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CONTENIDO DEBATE

CASO I
Esta casa requeriría a los individuos a rendir exámenes de conocimientos políticos generales
para que puedan votar en los comicios democráticos del país.
DEFINICIÓN
«Lo malo de la democracia es que todo el mundo puede votar».
Las democracias contienen un defecto esencial, sentencia Jason Brennan. Al extender el poder a
todos los ciudadanos, han eliminado cualquier incentivo para que cada votante utilice su poder con
criterio. El votante sabe que su decisión individual nunca resultará determinante y que tiene tantas
posibilidades de cambiar un gobierno con su elección como de ganar la lotería. Así que, qué más da,
por qué preocuparse.
La pega es que la suma de votantes sin criterio puede condenar al resto de la ciudadanía, de modo
que elegir una papeleta u otra no debería ser como elegir entre patatas fritas o deluxe en la cola del
McDonald's. «En nuestro sistema, un voto individual después de una cuidadosa deliberación produce
los mismos resultados que votar lanzando una moneda al aire», censura Brennan.
«El derecho al voto te da poder sobre los demás». Lo que en la práctica, insiste el filósofo, deposita
nuestro futuro en manos de electores irresponsables. Es como si dejáramos nuestra salud en manos
de un cirujano que no ha estudiado Medicina, no conoce ningún medicamento y toma sus decisiones
por capricho. Y encima, estamos obligados a seguir su tratamiento. ¿Se puede aplicar lo que Jason
Brennan propone? Manuel Arias, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga, cree que
no. «Con el retorno de los populismos y decisiones populares como el Brexit, estas teorías críticas
encuentran una nueva oportunidad para ser escuchadas. Pese a que sus propuestas son indeseables
e impracticables, el argumento moral sí es sostenible: la necesidad de que el ciudadano se tome en
serio un derecho que ha costado mucho universalizar; que se tome en serio a sí mismo».
Contaminación. Arias comparte con el autor de Contra la democracia la idea de que quien no se toma
en serio el ejercicio del sufragio está «contaminando las urnas». Sin embargo, cree que su colega
americano olvida que el voto tiene también «una dimensión expresiva o identitaria» y no puede
reducirse sólo a información o conocimiento.«La democracia no es un fin en sí mismo. No es un
poema, tiene el valor que tiene un martillo», argumenta Brennan en sus textos. «Es sólo un instrumento
útil para producir políticas justas y eficientes. Si podemos encontrar un martillo mejor, debemos
usarlo». Niega que su fórmula sea totalitaria o siquiera parecida a la tecnocracia porque no se trata de
dar el poder a los mejores, sino de quitárselo a los peores. Y va soltando preguntas incómodas. Si un
fontanero, una peluquera o un conductor necesitan licencia, por qué no un votante. Si no pueden votar
los niños, por qué sí alguien que desconoce por completo las consecuencias de su voto. Su polémico
libro recopila varias fórmulas. Por un lado, el sufragio restringido. Es decir, que los ciudadanos puedan
adquirir el derecho al voto si pasan un examen previo de conocimiento político básico. Por otro, el voto
plural, que implica que cada ciudadano tenga un voto pero los más competentes puedan conseguir
votos adicionales. El filósofo norteamericano inventa además varios sistemas de control como un
órgano epistocrático con derecho a vetar las leyes aprobadas o una especie de votación ponderada,
que interpretaría los deseos del pueblo. «La epistocracia hace lo que el público informado querría y
no lo que el público desinformado quiere».Las dudas con este sistema son evidentes. ¿Quién decide
qué es estar bien informado? ¿Quién elige a los que eligen? Como dijo el profesor de Filosofía David
Estlund: «Puede que tengas razón, pero ¿quién te ha nombrado jefe?».Para Francisco Javier Gil

