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LOS ALEDAÑOS DEL CASCO VIEJO

Las "Siete Calles" pronto se quedaron pequeñas y la villa rompió esa muralla que la contenía para expandirse por los
alrededores. En el arrabal de Ibeni Bilbao creció teniendo iglesia y muelle. El Arenal fue desecado y sobre esos terre-
nos ganados a la Ría surgió un Bilbao más luminoso. Había nacido la nueva ciudad, la primera extensión de la villa.

Casa Cuna
Comenzamos nuestra visita en Bilbao la Vieja contemplando desde el Puente de San Antón la iglesia que le da nom-
bre y que lo ha protegido desde hace más tiempo del que recordamos. A nuestra derecha, en la calle Urazurrutia, la
Casa Cuna de Ricardo Bastida, concebida como antigua guardería para los hijos e hijas de los jornaleros de Bilbao. El
modernismo se hace presente en su decoración con azulejos y ladrillo, y sobre su acceso una escultura que nos re-
cuerda la función para la que fue construida.La fachada trasera mira a la Ría y al puente que atravesamos para bus-
car la calle Ronda.

Iglesia de los Santos Juanes


La calle Ronda recibe su nombre por ser el camino por donde los vigilantes hacian la ronda para guardar la muralla
que protegía la Villa de Bilbao. Aun podemos ver restos de esa muralla allí donde las fachadas la han respetado,
mientras nos dirigimos hacia el Portal de Zamudio y la iglesia de los Santos Juanes.
Vieja y primera iglesia de la Compañía de Jesús en Bilbao, Colegio e Iglesia de San Andrés, hoy parroquia de los San-
tos Juanes, que antaño estuvo en el arrabal de Ibeni. Pensada para ser como “il Gesù” de Roma pero en Bilbao aún
mantiene la influencia de los Jesuitas que la construyeron, siglos después de su expulsión: planta de cruz latina, capi-
llas laterales, coretti... y a su vera el colegio que hoy acoge Euskal Museoa-Museo Vasco acercando la cultura tradi-
cional al centro de la villa.

Basílica de Begoña
Siguiendo por la calle de la Cruz llegamos a la Plaza Unamuno donde nacen las Calzadas de Mallona. Sin desfallecer
ascendemos hacia la Basílica de Begoña, por la calle que lleva el nombre de esta virgen. La espadaña de José María
Basterra remata y corona este templo gótico tardío encaramado sobre la villa que es el corazón espiritual de Bizkaia.
Una planta basilical con ábside poligonal guarda como un relicario una talla gótica. Las marcas de mercaderes y ar-
madores, que colaboraron en su construcción, rematan los pilares, y a los pies encontramos un coro de tradición
clasicista.
Salimos de la basílica para volver sobre nuestros pasos hacia las Calzadas de Mallona y la Plaza Unamuno.

Banco BBVA
Por la calle Askao llegamos hasta la Plazuela de San Nicolás y en ella encontramos un retazo de París, la que fue la
sede del Banco de Bilbao. Concebida por un arquitecto francés, Eugène Lavalle, y reformada en más de una ocasión
con posterioridad, es la representante más genuina de las Beaux Arts en Bilbao. Amplias mansardas y amplios venta-
nales se asoman a la plaza y a las estrechas calles que envuelven este edificio que ocupa toda una manzana del Cas-
co Viejo bilbaíno.

Iglesia de San Nicolás


La plaza toma el nombre de la iglesia a la que nos dirigimos. San Nicolás mira al Arenal con dos torres y una espada-
ña. Ignacio de Ibero levantó un templo barroco austero de planta octogonal enmarcada en un cuadrado que recuer-
da a Santa Agnese in Agone de la Ciudad Eterna. Una cúpula remata la iglesia sobre un tambor con óculos que ilumi-
nan una rica muestra de la talla e imaginería barroca.

Palacio Gómez de la Torre


Al igual que la iglesia de San Nicolás, el Palacio Gómez de la Torre mira al Arenal. Mas que un palacio es una mansión
señorial donde el barroco casi deja paso al neoclasicismo. Casa de vecinos, dos por planta, de cuatro alturas y patio
interior, contemplando los muelles del Arenal.

Kiosko del Arenal


En el centro de los jardines del Arenal se encuentra un kiosco donde toca la banda municipal para poder disfrutar de
la buena música mientras se pasea. El expresionismo y funcionalidad de esta obra de Pedro Ispizua invita a contem-
plarla desde todos sus ángulos. El kiosco da la espalda a la Ría para concentrar su mirada en los jardines por los que
transcurre la vida de la ciudad.
Plaza Nueva
Frente al Arenal, la calle Correo por la que accedemos a la Plaza Nueva; esta entrada es posterior, pues la plaza fue
concebida con cuatro accesos. Viviendas, oficinas y comercios ocupan junto a Euskaltzaindia, Real Academia de la
Lengua Vasca (antigua sede de la Diputación) esta plaza neoclásica, que recuerda a tantas plazas mayores castella-
nas. Espacio de inspiración decorativa romana, lugar de paseo y disfrute, de fiestas y vida, ha sufrido cambios y re-
formas sin perder nunca su esencia.

Palacios Gortázar y Allendesalazar


Salimos de nuevo a la calle Correo para encontrarnos con dos palacios barrocos. Importantes familias de la villa le-
vantaron mansiones en el siglo XVIII para ocupar la planta noble y alquilar las superiores, en una ciudad donde la
falta de vivienda era lo habitual. Los linajes que los construyeron dejaron su impronta en los magníficos escudos que
adornan la fachada, en el Palacio Gortázar, y el ángulo, en el de Allendesalazar, bajo balcón y alero de gola aragonés.

Teatro Arriaga
Volvemos al Arenal para dirigirnos al Teatro Arriaga, frente a San Nicolás, al otro lado de los jardines. Una pequeña
plaza del mismo nombre que el teatro nos acerca a este magnífico edificio diseñado por Joaquín Rucoba, cuya facha-
da neobarroca curva se alinea con la calle Bidebarrieta. En su interior, una escalera monumental sube a un patio de
butacas en altura, al cual se abren los palcos barrocos. Influido por los teatros centroeuropeos y la ópera de París se
construyó en terreno ganado a la Ría, y sobre el solar en el que estuvo su antecesor, el Teatro de la Villa.
CASCO VIEJO
Parada de metro: Casco Viejo
Bilbao nació en sus "Siete Calles", con una muralla y un puente. El puerto era la razón de la villa que miraba a su pla-
za y al puente que cruzaba la ría para permitir pasar a los mercaderes que traían las riquezas y las modas de otras
tierras.

Biblioteca Municipal

Comenzamos la ruta en Bidebarrieta. En esta calle la "Sociedad el Sitio” encarga a Severino Achúcarro que levante su
sede. Un eclecticismo barroco afrancesado guarda un interior rico en ornamentación y a veces romántico. Fue la
sede del Bilbao más liberal y hoy guardián de la cultura. Bajo su fachada continuamos por Bidebarrieta.

Palacio y Casa Mazarredo

La burguesía bilbaína fue dejando poco a poco las Siete Calles para asentarse en estas vías que miraban al Arenal. El
barroco llega a Bilbao en el siglo XVII y las mansiones se levantan de acuerdo a los cánones estéticos que marca esta
moda, dejando atrás el oscurantismo y las estrecheces de la ciudad gótica. Los Mazarredo levantan estas hermosas
residencias para vivir y dejar ver su poderío económico.

Catedral de Santiago

Por Bidebarrieta llegamos a la Plaza de Santiago y en ella todo palidece bajo la portada neogótica de la catedral. Se-
verino Achúcarro construye fachada y torre en el siglo XIX para rematar un templo comenzado a construir en el siglo
XIV. La torre es una aguja huérfana que señala el cielo de Bilbao. En su interior tres naves y girola nos llevan a otras
latitudes: gótico normando en tierras vascas, sobre un templo más viejo que la propia villa. Tres puertas para que
Bilbao entre y salga: la principal que da a la plaza, la del pórtico hacia las Siete Calles y la del Ángel como salida del
claustro, plateresca y del siglo XVI.

