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La manzana asesina (En: https://www.lifeder.

com)

Érase una vez, un pequeño pueblo llamado San Pedro de los Vinos. En él, la comisaría de su pequeño cuerpo de
policía se encontraba de luto, pues recientemente había fallecido el comisario jefe, Ernesto Perales.
Aunque era un hombre mayor, su muerte sorprendió a muchos, lo que hizo que el dolor se embargara mucho
más. Pero la oficial de policía Alicia Contreras no se creía el cuento de que había muerto durmiendo en su hogar,
tranquilamente.
―Yo no me creo esa versión ―decía Alicia a sus compañeros.
―Era un hombre mayor. Tiene a su familia, le debemos respeto a su memoria y su descanso Alicia ―le replicó
Daniela, una de las compañeras.
Sin embargo, otra oficial, Carmen Rangel, escuchaba con cierto interés las teorías de su compañera Alicia. A ella,
tampoco le parecía muy correcto el relato de la muerte del comisario Perales. Ambas se dispusieron a hablar
con la forense encargada, que no tuvo problema en, antes de que el cuerpo fuese enterado, hacerle una
autopsia.
Cuando esta autopsia fue realizada, se llevaron una gran sorpresa. Aunque el comisario Perales era un ávido
consumidor de manzanas, la sorpresa fue que en su estómago tenía manzanas, pero envenenadas con cianuro,
¿pero quién era la Blancanieves de esta historia?
― ¿Pero quién lo ha matado? ―preguntó Carmen, exaltada.
―Yo creo saberlo.
Recientemente, Daniela había tenido un hijo. Ella nunca dijo quién era el padre, ni tampoco fue un tema de
importancia.
Algunos de los compañeros, habían afirmado que su hijo tenía un gran parecido al comisario Perales, algo que
habían tomado como una cortesía.
―¡Has sido tú quien le ha matado! ―le gritó Alicia a Daniela. Esta última, sacó su arma y sin mediar tintas le
disparó, sin conseguir matarla. Los demás compañeros le dispararon a Daniela, que después de ser detenida y
llevada al hospital, confesó su crimen pasional.
La casa abandonada

Siempre íbamos a jugar a esa casa. Nos gustaba la sensación de estar en terreno de nadie. No, no era una casa
en realidad, tan sólo el reflejo de lo que en otro tiempo había sido: unas pocas paredes que luchaban contra el
tiempo y que se resistían al olvido. Un edificio cuyo techo ya había colapsado hacía años y que carecía de
ventanas y puertas.
A nosotros nos gustaba sentarnos en lo que decíamos que era el salón y jugar a que estábamos en otra época.
Huemul se sentaba sobre una piedra, que era un inmenso sillón junto a una lámpara y comenzaba a leer toda
clase de historias. Las leía en voz alta y yo lo escuchaba con suma atención porque era muy pequeña para leer.
¡Me gustaban tanto su voz y sus historias!
Una tarde cuando llegamos a nuestro refugio un cordón de plástico con enormes letras lo cercaban por
completo, y un montón de policías rodeaban nuestras queridas paredes. Un agente se hallaba sentado en el
sillón pero en vez de leer, observaba el suelo y anotaba algo en una libretita mientras algunos de sus compañeros
pintaban círculos rojos en las paredes. Nos acercamos, ¿quién había invadido nuestra casa? Nos echaron a
empujones. Éramos niños y no podíamos estar allí.
Les explicamos que ahí vivíamos, que nos pasábamos las tardes en esas paredes y que si había ocurrido algo con
esa casa, debíamos saberlo.
—A lo mejor hasta podemos ayudarlos —había dicho Huemul osado.
El policía nos miró con una chispa de ironía en los ojos mientras nos preguntaba.
— ¿Conocen a un hombre que se hace llamar Gago Cafú?
De algo nos sonaba ese nombre pero no llegábamos a saber bien cuándo, dónde ni por qué lo habíamos oído.
—No lo sé, a lo mejor si me deja verlo, puedo responderle. ¿Dónde está o qué ha hecho?— Cada vez me
sorprendía más la valentía con la que mi amigo era capaz de enfrentarse a esa situación.
No nos lo dijeron. Debíamos irnos y no regresar por ahí. Finalmente nos fuimos porque amenazaron con
dispararnos y muerta de miedo conseguí que Huemul recapacitara y se diera cuenta de que estaba jugando con
fuego.
Estuvimos varios días, quizás meses, sin regresar a la casa. Una tarde decidimos que ya había pasado el suficiente
tiempo y que podíamos volver a nuestro refugio. Así lo hicimos. No había policías, ni cordones, ni rastros de la
pintura en las paredes. Solamente encontramos a un hombre sentado que se presentó como Gago Cafú y nos
pidió que compartiéramos con él ese lugar porque no tenía adónde ir.
Desde entonces, cada vez que vamos a la casa nos encontramos con él y Huemul lee cuentos para los dos: Cafú
tampoco sabe leer.

