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TEMARIO

EXAMEN SINODAL para EL SACERDOCIO


--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 2
INTRODUCCION
«Jesús, que permanece eternamente, posee un sacerdocio
inmutable» (Heb (7,24). De esta manera la carta a los Hebreos,
para definir la mediación de Cristo la relaciona con una función
que existía en el AT como en todas las religiones vecinas: la de
los sacerdotes. Así pues, para comprender el sacerdocio de Jesús
importa conocer con precisión el sacerdocio del AT que lo
preparó y prefiguró al Nuevo Testamento para todos los
tiempos hasta la venida gloriosa del Hijo de Dios.

1. SAGRADA ESCRITURA

1.1. ANTIGUO TESTAMENTO


1.1.1. Historia de la Institución Sacerdotal.
1. En los pueblos civilizados que rodeaban a Israel la función
sacerdotal es desempeñada a menudo por el rey, par-
ticularmente en Mesopotamia y en Egipto; a éste le asiste
entonces un clero jerarquizado, las más de las veces hereditario,
que constituye una verdadera casta. Nada de esto sucede entre los
patriarcas. Entonces no hay templo ni existen sacerdotes es-
pecializados del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Las
tradiciones del Génesis muestran a los patriarcas construyendo
altares en Canaán (Gén 12,7s; 13,18; 26,25) y ofreciendo sacrificios
(Gén 22; 31,54; 46,1). Ejercen el sacerdocio familiar, practicado en la
mayoría de los pueblos antiguos. Los únicos sacerdotes que
aparecen son extranjeros: el sacerdote-rey de Jerusalén,
Melquisedec (Gén 14,18ss) y los sacerdotes del Faraón (Gén 41,45;
47,22). La tribu de Leví no es todavía más que una tribu profana,
sin funciones sagradas (Gén 34,25-31; 49,Sss).
2. A partir de Moisés, que era también levita, la especialización
de esta tribu en las funciones cultuales parece abrirse camino. El
relato arcaico de Éx 32,25-29 expresa el carácter esencial de su
sacerdocio: es elegida y consagrada por Dios mismo para su

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servicio. La bendición de Moisés, a diferencia de la de Jacob, le
atribuye las incumbencias específicas de los sacerdotes (Dt 33, 8-
11). Es cierto que este texto refleja una situación más tardía. Los
levitas son entonces los sacerdotes por excelencia (Jue 17,7-13;
18,19), adscritos a los diferentes santuarios del país. Pero junto
con el sacerdocio levítico sigue ejerciéndose el sacerdocio familiar
(Jue 6,18-29; 13,19; 17,5; 1Sa 7,1).
3. Bajo la monarquía ejerce el rey diversas funciones
sacerdotales, como los reyes de los pueblos vecinos ofrece
sacrificios, desde Saúl (1Sa 13, 9) y David (2 Sa 6,13.17; 24,22-25)
hasta Ajaz (2Re 16,13); bendice al pueblo (2 Sa 6,18; 1Re 8,14)... Sin
embargo, no recibe el título de sacerdote sino en el antiguo Sal
110,4, que le compara con Melquisedec. En realidad, a pesar de
esta alusión al sacerdocio regio de Canaán, el rey es un patrono
del sacerdocio más que un miembro de la casta sagrada.
Ésta se ha convertido ahora en una institución organizada,
particularmente en el santuario de Jerusalén, que a partir de
David es el centro cultual de Israel. En un principio dos
sacerdotes se reparten su servicio. Ebiatar, descendiente de Elí, el
encargado de Silo, es muy probablemente un levita (2Sa 8,17);
pero su familia será excluida por Salomón (1Re 2,26s). Sadoq es de
origen desconocido; pero serán sus descendientes los que dirijan
el sacerdocio del templo hasta el siglo II. Genealogías ulteriores
lo enlazarán, como a Ebiatar, con la descendencia de Aarón (cf. l
Par 5,27-34). El sacerdocio de Jerusalén, bajo las órdenes del jefe
de los sacerdotes, cuenta diferentes subalternos. El personal del
templo, aun antes del exilio, comprende a incircuncisos (Ez
44,7ss; cf. Jos 9,27). En los otros santuarios, sobre todo en Judá, los
levitas deben ser bastante numerosos. Parece ser que David y
Salomón trataron de distribuirlos por todo el país (cf. Jos 21; Jue
18,30). Pero varios santuarios locales tienen sacerdotes de otro
origen (1 Re 12,31).
4. La reforma de Josías en 621, al suprimir los santuarios locales,
consagra el monopolio levítico y la supremacía del sacerdocio de
Jerusalén. En efecto, esta reforma, rebasando las exigencias del
Deuteronomio (18, 6ss), reserva el ejercicio de las funciones
sacerdotales a los solos descendientes de Sadoq (2 Re 23. 8s):
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prepara ya así la distinción ulterior entre sacerdotes y levitas, que
será más clara en Ez 44,10-31.
La ruina simultánea del templo y de la monarquía (587) pone
fin a la tutela regia sobre el sacerdocio y da a éste mayor
autoridad sobre el pueblo. El sacerdocio, liberado de las
influencias y de las tentaciones del poder político, que ahora ya
es ejercido por paganos, se convierte en el guía religioso de la
nación. La desaparición progresiva del profetismo a partir del
siglo V acentúa todavía su autoridad. Ya en 573 los proyectos
reformistas de Ezequiel excluyen al «príncipe» del santuario (Ez
44,1ss; 46). La casta levítica goza ya de un monopolio indiscutido
(la única excepción en Is 66,21 no se refiere sino a los «últimos
tiempos»). Las colecciones sacerdotales del Pentateuco (siglos VI-
V) y luego la obra del cronista (siglo III) dan finalmente un
cuadro detallado de la jerarquía sacerdotal.
Ésta es rigurosa. En la cumbre, el sumo sacerdote, hijo de
Sadoq, es el sucesor de Aarón, sacerdote tipo. Siempre había
habido en cada santuario un sacerdote jefe; el título de sumo
sacerdote aparece en el momento en que la ausencia de rey hace
sentir la necesidad de un jefe para la teocracia. La unción que re-
cibe a partir del siglo IV (Lev 8,12; cf. 4,3; 16,32; Dan 9,25)
recuerda la que antiguamente consagraba a los reyes. Por bajo del
sumo sacerdote se hallan los sacerdotes, hijos de Aarón.
Finalmente los levitas, clero inferior, están agrupados en tres
familias, a las que finalmente se agregan los cantores y los
porteros (1Par 25-26). Estas tres clases constituyen la tribu sagrada,
toda entera consagrada al servicio del Señor.
5. En adelante la jerarquía no conoce ya más variaciones,
excepto en cuanto a la designación del sumo sacerdote. En 172 el
último sumo sacerdote descendiente de Sadoq, Onías III, es
asesinado de resultas de intrigas políticas. Sus sucesores son
designados fuera de su descendencia por los reyes de Siria. La
reacción macabea desemboca en la investidura de Jonatán
descendiente de una familia sacerdotal bastante oscura. Su
hermano Simón, que le sucede (143), forma el punto de partida
de la dinastía de los Asmoneos, sacerdotes y reyes (134-37). Éstos,
más jefes políticos y familiares que religiosos suscitan la oposición
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de los fariseos. Por su parte el clero tradicionalista les reprocha
su origen no sadócida, y la secta sacerdotal de Qumrán se pone
incluso en estado de cisma. Finalmente, a partir de Herodes (37),
los sumos sacerdotes son designados por la autoridad política, que
los elige entre las grandes familias sacerdotales; éstas constituyen
el grupo de los «sumos sacerdotes», nombrado diversas veces en
el Nuevo Testamento.

1.1. 2. Las Funciones Sacerdotales.


En las religiones antiguas los sacerdotes son los ministros del
culto, los guardianes de las tradiciones sagradas, los portavoces
de la divinidad en su calidad de adivinos. En Israel, a pesar de la
evolución social y del desarrollo dogmático que se observa en el
transcurso de las edades, el sacerdocio ejerce todavía dos
ministerios fundamentales, que son dos formas de mediación: el
servicio del culto y el servicio de la palabra.

1.1. 2.1. El servicio del culto.


El sacerdote es el hombre del santuario. Guardián del arca en la
época antigua (1Sa 1-4; 2Sa 15,24-29), acoge a los fieles en la casa
de Yahveh (1Sa 1), preside las liturgias en las fiestas del pueblo
(Lev 23,11.20). Su acto esencial es el sacrificio. En él aparece en la
plenitud de su papel de mediador: presenta a Dios la ofrenda de
los fieles; transmite a éstos la bendición divina. Así, por ejemplo,
Moisés en el sacrificio de la alianza del Sinaí (Éx 24,4-8); así
también Leví, jefe de todo el linaje (Dt 33 ,10). Después del exilio
los sacerdotes desempeñan esta función cada día en el sacrificio
perpetuo (Éx 2938-42).
Una vez al año aparece el sumo sacerdote en su función de
mediador supremo, oficiando el día de la expiación por el
perdón de todas las faltas de su pueblo (Lev 16; Eclo 50, 5-12).
Secundariamente está también encargado el sacerdote de los ritos
de consagración y de purificación: la unción regia (1Re 1,39; 2Re
11, 12), la purificación de los leprosos (Lev 14) o de la mujer que
ha dado a luz (Lev 12,6ss).

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1.1. 2. 2. El servicio de la Palabra.
En Mesopotamia y en Egipto ejercía el sacerdote la adivinación;
en nombre de su dios respondía a las consultas de los fieles. En
el Israel antiguo el sacerdote desempeña un quehacer análogo
mediante el manejo del efod (1Sa 30,7s), de los Urim y Tummim (lSa
14,36-42; Dt 33,8); pero después de David no se dan ya estos
procedimientos.
Es que en Israel la palabra de Dios, adaptada a las diversas
circunstancias de la vida, viene a su pueblo por otro conducto:
el de los profetas movidos por el Espíritu. Pero existe también
una forma tradicional de la palabra, que tiene su punto de partida
en los grandes acontecimientos de la historia sagrada y en las
cláusulas de la alianza sinaítica. Esta tradición sagrada cristaliza
por una parte en los relatos que hacen presentes los grandes
recuerdos del pasado, y por otra parte en la ley que halla en ellos
su sentido. Los sacerdotes son los ministros de esta palabra, así
Aarón en Éx 4,14-16. En la liturgia de las fiestas repiten a los
fieles los relatos que fundan la fe (Éx 1-15, los 2-6 son
probablemente ecos de estas celebraciones). Con ocasión de las
renovaciones de la Alianza proclaman la Torah (Éx 24,7; Dt 27:
Neh 8); son incluso sus intérpretes ordinarios, que responden con
instrucciones prácticas a las consultas de los fieles (Dt 33,10; Jer 18,
18; Ez 44,23; Ag 2,11ss) y ejercen una función judicial (Dt 17,8-13;
Ez 44,23s). Como prolongación de estas actividades, se encargan
de la redacción escrita de la ley en los diversos códigos:
Deuteronomio, ley de santidad (Lev 17-26), Torah de Ezequiel (40-
48), legislación sacerdotal (Éx, Lev, Núm), compilación final del
Pentateuco (cf. Esd 7,14-26; Neh 8). Así se comprende por qué en
los Libros sagrados aparece el sacerdote como el hombre del co-
nocimiento (Os 4,6; Mal 2,6s; Eclo 45,17): es el mediador de la
palabra de Dios, bajo su forma tradicional de historia y de
códigos. Sin embargo, en los últimos siglos del judaísmo se
multiplican las sinagogas, y el sacerdocio se concentra en sus
quehaceres rituales. Al mismo tiempo se ve crecer la autoridad de
los escribas laicos. Éstos, pertenecientes en su mayoría a la secta
farisea, serán en tiempos de Jesús los principales maestros en
Israel.
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1.1. 3. Hacia el Sacerdocio Perfecto.
El sacerdocio del AT fue en su conjunto fiel a su misión: con
sus liturgias, su enseñanza y la redacción de los Libros sagrados,
mantuvo viva en Israel la tradición de Moisés y de los profetas y
mantuvo de edad en edad la vida religiosa del pueblo de Dios.
Pero debía fatalmente ser superado.

1.1. 3. 1. La crítica del sacerdocio.


La misión sacerdotal comportaba exigencias muy altas; ahora
bien, siempre hubo sacerdotes que no se hallaron a la altura de su
cometido. Los profetas estigmatizaron sus fallos : contaminación
del culto de Yahveh con los usos cananeos en los santuarios
locales de Israel (Os 4,4-11; 5,1-7; 6,9), sincretismo pagano en
Jerusalén (Jer 2,26ss; 23,11; Ez 8), violaciones de la Torah (Sof 3,4;
Jer 2,8; Ez 22,26), oposición a los profetas (Am 7,10-17; Is 28,7-13;
Jer 20,1-6; 23,33s; 26), interés personal (Miq 3,11; cf. 1Sa 2,12-17; 2Re
12,5-9), falta de celo por el culto del Señor (Mal 2,1-9)... Sería sim-
plismo no ver en estos reproches más que la polémica de dos
castas opuestas, profetas contra socerdotes. Jeremías y Ezequiel
son sacerdotes; los sacerdotes que redactaron el Deuteronomio y
la ley de santidad trataron evidentemente de reformar su propia
casta; en los últimos siglos del judaísmo la comunidad de Qum-
rán, que se separa del templo oponiéndose al «sacerdote impío»,
es una secta sacerdotal.

1.1. 3. 2. El ideal sacerdotal.


El interés mayor de estas críticas y de estos planes de reforma
reside en que están todos inspirados en un ideal sacerdotal. Los
profetas recuerdan sus obligaciones a los sacerdotes de su
tiempo: les exigen un culto puro, la fidelidad a la Torah. Los
legistas sacerdotales definen la pureza, la santidad de los
sacerdotes (Ez 44, 15-31; Lev 21; 10).
Sin embargo, la experiencia enseña que el hombre abandonado
a sí mismo es incapaz de esta pureza, de esta santidad. Por eso,
en definitiva, se espera de Dios mismo la realización del
sacerdocio perfecto el día de la restauración (Zac 3) y del juicio

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(Mal 3,1-4). Se aguarda al sacerdote fiel al lado del Mesías, hijo de
David (Zac 4; 6,12s; Jer 33,17-22).
Esta esperanza de los dos mesias de Aarón y de Israel aparece
varias veces en los escritos de Qumrán y en un apócrifo, los
«Testamentos de los patriarcas». En estos textos, como en
diversos retoques dados a los textos bíblicos (Zac 3,8; .6,11), el
mecías sacerdotal precede al mecías regio. Esta primacía del
sacerdote esta en armonía con un aspecto esencial de la doctrina
de la alianza; Israel es el «pueblo-sacerdote» (Éx 19,6; Is 61,6; 2
Mac 2,17s), el único pueblo en el mundo que garantiza el culto
del verdadero Dios; en su consumación definitiva será él quien
tribute al Señor el culto perfecto (Ez 40-48; Is 60-62; 2,1-5). ¿Cómo
podría hacerlo sin un sacerdocio a la cabeza?
Entre Dios y su pueblo existen, según el AT, otras mediaciones
distintas de la del sacerdote. El rey guía al pueblo de Dios en la
historia como su jefe institucional, militar, político y religioso. El
profeta es llamado personalmente a traer una palabra de Dios
original, adaptada a una situación particular, en la que es
responsable de la salvación de sus hermanos. El sacerdote tiene,
como el profeta, una misión estrictamente religiosa; pero la ejerce
en el marco de las instituciones; es designado por herencia, está
aplicado al santuario y a sus usos. Lleva al pueblo la palabra de
Dios en nombre de la tradición y no por su propia cuenta;
conmemora a los grandes recuerdos de la historia sagrada y
enseña la ley de Moisés. Lleva a Dios la oración del pueblo en la
liturgia y responde a esta oración con la bendición divina.
Mantiene en el pueblo elegido la continuidad de la vida religiosa
mediante la tradición sagrada.

1. 2. NUEVO TESTAMENTO:

1. 2. 1. Jesús, el Sacerdote Único:


Los valores del AT no cobran todo su sentido sino en Jesús que
los cumple superándolos. Esta ley general de la revelación se
aplica por excelencia en el caso del sacerdocio.

1. 2. 1. 1. Los evangelios sinópticos.

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Jesús mismo no se atribuye ni una sola vez el título de
sacerdote. Se comprende fácilmente: este título designa en su
ambiente una función definida, reservada a los miembros de la
tribu de Levi. Ahora bien, Jesús comprende que su quehacer es
muy diferente del de ellos, mucho más amplio y más creador.
Prefiere llamarse el Hijo y el Hijo del hombre. Sin embargo, para
definir su misión utiliza términos sacerdotales. Según su manera
habitual, son expresiones implícitas y figuradas.
El hecho es claro sobre todo cuando Jesús habla de su muerte.
Para sus enemigos es ésta el castigo de una blasfemia; para sus
discípulos, un fracaso escandaloso. Para él es un sacrificio, que él
mismo describe con las figuras del AT; unas veces la compara con
el sacrificio expiatorio del Siervo de Dios (Me 10, 45; 14,24; cf. Is
53), otras con el sacrificio e alianza de Moisés al pie del Sinaí (Me
14,24; cf. Éx 24, 8); y la sangre que él da en el tiempo de la
pascua evoca la del cordero pascual (Me 14,24; cf. Éx 12,7.
13.22s). Esta muerte que se le inflige, la acepta; él mismo la ofrece
como ofrece el sacerdote la víctima; y por ello espera de su
muerte la expiación de los pecados, la instauración de la nueva
Alianza, la salvación de su pueblo. En una palabra, es el
sacerdote de su propio sacrificio.
La segunda función de los sacerdotes del AT era el servicio de
la torah. Ahora bien, Jesús tiene una posición clara en relación con
la ley de Moisés: él viene para cumplirla (Mt 5,17s). Sin atarse a
la letra de la misma, que él supera (Mt 5,20- 48), pone en claro su
valor profundo, encerrado en el primer mandamiento y en el
segundo, que se le asemeja (Mt 22,34-40). Este aspecto de su
ministerio prolonga el de los sacerdotes del AT, pero lo supera en
todas formas, pues la palabra de Jesús es la revelación suprema,
el Evangelio de la Salvación que realiza definitivamente la ley.

1. 2. 1. 2. De Pablo a Juan.
Pablo, que con tanta frecuencia vuelve a hablar de la muerte de
Jesús, la presenta, como su maestro, bajo las figuras del sacrificio
del cordero pascual (1Cor 5,7), del Siervo (Flp 2,6-11), del día de la
expiación (Rom- 3,24s). Esta interpretación sacrificial reaparece
también en las imágenes de la comunión en la sangre de Cristo
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(1Cor 10,16-22), de la redención por esta sangre (Rom 5,9; Col
1,20; Ef 1,7; 2,13). La muerte de Jesús es para Pablo el acto
supremo de su libertad, el sacrificio por excelencia, acto pro-
piamente sacerdotal, que él mismo ofreció. Pero como su
maestro, y aparentemente por las mismas razones, tampoco el
Apóstol da a Jesús el título de sacerdote.
Lo mismo se diga de todos los otros escritos del NT, excepto la
carta a los Hebreos: presentan la muerte de Jesús como el
sacrificio del Siervo (Act 3,13.26; 4,27.30; 8, 32s; 1Pe 2.22ss), del
cordero (1Pe 1.19). Evocan su sangre (1Pe 1,2.19; Un 1.7). Pero no
le llaman sacerdote. Los escritos joánicos son un poco menos
recientes : describen a Jesús con vestidura pontifical (Jn 19,33; Ap
1,13), y el relato de la pasión, acto sacrificial, se abre con la
«oración sacerdotal» (Jn 17); como el sacerdote que va a ofrecer
su sacrificio, Jesús «se santifica», es decir, se consagra por el
sacrificio (Jn 17, 19) y ejerce así una mediación eficaz a la que
aspiraba vanamente el sacerdocio antiguo.

1. 2. 1. 3. La carta a los Hebreos.


La carta a los Hebreos es la única que explícita ampliamente el sa-
cerdocio de Cristo. Vuelve a los temas que ya hemos encontrado,
presentando la cruz como el sacrificio de la expiación (9,1-14; cf.
Rom 3, 24s), de la alianza (9,18-24), del Siervo (9,28). Pero concentra
su atención en el papel personal de Cristo en la ofrenda de este
sacrificio. Es que Jesús, como antiguamente Aarón, y mejor que
él, está llamado por Dios para intervenir en favor de los hombres
y ofrecer sacrificios por sus pecados (5,1-4). Su sacerdocio estaba
prefigurado en el de Melquisedec (Gén 14,18ss), conforme al
oráculo de Sal 110,4. Para poner en claro este punto da el autor
una interpretación sutil de los textos del AT: el silencio del
Génesis sobre la genealogía del rey-sacerdote le parece un indicio
de la eternidad del Hijo de Dios (7,3); el diezmo que le ofreció
Abraham marca la inferioridad del sacerdocio de Leví frente al de
Jesús (7,4-10); el juramento de Dios en Sal 110,4 proclama la
perfección inmutable del sacerdote definitivo (7,20-25). Jesús es el
sacerdote santo, el único (7,26ss). Su sacerdocio pone término al
antiguo.
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Este sacerdocio está enraizado en su mismo ser, que le hace ser
mediador por excelencia: a la vez verdadero hombre (2,10-18; 5,7s),
que comparte nuestra pobreza hasta la tentación (2,18; 4,15), y
verdadero
Hijo de Dios, superior a los ángeles (1,1-13), es el sacerdote único y
eterno. Realizó su sacrificio de una vez para siempre en el templo
(7,27; 9, 12.25-28; 10,10-14). Ahora ya es para siempre el intercesor
(7,24s), el mediador de la nueva alianza (8,613; 10,12-18).
Ningún título agota por sí solo el misterio de Cristo: Hijo
inseparable del Padre, Hijo del hombre que reúne en sí toda la
humanidad, Jesús es a la vez el sumo sacerdote de la nueva alianza,
el mesías-rey y el Verbo de Dios. El AT había distinguido las
mediaciones del rey y del sacerdote (lo temporal y lo espiritual),
del sacerdote y del profeta (la institución y el acontecimiento)
distinciones necesarias para la inteligencia de los valores propios de
la revelación. Jesús, situado por su trascendencia por encima de los
equívocos de la historia, reúne en su persona toda estas diferentes
mediaciones: como Hijo, es la palabra eterna que remata y supera
el mensaje de los profetas; como Hijo del hombre, asume toda la
humanidad, es su rey, con una autoridad y un amor desconocidos
anteriormente a él; como mediador único entre Dios y su pueblo, es
el sacerdote perfecto por quien los hombres son santificados.

1. 2. 2. El Pueblo Sacerdotal.
1. Como Jesús no se atribuye explícitamente a sí mismo el
sacerdocio, tampoco se lo atribuye a su pueblo. Pero no cesó de
actuar como sacerdote, y parece haber concebido al pueblo de la
nueva alianza como un pueblo sacerdotal. Jesús se revela sacerdote
por la ofrenda de su sacrificio y por el servicio de la palabra.
Llama la atención comprobar que llama a cada uno de los suyos a
tomar parte en estas dos funciones de su sacerdocio: todo discípulo
debe tomar su cruz (Mt 16,24 p) y beber su cáliz (copa) (Mt
20,22; 26,27); cada uno debe llevar su mensaje (Lc 9,60; 10,146),
darle testimonio hasta morir (Mt 10,17-42). Jesús lo mismo que
hace que todos los hombres participen en sus títulos de Hijo y de
rey Mesías, los hace también sacerdotes con él.
2. Los apóstoles prolongan este pensamiento de Jesús presentando la
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vida cristiana como una liturgia, como una participación en el
sacerdocio del sacerdote único.
Pablo considera la fe de los fieles como «un sacrificio y una
oblación» (Flp 2,17); los auxilios pecuniarios que recibe de la
Iglesia de Filipos son «un perfume de buen olor, un sacrificio
aceptable, agradable a Dios» (Flp 4,18) Para él la vida entera de los
cristianos es un acto sacerdotal; los invita a ofrecer su cuerpo «en
hostia viva, santa, agradable a Dios: tal es el culto espiritual que
tenéis que tributar» (Rom 12,1; ct. fip 3,3; Heb 9,14; 12,28). Este
culto consiste tanto en la alabanza del Señor como en la bene-
ficiencia y en la puesta en común de los bienes (Heb 13,15s). La
carta de Santiago enumera en detalle los gestos concretos que
constituyen el verdadero culto; el dominio de la lengua, la visita
a los huérfanos y a las viudas, la abstinencia de las impurezas del
mundo (Sant 1,26s). La carta de Pedro y el Apocalipsis son
explícitos: atribuyen al pueblo cristiano el «sacerdocio regio» de
Israel (lPe 2,5.9; Ap 1,6; 5,10; 20,6; cf. Éx 19,6). Con este título
anunciaban los profetas del AT que Israel debía llevar a los
pueblos paganos la palabra del verdadero Dios y promover su
culto. Ahora ya el pueblo cristiano asume este quehacer. Puede
hacerlo gracias a Jesús que le hace participar de su dignidad
mesiánica de rey y de sacerdote.

1. 2. 3. Los Ministros del Sacerdocio de Jesús.


Ningún texto del NT da el nombre de sacerdote a uno u otro de
los responsables de la Iglesia. Pero la reserva de Jesús en el
empleo de este título es tan grande que este silencio apenas si
prueba algo. Jesús hace participar a su pueblo en su sacerdocio;
en el NT, como en el AT, este sacerdocio del pueblo de Dios no
se puede ejercer concretamente sino por ministros llamados por
Dios.
1. En realidad observamos que Jesús llamó a los doce para
confiarles la responsabilidad de su Iglesia. Los preparó para el
servicio de la palabra; les transmitió algunos de sus poderes (Mt
10,8.40; 18,18); la última noche les confió la Eucaristía (Lc 22,19)
Se trata de participaciones específicas en su sacerdocio.
2. Los apóstoles lo comprenden y a su vez establecen responsables
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que prolonguen su acción. Algunos de éstos llevan el título de
ancianos, que es el origen del nombre actual de «presbíteros»
presbyteroi (Act 14,23; 20,17; Tit 1,5). La reflexión de Pablo sobre el
apostolado y los carismas se orientan ya hacia el sacerdocio de
los ministros de la Iglesia. A los responsables de las comunidades
les da títulos sacerdotales: «dispensadores de los misterios de
Dios» (1Cor 4,1s), «ministros de la nueva Alianza» (2Cor 3,6);
define la predicación apostólica como un servicio litúrgico (Rom
1,9; 15,15s). Tal es el punto de partida de las explicitaciones
ulteriores de la tradición sobre el sacerdocio ministerial. Éste no
constituye, pues, una casta de privilegiados. No hace mella al sa-
cerdocio único de Cristo, como tampoco al sacerdocio de los
fieles. Pero, al servicio del uno y del otro. es una de las
*mediaciones subordinadas, que son tan numerosas en el pueblo
de Dios.

1.3. EL MINISTERIO
1.3.1 Noción.
Las palabras «ministro» y «ministerio», calcadas en el latín de la
Vulgata, corresponden al griego diakonos y diakonía. Estos dos
términos no pertenecen al lenguaje religioso de los Setenta, que
los emplea raras veces en sentido profano (Est 1,10; 6.1-5). En la
Vulgata, minister traduce el hebreo mesaret (cf. Éx 24,13: Josué,
servidor de Moisés), que puede designar a los sacerdotes, ministros
del culto (Is 61,6; Ef 44,11; J1 1,9). Sin embargo, ya en el AT la
realidad de un ministerio religioso desempeñado en el pueblo de
Dios por los titulares de ciertas funciones sagradas, es cosa bien
atestiguada: los reyes, los profetas, los depositarios del sacerdocio,
son servidores de Dios, que ejercen una mediación entre él y su
pueblo. Así san Pablo dirá que Moisés era ministro de la primera
alianza (2Cor 3,7.9). En el NT Cristo es el único mediador entre
Dios y los hombres, el único sacerdote que ofrece el sacrificio de la
salvación, el único portador de la revelación, puesto que es la pa-
labra de Dios hecha carne. Pero en la Iglesia que fundó se ejerce
un ministerio de nuevo género, que está al servicio de su palabra
y de su gracia.

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1.3. 2. El Ministerio del Apostolado.
Jesús enseñó a sus apóstoles a mirar su función como un
servicio: los jefes de las naciones quieren que se les mire como a
bienhechores y señores; pero ellos, siguiendo su ejemplo, deberán
hacerse servidores (diakonoi) de todos (Mc 10,42ss p). Son sus
servidores de él, y por ese título les promete entrar con él en la
gloria del Padre (Jn 12,26). Desde el comienzo de los Hechos el
apostolado es, pues, considerado como un ministerio (diakonía: Act
1,17.25), que Matías es llamado a desempeñar juntamente con los
otros once. La vocación de Pablo al apostolado (Rom 1,1) es
también un llamamiento a un ministerio (1Tim 1,12; cf. 2Cor 4,1),
que Pablo se esfuerza luego por desempeñar dignamente (Act
20,24) y gracias al cual aporta Dios la salvación a los paganos
(21,19). Consciente de ser así ministro de Dios (2Cor 6,3s) y
ministro de Cristo (11,23), siente vivamente la grandeza de esta
función, más grande que la de Moisés mismo, pues es un servicio de
la nueva alianza, de la justicia, del Espíritu (3,6-9), de la re-
conciliación (5,18), del Evangelio (Col 1,23; Ef 3,7), de la Iglesia (Col
1,25).

1.3. 3. Diversidad de Ministerios.


Sin embargo, el ministerio en la Iglesia naciente desborda
ampliamente el ejercicio del apostolado propiamente dicho. La
palabra diakonía se aplica en primer lugar a servicios materiales
necesarios a la comunidad, como el servicio de las mesas (Act 6,1.4;
cf. Le 10,40) y la colecta para los pobres de Jerusalén (Act 11,29:
12,25; Rom 15,31; lCor 16,11: 2Cor 8,4; 9,1.12s). Además, un
ministerio se confía a Arquipo (Col 4,17) y a Timoteo (2Tim 4,5); el
título de ministro (diakonos) se da a Apolo como a Pablo (lCor 3,5),
Timoteo (lTes 3,2; 1Tim 4,6), a Tíquico (Col 4,7; Ef 6,21), a Epafras
(Col 1,7) e incluso a los falsos apóstoles judaizantes (2Cor 11,23).
Esto muestra que hay en la iglesia «diversidad de ministerios»
(ICor 12,5), pues «el Espíritu diversifica sus carismas con miras a la
obra del ministerio» (Ef 4,12). Todo «servicio» de este género se
ha de efectuar bajo la influencia del Espíritu (Rom 12,7), como un
mandato recibido de Dios (lPe 4,11).

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Queda por ver en qué consisten estos «servicios». Las listas de
carismas dadas en las cartas ponen siempre en cabeza las
funciones relativas a la palabra de Dios (apóstol, profeta, doctor,
evangelista). Pero esto no excluye la existencia de cargos
propiamente pastorales, que menciona expresamente la carta a los
Efesios (Ef 4,11).

1.3. 4. El Ministerio Jerárquico en el Nuevo Testamento.


El NT nos hace asistir ya en el tiempo de los Apóstoles al
nacimiento de una jerarquía de gobierno que prolonga su acción.
Todas las comunidades judías tenían a su cabeza ancianos
(presbíteroi). Así también los misioneras Pablo y Bernabé establecen
en todas partes en las Iglesias presbíteros que las dirijan (Act
14,23). En la ocasión de la asamblea apostólica de Jerusalén se ven
unirse con los doce a los presbíteros de la comunidad local, a
cuya cabeza está Santiago (15,4.6.22s; 16,4); y volveremos a
hallarlos al retorno de Pablo (21,18). Igualmente, durante su último
viaje recibe Pablo en Mileto a los presbíteros de Éfeso (20.17). Se
ve así que desde esta época los apóstoles, directamente o por sus
enviados, instituyen en cada ciudad un colegio de presbíteros (Tit
1,5), cuyo reclutamiento está sometido a reglas precisas y que son
establecidos en su función por la imposición de las manos (1Tim
5,17-22). Este último rasgo muestra que el presbiterado requiere un
carisma particular del Espíritu Santo: no es, pues, una mera función
administrativa. Efectivamente, en la carta de Santiago se ve a los
presbíteros orar por los enfermos y conferirles la unción de aceite
(Sant 5,14). En otro lugar se dice que han de ejercer la presidencia
en la asamblea cristiana (Mm 5,17). Las alusiones de Pablo a los
presidentes (proistamenoi) se refieren, pues, probablemente a los
presbíteros (ITes 5,12s; cf. Rom 12,8), como la mención de los jefes
(hegoumenoi) en la carta a los Hebreos (Heb 13,7.17.24).
Pero la carta a los Filipenses menciona también al lado de los
episkopoi a los diakonoí (Flp 1,1): es ya un embrión de jerarquía. En
los siete que los doce han establecido para servir a las mesas (Act
6.1-6) ven problamente los Hechos a los prototipos de los futuros
diáconos; por lo demás, entran en función, como los presbíteros,
por la imposición de las manos (Act 6,6). Su ministerio desborda,
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sin embargo, el servicio material, puesto que predican, y a Felipe
se le califica explícitamente de evangelista (Act 21,8). Las cartas
pastorales establecen reglas para la elección de los diáconos (lTim
3,8-13). Se trata de un ministerio inferior, cuyas funciones no es
fácil precisar. Las de Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencres
(Rom 16,1), no son necesariamente del mismo orden, pues
recordamos las consignas estrictas de Pablo acerca de la misión de
las mujeres en las asambleas cultuales (lCor 11,116: 14.33s). En
cuanto al grupo de las viudas, que es objeto de rigurosa selección
no se sabe exactamente qué quehaceres le están confiados (1Tim 5,9-
15).
Los episkopoi son esencialmente, como su nombre lo indica,
«vigilantes» puestos a la cabeza de las comunidades para velar
por ellas. Tal cargo no era desconocido en el judaísmo: en la
comunidad de Qumrán el mebaqqer («inspector») tenía una función
bastante semejante. Primitivamente son los presbíteros quienes
«vigilan» así en común cada Iglesia, pues tienen la misión de apa-
centar el rebaño de Dios (Act 29,28; l Pe 5,2s), a imagen de Cristo,
modelo de los pastores (1Pe 5,4), pastor y vigilante de las almas
(1Pe 2,25). Pero en las cartas pastorales se comprueba que en cada
comunidad hay un solo episkopos, que debe ser escogido
cuidadosamente (lTim 3,1-7), aparentemente entre los presbíteros
(Tit 1,5-9). Él es sin duda el que desempeña esa función de pastor
(cf. Act 20,28s), a la que Pablo incluye en el número de los
carismas (Ef 4,11) y que recuerda una de las responsabilidades
apostólicas (Jn 21, l5ss; cf. Mt 18-12ss). Los enviados de Pablo, Tito
y Timoteo tienen autoridad sobre los presbíteros, los diáconos y
los episkopoi de las iglesias que les están confiadas; tienen
responsabilidades en materia de liturgia (1Tim 2,1-15) y de
enseñanza doctrinal (1Tim 4,6.13-16; 6,3). Pero en este último punto
cada episkopos ejerce también vigilancia en su circunscripción (Tit
1,9). Esta delegación de las funciones de gobierno asignadas
primitivamente a los apóstoles muestra que la organización de la
Iglesia está en vías de evolución. Una vez desaparecidos los
apóstoles, se estabilizará en una jerarquía con tres rangos: un
episkopos, pastor y presidente de la comunidad, rodeado de un
presbiterado, al que asistirán diáconos. El carisma necesario para
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 17
el ejercicio de sus funciones les será conferido, como
precedentemente, por el rito de la imposición de las manos (cf. 2Tim
i,6).
En ninguna parte se da el título de sacerdotes a estos ministros de
la nueva alianza, como tampoco apóstoles. Pero su ministerio los
pone al servicio del sacerdocio de Cristo, único sumo sacerdote de
los hombres.
A este título, después de los apóstoles, son los intendentes de
Dios (Tit 1,7), de sus misterios (1Cor 4,2), de su gracia (1Pe 4,10).
Tal es la perspectiva en la que se desarrollará la idea del
sacerdocio cristiano, jerarquizada en tres grados: obispo sacerdotes,
diáconos; idéntica por sus funciones al ministerio descrito en (NT,
ejercido en virtud de los mismos poderes carismáticos, derivar en
última instancia del ministerio apostólico en lo que tenía de
transmisible.

1.3. 5. Jesucristo, Servidor de Dios y de la Humanidad.


Las palabras de Jesús: «No he venido a ser servido, sino a servir y dar
mi vida en rescate por muchos» (Mc. 10, 45) y «Yo estoy en medio de
vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27), así como su gesto de «lavar
los pies a sus discípulos» (Jn. 13, 1-6) y su opción preferencial por los
pobres (cf. Lc.4, 18), lo muestran como el verdadero «diácono», el
servidor de Dios (cf. D.V. 4) y de la humanidad (cf. Mt. 20, 28).
Su obra salvadora fue un servicio salvador, realizado con la fuerza
del Espíritu y desde la pobreza, por todos los hombres (cf. II Cort
8,6).
A los que Él había lavado los pies les dijo: «Os he dado ejemplo
para que lo que Yo he hecho con vosotros, lo hagáis vosotros unos
con otros» (Jn. 13,15) por eso el mismo Jesús constituido por la
resurrección como Cristo y Mesías, estableció a su vez a los
apóstoles en servidores y dispensadores del designio salvífico de
Dios (cf. I Cort. 4, 1).
Como embajadores de Cristo y enviados del mismo modo que Él,
prolonga «la diaconía del Señor en la Iglesia y en el mundo».

1.4. 6. Los tiempos apostólicos

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Ya desde los orígenes, los apóstoles tuvieron diversos
colaboradores en el ministerio y establecieron sucesores suyos. Entre
los varios ministerios que ya desde los primeros tiempos existen y
actúan en la Iglesia están los «Obispos, los Presbíteros y los
Diáconos» (cf. Fil. 1, 1; I Tim. 3, 8-13; cf.LG. 20 y 28).
San Pablo les pide que sean: dignos, sin doblez, no dados a beber
mucho vino ni a negocios sucios, que guarden el Misterio de la fe
con una conciencia pura... Casados una sola vez y gobiernen bien a
sus hijos y su propia casa. Porque los que ejercen bien el diaconado
alcanzan un puesto honroso y grande en la fe de Jesucristo» (I Tim.
3. 8-13).
La Iglesia, desde la edad apostólica, ha tenido en gran veneración
al Orden Sagrado del Diaconado como grado propio y permanente
de la jerarquía.

2. TEOLOGIA DOGMATICA

2.1. DEFINICIÓN DEL SACRAMENTO.


«Mediante el sacramento del orden, por institución divina,
algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados,
al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y
destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada
uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de
enseñar, santificar y regir.
Los órdenes son el episcopado, el presbiterado y el diaconado. Se
confieren por la imposición de las manos y la oración consecratoria
que los libros litúrgicos prescriben para cada grado»1.

2.2. EL SACRAMENTO DEL ORDEN.


2.2.1. El nombre del Orden
La palabra Orden designaba, en la antigüedad romana, cuerpos
constituidos en sentido civil, sobre todo el cuerpo de los que
gobiernan. Ordinatio designa la integración en un ordo. En la Iglesia
1 Código del Derecho Canónico, canon: 1008 y 1009.
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hay cuerpos constituidos que la Tradición, no sin fundamentos en la
sagrada Escritura (cf Hb 5,6; 7,11; Sal 110,4), llama desde los tiempos
antiguos con el nombre de taxeis (en griego), de ordines (en latín): así
la liturgia habla del ordo episcoporum, del ordo presbyterorum, del ordo
diaconorum. También reciben este nombre de ordo otros grupos: los
catecúmenos, las vírgenes, los esposos, las viudas...
La integración en uno de estos cuerpos de la Iglesia se hacía por
un rito llamado ordinatio, acto religioso y litúrgico que era una
consagración, una bendición o un sacramento. Hoy la palabra
ordinatio está reservada al acto sacramental que incorpora al orden
de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos y que va más allá
de una simple elección, designación, delegación o institución por la
comunidad, pues confiere un don del Espíritu Santo que permite
ejercer un "poder sagrado" (sacra potestas) (cf LG 10) que sólo puede
venir de Cristo, a través de su Iglesia. La ordenación también es
llamada consecratio porque es un "poner aparte" y un «investir» por
Cristo mismo para su Iglesia. La « imposición de manos » del
obispo, con la oración consecratoria, constituye el signo visible de
esta consagración.

2.2.2. Institución Divina del Sacramento del Orden.


Ya desde el principio de su vida pública, Nuestro Señor Jesucristo
anunció a sus Apóstoles el hecho de que los llamaba para un
ministerio muy especial, pues de pescadores de peces, los
convertiría en «pescadores de hombres» (Mt 4,19) y «Llamó a los que
El quiso y vinieron donde El. Instituyó doce para que estuvieran con
El para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14).
Cumpliendo su promesa, en la ultima cena les confiere el
prodigioso poder de transubstanciar el pan en su Cuerpo y el vino
en su Sangre al decirles "Haced esto en memoria mía" (Lc 22,19; Jr
31, 31; Ex 24, 8)
Con esas mismas palabras les ordena ofrecer por la redención del
mundo el sacrificio de su Cuerpo y Sangre, como El mismo acababa
de hacer.
Tres días después, una vez resucitado, confiere a sus Apóstoles la
altísima misión de perdonar los pecados: «Como el Padre me envió,
así también yo os envío. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid

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el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». (Jn.20,
21-22).
Les dio finalmente el poder y la misión de enseñar, de bautizar,
de gobernar al pueblo cristiano con este explícito lenguaje: «A mí se
me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, id pues y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os
he mandado» (Mt.28, 18-20).
Estos tres actos solemnísimos confieren a los Apóstoles la plenitud
del sacerdocio, que no quedaría restringida a ellos si no que debería
extenderse y prolongarse a todo el mundo y por todas las
generaciones: «He aquí que yo estaré con vosotros, todos los días, hasta la
consumación de los siglos» (Mt 28,20)
Por eso los Apóstoles, después de haber orado y ayunado,
impusieron las manos a otros elegidos constituyéndolos como
ministros de los sagrados misterios, sucesores apostólicos hasta
nuestros días. (Hch 6,6; 14,22; 1 Tim 4,14, 11 Tim 1,6).
Esos doce elegidos son los que llamamos Apóstoles y que es la
palabra griega para designar a los «enviados». «Como el Padre me
envió, también yo os envío» (Jn.20,21). Por lo tanto su ministerio es
la continuación de la misión del mismo Cristo. «Quien a vosotros
recibe, a mí me recibe» (Mt. 1 0,40).
Jesucristo tuvo muchos seguidores y de muchos discípulos eligió
tan sólo a los Doce. Jesús mismo pues, establece una jerarquía y
coloca a los Apóstoles en un rango distinto, dándoles una misión
especial.
Los Apóstoles son conscientes de que están calificados por Dios
como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor 3,6), «ministros de
Dios» (2 Cor 6,4), «embajadores de Cristo» (2 Cor. 5,20), «servidores
de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4,1).

2.2.3. Algunos de entre los Fieles quedan constituidos Ministros


Sagrados.
Todo bautizado participa del sacerdocio de Cristo y está por tanto,
capacitado para colaborar en la misión de la Iglesia. El orden, sin
embargo, imprime una especial configuración -carácter indeleble-
que distingue esencialmente a quien lo recibe de los demás fieles,
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capacitándolo también para funciones especiales. Por eso se afirma
que el sacerdote posee el sacerdocio ministerial, distinto del
sacerdocio real o sacerdocio común a todos los fieles.
En efecto, la Iglesia es una comunidad sacerdotal, ya que todos los
fieles participan de alguna manera del sacerdocio de Cristo -de su
oficio profético, sacerdotal y regio- y de la misión única de la Iglesia;
todos están llamados a la santidad; todos deben buscar la gloria de
Dios y trabajar en el apostolado, dando con su vida testimonio de la
fe que profesan.
Esta participación en el sacerdocio de Cristo es doble y difiere
esencialmente (ver Catecismo, nn. 1546 y 1547).
Hay un sacerdocio común a todos los fieles, que confieren el
bautismo y la confirmación, y un sacerdocio ministerial que sólo
tienen quienes reciben el sacramento del orden. Así lo enseña el
Concilio Vaticano II en el n. 10 de la Const. Lumen gentium:
"A los fieles laicos, por tanto, les corresponde actuar como ciudadanos
corrientes en medio del mundo, tratando de dirigir a Dios todos los asuntos
temporales de acuerdo a sus propias circunstancias personales, y
cooperando así con Cristo en la renovación del mundo (cfr. Lumen
gentium, nn. 31-38). Lo propio de los sacerdotes, en cambio, es celebrar el
Santo Sacrificio de la Misa, predicar la palabra divina, administrar los
sacramentos y guiar a los hombres en orden a conseguir la salvación
eterna."

2.2.4. Marcados con un Carácter Indeleble por el efecto del


Sacramento:
2.2.4.1. El carácter indeleble
El Carácter es un efecto particular impreso en el alma por el
bautismo, confirmación y el orden sagrado. Aunque es también
una gracia, tiene que distinguirse del efecto propio y verdadero de
la gracia sacramental (res). Es indeleble: por eso los tres
sacramentos que lo imprimen no pueden repetirse (DS 1609). Este
término es empleado por el concilio de Trento en el sentido que
tiene en griego la palabra: se deriva del verbo charasso (rajar), y
significa por tanto la huella que deja un grabador al fijar una
imagen o una inscripción en el metal o en la piedra. En Ap 7,3; 9,4
se habla del signo de la tau (cruz) impreso en la frente de los elegi-

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dos. En 2 Cor 1,21-22; Ef 1,13; 4,30 se habla del sello impreso por el
Espíritu. La idea es la de una consagración irrevocable y que no
puede perderse, pero que implica además una semejanza con
Jesús, el Ungido por excelencia. El término charakter fue
introducido en la terminología teológica por san Agustín. Antes de
él los Padres latinos hablaban de signaculum, y los griegos de
sphraghís.
Pero Agustín contribuyó también a la primera clarificación de la
esencia del carácter en la polémica con los donatistas. Éstos,
siguiendo la tradición constante de la Iglesia, reconocían que el
bautismo, la confirmación y la ordenación, una vez recibidos
válidamente, no podían ni debían repetirse; pero negaban que se
pudieran administrar o recibir válidamente dentro del cisma o de
la herejía. Según ellos, el bautismo era nulo si el bautizado no
recibía la gracia del Espíritu Santo (y los que están separados de la
Iglesia están separados del Espíritu Santo). Agustín se vio
obligado entonces a explicar por qué el bautismo (lo mismo que los
otros dos sacramentos), una vez conferido según el rito eclesial, no
puede reiterarse nunca, y es válido aunque no produzca la gracia.
Hay un efecto bautismal que se produce indistintamente en todos
e independientemente de la gracia (que sólo es recibida por los
«buenos»). Este efecto es permanente e indeleble. Por eso, los que
han recibido válidamente el bautismo conservan el carácter, y no se
les puede administrar de nuevo el sacramento. El bautismo, la
confirmación y el orden sagrado dejan en el alma fa huella del
carácter sacramental. Agustín lo compara con el cuño de las
monedas o con el tatuaje con que se marca a los soldados y a los
animales.
En la teología posterior se acentuó el proceso de interiorización
del carácter, insistiendo en el hecho de que es más bien res que
sacrarnentum; pero sin olvidar que es signo, se subrayó más su
espiritualidad. Santo Tomás afirmó que el carácter pertenece a la
categoría de la cualidad, y en particular a la especie del poder; en
efecto, el fin esencial del carácter no es disponer al alma para la
gracia, sino hacer al hombre capaz de cumplir los actos del culto.
Los sacramentos han sido instituidos no sólo para curar al
hombre del pecado, sino también para consagrarlo al culto de la
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 23
religión cristiana; y esta consagración se lleva a cabo por medio del
carácter. Por consiguiente, éste tiene la finalidad de hacer al hom-
bre capaz de administrar y de recibir los sacramentos: es una
participación efectiva en el sacerdocio de Jesucristo. Por medio del
carácter los fieles quedan revestidos de un sacerdocio, que se
deriva del de Cristo y participa de él. El carácter «modifica»
intrínsecamente al alma (santo Tomás dice que modifica las
potencias y facultades del alma, y en particular la facultad intelec-
tiva), que de alguna manera queda modificada por él, a
semejanza de Jesús Sumo Sacerdote, lo mismo que la moneda
queda marcada por el cuño legal. Así pues, el carácter es una
fisonomía del alma; es el reflejo en el alma del sacerdocio de
Cristo.
Muchos teólogos modernos, recogiendo y desarrollando las
reflexiones de santo Tomás, consideran el carácter, en su esencia,
como una relación real con la Iglesia, determinada de varias
maneras por el bautismo, por la confirmación y por el orden
sagrado. Esta relación consiste en la pertenencia a la Iglesia; pero
así como la Iglesia es comunidad visible y jerárquica de salvación
y de culto, el carácter es una delegación particular para una activi-
dad visible de santificación y de culto; es lo que hace
perennemente visible el acto salvífico sacramental, mediante el
cual el sujeto se hace miembro del pueblo de Dios. En cierto sentido
constituye y estructura jerárquicamente al mismo pueblo.
En su actividad sacramental la Iglesia se describe, se construye y
se estructura: los sacramentos son la actividad con que la Iglesia
engendra a sus hijos y es a su vez engendrada por ellos. Pero si
no se quiere reducir a la Iglesia a una dimensión puramente es-
piritual y si se quiere salvar su visibilidad, en la economía de la
encarnación hay que señalar, entre los efectos sacramentales, algo que,
constituyendo y estructurando una Iglesia visible, sea sin embargo
visible. Esto no se le puede atribuir a la gracia (visible), o a las
virtudes (subjetivas). Es más bien el carácter, que constituye a la Iglesia
como sociedad visible, cultual y jerárquica.
El acto salvífico con el que Dios reúne y constituye a la Iglesia es
definitivo e irrevocable, y no depende de la voluntad de los hombres.
Si el carácter es la prolongación visible del gesto salvífico
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 24
sacramental con que es engendrada la Iglesia, si es lo que pone al
hombre en una relación determinada con la Iglesia, estructurándola
como comunidad visible de culto, el carácter es entonces algo
definitivo e irrevocable. Aunque el individuo pueda renegar de su
compromiso cristiano, permanecerá para siempre la relación
fundámental que tiene con la Iglesia, en la que fue puesto por el
bautismo, la confirmación y el orden sagrado.
Finalmente, hay que decir que algunos teólogos hablan, no sin
cierto fundamento, de un «cuasi-carácter» impreso por el
sacramento del matrimonio2.
Entonces, Este sacramento configura con Cristo mediante una
gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de
Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad
de actuar como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su
triple función de sacerdote, profeta y rey.
Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta
participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para
siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter
espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un
tiempo determinado (cf Cc. de Trento: DS 1767; LG 21.28.29; PO 2).
Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas
graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a
la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas (cf ⇒ CIC, can. 290-
293; ⇒ 1336,1, nn 3 y 5; ⇒ 1338,2), pero no puede convertirse de
nuevo en laico en sentido estricto (cf. CC. de Trento: DS 1774)
porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La
vocación y la misión recibidas el día de su ordenación, lo marcan de
manera permanente.
Puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la
salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no
impide a Cristo actuar (cf Cc. de Trento: DS 1612; 1154). S. Agustín
lo dice con firmeza:
En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo.
Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega
2 Carácter, en ERC, II, 435-438; E. Ruffini, El carácter como visibilidad concreta del sacramento en
relación con la Iglesia, en Concilium 31 (1968) 111-124; J. Galot, La nature du caractére sacramental, París
1965.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 25


a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece
limpio y llega a la tierra fértil...En efecto, la virtud espiritual del
sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la
reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha
(Ev. Ioa. 5, 15).

2.2.4.2. La gracia del Espíritu Santo


La gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento es la de ser
configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el
ordenado es constituido ministro.
Para el obispo, es en primer lugar una gracia de fortaleza ("El
Espíritu de soberanía": Oración de consagración del obispo en el rito
latino): la de guiar y defender con fuerza y prudencia a su Iglesia
como padre y pastor, con amor gratuito para todos y con
predilección por los pobres, los enfermos y los necesitados (cf CD 13
y 16). Esta gracia le impulsa a anunciar el evangelio a todos, a ser el
modelo de su rebaño, a precederlo en el camino de la santificación
identificándose en la Eucaristía con Cristo Sacerdote y Víctima, sin
miedo a dar la vida por sus ovejas:
Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has
elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que
ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y
día; que haga sin cesar propicio tu rostro y que ofrezca los dones de
tu santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio
tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que
distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda
atadura en virtud del poder que tú diste a los apóstoles; que te
agrade por su dulzura y su corazón puro, ofreciéndote un perfume
agradable por tu Hijo Jesucristo... (S. Hipólito, Trad. Ap. 3).
El don espiritual que confiere la ordenación presbiteral está
expresado en esta oración propia del rito bizantino. El obispo,
imponiendo la mano, dice:
Señor, llena del don del Espíritu Santo al que te has dignado
elevar al grado del sacerdocio para que sea digno de presentarse sin
reproche ante tu altar, de anunciar el evangelio de tu Reino, de
realizar el ministerio de tu palabra de verdad, de ofrecerte dones y
sacrificios espirituales, de renovar tu pueblo mediante el baño de la
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 26
regeneración; de manera que vaya al encuentro de nuestro gran Dios
y Salvador Jesucristo, tu Hijo único, el día de su segunda venida, y
reciba de tu inmensa bondad la recompensa de una fiel
administración de su orden (Euchologion).
En cuanto a los diáconos, "fortalecidos, en efecto, con la gracia del
sacramento, en comunión con el obispo y sus presbíteros, están al
servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la
palabra y de la caridad" (LG 29).
Ante la grandeza de la gracia y del oficio sacerdotales, los santos
doctores sintieron la urgente llamada a la conversión con el fin de
corresponder mediante toda su vida a aquel de quien el sacramento
los constituye ministros. Así, S. Gregorio Nazianceno, siendo joven
sacerdote, exclama:
Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros;
es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para
iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado
para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia (Or.
2, 71). Sé de quién somos ministros, donde nos encontramos y
adonde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del
hombre, pero también su fuerza (ibid. 74) (Por tanto, ¿quién es el
sacerdote? Es) el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles,
glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las
víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura
la criatura, restablece (en ella) la imagen (de Dios), la recrea para el
mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es
divinizado y diviniza (ibid. 73).
Y el santo Cura de Ars dice: "El sacerdote continua la obra de
redención en la tierra"..."Si se comprendiese bien al sacerdote en la
tierra se moriría no de pavor sino de amor"..."El sacerdocio es el
amor del corazón de Jesús".

2.2.4.3. La potestad espiritual


En la jerarquía de la Iglesia, de la que se forma parte en virtud del
sacramento del orden, podemos distinguir dos planos:
La jerarquía de orden: está formada por los obispos, presbíteros y
diáconos, su finalidad es ofrecer el Santo Sacrificio y administrar los
sacramentos. La jerarquía de jurisdicción (que supone la anterior):
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está formada por el Papa y los obispos en comunión con él (o
quienes, en el derecho canónico, se equiparan a los obispos); los
presbíteros y diáconos se insertan en ella a través de su colaboración
con el Ordinario respectivo.
Al igual que los demás sacramentos de vivos, el sacramento del
orden aumenta la gracia santificante (cfr. Dz. 701).
Otorga, además, la gracia sacramental; es decir, la ayuda
sobrenatural necesaria para poder ejercer debidamente las funciones
correspondientes al grado recibido (cfr. Dz. 2301).

2.2.5. Consagrados y Destinados a Apacentar el Pueblo de Dios


según el Grado de Cada Uno.
El sacramento recibido, esta ordenado a la utilidad y crecimiento
del sacerdocio común de todo de todos los fieles. Como afirma el
Concilio Vaticano II, en la constitución dogmatica Lumen Gentium
en los números 10 y 21:
«Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hb 5,1-5),
de su nuevo pueblo «hizo... un reino y sacerdotes para Dios, su
Padre» (Ap 1,6; cf. 5,9-10). Los bautizados, en efecto, son
consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como
casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra
del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el
poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf.
1 P 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en
la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí
mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den
testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también
razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15).
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o
jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se
ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su
manera del único sacerdocio de Cristo3. El sacerdocio ministerial,
por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo
sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de
Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en

3Cf. Pío XII, aloc. Magnificate Dominum, 2 nov. 1954: AAS 46 (1954) 669; enc. Mediator Dei, 20 nov.
1947: AAS 39 (1947) 555.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 28
cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de
la Eucaristía4 y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la
oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida
santa, en la abnegación y caridad operante»5.
« En la persona, pues, de los Obispos, a quienes asisten los
presbíteros, el Señor Jesucristo, Pontífice supremo, está presente en
medio de los fieles. Porque, sentado a la diestra del Padre, no está
ausente la congregación de sus pontífices6, sino que, principalmente
a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las
gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los
creyentes, y por medio de su oficio paternal (cf.1 Co 4,15) va
congregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración
sobrenatural; finalmente, por medio de su sabiduría y prudencia
dirige y ordena al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinar
hacia la eterna felicidad. Estos pastores, elegidos para apacentar la
grey del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores de los
misterios de Dios (cf. 1 Co 4,1), a quienes está encomendado el
testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf. Rm 15,16; Hch
20,24) y la gloriosa administración del Espíritu y de la justicia (cf. 2
Co 3,8-9).
Para realizar estos oficios tan excelsos, los Apóstoles fueron
enriquecidos por Cristo con una efusión especial del Espíritu Santo,
que descendió sobre ellos (cf. Hch 1,8; 2,4; Jn 20,22-23), y ellos, a su
vez, por la imposición de las manos, transmitieron a sus
colaboradores este don espiritual (cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6-7), que ha
llegado hasta nosotros en la consagración episcopal7. Enseña, pues,
este santo Sínodo que en la consagración episcopal se confiere la
plenitud del sacramento del orden, llamada, en la práctica litúrgica
de la Iglesia y en la enseñanza de los Santos Padres, sumo
sacerdocio, cumbre del ministerio sagrado8. La consagración

4 Cf. Pío XI, enc. Miserentissimus Redemptor, 8 mayo 1928: AAS 20 (1928) 171s.; Pio XII, aloc. Vous
nous avez, 22 sept. 1956: AAS 48 (1956) 714.
5 Conc. Vaticano II, Lumen Gentium n. 10.
6 Cf. San León M., Serm. 5, 3: PL 54, 154.
7 Conc. Trid., ses. 23, c. 3, cita 2 Tm, 1, 6-7, para demostrar que el orden es verdadero sacramento:

Denz., 959 (1766).


8 En la Trad. Apost., 3, ed. Botte, Sources Chrét., pp. 27-30, al obispo se le atribuye "el primado del

sacerdocio". Cf. Sacramentarium Leonianum, ed. C. Mohlberg, Sacramentarium Veronense (Romae 1955)
p. 119: "para el ministerio del sumo sacerdocio... Completa en tus sacerdotes la cima del misterio"...:
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episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también los
oficios de enseñar y de regir, los cuales, sin embargo, por su misma
naturaleza, no pueden ejercerse sino en comunión jerárquica con la
Cabeza y los miembros del Colegio. Pues según la Tradición, que se
manifiesta especialmente en los ritos litúrgicos y en el uso de la
Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, es cosa clara que por la
imposición de las manos y las palabras de la consagración se
confiere9 la gracia del Espíritu Santo y se imprime el sagrado
carácter10, de tal manera que los Obispos, de modo visible y
eminente, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y
Pontífice, y actúan en lugar suyo11. Pertenece a los Obispos
incorporar, por medio del sacramento del orden, nuevos elegidos al
Cuerpo episcopal»12.