Palacio Yhon

Por la calle de la Torre que sale de la Plaza de Santiago llegamos a este Palacio Yhon, conocido como “la Bolsa”, que
fue torre gótica antes que palacio barroco. Se construyó sobre la vieja muralla que aún sostiene este edificio. En su
interior un patio triangular y barroco se adapta a este solar estrecho y extraño. La fachada ornamentada y barroca
mira hacia la calle Santa María buscando la luz que le niegan las estrecheces del Casco Viejo.

Palacio Arana

Por la calle de la Pelota, donde estuvo el frontón, vamos hacia la Ribera: plaza vieja y puerto viejo. Pasamos al lado
de Barrenkale Barrena, Barrenkale, Carnicería Vieja y en la esquina de Belostikale el Palacio Arana: el más viejo de
Bilbao. Una portada manierista con su escudo y dos Hércules sobre el arco de medio punto da paso a un palacio en
torno a un patio de columnas toscanas y un brocal de pozo.

Palacio Lezama Leguizamón

La Ribera continúa su camino protegida bajo las arcadas, con los techos pintados para hablarnos de Bilbao. Tende-
ría/Dendarikale, Artekale y Somera, la última de las Siete Calles. En su cabecera, donde en la antigüedad hubo puerta
y muralla, se encuentra el Palacio Lezama Leguizamón. Levantado en el lugar de la torre gótica de esta familia aún
guarda en su portal el escudo de este linaje.

Antiguo Hospital Civil (Instituto Emilio Campuzano)

La Plaza de los Santos Juanes recuerda con su nombre la iglesia que hubo en este espacio: fuera de las murallas, en
el arrabal de Ibeni. Iglesia y hospital, que lo fue de peregrinos, viajeros y bilbaínos. Tras la expulsión de los Jesuitas su
culto se trasladó a la iglesia del Colegio de San Andrés. En su lugar se construye en el siglo XIX este magnífico hospital
civil pues las ideas de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País habían llegado a Bilbao. La mentalidad higie-
nista se plasma en este edificio: salubridad, soleamiento y ventilación. Pronto se queda pequeño para ese Bilbao que
está creciendo y el edificio pasa a tener otras funciones.

Escuelas Maestro García Rivero

Frente a la austeridad neoclásica del Antiguo Hospital Civil, Pedro Ispizua levanta estas escuelas neobarrocas, entre
neomontañesas y neovascas, armoniosas y dinámicas. Los grandes aleros nos recuerdan a los palacios barrocos con
sus torres y garitones que rompen con pináculos el tejado para remarcar la horizontalidad del edificio.

La Encarnación

Seguimos por la calle Atxuri hasta encontrar la Plaza de la Encarnación, la cual se hace pequeña bajo el magnífico
arco renacentista de la fachada de la iglesia del Convento de la Encarnación. En el siglo XVI se levanta este convento
dominico en los arrabales de la villa en un estilo arquitectónico que había llegado a un Bilbao que se negaba a dejar
de ser gótico. Es el único convento que permanece en pie de los tres grandes que hubo en los aledaños de la villa:
San Francisco, San Agustín y la Encarnación. Hoy en día este convento es la sede del Museo Diocesano de Arte Sacro.

Estación de Atxuri

Volviendo sobre nuestros pasos finalizamos la visita ante la fachada neovasca diseñada por Manuel María Smith-
Ibarra, la de la Estación de Atxuri. Como una torre banderiza a las puertas de Bilbao recibe a los trenes que vienen
por el valle del Ibaizabal del interior de Bizkaia. Aleros monumentales con balconadas, solanas y cortavientos orna-
mentan las fachadas de esta puerta de Bilbao.
BILBAO EN 3 DÍAS
Parada de metro: Abando
La ciudad requiere su tiempo. Verla desde las alturas nos da una idea de la complejidad de una villa que nació y cre-
ció en torno a una Ría, para ser un puerto y que con el paso del tiempo se transformó en un gran centro industrial y
de servicios. Las montañas la envuelven y Bilbao termina creciendo en sus laderas. Pero Bizkaia envuelve la villa y no
se entiende esta ciudad sin acercarse al mar.

La Ría nos muestra el camino a seguir, y por ella nos acercamos a uno de los más conocidos monumentos de todo el
país, el Puente Bizkaia, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Primer día

Por la mañana: Artxanda, Campo Volantín, Paseo de Uribitarte y Guggenheim

Nos dirigimos a la Plaza del Funicular situada en el centro del castizo barrio de Castaños, justo detrás del Campo Vo-
lantín. Esta plaza recibe su nombre del Funicular de Artxanda que es más que un medio de transporte, es parte del
corazón de Bilbao y de sus gentes.

Nos subimos a este funicular para llegar a las alturas y encontrarnos lejos y cerca de Bilbao. El mirador de Artxanda
se asoma al “botxo” y desde aquí distinguimos lo nuevo y lo viejo; los montes que lo rodean y la Ría que lo surca.
Bilbao a nuestros pies y Bizkaia en el horizonte.

Una escultura nos habla de contiendas pasadas, y un entorno de parques y jardines invita a pasear y disfrutar. Res-
taurantes, txakolis y bares nos abren sus puertas para que hagamos un alto en el camino y nos imbuyamos, poco a
poco, de la cultura gastronómica de estas tierras.

Tras pasear y disfrutar de Artxanda tomamos de nuevo el funicular para atravesar el barrio de Castaños y encontrar-
nos con la Ría y el Zubi Zuri en el Campo Volantín. Cruzamos el puente y ascendemos bajo la mirada de las Torres de
Isozaki (Isozaki Atea) para ver el Palacio de Ibaigane, ejemplo de la arquitectura residencial neovasca, donde se res-
pira la historia y solera de Bilbao y el Athletic. Por la Alameda Mazarredo llegamos al Puente de la Salve donde nos
recibe Puppy a las puertas del Guggenheim.

Arte fuera y arte dentro; arte en continente y contenido. En el exterior y en el interior de este museo, todo nos habla
de la imaginación y el buen hacer.

A mediodía: Guggenheim

Tras visitar el Museo Guggenheim nos espera la cocina, otro arte con mayúsculas en esta tierra, entre los vascos. En
los alrededores encontramos por doquier lugares donde sentarnos a una buena mesa y disfrutar con todos los senti-
dos.

Por la tarde: Paseo de Abandoibarra, Ribera de Botica Vieja, Ensanche y Azkuna Zentroa

El Paseo de Abandoibarra nos acompaña para hacer la sobremesa más agradable: arte y Ría. La memoria siempre
presente. Atravesamos el último puente construido en Bilbao, Puente Pedro Arrupe, de madera y acero para llegar a
la Universidad de Deusto: historia y sabiduría hechas piedra en Bilbao para los vascos y para el mundo.

Encontramos edificios de la universidad entre jardines, en el barrio de Deusto, antigua anteiglesia, que también da
nombre al puente, Puente de Deusto que espera a los barcos para levantarse y dejarlos pasar. Ribera de Botica Vieja
entre paseos y la Ría. Un tigre nos contempla desde las alturas y ya vemos el Puente Euskalduna y la grúa, la "Caro-
la".

Cruzamos el puente para acercarnos al Museo Marítimo y a los diques donde reposan sus barcos. Recuerdos del
antiguo Astillero Euskalduna, historia tangible de una ciudad que mira más allá de sus fronteras. Tras el puente, el
Palacio Euskalduna, barco a medio terminar en los astilleros, cargado de música y teatro; lugar de encuentro y co-
municación.
Cruzando la Plaza del Sagrado Corazón vemos los Jardines de la Misericordia; que hablan de otra época y otra socie-
dad. Atravesamos Sabino Arana y en las calles Licenciado Poza, Rodríguez Arias o Alameda Urquijo disfrutamos del
ambiente de una tarde en Bilbao. Los bares nos invitan a descansar y los negocios a entrar en ellos. Los grandes edi-
ficios del Ensanche nos acompañan recordándonos el lugar donde creció Bilbao.

