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FILOSOFÍA

PROGRAMA DE FORMACIÓN GENERAL: FILOSOFÍA


GUÍA TEÓRICA PARA LA SESIÓN 05
TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
Anexo 1

EL CONOCIMIENTO, ENTRE LA RAZÓN Y LA EXPERIENCIA

INTRODUCCIÓN

Habíamos estudiado hasta ahora la pregunta sobre el hombre. Siguiendo esa misma línea nos
cuestionaremos sobre el origen del conocimiento humano. En esta sesión en particular
abordaremos el problema de la verdad y las diferentes formas de conocimiento con la finalidad
de comprender un poco mejor quiénes somos.

La importancia de cuestionarnos acerca del conocimiento radica desde frases tan cotidianas
como “piensa antes de actuar” hasta interrogantes más elaboradas como: ¿De qué manera
conocemos?, ¿cómo conocemos?, ¿por qué puedo entenderme con otros seres humanos?, La
siguiente sesión tratan de dar respuestas diversas a estas y otras preguntas y, en particular,
esta sesión tiene como objetivo distinguir las diversas formas de conocimiento.

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EL CONOCIMIENTO, ENTRE LA RAZÓN Y LA EXPERIENCIA

Emil Beraún

Durante el Medioevo (Siglos V-XV) dos aspectos quedaban fuera de toda posible duda, crítica
o reflexión más allá de aquello dictaminado y permitido por la iglesia: las verdades, convertidas
en dogmas, y con ello además, los estudios sobre la naturaleza, puesto que al ser algo creado
por Dios, solo él podía comprenderla. Sin embargo, el siglo XVI será un punto de quiebre frente
al monopolio de conocimiento eclesial, ya que sus explicaciones tuvieron que afrontar
propuestas alternativas que atentaban con lo tradicionalmente establecido, ocasionando un
resquebrajamiento en su discurso único.

El Humanismo colaboró con el antropocentrismo, y el Renacimiento con el retorno al estudio


de los autores clásicos sin el halo dogmático eclesial; a su vez, personajes como el astrónomo
polaco Nicolás Copérnico en 1543, propondrá el modelo heliocéntrico del sistema solar;
posteriormente Galileo, casi un siglo después, que retomando tales premisas iniciará la física
moderna, superando la elaborada por Aristóteles vigente hasta dicho momento,
considerándose ahora, que la naturaleza posee una realidad dinámica con cuerpos en
movimiento y posibles de ser interpretados matemáticamente.

Es así, que el siglo XVII supone una superación en la forma de buscar conocimiento. La ciencia
ya no será vertida por revelación; será la búsqueda sistemática de un conocimiento que además
trascienda el silogismo aristotélico. La búsqueda de nuevos métodos científicos, en momentos
donde el ser humano podía obtenerlos sin intermediación de la iglesia, posibilitó el surgimiento
de dos corrientes de pensamiento, acorde con la forma que propondrán para alcanzarlo:
racionalismo y empirismo.

El racionalismo

El racionalismo iniciado con Descartes, erige a la razón como garantía certera para la obtención
de conocimiento; los sentidos a su vez, son considerados como fuente permisible al engaño;
por tal motivo, y como era de suponerse, se produce una desvalorización del conocimiento
sensible; en cambio, la razón apoyada en la deducción matemática, que no depende a su vez,
de la experiencia, se convierte en la máxima garantía de certeza.

Descartes inicia el recorrido de su método, enfatizando la necesidad de dudar de todo


conocimiento previamente adquirido, ya que al haber sido, mayoritariamente captado por los
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sentidos, es presumible suponer que nos hayan engañado, resultando ser falsos. Como
contraparte, se tendrá que demostrar que la razón sí puede obtener conocimiento cierto,
verdades en todo el sentido de la palabra. Para esto entonces, se requiere destruir todo el
antiguo edificio de conocimientos para volver a reconstruirlo en base al ejercicio racional, siendo
necesaria la superación de una primera dificultad: encontrar una primera certidumbre.

