Вы находитесь на странице: 1из 17

Bola de Nieve: «Yo soy la canción que

canto»
11 de Octubre de 2012
SHAPE \* MERGEFORMAT

La legendaria Rita Montaner lo bautizó con su nombre artístico allá por los
años 30. La cabeza rapada y la tez negra, le valieron el simpático sobrenombre
que lo consagraría como uno de los músicos más geniales y carismáticos de la
historia del pentagrama cubano.

Ignacio Jacinto Villa, conocido como “Bola de Nieve”, constituye uno de los
artistas más universales que ha dado la isla de Cuba.

Guanabacoa recibió su nacimiento hace exactamente 101 años y de esa ciudad


-toda una amalgama de tradiciones populares-, absorbió la personalidad
creadora, bohemia y picaresca que lo inmortalizaría más allá de las fronteras
nacionales.

Desde su voz ronca, pero profunda, interpretó boleros, canciones de cuna y


pregones auténticamente criollos, porque fue un acérrimo defensor de la
cubanía.

Temas musicales como Mama Inés, Drume negrito y Tú no sabe inglé, Vito
Manué – poema de Nicolás Guillén musicalizado por Eliseo Grenet-,
constituyen hoy un mito de la cultura nacional.

Sobre el artista, Roberto Fernández Retamar, presidente de Casa de las


Américas, expresó: Se recuerda la primera vez que uno oyó a Bola de Nieve
como un cubano recuerda la primera vez que vio la nieve… uno sabía que iba
a contar después; pertenezco a la estirpe feliz de gentes que han oído a Bola de
Nieve.

La mezcla de sonidos clásicos y ritmos traídos del continente negro; creaba un


amasijo de sentimientos revoloteando por el auditorio. Lloraba con la garganta
y cantaba con el alma.

Gracias a esa espiritualidad, recibió largas ovaciones en escenarios tanto


nacionales como internacionales.

Vestido siempre con extrema sobriedad pero repleto de esencias cubanas,


compartió su obra con artistas como Ernesto Lecuona, Esther Borja, la
argentina Libertad Lamarque y Rita Montaner, figuras que reconocieron en él
un talento inigualable.

Lázaro García, insigne representante del movimiento de la Nueva Trova,


declaró a la AIN: “De “Bola” aprendí la magia de la interpretación, porque el
arte es la facultad que uno tiene de comunicar, no es tener la voz más linda o
afinada, es sencillamente atrapar las canciones como lo hacía él”.

Con esa sorprendente versatilidad, el músico debutó en países como México,


Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos, en ese último se presentó en uno de
los escenarios más importantes de tal nación, el Carnegie Hall de New York;
lugar en el que el público lo ovacionó sin descanso.
Comparado con estrellas como Nat King Cole y Maurice Chevalier, Ignacio
Villa, el regordete negrito al que le gritaban “Bola de fango” en el barrio,
conquistó incluso hasta a la audiencia europea.

En una entrevista concedida en 1971 declaró: “Un día tenía un hambre de tres
varas y media y hacía cualquier cosa… canté en italiano, bromeando. Me
contrataron para Eurovisión y me cansé de volar entre Milán y Roma” .

Pero entre viajes y compromisos siempre regresaba a su tierra, otras latitudes


no llenaban sus canciones como lo hacía la Patria, aunque siendo él un cubano
del mundo, decía sentirse tan latinoamericano que no existía nacionalidad si
de continente se hablaba.

Días antes de su muerte apareció en un programa de televisión con motivo de


sus 60 años y declaró, que en medio de la gira por tierra mexicana se había
sentido mal y regresaba para echar sus huesos en Cuba.

Lamentablemente el final lo sorprendió en suelo azteca, mientras visitaba la


ciudad que tantas veces lo aclamó.

Su fama creció después de su desaparición física, para alcanzar dimensiones


de astro.

Pablo Neruda, el gran poeta chileno, lo describió magistralmente al decir:


Bola de Nieve se casó con la música y vive con ella en esa intimidad llena de
pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo.

