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Friedrich Nietzsche

SOBRE LA UTILIDAD
Y EL PERJUICIO
DE LA HISTORIA
PARA LA VIDA
pi INTEMPESTIVA]

Edición, traducción y notas


de
Germán Cano

BIBLIOTECA NUEVA
Sobre la utilidad y el perjuicio
de la historia para la vida

«Vom Nutzen und Nachteil


der Historie für das Leben»

(Febrero de 1874)

F r ie d r ic h N ie t z s c h e
Prefacio

«Por lo demás, me es odioso todo aquello que única­


m ente me instruye, pero sin acrecentar mi actividad o
anim arla de inm ediato». C on estas palabras de G oethe, a
m odo de un Ceterum cerneo1 expresado enérgicamente, qui­
siera com enzar nuestra consideración sobre el valor o la
inutilidad de la historia. En ella se describirá en realidad
por qué la enseñanza sin vivificación, por qué el saber en
el que se debilita la actividad y por qué únicam ente la
historia como preciosa superfluidad del conocimiento y
artículo de lujo h a de resultamos, según las palabras
de G oethe, seriam ente odiosa, pues todavía nos faltaría lo
más necesario, al no ser lo superfluo sino enemigo de
lo necesario. Es cierto que necesitamos la historia, pero
la necesitamos de un m odo distinto a la del ocioso male-

1 Se trata de una alusión a la célebre frase de Catón Ceterum cen-


seo Carthagimm esse delendam («por otra parte, soy de opinión de que
Cartago debe destruirse») con la que éste solía concluir cualquier dis­
curso o tópico hasta que finalmente incitó a los romanos a emprender
la tercera guerra púnica. Posiblemente esta referencia la proporcione
Plutarco y sus Vidas paralelas (véase nota 42). Por otro lado, las palabras
de Goethe provienen de una carta dirigida a Schiller el 19 de diciem­
bre de 1798. Puede consultarse para ello: (A. Ruest, ed.) Briefwechsel
zwischen Schiller und Goethe (1794-1805), Berlín, H erm ann See-
mann, 1900.

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ducado en el ja rd ín del saber, pese a que éste contemple tiem po, su cultura histórica, como algo perjudicial, como
con desprecio nuestras necesidades y las considere rudas y defecto y carencia de esta época. Porque creo, incluso,
carentes de gracia. Esto quiere decir que necesitamos la que todos nosotros sufrimos u na ardiente fiebre histórica
historia p ara la vida y p ara la acción, aunque, en reali­ y que, como mínimo, deberíam os reconocer que la sufri­
dad, no p ara su cóm odo abandono, ni p ara paliar los mos. Si, como dijo G oethe, cultivamos nuestros vicios si­
efectos de u n a vida egoísta y de una acción cobarde y m ultáneam ente al lado de nuestras virtudes2, y si, como
deshonesta. Sólo en la m edida en que la historia sirve a cualquiera sabe, u na virtud hipertrofiada — como así me
la vida querem os servirla nosotros, aunque exista una m a­ parece que es el sentido histórico de nuestro tiempo—
nera de practicarla y u n a apreciación de la misma p o r la puede muy bien llegar a convertirse en causa del posible
que la vida se atrofia y degenera: un fenómeno cuyos cu­ deterioro de un pueblo como un vicio hipertrofiado, en­
riosos síntomas hay que llevar ah o ra a la experiencia de tonces se me debe perm itir exponer estas opiniones con
nuestro tiempo de un m odo tan necesario como doloroso. toda libertad. Tam poco, dicho sea esto sin ánim o de ex­
M e he esforzado p o r explicar u n a sensación que me culpación, debería silenciarse que las experiencias que
h a atorm entado con bastante frecuencia; me vengo de provocaron estas torturantes sensaciones proceden de mí
ella entregándola a luz pública. T al vez exista alguien mismo, y que sólo m ediante la com paración con otros
que, m otivado p o r tal descripción, m e explique que tam ­ tiempos, en concreto, sólo en tanto discípulo de la Anti­
bién conoce dicha sensación, pero que yo no la he senti­ güedad, sobre todo de los griegos, he llegado a tener ta­
do de u n m odo suficientemente natural y auténtico y, les experiencias intempestivas como hijo de este tiempo
p o r tanto, no he sabido expresarla con la debida seguri­ actual. U n a experiencia a la que tengo derecho p o r tan­
d ad y m adurez de experiencia. Puede que éste sea el to a causa de mi trabajo como filólogo clásico. Porque no
caso; pero la gran m ayoría dirá que éste no es sino un sabría qué sentido tendría la filología en nuestra época si
sentimiento totalm ente falso, antinatural y abom inable, no fuera el de actuar intem pestivam ente dentro de ella.
cuando no absolutam ente ilícito. E n realidad, con esta D icho en otras palabras: con el fin de actuar contra y
sensación me he m ostrado indigno de tan poderosa p o r encim a de nuestro tiem po en favor, eso espero, de
orientación histórica del presente, tal y com o es conoci­ un tiem po futuro.
d a desde hace dos generaciones entre los alemanes. D e
cualquier m odo, en tanto que me atrevo con la descrip­
ción natural de mi sentimiento, intento estim ular más
que dificultar el beneficio general, pues de este m odo
ofrezco a muchos la oportunidad de alabar la anterior 2 Goethe, J. W., «Dichtung und Wahrheit» III, 13, en Samtiiche
orientación tem poral ya m encionada. Por mi parte, sin Werke, München, Deutscher Tachenburch, 1977. Hay traducción cas­
em bargo, obtengo algo a mi entender de más valor que tellana de las Obras completas (Madrid, Aguilar, 1957, trad. Cansinos
Assens). Desde ahora, salvo cuando se diga lo contrario, esta referen­
tales conveniencias: el hecho de estar instruido pública­
cia será la utilizada para las obras de Goethe. Por otro lado, una in­
m ente sobre nuestro tiem po y ser consciente de esta si­ teresante visión general de la posición goethiana frente a la historia,
tuación en su ju sta m edida. tremendamente presente a lo largo de la intempestiva, la ofrece la
Esta m editación es tam bién intempestiva porque intento obra ya clásica de F. Meinecke E l historicismo y su génesis (México,
com prender algo de lo que con razón se enorgullece este F.C.E., 1993, págs. 379-495).

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cadena siempre le acom paña. Es asombroso: ahí está el
1 instante presente, pero en un abrir y cerrar de ojos desa­
parece. Surge de la nada p ara desaparecer en la misma
Contempla el rebaño que pasta delante de ti: ignora lo nada. Sin em bargo, luego regresa como un fantasm a per­
que es el ayer y el hoy, brinca de aquí para allá, come, des­ turbando la calma de un presente posterior. C ontinua­
cansa, digiere, vuelve a brincar, y así desde la'm añana a la m ente se separa una hoja del libro del tiempo, cae y se
noche, de un día a otro, en una palabra: atado a la inme­ aleja aleteando para, de repente, volver al seno del hom ­
diatez de su placer y disgusto, en realidad atado a la estaca bre. Entonces, al mismo tiempo que el hom bre dice «me
del momento presente y, por esta razón, sin atisbo alguno acuerdo», envidia al animal que olvida inm ediatam ente
de melancolía o hastío. V er esto se le hace al hombre duro, m ientras observa cómo ese instante presente llega a m orir
porque él precisamente se vanagloria de su humanidad realmente, vuelve a hundirse en la niebla y en la noche
frente a la bestia y, sin embargo, fija celosamente su m ira­ desapareciendo para siempre. Así vive el anim al de m a­
da en su felicidad3. Porque él, en el fondo, únicamente nera no histórica (unhistorisch), pues se aparta del tiempo de
quiere esto: vivir sin hartazgo y sin dolores como el animal, m odo similar a un núm ero que no deja como resto nin­
aunque lo quiera, sin embargo, en vano, porque no lo quie­ guna fracción fantástica y aparece com pleta y absoluta- \
re tal y como lo quiere éste. Así el hombre pregunta al ani­ m ente como lo que es, pues no puede ser otra cosa que
mal: ¿por qué no me hablas de tu felicidad y únicamente sincero. Por el contrario, el hom bre intenta levantarse conJ
me miras? El animal quiere responderle y decirle: «esto todas sus fuerzas de ese gran y pesado lastre que es su p a­
pasa porque siempre olvido lo que quisiera decir». Enton­ usado. Éste no hace sino aplastarle hacia abajo o doble­
ces, también se olvidó de esta respuesta y calló, de modo garle hacia los lados, obstaculizando su m archa como un
que el hombre se quedó asombrado. peso invisible y oscuro que aparentem ente alguna vez
Pero tam bién se asom bró de sí mismo p o r no poder puede rechazar, como él hace demasiado gustosamente
aprender a olvidar y depender siempre del pasado; y es delante de sus semejantes, a fin de despertar su envidia.
que cuanto más lejos vaya, cuanto más rápido corra, esa Por esta razón no puede sino emocionarle, como si de un
paraíso perdido se tratase, ver un rebaño pastando o al
niño que juega en confiada inconsciencia entre las cercas
3 Aunque no sea citado, Nietzsche recoge esta contraposición en­ del pasado y el futuro sin tener aún que rechazar nada de
tre el animal que vive felizmente el presente y el hombre agobiado por su pasado. Sin em bargo, ese juego un día tendrá que ser
el paso del tiempo del poeta italiano Giacomo Leopardi, en concreto perturbado, pues demasiado pronto será invocado por el
del poema «Canto nocturno de un pastor en Asia». A tenor de sus si­
pasado. En ese m om ento aprenderá la palabra «fue», esa
militudes con otras importantes referencias espirituales de Nietzsche
(Hólderlin, Schopenhauer), no puede despreciarse la influencia del po­ m áxim a que aparece al hom bre para recordarle, por m e­
eta italiano, sobre todo en lo referente a la temática de la «fragilidad dio de la lucha, el sufijtuieatea^el tedio, lo que es en el
del genio». En E l gay saber 92, por ejemplo, Leopardi es considerado, fondo su existencia: mi imperfectunfo\ ue nunca llega a rea­
junto a Merimée, Emerson y W alter Savage, uno de «los maestros en lizarse de m odo completo. T odo^ello hasta que un buen
prosa del siglo». Nietzsche poseía en su biblioteca la traducción alema­
día la^ muerte. finalmente, traiga el ansiado olvido, sustra­
na de R. Hamerling (Hildburghausen 1866), Gedichte von Giacomo Leo­
pardi. Destacar, por último, que el poema vuelve a ser transcrito en el yendo la posibilidad del presente y del existir y presen­
fragmento postumo KSA VII, 30 (2). tando el sello de ese conocimiento que enuncia que la

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existencia es un ininterrum pido haber sido, algo que vive esta corriente del devenir. Com o ese discípulo consecuen­
negándose, consumiéndose y contradiciéndose continua­ te de Heráclito, apenas se atrevería ya a levantar un
m ente4. dedo6. Y es que en toda acción hay olvido, de igual m odo
Si lo que hace aferram os y estimulamos a los vivien­ que la vida de todo organismo no sólo necesita luz sino
tes a la vida es la felicidad, la aspiración a la renovada fe­ tam bién oscuridad. U n hom bre que sólo sintiera por en­
licidad, posiblemente ningún filósofo teñga más razón que tero históricamente se asemejaría, por tanto, a alguien
el cínico, pues la felicidad de anim al es la prueba vivien­ obligado a prescindir-del sueño o a un anim al que tuvie­
te de la razón de los derechos del cínico. La más pe­ ra que vivir condenado continuam ente a rum iar. Es posi­
queña dicha, siempre que no se interrum pa y nos haga ble vivir casi sin recuerdos, e incluso vivir feliz, como
felices, es incom parablem ente una felicidad m ayor que m uestra el ejemplo del animal, pero es com pletam ente
cualquier tipo de dicha que sólo se manifieste rapsódica- imposible vivir en general sin olvidar O , para expücaFm i
m ente, es decir, como capricho o loca ocurrencia en m e­ tem a de modo mas sencillo: existe un grado de vigilia, de
dio del puro displacer, deseo o carencia. Pero en las más mía, de sentido histórico, en el que se daña lo vivo para, finalmen­
pequeñas y grandes dichas hay algo que hace que la feli- te, quedar destruido, tanto en un pueblo, en una cultura o en un
cidacLsea tal:„el poder olvidar o, dicho de m anera iriSir hombre.
erudita, la capacidad de poder sentir de m anera no histó­ P ara determ inar este grado, y, sobre este fundam en­
rica, abstrayéndose de toda duración. .-Quien es incapaz to, los límites en los que el pasado h a de olvidarse para
de instalarse, olvidando todo lo ya pasado, en el umbraT no convertirse en sepulturero del presente, se tendría que
del presente, quien es incapaz de perm anecer erguido en conocer exactam ente el grado de Juerza plástica de un
un determ inado punto, sin vértigo ni miedo, como una hom bre, de un pueblo o de u na cultura; quiero decir: esa
diosa de la victoria, no sabrá lo que es la felicidad o, lo fuerza p ara crecer por sí misma, ese poder de transfor­
que es peor, no h ará nunca nada que haga felices a los m ar y asim ilar lo pasado y extraño, de sanar las heridas,
demás. Imaginemos el caso extrem o de un hom bre al que de reem plazar lo perdido, de regenerar las formas des­
se le hubiera desposeído com pletam ente de la fuerza de truidas... Existen hom bres que poseen esta fuerza en un
olvidar, alguien que estuviera condenado a ver en todas grado tan bajo que, a través de u na única vivencia, de
partes un devenir5. Ese hom bre no sería capaz de creer un único dolor, como resultado de u na única pequeña
más en su propia existencia, ya que vería todas las cosas injusticia o de un minúsculo rasguño, se desangran incu­
fluir separadam ente en puntos móviles. Se perdería así en rablem ente. Pero tam bién existen, al contrario, los invul­
nerables a los más salvajes y horribles accidentes de la

4 Esta, idea no tanto biológica como «temporal» de vida puede


verse en El gay saber 26: «Vivir significa deshacerse continuamente de
algo en uno mismo que quiere‘morir— .Vivir significa ser cruel e ine­ 6 Nietzsche se refiere aquí a Cratilo quien pensaba que, dado que
xorable contra todo cuanto se hace' débil y viejo en nosotros, y no sólo no puede existir un juicio verdadero sobre algo que está siempre cam­
en nosotros— [...]». biando, uno no debería decir nada, sino tan sólo mover un dedo. Véa­
5 Puede compararse con esto el célebre cuento de Borges, «Funes se Aristóteles, Metafísica, libro IV, 1010 a l 2 (Madrid, Gredos, 1990.
el memorioso», en Ficciones (Madrid, Alianza, 1997). Trad. Valentín García Yebra).

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vida e incluso a los hechos de su propia m aldad hasta el extraña, llegará al ocaso enferm o y agotado dem asiado
extrem o de que en medio de ellos, o poco después, lle­ prem aturam ente. La jovialidad, la buena conciencia, la
gan a un regular bienestar y a u n a conciencia tranquila. alegría en él actuar, la confianza en el futuro — todo ello
C uanto más poderosas son las raíces de la naturaleza depende, tanto en un individuo como en un pueblo, de
más interior de un hom bre tanto m ayor cantidad de p a­ que exista una frontera, un límite que separe aquello que
sado logra apropiarse o apresar. Y si se piensa en la más- es claro y capaz de ser abarcado desde una perspectiva
poderosa y enorm e naturaleza jam ás im aginada, tendre­ de todo lo que es oscuro y no visiblemente iluminado;
mos que reconocer que no existiría p ara ella ningún tipo pero tam bién depende de que se sepa justa y oportuna­
de limitación histórica que pudiera actuar sobre ella de m ente tanto qué olvidar como qué recordar, del podero­
m odo agobiante y perjudicial, pues atraería todo lo pa­ so instinto para distinguir en qué m om ento es necesario
sado, propio y extraño hacia sí, lo asimilaría y lo trans­ sentir de m odo histórico o no histórico. Esta es precisa-
form aría en sangre7. Lo que u n a naturaleza semejante no "mente la tesis propuesta a la reflexión del lector: que
llega a dom inar, lo sabe olvidar, dejando esto simple­ ahistórico y lo histórico son en igual medida necesarios para la sa­
m ente de existir; de este m odo, el horizonte perm anece lud de un individuo, de un pueblo o de una cultura.
cerrado, com pleto en sí mismo. N ad a recordará que exis­ En este sentido, cualquiera puede entender esta ob­
ten más allá de ella hom bres, pasiones, doctrinas y fines servación: p o r m ucho que la ciencia y el sentim iento
distintos. Esta es una ley general: todo lo vivo sólo pue­ histórico de un hom bre sea m uy lim itado, p o r m ucho
de ser sano, fuerte y productivo en el interior de un ho­ que su horizonte sea tan estrecho com o el de los habi­
rizonte. Si es incapaz de trazar a su alrededor tal hori­ tantes del valle de los Alpes, p o r m ucho que manifieste
zonte, o, p o r otra parte, dem asiado solipsista como p ara en cada juicio u na injusticia y en cada experiencia la
poder integrar su propia perspectiva en el interior de una creencia errónea de ser el prim ero en form ularla, este
hom bre, pese a todas sus injusticias y errores, conserva­
rá u n a insuperable salud y vigor y alegrará cualquier
m irada. Sin em bargo, m uy cerca de éste, otro hom bre
7 En toda la segunda intempestiva están muy presentes las alusio­
nes a la escritura estoica de los hypomnemata. La comparación de las m ucho m ás justo e ilustrado caerá enferm o y se debili­
metáforas del cuerpo y de la digestión, desarrolladas posteriormente en tará, porque las líneas de su horizonte siem pre se des­
este ensayo, con la cuestión de «la escritura de sí» era un tema muy plazan continuam ente y porque no logrará liberar de
común en Séneca. La escritura, por tanto, y el trabajo de uno mismo las dem asiado delicadas redes de sus justicias y verdades
con uno mismo han de transformar las cosas vistas u oídas «en fuer­ un robusto querer y desear. Y a hem os visto, en co n tra­
zas y en sangre» (in vires, in sanguinem). Véase Séneca.: Cartas a Lucilio,
Madrid, Gredos, 1994, especialmente cartas 2 y 84. Trad. Ismael
posición a esto, a ese anim al que habita de m an era to­
Roca. Aquí Nietzsche pone del mismo modo en relación la cuestión de talm ente ahistórica y casi en el interior de un horizon­
la falta de estilo con el exceso de lectura y el cambio continuo, pues éste te unidim ensional, pero que vive en u na cierta dicha,
dispersa y favorece la stultitia (la agitación del espíritu, la inestabilidad p o r lo m enos ajeno al hastío y al fingim iento. P or con­
de la atención, el afán curioso de novedades), pero también destaca el siguiente, tendrem os que dictam inar que la capacidad
contraste entre el valor positivo concedido a la posesión de un pasado
del que se puede aprender y disfrutar y la actitud incierta y perturba­ de po d er sentir de m anera no histórica es m ucho más
da del espíritu vuelta hacia el futuro. Para este tema: Foucault, M.: im portante y originaria en la m edida que constituye el
«L'écriture de soi», en Dits et écrits IV, Gallimard, 1994, págs. 415-430. fundam ento sobre el que puede en general desarrollar­

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se y crecer algo ju sto , sano y grande, algo, en definiti­ injusto del m undo, pues es estrecho, desagradecido con
va, auténticam ente hum ano. Lo ahistórico es, pues, se­ el pasado, ciego frente a los peligros, sordo a los avisos,
m ejante a u n a atm ósfera envolvente en la que se desa­ algo así com o u n pequeño torbellino en un m ar m uer­
rrolla únicam ente vida, pudiendo ésta desaparecer si to de noche y olvido. Y, pese a todo, este estado (ahis­
esta atm ósfera se destruye. Es v erdad que el hom bre tórico y contrahistórico de principio a fin) es el seno
sólo llega a ser hom bre en tanto que pensando, refle­ donde no sólo nace u n a acción injusta, sino toda acción
xionando, com parando, separando y sintetizando lim ita justa. Y ningún artista logrará su im agen pretendida,
ese elem ento ahistórico, y en tanto que form a en el in­ ningún jefe m ilitar su victoria, ningún pueblo la libertad
terior de esa envolvente nube u n poco de claridad lu­ "anhelada, sin antes h aberla deseado y anhelado en un
m inosa y resplandeciente, es decir, m ediante esa fuerza estado ahistórico de este tipo. Así com o, según las pala­
de utilizar el pasado com o instrum ento p a ra la vida, bras de G oethe8, el hom bre que actúa siem pre carece
transform ando lo acontecido en H istoria nueva. Pero de conciencia, así éste, tam bién desprovisto de la ayuda
no es m enos cierto que, p o r m edio del exceso histórico, del saber, h a b rá de olvidar lo principal p a ra centrarse
el hom bre deja, p o r el contrario, de serlo. P or eso, sin en lo único que le im porta y ser injusto frente a lo que
esa envoltura de lo ahistórico, no h ab ría n u n ca llegado perm anece a su espalda sin reconocer m ás que u n úni­
a ser hom bre ni se atrevería a com enzar siquiera a ser­ co derecho: lo que debe realizarse en ese m om ento. De
lo. ¿D ónde se en cu en tran esos hechos que el hom bre es este m odo, cualquier hom bre que actúa am a su acción
capaz de realizar sin antes h ab er ingresado en esa capa infinitam ente m ás de lo que en realidad m erece ser
vaporosa de lo ahistórico? O p a ra dejar de lado las am ada9. Y las m ejores acciones acontecen en sem ejante
im ágenes e ilustrarlo m ejor con un ejemplo: imagínese exceso de am or, p o r m ás que, en cualquier caso, sean
un hom bre arrastrad o e im pulsado p o r u n a pasión h a ­ indignas de este am or y su valor sea incalculable.
cia u n a m ujer o hacia un ideal... ¡Qué cam biado está su C ualquiera que esté en la posición de olfatear y res­
mundo! M irando hacia atrás se siente ciego, si m ira a p irar repetidam ente esta situación de atm ósfera ahis-
su alrededor, p a ra p ercibir lo extraño, lo oye com o un tórica en la que se origina cualquier gran acontecim iento
sonido sordo sin ningún significado. T o d o lo que él p er­ histórico, p o d ría ser capaz entonces, en tanto ser cog­
cibe en general n u n ca lo percibió tan realm ente, tan noscente, de elevarse a ese punto de vista suprahistórico
palpablem ente cercano, colorido, vibrante e ilum inado, (iiberhistorisch) ya descrito p o r N ie b u h r10 com o u n posi-
com o si ah o ra él com prendiera el m undo con todos sus
sentidos. Y es que todas sus. apreciaciones h an cam bia­
do y desplazado su valor de antaño; incluso no es capaz 8 «El hombre de acción es siempre inconsciente, nadie tiene cons­
de apreciar ya algunas cosas p orque apenas puede sen­ ciencia, salvo el que observa», Palabras de Goethe en Sprüche in Prosa,
tirlas. E n este m om ento se p reg u n ta si no h ab ría sido recogidas en Gedanken aus Werken (F. Bruckmann, Munich, pág. 80).
hasta ah o ra u n m ero bufón de extrañas palabras y de 9 En esta reivindicación del papel positivo de la «pasión», Nietzs­
che coincide con Hegel y, en cierta medida, con la filosofía de la his­
extrañas opiniones; se m aravilla de que su m em oria gire
toria de Kant, quien opinaba que sin pasiones egoístas la humanidad
sobre u n mismo círculo incansablem ente y, sin em b ar­ nunca progresaría.
go, esté tan débil y cansada p a ra d a r un único salto fue­ 10 Se refiere al historiador alemán y especialista en el imperio ro­
ra de este círculo. Es éste, desde luego, el estado más mano Barthold Georg Niebuhr: Su obra Historia de Roma había sido

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* ble resultado de la observación histórica. «Al m enos Son aquellos de los que dice D avid H u m e iró n ica­
p a ra u n a cosa — dice éste— , es útil la H isto ria, si se m ente:
la concibe con clarid ad y en detalle: p a ra darnos
cu en ta de que los m ás grandes y excelsos espíritus de And from the dregs o f life hope to receive, what the first
n u estra ra z a h u m a n a ig n o ran de qué m odo ta n a rb i­ sprightly running could not gjveu .
trario y casual su visión h a llegado a d a r form a a lo
que ven y a lo que exigen v er v io len tam en te a cu al­ Llamémosles hom bres históricos. Su m irada fija en el
q u iera. Y decim os vio len tam en te p o rq u e la in ten sid ad pasado los em puja hacia el futuro, estimula su valor para
de su conciencia es ex cepcionalm ente g rande. Q u ien medirse más tiempo con la vida, enciende en ellos la es-
no conoce esto de m odo claro y g en eral y no lo ha jeranza de que la justicia vendrá, de que la felicidad se
com p ren d id o , es avasallado p o r la id ea de la a p a ri­ ;ncuentra detrás de una m ontaña que tendrán que esca-
ción de u n po d ero so espíritu que lleva la su p rem a p a ­ ar. C reen estos hom bres históricos que el sentido de la
sión a u n a form a d eterm in ad a» . P o d ría entonces lla­ ;xistencia saldrá cada vez más a la luz en el transcurso de
m arse «suprahistórico» a sem ejante p u n to de vista an proceso, de ahí que sólo m iren hacia atrás para, a tra-
(iiberhistorisch), puesto que q u ien lo ad o p tase no p o d ría /és de la consideración de los procesos anteriores hasta el
ya sentir co m p letam en te n in g u n a ten tació n de seguir m om ento actual, com prender el presente y aprender a
viviendo y co o p eran d o en la m a rc h a de la H istoria, desear el futuro de m anera más intensa; pero no saben
ya que h a b ría reconocido finalm ente la ú n ica co n d i­ / hasta qué punto es ahistórica su m anera de pensar y ac-
ción de cu alq u ier suceso histórico: la ceguera e injus­ f tuar en la Historia y en qué m edida su ocupación histó­
ticia de los h o m b res que actú an . Es más: incluso se rica no es un instrum ento del conocimiento puro sino de
h a b ría cu rad o p o r fin de la ten tació n de to m ar a la s. la misma vida.
h isto ria de a h o ra en ad elan te dem asiado en serio. H a ­ Pero esa pregunta cuya prim era respuesta ya hemos
b ría ap ren d id o de cu alq u ier h o m b re, de cu alq u ier vi­ oído bien pudiera ser contestada de otra m anera. ¡Con un
vencia, sea en tre griegos o turcos, en u n a h o ra del si­ «no» de nuevo, por supuesto!, pero con un «no» argu-

(
glo i o xix, a resp o n d er a la p re g u n ta de cóm o y p a ra m entado de otra m anera. C on ese «no» del hom bre su­
qué se vive. Si alguien p re g u n ta ra a sus conocidos si prahistórico que no ve la salvación en el proceso, para
d esearían volver a vivir o tra vez los últim os diez o quien, más bien, el m undo está completo y logra su fin en
veinte años, co m p ro b a ría fácilm ente cuál de todos cualquier m om ento particular. Pues, ¿qué podrían diez
ellos estaría p re p a ra d o p a ra ese p u n to de vista su­ años más enseñar que no hayan enseñado los diez ante­
p rah istó rico . Y es que, efectivam ente, todos co n testa­ riores?
rían que no, au n q u e arg u m e n ta ría n ese «no» de dife­
rentes m an eras. A lguno, quizá, esp eran d o con co n ­
fianza que «los próxim os veinte años fuesen m ejores».
11 «Y de las heces de la vida, esperan recibir lo que la primera y
vivaz carrera dar no pudo». La cita que a su vez reproduce Hume pro­
viene de John Dryen (Aureng-Zebe, Acto IV, escena I.) y es recogida
alabada por Goethe como ejemplo combinado de critica e intuición. por Nietzsche de Diálogos sobre la religión natural, parte X (hay traducción
Muy posiblemente Nietzsche conociera tal referencia. castellana de Carmen García Trevijano en Madrid, Tecnos, 1994).