Escrito por Tes Nehuén


Juan y la ciudad

Cuando Juan terminó la primaria estaba deseoso de ir a la ciudad. “El trabajo del campo no es para mí, yo estoy
destinado a algo mucho mejor” decía. Así que un buen día hizo su maleta y partió rumbo a la gran urbe, no sin
antes pedirle a su madre que le diera su bendición y le prometió regresar pronto con el dinero suficiente para
que ni ella ni su padre tuvieran que seguir trabajando la tierra.
-El trabajar la tierra es el mejor trabajo del mundo, aunque es mal pagado, el obtener de la naturaleza los
alimentos es algo muy noble, no sé por qué te avergüenzas de eso. – decía su padre al tiempo que también le
daba la bendición y algunos centavos y su madre algo de comer para el camino.
Juan tomó el camión que lo llevaría a la gran ciudad, la cual estaba a un par de horas de su pueblo.
Al llegar a la ciudad bajó del camión y se encaminó a la salida, vio con asombro lo grande de los edificios y las
grandes multitudes de carros y personas que estaban a la vista, “En mi pueblo hay muchísimas menos personas
de las que hay en esta terminal” pensó para si. En ese momento una persona se acerco a él para pediré un favor.
-Disculpe joven, soy nuevo aquí, voy llegando de mi pueblo ¿Podría decirme cómo llego al centro de la ciudad?
– Le pregunto el señor a Juan, quien encogiendo los hombros le contestó.
-Lo siento, igual voy llegando y no sabría decirle.
Mientras esto sucedía un muchacho se acercaba por atrás y tomaba las cosas de Juan, quien las había puesto en
el piso. Al ver que el muchacho ya se encontraba perdido de vista el señor agradeció a Juan y se retiró
velozmente.
Al darse cuenta Juan de que sus cosas habían desaparecido decidió en ese momento regresar a su pueblo, estaba
espantado de la gran ciudad y sólo deseaba regresar a la protección de su casa y a la tranquilidad de trabajar en
el campo.
Citado APA: (A. 2013,05. Ejemplo de Cuento Realista. Revista Ejemplode.com. Obtenido 05, 2013, de
https://www.ejemplode.com/41-literatura/2913-ejemplo_de_cuento_realista.html)