Por la Alameda Urquijo nos acercamos a Azkuna Zentroa. Este emblemático edificio renovado por Philippe Starck
guarda un hall iluminado por un sol inmenso que nos invita a pasear entre columnas y a disfrutar de lo más nuevo de
Bilbao.

Tiendas y restaurantes, bares y pubs. La elección de dónde disfrutar del tiempo no es fácil en el centro de la capital.
Todos nos reciben con los brazos abiertos, la ciudad es joven.

Segundo día

Por la mañana: Begoña, Ayuntamiento y Jardines del Arenal

Nuestro segundo día en la Villa de Don Diego López de Haro comienza a la sombra de la Amatxu, de la Virgen de
Begoña. Su templo se encuentra sobre Bilbao, en el barrio de Begoña. Una basílica tardogótica, uno de los referentes
de Bilbao y de Bizkaia entera, centro de peregrinación y devociones. Desde sus alturas parece proteger el Casco viejo
y el Ensanche, lugares de nuestra visita.

Delante de la basílica la calle que lleva el nombre de la Virgen nos conduce, suavemente, hacia los Campos de Mallo-
na, antiguo cementerio de Bilbao y al Parque Etxebarria, con su chimenea de ladrillo monumental como recuerdo de
lo que allí estuvo: una de las grandes factorías de la ciudad, Echevarria. La siderurgia fue el motor y olvidarlo es olvi-
darnos un poco de nosotros mismos.

Por el Parque Etxebarria bajamos a la plaza Quintana para salir al Ayuntamiento. La Casa de la Villa mira a la Ría,
mira al Ensanche desde la otra orilla; parece que quiere cruzar y no se decide. Heraldos y maceros son su séquito, y
en su frente, en sus ventanas superiores, se asoman ilustres bilbaínos. La escultura “Variante ovoide de la desocupa-
ción de la esfera” de Jorge Oteiza permite ver Bilbao a través de ella: acero y vida.

La calle Sendeja y el arenal sirven de antesala al Casco Viejo. Como dice la bilbainada:

Árboles del Arenal,


unos altos y otros bajos...
se asoman a la Ría.

Donde antes trabajaban los estibadores y sirgueras hoy se pasea, se disfruta de la ciudad y su Ría.

A mediodía: Casco Viejo

Una iglesia, la de San Nicolás, por la calle Fueros nos indica el camino hacia la Plaza Nueva, un lugar perfecto para
tomar un tentempié: un txakoli y un pintxo. Espacio neoclásico donde se mezcla Bilbao.

Salimos de esta plaza reposados y descansados para disfrutar del Casco Viejo, de las Siete Calles, entre bares y tien-
das. Visitamos iglesias como los Santos Juanes, San Antón o la Catedral de Santiago; nos paramos en sus estrechas
calles para sentir los siglos que nos preceden; buscamos donde comer entre la amplia oferta, amplia y tentadora;
nos dejamos seducir por los escaparates que invitan a entrar en las tiendas. No podemos dejar de acercarnos al
Mercado de la Ribera, repleto de puestos y productos frescos llegados de la tierra y del mar.

Por la tarde: Ensanche

Buscamos el Teatro Arriaga para despedimos del Casco Viejo. Su fachada nos acompaña mientras cruzamos el Puen-
te del Arenal hacia la Estación de Santander, “La Concordia”, y pasamos bajo la monumental fachada de la Sociedad
Bilbaina en la calle Navarra, camino de Don Diego López de Haro, que nos espera en la Plaza Circular sobre su pedes-
tal.

Estamos en el Ensanche; donde Bilbao creció fuera de las estrecheces, fuera de las luces y sombras del Casco Viejo.
La Gran Vía lo atraviesa y por ella caminamos entre tiendas y bancos, entre gente. Un “fosterito" (entrada del metro)
parece llamarnos, nos indica el camino de un nuevo Bilbao, de un metro de luz.

Por la calle Berástegui los Jardines de Albia, donde buscamos la iglesia de San Vicente, antigua parroquia de la Ante-
iglesia de Abando. La Alameda Mazarredo nos conduce a la Gran Vía y a la Alameda Urquijo donde encontramos la
Residencia de los Jesuitas, la iglesia del Sagrado Corazón, neogótica y neobizantina, templo levantado por la Compa-
ñía de Jesús tras su retorno a Bilbao.

Un poco más adelante Correos, arquitectura fascista, ejemplo de una época; tras este edificio, en la calle Bertendo-
na, un teatro, el Campos Elíseos, art noveau, coqueto y elegante, más de otras latitudes que de Bilbao.

Volviendo por Bertendona hacia Gardoqui nos dirigimos hacia la calle Diputación, donde encontramos buenos sitios
para descansar. La trasera del Palacio Foral compite en espectacularidad con la moderna Biblioteca Foral. A su cobijo
terrazas de bares que bien nos sirven para reposar y retomar fuerzas.

El Palacio Foral mira a la Gran Vía rodeado de lo más granado de los negocios de Bilbao; pleno centro de comercio y
de vida. Por la Gran Vía llegamos a la Plaza Moyua. Parterres y fuente crean un remanso de tranquilidad entre los
edificios que los rodean: Palacio Chavarri, Hotel Carlton, La Aurora, Hacienda Estatal o la Casa Montero; siendo un
compendio de los estilos que hicieron del ensanche bilbaíno un ejemplo de arquitectura en aquel cambio del siglo
XIX al siglo XX: eclecticismo francés o neoflamenco, modernismo, racionalismo o arquitectura fascista.

La calle Elcano hacia la Plaza Euskadi nos conduce a un Bilbao que se reinventó a sí mismo. En ella nos espera el Mu-
seo de Bellas Artes, inmenso en sus fondos y exquisito en sus formas, donde es obligado perderse en sus salas. Y tras
esta jornada no hay mejor colofón que descansar junto a un lago, en medio de un bosque, en el Parque de Doña
Casilda Iturrizar.

Elegir un lugar para cenar en Bilbao no es fácil. La ciudad ofrece una amplia variedad de opciones y los visitantes se
mezclan con los bilbaínos en locales que nos hacen disfrutar de la buena cocina y el saber hacer. Una ciudad y una
cultura que hace del comer un arte, también hace del buen beber un culto; buscamos uno de tantos bares en Bilbao
para poder disfrutar de una copa o un café acompañados de una buena conversación, ya sea en el propio local o en
alguna de las terrazas que se abren en sus calles.

Tercer día

Por la mañana: Portugalete, Puente Colgante y Las Arenas

Esta mañana nos dirigimos al mar. El cauce de la Ría nos conduce al Abra donde disfrutar de ambas márgenes, de
ambos mundos. El metro y sus bocas se han convertido en muy poco tiempo en un elemento de orgullo para Bilbao.
El arquitecto que lo diseñó, Norman Foster, terminó dando su nombre a estas entradas del suburbano, “los fosteri-
tos”, y por una de ellas bajamos a las entrañas de la ciudad. Este metro que es luz nos acerca en alguno de sus mo-
dernos trenes hasta Portugalete, localidad fundada por la Señora de Bizkaia, Doña María Díaz de Haro “la buena”, la
que ratificó la fundación de la Villa de Bilbao.

Sus estrechas calles en cuesta, de Santa María, Víctor Chávarri y Coscojales nos conducen a través de la Basílica de
Santa María y la Torre de Salazar, testigos del transcurrir de la Ría, hasta la Plaza del Solar. Esta plaza que se mira en
la Ría con su kiosco es coqueta y elegante. A ella se asoma la villa y el Ayuntamiento; un poco más adelante la Anti-
gua Estación de Ferrocarril que comunicaba Bilbao y Portugalete, las minas de hierro y el puerto.

El Puente Bizkaia asombra desde su altura. Cuatro torres y una pasarela ancladas a tierra por grandes cables de ace-
ro. Ese sueño de Alberto Palacios se hizo hierro para comunicar dos márgenes y dos mundos: la vieja villa, nacida
para vigilar y comerciar en el Abra, y el nuevo y rutilante balneario que los Aguirre habían hecho construir en una
inmensa playa, en las Arenas.
Subimos a la pasarela y nos detenemos sobre la Ría; disfrutamos de unas vistas únicas desde este puente Patrimonio
de la Humanidad de la UNESCO que no descansa ningún día del año, ni de noche ni de día. El transbordador continúa
su devenir bajo nuestros pies y los barcos pasan camino del Abra, del mar, o de Bilbao.