2.2.6. Dos modos de participar en el único sacerdocio de Cristo


Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza
encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, «único [...] mediador
entre Dios y los hombres» (1 Tm 2,5). Melquisedec, «sacerdote del
Altísimo» (Gn 14,18), es considerado por la Tradición cristiana como
una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único «Sumo Sacerdote
según el orden de Melquisedec» (Hb 5,10; 6,20), «santo, inocente,
inmaculado» (Hb 7,26), que, «mediante una sola oblación ha llevado
a la perfección para siempre a los santificados» (Hb 10,14), es decir,
mediante el único sacrificio de su Cruz.
El sacrificio redentor de Cristo es único, realizado una vez por
todas. Y por esto se hace presente en el sacrificio eucarístico de la
Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo: se hace
presente por el sacerdocio ministerial sin que con ello se quebrante

Idem, Liber Sacramentorum Romanae Ecclesiae (Romae1960) pp. 121-122: "Confiéreles, Señor, la
cátedra episcopal para regir tu iglesia y a todo el pueblo". Cf. PL 78, 224.
9 Cf. Trad. Apost., 2, ed. Botte, p. 27.
10 Conc. Trid., ses. 23, c. 4, enseña que el sacramento del orden imprime carácter indeleble: Denz.

960 (1767). Cf. Juan XXIII, aloc. Iubilate Deo, 8 mayo 1960: AAS 52 (1960) 446. Pablo VI, homilía en
Bas. Vaticana, 20 octubre 1963: AAS 55 (1963) 1014.
11 San Cipriano, Epist. 63, 14 (PL 4, 386; Hartel, III B, p. 713): "el sacerdote hace las veces de Cristo".

San J. Crisóstomo, In 2 Tim. hom., 2, 4 (PG 62, 612): "el sacerdote es símbolo de Cristo". San
Ambrosio, In Ps. 38, 25-26: PL 14, 1051-52; CSEL, 64, 203-204. Ambrosiaster, In 1 Tim. 5, 19: PL 17,
479C e In Eph., 4, 11-12: col. 387C. Teodoro Mops., Hom. Catech. XV, 21 y 24; ed. Tonneau, p. 497 y
503. Hesiquio Hieros., In Lev. 2, 9, 23: PG 93, 894B.
12 Conc. Vaticano II, Lumen Gentium n. 21.

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la unicidad del sacerdocio de Cristo, Como Santo Tomas de Aquino
comenta la Carta a los Hebreos: Et ideo solus Christus est verus
sacerdos, alii autem ministri eius13.(«Y por eso sólo Cristo es el
verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos»).
Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia
«un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10;
1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal,
sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su
participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de
Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo
y de la Confirmación los fieles son «consagrados para ser [...] un
sacerdocio santo» (LG 10)
El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los
presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, «aunque su
diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al
otro; [...] ambos, en efecto, participan (LG 10), cada uno a su manera,
del único sacerdocio de Cristo» (LG 10). ¿En qué sentido? Mientras
el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la
gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según
el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio
común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los
cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de
construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido
mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.

2.2.6.1. In persona Christi Capitis...


En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo
quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de
su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la
Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en
virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis
(cf LG 10; 28; SC 33; CD 11; PO 2,6):
«Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona
representa el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración
sacerdotal recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la

13 Santo Tomás de Aquino, Commentarium in epistolam ad Haebreos, c. 7, lect. 4.


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facultad de actuar por el poder de Cristo mismo (a quien
representa)14».
«Christus est fons totius sacerdotii: nam sacerdos legalis erat
figura Ipsius, sacerdos autem novae legis in persona Ipsius
operatur»15 (Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el
sacerdote de la antigua ley era figura de Él, y el sacerdote de la
nueva ley actúa en representación suya).
Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y
los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se
hace visible en medio de la comunidad de los creyentes (LG 21).
Según la bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es
typos tou Patrós, es imagen viva de Dios Padre16.
Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida
como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del
afán de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos
del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del
Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es
dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede
impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la
condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el
signo de la fidelidad al evangelio y que pueden daña, por
consiguiente, a la fecundidad apostólica de la Iglesia17.
Este sacerdocio es ministerial. «Esta Función [...], que el Señor
confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio» (LG
24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende
totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en
favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento
del Orden comunica «un poder sagrado», que no es otro que el de
Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según
el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor
de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). «El Señor dijo claramente que la
atención prestada a su rebaño era prueba de amor a Él»18.

14 Pío XII, enc. Mediator Dei.


15 Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 22, a. 4
16 Epistula ad Trallianos 3,1; Id. Epistula ad Magnesios 6,1.
17 Cfr. Catecismo de la Iglesia Catòlica, numerno: 1550.
18 San Juan Crisóstomo, De sacerdotio 2,4; cf. Jn 21,15-17

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La única Sangre eficazmente redentora es la de Cristo que por ser
Dios, «una sola gota bastaba para perdonar todos los pecados de la
humanidad entera» según nos dice Sto. Tomás de Aquino en su
hermosísimo himno «Adoro te Devote». En realidad es Jesucristo
mismo el Sumo Sacerdote, pastor de su rebaño, que administra los
sacramentos, quien está actuando como cabeza de la Iglesia y el
sacerdote actúa «en persona de Cristo Cabeza».
Los poderes sacerdotales, no son del sacerdote sino de Jesucristo y
los recibe no para sí mismo sino para la santificación de los fieles. Es
por eso que el sacerdocio es llamado «Sacramento de servicio». Esta
referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo.

2.2.6.2. Nomine Totius Ecclesiae


El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar
a Cristo –Cabeza de la Iglesia– ante la asamblea de los fieles, actúa
también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la
oración de la Iglesia (cf SC 33) y sobre todo cuando ofrece el
Sacrificio Eucarístico (cf LG 10).
«En nombre de toda la Iglesia», expresión que no quiere decir
que los sacerdotes sean los delegados de la comunidad. La oración
y la ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración y la ofrenda
de Cristo, su Cabeza. Se trata siempre del culto de Cristo en y por
su Iglesia. Es toda la Iglesia, cuerpo de Cristo, la que ora y se
ofrece, per Ipsum et cum Ipso et in Ipso, en la unidad del Espíritu
Santo, a Dios Padre. Todo el cuerpo, caput et membra, ora y se
ofrece, y por eso quienes, en este cuerpo, son específicamente sus
ministros, son llamados ministros no sólo de Cristo, sino también
de la Iglesia. El sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia
porque representa a Cristo19.

2.3. DESEMPEÑANDO EN LA PERSONA DE CRISTO


CABEZA:

El sacerdote actúa ‘en la persona de Cristo Cabeza’, es decir, actúa


en el nombre y con el poder de Cristo.

19 Cfr. Catecismo de la Iglesia Catolica, n. 1553.


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La identidad del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo: Que
los hombres nos consideren como ministros de Cristo y
dispensadores de los misterios de Dios (I Cor. 4, 1). Así lo Recordaba
Juan Pablo II a los sacerdotes en Czestochowa: Este servicio alto y
exigente no podrá ser prestado sin una clara y arraigada convicción
acerca de vuestra identidad como sacerdotes de Cristo, depositarios
y administradores de los misterios de Dios, instrumento de
salvación para los hombres, testigos de un reino que se inicia en este
mundo, pero que se completa en el más allá (Discurso, 6-VI-1979).
Todo esto significa que, si cada fiel es otro Cristo, y Cristo mismo
se identifica con los miembros de su Cuerpo Místico (cfr. Hechos 9,
4-5) con mayor razón hay que afirmarlo del sacerdote, cuya
consagración y misión son una específica identificación con
Jesucristo, a quien representa.

2.3.1. La Función de Enseñar


Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, "tienen como
primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios" (PO 4), según
la orden del Señor (cf. Mc 16, 15). Son "los heraldos del Evangelio
que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros
auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo" (LG 25).
Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por los
apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia una
participación en su propia infalibilidad. Por medio del "sentido
sobrenatural de la fe", el Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a
la fe", bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia (cf. LG 12; DV
10).
La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la
Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe
protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la
posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio
pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo
de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este
servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de
infalibilidad en materia de fe y de costumbres. El ejercicio de este
carisma puede revestir varias modalidades:

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"El Romano Pontífice, cabeza del colegio episcopal, goza de esta
infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y
Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus
hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones
de fe y moral [...] La infalibilidad prometida a la Iglesia reside
también en el cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo
con el sucesor de Pedro", sobre todo en un Concilio Ecuménico (LG
25; cf. Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de
su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por
Dios para ser creído" (DV 10) y como enseñanza de Cristo, "hay que
aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe" (LG 25). Esta
infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf. LG
25).
La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los
apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y,
de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la
Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin
pronunciarse de una "manera definitiva", proponen, en el ejercicio
del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor
inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A
esta enseñanza ordinaria, los fieles deben "adherirse con espíritu de
obediencia religiosa" (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento
de la fe, es una prolongación de él.

2.3.2. La Función de Santificar


El obispo "es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio"
(LG 26), en particular en la Eucaristía que él mismo ofrece, o cuya
oblación asegura por medio de los presbíteros, sus colaboradores.
Porque la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia particular. El
obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su
trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos.
La santifican con su ejemplo, "no tiranizando a los que os ha tocado
cuidar, sino siendo modelos de la grey" (1 P 5, 3). Así es como llegan
"a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado"(LG 26).

2.3.3. La Función de Regir.

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"Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las
Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus
proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su
autoridad y potestad sagrada "(LG 27), que deben, no obstante,
ejercer para edificar con espíritu de servicio que es el de su Maestro
(cf. Lc 22, 26-27).
"Esta potestad, que desempeñan personalmente en nombre de
Cristo, es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin embargo,
está regulado en último término por la suprema autoridad de la
Iglesia "(LG 27). Pero no se debe considerar a los obispos como
vicarios del Romano Pontífice, cuya autoridad ordinaria e inmediata
sobre toda la Iglesia no anula la de ellos, sino que, al contrario, la
confirma y tutela. Esta autoridad debe ejercerse en comunión con
toda la Iglesia bajo la guía del Romano Pontífice.
El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión pastoral
del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo "puede
disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a
escuchar a sus súbditos, a a los que cuida como verdaderos hijos [...]
Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la
Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):
«Obedeced todos al obispo como Jesucristo a su Padre, y al
presbiterio como a los Apóstoles; en cuanto a los diáconos,
respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del
obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía,
Epistula ad Smyrnaeos 8,1)

2.4. LOS ÓRDENES SON:

"El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en


diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los
nombres de obispos, presbíteros y diáconos" (LG 28). La doctrina
católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica
constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de
participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y
el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a
servirles. Por eso, el término sacerdos designa, en el uso actual, a los
obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la

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doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal
(episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son
los tres conferidos por un acto sacramental llamado "ordenación", es
decir, por el sacramento del Orden:
«Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como
también al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros como
al senado de Dios y como a la asamblea de los apóstoles: sin ellos no
se puede hablar de Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad
Trallianos 3,1)

2.4.1. El Episcopado.
La ordenación episcopal es la plenitud del sacramento del Orden,
"según la tradición, entre los diversos ministerios que se ejercen en
la Iglesia, desde los primeros tiempos ocupa el primer lugar el
ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se
remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla
apostólica" (LG 20).
"Para realizar estas funciones tan sublimes, los Apóstoles se vieron
enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu Santo que
descendió sobre ellos. Ellos mismos comunicaron a sus
colaboradores, mediante la imposición de las manos, el don
espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de
los obispos" (LG 21).
El Concilio Vaticano II enseña que por la «consagración episcopal
se recibe la plenitud del sacramento del Orden. De hecho se le llama,
tanto en la liturgia de la Iglesia como en los Santos Padres, "sumo
sacerdocio" o "cumbre del ministerio sagrado"» (LG 21).
"La consagración episcopal confiere, junto con la función de
santificar, también las funciones de enseñar y gobernar [...] En
efecto, por la imposición de las manos y por las palabras de la
consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y se queda
marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de
manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo,
Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona
agant)" (LG 21). "El Espíritu Santo que han recibido ha hecho de los
obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y
pastores" (CD 2).
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"Uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud
de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la
Cabeza y con los miembros del Colegio" (LG 22). El carácter y la
naturaleza colegial del orden episcopal se manifiestan, entre otras
cosas, en la antigua práctica de la Iglesia que quiere que para la
consagración de un nuevo obispo participen varios obispos (cf LG
22). Para la ordenación legítima de un obispo se requiere hoy una
intervención especial del Obispo de Roma por razón de su cualidad
de vínculo supremo visible de la comunión de las Iglesias
particulares en la Iglesia una y de garante de libertad de la misma.
Cada obispo tiene, como vicario de Cristo, el oficio pastoral de la
Iglesia particular que le ha sido confiada, pero al mismo tiempo
tiene colegialmente con todos sus hermanos en el episcopado la
solicitud de todas las Iglesias: "Aunque cada obispo es pastor sagrado
sólo de la grey que le ha sido confiada, sin embargo, en cuanto
legítimo sucesor de los Apóstoles por institución divina y por el
mandato de la función apostólica, se hace corresponsable de toda la
Iglesia, junto con los demás obispos" (Pío XII, Enc. Fidei donum, 11; cf
LG 23; CD 4,36-37; AG 5.6.38).
Todo lo que se ha dicho explica por qué la Eucaristía celebrada por
el obispo tiene una significación muy especial como expresión de la
Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien
representa visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia
(cf SC 41; LG 26).

2.4.2. El presbiterado
La ordenación de los presbíteros es para ser cooperadores de los
obispos, en este sentido: "Cristo, a quien el Padre santificó y envió al
mundo, hizo a los obispos partícipes de su misma consagración y
misión por medio de los Apóstoles, de los cuales son sucesores.
Estos han confiado legítimamente la función de su ministerio en
diversos grados a diversos sujetos en la Iglesia" (LG 28). "La función
ministerial de los obispos, en grado subordinado, fue encomendada
a los presbíteros para que, constituidos en el orden del presbiterado,
fueran los colaboradores del orden episcopal para realizar
adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo" (PO 2).

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"El ministerio de los presbíteros, por estar unido al orden
episcopal, participa de la autoridad con la que el propio Cristo
construye, santifica y gobierna su Cuerpo. Por eso el sacerdocio de
los presbíteros supone ciertamente los sacramentos de la iniciación
cristiana. Se confiere, sin embargo, por aquel sacramento peculiar
que, mediante la unción del Espíritu Santo, marca a los sacerdotes
con un carácter especial, y así quedan configurados con Cristo
Sacerdote, de tal manera que puedan actuar como representantes de
Cristo Cabeza" (PO 2).
"Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y
dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo
están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del
sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos
sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno
Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los
fieles, para apacentarlos y para celebrar el culto divino" (LG 28).
En virtud del sacramento del Orden, los presbíteros participan de
la universalidad de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. El
don espiritual que recibieron en la ordenación los prepara, no para
una misión limitada y restringida, «sino para una misión amplísima
y universal de salvación "hasta los extremos del mundo"(Hch 1,8)»
(PO 10), "dispuestos a predicar el evangelio por todas partes" (OT
20).
"Su verdadera función sagrada la ejercen sobre todo en el culto
eucarístico o sinaxis. En ella, actuando en la persona de Cristo y
proclamando su misterio, unen la ofrenda de los fieles al sacrificio
de su Cabeza; actualizan y aplican en el sacrificio de la misa, hasta la
venida del Señor, el único Sacrificio de la Nueva Alianza: el de
Cristo, que se ofrece al Padre de una vez para siempre como hostia
inmaculada" (LG 28). De este sacrificio único, saca su fuerza todo su
ministerio sacerdotal (PO 2).
"Los presbíteros, como colaboradores diligentes de los obispos y
ayuda e instrumento suyos, llamados para servir al Pueblo de Dios,
forman con su obispo un único presbiterio, dedicado a diversas
tareas. En cada una de las comunidades locales de fieles hacen
presente de alguna manera a su obispo, al que están unidos con
confianza y magnanimidad; participan en sus funciones y
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 39
preocupaciones y las llevan a la práctica cada día" (LG 28). Los
presbíteros sólo pueden ejercer su ministerio en dependencia del
obispo y en comunión con él. La promesa de obediencia que hacen
al obispo en el momento de la ordenación y el beso de paz del
obispo al fin de la liturgia de la ordenación significa que el obispo
los considera como sus colaboradores, sus hijos, sus hermanos y sus
amigos y que a su vez ellos le deben amor y obediencia.
"Los presbíteros, instituidos por la ordenación en el orden del
presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad
del sacramento. Forman un único presbiterio especialmente en la
diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo"
(PO 8). La unidad del presbiterio encuentra una expresión litúrgica
en la costumbre de que los presbíteros impongan a su vez las manos,
después del obispo, durante el rito de la ordenación.

2.4.3. El diaconado.
La ordenación de los diáconos esta conferido es “en orden al
ministerio” o servicio a Dios y al prójimo: «En el grado inferior de la
jerarquía están los diáconos, a los que se les imponen las manos
"para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio"» (LG 29; cf
CD 15). En la ordenación al diaconado, sólo el obispo impone las
manos, significando así que el diácono está especialmente vinculado
al obispo en las tareas de su "diaconía" (cf San Hipólito Romano,
Traditio apostolica 8).
Los diáconos participan de una manera especial en la misión y la
gracia de Cristo (cf LG 41; AG 16). El sacramento del Orden los
marco con un sello («carácter») que nadie puede hacer desaparecer y
que los configura con Cristo que se hizo "diácono", es decir, el
servidor de todos (cf Mc 10,45; Lc 22,27; San Policarpo de Esmirna,
Epistula ad Philippenses 5, 25,2). Corresponde a los diáconos, entre
otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de
los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la distribución
de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo,
proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse
a los diversos servicios de la caridad (cf LG 29; cf. SC 35,4; AG 16).
Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia latina ha restablecido el
diaconado "como un grado propio y permanente dentro de la
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jerarquía" (LG 29), mientras que las Iglesias de Oriente lo habían
mantenido siempre. Este diaconado permanente, que puede ser
conferido a hombres casados, constituye un enriquecimiento
importante para la misión de la Iglesia. En efecto, es apropiado y útil
que hombres que realizan en la Iglesia un ministerio
verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en las
obras sociales y caritativas, "sean fortalecidos por la imposición de
las manos transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más
estrechamente al servicio del altar, para que cumplan con mayor
eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado" (AG
16).

2.5. SE CONFIEREN POR LA IMPOSICIÓN DE LAS MANOS Y


LA ORACIÓN CONSECRATORIA.
(Los libros litúrgicos prescriben para cada grado).

2.5.1. La imposición de las Manos y el Epíclesis.


2.5.1.1: la imposición de las manos:
La mano es, juntamente con la palabra, uno de los medios más
expresivos del lenguaje del hombre; de por sí, la mano simboliza
ordinariamente el poder (Éx 14,31; Sal 19, 2) y hasta el Espíritu
de Dios (lRe 18,46; Is 8,11; Ez 1,3; 3,22). Imponer las manos sobre
alguien es más que levantarlas en alto, aunque sea para bendecir
(Lev 9,22; Lc 24, 50); es tocar realmente al otro y comunicarle
algo de uno mismo.
Antiguo Testamento: La imposición de manos, signo de bendición,
expresa con realismo el carácter de la bendición, que no es
meramente palabra, sino acto. Así Jacob transmite a toda su
posteridad la riqueza de bendición que él mismo ha recibido de
sus antepasados, Abraham e Isaac: «¡Crezcan y multiplíquense
sobre la tierra!» (Gén 48,13-16).
La imposición de manos, signo de consagración, indica que el
Espíritu de Dios pone aparte a un ser que él se ha escogido, que
toma posesión de él, que le da autoridad y aptitud para ejercer
una función. Así se pone aparte a los levitas, como a una ofrenda
sagrada (Núm 8,10); así el Espíritu de sabiduría llena a Josué (Dt
34,9), disponiéndolo a desempeñar el cargo de jefe del pueblo con

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 41


plenos poderes (Núm 27,15-23).
La imposición de manos, símbolo de identificación, establece una
unión entre el que ofrece una víctima en sacrificio y la víctima
misma: ésta es consagrada a Dios, encargada de tomar sobre sí los
sentimientos del oferente, acción de gracias, pesar del pecado o
adoración; así en los sacrificios de expiación (Lev 1,4), de comunión
(3,2), por el pecado (4,4), o también en la consagración de los levitas
(Núm 8,16). En el rito del macho cabrío emisario el día de la
expiación, hay todavía identificación con el animal, pero no hay con-
sagración. Por la imposición de las manos comunica Israel al animal
sus pecados: éste, ahora impuro, no puede ser ofrecido a Yahveh
en sacrificio y es expulsado al desierto (Lev 16,21s).
En el Nuevo Testamento el signo de bendición impuso Jesús las
manos a los niños pequeños (Mc 10, 16), confiriéndoles la
bienaventuranza que anunciaba a los pobres (Mt 5,3), obteniendo
de su Padre los frutos de su propia «oración» (Mt 19, 13).
La imposición de las manos es también signo de liberación. En efec-
to, por este gesto cura Jesús a los enfermos: «Mujer, ya estás
limpia de tu enfermedad», dijo a la mujer encorvada, luego le
impuso las manos, y ella se enderezó en el mismo instante (Lc
13,13). Igual gesto para la curación del ciego de Betsaida (Me
8,23ss), o para cada uno de los numerosos enfermos que acudían a
la puesta del sol (Le 4,40).
En la vida de la Iglesia en continuidad con el estilo de su fundador y
según la promesa del resucitado, los discípulos «impondrán las
manos a los enfermos y éstos quedarán curados» (Mc 16,18). Así
Ananías devuelve con este gesto la vista a Saulo convertido (Act
9,12), y Pablo a su vez restituye la salud al gobernador de Malta
(28,8). Juntamente con este signo de liberación, la imposición de
las manos se practica ya en la Iglesia naciente como signo de con-
sagración. Por ella se transmiten los dones divinos y
principalmente el don del Espíritu Santo. Así Pedro y Juan
confirmaron a los samaritanos que no lo habían recibido todavía
(Act 8,17); Pablo hizo lo mismo a las gentes de Éfeso (19,6). Simón
Mago había quedado tan asombrado ante el poder de este gesto
que había querido comprar aquel poder con dinero (8,18s). Así
pues, este gesto aparece como un signo visible portador de una
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 42
potente realidad divina.
Finalmente, por este mismo gesto transmite la Iglesia un poder
espiritual adaptado a una misión precisa, ordenada a determinadas
funciones: tal sucede en la institución de los siete (6,6) consagrados
por los apóstoles, o en el envío de Pablo y de Bernabé (13,3). Pablo
a su vez impone las manos a Timoteo (2Tim 1,6s; cf. 1Tim 4,14), y
Timoteo repetirá este gesto sobre los que escoja para el ministerio
(1Tim 5,22). Así la Iglesia continúa imponiendo las manos en
sentidos precisados cada vez por una fórmula; y este gesto es
portador de los dones del Espíritu.

2.5.1.2. El Epíclesis:
Del griego epíklesis (verbo epikaléin = invocar sobre). Como no es
posible ninguna liturgia sin la presencia del Espíritu Santo, la
epíclesis es una dimensión fundamental de toda celebración litúrgica.
Y puesto que el Espíritu Santo está presente y actúa en la vida de la
Iglesia, su presencia y su acción se requiere para la vida de los miem-
bros del Cuerpo de Cristo, especialmente donde esta vida se
constituye, crece y se desarrolla, es decir, en la acción litúrgico-
sacramental. En todo sacramento o acción litúrgica, en cuanto
acontecimiento de culto de la nueva economía de salvación «en
espíritu y en verdad», siempre está presente el Espíritu Santo actuando
en plenitud: siempre tiene lugar la introducción del Espíritu Santo
por medio de su presencia invocada (epíclesis).
In la eucaristía se invoca al Espír itu para que queden
consagrados los dones ofrecidos, el pan y el vino, es decir, para que se
conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y para que la víctima
inmolada, que se recibe en la comunión, ayude a la salvación de los
que participan de ella y actúe sobre la comunidad eclesial celebrante,
se invoca por segunda vez al Espíritu. En la participación en los
santos misterios la asamblea puede entonces afianzar cada vez más
su propia unidad con Cristo y en la relación mutua, alcanzando el
fruto más grande de gracia y santificación. De esta manera los dos
efectos (objetivo sobre los dones y subjetivo en los participantes) se
sitúan en estrecha dependencia con el Espíritu invocado. Aunque en
el canon romano no hay una mención explícita del Espíritu Santo,
hay sin embargo plegarias análogas que insisten especialmente en la
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 43
idea de ofrenda del sacrificio. Los orientales atribuyen a la epíclesis
eucarística un valor propiamente consecratorio, mientras que los
occidentales atribuyen sobre todo a las palabras de la institución de la
eucaristía la virtud de transformar los elementos del pan y del vino en
el cuerpo y la sangre del Señor. Hay que subrayar además la acción
del Espíritu en las otras epíclesis sacramentales y plegarias litúrgicas.
En todo sacramento o acción litúrgica está siempre presente el
Espíritu actuando en su plenitud. La celebración es el lugar por
excelencia en el que se invoca y se da al Espíritu Santo. En la bendición
del agua bautismal se pide al Padre que infunda «por obra del
Espíritu Santo la gracia de su único Hijo». Y se le pide también que
«descienda a esta agua la virtud del Espíritu Santo». En la
confirmación se invoca al Padre para que infunda el «Espíritu Santo
Paráclito: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de
consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad». Y lo que se da
entonces como don es «el sello del Espíritu Santo». En el sacramento
de la penitencia el ministro pide a Dios, «Padre de misericordia que...
derramó el Espíritu Santo para remisión de los pecados», que
conceda al penitente el perdón y la paz. En la unción de los
enfermos, cuando hay que bendecir el óleo, se pide a Dios, Padre
de todo consuelo, que envíe desde el cielo al «Espíritu Santo Pa-
ráclito». Y durante la unción se dice: «Por esta santa unción y su
piadosísima, misericordia te ayude el Señor con la gracia del
Espíritu Santo».
Pero es sobre todo en los ritos de ordenación donde se pone de
relieve la acción del Espíritu en las epíclesis consecratorias. Sobre el
obispo: «Derrama ahora sobre este elegido la fuerza que viene de ti,
Padre, tu Espíritu que lo gobierna y lo guía todo; tú lo diste a tu
querido Hijo Jesucristo y lo transmitiste a los santos apóstoles...».
Sobre el presbítero: «Renueva en él la efusión de tu Espíritu de
santidad». Sobre el diácono: «Derrama en él al Espíritu Santo, que lo
fortifique con los siete dones de tu gracia, para que cumpla fielmente la
obra del ministerio».
Por lo demás, no puede haber acción consecratoria sin la
invocación del Espíritu Santo, asociada al gesto apostólico de la
imposición de manos. Se puede concluir entonces que toda auténtica
acción litúrgica es epíclesis del Espíritu, epifanía del Espíritu, sa-
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 44
cramento del Espíritu.20

2.5.2. La Oración Consecratoria


En el rito latino la Iglesia se dirige a Dios por medio del celebrante
(Obispo) en la oración consecratoria: para consagrar su ser
ontológico y la finalidad de desempeñar funcionalidad de su
ministerio; es decir: el sujeto consagrado actuara rectamente en lo
que compete:
2.5.2.1. Para el episcopado: «Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que
habitas en el cielo y te fijas en los humildes; que lo conoces todo
antes de que exista.
Tú estableciste normas en tu Iglesia con tu palabra bienhechora.
Desde el principio tú predestinaste un linaje justo de Abrahán;
nombraste príncipes y sacerdotes y no dejaste sin ministros tu
santuario. Desde el principio del mundo te agrada ser glorificado
por tus elegidos.
INFUNDE AHORA SOBRE ESTE TUS ELEGIDO LA FUERZA QUE
DE TI PROCEDE: EL ESPÍRITU DE GOBIERNO QUE DISTE A TU
AMADO HIJO JESUCRISTO, Y ÉL, A SU VEZ, COMUNICÓ A LOS
SANTOS APÓSTOLES, QUIENES ESTABLECIERON LA IGLESIA COMO
SANTUARIO TUYO EN CADA LUGAR PARA GLORIA Y ALABANZA
INCESANTE DE TU NOMBRE.
Padre santo, tú que conoces los corazones, concede a estos
servidores tuyos, a quienes elegiste para el episcopado, que sea
buen pastor de tu santa grey y ejerciten ante ti el sumo
sacerdocio sirviéndote sin tacha día y noche; que atraiga tu
favor sobre tu pueblo y ofrezca los dones de tu santa Iglesia;
que por la fuerza del Espíritu, que reciben como sumo
sacerdote y según tu mandato, tenga el poder de perdonar
pecados; que distribuya los ministerios y los oficios según tu
voluntad, y desate todo vínculo conforme al poder que diste a
los Apóstoles; que por la mansedumbre y la pureza de corazón
te sea grata su vida como sacrificio de suave olor, por medio de

20A. M. Triacca, Espíritu Santo, en NDL, 702-720; A. Chupungco, Epíclesis, en DPAC, 1, 716-718; M.
M. Garijo Guembe, Epíclesis, en DTDC, 407-414; Íd., Epíclesis y Trinidad, en Eucaristía y Trinidad,
Secretariado Trinitario, Salamanca 1990, 115-147; L. Maldonado, La plegaria eucarística, BAC,
Madrid 1968, 520-536.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 45
tu Hijo Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el
honor, con el Espíritu, en la santa Iglesia, ahora y por los siglos
de los siglos».

2.5.2.2. Para el presbiterado:


«Asístenos, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, autor
de la dignidad humana y dispensador de todo don y gracia; por ti
progresan tus criaturas y por ti se consolidan todas las cosas. Para
formar el pueblo sacerdotal, tú dispones con la fuerza del Espíritu
Santo en órdenes diversos a los ministros de tu Hijo Jesucristo.
Ya en la primera Alianza aumentaron los oficios, instituidos con
signos sagrados. Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente de
tu pueblo, para gobernarlo y santificarlo, les elegiste
colaboradores, subordinados en orden y dignidad, que les
acompañaran y secundaran.
Así, en el desierto, diste parte del espíritu de Moisés,
comunicándolo a los setenta varones prudentes con los cuales
gobernó más fácilmente a tu pueblo. Así también hiciste
partícipes a los hijos de Aarón de la abundante plenitud
otorgada a su padre, para que un número suficiente de
sacerdotes ofreciera, según la ley, los sacrificios, sombra de los
bienes futuros.
Finalmente, cuando llegó la plenitud - de los tiempos,
enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo, Jesús, Apóstol y
Pontífice de la fe que profesamos. Él, movido por el Espíritu
Santo, se ofreció a ti como sacrificio sin mancha, y habiendo
consagrado a los apóstoles con la verdad, los hizo partícipes
de su misión; a ellos, a su vez, les diste colaboradores para
anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la
salvación.
También ahora, Señor, te pedimos nos concedas, como ayuda
a nuestra limitación, estos colaboradores que necesitamos
para ejercer el sacerdocio apostólico.
TE PEDIMOS, PADRE TODOPODEROSO, QUE CONFIERAS A ESTE
SIERVO TUYO LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO; RENUEVA EN
SU CORAZON EL ESPÍRITU DE SANTIDAD; RECIBA DE TI EL
SEGUNDO GRADO DEL MINISTERIO SACERDOTAL Y SEA, CON
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 46
SU CONDUCTA, EJEMPLO DE VIDA.
Sea honrado colaborador del orden de los obispos, para que por
su predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del
Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres y llegue hasta los
confines del orbe.
Sea con nosotros fiel dispensador de tus misterios, para que tu
pueblo se renueve con el baño del nuevo nacimiento, y se alimente
de tu altar; para que los pecadores sean reconciliados y sean
confortados los enfermos. Que en comunión con nosotros, Señor,
imploren tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor
del mundo entero.
Así todas las naciones, congregadas en Cristo, formarán un único
pueblo tuyo que alcanzará su plenitud en tu Reino.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en
la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.»

2.5.2.3. Para el diaconato:


«Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que
estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti
mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro
- palabra, sabiduría y fuerza tuya -, con providencia eterna todo
lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.
A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida con dones celestes
variados, articulada con miembros distintos y unificados en
admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces
crecer y dilatarse como templo nuevo y grandioso.
Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo
tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros
encargados de tu servicio.
Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu
Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares
suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el
pueblo a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les
confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos
entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la
palabra.
Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a este tu siervo, a
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 47
quien consagramos humildemente para el orden del diaconado y
el servicio de tu altar.
ENVÍA SOBRE ÉL, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE
FORTALECIDO
CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES DESEMPEÑE CON
FIDELIDAD EL MINISTERIO.
Que resplandezca en él un estilo de vida evangélica, un amor
sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta,
una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones
espirituales.
Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus
costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del
pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena
conciencia, persevere firme y constante con Cristo, de forma que,
imitando en la tierra a tu Hijo que no vino a ser servido sino a
servir, merezca reinar con él en el cielo. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos».

2.6. EL SIGNO EXTERNO DEL SACRAMENTO:


2.6.1. La Materia
a) La materia del diaconado, presbiterado y episcopado es únicamente la
imposición de manos (sent. próxima a la fe).
Como solamente estos tres grados jerárquicos son sacramento, la
imposición de manos es únicamente la materia del sacramento del
orden. La imposición de manos se debe hacer por contacto físico de
éstas con la cabeza del ordenando. Mas, para, la administración
válida del sacramento, basta el contacto moral obtenido extendiendo
las manos.
Con su suprema autoridad apostólica, Su Santidad Pío XII declaró
en la constitución apostólica Sacramentum Ordinis (1947): «Sacrorum
Ordinum Diaconatus, Presbyteratus et Episcopatus materiam
eamque unam esse manuum impositionem» ; Dz 3011; cf. Dz 910,-
958 s, 1963.
La constitución apostólica de Pío XII decide sólo lo que en el
futuro se requiere para la válida administración del sacramento del
orden. Queda abierta la cuestión de si Cristo instituyó el sacramento

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 48


del orden in genere o in specie, y también la cuestión, dependiente de
la anterior, de si la imposición de manos fue siempre en el pasado la
única materia de este sacramento. El parecer de la mayor parte de
los teólogos se inclina a admitir que Cristo instituyó in specie el
sacramento del orden, estableciendo la imposición de manos y la
oración que la determina como sustancia inmutable del sacramento,
de modo que la imposición de manos habría sido siempre, aun en el
pasado, la única materia del sacramento. Las decisiones de la
constitución apostólica citada, siendo de naturaleza legislativa, no
tienen efectos retroactivos.
La Sagrada Escritura (Act 6, 6; 1 Tim 4, 14; 5, 22 ; 2 Tim 1, 6) y la
antigua tradición cristiana conocen sólo la imposición de manos
como elemento material del rito del sacramento del orden; cf. SAN
HIPOLITO DE ROMA, Traditio Apostolica; SAN CIPRIANO, E P. 67,
5 ; SAN CORNELIO, Ep. ad Fabium (en SAN EUSEBIO, Hist. eccl. iv,
43, 9 y 17) ; Statuta Ecclesíae antiqua (Dz 150 ss). En la Iglesia griega
solamente se usa la imposición de manos, faltando el rito de entrega
de los instrumentos. Sin embargo, la validez de las ordenaciones
conferidas en la Iglesia griega fue siempre reconocida por la Sede
Apostólica.
En el presbiterado, conforme a la declaración de Pío XII, debe
considerarse únicamente como materia del sacramento la primera
imposición de manos, realizada en silencio, y no la continuación de
esta ceremonia mediante la extensión de la mano derecha. No
pertenece tampoco a la materia del sacramento la segunda
imposición de manos que tiene lugar al fin de la ordenación y va
acompañada por las palabras: «Accipe Spiritum Sanctum : quorurn
remiseris peccata», etc. Estas palabras no aparecen en el rito latino
hasta el siglo XIII y faltan en el rito griego.
b) La entrega de los instrumentos del orden no es necesaria para la
validez del diaconado, presbiterado y episcopado (sent. próxima a la fe).
La mayor parte de los teólogos escolásticos, partiendo del
supuesto de que todos los grados del orden eran sacramento, ponían
la materia del sacramento del orden en la entrega de los
instrumentos, que simbolizan las distintas funciones de cada orden
(«traditio instrumentorum»). Esta opinión la hizo suya, tomándola
de Santo Tomás, el Decretum pro Armeniis del concilio unionista de
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 49
Florencia (1439); Dz 701: «cuius (sc. ordinis) materia est id, per cuius
traditionem confertur ordo». Pero ya hemos advertido que este
decreto no es una definición infalible. Con motivo de la unión
efectuada en este concilio, no se impuso a los griegos que cambiaran
el rito que seguían en la ordenación ni que añadiesen la entrega de
los instrumentos.
Pío XII declaró en la constitución apostólica Sacramentum Ordinis
que, «al menos para el futuro, no es necesaria la entrega de los
instrumentos para la validez del diaconado, presbiterado y
episcopado»; Dz 3001.
Esta declaración deja abierta la posibilidad de que en el pasado la
entrega de los instrumentos haya sido, aunque fuera sólo en una
parte de la Iglesia, necesaria para la validez de dichas órdenes, sea
como parte de la materia o como materia única (lo que supone una
institución in genere por Cristo), sea como condición necesaria para
la validez introducida por la Iglesia.
Históricamente, el rito de la entrega de los instrumentos en las
ordenaciones sacramentales no aparece hasta el siglo X. En las
ordenaciones no sacramentales este rito se remonta a la antigüedad
cristiana (SAN HIPOLITO, Statuta Ecclesiae antiqua; Dz 153 ss).
La ceremonia de poner sobre la cabeza del obispo ordenando el
libro de los Evangelios, ceremonia de la cual ya encontramos
testimonios en la antigüedad cristiana (Dz 150), no representa una
entrega de instrumentos.

2.6.2. Forma
La forma del diaconado, presbiterado y episcopado consiste únicamente en
las palabras que declaran la significación de la imposición de las manos
(sent. próxima a la fe).
Pío XII declaró en la constitución apostólica Sacramentum Ordinis:
«formam vero itemque unam esse verba applicationem huius
materiae determinantia, quibus univoce significantur effectus
sacramentales — scilicet potestas Ordinis et gratia Spiritus Sancti --,
quaeque ab Ecclesia qua talia accipiuntur et usurpantur» ; Dz 3001.
Las palabras que cumplen este requisito de determinar la materia
señalando los efectos del sacramento (la potestad de orden y la
gracia) son las del llamado «prefacio de ordenación». Las siguientes

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 50


palabras del prefacio de la ordenación de diácono son esenciales y
necesarias, por tanto, para la validez del orden : «Emitte in eum...
roboretur» (Haz venir sobre él, te pedirnos, Señor, al Espíritu Santo,
con el cual, ayudado con el don de tu gracia septiforme, se fortalezca
en la fiel ejecución de tu ministerio). Del prefacio de la ordenación
de presbítero son esenciales las siguientes palabras: «Da,
quaesumus, omnipotens Pater... insinuet» (Da, te pedirnos, Padre
Omnipotente, a este siervo tuyo la dignidad presbiteral, renueva en
su interior el espíritu de santidad, para que obtenga, recibido de ti,
oh Dios, el oficio de segunda categoría e insinúe la corrección de las
costumbres con el ejemplo de su conducta). Del prefacio de la
ordenación de obispo son esenciales las siguiente palabras :
«Cumple in Sacerdote tuo... sanctifica» (Acaba en tu sacerdote el
más alto grado de tu ministerio y santifica con el rocío del ungüento
celestial al que está provisto con los ornamentos de tu glorificación).
La forma imperativa que en la ordenación de obispo y de diácono
acompaña la imposición de las manos: «Accipe Spiritum Sanctum...»
(«... ad robur», etc., en la ordenación de diácono) empezó a usarse
generalmente en el rito latino durante la edad media (siglos
XII/XIV). No pertenece a la forma y no es necesaria para la validez
de la ordenación.

2.6.3. El ministro del sacramento del Orden


Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio
apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los
apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla
apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir,
que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren
válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf DS 794 y
802; ⇒ CIC, can. 1012; CCEO, can. 744; 747)21.
Se entiende por ministro del orden sacerdotal aquel que tiene
potestad para administrarlo. Es ministro de la ordenación sagrada
en todos sus grados, el obispo consagrado (cfr. CIC, c. 1012); así
consta en el Concilio de Florencia (cfr. Dz. 701) y en el de Trento (cfr.
Dz. 967). "Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del
ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores

21 Catecismo de la Iglesia Católica n.1576


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de los apóstoles, transmitir el don espiritual; la semilla apostólica"
(Catecismo, n. 1576).
Según la Sagrada Escritura, los Apóstoles (cfr. Hechos 6, 6; 14, 22;
II Tim. 1, 6) o los discípulos de los Apóstoles consagrados por éstos
como obispos (cfr. I Tim. 5, 22; Tit. 1, 25), aparecen como los
ministros de la ordenación.

2.6.4. Sujeto: Quién puede recibir este sacramento


«Sólo el varón (vir) bautizado recibe válidamente la sagrada
ordenación» (⇒ CIC, can 1024). El Señor Jesús eligió a hombres (viri)
para formar el colegio de los doce apóstoles (cf Mc 3,14-19; Lc 6,12-
16), y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus
colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en
su tarea (S.Clemente Romano Cor, 42,4; 44,3). El colegio de los
obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio,
hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los
Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor.
Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación (cf
Juan Pablo II, MD 26-27; CDF decl. "Inter insigniores": AAs 69 [1977]
98-116).
Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto,
nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es
llamado por Dios (cf Hb 5,4). Quien cree reconocer las señales de la
llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter
humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que
corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este
sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido
como un don inmerecido.
Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los
diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres
creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de
guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a
consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf 1 Co 7,32), se
entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo
de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de
la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo
radiante el Reino de Dios (cf PO 16).
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En las Iglesias Orientales, desde hace siglos está en vigor una
disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente
entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y
presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima desde
tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso
en el seno de sus comunidades (cf PO 16). Por otra parte, el celibato
de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias Orientales, y
son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el
Reino de Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el
sacramento del Orden no puede contraer matrimonio.
Cada uno ha sido llamado personalmente ("Tú sígueme", Jn 21,
22;cf. Mt 4,19. 21; Jn 1,43) para actuar "in persona Christi" y en favor
de personas : "Yo te bautizo en el nombre del Padre ..."; "Yo te
perdono...".

2.6.5. Condiciones para administrarlo válidamente


Cualidades requeridas por derecho divino para la lícita
ordenación se requiere, por voluntad divina, vocación y estado de
gracia.
1. Vocación o llamada de Dios (cfr. CIC, c. 1029)
Para llegar al sacerdocio es necesaria una llamada específica de
Dios: "¡Hemos sido llamados! Esta es la verdad fundamental, que nos debe
infundir aliento y alegría! Jesús mismo dijo a los Apóstoles: “No me habéis
elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he puesto
para que vayáis y dáis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn. 15, 16). . .
Ninguno, efectivamente, se atrevería a llegar a ser ministro de Cristo, en
contacto permanente con el Altísimo. ¡Nadie tendría la audacia de cargar
sobre sí el peso de las conciencias, y de aceptar una soledad sagrada y
mística! La llamada nos da fuerza para ser, con constancia y fidelidad, lo
que somos: en los momentos de serenidad, pero sobre todo en los momentos
de crisis y de debilidad, digámonos a nosotros mismos: “¡Animo! He sido
llamado! Heme aquí, envíame!” (Is. 6, 8)22.
Esa vocación comprende, como signos, la recta intención y la
probidad de vida:

22 Juan Pablo II, Discurso a un grupo de sacerdotes milaneses, 21-IV-1979.


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- recta intención: consiste en buscar de manera exclusiva, o al
menos de modo principal, la gloria de Dios, el bien de las almas y la
propia santificación;
- virtud probada: es decir, sólida vida de piedad y de
mortificación, afán de servicio, constancia de ánimo, porque el
sacerdote es mediador entre Dios y los hombres, dispensador de los
misterios divinos (cfr. I Cor. 4, 1. Ver Documento de Puebla, nn. 862-
891).
2. Estado de gracia
Es necesario tener el estado de gracia para recibir lícitamente el
sacramento del orden, por la misma razón que lo es para recibir los
demás sacramentos de vivos.

Cualidades requeridas por derecho eclesiástico


Por disposición de la Iglesia se requiere en el ordenando los
siguientes requisitos:
1. Letras dimisorias (cfr. CIC, c. 1018).
Dimisorias es el acto por el que se autoriza la ordenación de
alguien, realizado por quien tiene la facultad de dar esa
autorización. Como de ordinario ese acto se realiza por escrito, se
habla de ‘letras o cartas dimisorias’.
2. Ciencia suficiente (cfr. CIC, c. 1027), que incluye el debido
conocimiento de todo lo que se refiere al sacramento del orden, y a
las obligaciones que lleva consigo (cfr. CIC, c. 1028).
La Iglesia exige a los ordenandos una declaración, reforzada por
juramento, suscrita de puño y letra por el interesado, de que se
conocen las obligaciones del grado que se va a recibir.
Para quienes van a recibir el diaconado, es necesario haber
terminado el quinto año del ciclo de estudios filosófico-teológicos
(cfr. CIC, c. 1032 & 1.
3. Edad: 25 años para poder recibir el presbiterado (cfr. CIC, c.
1031 & l) y 35 para el episcopado (cfr. CIC, c. 378 & 1, 3o.).
En el caso del diaconado caben dos posibilidades: si el diácono va
a ser destinado al presbiterado necesita tener al menos 23 años (cfr.
CIC, c. 1031 & 1); si el diácono va a ser destinado permanentemente
y está casado, necesita al menos 35 años y el consentimiento de su
mujer (cfr. CIC, c. 1031 & 2).
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4. Observar un intersticio de al menos seis meses entre el
diaconado y el presbiterado (cfr. CIC, c. 1031 & 1).
El intersticio es un espacio de tiempo que debe existir entre los dos
primeros grados del sacramento del orden, con la finalidad de que
se pueda ejercitar el orden recibido.
e) Haber recibido el sacramento de la confirmación (cfr. CIC, c.
1033).
5. Rito de admisión (cfr. CIC, c. 1034 & 1)
Antes de recibir el diaconado o el presbiterado, los interesados
han de ser admitidos como candidatos por la autoridad competente
con un rito litúrgico establecido, habiendo previamente hecho la
solicitud escrita y firmada de puño y letra.
6. Haber hecho ejercicios espirituales, al menos durante cinco
días, antes de recibir la ordenación (cfr. CIC, c. 1039).
7. Ausencia de irregularidades e impedimentos (cfr. CIC, c. 1040).
La irregularidad es una clase de impedimento que se caracteriza por
la perpetuidad, mientras que al impedimento que no es perpetuo se
le clasifica de simple impedimento.
Los impedimentos e irregularidades han de interpretarse
estrictamente (cfr. CIC, c. 18); su numeración constituye un numerus
clausus número cerrado, por lo que no cabe apreciar la existencia de
algunos más por analogía.
Las irregularidades, pues, son impedimentos perpetuos que
impiden recibir lícitamente el orden sagrado. Han sido establecidas
por la Iglesia en atención a la reverencia que se debe a los ministros
sagrados. Son las siguientes (cfr. CIC, c. 1041):
- padecer alguna forma de amnesia u otra enfermedad psíquica;
- haber caído en apostasía, herejía o cisma;
- haber atentado (intentado) matrimonio, aun sólo civil, estando
impedido por vínculo, orden sacerdotal o voto público perpetuo de
castidad;
- haber cometido homicidio voluntario;
- haber procurado o cooperado positivamente en un aborto,
habiéndose éste verificado;
- mutilarse a sí mismo o a otro, dolosa y gravemente;
- haber intentado suicidarse;

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- realizar un acto de potestad de orden reservado a los obispos o a
los presbíteros.
Los simples impedimentos son (cfr. CIC, c. 1042):
- estar casado;
- desempeñar un cargo o tarea de administración prohibido a los
clérigos;
- haber sido bautizado recientemente y, por tanto, no estar
suficientemente probado.

Para la validez basta que el obispo tenga la intención requerida


y observe el rito externo de ordenación (cfr. Dz. 855, 860), aunque
sea hereje, cismático, simoníaco, o se halle excomulgado.
A los muchos datos que nos proporciona en este sentido la historia
de la Iglesia, hay que añadir documentos papales muy antiguos que
explícitamente afirman la validez de las ordenaciones conferidas por
verdaderos obispos, aunque fueran cismáticos o herejes: p. ej., carta
del Papa Anastasio II al emperador Anastasio I, del año 496 (cfr. Dz.
169), carta del Papa Gregorio I a los obispos de Georgia, del año 601
(cfr. Dz. 249), una decisión en el Concilo de Guastalla, celebrado en
1106 (cfr. Dz. 358).
Por otra parte, en 1896, el Papa León XIII, siguiendo la opinión que
ya habían mantenido sus predecesores desde que se planteó el
problema a mediados del siglo XVI, declaró explícitamente que eran
inválidas las ordenaciones conferidas por los anglicanos. Pero esto
no se debía a que el obispo fuera cismático o hereje, sino a que la
forma que usaron durante siglos era incapaz de significar lo que es
el sacramento y, por tanto, el mismo sacramento era inválido. A lo
cual se añadía la duda sobre si el ministro tenía la intención de hacer
lo que hace la Iglesia, ya que se rechazaba expresamente el carácter
sacrificial de la Misa, fin propio de la ordenación sacerdotal (cfr. Dz.
1963-1966).

2.6.6. Condiciones para recibirlo válidamente


1. "Sólo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación"
(CIC, c. 1024).
Queda claro, por tanto, que si no ha habido válida recepción del
bautismo, tampoco es válida la ordenación, ya que el bautismo es

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ianua sacramentorum: puerta de entrada a todos los demás
sacramentos.
Sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio
ministerial, la Iglesia siempre ha enseñado que Jesucristo quiso que
quienes habían de ejercer visiblemente el oficio sacerdotal en su
nombre, fueran varones:
El eligió a los Apóstoles sólo entre los discípulos varones aunque
también las mujeres le seguían en muchas ocasiones, e incluso se
mostraron más fieles y más fuertes que los hombres.
En la Iglesia antigua se tomó como inaceptable la costumbre
introducida por algunas sectas, especialmente las gnósticas, de
ordenar mujeres; ya en la segunda mitad del siglo II lo atestigua San
Irineo (cfr. Adversus haerases PG 7, 580-581).
Puede, por tanto, tomarse como una norma perpetua lo hecho por
Cristo y por los Apóstoles, ya que la Iglesia no tiene ninguna
potestad sobre la esencia de los sacramentos, es decir, sobre lo que
Cristo mismo estableció (cfr. Dz. 2301).
El 22 de mayo de 1994 el Papa Juan Pablo II declaró como
definitiva la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a la
ordenación sacerdotal: Con el fin de alejar toda duda sobre una
cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución
divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe
a mis hermanos (cfr. Lucas 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene
modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las
mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo
por todos los fieles de la Iglesia (Carta Apostólica del Papa Juan
Pablo II sobre la Ordenación Sacerdotal reservada sólo a los
hombres, 22-V-1994).
No se rebaja de ningún modo la dignidad de la mujer por el hecho
de que no pueda recibir este sacramento: la criatura más excelsa ha
sido la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que no
recibió el sacerdocio ministerial; si se exceptúa esta limitación, a la
mujer han de reconocerse plenamente, en la Iglesia, los mismos
derechos y deberes que a los hombres.
En su primer viaje a Estados Unidos, Juan Pablo II volvió a repetir
estas ideas a un grupo de sacerdotes que se reunieron con él en
Filadelfia: El hecho de que haya una llamada personal individual al
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 57
sacerdocio por el Señor, a los hombres ‘a quienes El ha decidido
llamar’, está de acuerdo con la tradición profética. Esto debería
ayudarnos a comprender también que la decisión tradicional de la
Iglesia de no llamar a mujeres, no entraña ninguna afirmación acerca
de los derechos humanos, ni es exclusión de las mujeres de la
santidad y misión de la Iglesia. Esta decisión expresa bien la
convicción de la Iglesia acerca de esta dimensión particular del don
del sacerdocio, por cuyo medio Dios ha elegido pastorear a su grey
(Homilías, 4-X-1979). Véanse, además, los escritos de Pablo VI al
Arzobispo de Canterbury de 30-XI-1975 y el 23-III-1975 (AAS 68,
599-600) y la Declaración de la S.C. para la Doctrina de la Fe del 15-
X-1976 (AAS 69, 89-116, Catecismo, n. 1577).
2. En cuanto a la intención, se requiere al menos habitual (la que
se tenía antes y no se retractó), aunque en la práctica ser intención
actual (es decir, en el momento de recibir el sacramento), por
comportar el sacramento un nuevo estado de vida y, por tanto,
nuevas y graves obligaciones.
Si no hubo libertad, y por esto se excluyó la intención de recibir el
sacramento, la ordenación es nula y consecuentemente no se tiene
tampoco ninguna obligación (cfr. CIC, c. 1026).
Podría suceder que una coacción por miedo grave no lleve a
excluir la intención de recibir el orden sacerdotal, en cuyo caso la
ordenación es válida.
3. Antes de recibir la ordenación, los candidatos deben entregar al
superior legítimo una declaración escrita de puño y letra, en la que
hagan constar que reciben el orden espontánea y libremente (cfr.
CIC, c. 1036).

2.7. EL PRESBÍTERO RECIBE PRINCIPALMENTE EL PODER


DE CONSAGRAR Y ABSOLVER (Dz 961)

«DZ: 961 Can. 1. Si alguno dijere que en el Nuevo Testamento no


existe un sacerdocio visible y externo, o que no se da potestad
alguna de consagrar y ofrecer el verdadero cuerpo y sangre del
Señor y de perdonar los pecados, sino sólo el deber y mero
ministerio de predicar el Evangelio, y que aquellos que no lo

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 58


predican no son en manera alguna sacerdotes, sea anatema [cf. 957 y
960]».

2.7.1. Consagrar.
El término «consagrar» significa «hacer sagrado». Apartar del
uso profano una cosa o persona para dedicársela a Dios. «Sagrado»
es lo que pertenece a un orden de cosas separado, reservado,
inviolable. El mundo de Dios es el ámbito de lo «sagrado» por
excelencia; se lo aplicamos a él en sentido prioritario, mientras
que de las otras cosas lo decimos solamente en la medida en que
tiene alguna relación o conexión con él: o porque significan, o
porque facilitan, o porque realizan su presencia. La palabra
«consagración» designa el acto que une a la divinidad mediante
un vínculo tan estrecho que hace que esa cosa o esa persona se en-
cuentre separada de su mundo y de todo lo que poseía, y apartada
de él a fin de quedar reservada para Dios.
Puesto que todo lo que existe es obra de Dios, participación y
revelación suya, resulta que todo es en cierto sentido sagrado. Esto
vale de manera muy especial para el hombre, que es «imagen de
Dios». Pero cuando hablamos de consagración, nos queremos
referir a una intervención ulterior de Dios, más allá de su
intervención creadora. Esto quiere decir que la consagración
admite varios grados, que podríamos presentar como círculos
concéntricos.
Con la encarnación del verbo toma cuerpo definitivamente el
designio eterno de Dios, que es el de «recapitular todas las cosas
en Cristo» (cf. Ef 1, 3-10). En el Antiguo Testamento Dios
constituyó y reservó para sí a un pueblo, a través de sus
intervenciones prodigiosas y continuadas; pero ahora se hace
personalmente presente en su Hijo, «adquiriéndose» (cf. Ef 1,14)
un pueblo, no con la fuerza de su poder, sino pagando
personalmente. Nace así el nuevo pueblo de Dios que, desde este
momento, es el pueblo de Cristo.
Todo esto se expresa sacramentalmente y se realiza inicialmente
a través del sacramento del bautismo, que inserta al creyente en
Cristo como miembro de su cuerpo y (junto con la confirmación
que lo completa en el orden dinámico) pone en el que ha sido
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 59
llamado el sello de la pertenencia total y definitiva a su Cabeza, a
través de la impresión de un carácter indeleble (cf. LG 10-12; 34-
36) y de la consiguiente participación de su misma consagración.
Lo que define a la Iglesia y a cada uno de sus miembros es
precisamente esta introducción específica y definitiva en el
mundo de Dios y su relativa pertenencia a él en Jesucristo.
El hecho de que toda la Iglesia sea una «comunidad de índole
sagrada» no impide que un miembro determinado, por especial
disposición de Dios, pueda ser llamado a encarnar de manera
específica un aspecto particular de la sacralidad eclesial. El Señor
elige a algunos para que lo sigan más de cerca y participen de su
vida y de su misión de un modo particular: «Llamó a los que quiso
y se acercaron a él; designó entonces a doce, a los que llamó apóstoles,
para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14;
cf. Lc 6,12-15). Esto indica no sólo el fundamento, sino la necesidad
de algunas consagraciones «particulares».
Tras la llamada «especial» a participar en el «ministerio» o en la
«forma de vida» de Cristo, viene la consagración correspondiente.
Estas consagraciones se realizan en el sujeto: una mediante la
sagrada ordenación, otra a través de la profesión de los consejos
evangélicos. La primera está ordenada principalmente a habilitar a la
persona para cumplir un ministerio determinado, como participación
privilegiada en la obra de Cristo mediador; la segunda está ordenada
a hacer a la persona capaz de «seguir a Cristo más de cerca», es decir,
a ponerla en una «forma de vida» que reproduzca de la mejor
manera posible el mismo proyecto existencial del Señor. En el primer
caso se subraya la dimensión objetiva del sacerdocio de las dos
consagraciones tocan al ser y al obrar de la persona; pero mientras
que la primera está ordenada esencialmente a un modo «nuevo»
de obrar, es decir, al sagrado ministerio, la segunda se ordena a
un «nuevo» modo de ser, es decir, a una configuración especial con
Cristo casto, pobre y obediente23.
El acto especifico del sacerdote consagrado es de consagrar las
especies del PAN y del VINO en la Persona de Jesucristo, que el
magisterio de la Iglesia lo denomina la TRANSUBSTANCIACION:

23 J. Castellano, Consagración, en DES, I, 458-460; J. G. Ranquet, Consagración bautismal y consagración


religiosa, Mensajero, Bilbao 1968.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 60
El concilio de Trento llama transubstanciación (del latín
transubstantiatio, cambio de substancia) al cambio o «conversión» de
la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo, y de la
substancia del vino en la substancia de la sangre de Cristo (DS 1642).
Se trata de una «conversión» singular (es decir, única) y admirable
(o sea, misteriosa); por eso se la califica como «el misterio de la fe»
por excelencia.
Jesucristo realiza de muchas maneras su promesa de estar con
nosotros «siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Efectivamente, está presente: en su cuerpo, el pueblo de Dios, y
donde hay dos o tres reunidos en su nombre (Mt 28,20); en los
diversos sacramentos; en la lectura de la sagrada Escritura y en el
anuncio del Evangelio, en los pobres y en los que sufren (Mt 25,40)
en el ministro de la celebración litúrgica. La presencia eucarística
está ligada a todas estas presencias, a pesar de que es totalmente
especial, ya que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está
plena y enteramente presente con su cuerpo y con su sangre bajo el
signo del pan y del vino. También en las otras formas «eclesiales» de
presencia, Cristo actúa realmente: está presente él, vivo y glorioso (y
por eso precisamente puede realizar esta multipresencia misteriosa
de sí mismo). Pero el modo de presencia eucarística es
verdaderamente sublime, mucho más grande y misterioso que los
demás. En efecto, aquí Cristo entero está presente con su divinidad y
su humanidad, y por tanto también con su cuerpo y con su sangre:
es una presencia real y substancial.
Según la narración de los sinópticos y de Pablo, Jesús tomó el pan
y el vino y, dándoselo a los suyos, les dijo: «Esto es mi cuerpo... esto
es mi sangre». Para que estas expresiones sean verdaderas, hay que
admitir que el pan ya no es simplemente pan y que el vino no es va
simplemente vino. Las palabras han realizado un cambio. Dice san
Agustín: «Lo que veis, queridos hermanos, en la mesa del Señor es
pan y vino, pero este pan y este vino, al añadírseles la palabra, se
convierten en cuerpo y sangre de Cristo. Si quitas la palabra, es pan
y vino; añades la palabra, y ya son otra cosa. Y esta otra cosa es el
cuerpo y la sangre de Cristo.
Quita la palabra, y es pan y vino; añade la palabra, y se hace
sacramento. A todo esto decís: ¡Amén! Decir amén es suscribirlo.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 61
Amén significa "es verdadero" » (Sermo 6,3). Cambia entonces la
«substancia», es decir, la realidad concreta y natural del pan y del
vino, tal como la intuyen inmediatamente la experiencia humana
común y necesaria, válida para todos los hombres y en todos los
tiempos. Puesto que el pan se nos manifiesta como una realidad
distinta de las demás y dotada de propiedades características, debe
haber una razón objetiva para esto, es decir, tiene que haber algo que
constituya la «naturaleza», el ser propio del pan, que lo distinga de
todo lo que no es pan. Lo mismo hay que decir del vino. Desde el
punto de vista físico y químico, el pan y el vino, después de la
consagración, son lo mismo que antes; permanecen las «especies" de
pan y de vino, que son el signo sacramental. El cambio se refiere al
plano ontológico, no experimental, y tan sólo la fe puede decir que
ha tenido lugar.
En efecto, la presencia de Cristo es una presencia «espiritual", o
sea, que ha sido hecha posible en toda su realidad por el Espíritu
Santo mediante el gesto de la Iglesia, reunida en el acto de «re-
presentar» al Padre la ofrenda del Hijo mediante el ministerio
sacerdotal.
La presencia de las «especies» no debe engañarnos, como si Jesús
estuviera escondido en ellas como con una especie de velo, es decir,
contenido en ellas como en una vasija. Cristo no está «en» el pan, ni
«con» el pan, como pensaron algunos teólogos. La substancia del
pan y del vino no están ya después de la consagración, porque ha
habido una transubstanciación. A diferencia de los demás
sacramentos, que existen solamente en el acto transitorio de su
administración al sujeto que los recibe, la eucaristía está constituida
por la consagración solamente, aun antes de ser recibida. Los otros
sacramentos dan la gracia, mientras que la eucaristía contiene al
Señor mismo, autor de la gracia.
La eucaristía sigue existiendo mientras subsisten las especies, cuya
descomposición lleva consigo el cese de la presencia real de Cristo.
No se necesita una cantidad considerable de pan y de vino para
recibir realmente a Cristo; además, «el que come de él, no lo parte, ni
lo separa, ni lo divide; lo recibe intacto. Sea uno, o sean mil, todos lo
reciben igualmente nunca se consume (...). Cristo está tanto en una
parte como en el todo. Sólo se divide el signo, sin tocar la substancia,
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 62
no se disminuye nada de su persona» (Secuencia de la solemnidad
del día del Corpus).
Cristo está presente todo él bajo cada una de las especies: ahora
está glorioso, su cuerpo y su sangre no pueden ya separarse
realmente. Entonces, la consagración del pan, por obra de las
palabras, es signo eficaz solamente del cuerpo del Señor pero al ser
ahora el cuerpo inseparable de su sangre, con el cuerpo está también
presente la sangre «por concomitancia»; lo mismo ocurre con la
especie del vino, donde está presente la sangre en virtud de las
palabras, y el cuerpo por concomitancia. Y en las dos especies está
presente Cristo con su alma, inseparable del cuerpo, y con su
divinidad, unida para siempre a la humanidad.
Por eso se le rinde a la eucaristía el culto de adoración, estando
presente el Señor desde la consagración hasta que dejan de perdurar
las especies, incluso después de acabada la misa, cuando se reserva
la eucaristía sobre todo para la comunión a los enfermos y para el
viático24.