Esa primera certidumbre, ese primer peldaño necesario para la reconstrucción de todo el
conocimiento, Descartes lo encuentra luego de la aplicación de su duda hiperbólica, que tendrá
como respuesta su ya famoso cogito ergo sum: pienso luego existo. Es decir, puedo dudar de
todo, menos de que estoy dudando, demostrando así, mi propia existencia y de paso
encontrando con ello, la primera verdad producto de su método racional. Sin embargo, surge
una dificultad, la cual será garantizar a un nivel epistemológico dicha verdad; puesto que, cabría
preguntarse, si la desconfianza hacia los sentidos podría dirigirse también hacia la razón
¿Acaso no podría ser víctima de otro engaño?

La salida del denominado padre de la filosofía moderna, será el uso de la divinidad como
garante del conocimiento racional. Luego de la primera certidumbre, el saber que existo porque
pienso, se desliza lo siguiente: si las verdades son algo perfecto, ¿Cómo puede ser posible que
tengan como causante a alguien imperfecto como el ser humano?, y dado, que el efecto no
puede ser mayor que la causa, sólo resta considerar que alguien perfecto las haya elaborado,
no pudiendo ser otro más que Dios, quién además las coloca en nuestra alma antes de nacer,
previa experiencia alguna.
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Con este argumento, Descartes prueba la existencia de la divinidad, mientras establece el


ansiado ideal de su método, por el cual en base al ejercicio racional, quedan en evidencia las
ideas innatas. Por más paradójico que resulte, la propuesta cartesiana rechaza el dogma, sin

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embargo, recurre a la propia divinidad como certeza epistemológica para asegurar la


certidumbre racional, que ahora no podrá equivocarse. Según la propuesta cartesiana existen
tres tipos de ideas: las adventicias (aquellas que vienen de fuera, captadas por los sentidos),
las mías (producto de la imaginación), y por último, las más importantes de todas, las ideas
innatas, aquellas ideas claras y distintas que expresan verdad, no sólo sobre Dios, sino también
sobre el entorno natural, posible de ser analizado sin temor alguno, y que será escudriñado
mediante el uso de las matemáticas. Descartes lo presenta así:

Permanecí firme en la resolución que había tomado de no suponer ningún otro principio que aquel de
que acabo de servirme para demostrar la existencia de Dios y del alma, y no aceptar cosa alguna
como verdadera que no me pareciese más clara y cierta que lo habían sido antes las demostraciones
de los geómetras; y, sin embargo, me atrevo a decir que no sólo encontré el medio de satisfacerme
en poco tiempo con respecto a las principales dificultades de que se acostumbra a tratar en filosofía,
sino que también advertí, ciertas leyes que Dios ha establecido de tal manera en la naturaleza, y de
las cuales imprimió en nuestras almas tales nociones, que después de haber reflexionado sobre ellas
suficientemente no podríamos dudar que se cumplan con exactitud en todo lo que hay o acontece en
el mundo. (1983, p.79)

Tal como se aprecia, Descartes indica que es posible evidenciar ideas innatas que no solo se
refieran a la divinidad, sino también por ejemplo, a principios matemáticos. De esto ya hacía
mención en la quinta meditación metafísica, al poner el ejemplo del triángulo, el cual es una
idea innata por más que no exista, dado que es innegable que tres ángulos no conformen un
triángulo. Del mismo modo, en las reglas para la dirección de la mente, indica que: “solamente
hemos de ocuparnos de aquellos objetos para cuyo conocimiento cierto e indudable parecen
ser suficientes nuestras mentes”, es así que enfatiza posteriormente: “De forma que, si nuestro
cálculo es exacto, la observancia de nuestra regla nos reduce entre las ciencias ya halladas o
descubiertas, a la aritmética y a la geometría solas”.

Posteriormente Descartes indica con claridad la existencia de ideas innatas referidas a las leyes
de la naturaleza, así, el orden de los cielos, de los planetas, estrellas y cometas, están
ordenadas de tal forma, que de haber creado Dios otros mundos no podría haber ninguno donde
dichas leyes no sean observadas . En el discurso del método, Descartes desarrolla aún otras
ideas innatas, referidas a las capacidades humanas del lenguaje y la razón, como aquellas que
caracterizan al propio ser humano. Si bien un pájaro puede ser entrenado para decir algunas
palabras, o es posible construir un autómata, no poseen en realidad la capacidad real del uso
del lenguaje o de la facultad de pensar.

