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Primer domingo de ADVIENTO 3 de diciembre del año 2000

Primera: Jer 33, 14-16; segunda: 1Tes 3,12 - 4,2 Evangelio: Lc 21, 25-28.34-36

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La venida del Señor está presente en los textos de la actual liturgia; mediante esta
expresión la liturgia quiere mostrarnos el sentido cristiano del tiempo y de la
historia. Vienen días, se nos dice en la primera lectura, en que haré brotar para
David un Germen justo. Jesús, en el discurso escatológico de san Lucas, dice que
los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.
En la primera carta a los Tesalonicenses san Pablo les exhorta a estar preparados
para la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.

MENSAJE DOCTRINAL

Memoria y profecía. En estas dos palabras se sintetiza toda la concepción


cristiana del tiempo. Cuando habla del tiempo, el cristiano piensa en el tiempo
presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de
Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de
Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los
destinatarios del evangelio según san Lucas. Desde ese presente se lanza la
mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un
reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que
con su pasión, muerte y resurrección ha inaugurado el fin del tiempo, del que los
cristianos participan ya en cierta manera. Pero los cristianos no son hombres del
pasado. Desde su vida presente echan también una mirada hacia el futuro, ese
futuro encerrado en el relicario de la profecía, en el libro sellado con siete sellos
y que sólo el Cordero de pie (resurrección) y degollado (pasión y muerte) puede
abrir y leer (cf Apc. 5). La profecía tiene que ver con la segunda venida de
Jesucristo, con su parusía triunfante, rodeado de todos los santos, venida para
proclamar definitivamente la justicia y la salvación; una profecía que conmoverá
los cimientos del orbe y hará surgir un mundo nuevo. El cristiano vive entre la
memoria y la profecía, entre la primera venida de Cristo y su futura venida al
final de la historia. Navidad y Juicio final de salvación son la dos columnas sobre
las que los hombres construyen el puente de la decisión y de la responsabilidad.
Con ese puente, la segunda venida no es sino la prolongación y coronamiento de
la primera, de la Encarnación y del Misterio Pascual.
Fisonomía del que viene. ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un
Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el
derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). En una lectura cristiana,
ese Germen es Jesucristo que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es
decir, la salvación por medio del amor (primera lectura). El que viene es el Hijo
del hombre en una nube con gran poder y gloria. Es una persona, por tanto, que
habita en el mundo de Dios y que participa de su poder y de su gloria. El que
viene en Navidad y el que vendrá en el juicio final es el Verbo encarnado en el
seno de María (evangelio). El que viene es nuestro Señor Jesucristo, es decir,
Cristo glorioso, vencedor de la muerte y del pecado, que vive en la eternidad pero
que se hace presente en el tiempo histórico (segunda lectura).

Actitud del cristiano. El evangelio nos indica dos actitudes: estar en vela y orar.
La vigilancia es muy oportuna para que cuando llegue el Verbo a nosotros en la
carne de un niño, sepamos aceptar y vivir el misterio. La oración más oportuna y
necesaria todavía, porque sólo mediante la oración se abre a la mente y al
corazón humano el misterio de las acciones de Dios. Por su parte, san Pablo
señala a los tesalonicenses otras dos actitudes: Crecer y abundar en el amor de
unos con otros, y en el amor para con todos; comportarse de modo que se agrade
a Dios. ¿Qué mejor manera de prepararse a la venida del Amor sino mediante el
crecimiento en el amor? Jesucristo en su vida terrena no buscó otra cosa sino
hacer lo que es del agrado de su Padre, por eso, una manera estupenda de
prepararse para la Navidad es buscando agradar a Dios en todo.

SUGEREncias PASTORALES

El sentido del tiempo. Para nosotros, los cristianos, no hay sentido del tiempo
sino en Jesucristo. El es el centro de la historia y de los corazones. La historia
tiene en él su punto de partida (Cristo es el alfa) y su punto de llegada (Cristo es
la omega). El tiempo y la historia culminan en él, alcanzan en él su plenitud
absoluta y su sentido supremo. Sin Jesucristo el tiempo y la historia son sólo un
puro accidente. Con Cristo, son un designio de Dios, una historia de salvación,
un yunque en el cual forjar nuestra decisión en la libertad y responsabilidad. Para
nosotros el tiempo no es una simple sucesión de segundos, minutos y horas; una
cadena de días meses y años; una sucesión y una cadena sin rumbo fijo, a la
deriva de fuerzas impersonales dominadoras que llevan al caos. Para nosotros, el
tiempo con sus siglos y milenios es una historia, dirigida y timoneada por Dios;
para nosotros, el tiempo tiene un principio de unidad y armonía, de coherencia y
cohesión, no en los imperios o en las ideologías, tan caducos como los mismos
hombres, sino en Jesucristo, que es de ayer, de hoy y de siempre. Nuestra vida
diaria con sus tópicos, su monotonía, sus mismas vulgaridades, forma parte de un
proyecto divino, es una tesela dentro del gran mosaico de la historia de la
salvación planeada por Dios. En el sentido del tiempo está incluido
inseparablemente el sentido de mi tiempo. ¿No da esta realidad de nuestra fe un
gran valor a la vida de cada cristiano, a tu vida?

Crecer y abundar en el amor. San Juan de la Cruz concluía una de sus poesías:
"Que sólo en el amor es mi destino". La venida primera de Cristo en la Navidad
es una venida de amor, y es igualmente venida de amor su retorno al final de los
siglos, su parusía. Entre el amor de Cristo que viene y que vendrá se intercala la
vida humana que, como en una sinfonía, desarrollará el tema del amor con el que
comienza y concluye la pieza musical. Crecer resalta el aspecto dinámico del
amor: crecer en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; en el amor a María y
a los santos. Crecer en el amor a la propia familia, a los parientes, a los amigos, a
los desconocidos, a los necesitados, a los enfermos, a los pecadores... ¿Cómo?
Piensa a ver qué se te ocurre, que sin duda serán muchas cosas. Abundar pone de
relieve la generosidad en el amor, ese rasgo típico de la existencia cristiana.
¿Eres generoso en el amor o lo andas midiendo con el metro de tu egoísmo?
Bienaventurados los generosos en el amor porque ellos tomarán parte en el
cortejo al momento de la parusía de Jesucristo.

Solemnidad de la Inmaculada CONCEPCIÓN de MARÍA 8 de diciembre del año


2000

Primera: Gén 3, 9-15; segunda: Ef 1, 3-6.11-12 Evangelio: Lc 1, 26-38

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

El misterio de María santísima consiste en que armoniza en su ser y personalidad


de mujer pequeñez y grandeza. Ella es la sierva del Señor, que quiere hacer
únicamente su voluntad, y es la elegida para ser Madre de Dios (evangelio). Ella
es la hija de Eva, de su carne y de su sangre, pero además es la redentora de Eva,
que pisará la cabeza a la serpiente tentadora (primera lectura). Ella es hija de
Dios, como cualquier hombre, y sobre todo como cada uno de los cristianos, y es
igualmente madre de Dios, por ser madre de Jesucristo, Verbo Encarnado
(segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Pequeñez y grandeza de María.


1) María no es un fenómeno de la naturaleza. En su naturaleza femenina es una
hija de Eva como todas las mujeres del mundo. Tiene cuerpo de mujer,
psicología de mujer, sentimientos de mujer, modos de ser y actuar propios de la
condición femenina. En la Galilea del siglo I d. C. nada la distingue de las demás
mujeres judías: sus rasgos físicos, condiciones socio-económicas, prescripciones
legales discriminatorias, modos y estilo de vida corresponden todos a los propios
de una mujer judía. En esa personalidad concreta de mujer judía se encierra un
misterio de grandeza, real e invisible al mismo tiempo. La concepción
inmaculada de María o su maternidad divina serán proclamadas como dogma de
fe algunos o muchos siglos más tarde; pero la experiencia real de las mismas
María la vivió en su existencia terrena, enteramente judía. La vivió como una
realidad totalmente interior e inefable, dentro de una relación única de intimidad,
de comunión y de adhesión a Dios. El bautismo cristiano vence, en quien lo
recibe, a la serpiente tentadora y a su acción maligna en el presente y en el
pasado de la historia humana. A María le fue adelantado ese bautismo, gracias a
los méritos de su Hijo: al momento de ser concebida recibió el bautismo del
Espíritu Santo.

2) María no esperaba ser madre del Mesías. En el ambiente religioso de su


tiempo, ella compartía con todos los judíos, la creencia y la espera próxima del
Mesías que liberaría a Israel de sus enemigos. Como mujer humilde, pobre,
campesina, consideraba incluso una locura que Dios se fijase en ella para ser la
madre del Mesías. Además, que el Mesías proviniera de Nazaret era poco más
que imposible. Nada había en sus padres, en su ambiente, en el correr de su
existencia que sirviera de indicio para tan grande y noble vocación. Todo esto es
verdad, pero un día, de repente, una experiencia y visión angélica la perturbó en
lo profundo del alma. Primero no entendió ese saludo tan raro: "Alégrate, llena
de gracia, el Señor está contigo"; luego, entendió mucho menos eso de que "daría
a luz un hijo, que será llamado Hijo del Altísimo" (evangelio). La sencilla mujer
nazarena tardó mucho en volver en sí. Luego, pasada la visión, pasó días y
noches dando vueltas a lo visto y escuchado para hacerlo encajar en su psicología
y en su vida, escrutando los misteriosos designios de Dios. Finalmente, en el
encuentro con su prima Isabel mostrará de palabra el resultado de su meditación:
"Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada".

3) María es hermana y madre nuestra. En cuanto hermana, igual que todos los
cristianos: hija adoptiva de Dios por medio de Jesucristo, elegida para ser
heredera del Reino de Dios, ordenada a ser alabanza de la gloria de Dios, igual
que todos los que han puesto su esperanza en Cristo (segunda lectura). Su
grandeza radica en que combinó en su vida simultáneamente el ser nuestra
hermana con el ser nuestra madre. Nos dice la Constitución dogmática sobre la
Iglesia: "María colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por
su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los
hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia" (LG 61). Y
poco antes leemos: "La misión maternal de María para con los hombres de
ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino
que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la
salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo,
se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su
eficacia" (LG 60).

SUGEREncias PASTORALES

Respetar la pequeñez y la grandeza de María. Respetar quiere decir mantener los


dos aspectos, porque son las dos alas con las que María voló por la historia de su
tiempo y ha de seguir volando por nuestra historia. Y ya sabemos que volar con
una sola ala es imposible. En los siglos pasados se acentuaron tanto las grandezas
de María, que se llegó en ocasiones a olvidar su pequeñez. En nuestro tiempo,
podemos correr el otro peligro: verla tan cercana a nosotros, tan pequeña como
nosotros, que olvidemos su extraordinaria grandeza. Hay que mantener pequeñez
y grandeza, porque así fue la realidad histórica de María, y así continúa haciendo
presente el misterio de Dios entre nosotros. Santa Teresita de Lisieux subrayó la
pequeñez de María. El día de su profesión religiosa (8 de septiembre de 1890)
escribía: "¡Nacimiento de María! ¡Qué hermosa fiesta para llegar a ser esposa de
Jesús! En efecto, era ella, la pequeña, efímera Virgen santa, la que presentó su
pequeña flor al pequeño Jesús". Pero nunca cesó Teresita de cantar las glorias y
grandezas de María. Por ejemplo, en su última poesía titulada ¿Por qué te amo,
oh María?, ella dice que la gloria de María es más brillante que la de todos los
elegidos juntos, la llama reina de los ángeles y de los santos, y habla del
resplandor de su gloria suprema. La misma Virgen María estará muy contenta si
nosotros contemplamos su pequeñez sin olvidar su grandeza, nos sobrecogemos
ante su grandeza en medio de su humildad y pequeñez.

María: admirable e imitable. Las dos cosas y las dos inseparables. Porque Dios
ha hecho en ella obras grandes es admirable. Porque nunca ha dejado de ser
pequeña como nosotros, en medio de su excelsitud y su gloria, es por igual
imitable. Como cristianos debemos admirar a María, la mujer más excelsa salida
de las manos del Creador, árbol en quien fructifican la ciencia de Dios y la vida
divina. Pero María es también como una madre y una hermana, que está junto a
nosotros, que nos acompaña en nuestro camino, cuyas virtudes tan humanas son
accesibles a todos. En el jardín de su vida vemos florecidas todas las flores más
bellas. Con palabras cariñosas de madre nos dice que nuestra vida es también un
jardín. Si sembramos virtudes, como María, también florecerán las virtudes.

Segundo domingo de ADVIENTO 10 de diciembre del año 2000

Primera: Baruc 5, 1-9; segunda: Fil 1, 4-6.8-11 Evangelio: Lc 3, 1-6

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

En la Navidad la Palabra de Dios se hará carne, pero ya en la liturgia del


Adviento la Iglesia quiere que meditemos sobre la Palabra y la vayamos
interiorizando en nuestra alma. San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue
dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (evangelio). El profeta Baruc
contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro "convocados desde
oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios"
(primera lectura). San Pablo muestra su alegría a los filipenses por la
colaboración que han prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy, es
decir, a la Palabra de Dios convertida en Buena Nueva para los hombres
(segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Las etapas de la Palabra. "En el principio existía la Palabra". Esa Palabra divina,
antes de encarnarse en Jesús de Nazaret, ha hecho un largo recorrido por la
historia humana. La liturgia nos presenta algunas de esas etapas milenarias: 1) La
Palabra que habla del futuro, un futuro transformado por el poder de Dios, para
dar ánimo y consolación a los hombres. Es la Palabra, por ejemplo, del profeta
Baruc. En lenguaje poético imagina el profeta a Jerusalén vestida como una
madre en luto por haber perdido gran parte de sus hijos. Baruc entona un canto a
la ciudad de Jerusalén renovada, transformada por la mano poderosa de Dios:
"Vístete ya con las galas de la gloria de Dios". 2) La Palabra que habla al
presente en el que el pasado llega a su cumplimiento. En Juan Bautista se cumple
el oráculo de Isaías: "Voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del
Señor, enderezad sus sendas". Llega al presente de la vida de los judíos (Pilatos
procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, regiones habitadas en gran
parte por los judíos) y de la vida de los paganos (Filipo tetrarca de Iturea y de
Traconítide, Lisanias tetrarca de Abilene, regiones paganas). La Palabra dirigida
al futuro es sobre todo Palabra de aliento y consolación; la Palabra encaminada
hacia el presente es más bien Palabra de exhortación y compromiso, de
conversión para el perdón de los pecados. 3) La Palabra que diariamente se vive
y con la que se colabora con amor y gozo. La Palabra de Dios se hace vida en la
cotidianidad de los cristianos y en sus quehaceres diarios. Y todos están llamados
a colaborar con el Evangelio, con la Palabra de la Buena Nueva, para que llegue
a todos los rincones del imperio romano y hasta los confines del mundo.

Las cualidades de la Palabra. 1) La Palabra de Dios es universal en su destino,


porque siendo Palabra de salvación va dirigida a todos los hombres de todos los
tiempos: a los judíos y paganos de tiempos de Juan el Bautista y de Jesucristo, a
los americanos, asiáticos, africanos, europeos y oceánicos de nuestros días
(evangelio). 2) La Palabra de Dios es unificadora: une a todos los dispersos de
Israel para ponerse en camino desde oriente y occidente a fin de formar el pueblo
de Dios que le rinde culto en Jerusalén (primera lectura). Tiene fuerza para
unificar a todos los cristianos de nuestros días y a todos los hombres. 3) La
Palabra de Dios es personalizada y a la vez comunitaria: apela a un hombre, pero
para que la haga llegar a todo el pueblo (evangelio). Hoy como ayer sigue
habiendo hombres carismáticos a quien Dios dirige su Palabra, pero en función
de la comunidad eclesial y de la misma comunidad humana. 4) La Palabra de
Dios es como una semilla que va creciendo hasta lograr convertirse en espiga:
"Quien inició en vosotros la obra buena, la irá consumando hasta el día de Cristo
Jesús" (segunda lectura). 5) La Palabra de Dios no es para ponerla bajo un
cacharro, sino para proclamarla públicamente como hizo Juan: "Y se fue por toda
la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de
los pecados" (evangelio) y como luego hará Jesús, que recorrerá todas las
ciudades y aldeas proclamando el Evangelio de Dios.

SUGEREncias PASTORALES

La Palabra de Dios hoy. La carta a los Hebreos nos dice que la Palabra de Dios es
viva y eficaz, cortante como espada de doble filo (4,12). El texto sagrado no dice
fue o será, sino es. Dios sigue hablando a los hombres en el hoy de la historia. La
misma Palabra que habló por medio de los profetas, que resonó en los labios de
Juan el Bautista, que se encarnó en Jesucristo, que fue proclamada por los
apóstoles. Dios desea continuar su diálogo con el hombre. Si en nuestro tiempo
no se percibe la Palabra de Dios, no es que haya dejado Dios de hablar, sino que
hemos silenciado consciente o inconscientemente su voz. Dios nos habla por
medio de la Escritura sagrada leída e interiorizada en la oración; nos habla en las
acciones litúrgicas de la Iglesia, sobre todo en la celebración eucarística, cuya
primera parte está dedicada a la liturgia de la Palabra. Dios nos habla por medio
de los pastores, de los obispos en sus diócesis, del Papa en toda la Iglesia como
pastor universal. Dios nos habla por medio de los profetas, esos hombres de Dios
que interpretan los acontecimientos de la vida y de la historia desde Dios y
movidos por el mismo Dios. Dios nos habla por medio de los mártires y de los
santos, que con su sangre y su vida gritan a la humanidad el misterio insondable
de Dios, del tiempo y de la eternidad, del vivir histórico del hombre. Dios habla
por medio de la conciencia, para que en fidelidad a ella seamos salvados y
colaboremos con Cristo en la obra de la salvación. Dios prosigue hablándonos a
los hombres de muchas maneras. ¿Escuchamos su voz? Hagámoslo antes de que
sea tarde...

Palabra de salvación. La Palabra de Dios viene a la historia, se encarna en Jesús


de Nazaret para hablarnos de salvación. En el evangelio la cita de Isaías ha
sufrido un cambio significativo: en lugar de "todos verán la gloria de Dios" san
Lucas dice: "Todos verán la salvación de Dios". En la Navidad, los cristianos,
todos los hombres de buena voluntad, vemos esa salvación de Dios. En la
Navidad resuena una Palabra de salvación. Digamos mejor: es la única Palabra
que resuena en esa noche santa. Estamos muy acostumbrados por la historia ha
dividir a los hombres en buenos y malos, en conservadores y progresistas, en de
izquierda y derecha, en bandos e ideologías. La Palabra de Dios parece pasar por
encima de todas esas divisiones. La Palabra de Dios no divide, une a todos en el
anhelo y en la gozosa posesión de la salvación, que Dios nos manda encarnada en
un Niño. Dios quiere que su Palabra de salvación sea eficaz en nuestros días y en
nuestras vidas. Dios nos impulsa a que dejemos obrar eficazmente su Palabra de
salvación. ¿Qué obstáculos encuentro en mi vida y en mi ambiente? ¿Qué hago o
qué puedo hacer para que la Palabra de Dios sea viva y eficaz en mí y en mis
hermanos?

Tercer domingo de ADVIENTO 17 de diciembre del año 2000

Primera: Sof 3, 14-18a; segunda: Fil 4, 4-7 Evangelio: Lc 3, 10-18

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


Los textos litúrgicos de este tercer domingo de adviento son un himno a la
alegría. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán alejarse el dominio
asirio y la idolatría y podrán rendir culto a Yahvéh con libertad (primera lectura).
Alegría de los cristianos, una alegría constante y desbordante, porque la paz de
Dios "custodiará sus mentes y sus corazones en Cristo Jesús" (segunda lectura).
Alegría del mismo Dios que exulta de gozo al estar en medio de su pueblo para
protegerlo y salvarlo (primera lectura). Alegría que comunica Juan el Bautista al
pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías salvador, que
instaurará con su venida la justicia y la paz entre los hombres (evangelio).

MENSAJE DOCTRINAL

¿Por qué alegrarse? Son varias las causas que se hallan en los textos litúrgicos. 1)
Primeramente, porque Dios ha anulado tu sentencia. Sofonías imagina a Yahvéh
como a un jefe de tribunal que, después de haber dictado sentencia condenatoria,
la anula. ¿Cómo no alegrarse? Históricamente se refiere a la pesante opresión que
el imperio asirio ejercía sobre el reino de Judá en tiempo del rey Josías, y de la
que Yahvéh le ha liberado (primera lectura). 2) Alegrarse, porque Yahvéh está en
medio de ti. Esa presencia divina de poder y de salvación libra de todo miedo, y
renueva al reino de Judá con su amor. Es una presencia protectora y segura
(primera lectura). 3) Alegrarse, porque el cristiano posee la paz de Dios que
supera toda inteligencia (segunda lectura). Esa fe de Dios, que es fruto de la fe y
del bautismo, y que se experimenta de modo eficaz en la celebración litúrgica,
cuando "presentamos a Dios nuestras peticiones, mediante la oración y la súplica,
acompañadas de la acción de gracias" (segunda lectura). 4) Finalmente, alegrarse
porque Juan el Bautista, el precursor, proclama la Buena Nueva de Cristo
(evangelio) y, con él y como él, todos los precursores de Cristo en la sociedad y
en el mundo. Por todo ello, podemos decir que el cristianismo es la religión de la
alegría. Pero, alegría en el Señor, como nos recuerda san Pablo.

La alegría del precursor. La alegría de Juan el Bautista está expresada mediante


tres imágenes. La imagen del patrono y del siervo, con lo que indica la
superioridad de Jesús sobre Juan. Jesús es como el patrón que cuando llega del
campo o de la ciudad tiene a su disposición un siervo (Juan el Bautista) que le
desate la correa de las sandalias. Juan está alegre porque el Mesías, su patrono,
está por llegar. Usa también la imagen del agricultor que al llegar el verano, siega
las espigas, las trilla, separa mediante el bielde el grano de la paja, guarda el
grano y quema la paja. La alegría de Juan es la alegría de quien recoge el fruto de
su trabajo, el fruto de tantos otros profetas que prepararon junto con él la venida
del Mesías. Por último, Juan se alegra porque, mientras él bautiza en agua, el que
está por venir, es decir, el Mesías, bautizará en Espíritu santo y fuego. O sea, en
Espíritu santo que es fuego purificador del pecado, fuego impulsor y difusor de
grandes empresas. En el bautismo el cristiano recibe al Espíritu, uno de cuyos
primeros frutos es la alegría.

El evangelio de la alegría. Reflexionando sobre la perícopa evangélica, el


evangelio de la alegría se dirige a todo tipo de personas: a la gente en general, a
los publicanos, a los mismos soldados. Este evangelio consiste sobre todo en la
donación y amor al prójimo, que cada categoría debe vivir según sus
circunstancias. Así la gente es invitada a compartir con los más necesitados el
vestuario y la comida. Los publicanos vivirán el amor fraterno cobrando los
impuestos con exactitud y justicia, sin adiciones egoístas de lucro personal.
Respecto a los soldados, por un lado que estén contentos con el salario que
reciben, suponiendo que es justo; por otro lado, que a nadie extorsionen y a nadie
denuncien falsamente. En resumen, el evangelio de la alegría se implanta y
produce frutos magníficos allí donde se vive el mandamiento del amor, cada uno
según su profesión y su condición de vida.

SUGEREncias PASTORALES

Alegrarse ya del futuro. Sofonías anuncia la liberación de Jerusalén y Judá, pero


todavía no ha llegado. Con todo, ya el mismo anuncio debe ser causa de alegría.
Juan Bautista goza ya por anticipado de la venida del Mesías, aunque todavía no
se haya hecho presente. Los cristianos vivimos con alegría este período de
adviento, aun a sabiendas de que la Navidad no ha llegado todavía. Los cristianos
estamos afincados en el presente, pero con la mirada puesta en el futuro, que ha
de ser siempre fuente de alegría. Hay un viejo refrán que dice: "Todo tiempo
pasado fue mejor". Ciertamente no es verdad, y menos para el cristiano. El
cristiano, hombre de la esperanza, dirá más bien: "Todo tiempo futuro será
mejor" y esto le infunde una grande alegría. Mejor, no precisamente por mérito
de los hombres, sino por acción misteriosa y eficaz del Espíritu santo en la
historia y en las almas. Mejor, porque el progreso científico, y sobre todo moral
de la humanidad, sin olvidar la ambivalencia y deficiencias del progreso,
contribuye de alguna manera al reinado de Dios en el tiempo y en la vida de los
hombres. Y ¿cómo no alegrarnos del futuro si estamos convencidos de que el
futuro está en manos de Dios, porque Él es el Señor de la historia y quien tiene en
su poder las llaves del futuro? Incluso en medio de la prueba y de la tribulación,
el futuro sonríe al cristiano maduro en su fe.
Alegría y paz. Amor, alegría y paz son dones del Espíritu Santo. En cuanto dones
del Espíritu santo sería un error identificar el amor con el sentimiento amoroso o
con los amoríos, la alegría con las alharacas y la paz con la ausencia de guerra,
destrucción y muerte. La paz de Dios es algo, nos dice san Pablo, que supera toda
inteligencia. Y lo mismo vale para la alegría. Siendo dones del Espíritu Santo,
únicamente quien las ha recibido por la fe, está en condiciones de
experimentarlas, conocerlas, poseerlas, disfrutarlas, transmitirlas. Hay una cierta
reciprocidad entre ambos dones del Espíritu. La paz que habita en el alma del
creyente inspira una alegría interior atrayente, que se manifiesta en el talante de
la persona, que se contagia hasta con la sola presencia. Por su parte, la alegría de
la que el Espíritu dota al creyente, transmite paz y orden en la vida, serenidad y
armonía, y sobre todo una especie de ataraxía, de imperturbabilidad espiritual,
que provoca en todos admiración. ¿Por qué no pedir al Espíritu Santo que nos
conceda más abundantemente estos dones de la paz y de la alegría para
prepararnos a la Navidad? Alegrémonos en el Señor. Vivamos la Paz de Dios. La
Navidad está ya a las puertas.

Cuarto domingo de ADVIENTO 24 de diciembre del año 2000

Primera: Miq 5, 1-4; segunda: Heb 10, 5-10 Evangelio: Lc 1, 39-48

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

¿Cuáles son las justas relaciones entre el hombre y Dios? Una respuesta a este
interrogante nos viene de la liturgia de hoy. Los textos nos indican
principalmente las relaciones de Jesús y de María. Relación de Jesús con su
Padre (segunda lectura), con Juan Bautista en el seno materno (evangelio), con la
profecía (primera lectura), con el sacerdocio levítico (segunda lectura). Relación
de María con el Espíritu Santo, con Isabel, su prima (evangelio), y sobre todo con
el Verbo (evangelio).

MENSAJE DOCTRINAL

Relaciones de Jesús. Ser y existir como hombre es estar y entrar en relación. Las
relaciones humanas pueden ser sumamente variadas, pero al final se reducen a
tres fundamentales: relación con Dios, con el hombre y con el mundo que lo
rodea. A la liturgia interesan las dos primeras relaciones. La relación
fundamental de Jesús es con su Padre. Es una relación filial de obediencia: "Yo
vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad" (segunda lectura). Es la obediencia de un
hijo que trata de agradar en todo a su padre. Esta obediencia filial llegará hasta el
extremo del sacrificio. No se puede separar, en el misterio cristiano, la Navidad
de la pasión, la Navidad de la Pascua. Jesús mantiene su obediencia al Padre
mediante su relación con la profecía, una relación de cumplimiento. El profeta
Miqueas apostrofa a Belén, diciéndola que no será la ciudad más pequeña de
Judá, porque en ella nacerá el dominador de Israel. Jesús, naciendo en Belén,
lleva a cumplimiento la profecía, en actitud de obediencia a la historia salvífica
trazada por el Padre. La relación de Jesús con María es una relación oculta,
extraordinaria: La de quien alimenta su fe y se alimenta de su sangre. El
evangelio nos habla, finalmente, de una relación misteriosa de Jesús, en el seno
de María, con Juan Bautista, en el seno de Isabel. En la presencia de Dios en la
historia, mediante María santísima, llena de gozo al último de los profetas de
Israel y representante último y cualificado del Antiguo Testamento, Juan
Bautista. Es el gozo mesiánico, que preanuncia la hora de la salvación. La
obediencia filial de Jesús, que asume la condición del tiempo y de la historia,
fructifica en la alegría redentora que aporta a los hombres.

Relación de María. Hay dos relaciones de María, que no aparecen en los textos
litúrgicos, pero que están implícitas: la relación con el Espíritu Santo y con el
Verbo encarnado en su seno. Sin estas dos relaciones no se explica el episodio de
la visita de María a su prima Isabel. La relación íntima y personal del Espíritu
Santo con María ha hecho posible que el Verbo de Dios asuma carne y se vaya
formando hombre en su seno materno. La relación de María con el Verbo de
Dios es extremamente misteriosa y delicada: Misteriosa porque la fecundación de
su seno es obra de Dios mismo; delicada, porque está dando a Dios su carne y su
sangre, pero sobre todo su amor, su dedicación, su entrega total. La relación de
María con Isabel es de servicio. Viene a ayudarla en los últimos meses de
embarazo. Viene movida por los lazos naturales, pero sobre todo por el Espíritu
de Dios y por el Verbo que siente presente en su seno: un movimiento natural y
pneumático, al mismo tiempo. En el canto del Magnificat, María eleva su voz a
Dios para alabarle y agradecerle con gozo el misterio que encierra en su seno, a
pesar de su pequeñez y de su humildad. ¿Cómo no alabar a quien se ha dignado
acudir a ella para llevar a cumplimiento su designio de salvación, y la aspiración
más sublime e intensa de los hombres? Por último, en María se lleva a cabo
también la profecía de Miqueas: Ella es aquélla que "dará a luz cuando deba dar a
luz" al Mesías. La relación de maternidad, a través de la cual se expresa toda la
feminidad de María en relación con Jesús.

SUGEREncias PASTORALES
Saber relacionarse. En la conversación humana es frecuente escuchar: "Hay que
saber relacionarse". Con ello se quiere decir que es bueno tener muchas
relaciones, y sobre todo relaciones con gente influyente. La razón es evidente: así
se tiene la posibilidad de que se abran muchas puertas en los diversos ámbitos de
la vida humana: político, financiero, social, profesional, educativo, religioso...Yo
quiero invitar a mis hermanos en la fe y en el sacerdocio a saber relacionarse con
personas de extraordinaria influencia: con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; con
María santísima, nuestra madre y nuestra reina; con los santos, nuestros
hermanos y protectores desde el cielo. Estas relaciones no te dan acceso, claro
está, a excelente puesto de trabajo, ni a un negocio redondo. Estas relaciones,
más bien ejercen su influjo en tu interior, transformándolo; en tu visión de las
cosas y de la vida, haciendo que sea según Dios; en tu relación con los hombres y
con las cosas, de forma que esté siempre inspirada por el amor y por el servicio;
en tu relación con tu propia historia, convirtiéndola, tal vez, de una historia sin
sentido a un sentido con historia. ¡Cuántos bienes nos pueden venir –y podemos
obtener para los demás–, si sabemos relacionarnos con Dios, con la Virgen, con
los santos! En el campo de la historia es importante saber relacionarse, ¿no lo va
a ser igualmente en el campo del espíritu? Bienaventurados los que saben
relacionarse, porque serán como un árbol frondoso que dé frutos en sazón: frutos
de bien, de felicidad, de salvación.

Relacionarse por el Reino. Los cristianos vivimos en el mundo, en el reino de la


historia, aunque pertenecemos al Reino de Dios. Y en el reino de la historia no
poco cuentan las relaciones humanas. No tenemos por qué despreciarlas.
Tampoco hemos de abusar de ellas, poniéndolas al servicio de nuestros intereses
egoístas. Hemos de servirnos de ellas para la edificación del Reino de Dios.
Hemos de relacionarnos con quienes tienen poder, para que nos ayuden en favor
de quienes no sólo no tienen poder, pero ni siquiera alimento, casa, vestido,
derechos. Hemos de relacionarnos con los necesitados, para que tomen
conciencia de que el Reino de Dios les pertenece y les invita a poner todos los
medios para hacer más humana su existencia, más digna, más libre, más feliz.
Hay que relacionarse con las fuerzas vivas y poderosas de un pueblo, de una
ciudad, de un estado, de un país, para convencerlas, si no lo están todavía, de que
son hijos del Reino de Dios en la medida en que utilizan sus fuerzas y su poder
en beneficio de los más necesitados. Y una vez convencidos, que pongan manos
a la obra. Si todos los cristianos utilizáramos nuestras relaciones para ponerlas al
servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría por derroteros más
humanos, y más marcados por nuestra fe en Jesucristo. Jesucristo entró en
contacto con la historia para instaurar el Reino de su Padre. Después de 2000
años, ¿qué hacemos nosotros los cristianos?
Misa en la Noche de NAVIDAD 24 de diciembre del año 2000

Primera: Is 9, 1-3.5-6; segunda: Tt 2, 11-14 Evangelio: Lc 2, 1-14

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

"Os ha nacido un Salvador", es el mensaje central de la liturgia de esta noche


santa. Un Salvador con unos rasgos extraordinarios profetizados por Isaías: Dios
fuerte, siempre Padre, príncipe de la paz... (primera lectura). Un Salvador que
viene para todos, pero especialmente para los más pequeños y humildes, como
eran, por ejemplo, los pastores (evangelio). Un Salvador que nos enseña a
renunciar a la impiedad y a las pasiones mundanas, y a vivir con sensatez, justicia
y piedad en el tiempo presente (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Los rasgos de nuestro Salvador. 1) Quizás la primera cosa llamativa de nuestro


Salvador es el ser un niño recién nacido, y además en pobreza. No ha hecho
todavía nada: ni ha predicado, ni realizado milagros, ni ha sido crucificado, ni ha
resucitado. Nos comienza a salvar por el mismo hecho de nacer. Es evidente que
no salva por lo que hace o por la condición social y económica que detenta, sino
por lo que es: Dios hecho niño. El mundo no se salvará por las obras
extraordinarias y grandiosas de los hombres, sino por la presencia y transparencia
de Dios en la vida de los cristianos. 2) Es un salvador para todos. En la primera
lectura el salvador es prometido a la Galilea de los gentiles, donde junto a
pueblos de estricta observancia judía, había también muchas ciudades
enteramente paganas y otras con mezcla de razas y de religión. En el evangelio
los primeros beneficiarios del anuncio de un Salvador son los pastores, gente
humilde, y que gozaba de mala fama entre los judíos. San Pablo en la carta a Tito
nos dice que "se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los
hombres", sin excepción alguna (segunda lectura). Nadie por ningún motivo
puede caer en la desesperación delante de nuestro salvador. 3) El salvador es, a la
vez, rey, descendiente de David, que posee las mejores cualidades para reinar
sobre los hombres: goza del don de consejo, tiene el poder mismo de Dios, es
para todos como un padre, le interesa sobremanera la paz, gobierna con equidad
y justicia buscando el bien de todos. Nuestro rey y salvador cumple todos los
requisitos para traer al mundo la paz, la justicia, el bienestar, la felicidad. 4) Es
un Niño, igual que todos los niños del mundo, pero a la vez absolutamente
singular. En efecto, el cielo mismo interviene para alegrarse y glorificar a Dios
por la presencia de este niño en la tierra.

Los hombres ante el Salvador. 1) Si el Niño que celebramos esta noche santa es
el salvador de todos, no cabe otra actitud que aceptar con amor su salvación. Para
acogerla con amor se precisa el reconocimiento sincero de estar necesitado de
ella, y además la conciencia de que la autosalvación es imposible; la salvación se
nos da, no forma parte de los derechos humanos, ni es objeto de conquista.
Acoger la salvación requiere un acto de plena libertad y una singular valoración
de la persona que me salva, por pura iniciativa suya y sin pedirme nada de
antemano. Si alguien no acoge a este Niño salvador es, en el mayor de los casos,
por ignorancia: No sabe lo que se pierde. 2) Quien lo acoge, ha de hacerlo con
alegría; con la alegría de quien estaba envuelto en densas tinieblas, y ahora le
llega la luz; la alegría del campesino a la hora de la siega y de la recolección; la
alegría de los soldados que, según las costumbres de aquellos tiempos antiguos,
lograda una victoria, se reparten el botín. 3) La acogida de nuestro Salvador es
fuerza de renovación y compromiso para la vida. El Niño nos salva para que
hagamos presente en nuestras vidas, como él, la prudencia, la fortaleza, la
justicia, la piedad. No cabe duda de que la salvación de Dios no es una salvación
de ganga y baratija; equivale a la salvación del hombre y a la salvación del
mundo. "Fuera de él, no hay salvación".

SUGEREncias PASTORALES

Una noche para jamás olvidar. En la vida de todo hombre hay algún episodio,
algún momento de su existencia que jamás olvidará. Esos momentos o episodios
los solemos llamar fuertes, porque impresionan fuertemente nuestra inteligencia,
nuestra sensibilidad y nuestra memoria. Si alguien ha tenido un accidente mortal,
del que salió con vida por milagro, ¿lo podrá olvidar? O, no sé, la llegada del
primer hijo tan deseado por los esposos, o esa noche insomne en que después de
tantos meses aparentemente infecundos el artista intuye un cuadro o una obra
literaria, o la muerte de un ser muy querido, o la primera operación quirúrgica, el
primer proyecto arquitectónico o la primera misa. Quiero decirte que esta noche
de Navidad, Navidad jubilar por los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, ha
de ser una experiencia religiosa tan fuerte en tu vida, que no la puedas olvidar
jamás. Te invito a meterte en el misterio que celebramos con toda tu persona y
con toda tu capacidad de experimentar el amor. Te invito a pedir a ese Niño
divino, con corazón humilde y con intensidad, que te alcance el milagro de una
fe, de un amor y de una esperanza tan vivos, tan penetrantes, tan profundos, que
permanezcan para siempre grabados en tu memoria. Habrá muchos millones de
hombres, desgraciadamente, para quienes esta Navidad sea un día más o una
navidad más. Que para ti no sea así. Se me ocurre imaginar que Dios está
deseando grabar esta santa noche con letras de oro en tu mente, en tu corazón, y
en el resto de tu vida futura.

Si el Salvador llama a tu puerta... La sociedad en que vivimos, nos ha obligado a


ser prevenidos ante quien llama a la puerta. Puede ser una persona amiga, pero
puede ser también un criminal, un desconocido con malas intenciones, una
persona peligrosa... Ante ello, ponemos en acción tranca, cerrojo, ojo óptico en la
puerta, etc. Todas las medidas parecen pocas para proteger la integridad de
nuestra vida y nuestra privacy. Si esta noche un Niño llama a tu puerta, ¿serás
capaz de reconocer que es tu Salvador? Y si el Salvador llama a tu puerta, ¿estás
en disposiciones y en deseos de abrirle de par en par? La gran tragedia de los
hombres está en que el Salvador llama y llama a su puerta, y no se le abre. Tal
vez porque siendo un niño, se piense que no puede salvarnos. O tal vez porque la
salvación que nos ofrece es diferente de la que soñamos, aunque sea equivocada
o sumamente limitada. Si Dios te regala la salvación, no puede ser la que tú
quieras, sino la que él te dé. Si te la regala, acéptala como es. Si te la regala,
agredécela. Si te la regala, fíjate en el amor con que ese Niño te la da, piensa que
te ama de verdad. Si te la regala, tú a tu vez regálala a otros , porque se trata de
un don extraño: entre más lo das, más lo acrecientas. Si el Salvador, esta santa
noche, llama a tu puerta... ¿qué esperas? Ábrela de par en par. Te aseguro que no
te arrepentirás en la vida de haberlo hecho.

Misa de NAVIDAD 25 de diciembre del año 2000

Primera: Is 52, 7-10; segunda: Heb 1, 1-6 Evangelio: Jn 1, 1-18.

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Podríamos decir que las lecturas del día de Navidad se concentran en dar una
respuesta al gran interrogante que ha atravesado dos mil años de cristianismo:
¿Quién es Jesucristo? La respuesta la encontramos, sobre todo, en el prólogo del
evangelio según san Juan: El Verbo, el creador del universo, la luz del mundo, el
revelador del Padre, etc. Esta respuesta del evangelio es colocada en el ámbito
del profetismo del Antiguo Testamento: Jesucristo, el mensajero que trae la paz y
la salvación (primera lectura); Jesucristo, el último y definitivo profeta de Dios
(segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Quién es Jesucristo? En todo el mundo cristiano el día 25 celebramos el


nacimiento de un niño: Jesús de Nazaret que ha revolucionado durante dos mil
años la historia de la humanidad, sobre todo del Occidente. Quienes no son
cristianos tal vez se pregunten quién es ese niño que celebran los cristianos con
tanta solemnidad. Y no está mal que también nosotros, en esta singular ocasión
de la Navidad, nos lo preguntemos. O mejor, todavía, lo preguntemos a la Biblia,
a través de la cual Dios nos habla y se nos revela.

1) Jesucristo es el Verbo, que vive en el seno de Dios, y que pone su tienda entre
los hombres, en un determinado momento de la historia. Jesucristo, antes de ser
una palabra pronunciada por la historia, es La Palabra pronunciada por el mismo
Dios. En el mundo de Dios el Padre está pronunciando eternamente La Palabra.
En Belén, en tiempo del emperador Augusto, La Palabra eterna es pronunciada
por labios humanos, se convierte en palabra de carne. Se llama Jesús de Nazaret.
¿Quién es Jesús? Es el Verbo, que al ser pronunciado por los hombres, suena
Jesús de Nazaret. ¿Quién es el Verbo? Es Jesús, a quien el Padre llama La
Palabra. En el misterio de Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo,
el Verbo de Jesús. Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia
Dios había pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que
manifestaban de modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre
pronuncia la última, definitiva y única Palabra, en la que se compendia y llega a
plenitud toda la revelación (segunda lectura).

2) Jesús es la vida y la verdadera luz del mundo. Vida y luz son dos imágenes
muy usada en todo el Antiguo Testamento. Dios es el creador de la vida (plantas,
animales, hombre). A la vez que creador, es también el señor, que dispone de ella
según sus inescrutables designios. El hombre ha sido creado para la vida, no para
la muerte. Con todo, a causa del pecado, el reino de la muerte se ha instalado en
la historia. Cuando los cristianos proclamamos que Jesús es la vida, afirmamos
que él es el vencedor de la muerte y el restaurador de la vida en la humanidad. Al
restaurar la vida, ésta es como un faro de luz en un mundo prisionero de la
tiniebla. Al confesar que Jesús de Nazaret, en el momento mismo de nacer es
vida y luz de los hombres, estamos afirmando también que no es una vida
cualquiera o una luz cualquiera, efímera y débil, sino la Vida y la Luz originales,
presentes en Dios mismo. Porque es Vida y Luz, su historia personal, una más en
sí misma entre las historias de los hombres, es fuente de Vida y de Luz para la
humanidad entera.

3) Jesús es el revelador del Padre. "A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo
unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado". Jesucristo no sólo es
el revelado por los profetas, por ejemplo, por Miqueas, como mensajero de paz,
de consolación y de salvación, o no sólo es revelado superior a los ángeles
(segunda lectura). Él mismo, en persona, es revelador. ¿Y qué otra realidad más
honda puede revelarnos sino el misterio de Dios, del que viene y en el que habita,
absolutamente desconocido para los hombres? El Padre no es visible. Se hace
visible y presente en Jesucristo. Lo hace visible hablándonos del Padre, v.g. las
parábolas del padre misericordioso, y sobre todo nos habla del Padre en su modo
de vivir y de estar en el mundo, entre los hombres.

SUGEREncias PASTORALES

Para ti, ¿quién es Jesucristo? Hemos de dejar las cuestiones generales y


preguntarnos de modo muy personal: "Para mí, ¿quién es Jesucristo?". Según que
se responda a esta pregunta con los labios, con el corazón y sobre todo con la
vida, nuestra existencia seguirá un rumbo u otro, seguirá unos parámetros u otros
según los cuales vivir. Si Jesucristo lo es todo para mí: mi Dios, mi salvador, mi
modelo, mi todo, trataré de hacer real en mi vida este convencimiento. Si
Jesucristo es un hombre extraordinario, el más enigmático y grandioso entre los
hijos de Adán, pero nada más que hombre, seré tal vez un gran admirador de su
figura, trataré de seguir su vida moralmente ejemplar, pero nunca caeré de
rodillas ante él, ni le invocaré como redentor, ni estaré dispuesto a dar mi vida
por creer en él. Si Jesucristo no fue más que "un hippie entre yuppies", como
alguien ha dicho, o un mesías fallido como piensan muchos judíos, o un "avatar"
más entre tantos otros que han existido y continúan viniendo a la existencia, ¿qué
sentido tiene seguir siendo discípulo de Jesús de Nazaret? ¿Para qué seguir
haciendo una pantomima recitando el credo? Que esta Navidad reafirmemos
nuestra fe en "Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre", en "Jesucristo,
redentor del hombre".

Presencia de Cristo en la historia. Jesucristo es el viviente. Él no ha pasado a la


historia, como tantos personajes que un día, hace siglos o milenios, eso no
importa, amaron y fueron amados, recorrieron los mismos espacios o semejantes
a los que hoy recorremos en pueblos o ciudades de nuestro planeta. Jesucristo no
pertenece al pasado. Mientras los hombres tenemos, por nuestra misma condición
histórica, una relación con el pasado y con el futuro, Él es un presente sin más
relación. Él vive, está a tu lado, te acompaña. Él te ama, se interesa por ti, te
ilumina con su luz, te habla palabras de verdad y vida. Él quiere tu bien, no te
deja tranquilo cuando tomas un mal camino, es un amigo que siempre te jugará
limpio frente a la verdad, frente al eterno destino. Jesús vive en tu corazón por la
amistad y comunión con él. Vive en la eucaristía, en el sagrario. Vive en la
Biblia, Palabra inmortal de Dios al hombre. Vive en los hombres y mujeres que
creen en él, le aman y siguen sus pasos. Vive en el Papa y en los Obispos que le
representan ante los hombres. Vive en los niños inocentes, él que nunca dejó de
ser niño en su relación con su Padre. Él vive para darnos la vida, para
recordarnos siempre que nuestro destino es la vida, o mejor, la Vida.

Domingo de la SAGRADA FAMILIA 31 de diciembre del año 2000

Primera: 1Sam 1, 20-22.24-28; segunda: 1Jn 3, 1-2.21-24; Evangelio: Lc 2, 41-


52.

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

¿Qué otro concepto puede aglutinar los textos de este domingo sino el de la
familia? Se habla de la familia de Dios: Dios Padre, el Hijo de Dios, y los
hombres hechos hijos de Dios por la fe (segunda lectura, evangelio). En la
primera lectura y en el evangelio se mencionan dos familias, entre las que parece
darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas diferencias.
Son la familia de Ana y la de María. A ambas mujeres Dios les concedió un hijo
de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María.

MENSAJE DOCTRINAL

La familia de Dios. Cuando hablamos de la familia de Dios, no podemos hacerlo


sino de modo analógico. En Dios, por ejemplo, no existe la sexualidad, y por eso
no hay un padre por un lado y una madre por otro. Tampoco existe en Dios la
multiplicidad de naturaleza, consiguientemente una misma y única naturaleza es
participada por el Padre y por el Hijo. Con todo, la revelación nos habla de Dios
como Padre, de Jesucristo como Hijo natural de Dios y de los cristianos como
hijos adoptivos de Dios. Los rasgos más hermosos y plenos del padre y de la
madre: su amor generoso, desinteresado, su capacidad de donación, su
fecundidad, su dedicación a los hijos, su deseo ardiente de que crezcan sanos y
sean felices, éstos y otros rasgos se hallan en Dios de modo eminente. Igualmente
brillan en el Hijo de Dios el cariño y la obediencia filial, el agradecimiento, el
querer y buscar lo que le agrada al Padre, la intimidad y la absoluta confianza con
el Padre. El cristiano es hijo en el Hijo, y por ello, el Padre sólo reconoce como
hijos aquellos que han encarnado los mismos rasgos filiales de Jesucristo, su
Hijo. San Juan ante esta realidad de la familia divina exclama, como extasiado:
"Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo
somos!" (Segunda lectura). Y en el evangelio, Jesús, al ser encontrado en el
templo después de tres largos días de búsqueda por parte de sus padres, les dice:
"¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?". Es importante
elevarse hasta la familia de Dios porque, en cierta manera, es el arquetipo de la
familia humana.

La familia de Ana y María. ¡Dos familias de las que nos habla la Biblia! Una, la
de Ana, pertenece al Antiguo Testamento, la otra, la de María al Nuevo. Ambas
familias: Elcaná y Ana, José y María, eran justos a los ojos de Dios. Ana estaba
casada y no podía tener hijos por ser estéril, María estaba prometida a José y era
virgen. Ana pide a Yahvéh que le conceda un hijo, María le pide que se haga en
todo su voluntad. Dios escucha la oración de Ana, haciendo fecundo su seno;
Dios cumple su voluntad con María, haciéndola madre sin dejar de ser virgen.
Samuel, hijo de Ana, ocupa un puesto relevante en la historia de la salvación;
Jesús, hijo de María, ocupa su vértice y su plenitud. Elcaná es el padre natural de
Samuel, José es sólo el padre legal de Jesús. Samuel, a los tres años, fue llevado
al santuario de Silo, ante Yahvéh y consagrado a él para toda la vida. Jesús fue
consagrado a Yahvéh a los cuarenta días de su nacimiento, y vivió treinta años
con sus padres en Nazaret. Samuel vivió al servicio de Yahvéh en el santuario;
Jesús, a los doce años, se quedó en el templo sin saberlo sus padres, dejó
estupefactos a los maestros por su inteligencia y sus respuestas, y a María y José
les respondió con una pregunta enigmática: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais
que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?" De la relación de Samuel con sus
padres el libro sagrado no nos dice nada más; Jesús, sin embargo, vivió en
Nazaret con sus padres hasta los treinta años, en actitud de obediencia filial. En
los dos casos, se pone en evidencia un elemento común: Tanto en la familia de
Ana como en la de María Dios cuenta y se cuenta con Dios. Las condiciones
culturales y sociológicas de la familia pueden cambiar enormemente, pero el que
Dios cuente y el que se cuente con Dios constituye un aspecto esencial de toda
familia, en cualquier condición cultural, política o sociológica.

SUGEREncias PASTORALES

Ser y hacer familia. Ante todo, ser familia. Y esto quiere decir un padre, una
madre y al menos un hijo, pero si más, mejor. Pongo por delante mi respeto a
todo ser humano, en cualquier estado o condición, pero a la vez pienso que hay
que ser claros y llamar las cosas por su nombre. Por ello, opino que una mujer
sola con un niño, no ES familia, como tampoco, aunque los casos hoy por hoy
sean raros, un varón solo con un niño. Opino que dos lesbianas con un niño no
SON familia, como tampoco lo son dos homosexuales con un niño. En estos
casos, la mayoría de las veces, si no todas, ni Dios cuenta ni se cuenta con Dios.

En segundo lugar, siendo familia, hacer familia. Es decir, construir día tras día,
ladrillo tras ladrillo, el edificio familiar. La familia se construye con la
colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno sus propias
funciones de padre, madre e hijos. Si las funciones o roles se trasponen o
tergiversan, no se construye la familia. Por ejemplo, si los padres son los que
obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o si los hijos sufren no pocas veces
los caprichos de los padres (divorcio, una amante...). El edificio de la familia no
se acaba nunca de construir, es una tarea de toda la vida. Es una tarea que exige
el sacrificio de unos y otros (esposos, padres, hijos) para hacerse mutuamente
todos felices.

¡Salvad la familia! Que la familia está siendo atacada por muchas partes, resulta
algo obvio. Que hasta ahora la institución familiar, aunque muchos hayan caído
en la batalla, ha resistido bien los ataques, también es verdad. Parece cada vez
más claro a politólogos, sociólogos, y a hombres de los medios, que la voz
unánime de la Iglesia católica, desde siempre, pero más intensa a partir del siglo
XX, de salvar la familia para salvar la sociedad y al hombre, es una voz profética
y llena de sabiduría, que hay que escuchar. a punto de finalizar el jubileo de la
Encarnación del Verbo, la Iglesia y todos los hombres rectos y justos, tienen que
elevar su voz muy alto para gritar: "¡Salvemos la familia!". Hay que salvarla del
lenguaje equívoco que por todas partes la acecha. Hay que salvarla de todos los
virus que la destruyen: divorcio, infidelidad, mentalidad hedonista,
individualismo egoísta. Hay que salvarla promoviendo el sentido de familia,
valorando la riqueza humana y espiritual de la familia. Hay que salvarla
formando a los jóvenes en el amor, en la responsabilidad, en la entrega y
capacidad de donación. Hay que salvarla, ofreciendo diversos modelos de
auténtica familia. Nadie se excluya. Cada uno tiene su parte en esta gran tarea de
salvar la familia.

Solemnidad de MARÍA, MADRE DE DIOS 1 de enero del año 2001

Primera: Núm. 6, 22-27; Segunda: Gal 4, 4-7; Evangelio: Lc 2, 16-21

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Hacer memoria, recordar, es propio del pueblo de Israel, de María santísima y del
cristiano. El pueblo de Israel hace memoria, en el culto, de las maravillas que
Dios ha realizado en él, que se resumen en la bendición y en la paz (primera
lectura). María recuerda los acontecimientos que ha vivido en torno al misterio
de su maternidad divina (evangelio). La comunidad cristiana hace memoria de
Jesús, como un ser enteramente humano (nacido de mujer, nacido bajo la ley),
pero al mismo tiempo Hijo de Dios, capaz de liberar al hombre de toda esclavitud
(segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Memoria de las "maravillas del Señor". En el pueblo de Israel, caso único, hay
una clarísima conciencia de la presencia de Dios en su marcha por los senderos
de la historia, muchas veces, para la mente humana, tortuosos y oscuros. Desde
Adán todo responde a un designio, a una historia salvífica, y Dios es el artífice y
el guía de esa historia. Los israelitas no cesan de admirar, generación tras
generación, las obras sorprendentes y grandiosas llevadas a cabo por Dios en
bien de su pueblo: las plagas de Egipto, la liberación de la esclavitud egipcia, la
revelación del Sinaí y el don del Decálogo, la victoria sobre los diversos
enemigos que tienen que afrontar en su camino hacia la tierra prometida, la tierra
que mana leche y miel, la presencia viva y consoladora en el templo de Jerusalén,
el inesperado retorno del exilio de Babilonia... El lugar por excelencia de la
memoria es la liturgia en el santuario primero y luego en el templo de Jerusalén.
Antes que nada, la liturgia de las grandes fiestas: Pascua, Pentecostés,
Tabernáculos. Luego, la liturgia de cada día y de las fiestas menores, como el
inicio del año, los novilunios, o la fiesta de los "purim". La memoria de todos
estos grandes acontecimientos se recogía condensadamente, al terminar la liturgia
del día, en la bendición de la primera lectura, y se proyectaba como deseo para el
futuro. Gracias a la memoria de las maravillas del Señor existe el Antiguo
Testamento, y los cristianos conocemos nuestros orígenes y el modo de obrar de
Dios en la historia. Los primeros cristianos seguirán recordando las maravillas de
Dios en la vida de Jesús y de la primitiva Iglesia, y por ello tenemos el Nuevo
Testamento y el grande misterio que da razón de ser de nuestra existencia, de
nuestra misión en el mundo y de nuestro destino final.

Nuestra Señora del recuerdo. En dos ocasiones, que tienen que ver con los
misterios de la infancia de Jesús, san Lucas menciona a María haciendo memoria
de los acontecimientos vividos. No se trata de un acto aislado, pasajero, sino de
una actitud de María, que mantiene a lo largo de su vida terrena. En el Magnificat
recuerda la misericordia de Dios, de generación en generación, para los que lo
temen. María recuerda, sobre todo, los acontecimientos en los que Ella ha
tomado parte: encarnación del Verbo, nacimiento de Jesús, adoración de los
pastores y de los Magos, circuncisión del Niño, imposición del nombre, etc.
Recuerda los hechos, pero principalmente el misterio inefable que en los hechos
se esconde, para entrar en él por medio de la fe y del amor. Evoquemos también
la figura de María, en los últimos años de su vida, haciendo memoria de la vida
de Jesús en Nazaret, de la vida pública de su hijo, del misterio pascual, de
Pentecostés, de los inicios de la Iglesia... María entra en la bodega del recuerdo,
no con la nostalgia de experiencias profundas e irrepetibles, sino con el gozo de
quien revive esos momentos en el presente, gracias a la profundidad y riqueza del
misterio que en ellos se encierra y que a todos interpela. María, la dimensión
femenina y maternal de la Iglesia, pone de relieve el papel de la memoria, de la
contemplación activa, para que el cristianismo se mantenga fiel a sus orígenes y
en ellos encuentre el impulso más genuino a la acción y al apostolado.

