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El incendio de Notre Dame como augurio de colapso.

Entre el derrumbe del capitalismo, la fantasía socialista moderna y la necesidad de un


marxismo mutante

(Borrador)
Miguel Fuentes1



Un augurio, es decir un antecedente supuesto del devenir, se convierte en tal porque es capaz
de expresar de forma simbólica un aspecto central del futuro que podría aguardarnos. Algunos
de los elementos que usualmente se encuentran en la base de un augurio en su forma más
elevada (es decir un presagio histórico) pueden encontrarse en el reciente caso del incendio y
destrucción de la catedral de Notre Dame en París. Pueden mencionarse entre estos últimos los
siguientes:

1-La sorpresa ante el carácter impredecible (aunque latente) de un suceso y la implacabilidad


de este.
2-La destrucción o daño de un ícono representativo de un contexto social o principio valórico
determinado.
3-El shock del sentido común (arrinconado) ante lo imprevisto.
4-La sensación de un golpe o amenaza sobre un determinado ethos colectivo: por ejemplo, en
el caso de una cierta ideología o concepción de mundo.
5-El remecimiento de la noción de “tiempo histórico” asociado a un lugar, objeto, imagen o
entidad destruida o bajo peligro.

Entrelazadas y confundidas al modo de una sensación fulminante de vértigo y de potencial


orfandad ante la perdida de algo que se creía firmemente establecido (en este caso un
monumento centenario considerado como uno de los reflejos de la identidad parisina y
francesa), la reacción pública ante el incendio de Notre Dame contiene todos los elementos

1
Coordinador de los sitios “Marxismo y Colapso” y “Grupo de Seguimiento de la Crisis Climática Mundial”.
mencionados anteriormente. Aun cuando la destrucción de monumentos históricos u otros
eventos similares ha sido un fenómeno recurrente durante la historia reciente, la primera
reacción ante este incendio fue de incredulidad (¿podía estar Notre Dame realmente
quemándose?), pasándose en seguida a un sentimiento de intensa consternación ante la
magnitud y violencia del siniestro. Casi enseguida, este sentimiento de incredulidad daba paso
a una especie de conciencia (aunque fugaz, tal como suele suceder en este tipo de
acontecimientos) en torno a la naturaleza inclemente e implacable del desastre. Algo parecido
suele suceder en los casos de muertes imprevistas u otros eventos destructivos que afectan la
vida familiar. Fue en este instante en donde comenzaron a surgir algunas de las primeras
explicaciones de fondo de lo sucedido: el descuido del gobierno francés que había rechazado
financiar en su momento los debidos cuidados de la catedral, preparando con ello el desastre.

Casi al mismo tiempo, comienzan a sucederse las imágenes quizás más impactantes de la
jornada: el techo completo de la catedral siendo consumido por las abrazadoras llamas y, justo
en el clímax de la voracidad destructiva del incendio, la torre de la catedral cayendo
derrumbada y haciéndose añicos. Por esos momentos, tal como afirmara Trump desde el otro
lado del Atlántico al referirse a la probable destrucción de la catedral hasta sus cimientos
(declaración acompañada del clamor de una de las autoridades religiosas del recinto en torno a
que el incendio “no dejaría nada”), lo peor parecía materializarse: la destrucción total de Notre
Dame era posible.

Notre Dame ardiendo

Fue quizás en este punto en el cual comienzan a tomar forma algunas de las reacciones
ideológicas más profundas que dejó el incendio de Notre Dame; esto es, 1-la reafirmación de
un sentido de asociación (ya presente antes del siniestro) entre este monumento, la identidad
franco-europea y el carácter de la propia civilización occidental en tanto “custodio” del pasado
histórico; 2-la propagación de una sensación de consternación colectiva ante un hecho que,
amenazando a un símbolo “icónico” de occidente, pasaba a constituirse en una especie de golpe
(simbólico) al ethos colectivo de supuesta estabilidad estructural imperante en las llamadas
“democracias avanzadas”. Mal que mal, lo que estaba sucediendo no era en Brasil en donde la
quema del Museo Nacional de Río de Janeiro podía ser explicado, entre otras cosas, por el
propio contexto de atraso de los países latinoamericanos, sino que, por el contrario, en el
“corazón” de Europa. Todo esto nada menos que en París en donde se cuenta, supuestamente,
con recursos y tecnologías de vanguardia casi ilimitados, así como también con un exigente
marco de regulación (ceñido a los más altos estándares internacionales) para la protección del
patrimonio histórico. Y aún así… Notre Dame estaba siendo reducida a cenizas, haciéndose
posible en aquellos momentos imaginar que, en cualquier minuto, un destino similar podría
esperarle, por ejemplo, a los tesoros culturales almacenados en el Louvre (entre los cuales se
encuentran la Mona Lisa de Da Vinci o la Venus de Milo), o bien, ¿por qué no?, a aquellos
almacenados en el mismísimo Vaticano u otras capitales culturales del viejo mundo. En dichos
instantes, cuando la noticia en torno al incendio de Notre Dame era ya un impacto mundial y
se viralizaba por las redes sociales, la consternación no podía ser mayor.

De cierta manera, aunque de forma velada, era el propio sentido común tradicional que tiende
a definir a la sociedad moderna como el eslabón superior del progreso humano el cual era, en
este caso como producto de su incompetencia para asegurar la preservación de uno de los
grandes monumentos del pasado, golpeado. Fue justamente este golpe y arrinconamiento (por
algunos segundos) del sentido último de legitimización de la ideología moderna (es decir su
legitimidad en tanto guardián del pasado y garante del porvenir) lo que puede explicar,
igualmente, no sólo la tremenda consternación mediática ante este incendio, sino que además
las reacciones posteriores ante el mismo. Efectivamente, la oleada de anuncios empresariales
de ayudas multimillonarias casi inmediatas para la reconstrucción de Notre Dame no se
entienden, meramente, ni por la importancia cultural en sí misma de esta catedral (de lo
contrario se vuelve más difícil dar cuenta de la mucho mayor indiferencia para con lo sucedido
en Río de Janeiro), ni tampoco como una simple expresión de las desigualdades sociales
inherentes al capitalismo mundial (esto tal como se escuchó desde el movimiento de los
chalecos amarillos). En realidad, esta prematura y ciertamente rápida respuesta tendría que ver,
en último término, con la reacción de las elites burguesas ante un hecho que tocaba una de las
fibras más profundas de su poder ideológico y de la legitimación de su dominio de clases: tal
como ya dijimos, la “administración” del pasado. Tal como la caída de la Torres Gemelas
significó en su momento un cuestionamiento al “corazón simbólico” del poder imperialista
norteamericano, la “caída” de Notre Dame implicaba un golpe ideológico posiblemente igual
de amenazante (aunque propinado de una manera quizás menos drástica) al rol de la burguesía
internacional (especialmente europea) como heredera “legítima” del poder monárquico,
constituyendo además un golpe para su propio orgullo como clase dominante. No podemos
olvidar aquí que fue precisamente en Notre Dame en donde el primer “emperador de la
burguesía” Napoleón Bonaparte consagró, nada menos que con la venia del propio papa Pío
VII, dicha relación de continuidad entre el poder burgués naciente y el de las tradiciones
monárquicas. Tal como es conocido, una de las expresiones históricas más claras de esta fusión
entre clases dominantes se vería durante los siglos XIX y XX en el devenir de la monarquía
rusa, esto último hasta los albores mismos de la revolución soviética.
La coronación de Napoleón en Notre Dame

Más que el mero oportunismo y la posibilidad de “propaganda a bajo precio”, lo que abría
impulsado a las numerosas firmas capitalistas a juntar en pocos días más de 800 millones de
dólares para la reconstrucción de la catedral (esto aun cuando no se ha juntado ni siquiera un
millón a ocho meses del incendio en el Museo en Río), habría sido, como dijimos, la defensa
del orgullo (universal) de la burguesía como elite dirigente, aquello justamente en el caso de
uno de los “templos” de la propia consagración de su poder como clase dominante. Y es esto,
precisamente, lo que estaba (y está) en juego en la reconstrucción de Notre Dame y en el Museo
de Río de Janeiro… no. De cierta manera, la quema de Notre Dame lo que hacía era “remecer”
el propio sentido de permanencia y eternidad del tiempo histórico moderno, esto quizás con
una repercusión ideológica parecida a la que tuvieron, aunque sin embargo de una manera
mucho más fugaz y en un contexto todavía muy inferior de crisis histórica, las quemas de
iglesias en el Imperio Romano a manos de los “pueblos bárbaros” durante el siglo V de nuestra
era.