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Los empiristas

Cambiando de vereda, y cruzando la calle, nos encontramos con el empirismo. Francis Bacon,
el iniciador de esta corriente, establecerá que son los sentidos y no la razón, la fuente de
conocimiento. Remando contra la corriente de los planteamientos silogísticos, el realismo
ingenuo aristotélico, y la forma errada de hacer ciencia por el desconocimiento de su objeto y
fin último, plantea en su Novum Organum (1620) la necesidad de interpretar correctamente la
naturaleza, siendo urgente el rechazo de la creencia en aquellos ídolos (prejuicios que afectan
el uso adecuado de la razón en la interpretación de la naturaleza) que afectan nuestro
entendimiento; es sólo mediante la aplicación de inducciones que es posible encontrar axiomas
verdaderos. El apartarnos de los ídolos permitirá rechazar los sentidos como medida de todas
las cosas, los dogmas, los prejuicios y las confusiones lingüísticas.

Es de notar en tal sentido, el rechazo de Bacon por la filosofía griega en general, y del
conocimiento que de ella se pueda rescatar, debido sobre todo, a que sus planteamientos han
permitido caer en excesos que lo han corrompido; de igual manera afirma que es imposible
apreciar alguna contribución griega en la mejora y alivio de la condición humana. Para poder
interpretar la naturaleza se necesita producir y hacer surgir axiomas de la experiencia, para
luego deducir y derivar nuevos experimentos, obteniendo mediante la inducción
generalizaciones verdaderas. La filosofía en general, concebida como las diversas corrientes
de pensamiento, van apartándose de su relación con la ciencia, debido a que: “nada hay de
cierto ni exacto en las filosofías mismas, ni en su forma de demostración”. Sin embargo, se
mantiene aún la relación con una filosofía natural, la cual es considerada por Bacon como la
madre del resto de ciencias, y la que explica según su alejamiento la falta de prosperidad en
las ciencias. El empirismo de Bacon da inicio a la ciencia moderna y a la configuración de las
ciencias naturales tal como son concebidas en la actualidad.

La razón bajo el empirismo queda supeditada a la información de primera mano vertida por los
sentidos, encargándose de sistematizarla. Para esto, como se indicó, es necesario escapar de
los ídolos, de aquellos factores extra racionales que impiden el uso adecuado de la razón.
Nuevos descubrimientos naturales y racionales sobre las leyes de la naturaleza, permitirán
superar las supersticiones, las falsas creencias, los antiguos y erróneos conocimientos, para
que el ser humano pueda así, interpretándola correctamente, conocerla, obedecerla, logrando
al fin, vencerla y someterla. El objeto de esta filosofía natural no será otro que: “dar al poderío
y a la grandeza del hombre, fundamentos más sólidos a la que extender sus dominios”. La

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ambición más sabia quedaba así justificada, y para lo cual se necesitaba someterse a ella:
“pues sólo se ejerce el imperio sobre ella obedeciéndola”.

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Con la razón por un lado, y la experiencia sensible por el otro, a inicios del siglo XVII, se supera
una antigua forma de buscar conocimiento, y se proponen nuevos métodos para obtenerlo,
escapando de los dogmas, y perdiendo el miedo a la naturaleza. Posteriormente, ambos
métodos tendrán a lo largo de las siguientes décadas, a pensadores que continuarán con la
disputa referida al origen del conocimiento, y a la subsecuente presencia de ideas innatas.

Por el lado del racionalismo se tendrá a Baruch Spinoza y Godofredo Leibniz como los más
representativos, mientras que el empirismo contará con figuras tales como, Thomas Hobbes,
John Locke, George Berkeley y David Hume. De todos ellos se podría escribir bastante; sin
embargo, conviene destacar aspectos sumamente puntuales.

Thomas Hobbes, empirista inglés autor del Leviatán (1651) rechazará la existencia de ideas
innatas, aseverando la importancia de los sentidos: “No existe ninguna concepción en el
intelecto humano que antes no haya sido recibida, totalmente o en parte, por lo órganos de los
sentidos”. Las sensaciones que generan los objetos hacia nuestros sentidos, perduran en el
tiempo, conformando luego la memoria o imaginación, es decir, nuestra experiencia.