Juan y la ciudad

Cuando Juan terminó la primaria estaba deseoso de ir a la ciudad. “El trabajo del campo no es para mí, yo estoy
destinado a algo mucho mejor” decía. Así que un buen día hizo su maleta y partió rumbo a la gran urbe, no sin
antes pedirle a su madre que le diera su bendición y le prometió regresar pronto con el dinero suficiente para
que ni ella ni su padre tuvieran que seguir trabajando la tierra.
-El trabajar la tierra es el mejor trabajo del mundo, aunque es mal pagado, el obtener de la naturaleza los
alimentos es algo muy noble, no sé por qué te avergüenzas de eso. – decía su padre al tiempo que también le
daba la bendición y algunos centavos y su madre algo de comer para el camino.
Juan tomó el camión que lo llevaría a la gran ciudad, la cual estaba a un par de horas de su pueblo.
Al llegar a la ciudad bajó del camión y se encaminó a la salida, vio con asombro lo grande de los edificios y las
grandes multitudes de carros y personas que estaban a la vista, “En mi pueblo hay muchísimas menos personas
de las que hay en esta terminal” pensó para si. En ese momento una persona se acerco a él para pediré un favor.
-Disculpe joven, soy nuevo aquí, voy llegando de mi pueblo ¿Podría decirme cómo llego al centro de la ciudad?
– Le pregunto el señor a Juan, quien encogiendo los hombros le contestó.
-Lo siento, igual voy llegando y no sabría decirle.
Mientras esto sucedía un muchacho se acercaba por atrás y tomaba las cosas de Juan, quien las había puesto en
el piso. Al ver que el muchacho ya se encontraba perdido de vista el señor agradeció a Juan y se retiró
velozmente.
Al darse cuenta Juan de que sus cosas habían desaparecido decidió en ese momento regresar a su pueblo, estaba
espantado de la gran ciudad y sólo deseaba regresar a la protección de su casa y a la tranquilidad de trabajar en
el campo.
Citado APA: (A. 2013,05. Ejemplo de Cuento Realista. Revista Ejemplode.com. Obtenido 05, 2013, de
https://www.ejemplode.com/41-literatura/2913-ejemplo_de_cuento_realista.html)
Familias felices

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse
desgraciada. Su madre no se cansaba de repetir esa frase; seguro que la había leído en alguno de esos libros que
llenaban sus tardes.
Desde que la conocía (desde que había nacido, por ende) no la había visto haciendo otra cosa que sentada frente
a sus libros. Leía de día y de noche. Leía mientras el niño jugaba, cuando estaba estudiando. Su madre siempre
siempre estaba con un libro en la mano. Y lentamente él comprendió que en esos objetos tenía que haber algo
mágico y único.
Cuando Abel cumplió veinte años se hallaba leyendo (había adquirido esa fascinación por los libros) y se topó
con esa frase. Cuando supo que Tolstói no había sido lo que se dice un hombre feliz y que ni siquiera su Ana
Karenina había llegado a atisbar aquello que el mundo entiende por felicidad, se dio cuenta de que todo era una
mentira. Esa novela, su historia, su pasión. ‘Lo único cierto es la tristeza y la infelicidad’, se dijo.
Varios años más tarde volvía sobre aquella frase. Leyéndola tras de esas enormes gafas que la miopía le había
impuesto. Ahora que su madre no estaba y que él se pasaba las tardes leyendo mientras su niño iba de aquí para
allá, sin detenerse a contemplarlo, se daba cuenta de que ninguna verdad es cierta hasta que alguien no la
escribe. Entonces supo que él no tenía que leer, sino escribir. Dos años más tarde publicaba su primera novela
y la prologaba con esa introducción de Lev Tolstói en memoria de su madre.

Escrito por Tes Nehuén

Familias felices

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse
desgraciada. Su madre no se cansaba de repetir esa frase; seguro que la había leído en alguno de esos libros que
llenaban sus tardes.
Desde que la conocía (desde que había nacido, por ende) no la había visto haciendo otra cosa que sentada frente
a sus libros. Leía de día y de noche. Leía mientras el niño jugaba, cuando estaba estudiando. Su madre siempre
siempre estaba con un libro en la mano. Y lentamente él comprendió que en esos objetos tenía que haber algo
mágico y único.
Cuando Abel cumplió veinte años se hallaba leyendo (había adquirido esa fascinación por los libros) y se topó
con esa frase. Cuando supo que Tolstói no había sido lo que se dice un hombre feliz y que ni siquiera su Ana
Karenina había llegado a atisbar aquello que el mundo entiende por felicidad, se dio cuenta de que todo era una
mentira. Esa novela, su historia, su pasión. ‘Lo único cierto es la tristeza y la infelicidad’, se dijo.
Varios años más tarde volvía sobre aquella frase. Leyéndola tras de esas enormes gafas que la miopía le había
impuesto. Ahora que su madre no estaba y que él se pasaba las tardes leyendo mientras su niño iba de aquí para
allá, sin detenerse a contemplarlo, se daba cuenta de que ninguna verdad es cierta hasta que alguien no la
escribe. Entonces supo que él no tenía que leer, sino escribir. Dos años más tarde publicaba su primera novela
y la prologaba con esa introducción de Lev Tolstói en memoria de su madre.

