar testimonio de ello, sino en tomar como
punto
de partida este elemento en relación con el traumatismo que se origina
a
raíz del abuso sexual en la niñez.

Definir los términos de abuso y violación no resulta fácil porque


ambas
figuras jurídicas comprenden una variedad de comportamientos y
circunstancias (Figari, 2003), como la existencia de consentimiento o
no en
menores de cierta edad, el abuso deshonesto, etc Para el tema que nos
interesa en este caso dentro del marco de la Psicología, nuestra
conceptualización involucra el abuso sin consentimiento del menor dado
que
esa ha sido la población que hemos tenido oportunidad de abordar, y la
efectuamos con el propósito de logar una interpretación compartida que
nos
permita desarrollar el tema.

Entendemos como abuso sexual cualquier acto de índole sexual,


incluyendo
entre otras conductas la violación y la explotación, llevado a cabo
con un
niño o adolescente (menor de edad, cuya edad específica está en
función de
la legislación vigente), dándose de manera repetitiva o en una sola
ocasión
(De León y Alvarez, 2001). En el abuso sexual infantil se da una forma
de
poder que se despliega de manera muchas veces sutil del adulto sobre
el
menor, por lo que en este acto se hace poco uso de la fuerza o no se
hace
ningún uso de ella ya que el sometimiento del menor se logra a través
de
insinuaciones, ofrecimientos, inducciones o sugerencias por parte del
victimario (V. Berlinerblau, 2003).

La violación la tomaremos como una agresión sexual (acceso carnal) en


que se
utilice la fuerza física contra una persona de uno u otro sexo,
realizada en
una sola ocasión. Es importante señalar que las conductas que
describen las
formas de agresión sexual son definidas y tipificadas de acuerdo con
la
legislación vigente en cada país.

Secuelas Psicológicas de los delitos de Violación y Abuso Sexual

El abuso sexual deja secuelas muy graves que afectan diversas áreas de
la
personalidad e implican diferentes incapacidades, pero que por lo
general no
son parte del trabajo cotidiano en la clínica, atreviéndonos a decir
que
esto sucede porque es minoritario el grupo de víctimas que acude en
busca de
ayuda terapéutica en relación con el número real de ocurrencia. Esta
es una
de las razones por las cuales las estadísticas que se levantan sobre
el tema
no reflejan la realidad del verdadero monto alcanzado en cuanto a la
ocurrencia del abuso; las víctimas no acuden o tardan mucho en acudir
por
ayuda terapéutica guardando un secreto que produce en ellas una agonía
por
los sentimientos concomitantes que esta represión voluntaria conlleva,
y ni
hablar de la acción de la represión en su dimensión inconsciente o
involuntaria.

En nuestra experiencia clínica de trece años, hemos observado que


estas
secuelas afloran tras la carátula de un trastorno de pánico, de
ansiedad, de
depresión o hipocondríaco y problemas de pareja con un trasfondo de
vergüenza, culpa y/o miedo. El mal, producto del agravio sexual es
portado
en la víctima y reflejado en sentimientos de impotencia, laceración de
la
autoestima, rechazo al propio cuerpo, autocastigo y la imposición de
la
subjetividad (aprendizajes, creencias, percepciones y distorsiones
cognitivas), que nace a raíz del evento traumático, y que a partir de
entonces se impone sobre sus sentimientos, emociones y cogniciones.
Será la
culpa el tema de esta intervención, diferenciada claramente del
abordaje
jurídico de la culpabilidad, y que a pesar de involucrar concepciones
diferentes, convergen en un punto en común, el sujeto involucrado en
el acto
delictivo como víctima o agresor.

