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En " Última Cena" sacude su extraña belleza de lirismo áspero y

desolado
Se desearía saber el origen del poema, qué imagen de "Última
Cena" tenía Watanabe y si había rasgado alguna de las pinturas
clásicas de la historia del Arte para por la rendija abierta
presenciar los preparativos de la mesa y la llegada de los
comensales;

pudo tener presente la austera monumentalidad de la Cena de


Giotto,o la fría simetría de la de Castagno, aunque la exagerada
geometría de la mesa y el mantel excluyan las manos de una mujer
solícita;

la fastuosidad de Tintoretto, mezclando, doblemente, lo


sobrenatural, parece excesiva...; y el misterio de Leonardo...; si el
detonante no fue alguna cálida pintura de arte popular cercana y
expresiva.

Pero el origen pudo estar en la palabra de los relatos de Mateo (


26), Marcos (14), Lucas (22) y Juan (13). Mateo hace referencia a
los momentos previos a la cena, a que hubiera preparativos; en
una frase-rendija por la que pudo colarse el poeta y contemplar la
visión: "Al atardecer se puso la mesa con los Doce." (Mt 26 20)
e suele afirmar —a modo de pretexto— que toda antología es
incompleta. Es cierto, sin embargo, afirmaciones de esta
naturaleza resultan innecesarias para cualquier lector atento. Las
antologías no pueden ser sino incompletas. Muchas veces sus
ausencias resultan ser más importantes que los poetas
antologados y hay quienes han cobrado una importante
notoriedad por la cantidad de exclusiones acumuladas en vida. No
obstante, estas situaciones nos hablan más del ejercicio de
antologar y ser antologado que de lo que en verdad debiera haber
detrás de cualquier antología: un apasionado ejercicio de lectura.
Me gustaría postular que un lector es un antologador que no
publica. ¿Qué otra cosa es recomendar un libro sino transmitir un
gusto propio?

Esta antología es, de este modo, un resumen de una serie de


lecturas y, por lo tanto, su selección no puede ser más que
incompleta, arbitraria y, por supuesto, personal. No obstante, una
diferencia la distingue: no es una antología de poetas, sino de
poemas (aunque creo que esta idea la postuló también el poeta
francés Paul Valéry). El detalle no es menor. Me gusta imaginar
que todos los poemas que aquí he seleccionado componen un
solo gran poema cuyo autor nunca lograremos conocer. Ese autor
puede ser el lenguaje, la palabra poética, o nadie, la máscara del
vacío en un mundo donde escribir poemas es una forma de
resistirse, de combatir o de dar testimonio de una presencia. Es,
sin duda, una antología arbitraria, como yo, como todos los que
hacen y harán antologías en el futuro.

En esta selección hay poetas de todas partes de Hispanoamerica.


Y no puede ser de otra manera, fatal o afortunadamente
hablamos español y estos poemas han sido escritos en ese idioma.
Estas voces conforman un registro que es nuestra tradición
literaria, una tradición a la que una y otra vez volvemos ya sea para
romper con ella o para continuarla. Sin embargo, una tradición no
puede estar conformada sólo por grandes poetas. En este
antología algunos poetas no han publicado nunca y otros están
consagrados hace mucho tiempo, pero nada de eso me ha
importado mucho al momento de escoger un poema. Estos
poemas —como he dicho antes— han llegado a mí a través de
lecturas, nos hemos encontrado en libros, en conversaciones o
porque ciertos amigos me los han mencionado con especial
interés. Es una antología que va creciendo con el tiempo por la
sencilla razón que sigo leyendo y sigo seleccionando poemas para
esta página que no existe sino en un espacio tan extraño e irreal
como es un sito web. Aunque hubiese deseado una página en
blanco y un libro para estos poemas prefiero la libertad que
significa colocarlos aquí sin necesidad de responder a un criterio
editorial o a los rigores que los mismo poetas creen tener derecho
a reclamar cuando estos trabajos son publicados en forma de
libro. Éstas son mis lecturas, una historia de emotivos encuentros,
si me permiten esta sentimentalidad. A veces, en ciertos días, me
gusta abrir esta página como si yo no la hubiera hecho y volver a
leer los poemas con el mismo espíritu que animó a su
antologador: el encuentro entre el lector y el poema es una
secreta correspondencia cuyo misterio, a veces, merecemos. Tal
vez ese mismo espíritu debiera animar al lector que ahora lee los
poemas que aquí se han antologado.

