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ÉTICAS DE LA SERENIDAD - LA AVIDEZ Y EL DESEO

EMOCIONES BASADAS EN BIENES SUPUESTOS Y BIENES GENUINOS (II)

PRESENTE FUTURO
SUPUESTO

DOLOR /AFLICCIÓN MIEDO


MAL

(lýpē) (phóbos)
SUPUESTO

PLACER / EXULTACIÓN AVIDEZ / ANSIA


BIEN

(hédonḗ) (epithymía)
GENUINO

PRECAUCIÓN
MAL

(eulábeia)
GENUINO
BIEN

GOZO O ALEGRÍA DESEO BENEVOLENTE


(chará) (boúlēsis)

1. LOS TRES TIPOS DE DESEO SEGÚN EPICURO

De los deseos los unos son naturales y necesarios; los otros naturales y no necesarios; y
otros no son ni naturales ni necesarios, sino que se originan en la vana opinión/ Epicuro,
Máximas capitales, 29.

Todos los deseos que, aunque no sean satisfechos, no terminan después en dolor, no son
necesarios, sino que llevan consigo un estímulo fácil de anular toda vez que sean deseos de
difícil consecución o de efectos dañinos. / Epicuro, Máximas capitales, 26.

[...] cualquier ganancia orientada a lo que basta a la naturaleza es riqueza, pero orientada a
apetencias infinitas, incluso la máxima riqueza no es riqueza sino pobreza. / Epicuro, de los
Fragmentos de cartas cuyos destinatarios se ignoran, 45.

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1. Naturales y necesarios
-De no ser satisfechos, ocasionan dolor (p. ej., el dolor del hambre).
-Su satisfacción elimina el dolor por completo. Por lo tanto, son los
deseos cuya satisfacción da lugar a los placeres catastemáticos.
-En lo que toca al cuerpo, los ejemplos recurrentes de Epicuro son
comer, beber y abrigarse. En lo que toca al alma, el deseo natural y
necesario por antonomasia es no sufrir. Esto lo satisface el estudio y la
práctica de la filosofía, y de no ser satisfecho se vive, dice Epicuro, con
temor y deseos vanos.
-En principio son de fácil consecución.
-No traen consigo efectos dañinos.
DESEOS
2. Naturales y no necesarios
-De no ser satisfechos, no ocasionan dolor.
-Su satisfacción diversifica el placer, pero no lo incrementa; en este
sentido no contribuyen a eliminar un dolor fundamental.
-Es el deseo de, pongamos, comer algo sabroso que no solemos comer.
Aunque resulta natural desear diversidad, “notas de color”, Epicuro
sostiene que nada de esto es indispensable para vivir.
-La dificultad de su consecución es variable.
-Si se mantienen en calidad de “notas de color” eventuales y no se
desarrolla avidez, no traen consigo efectos dañinos. Si se desarrolla
avidez, entonces se convierten en deseos vanos.

3. Ni naturales ni necesarios: deseos vanos


-Su satisfacción no sólo no remueve cabalmente el dolor por la carencia
de algo, sino que incluso conduce a una escalada desiderativa que acaba
trayendo dolor.
-Se originan en la “vana opinión” porque quien abriga estos deseos yerra
en su evaluación del objeto y pervierte los límites de la naturaleza:

Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de


que la panza necesita hartura infinita. / Epicuro, Sentencias vaticanas, 59.

-Son los deseos ilimitados, aquellos que no logran dar ni una satisfacción
completa ni una satisfacción continua. Por eso originan la necesidad de
ser perpetuamente “satisfechos”.
-Están asociados a los placeres cinéticos, pero no de manera exclusiva. La
recurrencia infinita de este tipo de deseos, lo que hoy llamaríamos
adicciones, bien puede estar asociada a objetos que no sean sensuales de
manera inmediata. Se puede ser adicto al poder, a los halagos, al trabajo.
-En suma, son los deseos que esclavizan.

