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SANTO TOMAS DE AQUINO Y LA PERFECCION DEL HOMBRE

Su teología se basa en el concepto de la perfección final del hombre, por lo que


dentro de su misma naturaleza y constitución se contiene una promesa
implícita de su fin verdadero, que es ver a Dios y disfrutarlo. Originalmente, el
hombre tenía un don superadicional que le permitiría buscar ese bien supremo
y practicar las virtudes de la fe, la esperanza y el amor. Con el pecado original,
se pierde este don de la gracia divina sufriendo la corrupción de sus poderes
naturales.

Sin embargo, el hombre conserva el poder para practicar las virtudes naturales
que son: la prudencia, la justicia, el valor y control propio; pero éstas, si bien
producen cierto grado de felicidad, no son suficientes para capacitar al hombre
a alcanzar su fin verdadero que es: la visión de Dios. Sólo la gracia gratuita e
inmerecida puede restaurar al hombre al favor de Dios y capacitarlo para
practicar las virtudes cristianas.

Ahora bien, el concepto de justicia que Santo Tomás desarrolla, tiene su origen
en Platón, para quien todas las virtudes se basan en la justicia; y la justicia se
basa en la idea del bien, el cual es la armonía del mundo.[2]

La filosofía moral de Santo Tomás es esencialmente la ética aristotélica de la


virtud, es decir, un conocimiento práctico de la buena conducta que lleva a
hábitos beneficiosos para la persona y para aquellos que la rodean.
Para Aristóteles, la virtud es un hábito y lo aprendemos de la experiencia más
que de la comprensión racional de verdades articuladas sobre qué es la virtud

En la Summa Theologiae, Santo Tomás le dedica a la justicia desde la II-II, q.57


hasta la 61. Define a la justicia como “el hábito por el cual el hombre le da a
cada uno lo que le es propio mediante una voluntad constante y
perpetua”.[3] Clasifica a la justicia como una de las cuatro virtudes cardinales,
junto con la templanza, la prudencia y la fortaleza; y distingue el sentido
general y particular de la justicia.
La justicia en un sentido general, es la virtud por la cual una persona dirige sus
acciones hacia el bien común. Cada virtud, explica Santo Tomás, “dirige su acto
hacia el mismo fin de esa virtud”. La justicia es “distinta de cada una de las otras
virtudes” porque dirige todas las virtudes del bien común”.[4]

La justicia sobresale en primer lugar entre todas las virtudes porque apunta a la
rectitud de la voluntad por su propio bien en nuestras interacciones con los
demás.[5] Todas las demás virtudes funcionan ya sea internamente, es decir que
son dirigidas hacia el bien del individuo actuante como un acto de auto-
perfección como, por ejemplo, la prudencia y la fortaleza; o, como en el caso de
la valentía, pueden dirigirse hacia los demás sólo en circunstancias especiales y
extraordinarias, como en la guerra o en casos donde el peligro atípico esté
presente.

La definición clásica de justicia desarrollada por Santo Tomás es dar a cada uno
lo suyo. Dicha definición sirve como base en pensamiento social cristiano a
partir de la cual pueden comprenderse las nociones de los derechos (como
tener derecho a), de la conducta correcta y de lo correcto de una situación. Es
decir, lo que a una persona le corresponde, lo que es de ella, es a lo que la
misma tiene derecho. Dichas acciones, que están dirigidas a asegurar a una
persona lo que le es propio constituyen la conducta correcta. Y es una situación
justa, por ende, el estado final de cosas en donde a la persona se le ha dado lo
que le es propio a través de la conducta correcta de otros que lo hicieron
posible.

El Reino de los Fines de Kant

Kant (“Crítica a la razón práctica” – 1790) responde a la teoría de que la corrección


moral de un acto no está dada por el hecho de que sus consecuencias maximicen
cierto bien intrínseco, sino que depende de que, por su naturaleza inherente,
constituya el cumplimiento de un deber. El concepto de deber es prioritario sobre
el concepto de bondad.

Divide todo el conocimiento en lógica, física y ética. Las verdades de la lógica


adquieren validez universal. Las verdades de la física son substantivas y no
puramente formales, pero su campo de aplicación está limitado al ámbito de la
posibilidad de experiencia sensorial. La ética combinando las dos anteriores tiene la
universalidad de la lógica y posee verdades substantivas como la física.

Kant presenta los principios morales como universalmente válidos para todos los
seres racionales, independientemente de sus apetitos, deseos e inclinaciones
contingentes.

Se abstrae de lo fenoménico de cada individuo en sus circunstancias concretas,


creencias particulares, inclinaciones, etc., y toma aquello en que todos son iguales,
es decir, su entidad racional.