Marcelo Rioseco
Pittsburgh, junio del 2008
Blog Archive
de la aparición de sus primeros poemas, reunidos en el
libro Album de familia (1971), José Watanabe (Trujillo, 1946 -
Lima, 2007) se convirtió en una de las voces más valiosas y
personales de nuestra denominada generación del 70. Su también
reconocida labor como guionista cinematográfico lo hizo alejarse
un poco de la literatura, razón por la cual su siguiente poemario, El
huso de la palabra, recién apareció en 1989 siendo elegido en una
encuesta como el más importante de su década en nuestro país,
además de marcar el inicio de una nueva etapa en esta poesía. A
este libro han seguido Historia natural (1994) y Cosas del
cuerpo (1999), con el que iniciamos nuestro seguimiento a la obra
de este poeta, considerado entre los 50 mejores poetas en idioma
español de la segunda mitad del siglo XX.

Libros de José Watanabe comentados por Javier Agreda en esta


página:

- Cosas del cuerpo (1999)

- El guardián del hielo (2000)

- Habitó entre nosotros (2002)

- La piedra alada (2005)

- Banderas detrás de la niebla (2006)

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Artículos recientes en: Libros
Cosas del cuerpo

El recientemente publicado poemario Cosas del cuerpo (1999)


representa la depuración y culminación de una etapa de la obra
del poeta José Watanabe; etapa que también comprende los
libros El huso de la palabra (1989) e Historia natural (1994). En
general, son características de toda la poesía de Watanabe un
cierta mirada irónica al mundo cotidiano, un ritmo lento (opuesto
al de la mayoría de sus compañeros de generación) y el saber
desencadenar toda una serie de significados a partir de sus textos,
casi como si se tratara de parábolas. A estas características se
sumaría, desde El huso de la palabra, la importancia central de las
imágenes como recurso poético, un rasgo que puede provenir
tanto de la influencia de autores anglosajones (William Carlos
Wiliams por ejemplo) como del haiku y la tradición literaria
Japonesa. Y también, a partir de una dolorosa experiencia
personal, el tema de la muerte, de la enfermedad y del inevitable
deterioro de la vida.

Pero es recién en Cosas del cuerpo que todos estos elementos


parecen interactuar entre ellos y fusionarse en una poética
centrada en el cuerpo y su materialidad elemental. Acorde con
esto, las imágenes parecen estar mucho más rigurosamente
seleccionadas que antes, dando preferencia a elementos como
cuevas, desiertos, y hasta a los animales más simples y humildes:
malaguas, lenguados, ranas (en anteriores libros nos habló de
leones, ballenas o gatos). Incluso tratándose de reflexiones
religiosas, el poeta elige mostrarnos un depósito de santos de
yeso deteriorados, donde “cualquiera es cualquiera, bultos/
humanos, desfigurados y sin nombre, esperando/ al viejo
restaurador... Ante ellos me arrodillo/ y rezo con más solidaridad
que fe” (p. 65).

Esta consciente búsqueda de la adecuación entre el tema y los


recursos expresivos (entre el fondo y la forma como dirían los
antiguos), lleva al poeta a un cierto laconismo y un mayor celo en
la búsqueda de la palabra precisa: “cuando un poeta honrado lee
a otro honrado/ sólo le busca una palabra, una sola, la que hace
sonar/ a las otras” (p. 75). Por eso no hay esta vez adjetivos
deslumbrantes ni descripciones detallistas, ni siquiera cuando
recuerda los ríos y lagunas de su infancia: “La luz/ no entraba en
el agua, la oscuridad que venía del fondo/ era más poderosa” (p.
53).

