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Raus, Diego M. y Respuela, Sofía () “Unidad 2. El poder” en Ciencia política.

Perspectivas y debates
contemporáneos. Editorial Docencia

El poder es la esencia de la política; a su vez, la política es una actividad humana que deviene en una
actividad social. El objeto de esta es la acumulación del poder que hace posible la realización de
ciertas acciones que tienen que ver con la cosmovisión específica del orden social. “Quien consigue
más poder político tiene más capacidad para interpretar, y luego, ordenar la realidad social” (p. 57)

1- El poder en la Antigüedad

La concepción política de los griegos se alinea con su entendimiento filosófico respecto al orden
social y al orden natural que puede sintetizarse como la búsqueda del bien común y la felicidad del
hombre de modo que la política es el instrumento material y solamente un medio para conseguir esos
óptimos sociales.

Los actores participantes y beneficiaros de la actividad política en Grecia son los ciudadanos, es
decir, un grupo parcial de las personas que vivían en las ciudades. Asimismo, las acciones se
orientaban a contribuir el bienestar social y desarrollo de las sociedades, entendiendo las ciudades
como Estados; es decir, “la política implica la correcta organización de algo tan complejo como el
Estado” (p. 58). Esta organización no se reduce a lo administrativo sino que se vincula con el
conocimiento, en otras palabras, solo quienes conocen el fin último y los medios justos pueden
hacerse cargo de la organización política para el desarrollo de las ciudades-estado.

No obstante, si se define la política (trascendiendo posturas filosóficas y momentos históricos)


como acumulación de poder, para los griegos la posibilidad de centralizar el poder social residía en el
conocimiento entendiendo este en un sentido filosófico como conocimiento de los fines últimos.

Platón considera que la política tiene como fin último el desarrollo moral más que el material,
por lo tanto, la propuesta es la felicidad y no la riqueza, de modo que el buen gobernante será aquel
que más sabe. En cambio, Aristóteles plantea que el poder se legitima con el conocimiento, pues este
implica captar la naturaleza de las cosas yendo más allá de lo que se ve a simple vista y, un buen
gobernante será aquel que tenga conocimiento de la naturaleza del hombre para poder ordenar lo
social pues respetará las leyes que condensan la sabiduría social acumulada.

La concepción política de Roma difiere de la griega así como también se distancia en lo que
respecta a fundamento y la fuente de legitimidad del poder. Cicerón es quien intenta trasladar la
cosmovisión griega el imperio, no obstante, esta entra en decadencia cuando Roma pasa de la
República al Imperio. De este modo, la Roma imperial traía consigo la adopción de una sociedad
militarizada cuya geopolítica de extensión implica la conquista y la centralización y jerarquización del
poder cuya fuente de legitimidad era la gloria militar.

En cuanto a la estructura del poder, en Roma se tendió al equilibrio de poderes: se centralizaba


el poder en el emperador mas se nivelaba en los poderes de decisión por debajo en el poder militar y
el poder cívico. El poder político se funda en el derecho bajo la idea de que el poder emana del pueblo
y debe dirigirse a este. El derecho romano fue el origen del desarrollo de la idea de ciudadanía de
donde se desprende que el fundamento del poder político es el derecho de los ciudadanos.

La escisión de la Iglesia divide la concepción de poder la antigüedad: por un lado, el poder


terrenal basado en la conquista y la expansión del imperio, y por otro, el poder celestial con fin en la
justicia y el bien común. La adopción del cristianismo como filosofía de vida produjo la separación
entre el terreno religioso y el político, donde este último se subordina al poder celestial de carácter
trascendental y se establece que la legitimación del poder político deviene de la observancia de las
leyes divinas.
2- El poder en el feudalismo

El feudalismo se instala con la descomposición del poder imperial poniendo en evidencia su


contradicción interna. La desintegración se produce en la medida en que la necesidad de reproducir y
garantizar una estructura política de poder requiere la adopción de instrumentos y la utilización de
recursos que no hacen más que socavar las bases materiales y sociales del poder; el poder imperial
empezó a utilizar los recursos sociales desproporcionadamente a la vez que se centralizaba y se
convertía en autoritario. Esto desembocó en una creciente deslegitimación de la administración del
poder produciendo una ruptura desde dentro de los grupos dominantes, es entonces que se pasó de
una concepción centralizada e instrumentalizadora del poder a un fortalecimiento de los poderes
locales alineados a la aristocracia social y religiosa.

El poder feudal se basa en la relación entre un señor y su vasallo donde el vasallaje no es visto
como un conjunto social sino como un grupo de individuos. En el feudalismo, el poder se “heredaba,
de igual manera que se heredaba la base social de su legitimación” (p.). De este modo, no se hacía
necesaria la permanente legitimación y justificación social del poder, sino que se lo poseía, se lo
utilizaba y se lo legaba como herencia. Asimismo, la instrumentación del poder y la organización
burocrática recorrían sendas separadas.

La organización legal del poder no se sustentaba en los derechos, leyes o constituciones sino que
dependían de la interpretación del señor feudal acerca del derecho natural y lo que él considerara el
mejor estado de las cosas.

El unico poder estructurado que interactuó con el poder de los señores feudales fue el
eclesiástico gracias a sus ideas en común en cuanto a la administración del orden social y el interés
por conservar la identidad europea frente al bárbaro.

Durante el feudalismo, la Iglesia logra total independencia del imperio y basa su concepción del
poder político en el derecho natural. De este modo, el poder terrenal seguía al poder celestial, el
orden social emana del orden celestial y el poder debe utilizarse para conseguir ese orden; esta
concepción del poder produjo una idea de unidad que llevó a la Iglesia a acumular gran cantidad de
poder legitimado. Para la Iglesia, cualquier otra concepción de poder violaba las leyes, no era legítimo
y podía ser desobedecido, de modo que sistemas como la esclavitud vieron su fin. Así, la dominación
política implicaba ahora la construcción del poder en relación con su aceptación; las fuentes de
legitimación pasaron a ser más de consenso que de imposición.

Santo Tomás de Aquino sintetizó la vinculación entre Dios y la Iglesia y el poder político terrenal.
La base de esta es la comprensión (conocimiento) de la naturaleza compleja del humano y sus
creaciones, entre ellas: la política como construcción de un orden social. Las influencias en Tomás de
Aquino son: aristotélicas, pues entiende la legitimación del poder en tanto conocimiento de la
naturaleza humana; y griegas, ya que recupera el sentido final de la instrumentación del poder
político como medio para la búsqueda del bien común para los individuos que componen una
sociedad. El equilibrio del poder político se logra con la observancia del plan divino sobre la tierra que
se expresa mediante las decisiones eclesiásticas; posteriormente, ese poder deviene en terrenal
(imperfecto). De este modo, es necesaria una complementariedad entre poderes y la legitimación se
da en base al poder celestial que es filosófica y moralmente superior; “si así sucede, todo poder
terreno es válido y debe ser socialmente aceptado” (p. 62)