Distinción de Kant:

a) Fenoménico: como seres fenoménicos nosotros estamos sujetos a leyes


empíricas de la naturaleza y estamos bajo el influjo de deseos que obedecen a
ciertas causas.

b) Nouménico: como seres puramente racionales somos libres y capaces de


guiarnos por las leyes universales de la razón práctica.

Toma lo nouménico y deja de lado lo fenoménico. Construimos el conocimiento en


base a las categorías, teniendo los principios morales las siguientes características:

a) Autónomos: Son autónomos al hombre como ente racional, se lo impone a sí


mismo. Leyes que uno se da a sí mismo con abstracción de los dictados de cierta
autoridad humana o divina o de los de nuestros propios deseos o impulsos.

b) Categóricos: Por oposición a hipotético. Siempre son obligatorios. No están


condicionados a que tengamos ciertos fines o deseos.

c) Universales: Cada ser racional querrá la misma ley que querría cualquier otro ser
racional, y, por lo tanto, esa ley moral obliga a todos los seres racionales por igual.

La característica de universalidad es capital en la filosofía moral de Kant.

Partiendo de tal universalidad entendemos su famoso imperativo categórico: “obra


sólo según una máxima universal tal que puedas querer al mismo tiempo que se
torne ley universal”.

Ejemplificando la máxima antes citada veamos el siguiente ejemplo:


Si mi máxima es la siguiente: “cuando me convenga, prometeré algo y no cumpliré
con lo prometido”... ¿Puedo yo querer consistentemente que esa máxima se
convierta en ley universal? Evidentemente que no. Puesto que si todo el mundo
actuara según esa máxima la institución de la promesa desaparecería, y, en
consecuencia, yo no podría prometer; por lo que querer que esa máxima sea
universalizada es contradictorio: implica querer al mismo tiempo que la práctica de
prometer subsista y no subsista. Por lo tanto esa máxima no puede ser un
verdadero principio moral, y la conducta que se conforma a ella es moralmente
incorrecta.

El fundamento del imperativo categórico radica en algún fin absoluto de todos los
seres humanos. Y ese fin absoluto es que todo ser humano existe como fin en sí
mismo y no solamente como medio.

Siendo la humanidad un fin en sí misma ella es un fin para todos y en consecuencia


puede servir de fundamento de una práctica universal.

Esto permite a Kant fundar el siguiente principio: “Obra de tal modo que uses a la
humanidad, tanto en tu propia persona como en los demás, siempre como fin en sí
mismo y nunca solamente como un medio”, retomando el ejemplo anterior es
obvio que estaríamos usando a la persona como medio y no como fin.

El reconocimiento de este principio entre los hombres da lugar a la existencia entre


ellos de un “Reino de los Fines”, en que los hombres están enlazados mutuamente,
según ciertas leyes morales comunes, como fines y medios: o sea que en ese reino
nadie es medio para otro sin ser considerado, al mismo tiempo, por ese otro como
un fin en sí mismo.

Los fines subjetivos de seres que son fines en sí mismos deben ser también mis
fines.

El concepto de bondad moral está subordinado al de “deber moral”. Un hombre


puede merecer la felicidad y no lograrla y, a la inversa, no merecerla y obtenerla. La
única felicidad que es buena es la felicidad merecida, la que premia la virtud, pero
esto quiere decir que la felicidad a secas no es buena sin calificaciones.

Hay que obrar en aras del cumplimiento del deber. El valor del carácter moral de
alguien estriba en hacer el bien no por inclinación sino por deber.
El hombre descubre su libertad en la conciencia de que debe hacer ciertas cosas
porque son debidas y no porque las desea.

Kant se sumó a la tradición contractualista de Hobbes, Locke y Rousseau.

Según Kant el derecho a diferencia de la moral, regula solamente acciones


exteriores, y el principio universal del derecho es que es justa toda acción que no
interfiera con la libertad de los demás según leyes universales.

La filosofía moral nunca más fue la misma después de Kant, pero las debilidades de
la filosofía moral kantiana son también evidentes:

a) Si bien el requisito de la universalidad pone alguna restricción a los juicios que


son admisibles como juicios morales, esa restricción es demasiada blanda, ya que
no excluye la posibilidad de que distintas personas formulen juicios morales
opuestos y en algunos casos deleznables.

b) No ofrece una fundamentación clara del principio de que la humanidad debe


considerarse un fin en sí misma.

c) Se ha cuestionado la idea kantiana de que un acto sólo es bueno si se realiza


únicamente por conciencia del deber.

d) Muchos cuestionan que es un sistema abstraído de las inclinaciones y deseos de


los hombres.

e) Se ha objetado por último que sostener que el deber impuesto por ciertos
principios morales deben cumplirse, cualesquiera que sean las consecuencias,
constituye una actitud formalista y fetichista frente a las reglas, que carece de
justificativo racional.