El arte cubano lo recuerda por estos días en que sus melodías vuelven a nacer
con su espíritu. Roberto Novo, cantautor cubano, expresó: “Su sello fue muy
cubano, fue un negro lleno de ritmo con perenne sonrisa blanca. Eso se parece
bastante a la música cubana”.

Más allá de letras y notas musicales, quedó la luz de una estrella, que en más
de una ocasión brilló para cubanos y foráneos.

Este pasado 11 de septiembre, cuando Ignacio Villa estaría celebrando un


aniversario más, Cuba lo recordó por aquella frase mágica que pronunció en
una entrevista días antes de su muerte: "Cuando interpreto una canción ajena
no la siento así. La hago mía. Yo soy la canción que canto"
Centenario del nacimiento de Ignacio Jacinto Villa Fernández, el 
compositor, pianista y cantante cubano que ha pasado a la historia de la 
música popular con el apodo de Bola de Nieve. Hace cien años que nació ­el 
11 de septiembre­ en Guanabacoa, hijo de Inés y Domingo, este artista único. 
Y cuarenta ya que se nos fue ­un 2 de octubre­ en Ciudad de México.

Con su piano cantaba aquello de "Bito Manué, tú no sabe inglé...", Ay mamá 
Inés  y  Mesié Julián ("Yo, soy negro social / soy intelectual y chic / y yo fui a
Nova Yol / conozco Broguay, Parí / Soy artita mundial y no digo má chachá").
Se presentaba con Rita Montaner ­dicen que ella le puso Bola de Nieve 
cuando lo conoció a principios de los años treinta actuando en el hotel Sevilla 
de La Habana y se lo llevó a México­ y con el maestro Ernesto Lecuona.

Bola de Nieve recreaba canciones en inglés (Be careful, it´s my heart), francés
(La vie en rose) o catalán (el villancico Lo desembre congelat); se atrevía con 
viejos romances españoles como El caballero de Olmedo y aportaba también 
sus propias composiciones: Si me pudieras querer, No dejes que te olvide o 
ese ¡Ay, amor!, que Almodóvar incluyó en la banda sonora de La flor de mi 
secreto y que Caetano Veloso cantaba en la gira de Fina estampacomo 
homenaje a "la gran loca cubana". 

Contó que nunca había pensado vivir del arte: "Yo no sé si me inicié o me 
iniciaron, no pude decir: quiero ser. Yo era un aspirante a la universidad 
cuando vino una revolución en Cuba. Fue en la época de Machado... Hubo que
comer y me dediqué a tocar el piano en un cine..." 

En la década de los cincuenta tenía su propio programa en la emisora de radio 
CMQ, El gran show de Bola de Nieve, con orquesta e invitados de relumbrón, 
y a mediados de los años sesenta el famoso restaurante habanero Monseigneur
se convirtió en Chez Bola. 

Camilo José Cela aseguraba que una noche había terminado con aquel 
"negrito gordinflón que tocaba el piano y cantaba canciones sentimentales... 
poeta franciscano pasado por el trópico" en la cantina de una funeraria de La 
Habana. Pablo Neruda dijo de él "que se casó con la música y vivía con ella 
en esa intimidad de pianos y cascabeles..." y NicolásGuillén escribió que 
"Bola quedará en la historia y, lo que es más poético, en la leyenda, allí donde 
la historia sea impotente para explicárnoslo".

Cien años del nacimiento de un artista irrepetible que decía: "Me hubiera 
gustado cantar ópera, pero tengo voz de vendedor de mangos, por lo que me 
resigné a vender ciruelas sentado al piano".