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2. LIDIANDO CON LA AVIDEZ

El test epicúreo para identificar los tipos de deseo

Ante cualquier deseo debemos formularnos la siguiente pregunta: ¿qué me sucederá si se


cumple el objeto de mi deseo, y qué si no se cumple? / Epicuro, Sentencias vaticanas, 71.

Este simple ejercicio de prudencia puede hacerse con mayor agudeza atendiendo a las
características enumeradas en la página anterior. Así, a la hora de responder “qué me
sucederá si se cumple el objeto de mi deseo y qué si no se cumple”, puede inquirirse de
manera más específica: ¿Habrá dolor si no se cumple el deseo? ¿Qué clase de satisfacción
habrá si se cumple? ¿O habrá insatisfacción incluso si se cumple? Todo esto permite
identificar de qué clase de deseo se trata (en la tipología epicúrea).

Las tres estrategias estoicas

EL RAZONAMIENTO BÁSICO
Clara conciencia del objeto deseado y respuesta afectiva proporcional
(impulso con reserva)

Con cada cosa que te atraiga o te reporte utilidad o a la que seas aficionado, acuérdate de
decirte siempre de qué clase es, empezando por lo más pequeño. Si eres aficionado a una
olla, di «Soy aficionado a una olla» y no te perturbarás cuando se rompa. / Epicteto,
Manual, 3.

Es el razonamiento estoico más básico: identificar que el objeto de deseo es algo externo,
es decir: (1) algo que no depende de mí y (2) algo impermanente, destinado a
transformarse y cesar. En virtud de estas dos consideraciones, el estoico se dirigirá al
objeto manteniendo un “impulso con reserva”. ¿Qué quiere decir esto? Es la misma idea
de Crisipo cuando hablaba de caminar de modo de estar siempre en condiciones de
detenerse o cambiar el paso (“caminar conforme al impulso natural”, véase supra, p. 5).
En lo que toca a los deseos, esta reserva supone estar en todo momento preparado para
que el objeto de deseo se difiera o se malogre sin que esto traiga aparejado un estado de
frustración, ansiedad o ira. En pocas palabras: tener plena conciencia de qué es lo que se
desea.

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INVERSIÓN DE LA LÓGICA DEL DESEO 1
De la insatisfacción por la ausencia a la satisfacción por la presencia
No reflexiones en los bienes ausentes como ya presentes, sino selecciona de los que están a
tu lado los de mejor augurio y evoca a través de ellos cómo los perseguirías de no estarlo.
Sin embargo, al mismo tiempo, por complacencia en ellos guárdate de acostumbrarte a
valorarlos en exceso al punto de que si alguna vez no estuvieran a tu lado te sintieras
perturbado. / Marco Aurelio, Meditaciones, 7.27

Reflexionar en “los bienes ausentes como ya presentes” supone la conciencia de una


carencia (“bienes ausentes”) y la avidez por eliminarla (“como ya presentes”). Esta
segunda estrategia parte de imaginar el escenario exactamente opuesto: los bienes
presentes como si estuvieran ausentes. El propósito es obrar una inversión absoluta en la
lógica del deseo, sustituyendo la conciencia de la carencia por el aprecio de los bienes
actualmente existentes. Para forjar este aprecio, Marco Aurelio recurre a un experimento
mental basado en el hecho de que solemos apreciar más las cosas cuando nos faltan. Así,
imaginar que nos falta lo que de hecho tenemos y apreciar su valor (y que ya no tenemos
que ir en busca de ellas) busca poner en primer plano la satisfacción por lo que hay de
modo de subyugar la avidez por lo que no hay.
Cabe señalar que Marco Aurelio está utilizando aquí un lenguaje laxo, puesto que nada
externo sería para un estoico un bien en sentido estricto.