Las Arenas es la heredera de aquel balneario que incluso acogió a reyes; pero las obras de acondicionamiento del
puerto hicieron desaparecer la playa y con ella los veraneantes. Paseando por los muelles a la orilla de la Ría nos
acercamos al monumento a Evaristo Churruca, que como un faro vigila su obra, el puerto, y el mar.

A su vera la pequeña playa que quedó cuando desaparecieron los grandes arenales de las Arenas, y a continuación
un muelle, un paseo: el de las Grandes Villas. Grandes mansiones que se asoman al mar, testimonio de una burgue-
sía enriquecida. Los paneles explicativos nos acompañan todo el trayecto hasta la Casa de Náufragos de Arriluze,
sobre el mar y de estilo neovasco, sirve de entrada al Puerto deportivo, desde mucho antes de que éste existiera. Los
locales de restauración miran a los barcos que se mecen o a los grandes cruceros que llegan desde otros mares para
descargar sus pasajeros entre nosotros.

Por el mediodía: Ereaga Y Puerto Viejo de Algorta

La Playa de Ereaga se abre al mar y en su centro se encuentra el hotel Igeretxe, antigua casa de baños, memoria de
visitantes de otras latitudes que vinieron a disfrutar de nuestro mar o a sanar de alguna enfermedad en sus aguas.

Al fondo, el Puerto Viejo de Algorta. Lo vemos en la distancia escondido de los vientos que lo maltratan, y cuando
nos acercamos apreciamos como se recoge en si mismo. El puerto mantiene su espíritu pescador y bohemio; las
escaleras que nacen sobre los muelles nos llevan hasta Erriberamune y la Etxetxu para poder tener las mejores vistas
del Abra, como tantos marinos que esperaban la llegada de los barcos desde esta atalaya.

Frente a nosotros Santurtzi, famosa por su canción y la Villa de Portugalete que ya hemos dejado atrás. En el corazón
del Puerto Viejo encontramos bares y restaurantes donde se nos muestra el fruto del trabajo de los pescadores de
nuestros puertos y donde comer es disfrutar.

Por la tarde: Ibarrekolanda y Deusto

Dejamos atrás el Puerto Viejo para dirigirnos al centro del barrio de Algorta. Cualquier calle de las que ascienden nos
lleva a la Plaza de San Nicolás, donde está la iglesia neoclásica del mismo nombre. Continuamos por la avenida Algor-
ta hasta la calle Telletxe para llegar a la boca del metro, allí donde esta calle se transforma en plaza. Volvemos a Bil-
bao.

Salimos del suburbano en la Estación de Sarriko y ascendemos bajo una bóveda de cristal para salir frente al Conser-
vatorio de Música, otro magnífico ejemplo de arquitectura contemporánea que podemos visitar en Bilbao.

Al otro lado de la Avenida Lehendakari Agirre , se encuentra el Parque de Sarriko, jardines, hoy públicos, de una
magnífica villa en un promontorio sobre las huertas de la Ribera de Deusto y los muelles de Olabeaga. Caminamos
entre sus árboles buscando pequeños tesoros en piedra de otra época y otra manera de vivir. Por la Avenida Lehen-
dakari Agirre nos dirigimos a Deusto para desviarnos hacia la Ría por la calle Sagrada Familia y encontrar la iglesia de
San Felicísimo, con su moderna e inmensa bóveda de cañón. Caminamos por la Avenida Madariaga hasta la calle
Iruña para ver sobre la Ría el Puente Euskalduna, y el palacio del mismo nombre.

Acercándonos a este puente veremos los Jardines de la Ribera de Botica Vieja que bullen de vida. Paseamos bor-
deando la Ría bajo la atenta mirada del “Tigre”, que parece esperar su momento para saltar a la otra orilla. Los gran-
des edificios de Abandoibarra se asoman como nosotros a esta Ría.

Seguimos bajo el Puente de Deusto para encontrar la Universidad de Deusto, y frente a ella la pasarela Pedro Arrupe
nos invita a cruzar a la otra orilla para volver al centro de Bilbao. Abandoibarra nos acoge al atardecer después de
habernos acercado al mar y disfrutado de un pedazo de Bizkaia.
ENSANCHE
Parada de metro: Abando / Moyúa / San Mamés
A finales del XIX, la villa, recogida en el Casco Viejo, tenía que crecer y al otro lado de la Ría estaban las fértiles vegas
de Abando esperando para convertirse en el nuevo núcleo de Bilbao. Los arquitectos Alzola, Achúcarro y Hoffmeyer
fueron capaces de transformar las ansias de expansión en algo real; hicieron de un sueño algo tangible, hicieron po-
sible el Ensanche de Bilbao. La burguesía se asentó en estas nuevas calles, donde levantaron sus casas y sus nego-
cios.

Primer Ensanche

La Plaza Circular con la estatua de D. Diego López de Haro, el Señor de Bizkaia, que fundó Bilbao aquel 15 de junio de
1300, nos da la bienvenida a este recorrido por la ciudad que nace a finales del S. XIX y que nunca ha dejado de re-
nacer y cambiar.

El antiguo Hotel Terminus, actual Oficina de Turismo de Bilbao, nos recibe con su atrio monumental reformado para
sus nuevas funciones, combinando lo histórico y lo moderno, sin olvidar la funcionalidad que debe presidir un lugar
como este, de acogida e información.

A su vera, la Estación de Abando o del Norte o Indalecio Prieto, pues con todos estos nombres es conocida esta
puerta de entrada a Bilbao desde los años 40. La gran bóveda de hierro con nervios de acero cierra su fronte con una
espectacular vidriera donde se retrata Bizkaia.

Delante de la estación, el anterior Banco de Vizcaya, actual BBVA, marca un hito en el Ensanche desde su racionalis-
mo brutalista. Dos grandes volúmenes de vidrio y acero dan color y vida a este rascacielos que fue techo de Bilbao
durante mucho tiempo.

Los bancos eligieron este espacio de la Gran Vía para asentarse desde el principio de su desarrollo. El Banco de Espa-
ña es un edificio de diseño clásico con columnas adosadas a su fachada, mirando esta arteria principal de Bilbao en-
tre las ramas de los tilos. Contemplando el Banco de España está Mercurio desde las alturas de su elegante templete
en la fachada monumental de la sede del BBVA, histórico Banco de Bilbao que se trasladó aquí desde su lugar de
nacimiento en el Casco Viejo. Columnas de orden gigante y capiteles corintios protegen esta sede bancaria con tres
fachadas diseñada por Pedro Guimón. Vidrio y piedra, clasicismo y modernidad se funden para ensalzar esta parte
de la Gran Vía.

Pasando entre ambos bancos por la Alameda Mazarredo nos dirigimos a los Jardines de Albia para perdernos en este
elegante oasis del Ensanche bilbaíno. Los miradores se asoman al verdor que envuelve la fuente, los paseos y los
bancos invitan al sosiego y contemplación de este entorno donde se resume Bilbao.

Más vieja que el propio Ensanche es la iglesia de San Vicente, antigua parroquia de la Anteiglesia de Abando, cons-
truida en gótico tardío vasco en otros tiempos. Las casas que envuelven este entorno son un claro ejemplo de la
arquitectura y de los gustos burgueses bilbaínos de fines del S.XIX e inicios del XX.

La grandeza y riqueza de la época se ve reflejada en la que fue sede de la Naviera de la Sota y Aznar, diseñada por
Lindus Forges y rematada por Manuel Mª. Smith-Ibarra, entre Ibañez de Bilbao y la Alameda Mazarredo. Junto a ella
“La Equitativa” de Manuel Galindez, edificio de singular equilibrio, en el que se combina la elegancia de los detalles
con una perfecta articulación de los espacios.