BOLA DE NIEVE (Snow Ball)


Memories, “El García Lorca Negro”.
<> RECUERDOS DE BOLA DE
NIEVE, “El Garcia Lorca Negro”.
VIDEOS.
Entre los muchos destacados intelectuales de todo el mundo que alabaron al
conocido pianista, como Rafael Alberti, el famoso poeta español quien definió
a Bola de Nieve como “un García Lorca negro”, otro como el dramaturgo,
también español, Jacinto Benavente quien dijo de Bola de Nieve “No se puede
hacer más con una canción” acerca a nuestros días los recuerdos de aquel
destacado poeta del piano.

Pero la descripción más inmensa fue la del inmenso Pablo Neruda:


“Bola de Nieve se casó con la música y vive con ella en esa intimidad llena de
pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo. ¡Viva su
alegría terrestre!¡Salud a su corazón sonoro!” Bueno esto solo podía haberlo
escrito Neruda.

Nacido en Guanabacoa, provincia de la Habana, Bola de Nieve sin duda


alguna fue uno de los más geniales músicos que ha dado la isla caribeña y un
genuino icono de la idiosincrasia cubana.

Todos estos comentarios acerca de Ignacio Villa llamado por sus compañeros
de escuela Bola de Nieve (todo lo contrario a lo bien prieto que era), a los
doce años empezó estudios de solfeo y teoría de la música. Ya mayor
matriculó en la Escuela Normal para Maestros.

Por los años treinta del siglo pasado se destacó como pianista acompañante, y
por indisposición de Rita Montaner a quien acompañaba en el piano, el
presentador lo anunció como Bola de Nieve y a partir de entonces América
empezó a rendirse ante su ángel.

BOLA DE NIEVE AL PIANO.

Después de exitosas giras, Ignacio Villa regresó a Cuba en 1935, bajo contrato
exclusivo de Ernesto Lecuona. Con el Maestro se presentó en prestigiosos
escenarios de toda América y España y Estados Unidos. En este último lugar
el periódico The New York Times lo calificó como una verdadera revelación
por su personalidad artística. La radio, el teatro y el cabaret eran sus plazas
preferidas.

Le compararon con Maurice Chevalier y Nat King Cole. En el famoso


Carnegie Hall recibió una de las grandes emociones de su vida al recibir una
ovación que no se acababa, interminable. En los años 50 conquistó Francia,
Dinamarca, Niza, Roma, Venecia y Milán. Volvió a México, su segunda patria
y allí compartió con figuras como Pedro Vargas, Toña la Negra y Agustín
Lara. Por esa época conoció a Edith Piaf, quien dijo: “Nadie canta “La vida en
rosa” como Bola de Nieve.

El Bola había definido y perfeccionado su estilo de decir la canción. Para él no


existía la improvisación: estudiaba y maduraba cada tema. Dominaba la
canción caricaturesca, la de inalterable elaboración y la de inflexiones
folclóricas de cualquier país. Como recursos expresivos utilizaba por igual la
melodía, el ritmo y el mensaje de los textos.

Bola de Nieve recreaba canciones en inglés (Be careful, it´s my heart), en


francés (La vie en rose) italiano, catalán y portugués; se atrevía con viejos
romances españoles como El caballero de Olmedo y aportaba también sus
propias composiciones: Si me pudieras querer, No dejes que te olvide o ese
¡Ay, amor!; y mención aparte de su inigualable versión de “la Flor de la
Canela” de Chabuca Granda, la cual la autora alababa.

Bola de Nieve fue un ferviente partidario del régimen Castrista.

Murió en la Ciudad de México durante una gira que terminaría en el Perú.

Bola le prestó a Nicolás Guillén la entonación que el poeta soñó para sus
Motivos de son. Guillén, uno de sus más queridos amigos, definió
magistralmente el carisma y el hechizo del versátil cantor cuando en su
último adiós expresó: «Bola quedará en la historia y lo que es más poético, en
la leyenda, allí donde la historia sea impotente para explicárnoslo. »
Y es que a su juicio Bola fue único e irrepetible, tanto en su ejecución
pianística tan cubana y cervantina, como en su interpretación llena de matices
y sonoridades, heredadas del acervo musical de su Guanabacoa natal, preñada
de tambores y sonajeros que le impregnaron a sus canciones acentos
percusivos que le daban a su estilo de decir la canción, gracia peculiar y un
dramatismo histriónico que fue sello de su hacer personal.