INVERSIÓN DE LA LÓGICA DEL DESEO 2


De los objetos de deseo (externo) a los deseos como objeto (interno)

Ése pide: «Ojalá consiga acostarme con aquélla». Tú: «Ojalá no anhele acostarme con
aquélla». (8) Otro: «Ojalá me vea libre de aquél». Tú: «Ojalá no desee verme libre de aquél».
(9) Otro: «Ojalá no pierda a mi hijito». Tú: «Ojalá no tenga miedo de perderlo». Dale la
vuelta así por completo a tus súplicas y estudia qué ocurre. / Marco Aurelio, op. cit., 9.40.

Como en la estrategia anterior, también aquí se apunta a una inversión de la lógica del
deseo; sólo que ahora la inversión es claramente de lo externo hacia lo interno. En lugar de
tener por objeto de deseo algo del mundo externo, los deseos pasan a ser los propios
objetos de deseo. De este modo, el querer, más que orientarse hacia lo externo, está
orientado hacia qué quiero querer (mis disposiciones internas).

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3. LA IRRITABILIDAD Y LA IRA COMO ESPECIES DE AVIDEZ/ANSIA

El buen juez condena lo reprobable, no


lo odia.
Séneca, Sobre la ira, I.16.6

En la tabla de los cuatro géneros de emociones y sus especies, aparecían, como especies
de la avidez, la ira y otros afectos cercanos:

IRA (orgé): avidez de venganza.


RENCOR (mênis): ira antigua y enconada.
IRRITACIÓN (thymós): ira incipiente.
ODIO (mîsos): avidez de que a alguien le vaya mal
en forma progresiva y duradera.

Si tuviéramos que reordenar estos afectos cronológicamente, esto es, de acuerdo con la
génesis de la ira y sus derivaciones, aparecerían así:

Irritación Ira Rencor Odio

Cuando el objeto que irrita se vuelve habitual y habitualmente irritante, entonces la


irritación da paso a la ira, la ira al rencor y el rencor al odio. La irritación es, pues, la
semilla del odio; conviene por eso estudiarla.

¿Qué es la irritación? ¿Por qué nos irritamos?

De acuerdo con las definiciones de la tabla, si la ira es avidez de venganza y la irritación es


ira incipiente, entonces la irritación es una incipiente avidez de venganza, un primer
impulso de atacar. Pero ¿qué origina este impulso? Dice Séneca:

Es indudable que la ira es provocada por la sensación de injusticia inferida [...] / Sobre la
ira, II.1.3

¿Tiene sentido esta definición para nuestras irritaciones de la vida cotidiana?


Veamos un ejemplo típico: el tráfico. Si alguien ha hecho una maniobra hostil, una
canallada, nos irritamos. ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido en nuestra conciencia para que

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surja este afecto? Lo primero es que, de acuerdo con los estoicos (también con Aristóteles
en este punto), debe haber una sensación de injusticia. ¿Y qué es esta sensación? Asumir
que el otro nos hizo un daño de manera dolosa, gratuita, inmerecida. Parece claro que
cuando nos irritamos en el tráfico, tácitamente estamos haciendo esta asunción: lo que el
otro acaba de hacer es injusto, o bien contra nosotros, o bien contra los buenos
conductores en general; como sea, no nos merecemos soportar eso.
A partir de esta sensación surge el deseo de devolver el presunto daño, ya sea mediante
un insulto, tocando el claxon o, si la irritación ya es ira, bajándose del coche con la
intención de golpear al otro.
Vemos, entonces, que la ira y la irritación, como las demás emociones, se articulan
sobre la base de dos juicios: un juicio de valor que dictamina haber recibido un daño
inmerecido (un mal), y un juicio comportamental, o de respuesta apropiada, que
aconseja devolver el daño. Se genera así el deseo de castigar: la avidez de venganza.