2.7.2. Absolver
Se deriva del latín absolutio (verbo absolvere = desatar). En la praxis
del sacramento de la penitencia la absolución es la «sentencia»
pronunciada por el sacerdote competente (con las debidas
facultades) en orden al perdón de los pecados. Por tanto, es una
palabra eficaz de perdón y de reconciliación, que lleva a su
cumplimiento el itinerario penitencial del pecador.
En Jn 20,22 - 23 es Jesús resucitado el que da el Espíritu Santo a los
apóstoles y les dice: «A quienes les perdonéis los pecados, Dios se
los perdonará; y a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá».
Este texto (al que hay que unir el de Mt 18,18: «Lo que atéis en la
tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará
desatado en el cielo») ha sido interpretado siempre por la tradición
católica como texto «institucional» del sacramento de la penitencia,
donde el acto del confesor que «absuelve» concurre con los tres actos
del penitente (contrición, confesión, satisfacción).
24 E. Gutwenger. Transubstanciación. en SM, VI, 707-713; J, Ratzinger - W Beinert,
TrnllSubstnncinciÓl1 y eucaristía, San Pablo, Madrid 1970; E. Schiillebeeckx, La presellcia de Cristo
en la eucaristía, Madrid 1971: M Gesteira, La eucaristía, misterio de Comunión, sígueme, Salamanca
21992, 473-616.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 63
En el período de la penitencia canónica de la Iglesia (hasta el S. VI)
la absolutio paenitentiae servía para significar la reconciliación del
pecador al final de su período penitencial (podía hacerse de una
forma solemne pública tan sólo una vez en la vida). El pecador era
reconciliado mediante un rito litúrgico solemne que comprendía la
imposición de manos por parte del obispo, acompañada de una
oración. Con el cambio de la praxis penitencial a partir del S. VI, en
la llamada «penitencia tarifada» (que podía repetirse varias veces) la
absolución servía para indicar el cumplimiento (absolutio) de las
obras penitenciales impuestas por el confesor. Pero en casos
excepcionales se podían recitar también las plegarias de absolución
inmediatamente después de la confesión, incluso antes de cumplir la
«penitencia». Ésta era la práctica común en el S. XII. En relación con
esto se discutió por mucho tiempo si los pecados se perdonaban
mediante el dolor y las obras penitenciales del fiel penitente, y en
casó afirmativo qué sentido tenía la absolución (¿tan sólo una
función declarativa?). Es significativo el hecho de que desde el S. XI la
fórmula de absolución dejó de ser deprecatoria (suplicatoria y
optativa: «Dios te absuelva»), para ser indicativa («yo te absuelvo»).
Tomás de Aquino intentó una síntesis entre las diversas posiciones
teológicas: los actos del penitente son la «cuasi-materia» del
sacramento; la absolución es la forma, el elemento determinante sin
el cual los actos del penitente quedarían privados de eficacia salvífica.
La contrición perfecta justifica ya al pecador, pero no sin su intención
(al menos implícita) de recibir en plenitud el sacramento de la
penitencia, y por tanto la absolución. Los actos del penitente y la
absolución forman una unidad moral. Pero la absolución es decisiva,
en cuanto forma sacramental, para la causalidad eficiente. Es lo que
enseñó luego el concilio de Trento (DS 1673), que condena la
afirmación de que «la absolución sacramental del sacerdote no es un
acto judicial, sino el simple ministerio de pronunciar y declarar que
se le han perdonado los pecados al penitente»
(DS 1709). «Acto judiciales es una categoría que evidentemente debe
entenderse en sentido analógico, relacionándola con el concepto
bíblico del juicio divino de salvación. En efecto, el sentido profundo
y verdadero de la absolución es el acoger al hermano, en nombre de
Dios que lo perdona, y decidir su readmisión en la Iglesia. Por
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consiguiente, la absolución indica la liberación pascual y es un
discernimiento autorizado, en cuanto a juicio, de la situación del
cristiano arrepentido, que, con la fuerza de Cristo Jesús, queda
liberado del mal y recibe el don de la gracia25.

3. DERECHO CANONICO

3.1. CANON 1029.


«Sólo deben ser ordenados aquellos que, según el juicio prudente
del Obispo propio o del Superior mayor competente, sopesadas
todas las circunstancias, tienen una fe íntegra, están movidos por
recta intención, poseen la ciencia debida, gozan de buena fama y
costumbres intachables, virtudes probadas y otras cualidades físicas
y psíquicas congruentes con el orden que van a recibir».
(Ad ordines ii soli promoveantur qui, prudenti iudicio Episcopi proprii
aut Superioris maioris competentis, omnibus perpensis, integram habent
fidem, recta moventur intentione, debita pollent scientia, bona gaudent
existimatione, integris moribus probatisque virtutibus atque aliis
qualitatibus physicis et psychicis ordini recipiendo congruentibus sunt
praediti).

3.1.1. Comentario del canon 1029.


1. La llamada a los ministerios sagrados presupone ante todo
una vocación divina, una llamada de naturaleza carismática
mediante la cual Dios destina a alguien a la condición de vida
clerical y le prepara los medios necesarios para conseguir el fin.
Sin embargo, la Divina Providencia al tiempo «que concede las dotes
necesarias a los elegidos por Dios a participar en el Sacerdocio jerárquico
de Cristo, y les ayuda con su gracia», «confía a los legítimos ministros de
la Iglesia el que, conocida la idoneidad, llamen a los candidatos bien
probados que solicitan tan gran dignidad con intención recta y libertad

25G. Manise, Absolución, en DTM 1516; J. Ramos Regidor, El sacramento de la penitencia, Sígueme, Salamanca
1991, 338 - 344.
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plena, y los consagren con el sello del Espíritu Santo para el culta de
Dios y el servicio de la Iglesia» (0T, 2). De ahí que la vocación
divina termine siendo a la vez vocación canónica, y que
corresponda a la autoridad legítima comprobar la autenticidad de
los signos de la vacación divina y llamar al elegido a las órdenes
sagradas26. Nadie tiene vocación «definitiva y operante sin la
prueba y aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la
responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y, por
consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los
tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y
cuáles sus requisitos para que puedan considerarse idóneo
para el servicio religioso y pastoral de de la Iglesia misma» 27.
Entre los requisitos, resumidos en le c.1025 § 1, que debe
comprobar el Obispo propio o el Superior mayor competente
para admitir a un candidato a orden, muchos son
canónicamente objetivables, hasta el punto de estar
reglamentada su verificación por el Derecho (cc. 1031-
1042).Otros, sin embargo por su naturaleza, escapan en buena
parte a la determinación jurídica, y deber ser valorados según
el prudente juicio de la misma autoridad que dispone para ello
de un cierto margen de discrecionalidad. A este ultimo grupo
perteneciente además del requisito mencionado en le c. 1025 §
2, las dotes o cualidades de idoneidad personal exigidas en el
presente canon, relacionadas estrechamente con la vocación
divina del ordenando, que ha de tenerse como el primer y mas
fundamental requisito de idoneidad.
2. Al enumerar los diversos aspectos que debe juzgar
prudentemente el Obispo propio o el Superior mayor
competente para valorar la idoneidad de un candidato a los
ministerios sagrados, el scherna original de esta prescripción aludía
sólo a la buena fama, a las costumbres intachables y a otros
cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que se va a
recibir; pero no mencionaba la recta intención, ni la ciencia
debida, ni las virtudes que deber adornar al candidato, ni su fe

26 Cfr T. RINCON PEREZ, Disciplina canónica del culto divino, en VV.AA., Manual de Derecho
Canónico, 2¨ .ed. Pamplona 1991, pp. 566 – 567.
27 Cfr. PABLO VI, Enc. Sacerdotalis Caelibatus, 24.VI.1967, n. 15, en AAS 59 (1967), PP 662-663.

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íntegra. Toda ello fue añadido por e Coetos de Sacramentis al texto
del canon en las sesiones de 6-10.II y de 13-.18. III de 197828,
mientras que dicho Coetus, en la primera de esas sesiones, no
admitió en cambio, la sugerencia de requerir la consulta sobre el
ordenando a los consejos presbiteral y parroquial; ni la de hacer
una referencia a la formación teo1ógico-pastoral, presumiblemente
por estar ya incluida dentro de la ciencia debida29. El schema de
1982, al anteponer la «fe íntegra» a las demás cualidades
presentaría finalmente todas ellas en su orden actual, en el que
procedemos a comentarlas, teniendo en cuenta los criterios sobre
las mismas contenidos en el Anexo V de la Carta circular de la
CCDDS, de 10.X1.1997, sobre los escrutinios acerca de la idoneidad de los
candidatos30.
3. Aunque la fe pueda considerarse también como una de las
«virtudes probadas» de que ha de gozar el ordenando, el hecho de
que se haya querido citar aquí de modo expreso, junto con el
adjetivo «integra», indica que debe valorarse en primer lugar la fe
en sentido objetivo. Llamarles a anunciar e Evangelio (c. 757), y a
suscitar e ilustrar la fe de los fieles (c. 836), los futuros ministros
sagrados no salo deben estar inmunes de herejía, aporraría o
cisma – delitos, en su caso, constitutivos de irregularidad para recibir
órdenes (c.1041, 2)- , sino que han de tener además una fe íntegra:
«Conocimiento de la doctrina católica y amor a ella. Ortodoxia.
Convicciones firmes acerca de posiciones contrarias al magisterio
que hoy son patrocinadas por ciertos grupos, como son, por
ejemplo las ideologías radicales, la ordenación de mujeres,
ciertas opiniones acerca de la moral sexual o del celibato
eclesiástico. Comprensión de la naturaleza y finalidad del
ministerio eclesiástico que se recibe por el sacramento del
orden»31. Se, entiende por ello, que el c. 833,6° obligue a emitir la
profesión de fe a los que van a recibir el orden del diaconado.
La recta intención, entendida como la «manifiesta y firme
voluntad, con que alguien desee entregarse totalmente al divino

28 Cfr Comm. 10 (1978), pp.725.


29 Cfr. Idid., p. 191; E.J. GILBERTO, Comentary to the c.1029, en The Code of Canon Law. A text and
commentary, London 1985. 725.
30 Cfr «Notitiae» 33 (1997), pp. 57-59.
31 . «Nntitiae» 33 (1991), P. 504; Comm. 20 (1998), pp. 57 -58.

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servicio»32, es otro de los puntos clave para juzgar la aptitud de un
fiel para recibir el sacramento del orden y la veracidad de la
llamada divina 33. La elección del ministerio sagrado ha de ser
acorde con la finalidad fundamental de este: «apacentar el pueblo
de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona
de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir» (c.
1008); y por tanto, no debe estar motivada por razones de utilidad
personal, sino «por el único y noble deseo de entregarse totalmente
al servicio de Dios y a la salvación de las almas» 34. Conviene tener
presente, además, que un error en este punto acarrearía fácilmente
consecuencias desafortunadas para la vida del individuo y de la
comunidad eclesial35.
4. La ciencia debida que habrá de ser mayor, lógicamente, en los
aspirantes al presbiterado que en los candidatos al diaconado
permanente; puede en principio presumirse una vez terminados
los cursos y exámenes requeridos por el Derecho universal y
particular (c. 1032). Sin embargo, puesto que el hecho de haber
aprobado esos cursos no siempre garantiza el cumplimiento de
esta condición de idoneidad, si el Obispo propio o el Superior
mayor competente lo considerara oportuno, podría y hasta
debería procederse a una comprobación más personal.
5. Gozar de buena fama y costumbres intachables, así como de
virtudes probadas, son también factores importantes para admitir
a un candidato al orden. Pues cualquier ministro sagrado
desempeña un papel público en la Iglesia, lo cual le exige ser una
figura creíble ante el Pueblo de Dios; y está obligado por una
razón peculiar - la consagración y misión que surgen del orden -
a llevar una vida santa (c. 276 § 1) y a alcanzar «la perfección de
Aquel a quien representa»36.
Más en concreto, se ha de tener constancia de que los aspirantes
al sacerdocio están convenientemente preparados para observar la
castidad en el celibato (c. 277), y de que todos los futuros clérigos se

32 PABLO VI, Carta Ap. Summi dei Verbum, 4, XI.1963,en AAS 55 (1963), p.987.
33 Cfr. PIO XI, Enc. Ad catholici sacerdotii, 20, XII, 1935, en AAS (1936), p, 40.
34 Ibidem.
35 . Cfr. K. LUDICKE, Konmmentar zum c. 1029, en Munsterischer kommentar zum Codex Iuris

Canonici,Essen 1985, p.1029/ 1; E.J. Gilbert, Commetary to the c. 1029, cit., p. 725.
36 Cfr. PO, 12 /A; E.J. GILBERTO, Commentary to the c 1029, cit., p. 725.

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encuentran igualmente bien para obedecer como como corresponde a
sus Superiores (cc. 273, 274 § 2). Sin olvidar, por supuesto, el amor
a la Iglesia y a los hermanos y a la caridad en general, las virtudes
propias de la vida espiritual, y las virtudes humanas, como la
«sinceridad, laboriosidad, prudencia, honradez, constancia,
firmeza de convicciones, espíritu de sacrificio, servicialidad,
capacidad de convivencia y de trabajo en común» 37. Sobre las que
también se apoya el ministerio y la vida de la gracia; ya que estas
no solo son piezas destacadas en la formación reciben los
candidatos (cc.244-247; OT 8-12), sino que deben haber cuajado
suficientemente en ellos para que puedan considerarse idóneos.
6. En cuanto a las otras cualidades físicas y psicológicas congruentes
con el orden que se va ha recibir, se entiende que la idoneidad del
aspirante dependerá en primer lugar de su estado de salud, del
que debe dar constancia el rector del Seminario o de la casa de
formación (c. ,1051,1.); pero también de su madurez afectiva,
capacidad de adaptación, capacidad para llevar el peso de las
responsabilidades pastorales, disposiciones para la comunicación,
etc. (PDV, 43 - 44)38.
La desaparición de la irregularidad por defectos físicos (cfr c.
984,2.° CIC 17) - que no implica que no se requiera una
adecuada salud corporal (OT, 6)-, y la importancia que el CIC da,
por el contrario, a las enfermedades psíquicas (c. 1041,1.°), indica
la particular atención que debe prestarse a estas últimas, y en
general a la salud, equilibrio mental y condiciones psicológicas de
los aspirantes, incluso desde el comienzo del período de
formación39.
7. El Obispo propio o el Superior mayor competente deberá
valorar todas las cualidades mencionadas no aisladamente, sino en
su conjunto; con un discernimiento realizado de forma personal
(aunque, como veremos, sin excluir los oportunos consejos), sobre
la base de su conocimiento directo de los candidatos y de los
informes y noticias que haya recibido de los mismos a través de los
responsables de su formación inmediata (cc. 259 § 2, 1051-1052); y

37 «Notitae» 33 (1997), p. 504; Comm. 20 (1998), p. 57.


38 Cfr. K. LUDICKE, Kommentar zun c. 1029, cit., p. 1029 /2.
39 Cfr. E.J. GILBERT, Commentary to the c. 1029, cit., p. 725.

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de modo que quede probada de manera positiva la idoneidad del
candidato (c. 1052 § 1): no basta, por tanto, con que no conste
nada en contra 40.
Dada la grave responsabilidad que pesa sobre él, el Obispo
propio o el Superior mayor competente ha de tener cuidado de que
su juicio sea realmente prudente. Y para ello, además de atender al
parecer sobre la idoneidad del canditato emitido en los informes
elaborados por los responsables de su formación inmediata, conviene
que se sirva del asesoramiento de un «Consejo de Ordenes y
ministerios», cuya constitución y actuación aparecen esbozados en el
anexo III de la Carta circulara sobre los escrutinios acerca de la
idoneidad de los candidatos, y cuya recomendación, sin ser vinculante
para el Obispo o Superior mayor competente, seria un acto de alto valor
moral, del cual estos no podrían prescindir sino por motivos graves y
muy fundados (cfr. c. 127 § 2,2 )41. Por lo demás, si bien ha
desaparecido del CIC el principio normativo del c. 973 § 3 del CIC
17, según el cual el Obispo «no debe conferir a nadie las órdenes
sagradas si no tiene certera moral, fundada en pruebas positivas, de
la idoneidad canónica del Candidato; en otro caso, no solo peca
gravísimamente, sino que se expone al peligro de ser también
responsable de los pecados ajenos», dicho principio sigue estando
plenamente vigente en su índole moral. En relación con esto,
conviene además recordar lo que ha enseñado el último Concilio:
a la hora de la selección y prueba, «procédase siempre con la
necesaria firmeza, aunque haya que lamentar penuria de sacerdotes,
ya que si se promueven los dignos, Dios no permitirá que su Iglesia
carezca de ministros» (OT, 6).
La idoneidad necesaria, de todos modos, no implica una
perfección ideal. A fin de cuentas, el ministro sagrado es un
hombre tomado de entre los demás, que, como cualquier otro,
tendrá que empeñarse durante toda su vida en un proceso
continuo de conversión. Por eso, nos parece importante recordar
que la prudencia de la legítima autoridad se manifiesta también
cuando, una vez descubiertos en el candidato los signos de la
40 Cfr K. LUDICKE, Kommentar zun c. 1029, cit.,p. 1029/2 A.MOLINA,comentario al c.
1029, en Código de Derecha Canónico. Edición bilingüe, fuentes y comentarios de todos las cánones,
Valencia 1993, p. 459.
41 Cfr. «Notitiae» 33 (1997), pp. 502-503; comm. 20 (1998) pp. 55-56.

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vocación divina, dicha autoridad la acoge generosamente,
facilitando, secundando y agradeciendo el inestimable «don» para
la Iglesia que supone cada vocación, y añadiendo a la llanada
divina el humilde pero necesario recello de la «vocación
canónica»42.

3.1.2. Fuentes del Cometario del Canon 1029.


3.1.2.1. Constitución Sacrosanctum Soncilium , sobre la sagrada
liturgia
9. La sagrada Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues
para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que
antes sean llamados a la fe y a la conversión: "¿Cómo invocarán a
Aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán en El sin haber oído
de El? ¿Y como oirán si nadie les predica? ¿Y cómo predicarán si no
son enviados?" (Rom., 10,14-15). Por eso, a los no creyentes la Iglesia
proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres
conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se
conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Y a los creyentes les
debe predicar continuamente la fe y la penitencia, y debe
prepararlos, además, para los Sacramentos, enseñarles a cumplir
todo cuanto mandó Cristo y estimularlos a toda clase de obras de
caridad, piedad y apostolado, para que se ponga de manifiesto que
los fieles, sin ser de este mundo, son la luz del mundo y dan gloria al
Padre delante de los hombres.

3.1.2.2. Lumen Gentium


41. Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples
géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en
espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la
cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria. Pero cada
uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que
engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y
funciones que le son propios.

42Cfr. E. DE LA LAMA, ¿Vocación divina o vacación eclesiástica? Una dialéctica superada para
explicar la naturaleza de la vocación sacerdotal (II), en «Lus Canonicum» 31 (1991), pp, 454-455.
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En primer lugar es necesario que los Pastores de la grey de Cristo,
a imagen del sumo y eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras
almas, desempeñen su ministerio santamente y con entusiasmo,
humildemente y con fortaleza. Así cumplido, ese ministerio será
también para ellos un magnífico medio de santificación. Los
elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados de la gracia
sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y
predicando, por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de
servicio, puedan cumplir perfectamente el cargo de la caridad
pastoral43. No teman entregar su vida por las ovejas, y, hechos
modelo para la grey (cf.1 P 5,3), estimulen a la Iglesia, con su
ejemplo, a una santidad cada día mayor.
Los presbíteros, a semejanza del orden de los Obispos, cuya
corona espiritual forman44 al participar de su gracia ministerial por
Cristo, eterno y único Mediador, crezcan en el amor de Dios y del
prójimo por el diario desempeño de su oficio. Conserven el vínculo
de la comunión sacerdotal, abunden en todo bien espiritual y sean
para todos un vivo testimonio de Dios45, émulos de aquellos
sacerdotes que en el decurso de los siglos, con frecuencia en un
servicio humilde y oculto, dejaron un preclaro ejemplo de santidad,
cuya alabanza se difunde en la Iglesia de Dios. Mientras oran y
ofrecen el sacrificio, como es su deber, por los propios fieles y por
todo el Pueblo de Dios, sean conscientes de lo que hacen e imiten lo
que traen entre manos46; las preocupaciones apostólicas, los peligros
y contratiempos, no sólo no les sean un obstáculo, antes bien
asciendan por ellos a una más alta santidad, alimentando y
fomentando su acción en la abundancia de la contemplación para
consuelo de toda la Iglesia de Dios. Todos los presbíteros y en
especial aquellos que por el peculiar título de su ordenación son
llamados sacerdotes diocesanos, tengan presente cuánto favorece a
su santificación la fiel unión y generosa cooperación con su propio
Obispo.

43 Cf. Santo Tomás, Summa Theol., II-II, q. 184, a. 5 y 6. De perf. vitae spir. c. 18. Orígenes, In Is. hom., 6,
1: PG 13, 239.
44 Cf. San Ignacio M., Magn. 13, 1: ed. Funk, I p. 241.
45 Cf. S. Pío X, exhort., Haerent animo, 4 agos. 1908: AAS 41 (1908) 560s. Cod. Iur Can. can. 124. Pío XI.

enc. Ad catholici sacerdotii, 20 dic. 1935: AAS 28 (1936) 22.


46 Cf. Pontifical Romano, De ordinatione presbyterorum, en la Exhortación inicial.

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También son partícipes de la misión y gracia del supremo
Sacerdote, de un modo particular, los ministros de orden inferior.
Ante todo, los diáconos, quienes, sirviendo a los misterios de Cristo
y de la Iglesia47 deben conservarse inmunes de todo vicio, agradar a
Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres (cf. 1 Tm 3,8-10 y
12-13).
Los clérigos, que, llamados por el Señor y destinados a su
servicio, se preparan, bajo la vigilancia de los Pastores, para los
deberes del ministerio, están obligados a ir adaptando su
mentalidad y sus corazones a tan excelsa elección: asiduos en la
oración, fervorosos en el amor, preocupados de continuo por todo lo
que es verdadero, justo y decoroso, realizando todo para gloria y
honor de Dios. A los cuales se añaden aquellos laicos elegidos por
Dios que son llamados por el Obispo para que se entreguen por
completo a las tareas apostólicas, y trabajan en el campo del Señor
con fruto abundante48.

3.1.2.3. Optatam Totius


3.1.2.3.1. Organización de los Seminarios Mayores
6. Investíguese con mucho cuidado, según la edad y progreso en la
formación de cada uno, acerca de la rectitud de intención y libertad
de los candidatos, la idoneidad espiritual, moral e intelectual, la
conveniente salud física y psíquica, teniendo también en cuanta las
condiciones hereditarias. Considérese, además, la capacidad de los
alumnos para cumplir las cargas sacerdotales y para ejercer los
deberes pastorales.
En todo lo referente a la selección y prueba necesaria de los
alumnos, procédase siempre con firmeza de ánimo, aunque haya
que lamentarse de la escasez de sacerdotes, porque Dios no
permitirá que su Iglesia de ministros, si son promovidos los dignos,
y los no idóneos orientados a tiempo y paternalmente a otras
ocupaciones; ayúdese a éstos para que, conocedores de su vocación
cristiana, se dediquen generosamente al apostolado seglar.

3.1.2.3.2. El cultivo intenso de la formación espiritual.

47 Cf. S. Ignacio M., Trall. 2, 3: ed. Funk, I p.244.


48 Cf. Pío XII, aloc. Sous la maternelle protection, 9 dic. 1957: AAS 50 (1958) 36.].
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8. La formación espiritual ha de ir íntimamente unida con la
doctrinal y la pastoral, y con la cooperación, sobre todo, del director
espiritual; ha de darse de forma que los alumnos aprendan a vivir en
continua comunicación con el Padre por su Hijo en el Espíritu Santo.
Puesto que han de configurarse por la sagrada ordenación a Cristo
Sacerdote, acostúmbrense a unirse a El, como amigos, en íntimo
consorcio de vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera
que sepan unificar en él al pueblo que ha de encomendárseles.
Enséñeseles a buscar a Cristo en la meditación fiel de la palabra de
Dios, en la íntima comunicación con los sacrosantos misterios de la
Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en el Oficio; en el Obispo que
los envía y en los hombres a los que son enviados, especialmente en
los pobres, en los niños y en los enfermos, en los pecadores y en los
incrédulos. Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen
María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como
madre al discípulo.
Cuídense diligentemente los ejercicios de piedad recomendados
por santa costumbre de la Iglesia; pero hay que procurar que la
formación espiritual no se ponga sólo en ellos, ni cultive solamente
el afecto religioso. Aprendan más bien los alumnos a vivir según el
modelo del Evangelio, a fundamentarse en la fe, en la esperanza y en
la caridad, para adquirir mediante su práctica el espíritu de oración,
robustecer y defender su vocación, obtener la solidez de las demás
virtudes y crecer en el celo de ganar a todos los hombres para Cristo.
9. Imbúyanse los alumnos del misterio de la Iglesia, expuesto
principalmente por este sagrado Concilio, de suerte que, unidos con
caridad humilde y filial al Vicario de Cristo, y, una vez ordenados
sacerdotes, adheridos al propio Obispo como fieles cooperadores, y
trabajando en unión con los hermanos, den testimonio de aquella
unidad, por la cual los hombres son atraídos a Cristo.
Acostúmbrense a participar con corazón amplio en la vida de toda la
Iglesia, según las palabras de San Agustín : "En las medida que cada
uno ama a la Iglesia de Cristo, posee al Espíritu Santo". Entiendan
los alumnos con toda claridad que no están destinados al mando ni a
los honores, sino que se entregan totalmente al servicio de Dios y al
ministerio pastoral. Edúquense especialmente en la obediencia
sacerdotal en el ambiente de una vida pobre y en la abnegación
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 74
propia, de forma que se acostumbren a renunciar ágilmente a lo que
es lícito, pero inconveniente, y asemejarse a Cristo crucificado.
Expónganse a los alumnos las cargas que han de aceptar, sin
ocultarles la más mínima dificultad de la vida sacerdotal; pero no se
fijen únicamente en el aspecto peligroso de su futuro apostolado,
sino que han de formarse para una vida espiritual que hay que
robustecer al máximo por la misma acción pastoral.
10. Los alumnos que, según las leyes santas y firmes de su propio
rito, siguen la venerable tradición del celibato sacerdotal, han de ser
educados cuidadosamente para este estado, en que, renunciando a la
sociedad conyugal por el reino de los cielos, se unen al Señor con
amor indiviso y, muy de acuerdo con el Nuevo Testamento, dan
testimonio de la resurrección en el siglo futuro, y consiguen de este
modo una ayuda aptísima para ejercitar constantemente la perfecta
caridad, con la que pueden hacerse todo para todos en el ministerio
sacerdotal. Sientan íntimamente con cuanta gratitud han de abrazar
ese estado no sólo como precepto de la ley eclesiástica, sino como un
don precioso de Dios que han de alcanzar humildemente, al que han
de esforzarse en corresponder libre y generosamente con el estímulo
y la ayuda de la gracia del Espíritu Santo.
Los alumnos han de conocer debidamente las obligaciones y la
dignidad del matrimonio cristiano que simboliza el amor entre
Cristo y la Iglesia; convénzanse, sin embargo, de la mayor excelencia
de la virginidad consagrada a Cristo, de forma que se entreguen
generosamente al Señor, después de una elección seriamente
premeditada y con entrega total de cuerpo y alma.
Hay que avisarles de los peligros que acechan su castidad, sobre
todo en la sociedad de estos tiempos; ayudados con oportunos
auxilios divinos y humanos, aprendan a integrar la renuncia del
matrimonio de tal forma que su vida y su trabajo no sólo no reciba
menoscabo del celibato, sino más bien ellos consigan un dominio
más profundo del alma y del cuerpo y una madurez más completa y
capten mejor la felicidad del Evangelio.
11. Obsérvense exactamente las normas de la educación cristiana,
y complétense convenientemente con los últimos hallazgos de la
sana psicología y de la pedagogía. Por medio de una educación
sabiamente ordenada hay que cultivar también en los alumnos la
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 75
necesaria madurez humana, la cual se comprueba, sobre todo, en
cierta estabilidad de ánimo, en la facultad de tomar decisiones
ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y
los hombres. Esfuércense los alumnos en moderar bien su propio
temperamento; edúquense en la reciedumbre de alma y aprendan a
apreciar, en general, las virtudes que más se estiman entre los
hombres y que hacen recomendables al ministro de Cristo, como son
la sinceridad de alma, la preocupación constante por la justicia, la
fidelidad en las promesas, la urbanidad en el obrar, la modestia
unida a la caridad en el hablar.
Hay que apreciar la disciplina del Seminario no sólo como defensa
eficaz de la vida común y de la caridad, sino como elemento
necesario de toda la formación para adquirir el dominio de sí
mismo, para procurar la sólida madurez de la persona y formar las
demás disposiciones del alma que ayudan decididamente a la labor
ordenada y fructuosa de la Iglesia. Obsérvese, sin embargo, la
disciplina de modo que se convierta en aptitud interna de los
alumnos, en virtud de la cual se acepta la autoridad de los
superiores por convicción interna o en conciencia, y por motivos
sobrenaturales. Aplíquense, no obstante, las normas de la disciplina
según la edad de los alumnos, de forma que mientras aprenden poco
a poco a gobernarse a sí mismos se acostumbren a usar
prudentemente de la libertad, a obrar según la propia iniciativa y
responsabilidad y a colaborar con los hermanos y los seglares. Toda
la vida de Seminario, impregnada de afán de piedad y de gusto del
silencio y de preocupación por la mutua ayuda, ha de ordenarse de
modo que constituya una iniciación en la vida que luego ha de llevar
el sacerdote.
12. A fin de que la formación espiritual se fundamente en razones
verdaderamente sólidas, y los alumnos abracen su vocación con
elección madura y deliberada, podrán los Obispos establecer un
intervalo conveniente de tiempo para una formación espiritual más
intensa. A su juicio queda también ver la oportunidad de determinar
cierta interrupción en los estudios o disponer un conveniente ensayo
pastoral para atender mejor a la aprobación de los candidatos al
sacerdocio. También se deja a la decisión de los Obispos, según las
condiciones de cada región, poder retrasar la edad exigida al
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 76
presente por el derecho común para las órdenes sagradas, y resolver
sobre la oportunidad de establecer que los alumnos, una vez
terminado el curso teológico, ejerciten por un tiempo conveniente el
orden del diaconado, antes de ordenarse sacerdotes.

3.1.2.3.3. Revisión de los estudios eclesiásticos.


13. Antes de que los seminaristas emprendan los estudios
propiamente eclesiásticos, deben poseer una formación humanística
y científica semejante a la que necesitan los jóvenes de su nación
para iniciar los estudios superiores, y deben, además adquirir tal
conocimiento de la lengua latina que puedan entender y usar las
fuentes de muchas ciencias y los documentos de la Iglesia. Téngase
como obligatorio en cada rito el estudio de la lengua litúrgica y
foméntese, cuanto más mejor, el conocimiento oportuno de las
lenguas de la Sagrada Escritura y de la Tradición.
14. En la revisión de los estudios eclesiásticos hay que atender,
sobre todo, a coordinar adecuadamente las disciplinas filosóficas y
teológicas, y que juntas tiendan a descubrir más y más en las mentes
de los alumnos el misterio de Cristo, que afecta a toda la historia del
género humano, influye constantemente en la Iglesia y actúa, sobre
todo, mediante el ministerio sacerdotal.
Para comunicar esta visión a los alumnos desde los umbrales de su
formación, los estudios eclesiásticos han de incoarse con un curso de
introducción, prorrogable por el tiempo que sea necesario. En esta
iniciación de los estudios propóngase el misterio de la salvación, de
forma que los alumnos se percaten del sentido y del orden de los
estudios eclesiásticos, y de su fin pastoral, y se vean ayudados, al
mismo tiempo, a fundamentar y penetrar toda su vida de fe, y se
confirmen en abrazar la vocación con entrega personal y alegría del
alma.
15. Las disciplina filosóficas hay que enseñarlas de suerte que los
alumnos se vean como llevados de la mano ante todo a un
conocimiento sólido y coherente del hombre, del mundo y de Dios
apoyados en el patrimonio filosófico siempre válido, teniendo
también en cuenta las investigaciones filosóficas de los tiempos
modernos sobre todo las que influyen más en la propia nación, y del
progreso más reciente de las ciencias, de forma que los alumnos,
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 77
bien conocida la índole de la época presente, se preparen
oportunamente para el diálogo con los hombres de su tiempo.
La historia de la filosofía enséñese de modo que los alumnos, al
mismo tiempo que captan los últimos principios de los varios
sistemas, retengan cuanto hay de probadamente verdadero en ellos
y puedan descubrir las raíces de los errores y rebatirlos.
En el modo de enseñar infúndase en los alumnos el amor de
investigar la verdad con todo rigor, de respetarla y demostrarla
juntamente con la honrada aceptación de los límites del
conocimiento humano. Atiéndase cuidadosamente a las relaciones
entre la filosofía y los verdaderos problemas de la vida, y las
cuestiones que preocupan a las almas de los alumnos, y ayúdeseles
también a descubrir los nexos existentes entre los argumentos
filosóficos y los misterios de la salvación que, en la teología superior,
se consideran a la luz de la fe.
16. Las disciplinas teológicas han de enseñarse a la luz de la fe y
bajo la guía del magisterio de la Iglesia, de modo que los alumnos
deduzcan cuidadosamente la doctrina católica de la Divina
Revelación; penetren en ella profundamente, la conviertan en
alimento de la propia vida espiritual, y puedan en su ministerio
sacerdotal anunciarla, exponerla y defenderla.
Fórmense con diligencia especial los alumnos en el estudio de la
Sagrada Escritura, que debe ser como el alma de toda la teología;
una vez antepuesta una introducción conveniente, iníciense con
cuidado en el método de la exégesis, estudien los temas más
importantes de la Divina Revelación, y en la lectura diaria y en la
meditación de las Sagradas Escrituras reciban su estímulo y su
alimento.
Ordénese la teología dogmática de forma que, ante todo, se
propongan los temas bíblicos; expóngase luego a los alumnos la
contribución que los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente
han aportado en la fiel transmisión y comprensión de cada una de
las verdades de la Revelación, y la historia posterior del dogma,
considerada incluso en relación con la historia general de la Iglesia;
aprendan luego los alumnos a ilustrar los misterios de la salvación,
cuanto más puedan, y comprenderlos más profundamente y
observar sus mutuas relaciones por medio de la especulación,
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 78
siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás; aprendan también a
reconocerlos presentes y operantes en las acciones litúrgicas y en
toda la vida de la Iglesia; a buscar la solución de los problemas
humanos bajo la luz de la Revelación; a aplicar las verdades eternas
a la variable condición de las cosas humanas, y a comunicarlas en
modo apropiado a los hombres de su tiempo.
Renuévense igualmente las demás disciplinas teológicas por un
contacto más vivo con el misterio de Cristo y la historia de la
salvación. Aplíquese un cuidado especial en perfeccionar la teología
moral, cuya exposición científica, más nutrida de la doctrina de la
Sagrada Escritura, explique la grandeza de la vocación de los fieles
en Cristo, y la obligación que tienen de producir su fruto para la
vida del mundo en la caridad. De igual manera, en la exposición del
derecho canónico y en la enseñanza de la historia eclesiástica,
atiéndase al misterio de la Iglesia, según la Constitución dogmática
De Ecclesia, promulgada por este Sagrado Concilio. La sagrada
Liturgia, que ha de considerarse como la fuente primera y necesaria
del espíritu verdaderamente cristiano, enséñese según el espíritu de
los artículos 15 y 16 de la Constitución sobre la sagrada liturgia.
Teniendo bien en cuenta las condiciones de cada región,
condúzcase a los alumnos a un conocimiento completo de las
Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de la Sede Apostólica
Romana, para que puedan contribuir a la restauración de la unidad
entre todos los cristianos que ha de procurarse según las normas de
este Sagrado Concilio.
Introdúzcase también a los alumnos en el conocimiento de las
otras religiones más extendidas en cada región, para que puedan
conocer mejor lo que por disposición de Dios, tienen de bueno y de
verdadero para que aprendan a refutar los errores y puedan
comunicar la luz plena de la verdad a los que carecen de ella.
17. Como la instrucción doctrinal no debe tender únicamente a la
comunicación de ideas, sino a la formación verdadera e interior de
los alumnos, han de revisarse los métodos didácticos, tanto por lo
que se refieren a las explicaciones, coloquios y ejercicios, como en lo
que mira a promover el estudio de los alumnos, en particular o en
equipos. Procúrese diligentemente la unidad y la solidez de toda la
formación, evitando el exceso de asignaturas y de clases y omitiendo
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los problemas carentes de interés o que pertenecen a estudios más
elevados propios de la universidad.
18. Los Obispos han de procurar que los jóvenes aptos por su
carácter, su virtud y su ingenio sean enviados a institutos especiales,
facultades o universidades, para que se preparen sacerdotes,
instruidos con estudios superiores, en las ciencias sagradas y en
otras que juzgaran oportunas, a fin de que puedan satisfacer las
diversas necesidades del apostolado; pero no se desatienda en modo
alguno su formación espiritual y pastoral, sobre todo si aún no son
sacerdotes.

3.1.2.4. Presbyterorum Ordinis


3.1.2.4.1. Vocación de los Presbíteros a la Perfección
12. Por el Sacramento del Orden los presbíteros se configuran con
Cristo Sacerdote, como miembros con la Cabeza, para la
estructuración y edificación de todo su Cuerpo, que es la Iglesia,
como cooperadores del orden episcopal. Ya en la consagración del
bautismo, como todos los fieles cristianos, recibieron ciertamente la
señal y el don de tan gran vocación y gracia para sentirse capaces y
obligados, en la misma debilidad humana[Cf. 2 Cor., 12, 9], a seguir
la perfección, según la palabra del Señor: "Sed, pues, perfectos, como
perfecto es vuestro Padre celestial" (Mt., 5, 48). Los sacerdotes están
obligados especialmente a adquirir aquella perfección, puesto que,
consagrados de una forma nueva a Dios en la recepción del Orden,
se constituyen en instrumentos vivos del Sacerdote Eterno para
poder proseguir, a través del tiempo, su obra admirable, que
reintegró, con divina eficacia, todo el género humano[Cf. Pío XI,
Encícl. Ad catholici sacerdotii, del 20 de diciembre de 1935: AAS 28
(1936), p. 10.]. Puesto que todo sacerdote representa a su modo la
persona del mismo Cristo, tiene también, al mismo tiempo que sirve
a la plebe encomendada y a todo el pueblo de Dios, la gracia
singular de poder conseguir más aptamente la perfección de Aquel
cuya función representa, y la de que sane la debilidad de la carne
humana la santidad del que por nosotros fue hecho Pontífice "santo,
inocente, inmaculado, apartado de los pecadores" (Hb., 7, 26).
Cristo, a quien el Padre santificó o consagró y envió al mundo[Cf.
Jn., 10, 36.], "se entregó por nosotros para rescatarnos de toda

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iniquidad, y adquirirse un pueblo propio y aceptable, celador de
obras buenas" (Tit., 2, 14), y así, por su pasión, entró en su gloria[Cf.
Lc., 24, 26.]; semejantemente los presbíteros, consagrados por la
unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí
mismos las tendencias de la carne y se entregan totalmente al
servicio de los hombres, y de esta forma pueden caminar hacia el
varón perfecto[ Cf. Ef., 4, 13.], en la santidad con que han sido
enriquecidos en Cristo.
Así, pues, ejerciendo el ministerio del Espíritu y de la justicia[Cf. 2
Cor., 3, 8-9.], se fortalecen en la vida del Espíritu, con tal que sean
dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y conduce. Pues ellos se
ordenan a la perfección de la vida por las mismas acciones sagradas
que realizan cada día, como por todo su ministerio, que ejercitan en
unión con el obispo y con los presbíteros. Mas la santidad de los
presbíteros contribuye poderosamente al cumplimiento fructuoso
del propio ministerio, porque aunque la gracia de Dios puede
realizar la obra de la salvación, también por medio de ministros
indignos, sin embargo, Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar
sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso
y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su
santidad de vida, pueden decir con el apóstol: "Ya no vivo yo, es
Cristo quien vive en mí" (Gal., 2, 20).
Por lo cual, este Sagrado Concilio, para conseguir sus propósitos
pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del
Evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo actual,
exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, usando los
medios oportunos recomendados por la Iglesia [Cf. entre otros
documentos: S. Pío X, Exhort. al clero Haerent animo, del 4 de agosto
de 1908: Acta Pii X, vol. IV (1908), p. 237 ss.; Pío XI, Encicl. Ad
catholici sacerdotii, l. c., p. 5 ss.; Pío XII, Exhortación apostólica Menti
nostrae, del 23 de setiembre de 1950: AAS 42 (1950), p. 657 ss.; Juan
XXIII, Encícl. Sacerdotii nostri primordia, del 1 de agosto de 1959: AAS
51 (1959), p. 545 ss.], aspiren siempre hacia una santidad cada vez
mayor, con la que de día en día se conviertan en ministros más aptos
para el servicio de todo el Pueblo de Dios.
El ejercicio de la triple función sacerdotal requiere
y favorece a un tiempo la santidad
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 81
3.1.2.4.2. Exigencias Espirituales Características en la Vida de los
Presbíteros

3.1.2.4.2.1. Humildad y obediencia


15. Entre las virtudes principalmente requeridas en el ministerio
de los presbíteros hay que contar aquella disposición de alma por la
que están siempre preparados a buscar, no su voluntad, sino la
voluntad de quien los envió[ Cf. Jn., 4, 34; 5, 30; 6, 38.]. Porque la
obra divina, para cuya realización los tomó el Espíritu Santo[Cf. Act.,
135, 2.], trasciende todas las fuerzas humanas y la sabiduría de los
hombres, pues "Dios eligió los débiles del mundo para confundir a
los fuertes" (1 Cor., 1, 27). Conociendo, pues, su propia debilidad, el
verdadero ministro de Cristo trabaja con humildad, buscando lo que
es grato a Dios[ Cf. Ef., 5, 10.], y como encadenado por el
Espíritu[Act., 20, 22.], es llevado en todo por la voluntad de quien
desea que todos los hombres se salven; voluntad que puede
descubrir y cumplir en los quehaceres diarios, sirviendo
humildemente a todos los que Dios le ha confiado, en el ministerio
que se le ha entregado y en los múltiples acontecimientos de su vida.
Pero como el ministerio sacerdotal es el ministerio de la misma
Iglesia, no puede efectuarse más que en la comunión jerárquica de
todo el cuerpo. La caridad pastoral urge, pues, a los presbíteros que,
actuando en esta comunión, consagren su voluntad propia por la
obediencia al servicio de Dios y de los hermanos, recibiendo con
espíritu de fe y cumpliendo los preceptos y recomendaciones
emanadas del Sumo Pontífice, del propio obispo y de otros
superiores; gastándose y agotándose de buena gana[Cf. 2 Cor., 12,
15.] en cualquier servicio que se les haya confiado, por humilde y
pobre que sea. De esta forma guardan y reafirman la necesaria
unidad con sus hermanos en el ministerio, y sobre todo con los que
el Señor constituyó en rectores visibles de su Iglesia, y obran para la
edificación del Cuerpo de Cristo, que crece "por todos los ligamentos
que lo nutren"[Cf. Ef., 4, 11-16.]. Esta obediencia, que conduce a la
libertad más madura de los hijos de Dios, exige por su naturaleza
que, mientras movidos por la caridad, los presbíteros, en el
cumplimiento de su cargo, investigan prudentemente nuevos

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 82


caminos para el mayor bien de la Iglesia, propongan confiadamente
sus proyectos y expongan instantemente las necesidades del rebaño
a ellos confiado, dispuestos siempre a acatar el juicio de quienes
desempeñan la función principal en el régimen de la Iglesia de Dios.
Los presbíteros, con esta humildad y esta obediencia responsable y
voluntaria, se asemejan a Cristo, sintiendo en sí lo que en Cristo
Jesús, que "se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo...,
hecho obediente hasta la muerte" (Fil., 2, 7-9). Y con esta obediencia
venció y reparó la desobediencia de Adán, como atestigua el apóstol:
"Por la desobediencia de un hombre muchos fueron hechos
pecadores; así también, por la obediencia de uno muchos serán
hechos justos" (Rom., 5, 19).

3.1.2.4.2.2. Hay que abrazar el celibato y apreciarlo como una


gracia
16. La perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos,
recomendada por nuestro Señor[Cf. Mt., 19, 12.], aceptada con gusto
y observada plausiblemente en el decurso de los siglos e incluso en
nuestros días por no pocos fieles cristianos, siempre ha sido tenida
en gran aprecio por la Iglesia, especialmente para la vida sacerdotal.
Porque es al mismo tiempo emblema y estímulo de la caridad
pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo[
Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 42: AAS 57 91965), pp.
47-49.]. No es exigida ciertamente por la naturaleza misma del
sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva[ Cf. 1
Tim., 3, 2-5; Tit., 1, 6.] y por la tradición de las Iglesias orientales, en
donde, además de aquellos que con todos los obispos eligen el
celibato como un don de la gracia, hay también presbíteros
beneméritos casados; pero al tiempo que recomienda el celibato
eclesiástico, este Santo Concilio no intenta en modo alguno cambiar
la distinta disciplina que rige legítimamente en las Iglesias
orientales, y exhorta amabilísimamente a todos los que recibieron el
presbiterado en el matrimonio a que, perseverando en la santa
vocación, sigan consagrando su vida plena y generosamente al
rebaño que se les ha confiado[Cf. Pío XI, Encícl. Ad catholici
sacerdocii, del 20 de diciembre de 1935: AAS 28 (1936), p. 28.].

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 83


Pero el celibato tiene mucha conformidad con el sacerdocio.
Porque toda la misión del sacerdote se dedica al servicio de la nueva
humanidad, que Cristo, vencedor de la muerte, suscita en el mundo
por su Espíritu, y que trae su origen "no de la sangre, ni de la
voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios" (Jn. 1, 13).
Los presbíteros, pues, por la virginidad o celibato conservado por el
reino de los cielos[Cf. Mt., 19, 12.], se consagran a Cristo de una
forma nueva y exquisita, se unen a El más fácilmente con un corazón
indiviso[Cf. 1 Cor., 7, 32-34.], se dedican más libremente en El y por
El al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a
su reino y a la obra de regeneración sobrenatural, y con ello se hacen
más aptos para recibir ampliamente la paternidad en Cristo. De esta
forma, pues, manifiestan delante de los hombres que quieren
dedicarse al ministerio que se les ha confiado, es decir, de desposar a
los fieles con un solo varón, y de presentarlos a Cristo como una
virgen casta[Cf. 2 Cor., 11, 2.], y con ello evocan el misterioso
matrimonio establecido por Dios, que ha de manifestarse
plenamente en el futuro, por el que la Iglesia tiene a Cristo como
Esposo único[Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, nn. 42 y 44:
AAS 57 (1965), pp. 47-49 y 50-51; Decreto De accommodata renovatione
vitae religiosae, n. 12.]. Se constituyen, además, en señal viva de aquel
mundo futuro, presente ya por la fe y por la caridad, en que los hijos
de la resurrección no tomarán maridos ni mujeres[Cf. Lc., 20, 35-36;
Pío XI, Encícl. Ad catholici sacerdotii, l. c., pp. 24-28; Pío XII, Encícl.
Sacra Virginitas, del 25 de marzo de 1954: AAS 46 (1954), pp. 169-
172.].
Por estas razones, fundadas en el misterio de Cristo y en su
misión, el celibato, que al principio se recomendaba a los sacerdotes,
fue impuesto por ley después en la Iglesia Latina a todos los que
eran promovidos al Orden sagrado. Este Santo Concilio aprueba y
confirma esta legislación en cuanto se refiere a los que se destinan
para el presbiterado, confiando en el Espíritu que el don del celibato,
tan conveniente al sacerdocio del Nuevo Testamento, les será
generosamente otorgado por el Padre, con tal que se lo pidan con
humildad y constancia los que por el sacramento del Orden
participan del sacerdocio de Cristo, más aún, toda la Iglesia. Exhorta
también este Sagrado Concilio a los presbíteros que, confiados en la
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 84
gracia de Dios, recibieron libremente el sagrado celibato según el
ejemplo de Cristo, a que, abrazándolo con magnanimidad y de todo
corazón, y perseverando en tal estado con fidelidad, reconozcan el
don excelso que el Padre les ha dado y que tan claramente ensalza el
Señor[Cf. Mt., 19, 11.], y pongan ante su consideración los grandes
misterios que en él se expresan y se verifican. Cuando más
imposible les parece a no pocas personas la perfecta continencia en
el mundo actual, con tanto mayor humildad y perseverancia pedirán
los presbíteros, juntamente con la Iglesia, la gracia de la fidelidad,
que nunca ha sido negada a quienes la piden, sirviéndose también,
al mismo tiempo, de todas las ayudas sobrenaturales y naturales,
que todos tienen a su alcance. No dejen de seguir las normas, sobre
todo las ascéticas, que la experiencia de la Iglesia aprueba, y que no
son menos necesarias en el mundo actual. Ruega, por tanto, este
Sagrado Concilio, no sólo a los sacerdotes, sino también a todos los
fieles, que aprecien cordialmente este precioso don del celibato
sacerdotal, y que pidan todos a Dios que El conceda siempre
abundantemente ese don a su Iglesia.

3.1.2.4.2.3. Posición respecto al mundo y los bienes terrenos, y


pobreza voluntaria
17. Por la amigable y fraterna convivencia mutua y con los demás
hombres, pueden aprender los presbíteros a cultivar los valores
humanos y a apreciar los bienes creados como dones de Dios.
Aunque viven en el mundo, sepan siempre, sin embargo, que ellos
no son del mundo, según la sentencia del Señor, nuestro Maestro[Cf.
Jn., 17, 14-16.]. Disfrutando, pues, del mundo como si no
disfrutasen[Cf. 1 Cor., 7, 31.], llegarán a la libertad de los que, libres
de toda preocupación desordenada, se hacen dóciles para oír la voz
divina en la vida ordinaria. De esta libertad y docilidad emana la
discreción espiritual con que se halla la recta postura frente al
mundo y a los bienes terrenos. Postura de gran importancia para los
presbíteros, porque la misión de la Iglesia se desarrolla en medio del
mundo, y porque los bienes creados son enteramente necesarios
para el provecho personal del hombre. Agradezcan, pues, todo lo
que el Padre celestial les concede para vivir convenientemente. Es
necesario, con todo, que examinen a la luz de la fe todo lo que se les

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 85


presenta, para usar de los bienes según la voluntad de Dios y dar de
mano a todo cuanto obstaculiza su misión.
Pues los sacerdotes, ya que el Señor es su "porción y herencia"
(núms. 18, 20), deben usar los bienes temporales tan sólo para los
fines a los que pueden lícitamente destinarlos, según la doctrina de
Cristo Señor y la ordenación de la Iglesia.
Los bienes eclesiásticos propiamente dichos, según su naturaleza,
deben administrarlos los sacerdotes según las normas de las leyes
eclesiásticas, con la ayuda, en cuanto sea posible, de expertos
seglares, y destinarlos siempre a aquellos fines para cuya
consecución es lícito a la Iglesia poseer bienes temporales, esto es,
para el mantenimiento del culto divino, para procurar la honesta
sustentación del clero y para realizar las obras del sagrado
apostolado o de la caridad, sobre todo con los necesitados[ Conc.
Antioch., can. 25, Mansi, 1328; Decretum Gratiani, c. 23, C. 12, q. 1.].
En cuanto a los bienes que recaban con ocasión del ejercicio de algún
oficio eclesiástico, salvo el derecho particular[ Esto se entiende sobre
todo de los derechos y costumbres vigentes en las Iglesias
orientales.], los presbíteros, lo mismo que los obispos, aplíquenlos,
en primer lugar, a su honesto sustento y a la satisfacción de las
exigencias de su propio estado; y lo que sobre, sírvanse destinarlo
para el bien de la Iglesia y para obras de caridad. No tengan, por
consiguiente, el beneficio como una ganancia, ni empleen sus
emolumentos para engrosar su propio caudal[Conc. Paris., a. 829,
can. 15: M. G. H., Sect. III, Concilia, t. 2, pars 6, 622; Conc. Trident.,
Sess. XXV, De reform., cap. I.]. Por ello los sacerdotes, teniendo el
corazón despegado de las riquezas[Cf. Ps., 62, 11, Vg., 61.], han de
evitar siempre toda clase de ambición y abstenerse cuidadosamente
de toda especie de comercio.
Más aún, siéntanse invitados a abrazar la pobreza voluntaria, para
asemejarse más claramente a Cristo y estar más dispuestos para el
ministerio sagrado. Porque Cristo, siendo rico, se hizo pobre por
nosotros, para que fuéramos ricos con su pobreza[Cf. 2 Cor., 8, 9.]. Y
los apóstoles manifestaron, con su ejemplo, que el don gratuito de
Dios hay que distribuirlo gratuitamente[Cf. Act., 8, 18-25.], sabiendo
vivir en la abundancia y pasar necesidad[ Cf. Fil., 4, 12.]. Pero
incluso una cierta comunidad de bienes, a semejanza de la que se
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 86
alaba en la historia de la Iglesia primitiva[Cf. Act., 2, 42-47], prepara
muy bien el terreno para la caridad pastoral; y por esa forma de vida
pueden los presbíteros practicar laudablemente el espíritu de
pobreza que Cristo recomienda.
Guiados, pues, por el Espíritu del Señor, que ungió al Salvador y
lo envió a evangelizar a los pobres[Cf. Lc., 4, 18.], los presbíteros, y lo
mismo los obispos, mucho más que los restantes discípulos de
Cristo, eviten todo cuanto pueda alejar de alguna forma a los pobres,
desterrando de sus cosas toda clase de vanidad. Dispongan su
morada de forma que a nadie esté cerrada, y que nadie, incluso el
más pobre, recele frecuentarla.

3.1.2.4.2.4. Recursos para fomentar la vida espiritual


18. Para que los presbíteros puedan fomentar la unión con Cristo
en todas las circunstancias de la vida, además del ejercicio
consciente de su ministerio, cuentan con los medios comunes y
particulares, nuevos y antiguos, que nunca deja de suscitar en el
pueblo de Dios el Espíritu Santo, y que la Iglesia recomienda, e
incluso manda alguna vez, para la santificación de sus miembros[
Cf. CIC., can. 125 ss.]. Entre todas las ayudas espirituales sobresalen
los actos con que los cristianos se nutren de la palabra de Dios en la
doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía[Cf. Conc. Vat.
II, Decr. De accommodata renovatione vitae religiosae, n. 6; Const. dogm.
De Divina Revelatione, n. 21.]; a nadie se oculta cuánta trascendencia
tiene su participación asidua para la santificación propia de los
presbíteros.
Los ministros de la gracia sacramental se unen íntimamente a
Cristo Salvador y Pastor por la fructuosa recepción de los
sacramentos, sobre todo en la frecuente acción sacramental de la
Penitencia, puesto que, preparada con el examen diario de
conciencia, favorece tantísimo la necesaria conversión del corazón al
amor del Padre de las misericordias. A la luz de la fe, nutrida con la
lectura divina, pueden buscar cuidadosamente las señales de la
voluntad divina y los impulsos de su gracia en los varios aconteceres
de la vida, y hacerse, con ello, más dóciles cada día para su misión
recibida en el Espíritu Santo. En la Santísima Virgen María
encuentran siempre un ejemplo admirable de esta docilidad, pues
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 87
ella, guiada por el Espíritu Santo, se entregó totalmente al misterio
de la redención de los hombres[ Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De
Ecclesia, n. 65: AAS 57 (1965), pp. 64-65.]; veneren y amen los
presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y
Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio.
Para cumplir con fidelidad su ministerio, gusten cordialmente el
coloquio divino con Cristo Señor en la visita y en el culto personal
de la Sagrada Eucaristía; practiquen gustosos el retiro espiritual y
aprecien mucho la dirección espiritual. De muchas maneras,
especialmente por la recomendada oración mental y variadas
fórmulas de oraciones, que eligen a su gusto, los presbíteros buscan
y piden instantemente a Dios el verdadero espíritu de oración con
que ellos mismos, juntamente con la plebe que se les ha confiado, se
unen íntimamente con Cristo Mediador del Nuevo Testamento, y así
pueden clamar como hijos de adopción: "Abba, Padre" (Rom., 8, 15).