Algunos años después, otro inglés, John Locke, considerado padre del liberalismo político, en
su texto Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) propondrá la teoría de la tabula rasa,
por la cual negará la existencia de ideas innatas:

Supongamos entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpia de toda
inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente con ese
prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una
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variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y conocimiento? A esto contesto
con una sola palabra: de la experiencia; he allí el fundamento de todo nuestro conocimiento, y de allí
es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos
sensibles externos o acerca de las operaciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre
las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los
materiales del pensar. (2006, p.37)

El caso de George Berkeley es algo particular y hasta paradójico. Obispo y filósofo irlandés,
expondrá que el conocimiento es producto de lo que perciben nuestros sentidos en base a la
experiencia; sin embargo, posteriormente indica, que a lo que comúnmente denominamos
objetos reales, no existen fuera de la mente de quien los percibe, para Berkeley: “Todos los
cuerpos que componen la maravillosa estructura del universo, sólo tienen sustancia en una
mente; su ser (ese) consiste en que sean percibidos o conocidos” (1985, p.67). La mente al
percibir les “da vida” a los objetos, los cuales no son quienes originan nuestras ideas: “De aquí
resulta evidente que la suposición de cuerpos externos no es necesaria para producir las ideas;
pues se ve que estas, en ocasiones, tal vez, siempre, surgen sin la presencia de aquéllos, de
la misma manera que a veces creemos verlos y tocarlos sin que estén presentes” (p. 77)

Las ideas a su vez, son las imágenes de las cosas que vemos, pero que al no poseer la
capacidad de pensar por sí mismas, y dada la necesidad por nuestra parte de convivir bajo
ciertas regularidades para un adecuado gobierno cotidiano, tanto la ropa que nos colocamos
como el agua que bebemos, asumen la capacidad sensitiva y de “existencia”, dado que son
pensadas por la divinidad. Esta postura, calificada como idealista subjetiva, es conocida
también como solipsismo.

Finalmente, desde la postura empirista tenemos los planteamientos de David Hume, filósofo
escocés, que en su Tratado sobre la naturaleza humana (1740) indica que las ideas que
componen nuestra memoria son producto efectivo de aquellas primeras impresiones generadas
por los sentidos. Producto de la relación entre las ideas, es que suceden las propias relaciones
filosóficas, como por ejemplo la relación causa-efecto. Hume afirmaba la posibilidad de
establecer dichas relaciones por hábito y costumbre más que por un previo ejercicio racional,
debido a la presencia de contigüidad, sucesión y conjunción constante:

A este respecto, es interesante observar que la experiencia pasada, de la que dependen todos
nuestros juicios de causas y efectos, puede actuar sobre nuestra mente de un modo tan insensible
que nunca nos demos cuenta de ello, siéndonos incluso desconocida su actuación en alguna medida.
La persona detenida en su camino por un río prevé las consecuencias de seguir adelante: el
conocimiento de estas consecuencias le es proporcionado por la experiencia pasada, que le informa
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de ciertas conjunciones de causas y efectos. Ahora bien, ¿cabe pensar que esa persona se ponga
en esta ocasión a reflexionar sobre una experiencia pasada, recordando casos vistos por ella misma,
o de los que haya oído hablar, con el fin de descubrir los efectos del agua sobre los seres vivos? Es
seguro que no. Ese no es el método que esa persona sigue en su razonamiento. La idea de hundirse
está conectada tan estrechamente con la del agua, que la mente efectúa la transición sin la ayuda de
la memoria. La costumbre actúa antes que nos dé tiempo a reflexionar. (1984, p. 216)

Este planteamiento no presentaría mayores dificultades de las que ya propone, si no fuera


porque asume a su vez, que muchas creencias producto del respeto a “leyes establecidas”, no
son más que respeto a simples creencias sin soporte verdadero, ya que la experimentación
aplicada a los fenómenos en el establecimiento de regularidades, no permite confirmar el total
necesario de veces para comprobarlo, quedando en el ejemplo n+1 la posibilidad de refutarlo.
Ante esto, es mejor plantear solo probabilidades a certezas, y escepticismos a creencias sin
fundamento.

¿Cuántas veces podría arrojar un lapicero, hasta estar totalmente seguro que la siguiente vez,
también caerá? Se podría decir que dos o tres veces bastará, para posteriormente por inducción
establecer que caerá siempre por la ley de la caída de los cuerpos. Sin embargo, Hume,
establece la posibilidad de que esto no siempre suceda, ¿Pues como podría estar seguro, sino
pruebo el total de las veces? Bastando una sola excepción para refutar la presumible ley.
¿Puede uno acaso probar infinitamente un experimento?