Volvemos sobre nuestros pasos y cruzamos la Gran Vía para continuar por la Alameda Urkijo y pasar bajo las torres
desmochadas de la residencia de los Jesuitas. Ladrillo y piedra evocan un lejano medievo tanto en lo temporal como
en lo espacial; el neomedievalismo se remata en el interior con pinturas de otras tradiciones y cultos.

Los años 20 y su racionalismo nos esperan un poco más adelante, en la sede de Correos: ladrillo y piedra caliza. Una
portada neobarroca resalta esta fachada austera diseñada por Secundino Zuazo y protegida por un gran alero neo-
barroco montañés. Como escondido tras este imponente edificio, se encuentra el Teatro Campos Elíseos. La decora-
ción de Jean-Baptiste Darroguy remató acertadamente la obra de Alfredo Acebal, para convertirse en “la bombone-
ra”, una joya modernista en el ecléctico corazón bilbaíno.
Tramo central del Ensanche

Por la Alameda Urkijo se ven las cúpulas de la Alhóndiga donde el Bilbao más clásico y más moderno se abrazan y se
hacen uno. Unos modernos jardines nos indican la entrada de este singular edificio en el cual se han sabido combi-
nar las monumentales fachadas neobarrocas y modernistas de Ricardo Bastida con la rotunda modernidad de Philip-
pe Starck. Entrar es perderse en un mundo iluminado por el sol donde las columnas conforman un bosque de formas
infinitas.

Saliendo por la entrada principal nos dirigimos por la Alameda Rekalde hacia la Plaza Moyúa. En esta calle encontra-
mos la sede de Osakidetza, obra de Coll-Barreu. Un edificio de cien caras en cristal que refleja su entorno en un es-
pejo de mil matices.

La Plaza Moyúa es ordenada y seria. Su centro se hunde para poder sentir el rumor del agua y ver los montes que
encierran “el Botxo”, mientras la arquitectura que nos rodea nos devuelve a una villa que no deja de reinventarse. El
Palacio Chávarri, neoflamenco con pináculos de pizarra y ventanas imposibles, nos habla de una burguesía enrique-
cida por el hierro y que mira a Europa, de donde llegaron los planos de este edificio diseñado por Paul Hankar.

Bilbao se mira en Europa y el Hotel Carlton es otro ejemplo de este europeísmo histórico; Manuel Mª. Smith-Ibarra
se inspira en los grandes hoteles de la Costa Azul francesa para diseñar el más histórico de los alojamientos bilbaí-
nos. Una entrada de otra época invita a entrar donde pernoctaron y pernoctan gran parte de las personalidades que
visitan este rincón del mundo.

La modernidad también está presente en esta plaza. Norman Foster diseña el metro y sus bocas, “los fosteritos”,
invitan al viajero a sumergirse en las profundidades de la ciudad, pero sin dejar atrás ni la luz, ni sus calles.

Por la Gran Vía nos dirigimos al Palacio de la Diputación; símbolo y resultado de una época y un cambio de siglo. En
su fachada y su interior Luis Aladrén dejó patente la situación económica vizcaína de ese momento: boyante y opti-
mista. Con reminiscencias griegas y renacentistas su fachada marca la Gran Vía de Bilbao y desde las alturas, el escu-
do del Señorío de Bizkaia, busca elevar esta vieja tierra foral hasta más allá de los límites conseguidos por nuestros
antepasados.

Tras el Palacio Foral se encuentra la Biblioteca Foral donde se combina más que acertadamente el edificio clásico con
el moderno, en un entorno peatonalizado y amable. Juan Carlos Guerra diseña una gran caja contenedora que per-
mite ver desde el exterior la riqueza del patrimonio de su interior.

Volvemos a la Plaza Moyúa y en la Alameda Rekalde nos espera la Casa Montero, otro reseñable ejemplo del escaso
modernismo bilbaíno; obra de Aladrén y Darroguy es conocida en Bilbao como “la Casa Gaudí”. Balcones y ventanas
modernistas rompen la sobriedad de esta céntrica calle de Bilbao, con líneas atrevidas y recursos naturalistas.

Continuando por Colón de Larreategui llegamos a la iglesia de San José, en la plaza homónima, marcada por la ro-
tunda presencia de su aguja y su portada neomedievalista. Jose Maria Basterra resuelve la fachada de la iglesia en un
solar en esquina mirando a la plaza.

Por Iparragirre volvemos a la Gran Vía para encontrarnos con la monumentalidad del Palacio Sota, diseñado por
Manuel Mª Smith-Ibarra en estilo regionalista con una gran influencia del neomontañes y neovasco. Excelente ejem-
plo de casa de vecindad burguesa de lujo donde se combinan ventanas, balcones y logias con torres y pináculos;
todo ello bajo un gran alero neobarroco propio de estas tierras.

Continuando por la Gran Vía nos encontramos con la Casa Lezama Leguizamón, otro claro ejemplo de las lujosas
viviendas burguesas de una época. Diseñado por Ricardo Bastida y José Mª Basterra permite asomarse entre sus
gigantescas columnas a una manera de vivir que se abre a la modernidad a través de sus grandes ventanales.

El Parque de Doña Casilda Iturrizar es el gran pulmón de Bilbao. Lugar de paseo y cultura acoge en su seno el Museo
de Bellas Artes construido en distintos periodos como se aparecia en sus distintos estilos arquitectónicos. Su facha-
da, clásica de piedra y ladrillo, mira a la nueva Plaza Euskadi donde destaca la modernidad de las viviendas construi-
das en su entorno. Cúpulas con multitud de fachadas se enfrentan a modernas construcciones de vidrio y metal bajo
la Torre Iberdrola.

Abandoibarra

La Torre Iberdrola es la gran proa del nuevo Bilbao que rompe las olas de cristal y acero para acercarse a la Plaza
Euskadi y al centro de la villa. César Pelli diseña un edificio elegante en su simplicidad que marca el skyline bilbaíno,
vizcaíno y vasco, a la orilla de la Ría y sobre el antiguo puerto de la ciudad.

A su sombra y no lejos del mismo, el Paraninfo de la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea del
portugués Álvaro Siza y la Biblioteca de la Universidad de Deusto de Rafael Moneo, que como un contenedor de
pavés se ilumina para difundir la sabiduría que guarda en su interior.

Tras la Biblioteca, el Museo Guggenheim Bilbao de Frank O. Gehry, con su titanio que refleja en sus formas imposi-
bles la Ría y la vida, acogiendo al visitante en su inmensidad de luz y arte.

Un Paseo de Abandoibarra plagado de hitos arquitectónicos nos habla de una ciudad renacida de dentro de si mis-
ma, una villa que mira al futuro con optimismo sin olvidar su pasado. Tras el Museo Guggenheim Bilbao vemos
Isozaki Atea, dos rascacielos diseñados por Arata Isozaki que sirven de unión entre el Ensanche y el nuevo Bilbao,
entre la ciudad clásica y la moderna.

Volviendo sobre nuestros pasos encontramos el Paseo de la Memoria con sus farolas como barcos. Dejamos la Torre
Iberdrola y pasamos bajo el Puente de Deusto camino del Palacio Euskalduna Jauregia que como un gran barco de
Federico Soriano y Dolores Palacios parece esperar ser terminado, sin llegar a serlo nunca.

Bordeando este palacio de arte y cultura llegamos a la Plaza del Sagrado Corazón y a la Gran Vía. Una estatua del
Sagrado Corazón de Jesús marca el límite de un Ensanche que nace en otra plaza tiempo atrás.

Los jardines de la Misericordia nos dejan vislumbrar la fachada neobarroca de este edificio histórico, rematado con
cúpulas de pizarra y una espadaña que marca el paso del tiempo.

Tras ella San Mames Barria, la nueva “catedral” diseñada por César Azkarate, sito a la vera del campo histórico, para
no perder la tradición y adaptarse a los nuevos tiempos y nuevas necesidades.