Hasta en la estructura del poemario parece haber una más clara


adecuación con su temática. En la primera sección, la más extensa
y que da título al libro, se expone con precisión esta poética de la
materialidad el cuerpo, centrada en su pequeñez e inevitable
deterioro: “Una enfermera cruza el jardín, ninguna/ flor anuncia
mi dolor. El dolor sólo está/ en los confines de la carne que aún
me resta” (p. 23). Las otras tres secciones son aplicaciones de esta
poética hacia el presente (a través de la metáfora de los viajes en
“Tres canciones del viaje”), el pasado (“Vichanzao”, nombre del
río cerca del cual pasó su infancia) y, en “Otros poemas”, la
trascendencia personal (los poemas “El devoto” y “La convicción”)
o la gloria literaria (“La jurado” y “Los poetas”). Cosas del cuerpo
de José Watanabe es un poemario notable y valioso para nuestra
literatura, uno de esos pocos libros en que un autor logra reunir la
madurez personal y la literaria.
El guardián del hielo

El poeta José Watanabe (Trujillo, 1946) es tal vez el escritor


peruano cuya valoración ha crecido más en los últimos años tanto
en nuestro país como en el extranjero. A los elogios con que la
crítica suele recibir sus poemarios se han sumado
reconocimientos como la publicación de Path through the
canefields (1997), traducciones de sus poesías al idioma inglés, el
homenaje que se le hizo en la inauguración de la última Feria
Internacional del Libro en Lima, y la reciente edición en Colombia
de El guardián del hielo (Norma, 2000), antología de su obra
realizada por Piedad Bonnett y que forma parte de una colección
que reúne a los más importantes poetas latinoamericanos de la
actualidad.

Bonnett ha reunido más de sesenta poemas agrupándolos bajo los


títulos de los libros en que aparecieron originalmente. De Album
de familia (1971) sólo ha incluido cuatro textos, lo que no es de
extrañar pues aquel libro inicial estaba demasiado influenciado
por la poética dominante de la generación del 70, a la que
pertenece el autor. El vitalismo, lo versos largos, el intento de
captar el ritmo de la acelerada vida urbana no concordaban con
esta poesía; pero aún en esas descripciones de las experiencias de
un joven en la ciudad de Lima, el crítico Alberto Escobar pudo ver
que se trataba de “experiencias endeudadas con la luz y el candor
de la vida provinciana”.

La también reconocida labor de Watanabe como guionista


cinematográfico lo hizo alejarse un poco de la literatura, razón por
la cual su siguiente poemario, El huso de la palabra, recién
apareció en 1989, siendo elegido en una encuesta como el más
importante de su década en el Perú. Significó un gran cambio:
versos más cortos y de un ritmo sosegado, mayor trabajo con
elementos simbólicos, y la importancia central de las imágenes
como recurso poético, un rasgo que puede provenir tanto de la
influencia de autores anglosajones (William Carlos Wiliams por
ejemplo) como del haiku y la tradición literaria Japonesa.

Los 18 textos de El huso... que Bonnett incluye en esta antología


demuestran el gran salto cualitativo y la maduración que
representó para su autor. Los referentes ya no provienen de la
cotidianidad de la vida urbana sino de la infancia pasada en una
hacienda y en contacto con la naturaleza (“La mantis religiosa”,
“Los iguana”, “Como el peje-sapo”), lo que se mantendría en el
siguiente poemario Historia natural (1994) en el que los
elementos formales se van depurando de acuerdo a los nuevos
referentes, mientras que el celo en la búsqueda de la palabra
precisa lleva al autor a un cierto laconismo. En lo que respecta al
contenido, los textos también van centrándose en algunos temas
básicos, especialmente la fugacidad de la vida humana, opuesta a
la constante renovación de los ciclos naturales, como en el poema
“El ciervo”.

Pero es recién en Cosas del cuerpo (1999) que el proceso de


depuración literaria se completa. La maduración personal y
artística del autor le permiten armonizar los elementos retóricos
y estilísticos con sus propias reflexiones, llegando a fusionarlos en
una poética centrada en el cuerpo y su materialidad elemental.
Las imágenes parecen estar más rigurosamente seleccionadas que
antes, dando preferencia a elementos como cuevas, desiertos, y
hasta a los animales más simples y humildes: malaguas,
lenguados, ranas. Incluso en la estructura del poemario, el orden
y la organización de los textos, hay una mayor elaboración y
precisión. De este libro proviene el poema que da título a la
antología y que vuelve sobre el antiguo y siempre actual tópico del
carpe diem.