SUGEREncias PASTORALES

¿Existe una amnesia cristiana? La amnesia, en la vida humana, es uno de los


síntomas de edad avanzada, de decrepitud. A mayor número de años, menor
capacidad de recuerdo. Este fenómeno humano, ¿se verifica por igual en la
sociedad y en las instituciones? Si hay amnesia histórica, ¿es signo de que la
sociedad, o una institución ha perdido vitalidad y está envejeciendo?
Refiriéndome a la Iglesia, ¿se puede hablar de una amnesia cristiana? Al menos
hay ciertos síntomas preocupantes: existen hoy en día bautizados que no conocen
lo esencial del catecismo, a veces ni siquiera los diez mandamientos; bautizados
que ignoran los grandes hitos de la historia de la salvación, incluso los grandes
misterios de la vida de Jesucristo; bautizados que desconocen hasta los
momentos más significativos de la historia de la Iglesia, las grandes verdades del
dogma y de la moral cristiana... ¿Qué decir en estos casos, sino que la Iglesia ha
perdido memoria en no pocos de sus hijos? Para recuperarla, no hay otro camino
que crear el gusto del recuerdo, hacer valorar a las jóvenes generaciones el tesoro
extraordinario de la tradición cristiana, ayudarles a hacer memoria de ella con la
conciencia de que en el pasado están las semillas que florecen en el presente y
darán su fruto maduro en el porvenir. No será inútil señalar que el cristiano con
amnesia de sus orígenes y de su historia comete un grave pecado de omisión, que
le perjudica a él en su identidad cristiana, pero que también hace daño a la
comunidad eclesial porque la envejece, en lugar de renovarla y rejuvenecerla.

Recordar rezando el rosario. Uno de los medios más eficaces que la Iglesia ofrece
a la piedad cristiana para recordar es el rezo del santo Rosario. El Rosario se reza
en honor y alabanza de María santísima, pero el centro de los misterios que se
recuerdan lo ocupan los acontecimientos principales de la vida de Jesucristo. En
esta práctica de piedad, que ha caído notablemente en desuso en nuestro tiempo,
al culto a María se une el recuerdo de las grandes verdades del misterio cristiano,
realizándose de este modo una síntesis muy recomendable entre fe y piedad. En
el recuerdo de estos acontecimientos nos acompaña María que los vivió de modo
personal, y que ahora nos hace de guía y de modelo. Con ella y como a través de
su memoria, recordamos los misterios gozosos, que tienen que ver con la llegada
del Mesías entre nosotros, del Enmanuel, y en los que María tomó parte de un
modo único y excepcional. Recordamos también los misterios dolorosos,
misterios que se refieren a los últimos días de la vida de Jesús entre los hombres,
en los que consumó la obra de la Redención muriendo en una cruz, a cuyos pies
María compartía su dolor y colaboraba de modo singular en la obra de la
Redención. Recordamos, finalmente, los misterios gloriosos, en los que
celebramos el triunfo de Jesucristo y, asociado a Él y por obra suya, el triunfo de
María santísima, llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. ¿Habrá pasado de
moda la práctica del rosario? ¿Cómo rezar el rosario, individualmente o en grupo,
para que sea memoria viva de los misterios de nuestra fe, cogidos de la mano
maternal de María?

Solemnidad de la EPIFANÍA DEL SEÑOR 6 de enero del año 2001

Primera: Is 60, 1-6; Segunda: Ef 3, 2-3.5; Evangelio: Mt 2, 1-12


NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Jesucristo, desde su nacimiento, es un signo de contradicción para los hombres.


Para unos, como los sabios que vienen de Oriente (evangelio) o como para Pablo,
proveniente de la diáspora, es epifanía, manifestación fulgurante de su misterio
(segunda lectura); epifanía prefigurada en la primera lectura, según la cual todos
los pueblos se sentirán atraídos por la luz y la gloria de Jerusalén. Para otros, que
viven en Jerusalén, capital del judaísmo, y que detentan la autoridad política
(Herodes) o religiosa del pueblo judío (sacerdotes y maestros de la ley), Jesús, el
Mesías, no es sino un rival peligroso (para Herodes) o un simple objeto de
ciencia sagrada, sobre el que informan con la objetividad del experto (sacerdotes,
escribas).

MENSAJE DOCTRINAL

Actitudes paradigmáticas ante Jesús. Ya desde los comienzos mismos de su vida,


y luego en todo el Evangelio, se hallan dos actitudes fundamentales de los
hombres hacia Jesús: aceptación o rechazo. María, José, los pastores, los sabios
de Oriente o Magos (evangelio de hoy), Simeón y la profetisa Ana aceptan la
realidad y el misterio que envuelven a Jesús de Nazaret. El rey Herodes, los
sacerdotes y maestros de la ley (evangelio), los betlemitas, toman una postura de
rechazo. Desde los comienzos Jesús es una bandera discutida: unos, llenos de
gozo, quieren llevarla siempre muy alta; otros, hostiles, quieren abajarla y
destruirla. No es el caso, pero es fácil de percibir, que ya en el Antiguo
Testamento éstas dos son las actitudes de los hombres ante Dios, que en el Nuevo
Testamento son las posturas de los individuos y de los pueblos ante Jesucristo y
ante la primitiva Iglesia, y que esas posturas han continuado en la historia hasta
el presente. Quiera o no quiera el hombre, lo sepa o no lo sepa, la persona de
Jesús tiene que ver con su vida, y no precisamente de un modo puramente
accidental. Jesús es el parteaguas de la vida humana y de la historia. La razón
está en que todo hombre en el fondo de su conciencia busca un Salvador, y el
único verdadero Salvador es Jesucristo. Esta verdad no es un axioma filosófico ni
una deducción silogística, sino una amorosa revelación de Dios "a los apóstoles y
profetas" y a través de ellos a todos los hombres (segunda lectura). Los hombres
pueden equivocarse en la búsqueda del Salvador, pueden incluso pensar y buscar
otros salvadores, pero en cualquier caso a quien buscan, el blanco hacia el que
dirigen la flecha de su corazón es Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo.
De las actitudes a los hechos. Las actitudes conducen lógicamente a la acción.
Los Magos descubren en el firmamento la estrella del Mesías, se ponen
diligentemente en camino, vencen no pocas dificultades, y, ante el niño Jesús, se
postran, le adoran y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra. Son hechos
concretos con los que manifiestan su alegre aceptación. Ellos son los
representantes de los pueblos gentiles, prefigurados en la primera lectura, tomada
de Isaías: "A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora".
Herodes se sobresalta, indaga, disimula sus intenciones, trama la muerte de ese
niño. Los sumos sacerdotes y escribas, por su parte, muestran su conocimiento de
la Escritura, limitándose simplemente a informar. A lo largo de la vida de Jesús y
en los veintiún siglos de cristianismo, ¡cuántos millones de acciones a favor y en
contra de Jesús, de rechazo y de aceptación! Ésta es una clave de valor
extraordinario para leer y entender la historia de Occidente, pero también de
Oriente: la historia universal. Los grandes derrocamientos y caída de los
imperios, los grandes fenómenos de cambio de paradigma político, cultural o
social, con todas las consecuencias que conlleva, los grandes movimientos
ideológicos, ¿no reciben su luz más potente del "evento Cristo", rechazado por
unos, aceptado por otros? Todos, pero especialmente los historiadores, debemos
reflexionar sobre esta clave histórica.

SUGEREncias PASTORALES

¡Atentos a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella nueva en el
firmamento, y ésta suscitó su interés y su búsqueda. Fue un signo que Dios les
envió y no lo dejaron pasar sin más, sino que descifraron su sentido y se pusieron
en marcha. En efecto, el año 7 a.C. se efectuó la conjunción de Júpiter y Saturno
en la constelación Piscis. Júpiter representaba la soberanía universal, Saturno era
la estrella del pueblo judío, y Piscis significaba el fin de los tiempos. Conclusión:
en Judea ha nacido el rey universal, en la plenitud de los tiempos. ¡Atención,
reflexión, acción! Hemos de estar atentos porque Dios va sembrando, día tras día,
no pocos signos de su presencia y de su amor eficaz, en la pequeña realidad de
nuestra vida y en los diversos acontecimientos de la historia local, nacional o
internacional. Hemos de reflexionar porque se trata de signos, no de evidencias, y
porque los signos por su misma naturaleza remiten a otra realidad más allá de
ellos mismos. Una vez interpretado correctamente el signo, hemos de pasar, de la
atención y de la reflexión a la acción, para que el signo de Dios fructifique en la
tierra de los hechos concretos. Dios sigue hoy hablando al hombre con palabras y
con acciones, quizás lo que suceda es que los hombres no estamos preparados
para descifrar su lenguaje. Los mártires del siglo XX, ¿no son un signo de Dios?
Dos millones de jóvenes reunidos en Roma para la Jornada Mundial y el Jubileo
de la Juventud, ¿no es acaso una palabra significativa que Dios nos dirige? ¿Y los
Movimientos eclesiales? ¿Y el renacer del espíritu religioso y del ansia de
trascendencia?...

Un mundo con algo que ofrecer a Dios. Cada año los cristianos celebramos la
Navidad, la Epifanía. Dios se nos da, pequeño e impotente, sobre un pesebre o en
manos de su Madre, María. Se nos da como Salvador, como Amor, como camino
de vida, a todos sin excepción. ¿Qué ofrece, en cambio, el mundo al Salvador?
¿Qué le ofrecemos nosotros, cada uno de nosotros? ¿Tiene el mundo un poco
más de paz que ofrecer a quien es llamado el "príncipe de la paz"? ¿Tiene el
mundo algo más de solidaridad para con los más necesitados, sean individuos o
naciones, para ofrecer a quien quiso hacerse en todo solidario con los hombres,
menos en el pecado? ¿Ofrece el mundo más pan a los que tienen hambre, más
medicinas a los que están enfermos, más ayuda para la educación a quienes no
tienen posibilidades, sabiendo que "cuando lo hicisteis con uno de estos mis
hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis"? ¿Cuenta el mundo con más
verdad, más honestidad, con más justicia para quien es la Verdad, para quien es
el Justo por excelencia? El mundo, cada nuevo año, puede ofrecer muchas cosas
buenas a Dios. Cada uno de nosotros es parte de ese mundo, y puede y debe
contribuir para ofrecer "algo" a Dios. ¿Con qué piensas contribuir este primer año
del tercer milenio?

Segundo Domingo DESPUÉS DE NAVIDAD 7 de enero del año 2001

Primera: Sir 24, 1-4.12-16; Segunda: Ef 1, 3-6.15-18; Evangelio: En 1, 1-18

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La Palabra encarnada, Jesucristo, es un don del Padre. En esta frase intento


resumir el sentido de la liturgia de este segundo domingo después de Navidad. El
Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, entre los que
sobresale el don mesiánico, por medio de Cristo (segunda lectura). En la historia
de las bendiciones divinas, que corresponde con la historia del hombre, Dios se
ha dado como don de Sabiduría, primeramente al pueblo de Israel (primera
lectura) y luego al pueblo cristiano, ya que Jesucristo es Sabiduría de Dios, el
único que ha visto a Dios y que nos lo puede revelar (evangelio). En esa misma
larga historia, Dios se nos ha dado como Palabra eterna, que ha tomado carne
mortal en Jesús de Nazaret (evangelio).
MENSAJE DOCTRINAL

Don para Israel, don para el mundo. Nada hay más extraordinario que el hecho de
que Dios haya querido ser don para el hombre. No se trata de darle cosas, objetos
materiales. Eso ya sería grande, pero se queda chico ante la maravilla de un Dios,
don de sí mismo. En la historia de las relaciones de Dios con el hombre,
primeramente es un don que se encarna bajo la forma de sabiduría. Es una
sabiduría divina, la que hallamos en la primera lectura. Preexistía cerca de Dios y
ha salido de su boca, y a la vez ha puesto su tienda en Jerusalén y tiene su lugar
de reposo en Israel. Es decir, en medio de la sabiduría humana, tan
extraordinaria, de los pueblos circunvecinos, como Mesopotamia y Egipto, Israel
goza de una sabiduría superior, por la que Dios le revela sus designios y
proyectos y le manifiesta el sentido de las cosas y de la historia. Con el paso de
los siglos, al llegar el momento culminante de toda la historia, se verifica un
cambio singular: Dios no se da sólo como don espiritual (sabiduría), sino
personal (encarnación del Verbo, de la Palabra de Dios). Ningún signo de
admiración es capaz de expresar este don excepcional. Que Dios rasgue el
misterio de su trascendencia, entre en la historia y se nos dé en una creatura
humana recién nacida, ¿quién lo podrá comprender? (Evangelio). No bastará la
eternidad para sorprendernos ante este gran misterio. No es una "necesidad" de
Dios; no se siente obligado por nadie; no le perfecciona en su divinidad. Sólo el
amor lo explica, el amor que es difusivo y generoso. Además no sólo es un don
personal, es también un don universal, mundial. "Luz para todas las naciones".
Mientras exista la historia, Dios será un don para todos, sin distinción alguna.
Los hombres podrán decir: "No lo quiero", "No lo necesito", pero jamás podrán
pronunciar con sus labios: "Estoy excluido", "No es para mí". Jesucristo es el don
del Padre para toda la humanidad.

Un don en plenitud. Son hermosas las imágenes que utiliza el Sirácida para
comunicarnos esa plenitud: la sabiduría, recurriendo a imágenes vegetales, dice
de sí misma que es como un cedro del Líbano, como palmera de Engadí, como
un rosal de Jericó o un frondoso terebinto. También echa mano de imágenes
aromáticas para describir, con distintos lenguajes, la misma plenitud: el aroma
del laurel indiano (cinamomo), el perfume del bálsamo o de la mirra, el olor
penetrante del gálbano, ónice y el estacte; sobre todo, el incienso que humea en el
templo, y en cuya composición entran todos los aromas aquí mencionados. La
belleza y elegancia de los árboles, la frescura y colorido del rosal, la intensidad
de los perfumes se aúnan para subrayar la plenitud del don divino de la sabiduría.
El evangelio es más sobrio en imágenes, pero más rico en significado. Habla de
la "gloria del Hijo único del Padre, LLENO de gracia y de verdad" y, poco
después, "de su PLENITUD todos hemos recibido gracia sobre gracia". Y el
himno de la carta a los efesios, ¿no se refiere a la plenitud del hombre cuando
dice que "Dios nos ha destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de
Jesucristo"? La grandeza y plenitud del don nos remiten a la grandeza y plenitud
del Donante. ¡Nobleza obliga a agradecer!

SUGEREncias PASTORALES

Un don venido de lejos. No son los astros distantes los que, después de muchos
años o siglos, nos regalan sus rayos de luz; no es la tierra la que, en rincones tan
diversos y lejanos, ofrece al hombre la prodigalidad de sus minerales o de sus
frutos vegetales; no es el hombre quien nos dona su creatividad, su trabajo, su
genio. Todas estas realidades pertenecen al mundo creado. El Don nos viene del
mundo y de la distancia increados, del más allá de toda creatura, del Dios
trascendente. Jesucristo, el Don de Dios, viene de lejos, pero se introduce en el
corazón de los acontecimientos y del ser humano hasta el punto de ser uno más
entre los hombres. Aquí radica nuestra perplejidad. Lo vemos tan igual a
nosotros, que se nos puede ocurrir pensar que no viene desde el mundo de Dios.
En brazos de su Madre nada hay que lo muestre divino. Y desgraciadamente en
no pocas ocasiones los hombres, del hecho de no aparecer como Dios,
concluimos que ni puede serlo ni lo es. Diremos que es un gran personaje de la
historia, que su personalidad es enormemente seductora, que su moral es de una
altura y nobleza grandiosas, que su capacidad de arrastre es imponente, que es
una paradoja viviente al ser el más amado y el más odiado de los nacidos de
mujer... Pero en nuestro razonamiento no podemos llegar a la afirmación
fundamental: "Es un Don de Dios, venido del mismo mundo de Dios". Al venir al
mundo y hacerse hombre, ha venido a quedarse con nosotros; a la vez, estando
con nosotros, pero proviniendo del mundo de Dios, ha venido a llevarnos con Él
al mundo lejano del cual ha salido, el mundo desconocido, pero que es nuestra
patria verdadera y definitiva. ¿Aceptamos con fe y con amor este Don cercano,
como lo es un niño, pero trascendente, como el mismo Dios?

Testigos del don divino. Juan, el Bautista, es llamado en el evangelio "testigo de


la luz, a fin de que todos crean por él". Testigo, Juan, de esa luz, de esa sabiduría
divina que es Jesucristo. Siguiendo al Bautista, todos en cierta manera estamos
llamados a ser testigos del don divino, Jesucristo. El mundo creerá si aumentan
los testigos de Cristo. Y si la fe disminuye en nuestro país, ¿no será porque han
disminuido los testigos? Los maestros pueden aclarar la verdad del Don divino,
mas los testigos hacen la verdad, y haciéndola la acreditan y garantizan. Cristo,
Don de Dios para el hombre, necesita de testigos. Niños, testigos de Cristo para
los niños y para los mayores; jóvenes, testigos de Cristo para los jóvenes y los no
tan jóvenes; adultos, testigos de Cristo para los adultos, y para los niños y
jóvenes. Testigos convencidos y audaces, al estilo del Papa Juan Pablo II. Cristo
necesita padres de familia que no tengan miedo de entregar la antorcha de su
testimonio cristiano a sus hijos; educadores que sean testigos de Cristo para sus
alumnos; párrocos que testimonien con su vida santa el Don de Cristo a todos sus
feligreses. ¿Soy un auténtico testigo de Jesucristo? ¿Qué hago ya y qué más
puedo hacer para que mi testimonio sea creíble y Dios lo haga eficaz?

Bautismo de JESÚS 14 de enero del 2001

Primera: Is 40, 1-5.9-11; Segunda: Tit 2, 11-14; 3, 4-7; Evangelio: Lc 3, 15-


16.21-22

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Sin que aparezca la palabra novedad, nuevo en los textos litúrgicos, todos ellos se
refieren, en cierta manera, a la novedad de la acción de Dios en la historia. Es
nuevo el lenguaje de Dios en Isaías: "ha terminado la esclavitud..., que todo valle
sea elevado y todo monte y cerro rebajado..., ahí viene el Señor Yahvéh con
poder y su brazo lo sojuzga todo". Es absolutamente nuevo que Jesús sea
bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de
paloma, que se oiga una voz del cielo: "Tú eres mi hijo predilecto". Es nueva la
realidad del hombre que ha recibido el bautismo: "un baño de regeneración y de
renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por
medio de Jesucristo nuestro Señor".

MENSAJE DOCTRINAL

La novedad viene de Dios. El hombre, desde los mismos inicios, lleva en sí el


deterioro y la vieja carne del pecado. En ella está inmerso, como en un pozo
profundo, del que es imposible salir por sí mismo. Como se trata de una realidad
común a toda la humanidad, tampoco nadie, por su propio valer y querer, puede
ayudar a otros a salir. Esta es la triste condición humana. El hombre puede gritar,
desesperarse, blasfemar; o puede sentir el peso de la culpa, pedir perdón y ayuda,
esperar. Lo que está claro es que sólo Dios puede echarle una mano; sólo Dios
puede cambiar su vieja carne en pura novedad de gracia y misericordia. Está
igualmente claro que Dios quiere echar una mano y actuar en favor del hombre,
porque "ha sido creado a imagen y semejanza suya". La liturgia presenta tres
momentos históricos de la intervención de Dios: primero interviene para liberar
al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia (primera lectura), luego para
revelar al mundo la filiación divina de Jesús (evangelio), finalmente para
manifestar a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el
bautismo (segunda lectura). La consecuencia es lógica: Si Dios ha intervenido en
el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el
presente e intervendrá en el futuro, porque el nombre más propio de Dios es la
fidelidad.

La novedad es invisible. La novedad que Dios infunde en el corazón de los


hombres incide y repercute en la historia, pero en sí es invisible, interior,
netamente espiritual. Primero hace nuevo el corazón, luego desde el corazón del
hombre y con la ayuda del hombre, trasmuta también la realidad histórica. En los
exiliados de Babilonia primero creó la añoranza de Sión, el deseo y la decisión
del retorno, luego dispuso los hilos de la historia para que tal deseo y decisión
llegase a cumplimiento. En el caso de Jesús, la teofanía del bautismo nos hace
descubrir una novedad inicial, que se irá desplegando a lo largo de toda su vida
pública y sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. La novedad del
bautizado sólo se irá percibiendo con el tiempo, en la medida en que exista una
coherencia vital entre la novedad infundida por Dios y la existencia concreta y
diaria del cristiano. Para quienes juzgamos desde fuera, no pocas veces resulta
difícil desvelar la relación entre la novedad interior y sus manifestaciones
históricas en la vida ordinaria de cada ser humano. Por eso, ¡cuán difícil es juzgar
sobre la vida verdadera, la interior, de los hombres, y con cuánta facilidad nos
podemos equivocar!

La novedad es eficaz. Si viene de Dios, no puede ser de otro modo. La acción de


Dios se lleva a cabo, si el hombre no la obstaculiza. La teofanía que nos narra el
evangelio supuso el que Jesús, Hijo de Dios, fuese bautizado por un hombre,
Juan; sin esta acción de Jesús, tal teofanía no hubiese tenido lugar. La
regeneración y renovación interior del hombre están aseguradas, "si el hombre
renuncia a la impiedad y a las pasiones mundanas" (segunda lectura), que como
tales impiden cualquier acción del Espíritu de Dios. Por otra parte, hemos de
admitir que la eficacia de Dios no es manipulable a nuestro antojo y arbitrio.
Dios muestra su eficacia cuando quiere y como quiere. No son los exiliados en
Babilonia los que ponen a Dios los plazos y modos de actuar para librarlos de la
esclavitud; es Dios quien los determina y los realiza.
SUGEREncias PASTORALES

Bautismo, epifanía de Dios. En el evangelio el bautismo de Jesús es una epifanía.


Eso mismo debe ser el bautismo del cristiano: una epifanía de lo que Dios es y de
lo que Dios hace en el hombre. El bautizado, podríamos decir, es un hombre en
quien se manifiesta el Dios trinitario, en virtud de la relación personal que
mantiene con cada una de las personas divinas. Como hijo del Padre vive una
verdadera relación filial, sobretodo en la oración y adoración. Como redimido
por el Hijo y sumergido en su misma vida, entabla con él una relación
principalmente de seguimiento e imitación. Como templo del Espíritu Santo, vive
con la conciencia de una relación sagrada, santificante, vivificadora de su existir
cotidiano, modeladora de su vida familiar, profesional y social. El bautizado es al
mismo tiempo epifanía de la acción de Dios en el hombre: una acción
purificadora, que manifiesta el perdón de Dios; una acción transformante, que
pone de relieve el poder de Dios; una acción unificadora de las energías y
capacidades del cristiano, que subraya el misterio unitario de Dios; una acción
vivificante, que revela, por medio del hombre, la extraordinaria vida de Dios uno
y trino... Es importante que la predicación y catequesis tengan muy en cuenta y
desarrollen y expliquen estos aspectos espirituales y pastorales del sacramento
del bautismo. Así el bautismo no será el sacramento de la "inconsciencia", sino el
sacramento de la epifanía diaria de Dios en la vida, en la fe y en el obrar del
bautizado.

Bautizados para siempre. En el catecismo se dice que el bautismo imprime


carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida. ¿Qué
pasa, entonces, cuando no se vive como cristiano? ¿cuando se reniega de la
propia fe? ¿cuando se cambia de religión y credo? La huella de la impresión
bautismal queda. Una huella que es memoria, y es invitación: "Recuerda que eres
un bautizado", "Sé lo que eres, vive lo que eres". Eres libre, pero la huella divina
te indica el verdadero camino para tu libertad, lejos de los espejismos engañosos.
¿Y qué pasa con el bautizado que quiere vivir como bautizado? Tiene que
ratificar cada día con la vida la huella divina, que lleva impresa. Tiene que
testimoniar decididamente y con valentía la transformación que Dios ha operado
en su ser por el bautismo. Tiene que ser un bautizado que viva consciente de su
bautismo día tras día, por siempre.
Segundo Domingo del TIEMPO ORDINARIO 21 de enero del año 2001

Primera: Is 62, 1-5; Segunda: 1Cor 12, 4-11; Evangelio: Jn 2, 1-12

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La imagen de las bodas ocupa un puesto central en la liturgia de hoy. En el


evangelio se habla de las bodas de Caná, pero sobre todo se insinúa a Jesús como
esposo. Jerusalén ya no será llamada "Abandonada" ni "Devastada", sino que
será llamada "Desposada" y su tierra tendrá un esposo (primera lectura). La
comunidad cristiana, esposa de Cristo, goza de la diversidad de carismas que el
único y mismo Espíritu derrama sobre ella para ponerlos al servicio de todos, y
que constituyen las arras de Cristo-esposo (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

La prefiguración esponsal del Mesías. En el Antiguo Testamento se menciona


con frecuencia la figura del esposo para hablar de las relaciones de Yahvéh con
su pueblo Israel. Dios, en cuanto esposo, se muestra por un lado celoso de su
pueblo; celo que se manifiesta como castigo cuando la esposa no corresponde; un
castigo purificador y que invita a volver al amor primero. Por otro lado, Dios se
revela como un esposo fiel, que mantiene su palabra de alianza, de
indisolubilidad y de lealtad a pesar de todo. Finalmente, es un esposo que rebosa
de gozo al estar con su pueblo y acompañarlo en sus vicisitudes. Porque Yahvéh
es celoso, Jerusalén fue abandonada por Él y devastada por sus enemigos; porque
es fiel, volverá a ser llamada desposada. Porque es un esposo gozoso, infunde y
derrama ese mismo gozo en todo Israel, como un don precioso y magnífico para
la esposa. La figura esponsal de Yahvéh, con las tres características indicadas,
prepara la revelación de Jesús como esposo de la Iglesia en el Nuevo Testamento.
Ha llegado la era mesiánica. En el Nuevo Testamento el mesías aparece bajo la
figura del esposo. En el texto de las bodas de Caná Jesús es insinuado como
esposo en las palabras del maestresala al recién casado: "Todos sirven primero el
vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino
nuevo hasta ahora". En realidad, el "tú" se refiere no tanto al esposo, cuanto a
Jesús. Este texto es importante, dado el carácter programático que posee en la
estructura del cuarto evangelio. ¿Hay algo característico en esta figura de Jesús
esposo? 1) Ciertamente, el poder de cambiar el agua en vino que alude al
incipiente gozo y plenitud de gracia del Reino de Dios. El agua del Antiguo
Testamento, del mesías esperado, se convierte en vino del Nuevo Testamento, del
mesías llegado. 2) La abundancia mesiánica. Jesús no convierte en vino unos
pocos litros de agua, sino una gran cantidad (240 litros). La sobreabundancia y
generosidad de Jesús al inicio de su vida pública caracterizará el resto de su
existencia terrena y la vida misma del cristianismo, del que constituirá un
elemento estructurante. 3) El mesías esposo manifiesta su gloria a sus discípulos,
que creyeron en él. La gloria del esposo es precisamente entregarse en plenitud a
la esposa y de esta manera iniciar una nueva era de relaciones de Dios con la
humanidad: la era cristiana.

Las arras del mesías-esposo. Las arras son el símbolo de la alianza entre los
esposos. Las arras que Jesús-esposo ofrece a la Iglesia-esposa son los carismas,
que otorga mediante su Espíritu. Todos y cada uno de los carismas se los entrega
Cristo a su Iglesia para que pueda realizar su vocación esponsal. El Espíritu
distribuye estos carismas con gran libertad, pero a la vez endereza todos ellos a la
utilidad común de toda la Iglesia. Con ellos, la Iglesia puede garantizar su
fidelidad a la alianza esponsal con Cristo. A mayor abundancia de carismas en la
Iglesia, mayor posibilidad de realizar con perfección su vocación esponsal y su
misión de sacramento universal de salvación entre los hombres.

SUGEREncias PASTORALES

La generosidad, virtud cristiana. Dar y darse, entregar y entregarse, donación,


generosidad... son palabras frecuentes en el vocabulario de los cristianos. Las
escuchamos no pocas veces en las homilías, en la catequesis, en la conversación
cotidiana. Gracias a Dios, no son sólo palabras, sino una verdadera realidad en la
Iglesia. Está la generosidad en dar parte de los bienes propios. No cabe duda que
los cristianos de los países ricos entregan notables cantidades de dinero y otros
bienes económicos a los cristianos y no cristianos de los países pobres, o que
sufren el flagelo de la guerra o de las calamidades naturales. Es inmenso el bien
que hace Caritas internacional, Adveniat, Kirche in Not, Missio, Los Caballeros
de Malta, los Caballeros de Colón, y tantas otras instituciones benéficas de
carácter nacional o internacional. Está la generosidad del darse a sí mismo.
¡Cuántos misioneros y misioneras, cuántas voluntarias y voluntarios, que
entregan su vida, fuera de su patria, en países lejanos, en medio de grandes
dificultades, con peligro incluso de acabar la vida acribillado de balas o bajo el
filo del machete! Todos ellos han marchado a sus destinos dispuestos a perder la
vida, si es necesario, para ganarla de nuevo en Cristo. Está la generosidad
interior, la generosidad del corazón para con Dios, para con el vecino, para con el
hijo enfermo de Sida o drogadicto, para con el marido en estado terminal, para
con la madre anciana y que ya no puede valerse por sí misma. Tantas personas
que quizá no dan dinero o dan poco, porque no tienen, ni tampoco se van de
misioneras o voluntarias a otros países, pero que se dan a sí mismas, su cariño, su
paciencia, su disponibilidad, su tiempo, su virtud, su ciencia...

La nueva era cumple dos mil años. En estos dos últimos decenios se ha hablado
mucho de nueva era (New Age). Es un movimiento cultural y religioso reciente,
que se opone como alternativa al cristianismo. Según él, el cristianismo ha
cumplido su ciclo vital, escrito en el zodíaco, y está ya a las puertas el nuevo
ciclo, el ciclo del acuario que instaurará una nueva era en la historia de la
humanidad. Es un movimiento confuso y difuso, sin estructura y sin fuste, pero,
que como la neblina, penetra todos los espacios: arte, medios de comunicación,
cine, religión, instituciones, etc. Es un nuevo mesianismo con ribetes de
científico y espiritual al mismo tiempo. Ante tal situación, someramente descrita,
es necesario afirmar que mesías hay uno solo, y que ese mesías esperado por el
pueblo de Israel y por las naciones ya llegó hace dos mil años con la encarnación
del Verbo en Jesús de Nazaret. Que la nueva era comenzó con Jesucristo Mesías
y que, después de dos mil años, sigue siendo absolutamente nueva, porque no es
obra tanto de los hombres cuanto del mismo Dios. ¡Atentos a la moda de la nueva
era y a la nueva era de moda!

Tercer Domingo del TIEMPO ORDINARIO 28 de enero del año 2001

Primera: Neh 8, 2-4a.5-6.8-10; Segunda: 1Cor 12, 12-31a; Evangelio: Lc 1, 1-4;


4, 14-21

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


Tanto la primera lectura como el evangelio hablan del libro de la Escritura.
Esdras, en la primera lectura, lee el libro de la Ley ante todo el pueblo,
"aclarando e interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura". En la
sinagoga de Nazaret, Jesús se levanta, un día de sábado, para hacer la lectura del
volumen del profeta Isaías, que le fue entregado por el sacristán de la sinagoga
(evangelio). Para dar vida a la Escritura y hacerla real, Dios puso en la Iglesia los
apóstoles, los profetas, los maestros, el don de lenguas, el don de
interpretación..., de modo que la Palabra de Dios sea viva, vivifique y
permanezca para siempre.

MENSAJE DOCTRINAL

La Escritura, libro del judaísmo. Se puede decir que el judaísmo, el cristianismo


y el islamismo son en cierta manera las religiones del Libro. Los judíos tienen la
Torah (Revelación de Dios en el AT), los cristianos el Evangelio (Antiguo y
Nuevo Testamento), los musulmanes el Corán. Para un pío judío del tiempo de
Jesús dos eran sus puntos fundamentales de referencia religiosa: el templo y la
Torah. En ambos está presente Yahvéh con su benevolencia y su amor. En ambos
dialoga con el hombre como un amigo con sus amigos, como se ve en la primera
lectura en que el pueblo entero hizo un gran festejo "porque había comprendido
las palabras que les habían enseñado". Ambos son camino de salvación no sólo
para los judíos, sino para todas las naciones. En el templo estaba
permanentemente encendido el candelabro de los siete brazos para señalar la
providencia de Yahvéh sobre su pueblo. Cada día, cuando el judío oraba, cubría
su frente y sus brazos con filacterias para tener siempre presente algunos textos
fundamentales de la Torah: Ex 13, 1-10 (ley de la Pascua); Ex 13, 11-16
(consagración de los primogénitos); Deut 6, 4-9 (amor a Dios sobre todas las
cosas); Deut 11, 13-21 (cumplimiento de los mandamientos). Cuando en el año
70 d.C. fue destruido el templo de Jerusalén, el pueblo judío se quedó únicamente
con la Torah como punto de referencia religiosa y como centro de unificación y
de identidad de los judíos dispersos. La Escritura es libro del judaísmo, porque es
Palabra de Dios, y porque es el código fundamental de su identidad religiosa y
cultural.

Jesús, el libro y el cristiano. Jesús, como buen judío, escuchó y leyó la Torah,
escrita y oral, en múltiples ocasiones y celebraciones religiosas. Estaba
familiarizado con ella, porque en ella se había educado durante treinta años y en
ella se veía reflejado, en virtud de la conciencia que tenía de sí mismo. Por eso,
podrá decir sin titubeo alguno en la sinagoga de Nazaret: "Hoy se ha cumplido
esta Escritura que acabáis de oír" (evangelio). Después de la ascensión de Jesús a
los cielos, los primeros cristianos, gracias a la mayor comprensión del misterio de
Jesús por obra del Espíritu, hicieron de Jesús el libro viviente, el evangelio de
nuestra salvación. De este modo, el cristianismo no es principalmente la religión
del libro, sino la religión de la persona de Jesucristo, libro siempre vivo que
revela a los hombres las vicisitudes y los tortuosos caminos de la historia. En la
Escritura cristiana (Antiguo y Nuevo Testamento), se hace presente y viva la
persona de Jesús para todos los creyentes. Por eso, los primeros cristianos, tanto
provenientes del judaísmo como del mundo pagano, no predican la Torah, sino el
Evangelio. Por eso, desde los inicios del cristianismo hay carismas relacionados
con el libro de la Escritura: los apóstoles que predican el Evangelio que es Jesús,
los maestros que enseñan la continuidad, discontinuidad y superación del
Evangelio respecto al libro de la Torah, los profetas que leen los acontecimientos
de la vida y de la historia a la luz del Evangelio, libro viviente de Jesús, etc.
(segunda lectura). A lo largo de los siglos y milenios, los cristianos se han
inspirado y continúan inspirándose en el Evangelio (AT y NT), libro viviente de
Jesús, que es para ellos la guía inequívoca de su ser y de su actuar como
creyentes.

SUGEREncias PASTORALES

Lectura cristiana de la Biblia. Toda la Biblia es cristiana. El Antiguo y el Nuevo


Testamento son los dos pulmones con los que respira la fe, la moral y la piedad
de los cristianos. Marción, en el siglo II, quiso suprimir el Antiguo Testamento
del cristianismo, pero su posición fue rechazada por la Iglesia como herética. En
la historia del cristianismo, ha habido creyentes o comunidades cristianas que en
ciertos campos de la fe y de la moral se han quedado en el Antiguo Testamento;
por ejemplo, en la concepción de Dios o de la justicia, en el rigorismo de la ley,
etc. Como no hay alma sin cuerpo, tampoco puede haber Nuevo Testamento sin
el Antiguo. Por eso, es muy necesario que los cristianos, ya desde niños, desde la
educación básica, nos familiaricemos con toda la Biblia: con el Antiguo y con el
Nuevo Testamento. A la vez, es urgente que sepamos leer el Antiguo Testamento
"con ojos cristianos", en cuanto que en él ya está presente, en forma velada, el
Nuevo Testamento. Porque "toda la Escritura es un solo libro, y ese libro es
Cristo", nos enseña Hugo de san Víctor. ¡Qué labor tan grande tienen entre
manos los catequistas que preparan a los niños para la primera comunión o para
la confirmación! ¡Qué importante que los catequistas de jóvenes y adultos sepan
guiarlos hacia una lectura cristiana de la Biblia!

La Biblia me lee e interpreta. La Biblia es un libro sagrado, que norma nuestra fe


y nuestra vida. Por tanto, no puede ser un libro de pasatiempo o de lectura
superficial, no comprometida. La Biblia no es un libro que se lee para conciliar el
sueño por la noche. La Biblia es Palabra que Dios me dirige personalmente a mí
cuando la leo. Y desde el texto la Palabra de Dios me interpela, me lee y me
interpreta. Me interpela, buscando una respuesta a lo que me dice mediante la
lectura del texto. Me lee, desentrañando los secretos de mi corazón, y suscitando
el deseo de cambio. Me interpreta, dando una orientación segura a mi existencia:
a mi modo de ser, de pensar, de vivir, de actuar en el mundo, y moviendo mi
voluntad a seguirla. En el supermercado de las interpretaciones, no pocas de ellas
deshumanizantes, el hombre corre el riesgo de hacerse con una u otra
interpretación equivocadas y dañinas. Es un imperativo, por tanto, para nosotros,
los cristianos, dejarnos interpretar por la Palabra del Dios vivo, pues Ella es la
interpretación más genuina y auténtica del hombre, en cualquier tiempo o lugar
en que éste se encuentre. Los domingos, en la liturgia de la Palabra, ¿escucho la
Palabra de Dios con la conciencia y el deseo de ser leído e interpretado por Ella?
Como sacerdote, ¿me dejo interpretar por la Palabra de Dios antes de explicarla e
interpretarla para la comunidad?

Cuarto Domingo del TIEMPO ORDINARIO 4 de febrero del año 2001

Primera: Jer 1, 4-5.17-19; Segunda: 1Cor 12, 31 - 13, 13; Evangelio: Lc 4, 21-30

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Jesucristo, Jeremías, Pablo: Tres hombres con una única misión, cuyo vértice es
Jesucristo, plenitud de la revelación y de la misión salvífica de Dios. En efecto,
Jesús es el enviado del Padre para la salvación de los pobres, sin distinción
alguna entre judíos y gentiles (evangelio). La misión profética de Jesús está
prefigurada en Jeremías, el gran profeta de Anatot durante el primer cuarto del
siglo VI a.C, de cuya vocación y misión, en tiempos de la reforma religiosa del
rey Josías y luego durante el asedio y la caída de Jerusalén, trata la primera
lectura. Pablo, segregado desde el seno de su madre, prolonga en el tiempo la
misión profética de Jesús, poniendo el acento en el amor cristiano, como el
carisma que relativiza todos los demás y que constituye la verdadera medida

MENSAJE DOCTRINAL

Características de la misión. Son varios los caracteres que los textos litúrgicos
resaltan, al tratar de la misión profética. Subrayo aquéllos, que considero de
mayor relevancia e incidencia en nuestro tiempo.

1. La misión viene de Dios. Es Dios quien dice a Jeremías: "Antes de formarte en


el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de
las naciones" (Jer 1,5). Jesús en la sinagoga de Nazaret no se atribuye a sí mismo
la misión, sino que la lee ya profetizada en las Escrituras, es decir, ya prevista por
el mismo Dios. San Pablo, por su parte, sabe muy bien que todo carisma proviene
del Espíritu de Dios, máxime el carisma por excelencia que es el del ágape.

2. Una misión en doble dirección. Por un lado destruir, por otro edificar (Jer 1,
10). Por un lado, el anuncio: proclamar la Buena Nueva a los pobres, por otro, la
denuncia: ningún profeta es bien acogido en su tierra (evangelio). Por un lado, la
devaluación de todo sin la caridad, por otro, la caridad como valor supremo
(segunda lectura). Es la dinámica de la misión, y es la dinámica de la vida
cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días.

3. Una misión universal. Jeremías es llamado por Dios a ser "profeta de las
naciones"; Jesucristo ha sido ungido por el Espíritu para ayudar a los pobres, a
los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos, y para proclamar a todos un año de
gracia del Señor, es decir, un jubileo. Si Dios es creador y padre de todos, todos
son por igual objeto de su amor y de su redención.

4. Una misión con riesgos. El riesgo principal de que los hombres no escuchen ni
acepten el mensaje de Dios, comunicado por el profeta. El riesgo también está en
ser maltratado, considerado enemigo público, tenido por aguafiestas y profeta de
desventuras. La biografía de Jeremías está entretejida con episodios de este
género. Jesús estuvo a punto de ser apedreado por los nazarenos, y Pablo vivió
unas relaciones no poco tensas con los cristianos de Corinto, cuando les escribió
su primera carta.
5. Una misión sin temor y con la fuerza de Dios. Dios dice a Jeremías: "No les
tengas miedo... Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y
muralla de bronce frente a todo el país". Jesús, ante los nazarenos que quieren
despeñarle, nos dice san Lucas que, "abriéndose paso entre ellos, se marchó".
¡Qué valentía sobrehumana y qué poder de Dios en la actitud de Jesús! ¿Y acaso
no muestra Pablo una fuerza divina cuando antepone el ágape cristiano a la
ciencia, a la pobreza total, a las llamas, y a la misma fe?

6. Una misión que exige una respuesta. Puede ser una respuesta de rechazo, como
en el caso de Jeremías: "Ellos lucharán contra ti" (primera lectura). Puede ser una
respuesta doble, como en el caso de Jesús: por un lado, asentimiento y
admiración, por otro, indignación y deseo de despeñarlo por un precipicio
(evangelio). Y Pablo, en la segunda lectura, al proponer a los corintios el carisma
de la caridad, no hace sino pedirles que respondan con generosidad a dicho
carisma.

SUGEREncias PASTORALES

La misión cristiana, una provocación. Para el hombre, cualquiera que sea su


circunstancia, toda propuesta que venga de Dios es una provocación, porque le
saca de su rutina, de sus esquemas mentales, de su aurea mediocridad. Jesús
provoca a los nazarenos, al herir su orgullo por no hacer en Nazaret los milagros
realizados en Cafarnaún, y les provoca poniendo fin a los privilegios judíos y
además dando preferencia a los gentiles, sobre los judíos, como sucede en los
ejemplos que Jesús pone de Elías y Eliseo. El ágape que Pablo propone a la
Iglesia de Corinto es una provocación mayúscula para aquellos griegos educados
en el culto a la razón y al eros. Ser y vivir hoy como cristiano es también
provocar, pero se trata de una provocación saludable. Hay que provocar
inseguridad en la mentalidad, para que se realice una verdadera conversión,
cambio de mentalidad, metanoia. Hay que provocar con la "debilidad" de todo
hombre, para que adquiera relevancia y sentido en toda vida humana la fuerza y
el poder de Dios. Hay que provocar con las baratijas de felicidad que los hombres
compran en el supermercado de la sociedad o de la cultura, para que abran los
ojos a la auténtica felicidad que está en Dios y que Dios nos da. Hay que
provocar al hombre en sus miserias y ruindades, para que tome conciencia de su
grandeza como imagen de Dios, como hijo de Dios. Si el cristianismo no provoca
ni sacude al hombre en su interior, es que ha perdido fuerza revulsiva y
mordiente, es que ha perdido su razón de ser en la historia.
El ágape cristiano, medida de todo. Un grave y frecuente error del hombre es
confundir el contacto físico o la relación sexual, o el eros sentimental, con el
amor, con el ágape. El amor cristiano no es un momento pasajero, epidérmico o
sentimental, efímero como las hojas de otoño, insatisfactorio como todo "juego"
egoísta y frecuentemente sensual. El amor cristiano reverbera corporal o
sentimentalmente, pero su más pura esencia es interior, espiritual, divina. El
amor cristiano es una actitud del alma que mide todo objeto, toda ciencia, toda
relación, toda actividad, todo acontecimiento. ¿Es el amor cristiano la medida de
tus relaciones con los demás, de tu vida familiar, de tu dinero, de tu trabajo o
profesión, de tus diversiones? ¿Es el amor cristiano, en tu parroquia o en tu
diócesis, el verdadero metro con que se miden todas las demás realidades
parroquiales o diocesanas? Si el amor es la medida de todo, la medida del amor
es un amor sin medida. ¡Cuánto queda todavía por hacer!

Quinto Domingo del TIEMPO ORDINARIO 11 de febrero del año 2001

Primera: Dan 7, 13-14; segunda: Ap 1, 5-8 Evangelio: Jn 18, 33b-37

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

El misterio de la libre y gratuita elección de Dios permea las tres lecturas


litúrgicas. Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de
Jerusalén: "Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré? (primera
lectura). Pedro, por su parte, percibe la elección divina en medio de su oficio de
pescador: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres" (evangelio).
Finalmente, Pablo evoca la aparición de Jesús resucitado, camino de Damasco, a
él, "el menor de los apóstoles... pero por la gracia de Dios soy lo que soy"
(segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Un Dios libérrimo en la elección. Sólo un Dios libre puede apelar a la libertad del
hombre. Sólo si Dios es libre, se puede hablar de elección, no de coacción. La
Biblia entera testimonia la soberana libertad de Dios en todas las cosas y en toda
situación. Los textos litúrgicos atestiguan la libertad divina en la elección de los
hombres. Dios es libérrimo para elegir a la persona que quiera: a Isaías, nacido en
Jerusalén de familia acomodada, posiblemente de estirpe sacerdotal; a Pedro,
proveniente de Betsaida, pescador en el lago de Tiberíades; a Pablo, oriundo de
Tarso de Cilicia, con título académico de rabino, por un tiempo perseguidor de la
Iglesia de Cristo. Dios es libérrimo para elegir en el modo y en el tiempo que
desee: a Isaías durante una liturgia en el templo de Jerusalén, mediante una
teofanía cúltica; a Pedro, sobre una barca, después de una pesca milagrosa, signo
de una presencia divina; a Pablo, en el camino hacia la ciudad de Damasco, con
el corazón ardiendo de odio por los cristianos. Isaías, Pedro, Pablo, tres
paradigmas de la libertad de Dios en la elección de los hombres para la gran tarea
de colaborar con Él en la redención de la humanidad.

Elección y experiencia de Dios. En sus misteriosos designios Dios ha querido


unir la elección a una experiencia fuerte de Dios por parte del elegido. Las
formas de llevarse a cabo tal experiencia difiere de unos a otros, pero la
experiencia es común a toda elección. Esto significa que sólo en esa experiencia
profunda, según edad, circunstancia, educación y carácter, el hombre puede caer
en la cuenta de la elección divina. En esta experiencia de Dios se percibe con una
lucidez meridiana, por un lado, la distancia y trascendencia de Dios, y, por otro,
la indignidad del hombre. Isaías, por un lado, entra en el misterio de Dios, Rey y
Señor todopoderoso, por otro, se siente perdido e impuro para ver y hablar de
parte de Dios (primera lectura). A Pedro, ante la grandiosidad de la pesca, sólo
posible por el poder de Dios, no le cabe otra reacción sino exclamar: "Apártate de
mí, Señor, que soy un pecador" (evangelio). La aparición de Jesús resucitado a
Pablo le hace caer del caballo a tierra, quedar ciego, humillarse ante el poder de
Dios, y finalmente recibir el bautismo de manos de Ananías. El Dios tres veces
santo no puede irrumpir en la historia sin que el hombre sea desquiciado de sus
seguridades humanas, y sea invitado a poner toda su confianza en el mismo Dios.

La única respuesta digna. El hombre, que Dios ha elegido, puede dar diversas
respuestas, pero digna de Dios y del hombre sólo hay una: la humilde aceptación.
Tenemos también en los textos litúrgicos de hoy tres paradigmas diferentes de
una única actitud: Isaías, a la pregunta de Dios: "¿A quién enviaré?", responde:
"Aquí estoy yo, envíame". Pedro, al escuchar a Jesús que le llama a ser "pescador
de hombres", junto con sus compañeros de faena, reacciona generosamente:
"Dejaron todo y lo siguieron". No menos generosa es la actitud de Pablo, después
del costalazo en la tierra y de haber oído la voz de Jesús resucitado, él pregunta a
su interlocutor: "¿Qué quieres que haga?". Luego, en la primera carta a los
corintios (segunda lectura), al recordar esa visión de Jesús, por un lado se
considera el menor de los apóstoles e indigno de llevar ese nombre, pero, por
otro, está convencido de que "he trabajado más que todos los demás; bueno, no
yo, sino la gracia de Dios conmigo".
SUGEREncias PASTORALES

Un Dios necesitado de los hombres. En la historia de la salvación aparece claro


que Dios ha querido salvar a los hombres por medio de otros hombres. El único
Salvador es Dios, pero los hombres son sus manos para distribuirla a todos los
que la pidan, son sus labios para predicarla en las miles de lenguas de nuestro
planeta, son sus pies para llevarla a todos los rincones de la tierra, sobre todo allí
donde todavía no la conocen, aunque la anhelen vivamente. ¡Es un gesto
imponente de la condescendencia de Dios para con la humanidad, de su infinito
amor hasta rebajarse a ser mendigo del hombre! Dios mendiga de ti, sacerdote o
laico, religioso o voluntario, tu ayuda. ¿Se la negarás? Mendiga de ti, joven, tu
juventud para ofrecer su salvación a los jóvenes del mundo, y quizás no sólo tu
juventud, sino toda tu vida para salvar al hombre, para liberarlo de sí mismo, para
ennoblecer su vida de hijo de Dios. Mendiga de ti, adulto, tu adultez, en el estado
de vida en que te halles, para que colabores con Él en la salvación de ti mismo,
en la salvación de quienes viven en tu entorno familiar, profesional, social,
cultural. Mendiga de ti, jubilado, anciano, tu tiempo, tu experiencia humana y
espiritual, tu sabiduría de la vida, para que la transmitas a los demás, para que
contribuyas a construir un mundo más humano y más cristiano. ¿Escucharemos
los hombres el grito de Dios que pide nuestra ayuda?

Libertad de Dios, disponibilidad del hombre. Dios apela libremente a hombres


dotados de libertad, una libertad que Él nos ha dado al crearnos y que debemos
ejercitar para ser idénticos, para ser verdaderamente hombres. Dios no fuerza al
hombre, ni lo hará jamás, a ser y comportarse como tal. El hombre puede usar su
libertad para degradarse como las bestias, para renegar del mismo Dios que le dio
la vida, para construir su existencia sobre el egocentrismo, para vivir sin
esperanza. Ese tal no está disponible ante la libertad de Dios. Dios quiere que se
realice como hombre, que se haga hombre, y él no está disponible, prefiere
revolcarse en el lodazal de los cuadrúpedos. Dios se le propone como Señor de su
vida, y él no está disponible, anhela más bien ser él su propio dueño y señor.
Dios le llama a construir su existencia y su felicidad sobre la entrega, la donación
de sí, pero él no está disponible, no tiene oídos sino para las sirenas encantadoras
de su ego, que le atraen y sofocan en él todo altruísmo, toda humana fraternidad.
Dios quiere infundirle una esperanza de eternidad, de victoria de la vida sobre la
muerte, y él tampoco está disponible, está tan apegado al tiempo y a la materia,
que hasta considera impensable la eternidad, un más allá del tiempo, una vida
feliz con Dios y con los hijos de Dios en el cielo. ¿Qué puedo hacer para estar
siempre disponible para Dios, para que también otros estén igualmente
disponibles?
Sexto Domingo del TIEMPO ORDINARIO 18 de febrero del año 2001

Primera: Jer 17, 5-8; Segunda: 1Cor 15, 12.16-20; Evangelio: Lc 6, 17.20-26

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Parece entreverse en las lecturas una antítesis. Se contraponen la bendición para


quien confía en Dios a la maldición para quien confía en el hombre (primera
lectura, salmo responsorial). Lucas en el evangelio opone la dicha de los pobres y
hambrientos, de los que lloran y son odiados a los ayes de los ricos y de los
satisfechos, de los que ríen y de los que son alabados por todos. Finalmente, en la
segunda lectura, se da una contraposición entre los que no creen en la
resurrección de los muertos (algunos corintios) y los que en ella creen, ya que
Cristo ha resucitado (Pablo y toda la tradición cristiana).

MENSAJE DOCTRINAL

Bendito quien confía en el Señor. La vida humana es un ejercicio continuo de


confianza. Los hijos confían en sus padres, los padres en los hijos. El esposo
confía en la esposa y viceversa. El alumno confía en el maestro, y el viajero
aéreo confía en el piloto del avión... En la vida espiritual toda la confianza se ha
de poner en Dios, porque esa vida es completamente obra de Dios, los hombres
son sólo colaboradores. Puedo confiar en un sacerdote, pero en cuanto representa
el poder, la bondad y la misericordia de Dios; puedo poner mi confianza en una
religiosa, en un catequista, en la Palabra de Dios, en los sacramentos, pero no es
tanto en ellos cuanto en el Dios que a través de ellos me habla, en el Dios que me
comunican. Si pusiera sólo mi confianza en el sacerdote, religiosa, catequista,
Biblia, sacramentos, sin llegar hasta Dios, tarde o temprano esa confianza se
apagaría, quedaría decepcionado de todos ellos, mi vida perdería su brújula y su
rumbo, y comenzaría a ser juguete de mí mismo y del ambiente que me rodea. La
liturgia de hoy nos lo enseña mediante antítesis, a primera vista desconcertantes,
pero que tienen un único fondo: confianza en Dios o confianza en los medios
humanos. El pobre, el hambriento, el que llora y el que es odiado, es llamado
dichoso porque, al no tener seguridades humanas, pone toda su confianza en el
Señor (evangelio). La primera lectura nos dice que el que confía en el Señor es
como un árbol plantado junto al agua, su follaje se conserva verde, y en año de
sequía no deja de dar fruto. Es decir, Dios le infunde constantemente vida,
juventud, dinamismo, que fructifican en buenas obras. Y ¿quiénes pueden creer
en la resurrección de los muertos, sino aquéllos que confían totalmente en que
Dios ha resucitado a Jesucristo, como primicia de quienes duermen el sueño de la
muerte? (segunda lectura).

"Maldito" el que confía en el hombre. Conviene aclarar que aquí no se habla del
hombre "como mediador" entre Dios y los hombres, sino que se refiere a las
cualidades, a las fuerzas y a las seguridades humanas, a los medios humanos,
sean los míos, sean los de otros. En el campo espiritual, el poner la confianza en
las "cosas humanas" termina en fracaso seguro. Por ello, el rico, el satisfecho, el
que ríe y el que es por todos alabado, es llamado "maldito", no porque sea rico,
satisfecho..., sino porque pone su seguridad en su riqueza, su satisfacción, su
diversión, la alabanza humana; es decir, confía en sí y en sus cosas, y no en Dios
(evangelio). Igualmente, el que confía en el hombre o en sí mismo es como un
cardo en la estepa, seco y sin fruto. O sea, una vida estéril, improductiva para el
Reino de Cristo. En la primera carta a los corintios, san Pablo habla de algunos
que no creen en la resurrección de los muertos. ¿Por qué no creen, sino porque
confían demasiado en los consejos de la sabiduría humana, de la propia
inteligencia, de la evidencia de los sentidos?

SUGEREncias PASTORALES

Una nueva escala de valores. Los valores son como el cimiento de una vida.
¿Cuáles son esos valores que priman hoy en muchos hombres de nuestro tiempo,
en los que ponen, sino toda, casi toda su confianza? Un valor, por ejemplo, es
sobresalir por encima de los demás, batir records, entrar en el libro de los
Guiness. Los campos para sobresalir son muy variados: los deportes, la música,
la ciencia, la invención tecnológica, la literatura, la medicina, incluso el crimen, o
cualquier otra cosa de la vida real de los hombres. Lo importante es sobresalir,
llamar la atención, ser visto por los demás, salir en la tele o en los periódicos.
¿Por qué no "sobresalir" en la confianza en Dios? ¿Por qué no confiar más en
Dios que en la propia excelencia musical, científica, literaria, deportiva o
delictiva?

Otro valor de nuestra sociedad es la salud. La salud es un gran bien, un don de


Dios, pero no puede entronizarse como reina de toda actividad y de todo otro
valor. ¿Se puede sacrificar la conciencia a la salud? ¿Es digno del hombre el
"culto del cuerpo", descuidando con ello el cultivo del espíritu? ¿Es tan
importante la salud de una mujer que a ella se inmole la vida del ser que lleva en
sus entrañas? ¿Pero es que la salud es la única, la verdadera fuente de toda
felicidad? ¿Acaso no es un bien que se deteriora y se acaba? ¿No es la eutanasia
la última consecuencia de una excesiva valoración social de la salud? ¿Y qué
sentido tiene, entonces, el dolor, la enfermedad, sobre todo la crónica o la
terminal? Confiar ciegamente en la salud es confiar en un fundamento
inconsistente. ¡Qué bellamente canta el salmista: "Confiaré en el Dios de mi
salud, de mi salvación"! Examinemos nuestros valores, aquello en lo que
ponemos nuestra confianza y seguridad en la vida. ¿Tendremos que cambiar
nuestra escala? ¿Habrá que hacer, tal vez, algún reajuste?