3.1.2.4.2.5. Estudio y ciencia pastoral


19. En el sagrado rito de la Ordenación el obispo recomienda a los
presbíteros que "estén maduros en la ciencia" y que su doctrina sea
"medicina espiritual para el pueblo de Dios"[ Pont. Rom., "De
Ordinatione Presbyteri".]. Pero la ciencia de un ministro sagrado
debe ser sagrada, porque emana de una fuente sagrada y a un fin
sagrado se dirige. Ante todo, pues, se obtiene por la lectura y
meditación de la Sagrada Escritura[ Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm.
De Divina Revelatione, n. 25.], y se nutre también fructuosamente con
el estudio de los santos Padres y Doctores, y de otros monumentos
de la Tradición. Además, para responder convenientemente a los
problemas propuestos por los hombres contemporáneos, conviene
que los presbíteros conozcan los documentos del Magisterio y, sobre
todo, de los Concilios y de los Romanos Pontífices, y consulten a los
mejores y probados escritores de Teología.
Pero como en nuestros tiempos la cultura humana, y también las
ciencias sagradas, avanzan con un ritmo nuevo, los presbíteros se
ven impulsados a completar convenientemente y sin intermisión su
ciencia divina y humana, y a prepararse, de esta forma, para
entablar más ventajosamente el diálogo con los hombres de su
tiempo.
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Para que los presbíteros se entreguen más fácilmente a los
estudios y capten con más eficacia los métodos de la evangelización
y del apostolado, prepárenseles cuidadosamente los medios
necesarios, como son la organización de cursos y de congresos,
según las condiciones de cada país, la erección de centros destinados
a los estudios pastorales, la fundación de bibliotecas y una
conveniente dirección de los estudios por personas competentes.
Consideren, además, los obispos, o en particular, o reunidos entre sí,
el modo más conveniente de conseguir que todos los presbíteros, en
tiempo determinado, sobre todo en los primeros años después de su
Ordenación[ Este curso no es el mismo que el curso pastoral, que ha
de celebrarse inmediatamente después de la ordenación, sobre el
que habla el Decreto Optatum nobis, sobre la formación sacerdotal, n.
22.], puedan asistir a un curso en que se les brinde la ocasión de
conseguir un conocimiento más completo de los métodos pastorales
y de la ciencia teológica, y, sobre todo, de fortalecer su vida
espiritual y de comunicarse mutuamente con los hermanos las
experiencias apostólicas[Cf. Conc. Vat. II, Decr. De pastorali
Episcoporum munere in Ecclesia, n. 16.]. Ayúdese especialmente con
estas y otras atenciones oportunas también a los neo-párrocos y a los
que se destinan para una nueva empresa pastoral, o a los que se
envían a otra diócesis o nación.
Procuren, por fin, los obispos que se dediquen algunos más
profundamente a la ciencia divina, a fin de que nunca falten
maestros idóneos para formar a los clérigos, para ayudar a los otros
sacerdotes y a los fieles a conseguir la doctrina que necesitan, y para
fomentar el sano progreso en las disciplinas sagradas, que es
totalmente necesario en la Iglesia.

3.1.2.4.2.6. Hay que proveer la justa remuneración de los


presbíteros
20. Los presbíteros, entregados al servicio de Dios en el
cumplimiento de la misión que se les ha confiado, son dignos de
recibir la justa remuneración, porque "el obrero es digno de su
salario" (Lc., 10, 7)[152 Cf. Mt., 10, 10; 1 Cor., 9, 7; 1 Tim., 5, 18], y "el
Señor ha ordenado a los que anuncian el Evangelio que vivan del
Evangelio" (1 Cor., 9, 14). Por lo cual, cuando no se haya provisto de

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 89


otra forma la justa remuneración de los presbíteros, los mismos
fieles tienen la obligación de cuidar que puedan procurarse los
medios necesarios para vivir honesta y dignamente, ya que los
presbíteros consagran su trabajo al bien de los fieles. Los obispos,
por su parte, tienen el deber de avisar a los fieles acerca de esta
obligación, y deben procurar, o bien cada uno para su diócesis o
mejor varios en unión para el territorio común, que se establezcan
normas con que se mire por la honesta sustentación de quienes
desempeñan o han desempeñado alguna función en servicio del
pueblo de Dios. Pero la remuneración que cada uno ha de recibir,
habida consideración de la naturaleza del cargo mismo y de las
condiciones de lugares y de tiempos, sea fundamentalmente la
misma para todos los que se hallen en las mismas circunstancias,
corresponda a su condición y les permita, además, no sólo proveer a
la paga de las personas dedicadas al servicio de los presbíteros, sino
también ayudar personalmente, de algún modo, a los necesitados,
porque el ministerio para con los pobres lo apreció muchísimo la
Iglesia ya desde sus principios. Esta remuneración, además, sea tal
que permita a los presbíteros disfrutar de un tiempo debido y
suficiente de vacaciones: los obispos deben procurar que lo puedan
tener los presbíteros.
Es preciso atribuir la máxima importancia a la función que
desempeñan los sagrados ministros. Por lo cual hay que dejar el
sistema que llaman beneficial, o a lo menos hay que reformarlo, de
suerte que la parte beneficial, o el derecho a los réditos dotales
añejos al beneficio, se considere como secundaria y se atribuya, en
derecho, el primer lugar al propio oficio eclesiástico, que, por cierto,
ha de entenderse en lo sucesivo cualquier cargo conferido
establemente para ejercer un fin espiritual.

3.1.3. Los cánones que son anexados con el canon 1029:


259 § 2. El Obispo diocesano, o los Obispos interesados si se trata
de un seminario interdiocesano, visiten personalmente y con
frecuencia el seminario, supervisen la formación de sus alumnos y la
enseñanza de las materias filosóficas y teológicas, y obtengan
conocimiento de la vocación, carácter, piedad y aprovechamiento de
los alumnos, sobre todo con vistas a conferirles las sagradas órdenes.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 90
1025 § 1. Para la lícita ordenación de presbítero o de diácono se
requiere que, tras realizar las pruebas que prescribe el derecho, el
candidato reúna, a juicio del Obispo propio o del Superior mayor
competente, las debidas cualidades, que no le afecte ninguna
irregularidad o impedimento y que haya cumplido los requisitos
previos, a tenor de los ⇒ cc. 1033-1039; es necesario, además, que se
tengan los documentos indicados en el ⇒ c. 1050, y que se haya
efectuado el escrutinio prescrito en el ⇒ c. 1051.
§ 2. Se requiere también que, a juicio del mismo legítimo
Superior, sea considerado útil para el ministerio de la Iglesia.
§ 3. Al Obispo que ordena a un súbdito propio destinado al
servicio de otra diócesis, debe constarle que el ordenando quedará
adscrito a esa diócesis.
1027 Los aspirantes al diaconado y al presbiterado han de ser
formados con una esmerada preparación, a tenor del derecho.
1028 Cuide el Obispo diocesano o el Superior competente de que
los candidatos, antes de recibir un orden, conozcan debidamente lo
que a él se refiere, y las obligaciones que lleva consigo.
1030 Sólo por una causa canónica, aunque sea oculta, puede el
Obispo propio o el Superior mayor competente prohibir a los
diáconos destinados al presbiterado, súbditos suyos, la recepción de
este orden, quedando a salvo el recurso conforme a derecho.
1031 § 1. Únicamente debe conferirse el presbiterado a quienes
hayan cumplido veinticinco años y gocen de suficiente madurez,
dejando además un intersticio al menos de seis meses entre el
diaconado y el presbiterado; quienes se destinan al presbiterado
pueden ser admitidos al diaconado sólo después de haber cumplido
veintitrés años.
§ 2. El candidato al diaconado permanente que no esté casado
sólo puede ser admitido a este orden cuando haya cumplido al
menos veinticinco años; quien esté casado, únicamente después de
haber cumplido al menos treinta y cinco años, y con el
consentimiento de su mujer.
§ 3. Las Conferencias Episcopales pueden establecer normas por
las que se requiera una edad superior para recibir el presbiterado o
el diaconado permanente.

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§ 4. Queda reservada a la Sede Apostólica la dispensa de la edad
requerida según los § § 1 y 2, cuando el tiempo sea superior a un
año.
1032 § 1. Los aspirantes al presbiterado sólo pueden ser
promovidos al diaconado después de haber terminado el quinto año
del ciclo de estudios filosófico-teológicos.
§ 2. Después de terminar los estudios, el diácono debe tomar
parte en la cura pastoral, ejerciendo el orden diaconal, antes de
recibir el presbiterado, durante un tiempo adecuado que habrá de
determinar el Obispo o el Superior mayor competente.
§ 3. El aspirante al diaconado permanente no debe recibir este
orden sin haber cumplido el tiempo de su formación.
1041 Son irregulares para recibir órdenes:
1 quien padece alguna forma de amencia u otra enfermedad
psíquica por la cual, según el parecer de los peritos, queda
incapacitado para desempeñar rectamente el ministerio;
2 quien haya cometido el delito de apostasía, herejía o cisma;
3 quien haya atentado matrimonio, aun sólo civil, estando
impedido para contraerlo, bien por el propio vínculo matrimonial, o
por el orden sagrado o por voto público perpetuo de castidad, bien
porque lo hizo con una mujer ya unida en matrimonio válido o
ligada por ese mismo voto;
4 quien haya cometido homicidio voluntario o procurado el aborto
habiéndose verificado éste, así como todos aquellos que hubieran
cooperado positivamente;
5 quien dolosamente y de manera grave se mutiló a sí mismo o a
otro, o haya intentado suicidarse;
6 quien haya realizado un acto de potestad de orden reservado o a
los Obispos o los presbíteros, sin haber recibido ese orden o
estándole prohibido su ejercicio por una pena canónica declarada o
impuesta.
1042 Están simplemente impedidos para recibir las órdenes:
3 el neófito, a no ser que, a juicio del Ordinario, haya sido
suficientemente probado.
1051 Por lo que se refiere a la investigación de las cualidades que
se requieren en el ordenando, deben observarse las prescripciones
siguientes:
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 92
1 el rector del seminario o de la casa de formación ha de certificar
que el candidato posee las cualidades necesarias para recibir el
orden, es decir, doctrina recta, piedad sincera, buenas costumbres y
aptitud para ejercer el ministerio; e igualmente, después de la
investigación oportuna, hará constar su estado de salud física y
psíquica;
2 para que la investigación sea realizada convenientemente, el
Obispo diocesano o el Superior mayor puede emplear otros medios
que le parezcan útiles, atendiendo a las circunstancias de tiempo y
de lugar, como son las cartas testimoniales, las proclamas u otras
informaciones.
1052 § 1. Para que el Obispo que confiere la ordenación por
derecho propio pueda proceder a ella, debe tener constancia de que
se han recibido los documentos indicados en el ⇒ c. 1050, y de que
se ha probado de manera positiva la idoneidad del candidato,
mediante la investigación realizada según derecho.
§ 2. Para que un Obispo ordene a un súbdito ajeno, basta que las
dimisorias atestigüen que se tienen esos documentos, que se ha
hecho el escrutinio a tenor del derecho, y que consta la idoneidad
del candidato; si el ordenando es miembro de un instituto religioso o
de una sociedad de vida apostólica, las dimisorias deben además dar
fe de que ha sido recibido en el instituto o sociedad de modo
definitivo y es súbdito del Superior que da las dimisorias.
§ 3. Si, a pesar de todo esto, el Obispo duda con razones ciertas
de la idoneidad del candidato para recibir las órdenes, no lo debe
ordenar.

3.2. LOS DEBERES DEL SACERDOTE

3.2. 1. Administrar solemnemente el Bautismo


3.2.1.1. Bautismo
849 El bautismo, puerta de los sacramentos, cuya recepción de
hecho o al menos de deseo es necesaria para la salvación, por el cual
los hombres son liberados de los pecados, reengendrados como hijos
de Dios e incorporados a la Iglesia, quedando configurados con
Cristo por el carácter indeleble, se confiere válidamente sólo

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 93


mediante la ablución con agua verdadera acompañada de la debida
forma verbal.

3.2.1.2. La celebración del Bautismo


850 El bautismo se administra según el ritual prescrito en los libros
litúrgicos aprobados, excepto en caso de necesidad urgente, en el
cual deben cumplirse sólo aquellas cosas que son necesarias para la
validez del sacramento.
851 Se ha de preparar convenientemente la celebración del
bautismo; por tanto:
1 el adulto que desee recibir el bautismo ha de ser admitido al
catecumenado y, en la medida de lo posible, ser llevado por pasos
sucesivos a la iniciación sacramental, según el ritual de iniciación
adaptado por la Conferencia Episcopal, y atendiendo a las normas
peculiares dictadas por la misma;
2 los padres del niño que va a ser bautizado, y asimismo quienes
asumirán la función de padrinos, han de ser convenientemente
ilustrados sobre el significado de este sacramento y las obligaciones
que lleva consigo; y debe procurar el párroco, personalmente o por
medio de otras personas, que los padres sean oportunamente
instruidos con exhortaciones pastorales e incluso con la oración en
común, reuniendo a varias familias, y visitándolas donde sea posible
hacerlo.
852 § 1. Las disposiciones de los cánones sobre el bautismo de
adultos se aplican a todos aquellos que han pasado de la infancia y
tienen uso de razón.
§ 2. También por lo que se refiere al bautismo, el que no tiene
uso de razón se asimila al infante.
853 Fuera del caso de necesidad, el agua que se emplea para
administrar el bautismo debe estar bendecida según las
prescripciones de los libros litúrgicos.
854 El bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión,
de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal.
855 Procuren los padres, los padrinos y el párroco que no se
imponga un nombre ajeno al sentir cristiano.

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856 Aunque el bautismo puede celebrarse cualquier día, es sin
embargo aconsejable que, de ordinario, se administre el domingo o,
si es posible, en la vigilia Pascual.
857 § 1. Fuera del caso de necesidad, el lugar propio para el
bautismo es una iglesia u oratorio.
§ 2. Como norma general, el adulto debe bautizarse en la iglesia
parroquial propia, y el niño en la iglesia parroquial de sus padres, a
no ser que una causa justa aconseje otra cosa.
858 § 1. Toda iglesia parroquial ha de tener pila bautismal,
quedando a salvo el derecho cumulativo ya adquirido por otras
iglesias.
§ 2. El Ordinario del lugar, habiendo oído al párroco del lugar del
que se trate, puede permitir o mandar que, para comodidad de los
fieles, haya también pila bautismal en otra iglesia u oratorio dentro
de los límites de la parroquia.
859 Si, por la lejanía u otras circunstancias, el que ha de ser
bautizado no puede ir o ser llevado sin grave inconveniente a la
iglesia parroquial o a aquella otra iglesia u oratorio de que se trata
en el ⇒ c. 858 § 2, puede y debe conferirse el bautismo en otra iglesia
u oratorio más cercanos, o en otro lugar decente.
860 § 1. Fuera del caso de necesidad, no debe administrarse el
bautismo en casas particulares, a no ser que el Ordinario del lugar lo
hubiera permitido por causa grave.
§ 2. A no ser que el Obispo diocesano establezca otra cosa, el
bautismo no debe celebrarse en los hospitales, exceptuando el caso
de necesidad o cuando lo exija otra razón pastoral.

3.2.1.3. Ministro del Bautismo


861 § 1. Quedando en vigor lo que prescribe el ⇒ c. 530, 1, es
ministro ordinario del bautismo el Obispo, el presbítero y el
diácono.
§ 2. Si está ausente o impedido el ministro ordinario, administra
lícitamente el bautismo un catequista u otro destinado para esta
función por el Ordinario del lugar, y, en caso de necesidad,
cualquier persona que tenga la debida intención; y han de procurar
los pastores de almas, especialmente el párroco, que los fieles sepan
bautizar debidamente.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 95
862 Exceptuando el caso de necesidad, a nadie es lícito bautizar en
territorio ajeno sin la debida licencia, ni siquiera a sus súbditos.
863 Ofrézcase al Obispo el bautismo de los adultos, por lo menos
el de aquellos que han cumplido catorce años, para que lo
administre él mismo, si lo considera conveniente.

3.2.1.4. Los que van a ser bautizados


864 Es capaz de recibir el bautismo todo ser humano aún no
bautizado, y sólo él.
865 § 1. Para que pueda bautizarse a un adulto, se requiere que
haya manifestado su deseo de recibir este sacramento, esté
suficientemente instruido sobre las verdades de la fe y las
obligaciones cristianas y haya sido probado en la vida cristiana
mediante el catecumenado; se le ha de exhortar además a que tenga
dolor de sus pecados.
§ 2. Puede ser bautizado un adulto que se encuentre en peligro
de muerte si, teniendo algún conocimiento sobre las verdades
principales de la fe, manifiesta de cualquier modo su intención de
recibir el bautismo y promete que observará los mandamientos de la
religión cristiana.
866 A no ser que obste una causa grave, el adulto que es bautizado
debe ser confirmado inmediatamente después del bautismo y
participar en la celebración eucarística, recibiendo también la
comunión.
867 § 1. Los padres tienen obligación de hacer que los hijos sean
bautizados en las primeras semanas; cuanto antes después del
nacimiento e incluso antes de él, acudan al párroco para pedir el
sacramento para su hijo y prepararse debidamente.
§ 2. Si el niño se encuentra en peligro de muerte, debe ser
bautizado sin demora.
868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere:
1 que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos,
o quienes legítimamente hacen sus veces;
2 que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en
la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse
el bautismo, según las disposiciones del derecho particular,
haciendo saber la razón a sus padres.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 96
§ 2. El niño de padres católicos, e incluso de no católicos, en
peligro de muerte, puede lícitamente ser bautizado, aun contra la
voluntad de sus padres.
869 § 1. Cuando hay duda sobre si alguien fue bautizado, o si el
bautismo fue administrado válidamente, y la duda persiste después
de una investigación cuidadosa, se le ha de bautizar bajo condición.
§ 2. Los bautizados en una comunidad eclesial no católica, no
deben ser bautizados bajo condición, a no ser que haya un motivo
serio para dudar de la validez de su bautismo, atendiendo tanto a la
materia y a la fórmula empleadas en su administración, como a la
intención del bautizado, si era adulto, y del ministro.
§ 3. Si, en los casos de que tratan los § § 1 y 2, hay duda sobre la
administración del bautismo o sobre su validez, no se debe
administrar el sacramento antes de que se haya enseñado la doctrina
sobre el mismo a quien ha de recibirlo, si es adulto, y se hayan
manifestado a él, o a sus padres si se trata de un infante, los motivos
por los cuales es dudosa la validez del bautismo anteriormente
celebrado.
870 El niño expósito o que se halló abandonado, debe ser
bautizado, a no ser que conste su bautismo después de una
investigación diligente.
871 En la medida de lo posible se deben bautizar los fetos
abortivos, si viven.

3.2.1.5. Los padrinos


872 En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se
le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación
cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres,
presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que
después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y
cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo.
873 Téngase un solo padrino o una sola madrina, o uno y una.
874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es
necesario que:
1 haya sido elegido por quien va a bautizarse o por sus padres o
por quienes ocupan su lugar o, faltando éstos, por el párroco o

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 97


ministro; y que tenga capacidad para esta misión e intención de
desempeñarla;
2 haya cumplido dieciséis años, a no ser que el Obispo diocesano
establezca otra edad, o que, por justa causa, el párroco o el ministro
consideren admisible una excepción;
3 sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo
sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida
congruente con la fe y con la misión que va a asumir;
4 no esté afectado por una pena canónica, legítimamente impuesta
o declarada;
5 no sea el padre o la madre de quien se ha de bautizar.
§ 2. El bautizado que pertenece a una comunidad eclesial no
católica sólo puede ser admitido junto con un padrino católico, y
exclusivamente en calidad de testigo del bautismo.

3.2.1.6. La prueba y anotación del Bautismo administrado


875 Quien administra el bautismo procure que, si falta el padrino,
haya al menos un testigo por el que pueda probarse su
administración.
876 Si no se causa perjuicio a nadie, para probar el bautismo basta
la declaración de un solo testigo inmune de toda sospecha, o el
juramento del mismo bautizado, si recibió el sacramento siendo ya
adulto.
877 § 1. El párroco del lugar en que se celebra el bautismo debe
anotar diligentemente y sin demora en el libro de bautismo el
nombre de los bautizados, haciendo mención del ministro, los
padres, padrinos, testigos, si los hubo, y el lugar y día en que se
administró, indicando asimismo el día y lugar del nacimiento.
§ 2. Cuando se trata de un hijo de madre soltera, se ha de inscribir
el nombre de la madre, si consta públicamente su maternidad o ella
misma lo pide voluntariamente por escrito o ante dos testigos; y
también se ha de inscribir el nombre del padre, si su paternidad se
prueba por documento público o por propia declaración ante el
párroco y dos testigos; en los demás casos, se inscribirá sólo el
nombre del bautizado, sin hacer constar para nada el del padre o de
los padres.

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§ 3. Si se trata de un hijo adoptivo, se inscribirá el nombre de
quienes lo adoptaron y también, al menos si así se hace en el registro
civil de la región, el de los padres naturales, según lo establecido en
los § § 1 y 2, teniendo en cuenta las disposiciones de la Conferencia
Episcopal.
878 Si el bautismo no fue administrado por el párroco ni estando él
presente, el ministro, quienquiera que sea, debe informar al párroco
de aquella parroquia en la cual se administró el sacramento, para
que haga la inscripción según indica el ⇒ c. 877 § 1.

3.2.2. Ser Ministro de la Santísima Eucaristía


3.2.2.1. La Santísima Eucaristía
897 El sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y
se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía,
por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio
eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el
cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el
culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el
que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a
término la edificación del cuerpo de Cristo. Así pues los demás
sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen
estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan.
898 Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima
Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio
augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con
mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores
de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen
diligentemente a los fieles esta obligación.

3.2.2.2. La celebración Eucarística.


899 § 1. La celebración eucarística es una acción del mismo Cristo
y de la Iglesia, en la cual Cristo Nuestro Señor, substancialmente
presente bajo las especies del pan y del vino, por el ministerio del
sacerdote, se ofrece a sí mismo a Dios Padre, y se da como alimento
espiritual a los fieles unidos a su oblación.
§ 2. En la Asamblea eucarística, presidida por el Obispo, o por
un presbítero bajo su autoridad, que actúan personificando a Cristo,

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 99


el pueblo de Dios se reúne en unidad, y todos los fieles que asisten,
tanto clérigos como laicos, concurren tomando parte activa, cada
uno según su modo propio, de acuerdo con la diversidad de órdenes
y de funciones litúrgicas.
§ 3. Ha de disponerse la celebración eucarística de manera que
todos los que participen en ella perciban frutos abundantes, para
cuya obtención Cristo Nuestro Señor instituyó el Sacrificio
eucarístico.

3.2.2.3. El ministro de la santísima Eucaristía


900 § 1. Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro
capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la
persona de Cristo.
§ 2. Celebra lícitamente la Eucaristía el sacerdote no impedido
por ley canónica, observando las prescripciones de los cánones que
siguen.
901 El sacerdote tiene facultad para aplicar la Misa por
cualesquiera, tanto vivos como difuntos.
902 Pueden los sacerdotes concelebrar la Eucaristía, a no ser que la
utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa, permaneciendo,
sin embargo, la libertad de cada uno para celebrar individualmente
la Eucaristía, pero no mientras se está concelebrando en la misma
iglesia u oratorio.
903 Aunque el rector de la iglesia no le conozca, admítase a
celebrar al sacerdote con tal de que presente carta comendaticia de
su Ordinario o Superior, dada al menos en el año, o pueda juzgarse
prudentemente que nada le impide celebrar.
904 Los sacerdotes, teniendo siempre presente que en el misterio
del Sacrificio eucarístico se realiza continuamente la obra de la
redención, deben celebrarlo frecuentemente; es más, se recomienda
encarecidamente la celebración diaria, la cual, aunque no pueda
tenerse con asistencia de fieles, es una acción de Cristo y de la
Iglesia, en cuya realización los sacerdotes cumplen su principal
ministerio.
905 § 1. Exceptuados aquellos casos en que, según el derecho, se
puede celebrar o concelebrar más de una vez la Eucaristía en el

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 100


mismo día, no es lícito que el sacerdote celebre más de una vez al
día.
§ 2. Si hay escasez de sacerdotes, el Ordinario del lugar puede
conceder que, con causa justa, celebren dos veces al día, e incluso,
cuando lo exige una necesidad pastoral, tres veces los domingos y
fiestas de precepto.
906 Sin causa justa y razonable, no celebre el sacerdote el Sacrificio
eucarístico sin la participación por lo menos de algún fiel.
907 En la celebración eucarística, no se permite a los diáconos ni a
los laicos decir las oraciones, sobre todo la plegaria eucarística, ni
realizar aquellas acciones que son propias del sacerdote celebrante.
908 Está prohibido a los sacerdotes católicos concelebrar la
Eucaristía con sacerdotes o ministros de Iglesias o comunidades
eclesiales que no están en comunión plena con la Iglesia católica.
909 No deje el sacerdote de prepararse debidamente con la oración
para celebrar el Sacrificio eucarístico, y dar gracias a Dios al
terminar.
910 § 1. Son ministros ordinarios de la sagrada comunión el
obispo, el presbítero y el diácono.
§ 2. Es ministro extraordinario de la sagrada comunión el acólito,
o también otro fiel designado según el ⇒ c. 230 § 3.
911 § 1. Tienen obligación y derecho a llevar la santísima
Eucaristía a los enfermos como Viático, el párroco y los vicarios
parroquiales, los capellanes y el Superior de la comunidad en los
institutos religiosos o sociedades de vida apostólica clericales
respecto a todos los que están en la casa.
§ 2. En caso de necesidad, o con licencia al menos presunta del
párroco, capellán o Superior, a quien se debe informar después, debe
hacerlo cualquier sacerdote u otro ministro de la sagrada comunión.

3.2.2.4. La participación en la santísima Eucaristía


912 Todo bautizado a quien el derecho no se lo prohíba, puede y
debe ser admitido a la sagrada comunión.
913 § 1. Para que pueda administrarse la santísima Eucaristía a
los niños, se requiere que tengan suficiente conocimiento y hayan
recibido una preparación cuidadosa, de manera que entiendan el

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misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el
Cuerpo del Señor con fe y devoción.
§ 2. Puede, sin embargo, administrarse la santísima Eucaristía a
los niños que se hallen en peligro de muerte, si son capaces de
distinguir el Cuerpo de Cristo del alimento común y de recibir la
comunión con reverencia.
914 Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así
como también el párroco, tienen obligación de procurar que los
niños que han llegado al uso de razón se preparen
convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión
sacramental, con este alimento divino; corresponde también al
párroco vigilar para que no reciban la santísima Eucaristía los niños
que aún no hayan llegado al uso de razón, o a los que no juzgue
suficientemente dispuestos.
915 No deben ser admitidos a la sagrada comunión los
excomulgados y los que están en entredicho después de la
imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente
persistan en un manifiesto pecado grave.
916 Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no
celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la
confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no
haya oportunidad de confesarse; y en este caso, tenga presente que
está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el
propósito de confesarse cuanto antes.
917 Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla
otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística
en la que participe, quedando a salvo lo que prescribe el ⇒ c. 921 § 2.
918 Se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada
comunión dentro de la celebración eucarística; sin embargo, cuando
lo pidan con causa justa se les debe administrar la comunión fuera
de la Misa, observando los ritos litúrgicos.
919 § 1. Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de
abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde
una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y
de las medicinas.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 102


§ 2. El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres
veces el mismo día, puede tomar algo antes de la segunda o tercera
Misa, aunque no medie el tiempo de una hora.
§ 3. Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo
quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque
hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior.
920 § 1. Todo fiel, después de la primera comunión, esta obligado
a comulgar por lo menos una vez al año.
§ 2. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a
no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año.
921 § 1. Se debe administrar el Viático a los fieles que, por
cualquier motivo, se hallen en peligro de muerte.
§ 2. Aunque hubieran recibido la sagrada comunión el mismo día,
es muy aconsejable que vuelvan a comulgar quienes lleguen a
encontrarse en peligro de muerte.
§ 3. Mientras dure el peligro de muerte, es aconsejable
administrar la comunión varias veces, en días distintos.
922 No debe retrasarse demasiado el Viático a los enfermos;
quienes ejercen la cura de almas han de vigilar diligentemente para
que los enfermos lo reciban cuando tienen aún pleno uso de sus
facultades.
923 Los fieles pueden participar en el Sacrificio eucarístico y
recibir la sagrada comunión en cualquier rito católico, salvo lo
prescrito en el ⇒ c. 844.

3.2.2.5. Los ritos y ceremonias de la celebración Eucarística


924 § 1. El sacrosanto Sacrificio eucarístico se debe ofrecer con pan
y vino, al cual se ha de mezclar un poco de agua.
§ 2. El pan ha de ser exclusivamente de trigo y hecho
recientemente, de manera que no haya ningún peligro de
corrupción.
§ 3. El vino debe ser natural, del fruto de la vid, y no
corrompido.
925 Adminístrese la sagrada comunión bajo la sola especie del pan
o, de acuerdo con las leyes litúrgicas, bajo las dos especies; en caso
de necesidad, también bajo la sola especie del vino.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 103


926 Según la antigua tradición de la Iglesia latina, el sacerdote,
dondequiera que celebre la Misa, debe hacerlo empleando pan
ázimo.
927 Está terminantemente prohibido, aun en caso de extrema
necesidad, consagrar una materia sin la otra, o ambas fuera de la
celebración eucarística.
928 La celebración eucarística hágase en lengua latina, o en otra
lengua con tal que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente
aprobados.
929 Al celebrar y administrar la Eucaristía, los sacerdotes y los
diáconos deben vestir los ornamentos sagrados prescritos por las
rúbricas.
930 § 1. El sacerdote enfermo o anciano, si no es capaz de estar de
pie, puede celebrar sentado el Sacrificio eucarístico, observando
siempre las leyes litúrgicas, pero no con asistencia de pueblo, a no
ser con licencia del Ordinario del lugar.
§2. El sacerdote ciego o que sufre otra enfermedad puede celebrar
el Sacrificio eucarístico con cualquier texto de la Misa de entre los
aprobados, y con asistencia, si el caso lo requiere, de otro sacerdote o
diácono, o también de un laico convenientemente instruido, que le
preste ayuda.

3.2.2.6. La veneración de la santísima Eucaristía


942 Es aconsejable que en esas mismas iglesias y oratorios se haga
todos los años exposición solemne del santísimo Sacramento, que
dure un tiempo adecuado, aunque no sea continuo, de manera que
la comunidad local medite más profundamente sobre el misterio
eucarístico y lo adore; sin embargo, esa exposición se hará sólo si se
prevé una concurrencia proporcionada de fieles, y observando las
normas establecidas.
943 Es ministro de la exposición del santísimo Sacramento y de la
bendición eucarística el sacerdote o el diácono; en circunstancias
peculiares, sólo para la exposición y reserva, pero sin bendición, lo
son el acólito, el ministro extraordinario de la sagrada comunión u
otro encargado por el Ordinario del lugar, observando las
prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 104


944 § 1. Como testimonio público de veneración a la santísima
Eucaristía, donde pueda hacerse a juicio del Obispo diocesano,
téngase una procesión por las calles, sobre todo en la solemnidad del
Cuerpo y Sangre de Cristo.
§ 2. Corresponde al Obispo diocesano dar normas sobre las
procesiones, mediante las cuales se provea a la participación en ellas
y a su decoro.

3.2.2.7. Reservar y distribuir la Eucaristía


934 § 1. La santísima Eucaristía:
1 debe estar reservada en la iglesia catedral o equiparada a ella, en
todas las iglesias parroquiales y en la iglesia u oratorio anejo a la
casa de un instituto religioso o sociedad de vida apostólica;
2 puede reservarse en la capilla del Obispo y, con licencia del
Ordinario del lugar, en otras iglesias, oratorios y capillas.
§ 2. En los lugares sagrados donde se reserva la santísima
Eucaristía debe haber siempre alguien a su cuidado y, en la medida
de lo posible, celebrará allí la Misa un sacerdote al menos dos veces
al mes.
939 Deben guardarse en un copón o recipiente las Hostias
consagradas, en cantidad que corresponda a las necesidades de los
fieles, y renovarse con frecuencia, consumiendo debidamente las
anteriores.

3.2.3. Asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la


Iglesia
1055 § 1. La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer
constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su
misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y
educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de
sacramento entre bautizados.
§ 2. Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato
matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento.
1056 Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y
la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una
particular firmeza por razón del sacramento.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 105


1057 § 1. El matrimonio lo produce el consentimiento de las
partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente
hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir.
§ 2. El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por
el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en
alianza irrevocable para constituir el matrimonio.
1058 Pueden contraer matrimonio todos aquellos a quienes el
derecho no se lo prohíbe.
1059 El matrimonio de los católicos, aunque sea católico uno solo
de los contrayentes, se rige no sólo por el derecho divino sino
también por el canónico, sin perjuicio de la competencia de la
potestad civil sobre los efectos meramente civiles del mismo
matrimonio.
1060 El matrimonio goza del favor del derecho; por lo que en la
duda se ha de estar por la validez del matrimonio mientras no se
pruebe lo contrario.
1061 § 1 El matrimonio válido entre bautizados se llama sólo rato,
si no ha sido consumado; rato y consumado, si los cónyuges han
realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para
engendrar la prole, al que el matrimonio se ordena por su misma
naturaleza y mediante el cual los cónyuges se hacen una sola carne.
§ 2. Una vez celebrado el matrimonio, si los cónyuges han
cohabitado, se presume la consumación, mientras no se pruebe lo
contrario.
§ 3. El matrimonio inválido se llama putativo, si fue celebrado de
buena fe al menos por uno de los contrayentes, hasta que ambos
adquieran certeza de la nulidad.
1062 § 1. La promesa de matrimonio, tanto unilateral como
bilateral, a la que se llama esponsales, se rige por el derecho
particular que haya establecido la Conferencia Episcopal, teniendo
en cuenta las costumbres y las leyes civiles, si las hay.
§ 2. La promesa de matrimonio no da origen a una acción para
pedir la celebración del mismo; pero si para el resarcimiento de
daños, si en algún modo es debido.

3.2.3.1. La atención pastoral y de lo que debe preceder a la


Celebración del matrimonio

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 106


1063 Los pastores de almas están obligados a procurar que la
propia comunidad eclesiástica preste a los fieles asistencia para que
el estado matrimonial se mantenga en el espíritu cristiano y progrese
hacia la perfección. Ante todo, se ha de prestar esta asistencia:
1 mediante la predicación, la catequesis acomodada a los menores,
a los jóvenes y a los adultos, e incluso con los medios de
comunicación social, de modo que los fieles adquieran formación
sobre el significado del matrimonio cristiano y sobre la tarea de los
cónyuges y padres cristianos;
2 por la preparación personal para contraer matrimonio, por la
cual los novios se dispongan para la santidad y las obligaciones de
su nuevo estado;
3 por una fructuosa celebración litúrgica del matrimonio, que
ponga de manifiesto que los cónyuges se constituyen en signo del
misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia y que
participan de él;
4 por la ayuda prestada a los casados, para que, manteniendo y
defendiendo fielmente la alianza conyugal, lleguen a una vida cada
vez más santa y más plena en el ámbito de la propia familia.
1064 Corresponde al Ordinario del lugar cuidar de que se
organice debidamente esa asistencia, oyendo también, si parece
conveniente, a hombres y mujeres de experiencia y competencia
probadas.
1065 § 1. Los católicos aún no confirmados deben recibir el
sacramento de la confirmación antes de ser admitidos al
matrimonio, si ello es posible sin dificultad grave.
§ 2. Para que reciban fructuosamente el sacramento del
matrimonio, se recomienda encarecidamente que los contrayentes
acudan a los sacramentos de la penitencia y de la santísima
Eucaristía.
1066 Antes de que se celebre el matrimonio debe constar que nada
se opone a su celebración válida y lícita.
1067 La Conferencia Episcopal establecerá normas sobre el
examen de los contrayentes, así como sobre las proclamas
matrimoniales u otros medios oportunos para realizar las
investigaciones que deben necesariamente preceder al matrimonio,

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 107


de manera que, diligentemente observadas, pueda el párroco asistir
al matrimonio.
1068 En peligro de muerte, si no pueden conseguirse otras
pruebas, basta, a no ser que haya indicios en contra, la declaración
de los contrayentes, bajo juramento según los casos, de que están
bautizados y libres de todo impedimento.
1069 Todos los fieles están obligados a manifestar al párroco o al
Ordinario del lugar, antes de la celebración del matrimonio, los
impedimentos de que tengan noticia.
1070 Si realiza las investigaciones alguien distinto del párroco a
quien corresponde asistir al matrimonio, comunicará cuanto antes
su resultado al mismo párroco, mediante documento auténtico.
1071 § 1. Excepto en caso de necesidad, nadie debe asistir sin
licencia del Ordinario del lugar:
1 al matrimonio de los vagos;
2 al matrimonio que no puede ser reconocido o celebrado según la
ley civil;
3 al matrimonio de quien esté sujeto a obligaciones naturales
nacidas de una unión precedente, hacia la otra parte o hacia los hijos
de esa unión;
4 al matrimonio de quien notoriamente hubiera abandonado la fe
católica;
5 al matrimonio de quien esté incurso en una censura;
6 al matrimonio de un menor de edad, si sus padres lo ignoran o
se oponen razonablemente;
7 al matrimonio por procurador, del que se trata en el ⇒ c. 1105.
§ 2. El Ordinario del lugar no debe conceder licencia para asistir
al matrimonio de quien haya abandonado notoriamente la fe
católica, si no es observando con las debidas adaptaciones lo
establecido en el ⇒ c. 1125.
1072 Procuren los pastores de almas disuadir de la celebración del
matrimonio a los jóvenes que aún no han alcanzado la edad en la
que según las costumbres de la región se suele contraer.

3.2.3.2. Los impedimentos dirimentes en general


1073 El impedimento dirimente inhabilita a la persona para
contraer matrimonio válidamente.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 108
1074 Se considera público el impedimento que puede probarse en
el fuero externo; en caso contrario es oculto.
1075 § 1. Compete de modo exclusivo a la autoridad suprema de
la Iglesia declarar auténticamente cuándo el derecho divino prohíbe
o dirime el matrimonio.
§ 2. Igualmente, sólo la autoridad suprema tiene el derecho a
establecer otros impedimentos respecto a los bautizados.
1076 Queda reprobada cualquier costumbre que introduzca un
impedimento nuevo o sea contraria a los impedimentos existentes.
1077 § 1. Puede el Ordinario del lugar prohibir en un caso
particular el matrimonio a sus propios súbditos dondequiera que
residan y a todos los que de hecho moren dentro de su territorio,
pero sólo temporalmente, por causa grave y mientras ésta dure.
§ 2. Sólo la autoridad suprema de la Iglesia puede añadir a esta
prohibición una cláusula dirimente.
1078 § 1. Exceptuados aquellos impedimentos cuya dispensa se
reserva a la Sede Apostólica, el Ordinario del lugar puede dispensar
de todos los impedimentos de derecho eclesiástico a sus propios
súbditos, cualquiera que sea el lugar en el que residen, y a todos los
que de hecho moran en su territorio.
§ 2. Los impedimentos cuya dispensa se reserva a la Sede
Apostólica son:
1 el impedimento que proviene de haber recibido las sagradas
órdenes o del voto público perpetuo de castidad en un instituto
religioso de derecho pontificio;
2 el impedimento de crimen, del que se trata en el ⇒ c. 1090.
§ 3. Nunca se concede dispensa del impedimento de
consanguinidad en línea recta o en segundo grado de línea colateral.
1079 § 1. En peligro de muerte, el Ordinario del lugar puede
dispensar a sus propios súbditos, cualquiera que sea el lugar donde
residen, y a todos los que de hecho moran en su territorio, tanto de
la forma que debe observarse en la celebración del matrimonio como
de todos y cada uno de los impedimentos de derecho eclesiástico, ya
sean públicos ya ocultos excepto el impedimento surgido del orden
sagrado del presbiterado.
§ 2. En las mismas circunstancias de las que se trata en el § 1,
pero sólo para los casos en que ni siquiera sea posible acudir al
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 109
Ordinario del lugar, tienen la misma facultad de dispensar el
párroco, el ministro sagrado debidamente delegado y el sacerdote o
diácono que asisten al matrimonio de que trata el ⇒ c. 1116 § 3. En
peligro de muerte, el confesor goza de la potestad de dispensar en el
fuero interno de los impedimentos ocultos, tanto en la confesión
sacramental como fuera de ella.
§ 4. En el caso del que se trata en el § 2, se considera que no es
posible acudir al Ordinario del lugar si sólo puede hacerse por
telégrafo o teléfono.
1080 § 1. Siempre que el impedimento se descubra cuando ya
está todo preparado para las nupcias, y el matrimonio no pueda
retrasarse sin peligro de daño grave hasta que se obtenga la
dispensa de la autoridad competente, gozan de la potestad de
dispensar de todos los impedimentos, exceptuados los que se
enumeran en el ⇒ c. 1078 § 2, 1, el Ordinario del lugar y, siempre
que el caso sea oculto, todos los que se mencionan en el ⇒ c. 1079 § §
2 y 3, observando las condiciones que allí se prescriben.
§ 2. Esta potestad vale también para convalidar un matrimonio, si
existe el mismo peligro en la demora y no hay tiempo para recurrir a
la Sede Apostólica, o al Ordinario del lugar cuando se trate de
impedimentos de los que puede dispensar.
1081 Tanto el párroco como el sacerdote o el diácono, a los que se
refiere el ⇒ c. 1079
§2, han de comunicar inmediatamente al Ordinario del lugar la
dispensa concedida para el fuero externo; y ésta debe anotarse en el
libro de matrimonios.
1082 A no ser que el rescripto de la Penitenciaria determine otra
cosa, la dispensa de un impedimento oculto concedida en el fuero
interno no sacramental se anotará en el libro que debe guardarse en
el archivo secreto de la curia; y no es necesaria ulterior dispensa
para el fuero externo, si el impedimento oculto llegase más tarde a
hacerse público.

3.2.3.3. Los impedimentos dirimentes en particular


1083 § 1. No puede contraer matrimonio válido el varón antes
de los dieciséis años cumplidos, ni la mujer antes de los catorce,
también cumplidos.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 110
§ 2. Puede la Conferencia Episcopal establecer una edad
superior para la celebración lícita del matrimonio.
1084 § 1. La impotencia antecedente y perpetua para realizar el
acto conyugal, tanto por parte del hombre como de la mujer, ya
absoluta ya relativa, hace nulo el matrimonio por su misma
naturaleza.
§ 2. Si el impedimento de impotencia es dudoso, con duda de
derecho o de hecho, no se debe impedir el matrimonio ni, mientras
persista la duda, declararlo nulo.
§ 3. La esterilidad no prohíbe ni dirime el matrimonio, sin
perjuicio de lo que se prescribe en el ⇒ c. 1098.
1085 § 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado
por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido
consumado.
§ 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido
disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes
de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución
del precedente.
1086 § 1. Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las
cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno y no
se ha apartado de ella por acto formal, y otra no bautizada.
§ 2. No se dispense este impedimento si no se cumplen las
condiciones indicadas en los cc. ⇒ 1125 y ⇒ 1126.
§ 3. Si al contraer el matrimonio, una parte era comúnmente
tenida por bautizada o su bautismo era dudoso, se ha de presumir,
conforme al ⇒ c. 1060, la validez del matrimonio hasta que se pruebe
con certeza que uno de los contrayentes estaba bautizado y el otro
no.
1087 Atentan inválidamente el matrimonio quienes han recibido
las órdenes sagradas.
1088 Atentan inválidamente el matrimonio quienes están
vinculados por voto público perpetuo de castidad en un instituto
religioso.
1089 No puede haber matrimonio entre un hombre y una mujer
raptada o al menos retenida con miras a contraer matrimonio con
ella, a no ser que después la mujer, separada del raptor y hallándose
en lugar seguro y libre, elija voluntariamente el matrimonio.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 111
1090 § 1. Quien, con el fin de contraer matrimonio con una
determinada persona, causa la muerte del cónyuge de ésta o de su
propio cónyuge, atenta inválidamente ese matrimonio.
§ 2. También atentan inválidamente el matrimonio entre sí
quienes con una cooperación mutua, física o moral, causaron la
muerte del cónyuge.
1091 § 1. En línea recta de consanguinidad, es nulo el
matrimonio entre todos los ascendientes y descendientes, tanto
legítimos como naturales.
§ 2. En línea colateral, es nulo hasta el cuarto grado inclusive.
§ 3. El impedimento de consanguinidad no se multiplica.
§ 4. Nunca debe permitirse el matrimonio cuando subsiste alguna
duda sobre si las partes son consanguíneas en algún grado de línea
recta o en segundo grado de línea colateral.
1092 La afinidad en línea recta dirime el matrimonio en cualquier
grado.
1093 El impedimento de pública honestidad surge del matrimonio
inválido después de instaurada la vida en común o del concubinato
notorio o público; y dirime el matrimonio en el primer grado de
línea recta entre el varón y las consanguíneas de la mujer y
viceversa.
1094 No pueden contraer válidamente matrimonio entre sí
quienes están unidos por parentesco legal proveniente de la
adopción, en línea recta o en segundo grado de línea colateral.

3.2.3.4. El consentimiento matrimonial


1095 Son incapaces de contraer matrimonio:
1 quienes carecen de suficiente uso de razón;
2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de
los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente
se han de dar y aceptar;
3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del
matrimonio por causas de naturaleza psíquica.
1096 § 1. Para que pueda haber consentimiento matrimonial, es
necesario que los contrayentes no ignoren al menos que el
matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 112


mujer, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta
cooperación sexual.
§ 2. Esta ignorancia no se presume después de la pubertad.
1097 § 1. El error acerca de la persona hace inválido el
matrimonio.
§ 2. El error acerca de una cualidad de la persona, aunque sea
causa del contrato, no dirime el matrimonio, a no ser que se
pretenda esta cualidad directa y principalmente.
1098 Quien contrae el matrimonio engañado por dolo, provocado
para obtener su consentimiento, acerca de una cualidad del otro
contrayente, que por su naturaleza puede perturbar gravemente el
consorcio de vida conyugal, contrae inválidamente.
1099 El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la
dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la
voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial.
1100 La certeza o la opinión acerca de la nulidad del matrimonio
no excluye necesariamente el consentimiento matrimonial.
1101 § 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume
que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el
matrimonio.
§ 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto
positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento
esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen
inválidamente.
1102 § 1. No puede contraerse válidamente matrimonio bajo
condición de futuro.
§ 2. El matrimonio contraído bajo condición de pasado o de
presente es válido o no, según que se verifique o no aquello que es
objeto de la condición.
§ 3. Sin embargo, la condición que trata el § 2 no puede ponerse
lícitamente sin licencia escrita del Ordinario del lugar.
1103 Es inválido el matrimonio contraído por violencia o por
miedo grave proveniente de una causa externa, incluso el no
inferido con miras al matrimonio, para librarse del cual alguien se
vea obligado a casarse.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 113


1104 § 1. Para contraer válidamente matrimonio es necesario
que ambos contrayentes se hallen presentes en un mismo lugar, o en
persona o por medio de un procurador.
§ 2. Expresen los esposos con palabras el consentimiento
matrimonial; o, si no pueden hablar, con signos equivalentes.
1105 § 1.Para contraer válidamente matrimonio por procurador,
se requiere:
1 que se haya dado mandato especial para contraer con una
persona determinada;
2 que el procurador haya sido designado por el mandante, y
desempeñe personalmente esa función.
§ 2. Para la validez del mandato se requiere que esté firmado
por el mandante y, además, por el párroco o el Ordinario del lugar
donde se da el mandato, o por un sacerdote delegado por uno de
ellos, o al menos por dos testigos; o debe hacerse mediante
documento auténtico a tenor del derecho civil.
§ 3. Si el mandante no puede escribir, se ha de hacer constar esta
circunstancia en el mandato, y se añadirá otro testigo, que debe
firmar también el escrito; en caso contrario, el mandato es nulo.
§ 4. Si el mandante, antes de que el procurador haya contraído en
su nombre, revoca el mandato o cae en amencia, el matrimonio es
inválido, aunque el procurador o el otro contrayente lo ignoren.
1106 El matrimonio puede contraerse mediante intérprete, pero el
párroco no debe asistir si no le consta la fidelidad del intérprete.
1107 Aunque el matrimonio se hubiera contraído inválidamente
por razón de un impedimento o defecto de forma, se presume que el
consentimiento prestado persevera, mientras no conste su
revocación.

3.2.3.5. La forma de celebrar el matrimonio


1108 § 1. Solamente son válidos aquellos matrimonios que se
contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o
diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos
testigos, de acuerdo con las reglas establecidas en los cánones que
siguen, y quedando a salvo las excepciones de que se trata en los cc.
⇒ 144, ⇒ 1112 § 1, ⇒ 1116 y ⇒ 1127 § § 1 y 2.

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§ 2. Se entiende que asiste al matrimonio sólo aquel que, estando
presente, pide la manifestación del consentimiento de los
contrayentes y la recibe en nombre de la Iglesia.
1109 El Ordinario del lugar y el párroco, a no ser que por
sentencia o por decreto estuvieran excomulgados, o en entredicho, o
suspendidos del oficio, o declarados tales, en virtud del oficio
asisten válidamente en su territorio a los matrimonios no sólo de los
súbditos, sino también de los que no son súbditos, con tal de que
uno de ellos sea de rito latino.
1110 El Ordinario y el párroco personales, en razón de su oficio
sólo asisten válidamente al matrimonio de aquellos de los que uno al
menos es súbdito suyo, dentro de los límites de su jurisdicción.
1111 § 1. El Ordinario del lugar y el párroco, mientras
desempeñan válidamente su oficio, pueden delegar a sacerdotes y a
diáconos la facultad, incluso general, de asistir a los matrimonios
dentro de los límites de su territorio.
§ 2. Para que sea válida la delegación de la facultad de asistir a
los matrimonios debe otorgarse expresamente a personas
determinadas; si se trata de una delegación especial, ha de darse
para un matrimonio determinado, y si se trata de una delegación
general, debe concederse por escrito.
1112 § 1. Donde no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo
diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y
obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que
asistan a los matrimonios.
§ 2. Se debe elegir un laico idóneo, capaz de instruir a los
contrayentes y apto para celebrar debidamente la liturgia
matrimonial.
1113 Antes de conceder una delegación especial, se ha de cumplir
todo lo establecido por el derecho para comprobar el estado de
libertad.
1114 Quien asiste al matrimonio actúa ilícitamente si no le consta
el estado de libertad de los contrayentes a tenor del derecho y si,
cada vez que asiste en virtud de una delegación general, no pide
licencia al párroco, cuando es posible.
1115 Se han de celebrar los matrimonios en la parroquia donde
uno de los contrayentes tiene su domicilio o cuasidomicilio o ha
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 115
residido durante un mes, o, si se trata de vagos, en la parroquia
donde se encuentran en ese momento; con licencia del Ordinario
propio o del párroco propio se pueden celebrar en otro lugar.
1116 § 1. Si no hay alguien que sea competente conforme al
derecho para asistir al matrimonio, o no se puede acudir a él sin
grave dificultad, quienes pretenden contraer verdadero matrimonio
pueden hacerlo válida y lícitamente estando presentes sólo los
testigos:
1 en peligro de muerte;
2 fuera de peligro de muerte, con tal de que se prevea
prudentemente que esa situación va a prolongarse durante un mes.
§ 2. En ambos casos, si hay otro sacerdote o diácono que pueda
estar presente, ha de ser llamado y debe presenciar el matrimonio
juntamente con los testigos, sin perjuicio de la validez del
matrimonio sólo ante testigos.
1117 La forma arriba establecida se ha de observar si al menos
uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o
recibido en ella y no se ha apartado de ella por acto formal, sin
perjuicio de lo establecido en el ⇒ c. 1127 § 2.
1118 § 1. El matrimonio entre católicos o entre una parte católica
y otra parte bautizada no católica se debe celebrar en una iglesia
parroquial; con licencia del Ordinario del lugar o del párroco puede
celebrarse en otra iglesia u oratorio.
§ 2. El Ordinario del lugar puede permitir la celebración del
matrimonio en otro lugar conveniente.
§ 3. El matrimonio entre una parte católica y otra no bautizada
podrá celebrarse en una iglesia o en otro lugar conveniente.
1119 Fuera del caso de necesidad, en la celebración del
matrimonio se deben observar los ritos prescritos en los libros
litúrgicos aprobados por la Iglesia o introducidos por costumbres
legítimas.
1120 Con el reconocimiento de la Santa Sede, la Conferencia
Episcopal puede elaborar un rito propio del matrimonio, congruente
con los usos de los lugares y de los pueblos adaptados al espíritu
cristiano; quedando, sin embargo, en pie la ley según la cual quien
asiste al matrimonio estando personalmente presente, debe pedir y
recibir la manifestación del consentimiento de los contrayentes.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 116
1121 § 1. Después de celebrarse el matrimonio, el párroco del
lugar donde se celebró o quien hace sus veces, aunque ninguno de
ellos hubiera asistido al matrimonio, debe anotar cuanto antes en el
registro matrimonial los nombres de los cónyuges, del asistente y de
los testigos, y el lugar y día de la celebración, según el modo
prescrito por la Conferencia Episcopal o por el Obispo diocesano.
§ 2. Cuando se contrae el matrimonio según lo previsto en el ⇒
c. 1116, el sacerdote o el diácono, si estuvo presente en la
celebración, o en caso contrario los testigos, están obligados
solidariamente con los contrayentes a comunicar cuanto antes al
párroco o al Ordinario del lugar que se ha celebrado el matrimonio.
§ 3. Por lo que se refiere al matrimonio contraído con dispensa
de la forma canónica, el Ordinario del lugar que concedió la
dispensa debe cuidar de que se anote la dispensa y la celebración en
el registro de matrimonios, tanto de la curia como de la parroquia
propia de la parte católica, cuyo párroco realizó las investigaciones
acerca del estado de libertad; el cónyuge católico está obligado a
notificar cuanto antes al mismo Ordinario y al párroco que se ha
celebrado el matrimonio, haciendo constar también el lugar donde
se ha contraído, y la forma pública que se ha observado.
1122 § 1. El matrimonio ha de anotarse también en los registros
de bautismos en los que está inscrito el bautismo de los cónyuges.
§ 2. Si un cónyuge no ha contraído matrimonio en la parroquia
en la que fue bautizado, el párroco del lugar en el que se celebró
debe enviar cuanto antes notificación del matrimonio contraído al
párroco del lugar donde se administró el bautismo.
1123 Cuando se convalida un matrimonio para el fuero externo, o
es declarado nulo, o se disuelve legítimamente por una causa
distinta de la muerte, debe comunicarse esta circunstancia al párroco
del lugar donde se celebró el matrimonio, para que se haga como
está mandado la anotación en los registros de matrimonio y de
bautismo.

3.2.3.6. Los matrimonios mixtos


1124 Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad
competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de
las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 117
después del bautismo y no se haya apartado de ella mediante un
acto formal, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que
no se halle en comunión plena con la Iglesia católica.
1125 Si hay una causa justa y razonable, el Ordinario del lugar
puede conceder esta licencia; pero no debe otorgarla si no se
cumplen las condiciones que siguen:
1 que la parte católica declare que está dispuesta a evitar cualquier
peligro de apartarse de la fe, y prometa sinceramente que hará
cuanto le sea posible para que toda la prole se bautice y se eduque
en la Iglesia católica;
2 que se informe en su momento al otro contrayente sobre las
promesas que debe hacer la parte católica, de modo que conste que
es verdaderamente consciente de la promesa y de la obligación de la
parte católica;
3 que ambas partes sean instruidas sobre los fines y propiedades
esenciales del matrimonio, que no pueden ser excluidos por ninguno
de los dos.
1126 Corresponde a la Conferencia Episcopal determinar tanto el
modo según el cual han de hacerse estas declaraciones y promesas,
que son siempre necesarias, como la manera de que quede
constancia de las mismas en el fuero externo y de que se informe a la
parte no católica.
1127 § 1. En cuanto a la forma que debe emplearse en el
matrimonio mixto, se han de observar las prescripciones del ⇒ c.
1108; pero si contrae matrimonio una parte católica con otra no
católica de rito oriental, la forma canónica se requiere únicamente
para la licitud; pero se requiere para la validez la intervención de un
ministro sagrado, observadas las demás prescripciones del derecho.
§ 2. Si hay graves dificultades para observar la forma canónica,
el Ordinario del lugar de la parte católica tiene derecho a dispensar
de ella en cada caso, pero consultando al Ordinario del lugar en que
se celebra el matrimonio y permaneciendo para la validez la
exigencia de alguna forma pública de celebración; compete a la
Conferencia Episcopal establecer normas para que dicha dispensa se
conceda con unidad de criterio.
§ 3. Se prohibe que, antes o después de la celebración canónica a
tenor del § 1, haya otra celebración religiosa del mismo matrimonio
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 118
para prestar o renovar el consentimiento matrimonial; asimismo, no
debe hacerse una ceremonia religiosa en la cual, juntos el asistente
católico y el ministro no católico y realizando cada uno de ellos su
propio rito, pidan el consentimiento de los contrayentes.
1128 Los Ordinarios del lugar y los demás pastores de almas
deben cuidar de que no falte al cónyuge católico, y a los hijos
nacidos de matrimonio mixto, la asistencia espiritual para cumplir
sus obligaciones y han de ayudar a los cónyuges a fomentar la
unidad de su vida conyugal y familiar.
1129 Las prescripciones de los cc. ⇒ 1127 y ⇒ 1128 se aplican
también a los matrimonios para los que obsta el impedimento de
disparidad de cultos, del que trata el ⇒ c. 1086 § 1.

3.2.4. Llevar el Viático a los moribundos

3.2.5. Proclamar la Sagrada Escritura a los fieles


3.2.5.1. Ministro de la palabra divina
756 § 1. Respecto a la Iglesia universal, la función de anunciar el
Evangelio ha sido encomendada principalmente al Romano
Pontífice y al Colegio Episcopal.
§ 2. En relación con la Iglesia particular que le ha sido confiada,
ejerce esa función cada Obispo, el cual ciertamente es en ella el
moderador de todo el ministerio de la palabra; a veces, sin embargo,
algunos Obispos ejercen conjuntamente esa función para varias
Iglesias, según la norma del derecho.
757 Es propio de los presbíteros, como cooperadores de los
Obispos, anunciar el Evangelio de Dios; esta obligación afecta
principalmente, respecto al pueblo que les ha sido confiado, a los
párrocos y a aquellos otros a quienes se encomienda la cura de
almas; también a los diáconos corresponde servir en el ministerio de
la palabra al pueblo de Dios, en comunión con el Obispo y su
presbiterio.
758 Los miembros de los institutos de vida consagrada, en virtud
de su propia consagración a Dios, dan testimonio del Evangelio de
manera peculiar, y son asumidos de forma adecuada por el Obispo
como ayuda para anunciar el Evangelio.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 119


759 En virtud del bautismo y de la confirmación, los fieles laicos
son testigos del anuncio evangélico con su palabra y el ejemplo de
su vida cristiana; también pueden ser llamados a cooperar con el
Obispo y con los presbíteros en el ejercicio del ministerio de la
palabra.
760 Ha de proponerse íntegra y fielmente el misterio de Cristo en
el ministerio de la palabra, que se debe fundar en la sagrada
Escritura, en la Tradición, en la liturgia, en el magisterio y en la vida
de la Iglesia.
761 Deben emplearse todos los medios disponibles para anunciar
la doctrina cristiana, sobre todo la predicación y la catequesis, que
ocupan siempre un lugar primordial; pero también la enseñanza de
la doctrina en escuelas, academias, conferencias y reuniones de todo
tipo, así como su difusión mediante declaraciones públicas, hechas
por la autoridad legítima con motivo de determinados
acontecimientos mediante la prensa y otros medios de comunicación
social.