Su voz ronca y áspera, unida a su gracia y expresividad evocan en ocasiones la


de los abuelos negros esclavos. Cada uno de sus temas lo convierte en algo tan
personal que escuchar de su voz “La vie en rose” o “Se equivocó la
paloma” es toda una experiencia. Se dice que un cantante interpreta pero en
Bola de Nieve esto se queda corto pues es capaz de conseguir con sólo
escucharle, imaginártelo al piano con su gran sonrisa. Más que cantar, decía
las canciones con tal carga emocional que puede reír o llorar y trasmitir ese
mismo sentimiento al que lo escucha.

De Bola han escrito con acierto famosas personalidades. El poeta Rafael


Alberti lo calificó como “un García Lorca negro”. Pablo Neruda aseguró que
“se casó con la música y vive con ella en esa intimidad, lleno de piano y
cascabeles…”. Para la cantante francesa Edith Piaf nadie cantaba “La vie en
rose” como él. Bola se describió a sí mismo con esta atinada frase: “Yo soy
la canción que canto.” También los cubanos le han hecho justicia. No sólo el
público lo adoraba, sino que intérpretes, musicólogos, poetas dentro y fuera
de la Isla han reconocido sus muchos méritos, así como los del pintor y
caricaturista Juan David.

Alejo Carpentier:

«Bola de Nieve nos pone a todos de acuerdo, evidentemente. Pero ha tenido,


por encima de eso, el talento necesario para ponerse de acuerdo con todos los
pueblos del mundo.»

También comentó Harold Gramatges:


«Su auténtica musicalidad, su amplia cultura y una gracia sin medida hacen de
él un personaje singular dentro del arte que cultiva […]. Por eso es universal
nuestro cubanísimo Bola.»

El manisero de Bola de Nieve

Álvaro
Alonsoel 13 ene, 2014
Cuenta Camilo José Cela cómo conoció en Madrid a Ignacio Villa, un gordito
gordinflón que tocaba el piano y cantaba canciones sentimentales en español
de Cuba y en catalán, en francés y en inglés. Cela lo escuchó por última vez en
la Habana en enero de 1965, en Floridita, “el bar en el que Hemingway se
bebía los daiquiris uno detrás de otro y sin parar”. Estuvieron conversando
largas horas en el Tropicana y terminaron la noche en la cantina de una
funeraria, que abren las veinticuatro horas del día para que los acompañantes
ahoguen sus penas en ron o en lo que sea.
Allí se encontraron con Allen Ginsberg, el sumo pontícipe del movimiento
beat, que era habitual cliente de la funeraria, con una cogorza más que suave
predicando la paz con gesto profético y grandilocuente, muy apropiado a la
circunstancia. Bola de Nieve, que era moderado, no veía con buenos ojos los
dislates de Ginsberg. A Bola de Nieve lo que le gustaba era tocar el piano con
suavidad y cantar boleros con su vocecita de tiple. Delicadísimo y elemental,
sonreía siempre con dulzura y sabía acompañar a los amigos. Cantaba “La flor
de la canela” de Isabel Granda, “Ay mama Inés”, “El manisero”, “No puedo
ser feliz”, “Tú me has de querer”, “Chivo que rompe tambó” y “La vie en
Rose” de la Piaf poniendo todo su alma en la garganta.

Para el maestro Andrés Segovia, “cuando escuchamos a Bola parece como si


asistiéramos al nacimiento conjunto de la palabra y la música que él
expresa”. Pablo Neruda también se unió a la admiración por el del barrio
de Guanabacoa apadrinado por Ernesto Lecuona: “Bola de Nieve se casó con
la música y vive con ella en esa intimidad llena de pianos y cascabeles,
tirándose por la cabeza los teclados del cielo. ¡Viva su alegría terrestre! ¡Salud
a a su corazón sonoro!”.