Entre realidad y esperanza... La dicha, la felicidad de quien confía en el Señor


(los pobres, los hambrientos, los que lloran, los odiados por los hombres...), ¿es
una realidad ya aquí en la tierra o más bien una proyección para la eternidad en el
cielo? En pocas palabras: ¿Puede un hombre, que sufre la pobreza, la
enfermedad, el desprecio... ser feliz, si confía en el Señor? La respuesta es
claramente afirmativa. Hay millones de hombres y mujeres, en los conventos y
fuera de ellos, que viven al día, sin cuenta bancaria, "de la limosna que reciben",
a quienes Dios hace felices en su pobreza. Evidentemente, esa felicidad será
siempre limitada, pequeña, en espera de la felicidad de llegar a poseer
eternamente a Dios, su verdadera riqueza. Hay miles y miles de enfermos que
sufren, algunos con dolores indecibles, a quienes Dios les regala una sonrisa
siempre fresca y estimulante. Claro que la perfección de esa sonrisa tendrá lugar
en el cielo, cuando puedan abrazar definitivamente al Dios de su consuelo. Hay
muchos seres humanos que han sido calumniados, olvidados, vejados por sus
hermanos, y no guardan rencor alguno, y saben perdonar, y atesoran en su
interior una paz y dicha inimaginables. Paz y dicha que lograrán su coronamiento
en la otra ribera de la vida, cuando triunfe la justicia y la verdad... Parece claro
que las bienaventuranzas evangélicas no son sólo para vivirlas en "el más allá";
son una experiencia que se vive entre la realidad y la esperanza.

Séptimo Domingo del TIEMPO ORDINARIO 25 de febrero del año 2001

Primera: 1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23; Segunda: 1Cor 15, 45-49; Evangelio: Lc 6,


27-38

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


El punto de referencia de la liturgia de hoy parece ser la generosidad.
Generosidad de David para con Saúl, que le perseguía para matarlo, impidiendo a
Abisai darle muerte (primera lectura). Generosidad del cristiano para con todos
los hombres, incluso hasta llegar a amar a los "enemigos" (evangelio), imitando
de este modo la misericordia del Padre celestial. Finalmente, generosidad de
Jesucristo que, siendo espíritu vivificante por su resurrección, nos hace a todos
partícipes de su condición espiritual y celeste (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

La lógica de la equivalencia. En la Biblia esta lógica aparece bajo dos fórmulas


diversas. La primera se sitúa en el orden de la justicia frente al mal recibido. Es la
ley del talión: "Ojo por ojo y diente por diente" (Ex 21, 24). Cuando fue
formulada por primera vez significó un paso hacia adelante desde la venganza,
que pedía devolver el doble, a la justicia que pedía equidad en devolver el mal
recibido. Tal formulación no es cristiana, pues Jesús nos enseña: "No devolváis
mal por mal" (cf. Mt 5, 38-42). Desgraciadamente, después de veinte siglos de
cristianismo, hay no pocos cristianos que siguen aplicando la ley del talión. La
segunda formulación la encontramos en el evangelio de hoy: "Tratad a los demás
como queréis que ellos os traten a vosotros". En el Antiguo Testamento, esta
"regla de oro" se formula negativamente: "No hagas a nadie lo que a ti te
desagrada" (Tb 4,15). La formulación de san Lucas es positiva, y no se sitúa en el
plano de la justicia sino del amor. Es una regla muy buena, porque todos
queremos para nosotros lo mejor. Se podría, por ello, formular de esta otra
manera: "Si tú quieres ser tratado por todos de la mejor manera posible, trata tú a
todos por igual". Es una formulación plenamente cristiana, pero todavía
imperfecta e incompleta. Imperfecta porque el punto de referencia es el yo, el
hombre. Incompleta, porque la expresión "los demás" se refiere, al menos en la
mentalidad de los contemporáneos de Jesús, a los judíos, y excluye, por tanto, a
los no judíos y también a los enemigos. La lógica de la equivalencia en el orden
del amor es cristiana, pero la radicalidad de nuestra fe supera la lógica de la
equivalencia y llega hasta la lógica del más.

La lógica del más. En cierta manera, hay figuras del Antiguo Testamento que
viven en la lógica del más, aunque la formulación de esta lógica sea propia de
Jesucristo. La primera lectura, en efecto, expone un gesto verdaderamente
generoso de David para con el rey Saúl, que lo estaba persiguiendo a muerte:
Teniendo ocasión de acabar con él, no lo hace "por ser Saúl el consagrado de
Yahvéh". La lógica del más la formula Jesús en términos humanamente
desconcertantes: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian,
bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian" (Lc 6, 27-28) y
"Vosotros amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a
cambio" (Lc 6, 35). La mente humana pide odiar a los enemigos, Jesús nos pide
amarlos. La mente humana pide hacer el mal al que nos odia, Jesús pide que le
hagamos el bien. La mente humana pide maldecir al que nos maldice, Jesús pide
que le bendigamos. La mente humana pide reclamar el préstamo que se ha hecho
a alguien, Jesús nos pide que prestemos, aunque no nos devuelvan lo prestado. La
mente humana pide que devolvamos calumnia por calumnia, Jesús nos pide que
devolvamos por calumnia oración. ¡Aquí está la esencia más pura del
cristianismo! A esta escuela de cristianismo debemos ir todos los cristianos,
porque pienso que todavía nos quedan muchas lecciones por aprender y vivir. En
la segunda lectura nos hallamos en la lógica del más, de la generosidad, pero en
una dimensión nueva, la dimensión de la eternidad. Cristo resucitado, vencedor
de la muerte, nos prodiga a nosotros la lógica del más, haciéndonos partícipes de
su vida de resucitado, es decir, otorgándonos el don de vencer la muerte y de
entrar a vivir en un mundo regido por la vida y por el Espíritu de Dios. Quien
vive la esencia del cristianismo, que es la caridad, tiene abiertas de par en par las
puertas de la nueva vida.

SUGEREncias PASTORALES

Para el cristiano no hay enemigos, sino hermanos. La ley vigente en el


cristianismo es la ley de la fraternidad. Todos somos hermanos, en el orden de la
creación, porque todos tenemos un mismo Creador y Señor, que nos ha hecho a
imagen y semejanza suya. Todos somos hermanos en el orden de la Redención,
porque a todos nos ha redimido Jesucristo mediante su sangre derramada en la
cruz, otorgándonos la gracia de llegar a ser hijos de Dios. De esta fraternidad
universal nadie está exento, y donde hay fraternidad no puede haber enemistad.
Hoy en día, hay hombres a quienes objetivamente podemos llamar "enemigos",
en cuanto que se oponen o rechazan a los cristianos, no les permiten practicar su
fe ni difundir su doctrina, los consideran enemigos del estado, aprovechan
cualquier ocasión para criticar el cristianismo, hacen mofa en privado o en
público de signos sagrados para los cristianos, etc.; pero subjetivamente, el
cristiano no los considera enemigos, son hermanos, y por eso los perdona, los
exculpa, los ama, reza por ellos. En definitiva, aplica el principio que nos enseña
san Pablo: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal a fuerza de
bien" (Rom 12, 21). En la vida cotidiana familiar, parroquial, profesional, este
principio tiene innumerables aplicaciones y ocasiones para que se practique.
Examínate. ¿Hay alguien a quien consideres "enemigo", porque te ha hecho una
jugada sucia, porque cambió de partido político o de equipo de fútbol, porque te
ganó en un puesto de trabajo mejor, porque piensa en ciertas cosas de manera
distinta a la tuya? Convéncete de que, por ser cristiano, no debes tener enemigos,
sino hermanos.

La verdadera revolución de la historia. A lo largo de los siglos se han realizado


numerosas revoluciones: políticas, por ejemplo, el paso del imperio romano al
imperio de los "bárbaros"; sociales, como la abolición de la esclavitud;
económicas, como el paso de la revolución industrial a la revolución electrónica;
religiosas, culturales, artísticas, etc. Cada revolución trae consigo un cambio de
paradigma, de modelo en los modos de vida y en los comportamientos de los
hombres. Por encima de todas estas revoluciones efímeras, devoradas lenta o
rápidamente por el tiempo, subsiste y persiste en la historia una revolución
permanente, que es la cristiana. En su esencia es una revolución auténtica y no
superable, porque se ha realizado y continúa realizándose con el Amor,
verdadero motor de la historia y último destino de la humana existencia. Quien
sabe amar, quien no se cansa de amar, revoluciona su "pequeña historia" de
familiares, amigos, vecinos, compañeros de club o de trabajo..., y, desde ella,
revoluciona la gran historia de la humanidad. Su nombre no aparecerá jamás en
los grandes libros de la historia, ni siquiera en los periódicos, pero con su amor
está renovando continuamente al hombre, está colaborando a la "revolución
cristiana".

MIÉRCOLES de CENIZA 28 de febrero del año 2001

Primera: Joel 2, 12-18; Segunda: 2Cor 5, 20-6,2; Evangelio: Mt 6, 1-6.16-18

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

"En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios", nos
exhorta san Pablo en la segunda lectura (2Cor 5, 20). Reconciliación es palabra
clave en la liturgia del miércoles de ceniza. Reconciliación significa cambio
"desde otro", por ello, implica la conversión a Dios y desde Dios, a la que llama
el profeta Joel en la primera lectura: "Volved al Señor, vuestro Dios". Jesús en el
evangelio interioriza las prácticas religiosas y penitenciales del judaísmo: la
limosna ha de ser oculta; el ayuno, gozoso; y la oración, humilde. "Y el Padre
que ve en lo escondido, te recompensará".

MENSAJE DOCTRINAL
La prioridad del corazón. Con el término corazón se quiere decir la interioridad,
no en oposición, sino como venero de toda acción exterior de reconciliación y
penitencia. Por ello, no hablamos de exclusividad, sino de prioridad. Con una
expresión muy lograda, el profeta Joel aboga por esa prioridad: "Rasgad vuestro
corazón, no vuestras vestiduras" (primera lectura). Es evidente que el profeta no
entiende la expresión en modo excluyente, ya que en el versículo 15 continúa:
"Promulgad un ayuno, purificad la comunidad, entre el atrio y el altar lloren los
sacerdotes", acciones todas ellas exteriores. El texto evangélico pone ante
nuestros ojos a Jesús llevando al grado máximo de interioridad las tres prácticas
típicas de la religión judía - y podemos decir que de toda religión, incluida la
cristiana: 1) La limosna, que hoy podríamos traducir con caridad, solidaridad,
asistencia social, voluntariado, es decir, todas las formas posibles de ayuda al
necesitado. Jesús nos enseña el estilo propio de hacer caridad: en secreto, sin
ostentación alguna, buscando únicamente complacer a Dios y llevar a cabo en el
mundo su santísima voluntad. 2) La oración, es decir, todo el conjunto de
actividades espirituales que ligan al hombre con Dios. Desde la santa Misa a la
oración privada, desde la meditación a la oración litúrgica, desde el sacramento
de la penitencia a las diversas formas de religiosidad popular. Para el cristiano lo
que cuenta es que, cualquiera que sea la actividad espiritual, sea un verdadero
encuentro con Dios Padre en la intimidad del corazón. 3) El ayuno, o sea, todo
aquello que implique renuncia de uno mismo, desprendimiento de sí para ganar
en disponibilidad para con Dios y para con el prójimo. Pueden ser los sacrificios
voluntarios, las pequeñas molestias de la vida de cada día, el asumir con decisión
y coraje las pruebas de la vida, la lucha constante y valiente contra las
tentaciones... Aquí lo importante es el gozo espiritual con que se afrontan todas
estas situaciones, un gozo que repercute en la actitud y en el comportamiento
para con Dios y para con los hombres.

Ministros de reconciliación. "Somos embajadores de Cristo, y es como si Dios


mismo os exhortara por medio de nosotros", nos dice san Pablo en la segunda
lectura, y añade: "Ya que somos sus colaboradores, os exhortamos a que no
recibáis en vano la gracia de Dios". San Pablo nos muestra la dimensión eclesial
de la reconciliación. Es Dios quien pone en el corazón del hombre el don de la
reconciliación (dejaos reconciliar por Dios), y es el hombre el que lo acoge (o lo
rechaza), pero la Iglesia es el instrumento elegido por el mismo Dios para que
nos esté recordando por medio de sus ministros este don extraordinario, y es al
mismo tiempo la mediadora querida por Dios de toda reconciliación. Por eso,
para la Iglesia es una exigencia de su fidelidad a Dios tanto el predicar en todas
partes y de todos los modos posibles la reconciliación con Dios y entre los
hombres, cuanto administrar eficazmente esa reconciliación por medio del
sacramento de la penitencia y del perdón. La liturgia de hoy es una advertencia
nítida a los obispos y sacerdotes para que siempre estemos preparados para
promover la reconciliación, y disponibles para reconciliar al hombre con Dios y
con sus hermanos por medio del sacramento.

SUGEREncias PASTORALES

Globalizar la reconciliación. Con este término se trata de extender la


reconciliación a todos los hombres, en todas las latitudes y en cualquier estrato de
la sociedad. Como católicos, hemos de reconciliarnos primeramente con nosotros
mismos, con nuestra conciencia puesta delante de Dios y de su voluntad. A la
vez, hemos de buscar la reconciliación dentro de la misma Iglesia católica, pues
una persona o una comunidad no reconciliadas no podrán tampoco reconciliar a
otros. Bajo el impulso y la guía del Santo Padre y de nuestros Obispos hemos de
promover la reconciliación con todas las comunidades cristianas separadas de la
Iglesia católica: con nuestra oración, con nuestro testimonio, con nuestra
solidaridad, con nuestra ayuda material o espiritual. Se ha de promover por igual
la reconciliación con los miembros de otras religiones (judíos, musulmanes,
budistas, hinduistas...). Es probable que dentro de nuestras mismas parroquias
haya miembros de otras Iglesias cristianas, o de otras religiones: habrá que
comenzar por ellos el impulso y el deseo de reconciliación. ¿Cómo? Tratando de
realizar las formas que nuestros obispos o párrocos nos señalan; pero además, el
Espíritu inspirará a cada uno otras formas concretas, personales o grupales de
hacerlo. La reconciliación global abarca otros sectores de la vida, además del
religioso: reconciliación del Norte más desarrollado y del Sur, que lo está menos,
a nivel mundial o a nivel nacional; reconciliación entre laicistas, no pocas veces
hostiles a todo sentido religioso, y creyentes, que a veces exageran los
comportamientos laicistas; reconciliación entre los emigrantes, provenientes de
países en guerra o en condiciones económicas mínimas, y los habitantes de los
países que los acogen; reconciliación en los estadios de fútbol entre los hinchas
de un equipo y de otro, del equipo nacional de diversos países...Una cosa además
quede clara: La globalización de la reconciliación excluye cualquier
consecuencia negativa.

La reconciliación permanente. El fenómeno de la globalización reclama una


reconciliación permanente, en constante reciclaje. El hombre, las comunidades
humanas no se reconcilian de una vez para siempre, sino que necesitan
mantenerse en actitud continua de reconciliación. En la reconciliación sucede lo
que en el amor: si no se alimenta, se enfría, se arrutina, y muere. Día tras día hay
que renovar la actitud del alma hacia la reconciliación, y hay que ejercitarse en
actos de reconciliación, por pequeños que sean, para mantenerla viva y para
hacerla crecer. ¿Cuántas ocasiones tienes al día de practicar la reconciliación? No
lo sé, pero seguramente más de una. No la dejes pasar. Aprovéchala. Para llegar a
crear en el alma una actitud de reconciliación se requiere haberla practicado, sin
cansancio, en muchas ocasiones. ¿Por qué no reflexionar, al final del día, si has
tenido alguna oportunidad de reconciliarte con Dios, porque le has fallado en
algo, o has sido menos generoso con Él? ¿si has tenido alguna ocasión de
practicar la reconciliación con los demás (familiares, vecinos, emigrantes,
cristianos de otras Iglesias, mendigos...) y si la has sabido aprovechar? ¡Una
reflexión que puede cambiar bastante tu vida y la de tu entorno!

Primer Domingo de CUARESMA 4 de marzo del año 2001

Primera: Deut 26, 4-10; Segunda: Rom 10, 8-13; Evangelio: Lc 4, 1-13

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

No es difícil detectar en las tres lecturas de hoy una confesión de fe o pequeño


"credo". El credo del pueblo israelita, profesado en el templo, durante la fiesta de
las Primicias: "Mi padre era un arameo errante... El Señor nos dio esta tierra que
mana leche y miel. Por eso, traigo las primicias de esta tierra que el Señor me ha
dado" (primera lectura). Las tres respuestas que Jesús da a Satanás en el texto
evangélico constituyen una confesión de fe existencial por parte de Jesús: "No
sólo de pan vive el hombre", "Adorarás al Señor tu Dios" y "No tentarás al Señor
tu Dios". Finalmente, en la segunda lectura se encuentra una fórmula muy
concisa y antigua de profesión cristiana: "Jesús es el Señor", a quien Dios ha
resucitado de entre los muertos.

MENSAJE DOCTRINAL

La confesión de fe de Jesús. En un momento tan existencial, como es la


tentación, y en unas circunstancias tan favorables para caer en ella, Jesús sale
vencedor mediante el recurso de la Palabra del Dios vivo. Ante la primera
tentación, de carácter material y económico (haz que estas piedras se conviertan
en pan), Jesús confiesa que hay bienes superiores al alimento y que no se puede
reducir al ser humano a un objeto de consumo, a un homo oeconomicus, sin
trascendencia. A los ataques diabólicos en el campo político, invitándole a usar
de medios ilícitos e injustos para ganar poder e influjo (todos los reinos de la
tierra te daré...), y a dejar al margen la voluntad de Dios, Jesús confiesa con vigor
que no está dispuesto a dejarse engañar por la ambición de poder y que Dios es
para él un absoluto sin más (Adorarás al Señor tu Dios). Cuando, en la tercera
tentación, Satanás le ataca por el lado de la religión, citando la Sagrada Escritura
e induciéndole a pedir a Dios un milagro, Jesús declara abiertamente que el
hombre nunca ha de someter a prueba a Dios (No pondrás a prueba al Señor tu
Dios). Las tentaciones de Jesús (económica, política, religiosa) son las
tentaciones del pueblo de Israel en el desierto, y son las tentaciones de todo
hombre. El pueblo de Israel sucumbió a ellas, Jesús las venció, el hombre ha sido
capacitado por Cristo para vencerlas, si acepta el misterio de la Redención.

La fe cristiana no es una serie de ideas, sino historia. El "credo" que nos presenta
la liturgia hodierna no está formado por unas ideas elevadas sobre Dios, su
esencia y sus atributos, o sobre la razón de ser del hombre y del mundo en la
mente divina. El "credo" del pueblo de Israel, de Jesús y de la comunidad
cristiana es un credo marcado por las vicisitudes históricas de un pueblo, de un
hombre-Dios, de una comunidad creyente. El credo de Israel inicia con la historia
de Jacob, un arameo errante, y de su descendencia, conducidos por Dios, a lo
largo de los siglos, hasta llevarlos a la tierra prometida. Jesús, en su confesión
ante las tentaciones, ¿qué hace sino situarlas en las relaciones de la historia
misma de Dios con su pueblo? El credo del pueblo cristiano se funda en la
historia de Jesús de Nazaret, constituido Señor por su Padre, al resucitarlo de
entre los muertos. Las ideas no son para creerse sino para pensarse; la historia,
cuando entra Dios en ella, no ha de ser tanto objeto de reflexión cuanto de
profesión de fe.

Dos fidelidades que Dios quiere unidas. Los textos litúrgicos manifiestan la
estupenda fidelidad de Dios al hombre. En medio de las oscuridades y de los
"imposibles" de la historia, Dios caminó fielmente junto a su pueblo en Egipto,
en el largo errar por el desierto, hasta introducirlo en la tierra prometida a
Abrahán (primera lectura). Dios fue igualmente fiel para con su Hijo, Jesucristo,
ante los duros ataques del demonio, y ante la tremenda derrota de la muerte
(evangelio, segunda lectura). Dios quiere que a esta fidelidad suya se una la
fidelidad del hombre. Jesús unió su fidelidad a la del Padre de un modo
extraordinario. Los israelitas del desierto no respondieron con la misma fidelidad.
Al hombre, al cristiano de hoy, se le ofrece la disyuntiva: ¿elegirá unir su
fidelidad a la de Dios, como Jesucristo?

SUGEREncias PASTORALES
Confesar la fe en un mundo tentador. La tentación es una compañera inseparable
de la vida humana. El tentador es uno solo, y tan orgulloso que no tiene reparos
en tentar al mismo Hijo de Dios. Las formas que adopta y los medios que utiliza
para tentar a los hombres van cambiando con los tiempos, las costumbres, las
culturas, aunque las tentaciones fundamentales son siempre las mismas: tener,
poder, saber, placer. En cualquiera de las tentaciones imaginables se incluye
alguno de estos ingredientes. La sociedad actual ofrece al tentador un abanico de
posibilidades numerosísimas. Digamos que las formas y modos que el demonio
tiene de tentar al hombre de hoy han crecido de una manera geométrica, y el
hombre ha sido en cierta manera sorprendido por esta avalancha de tentaciones y
con no poca frecuencia vive bastante desguarnecido y desprotegido ante ellas.
Como creyentes en Cristo, es un honor para nosotros y una gran osadía confesar
nuestra fe en medio de este mundo tentador, que se ha propuesto olvidarla,
ahogarla o marginarla entre las cosas inútiles que uno no se atreve a abandonar
del todo. Las tentaciones provenientes del mundo serán para nosotros una
ocasión importante para confesar a Jesucristo, nuestro Dios y Señor, y, mediante
nuestra confesión de fe, vencer la tentación con la fuerza de Dios. No hemos de
tener miedo a este mundo tentador. "Ésta es la victoria que vence al mundo:
vuestra fe".

No nos dejes caer en tentación. El cristiano, como cualquier otro ser humano, es
débil, y tiene además la conciencia de serlo. Pero le acompaña también la
conciencia de poseer una fuerza superior, que le viene de Dios. Porque es débil,
está convencido de que las acometidas del tentador pueden derrumbarle. Porque
cuenta con la fuerza de Dios, está seguro de que no hay tentación, por poderosa
que sea, que no pueda vencer. Por eso, el cristiano pide varias veces al día en el
padrenuestro: "No nos dejes caer en tentación". Obviamente se refiere a cualquier
tentación, pero de modo especial a la gran tentación que es la idolatría y la
apostasía. El culto a otros "dioses" o ídolos acecha al hombre actual fuertemente,
porque en el supermercado de la religión y de lo sagrado, junto a "productos"
genuinos, se dan muchos que son sucedáneos e inauténticos. También la
apostasía es muy tentadora en nuestro tiempo. Apóstata es quien reniega de la
religión cristiana. Hoy en día, formas light de apostasía podrían considerarse el
sincretismo religioso promovido en parte por la ignorancia y en parte por la
acentuación del sentimiento, el ateísmo práctico de quien se llama cristiano pero
vive como pagano, la actitud agnóstica de no pocos santones liberales y laicistas,
que ofician en el panteón de la diosa ciencia y del dios progreso y les rinden
culto. Como individuos, y como miembros de la Iglesia, recemos con fervor
todos los días el padrenuestro, y pidamos humildemente al Señor que "no nos
deje caer en tentación".
Segundo Domingo de Cuaresma 11 de marzo del año 2001

Primera: Gén 15, 5-12.17-18; segunda: Fil 3, 17-4, 1 Evangelio: Lc 9, 28-36

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Sugiero como centro unificador de las lecturas el concepto de plenitud. Jesucristo


en el evangelio revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los
discípulos entre Moisés y Elías; revela igualmente su plenitud más que humana
que resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega
también a su plenitud la promesa extraordinaria hecha a Abrahán (primera
lectura). En la segunda lectura san Pablo nos enseña que la plenitud de Cristo es
comunicada a los cristianos, ciudadanos del cielo, que "transformará nuestro
mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo".

MENSAJE DOCTRINAL

Jesucristo, plenitud sublime. Sabemos que el término "plenitud" es relativo a la


capacidad del objeto o de la persona a que se refiere. Por otra parte, no es sólo un
término con valor cuantitativo (capacidad de un vaso o de una jarra), sino
principalmente con valor cualitativo (plenitud del amor, de la salvación...).
Finalmente, el concepto de plenitud no está al margen de la historia, sino que está
íntimamente ligado a ella (plenitud de un ciclo histórico, de un imperio...). Todo
lo dicho nos proporciona una ayuda para captar mejor lo que significa decir que
Jesucristo es plenitud sublime. Ante todo, su plenitud humana ha llegado al grado
máximo en la transfiguración, en la que el resplandor de la divinidad ha
penetrado toda su humanidad, y una voz del cielo le confiesa su "Hijo
predilecto". En esa misma experiencia de la transfiguración, Jesús alcanza la
plenitud de la revelación, concentrada en dos figuras del Antiguo Testamento,
representantes de las dos grandes partes en que se dividía la revelación divina: la
Ley o tradición escrita, cuyo representante es Moisés, y la profecía o tradición
oral, representada por Elías. Jesucristo es el vértice hacia el que se orientaban
tanto la Ley como la profecía. Cristo es también la plenitud de la promesa hecha
a Abrahán: bendición, tierra, fecundidad. En efecto, el Padre nos ha bendecido
con toda clase de bendiciones en Cristo, nos ha hecho partícipes de un cielo
nuevo y una tierra nueva, ha hecho de nosotros un pueblo nuevo fecundado con
su sangre redentora. Jesucristo es, igualmente, plenitud de la historia. La marcha
de la historia ha llegado a la terminal en la vida histórica de Jesús de Nazaret.
Antes de su presencia histórica, todos los acontecimientos marchaban y miraban
hacia Él; después de su partida de este mundo, Jesús es el portaestandarte de la
historia y los hombres marchan tras él con la conciencia de no poder sobrepasarle
en su plenitud humana y divina. Jesucristo, finalmente, llena con su plenitud no
sólo la historia, sino también el más allá de la historia. En efecto, la plenitud de
Cristo, de la que ya participamos en el tiempo por la gracia, nos inundará y nos
dará la plenitud correspondiente a nuestra capacidad de ser hijos en el Hijo. El
cielo en realidad no es otra cosa sino la plenitud de Cristo presente en cada uno
de los salvados.

La plenitud de Cristo nos interpela. Interpela al mismo Abrahán, porque la


promesa y la alianza de Dios para con él sólo tendrá el cumplimiento pleno en
Jesucristo. Abrahán creyó en Dios, le obedeció y de esta manera abrió las puertas
de la historia a Cristo. Interpela a Moisés, cuyo Decálogo anhela, por así decir, su
plenitud en la Ley de Cristo, coronamiento del decálogo y de toda ley humana.
Interpela a Elías, el fiel intérprete de la historia, como lo serán todos los
verdaderos profetas, cuyo sentido más genuino y definitivo será dado por Cristo
desde el madero de la cruz y de la salvación; Cristo, en efecto, no es un intérprete
más de una parcela de la historia, sino el intérprete último y definitivo de la
historia, de toda la historia humana. Interpela a Pedro, Juan y Santiago, a quienes
fue concedida una experiencia singular del misterio de Cristo en orden a su
misión futura; en ellos nos interpela a todos los discípulos y apóstoles. Interpela a
Pablo y a los cristianos que, habiendo sido elevados por Cristo a ciudadanos del
cielo, han de vivir en conformidad con lo que son, y no convertirse en "enemigos
de la cruz de Cristo". Cristo, de cuya plenitud todos hemos recibido, interpela a
todo hombre, porque él es el hombre en plenitud y él es a la vez la plenitud del
hombre.

SUGEREncias PASTORALES

De su plenitud todos hemos recibido... La plenitud total de Cristo y la


participación de todo hombre a esa plenitud no se la han inventado ni el Papa ni
los obispos; forma parte de la revelación cristiana. Si a un budista, a un judío, a
un musulmán se le pidiese renunciar a parte de sus libros sagrados, o a una
doctrina que ellos consideran revelación divina, ¿cómo reaccionarían? ¿Se puede
renunciar a algo en lo que el mismo Dios está comprometido? A nosotros,
cristianos, se nos pide ser los primeros en mostrar coherencia con la revelación
cristiana, que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento. Nosotros, cristianos, por
coherencia con nuestra fe, hemos de ser respetuosos con los creyentes de otras
religiones, pero hemos de pedir también a los no cristianos el respeto debido a
nuestra fe. Sería una buena iniciativa por parte de los cristianos explicar, de
modo sencillo y convincente, la pretensión cristiana de la plenitud de Jesucristo:
qué es lo que significa, cómo influye en la relación con las otras religiones, en
qué manera explica la salvación universal querida por Dios, cómo podemos
conocernos mejor unos a otros para evitar así malentendidos, confusión,
manipulación... Se habla de diálogo ecuménico, interreligioso, y esto es
estupendo, pero, es bien sabido que la base de todo diálogo no puede ser otra sino
el respeto de la persona y de la identidad del interlocutor. Digamos la verdad
cristiana con caridad, con respeto. Sólo entonces podrá comenzar el diálogo
auténtico y fructuoso con quienes busquen y amen la verdad.

Una vida transfigurada. La experiencia de Pedro, Juan y Santiago duró sólo un


rato. Sus efectos, sin embargo, permanecieron a lo largo de toda la vida. ¿No fue
algo inolvidable y eficazmente transformante? En nuestra vida ha habido y podrá
haber momentos también de "transfiguración", de experiencia viva y gratificante
de Dios. A veces esa experiencia de Dios se prolonga por un tiempo o incluso
una vida, pero con no poca frecuencia la intensidad con que se ha experimentado
a Dios pasa. Debe, sin embargo, dejar su huella. A esta huella llamo yo "vida
transfigurada". En otras palabras, vida de quien ha visto y ve el rostro de Dios en
las realidades y acontecimientos de la existencia. Ve el rostro de Dios en ese niño
sonriente y activo, como lo ve igualmente en ese otro pequeño minusválido. Mira
a Dios en los ojos transparentes de una joven limpia de alma, que ha consagrado
a Dios su vida entera; pero lo mira también en los ojos de una prostituta, obligada
a ese trabajo forzado para sobrevivir y sostener a sus padres y hermanos.
Descubre al Viviente en las especies del pan y del vino, no menos que en las
chispas de redención que saltan del pedernal de una conciencia endurecida y
pecadora. Todo está transfigurado, porque todo porta consigo de alguna manera
la marca original: made in God.

Tercer Domingo de Cuaresma 18 de marzo del año 2001

Primera: Ex 3, 1-8.13-15; segunda: 1Cor 10, 1-6.10-12 Evangelio: Lc 13, 1-9

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos describen algunos rasgos del Dios cristiano. En la
primera lectura Dios aparece como fuego que no se consume y se define a sí
mismo: Yo soy el que soy. El evangelio por su parte nos presenta un Dios
misericordioso que desea ardientemente la conversión del pecador, que sabe
esperar antes de intervenir con su justicia. El Dios cristiano es también un Dios
providente, que nos pone ante los ojos la historia de Israel para que estemos
atentos y nos mantengamos en pie (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL
Dios es fuego que no se consume. En la mentalidad antigua el fuego es símbolo
de poder y de fuerza divinos. En el Antiguo Testamento es además símbolo de la
presencia divina en la creación (el sol, el rayo...) y en el entramado histórico de
los hombres. Puesto que Dios es eterno, el fuego de su presencia y de su poder no
puede consumirse. ¡Qué hermosa manera de expresar la cercanía constante de
Dios para con Moisés y para con los descendientes de Israel! La presencia
poderosa de Dios entre los suyos, llega a plena realización en el momento en que
el Verbo mismo de Dios se encarna en el seno de María y se hace en todo
semejante al hombre, a excepción del pecado. Jesús, durante su vida pública,
dirá: He venido a traer fuego a la tierra y ¿qué es lo que quiero sino que arda?. Se
trata del fuego que es Dios mismo, en su misteriosa proximidad al hombre; un
fuego, que debe llamear, como una bandera enhiesta, en el corazón de la historia
y de cada ser humano.

Dios se define a sí mismo como el que es. Yahvéh dice a Moisés: Dirás a los
israelitas: Yo Soy me envía a vosotros. El fuego de Dios no es destructor, sino
amigo y benefactor del hombre, en quien el hombre puede poner su confianza.
Sin excluir una posible interpretación esencial del nombre divino revelado a
Moisés, parece más apropiada, teniendo en cuenta el contexto, una interpretación
existencial. Como si Moisés dijera a los israelitas en Egipto: Me manda a
vosotros el Dios en quien podéis tener la confianza y total seguridad de que os va
a liberar. No sólo para los israelitas en Egipto, sino también para los judíos en
otras épocas de su historia y para los cristianos en diversas ocasiones de estos
veinte últimos siglos, la situación puede aparecer desesperada. No hay
horizontes, no hay casi esperanza. ¿Quién podrá salvarnos? ¿Quién podrá
sacarnos de esta situación angustiosa? Dios ha repetido y seguirá repitiendo hasta
el fin de los tiempos las mismas palabras que hallamos en la primera lectura: Yo
soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: ‘Yo Soy’ me envía a vosotros. La
confianza en estas palabras divinas renueva constantemente la historia.

Un Dios que anhela la ‘conversión’ del hombre. Primeramente Moisés ‘se


convierte’ a Yahvéh y se pone en marcha hacia Egipto para llevar a cabo, de
parte de Dios, la liberación de los israelitas. Jesús en el evangelio nos advierte
que Dios no ama el castigo (los galileos asesinados en el templo y los 18
jerosolimitanos muertos al desplomarse la torre de Siloé, no murieron porque
Dios los castigó), sino el arrepentimiento y la conversión. La historia de Israel y
la historia del cristianismo son para todos nosotros una invitación fuerte a la
conversión. Porque, como nos dice el evangelio, si no os convertís, pereceréis.

Un Dios paciente, que sabe esperar. Dios sabe que convertirse de verdad no es
fácil, ni cosa de unas horas o días. Porque conoce el interior del hombre, Dios
sabe esperar, no tiene prisas, cuando ve una disposición sincera para la
conversión. La parábola de la higuera, narrada por Jesús en el evangelio, es de
gran consuelo para el hombre débil, y no pocas veces estéril en sus esfuerzos de
conversión. Dios no sólo espera, además actúa en la conciencia humana para que
se convierta y dé frutos. ¿Será el hombre tan ingrato ante tanta bondad y
misericordia de Dios? Somos cristianos. No olvidemos que con Cristo ha llegado
la plenitud de los tiempos, como nos recuerda la segunda lectura. Con la plenitud
de los tiempos llega también la plenitud de la paciencia divina. ¿La
rechazaremos? Señor, líbranos de este mal, el mal supremo.

SUGEREncias PASTORALES

Saber esperar al estilo de Dios. Un gran pecado del apóstol, del cristiano
comprometido, del misionero es o puede ser la impaciencia, la incapacidad para
esperar el momento de Dios. Un párroco, por ejemplo, puede sentirse impaciente
ante ciertas situaciones por las que pasa la parroquia: padres que no bautizan a
sus hijos, bautizos más sociológicos que religiosos, parejas de hecho o casadas
sólo civilmente, notable disminución de la natalidad, ignorancia religiosa de los
fieles, presencia activa y destructiva de los Testigos de Jehová, desintegración
familiar, disenso sobre ciertas verdades de fe y de moral cristianas... ¿Para qué
seguir, si son problemas diarios en la vida de un párroco? Ante todo, conviene
decir que junto a los problemas existen hechos confortantes dentro de la misma
parroquia: una fe más madura y responsable, núcleos de vida cristiana renovada y
floreciente, presencia generalmente positiva de grupos y movimientos eclesiales,
creciente ayuda económica y moral a los más necesitados, etc. ¿No son estos
hechos signos claros de esperanza? Ante los problemas, que son muy reales, no
perder los estribos; mucho menos, gastar las propias energías en lamentarse,
impacientarse, mirar hacia el pasado... Hay que actuar, sí, actuar y saber esperar.
Actuar con fe y con amor, los medios más eficaces para cambiar la vida de los
hombres. Esperar, sin prisas y sin pausa. Jamás decaer en la espera y esperanza.
En la paciencia, nos dice Jesús, poseeréis vuestras almas; en la esperanza
encontraremos nuestra salvación y la de nuestros hermanos.

No cesar de predicar al Dios cristiano. Dios es uno solo, por eso el Dios cristiano
tiene rasgos comunes con el Dios en el que creen los judíos o los musulmanes. A
pesar de ello, hay también aspectos diferenciales, que de ninguna manera deben
ser callados. Hay que hablar del Dios presente y cercano al hombre, del Dios
misericordioso que sabe esperar... Y hay también que hablar del Dios que, siendo
uno, coexiste en tres personas, algo que constituye el rasgo más diferencial de
nuestra concepción cristiana de Dios. Por otro lado, es verdad que hay que hablar
de problemas morales, de cambios de mentalidad, de laicismo y liberalismo
ideológicos..., pero ¿no será algo mucho más importante hablar de Dios? El
cristianismo no es un sistema moral, que implica una religión; el cristianismo es
ante todo y sobre todo una religión, una fe, de la que se deduce una moral, un
modo de vivir y estar presente en el mundo y en la sociedad. Puede ser que
hablando más del Dios vivo y verdadero, algo cambie también el modo de vivir y
de pensar de nuestros contemporáneos. ¡Acepta el reto!

Cuarto Domingo de CUARESMA 25 de marzo del año 2001

Primera: Jos 5, 9.10-12; segunda: 2Cor 5, 17-21 Evangelio: Lc 15, 1-3.11-32

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

"Dejaos reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos
litúrgicos de este domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia
con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta
años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se
reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo
mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha
reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio
de la reconciliación.

MENSAJE DOCTRINAL

La iniciativa divina en la reconciliación. La palabra griega traducida por


reconciliación significa etimológicamente cambio desde el otro. Reconciliarse
quiere decir cambiar a partir del otro, en nuestro caso, a partir de Dios. Es Dios
quien reconcilia consigo al pueblo de Israel, haciéndole atravesar el Jordán como
si fuera un nuevo Mar Rojo, renovando con él la Pascua y la Alianza como en el
Sinaí, dándole como alimento no ya el maná sino los frutos de la tierra que
conquistarán y en la que definitivamente se asentarán. Es el padre bueno de la
parábola lucana quien reconcilia consigo al hijo menor, abrazándole y besándole,
y logrando de esta manera que el hijo se reconcilie consigo mismo. Es también el
padre bueno el que toma la iniciativa de reconciliar al hermano mayor con el
menor, pasando por encima del pasado y valorando debidamente el
arrepentimiento del corazón. ¿Y qué es lo que Pablo escribe a los cristianos de
Corinto? Dios reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los
pecados de los hombres, y nos hacía depositarios del mensaje de la
reconciliación. Reconciliarse, en definitiva, es decir a Dios: Gracias por haber
dado el primer paso. Acepto tu perdón, acepto tu amor.

Reconciliarse mirando hacia el futuro. Reconciliarse con Dios significa


primeramente reconocer que algo no ha andado bien en nuestras relaciones con
Él en el pasado. Significa además que hay un interés en restablecer buenas
relaciones con Dios en el presente y para el futuro. Para los israelitas del desierto
pasar el Jordán significa dejar atrás un pasado de rebeldía, de quejas, de
inseguridad, y renovar con Dios la alianza de fidelidad y la entrega a la conquista
de la tierra prometida. Los dos hijos de la parábola tienen que romper con los
últimos años de vida, en las relaciones con su padre y en sus mutuas relaciones,
para poder entrar en el futuro con la recobrada dignidad de hijos. La
reconciliación del cristiano con Dios mira al plazo de vida que le queda para
hacer el bien, y se proyecta sobre todo hacia la otra ribera de la vida. Y el
mensaje de reconciliación que Dios ha depositado en nuestras frágiles manos,
¿no es un mensaje que hemos de hacer eficaz ahora en el presente y en el futuro
que llama continuamente a nuestra puerta? Me reconcilio en el presente, pero los
efectos de la reconciliación tienen que prolongarse en el futuro; sin esta eficacia
en el futuro, reconciliarse no deja de ser una palabra tal vez bonita, pero hueca,
sin repercusiones eficientes, y por consiguiente una auténtica frustración.

Cristo, paz y reconciliación nuestra. Cristo es el mediador último y definitivo de


la reconciliación con Dios. En el bautismo de Jesús las aguas del Jordán son
purificadas, y el nuevo pueblo tiene la posibilidad de reconciliarse con el Padre.
La vida de Jesucristo, sobre todo su muerte y resurrección es el camino elegido
por el Padre para reconciliarnos con Él y con todos los redimidos. Sólo en Cristo
y por Cristo logramos sentir la fuerza salvadora de Dios, que nos quiere
reconciliar consigo. Cristo es la última palabra de reconciliación que el Padre
dirige al hombre y al mundo. Por eso, quien vive reconciliado con Dios en Cristo,
es una nueva creatura. Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo, como nos
recuerda san Pablo. El pasado no cuenta; lo que importa ahora es el futuro, en el
que llevar una vida reconciliada con Dios y con los hombres; en el que ser
verdaderos evangelizadores de la reconciliación.

SUGEREncias PASTORALES
El largo camino de la reconciliación. Reconciliarse es hermoso, pero puede llegar
a ser duro y difícil. Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper
esquemas hechos, dejar caminos trillados, abrir nuevas brechas, roturar nuevos
campos. En definitiva, salir de nuestra dulce comodidad y rutina, y lanzarnos a
vivir día tras día en la ruta nueva que Dios nos va trazando, ruta de donación y
amor desinteresados. Reconciliarse con Dios, reconciliarse con los demás,
implica estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejarlo
sin miramientos, por más que nos siga siendo atractivo. Para reconciliarse de
verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta acudir al sacramento de la
reconciliación, recibir el perdón de Dios y... ¡santas pascuas! Esto es sólo el
comienzo. Ahora sigue el trabajo diario y constante por arrancar del alma las
causas profundas, a veces muy ocultas, del distanciamiento, de la desavenencia y
de la lejanía de Dios, y cualquier signo de ellos en nuestra conducta. Ahora viene
la labor tenaz por conquistar nuestro corazón y nuestra vida para el amor, la
concordia, la avenencia y la armonía filiales para con Dios y fraternas para con
los hombres. Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está
necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú
primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

Una Iglesia reconciliada y reconciliadora. El Papa nos ha enseñado con su


ejemplo a no tener ningún reparo en pedir perdón. La Iglesia es santa, pero sus
hijos somos pecadores. Y los pecados de los hijos dejan huella en el rostro de la
Iglesia. Por eso, el sacerdote, en nombre de la Iglesia y como representante suya,
cada día en la santa misa la reconcilia con Dios. Por otra parte, la Iglesia, en
cuanto comunidad de los que creen en Cristo Señor, es muy consciente de las
divisiones y de los contrastes, de las diferencias y desarmonías doctrinales y
prácticas que bullen en su seno. Se han dado algunos pasos en el camino de la
reconciliación. Quedan muchos todavía. Hay que seguir avanzando en la
reconciliación entre diversas comunidades eclesiales, entre los miembros de una
misma comunidad eclesial, entre diversas órdenes, congregaciones o institutos
religiosos, entre diversas diócesis... Sólo una Iglesia reconciliada verticalmente
con Dios y horizontalmente con sus hermanos en la fe, podrá ser fermento de
reconciliación en la sociedad. ¿Vives reconciliado con Dios? ¿Es tu parroquia
una parroquia internamente reconciliada? ¿Eres agente de reconciliación en tu
familia y en el ambiente de trabajo?

Quinto domingo de CUARESMA 1 de abril del año 2001

Primera: Is 43, 16-21; segunda: Fil 3, 8-14 Evangelio: Jn 8, 1-11

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


Mirad, voy a hacer algo nuevo (Is 43, 19). La novedad es sin duda uno de los
puntos salientes de los textos litúrgicos de hoy. El profeta en lenguaje poético,
lleno de imágenes sorprendentes y audaces, evoca un nuevo éxodo y una nueva
liberación (primera lectura). La mujer adúltera, que trata el evangelio, descubre
en la actitud de Jesús una novedad nunca vista, que la libera y transforma. Pablo
de Tarso se confronta con la absoluta novedad del misterio de Cristo, y por eso
todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él (segunda
lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

La vieja novedad de Dios. Algo nuevo puede hacerlo quien tiene en sí la fuente
de la novedad. Un poeta tiene en sí la fuente de la poesía, y por eso puede en
cualquier momento ser poéticamente creativo. Un genio político puede
sorprendernos con su creatividad en cualquier momento de su vida. Un hombre
carismático del espíritu puede poner en juego su carisma, incluso cuando menos
se pudiera esperar. Esto que acontece con hombres extraordinariamente dotados,
ahonda sus raíces en Dios mismo, la novedad por excelencia y fuente de toda
novedad. En la historia de Israel la novedad divina no se ha agotado en el gran
acontecimiento del Éxodo. Siete siglos después del Éxodo egipcio Dios mueve
los hilos de la historia para crear una nueva situación y hacer volver a Jerusalén a
los desterrados en Babilonia (primera lectura). Para la pobre mujer sorprendida
en adulterio y condenada a la lapidación, debió ser una gozosa novedad la actitud
de Jesús para con ella: "¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo te condeno". No
menos novedosa debió de ser para los acusadores de la adúltera el
comportamiento de Jesús: "Quien de vosotros esté sin pecado, que tire la primera
piedra... Al oír esto se marcharon uno tras otro, comenzando por los más
viejos..." (Evangelio). ¿Quién es éste que se atreve a ponerse por encima de la ley
de Moisés? A nuestros oídos, finalmente, suena bastante conocido eso de "la
novedad cristiana". Pablo, que la ha experimentado hasta el fondo, la resume así:
conocer a Cristo (conocimiento que es fruto de la experiencia de fe),
experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su
muerte, alcanzar así la resurrección de entre los muertos (segunda lectura). Se
puede decir que la historia de la salvación se resume en la historia de las nuevas
intervenciones de Dios en vistas siempre de la salvación de los hombres.

La novedad divina no parte de cero. Es verdad que ninguna novedad religiosa,


política, social o económica parte de cero. Lo nuevo hunde sus raíces en lo
antiguo, sin destruirlo, pero asumiéndolo en modo creativo. Una novedad sin
raíces se seca y desaparece en poco tiempo. Lo nuevo para que sea fecundo tiene
su paternidad en la historia. Tampoco Dios, en las nuevas maravillas que va
realizando con el correr de los años y de los siglos, actúa desde cero. Si así fuera
no podríamos hablar de una historia de la salvación, sino de acciones puntuales
de Dios, desligadas unas de otras, intervenciones de un Dios francotirador que
actúa a impulsos, al margen de todo plan. Por eso Isaías ve en la nueva
intervención de Dios en favor de los desterrados de Israel en Babilonia no una
novedad absoluta, sino un nuevo éxodo, estableciendo así una pasarela entre el
pasado y el presente. Jesús con su comportamiento no liquida sin más la ley
mosaica, sino que se sitúa por encima de ella y la interpreta en su verdadero
sentido: "Vete y no vuelvas a pecar". Las acciones nuevas

SUGEREncias PASTORALES

Sin miedo a la novedad de Dios. El cristianismo desde sus mismos orígenes ha


experimentado una sana tensión entre el pasado y el futuro, entre lo nuevo y lo
viejo, entre la tradición y el progreso. Aquéllas formas de vida cristiana que
logren mantener ambos polos de la tensión serán auténticas. Aquellas otras que,
de tal manera acentúen uno de los polos que pierdan el equilibrio, caminan por
un sendero equivocado. No tengamos miedo en modo alguno a la tradición, pero
tampoco al progreso, a la novedad que Dios va creando en cada período de la
historia. La novedad, si es de Dios, trae consigo siempre una superación de lo ya
existente. La tradición, si es auténtica, da peso y solidez a las nuevas
aportaciones. El cristiano es "como un padre de familia que saca de su tesoro
cosas nuevas y viejas" (Mt 13, 52). Dos ejemplos de novedad en nuestro tiempo:
la inculturación, los movimientos eclesiales. Son, en efecto, fenómenos nuevos,
pero que "vienen de lejos". San Pablo es, en cierta manera, el primer campeón de
la inculturación del Evangelio en categorías y mentalidad helenísticas. No cabe
duda de que cada época histórica ha debido realizar esa misma labor, hasta
nuestros días. Una mayor conciencia del pluralismo cultural, hoy vigente, y el
desafío de iluminar con el Evangelio culturas ancestrales ajenas al cristianismo,
infunden al proceso actual de inculturación un nuevo rostro. Por otra parte, los
movimientos arraigan por igual en los orígenes del cristianismo. Los estudios
sociológicos del Nuevo Testamento han mostrado que sea Jesús de Nazaret, sean
los primeros cristianos fueron en gran parte predicadores itinerantes, al estilo de
los filósofos populares contemporáneos. En la espiritualidad de muchos
movimientos eclesiales se halla la intención de "volver a las fuentes", "volver a
los orígenes del cristianismo". Sí, sociológica y canónicamente los movimientos
eclesiales son algo nuevo en la Iglesia, pero su ascendencia no es de ayer. En la
entraña misma del cristianismo está presente la osadía de insertar los nuevos
esquejes en el viejo tronco.

La novedad siempre nueva. Las novedades humanas, como todas las cosas de
este mundo, tienen su ciclo vital desde el nacimiento a la muerte. Son novedad, y
dejarán de serlo. Por vía de extinción o de desgaste y decaimiento. La moda es
como el escaparate en que se presenta la fugacidad de las novedades humanas.
Pero hay una persona, Jesucristo, que lleva la novedad dentro de sí, que es
novedad siempre presente sin desaparecer en el pasado y sin perderse en el
futuro: Jesucristo, la novedad absoluta, "ayer, hoy y siempre". Vive, eternamente
joven, con la vida de quien definitivamente ha derrotado a la muerte. Vive,
infundiendo una pujante fuerza de novedad, en quienes le abren su corazón y
asimilan su estilo de vida. Verdaderamente Cristo es en todo momento de la
historia el Hombre Nuevo, que tiene el mismo mensaje eterno de Dios, pero
siempre nuevo y renovador del hombre. ¿Por qué a veces los cristianos somos o
nos creemos viejos? Sé siempre nuevo, siguiendo los pasos del Hombre Nuevo.

Domingo de RAMOS 8 de abril del año 2001

Primera: Is 50, 4-7; segunda: Fil 2, 6-11 Evangelio: Lc 22, 14 - 23, 52

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje
del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre golpes,
insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San
Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses (segunda lectura),
canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo". En
la narración de la pasión según san Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e
incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el
Padre y por ello confía al Padre su espíritu.

MENSAJE DOCTRINAL

Cristo, varón de dolores. El sufrimiento de Cristo puede medirse


cuantitativamente, y ya así es enorme. El valor supremo del dolor de Cristo
radica sobre todo en su cualidad. Cualidad que se basa sobre tres pilares: Jesús es
el hombre perfecto, que experimenta y vive el sufrimiento con perfección; Jesús
es el Hijo de Dios, y por tanto es Dios mismo quien sufre en Él; Jesús es el
redentor del mundo y del hombre, que asume el dolor inyectando en él la
potencia salvífica de Dios. Por eso, en la vida de Cristo, sobre todo en los
acontecimientos de su pasión y muerte, el dolor es una realidad histórica, pero
también mística, es solidaridad con el hombre, y a la vez juicio y justificación del
hombre pecador, o sea, misterio de salvación. El relato de la pasión según san
Lucas nos lleva como de la mano a la contemplación orante de Cristo en los
diversos episodios de este misterio de dolor: Contemplamos el dolor contenido,
discretamente manifestado, de Jesús en el Cenáculo ante la traición de Judas (Lc
22, 22) o frente a la discusión inoportuna de los discípulos sobre rangos y
primeros puestos (Lc 22, 24ss). Vemos el dolor intenso, extenuante y extremo en
Getsemaní, hasta el punto de derramar gotas de sangre a causa de la soledad, del
abandono de los hombres y de su mismo Padre, el peso del pecado del mundo.
Repasamos interiormente el dolor inefable del amor renegado por Pedro, el dolor
dignísimo del amor burlado por la soldadesca entre blasfemias y bajezas, el dolor
noble del inocente condenado por los jefes del pueblo y por el poder dominante,
el dolor sagrado y puro por la deshonra que le ha sido infligida al ser pospuesto a
un criminal, el dolor físico de los clavos traspasando sus manos y sus pies, y el
último dolor de la agonía. Cristo "varón de dolores y familiarizado con el
sufrimiento". Cristo que recoge en su cuerpo y en su alma, como en un cuenco,
todo dolor y toda pena.

Cristo no está solo en su dolor. Ya el Siervo de Yahvéh, figura de Cristo, tiene la


seguridad de que, en medio de sus dolores, "el Señor le ayuda" (primera lectura).
En Getsemaní el Padre le envía un ángel, no para librarle del dolor, sino para
confortarlo (cf. Lc 22,43). Camino del Calvario le acompaña un grupo de
mujeres, "que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él" (Lc 23, 27).
Crucificado a la derecha de Jesús está el buen ladrón, que reprende a su
compañero de crímenes y proclama la inocencia de Jesús: "Éste no ha hecho nada
malo". A lo largo de la pasión Jesús ha sentido sea el abandono del Padre sea su
íntima e inefable compañía y proximidad, y por eso puede exclamar antes de
expirar: "Padre, a tus manos confío mi espíritu". La glorificación del dolor de
Cristo –y la consiguiente solidaridad con él– la señala san Lucas después de su
muerte mediante la confesión del centurión: "verdaderamente este hombre era
justo", mediante el arrepentimiento de la multitud que "volvía a la ciudad
golpeándose el pecho" y sobre todo mediante el anuncio a las mujeres que han
acudido al sepulcro: "No está aquí. Ha resucitado". La segunda lectura subraya la
cercanía de Dios a Cristo obediente hasta la muerte con términos de exaltación:
"Le dio el nombre por encima de todo nombre". Ni Dios ni el hombre dejaron a
Cristo solo en el dolor. Esta afirmación es válida para todo hombre. El hombre, al
igual que Jesús, encontrará en los hombres la causa de su dolor, y en ellos hallará
también la presencia amiga y el consuelo solidario.

SUGEREncias PASTORALES

El dolor, un tesoro escondido. El hombre actual tiene miedo del dolor. Quisiera
eliminarlo, arrancarlo de la vida humana, e incluso de la vida animal. Parece
como si el dolor fuera solo mal, un mal abominable, un agujero negro en el gran
universo humano que devora todo lo que entra en su campo de acción. Parece
como si la gran batalla de la historia actual fuera contra el dolor en lugar de por
el hombre. Hay que reflexionar sobre esto, porque a veces resulta que logramos
destruir el dolor, pero de tal manera que destruimos también algo del hombre.
Los padres, para que sus hijos no sufran, no les niegan nada, les dejan hacer
todos sus caprichos, pero... ¿no están de esta manera perjudicándolos a largo
plazo? A los ancianos, a los enfermos terminales se les amortiguan los dolores
con medicinas que les hacen perder en gran parte la conciencia. ¿No se les hace
perder así libertad y nobleza de espíritu ante el dolor? No abogo por el
sufrimiento en sí, es necesario aliviarlo lo más posible, abogo por la asunción
humana del sufrimiento. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que
ante el fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un
escándalo de corrupción, prefieren acabar con la vida, a enfrentarse con el rostro
doloroso de la situación. ¿Por qué? No se conoce, no se ha descubierto el tesoro
escondido en el dolor. Para el hombre es un tesoro escondido de humanización.
Para el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de
valor redentor. Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del
sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del
sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las
pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con
amor.

Consuelo en el dolor. La medicina en nuestros días está descubriendo que la


presencia amiga junto al lecho del enfermo puede aliviar el dolor más que una
inyección de morfina. Hay una relación estrecha entre el alma y el cuerpo, y el
consuelo espiritual de una cercanía suaviza los más terribles sufrimientos. Las
obras de misericordia espirituales (instruir, consolar, confortar, sufrir con
paciencia...) y corporales (dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo
tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los
muertos...), son formas tradicionales de ayudar al hombre en su dolor. Son
formas que continúan siendo válidas e indispensables. Junto a ellas surgen y
surgirán nuevas formas según las necesidades de nuestro tiempo. Lo que importa
es tener conciencia de que como cristianos hemos de acompañar a los hombres
en su dolor, hemos de ser solidarios con sus penas, hemos de aliviar con nuestra
cercanía y nuestro conforto sus sufrimientos. ¿No es una buena forma de alivio el
enseñar a los que sufren a dar sentido y valor a sus sufrimientos?

Jueves SANTO 12 de abril del año 2001

Primera: Ex 12, 1-8.11-14; segunda: 1Cor 11, 23-26 Evangelio: Jn 13, 1-15

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

El Jueves santo es un canto a la liberación. En él celebramos la Pascua cristiana:


el paso liberador de Dios por la historia mediante la pasión, muerte y
resurrección de Jesucristo, conmemorada en la celebración de la Eucaristía
(segunda lectura). La Pascua cristiana revive y perfecciona otra pascua, otra
liberación, llevada a cabo por Dios mediante su siervo Moisés: la liberación de
los israelitas de la esclavitud egipcia (primera lectura). El texto evangélico nos
sitúa ante una liberación interior, la liberación de nuestro egoísmo para ser libres
y servir a nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.