3.2.5.2. La predicación de la palabra de Dios


762 Como el pueblo de Dios se congrega ante todo por la palabra
de Dios vivo, que hay absoluto derecho a exigir de labios de los
sacerdotes, los ministros sagrados han de tener en mucho la función
de predicar, entre cuyos principales deberes está el de anunciar a
todos el Evangelio de Dios.
763 Los Obispos tienen derecho a predicar la palabra de Dios en
cualquier lugar, sin excluir las iglesias y oratorios de los institutos
religiosos de derecho pontificio, a no ser que, en casos particulares,
el Obispo del lugar se oponga expresamente.
764 Quedando a salvo lo que prescribe el ⇒ c. 765, los presbíteros
y los diáconos tienen la facultad de predicar en todas partes, que han
de ejercer con el consentimiento al menos presunto del rector de la
iglesia, a no ser que esta facultad les haya sido restringida o quitada
por el Ordinario competente, o que por ley particular se requiera
licencia expresa.
765 Para predicar a los religiosos en sus iglesias u oratorios, se
necesita licencia del Superior competente a tenor de las
constituciones.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 120
766 Los laicos pueden ser admitidos a predicar en una iglesia u
oratorio, si en determinadas circunstancias hay necesidad de ello, o
si, en casos particulares, lo aconseja la utilidad, según las
prescripciones de la Conferencia Episcopal y sin perjuicio del ⇒ c.
767 § 1.
767 § 1. Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es
parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono;
a lo largo del año litúrgico, expónganse en ella, partiendo del texto
sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana.
§ 2. En todas las Misas de los domingos y fiestas de precepto que
se celebran con concurso del pueblo, debe haber homilía, y no se
puede omitir sin causa grave.
§ 3. Es muy aconsejable que, si hay suficiente concurso de pueblo,
haya homilía también en las Misas que se celebren entre semana,
sobre todo en el tiempo de adviento y de cuaresma, o con ocasión de
una fiesta o de un acontecimiento luctuoso.
§ 4. Corresponde al párroco o rector de la iglesia cuidar de que
estas prescripciones se cumplan fielmente.
768 § 1. Los predicadores de la palabra de Dios propongan a los
fieles en primer lugar lo que es necesario creer y hacer para la gloria
de Dios y salvación de los hombres.
§ 2. Enseñen asimismo a los fieles la doctrina que propone el
magisterio de la Iglesia sobre la dignidad y libertad de la persona
humana; sobre la unidad, estabilidad y deberes de la familia; sobre
las obligaciones que corresponden a los hombres unidos en
sociedad; y sobre el modo de disponer los asuntos temporales según
el orden establecido por Dios.
769 Propóngase la doctrina cristiana de manera acomodada a la
condición de los oyentes y adaptada a las necesidades de cada
época.
770 En ciertas épocas, según las prescripciones del Obispo
diocesano, organicen los párrocos aquellas formas de predicación
denominadas ejercicios espirituales y misiones sagradas, u otras
adaptadas a las necesidades.
771 § 1. Muéstrense solícitos los pastores de almas, especialmente
los Obispos y los párrocos, de que la palabra de Dios se anuncie
también a aquellos fieles que, por sus condiciones de vida, no gocen
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 121
suficientemente de la cura pastoral común y ordinaria, o carezcan
totalmente de ella.
§ 2. Provean también a que el mensaje del Evangelio llegue a los
no creyentes que viven en el territorio, puesto que también a éstos,
lo mismo que a los fieles, debe alcanzar la cura de almas.
772 § 1. Respecto al ejercicio de la predicación, observen todos
también las prescripciones establecidas por el Obispo diocesano.
§ 2. Para hablar sobre temas de doctrina cristiana por radio o
televisión, se han de cumplir las prescripciones establecidas por la
Conferencia Episcopal.

3.2.5.3. La formación catequética


773 Es un deber propio y grave, sobre todo de los pastores de
almas, cuidar la catequesis del pueblo cristiano, para que la fe de los
fieles, mediante la enseñanza de la doctrina y la práctica de la vida
cristiana, se haga viva, explícita y operativa.
774 § 1. La solicitud por la catequesis, bajo la dirección de la
legítima autoridad eclesiástica, corresponde a todos los miembros de
la Iglesia en la medida de cada uno.
§ 2. Antes que nadie, los padres están obligados a formar a sus
hijos en la fe y en la práctica de la vida cristiana, mediante la palabra
y el ejemplo; y tienen una obligación semejante quienes hacen las
veces de padres, y los padrinos.
775 § 1. Observadas las prescripciones de la Sede Apostólica,
corresponde al Obispo diocesano dictar normas sobre la catequesis y
procurar que se disponga de instrumentos adecuados para la
misma, incluso elaborando un catecismo, si parece oportuno; así
como fomentar y coordinar las iniciativas catequísticas.
§ 2. Compete a la Conferencia Episcopal, si se considera útil,
procurar la edición de catecismos para su territorio, previa
aprobación de la Sede Apostólica.
§ 3. En el seno de la Conferencia Episcopal puede constituirse
un departamento catequético, cuya tarea principal será la de ayudar
a cada diócesis en materia de catequesis.
776 En virtud de su oficio, el párroco debe cuidar de la formación
catequética de los adultos, jóvenes y niños, para lo cual empleará la
colaboración de los clérigos adscritos a la parroquia, de los
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 122
miembros de institutos de vida consagrada y de las sociedades de
vida apostólica, teniendo en cuenta la naturaleza de cada instituto, y
también de los fieles laicos, sobre todo de los catequistas; todos
éstos, si no se encuentran legítimamente impedidos, no rehúsen
prestar su ayuda de buen grado. Promueva y fomente el deber de
los padres en la catequesis familiar a la que se refiere el ⇒ c. 774 § 2.
777 Procure el párroco especialmente, teniendo en cuenta las
normas dictadas por el Obispo diocesano:
1 que se imparta una catequesis adecuada para la celebración de
los sacramentos;
2 que los niños se preparen bien para recibir por primera vez los
sacramentos de la penitencia, de la santísima Eucaristía y de la
confirmación, mediante una catequesis impartida durante el tiempo
que sea conveniente;
3 que los mismos, después de la primera comunión, sean
educados con una formación catequética más amplia y profunda;
4 que, en la medida que lo permita su propia condición, se dé
formación catequética también a los disminuidos físicos o psíquicos;
5 que, por diversas formas y actividades, la fe de los jóvenes y de
los adultos se fortalezca, ilustre y desarrolle.
778 Cuiden los Superiores religiosos y los de sociedades de vida
apostólica que en sus iglesias, escuelas y otras obras que de
cualquier modo les hayan sido encomendadas, se imparta
diligentemente la formación catequética.
779 Se ha de dar la formación catequética empleando todos
aquellos medios, material didáctico e instrumentos de comunicación
social que sean más eficaces para que los fieles, de manera adaptada
a su modo de ser, capacidad, edad y condiciones de vida, puedan
aprender la doctrina católica de modo más completo y llevarla mejor
a la práctica.
780 Cuiden los Ordinarios del lugar de que los catequistas se
preparen debidamente para cumplir bien su tarea, es decir, que se
les dé una formación permanente, y que ellos mismos conozcan bien
la doctrina de la Iglesia y aprendan teórica y prácticamente las
normas propias de las disciplinas pedagógicas.

3.2.5. Administrar los sacramentales


--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 123
1166 Los sacramentales son signos sagrados, por los que, a
imitación en cierto modo de los sacramentos, se significan y se
obtienen por intercesión de la Iglesia unos efectos principalmente
espirituales.
1168 Es ministro de los sacramentales el clérigo provisto de la
debida potestad; pero, según lo establecido en los libros litúrgicos y
a juicio del Ordinario, algunos sacramentales pueden ser
administrados también por laicos que posean las debidas
cualidades.
1169 §1. Pueden realizar válidamente consagraciones y
dedicaciones quienes gozan del carácter episcopal, y también
aquellos presbíteros a los que se les permite por el derecho o por
concesión legítima.
§ 2. Cualquier presbítero puede impartir bendiciones,
exceptuadas aquellas que se reservan al Romano Pontífice o a los
Obispos.
§ 3. El diácono sólo puede impartir aquellas bendiciones que se le
permiten expresamente en el derecho.
1170 Las bendiciones se han de impartir en primer lugar a los
católicos, pero pueden darse también a los catecúmenos e incluso a
los no católicos, a no ser que obste una prohibición de la Iglesia.
1171 Se han de tratar con reverencia las cosas sagradas destinadas
al culto mediante dedicación o bendición, y no deben emplearse
para un uso profano o impropio, aunque pertenezcan a particulares.
1172 § 1. Sin licencia peculiar y expresa del Ordinario del lugar,
nadie puede realizar legítimamente exorcismos sobre los posesos.
§ 2. El Ordinario del lugar concederá esta licencia solamente a
un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida.

3.2.6. Presidir el rito de los funerales y de la sepultura


3.2.6.1. Las exequias eclesiásticas
1176 § 1. Los fieles difuntos han de tener exequias eclesiásticas
conforme al derecho.
§ 2. Las exequias eclesiásticas, con las que la Iglesia obtiene para
los difuntos la ayuda espiritual y honra sus cuerpos, y a la vez
proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se han de
celebrar según las leyes litúrgicas.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 124
§ 3. La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa
costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no
prohibe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones
contrarias a la doctrina cristiana.

3.2.6.2. La celebración de las exequias


1177 § 1. Las exequias por un fiel difunto deben celebrarse
generalmente en su propia iglesia parroquial.
§ 2. Sin embargo, se permite a todos los fieles, o a aquellos a
quienes compete disponer acerca de las exequias de un fiel difunto,
elegir otra iglesia para el funeral, con el consentimiento de quien la
rige y habiéndolo comunicado al párroco propio del difunto.
§ 3. Si el fallecimiento tiene lugar fuera de la parroquia propia y
no se traslada a ella el cadáver ni se ha elegido legítimamente una
iglesia para el funeral, las exequias se celebrarán en la iglesia de la
parroquia donde acaeció el fallecimiento, a no ser que el derecho
particular designe otra.
1178 Las exequias del Obispo diocesano se celebrarán en su
iglesia catedral, a no ser que hubiera elegido otra.
1179 Las exequias de los religiosos o miembros de sociedades de
vida apostólica, se celebrarán generalmente en la propia iglesia u
oratorio por el Superior, si el instituto o sociedad son clericales; o
por el capellán en los demás casos.
1180 § 1. Si la parroquia tiene cementerio propio, los fieles han
de ser enterrados en él, a no ser que el mismo difunto o aquellos a
quienes compete cuidar de su sepultura hubieran elegido
legítimamente otro cementerio.
§ 2. A no ser que el derecho se lo prohiba, todos pueden elegir el
cementerio en el que han de ser sepultados.
1181 Por lo que se refiere a las oblaciones con ocasión de los
funerales, obsérvense las prescripciones del ⇒ c. 1264, evitando sin
embargo cualquier acepción de personas, o que los pobres queden
privados de las exequias debidas.
1182 Una vez terminado el entierro, se ha de hacer la debida
anotación en el libro de difuntos conforme al derecho particular.

3.2.6.3. Aquellos a quienes se ha de conceder o denegar las

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 125


Exequias eclesiásticas
1183 § 1. Por lo que se refiere a las exequias, los catecúmenos se
equiparan a los fieles.
§ 2. El Ordinario del lugar puede permitir que se celebren
exequias eclesiásticas por aquellos niños que sus padres deseaban
bautizar, pero murieron antes de recibir el bautismo.
§ 3. Según el juicio prudente del Ordinario del lugar, se pueden
conceder exequias eclesiásticas a los bautizados que estaban
adscritos a una Iglesia o comunidad eclesial no católica, con tal de
que no conste la voluntad contraria de éstos, y no pueda hacerlas su
ministro propio.
1184 § 1. Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que
antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:
1 a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;
2 a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones
contrarias a la fe cristiana;
3 a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden
concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los
fieles.
§ 2. En el caso de que surja alguna duda, hay que consultar al
Ordinario del lugar y atenerse a sus disposiciones.
1185 A quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se le
negará también cualquier Misa exequial.

3.2.7. Orar la Liturgia de las Horas


1173 La Iglesia, ejerciendo la función sacerdotal de Cristo, celebra
la liturgia de las horas, por la que oyendo a Dios que habla a su
pueblo y recordando el misterio de la salvación, le alaba sin cesar
con el canto y la oración al mismo tiempo que ruega por la salvación
de todo el mundo.
1174 § 1. La obligación de celebrar la liturgia de las horas,
vincula a los clérigos según la norma del ⇒ c. 276 § 2, 3; y a los
miembros de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida
apostólica, conforme a sus constituciones.
§ 2. Se invita encarecidamente también a los demás fieles a que,
según las circunstancias, participen en la liturgia de las horas, puesto
que es acción de la Iglesia.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 126
1175 Al celebrar la liturgia de las horas, se ha de procurar
observar el curso natural de cada hora en la medida de lo posible.

3.2.8. Ser Ministro del Sacramento de la Penitencia.


3.2.8.1. Sacramento de la Penitencia
959 En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus
pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con
propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados
cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el
mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a
la que hirieron al pecar.

3.2.8.2. Celebración del Sacramento


960 La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen
el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en
pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la
imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la
reconciliación se puede tener también por otros medios.
961 § 1. No puede darse la absolución a varios penitentes a la vez
sin previa confesión individual y con carácter general a no ser que:
1 amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no
tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente;
2 haya una necesidad grave, es decir, cuando, teniendo en cuenta
el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír
debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo
razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se
verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o
de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad
cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran
concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o
peregrinación.
§ 2. Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las
condiciones requeridas a tenor del § 1, 2 , el cual, teniendo en cuenta
los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia
Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa
necesidad.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 127


962 § 1. Para que un fiel reciba válidamente la absolución
sacramental dada a varios a la vez, se requiere no sólo que esté
debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su
debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que
en las presentes circunstancias no ha podido confesar de ese modo.
§ 2. En la medida de lo posible, también al ser recibida la
absolución general, instrúyase a los fieles sobre los requisitos
expresados en el § 1, y exhórtese antes de la absolución general, aun
en peligro de muerte si hay tiempo, a que cada uno haga un acto de
contrición.
963 Quedando firme la obligación de que trata el ⇒ c. 989, aquel a
quien se le perdonan pecados graves con una absolución general,
debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto
tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no
interponerse causa justa.
964 § 1. El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u
oratorio.
§ 2. Por lo que se refiere a la sede para oír confesiones, la
Conferencia Episcopal
dé normas, asegurando en todo caso que existan siempre en lugar
patente confesionarios provistos de rejillas entre el penitente y el
confesor que puedan utilizar libremente los fieles que así lo deseen.
§ 3. No se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es
por justa causa.

3.2.8.3. Ministro del Sacramento de la Penitencia


965 Sólo el sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia.
966 § 1. Para absolver válidamente de los pecados se requiere
que el ministro, además de la potestad de orden, tenga facultad de
ejercerla sobre los fieles a quienes da la absolución.
§ 2. El sacerdote puede recibir esa facultad tanto ipso iure como
por concesión de la autoridad competente, a tenor del ⇒ c. 969.
967 § 1. Además del Romano Pontífice, los Cardenales tienen
ipso iure la facultad de oír confesiones de los fieles en todo el
mundo; y asimismo los Obispos, que la ejercitan también lícitamente
en cualquier sitio, a no ser que el Obispo diocesano se oponga en un
caso concreto.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 128
§ 2. Quienes tienen facultad habitual de oír confesiones tanto
por razón del oficio como por concesión del Ordinario del lugar de
incardinación o del lugar en que tienen su domicilio, pueden ejercer
la misma facultad en cualquier parte, a no ser que el Ordinario de
algún lugar se oponga en un caso concreto, quedando en pie lo que
prescribe el ⇒ c. 974 § § 2 y 3.
§3. Quienes están dotados de la facultad de oír confesiones, en
virtud de su oficio o por concesión del Superior competente a tenor
de los cc. ⇒ 968 § 2 y ⇒ 969 § 2, tienen ipso iure esa facultad en
cualquier lugar, para confesar a los miembros y a cuantos viven día
y noche en la casa de su instituto o sociedad; y usan dicha facultad
también lícitamente, a no ser que un Superior mayor se oponga en
un caso concreto respecto a sus propios súbditos.
968 § 1. Dentro del ámbito de su jurisdicción, por razón del oficio
gozan de la facultad de confesar el Ordinario del lugar, el canónigo
penitenciario y también el párroco y aquellos que ocupan su lugar.
§ 2. En virtud del oficio tienen la facultad de oír confesiones de
sus súbditos o de aquellos que moran día y noche en la casa,
aquellos Superiores de un instituto religioso o de una sociedad de
vida apostólica clericales de derecho pontificio que, según las
constituciones, están dotados de potestad ejecutiva de régimen,
permaneciendo lo establecido en el ⇒ c. 630 § 4.
969 § 1. Sólo el Ordinario del lugar es competente para otorgar la
facultad de oír confesiones de cualesquiera fieles a cualquier
presbítero; pero los presbíteros que son miembros de un instituto
religioso no deben usarla sin licencia, al menos presunta, de su
Superior.
§ 2. El Superior de un instituto religioso o de una sociedad de
vida apostólica al que se refiere el ⇒ c. 968 § 2 es competente para
otorgar a cualesquiera presbíteros la facultad de oir confesiones de
sus súbditos y de aquellos otros que moran día y noche en la casa.
970 La facultad de oír confesiones sólo debe concederse a los
presbíteros que hayan sido considerados aptos mediante un examen,
o cuya idoneidad conste de otro modo.
971 El Ordinario del lugar no debe conceder a un presbítero la
facultad de oír habitualmente confesiones, aunque tenga el domicilio

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 129


o cuasidomicilio dentro del ámbito de su jurisdicción, sin haber oído
antes al Ordinario del presbítero, en la medida en que sea posible.
972 La autoridad competente, indicada en el ⇒ c. 969, puede
conceder la facultad de oír confesiones tanto por un tiempo
indeterminado como determinado.
973 La facultad de oír habitualmente confesiones debe concederse
por escrito.
974 § 1. El Ordinario del lugar y el Superior competente no deben
revocar sin causa grave la facultad de oír habitualmente confesiones.
§ 2. Si la facultad de oír confesiones es revocada por el Ordinario
del lugar que la concedió, del que trata el ⇒ c. 967 §2, el presbítero
queda privado de la misma en todas partes; si es revocada por otro
Ordinario del lugar, queda privado de ella sólo en el territorio del
que la revoca.
§ 3. Todo Ordinario del lugar que revoca a un presbítero la
facultad de oír confesiones debe comunicarlo al Ordinario propio
del presbítero por razón de la incardinación o, si se trata de un
miembro de un instituto religioso, a su Superior competente.
§ 4. Si la facultad de oír confesiones es revocada por el Superior
mayor propio, el presbítero queda privado de la misma en todas
partes, respecto a los miembros del instituto; pero si es revocada por
otro Superior competente, la pierde sólo para con los súbditos
dentro del ámbito de la potestad de éste.
975 La facultad de que trata el ⇒ c. 967 § 2, cesa no sólo por
revocación, sino también por pérdida del oficio, excardinación o
cambio de domicilio.
976 Todo sacerdote, aun desprovisto de facultad para confesar,
absuelve válida y lícitamente a cualquier penitente que esté en
peligro de muerte de cualesquiera censuras y pecados, aunque se
encuentre presente un sacerdote aprobado.
977 Fuera de peligro de muerte, es inválida la absolución del
cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo.
978 § 1. Al oír confesiones, tenga presente el sacerdote que hace las
veces de juez y de médico, y que ha sido constituido por Dios
ministro de justicia y a la vez de misericordia divina, para que
provea al honor de Dios y a la salud de las almas.

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§ 2. Al administrar el sacramento, el confesor, como ministro de
la Iglesia, debe atenerse fielmente a la doctrina del Magisterio y a las
normas dictadas por la autoridad competente.
979 Al interrogar, el sacerdote debe comportarse con prudencia y
discreción, atendiendo a la condición y edad del penitente; y ha de
abstenerse de preguntar sobre el nombre del cómplice.
980 No debe negarse ni retrasarse la absolución si el confesor no
duda de la buena disposición del penitente y éste pide ser absuelto.
981 Según la gravedad y el número de los pecados, pero teniendo
en cuenta la condición del penitente, el confesor debe imponer una
satisfacción saludable y conveniente, que el penitente está obligado a
cumplir personalmente.
982 Quien se acuse de haber denunciado falsamente ante la
autoridad eclesiástica a un confesor inocente del delito de
solicitación a pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo, no
debe ser absuelto mientras no retracte formalmente la denuncia
falsa, y esté dispuesto a reparar los daños que quizá se hayan
ocasionado.
983 § 1. El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está
terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de
palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo.
§ 2. También están obligados a guardar secreto el intérprete, si lo
hay, y todos aquellos que, de cualquier manera, hubieran tenido
conocimiento de los pecados por la confesión.
984 § 1. Está terminantemente prohibido al confesor hacer uso,
con perjuicio del penitente, de los conocimientos adquiridos en la
confesión, aunque no haya peligro alguno de revelación.
§ 2. Quien está constituido en autoridad no puede en modo
alguno hacer uso, para el gobierno exterior, del conocimiento de
pecados que haya adquirido por confesión en cualquier momento.
985 El maestro de novicios y su asistente y el rector del seminario
o de otra institución educativa no deben oír confesiones
sacramentales de sus alumnos residentes en la misma casa, a no ser
que los alumnos lo pidan espontáneamente en casos particulares.
986 § 1. Todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura
de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los
fieles que les están confiados y que lo pidan razonablemente; y a que
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se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión individual, en
días y horas determinadas que les resulten asequibles.
§ 2. Si urge la necesidad todo confesor está obligado a oír las
confesiones de los fieles; y, en peligro de muerte, cualquier
sacerdote.

3.2.8.4. El Penitente
987 Para recibir el saludable remedio del sacramento de la
penitencia, el fiel ha de estar de tal manera dispuesto, que
rechazando los pecados cometidos y teniendo propósito de
enmienda se convierta a Dios.
988 § 1. El fiel está obligado a confesar según su especie y número
todos los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no
perdonados directamente por la potestad de las llaves de la Iglesia
ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga conciencia
después de un examen diligente.
§ 2. Se recomienda a los fieles que confiesen también los pecados
veniales.
989 Todo fiel que haya llegado al uso de razón, está obligado a
confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año.
990 No se prohibe a nadie la confesión mediante intérprete, con tal
de que se eviten abusos y escándalos, sin perjuicio de lo que
prescribe el ⇒ c. 983 § 2.
991 Todo fiel tiene derecho a confesarse con el confesor
legítimamente aprobado que prefiera, aunque sea de otro rito.

3.2.8.5. Las indulgencias


992 La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal
por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel
dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por
mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la
redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las
satisfacciones de Cristo y de los Santos.
993 La indulgencia es parcial o plenaria, según libere de la pena
temporal debida por los pecados en parte o totalmente.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 132


994 Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los
difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales
como plenarias.
995 § 1. Además de la autoridad suprema de la Iglesia, sólo
pueden conceder indulgencias aquellos a quienes el derecho
reconoce esta potestad, o a quienes se la ha concedido el Romano
Pontífice.
§ 2. Ninguna autoridad inferior al Romano Pontífice puede
otorgar a otros la potestad de conceder indulgencias, a no ser que se
lo haya otorgado expresamente la Sede Apostólica.
996 § 1. Para ser capaz de lucrar indulgencias es necesario estar
bautizado, no excomulgado, y hallarse en estado de gracia por lo
menos al final de las obras prescritas.
§ 2. Sin embargo, para que el sujeto capaz las lucre debe tener al
menos intención general de conseguirlas, y cumplir las obras
prescritas dentro del tiempo determinado y de la manera debida,
según el tenor de la concesión.
997 Por lo que se refiere a la concesión y uso de las indulgencias,
se han de observar además las restantes prescripciones que se
contienen en las leyes peculiares de la Iglesia.

3.2.9. Ser Ministro del Sacramento de Unción de los Enfermos


3.2.9.1. El Sacramento de Unción de los Enfermos
998 La unción de los enfermos, con la que la Iglesia encomienda
los fieles gravemente enfermos al Señor doliente y glorificado, para
que los alivie y salve, se administra ungiéndoles con óleo y diciendo
las palabras prescritas en los libros litúrgicos.

3.2.9.2. Celebración del sacramento


999 Además del Obispo, pueden bendecir el óleo que se emplea en
la unción de los enfermos: lquienes por derecho se equiparan al
Obispo diocesano;
2 en caso de necesidad, cualquier presbítero, pero dentro de la
celebración del sacramento.
1000 § 1. Las unciones han de hacerse cuidadosamente, con las
palabras orden y modo prescritos en los libros litúrgicos; sin

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 133


embargo, en caso de necesidad, basta una sola unción en la frente, o
también en otra parte del cuerpo, diciendo la fórmula completa.
§ 2. El ministro ha de hacer las unciones con la mano, a no ser
que una razón grave aconseje el uso de un instrumento.
1001 Los pastores de almas y los familiares del enfermo deben
procurar que sea reconfortado en tiempo oportuno con este
sacramento.
1002 La celebración común de la unción de los enfermos para
varios enfermos al mismo tiempo, que estén debidamente
preparados y rectamente dispuestos, puede hacerse de acuerdo con
las prescripciones del Obispo diocesano.

3.2.9.3. Ministro de la unción de los enfermos


1003 § 1. Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la
unción de los enfermos.
§ 2. Todos los sacerdotes con cura de almas tienen la obligación y
el derecho de administrar la unción de los enfermos a los fieles
encomendados a su tarea pastoral; pero, por una causa razonable,
cualquier otro sacerdote puede administrar este sacramento, con el
consentimiento al menos presunto del sacerdote al que antes se hace
referencia.
§ 3. Está permitido a todo sacerdote llevar consigo el óleo bendito,
de manera que, en caso de necesidad, pueda administrar el
sacramento de la unción de los enfermos.

3.2.9.4. Administración del sacramento de la Unción de los


Enfermos
1004 § 1. Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel
que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro
por enfermedad o vejez.
§ 2. Puede reiterarse este sacramento si el enfermo, una vez
recobrada la salud, contrae de nuevo una enfermedad grave, o si,
durante la misma enfermedad, el peligro se hace más grave.
1005 En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón,
sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístresele este
sacramento.

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1006 Debe administrarse este sacramento a los enfermos que,
cuando estaban en posesión de sus facultades, lo hayan pedido al
menos de manera implícita.
1007 No se dé la unción de los enfermos a quienes persisten
obstinadamente en un pecado grave manifiesto.

3.3. EL PRESBITERO FORMA PARTE DE LA JERAQUIA DE


LA IGLESIA
3.3.1. Suprema autoridad de la iglesia: Romano Pontífice y del
Colegio Episcopal.
330. Así como, por determinación divina, San Pedro y los demás
Apóstoles constituyen un Colegio, de igual modo están unidos entre
sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de
los Apóstoles.

3.3.2. Romano Pontífice


331 El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la
función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero
entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es
cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la
Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su
función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y
universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente.

3.3.3. El colegio episcopal


336 El Colegio Episcopal, cuya cabeza es el Sumo Pontífice y del
cual son miembros los Obispos en virtud de la consagración
sacramental y de la comunión jerárquica con la cabeza y miembros
del Colegio, y en el que continuamente persevera el cuerpo
apostólico, es también, en unión con su cabeza y nunca sin esa
cabeza, sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia.
338 § 1.Compete exclusivamente al Romano Pontífice convocar el
Concilio Ecuménico, presidirlo personalmente o por medio de otros,
trasladarlo, suspenderlo o disolverlo, y aprobar sus decretos.
§ 2. Corresponde al Romano Pontífice determinar las cuestiones
que han de tratarse en el Concilio, así como establecer el reglamento
del mismo; a las cuestiones determinadas por el Romano Pontífice,

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los Padres conciliares pueden añadir otras, que han de ser
aprobadas por el Papa.

3.3.4. Los obispos diocesanos


381 § 1. Al Obispo diocesano compete en la diócesis que se le ha
confiado toda la potestad ordinaria, propia e inmediata que se
requiere para el ejercicio de su función pastoral, exceptuadas
aquellas causas que por el derecho o por decreto del Sumo Pontífice
se reserven a la autoridad suprema o a otra autoridad eclesiástica.
§ 2. A no ser que por la naturaleza del asunto o por prescripción
del derecho conste otra cosa, se equiparan en derecho al Obispo
diocesano aquellos que presiden otras comunidades de fieles de las
que se trata en el ⇒ c. 368.

385 Fomente el Obispo diocesano con todas sus fuerzas las


vocaciones a los diversos ministerios y a la vida consagrada,
dedicando especial atención a las vocaciones sacerdotales y
misioneras.
386 § 1. El Obispo diocesano debe enseñar y explicar a los fieles
las verdades de fe que han de creerse y vivirse, predicando
personalmente con frecuencia; cuide también de que se cumplan
diligentemente las prescripciones de los cánones sobre el ministerio
de la palabra, principalmente sobre la homilía y la enseñanza del
catecismo, de manera que a todos se enseñe la totalidad de la
doctrina cristiana.
§ 2. Defienda con fortaleza, de la manera más conveniente, la
integridad y unidad de la fe, reconociendo no obstante la justa
libertad de investigar más profundamente la verdad.
394 § 1. Fomente el Obispo en la diócesis las distintas formas de
apostolado, y cuide de que, en toda la diócesis o en sus distritos
particulares, todas las actividades de apostolado se coordinen bajo
su dirección, respetando el carácter propio de cada una.
§ 2. Inste a los fieles para que cumplan su deber de hacer
apostolado de acuerdo con la condición y la capacidad de cada uno,
y exhórteles a que participen en las diversas iniciativas de
apostolado y les presten ayuda, según las necesidades de lugar y de
tiempo.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 136
395 § 1. Al Obispo diocesano, aunque tenga un coadjutor o
auxiliar, le obliga la ley de residencia personal en la diócesis.
§ 2. Aparte de las ausencias por razón de la visita ad limina, de
su deber de asistir a los Concilios, al sínodo de los Obispos y a las
reuniones de la Conferencia Episcopal, o de cumplir otro oficio que
le haya sido legítimamente encomendado, puede ausentarse de su
diócesis con causa razonable no más de un mes continuo o con
interrupciones, con tal de que provea a que la diócesis no sufra
ningún perjuicio por su ausencia.
§ 3. No debe ausentarse de su diócesis los días de Navidad,
Semana Santa y Resurrección del Señor, Pentecostés y Corpus
Christi, a no ser por una causa grave y urgente.
§ 4. Si un Obispo se ausentase ilegítimamente de la diócesis por
más de seis meses, el Metropolitano informará sobre este hecho a la
Sede Apostólica; si el ausente es el Metropolitano, hará lo mismo el
más antiguo de los sufragáneos.
399 § 1. Cada cinco años el Obispo diocesano debe presentar al
Romano Pontífice una relación sobre la situación de su diócesis,
según el modelo determinado por la Sede Apostólica y en el tiempo
establecido por ella.
§ 2. Si el año establecido para presentar la relación coincide en
todo o en parte con los dos primeros años desde que asumió el
gobierno de la diócesis, el Obispo puede por esa vez prescindir de
preparar y presentar la relación.

3.3.5. Las parroquias, de los párrocos y de los vicarios


parroquiales
515 § 1 La parroquia es una determinada comunidad de fieles
constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura
pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a
un párroco, como su pastor propio.
§ 2. Corresponde exclusivamente al Obispo diocesano erigir,
suprimir o cambiar las parroquias, pero no las erija, suprima o
cambie notablemente sin haber oído al consejo presbiteral.
§ 3. La parroquia legítimamente erigida tiene personalidad
jurídica en virtud del derecho mismo.

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517 § 1. Cuando así lo exijan las circunstancias, la cura pastoral
de una o más parroquias a la vez puede encomendarse
solidariamente a varios sacerdotes, con tal que uno de ellos sea el
director de la cura pastoral, que dirija la actividad conjunta y
responda de ella ante el Obispo.
§ 2. Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera
que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura
pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene
el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote
que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad
pastoral.
519 El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía,
y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada
bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo
ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad
cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la
cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda
de fieles laicos, conforme a la norma del derecho.
521 § 1. Para que alguien pueda ser designado párroco
válidamente debe haber recibido el orden sagrado del presbiterado.
§ 2. Debe destacar además por su sana doctrina y probidad
moral, estar dotado de celo por las almas y de otras virtudes, y tener
las cualidades que se requieren tanto por derecho universal como
particular, para la cura de la parroquia de que se trate.
§ 3. Para que alguien sea designado para el oficio de párroco, es
necesario que conste con certeza su idoneidad según el modo
establecido por el Obispo diocesano, incluso mediante un examen.
528 § 1. El párroco está obligado a procurar que la palabra de
Dios se anuncie en su integridad a quienes viven en la parroquia;
cuide por tanto de que los fieles laicos sean adoctrinados en las
verdades de la fe, sobre todo mediante la homilía, que ha de hacerse
los domingos y fiestas de precepto, y la formación catequética; ha de
fomentar las iniciativas con las que se promueva el espíritu
evangélico, también por lo que se refiere a la justicia social; debe
procurar de manera particular la formación católica de los niños y
de los jóvenes y esforzarse con todos los medios posibles, también
con la colaboración de los fieles, para que el mensaje evangélico
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 138
llegue igualmente a quienes hayan dejado de practicar o no profesen
la verdadera fe.
§ 2. Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el
centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los
fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de
modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía
y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno
de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada
liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar
el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no
se introduzcan abusos.
529 § 1. Para cumplir diligentemente su función pastoral, procure
el párroco conocer a los fieles que se le encomiendan; para ello,
visitará las familias, participando de modo particular en las
preocupaciones, angustias y dolor de los fieles por el fallecimiento
de seres queridos, consolándoles en el Señor y corrigiéndoles
prudentemente si se apartan de la buena conducta; ha de ayudar con
pródiga caridad a los enfermos, especialmente a los moribundos,
fortaleciéndoles solícitamente con la administración de los
sacramentos y encomendando su alma a Dios; debe dedicarse con
particular diligencia a los pobres, a los afligidos, a quienes se
encuentran solos, a los emigrantes o que sufren especiales
dificultades; y ha de poner también los medios para que los
cónyuges y padres sean ayudados en el cumplimiento de sus
propios deberes y se fomente la vida cristiana en el seno de las
familias.
§ 2. Reconozca y promueva el párroco la función propia que
compete a los fieles laicos en la misión de la Iglesia, fomentando sus
asociaciones para fines religiosos. Coopere con el Obispo propio y
con el presbiterio diocesano, esforzándose también para que los
fieles vivan la comunión parroquial y se sientan a la vez miembros
de la diócesis y de la Iglesia universal, y tomen parte en las
iniciativas que miren a fomentar esa comunión y la consoliden.
530 Son funciones que se encomiendan especialmente al párroco
las siguientes:
1 la administración del bautismo;

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 139


2 la administración del sacramento de la confirmación a quienes se
encuentren en peligro de muerte, conforme a la norma del ⇒ c. 883,
3;
3 la administración del Viático y de la unción de los enfermos sin
perjuicio de lo que prescribe el ⇒ c. 1003 § § 2 y 3; asimismo,
impartir la bendición apostólica;
4 la asistencia a los matrimonios y bendición nupcial;
5 la celebración de funerales;
6 la bendición de la pila bautismal en tiempo pascual, la
presidencia de las procesiones fuera de la iglesia y las bendiciones
solemnes fuera de la iglesia;
7 la celebración eucarística más solemne los domingos y fiestas de
precepto.
531 Aunque otro haya realizado una determinada función
parroquial, ingresará en la masa parroquial las oblaciones recibidas
de los fieles en tal ocasión, a no ser que, respecto a las limosnas
voluntarias conste la intención contraria de quien las ofrece;
corresponde al Obispo diocesano, oído el consejo presbiteral,
establecer normas mediante las que se provea al destino de esas
oblaciones y así como a la retribución de los clérigos que cumplen
esa función.
533 § 1. El párroco tiene obligación de residir en la casa
parroquial, cerca de la iglesia; sin embargo, cuando en casos
particulares haya una causa justa, el Ordinario del lugar puede
permitir que habite en otro lugar, sobre todo en una casa común de
varios presbíteros, con tal de que se provea adecuada y eficazmente
al cumplimiento de las tareas parroquiales.
§ 2. A no ser que obste una razón grave, puede el párroco
ausentarse de la parroquia, en concepto de vacaciones, como
máximo durante un mes continuo o interrumpido; pero en ese
tiempo de vacaciones no se incluyen los días durante los cuales el
párroco asiste una vez al año al retiro espiritual; sin embargo, para
ausentarse de la parroquia más de una semana, el párroco tiene
obligación de avisar al Ordinario del lugar.
§ 3. Corresponde al Obispo diocesano establecer las normas
según las cuales, durante la ausencia del párroco, se provea a la

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 140


atención de la parroquia por medio de un sacerdote dotado de las
oportunas facultades.
534 § 1. Una vez que ha tomado posesión de la parroquia, el
párroco está obligado a aplicar la Misa por el pueblo a él confiado
todos los domingos y fiestas que sean de precepto en su diócesis;
quien se encuentre legítimamente impedido para hacerlo, la aplicará
esos mismos días por medio de otro, u otros días personalmente.
§ 2. Los días indicados en el § 1, el párroco a quien haya sido
confiada la cura de varias parroquias, tiene obligación de aplicar una
sola Misa por todo el pueblo que se le encomienda.
§ 3. El párroco que hubiera incumplido la obligación de la que se
trata en los § § 1 y 2, debe aplicar cuanto antes por el pueblo tantas
Misas, cuantas haya omitido.
535 § 1. En cada parroquia se han de llevar los libros parroquiales,
es decir de bautizados, de matrimonios y de difuntos, y aquellos
otros prescritos por la Conferencia Episcopal o por el Obispo
diocesano; cuide el párroco de que esos libros se anoten con
exactitud y se guarden diligentemente.
§ 2. En el libro de bautizados se anotará también la confirmación,
así como lo que se refiere al estado canónico de los fieles por razón
del matrimonio, quedando a salvo lo que prescribe el ⇒ c. 1133, por
razón de la adopción, de la recepción del orden sagrado, de la
profesión perpetua emitida en un instituto religioso y del cambio de
rito; y esas anotaciones han de hacerse constar siempre en la partida
del bautismo.
§ 3. Cada parroquia ha de tener su propio sello; los certificados
que se refieren al estado canónico de los fieles, así como también las
demás actas que puedan tener valor juridico, deben llevar la firma
del párroco o de su delegado, y el sello parroquial.
§ 4. En toda parroquia ha de haber una estantería o archivo,
donde se guarden los libros parroquiales, juntamente con las cartas
de los Obispos y otros documentos que deben conservarse por
motivos de necesidad o de utilidad; todo ello debe ser revisado por
el Obispo diocesano o por su delegado en tiempo de visita o en otra
ocasión oportuna, y cuide el párroco de que no vaya a parar a manos
extrañas.

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§ 5. También deben conservarse diligentemente los libros
parroquiales más antiguos, según las prescripciones del derecho
particular.

3.4. LOS REQUISITOS QUE SE DEBE TENER PARA LA


ORDENACION

1008 Mediante el sacramento del orden, por institución divina,


algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados,
al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y
destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada
uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de
enseñar, santificar y regir.
1009 § 1. Los órdenes son el episcopado, el presbiterado y el
diaconado.
§ 2. Se confieren por la imposición de las manos y la oración
consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado.

3.4.1. La celebración y ministro de la ordenación


1010 La ordenación debe celebrarse dentro de una Misa solemne
en domingo o en una fiesta de precepto, aunque por razones
pastorales puede hacerse también otros días, sin excluir los feriales.
1011 § 1. La ordenación ha de celebrarse generalmente en la
catedral; sin embargo, por razones pastorales, puede tener lugar en
otra iglesia u oratorio.
§ 2. Deben ser invitados a la ordenación clérigos y otros fieles,
de manera que asistan a la celebración en el mayor número posible.
1012 Es ministro de la sagrada ordenación el Obispo consagrado.
1013 A ningún Obispo le es lícito conferir la ordenación episcopal
sin que conste previamente el mandato pontificio.
1014 A no ser que la Sede Apostólica lo hubiera dispensado, en la
consagración episcopal el Obispo consagrante principal asocie a sí al
menos a otros dos Obispos consagrantes; y es muy conveniente que,
junto con ellos, todos los Obispos presentes consagren al elegido.
1015 § 1. Cada uno sea ordenado para el presbiterado o el
diaconado por el propio Obispo o con legítimas dimisorias del
mismo.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 142


§ 2. El Obispo propio, si no está impedido por justa causa,
ordenará personalmente a sus súbditos; pero no puede ordenar
lícitamente, sin indulto apostólico, a un súbdito de rito oriental.
§ 3. Quien puede dar las dimisorias para las órdenes, puede
también conferir personalmente esas mismas órdenes, si tiene
carácter episcopal.
1016 Por lo que se refiere a la ordenación de diáconos de quienes
deseen adscribirse al clero secular, es Obispo propio el de la diócesis
en la que tiene domicilio el ordenando, o el de la diócesis a la cual ha
decidido dedicarse; para la ordenación presbiteral de clérigos
seculares, es el Obispo de la diócesis a la que el ordenando está
incardinado por el diaconado.
1017 El Obispo no puede conferir órdenes fuera del ámbito de su
jurisdicción, si no es con licencia del Obispo diocesano.
1018 § 1. Puede dar las dimisorias para los seculares:
1 el Obispo propio, del que trata el ⇒ c. 1016;
2 el Administrador apostólico y, con el consentimiento del colegio
de consultores, el Administrador diocesano; con el consentimiento
del consejo mencionado en el ⇒ c. 495 § 2, el Provicario y el
Proprefecto apostólico.
§ 2. El Administrador diocesano, el Provicario y el Proprefecto
apostólico no deben dar dimisorias a aquellos a quienes fue
denegado el acceso a las órdenes por el Obispo diocesano o por el
Vicario o Prefecto apostólico.
1019 § 1. Compete dar las dimisorias para el diaconado y para el
presbiterado al Superior mayor de un instituto religioso clerical de
derecho pontificio o de una sociedad clerical de vida apostólica de
derecho pontificio, para sus súbditos adscritos según las
constituciones de manera perpetua o definitiva al instituto o a la
sociedad.
§ 2. La ordenación de todos los demás miembros de cualquier
instituto o sociedad, se rige por el derecho de los clérigos seculares,
quedando revocado cualquier indulto concedido a los Superiores.
1020 No deben concederse las dimisorias antes de haber obtenido
todos los testimonios y documentos que se exigen por el derecho, a
tenor de los cc. ⇒ 1050 y ⇒ 1051.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 143


1021 Pueden enviarse las dimisorias a cualquier Obispo en
comunión con la Sede Apostólica, exceptuados solamente, salvo
indulto apostólico, los Obispos de un rito distinto al del ordenando.
1022 Una vez recibidas las legítimas dimisorias, el Obispo no debe
ordenar mientras no le conste sin lugar a dudas la autenticidad de
las mismas.
1023 Las dimisorias pueden quedar sometidas a limitaciones o ser
revocadas por quien las expidió o por su sucesor; sin embargo, una
vez dadas, no pierden su eficacia por decaer el derecho del que las
concedió.

3.4.2. Los ordenandos


1024 Sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada
ordenación.
1025 § 1. Para la lícita ordenación de presbítero o de diácono se
requiere que, tras realizar las pruebas que prescribe el derecho, el
candidato reúna, a juicio del Obispo propio o del Superior mayor
competente, las debidas cualidades, que no le afecte ninguna
irregularidad o impedimento y que haya cumplido los requisitos
previos, a tenor de los ⇒ cc. 1033-1039; es necesario, además, que se
tengan los documentos indicados en el ⇒ c. 1050, y que se haya
efectuado el escrutinio prescrito en el ⇒ c. 1051.
§ 2. Se requiere también que, a juicio del mismo legítimo
Superior, sea considerado útil para el ministerio de la Iglesia.
§ 3. Al Obispo que ordena a un súbdito propio destinado al
servicio de otra diócesis, debe constarle que el ordenando quedará
adscrito a esa diócesis.

3.4.3. Los requisitos por parte de los ordenandos


1026 Es necesario que quien va a ordenarse goce de la debida
libertad; está terminantemente prohibido obligar a alguien, de
cualquier modo y por cualquier motivo, a recibir las órdenes, así
como apartar de su recepción a uno que es canónicamente idóneo.
1027 Los aspirantes al diaconado y al presbiterado han de ser
formados con una esmerada preparación, a tenor del derecho.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 144


1028 Cuide el Obispo diocesano o el Superior competente de que
los candidatos, antes de recibir un orden, conozcan debidamente lo
que a él se refiere, y las obligaciones que lleva consigo.
1029 Sólo deben ser ordenados aquellos que, según el juicio
prudente del Obispo propio o del Superior mayor competente,
sopesadas todas las circunstancias, tienen una fe íntegra, están
movidos por recta intención, poseen la ciencia debida, gozan de
buena fama y costumbres intachables, virtudes probadas y otras
cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que van a
recibir.
1030 Sólo por una causa canónica, aunque sea oculta, puede el
Obispo propio o el Superior mayor competente prohibir a los
diáconos destinados al presbiterado, súbditos suyos, la recepción de
este orden, quedando a salvo el recurso conforme a derecho.
1031 § 1. Únicamente debe conferirse el presbiterado a quienes
hayan cumplido veinticinco años y gocen de suficiente madurez,
dejando además un intersticio al menos de seis meses entre el
diaconado y el presbiterado; quienes se destinan al presbiterado
pueden ser admitidos al diaconado sólo después de haber cumplido
veintitrés años.
§ 2. El candidato al diaconado permanente que no esté casado
sólo puede ser admitido a este orden cuando haya cumplido al
menos veinticinco años; quien esté casado, únicamente después de
haber cumplido al menos treinta y cinco años, y con el
consentimiento de su mujer.
§ 3. Las Conferencias Episcopales pueden establecer normas por
las que se requiera una edad superior para recibir el presbiterado o
el diaconado permanente.
§ 4. Queda reservada a la Sede Apostólica la dispensa de la edad
requerida según los § § 1 y 2, cuando el tiempo sea superior a un
año.
1032 § 1. Los aspirantes al presbiterado sólo pueden ser
promovidos al diaconado después de haber terminado el quinto año
del ciclo de estudios filosófico-teológicos.
§ 2. Después de terminar los estudios, el diácono debe tomar
parte en la cura pastoral, ejerciendo el orden diaconal, antes de

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 145


recibir el presbiterado, durante un tiempo adecuado que habrá de
determinar el Obispo o el Superior mayor competente.
§ 3. El aspirante al diaconado permanente no debe recibir este
orden sin haber cumplido el tiempo de su formación.

3.4.4. Los requisitos previos para la ordenación


1033 Sólo es ordenado lícitamente quien haya recibido el
sacramento de la confirmación.
1034 § 1. Ningún aspirante al diaconado o al presbiterado debe
recibir la ordenación de diácono o de presbítero sin haber sido
admitido antes como candidato, por la autoridad indicada en los cc.
⇒ 1016 y ⇒ 1019, con el rito litúrgico establecido, previa solicitud
escrita y firmada de su puño y letra, que ha de ser aceptada también
por escrito por la misma autoridad.
§ 2. Este rito de admisión no es obligatorio para quien está
incorporado por los votos a un instituto clerical.
1035 § 1. Antes de que alguien sea promovido al diaconado,
tanto permanente como transitorio, es necesario que el candidato
haya recibido y haya ejercido durante el tiempo conveniente los
ministerios de lector y de acólito.
§ 2. Entre el acolitado y el diaconado debe haber un intersticio
por lo menos de seis meses.
1036 Para poder recibir la ordenación de diácono o de presbítero,
el candidato debe entregar al Obispo propio o al Superior mayor
competente una declaración redactada y firmada de su puño y letra,
en la que haga constar que va a recibir el orden espontánea y
libremente, y que se dedicará de modo perpetuo al ministerio
eclesiástico, al mismo tiempo que solicita ser admitido al orden que
aspira a recibir.
1037 El candidato al diaconado permanente que no esté casado, y
el candidato al presbiterado, no deben ser admitidos al diaconado
antes de que hayan asumido públicamente, ante Dios y ante la
Iglesia, la obligación del celibato según la ceremonia prescrita, o
hayan emitido votos perpetuos en un instituto religioso.
1038 No puede prohibirse el ejercicio del orden recibido a un
diácono que rehuse recibir el presbiterado, a no ser que esté afectado

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por un impedimento canónico o por otra causa grave que debe
juzgar el Obispo diocesano o el Superior mayor competente.
1039 Todos los que van a recibir un orden deben hacer ejercicios
espirituales, al menos durante cinco días, en el lugar y de la manera
que determine el Ordinario; el Obispo, antes de proceder a la
ordenación, debe ser informado de que los candidatos han hecho
debidamente esos ejercicios.

3.4.5. Las irregularidades y de otros impedimentos


1040 Quedan excluidos de la recepción de las órdenes quienes
estén afectados por algún impedimento, tanto perpetuo, que recibe
el nombre de irregularidad, como simple; no se contrae ningún otro
impedimento fuera de los que se enumeran en los cánones que
siguen.
1041 Son irregulares para recibir órdenes:
1 quien padece alguna forma de amencia u otra enfermedad
psíquica por la cual, según el parecer de los peritos, queda
incapacitado para desempeñar rectamente el ministerio;
2 quien haya cometido el delito de apostasía, herejía o cisma;
3 quien haya atentado matrimonio, aun sólo civil, estando
impedido para contraerlo, bien por el propio vínculo matrimonial, o
por el orden sagrado o por voto público perpetuo de castidad, bien
porque lo hizo con una mujer ya unida en matrimonio válido o
ligada por ese mismo voto;
4 quien haya cometido homicidio voluntario o procurado el aborto
habiéndose verificado éste, así como todos aquellos que hubieran
cooperado positivamente;
5 quien dolosamente y de manera grave se mutiló a sí mismo o a
otro, o haya intentado suicidarse;
6 quien haya realizado un acto de potestad de orden reservado o a
los Obispos o los presbíteros, sin haber recibido ese orden o
estándole prohibido su ejercicio por una pena canónica declarada o
impuesta.
1042 Están simplemente impedidos para recibir las órdenes:
1 el varón casado, a no ser que sea legítimamente destinado al
diaconado permanente;

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2 quien desempeña un cargo o tarea de administración que se
prohibe a los clérigos a tenor de los cc. ⇒ 285 y ⇒ 286 y debe rendir
cuentas, hasta que, dejado ese cargo o tarea y rendido cuentas, haya
quedado libre;
3 el neófito, a no ser que, a juicio del Ordinario, haya sido
suficientemente probado.
1042 Están simplemente impedidos para recibir las órdenes:
1 el varón casado, a no ser que sea legítimamente destinado al
diaconado permanente;
2 quien desempeña un cargo o tarea de administración que se
prohibe a los clérigos a tenor de los cc. ⇒ 285 y ⇒ 286 y debe rendir
cuentas, hasta que, dejado ese cargo o tarea y rendido cuentas, haya
quedado libre;
3 el neófito, a no ser que, a juicio del Ordinario, haya sido
suficientemente probado.

3.4.6. Los documentos que se requieren y del escrutinio


1050 Para que alguien pueda acceder a las sagradas órdenes se
requieren los siguientes documentos:
1 el certificado de los estudios realizados a tenor del ⇒ c. 1032;
2 tratándose de la ordenación de presbíteros, el certificado de que
han recibido el diaconado;
3 tratándose de la ordenación de diáconos, el certificado de
bautismo y de confirmación, así como de que han recibido los
ministerios a los que se refiere el ⇒ c. 1035; y asimismo el certificado
de que han hecho la declaración prescrita en el ⇒ c. 1036, y, si se
trata de un casado que va a ser promovido al diaconado permanente
los certificados de matrimonio y de consentimiento de su mujer.

3.4.7. La inscripción y certificado de la ordenación realizada


1053 § 1. Al terminar la ordenación, deben anotarse en un libro
especial cuidadosamente custodiado en la curia del lugar donde se
ha administrado el sacramento, el nombre de cada ordenando y del
ministro que lo ordenó, así como el lugar y el día de la ordenación, y
se archivarán también con diligencia todos los documentos
referentes a cada una de las ordenaciones.

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§ 2. El Obispo debe dar a cada ordenando un certificado
auténtico de la ordenación recibida; y si éstos fueron ordenados con
dimisorias por un Obispo ajeno, mostrarán a su vez ese documento a
su Ordinario propio, para que se anote la ordenación en un libro
especial que se guardará en el archivo.
1054 El Ordinario del lugar, tratándose de seculares, o el Superior
mayor competente, si se trata de sus súbditos, debe comunicar la
ordenación al párroco del lugar del bautismo de cada ordenando,
para que lo anote en el libro de bautismos, a tenor del ⇒ c. 535 § 2.

3.5. LA ADSCRIPCIÓN O INCARDINACIÓN DE LOS


CLÉRIGOS
265 Es necesario que todo clérigo esté incardinado en una Iglesia
particular o en una prelatura personal, o en un instituto de vida
consagrada o en una sociedad que goce de esta facultad, de modo
que de ninguna manera se admitan los clérigos acéfalos o vagos.
266 § 1. Por la recepción del diaconado, uno se hace clérigo y
queda incardinado en una Iglesia particular o en una prelatura
personal para cuyo servicio fue promovido.
§ 2. El miembro profeso con votos perpetuos en un instituto
religioso o incorporado definitivamente a una sociedad clerical de
vida apostólica, al recibir el diaconado queda incardinado como
clérigo en ese instituto o sociedad, a no ser que, por lo que se refiere
a las sociedades, las constituciones digan otra cosa.
§3. Por la recepción del diaconado, el miembro de un instituto
secular se incardina en la Iglesia particular para cuyo servicio ha
sido promovido, a no ser que, por concesión de la Sede Apostólica,
se incardine en el mismo instituto.
267 § 1. Para que un clérigo ya incardinado se incardine
válidamente en otra Iglesia particular, debe obtener de su Obispo
diocesano letras de excardinación por él suscritas, e igualmente las
letras de incardinación suscritas por el Obispo diocesano de la
Iglesia particular en la que desea incardinarse.
§ 2. La excardinación concedida de este modo no produce efecto
si no se ha conseguido la incardinación en otra Iglesia particular.
268 § 1. El clérigo que se haya trasladado legítimamente de la
propia a otra Iglesia particular, queda incardinado a ésta en virtud

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del mismo derecho después de haber transcurrido un quinquenio si
manifiesta por escrito ese deseo tanto al Obispo diocesano de la
Iglesia que lo acogió como a su propio Obispo diocesano, y ninguno
de los dos le ha comunicado por escrito su negativa, dentro del
plazo de cuatro meses a partir del momento en que recibieron la
petición.
§ 2. El clérigo que se incardina a un instituto o sociedad
conforme a la norma del ⇒ c. 266 § 2, queda excardinado de su
propia Iglesia particular, por la admisión perpetua o definitiva en el
instituto de vida consagrada o en la sociedad de vida apostólica
269 El Obispo diocesano no debe proceder a la incardinación de
un clérigo a no ser que:
1 lo requiera la necesidad o utilidad de su Iglesia particular, y
queden a salvo las prescripciones del derecho que se refieren a la
honesta sustentación de los clérigos;
2 le conste por documento legítimo que ha sido concedida la
excardinación y haya obtenido además, si es necesario bajo secreto,
los informes convenientes del Obispo diocesano que concede la
excardinación, acerca de la vida, conducta y estudios del clérigo del
que se trate;
3 el clérigo haya declarado por escrito al mismo Obispo diocesano
que desea quedar adscrito al servicio de la nueva Iglesia particular,
conforme a derecho.
270 Sólo puede concederse lícitamente la excardinación con justas
causas, tales como la utilidad de la Iglesia o el bien del mismo
clérigo; y no puede denegarse a no ser que concurran causas graves,
pero en este caso, el clérigo que se considere perjudicado y hubiera
encontrado un Obispo dispuesto a recibirle, puede recurrir contra la
decisión.
271 § 1. Fuera del caso de verdadera necesidad de la propia
Iglesia particular, el Obispo diocesano no ha de denegar la licencia
de traslado a otro lugar a los clérigos que él sepa están dispuestos y
considere idóneos para acudir a regiones que sufren grave escasez
de clero para desempeñar en ellas el ministerio sagrado; pero provea
para que, mediante acuerdo escrito con el Obispo diocesano del
lugar a donde irán, se determinen los derechos y deberes de esos
clérigos.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 150
§ 2. El Obispo diocesano puede conceder a sus clérigos licencia
para trasladarse a otra Iglesia particular por un tiempo determinado,
que puede renovarse sucesivamente, de manera, sin embargo, que
esos clérigos sigan incardinados en la propia Iglesia particular y, al
regresar, tengan todos los derechos que les corresponderían si se
hubieran dedicado en ella al ministerio sagrado.
§ 3. El clérigo que pasa legítimamente a otra Iglesia particular
quedando incardinado a su propia Iglesia, puede ser llamado con
justa causa por su propio Obispo diocesano, con tal de que se
observen los acuerdos convenidos con el otro Obispo y la equidad
natural; igualmente, y cumpliendo las mismas condiciones, el
Obispo diocesano de la otra Iglesia particular puede denegar con
justa causa a ese clérigo la licencia de seguir permaneciendo en su
propio territorio.
272 El Administrador diocesano no puede conceder la
excardinación o incardinación, ni tampoco la licencia para
trasladarse a otra Iglesia particular, a no ser que haya pasado un año
desde que quedó vacante la sede episcopal, y con el consentimiento
del colegio de consultores.

3.6. OBLIGACIONES Y DERECHOS DE LOS CLERIGOS


273 Los clérigos tienen especial obligación de mostrar respeto y
obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario propio.
274 § 1. Sólo los clérigos pueden obtener oficios para cuyo ejercicio
se requiera la potestad de orden o la potestad de régimen
eclesiástico.
§ 2. A no ser que estén excusados por un impedimento legítimo,
los clérigos deben aceptar y desempeñar fielmente la tarea que les
encomiende su Ordinario.
275 §1. Los clérigos, puesto que todos trabajan en la misma obra, la
edificación del Cuerpo de Cristo, estén unidos entre sí con el vínculo
de la fraternidad y de la oración, y fomenten la mutua cooperación,
según las prescripciones del derecho particular.
§ 2. Los clérigos deben reconocer y fomentar la misión que, por su
parte, ejercen los laicos en la Iglesia y en el mundo.
276 §1. Los clérigos en su propia conducta, están obligados a
buscar la santidad por una razón peculiar, ya que, consagrados a
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Dios por un nuevo título en la recepción del orden, son
administradores de los misterios del Señor en servicio de su pueblo.
§ 2. Para poder alcanzar esta perfección:
1 cumplan ante todo fiel e incansablemente las tareas del
ministerio pastoral;
2 alimenten su vida espiritual en la doble mesa de la sagrada
Escritura y de la Eucaristía; por eso, se invita encarecidamente a los
sacerdotes a que ofrezcan cada día el Sacrificio eucarístico, y a los
diáconos a que participen diariamente en la misma oblación;
3 los sacerdotes, y los diáconos que desean recibir el presbiterado,
tienen obligación de celebrar todos los días la liturgia de las horas
según sus libros litúrgicos propios y aprobados; y los diáconos
permanentes han de rezar aquella parte que determine la
Conferencia Episcopal;
4 están igualmente obligados a asistir a los retiros espirituales,
según las prescripciones del derecho particular;
5 se aconseja que hagan todos los días oración mental, accedan
frecuentemente al sacramento de la penitencia, tengan peculiar
veneración a la Virgen Madre de Dios y practiquen otros medios de
santificación tanto comunes como particulares.
277 § 1. Los clérigos están obligados a observar una continencia
perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan
sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios
mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más
fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor
libertad al servicio de Dios y de los hombres.
§ 2. Los clérigos han de tener la debida prudencia en relación con
aquellas personas cuyo trato puede poner en peligro su obligación
de guardar la continencia o ser causa de escándalo para los fieles.
§ 3. Corresponde al Obispo diocesano establecer normas más
concretas sobre esta materia y emitir un juicio en casos particulares
sobre el cumplimiento de esta obligación.
278 § 1. Los clérigos seculares tienen derecho a asociarse con
otros para alcanzar fines que estén de acuerdo con el estado clerical.
§ 2. Los clérigos seculares han de tener en gran estima sobre
todo aquellas asociaciones que, con estatutos revisados por la
autoridad competente, mediante un plan de vida adecuado y
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 152
convenientemente aprobado así como también mediante la ayuda
fraterna, fomentan la búsqueda de la santidad en el ejercicio del
ministerio y contribuyen a la unión de los clérigos entre sí y con su
propio Obispo.
§ 3. Absténganse los clérigos de constituir o participar en
asociaciones, cuya finalidad o actuación sean incompatibles con las
obligaciones propias del estado clerical o puedan ser obstáculo para
el cumplimiento diligente de la tarea que les ha sido encomendada
por la autoridad eclesiástica competente.
279 § 1. Aun después de recibido el sacerdocio, los clérigos han
de continuar los estudios sagrados, y deben profesar aquella
doctrina sólida fundada en la sagrada Escritura, transmitida por los
mayores y recibida como común en la Iglesia, tal como se determina
sobre todo en los documentos de los Concilios y de los Romanos
Pontífices; evitando innovaciones profanas de la terminología y la
falsa ciencia.
§ 2. Según las prescripciones del derecho particular, los
sacerdotes, después de la ordenación, han de asistir frecuentemente
a las lecciones de pastoral que deben establecerse, así como también
a otras lecciones, reuniones teológicas o conferencias, en los
momentos igualmente determinados por el mismo derecho
particular, mediante las cuales se les ofrezca la oportunidad de
profundizar en el conocimiento de las ciencias sagradas y de los
métodos pastorales.
§ 3. Procuren también conocer otras ciencias, sobre todo aquellas
que están en conexión con las sagradas, principalmente en la medida
en que ese conocimiento ayuda al ejercicio del ministerio pastoral.
280 Se aconseja vivamente a los clérigos una cierta vida en común,
que, en la medida de lo posible, ha de conservarse allí donde esté en
vigor.
281 § 1. Los clérigos dedicados al ministerio eclesiástico merecen
una retribución conveniente a su condición, teniendo en cuenta
tanto la naturaleza del oficio que desempeñan como las
circunstancias del lugar y tiempo, de manera que puedan proveer a
sus propias necesidades y a la justa remuneración de aquellas
personas cuyo servicio necesitan.