48' 49
Los hom bres suprahistóricos nunca han estado de hoy querem os más bien satisfacemos con nuestra igno­
acuerdo entre ellos sobre si el sentido de la enseñanza es rancia desde el fondo de nuestros corazones y volvemos
la felicidad o la resignación, la virtud o la penitencia; hom bres activos, hom bres de progreso, veneradores del
pero, opuestos a todos los modos de considerar el pasado, proceso. Puede ser que nuestra estima por lo histórico
son bastantes unánim es en la aceptación de la siguiente sólo sea un prejuicio occidental. ¡Mientras no nos quede­
tesis: el pasado y el presente son uno y el mismo, esto es, mos quietos y progresemos como mínim o dentro de este
típicam ente semejante en toda su diversidad y, como om- prejuicio...! ¡Mientras aprendam os cada vez más que se
nipresencia de tipos eternos, u n a estructura estática de va­ debe im pulsar la historia desde los fines de la vida..). De
lores inmutables y de eterno significado. Así como cientos este m odo no nos im portaría ser inferiores a los hom bres
de lenguajes diferentes corresponden a las necesidades tí­ suprahistóricos, poseedores de m ayor sabiduría que noso­
picam ente fijadas del hom bre, y al igual que alguien que tros... Porque m ientras pudiéram os estar seguros de pose­
com prendiera estas necesidades no sería capaz de apren­ er más vida que ellos nuestra ignorancia tendría de cual­
der nad a nuevo de todos estos lenguajes, así el pensador quier m odo m ucho más futuro que toda su sabiduría.
suprahistórico ilum ina toda la Historia de los pueblos y Y p ara que con ello no quedara ninguna duda sobre el
los individuos desde dentro, revelando de m anera clarivi­ sentido de esta contraposición entre vida y conocimiento,
dente el significado original de los diferentes jeroglíficos, quisiera proponer ser ningún tipo de rodeos algunas tesis,
eludiendo, lenta y hasta cansinam ente, el incesante flujo ayudándom e a su vez de un m odo de proceder bien pro­
de los nuevos signos escritos. ¿Cóm o no iba éste, en la bado desde hace tiempo.
abundancia infinita de lo acontecido, a desem bocar en U n fenómeno histórico p u ra y com pletam ente conoci­
la saciedad, en la sobresaturación, incluso en el hastío vi­ do, así como reducido a ser un fenómeno cognoscitivo es,
tal? T al vez el más osado esté dispuesto a decir a su pro­ p ara quien lo conoce de esta forma, algo muerto: porque
pio corazón las siguientes palabras de Giacom o Leopardi: reconoce allí la ilusión, la injusticia, la pasión ciega y, en
general, todo el horizonte terrenalm ente oscurecido que
Las cosas no merecen tus latidos, ni es digna de suspiros rodea a ese fenómeno y —justo en ello— tam bién su po­
la tierra. Hiel y tedio der histórico. Este poder se h a convertido ahora, para
la vida es, nada más, y fango el mundo quien lo ha conocido, en algo im potente, aunque tal vez
Cálmate12.
/fío fuera así para él en cuanto ser vital. __.—-
La Historia, pensada como ciencia p u ra y convertida
Pero dejemos a los hom bres suprahistóricos (überhisto-
) en soberana, sería para la hum anidad una especie de con-
rische Menschen) su sabiduría y tam bién su hastío. Porque
f elusion de la vida, un ajuste final de cuentas. Sólo si la
educación histórica va acom pañada de u na poderosa y
nueva corriente vital, de u na cultura en devenir, por
12 Poema de Giacomo Leopardi titulado A se estesso («A sí mis­ ejemplo, cuando es dom inada y guiada por una fuerza su­
mo»), en Antología poética (edición y traducción de Eloy Sánchez), Va­
perior — y entonces no dom ina y guía únicam ente ella
lencia, Pre-Textos, 1988, pág. 87. Recogemos dicha traducción del po­
ema. Aunque se desconoce la fecha exacta de composición, es muy misma— es algo saludable y prom etedora de futuro.
probable que Leopardi compusiera este desesperado poema en 1833, La historia, en la m edida en que sirve a la vida/eStá
después de una importante ruptura sentimental. servicio de un poder no histórico y, por tanto, en esta

50 51
snh n r H im rm n cien­
n n p i m r l n ---- n i rlehe c P r ---- m i n r a l i n a 3 or ejemplo, define la historia política como la justa
cia pura, como es el caso de las matemáticas. Ási7'l3''pre- preparación al gobierno de un Estado, así como una
gunta de hasta qué punto la vida necesita, en general, es* m aestra extraordinaria que, a través del recuerdo de losy
tar al servicio de la historia es u n a de las preguntas y p re­ infortunios de los otros, nos exhorta a soportar con fir
ocupaciones más elevadas en lo referente a la salud de un za las veleidades de la fortuna.^Por eso, quien aquí haya
hom bre, de un pueblo o de una cultura, porque existe aprendido a reconocer el sentido de la historia, le h a de
una situación de sobresaturación histórica que desmenuza molestar profundam ente observar a todos estos viajeros
la vida y provoca su degeneración, al mismo tiempo que curiosos o pedantes micrólogos escalar sobre las pirámides
de los grandes pasados; allí donde busca las incitaciones a
la emulación y a la superación de uno mismo, no desea
encontrarse a ese ocioso que, ansioso de distracciones o de
sensaciones, vaga de un lado a otro como por entre los te­
2
soros artísticos guardados en una galería. Para que el
Pero que la vida necesita el servicio de la historia es hom bre activo, en medio de estos ociosos débiles y deses­
algo que debe com prenderse tan claram ente como la te­ peranzados, en medio de estos aparentes hom bres activos
sis — que se dem ostrará más tarde— de que un exceso de — en realidad, com pañeros excitados y ruidosos— no se
historia daña a lo viviente. En un triple sentido pertenece desanime y sienta hastío, ha de interrum pir la m archa h a­
la h isto ria a L iii' viviriírpeiL enece como algtneft^que ne- cia su meta, m irar detrás de sí y tom ar aliento. U na m eta
cesjííKactuar y esforzarse, como alguien que necesitactm ^ que es alguna dicha, quizá no la suya propia, a menudo,
servar y venerar, y, finalmente, como alguien que sufre y incluso, la de un pueblo o la de toda la hum anidad. Así,
necesita liberarse. A esta trinidad de relaciones corres­ mediante la utilización de la Historia, logra escapar de la
ponden tres m aneras de abordar la historia. Así se distin­ resignación. En general, no recibe ningún salario, excepto,
guirá una historia monumental, u n a anticuaría y una crítica. • quizá, la gloria, es decir, la expectativa de ocupar un sitio
La Historia pertenece, sobre todo, al que quiere actuar, de honor en el templo de la historia, donde él mismo pue­
al poderoso, a aquel que m antiene una gran lucha y ne- de ser maestro, consuelo y advertencia. Pues su m anda­
■cesitamodelos, maestros o consuelo, mientras que, parale^ miento reza así: lo que fuera capaz u na vez de dar una
lampnfp~~rm nr r-ipa? Ar encontrarlos ni entrestjsjcaniSfa- m ayor dimensión y una realidad más herm osa al concep­
das ni en su presente. Así, p o r ejemplo, perteneció a Schi­ to de «hombre», h a de estar tam bién eternam ente presen­
ller. Nuestro tiempo es tan malo, como dijo Goethe, que te, tiene que ser posible eternam ente. Q ue los grandes m o­
el poeta no encuentra a su alrededor ninguna naturaleza mentos en la lucha de los individuos form en una cadena,
adecuada13. Teniendo en cuenta al hom bre activo, Poli- que en ellos se una la cadena de m ontañas de la hum ani­
dad a través de milenios, que lo más alto de un mom ento
histórico hace m ucho tiempo acontecido siga siendo para
13 Conversaciones con Eckermann, 21,de julio de 1827 (hay trad, caste­
llana a cargo de J . Bofill en México, Porrúa, 1984). En la primera con­
sideración intempestiva ya Nietzsche destacaba las observaciones de
Goethe sobre la importancia del entusiasmo en la historia y su abso­ 14 Polibio.: Historias. Libros xvi-xxxix, Madrid, Gredos, 1983.
luta carencia en el filisteísmo dominante. Trad. Manuel Balasch.

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mí aún lo más vivo, claro y grande: éste no es sino un ram ente no más que aquello que les hubiera atorm entado
pensamiento fundam ental en la creencia en la hum anidad, en forma de escoria, basura, vanidad, animalidad... y que
esa hum anidad que tiene su cdrrespondenci^eri la exigef ahora cae en el olvido después de que durante tanto tiem­
cia de una historia monumental. Ju sta ­ en esta exigencia de))
Justo po hubiera sido expuesto a su desprecio. Pero una cosa sí
r e lo grande deba ser eterno./‘se desencadena la lucha vivirá: el m onogram a de su existencia más propia, una
más terrible, pues todo lo restante que todavía vive dice l obra, una acción, una iluminación poco frecuente, una
que no. «Lo m onum ental no debe emerger», ésta es la ] creación. Vivirá porque ninguna posteridad puede pres­
consigna opuesta. L a sorda rutina, lo pequeño y más bajo, cindir de esto. En esta form a más refinada, la fam a es, sin
todo lo que envuelve los rincones del m undo como una at­ em bargo, algo más que el bocado más exquisito de nues­
mósfera pesada alrededor de lo grande, se precipita sobre \ tro am or propio, como la h a llamado Schopenhauer15; es,
ello p ara frenarlo, engañarlo, m oderándolo y asfixiándolo \ más bien, la creencia en la correspondencia y continuidad
en el cam ino que lo grande ha de recorrer hacia la ja ---- ’ de lo grande en todas las épocas., una protesta contra el
mortalidad. Sin embargo, este camino se desarrolla a tra­ cam ^io-dc g'ETieraeionesjy^stTü'ansitoriedad.
vés de cerebros humanos, a través de los cerebros de ani­ f ¿De qué forma, pues, sirve al hom bre del presentera:
males angustiados y contingentes en los que continuam en­ consideración m onum ental del pasado, la ocupación con
te se presentan las mismas necesidades y que, con lo clásico e infrecuente de tiempos anteriores? Simple­
esfuerzo, apartan p o r poco espacio de tiempo su propia mente: extrae de ella la idea de que lo grande alguna vez,
ruina. Sobre todo éstos quieren sólo u n a cosa: vivir a cual­ existió, que, en cualquier caso, fue posible, y, p o rjo -ta n to ,
quier precio. ¿Q uién podría sospechar en ellos esa difícil ^tam bién quizá sea posible de nuevo. Así, recorre anim a­
m archa de antorchas de la historia m onum ental p o r m e­ do su cam ino, pues la duda de a no querría lo imposible,
dio de la cual únicam ente pervive lo grande? Y sin em­ que se le presentaba en sus horas más débiles, ha queda­
bargo, de vez en cuando, algunos se despiertan de un do apartada ya de su paso. Supóngase que alguien cree
m odo tal que, en una m irada a la grandeza del pasado y que no se necesitan más de cien hom bres productivos,
fortalecidos p o r tal visión, se sienten tan animados como si educados y desenvueltos en un espíritu nuevo, para aca­
la vida hum ana fuera un asunto grandioso y como si fue­ bar con toda esa cultería (Gebildetheit)16 que está hoy de
ra incluso el fruto más bello de una am arga planta el sa­
ber que en alguna tem prana edad alguien había sido or­
gulloso y fuerte ante esta existencia, pero, al mismo tiem­
po, tam bién otro había sido profundo, otro misericordioso 15 «Considerada eudaimónicamente, entonces la fama no es más
que el más peregrino y delicioso bocado de nuestro orgullo y vanidad»
y compasivo, y todos ellos dejando como testamento una (Arthur Schopenhauer, Parerga und Paralipomena, en Samtliche Werke, ed.
lección: que el que vive lo más bello no da im portancia a Wolfgang Freiherr von Lóhneysen, Frankfurt am Main, Suhrkamp,
la existencia. Si el hom bre com ún tom a este lapso de tiem­ 1986, vol. IV, pág. 475). Hay trad. cast, de M. Parmeggiani y
po melancólica y ávidamente, los otros sabían cómo, en su M. Crespillo (Málaga, Ágora, 1997).
cam ino a la inm ortalidad y a la historia monum ental, ha­ 16 Gebildetheit. Utilizo aquí la traducción que, siguiendo a Quevedo,
ya realizara Andrés Sánchez Pascual para la edición de la primera «in­
bía que m ostrar una carcajada olímpica o, como mínimo, tempestiva» (Consideraciones intempestivas I, Madrid, Alianza, 1988, pági­
una elevada soma. A m enudo descendían a la tum ba con na 27, nota 5). Por otro lado, la crítica al «siglo culto» (XIX) ya era
ironía — pues, ¿qué habría que enterrar de ellos?— . Segu- un tema constante en Burckhardt.

54 55
m oda en Alemania, ¡cómo le tendría que fortalecer com­ tendrían efecto en todas las épocas. Lo que se celebra en
p robar que la cultura del Renacim iento se alzó sobre los las fiestas populares y en días de recuerdos religiosos o
hom bros de un grupo de tal centenar de hombres! militares es propiam ente un «efecto en sí» semejante: éste
Y, no obstante, p ara aprender del mismo ejemplo in­ es el que no deja ningún descanso a los ambiciosos y es
m ediatam ente algo nuevo, ¡qué arbitraria y vaga, qué ine­ como un am uleto en el corazón para los em prendedores,
xacta sería esa comparación! ¡Cuántas diferencias han de aunque no como el connexus histórico de causas y efectos
ser dejadas a un lado p ara que actúe ese efecto lleno de que, com pletam ente conocido, sólo dem ostraría que nun­
vida! ¡Con cuánta violencia hay que obligar a la indivi­ ca podría salir nada absolutam ente semejante en el juego
dualidad del pasado a subsumirse dentro de un esquema de datos del futuro y del azar.
general y q u eb rar así sus asperezas y líneas precisas en M ientras el alm a de la historiografía resida en las
aras de la armonía! Es en el fondo, lo que u n a vez fue po­ grandes iniciativas que un hom bre poderoso puede extraer
sible, no podría presentarse como posible p o r segunda de ella, m ientras el pasado tenga que ser descrito como
vez, a menos que los pitagóricos tuvieran razón en creer algo digno de ser im itado, como imitable y posible por se­
que, en una misma constelación de los cuerpos celestes, gunda vez, corre, ciertam ente, el peligro de ser torcido un
debería repetirse lo mismo sobre la tierra, incluso hasta poco, de ser embellecido y así aproxim ado a la libre in­
llegar a lo más pequeño e individual. De m odo que cada vención; incluso hay tiempos que no son capaces de dis­
vez que los astros tuvieran entre sí una determ inada posi­ tinguir entre un pasado m onum ental y una ficción mítica,
ción, un estoico se uniría con un epicúreo y César sería porque de un m odo u otro pueden ser deducidos los mis-
asesinado y, en otra situación, Colón descubriría Améri­ TTKt-S ; mpM1gng jf"!iiándr> la rn n g irlp ra rin n m o n u m e n ta l Hp T x
ca. Sólo si la tierra u na y otra vez recom enzara su dram a /jasad o domina sobre las otras m aneras de considerar la \
de nuevo después del quinto acto, si fuera cierto que el J historia,
esto es, la anticuaría y la crítica, sufre el pasado J
mismo encadenam iento de motivos, el mismo deus ex ma­ de ese mismo daño: grandes p artes de éste se olvidan, se
china, la misma catástrofe, se repitieran en determinados ^desprecian^onstituyéndose algo parecido a una corriente
intervalos, entonces el poderoso tendría derecho a desear gris continua en la que sólo hechos particulares previa­
la historia m onum ental en una com pleta veracidad icónica, m ente adornados se alzan como archipiélagos aislados.
es decir, desear cada factum en propiedad y particularidad En las infrecuentes personas que esto es perceptible suce­
concreta, probablem ente hasta que los astrónomos no se de ante nuestros ojos algo antinatural y prodigioso, algo
convirtieran otra vez en astrólogos. H asta entonces, la his­ semejante a esa cadena dorada que los discípulos de Pitá-
toria m onum ental no necesitará esa com pleta veracidad: goras querían reconocer en su maestro. Y es que la his­
aproxim ará lo que no es semejante, generalizará y, final­ toria m onum ental engaña a través de antilogías: m edian­
m ente, igualará, pero siempre atenuando las diferencias te similitudes seductoras atrae al hom bre poderoso a la
de los motivos e intenciones con el fin de — y al coste de tem eridad, al entusiasta al fanatismo, y, si se piensa com­
las causae— presentar los effectus de form a m onum ental, pletam ente esta historia en las manos y cabezas de egoís­
esto es, de m anera ejem plar y digna de imitación. Enton­ tas con talento y de malhechores exaltados, term ina­
ces, sin exagerar, podría llamarse a la historia m onum en­ rán destruyéndose reinos, asesinándose príncipes, instigán­
tal, en tanto que prescinde en lo posible de las causas, dose guerras y revoluciones y aum entándose de nuevo el
una colección de «efectos en sí» o de acontecimientos que núm ero de los «efectos en sí» históricos, esto es, de los

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efectos sin suficientes causas. Baste esto como recuerdo toria. Su instinto, por el contrario, les revela que el arte
del daño que la historia m onum ental puede originar bajo podría ser asesinado por el propio arte: lo m onum ental
el m ando del hom bre poderoso y activo, sea éste bueno o no debc-naceT ótra v éZ m ^ara-g sto sirve precisamente lo
malo... ¿Q ué ocurrirá entonces cuando se apoderan y va­ que posee la^aatuiidad m onüm entS~~del-pasado. Asi e f
len de ella los impotentes e inactivos? como son los conocedores del arte "que" quieren suprimir
Tom em os el ejemplo más sencillo y frecuente. Imagí­ el arte en general: se com portan como médicos cuando,
nese a las naturalezas menos artísticas o totalm ente no ar­ en el fondo, se fijan en la mezcla de los venenos mientras
tísticas arm adas y enfundadas en esta historia artística adiestran su lengua y su gusto para explicar por qué su
m onum ental: ¿contra quién lanzarían ahora sus armas? refinamiento rechaza insistentemente lo que se les ofrece
Pues contra sus tradicionales enemigos, los espíritus pode­ como elemento artístico nutritivo. Porque ellos no quieren
rosam ente artísticos, en realidad contra los auténticam en­ que lo grande vuelva a surgir. Su procedim iento es decir:
te veraces de esa historia: los que son capaces de apren­ «¡mirad, lo grande ya está ahí!», pero en realidad lo gran­
der p ara la vida y traducir lo que han aprendido en una de que ya está ahí les im porta tan poco como lo que pue­
práctica más elevada. A éstos se les obstaculiza el cam ino da volver a surgir. De esto da testimonio su vida. Por
y se les enrarece la atmósfera cuando alguien con ju sta di­ esto, la historia m onum ental no es sino la m áscara bajo la
ligencia baila en actitud idólatra alrededor de un m onu­ que en ellos su odio contra lo poderoso y grande de su
m ento de algún gran pasado entendido de m odo parcial, tiempo se hace pasar por la satisfecha veneración de lo
como si se quisiera decir: «¡mirad!, éste es el arte verda­ poderoso y grande de épocas pasadas, disfraz bajo el que
deram ente real, ¡qué im portan los que se transform an y el sentido propio del estudio histórico se invierte en lo
quieren algo!». A parentem ente, incluso, este tropel baila­ opuesto. El hecho de que ellos sepan esto de m anera
rín parece poseer el monopolio del «buen gusto», pues el consciente o no es lo mismo, pues actúan en cualquier
creador siempre h a estado en desventaja frente a quien caso como si su lema fuese: «dejad a los m uertos enterrar
sólo ha observado com o espectador sin además ponerse a los vivos»17.
m anos a la obra. De este modo, en todos los tiempos, el C ada uno de estos tres modos de hacer historia se jus­
político de sofá h a sido más inteligente, más justo y sen­ tifica únicam ente en un suelo y bajo un único clima,
sato que el hom bre de estado que gobernaba. Pero si el m ientras que en cualquier otro crece como u na m ala
uso del voto popular y las mayorías numéricas se trasla­ hierba que es capaz de asolar todo a su paso. Cuarido-el
daran al ám bito del arte y se obligara al artista igual­ horpbí=e-cp3E quiere creap-alge-gfanclg_necesita el pasado,
m ente a defenderse ante un foro de inactivos estéticos,
puede apostarse que sería condenado; pero no a pesar de,
sino justam ente a causa de que sus jueces han proclam ado
solemnemente el canon del arte m onum ental (es decir, de 17 Ya el propio Goethe (Esbozo de prólogo a Dichtung und Wahrheit)
acuerdo con la explicación dada: el arte que «ha produ­ manifestaba que «La Historia, incluso la mejor, tiene siempre algo de
cadavérico, olor a sepultura». La razón real por la que el erudito o el
cido efecto» en todos los tiempos). En cambio, todo el
historicista es incapaz de comprender adecuadamente los hechos históri­
arte aún no m onum ental, p o r actual, carece de, en pri­ cos es la de que el «hecho» es algo todavía vivo en el presente mien­
m er lugar, necesidad; en segundo lugar, de p u ra inclina­ tras que el erudito, por así decirlo, lo «momifica» y lo agota enten­
ción; y tercero, precisamente, de esa autoridad de la his­ diéndolo como algo «superado», definitivamente «muerto».

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se adueña de éste p o r medio de la historia monumenrak bres. «Aquí se ha podido vivir — se dice a sí mismo— ,
a quien, p o r el contrario, le gusta perseverar en lo habi­ porque se puede vivir; aquí se podrá vivir, porque somos
tual y venerablem ente antiguo, cuida lo pasado como his- duros y no es fácil que nos quebrem os de repente». De
l toria anticuaría; y sólo al que una necesidad del presente esta m anera, con este «nosotros», él m ira por encim a de
1 le oprim e el pecho y quiere arrojar toda esa carga fuera la vida efímera, curiosa e individual para sentirse para
i de sí a cualquier precio, tiene necesidad deucriíieajy^sto sentirse dentro del espíritu de la casa, su generación, su
es, de una historia que enjuicie y condene.'Del transplants ciudad. Ocasionalmente hasta saludará al alm a de su pue­
irreflexivo de estos cultivos proceden algunos desastres: el blo como a su propia alma, incluso a través de anchos,
crítico sin necesidades, el anticuario sin piedad, el cono­ oscuros y confusos siglos. Éstos son su dones y virtudes:
cedor de lo grande sin la capacidad de poder hacer algo u na capacidad de em patia, de adivinación, una capacidad
grande, son algunos ejemplos de tales cultivos convertidos de olfatear huellas casi extinguidas, un instintivo leer co­
en m ala hierba, cultivos extrañados de su m aterno suelo rrectam ente el pasado por más que se haya escrito enci­
natural y, p o r tanto, degenerados. ma, una rápida capacidad de com prensión de los palim p­
sestos, e incluso de los polipsestos... C on estos dones
G oethe se detuvo ante el m onum ento de Erwin von
3 Steinbach, desgarrándose los velos históricamente extendi­
dos entre ellos a través de la tem pestad de su sentimien­
T am bién la H istoria pertenece, en segundo lugar, al to. Allí contempló por prim era vez la obra germ ana «in­
que conserva y venera, al que, repleto de confianza y fluyendo a partir de la recia y dura alm a alem ana»18. Ese
am or, lanza una m irada hacia atrás, al lugar de donde mismo rasgo y un significado semejante guió a los italia­
proviene, en donde se h a formado. Por medio de esta pie­ nos del Renacim iento, despertando de nuevo en sus poe­
dad paga su agradecim iento p o r su existencia. C uidando tas el antiguo genio itálico «para una prodigiosa conti­
con m ano solícita lo que existe desde antiguo, no quiere nuación del antiguo sonido de cuerda», como h a dicho
sino conservar las condiciones en las que nació p ara los Jaco b Burckhardt19. Pero este sentido histórico anticuario
que tengan que nacer después de él, y así sirve a la vida.
La posesión del acervo heredado cam bia de sentido en ta­
les almas, pues son más bien poseídas p o r éste. Lo pe­
queño, lo limitado, lo caduco y lo caído en desuso recibe 18 Hace referencia al ensayo de Goethe «Von deutscher Bau-
kunst» («Sobre arquitectura alemana») dedicado a Erwin von Sein-
su propia dignidad e inviolavilidad en la m edida que el bach. La cita en cuestión se encuentra cerca del final de este breve en­
alm a conservadora y veneradora del hom bre anticuario se sayo.
traslada a estas cosas y en ellas p rep ara un nido acogedor. 19 No puede subestimarse la importante influencia de Jacob
La H istoria de su ciudad se convierte p ara él en su pro­ Burckhardt (1818-1897), por otro lado también ferviente admirador de
pia Historia; así com prende el significado de ese muro, la la filosofía schopenahueriana, a lo largo de todas las Intempestivas y,
en especial, en ésta sobre el problema de la Historia. Nietzsche
puerta alm enada, el concejo municipal, la fiesta del pue­ hace aquí referencia al libro Die KuUur der Renaissance in Italien, Leipzig,
blo como un diario ilustrado de su juventud, encontrán­ .E. U. Seemann, 1901 (La cultura del renacimiento en Italia, Torrejón de
dose a sí mismo en todo ello: su fuerza,, su diligencia, su Ardoz, Akal, 1992, trad. Teresa Blanco, vol. I.). Los cursos universita­
placer, su juicio, su necedad, incluso sus malas costum­ rios de Burckhardt —material que luego sería publicado en sus Consi­