MENSAJE DOCTRINAL

Liberación, palabra evangélica. La palabra liberación tiene su contrapartida en el


término esclavitud. Cuando un individuo, un grupo humano, una nación grita por
la liberación, quiere decir que sienten en carne propia el peso opresor de alguien
que los esclaviza. En la Biblia, que es revelación de Dios en la historia y por la
historia, no está ausente esta realidad y experiencia tan humana. Fijándonos en la
primera lectura, nos damos cuenta de que el rito de la Pascua, como lo celebraban
los antiguos israelitas, rememora un momento histórico dramático y estupendo.
Dramático, porque recuerda a todos la dura experiencia de la esclavitud en
Egipto; estupenda, porque, en virtud del poder de Yahvéh, han sido arrancados
de la esclavitud. El modo de comer el cordero: La cintura ceñida, los pies
calzados, bastón en mano y a toda prisa, señala la irrupción liberadora de Dios y
la colaboración humana con la extraordinaria e inesperada acción de Dios. Israel,
como pueblo, reconoce que Dios se ha acordado de su estado de oprimidos, y ha
intervenido eficazmente como liberador. La segunda lectura también trata de la
pascua, pero ahora ya no es la pascua judía, sino la pascua cristiana, como era
celebrada en la Iglesia apostólica. El bautizado es consciente de que ha pasado de
la esclavitud a la libertad, gracias a la Pascua de Cristo. Cada domingo, cuando
los cristianos se reunían para celebrar la Eucaristía, rememoraban y revivían,
como individuos y como Iglesia, el evangelio de la libertad, "la libertad con la
que Cristo nos ha liberado". Una liberación, no de una opresión física como en la
primera Pascua, sino de la opresión espiritual, que es el pecado y el imperio por
él instaurado. Por la Pascua de Cristo, el bautizado ha pasado del reino de las
tinieblas opresoras al reino de la luz liberadora. En el evangelio Jesús completa la
enseñanza sobre la liberación, indicándonos su finalidad: Liberados y libres para
poder servir al hombre. La liberación evangélica, para ser tal, estará destinada al
servicio, sobre todo de los más necesitados. Un servicio tras las huellas de Cristo,
que, ejerciendo la función de padre de familia, se hace siervo y se pone a lavar
los pies a sus discípulos, para que ellos aprendan a hacer lo mismo.

Bautismo y Eucaristía, sacramentos de libertad. Por el bautismo el hombre es


sumergido en la Pascua de Cristo, es decir, en el paso liberador de Cristo por su
existencia. Sólo el hombre liberado puede celebrar y participar en la Eucaristía,
sacramento de los hombres libres. Tal vez en el lavatorio de los pies de los
apóstoles (evangelio) haya una cierta nota bautismal. ¿No dice Jesús: El que se
ha bañado sólo necesita lavarse los pies, porque está completamente limpio; y
vosotros estáis limpios, aunque no todos? Limpios, libres de todo pecado, pueden
participar a la Pascua del Señor. San Pablo recoge en la segunda lectura las
palabras de Jesús: Haced esto en memoria mía. La Pascua de Cristo no es un
hecho del pasado, se revive en el presente, siempre que los cristianos se reúnen
para celebrar la Eucaristía. Es decir, para celebrar a Cristo que nos dice: "Te
ofrezco mi vida para liberar la tuya de todo lo que te impide ser libre. Te ofrezco
mi cuerpo y mi sangre como alimento para que no desfallezcas en tu lucha por la
libertad". El hombre ha buscado la liberación y la libertad por muchos caminos,
no pocos de ellos equivocados. Hoy como ayer el modelo cristiano se presenta
como camino verdadero de libertad.

SUGEREncias PASTORALES

La Eucaristía, o sea, la fiesta de la libertad. El catecismo de la Iglesia católica


enseña que la Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana y añade que
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua (CEC 1324). Me pregunto qué es ser cristiano. Y, entre otras muchas
respuestas, encuentro ésta: "Ser libre para amar a Dios y al prójimo". Me
pregunto quién es Cristo, todo el bien espiritual de la Iglesia. Y me viene en
seguida a la mente una respuesta muy conocida: El Redentor del hombre, el
liberador de la humanidad. La Eucaristía es pluridimensional: es sacrificio,
banquete pascual, memorial, acción de gracias... Junto a estas dimensiones
irrenunciables hay que situar ésta otra: fiesta de la libertad. Digámoslo con un
raciocinio lógico: Ser cristiano es ser libre, la Eucaristía es la fuente y cima del
ser cristiano, luego la Eucaristía es la fuente y cima de la libertad. Celebrar la
Eucaristía es celebrar la libertad cristiana, que por su misma naturaleza es
libertad integral. La libertad integral radica y se desarrolla en la libertad interior.
Es decir, libre del pecado, libre del ego, libre de cualquier condicionamiento
psíquico o moral. Ésta es la libertad que principalmente celebramos en la
Eucaristía. Pero no exclusivamente, porque la libertad tiene que hacerse visible,
encarnarse en hechos y realidades circunstanciales de la vida. Libres para ayudar
a una persona necesitada; libres para decir la verdad sin miedos, aunque con
prudencia; libres para hacer el bien aunque no te lo agradezcan; libres para dar
testimonio públicamente de la propia fe... ¿Acaso no ha sido la Eucaristía, para
tantas santas y santos, la fuente de esta gran libertad de espíritu? Cuando la
comunidad cristiana se reúne en torno a Cristo en la Eucaristía lo hace como
comunidad libre que quiere seguir creciendo en libertad.

La Eucaristía, fuerza de la libertad. Cuando en la santa misa recibimos la


Eucaristía nos alimentamos con Cristo mismo, fuente y modelo de la libertad
cristiana. Por eso, un cristiano que quiera llegar a ser verdaderamente libre siente
la necesidad de comulgar con frecuencia. La tentación de la esclavitud acecha
continuamente al hombre, a veces de modo muy seductor. La Eucaristía nos
ayuda a romper el encanto de la tentación, a reforzar nuestra decisión de seguir a
Cristo, el amante y el promotor de la libertad. ¡Absurdo el solo pensar que la
comunión es para beatas! ¡Cuánto daño hacen a los cristianos ciertas etiquetas!
Aquí encuentran también un motivo más las visitas eucarísticas. Cuando la
libertad individual, política, social, religiosa... está en peligro, ¿a qué puerta
llamar, sino a la puerta del sagrario donde Cristo nos está esperando para
infundirnos ánimo en nuestra tarea de hacer vencer a la libertad? En la educación
de las nuevas generaciones cristianas, creo que aprovecharía mucho el insistir
más en la eucaristía, y menos en modas pastorales, que hoy son y mañana no
parecen.

Viernes SANTO 13 de abril del año 2001

Primera: Is 52, 13 - 53, 12; segunda: Heb 4, 14-16 Evangelio: Jn 18, 1 - 19, 42

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


Solidaridad en el dolor. La figura del Siervo de Yahvéh carga sobre sí no sus
propios dolores, sino que "llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros
sufrimientos" (primera lectura). En la pasión de Jesucristo según san Juan el
evangelista subraya el amor solidario de Jesús para con los hombres: "Habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin". La
segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos, Jesucristo es visto como sumo
sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas, porque las ha
experimentado todas, excepto el pecado.

MENSAJE DOCTRINAL

El sufrimiento vicario. Es difícil para el hombre entender este concepto. En


nuestra experiencia sabemos que el dolor se vive en soledad. Incluso cuando
alguien nos acompaña y nos consuela en el dolor, la soledad no nos abandona,
forma parte integrante de nuestro dolor. A la vez la experiencia humana nos
enseña que hay en el corazón humano, sobre todo en el corazón de las personas
que se aman, un anhelo, tal vez indefinible pero realísimo, de ponerse en el lugar
del amado que sufre. Por ejemplo, una madre, un padre en lugar de su hijo
moribundo. Esta experiencia humana contrastante y complementaria nos prepara
en cierta manera para la comprensión del sufrimiento vicario de Cristo a lo largo
de su vida, pero de una manera explosiva en la pasión y en la muerte de cruz. En
Getsemaní, en el camino hacia el Calvario y en la cumbre del Gólgota, Jesús
sufre haciendo suyos nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestra agonía y
nuestra muerte. Sufre asumiendo nuestros pecados, todos y de todos sin
excepción, pecados que son la causa originaria y radical de todo el humano
sufrir. Es posible afirmar que la pasión de Cristo es nuestra pasión hecha suya. La
angustia de Getsemaní más que de Jesús es nuestra, y él se la apropia. Los
espasmos sobre la cruz en las horas de la agonía son nuestros, y él los soporta por
nosotros. Lo que en la figura del Siervo de Yahvéh es un simbolo del pueblo
judío (primera lectura), se hace cruda realidad en la carne y en el alma de
Jesucristo. El cristiano, por tanto, ha perdido el derecho de vivir en soledad el
propio sufrimiento. Cristo, varón de dolores, lo ha vivido primero por él y ahora
lo revive con él.

¿Quién sufre en Jesús de Nazaret? Sufre, ante todo, el hombre Jesús. Es su carne
la que suda sangre en Getsemaní, es su sangre la que se desliza por su cuerpo a
causa de los latigazos y de los clavos, es su sensibilidad la que se ve sacudida al
ser coronado de espinas, es su honor el que sufre al ser abofeteado, es su sentido
de la dignidad humana el que se ve profundamente afectado cuando en su agonía
es objeto de burla y de escarnio. Sufre también el sumo sacerdote Jesús. El sumo
sacerdote de la antigua alianza ponía los pecados del pueblo sobre un macho
cabrío, el día de la expiación. Cristo, sacerdote sumo de la nueva alianza, los
pone sobre sí, los lleva consigo a la cruz, los lava con su sangre, los destruye con
el fuego de su amor misericordioso (segunda lectura). Igualmente sufre Jesús en
cuanto Siervo de Yahvéh, que representa al nuevo pueblo de Israel, a la Iglesia de
Cristo. Todos los pecados de los cristianos están presentes en la pasión de Cristo.
Y todos ellos quedan originariamente perdonados por los méritos del
Crucificado. Sufre, finalmente, Jesús, el Hijo del Dios vivo. De aquí, y sólo de
aquí, proviene la posibilidad y la eficacia de su sufrimiento vicario, el valor
universal y salvífico de todo su sufrimiento. Hermano nuestro, en la naturaleza
humana, conoce nuestras flaquezas y puede compadecerse de nosotros. Hijo de
Dios, en su persona y naturaleza divinas, está capacitado para que su vida, y,
sobre todo su dolor, tengan un poder sobrehumano, infinito y absolutamente
eficaz por su origen, universal por su destino.

SUGEREncias PASTORALES

Gracias, Varón de dolores. Es justo, y honra a todo cristiano, –e incluso a todo


hombre– el dar gracias, este Viernes santo, al Crucificado, al Hijo de Dios, que se
ha hecho esclavo, no-hombre para que el hombre no se olvide de estar llamado a
ser plenamente hombre. Gracias, oh Crucificado, porque has querido sufrir por
nosotros hasta no parecer hombre y no tener aspecto humano; gracias, porque
elegiste ser abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento para que
sintiéramos tu presencia en los nuestros; gracias, oh Jesús, trono de misericordia
y de perdón, porque quisiste sufrir por nuestro bien y curarnos con tus llagas.
Gracias, oh Redentor, porque te entregaste a la muerte y compartiste la suerte de
los pecadores. Gracias porque sufriste el arresto de los hombres, para acompañar
a todos los arrestados de la historia, de nuestro tiempo, a veces, al igual que tú,
sin culpa alguna. Gracias, hermano del hombre, porque con tu mirada lavaste la
negación de Pedro y la de todos los que hoy continuamos sin razón alguna
renegando de ti. Gracias, oh Verdad sublime, porque en los supremos momentos,
como a lo largo de la vida, pusiste la verdad por encima incluso de la vida, como
lo han hecho, siguiendo tus pasos, tantos mártires del pasado y de nuestros días.
Gracias. Gracias, oh el más digno de entre los hombres, porque aceptaste la
ignominia de ser pospuesto a un criminal, como lo era Barrabás, Tú, el Inocente.
Gracias, oh el hombre más libre de la historia, porque no desdeñaste la muerte
del esclavo y convertiste el signo del oprobio en signo victorioso de gloria.
Gracias, oh Crucificado, porque con tu cruz has redimido al mundo.
El arte de sufrir. Sufrir es connatural a la condición humana, pero el arte de sufrir
se aprende, requiere de una lenta y constante educación. El Viernes santo es para
los cristianos, y para todo ser humano, una escuela excelsa del dolor. El Viernes
santo aprendemos a sufrir en silencio, con Jesús, como Jesús. El Viernes santo
Jesucristo nos da la gran lección de aceptar el sufrimiento y la cruz, aunque no se
sea culpable, en virtud de un motivo superior que es el amor a Dios y a los
hermanos. El Viernes santo se nos enseña –¡qué gran lección!– a perdonar al que
nos ha hecho mal, a orar por el que se burla de nosotros y es causa de nuestro
dolor. En la escuela del Viernes santo aprendemos a sufrir con paciencia y con
amor, aceptando los acontecimientos y las circunstancias, tal como Dios los ha
querido o los ha permitido para nuestro bien. El viacrucis del Viernes santo se
nos presenta como el viacrucis de la vida humana: en él se van entremezclando
amor y odio, golpes y consuelos, esbirros y verónicas, sumos sacerdotes y
cireneos, ultrajes y lágrimas, ladrón que blasfema y ladrón que se arrepiente, la
madre que le acompaña en su dolor y los discípulos que lo dejan en su soledad,
quienes se reparten sus vestidos y quienes compran lienzos y aromas para su
sepultura. Cristo acepta todo ello. Sufre, porque es mucho el peso físico y moral
cargado sobre su pobre cuerpo maltrecho. Sufre, porque hace sufrir a sus seres
queridos, a tantas personas que le aman de veras. Sufre, para que nosotros
sepamos sufrir con él y como él..

Vigilia PASCUAL 14 de abril del año 2001

Primera: Gen 22, 1-18; segunda: Rom 6, 3-11 Evangelio: Lc 24, 1-12

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Las numerosas lecturas de la Vigilia pascual hablan de la soberanía de Dios sobre


toda la creación y sobre la historia. Los diversos textos seleccionados del
Antiguo y del Nuevo Testamento nos permiten repasar la historia de la soberanía
de Dios. Él es el Señor de los astros del firmamento, de las aguas del mar y de los
animales que reptan por la tierra. Él es sobre todo el Señor de los hombres y de
su historia. El texto evangélico nos muestra la soberanía de Dios sobre la muerte,
mediante la resurrección de Jesucristo. El cristiano es un espejo de la soberanía
divina porque, por el bautismo, ha conresucitado con Cristo.

MENSAJE DOCTRINAL
La soberanía de Dios no tiene igual. En un tiempo como el nuestro que exalta la
igualdad, el concepto soberanía tal vez no sea familiar ni resulte agradable. Hace
pensar, no sé, en sistemas totalitarios, en actitudes de imposición de unos sobre
otros, en flagrantes injusticias por abuso de poder, en algo que desdice del
hombre. Es un hecho, sin embargo, que no puede existir un ordenamiento
jurídico (familiar, social, religioso, político) donde no exista y se reconozca una
jerarquía, una autoridad, una soberanía. En la mentalidad común, cuando
decimos el soberano solemos referirnos al rey, que ha encarnado históricamente
de modo representativo la soberanía. Hoy en día se suele hablar de soberanía
nacional, para indicar en las relaciones internacionales la independencia de una
nación respecto a otra. Cuando en el lenguaje espiritual y religioso nos referimos
a la soberanía de Dios, ¿qué es lo que queremos subrayar? Antes que nada,
tomando pie de las lecturas, el dominio de Dios sobre toda la obra de la creación,
salida de sus manos, gracias a la sobreabundancia de su amor. En segundo lugar,
la afirmación del gobierno de Dios sobre la historia, una historia en la que
paralelamente a los acontecimientos de la historia profana se desarrollan los
eventos de la historia de la salvación. En tercero y último lugar, el señorío de
Dios sobre la muerte y el más allá de la muerte, o sea, la eternidad. El dominio de
Dios no tiene igual, primeramente porque sólo Dios puede crear y tiene el poder
soberano sobre la creación. Luego, por su amplitud, ya que Dios domina sobre
todas las épocas y todos los pueblos, no menos que por su finalidad: el bien y la
salvación del hombre. No tiene igual, sobre todo, porque Dios ejerce su soberanía
en forma totalmente positiva. No es un soberano que subyuga, sino que libera.
No es un soberano que usa de su poder para imponerse con la fuerza, sino para
manifestar su amor de padre. No es un soberano que se deja sobornar, sino que
más bien hace justicia al tiempo oportuno. En la vigilia pascual, al repasar la
historia de la salvación que culmina en la resurrección de Jesucristo, lo que
hacemos es repasar la historia de la soberanía benevolente y amorosa de Dios
para con la humanidad.

Si Cristo no hubiese resucitado... Es un imposible, pero pienso que puede hacer


bien a nuestra fe y a nuestra vida cristiana situarnos por un momento en ella. San
Pablo se sitúa en esa posición. ¿Qué es lo que dice? 1) Si Cristo no ha resucitado,
vana es vuestra fe. Sí, porque el centro de nuestra fe es la persona y la vida de
Jesús de Nazaret. Si él es un difunto más de la historia, ni es Dios ni es el
Viviente, y entonces nuestra fe carece de sentido. 2) Si Cristo no ha resucitado,
somos falsos testigos de Dios. En efecto, ¿qué es lo que predicaban Pablo y todos
los Apóstoles? Que Dios ha resucitado a Jesucristo y lo ha constituido Señor de
vivos y muertos. 3) Si Cristo no ha resucitado, seguís hundidos en vuestros
pecados. Es decir, el bautismo ha sido un rito vacío, estéril. No habéis muerto
con Cristo, ni resucitado con Cristo. Si Cristo no ha resucitado, el pecado y el
demonio tienen la última palabra todavía. 4) Si Cristo no ha resucitado, somos
los más miserables de todos los hombres. Sí, porque se nos dio una esperanza,
convertida luego en trágica frustración. Al final, conviene concluir como san
Pablo: Pero no, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de
quienes duermen el sueño de la muerte (1Cor 15, 12-20).

SUGEREncias PASTORALES

Una esperanza que no decae. El hombre, por muy realista que sea, por muy
apegado que esté al presente, no puede dejar de mirar hacia adelante, de abrir el
alma a la esperanza, sea ésta únicamente terrena o esté abierta también a la
eternidad. La esperanza, por muy débil que sea, define al hombre en su ser más
profundo. El cristianismo da a esta esperanza humana, por un lado, la fuerza de
mantenerse en pie hasta el final, y, por otro, la apertura a una esperanza superior.
No decae nuestra esperanza en la soberanía providente de Dios sobre la creación
y sobre la historia. Nos puede parecer misteriosa, desconcertante, imprevisible,
esa soberanía providente, pero creemos que existe, confiamos en ella, da
seguridad a nuestro obrar, y, con el paso del tiempo la vamos entreviendo, hasta
quizá llegar a ser una evidencia. No decae nuestra esperanza en Cristo, Luz del
mundo. Esa luz que ha brillado con nuevo esplendor en la primera parte de la
vigilia pascual. Tal vez nos venga la tentación de que son muchas las tinieblas, y
muy densas. Pero sigue encendida la esperanza en Cristo Luz. Una luz que disipa
las tinieblas ante todo y sobre todo en el interior de las conciencias, y desde el
interior en las acciones de los hombres. No decae nuestra esperanza en la acción
purificadora y transformante del bautismo cristiano. ¿Cómo no bautizar a los
niños, desde sus primeros días o meses de vida, si mantenemos firme esta
esperanza? Esta esperanza en la eficacia del bautismo nos exige a los cristianos
vivir con madurez y coherencia purificados del pecado, en actitud de
transformación espiritual y moral bajo el impulso del Espíritu.

Testigos de la resurrección. En el evangelio se relata el testimonio que las


mujeres dieron de la resurrección y el testimonio que dieron los apóstoles. El
testimonio público y oficial le corresponde a la jerarquía de la Iglesia; pero existe
un testimonio privado, doméstico por así decir, que corresponde a todos los
miembros del pueblo de Dios. Los obispos, los sacerdotes, los diáconos deben ser
testigos de la resurrección. Ciertamente, mediante la proclamación de este
grandísimo misterio, proclamación que hacen en nombre de Cristo y no a título
personal. Para que esa proclamación sea convincente, han de hacerla creíble con
su propia vida, en cuanto que la han experimentado y la viven, y la gente lo
advierte. Testigos privilegiados de la resurrección -como de toda la fe cristiana-
son los padres de familia. Creyendo ellos en la resurrección de Cristo, viviendo
con rostros y obras de resucitados, harán creíble este misterio a sus hijos.
Testigos importantes son también los y las catequistas. Si la catequesis no es sólo
nocional sino sobre todo vital, el catequista debe juntar en sí al maestro y al
testigo. ¿Son los catequistas, todos, maestros y testigos de la resurrección? La
diócesis debe prestar sumo cuidado a la selección y formación de los catequistas.
Se beneficiará toda la Iglesia.

Domingo de RESURRECCIÓN 15 de abril del año 2001

Primera: Hech 10, 34.37-43; segunda: 1Cor 5, 6-8 Evangelio: Jn 20, 1-9

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Cristo resucitado, éste es el mensaje central de la liturgia de Pascua. Ante todo,


Jesucristo resucitado, como objeto de fe, ante la evidencia del sepulcro vacío:
"vio y creyó" (evangelio). Cristo resucitado, objeto de proclamación y de
testimonio ante el pueblo: "A Él, a quien mataron colgándolo de un madero, Dios
lo resucitó al tercer día" (primera lectura). Cristo resucitado, objeto de
transformación, levadura nueva y ácimos de sinceridad y de verdad: "Sed masa
nueva, como panes pascuales que sois, pues Cristo, que es nuestro cordero
pascual, ha sido ya inmolado" (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Cristo resucitado, objeto de fe. El sepulcro, aunque esté vacío, no demuestra que
Cristo ha resucitado. María Magdalena fue al sepulcro y llegó a la siguiente
conclusión: "Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han
puesto". Pedro entró en el sepulcro y comprobó que "las vendas de lino, y el paño
que habían colocado sobre su cabeza estaban allí". Ni María ni Pedro creyeron, al
ver el sepulcro vacío, que Jesucristo había resucitado. Sólo Juan, "vio y creyó",
porque el sepulcro vacío le llevó a entender la Escritura, según la cual Jesús tenía
que resucitar de entre los muertos (evangelio). "Esto supone, nos enseña el
catecismo 640, que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del
cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana". El conocimiento que, hasta
entonces, Juan tenía de la Escritura era nocional, por eso afectaba solamente sus
ideas; ahora, al entrar en el sepulcro vacío, ver las vendas y el sudario, el
conocimiento de la Escritura se convierte en experiencial y vital. Todavía Cristo
resucitado no se le ha aparecido, pero ya lo ha "visto", porque la Palabra de Dios
es verdadera; las apariciones de Cristo a los discípulos no harán, sino confirmar
la fe en la resurrección.

Cristo resucitado, objeto de proclamación. Cuando el hombre vive una


experiencia profunda, no la puede callar, por más que sea consciente de que sus
palabras no lograrán nunca expresar la intensidad, viveza y plenitud de la
experiencia. La experiencia de Cristo resucitado fue tan marcada en el alma de
los apóstoles y discípulos, que necesariamente tenían que hablar de ella, a
quienes no la habían tenido. Bueno, no sólo hablar de ella, sino también
testimoniarla, es decir, proclamar su verdad, incluso, llegado el caso, con el
sufrimiento y con la vida. Callar esa experiencia, hubiese sido una muestra de
egoísmo imperdonable. Por eso, los cristianos, durante los primeros años, y como
primer anuncio, eran monotemáticos. Lo único que decían era que "Cristo fue
matado por los judíos, pero que Dios lo resucitó de entre los muertos". Todo lo
demás gira en torno a este grande mensaje. No proclaman ideas, por muy bellas
que puedan ser, sino acontecimientos vividos en primera persona. Esta
experiencia de Cristo resucitado no fue pasajera, sino que llegó a incorporarse,
por así decir, a su misma existencia en este mundo, y por este motivo, nunca
cesaron de proclamar con sus labios y con su vida la resurrección de Jesucristo.

Cristo resucitado, objeto de transformación. Hay una relación estrechísima entre


resurrección de Jesucristo y transformación del hombre. Cristo, hombre perfecto,
es el primero transformado al ser resucitado por Dios, llegando a ser un hombre
totalmente penetrado por el Espíritu. San Pablo nos habla de la transformación
ética, que comporta la experiencia de Cristo resucitado, una transformación que
toca las raíces mismas del hombre: la sinceridad y la verdad. A su vez, el hombre
transformado por Cristo resucitado, es capaz de transformar a otros, como la
levadura es capaz de hacer fermentar toda la masa. Esta transformación ética y
misionera se fundamenta en la transformación interior, operada por el Espíritu de
Cristo, que hace de todo el que ha experimentado a Cristo resucitado un hombre
enteramente espiritual, impregnado del Espíritu.

SUGEREncias PASTORALES

Experimentar a Cristo resucitado. La experiencia se hace o no se hace, se tiene o


no se tiene. No puedes mandar un representante para que haga la experiencia por
ti. El cristianismo es una fe, pero penetrada por una experiencia vital, a fin de que
la fe no decaiga. La experiencia viva de Cristo resucitado la puede hacer
cualquier cristiano. Puesto que es un don que Dios concede, lo primero que habrá
que hacer es pedirla. ¡Qué mejor día que el domingo de Pascua para pedir al
Señor la gracia de esta experiencia! El cristiano puede disponerse a recibir el don
de esta experiencia, mediante el desarrollo de una sensibilidad espiritual
creciente. Al contacto con Dios, el hombre va gustando a Dios y las cosas de
Dios, va adquiriendo una mayor capacidad de escucha y de docilidad al Espíritu,
va sintonizando más con la fe de la Iglesia. Esto constituye el terreno cultivado
para que en él pueda nacer y florecer la experiencia de Cristo resucitado. Todos
sin excepción estamos llamados a hacer esta experiencia. No pensemos que es
sólo para unos cuantos místicos, que tienen una cierta propensión a estos estados
del alma. Es importante, para todo cristiano, el hacerla, porque, quien la haya
hecho, no podrá seguir viviendo de la misma manera, incluso si ya se llevaba una
vida cristiana buena. Esa experiencia viva e intensa toca y cambia la mentalidad,
las costumbres, el estilo de vida, el modo de relacionarse con los demás, los
criterios de acción, las mismas obras, hasta el mismo carácter. Si has hecho ya
esta experiencia de Cristo resucitado, creo que estarás de acuerdo conmigo en
que con ella nos vienen todos los bienes. Si todavía no la has hecho, pide al
Señor que te conceda hacerla cuanto antes. ¡Ojalá sea el don que Dios te concede
esta Pascua!

La resurrección de Jesucristo y la ética cristiana.¿Existe una ética cristiana?


Digamos, al menos, que existe un modo cristiano de vivir la ética. Existe sobre
todo un fundamento de la ética cristiana, que es la persona de Jesucristo,
principalmente el misterio de su resurrección. Una ética que no esté fundada en la
persona y en el mensaje de Jesucristo, no podrá recibir el nombre de cristiana. Y
cuando hablo de ética cristiana, no me refiero ni sólo ni principalmente a los
profesores de ética en las universidades, en los institutos o en los seminarios, sino
al comportamiento cristiano en su trabajo, ante los medios de comunicación, en
el ámbito de la familia, ante los impuestos, ante el pluralismo religioso, etcétera.
Cristo resucitado nos ha hecho partícipes de su vida divina mediante el bautismo
y la gracia santificante, y desea continuar repitiendo en nosotros su presencia
ejemplar en la historia. Vivamos la experiencia de Cristo resucitado, y estemos
seguros de vivir siempre un comportamiento ético digno del hombre. Entonces
realmente la resurrección de Jesucristo será el centro de nuestra vida y de nuestra
fe.

Segundo Domingo de PASCUA 22 de abril del año 2001

Primera: Hech 5, 12-16; segunda: Ap 1, 9-11.12-13.17-19 Evangelio: Jn 20, 19-


31

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


"Cristo, el Viviente". Así lo "ve" el visionario de Patmos, así se presenta a los
discípulos encerrados en una casa por miedo a los judíos, así lo experimentan los
primeros cristianos de Jerusalén. "Yo soy el que vive; estuve muerto, pero ahora
vivo para siempre" dice la figura humana a san Juan en una visión (segunda
lectura). El Viviente se aparece a los discípulos atemorizados para infundirles
paz, encomendarles la misión y otorgarles el Espíritu (Evangelio). El Viviente
continúa operando signos y prodigios en medio del pueblo por medio de los
apóstoles (primera lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

El Viviente sorprende a todos. Si hay algo que los discípulos no esperaban es que
Jesucristo, resucitando, volviese a la vida y se les apareciese sin perder su
identidad con el Crucificado. Los evangelios ponen de relieve esa impresionante
sorpresa, que llegó hasta la temeridad de pedir pruebas, como lo hizo Tomás.
Sorprende a las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, sorprende
a los dos discípulos en camino hacia Emaús, soprende a los discípulos reunidos
en una casa. ¡Cuántas sorpresas juntas en ese día primero después del sábado!
¿Por qué les sorprende, si creían en la resurrección de los muertos? ¿Por qué les
sorprende si habían visto a Lázaro, el hermano de Marta y María, ser resucitado
por Jesús? ¿Por qué les sorprende, si Jesús se lo había predicho en varias
ocasiones durante su ministerio público? Les sorprende porque lo que
contemplan sus ojos es algo inaudito. Ellos, como buenos judíos, educados por
los escribas y fariseos, creían en la resurrección de los muertos, pero... no en el
tiempo, sino al final de los tiempos. Les sorprende porque la resurrección
histórica de Jesús es caso único y es absolutamente diferente a la de Lázaro, a la
de la hija de Jairo o a la del hijo de la viuda de Naín. Jesús está vivo, pero su vida
ya no es totalmente igual a la nuestra, es una vida diferente, nueva, superior. Les
sorprende porque una cosa es escuchar, entender, y otra diversa experimentar: los
discípulos no escuchan que Jesús va a resucitar al tercer día, lo ven y lo oyen
resucitado, lo experimentan como el vencedor de la muerte, que vive para
siempre. ¡Dichoso el hombre a quien Jesucristo vivo le sorprenda de modo
permanente!

Los dones del Viviente. ¿Qué es lo que el Viviente regala a los suyos? 1) Les
regala la paz, su paz. La necesitaban, porque estaban encogidos por el miedo. La
necesitaban, para aquietar su mente y su corazón en el presente y de cara al
porvenir. A todos los presentes les da la paz, no sólo a unos pocos privilegiados.
Una paz que de ahora en adelante nadie les quitará, ni siquiera las tribulaciones o
la muerte. 2) Les da su misma misión: Como el Padre me envió a mí, así os envío
yo a vosotros. Durante tres años han ido captando la misión de Jesús y el modo
de realizarla. Ahora Jesús les lanza a continuar su obra en Judea, en Samaría y
hasta los confines del mundo. 3) Les da al Espíritu Santo, para que realicen con
valentía y libertad interior su misión. Inseparable de la misión de Jesucristo,
continuará siendo inseparable de la misión de los apóstoles. Él hará fecundo su
trabajo apostólico, y en un siglo habrán conquistado las plazas más grandes del
mundo entonces conocido. 4) Les da su poder de perdonar los pecados. Puesto
que sólo Dios puede perdonar los pecados, los perdonarán únicamente en nombre
de Jesucristo y en virtud del poder de Dios. Este perdón es algo de lo que todo
hombre siente necesidad, porque, si es sincero, se encontrará culpable. 5) Les da
su amor condescendiente, como sucede con Tomás, con tal de afianzar su fe:
"Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi
costado. Y no seas incrédulo, sino creyente" (evangelio). Esta comprensión que
el Viviente tiene de nuestras miserias es maravillosa. 6) Les da el poder de
edificar la Iglesia mediante la predicación y la oración, mediante la realización de
numerosos signos y prodigios, sobre todo de curaciones en nombre de Jesús
(primera lectura).

SUGEREncias PASTORALES

El clamor cristiano en favor de la vida. ¿Cuántos mueren diariamente en tu


nación, en el mundo, de muerte violenta: en guerras o guerrillas, en las cárceles,
en los hogares, en los hospitales, en las calles urbanas, en las autopistas?
Jesucristo, el Viviente, ha venido para que el hombre tenga vida. Y Dios es el
único Señor de la muerte y de la vida. ¿Por qué hay tantos hombres y mujeres
que se creen señores de la vida, y la dan y la quitan según sus propios intereses?
El clamor del cristiano en favor de la vida debe elevarse primeramente hacia el
cielo, hacia Jesucristo vivo, para que abra las mentes y corazones de los hombres
al valor de toda vida desde la concepción hasta la muerte, y para que conceda a la
humanidad la conciencia clara y firme de ser administradores, no señores, de la
vida. El clamor del cristiano en favor de la vida se dirigirá también a las
instituciones estatales y públicas para que defiendan con vigor y con constancia
todas las formas de vida humana, para que protejan la vida de los ciudadanos,
sobre todo de los inocentes y de los indefensos, para que promuevan de modo
responsable el amor a la vida. El clamor del cristiano en favor de la vida resonará
dentro de su corazón, para que, a pesar de tanta violencia y tanto asesinato, nunca
decaiga ante sus ojos el origen divino de la vida, el valor primordial de la
existencia, la dignidad de toda vida humana. El cristiano clama en favor de la
vida; sí, de la vida terrena en su preciosidad y en su contingencia; además, y
sobre todo, por la vida de gracia, es decir, la presencia de Cristo viviente en el
alma, y por la vida eterna, o sea, la victoria sobre la muerte y la experiencia
inefable de una vida nueva, en eterna intimidad con Dios y con todos los
bienaventurados.

No pasar por la vida, sino vivirla. La vida es una tarea para hombres
responsables. Dios no nos la dio para pasar por ella, como se pasa por una feria o
por un parque de atracciones. Se llega, se ve, se disfruta, y se va... Dios nos la dio
para vivirla conforme a nuestra dignidad humana y cristiana. Dios no nos dio la
vida para pasarla bien, sino para pasar, como Jesucristo, haciendo el bien; no para
pasear, como un turista, sino para construir un mundo mejor y más cristiano; no
para pisar a todo el que se pone en nuestro camino, sino para amar a todos,
especialmente a los más necesitados. Esto de vivir la vida vale sobre todo para
los jóvenes, que la miran de frente y la tienen casi completa todavía por delante.
¡Es una pena, que siendo tan bella, la pierdan o la malgasten! Vale igualmente
para los ya entrados en la edad madura o en la misma ancianidad, porque cada
día de vida es una gracia, es una tarea, es una meta que conquistar. Dichoso quien
sabe apurar la vida hasta el final, amando gozosamente a Dios y a los hombres.
¿Hay mejor manera de vivir esta vida? ¿Hay mejor manera de prepararse para la
vida que nos espera? Que Cristo Viviente sea la antorcha encendida que guíe
nuestros pasos por la vida, para realmente vivirla.

Tercer Domingo de PASCUA 29 de abril del año 2001

Primera: Hech 5, 27-32.40-41; segunda: Ap 5, 11-14 Evangelio: Jn 21, 1-19

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Después de la resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de


la misión. El número ciento cincuenta y tres de peces pescados milagrosamente
simboliza el carácter pleno y universal de la misión de los discípulos y de la
Iglesia. A Pedro, Cristo resucitado le dice por tres veces cuál ha de ser su misión:
"Apacienta mis ovejas" (evangelio). Después de Pentecostés los discípulos
comenzaron a poner en práctica la misión que habían recibido, predicando la
Buena Nueva de Jesucristo (primera lectura). Forma parte de la misión el que los
hombres no sólo conozcan a Cristo, sino que también lo adoren como a Dios y
Señor (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL
La misión de la Iglesia. Cada evangelista, a su manera, muestra, como parte
fundamental del mensaje de Jesús, la misión universal de la Iglesia. San Juan en
el evangelio de hoy recurre, siguiendo su estilo propio, a los símbolos. El mar
como imagen del mundo, del conjunto de los hombres, era común en tiempos de
Jesús y del evangelista; era igualmente común, al menos entre griegos y romanos,
la imagen de la nave, v.g. la nave del estado. Los primeros cristianos, basándose
en algunos textos del Nuevo Testamento (Lc 5,3; Mt 8, 23; Mc 1,17; Jn 21, 1-
14), hablaron de la nave de la Iglesia. Hay otro símbolo que es exclusivo de Juan.
Me refiero al número de peces recogidos: 153. Es conocido que, en la cultura
contemporánea de Jesús, el símbolo numérico tenía un gran valor y era usado con
no poca frecuencia. Ciento cincuenta y tres indica plenitud y totalidad. Se suele
explicar de dos modos: 1 + 3 + 5 es igual a 9, que siendo múltiplo de 3 subraya la
plenitud en grado sumo. Otro modo de explicar el valor pleno y total de este
número es el siguiente: el múltiplo de 12 es 144; si a 144 sumamos 9 obtenemos
153. Es una manera de acentuar todavía más la totalidad. En resumen, la misión
de la Iglesia, en el mar del mundo, no es otra sino la de ser pescadores de todos
los hombres sin excepción y llevarlos al puerto seguro de la fe y de la eternidad.
A esta imagen de la nave y de la pesca, sigue a continuación otra: la del pastor y
las ovejas. Jesucristo, Buen Pastor, encomienda a Pedro: "Apacienta mis ovejas".
Ezequiel había hablado del Dios como Pastor de Israel; ahora Jesús recurre a la
misma imagen para hablar de sí mismo como Pastor de la Iglesia, y da a Pedro su
misma misión. Buen Pastor es aquél que cuida, ama, protege, apacienta a sus
ovejas, y las defiende de los lobos hasta dar la vida por ellas. La misión de Pedro
y de los pastores en la Iglesia es lograr que todas las ovejas alcancen la salvación
de Dios.

Dos formas de realizar la misión. En los Hechos de los Apóstoles (primera


lectura) se realiza la misión mediante la predicación. Los apóstoles han predicado
a Jesucristo, sobre todo el grande misterio de su muerte y resurrección, y las
redes comienzan a llenarse de peces. Es tal la eficacia de la predicación, que las
autoridades judías se asustan y meten a los apóstoles en la cárcel. "Pero Pedro y
los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres".
Quien ha recibido la misma misión de Jesucristo, ¿podrá renunciar a ella? ¿podrá
igualarla a cualquier otra misión en la vida? A los apóstoles les parece imposible,
y no tienen miedo a pagar cualquier precio por realizar su misión. La segunda
forma de llevar a cabo la misión es el culto, particularmente la actitud de
adoración hacia Jesucristo, el Cordero degollado. "Digno es el Cordero
degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la
gloria y la alabanza" (segunda lectura). Para que la misión de los apóstoles se
realice plenamente, la predicación tiene que desembocar en el culto. Conocer que
Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, sin llegar a adorarle como nuestro
Dios y Señor, es dejar incompleta la misión. Separar estas dos realidades o
descuidar excesivamente una de ellas, equivaldría a una especie de monofisismo
apostólico y pastoral.

SUGEREncias PASTORALES

La misión en la aldea global. El mundo ha llegado a ser en nuestros días una


aldea global. Para los medios de la información, de las finanzas, de las ideas no
existen fronteras. Una ceremonia pontificia puede verse simultáneamente en
cualquier rincón de la tierra donde exista un televisor, y, gracias a internet,
puedes entablar un chat sobre cualquier tema con hombres y mujeres a miles de
kilómetros de distancia de tu habitación. Los cristianos, mediante todos estos
instrumentos, entran en contacto con personas que tienen otra visión de la vida,
que viven según otros modelos de existencia, que practican otra religión y
aceptan otras creencias. Este fenómeno puede suscitar cierto estado de crisis en
los cristianos, puede incluso hacerles caer en un cierto relativismo religioso, pero
puede ser por igual una estupenda ocasión para poner en práctica, en grandísima
escala y con los medios más avanzados, la misión universal de la Iglesia.
¿Cuándo ha tenido la Iglesia más medios para predicar a Cristo desde los tejados,
con sus numerosísimas antenas? Estamos quizá ante el reto histórico más
imponente en la obra misionera universal de la Iglesia. Esta gran misión
universal no la llevan a cabo unos pocos misioneros en tierras no evangelizadas;
la puede llevar cualquier cristiano, tú mismo la puedes llevar adelante, desde tu
casa o desde tu despacho. Se ve claro que la misión universal de la Iglesia
requiere que cada cristiano sea un hombre convencido de su fe, y esté preparado
para dar razón de ella a quien se lo pida: en la calle, en la oficina, o en internet.

El culto de adoración. Pienso que en estos últimos decenios el culto de adoración


ha disminuido entre los fieles. Puede ser que se ha insistido mucho en la
asamblea litúrgica, y menos en la Persona en torno a la cual la asamblea se reúne.
O se ha subrayado mucho el carácter festivo de los sacramentos, y menos el
carácter cúltico. Tal vez también se ha puesto el acento en Jesucristo amigo,
maestro, modelo en cuanto hombre igual que nosotros, y se ha dejado un poco en
el silencio la figura de Jesucristo, como nuestro Dios y Señor. Estas u otras
razones han hecho bajar el sentido cristiano de la adoración. El inicio del tercer
milenio, centrado en el misterio de la encarnación del Verbo, es una ocasión
magnífica para renovar y recuperar el espíritu de adoración, debida a Jesucristo.
Nos dice el catecismo: "Por la profundización de la fe en la presencia real de
Cristo en su Eucaristía, la iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración
silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas" (CEC 1379). ¿No
habrá que avivar y reavivar la conciencia de esta presencia de Jesucristo Dios en
la Eucaristia? El mismo catecismo añade en el no. 2145: "La predicación y la
catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de
Nuestro Señor Jesucristo". ¡Un momento de reflexión y examen para los
catequistas y predicadores! El mundo, para renovarse, tiene necesidad de una
Iglesia más adorante.

Cuarto Domingo de PASCUA 6 de mayo del año 2001

Primera: Hech 13, 14.43-52; segunda: Ap 7, 9.14-17 Evangelio: Jn 10, 27-30

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

¡El Buen Pastor! Éste es el símbolo de Jesucristo que la liturgia de hoy resalta. Es
el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (evangelio). Es el
Buen Pastor que a todos quiere salvar, tanto a las ovejas judías como a las
paganas, y a todos ofrece su vida (primera lectura). Es el Buen Pastor, que
apacienta a sus ovejas no sólo en esta tierra, sino también en el cielo,
conduciéndolas a las fuentes de aguas vivas (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Las mirabilia del Buen Pastor. En la historia de Israel se habla mucho de las
mirabilia Dei, de los grandes portentos que Dios hizo en favor de su pueblo. Es
legítimo hablar también de las mirabilia Boni Pastoris. Veamos algunas que nos
señalan los textos litúrgicos.

1) Yo conozco a mis ovejas. El carácter comunitario y social de la fe, no


disminuye para nada el carácter personal de la relación del Buen Pastor con cada
una de sus ovejas. Porque el conocer, en la lengua hebrea, implica además el
amar, el desear el bien de la persona, el sentir afecto por ella. Es decir, sólo se
puede llegar a conocer a una persona en el ámbito de la relación íntima y
personal. Cuando el hombre es conocido de esa manera por Jesucristo, en virtud
del carácter recíproco de toda relación personal, entra también en el mundo de la
intimidad de Jesucristo, le escucha con atención y le sigue con fidelidad, alegría
y agradecimiento. En el evangelio de san Juan, por otra parte, el conocer casi se
identifica con el creer. Jesucristo tiene confianza, se fía de sus ovejas, porque las
ama y se siente amado por ellas. Y, sobre todo, las ovejas confían en Cristo, y le
confiesan como su Salvador y Señor.
2) Yo les doy vida eterna. El don más grande que Dios nos ha concedido es el de
la vida. Pero esta vida dura unos años y luego... ¿reinará la muerte sobre el
hombre? ¿volverá a la nada de la que Dios lo sacó al crearle? Es una pregunta
que encuentra respuesta en Cristo resucitado. Él es el Señor de la vida, el
Viviente. Siendo Señor de la vida, puede disponer de ella y darla a los que ama y
confían en Él. Cristo nos hace partícipes de su misma vida, la que no está
sometida al dominio de la muerte, la vida eterna. En el Apocalipsis leemos: "El
Cordero (Cristo muerto y resucitado) que está en medio del trono los apacentará
y los conducirá a fuentes de aguas vivas". La vida eterna es la misma vida de
Cristo, que ya está presente en nosotros por el bautismo y por la gracia, y que
adquirirá forma plena en el más allá de la existencia terrena. Como la vida
terrena es un don precioso del Padre, la vida eterna es un don estupendo de Cristo
resucitado.

3) Nadie puede arrebatármelas. Ningún poder, humano, angélico, diabólico, está


por encima del poder de Cristo resucitado. Un poder que Cristo ha recibido del
Padre omnipotente. Querer arrebatar a Jesucristo sus ovejas, equivaldría a
arrebatárselas a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. ¡Algo absurdo! Los
hombres pueden cortar el hilo de esta vida, pero no pueden arrancar de las manos
del Padre el disponer de la vida eterna. Los ángeles, como nos enseña el
catecismo, están al servicio de Dios: "Con todo su ser, los ángeles son servidores
y mensajeros de Dios" (CEC 329) y del hombre: "Desde la infancia a la muerte,
la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión" (CEC 336). El
demonio, finalmente, aunque sea una criatura poderosa, por el hecho de ser
espíritu puro, no puede impedir la edificación del Reino de Dios, no puede
arrebatar de las manos de Cristo a sus ovejas, porque "el poder de Satán no es
infinito" (CEC 395). Sólo y únicamente el hombre en su libertad puede escaparse
del rebaño de Cristo y sustraerse de las manos bondadosas del Padre. El texto de
los Hechos de los Apóstoles da fe de ello: "Los judíos se pusieron a rebatir con
insultos las palabras de Pablo". ¡Qué poder tan tremendo el de la libertad, que
puede hacer inútiles las mirabilia del Buen Pastor!

SUGEREncias PASTORALES

¡No tengáis miedo al Buen Pastor! El misterio de Cristo sobrepasa la mente


humana. Por este motivo, el Nuevo Testamento recurre a tantas figuras y
símbolos para expresar algo de su infinita riqueza. Se nos habla de Cristo maestro
y profeta, Dios y Señor, luz y vida, alfa y omega, Salvador y Enmanuel, y así
otros muchos. Uno de los más dulces nombres de Cristo es el de Buen Pastor. Es
un nombre que gusta mucho a los niños, y que de ninguna manera desagrada a
los adultos, porque la alegoría del Buen Pastor en el evangelio de san Juan es el
equivalente de la parábola del hijo pródigo en el evangelio de san Lucas. ¿Quién
hay que pueda tener miedo de Cristo, Buen Pastor, si lo único que busca y por lo
que se desvive es por nuestro mayor bien? Es verdad que algunas verdades de
nuestra fe pueden parecernos difíciles, pero no tengas miedo a las dificultades, el
Buen Pastor te ayudará a entenderlas un poquito más, a aceptarlas con amor y
alegría, como un regalo magnífico, y sobre todo a vivirlas con pasión y entrega.
Puede ser que algunas enseñanzas morales del cristianismo sean costosas, duras,
contra corriente, pero el mismo Buen Pastor, que te alimenta con estas verdades,
te dará la fuerza para asimilarlas y llevarlas a la práctica en tu vida cotidiana.
Puede ser que alguna vez te extravíes o desfallezcas en el camino de la vida, pero
no tengas miedo en volver a Cristo, que él te pondrá sobre sus hombros y será
feliz de haberte recuperado. ¡No tengas miedo! El Buen Pastor está dispuesto a
todo, a todo, por amor a ti, por tu bien.

¡El martirio posible: don y libertad! La vocación cristiana por fuerza propia lleva
ínsita en sí la vocación al martirio. Es por tanto, una posibilidad, a veces muy real
y hasta cercana, para todo cristiano, allí donde esté. Y no pensemos que los
mártires son posibles sólo en América hispana, Asia, África y Europa del Este.
Cada año no son pocos los que han confesado su fe con el martirio en diversos
continentes. En el mundo hay muchos que mueren violentamente, pero no son
mártires; esto es un don de Cristo crucificado y exaltado a la derecha de Dios. Si
el Crucificado no nos atrae hacia el martirio, no nos otorga esta semejanza
suprema a Él, ni siquiera tendremos la posibilidad de ser mártires. Al don divino
se añade la libertad humana, porque el martirio es un acto de soberana libertad.
Nadie es coaccionado a morir mártir. Se llega a ser mártir, sólo si se es libre y se
ama de veras. Existe el martirio cruento, posible para todos, efectivo sólo en
algunos. Y existe el martirio incruento, posible y efectivo para todos: el martirio
del deber cumplido, de la coherencia entre la fe y la vida, del testimonio
constante, de vivir siempre en la verdad, de amar a los enemigos (políticos,
ideológicos, religiosos, parroquiales...). Cualquiera que sea tu martirio, bebe el
cáliz por Cristo y con Cristo.

Domingo V de PASCUA 13 de mayo del año 2001

Primera: Hch 14, 21-27; segunda: Ap 21, 1-5 Evangelio: Jn 13, 31-33.34-35

NEXO entre las LECTURASLa Iglesia nace de la Pascua. En este domingo los
textos litúrgicos pueden concentrarse en torno al tema de la Iglesia. Ante todo, en
el evangelio se nos ofrece la caridad como sustancia de la Iglesia: "En eso
conocerán que sois mis discípulos". Esta Iglesia, amor y comunión, se realiza
históricamente en las perqueñas comunidades de los orígenes cristianos, por
ejemplo, en las comunidades fundadas por Pablo y Bernabé durante su primer
viaje misionero (primera lectura). Esta Iglesia histórica es reflejo, a la vez que
impulso, hacia la Iglesia eterna, morada definitiva y sin término de Dios entre los
hombres (segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

La caridad, sustancia de la Iglesia. El evangelio es muy claro: "En esto conocerán


todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,35).
Al decir discípulos no se refiere a cada uno individualmente, sino en cuanto
comunidad de los que siguen a Jesús y sus enseñanzas, es decir, en cuanto
Iglesia. Jesús, en esta hora suprema en que nos deja su testamento antes de morir,
nos dice: "Conocerán que sois mis discípulos, si vivís pobres o si sois obedientes,
si habéis aprendido bien todas mis enseñanzas o si sois capaces de predicar mi
evangelio". Son todas cosas necesarias, pero no coinciden con la sustancia, con la
quinta esencia de la Iglesia. Ésta es solamente la caridad. Por eso, podría
definirse a la Iglesia como "la comunidad de los que se aman, como Cristo los ha
amado". Cristo nos ha amado hasta dar su vida para que nosotros tengamos vida.
Cristo nos ha amado hasta hacernos partícipes del mismo amor que existe entre el
Padre y el Hijo. Cristo nos ha amado hasta hacerse esclavo para lavar los pies a
los suyos, para que conociésemos bien que el amor, la autoridad entre sus
discípulos, es fundamentalmente el servicio. Si por encima de la caridad, o peor
todavía, al margen de ella, se ponen otros valores en la vida diaria de la Iglesia,
habrá que concluir que no estamos tocando el corazón de la Iglesia.

Una Iglesia en la historia. Después de Pentecostés los discípulos comenzaron a


fundar las primeras comunidades cristianas en Jerusalén, la Iglesia-Madre, en
Samaria, en las ciudades de la costa mediterránea de Palestina, en Damasco,
Antioquía... y con Pablo y Bernabé en la zona meridional de la provincia romana
de Asia (actual Turquía). La Iglesia-Caridad comienza a encarnarse en pequeñas
comunidades de hombres y mujeres, judíos y gentiles, de razas y costumbres
diversas, pero unidos por la fe y el amor a Jesucristo. Esta encarnación histórica
de la Iglesia-Caridad comporta ciertos requisitos, algunos de los cuales
encontramos en la segunda lectura: la necesidad de la tribulación por el hecho
mismo de vivir entre otros que no son cristianos; la necesidad de ser confortados
y animados en la vivencia de la fe y de la vida cristiana; la designación de
presbíteros para la buena marcha de la comunidad; la oración y el ayuno, como
dos apoyos importantes de la caridad. Implica además la alegría de compartir con
otras comunidades, en este caso, con la comunidad de Antioquía, las maravillas
obradas por Dios a lo largo del viaje misionero de Pablo y Bernabé por el Sur de
la provincia de Asia. Estos aspectos, entre otros, hablan de una Iglesia viva,
presente y encarnada en las circunstancias históricas.
La Iglesia en su eterno destino. De esta Iglesia espléndida y luminosa, en
plenitud de perfección divina y humana, nos habla la segunda lectura, tomada del
Apocalipsis. El autor imagina a la Iglesia como una ciudad, la nueva Jerusalén, la
morada de Dios con los hombres (21,3). Una Iglesia, por ello, visitada y habitada
por la felicidad más plena, una Iglesia siempre joven y llena de vida. Una Iglesia
franca, sin fronteras, con los brazos abiertos acogiendo a todos. Esta Iglesia, tan
hermosa y magnífica en su destino, tiene un reflejo, aunque pálido, en la Iglesia
histórica, en las iglesias fundadas por los primeros apóstoles, en las iglesias en
que hoy se encarna el amor y la fe de los cristianos.

SUGEREncias PASTORALES

El verdadero rostro de la Iglesia. ¿Qué es lo que hace brillar ante los hombres el
verdadero rostro de la Iglesia, un rostro bello y atractivo? Indudablemente la
caridad. La Iglesia docente es necesaria, insustituible, e inseparable de la Ecclesia
amans, pero a los ojos de los hombres, incluso de los mismos cristianos, no es el
rostro más atractivo. La Iglesia que celebra los sacramentos es importantísima, y
un modo aptísimo de expresar el amor de la Iglesia a sus hijos en diversas
situaciones y circunstancias de la vida, pero tampoco es el rostro que más seduce
a los cristianos, menos todavía a los que no lo son (Se sabe la desafección que ha
habido y continúa habiendo hacia los sacramentos). Tampoco el rostro más
genuino de la Iglesia nos lo ofrecen sus instituciones, a veces tan criticadas -con
frecuencia de modo injusto y desleal- por nuestros contemporáneos. El verdadero
rostro de la Iglesia nos lo da la Iglesia-Caridad, comunión, la Iglesia que
realmente ama y se dedica a comunicar amor mediante todos y cada uno de sus
hijos. Todos conocemos el canto que dice: "Donde hay caridad y amor, ahí está
Dios", frase que podría parafrasearse de otra manera: "Donde hay caridad y
amor, ahí está la Iglesia". Esa caridad que en Dios tiene su manantial y en Dios
termina su recorrido de amor por las vidas de los hombres. Dios, alfa y omega de
la caridad. Entre estos dos extremos del vocabulario griego, se hallan todas las
demás consonantes y vocales con las cuales expresar de todo corazón nuestro
amor al prójimo. No desliguemos jamás la caridad de la fe, del dogma, de la
liturgia, de las instituciones, pero que el rostro más bello, genuino y verdadero,
que cada uno de nosotros ofrezca a la Iglesia, sea el rostro de la caridad
verdadera y del amor sincero. Recordemos lo que san Pablo dice en el himno a la
caridad: "Si no tengo caridad, nada soy".

Mi parroquia es también la Iglesia. El fenómeno de la globalización puede


ayudarnos a captar mejor la universalidad de la Iglesia y, por consiguiente, de la
caridad cristiana. El campanilismo, es decir, ese encerrarse en la propia
parroquia, en la propia diócesis, cortando a la mirada cualquier horizonte abierto
hacia otras parroquias, otras diócesis, y toda la Iglesia en los diversos
continentes, ha de ser rechazado por un corazón auténticamente cristiano.
Ciertamente que he de amar y ejercitar la caridad sobre los miembros de mi
familia, de mi barrio, de mi parroquia, etc. Pero, ¿no está siendo verdad que el
mundo entero está comenzando a ser nuestra parroquia, y, por tanto, el lugar para
la expresión de nuestra caridad? Un ejemplo concreto de la globalización del
amor lo dieron muchas familias cristianas, y muchas parroquias, de toda Italia,
pero especialmente de Roma, durante la Jornada mundial de la juventud,
acogiendo a tantos jóvenes venidos de todas partes del mundo. ¿Qué puedo hacer
para expresar, desde mi parroquia y en mi parroquia, el amor a toda la Iglesia?