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§ 2. Se ha de cuidar igualmente de que gocen de asistencia social,
mediante la que se provea adecuadamente a sus necesidades en caso
de enfermedad, invalidez o vejez.
§ 3. Los diáconos casados plenamente dedicados al ministerio
eclesiástico merecen una retribución tal que puedan sostenerse a sí
mismos y a su familia; pero quienes, por ejercer o haber ejercido una
profesión civil, ya reciben una remuneración, deben proveer a sus
propias necesidades y a las de su familia con lo que cobren por ese
título.
282 § 1. Los clérigos han de vivir con sencillez y abstenerse de
todo aquello que parezca vanidad.
§ 2. Destinen voluntariamente al bien de la Iglesia y a obras de
caridad lo sobrante de aquellos bienes que reciben con ocasión del
ejercicio de un oficio eclesiástico, una vez que con ellos hayan
provisto a su honesta sustentación y al cumplimiento de todas las
obligaciones de su estado.
283 § 1. Aunque no tengan un oficio residencial, los clérigos no
deben salir de su diócesis por un tiempo notable, que determinará el
derecho particular, sin licencia al menos presunta del propio
Ordinario.
§ 2. Corresponde también a los clérigos tener todos los años un
debido y suficiente tiempo de vacaciones, determinado por el
derecho universal o particular.
284 Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las
normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres
legítimas del lugar.
285 § 1. Absténganse los clérigos por completo de todo aquello que
desdiga de su estado, según las prescripciones del derecho
particular.
§ 2. Los clérigos han de evitar aquellas cosas que, aun no siendo
indecorosas, son extrañas al estado clerical.
§ 3. Les está prohibido a los clérigos aceptar aquellos cargos
públicos, que llevan consigo una participación en el ejercicio de la
potestad civil.
§ 4. Sin licencia de su Ordinario, no han de aceptar la
administración de bienes pertenecientes a laicos u oficios seculares
que lleven consigo la obligación de rendir cuentas; se les prohibe
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salir fiadores incluso con sus propios bienes, sin haber consultado al
Ordinario propio; y han de abstenerse de firmar documentos, en los
que se asuma la obligación de pagar una cantidad de dinero sin
concretar la causa.
286 Se prohibe a los clérigos ejercer la negociación o el comercio
sin licencia de la legítima autoridad eclesiástica, tanto
personalmente como por medio de otros, sea en provecho propio o
de terceros.
287 § 1. Fomenten los clérigos siempre, lo más posible, que se
conserve entre los hombres la paz y la concordia fundada en la
justicia.
§ 2. No han de participar activamente en los partidos políticos ni
en la dirección de asociaciones sindicales, a no ser que según el
juicio de la autoridad eclesiástica competente, lo exijan la defensa de
los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común.
288 A no ser que el derecho particular establezca otra cosa, las
prescripciones de los cc. ⇒ 284, ⇒ 285 §§ 3 y 4, ⇒ 286, ⇒ 287 § 2, no
obligan a los diáconos permanentes.
289 § 1. Dado que el servicio militar es menos congruente con el
estado clerical, los clérigos y asimismo los candidatos a las órdenes
sagradas, no se presenten voluntarios al servicio militar, si no es con
licencia de su Ordinario.
§ 2. Los clérigos han de valerse igualmente de las exenciones que,
para no ejercer cargos y oficios civiles públicos extraños al estado
clerical, les conceden las leyes y convenciones o costumbres, a no ser
que el Ordinario propio determine otra cosa en casos particulares.

3.7. LA PÉRDIDA DEL ESTADO CLERICAL


290 Una vez recibida válidamente, la ordenación sagrada nunca se
anula. Sin embargo, un clérigo pierde el estado clerical:
1 por sentencia judicial o decreto administrativo, en los que se
declare la invalidez de la sagrada ordenación;
2 por la pena de dimisión legítimamente impuesta;

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3 por rescripto de la Sede Apostólica, que solamente se concede,
por la Sede Apostólica, a los diáconos, cuando existen causas graves;
a los presbíteros, por causas gravísimas.
291 Fuera de los casos a los que se refiere el ⇒ c. 290, 1, la pérdida
del estado clerical no lleva consigo la dispensa de la obligación del
celibato, que únicamente concede el Romano Pontífice.
292 El clérigo que, de acuerdo con la norma de derecho, pierde el
estado clerical, pierde con él los derechos propios de ese estado, y
deja de estar sujeto a las obligaciones del estado clerical, sin perjuicio
de lo prescrito en el ⇒ c. 291; se le prohibe ejercer la potestad de
orden, salvo lo establecido en el ⇒ c. 976; por esto mismo queda
privado de todos los oficios, funciones y de cualquier potestad
delegada.
293 El clérigo que ha perdido el estado clerical no puede ser
adscrito de nuevo entre los clérigos, si no es por rescripto de la Sede
Apostólica.

4. LITURGIA

4.1. PONTIFICAL ROMANO, CAPÍTULO II, ORDENACIÓN


DE
PRESBÍTEROS
4.1.1. Importancia de la Ordenación
101. Por la Ordenación sagrada se confiere a los presbíteros
aquel sacramento que, “mediante la unción del Espíritu Santo,
marca a los sacerdotes con un carácter especial. Así están
identificados con Cristo Sacerdote, de tal manera que pueden actuar
como representantes de Cristo Cabeza”49.
En consecuencia, los presbíteros tienen parte en el sacerdocio y en
la misión del Obispo. Como sinceros cooperadores del Orden
episcopal, llamados a servir al pueblo de Dios, forman, junto con su
Obispo, un único presbiterio dedicado a diversas funciones50.

49 Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum Ordinis,
núm. 2.
50 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 28.

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102. Participando, en el grado propio de su ministerio, del oficio
del único Mediador, Cristo (1Tm 2, 5), anuncian a todos la palabra
divina. Pero su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en la asamblea
eucarística. Desempeñan con sumo interés el ministerio de la
reconciliación y del alivio en favor de los fieles penitentes o
enfermos, y presentan a Dios Padre las necesidades y súplicas de los
fieles (cf. Hb 5, 1-4). Ejerciendo en la medida de su autoridad el
oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como
una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a
Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey
lo adoran en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24). Se afanan,
finalmente, en la palabra y en la enseñanza (cf. 1Tm 5, 17),
creyendo aquello que leen cuando meditan la ley del Señor,
enseñando aquello que creen, imitando lo que enseñan51.

4.1.2. Oficios y Ministerios


103. Es propio de todos los fieles de la diócesis acompañar con
sus oraciones a los candidatos al presbiterado. Háganlo
principalmente en la oración universal de la Misa y en las preces de
Vísperas.
104. Puesto que el presbítero es constituido en favor de toda la
Iglesia local, deben ser invitados a la Ordenación de presbíteros los
clérigos y otros fieles, de manera que asistan a la celebración en el
mayor número posible. Principalmente han de ser invitados todos
los presbíteros de la diócesis a la celebración de las Órdenes.
105. El Obispo es el ministro de la sagrada Ordenación52.
Conviene que sea el Obispo de la diócesis quien confiera la
Ordenación de presbíteros a los diáconos. Pero los presbíteros
presentes al celebrar la Ordenación imponen las manos a los
candidatos juntamente con el Obispo “a causa del espíritu común y
semejante del clero”53.

106. Uno de los colaboradores del Obispo que han sido


delegados para la formación de los candidatos, al celebrar la
Ordenación, pide en nombre de la Iglesia la colación del Orden y
51 Cf. ibid
52 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 28.
53 HIPÓLITO, Traditio Apostolica, 8.

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responde a la pregunta sobre la dignidad de los candidatos. Algunos
de los presbíteros ayudan a los ordenados a revestirse de los
ornamentos presbiterales. Los presbíteros presentes, en cuanto sea
posible, saludan con el beso de paz a los hermanos recién ordenados
como señal de acogida en el presbiterio y concelebran la liturgia
eucarística juntamente con el Obispo y los ordenados.

4.1.3. La Celebración
107. Conviene que la Iglesia local, a cuyo servicio se ordenan los
presbíteros, se prepare para la celebración de las Órdenes.
Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en retiro
practicando ejercicios espirituales al menos durante cinco días.
108. Téngase la celebración en la iglesia catedral o en las iglesias
de aquellas comunidades de las que son oriundos algunos de los
candidatos, o en otra iglesia de gran importancia.
Si se van a ordenar presbíteros de alguna comunidad religiosa,
puede hacerse la Ordenación en la iglesia de la comunidad en la que
van a ejercer su ministerio.
109. Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número
posible de fieles en domingo o día festivo, a no ser que razones
pastorales aconsejen otro día. Pero se excluyen el Triduo Pascual, el
Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la Conmemoración de
todos los fieles difuntos.
110. La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa estacional, una
vez terminada la liturgia de la palabra y antes de la liturgia
eucarística.
Puede emplearse la Misa ritual “En la que se confieren las
sagradas Órdenes” excepto en las Solemnidades, los Domingos de
Adviento, Cuaresma, Pascua y los días de la octava de Pascua. En
estos casos se dice la Misa del día con sus lecturas.
Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual, se puede tomar una
de las lecturas de las que se proponen en el Leccionario con este fin.
La oración universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar
111. Proclamado el Evangelio, la Iglesia local pide al Obispo que
ordene a los candidatos. El presbítero encargado informa al Obispo,
que le pregunta, ante el pueblo, de que no existen dudas acerca de
los candidatos. Los candidatos, en presencia del Obispo y de todos
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 158
los fieles, manifiestan la voluntad de cumplir su ministerio, según
los deseos de Cristo y de la Iglesia bajo la autoridad del Obispo. En
las letanías todos imploran la gracia de Dios en favor de los
candidatos.
112. Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de
Ordenación, se les confiere a los candidatos el don del Espíritu Santo
para su función presbiteral. Estas son las palabras que pertenecen a
la naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen para la
validez del acto:
«Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos
tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el
Espíritu de santidad; reciban de ti el segundo grado del ministerio
sacerdotal y sean, con su conducta, ejemplo de vida».
(“Da, quaésumus, omnípotens Pater, in hos fámulos tuos
presbytérii dignitátem; ínnova in viscéribus eorum Spíritum
sanctitátis; accéptum a te, Deus, secúndi mériti munus obtíneant,
censurámque morum exémplo suae conversatiónis insínuent”).
Juntamente con el Obispo, los presbíteros imponen las manos a los
candidatos para significar su recepción en el presbiterio.
113. Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación se
revisten los ordenados con la estola presbiteral y con la casulla para
que se manifieste visiblemente el ministerio que desde ahora van a
ejercer en la liturgia.
Este ministerio se declara más ampliamente por medio de otros
signos: por la unción de las manos se significa la peculiar
participación de los presbíteros en el sacerdocio de Cristo; por la
entrega del pan y del vino en sus manos se indica el deber de
presidir la celebración Eucarística y de seguir a Cristo crucificado.
El Obispo, con el beso de paz, pone en cierto modo el sello a la
acogida de sus nuevos colaboradores en su ministerio; los
presbíteros saludan con el beso de paz a los ordenados para el
común ministerio en su Orden.
114. Los ordenados ejercen por primera vez su ministerio en la
liturgia eucarística concelebrándola con el Obispo y con los demás
miembros del presbiterio. Los presbíteros recién ordenados ocupan
el primer lugar.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 159


4.1.4. Lo que hay que preparar
115. Además de lo necesario para la celebración de la Misa
estacional, deben prepararse:
a) El libro de la Ordenación;
b) casullas para cada uno de los ordenandos;
c) el gremial;
d) el santo crisma;
e) lo necesario para lavarse las manos el Obispo y los ordenados.
116. La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra; pero si
fuere necesario para la participación de los fieles, prepárese la sede
para el Obispo delante del altar o en otro lugar más oportuno.
Las sedes para los ordenandos deben prepararse de modo que los
fieles puedan ver bien la acción litúrgica.
117. El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los
ornamentos sagrados que se les exigen a cada uno para la
celebración de la Misa.
Los ordenandos llevan amito, alba, cíngulo y estola diaconal. Los
presbíteros que imponen las manos a los elegidos para el
presbiterado, si no concelebran, estén revestidos de estola sobre el
alba o sobre el traje talar con sobrepelliz.
Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra o, si
no, de color blanco; también pueden emplearse otros ornamentos
festivos o más nobles.

4.2.1. FORMULARIO I: DE LA ORDENACIÓN DE


PRESBÍTEROS
4.2.2. Ritos iníciales
118. Estando todo dispuesto, se inicia la procesión por la iglesia
hacia el altar según el modo acostumbrado. Precede el diácono
portador del libro de los Evangelios, con los demás diácono, si los
hay; siguen los ordenandos, los presbíteros concelebrantes y,
finalmente, el Obispo, con sus dos diáconos, asistentes ligeramente
detrás de él. Llegados al altar, y hecha la debida reverencia, se
dirigen todos a su respectivo lugar.
Mientras tanto, se entona la antílona de entrada con su salmo,
u otro canto apropiado.
Antífona de entrada.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 160


Os daré pastores a mi gusto que os apacienten con saber y acierto.
Aleluya. (Jr 3,15).
Salmo 18
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del
Señor es fiel e instruye al ignorante.
(Se repite la antifona)
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la
norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.
(Se repite la antífona)
La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los
mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
(Se repite la antífona)
Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia
el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.
(Se repite la antífona)
119. Los ritos iniciales y la liturgia de la palabra se realizan del
modo acostumbrado, hasta el Evangelio inclusive.
Oración colecta:
Señor Dios nuestro, que para regir a tu pueblo has querido
servirte del ministerio de los sacerdotes, concede a estos diáconos
de tu Iglesia que han sido elegidos hoy para el presbiterado
perseverar al servicio de tu voluntad para que, en su ministerio y
en su vida, busquen solamente tu gloria en Cristo. Él, que vive y
reina contigo.

4.2.3. Liturgia de la palabra


4.2.3.1. La Ordenación: Elección de los Candidatos
120. Comienza, seguidamente, la Ordenación de presbíteros.
El Obispo se acerca, si es necesario, a la sede preparada para
la Ordenación, y se hace la presentación de los candidatos.

4.2.3.2. Presentación de Candidatos al Obispo


121. Los ordenandos son llamados por el diácono de la
forma siguiente:
Acercaos los que vais a ser ordenados presbíteros.
E inmediatamente los nombra individualmente; cada uno de
los llamados dice:

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 161


Presente.
Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.
122. Estando todos situados ante el Obispo, un presbítero
designado por el obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes
presbíteros a estos hermanos nuestros.
El Obispo le pregunta:
¿Sabes si son dignos?
Y e l responde:
Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar
al Pueblo Cristiano, doy testimonio de que han sido considerados
dignos.
El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador,
elegimos a estos hermanos nuestros para el Orden de los pres-
bíteros.
Todos dicen:
Demos gracias a Dios.
O asienten a la elección de cualquier otra forma. Según lo
establecido en el numero 11 de la Introducción General.

4.2.3.3. Homilía
123. Seguidamente, estando todos sentados, el Obispo hace la
homilía, en la que, partiendo del texto de las lecturas proclamadas
en la liturgia de la palabra, amonesta al pueblo y a los elegidos
sobre el ministerio de los presbíteros. Puede hablar de tal
ministerio con éstas o parecidas palabras:
Queridos hermanos: Ahora que estos hijos nuestros, de los
cuales muchos de vosotros sois familiares y amigos, van a ser
ordenados presbíteros, conviene considerar con atención a qué
ministerio acceden en la Iglesia.
Aunque, en verdad, todo el pueblo santo de Dios es sacerdocio
real en Cristo, sin embargo, nuestro gran Sacerdote, Jesucristo,
eligió algunos discípulos que en la Iglesia desempeñasen, en
nombre suyo, el oficio sacerdotal para bien de los hombres. Él
mismo, enviado por el Padre, envió, a su vez, a los Apóstoles por
el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro,
Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de los Obispos, sus
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 162
sucesores. Y los presbíteros son colaboradores de los Obispos, con
quienes en unidad de sacerdocio son llamados al servicio del
pueblo de Dios.
Estos hermanos, después de pensarlo seriamente, van a ser
ordenados al sacerdocio en el Orden de los presbíteros, para
hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien
la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como pueblo de Dios y
templo santo.
Al configurarse con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y unirse al
sacerdocio de los Obispos, la Ordenación los convertirá en
verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el
Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino,
principalmente en el sacrificio del Señor.
A vosotros, queridos hijos, que vais a ser ordenados presbíteros,
os incumbirá, en la parte que os corresponde, la función de enseñar
en nombre de Cristo, el Maestro. Transmitid a todos la palabra de
Dios que habéis recibido con alegría. Y al meditar en la ley del
Señor, procurad creer lo que leéis, enseñar lo que creéis y practicar
lo que enseñáis.
Que vuestra enseñanza sea alimento para el pueblo de Dios que
vuestra vida sea un estímulo para los discípulos de Cristo, a fin de
que con vuestra palabra y vuestro ejemplo se vaya edificando la
casa, que es la Iglesia de Dios.
Os corresponderá también la función de santificar en Cristo. Por
medio de vuestro ministerio, alcanzará su plenitud el sacrificio
espiritual de los fieles, que por vuestras manos, junto con ellos, será
ofrecido sobre el altar, unido al sacrificio de Cristo, en celebración
incruenta. Daos cuenta de lo que hacéis e imitad lo que
conmemoráis, de tal manera que, al celebrar el misterio de la
muerte y resurrección del Señor, os esforcéis por hacer morir en
vosotros el mal y procuréis caminar en una vida nueva.
Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el
Bautismo, al perdonar los pecados en nombre de Cristo y de la
Iglesia por el sacramento de la Penitencia, al dar a los enfermos el
alivio del óleo santo, al celebrar los ritos sagrados, al ofrecer
durante el día la alabanza, la acción de gracias y la súplica no sólo
por el pueblo de Dios, sino por el mundo entero, recordad que
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 163
habéis sido escogidos entre los hombres puestos al servicio de
ellos en las cosas de Dios.
Rea1izad, pues, con alegría perenne en verdadera caridad
ministerio de Cristo Sacerdote, no buscando vuestro propio interés,
sino el de Jesucristo.
Finalmente, al ejercer, en la parte que os corresponde, la función
de Cristo, Cabeza y Pastor, permaneciendo unidos al Obispo y
bajo su dirección, esforzaos por reunir a los fieles en una sola
familia, de forma que en la unidad del Espíritu Santo, por Cristo,
podáis conducirlos al Padre. Tened siempre presente el ejemplo del
buen Pastor, que no vino para que le sirvieran, sino para servir, y a
buscar y salvar lo que estaba perdido.

4.2.3.4. Promesa de los Elegidos


124. Después de la homilía, solamente se levantan los elegidos
y se ponen de pie ante el Obispo, quien los interroga
conjuntamente con estas palabras:
Queridos hijos: Antes de entrar en el Orden de los presbíteros
debéis manifestar ante el pueblo vuestra voluntad de recibir este
ministerio. ¿Estáis dispuestos a desempeñar siempre el ministerio
sacerdotal con el grado de presbíteros, como buenos colabora-
dores del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor y
dejándoos guiar por el Espíritu Santo?
Los elegidos responden todos a la vez: Sí, estoy dispuesto.
El Obispo: ¿Realizaréis el ministerio de la palabra, preparando
la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica
con dedicación y sabiduría?
Los elegidos: Sí, lo haré.
El Obispo: ¿Estáis dispuestos a presidir con piedad y
fielmente la celebración de los- misterios de Cristo,
especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la
reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del pueblo
cristiano, según la tradición de la Iglesia?
Los elegidos: Sí, estoy dispuesto.
El Obispo: ¿Estáis dispuestos a invocar la misericordia divina
con nosotros, en favor del pueblo que os sea encomendado,
perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?
Los elegidos: Sí, estoy dispuesto.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 164
El Obispo: ¿Queréis uniros cada día más a Cristo, sumo
Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima
santa, y con él consagraros a Dios, para la salvación de los
hombres?
Los elegidos: Sí quiero, con la gracia de Dios.
125. Seguidamente cada uno de los elegidos se acerca al Obispo y
de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las manos del
Obispo, a no ser que, según la Instrucción General, número 11, se
hubiere establecido otra cosa.
El Obispo interroga al elegido, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?
El elegido: Prometo.
Mas si el Obispo no es su Ordinario, dice: ¿Prometes respeto y
obediencia a tu Obispo?
El elegido: Prometo.
Si 1 elegido es un religioso, el Obispo dice: ¿Prometes respeto y
obediencia al Obispo diocesano y a tu Superior legítimo?
El elegido: Prometo.
El Obispo conclave siempre: Dios, que comenzó en ti la obra
buena, él mismo la lleve a término.

4.2.3.5. Súplica Letánica


126. Seguidamente, todos se levantan. El Obispo dejando la
mitra, de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la
invitación:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que
derrame generosamente sus dones sobre estos elegidos para el
ministerio de los presbíteros.
127. Entonces los elegidos se postran en tierra, y se cantan las
letanías, respondiendo todos, en los domingos durante el tiempo
pascual, se hace estando todos de pie, y en los demás días de
rodillas, en cuyo caso el diácono dice:
Pongámonos de rodillas.
En las letanías, pueden añadirse, en su lugar respectivo, otros
nombres de santos, por ejemplo, del Patrono, del Titular de la
iglesia, del Fundador, del Patrono de quienes reciben la
Ordenación, o algunas invocaciones más apropiadas a cada

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 165


circunstancia. (Véase otra fórmula musicalizada, para el canto, en el
Apéndice 1, p.316 ).
El diácono, si el caso lo requiere, dice: Podéis levantaros.
Y todos se levantan.

4.2.3.6. Imposición de Manos y Plegaria de Ordenación


129. Los elegidos se levantan; se acerca cada uno al Obispo, que está
de pie delante de la sede Y con mitra, y se arrodilla ante él.
130. El Obispo impone en silencio las manos sobre la cabeza de
ceda uno de los elegidos.
Después de la imposición de manos del Obispo, todos los
presbíteros presentes, vestidos de estola, imponen igualmente en
silencio las manos sobre cada uno de los elegidos.
Tras dicha imposición de manos, los presbíteros permanecen junto
al Obispo hasta que se haya concluido la Plegaria de Ordenación,
pero de modo que la ceremonia pueda ser bien vista por los fieles.
131. Estando todos los elegidos arrodillados ante él, el Obispo, sin
mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, autor
de la dignidad humana y dispensador de todo don y gracia; por ti
progresan tus criaturas y por ti se consolidan todas las cosas. Para
formar el pueblo sacerdotal, tú dispones con la fuerza del Espíritu
Santo en órdenes diversos a los ministros de tu Hijo Jesucristo.
Ya en la primera Alianza aumentaron los oficios, instituidos con
signos sagrados.
Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente de tu pueblo,
para gobernarlo y santificarlo, les elegiste colaboradores,
subordinados en orden y dignidad, que les acompañaran y
secundaran.
Así, en el desierto, diste parte del espíritu de Moisés,
comunicándolo a los setenta varones prudentes con los cuales
gobernó más fácilmente a tu pueblo. Así también hiciste
partícipes a los hijos de Aarón de la abundante plenitud
otorgada a su padre, para que un número suficiente de
sacerdotes ofreciera, según la ley, los sacrificios, sombra de los
bienes futuros.
Finalmente, cuando llegó la plenitud - de los tiempos,
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 166
enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo, Jesús, Apóstol y
Pontífice de la fe que profesamos. Él, movido por el Espíritu
Santo, se ofreció a ti como sacrificio sin mancha, y habiendo
consagrado a los apóstoles con la verdad, los hizo partícipes
de su misión; a ellos, a su vez, les diste colaboradores para
anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la
salvación.
También ahora, Señor, te pedimos nos concedas, como ayuda
a nuestra limitación, estos colaboradores que necesitamos para
ejercer el sacerdocio apostólico.
TE PEDIMOS, PADRE TODOPODEROSO, QUE CONFIERAS A
ESTOS SIERVOS TUYOS LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO;
RENUEVA EN SUS CORAZONES EL ESPÍRITU DE SANTIDAD;
RECIBAN DE TI EL SEGUNDO GRADO DEL MINISTERIO
SACERDOTAL Y SEAN, CON SU CONDUCTA, EJEMPLO DE VIDA.
Sean honrados colaboradores del orden de los obispos, para que
por su predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del
Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres y llegue hasta los
confines del orbe.
Sean con nosotros fieles dispensadores de tus misterios, para que
tu pueblo se renueve con el baño del nuevo nacimiento, y se
alimente de tu altar; para que los pecadores sean reconciliados y
sean confortados los enfermos. Que en comunión con nosotros,
Señor, imploren tu misericordia por el pueblo que se les confía y en
favor del mundo entero.
Así todas las naciones, congregadas en Cristo, formarán un único
pueblo tuyo que alcanzará su plenitud en tu Reino.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en
la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Todos: Amén.

4.2.3.7. Unción de las manos y entrega del pan y el vino


132. Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El
Obispo recibe la mitra. Los ordenados se levantan. Los presbíteros
presentes tornan a su puesto; pero algunos de ellos colocan a cada
ordenado la estola al estilo presbiteral y le visten la casulla.
133. Seguidamente, el Obispo toma el gremial y,
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 167
oportunamente informado el pueblo, unge con el sagrado crisma
las palmas de las manos de cada ordenado, arrodillado ante él,
diciendo:

Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del


Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para
ofrecer a Dios el sacrificio.
Después, Obispo y ordenados se lavan las manos.
134. Mientras los ordenados visten la estola y la casulla y el
Obispo les unge las manos, se canta la antífona siguiente con el
Salmo 109 (110), u otro canto apropiado de idénticas
características que concuerde con la antífona, sobre todo cuando
el Salmo 109 (110) se hubiere utilizado como salmo responsorial
en la liturgia de la palabra.
No se dice Gloria al Padre. Pero se interrumpe el Salmo y se
repite la antífona cuando todos los ordenados hayan recibido la
urnición de las manos.
135. Seguidamente, los fieles llevan el pan sobre la patena y el
cáliz, ya con el vino y el agua, para la celebración de la Misa. El
Diacono lo recibe y se lo entrega al Obispo, quien a su vez lo pone
en manos de cada uno de los ordenados, arrodillados ante èl,
diciendo:
Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios.
Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu
vida con el misterio de la cruz del Señor.

4.2.3.8. El saludo del obispo a los ordenados


136. Finalmente, el Obispo besa a cada ordenado, diciendo: La
Paz contigo.
El Ordenado responde: Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos presbíteros
presentes.
137. Mientras tanto, puede cantar el responsorio:
- Ya no os llamo siervos, sino mis amigos, porque habéis
conocido cuanto he hecho entre vosotros. (Aleluya.)
- Recibid el Espíritu Santo Defensor.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 168
+ Él es el que os enviará el Padre. ( Aleluya)
V. Vosotros sois mis amigas si haréis lo que yo os mando.
Recibid.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
- El es.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con
himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por
todas las edades.
(Se repite la antífona)
Véase otra versión musicalizada de este salmo en la p. 284.
Antífona
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando, dice el
Señor. (T.P. Aleluya.)
No se dice Gloria al Padre. Pero se interrumpe el Salmo \ se
repite la antífona, una vez que el los presbíteros hayan besado a
los ordenados.
138. Prosigue la Santa Misa como de costumbre. Se dice o no el
Simbolo de la fe, según las rubricas: se omite la oración universal.

4.2.4. Liturgia Eucarística


139. La liturgia eucarística se concelebra como de costumbre:
pero se omite la preparación del cáliz.
Oración sobre las ofrendas. Tu has querido, Señor, que tus
sacerdotes sean ministros del altar y del pueblo; te rogamos que,
por la eficacia de este sacrificio, el ministerio de tus siervos te sea
siempre grato y dé frutos permanentes en tu Iglesia. Por Jesucristo,
nuestro Señor.

140. En la Plegaria eucarística, el Obispo o uno de los presbíteros


concelebrantes hace mención de los presbíteros recién ordenados,
según las fórmulas siguientes:
a) En la Plegaria eucarística I, el Obispo dice el Acepta, Señor, en
tu bondad propio:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos, y de
toda tu familia santa; te la ofrecemos también por tus hijos que han
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 169
sido llamados al Orden de los presbíteros; conserva en ellos tus
dones para que fructifique lo que han recibido de tu bondad.
(Por Cristo, nuestro Señor. Amén.)
b) En las intercesiones de la Plegaria eucarística II, después de la,
palabras a cuantos participamos del Cuerpo y Sanare de Cristo,
se dice:
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con
el Papa N., con nuestro Obispo N., llévala a su perfección por la
caridad. Acuérdate también de estos hijos tuyos que has
constituido hoy presbíteros de la Iglesia, y de todos los pastores
que cuidan de tu pueblo.
Acuérdate también de nuestros hermanos...
c) En las intercesiones de la Plegaria eucarística III, después de las
palabras traiga la paz y la salvación al mundo entero, se dice:
Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la
tierra: a tu servidor, el Papa N., a nuestro Obispo N., al Orden
episcopal, a estos hijos tuyos que han sido ordenados hoy
presbíteros de la Iglesia, a los demás presbíteros, a los diáconos, y a
todo el pueblo redimido por ti. Atiende los deseos y súplicas...
d) En las intercesiones de la Plegaria eucarística IV, después de
las palabras para alabanza de tu gloria, se dice:
Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes te
ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro
Obispo N., del Orden episcopal, de estos hijos tuyos que te has
dignado elegir hoy para el ministerio presbiteral en favor de tu
pueblo, de los demás presbíteros y diáconos; acuérdate también de
los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo
y de aquellos que te buscan con sincero corazón.
Acuérdate también de los que murieron...
141. Los padres y - familiares de los ordenados pueden
comulgar bajo ambas especies.
Antífonas de la comunión (Mc 16, 15; Mt 28, 20)
Id al mundo entero y proclamad el Evangelio; yo estoy con
vosotros todos los días, dice el Señor.
142. Concluida la distribución de la comunión, puede cantar un
cantico de acción de gracias. Sigue al canto la oración después dela
comunión.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 170
Oración después de la comunión:
Te pedimos, Señor, que el sacrificio que te hemos ofrecido y la
víctima santa que hemos comulgado llenen de vida a tus
sacerdotes y a tus fieles, para que, unidos a ti por un amor
constante, puedan servirte dignamente. Por Jesucristo, nuestro
Señor.

4.2.5. Rito de Conclusión


143. En vez de la acostumbrada, puede darse la siguiente bendición.
El diácono puede hacer la invitación:
Inclinaos para recibir la bendición.
O con otras palabras.
Y, seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre los
ordenados y el pueblo, pronuncia la bendición:
El Dios que dirige y gobierna la Iglesia mantenga vuestra
intención y fortalezca vuestros corazones para que cumpláis
fielmente el ministerio presbiteral.
Todos: Amén.
El Obispo: Que él os haga servidores y testigos en el mundo de la
verdad y del amor divino, y ministros fieles de la reconciliación.
Todos: Amén.
El Obispo: Que os haga pastores verdaderos que distribuyan la
Palabra de la vida y el Pan vivo, para que los fieles crezcan en la
unidad del cuerpo de Cristo.
Todos: Amén.
El Obispo: Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os
bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo, Espíritu Santo.
Todos: Amén.
144. Dada la bendición y despedido el pueblo por el diácono,
se vuelve procesionalmente a la sacristía al modo
acostumbrado.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 171


5. TEOLOGIA PASTORAL

5.1. FUNDAMENTACIÓN BÍBLICA DE LA TEOLOGÍA


PASTORAL
La Teología Pastoral es la parte de la Teología que estudia el
desempeño de la función de cura de almas. Etimológicamente la
denominación de «pastoral» deriva - por analogía - de la misión del
pastor: este oficio -cuidado y crianza de la grey exige atención,
entrega, vigilancia, aprecio; y desde muy antiguo se encuentra
aplicado, de modo figurado, a quien ha de velar por la comunidad.
También la Sagrada Escritura emplea con frecuencia esta figura
referida a Dios, y a los reyes y, en general, a los que gobiernan Israel;
los profetas también llaman pastor al Mesías esperado. Jesucristo
gustó de acudir a la imagen del pastor en la predicación: parábola de
la oveja perdida (Lc 15,1-10), descripción del juicio universal como
una grey en que eJ pastor selecciona las ovejas de los cabritos (Mt
25,32-33), etc.; y especialmente en la alegoría del Buen Pastor (lo 10,
1-18), con la que reivindica para sí las profecías del A. T., y, por
tanto, la misión suprema de apacentar a su pueblo. La transmisión
del oficio pastoral a sus sucesores (lo 21,15-17) y la utilización de
este título por los Apóstoles (Eph 4,11; 1 Pet 5,1-4) hizo que pasara al
acervo común de la Iglesia para designar a aquellas personas que
debían velar por la grey cristiana y conducirla hacia su último fin,
según las indicaciones del Pastor Supremo. Así, pues, Teología
Pastoral es la ciencia teológica de la cooperación ministerial de la
Iglesia al plan divino de la salvación que nos ha sido revelado por
Jesucristo.
Así, el término pastor y pastoreo tiene base bíblica, tanto en el
Antiguo como en el Nuevo Testamento. Han sido los estudios
bíblicos los que han renovado significativamente la vida de la
Iglesia, el quehacer teológico y la enseñanza de la teología. La
historia de Israel se presenta con frecuencia con la imagen del
rebaño reunido por Dios como buen pastor54, que libera al pueblo de
la esclavitud y lo conduce a la tierra prometida con reiterados
cuidados, con paciencia y amor (cf Sal 78,52-55; Éx 15,13; Is 40,1).
Desde esta misma óptica se interpreta el regreso del exilio de
54 X. LÉON-DUFOUR, Vocabulario de teología bíblica, Herder, Barcelona 1993, 651-654.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 172
Babilonia y la restauración del pueblo (cf Zac 10,8-12; Is 49,1-26; Miq
2,12).
La palabra pastor también se aplica a aquellos que deben guiar y
proteger al pueblo. La referencia para valorar el ejercicio del
pastoreo es el modo como Dios ha cuidado a su pueblo. El Mesías
esperado se presenta también como el pastor que ha de realizar la
salvación plena y definitiva. Cristo se encuentra con un pueblo
dominado, infiel y desorientado «como ovejas sin pastor» (Mc 6,34;
Mt 9,36). El evangelio de Juan presenta a Jesús como el buen pastor
que conoce a su rebaño y que da la vida por sus ovejas (Jn 10,1-18);
por la entrega del pastor los hijos dispersos serán reunidos (l Pe 2,25)
y se irá formando un solo rebaño bajo un solo pastor (Jn 10,16).
a) La praxis pastoral de Jesús recogida en los evangelios es la
referencia obligada de la pastoral de la Iglesia. Jesús de Nazaret
aparece como profeta escatológico que anuncia el reino de Dios55;
como profeta es tenido por el pueblo (cf Mc 6,15; Mt 21,11; Lc 7,16;
Jn 4,19; 7,40). «Es profeta porque, con una fidelidad absoluta a su
misión y con una libertad sin compromisos, anuncia las exigencias
radicales de Dios, con plena lucidez sobre los acontecimientos
individuales y sociales»56. El núcleo de la predicación de Jesús es el
anuncio del reinado de Dios y la llamada apremiante a la conversión
para que el tipo de vida que propone sea posible. Los protagonistas
del Reino son los pobres, los excluidos, los oprimidos y los que
padecen (Mt 5,1-11). Jesús manifiesta con sus acciones liberadoras
que el Reino está presente y que acaece por medio de su persona; al
mismo tiempo, habla de que el Reino se realizará plenamente en el
futuro, cuando toda injusticia sea superada (Lc 17,26-30; Mt 11,5). El
reino de Dios es una denominación teológica de la sociedad
alternativa que Jesús propone a la humanidad57.
Jesús une a los apóstoles a su misión, y después de la resurrección
les encomienda la tarea de apacentar desde el amor y la entrega (Jn
21,15-17). La misma fidelidad que Jesús ha tenido a la voluntad del
Padre es la que los apóstoles deben tener cuando reciben el mandato
misionero. Toda la Iglesia como pueblo de Dios, misterio de

55 CH. PERROT, Jesús y la historia, Cristiandad, Madrid 1982, 141.


56 CH. DUQUOC, Jesús hombre libre, Sígueme, Salamanca 19908, 45.
57 J. MATEOS, Nuevo Testamento, Madrid 1987, 1338.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 173


comunión y sacramento de salvación para el mundo, está llamada a
continuar la acción de Cristo.
Lo nuclear en la misión de Jesús es el anuncio del Reino como
manifestación plena, gratuita y definitiva de Dios en la historia, que
se consumará en la plenitud escatológica. La persona, la vida y las
acciones de Jesús son la mediación necesaria para entender y vivir el
Reino. La muerte y la resurrección de Jesucristo manifiestan el
carácter decisivo de la acción salvífica de Dios, que va más allá de
los límites históricos y da al acontecimiento de Jesús de Nazaret un
carácter definitivo y universal (Mt 18,15-20).
Jesús llama personalmente e invita al seguimiento; los que siguen
a Jesús forman una comunidad. Estando con Jesús y en la
comunidad que él forma aprenden a actuar como el Maestro. Jesús
llama a Dios Abbá y nos propone una nueva relación con él. «El
mensaje central del Nuevo Testamento es, a la vez, la revelación del
corazón paternal de Dios y la revelación de la exigencia de que
vivamos como hermanos: sólo cuando se asumen a la vez estos dos
aspectos, la revelación se hace humanizadora y liberadora; de otro
modo podría ser más bien alienante»58. Las acciones más
significativas que Jesús hace son los gestos sanadores, el perdón de
los pecados y las comidas fraternas. De este modo Jesús nos revela la
misericordia entrañable del Padre, nos libera del mal y del pecado, nos
devuelve la esperanza y nos propone unos nuevos valores éticos.
b) Por el Espíritu Santo, la Iglesia que nace en Pentecostés es
constituida en cuerpo de Cristo, y Cristo actúa por medio de ella
para hacer presente la salvación en todo tiempo y lugar. Las
primeras comunidades fueron conscientes de que su razón de ser
estaba en Jesucristo y en el evangelio, y de que su misión consistía
en el anuncio del kerigma, la enseñanza de los apóstoles (didajé), la
llamada a la conversión, la vida fraterna (koinonía) y la celebración
de la cena del Señor (cf He 2,42-47; 4,32-35). El contexto sociocultural
y sociorreligioso hace que, desde el principio, la acción pastoral sea
diferenciada por sus destinatarios y por la organización de las
comunidades (cf He 15,1-33; 17,16-34). La misión encomendada por
Cristo se vive como un itinerario de maduración de la fe e
incorporación a la comunidad cristiana, en el que intervienen los

58 J. VIVES, Si oyeras su voz... Exploración cristiana del misterio de Dios, Sal Terrae, Santander 1988, 154.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 174
distintos ministerios. La reflexión teológica, el ejercicio del
magisterio y el discernimiento son tres elementos íntimamente
relacionados en el ser y en el hacer de la Iglesia primitiva. Y todo
esto en un contexto de problemas internos en las comunidades, de
dificultades en la evangelización del mundo grecorromano y de
persecuciones por parte de los poderes públicos. En la Iglesia
primitiva aparecen formas comunitarias distintas en unidad y
comunión; así lo atestiguan las comunidades de Jerusalén,
Antioquía, Corinto, Macedonia, Roma, Galacia, etc.

5.2. EL MINISTERIO ORDENADO 59


1. «Para apacentar al Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo
Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados
dirigidos al bien de todo el Cuerpo. Pues los ministros que poseen la
sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que
todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la
verdadera dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un
mismo fin, lleguen a la salvación».60
El sacramento del orden «configura con Cristo mediante una
gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento a
Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad
de actuar como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su
triple función de sacerdote, profeta y rey».61
Gracias al sacramento del orden la misión confiada por Cristo a
sus Apóstoles continúa llevándose a cabo en la Iglesia hasta el fin de
los tiempos: éste es, pues, el sacramento del ministerio apostólico.62
El acto sacramental de la ordenación va más allá de una simple
elección, designación, encargo o institución por parte de la
comunidad, ya que confiere un don del Espíritu Santo, que permite
ejercitar una potestad sacra, que puede venir sólo de Cristo,
mediante su Iglesia.63 «El enviado del Señor habla y actúa no con

59 LA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA Y CONGREGACIÓN PARA EL


CLERO, Normas Básicas de la Formación de los diáconos permanentes. Directorio para el ministerio y la vida
de los diáconos permanentes, declaración conjunta. Ciudad del Vaticano, desde el Palacio de las
Congregaciones, 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, de 1998.
60 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 18.
61 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1581.
62 Cf. ibidem, n. 1536.
63 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1538.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 175


autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como
miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de
Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser
dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y
habilitados por parte de Cristo».64
El sacramento del ministerio apostólico comporta tres grados. De
hecho «el ministerio eclesiástico de institución divina es ejercido en
diversas categorías por aquellos que ya desde antiguo se llaman
obispos, presbíteros, diáconos».65 Junto a los presbíteros y a los
diáconos, que prestan su ayuda, los obispos han recibido el
ministerio pastoral en la comunidad y presiden en lugar de Dios a la
grey de la que son los pastores, como maestros de doctrina,
sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno.66
La naturaleza sacramental del ministerio eclesial hace que a él esté
«intrínsecamente ligado el carácter de servicio. En efecto, los
ministros, en cuanto dependen totalmente de Cristo, el cual confiere
su misión y autoridad, son verdaderamente "siervos de Cristo" (cf.
Rm 1, 11), a imagen de él, que ha asumido libremente por nosotros
«la condición de siervo» (Fil 2, 7)».67
El sagrado ministerio posee, además, carácter colegial68 y carácter
personal,69 por lo cual «en la Iglesia, el ministerio sacramental es un
servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una
forma colegial. [...].70

5.3. LA INCARDINACION71
2. En el momento de la admisión todos los candidatos deberán
expresar claramente y por escrito la intención de servir a la Iglesia72
durante toda la vida en una determinada circunscripción territorial o
personal, en un Instituto de Vida Consagrada, en un Sociedad de
Vida apostólica, que tengan la facultad de incardinar. 73 La
64 Ibidem, n. 875.
65 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 28.
66 Cf. ibidem, 20; C.I.C., can. 375, § 1.
67 Catecismo de Iglesia Católica, 876.
68 Cf. ibidem, n. 877.
69 Ibidem, n. 878.
70 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 879.
71 Congregación para el Clero: Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium.
72 Cf. C.I.C., can. 1034, 1; Pablo VI, Cart. ap. Ad pascendum, I, a: l.c., 538.
73 Cf. C.I.C., cann. 265-266.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 176


aceptación escrita de tal petición está reservada a quien tenga la
facultad de incardinar, y determina quien es el superior del
candidato.37
La incardinación es un vínculo jurídico, que tiene valor
eclesiológico y espiritual en cuanto que expresa la dedicación
ministerial del diácono a la Iglesia.
3. Un diácono ya incardinado en una circunscripción eclesiástica,
puede ser incardinado en otra circunscripición a norma del
derecho.38
El diácono que, por justos motivos, desea ejercer el ministerio en
una diócesis diversa de aquella de la incardinación, debe obtener la
autorización escrita de los dos obispos.
4. El diácono incardinado en un Instituto de Vida Consagrada o en
una Sociedad de Vida Apostólica, ejercerá su ministerio bajo la
potestad del obispo en todo aquello que se refiere al cuidado
pastoral, al ejercicio público del culto divino y a las obras de
apostolado, quedando también sujeto a los propios superiores,
según su competencia y manteniéndose fiel a la disciplina de la
comunidad de referencia.74 En caso de traslado a otra comunidad de
diversa diócesis, el superior deberá presentar el diácono al Ordinario
con el fin de obtener de éste la licencia para el ejercicio del
ministerio, según la modalidad que ellos mismos determinarán con
sabio acuerdo.

5.4. OBLIGACION DE LA OBEDIENCIA AL ORDINARIO.

El Presbítero debe la plena Obediencia a su Ordinario, por el


hecho de haber prometido al representante de Jesucristo y sucesor
de los Apóstoles en el día de su ordenación sacerdotal.
En latín Obêdire, "escuchar", "Obedecer"). En griego, hypakoé, de
akuó, que significa escuchar la voz de otro, como poniéndose debajo
(hypo), sometiéndose, es decir, obedecer, mientras que el vocablo
parakoé significa no querer escuchar, colocándose al margen, al lado
(para), es decir, desobedecer. En sentido traslaticio se emplea para
significar la actitud de los que abrazan la fe o de los que la rechazan

74Cf. C.I.C., can. 678, 1-3; 715; 738; cf. también Pablo VI, Carta Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, VII,
33-35: l.c., 704.
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(Mt 8,27; 18,17; Mc 1,27; 4,41; 5,36; Lc 8,25; 17,6). Obedecer traduce a
veces el verbo peizáo (dejarse persuadir), de donde se pasa a la
significación de someterse, obedecer, confiarse, seguir a uno, y apeizá
(desobedecer, mostrarse rebelde o ser indócil); se emplea también en
sentido religioso de obediencia o desobediencia a Dios, a la fe (Act
5,29.32; 26,19; Rom 2,8; 10,21; 11,30; Gá15,7; Lc 1,17).
La obediencia es el cumplir con un mandato o con un precepto.
Aquí se ve no como un acto transitorio y aislado sino como una
virtud o principio de una conducta correcta. Se dice entonces que es
un hábito moral por el cual uno ejecuta una orden de un superior
con el intento preciso de cumplir con lo acordado . Santo Tomás de
Aquino considera la obligación de la obediencia como una
consecuencia obvia de la subordinación establecida en el mundo por
la ley natural y positiva. La idea de que subordinarse un hombre a
otro es incompatible con la libertad humana --noción ésta que estuvo
de moda en las enseñanzas religiosas y políticas del período
posterior a la Reforma-- la refuta Santo Tomás demostrando que
dicha idea está en desacuerdo con la naturaleza constituida de las
cosas, y con las prescripciones positivas de Dios Todopoderoso. Vale
la pena notar que, mientras es posible discernir un aspecto general
de obediencia en algunos actos de todas las virtudes, en lo que
respecta a la obediencia en sí, la ejecución de algo que es un
precepto está contemplado en este artículo como una virtud
definitivamente especial. El elemento que la diferencia
adecuadamente de otros buenos hábitos se encuentra en la última
parte de la definición dada. Se enfatiza el hecho que uno no cumple
solamente por cumplir, sino que lo hace con el fin de estar de
acuerdo con la voluntad del que dio la orden. En otras palabras, es el
homenaje brindado a la autoridad el cual la califica como una virtud
diferente. Aunque la obediencia ocupa un lugar destacado entre las
virtudes, no ocupa el lugar principal. Esta distinción pertenece a la
fe, la esperanza y la caridad las que nos unen inmediatamente con
Dios Todopoderoso. Entre las virtudes morales, la obediencia goza
de una primacía de honor. La razón es que la mayor o menor
excelencia de una virtud moral está dada por el mayor o menor
valor del objeto al que se le está midiendo la importancia que el
mismo tenga para nosotros respecto a Dios. Entre nuestras
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 178
diferentes posesiones, ya sean bienes corporales o bienes
espirituales, está claro que la voluntad humana es la más
íntimamente personal y querida de todas ellas.
Por lo tanto, la obediencia que hace ceder al hombre la más
preciada de las fuerzas de su alma individual por el bien hacia su
Creador, es considerada la mayor de las virtudes morales.
Considerando a quién vamos a obedecer, no puede haber duda de
que estamos comprometidos antes que nada a brindar un servicio
sin reservas a Dios Todopoderoso en todos Sus mandamientos. No
puede haber ningún impedimento contra esta verdad en poner en
yuxtaposición la inmutabilidad de la ley natural y una orden, tal
como la dada a Abraham de matar a su hijo Isaac. La respuesta
concluyente en este caso es que la soberanía absoluta de Dios sobre
la vida y la muerte era, bajo su dirección, la correcta en esa instancia
particular de tener que matar a un ser humano inocente. Por otro
lado, la obligación de obediencia a los superiores por debajo de Dios,
tiene sus limitaciones. No estamos obligados a obedecer a un
superior en un asunto que va más allá de su autoridad de mando.
Por ejemplo, los padres, aunque están obligados más allá de toda
duda con la sumisión de sus hijos hasta que llegan a cierta edad, no
tienen derecho a obligarles a casarse. Ni puede tampoco un superior
pedirnos obediencia en contraposición a las disposiciones de una
autoridad superior.
De aquí se deduce que no podemos hacer caso a la petición de
ningún poder humano, no importa cuán venerable o sobresaliente
sea, si ello va en contra de las ordenanzas de Dios. Toda autoridad a
la que respetamos tiene su origen en Él y no puede ser utilizada en
Su contra. Lo que confiere a la obediencia su mérito especial es el
reconocimiento de la autoridad de Dios ejercida en forma delegada a
través de un agente humano. No es posible establecer una medida
certera para determinar el grado de culpabilidad del pecado de la
desobediencia. Visto formalmente como un desprecio deliberado
hacia la autoridad, comprende un divorcio entre el alma y el
principio sobrenatural de la caridad que equivale a un pecado grave.
De hecho, hay que tomar en cuenta otras cosas como la mayor o
menor advertencia del acto, el carácter importante o no de lo
solicitado, la forma en que se pidió hacerlo, el derecho de la persona
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 179
que lo ordenó. Por estas razones, frecuentemente este pecado será
considerado venial.
1. La alianza. La alianza sugiere el modo de vivir plenamente la
obediencia. La criatura que ha entrado en contacto directo con Dios
obedece a su amor y a sus leyes.
Jesús, a través de su palabra de vida, propone de nuevo la
autoridad - obediencia dentro del espíritu de la alianza, que él
renueva perfeccionándola.
Toda su existencia tuvo como única intención uniformarse a la
voluntad del Padre IJn 8,29. 16,32), hasta sentirse una sola cosa con
él (Jn 10,30).
2. La comunidad primitiva. La comunidad primitiva mantuvo su
fe en la enseñanza caritativa del Señor Jesús. Aceptó la obligación de
tender a vivir la obediencia de manera ideal como respuesta a la
Palabra, como sumisión a la voluntad de Dios en Jesucristo, como
participación-continuación de la obediencia de Cristo. La obediencia
entra en la historia salvífica sólo si es una manera de unirse a Dios
en Cristo según las indicaciones de la nueva alianza.
3. Autoridad - obediencia en la comunidad eclesial. La autoridad-
obediencia en la comunidad eclesial están ancladas en Cristo (2 Tes
3,14), para llegar a Dios Padre (Hch 6,7. ,Roml,5, Tes 1,8). Este don
del Espíritu, que capacita para obedecer a Dios en la propia
intimidad, se comunica al alma a través de la participación en el
misterio pascual, que prácticamente se verifica en la recepción de los
sacramentos. En virtud del bautismo, el yo va adquiriendo
lentamente una transformación radical; se convierte en un ser
resucitado; se califica como espíritu: se hace uniforme con la vida
caritativa; adquiere la capacidad de permanecer en unión de
intimidad con el Señor.
4. El Vaticano II - El Vaticano II dice que la autoridad humana
tiene que ser cada vez más transparente a la voluntad divina, de
forma que la misma obediencia de los creyentes pueda expresarse y
orientarse como sumisión inmediata a Dios Padre en Jesucristo. La
autoridad-obediencia refleja la índole escatológica de toda la vida
cristiana (LG 42). «En los obispos, asistidos por los presbíteros, está
presente Jesucristo, sumo pontífice, en medio de los creyentes» (LG
21; CD 2). La jerarquía, al hacer presente a Cristo, no hace más que
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 180
facilitar una auténtica obediencia cristiana entre los fieles,
obediencia que puede definirse de esta manera: «ofrecer
directamente a Dios la plena entrega de la propia voluntad como
sacrificio de sí mismo» (PC 13). El Vaticano II, señalando una
perspectiva ideal de la autoridad eclesial, no ha pretendido negar las
posibles deformaciones de las situaciones existenciales autoritativas,
Cristo está presente en la jerarquía, aunque sus titulares pueden ser
intermediarios y representantes indignos.
El concilio es consciente de las limitaciones del hombre, incluso
cuando está revestido de lo sagrado. El Vaticano II recomienda a
todos los que ejercen la autoridad que "no apaguen el Espíritu» (LG
12) y que sean conscientes de que toda la comunidad tiene siempre
necesidad de purificación (cf. LG 8. UR4 7).
El' Vaticano II dirige un discurso análogo a los fieles sobre el deber
de la obediencia. Recordando cómo tienen que vivir acatando
inmediatamente al Señor, les recomienda que se preserven ante todo
de la ilusión de estar iluminados de forma carismática y que no
deben creerse autosuficientes en su caminar hacia el Señor Al mismo
tiempo les invita a recordar que están en posesión de Cristo,
evitando vivir en el servilismo a los superiores : « Hermanos,
vosotros habéis sido llamados a la libertad» (Gál 5,13).
El Vaticano II reconoce repetidas veces la vocación del cristiano a
la libertad (LG 9. GS 39, 42): «Lleva a una libertad más madura a los
hijos de Dios» (PO 15). La autoridad debe ejercerse como humilde
servicio y no como dominio: "El que quiera ser grande entre
vosotros, que se haga siervo vuestro» (Mt 20,26; Rom 11,13; LG 24,
27, 32). De manera semejante los cristianos son obedientes cuando,
siguiendo el ejemplo de Cristo y hechos conformes a su imagen,
obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se consagran con toda
su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo (LG 4142).
La autoridad se confiere dentro del dinamismo pascual, con el
empeño concreto de purificarse cada día del propio egoísmo radical
y con la convicción de que así se ofrece a los demás a través del
«servicio» a la redención de Cristo.
El cristiano sabe que la obediencia vivida como señaló el concilio
no disminuye su dignidad personal, sino que la lleva a su desarrollo
pleno, ya que acrecienta su libertad de hijo de Dios (cf. PC 14). El
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 181
que obedece, posee la verdadera libertad, la paz, el gozo de quien
cumple la voluntad de Dios. Y - añade la Escritura- da gozo también
a Dios: «El Señor se alegrará... por ti, haciéndote feliz..., cuando
obedezcas a la voz del Señor tu Dios, guardando sus
mandamientos...» (Dt 30,9-10). «Si observáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor, como yo he observado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho
esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno» (Jn
1 5, 1 0- 1 1 )75.
El estatuto76 del diácono comporta también un conjunto de
obligaciones y derechos específicos, a tenor de los cann. 273-283 del
Código de Derecho Canónico, que se refieren a las obligaciones y a los
derechos de los clérigos, con las peculiaridades allí previstas para los
diáconos.
El código dice: «Los clérigos tienen especial obligación de
mostrar respeto y obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario
propio» (CIC. Can. 273). Y también: « A no ser que estén excusados
por un impedimento legítimo, los clérigos deben aceptar y
desempeñar fielmente la tarea que les encomiende su Ordinario».
(274, § 2.)
8. El rito de la ordenación del diácono prevé la promesa de
obediencia al obispo: «¿Prometes a mí y mis sucesores filial
respeto y obediencia?».77
El diácono, prometiendo obediencia al obispo, asume como
modelo a Jesús, obediente por excelencia (cf. Fil 2, 5-11), sobre cuyo
ejemplo caracterizará la propia obediencia en la escucha (cf. Heb 10,
5ss; Jn 4, 34) y en la radical disponibilidad (cf. Lc 9, 54ss; 10, 1ss).
Él, por esto, se compromete sobre todo con Dios a actuar en plena
conformidad a la voluntad del Padre; al mismo tiempo se
compromete también con la Iglesia, que tiene necesidad de personas

75 T Goffi, Obediencia, en NDE, 1002-1015: íd., Obediencia y antonomía personal, Mensajero, Bilbao
1969: A, MUller, El problema de la obediencia en la iglesia, Taurus, Madrid 1970: R, Laurentin, La
«contestación» en la iglesia, Taurus, Madrid 1970:AA. W , La obediencia en el cristianismo, en
Concilium 159 ( 1980), número monográfico.
76 Congregación para el Clero: Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium.
77 Pontificale Romanum - De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 201 Ed. typica altera,

Typis Vaticanis, 1990, p. 110; cf. también C.I.C., can. 273.


--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 182
plenamente disponibles.78 En la plegaria y en el espíritu de oración
del cual debe estar penetrado, el diácono profundizará diariamente
el don total de sí, como ha hecho el Señor «hasta la muerte y muerte
de cruz» (Fil 2,8).
Esta visión de la obediencia predispone a la acogida de las
concretas obligaciones asumidas por el diácono con la promesa
hecha en la ordenación, según cuanto está previsto por la ley de la
Iglesia: «Los clérigos, si no les exime un impedimento legítimo, están
obligados a aceptar y desempeñar fielmente la tarea que les
encomiende su ordinario».79
El fundamento de la obligación está en la participación misma en
el ministerio episcopal, conferida por el sacramento del Orden y por
la misión canónica. El ámbito de la obediencia y de la disponibilidad
está determinado por el mismo ministerio diaconal y por todo
aquello que tiene relación objetiva, directa e inmediata con él.
«Los clérigos tienen especial obligación de mostrar respeto y
obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario propio» (. CIC, c. 273).

Este deber de obediencia y de disponibilidad para asumir


responsablemente las tareas encomendadas por el propio Ordinario,
tiene su fundamento inmediato en la incardinación a una diócesis,
prelatura, instituto de vida consagrada o en la sociedad que goce de
esta facultad, y su fundamento mediato en la condición de clérigo.
En este sentido, establece el Código de Derecho Canónico que, «a
no ser que estén excusados por un impedimento legitimo, los
clérigos deben aceptar y desempeñar fielmente la tarea que les
encomiende su Ordinario propio» (cfr. CIC, 274 c. 2).