El delito sexual deja en cada víctima una huella psíquica, dependiendo


de su
estructura de personalidad y de su contexto histórico y psicosocial,
traducida en sentimientos de vergüenza y miedo; pero el efecto más
dramático, es la sustracción y apropiación de la culpa del agresor por
parte
de la víctima, de allí que este sentimiento se incrementa cuando hay
parentesco o cercanía entre ambos, con lo cual el agresor goza
entonces de
altas probabilidades de aumentar el mecanismo de identificación en la
víctima. Y es tal el sentimiento de vergüenza y la apropiación de esta
culpa
que hay pacientes que llegan a adoptar medidas punitivas consigo
mismos,
como es el caso de tres pacientes que tuvimos la oportunidad de
abordar
terapéuticamente en indiferentes períodos a lo largo de nuestro
ejercicio
clínico. Las pacientes eran mujeres cuyas edades estaban comprendidas
entre
veintiuno y veinticinco años, con educación secundaria mínima, las
cuales
evitaban salir a compartir socialmente, para negarse así toda
posibilidad de
interactuar con el sexo masculino, porque consideraban que "no lo
merecían"
por haber sido víctimas de violación (Plat González, 2005).

El Sentimiento de Culpa

Hablar de la culpa y de la autoculpa desde un plano cognoscitivo nos


lleva a
apoyarnos en algunos puntos en planteamientos éticos, que por la
naturaleza
de su quehacer, se dictan sobre el comportamiento humano en sus
dimensiones
de voluntad y racionalidad.
Al hablar de sentimiento de culpa entendemos la existencia de un
vínculo con
el hecho delictivo al ser parte de la concretización del acto y por
tanto de
co-paticipación con quien lo ejecuta (el agresor). Esta íntima
interacción
surge necesariamente porque la víctima, al hacerse partícipe del acto
delictivo, desde el punto de vista cognitivo y afectivo-emocional (por
el
sentimiento de abandono y entrega en el hecho), establece una relación
con
el victimario y asume un rol en la ocurrencia del delito, percibido
por la
víctima inmediatamente o a posteriori de su ocurrencia.

Dado que esta percepción es mediada por las emociones y los


sentimientos, se
produce una deformación en la autopercepción de la víctima dando lugar
a un
sentimiento de culpa, diríamos que metamorfósico, ya que irá
configurándose
con aportes del entorno psicosocial cercano a la víctima. Podríamos
decir
que la cualidad inicialmente amórfica de la culpa irá configurándose
en base
a la etapa del desarrollo cognoscitivo y moral que atraviesa la
víctima en
ese momento y al grado de conciencia moral de su colectividad
(familia,
allegados). Posteriormente irá asumiendo los matices de esta evolución
hasta
llegar a elaborarse como sentimiento cónsono con el desarrollo moral
del
adulto en función de su escala de valores.

La Evolución en el desarrollo de la culpa.

A cada etapa de desarrollo le corresponde un modo particular de


percibir y
significar el mundo. La Psicología del Desarrollo por intermedio de
sus
diversas teorías, que tratan de explicar la evolución del organismo
humano
desde su concepción hasta su muerte, nos proporcionan información
valiosa
sobre el desarrollo cognitivo y moral en las producciones de Ericsson,
y
Vygotsky, de entre muchos de sus exponentes, y en los cuales hemos
encontrado asidero para nuestros planteamientos sobre la
responsabilidad de
las etapas evolutivas en la plástica de la culpa.

Al repasar la teoría de la personalidad desarrollada por Erick


Ericsson
encontramos que dentro de las primeras etapas del desarrollo
psicológico,
específicamente en la tercera etapa, denominada iniciativa contra
culpa, el
autor identifica en el niño de 3 a 5 años la experiencia de una culpa
asociada al costo de su conducta exploratoria. El niño a esta edad en
su
afán de conocer y dominar su entorno espacio temporal cae en
comportamientos
que no reciben la aceptación del adulto, sino su censura; iniciándose
a
partir de entonces la formación de una autoimagen negativa de sí, la
percepción propia de ser malo en función de las demandas adultas;
maldad que
será superada en la siguiente etapa, de industria – inferioridad solo
si el
niño logra aprender cómo se satisfacen estas demandas, mismas que
permitirán
la interacción "sana" con sus padres o maestros. Pero si la transición
por
esta etapa no resulta satisfactoria desde esta óptica, entonces el
niño
transformará su sentimiento de culpa en minusvalía (Rice, 1997).