La irritación por los obstáculos que traban o difieren nuestros objetivos

Sin embargo, a veces nos irritamos sin que haya nada o nadie a quien castigar. Por
ejemplo, cuando el tránsito, todo el tránsito, decenas y decenas de autos, están parados.
No podemos ya creer que haya algo “personal”, mucho menos algo doloso. ¿Por qué aun
así nos irritamos? Porque asumimos que, incluso aunque no haya un responsable directo,
reconocible y manifiesto, la situación es injusta. Debemos llegar a tal hora a una reunión,
hemos tomado todos los recaudos, salido con anticipación, tomado el camino más
conveniente y aun así este embotellamiento ha venido a interponerse.
Los obstáculos que traban o difieren nuestros objetivos son motivos de ira recurrente,
porque, nos demos cuenta o no, los percibimos como injustos, aun cuando no podamos
reconocer a un agresor, algo o alguien a quien devolverle el presunto daño.
En casos así, solemos dirigir nuestra ira hacia algo más o menos indeterminado o
abstracto. Si regresamos al ejemplo del tránsito detenido, nos enojamos con la ciudad, la
gestión del gobierno municipal, la fortuna, el destino o Dios. Pero el hecho de que el
agresor se haya difuminado en una entidad vaga o abstracta, no impide que las
mandíbulas se tensen, los dientes se aprieten y la palma de la mano se hunda
violentamente en el claxon. El apetito de venganza se ha desatado: hay irritación y ésta se
manifiesta como un deseo de eliminar lo antes posible todos aquellos obstáculos que se
oponen (“injustamente”) a la consecución de nuestros (importantísimos) objetivos.

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La fatiga y la irritación

Séneca observa en su tratado Sobre la ira (De ira), algo que todos podemos constatar
fácilmente: que la fatiga propicia la irritación y la ira.

Y así, para que el espíritu pueda estar tranquilo, no hay que zarandearlo ni fatigarlo con la
realización de muchas cosas, como dije, importantes y situadas por encima de nuestras
fuerzas. / Sobre la ira, III.6.6

Existe un viejo dicho: persona fatigada, busca pelea; e igualmente el hambriento, el


sediento y cualquier persona enardecida por algo. / Ibid., III.9.5

Sin duda ha de haber una vasta literatura científica que describa los procesos fisiológicos
que tienen lugar en un cuerpo fatigado. Pero más allá de esto, la fatiga parece responder a
la misma lógica de los obstáculos que veíamos antes. Al estar fatigados, toda acción, todo
emprendimiento se presentan como dificultosos y en este sentido la fatiga hace aparecer
el mundo como algo que se resiste a la consecución de nuestros propósitos.

Corolarios: la ira es una especie de ansiedad,


la impaciencia y la prisa favorecen la ira

En este sentido, está claro que la irritabilidad es una especie de ansiedad (avidez) o
impaciencia y que estar impacientes o ansiosos genera irritabilidad, es decir, el deseo de
atacar todo aquello que se interponga en la consecución de nuestros objetivos. De ahí que
los ansiosos sean en general impulsivos y coléricos.
Se infiere de lo anterior que la prisa favorece la ansiedad y, en consecuencia, la
posibilidad de que surjan con mayor facilidad motivos de irritación.

Remedios de Séneca contra la irritación y la ira

(1) Paciencia

El mejor remedio contra la ira es el paso del tiempo. Pídele al principio no que perdone,
sino que piense: tiene un primer arrebato duro, se calmará si espera. Y no intentes
eliminarla del todo: quedará totalmente vencida si se le ataca por partes. / Sobre la ira,
II.29.1.