Para José María García Martínez, autor de La música étnica (Alianza, 2002),
“su forma de decir la poesía ennegrecida de Nicolás Guillén era única. Bola de
Nieve aboleraba cuanto tocaba; a todo le daba un aroma a negritud. Su música
interior, la de sus poemas, es la del son, su inspiración provenía también del
son”.

Guillermo Cabrera Infante nos contó cómo en las primeras décadas del siglo
coincidieron tres genios de la composición que dieron al género lo mejor de su
obra y que Bola de Nieve incorporó en su repertorio: Moisés Simons, Eliseo
Grenet y Ernesto Lecuona. A Simón o Simons, músico levemente mulato que
se disfrazó de judío hasta que los nazis entraron en París, donde vivía y
comenzaron a indagar por ese Simons, debemos algunas de las más grandes
canciones del son, como “El manisero” y “Guantanamera”. De Eliseo
Grenet y su hermano Nono Grenet -batería y gran musicólogo- es “Ay mama
Inés” y deliciosas nanas como “Drume negrita”. Cabrera Infante habla
de Ernesto Lecuona en estos términos: “un Chopin vigoroso, la música de
Lecuona suena como si Debussy compusiera solo con las teclas negras del
piano”. Con los Lecuona Cuban Boys interpretaba sus canciones, “Siboney” o
“La Malagueña”.

Este trío excepcional puso la banda sonora a las noches de la Habana anterior
a la Revolución, donde uno podía encontrarse con Nat King Cole, Rita
Montaner, Frank Sinatra o Bola de Nieve entre humo de cigarro y natural
voluptuosidad de la carne en el salón-bar del Nacional o en el patio del Hotel
Sevilla, cuando no los domingos en las reuniones más tranquilas e
intelectuales en la propia casa de Bola de Nieve, a las que era asiduo Alejo
Carpentier.

Aunque no fueron los únicos, ni mucho menos. Ahí está por ejemploTeresita
Fernández, natural de Santa Clara, autora de más de quinientas canciones con
su inseparable guitarra. “Usted es la única guajira que yo resisto con una
guitarra en la mano”, le dijo Bola de Nieve a Teresita cuando las hermanas
Martí la llevaron a conocerlo en su casa de Guanabacoa. Esta frase sellaría una
amistad que se mantuvo por varios años de trabajo común e invitándola a
cantar juntos en el restaurante Monseñor.

La sensibilidad de Bola de Nieve incorporaba una cierta ambigüedad en su


interpretación, una mezcla de sabores a canela y tabaco, de lo agudo a lo
grave, en un frenesí sentimental que no ha encontrado parangón. Solamente un
cantante en los últimos tiempos ha brotado en esa rama abierta por Bola en la
música popular, aunque con mucha más carga de parafernalia. Ese tal Antony,
el de Antony & The Johnsons, que epató con su aparición en este nuevo
milenio. Pero, ay, Ignacio Jacinto Villa, el inolvidable Bola de Nieve, muerto
en México en 1971, es de una sublimidad insuperable.
BOLA DE NIEVE: YO SOY LA VOZ
Denny Extremera

Ignacio Jacinto Villa alias "Bola de Nieve". © Fotocreart/Minsterio de la Cultura de Cuba