La publicación de El guardián del hielo, un libro destinado a


circular por todo el mundo de habla hispana, contribuirá sin lugar
a dudas a la difusión de la obra de José Watanabe, uno de los más
importantes escritores surgidos de la efervescencia poética que se
vivió en el Perú durante las décadas del sesenta y setenta.

Habitó entre nosotros

Con apenas unas semanas de publicado, el poemario Habitó entre


nosotros (PUC, 2002) de José Watanabe (La Libertad, 1946) figuró
en todas las listas de los mejores libros del año que suelen hacerse
a fines de diciembre. Una muestra del interés con que la crítica y
los lectores han recibido este “Evangelio según Watanabe” (el
libro narra “poéticamente” algunos episodios de la vida de
Jesucristo), y también de las expectativas creadas en torno a un
autor, considerado como uno de los mejores poetas en lengua
española de la segunda mitad del siglo XX.
Los 23 poemas que constituyen Habitó... son enunciados por
personajes que van desde José, María y los apóstoles hasta todos
aquellos entre los que habitó Jesucristo, como los mercaderes que
corrió de la puerta del templo o la mujer que hizo la limpieza
después de la Última Cena. Ellos dan sus versiones sobre los
sucesos que vivieron empleando siempre un lenguaje sencillo, el
de la gente común y corriente (el poeta limita sus recursos
retóricos apenas a algunos símiles y adjetivos), enfatizando sus
propias necesidades y limitaciones. “Soy un hombre añoso” dice
José; y Pedro, antes de negar a su maestro, confiesa ser “un
animal pequeño y asustado”.

A esas voces se suma la de un “nosotros” que a la manera de los


coros de las tragedias griegas –Watanabe publicó en el 2000 una
versión libre de Antígona de Sófocles- dialoga en nombre de la
comunidad con el personaje principal: “¿Percibes ahora, Señor, lo
que el enfermo que despierta/ de madrugada/ y siente que la
soledad le entristece cada órgano?”. En ese coro deposita
Watanabe uno de los elementos esenciales de su propuesta y que
puede resumirse en versos como “Somos de la tierra, Señor,
pescadores y labriegos,/ y sin alas“, o “¿Es el cielo como el campo
deleitoso/ donde hacen el amor los campesinos,/ heno,
hierbas, frutas...?”. En otras palabras, la reafirmación del
presente terrenal, de lo sensorial y humano, frente a los desvaríos
metafísicos de los posteriores intérpretes de la doctrina cristiana.

El otro elemento central es la función de la palabra y de la


parábola como forma discursiva. Los poemas de Watanabe
siempre han tenido mucho de parábolas (“Pienso que el nivel
expresivo más alto es la parábola” afirmó en una entrevista) y en
este libro el único texto en el que Jesucristo habla directamente
es “Razón de las parábolas”, resaltando la capacidad de llegar a
todos y de perdurar de este tipo de relatos: “Por eso hablo
así, hilando/ La Palabra en vides, en semillas de mostaza...”. Pero
el poeta va más allá y partiendo de la cita bíblica del epígrafe del
libro (“Y el verbo se hizo carne v habitó entre nosotros”) propone
a la Palabra como único vínculo posible entre lo humano y lo
divino, y hace de Jesucristo no “el hijo de Dios”, sino una
encarnación de esa Palabra.

A partir de estos dos principios, los poemas de Watanabe tenían


la posibilidad de salirse de los estrechos límites de la ortodoxia
religiosa para entregarnos un evangelio mucho más crítico y
actual. Eso fue lo que hizo Saramago en El evangelio según
Jesucristo (1991), llevando la humanización de los personajes y los
cuestionamientos al poder divino hasta extremos considerados
por muchos como heréticos. La comparación entre ambos textos
resulta inevitable (a pesar de las obvias diferencias entre el
laconismo poético del peruano y la narrativa épica del portugués)
y nos conduce a concluir que Watanabe no logra desarrollar
plenamente sus propuestas, y que evita pasajes bíblicos que
pudieron ser determinantes en su libro. ¿Qué habría dicho ese
coro en el episodio de Barrabás?