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venerador tiene su más alto valor allí donde — sobre con­ pasado; de m odo que tam bién aquí observamos lo que ya
diciones en las que un hom bre o un pueblo vive de m a­ hemos apreciado en la historia m onum ental, a saber: que
nera modesta, severa, incluso miserable— se difunde un el pasado mismo sufre tan pronto como la historia sirve a
sencillo y conm ovedor sentimiento de placer y satisfac­ la vida y es dom inada por impulsos vitales. Dicho por
ción, como, p o r ejemplo, cuando N iebuhr responde con medio de u na im agen un tanto libre: el árbol siente sus
ingenua sinceridad que en el páram o y en el brezal, en­ raíces más de lo que puede verlas, pero este sentimiento
tre campesinos libres, se vive plácidam ente teniendo una mide toda su grandeza según la grandeza según la gran­
historia, pero sin un arte al que echar de menos. Porque, deza y fuerza de sus ram as visibles. Y si el árbol puede
/¿cómo podía servir la historia de m odo m ejor a la vida equivocarse en esto, ¡cómo no ha de equivocarse acerca
/ que atando y vinculando estrecham ente a la patria y sus de todo el bosque que se encuentra en tom o suyo, de este
costumbres tradicionales a las generaciones y pueblos más bosque del que sólo sabe y siente algo en la m edida que
desfavorecidos, convirtiéndoles en sedentarios e impidién­ éste mismo le frena o le desafia! El sentido anticuario de
doles así vagar p o r tierras extrañas en su húsqnedá He lo un hom bre, de u na com unidad o de todo un pueblo po­
Im ejor, cuando no en su lucha p o r éstas? (A. veces se ob­ see siempre un limitadísimo cam po de visión. No percibe
serva como obstinación e insensatez lo que hace al indi­ la m ayor parte de las cosas, y lo poco que ve lo ve de­
viduo aferrarse a tal com pañía y ambientes, a esta peno­ masiado cercano y ¿lisiado; no es capaz de medirlo y, por
sa costumbre, a este m onte pelado, pero, sin em bargo, es tanto, lo considera todo de igual im portancia. Es decir:
la insensatez más provechosa y saludable p ara la totali­ atribuye a lo singular una im portancia excesiva. Por tan­
dad, como lo sabe cualquiera que haya tom ado concien­ to, no existen p ara las cosas del pasado ni diferencias de
cia de los terribles efectos asociados a ese placer aventu­ valor ni proporciones que las juzguen com parativam ente,
rero de la emigración, principalm ente en las desbandadas sino siempre sólo dimensiones y proporciones de las cosas
de pueblos enteros, u observe de cerca la situación de un del pasado en referencia al individuo o pueblo que m ira
pueblo que haya perdido la fidelidad a su pasado y esté hacia atrás bajo la perspectiva anticuaría.
expuesto a un incesante afán cosmopolita de descubri­ H e aquí siempre próxim o un gran peligro: finalmente
m iento y búsqueda de lo más nuevo. El sentimiento llega el m om ento en el que todo lo viejo y lo pasado que
opuesto, el placer que el árbol siente en sus raíces, ese entra en esta perspectiva visual se tom a como igualmente
gozo de no saberse m ero producto de la arbitrariedad y digno de veneración, repudiándose y desechándose sin
de la contingencia, sino flor y fruto que h a crecido de un respeto, por contra, todo lo que no reconoce el carácter
pasado, y, p o r tal razón, justificado en su existencia: he venerable de lo viejo, es decir, todo lo que es nuevo y está
aquí lo que ahora se define preferentem ente como senti­ en continuo cambio. De este modo, incluso los griegos to­
do histórico propiam ente dicho. leraron el estilo hierático de sus artes plásticas al lado de
N o es éste, en efecto, el estado en el que el hom bre es­ un arte más libre y grandioso; es más: posteriorm ente no
taría más capacitado p ara descom poner científicamente el sólo toleraron las narices alargadas y la sonrisa glacial,
sino que hicieron de ello todo un refinamiento. C uando
se petrifica el sentido de un pueblo de tail modo, cuando
deraciones sobre la historia universal también fueron de gran importancia la historia sirve a la vida pasada socavando la vida poste­
para Nietzsche. rior y suprema, cuando el sentido histórico no conserva

62 63
ya la vida, sino que la momifica, entonces m uere el árbol redado...), cuando se considera la suma de piedad y ve­
de m anera antinatural: pereciendo lentam ente de la copa neración por parte del individuo y de las generaciones, a
a las raíces, para, finalmente, atacar a la misma raíz. La uno no le puede dejar de resultar una tem eridad o inclu­
historia anticuaría se petrifica justam ente en el mom ento so un sacrilegio reem plazar tal antigüedad por una nove­
en que la frescura vital del presente ha dejado ya de ani­ dad y oponer a tal suma de piedades y veneraciones acu­
m arla y entusiasmarla. Allí donde la piedad decae, los muladas a través del tiempo, lo que deviene y es actual
eruditos subsisten sin ella en medio de u n a rutina donde (gegenwartig).
todo se convierte en un autocomplaciente egoísmo que Aquí se hace visible la necesidad que tiene el hom bre,
gira alrededor de sí mismo. Acaso tam bién se observa el al lado de los modos m onum ental y anticuario, de consi-
penoso espectáculo de un ciego afán de coleccionar, de / derar con frecuencia el pasado desde una tercera perspec-
un incansable em peño por ju n ta r todo lo que una vez ' tiva: la crítica, y tam bién ésta, de nuevo, al servicio de la
existió: el hom bre se envuelve en una atmósfera llena de vida. Es m enester que el hom bre, para poder vivir, tenga I
pobredum bre. A través de esta m anera anticuaría de con­ \ la fuerza destruir y liberarse del pasado, así como q u e-''
siderar la historia, incluso sólo se consigue rebajar dones \ n u c d a em plear dicha fuerza de vez en cuando. Esto lo
superiores y nobles aspiraciones al nivel de una insaciable consigue llevando el pasado a juicio, instruyendo su caso
curiosidad; con frecuencia, a veces, se cae tan bajo que de m anera dolorosa, para, finalmente, condenarlo, ya que
ésta se da p o r satisfecha con cualquier alimento y hasta todo pasado es digno de ser condenado, pues así aconte­
llega a devorar con placer el polvo de las bagatelas bi­ ce en las cosas del hom bre, siempre envueltas en las fuer­
bliográficas. zas y debilidades hum anas. Pero no es aquí la justicia la
Pero aunque no acontezca esta petrificación, aunque que aquí lleva las cosas hum anas a juicio; y aún menos la
la historia anticuaría no pierda el fundam ento sobre el clemencia la que pronuncia el veredicto. Es únicam ente
que puede enraizarse p ara la salud vital, siempre acecha­ la vida quien aquí se expresa, ese poder oscuro e incitan­
rá el peligro en el caso de que logre dom inar e invadir los te, ese poder que con insaciable afán se desea a sí mismo.
otros modos de considerar la historia. La historia anti­ Su sentencia es siempre implacable, siempre injusta, por­
cuaría únicam ente es capaz y entiende de conservar la vida, que nunca ha fluido de ninguna fuente pura del conoci­
pero no de engendrarla. Por esta razón, subestima siem­ miento; pero, en la m ayor parte de los casos, resultaría la
pre lo que es cam biante, porque ella carece completa­ sentencia igual aunque la pronunciara la misma justicia,
m ente de instinto p ara esto — a diferencia de la historia porque «todo lo que-nace merece perecer, por eso sería
monum ental, por ejemplo. D e este m odo no hace sino mejOTque-'rtScía naciese» .'o e necesita fíiprvajura
obstaculizar ese impulso poderoso hacia lo nuevo, llegan­ •Soaer vivir y poder olvidar en qué m edida
do a paralizar al hom bre de acción, quien, como tal, no je la injusticia son una misma cosa. El mismd'-
tendrá más remedio que violar ciertas devociones. El he­ ro había opinado una vez que el m undo se había origi­
cho de que algo sea viejo produce la exigencia de que
tenga que ser inm ortal, pues cuando uno considera, a lo
largo de la experiencia de su existencia, todo lo que ha 20 J- W. von Goethe, Fausto, parte I. Palabras de Mefistófeles en
tom ado el carácter de antigüedad (una vieja costumbre una de las primeras escenas en el estudio de Fausto (Madrid, Cáte­
del padre, una creencia religiosa, un privilegio político he- dra, 1991, pág. 144. Trad. José Roviralta).

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nado p o r un olvido de Dios y que si éste realm ente hu­
biera pensado en la «artillería pesada», no lo habría crea­ guiar saber efectivamente que esa prim era naturaleza alguna
do. Sin em bargo, ocasionalmente, la misma vida que ne­ vez fue una segunda naturaleza y que cualquiera segunda
cesita el olvido exige tam bién la destrucción tem poral de naturaleza triunfante también será algún día primera.
este olvido; entonces queda claro qué injusticia puede lle­
gar a ser, p o r ejemplo, la existencia de alguna cosa, sea
un privilegio, una casta, una dinastía..., es decir, en qué
m edida esta cosa reclam a su decadencia. Entonces se_con- Éstos son los servicios que la historia es capaz de prest
sidera críticamente el pasado m ientras sus raíces son ani­ a la vida. Todo hombre o pueblo necesita, según sus metas,'
quiladas con el cuchillo, pasando cruelmente por encima fuerzas y necesidades, un cierto conocimiento del pasado,
de cualquier tipo de piedad. Es éste siempre un proceso bien sea como historia monumental, anticuaría o crítica^
peligroso, en realidad peligroso p ara la vida misma; y los
hom bres y las épocas que sirven así a la vida, juzgando y tados a la observación pura de la vida, ni como individuos
aniquilando un pasado, son siempre peligrosos y están ex­ hastiados a quienes únicamente puede satisfacer el saber y
puestos al peligro, p orque en la medida que somos el re­ p ara los que el aumento del conocimiento es la meta en sí
sultado de genera© i(«tes—anteriores.—también cornos el misma, sino siempre sólo para el fin de la vida y, por tan­
resultado~~3é~1sus aberraciones, pasiones y erra res; ne^gs_ to, bajo el dominio y conducción superior de tal objetivo.
posible liberarnos- com pletameBt^de¿E gíá^cadena. Pese a Pues ésta también es la relación natural de un tiempo, de
juzgar estas aberracíones'y"esrirñSmos emancipados de ellas, una cultura, de un pueblo con la historia motivada por su
el hecho es que no puede eliminarse que también procede­ hambre, regulada por el grado de necesidad y contenida
mos de ellas. En el mejor de los casos, llegamos a una lucha por la inmanente fuerza plástica. Q ue el conocimiento del
entre la naturaleza heredada y precedente y nuestro conoci­ pasado, finalmente, sólo se desea en cualquier época al
miento, tal vez también a una lucha entre una nueva y ri­ servicio del futuro y el presente, pero no para la debilitación
gurosa disciplina y lo heredado y aprendido del pasado; de este último ni para el desarraigo de un futuro lleno de
plantamos entonces una nueva costumbre, un nuevo instinto, vitalidad es un hecho tan simple como la verdad misma y
una segunda naturaleza, y de ese modo la prim era termina convence inmediatamente incluso a quien para ello no se
por atrofiarse. Se trata del intento de darse a posteriori un deje conducir por la demostración histórica.
pasado del que se quiera proceder frente al pasado del que Y ahora echemos una m irada rápida a nuestro tiem ­
efectivamente se procede, un intento que es siempre peligroso, po: nos asustamos, huimos hacia atrás... ¿Dónde ha que­
no sólo porque es difícil encontrar un límite a la negación dado toda esa claridad, toda la naturalidad y pureza de
del pasado, sino porque las segundas naturalezas son, en la esa relación entre la vida y la historia? ¡Qué confuso y
mayor parte de los casos, más débiles que las primeras. Es exagerado! ¡Con qué inquietud se agita este problem a
frecuente que exista un conocimiento de lo que es bueno sin ante nuestros ojos! ¿Seremos culpables nosotros, los ob­
realizarlo, porque se conoce lo que es mejor, pero sin la po­ servadores? ¿O se habrá transform ado realmente la cons­
sibilidad de llevarlo a la práctica. Pese a todo, aquí y allá se telación de vida e historia a causa de la interposición en­
logra la victoria, y para los luchadores, para los que se sir­ tre ellos de un poderoso astro enemigo? Q ue otros de­
ven de la historia crítica, no deja de existir un consuelo sin- m uestren si estamos equivocados o no, pero nosotros
diremos lo que nos parece ver: se ha interpuesto en m e­
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dio, en efecto, un astro, un deslum brante y poderoso as­ d ad m ás característica del hom bre m oderno: el singular
tro que h a transform ado realm ente la constelación... a_ contraste entre un m undo interior al que no correspon­
auj¿£L-de-ia ciencia, a cattsíud^la exjgenóg_de queJaJúsíeñer-de^a de ningún tipo de exterioridad y u n a exterioridad a la
serjm cia. Hoy ya noj e ina exclusivamente la vida n i rb « ú - que no corresponde ningún m undo interior, u na contra-
na el saber sobre el pasado^ sino todo lo contrario: todos los posir.ión, p or otro lado, desconocida p o r los pueblog_aür
i límites han sido derribados y todo^o~~qu& 4tíeilguna vez» tiguos. El conocim iento que"-Se tom a ~eñ—exceso, sirK
se abalanza sobre los hombres. Y también hacia atrás, don­ ham bre, incluso sin necesidades, deja ya de o b rar como
de existe el devenir, todasW 'perspectivas se han desplaza­ un motivo transform ador que im pulsa hacia afuera y
do hacia el infinito. Ninguna generación hasta ahora ha perm anece oculto en un m undo interior ciertam ente caó­
percibido un espectáculo como éste que ofrece ahora la tico que el hom bre m oderno^ con curioso orgullo, llam a?
ciencia del devenir universal, por otro lado tan imposible de su propia espiritualidad. Se dice, incluso, que se posee el
apresar con la mirada. En efecto, pero ello se nos ofrece ade­ contenido y que se carece de la form a, pero esto es en
más con la peligrosa osadía de su lema: Jiat verilas pereat vita21. todo ser vivo un contraste com pletam ente im pertinente.
Figurém onos el proceso espiritual que aquí se origina Por esta razón, nuestra form ación m oderna no es algo
en el alm a del hom bre m oderno. El saber histórico flu­ que esté «vivo», porque no se la puede com prender sin
ye continuam ente de inagotables fuentes, lo extraño e este contraste, es decir, no se trata de una form ación
inconexo se agolpa, la m em oria abre todas sus puertas, real, sino tan sólo de un tipo de saber secundario sobre
aunque sin abrirse n u n ca suficientemente; la naturaleza la form ación, pues se detiene en los pensam ientos sobre
se esfuerza hasta el límite p ara recibir, o rd en ar y h o n rar la form ación, en los sentim ientos sobre ésta, pero sin
a estos extraños invitados, pero estos mismos están en producirse ninguna decisión form ativa al respecto. Por el
lucha unos con otros y, p o r lo tanto, parece im prescin­ contrario, lo que es realm ente motivo y lo que se m ani­
dible vencerlos y superarlos p ara no perecer justam ente fiesta exteriorm ente com o acción aparente, no significa a
en esta lucha. Poco a poco, la adaptación a un hogar m enudo mas que un convencionalism o indiferente, una
tan desordenado, tum ultuoso y beligerante se convierte triste falsificación o una grosera m ueca. En el m undo in­
gradualm ente en u n a segunda naturaleza m ientras, al terior descansa, incluso, u na sensación parecida a la de
mismo tiem po, queda fuera de to d a duda que esta se­ esa serpiente que, después de haberse tragado conejos
gunda naturaleza es m ucho m ás débil, agitada y, de énteros, reposa tranquilam ente al sol y evita cualquier
principio a fin, más enferm a que la prim era. En suma, tipo de m ovim iento salvo el estrictam ente necesario. El
el hom bre m oderno arrastra sobre sí una inm ensa canti­ proceso interior es ahora el asunto mismo, la form ación
dad de indigestas piedras de conocim iento que, en oca­ propiam ente dicha. El que pasa de largo p o r aquí sólo
siones, tam bién crujen en su estómago, como se dice en desea una cosa: que tal form ación no perezca de indi­
el cuento22. E n virtud de este crujir se delata la propie­ gestión. Pensemos por ejem plo en la im agen que un
griego tendría ante la visión de nuestra form ación. Éste
no tardaría en apreciar que p ara los hom bres recientes
21 «Que triunfe la verdad, aunque perezca la vida».
22 Nietzsche se refiere aquí al célebre cuento de Jakob Grimm Der
«culto» e «históricam ente culto» se parecen de un m odo
W olf und die sieben Gásskin («Los siete cabritos y el lobo»). Véase Már­ tal que se diría que tan sólo son distintos en el núm ero
chen der Briider Grimm (ed. A. Schmitz, München, Hueber, 1987). de palabras. Si éste expresase su idea de que alguien

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llegar a la insensibilidad ante la barbarie. L a m em oria
puede ser m uy «culto» y carecer com pletam ente de for­ únicam ente se excita cada vez ante lo nuevo y así fluyen
m ación histórica, la gente creería no h ab er entendido nuevas cosas dignas de saberse que pueden ser dispues­
n ad a y agitaría despectivam ente su cabeza. Y es que ese tas aseadam ente en los cajones de dicha m em oria. La
conocido pueblo de un pasado no dem asiado rem oto, el cultura de un pueblo como antítesis de esta barbarie ya
griego, en su período de m ayor poderío, m antuvo un te­ h a sido definida alguna vez del m odo que aquí vengo
naz sentido ahistórico. Si p o r m edio de u n encanta­ exponiendo con algún derecho com o unidad del estilo
m iento tuviera un hom bre de nuestro tiem po que regre­ artístico en todas las expresiones vitales de un pueblo23.
sar a esa época, m uy posiblem ente encontraría a los Esta definición no debe m alentenderse com o si se trata­
griegos m uy «incultos», con lo cual el secreto m eticulo­ se de un contraste entre barbarie y estilo bello. El pueblo
sam ente guardado de la form ación m oderna ciertam en­ denom inado «culto» debe ser en cualquier tipo de reali­
te se destaparía a la risa pública. Porque nosotros, los d ad u na unidad viviente y no disociarse m iserablem ente
m odernos, no tenem os n ad a propio: sólo llenándonos entre un interior y un exterior, un contenido y u na for­
hasta el exceso de tiem pos antiguos, costum bres, artes, m a. P or eso, quien quiera alentar y aspirar a la cultura
filosofías, religiones y conocim ientos, llegamos a ser algo de un pueblo, alentará y aspirará a esta unidad suprem a
dignos de consideración, esto es, como enciclopedias y trab ajará con otros p ara destruir esta m oderna «culte­
am bulantes, que es com o nos calificaría tal vez un anti­ ría» en aras de u na form ación verdadera. Asimismo, se
guo heleno perdido en nuestro tiem po. Sin em bargo, el atreverá a reflexionar sobre el m odo de restablecer la sa­
valor de las enciclopedias reside en su contenido, no en lud de un pueblo trastornado por la historia y sobre la
lo que se escribe sobre ellas o en lo que se encuentra en m anera de volver a encontrar sus instintos y, con ello, su
las tapas o en la cubierta. D e esta m anera, to d a la for­ honradez.
m ación m oderna es esencialm ente interior; p o r fuera, el A hora quisiera hablar simplemente de nosotros, los
encuadernador h a puesto algo así com o «m anual de for­ alem anes del presente, quienes sufrimos esa debilidad de
m ación interior p ara bárbaros exteriores». En realidad, la personalidad y esa contradicción entre formas y con­
esta contraposición entre un interior y un exterior hace tenido m ás que ningún otro pueblo. E n general, la for­
que lo exterior sea todavía m ás b árb aro de lo que ten ­ m a es p a ra nosotros un m ero convencionalismo, un dis­
dría que ser necesariam ente en el caso de un pueblo fraz, un fingimiento, y, p o r lo tanto,* si no se la odia, en
b ruto que sólo desarrollara desde sí sus rudas necesida­ cualquier caso, tam poco se la am a. A ún m ás correcto se­
des. Pues, ¿qué m edio le queda a la naturaleza p ara do­ ría decir que nosotros no sólo tenem os un extraordina­
m inar lo que se im pone de m an era tan excesiva? Sólo rio tem or a la p alabra «convencionalismo», sino tam bién
un medio: acogerlo tan fácilm ente como sea posible con a la cuestión misma. Por este tem or abandonó el alem án
el fin de elim inarlo y expulsarlo con rapidez. Esto da lu­
gar a que se origine el hábito de dejar ya de tom ar las
cosas en serio, u n a «débil personalidad» en virtud de la
cual lo real, lo existente, causa sólo u n a leve impresión. 23 Aquí Nietzsche está aludiendo a la temática de su primera In­
Finalm ente, en su exterioridad, uno se vuelve cada vez tempestiva, centrada en la crítica a ese «filisteísmo» burgués represen­
tado por el filósofo David Strauss. Véase nuestra introducción a este
más acom odaticio e indiferente, ensanchándose el arries­
ensayo.
gado abismo entre contenido y form a hasta el punto de
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la escuela de los franceses, dado que quería ser más na­
tural y, p o r consiguiente, más alem án. Pero ah o ra p are­ alejado lo m ás posible de este peligro.-A lgo de razó n
ce haberse equivocado con este «por consiguiente». Es­ siem pre te n d rá u n ex tran jero cuando nos reproche
capado de la escuela del convencionalismo, se dejaba que n u estra in terio rid a d es dem asiado débil y d esor­
llevar cóm o y dónde la venía en gana, y básicam ente no d en ad a p a ra ac tu a r ex tern am en te y darse u n a form a.
hacía o tra cosa que im itar de m an era negligente y arbi­ C ie rtam e n te pu ed e, au n q u e de u n m odo extraño,
traria lo que antes im itaba m eticulosam ente y, a m enu­ m ostrarse sensiblem ente delicada, seria, poderosa,
do, con éxito. Incluso hoy todavía vivimos, frente a cordial, bo n d ad o sa, quizás incluso ser m ás rica que la
tiem pos anteriores, dentro de un convencionalismo fran­ in terio rid a d de otros pueblos, p ero com o algo co m ­
cés incorrecto y descuidado: así lo m uestra todo nuestro pleto en sí p erm an ece débil, ya que todas esas bellas
pasear, detenem os, nuestra conversación, vestido y vida fibras no están an u d ad as con u n poderoso nudo. D e
de hogar. C reyendo reto rn ar a lo natural, se abrazaba este m odo, la acción visible no m anifiesta la to talid ad
sólo la dejadez, la com odidad y la más m ínim a autosu- y la autorrevelación de esta in terio rid ad , sino ta n sólo
peración. Si uno se da u n a vuelta p o r u n a ciudad ale­ u n a te n tativ a débil y torpe de alguna de estas fibras
m an a — y la com para con la peculiaridad nacional de p o r q u e re r a p are n tem e n te valer com o to talid ad . P or
las ciudades extranjeras— , se com probará todo este ne­ esta razón no debe ser ju z g ad o el alem án p o r sus a c ­
gativo convencionalismo: todo está sin colorido, gastado, ciones, al m ism o tiem po que sigue p erm an ecien d o
m al copiado, abandonado, todos los hom bres siguen su tam b ién com pletam ente oculto com o individuo des­
pro p ia voluntad, pero no una voluntad fuerte, rica en pués de cu alq u ier acción. A éste se le debe m edir,
reflexiones, sino de acuerdo con las leyes prescritas, por com o ya es conocido, p o r sus pensam ientos y senti­
u n lado, p o r la precipitación general y, p o r otro, p o r la m ientos y p o r cóm o éstos se expresan a h o ra en sus li­
búsqueda general de com odidades. U n a p ren d a de ves­ bros. P ero son precisam ente estos libros los que desde
tir cuya invención no suponga un quebradero de cabe­ hace poco nos d esp iertan dudas sobre si esa fam osa
za, cuya colocación no lleve m ucho tiem po, es decir, in terio rid a d no reposa en u n p eq u eñ o e inaccesible
u n a p ren d a de vestir prestada del extranjero y copiada tem plo. S ería terrible p en sar que ésta p u d ie ra d esap a­
lo m ás negligentem ente posible: esto vale p a ra los ale­ recer u n b u en día y que ú n icam ente la ex terioridad,
m anes inm ediatam ente com o aportación al traje regio­ esa orgullosa, p a rc a y to rp em en te p erezosa ex terio ri­
nal alem án. Ellos rechazan el sentido de la form a con d ad , p erm a n ecie ra com o signo distintivo de lo ale­
franca ironía, puesto que ya se tiene el sentido del con­ m án. S ería casi ta n terrible com o si esa in terio rid a d
tenido: ¿no son ellos, después de todo, el pueblo famoso pudiese ser falseada, p in ta d a y m aq u illad a y tran sfo r­
de la interioridad? m a d a en com ediante o en algo m ucho p e o r sin d a r­
Existe, sin em bargo, un peligro fam oso en esta in ­ nos cuenta. Esto h a sido bien observado p o r alguien
terio rid ad : el peligro de que el co n tenido m ism o que com o G rillp arzer que, situado ap arte y en treg ad o a
se supone que no p u ed e ser visto co m p letam en te p u e ­ sus reflexiones, parece suponerlo desde su experiencia
d a en algún m o m en to evaporarse; ex tern am en te nadie de a u to r de te a tro d ram ático . «N osotros sentim os ab s­
se d a ría cu en ta de esto ni de su an te rio r existencia, trac tam en te — dice— . A penas sabem os ya cóm o se
p ero piénsese en cu alq u ier caso en el p ueblo alem án expresan los sentim ientos en tre nuestros co n te m p o rá ­
neos; les atribuim os u n a expresividad de sentim iento
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juicio y el gusto de los individuos, esto no es, desde lue­
q ue h a d ejado de o c u rrir hoy en día. S hakespeare nos go, una com pensación p a ra este espíritu, pues le ator­
h a echado a p e rd e r todo lo m o d e rn o » 24. m enta en cierto m odo tener que dirigirse únicam ente a
C ierto, éste es u n caso particular, acaso generalizado u n a secta y dejar de ser necesario dentro de un pueblo.
con dem asiada precipitación, pero, ¡qué terrible sería Q uizás prefiera entonces en terrar su tesoro al sentir has­
esta generalización com o algo ya autorizado si estos ca­ tío por verse protegido p o r tal secta cuando su corazón
sos particulares se im pusieran con frecuencia al observa­ rebosa com pasión con todos. Pero el instinto del pueblo
dor! ¡Qué desesperada sonaría esta frase!: nosotros, los ya no va más a su encuentro; le es inútil entregar sus
alem anes, sentimos de m anera abstracta. ¡La historia nos brazos llenos de anhelo. ¿Q ué le queda ahora sino vol­
h a corrom pido!... U n a frase que sin d u d a destrozaría de ver su odio entusiasm ado contra este obstaculizador des­
raíz cualquier tipo de esperanza en u n a cultura nacional tierro, contra las vallas erigidas p o r esa llam ada educa­
futura, ya que toda esperanza de este tipo nace de la cre­ ción del pueblo y así, al menos, enjuiciar com o juez
encia en la autenticidad e inm ediatez del sentim iento todo aquello que p a ra él, el viviente y creador de la
alem án, de la creencia en su incólum e interioridad. vida, es destrucción y degradación? De tal m odo, él
¿Q ué puede ya esperarse y creerse si esta fuente de fe y cam bia la alegría divina del que crea y ayuda p o r la
esperanza se enturbia, si la interioridad h a aprendido a profunda intuición de su destino, finalizando com o co­
d ar saltos, a bailar, a m aquillarse, a expresarse de m a­ nocedor solitario, com o sabio saciado. H e aquí el espec­
n era abstracta y egoísta y a perderse a sí m ism a gra­ táculo más doloroso. Q uien lo observe reconocerá una
dualm ente? ¿C óm o el gran espíritu productivo encontra­ necesidad sagrada. Se dirá que aquí se necesita ayudar
rá aún tolerable p erm anecer al lado de un pueblo que a restablecer esa excelsa unidad en la naturaleza y alm a
h a dejado de estar seguro de su propia interioridad y de un pueblo, que aquella escisión entre la interioridad
que se disgrega en «cultos» con u n a interioridad torcida y la exterioridad debe desaparecer bajo los golpes de
y extraviada e «incultos» de interioridad inaccesible? m artillo de dicha urgencia. Pero, ¿a qué tipo de medios
¿C óm o puede este espíritu soportar que la unidad del debe éste recurrir? Q uizá lo que le queda com o su más
sentim iento popular se pierda, si él adem ás sabe que este profundo conocimiento: expresarlo, difundirlo, pro p a­
sentim iento justam ente h a sido falseado y coloreado p o r garlo a m anos llenas. Así él espera cultivar esta necesi­
aquellos que se hacen llam ar la p arte culta del pueblo y dad. D e esta fuerte necesidad se originará alguna vez la
reivindican p a ra sí el derecho de genios del arte nacio­ acción más poderosa. Y p a ra que no se tenga ninguna
nal? Incluso si aquí y allá se h a refinado y sublim ado el duda de dónde tom o el ejemplo de tal urgencia, de esta
necesidad, de ese conocim iento, debo aquí expresam en­
te dejar constancia de mi testim onio, que no es otro que
24 Curiosamente, pese a la persistente influencia de las ideas «neo- el de la unidad alemana en su sentido m ás elevado, unidad
rrománticas» de Wagner, el «clasicismo» y las ideas de Grillparzer p o r la que nos esforzamos aún m ás ardientem ente que
son una presencia constante en los apuntes postumos en tom o a este
ensayo. Nietzsche poseía el tomo IX dedicado a la estética de los Sam-
p or la reunificación política: la unidad del espíritu alemán y
tliche Schriften (Deutsches Verlagshaus Bong, Berlin, 1872) de este dra­ de la vida después de la destrucción de la contraposición entre fo r­
mático austríaco. La importancia de Grillparzer en esta segunda in­ ma y contenido, interioridad y convencionalismo.
tempestiva puede comprobarse en una carta a Rohde: «¡él es casi
siempre uno de los nuestros!» (7. 12. 1872).
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hom bre cansado de historia. Parece casi imposible que
pueda ser arrancado un tono musical completo y poderoso
de tales cuerdas, aunque se las pulse con fuerza; enseguida
La sobresaturación histórica de una época me parece se extingue el sonido, al m om ento se debilita evaporándo­
que es peligrosa y enem iga de la vida en cinco aspectos: se de modo delicadamente histórico. Dicho moralmente: ya
en prim er lugar, tal exceso produce ese contraste del que no conseguís retener lo más elevado, vuestras acciones no
ya hemos hablado entre lo interior y lo exterior p o r m e­ son más que golpes repentinos, no truenos que retum ban.
dio del cual se debilita la personalidad; en segundo lugar, A unque se lleve a cabo lo más grande y maravilloso, nin­
da origen a la creencia de poseer la virtud — la más rara gún sonido resonará en el O rco25, puesto que el arte huye
de todas— del sentido de la justicia, en un grado superior cuando inm ediatam ente cubrís vuestras acciones bajo el
al de otras épocas; por otro lado, igualmente, se pertur­ techo protector de lo histórico. Al que quiera entender,
b an los instintos de un pueblo y se impide llegar a la m a­ calcular y com prender en ese m om ento dónde, con pro­
durez al individuo, no menos que al conjunto de la so­ funda emoción, debiera determ inarse lo incomprensible
ciedad; tam bién crece esa perjudicial creencia de cual­ como sublime puede llamársele «racional», pero sólo en el
quier época de estar en la vejez de la hum anidad, de ser sentido en el que Schiller hablaba del entendim iento de
m ero descendiente y epígono; y, finalmente, cae la época los seres racionales26: éstos no siempre ven ni escuchan
en una peligrosa actitud irónica sobre sí misma, pasando algo que sí ven y escuchan los niños, pero justo este
de ésta a una aún más peligrosa: el cinismo. Actitud ésta «algo» es lo más im portante. En tanto que no com pren­
que evoluciona hacia una acción egoísta que, paralizando den esto, su com prensión es más infantil que la del niño
■al principio, term ina destruyendo las fuerzas vitales. y más ingenua que la del ingenuo (y esto pese a las m u­
Regresemos ahora a nuestra prim era tesis: el hom bre chas e inteligentes arrugas de su rostro apergam inado y
m oderno padece de una personalidad debilitada. Del mis­ pese a la virtuosa destreza de sus dedos para desenredar
m o m odo que el rom ano de la época im perial se convir­ lo enm arañado). Esto no quiere decir otra cosa que lo si­
tió en un no-rom ano en vista de ese universo que perm a­ guiente: este tipo de hom bre h a perdido y destruido su
necía a su servicio, del mismo m odo que se perdió dentro instinto; ya no puede, confiando en el «animal divino»,
de esa corriente extranjera que le inundaba y degeneraba dejar más las riendas cuando su entendim iento vacile y
bajo ese carnaval cosmopolita de dioses, costumbres y ar­ conduzca su cam ino a través de desiertos. De este modo,
tes, así h a de ocurrirle a ese hom bre m oderno que se per­ el individuo se vuelve pusilánime e inseguro, y, dejando
mite continuam ente la organización por parte de sus ar­ de creer en sí mismo, se hunde en su ensimismamiento,
tistas históricos de la fiesta de la exposición universal. Se en su m undo interior, lo que significa que del am ontona­
h a convertido en un espectador que disfruta y deam bula
p o r todos lados, arrojado a una situación en la que, in­
cluso, ni grandes guerras ni grandes revoluciones apenas
25 En las creencias populares griegas Orco era el demonio de la
pueden cam biar algo durante un mom ento, ya que toda­ muerte, figura poco diferenciada del infierno y la m orada de los
vía no h a finalizado la guerra cuando es inm ediatam ente muertos.
vendida en cientos de miles de papeles impresos y servida 26 Referencia a su obra Die Worte des Glaubens (1798) en Gesammelte
como recientísimo medio de excitación al paladar del Werke, Aufbau-Verlarg, Berlín, 1954.