Dando respuesta a la “crisis de simbolismos” anunciada por el incendio, el gobierno francés


con Macron a la cabeza reacciona de manera enérgica. A tan sólo unas horas del comienzo del
siniestro y apelando al espíritu e identidad de toda la comunidad francesa y la solidaridad
internacional, el presidente francés marca el rumbo y declara la emergencia. En un sentido
discurso transmitido por televisión y haciéndose eco de otras situaciones de crisis que han
afectado a la republica francesa, Macron apela entonces a la “movilización general”. A partir
de ese momento, todos los recursos disponibles de la nación se pondrían al servicio del nuevo
objetivo: la catedral de Notre Dame sería restaurada en todo su esplendor. Algo más tarde, ante
la vista de los daños no totalmente catastróficos que había sufrido la iglesia y los masivos
apoyos financieros ya anunciados para la reconstrucción inminente, volvía la calma. Sería
difícil y requeriría de un esfuerzo importante, pero la catedral de Notre Dame y su antigua
gloria sería, otra vez, asegurada. El vértigo y la inseguridad a partir del cual lo previamente
establecido o dado (y aparentemente monolítico) aparecía como algo potencialmente efímero
y destruible… había pasado. Incluso los turistas alrededor del mundo, acongojados por no
haber podido todavía visitar Notre Dame, recobraban las esperanzas: no era solamente Macron
quien lo había asegurado, era además el poder de la técnica y los recursos de las “sociedades
avanzadas” lo que haría posible la reconstrucción de esta catedral… tal y como se encontraba
hasta antes del incendio.

Macron ordenando la reconstrucción de Notre Dame

Aunque rasguñada por la cuasi destrucción de uno de sus “monumentos simbólicos”, la


ideología del carácter estable y perpetuo de la sociedad moderna y su legitimidad para
administrar la memoria histórica era así, otra vez, plenamente restaurada, pudiendo pasarse
ahora al “encapsulamiento” del suceso mismo del incendio en el marco de las narrativas
oficiales de la modernidad y el progreso. Impactante, sin duda, aunque al fin y al cabo otro
desastre más entre los muchos desastres a los que ya se ha enfrentado (y superado) en contadas
ocasiones la sociedad capitalista. Como dato anecdótico, fue más o menos en este instante en
el cual el presidente chileno Sebastián Piñera hizo su entrada a la escena. Como es usual sin
entender demasiado lo que sucedía, aquel se comprometió en ese momento a apoyar los
esfuerzos de reconstrucción de la catedral mediante futuras donaciones de madera y cobre, esto
como una expresión de la solidaridad con Francia por parte de “todos los chilenos”. Como de
costumbre, nadie lo tomó mucho en cuenta.

En el ámbito de la izquierda anticapitalista, la respuesta ante el incendio de Notre Dame tendió


a asumir dos posturas. Por un lado, reflejando la antipatía de diversos sectores sociales en
contra de la iglesia y los poderes tradicionales, la celebración vulgar. Esta posición fue
legitimada ideológicamente por posiciones del estilo “la única iglesia que ilumina es la que
arde”. No vamos a discutir aquí con dicha posición que ha sido ya criticada desde diversos
sectores. Por otro lado, encontramos la postura marxista tradicional que, combinada con una
crítica al carácter negligente de las elites capitalistas al no haber podido asegurar la
preservación de la catedral (esto debido a la ya mencionada escasa inversión en la protección
de la misma), defiende la necesidad de una “expropiación cultural” de las riquezas culturales
en beneficio de las clases trabajadores y los pueblos del mundo. De acuerdo con esta idea, en
tanto frutos y herencias del trabajo y el ingenio de las sociedades pasadas, la única forma tanto
de garantizar el buen cuidado de los “monumentos patrimoniales”, así como también de
“administrar” su legado desde una perspectiva histórica superior (socialista), sería la
destrucción-superación revolucionaria de la propia sociedad capitalista. En tanto nueva clase
hegemónica, le correspondería entonces al proletariado sentar las bases para una verdadera
valoración (plenamente consciente) de los logros culturales del pasado, permitiendo con ello
el pleno disfrute de estos por toda la humanidad. En otras palabras, el mismo trasfondo de las
ideas de Macron y las elites burguesas en torno a la “administración” del pasado en tanto
“patrimonio” y la necesidad de preparar un nuevo esplendor (futuro) para Notre Dame, aunque
esta vez en manos de un gobierno de los trabajadores y sustituyéndose el papel protagónico y
el filtrantropismo de Gucci o Yves Saint Laurent… por la gestión obrera, el estandarte rojo y
el himno de la Internacional.

El incendio de Notre Dame nos muestra así, en ambos extremos del arco político moderno, un
mismo “espejismo ideológico”; esto es, la concepción de nuestra civilización no sólo como la
“cúspide última” del desarrollo social (en el caso del marxismo sería el “penúltimo escalón”
antes del paraíso comunista), sino que, además, como una realidad histórica en gran medida
inamovible y “eterna” en la cual el pasado podría ser “gestionado” al modo de una fuerza
histórica neutral (pasiva) y sin “vida propia”. Es cierto que la perspectiva marxista confiere el
espacio en su comprensión del proceso histórico al desarrollo de una importante transformación
social (la revolución mundial), aunque esto sin concebirse realmente, como veremos, la
posibilidad práctica de un derrumbe generalizado de la sociedad destinada a servir de “vientre”
del comunismo: el capitalismo. Ya sea al modo de un tipo de devenir triunfal del curso
capitalista y de su avance tecnológico supuestamente ilimitado, o bien tomando la forma de
una irrefrenable “refundación socialista” de las bases de la evolución histórica (esa “toma del
cielo por asalto” de la tradición marxista), ambas perspectivas concuerdan en concebir nuestro
futuro cercano, esto por lo menos al nivel de la mayoría de sus referentes políticos, como una
especie de consumación suprema, en los hechos casi inevitable, del progreso humano. No es
casualidad, por ejemplo, que las imágenes de populosas urbes caracterizadas por la existencia
de una aparente armonía entre modernos rascacielos, espacios verdes y las más avanzadas
tecnologías de transporte que iban desde los trenes de alta velocidad hasta los autos voladores,
algo así como una replica “súper avanzada” de las ciudades industriales tradicionales, hayan
sido prácticamente idénticas en los retratos de las “ciudades del futuro” asociados al imaginario
del “progreso” propio de las sociedades capitalistas y los proyectos socialistas del siglo XX.

Las ciudades del futuro en el imaginario capitalista y socialista del progreso (siglo XX)

A pesar de las variadas disquisiciones teóricas del pensamiento capitalista contemporáneo en


torno a los riesgos asociados a la materialización de escenarios históricos futuros
potencialmente distópicos (un tema recurrente aquí es el peligro que conllevaría un avance
incontrolado de la inteligencia artificial), así como también de las periódicas alusiones al
peligro de la barbarie al interior del marxismo, estas discusiones no han pasado de ser hoy más
que eso: meras “disquisiciones”, “comentarios” o “alusiones” casi totalmente ajenas a una
verdadera problematización práctica. Efectivamente, aun cuando la tradición marxista haya
polemizado en contra de la concepción idealista que concibe al capitalismo como una realidad
histórica incuestionable, defendiendo desde allí la posibilidad de su superación revolucionaria,
aquella ha tendido por otro lado a negar, de manera subrepticia, cualquier otro tipo de
“resolución histórica” (o anulación-abolición) del capitalismo que no pase, necesariamente,
por la lucha revolucionaria misma. Todo esto, otra vez, a pesar de existir en el marco teórico
marxista clásico una serie de postulados tales como los de Rosa Luxemburgo o del mismo
Marx en donde se aceptaría, tal como ya se dijo, la perspectiva de una resolución alternativa
(negativa) de la lucha de clases moderna; es decir, la barbarie (otra denominación para el
colapso).