El músico cubano Bola de Nieve forma parte de los mitos latino-americanos


del siglo XX. Triunfó en Asia, Europa y los Estados Unidos. ¿Quién era este
personaje que con un simple piano y su media voz le ponía los pelos de punta
a Edith Piaf, Pablo Neruda, Josephine Baker y Alejo Carpentier? Bola, un ser
atormentado siempre repetía "yo soy un hombre triste que siempre canta
alegre".
"Yo no sé si me inicié en el arte o si me iniciaron, no pude decir: quiero ser. Yo
era un aspirante a la universidad, cuando vino una revolución en Cuba. Fue en
la época de Machado (años 30) y yo tocaba el piano, sabía música, tenía
nociones de lo que era hacer música popular, que es la que siempre he hecho.
Pero entonces hubo que comer y me dediqué a tocar el piano en un cine,
acompañando a una cantante..."
Ignacio Jacinto Villa, singular fenómeno artístico que pasaría a la historia de la
música cubana e internacional como Bola de Nieve, hablaba así en una
entrevista concedida pocos días antes de su muerte, en 1971. Y continuaba:
"...nunca tuve el plan de iniciarme para vivir del arte. En eso tuve la suerte de
conocer a una de nuestras más relevantes figuras del teatro en aquella época.
Se llamaba Rita Montaner..."
Y, según contaba Ignacio, a Rita Montaner le hizo gracia verlo rapado y tan
negro, y en público lo llamó Bola de Nieve. A la gente presente le gustó el
apodo y fue suficiente para perpetuarlo.
"Fui acompañante de Rita porque no había otro que lo hiciera en ese
momento, sin ninguna idea de que fuera a ser solista ni mucho menos. Todo
esto sin que nadie me conociera, sin saber si era bueno, malo, regular...si era
artista o no. Era el pianista de Rita Montaner única y exclusivamente. Y
fuimos a México y en México seguí siendo su pianista y ahí el mote de Bola
de Nieve se popularizó".
Seguía narrando el Bola que Rita, en determinado momento, por cuestiones de
clima, comodidad y cansancio, regresó a Cuba y quedó él en México
acompañando a otros cantantes en una revista teatral. Así (otros dicen que
ocurrió un día en que la artista estaba indispuesta) una noche lo empujaron al
escenario y le dijeron: "¿por qué no haces para el público eso que haces para
jugar y divertirnos?. Aturdido, nervioso, sin saber qué hacer, cantó Vito
Manué, tú no sabe inglé, de Grenet y Nicolás Guillén. El resultado fue la
ovación cerrada de más de cuatro mil personas que llenaban el Politeama de
México. El Bola afirmaba que México era su segunda patria, porque esa noche
nació por segunda vez. Tenía entonces 22 años. Corría 1933 y aunque era
popular en tierra azteca, nadie le conocía en Cuba.
Ese paso lo daría tras encontrarse con Ernesto Lecuona (autor de Siboney,
Andalucía, Malagueña y otras), quien gustó mucho de las actuaciones de Bola
y le habló de traerlo a la isla. "Llegué a Cuba y debuté, y me tocó la suerte de
que no me tiraran hollejos de naranja y piedras, ni nada, me aguantaron. Yo
seguí abusando de la gente y hasta hoy estoy trabajando en eso", contaba
humildemente el carismático artista en 1971.
Bola de Fango en Guanabacoa
Ignacio Jacinto Villa nació en la ultramarina villa habanera de Guanabacoa,
cuna de Rita Montaner y del propio Lecuona, el 11 de septiembre de 1911. La
madre, dicen las crónicas, era negra de budeque, es decir, mujer fértil y
florida, que dio a luz trece hijos. Criada por congos y carabalíes, tenía en sí la
gracia de la tradición oral, el ánimo de bailadora empedernida en jolgorios
hasta el amanecer, lo mismo en fiestas de vecindad que en improvisados
toques de rumba con palos y latas. Talentosa lo mismo para la mejor rumba de
cajón que para un toque de Yemayá. En ese ambiente de danzas ancestrales, de
babalaos y fiestas del bembé fue creciendo el futuro Bola de Nieve.
Su tía abuela lo matriculó en la academia municipal. Se llamaba Mamaquina y