Bilbao ofrece al visitante mucho más de lo que podemos pensar. Es una ciudad donde conviven lo clásico y lo mo-
derno, para hacer de este pequeño rincón del mundo algo único e inolvidable. Una experiencia que merece la pena
ser vivida.
ARQUITECTURA EN LA RÍA
Bilbao es su Ría desde el barrio de Peña donde se situaba la antigua isla de San Cristóbal hasta el Abra, hasta el mar.
La vida ha transcurrido a orillas de esta Ría a veces mansa y tranquila, otras bravía e inquieta. Bilbao le debe todo a
este estuario y en torno a él ha crecido, abrazándola en ocasiones o dándole la espalda en tantas otras, pero siempre
con su Ría presente.

Mercado de la Ribera

Comenzamos nuestro paseo arquitectónico a orillas de la Ría en el Mercado de la Ribera de Pedro Ispizua. Como un
barco varado donde estuvieron los antiguos muelles de la ciudad, ocupa el espacio de la vieja Plaza Mayor. Sus vi-
drieras y decoración modernista esconden un edificio racionalista y funcional; las tres plantas permiten la aireación y
los grandes ventanales la iluminación natural del espacio. Tras el mercado y casi encaramada al puente de San An-
tón, está la iglesia del mismo nombre.

Iglesia de San Antón

Puente e iglesia comparten titular: San Antón. El primer puente estuvo entre el templo y el mercado, pero hoy pare-
ce esconderse detrás de la iglesia. Los mercaderes que se dirigían al puerto lo atravesaban para entrar a la villa, y por
el mismo lugar salían para retornar a sus lejanos lugares de origen. La iglesia está construida sobre otra anterior, de
corta vida, y ésta a su vez sobre una torre defensiva que controlaba el puente. Templo gótico rematado por el Giral-
dillo encaramado sobre su torre barroca. Proa y muralla de Bilbao, su interior gótico destaca por la pureza de sus
líneas y la bella simplicidad de sus naves y su triforio. En esta iglesia podemos observar importantes restos arqueoló-
gicos, por ejemplo, de la muralla medieval de Bilbao.

Antigua Iglesia de La Merced (Bilborok)

Salimos y cruzamos el puente de San Antón para comenzar desde la otra orilla un tranquilo paseo admirando los dos
magníficos edificios que ya hemos visitado. Por el muelle de Marzana llegamos hasta la antigua iglesia de la Merced,
desacralizada y transformada en la Sala de Rock Bilborock. Construida entre los siglos XVII y XVIII sigue el estilo ca-
racterístico de tantas iglesias conventuales. La fachada se remata con una espadaña con tres ojos que miran al puen-
te que lleva su nombre y al Casco Viejo que se encuentra en la otra orilla.

Rascacielos de Bailén

Continuamos por la calle la Naja y Bailén, dejando la Ría a nuestra derecha. Nos acercamos al primer rascacielos de
Bilbao diseñado por Manuel Galindez en dos volúmenes distintos. En una terraza sobre la Ría, frente a los muelles y
jardines del Arenal se levanta este hito arquitectónico de Bilbao. El racionalismo latente de esta estructura le priva
de toda decoración, destacando así, aún más si cabe, en su entorno.

Estación de Santander, "La Concordia"

Frente al rascacielos de Bailén y contemplándose en la Ría, la modernista Estación de Santander, “la Concordia”, que
hace palidecer todo a su alrededor. Un gran tímpano semicircular de hierro y vidrio nos indica la entrada a un vestí-
bulo inferior donde apreciamos las columnas metálicas que se extienden por toda la estructura. Desde el vestíbulo
superior una gran logia abierta mira hacia el Casco Viejo, comunicando a su vez el acceso con las oficinas.

Sociedad Bilbaina

La sede de la gran burguesía bilbaína de principios del siglo XX remata la manzana entre la calle Bailén y la calle Na-
varra. La Sociedad Bilbaína indicaba e indica la puerta del Ensanche tras cruzar el Puente del Arenal. Calixto Amann
diseña un edificio ecléctico rematado por una cúpula en el ángulo; con grandes ventanales que se abren buscando la
luz y una balconada monumental mirando a la calle Navarra. El edificio se articula en torno a una gran escalera mo-
numental de caracol donde las columnas de mármol parecen sujetar la vidriera que la ilumina desde las alturas.
Aviación y Comercio

Continuamos nuestra visita caminando junto a la Ría por los Muelles de Ripa; dejando atrás el Puente del Arenal
para dirigirnos hacia el del Ayuntamiento. Rematando la manzana y mirando su fachada hacia la Plaza Venezuela,
sobre la Ría y el Puente del Ayuntamiento, se encuentra el edificio de Aviación y Comercio diseñado por Pedro Is-
pizua y Fernando Arzadi. Tras el eclecticismo, el racionalismo triunfó en Bilbao y éste es un claro ejemplo de este
estilo arquitectónico. Una torre remata el edificio escalonado con esquina curvada; dos alegorías escultóricas nos
contemplan en un complicado equilibrio desde las alturas de este edificio de viviendas y oficinas.

Naviera Aznar

Frente al edificio de Aviación y Comercio se encuentra la Naviera Aznar de Manuel Galindez con fachada también a la
Plaza Venezuela y a la Ría, como si fuera la quilla de una de tantas naves de esta naviera. El clasicismo arquitectónico
del edificio dialoga con su entorno a través de sus fachadas. La entrada principal por la Plaza Venezuela como si de
un palacio se tratase combina la piedra arenisca hasta la primera planta con el ladrillo en el resto del edificio. Un
patio interior articula la estructura que hoy alberga oficinas municipales.

Ayuntamiento (Casa de la Villa)

Frente a nosotros, el Puente del Ayuntamiento concebido para ser abierto y hoy ya definitivamente sellado. Al otro
lado se encuentra la Plaza Ernesto Erkoreka y la Casa de la Villa diseñada por Joaquín Rucoba e inaugurada en 1892
para sustituir al viejo Ayuntamiento de San Antón, sito en la Plaza Mayor. El edificio de notable influencia francesa
destaca por su rotunda horizontalidad rota por tres crujías adelantadas, sobresaliendo en la central la gran balcona-
da. Grandes estatuas alegóricas y bustos decoran su fachada y una torre campanario remata el edificio.

Isozaki Atea

Por el Campo Volantín, vemos a lo lejos el Zubi Zuri y hacia él dirigimos nuestros pasos. Frente al puente, está Isozaki
Atea de Arata Isozaki. Dos torres gemelas se abren para dejar espacio a una escalera que comunica el Ensanche con
la Ría, con el nuevo Bilbao. A sus pies, los restos del Depósito Franco de Uribitarte anclan estas torres monumentales
de cristal a la historia de Bilbao.

Palacio Olabarri

Continuamos por el Campo Volantín para encontrarnos con el Palacio Olabarri, diseñado por Julián Zubizarreta, bajo
el Puente de la Salve. El eclecticismo neobarroco despliega toda su fastuosidad decorativa en este palacete. Grandes
ventanales, torres y balcones miran a la Ría, para dejar entrar en sus suntuosas estancias la luz de Bilbao. Sede actual
de la Autoridad Portuaria sufrió reformas para acoger en su interior a sus actuales inquilinos, aunque se mantuvo la
estética con la que fue concebida.

Museo Guggenheim Bilbao

Seguimos caminando por la Avenida de las Universidades, inmejorable belvedere para admirar y contemplar la obra
maestra de Frank Gehry, uno de los más conocidos exponentes de la arquitectura contemporánea: el Museo Gug-
genheim Bilbao. Un edificio que ha abierto aún más la ciudad al mundo y que ha atraído a visitantes de todos los
rincones. El titanio de su estructura curva se combina con la calidez de la piedra dorada y los grandes ventanales y
lucernarios que dejan pasar la luz hasta su mismo corazón. El arte no cabe en su interior y también se instala en sus
aledaños para admirar el museo y ser admirado a su vez.