Un niño abusado en alguna de estas etapas, emite juicios sobre sí


mismo, a
través de juicios sobre su propia conducta a partir de las normas
aprendidas
de sus mayores respecto a la conducta y rol sexual. El niño, pese a
saber
que (en su sometimiento al abuso sexual) complace las demandas de un
adulto
con su pasividad, se incomoda cuando al mismo tiempo está "faltando
con
respecto a normas establecidas previamente por otro u otros adultos.
Parece
ocurrir en este punto que las normas sociales adquiridas, por
aprendizaje y
con anticipación al evento, se han implantado en los esquemas mentales
y
morales del niño, parecido a lo que Vigotsky denominó desarrollo
cultural,
asociado a los procesos mentales de orden superior.

Mayormente resulta la incomodidad o pesar en el menor cuando la


ocurrencia
del abuso se da en la adolescencia, cuando se presenta la búsqueda de
identidad y de un papel en la vida. Esta etapa es marcada por las
presiones
de la conciencia moral, que no siendo mas que la autovaloración moral
propia
de nuestros actos voluntarios; que el joven generalmente confronta con
rebeldía o desafío, pero que sin duda orada en su conciencia
psicológica.
Una conciencia psicológica, que nos permite percatarnos de nuestra
propia
presencia, de todas nuestras experiencias psíquicas y de todos los
fenómenos
psicológicos que acontecen alrededor de nuestro yo y que en un momento
determinado interiorizamos como propios. Y que en el plano de la
intimidad
sujeta al joven a la autorreflexión y a la autovaloración de sus
acciones,
lejos de lo que desea mostrar o aceptar ante sí mismo y ante sus
padres u
otra autoridad, o cuanto pretende aparentar ante sus iguales. A medida
que
va introduciéndose en la etapa adulta, irá mermando en su
confrontación con
el status quo, asimilará progresiva, tácita y mayormente la esencia de
esa
conciencia moral, en función de la cual su subjetividad lo convertirá
en
víctima o inocente ante sí mismo al verse involucrado en un hecho de
violación o abuso sexual

INOCENCIA O CULPABILIDAD ANTE LA CONCIENCIA MORAL

Considerando que ser víctima convierte al sujeto pasivo en partícipe


estructural del delito, el vínculo aquí creado con el victimario o que
la
víctima subjetivamente establece con éste, tendrá características
correspondientes con la percepción negativa que tiene la víctima de sí
misma
como participante en el hecho y por consiguiente, con las distorsiones
que
la misma lleva; aquí la subjetividad determina el valor, la intensidad
y el
carácter de la culpa sentida.

Si en la autoevaluación la víctima interpreta que permitió la


ocurrencia del
acto o que no hizo nada por evitarlo, siente que comparte la
responsabilidad
por el mismo, un acto que a los ojos de la conciencia moral resulta
inaceptable, porque como voluntario y consciente no responde a lo que
el
hombre desde su intelecto interpreta como digno.

La conciencia psicológica también se presenta; viene a reconocer la


naturaleza de dicha acción pasiva, sus motivaciones y reforzadores;
encontrándose en este punto con una realidad objetiva, el goce o
placer. Un
placer biológico que acentúa la participación pasiva de la víctima y
posteriormente despierta la autoritaria conciencia moral.

La acción propia, la decisión individual, la falla en el control de la


voluntad, la participación activa o pasiva que igualmente, e
independientemente del nivel en que se haya presentado finalmente,
quedan
traducidas en complicidad en un acto que aún en la actualidad al menos
en
nuestra sociedad occidental, urbana y estudiada, no es aceptado legal,
ni
moral ni socialmente, ni por la religión cual fuere ésta la de la
víctima.
En estas condiciones, de saber que la acción personal puede recibir el
rechazo y la censura de la colectividad, ¿puede la víctima escaparse
de la
conciencia moral?