Domingo Sexto de PASCUA 20 de mayo del año 2001

Primera: Hech 15, 1-2.6.22-29; segunda: Ap 21, 10-14.22-23 Evangelio: Jn 14,


23-29

NEXO entre las LECTURAS

En la sinfonía de los textos litúrgicos un tema predominante es la relación entre


Pascua y Trinidad. En el texto evangélico, tomado del discurso de la Última Cena
pero con los verbos en futuro, el Padre y el Hijo "harán su morada en el creyente"
y el Espíritu Santo aparece como "memoria" de la vida y mensaje de Jesús. En la
gran asamblea de Jerusalén, reunida en nombre del Señor Jesús, el Espíritu Santo
y los apóstoles y presbíteros decidieron no imponer a los cristianos gentiles más
cargas de las indispensables (primera lectura). La nueva Jerusalén, venida junto
con Dios, –figura e imagen de la Iglesia en el tiempo en marcha hacia la
eternidad–, no tiene templo, porque el Señor, el Dios todopoderoso, y el Cordero,
son su templo (segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Pascua: La Trinidad en acción. La Pascua de Cristo es el centro de la vida de


Jesús y de la historia de la salvación; por tal motivo, es el momento en que cada
una de las Personas divinas ejerce en sumo grado, entre los hombres, su acción
reveladora, santificadora y salvífica. El Padre lleva a plenitud, en la Pascua, su
amor de Padre hacia Jesús, a quien exaltará después de la muerte ignominiosa en
una cruz; hacia los hombres, en quienes, gracias a la obra redentora realizada por
Jesús, podrá hacer morada para siempre (evangelio); y hacia la Iglesia, la nueva
ciudad bajada del cielo, siendo, juntamente con el Cordero, su luz y su templo
(segunda lectura). El Hijo actúa potentemente en la historia de los hombres
mediante su ofrenda redentora al Padre: "Me voy", dice Jesús a sus discípulos,
indicando su muerte y su resurrección (evangelio). Actúa igualmente atrayendo a
la fe y al bautismo tanto a judíos como a gentiles (primera lectura). Finalmente,
la segunda lectura subraya su acción magisterial y sacerdotal en la Iglesia, siendo
su luz y su santuario. Respecto al Espíritu Santo, es y será para los creyentes
"magisterio y memoria" del misterio pascual (evangelio); es el verdadero motor
que impulsa la vida y las decisiones de la Iglesia, para que sean conformes al
Evangelio (primera lectura); es también quien muestra a los hombres el rostro
verdadero y bello de la Iglesia, por encima y más allá de las vicisitudes
históricas, no exentas de fallos y miserias. Con la Pascua, no sólo se revela más
claramente el misterio trinitario, sino que además, el hombre creyente está más
capacitado para desvelar su misteriosa, plena y eficaz acción en la historia.

Pascua: La acción de la Trinidad. La acción de la Trinidad, más evidente en la


actual liturgia, es la paz. La paz, ese magnífico don de Yavéh a su pueblo, es
ahora el don de Jesús a los suyos. El Padre y el Hijo deciden dar a los creyentes
la paz, es decir, el signo y símbolo de todos los bienes (evangelio). El Espíritu
Santo, ya en la historia concreta de los creyentes, mueve a los hombres para
buscar solución a los problemas de la existencia cristiana en la concordia, en la
verdad y en la paz (primera lectura). ¿Y acaso no relumbra como lugar de paz la
nueva Jerusalén, con una muralla protectora frente a todos los enemigos de la
paz, y con el Señor Todopoderoso y el Cordero presentes en medio de ella?
(segunda lectura). Una segunda acción trinitaria es la alegría. Donde más
claramente aparece es en la primera lectura: los cristianos de Antioquía, después
de escuchar la lectura de la carta enviada por la asamblea de Jerusalén, "se
gozaron al recibir aquel aliento". Pero también Jesús en el evangelio dice a los
suyos que "si me amáis, os alegraréis de que me vaya al Padre"; y el esplendor y
la luminosidad de la ciudad santa de Jerusalén, ¿no es un icono del regocijo
espiritual de todos los que en ella habitan? La alegría cristiana, que es obra de la
Trinidad y en cuanto obra de la misma, sobrevive, se depura y profundiza en
medio de las tribulaciones y pruebas de la cotidianidad.

SUGEREncias PASTORALES

El rostro trinitario del cristiano. La fiesta de la Pascua está en íntima conexión


con el bautismo, ya que por el bautismo somos sumergidos en el misterio pascual
de Jesucristo. En el bautismo el cristiano es sellado por la Trinidad: "Yo te
bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", y por el bautismo
se convierte en pertenencia de la Trinidad a título de hijo de Dios, hermano de
Cristo y discípulo del Espíritu. Nosotros, como cristianos del siglo XXI, estamos
llamados a hacer patente en nuestra vida, entre nuestros contemporáneos el rostro
trinitario de Dios. Como cristiano tengo que crecer en mi experiencia filial con
Dios, de modo que haga ver a los hombres con mi actitud y mi conducta el rostro
paterno de Dios. Como cristiano me es irrenunciable vivir mi fraternidad con
Cristo, mi hermano mayor, mi modelo de vida y comportamiento. Como él daré
testimonio, ante los demás, de mi amor auténtico a todos los hombres, porque
todos son mis hermanos y a todos amo en cuanto tales. Como discípulo del
Espíritu Santo, constato que no puedo escuchar otras voces, aunque sean muy
seductoras, ni seguir otros maestros que susurran en mi interior otros criterios y
otras doctrinas. Mi maestro y mi guía es el Espíritu del Padre y de Cristo, que
hace resonar en nosotros el único Evangelio de Dios. Como cristiano, estoy
consagrado a ser un reflejo del Espíritu, maestro y memoria de Jesús. ¿Soy
consciente de que, por ser cristiano, tengo que hacer visible la presencia trinitaria
en medio de los hombres, de sus quehaceres y ocupaciones diarios? ¿Tengo una
relación íntima con cada una de las personas de la Trinidad? Si los cristianos no
reflejamos el rostro de la Trinidad en nuestra existencia de cada día, la esencia
del cristianismo estará reducida a un puro concepto, sin incidencia en la vida
humana. Oremos para que el Dios unitrino sea para todos los cristianos una
presencia vivificante y transformadora.

El Espíritu, memoria del cristiano. En el mundo tan alborotado e hiperactivo en


el que vivimos, no es difícil olvidar. Más aún, es una operación saludable que
nuestro sistema inmunológico realiza automáticamente. Si recordáramos todo lo
que vemos en la televisión, leemos en los periódicos, en libros, en internet,
escuchamos en las conversaciones, experimentamos cada día, en poco tiempo nos
volveríamos locos. En el cristianismo hay unas cuantas cosas esenciales, que
nunca deberíamos olvidar, pero que con el paso del tiempo y en la agitación y el
activismo febril que nos rodea fácilmente pasamos por alto. Pero el Espíritu de
Dios despierta la memoria, nos vuelve a traer a la mente y al corazón lo esencial
de la vida en Cristo: Que Dios no tiene igual y es siempre y en absoluto el
primero, que el Dios cristiano es unitrino y cada una de las personas actúa en la
vida del cristiano, que somos pecadores necesitados de redención y Cristo nos ha
redimido, que la Iglesia es la comunidad de los que oran, creen, esperan y aman,
movidos por el Espíritu Santo, que en la cotidianidad de la vida tenemos que
demostrar lo que somos, que con la muerte no todo termina sino que se abre una
puerta a una vida nueva. ¿Dejo que el Espíritu Santo me recuerde de vez en
cuando estas cosas tan sencillas y esenciales?
Solemnidad de la ASCENSIÓN 27 de mayo del año 2001

Primera: Hech 1, 1-11; segunda: Heb 9, 24-28 Evangelio: Lc 24, 46-

NEXO entre las LECTURAS

En la solemnidad de la Ascensión el conjunto de la liturgia parece decirnos:


"Misión cumplida, pero no terminada". En el evangelio Lucas resalta el
cumplimiento de la misión: misterio pascual y evangelización universal. La
narración del libro de los Hechos se fija principalmente en la tarea no terminada:
seréis mis testigos...hasta los confines de la tierra; este Jesús... volverá...
Finalmente, la carta a los Hebreos sintetiza en el Cristo glorioso, sumo sacerdote
del santuario celeste, la misión cumplida (entró en el santuario de una vez para
siempre), pero no terminada (intercede ante el Padre en favor nuestro...vendrá
por segunda vez...a los que le esperan para su salvación).

MENSaje DOCTRINAL

Jesucristo puede irse tranquilo. La Ascensión no es ningún momento dramático


ni para Jesús ni para los discípulos. La Ascensión es la despedida de un fundador,
que deja a sus hijos la tarea de continuar su obra, pero no dejándolos
abandonados a su suerte, sino siguiendo paso a paso las vicisitudes de su
fundación en el mundo mediante su Espíritu. Cristo puede irse tranquilo, porque
se han cumplido las Escrituras sobre él, y los discípulos comienzan a
comprenderlo. Cristo puede irse tranquilo, no porque sus hombres sean unos
héroes, sino porque su Espíritu los acompañará siempre y por doquier en su tarea
evangelizadora. Puede irse tranquilo Jesucristo, porque los suyos, poseídos por el
fuego del Espíritu, proclamarán el Evangelio de Dios, que es Jesucristo, a todos
los pueblos, generación tras generación, hasta el confín de la tierra y hasta el fin
de los tiempos. Cristo puede irse tranquilo, porque ha cumplido su misión
histórica, y ha pasado la estafeta a su Espíritu, que la interiorizará en cada uno de
los creyentes. Cristo puede irse tranquilo, porque los discípulos proclamarán el
mismo Evangelio que él ha predicado, harán los mismos milagros que él ha
realizado, testimoniarán la verdad del Evangelio igual que él la testimonió hasta
la muerte en cruz. Puedes irte tranquilo, Jesús, porque tu Iglesia, en medio de las
contradicciones de este mundo, y a pesar de las debilidades y miserias de sus
hijos, te será siempre fiel, hasta que vuelvas.
Irse de este mundo quedándose en él. Todo hombre siente en su interior, a la
vista de la muerte, el deseo intenso de quedarse en el mundo, de dejar en él algo
de sí mismo, de marcharse quedándose. Dejar unos hijos que le prolonguen y le
recuerden, dejar una casa construida por él, un árbol por él plantado, dejar una
obra –no importa si grande o pequeña– de carácter científico, literario, artístico...
Jesucristo, en su condición de hombre y Dios, es el único que puede satisfacer
plenamente este ansia del corazón humano. Él se va, como todo ser histórico.
Pero también se queda, y no sólo en el recuerdo, no sólo en una obra, sino
realmente. Él vive glorioso en el cielo, y vive misterioso en la tierra. Vive por la
gracia en el interior de cada cristiano; vive en el sacrificio eucarístico, y en los
sagrarios del mundo, prolonga su presencia real y redentora. Vive y se ha
quedado con nosotros en su Palabra, esa Palabra que resuena en los labios de los
predicadores y en el interior de las conciencias. Se ha quedado y se hace presente
en el papa, en los obispos, en los sacerdotes, que lo representan ante los hombres,
que lo prolongan con sus labios y con sus manos. Se ha quedado Jesús con
nosotros, construyendo con su Espíritu, dentro de nosotros, el hombre interior, el
hombre nuevo, imagen viviente suya en la historia. La presencia y permanencia
de Jesucristo en el mundo es muy real, pero también muy misteriosa, oculta, sólo
visible para quienes tienen su mirada brillante como una esmeralda e iluminada,
por la fe.

SUGEREncias PASTORALES

Cristo se ha quedado con nosotros. En la vida humana tenemos necesidad de una


presencia amiga, incluso cuando estamos solos. Una presencia real: la esposa, los
hijos, un pariente, un compañero de trabajo, un vecino de casa... O al menos una
presencia soñada, imaginaria: el recuerdo de la madre, la imagen del amigo del
alma, el pensamiento del hijo que vive en otra ciudad o en otro país... Esa
presencia real o soñada nos conforta, nos consuela, nos da paz, nos motiva.
Cristo se ha quedado con cada uno y con todos nosotros. La suya es una
presencia real y eficaz, aunque no visible y palpable. Una presencia de amigo que
sabe escuchar nuestros secretos e intimidades con cariño, con paciencia, con
bondad, con misericordia y con amor; que sabe igualmente escuchar nuestras
pequeñas cosas de cada día, aunque sean las mismas, aunque sean cosas sin
importancia; que sabe incluso escuchar nuestras rebeliones interiores, nuestros
desahogos de ira, nuestras lágrimas de orgullo, nuestros desatinos en momentos
de pasión... Cristo se ha quedado contigo, a tu lado, para escucharte. La presencia
de Cristo es también una presencia de Redentor, que busca por todos los medios
nuestra salvación. Está a nuestro lado en la tentación, para darnos fuerza y
ayudarnos a vencerla. Es nuestro compañero de camino cuando todo marcha
bien, cuando el triunfo corona nuestro esfuerzo, cuando la gracia va ganando
terreno en nuestra alma. Está con nosotros en el momento de la caída, en la
desgracia del pecado, para ayudarnos a recapacitar, para echarnos una mano en el
momento de alzarnos. Cristo se ha quedado contigo para salvarte. ¿Piensas de
vez en cuando en esa presencia estupenda de Cristo amigo y Redentor?

La liturgia de la vida diaria. Cristo, como sacerdote de la Nueva Alianza, ha


ofrecido su vida día tras día sobre el altar de la cotidianidad, hasta consumar su
ofrenda en la liturgia de la cruz. Con la Ascensión, nuestro sumo sacerdote ha
partido de este mundo. Nosotros, los cristianos, pueblo sacerdotal, asumimos su
misma tarea de consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia. Para el
cristiano cada acto es un acto litúrgico, cada día es una liturgia de alabanza y
bendición de Dios. No hay ninguna actividad de la vida diaria de los hombres
que no pueda convertirse en hostia santa y agradable a Dios. Por tanto, nos dice
la constitución dogmática sobre la Iglesia del Vaticano II, todos los discípulos de
Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios, han de ofrecerse a sí mismos
como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf Rom 12,1) (LG 10). Por el
bautismo, que nos introdujo en el pueblo sacerdotal, estamos llamados a confesar
delante de los hombres la fe que recibimos de Dios por medio de la Iglesia. En
cuanto miembro del pueblo sacerdotal confieso mi fe en casa, ante mis hijos o
ante mis padres. Con mi postura y con mi palabra confieso mi fe en una reunión
de amigos o de trabajo. Como partícipe del sacerdocio bautismal, pongo mi fe
por encima y por delante de todo, y hago de ella el metro único de mis decisiones
y comportamientos. ¿Es ya mi vida una liturgia santa y agradable a Dios? ¿Es
éste mi deseo más íntimo y mi más firme propósito?

Solemnidad de PENTECOSTÉS 3 de junio del año 2001

Primera: Hech 2, 1-11; segunda: Rom 8, 8-17; Evangelio: Jn 14, 15-16.23-26

NEXO entre las LECTURAS


En esta solemnidad de Pentecostés vamos a detener nuestra atención en las tareas
del Espíritu trabajando en el interior de las conciencias y en el conjunto de la
comunidad creyente. El Espíritu ejercita, primero, la tarea de consolador y
abogado protector del cristiano, combinando esta tarea con la de maestro interior
(evangelio). En la primera lectura el Espíritu, bajo la imagen del viento y del
fuego, cumple su tarea de potencia transformadora del hombre y promotora del
Evangelio en todas las naciones. Finalmente, él es fuerza vivificadora, a la vez
que testigo y artífice de nuestra filiación divina (segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

El Espíritu nos consuela y protege. Jesucristo ha sido, durante los años de vida
pública, el consolador de los discípulos. Ahora está por retornar al Padre.
¿Quedarán los discípulos abandonados al desconsuelo, desprotegidos ante los
ataques y la hostilidad del mundo? Jesús les asegura que les enviará otro
Paráclito, es decir, otro consolador y protector. Es el Espíritu Santo. Consolar
quiere decir acompañar, estar al lado de alguien, sobre todo en los momentos de
tribulación, soledad y sufrimiento. El Espíritu Santo hace con nosotros y en
nosotros el camino de la vida, de nuestra vida humana con toda su realidad
prosaica y con toda su exaltación sublime. El cristiano, si es coherente, vive en
un perenne Pentecostés, y por ello en la experiencia inefable del consuelo
espiritual y de la seguridad protectora y eficaz del Espíritu.

El Espíritu, maestro de cristología. Algo muy claro en los textos del Nuevo
Testamento es que el Espíritu sólo sabe hablar de Cristo, la cristología es la única
materia que sabe enseñar a los hombres. Es no sólo un repetidor de lo que Cristo
ha enseñado a los suyos, sino también un actualizador de las enseñanzas de
Cristo ante las nuevas circunstancias y situaciones de los creyentes. En el Nuevo
Testamento aparece bajo muy variadas figuras, pero bajo ellas siempre coincide
en ser el expositor de Cristo. Y no sólo de su doctrina, sino de su vida y de sus
actitudes. Por eso, él es el que hace resonar en nosotros la voz de Cristo que dice:
Abba, Padre.

El Espíritu, potencia transformante. Con el viento huracanado que agita el


Cenáculo se simboliza el origen de la potencia del Espíritu, que es Dios mismo, y
se nos remite a la primera creación cuando Dios infundió su aliento sobre el
primer hombre de barro. Con el fuego se hace referencia a la experiencia de
Moisés en el Sinaí y a la transformación que ese fuego sin consumirse operó en
él. El Espíritu transforma el interior del hombre y su obrar diario porque goza de
la potencia divina. De este modo, opera una nueva creación, una nueva
generación: la de los Hijos de Dios en Cristo Jesús.
El Espíritu, potencia promotora del Evangelio. Según Filón de Alejandría: En el
Sinaí el fuego se transformó en lengua... y en la interpretación rabínica de la
Alianza sinaítica, la voz de Dios en el Sinaí se había dividido en 70 voces, en 70
lenguas, cuantos eran los pueblos conocidos, para que todas las naciones del
mundo pudieran escuchar y comprender la ley. En Pentecostés, el Espíritu realiza
este milagro: el Evangelio de Jesucristo llega a todos los pueblos, encarnándose
en sus lenguas y culturas. Gracias al Espíritu, la voz del Evangelio resuena en la
bóveda de toda la tierra, sin excepción alguna.

El Espíritu, testigo y artífice vivificador de nuestra filiación divina. En ser hijos


de Dios reside la esencia del cristianismo, por eso el Espíritu atestigua en nuestra
alma esta condición fundamental de la existencia cristiana. El testimonio del
Espíritu está oculto, pero siempre vivificador, porque en ser hijos de Dios nos va
la vida. A la vez que testigo, es artífice de la filiación divina en nosotros, porque
no puede sufrir que llamados a ser hijos vivamos como esclavos.

SUGEREncias PASTORALES

Cristiano, o sea, guiado por el Espíritu. La definición del cristiano es muy rica,
por eso ninguna puede abarcarlo completamente. Cristiano es quien cree en
Jesucristo. Cristiano es quien reproduce en su vida el modelo que Cristo nos
ofrece. Cristiano es todo hombre que está bautizado. Cristiano es todo aquél que
ama a Dios y a su prójimo, etc. Hoy quiero subrayar: Cristiano es todo hombre
guiado por el Espíritu. Siendo el Espíritu de Cristo, él siempre nos llevará a
Cristo, nos hará vivir según Cristo, nos hará amar como Cristo ama, nos hará
vivir a fondo nuestro bautismo, que está eminentemente centrado en la persona y
en la vida de Cristo. Si te dejas guiar por el Espíritu, él te hará entender y vivir el
Evangelio de Jesucristo: el evangelio de la verdad y de la justicia, el evangelio
del sufrimiento y de la cruz, el evangelio de Dios y del hombre, el evangelio de la
vida y de la muerte, el evangelio de la Iglesia y del mundo, el evangelio de hoy y
de siempre. Si te dejas guiar por el Espíritu, él te impulsará a ser coherente entre
tu ser y tu obrar, entre tu pensar y tu vivir, entre tu vocación cristiana y tu
presencia en el mundo del trabajo, de los negocios, de la política, de la docencia,
de las finanzas. Si te dejas guiar por el Espíritu, él te llevará a mirar más allá de ti
mismo, a ver tantas necesidades de los hombres que te están esperando, a vivir
con los pies bien afincados en la tierra pero con el corazón puesto en el cielo.

El Espíritu en la Iglesia y con la Iglesia. El primer Pentecostés se realizó en la


comunidad de los discípulos de Cristo, en la Iglesia apostólica. Este hecho
fundacional constituye una característica de la acción del Espíritu. Él obra en la
Iglesia, es decir, dentro de ella, para santificarla, renovarla, acrecentarla,
purificarla, vivificarla. A veces daría la impresión de que ciertos cristianos se
sorprenden y maravillan viendo la acción del Espíritu fuera de la Iglesia, y han
perdido toda capacidad de admiración para descubrir la inmensa y magnífica
acción del Espíritu en la Iglesia. Hay que saber hacer las dos cosas. Además el
Espíritu Santo obra con la Iglesia. Es decir, toda acción de la Iglesia fuera de su
ámbito propio, está acompañada por la presencia y acción del Espíritu. Cuando la
Iglesia se hace misionera, el Espíritu es misionero con ella. Cuando la Iglesia
entabla un diálogo interreligioso, el Espíritu está con la Iglesia en ese diálogo
para hacerlo fructificar. Cuando la Iglesia se hace solidaria de los más
necesitados, el Espíritu comparte con ella esa misma solidaridad. Cuando la
Iglesia da orientaciones desde la fe en el campo político y social, el Espíritu
ilumina y apoya esas orientaciones. Todo por la sencilla razón de que el Espíritu
es el alma de la Iglesia.

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD 10 de junio del año 2001Primera:


Prov 8, 22-13; segunda: Rom 5,1-5 Evangelio: Jn 16, 12-15

NEXO entre las LECTURAS

Si me está permitido hablar así, diría que los textos litúrgicos nos encaminan
hacia la Operación Trinidad. Una Operación top secret en el corazón de Dios y
que se va revelando poco a poco, por ejemplo, bajo la personificación de la
Sabiduría (primera lectura). Jesucristo en el evangelio nos adentra en la
Operación Trinidad revelándonos la interacción entre el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Por último, el texto de la carta a los Romanos muestra las
consecuencias de la Operación Trinidad en la vida de los cristianos, por obra
sobre todo del Espíritu.

MENSaje DOCTRINAL

Dios SE nos revela. Ninguna inteligencia humana, incluso la más elevada y


perfecta, puede conocer por sí misma el misterio de la vida trinitaria. Ninguna
filosofía puede desvelar por vía especulativa que Dios es simultáneamente uno y
trino. Ninguna religión puede descorrer el velo del santuario en el que mora la
realidad misma de Dios, Verdad, Amor y Vida. Lo que sabemos del Dios vivo y
verdadero nos viene por autorrevelación: "Quiso Dios, con su bondad y
sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad" (Dei
Verbum 2). En la historia de la salvación, Dios se ha revelado primero como
creador y como providencia sobre todas sus criaturas (primera lectura). El texto
evangélico nos enseña que Jesucristo, en cuanto Hijo de Dios, nos ha revelado
sobre todo la paternidad divina. El Espíritu Santo, por su parte, nos llevará a la
verdad completa, es decir, nos hará entender y experimentar mejor y en mayor
profundidad la realidad de la vida trinitaria y las consecuencias de esa realidad
para nuestra vida en este mundo: la paz con Dios Padre, el estado de hijos de
Dios en que nos hallamos por el bautismo, la posesión del amor de Dios con el
cual superar cualquier tribulación y vivir en la esperanza que no engaña. Dios no
se revela como un anciano solitario y justiciero, sino como un Padre con una
intensa vida familiar, sellada toda ella por la Verdad y por el Amor.

Dios NOS revela e interpela. Al revelarse Dios a sí mismo en su vida más íntima,
revela al hombre su más profunda identidad y su quehacer más importante en la
existencia histórica. Por eso, no es ni puede ser indiferente al cristiano el misterio
de la Trinidad. Como nos dice el catecismo, el misterio trinitario es la luz que nos
ilumina (CIC 234). Ilumina nuestra inteligencia de la creación, pues el Padre ha
creado el universo y al hombre con las sabias manos del Hijo y del Espíritu
(primera lectura), y así nos revela no sólo nuestra condición de criaturas sino
también nuestra condición contemplativa y casi mística. Ilumina nuestra
comprensión de las relaciones dentro de la familia divina (evangelio), y mediante
ellas nos revela nuestra participación en esa vida divina y nuestra vocación de
reflejo de la misma. Nos revela sobre todo nuestra condición de oyentes del
Espíritu, a quienes el Espíritu de la Verdad comunica todo lo que ha oído en el
seno del Padre y todo lo que ha recibido del Verbo, hecho carne. Nos revela, por
acción del Espíritu, nuestra condición de hombres de la esperanza, frente a los
hombres sin esperanza, que son los no creyentes; una esperanza sólida, que no
engaña (segunda lectura). Esta revelación que el Dios vivo y trinitario nos hace
de nuestra identidad, nos interpela al mismo tiempo a fin de que la vida divina
adquiera formulación y expresión histórica en cada uno de los cristianos: la
unidad de la fe, el amor como esencia del cristianismo, la docilidad a la presencia
y acción del Espíritu Santo en nuestras almas, el papel magisterial del Espíritu de
la Verdad divina, la multiplicidad de expresiones culturales de la misma y única
fe.

SUGEREncias PASTORALES
Misterio de fe y amor. Es decir, un misterio en el que no sólo tenemos que creer
sino también amar. Creo, creemos en un único Dios que nos da la vida como
Padre, que como Hijo nos llama a vivir a fondo la experiencia filial de la que Él
nos hace partícipes, y que en cuanto Espíritu se define como intercambio de amor
entre el Padre y el Hijo y nos enseña que en el amor está la esencia de Dios y de
toda criatura. Me fío de este Dios Vida, Comunión, Verdad, Amor. Creo y confío
en que en la apropiación de estos grandes valores "divinos" encuentro mi plena
realización humana y cristiana. Como cristiano expreso mi fe amando la
grandeza y belleza del Dios unitrino. Con mi amor a cada una de las personas
divinas pretendo subrayar que el Dios trinitario no es una abstracción, no es un
mundo mental hermoso y bien construido, no es un juego de conceptos con los
cuales entretener la reflexión de los teólogos, sino un Dios tripersonal, al que
amo como hijo, al que obedezco como creatura, y al que adoro por ser mi Dios y
Señor. Considero algo sumamente positivo y necesario que desde la primera
catequesis se introduzca a los niños en una relación personal y adorante con el
Padre, con el Hijo y con el Espíritu. Para esta catequesis trinitaria puede
ayudarnos una explicación elemental de la santa misa, que comienza y termina en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En ella, Jesucristo, Hijo de
Dios, nos habla a los hombres (a los niños, y a los adultos) desde el Evangelio.
En ella todas las oraciones y plegarias nuestras se dirigen a Dios Padre, fuente de
todo don y gracia. En ella está presente y activo el Espíritu Santo de manera muy
especial en el momento de la consagración, para hacer que el pan y el vino se
conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo, y para transformar nuestra pobre
existencia mediante el cuerpo de Cristo que en la misa recibimos. Si Dios es un
misterio de amor, ¿no será el amor la mejor manera de entrar por la puerta del
misterio?

La gloria de la Trinidad. La gloria de la Trinidad es que el hombre viva y, por


medio de él, toda la creación adquiera sentido y cumpla su finalidad. ¿Qué quiere
decir que el hombre viva? Que sea lo que tiene que ser. Que sea plenamente
hombre y, si ha sido llamado a la vocación cristiana, que sea plenamente
cristiano. Aquí está el drama de la Trinidad que es por igual el drama del hombre:
No pocas veces la gloria de la Trinidad es opacada, entenebrecida por el hombre.
El hombre no es lo que es, cuando se cree un demiurgo autónomo en lugar de una
criatura dependiente, y manipula la vida y la creación a su antojo. El hombre no
es lo que es, cuando se olvida de haber sido creado a imagen de Dios y piensa
que su imagen más perfecta se halla en el reino animal. El hombre no es lo que
es, cuando piensa que no ha sido creado por amor y para amar, sino más bien que
su realización personal está en proporción con la medida de su poder y de su
dominio sobre los demás. El hombre no es lo que es, cuando se cree dueño de la
vida, cuando cree que puede hacer con ella lo que quiera, en lugar de ser un
receptor agradecido, que la administra sabiamente por haberla recibido del
mismo Dios.

Solemnidad del CORPUS DOMINI 17 de junio del año 2001

Primera: Gén 14, 18-20; segunda: 1Cor 11, 23-26 Evangelio: Lc 9, 11-

NEXO entre las LECTURAS

"Pan" es el término en que coinciden los textos litúrgicos. Jesús, en el pasaje


evangélico, "tomó los cinco panes...y levantando los ojos al cielo, pronunció
sobre ellos la bendición". Este gesto de Jesús, visto retrospectivamente, está
prefigurado en el del Melquísedec, rey-sacerdote de Salem, que ofrece a
Abrahám "pan y vino" (primera lectura) como signo de hospitalidad, de
generosidad y de amistad. Ese mismo gesto de Jesús, visto prolépticamente,
anticipa la Última Cena con los suyos y la Eucaristía celebrada por los cristianos
en memoria de Jesús: "Tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: "Éste es mi
cuerpo que se entrega por vosotros" (segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

La liturgia de hoy nos hace caer en la cuenta de algo importante: "El hombre,
todo hombre, tiene necesidad de una dieta integral". El hecho de ser hombres nos
coloca en una situación pluridimensional, diversa de las demás criaturas. Por eso,
nuestra alimentación no puede ser unidimensional, sino que ha de ser integral y
completa.

El pan de la Palabra. Jesús, antes de multiplicar los panes para alimentar a la


multitud, "les hablaba del Reino de Dios", es decir, les proporcionó el pan de su
Palabra, porque "bienaventurados los que tienen hambre de la Palabra, pues serán
saciados". En la fracción del pan de los primeros cristianos, se comenzaba la
acción litúrgica con una lectura y explicación de la Escritura, siguiendo en esto la
tradición del culto sinagogal. Por tanto, los primeros cristianos alimentaban
principalmente su alma con el pan de la Palabra de Dios, explicada a la luz del
misterio de Cristo y actualizada por alguno de los apóstoles a las circunstancias
concretas de la vida diaria. También en la primera lectura a la ofrenda del pan y
el vino, hecha a Abrahán por parte de Melquísedec, sigue una bendición, que es
como el pan espiritual que Dios otorga a Abrahám por medio del rey-sacerdote
de Salem. El hombre es espíritu, y el espíritu necesita de un alimento diferente al
pan de harina: necesita de la Palabra del Dios vivo.

El pan de los signos. Los milagros de Jesús, además de consituir hechos


extraordinarios, más allá de las leyes naturales, son signos del Reino de los
cielos, porque nos remiten a ese mundo nuevo regido y guiado por el poder de
Dios, con exclusión de cualquier otro poder humano o diabólico. Por eso, Jesús,
después de haber repartido a la multitud el pan de la Palabra, les regala el pan de
los signos. Nos dice san Lucas, que "curaba a los que tenían necesidad de ser
curados", y luego nos narra el maravilloso signo de la multiplicación de los panes
y de los peces. Jesucristo, como amigo y hermano del hombre, como Señor de la
vida y de la naturaleza, está interesado en curar las enfermedades, en saciar el
hambre natural de los hombres. Podría ser de otra manera, pero su mayor interés
está en que los hombres, mediante estos signos, sean capaces de elevarse hasta
Dios Padre, que amorosamente cuida de sus hijos, y hasta el Reino de Dios en el
que habrá un mismo y único pan para todos.

El pan de la Eucaristía. La dieta cristiana quedaría incompleta si faltara el pan de


la Eucaristía, ese pan que es el cuerpo de Cristo. "En el santísimo sacramento de
la Eucaristía -nos enseña el catecismo 1374- están ‘contenidos verdadera, real y
substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de
nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero". Cuando san Lucas
escribió su evangelio los cristianos ya llevaban varios decenios meditando los
hechos y los dichos de Jesús, predicándolos y celebrando la Eucaristía. Así se
explica que el evangelista haya narrado el episodio de la multiplicación de los
panes como una anticipación y prefiguración de la Última Cena: "Tomó los
panes, elevó los ojos, pronunció sobre ellos la bendición, los partió, los dio".
Desde aquella Última Cena, preanunciada en la multiplicación de los panes,
celebrada por las primeras comunidades cristianas, Cristo no ha cesado a lo largo
de los siglos de dar al hombre, sin distinción de ningún género, el pan de su
Cuerpo, alimento de vida eterna.

SUGEREncias PASTORALES

Hambre de pan, hambre de Dios. Es algo doloroso, que nos debe hacer pensar, el
hecho de que después de 2000 años de cristianismo, haya millones de hermanos
que tienen hambre de pan, y esto no a miles de kilómetros de nuestra casa, sino
en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro país. Además, en estos últimos
decenios, las instituciones internacionales y los medios de comunicación social
nos han hecho más conscientes de este triste e inhumano fenómeno en todo el
mundo. ¿No multiplicó Jesús los panes para saciar el hambre? ¿No dijo a sus
discípulos: "dadles vosotros de comer"? ¿No hemos espiritualizado demasiado
nuestra fe? ¿No hemos reducido nuestra fe al ámbito estrictamente privado?
Ciertamente no se puede identificar el cristianismo con la ONU de la caridad y de
la solidariedad, pero en la entraña misma del cristianismo está el amor al
prójimo, sobre todo al más necesitado. Y hoy, en el siglo de la globalización, no
basta la ayuda individual, pasajera. Los cristianos tenemos que organizarnos, a
nivel parroquial, diocesano, nacional, internacional para desterrar el hambre de la
tierra. Incluso, donde sea necesario, hemos de colaborar con las instituciones de
otras religiones para acabar con esta plaga de la humanidad. Mientras haya un
niño que muera de hambre, nuestra conciencia cristiana no puede estar tranquila.
El hambre de pan es terrible, pero ¿y el hambre de Dios? No nos conmueve tanto,
porque el hambre de Dios no se ve. Es, sin embargo, real, universalmente
presente, más angustiosa no pocas veces que el mismo hambre de pan. Y lo peor
es que son pocos los que de ese hambre se preocupan, pocos los que buscan
satisfacerla. ¿No tendremos que abrir nuestros ojos, ojos de fe y de amor, para
ver a tantos hambrientos de Dios con los que nos cruzamos por la calle, con los
que convivimos en el trabajo, con quienes nos divertimos en un estadio de fútbol
o en una discoteca?

Un pan gratis y para todos. La Eucaristía es eso. Dios, nuestro Padre, nos da
gratuitamente el alimento del Cuerpo de Cristo, siempre que lo queramos recibir
con las debidas disposiciones. Si este alimento no cuesta, si es el "pan de los
fuertes", ¿cómo es posible que sean tan pocos los que lo reciben? ¿No será que
no lo valoran? Es además un mismo y único pan para todos: la eucaristía es el
sacramento de la absoluta igualdad cristiana. No existe una eucaristía para ricos y
otra diversa para pobres. Para Cristo, pan de nuestra alma, todos somos iguales.
Ante Cristo Eucaristía desaparecen todas las barreras económicas o sociales.

Domingo Doce del TIEMPO ORDINARIO 24 de junio del año 2001

Primera: Zac 12, 10-11; 13,1; segunda: Gál 3, 26-29 Evangelio: Lc 9,

NEXO entre las LECTURAS

¿Quién es Jesucristo? Esta es la gran pregunta de los hombres desde hace


veintiún siglos, y es la pregunta que nos plantea la liturgia de este domingo. Las
respuestas son varias: un profeta revivivo: Elías, Jeremías, por ejemplo, o un otro
Juan Bautista. Pedro en nombre de los Doce llega a afirmar que es el Mesías de
Dios. Para Jesús las respuestas son insuficientes y se da a sí mismo el nombre de
Hijo del hombre, que terminará su vida sobre una cruz (evangelio). A la luz
evangélica se capta el sentido último de la profecía de Zacarías: "Mirarán a mí, a
quien han traspasado" (primera lectura). Para san Pablo, a la luz de la Pascua,
Jesucristo es el que hace pasar al hombre por la infancia bajo el pedagogo hasta
la adultez del hombre libre e hijo de Dios (segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Un gran profeta, pero nada más. La opinión de la gente no es algo que ha


comenzado a contar en nuestro tiempo. Desde que comenzaron a existir las
ciudades, los reinos y los imperios ha contado y se la ha tenido en cuenta. En el
evangelio, según nos narra san Lucas, Jesús no la desprecia, pero considerándola
insuficiente, la corrige y completa. La gente piensa que Jesús es un profeta, y en
esto tienen razón. Piensa que no es un profeta cualquiera, sino uno entre los
grandes: Elías, tal vez Jeremías, incluso Juan Bautista resucitado. Jesús no
rechaza el título de profeta, pero deja claro que no dice totalmente quién es Él.
Además la comparación con Elías, Jeremías, o Juan Bautista no sólo le queda
muy corta, sino que son figuras con las que en diversas cosas no se identifica.
Jesús es, en verdad, un gran profeta que habla en nombre de Dios y lee la historia
de los hombres a la luz del designio divino, pero también es mucho más.

El mesías de Dios, pero... Pedro, y los demás apóstoles, han acompañado a Jesús
durante un buen tiempo, han convivido con él, le han visto orar, predicar, curar;
han escuchado sus enseñanzas, sobre todo sus palabras sobre el Reino de Dios.
Han dado un paso más en el conocimiento de Jesús: No sólo es un profeta, es el
mesías de Dios. Sí, el mesías, descendiente de David, el caudillo batallador, el
rey victorioso que ha logrado la máxima expansión del reino de Israel,
derrotando a todos sus enemigos. Jesús repetirá, como mesías, la figura de David:
derrotará a los romanos, ampliará las fronteras del reino, los reyes de las naciones
vendrán a él para rendirle vasallaje y pleitesía. El reino de Israel, reino de
Yahvéh, volverá a ser glorioso. Jesús no está de acuerdo con este mesianismo
soñado por Pedro y los demás apóstoles. Jesús no niega, ni jamás negará, que es
el mesías. Sería negar la verdad, y esto es imposible para quien es la Verdad.
Pero Jesús no hace propia la figura de un mesías, caudillo de las huestes de
Yahvéh. Mesías de Dios, sí, pero mesías diverso a como lo imaginan los
discípulos más cercanos.

Un mesías, avezado al sufrimiento. En este momento crucial de la vida de Jesús,


antes de comenzar su viaje hacia Jerusalén, lugar de su crucifixión, él da un paso
más en la revelación de su vida y de su persona. Comienza a hablar de algo
extraño, y ausente de toda profecía del Antiguo Testamento, es decir, de un
mesías que va a terminar su existencia sobre el trono de una cruz. Algo de esto
tal vez pudo barruntar el profeta Zacarías, cuando escribió: "Mirarán hacia mí, a
quien traspasaron" (primera lectura), aunque esta frase jamás se aplicó al mesías
en la tradición de los judíos, puesto que era Yahvéh quien la pronunciaba. Este
mesías sufriente, algo inusitado e inconcebible para cualquier hombre, es
identificado con el Hijo de Dios por San Pablo, quien, por eso, en la segunda
lectura, puede decir que los cristianos "somos hijos de Dios en Cristo Jesús", su
verdadero y único Hijo. Ahora ya podemos responder mejor a la pregunta sobre
quién es Jesús: "Tú eres el mesías, el Hijo de Dios vivo".

SUGEREncias PASTORALES

La mejor respuesta se da con la vida. La cuestión Jesucristo no es un problema


que a base de pensar y pensar logramos solucionar de alguna manera. Menos aún,
una cuestión obsoleta, carente de importancia, indiferente al que se resuelva o no.
En realidad es la única cuestión que vale absolutamente la pena, y que además no
puede resolverse sino con la vida. Porque está claro que el hecho de que
Jesucristo haya aceptado ser un mesías de cruz, que Jesús equivalga a decir Hijo
de Dios, sobrepasa nuestros esquemas mentales y nuestra misma capacidad de
raciocinio, y jamás el hombre conquistará esas verdades de nuestra fe a golpe de
silogismos. Sólo cuando el hombre comienza a recorrer el camino estrecho de la
cruz, y, con los ojos fijos en Jesús, sigue las huellas de su historia, descubre que
la cuestión Jesucristo camina al mismo paso que la cuestión hombre, y que sólo
resolviendo la primera queda también resuelta la segunda. Quien sabe por
experiencia lo que es el sufrimiento y percibe el valor "redentor" del mismo,
tanto para el sujeto que sufre como para la persona o las personas por las que se
sufre, entonces está en condiciones de captar un poquito al menos la razón de un
mesías de dolores. Quien vive su condición de hijo de Dios, la grandeza de su
dignidad filial y la actitud de obediencia propia de un hijo, estará en grado de
responderse a sí mismo quién es Jesucristo, y de poder proclamarlo con
convicción ante los demás. En pocas palabras, si vivimos enteramente como
cristianos, no habrá ni siquiera necesidad de preguntarnos quién es Jesucristo,
porque nuestra vida será nuestra respuesta.

"Ora para entender, entiende para orar". Los misterios de la fe se conocen mejor
en la capilla que en el escritorio, se conocen mejor con la oración que con el
estudio, aunque ambos sean necesarios. Dios es el único que tiene la llave de los
misterios. Sólo Él puede abrirnos ese sagrario de su corazón. La inteligencia,
cuando está abierta a la fe, nos prepara y nos pone ante el sagrario del misterio.
La inteligencia, una vez que Dios nos ha permitido entrar en el misterio, nos
ayuda a darle vueltas y a captar algún que otro átomo de su realidad superior e
infinita. Pero únicamente la oración, si es humilde, constante, confiada, mueve a
Dios a abrirnos el sagrario del misterio. Dentro de ese sagrario, el alma se extasía
y el entendimiento comienza a navegar por mares desconocidos. La teología más
auténtica es la que se hace no sólo desde la fe, sino sobre todo desde la oración,
desde la inteligencia orante y adorante del misterio. Igualmente, la predicación
más verdadera es la que ha pasado las verdades de la fe por el horno de la
meditación. En las cosas de Dios, el que ora entiende, y el que no, no entiende
nada, o casi nada. Si los cristianos orásemos más y mejor, los problemas de fe
disminuirían en gran número o desaparecerían por completo. En un mundo que a
veces parece sin sentido, la oración puede darle sentido. ¡Vale la pena!

Domingo Trece del TIEMPO ORDINARIO 1 de julio del año 2001Primera: 1Re
19, 16b.19-21; segunda: Gál 5,1.13-18 Evangelio: Lc 9, 51-

NEXO entre las LECTURAS

"Llamada y respuesta": dos palabras que resumen el contenido sustancial de las


lecturas del presente domingo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a
algunos a seguirle y a darle una respuesta radical (evangelio). En esto Jesús
supera las exigencias de la llamada y del seguimiento en el Antiguo Testamento,
particularmente en la vocación de Eliseo (primera lectura). Los gálatas -y todos
los cristianos en general- han sido llamados a la libertad del Espíritu, y por
consiguiente tienen que responder con su comportamiento a su nueva condición
de hombres libres, evitando caer otra vez en la esclavitud (segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Los pasajes bíblicos de este domingo nos presentan algunas características


fundamentales de la respuesta a la llamada que Cristo hace a los hombres.
Características exigentes, nada convencionales.

Con Jesús hacia el Gólgota. Con el pasaje evangélico comienza Lucas la gran
marcha de Jesús desde el lugar del triunfo y del éxito (Galilea) hacia el lugar de
la muerte y de la derrota incomprensible (el Gólgota en Jerusalén). Jesús inicia
esta marcha "con firme decisión". Él camina por delante, el primero, el
abanderado de los designios del Padre, "para cumplir los días de su asunción", es
decir, los días de su martirio fuera de los muros de Jerusalén y de su exaltación
gloriosa mediante la resurrección. Los discípulos han dicho sí a la llamada y
ahora siguen sus pasos, sin entender muy bien a dónde van. Jesús, en esta larga
marcha hacia Jerusalén, les irá instruyendo y poco a poco captarán que el camino
termina en una cruz. Jesús habla claro, pero la ceguera de los discípulos no es
fácil de vencer. Necesitarán la luz de la Pascua.

Como Jesús, pasar haciendo el bien. Los hijos del trueno quieren arrojar fuego y
centellas sobre el pueblo que rechaza darles hospedaje. Seguramente habían
escuchado en la sinagoga que Elías había hecho caer fuego del cielo (1 Re 18,
38) y ellos no querían ser menos que aquel gran profeta. Pero Elías hizo bajar el
fuego de Dios no sobre una ciudad y sus habitantes, sino sobre el sacrificio en el
monte Carmelo. Santiago y Juan como buenos discípulos de Juan el Bautista van
más allá, porque ellos han escuchado decir a su antiguo maestro que "el Mesías
quemará la paja con fuego que no se apaga" (Lc 3,17). Lucas nos dice que Jesús
"les reprendió con dureza". ¿Pero es que no se han enterado de que Jesús no ha
venido para hacer el mal, sino sólo el bien? ¿No entienden que Jesús camina
hacia Jerusalén para vencer el mal con el bien sobre el Calvario?

Tres actitudes para seguir a Jesús. Podemos formularlas así: Entrega total,
decisión absoluta, desprendimiento pleno. Hay que estar dispuesto a dejar el
pasado, a no mirar hacia atrás, sino a tender los ojos hacia adelante, hacia la tierra
que hay que labrar y que un día dará su fruto. En el seguimiento de Jesucristo no
se admiten condiciones, si éstas implican subordinar la llamada al propio querer.
Se pide radicalidad, porque el reino de Dios apremia y no puede esperar: Eliseo
pudo poner condiciones a Elías (ir a despedirse de sus padres), pero el cristiano,
si así lo requiere el Reino, ha de librarse de esta preocupación por un bien
urgente y superior. Finalmente, al discípulo Jesús pide el poner exclusivamente
en él su seguridad, renunciando a todo tipo de seguridades materiales y humanas.
Jesús no tiene nada, sólo a su Padre. El discípulo habrá de estar dispuesto a no
tener nada, sólo un camino y un caminante que le va llevando hacia la cruz.

Seguir a Cristo con libertad. Antes del bautismo el cristiano era esclavo de sí
mismo y del Maligno. Cristo lo ha liberado, pero no para arrojarle otra vez a una
nueva esclavitud, sino para que viva siempre en clave de libertad, bajo la guía del
Espíritu Santo. Para un cristiano incircunciso, nos enseña Pablo, la circuncisión
significa es perder la libertad del Espíritu y caer en la esclavitud de la ley. Por
otra parte, un cristiano, proveniente del paganismo, pierde la libertad si vuelve a
vivir como antes, siguiendo las apetencias de la carne, como la idolatría, la
fornicación, la discordia, las borracheras y, en general, cualquier forma de
libertinaje. El cristiano, liberado por Cristo, ha de aceptar y vivir el riesgo y el
reto de la libertad.

SUGEREncias PASTORALES

Un camino y muchos senderos. Cristo es el único camino, un camino sobre el que


se extiende poderosamente la sombra de la cruz. Este es el único camino del
seguimiento, de la misión, de la plenitud cristiana. Son, sin embargo, muchos los
senderos que conducen a este camino. Son muchos los modos y tiempos con que
Cristo llama a los hombres a caminar con él, junto a él. Está el sendero de la
fidelidad conyugal y el de la consagración radical, está el sendero del sufrimiento
y el de la entrega amorosa en el servicio a los necesitados, está el sendero de la
vida pública y el de la vida oculta en el quehacer diario del hogar, está el sendero
del espectáculo para descanso del hombre y el de la escuela para su instrucción.
Está el sendero de... Todos los senderos pueden, deben encontrarse en el mismo y
único camino: Jesucristo, maestro de los hombres, redentor del mundo. Al
entroncar nuestro sendero con el camino de Cristo percibiremos que no llegamos
desnudos al camino, sino que portamos con nosotros nuestra cruz y nuestro
calvario. Y nos convenceremos quizá de que la cruz de Cristo está hecha de
millones de cruces, y el Calvario que sostiene la cruz es un promontorio formado
por muchos calvarios. Es el momento de preguntarnos si el sendero de nuestra
vida está entroncado al camino de Cristo. Es el momento de suplicar al Señor que
nuestros senderos confluyan siempre en el camino de Cristo maestro y redentor.

Caminar sin entender del todo. En las cosas del espíritu no todo es claro, ni todo
evidente. Pero uno no puede quedarse paralizado, hay que caminar aunque no se
entienda todo ni del todo. Caminar mirando una estrella que un día se vio, y que
ahora quizá está cubierta por una densa nube. Caminar, como Jesús, con paso
firme, sin miedo, aunque la inteligencia quiera que detenga el paso e incluso que
retroceda ante la niebla del camino. Caminar en el claroscuro de la fe, mirando
siempre hacia adelante, hacia Jerusalén, la meta de nuestra existencia. Caminar,
caminar, caminar... ¿No nos sucede a veces que nuestra inteligencia nos frena en
el camino de la vida espiritual, del trabajo apostólico? Camina iluminado por el
corazón, porque el corazón tiene sus razones que la razón no comprende. Y el
amor difícilmente se equivoca.

Domingo Décimo Cuarto del TIEMPO ORDINARIO 8 de julio del año


2001Primera: Is 66, 10-14; segunda: Gál 6,14-18 Evangelio: Lc 10, 1-12.17-20

NEXO entre las LECTURAS


Buscar en todo el fin: esta frase puede sintetizar los textos litúrgicos. El fin de la
misión de los setenta y dos no es el éxito, sino el que "sus nombres estén escritos
en el cielo" (evangelio). El Isaías post-exílico ve anticipadamente el fin de todos
sus sueños: la ciudad de Jerusalén que reúne a todos sus hijos, como una madre
(primera lectura). La existencia cristiana no tiene otro fin sino el de apropiarse la
vida de Cristo en toda su realidad histórica, especialmente en el misterio de la
cruz. Es lo que nos enseña san Pablo con su palabra y con su vida (segunda
lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Inscritos en el libro de la vida. Los 72 discípulos de Jesús, símbolo de los


cristianos esparcidos por el mundo, en cuanto que 72 son todos los pueblos de la
tierra (cf Gén 10), están contentos de la misión cumplida y llegan a Jesús para
contarle sus proezas misioneras. Jesús les escucha, pero a la vez les hace caer en
la cuenta de algo importante: las hazañas misioneras no tienen valor en sí
mismas, lo que realmente vale y nos debe alegrar profundamente es nuestro
destino eterno con el Dios de la vida. Esta búsqueda gozosa del verdadero fin de
la existencia explica y da sentido a la alegría, en sí legítima y razonable, por los
éxitos apostólicos, al igual que da sentido a las penalidades y adversidades
connaturales de la misión cristiana. El discípulo de Jesús, en efecto, no predica
realidades sensiblemente captables y atractivas. Predica que el Reino de Dios ya
ha llegado, predica la paz mesiánica, predica en medio de un mundo no pocas
veces hostil y reacio a los valores del Reino, predica valiéndose y poniendo su
confianza más que en los medios humanos en la fuerza misteriosa de Dios.
Indudablemente, el éxito no es un elemento esencial en el bagaje del misionero.

Madre de consolación y de paz. Cuando el Isaías post-exílico escribe este


bellísimo texto, la diáspora judía es una grandeza extendida por todo el imperio
persa y por el mediterráneo. El profeta, bajo la acción del Espíritu divino, sueña
con un pueblo unido y unificado en la ciudad mística de Jerusalén. Con ojo
avizor mira hacia el futuro y prevé poéticamente el momento gozoso de la
reunificación. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que
reune entorno a sí a todos sus hijos, tiene tiernamente en sus brazos al más
pequeño y le alimenta de su propio pecho. Todos, al reunirse de nuevo con la
madre, se llenan de consuelo y se sienten como inundados por una grande paz.
Esta Jerusalén, madre de consolación y de paz, simboliza al Dios del consuelo,
simboliza a Cristo, que es nuestra paz, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos
somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. La
Iglesia, tanto la de hoy como la de siempre, es en su esencia, aunque no siempre
en sus hombres, madre de consolación y de paz para todos los pueblos.

Llevo en mi cuerpo el tatuaje de Jesús. Para un cristiano, nos dice San Pablo,
carece de valor estar o no circuncidado, lo que vale es ser una nueva creatura.
Todo ha de estar subordinado a la consecución de este fin. San Pablo es
consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo el tatuaje de Jesús. Es
decir, lleva en todo su ser una señal de pertenencia a Jesús, como el esclavo
llevaba una señal de pertenencia a su patrón, o como en las religiones mistéricas,
el iniciado llevaba en sí una señal de pertenencia a su dios. Como Pablo, así
deben ser todos los cristianos, por eso puede decirles: "Sed imitadores míos,
como yo lo soy de Cristo". Este es, además, el fin de la misión de Jesucristo: que
el hombre se apropie la redención operada por Jesucristo y llegue así a ser y a
manifestar a los demás que es pertenencia de Dios. Después de veinte siglos de
cristianismo, ¿cuántos llevan grabado en su mismo ser el tatuaje de Jesucristo ¿

SUGEREncias PASTORALES

Cristiano, o sea, misionero. La imagen del cristiano que va a misa, cree en los
dogmas de fe y cumple con los mandamientos, es incompleta y algo anticuada.
No basta eso, porque ser cristiano es tener una misión y realizarla con celo y
ardor en los quehaceres de la vida y en la amplísima gama de tareas eclesiales
hoy existentes. Más aún, el sentido de misión es el estímulo más fuerte para creer
y vivir la fe, para cumplir con los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Si
alguno no está convencido de que ser cristiano equivale a vivir en clave de
misión, le recomiendo que lea los documentos del Concilio Vaticano II y el
catecismo de la Iglesia católica. En este último se lee: "Toda la Iglesia es
apostólica en cuanto que ella es ‘enviada’ al mundo entero; todos los miembros
de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. ‘La
vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado"
(CIC 863). Si amamos filialmente a la Iglesia, no dudemos de que la mejor
manera de expresarle nuestro amor sea mediante nuestro espíritu misionero. Y
misionero significa conciencia viva de ser enviado; si bien este envío puede ser al
vecino de casa, al cliente en el trabajo, al emigrante que encuentro en la parada
del autobús o del semáforo, a la joven pareja que se prepara para el matrimonio...
Hoy en día misionar no es únicamente marchar a un país lejano a predicar la fe y
el estilo de vida de Cristo, es también una tarea que se lleva a cabo en el propio
barrio, en las plazas de la ciudad e incluso entre las paredes del propio hogar.
La misión puede más que el miedo. Parafraseando a Juan Pablo II podríamos
decir: "No tengáis miedo de ser misioneros". Porque, a decir verdad, algunas
veces al menos nos atenaza el temor, el respeto humano, el qué pensarán y el qué
dirán. Es humano sentir miedo, pero la misión ha de superar y sobrepasar
nuestros temores. El futbolista no tiene miedo de hablar de fútbol ni el médico o
el maestro de hablar de su profesión. ¿Hemos de tener miedo los cristianos de
hablar de Cristo: su persona, su vida, su verdad, su amor, su misterio? La fe y la
misión comienzan en el corazón, eso es verdad, pero han de terminar en los
hechos y en los labios. Todos hemos de vencer cualquier muestra de miedo. Los
adultos, para no llamar al miedo prudencia. Los jóvenes, para no creerse seres de
otro planeta entre sus coetáneos. Sobre todo, vosotros jóvenes (laicos, religiosos
y religiosas, sacerdotes), que sois enviados por Cristo como apóstoles de los
jóvenes. ¡Es vuestra hora! ¿La dejaréis pasar? También vosotros, maestros y
educadores cristianos, que tenéis en vuestras manos la niñez y la adolescencia,
¡sed misioneros en la escuela! ¿Podremos permitir que el miedo prevalezca sobre
nuestra misión cristiana? Nuestra misión ha de ser nuestra corona y nuestra
gloria.

Domingo Décimo Quinto del TIEMPO ORDINARIO 15 de julio del año 2001

Primera: Deut 30, 10-14; segunda: Col. 1, 15-20 Evangelio: Lc 10, 25-37

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La cuestión Jesús podría ser el centro de convergencia de los textos litúrgicos.


Jesús es una grande pregunta y la Biblia nos ofrece una grande respuesta. En el
evangelio Jesús se autopresenta como el buen samaritano, disponible para
cualquier necesidad, allí donde exista y sea quien sea el necesitado. La primera
lectura nos habla de la Palabra cercana, en los labios y en el corazón, y esa
Palabra cercana se identifica con Jesús, el Dios-hombre, que nos habla con
palabras de hombre. En la carta a los colosenses, en un antiguo y bello himno
cristológico, Jesús es cantado como el primogénito de toda la creación, a quien
todo hace referencia y en quien todo encuentra plenitud.

MENSAJE DOCTRINAL
El buen samaritano, seudónimo de Jesús. La parábola del buen samaritano no es
sólo un tesoro cristiano, pertenece a la riqueza de la humanidad. Tal vez no sea
exagerado decir que no hay hombre que no la conozca, que no haya pretendido
interpretarla alguna vez en su propia vida. Cabe destacar, por ello, que no es una
parábola hecha vida, sino una vida hecha parábola, y por eso se puede decir que
el buen samaritano es un seudónimo de Jesús. A la pregunta del escriba sobre
quién es su prójimo, Jesús habría podido responder directamente: "Yo soy";
prefirió, sin embargo, escoger el camino parabólico y hacer de la narración un
espejo de su existencia, enteramente entregada al hombre por amor.
Verdaderamente Jesucristo es el prójimo de todo hombre, es decir, cercano,
accesible, disponible, acogedor, próximo en cualquier situación o circunstancia
humanas. Una perspectiva interesante para leer los evangelios podría ser ésta de
la proximidad, adoptando como punto de partida el gran misterio de la
encarnación, por la que Dios se hace próximo al hombre en Jesús de Nazaret.
Jesús está próximo a los niños, a los enfermos, a los discípulos, a los inquietos, a
los poderosos, a los pobres y necesitados, a todos. La proximidad de Jesucristo al
hombre forma parte del misterio de la encarnación y del nacimiento.