De no mediar una confrontación “final” entre el proletariado y la burguesía, la visión marxista


tradicional daría simplemente por sentada, de manera supuestamente indefinida, la posibilidad
de la transición al comunismo, asumiéndose con ello (por una vía alternativa) la permanencia
sin límites del propio capitalismo… esto sin una debida evaluación de todos aquellos factores
que, distintos a una crisis revolucionaria final, podrían llevar al sistema de clases
contemporáneo y al modo de producción capitalista al colapso. Como si la posibilidad de la
transición socialista estuviera ya fijada permanentemente en el horizonte histórico y no pudiera
comenzar, en cualquier momento, a diluirse (esto por ejemplo como efecto de un derrumbe
eco-sistémico planetario), el militante socialista tradicional simplemente asume, metiéndose
en dicho instante al bolsillo todas sus supuestas “consideraciones luxemburgistas” en torno al
peligro de la barbarie, que el tiempo para lograr dicha transición no tendría, en realidad, límite
alguno. Obnubilado por una especie de espejismo moderno insuperable, este militante (o
“cuadro marxista”) no hace entonces más que proyectar (repetir) en el futuro los mismos ciclos
de la lucha de clases de los siglos pasados que ya conoce (y que suele citar en sus discusiones
con otros “cuadros”), aquello al modo de una espiral histórica (ideal) de enfrentamientos
revolucionarios que se extienden al infinito… o, por lo menos, hasta el punto en que el avance
victorioso de los nuevos ejércitos rojos le pongan, sin importar si se trate de una década o dos
centurias en el futuro, término.

Es precisamente desde esta concepción mecánica del tiempo histórico desde donde, tanto para
el político burgués como para el militante marxista, el desastre de Notre Dame no constituiría
más que un tipo de “error” en el desarrollo social, algo así como una “anécdota” en el progreso
irrefrenable del capitalismo, o bien un recordatorio (otro más) de la necesidad histórica del
socialismo mundial. Dicho de otra forma, una replicación ideológica ya sea del “tiempo eterno”
de la modernidad capitalista, o bien de su “continuidad socialista”. No importa que la propia
teoría marxista acepte, tal como dijimos, la posibilidad histórica de un “triunfo de la barbarie”,
esto porque dicha posibilidad sería tomada, cuando mucho, al modo de una mera “advertencia”
(totalmente despojada de su sentido práctico) destinada a mostrar a las actuales generaciones
de militantes marxistas la “seriedad” y “necesidad” de su lucha. En otras palabras, algo así
como una bonachona advertencia de colegio (disfrazada de bruja: la barbarie) a partir del cual
el “buen alumno marxista” sería educado en el precepto de que, para evitar que dicha bruja (o
monstruo) lastimen a la “abuelita” (la posibilidad socialista), aquel debe “hacer las cosas
bien”… y no, en realidad, como la contemplación de un peligro real, cercano e inminente: es
decir, la posible aniquilación total de nuestra civilización y la amenaza de la exterminación
completa del género humano.
De fenómeno histórico concreto, la posibilidad del colapso termina siendo así transformada
(en el ideario [o trampa] marxista moderna) en una mera “lección ideológica” atemporal…
quitándosele así a dicha posibilidad, por tanto, su propia historicidad. A partir de aquí, la única
razón de ser de la peligrosa y mala bruja barbarie sería estar ahí, siempre adelante (nunca
todavía con nosotros) para recordarle a los militantes marxistas, de forma muy pedagógica
(aunque tal como en los cuentos infantiles de una manera algo aterradora), que deben ser
“buenos revolucionarios” y apresurarse (como si de una tarea de escuela se tratase) a tomar el
poder. No importa claro que ya se hayan demorado dos siglos en este cometido, y que a lo
mejor se demoren posiblemente otros tres siglos más... eso no importa porque la malévola
(aunque paciente) bruja barbarie no tendría problemas, en realidad, en esperarlos. Muy en el
fondo, este singular tipo de barbarie (muy paciente) que aparece mencionada cada vez que
algún militante marxista desea conferir a sus discusiones un barniz de profundidad histórica
extra parecería ser, en el fondo, una especie de consejera (algo así como una parábola moral
que formaría parte de la preparación de todo jovencito o jovencita marxista que busque
impresionar a sus interlocutores) y no como lo que es realmente hoy; esto es, un problema
práctico y concreto con el cual lidiar teórica, estratégica y políticamente.

La barbarie o el colapso en la discusión marxista tradicional

La lógica de lo anterior en el ámbito de la práctica política marxista sería, más o menos, la


siguiente: el peligro de la barbarie (o colapso) es real, aunque aquel podría ser supuestamente
“conjurado” por la perspectiva (¿eterna?) de la revolución socialista, esto sin importar
demasiado que las evidencias en torno al carácter inminente de dicho horizonte de barbarie
sean ya indiscutibles. Si consideramos además que la toma del poder por los trabajadores sería
la verdadera “clave” en la “interrupción” de la hecatombe ecológica planetaria en curso,
entonces lo que correspondería al nivel de la izquierda anti-capitalista no sería detenernos
demasiado en la discusión sobre la misma, esto porque aquello sería en realidad irrelevante…
tan irrelevante como, por ejemplo, hacer del peligro de una guerra nuclear o, ¿por qué no?, de
la caída de algún meteorito proveniente desde una galaxia distante el eje de las preocupaciones
de las organizaciones revolucionarias. Por el contrario, tanto para resolver la problemática
ecológica, así como también para impedir el desastre de una guerra nuclear y estar mejor
preparados ante la amenaza de ese hipotético meteorito proveniente desde el espacio, las
fuerzas anti-capitalistas deberían evitar a toda costa desviar su foco de atención tanto de la
discusión de los “problemas inmediatos” de las clases explotadas (trabajo, salario, educación,
derechos sociales, etc.), así como también de su intervención en los frentes “centrales” de la
lucha de clases. Y es que, siguiendo la brillantez de este típico argumento socialista tradicional,
sería sólo apuntando hacia la resolución de dichos “problemas inmediatos” de los trabajadores
que sería posible conquistar la correlación de fuerzas necesaria no sólo para lograr una solución
“integra y efectiva” de la “temática verde”… sino que, además, para conjurar todas aquellas
amenazas que, aunque reales, no constituirían más que resultados (catastróficos) de la derrota
de la izquierda en los ya mencionados frentes “centrales” de la lucha de clases.

Sí, sí, la crisis ecológica y la posibilidad de un colapso planetario es real… Sí, sí, la tercera
guerra mundial es posible… Sí, sí, el meteorito… pero por eso debemos, nos diría cualquier
militante socialista estándar (haciendo aquí una pausa como antes de bendecirnos con una gran
revelación histórica)… conquistar el poder. ¿Conquistar el poder? Sí, conquistar el poder.
Okey… conquistar el poder. Y mientras tanto “seguir haciendo política” (por ejemplo en el
ámbito electoral) tal como se ha hecho en los últimos cien años y pretendiendo, además, que
la próxima crisis ecológica global (que ya tenemos en las narices de nuestra supuesta
“conquista del poder”) no existiera. Ósea, yendo a dicha “conquista del poder”, literalmente,
con los ojos vendados, ciegos ante una de las principales amenazas para el horizonte socialista
desde sus orígenes. Conquistar el poder, nos dice el militante socialista estándar, aunque
aquello sin conferirle siquiera una mínima importancia programática a un problema (la crisis
ecológica planetaria en ciernes) que ya constituiría, a diferencia del peligro de la guerra nuclear
o de ese hipotético meteorito proveniente de otra galaxia, un factor de riesgo existencial
inmediato para la sobrevivencia de las propias clases explotadas. Es decir, dando cuenta de la
insensatez de este argumento, esas mismas clases cuyos “problemas inmediatos” las
organizaciones de izquierda tradicionales, en su infinita sabiduría, estimarían necesario
priorizar por sobre el tratamiento de la “cuestión ecológica”.