Habitó entre nosotros, junto con la ya mencionada Antígona,


representa el paso de Watanabe de una poesía reflexiva e
intimista, que tuvo su mejor expresión en Historia natural (1994)
yCosas del cuerpo (1999), hacia otra de carácter más
argumentativo e intertextual. El poeta aún está explorando y
reconociendo esos nuevos territorios literarios.
La piedra alada
Los poemas de La piedra alada (Peisa, 2005) se inscriben dentro
del sector más apreciado -tanto por la crítica como por los
lectores- de la obra de José Watanabe. Son textos que parten de
la observación de la naturaleza para obtener imágenes que
desencadenan reflexiones sobre temas como el paso del tiempo,
la soledad o la muerte. La novedad es que la mitad de estos
poemas (que deben tanto a la tradición literaria japonesa como al
imaginismo anglosajón), tienen como elemento central rocas y
piedras de diversos tipos, desde La piedra del ríoen que el poeta
solía descansar en su niñez hasta fósiles y cotidianas piedras de
cocina.

Watanabe había escrito antes otros poemas sobre piedras –


como Trocha entre los cañaverales de El huso de la
palabra (1989)-, pero esta vez su aproximación es más minuciosa,
pues está fundamentada en la evolución de su propia poesía. En
sus libros anteriores lo natural ha remitido cada vez más a lo
material y orgánico de la vida humana, un proceso que alcanzó su
punto más alto en Cosas del cuerpo (1999). La piedra, inorgánica
e inmóvil, representa por eso lo opuesto y complementario de lo
humano: "La piedra te pide silencio. Hay tanto ruido / de palabras
gesticulantes y arrogantes...", dice el poeta, señalando algunos de
los valores simbólicos de las piedras.

La oposición entre lo humano y lo pétreo –entre lo vivo y lo


muerto, lo efímero y lo permanente- es interpretada de distintos
modos en los poemas: con un pesimismo sombrío en el poema La
piedra alada, desde una contemplación irónica de En las aguas
termales, o con el festivo afán integrador de Las piedras de mi
hermano Valentín. Estas diferencias se remarcan en los versos
finales de los poemas, las "moralejas" que algunos críticos han
señalado como añadidos innecesarios. Sin negar que algunas
veces resultan un tanto enfáticos y efectistas, estos versos finales
son los que marcan la evolución de las piedras desde lápidas hasta
esa última piedra "oronda, soberbia, casi respirando".

La segunda mitad del libro está dividida en las secciones: Tres


canciones de amor, Arreglo de cuentas y Epílogos. Se trata de
poemas en los que, ya sin la pesada carga de piedras y rocas, el
autor regresa libremente a temas y motivos recurrentes en su
poesía. Watanabe añade a su bestiario poético (en el que ya
figuran desde leones y ballenas hasta ranas y lenguados) textos
como El topo y Los gorriones; mientras que el retorno a los
paisajes campesinos de su infancia lo lleva a rememorar El vado, El
pan ("vivíamos en un pueblo de hambrunas") y El miedo, "el
temor de poner el pie / en una huella sin esperanza", la del burro
que hacía girar la rueda de un rústico molino".

En estos poemas nos reencontramos con el Watanabe más


apreciado por los lectores jóvenes, aquel que con mucha ironía y
sentido del humor pasa revista a algunos de nuestros mitos de
hoy. El amor, en esas tres canciones, queda reducido a sus
componentes más elementales y no es capaz de superar siquiera
la fealdad (Fábula) o vejez (Cuestión de fe) de los amantes. Un
trabajo poético desmitificador del que no se salvan ni la
religiosidad (La plaza, Vivero) ni la propia poesía, abordada en Los
gorriones ("balbuceamos, pergueñamos...") y Simeón, el estilita
("La sabiduría / consiste en encontrar el sitio desde el cual
hablar").