Jesús, Palabra cercana. Para el Deutero-nomista la Palabra es la revelación de


Dios primeramente en el Sinaí y ahora en la llanura de Moab. Una revelación
divina que no es algo principalmente extrínseco, sino que realmente es una
Palabra interior, de la que todo seguidor de Jesucristo se apropia hasta llegar a
hacerla suya. Una Palabra y una revelación que adquieren rostro y nombre
propios en Jesucristo. Él es la Palabra hecha carne. Él es la Palabra que resuena
en todas las palabras de la Biblia. Él es la Palabra que, por obra del Espíritu
Santo, se adentra en el alma del creyente hasta anidar en ella, convirtiéndola en
su morada. Está en nuestros labios la Palabra, porque cuando leemos la Escritura
leemos a Cristo en ella. Está en nuestro corazón, porque la Palabra no es un
sonido hueco, tampoco un mero contenido noético, sino una persona, a la que se
conoce y ama en la intimidad, por la vía del corazón. Para un cristiano, esa
palabra cercana e interior, que está en sus labios y en su corazón es Jesucristo. Él
es la Palabra que nos aproxima al conocimiento y a la intimidad de Dios, que nos
aproxima al verdadero conocimiento de nosotros mismos y del sentido de toda la
creación.

Jesús, primogénito de la creación. El himno de la segunda lectura recurre a varias


imágenes para responder a la cuestión Jesús. Jesús es la imagen visible del Dios
invisible, es el primogénito, es decir, el arquetipo de toda creatura: punto de
referencia, por tanto, del cosmos y de la historia. En definitiva, la creación entera
mira hacia Jesucristo como a su modelo, su razón de ser, su último destino. Por
eso, el himno de la carta a los colosenses nos dice que en Jesús reside toda la
plenitud. Finalmente, aplica a Jesús otros dos nombres: cabeza del cuerpo, que es
la Iglesia, o sea, centro de cohesión y de dirección de los cristianos, y
primogénito de entre los muertos: Aquel en quien anticipadamente se nos
muestra el destino final de todos los hombres que buscan sinceramente a Dios.
Como primogénito de la creación, todo lo engloba, todo lo configura, todo lo
sella con su imagen y con su amor.

SUGEREncias PASTORALES

Haz tú lo mismo. Jesús es el buen samaritano, es el hombre más próximo a todo


hombre y a todos los hombres. La grandeza de la vocación cristiana está en que
Jesús no nos dice: "ve y enseña tú lo mismo", sino "ve y haz tú lo mismo". Como
nos dirá Santiago: "La fe sin obras es una fe muerta". Hoy cada cristiano es
llamado a repetir a Jesús en su vida, a hacer del buen samaritano un propio
seudónimo. Jesús dice a algunos cristianos: "Haz tú lo mismo en tu casa: con tu
mamá que está enferma; con tu vecino, que es anciano y no puede valerse por sí
mismo para muchas cosas; con tu hijo que tuvo un accidente y habrá de vivir el
resto de su vida en silla de ruedas". A otros cristianos Jesús dirá: "Ve y haz tú lo
mismo cuando vas por la calle, dando limosna con gusto a quien te la pida,
informando amablemente a quien te pregunta por una dirección o por el nombre
de un negocio; ve y haz tú lo mismo cuando vas en el autobús o en el metro,
cediendo el asiento a los ancianos, a las madres con niños pequeños, a los
minusválidos, siendo respetuoso y dueño de ti mismo cuando el autobús va a tope
y te empujan por todas partes o incluso intentan robarte". Haz tú lo mismo: esta
frase la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo
largo de todos los días. Una frase que posee un potencial enorme de creatividad y
de impulsos nuevos a la acción en favor de nuestros hermanos los hombres. Haz
tú lo mismo: esta sola frase es capaz de inventar el futuro, de fraguar un mundo
nuevo y mejor. ¿Cuántos cristianos haremos caso?

Una Palabra dirigida a ti. Toda la Biblia es palabra, palabra de Dios. Las palabras
humanas en que está escrita la Biblia son como sonidos que llegan a nuestros
oídos, entran dentro de nosotros y a través de ellos escuchamos la Palabra de
Dios, su mensaje de verdad, de amor, de auténtico humanismo cristiano. Es una
Palabra dirigida a todos, porque todos la podemos entender y a todos nos puede
abrir las puertas de la salvación. Pero sobre todo es una Palabra dirigida
personalmente a cada uno, a ti. Puede suceder que, cuando tú lees un texto de la
Biblia, haya otros hombres leyendo el mismo texto en algún otro lado del
planeta, pero es seguro que el mensaje será absolutamente personal, dirigido a ti,
con tu nombre y apellidos. Cuando en la liturgia de la Palabra, en la misa, se
hacen las tres lecturas, todos los presentes escuchan los mismos textos, pero en
cada uno resuenan de modo diferente y a cada uno envían mensajes particulares.
Para la Palabra de Dios no cuenta el número, sino la persona, cada persona en su
carácter único, irrepetible y diverso de todas las demás. Un Padre de la Iglesia
decía que la Escritura es como una carta que Dios escribe a cada hombre. No una
carta protocolaria o puramente administrativa, sino una carta de un Padre a su
hijo, una carta donde el Padre habla de sí mismo con gran sencillez, pero al
mismo tiempo manifestando sus pensamientos y deseos más íntimos. Escucha
esa Palabra de Dios para ti, en ella te va la vida y la felicidad, en ella se te da la
clave para vivir dando sentido a tu existencia. No te asuste la levedad de la
Palabra. Parece frágil y leve, pero posee la solidez del acero. ¡Es Palabra de
Dios!

Domingo Décimo Sexto del TIEMPO ORDINARIO 22 de julio del año 2001

Primera: Gén 18, 1-10a; segunda: Col. 1, 24-28. Evangelio: Lc 10, 38-42

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La primera lectura y el evangelio hablan claramente de la hospitalidad. Se nos


habla de Abraham que, en plena canícula, ofrece un hospedaje espléndido a tres
misteriosos personajes. Se nos habla de Marta de Betania que acoge a Jesús y a
sus discípulos en su casa, y de María, su hermana, que acoge como discípula
atenta la palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los colosenses
presenta a Pablo que hospeda en su cuerpo y en su alma al Cristo Crucificado
para completar las tribulaciones de Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia.

MENSAJE DOCTRINAL

Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los nómadas, la


virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e
inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la
hospitalidad de Abraham para con tres personajes algo misteriosos, pero se trata
de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente y a
contrapelo de las leyes naturales. Llama la atención en este texto el hecho de que
Abraham se dirige a los tres personajes en singular: "Señor mío, si te he caído en
gracia, no pases de largo cerca de tu servidor". Para Abraham esos personajes son
mensajeros (ángeles) de Dios, que vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé.
La narración tiene, por tanto, visos de ser una teofanía, en la que Abraham acoge
y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos.
El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti
pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo".
¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abraham que la descendencia, que
hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a
Abraham acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y
Abraham acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su
vejez. Hospedar generosamente el misterio de Dios, hospedar confiadamente su
palabra y, consiguientemente, tener la seguridad de que Dios bendecirá nuestra
existencia.

Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están representadas por
Marta y María. Son dos formas igualmente buenas y necesarias, aunque la
segunda sea preferible a la primera. Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en
su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les
protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar
hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la
larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada
a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni una jota de las
enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es
estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la
preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a
Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad
de pocas, o mejor, de una sola". Jesús en modo alguno desprecia la hospitalidad
de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad
más importante e, indirectamente, invita a Marta a dársela. Es como si Jesús
dijera a su anfitriona: "Mira, Marta, prepara cualquier cosita, y luego ven a
sentarte junto a María y a escuchar como ella mi palabra". Dos formas de
hospedar al amigo, de distinto valor, aunque las dos sean necesarias.

Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo


hospeda la cruz de Jesús, o mejor, a un crucificado. "Completo lo que falta a las
tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un crucificado, Pablo no se
espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en
Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los
cristianos. Para Pablo no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su
existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no
soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al amigo
bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de
vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección
redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo
culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema.

SUGEREncias PASTORALES

Hospitalidad hacia los emigrantes. Hoy la palabra hospitalidad puede traducirse


por solidariedad. El cristianismo nos enseña que todos somos hermanos, y por
ello todos hemos de ser solidarios unos con otros. Porque no hemos de olvidar
que la solidariedad es recíproca. El anfitrión se muestra solidario acogiendo al
huésped, y éste hace patente su solidariedad acogiendo con agradecimiento y
respeto la hospitalidad que se le brinda. En definitiva, el anfitrión acoge a Cristo
en el huésped y éste acoge a Cristo en el anfitrión. Todo esto resulta de gran
actualidad ante el problema no pequeño ni fácil de los emigrantes que, como
oleadas constantes, llegan sobre todo a los países de Europa y de América. Ellos
son nuestros hermanos en Cristo o, al menos, en humanidad, y por eso hemos de
respetarles y acogerlos. Ellos, por su parte, no han de olvidar que nosotros somos
sus hermanos, a quienes deben respeto y acogida en su corazón. ¿Cómo no
pensar que, tras la pantalla de la emigración, se esconde en ocasiones la
microcriminalidad, la mafia de emigrantes clandestinos, la importación ilícita de
tabaco y de droga, la mafia inhumana de secuestro de niños para vender sus
órganos o el engaño de jovencitas que serán llevadas a diversos países de Europa
y vendidas a la prostitución? Cuando el respeto mutuo falla, no se debe exasperar
ni generalizar, dejándose caer en el racismo o el odio a todos los extranjeros, pero
la autoridad pública deberá intervenir y, cuando sea necesario, expulsar a los
delincuentes. La hospitalidad tiene sus reglas humanas y cristianas, y todos
hemos de cumplirlas con fidelidad, para que la convivencia sea provechosa para
todos.

Hospedar a Quien nos ha hospedado. Pienso que es importante el que tomemos


conciencia de que nosotros somos huéspedes. Al venir a la vida hemos sido
hospedados por Dios, autor de la misma, en esta gran casa que es la tierra; sí,
porque toda la tierra es la casa de Dios para todo hombre que viene a este mundo.
Hemos sido hospedados con cariño en una familia: nuestros padres y hermanos,
nuestros abuelos, nuestros tíos... Hemos sido hospedados en una sociedad, en una
nación, en una cultura, en una institución política, educativa...Y sobre todo
hemos sido hospedados por Dios en la Iglesia, la casa que Dios nos ha regalado a
los creyentes en Cristo. La reciprocidad nos obliga. Hemos de hospedar a quien
nos ha hospedado, sobre todo al Huésped por excelencia que es Dios Nuestro
Señor. Hemos de dar el debido respeto al Huésped en nuestras palabras. El
blasfemar, el jurar en vano, el negar a Dios rompe las reglas del respeto debido.
Hemos de dar el debido respeto a Dios en la Iglesia, ante el Santísimo
Sacramento. Un respeto que se traduce en conciencia de la presencia de Dios en
la Eucaristía, en adoración humilde y agradecida, en el reconocimiento práctico
del carácter sagrado de la Iglesia, etc.

Domingo Décimo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO 29 de julio del año 2001

Primera: Gén 18, 20-21.23-32; segunda: Col 2, 12-14 Evangelio: Lc 11, 1-13

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Los textos litúrgicos de este domingo nos enseñan diversos modo de orar.
Abraham aparece en la primera lectura como modelo de oración de intercesión
por los habitantes de Sodoma. En el evangelio Jesucristo nos enseña con el
padrenuestro dos modos de orar: la oración de deseo, en la primera parte, y la
oración de súplica en la segunda. El texto de la carta a los colosenses no trata
directamente de la oración, pero podríamos decir que ofrece el fundamento de
toda oración cristiana, sobre todo de la oración litúrgica, que es el misterio de la
muerte y resurrección de Jesucristo. O tal vez se pudiera hablar de la oración que
se hace vida, entrega por amor.

MENSAJE DOCTRINAL

La oración de intercesión. Interceder es unirse a Jesucristo, único mediador entre


Dios y los hombres, y participar de alguna manera en su mediación salvífica. En
la intercesión, en efecto, el orante no busca su propio interés, sino el de los
demás, incluso el de los que le hacen mal. Normalmente se intercede por alguien
que está en necesidad, en peligro o en dificultad. Así lo hace Abraham ante la
situación de Sodoma y Gomorra, a punto de ser destruidas por su maldad. La de
Abraham es una intercesión llena de atrevimiento y osadía para con Dios, pero al
mismo tiempo de grandísima humildad. "¡Mira que soy atrevido de interpelar a
mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Supón que los cincuenta justos fallen por
cinco, ¿destruirías por los cinco a toda la ciudad?". La oración de intercesión
complace a Dios, porque es la propia de un corazón conforme a la misericordia
del mismo Dios. Pero la eficacia divina, obtenida por el intercesor, puede
encontrar acogida o rechazo en la persona por la que se intercede. Ante la
intercesión de Abraham, Dios intercede y salva a Lot y a sus hijas, pero Sodoma
y Gomorra son arrasadas por el fuego.
La oración de deseo. Lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que
amamos. Por eso, en el padrenuestro que Jesucristo nos enseñó, el corazón del
creyente eleva hasta Dios el deseo ardiente, el ansia del hijo por la gloria del
Padre, siguiendo las huellas de Jesucristo. ¿Qué es lo que el cristiano más puede
desear en este mundo? El evangelio nos responde: Que sea santificado el nombre
de Dios, que venga su Reino. El cristiano desea ardientemente que Dios sea
reconocido como santo, como totalmente diferente del mundo, como el
totalmente Otro, como el Trascendente que sostiene nuestra libertad y alienta
nuestra hambre de trascendencia. El cristiano anhela fuertemente que se
establezca el reino y reinado de Dios sobre la tierra, el reino del Mesías que abre
las puertas a todos los pueblos y a todas las naciones. ¿Son éstos todos los deseos
de los cristianos? Son un compendio, por eso, todos los demás buenos deseos
cristianos, para que sean tales, deberán decir relación a uno de ellos dos. Una
oración de deseo, al margen de Dios y de su reino, no puede ser cristiana.

La oración de súplica o petición. En la segunda parte del padrenuestro, pedimos a


Dios por las necesidades fundamentales de la existencia humana. Las pedimos no
individual, sino comunitariamente. Es la Iglesia en mí y conmigo la que pide a
Dios el pan de cada día, el perdón de los pecados, la fuerza ante la tentación para
todos los cristianos, para todos los hombres. Son peticiones que se hacen a Dios
como Padre, y por ello con total confianza y seguridad de ser escuchados; pero
son también peticiones audaces porque pedimos cosas nada fáciles, sobre todo si
tenemos en cuenta el misterio de la libertad de Dios y de la libertad del hombre.
Son peticiones que "conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del
pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal"
(CIC 2857).

La oración de la vida entregada por amor. Nuestra oración es paradójicamente


también una respuesta, nos dice bellamente el catecismo. Una respuesta a la
queja del Dios vivo: "A mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse
cisternas, cisternas agrietadas; respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación,
respuesta de amor a la sed del Hijo único" (CIC 2561). Es la oración de la vida,
de las obras de la fe y del amor, obras diarias unidas misteriosamente al gran
orante con la vida que es Jesucristo. En nosotros, dada nuestra miseria, debilidad
y limitación humanas, no pocas veces la oración va por un lado y la vida por otro.
En Jesús la oración es vida y la vida es oración. Así es como pudo cancelar la
nota de cargo que había contra nosotros y clavarla en la cruz, perdonándonos
todos nuestros pecados. Jesucristo oró y murió por nuestros pecados, y con su
oración y muerte nos alcanzó la vida.
SUGEREncias PASTORALES

Dime cómo oras y te diré quién eres. Hay quienes piensan que el valor del
hombre y su identidad se miden por su cuenta bancaria, por su rango social, por
su poder sobre los demás, por su saber, por su fama... Más bien habrá que decir
que el hombre es lo que ora, vale lo que ora. ¿Oras? ¿Oras de verdad, con todo el
alma? ¿Oras mucho, con frecuencia? ¿Oras con oración de deseo, buscando
sinceramente a Dios en tu oración? ¿Oras desinteresadamente, por quienes tienen
necesidad de Dios, de su misericordia y de su amor? ¿Oras con confianza, con
abandono en el poder y en la sabiduría de Dios que conoce lo que es mejor para
los hombres? ¿Oras con un corazón eclesial, abierto a todos? ¿Oras, como
Jesucristo, con tu vida hecha oblación por la salvación de los hombres? Si oras, y
oras así, eres cristiano auténtico. Si no oras, o si tu oración está desprovista de
estas cualidades, tu carné de identidad cristiana está muy maltrecho y
desfigurado. Por todo esto, conviene recordar que la familia, la escuela, la
parroquia deben ser también y -¿por qué no?- principalmente, escuelas de
oración. ¿No nos sucede que enseñamos muchas cosas a los niños, y nos
olvidamos quizá de enseñarles a orar?

El "gusto" de orar. La oración indudablemente no debe ser un capricho, algo que


depende del tener o no tener ganas. Pero evidentemente que tampoco debe ser un
tormento, algo que hago a disgusto, porque hay una ley de la Iglesia o una
costumbre de familia. Orar debe ser algo que me guste, como nos gustan las
cosas buenas. Nos gusta hablar con los amigos, ¿hay un mejor amigo que Dios?
Nos gusta aprender cosas, ¿hay mejor maestro que el mismo Dios? Nos gusta
sentirnos queridos y amados, ¿hay alguien que nos ame y nos quiera más que
Dios Nuestro Señor? Este gusto, como muchas veces no es sensible, nos resulta
algo más difícil. Como es un gusto espiritual, es un gusto que sólo el Espíritu
Santo nos puede regalar. Por tanto, más que esforzarse por gustar la oración,
habremos de esforzarnos por pedir al Espíritu el gusto de orar. Él, que conoce el
interior de cada hombre, es quien infunde en la intimidad de cada uno este gusto
por la oración. ¿Te "gusta" la oración en el recinto secreto de tu corazón, a solas
con Dios? ¿Te "gusta" la oración comunitaria, por ejemplo, el rosario en familia
o en la Iglesia, y sobre todo la santa misa, oración suprema de la Iglesia al Padre
por medio de Jesucristo? Si todavía no lo tienes, descubre el gusto de la oración y
pide al Señor que nos lo conceda a todos los cristianos. El gusto de orar es una
riqueza para cada cristiano y para toda la la Iglesia.

Domingo Décimo Octavo del TIEMPO ORDINARIO 5 de agosto del año 2001

Primera: Qo 1, 2; 2, 21-23; segunda: Col 3, 1-5.9-11 Evangelio: Lc 12, 13-21


NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Los textos litúrgicos de este domingo nos proponen dos modos de vivir y estar en
el mundo. Está el modo de vivir del hombre viejo y está el propio del hombre
nuevo (segunda lectura), existe el hombre que busca las cosas de la tierra y el que
busca las cosas del cielo (segunda lectura), aquel para quien todas las cosas son
vanidad y para quien todo es providencia de Dios (primera lectura). El evangelio,
por su parte, opone la vida de quien cifra todo en el tener, y atesora riquezas para
sí, y la vida de quien funda su existencia en el ser, y atesora riquezas delante de
Dios.

MENSAJE DOCTRINAL

Vivir para sí. Es un modo de estar en el mundo, de realizar la existencia en el


arco de años entre el nacimiento y la muerte. Es un modo de pensar, de actuar, de
relacionarse con los hombres y con las cosas. El punto de referencia de todo es el
yo. El saber, el trabajo, el esfuerzo con sus buenos resultados aparecen, ante el
yo, caducos y vanos. Si el hombre es un ser abocado al morir, ¿a qué le sirve su
saber, su trabajo, si no puede vencer su destino mortal, su immersión en la nada?
Todo es vanidad, humo que se lleva el viento. Cuando el yo es el centro de la
vida, tenemos al hombre viejo, incapaz por sí mismo de salir de la tiniebla de su
hermetismo, cada vez más sumergido en el fondo del vicio y del pecado, con la
mirada cada vez más puesta en las cosas de la tierra sin la posibilidad de alzarla
hacia las alturas. Hombre viejo, porque en cierta manera repite en su vida la
historia antiquísima del primer Adán, del gusto del pecado y de la caída original.
Por otra parte, el yo es sumamente pobre dejado en sus propias manos, porque
privilegia el tener y el aparecer. ¿Hay algo más efímero y lábil que esas dos
realidades? ¿Cómo se puede fundar una existencia sobre algo que hoy es y
mañana desaparece? ¿Cómo se puede mirar de frente a la muerte, cuando los
grandes valores que han regido la vida han sido los bienes materiales y las
apariencias, a quienes está prohibido pasar el umbral del más allá? Con razón se
puede aplicar a quien vive para sí las palabras de Jesús en la parábola del texto
evangélico: "¡Insensato! Esta misma noche te reclamarán el alma. Las cosas que
has acumulado, ¿para quién serán?". Así es quien atesora riquezas para sí, quien
centra en sí su propio vivir y actuar entre los hombres.

Vivir delante de Dios. Dios no es, a decir verdad, el antagonista del yo, de la
realización personal. ¡De ninguna manera! Pero la sabiduría eterna nos enseña
que la propia realización consiste y se lleva a cabo por el camino del vivir para
Dios, de vivir a los ojos de Dios. El trabajo y el saber, a los ojos de Dios, tienen
un sentido y un destino providenciales, más allá de los límites de la esfera
mundana. Todo lo que uno hace por Dios en este mundo lo trasciende y habita,
purificado y elevado, en la eterna morada de Dios. Vive ante Dios y para Dios el
hombre nuevo, que ha sido rehecho por Cristo mediante el bautismo a su imagen
y semejanza, que ha sido circuncidado no en su carne sino en su corazón, y
viviendo delante de Dios vive sin miedo a la muerte, que considera, más que un
final absurdo y sin sentido, una puerta a una existencia nueva de la que ya se
participa, aunque sea de modo muy pobre y elemental. Por eso, el hombre nuevo
tiene los pies bien puestos en la tierra y en los quehaceres de este mundo, pero su
mirada y su corazón están puestos arriba, en el cielo, hacia donde camina con
confianza y esperanza. Quien vive para Dios no se enajena del mundo, no lo
desprecia ni lo odia, porque es la casa que el Padre le ha dado para que en ella
habite. Trabaja como todos los demás, gasta sus fuerzas para producir riqueza,
pero tiene un corazón puro y desprendido y sabe muy bien que los bienes de este
mundo tienen un destino universal, y no pueden ser injustamente acaparados en
pocas manos. En vez de decirse a sí mismo: "Descansa, come, bebe, banquetea",
piensa más bien en cómo ayudar para que los hombres todos, sobre todo quienes
están más cerca de su vida, tengan su oportuno descanso, dispongan de alimentos
y puedan sanamente disfrutar de lo necesario para un banquete de fiesta.

SUGEREncias PASTORALES

El homo oeconomicus no tiene futuro. Solemos con frecuencia clasificar al


hombre según algún aspecto que lo caracteriza. Así, por ejemplo, se habla de
"homo faber" para subrayar su capacidad manual, u "homo cogitans" para resaltar
su vocación de pensador. Con la expresión "homo oeconomicus" se pone de
relieve el tipo de hombre centrado en el dinero y en el bienestar. Pues bien,
hemos de afirmar que este hombre carece de futuro. Hay gente que dice: "Con el
dinero puedes hacer todo lo que quieras; abre todas las puertas". No es verdad.
Con dinero no puedes comprar la felicidad, aunque a ratos te pueda hacer feliz.
Con dinero no puedes comprar el amor, a lo más una noche de pasión o un
amorío efímero y frustrante. El dinero no te hace virtuoso, más bien abre con no
poca frecuencia la puerta al antro del vicio. Lo reconozcamos o no, todos
pretendemos un futuro más feliz, pero ese futuro no lo encontrarás en una cuenta
bancaria boyante. Lo encontrarás dentro de ti, en el sagrario de tu conciencia, en
la paz interior ante ti mismo y ante Dios. Sobre todo, no tiene futuro, porque el
"homo oeconomicus" no es ciudadano del cielo, le falta el pasaporte y ante la
muerte y el juicio de Dios la cuenta bancaria no cuenta para nada. ¿Por qué no
cambiar el "homo oeconomicus" en "homo pneumaticus", en hombre iluminado,
guiado y configurado por la acción del Espíritu Santo?

No es fácil, pero es posible, deseable. Son muchos quienes lo han hecho.


Inténtalo, si no lo has hecho todavía. Invita a otros a intentarlo.

¿Tiene sentido cambiar de sentido? Los dos modos de vivir de que hemos
hablado son como una autopista, con las dos vías separadas, sin posibilidad de
maniobra para cambiar de dirección cuando uno quiera. Unos carriles van sólo en
una dirección y otros en la dirección contraria. Esto da mucha mayor seguridad a
los conductores, hace más fácil y menos cansado el conducir, se puede ir a mayor
velocidad... se viaja a gusto en general, aunque habrá que tener cuidado en las
curvas, no excederse en la velocidad, no dejarse vencer por la fatiga. Avanzo,
progreso hacia Babilonia, veo que no voy sólo sino que muchos van por la misma
dirección que yo. Pienso que he elegido bien la ciudad de mis sueños y que será
una gozada vivir en ella, con gente per bene. De vez en cuando observo que hay
un letrero en el que está escrito: "cambio de sentido". He visto que alguno que
otro ha dejado la pista y ha buscado cambiar de dirección. Mi primera reacción
ha sido: "¡Pero qué tonto! ¿Tiene sentido cambiar de sentido?", y he seguido
adelante. Luego, ante otros letreros iguales, o en momentos inesperados, me ha
venido la imagen de quienes salían de la autopista. ¿Por qué lo harán? ¿Será
gente rara? ¿Pensarán que se han equivocado de dirección? ¿Habrán
comprendido que Babilonia no es una isla de felicidad? La verdad es que la
espinita de la duda se me ha clavado dentro. ¿Qué hacer? Te animo a cambiar de
dirección, a tomar el carril que se dirige a Jerusalén; a hacerlo en el próximo
cambio de sentido, sin esperar al último... No creas que son pocos los que van en
esa dirección. Al cambiar de sentido, te darás cuenta de que el tráfico es también
intenso. ¡Jerusalén, la ciudad del gran Dios! ¡Jerusalén, la ciudad en que
Jesucristo dio su vida por nosotros! ¡Jerusalén, la ciudad de los hijos de Dios!
¡Jerusalén, símbolo de verdad y de justicia, símbolo de amor y solidaridad!
¡Jerusalén, la ciudad fundada por Dios para que tú habites en ella!

Domingo Décimo Noveno del TIEMPO ORDINARIO 12 de agosto del año 2001

Primera: Sab 18, 3.6-9; segunda: Heb 11, 1-2.8-19 Evangelio: Lc 12, 32-48

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


"En confiada y vigilante espera", así resumo el contenido principal del mensaje
litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abraham y Sara, y de todos aquellos que
murieron en espera de la promesa hecha por Dios (segunda lectura). Esta es la
actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio
de duros trabajos, la noche de la liberación (primera lectura). Esta es la actitud
del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con
corazón vigilante la llegada de su Señor (evangelio).

MENSAJE DOCTRINAL

La espera histórica. Dios es un Dios fiel y sus promesas se cumplen, pero, en


cuanto promesas, no se ven en el inmediato presente, sino que se esperan para el
futuro. Podemos, pues, decir que la historia de la salvación es la historia de las
esperanzas y de la espera de los judíos y de los cristianos. Prototipo de esperanza
es Abraham, como resalta la carta a los Hebreos (segunda lectura). Primero vive
en la esperanza y espera de un hijo, y Dios le cumple dándole a Isaac, a pesar de
la edad avanzada y de la esterilidad de Sara, su mujer. Luego, en la espera y
esperanza de una tierra y de una descendencia numerosa. Dios cumplirá, pero no
durante la existencia terrena de Abraham. De este modo, en Abraham se inaugura
la cadena de las esperanzas y de la espera de los patriarcas y del pueblo de Israel.
Después de varios siglos, en el XIII a. de C., Dios cumplió la promesa de la tierra
con Josué. Muchos siglos después, con Jesucristo, Dios cumplirá la promesa de
la descendencia, ya que sólo en Jesús "serán benditos todos los pueblos de la
tierra". En el libro de la Sabiduría (primera lectura) se menciona otra promesa de
Dios: la liberación de la esclavitud: "Aquella noche fue pre-anunciada a nuestros
Padres" (cf Gén 15, 13-14; 46, 3-4). También esta promesa Dios la cumplió de
modo glorioso y potente, en aquella famosa noche en que los egipcios quedaron
en tinieblas mientras a los israelitas les precedía una columna de fuego que
iluminaba su camino, aquella noche que para los egipcios fue trágica por la
muerte de todos los primogénitos, mientras que para los israelitas fue noche de
liberación y alegría. Dios no sólo cumple su promesa, sino que vence el mal y
con amor atrae y llama hacia sí a los elegidos. No es sólo un Dios fiel, sino
además un Padre amante.

La espera metahistórica. En la carta a los Hebreos se presenta a los patriarcas y a


las grandes figuras del pueblo de Israel buscando una patria. El autor de la carta
interpreta esta búsqueda no en sentido histórico, sino metahistórico: "Aspiran a
una patria mejor, es decir, a la patria celeste". El mismo Dios que fue fiel
cumpliendo sus promesas en la historia, será fiel en el más allá de la historia. De
esta espera y esperanza metahistóricas nos habla sobre todo el evangelio,
mediante la imagen del patrón a quien los siervos deben esperar hasta que llegue
para abrirle la puerta apenas toque. Desde el nacer todo hombre, en alguna
manera, está a la espera de su Señor. Los cristianos hemos de esperar sin miedo,
con gozo, "porque el Padre se ha complacido en darnos el Reino", y Dios, nuestro
Padre, no dejará de cumplir. Hemos de esperar en actitud de disponibilidad para
cualquier momento: "con la cintura ceñida y las lámparas encendidas".
Igualmente, la espera ha de ser vigilante, porque el Señor llegará "como un
ladrón", cuando menos se piensa. La mejor manera de esperar es seguramente
haciendo el bien a todos y llevando una conducta digna. El abusar del propio
poder, golpeando a los criados y criadas, comiendo y bebiendo hasta
emborracharse, es un modo inapropiado de esperar al Señor, y por eso nos dice el
evangelio: "Le castigará severamente y le señalará su suerte entre los infieles". El
más allá, y el juicio de Dios que implica esta realidad, nos puede resultar
misterioso, inaccesible a nuestra inteligencia, pero no es algo marginal de la fe
cristiana, sino algo constitutivo de su credo: "Espero la resurrección de los
muertos y la gloria del mundo futuro". Vivimos de esperanza, pero toda la
historia de la salvación nos ha mostrado, siglo tras siglo, que la esperanza puesta
en Dios no defrauda.

SUGEREncias PASTORALES

Mirar el presente con ojos lejanos. El cristiano no es un utópico, un soñador


desconectado del presente con su realidad contante y sonante. El cristianismo
vive el realismo del presente, con las pequeñas tareas de cada día, con los
pequeños o grandes proyectos, con las luchas por la vida y la supervivencia de
tantos hombres, con la crónica negra de los periódicos o de la televisión, con las
pequeñas sorpresas que de vez en cuando llaman a la puerta. En realidad la vida
se vive en presente o no se vive. El presente es lo único a nuestra disposición,
porque el pasado ya se esfumó y el futuro carece todavía de consistencia propia.
El presente es la tierra que piso, la familia en la que vivo, la novia que amo, la
madre enferma, el hijo travieso, la oficina en la que trabajo, la parroquia por la
que paso a diario, el análisis de sangre o el coche nuevo que acabo de comprar.
Nuestra mirada ha de estar puesta en ese presente, no evadirnos de él, asumirlo
con toda su realidad, sea triste o sea agradable. No hemos de tener miedo al
presente, hemos de mirarle de frente, con hombría. Pero el presente no existe
encerrado en su propia concha, por su misma naturaleza está abierto al futuro que
paso a paso, inexorablemente se convierte en presente. Eso futuro no puede
olvidarse en el vivir cotidiano del momento. De ahí que hayamos de mirar el
presente con ojos lejanos. El futuro es el horizonte del presente, es la esperanza.
El presente hermético fenece con su propio instante. El presente abierto ve ya la
espiga dorada en la semilla apenas arrojada en la tierra. El presente hermético
pretende eternizar la brizna de la felicidad efímera, que se marchita entre sus
manos, y al no lograrlo, se derrumba en catástrofe. El presente abierto y cristiano
lanza su mirada hacia adelante, cada vez más y más hasta hacerla entrar en la
morada misma de Dios. Que tus ojos iluminen la realidad presente con el fulgor
que han captado mirando el futuro.

La vigilancia no es un optional. El futuro de cada hombre, con todo su espesor, es


imprevisible. El metereólogo puede prever el tiempo para mañana, aunque con
riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el país durante
el mes de mayo o en el año 2000, con mayor o menos aproximación. Pero la
historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de libertad.
Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios. ¿Quién puede saber lo que
harán los hombres el día de mañana? ¿Quién puede prever los designios de Dios
para el futuro inmediato o remoto? La imprevisibilidad del futuro reclama
vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo
simplemente posible, una entre otras muchas opciones. La vigilancia es la mejor
opción. Vigilar para que el futuro no nos coja desprevenidos. Vigilar para ser
capaces de dominar los acontecimientos, en lugar de ser dominados por ellos.
Vigilar para no perder jamás la paz, ni siquiera ante el desencadenamiento más
tremendo de pruebas y experiencias adversas. En realidad, quien vigila ya ha
mirado en los ojos al futuro, y está preparado para afrontarlo con garbo y
decisión. Vigilar para descubrir la escritura de Dios en las páginas de la historia.
Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de
los hombres. Vigilar para terminar con happy end la última página del libro de tu
vida. Vigilar para mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, "cuando Él
venga". La vigilancia no es un optional, es una necesidad vital.

Solemnidad de la ASUNCIÓN 15 de agosto del año 2001

Primera: Ap 11, 19; 12, 1-6a.10ab; segunda: 1Cor 15, 20-26; Evangelio: Lc 1,
39-56

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

El concepto de "relación" puede servirnos para establecer un lazo de unión entre


los textos de la fiesta de la Asunción. La relación de María con Dios Padre la
encontramos en el texto evangélico: "Ha hecho en mí cosas grandes el
Todopoderoso". En la primera carta a los corintios (primera lectura) podemos
vislumbrar la relación de María con su hijo, Jesucristo resucitado, "primicia de
los que han muerto". La primera lectura nos permite establecer una relación de
María con la Iglesia, "mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona
de doce estrellas sobre su cabeza".

MENSAJE DOCTRINAL

María y el Padre. María en el Magnificat reconoce que el Todopoderoso ha hecho


obras grandes en ella. ¿Cuáles son esas obras grandes? Primeramente, la plenitud
de gracia con que ha sido concebida y que la ha acompañado a lo largo de su
existencia terrena. Luego, el misterio de la maternidad divina, maravilloso gesto
de amor del Padre a María y a la humanidad entera. Finalmente, Dios ha hecho
de María el arca de la nueva alianza que, con Dios en su seno, es causa de
bendición para Juan Bautista y sus padres (cf paralelismo con 2Sam c.6). Las
cosas grandes de Dios en María no terminan con el nacimiento de Jesús; Dios
sigue actuando con su grandeza en el alma y en la vida de María, y la última de
esas grandes obras de Dios en ella será precisamente la asunción en cuerpo y
alma a la gloria celestial. María es la poseída por la gracia en el cuerpo y en el
alma, la inmaculada, en la que nada hay corruptible, porque todo en su persona es
gracia, puro don de Dios. ¿Podría Dios Padre dejar incompleta la obra
maravillosa de gracia, operada en María, durante su vida terrena?

María y su Hijo, Jesucristo. El misterio de la resurrección de Jesucristo y de su


consiguiente glorificación es impensable sin la realidad de un cuerpo, como el
nuestro, que ha sido amorosamente formado en el seno de María. El Verbo se
hizo carne de María y en María. La santísima Virgen puede decir de Jesús: "Es
carne de mi carne". Si esa carne santísima ha sido glorificada por la resurrección
de Jesucristo, ¿dudará el Hijo de glorificar también la carne de su Madre, esa
carne bendita que fue a la vez arca y alimento? Cristo resucitado es la primicia de
entre los muertos; en el templo de Jerusalén, la fiesta de las primicias
preanunciaba la abundante cosecha; ahora, Cristo glorioso preanuncia la
glorificación de todos los creyentes. Una glorificación que tendrá lugar "en su
segunda venida" al final de los tiempos. La Pascua definitiva del cristiano no es
posesión, sino esperanza cierta y segura. María es la única mujer que ya vive en
la Pascua definitiva, porque en su carne bendita su Hijo Jesucristo ha realizado en
plenitud la obra de la redención. En cierta manera podemos afirmar que María es
también, junto con Jesús y por obra suya, primicia de entre los muertos. Por eso,
podemos elevar nuestra mirada a la Virgen Asunta con amor y con esperanza.
María y la Iglesia. La mujer del Apocalipsis (primera lectura) simboliza a Eva, a
Israel y a la Iglesia. El dragón es la "serpiente antigua" que tentó a Eva e hizo que
fuese arrojada fuera del paraíso (Gén 3). Pero ya en el v. 15 se abre una ventana a
la esperanza con la mujer que vence a la serpiente pisando su cabeza. Esa mujer
es la nueva Eva, María, aquella sobre la que la serpiente no ha tenido poder
alguno, y que por ello puede con total libertad lograr la victoria sobre ella. La
mujer representa al pueblo de Israel, esa mujer-esposa con la que Yahvé contrajo
una alianza esponsal, esa mujer bella como el sol, poderosa como una grande
reina, grávida en espera de un hijo. En María se realiza de modo perfecto la
vocación y la esperanza de Israel. Ella es bella con el esplendor de Dios,
poderosa por su humildad, grávida por llevar en su seno al mismo Hijo del
Altísimo. La mujer simboliza igualmente a la Iglesia. La Iglesia en el esplendor
de su santidad, en la maternidad fecunda, en la situación de persecución por obra
del demonio, en la huida al desierto para recobrar fuerzas y preparar la batalla de
la victoria. María, como hija de la Iglesia ha llevado hasta el mismo Dios su
santidad, su fecundidad, su victoria; como madre de la Iglesia, desde el cielo, la
asiste en sus pruebas y la consuela en el dolor.

SUGEREncias PASTORALES

Una mujer de nuestra raza. María, con toda su grandeza, no es una mujer diversa
de las demás mujeres de la tierra. Ella es enteramente mujer, no un ser superior
venido de otro planeta ni una creatura sobrenatural bajada del cielo. Ella se
presenta en el Evangelio con todas las características de su feminidad y de su
maternidad en unas circunstancias históricas concretas, a veces teñidas por el
dolor, otras coronadas por el gozo. Siente como mujer, reacciona como mujer,
sufre como mujer, ama como mujer. Su grandeza no procede de ella, sino de la
obra maravillosa de Dios, eso sí acogida y secundada fielmente por María. Su
asunción en cuerpo y alma al cielo no la aleja de nosotros, y la hace más
poderosa para mirar por los hombres, sus hermanos, con ojos de amor y de
piedad. Su presencia gloriosa en el cielo nos habla no sólo de un privilegio de
María, sino de una llamada que Dios hace a todos para participar de esa misma
vida en la plenitud de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Como mujer de nuestra
raza, ella es la figura más excelsa de humana creatura a la vez que la más tierna y
maternal. Jesucristo y María, su Madre, ya han pasado la puerta del cielo con la
plenitud de su ser. Nosotros estamos todavía en el umbral, viviendo en espera y
esperanza, pero con la seguridad de que llegará el momento en que la puerta se
abrirá para todos y comenzaremos a vivir en un mundo nuevo. No es sueño, no es
simple promesa. Es realidad que esperamos con absoluta confianza en el poder
de Dios. La asunción de María es garantía de nuestra esperanza. ¿No es algo
magnífico que el destino glorioso de María sea también nuestro último y
definitivo destino?
Salmo a la asunción de María.

Bendice, alma mía, al Dios altísimo,

porque se ha dignado elevar en cuerpo

y alma hasta el cielo

a la humilde doncella de Nazaret.

Bendigan todas las creaturas al Padre

porque eligió a una mujer de nuestra raza,

para manifestar en ella la victoria

sobre la muerte y sobre la corrupción,

como primicia, junto con Cristo,

de nuestro destino.

Bendigan todos los redimidos a nuestro Señor Jesucristo,

porque en María, su Madre, asunta al cielo,

hace brillar en su esplendor todos

los efectos de la redención.

Bendigamos al Espíritu Santo,

que ha hecho llamear en el ser

de María de Nazaret

el fuego que no se consume

y la luz que nunca se apaga.

Que todas las creaturas, junto con María, alaben a Dios.


Domingo Décimo Vigésimo del TIEMPO ORDINARIO 19 de agosto del año
2001

Primera: Jer 38, 4-6.8-10; segunda: Heb 12, 1-4 Evangelio: Lc 12, 49-57

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

"El escándalo de la verdad" podría servir de título a nuestra reflexión sobre la


liturgia de hoy. La verdad que proclama el profeta Jeremías escandaliza a sus
contemporáneos (primera lectura). Las palabras de Jesús sobre el fuego del
juicio, sobre el bautismo en la sangre de la cruz y sobre la espada que divide,
también escandalizaron a sus oyentes, porque no respondían a sus expectativas.
¿Y no es verdad que no pocas veces escandaliza a los hombres la pedagogía
divina que recurre, aunque no únicamente, a la corrección y al castigo?

MENSAJE DOCTRINAL

El escándalo de Jeremías. Jeremías era un hombre de natural sensible y tranquilo.


Amaba la belleza y tuvo que predicar, por vocación divina, destrucción y
horrendas matanzas. Amaba la tranquilidad y quietud, y estuvo metido hasta los
tuétanos en los acontecimientos tan azarosos y desgraciados de Jerusalén y del
reino de Judá. El Dios que lo había seducido le impulsaba a hablar cosas
desagradables e inesperadas, a realizar acciones simbólicas que suscitaban
indignación y adversidad. Sus palabras y sus acciones escandalizaron a los
habitantes de Jerusalén y de Judá. Y "escandalizar" quiere decir para los que le
oyen que no busca el bien sino el mal de su pueblo, que es un pesimista y un
aguafiestas que descorazona a los soldados y al pueblo. Jeremías con todo sabe
que dice la verdad, una verdad que no se la ha inventado él, sino que la ha
escuchado en la intimidad de su conciencia como Palabra venida de Dios. El
escándalo de la verdad hará sufrir a Jeremías (será bajado a un pozo lleno de
cieno para que allí muera olvidado y abandonado), pero no importa, él sabe que
Dios no lo abandonará (le salvará por medio de un etíope, de un pagano), y que la
verdad de Dios por él transmitida prevalecerá y vencerá. Y así fue. Jerusalén fue
tomada y destruida por el ejército babilonio, y gran parte de la población
deportada, como esclava, a la tierra de los vencedores.

El escándalo de Jesucristo. Jesús se dirige a sus contemporáneos con palabras


hirientes, escandalosas. Habla del fuego del juicio, capaz de quemar y destruir la
situación presente para generar una nueva, pero los oyentes no están dispuestos a
la radicalidad del cambio ni a la irrupción de la novedad. Jesús habla de bautismo
en referencia a la sangre de la cruz, en la cual él deberá ser bautizado para lavar
los pecados del mundo cargados sobre sí. Pero, ¿qué necesidad hay de ese
bautismo? ¿No es suficiente el bautismo de Juan, el bautismo de los esenios? ¡La
cruz, escándalo para los judíos!, nos recordará Pablo en la primera carta a los
corintios. Jesús dice claramente que no ha venido a traer la paz sobre la tierra,
sino la espada que divide a los hombres: con Cristo o contra Cristo, sin
posibilidad de estado neutral. Esta espada divisoria escandalizó enormemente a
los judíos. Ante estos tres signos que Jesucristo ofrece a sus contemporáneos,
éstos no saben leerlos correctamente, juzgarlos como es debido, ¡y se
escandalizan! La verdad que Jesucristo les predica es un escándalo insoportable.
Un escándalo que costó a Jesucristo la condenación y la muerte ignominiosa en
una cruz.

El escándalo de Dios. No sólo Jeremías, no sólo Jesús, el mismo Dios puede


provocar escándalo. A la comunidad a la que va dirigida la carta a los Hebreos
podía resultar "escandaloso" que Dios les permitiese pasar por un sin fin de
sufrimientos; más aún, se les podía presentar con fuerza el "escándalo" del
martirio, mediante el derramamiento de la propia sangre. ¿Cómo era posible que
Dios dejase intervenir las fuerzas del mal en modo tan manifiesto? Por eso, el
autor de la carta les invita a poner la mirada en Jesús, el autor y perfeccionador
de la fe, que se sometió a la cruz soportando la ignominia, y ahora está sentado a
la derecha del trono de Dios. En lenguaje más coloquial se podría formular así:
¿Os escandalizáis? ¡Mirad a Jesucristo en la cruz! ¿Os desanimáis ante esta
perspectiva? ¡Mirad a Jesucristo sentado a la derecha del trono de Dios! A la luz
de Cristo vuestro escándalo se convertirá en testimonio de fe y en glori

SUGEREncias PASTORALES

¡Escandaliza, que algo queda! No estoy recomendando el escándalo inmoral,


como por ejemplo el escandalizar a los niños con acciones malas o
desproporcionadas a su capacidad de juicio. Propongo el escándalo de la verdad,
y la verdad puede no gustar, puede ser más o menos oportuna, pero nunca podrá
catalogarse de inmoral. Propongo el repetir muchas veces este escándalo de la
verdad, para que a base de repetición genere al menos un interrogante, un
estímulo, un paso hacia adelante en su conocimiento. Porque, ¿no hay acaso una
serie de verdades que escandalizan a muchos hombres de hoy? Por ejemplo, la
verdad de un único Salvador de la Humanidad, nuestro Señor Jesucristo, centro y
eje de la historia y del cosmos; la verdad de una única Iglesia, fundada por
Cristo, que subsiste en la Iglesia católica; la verdad de un único Creador del
universo y del hombre; la verdad de Dios unitrino, activamente comprometido
con la historia del hombre y con su destino; la verdad de un pueblo sacerdotal,
sin distinción de sexos, pero de un ministerio sacerdotal, al que Dios llama sólo a
los varones; la verdad del matrimonio, constituido únicamente por la unión
estable de un hombre y una mujer; la verdad del destino universal de todos los
bienes de la tierra, etc., etc. Estas verdades escandalizan a muchos oídos en
nuestra sociedad. En vez de callarlas, hablemos de ellas, digámoslas una y otra
vez, de formas diversas, con la sencillez y la convicción que la misma verdad
entraña. Digámoslas en público y en privado. Digámoslas todos: los sacerdotes,
los educadores, los profesores de religión, los catequistas, los teólogos, los
obispos. ¡Escandalicemos a nuestra sociedad con verdades fundamentales de la fe
y de la moral cristianas!

"La verdad os hará libres". En un ambiente social, en el que la verdad parece ser
causa de esclavitud y servidumbre, porque se ignora o se menosprecia sea la
naturaleza de la verdad sea la capacidad del hombre para la misma, los cristianos
estamos convencidos de que la verdad en sí, y particularmente la verdad de
nuestra fe nos hace libres. En realidad, toda verdad contribuye a construir al
hombre y al cristiano en su identidad y carácter más específicos. Y está claro que
entre más nos identifiquemos con nuestro ser hombre y con nuestro ser cristiano,
viviremos mejor y más plenamente la verdadera libertad de ser lo que hemos de
ser, según está inscrito en nuestra naturaleza o en el gran libro de la revelación de
Dios. Porque el hombre no es libre de ser "lo que quiere", es libre de ser la
verdad de su ser. La libertad no es un absoluto, dice referencia a la verdad, que
por sí misma nos atrae y subyuga. Allí donde hay verdad, hay libertad, y donde
no hay verdad, hay necesariamente alguna forma de esclavitud. ¿Buscamos la
verdad? ¿Vivimos en la verdad? ¿Amamos la verdad? ¿Permanecemos en la
verdad? ¿Defendemos la verdad? Entonces podemos decir que somos
auténticamente libres, incluso si estamos encerrados en las cuatro paredes de una
prisión o somos considerados "material inútil" por la sociedad circundante. ¿O
acaso tenemos miedo a la verdad, a su fuerza subyugadora? Sí, en un mundo
relativo, dan miedo tal vez las verdades absolutas. Pero, si todo es relativo, ¿no
estamos haciendo de lo relativo lo único absoluto? Tener miedo a la verdad, en
definitiva, es tener miedo a ser uno mismo, es tener miedo a ser coherente, es
dejarse dominar por la ley absoluta de la mayoría, es perder dignidad humana. La
verdad te hará libre. No lo dudes. Es la experiencia de los hombres grandes.

Domingo Vigésimo Primero del TIEMPO ORDINARIO 26 de agosto del año


2001

Primera: Is 66, 18-21; segunda: Heb 12, 5-7.11-13 Evangelio: Lc 13, 22-30

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


Los textos litúrgicos se mueven entre dos polos: uno, la llamada universal a la
salvación, el otro, el esforzado empeño desde la libertad. El libro de Isaías
(primera lectura) termina hablando de la voluntad salvadora de Yahvé a todos los
pueblos y a todas las lenguas. El evangelio, por su parte, nos indica que la puerta
para entrar en el Reino es estrecha y que sólo los esforzados entrarán por ella. En
este esfuerzo de nuestra libertad nos acompaña el Señor, con su pedagogía
paterna que no está exenta de corrección, aunque no sea ésta la única forma de
pedagogía divina.

MENSAJE DOCTRINAL

Llamada universal a la salvación. El destino universal de la salvación no ha sido


descubierto por el Concilio Vaticano II, sino que se halla en la entraña misma de
la Palabra y Revelación de Dios: "Dios quiere que todos se salven". En el texto
de la primera lectura Isaías, en una visión magnífica, ve venir a Jerusalén, la
ciudad de la salvación, casi en forma de procesión litúrgica, a los hombres de
todos los pueblos, sirviéndose de los más variados medios y trayendo sus
ofrendas a Dios. Dios ha llamado y sigue llamando a todos, sin excepción,
porque Dios es Señor y Padre de todos. ¿Puede Dios Padre llamar a algunos de
sus hijos a la salvación y a otros no? ¡Sería absurdo e indigno de su divina
paternidad! En donde sin duda hay diferencia es en los medios que Dios ofrece a
sus hijos para la salvación. El texto de Isaías menciona que vendrán a Jerusalén
en caballos, carros, literas, mulos y dromedarios. En otras palabras, los caminos
para llegar a la salvación de Dios, simbolizada en Jerusalén, son muchos y
diversos. Hoy en día, el camino más seguro es la fe cristiana, pero existe también
el camino de las religiones no cristianas. Existe el camino de la ética y de la
conciencia. Existe el camino de la ascética y de la mística, etc. Por otra parte, la
universalidad de la salvación no admite excepciones ni de pueblos ni de lenguas
ni de épocas, ni de categorías sociales o profesionales, ni de caracteres (sociable,
retraído, eufórico...), fisionomía (guapo o feo, proporcionado o
desproporcionado...), fisiología (fuerte o débil, gordo o flaco...), etc. Todos
reciben la llamada por igual, pero cada ser humano encuentra sus propias
dificultades y sus ayudas en el camino a la salvación, que al menos en parte están
relacionadas con la raza, la fisionomía, el carácter, etc. ¡Por Dios no queda! ¿Qué
haremos los hombres ante esta oferta universal?

La libertad del empeño. En una ocasión alguien pregunto a Jesús: "Señor, ¿son
pocos los que se salvan?" Sabemos que todos son llamados a salvarse, pero ¿se
salvarán realmente todos? En su respuesta, a través de un lenguaje imaginativo y
simbólico, trata de inculcarnos tres verdades fundamentales: 1) La puerta para
entrar en el Reino de Dios, el reino de la salvación, es una puerta estrecha. La
puerta de la llamada la abre Dios y la abre a todos, pero la puerta de la respuesta
depende de la libertad humana, y no todos están dispuestos a entrar por ella,
sobre todo sabiendo que es una puerta estrecha. Jesús nos dice incluso que habrá
muchos que tratarán de entrar pero que no lo lograrán. ¿Por qué? Porque
pretenden entrar cargados de muchas cosas que les impide el paso. Querer entrar
implica querer desprenderse, y hacerlo realmente. Sin esta voluntad de
desprendimiento y sin esta libertad de esfuerzo, no se puede pasar la puerta de la
salvación. 2) La obtención de la salvación no depende de la religión, tampoco de
la experiencia religiosa, incluso mística, sino de la conducta, de las obras de
salvación. No basta ser cristiano para asegurar la salvación, porque si no hacemos
las obras de cristiano, escucharemos la voz de Dios que nos dice: "No os
conozco, no sé de dónde sois". No es la experiencia religiosa (el haber comido y
bebido en su presencia) la que causa la salvación; si no va unida a obras que
nazcan de esa experiencia, Dios se verá obligado a responder: "Os digo que no sé
de dónde sois. Alejaos de mí, obradores de iniquidad". 3) Los que se salven
provendrán no sólo de un lugar, sino de todos los pueblos y de todos los confines
de la tierra. "Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se pondrán
a la mesa en el reino de Dios". En todos los rincones de la tierra habrá gente
esforzada y generosa que quiera entrar por la puerta estrecha y que ponga todos
los medios para conseguirlo.

SUGEREncias PASTORALES

Admirar la pedagogía de Dios. La Biblia es, entre otras cosas, el libro de la


pedagogía de Dios para la salvación del hombre. Dios como pedagogo es
simbolizado por la figura del padre. Es decir, la pedagogía divina está guiada por
el amor peculiar de un padre hacia sus hijos. El texto de la segunda lectura
subraya un aspecto de esta pedagogía: la corrección. ¿Qué padre hay que no se
haya visto en ocasiones obligado a corregir a sus hijos? A veces la corrección
puede terminar en castigo, un castigo educativo, aleccionador. El hijo sabe,
aunque llore y patalee, que la corrección o el castigo son para su bien, y
provienen de un padre que le ama de corazón. Dios, para conducir al hombre
hacia la puerta estrecha de la salvación, se ve obligado a veces a usar de la
"corrección" y del "castigo". También de esa manera nos manifiesta su amor de
Padre. El hombre, más que lamentarse, enojarse con Dios, considerarse víctima,
deberá admirar la maravillosa pedagogía de Dios, que con su providencia está
constantemente pendiente de nuestra vida, sigue de cerca todos nuestros pasos y,
cuando es necesario, recurre a la corrección para nuestro bien.

Pero es evidente que un padre no puede reducirse a un simple corrector. ¡Sería


una caricatura de la pedagogía paterna! El padre sobre todo guía, alienta,
entusiasma a sus hijos por los caminos de la verdad y del bien. Así es también la
pedagogía divina, que pone a nuestro alcance numerosos medios para despertar
en nosotros el deseo profundo de la salvación y para guiarnos por el camino
seguro hacia ella. Y lo hace de un modo absolutamente personal, porque Dios no
es un educador de masas, sino de hijos.

La salvación: iniciativa de Dios y tarea del hombre. Al hombre es imposible


salvarse por sí mismo: es Dios quien salva. Pero Dios no impone la salvación, la
ofrece. Dios no ahorra al hombre la tarea de aceptarla, y así ser salvado. No es el
hombre quien toma la iniciativa de la salvación, sino Dios. Pero no es Dios quien
tiene la tarea de la salvación, sino el hombre. ¡Iniciativa y tarea! ¡Hermosa
conjugación de sinergia entre un Padre que ama con locura a sus hijos y unos
hijos que se preocupan de comportarse como tales! Si Dios renunciara, en un
imposible, a la iniciativa de salvación, renunciaría a su amor de Padre y a su
proyecto eterno sobre el destino del hombre. Si el hombre renunciara a su tarea
de salvación, por una parte, renunciaría a su condición de hombre caído y, por
otra, a su fin y destino eternos. La iniciativa de Dios infunde al hombre seguridad
y certeza de la salvación. La tarea de la salvación le hace poner en juego su
libertad y entregarse de lleno a usarla en sinergia con la iniciativa divina. Todo
esto es estupendo, pero nos pasa muchas veces que vivimos la vida sin pensar
mucho en estas cosas, arrollados quizá por los mismos acontecimientos diarios.
El domingo es un buen día para pensar en todo esto, para hacer un alto en el
camino de la cotidianidad y pensar en algo que vale la vida, y la eternidad. Si la
"salvación" estuviera más presente en nuestras pequeñas tareas de cada día, ¿no
cambiaría en algo nuestro modo de vivir y de actuar? ¡No es tiempo de lamentos!
¡Es tiempo de acción y de esperanza!