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do caos del que aprende no resulta ninguna acción hacia


el exterior. Lo que se enseña no se transform a en vida. Si evitar así que las personalidades llegasen a ser «libres», esto
se observa una vez más esta exterioridad, uno percibe en­ es, verídicas consigo mismas y con los demás, tanto en la
seguida cómo esta expulsión de los instintos por medio de palabra como en los hechos! Sólo en virtud de esta vera­
la historia h a convertido a los hom bres casi en puras abs­ cidad saldrá a la luz del día la indigencia y la miseria in­
tracciones y sombras: nadie se arriesga como persona, terior del hom bre m oderno y podrán entonces el arte y la
sino que se enm ascara como hom bre culto, como sabio, religión presentarse como verdaderas ayudas, en lugar de
poeta, o como político. Si se toca tales máscaras y se las todo ese convencionalismo y mascarada tras los que se ocul­
tom a en serio y no como una farsa — porque todas ellas tan m edrosam ente, y así im plantar de m anera conjunta
pretenden ser reales— , uno se encuentra de repente en una cultura que corresponda a sus verdaderas necesidades
sus m anos con tan sólo trapos y parches de colores. Por y que no sólo enseñe a engañarse sobre estas necesidades,
esta razón, no nos debemos dejar engañar más y debemos como hace la formación general en la actualidad, conver­
dirigimos a ellas de m anera diligente: «¡quitáos las cha­ tida por esta razón en una m entira cam biante.
quetas o sed m eram ente lo que intentáis parecer!». Nadie ¡En qué situación tan antinatural, artificial y, en cual­
que posea esa seriedad de espíritu aspirará más a ser D on quier caso, tan indigna h a de caer en este tiempo que su­
Quijote, pues tendrá otras cosas más im portantes que ha­ fre de la form ación general la más veraz de todas las cien­
cer que luchar contra esas presuntas realidades. De cual­ cias, la diosa desnuda más sincera, la filosofía! En este
quier modo, hab rá que fijarse muy bien en cada m áscara m undo de obligada uniform idad exterior, ésta no es ya
gritándole: «¡Alto! ¿Q uién va?» y arrojar la m áscara al sino el monólogo erudito del paseante solitario, pieza de
suelo. Cosa curiosa ésta: se debería pensaj-qne j a historia caza del individuo, secreto de alcoba o chisme insustan­
anim a a los hombres, sobre todo, a ser sinceros^jmihi so cial entre académicos ancianos y niños. N adie se atreve a
ser locos sinceros^ y, eiertafiíénte, éste ha sido siempre su cum plir la ley de la filosofía consigo mismo, nadie vive fi­
efecto salvo ahora. La formación histórica y la chaqueta losóficamente con esa sencilla fidelidad que obligaba al
del burgués universal dom inan simultáneamente. Pese a hom bre antiguo, dondequiera que estuviera y cualesquie­
íque nunca se ha hablado de una m anera tan enfática de ra que fueran sus impulsos, a com portarse como estoico
la «personalidad libre», lo cierto es que no se ven «perso­ en el caso r|e h aberse ya com prom etido filosóficamente
nalidades», ni m ucho menos «libres», sino más bien hom ­ con la Sto(¿l ) H oy todo tilosolar m oderno está limitado d ^
bres cubiertos m edrosam ente detrás de la categoría de lo tíTañera- áparentem ente erudita, policial y políticamente,
universal. Y es que el individuo se ha replegado a su in­ /por gobiernos, iglesias, academias, costumbres y por la
fe rio rid a d , ya no se descubre ni rastro fuera de él./P o r propia cobardía de los hombres. Todo se reduce al suspi>
ello se puede dudar de si pudieran existir en general cau­ ro: «¡ojala!» o al conocimiento «érase una vez...» D entro
sas sin efectos. ¿O es que debería necesitarse una raza de de los límites de la formación histórica, la filosofía no po­
eunucos como vigilantes del gran harén del m undo histó­ see ya ningún derecho en~el~caso de que p rete n d aasp irar
rico? A éstos realmente les sienta muy bien la p u ra obje­ a algo más que a un saber replegade-hacia el"m tenor y
tividad. ¡Si casi parece que su única tarea fuese la de vi­
gilar y custodiar la historia p ara que sólo pudieran salir
de ella más que historias, pero ningún acontecimiento, y
27 Referencia a la Sioa, esto es, la doctrina del estoicismo.
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carente de cualquier efecto. Si el hom bre m oderno en ge­ lir a la luz. Si ellos son hombres, lo son sólo para quien
neral fuera únicam ente valiente y decidido, si no fuera in­ es capaz de «penetrar en ellos muy profundam ente». Para
cluso en sus animosidades m eram ente un ser interior, él cualquier otro, éstos son otra cosa: ni hombres, ni dioses,
la desterraría. Sin em bargo, él así se da por satisfecho dis­ ni animales, sino figuras formadas históricamente, esto es,
frazando pudorosam ente su desnudez.^C iertam ente, se'1 formación absoluta, imagen, form a sin ningún contenido
/ piensa, se escribe, se publica, se habla y se enseña filoso- demostrable, por desgracia, sólo form a m ala y, además,
( fía; dentro de este límite casi todo se perm ite, aunque úni- uniforme. Así, quisiera que se com prendiera y se conside­
y cam ente en el ám bito de los negocios; en la llam ada vida, ra mi tesis: sólo l as-ém m alidades fuertes pueden soportar l/i his­
/ p o r el contrario, todo sucede de m anera diferente: aquí toria: los débiles son bnrñAm r.nmpb.tnmmte. porelhi. Esto se debe
J sólo una cosa se perm ite, m ientras que todo lo demás sen- a que la historia confunde el sentimiento y la sensación
/ cillamente es imposible, pues así lo requiere la form aciórJ donde éstos no son lo suficientemente fuertes para m edir­
I histórica. U no se pregunta entonces: ¿son éstos aún hom)- se con el pasado. Q uien no se atreve ya más a confiar en
V bresj, o acaso m áquinas de pensar, escribir y h ab lar?^ sí mismo e involuntariam ente pide consejo a la historia
G oethe una vez dijo de Shakespeare: «nadie como él para com prender sus sentimientos — «¿cómo debo sentir
ha despreciado tanto el traje material; conoce m uy bien aquí?»— , se convertirá progresivamente, por puro temor,
el traje interior del hom bre y aquí todos se asemejan. Se en un actor que representa un papel. Incluso, la m ayor
dice que él había representado magníficamente a los ro­ parte de las veces, muchos papeles diferentes y, por lo
manos. Yo no com parto tal idea: éstos son más bien in­ tanto, de m anera pobre y superficial. G radualm ente desa­
gleses habituales, aunque, p o r supuesto, son hombres, parece así toda posible congruencia entre el hom bre y su
■ hom bres de arriba a abajo, hom bres en cualquier caso a ám bito histórico; vemos por ejemplo a pequeños chavales
quienes sienta bien la toga rom ana»28. Pues bien, me pre­ indiscretos tratar a los rom anos como si éstos fueran sus
gunto si sería siquiera posible presentar a nuestros actua­ iguales o hurgar y excavar en los restos de los poetas grie­
les literatos, hom bres del pueblo, funcionarios o políticos gos como si estos corpora29 estuvieran tam bién preparados
como romanos. C reo que sería bastante difícil, pues éstos para su disección y fueran vilia30, como son acaso sus pro­
no son hombres, sino sólo com pendios encam ados y, por pios corpora literarios. Supongamos que alguien se ocupa
así decirlo, abstracciones concretas. Si ellos tienen un ca­ de Demócrito, siempre me pregunto: ¿Por qué no H erá-
rácter y u n a m anera propia de ser, lo cierto es que se en­ clito? ¿O Filón? ¿O Bacon? ¿O Descartes? Y así sucesiva­
cuentra de un m odo tan escondido que apenas puede sa- mente... Y por otro lado: ¿por qué un filósofo? ¿Por qué
no un poeta, un orador? Y, ¿por qué tiene que ser un

28 Se refiere al artículo de Goethe, J . W.: «Shakespeare und kein


Ende» («Shakespeare, una cuestión inacabada»). En este artículo, Goe­ 29 Nietzsche juega aquí con la palabra latina corpora (plural de cor­
the muestra que la peculiaridad de Shakespeare consiste en el hecho pus que pueda significar «cuerpo», bien de un ser humano o de una
de que vinculaba con entusiasmo «lo antiguo» con «lo nuevo», al equi­ colección de obras literarias). Éste critica que los jóvenes diseccionen
librar el deber y el querer dentro de caracteres individuales. Al unir de los poetas griegos como sí fueran meros «cuerpos» viles y materiales.
este modo «lo antiguo» y «lo moderno», Shakespeare constituía para Véase nota 7.
Goethe un modelo insuperable. 30 Material vil, insignificante, desecho.

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obra y su probable desarrollo ulterior, en ese momento, di­
griego? ¿Por qué no un inglés, un turco? ¿No es el pasa­ cha obra se colocará al lado de otras con vistas a la com­
do suficientemente grande p ara encontrar en él algo que paración en cuanto a la elección y tratamiento de su mate­
no os haga aparecer tan ridiculam ente arbitrarios? Como rial: se diseccionará, despedazará, se recom pondrá sabia­
ya he dicho, éste no es sino un linaje de eunucos. Para el mente y será amonestada y reprendida en su conjunto.
eunuco, una m ujer es como cualquier otra, justo sólo una Aunque parezca algo totalmente sorprendente, uno siempre
mujer. La «mujer en sí»: lo eternam ente inaccesible. Así se topará con esa m anada de investigadores históricos neu­
pues, es totalm ente indiferente lo que persigáis con tal de trales echando un vistazo al autor desde la lejanía. Al ins­
que la misma H istoria quede preservada como algo agra­ tante resuena el eco, pero siempre como «crítica», pese a
dable y «objetivo», en realidad por gentes que no pueden que poco antes este crítico ni siquiera había soñado en la
por sí mismos hacer Historia. Y del mismo m odo que el posibilidad de este acontecimiento. En parte alguna se llega
«eterno femenino»31 nunca os arrastra hacia las alturas, así a un efecto, sino siempre tan sólo a una crítica; y la crí­
así vosotros lo arrastráis hacia abajo y, como «gente neu­ tica, por su parte, no produce tampoco ningún efecto, sino
tral», consideráis tam bién la Historia como algo «neutro». tan sólo experimenta de nuevo otras críticas. Al mismo
Pero como no quiero que con esto se crea que yo com­ tiempo se ha convenido generalmente en considerar muchas
paro en serio la Historia con lo «eterno femenino», me críticas como efectos de algo, pero pocas críticas como sín­
expresaré de una m anera m ucho más clara y rotunda; es tom a de fracaso. En el fondo, incluso en los casos que hay
más, considero a la Historia^ p o r el contrario, como «lo «efectos», todo sigue igual que antes: durante cierto tiempo
eterno masculino», sólo que p ara quienes son «histórica­ se charla de algo realmente novedoso, luego, de nuevo, al­
m ente cultos» «de cabo a rabo» tiene que ser bastante in­ guna novedad, y, mientras tanto, se hace lo que siempre se
diferente que sea lo uno o lo otro. Estos no son ni «hom­ ha hecho. La formación histórica de nuestros críticos no
bre» ni «mujer», ni siquiera silgo «común» entre ambos, permite ya más que se llegue a ningún efecto en sentido
sino sólo «neutralidades» o, dicho de m odo erudito, ju s­ propio, es decir, a un efecto sobre la vida y la acción. So­
tam ente «lo e te r n a m e n t e nhjgtivo». bre la más negra escritura aplican enseguida su papel se­
U na vez que tales personalidades han quedado extingui­ cante, sobre el más encantador dibujo garabatean unas
das según la m anera ya descrita por esta perpetua carencia gruesas pinceladas que deben ser vistas como correcciones.
de subjetividad, o, como se suele decir, objetividad, nada es U na vez más y todo ha terminado. Pero ya nunca se detie­
capaz de afectarlas por más tiempo. Si ocurre algo bueno o ne su plum a crítica, pues, habiendo perdido los críticos todo
justo, ya sea un hecho, una poesía o música, enseguida este su poder sobre ella, en lugar de obedecer ya órdenes, es
ahuecado hombre de cultura pasará de largo ante la obra ahora ésta quien dirige sus acciones. Precisamente en este
en cuestión y preguntará por la historia del autor. Si éste ya desenfreno de efusividad crítica, en esa falta de dominio so­
ha creado algo más, inmediatamente buscará la interpreta­ bre ellos mismos, en eso que los romanos llamaban impoten-
ción de la trayectoria que hasta ahora lleva recorrida dicha tia, se revela la debilidad de la personalidad m oderna32.

32 Nietzsche vuelve a recoger temas muy comunes a la moral de


estoicos y epicúreos. Lo importante es que la lectura y la escritura sean
31 Alusión a las dos últimas líneas del Fausto, parte II (ob. cit., pá­ un arte de la verdad que combine la autoridad tradicional de la cosa
gina 432).
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tiembla al alzar la balanza; im placable frente a sí mismo,
6 añade una pesa tras otra; sus ojos no se engañan cuando
los platillos de la balanza suben y bajan. N i siquiera su
A bandonem os esta debilidad y dirijámonos m ejor ha­ voz se endurece o se quiebra cuando pronuncia su sen­
cia uno de esos alabadísimos poderes del hom bre m oder­ tencia. Si fuera un gélido dem onio del conocimiento, pro­
no con la em barazosa cuestión de si tiene derecho, en vir­ pagaría a su alrededor u na atmósfera glacial de majestad
tud de su conocida «objetividad» histórica, a denom inar­ tan sobrehum ana (übermenschlich) y terrible que tendríam os
se poderoso, esto es, justo, en un grado m ayor al hom bre más motivos para temerle que venerarle. Pese a ello, el
de otros tiempos. ¿Es cierto que esta objetividad tiene ser sólo hom bre y, sin em bargo, intentar ascender desde
como origen u n a acrecentada necesidad y exigencia de la duda venial hacia la rigurosa certeza, de la tolerante
justicia? ¿O acaso se suscita como efecto de otras causas indulgencia al imperativo «tú debes», de la rara virtud de
totalm ente distintas, produciendo la apariencia de que la la generosidad a la muchísimo más rara de la justicia, el
justicia es la auténtica causa de este efecto? ¿No nos lleva asemejarse ahora a ese dem onio sin ser desde un princi­
esta engañadora objetividad más bien a form am os un no­ pio otra cosa que un pobre hom bre, y, sobre todo, el te­
civo y más que autocomplaciente prejuicio sobre las vir­ ner que pagar en todo m om ento su hum anidad y consu­
tudes del hom bre m oderno? Ya Sócrates m antenía que mirse trágicam ente en esta virtud imposible, todo esto lo
imaginarse la posesión de una virtud que realmente no se eleva a u na solitaria altura com o el ejem plar más respetable
poseía era un mal cercano a la locura; y, ciertam ente, de la especie hum ana; pues quiere la verdad, pero no sólo
u n a im aginación m ucho más peligrosa que la ilusión como conocimiento frío y sin consecuencias, sino como
opuesta: padecer de un error, de una carencia. Porque, aquella jueza que ordena y castiga. Q uiere así la verdad,
gracias a esta ilusión, aún quizás es posible ser mejor, pero no como la posesión egoísta del individuo, sino
pero p o r esa imaginación el hom bre o una época se ha­ como la sagrada autorización para poder desplazar y
cen continuam ente peores, es decir, en este caso, m ucho cam biar de sitio todos los límites de las propiedades egoís­
más injustos. tas. La verdad, dicho brevem ente, como tribunal del
En verdad, nadie obtiene nuestra alabanza en un gra­ mundo, pero de ningún m odo como presa atrapada y
do más alto que quien posee el impulso y la fuerza de la placer del individuo cazador. Sólo en la m edida en que el
justicia. Pues en ésta se reúnen y ocultan las más altas e veraz posee esta voluntad incondicionada de ser justo hay
infrecuentes virtudes, de m odo parecido a un m ar inson­ algo grande en ese anhelo de verdad que, en todas p ar­
dable que recibe y acoge distintas corrientes de diversos tes, es glorificado irreflexivamente. Sin em bargo, ante la
lados. La m ano del justo, dispuesta a hacer justicia, no m irada obtusa, toda u na serie de m uy diferentes impulsos,
tales como la curiosidad, el m iedo al aburrim iento, la en­
vidia, la vanidad, el impulso del juego — impulsos todos
ellos que nada tienen que ver con la verdad— , se con­
ya dicha con la particularidad de las circunstancias que determinan su
uso. «Poco importa — dice Epicteto (Conversaciones con Arrimo, I, 17)—
funden con ese anhelo de verdad que tiene su raíz en la
que se haya leído o no todo Zenón o Crisipo: poco importa que se justicia. De este m odo parece ser que el m undo está lle­
haya captado exactamente lo que han querido decir y que no sea ca­ no de aquellos que «sirven a la verdad», cuando, sin em ­
paz de reconstruir el conjunto de su argumentación». Véase nota 7. bargo, en realidad, es la virtud de la justicia escasamente