Seguidores del racionalismo

Demos para terminar el círculo, una mirada aún más rápida a los continuadores del
racionalismo. Spinoza, desarrollando las propuestas cartesianas, establecerá que Dios es el
garante del conocimiento y las verdades, a razón, de que todo proviene de la divinidad, tanto el
pensamiento como la materia. De esta manera indica, que todo lo existente es una extensión
de Dios. (Panteísmo)

Obviamente se acepta y asume la existencia de ideas que procedan desligadas de cualquier


experiencia sensorial. Algo muy similar a lo referido por Godofredo Leibniz, que en su texto de
respuesta a Locke: Nuevo ensayo para el entendimiento humano, escrito en 1704, pero
publicados póstumamente es 1765, afirmaba la existencia de ideas innatas, con la salvedad en
la necesidad de ser recordadas para hacerlas evidentes.

En resumen: del debate epistemológico iniciado en el siglo XVII entre el racionalismo y el


empirismo, se bifurcarán dos corrientes de pensamiento; aquella que con el idealismo concebía
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la posibilidad de obtener un conocimiento sin necesidad experimentación y la postura referida


a que todo conocimiento debido a la ausencia de ideas innatas es producto de una primera
experiencia con el entorno.

Un punto álgido en toda esta problemática, fue cuando el empirista David Hume, llegó a
proponer un escepticismo frente al conocimiento, ocasionando con esto, que el filósofo
Immanuel Kant, según sus propias palabras, despertara de su sueño dogmático, y continuara
con el estudio de su origen. Kant considerará un absurdo, las propuestas vertidas hasta dicho
momento, por las cuales se consideraba que sólo se podía conocer estrictamente por la vía
racional, o estrictamente por la vía sensorial, indicando más bien, bajo lo que se conocerá como
su propuesta criticista, la combinación de ambos factores en la posibilidad de conocer.

Para esto sin embargo, se requería primero, establecer límites a los juicios a priori, es decir, a
aquellos planteamientos formulados sin experiencia alguna, dado que muchas de sus
especulaciones eran aceptadas sin cuestionamiento como verdades, Kant afirma:

Esta deducción que parecía imposible a mi sagaz antecesor, la cual a nadie fuera de él se le hubiera
ocurrido, aunque todos se hayan servido confiadamente de la noción sin preguntar sobre qué se
fundaba su validez objetiva, esta deducción digo, digo yo, era la más difícil que jamás pudo ser
emprendida por la metafísica; y lo peor era que toda metafísica, existente dondequiera, no podía
prestarme para esto el menor auxilio, porque aquella deducción debe, ante todo, decidir la posibilidad
de una metafísica (2003, p. 34).

Había que delimitar lo siguiente: obviamente existe un conocimiento válido que es el resultado
de la experiencia, expresado mediante los juicios sintéticos, aquellos que ampliaban el
conocimiento sobre lo previamente percibido; siendo sobre dichas bases que se construye el
conocimiento científico.

Como contraparte, se indicará que el conocimiento estrictamente racional también es posible


en base a los juicios sintéticos a priori, aquellos que amplían el conocimiento sin recurrir a la
experiencia, provenientes de la matemática y la ciencia natural (física), con los cuales también
es posible hacer ciencia.

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Kant aporta también, en la distinción entre metafísica y ciencia. La ciencia, tal como se hizo
mención, requiere de juicios sintéticos, incluso de aquellos a priori dados por la matemática y
la física. La metafísica mientras tanto, definida según el filósofo alemán como el impulso natural
de la razón por la indagación sobre temas referidos a la divinidad, la creación y el universo; se
basan en especulaciones imposibles de ser corroboradas empíricamente, razón por la cual,
nunca sus planteamientos llegarán al rango de científicos.

ACTIVIDADES

1. Utilizando la metodología del cuadro de punto crítico de análisis señala el impacto de las
Teorías del Conocimiento planteadas en la lectura.

CUADRO DE PUNTO CRÍTICO DE ANÁLISIS

PUNTO CRÍTICO IMPACTO

PUNTO CRÍTICO POSITIVO

PUNTO CRÍTICO NEGATIVO

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2. Elabore un cuadro comparativo entre el Racionalismo y el Empirismo.

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