Universidad de Deusto

En la misma Avenida de las Universidades encontramos la Universidad de Deusto de Francisco de Cubas, que recala
en Bilbao tras una fructífera carrera en Madrid. La grandeza del edificio queda subrayada por el eclecticismo clasicis-
ta de su fachada donde son claramente observables las influencias neomedievalistas de los accesos y ventanales.
Grandes claustros articulan el edificio que se asoma a la Ría, el de la Universidad Literaria.
Por otra parte, a principios del siglo XX Emiliano Amann junto a José María Basterra diseñan la Universidad Comer-
cial; de líneas más clasicistas, en la cual destaca su fachada principal con grandes columnas sobre un zócalo con arcos
de medio punto y un remate superior con pináculos.

Biblioteca de la Universidad de Deusto

Cruzamos la Ría por el Puente Pedro Arrupe que nace en la propia universidad para encontrarnos en Abandoibarra,
frente a la Biblioteca de la Universidad de Deusto, diseñada por Rafael Moneo. Este edificio exento y monolítico se
integra perfectamente en el entorno de jardines. Su estructura de pavés tiene un tono neutro que se ilumina al ano-
checer dotando de vida a este contenedor de sabiduría.

Paraninfo de la Universidad del País Vasco

Frente a la Biblioteca de la Universidad de Deusto y sirviendo junto a ésta de guardián del acceso a la Plaza Euskadi,
desde Abandoibarra, se encuentra el Paraninfo de la Universidad del País Vasco, obra de Álvaro Siza. El edificio de
distintos volúmenes está recubierto de piedra blanca, contrastando y complementándose con su vecino.

Torre Iberdrola

Todo este entorno se encuentra bajo la omnipresente silueta de la Torre Iberdrola de César Pelli. La simplicidad de
sus formas eleva esta torre hasta alturas nunca alcanzadas en Euskadi. Un triángulo con lados curvos sirve de base,
reduciéndose en tamaño según nos vamos elevando en altura hasta alcanzar las 41 plantas con las que cuenta. En
sus muros de cristal se refleja todo Bilbao.

Palacio Euskalduna

Continuamos ruta bajo el Puente de Deusto por el Paseo de la Memoria hacia el Palacio Euskalduna, levantado sobre
los antiguos astilleros que le dan nombre. Los arquitectos, Federico Soriano y Dolores Palacios, diseñaron un barco
sin finalizar de construir en estos astilleros; un barco que como sede de la temporada de ópera no podía ser otro que
“El Buque Fantasma”. Su técnica constructiva recuerda ese buque en el que se inspira, con cuadernas y chapas. En su
interior, en las bodegas, un teatro de la ópera y un premiado palacio de congresos, que deja entrar el verdor exul-
tante del Parque de Doña Casilda a través de un bosque de luz.
LA HUELLA DEL MODERNISMO
El término Modernismo hace referencia a un movimiento artístico que surgió en Europa a finales del siglo XIX y a
comienzos del siglo XX, como oposición al academicismo estricto imperante hasta entonces.

Recibió distintas denominaciones y tuvo características y variantes propias según su localización geográfica, desta-
cando principalmente el Art Nouveau en Francia y Bélgica, la Sezession en Viena y el Modernismo en Barcelona. Es-
tas tres variantes quedaron recogidas en el Modernismo desarrollado en la arquitectura de Bilbao, que fue del gusto
de una amplia burguesía. Muchas de estas edificaciones han desaparecido, pero aún podemos rastrear ‘la huella del
Modernismo’ en las que han llegado hasta nuestros días. En un recorrido aproximado de hora y media pueden ver y
disfruta este legado en el Teatro Campos Elíseos, Azkuna Zentroa (Alhóndiga), el Antiguo Lavadero en Alameda San
Mamés 25 o Castaños 11, y las viviendas en Elcano o de la Casa Montero en Alameda Rekalde 34, donde se observa
una mayor libertad formal y decorativa tanto en las fachadas como en la distribución de las plantas, la combinación
de distintos materiales así como en la ornamentación y el cromatismo.

A finales del siglo XIX Bilbao se encontró en un momento de transformación y enriquecimiento gracias al desarrollo
industrial propiciado por los yacimientos de hierro existentes en el territorio. Empresas siderúrgicas y navieras, asti-
lleros, compañías de seguros y entidades financieras fueron apareciendo y creciendo en este clima económico favo-
rable y la ciudad tuvo su gran expansión urbana gracias al proyecto del Ensanche aprobado en 1876. El desarrollo
alcanzado por la construcción y las artes industriales, la calidad de la mano de obra y el nivel de los técnicos que
trabajaban en Bilbao, al principio del siglo XX, propiciaron la aparición del modernismo. Los concursos de fachadas
convocados por el ayuntamiento en 1902 y 1906 para mejorar el nivel artístico de las nuevas edificaciones también
contribuyeron el surgimiento de este nuevo estilo. Al concurso de 1906 se presentó el proyecto de la casa para Pe-
dro Montero, uno de los pocos ejemplos del modernismo aplicado al uso residencial que ha llegado hasta nuestros
días. Se le ha conocido casi siempre como la ‘casa Gaudí’, un edificio de viviendas en clave modernista.

En otro edificio de viviendas, el de la calle Elcano, de los arquitectos Leonardo Rucabado y Ángel Líbano, también
resuenan los ecos del modernismo con recuerdos de los elementos decorativos de la Sezession vienesa. Atendiendo
a las distintas corrientes que tuvieron incidencia en Bilbao el modernismo catalán fue minoritario destacando equi-
pamientos públicos de carácter higiénico-sanitario como el Lavadero de San Mamés 25, o el Lavadero de Castaños
11, proyectos del arquitecto municipal Ricardo Bastida, autor también de la casa cuna y del antiguo almacén de vinos
de la Alhóndiga, que ocupa una gran manzana del Ensanche. Estamos aquí ante lo que era un interesantísimo y ex-
traño ejemplo de alhóndiga dentro de Europa. Desde 2015 se llama Azkuna Zentroa. En Bertendona 3 está el Teatro
Campos Elíseos, de 1902, y obra de Alfredo Acebal con fachada del decorador francés Jean Baptiste Darroquy. Es uno
de los mejores ejemplos de la arquitectura modernista en Bilbao
BILBAO EN 2 DÍAS
Parada de metro: Abando
La ciudad requiere su tiempo. Verla desde las alturas nos da una idea de la complejidad de una villa que nació y cre-
ció en torno a una Ría, para ser un puerto y que con el paso del tiempo se transformó en un gran centro industrial y
de servicios. Las montañas la envuelven y Bilbao termina creciendo en sus laderas.

Primer día

Por la mañana: Artxanda, Campo Volantín, Paseo Uribitarte y Guggenheim

Nos dirigimos a la Plaza del Funicular situada en el centro de un castizo barrio de Bilbao, Castaños, detrás del Campo
Volantín. Plaza que recibe su nombre del Funicular de Artxanda que es más que un medio de transporte, es parte del
corazón de Bilbao y de sus gentes.

Nos subimos a este funicular para ir a las alturas y encontrarnos lejos y cerca de Bilbao. El mirador de Artxanda se
asoma al “botxo” y desde aquí distinguimos lo nuevo y lo viejo; los montes que lo rodean y la Ría que lo surca. Bilbao
a nuestros pies y Bizkaia en el horizonte.

Una escultura nos habla de contiendas pasadas, y un entorno de parques y jardines invita a pasear y disfrutar del
mismo. Restaurantes, txakolis y bares nos abren sus puertas para que hagamos un alto y nos imbuyamos, poco a
poco, en la cultura gastronómica de estas tierras.

Tras pasear y disfrutar de Artxanda tomamos de nuevo el funicular. Atravesamos el barrio de Castaños para encon-
trarnos con la Ría y el Zubi Zuri en el Campo Volantín. Cruzamos el puente y ascendemos bajo la mirada de las Torres
de Isozaki (Isozaki Atea) para ver el Palacio de Ibaigane, ejemplo de la arquitectura residencial neovasca donde se
respira la historia y solera de Bilbao y el Athletic. Seguimos por la Alameda Mazarredo hasta el Puente de la Salve
donde nos recibe Puppy a las puertas del Guggenheim.

Arte fuera y arte dentro; arte en continente y contenido. En el exterior y el interior de este museo, todo nos habla de
la imaginación y el buen hacer.