decía que tenía que ser artista, según su adivinación. Gracias a ella inició
primeros estudios en una escuelita particular y a los 12 años comenzó clases
de solfeo y teoría musical. Primero pensaron en la flauta, que resultaba de
fácil entrada en cualquier conjunto y resolvía necesidades, luego en la
mandolina, pero el piano decidió su destino.
Por aquellas irregularidades de la historia, en la cual se mezclan siempre
leyendas, cuentos populares y las pesquisas de críticos y musicógrafos, hay
una contradicción en cuanto al surgimiento del apodo de Bola de Nieve. Para
muchos, lo creó Rita Montaner en una noche de actuación en el hotel habanero
Sevilla en el año 30 o 31, ocasión en que la acompañó al piano en El Manisero
y Siboney. Para otros, fue idea de un médico del barrio. Estos últimos cuentan
que a Ignacio le mortificaba el apodo ya en la época en que aún no era famoso
y esperaba en el portal de un teatro de la vecindad para canjear su arte por un
peso cuando faltaba el pianista de la función, o cuando acompañaba filmes
silentes en el cercano cine Carral. Los chicos del barrio, en burla, le gritaban
"Bola de Fango" y "Bola de Trapo". Eso sí, no hay dudas de que fue gracias a
Rita que se hizo famoso aquel incisivo mote. Cuentan que, llegados ambos a
México, la gran cantante hizo que pusieran en el cartel de presentación: "Rita
Montaner y Bola de Nieve".
Bola Recorre el Mundo
Vestido de impecable etiqueta, elegante, Bola de Nieve expresó el espíritu de
la música popular cubana. En pianos de cola, en fastuosas salas de concierto,
siempre salían de sus manos sobre el teclado, y de su voz, los aires del cajón
sonado en las calles de su Guanabacoa natal.
El Bola no creó, sino que fue él mismo, un estilo único, tal vez irrepetible.
Llevaba en sí esencias ancestrales que fundió en una expresión singular. Su
voz, su manera de tocar el piano, sus gestos teatrales y su forma de interpretar
las creaciones propias o de autores nacionales y extranjeros le dieron un sello
atractivo y original que llevó por todo el planeta. Por todas partes anduvo más
de una vez, y siempre le pedían que regresara.
Y en cuántos lugares estuvo, paseó sus simpatías y su arte. Fue a Buenos
Aires, donde, de la mano de Lecuona compartió en 1936 con Esther Borja;
Santiago de Chile, Montreal, Lima; Bogotá; Caracas (en Maracaibo se abrazo
con Libertad Lamarque) y Río de Janeiro (donde gana el acento brasileño en
las sambas de Ary Barroso o en los cantos marineros de Dourival Caymi).
En Estados Unidos, deja su huella y una constelación de aplausos en el Hall de
la Fama, el Carnegie Hall de New York (donde lo llamaron nueve veces a
escenario y el New York Times lo comparó con luminarias como Nat King
Cole y Maurice Chevalier).
En Europa, el Bola recorre París, Cannes, Niza, Florencia, Copenhague,
Milán..."Un día tenía un hambre de tres varas y media y hacía cualquier
cosa...canté en italiano, bromeando. Me contrataron para Eurovisión y me
cansé de volar entre Milán y Roma". Moscú, Leningrado, Praga, Sofía,
Bucarest, Beijing, Pyongyang también lo oyeron cantar.
Pero, a pesar de toda su fama y sus éxitos en tantas latitudes, siempre
regresaba a Cuba y como todos los grandes hombres cubanos sentenciaba:
"me siento eminentemente latinoamericano, tan latinoamericano que no tengo
nacionalidad cuando de continente se trata". Su felicidad máxima fue, como
dijo él mismo, haberse entendido con su pueblo.
Yo soy la Canción
Cantó vestido de frac, a risa suelta. Cantaba a su antojo, moldeaba la canción
entre las ventanas de su diálogo, sus inflexiones y su voz ronca (de "vendedor
de duraznos y ciruelas", como solía decir), y siempre dejaba una nota irónica y
humana. Cantó sin voz, arrancando aplausos, en idiomas de cuatro
continentes. Con su desmesurada sonrisa, rompió el empaque de la gala