Todo esto, para colmo, aun cuando el desarrollo de la crisis ecológica-energética y la


posibilidad de un colapso civilizatorio cercano plantearían, asimismo, una necesaria
reevaluación de la propia dinámica de la toma del poder y de la perspectiva histórica del
socialismo, esto porque dicho potencial fenómeno de colapso implicaría, inevitablemente, una
modificación estructural (progresiva) de las propias bases objetivas del proceso social. Mal que
mal, nos dice aquí muy decidido el abnegado militante socialista estándar, la izquierda anti-
capitalista no puede perder el tiempo en “discusiones apocalípticas”. Después de todo, en la
izquierda revolucionaria somos “gente seria” y no importa que la mayoría de nuestros
pronósticos históricos acerca de una “inminente” toma del poder hayan sido tan precisos como,
digamos, los rangos de predicción del choque del ya mencionado meteorito en contra de la
Tierra. Aun así, todavía sería posible usar algo del valioso tiempo de las organizaciones
socialistas para “debatir” (por ejemplo, en los “momentos libres” que dejen las campañas
electorales, las intervenciones sindicales o las movilizaciones estudiantiles) en torno a la
“problemática medioambiental”. Sin lugar a dudas, alguna que otra sección (perdida) del
apartado de “ciencia y marxismo” de ésta u otra revista teórica, o bien alguno que otro artículo
de reflexión (marginal) respecto al “concepto de naturaleza” en Marx, estarán siempre
disponibles para el debate de la “temática verde” al interior de la izquierda. ¿Qué acaso el
pensamiento marxista no se ha caracterizado siempre por tener intereses muy amplios? ¿Qué
no fue Trotsky quien elaborara una serie de interesantes y profundas reflexiones sobre la
filosofía del arte y las vanguardias poéticas de su tiempo?

Algunos de los casos más claros de esta verdadera “ceguera ideológica” imperante en una gran
parte de la izquierda marxista en el ámbito de la discusión en torno a la crisis ecológica y la
posibilidad de un colapso próximo pueden encontrarse en la arena internacional no sólo al nivel
de una serie de organizaciones anti-capitalistas (por ejemplo en el terreno parlamentario-
institucional el PTS argentino o el PTR chileno), sino que, además, paradójicamente, entre
algunos de los principales exponentes mundiales del llamado Eco-socialismo. Una muestra
particularmente notoria de lo anterior se encuentra en el pensador marxista Michael Lowy, el
cual defiende acríticamente no sólo la posibilidad (intrínseca) que tendría el socialismo de
“detener” el tipo de crisis ecológica-energética que se avecina, sino que se destacaría además
por negar (o al menos no discutirla de una manera integral) la posibilidad de un colapso
capitalista cercano. Con todo, sería precisamente respecto al peligro real, inminente y
prácticamente imparable de un derrumbe total de la sociedad actual y del conjunto de la
civilización contemporánea de lo cual nos hablaría también, como veremos ahora, el voraz
incendio que acaba de afectar a Notre Dame.

Michael Lowy niega la perspectiva de un colapso civilizatorio inminente

Los daños provocados por el incendio en la catedral de Notre Dame fueron cuantiosos. Más
impactante todavía fue que en determinado instante se planteara la posibilidad de la destrucción
total del recinto, inscribiéndose muy probablemente la vista de las llamas envolviendo a esta
iglesia (transmitida en directo alrededor del mundo) entre algunas de las imágenes icónicas de
la historia contemporánea. Eventos con un impacto público internacional parecido (aunque con
un nivel de dramatismo todavía mayor) pueden encontrarse, entre otros, en la caída de las
Torres Gemelas durante el año 2001 y el hundimiento del Titanic a principios del siglo XX. La
comparación no es ociosa. Cada uno de estos desastres se caracterizaron por poseer en su
momento una carga simbólica mucho más amplia a la de los hechos particulares a los que hacen
referencia, habiendo llegado los mismos a tocar algunas de las fibras fundamentales de la
ideología moderna. Con respecto al desastre del Titanic (barco presentado por sus creadores
como supuestamente inhundible), es conocida la interpretación de este suceso como un
resultado de la soberbia tecnológica de la sociedad industrial. También se ha hecho conocida
durante las últimas décadas la asociación establecida entre la caída de las Torres Gemelas a
comienzos del presente siglo y el deterioro del exacerbado triunfalismo norteamericano que
dominó la escena mundial durante los años 80’s y 90’s. En el caso del incendio y la destrucción
parcial de Notre Dame, el impacto y la resonancia causadas por este hecho también pueden ser
explicados, en parte significativa, por las repercusiones que tuvo este acontecimiento sobre los
engranajes y resortes discursivos de la ideología moderna. Es precisamente aquí donde este
incendio deviene en el punto de partida de un relato alternativo al configurado desde el ámbito
de las elites capitalistas y el marxismo tradicional, adquiriendo el carácter de un presagio
histórico del fin o colapso de nuestra propia civilización.

En tanto presagio de colapso, el incendio de Notre Dame interpela (de ahí una parte del
sentimiento de sorpresa y orfandad que pareció acompañar las primeras reacciones ante el
mismo) la “intuición” de desastre latente sobre el que se ha erigido la sociedad industrial desde
sus inicios. Fue también esta intuición de desastre lo que habría llevado a Marx a afirmar en el
Manifiesto Comunista que “la lucha de clases ha terminado siempre en la victoria
revolucionaria de una clase sobre otra… o bien, en la autodestrucción de las dos clases en
conflicto”. Ideas semejantes en el ideario marxista pueden encontrarse en la célebre frase
popularizada por Rosa Luxemburgo de “socialismo o barbarie”, así como también en la crítica
de Walter Benjamin a la definición de la revolución como una “locomotora de la historia” y en
su conceptualización alternativa, por el contrario, como un necesario freno de emergencia ante
el curso suicida de la sociedad capitalista. Habría sido igualmente este sentimiento
premonitorio de desastre próximo que ha acompañado a la modernidad industrial desde sus
orígenes (un ejemplo temprano de esto puede hallarse en el Frankenstein de Mary Shelley) lo
que alentó a principios del siglo pasado el surgimiento de las vanguardias artísticas y su crítica
a la racionalidad moderna. No debe olvidarse aquí, entre otras cosas, que la aparición hacia las
primeras décadas del siglo XX de las nuevas formas representativas asociadas al cubismo, el
surrealismo o el arte moderno abstracto prefiguraron (y retroalimentaron) la importante crisis
cultural que gatillarían las guerras mundiales. Fue igualmente este sentido de cataclismo latente
lo que llevó a connotados científicos y pensadores tales como Albert Einstein y Bertrand
Russell, influenciados por los recientes bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, a alertar sobre
el peligro de una potencial exterminación humana cercana como producto de una posible
guerra nuclear.

Desde aquí, el incendio de Notre Dame puede también ser leído, al menos desde uno de sus
registros, como una especie de eco de todos aquellos destellos de la conciencia social de siglos
pasados en los cuales se percibió, de manera intuitiva, la fragilidad de la civilización industrial
ante la amenaza de la aniquilación total. En nuestro caso, sería la propia realidad del
capitalismo global la cual, apuntando en palabras de Slavoj Zizek en su reciente debate con
Jordan Petersen a una verdadera “dinámica apocalíptica”, actuaría como el “telón de fondo”
perfecto para la replicación de estos ecos pasados (y premoniciones futuras) de colapso. Notre
Dame en llamas nos habla así no sólo de los peligros que acechan en el presente a los íconos
de la sociedad moderna y de la aparente incapacidad de sus sectores dirigentes para administrar
la herencia del pasado (recordemos aquí la voladura de los budas en Afganistán o la destrucción
casi completa de Palmira), sino que, además, de la fragilidad de los propios soportes que hacen
posible la existencia de nuestra cultura.

No es casualidad, de hecho, que una de las primeras reacciones ante las multi-millonarias
donaciones empresariales para la reconstrucción de esta catedral fuera un amplio reclamo no
sólo por la escasa atención dada a otros monumentos culturales dañados o en peligro de
desaparición alrededor del mundo, sino que, a la vez, por la aguda indiferencia de los gobiernos
y organismos internacionales ante el grave deterioro de esas otras “catedrales naturales”
(bosques, lagos, océanos, glaciares, etc.) que hacen nuestra vida sobre el planeta posible. Las
llamas que consumieron una parte de Notre Dame pueden verse así como un reflejo (no menos
claro por ser indirecto) de las mismas llamas que consumen hoy, de manera imparable, al gran
tronco de la biodiversidad terrestre sobre el cual nuestra propia civilización y sus proyectos de
superación histórica tales como el comunismo moderno han sido construidos.