Difícilmente logra hacerlo. Porque si ha llegado al punto de


percatarse de
esta realidad de juicio valorativo por parte de la sociedad en que
está
inmersa (en función de los valores imperantes), entonces legitimiza la
resultante del proceso de internalización- asimilación, que también a
hecho
de los valores de esa sociedad a través de la socialización. Nos
atrevemos a
plantear que se realiza una integración de aprendizajes de
experiencias
sociales, psicológicas y cognitivas, que tiene mucho que ver con las
capacidades adaptativas e intelectuales de las víctimas. Hemos
observado en
la práctica clínica – hospitalaria que esta legitimación del juicio
valorativo de la sociedad no se realiza en las pacientes con
deficiencia
mental, que ante el abuso sexual de que han sido objeto, su respuesta
al
traumatismo es claramente disminuida y en donde el sentimiento de
culpa no
se advierte, por el contrario, se da lo que el ojo común pudiera
interpretar
como incongruente debido a la actitud desembarazada y hasta cínica que
se
observa al momento de entrevistar a las víctimas, como si lo ocurrido
distara mucho de lo traumático.

En el sujeto común que no atraviesa este tipo de discapacidades


cognitivas
el traumatismo del abuso sexual da lugar a un proceso que los
psicoanalistas
explicarían afirmando que el sujeto en quien se produce el
acontecimiento
traumático posee representaciones constitutivas (en y por su
experiencia
temprana) que le permiten significar el evento que la víctima no
produjo
pero en el que sí participó; entendiendo entonces que se da
interpretación
del evento como traumático solo cuando los esquemas mentales y las
historias
de aprendizajes previos de lo que moral, social e individualmente
aceptado
choca con lo vivido. Se produce entonces una distorsión de la
percepción
sustentada por las distorsiones cognitivas sobre la experiencia vivida
producto básicamente del proceso de socialización. El traumatismo de
la
violación abre un enigma y crea un estigma para el cual aparecen
explicaciones en función de los esquemas cognitivos existentes en el
sujeto,
que aunque dañinos resultan eficaces en el logro de sus objetivos, la
apercepción individual o interpretación propia del evento.

Al convertirse la víctima por medio de su pasividad en partícipe


estructural
del delito, el placer la lleva a ser participante funcional del mismo.
Y la
subjetividad, con todo lo derivado de su autopercepción distorsionada,
mas
las presiones de la conciencia moral, llevan a esta víctima a elaborar
un
sentimiento de culpa y a vivenciarlo con el mayor o menor traumatismo
que
sus recursos de afrontamiento le permitan.

Ser víctima le exime de la culpabilidad jurídica, pero no así de la


culpa
subjetiva porque la conciencia no permite que una conducta considerada
como
inaceptable o indigna evada la sanción, aunque en principio solo sea
ésta de
recriminación. La conciencia castiga creando un malestar psíquico de
autoreproche y culpa en la víctima.

LAS CARAS DE LA CULPA

El sentimiento de culpa es vivenciado por la víctima en tres


modalidades. La
primera por haber permitido el hecho delictivo o no haberlo evitado y
a la
cual hemos hecho referencia en este trabajo hasta este momento. La
segunda
se constituye cuando se presenta la culpa por la confesión de la
ocurrencia
del hecho (de llegar a confesarlo) y una tercera por las consecuencias
acarreadas de dicha confesión (de llegar a confesarlo).

Ya que he explicado la primera, pasemos a la culpa que se genera por


la
confesión, por haber violado el secreto, por pasar el límite de lo
íntimo.
Efectuar la narración de un hecho de violación en el que se está
vinculado
no es tarea cotidiana ni sencilla, significa derribar las barreras
defensivas del yo, autorrevelarse en cuanto a actitudes y acciones
propias
que develan significados que pueden resultar muy diferentes para quien
escucha y decodifica el mensaje sobre la ocurrencia el evento Sacar la
intimidad es exponerse a la valoración social, en donde, al igual que
en el
derecho, existe el principio de la duda, con la diferencia de que en
este
último dicho principio ha sido creado con la intención de beneficiar
al
imputado, pero la sociedad, a quien juzga no siempre le da ese
beneficio. Me
refiero en especial a sociedades tradicionalmente sexistas como las
que aún
conforman muchos de nuestros pueblos latinoamericanos, en donde existe
una
relación muy estrecha entre el pudor de las jóvenes y el honor
familiar,
entre la castidad femenina que ha de llevarse al matrimonio y la
honorabilidad del futuro esposo y entre la fidelidad de la esposa y la
masculinidad y dignidad del esposo (valores del siglo XIX), pero que
se
preservan por ontogénesis.