Si la ira es una especie de ansiedad o impaciencia, lo primero es aprender a diferir la


respuesta. Es un remedio que interviene sobre el juicio de respuesta apropiada (“es
apropiado vengarse/regresar el daño”), no para rebatirlo, sino para diferirlo, contenerlo.
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(2) Eliminación de la suspicacia y las conjeturas

Hay que eliminar del espíritu la sospecha y las conjeturas, provocaciones éstas muy
engañosas: «Aquél me saludó con poco afecto, aquél no respondió a mi abrazo, aquél cortó
bruscamente la conversación a medias, aquél no me invitó a cenar, el aspecto de aquél me
pareció hostil». No faltarán argumentos para la sospecha; se hace necesaria la sencillez y
una apreciación favorable de las cosas. No creamos nada más que lo que salte a los ojos y
sea evidente [...] / Ibid., II.24.1-2

He aquí una clara aplicación de las impresiones catalépticas: no agregar nada de la propia
cosecha, quedarse únicamente con lo que muestra la impresión. Atajar la impresión de
este modo supone disolver el juicio de valor que propiciaría la ira, pues si no sé por qué el
otro me ha saludado con poco afecto, no puedo asegurar que me esté infiriendo un daño
a mí, de manera dolosa y personal, es decir, injusta.

(3) Nadie está libre de culpas

Si queremos ser jueces justos de cualquier hecho, persuadámonos de que, en primer lugar,
nadie de nosotros está sin culpa. En efecto, de ahí nace la mayor indignación: «No he hecho
nada malo» y «No he hecho nada». Más bien no lo reconoces. / Ibid., II.27.3

Lo irónico aquí es que la ira surge precisamente como respuesta a un sentimiento de


injusticia. Sin embargo, Séneca y en general los estoicos sostienen que la justicia sólo
puede fundarse en la ecuanimidad, nunca en la ira.

(4) Comprensión del otro (compasión)

No se encolerizará el sabio con los que cometen faltas. ¿Por qué? Porque sabe que nadie
nace sabio, sino que se hace, sabe que en cada generación surgen poquísimos sabios,
porque tiene muy estudiada la condición humana, y nadie cuerdo se encoleriza con la
naturaleza [...] De modo que el sabio, sereno y justo con los defectos, no enemigo sino
corrector de los que cometen la falta, avanza cada día con esta intención [...] Estudiará todo
esto con tan buena disposición como el médico a sus enfermos. / Ibid., II.10.6 y ss.

El sabio ha sustituido la ira por la compasión. Comprender al otro como el médico al


enfermo (sabiendo que también uno comete faltas y padece enfermedades morales),
supone comprender que el que nos agrede simplemente sufre y es por eso que nos
agrede. Estrictamente, ni siquiera nos agrede a nosotros, aunque en ese momento seamos
su circunstancial objeto de agresión.

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4. EJERCICIOS

Observa tus deseos de acuerdo con el test epicúreo y reconoce con


honestidad cuáles de ellos entran en la categoría de los deseos “ni naturales
ni necesarios (deseos vanos)”.
vanos) . No dejes de considerar en este espacio
aquello que te causa ansieda
ansiedad, irritación o ira, ni tampoco los deseos que
puedann estar relacionados con mitigar la ansiedad. Por ejemplo, el tráfico
puede causarte ansiedad. Pero el deseo de comer cada tarde un chocolate
quizá responda a mitigar un estado general de ansiedad.

Una vez que hayas reconocido en ti deseos vanos (avidez), eestudia


detenidamente las tres estrategias estoicas para hacerles frente.
frente Explóralas
en tu meditación de la mañana, anticipándote a las situaciones que puedan
desencadenar este tipo de deseos. Trabaja cada mañana de la semana,semana
paciente y diligentemente
emente, observando y anticipando tus deseos.

Estudia una vez más las páginas dedicadas a la irritación y la ira.


ira Y en tu
meditación de la mañana concédele
c un espacio exclusivo a anticipar las
situaciones del día potencialmente ansiolíticas, irritantes o susceptibles de
originar en ti cólera.. Anticipa también los obstáculos que surgirán contra
tus objetivos, tus niveles de fatiga,
fatiga, en fin, todo lo que pueda llegar a
irritarte. Examínalo entendiendo claramente qué juicios podrían originar
estos estados y desmantélalos
smantélalos de antemano aplicándoles los remedios de
Séneca que te parezcan más eficaces.

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