Las catedrales naturales en llamas

Es en este punto en el cual el shock que produjo en amplios sectores sociales la vista del
incendio de Notre Dame adquiere un trasfondo todavía más amplio. Golpeado ante el desastre
que se alzaba imparable en una de las capitales del mundo moderno, era ahora el propio sentido
común capitalista asociado a la concepción burguesa de “domesticación” del tiempo histórico
(aquella imagen de un pasado “petrificado” al servicio de un tiempo histórico unidireccional
hacia el progreso industrial infinito) el que era puesto, nada menos que en uno de sus símbolos
icónicos, a la defensiva. Arrinconada momentáneamente ese sentido de “superioridad” que ha
caracterizado a la ideología moderna frente a las sociedades pasadas desde sus orígenes (esa
misma sensación de superioridad que sirvió para justificar, entre otras cosas, la dominación
colonial de continentes enteros en el pasado cercano), este incendio pasaba entonces a
constituirse en una especie de recordatorio del carácter intempestivo (no domesticable) del
proceso histórico y de los peligros asociados a un futuro totalmente imprevisto.

En definitiva, el desastre de Notre Dame como un anticipo no de la clara, ordenada y en cierta


medida ahistórica narrativa del progreso capitalista eterno o de la inevitable redención
socialista, sino que como un recuerdo de la inmanencia del carácter salvaje de la historia
misma, esa bestia fiera y temible que, enjaulada por más de dos siglos entre los barrotes de la
racionalidad industrial, se dispondría a devorarnos… posiblemente de la forma más carnicera
posible. En otras palabras, en tanto fuerza auto-propulsada del devenir, el propio curso histórico
pujando por liberarse de su pretendido y en cierta medida utópico dominio moderno y su
particular concepción lineal (mecánica) del tiempo histórico, mostrándonos con ello que el
pasado nunca ha estado allí para ser “administrado” entre las ruinas del llamado “patrimonio
cultural”, habiendo siempre mantenido, por el contrario, su potencial para atacar, como un
animal enloquecido, nuestro presente. Es justamente de esto de lo cual nos hablaría también el
incendio de Notre Dame: de la representación de la historia como una fiera sedienta de sangre
(imposible de ser contenida) y no como un mero “terreno” de conquista por parte de los
proyectos fracasados de la modernidad; esto eso, el capitalismo autodestructivo y su impotente
némesis: el socialismo decimonónico. Dicho de otro modo, el desastre de Notre Dame como
una representación de la historia (y del llamado progreso) como una amenaza mortal y no como
una oportunidad.

¿Qué acaso no es precisamente de aquello, de nuestro pasado inmediato como fuerza


destructora del porvenir, de lo cual nos habla, precisamente, la imagen de aquellas “catedrales
naturales” en llamas que un sector de la sociedad asoció casi de inmediato con el incendio de
Notre Dame? ¿Coincidencia simbólica o premonición de futuro? ¿Acaso la perspectiva del
calentamiento global y su capacidad potencial para tirar abajo (pronto) todo lo que hemos
comprendido como civilización y acabar con una gran parte de la vida terrestre no constituye,
precisamente, un incendio a escala planetaria con características muchísimo más devastadoras
que aquel que afectara a esta catedral? No cabe duda, si damos por sentado que un hecho
histórico adquiere el carácter de tal no sólo por su existencia objetiva sino que, además, por el
marco histórico en el cual aquel se desarrolla y, más importante aún, por la forma en que éste
es “leído” o interpretado por un determinado contexto ideológico-histórico, entonces no hay
duda: el puente de significado entre la destrucción de una parte sustancial de Notre Dame y la
“incineración” inminente de nuestro propio planeta (esa gran catedral de biodiversidad del
sistema solar) se encuentra allí, adquiriendo así este incendio, como dijimos, el carácter de un
augurio de colapso.

Empalmando con su propio contenido ritual en tanto monumento construido en el seno de una
sociedad profundamente religiosa y centrada en la perspectiva de un fin cercano del mundo, el
incendio de Notre Dame en tanto profecía histórica lo que hace es, paradójicamente,
reactualizar su propia carga simbólica original. De monumento histórico medio abandonado y
hogar de una fe católica desteñida y en crisis, o bien desde su calidad de “sitio turístico”, Notre
Dame deviene con este incendio en un tipo de profecía histórica coherente con el contenido
escatológico de su fundación: la del fin próximo de los tiempos. Esta vez, sin embargo, dicha
profecía empalmaría, tal como ha remarcado recientemente el movimiento juvenil Extinction
Rebellion y varios de los investigadores medioambientales más importantes del presente, con
los resultados de los principales modelos científicos en torno al desarrollo de la crisis ecológica
y energética durante éste siglo que muestran, de manera fehaciente, la posibilidad de una crisis
planetaria cercana con la capacidad de acabar, prontamente, con nuestra propia especie. Prueba
de lo anterior son las proyecciones súper catastróficas de un calentamiento global que pueda
alcanzar los 4 o 5 grados centígrados de aumento durante este siglo, constituyendo el límite
catastrófico fijado por la ONU una cifra no superior a los 1.5 grados a partir de la cual los
sistemas agrícolas y de producción de recursos alrededor del mundo comenzarían a
experimentar un deterioro exponencial. Y para hacerse una idea de lo que significan estas
cifras, basta con mencionar que un calentamiento global de 3 grados centígrados por encima
de la línea de base del siglo XIX no sólo constituiría un tipo de calentamiento global jamás
presenciado por la humanidad desde sus orígenes, sino que tendría, a la vez, la capacidad de
transformar una serie de eco-sistemas (por ejemplo el Amazonas) y otras importantes reservas
de biodiversidad planetaria en verdaderas sabanas o desiertos. Otro ejemplo de lo mismo sería,
esta vez en el contexto de un calentamiento global que alcance los 4 grados centígrados de
aumento, la transformación de un gran parte del planeta en inhabitable, siendo en dicho
escenario las áreas polares y circumpolares las únicas aptas para la actividad agrícola en
condiciones naturales.
El planeta con 4 grados de calentamiento global (las áreas amarillo y marrón son inhabitables)

Pero Notre Dame en llamas no nos habla solamente, en tanto augurio de colapso, de los peligros
futuros asociados a la crisis ecológica y energética planetaria, sino que, además, de algunos
fenómenos de la situación mundial actual que, relacionados indirectamente con los ya intensos
grados de degradación ecología y social que afectan a diversas regiones, constituyen ejemplos
palpables del verdadero “incendio civilizatorio” que está comenzando a envolver al curso
histórico hoy. Algunos de estos fenómenos, verdaderas “premoniciones” del tipo de horizonte
histórico “bestial” al cual nos aproximamos, pueden encontrarse, entre otros, en el pasado
proceso de consolidación de ISIS y sus métodos de esclavitud y tortura masivas (recordemos
que el crecimiento de ISIS fue alentado en Siria e Irak por el desarrollo de intensas sequías que
permitieron a este grupo utilizar el control de los pozos de agua como una forma de control
sobre las poblaciones locales); el proceso en curso de migraciones masivas desde Medio
Oriente y Centro América (impulsadas en gran medida por el estado de virtual descomposición
ecológica que afecta a una serie de países de dichas regiones); o bien, en el avance de
formaciones proto-fascistas en Europa y en el virtual “corto-circuito sistémico” que viene
afectando a algunos estados nacionales tales como el de Venezuela (golpeado por una crisis
ecológica y energética crónica). Ha sido sobre este marco de crisis ecológica mundial inicial
en el cual (esto no es casualidad) se aprobaron recientemente las leyes ultra reaccionarias que
permiten el lapidamiento de homosexuales y mujeres infieles en Brunei, así como también el
avance de los mercados de esclavos en África y la piratería en distintas áreas del mundo. Todos
estos fenómenos que, por debajo de la aparente estabilidad de las superestructuras políticas e
ideológicas del mundo moderno (los cuales aunque hoy en gran medida en crisis todavía se
mantienen como los principales garantes del statu quo mundial), preanuncian el inicio de una
dinámica histórica mucho más convulsionada (y brutal) que la actual.

