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Payán Gutiérrez Gerardo de Jesús. Literatura Latina II.

Del Arte poética de Quinto Horacio Flaco.

Si pinto a mi perro exactamente igual, evidentemente tendré dos perros pero no una obra de arte
(…) la tendencia constante es la de dar forma poética a la realidad; los otros pretenden dar
realidad a lo que se supone poético, a lo imaginativo, y así no resulta más que materias
inexpresivas.

Johann Wolfgang von Goethe.

La inherente necesidad humana de emularse a la naturaleza mediante el acto de la


creación ha sido tratada durante siglos por filósofos, estetas y anacoretas quienes
tuvieron a bien enunciar los prodigios de la pasión desbordada en suprema consumación
artística y, muchos otros además, legaron un análisis de los vicios más recurrentes de
todos aquellos que ostentan el epíteto de “poetas”. Continuador de la tradición literaria
pragmática de Aristóteles, Quinto Horacio Flaco en su Ars poetica, epístola dirigida a los
Pisones, una de las familias de más rancia raigambre en Roma, emite un discurso breve
pero profundo, en el cual, de forma coloquial y amena, trata los asuntos pertinentes a la
creación literaria despojándose de la severidad de la enunciación filosófica, adaptando el
texto didáctico a la forma del soliloquio enriquecido con el poder de la palabra de un
poeta consumado; quien sino alguien con ese título para explicar un tema de tan álgida
dificultad y fácil perversión.

Hacia el año 65 a.C. en una pequeña ciudad situada en las montañas itálicas, en el
seno de una familia humilde dirigida por un liberto cobrador de impuestos, Quinto
Horacio abrió por vez primera los ojos. A temprana edad fue trasladado a Roma para
aprender en las costosas escuelas Patriciales donde estudiaría con dignísimos maestros
de la talla del gramático Orbilio, a quien recordaría, más que por las enseñanzas
ofrendadas por los latigazos que marcaron su piel y doblegaron su espíritu1.

Apegado desde su juventud a la filosofía epicureista, se encamina a Atenas,


donde, por azares del destino, es reclutado por Bruto en el ejército republicano en donde,
tras la batalla de Filipo, es nombrado tribunus militum. Tras la amnistía Augustana decide
regresar a Roma donde le esperaba una cruel sorpresa del hado; sus bienes, tierras y
posesiones habían sido expropiadas para la repartición de los soldados retirados. De
igual forma que lo que aconteció con Vario y Virgilio, amigos cercanos de él, la

1
Bobes, Carmen. Historia de la teoría literaria tomo I. Paráfrasis de “(…) y de quien, sin embargo, el escritor
no guardaba buen recuerdo tanto por su mal humor como su afición al uso del látigo” Capítulo VI p. 177
conexión con Mecenas se vio traducida en una villa en Sabina donde, en
agradecimiento por la paz otorgada, continuaría su obra.

Luego de la muerte de Virgilio, caro amigo suyo, decidió abandonar la lírica


genuina de las odas para enfrascarse en la escritura filosófica y educativa. Gracias a esto,
Horacio legó al devenir sus epístolas. Es en estos escritos, evolución de la diatriba
filosófica, en donde encuentra un medio para hacer cercanos a sus amigos y lectores sus
comentarios, criticas y reflexiones literarias concentrados en un género que en sus
manos lograría el culmen del perfeccionamiento.

La carta a los pisones resulta entonces un compendio manual de poética desde su


creación; no habría de sorprendernos, por tanto, que el nombre de arte poética, que en su
Instituto Oratoria, Quintiliano usaría para referirse a esta carta, sea aquel que a ultimas
ha opacado el nombre original.

Ya en los primeros versos es de fácil intuición la conseja al uso de la mímesis


griega en extrapolación a la retractatio tan usada en su tiempo. La proporción armónica
del decorum, el equilibrio o la proporción, persiste a lo largo de la obra como una suerte
de recordatorio de la mesura que el poeta debe tener para con su obra, procurando no
alterarla de una forma irreparable. En conjunción con estos dos conceptos, la unidad y la
coherencia de la obra en si surge como una imperiosa orden para el creador, confrontar
la mesura de la palabra con la correcta imitación del estilo sin violentar lo que le
antecede.

Es entonces cuando, centrada la mente del lector en los consejos estructurales de


la carta, Horacio lanza un discurso plagado de útiles consejos con ciertos tintes retóricos
que permitirán al bien habido en la lectura de éstos la composición de la fábula, la
disposición de los acontecimientos espacio-temporales en ella y su verosimilitud. Sin
embargo, este concepto pareciera ajeno al de la Poética Aristotélica en medida de la
libertad tomada por Horacio de injerir que depende del autor la decisión de mezclar
acontecimientos ficticios con los reales.

El interés Horaciano de enunciar los géneros literarios se traduce en un análisis


sistemático por esquemas de las cualidades de los dramas y sátiras, expone los metros
idóneos para su ejecución y explica las relaciones que estriban entre los caracteres y la
historia, manteniendo siempre un respeto a los enunciados aristotélicos y contemplando
las novedades añadidas con mesura.

Horacio intuye la relevancia de la concepción literaria como un medio de


comunión para las relaciones de interacción del lector con el escritor, apelando al gusto,
no imponiéndolo. Es aquí donde la confrontación/correspondencia de la dualidad del
ingenium y el ars se hace evidente.
La confrontación del método expresado en el ars contra el ingenium entendido
como la capacidad natural de discernir y crear es, a resultas del análisis anterior, la
novedad que Horacio propone para continuar la noble labor del poeta en cuestión.

Es entonces cuando el arte poética se consuma en ejemplo de sí mismo, de un


método embellecido bajo el método mismo. La confrontación de las partes termina
donde comienza su unificación.

A pesar de la solución planteada, en versos siguientes, se hará una disertación


sobre los problemas que acarrea la dualidad expresada en la res y la verba y poco después
en la dupla docere, delectare. La solución dada no es extraña, pues se trata del
compromiso de su asimilación y unidad.

Éste compromiso dubitante sobre la finalidad del arte no sirvió sólo a los
menesteres de la gens Pisona a quien originalmente el poeta se dirigía; el Arte poética,
con el paso de los siglos, sigue y seguirá educando desde el corpus canónico para el que
fue creado, como la concepción de un manual para la creación.