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La pianista Eliane Elias sigue la

senda sensual de Diana Krall


La artista brasileña publica 'Dreamer', a ritmo de 'bossa nova'

CARLOS GALILEA
Madrid , 2 Sep 2004

La pianista Eliane Elias (São Paulo, 1960) ha mezclado estándares estadounidenses y


brasileños en su disco Dreamer, para un repertorio refinado a ritmo de bossa nova. La
artista brasileña, capaz de enfrentarse con la misma naturalidad a una obra de Rachmaninov
que a una pieza de Art Tatum o un ritmo tradicional de América del Sur, cambió hace años
su ciudad natal por Nueva York con el fin de poder tocar con los mejores músicos de jazz.
Ella era la única protagonista femenina de Calle 54, el documental de Fernando Trueba.

"La idea era hacer un disco totalmente cantado. Con una orquesta para grabar estándares
brasileños y norteamericanos a ritmo de bossa nova, que es una música muy agradable y
sensual", cuenta Eliane Elias. Al escuchar Dreamer resulta difícil saber qué canciones son
norteamericanas y cuales brasileñas. "Quedó todo como una única voz, que es lo yo que
quería", dice sonriendo. Call me, de Tony Hatch; Tangerine, de Johnny Mercer, o A house
is not a home, de Burt Bacharach, podrían haberse escrito en Río de Janeiro, y So nice, de
Marcos Valle, o Dreamer, de Jobim, se hubieran podido firmar en San Francisco o Nueva
York.

Su faceta de compositora aparece en Time alone: "Vivo en un piso en Manhattan, pero


tengo una casa a dos horas de allí, en el campo. Llevaba días sola y estaba todo en silencio.
Viendo caer la lluvia por la ventana empezó a nacer música en mi cabeza". Como siempre,
la brasileña está muy bien acompañada: Marc Johnson, Michael Brecker, Paulo Braga...
"En este disco, batería y guitarra tenían forzosamente que ser tocadas por brasileños",
afirma. "Mucha gente intenta hacer bossa nova y no lo consigue. Puede parecer sencillo,
pero es muy difícil". El disco de Eliane Elias gustará sin duda a los seguidores de Diana
Krall.

Hace muchos años que Elias dejó São Paulo. En la contraportada de los discos de jazz que
escuchaba en casa de sus padres leía "grabado en Nueva York": "Yo quería grabar jazz y ser
aceptada por los músicos de jazz, y eso no era posible en Brasil", asegura. "Rechacé tres
contratos de empresarios norteamericanos porque me pareció que no estaba preparada. En
Brasil trabajaba con Toquinho y Vinicius de Moraes. Y se me consideraba una niña
prodigio". Con 11 años ya tocaba Art Tatum y Bud Powell de oído. Luego entró en la
escuela del Zimbo Trío. Y con 15 ya había terminado los cursos y dirigía el departamento
de piano.

Tenía 21 años cuando aterrizó en Manhattan. "Una mujer brasileña, blanca y bonita en un
mundo de hombres. Pero cada vez que tuve la posibilidad de sentarme ante un piano la
gente se quedaba boquiabierta. Y aún me prestaban más atención. El problema era que me
permitiesen llegar al piano: 'Oiga, soy pianista'. 'Pues no lo aparenta', me contestaban",
recuerda riendo.

"Estaba preparando una maqueta e invité a Eddie Gómez y a Peter Erskine. Necesitaba a un
tenor y ellos me hablaron de Michael Brecker. Mike Mainieri supo que estábamos grabando
juntos y se ofreció a producir el disco. Así que, sin querer, estaba con Steps Ahead.
Inmediatamente después me llamaron para trabajar con ellos. Recibí una gran proyección
internacional. Portada de Down Beat y otras revistas de jazz. Los mejores festivales. Pero
no quise quedarme porque no pretendía tocar en un quinteto sino trabajar como líder.
Tampoco me he quedado parada en el trío. Yo no diría que he cambiado sino más bien que
he sumado".