Finalmente, el desastre de Notre Dame parece referir asimismo, en tanto presagio histórico, a
la propia incapacidad estructural de la sociedad moderna para frenar o “administrar” el desastre
inminente, esto ya sea al nivel de las posibles respuestas tecnológicas ante el mismo, o bien las
respuestas sociales que pueda ofrecer no sólo el sistema capitalista, sino que también su modelo
rival: el socialismo moderno. Tal como en algún momento las llamas que envolvieron Notre
Dame parecían avanzar de una forma inexorable sin que nada ni nadie pudiera detenerlas, así
también las llamas (ya activas) de ese otro incendio, el de las “catedrales naturales” de nuestro
planeta, parecieran estar próximas ya a rebasar las capacidades materiales objetivas no sólo de
la sociedad actual para contenerla, sino que además la de todas las sociedades potencialmente
pensables a partir de la nuestra. La creciente incertidumbre que ha comenzado a apoderarse de
amplias capas de científico ante la verdadera “insuficiencia tecnológica” de la sociedad actual
para limitar o contener los efectos de las inéditas concentraciones de CO2 en la atmósfera (las
cuales permanecerán relativamente estáticas en la atmósfera por las próximas generaciones
empujando las temperaturas globales hacia arriba), parecen apuntar en dicho sentido. Todo esto
en momentos en que el desarrollo de la llamada “geo-ingeniería”, citada incontablemente en
diversos informes de la ONU como una de las respuestas necesarias claves en la “contención”
de los efectos del calentamiento global, se encuentra no sólo en sus inicios, sino que además
estaría incapacitada ahora y durante las próximas décadas para constituir una “respuesta
tecnológica” preventiva real (por lo menos a la gran escala planetaria que se necesita) ante el
tipo de crisis ecológica catastrófica que se aproxima.

Todo esto, otra vez, cuando la amenaza de un fenómeno de desestabilización de las grandes
reservas naturales de metano (un gas de efecto invernadero superior en varias veces al CO2)
desde las zonas árticas se vuelve más real que nunca, pudiendo dichas reservas comenzar a
liberar hacia la atmósfera, de forma imparable, un volumen de gases de efecto superior en
varias veces a todo el volumen de CO2 liberado por la sociedad industrial desde sus inicios.
Todo esto, asimismo, en momentos en que las llamadas “energías alternativas” vienen
demostrando poseer, a pesar de sus recientes avances, no sólo una serie de insalvables límites
técnicos para erigirse en como un fuente de reemplazo fiable para la satisfacción de las
necesidades energéticas de la actual población mundial, sino que además estar asociadas a una
serie de efectos secundarios (tales como en el caso de la ya citada geo-ingeniería y la energía
nuclear) altamente dañinos para el medio ambiente. Un ejemplo de lo anterior es la utilización
de materiales altamente nocivos en la construcción de paneles solares, presentándose además
el problema adicional del desecho de los mismos una vez que han llegado al límite de su vida
útil. Todo esto, finalmente, cuando no nos quedaría más de una década (en realidad el límite
ya se abría superado hace mucho para una serie de connotados científicos) para rebasar la
barrera de un cambio climático absolutamente catastrófico.
Desechos contaminantes de paneles solares

¿Pero que hay de la alternativa socialista? ¿Acaso no se reduce todo a un problema de


reorganización de las relaciones sociales, por ejemplo, mediante la implementación de un
sistema económico basado en el control obrero de la producción, la planificación económica y
una distribución igualitaria de las riquezas, constituyendo aquellas las vías para un
restablecimiento del equilibrio “armónico” entre el hombre y la naturaleza? En otras palabras,
una especie de replica de la revolución bolchevique, aunque ahora a escala global y con una
conciencia “verde”. Bueno, si tenemos en cuenta que una potencial sociedad socialista global
todavía necesitaría contar con los avances tecnológicos que le permitirán contener y revertir
los efectos de la actual crisis ecológica (como dijimos de una escala geológicamente inédita),
la situación no es tan sencilla. Esto queda claro si consideramos que dichos avances
tecnológicos no sólo no existen actualmente, sino que además su desarrollo requeriría de una
escala de tiempo mucho mayor al que dispone nuestro planeta para evitar (asumiendo que
todavía tenemos tiempo para aquello) un cambio climático inevitablemente catastrófico. He
incluso aceptando, de una manera muy audaz y ciertamente fantástica, que fuera posible
conquistar una sociedad socialista mundial en los próximos ocho o nueve años (esto porque
todo periodo de tiempo mayor implicaría el inevitable rebasamiento de la barrera de los 1.5
grados de calentamiento global más allá del cual la “detención” de la catástrofe climática se
vuelve totalmente inviable), y si agregamos además a nuestra “fantasía socialista” el hecho de
que dicha dictadura del proletariado mundial estuviera capacitada para desarrollar, en tiempo
record, un nuevo sistema de abastecimiento energético “totalmente verde”, la situación todavía
plantea problemas insolubles. Un ejemplo de esto es que dicha sociedad socialista hipotética
(altamente ecológica y respetuosa de los pececitos y avecitas del mundo) todavía tendría que
lidiar con los efectos no sólo de los actuales niveles de gases de efecto invernadero en la
atmósfera, sino que además con los resultados de la devastación planetaria de la cual el
capitalismo ha sido hasta ahora responsable (devastación que ya ha dado ya comienzo, de
hecho, tal como atestiguan una serie de científicos, al desarrollo de la VI Extinción Masiva de
la Vida Terrestre).

¡No importa nada! ¡La planificación socialista de la producción y la organización racional de


la economía lo puede todo! ¿Crisis ecológica? ¡No hay problema, la toma del poder por los
trabajadores lo resuelve! ¿Crecimiento poblacional exponencial y falta de recursos? ¡Que
más… una distribución equitativa de los recursos y la creativa e ingeniosa clase obrera todo lo
puede! ¡Bastaría con transformar los desiertos del mundo por medio del socialismo en tierras
agrícolas altamente productivas!… esto quizás mediante la implementación de alguna que otra
de las súper tecnologías que imaginara Trotsky en sus delirios industrialistas de control total
de la naturaleza en su obra Literatura y Revolución. Esas tecnologías (todopoderosas) a partir
de los cuales el nuevo hombre comunista del mañana podría (de acuerdo con su ideología
socialista del progreso infinito) “esculpir las montañas y los ríos” a su antojo, esto gracias a un
desarrollo de las fuerzas productivas a niveles tan inconmensurables que Trotsky pareciera
haber estado refiriéndose, en su confianza ciega en el industrialismo socialista, a una avanzada
civilización extraterrestre. ¿Sí, Trotsky? ¿Estás seguro, Trotsky? Pues, en realidad, no... esto si
tenemos en cuenta que todas aquellas manifestaciones de la crisis ecológica ante los cuales el
socialismo podría, supuestamente, dar una “respuesta” efectiva (por ejemplo las actuales
concentraciones inéditas de gases de efecto invernadero, los altísimos grados de acidificación
marina, las perdidas catastróficas en biodiversidad, la magnitud de la actual dinámica de
crecimiento poblacional exponencial, etc.) lo que hacen es, justamente, activar una verdadera
“bomba de tiempo” en el corazón mismo del desarrollo de las fuerzas productivas, anticipando
con ello una caída abrupta de las mismas y una drástica disminución de los recursos básicos a
nivel planetario. Lo anterior para pesar, también, de las posiciones utópicas del eco-socialismo
con respecto a la posibilidad que tendría el socialismo de “detener” o “contener” los efectos de
la crisis medioambiental.

La fantasía socialista de un nuevo equilibrio hombre-naturaleza

Y si integramos además el factor del avance imparable del calentamiento global hasta, por lo
menos, los 2 y 3 grados centígrados ya asegurados por las actuales concentraciones de dióxido
de carbono en la atmósfera, uno de cuyos efectos será el derrumbe de una gran parte de la
agricultura mundial, se hace difícil imaginar en torno a que tipo de “planificación socialista”
podría estar refiriéndose un militante socialista tradicional hoy ante la perspectiva (real) de la
transformación de una gran parte del planeta Tierra en inhabitable. ¿Distribución de las
riquezas ante un escenario mundial en el cual una gran parte de la riqueza “acumulada” por el
sistema capitalista comenzará a desintegrarse de manera acelerada? ¿Control obrero de la
producción en el contexto de la caída y pulverización de cadenas industriales internacionales
completas? ¿Planificación de la economía en el marco de estados nacionales completos en fase
de derrumbe estructural?... ¿Reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados (tal
como nos repiten, por ejemplo, los candidatos de la izquierda anti-capitalista en Argentina)…
en el seno de metrópolis enteras que quedarán, prontamente, sin acceso al agua o a los recursos
más básicos?