78 «...Quien estuviese dominado por una mentalidad de contestación, o de oposición a la autoridad,


no podría cumplir adecuadamente las funciones diaconales. El diaconado no puede ser conferido
sino a aquellos que creen en el valor de la misión pastoral del obispo y del presbítero, y en la
asistencia del Espíritu Santo que les guía en su actividad y en sus decisiones. En particular se insiste
en que el diácono debe «profesar al obispo reverencia y obediencia»... el servicio del diácono está
dirigido, después, a la propia comunidad cristiana y a toda la Iglesia, hacia la cual debe cultivar una
profunda adhesión, por motivo de su misión y de su institución divina» (Juan Pablo II, Catequesis en
la audiencia general del 20 octubre 1993, n. 2: «L'Osservatore Romano», 21 octubre 1993, n. 2:
Enseñanzas XVI, 2 1993, p. 105).
79 Cf. C.I.C., can. 274, § 2.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 183


5.5. EL MINISTERIO SACERDOTAL EN LOS DIFERENTES
CONTEXTOS PASTORALES80
9. El ministerio del sacerdotal se caracteriza por el ejercicio de los
tres munera propios del ministerio ordenado, según la perspectiva
específica de la diaconía.
Con referencia al munus docendi, el diácono está llamado a
proclamar la Escritura e instruir y exhortar al pueblo.81 Esto se
expresa por la entrega del libro de los Evangelios, prevista en el rito
mismo de la ordenación.82
El munus sanctificandi del diácono se desarrolla en la oración, en la
administración solemne del bautismo, en la conservación y
distribución de la Eucaristía, en la asistencia y bendición del
matrimonio, en presidir el rito de los funerales y de la sepultura y en
la administración de los sacramentales.83 Esto pone de manifiesto
cómo el ministerio diaconal tiene su punto de partida y de llegada
en la Eucaristía, y que no queda reducido a un simple servicio social.
En fin, el mundus regendi se ejerce en la dedicación a las obras de
caridad y de asistencia,84 y en la animación de comunidades o
sectores de la vida eclesial, especialmente en lo que concierne a la
caridad. Este es el ministerio más característico del diácono.
10. Las líneas de la ministerialidad originaria del diaconado están,
pues, como se deduce de la antigua praxis diaconal y de las
indicaciones conciliares, muy bien definidas. Pero, si dicha
ministerialidad originaria es única, son, en cambio, diversos los
modelos concretos de su ejercicio, que deberán ser sugeridos, en
cada ocasión, por las diversas situaciones pastorales de cada Iglesia.
Modelos que, obviamente, habrán de tenerse en cuenta al programar
el iter formativo.

80 Congregación para el Clero: Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium.


81 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 29; Pablo VI, Carta Ap. Ad Pascendum gosto
1972), AAS 642, 534.
82 Además, entre los 60 colaboradores que aparecen en sus cartas, algunos están nombrados como

diáconos: Timoteo (1 Tes 3, 2), Epafra (Col 1, 7), Tiquico (Col 4, 7; Ef 6, 2).
83 Cf. Epist. ad Philadelphenses, 4; Epist. ad Smyrnaeos, 12, 2; Epist. ad Magnesios, 6, 1: F. X. Funk (ed),

Patres Apostolici, Tubingae 1901, pp. 266-267; 286-287; 234-235.


84 Cf. Didascalia Apostolorum (Siriaca), capp. III, XI: A. Vööbus (ed.), The «Didascalia Apostolorum» in

Syriae (texto original y traducción en inglés), CSCO vol. I, n. 402, (tomo 176), pp. 29-30; Vol. II, n.
408, (tomo 180), pp. 120-129; Didascalia Apostolorum, III, 13, 1-7: F. X. Funk (ed.), Didascalia et
Constitutiones Apostolorum, Paderbornae 1906, I, pp. 212-216.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 184
5.6. LAS FUNCIONES DEL SACERTODES ES UN
MINISTERIO DE SERVICIO COMO DE LOS DIÁCONOS.

5.6.1. Diaconía de la Palabra85


23. El obispo, durante la ordenación, entrega al diácono el libro de
los Evangelios diciendo estas palabras: «Recibe el Evangelio de
Cristo del cual te has transformado en su anunciador».86 Del mismo
modo que los sacerdotes, los diáconos se dedican a todos los
hombres, sea a través de su buena conducta, sea con la predicación
abierta del misterio de Cristo, sea en el transmitir las enseñanzas
cristianas o al estudiar los problemas de su tiempo. Función
principal del diácono es, por lo tanto, colaborar con el obispo y con
los presbíteros en el ejercicio del ministerio87, n. 9: Enseñanzas, VII, 2
[1984], 436)] no de la propia sabiduría, sino de la Palabra de Dios,
invitando a todos a la conversión y a la santidad.88 Para cumplir esta
misión los diáconos están obligados a prepararse, ante todo, con el
estudio cuidadoso de la Sagrada Escritura, de la Tradición, de la
liturgia y de la vida de la Iglesia.89 Están obligados, además, en la
interpretación y aplicación del sagrado depósito, a dejarse guiar
dócilmente por el Magisterio de aquellos que son «testigos de la
verdad divina y católica»:90 el Romano Pontífice y los obispos en
comunión con él,91 de modo que propongan «integral y fielmente el
misterio de Cristo».92

85 Congregación para el Clero: Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium.


86 Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 210. Ed. typica altera,
1990: «Cree lo que lees, enseña lo que crees, y practica lo que enseñas».
87 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29. «Toca también a los diáconos servir al

Pueblo de Dios en el ministerio de la Palabra en comunión con el obispo y con su presbiterio»


(C.I.C., can. 757); «En la predicación, los diáconos participan en el ministerio de los sacerdotes»
(Juan Pablo II, Alocución a los Sacerdotes, Diáconos, Religiosos y Seminaristas en la Basílica del
Oratorio de S. José - Montreal, Canada 11 de septiembre de 1984, n. 9: AAS 77 1983, p. 396).
88 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 4.
89 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 25; Congregación para la Educación Católica,

Carta circ. Come è a conoscenza; C.I.C., can. 760.


90 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 25a; Const. dogm. Dei verbum, 10a.
91 Cf. C.I.C., can. 753.
92 Ibidem, can. 760.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 185


Es necesario, en fin, que aprendan el arte de comunicar la fe al
hombre moderno de manera eficaz e integral, en las múltiples
situaciones culturales y en las diversas etapas de la vida.93
24. Es propio del diácono proclamar el evangelio y predicar la
palabra de Dios.94 Los diáconos gozan de la facultad de predicar en
cualquier parte, según las condiciones previstas por el Código.95 Esta
facultad nace del sacramento y debe ser ejercida con el
consentimiento, al menos tácito, del rector de la Iglesia, con la
humildad de quien es ministro y no dueño de la palabra de Dios.
Por este motivo la advertencia del Apóstol es siempre actual:
«Investidos de este ministerio por la misericordia con que fuimos
favorecidos, no desfallecemos. Al contrario, desechando los
disimulos vergonzosos, sin comportarnos con astucia ni falsificando
la palabra de Dios, sino anunciando la verdad, nos presentamos
delante de toda conciencia humana, en presencia de Dios» (2 Cor 4:1-
2).96
25. Cuando presidan una celebración litúrgica o cuando según las
normas vigentes,97 sean los encargados de ellas, los diáconos den
gran importancia a la homilía en cuanto «anuncio de las maravillas
hechas por Dios en el misterio de Cristo, presente y operante sobre
todo en las celebraciones litúrgicas».98 Sepan, por tanto, prepararla
con especial cuidado en la oración, en el estudio de los textos
sagrados, en la plena sintonía con el Magisterio y en la reflexión
sobre las expectativas de los destinatarios.
Concedan, también, solícita atención a la catequesis de los fieles en
las diversas etapas de la existencia cristiana, de forma que les
ayuden a conocer la fe en Cristo, a reforzarla con la recepción de los

93 Cf. Ibidem, can 769.


94 Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, n. 61; Missale Romanum, Ordo Lectionis Missae Praenotanda,
n. 8, 24 y 50: ed. typica altera, 1981.
95 Cf. C.I.C., can. 764.
96 Cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, nn. 45-

47; l.c. 43-48.


97 Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, 42, 61; Congregación para el Clero, Pontificio consejo para

los Laicos, Congregación para la Doctrina de la Fe, Congregación Para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, Congregación para los Obispos, Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos,
Instrucción sobré algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laícos en el sagrado
ministerio de los sacerdotes, gosto 1997), art. 3.
98 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 35; cf. n. 52; C.I.C, can. 767, § 1.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 186


sacramentos y a expresarla en su vida personal, familiar, profesional
y social.99 Esta catequesis hoy es tan importante y necesaria y tanto
más debe ser completa, fiel, clara y ajena de incertidumbres, cuanto
más secularizada está la sociedad y más grandes son los desafíos
que la vida moderna plantea al hombre y al evangelio.
26. Esta sociedad es la destinataria de la nueva evangelización.
Ella exige el esfuerzo más generoso por parte de los ministros
ordenados. Para promoverla «alimentados por la oración y sobre
todo del amor a la Eucaristía»,100 los diáconos además de su
participación en los programas diocesanos o parroquiales de
catequesis, evangelización y preparación a los sacramentos,
transmitan la Palabra en su eventual ámbito profesional, ya sea con
palabras explícitas, ya sea con su sola presencia activa en los lugares
donde se forma la opinión pública o donde se aplican las normas
éticas (como en los servicios sociales, los servicios a favor de los
derechos de la familia, de la vida etc.); tengan en cuenta las grandes
posibilidades que ofrecen al ministerio de la palabra la enseñanza de
la religión y de la moral en las escuelas,101 la enseñanza en las
universidades católicas y también civiles102 y el uso adecuado de los
modernos medios de comunicación.103
Estos nuevos areópagos exigen ciertamente, además de la
indispensable sana doctrina, una esmerada preparación específica,
pues constituyen medios eficacísimos para llevar el evangelio a los
hombres de nuestro tiempo y a la misma sociedad.104
Finalmente los diáconos tengan presente que es necesario someter
al juicio del ordinario, antes de la publicación, los escritos
concernientes a la fe y a las costumbres 105 y que es necesario el
permiso del ordinario del lugar para escribir en publicaciones o
participar en transmisiones y entretenimientos que suelan atacar la
religión católica o las buenas costumbres. Para las retransmisiones

99 Cf. C.I.C., Can. 779; cf. también Directorio Catequístico General, editio typica altera, Typis
Vaticanis 1997, n. 216.
100 Pablo VI Exhort. Ap. Evangeli Nuntiandi (8 dic. 1975); A.A.S. 686, 5s.
101 Cf. C.I.C., cann. 804-805.
102 Cf. Ibidem, can. 810.
103 Cf. Ibidem, can. 761.
104 Cf. Ibidem, can. 822.
105 Cf. Ibidem, can. 823, § 1.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 187


radio televisivas tendrán en cuenta lo establecido por la Conferencia
Episcopal.106
En todo caso, tengan siempre presente la exigencia primera e
irrenunciable de no hacer nunca concesiones en la exposición de la
verdad.
27. Los diáconos recuerden que la Iglesia es por su misma
naturaleza misionera,107 ya sea porque ha tenido origen en la misión
del Hijo y en la misión del Espíritu Santo según el plan del Padre, ya
sea porque ha recibido del Señor resucitado el mandato explícito de
predicar a toda criatura el Evangelio y de bautizar a los que crean
(cf. Mc 16, 15-16; Mt 28, 19). De esta Iglesia los diáconos son
ministros y, por lo mismo, aunque incardinados en una Iglesia
particular, no pueden sustraerse del deber misionero de la Iglesia
universal y deben, por lo tanto, permanecer siempre abiertos, en la
forma y en la medida que permiten sus obligaciones familiares —si
están casados— y profesionales, también a la missio ad gentes.108
La dimensión del servicio está unida a la dimensión misionera de
la Iglesia; es decir, el esfuerzo misionero del diácono abraza el
servicio de la palabra, de la liturgia y de la caridad, que a su vez se
realizan en la vida cotidiana. La misión se extiende al testimonio de
Cristo también en el eventual ejercicio de una profesión laical.

5.6.2. Diaconía de la liturgia


28. El rito de la ordenación pone de relieve otro aspecto del
ministerio diaconal: el servicio del altar.109
El diácono recibe el sacramento del orden para servir en calidad
de ministro a la santificación de la comunidad cristiana, en
comunión jerárquica con el obispo y con los presbíteros. Al
ministerio del obispo y, subordinadamente al de los presbíteros, el
diácono presta una ayuda sacramental, por lo tanto intrínseca,
orgánica, inconfundible.
Resulta claro que su diaconía ante el altar, por tener su origen en
el sacramento del Orden, se diferencia esencialmente de cualquier

106 Cf. C.I.C., can. 831, § 1.


107 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 2a.
108 Cf. C.I.C., can. 784, 786.
109 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 16; Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi,

presbyterorum et diaconorum, n. 207; ed. cit., p. 122 (Prex Ordinationis).


--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 188
ministerio litúrgico que los pastores puedan encargar a fieles no
ordenados. El ministerio litúrgico del diácono se diferencia también
del mismo ministerio ordenado sacerdotal.110
Se sigue que en el ofrecimiento del Sacrificio eucarístico, el
diácono no está en condiciones de realizar el misterio sino que, por
una parte representa efectivamente al Pueblo fiel, le ayuda en modo
específico a unir la oblación de su vida a la oferta de Cristo; y por
otro sirve, en nombre de Cristo mismo, a hacer partícipe a la Iglesia
de los frutos de su sacrificio.
Así como «la liturgia es el culmen hacia el cual tiende la acción de
la Iglesia y, juntamente, la fuente de la cual emana toda su
virtud»,111 esta prerrogativa de la consagración diaconal es también
fuente de una gracia sacramental dirigida a fecundar todo el
ministerio; a tal gracia se debe corresponder también con una
cuidadosa y profunda preparación teológica y litúrgica para poder
participar dignamente en la celebración de los sacramentos y de los
sacramentales.
29. En su ministerio el diácono tendrá siempre viva la conciencia
de que «cada celebración litúrgica, en cuanto obra de Cristo sumo y
eterno sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es una acción
sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y el mismo
grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia».112 La liturgia
es fuente de gracia y de santificación. Su eficacia deriva de Cristo
Redentor y no se apoya en la santidad del ministro. Esta certeza hará
humilde al diácono, que no podrá jamás comprometer la obra de
Cristo, y al mismo tiempo, le empujará a una vida santa para ser
digno ministro de Cristo. Las acciones litúrgicas, por tanto, no se
reducen a acciones privadas o sociales que cada uno puede celebrar
a su modo sino que pertenecen al Cuerpo universal de la Iglesia.113
Los diáconos deben observar las normas propias de los santos
misterios con tal devoción que lleven a los fieles a una consciente
participación, que fortalezca su fe, dé culto a Dios y santifique a la
Iglesia.114

110 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29


111 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 10.
112 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 7d.
113 Cf. Ibidem, 22, 3; C.I.C., cann. 841, 846.
114 Cf. C.I.C., can. 840.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 189


30. Según la tradición de la Iglesia y cuanto establece el derecho,115
compete a los diáconos «ayudar al Obispo y a los Presbíteros en las
celebraciones de los divinos misterios».116 Por lo tanto se esforzarán
por promover las celebraciones que impliquen a toda la asamblea,
cuidando la participación interior de todos y el ejercicio de los
diversos ministerios.117
Tengan presente también la importante dimensión estética, que
hace sentir al hombre entero la belleza de cuanto se celebra. La
música y el canto, aunque pobres y simples, la predicación de la
Palabra, la comunión de los fieles que viven la paz y el perdón de
Cristo, son un bien precioso que el diácono, por su parte, buscará
incrementar.
Sean siempre fieles a cuanto se pide en los libros litúrgicos, sin
agregar, quitar o cambiar algo por propia iniciativa. 118 Manipular la
liturgia equivale a privarla de la riqueza del misterio de Cristo que
existe en ella y podría ser un signo de presunción delante de todo
aquello, que ha establecido la sabiduría de la Iglesia. Limítense por
tanto a cumplir todo y sólo aquello que es de su competencia.119
Lleven dignamente los ornamentos litúrgicos prescritos.120 La
dalmática, según los diversos y apropiados colores litúrgicos, puesta
sobre el alba, el cíngulo y la estola, «constituyen el hábito propio del
diácono».121
El servicio de los diáconos se extiende a la preparación de los
fieles para los sacramentos y también a su atención pastoral después
de la celebración de los mismos.

115 «Los diáconos participan en la celebración del culto divino, por norma según la disposición del
derecho» (C.I.C., can. 835, § 3).
116 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1570 cf. Caeremoniale Episcoporum, nn. 23-26.
117 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 26-27.
118 Cf. C.I.C., can. 846, § 1.
119 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 28.
120 Cf. C.I.C., can. 929.
121 Cf. Institutio generalis Missalis Romani, nn. 81b, 300, 302; Institutio generalis Liturgiae Horarum,

n. 255; Pontificale Romanum - Ordo dedicationis ecclesiae et altaris, nn. 23, 24, 28, 29, Editio typica,
Typis Polyglottis Vaticanis 1977, pp. 29 et 90; Rituale Romanum - De Benedictionibus, n. 36, Editio
typica, Typis Polyglottis Vaticanis 1985, p. 18; Ordo coronandi imaginem beatae Mariae Virginis, n.
12, Editio typica, Typis Polyglottis Vaticanis 1981, p. 10; Congregacion para el Culto Divino,
Directorio para las celebraciones en ausencia de presbíteroChristi Ecclesia, n. 38: Notitiae 248, pp.
388-389; Pontificale Romanum - De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 188:
(«Immediate post Precem Ordinationis, Ordinati stola diaconali et dalmatica induuntur, quo eorum
ministerium abhinc in liturgia peragendum manifestetur») y 190: ed. cit. pp. 102, 103; Caeremoniale
Episcoporum, n. 67, Editio typica, Libreria Editrice Vaticana 1995, pp. 28-29.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 190
31. El diácono, con el obispo y el presbítero, es ministro ordinario
del bautismo.122 El ejercicio de tal facultad requiere o la licencia para
actuar concedida por el párroco, al cual compete de manera especial
bautizar a sus parroquianos,123 o que se dé un caso de necesidad.124
Es de particular importancia el ministerio de los diáconos en la
preparación a este sacramento.
32. En la celebración de la Eucaristía, el diácono asiste y ayuda a
aquellos que presiden la asamblea y consagran el Cuerpo y la Sangre
del Señor, es decir, al obispo y los presbíteros,125 según lo establecido
por la Institutio Generalis del Misal Romano,126 manifestando así a
Cristo Servidor: está junto al sacerdote y lo ayuda, y, en modo
particular, asiste a un sacerdote ciego o afectado por otra
enfermedad a la celebración eucarística;127 en el altar desarrolla el
servicio del cáliz y del libro; propone a los fieles las intenciones de la
oración y los invita a darse el signo de la paz; en ausencia de otros
ministros, el mismo cumple, según las necesidades, los oficios.
No es tarea suya pronunciar las palabras de la plegaria eucarística
y las oraciones; ni cumplir las acciones y los gestos que únicamente
competen a quien preside y consagra.128 Es propio del diácono
proclamar la divina Escritura.129
En cuanto ministro ordinario de la sagrada comunión,130 la
distribuye durante la celebración, o fuera de ella, y la lleva a los
enfermos también en forma de viático.131 El diácono es así mismo
ministro ordinario de la exposición del Santísimo Sacramento y de la
bendición eucarística.132 Le corresponde presidir eventuales
celebraciones dominicales en ausencia del presbítero.133

122 C.I.C., can. 861, § 1.


123 Cf. C.I.C., can. 530, n. 1.
124 Cf. Ibidem, can. 862
125 Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 1: l.c., 701.
126 Cf. Institutio Generalis - Missale Romanum, nn. 61, 127-141, editio typica altera 1975.
127 Cf. C.I.C., can. 930, § 2.
128 Cf. Ibidem, can. 907; Congregación para el Clero, etc. Instrucción I Ecclesiae de mysterio gosto 1997),

art. 6.
129 Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 6, l.c., 702.
130 Cf. C.I.C., can. 910, § 1.
131 Cf. C.I.C., can. 911, § 2.
132 Cf. Ibidem, 943 y también Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 3: l.c., 702.
133 Cf. Congregación para el Culto Divino, Directorio para las celebraciones en ausencia de

presbítero Christi Ecclesia, n. 38: l.c., 388-389; Congregación para el Clero, etc. Instrucción Ecclesiae de
mysterio gosto 1997), art. 7.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 191
33. Los diáconos casados pueden ser de gran ayuda al proponer la
buena nueva sobre el amor conyugal, las virtudes que lo tutelan en
el ejercicio de una paternidad cristiana y humanamente responsable.
Corresponde también al diácono, si recibe la facultad de parte del
párroco o del Ordinario del lugar, presidir la celebración del
matrimonio extra Missam e impartir la bendición nupcial en nombre
de la Iglesia.134 El poder dado al diácono puede ser también de
forma general según las condiciones previstas,135 y puede ser
subdelegada exclusivamente en los modos indicados por el Código
de Derecho Canónico.136
34. Es doctrina definida, que la administración del sacramento de
la unción de los enfermos está reservado al obispo y a los
presbíteros, por la relación de dependencia de dicho sacramento con
el perdón de los pecados y de la digna recepción de la Eucaristía.
El cuidado pastoral de los enfermos puede ser confiado a los
diáconos. El laborioso servicio para socorrerles en el dolor, la
catequesis que prepara a recibir el sacramento de la unción, el suplir
al sacerdote en la preparación de los fieles a la muerte y a la
administración del Viático con el rito propio, son medios con los
cuales los diáconos hacen presente a los fieles la caridad de la
Iglesia.137
35. Los diáconos tienen la obligación establecida por la Iglesia de
celebrar la Liturgia de las Horas, con la cual todo el Cuerpo Místico
se une a la oración que Cristo Cabeza eleva al Padre. Conscientes de
esta responsabilidad, celebrarán tal Liturgia, cada día, según los
libros litúrgicos aprobados y en los modos determinados por la
Conferencia Episcopal.138 Buscarán promover la participación de la
comunidad cristiana en esta Liturgia, que jamás es una acción
privada, sino siempre un acto propio de toda la Iglesia,139 también
cuando la celebración es individual.

134 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 29; C.I.C., can. 1108, §§ 1-2; Ordo Celebrandi
Matrimonium, ed. typica altera 1991, 24.
135 Cf. C.I.C., can. 1111, §§ 1-2.
136 Cf. Ibidem, can. 137, §§ 3-4.
137 Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, II, 10; l.c., 699; Congregación para el Clero,

etc. Instrucción Ecclesiae de mysterio gosto 1997), art. 9.


138 Cf. C.I.C., can. 276, § 2, n. 3.
139 Cf. Institutio Generalis Liturgiae Horarum, nn. 20; 255-256.

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36. El diácono es ministro de los sacramentales, es decir de
aquellos «signos sagrados por medio de los cuales, con una cierta
imitación de los sacramentos, son significados y, por intercesión de
la Iglesia, se obtienen sobre todo efectos espirituales».140
El diácono puede, por lo tanto, impartir las bendiciones más
estrictamente ligadas a la vida eclesial y sacramental, que le han sido
consentidas expresamente por el derecho,141 y además, le
corresponde presidir las exequias celebradas sin la S. Misa y el rito
de la sepultura.142 Sin embargo, cuando esté presente y disponible
un sacerdote, se le debe confiar a él la tarea de presidir la
celebración.143

5.6.3. Diaconía de la caridad


37. Por el sacramento del orden el diácono, en comunión con el
obispo y el presbiterio de la diócesis, participa también de las
mismas funciones pastorales,144 pero las ejercita en modo diverso,
sirviendo y ayudando al obispo y a los presbíteros. Esta
participación, en cuanto realizada por el sacramento, hace que los
diáconos sirvan al pueblo de Dios en nombre de Cristo.
Precisamente por este motivo deben ejercitarla con humilde caridad
y, según las palabras de san Policarpo, deben mostrarse siempre
«misericordiosos, activos, progrediendo en la verdad del Señor, el
cual se ha hecho siervo de todos».145 Su autoridad, por lo tanto,
ejercitada en comunión jerárquica con el obispo y con los
presbíteros, como lo exige la misma unidad de consagración y de
misión,146 es servicio de caridad y tiene la finalidad de ayudar y
animar a todos los miembros de la Iglesia particular, para que
puedan participar, en espíritu de comunión y según sus propios
carismas, en la vida y misión de la Iglesia.

140 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 60; cf. C.I.C., can. 1166 y can. 1168; Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 1667.
141 Cf. C.I.C., can. 1169, § 3.
142 Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22,5: l.c., 702 y también Ordo

exsequiarum, 19; Congregación para el Clero, etc. Instrucción Ecclesiae de mysterio gosto 1997), art. 12.
143 Cf. Ritual de las bendiciones, Premisas generales 18 c.
144 Cf. C.I.C., can. 129, § 1.
145 S. Policarpo, Ad Phil., 5, 2 SC 10bis, p. 182; citado en Lumen Gentium, 29a.
146 Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, l.c., 698.

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38. En el ministerio de la caridad los diáconos deben configurarse
con Cristo Siervo, al cual representan, y están sobre todo «dedicados
a los oficios de caridad y de administración». 147 Por ello, en la
oración de ordenación, el obispo pide para ellos a Dios Padre: «Estén
llenos de toda virtud: sinceros en la caridad, premurosos hacia los
pobres y los débiles, humildes en su servicio... sean imagen de tu
Hijo, que no vino para ser servido sino para servir».148 Con el
ejemplo y la palabra, ellos deben esmerarse para que todos los fieles,
siguiendo el modelo de Cristo, se pongan en constante servicio a los
hermanos.
Las obras de caridad, diocesanas o parroquiales, que están entre
los primeros deberes del obispo y de los presbíteros, son por éstos,
según el testimonio de la Tradición de la Iglesia, transmitidas a los
servidores en el ministerio eclesiástico, es decir a los diáconos;149 así
como el servicio de caridad en el área de la educación cristiana; la
animación de los oratorios, de los grupos eclesiales juveniles y de las
profesiones laicales; la promoción de la vida en cada una de sus
fases y la transformación del mundo según el orden cristiano.150 En
estos campos su servicio es particularmente precioso porque, en las
actuales circunstancias, las necesidades espirituales y materiales de
los hombres, a las cuáles la Iglesia está llamada a dar respuesta, son
muy diferentes. Ellos, por tanto, busquen servir a todos sin
discriminaciones, prestando particular atención a los que más sufren
y a los pecadores. Como ministros de Cristo y de la Iglesia, sepan
superar cualquier ideología e interés particular, para no privar a la
misión de la Iglesia de su fuerza, que es la caridad de Cristo. La
diaconía, de hecho, debe hacer experimentar al hombre el amor de
Dios e inducirlo a la conversión, a abrir su corazón a la gracia.
La función caritativa de los diáconos «comporta también un
oportuno servicio en la administración de los bienes y en las obras

147 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29.
148 Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 207: ed. cit., p.
122 (Prex Ordinationis).
149 Cf. Hipolito, Traditio Apostolica, 8,24; S. Ch. 11 bis. pp. 58-63; 98-99; Didascalia Apostolorum

(Siriaca), capp. III, XI: A. Vööbus (ed) The «Didascalia Apostolorum» in Syriae, CSCO, vol. I, n. 402
(toma 176), pp. 29-30; vol II, n. 408 (toma 180), pp. 120-129; Didascalia Apostolorum III, 13, 1-7: F. X.
Funk (ed), Didascalia et Constitutiones Apostolorum, Paderbornae 1906, I, pp. 212-216; Conc. Ecum.
Vat. II, Dec. Christus Dominus, 13.
150 Concilio Ecuménico Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, nn. 40-45.

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de caridad de la Iglesia. Los diáconos tienen en este campo la
función de «ejercer en nombre de la jerarquía, los deberes de la
caridad y de la administración, así como las obras de servicio
social».151 Por eso, oportunamente ellos pueden ser elevados al oficio
de ecónomo diocesano,152 o ser tenidos en cuenta en el consejo
diocesano para los asuntos económicos153.

6. MORAL

6.1. VIVIR EL CELIBATO EN JESUCRISTO Y POR LA IGLESIA

1. Introducción. Etimológicamente indica la condición propia de la


persona que no ha contraído matrimonio. El c., concebido como
condición permanente de vida, se encuentra ya en algunas religiones
no cristianas, como puede verse en el caso de las vestales en Roma y
entre los monjes budistas, especialmente los de la India. Abundan
también en otras religiones normas relativas a una pureza ritual, que
prescribe el c., o por lo menos la continencia temporal, para poder
realizar determinadas acciones sacerdotales. En el pueblo de Israel
se encuentran vestigios del c. entre los miembros de la secta de los
esenios (v.), pero, en general, la soltería era considerada como un
oprobio (cfr. Gen 30,23; Is 54,4). En Grecia y Roma (cfr. las leyes Julia
y Papia Poppaea) se llegó a castigar a quienes permanecían en
soltería o retrasaban el matrimonio. Sin embargo, con la venida del
cristianismo, el c., entendido como perfecta continencia abrazada
por el Reino de los cielos, representa el objeto de uno de los consejos
de Jesucristo contenidos en el Evangelio (cfr. Mt 19,11-12). En su
sentido hondamente cristiano, el c. no puede reducirse al mero
hecho de no contraer matrimonio: es preciso que obedezca a una
llamada peculiar de Dios, para dedicarse plenamente a su servicio
dentro de esa condición de célibe. La renuncia al matrimonio,
151 Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 9: l.c., 702. Cf. Juan Pablo II, Catequesis en la
Audiencia general del 13 de octubre de 1993, n. 5: Enseñanzas XVI, 23, pp. 1000-1004.
152 Cf. C.I.C., can. 494.
153 Cf. Ibidem, can. 493.

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bendecido por la Iglesia como camino de santidad para muchos
cristianos, es, por tanto, un presupuesto, que adquiere su plenitud y
toda su hondura de significado por el hecho de que así se busca,
según un carisma especial recibido de Dios, el mejor cumplimiento
de la misión que cada uno ha recibido.
La doctrina de la Iglesia afirma con claridad que el c. por el Reino
de los cielos es de por sí superior al matrimonio (cfr. especialmente
conc. de Trento, sess. 24, De sacramento matrimonii, can. 10:
Denz.Sch. 1810), aunque esto en modo alguno significa que quienes
contraen matrimonio estén llamados a la santidad.
2. El celibato, condición posible a cualquier clase de fieles. Hay
que hacer notar que el c. no es condición privativa de ninguno de los
estados o clases de fieles que existen en la Iglesia: lo viven los
sacerdotes (obispos y presbíteros de la Iglesia latina, y obispos y un
gran número de presbíteros en las Iglesias orientales), así como
también los religiosos y muchos fieles laicos, que han seguido de
este modo la peculiar llamada recibida de Dios. Efectivamente, el
seguimiento de los consejos (v.) del Evangelio no pertenece en
exclusiva a una determinada categoría de fieles, ya que todos
pueden observarlos, sin que por ello quede modificado su estado
dentro de la Iglesia. Así lo ha proclamado el conc. Vaticano II,
recogiendo una tradición ininterrumpida en la Iglesia, cuando
afirma que «la perfecta continencia ha sido abrazada por muchos
fieles a lo largo de la historia y también en nuestros días» (Decr.
Sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, 16: citaremos en
adelante este documento con la sigla PO. V. t. const. Lumen
gentium, 41-42; Decr. Sobre el apostolado de los laicos, 4 y 22).
También el laico puede, por tanto, abrazar esta condición,
correspondiendo así a una llamada de Dios, sin que por ello quede
en modo alguno modificada o disminuida, ni teológica ni
jurídicamente, su plena condición de laico en la Iglesia. Lo contrario
supondría excluir injustamente a una categoría de fieles del
seguimiento de uno de los consejos que con carácter general
promulgó Jesucristo para todos sus discípulos, sin establecer
ninguna discriminación. Es éste un aspecto más del derecho que
asiste a todo fiel de practicar integralmente la doctrina de Jesucristo:
cualquier fiel puede observar los consejos contenidos en el
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Evangelio, sin que por ese hecho haya de pasar, o pase
automáticamente, como ha afirmado algún autor, a una categoría
distinta de miembros de la Iglesia. El hecho de que un laico,
habiendo recibido una llamada específica de Dios, abrace el c. como
condición estable de vida, de ningún modo puede afectar a la
igualdad fundamental de derechos y de deberes que le
corresponden con los demás fieles laicos. Afirmar hoy lo contrario,
esto es, que los laicos sólo pueden aspirar a una santidad o a una
labor apostólica de segunda categoría, supondría la pervivencia de
una mentalidad abundantemente superada en los documentos del
conc. Vaticano II, gracias al impulso que la Eclesiología ha recibido a
través de manifestaciones vitales provocadas por el Espíritu Santo
en el Cuerpo Místico de Jesucristo.
3. Sacerdocio y celibato. Al reflexionar sobre sí misma, con el rigor
con que ha sabido hacerlo, la Iglesia del Vaticano II se ha
interrogado sobre lo que significa para ella exactamente el c.
sacerdotal (¿cuál es su valor?) y sobre la conveniencia (¿es sabiduría
del Espíritu o es sólo prudencia humana?) de mantener o no la
secular disciplina eclesiástica que lo prescribe en la Iglesia latina.
Estas fueron las dos grandes cuestiones a las que, durante la
elaboración del Decr. sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros
(PO), juzgaron los Padres conciliares que podían reducirse todos los
múltiples interrogantes de orden teológico, pastoral, ascético,
antropológico, ecuménico y disciplinar que el tema proponía.
Que el c. no pertenece a la estructura constitucional del
sacerdocio, y, por tanto, no es eXIgido por él en virtud de su misma
naturaleza, es una verdad teológicamente evidente que se apoya en
el testimonio de la Iglesia primitiva (cfr. 1 Tim 3,2-5; Tit 1,6) y en la
praXIs y tradiciones de las Iglesias orientales. Es lógico, por eso, que
una primera aproximación al tema lleve a hacer esta afirmación.
Pero inmediatamente se imponen otras preguntas: ¿cuál es entonces
la.razón de ser del vínculo celibato-sacerdocio?, ¿corresponde ese
vínculo, como otras instituciones eclesiásticas que no son de
Derecho divino, a una mera configuración histórica y transitoria de
una realidad social o doctrinal en la vida de la Iglesia, que tuvo su
razón de ser en otras circunstancia pero que ya no la tiene?

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 197


de las hipótesis históricas que se han hecho sobre el origen del c.
sacerdotal han creído ver una decisiva influencia de las doctrinas
gnósticas, encratitas o montanistas, de inspiración platónica, en la
progresiva maduración, a principios del S. III, de una conciencia
dualista en el interior de la Iglesia, una de cuyas consecuencias sería
precisamente la identificación indiscriminada de lo sexual con lo
material e impuro: consiguientemente, y junto a un cierto
menosprecio del estado matrimonial, el ideal cristiano habría ido
encarnándose cada vez de modo más absoluto en la virginidad,
exaltada obsesivamente por una abundante literatura ascética, a la
vez que el ministerio sacerdotal se iba considerando cada vez más
como algo sagrado y, por tanto, incompatible con la impureza que
llevaba consigo el ejercicio de la sexualidad.
No es éste el lugar adecuado para detenernos a valorar lo que
puede haber de cierto y lo que hay de menos conforme con la
realidad histórica en esta apreciación global de toda la espiritualidad
cristiana, a partir del S. III, como tendencialmente dualista y, por
tanto, condenadora de la sexualidad. Es un hecho evidente, sin
embargo, que el Magisterio de la Iglesia ha tenido siempre una alta
consideración del matrimonio cristiano, sacramentum magnum
(Eph 5,32), y no parece que pueda afirmarse con suficiente
fundamento que haya sido una infravaloración doctrinal del
matrimonio como algo impuro, la razón verdadera y principal de los
vínculos de conveniencia que, a lo largo de la historia, se han ido
descubriendo progresivamente y valorando, primero en la vida
carismática del Pueblo de Dios y después en sus instituciones, entre
el sacramento del Orden y el c.
De cualquier manera, no podría pensarse razonablemente que en
el conc. Vaticano II, momento de la historia de la salvación en que
más hondamente ha expuesto el Magisterio la doctrina sobre la
llamada universal a la santidad y, concretamente, la valoración del
matrimonio como vocación y camino de santidad (cfr. const. Lumen
gentium, 11 y 41; const. Gaudium et spes, 48 y 52, etc.), haya podido
ser al mismo tiempo una mentalidad dualista la que inspirase a los
Padres la exposición de las razones que avalan la gran conveniencia
que existe entre el c. y el sacerdocio. ¿Cuáles son, pues, esas razones?
Trataremos de exponerlas siguiendo el hilo de las ideas contenidas
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 198
en el n° 16 del Decr. PO, que enmarca en dos grandes líneas,
consagración y misión, la doctrina conciliar sobre el sacerdocio
cristiano.
a) Consagración: el sacerdote, hombre consagrado a Dios. El
sacerdote es fundamentalmente un hombre consagrado. En la vida
peregrinante del Pueblo de Dios a través de la historia de la
humanidad, el sacerdote ha sido siempre un elegido, un ungido, un
hombre entresacado de entre los demás hombres (Heb 5,1). La figura
y la vida del llamado a ser ministro del culto al único Dios
verdadero queda traspasada por un halo y un destino de
segregación, que lo pone en cierto modo fuera y por encima de la
común historia de los demás hombres: «sin padre, sin madre y sin
genealogía», dice S. Pablo de la figura a la vez arcana y profética de
Melquisedec (Heb 7,3). Esta llamada y elección adquirieron una
particular hondura teológica cuando fue Dios mismo quien se hizo
Sacerdote en la Humanidad de Jesucristo. A partir de ese momento
de desarrollo del propósito divino de salvación, el sacerdocio
ministerial en el Pueblo de Dios es algo más que un oficio público y
sacro ejercido en servicio de la comunidad de fieles: es,
fundamentalmente, una configuración, una transformación
sacramental y misteriosa del hombre-sacerdote en la persona del
mismo Jesucristo, único Mediador y Cabeza de la Iglesia, de tal
manera que puede actuar en su nombre y participa de la autoridad
«con la que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna a su Cuerpo»
(PO, 2): para dar gloria a Dios Padre y comunicar continuamente la
vida divina a los hombres hasta el final de los tiempos (cfr. ib.).
Hay, pues, en la condición del sacerdote una asunción tal de la
persona por Dios que, quedando a salvo la integridad de la
naturaleza humana, ésta se vincula y consagra íntegramente al
servicio y amor total de Cristo sacerdote. Siendo esto así, se
comprende que el mismo contenido y significado de su vocación,
acogida y meditada con profundidad teológica cada vez más rica y
honda, haya llevado al sacerdote cristiano a valorar la gran
conveniencia de abrazar en su vida esa perfecta continencia de la
que es prototipo y ejemplo la virginidad de Cristo sacerdote, y por la
cual se confirma y refuerza la unión mística del ministro de Cristo
con Aquél por quien sacramentalmente ha sido asimilado. En efecto,
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 199
el sacerdote, por la perfecta continencia «se consagra a Cristo de un
modo nuevo y eXImio» (PO, 16).
Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó
cualquier atadura humana, por justa y noble que fuese, que pudiera
de algún modo dificultar o restar plentitud a su total dedicación
ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote
haga lo mismo, renunciando libremente, por el c., a algo en sí bueno
y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón (cfr.
Mi 19,12; 1 Cor 7,32-34), y por Él y en Él dedicarse con más libertad
al entero servicio de Dios y de los hombres. Aparece así la íntima
conexión que existe entre la llamada de Cristo a ser ministro suyo y
la invitación que Él hace a sus discípulos para que renuncien a tener
familia, mujer e hijos por Jesucristo y por el Reino de los cielos (cfr.
Mc 10,23-30; Mt 20,23-29; Lc 18,24-30).
b) Misión: el sacerdote servidor de los hombres. También como el
sacerdocio del A. T., el sacerdocio de la Nueva Alianza se constituye
para los hombres en lo que mira a Dios (Heb 5,1). Pero esta entrega y
dedicación del sacerdote a los hombres, al servicio del Pueblo de
Dios, adquirió una nueva y profunda dimensión teológica cuando
vino al mundo Jesucristo, a quien el Padre santificó y envió (cfr. lo
10,36) «para que nos redimiese de toda iniquidad y preparase un
pueblo aceptable» (Tit 2,14): obra que realiza a través del tiempo,
mediante el ministerio de sus sacerdotes, a los cuales consagra y
envía por el Espíritu, para que sean en la Iglesia dispensadores de
los misterios de Dios (cfr. 1 Cor 4,1). El sacerdocio cristiano está,
pues, íntimamente unido al misterio, a la vida, al crecimiento y al
destino de la Iglesia, Esposa virginal de Cristo (cfr. Apc 19,7; 21,2.9;
22,17; 2 Cor 11,2). El sacerdote es el padre, el hermano, el siervo
universal; su persona y su vida toda pertenecen a los demás, son
posesión de la Iglesia, que lo ama con amor nupcial y tiene con él y
sobre él, que hace las veces de Cristo, su Esposo, relaciones y
derechos de los que ningún otro hombre puede ser destinatario.
Ciertamente, el matrimonio es también signo (cfr. Eph 5,25) del
amor nupcial de Cristo y sus ministros para con la Iglesia: por eso
precisamente se comprende bien la conveniencia del c., que custodia
mejor la unidad del corazón humano (cfr. 1 Cor 7,33), para defender,
llenar de plenitud y enriquecer de intimidad los lazos de amor
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 200
nupcial que unen al sacerdote con la Esposa de Cristo. Y se
comprende también de qué modo excelente esa virginidad
sacerdotal estimula, representa y testifica ante los fieles y ante el
mundo la caridad del Buen Pastor, que se entrega sin reservas al
servicio del rebaño que le ha sido confiado (cfr. lo 10,11; 1 lo 3,16).
Elegido, consagrado y enviado para formar y alimentar a la Iglesia
con la Palabra y la Gracia de Dios, el sacerdote comprende
existencialmente, en su vida pastoral, la grandeza a la vez divina y
humana de su vocación,- descubriendo la necesidad que los
hombres tienen de él. Siente que su corazón se dilata y que su
afectividad y capacidad de amar se realizan plenamente en la tarea
pastoral y paterna (cfr. Gal 4,19) de engendrar gozosamente al
Pueblo de Dios en la fe, de formarlo y llevarlo a la plenitud de vida
en Cristo. Bien se ve, por eso, en qué medida la virginidad es
especialmente para los sacerdotes una fuente de fecundidad
espiritual en el mundo (PO, 16), cómo dispone al sacerdote para
recibir y ejercer con peculiar amplitud la paternidad en Cristo (ib.;
cfr. const. Lumen gentium, 42), y cuánto eleva su vida, para el mejor
cumplimiento de su ministerio de regeneración, la necesidad que el
sacerdote tiene, como todo hombre, de ejercer su capacidad
generadora y de conducir a la madurez los hijos que son fruto de su
amor.
Pero la Iglesia, la Esposa virginal y fecunda de Cristo, que se
encuentra en esta tierra como peregrina (cfr. 2 Cor 5,6), busca las
cosas de más arriba y, teniendo las primicias del Espíritu, gime (cfr.
Rom 8,23) y ansía estar con Cristo (cfr. Philp 1,23) en la gloria del
siglo futuro (cfr. Col 3,4), en la cual los hijos de la resurrección,
configurados a la claridad de Cristo (cfr. Philp 3,21) «no tomarán
mujer ni marido» (Le 20,35). Bien se comprende, por tanto, de qué
modo excelente el c., que convierte al sacerdote en signo de la
virginidad y del amor fecundo de la Esposa de Cristo, le hace a la
vez testigo profético, en el tiempo, de ese mundo futuro. De la
misma manera, a nadie se oculta cómo la perfecta y perpetua
continencia por el Reino de los cielos refuerza y evidencia ante los
hombres esa llamada escatológica que es inherente a la misión de la
Iglesia, y de modo particular, al ministerio evangelizador del
sacerdote, testigo inquietante de la eternidad. Quedan así
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 201
configuradas las razones de conveniencia del c. eclesiástico, que
poco después del conc. Vaticano II se han visto confirmadas en la
enc. Sacerdotalis caelibatus, 24 jun. 1967, de Paulo VI.
4. Celibato y espiritualidad sacerdotal. Todas estas razones sobre
la altísima congruencia del c. con el sacerdocio, fundadas en el
misterio de Cristo y en su misión, son, por tanto, razones que la
Iglesia descubre profundizando en la misma teología del sacerdocio.
La Esposa de Cristo vislumbra que unas tensiones muy íntimas
unen entre sí el misterio del amor indiviso y el misterio del
sacerdocio de la Nueva Alianza; y enseña, por tanto, que esas
razones, no de necesidad absoluta, pero sí de suma conveniencia, se
integran dentro de una espiritualidad netamente sacerdotal, que
tiende a la configuración interior y a la transformación mística del
ministro de Cristo en el mismo Sumo Sacerdote, a quien representa
por el carácter recibido en el Sacramento del Orden. Parece
importante que esta realidad se tenga cuidadosamente en cuenta,
porque fue siempre mente de los Padres del Vaticano II y del
Magisterio pontificio sucesivo evitar que se pueda confundir el c.
sacerdotal como una asimilación de la espiritualidad sacerdotal a la
propia del estado religioso. En efecto, las razones que aduce el
Concilio (cfr. PO, 16), así como también la enc. Sacerdotalis
caelibatus (cfr. n° 19 ss.), no se refieren al valor que tiene en sí misma
la continencia perfecta, valor que queda ya claramente de manifiesto
en la S. E., ni basan la conveniencia del c. en el hecho de que facilita
la perfección personal haciendo más santo al sacerdote, ni tampoco
en que quiera hacerse una distinción entre un tipo de perfección
común (a la que estarían llamados todos los fieles) y otra perfección
más alta, reservada exclusivamente a sacerdotes y religiosos, ni se
pretende afirmar que los sacerdotes célibes de la Iglesia latina y de
las Iglesias orientales sean por este hecho más perfectos que los
sacerdotes de ritos orientales que viven legítimamente dentro del
matrimonio.
Es importante recalcar que los documentos del Magisterio a que
nos estamos refiriendo exponen los rasgos de una genuina
espiritualidad sacerdotal, capaz de guiar a todos los sacerdotes,
independientemente de su estado, secular o religioso, a la perfecta
caridad pastoral, es decir, a la santidad personal en y a través del
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 202
ejercicio perfecto del propio ministerio: por eso, su enseñanza sobre
la vida espiritual y ascética del sacerdote está en conexión, de modo
directo e inmediato, y por razones de necesidad o de peculiar
conveniencia, con el sacramento del Orden y con el ministerio al que
éste destina a la persona; por eso también han evitado los mismos
documentos, al exponer las líneas de la existencia y espiritualidad
sacerdotal, incurrir en la tipificación numérica y formal de las
virtudes dentro de los llamados tres consejos evangélicos
configurados por la teoría tomista del estado de perfección.
La recta comprensión de esta doctrina es particularmente
importante también para una recta dirección espiritual de los
sacerdotes seculares y para la misma formación de los alumnos en
los seminarios. Porque es necesario que unos y otros comprendan y
estimen siempre el c. no como un elemento extrínseco e inútil, una
superestructura, sobreañadida a su sacerdocio por influencia de la
ascética monacal o religiosa, sino como una conveniencia íntima de
la participación del sacerdocio en la capitalidad de Cristo y en el
servicio de la nueva humanidad que en Él y por Él engendra y
conduce a la plenitud. Así, la meditación de los misterios que su
vocación entraña llevará por sí al sacerdote a amar el c. y a abrazar
con generosidad y alegría el sacrificio fecundo que representa.
Esta comprensión y valoración de los íntimos vínculos teológicos
y pastorales que une el c. con el sacerdocio responde además a una
exigencia profunda del alma, que los hombres de nuestros días
sienten con particular intensidad: el deseo de autenticidad, de vivir
de acuerdo con el ser propio de cada uno, evitando toda posible
incongruencia entre ser y acción. Es ésta, en un plano puramente
psicológico, una exigencia del necesario equilibrio interior de la
persona y, en el plano ético, una manifestación de amor y de
fidelidad a la propia vocación.
5. El celibato como don y como ley. No es el vínculo que une el c.
con el sacerdocio un vínculo artificial y efímero. Aunque no
pertenece a la constitución esencial de la Iglesia, el c. sacerdotal no
es una superestructura sin fundamento, ni una adherencia histórica
pasajera. Es fruto de la acción del Espíritu en la Iglesia, por tanto,
una manifestación vital del desarrollo de la semilla que tiende a
convertirse en árbol frondoso (cfr. Mt 13,31-32). Antes que la
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 203
refleXIón de los teólogos dedujese las razones cristológicas,
eclesiológicas y escatológicas de conveniencia, el sensus f idei del
Pueblo de Dios comenzó a intuir la honda dimensión espiritual y
pastoral del vínculo celibato-sacerdocio. El instinto sobrenatural de
la comunidad profética «ungida por el Santo» (cfr. 1 lo 2,20)
precedió así a los sucesivos actos del Magisterio jerárquico y,
finalmente, estableció en la Iglesia latina la obligación jurídica de
este vínculo para todos los que han de ser promovidos al Orden
sagrado.
La Jerarquía reguló así un movimiento que se había abierto paso
en la entraña carismática de la Iglesia, y encauzó socialmente esta
manifestación de la vida misma del Espíritu. Nuevamente en
nuestros días la Iglesia reunida en Concilio (sociológicamente el más
universal de los Concilios celebrados hasta ahora) aprueba y
confirma esta legislación (PO, 16) para todos los clérigos destinados
al presbiterado (no se olvide que existe la posibilidad de que en la
Iglesia latina se ordenen diáconos casados: cfr. cons. Lumen
gentium, 29 y Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem, de 18 jun.
1967), sin que esto suponga detrimento alguno de la disciplina
peculiar de las Iglesias orientales y sin prejuzgar lo más mínimo la
disciplina propia de las comunidades separadas, puesto que, como
se ha dicho, se trata de algo que no pertenece a la constitución
fundamental de la Iglesia.
Evidentemente los Padres del Vaticano II, al reafirmar la ley del c.,
no dejaron de tener presente una objeción que no es nueva en la
historia: ¿puede imponerse por ley humana el c.? Ciertamente no.
Por eso, al comienzo del n° 16 del Decr. PO se recuerda que la
continencia perfecta y perpetua por el Reino de los Cielos es un don
divino, que Dios otorga a quien quiere. Un don gratuitamente
ofrecido y libremente aceptado y ejercido, que no admite en su
recepción y en su ejercicio violencias humanas de ningún tipo. La
autoridad eclesiástica no puede dar ni imponer aquello sobre lo que
no tiene capacidad de disponer. Lo que sí puede, en cambio, es
establecer la condición de haber recibido este don para tener acceso
a las Sagradas órdenes. Y esto es lo que hace la ley del c. Con ella la
Jerarquía, que custodia y administra los Sacramentos instituidos por
Jesucristo, decide no conferir el sacramento del Orden sino a
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 204
aquellos que hayan recibido el carisma de la perfecta continencia y,
libre y responsablemente, se comprometan a custodiarlo y
cultivarlo. Conteniendo el sacerdocio ministerial el ejercicio de un
oficio y poder público en el Pueblo de Dios y en su servicio, es aún
más comprensible la perfecta legitimidad con que la Autoridad,
teniendo presentes las razones que indican la conveniencia del
sacerdocio celibatario, puede poner la condición que representa la
ley del c.: es éste un punto de vista que puede descuidar fácilmente
quien considere el sacerdocio como algo personal, como un oficio
que el sujeto tiene derecho a escoger atendiendo primariamente, si
no de un modo exclusivo, a razones de interés personal.
Al obrar así, la Iglesia no atenta contra la dignidad de la persona
humana, impidiendo el ejercicio de un derecho natural, el ius
connubii, que es parte integrante de esa dignidad. En efecto, la
renuncia de ese derecho la hace libremente quien recibe el don
divino de la perfecta continencia. La Jerarquía es la primera
interesada, por respeto a la dignidad humana y cristiana de los
fieles, en que la asunción por el futuro sacerdote de esa
responsabilidad sea verdaderamente consciente y se haga con la
libertad de los hijos de Dios (cfr. Rom 8,21). Todas estas razones que
justifican el vínculo también jurídico del c. con el sacerdocio en la
Iglesia latina quedaron evidentemente supeditadas en la mente de
los Padres del Vaticano II a un último y definitivo interrogante, a
cuya formulación contribuían también motivos importantes de
teología pastoral y de sociología: ¿es prudente confiar así el futuro
del sacerdocio ministerial a la existencia y abundancia del don de la
perfecta y perpetua continencia? La respuesta a esta pregunta ha
sido un acto de fe impresionante y conmovedor de la Esposa de
Cristo, porque el Colegio Episcopal, reunido en Concilio, confirma la
actual legislación «confiando en el Espíritu que el don del celibato,
tan conforme al sacerdocio del Nuevo Testamento, será dado con
liberalidad por Dios Padre» (PO, 16)154.
154 Cf. El elenco exhaustivo de la bibl. sobre el c. puede encontrarse en A. DE ROSKOVÁNY,
Celibatus et Breviarium, IV: Literatura de celibatu, Presburgo 1861; para las obras más modernas,,
cfr. «Seminarium» 4 (1967). Entresacamos a continuación algunas más interesantes: E.
VACANDARD, Les origines du célibat ecclésiastique, en Études de critique et d'histoire religieuse,
I, París 1905, 69-120; íD, Célibat, en DTC 2, 2068-2088; H. LECLERCQ, Célibat, en DACL 2, 2802-
2832; F. VERNET, Célibat, en DSAM 2, 385-396; M. SCADUTO-C. TESTORE, Celibato, en
Enciclopedia Cattolica, III, Ciudad del Vaticano 1949, 1261-1266; J. W. REHAGE-PH. DELHAYE,
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La Iglesia155 reconoce con gratitud el magnífico don del celibato
concedido por Dios a algunos de sus miembros y en diversos modos
lo ha unido, tanto en Oriente como en Occidente, con el ministerio
del orden, con el que se encuentra en admirable consonancia. 156 La
Iglesia sabe también que este carisma, aceptado y vivido por amor al
Reino de los cielos (Mt 19, 12), orienta la persona entera del diácono
hacia Cristo, que, en la virginidad, se consagró al servicio del Padre
y a conducir a los hombres hacia la plenitud del Reino. Amar a Dios
y servir a los hermanos en esta elección de totalidad, lejos de
contradecir el desarrollo personal de los diáconos, lo favorece, ya
que la verdadera perfección de todo hombre es la caridad. En efecto,
en el celibato, el amor se presenta como signo de consagración total
a Cristo con corazón indiviso y de una más libre dedicación al
servicio de Dios y de los hombres,157 precisamente porque la
elección del celibato no es desprecio del matrimonio, ni fuga del
mundo, sino más bien es un modo privilegiado de servir a los
hombres y al mundo.
Los hombres de nuestro tiempo, sumergidos tantas veces en lo
efímero, son especialmente sensibles al testimonio de aquellos que
proclaman lo eterno con la propia vida. Los diáconos, por tanto, no
dejarán de ofrecer a los hermanos este testimonio con la fidelidad a
su celibato, de tal manera que los estimulen a buscar aquellos

Celibacy, en New Calholic Encyclopedia, 3, Nueva York 1967, 366-374; E. MAGNIN, Célibat
ecclésiastique et religieux, «Documentation catholique» 35 (1936) 1026-1038; 1. A. MSIILER, Der
ungeteilte Dienst, Salzburgo 1938; W. BERTRAMs, The Celibacy of the Priest, Westminster
(Maryland) 1963; PH. DELHAYE, Le Dossier ante-matrimonial de 1'Adversus Jovinianum et son
influence sur quelques écrits latins du Xlle siécle, «Medieval Studies» 13 (1951) 65-86; F.
SPADAFORA, Temi di esegesi. 1 Cor 7,33-38 e il celibato ecclesiastico, Rovigo 1953; P. H.
LAFONTAINE, Les Conditions positives de 1'accession aux ordres dans la premiére législation
ecclésiastique '300-492, Ottawa 1963; A. GARCÍA SUÁREZ, Celibato Sacerdotal, «Palabra» 20 (abril
1967) 7 ss.; A. GARCÍA Ruiz, Sacerdocio y celibato, «Palabra» 1 (septiembre 1965) 7 ss.; B. JIMÉNEZ
DUQUE, El celibato sacerdotal, «Palabra» 12-13 (agostoseptiembre 1966) 43 ss.; G. DA VIGOLO,
Variazioni di attualita sul celibato ecclesiastico, «Revista di ascetica e mistica» 11 (1966) 509-518; P.
PALAZZINI, San Pier Damiani e la polemica anticelibataria, «Divinitas» 14 (1970) 127-134; G. DE
ROSA, 11 celibato sacerdotale. en 1 sacerdote nello spirito del Vaticano II, Turín 1969, 920-953; A.
DEL PORTILLO, El celibato sacerdotal, en Escritos sobre el sacerdocio, Madrid 1970, 71-104.
155 Congregación para el Clero: Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium.
156 «His rationibus in mysteriis Christi Eiusque missione fundatis, coelibatus... omnibus ad Ordinem

sacrum promovendis lege impositum est»: Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, 16; cf.
C.I.C., can. 247, § 1; can. 277, § 1; can. 1037.
157 Cf. C.I.C, can. 277, § 1; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Optatam totius, 10.

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valores que manifiestan la vocación del hombre a la trascendencia.
«El celibato por el Reino no es sólo un signo escatológico, sino
también tiene un gran sentido social en la vida actual para el servicio
al Pueblo de Dios».158
Para custodiar mejor durante toda la vida el don recibido de Dios
para el bien de la Iglesia entera, los diáconos no confíen
excesivamente en sus propias fuerzas, sino mantengan siempre un
espíritu de humilde prudencia y vigilancia, recordando que «el
espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41); sean fieles,
además, a la vida de oración y a los deberes ministeriales.
Compórtense con prudencia en el trato con personas cuya
familiaridad pueda poner en peligro la continencia o bien suscitar
escándalo.159
Sean, finalmente, conscientes de que la actual sociedad pluralista
obliga a un atento discernimiento sobre el uso de los medios de
comunicación social.
Por razones convenientemente fundadas en el misterio de Cristo y
de su misión, el derecho impone el celibato a todos los diacono y
sacerdotes de la Iglesia latina (cfr. CIC, c. 277; Catecismo, n. 1579).
En 1965, dos documentos del Concilio Vaticano II trataron el tema
del celibato diaconal y sacerdotal (cfr. Presbyterorum ordinis, n. 16;
Optatam totius, n. 10).
En 1967, en su Encíclica Sacerdotalis coelibatus, Pablo VI vuelve a
hablar del mismo tema. Junto a un breve esquema de la historia de
la institución del celibato y a otras consideraciones de interés,
expone una a una las posibles razones en pro y en contra, basando
íntegramente su Magisterio en la doctrina ya recogida en el Concilio
Vaticano II.
En 1971, en el II Sínodo de los Obispos se preparó un nuevo
documento en el mismo sentido, aprobado y promulgado luego por
Pablo VI: De sacerdocio ministeriali, 30-XI-1971.
En 1979 el celibato fue objeto de una nueva reafirmación del
Magisterio ordinario de Juan Pablo II: ¿Por qué es un tesoro?

158 Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo, Novo incipiente (8 abril 1979), 8:
AAS 719, 408.
159 Cf. C.I.C., can. 277, § 2.