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Martín, profesor de Filosofía en la Universidad de Oviedo, la solución de Brennan es «excesivamente
paternalista» y parte de «una aversión a la democracia, un pavor a la multitud». «Él cree que vulnerar
la igualdad es menos injusto que permitir malos gobiernos. Pero el asunto de fondo es cuáles son los
criterios por los que una política es mala o con los que prohibir a alguien votar. ¿Por qué tiene el mismo
derecho un aldeano que la persona más informada del mundo? Porque, como decía John Dewey,
nadie sabe mejor que uno mismo dónde le aprietan los zapatos». Jason Brennan se defiende: «No
hay duda de que en el mundo real cualquier sistema epistocrático sufriría los fracasos y abusos del
gobierno. Pero lo mismo ocurre con la democracia. Tanto un sistema como el otro serán imperfectos
y defectuosos. La pregunta que debemos hacernos es qué sistema funcionaría mejor».
Democracia es votar, pero no es solo votar
Democracia es votar, pero no es solo votar. Democracia es también que los legisladores respeten la
ley, los derechos de la minorías y los procedimientos parlamentarios. Y por eso el Parlament catalán
no puede abolir la Constitución y el Estatut en una votación exprés, incumpliendo hasta el propio
reglamento de la Cámara y con una mayoría de diputados que ni siquiera bastaría para modificar la
ley electoral o nombrar al presidente de TV3.
Democracia es votar, pero no es solo votar. Democracia es también dialogar, fomentar la convivencia
y gobernar para todos, no solo para los que te votaron. Y por eso ha sido tan nefasta como
irresponsable la actitud del presidente Mariano Rajoy, que ha ignorado durante más de un lustro el
problema que él mismo provocó por motivos electoralistas con el primer referéndum ilegal: su recogida
de firmas contra el Estatut de Catalunya. El tijeretazo del politizado Tribunal Constitucional a ese
acuerdo de convivencia que había sido refrendado por el Parlamento catalán, por el Parlamento
español y por los catalanes en las urnas es el origen este trágico desgarro.

Democracia es votar, pero no es solo votar. Democracia es también que las personas confíen en las
instituciones que votan. Y por eso es tan corrosivo para la credibilidad de la democracia española que
quienes defienden el cumplimiento de la ley sean un presidente cuyo partido se financió ilegalmente
desde que se fundó, un fiscal general del Estado reprobado por la mayoría absoluta del Congreso,
una policía donde anidó una brigada política contra los rivales del Gobierno y un sistema judicial donde
las injerencias del poder político son tan evidentes como constantes.

Democracia es votar, pero no es solo votar. Democracia es también el respeto por los procedimientos
legales. Y por eso el Gobierno de Rajoy no puede intervenir una autonomía –su presupuesto, su
policía– sin aplicar formalmente el artículo 155 de la Constitución, sin un requerimiento previo al
presidente autonómico y sin una votación en el Senado por mayoría absoluta. La ley se debe defender
desde la ley, y obliga a todos. También al fiscal general del Estado, que debería saber que la Fiscalía
no puede detener ni interrogar a ningún alcalde sin el permiso de un juez cuando el caso está ya
judicializado.

Democracia es votar, pero no es solo votar. Democracia es también libertad de expresión y reunión,
incluso para discrepar de la propia ley o del modelo de Estado. Y por eso es tan preocupante el auto
del reaccionario juez Yusty contra el acto por el derecho a decidir en Madrid, o que el Partido Popular

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recurra a la justicia o a la delegación del Gobierno para prohibir estas manifestaciones y amenazar a
quienes en ellas participan.

Democracia es votar, pero no es solo votar. Es también hacerlo con garantías y normas claras. Y eso
no ocurrirá el 1-O: porque los partidarios del 'no' se quedan fuera, porque no hay mesas electorales
independientes elegidas por sorteo público, porque el referéndum no cuenta con la más mínima
apariencia de imparcialidad y es una votación de parte.

Democracia es votar, pero no es solo votar. Y quienes no votaron en las últimas autonómicas o quienes
no votarán el 1-O tienen también sus derechos, que no se pueden quebrar con la fuerza del 47,8% de
los votos que lograron JxSí y la CUP. El Govern de la Generalitat tiene respaldo más que suficiente
para gobernar Catalunya y para reivindicar un referéndum, pero una mayoría absoluta parlamentaria
no da derecho a un poder absoluto.

Democracia no es solo votar, pero también es votar. Y la única solución estable y definitiva para esta
crisis de Estado solo puede pasar por las urnas: por una reforma constitucional que consiga el apoyo
mayoritario de los catalanes y restaure el pacto de Catalunya con España o, en su defecto, por un
referéndum de autodeterminación acordado, con garantías y normas claras.

La ley, la justicia y un aparato coercitivo a su servicio que ejerza el monopolio de la violencia son
imprescindibles para todos los países democráticos; no hay ninguno capaz de sobrevivir en su
ausencia. Pero el Código Penal, los jueces y la policía no son la única respuesta que debe dar la
democracia ante conflictos políticos. No se puede encarcelar por sedición a dos millones de catalanes,
salvo que España renuncie a ser una democracia.

STATU QUO

CARGA DE PRUEBA

CONCLUSIÓN

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Bibliografía
https://www.elmundo.es/papel/todologia/2017/01/17/587ca745e5fdeac4078b45ef.html