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reconocida, casi siempre odiada a m uerte, y el ejercicio
de las virtudes aparentes es venerado y dom ina sin disi­ tal y una excitabilidad de sentimiento que en realidad
mulo. Pocos son los que en verdad sirven a la verdad, nada hum ano le es com pletam ente ajeno; las más dife­
porque sólo son pocos los que tienen la p u ra voluntad de rentes épocas y personas resuenan en su lira según tonos
ser justos y, entre estos, algunos menos la fuerza de poder análogos. Se h a convertido en una especie de passium re­
ser justos. N o basta tener solo la voluntad. Por ello, los sonante que, por medio de su sonido, actúa sobre otros
más terribles padecimientos h a venido justam ente entre passiva, hasta llenar toda la atmósfera de una época de ta­
los hom bres del impulso de justicia sin la fuerza de juicio. les ecos sutilmente entrelazados. M e parece, sin em bargo,
De ello se deduce que el bienestar general nada exigiría que en cierto m odo percibe sólo los tonos armónicos su­
más que esparcir tanto como sea posible la semilla del ju i­ periores de cada tono histórico principal y original, pero
cio, con el fin de que el fanático no sea confundido con que la fuerza y poderío del original deja de adivinarse ya
el juez ni el ciego afán de juzgar con la fuerza conscien­ en este etéreo tañido agudo y débil de cuerda. Es más: si
te que posee el derecho a hacerlo. ¿Dónde se encontrará el tono original despertaba fundam entalm ente acciones,
un medio de im plantar juicio? De ahí que siempre que se necesidades, temor, este tañido ahora nos arrulla y nos
habla a los hom bres de verdad y de justicia perm anezcan convierte en gozadores blandengues; es como si la Sinfo­
eternam ente en un vacilante indecisión, preguntándose si nía H eroica33 se hubiera dispuesto para dos flautas y para
les habla el fanático o el juez. Se debe, por tanto, perdo­ el uso de fumadores de opio adorm ecidos34. Por esta cir­
n ar a los que siempre han saludado con especial benevo­ cunstancia podem os ya m edir en qué grado se desarrolla
lencia a aquellos «servidores de la verdad» que no po­ entre estos virtuosos la exigencia suprem a del hom bre
seían ni la voluntad ni la fuerza de juzgar y se ponían a m oderno, la justicia p u ra y elevada. Esta virtud nada tie­
la tarea de buscar el conocimiento «puro», «sin conse­ ne que ver con algo agradable, no conoce arrebatos de
cuencias» o, más claram ente, la verdad sin ningún tipo de excitación, es dura y terrible. ¡Qué lugar tan insignifican­
resultados. H ay m uchas verdades indiferentes, incluso hay te ocupa incluso la m agnanim idad, virtud característica
problem as cuyo juicio correcto no cuesta ninguna supera­ de algunos y poco frecuentes historiadores, dentro de la
ción (Überwindung) y, menos aún, autosacrificio. Por tanto, escala de las virtudes en com paración con ella! Algunos
en este terreno concreto, carente de peligros e indiferen­ más logran llegar sólo a la tolerancia, hasta dejar como
te, no es difícil p ara un hom bre conseguir llegar a ser un válido lo que no puede negarse, hasta la explicación y
frío dem onio del conocimiento. Incluso si en épocas p ar­ embellecimiento m esurado y bien intencionado, suponien­
ticularm ente propicias toda la cohorte de sabios e investi­ do de m anera inteligente que el inexperto revestirá con la
gadores se transform aran en tales demonios, aún sería por virtud de la justicia lo que se cuenta en general del pasa­
desgracia totalm ente posible que dicha época careciese, do sin acentos duros y sin expresión de odio. Sin em bar-
de u n a rigurosa y gran justicia; dicho brevem ente que ca­
reciese del núcleo más noble del así llamado impulso a la
verdad. 33 Se menciona aquí la tercera sinfonía de Beethoven, La Heroica.
A hora coloqúese ante nuestros ojos al virtuoso históri­ 34 La historia, en concreto el historicismo positivista como elemen­
co del presente: ¿es éste el hom bre más justo de su tiem­ to «narcótico», en un tema que Nietzsche trata a menudo. Véase por
po? Es verdad que h a form ado dentro de sí una sutileza ejemplo la cuarta intempestiva Richard Wagner en Bayreuth, en concreto
el apartado IV.
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derse generalm ente esta palabra como un estado en el
go, sólo una fuerza superior puede juzgar, mientras que la que el historiador contem pla un acontecimiento en todos
debilidad no puede sino tolerar fingir hipócritam ente for­ sus motivos y consecuencias con una pureza tal que no ha
taleza y desplazar la justicia del lugar del juez a un mero de ejercer ningún efecto sobre su subjetividad. Nos referi­
espectáculo teatral. T odavía queda una terrible species de mos a ese fenómeno estético, a ese desligamiento libera­
historiadores, de carácter riguroso, sincero y eficiente, dor de uno mismo y de los intereses personales en el que
aunque de cabeza estrecha: aquí se encuentra justam ente el pintor, en medio de un paisaje torm entoso bajo rayos
presente tanto la buena voluntad de actuar con justicia y truenos, o sobre un m ar embravecido, contem pla allí la
como el páthos de juzgar, pero todos sus fallos están equi­ im agen que tiene en su interior, es decir, sumergiéndose
vocados, casi p o r las mismas razones por las que lo son com pletam ente en las cosas. Sin em bargo, es m era su­
las sentencias judiciales de los jurados corrientes y com u­ perstición creer que la im agen que las cosas m uestran en
nes. ¡Qué im probable es un talento histórico frecuente! un hom bre inmerso en tal estado reproduciría fielmente
Y esto, prescindiendo aquí de todos esos egoístas encubier­ la esencia em pírica de las cosas. ¿O es que las cosas en
tos y miembros de partido que disimulan su juego sucio ese m om ento por medio de su actividad intrínseca, por
bajo un rostro supuestam ente objetivo. Incluso prescindi­ así decirlo, se copian, se reproducen y se retratan foto­
mos tam bién de esas gentes totalm ente irreflexivas que es­ gráficamente ellas mismas como sobre un passivum puro?
criben bajo el nom bre de historiadores con la ingenua Esto sería mitología, incluso mala mitología. Además se
creencia de que justam ente su tiempo posee la razón en olvida que justo ese mom ento es el mom ento creativo más
todas las opiniones corrientes y que escribir conforme a poderoso y espontáneo en el interior del artista, un m o­
dicho tiempo significa lo mismo que ser justo, una creen­ mento de composición de índole superior cuyo resultado
cia, p o r otro lado, en la que vive cualquier religión y de será acaso un cuadro artísticamente verdadero, no históri­
la que p o r ahora nada más hay que decir en este terreno. camente verdadero. Pensar la Historia objetivamente de
/Estos ingenuos historiadores denom inan «objetividad» jus} este modo tiene que ver con el trabajo silencioso del escri­
tam ente a m edir las opiniones y acciones del pasado des­ tor dramático, es decir, pensar todo en sus relaciones, en­
de las opiniones comunes del m om ento presente: aquí tretejer los aspectos aislados y singulares con la totalidad,
ellos encuentran el canon de todas las verdades. Su tra- partir con la presuposición, en el caso de que no la haya,
j bajo es adaptar el pasado a la trivialidad del tiempo pre- de que las cosas están dispuestas según un plan unitario...
Isente (zeitgemass) mientras, por el contrario, llam an «sub­ Así como el hombre teje su red sobre el pasado y lo do­
jetiva» a cualquier historiografía que no tom e cor mina, así se expresa también su impulso artístico,
mónicas aquellas opiniones comunes y normales35. ¿No se SU impulso haría la verHarl y hacia la justicia. Y es que
introduce ya una cierta ilusión incluso en la interpreta­ justicia y la objetividad no tienen m ucho que ver entre
ción más elevada del térm ino «objetividad»? Suele enten­ Incluso se podría pensar en un tipo de historiografía
no contuviera en sí misma ni un ápice de la verdad empí­
rica común y que, sin embargo, pese a todo, reclam ara con
toda legitimidad el título de «objetividad». Incluso Grill­
35 Resulta difícil no percibir aquí la polémica personal de Nietzs­
che con la filología clásica de su tiempo representada por la figura pa­ parzer se atreve a decir esto: «¿Qué es la Historia sino la
radigmática de Wilamowitz y las objeciones de éste a su presunta fal­ forma en la que el espíritu del hom bre se mide con los
ta de objetividad en E l nacimiento de la tragedia.
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nf(tnterímiíintor que incomprensibles) une elementos que
que todos los impulsos y acciones hum anas están sujetos al
sólo Dios sabe si guardan relación entre sí, sustituye lo in­
silencioso y a m enudo imperceptible, aunque poderoso e
comprensible por algo comprensible, introduce sus concep­
inexorable, curso de las cosas». En tal frase uno no obser­
tos de una finalidad externamente orientada en un conjun­
va tanto una enigmática verdad cuanto una simple false­
to que seguramente sólo admite finalidades internas y fi­
dad, de m anera parecida al dicho de ese jardinero de la
nalmente supone la mamo del azar donde seguramente
corte que cita Goethe: «acaso se puede forzar a la natura­
actuaron miles de pequeñas causas? Todo hom bre tiene su
leza, pero nunca obligarla»38, o a esa leyenda de barraca
necesidad particular, de modo que millones de direcciones
de feria de la que habla Swift «aquí puede verse el elefan­
corren paralelamente, se entrecruzan en líneas rectas y cur­
vas, se desafían, se frenan, se impulsan hacia atrás y hacia te más grande del mundo, exceptuándole a él mismo».
Pues, después de todo, ¿cuál es la oposición entre la acción
adelante, asumiendo su carácter azaroso p ara el resto y así,
y el impulso hum ano y la m archa de las cosas? M e llama
descontando las influencias de los acontecimientos natura­
les, imposibilitan la demostración de una necesidad envol­ la atención generalmente que tales historiadores como el
vente y omniabarcante de lo que acontece»36. Sin em bar­ que acabamos de citar dejan de enseñar y adoctrinar tan
go, ¿no vuelve a salir esa «necesidad» a la luz como resul­ pronto como generalizan y muestran su sentido de la debi­
tado de esa «objetiva» visión délas cosas? Este es un lidad en oscuridades. En otras ciencias las generalizaciones
presupuesto que cuando se expresa como dogma por los son desde luego lo más importante, en tanto que contienen
historiádores sólo puede adoptar una forma curiosa. Schi­ leyes. Pero si enunciados como los descritos tuvieran que
ller, por ejemplo, tiene una conciencia bastante clara de lo valer como leyes, entonces habría que responder que el tra­
que es propiam ente subjetivo en este supuesto cuando dice bajo del historiador desaparecería, pues lo que en general
del historiador: «fenómeno tras fenómeno empieza a sus­ en tales enunciados permanece como verdad, exceptuando
traerse de la aproximación ciega, de la libertad sin leyes y ese resto oscuro e irresoluble del que hemos hablado, es
a integrarse como un miembro adecuado en un todo ar­ algo bien conocido e incluso trivial, algo que cualquiera
mónico que, en realidad, sólo existe en su representation»37. Pero, puede percibir en el ámbito más limitado de experiencia.
por el contrario, ¿qué se debe pensar de la siguiente afir­ Por esta razón molestar a pueblos enteros y emplear en ello
mación artificialmente oscilante entre la tautología y el largos años de trabajo sería algo semejante a acum ular en
contrasentido de un famoso y virtuoso historiador, por otra el terreno de las ciencias naturales experimento tras expe­
parte introducida tan inocentemente?: «no se puede negar rimento, después de que del tesoro presente de los experi­
mentos pudiera derivarse ya hace mucho tiempo la ley.
Precisamente, para Zollner39, las ciencias naturales están
36 Véase nota 24.
37 En 1879 Friedrich Schiller llegó a ser profesor en la Universi­
dad de Jena. Esta cita recogida por Nietzsche data del mayo (días 26
y 27 de ese mes) de este mismo año durante su lectura inaugural: Was 38 C arta de Goethe a Schiller (21 de febrero de 1798). Véase
heisst tund zu welchem Ende studiert man Universalgeschichte (hay traducción nota 1.
castellana a cargo de L. Camarena: «Qué significa, y con vistas a qué 39 La obra La naturaleza de las cometas (Leipzig, 1872) del astrofísico
final se estudia Historia Universal» en Escritos de fibsofia de la Historia, alemán Johann Karl Friedrich Zollner (1836-1882) con su crítica a la
Universidad de Murcia, 1991, págs. 1-17). «superficialidad científica» de sus colegas fue una de las lecturas im­
portantes de Nietzsche en este período. Como sugiere Janz (tomo II,
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aquejadas de este exceso de experim entación sin sentido. más seca se supone más justa. Se llega incluso al punto de
Si el valor de un dram a debe residir únicam ente en su suponer que precisamente a quien no le interesa en absoluto
pensam iento principal y en su conclusión, este mismo un m om ento del pasado es el más adecuado para descri­
dram a no sería sino un cam ino lo más largo, tortuoso y birlo. De este m odo se com portan frecuentem ente los fi­
cansado hacia su meta. Así pues, espero que j a Historia lólogos con los griegos: éstos no les interesan en lo más
no reconozca su sentido en los pensamientos generales, mínimo, o, lo que es lo mismo, a esto se le llam a «obje­
algo así como su flor y su fruto, sino que precisamente su tividad». Allí donde justam ente lo más elevado y poco fre­
valor resida en parafrasear con ingenio un tem a conoci­ cuente tiene que describirse, es donde tiene lugar justo el
do, incluso habitual, u n a melodía cotidiana, en elevarlo y más ostentoso e intencionado desinterés, el flojo artificio
exaltarlo como símbolo universal y así dejar entrever en de esta buscada motivación objetiva. Algo escandaloso,
el tem a original todo un m undo de profundo sentido, po­ sinceramente, sobre todo cuando lo que im pulsa realm en­
der y belleza. te a esta indiferencia que se com porta de m anera «obje­
C laro que p ara este fin se necesitaría, sobre todo, una tiva» no es otra cosa que la vanidad. Por lo demás, en el
gran potencia artística, un creativo elevarse por encima caso de tales autores, el juicio ha de determ inarse lo más
de las cosas, un abismarse amoroso en los datos em píri­ cercano al principio bajo el cual todo hom bre posee un
cos, una poética elaboración de tipos dados — p ara esto grado más elevado de vanidad cuanto menos entendi­
sí se requiere «objetividad», si entendemos ésta como una miento tiene. No, ¡por lo menos, sed honestos! N o bus­
propiedad positiva. Sin em bargo, la «objetividad» a m e­ quéis la apariencia del poder artístico que realm ente coin­
nudo no es más que u n a palabra: en lugar de esa oscura cide con la objetividad, no busquéis la apariencia de jus­
calm a relam pagueante en el interior e inm utable externa­ ticia si no estáis llamados a la terrible llam ada del hom bre
m ente del ojo artístico, no aparece más que la exagera­ justo. ¡Como si la tarea de cualquier época fuese tener
ción de la calma, de modo similar a como la falta de pátkos que ser justa con todo lo que una vez fue! Existen tiem ­
y de fuerza m oral suele a veces disfrazarse de fría y pe­ pos y generaciones que nunca tienen derecho a ser jueces
netrante contemplación. En ciertos casos incluso, la abso­ de épocas pretéritas. Sólo a los individuos, y realm ente a
luta trivialidad de la experiencia, el pensamiento más co­ los más excepcionales, les corresponde tan incóm oda m i­
m ún que sólo p o r aburrim iento causa la impresión de sión. ¿Q uién les obliga a juzgar? Y además: ¿podríais ser
tranquilidad y serenidad, osa legitimarse como ese estado justos aunque quisierais? Com o jueces, tendríais que per­
artístico en el que el sujeto calla y se vuelve totalm ente m anecer por encim a de lo que tiene que ser juzgado; sin
imperceptible. Es entonces cuando se busca, ante todo, lo em bargo, sólo habéis llegado después. Los invitados que
que en general no llam a la atención y cuando la palabra llegan los últimos a la mesa consiguen los últimos lugares,
¿queréis tener los primeros? H aced entonces, como míni­
mo, lo más elevado y más grande; tal vez así tengáis efec­
tivamente un sitio, aunque vengáis los últimos.
Los diez años de Basilea 1869/1879, Madrid, Alianza, 1981, págs. 190-
Sólo desde la juerga más poderosa del presente tenéis el derecho
191. Trad. Jacobo Muñoz), la obra de Zóllner, catedrático en Leipzig
desde 1866, aportaba una crítica a la «popularización» de la ciencia y de interpretar el pasado, sólo a través del máximo esfuerzo de
a la falta de presupuestos epistemológicos de los científicos que coinci­ vuestras propiedades más nobles adivinaréis lo que es dig­
día con algunas de las ideas de Nietzsche. no de saberse del pasado, lo que es digno de ser conser­

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del presente podréis com prenderlo. A hora se explica la
vado y lo que es grande. ¡Lo semejante se descubre p o r extraordinaria y profunda influencia de Delfos, sobre todo
medio de lo semejante! De lo contrario, no haréis otra porque los sacerdotes délficos eran buenos conocedores
cosa que descender el pasado a vuestro nivel. No creáis a del pasado. Pero ahora conviene saber que sólo el que
ninguna historiografía que no brote la cabeza de los espí­ construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado. M i­
ritus poco frecuentes. Siempre os daréis cuenta de qué rando hacia adelante, m arcando una gran m eta, dom ina­
clase de espíritu es si necesita expresar u n a generalidad o réis al mismo tiempo ese desbordante impulso analítico
decir dg^fiuevc^algo ya-^ n n r i d rT ^ ^ a iité n rim historiador que devasta vuestro presente e imposibilita cualquier tran ­
debe poseer la fuerza de volver a form ular lo ya conocí- quilidad, cualquier pacífico crecimiento y m aduración.
ido como algo nunca antes visto y anunciar lo general de ¡Levantad a vuestro alrededor la valla de una redonda y
una m anera tan sencilla y profunda que haga pasar lo enorm e esperanza, de un esperanzado anhelo! Form ad
profundo como simple y lo simple como profundo. N o se^ una im agen que sirva de modelo al futuro y olvidad esa
uede ser al mismo tiempo un gran historiador, un artis­ absurda superstición de ser epígonos. Reflexionando sobre
ta y una cabeza hueca. Por ello, no debe, pues, m enos­ esa vida futura tenéis m ucho que inventar e imaginar;
preciarse a esos trabajadores40 que acarrean, acum ulan pero no preguntéis a la H istoria que os muestre el
clasifican m ontañas de datos porque no^pjapdatritegar-^ «cómo» y el «porqué». Por el contrario, si os adentráis en
«e^-en_realidad grandes historiadoreaJ Sin em bargo, no la vida e Historia de los grandes hombres, aprenderéis de
sólo no se'ios'Ttetae'Tonfundir con éstos, sino que han de ella que el suprem o im perativo es alcanzar la m adurez y
ser considerados como com pañeros y auxiliares al servicio huir de esa im puesta educación paralizante de nuestro
del maestro, algo parecido a com o los franceses solían h a­ tiempo, que precisamente concibe su utilidad en im pedi­
blar, con más ingenuidad de la que es posible entre ale­ ros alcanzar dicha m adurez con el fin de dom inar y ex­
manes, de los historiens de M. Thiers41. Estos trabajadores plotar a los inm aduros. Y cuando pidáis biografías, que
deben convertirse poco a poco en eruditos, pero no pue­ no sean ésas que dicen: «el señor tal y cual y su tiempo»,
den llegar p o r tanto a ser nunca maestros. U n gran eru­ sino aquellas que lleven títulos como «alguien que luchó
dito y un gran cabeza hueca: esto ciertam ente se observa contra su tiempo». Saciad vuestras almas con Plutarco y,
de m anera-m ás habitual bajo un mismo sombrero. creyendo a sus héroes, atreveos a creer en vosotros mis­
i^ P o r consiguiente: la Historia es escrita p o r el hom bre mos42. C on un centenar de hom bres educados de m ane­
experim entado y reflexivo. Q uien carezca de una expe­ ra no m oderna, es decir, m aduros y habituados a lo he­
riencia superior y más vasta que los demás no podrá^sa- roico, toda la ruidosa seudoformación de este tiempo po­
ber interpretar el pasado, jw e s éste es siempre un orácu- dría quedar reducida en la actualidad a un eterno
W sólo como arquitectos del futuro y como conocedores silencio.

40 Esta idea se desarrolla más extensamente en la sección sexta de


Más allá del bien y del mal (§ 204-213), «Nosotros, los doctos».
41 Louis Adolphe Thiers (1797-1877), político, historiador y perio­ 42 Referencia a la obra de Plutarco Vidas paralelas, Madrid, Gre-
dista francés, cuya obra Histoire du consulat et de Vempire, fue publicada dos, 1996 (trad. Aurelio Pérez).
en veinte volúmenes entre 1845 y 1862.
95
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como u na com pleta falsificación. Pero u na historia que
7 únicam ente destruye y que no se guía por un impulso
constructivo inm anente, convierte, a la larga, a sus instru­
C uando el sentido histórico gobierno sin límite alguno y mentos en deformidades antinaturales, porque tales hom ­
desarrolla todas sus consecuencias, desarraiga el porvenir, bres destruyen las ilusiones, y «quien destruye la ilusión
pues destruye las ilusiones y retira a las cosas existentes la dentro de sí y en los otros, le castiga la naturaleza como
atmósfera en la que pueden vivir. L a justicia histórica, el más severo tirano»43. Es cierto que durante un buen
aunque se practique efectivamente y con u n a m entalidad tiempo quizá alguien pudiera ocuparse de la historia de
pura, es, p o r esta razón, una virtud terrible, porque ella un m odo com pletam ente inofensivo y descuidado, como
siempre socava y lleva a la perdición a todo lo vivo: su si esa ocupación fuera tan buena como cualquier otra. La
juzgar es siempre u n destruir. Si detrás del impulso histó­ reciente teología, en particular, parece haberse relaciona­
rico no obra ningún impulso constructivo, si no destruye do con la H istoria de un m odo puram ente ingenuo, sin
y despeja el solar p ara construir la casa de un futuro vi­ apenas darse cuenta de que con ello m uy probablem ente,
viendo en la esperanza sobre el terreno liberado, si la jus­ y muy en contra de su voluntad, perm anezca al servicio
ticia dom ina únicam ente, entonces el instinto creador se del écrasez voltaireano44. Q ue nadie suponga que detrás de
debilita (entkraftet) y se desmoraliza. U n a religión, por todo esto se esconden nuevos y poderosos instintos cons­
ejemplo, transform ada en un saber histórico bajo el do­ tructores. De lo contrario, se haría pasar entonces a la lla­
minio de la justicia pura, una religión, com prendida de m ada asociación protestante por el seno m aterno de una
m odo estrictam ente científico, acaba p o r ser destruida al nueva religión y tal vez al jurista H oltzendorf (el editor y
final de este camino. L a razón reside en que toda verifi­ prologuista de esa dem asiado famosa Biblia protestante)
cación histórica saca continuam ente a la luz tanta false­ por San J u a n a orillas del Jo rd án . Posiblemente, durante
dad, grosería, inhum anidad, tan ta violencia y carencia de cierto tiempo, la filosofía hegeliana, todavía influyente en
sentido que, necesariamente, h a de disiparse ese clima de las viejas cabezas, pueda ayudar a prom over la difusión
ilusión lleno de piedad p o r el pasado que es indispensable de esa ingenuidad, de m odo que se diferencie la «idea del
p ara poder y querer vivir. Por el contrario, sólo en el
am or, sólo envuelto en la ilusión del am or y en razón de
una creencia incondicional en lo perfecto y lo justo, logra
crear el hom bre. A cualquiera que se le obligue a renun­ 43 Cfr. J. W. von Goethe, Schiften zux Natur und, WissenchaftsUhre,
ciar a este am or incondicional se le cortan las raíces de su fragmento Uber die Natur, en Artemis— Gedenkausgabe der Werke, Briefe
fuerza: se secará, es decir, se volverá insincero. C on res­ und Gedenkausgabe der Werke, Briefe und Gespráche, ed. Emst Beuder, Zü­
pecto a tales efectos, la historia se contrapone al arte. rich und Stuttgart, 1948, Vol. 16, pág. 923. La cita también se en­
cuentra en E. von Hartmann, Philosophie des Unbewussten, Berlin, 1869,
Y sólo si la historia soporta transform arse en obra de arte, pág. 620.
es decir, transformarse en u n a creación artística, p odrá 44 Ecrasez Vinfáme. (literalmente): «¡aplastad al infame!». Palabras
quizás m antener o incluso despertar tales instintos. U na con las que Voltaire solía a menudo finalizar sus misivas. Este lema,
historiografía semejante sería experim entada, sin em bar­ registrado, por ejemplo, en una carta a D'Alembert del 28 de noviem­
go, como una contradicción con la tendencia analítica y bre de 1762, representaba una crítica de la superstición y del fanatis­
mo que impedían el progreso del pensamiento racional y, por lo tan­
antiartística de nuestra época, pues se experim entaría to, de la Iglesia católica.

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cristianismo» de sus muchas e inadecuadas «formas apa­ gaje erudito de lo biográfico y que, obligados al sistema
rentes» y se intente convencer de que el «capricho de la de tortura de la crítica histórica, se les exponga a res­
Idea» no es otro que manifestarse en formas cada vez ponder a mil preguntas inoportunas46. ¿No se destruye o,
más puras hasta que consigue la form a en verdad más como mínimo, se paraliza prem aturam ente aquello que
p ura, transparente y apenas perceptible en el cerebro del aún no se ha extinguido en sus efectos vitales, cuando
actual theologus liberalis vulgaris45. Pero cuando’se oye a los esta curiosidad se enfoca sobre incontables micrologías
«cristianos m ás puros de todos» hablar sobre la im pureza de la vida y sus obras y se buscan problem as cognosciti­
de los cristianos antiguos, el oyente profano tiene a m e­ vos allí donde se debería aprender a vivir y a olvidar to­
nudo la im presión de que este discurso en realidad no dos los problem as? Im aginad algunos de esos biógrafos
trata del cristianismo, sino más bien de... bien, ¿qué de­ m odernos trasladados al nacim iento del cristianismo o a
bem os pensar cuando encontram os al cristianismo defini­ la reform a luterana: su sobria y pragm ática curiosidad
do p o r «el más grande teólogo del siglo» como la religión bastaría justam ente p ara im posibilitar cualquier actio in
que perm ite «com penetrarse con todas las religiones rea­ distans47 espiritual, del mism o m odo que el anim al m ás
les e incluso algunas posibles» y cuando se dice que la mísero puede llegar a im pedir el nacim iento del roble
«verdadera Iglesia» es aquella que «es una m asa fluida y m ás poderoso devorando su brote. Y es que todo lo vivo
sin contornos en la que cada parte se encuentra a veces necesita a su alrededor una atmósfera, u na aureola llena
aquí y a veces ahí y en la que todo se mezcla tranquila­ de misterio. Si se le retira esta envoltura, si se condena a
mente»? Entonces, vuelvo a decir, ¿qué debemos pensar u na religión, a un arte, a un genio, a girar como un as­
de todo esto? tro sin atmósfera, no nos deberíam os sorprender si acon­
Lo que se puede aprender del cristianismo, esto es, tece su petrificación y se seca, convirtiéndose en estéril.
que bajo los efectos de un tratam iento histórico algo se Sucede así con todas las cosas grandes, «que nunca se lo­
deform a y se convierte en antinatural, convirtiéndose en gran sin cierta ilusión», com o dice H ans Sachs en Los
algo definitivamente histórico m ediante un tratam iento maestros cantores48.
justo que lo descompone y, p o r lo tanto, destruye, puede Pero cualquier pueblo, incluso cualquier hom bre que
aplicarse a todo lo que aún tiene vida. Lo que vive deja pretenda llegar a la madurez, necesita una semejante ilu­
de vivir en cuanto em pieza a diseccionarse; sufre los do­ sión envolvente, tal nube protectora y veladora. Pero hoy
lores de su enferm edad cuando em pieza a convertirse en nuestra época odia la misma m adurez, porque se honra
objeto de las prácticas de disección histórica. H ay hom ­
bres que creen en una reform ada y revolucionaria fuerza
sanitaria de la música alem ana entre alemanes: sienten
con indignación y consideran como una injusticia cometi­ 46 Curiosamente, como he dicho ya en la introducción, ésta es la
da contra lo más vivo de nuestra cultura que hombres única referencia indirecta a W agner en el ensayo: su obra escrita so­
como M ozart o Beethoven sean sometidos a todo el ba- bre Beethoven en 1870 como pretexto del centenario de su naci­
miento.
47 Acción a distancia (en la distancia).
48 Hans Sachs canta estos versos en el acto II de la ópera de Wag­
ner Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nurem bergBar­
45 El teólogo liberal común. celona, Daimon, 1982, trad. Angel F. Mayo).