La autorrevelación también conlleva vencer el miedo a desenmascarar al


victimario; es sentir que a la vez se le traiciona con respecto a un
momento
de su propia intimidad, al tiempo que aflora la incertidumbre por la
posibilidad de que se concreticen las amenazas recibidas del
perpetrador del
hecho. La revelación de la intimidad del hecho se inicia cuando la
víctima
lo confiesa dentro del marco familiar o de confianza que le ofrecen
las
figuras significativas para ella como pueden ser los padres, hermanos,
un
amigo(a), un profesor del colegio, etc., pero al tomar la decisión de
denunciar legalmente al victimario, ya la confesión sale de ese
contexto
familiar o cercano de seguridad y ello significa hacer que la
autorrevelación pasa al plano de lo público. Lamentablemente nuestro
sistema
de justicia aún dista de ser un organismo con los elementos necesarios
para
menguar la diferencia existente entre lo legal y lo psicológico, por
lo que
todo el proceso generado a partir de la denuncia expone a la víctima a
un
enfrentamiento con su culpa cada vez que tiene que repetir lo sucedido
o dar
respuesta una y otra vez en cada instancia del engranaje de justicia.
Tampoco dejamos ausente en este proceso de revictimización la
iatrogenia,
que podemos encontrar en las medidas terapéuticas que en muchos casos,
lejos
de la una mala intención de quienes las implementan media una
deficiente
preparación profesional, desemboca en incremento de la culpa y la
ansiedad
en la víctima.

Una tercera faceta de la culpan corresponde a las consecuencias


acarreadas
por la confesión de lo ocurrido nos referimos a todas aquellas
situaciones
conflictivas que se derivan de ello, considerando que son estas
consecuencias las que constituyen precisamente el móvil de las bajas
cifras
de denuncias de violación o de abuso sexual en relación con la
casuística
real. Encontramos en primera instancia aquellos casos en que el
victimario
es un miembro de la familia y la dinámica de esta se altera cuando la
víctima sufre de manera privada y pública el reproche familiar de ser
el
causante del problema que el núcleo familiar ahora confronta. En la
práctica
vemos estos problemas en los casos de abuso sexual infantil, a través
de una
realidad convulsionada por la disminución o anulación total del
ingreso
familiar cuando se detiene al agresor y es éste el principal proveedor
económico del hogar. En otros casos vemos el resentimiento derivado de
los
celos si el abusador es el cónyuge o pareja de uno de los
progenitores, al
haber despertado la víctima deseos sexuales en este (a).
Una tercera razón la encontramos en las disputas familiares cuando
unos
parientes dan crédito a la víctima y otros al victimario. Un cuarto
motivo
lo encontramos en la duda con carácter reprochable que nace en
aquellos
miembros de la familia que con su actitud silenciosa y de no
involucramiento
castigan a la víctima. Ni hablar de otros personajes familiares,
primordialmente los hermanastros, al expresar el disgusto por la
separación
inesperada y abrupta, que la legislación a través de los mecanismos de
represión, les ocasiona. Se les crea la separación física con un ser
querido
para ellos (el victimario), trastocando con ello el patrón de las
interacciones conductuales emocionales y afectivas existente entre
ellos. La
penalización del victimario crea en sus familiares pérdida temporal
que
estará en función del establecimiento de las penas en cada legislación
y que
en la actualidad llevan la tendencia hacia su incremento; y todo esto
porque
un niño en la familia se atrevió a decir "cosas negativas" sobre
alguien
importante para el bloque familiar.