De manera imprevista, inesperada, tal como el caso del incendio de Notre Dame, la historia
nos va colocando así ante un momento de ruptura implacable, un punto de quiebre que plantea,
de forma cada vez más evidente, la posibilidad concreta del fin abrupto de todo aquello que
hemos conocido, por lo menos desde el inicio de la sociedad industrial, como “desarrollo
social”. Un incendio histórico cuyas llamas parecieran disponerse a envolver, en no mucho
tiempo más, a los propios sujetos históricos fundacionales de la época contemporánea: la
burguesía y el proletariado, aquellos sujetos que se estarían aprestando a resolver la
contradicción fundamental de la lucha de clases moderna (la contradicción capital-trabajo)
mediante, al decir de Marx, la destrucción mutua. La burguesía y el proletariado, los sujetos
históricos fundamentales y suicidas de la modernidad industrial que llegado el momento
podrían no tener más opción que lanzarse al vacío por las ventanas de aquel edificio llamado
modernidad que, ardiendo, estará a punto de volverse cenizas. Esas clases sociales, las
protagonistas supremas del periodo histórico que va desde el estallido de la Gran Revolución
Francesa hasta el presente, viendo pasar ante sí, en su caída en picada, todo aquello que
constituyera alguna vez sus propios sueños (o proyectos) históricos… un segundo antes de
estrellarse y ser despedazadas por el duro concreto del colapso próximo. Es justamente un
incendio de esta magnitud, incontrolable e incontenible, capaz de consumir hasta la última
“viga-soporte” de la sociedad moderna y de una de sus expresiones fundamentales: la lucha de
clases misma, de lo cual nos habla, también, Notre Dame.

La torre de la modernidad y la caída de sus dos clases fundamentales


Con todo, a pesar de la tardía reacción, la respuesta de quienes combatieron las llamas evitó
que Notre Dame fuera totalmente destruida y su estructura e interiores pudieron ser, en gran
medida, preservados. Posiblemente esto también constituye una buena analogía con nuestro
porvenir. Amenazados ante un escenario de destrucción inédita inevitable que pondría poner
durante este siglo en riesgo la propia existencia de humanidad, la clave de una respuesta
socialista ante dicho abismo (como dijimos inevitable) radicaría en la preparación de un tipo
de lucha con una naturaleza y carácter muy diverso al que tuvieron los proyectos
revolucionarios durante la modernidad. Siendo imposible ya la conquista de aquel “paraíso
comunista” en la Tierra que, efectivamente, estuvo planteado como posibilidad objetiva
durante los siglos XIX y XX como producto del desarrollo que alcanzaron las fuerzas
productivas durante el capitalismo industrial, lo que nos quedaría hoy sería prepararnos, ante
un escenario de degradación aguda y posterior derrumbe de las condiciones ecológicas que
hicieron al capitalismo moderno posible, para una lucha (posiblemente caníbal) por la
sobrevivencia. En otras palabras, una batalla por la salvación de nuestra especie y por la
preservación, en las mejores condiciones posibles, de la civilización. Debiendo hacer frente,
otra vez, a todos los peligros a los que se ha enfrentado la humanidad y la propia vida en la
Tierra en épocas pasadas, materializados y concentrados en un sólo segundo histórico: el
próximo colapso, la clave del proyecto comunista (el cual ha estado presente en la historia bajo
diversos ropajes desde el ideario igualitario de las sectas cristianas primitivas hasta las
elaboraciones teológico-comunistas de Fray Dulcino o Thomas Muntzer) sería “mutar” para
adaptarse a las nuevas condiciones del apocalipsis ecológico inminente.

Aunque debiendo asumir la desaparición de una gran parte de la población humana y la


transformación de nuestro planeta en un sitio mucho más hostil para la vida (no pudiendo
descartarse durante los próximos siglos su transformación en un sitio totalmente inhabitable
para la humanidad en condiciones naturales), sería justamente el comunismo una de las
formaciones sociales más óptimas para asumir el reto de la sobrevivencia de nuestra especie
ante un escenario semejante. Una de las razones de lo anterior se debería a los altos niveles de
armonía social y disciplina productiva que caracterizarían a los sistemas sociales basados en la
inexistencia de clases sociales, implicando la presencia de estas últimas, necesariamente, altos
niveles de enfrentamiento y tensión permanente entre los diversos segmentos del cuerpo social.
Habrían sido justamente estos mayores grados de armonía y estabilidad social propios a los
sistemas comunistas “primitivos” y las primeras sociedades complejas no clasistas una de las
características que habrían permitido en el pasado los grados de cohesión necesarios para la
sobrevivencia de las primeras bandas cazadora recolectoras y sociedades agrícola-ganaderas
que debieron hacer frente, tal como muy probablemente deberemos hacer frente nosotros
durante las próximas centurias, a periodos recurrentes de escasez aguda de recursos. No sería
descartable, por lo tanto, que un sistema de organización comunista (por ejemplo en el contexto
de sociedades basadas en el establecimiento de comunas tecnológicas) sea no sólo deseable
para afrontar el próximo periodo colapsista, sino que, además, la única forma de asegurar la
preservación de nuestra especie, evitando con ello asimismo la imposición de regímenes post-
capitalistas de explotación social probablemente mucho más monstruosos a los conocidos hasta
el presente. Regímenes aberrantes que, en su decadencia e inestabilidad, no podrán representar
más que escalones adicionales en el declive social (y quien sabe genético) de la humanidad
hasta su posible desaparición final.
Comunas tecnológicas

Ahora bien, entre nuestro presente de modernidad decadente y el desarrollo de dichas


potenciales futuras sociedades comunistas post-colapso, todo indica que será necesario,
primero, atravesar no sólo el verdadero infierno al que con toda seguridad nos estamos
aproximando, sino que además derrotar todos aquellos engendros históricos que, tal como las
gárgolas y seres monstruosos que adornan las fachadas de Notre Dame, se alzarán desde la
degeneración y el caos social del mundo holocenico declinante para cerrarnos el paso al futuro.
Engendros sociales de una época final decadente (alimentados por ese caldo de cultivo que
significará el sistema social capitalista en descomposición) que buscarán garantizar el
advenimiento (mediante la preservación de la explotación de clases ahora en un contexto
colapsista abierto) de aquello regímenes monstruosos a los que hicimos alusión en el párrafo
anterior y cuya única finalidad práctica no sería otra más que, como dijimos, poner la lápida
final en el desarrollo evolutivo de una humanidad… ya demasiado degenerada, decadente y
socialmente inestable como para asegurar su sobrevivencia ante los tremendos desafíos que la
nueva época geológica que hoy se esta abriendo pondrá delante suyo.

Engendros sociales de una época final descompuesta cuya derrota requerirá que nosotros, como
últimos combatientes del infierno, nos convirtamos, también, en demonios, los demonios de
una lucha bestial e implacable por el futuro comunista. Sería precisamente aquí, en la
preparación de este horizonte de lucha salvaje final, en el cual el próximo martirio de la clase
obrera (último sujeto revolucionario de las civilizaciones holocénicas) y las actuales luchas (ya
condenadas) de los explotados del mundo, podrían adquirir su sentido último: es decir, su
sentido ante el apocalipsis. De igual modo, sería también en la preparación de esta lucha
(colapsista) en la cual la teoría moderna del socialismo científico podría redimirse y limpiar el
pecado de su fracaso ante el capitalismo suicida, asegurando así su propia trascendencia
histórica… esta vez como una guía de acción revolucionario en el infierno mismo. Ese infierno
histórico en el cual Marx y sus discípulos, así como también todos aquellos profetas
precedentes del comunismo que, habiendo sido muchos de ellos quemados vivos o ajusticiados
ante la mirada impasible de los portales de Notre Dame (por ejemplo los hermanos del
penitenziagite dulcinista o los seguidores del cura rojo de la revolución francesa Jacques Roux),
deberán, para adentrarse por entre las rendijas del nuevo periodo colapsista que se acerca y
poder sobrevivir en el mismo… adoptar un contenido “mutante”. Un Marx mutante,
despiadado, brutal, implacable y con ojos bañados en sangre, apto para la lucha por la victoria
final del comunismo ante el colapso.