A mediodía: Guggenheim

Tras visitar el Museo Guggenheim y disfrutar del arte, nos espera la cocina, otro arte con mayúsculas en esta tierra,
entre los vascos y vascas. En los alrededores encontramos por doquier lugares donde sentarnos a una buena mesa y
disfrutar con todos los sentidos.

Por la tarde: Paseo Abandoibarra, Ribera de Botica Vieja, Ensanche y Azkuna Zentroa

El Paseo de Abandoibarra nos acompaña para hacer la sobremesa más agradable: arte y Ría. La memoria siempre
presente. Atravesamos el último puente construido en Bilbao, Puente Pedro Arrupe, de madera y acero para llegar a
la Universidad de Deusto: historia y sabiduría hechas piedra en Bilbao para los vascos y para el mundo.

Nos encontramos edificios de la universidad entre jardines, en el barrio de Deusto, antigua anteiglesia, que también
da nombre al puente, Puente de Deusto que espera a los barcos para levantarse y dejarlos pasar. Ribera de Botica
Vieja entre paseos y la Ría. Un tigre nos contempla desde las alturas y ya vemos el Puente Euskalduna y la grúa, la
"Carola".

Cruzamos el puente para acercarnos al Museo Marítimo y a los diques donde reposan sus barcos. Recuerdos del
antiguo Astillero Euskalduna, historia tangible de una ciudad que mira más allá de sus fronteras. Tras el puente, el
Palacio Euskalduna, barco a medio terminar en los astilleros, cargado de música y teatro; lugar de encuentro y co-
municación.

Cruzando la Plaza del Sagrado Corazón vemos los Jardines de la Misericordia; que nos hablan de otra época y otra
sociedad. Tras ellos la catedral del futbol: San Mamés y sus leones; orgullo de una ciudad, de Bizkaia entera. Una
manera de entender la vida, una manera de sentir.
Atravesando Sabino Arana y por las calles Licenciado Poza, Rodríguez Arias o Alameda Urquijo disfrutamos del am-
biente de una tarde en Bilbao. Los bares nos invitan a descansar y los negocios a entrar en ellos. Los grandes edificios
del Ensanche nos acompañan recordándonos que son el lugar donde creció Bilbao.

Por la Alameda Urquijo nos acercamos a la Azkuna Zentroa. El emblemático edificio renovado por Phillipe Starck
guarda un hall iluminado por un sol inmenso que nos invita a pasear entre columnas y a disfrutar de lo más nuevo de
Bilbao. Nos esperan tiendas, restaurantes, bares, pubs... La elección de dónde disfrutar del tiempo no es fácil en el
centro de la capital.

Segundo día

Por la mañana: Begoña, Ayuntamiento y Jardines del Arenal

Nuestro segundo día en la Villa de Don Diego López de Haro comienza a la sombra de la Amatxu, de la Virgen de
Begoña. Su templo se encuentra sobre Bilbao, en el barrio de Begoña. Una basílica tardogótica, uno de los referentes
de Bilbao y de Bizkaia entera, centro de peregrinación y devociones. Desde sus alturas parece proteger el Casco viejo
y el Ensanche, nuestra visita.

Delante de la basílica la calle que lleva el nombre de la Virgen nos conduce, suavemente, hacia los Campos de Mallo-
na, antiguo cementerio de Bilbao, y al Parque Etxebarria, con su chimenea de ladrillo monumental como recuerdo de
lo que allí estuvo: una de las grandes factorías de Bilbao, Echevarria. La siderurgia fue el motor, y olvidarlo es olvi-
darnos un poco de nosotros mismos.

Por el Parque Etxebarria bajamos a la plaza Quintana para salir al Ayuntamiento. La Casa de la Villa mira a la Ría,
mira al Ensanche desde la otra orilla; parece que quiere cruzar y no se decide. Heraldos y maceros son su séquito, y
en su frente, en sus ventanas superiores, se asoman ilustres bilbaínos. La escultura “Variante ovoide de la desocu-
pación de la esfera” de Jorge Oteiza permite ver Bilbao a través de ella: acero y vida.

La calle Sendeja y el Arenal sirven de antesala al Casco Viejo. Como dice la bilbainada:

Árboles del Arenal,

unos altos y otros bajos...

se asoman a la Ría.

Donde antes trabajaban los estibadores y sirgueras, hoy se pasea, se disfruta de la ciudad y su Ría.

A mediodía: Casco Viejo

Una iglesia, la de San Nicolás, por la calle Fueros nos indica el camino de la Plaza Nueva, perfecto lugar para tomar
un tentempié: un txakoli y un pintxo. Espacio neoclásico donde se mezcla Bilbao.

Salimos de esta plaza reposados y descansados para disfrutar del Casco Viejo, de las Siete Calles, entre bares y tien-
das. Visitamos iglesias como los Santos Juanes, San Antón o la Catedral de Santiago; nos paramos en sus estrechas
calles para sentir los siglos que nos preceden; buscamos donde comer entre la amplia oferta, amplia y tentadora;
nos dejamos seducir por los escaparates que invitan a entrar en las tiendas. No podemos dejar de acercarnos al
Mercado de la Ribera, repleto de puestos y productos frescos llegados de la tierra y del mar.

Por la tarde: Ensanche

Buscamos el Teatro Arriaga y en él nos despedimos del Casco Viejo. Su fachada nos acompaña mientras cruzamos el
Puente del Arenal hacia la Estación de Santander, “La Concordia”, y pasamos bajo la monumental fachada de la So-
ciedad Bilbaina en la calle Navarra, camino de Don Diego López de Haro, que nos espera en la Plaza Circular sobre su
pedestal.
Estamos en el Ensanche; donde Bilbao creció fuera de las estrecheces, fuera de las luces y sombras del Casco Viejo.
La Gran Vía lo atraviesa y por ella caminamos entre tiendas y bancos, entre gente. Un “fosterito” (entrada del metro)
parece llamarnos, nos indica el camino de un nuevo Bilbao, de un metro de luz.

Por la calle Berástegui los Jardines de Albia, donde buscamos la iglesia de San Vicente, antigua parroquia de la Ante-
iglesia de Abando. La Alameda Mazarredo nos conduce a la Gran Vía y a la Alameda Urquijo donde encontramos la
Residencia de los Jesuitas, la iglesia del Sagrado Corazón, neogótica y neobizantina, templo levantado por la Compa-
ñía de Jesús tras su retorno a Bilbao.

Más adelante Correos, arquitectura fascista, ejemplo de una época; tras este edificio, en la calle Bertendona, un
teatro, el Campos Elíseos, art noveau, coqueto y elegante, más de otras latitudes que de Bilbao.

Volviendo por Bertendona hacia Gardoqui nos dirigimos hacia la calle Diputación, donde encontramos buenos sitios
para descansar. La trasera del Palacio Foral compite en espectacularidad con la moderna Biblioteca Foral. A su cobi-
jo, terrazas de bares que bien nos sirven para reposar y retomar fuerzas.

El Palacio Foral mira a la Gran Vía rodeado de lo más granado de los negocios de Bilbao; pleno centro de comercio y
de vida. Por la Gran Vía la Plaza Moyua. Parterres y fuente crean un remanso de tranquilidad entre los edificios que
los rodean: Palacio Chavarri, Hotel Carlton, La Aurora, Hacienda Estatal o la Casa Montero; siendo un compendio de
los estilos que hicieron del Ensanche bilbaíno un ejemplo de arquitectura en aquel cambio del siglo XIX al siglo XX:
eclecticismo francés o neoflamenco, modernismo, racionalismo o arquitectura fascista.

La calle Elcano hacia la Plaza Euskadi nos conduce a un Bilbao que se reinventó a sí mismo. En ella nos espera el Mu-
seo de Bellas Artes, inmenso en sus fondos y exquisito en sus formas, donde perderse en sus salas es obligado en
Bilbao. Y tras esta jornada, no hay mejor colofón que descansar junto a un lago, en medio de un bosque, en el Par-
que de Doña Casilda Iturrizar.