En el caso de mujeres adultas casadas o con pareja que han sido


violadas
encontramos situaciones diversas. En unas ocasiones las víctimas
callan ante
sus parejas para no herirles en su amor propio (recordemos la relación
masculinidad del esposo – fidelidad de la esposa), en otras
circunstancias
callan por temor a no ser creídas y resultar crudamente juzgadas y
recriminadas por éstos; otras veces, por vergüenza ante sus parejas y
ante
sus hijos por la revelación de "algo íntimo".

He encontrado que existe además un grupo de mujeres sin pareja que


sufre
ante la idea de "tener" que confesarle el hecho a una posible o
próxima
pareja (recordemos ahora la relación pudor de la novia – honorabilidad
del
esposo). Aquí la culpa parece presentarse simplemente ante la idea de
una
probable confesión ante alguien que todavía no es parte de la realidad
de la
víctima y ante quien, respondiendo solo a su subjetividad, está
obligada ha
efectuar dicha confesión. Esto indica que la culpa está allí, ya
existe
desde el momento en que la víctima la elaboró ipsofacto a la
ocurrencia del
hecho.

Y por último, sin considerar que se presente en menor frecuencia,


encontramos a la mujer que calla por temor a ser castigada por su
propia
pareja y por la censura social, porque como ya hemos dicho, la
sociedad no
siempre concede el beneficio de la duda.

La culpa que en estos casos se experimenta es proporcional con la


ansiedad
que genera el conflicto ocultar-revelar, y ni se diga de los casos en
que ha
resultado un embarazo producto de la violación; es tan fuerte el
sentimiento
de culpa por temor a la pareja que en algunos casos la mujer planifica
las
estrategias para responsabilizar al esposo de dicho embarazo, sin
pensar en
las consecuencias que a largo plazo solo logran incrementar esta
culpa,
culpa agravada igual que aquella que experimentan las víctimas que
nunca
hablan, que callaron considerando que esta era la mejor alternativa y
olvidando que la conciencia moral es un juez que no perdona a su
portador,
en este caso a víctima.

En una paciente de cincuenta y nueve años, que había sido violada por
su
padre en reiteradas ocasiones por un período de cuatro años cuando
ella era
niña, se presentó el sentimiento de culpa por haber callado toda una
vida
(por primera vez lo confesaba en sesión terapéutica), tras acumular
también
mucha rabia y resentimiento sobre esta persona, cuando se sintió
segura de
poder hacer la confesión ya su padre había fallecido. Manifestaba en
sesión
que había deseado muchas veces desahogarse con este personaje,
gritarle a la
cara todo lo que sentía y que se enterara de su dolor pero sus
creencias
religiosas y convicciones éticas le impidieron hacerlo. Ya muerto, se
le
agravaba el sentimiento de culpa al pensar que revelando el hecho y
sus
sentimientos le estaba ofendiendo. Puedo comentar que esta señora que
llevaba una larga historia de hospitalizaciones a raíz de los cuadros
de
ansiedad y depresión, luego de esta revelación y de la terapia
subsiguiente
logró finalmente que se le diera de alta.

¿Siente culpa el victimario?

La voluntad es el móvil de la acción del agresor, es de carácter


subjetivo,
cuya meta en este caso es el goce o placer, a tal punto que traspasa
lo
permitido, o sea que el victimario aún con pleno conocimiento de la
norma
jurídicamente establecida, a manera de control individual y social, la
transgrede o sacrifica en beneficio de una satisfacción personal. Se
da
entonces un choque entre subjetividad y ley, eterno paradigma de lo
que en
1999 Gerez Ambertin llamó la lógica de lo prohibido. En donde la culpa
como
una entidad también subjetiva, podría mostrarse solo como un dolor o
pesar
del sujeto que ha recibido sanciones restrictivas por parte del
sistema
penal.

Cuando se experimenta culpa se llega a reconocer que algo de nosotros


se ha
visto comprometido en un hecho delictivo o criminal pese a haberlo
hecho
sobre el conocimiento de lo permitido o prohibido por la ley, algo que
al
parecer no sucede en el victimario, en parte porque los mecanismos de
autocontrol resultan deficientes para elaborar un significado racional
sobre
el acto realizado y sobre las consecuencias que el mismo acarrea.