Escrito por Tes Nehuén


LA TRISTEZA, un cuento de Rosario Barros Peña (España, 1935)
El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal.
Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el
microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse
en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y
el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la
persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé
que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre
todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al
principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se
ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que
no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando
mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.

LA TRISTEZA, un cuento de Rosario Barros Peña (España, 1935)


El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal.
Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el
microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse
en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y
el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la
persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé
que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre
todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al
principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se
ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que
no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando
mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.
El juego de té Por Liana Castello
El juego de té. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para padres. Historias de familias.
Sin saber bien por qué, Inés sintió ganas de ordenar el mueble donde guardaba toda su vajilla fina. No era algo
que hiciera seguido, ni siquiera que disfrutara.
Sin embargo, algo difícil de precisar hizo que ese día tuviera ganas de reencontrarse con esos trozos de su vida.
Sacando platos y tazas, lo volvió a ver: era el juego de té de porcelana de su abuela. Blanco con flores pequeñas,
casi etéreas de color rosa. Fino y delicado, como fuera su abuela.
La imagen de ese antiguo juego de té la transportó a otros tiempos. Se vio niña, jugando y corriendo por la casa
de su abuela. Volvió a escuchar su voz dulce pero firme que le pedía:
-Niña no corras, romperás algo.
Vio a sus padres jóvenes y a sus hermanos pequeños como ella. De pronto el tiempo volvió a atrás y recuperó,
en sus recuerdos, aquella familia que tuvo, que disfrutó, con la que tal feliz había sido.
Recordó tardes compartidas, juegos, charlas, años, muchos años que pasaron demasiado rápido.
Abrió los ojos, se secó algunas lágrimas y volvió a la realidad de ese día.
Miró con detenimiento ese hermoso juego de té y se dio cuenta que faltaban varias piezas, que no estaba
completo. Se dio cuenta también que otras piezas estaban rajadas o cachadas.
Entonces, se puso a pensar en cuánto se parecía ese juego de té a su familia. Sus abuelos ya no estaban, sus tíos
tampoco. Sus padres eran ahora ancianos y tenían las “rajaduras” propias de la edad.
Sin dudas, esa vajilla no sólo representaba su pasado, sino también su presente. Las piezas faltantes no podrían
reemplazarse y las que estaban dañadas tampoco tendrían oportunidad de lucir jóvenes otra vez.
Una inmensa tristeza la invadió. Toda una época vivida cobró fuerza para demostrarle una y otra vez que el
tiempo no se detiene, no pide permiso, no pregunta, no espera.
Y de pronto, también lo vio a él: otro juego de té de cerámica blanca, nuevo, de líneas modernas, como su vida
actual. Estaba acomodado al lado del juego de té de su abuela.
Inés sonrió con un halo de consuelo en su rostro. La vida quita y también da, nos permite renovarnos,
acomodarnos a los cambios, dejar atrás sin necesidad de olvidar. Nos regala varias vidas en una, todas valiosas,
todas dignas de ser vividas.
Sacó el juego nuevo y se propuso ponerlo en uso, porque las cosas son para usarlas, así como la vida es para ser
vivida.
Miró una vez más las piezas que quedaban del juego de té de su abuela. Tomó una por una y con inmenso amor
las fue guardando.
Pensó nuevamente en cómo ese juego le remitía a su vida. Inés guardaba cada pieza con un amor infinito, del
mismo modo que atesoraba esos recuerdos familiares en su corazón para que la siguiesen acompañando el resto
de su vida.

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