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¿Queremos tal vez con esto disminuir el valor del matrimonio y la
vocación a la vida familiar?
El motivo esencial, propio y adecuado está contenido en la verdad
que Cristo declaró, hablando de la renuncia al matrimonio por el
Reino de los Cielos, y que San Pablo proclamaba, escribiendo que
cada uno en la Iglesia tiene su propio don. El celibato es
precisamente un ‘don del Espíritu’. Un don semejante, aunque
diverso, se contiene en la vocación al amor conyugal verdadero y
fiel, orientado a la procreación según la carne, en el contexto tan
amplio del sacramento del matrimonio. Es sabido que este don es
fundamental para construir la gran comunidad de la Iglesia, Pueblo
de Dios. Pero si esta comunidad quiere responder plenamente a su
vocación en Jesucristo, ser necesario que se realice también en ella,
en proporción adecuada, ese otro ‘don’, el don del celibato ‘por el
Reino de los Cielos’160.
Esta insistencia es un signo claro, tanto de los ataques a que se ve
sometida esta institución, como de la decidida voluntad de la Iglesia
de mantener la praxis antiquísima, pues aunque el celibato por el
Reino de los Cielos no viene exigido por la naturaleza misma del
sacerdocio, le es muy conveniente.
Siguiendo el esquema de la Encíclica Sacerdotalis coelibatus,
podemos señalar algunas razones que manifiestan esta especial
conveniencia del celibato para los sacerdotes:
- Razones cristológicas:
con el celibato los diáconos y sacerdotes se entregan de modo mas
excelente a Cristo, uniéndose a El con corazón indiviso; el contenido
y la grandeza de su vocación, lleva al sacerdote a abrazar en su vida
esa perfecta continencia, de la que es prototipo y ejemplo la
virginidad de Cristo Sacerdote; si se considera que Cristo no quiso
para sí otro vínculo nupcial que el que contrajo con todos los
hombres en la Iglesia, se ve en qué medida el celibato sacerdotal
significa y facilita esa participación del ministro de Cristo en el amor
universal de su Maestro.
- Razones eclesiológicas:
con el celibato, los sacerdotes se dedican más libremente, en Cristo
y por Cristo, al servicio de los demás hombres; la persona y la vida

160 Cf. Carta Novo incipiente, 8-IV-1979, n. 63


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del sacerdote son posesión de la Iglesia, que hace las veces de Cristo
su esposo; el celibato dispone al sacerdote para recibir y ejercer con
amplitud la paternidad de Cristo.
El celibato es, en verdad, un don de Dios, dado por El
gratuitamente y libremente por el hombre. La autoridad eclesiástica
no puede imponerlo a nadie, pero sí puede establecerlo como
condición para acceder al sacerdocio (cfr. Alvaro del Portillo,
Escritos sobre el sacerdocio, Ed. Palabra, pp. 83-101).
El celibato se prescribe para los diáconos que llegarán al
sacerdocio. Y los diáconos casados, una vez muerta su mujer, son
inhábiles para contraer un nuevo matrimonio (cfr. Sacrum
diaconatus ordinem de Pablo VI).

6.2. EJERCER LA SANTIDAD DE VIDA161

44. La vocación universal a la santidad tiene su fuente en el


«bautismo de la fe», en el cual todos hemos sido hechos «verdaderos
hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo,
realmente santos».162
El sacramento del Orden confiere a los diáconos «una nueva
consagración a Dios», mediante la cual han sido «consagrados por la
unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo» 163 al servicio del
Pueblo de Dios, «para edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4, 12).
«De aquí brota la espiritualidad diaconal, que tiene su fuente en la
que el concilio Vaticano II llama «gracia sacramental del
diaconado».164 Además de ser una ayuda preciosa en el
cumplimiento de sus diversas funciones, esa gracia influye
profundamente en el espíritu del diácono, comprometiéndolo a la
entrega de toda su persona al servicio del Reino de Dios en la
Iglesia. Como indica el mismo término diaconado, lo que caracteriza
el sentir íntimo y el querer de quien recibe el sacramento es el
espíritu de servicio. Con el diaconado se busca realizar lo que Jesús
declaró con respecto a su misión: «El Hijo del hombre no ha venido
a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos

161 Congregación para el Clero: Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium
162 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 40.
163 Ibidem, Decr. Presbyterorum Ordinis, 12a.
164 Ibidem, Decr. Ad gentes, 16.

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(Mc. 10, 45; Mt. 20, 28)».165 Así el diácono vive, por medio y en el
seno de su ministerio, la virtud de la obediencia: cuando lleva a cabo
fielmente los encargos que le vienen confiados, sirve al episcopado y
presbiterado en los «munera» de la misión de Cristo. Y aquello que
realiza es el ministerio pastoral mismo, para el bien de los hombres.
45. De esto deriva la necesidad de que el diácono acoja con
gratitud la invitación al seguimiento de Cristo Siervo y dedique la
propia atención a serle fiel en las diversas circunstancias de la vida.
El carácter recibido en la ordenación produce una configuración con
Cristo a la cual el sujeto debe adherir y debe hacer crecer durante
toda su vida.
La santificación, compromiso de todo cristiano,166 tiene en el
diácono un fundamento en la especial consagración recibida.167
Comporta la práctica de las virtudes cristianas y de los diversos
preceptos y consejos de origen evangélico según el propio estado de
vida. El diácono está llamado a vivir santamente, porque el Espíritu
Santo lo ha hecho santo con el sacramento del Bautismo y del Orden
y lo ha constituido ministro de la obra con la cual la Iglesia de
Cristo, sirve y santifica al hombre.168
En particular, para los diáconos la vocación a la santidad significa
«seguir a Jesús en esta actitud de humilde servicio que no se
manifiesta sólo en las obras de caridad, sino que afecta y modela
toda su manera de pensar y de actuar»,169 por lo tanto, «si su
ministerio es coherente con este servicio, ponen más claramente de
manifiesto ese rasgo distintivo del rostro de Cristo: el servicio»,170

165 Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 20 de octubre de 1993, n. 1: Enseñanzas, XVI,
23, p. 1053.
166 «Todos los fieles deben esforzarse, según su propia condición, por llevar una vida santa, así como

por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación» (C.I.C., can. 210).


167 Estos «sirviendo a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben conservarse inmunes de todo

vicio, agradar a Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres (cf. 1 Tit 3, 8-18 y 12-13)» Conc.
Ecum. Vat. II, Cost. Dogm. Lumen gentium, 41. Cf. También Pablo VI, Lett. Ap. Sacrum Diaconatus
Ordinem, VI, 25: l.c., 702.
168 «Los clérigos en su propia conducta, están obligados a buscar la santidad por una razón peculiar,

ya que, consagrados a Dios por un nuevo título en la recepción del orden, son administradores de
los misterios del Señor en servicio de su pueblo» (C.I.C., can. 276, § 1).
169 Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 20 de octubre de 1993, n. 2: Enseñanzas, XVI,

23, p. 1054.
170 Ibidem, n. 1: Enseñanzas, XVI, 23, p. 1054.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 210


para ser no sólo «siervos de Dios», sino también siervos de Dios en
los propios hermanos».171
En el Código de Derecho Canónico, al hablarse de los derechos y
deberes de los clérigos, se hace especial énfasis en el deber que
tienen de buscar la santidad, de modo especial por haberse
convertido en administradores de los misterios del Señor al servicio
de su pueblo (cfr. c. 276).
El mismo Código (cfr. c. 246) se ocupa en señalar detalles
concretos que son indispensables para alcanzar esa santidad de vida
que se pide al sacerdote:
- alimentar la vida espiritual con la lectura de la Sagrada Escritura;
- hacer de la celebración de la Misa el centro de toda su vida; la
Iglesia invita encarecidamente al sacerdote a celebrar cada día el
Sacrificio de la Eucaristía;
- rezar cotidianamente la liturgia de las horas;
- hacer todos los días un rato de oración mental;
- acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia, siendo
recomendable que cada sacerdote tenga un director espiritual;
- asistir a los retiros espirituales prescritos por la autoridad
legítima;
- tener peculiar veneración a la Madre de Dios, fomentando el rezo
del Santo Rosario, etc.
Es necesario, dice el Concilio Vaticano II (cfr. Presbyterorum
ordinis, n. 12) que el diano y el sacerdote luchen por ser santo, si
desea cumplir adecuadamente sus deberes ministeriales.
"Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la
gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en
nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor"172.

6.3. TENER EL USO DEL TRAJE ECLESIÁSTICO

«Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las


normas dadas por la Conferencia Episcopal y costumbres legitimas
del lugar» (cfr. CIC, c. 284).

171 Conc. Ecum. Vat. II., Decr. Apostolicam Actuositatem, 4, 8; Const. Gaudium et spes 27, 93.
172 Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, Folletos Minos-70
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 211
El valor de este signo distintivo no está sólo en que contribuye al
decoro del diacono o sacerdote en su comportamiento externo, sino,
sobre todo, en que es un signo que evidencia en el seno de la
comunidad el testamento público que cada sacerdote está llamado a
dar de la propia identidad y especial pertenencia a Dios173.

6.4. LA FORMACIÓN SACERDOTAL.

Por todo lo que hemos ido diciendo, se ve la necesidad que tienen


los sacerdotes y diáconos de una formación especial que les permita
desempeñar adecuadamente las funciones que les son propias.
Esta formación, con vertientes culturales en el terreno religioso y
en el profano, ha de estar centrada en lo que es fundamental a su
misión: enseñar el Evangelio, administrar los sacramentos.
Así lo hizo el Señor con sus Apóstoles, fomentando su piedad y su
amor a Dios (cfr. Lc. 11, 1; Mc. 16, 23), instruyéndolos en el
contenido de la predicación (cfr. Mc. 4, 10; Mt. 10, 27), e iniciándolos
en el trabajo pastoral (cfr. Mc. 6, 3ss.).
La Iglesia, a lo largo de su historia, ha sentido la urgencia de esta
formación, que con frecuencia se hace en instituciones especiales.

6.5. LA CONFIGURACION CON CRISTO: LA VIDA


ESPIRITUAL DEL SACERDOTE.
La santificación es el desarrollo de nuestra vida en Cristo, una
progresiva configuración con Cristo que vive en nuestros corazones
por la fe que se nos infunde en el Bautismo (cfr. Philp 3,10.21; Rom
8,29; Eph 3,17). Los medios de santificación están en la misma línea
del Bautismo, y son fundamentalmente sacramentales.
El «sacramento» originario es la santa Humanidad de Cristo,
instrumento del Verbo para la salvación de los hombres, que nos
comunica la vida divina perpetuándose en el «sacramento» que
actualiza su acción salvadora, la Iglesia174. «Los sacramentos están
ordenados a la santificación de los hombres»175 1) porque realizan lo
que significan, 2) porque son signos de la fe, y 3) porque mediante la
catequesis sacramental excitan a la imitación de Cristo. Los
173 cfr. Carta de Juan Pablo II al Cardenal Vicario de Roma, 8-IX-1982
174 Const. Lumen gentium, 1; Sacrosanctum Concilium, 5,6
175 Sacr. Concilium, 59.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 212


sacramentos, signos eficaces. A partir de la Encarnación, Dios nos
salva en línea de estricta humanidad: Dios nos salva desde la
Humanidad de Cristo, con «acciones de Cristo», signos sensibles,
que realizando lo que significan, «al tocar los cuerpos infunden la
gracia en el alma» (Paulo VI, Enc. Mysterium fidei). S. Tomás (Sum.
Th. 3 q65 al), apoyándose en la analogía de la vida cristiana con la
vida natural, explica la eficiencia de los Sacramentos en torno a la
vida que dan (Bautismo), acrecientan (Confirmación), alimentan
(Eucaristía) y reparan (Penitencia y Unción), y junto a esos
Sacramentos que atienden al bien de la persona, el Orden y el
Matrimonio, que tienen la función social de incrementar el Pueblo
de Dios. Naturalmente que esta gracia que dan los Sacramentos en
bien de la persona, al realizarse en y por la Iglesia, es también para
la Iglesia. Los Sacramentos confieren la gracia eclesialmente, pues el
Bautismo, por el carácter, destina al culto e incorpora a la tarea
misionera de la Iglesia; la Confirmación vincula más estrechamente
con la Iglesia, y, al enriquecer a sus miembros con una fortaleza
especial del Espíritu, refuerza el compromiso del testimonio en la
vida; la Eucaristía, al tiempo que por el culto afianza en los
cristianos la comunión con Cristo, los sacia con su Cuerpo y realiza
la unidad del Pueblo de Dios, de la que es signo; la Penitencia, al
reincorporarnos a la comunidad eclesial, acrecienta en ella la
santidad total al vigorizar la vida de un miembro del Cuerpo; y en la
Unción de los enfermos la oración de la Iglesia alivia al enfermo y lo
estimula, si lo precisa, a su definitiva incorporación con Cristo en su
muerte redentora, a la cual se configura el enfermo con su propia
muerte, para que, con la garantía del Viático, realice a su hora la
resurrección gloriosa con Cristo. Y así, mediante los Sacramentos, se
realiza la índole sagrada de la Iglesia en la cual los hombres se
salvan santificándose (Lumen gentium, II). Efectivamente, los
Sacramentos comienzan por comunicarnos la vida divina en la
primera gracia o gracia de la justificación: gracia habitual o
santificante que se va reafirmando y perfeccionando con la
recepción de los demás Sacramentos. Porque, simultáneamente a la
progresiva configuración con Cristo, los Sacramentos actúan sobre
nuestro organismo sobrenatural disponiéndolo cada vez mejor a
realizar las operaciones inherentes a esa configuración, la cual crece
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 213
en intensidad gracias a sus distintas modalidades: la Confirmación
con el testimonio de la vida en cristiano, la Comunión con la caridad
que estrecha los lazos de la comunidad y con el mundo, la
Penitencia con la decisión que se necesita para las nuevas
invitaciones de la gracia, el Matrimonio con la caridad sacrificada y
generosa para fundar y sostener la familia, el Orden con la caridad
pastoral. Estas modalidades son lo que se llama gracia sacramental,
es decir, la gracia específica que otorga cada sacramento. Por otra
parte, los Sacramentos son actos de culto, ejercicio cultual del
sacerdocio de Cristo, quien en la liturgia reactualiza su sacrificio
redentor. Y en esta renovación misteriosa de «la victoria triunfal de
su muerte» (Conc. Trento, sess. 13) «los signos sensibles significan y,
cada uno de una manera particular, realizan la santificación del
hombre», con una eficacia que «con el mismo título y en el mismo
grado no iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (Conc. Vaticano II,
Sacros. Concilium, 10).
Los sacramentos, signos de fe. Aparte de estas gracias, que los
Sacramentos confieren como signos eficaces, santifican en cuanto
signos de la fe. «No sólo suponen la fe, sino que, mediante las
palabras y las cosas, también la alimentan, la robustecen y la
expresan» (Sacros. Concilium, 59). El acercarse a un Sacramento es
una confesión de fe, que está o viva o en vías de ser vivificada por la
caridad, puesto que los llamados Sacramentos de muertos requieren
al menos atrición, que es ya deseo de esa caridad que se adquiere en
su plenitud o se robustece al recibir los Sacramentos. Son, pues, los
Sacramentos de confesión y ejercicios de la fe y de todas las demás
virtudes con ella unidas - humildad, abandono en la misericordia de
Dios - u otras que ella presupone o exige por la conexión íntima que
todas las virtudes guardan entre sí.
Este contexto de fe tiene lugar sobre todo en los dos s. eje de toda
vida cristiana y sostén de la lucha ascética: la Penitencia, en la cual
cada cristiano reconoce su necesidad constante de purificación y
recibe la gracia, y para el cual la_ Iglesia colabora a la conversión de
sus miembros con la caridad, el ejemplo y la plegaria (cfr. Lumen
gentium, 8); y la Eucaristía, donde los fieles «gracias a la mediación
de Cristo día tras día tienden a perfeccionar su unión con Dios y

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 214


entre ellos mismos para que al fin Dios sea todo en todos» (Sacros.
Concilium, 48).
Los s. como ejercicio del sacerdocio de toda la Iglesia unida a
Jesucristo se ordenan a lo que es aspiración de toda santidad, la
gloria de Dios: «Y esta gloria está en que los hombres reciban en sí
mismos la obra de Dios realizada en Cristo dándose cuenta, con
libertad y agradecimiento, y la manifiesten con toda su vida»
(Presbyterorum Ordinis, 2).
La catequesis sacramental. La santificación, en la que Dios tiene la
iniciativa, es también obra de nuestra respuesta. Los s. son eficaces
de por sí (ex opere operato), pero confieren la gracia según las
disposiciones del sujeto. El revestimiento de Cristo (Rom 13,14), esa
renovación que causa la gracia, para que no sea pura ilusión, ha de ir
acompañada del esfuerzo por comportarse al modo de Jesucristo.
La acción interior del Espíritu Santo que nos instruye en la
intimidad del corazón se completa con la palabra exterior que nos
indica el camino a seguir, recordándonos los hechos y las palabras
del Maestro.
Esto se realiza en la catequesis sacramental. Como acciones
litúrgicas que son los s. contienen gran instrucción para el pueblo
fiel (Sacros. Concilium, 33). En ellos se sigue anunciando el
Evangelio, y el que los recibe y conscientemente ejercita su fe se
eleva a Dios por la oración y recibe la gracia de un impulso más para
la renovación interior y para la realización de una vida en todo
conforme a las directrices del Evangelio. Efectivamente, los s. -
algunos de manera solemne, como el Bautismo, el Matrimonio o la
Eucaristía - contienen la proclamación de la Palabra de Dios,
acompañada de la debida catequesis (cfr. Presbyt. Ordinis, 4). Toda
catequesis ha de conducir a un encuentro personal con Cristo para
empaparse de sus sentimientos (Philp 2,5) y aprender, mediante la
meditación de su Palabra, los criterios divinos que nos proporcionan
una visión sobrenatural del mundo: «buscar la voluntad de Dios en
todos los acontecimientos, ver a Cristo en todos los hombres,
allegados o extraños, y juzgar rectamente del verdadero significado
y valor de las cosas temporales en sí mismas consideradas y en su
relación con el fin del hombre» (Apostolicam actuositatem, 4). Todo
lo cual es un avance real hacia la santidad (ib.). Y aun en los casos en
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 215
que falta esa catequesis específica, la recta administración y
recepción de los s. es un medio eficacísimo de auténtica iluminación
y exhortación, pues «no sólo cuando se leen las `cosas que se han
escrito para nuestra enseñanza' (Rom 15,4), sino también cuando la
Iglesia ora, canta o actúa, se alimenta la fe de los que toman parte y
son excitadas sus mentes hacia Dios para que le presten su obsequio
racional y reciban con mayor abundancia su gracia» (Sacros.
Concilium, 33). Lo cual supone que se toma parte en la liturgia de
los sacramentos con aquellas disposiciones que hacen que la acción
de la Iglesia sea también y plenamente acción personal del que toma
parte en la liturgia sacramental176.

176Cfr. C.DILLENSCHNEIDER, El dinamlsnio de nuestros sacrainentos, Salamanca 1965; M. M.


PHILIPON, Los sacramentos en la vida cristiana, 2 ed. Barcelona 1950; E. WALTER, Sacramentos y
vida cristiana, Barcelona 1953; J. BELLAVISTA, La participación de los fieles en los sacramentos,
«Phase», 6 (1966) 201-218; A. PASTEAu, Les sacrements sources de vie spirituelle, París 1966; M.
SCHMAUS, Teología dogmática, t. V : Los Sacramentos, Madrid 1961; J. THOMAS, Sacrements et
vie chrétienne, «Revue diocesanne de Tournain, 4 (1949) 43-50.
--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 216
Reflexión sobre la naturaleza
y la responsabilidad de nuestro ser sacerdotal.

La aportación se centra en la "teología" del sacerdocio. Esta


consideración de la teología del sacerdocio, sin embargo, está al
servicio de las consideraciones que se puedan hacer en torno a la
espiritualidad sacerdotal. Busca destacar, por tanto, lo que
podríamos llamar señas de identidad. Y es que el mejor modo de
facilitar el camino a una auténtica espiritualidad sacerdotal es
exponer y desarrollar una teología del sacerdocio. Y es que, como se
ha escrito con razón, la espiritualidad no es un añadido piadoso,
sino expresión del ser cristiano. De ahí que teología espiritual y
teología dogmática estén en estrecha conexión, de forma que la
dogmática es como el pórtico o introducción a la espiritualidad177.

6.5.1. Sacerdotes, ¿para qué?


Quizás no esté demás iniciar nuestra consideración con una
pregunta que, como algunos recordarán, estuvo muy presente en las
reuniones sacerdotales durante decenios: "en un mundo
secularizado, ¿sacerdotes para qué?". En el fondo, se trata de la
pregunta por la propia identidad. De entre las diversas
formulaciones posibles de esta pregunta que atormentó a no pocos,
he escogido esta de J. Anouilh por su belleza literaria y porque
plantea la cuestión en forma directa: «¿Has oído ya a los sacerdotes de
Tebas, cómo recitan la fórmula? ¿Has visto esas pobres fachas de empleados
fatigados, cómo simplifican los gestos, engullen las palabras, despachando
de prisa a este muerto para encargarse de otro antes del almuerzo de
mediodia...? ¿Es que no se te ha ocurrido pensar que, si fuera un ser al que
tú amabas verdaderamente eso que está ahí, extendido en esa caja,
romperías de golpe a aullar? ¿A gritarles que se callasen, que se
marchasen...? Ese pasaporte irrisorio, ese mascullar en serie sobre sus
despojos, esa pantomima de la que tú misma habrías sido la primera en
avergonzarte y en sufrir si se hubiese representado...¡Es absurdo!»178.
Lo que Anouilh dice de los sacerdotes de Tebas en esta réplica
existencialista a la Antígona de Sófocles, se está diciendo de los

177 Cfr J.L. Illanes, Identidad y espiritualidad del sacerdocio ministerial, "Revista Católica
Internacional Communio" 12 (1990), 396.
178 J. Anouilh, Antigone, en "Nouvelles pièces noires", París 1946, 177.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 217


sacerdotes de París o de Madrid. Se puede entender como dicho de
todo aquel que convierte lo sagrado en la triste tarea de un
empleado fatigado, de un rito vacío que se atropella, de un
funcionario. Pero hay mucho más en el párrafo: lo que se cuestiona
con el pretexto de la forma atropellada en que los sacerdotes de
Tebas recitan sus oraciones sobre los difuntos, es el mismo
sacerdocio, cuando no responde a la realidad de las cosas, es decir,
cuando es mera charlatanería, pura pantomima. Y se critica
sencillamente, porque es absurdo un rito del que no se espera nada.
Se comprende que, de una forma u otra, sea esta la visión que tiene
del sacerdote quien no cree en su Dios. Así aparece ante los ojos de
la desengañada Antígona de Anouilh el sacerdocio de Tebas, en el
que ya no cree, porque tampoco cree en sus dioses. Si acaso,
Antígona sólo cree en un destino ciego e implacable que,
precisamente por esto mismo, torna ridículo todo rezo sobre los
despojos de su joven hermano. Y con esto venimos a algo que debe
tenerse en cuenta a la hora de la teología del sacerdocio: el
sacerdocio pertenece al ámbito de lo sagrado.

6.5.2. El sacerdote, hombre de lo sagrado


Siguiendo la conocida expresión paulina (cfr Tim 6,11), se ha
insistido constantemente en que el sacerdote es y debe ser homo Dei,
hombre de Dios. Puede decirse también con toda razón que el
sacerdote es el hombre de lo sagrado. Así lo subraya el Concilio
Vaticano II: «el mismo Señor constituyó ministros a algunos (de los
cristianos) que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de
los fieles, tuvieran el poder sagrado del orden, para ofrecer el
sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñaran públicamente,
en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los
hombres, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo»179.
Configurado sacramentalmente con Cristo de forma que pueda
impersonarle, es decir, actuar in persona Christi et nomine Ecclesiae, el
sacerdote tiene una misión de naturaleza estrictamente sagrada. El
es el hombre de lo sagrado: el hombre del sacrificio y del perdón de
los pecados; el que habla en nombre de Cristo con poder de

179 Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2.

--------------------------------------------------------------------------------------------Examen sinodal para el Sacerdocio - 218


interpelar a los hombres en nombre de Dios, con poder también de
«atar y desatar» en el tribunal de la penitencia; él tiene como tarea
edificar a la Iglesia en una forma insustituible y única, pues ejerce su
«función sacerdotal en favor de los hombres, para que los fieles
formen un solo cuerpo». El sacerdote es un hombre poseído y
envuelto de una forma particular por el misterio de Cristo y de la
Iglesia, él está inmerso en el misterio de Cristo Cabeza de la Iglesia,
insertado en este misterio como el sarmiento en la vid.

6.5.3. La radical novedad cristiana


La respuesta por el sentido del sacerdocio cristiano encuentra su
contexto adecuado, cuando se tiene presente la radical novedad
cristiana con respecto a toda otra religión. Esta radical novedad
estriba en el hecho de la Encarnación. Es Dios mismo quien se ha
hecho hombre y en la noche suprema de la Última Cena habló de
tenernos unidos a sí mismo como el sarmiento a la vid (cfr Jn 15, 1-
7). Como escribe, Mons. Del Portillo, «este rasgo - este progresivo
acercamiento de Dios al hombre, esta gratuita apertura al hombre de
la intimidad divina-- caracteriza de modo propio y singular la
religión proclamada por Jesucristo, y la distingue radicalmente de
cualquier otra: el cristianismo, efectivamente, no es una búsqueda de
Dios por el hombre, sino un descenso de la vida divina hasta el nivel
del hombre»180.
En la religión cristiana, la iniciativa divina es lo primero. Es Dios
quien busca al hombre hasta el punto de hacerse Él mismo hombre.
En la salvación del hombre, la iniciativa, en todos sus aspectos, es
siempre divina. De ahí que el concepto vocación sea un concepto
clave en el cristianismo. Aún la primera conversión es ya respuesta a
una llamada: a la vocación a la fe. En este contexto de iniciativa
divina se sitúa el sacerdocio cristiano en su propia naturaleza, en la
razón de su existencia y en su actividad: iniciativa divina de ofrecer
la salvación a la humanidad haciéndose presente por medio de unos
hombres, iniciativa divina con la que, de entre el pueblo sacerdotal,
elige a esos mismos hombres para hacerse presente en la comunidad
a través de ellos.

180 A. Del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Madrid 1970, 108.

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6.5.4. El sacerdote, alter Christus
La sacralidad del sacerdote está caracterizada por su relación a
Cristo en su sacerdocio. En realidad, es toda la Iglesia la que está
relacionada a Cristo, el cual es esencialmente Mediador y Sacerdote.
El sacerdocio ministerial está al servicio de un pueblo que es todo él
«gente santa y sacerdocio real». La relación del sacerdocio
ministerial con Cristo es tan estrecha que los textos del Magisterio
hablan de una configuración del sacerdote con Cristo gracias a la
cual él puede actuar en la persona de Cristo Cabeza. Los presbíteros
- dice el Concilio Vaticano II recogiendo una expresión teológica de
tradición multisecular-, por el sacramento del orden, «son sellados
con un carácter especial, y se configuran con Cristo Sacerdote de
tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza»181. Se
trata, pues, de una configuración por la que el sacerdote es poseído,
abrazado, envuelto – transformado - por y en Cristo Sacerdote y
Cabeza de la Iglesia, para servir sacerdotalmente a esa misma
Iglesia. Una configuración que lleva consigo que se pueda decir con
toda verdad que el sacerdote es alter Christus.
La afirmación de que el sacerdote es alter Christus tiene una larga
tradición en la teología y en el Magisterio de la Iglesia 182. El
Cardenal Mercier calificó esta expresión como "una especie de
adagio teológico" con el que la tradición cristiana expresa sus
sentimientos hacia el sacerdocio183, y basa en este axioma gran parte
de su argumentación en torno a la santidad sacerdotal. El Magisterio
usa esta expresión con relativa frecuencia: unas veces exhortando a
imitar a Cristo de modo profundo; otras, en el interior de una
concepción del sacerdocio centrada en la unción sacerdotal y en el
carácter y, en consecuencia, en la noción aneja agere in persona

181 Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2.


182 Cfr G. Rambaldi, "Alter Christus", "in persona Christi", "personam Christi agere". Note sull'uso di
tali e simili espressioni nel magistero da Pio XI al Vaticano II, e il loro riferimento al carattere, en
"Teología del sacerdocio", V, Burgos 1973, 211-264; R. Gerardi, "Alter Christus": la Chiesa, il
cristiano, il sacerdote, "Lateranum" 47 (1981) 111-123; A. Elberti, Il sacerdozio regale dei fedeli nei
prodromi del Concilio Vaticano II (1903-1962) P.U.G., Roma, 1989. Cfr también E. Mersch, Le Corps
mystique du Christ, París-Bruselas 1936, p. 461. Cfr también D.J. Mercier, La vie interieur, Lovaina
1934, p. 143.
183 Cfr D.J. Mercier, La vida interior, Ed. Políglota, Barcelona (sin fecha), 130; Antonio Aranda, El

cristiano, "alter Christus, ipse Christus" en el pensamiento del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer,
cit., 151-156.
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Christi184. El Concilio Vaticano II, aún sin usar exactamente la
expresión alter Christus, también tiene muy presente la afirmación
de la identificación del sacerdote con Cristo:
«Siendo, pues, que todo sacerdote representa a su modo la persona
del mismo Cristo, tiene también la gracia singular de -al mismo
tiempo que sirve a la grey encomendada y a todo el pueblo de Dios -
poder conseguir más aptamente la perfección de Aquél, cuya función
representa, y que sane la debilidad de la carne humana, la santidad
de quien se hizo por nosotros Pontífice "santo, inocente,
inmaculado, apartado de los pecadores" (Heb, 7,26)»185.

6.5.5. Proposiciones capitales del Concilio Vaticano II


Los estudiosos convergen en recalcar la nueva perspectiva
teológica que introduce el Concilio Vaticano II en el tema del
sacerdocio ministerial. Podríamos decir que se trata de una
amplísima perspectiva, que abarca numerosos campos. Desde luego,
el centro es la consideración del misterio de la Iglesia, tal y como se
hace en la Constitución Lumen gentium. En esta Constitución, como
es sabido, la Iglesia es considerada ante todo como misterio y
también como pueblo sacerdotal, en el cual se inserta el sacerdocio
ministerial. El célebre número 10 de Lumen gentium reviste una gran
importancia para nuestro estudio. También es de una gran
importancia para nuestro tema el aprecio que se hace en esa misma
Constitución de las tareas seculares como dimensión en la que el
hombre se encuentra con Dios.
Yendo específicamente a la consideración teológica del sacerdocio
ministerial, el Concilio introduce un nuevo planteamiento teológico
con respecto a la teología anterior.
El Vaticano II, como hace notar Ramón Arnau, toma como punto
de partida la sacramentalidad del episcopado y desde aquí
considera la sacramentalidad del presbiterado. A su vez, tanto el
episcopado como el presbiterado son considerados desde la misión
de Cristo y de los Apóstoles (cfr nn. 18-21) en la que se engloba
también la relación con la Eucaristía. En consecuencia, «por la
ordenación, bien sea la episcopal o presbiteral, que confiere el
184 He aquí algún ejemplo: "...alter Christus est, cum eius gerat personam..." (Pío XI, Enc. Ad
catholici sacerdotii, AAS 28 (1936) 10). Más textos en A. Aranda, o.c., 138-156.
185 Cfr PO, n. 12.

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sacramento del orden, el ordenado queda incorporado a la misión
de Cristo y es revestido con el poder del Espíritu Santo»186.
En el texto conciliar se habla de la fuerza del Espíritu Santo, de la
configuración con Cristo, de la participación en su misión. Con
respecto al episcopado queda bien clara la fuerza transformadora de
la consagración en el obispo: ella confiere la plenitud del sacramento
del orden. «Enseña el Santo Sínodo que con la consagración
episcopal se confiere la plenitud del sacramento del orden»187. Con
respecto al presbiterado nos salen al paso con frecuencia
descripciones de su sacramentalidad con párrafos como éste: «Por el
Sacramento del Orden, los presbíteros son configurados a Cristo
Sacerdote como miembro con su Cabeza para la estructuración y
edificación de todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como
cooperadores del orden episcopal»188.
Configuración con Cristo, edificación de la Iglesia en cuanto
cooperadores del orden episcopal aparecen siempre estrechamente
unidos, tan unidos, que a veces se habla de esta configuración con
Cristo como configuración con su misión. Esto es lo lógico, sobre
todo en la perspectiva del Concilio Vaticano II, que no es otra que la
de considerar el sacerdocio desde la perspectiva del ministerio
apostólico. He aquí una de las formulaciones de este mismo asunto
ofrecidas más tarde en la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis:
«El ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los obispos
y en relación y comunión con ellos también en los presbíteros, una
referencia particular al ministerio originante de los Apóstoles, al
cual sucede realmente, aunque el mismo tenga modalidades
diversas»189.
Tiene una gran intencionalidad teológica la observación de que el
ministerio ordenado surge con la Iglesia, de forma que sin él la
Iglesia no subsistiría y, al mismo tiempo, ese ministerio dice una
relación tan esencial a la Iglesia, que sin estar al servicio de ella no
tiene sentido. En esta perspectiva, se puede decir que la teología de
nuestra época incorpora en una síntesis armónica la perspectiva
eucarística en que el Concilio de Trento consideró el sacerdocio y la

186 R. Arnau, Orden y ministerios, Madrid 1995, 162.


187 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, n. 21.
188 Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 12.
189 Juan Pablo II, Exh. Pastores dabo vobis, n. 16.

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perspectiva misional en que la considera el Vaticano II. He aquí un
texto entre otros muchos, tomado del Catecismo de la Iglesia
Católica:
«Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de
anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con
autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como
miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo.
Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y
ofrecida. Eso supone ministros de la gracia autorizados y
habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la
facultad [el "poder sagrado"] de actuar "in persona Christi
Capitis»190.
El servicio a la comunidad sacerdotal es hablarle a ella en nombre
de Cristo sacerdote, con la autoridad de Cristo. En este contexto de
misión y de distinción con respecto a la comunidad se encuentra la
configuración con Cristo que hace al sacerdote actuar "in persona
Christi Capitis".

6.5.6. La actuación in persona Christi.


El sacerdote es enviado para actuar en la comunidad en nombre o
persona de Cristo. Para comprender la profundidad de esta
expresión y la radicalidad de sus consecuencias con respecto a la
sacralidad del sacerdocio, conviene recordar que la expresión in
persona Christi no ha nacido como una frase piadosa para exaltar la
"dignidad del sacerdocio católico", sino como ineludible exigencia
teológica basada en la íntima estructura de la Mediación de Cristo.
En efecto, precisamente porque la mediación, el sacerdocio y el
sacrificio de Cristo son únicos, el sacerdocio ministerial ni hereda, ni
sucede, ni se suma al sacerdocio del único Mediador; las acciones
ministeriales no son acciones que se añaden o se yuxtaponen a la
acción con la que Cristo reúne y santifica a su Iglesia, sino que son
acciones instrumentales a través de las cuales Cristo mismo sigue
ejerciendo su sacerdocio191. Podemos decir que impersonar a Cristo

190 CEC, n. 875. El Catecismo continúa señalando que se trata de un don de Dios al que la tradición
de la Iglesia lo llama sacramento.
191 He estudiado esta cuestión con mayor detenimiento, aduciendo la bibliografía al caso, en mi

trabajo El ministerio, fuente de espiritualidad sacerdotal, en VV. AA., La formación de los


sacerdotes en las circunstancias actuales, Pamplona, 1990, 383-428.
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y ser enviado, que consagración y misión, son las dos caras de una
misma y única moneda. Es Cristo el único sacerdote: participar en su
misión de servicio a la Iglesia implica la configuración sacramental
con Él y, a su vez, esa consagración sacramental es participación en
su ministerio sacerdotal. Es Cristo el centro y la razón del sacerdocio
cristiano; también la razón de su identidad y de su peculiar novedad
con respecto a todo otro sacerdocio.
La sacramentalidad del ministerio ordenado es un hecho radicado
en la novedad de Cristo y en la perfección del culto tributado por
Cristo al Padre. Esta perfección consiste precisamente en que Cristo
ha sustituido las ceremonias de la Ley antigua con el ofrecimiento de
su propia vida en el Calvario. Este acto de infinita caridad y
obediencia es el acto supremo del Mediador, que anuda en sí los
demás actos y ministerios a través de los cuales el Mediador ejerce
su mediación. En consecuencia, el sacerdocio ministerial no añade,
ni puede añadir nada, a la mediación o al sacerdocio de Cristo;
sencillamente presencializa a Cristo en su Iglesia, sirviéndole de
instrumento. La expresión in persona Christi Capitis significa esa
estrecha relación entre el sacerdote y el Mediador.
No se encuentran palabras para expresar con suficiente fuerza la
misteriosa unión que se da - sobre todo en el momento supremo de
la renovación del Sacrificio del Calvario - entre Cristo Sacerdote, que
se ofrece por manos de sus sacerdotes, y el sacerdote que en ese
momento le sirve de instrumento libre y consciente. El carácter
sacramental con que es sellado el sacerdote, al configurarle con
Cristo, tiene como finalidad posibilitar esta impersonificación de
Cristo192. Como escribe J. H. Nicolas, «Jesús no tiene sucesor. Si toda
la salvación está en Cristo, no se podrá encontrar en los otros más
que en la conformación con El, como dependiendo de El en acto,
cosa que es particularmente verdadera del sacerdocio: Cristo es el
único sacerdote, porque es el único mediador. El sacerdocio en la
Iglesia no puede concebirse de otra forma más que en función del de
Cristo (...) La mediación que ejerce el sacerdote ordenado en la

192Las frases del Concilio Vaticano II son verdaderamente exactas: los sacerdotes, "speciali
charactere signantur et sic Christo Sacerdoti configurantur, ita ut in persona Christi Capitis agere
valeant" (Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2).
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acción sacramental - especialmente en la celebración de la Eucaristía-
, es la mediación de Cristo visibilizada»193.
En consecuencia, la respuesta a la pregunta por el sentido del
sacerdocio en una sociedad secularizada no puede ser otra que esta:
hacer presente a Cristo de forma que sea el mismo Cristo quien, a
través del sacerdote, ofrezca a su Padre el culto perfecto; ofrezca
también su perdón, su cuerpo y su palabra a los hombres: «Cristo
Pastor está presente en el sacerdote para actualizar continuamente la
llamada a la conversión y a la penitencia, que prepara la llegada del
Reino de los Cielos (cfr Mt 4, 17). Está presente para hacer
comprender a los hombres que el perdón de las faltas, la
reconciliación del alma con Dios, no podría ser el fruto de un
monólogo - por aguda que sea la capacidad personal de reflexión y
de crítica-, que nadie puede autopacificarse la conciencia, que el
corazón contrito ha de someter sus pecados a la Iglesia-institución,
al hombre-sacerdote, permanente testigo histórico en el sacramento
de la penitencia, de la radical necesidad que la humanidad caída ha
tenido del Hombre-Dios, único Justo y Justificador»194.
Conviene insistir en que el sacerdote es configurado con Cristo
para que pueda actuar en persona de Cristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia, en la variedad de tareas que comporta su quehacer
sacerdotal, es decir, en toda la variada amplitud de su ministerio: no
sólo en la celebración del Santo Sacrificio, sino también en el
sacramento del Perdón, en el ministerio de la palabra, en la
edificación de la Iglesia. El texto citado hace un momento, hace
hincapié en el ministerio del perdón con todo lo que ello lleva
consigo: llamada a la conversión, haciendo comprender a los
hombres que nadie puede por sí solo autopacificarse la conciencia y,
en consecuencia, poniendo de relieve la radical necesidad que el
hombre tiene de la redención en Cristo, una redención que no es
resultado de una conquista personal, que no es autoredención, sino
que es donación gratuita y graciosa.
Quizás sea este uno de los temas que más crispan a la sociedad
secularizada: la llamada de atención sobre la pecaminosidad del
hombre y la afirmación de la imposibilidad de autorredención.

193 J.H. Nicolas, Synthèse dogmatique, París 1986, 1077 y 1089.


194 A. Del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, cit., 114-115.
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Puede decirse que esta rebelión es esencial a lo que caracteriza al
secularismo: la exaltación de la autonomía del hombre frente a toda
otra existencia, incluso frente a la existencia de Dios. Hay algo
diabólico en esto. El joven Marx lo expresó con brillantez cuando
dijo que el único pecado que el hombre puede cometer es el del
arrepentimiento195. Se comprende que la injusticia sea inseparable de
una sociedad así. Una sociedad, en efecto, en la que el
arrepentimiento es considerado como claudicación de la propia
dignidad humana no sólo es injusta, sino que se presenta incapaz de
reparar las injusticias que comete. La opción preferencial por los
pobres se hace entonces especialmente urgente, totalmente
necesaria.

Al impersonar a Cristo, el sacerdote da respuesta a los más íntimos


anhelos del corazón humano y, a su vez, interpela a los hombres y a
la sociedad actual hacia la conversión interior. El cristianismo es una
oferta de "plenitud gratuita" al hombre, una oferta que responde a
las exigencias más íntimas sembradas por el Creador en el corazón
humano y, al mismo tiempo, las sobrepasa. En este sentido, el
cristianismo es respuesta válida a todas las cuestiones que se plantea
el hombre de nuestra época. Pero el sentido del sacerdocio no se
limita al hecho de dar respuesta a los interrogantes que se plantea el
hombre; es además --y primordialmente-- llamada a la conversión,
cuestionamiento de las falsas seguridades con que se autoengaña el
hombre, derribamiento de idolatrías, actualización de la llamada
dirigida por Dios al hombre para hacerle hijo suyo en Cristo
mediante la gracia. El sacerdote es permanente testigo histórico de la
necesidad de la redención; es "actualizador" de esa redención que
proviene de la Cruz.

6.5.7. El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia


La expresión in persona Christi Capitis Ecclesiae nos lleva a la
consideración de que la razón de ser del sacerdocio está relacionada

195En La sagrada familia, comentando la célebre novela "Los misterios de París", cuando se llega a la
conversión de Flor de María, que se arrepiente de su vida de prostitución, dirá Marx que cambió "la
conciencia humana, soportable, de la degradación" por la "conciencia cristiana, y, en consecuencia,
insoportable, de una abyección infinita". (cfr M.A. Tábet, A. Maier, K.Marx-F.Engeles: La sagrada
familia y la ideología alemana, Madrid 1976, 111-112).
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indisolublemente con su servicio a la Iglesia. El sacerdote, en
palabras del Sínodo de los Obispos de 1971, «es el patrocinador
tanto de la primera proclamación del Evangelio para reunir la
Iglesia, como de la incansable renovación de la Iglesia ya
congregada. Faltando la presencia y la acción de su ministerio, que
se recibe por la imposición de las manos junto con la oración, la
Iglesia no puede tener plena certeza de su fidelidad y de su
continuidad visible»196.
El sacerdote es hombre de lo sagrado; puede describirse también
como un "hombre de Iglesia". La expresión puede parecer imprecisa,
pero entraña gran riqueza de significados: implica todo lo que
comporta la vida de un hombre que no tiene otro sentido que el
servicio ministerial a la Iglesia. La expresión de la actuación del
sacerdote in persona Christi suele ir acompañada de otra expresión
también de honda raigambre teológica a la hora de referirse al
ministerio sacerdotal o a la oración sacredotal: in persona, o más
frecuentemente, nomine Ecclesiae. Tomás de Aquino aquilató su
significado con las siguientes palabras: «En las oraciones de la misa,
el sacerdote habla ciertamente in persona Ecclesiae, en cuya unidad
permanece. Pero en la consagración del sacramento habla in
persona Christi cuyas veces hace en esto en virtud de la potestad
de orden. Y, por tanto, el sacerdote separado de la unidad de la
Iglesia celebra la misa, porque no pierde la potestad de orden,
consagra el verdadero cuerpo y sangre de Cristo; pero, como está
separado de la unidad de la Iglesia, sus oraciones no tienen
eficacia»197.
Nótese que no se está hablando de la santidad del sacerdote sino
de su communio con la Iglesia. El mismo Santo Tomás lo puntualiza
en otro lugar: «El sacerdote pronuncia la oración en la misa en la
persona de toda la Iglesia de la que es ministro. Y este ministerio
permanece también en los pecadores (...) Por ello, en este sentido,
es fructuosa la oración del sacerdote pecador en la misa»198. Como
quedó aclarado desde el rechazo del donatismo, la santidad de la
Iglesia reconoce la validez del actuar de sus ministros, incluso
aunque sean pecadores. Por eso, en este asunto, la cuestión estriba

196 De sacedotio ministeriali, AAS, 68 (1971) 906.


197 STh., III, q. 82, a. 7, ad 3.
198 Ibid., II-II, q. 83, a. 16, ad 3.

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en la communio, no en la falta de santidad del sacerdote.
Por el sacramento del orden, el sacerdote es configurado con Cristo,
es asumido misteriosamente por Jesucristo hasta el punto de poder
actuar in persona Christi; también actúa en muchos de esos actos in
nomine totius Ecclesiae. Como escribe Marliangeas, «no se trata de dos
referencias yuxtapuestas al mismo nivel. Siguiendo los textos,
aparece que la acción in persona Ecclesiae se sitúa en el interior mismo
de la acción in persona Christi, si se considera al Cristo total. En
efecto, en la acción in persona Christi en sentido estricto el sacerdote
representa a Cristo, Cabeza y Señor de la Iglesia; y en la acción in
persona Ecclesiae representa el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (...)
Y esto por el hecho de actuar como representante de Cristo - Cabeza,
y no por cualquier delegación que venga de abajo, de los miembros
de la Iglesia»199.
En el ser sacerdotal, la dimensión eclesiológica es inseparable de la
dimensión cristológica. Y ambas son inseparables de la referencia a
lo sobrenatural, a Dios. Mons. Blázquez lo ha expresado con frase
feliz: «El sacerdote por su acción in persona Cristi expresa el sí
irrevocable de Dios a los hombres; y el actuar in persona Ecclesiae
significa el sí fiel de los hombres a Dios. Los dos movimientos no
son líneas asíntotas; se han encontrado en Jesucristo»200. En efecto, es
Jesucristo quien dice ese amén a través de su Iglesia, y es la Iglesia,
precisamente por su unión esponsal con Cristo la que dice a Dios ese
mismo amén en Jesucristo.
En estos dos amén, que forman uno solo, encuentra su sentido el
sacerdocio. El sacerdote, en efecto, no tiene otra razón de ser que
servir de instrumento a Cristo, para que siga ejerciendo su
sacerdocio en el tiempo, y ofertando la salvación en un amén
constante de donación de lo divino a los hombres; él sirve también
de instrumento a la Iglesia para decir su amén de respuesta a Dios.
De una forma u otra en que se considere este asunto,
inmediatamente nos sale al paso el misterio, lo sobrenatural, lo
trascendente como dimensión esencial del sacerdocio. En otras
palabras, el misterio de la comunión de Dios con los hombres, es
199 B.D. Marliangeas, Clés pour une théologie du ministère. In persona Christi. In persona Ecclesiae,
París 1975, 240.
200 R. Blázquez, La relación del presbítero con la comunidad, en VV. AA., Espiritualidad del

presbítero diocesano secular, Madrid 1987, 323.


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decir, el misterio de la conversión interior y de la santidad. «La
Iglesia -escribía el Cardenal Wojtyla-, es consciente de que la
santidad es, por decirlo así, su razón más profunda de ser, que es la
consecuencia fundamental de su misterio interior, es decir, de su
constitución divina»201.

6.5.8. La edificación de la Iglesia


«Los presbíteros - dice Presbyterorum ordinis-, ejerciendo según su
parte de autoridad el oficio de Cristo, Cabeza y Pastor, reúnen, en
nombre del obispo, a la familia de Dios (...) Para el ejercicio de
este ministerio, lo mismo que para las otras funciones del
presbítero, se confiere potestad espiritual, que ciertamente se da
para la edificación»202.
He aquí una tarea propia del presbítero: edificar la Iglesia. Todos
los cristianos, al ser partícipes de la única misión de la Iglesia,
contribuyen a su edificación, a su crecimiento. El sacerdote no sólo
contribuye al crecimiento de la Iglesia, sino que lo hace en un modo
especial: edifica la Iglesia en una forma única e insustituible. Por eso
nació con la misma Iglesia. Él es el que da forma a una auténtica
comunidad cristiana. Lo afirma expresamente Presbyterorum ordinis,
al hablar de los deberes pastorales de los presbíteros: «El deber de
pastor no se limita al cuidado particular de los fieles, sino que
propiamente se extiende también a la formación de la auténtica
comunidad cristiana»203. No hay comunidad cristiana en el sentido
riguroso de esta expresión, si no es por el ejercicio del sacerdocio
ministerial.
Al llegar aquí hemos de volver los ojos una vez más al acto
supremo del ministerio sacerdotal: la celebración eucarística, pues
«no se edifica ninguna comunidad cristiana, si no tiene como raíz
y quicio la celebración de la sagrada Eucaristía»204. Puede decirse
que no existe edificación posible de la Iglesia si no es por la
Eucaristía por la que Cristo se ofrece a Sí mismo y a todo su Cuerpo
como ofrenda grata a Dios. Es decir, no hay edificación de la Iglesia,

201 K. Wojtyla, La sainteté sacerdotale comme carte d'identité, "Seminarium" 30 (1978) 171.

202 Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 6.


203 Ibid.
204 Ibid.

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si no es mediante el acto supremo del amén de Cristo, que entraña y
envuelve en sí el amen de la Iglesia.
Poco antes de ser elegido sucesor de Pedro, el Cardenal Wojtyla,
establecía las coordenadas teológicas que le sirviesen de pórtico para
hablar de la santidad sacerdotal en estas dos proposiciones: 1) El
sacerdote, hombre abrazado por el misterio de Cristo; 2) el
sacerdote, hombre que de una forma particular edifica la comunidad
del Pueblo de Dios.
La consideración de hombre poseído por el misterio de Cristo -
escribe el Cardenal en este artículo significativamente publicado en
el primer número de "Seminarium"-, aunque también se puede
aplicar a los laicos en razón del sacerdocio bautismal, se aplica
directamente al sacerdote. «El sacerdote, en efecto, se encuentra, por
así decirlo, en el centro del misterio de Cristo, que abraza
constantemente a la humanidad y al mundo. El sacerdote actúa in
persona Christi, sobre todo, cuando celebra la Eucaristía. El sacerdote,
además, edifica la Iglesia en forma única e insustituible en el sentido
de que él no es sólo un hombre para los otros, sino que ayuda a los
otros a convertirse en comunidad, a vivir la dimensión social de su
fe y de su cristianismo»205.
El Cardenal Wojtyla no se está refiriendo aquí exclusivamente al
ejercicio del sacerdocio en la celebración de la Eucaristía, que es la
clave cuando se habla de la peculiar forma en que el sacerdote
edifica la Iglesia; se refiere además a las otras tareas sacerdotales
derivadas de este ministerio con las que el sacerdote también edifica
la Iglesia en la forma en que le es propia. Pensemos, p. e., en el
ministerio de la palabra, que el sacerdote ejercita también in persona
Christi, un ministerio por el que convoca a los hombres y los
congrega en el pueblo de Dios. En consecuencia, el sacerdote,
cualesquiera que sean las circunstancias en las que se encuentre,
lleva siempre consigo la responsabilidad de ser representante de
Jesucristo Cabeza de la Iglesia, y no hay esfera de su vida o de su
actividad que escape a esta exigencia de totalidad206.

205 K. Wojtyla, l.c., 177.


206 Cfr A. Del Portillo, l.c., 117.
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6.5.9. Consagración y misión
En una conocida entrevista de la revista "Palabra", P. Rodríguez
preguntaba al fundador del Opus Dei qué rasgo destacaría en la
figura del presbítero tal y como es descrita en el Decreto
Presbyterorum ordinis: «Acentuaría un rasgo de la existencia sacerdotal
que no pertenece precisamente a la categoría de los elementos mudables y
perecederos. Me refiero a la perfecta unión que debe darse -y el Decreto
Presbyterorum ordinis lo recuerda repetidas veces- entre consagración y
misión del sacerdote: o lo que es lo mismo, entre vida personal de piedad y
ejercicio del sacerdocio ministerial, entre las relaciones filiales del sacerdote
con Dios y sus relaciones pastorales y fraternas con los hombres. No creo en
la eficacia ministerial del sacerdote que no sea hombre de oración»207.
La respuesta es directa. El rasgo elegido es la "perfecta unión" que
debe darse en la vida del sacerdote entre consagración y misión ya
que la unión de estas dos dimensiones caracteriza su figura
teológica. Se trata de dos dimensiones que resultan inseparables. La
respuesta muestra un profundo conocimiento del Decreto
"Presbyterorum ordinis". En él se dice ya desde el comienzo que
Cristo eligió a algunos para que tuvieran el poder sagrado del orden
para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, haciéndoles
partícipes de su consagración y misión208. Lo destacable es, pues, la
unión entre estos dos elementos o estas dos coordenadas del ser y de
la existencia sacerdotal. Se trata de auténtica unión; no de una
simple yuxtaposición.
El orden del binomio tampoco es casual: consagración y misión. La
misión dimana de la consagración y a su vez la consagración es ya
misión, pues hace participar en la misión de Cristo. Es lo que dice el
decreto Presbyterorum ordinis: Ideo mittunur quia consecrantur. Como
se dice en Hbr 5, 1-6, el sacerdote, elegido entre los miembros del
Pueblo Sacerdotal de Dios, participa, por una nueva y peculiar
consagración, del sacerdocio ministerial del mismo Cristo. Y como
consecuencia de esa participación en el sacerdocio ministerial de
Cristo, el presbítero es destinado a la misión de evangelizar,
santificar y gobernar, en comunión jerárquica con los obispos, al
Pueblo de Dios209. El binomio consagración y misión se destaca
207 J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 3.
208 Cfr Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis (7.XII.1965), n. 2.
209 Cfr A. del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Madrid 1970, 150-151.

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como clave de lectura del decreto Presbyterorum ordinis210. En
Presbyterorum ordinis se responde con este binomio al interrogante en
torno a la naturaleza del presbiterado, planteado como consecuencia
del notable desarrollo simultáneo de la doctrina sobre el Episcopado
y sobre el sacerdocio común de los fieles211. La pregunta que había
que responder es la siguiente: ¿cuál es exactamente el papel de los
Presbíteros en la única misión de la Iglesia, cual es el valor y el
significado de su sacerdocio? Desarrollada la teología del
episcopado y del laicado, era necesario destacar la identidad del
sacerdocio ministerial, describiendo su situación eclesial en su
concreta especificidad. Esto es lo que hace el Concilio al destacar la
consagración ministerial como el origen y el marco de la identidad
sacerdotal. Esta nueva configuración con Cristo otorga al sacerdocio
de los presbíteros su distinción del de los obispos y su distinción del
sacerdocio de los fieles. Su distinción y su unidad, ya que su
sacerdocio es, por propia naturaleza, cooperador del sacerdocio
episcopal -está religado a la plenitud sacerdotal y a la misión de los
Obispos de los que son cooperadores, y, al mismo tiempo está
inserto y al servicio del sacerdocio de los fieles.

6.5.10. Los sacerdotes, ministros de Cristo.


Presbyterorum ordinis adopta el tradicional esquema tripartito del
ministerio sacerdotal -ministerio de la palabra, de los sacramentos, y
de gobierno-, adoptado ya en Lumen gentium. Sin embargo, no
conviene perder de vista la estrecha unidad en que son
contempladas por el Concilio estas tres funciones del presbítero: es
en el ejercicio del ministerio todo entero -en sus diversas funciones,
no en una sola-, donde el sacerdote encuentra su santidad. Para
evitar falsas antinomias o subrayados excesivos en alguna de estas
funciones, conviene poner de relieve la unidad del ministerio,
unidad que se deriva de la misma unidad con que se entrelazan en
Cristo. También de la unidad de la misión de la Iglesia. Se trata de

210 Dediqué a esos escritos una nota en "Scripta Theologica". Cuando quise sintetizar el contenido no
encontré mejor título que el de consagración y misión. Cfr Consagración y misión, ScrTh 3 (1971)
169-179.
211 La frase conciliar es clara: "Per ipsas enim cotidianas sacras actiones, sicut et per integrum suum

ministerium, quod cum Episcopo et Presbyteris communicantes exercent, ipsi ad vitae perfectionem
ordinantur" ( Presbyterorum ordinis, n. 12).
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una unidad tan estrecha que, para ponerla de relieve, algunos
autores utilizan la expresión un único ministerio y diversas
funciones212.
Cuando en el nº 14 presente Presbyterorum ordinis cuál es la virtud
que dará unidad a la vida del presbítero, la definirá como la caritas
pastoralis, por la que el sacerdote se identifica al Corazón de quien
es Pastor por su propia naturaleza. Presbyterorum ordinis ha dado un
ejemplo de equilibrio y precisión: ha mostrado con esta sencilla frase
la coincidencia del presbítero con todos sus hermanos cristianos. Su
perfección está en el amor, en la caridad. Y al mismo tiempo pone de
relieve lo que especifica esa caridad, lo que la individualiza o
personaliza en el sacerdote: el que se trata de un amor propio de
pastor.
Precisamente porque el ceñidor de la perfección en el presbítero es la
caridad pastoral, es decir, el amor cristiano matizado con las
irisaciones correspondientes a quien es pastor por consagración
sacramental, es lógico que el ministerio de los presbíteros sea visto
no sólo como expresión de ese amor, sino como el lugar en que ese
amor aumenta. Se trata de un lugar insustituible, de forma que, el
cristiano identificado sacramentalmente con Cristo Sacerdote
mediante el Orden, encuentra en el ejercicio del ministerio la
expresión adecuada de su amor de pastor. Y, al mismo tiempo, su
caridad cristiana será falsa, si no tiene el matiz de pastoral, un matiz
que se expresa mediante el ministerio.

6.5.11. La Comunión
También aquí aparece nuevamente la importancia de una realidad
que debe estar presente en todo el quehacer sacerdotal: la communio.
El sacerdote es el hombre de la unidad y reconciliación de los hombres
con Dios y de los hombres entre sí. Es, por eso, hombre de la
communio; el hombre que reúne, no el que dispersa; el hombre que
edifica la Iglesia en esa forma especial y única que hemos visto
destacar al Cardenal Wojtyla.

212 "La función única del ministerio --escribe Kasper-- se desdobla en numerosas funciones
concretas. Estas funciones concretas se derivan orgánicamente de la única misión fundamental: el
servicio a la unidad de la Iglesia (o la comunidad)" (W. Kasper, Nuevos matices en la concepción
dogmática del ministerio sacerdotal, "Concilium" 43 (1969), 385.

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Se comprende la insistencia del Magisterio y muy particularmente
de Presbyterorum ordinis en la unión del sacerdote con el obispo y con
el propio presbiterio. Esta insistencia está fundada en evidentes
razones teológicas: en la íntima naturaleza del sacerdocio de Cristo,
al cual está configurado el presbítero; en la naturaleza del ministerio
que ejerce, el cual tiene como centro la celebración de la Santa Misa,
en la que la communio llega a su máxima realización; en las
exigencias pastorales que comporta la edificación de la Iglesia. La
insistencia en la communio no está basada en motivos de "eficacia" o
de "orden público", sino que viene exigida por la íntima naturaleza
de la consagración y de la misión, que tienen como sentido la
edificación de la comunión en la Iglesia213. En este marco ha de
entenderse que la unidad con el obispo y la fraternidad sacerdotal
tienen una importancia mayor de lo que somos capaces de expresar.
Las manifestaciones tangibles de esta communio forman parte
nuclear de la teología del sacerdocio y, en consecuencia, de la
espiritualidad del pastor214. Y es que la Iglesia, en su núcleo esencial
y definitivo, es comunión con la vida íntima de Dios que es, en sí
misma, comunión interpersonal. De esta realidad divina, la Iglesia
histórica es el sacramento, el signo visible, lo que implica un deber ser
en el ámbito de las instituciones, de las normas jurídicas, de las
estructuras pastorales que la constituyen en su realidad concreta. El
ser está asegurado por su estructura fundamental de origen divino;
el deber ser, en cambio, es tarea y responsabilidad de los hombres de
la Iglesia y, particularmente, de aquellos que, en virtud de su
ministerio edifican la Iglesia.

213 "La comunión eclesial --decía el Cardenal Godfried Daneels-- no puede ser reducida a cualquier
otra forma de comunidad: familia, cultura, nación o simplemente comunidad humana (...) En la
Escritura la expresión commmunio sanctorum tiene un triple sentido. El primero es místico: es la
comunión con Dios; el segundo es sacramental y eucarístico: es la comunión con Cristo; el tercer
sentido es eclesiológico; es la comunión de las Iglesias" (G. Daneels, Una eclesiología de comunión,
en VV. AA., Iglesia universal, Iglesias particulares, Pamplona 1990, 726).
214 Cfr P. Rodríguez, La comunión dentro de la Iglesia local, en VV. AA., Iglesia local, Iglesias

particulares, cit., 469-495.

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