Domingo Vigésimo Segundo del TIEMPO ORDINARIO 2 de septiembre del año


2001

Primera: Sir 3, 17-18.20.28-29; segunda: Heb 12, 18-19.22-24 Evangelio: Lc 14,


1.7-14

NEXO ENTRE LAS LECTURAS


MENSAJE DOCTRINAL

Las justas relaciones nacen de la humildad. Es de perogrullo decir que el hombre


es un ser relacional, y que esas relaciones son con sus semejantes, con el mundo
que lo circunda y con Dios. Lo que quizá no se ve tan claro sea cuáles son las
relaciones más auténticas y propias. La historia de la humanidad ofrece ejemplos
numerosos de diversas formas de vivir la propia relacionalidad. Hay quienes se
guiaron en su comportamiento por una relación de odio y destrucción. Los demás
son enemigos y hay que acabar con ellos; Dios es enemigo, hay que "matarlo",
como proclamaba Nietzsche; la naturaleza, la selva hay que destruirla para
construir ciudades, espacios humanos. ¡Una relación enteramente equivocada!
Existe también la relación de posesión. Poseer las cosas para construir un reino
de bienestar; poseer a los demás para servirme de ellos en pro de mi grandeza y
de mi poder; poseer a Dios, para "manejarlo" según mi voluntad. ¡Tampoco ésta
parece ser del todo una relación acertada! ¿Será el temor una buena relación?
Miedo a un Dios de imponente grandeza y terrible en sus juicios; miedo a los
hombres y a las cosas, por complejo de inferioridad o por falta de sentido
práctico. ¡No, el temor no es tampoco una relación adecuada! La verdadera
relación nace de la humildad y se manifiesta como relación de amor. Porque soy
humilde, es decir, porque reconozco mi condición de creatura con su inmensa
pequeñez, vivo en actitud de amor mi relación personal con Dios. Ese amor me
induce a percibir su grandeza y su generosidad para conmigo, a confiar en Él a
pesar de mi pequeñez, a agradecer sus dones, esa ciudad de Sión en la que se
cifran todo los bienes que Dios puede conceder al ser humano (segunda lectura).
Porque soy humilde, amo a los demás y no me considero superior a ellos ni busco
darles algo para recibir de ellos a mi vez su recompensa (evangelio). Porque soy
humilde, no me ensoberbezco con el poder de las riquezas que pueda tener ni con
la grandeza de la ciencia que poseo (primera lectura). El hombre, en su ser y en
sus relaciones, es puro don de Dios, ¿de qué podrá enorgullecerse? La justa
relación del hombre con Dios, con sus semejantes y con las cosas es el amor, un
amor que se hace servicio, respeto, agradecimiento, solidariedad.

La humildad, virtud agradable a Dios. A Dios creador no puede no agradarle que


el hombre acepte su condición de creatura y establezca las justas relaciones con
Él y con toda la creación, pues eso es la humildad. La falta de humildad, por el
contrario, rompe la armonía en la interioridad del hombre y en el mismo
universo, y esa ruptura no agrada al Creador. Por eso, leemos en el Sirácida que
"son los humildes los que glorifican a Dios" y en el evangelio que "el que se
humilla será ensalzado". ¿Por qué agrada a Dios la humildad? Precisamente
porque el humilde no tiene ninguna pretensión de suplantar a Dios, de "ser como
Dios" o, al menos, de tenerse por un superhombre o por un supersabio. Muy bien
nos recomienda el Sirácida: "No pretendas lo que te sobrepasa, ni investigues lo
que supera tus fuerzas". El humilde agrada a Dios porque no lo considera como
un rival, sino como un padre y un amigo. El humilde agrada a Dios, no sólo
porque se reconoce creatura, sino además pecador, e indigno de su condición de
hijo. Precisamente por eso, el humilde mantiene para con Dios una actitud de
hijo, sí, pero que mendiga su benevolencia y su amoroso perdón. Todo esto nos
hace comprender mejor lo que la misma Escritura nos asegura: "Dios resiste a los
soberbios, pero a los humildes les otorga su favor". La diferencia entre el
soberbio y el humilde la podríamos formular así: "El soberbio busca agradarse a
sí mismo, incluso a costa de Dios, mientras que el humilde busca agradar a Dios,
incluso a costa de sí mismo".

SUGEREncias PASTORALES

Humildad, o sea, la verdad. Lo que Jesucristo en el evangelio pretende darnos no


es una clase de cortesía y buena educación. Jesús va más a fondo, a lo esencial, al
sustrato íntimo de la persona. Y allí, ¿qué encuentra? Encuentra un letrero que
dice: "todo es don, todo es gracia". El hombre que no sea capaz de admitirlo, está
en la mentira, se autoengaña y procurará de muchos modo engañar también a los
demás. Por ejemplo, complaciéndose con sus éxitos, hablando de sus triunfos,
exaltando sus muchas cualidades, creyéndose y haciéndose el importante... Aquel
que sea capaz de admitirlo, está en la verdad, y será profundamente humilde.
Porque la humildad es la verdad con la que nos vemos a nosotros mismos delante
de Dios. Por sí mismo delante de Dios el hombre es polvo, viento, nada. Por la
gracia de Dios es su imagen y es su hijo. Ojalá pudiéramos decir como san Pablo:
"Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido vana en mí".
¡Qué manera tan distinta de vivir cuando se vive en la verdad! El hombre
humilde hace siempre la verdad en el amor: la verdad sobre sí mismo, la verdad
sobre los demás y la verdad sobre Dios. Te aconsejo que te mires en el espejo de
la humildad para ver si te reconoces o si es tal el impacto contrastante con la
realidad que el espejo no la soporta y se quiebra en mil pedazos. No puedo no
afirmar que una Iglesia de humildes será una Iglesia más auténtica, más fiel al
designio original de su Fundador. Cada uno, con nuestra humildad, podemos
contribuir en algo.

¡Atención a la falsa humildad! Hemos dicho que la humildad es la verdad, como


enseña santa Teresa de Jesús. Existen, sin embargo, formas aparentes de
humildad. Al faltarles la verdad, esas formas no pueden ser humildad auténtica.
Recordemos algunas formas de falsa humildad. Un claro caso es el complejo de
inferioridad: "Yo no valgo para ese encargo", "Yo no puedo hacer ese trabajo",
"Yo no tengo esa cualidad". A veces detrás de esas frases se oculta una ingente
pereza. Las más de las veces se esconde una redomada soberbia que quiere evitar
a toda costa el hacer un mal papel o el quedar mal ante los demás. Humilde es
aquel que reconoce sus cualidades, su valía, sus buenos resultados, pero lo
atribuye todo a Dios como a su fuente. Otro ejemplo de falsa humildad es no
aceptar la alabanza de los demás, rechazar cualquier reconocimiento público,
aparentar indiferencia ante la opinión de los demás. En el fondo muchas veces es
sólo una pose para relamer de nuevo la alabanza escuchada, o para que vuelvan a
insistirte en los buenos resultados obtenidos, o para adular tus oídos con la buena
opinión de que gozas ante los demás. Humilde, al contrario, es quien acepta la
alabanza, pero la eleva hasta Dios; acepta el reconocimiento público por una
buena obra o la buena opinión de los demás sobre él, pero descubre en ello un
gesto de caridad fraterna y una acción misteriosa de Dios. Un último caso es el de
quien cree que todo le sale mal, que ha nacido con mala estrella, y que no hay
nada que hacer. En un tal individuo la soberbia es tan grande que le ciega para
ver cualquier cosa buena que haga; sólo tiene ojos para las cosas malas, o para
los límites e imperfecciones de las cosas buenas. El humilde, más bien, sabe ver
la bondad en las cosas, incluso en aquellas que le salen mal. Y dice con san
Pablo: "Para los que aman a Dios todas las cosas contribuyen a su bien".

Domingo Vigésimo Tercero del TIEMPO ORDINARIO 9 de septiembre del año


2001

Primera: Sab 9, 13-19; segunda: Fi 9-1012-17 Evangelio: Lc 14, 25-33

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La sabiduría es la palabra-clave en las tres lecturas. A la capacidad humana de


razonar, tan débil y tan incierta, se opone la sabiduría con que Dios amaestra a
los hombres para que alcancen la salvación (primera lectura). La prudencia
humana hace cálculos para saber si se cuenta con los medios suficientes para
construir una torre o con el número de soldados para atacar al enemigo. Esta
prudencia es necesaria, pero para ser discípulo de Jesucristo se requiere además
la sabiduría que proviene de Dios (evangelio). La carta de san Pablo a Filemón,
¿no es por caso una cumbre de tacto humano y de sabiduría, aprendida en la
escuela de la fe? (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Ciencia del hombre y sabiduría de la fe. Con la primera expresión quiero indicar
el esfuerzo del hombre por conocer la verdad en todas sus dimensiones y vivir
según ella; con la segunda, la acción de Dios en nuestra inteligencia para
hacernos partícipes de su revelación y en nuestra voluntad para inducirnos a vivir
conforme a la misma. ¡Cuántas diferencias entre ellas, pero también cuántas
ayudas y cuánta complementariedad! La ciencia se caracteriza por el límite; un
límite que se supera continuamente, abriendo el paso a otro nuevo, y así una y
otra vez; por eso, en principio el hombre del presente tiene más ciencia que el del
pasado, y el del futuro tendrá más ciencia que el del presente. En el libro de la
Sabiduría leemos: "Si a duras penas vislumbramos lo que hay en la tierra y con
dificultad encontramos lo que tenemos a mano, ¿quién puede rastrear lo que está
en los cielos?". La sabiduría no tiene límites, sino únicamente el que le pone
nuestra pobre inteligencia. Esto explica que exista la posibilidad de hombres con
mayor sabiduría en el pasado que en el presente o de hombres con menor
sabiduría en el futuro. Siendo don de Dios, la sabiduría no está subyugada por el
tiempo. "¿Quién puede conocer tu voluntad, si tú no le das la sabiduría y le
envías tu espíritu santo desde el cielo?" (Primera lectura). Se ve claro que la
ciencia es esfuerzo humano y la sabiduría don divino; lo que se ignora por la
ciencia es con mucho más de lo que se conoce, mientras que por la fe todo se
sabe, aunque no todo se llegue a conocer. La ciencia frecuentemente engríe y
exalta a quien la posee, la sabiduría hace humilde y agradecido a quien la recibe.
La ciencia se acabará con el hombre, la sabiduría es eterna, como lo es Dios, su
fuente perenne. En el evangelio hallamos bellamente formulada la sabiduría de la
cruz, y en la segunda lectura la sabiduría de la caridad con un esclavo que ha
venido a ser -¡algo inaudito!- hermano.

La sabiduría de la fe en acción. El seguimiento de Cristo no es una elección


original del hombre, sino elección a partir de una llamada que viene de Dios.
Precisamente por eso, el seguimiento de Cristo no es posible en base a puros
razonamientos humanos, sino que exige la sabiduría de la fe. El texto evangélico
nos sitúa ante algunas opciones que habrán de ser iluminadas por la sabiduría
divina. Está el caso de la opción por el seguimiento de Cristo, aun a costa de los
más estrechos lazos familiares, cuando éstos entran en conflicto con la llamada.
Está la opción por la cruz, siguiendo las huellas de Cristo en su camino hacia
Jerusalén. Está la renuncia a todos los haberes, a todas las riquezas, a todo poder,
con tal de vivir radicalmente la sequela Christi. ¿No requieren todas estas
opciones una profunda sabiduría de fe? En la segunda lectura, Pablo en su carta a
Filemón nos brinda un magnífico ejemplo de esta sabiduría divina.
Primeramente, la sabiduría de Pablo que se manifiesta en la delicadeza,
discreción y tacto admirables con que trata la situación de Onésimo (un esclavo
de Filemón, que había huido de su dueño a causa posiblemente de un robo, que
Pablo había convertido y bautizado, y que ahora envía de nuevo a Filemón para
que lo reciba no ya como esclavo, sino como hermano). Y en segundo lugar, la
exhortación de Pablo a la sabiduría propia del creyente, en este caso, Filemón,
para que vea en Onésimo un "hijo" de Pablo, su corazón; para que vea en
Onésimo no un esclavo (aunque lo siguiera siendo), sino un hermano carísimo en
el Señor. En base a esta sabiduría, ¿cómo Filemón no le dará buena acogida en su
propia casa? Sin dejar de estar Onésimo en la condición de esclavo, ésta es
superada con creces por la fraternidad nacida de la fe.

SUGEREncias PASTORALES

La sabiduría al alcance de todos. Una cosa es cierta: no todos están dotados para
ser "científicos", hombres de ciencia, pero todos están capacitados para ser
sabios, receptores de la sabiduría de la fe. Otra cosa es cierta, y aparentemente
paradójica: Que hay "científicos" que carecen de sabiduría, como hay también
ignorantes de ciencia que son, sin embargo, grandes por su sabiduría. No es que
necesariamente hayan que estar reñidas la ciencia y la sabiduría; más bien, lo
propio es que colaboren y se presten mutuo servicio. ¡Ojalá todos los hombres
volásemos con estas dos alas por los espacios de nuestra existencia! Pero no
siempre es así, y no son pocos los casos en que el hombre intenta volar con una
sola ala, con el peligro real de estrellarse contra el suelo. De todos modos, lo que
nos debe llenar de admiración y agradecimiento es el que Dios haya querido
poner la sabiduría al alcance de todos. ¿También de los niños? ¿También de los
ignorantes y con un cociente intelectual mínimo? ¿También de los
descapacitados? La realidad histórica plurisecular, y particularmente del siglo
XX, muestra con gran claridad que esos hermanos nuestros gozan muchas veces
de una sabiduría divina envidiable. A la vez que se afirma el alcance universal de
la sabiduría, no se puede dejar de decir que no todos la aceptan, ni todos la aman,
ni todos viven conforme a ella. ¿Por qué no todos la aceptan? ¡Los caminos de
los pensamientos humanos son inescrutables! Entran en juego la educación, el
ambiente en que se ha crecido y vivido, los principios reguladores de la propia
existencia... ¿Por qué no todos la aman? ¡El corazón del hombre es un abismo
insondable! Quizá se deba a egoísmo, quizá a endurecimiento del corazón, tal vez
a frialdad espiritual o a la fuerza de una pasión... ¿Por qué no todos viven según
ella? Está de por medio la libertad humana, y están en juego los
condicionamientos del mundo en que vivimos y de las propias pasiones,
sumamente poderosas y no pocas veces sin rienda alguna. Es evidente, por ello,
que urge aprender desde pequeño esta sabiduría divina, en el seno de la familia y
de la parroquia, para que se vaya arraigando poco a poco en la vida.
¿Ciencia versus sabiduría? En una cultura que opera por contrastes y por
opuestos, la respuesta positiva a esta pregunta sería la más lógica. A la ciencia
del hombre se opone la sabiduría de Dios y a la sabiduría de Dios se opone la
ciencia del hombre. Con lo cual, entre ciencia y sabiduría no habría
reconciliación posible. Así siguen opinando muchos contemporáneos nuestros,
así lo sostienen con calor en la prensa y en los medios de comunicación social.
No es ésta, ni puede ser, la posición cristiana. La doctrina cristiana nos enseña a
decir: "ciencia y sabiduría"; por tanto, no oposición, sino colaboración, no
exclusión, sino complementariedad. La razón para nosotros los creyentes es
sencilla: quien da al hombre la capacidad de la ciencia es el mismo Dios que le
otorga el don de la sabiduría. Para el no creyente habrá que decir que en ambos
casos se trata de la búsqueda de la verdad, aunque sea por caminos diferentes. En
esa búsqueda todos nos encontramos juntos: unos volando con un solo motor,
otros con dos. ¿Por qué en la búsqueda de la verdad por parte de ambos los
resultados son en ocasiones dispares? A mi entender, se trata de una invitación a
seguir buscando, por no haber logrado todavía "la verdad completa", esa verdad
que satisfaga las exigencias de la ciencia humana y de la sabiduría divina. Y
añadiré que es requisito indispensable por ambas partes el no tener prejuicios de
ningún género, y el no enrocarse en las propias posiciones aun a costa de la
verdad misma.

Domingo Vigésimo Cuaro del TIEMPO ORDINARIO 16 de septiembre del año


2001

Primera lectura: Éx 32,7-11.13-14; segunda lectura: 1Tim 1,12-17 Evangelio:

NEXO entre las LECTURAS

La misericordia de Dios Padre resuena en el conjunto de la liturgia. Tiene su nota


más elevada en el evangelio, que recoge tres magníficas parábolas de la
misericordia divina para con los pecadores. En la primera lectura escuchamos la
música de la misericordia de Dios para con su pueblo, gracias a la intervención
intercesora de Moisés. Por último, en la primera carta de Pablo a Timoteo
sentimos una cierta conmoción al oír la confesión que Pablo hace de la
misericordia de Jesucristo hacia él: "Jesucristo ha querido demostrar en mí, en
primer lugar toda su magnanimidad" (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Amor y perdón: las dos caras de la misericordia. El Dios que Jesucristo nos
"pinta" en las tres parábolas evangélicas es el Dios del amor. Dios ama a los
pecadores, y por eso los busca como el buen pastor va en busca de las ovejas
descarriadas; o como un ama de casa busca un cheque que no sabe dónde lo ha
puesto, hasta que lo encuentra. Dios ama al pecador, como un padre ama a sus
hijos: al "frescales" que se le va de casa pidiéndole por adelantado su herencia, y
al que se queda en casa, pero se comporta con él de modo distante y tal vez
huraño. Y porque ama, no puede hacer otra cosa que mostrar su amor:
perdonando, comunicando el amor, celebrando fiesta, invitando a todos a
compartir su alegría. Este retrato de Dios, pintado por Jesucristo, nos conmueve y
nos infunde ánimos para vivir dignamente como hijos. Este retrato resalta todavía
más si lo ponemos al lado del retrato que nos ofrece la primera lectura, tomada de
la historia del Éxodo. El autor nos narra lo que se podría denominar "el pecado
original" del pueblo de Israel: Apenas acaba de "firmar" el pacto de alianza con
Yavéh, cuando la rompen, se construyen un toro de metal fundido y lo convierten
en su "dios" en lugar de Yavéh. Dios se llena de ira y quiere exterminarlo. Sólo la
intercesión de Moisés logra que Dios se "arrepienta" y abra la puerta de su
corazón a la misericordia. ¡Indudablemente hay un progreso en la revelación del
corazón de Dios! Con Pablo nos damos cuenta de que ahora la misericordia de
Dios lleva por nombre "Jesucristo". En efecto, no sólo se le ha mostrado
misericordioso, sacándole de su obcecación en el camino de Damasco, sino que
además le ha tenido tanta confianza que le ha llamado a predicar el evangelio de
la misericordia en el mundo entero. ¡Cómo no sentir profundo agradecimiento
ante tanta magnanimidad de Jesucristo!

Características de la misericordia divina. 1) Ante todo habrá que subrayar que la


misericordia de Dios no está sometida a las leyes del tiempo. Y esto en un doble
sentido: primero, cualquier momento es bueno para que el Buen Pastor busque la
oveja perdida, como también lo es para que el hijo se ponga en camino hacia la
casa del padre; en segundo lugar, la puerta del corazón del Padre está abierta las
veinticuatro horas del día, no tiene horarios. Nadie podrá decir a Dios: "Cuando
te busqué, tú no estabas". 2) La misericordia divina no se agota jamás, está
marcada por la eternidad que Él es y en la que Él vive. Mientras exista la vida,
siempre habrá la posibilidad de acudir a Él y ser acogido en sus brazos de Padre.
No mira Dios el comportamiento indigno que se haya tenido, ni el número de
veces que se le ha abandonado y despreciado; mira únicamente los movimientos
interiores del alma que anhela el perdón y el abrazo paterno, mira los ojos
húmedos como una esmeralda en la que brilla el arrepentimiento, mira los pasos
indecisos de quien se acerca a Él para decirle: "He pecado. Perdóname. ¿Qué
quieres que haga?". Dios no se fija en la categoría del pecado, sino en la
categoría del alma. 3) La misericordia de Dios transforma a la gente, revoluciona
en cierta manera la vida del hombre. El pueblo de Israel, en medio de tantas
dificultades y a pesar de sus caídas e infidelidades, llevó siempre la bandera del
Dios fiel y redentor de su pueblo bien alta. El caso de Pablo es luminoso: puso
todas sus cualidades al servicio del Evangelio de Jesucristo y por Él se gastó y
desgastó hasta dar la vida. De los dos hijos no sabemos cómo continuaría la
historia, pero... ¿por qué no hemos de pensar que se comportarían en el futuro
como hijos fieles y cariñosos?

SUGEREncias PASTORALES

La "difícil" ciencia del perdón cristiano. La Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento,


es la cátedra desde la que Dios enseña a los cristianos, y a todos los hombres, la
ciencia de la misericordia, del amor y del perdón. Es una ciencia cuyo
aprendizaje dura la entera existencia, porque en cualquier momento de la vida
nos puede acechar la garra del odio o de la desesperación en el dolor. ¿Cómo
amar a quien te ha difamado o calumniado, sea privada o públicamente? ¿Cómo
perdonar a quien, en tu ausencia, ha entrado en tu casa y te ha saqueado? ¿Cómo
amar a un pedófilo, que ha querido abusar de tus hijos o de los de tus vecinos y
amigos? ¿Cómo perdonar a quien ha metido a tu hija por el negro túnel de la
drogadicción, destruyéndola así junto con tu familia? Estas preguntas, y otras
semejantes, muestran cuán difícil es la ciencia del perdón cristiano. Pero el ideal
está claro. Si hemos conseguido el aprobado en esta dura y extraña ciencia,
seamos gratos al Señor y continuemos buscando superar nuestra calificación. Sin
embargo, no nos desalentemos, si todavía estamos lejos de él. Mantengamos en
primer lugar la decisión y la voluntad de aprender esta misteriosa ciencia, a pesar
de todos los obstáculos que encontremos. Luego, tratemos de ejercitarnos en el
perdonar a otros las pequeñas faltas de respeto o de atención, las bromas pesadas
que alguien nos pueda hacer, etc., para ir creciendo y ensanchando nuestra
capacidad mediante el ejercicio. Leamos, también, con frecuencia la Biblia, sobre
todo estas parábolas de la misericordia, los salmos en los que reluce de modo
admirable la misericordia divina, y tantos otros textos en los que aparece la
misericordia de Dios en acción. En último término, levantemos nuestra mirada y
nuestro corazón hacia Jesucristo, hacia toda su vida desde la encarnación hasta la
cruz y la resurrección, para que en el contacto asiduo y orante con la vida, y en el
misterio de Jesucristo vayamos asimilando poco a poco, paso a paso, la
maravillosa ciencia del perdón cristiano. ¡Difícil ciencia! Todo nuestro ser se
rebela ante ciertos casos y situaciones. ¡Maravillosa ciencia! Con el perdón de la
ofensa, toda la humanidad en cierto modo se mejora y dignifica, y Dios podrá
decir: "Sólo por esto vale la pena haber creado al hombre".

El poder de la intercesión. La intercesión es otro de los nombres del amor. Quien


intercede se sitúa como un puente de amor entre el ofensor y la persona ofendida.
Ama al ofendido, y por ello comparte su pena, pero tiene la confianza suficiente
para suplicarle en favor del ofensor. Ama al ofensor, trata de acercarle al
arrepentimiento de lo que ha hecho, e incluso le induce a pedir perdón a la
persona ofendida. Y así, mediante la intercesión, se logra la reconciliación y se
establece incluso la amistad. La intercesión cristiana no excluye ningún ámbito
de la vida: interceder por un familiar ante otro que ha sido ofendido; interceder
por un condenado a muerte para que no sea ejecutado; interceder por los presos
políticos para que sean liberados, etc. Pero la intercesión cristiana es
eminentemente religiosa: interceder ante Dios por los pecadores. Es lo que hace
Moisés ante el pecado de los israelitas, como nos narra la primera lectura. Es
sobre todo lo que hace Jesucristo, pues toda su vida se puede resumir como una
constante intercesión ante el Padre para lograr la redención de la humanidad
pecadora. En el catecismo se nos enseña que "la intercesión es una oración de
petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús, el único
intercesor ante el Padre" (CIC 2634).

Domingo Vigésimo Quinto del TIEMPO ORDINARIO 23 de septiembre del año


2001

Primera: Am 8, 4-7; segunda: 1Tim 2, 1-8 Evangelio: Lc 16, 1-13

NEXO entre las LECTURAS

En el fondo de los textos litúrgicos se plantea la pregunta sobre dónde está la


verdadera riqueza. No puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio
de los más pobres y necesitados, nos responde la primera lectura. Tampoco reside
en la habilidad para hacerse "amigos" con las riquezas de otros. La verdadera
riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz (Evangelio). Esta
manera de ver las cosas no nos resulta natural, sino que la conseguimos sólo en el
ámbito de la oración (Segunda lectura).
MENSaje DOCTRINAL

¿Qué pasa con los hijos de la luz? La expresión "hijos de la luz" parece referirse
a los primeros cristianos, que habían sido iluminados por Cristo resucitado y
glorioso mediante el bautismo. A esa expresión se contrapone la de "hijos de este
mundo", con la que se quiere señalar a todos aquellos cuya vida está regida por
una mentalidad mundana, "económica", más que religiosa. La sentencia
evangélica impresiona fuertemente y hasta nos pone la carne de gallina: "Los
hijos de este mundo son más sagaces, más hábiles con su propia gente que los
hijos de la luz". ¿Por qué este fenómeno que no es únicamente de un ayer lejano,
sino que tiene visos de ser de una tremenda actualidad? ¿Qué es lo que pasa con
los hijos de la luz? Los hijos de este mundo saben hacer uso extraordinario de sus
habilidades y de su ambición para manipular injustamente las balanzas y para
engañar manifiestamente a los pobres, para incluso reducir a otros hombres a
esclavitud por falta de solvencia económica (Primera lectura). Los hijos de este
mundo, en circunstancias adversas, ponen inmediatamente en juego todas sus
capacidades para salir de la situación en forma ventajosa (Evangelio). A los hijos
de la luz Jesús les recrimina que no tengan la sana ambición de recurrir a todos
los medios lícitos para difundir la luz de la fe; que no pongan todas sus
capacidades para inventar modos de vencer las adversidades, de superar los
obstáculos, y sobre todo de llevar la luz a otros muchos hombres. El Dios
Jesucristo y el "dios dinero" no pueden dividirse el dominio. El Dios Jesucristo
tiene todo el derecho de prevalecer sobre el "dios dinero", que al fin y al cabo no
es más que un ídolo. La misión de hacer prevalecer al verdadero Dios, al
Supremo Bien y Riqueza del hombre, sobre el ídolo de la riqueza, es propia de
los hijos de la luz. Si en la sociedad el ídolo del dinero y del consumismo tiene
cada vez más adoradores, ¿no hemos de preguntarnos sobre qué está pasando con
los hijos de la luz?

La oración, lugar de la verdadera autocomprensión. La luz y la fuerza para


trabajar por la verdadera Riqueza del hombre se le al cristiano de la mano de la
oración. El cristiano ora por todos, por los reyes y por los que detentan el poder.
El hecho mismo de orar por todos implica subordinarlos al poder del Dios vivo, a
la Riqueza que no se destruye ni se acaba. En la oración comprendemos que Dios
juzgará la prepotencia del rico, cuyos abusos gritan justicia al Dios del cielo
(Primera lectura). En la oración es más fácil entender que la riqueza del hombre
consiste en la riqueza de su fe. Es efectivamente en el horno de la oración donde
se cuece diariamente el pan de la fe y de la solidaridad fraterna. El orador que
alza al cielo manos puras, sin ira y sin rivalidades, descubre la riqueza de la
salvación y de la gracia, que Jesucristo Mediador nos regala, relativizando con
mayor facilidad cualquier otra riqueza de este mundo. Es iluminado para
entender que todos los bienes terrenos vienen de Dios, que el hombre es
únicamente su administrador, y que debe administrarlos bien. ¿Podrá acaso el
hombre orador, dador de toda riqueza, estafar a Dios, mostrarse prepotente con
los que carecen de bienes y riquezas? En la escuela de la oración llegamos a
percatarnos de que las riquezas y bienes mundanos son sólo un medio para poder
servir mejor a los demás; un medio para que, cuando dejemos la administración
de este mundo y nos presentemos ante el juicio de Dios, seamos bien acogidos en
las moradas eternas.

SUGEREncias PASTORALES

La seducción del dios dinero. En una sociedad, en gran parte consumista y


materialista, como lo es la nuestra, el dios dinero intenta encandilar incluso a los
mejores cristianos. Si vamos hasta el fondo de las cosas, ¿no es el culto al dios
dinero la causa principal de la persistencia en la producción de la droga?, ¿no es
el culto al dólar el motor más determinante de la producción y venta de
armamentos a países que deberían utilizar esos fondos para la creación de
infraestructuras, y para el desarrollo social y cultural de la población?, ¿acaso no
es el dios dinero el incentivo más poderoso de algunas de las guerras étnicas en
varios países de África?, ¿cómo explicar la corrupción en no pocos gobernantes,
sino porque han levantado un altar a este dios insaciable? El dinero seduce,
obceca, provoca divisiones fratricidas, despierta instintos de ambición, hace
sucumbir hasta los principios más sacrosantos y nobles, endurece el corazón,
deshumaniza y hasta hace olvidarse de Dios. Como creyentes hemos de tener
ante nuestros ojos esta realidad y esta tentación, no fácil de vencer. Con espíritu
vigilante y con la asiduidad en la oración, hemos de ejercitarnos en relativizar el
dinero, en ponerlo en el lugar que le corresponde en los planes de Dios, en
servirnos de él como medio para vivir dignamente, para hacer el bien a los
necesitados, para ponerlo al servicio de la fe y del Reino de Cristo. No tengamos
miedo a esta seducción. Plantémosle cara. Vivamos nuestra vida diaria
procurando valorar más y más la riqueza de la fe, la Riqueza que es Dios. ¿Por
qué no contrarrestamos la seducción del dinero con la seducción de Dios? ¿O es
que Dios es tan solo un objeto de fe que ya no nos seduce? El Dios vivo y
personal es el mejor antídoto contra todos los ídolos que puedan llamar a la
puerta de nuestro corazón.

Oración por los ricos. La fe es una riqueza que Dios otorga a todos. La Iglesia es
una comunidad creyente, en la que hay espacio para todos. Es verdad que hay en
la Iglesia una cierta preferencia por los pobres, y está más que justificada. Pero la
Iglesia es de todos y para todos. Por eso os invito a hacer una oración por los
ricos.

Dios omnipotente y eterno, mira a tus hijos los ricos con corazón de Padre,
infúndeles un espíritu filial para

contigo y un corazón fraterno para con todos los hombres, especialmente para
con los más necesitados de ayuda. Dios y Señor del universo, que has destinado
los bienes del mundo para beneficio de todos, concede a quienes abundan en
riquezas la gracia

de servirse de ellas con un corazón libre y desprendido.

Señor Jesucristo, que siendo rico

te hiciste pobre, para enriquecernos con tu pobreza, sé para todos los ricos de este
mundo un modelo de libertad

y de opción por los bienes que

no perecen.

Espíritu santificador, ilumina a

los magnates de las finanzas con la luz de la fe indefectible, de la infatigable


caridad y de la esperanza que

no defrauda, para que sus decisiones en favor de los individuos

y de los pueblos estén guiadas

por la justicia y la solidaridad.

Amén.

Domingo Vigésimo Sexto del TIEMPO ORDINARIO 30 de septiembre del año


2001

Primera: Am 6, 1.4-7; segunda: 1Tim 6, 11-16 Evangelio: Lc 16, 19-

NEXO entre las LECTURAS


Tiempo y eternidad son como los dos polos que nos pueden servir para organizar
los textos de este domingo. Esto es evidente en el texto evangélico que sitúa al
rico Epulón y a Lázaro primero en este mundo y luego en la eternidad.
Implícitamente se halla también en la primera lectura, según la cual los ricos
samaritanos viven en orgías y lujo, olvidados del futuro juicio de Dios. Para vivir
dignamente en el tiempo y lograr la eternidad con Dios la fe viva en Cristo ofrece
una garantía segura (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Jugarse la eternidad en el tiempo. Para quienes tenemos fe en la eternidad, el


tiempo es un tesoro, una verdadera riqueza, porque en él se pone en juego nuestra
situación en el más allá del tiempo. La parábola del rico Epulón y del pobre
Lázaro no subraya el problema de la diferencia entre ricos y pobres. Acentúa más
bien el juicio de Dios, en la eternidad, sobre la actitud acerca de la riqueza y de la
pobreza. El rico que en este mundo se dedica a descansar y a pasárselo bien,
despreocupándose de los pobres, verá tristemente cambiada su suerte en el más
allá. Así le sucedió al rico Epulón. El pobre que en esta vida acepta serenamente
su condición, sin quejas y sin odios, será recompensado en la eternidad con la
gran Riqueza que es Dios mismo. Esto es lo que aconteció al pobre Lázaro. El
primero, para su desgracia, vive como si la eternidad no existiese. El segundo,
para su bien, es un pobre de Yavéh, que tiene puesta su confianza en la
recompensa que Dios le dará en la vida venidera. Al rico Epulón no se le
recrimina el ser rico, sino el no ser misericordioso, el no tener corazón para quien
yace llagado a su puerta. A Lázaro no se le retribuye por su condición de
pobreza, sino por su paciencia y resignación, al estilo de Job. Epulón pone su
riqueza al servicio de su sensualidad e intemperancia, Lázaro pone su pobreza al
servicio de su esperanza. Jesucristo en la parábola nos enseña que en la eternidad
–si no ya en el mismo tiempo de la vida– Dios hará justicia y retribuirá a cada
uno según sus obras. Esta enseñanza ha de iluminar también nuestra vida
presente, de manera que podemos hablar también de jugarnos el tiempo en la
eternidad. Es decir, el pensamiento del mundo futuro nos conducirá a ser justos y
solidarios en el mundo presente. Lo contrario les sucede a los ricachones de
Samaria, que, despreocupados del futuro y olvidados de la suerte de su patria,
viven "arrellenados en sus lechos de marfil, comen corderos del rebaño y terneros
del establo, beben vinos en anchas copas y se ungen con los mejores aceites"
(Primera lectura).

Fe – tiempo – eternidad. Pablo exhorta a Timoteo, hombre de Dios, creyente y


cristiano auténtico, a huir de estas cosas. ¿Cuáles son esas cosas? La avaricia, el
afán de riquezas, el apetito de dinero. Debe huir porque "nosotros no hemos
traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él" (cf 1Tim 6,7 y ss.). Le
exhorta después "a combatir el buen combate de la fe" en esta vida para poder
alcanzar la eterna, en la que reina Jesucristo, el Rey de los reyes y el Señor de los
señores. La fe es como la morada en la que el cristiano vive ya la eternidad en el
tiempo y el tiempo en la eternidad. Porque vive la eternidad en el tiempo "corre
tras la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia en el sufrimiento, la
dulzura" (Segunda lectura). Porque vive el tiempo en la eternidad busca con
sinceridad de corazón honrar y dar gloria a Dios. Amós, por su parte, nos enseña
que existe una fe equivocada, una falsa confianza en el culto y en la religión,
simbolizados en el monte Garizín y en el monte Sión, como si el culto,
aisladamente, fuese suficiente para obtener la salvación. Nunca la fe religiosa
producirá automáticamente la salvación, cuando con ella se cubren indignamente
toda clase de injusticias y de desórdenes de la vida. En definitiva, la eternidad
está asegurada únicamente para aquellos que viven una vida de fe, que actúa por
medio de la caridad.

SUGEREncias PASTORALES

La riqueza, objeto de servicio. En el catecismo leemos: "Los bienes de la


creación están destinados a todo el género humano". Esta afirmación es
"absoluta" y no está sometida al cambio de épocas o de mentalidad, al progreso
técnico o a la globalización económica. Por otra parte, siempre ha habido en la
historia humana diferencias en la posesión de bienes y recursos, siempre han
existido y seguirán existiendo "ricos y pobres". Y, finalmente, no en pocas
ocasiones estas diferencias provienen a causa de grandes injusticias que han
atravesado toda la geografía de nuestro planeta. Ante estos tres factores, nosotros
los cristianos tenemos una gran obra y misión que realizar entre nuestros
hermanos, los hombres. La primera tarea, sin duda, es la de relativizar la riqueza.
No es un dios, al que tengamos que rendir culto a expensas del pobre y del
necesitado. Es un bien, pero no es el único ni el supremo. Un bien que está en
nuestras manos, que nos ha sido dado por Dios a cada uno, pero que no es
enteramente nuestro, es decir, que no podemos hacer con él lo que queramos,
porque su destino es universal. Y con esto ya aparece la segunda tarea: "La
riqueza nos ha sido dada para servir, no para dominar", y de este modo hacer más
libres a quienes carecen de ella. La inclinación del hombre a dominar sobre los
demás es ancestral y potentísima. Por eso, la riqueza –entre otras muchas cosas–
puede ser peligrosa, porque es como una sirena, que posee el encanto del
dominio y del poder. Como cristianos, seremos los primeros en vivir el evangelio
de la pobreza. Seremos para todos un ejemplo y un reclamo de que el dinero o
sirve al hombre o no sirve para nada, al menos a los ojos de la fe, a los ojos de
Dios.

La avaricia, pecado contra la eternidad. El avaricioso sólo tiene ojos para el


tiempo presente, que se imagina largo como los siglos. Quisiera meter la
eternidad en el tiempo, pero se da cuenta de que es imposible. Y reacciona,
haciendo caso omiso de ella, aferrándose más a la roca arenosa del presente. La
avaricia, se puede afirmar sin lugar a dudas, es una pasión que anida en todo
corazón humano. Acumular, querer poseer más, tener hambre de bienes y de
medios, vivir con mayores comodidades, etc., no es ajeno a ningún mortal:
cristianos o no cristianos, creyentes o ateos, sacerdotes, religiosos o laicos. No es
que todo eso en sí mismo sea pecado, pero cuando la tendencia se convierte en
pasión absorbente y la vida entera se cifra sólo en acumular, tener, vivir
cómodamente, entonces el pecado de la avaricia ya te ha esclavizado. En efecto,
por la avaricia el hombre peca contra la pobreza, porque su corazón, en vez de
estar puesto en Dios su Bien supremo, se ha postrado ante el dios insaciable y
efímero del dinero. Peca contra la pobreza, porque sus riquezas no le sirven para
servir, sino para satisfacer una pasión. Peca contra el designio de Dios que ha
dado a todos los bienes de este mundo un destino universal. Y ha dejado a los
hombres de cada época y generación que lo lleven a cabo. ¿No tendremos
muchos cristianos que realizar una verdadera "conversión" de pobreza
evangélica? ¿No tendremos que librarnos de muchas ataduras y cadenas
pecuniarias, que nos quitan libertad para vivir la autenticidad del Evangelio?
¿Lograré convencerme de que la pobreza de corazón es el corazón de la pobreza,
y es manantial cristalino de paz y de fraternidad? ¡Pobre de corazón, y de vida,
como la Madre Teresa de Calcuta, a fin de ser una bendición de Dios para los
hombres!

Domingo Vigésimo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO 7 de octubre del año


2001

Primera: Hab 1, 2-3; 2,2-4; segunda: 2Tim 1, 6-8. 13-14 Evangelio: Lc 17,

NEXO entre las LECTURAS

Parece evidente que el tema dominante en este domingo es la fe, ya que se


menciona en las tres lecturas. Al final de la primera leemos: "El justo vive de la
fe", frase que será recogida por Pablo y tendrá luego una enorme resonancia en la
dogmática cristiana. Jesús en el evangelio se fija en la eficacia de la fe, incluso de
la fe pequeña como un grano de mostaza. Finalmente Pablo exhorta a Timoteo a
dar testimonio de su fe en Cristo Jesús y a aceptar con fe y con amor el mensaje
transmitido por Pablo (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Vivir la fe en situación. El creyente, de cualquier época y lugar, no puede dejar


de practicar su fe encarnándola en la vida. Fe y vida o se sostienen juntas o juntas
se derrumban. Habacuc es un hombre de fe, que ve a su alrededor violencia,
opresión, rapiña, discordia (asedio de Jerusalén por parte de los caldeos en el año
597 a. de C.). Ante esta situación odiosa y llena de dolor, ¿cómo reacciona este
hombre de fe? Lo hace con dos grandes interrogantes, que llevan la doble y
contrastante carga de la confianza en Dios y de la indignación ante el asedio y el
mal. "¿Hasta cuándo, Yahvé? ¿Por qué?". ¿No es Dios el rey de los reyes y el
señor de los señores? ¿Por qué tanta desgracia, tanta injusticia, tanta destrucción?
¿Por qué no interviene Dios ya, ahora? Preguntas que nacen de una situación,
pero que valen para toda persona y para todos los tiempos. A lomos de la historia
esos interrogantes se han clavado en el alma de los hombres de todas las
latitudes, y en cierta manera, en el alma de todo hombre. Dios no deja sin
respuesta las quejas confiadas de Habacuc. Primero le invita a la plena confianza
con la que Dios contestará a sus preguntas, aunque no lo haga con la inmediatez
con que el profeta lo esperaría: "Dios tiene escrita esa fecha en sus designios".
Luego, a mantener una paciencia esperanzada, porque la respuesta "vendrá
ciertamente, sin retraso". Finalmente, Dios asegura al profeta que el impío
sucumbirá, mientras que el justo vivirá gracias a su fe-fidelidad.

Diversa es la situación de los discípulos que piden a Jesús: "Aumenta nuestra fe",
como también la de Timoteo, responsable de la comunidad de Éfeso, que ha de
ser el primero en aceptar la fe que Pablo le ha enseñado y dar testimonio de ella,
incluso, si es necesario, con el martirio. Los discípulos, que conviven con Jesús,
han visto la enorme "fe" de Jesús que hace eficaz su palabra y sus obras
(curaciones, milagros). Ante esa fe gigantesca, la suya resulta insignificante y
mínima. Por eso, piden que Jesús se la acreciente. La situación de persecución en
que vive Timoteo y su comunidad pone a prueba su fe y su fidelidad al
Evangelio. De ahí las palabras con que Pablo le exhorta. La dimensión histórica
de la fe hay que tenerla en cuenta en el momento presente, como sucedió ya en el
pasado. ¿Cómo vivir hoy, en nuestro ambiente, en el mundo actual, la fe de
siempre?

Cualidades de la fe. En los textos litúrgicos es posible descubrir algunas de las


cualidades que ha de poseer la fe vivida en situación. 1) Una fe basada en una
profunda humildad. Después de que Jesucristo en el evangelio ha resaltado la
potencia de la fe, pone de manifiesto que esa eficacia proviene de la convicción
creyente de la propia pequeñez: "No somos más que unos pobres siervos; sólo
hemos hecho lo que teníamos que hacer". ¿Qué es lo que tenemos que hacer?
Servir a Dios y hacer su voluntad. 2) Una fe esperanzada. Las tribulaciones, los
sufrimientos, las desgracias no podrán disminuir en lo más mínimo nuestra
espera y nuestra esperanza en la intervención de Dios. No hay que dudar, porque
la acción de Dios llegará. ¿Cuándo? ¿Cómo? Hemos de dejar que Dios responda
con plena libertad, con la seguridad de que todo lo hace con justicia y para bien
de los que ama. 3) Una fe testimoniada. La fe es un don que Dios nos da, y es una
tarea que Dios nos encomienda. Como tarea la hemos de realizar día tras día, en
las circunstancias concretas, que a veces pueden ser arduas y difíciles. Una fe
humilde, esperanzada y martirial, la necesitamos también los cristianos de hoy,
en un ambiente muchas veces carente de fe, incluso hostil a ella.

SUGEREncias PASTORALES

¿Hasta cuándo? ¿Por qué? Estas preguntas acechan al hombre en momentos de


peligro o de desgracia, tanto personal como colectiva. Sobre todo, cuando el
peligro se abalanza sobre personas inocentes. Más todavía, si esas personas
inocentes nos son conocidas o queridas. ¿Por qué ese accidente de tráfico en que,
sin propia culpa, murieron dos amigos? ¿Por qué ese horrible cáncer, que va
consumiendo inexorablemente la vitalidad del esposo o de la esposa? ¿Qué he
hecho para que esa hija mía viva sumergida en el abismo de la droga? ¿Hasta
cuándo tendré que soportar todos los sufrimientos físicos y morales que me
produce este hijo minusválido? ¿Hasta dónde he de ser paciente ante el mal
carácter y los malos tratos de mi esposo? ¿Por qué tengo esos dolores que me
resultan inaguantables? Interrogantes que, para muchos, quedan en suspenso. Y
entonces se toman decisiones equivocadas y tristes. "Es mejor morir a estar
sufriendo tanto", y de ahí deriva el suicido o la eutanasia, que es eufemismo de:
"Prefiero el divorcio a seguir siendo tratada injustamente", y te divorcias, en
lugar de buscar soluciones alternativas mejores, aunque más exigentes, y
principalmente más cristianas. "No vale la pena seguir creyendo. ¿Para qué?", y
te rebelas contra Dios, y abandonas tu fe y tu práctica cristiana, porque Dios no
se acomoda a tus gustos ni se deja manipular por tu voluntad.

Pero también hay muchos, cristianos y no cristianos, que escuchan en su


conciencia una respuesta. La respuesta del humanismo, que ve en la aceptación
resignada del sufrimiento y de la desgracia un camino áspero, a veces heróico,
siempre noble, de humanización y elevación moral.
Está la respuesta cristiana, que eleva el dolor, la prueba, la angustia a un rango
superior de redención, porque todo eso constituye la propia cruz, que se funde
misteriosamente con la cruz salvadora de Jesucristo. ¿Cuál es tu respuesta
personal e intransferible a tales interrogantes, que tarde o temprano todos nos
planteamos?

La fe continúa haciendo milagros. Hay "pequeños milagros", ignorados,


conocidos sólo por Dios, que se dan en la vida diaria de muchos cristianos, de tus
vecinos, de los fieles de tu parroquia. El milagro del "perdón" sincero y franco.
El milagro del "servicio" constante, abnegado, desinteresado, motivado
únicamente por el amor cristiano. El milagro de la "consagración" al Dios de la
belleza admirada por muchos, de la cuenta millonaria en el banco, de la libertad
para hacer únicamente lo que Dios quiere. El milagro de la "fidelidad" a la
palabra dada al momento de recibir el sacramento del matrimonio o del orden
sacerdotal. El milagro de la "conversión" ante el testimonio de una persona amiga
o ante una experiencia fuerte en una iglesia o en un santuario. Existen también
hoy los "grandes milagros". Esos milagros que Dios sigue realizando por
intercesión de sus santos, hoy igual que en el pasado, y que son requeridos para
que un cristiano pueda ser beatificado o canonizado. Se dan igualmente "grandes
milagros", que Dios hace por mediación de personas vivas, santas, y que no son
públicos, porque la santidad es siempre discreta y a Dios le agrada más que esas
gracias especiales queden dentro del círculo de los íntimos. Los pequeños y
grandes milagros son todavía signos con los que Dios sacude nuestra conciencia,
nos interpela, y desea seguir ofreciéndonos su salvación.

Domingo Vigésimo Octavo del TIEMPO ORDINARIO 14 de octubre del año


2001

Primera: 2Re 5, 14-17; segunda: 2Tim 2, 8-13 Evangelio: Lc 17, 11-19

NEXO entre las LECTURAS

"La obediencia de la fe" nos ayuda a leer unitariamente los textos de este
domingo. Los diez leprosos se fían de la palabra de Jesús y se ponen en camino
para presentarse a los sacerdotes, a fin de que reconocieran que están curados de
la lepra (Evangelio). Naamán el sirio obedece las palabras de Eliseo, a instancias
de sus siervos, sumergiéndose siete veces en el Jordán, con lo que quedó curado
(Primera lectura). La obediencia de la fe hace que Pablo termine en cadenas y
tenga que sufrir no pocos padecimientos (Segunda lectura).
MENSaje DOCTRINAL

El poder de la obediencia. Los dos milagros de que nos hablan los textos
destacan el poder de la obediencia. No hay gestos curativos ni de Eliseo ni de
Jesús. No se mencionan fórmulas terapéuticas, dirigidas al enfermo, como sucede
en otros relatos de milagros. Hay solamente un mandato. El de Eliseo a Naamán
suena así: "Ve y báñate siete veces en el Jordán". A los leprosos Jesús les dice:
"Id y presentaos a los sacerdotes". Tanto Naamán como los diez leprosos todavía
no han sido curados, ni siquiera saben si lo serán. Pero se fían y obedecen. Y la
fuerza de su confianza y de su obediencia hizo el milagro. La obediencia implica
ya, al menos, un grado mínimo de fe en la persona a la que se obedece. Una fe
que no está exenta de tropiezos y dificultades.

Esto es patente en la historia de Naamán. Él tenía otra concepción y otras


expectativas sobre el milagro y sobre el modo de realizarse: "¡Saldrá
seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará
con su mano mi parte enferma, y sanaré de la lepra!". Nada de esto se efectuó. Ni
siquiera vio a Eliseo, pues el mensaje del profeta le llegó por un intermediario.
Naamán estaba hecho una furia, y regresaba a su casa, habiendo perdida toda
esperanza de curación. En el camino, persuadido por sus siervos, obedeció, se
bañó en el Jordán y "su carne volvió a ser como la de un niño pequeño, y quedó
curado". Naamán, por fin, se dio cuenta de que no son las aguas las que curan la
lepra, sino el Espíritu de Dios que se sirve del Jordán, como de otros muchos
medios, para hacer el bien y salvar al hombre.

Los diez leprosos, ante el mandato de Jesús, se pusieron en camino hacia el


templo de Jerusalén. Tenían que caminar unos buenos kilómetros. Seguían siendo
leprosos y... ¿cómo subir así hasta Jerusalén y presentarse a los sacerdotes? ¿No
sería mejor esperar hasta constatar que estaban realmente curados? Vencieron
estas dificultades y, en el camino sintieron que su carne se renovaba y quedaba
sanada. La obediencia de la fe posee la potencia del milagro. ¿No es acaso
también la obediencia de la fe la que hace que Pablo esté encarcelado por el
Evangelio? ¿La que permite a Pablo soportar cualquier sufrimiento para que la
salvación llegue a todos?

La "curación" integral. Naamán quedó curado de lepra, pero seguía enfermo de


ceguera espiritual. Como hombre bien educado retorna a casa de Eliseo y le
ofrece, en señal de agradecimiento, ricos regalos. Eliseo los rehúsa. Ahora, ante
el hombre de Dios, comienzan a abrírsele los ojos sobre el verdadero Dios, hasta
el punto de llegar a decir: "Tu siervo no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a
otros dioses más que a Yahvé". Algo semejante le sucede a uno de los leprosos al
quedar curado. Nueve de ellos prosiguen su marcha hacia Jerusalén, se presentan
al sacerdote y regresan felices a la casa familiar, olvidándose de Jesús e
imposibilitando con ello el que Jesús les otorgue la salvación que él ha venido a
traer a los hombres. El último, un samaritano, al verse curado, siente
interiormente el impulso de volver a Jesús para agradecérselo. Se postra a sus
pies en adoración agradecida. Y Jesús le concede no sólo verse libre de la lepra,
sino también del pecado, de todo aquello que le impedía obtener la salvación.
"Vete, tu fe te ha salvado". A Pablo el encuentro con Jesús en el camino de
Damasco le ha abierto los ojos a la fe en Cristo, liberándole de su mentalidad
estrictamente farisaica, de su odio a los cristianos, incluso de las mismas
debilidades humanas, hasta el punto de soportar serenamente las cadenas de la
prisión y de mantenerse firme en el seguimiento y anuncio del mensaje
evangélico. Jesucristo en verdad es el gran médico de cuerpos y almas.

SUGEREncias PASTORALES

Razones para obedecer. Todo hombre, desde el nacimiento a la tumba, se pasa


gran parte de la vida obedeciendo. Como hombres y como cristianos resulta
provechoso que tengamos buenas razones para obedecer.

La obediencia agrada a Dios. Dios no es un extraño, es nuestro Padre. ¿Cómo no


buscar agradarle?

Jesús, nuestro modelo, es un testigo supremo de obediencia. Obedeció a Dios en


los largos años pasados en Nazaret, sometiéndose a sus padres. Obedeció a Dios
durante su vida pública, teniendo como su alimento diario la voluntad de su
Padre. Le obedeció hasta la muerte y tuvo una muerte de cruz.

El Espíritu Santo nos acompaña y fortalece interiormente, de modo que al


obedecer no nos sintamos solos y débiles.

El "fiat" de María nos interpela en nuestra obediencia solícita, sencilla y


constante a la vocación y misión que Dios nos ha confiado. El "fiat" generoso de
María, que recordamos tres veces cada día, es un aguijón en la conciencia
cristiana.

El carácter social del hombre y el carácter comunitario de la fe hablan por sí


mismos de la necesidad de una organización, de una autoridad, y, por
consiguiente, de la necesidad de la obediencia.
La obediencia, cuando se hace con fe y con amor, infunde una gran paz en el que
obedece. El lema episcopal del Papa Juan XXIII lo pone de manifiesto:
Oboedientia et pax.

La obediencia creyente y amorosa contribuye poderosamente a la maduración de


la personalidad cristiana, que tiene como programa, por encima de todo, la
voluntad de Dios. "Ante todas las cosas, tu Voluntad, Señor".

La experiencia y la prudencia que poseen los padres y educadores, al igual que la


gracia propia que han recibido quienes detentan alguna autoridad en la Iglesia.

La eficacia que la obediencia proporciona a una institución civil o eclesiástica en


la consecución de sus fines propios. De la unión y de la obediencia viene la
fuerza.

Disensión y obediencia. El individualismo, tan acentuado hoy día, es una vía


amplia que conduce fácilmente a la disensión en el seno de la familia, de la
sociedad y de la comunidad eclesial. El disentir sobre cosas opinables, sin mucha
importancia, pase. Pero el disentir habitual sobre aspectos fundamentales de la
vida y de la fe, –y el hacerlo como un derecho inalienable del hombre–,
constituye una osadía rayana en una cierta intemperancia intelectual o en una
clara ignorancia supina. Es verdad que en ocasiones puede darse una disensión
legítima, si surge después de una madura reflexión, con un sincero afán de
búsqueda de la verdad, y si se manifiesta con discreción y por los cauces
establecidos. A veces, sin embargo, se tiene la impresión de que hay gente que
está a la caza de una declaración del obispo o del papa para casi automáticamente
disentir de ella. La Iglesia no es una aglomeración de individuos, ni la razón es el
único metro de la vida eclesial. ¿Por qué no elevarse por encima de todo ello, y
obedecer la tentación de disentir por medio de una fe robusta y de una obediencia
sencilla y eclesial? ¡El Reino de Cristo ganaría credibilidad en el concierto de los
hombres! ¡Y sobre todo seríamos mejores cristianos!

Domingo Vigésimo Noveno del TIEMPO ORDINARIO 21 de octubre del año


2001

Primera: Ex 17, 8-13a; segunda: 2Tim 3, 14 - 4,2 Evangelio: Luc 18, 1-8

NEXO entre las LECTURAS

"Todo es don" en el mundo de la fe. Como don no tenemos derecho a él, sino que
hemos de pedirlo humildemente en la oración. Así la viuda de la parábola no se
cansa de suplicar justicia al juez, hasta que recibe respuesta (Evangelio). Por su
parte, Moisés, acompañado de Aarón y de Jur, no cesa durante todo el día de
elevar las manos y el corazón a Yavéh para que los israelitas salgan vencedores
sobre los amalecitas (Primera lectura). Mediante el estudio y la meditación de la
Escritura, "el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra
buena" (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Orar para recibir. Como en la vida espiritual todo es don, nada se puede recibir
sin la oración humilde y constante a Dios. Con ella se abre la puerta del corazón
de Dios de un modo invisible, pero real y eficaz. "Sin mí no podéis hacer nada".
"Todo es posible para el que cree", para el que ora con fe. Dios es tan bueno que,
incluso sin orar, recibimos muchas cosas de él. Lo que ciertamente resulta
infalible es pedir a Dios lo que Jesús nos enseña a pedir y en el modo en que nos
lo enseña. La viuda de la parábola sufre de la injusticia de los hombres; sólo el
juez puede hacerle justicia, y por eso le persigue día tras día hasta conseguirla.
Traduciendo la parábola en términos reales, Dios juzgará, con toda seguridad, las
injusticias humanas. Si elevamos a Dios nuestra súplica, él nos escuchará y
responderá a nuestra plegaria. Si Moisés, Aarón y Jur no hubiesen rogado a
Yavéh por la victoria de Israel sobre los amalecitas, ¿la habrían obtenido? La
oración, más que la espada, consiguió la victoria. El cristiano orante ha sido
"dotado" por Dios, como Timoteo, para realizar bien sus tareas: el conocimiento
de las Escrituras, la fidelidad a la tradición recibida, el anuncio del Evangelio. De
este modo, los textos litúrgicos de este domingo dan un valor extraordinario a la
oración, como elemento constitutivo de la ortopraxis y como fundamento del
progreso espiritual y de toda victoria en las luchas diarias de la fe.

Hay que orar para recibir, pero también para dar según el don recibido. El don de
Dios estará acompañado por la acción del hombre, basada en el don mismo. La
victoria es de Dios, pero no sin que el hombre ponga los medios para la acción
divina eficaz. Sin la espada de Josué no hubiese habido victoria, pero la sola
espada, sin la intervención de Dios, hubiese terminado en derrota. Sin el esfuerzo
de Timoteo por ser primeramente buen judío y luego buen discípulo de Pablo,
Dios no hubiese podido "dotarle" para llevar a cabo la misión de dirigente de la
comunidad de Éfeso. Como en la persona de Jesús lo humano y lo divino se unen
inseparablemente, pero sin confundirse, de igual manera en la vida espiritual del
cristiano lo divino y lo humano convergen, manteniendo su identidad, en un
único resultado. Eliminar uno de los términos conduce a una mutilación mortal, a
no ser que se interponga una acción extraordinaria de Dios.
Rasgos del orante. 1) El rasgo más sobresaliente en los textos es la constancia en
el orar. Sin esa constancia ni la viuda hubiera logrado que se le hiciera justicia, ni
el pueblo de Israel que los amalecitas fueran vencidos. Una constancia que, en
nuestra mentalidad, hasta nos puede parecer inoportuna, pero que a Dios le
agrada y conmueve. Una constancia que puede ser exigente, incluso dura, y
requerir no poco esfuerzo, como en el caso de Moisés, pero que Dios bendice. 2)
El orador suplica porque tiene conciencia muy clara de su necesidad y de su
propia impotencia para responder por sí mismo a ella. La distancia entre la
poquedad del orador y la necesidad que le apremia, sólo Dios puede colmarla. El
pueblo de Israel sentía urgente necesidad de derrotar a los amalecitas, sin lo cual
no podrían llegar hasta la tierra prometida, pero a la vez sabían que eran poca
cosa para empresa de tal tamaño. Tendrán que acudir a Yavéh para arrancar de él
la victoria anhelada. 3) El orador tiene que ser un hombre profundamente
creyente. Si no se tiene fe en lo que se pide, ¿para qué entonces sirve la oración?
¿No es acaso hacer de la oración una pantomima? O se ora con fe o mejor dejar
de una vez por todas la oración. La disminución o el aumento de la oración es
correlativa del aumento o la disminución de la vida de fe.