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más a la historia que a la vida. Es más, todo el m undo se en pútridos montones»49 en el alm a juvenil, que ésta sólo
vanagloria de que hoy en día «la ciencia comience a do­ sabe salvarse m ediante u na prem editada abulia, aunque
m inar sobre la vida». Puede que se llegue a esto, pero lo en una conciencia más fina y fuerte su efecto sea otra sen­
cierto es que una vida dom inada de tal m anera no posee sación: el hastío. El hom bre joven se h a convertido en
ningún valor, porque es m ucha menos vida y garantiza apátrida y duda de todas las costumbres y conceptos.
m ucha menos vida p ara el futuro que la antigua vida do­ A hora sabe algo: en otras épocas fue distinto, no im porta
m inada no p o r la ciencia, sino p o r instintos y poderosas lo que él sea. Sumido en u na melancólica insensibilidad,
imágenes llenas de ilusión. Pero, como hemos dicho ya, asiste al paso delante suyo de opinión tras opinión, com­
nuestra época no debe ser en ningún caso la época de las prendiendo las palabras y el ánim o que im pulsaban a
personalidades acabadas, m aduras y armónicas, sino la Hólderlin m ientras leía la obra de Diógenes Laercio sobre
época del trabajo com ún, preferiblemente útil. Esto signi­ las vidas y doctrinas de los filósofos griegos: «tam bién he
fica únicam ente que los hom bres deben ser encauzados experim entado aquí de nuevo lo que ya me encontré al­
dentro de los fines del tiempo; deben trabajar, antes de gunas veces ya, a saber, que lo pasajero y m udable de los
ser m aduros, en la fábrica de las utilidades generales para pensamientos y sistemas hum anos casi me pareció más re-
no llegar nunca a ser maduros; éste no sería sino un lujo saltablemente trágico que los destinos a los que habitual­
que sustraería al «mercado de trabajo» u n a gran cantidad m ente se les llam a reales»50. No, no es ciertam ente nece­
de fuerza. Se ciega a algunas aves p ara que su canto sea sario para la juventud ese estudio histórico arrollador,
más hermoso; no creo que el canto de los hom bres ac­ aturdidor y violento, como lo dem uestra el ejemplo de los
tuales sea más bello que el de sus abuelos, pero sí sé que antiguos y lo manifiestan en su grado más peligroso los
se los ciega a edad más tem prana. Y el medio, ese infa­ modernos. Considérese ahora, por ejemplo, ese estudian­
me medio que se utiliza p ara cegarles, es luz demasiado lu­ te histórico, heredero de ese afectado estilo tan dem asia­
minosa, demasiado repentina, demasiado oscilante. Se arrastra al do prem aturam ente form ado y aparecido ya casi desde su
joven a través de milenios; a m uchachos que no com­ niñez. Se le ha convertido ya en el poseedor del «méto­
prenden nada de una guerra, de una acción diplomática do» de su propio trabajo, del enfoque justo y del aire no­
o de u n a acción política, se les considera dignos de intro­ ble a la m anera del maestro. U n capítulo totalm ente ais­
ducirles en la H istoria política. Pero del mismo m odo que lado del pasado h a caído víctima de su agudeza y del m é­
el hom bre joven corre p o r la Historia, corremos nosotros,
los m odernos, a través de las galerías de arte y escucha­
mos conciertos. Acaso se siente que una cosa suena dis­
tinta de la otra, que algo actúa de un m odo distinto al 49 Cita de Schiller y su obra de 1798 Der Toucher (El buceador).
otro, pero perder progresivam ente este sentimiento de ex- Véase nota 26.
trañeza (Bejremdung), no sorprenderse en exceso de nada, 50 La cita hace referencia a la correspondencia de Friedrich Hol-
dejar que todo tenga el mismo valor... a eso se le llama derlin: «Carta a Isaak von Sinclair», 24 de diciembre de 1798 (Corres­
precisamente sentido histórico, formación histórica. Para pondencia completa, Madrid, Hiperion, 1990. Trad. H. Cortés y A. Ley-
te). Nietzsche aquí está criticando esa idea de la historia basa^Erfif
decirlo sin ningún tipo de paliativos: la m asa de lo que ejemplos repetidos, gestos de tipos ideales, que se repiten m á ( ^ tt| cle
irrum pe históricamente es tan grande, lo extranjero, b ár­ las diferencias temporales, esto es, de algún modo, la idea <x£a,kistó-
baro y violento penetra tan poderosam ente, «acumulado ría, magistra vitae ciceroniana. jj 3

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todo aprendido; ya h a producido, es más, si lo decimos decir claramente: «cuanto más rápidam ente aceleréis la
con orgullosas palabras: él ha «creado». Se h a convertido, ciencia tam bién antes la destruiréis». Es el mismo proce­
po r medio de su acción, en servidor de la verdad y en se­ so que esa gallina que, de m anera no natural, perece por
ñor en el ám bito universal de la historia. Si ya de m u­ ser obligada a poner huevos con inusitada rapidez. Es
chacho estaba «preparado», ahora estará «supreprepara- cierto que la ciencia en los últimos decenios se ha desa­
do», pero sólo se necesita sacudirle y la sabiduría caerá rrollado de m anera sorprendentem ente rápida, pero ob­
como caída del cielo. A hora bien, u n a sabiduría podrida servad al mismo tiem po tam bién a los doctos, esas galli­
que aloja un gusano en cada m anzana. Creedm e: si los nas exhaustas. En realidad no son naturalezas «arm óni­
hom bres trabajan así en la fábrica de la ciencia y deben cas», sólo cacarean más porque ponen huevos más a
llegar a ser útiles antes de que m aduren, en breve la mis­ m enudo. Desde luego que los huevos son cada vez más
m a ciencia quedará tan arruinada como los esclavos utili­ pequeños (aunque los libros sean cada vez más gruesos).
zados dem asiado pronto en esa fábrica. Lam ento tener Com o resultado último y natural de todo esto se consigue
que em plear la jerg a de los esclavizadores y de los em ­ la querida p o r todos «popularización» (junto con la «fe­
presarios p ara servirme de descripción de unos com porta­ minización» e «infantilización) de la ciencia, lo cual no es
mientos que deberían ser pensados Ubres de toda utilidad otra cosa que ajustar el traje de la ciencia al cuerpo del
y fuera de toda necesidad de la existencia, pero involun­ «público medio», si se me perm ite utilizar la actividad del
tariam ente b rotan de mis labios las palabras «fábrica», sastre en el idiom a de los sastres. Ya G oethe veía en esto
«mercado de trabajo», «oferta», «rendimiento» — y toda un abuso y exigía que las ciencias actuaran sólo a través
esa term inología relacionada con el egoísmo— cuando se de una elevada práxis sobre el m undo exterior51. Las anti­
busca un retrato de la más joven generación de doctos. guas generaciones de sabios tenían m uy buenas razones
La honrada m ediocridad se vuelve cada vez más medio­ para considerar que dicho abuso era algo gave y molesto.
cre, la ciencia en su sentido económico cada vez más útil. Pero los jóvenes sabios, por su parte, tienen tam bién bue­
Realm ente sólo en este único punto son esos doctos pro­ nas razones para tom ar esto a la ligera, pues ellos mis­
piam ente sabios, en verdad más sabios que todos los mos, exceptuando un estrechísimo cam po de este saber,
hom bres del pasado, puesto que en todos los aspectos res­ son ese «público medio» y llevan dentro sí esas necesida­
tantes, dicho esto con prudencia, son infinitam ente distin­ des. Les bastar sentarse cóm odam ente para conseguir
tos. N o obstante, reclam an honores y ventajas p ara sí abrir tam bién su pequeño ám bito de estudio a esa hete­
como si el Estado y la opinión pública estuvieran obliga­ rogénea necesidad popular de curiosidad. P ara este có­
dos a valorar la nueva m oneda como la antigua. Los ca­ m odo acto se reivindicará después el nom bre de «modes­
rreteros h an hecho entre sí un contrato de trabajo y de­ ta condescendencia del docto hacia su pueblo», cuando,
cretado — en virtud de que cada carretero es proclam ado en el fondo, este docto nunca h a llegado más alto, aun­
un genio— que el genio es algo superfluo. Probablem en­
te una época posterior a ésta percibirá, al exam inar sus
construcciones, que h an sido resultado de un trabajo co­
51 Maximen und Reflexionen 694. Recogida a su vez de la obra Wil­
m ún, pero no resultado de un proyecto común. A los que
helm Masters Wandersjahren, «Beirachtungen im Sinne der Wanderer» (1829).
siempre tienen en la boca el grito de batalla y de sacrifi­ Hay traducción castellana. (Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister en
cio «¡división de trabajo!», «¡cerrad las filas!», se les h a de Madrid, Espasa Calpe, 1967).

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que no com o «docto», sino com o «pueblo». C read voso­ general escepticismo, de que es un gran absurdo y una
tros el concepto de «pueblo»: n u n ca podréis im aginarlo superstición el creer que la educación de un pueblo tenga
lo bastante noble y elevado. Si tuvieseis un concepto que ser tan predom inantem ente histórica como la actual;
elevado de «pueblo», seríais tam bién misericordiosos con puesto que justam ente los pueblos más poderosos en sus
él y os cuidaríais m ucho de ofrecerle vuestras mezcladas obras y actos vivieron de otro m odo y educaron de otro
aguas com o bebida revitalizadora y refrescante. En el modo a su juventud. Pero a nosotros nos conviene este
fondo, lo valoráis pobrem ente, porque no podéis tener calificativo de absurdos y de supersticiosos — así reza la
de su futuro u n a estim ación verdadera y fundada con se­ objeción escéptica— . A nosotros, los últimos llegados, los
guridad, y así os com portáis com o pesimistas prácticos, últimos y anémicos rebrotes de poderosas y alegres gene­
quiero decir, com o hom bres que, guiados p o r la sospe­ raciones, en algún m om ento se nos tendrá que aplicar la
cha de un ocaso, se vuelven indiferentes y ajenos al bien profecía de Hesíodo: un día los hom bres nacerán con los
ajeno e incluso al suyo propio. ¡Con tal de que la tierra cabellos grises y Zeus destruirá esta generación tan pron­
nos m antenga a nosotros! Y si no nos quiere m antener, to como ese signo sea perceptible a sus ojos52. Y es que la
lo mismo da — así ellos sienten y viven su existencia formación histórica es realm ente tam bién u na especie de
irónica. canosidad desde la infancia53 y los que desde niños llevan
tal signo tienen que llegar a la instintiva creencia de la ve­
je z de la humanidad. A la vejez corresponde, efectivamente,
8 una ocupación crepuscular, esto es, la m irada retrospecti­
va, el balance completo, la conclusión, la búsqueda de
Puede acaso parecer desconcertante — aunque no con­ consuelo en lo ya sido, el recuerdo... en suma, la form a­
tradictorio— que atribuya a esta época, que acostum bra ción histórica. Pero el género hum ano es algo tenaz y
de m anera tan ruidosa y arrogante a echar las cam panas perseverante y no quiere ser considerado desde perspecti­
£il vuelo sobre su form ación histórica, u n a especie de con­ vas milenarias, ni desde cientos de miles de años en sus
ciencia irónica de sí misma, una especie de vago anhelo del huellas — hacia atrás y hacia adelante— es decir, en modo
que, en el fondo, no cabe sentirse tan orgulloso: u n a es­ alguno quiere ser considerado, en su totalidad, a través del
pecie de tem or que quizás pronto acabe con todo el es­
pectáculo del conocimiento histórico. U n enigm a seme­
jan te en relación a personalidades particulares nos lo ha
ofrecido G oethe con su singular caracterización de New­
52 Nietzsche hace aquí una referencia al «mito de las edades» con­
ton, ya que encuentra en el fondo de la esencia de éste
tenido en la obra Trabajos y días de Hesíodo (versos 106-201) en Obras
(o, m ejor dicho, en las cimas) «una vaga sospecha de su y fragmentos, Gredos, 1978. Trad. A. Pérez.
error». Algo parecido a la expresión observable en m o­ 53 Referencia al célebre de la Füosojia del derecho de Hegel: «La fi­
mentos concretos de u n a conciencia reflexiva y enjuicia- losofía llega demasiado tarde para enseñarle al mundo lo que debería
dora que h a logrado u n a cierta m irada irónica sobre la ser [...] Cuando se vuelve gris, una forma de vida ha envejecido ya: y
con el gris no puede volverse joven otra vez, sino sólo ser comprendi­
necesaria naturaleza que le es inherente. Así justam ente
da. La lechuza de Minerva emprende su vuelo cuando las sombras del
se encuentra en los hom bres de una gran y elevada cul­ crepúsculo han caído» (GnmdUnien der Phihsophie des Rechts, Frankfurt
tura histórica la conciencia, apaciguada a m enudo p o r un am Main, Suhrkamp Verlag, 1970, pág. 28).

104 105
infinito punto atómico que es el hom bre individual. ¿Q ué sión de la vida terrenal, que condena a todos los vivos a
significan algunos milenios (o, dicho de otro modo, el vivir en el quinto acto de la tragedia, estimula, en efecto,
transcurso de treinta y cuatro vidas hum anas consecutivas las fuerzas más profundas y nobles, pero tam bién es ene­
de sesenta años de duración cada una) p ara poder hablar, miga de todo nuevo cultivo, de todo intento osado, del
al comienzo de tal tiempo, de «juventud» o, al final, de deseo libre y se opone a cualquier vuelo rum bo a lo des­
«vejez de la hum anidad»? ¿No se encuentra más bien, conocido, porque ella no sabe de am or ni de esperanza.
dentro de esta paralizante creencia en una hum anidad ya Sólo contra su voluntad acepta el movimiento de lo que
m oribunda, el m alentendido, heredado desde la Edad deviene, pero p ara apartarlo a un lado o sacrificarlo a
M edia hasta aquí, de u n a idea cristiano-teológica: el pen­ tiempo como posible seducción de la existencia o engaño
samiento del próxim o fin del m undo, del temido y espe­ sobre su valor. Lo mismo que los florentinos hicieron bajo
rado juicio final? ¿No se disfraza acaso esa idea, en virtud el influjo de las exhortaciones a la penitencia de Savona­
de la intensificada necesidad histórica judicial, como si rola, cuando organizaron ese incendio sacrificial de cua­
nuestro tiempo, el último de los posibles, estuviese autori­ dros, manuscritos, espejos y máscaras, lo quisiera hacer el
zado a celebrar él mismo ese juicio universal sobre todo cristianismo con cualquier cultura que incite a seguir as­
lo pasado, juicio que la creencia cristiana de n in g ú n pirando y siga como lem a ese memento vivere. Y cuando
m odo esperaba del hom bre, aunque sí del «hijo del hom ­ esto no es posible hacerlo por el cam ino correcto, sin ro­
bre»? A ntaño, este memento morí, recordado a la hum ani­ deos, esto es, m ediante prepotencia, lo logra asociándose
dad tanto como al individuo, no sólo era una espina que con la formación histórica, la m ayor parte de las veces in­
atorm entaba continuam ente, sino la cima de la ciencia y cluso sin tener consciencia de ello; y, desde entonces, ha­
conciencia m oral medievales. El lema opuesto de los blando su propio lenguaje, rechaza, encogiéndose de
tiempos recientes, memento vwer*e54, suena, p ara decirlo hom bros, todo lo que deviene, extendiendo sobre ello el
abiertam ente, todavía bastante tímido, no brota a voz en sentimiento de lo com pletam ente tardío y epigonal, en
grito y tiene algo de insincero. La hum anidad sigue fir­ una palabra, el sentimiento de la canosidad desde la in­
m em ente asentada sobre este memento mori y lo delata a fancia. Esa consideración profundam ente austera y seria
través de su necesidad histórica universal. El saber, pese a sobre el sin sentido de todo acontecer y sobre la situación
sus poderosos aletazos, no ha podido todavía lanzarse al de m adurez, dispuesta para el juicio finail del m undo, se
aire libre; ha quedado un profundo sentimiento de deses­ h a volatilizado en la conciencia escéptica de que, en cual­
peranza que tom a ese matiz histórico que ha oscurecido quier caso, es bueno conocer todo lo acontecido, porque
ahora toda educación y formación superiores. U na reli­ es dem asiado tarde para hacer nada mejor. Así convierte
gión que, de todas las horas de la vida hum ana, tiene a el sentido histórico a sus servidores en pasivos y retros­
la últim a p o r la más im portante, que predice la conclu­ pectivos; sólo cuando, por un olvido m om entáneo, ese
sentido se suspende, la fiebre histórica del enfermo se
transform a en actividad; pero, tan pronto como la acción
se suspende, la consideración analítica diseca la acción,
im pidiendo cualquier efecto influyente para despellejarla,
54 Muy posiblemente Nietzsche recoge este lema del Wilhelm Meis-
ter, de Goethe, donde se expresa esta misma idea: «Gedenke zu leben»
finalmente, en «historia». En este sentido vivimos aún en
(¡No te olvides de vivir!). Véase nota 51. la Edad M edia: la historia no es hoy sino u na t e o lo g ía en­

106 107

i
cubierta, del mismo m odo que la veneración con que el pre un pueblo de epígonos; con todo nuestro saber supe­
profano ajeno a la ciencia trata a la casta científica es una rior y con nuestras creencias siempre somos sucesores del
veneración heredada del clero. Lo que antes se daba a la viejo m undo; incluso tam bién los que se oponen hostil­
Iglesia se da ahora, aunque en m enor escala, a la ciencia. m ente respiran continuam ente, cerca del espíritu del cris­
Pero si se da realm ente algo, es a la Iglesia realm ente a tianismo, el inm ortal espíritu de la form ación clásica. Y si
quién se debe, y no al espíritu m oderno, que m ás bien, al alguien consiguiera separar estos dos elementos del aire
lado de otros buenos atributos, es conocido p o r ser algo vital que envuelven sil hom bre interior, no quedaría cier­
tacaño, ya que en lo referente a la noble virtud de la ge­ tam ente m ucho p ara que su vida espiritual se extinguiera
nerosidad deja todavía m ucho que desear. por ello». Pero aun cuando nosotros quisiéramos tranqui­
T al vez no guste esta observación, tal vez incluso se la lizamos gustosamente con ser epígonos y descendientes de
subestime tanto com o el intento de deducir nuestro exce­ la Antigüedad, aunque nos decidiésemos sólo a aceptar
so de historia de ese medieval memento morí y de la deses­ esto en un sentido enfáticam ente grande y serio y reco­
peranza que el cristianismo lleva en el corazón frente a nociésemos en este énfasis nuestro privilegio único y emi­
todos los tiempos futuros de la existencia terrenal. ¡Que nente, tendríam os necesariam ente que preguntam os, pese
u n a explicación m ejor sustituya la aquí presentada con a todo, si debería consistir eternam ente nuestro destino en
ciertas reservas p o r mí! H ay que decir que el origen de la ser alumnos de una Antigüedad en declive. Algún día, acaso, nos
formación histórica — y de su íntim a y radical contradic­ será perm itido depositar, paso a paso, nuestra m eta en un
ción contra el espíritu de un «tiempo nuevo», de una lugar más alto y más lejano; en algún m om ento debería­
«conciencia m oderna»— tiene que ser en justicia reconoci­ mos tener el derecho de concedem os el privilegio de h a­
do históricamente. La historia tiene que solucionar el mis­ b er recreado en nosotros mismos, p o r m edio de nuestra
mo problem a de la historia, el saber tiene que volver con­ historia universal, de m anera tan fructífera y grandiosa, el
tra sí mismo su propio aguijón. Este triple tiene que es el espíritu de la cultura alejandrino-rom ana. D e este modo,
imperativo del espíritu del «nuevo tiempo», si es que en nuestra más noble recom pensa sería la de im ponem os
éste realm ente hay algo nuevo, poderoso, prom etedor y ahora la tarea aún más poderosa de aspirar a retroceder
original. ¿O acaso será cierto que nosotros, los alemanes, más allá y detrás de este m undo alejandrino y buscar
dejando de lado a los pueblos latinos, tenemos que estar nuestros modelos por medio de u na m irada valiente en el
condenados, en los asuntos superiores de la cultura, a ser m undo originario de la A ntigüedad clásica: el m undo de
siempre «epígonos» (Naekkommen), p o r la simple razón de lo excelso, de lo natural y de lo hum ano. Pero allí encontra­
que no podríamos ser otra cosa? Ejemplo de ello es la si­ remos también la realidad de una formación esencialmente ahistóri-
guiente frase digna de reflexión pronunciada p o r Wilhelm ca, una formación, pese a ello, o, mejor dicho, gracias a ello, rica y
W ackem agel55: nosotros, los alemanes, somos desde siem­ llena de vitalidad. Aunque nosotros, los alemanes, no fuéra­
mos otra cosa que epígonos, entendiendo p o r esto una
formación semejante a una herencia de la que apropiar­
55 Carl Heinrich Wilhelm Wackemagel (1806-1869) fue, junto a J a ­ se, nada sería más grande y digno de nuestro orgullo que
kob Grimm, uno de los germanistas de mayor importancia de su tiem­ ser justam ente epígonos y herederos.
po. La referencia puede provenir de Abhandhngen zur deutschm Literatur- Por todo ello, se debe decir esto y nada más que esto:
geschichie (KMnere Schrijtm, Bd 2, hg. von Moritz Heyne, Leipzig, 1873). que el pensam iento, a m enudo desagradable, de ser epí­

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gono, puede, pensado desde un punto de vista superior, los alemanes a hablar de «proceso universal» y a justificar
garantizar igualmente grandes efectos y un deseo de futu­ su propia época como el resultado necesario de este «pro­
ro repleto de esperanzas, tanto en el individuo como en ceso del m undo». Tales consideraciones tam bién han co­
un pueblo: en la m edida que nosotros nos com prendam os locado a la H istoria en un lugar hegemónico en lugar de
efectivamente como herederos y descendientes de los p a­ otros poderes espirituales com o son el arte y la religión,
dres clásicos y prodigiosos, viendo en ello nuestro honor en la m edida que representa la «dialéctica de los espíritus
y estímulo. Pero no, p o r consiguiente, como pálidos y de los pueblos» y el «juicio universal».
anémicos últimos herederos (Spátlinge) de razas m ás pode­ Se h a llamado a esta H istoria entendida hegeliana-
rosas que como meros anticuarios y sepultureros de dichas m ente, no sin cierta som a, la m archa de Dios sobre la tie­
razas llevan u n a vida gélida. Tales últimos herederos vi­ rra, un Dios, sin em bargo, que se h a fabricado, por lo de­
ven, en efecto, una existencia irónica: la destrucción pisa más, en la Historia. Pero este mismo Dios se h a hecho a
los talones a su curso vital, se estremecen ante ésta cuan­ sí mismo transparente e inteligible dentro de la serena he­
do gozan del pasado, pues no son m ás que m em orias vi­ geliana y ya h a ascendido todos los posibles escalones dia­
vientes, aunque, sin em bargo, su recuerdo, sin herederos, lécticos de su devenir hasta su autorrevelación: de m odo
no tiene ningún sentido. D e este modo, les abraza la tal que para Hegel el punto máximo y final del proceso
som bría sospecha de que su vida es injusta, puesto que universal coincidía con su propia existencia berlinesa. En
ninguna vida venidera podría darles justicia. realidad, Hegel habría tenido que decir que todas las co­
Imaginemos que tales últimos herederos (Spátlinge), de sas que vinieran detrás de él tendrían propiam ente que
repente, cam bian esta resignación p o r una insolencia mi­ valorarse sólo como m era coda musical del rondó históri-
tad irónica, m itad dolida; pensemos que a voz en grito co-universal; aún más exactam ente: com o algo superfluo.
em piezan a proclam ar que la raza está en su cénit, pues Ciertam ente, él no lo dijo. Sin em bargo, sí que im plantó
sólo ahora el saber se sabe a sí mismo y se ha revelado; en las generaciones penetradas por su doctrina esa adm i­
entonces tendríam os u n espectáculo que nos mostraría, ración por el «poder de la Historia», que, en la práctica,
como en un símbolo, el significado enigmático de una de­ se transforma, a cada instante, en adm iración desnuda
term inada filosofía m uy conocida p ara la formación ale­ p or el éxito y conduce a la adoración divina a lo dado.
m ana. C reo que en este siglo no h a existido ninguna va­ A doración a lo dado para la cual se h a ensayado, de
riación o giro peligroso de la formación alem ana que no m odo general, la m uy mitológica, y por lo demás, muy
se haya vuelto peligroso a raíz de la influencia, hasta el alem ana, expresión de «amoldarse a lo dado». Q uien ya
m om ento enorme, de esta filosofía, la hegeliana. En rea­ h a aprendido a doblar su espalda y asentir con la cabeza
lidad, paralizante y molesta es la creencia de ser un vás- al «poder de la Historia», term ina p o r otorgar finalmente
tago tardío de los tiempos. Consecuencias terribles y des­ un «sí» mecánico-chinesco a cualquier poder, sea éste sólo
tructivas tienen que aparecer cuando una creencia seme­ un gobierno, u na opinión pública o u na m ayoría num éri­
jan te, de repente, a través de u n vuelco audaz, se diviniza ca, m oviendo sus miembros exactam ente al compás de
como el verdadero sentido y fin de todo lo acontecido an­ cualquier «poder». Si cualquier éxito conlleva una necesi­
teriorm ente, cuando toda la miseria conocida se eleva a la d ad racional, si todo acontecim iento es u n a victoria de la
consumación y cumplimiento de la Historia universal. Se­ lógica o de la «Idea», entonces no nos queda otra opción
m ejante m odo de considerar las cosas ha acostum brado a que arrodillam os y aceptar la escala de los «éxitos». ¿No

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existirían más mitologías dominantes? ¿Estarían las reli­ la Historia, com o apologistas de lo efectivamente dado,
giones a punto de extinguirse? ¡Mirad solamente la reli­ diréis: expresó todo lo que perm anecía dentro de él; en
gión del poder histórico!, ¡Prestad atención a los sacerdo­ una vida más larga, hubiera creado lo bello tan sólo
tes de la mitología de la Idea y sus rodillas desolladas! como belleza idéntica y del mismo modo, no como una
¿No están todas las virtudes en el séquito de esta nueva belleza nueva. Así sois vosotros, abogados del diablo, por­
fe? ¿O no se produce la anulación del sujeto cuando el que hacéis del éxito, del factum, vuestro ídolo, pese a que
hom bre histórico se transform a en espejo objetivo? ¿No es el factum siempre es estúpido y, en todos los tiempos, se h a
acaso generosidad renunciar a todo poder en el cielo y en parecido más a un becerro que a un dios. Com o apologis­
la tierra p ara adorar a cualquier poder como poder en sí? tas de lo dado, la H istoria os susurra adem ás ignorancia,
¿No es acaso justicia tener siempre en las manos la ba­ pues sólo porque no sabéis lo que es u na natura naturans57
lanza de las fuerzas, observando cuidadosamente de qué como Rafael, no hacéis nada por enteraros de lo que fue
lado se inclina lo más fuerte y pesado? ¡Qué escuela de y no será más. A cerca de G oethe, últim am ente alguien ha
beneficios es tal consideración de la historia! Tom arlo recientem ente querido adoctrinam os diciéndonos que lle­
todo objetivam ente, no enfadarse p o r nada, no am ar, gó exhausto a los ochenta y dos años. Yo mismo acepta­
com prenderlo todo...! ¡Qué suave y dúctil vuelve esto! In ­ ría, sin em bargo, con m ucho gusto, algunos años del «ex­
cluso cuando alguien que se h a form ado en esta escuela hausto» G oethe a cam bio de un carrom ato repleto de
se indigna y enfada en público es observado con com­ existencias frescas y ultram odernas p ara tom ar aún parte
placencia, pues se sabe que sólo h a opinado artística­ en diálogos como los que G oethe m antuvo con Ecker-
m ente y que si es con ira et studium es, sin em bargo, sine m ann58, y, de este modo, m antenerm e a resguardo de to­
ira et studio56. das estas doctrinas conformes a la época (zeitgemass) de los
¡Qué tipo de pensamientos anticuados tengo frente a legionarios del m om ento. ¡Qué pocos tienen, frente a se­
tal complejo de mitología y virtud en el corazón! Sin em­ mejantes cadáveres, derecho a la vida! Q ue muchos vivan
bargo, h an de salir a la luz pública, aunque la m ayoría se y esos pocos no vivan más no es más que u na brutal ver­
mofe de ellos. Así, pues, he de decir: la Historia recalca dad, es decir, una estupidez irrem ediable, un torpe «así
siempre: «eso fue una vez»; la m oral dice: «no debéis» o es» frente al im perativo m oral «así no debería ser». ¡Sí,
«no deberíais hab er hecho esto». De este m odo se trans­ frente a ese imperativo moral! Porque háblese de la vir­
form a la H istoria en com pendio de la inm oralidad de lo tud de la que se hable, ya se la justicia, la generosidad, el
dado. ¡Cuánto se engañaría el que considerara la Historia valor, la sabiduría o la compasión del hom bre, en todas
como juez de esta inm oralidad de lo efectivamente dado! partes éste es virtuoso en tanto que se rebela frente a ese
Por ejemplo, es ofensivo a la m oral que un Rafael tuvie­ poder ciego de los hechos, frente a la tiranía de lo real y
ra que m orir a los treinta y seis años de edad. U n ser se­ se somete a leyes que no son las que rigen las fluctuacio­
m ejante no debería morir. Si queréis acudir en ayuda de

56 En este caso Nietzsche nos remite (sirte ira et studio: sin indigna­ 57 Naturaleza creativa a diferencia de natura naturata o naturaleza
ción ni compromiso) a la famosa frase de Tácito (Armales, I, Madrid, creada.
Gredos, 1980. Trad. J . L. Moralejo Famosa) que describía su aproxi­ 58 Cfr. J . W. von Goethe, Conversaciones con Eckermann. Véase
mación a la historia romana. nota 13.