. La culpa como subjetividad no es separable de la persona por estar


sometida a las peculiaridades de la individualidad, llevando esto a
que en
su experiencia y manifestación resultan determinantes los estilos de
personalidad, las circunstancias ambientales, condiciones
neuropsicológicas
y capacidades cognitivas. Vemos así que en agresores bajo los efectos
de las
drogas, con deficiencia mental o afecciones psiquiátricas si bien
subyace en
ellos el placer como motivación de sus acciones, la voluntad y el
conocimiento de la ley se encuentran afectados. Pero recalcamos que la
culpa
está en función de determinantes internos e inherentes al individuo,
mientras la culpabilidad jurídica depende de lo establecido en la
norma y de
las decisiones que tomen los de administradores de justicia. La culpa
es un
constructo psicológico, la culpabilidad es de tipo jurídico y permite
otorgar una condena.

La cultura y la sociedad (como macrosistemas) también juegan un papel


determinante en cuanto a la responsabilizar por la culpabilidad en
delitos
como la violación o el abuso sexual, solo que ambas entidades
responden a
complejidades existenciales, de naturaleza y funcionamiento, que las
llevan
en algunas ocasiones, a escaparse de esa responsabilidad. No siempre
la
sociedad con el andamiaje y el alcance para lograr que la culpabilidad
sea
dirigida hacia el sujeto(s) merecedor(es) de ésta; En otras palabras
la
asignación de responsabilidades es un deber y un derecho de la
sociedad como
la declaración de imputabilidad es un deber y un derecho del juzgador,
con
la diferencia situación que la asignación de imputabilidad recae
expresamente sobre una o varias personas y es responsabilidad
inmediata de
la autoridad (en la figura del juez), mientras que la sociedad somos
todos y
la cultura la hacemos todos, y esto nos lleva a la preguntas,
¿podríamos
responsabilizarnos todos como colectividad? Y también ¿nos juzgamos
todos y
experimentamos la culpa todos?

Considerar la realidad bajo este velo de idealismo resulta en utopía,


mas
aun en la actualidad en que según muchos, el vacío existencial de
nuestro
tiempo anula la culpa. Aquí traigo el pensamiento de un teólogo y
psicoanalista –psicoterapeuta, el profesor Eugeen Drewermann, quien en
su
obra "Angustia y Culpa" (1996) señala que la culpa ha dejado de
enfocarse
desde la tradicional ética moral y se ha convertido en una sensación
subjetiva de que no se es culpable de nada. Es la transición a un
fenómeno
de vacío existencial por pérdida y extravío del yo, de un sentimiento
de
irresponsabilidad por vivir como se vive y de impotencia al no poder
cambiar
las cosas.

Con una sociedad en tales condiciones, que evade la culpa subjetiva


para no
descubrir los verdaderos sentimientos sobre algo que no encaja dentro
de la
ley moral, lo esperable sería que el sentimiento de culpa de toda una
cultura se mantenga en las víctimas, protagonistas pasivos de su
propia
subjetividad dentro de la escena del abuso sexual y para quienes no
basta el
trabajo terapéutico de retribución de la culpa en terapia cognitivo
conductual o intervenciones psicoanalíticas o de algunas de las
corrientes
que ayudan al psicólogo en su ejercicio clínico.

Falta que se remuevan paradigmas de género de nuestras sociedades, que


se
creen a nivel de instancias legales mecanismos adecuados de atención a
las
víctimas de delitos sexuales y por consiguiente, se logre la formación
de
recurso especializado que obtenga la eficacia con estos mecanismos
para
evitar la revictimización, en especial responsabilizándonos los
profesionales de la Psicología por el perfeccionamiento en nuestros
campos
de especialidad. Se requiere con urgencia del trabajo preventivo con
niños y
adolescentes para que por medio del aprendizaje se adquiera el
conocimiento
y las actitudes que estamos necesitando para cambiar los mencionados
paradigmas, que mientras se mantengan vigentes cimentarán y fomentarán
el
sentimiento de culpa en las víctimas de delitos sexuales.
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