Marx Mutante

¡Un marxismo mutante! ¡Un marxismo para el colapso! Una herramienta teórica para la lucha
en las regiones inexploradas de la hecatombe planetaria a lo cual nos dirigimos y en donde,
completamente a oscuras, deberemos abrir el camino del futuro entre los cuerpos caídos y
moribundos de aquellas bestias que tendremos que exterminar en nuestra conquista decidida
del tiempo histórico. Una teoría del combate, una doctrina asesina filosa como las guillotinas,
una fe fanática en el devenir, una visión totalitaria y heroica de la necesidad de nuestra victoria
en el abismo. Un marxismo litúrgico devenido en una épica final de la sociedad de clases,
aquella que sabrán esculpir los combatientes del mañana en los portales de piedra del
comunismo próximo, esos de donde manarán las nuevas mitologías, sagradas, de una
humanidad finalmente redimida en el exterminio y la sangre. Esa es la profecía que alumbran
para las futuras generaciones comunistas, esa hermandad de elegidos santificada en el peligro
que se alzará en rebeldía ante el ataque del caos primigenio, las llamas del incendio de Notre
Dame.
Otros materiales producidos por Miguel Fuentes
(Selección)

Notas

-Presentación de Marxismo y Colapso, en El Desconcierto (Chile)


https://www.eldesconcierto.cl/2019/03/09/marxismo-y-colapso-la-ultima-frontera-teorica-y-
politica-de-la-revolucion/

-Agujeros Negros, Colapso Civilizatorio y la crisis de sentido del Marxismo Clásico, en


Politika (Chile)
http://www.politika.cl/2019/04/25/agujeros-negros-colapso-civilizatorio-y-la-crisis-de-
sentido-del-marxismo-clasico/

-Nota “Harvey, Irma y el Futuro. O el último peligro de la crisis ecológica: la


desoxigenación”, en El Mostrador (Chile)
http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2017/09/10/harvey-irma-y-el-futuro-o-el-ultimo-
peligro-de-la-crisis-ecologica-la-desoxigenacion/

-Nota “La Verdadera Gravedad del Cambio Climático”, en El Mostrador (Chile)


http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/08/14/la-verdadera-gravedad-del-
calentamiento-global-y-la-crisis-ecologica/

-Nota “Crisis ecológica, colapso civilizatorio e historia: Entre la modernidad industrial y el


horizonte post-holocénico”, en El Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/2018/01/30/crisis-ecologica-colapso-civilizatorio-e-historia-
entre-la-modernidad-industrial-y-el-horizonte-post-holocenico/

-Nota “6 grados que cambiarán al mundo: La derecha neoliberal y la izquierda marxista ante
el colapso del capitalismo”, en El Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/2017/12/13/6-grados-que-cambiaran-al-mundo-la-derecha-
neoliberal-y-la-izquierda-marxista-ante-el-colapso-del-capitalismo/

-Nota “La magnitud de la crisis ecológica (y lo que nos dicen de aquella la derecha
neoliberal y la izquierda marxista en Chile)”, en El Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/2017/12/01/la-magnitud-de-la-crisis-ecologica-y-lo-que-nos-
dicen-de-aquella-la-derecha-neoliberal-y-la-izquierda-marxista-en-chile/

-Nota “La crisis del capitalismo y el socialismo moderno desde el punto de vista del colapso
ecológico inminente”, en El Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/2017/11/23/la-crisis-del-capitalismo-y-el-socialismo-moderno-
desde-el-punto-de-vista-del-colapso-ecologico-inminente/

-Nota “La crisis del oxígeno: La nueva amenaza del calentamiento global”, en El
Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/2016/05/28/la-crisis-del-oxigeno-la-nueva-amenaza-del-
calentamiento-global/

-Nota “¿Cuál es la gravedad de la crisis climática?”, en El Desconcierto (Chile)


http://www.eldesconcierto.cl/2016/05/22/cual-es-la-gravedad-de-la-crisis-climatica/
-Nota “El desafío estratégico de la crisis ecológica y su silenciamiento en la política chilena
¿Superación del Capitalismo o Colapso de la Civilización? (I)”, en Viento Sur (Europa)
http://www.eldesconcierto.cl/2016/05/22/cual-es-la-gravedad-de-la-crisis-climatica/

Entrevistas

-Entrevista Michael Lowy (El Peligro de un Eco-suidicio Planetario), en Viento Sur (Europa)
http://vientosur.info/spip.php?article12555

-Entrevista Michael Lowy (El Peligro de un Eco-suidicio Planetario), en El Mostrador


(Chile)
http://www.elmostrador.cl/noticias/mundo/2017/05/28/michael-lowy-advierte-sobre-la-crisis-
ecologica-es-un-tren-suicida-que-avanza-con-una-rapidez-creciente-hacia-un-abismo/

-Entrevista a Peter Wadhams (El peligro ártico y la extinción humana), en El Mostrador


(Chile)
http://www.elmostrador.cl/noticias/mundo/2017/06/25/el-peligro-artico-y-la-extincion-
humana/

-Entrevista a Manuel Casal Lodeiro (La Izquierda ante el Colapso de la Civilización


Industrial), en El Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/2017/03/15/manuel-casal-lodeiro-y-su-libro-sobre-la-izquierda-
ante-el-colapso

Scribd

-La naturaleza insuperable (e inviable) del Capitalismo contemporáneo.


O la crisis terminal del Neoliberalismo y el Socialismo Moderno desde el punto de vista del
colapso ecológico inminente (I)
https://www.scribd.com/document/363921698/La-Insuperabilidad-Del-Capitalismo

-La naturaleza insuperable (e inviable) del Capitalismo contemporáneo.


O la crisis terminal del Neoliberalismo y el Socialismo Moderno desde el punto de vista del
colapso ecológico inminente (II)
https://www.scribd.com/document/366089471/La-Insuperabilidad-Del-Capitalismo-II

-La naturaleza insuperable (e inviable) del Capitalismo contemporáneo.


O la crisis terminal del Neoliberalismo y el Socialismo Moderno desde el punto de vista del
colapso ecológico inminente (III)
https://www.scribd.com/document/369827899/La-Insuperabilidad-del-Capitalismo-III

-La naturaleza insuperable (e inviable) del Capitalismo contemporáneo.


O la crisis terminal del Neoliberalismo y el Socialismo Moderno desde el punto de vista del
colapso ecológico inminente (IV)
https://www.scribd.com/document/381483332/La-Insuperabilidad-del-Capitalismo-IV

-La naturaleza insuperable (e inviable) del Capitalismo contemporáneo.


O la crisis terminal del Neoliberalismo y el Socialismo Moderno desde el punto de vista del
colapso ecológico inminente (V)
https://www.scribd.com/document/384227868/La-Insuperabilidad-del-Capitalismo-V
-Presentación “Cambio Climático, Colapso y Marxismo”
https://www.scribd.com/document/326715914/Cambio-Climatico-Colapso-y-Marxismo-
Presentacion

Columnas

El Mostrador (Chile)
http://www.elmostrador.cl/autor/miguelfuentes/

El Desconcierto (Chile)
http://www.eldesconcierto.cl/author/miguel-fuentes/

Viento Sur (Europa)


http://vientosur.info/

YouTube

-Intervención sobre Cambio Climático y Colapso, en El Mostrador (Chile):


https://www.youtube.com/watch?v=lPf46rhKinE

-Presentación de Peter Wadhams sobre cambio climático (Inglaterra)


https://www.youtube.com/watch?v=O854kS0-AYw

-Entrevista a Peter Wadhams sobre cambio climático (Inglaterra)


https://www.youtube.com/watch?v=NO1mdHYSEV8

Materiales de formación general

-Últimas Horas (Trailer)


https://www.youtube.com/watch?v=aDYIOlEAQwk

-Oscurecimiento Global y Cambio Climático


https://www.dailymotion.com/video/x2g39i1_oscurecimiento-global_webcam

-Home (Documental)
https://www.youtube.com/watch?v=zlAuLCltaV8