SUGEREncias PASTORALES

Oración y acción, reflexión y lucha. Ya san Benito enseñaba a sus monjes: Ora et
labora. "Ni ores sin trabajar, ni trabajes sin orar". Desde entonces está claro que
no estamos hablando de dos caminos, sino de un único y solo camino en el que se
entrecruzan la oración y la acción, la reflexión y la lucha diaria. En la iglesia se
ora, pero activamente, metiendo en la oración los trabajos y las preocupaciones
del día. En la oficina, en el campo, en la fábrica, en la casa se trabaja, pero
metiendo en el trabajo a Dios, porque "Dios está entre los pucheros", como decía
acertadamente santa Teresa de Ávila. El hombre, por tanto, no reparte su vida
diaria o el domingo, por un lado, en horas de trabajo y, por otro, en ratos de
oración. Digamos mejor que, cuando ora, está trabajando pero de otra manera, y,
cuando trabaja, está orando, pero de diferente modo. Así el cristiano experimenta
y mantiene una grande armonía interior, dejando al margen toda división
innatural, rechazando decididamente cualquier forma de ruptura y desarmonía.
Porque hoy en día, efectivamente, hay peligro de caer en la herejía de la acción,
porque son muchas las tareas y pocos los hombres y el tiempo para realizarlas.
¿No hay párrocos quizá tentados por esta sutil herejía, por esta sirena que halaga
sus oídos con música de una acción febril que no deja espacio ni tiempo para
Dios? Hoy con menos frecuencia, pero también pueden los cristianos ser tentados
por la herejía del quietismo, ese dejar que Dios haga todo sumergiéndose en una
piedad misticoide, pasiva e infecunda. Ni una ni otra son posturas propias de un
verdadero cristiano. Hagamos un esfuerzo por mantener el fiel de la balanza entre
la reflexión y la lucha, entre la acción y la oración.
Diversos modos de orar. La Iglesia nos enseña que hay diversos modos de orar.
1) La oración vocal. La oración para que sea auténtica nace del corazón, pero se
expresa con los labios. Por eso la más bella oración cristiana es una oración
vocal, enseñada por el mismo Jesús: el padrenuestro. Los evangelios en diversas
ocasiones narran que Jesús oraba y, en algunas de ellas, nos ofrecen las oraciones
vocales de Jesús, por ejemplo, en la agonía de Getsemaní. La oración vocal es
como una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y
experimentamos la necesidad de traducir en palabras nuestros sentimientos más
íntimos. La oración vocal es la oración por excelencia de la multitud, por ser
exterior y a la vez plenamente humana. Hay en la Iglesia bellísimas oraciones
vocales, que aprenden los niños en la catequesis y que alimentan nuestra vida de
fe a lo largo de toda la vida: además del padrenuestro, el avemaría, el "gloria al
Padre", el credo, la salve regina. Oraciones que alimentan la piedad de los
cristianos desde el inicio de la vida hasta su término natural. 2) La oración mental
o meditación. El que medita busca comprender el porqué y el cómo de la vida
cristiana para adherirse a lo que Dios quiere. Por eso, se medita sobre las
Sagradas Escrituras, sobre las imágenes sagradas, sobre los textos litúrgicos,
sobre los escritos de los Padres espirituales, etcétera. La oración cristiana se
aplica sobre para meditar "los misterios de Cristo" para conocerlos mejor, y sobre
todo para unirse a Él. Cuando se logra esta unión con Jesucristo, ya la oración se
hace contemplativa y el ser entero del orador se siente transformado por la
experiencia espiritual y profunda del Dios vivo. Contemplación, que no está
exenta de pruebas ni de la noche oscura de la fe.

Trigésimo Domingo del TIEMPO ORDINARIO 28 de octubre del año 2001

Primera: Sir 35, 12-14.16-18; segunda: 2Tim 4, 6-8.16-18 Evangelio: Luc 18, 9-
14

NEXO entre las LECTURAS

Los términos "justicia y oración" resumen bien las lecturas de hoy. En la


parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero
Dios hace justicia y sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera
lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no
tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del oprimido.
Finalmente, san Pablo confía en Timoteo manifestándole sus sentimientos y
deseos más íntimos: "Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me
entregará el Señor, el justo juez" (Segunda lectura).
MENSaje DOCTRINAL

Actitudes del orador ante Dios. La oración, que es una relación entre personas
que se aman, interesa tanto al orador como a la persona a la que se dirige el
temblor de la plegaria. Fijemos la atención en el orador que está ante Dios.
¿Cuáles son las actitudes de éste que en la liturgia de hoy hallamos dibujadas?

1) Se agradece a Dios el no ser como los demás. Quien así ora no puede ser sino
un sectario, alguien para quien los demás son todos menos los de su grupo.
Alguien para quien los que no son como él son malos, dignos de reprobación y de
condena. Quien ora así muestra que no le domina el Espíritu de Dios, sino el
espíritu de partido. ¡Cuánto desprecio en esa individuación de "los demás": "éste
publicano"! ¿Cómo es posible agradecer a Dios algo que va contra el mismo
designio de Dios? El hombre que así ora, cualquiera que sea, no puede ser
escuchado por Dios. Dios no toma partido por unos cuantos, para Él todos son
sus hijos.

2) Se agradece a Dios los propios "méritos". En primer lugar, lo que él no es y


que los demás son. Como si dijese: "Los demás son ladrones, yo no; los demás
son injustos, yo no; los demás son adúlteros, yo no". Bajo esos tres nombres, que
tienen que ver con el quinto, sexto y séptimo mandamiento, se resumen todos los
preceptos negativos que un judío considerado piadoso tenía de cumplir. Los
demás podrían pecar, podrían inclumplir alguno de esos preceptos, pero un
fariseo, jamás. ¡Esa es la gloria del fariseo: cumplidor de la Ley hasta el último
detalle! Agradecer a Dios la propia gloria, ¿no es como una especie de
contradicción? Pero además el fariseo cumple también con todos los preceptos
así llamados "positivos" sea que estén tomados de la Torah, o que provengan de
la tradición de la secta de los fariseos. Así el ayunar forma parte de los preceptos
de la Torah, pero hacerlo dos veces por semana (lunes y jueves), es propio de los
fariseos. Igualmente, pagar el diezmo es una exigencia de la Ley, pero pagarlo
sobre todo lo que se compra en el mercado, es una norma adicional de la propia
secta farisaica. En su conciencia, el fariseo orador no tiene pecados, sólo
"méritos". No agradece beneficios recibidos, sino méritos adquiridos. Pero
entonces, ¿qué tipo de oración es esa?

3) Se reconoce uno a sí mismo pecador. ¿Quién puede, por muy fariseo que sea,
reconocerse justo ante Dios? Esta es la actitud del publicano, y debería ser la del
fariseo, y tiene que ser la de todos. Hay un detalle en el texto griego, que pasa
desapercibido en las traducciones, y que me ha conmovido: "Ten piedad de mí,
EL pecador". Por un lado, acepta la equiparación que los judíos del tiempo de
Jesús hacían entre publicano y pecador. Y por otro lado parece reconocer que él,
como publicano, es el pecador par excelence. Con ese grado de humildad y de
arrepentimiento, se asegura que Dios oiga su oración.

Dios, juez del orador. Hay algo que impresiona en los textos litúrgicos del día de
hoy. Al decirnos la actitud de Dios ante el orador, subraya la de juez. No se
excluye que Dios sea Padre, pero es un padre que hace justicia. Hace justicia a
quien ora con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace
justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin
el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba. Dios es un juez que no
tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al orador que
le suplica en su opresión. Su oración "penetra hasta las nubes" (Primera lectura),
es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada. Dios juzga al orador según
sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orador o de otros
hombres. En la respuesta a éste Dios no actúa por capricho, sino para restablecer
la "equidad", la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del
mérito personal, sino justicia de Dios para con él y para con todos los que son
imitadores suyos en el servicio al Evangelio (Segunda lectura).

SUGEREncias PASTORALES

Sólo a Dios la gloria. Este domingo es una buena ocasión para examinar nuestra
actitud cuando oramos. Porque puede suceder que, sin saberlo y sin quererlo,
estemos orando "al estilo del fariseo". Rezo porque me lleva a la iglesia la esposa
o la novia, pero estoy ante el Santísimo o ante una imagen de la Virgen más que
orando, rumiando en mi interior mis preocupaciones o mis proyectos. O hablo
con Dios, no tanto porque sienta necesidad de Él, sino porque necesito de todas,
todas desahogarme. O voy a una casa de ejercicios espirituales o de retiro, o hago
"turismo religioso", que parece que se está poniendo de moda, no tanto para
rezar, sino para lograr una cierta armonía interior, para arrancar del alma el
estrés. O muchas veces voy a la Iglesia, más que para encontrarme con Dios, para
encontrarme con mis amistades; más que para alabar y dar gloria a Dios, para
mantener mi reputación de buen católico, de persona que cumple con Dios.
Recordemos: rezar es conectar con Dios. Y con Dios sólo se conecta, si se es
humilde. Si en mi humildad bendigo a Dios, le agradezco su perdón y
misericordia, le suplico por las necesidades espirituales y materiales propias y
también por las de los hombres, entonces Dios prestará oídos a mi oración.
Nuestra oración será del agrado de Dios, si buscamos su gloria y sólo su gloria.
"A Él el honor y la gloria por los siglos de los siglos".
La oración del corazón. En la oración interviene todo el ser humano: su cuerpo y
su espíritu, su inteligencia y su voluntad, sus gestos y posturas como sus
actitudes profundas. Pero, sobre todo se reza con el corazón. De los labios del
orador tienen que brotar las palabras que han nacido primero en su corazón. La
postura de su cuerpo ha de ser un reflejo de la postura con que está delante de
Dios en la intimidad de su alma. Los pensamientos, los afectos, las mociones
interiores, las decisiones, para que verdaderamente sean de un hombre o una
mujer orador, han de tener su manantial más puro en el espíritu humano, habitado
por el Espíritu Santo, maestro de la oración auténtica. Con el corazón no se
señala la afectividad humana, sino todo el mundo interior, ese sagrario intocable
en el que se encuentra consigo mismo, se expone a la verdad de Dios, y le declara
con humildad su indigencia, su pecado, su arrepentimiento, su amor. Tenemos de
cuidar la oración del corazón en las oraciones vocales, para lograr que no se
conviertan en algo rutinario, en un sonniquete tantas veces oído que nos deja
igual. Hemos de cuidar la oración del corazón cuando meditamos, para conseguir
que nuestra meditación no sea una mera especulación, por muy elevada que ésta
sea; o una reflexión interesante y bella sobre la vida o sobre el mundo, sin que
llegue a "mi vida" y "mi mundo"; o un monólogo en el que yo me hablo y me
respondo, sin dejar lugar a la escucha silenciosa y atenta de la voz de Dios.
Oremos a corazón abierto, para que Dios nos escuche igualmente con su corazón
de misericordia y de amor.

MENSaje DOCTRINAL

Bienaventuranzas... y santidad. Los ocho tipos de personas que son llamados


dichosos y bienaventurados son, con la máxima propiedad, los santos. Por eso, en
lugar de decir "bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran,
los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de
corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia",
bastaría con haber dicho "bienaventurados los santos". Porque cada una de esas
categorías de personas son expresión y, por así decir, camino de santidad. Los
pobres de espíritu son los santos, porque su verdadera riqueza es Dios. Santos
son los mansos, porque la mansedumbre o humildad es la actitud propia de los
hombres ante el Creador y Señor. Santos son igualmente los que lloran, porque
son lágrimas de arrepentimiento por los propios pecados y por los de los
hombres, sus hermanos. ¿Quién más además de los santos tiene hambre y sed de
justicia, es decir, hambre y sed de que Dios justifique y salve a la humanidad
entera? Los santos son los más misericordiosos del mundo porque ejercitan la
misericordia con los más desgraciados de la tierra, que son los pecadores. Los
limpios de corazón son los santos, porque su corazón y sus pupilas han sido
lavadas con la sangre del Cordero para que vean con claridad divina las cosas del
cielo y las de la tierra. Los santos son quienes más trabajan por la paz, o sea,
porque se den en la sociedad humana aquellas condiciones que favorezcan la
concordia entre los pueblos, y sobre todo el desarrollo y progreso humano y
espiritual. Los perseguidos por causa de la justicia, ¿qué otro nombre tendrán que
tener sino el de santos, mártires cuya vida ha sido santificada en la soledad de la
cárcel o en el patíbulo de una cámara de gas? Muchos son los caminos que Dios
ha abierto a los hombres con su Evangelio, pero la meta es siempre la misma: la
santidad. Una sola santidad, o mejor dicho UN SOLO SANTO, JESUCRISTO, y
muchas maneras de pronunciar y confesar su nombre con la vida.
"Bienaventurados los santos, porque de ellos es el Reino de los cielos, de ellos es
la fecundidad espiritual en la tierra". Del santo es de quien se puede decir con
mayor propiedad que estando en la tierra vive ya en el cielo, y, llegando al cielo,
no dejará de estar muy presente sobre la tierra.

Amor... y santidad. La santidad es la precipitación de un encuentro de amor entre


Dios y la criatura. "Dios es amor", hemos leído en la segunda lectura. Siendo
Dios el principio de todo lo creado, su amor no puede ser sino fecundo, amor de
Padre. Puesto que Dios es Padre, la mayor maravilla que ha podido acontecer al
hombre es ser hijo de Dios. Y su mayor grandeza no será otra sino el vivir como
tal, siguiendo las huellas del Hijo encarnado. El amor de Dios otorga al hombre
la capacidad y la fuerza espiritual para ser santo. El amor del hombre a Dios pone
en acción la capacidad recibida y la fuerza para la santificación. En esta acción,
reacción de amor, Jesucristo es el caso único y el portaestandarte. Caso único
porque sólo él es Hijo de Dios en sentido estricto, los demás somos hijos del Hijo
en cuanto el Padre ve en el hombre el reflejo de su Hijo. Portaestandarte porque
los hombres santos no hacen otra cosa sino mirar a Cristo, Camino, Verdad, y
Vida y seguir sus huellas. Al venir Jesucristo a este mundo le hemos dado
nuestros ojos para que con ellos vea al Padre, aunque sea de un modo opaco e
imperfecto. Al pasar nosotros la puerta de la eternidad, Jesucristo nos dará los
suyos para que ya no veamos al Padre ensombrecido, sino como realmente es.
"Veremos a Dios tal como es" (Segunda lectura). En la relación amor-santidad se
ha de mencionar el infinito número de llamadas, a que hace referencia la primera
lectura tomada del Apocalipsis. No doce, como las tribus de Israel, sino doce por
doce, juntando así las tribus de Israel y los Doce apóstoles de Jesucristo: los
judíos y los cristianos. Pero además, no sólo 144 sino éstos multiplicados por mil,
es decir, la entera humanidad. Sí, Dios quiere que la humanidad en su totalidad
sea santificada por el amor y la gracia, y así tenga acceso al eterno destino de
felicidad en el cielo. El número 144.000 no es un número reductivo, sino símbolo
del universo humano.
SUGEREncias PASTORALES

La doxología de una vida santa. "Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias,


honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos": ésta es la
doxología que resuena sin cesar en labios de los santos del cielo. Esta doxología
la hemos de pronunciar aquí en la tierra, de manera particular, los cristianos
mediante una vida santa. Una doxología con la que manifestamos nuestra
felicidad y nuestro agradecimiento a Dios. Somos felices en medio del
sufrimiento, y alabamos a Dios. Somos felices, aunque a los ojos de los hombres
no nos vaya bien, porque intuimos en ello la sabiduría divina. Somos felices,
viviendo en la pobreza y en la falta de poder, y agradecemos a Dios las muestras
de su providencia sobre nosotros. Somos felices, por más que la enfermedad nos
tenga postrados e inutilizados, para que Dios sea glorificado en nuestra carne
enferma y haga más patente el poder de su resurrección. Somos felices, porque
estamos en paz con Dios y con nuestra conciencia, porque creemos en la victoria
de la gracia sobre el pecado, porque buscamos únicamente la voluntad y la gloria
de Dios. La ganga de felicidad que vende el mundo al por mayor, pero que dura
lo que la flor de un día, y que recibe nombres efímeros como diversión,
pasatiempo, placer, alborozo, jarana, contento y otros semejantes, son sólo
partículas, átomos de felicidad. Nosotros reservamos el nombre de felicidad para
algo más grande: la posesión y el amor de Dios, iniciado aquí en la tierra y que
tendrá su culminación en el cielo. Esta doxología de una vida santa se puede
cantar, aquí en la tierra, o en cualquier parte: en la iglesia y en la casa, en la
oficina y en el gimnasio, en la montaña y en la playa, etcétera. Sólo hemos de
tener en cuenta el consejo de san Agustín: Cantate ore, cantate corde; cantate
semper, cantate bene: "cantad con los labios, cantad con el corazón; cantad
siempre, cantad bien".

Comunión con los santos del cielo. La Iglesia, con la fiesta de todos los santos,
celebra a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del
amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra
parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en
la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del
cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida
con la suya, interceden por nosotros ante Dios. Todos podrían decir, como Teresa
de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Yo quiero, sin
embargo, referirme especialmente a la comunión de los santos de la tierra con los
santos del cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la
llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la
eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche,
no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son
modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un
aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo. ¿No habrá que
renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo? Hoy es un buen día
para hacerlo.

Dia de Todos los FIELES DIFUNTOS 2 de noviembre del año 2001

Primera: Is 25, 6-9; segunda: Rom 5, 5-11 Evangelio: En 6, 37-40

NEXO entre las LECTURAS

"Muerte y vida" son las dos palabras en que es posible sintetizar la liturgia en
honor de todos los difuntos. En el evangelio Jesús se ofrece como pan de vida y
habla de que el Padre quiere que todos tengan vida eterna. Isaías pone ante
nuestros ojos el festín de la vida, en el que Dios destruirá la muerte para siempre
y secará las lágrimas de todos los rostros (Primera lectura). Y san Pablo en la
carta a los Romanos afirma que "Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a
Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores" (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Hambre de Dios, sed de vida eterna. El hambre y la sed acompañan al hombre en


su peregrinación terrena desde la cuna a la tumba. No pensemos solamente en el
hambre de pan o en la sed de agua. Hay que reconocer que el hombre desde que
nace es un hambriento de Dios y un sediento de vida eterna. Su naturaleza
espiritual y su vocación de imagen de Dios agitan su ser entero en un anhelo
constante de su Origen y de su Destino. En Jesucristo satisface el hombre su
hambre de Dios, porque Él es el pan bajado del cielo con que Dios Padre
alimenta a sus hijos: Pan de la Palabra hecha Escritura Sagrada, Pan de la
Eucaristía convertido en cuerpo y sangre del mismo Dios. Y el Espíritu Santo es
quien sacia su sed de vida eterna, porque Él es el agua viva que Cristo nos da
para que no volvamos a tener sed. Ya en esta vida Dios sacia nuestra hambre de
Dios y nuestra sed de vida eterna, pero sólo de modo limitado y bajo la tentación
de buscar satisfacer nuestra hambre y sed no en Dios sino en las criaturas. Sólo
tras la muerte Dios será nuestro único Pan y nuestra única Agua, nuestro
verdadero alimento y bebida para siempre. Precisamente la primera lectura exalta
el festín de la vida que Dios ha preparado en Sión para todos los pueblos, festín
que prefigura el banquete en la Jerusalén celeste, cuando Jesucristo haya vencido
a todos sus enemigos, a la misma muerte, y haya entregado el Reino a su Padre.
La muerte se nos presenta, de esta manera, como invitación al banquete de la
vida, cuyo anfitrión es el mismo Dios. A decir verdad, no es la vida la que
desemboca en la muerte, sino más bien ésta es la que desemboca en la vida.
Solemos hablar de "vida y muerte", pero la liturgia de hoy nos conduce a cambiar
el orden y preferir "muerte y vida ", porque es la vida quien sale victoriosa del
duelo con la muerte; porque el banquete al que Dios nos invita no es un banquete
fúnebre, sino un banquete para celebrar la vida.

La muerte, prólogo al libro de la vida. Durante el puñado de años de la


existencia, el hombre se afana en la búsqueda. Es un eterno buscador. Busca ser
amado y amar; busca saber, ciencia, poder; busca fama; busca la verdad y la vida;
busca a Dios. Si busca con sinceridad y constancia, encontrará Aquello y Aquel
que busca en todo lo que busca. Encontrará a Dios, encontrará la vida. No cabe
duda de que la vida del hombre es una eterna búsqueda. Pero, ¿qué es la muerte
sino el momento en que la búsqueda termina y comienza el encuentro definitivo
con Dios, con nosotros mismos, con la verdad y la vida? Tener vida eterna, ¿no
es ésta la suprema y última aspiración de todas las búsquedas del hombre, incluso
por caminos tortuosos, insensatos, en dirección opuesta de Aquel que busca? ¿No
es también el último y máximo regalo que Dios quiere dar personalmente a cada
uno de los hombres?

"Mi Padre quiere –leemos en el evangelio– que todos los que vean al Hijo y
crean en él, tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día". Por eso, la
muerte, que condensa en sí nuestra existencia efímera, bien puede considerarse
solamente como un breve prólogo al libro de la vida.

De la Pascua de Cristo nos viene la luz. Las reflexiones precedentes encuentran


su marco más propio en el misterio de la muerte de Cristo, a quien el Padre
resucitó de entre los muertos, y que nos hace participar de su vida. Imaginemos la
muerte de Cristo como el gran océano en el que se recogen todos los muertos de
la historia, y la resurrección como el nuevo Paraíso preparado por Cristo
resucitado para todos los que han sido iluminados por su Luz. La vida de la que
nos habla la liturgia no es solamente la inmortalidad del alma (exigencia de su
naturaleza espiritual), sino más bien y mucho más la participación en el alma y
en el cuerpo de la vida de Cristo resucitado. La luz del misterio del Hijo de Dios,
Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, para arrancarnos de la muerte y
hacernos partícipes de la vida, ilumina de modo completamente único la vida
terrena, el término de la misma con la muerte, y el inicio gozoso de una vida sin
fin en la compañía de Dios y de todos los santos.

SUGEREncias PASTORALES
Una visión más cristiana de la muerte y de la vida. Un cierto materialismo y
horizontalismo se nos ha metido en el alma de todos, sobre todo en los dos
últimos siglos. Decimos que la muerte es el fin de la vida, pero quizá olvidamos
que es la aurora de una nueva vida. Cuando hablamos de la vida nos referimos a
la existencia terrena, tal vez porque la "otra vida" no forma parte de nuestras
categorías mentales o porque estamos tan bien instalados en ésta que tendemos a
no pensar en su fugacidad y en su momento final. Vida no es solamente un
término temporal, sino que pertenece también al lenguaje de lo eterno. Es posible
que sintamos necesidad de ir aprendiendo ese lenguaje de lo eterno e ir
ejercitándolo, no sea que al pasar a la otra orilla de la vida nadie nos entienda,
con el inconveniente de que allí no hay intérpretes. Un día como hoy es un
momento precioso para remozar nuestros conceptos y nuestra mentalidad, de
manera que abramos más nuestro corazón a las realidades que nos esperan
después de la muerte. "La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se
transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión
eterna en el cielo", rezamos en el prefacio de difuntos. Y santa Teresa del Niño
Jesús exclamaba: "Yo no muero, entro en la vida". Un tiempo propicio para la
catequesis sobre la resurrección de la carne y sobre la vida eterna a partir de las
páginas que el catecismo de la Iglesia dedica a estos temas (CIC 988-1060).

Orar por los fieles difuntos. En la recomendación del alma a Dios la Iglesia habla
al moribundo con una dulce seguridad: "Alma cristiana, al salir de este mundo,
marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de
Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo,
que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a
Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san
José y todos los ángeles y santos". Eso es lo que deseamos de todo corazón para
el moribundo, y eso es lo que pedimos a Dios cuando por ellos rezamos, una vez
que han muerto. A nuestros difuntos nos unen los lazos de la sangre y de la fe,
por eso les seguimos queriendo y deseando su bien mediante nuestras oraciones.
La Iglesia, como madre de todos los cristianos, intercede diariamente en cada
santa misa por los difuntos: "Acuérdate también de nuestros hermanos que
durmieron con la esperanza de la resurrección y de todos los difuntos: admítelos
a contemplar la luz de tu rostro" (Plegaria eucarística, II). Oremos por ellos con
corazón fraterno, pues son nuestros hermanos en la fe, que nos preceden en el
camino hacia la eternidad. Oremos por ellos con sinceridad y humildad de
corazón, para que nuestra intercesión por ellos ante Dios sea escuchada y puedan
definitivamente "estar siempre con el Señor".
Domingo Trigésimo Primero del TIEMPO ORDINARIO 4 de noviembre del año
2001

Primera: Sab 11, 22- 12, 2; segunda: 2Ts 1, 11 - 2, 2 Evangelio: Lc 19, 1-10

NEXO entre las LECTURAS

El amor de Dios embarga cada página de la Biblia y de la liturgia cristiana. En


los textos del presente domingo resaltan de modo especial. El amor de Dios a
todas las criaturas, porque todas tienen en el amor de Dios su razón de ser
(Primera lectura). El amor de Dios por todos los hombres, sin distinción alguna,
porque todos son sus hijos (Evangelio). El amor de Dios hacia los cristianos,
"para que el nombre de Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según
la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo" (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

La aventura del amor divino. Desde el momento mismo en que Dios inició su
obra creadora, dio comienzo para él la aventura del amor. La aventura
maravillosa de ser correspondido en el amor. Pero también la aventura del riesgo
del amor, del rechazo del amor, de la incomprensión del amor, del rostro
doloroso del amor. "Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste,
pues si algo odiases, no lo habrías creado", dice la Sabiduría. Pero, ¿no da la
impresión de que los cataclismos y las catástrofes naturales de nuestro planeta se
rebelan contra el gobierno soberano del amor? "Hoy ha llegado la salvación a
esta casa, porque también éste es hijo de Abrahám", dice Jesús en el evangelio.
Pero, y las demás "casas" de publicanos, ¿aceptarán el amor? Y las demás casas
de los ricos, ¿se convertirán, como Zaqueo y su casa, al amor de Dios? Dios nos
ha llamado a la vocación cristiana, para ser glorificado en nuestras vidas; pero,
¿realmente nuestras vidas son la gloria del amor? El amor de Dios, en su
aventura histórica, en cierto modo está sometido a la gran ley, creada por Dios y
que él respeta, del libre albedrío. Y así será hasta el final de los tiempos. Esos
tiempos últimos, cuyo final nos resulta totalmente desconocido, y que hacemos
bien si lo dejamos confiadamente en el sagrario del corazón de Dios, que siempre
quiere lo mejor para sus hijos. No queramos escrutar ansiosamente el misterio
que se nos escapa y sobrepasa nuestras capacidades de conocimiento. ¡Vigilantes,
sí, pero serenos! Entonces sí, tras el telón final de la historia, la aventura del amor
de Dios habrá terminado. El amor de Dios será entronizado en los cielos y los
hombres adorarán eternamente la triple faz del Amor.
Un amor sin fronteras. Así es el amor de Dios. No tiene la frontera del tiempo,
porque Él ama en el tiempo y antes del tiempo y más allá del tiempo. No tiene la
frontera del espacio, porque Él ha creado el espacio y lo ha llenado con obras
surgidas únicamente de su amor: el cielo, la tierra y cuanto en ellos habitan
(Primera lectura). No está limitado por la frontera de la edad, de la condición
social o económica, del estado de vida de los hombres, porque lo que más cuenta
para Dios es que todos son imagen suya y a todos los ama como a hijos. Dios no
ama al ciego de Jericó porque es pobre (Lc 18, 35-43) ni a Zaqueo porque es rico,
sino porque ambos son sus hijos. Para Dios no cuentan esas barreras que tanto
cuentan no pocas veces para los hombres. Dios no ama por "méritos", sino en
total libertad. Tampoco está coartado Dios en su amor por la barrera del pecado.
Los hombres somos pecadores, Zaqueo es un pecador público. Eso no importa.
El pecado no es por así decir una derrota del amor, sino ocasión para que el amor
de Dios se manifieste con nuevo resplandor. ¿Y acaso podrán ser nuestras
preocupaciones, nuestros temores, nuestros pensamientos sobre la "inminencia"
del "fin de la historia" una muralla infranqueable del amor de Dios? Deus semper
maior. Dios está por encima de todos los límites que los hombres podamos poner
a su amor. También Dios es más grande y está más allá de la muerte, ese
monstruo en cuyo territorio parece que ni siquiera el amor de Dios tiene acceso.
Dios es "amigo de la vida" (Primera lectura) o, en una traducción quizá más fiel,
"autor de la vida". A Él la muerte no le infunde temor como a nosotros, pobres
mortales, pasa su barrera y la destruye, para que los hombres, sus hijos, vivan
para siempre. Realmente, para Dios la frontera del amor es el amor sin frontera.

SUGEREncias PASTORALES

Ojos para amar. La realidad se mira de modo muy diverso cuando se tienen ojos
para el amor o cuando no se tienen. ¡Ojos para amar a Dios en la grandeza y el
esplendor del firmamento! Puedo contemplar una estrella en una noche de
primavera con el ojo escrutador del científico que indaga sobre su distancia de la
tierra, los años que tiene o el material de que está compuesta. Y puedo
contemplarla con el ojo simple de quien descubre en ella un reflejo de la belleza
de Dios, un regalo de Dios en esa encantadora noche primaveral. ¡Ojos para ver
el amor de Dios en el poder y belleza de la naturaleza! Esa naturaleza que revive
después del invierno y que resucita. Esa naturaleza mediante la cual Dios
recuerda al hombre la ley de la renovación permanente y le reclama su vocación
a la resurrección con Cristo glorioso. ¡Ojos para admirar el amor de Dios como
se muestra en el hombre y en las obras magníficas de su pensamiento! Es distinto
considerar la inteligencia del hombre como fruto de la casualidad evolutiva a ver
en ella la obra más preciosa y sublime del amor creador de Dios. Es muy diverso
el trato que daré a un hombre si me quedo solamente en que es un cuadrúpedo
inteligente o si, traspasando con la mirada el ámbito corporal, lo veo como un
hijo de Dios, nacido para una eternidad feliz en el amor. Los hombres solemos
tener ojos para el mal, para la crítica, para la basura del mundo. Está bien, pero
tenemos que mirar todo eso con ojos de amor, con los mismos ojos con que Dios
lo ve. Y sobre todo tenemos que abrir de par en par nuestra mirada para el bien,
para la verdad, la belleza y la santidad que hay en el mundo. En definitiva, tener
ojos para el amor es tener ojos para Dios, es tener los ojos de Dios.

La creatividad del amor. Que el amor sea creativo, pienso que nadie lo pone en
duda. Ya conocemos la creatividad del amor de Dios: la Sagrada Escritura, la
Iglesia como institución del amor redentor, la presencia de Jesucristo en la
Eucaristía, o la perfección del cerebro humano, y la inmensidad del cosmos y sus
galaxias, por poner algunos ejemplos. Quiero detenerme, sin embargo, en la
creatividad del amor humano y cristiano, esa creatividad que es la nuestra, y en la
que debemos actuar día tras día, para mostrar que somos cristianos de verdad.
¿Quién ignora la potencia "creativa" de una caricia al esposo, al hijo, a la madre,
a la novia? ¿Quién no ha podido constatar alguna vez la creatividad de una
palabra, de una mirada, de un abrazo? Buscar cada día creatividad en el amor
dentro de la familia. ¡Pequeñas cosas del amor, no importa, pero nuevas,
inesperadas, sorprendentes! Buscar la creatividad en el amor para servir mejor a
los demás, como empleado en una oficina, como párroco, como enfermera en un
hospital, como asistente social en una residencia de ancianos, como maestro en
una escuela o profesor en una universidad, etc. Y sobre todo buscar la creatividad
en nuestro amor a Dios. Creativos cuando hablamos con Dios para decirle lo
mismo, pero con lenguaje y música diversos. Creativos en multiplicar lo más
posible las obras del amor, las maneras de expresar el amor. Creativos para
pensar y formular el amor de Dios y comunicarlo creativamente a los hombres.
Creativos para hablar a Dios y para hablar de Dios. ¡Creatividad! ¡Creatividad en
el amor! ¿Acaso no es el amor por su misma naturaleza creativo? Si por una
casualidad el amor dejara de ser creativo, sería aburrimiento, rutina, hastío.
Dejaría de ser amor. ¿Qué hacer para ejercitar diariamente la creatividad del
amor?

Domingo Trigésimo Segundo del TIEMPO ORDINARIO 11 de noviembre del


año 2001

Primera: 2Mac 7, 1-2.9-14; segunda: 2Tes 2, 16 - 3,5 Evangelio: Lc 20,

NEXO entre las LECTURAS


¿Cuál y cómo es el destino último del hombre? A esta inquietante pregunta trata
de responder la liturgia de este domingo. Jesús nos enseña que el destino es la
vida, pero que esa vida en el más allá no se iguala a la vida terrena (Evangelio).
El martirio de la madre y de sus siete hijos en tiempo de la guerra macabea ofrece
al autor sagrado la ocasión para proclamar vigorosamente la fe en la resurrección
para la vida (Primera lectura). Pablo pide oraciones a los tesalonicenses para que
"la palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria" (Segunda lectura),
una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el Juez supremo, que
es Dios.

MENSaje DOCTRINAL

Misterio y realidad. Conviene afirmar siempre que el destino final del hombre no
es claro como un teorema matemático ni cognoscible como la composición
química del agua. Jesús, en su razonamiento con los saduceos, sostiene que es un
misterio y por eso no acude al raciocinio, sino a la revelación. "El Dios de
Abrahám, de Isaac y de Jacob es un Dios de vivos, no de muertos". La historia de
la salvación nos ayuda a comprender que, siendo misterio, no ha sido objeto de
un conocimiento natural o de una revelación inmediata. Más bien, ha habido un
proceso largo y pedagógico de revelación desde el Antiguo Testamento hasta el
Nuevo. Los saduceos exageran tanto el carácter misterioso de la resurrección,
que simplemente la niegan. Es tal vez una solución fácil, pero impropia del
hombre que es un eterno buscador de la verdad. Procurar entrar en el misterio, sin
destruirlo, ahí está la grandeza del ser humano sobre la tierra. Pero la
resurrección no sólo es misterio, es también realidad. Una realidad que no es
perceptible con los ojos de la carne, sino únicamente con los ojos de la fe. Ya
Horacio había llegado a formular, con su sola razón, la creencia en la
inmortalidad: Non omnis moriar (no he de morir totalmente). Los cristianos
podemos formular nuestra fe en la resurrección: Omnis vivam (viviré todo
entero), en cuerpo y alma, en toda mi realidad psicofísica. Evidentemente no se
tiene que resaltar tanto la resurrección corporal que llegue a imaginarse la vida
terrena en su grado máximo de perfección. "No pueden ya morir, porque son
como ángeles" (Evangelio). El hombre será transformado y, sin dejar de ser
hombre, experimentará y vivirá su humanidad de un modo adecuado a un mundo
infinito y eterno. El destino del hombre no es sino una realidad misteriosa y un
misterio empapado de realidad. Separar el misterio de la realidad o la realidad del
misterio conduce a distorsionar la verdad de la fe en la resurrección de los
muertos.
Martirio y vida. El martirio, incluso para los no creyentes, tiene un poder
seductor muy notable. Un mártir por su fe no es sólo gloria de su religión, sino de
la entera humanidad. Es un héroe y, si es cristiano, es además un santo, un héroe
de la gracia y un evangelizador, porque transmite la fe cristiana con la ofrenda de
su vida. La madre y los siete hijos de los que nos habla la primera lectura han
sido para los judíos y para los cristianos un ejemplo permanente de fortaleza
espiritual y de fe en la resurrección. "El Rey del mundo, a nosotros que morimos
por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna", así formula su fe el segundo de
los hermanos. El martirio de tantos cientos de miles de cristianos a lo largo de 21
siglos es el signo de credibilidad más fehaciente de la resurrección de los
muertos. Un martirio que radica en el gran Martirio de Jesucristo en la cruz para
redimirnos del pecado y alcanzarnos la vida eterna. La "corta pena" del
sufrimiento se trueca en "vida perenne" y sin fin (Primera lectura). Junto al
martirio de sangre está el martirio de la vida, el testimonio diario de la fe que da
sustancia y peso a la última verdad del Credo: "Creo en la resurrección de los
muertos y en la vida futura". Porque en verdad mártir es quien prefiere al Dios de
la vida sobre el amor de la vida, quien está dispuesto a cerrar la puerta de la vida
por fidelidad a Dios y a abrir el cancel del Paraíso para estar siempre con el
Señor. Ésta es la Palabra del Señor que debemos anunciar y que hemos de
propagar por todas partes. En un mundo no poco secularizado y bastante miope
para las cosas de la fe, es muy necesario que los cristianos sellemos nuestra
fidelidad a la vida, en esta tierra en que estamos y en la eternidad, con una vida
de fidelidad.

SUGEREncias PASTORALES

Continuidad, no igualdad. Nuestra fe nos dice que el ser humano resucitará en su


integridad. Hay, por tanto, una continuidad innegable entre el hombre histórico,
que muere y vuelve al polvo, y el hombre resucitado. No resucitará una
"entelequia" humana, sino el hombre y la mujer que ha pisado esta tierra, que ha
amado, que ha hecho el bien, que ha procreado y educado a sus hijos, que ha
trabajado para poder vivir, que ha muerto besando un crucifijo o rezando el
rosario. Si alguien pusiese en duda o negase esta continuidad, ¿en qué consistiría
entonces la resurrección de los muertos? ¿No sería tal expresión un simple flatus
vocis, un sonido sin sentido? Al mismo tiempo nuestra fe nos dice que la
continuidad no equivale a igualdad. Nuestro polvo revivirá, pero trascendido.
Seremos íntegramente hombres, pero nuestra vida no estará ya sometida a la
condición histórica. En la eternidad ni se trabaja, ni se come, ni se procrea ni se
muere. "Serán como los ángeles" (Evangelio). Resucitaremos idénticos, pero
diversos en razón de la misma diversidad del mundo en el que se entra y en el
que se vivirá para siempre. El hombre entero vivirá en la condición de los
ángeles, porque su misma dimensión corpórea quedará penetrada y transformada
por la dimensión espiritual, y principalmente por el Espíritu de Dios. Todo esto
es importante para la catequesis, la predicación, y el acompañamiento espiritual.
No está mal que a los niños se les hable del cielo en lenguaje imaginativo y
sensorial. Creo que hay que ir elevándolos gradualmente de una concepción
sensorial a una concepción cada vez más espiritual de la vida eterna.
Efectivamente, querer plantar la tierra en el cielo ha sido siempre una gran
tentación del hombre. ¿No sucede a veces que hay personas de 50 y 60 años cuya
concepción del cielo sigue siendo la de la infancia? ¿No será ésta una, entre otras
causas, por las cuales está en crisis la fe en la resurrección de los muertos y en la
vida futura?

Un mensaje de esperanza. Si razonamos con fe, no cabe duda de que la


resurrección de los muertos es un mensaje de esperanza. Para el creyente, el
tesoro más precioso no es la vida que se tiene, sino la que se espera. La vida
actual es preciosísima. ¿Cómo no va a serlo, si en ella el hombre se juega toda la
eternidad? La esperanza cristiana no nos hace vivir ajenos a la realidad del
mundo ni de la historia, sino enteramente entregados a hacer historia: historia de
salvación. Construir la historia no es tarea de los no creyentes, es todavía con
mayor razón tarea de quien cree en el Señor de la historia y en la marcha de la
historia a su desembocadura final. Sí, como cristiano, espero que Dios abrirá las
puertas de la eternidad a mi mente, a mi corazón, a mi cuerpo, a mi vida. Porque
la esperanza cristiana en la resurrección es mensaje de vida en plenitud, de
presencia viva ante el mismo Dios vivo. Es vivir sin reloj ni cronología, estando
siempre con el Señor, como sumergidos en el océano mismo de la Vida. El
mensaje cristiano es un mensaje de esperanza, porque anuncia el triunfo de la
vida sobre el tiempo y sobre el mal, el triunfo de Dios sobre todos sus enemigos,
el último del cual es la muerte. Este mensaje no se lo ha inventado la Iglesia,
proviene del Dios "que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una
esperanza dichosa" (Segunda lectura). ¡Vale la pena testimoniar con palabras y
obras este mensaje de esperanza!

Domingo Trigésimo Tercer del TIEMPO ORDINARIO 18 de noviembre del año


2001

Primera: Mal 3, 19-20 (4,1-2); segunda: 2Tes 3, 7-12 Evangelio: Lc 21, 5-


NEXO entre las LECTURAS

El presente y el futuro son dos categorías que descuellan de alguna manera en


este penúltimo domingo del ciclo litúrgico. Los "arrogantes y malvados" del
presente serán arrancados de raíz el Día de Yahvé, mientras que los "adeptos a mi
Nombre" serán iluminados por el sol de justicia (Primera lectura). Las
tribulaciones y las desgracias del presente no deben perturbar la paz de los
cristianos, porque, mediante su perseverancia en la fe, recibirán la salvación
futura (Evangelio). San Pablo invita a los tesalonicenses a imitarle en su
dedicación al trabajo, aquí en la tierra, para recibir luego en el mundo futuro la
corona que no se marchita (Segunda lectura).

MENSaje DOCTRINAL

Ciudadanos de dos mundos. Todo hombre, quiera o no, está inscrito en el registro
de dos mundos diversos. Uno es el mundo presente, la tierra que pisamos y el
aire que respiramos, un mundo pasajero, sellado por el límite y la caducidad. El
otro mundo es el mundo en el que reinan las palabras: siempre e infinitud, el
mundo futuro al que el hombre y la historia se encaminan. Lo interesante es que
estos dos mundos se suceden cronológicamente, pero sobre todo se entrecruzan y
entrelazan en la vida de los hombres. Ninguno de ellos nos es ajeno, en ninguno
vivimos como si el otro no existiera. En el mundo presente no podemos dejar de
pensar en el futuro, y en el mundo futuro no se podrá olvidar el presente. Las
vicisitudes de la historia, sus conflictos y sus penas nos remiten casi
inexorablemente hacia el futuro. La dicha y la plenitud del mundo futuro
solicitarán nuestro interés porque todos los hombres de este mundo puedan
alcanzarla. Como ciudadanos del presente hemos de estar ocupados y dedicados
en la tarea del progreso, de la justicia, del avance en humanismo y solidaridad, y
en el crecimiento de los valores. Como ciudadanos del futuro tenemos que
preocuparnos por la instauración del Reino de Cristo y por la santidad de los
cristianos. El presente en que vivimos es tarea de elección y de renuncia, el
futuro será tiempo de posesión y de gozo. El presente es tiempo de ideales y de
realizaciones, el futuro será de encuentro y de intimidad. El presente es tiempo de
constancia en la lucha, el futuro será de descanso en la paz. El presente es tiempo
de esperanza en la fe y en el amor, el futuro será de triunfo pleno del amor
perfecto. Dos mundo distintos, pero no distantes, sino unidos en el corazón del
hombre. Dos mundos en los que el cristiano ha de vivir a tope, haciendo honor a
su nombre.
La luz de la justicia. En este mundo no siempre brilla con todo su esplendor la
luz de la justicia. Hay también mucha tiniebla de injusticia. Y por eso al hombre
honrado y bueno le acecha la tentación de decir: "¡Es inútil servir a Dios! ¿Qué
ganamos con guardar sus mandamientos?" (Primera lectura). Tal vez llegan a
nuestros oídos voces de falsos profetas que gritan: "¡Yo soy!" o que predicen con
presunción: "El tiempo está por llegar" (Evangelio). Y llegan a preocuparnos esas
voces y crean en los cristianos algo de perplejidad. Oscurecidos sobre el futuro,
había también entre los cristianos de Tesalónica algunos que "no trabajaban y se
metían en todo" (Segunda lectura). Evidentemente creaban confusión y
perturbaban la vida y la paz de la comunidad. Esa tiniebla de injusticia no es
propia sólo del tiempo del Antiguo o del Nuevo Testamento, sigue actualísima en
nuestro tiempo. ¿No hay acaso mucha gente convencida del triunfo del mal sobre
el bien? ¿No hay quienes atemorizan a la gente, sobre todo sencilla y sin mucha
cultura, hablando de revelaciones recibidas sobre el fin del mundo y su pronta
venida? ¿No abundan falsos profetas y doctores, que merodean aquí y allá
enseñando doctrinas erróneas? La revelación de Dios, recogida en los textos
litúrgicos de este domingo, nos recuerda: "Dios hará brillar la luz de la justicia".
Esa luz puede ser que ya comience a brillar en este mundo, pero ciertamente el
sol de justicia irradiará sus rayos de luz en el mundo futuro. El cristiano, por
tanto, en medio de las injusticias y de las persecuciones, ha de mantenerse
tranquilo, paciente y con gran paz, porque Dios intervendrá a su tiempo. "Con
vuestra perseverancia, nos dice Jesucristo en el evangelio, salvaréis vuestras
almas".

SUGEREncias PASTORALES

El tiempo de la Iglesia. Entre Pentecostés y el final de la historia está el tiempo


de la Iglesia. Esta Iglesia que tiene ya 21 siglos de historia, que vive el presente
tratando de ser fiel a su Fundador, y que mira al futuro con esperanza. Jesucristo
a esta Iglesia no le ha ahorrado tribulaciones. Pero tampoco ha sido parco con
Ella en consolaciones. En su historia pasada y presente vemos una innumerable
fila de hombres y mujeres fieles a su Señor, y juntamente defecciones, falsos
maestros, apostasía, traición. A lo largo de los siglos, en muchos lugares donde
no había paz, los cristianos santos han sembrado paz y concordia entre los
hombres. Pero también ha habido cristianos, en esos mismos siglos, que han
esparcido discordia, guerra, revolución, desavenencias en la familia, en los
grupos humanos, entre las naciones. Ha habido en la larga historia del
cristianismo reyes y gobernantes cristianos, sumamente santos y que han hecho
tanto bien. A su lado, ha habido igualmente y continúa habiendo reyes y
gobernantes que han perseguido a sus hermanos en la fe por motivos políticos o
por intereses ideológicos. En la historia están también los enemigos de Dios y de
su Iglesia. Recordemos a los emperadores que durante tres siglos, con mayor o
menos intensidad, persiguieron el cristianismo como religio illicita y
consideraban a los cristianos como ateos porque no adoraban a los dioses del
Imperio. Pensemos en los tormentos que sufrieron los hijos de la Iglesia en Japón
y en China, por considerar el cristianismo como extranjero y como ajeno
completamente a las propia tradiciones religiosas. ¿Y qué decir de la brutal
persecución y hostigamiento del comunismo hacia los cristianos allí donde el
socialismo real fue o continúa siendo una triste y horrenda pesadilla de la
humanidad en su historia? El tiempo de la Iglesia ha sido y continuará siendo así
hasta el final: tiempo de tribulación, y tiempo de consolación y paz. ¡Esta es la
Iglesia en que vivimos, a la que amamos, y en la que trabajamos por el Reino de
Dios!

Vivir el presente desde el futuro. Frecuentemente se piensa que hay que vivir el
presente con un ojo en el pasado, para aprender del mismo, puesto que "la
historia es maestra de la vida". No niego que esto sea verdad. Quiero señalar, sin
embargo, un aspecto propio de nuestra fe cristiana. Hay que vivir el presente
como quien ya hubiera recorrido el camino de la vida y se hallara en el mundo
futuro. Está claro que las perspectivas y el modo de vivir el presente serían muy
diversos. Esto vale en la vida del hombre: si fuera posible vivir los veinte años
desde la perspectiva de los sesenta, sin duda alguna se vivirían de distinta
manera. Con mayor razón vale cuando hipotéticamente nos colocamos en el más
allá. Preguntémonos: Desde la eternidad, ¿cómo hubiese querido vivir el día de
hoy, esta situación familiar, este momento personal de crisis, esta relación
afectiva, este ambiente en el trabajo? Ese futuro crea una distancia entre nosotros
y nuestro presente, y al crear distancia nos permite ver las cosas con mayor paz y
objetividad. Ese futuro nos mete en el mundo de Dios y de esta manera nos
otorga el poder de pensar en las diversas situaciones del presente y de la vida con
el mismo modo de pensar de Dios. Desde el futuro conocemos mejor y sabemos
aplicar con mayor exactitud y coherencia al presente la regla de nuestra fe y la
medida de nuestra conducta. No hay que caer en la utopía, pero una chispa de
futuro en nuestro presente es suficiente para encender el ama con nuevo ardor y
entusiasmo.

Solemnidad de Jesu Cristo, REY DEL UNIVERSO 25 de noviembre del año


2001

Primera: 2Sam 5, 1-3; segunda: Col 1, 12-20 Evangelio: Lc 23, 35-43


NEXO entre las LECTURAS

"Rey de Israel, rey de los judíos, reino del Hijo" son las expresiones con que la
liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad de Jesucristo, rey del
universo. El título de la cruz sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres
era el siguiente: "Jesús nazareno, rey de los judíos" (Evangelio). Históricamente,
este título se remontaba hasta David, rey de Israel, (Primera lectura), de quien
Jesús descendía según la carne. Recordando Pablo a los colosenses la obra
redentora de Cristo les escribe: "El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo
querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados" (Segunda
lectura).

MENSaje DOCTRINAL

David, rey de Israel. Los israelitas habían comenzado la conquista de la tierra


prometida al final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de Josué. La conquista
fue progresiva y se prolongó durante mucho tiempo. Por fin se pudo considerar
acabada, al menos en términos generales, y se procedió a la distribución de la
tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una de las tribus mantuvo su
independencia y propia autonomía. Si alguna tribu se unía con otra, era
fundamentalmente en plan de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este
período, se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las
tribus del Norte y las del Sur. Cuando Samuel ungió rey a David, lo hizo sólo
sobre las tribus del Sur (Judá, Benjamín y Efraín) y sobre ellas reinó siete años en
Hebrón. La personalidad extraordinaria de David, su genio militar que logró
conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable, y su capacidad
innegable de caudillaje, indujo a los jefes de las tribus del Norte a proclamarle
también su rey. "El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de
Yahvé, y ungieron a David como rey de Israel" (Primera lectura). Fue un paso
decisivo en la historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación de
las doce tribus, se instauró un solo rey y por tanto un solo mando político-militar,
y se eligió la ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel y Judá.
El reino de Cristo, prolongación del reino de Israel, está compuesto igualmente
de doce "tribus", unidas bajo el mando de un único rey, y que tiene su capital en
Jerusalén, la capital del reino mesiánico, inaugurado por Jesucristo en la cruz.

Jesús, el rey de los judíos. Esta es la causa por la cual Jesús muere en una cruz
elevada sobre el Gólgota. El texto está escrito en hebreo, en latín y en griego,
para que lo entendiesen todos los habitantes que habían venido a Jerusalén para
celebrar la Pascua en la primavera del año 30 d.C. ¿Un crucificado, rey de los
judíos? Esta ignominia era insoportable para las autoridades de Jerusalén, por eso
acudieron a Pilatos a pedirle que cambiase el título. Pilatos no cedió. "Lo escrito,
escrito está". El título es ocasión de burla y sarcasmo de los soldados romanos:
"Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!" (Evangelio). Solamente uno de los
ladrones intuyó que el reino de ese crucificado tenía que ser de otra índole que
los reinos de la tierra, y así le dijo: "Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino"
(Evangelio). El título es, pues, verdadero, pero nos reenvía a un reino de otras
características: un Reino de verdad y de vida, un Reino de santidad y de gracia,
un Reino de justicia, de amor y de paz" (Prefacio). En el sometimiento
"impotente" y doloroso de un crucificado al reino de la fuerza dominante está la
clave y el fundamento del reino del amor, de la misericordia y del perdón.

El Reino de su Hijo. El Padre, llamándonos a la fe cristiana, nos ha trasladado al


Reino de su Hijo mediante el bautismo. Su Hijo es Jesús de Nazaret, el
crucificado, ahora resucitado y glorioso. El reino del Hijo no es ya sólo un pueblo
o una raza. No es sólo el reino interior en el corazón de los hombres. Es por
añadidura el reino sobre el cosmos, sobre toda la creación. "En él fueron creadas
todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos,
dominaciones, principados, potestades: todo fue creado por él y para él"
(Segunda lectura). Para el Hijo, "rey" no es meramente un título, corresponde a
su esencia. Nada está fuera de su reinado ni en el tiempo ni más allá del tiempo.
El Hijo es el rey del universo en toda su grandeza y esplendor, con toda su
potencia y energía. Es el rey de la historia, el que domina y dirige todos los
acontecimientos humanos hacia su fin. Es el rey de los individuos, en quienes
reina por la fe, la esperanza y la caridad, por la justicia, la paz y la solidaridad.

SUGEREncias PASTORALES

"El condicional de la duda". "Si eres rey...": he ahí la eterna tentación del hombre
hundido en su miseria e indigencia. "Si eres el Hijo de Dios...", así el tentador y
así tantos hombres a lo largo de la historia. "Si eres bueno..., ¿porqué reina tanto
mal a nuestro alrededor?". "Si me amas..., ¿porqué en lugar de que reine tu amor
en mí, reina, al contrario, el desorden de las pasiones, el desenfreno del
egoísmo?". "Si eres rey..., ¿cómo es posible que haya gobiernos descreídos y
ateos, que persiguen, encarcelan y asesinan a tus súbditos?". "Si eres rey..., qué
clase de reinado es el tuyo que se oculta hasta el punto que se desvanece y llega
casi a desaparecer?". "Si eres rey...". La duda nos atosiga y nos sacude
interiormente. El condicional nos muerde el alma hasta la herida mortal. "Eso de
Cristo Rey, ¿no será un cuento de hadas o una de tantas utopías que recorren la
historia?". "Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera", canta la Iglesia. "¿Es esto
verdad o más bien un exagerado triunfalismo?". ¡Seamos valientes! Quitemos de
una vez por todas el "sí" condicional de nuestras relaciones con Jesucristo Rey.
En lugar de dudar, agradezcamos al Padre que no haya querido instaurar un reino
como hubiésemos querido los hombres, a la medida de nuestros deseos y de
nuestras mezquinas concepciones de las cosas. Cristo reina según su designio y
su medida, no según la nuestra. El Reino de Cristo se recibe como un regalo,
como una revelación del cielo; no es fruto de una mente humana privilegiada ni
del acuerdo decisorio de los hombres. El Reino de Cristo se instala en la vida de
los hombres, pero no es un árbol ya hecho, sino una planta que crece. Desde el
momento que ponemos el reino de Cristo bajo la ley del condicional, estemos
seguros de que estamos corriendo el riesgo de no entenderlo y de quedarnos
fuera.

¡Venga tu Reino!. Tertuliano en su comentario al padrenuestro escribe: "Que tu


Reino venga lo antes posible es el deseo de los cristianos, es la confusión para las
naciones. Nosotros sufrimos por esto, más aún nosotros rezamos por su llegada".
Es un deseo que los cristianos venimos repitiendo desde hace 21 siglos. Venga a
nuestra tierra tu reino de paz en los Balcanes, en la tierra de Israel, en Malasia, en
el cuerno de África o de los grandes lagos, en todas las naciones. Venga a nuestra
tierra tu reino de justicia frente a la corrupción invadente, frene a tantas
diferencias sociales y económicas, frente a tanta degradación moral. Venga tu
reino de amor entre los esposos, entre padres e hijos, entre miembros de
diferentes razas o religiones; de amor hacia los niños y hacia los ancianos, hacia
los pobres y enfermos, hacia todos los más necesitados de atención, cariño,
ternura. Sabemos que el Reino de Cristo vive en una situación de tensión
permanente, porque lo exige su mismo crecimiento, porque encuentra
resistencias a su acción transformadora. Porque llegue este reino de paz, de
justicia y de amor trabajamos, sufrimos, oramos los cristianos y todos los
hombres de buena voluntad. ¡Venga tu Reino! Sea ese el grito con el que
amanezcamos a un nuevo día y con el que cerremos el duro bregar de la jornada.
"Para que, digamos con san Cipriano, nosotros que lo hemos servido en esta vida,
reinemos en la otra con Cristo Rey, como él mismo nos ha prometido".