112 113
nes de la Historia. N ada así siempre contra las olas de la — en el caso de que haya todavía tiempos venideros, enten­
H istoria, ya sea luchando contra esas pasiones que no didos en sentido cultural. Precisamente a este respecto
son sino la inm ediata estupidez de lo dado de su exis­ perm anente u na grave duda. Al lado del hom bre m oder­
tencia u obligándose a la sinceridad, m ientras la m entira no se encuentra su ironía sobre sí mismo, su conciencia de
teje a su alrededor sus brillantes redes. Si la historia no vivir en un estado de ánim o historicista y algo así como
fuese más que «el sistema universal de la pasión y del crepuscular: su miedo a no poder salvar com pletam ente
error», el hom bre tendría que leerla como G oethe acon­ nada de sus esperanzas y fuerzas de su juventud en el fu­
sejó leer el «W erther»59, es decir, como si gritase: «sé un turo. Aquí y allá se llega incluso más lejos: al cinismo. U n
hom bre y no m e sigas!» A fortunadam ente, la Historia cinismo que justifica la m archa entera de la Historia e in­
tam bién conserva la m em oria de los grandes luchadores cluso del desarrollo total del m undo p ara el propio uso
contra la Historia, esto es, contra ese ciego poder de lo del hom bre m oderno, es decir, como en el canon cínico:
real, exponiéndose p o r ello ella mism a a la acusación de todo tuvo exactam ente que ocurrir como justo es ahora y
destacar justo como naturalezas propiam ente históricas de ningún m odo podría haber sido el hom bre diferente a
aquellas que se preocupan m uy poco por el «así es», como ya es; frente a este imperativo, nadie puede rebe­
p ara seguir más bien, con orgullo jovial, un «así debe larse. En la com placencia de un cinismo semejante, se re­
ser». Aquello que les impulsa sin cesar no es el pensa­ fugia el que no puede aguantar en la ironía. Además, el
m iento de llevar su linaje a la tum ba, sino de fundar uno último decenio le ofrece una de sus más bellas invencio­
nuevo. Y si h an nacido ellos mismos como vástagos tar­ nes de regido, una fórm ula redonda y com pleta de este ci­
díos, existe tam bién un m odo de vivir que hace olvidar nismo; ésta alude a-u n a determ inada m anera «conforme
esto. Las generaciones venideras les conocerán como pri­ al tiempo» y com pletam ente sin inconvenientes para vivir
micias (Erstlinge)60. «la com pleta entrega de tla personalidad al proceso del
m undo». ¡La personalidad y el proceso del mundo! ¡El
proceso del m undo y la personalidad de la pulga! ¿Esta­
9 mos condenados a oír eternam ente las hipérboles de todas
las hipérboles: la palabra universo, universo, universo,
¿Es acaso nuestro tiempo una «primicia» semejante? cuando cualquiera, sin em bargo, sinceramente, debería
Efectivamente, la vehem encia de su sentido histórico es hablar del hom bre, del hom bre, sólo del hom bre? ¿H ere­
tan grande y se expresa de un m odo tan universal y ab­ deros de los griegos y romanos? ¿Del cristianismo? Esto
solutamente ilimitado que, p o r lo menos, en este punto, no es nada para esos cínicos, pero... ¡herederos del pro­
los tiempos venideros alabarán este carácter primerizo ceso del m undo, cúspide y m eta del proceso del mundo!
¡Sentido y solución de todos los enigmas del devenir en
general, expresados en el hom bre moderno! ¡El fruto más
m aduro del árbol de la ciencia!... A esto lo llamo yo un
59 Nietzsche, claro está, se refiere aquí a la célebre novela de Goe­ sentimiento sublime. A través de esta im agen tienen que
the Die Leiden des jungen Werthers (1775) (Las penas del joven Werther, M a­
drid, Cátedra, 1983, Trad. M. J. González).
reconocerse los primerizos de todas las épocas, aunque
60 Obsérvese cómo Nietzsche juega con los términos Spoilingy Ers- hayan venido los últimos. N unca voló tan lejos la discipli­
tling. n a histórica, aunque lo soñara; pues la Historia hum ana

114 115
es ahora sólo la continuación de la Historia de los ani­ cupación de los moralistas, de los artistas, de los piadosos,
males y plantas, incluso en las más oscuras profundidades incluso de los hom bres de estado. Pero hoy ello nos debe
del m ar encuentra lo histórico-universal las huellas de sí p or u na vez alegrar ya que los vemos reflejado en el re­
mismo con m ucosidad viviente. Sorprendida p o r el mila­ luciente espejo mágico de un parodista filosófico en cuya ca­
gro del enorm e cam ino que el hom bre ya h a recorrido, la beza el tiempo h a tom ado p o r fin conciencia irónica de sí
m irada vacila ante esta todavía sorprendente-m aravilla, mismo llegando, en realidad, hasta «lo demencial», utili­
ante el mismo hom bre m oderno que es capaz de com­ zando las palabras de Goethe. Hegel nos h a enseñado
prender este camino. Se yergue éste, pues, desde la altu­ que «cuando el espíritu da un salto, los filósofos tam bién
ra y orgulloso de sentirse en la pirám ide del proceso del estamos presentes»62. Así nuestra época dio un salto a la
m undo y, colocando en lo más alto la clave de bóveda de autoironía, y ¡contemplad!: ahí estaba entonces presente
su conocimiento, parece gritarle a la naturaleza que le K. von H artm ann p ara escribir su famosa filosofía del in­
está escuchando a su alrededor: «estamos en la cima, so­ consciente63 — o, dicho más claram ente, su filosofía de la
mos la cima, somos la naturaleza consumada». ironía inconsciente. R aram ente se ha leído u na invención
¡Tú deliras, orgullosísimo europeo del siglo diecinueve! más graciosa y una tontería más filosófica que la de H art­
T u saber no h a llevado a la consumación de la naturale­ m ann. Q uien no ha sido ilustrado por él sobre el devenir,
za, sino que destruye la tuya propia. M ide sólo durante o, más aún, no h a llegado interiorm ente a este orden, no
un instante tu altura como cognoscente en com paración está, en verdad, todavía a punto y m aduro para serlo.
con tu capacidad de actuar. Cierto, asciendes hasta los ra­ Principio y m eta del proceso del m undo, desde los pri­
yos del sol del saber hacia el cielo, pero tam bién caes h a­ meros escalones de la conciencia hasta el retom o a la
cia abajo, hacia el caos. El m odo que tienes de cam inar, nada, incluida la tarea exactam ente determ inada de nues­
de escalar como cognoscente, es tu fatal destino. T u sue­ tra generación con respecto al proceso del m undo, todo
lo y todo terreno firme se retiran a lo incierto. N o te que­ ello queda representado en tom o a la ingeniosa e inven­
dan más apoyos en la vida, tan sólo telarañas desgarra­ tada fuente de inspiración del inconsciente ilum inada en
das61 que surgen cada vez que intentas aferrarte a algo tom o apocalíptico, e im itado con una seriedad tan enga­
con tu conocimiento. Pero dejemos de hablar en tono se­ ñosam ente honrada, como si se tratara de una filosofía se­
rio, pues es posible decir algo más jovial. ria y no sólo de una brom a. T o d a esta serie de rasgos co­
T odo este desgarram iento frenético y continuo, la des­ loca a su creador como uno de los prim eros filósofos p a­
composición de todos los fundamentos, su disolución en rodistas de todos los tiempos. Rindam os sacrificio, pues, a
un devenir siempre fluido y disolutor, ese incansable em ­ su altar, dediquémosle a él, inventor de la verdadera m e­
peño histórico de tejer e historiar todo aquello devenido dicina, un rizo de pelo, adoptando el m odo de expresarse
del hom bre m oderno, esa gran araña crucera en los nu­
dos de la red cósmica... esto puede ser ocupación y preo-

62 G. W. F. Hegel, Einleitung in die Geschichte der Philosophie, ed., Jo ­


hannes Hoffmeister, Felix Meiner Verlag, Hamburg, 1966 (Introducción
61 Temática ya abordada en E l nacimiento de la tragedia, cap. XV: a la historia de la filosofía, Madrid, Aguilar, 1989. Trad. Eloy Terrón).
«La red del hombre teórico». 63 Von Hartmann, E.: Philosophie des Unbewussten, Berlin, 1869.

116 117
de Schleiermacher64 p ara m ostrar adm iración. Pues, ¿qué este tiempo haya progresado a una etapa cultural m ucho
m edicina sería más eficaz frente al exceso de formación más im portante que la del nacimiento del genio». Es de­
histórica que la parodia hartm anniana de toda la Historia cir, en realidad, esa etapa del desarrollo social en la que
universal? todo trabajador «puede acceder a una confortable existen­
Si se quisiera expresar abruptam ente lo que H artm ann cia con una jo m ad a de trabajo que le perm ite suficiente
proclam a desde lo alto de ese vaporoso trípode de la iro­ ocio para su formación intelectual». ¡Oh, picaro de todos
nía inconsciente, habría que decir que, según su opinión, los picaros!, no expresas más que los anhelos de la hum a­
nuestro tiempo debe ser tal y como ya es, aunque la hu­ nidad del presente, pero sabes igualmente qué tipo de es­
m anidad llegue así al más perfecto hastío existencial. Algo pectro se esconde detrás de toda esta vejez de la hum ani­
que, desde luego, aprobam os de todo corazón. Y es que dad como resultado de esa formación intelectual encami­
toda esa espantosa osificación de la época, este febril chas­ nada a la pura mediocridad: el hastío. A la vista está la
quido de huesos — tal y como David Strauss nos h a des­ miseria, pero habrá m ucha más miseria todavía, pues «a
crito ya ingenuam ente como la más bella realidad65— es la vista está que el anticristo gana cada vez más terreno»;
justificada por H artm ann no únicamente desde atrás, ex pero esto tiene que ser así, las cosas tienen que evolucionar en
causis effiáentibus, sino incluso desde delante, ex causa jinali66. este sentido, porque con todo ello estamos en el buen ca­
Desde lo alto del día del juicio final nuestro picaro ilumi­ mino... del hastío existencial. «Por ello, poderosos hacia
na con su rayo de luz nuestro tiempo y allí se encuentra adelante en el proceso del m undo como trabajadores en el
con que éste ya es perfecto, pero perfecto, claro está, para viñedo del Señor, porque sólo el proceso es lo que puede
el que quiera sufrir en lo posible toda esta indigestión vi­ conducir a la liberación»67.
tal y ansíe con avidez ese día del juicio final. Esto es lo ¡El viñedo del Señor! ¡El proceso! ¡Hacia la liberación!
que H artm ann denom ina «la época de la humanidad», ese ¿Q uién no ve y escucha en estas palabras la formación his­
tiempo de vejez al que la hum anidad ahora se aproxima. tórica que únicamente conoce la palabra «devenir», tal y
De su descripción se deduce que esta situación venturosa como se disfraza intencionalmente en esta deformidad p a­
es concebida como una época donde no habrá más que ródica diciendo, a través de esta m áscara grotesca, las co­
«pura mediocridad» y donde el arte será lo que «para el sas más disparatadas sobre sí misma? Porque, ¿qué exige
corredor de bolsa berlinés es quizá, por la noche, la far­ realmente esta picara llamada a los trabajadores en el vi­
sa», una época donde «el genio ha dejado de representar ñedo? ¿En qué trabajo deben avanzar poderosamente?
una necesidad de la época, porque esto significaría algo O, para decirlo en otras palabras, ¿qué cosa le queda por ha­
parecido a echar margaritas a los cerdos o quizá porque cer a este hom bre históricamente formado, que ha nadado
y se ha ahogado en el río del devenir, al m oderno fanático
del proceso, para cosechar, finalmente, un buen día ese
hastío, la deliciosa uva de ese viñedo? Digámoslo nosotros:
64 Friedrich Daniel Emst Schleiermacher (1768-1834), el impor­
tante teólogo y filósofo alemán e influyente pensador del protestantis­
mo del siglo XIX.
65 Alusión a su primera intempestiva: David. Strauss, el confesory el es­ 67 Esta alusión hace referencia a la conocida parábola evangélica
critor. (Mateo 20, 1-16) de «los trabajadores enviados a la viña» ya utilizada
66 «Causa eficiente», «causa final» por Kant y Hegel.

118 119
no tiene otra cosa que hacer que seguir viviendo tal y
¿Contradiría esto el gran parodista alemán? Es cierto que,
como él ha vivido hasta ahora, am ando lo que ha amado, según su explicación, nos acercamos a «ese estado ideal»,
odiando lo que ha odiado, leyendo lo que ha leído... Para
donde la raza hum ana hace su Historia conscientemente,
él sólo hay un pecado: vivir de m anera diferente a como
pero, sin embargo, es evidente que aún estamos bastante
hasta ahora ha vivido. Y cómo ha vivido hasta ahora nos
alejados de ese ideal en el que la hum anidad lea el libro
lo dice con claridad m eridiana esa conocida página im pre­
de H artm ann conscientemente. Si acontece esto, entonces
sa en grandes caracteres que ha sumido a esta m uchedum ­
ningún hom bre ya pronunciará de sus labios la palabra
bre de la formación «conforme al tiempo» en un ciego en­
«proceso del m undo» sin sonreír, pues se tendrá presente
cantamiento y en un delirio loco, porque en estas frases
aquel tiempo donde se escuchaba, difundía, combatía, ve­
creía leer su propia justificación y, en verdad, su justifica­
neraba, propagaba y canonizaba el paródico evangélico de
ción apocalípticamente alumbrada. Pues a cada individuo,
H artm ann con toda la honradez de aquel «german mind»
el inconsciente parodista exigía «querer la total entrega de
e, incluso, con la «torva seriedad de la lechuza», como di­
la personalidad al proceso del mundo, por su fin, por la li­
ría Goethe. Pero el m undo tiene que seguir adelante, no
beración del mundo». Dicho en términos más claros y pre­
puede alcanzarse soñando, hay que luchar por él, con­
cisos: «la afirmación de la voluntad de vivir es proclam ada
quistar ese estado ideal, y sólo a través de la jovialidad
provisionalmente como la única cosa razonable; pues sólo
puede descubrirse el camino de la liberación, la liberación
en la entrega total a la vida y sus dolores, aunque no a tra­
de esa equívoca seriedad crepuscular de lechuza. Llegará
vés de la renuncia cobarde personal y el abandono, puede
el tiempo en que dejaremos sabiamente de lado todas esas
hacerse algo por el proceso del mundo», «el anhelo del re­
construcciones de «procesos del mundo» o de la «Historia
chazo de la voluntad individual es no menos estúpido y
hum ana», un tiempo en el que no se considerará a la m a­
vano, incluso más estúpido que el suicidio». «El lector que
sas, sino de nuevo a los individuos, los cuáles form an una
reflexione com prenderá, sin explicaciones añadidas, cómo
especie de puente sobre la desértica corriente del devenir.
se formaría una filosofía práctica organizada según estos
Estos, lejos de continuar ningún proceso, vivirán un pre­
principios, y cómo esta filosofía no puede contener desave­
sente intemporal, porque gracias a la Historia, que perm i­
nencias, sino sólo la reconciliación con la vida».
te tal cooperación, viven como esa república de genios de
¡El lector que reflexiona comprenderá...! ¿Y se podría
la que hablaba Schopenhauer: un gigante llama a otro a
malinterpretar a H artmann? ¡Qué exageradamente gracioso
través de los desiertos intersticios de los tiempos, y, sere­
es que se le malinterprete! ¿Deberían ser los alemanes ac­
nam ente, en medio de la ruidosa petulancia de enanos que
tuales más sutiles? U n honrado inglés echa de menos en ellos
gruñen debajo de ellos, continúa el diálogo de espíritus en
«delicacy of perception», atreviéndose a decir, incluso, que
las alturas. La tarea de la Historia consiste en ser la m e­
«in the Germ an mind there does seem to be something
diadora de éstos, prestando sus fuerzas y proporcionando
splay, something blunt-edged, unhandy and infelicitous»68.
cada vez más un lugar para la producción de grandeza.
No, la m eta de la hum anidad no puede ubicarse en el fi­
nal, sino sólo en sus más excelsos ejemplares69.

68 «En el espíritu alemán parece haber algo sin gracia, de corte


torpe, desmañado, impropio».
69 Referencia a la obra de Schopenhauer, Nene Paralipomema.

120
121
se empiece a com prenderte, a ti, inconsciente incompren-
Frente a esto, nuestro alegre personaje responde lo si­
dido. Pero si, a pesar de esto, tuviera que venir podero­
guiente con esa dialéctica sorprendente que es tan autén­
samente el hastío, tal y como tú has profetizado a tus lec­
tica como admirables son sus admiradores: «de la misma
tores, si tú tuvieses razón con tu descripción del presente
m anera que sería poco compatible con el concepto de
y del futuro — y nadie como tú h a despreciado ambos, ni
evolución atribuir al proceso universal u n a infinita dura­
con tanta náusea— , entonces estaré preparado para votar
ción en el pasado, porque en ese caso toda evolución im a­
con la mayoría de la m anera por ti propuesta para que
ginable ya tendría que haber transcurrido, lo cual no es
exactam ente el próxim o sábado a las doce de la noche se
el caso (¡oh, picaro!), de tal m odo no podem os conceder
acabe tu m undo. Y que nuestro decreto concluya así: a
al proceso una infinita duración en el futuro: en ambos
partir de m añana el tiempo dejará de existir y no habrá
casos se invalidaría el concepto de evolución hacia una
más periódicos72. T al vez no se produzca ningún efecto y
m eta (¡ah, otra vez picaro!) y convertiría el proceso del
hayamos decretado en vano. Bien, en ese caso al menos,
universo en algo así como el tonel sin fondo de las Da-
nos quedará tiempo p ara realizar un bello experimento.
naides70. La com pleta victoria de lo lógico sobre lo ilógi­
Tom arem os u na balanza y colocaremos sobre uno de los
co (¡picaro de picaros!71) debe, sin em bargo, coincidir con
platillos el inconsciente de H artm ann y sobre el otro su
el fin tem poral del proceso del universo, con el juicio fi­
proceso universal. H ay gente que cree que ellos pesarán
nal». No, espíritu claro y burlón; mientras lo ilógico reine
lo mismo, pues en cada uno de los platillos quedaría
como lo hace hoy en día, mientras, por ejemplo, pueda
igualmente una m ala palabra y una buena brom a. U na
hablarse aún de «proceso universal» con el asentimiento
general como tú lo haces, el día del juicio está todavía le­ vez que hayamos entendido la brom a de H artm ann, n a­
die usará sus palabras acerca del «proceso universal»,
jos, pues todavía existe en la tierra dem asiada jovialidad,
todavía florecen no pocas ilusiones, p o r ejemplo, la ilusión como no sea brom eando. D e hecho, ya es hora de entrar
en batalla con un ejército entero de malicia satírica con­
de tus contem poráneos respecto a ti; no estamos todavía
tra las aberraciones del sentido histórico, contra ese delei­
m aduros p ara ser arrastrados a tu nada, porque nosotros
te excesivo en el proceso en detrim ento de la existencia y
creemos que las cosas serán aún más alegres una vez que
de la vida, contra el desplazamiento irreflexivo de todas
las perspectivas. Y nosotros siempre alabarem os al autor
de la filosofía del inconsciente por ser el prim ero en lo­
70 Las Danaides, hijas del rey Dánao, fueron obligadas a casarse grar sentir con éxito lo ridículo de la representación del
con sus primos de Egipto. En la noche de bodas, todas excepto una, «proceso universal» y apreciarlo incluso más claram ente a
Hipermestra, asesinaron a sus maridos por lo que se las condenó en el través de la peculiar seriedad de su presentación. ¿Para
Hades a rellenar con agua por toda la eternidad un tonel agujereado. qué existe el «mundo»? ¿P ara qué existe la «humanidad»?
Este tema es tratado por Esquilo en la tragedia Suplicantes. También
Estas son preguntas que por ahora no nos interesan, a
Schopenhauer realiza alguna referencia a este mito. Por último, en De
Rerum Natura (III, 1007-1010), Lucrecio utiliza dicha imagen para ex­ menos que queram os ser más alegres y joviales en el es­
presar la angustia desenfrenada de la ambición en contraposición con cenario del m undo que toda la presuntuosidad de esos pe-
la vida feliz epicúrea.
71 Nietzsche aquí parafrasea un texto de la ópera Barbiere de Rossi­
ni (aquí se dice «barbero de todos los barberos»). He encontrado la re­
72 Juego de palabras entre J(éit (tiempo) y J^eitung (periódico).
ferencia en Janz, C. P.: Friedrich Nietzsche, vol. II, ob. cit., pág. 233.

122
queños reptiles llamados hombres. Por eso más bien pre­ mos esto, tam bién tendrem os que reconocer que en tanto
gúntate p ara qué existes tú, el individuo, y si nadie pue­ que existen estas leyes en la Historia, no poseen ningún
de decírtelo, entonces intenta en algún m om ento justificar tipo de valor, no valiendo la H istoria entonces para nada.
el sentido de tu existencia a posteriori, fijando una finali­ Sin em bargo, es precisamente este tipo de historia el que
dad, u n a m eta, un «para esto» un «para esto» elevado y hoy en día es más apreciada: la que tom a los grandes im ­
noble. Y perece en el intento — yo no conozco que exis­ pulsos y fuerzas de las maséis como el elemento histórico
ta m ejor finalidad de la vida que perecer intentando lo más im portante y fundam ental y considera a todos los
grande y lo imposible: animae magnae prodigus. Si, por otro grandes hom bres sólo como su más clara expresión, b u r­
lado, las doctrinas del soberano devenir, de la fluidez de bujas que se van haciendo cada vez más visibles en la su­
todos los conceptos, tipos y especies, de la falta de toda perficie de la m area. De ahí que la m asa tenga que en­
diferencia cardinal entre hom bre y anim al — doctrinas gendrar de sí misma lo grande, es decir, el orden del caos
que considero verdaderas a la vez que mortíferas— si­ para, al final, naturalm ente, term inar entonando un him ­
guen siendo difundidas a la gente durante m ucho más no a la m asa capaz de producir. Entonces se llam a «gran­
tiempo dentro del m arco educativo actual, entonces nadie de» justo a todo aquello que ha movido durante m ucho
deberá sorprenderse si esa gente sucumbe a la estrechez y tiempo a esta m asa y, como se dice, ha sido «un poder
m ezquindad, a la petrificación y al egoísmo, esto es, que histórico». ¿No significa justam ente esto confundir inten­
se desintegren y dejen de ser personas. Puede entonces cionalmente cantidad con calidad? C uando una tosca
que suijan en la arena del futuro sistemas de egoísmos in­ m asa ha encontrado algún pensam iento perfectam ente
dividuales, asociaciones con fines de explotación rapaz de adecuado, por ejemplo, un pensam iento religioso, lo de­
no asociados u otras creaciones similares de vulgaridad fiende obstinadam ente, y lo continúa arrastrando a través
utilitaria. P ara com enzar a despejar el terreno de estas de los siglos, debe entonces el fundador y descubridor de
creaciones se siguen escribiendo y buscando las leyes de la ese pensam iento convertirse en alguien grande. Pero ¿por
H istoria desde el punto de vista de las necesidades deri­ qué? Lo más noble y elevado no actúa com pletam ente so­
vadas de las masas, esto es, según las leyes del movimien­ bre las masas. El éxito histórico del cristianismo, su poder
to de las capas arcillosas más bajas de la sociedad. Sin histórico, su tenacidad y perdurabilidad históricas, todo
em bargo, las masas sólo me parecen un modelo útil en esto afortunadam ente no dem uestra nada en cuanto a la
tres sentidos. En prim er lugar, como copias borrosas de grandeza de su fundador, del mismo m odo que tam poco,
los grandes hombres, aunque copias realizadas sobre un en el fondo, dem ostraría nada en su contra. Pero entre
m al papel y con arquetipos ya gastados; en segundo lugar, éste y ese éxito histórico se interpone una oscura y muy
como resistencia frente a lo grande; y, en último lugar, terrenal capa de pasiones, errores, avidez de poder y de
como instrum ento de lo grande. Por lo demás, ¡al diablo gloria, de fuerzas del imperium Romanum que siguen ac­
con ellas y sus estadísticas! ¿Cóm o que hay leyes en la tuando. U na capa, en definitiva, de la que el cristianismo
Historia, según dem uestran las estadísticas? ¿Leyes? Sí, h a recibido todo ese sabor y vestigio terrenal y que posi­
pero lo que dem uestran no es sino lo general y angustio­ bilitó su supervivencia en este m undo, ofreciéndole su es­
samente uniforme que es la masa. ¿Se deben llam ar leyes tabilidad. Lo grande no debe depender del éxito. Demós-
a los efectos de la fuerza de la gravedad, la tontería, el re­ tenes tuvo grandeza, pese a no tener éxito. Y los más pu­
medo, el am or y el ham bre? De acuerdo, pero si adm iti­ ros y veraces partidarios del cristianismo han puesto más

124 125
en duda y obstaculizado más que promovido su éxito te­ truir nudos y sordos instintos y deseos o encauzarlos ha­
rrenal, su llamado «poder histórico», pues solían ubicarse cia un egoísmo más refinado. In summa: ahora el hom bre,
«fuera del m undo» sin preocuparse apenas p o r el «proce­ según palabras de E, von H artm ann, puede pensar en
so de la idea cristiana». Por esta razón, la m ayoría de «una instalación práctica y confortable m irando el futuro
ellos h an perm anecido com pletam ente desconocidos y no serenam ente dentro de esta patria terrenal». El mismo es­
mencionados en la historia. Dicho cristianameñte: el dia­ critor llam a a este período: «la edad m adura de la hum a­
blo no es sino el regente y el m aestro del éxito y del p ro ­ nidad», burlándose con ello de lo que ahora se llam a
greso; él es, en todos los poderes históricos, el poder pro­ «hombre», como si bajo esta palabra sólo se entendiese
piam ente hablando y p o r ello lo seguirá siendo en lo este desilusionante egoísmo; luego, profetiza que después
esencial, pese a que esto pueda sonar mal en los oídos de de tal «edad m adura» vendrá adem ás una correspondien­
una época que está acostum brada a la divinización del te «edad anciana» que la com pletará. Profecía manifiesta­
éxito y del poder histórico. Pues ésta se h a ejercitado, m ente descalificadora a través de su burla de nuestros an­
efectivamente, en bautizar de nuevo a las cosas e, inclu­ cianos contem poráneos, pues habla de esa perspectiva
so, en cam biar de nom bre al mismo diablo. Esta es cier­ m adura desde la que éstos «rem em oran todos sus desor­
tam ente la hora de un gran peligro: los hombres parecen denados sufrimientos desencadenados a lo largo de su
estar a punto de descubrir que el egoísmo de los indivi­ vida pasada y com prenden la vanidad de las, hasta aho­
duos, de los grupos o de las masas ha sido en todos los ra, presuntas metas de sus esfuerzos». N o nos engañemos:
tiempos la palanca de los movimientos históricos. N o sólo a esta m adurez hum ana form ada históricamente con este
nadie se intranquiliza con este descubrimiento, sino que astuto egoísmo no corresponde sino u na ancianidad que
se decreta: «el egoísmo debe ser nuestro Dios». C on esta con repugnante avidez e indignidad se aferra a la vida e,
nueva fe se dispone con intencionalidad manifiesta a ins­ incluso, un último acto en el que
tituir la H istoria futura sobre el egoísmo: debe ser sólo un
egoísmo inteligente, uno que se im ponga a sí mismo al­ Concluye esta Historia singularmente cambiante/como se­
gunas restricciones con el fin de establecerse sobre una gunda infancia, total olvido,/sin ojos, sin dientes, sin gusto ni
base duradera; un egoísmo que, p o r esta razón, estudie la nada73.
H istoria precisamente para aprender a conocerse en su
m odalidad no inteligente. En este estudio se ha aprendi­ Pese a todo, dejemos de lado cualquiera de esos peli­
do que al Estado corresponde toda una particularm ente gros que se ciernen sobre nuestra vida y nuestra cultura
im portante misión dentro de este sistema universal de por el lado de estos repugnantes ancianos sin dientes y sin
egoísmos a fundar: debe convertirse en el patrono de to­ gusto, o bien por el de esos llamados «hombres» de H a rt­
dos los egoísmos inteligentes p ara protegerlos con su po­ m ann: contra ambos querem os con nuestra dentadura
der militar y policial de todas las irrupciones de egoísmos com pleta defender el derecho de nuestra juventud. Porque
no inteligentes. P ara este mismo fin, se tendrá cuidado de
cómo se introduce la historia — de los hom bres y los ani­
males— en estas peligrosas, y por tanto incultas, masas y 73 Referencia a la obra escrita por W. Shakespeare en 1599 As you
capas populares trabajadoras, pues se sabe que un grani­ like it (Como gustéis, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1948. Trad. Luis As-
to de formación histórica puede, en esta situación, des­ troria), acto II, escena VII.