Hay otra línea, más culturalista y menos autobiográfica, dentro de


la poesía de Watanabe, en la que el "yo poético" habla como a
través de máscaras. En esa línea se encuentran su versión poética
de Antígona (2000), Habitó entre nosotros (2002) y también su
próximo poemario, El Minotauro, ya en proceso de corrección.
Nosotros preferimos al Watanabe menos libresco pero mejor
observador de la naturaleza, el de los libros que van desde El huso
de la palabra hasta Cosas del cuerpo. La piedra alada ratifica la
calidad de esa poesía, considerada entre las más importantes que
se están escribiendo actualmente en el mundo de habla hispana.

Banderas detrás de la niebla

Si bien la obra de José Watanabe (Laredo, 1946) alcanzó


reconocimiento unánime con El huso de la palabra (1989), es
recién con Cosas del cuerpo (1999) que su poética, basada en la
atenta observación de la naturaleza y la vida cotidiana, encuentra
en una muy particular interpretación de la muerte –vista como el
triunfo de los aspectos físicos de la vida (humana, animal o
vegetal) sobre los inmateriales– sus más adecuados temas y
motivos. Esta propuesta siguió desarrollándose en La piedra
alada (2005), libro que ya desde el título anunciaba la oposición
entre lo permanente y lo efímero; y es también el eje central de
Banderas detrás de la niebla, su más reciente poemario.

La primera sección de este nuevo libro, Riendo y nublado, es


precisamente un conjunto de textos sobre la muerte que se inicia
con Responso ante el cadáver de mi madre: “A este cadáver le
falta alegría,/ ¿alguna alegría puede entrar en su alma / que está
tendida sobre sus órganos de polvo?” El oscuro pesimismo
de Responso... (y también de El suicida, Los nonatos, Los búfalos)
es apenas compensado por “la satisfacción” del yo poético al
saberse aún vivo, aunque lo compruebe como si se tratara de un
agonizante, poniendo un espejo cerca de su rostro: “Sí, ese señor
entrecano en el marco dorado / soy yo. /...Y me da un enorme
placer verlo, riendo y nublado. Soy yo”.

En medio de esa oscuridad llegamos a las Banderas detrás de la


niebla, la segunda y más breve sección del libro: seis “artes
poéticas”, poemas en que el autor, sin apartarse del tema central,
reflexiona sobre su propia poesía. En Flores la poesía se define
como “una fugaz y delicada acción del ojo”; pero aunque el poema
es básicamente una imagen, no se deja de señalar su vínculo
esencial con la palabra, “la única palabra / y el sol no puede
quemarla en mi boca” (El algarrobo). De esta conjunción de
imagen y palabra (que remite tanto a la contemplación oriental
como al imaginismo literario estadounidense) surge la única
posibilidad de trascendencia más allá de la muerte (Basho).

En Otros poemas, Watanabe traslada su escepticismo a


situaciones de la vida cotidiana, revisando “mitos”
contemporáneos, como la maternidad o el matrimonio, con ironía
y humor negro. En El maratonista, por ejemplo, es el triunfo
basado en el esfuerzo personal: “todavía insistes en llegar a donde
ya no importa. / Esto ya no tiene sentido, no abuses / de nuestra
piedad”. Buena parte de los textos nos presentan a amantes
enfrentando problemas de comunicación (El salmón rojo) o
buscando la tan anhelada trascendencia a través del erotismo” “el
deseo de nuestros cuerpos / jugará esta noche, como el de todos
los amantes / con la muerte y la disolución...” (En la calle de las
compras).
El libro concluye con el poema El otro Asterión, recuperado del
poemario El Minotauro que Watanabe escribió hace un año pero
que ha decidido no publicar: “Creo que me equivoqué, estaba
utilizando la figura del Minotauro o Asterión para hablar de mí”.
Al parecer, con esta decisión estaría dejando de lado aquella línea
poética, libresca y culturalista, que desarrolló en obras
como Antígona (2000) y Habitó entre nosotros (2002), para
centrarse en aquella otra (la de Cosas del cuerpo y La piedra
alada) más relacionada a sus experiencias y recuerdos personales,
y que en Banderas detrás de la niebla ratifica la madurez literaria
alcanzada por José Watanabe.