teatral. Impuso una expresión que envolvía hiriente sátira, inocente bonhomía.
La amabilidad del gesto y la sonrisa, la elegancia impecable, la media voz y
las melódicas armonizaciones sobre la tosca figura, el timbre áspero y la
vitalidad agreste de los ritmos criollos fascinaron a todos aquellos quienes
apreciaron su arte.
Poseedor de los misterios de la técnica musical, gozó además de una cristalina
personalidad y una mezcla encantadora de alta cultura y sencillez de pueblo.
No creía en la improvisación y decía que no había trabajado en teatro por
hobby ni por récord, sino por aquello de que había que comer y hay que
trabajar. "Yo no me creo compositor, ni me respeto como tal, de las cosas que
así me salieron, cancioncitas de esas baratas que yo hago, algunas han
gustado. Yo creo que la palabra compositor es demasiado seria y respetable.
Yo he hecho cancioncitas"...Así era de humilde. Lo cierto es que Edith Piaf se
sorprendía porque nadie podía interpretar como él su canción La vie en Rose,
y Andrés Segovia afirmaba que escucharlo era como asistir al nacimiento de la
palabra y la música. Sobre sus composiciones también llovieron los elogios,
pero son composiciones que sólo él podía y podría cantar, en una extraña y
subyugante simbiosis.
El asma y la diabetes lo acechaban. En enero de 1969 se le detecta una
cardiopatía arterioesclerósica. En 1970, sufre un infarto cardíaco. Aún así,
tenía humor para declarar: "los trastornos que me está ocasionando la diabetes
no me incapacitan para continuar martirizando al piano y a mi público".
En los ensayos de Álbum de Cuba, programa televisivo que dio a los cubanos
la última ocasión de apreciar su "voz de persona" y su inigualable carácter,
Bola se mostró especialmente chispeante. El día anterior, sábado 11 de
septiembre, había cumplido 60 años. "Aunque Josephine Baker trate de
simplificar las cosas diciendo que son nada más que tres veces 20, no es cosa
de tirar a broma", dijo. Había concluido algunos ensayos y confesó que se
había sentido mal del corazón en México, que quería echar sus huesos en
Cuba, aunque prefería no hablar de eso.
Al propio tiempo estaba entusiasmado con un homenaje que le preparaban en
Perú Chabuca Granda y otros amigos y admiradores. Su última entrevista en la
isla, antes de viajar a Los Andes, la concedió a Radio Habana Cuba.
Partió entonces a México, escala hacia Lima, y allí murió a las 5 de la
madrugada del 2 de octubre de 1971. Fallecía, curiosamente, en la misma
ciudad en que había nacido para el mundo del arte como Bola de Nieve. Según
un periodista mexicano, al llegar al Distrito Federal "traía su sonrisa de
siempre y nadie podía percatarse de que no vería el sábado mexicano, ni
actuaría el domingo en Lima, ni jamás miraría a su Cuba, ni cantaría a su
Habana"...El día antes de su muerte, Bola recorrió la capital mexicana, realizó
visitas a artistas y admiradores...Se veía alegre, bromeaba, contaba
anécdotas...Habló de sus planes futuros y de las actuaciones que le esperaban
en Perú. A las 10 de la noche decidió retirarse, diciendo: "mañana quiero
levantarme bien temprano, pues me espera un día de mucha actividad".
Desaparecía físicamente el hombre sin voz que se había adueñado de
escenarios y de públicos en los más famosos y en los más recónditos lugares.
El hombre que era en sí una espectacular y efectiva síntesis de personalidad,
voz y piano. Aquel al que su magia, que le nacía natural desde adentro, había
hecho para siempre inigualable, imprescindible. El hombre que, en un
momento de confesiones, diría, "todo es bueno en la vida cuando uno cree o se
engaña creyendo que está haciendo arte", y, en otro momento, "yo no tengo
fanáticos, devotos es lo que tengo yo. ¿Por qué?...porque yo soy la canción; yo
no canto canciones ni las interpreto. Yo soy". Y mucha razón que llevaba el
Señor Bola de Nieve

Похожие интересы