126 127
no nos cansaremos desde nuestra juventud de defender el más; ha olvidado la vergüenza superflua y se acerca paso
futuro frente a esos iconoclastas esforzados en destruir las a paso a ese «hombre» y «anciano» de H artm ann. Ade­
imágenes del futuro. En esta lucha tendremos que hacer más, debe llegar a convertirse en ellos, pues éste es, ju sta­
una com probación particularm ente terrible: que los excesos mente, el sentido de la «com pleta entrega de la persona­
del sentido histórico que padece el presente se fomentan, animan y lidad al proceso del m undo» que ahora se exige tan cíni­
utilizan intencionalmente. Se utilizan estos excesos frente a la cam ente (por su fin, por la liberación del m undo, como
juventud con el fin de dom arla m ediante esa general m a­ nos asegura ese picaro de E. von H artm ann). A hora bien,
durez viril del egoísmo, se los utiliza p ara destruir la na­ la voluntad y objetivo de esos «hombres», de esos «viejos»
tural resistencia de la juventud a esa iluminación transfi­ de H artm ann, difícilmente será la liberación del mundo,
guración mágico-científica al servicio de ese egoísmo viril pues ciertam ente el m undo sería más libre si se liberase
y, al mismo tiempo pueril. Y a se sabe ciertam ente lo que de estos hom bres y ancianos. Porque entonces llegaría el
la historia es capaz de lograr en virtud de una cierta p re­ reino de la juventud.
ponderancia, esto se sabe muy bien. Puede llegar a desa­
rraigar los instintos m ás poderosos de la juventud: su fue­
go, su orgullo, el olvido de sí mismo, el amor...; puede lle­ 10
gar tam bién a apagar el calor de su sentimiento de
justicia, suprim ir o reprim ir lentam ente la avidez de m a­ ¡Al llegar a este punto, pensando en la juventud, gritó:
durez p o r el ansia opuesta de convertirse en alguien rápi­ ¡tierra!, ¡tierra!... ¡Basta ya de toda esa peregrinación ex­
dam ente preparado, útil, productivo; puede tam bién que­ traviada y de esa búsqueda im petuosa a través de oscuros
b ra r a través de la duda la sinceridad y audacia de los m ares extraños! Y a se divisa en el horizonte una costa.
sentimientos; incluso es capaz de engañar a la juventud N o nos im porta cómo ésta sea, pues tenemos que desem­
en aquello que es su más bello privilegio: su fuerza para barcar. Y el peor puerto será siempre m ejor que volver a
im plantar en sí, con plenitud de fe, una idea grande y ha­ dar tumbos en esa infinitud escéptica carente de esperan­
cerla b ro tar desde sí misma aún con más fuerza. U na zas. Desem barquem os en tierra firme; ya más tarde en­
cierta preponderancia! de la historia es capaz de hacer contrarem os m ejor puerto y facilitaremos el acceso a los
todo lo que hemos dicho, pues este exceso desplaza sin que vengan después.
cesar las perspectivas del hom bre, transform a su horizon­ Peligroso y accidentado h a sido nuestro viaje. ¡Qué le­
te y suprime esa atmósfera envolvente, sin perm itir actuar jos estamos ahora de esa tranquila contem plación con la
ni sentir de nuevo de manera no histórica. Entonces, no le que al comienzo vimos nuestra nave hacerse a la mar! Si­
cabe otra salida que la de retirarse de esta infinitud del guiendo el rastro de los peligros de la historia, nos hemos
horizonte para, replegándose sobre sí mismo, encerrarse encontrado a nosotros mismos expuestos de semejante
dentro del más pequeño recinto egoísta y atrofiarse. Pro­ m odo a tales peligros; porque llevamos todavía en nuestro
bablem ente llegue a ser inteligente, pero nunca sabio. H a interior las mismas huellas de ese padecim iento que ha
dejado de dialogar consigo mismo p ara em pezar a calcu­ sobrevenido a los hom bres de épocas recientes a causa del
lar y acom odarse a los hechos, no se subleva, parpadea y exceso de historia. Precisamente este ensayo manifiesta
com prende la necesidad de buscar su propio provecho o — no me lo quiero de ningún m odo ocultar— en su críti­
el de su partido en las ventajas o desventajas de los de­ ca desmedida, en su hum anidad inm adura, en el frecuen­

128 129
te tránsito de la ironía al cinismo, del orgullo al escepti­ manes hasta ahora no h an tenido cultura, p ese a todo lo
cismo, justo su carácter m oderno, el carácter propio de la que ellos puedan hablar y enorgullecerse. Estos encontra­
personalidad débil. Aún así, confío en el poder inspirador rán la com placencia general de los alemanes en su «edu­
que, a falta de un genio, conduce mi nave. Confío así en cación» justo tan increíble y estúpida como para nosotros
que la juventud me haya guiado correctam ente al obligar­ el «clasicismo» reconocido hace tiempo de G ottsched75 o
me a protestar contra la educación histórica de lajuiientud del hom­ la estimación de R am ler76 como el Píndaro alemán. Q ui­
bre moderno y a sostener la tesis de que el hom bre debe zá ellos juzgarán que toda esta cultura no h a sido más
aprender, saber todo, a vivir y utilizar la historia única­ que una especie de saber sobre la cultura, aparte de un
m ente al servicio de la vida aprendida. Se tiene que ser joven saber bastante falso y superficial. En realidad falso y su­
p ara com prender esta protesta. Y, en realidad, dada la perficial porque no sólo se sustentaba la contradicción en­
actual canosidad de nuestra juventud actual, hay que ser tre vida y conocimiento, sino porque no se acertaba a ver
bastante joven p ara sentir contra qué se protesta real­ lo característico de la formación de los pueblos de verda­
mente. En mi ayuda quiero tom ar un ejemplo. En Ale­ dera cultura, a saber: que únicam ente de la vida puede
m ania, no hace m ucho más de un siglo, se despertó en al­ crecer y brotar la cultura, m ientras que, entre los alema­
gunos hom bres jóvenes un instinto natural p ara lo que se nes, se trata a ésta como una vulgar flor de papel, o se la
llam a poesía. ¿Se puede llegar a pensar quizás que las ge­ recubre de azúcar convirtiéndola en m entirosa y estéril77.
neraciones precedentes a su propio tiempo no hablaron La educación de la juventud alem ana, em pero, proviene
de un arte que les resultaba extraño y antinatural? Se co­ de este concepto de cultura mentiroso y estéril. ¿Su meta?
noce lo contrario: que lucharon, escribieron y reflexiona­ A parentem ente pura y elevada, no es en absoluto el hom ­
ron con todas sus fuerzas sobre la «poesía». Palabras so­ bre formado para la libertad, sino el erudito, el hom bre
bre palabras, palabras, palabras... Este despertar a la vida científico, en verdad el hom bre científico que con m ayor
de u n a p alabra no trajo consigo la m uerte de los creado­ rapidez es utilizable y que se coloca alejado de la vida
res de palabras; en cierto sentido, viven aún; pues si, para reconocerla con claridad. ¿Y su resultado? Conside­
como G ibbon74 dice, hace falta tiempo, pero m ucho tiem­ raba desde el estricto punto de vista empírico, no es otro
po p ara que un m undo perezca, nada salvo el tiempo que la educación histórico-estética del filisteo, ese precoz
mismo, pero nad a salvo m ucho más tiempo, h ará falta charlatán de nuevos modos que divaga sobre el Estado, la
p ara que en Alemania, «el país del poco a poco», un fal­
so concepto se desmorone. Sin embargo: ahora hay tal
vez cien hom bres más que hace cien años que saben lo
75 Johann Christoph Gottsched (1700-1766), teórico literario y crí­
que es la poesía. T al vez cien años después hab rá de nue­ tico que introdujo los modelos del clasicismo francés al gusto germáni­
vo cien personas más que h ab rán aprendido en este trans­ co. Su obra más importante Versuch einer krilischen Dichtkunstju r Deutschen
curso de tiempo lo que significa la cultura y que los ale- se publicó en 1730.
76 Karl Wilhelm Ramler (1725-1798), poeta alemán y director del
Teatro Nacional.
77 Alusión al prefacio del Hiperión de Hólderlin: «Quien se limite a
74 Posiblemente se refiera a la obra cumbre de este historiador: La aspirar el perfume de esta flor mía no llegará a conocerla, pero tam­
decadencia y caída del imperio romano (Madrid, Turner, 1984). Nietzsche poco la conocerá quien la corte sólo para aprender de ella» (Madrid,
poseía entre sus libros también su Autobiografía. Hiperión, 1976, pág. 21. Trad. J. Munárriz).

150 131
Iglesia y el Arte, ese sensorium de miles de sensaciones, ese un sistema vital relacionado con las propias experiencias
estómago insatisfecho que no sabe lo que es ham bre ni queda en realidad aturdido y asimismo anestesiado por
sed de verdad. Q ue esta educación con esa m eta y ese re­ medio de esa exuberante ilusión, como si en unos pocos
sultado es antinatural, esto lo siente sólo quien todavía no años fuera posible resumir dentro de uno mismo todas
h a sido suficientemente preparado p o r ella, esto sólo lo esas elevadas y extrañas experiencias de los tiempos pasa­
siente el instinto de la juventud, porque ésta aún posee el dos, por no decir de los tiempos más grandes. Se trata de
instinto natural que esta educación destroza artificial y ese mismo m étodo que absurdam ente conduce a nuestros
poderosam ente. Pero quien p o r su parte quiera derrum ­ jóvenes artistas todavía en formación por los museos y ga­
bar esta educación, tendrá que hablar el lenguaje de la lerías de arte en lugar de conducirles al taller de un maes­
juventud, deberá ilum inar la inconsciente resistencia de tro y, sobre todo, al único taller de la única m aestra real,
ésta con la lum inosidad de los conceptos, así como con­ la naturaleza. ¡Cómo si la transitoriedad de ese paseante
ducirla a una conciencia que hable alto y fuerte. ¿Cómo por la historia del pasado pudiese penetrar en todas sus
logrará alcanzar tan extraño fin? técnicas y sus artes, en su rendim iento vital! ¡Cómo si la
Sobre todo m ediante la destrucción de esa superstición vida misma no fuera una técnica que tuviera que ser
que cree en la necesidad de este proceder educativo. Pare­ aprendida y ejercitada a fondo, sin indulgencia y de
ce como si no existiese ninguna otra posibilidad que no m odo continuo si no se quiere caer en la tontería y la
pasara p o r nuestra molesta realidad presente. Basta p ara charlatanería!
ello exam inar la literatura de enseñanza superior en las Platón consideraba necesario que la prim era genera­
últimas décadas. Q uien realice esta experiencia com pro­ ción de su nueva sociedad (en el Estado perfecto) fuera
b ará con indignante sorpresa cuán grande es, pese a to­ educada con la ayuda de u na poderosa mentira necesaria78.
das las variaciones de las propuestas y la violencia de las Los niños debían aprender a creer que todos ellos ya du­
contradicciones, la uniform idad de criterio con que se rante un largo tiempo habían vivido soñando bajo la tie­
piensa la intencionalidad educativa en su conjunto y rra, donde habían sido modelados y formados por el
cómo su resultado hasta ahora, el «hombre culto», tal y autor de la naturaleza. Imposible la rebelión contra el p a­
como ahora se entiende, se acepta descuidadam ente como sado, imposible oponerse a la obra de los dioses. Vale como
el fundam ento racional y necesario de toda educación fu­ ley inexorable de la naturaleza que quien h a nacido como
tura. Ese m onótono canon más o menos dice así: el hom ­ filósofo tiene oro en el cueipo; quien lo ha hecho
bre joven ha de com enzar con un saber acerca de la cul­ como guardián, sólo plata; y quien lo h a hecho finalmen­
tura, no simplemente con un saber de la vida y aún m e­ te como trabajador, de hierro y bronce. Com o no es po­
nos con la vida y la experiencia mismas. Y, en verdad, sible mezclar tales metales, Platón explica que no debe ser
este saber sobre la formación se inculca y adm inistra al posible tam poco perturbar el orden de las castas. La cre­
joven m ediante la educación en el saber histórico. O lo encia en la aetema ventas de este orden es el fundam ento
que es lo mismo: llenando su cabeza con una enorme de la nueva educación y de ese Estado. N o de otra m a­
cantidad de conceptos sacados en su mayoría del conoci­
m iento m ediato de épocas y pueblos pasados, pero no de
la intuición inm ediata de la vida. Su deseo de experi­ 78 La República III, 414b-415c (Madrid, Gredos, 1986. Trad. Con­
m entar algo p o r sí mismo y de sentir crecer dentro de sí rado Eggers).

132 133
ñera cree el m oderno alem án en la aetema ventas de su edu­ confiar en cualquier sensación propia todavía no traduci­
cación y de ese tipo de cultura. Pero, sin embargo, esta da en palabras..., tal vez como semejante inhóspita y ca­
creencia tiene que derrum barse, de la misma m anera que rente de vida fábrica de conceptos y de palabras tenga
se hubiera desm oronado el Estado platónico si se colocase más el derecho de decir de mí cogito, ergo sum, pero no vivo,
frente a esta m entira necesaria la necesariedad de una verdad ergo cogito. Así se me asegura el «ser» vacío, no la «vida» ver­
que el alem án no posee ninguna cultura, porque su edu­ de y plena. M i sensación originaria me garantiza sólo que
cación en el fondo se lo impide. Q uiere la flor sin la raíz soy un ser pensante, no que soy un ser viviente; que no soy
y el tallo, es decir, en vano79. Ésta es una verdad sencilla, un animal, sino un cogito. ¡Dadme primero vida, y os crearé
desagradable y brutal, pero una verdad necesaria y justa. a partir de ella un cultura! — Así grita cada uno de los in­
Sin em bargo, en esta verdad necesaria hab rá de ser dividuos de esta prim era generación, un grito en el que se
educada nuestra primera generación. U n a generación que sin reconocerán todos ellos. ¿Quién les regalará esta vida?
duda será la que más sufra, porque no tendrá más rem e­ N ingún Dios ni tam poco ningún ser hum ano, sino
dio que educarse a sí misma y, en cierto modo, contra sí sólo la propia juventud. ¡Romped sus cadenas y habréis li­
misma, pues p ara obtener una nueva costumbre y una berado con ellas a la vida! Esta tan sólo h a perm anecido
nueva naturaleza deberá desprenderse de su prim era n a­ oculta, en una cárcel, todavía no se ha corrom pido ni ex­
turaleza y de sus prim eras costumbres. De tal m odo que tinguido— ¡preguntaros a vosotros mismos!
podría decirse en castellano antiguo Defiendame Dios de my, Pero esta vida liberada de sus cadenas está enferm a y
es decir, «que Dios me proteja de mí mismo», en realidad tiene que curarse. Padece de m uchas dolencias y no sólo
de mi naturaleza ya formada. Se tendrá que p ro b ar esta sufre del recuerdo de sus cadenas, padece — y esto es lo
verdad gota a gota, como am arga aunque poderosa m e­ que aquí nos interesa— de u na enfermedad histórica. El ex­
dicina, y cada individuo de esta generación hab rá de su­ ceso de historia h a debilitado la fuerza plástica de la vida,
perarse a sí mismo p ara formarse un juicio sobre aquello porque h a dejado de com prender el servicio del pasado
que como juicio general sobre todo su tiempo soportaría como un alimento vigorizante. L a dolencia es terrible y,
con más facilidad. Somos gente sin formación, aún más, sin em bargo, si la juventud no poseyese el don clarivi­
estamos incapacitados p ara la vida, p ara el ver y oír ju s­ dente de la naturaleza, nadie sabría que se trata de una
to y sencillo, p ara la com prensión feliz de lo más próxi­ dolencia y que se ha ido perdiendo u n paraíso de salud.
m o y natural y p o r ahora no poseemos el fundam ento de Esta misma juventud adivina tam bién, a través del clari­
una cultura porque nosotros mismos no estamos conven­ vidente instinto de esta mism a naturaleza, cómo este p a­
cidos de poseer dentro de nosotros una verdadera vida. raíso puede ganarse de nuevo; conoce los bálsamos y m e­
Desintegrado y extraviado, dividida la globalidad de m a­ dicamentos frente a esta enferm edad histórica. ¿Cóm o se
nera casi m ecánica en un interior y en un exterior, rebo­ llam an estas medicinas?
sante de conceptos como dientes de dragón, conceptos No nos sorprendam os si son los nom bres de venenos.
que engendran a su vez dragones conceptuales, además Los medios contra lo histórico se llam an lo ahistórico y lo
aquejado de la enferm edad de las palabras y sin poder suprahistórico. C on estos nom bres retrocedem os de nuevo a
los comienzos de nuestra consideración y su calma inicial.
Con el térm ino de «lo ahistórico» designo el arte y la
79 Véase nota 77. fuerza de poder olvidar y encerrarse en un horizonte deter­

134 135
Pero que podam os llegar a padecerlos no dem uestran
minado; llamo, p o r otro lado, «lo suprahistórico» a los
nada contra la corrección de la terapia elegida.
poderes que desvían la m irada de lo que m eram ente de­
Y aquí reconozco la misión de esa juventud, esa prim e­
viene, dirigiéndola a lo que da a la existencia el carácter
ra generación de luchadores y m atadores de serpientes
de lo eterno e idéntico, hacia el arte y la religión. La ciencia
que m archa delante de u na cultura y hum anidad más fe­
— es la que hablaría de venenos— aprecia en esa fuerza
liz y bella, que no tiene de esta dicha futura y de esta be­
y en estos poderes fuerzas y poderes contrarios, pues ella
lleza más que la prom esa de un presentimiento. Esta ju ­
sólo considera las cosas en virtud de su verdad y correc­
ventud padecerá tanto del mal como de los antídotos,
ción. La consideración científica ve en todas partes algo
pero, pese a esto, creerá poder esforzarse en una salud
que deviene, algo que es histórico, pero no algo que «es»,
más poderosa y, en general, en una constitución más n a­
algo eterno; vive, p o r consiguiente, tanto en una contra­
tural que su generación precedente, los «hombres» doctos
dicción intrínseca con los poderes eternizantes del arte y
y «ancianos» del presente. Su misión es, sin em bargo,
de la religión, como odia el olvido, la m uerte del saber;
quebrantar los conceptos que ese presente tiene de «sa­
busca así superar todo aquello que limita el horizonte,
lud» y «enfermedad» y producir m ofa y odio contra esos
m ientras arroja al hom bre al infinito e ilimitado m ar de
híbridos monstruos conceptuales. El signo y garantía de
olas luminosas del devenir conocido.
su propia poderosa salud debe ser justam ente esto: que
¿Puede el hom bre vivir así? Del mismo m odo que las
ella, esta juventud, para definir su esencia, en efecto, no
ciudades quedan desiertas y se derrum ban en los movi­
pueda utilizar ningún concepto, ninguna consigna parti­
mientos sísmicos, y el hom bre construye fugazmente y
daria de uso que circule como m oneda de cam bio con­
con miedo su casa sobre terrenos volcánicos, así la vida
ceptual del presente, sino que trate de convencerse de ese
m isma se destruye, debilitándose y desmoralizándose
sentimiento vital cada vez más elevado existente en todas
cuando el terremoto conceptual provocado por la ciencia qui­
sus horas buenas y de ese poder que dentro de ella actúa
ta al hom bre el fundam ento de toda su seguridad y tran­
luchando, eliminando y dividiendo. Se puede discutir que
quilidad, toda su creencia en lo que persiste y es im pere­
esta juventud posea ya tal formación, pero, ¿para qué ju ­
cedero. ¿Debe dom inar la vida sobre el conocimiento o el
ventud esto sería un reproche? Cabe reprocharla desme­
conocimiento sobre la vida? ¿Cuál de los dos poderes es
sura e inm adurez, pero ella no es aún lo suficientemente
el superior y decisivo? N adie h a de dudar: la vida es el
vieja y sabia p ara resignarse. Ella no necesita fingir de­
poder máximo, dom inante, porque un conocimiento que
fender una formación com pleta, pues disfruta de todos los
destruye la vida acabaría consigo mismo. El conocimien­
consuelos y privilegios de la juventud, sobre todo de la
to presupone la vida, tiene su interés tam bién en la con­
valiente y atropellada sinceridad y del apasionado con­
servación de la vida, como todo ser lo tiene en su propia
suelo de la esperanza.
subsistencia. Así pues, la ciencia necesita una dirección y
Sé que estos esperanzados entenderán íntim am ente
vigilancia superiores: una doctrina de la salud de la vida ha de
todas estas generalidades y que traducirán su propia ex­
colocarse justo al lado de la ciencia. La tesis de esta doc­
periencia en u na doctrina personalm ente entendida. Q ue
trina de la salud rezaría así: lo ahistórico y lo suprahistó­
los dem ás se contenten m ientras tanto en no percibir
rico son los medios naturales contra la invasión de lo his­
nada salvo recipientes ocultos que bien podrían estar va­
tórico en la vida. Es probable que nosotros, los enfermos
cíos hasta que un buen día com probasen sorprendidos
históricos, tengamos que padecer tam bién estos antídotos.
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con sus propios ojos que esos recipientes están repletos y ras, semíticas, babilónicas, lidias, egipcias; y su religión,
que los ataques, exigencias, impulsos vitales y pasiones una verdadera lucha de dioses de todo O riente. M ás o
que perm anecen encajonados en estas generalidades no menos como ahora es la «cultura» alem ana y la religión
podían perm anecer durante m ucho más tiem po ocultos. son un caos de todo lo extranjero y de todo lo anterior.
R em itiéndom e a todos aquellos que dudan en este tiem­ Pese a ello, la cultura helénica no se convirtió en un m ero
po que saca todo a la luz, me dirijo, p ara concluir, a esa agregado de cosas dispersas, gracias, principalm ente, a la
sociedad de esperanzados p ara contarles p o r medio de m áxim a apolínea. Los griegos aprendieron poco a poco a
un símbolo el cam ino y la evolución de su acceso a la sa­ organizar el caos, de m odo que, reflexionando sobre su au­
lud, su liberación de la enferm edad histórica y, con ello, ténticas necesidades y sobre sí mismos, de acuerdo con la
de su propia historia hasta llegar a ese punto donde ellos doctrina délfica, dejaron que sus necesidades aparentes se
vuelvan a estar de nuevo sanos, a practicar de nuevo la extinguieran. De este modo, tom aron posesión de sí mis­
historia y a servirse del pasado bajo el dominio de la vida mos. N o perm anecieron m ucho tiempo siendo los abru­
en ese triple sentido: m onum ental, anticuaría y crítica­ mados herederos y epígonos de todo el O riente, sino que,
m ente. En ese m om ento serán menos sabios que los «cul­ tras una ardua lucha consigo mismos, por medio de la in­
tos» del presente, porque ellos h ab rán desaprendido m u­ terpretación práctica de esta m áxima, llegaron a ser enri-
cho y perdido incluso todo el placer que es objeto de cu­ quecedores y acrecentadores del tesoro heredado, pero
riosidad de estos «cultos». Lo que les caracteriza tam bién primerizos y modelos de todas las civilizaciones
precisam ente, desde el punto de vista de los cultos, es su posteriores.
«falta de formación», su indiferencia y reserva frente a H e aquí todo un símbolo p ara cualquier individuo
m uchas cosas famosas, incluso frente a lo considerado de com o nosotros: cada cual h a de organizar el caos que
gran valor. Pero ellos son, en ese m om ento final de la lleva dentro de sí, p ara llegar a reflexionar sobre sus au­
curación, de nuevo hombres, h an dejado de ser meros ténticas necesidades. Su honestidad, su carácter verídico
agregados hum anos — ¡lo que ya es algo! Aquí hay de y com petente se tiene que oponer en algún m om ento a
nuevo esperanzas. ¿No se alegra vuestro corazón, espe­ esa actitud que siem pre y solam ente repite al hablar,
ranzados? aprender y reproducir. Se em pezará, p o r fin, a com ­
¿Y cómo llegaremos a esta meta?, os preguntaréis. El p render que la cultura aún puede ser algo m uy diferen­
dios délfico os llam a ya por medio de su sentencia al co­ te a la decoración de la vida, es decir, en el fondo, siem pre
mienzo del viaje hacia vuestra meta: «Conócete a ti mis­ ese continuo fingimiento e hipocresía. Porque todo ador­
mo». Se trata de una sentencia difícil, porque ese dios no oculta lo que se adorna. D e este m odo, se revelará el
«no oculta ni proclam a nada, no hace más que indicar», concepto griego de cultura — en contraposición al rom a­
como decía Heráclito. ¿A dónde apunta? no— , el concepto de cultura com o una nueva y m ejora­
H ubo siglos en los que los griegos se encontraron con da physis, sin interior ni exterior, sin fingimiento ni con­
un peligro semejante til que nosotros hoy nos encontra­ vencionalismo; la cultura com o hom ogeneidad entre
mos, a saber: el de perecer p o r la inundación de lo ex­ vida, pensam iento, apariencia y voluntad. Así se apren­
traño y pasado en la historia. Sin em bargo, nunca vivie­ derá p o r propia experiencia que aquello que perm itió a
ron en orgullosa inaccesibilidad: su «cultura» fue más los griegos la victoria sobre las otras culturas fue la fuer­
bien durante m ucho tiempo un caos de formas extranje­ za superior de su naturaleza moral, y que ese aum ento de

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veracidad tiene que ser tam bién u n a exigencia p rep ara­
toria de la verdadera form ación, aunque esta veracidad en
ocasiones p u ed a perjudicar seriam ente a toda esa «culte­
ría» que actualm ente acap ara el respeto de m om ento y
p u ed a incluso proporcionar la caída de toda esa cultura
decorativa.

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